El sueño del elefante

Julio 20, 2009 por salutarishostia

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SAN JUAN BOSCO

Era el 6 de enero de 1863 y todos los alumnos, aprendices y estudiantes reunidos, esperaban ansiosos el aguinaldo. Recitadas las oraciones, subió el buen padre a la tribuna de costumbre y empezó a hablar así:

Esta es la noche del aguinaldo. Todos los años, por las fiestas de Navidad, acostumbro elevar oraciones a Dios para que se complazca inspirarme un aguinaldo que os pueda ser útil. Pero este año he redoblado las plegarias considerando el crecido número de alumnos. Transcurrió el último día del año, llegó el jueves, el viernes, y nada de nuevo.

La noche del viernes fui a descansar, cansado por los trabajos del día, y no pude dormir durante la noche, de modo que por la mañana me levanté postrado y medio muerto.

No me apuré por esto, antes al contrario me alegré, porque sabía que ordinariamente cuando el Señor está para manifestarme alguna cosa, lo paso muy mal la noche anterior.

Proseguí por tanto mis habituales ocupaciones en el pueblo de Borgo Cornalense y el sábado por la tarde llegué entre vosotros.

Después de confesar me fui a dormir, y debido al cansancio motivado por las pláticas y las confesiones de Borgo, y lo poquísimo que había descansado la noche precedente, me quedé dormido.

Y aquí comienza el sueño que me ha de servir para daros el aguinaldo.

Mis queridos jóvenes, soñé que era un día festivo, a la hora del recreo después de comer y que os divertíais de mil maneras.

Me pareció encontrarme en mi habitación con el caballero Vallauri, profesor de bellas letras.

Habíamos hablado de algunos temas literarios y de otras cosas relacionadas con la religión. De pronto, oí a la puerta el tantán de alguien que llamaba. Corrí a abrir. Era mi madre, muerta hace seis años, que me decía asustada:

-Ven a ver, ven a ver.

-¿Qué hay?, le pregunté.

Y sin más, me condujo al balcón desde donde vi en el patio en medio de los jóvenes un elefante de tamaño colosal.

-Pero ¿cómo puede ser eso? exclamé. ¡Vamos abajo!

Y lleno de pavor miraba al caballero Vallauri y él a mí como si nos preguntásemos la causa de la presencia de aquella bestia descomunal en medio de los muchachos.

Sin pérdida de tiempo bajamos los tres a los pórticos. Muchos de vosotros, como es natural, os habíais acercado a ver al elefante.

Este parecía de índole dócil; se divertía correteando con los jóvenes; los acariciaba con la trompa; era tan inteligente, que obedecía los mandatos de sus pequeños amigos como si hubiese sido amaestrado y domesticado en el Oratorio desde sus primeros años, de forma que numerosos jóvenes le acariciaban con toda confianza y le seguían por doquier.

Mas no todos estabais alrededor de él.

Pronto vi que la mayor parte huíais asustados de una a otra parte buscando un lugar de refugio, y que al fin penetrasteis en la iglesia.

Yo también intenté entrar en ella por la puerta que da al patio, pero al pasar junto a la estatua de la Virgen, colocada cerca de la fuente, toqué la extremidad de su manto como para invocar su patrocinio, y entonces Ella levantó el brazo derecho.

Vallauri quiso imitarme haciendo lo mismo por la otra parte y la Virgen levantó el brazo izquierdo. Yo estaba sorprendido, sin saber explicarme un hecho tan extraño.

Llegó entretanto la hora de las funciones sagradas y vosotros os dirigisteis todos a la iglesia. También yo entré en ella y vi al elefante de pie al fondo del templo, cerca de la puerta. Se cantaron las Vísperas y después de la plática me dirigí al altar acompañado de don Víctor Alasonatti y de don Angel Savio para dar la bendición con el Santísimo Sacramento.

Pero en el momento solemne en que todos estaban profundamente inclinados para adorar al Santo de los Santos, vi, siempre al fondo de la iglesia, en el centro del pasillo, entre las dos hileras de los bancos, al elefante arrodillado e inclinado, pero en sentido inverso, esto es, con la trompa y los colmillos vueltos en dirección a la puerta principal.

Terminada la función, quise salir inmediatamente al patio para ver qué sucedía; pero, como tuviese que atender en la sacristía a alguien que me quería comunicar una noticia, hube de detenerme un poco.

Salí poco después bajo los pórticos, mientras vosotros reanudabais en el patio vuestros juegos.

El elefante, al salir de la iglesia, se dirigió al segundo patio, alrededor del cual están los edificios en obra.

Tened presente esta circunstancia, pues en aquel patio tuvo lugar la escena desagradable que voy a contaros ahora.

De pronto vi aparecer al final del patio un estandarte en el que se leía escrito con carácteres cubitales: Sancta María, succurre miseris. (Santa María, socorre a los desgraciados.)

Los jóvenes formaban detrás procesionalmente.

Cuando de repente, y sin que nadie lo esperara, vi al elefante que al principio parecía tan manso, arrojarse contra los circunstantes dando furiosos bramidos y agarrando con la trompa a los que estaban más próximos a él, los levantaba en alto, los arrojaba al suelo, pisoteándolos y haciendo un estrago horrible.

Mas a pesar de ello, los que habían sido maltratados de esta manera no morían, sino que quedaban en estado de poder sanar de las heridas espantosas que les produjeran las acometidas de la bestia.

Las dispersión fue entonces general: unos gritaban; otros lloraban; algunos, al verse heridos, pedían auxilio a los compañeros, mientras, cosa verdaderamente incalificable, ciertos jóvenes a los que la bestia no había hecho daño alguno, en lugar de ayudar y socorrer a los heridos, hacían un pacto con el elefante para proporcionarle nuevas víctimas.

Mientras sucedían estas cosas (yo me encontraba en el segundo arco del pórtico junto a la fuente) aquella estatuita que veis allá (don Bosco indicaba la estatua de la Santísima Virgen) se animó y aumentó de tamaño; se convirtió en una persona de elevada estatura, levantó los brazos y abrió el manto, en el cual se veían bordadas, con exquisito arte, numerosas inscripciones.

El manto alcanzó tales proporciones que llegó a cubrir a todos los que acudían a guarecerse bajo él: allí todos se encontraban seguros.

Los primeros en acudir a tal refugio fueron los jóvenes mejores, que formaban un grupo escogido.

Pero al ver la Santísima Virgen que muchos no se apresuraban a acudir a Ella, gritaba en alta voz: -Venite ad me omnes! (¡Venid todos a mí!).

Y he aquí que la muchedumbre de los jóvenes seguía afluyendo al amparo de aquel manto, que se extendía cada vez más y más.

Algunos, en cambio, en vez de refugiarse en él, corrían de una parte a otra, resultando heridos antes de ponerse en seguro.

La Santísima Virgen, angustiada, con el rostro encendido, continuaba gritando, pero cada vez eran menos los que acudían a Ella.

El elefante proseguía causando estragos, y algunos jóvenes, manejando una y dos espadas, situándose a una y otra parte, dificultaban a los compañeros, que aún se encontraban en el patio, que acudiesen a María, amenazando e hiriendo.

A los de las espadas el elefante no les molestaba lo más mínimo.

Algunos de los muchachos que se habían refugiado cerca de la Virgen, animados por Ella, comenzaron a hacer frecuentes correrías; y en sus salidas conseguían arrebatar al elefante alguna presa, y transportaban al herido bajo el manto de la estatua misteriosa, quedando los tales inmediatamente sanos.

Después, los emisarios de María volvían a emprender nuevas conquistas. Varios de ellos, armados con palos, alejaban a la bestia de sus víctimas, manteniendo a raya a los cómplices de la misma. Y no cesaron en su empeño, aun a costa de la propia vida, consiguiendo poner a salvo a casi todos. El patio aparecía ya desierto. Algunos muchachos estaban tendidos en el suelo, casi muertos. Hacia una parte, junto a los pórticos, se veía una multitud de jóvenes bajo el manto de la Virgen.

Por la otra, a cierta distancia, estaba el elefante con diez o doce muchachos que le habían ayudado en su labor destructora, esgrimiendo aún insolentemente en tono amenazador sus espadas.

Cuando he aquí que el animal, irguiéndose sobre las patas posteriores, se convirtió en un horrible fantasma de largos cuernos; y tomando un amplio manto negro o una red, envolvió en ella a los miserables que le habían ayudado, dando al mismo tiempo un tremendo rugido.

Seguidamente los envolvió a todos en una espesa humareda y, abriéndose la tierra bajo sus pies, desaparecieron con el monstruo.

Al finalizar esta horrible escena miré a mi alrededor para decir algo a mi madre y al caballero Vallauri, pero no los vi.

Me volví entonces a María, deseoso de leer las inscripciones bordadas en su manto, y vi que algunas estaban tomadas literalmente de las Sagradas Escrituras, y otras un poco modificadas.

Leí éstas entre otras muchas: Qui elucidant me, vitam aeternam habebunt: qui me invenerit, inveniet vitam; si quis est parvulus veniat ad me; refugium peccatorum; salus credentium; plena omnis pietatis, mansuetudinis et misericordiae. Beati qui custodiunt vias meas. (Los que me honran tendrán la vida eterna; el que me encuentre, encontrará la vida; si uno es niño venga a mí; refugio de los pecadores; salud de los que creen; toda llena de piedad, de mansedumbre y de misericordia. Dichosos los que guardan mis caminos).

Tras la desaparición del elefante todo quedó tranquilo.

La Virgen parecía como cansada de tanto gritar.

Después de un breve silencio dirigió a los jóvenes la palabra, diciéndoles bellas frases de consuelo y de esperanza; repitiendo la misma sentencia que veis bajo aquel nicho, mandada escribir por mí: Qui elucidant me, vitam aeternam habebunt.

Después dijo: -Vosotros que habéis escuchado mi voz y habéis escapado de los estragos del demonio, habéis visto y podido observar a vuestros compañeros pervertidos. ¿Queréis saber cuál fue la causa de su perdición? Sunt colloquia prava: las malas conversaciones contra la pureza, las malas acciones a que se entregaron después de las conversaciones inconvenientes.

Visteis también a vuestros compañeros armados de espadas: son los que procuran vuestra ruina alejándoos de mí; los que fueron la causa de la perdición de muchos de sus condiscípulos.

Pero quos diutius expectat durius dammat. Aquéllos a los que Dios espera durante más largo tiempo, son después más severamente castigados; y aquel demonio infernal, después de envolverlos en sus redes, los llevó consigo a la perdición eterna.

Ahora vosotros, marchaos tranquilos, pero no olvidéis mis palabras: huid de los compañeros amigos de Satanás; evitad las conversaciones malas, especialmente contra la pureza; poned en mí una ilimitada confianza, y mi manto os servirá siempre de refugio seguro.

Dichas estas y otras palabras semejantes, se esfumó y nada quedó en el lugar que antes ocupara, a excepción de nuestra querida estatuita.

Entonces vi aparecer nuevamente a mi difunta madre; otra vez se alzó el estandarte con la inscripción: Sancta Maria, succurre miseris. Todos los jóvenes se colocaron en orden detrás de él y así procesionalmente dispuestos, entonaron la canción: Load a María.

Pero pronto el canto comenzó a decaer; después desapareció todo aquel espectáculo y yo me desperté completamente bañado en sudor. Esto es lo que soñé.

Hijos míos: deducid vosotros mismos el aguinaldo. Los que estaban bajo el manto, los que fueron arrojados a los aires por el elefante, los que manejaban la espada se darán cuenta de su situación si examinan sus conciencias.

Yo solamente os repito las palabras de la Santísima Virgen: Venite ad me, omnes, recurrid todos a Ella; en toda suerte de peligros invocad a María, y os aseguro que seréis escuchados.

Por lo demás, los que fueron tan cruelmente maltratados por la bestia, hagan el propósito de huir de las malas conversaciones, de los malos compañeros; y los que pretendían alejar a los demás de María, que cambien de vida o que abandonen esta Casa.

Quien desee saber el lugar que ocupaba en el sueño, que venga a verme a mi habitación y yo se lo diré. Pero lo repito: los ministros de Satanás, que cambien de vida o que se marchen. ¡Buenas noches!.

*

Estas palabras fueron pronunciadas por Don Bosco con tal unción y con tal emoción, que los jóvenes, pensando en el sueño, no le dejaron en paz durante más de una semana.

Por las mañanas las confesiones fueron numerosísimas y después de la comida un buen número se entrevistó con el siervo de Dios, para preguntarle qué lugar ocupaba en el sueño misterioso.

Que no se trataba de un sueño, sino más bien de una visión, lo había afirmado indirectamente don Bosco mismo, al decir: -Cuando el Señor quiere manifestarme algo, paso… etc… Suelo elevar a Dios especiales plegarias para que me ilumine… Y después, al prohibir que se bromease sobre el tema de esta narración. Pero aún hay más.

En esta ocasión el mismo siervo de Dios escribió en un papel los nombres de los alumnos que había visto heridos en el sueño, de los que manejaban la espada y de los que esgrimían dos; y enseñó la lista a don Celestino Durando, encargándole de vigilarlos.

Este nos proporcionó dicha lista, que tenemos ante la vista. Los heridos son trece, a saber: los que probablemente no se refugiaron bajo el manto de la Virgen; los que manejaban una espada eran diecisiete; los que esgrimían dos, se reducían a tres.

La nota al lado de algún nombre indica un cambio de conducta. Hemos de observar también que el sueño, como veremos más adelante, no se refería solamente al tiempo presente, sino también al futuro.

Sobre la realidad del sueño, los mismos jóvenes fueron los mejores testigos.

A otros dos jóvenes, a los cuales don Bosco aseguraba haberlos visto con la espada, se les oyó exclamar: ¡Ah, sí, es cierto; hace tiempo que me he dado cuenta de ello; lo sabía!” Y cambiaron de conducta.

Un día, después de comer,  hablaba de su sueño y tras haber manifestado que algunos jóvenes ya se habían marchado y otros tendrían que hacerlo, para alejar las espadas de la casa, comenzó a comentar la astucia de los tales, como él la llamaba; y a propósito de ello refirió el siguiente hecho:

Un joven escribió hace poco tiempo a su casa endosando a las personas más dignas del Oratorio, como superiores y sacerdotes, graves calumnias e insultos.

Temiendo que don Bosco pudiese leer aquella carta, estudió y encontró la manera de que llegase a manos de sus parientes sin que nadie lo pudiese impedir.

La carta salió por la tarde, lo llamé; se presentó en mi habitación y tras de hacerle recapacitar sobre su falta, le pregunté el motivo que le había inducido a escribir tantas mentiras.

El negó descaradamente el hecho; y yo le dejé hablar; después, comenzando por la primera palabra, le repetí toda la carta.

Confundido y asustado, se arrojó llorando a mis pies, diciendo:

-¿Entonces mi carta no ha salido?

-Sí, le respondí; a esta hora está en tu casa; pero debes pensar en la reparación.

Algunos preguntaron al siervo de Dios cómo lo había sabido; y don Bosco respondió sonriendo: -¡Ah, mi astucia… !.

Esta astucia debía ser la misma del sueño, que no sólo se refería al momento presente, sino a la vida futura de cada alumno, uno de los cuales, que sostenía estrecha relación con don Miguel Rúa, le escribía así a la vuelta de muchos años.

Es de advertir que la carta lleva el nombre y apellido del comunicante con el nombre de la calle y el número de su casa en Turín.

Queridísimo Padre (don Miguel Rúa):

… Recuerdo entre otras cosas una visión que tuvo don Bosco en 1863, donde yo estaba interno en su casa.

Vio en ella el futuro de todos los suyos y él mismo nos lo contó después de las oraciones de la noche.

Fue el sueño del elefante (Describe aquí cuanto hemos expuesto y sigue): don Bosco, al terminar la narración, nos dijo: Si deseáis saber dónde estabais, venid a mi habitación, y yo os lo diré. Yo también fui.

-Tú, me dijo, eras uno de los que corrían junto al elefante, antes y después de las funciones religiosas, y naturalmente, te apresó, te lanzó por los aires con la trompa y al caer quedaste malparado, de forma que no podías escapar aunque hicieras esfuerzos.

Luego, un compañero tuyo sacerdote, desconocido por ti, se acercó, te agarró por un brazo y te trasladó hasta el manto de la Virgen. Te salvaste.

Esto no fue un sueño, como expresaba don Bosco, sino una verdadera revelación del futuro, que el Señor hacía a su Siervo.

Acaeció durante el segundo año de mi estancia en el Oratorio, en una época en la que yo era modelo de mis compañeros, lo mismo en el estudio que en la piedad, y, sin embargo, don Bosco me vio en aquel estado.

Llegaron las vacaciones de 1863.

Marché para descansar, por mi maltrecha salud y no regresé más al Oratorio. Tenía trece años cumplidos.

Al año siguiente mi padre me puso a aprender el oficio de zapatero. Dos años después (1866) me trasladé a Francia, para perfeccionarme en mi profesión.

Allí me encontré con gente sectaria y poco a poco abandoné la iglesia y las prácticas religiosas, comencé a leer libros escépticos y llegué al extremo de aborrecer la santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana, como la más dañosa de las religiones.

Dos años más tarde regresé a la patria y seguí lo mismo, leyendo siempre libros impíos y alejándome cada vez más de la verdadera Iglesia.

Con todo, durante este tiempo nunca dejé de pedir a Dios Padre, en nombre de Jesucristo, que me iluminase y diese a conocer la verdadera religión.

Durante estas circunstancias, al menos trece años, realizaba todo esfuerzo para levantarme, pero estaba herido, era presa del elefante, no me podía mover.

A fines del año 1878 se dio una misión en una parroquia. Asistían muchos a las instrucciones y también yo empecé a ir, para oír a aquellos famosos oradores.

Escuché cosas hermosas, verdades irrefutables, y finalmente la última plática, que trataba precisamente del Santísimo Sacramento, el último y principal punto que me quedaba en duda (pues yo no creía ya en la presencia de Jesucristo en el Santísimo Sacramento, ni real ni espiritual).

Supo el predicador explicar tan maravillosamente la verdad, confutar los errores y convencerme, que yo, tocado por la gracia del Señor, decidí confesarme y retornar bajo el manto de la Virgen María.

Desde entonces no dejo de agradecer a Dios y a la bienaventurada Virgen el favor recibido.

Advierto que, para afirmación de la visión, supe después que aquel predicador misionero era compañero mío del Oratorio de don Bosco.

Turín, 25 de febrero, 1891. DOMlNGO N….

PS. Si V.R. cree conveniente publicar esta mi carta, le otorgo plena facultad hasta para retocarla, a condición de que no se cambie el sentido, porque es la pura verdad. Respetuosamente beso su mano, amado padre Rúa, entendiendo que, al hacerlo, beso la de nuestro querido don Bosco.

Mediante este sueño don Bosco ciertamente recibió también luz para poder juzgar las vocaciones al estado religioso o eclesiástico, las aptitudes de unos y de otros para realizar el bien.

Había visto a aquellos valientes que combatían al elefante y a sus partidarios para salvar a los compañeros, curarles las heridas y llevarlos bajo el manto de la Virgen.”

Memorias Biográficas de Don Bosco. Volumen VII. Capítulo XXXIV

Sobre la Penitencia

Julio 18, 2009 por salutarishostia

SANTO CURA DE ARS

“Hijos míos, no podemos comprender la bondad que Dios ha tenido con nosotros al instituir este gran sacramento de la penitencia.

Si dijéramos a estos pobres condenados que están en el infierno desde hace tiempo: “Vamos a poner un sacerdote a la puerta del infierno. Todos los que quieran confesarse no tienen más que salir”; hijos míos, ¿creen que allí quedaría alguno?

Los más culpables no temerían decir sus pecados, e incluso decirlos delante de todo el mundo.

¡Oh! ¡El infierno quedaría rápidamente vacío y el cielo se llenaría!

Pues bien… ¡tenemos el tiempo y los medios que estos pobres condenados no tienen!

Hijos míos, desde el momento en el que se tiene una mancha en el alma, hay que hacer como la persona que tiene una bola de cristal que guarda cuidadosamente.

Si esta bola tiene un poco de polvo y la persona se da cuenta, rápidamente pasa una esponja y la bola se vuelve clara y brillante”.

***

Sobre el propósito de enmienda

“Es bonito pensar que tenemos un sacramento que cura las heridas de nuestra alma. Pero hay que recibirlo con buenas disposiciones, porque si no aumenta el número de heridas.

Imaginen un hombre lleno de heridas, que acude al hospital: el médico lo atiende y lo cura; pero él, al salir, toma un cuchillo y comienza a clavárselo en todas las partes del cuerpo, haciéndose mucho más daño que antes.

¿Qué pensarían de un hombre que actuara de esa manera?

Pues bien, eso es lo que hacen a menudo cuando tras salir del confesionario, vuelven a caer en los mismos pecados.”

***

“El Buen Dios lo sabe todo. Sabe de antemano que después de confesarse pecarán de nuevo, y sin embargo, los perdona. ¡Qué amor el de nuestro Dios, que llega a olvidar voluntariamente el futuro para perdonarnos!

***

Sobre los pecados ocultos

“Hay quienes profanan el sacramento careciendo de sinceridad. Habrán escondido pecados mortales, hace diez, veinte años. Siempre están atormentados; siempre su pecado está presente en su mente; siempre tienen el pensamiento de decirlo, y nunca lo hacen… ¡es un infierno!

Cuando han hecho una buena confesión, han encadenado al demonio.

Los pecados que escondemos reaparecerán todos.

Para esconderlos bien, hay que confesarlos bien.”

***

Tres cosas necesarias

“Para recibir el sacramento de la penitencia son necesarias tres cosas. La fe,  que nos revela que a Dios presente en el sacerdote. La esperanza, que nos hace confiar en que Dios nos otorgará la gracia del perdón. La caridad, que nos lleva a amar a Dios y que inculca en nuestro corazón el dolor de haberlo ofendido.”

***

“El Buen Dios, en el momento de la absolución tira nuestros pecados por encima del hombro; es decir, los olvida, los reduce a nada, no volverán a aparecer jamás.”

 

Conducta para la confesión

Julio 17, 2009 por salutarishostia

Confesión

Confesaos a lo menos todos los meses: tened cuidado de prepararos para ello como para una acción de la mayor importancia; pues que se trata de obtener el perdón de vuestros pecados, y de reconciliaros con Dios.

Hacedla siempre como si debieseis morir al salir del confesionario, y no os olvidéis jamás de practicar lo siguiente:

1.° Invocad el socorro del Espíritu Santo, para conocer vuestras culpas, y tener de ellas un verdadero dolor.

2.° Haced un examen formal de todos los pecados que habéis cometido desde la última confesión, por pensamientos, palabras, acciones y omisiones: recorred con detención los Mandamientos de Dios y de la Iglesia, los siete Pecados Capitales, los lugares y personas que habéis frecuentado, y los empleos en que habéis estado ocupado.

3.° Después de haber conocido vuestros pecados, excitaos al dolor de haberlos cometido, considerando vuestras ingratitudes, las penas del infierno que habéis merecido, y sobre todo la bondad infinita de un Dios que habéis ofendido.

4.° A continuación formad en vuestro corazón una firme resolución de no volver a pecar mas, y evitar con cuidado todas las ocasiones.

5.° Con estas disposiciones aprovechaos del confesionario con recogimiento en la postura, y en los sentimientos de un criminal que va a pedir gracia: confesad vuestros pecados, y las circunstancias que aumentan la malicia, con humildad y sencillez, sin ocultar ni disfrazar nada de ellos. Después de haberlos confesado todos, escuchad con detención los consejos que vuestro confesor os dará; sed fieles en aprovecharlos, y haced exactamente todo lo que os prescribirá.

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ANTES DE LA CONFESION

Espíritu Santo, fuente de luz, dignaos enviar uno de vuestros rayos a mi corazón, y venid a ayudarme a conocer mis pecados.

Mostrádmelos, Señor, tan distintamente como los conoceré cuando al salir de esta vida me será necesario parecer á ser juzgado.

Hacedme conocer, ó Dios Santo, tanto lo malo que he cometido, como lo bueno que he omitido.

Hacedme ver el número y la grandeza de mis infidelidades en vuestro servicio.

Haced que yo sepa cuántas veces, y hasta qué punto he ofendido a mi prójimo, el mal que a mí mismo me he hecho, y las faltas que he cometido contra las obligaciones de mi estado.

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EXAMEN

Examinemos sobre los pecados que pueden cometerse.

CONTRA DIOS.

SOBRE LA FE.

Por dudas voluntarias (a), curiosidades, supersticiones, sueños, lecturas prohibidas, burlas en asuntos sagrados, negligencia en instruirse de su religión.

(a) Es necesario decir siempre, en tanto que pueda acordarse, las veces que ha caído en las faltas de que se acusa.

SOBRE LA ESPERANZA.

Por desconfianza en la misericordia de Dios, presunción de su bondad y de nuestras propias fuerzas, falta de sumisión, desfallecimiento voluntario de ánimo, disgusto, desesperación.

SOBRE LA CARIDAD.

Por murmuraciones contra la Providencia Divina; resistencia voluntaria a las santas inspiraciones; negligencia en impedir el mal cuando se debe, y se puede, pecando por humanos respetos; dividiendo su corazón entre Dios y alguna otra cosa que no se debe amar, ó dejar de amar sino por Dios, no amando al prójimo por el amor de Dios.

SOBRE LA RELIGIÓN

Omitiendo sus obligaciones de piedad, sus oraciones, la Misa, su penitencia, ó haciendo mal todo esto: cometiendo irreverencias en la Iglesia, por posturas, inmodestias, conversaciones, miradas lascivas, distracciones voluntarias; violando con el trabajo los santos días de domingos, y otras fiestas, comprando ó vendiendo; por los juegos, divertimientos y compañías que apartan del servicio de Dios; haciendo juramentos falsos; mintiendo; tomando el nombre de Dios en vano; jurando ligeramente; practicando la simonía en la pretensión ó colación de algún beneficio; y últimamente, dejando de alabar a Dios, de darle gracias por sus beneficios, y de someterse a su santa voluntad. 

CONTRA EL PRÓJIMO.

EN PENSAMIENTO.

Por juicios temerarios, menosprecio de su persona ó de sus acciones; por envidia, aborrecimiento, displicencia, aversión, deseos de venganza. Es necesario declarar si estos sentimientos han sido voluntarios, si han durado, si han salido al exterior, y si todo ó algo de esto ha sido contra los superiores.

EN PALABRAS.

Por las calumnias, por las maldiciones dichas ú oídas, y no impedidas cuando se ha podido; injurias en canciones, libros, escritos y alegatos infamatorios. Es necesario decir por qué motivos se han hecho, delante cuantas personas, si son de consecuencia y perjudiciales.

Por discursos contra la caridad; relaciones infamatorias (sean verdaderas ó falsas); por sembrar divisiones, mofas y menosprecios.

Por malos consejos, lisonjas y aplauso de las cosas malas.

Por falsos testimonios, declaración del secreto y de las faltas de otro.

Por contumelias, reprensiones, palabras injuriosas, declamaciones, maldiciones, &c.

EN ACCIONES

Por la injusta detención de la hacienda de otro; contratos; empréstitos usurarios; engaños ó infidelidades en las mercaderías, ventas, compras, juegos, obras, comisiones, cometiendo falsedad, vendiendo demasiado caro. apropiándose los restos; dejando que se arruine, corrompa ó pierda de su valor lo que se tiene en comisión; hurtando, ocultando ó comprando una cosa robada; descuidando de la obra de que se ha encargado el oficial, con daño del dueño; enajenando y malversando bienes de comunidad; por escándalos, condescendencias y malos ejemplos.

EN OMISIONES.

Por negligencia en restituir, en reparar las maledicencias, en reconciliarse , en cumplir sus obligaciones mutuas los casados; en el amor , fidelidad , respeto , deferencia , sumisión, sustento, paciencia; de los padres y de los maestros, instrucciones, buenos ejemplos, correcciones, establecimientos, justicia y caridad; del niño y criado, respeto, amor obediencia, socorros, fidelidad; de los magistrados, jueces, oficiales. 

CONTRA SI MISMO.

POR ORGULLO.

Estimándose demasiadamente; hablando ventajosamente de sí mismo, buscando con exceso los honores; teniendo una vana condescendencia para sí y menosprecio para los otros, engañando al mundo con hipocresía y con una modestia afectada.

POR AVARICIA.

No dando limosna según sus facultades; pegándose demasiadamente a los bienes de esta vida; inquietándose demasiado por lo venidero; negándose a  sí y a otros lo necesario.

POR ENVIDIA.

Despreciando y desacreditando á otros; alegrándose del mal, y afligiéndose del bien que les sucede; deseando con impaciencia y ansia lo que otros tienen.

POR IMPUREZA.

En pensamientos deshonestos y voluntarios, deteniéndose negligentemente y tomando placer; ya que se desea hacer lo malo que se piensa, ya que no se tenga ningún deseo, pero que se mantiene hacia él una simple complacencia. Es necesario decir si tales pensamientos han causado algunos movimientos desarreglados.

EN PALABRAS.

Diciendo ú oyendo con gusto palabras lascivas ó de doble sentido; cantando versos disolutos, ó dando oídos á ellos; manteniendo conversaciones muy libres y familiares, sobre todo, con sexo diferente, ó permitiéndolas en aquellos que se deben reprender.

EN MIRADAS.

Considerando por curiosidad ó por sensualidad malos objetos, como pinturas obscenas; leyendo libros indecentes ; llevando ó conduciendo á otros á las asambleas criminales ó peligrosas, exponiéndose á la ocasión de pecar, ó dándola á otros, como prestar malos libros, llevar vestidos inmodestos y poco cerrados.

EN ACCIONES.

Teniendo ó permitiendo sobre sí ó sobre otros libertades sensuales, ósculos lascivos, tocamientos, secretas é infames costumbres; el pecado impuro; todo lo que no es permitido entre personas casadas.

Es necesario explicarlo todo, lo mas modestamente que se pueda; declarar las circunstancias que mudan ó que aumentan el pecado, y decir si se han empleado ó no los medios de deshacerse de una tan peligrosa y dominable pasión; examinar bien lo que es voluntario, lo que es por pura negligencia, ó con gusto y complacencia en esta materia; el número de los pecados; el tiempo que la costumbre ha durado; las ocasiones que se han dado, con quién se ha pecado, ó deseado pecar, sin nombrar personas.

POR GULA.

Comiendo ó bebiendo con exceso, ó excitando á ello á los otros; frecuentando las tabernas en lugar de estar asistiendo á sus obligaciones; buscando con que satisfacer sus apetitos comiendo sin regla y con sensualidad, faltando á los ayunos ó abstinencia.

POR CÓLERA.

Dejándose llevar al despecho y precipitación sin contenerse, diciendo palabras injuriosas, echando maldiciones , deseando el mal á otros, dándoles ocasión de encolerizarse, quejándose, hiriéndose, perseverando en su rabia, excusándose de perdonar, y contribuir á la reconciliación. Los hijos y los domésticos deben acusarse de los motivos de impaciencia que han dado.

POR PUREZA.

Descuidando en la frecuentación de los Sacramentos, de la oración, de los sermones, de la mortificación de las pasiones, del uso de los medios para conseguirse de huir de las ocasiones, del estudio de sus obligaciones, del reglamento de su tiempo y de sus negocios particulares, y del cuidado de una eterna salud. 

DESPUES DEL EXAMEN.

PARA TESTIFICAR EL DOLOR POR UN ACTO DE CONTRICION.

¡Que motivo de confusión es para mí, ó mi Dios, el caer siempre en las mismas faltas tan repetidamente, y después de haberos tantas veces prometido no cometerlas mas!

¡Que yo haya podido pecar en vuestra presencia por cosas tan leves, conociendo cuánto os desagrada el pecado, y aun abusando de vuestros beneficios para ofenderos!

O mi Dios, mi Padre, el mejor y mas poderoso de todos los padres, mitigad vuestro enojo; perdonadme, y no me castiguéis según el rigor de vuestra justicia.

Perdón, mi Dios, por todo lo malo que he cometido y hecho cometer; perdón por todo lo bueno que no he hecho y que debía hacer, ó que he hecho mal; perdón por todos los pecados que conozco y no he conocido; quisiera borrarlos con mi sangre, y reparar aun á costa de lo que mas amo, el disgusto que os han causado.

¡O si mi arrepentimiento pudiese igualar mis faltas!

Suplid mi dolor, Salvador agonizando en el huerto de los Olivos: introducid en mi corazón una gota del mar de amarguras, de que vuestra alma estuvo en él atravesada, para que yo llore mis pecados hasta la muerte.

PARA FORMAR UN BUEN PROPÓSITO.

Yo debía morir antes que ofenderos, ¡Oh Dios mío! mas pues he tenido esta desgracia, yo me resuelvo en adelante (con el auxilio de vuestra gracia) á vivir mas cuidadoso y atento, para no hacer cosa que os desagrade.

Yo evitaré con cuidado el pecado y las ocasiones de caer en él, y particularmente de aquel que la costumbre, la malicia ó la debilidad me hacen cometer con más facilidad.

PARA ESPERAR EN LA MISERICORDIA DE DIOS.

Yo sé ¡oh Dios mío! hasta qué punto os he ofendido, y lo que debería esperar de vuestra indignación, si vuestra infinita misericordia, y los méritos de Jesucristo, mi Salvador, no aplacaran vuestra justicia, y no solicitasen mi gracia delante de Vos.

Con esta esperanza ¡ oh Dios de bondad! me presento al sagrado tribunal de la confesión, lleno de confianza de que acusándome de mis pecados enteramente, sinceramente y con humildad, Vos ratificareis en el cielo la sentencia que en mi favor será pronunciada aquí en la tierra.

PARA ENCOMENDARSE A MARÍA SANTÍSIMA Y AL ÁNGEL DE LA GUARDA.

Virgen Santísima, Madre de gracia, Madre de misericordia, y refugio seguro de los pobres pecadores, interceded por mí en este momento, á fin de que la confesión que voy á hacer no me haga más criminal, sino al contrario, que en ella halle perdón de todo lo pecado, y las gracias necesarias para no pecar en adelante.

Mi buen Ángel, fiel y celoso guarda de mi alma, que habéis sido testigo de mis caídas, ayudadme á levantar, y haced que yo halle en este Sacramento la gracia de no volver á caer mas. Amen.

Se podrán rezar en seguida los Salmos 24, 37 y 50 del Oficio Parvo.

Llegaos al confesionario con el recogimiento, silencio y modestia que tendríais si Jesucristo visiblemente y en persona estuviese en el lugar del sacerdote, y que vos debiereis confesarle vuestras culpas.

Después que os hayáis confesado de vuestros pecados, acabareis la confesión de este modo:

Yo me acuso de todos los pecados, y de una infinidad de otros que he cometido, y de los cuales no tengo conocimiento; como también de todos los de mi vida pasada, y en particular de tal (a) y de todos; me pesa de lo mas profundo de mi corazón por el amor de mi Dios: yo le pido humildemente perdón de ellos, y a vos, Padre mío, penitencia y absolución.

(a) Es bueno en las confesiones de simples pecados veniales acusarse de algún pecado de la vida pasada, el cual se tiene el más vivo dolor.

Después que se haya concluido la confesión, es necesario no ocuparse en otra cosa mas que en recordar lo que se habrá olvidado de decir: es preciso poner toda su atención en escuchar lo que le dirá el confesor (a), y recibir en seguida su absolución con los mismos sentimientos de dolor y arrepentimiento que si fuera el mismo Jesucristo en persona quien nos la da. En el acto de recibirla podrá decir en el fondo de su corazón:

Gracia y misericordia, oh Jesús mío; lavadme, purificadme con vuestra sangre adorable: me arrepiento de lo más íntimo de mi corazón de haberos ofendido, porque Vos sois infinitamente bueno, y tengo una sincera voluntad de corregirme con el socorro de vuestra gracia

(a) Muchos sabios y virtuosos confesores tienen la costumbre, después de haber dado una penitencia, imponerlos aun á título de satisfacción sacramental, todo lo bueno que puedan hacer hasta la otra confesión: esto es muy saludable. Se podrá pedir á su confesor que haga lo mismo, y que indique igualmente alguna práctica de mortificacion exterior ó interior.

Se podrá retirar después en un lugar

cómodo para hacer la súplica

siguiente

DESPUES DE LA CONFESION.

Confirmad, os suplico, entre el cielo, oh Salvador mío, lo que vuestro ministro acaba de hacer en la tierra, y perdonadme todas las ofensas que he cometido contra Vos : quitad de mi alma todas las manchas de mis pecados; olvidadlos enteramente, de manera que no se haga mención de ellos en vuestro juicio: os pido de nuevo perdón con un arrepentimiento extremo de haberlos cometido: os prometo hacer penitencia por ellos, y de castigarme yo mismo, no solo en cumplimiento de lo que el sacerdote me ha mandado, que no es nada en comparación de lo que mis culpas merecen, sino que también con mortificaciones, ayunos, trabajos, y singularmente por la paciencia, la humildad y la resignación para sufrir todas las penas, y llevar todas las cruces que tenga á bien vuestra Providencia enviarme, y las que son ajenas á mi empleo.

Os renuevo también la promesa que os he hecho de corregirme, sobre todo de tal y tal pecado, de los cuales creo estáis mas gravemente ofendido.

¡Ah, Señor! Vos que conocéis mi flaqueza y mi imposibilidad, tened compasión de mí, y concededme, os suplico, las gracias y socorros que necesito para no volver a caer en el pecado. Amén.

Acordaos siempre que se puede evitar el pecado, sobre todo con la separación del mundo, el silencio, el recogimiento, la oración, y la mortificación de los sentidos.

Clemente de Santocildes. Nuevo devocionario del Cristiano. Editor Imp. de Cabierio. Valencia. 1848.

De qué manera debemos honrar las imágenes de María Santísima

Julio 16, 2009 por salutarishostia

 

Nstra Sra de Fatima 2

Si tuviéseis que vivir lejos de vuestra madre,  si por espacio de muchos años no la pudiéseis ver, ¿No es verdad que os serviría de gran consuelo tener un retrato que os recordase la imagen viva de su semblante y figura?

No cabe en ello ninguna duda.

Este retrato lo pondríais en el lugar más visible para contemplarlo con mucha frecuencia a fin de mantener siempre fija en vosotros su memoria; a menudo haría penetrar en vuestro corazón un vivo deseo de poderla ver y de vez en cuando le besaríais como un desahogo de amor filial.

Vuestra Madre celestial está muy lejos de vosotros, está en el paraíso cuando vosotros moráis en la tierra, ¿no os alegraréis, pues, mucho más de tener una imagen que en cierta manera os la represente?

Sí, sin duda, el retrato de la madre terrena no os serviría para otra cosa que para tener un recuerdo apreciable; pero la imagen de la Madre divina será para vuestra fe una fuente inagotable de gracias y bendiciones, y os servirá de pábulo a la más dulce esperanza.

La imagen de María renueva a cada momento en vuestros corazones la idea de que Ella os ve desde el cielo y que, dirigiéndoos miradas de consuelo, rechaza lejos de vosotros al demonio, y confiando en la protección que os dispensa, vivís seguros de que saldréis ilesos de cualquiera tentación.

Una devota imagen de María os aviva y estimula en la veneración que le debéis, os hace adquirir el espíritu de oración, os enciende más y más en su amor y sostiene el deseo que os anima de verla mientras llega el momento de contemplarla bella y triunfante tal como está coronada por las doce estrellas más brillantes del paraíso.

Es, pues, preciso que tengáis en gran aprecio las imágenes de María.

No olvidéis jamás de llevar puesto alguno de sus escapularios ó medallas. 

 Colocad también en vuestro cuarto una imagen de María para recordar a cada instante que os halláis debajo de sus purísimas miradas, y cada vez que entréis ó salgáis de él, saludadla con estas palabras: Ave María, besándola al propio tiempo con ternura filial. 

Y si la tuviéseis en lugar que no os fuese fácil rendirle esta prueba de vuestro amor, será bueno que tengáis para este caso una pequeña estampa de María pegada a la puerta de vuestro cuarto como suelen tenerla muchos de sus devotos. 

¡Bien segura está la puerta que está guardada por María!

Inmaculada

Saludad y venerad aún mucho más las imágenes que se hallan en las iglesias, y cuando encontréis alguna de las que suele haber en las calles, inclinad la cabeza saludándola, y diciéndola al menos con el corazón: AveMaría.

De este modo la fe os acercará a tan dulce Madre, por más que esté tan lejos de vosotros cuanto es el espacio que media desde la sublime elevación del cielo  a la inmensa profundidad de la tierra.

Salvada de esta manera tan gran distancia, le presentaréis vuestros homenajes, vuestras súplicas, los afectos de vuestro corazón, y lograréis por dulce recompensa bendiciones y gracias.

Ahora podría yo preveniros que debéis con gran cuidado guardaros mucho de cometer acciones feas delante de una imagen de María; ¿pero el amor y el respeto que le rendís no serán mas que suficientes para conteneros? Poco favor os haría si lo dudase.

¿No es cierto que retrocederían vuestros labios al ir a besar su santa imágen después de haberla vilmente injuriado pecando en su presencia? Además de que esta injuria os podría costar muy cara.

EJEMPLOS

1. Muchas veces el demonio intentando dañar al espíritu y aún al cuerpo de los devotos de María, ya apareciéndoles en forma visible ó bien tentándoles interiormente , ha comenzado por sugerirles que se quitasen de encima el escapulario de la Virgen Santísima. Con esto confesaba que la presencia de tales objetos aunque materiales, le impedían poner en obra su intención maligna.

2. Juan Sebastiano de la Compañía de Jesús que tenía en su cuarto la imagen de María, le pedía humildemente su bendición cada vez que entraba ó salía besando al mismo tiempo la imagen. (Aur.).

Nuestra Señora del Carmen3. San Egmundo cuando encontraba alguna dificultad en sus estudios se volvía hacia una imagen de María, reconociéndola como fuente de donde deriva la verdadera sabiduría. (En su vida).

4. El ilustre P. Suarez estudiaba siempre teniendo delante una imagen de la Virgen, y es de presumir que siendo tan devoto de esta divina Madre , experimentaba nuevo aliento en la fatiga que debía sentir en el estudio de las ciencias abstractas, animado con la presencia de tan dulce Señora. Con la misma facilidad puede hacer cualquiera lo mismo sea cual fuere el trabajo á que se dedique. (En su vida).

5. Es también digno de notarse en la infancia del venerable P. Carlos Jacinto que, encontrando dificultades para aprender el alfabeto, acudía á María para que le ayudase, exclamando : Voy a mi madre María; y de este modo fácilmente recordaba el nombre de las letras. ( En su vida).

6. José Scammaca de la Compañía de Jesús, oyendo una noche un fuerte ruido en la puerta y una voz espantosa que decía que quería entrar en su celda, conoció que era el demonio que, permitiéndolo Dios, le quería tentar espantándolo. Pero acordándose él que guardaba su puerta una imagen de María,  se quedó tranquilo, gritando con ánimo sereno: Entra, si pueden. Mas una fuerza divina obligó á contestar al demonio: No puedo, porque me lo impide mi mayor enemiga, y se marchó en seguida confundido. (Aur.).

7. Cuanto agradece María que sean saludadas sus imágenes, lo demostró en el monasterio de monjas de santo Domingo de Bolonia. En una de las escaleras del convento estaba colocada una de sus devotas imágenes, que aquellas buenas religiosas saludaban siempre que subían ó bajaban. Juana de Lino que vivía en el monasterio, observando un día que el seno de aquella imagen estaba adornado de rosas lozanas , maravillada de ello, oyó que la Vírgen decía, que eran para ella rosas todas las salutaciones que recibía. (P. Barrí, Par. apert.).

8. Santa Liduvina se valía de una fácil estratagema para saludar a María de manera que pudiese rendirle el mayor obsequio. Persuadida de que un Ángel sabía saludar mejor a la Reina del cielo que no ella, suplicaba á su Ángel custodio, que la saludase en su nombre. (Su vida ).

9. El P. Carlos Jacinto cuando asistía á alguna persona piadosa en su agonía, le suplicaba encarecidamente que luego que estuviese en el paraíso saludase en su nombre a María y le besase sus sagrados pies. (Su vida).

10. Se lee que en Verona había un joven devoto de María que solía encender la lámpara de una de sus imágenes, pero estando a bastante altura acaeció un día que subiendo con poca precaución , sintió faltarle el apoyo en que tenía los pies, y estaba ya en gran peligro de caer, cuando levantando los ojos a María y… ¿qué madre no lo habría hecho por su hijo? Extiende la Virgen la mano y le detiene. Estoy cierto que todavía le habría detenido de otra caída más fatal, que lo es caer en pecado. (Ann. Soc. 1601).

11. Un desgraciado cometía una acción fea ante una imagen de María: el Señor no queriendo sufrir una injuria hecha delante de una imagen de su Madre, lo castigó con una muerte repentina, y la imagen volvió la cabeza. Dichoso él si, cuando sintió la tentación, en lugar de consentirla, se hubiese dirigido a la imagen implorando el socorro de María. (Aur.).

Frassinetti, José ( Prior de Santa Sabina de Genova). Devoción a María. Libr. Religiosa, Impr. de Pablo Riera, 1851.

De la dicha que tenemos en ser cristianos

Julio 14, 2009 por salutarishostia

JEAN CROISET S.J.
(1656-1738)

“Considera que la mayor dicha que podemos tener en este mundo es ser Cristianos.

Nacimiento ilustre, familia distinguida, alianzas honrosas, puestos elevados, fortuna brillante, títulos antiguos, empleos lustrosos, nombres magníficos: ¿no me diréis de qué podréis servir a un pobre infiel por toda la eternidad?

Los Alejandros y los Césares están hoy confundidos con los mas viles esclavos de su misma religión. Revolved sus cenizas; buscad entre ellas alguna distinción: pues la misma encontraréis en sus personas.

¡Qué pequeñitos son en su muerte los mayores hombres, si tienen la desgracia de no morir Cristianos!

Lleno está el infierno de esos dichosos del siglo, de esos Dioses de la fábula; y ¡cierto que allí será muy respetable el título de haber sido un Semi-Dios en la tierra!

Solo el nombre de Cristiano es título de mucho honor en una y en otra vida: es un carácter indeleble, que por sí solo funda en los párvulos legítimo derecho a la eterna bienaventuranza.

Mas que se hayan poseído todos los títulos de nobleza, de preeminencia y de grandeza son imaginables; si falta el de cristiano, todos los demás se desvanecen en humo.”

“Considera las infinitas ventajas que trae consigo el augusto nombre de Cristiano.

Represéntate los infinitos méritos de la vida, pasión y muerte de Jesucristo; el infinito precio y valor de los Santos Sacramentos; los incomprensibles gozos de la celestial Jerusalén, el valor sin medida de la gracia del Salvador, las inestimables utilidades de la Comunión de los Santos; la indecible dignidad de nuestra Religión; y en fin la dicha de la eterna bienaventuranza.

Por el Santo Bautismo, por el título de Cristianos adquirimos derecho a todos estos tesoros, nos enriquecemos con todos estos bienes y podemos aspirar a ser ciudadanos de la Patria celestial.

¡Oh gran Dios! ¡y qué elevado concepto haremos de esta dicha por toda la eternidad! ¡Que idea no tendremos del santo bautismo! ¡Y cuál será nuestro reconocimiento por tan inexplicable beneficio!

¿Trocaremos entonces, o confundiremos el nombre de Cristiano con el de hombre de distinción, hombre poderoso, hombre de ingenio, hombre de mundo?

Y si por toda la eternidad solamente hemos de hacer aprecio del título de Cristianos; si este solo nombre ha de ser el objeto de nuestro eterno reconocimiento, ¿Qué razón habrá para que no pensemos y no discurramos ahora de la misma manera?

¡Cosa extraña!

Vive y muere un Cristiano sin haber quizá dado jamás gracias a Dios por tan insigne favor, y acaso sin haber nunca estimado como tal la gracia de ser Cristiano.

Hacése tanta estimación de haber nacido grande, de haber nacido príncipe, de haber nacido soberano.

Apreciase tanto el ser de familia ilustre, de casa opulenta y poderosa: ¿pero quién hace una santa vanidad de haber nacido de padres cristianos, y de haber sido reengendrado en las saludables aguas del bautismo?

¿Cuántas veces se han dado gracias a Dios por tan insigne beneficio? Gloriámonos de un vano título de nobleza, ¿pero dónde hay nobleza comparable con la de ser hijos de Dios, tener derecho al paraíso, y ser miembros de la verdadera Iglesia?

Somos ingratos, porque estimamos poco este favor, y le estimamos poco, porque tenemos poca fe, porque nuestras costumbres y nuestra conducta desacreditan nuestra Religión, y la santidad del Cristianismo.

Conozco, Señor, la irregularidad, y la impiedad de mi conducta; pero confiado en vuestra divina gracia, espero reparar mi pasada ingratitud con mi enmienda futura.”

***

JACULATORIAS

Tuus sum ego, salvum me fac. Salm. 118

Soy, Señor, vuestro hijo, y vuestro siervo soy por el bautismo: no permitáis que se pierda vuestro siervo, y vuestro hijo.

Haec est vita eterna: Ut cognoscant te, solum Deum verum, quem misisti Iesum Christum. Joan 17

La única vida eterna es conocerte a ti solo Dios verdadero y al que enviaste Jesucristo.

***

PROPÓSITOS

No hay dignidad comparable con la de Cristiano: todo título de nobleza, todo dictado honorífico, toda dignidad de la tierra, todo nombre cede al augusto epitecto de Cristiano, y al respetable carácter que recibimos en el santo bautismo.

Muchos Príncipes y Princesas nunca se gloriaban de otra cualidad. Soy Cristiano, soy Cristiana se les oía repetir muchas veces: estos son los títulos de mi nobleza. San Luis, Rey de Francia, se firmaba Luis de Poissy, porque en Poissy había sido bautizado.

Yo soy Cristiana, respondían a los tiranos aquellas ilustres mártires, que en nada apreciaban ser princesas.

Es cierto que esta augusta dignidad no se ha envilecido; ¿pues de dónde nacerá que no nos honremos tanto con ella? De que somos poco Cristianos.

 Es uno grande en el mundo, es noble, es caballero, es rico y luego hace vanidad de serlo; ¿pero el día de hoy se hace tanta de ser uno Cristiano?

Sin duda que esto debe de ser porque se conoce muy bien, que la conducta desmentiría las palabras y la profesión.

Toma una fuerte resolución de que de hoy en adelante sea muy diferente de la que has tenido hasta ahora: todos los días por la mañana, y por la noche, has de dar gracias a Dios por la insigne dicha de ser Cristiano y Católico; gloriándote de serlo, de parecerlo, y de confesarlo.

Cuando alaben a tu presencia, tu casa, tu familia, tu distinción, tu empleo, tu ministerio, di con resolución que no aprecias otro carácter, ni otra dignidad que la de Cristiano.

Ten presente el día en que fuiste bautizado, y celebra todos los años este dichoso día con alguna fiesta particular.

Confiésate y comulga en él, dando gracias al Señor por tan grande beneficio. Manda celebrar alguna Misa el mismo fin, y convida con algunas limosnas a los pobres, para que junten sus gracias con las tuyas.

Renueva en él lo que prometiste a Dios en el bautismo, y profesa particular devoción al Santo, o Santa de tu nombre.

***

RENOVACIÓN DE LAS PROMESAS
HECHAS EN EL SANTO BAUTISMO

Oh amorosísimo Dios y Señor mío, ¿qué gracias te daré en este dichoso día, en que de hijo de ira y esclavo del demonio pasé por el Santo Bautismo a ser hijo tuyo y heredero del cielo?

¿Qué méritos hallastes en mí para sacarme de las sombras de la muerte, dar a mi alma la vida de la gracia y ataviarla con las preciosas joyas, dones y virtudes del Espíritu Santo?

¡Tantos que te correspondieran mejor, están todavía sentados en las tinieblas del error; y yo, quizás el más ingrato de todos, fui preferido a ellos, alumbrado con la luz del Evangelio, y escrito en el libro de la Vida! ¡Oh! canten los Ángeles y Santos tus misericordias para conmigo, y ayúdenme todas las criaturas a darte gracias por tan insigne beneficio.

Mas una condición pusiste, Dios mío, a este señalado favor; y fue, que yo renunciase a Satanás, a sus pompas y obras, y abrazando la santa fe católica perseverase en tu divino servicio fiel hasta la muerte.

Así lo prometí entonces por boca de mis padrinos: pero ¡ay de mí! ¡qué mal he cumplido tan santas y augustas promesas!

Dando oído a las seductoras máximas del mundo, me pasé a las filas de Lucifer; fui en pos de placeres y divertimentos profanos, corrí tras las vanidades, honores y riquezas, que son las pompas del demonio; y menospreciando, Señor, tu santa ley, ¡ay! preferí las nefandas obras de satanás a los preceptos de la Iglesia.

¡Oh! ¡pasmaos cielos! mirad hasta dónde llegó mi ingratitud y delirio: yo abandoné al Padre que me crió, y dejando esta divina fuente de agua viva, fui a mancharme en el cenagoso barro de las cisternas disipadas.

Mas compadécete, Señor, de mi profunda miseria.

No caiga sobre mi aquella maldición de tu Profeta: ¡Ay de los malvados hijos que vuelven las espaldas al Señor!

Ya vuelvo a ti, mi dulce Jesús; ya renuncio a satanas , a sus pompas y a sus obras; ya juro amarte y servirte por siempre más.

Sí, Ángeles del cielo, que escribisteis un día mis promesas, sed hoy de nuevo testigos de mi resolución.

No; no me arrepiento de lo que prometí en el Santo Bautismo por la boca de mis padrinos: ahora que puedo hablar , y tengo plena libertad y conocimiento, en tu presencia, soberano Señor Sacramentado, y delante de toda la Corte celestial, renuncio de nuevo a satanás, a sus pompas y a sus obras, y me consagro para siempre a tu divino servicio.

Nunca más abdicar la fe: nunca más avergonzarme de practicar la religión santa: nunca más correr tras los fementidos placeres  y locas vanidades del mundo.

Tú, Dios mío, eres el centro de mi felicidad; tú serás  también el único blanco de  mis esperanzas y de mi amor.

Anatema a satanás, que por tanto tiempo me ha sojuzgado: anatema a todas sus obras de iniquidad: anatema al mundo, a sus diversiones y máximas perversas: anatema a la carne y a sus pérfidos halagos: gloria y loor eterno a Jesucristo, a quien sólo quiero amar , servir y poseer por infinitos siglos. Amén.

*****

Oh Dios mío, os doy infinitas gracias por haberme creado a vuestra imagen y semejanza, por haberme reengendrado con el Santo Bautismo, por haberme dado con él vuestra gracia, los dones y virtudes del Espíritu Santo, y por haberme hecho hijo de vuestra Iglesia.

En aquel día para mi tan venturoso no sólo renuncié a satanás por boca de mi padrino y a todas sus obras, pompas y vanidades, sino que también hice profesión de creer en un solo Dios, Padre Hijo y Espíritu Santo; creer en la Iglesia católica, la comunión de los santos y todas las demás verdades por Vos reveladas , y que en fin resolvía vivir y morir en esta creencia, y en la observancia de vuestros santos mandamientos.

Pero ¡ay de mí!¡Dios mío! ¡y cuan mal he cumplido tan santas y solemnes promesas! He dado oídos a las sugestiones del demonio; he militado bajo las banderas de satanás; he ido en pos de las pompas del diablo; arrastrado de los placeres y vanidades del mundo; he preferido los honores, riquezas y demás objetos terrenales a los bienes espirituales y eternos que Vos prometéis a vuestros hijos.

Debiéndoos amar sobre todas las cosas os he pospuesto a las más viles y por ellas os he despreciado, pecando.

Debiendo vivir para Vos únicamente, consagraros todos mis pensamientos, palabras, y obras, he vivido únicamente para mí, y todas las he dirigido a la satisfacción de mis antojos.

¡Ay de mí, he infringido vuestras santas leyes, las de la Iglesia y las de mi estado!

Pero, Señor, renuncio de nuevo a todo lo que no sea Vos; desde hoy detesto y abomino todas mis iniquidades; os pido humildemente perdón de todas ellas; y espero que por los méritos de vuestro querido Hijo me las perdonaréis.

Dignaos, Dios mío, aceptar la renovación que hago en este día de las promesas que delante de toda la Iglesia hice en el día de mi bautismo, las que intento cumplir con toda exactitud y fidelidad; y al efecto ahora que tengo mayores conocimientos, digo que renuncio a satanás, a todas sus pompas y a todas sus obras.

Jamás prestaré atención al demonio ni a cosa alguna que con él tenga relación.

Pondré cuidado en no dejarme llevar de la soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia, pereza y daré de mano a cuanto sea pecado porque sé que el pecado es obra de satanás.

Pondré cuidado en arrancar de mi corazón, el amor a las riquezas, honras, pompas y placeres del mundo, porque sé que todo ello no es otra cosa que un lazo con que el demonio, nuestro enemigo, intenta prender nuestras almas.

Procuraré meditar sobre la vanidad y lo deleznables que son los bienes de este mundo, para que mi corazón esté siempre libre de todo afecto terreno, y sólo ame a Vos, que sois mi centro, mi infinito, eterno e incomprensible bien.

Sí, Señor, sí; quiero vivir y morir en la fe, esperanza y caridad, y en la obediencia y fidelidad que os he prometido.

Creo cuanto cree la santa Iglesia católica, apostólica y romana, y repruebo cuanto ella reprueba.

Nunca volveré a poner mi esperanza en las riquezas, honores, hermosura, juventud, ni en otra cosa alguna creada, sino en Vos, Dios mío: sí, en Vos coloco toda mi felicidad; sólo Vos sois el objeto de mi nueva esperanza.

Los días que me restan de vida los emplearé en amaros y serviros con toda fidelidad y amor.

Quiero amaros, Dios mío, con todo mi corazón, con toda mi alma, y con todas mis fuerzas; desde hoy os consagro todos mis pensamientos, deseos, palabras y acciones, mi cuerpo, mi alma, mis bienes, cuanto poseo y puedo poseer, y estoy resuelto a no usar de cuanto está en mi poder sino para vuestra mayor honra y gloria, y conforme a vuestra santísima voluntad.

Os amo, Dios mío, y os amaré siempre más y más con todo el afecto de mi corazón, sin que deje jamás de amaros; ni la vida ni la muerte, ni la esperanza del bien, ni el temor del mal ni mis amigos, ni mis enemigos ni cosa alguna creada podrán hacerme faltar a la palabra de fidelidad que acabo de daros, la que renuevo ahora a la faz de los cielos y de la tierra, a quienes pongo por testigos.

Con entera sumisión me sujeto a vuestros preceptos, igualmente que a los de todos mis superiores.

Tal es, Señor, mi nueva resolución y voluntad, en la que deseo vivir y morir; y siendo Vos el autor de ella, espero que me auxiliaréis con vuestra gracia para llevarla a cabo, pues bien sabéis que sin vuestra gracia yo nada puedo absolutamente.

Renovad en mí, oh Divino Redentor, el espíritu de fe, de esperanza, de caridad, de humildad y de las demás virtudes que me infundisteis en el Bautismo, a fin de que fortificado con ellas, pueda hacerme superior a la concupiscencia que me arrastra al pecado; pueda resistir a mis enemigos, y ser fiel a lo que acabo de prometeros; todo lo cual os lo pido por los méritos e intercesión de vuestra querida Madre, de los Ángeles y Santos del Cielo y justos de la tierra. Amén.

***

-Jean Croiset. Año Christiano. Real Compañía de Impresores y Libreros del Reino. Madrid.1782.

-Áncora de Salvación. Ed. Diamante. Bs. As. Nihil obstat e Imprimatur 1943.

-Nueva Áncora de Salvación. Ed. Augusta. Bs. As. Nihil Obstat e Imprimatur 1944.

Nuestra Señora del Carmen y el Escapulario

Julio 11, 2009 por salutarishostia

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El Santo Escapulario

Con esta palabra se entiende siempre designar la espiritual divisa de la insigne Orden Carmelitana, por ser el Escapulario de ella el que dio tipo y norma para todos los demás que después se han usado en la Iglesia de Dios.

Del mismo modo que cuando se habla de la Venerable Orden Tercera se quiere significar, aunque otra cosa no se diga, la del santo Padre Francisco de Asis, que fue la que sirvió de modelo a cuantas Ordenes Terceras se han erigido después.

Es entre todas las Ordenes religiosas una de las más distinguidas la insigne Orden Carmelitana o del Monte Carmelo. A la antigüedad de su fundación, que no sin graves motivos se hace remontar al santo profeta Elias, añade los inmensos servicios que ha prestado a la Iglesia de Dios, y lo que ésta la ha tenido siempre en especial consideración. Mas sobre todo la enaltece la justa estima que ha logrado entre las clases todas del pueblo cristiano su Santo Escapulario. Aun hoy, debilitada la fe y entibiado en muchos corazones, aun de los catolicos, el amor en que deben tenerse siempre estas piadosas practicas, el santo Escapulario comparte con el Rosario de Nuestra Senora el blason de la más universal popularidad. Aún hoy parece ser fiesta en todos los pueblos el día del Carmen, aunque como tal no la haya preceptuado el calendario cristiano, y son los altares más concurridos y más iluminados los de la Virgen del Carmelo, y son los colores de su hábito los que más usan en concepto de devocion y de ex-voto muchas personas piadosas. Y bajo sotanas y monjiles, como bajo trajes de seda y uniformes militares, la mística divisa del Escapulario cubre aun muchos pechos como celestial escudo, y mantiene en ellos como recuerdo santo el calor de la fe y de la devoción más acendrada a María Santísima.

Prescindiendo, pues, de las grandezas y glorioso abolengo histórico de la Orden Carmelitana, que todo no lo podemos abarcar, diremos, algo ahora del Santo Escapulario, parte que más de cerca atañe a nuestras relaciones con el pueblo, a quien principalmente nos dirigimos. Su origen, su excelencia, las bendiciones que a él ha vinculado la promesa formal de la Madre de Dios, las gracias con que después la enriqueció la generosidad de los Papas, los favores mil que ha logrado a sus devotos; todo eso reseñaremos breve y compendiosamente, y aunque muchos de nuestros lectores lo sepan ya, por haberlo oído cien veces predicar, se lo recordaremos para que lo tengan en mayor estima y aprecio.

Y además les daremos de nuestro propio saco algunas contundentes razones con que puedan contestar a quien les hable en son de mofa contra tan hermosa devoción.

Que los tiempos presentes obligan a que se miren y estudien siempre las practicas  devotas también por este lado: por el de la controversia, para cerrarle la boca a los impíos.

***

HCO%20Carmelite%20S%20SimonStockSu fundamento histórico

La misma Virgen Santísima es la autora del Santo Escapulario. Sabida es la hermosísima historia (no leyenda, sino historia fundada en los documentos críticos más incontestaables) del venerado Simon Stok, carmelita ingles, general luego de toda la Orden carmelitana, a quien se apareció la celestial Señora, donándole, con raro y nunca antes oido privilegio, la insignia del Santo Escapulario con estas palabras que expresan toda la importancia del don:Recibe, muy amado hijo, recibe este Escapulario, insignia y divisa especial de tu Orden y de mi Hermandad, privilegio singular y exclusivo para ti y todos los Carmelitas. Cualquiera que muriese investido con el no sufrirá el fuego eterno. En el tienes bella consigna de salud, amparo en los peligros, prenda de paz y de eterna alianza.”

Documentos de la crítica más incontestable sacan, como dicho, esta aparición de la categoría de piadosa leyenda tradicional que para algunos pudiera meramente tener, para elevarla a la de verdad reconocida plenamente por la historia y sancionada por la suprema autoridad de la Iglesia, tan escrupulosa como todos sabemos, en estas materias.

 La serie de Romanos Pontífices que en seguida se apresuraron a dar toda clase de apoyo y firmeza a la devoción del Santo Escapulario principia en Juan XXII, el cual en su famosa Bula refiere, bajo el sello papal, como se le apareció la Reina de los cielos, y le manifestó que su amor a los cofrades Carmelitas era tal, que no permitiría que los exactos observantes de esta Regla pasasen en el purgatorio mas allá del primer sábado después de su muerte, por lo cual se llama a dicha Bula Sabbbatina. Singular manera de jubileo otorgado a sus devotos por la bondad de la Madre de Dios, y que fue reconocido, no como mera piadosa creencia popular, sino como auténtica revelación de la Reina de los cielos, por Alejandro V, Clemente VII, Paulo III, San Pio V y Gregorio XIII, que todos añadieron nueva sanción a la referida Bula de Juan XXII.

Permitiendo Dios que, algunos siglos después, poderosos emulos de la Orden Carmelitana trajesen en Francia cuestión sobre eso, llegándose al caso de que por alguna autoridad inferior se pusiese en duda la autenticidad de tales creencias; lo cual provocó de nuevo el fallo irrecusable de Roma sobre este particular.

Lo cual más tarde repetido en Portugal, tuvo de parte de Roma igual definitivo desenlace. Como si a propósito hubiese querido Dios sujetar a juicio contradictorio este punto culminante de las glorias Carmelitas, a fin de que más clara resaltase la solidez de los fundamentos canónicos de esta hermosa devoción.

El último ponente, digamoslo así, de las sagradas Congregaciones romanas en esta materia, fue un teólogo de la talla del cardenal Belarmino, hoy honrado con el título más glorioso y auténtico de Santo, a cuya pluma se deben las lecciones del segundo Nocturno del rezo de la Virgen del Carmen, que por orden del Papa le fueron encomendadas en sustitución de las antiguas, para que en ellas después de nuevo y maduro examen de este gran controversista, quedase plena y oficialmente consignada la revelación del venerable Simon Stok y el contenido de la Bula de Juan XXII.

A lo cual debe añadirse la concesión de las innumerables indulgencias con que ha enriquecido la Iglesia la práctica de que tratamos aquí, última y más autorizada confirmación de ella para cuantos sepan apreciar el valor que tienen tales datos de crítica  eclesiástica.

Está, pues, en la categoría de las devociones más autorizadas más formalmente reconocidas en la Iglesia de Dios la del Santo Escapulario.

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Sus privilegios

El elogio del santo Escapulario queda hecho con citar las memorables palabras con que se dignó acompañar la Santísima Virgen su entrega al Beato Simón. De ellas se han deducido cinco como especiales prerrogativas de esta espiritual divisa, por este orden:

1º El Escapulario eleva a todo aquel que dignamente lo usa al carácter de hijo y hermano co-familiar de la Santísima Virgen.

Tales son las primeras palabras de María a Simón Stok: “Recibe, hijo mío, el Escapulario de tu Orden, divisa hermosa de mi confraternidad“. A quien la Virgen otorga con tal investidura este título de cohermano suyo, ¿quién se lo podrá negar?

2º Hace participantes a cuantos lo visten de todas las obras buenas que se hacen en toda la Orden Carmelitana.

Compréndese esta prerrogativa en la anterior, pues haciendo el Santo Escapulario de todos cuantos lo usan una verdadera espiritual familia, hácelos partícipes, como no opongan formal obstáculo, de un mismo espiritual patrimonio, en lo cual consiste el carácter verdadero de cohermandad.

3º Da derecho a innumerable suma de gracias espirituales abundantemente prodigadas por la Iglesia a cuantos tomen sobre sí esta devota insignia.

 Llenos están los sumarios de la Orden de la relación de estas indulgencias, en las que apenas hay otra más rica, además de aquel insigne jubileo sabatino consignado en la Bula de Juan XXII y de que hemos hablado antes.

4º Es signo de especial alianza entre el cofrade y la Virgen Santísima, y prenda de etema salvación.

También las palabras dichas expresan este concepto en términos que varios autores no han dudado llamar al Santo Escapulario una especie de sacramento de María, como que es signo sensible de la gracia de Ella, acreditada además por innumerables hechos que constan en la historia debidamente justificados.

5º  Es protección en los mismos peligros corporales, como también expresa la citada fórmula de entrega de la Madre de Dios, también justificada con repetidos casos, en que aparece clara su protección sobre los fieles devotos del Escapulario en sus necesidades, especialmente en lances de guerra y de incendios. 

Tales privilegios han dado muy justamente a la Cofradía del Santo Escapulario los honores de la más hermosa popularidad.

Hubo un tiempo, en efecto, en que pobres y ricos, jóvenes y ancianos, hacíanse como un deber llevar sobre su pecho esta divisa de María, para más acreditarle su amor y merecerse su protección.

Hoy, con ser más tibia la fe, y en consecuencia haber decaído como todas las demás esta piadosa práctica, conserva todavía ella uno de los más privilegiados lugares en el corazón de pueblo cristiano.”

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Honra, obliga, protege

En resumen, María, nuestra Madre, se dignó bajarnos del cielo esta prenda de su protección, divisa de sus más devotos hijos.

Y el mundo todo recibió con aclamaciones de gratitud y cariño ese testimonio del amor que le profesa desde los cielos su buena Madre.

Amad,  pues,  el Santo Escapulario, veneradlo y traedlo encima con fe y devoción y ejemplar conducta,  porque es la insignia principal de vuestra Madre.

Escuchad ahora, y grabad en vuestra mente lo que os voy a decir sobre el Santo Escapulario.

HONRA, como honra al buen militar el uniforme de su ejército ; como honra al buen patricio la bandera de su nacionalidad;  como honra a buen ciudadano la divisa de su profesión 0 clase social. Con él distingue a sus más adictos soldados la Reina de los cielos, a sus más preclaros hijos la sociedad cristiana. Vestir el Escapulario es todo eso, porque es la librea y divisa de la más escogida familia, la de la Reina de los cielos. 

OBLIGA, como obliga un compromiso contraído; como obliga una palabra empeñada; como obliga un ofrecimiento prestado. Como obliga al caballero su blasón; como obliga al soldado su bandera; como obliga al magistrado su insignia. Obliga a no mancharlo con ideas 0 costumbres indignas de él; a no envilecerlo con ruin y bastarda conducta; a ostentarlo con decoro; a conformar  a su alta significación todo el tenor de vida;  obras, palabras,  pensamientos y aficiones.

PROTEGE, como celestial loriga con que cubre María el pecho a sus devotos; como tabla salvadora que les tiende en medio del oleaje del mundo, como prenda y fianza que les anticipa de su maternal corazón  hasta más allá de la muerte. Preserva en vida de males del  alma y del cuerpo; consuela en muerte de los remordimientos y angustias postreros, redime después de ella los atrasos y deudas  del purgatorio. Mitiga el hervor de las tentaciones; endulza los dolores de la agonía; abrevia el  plazo de la expiación.

Traedlo, pues, encima, católicos todos, con fe y devoción y ejemplar conducta, porque  es la insignia principal de vuestra Madre, la dulce, la cariñosa, la poderosísima Reina Carmelitana.

*****

Oración a la Virgen del Carmen

¡Oh, Virgen María, Madre de Dios y de los pecadores, especial protectora de los que visten tu sagrado Escapulario!

Te suplico, por lo que su Majestad te ha engrandecido escogiéndote para verdadera Madre suya, me alcances de tu querido Hijo Jesús el perdón de mis pecados, la enmienda de mi vida, la salvación de mi alma, el remedio de mis necesidades, y el consuelo de mis aflicciones , si conviene para su mayor honra y gloria y bien de mi alma; que yo, Señora, para conseguirlo, me valgo de tu intercesión poderosa, y quisiera tener el espíritu de todos los ángeles, santos y justos para alabarte dignamente; y, uniendo con sus afectos mis voces, te saludo una y mil veces, diciendo: Dios te salve María, etc.

*****

NOVENA

en honor de

Ntra. Señora del Carmen

Oración para empezar todos los días

¡ Santísima Virgen del Carmen, adornado con el Sagrado Escapulario que visto, vengo a vuestras plantas a pediros perdón, arrepentido de mis culpas, a prometeros la enmienda de mi vida, y a suplicaros me alcancéis la salvación de mi alma. Dignaos acoger benigna mis súplicas; sed mi amparo en todas las  necesidades; encended mi corazón con el fuego santo que arde en el vuestro y concededme si me conviene, la gracia que os pido en esta novena.

DÍA PRIMERO

¡Oh excelsa Madre mía! ruégoos humildemente os dignéis adornar mi alma con abundantes frutos de virtudes, para que sirviéndoos con perfección en esta vida, pueda gozar con Vos en la eterna.

También os ruego me alcancéis lo que os pido en esta novena.

No queráis, oh misericordiosísima Virgen del Carmen, despreciar mis fervorosas súplicas; antes bien, dignaos acogerlas favorablemente. Amén

Hágase con fervor y confianza la petición que se desee y récense siete Padre nuestros, Ave Marías y Gloria Patri, concluyendo con la siguiente oración:

Oración final para todos los días

A Vos acudo, Emperatriz misericordiosa, suplicándoos os dignéis aceptar estos siete Padrenuestros, Ave y Gloria, que con la intención de ganar las indulgencias concedidas al Santo Escapulario, os ofrezco en esta novena. Amén.

DÍA SEGUNDO

Todo igual al primer día, cambiando solamente, la consideración; y así en los demás días.

¡Oh Virgen del Carmen, María Santísima! ¡cuánto habéis amado a vuestros hijos! ¡qué elocuentísimas frases dirigisteis al beato San Simón al entregarle la insignia de vuestra hermandad: “Es privilegio de confraternidad que te concedo a ti y a cuantos devotamente la vistan!”

¡Oh Virgen Santa! ¿Qué honor puede compararse con el que me concedéis? Haced que llore mis culpas y os sirva con perfección, para edificar al prójimo, dándole a conocer la virtud que comunica a vuestro Santo Escapulario. Amén.

DÍA TERCERO

¡Oh Madre mía! ¿quién podrá ponderar los efectos de inagotable benevolencia que sabéis dispensar a los que visten vuestro santísimo Escapulario?

Por tan singular amor os ruego tengáis piedad de mi, para que, despreciando lo temporal y lo terreno pueda veneraros con el amor y respeto del cual sois tan digna. Amén.

DIA CUARTO

¡Oh gran Madre de Dios! ¡Vos, tan santa, no os desdeñáis de elevar hasta Vos estos pecadores tan llenos de defectos! Haced, Madre mía, que sepa imitar vuestros esclarecidos dones y que siguiendo vuestras místicas huellas en el camino de la perfección, llegue hasta Vos, en la patria celestial. Amén.

DIA QUINTO

¡Oh Virgen Santa! ¡qué consoladora es vuestra promesa de que vigilante acompañáis siempre a vuestros hijos, librándolos de los peligros, custodiándolos con vuestro precioso y poderoso amparo!

Haced, Madre mía, que me emplee en el servicio de Dios y vuestro, para que jamás os ofenda. Amén.

DÍA SEXTO

Santísima Virgen del Carmen, que para señalar a vuestros devotos como distinguidos hijos vuestros los ennoblecisteis con la honrosa prenda del Santo Escapulario, fortaleciéndoles con él contra los combates de este mundo. No permitáis que jamás me despoje de tan sagrado tesoro; sea él, refugio que preserve de caer en las tentaciones y haced que os sirva con amor. Amén.

DÍA SÉPTIMO

¡Santísima Virgen del Carmen, amparo de los necesitados!, mi alma se acoge a vuestra soberana protección para el peligroso paso del tiempo a la eternidad. Dignaos asistirme en la hora de mi muerte con vuestra real presencia para que, entregando mi alma en vuestras manos, la dirijáis a la gloria. Amén.

DÍA OCTAVO

¡Virgen Santísima del Carmen! Vos dijisteis a todos los que visten vuestro santo Escapulario: “El que muriese con él, no padecerá el fuego eterno”, significando así vuestra especial protección para que no caigan en el infierno los que visten dignamente el Santo Escapulario. ¡Qué prerrogativa tan consoladora!

Dadme, Madre mía, un verdadero dolor y perfecta contrición de todos mis pecados, para que sea digno de recibir tan grande beneficio. Así sea.

DÍA NOVENO

¡Soberana Virgen del Carmen! Vuestro maternal cariño se extiende hasta proteger a cuantos visten vuestro Santo Escapulario aún después de su muerte, consolando sus almas con maternal afecto, cuando están en el purgatorio y llevándosela al cielo cuanto antes sea posible, sobre todo en los sábados, para darles pleno goce en la gloria; con tal que durante su vida mortal hubieren cumplido las abstinencias y preces prescriptas y guardado castidad según su estado.

Ya que para procurar la salvación de vuestros hijos les dísteis el Santo Escapulario, prométoos firmemente, Madre mía, llevarlo toda mi vida, cumplir con las abstinencias y preces prescriptas y guardar castidad  según mi propio estado para que, siendo siempre vuestro fiel devoto, vuestro Hijo querido me conceda lo que por vuestra intercesión he pedido en esta Novena. Amén.

*****

-Doctor Félix Sardá y Salvany, Pbro. Año Sacro. 6º edición. Tomo segundo: Tiempos y Fiestas después de Pentecostés. Ed. Ramón Casals. 1954. Barcelona.

-Nueva Ancora de Salvación. Ed. Augusta. Bs As. Nihil Obstat e Imprimatur: 1944.

María Auxiliadora

Julio 7, 2009 por salutarishostia

Don Bosco y María Auxiliadora

Palabras dadas por Don Bosco a los alumnos el 20 de mayo de 1877.

 ”Estamos en la fiesta de Pentecostés, en la novena de María Santísima Auxiliadora.

Durante este mes, se obtienen cada día muchas gracias de la Virgen.

Unas veces son personas que vienen aquí a esta nuestra iglesia a pedir favores o a agradecer los recibidos; otras, llegan cartas de lejos con relatos de sucesos admirables, atribuidos a la invocación de nuestra buena Madre, y que expresan la gratitud de los agraciados.

Pero las gracias más grandes son las que no se conocen.

¡Cuántas y cuántas personas hay que, por intercesión de María Santísima, pudieron ordenar los asuntos de su alma!

Y, sin ir más lejos, aquí en nuestra casa son innumerables las gracias obtenidas y que se van obteniendo por muchos jóvenes, que invocaron a María con el título de Auxilium Christianorum, y obtuvieron gracias espirituales.

Uno logró perder una mala costumbre, otro adquirió una virtud difícil de practicar…

Os recomiendo, pues, por cuanto sé y puedo, que invoquéis todos a María Santísima en esta novena.

Esta Madre piadosa concede fácilmente las gracias que necesitamos, y sobre todo las espirituales. Ella es poderosísima en el Cielo y cualquier gracia que pida a su Divino Hijo, le es concedida al instante.

 La Iglesia nos da a conocer el poder y la benignidad de María con aquel himno que empieza: Si coeli quaeris ianuas, Mariae nomen invoca. (Si buscas las puertas del cielo, invoca el nombre de María).

Si, para entrar en el cielo, basta invocar el nombre de María, preciso es decir también que Ella es poderosa.

Su nombre es representado como puerta del cielo, y todos los que quieren entra en él deben encomendarse a María.

Recurramos nosotros a Ella, especialmente para que nos ayude en el momento de la muerte.

La Iglesia, en efecto, dice en otro lugar que María, por sí sola, es terrible como un ejército ordenado para la batalla, que lucha contra los enemigos de nuestra alma.

Aunque, en el sentido literal de la Sagrada Escritura, estas palabras se refieren a los enemigos de la Iglesia, sin embargo el espíritu de la Iglesia misma las refiere también a nuestros enemigos particulares en las cosas del alma.

Sólo al oír el nombre de María, se dan a la fuga los demonios.

Por eso, es llamada Auxilium Christianorum, Auxilio de los Cristianos, lo mismo contra los enemigos exteriores que contra los enemigos interiores.

Nosotros principalmente debemos encomendarnos a Ella, nosotros que celebramos su fiesta de manera particular como nuestra propia fiesta, aun cuando sea fiesta de la Iglesia universal.

Por este motivo os recomiendo cuanto sé y puedo, y deseo que mi consejo quede grabado en vuestra mente y en vuestro corazón; invocad siempre el nombre de María, especialmente con la jaculatoria: María Auxilium Christianorum, ora pro nobis.

Es una oración breve y muy eficaz, según lo dice la experiencia. La he aconsejado a muchos y todos, o casi todos, me dijeron que habían obtenido estupendos resultados.

 Otros me aseguraron lo mismo, aunque nadie se lo había aconsejado, sino que habían adquirido el habito de rezarla por sí mismos.

Todos nosotros tenemos nuestras debilidades, y, por eso, todos necesitamos auxilio.

Por tanto, cuando querais obtener una gracia espiritual, tomad la costumbre de rezar, de vez en cuando, esta jaculatoria.

Es una gracia espiritual verse libre de tentaciones de aflicciones de espíritu, de falta de fervor, de vergüenza en la confesión, que haga demasiado pesada la manifestación de los pecados.

Si alguno de vosotros quiere que cese una obstinada tentación, vencer una pasión, verse libre de muchos peligros de esta vida, o alcanzar una gran virtud, no tiene más que hacer que invocar a María Auxiliadora.

Estas y otras gracias espirituales son las que se obtienen en mayor cantidad, y que no se llegan a saber y hacen más provecho a las almas.

No es del caso que os enumere los muchísimos que invocándola con esta jaculatoria, obtuvieron gracias especiales. He aconsejado la jaculatoria: María Auxilium Christianorum, ora pro nobis.

A cientos, a millares, de casa y de fuera de ella, les recomendé que, si no habían sido escuchados rezando esta jaculatoria, vinieran a decírmelo.

Y, hasta ahora, no ha venido ninguno a decirme que no había obtenido la gracia.

Digo mal, he de corregir mi error, hubo alguno, como hoy mismo, que vino a quejarse de no haber sido escuchado.

¿Pero, sabéis por qué? Habiéndole preguntado, confesó que sí había tenido la intención de invocar a María, pero que después no la había invocado.

En este caso no es la Virgen María la que falla, somos nosotros los que fallamos, no rezándole; no es que María no nos escucha, somos nosotros los que no queremos que nos escuche.

La oración debe hacerse con insistencia, con perseverancia, con fe, con verdadero deseo de ser escuchados.

Quiero que hagáis todos esta prueba y que animéis a que la hagan también todos vuestros parientes y amigos.

En esta próxima fiesta de María Auxiliadora, si viniesen a veros y, si no vienen, escribiéndoles una carta, o dándoles recado en familia, decidles de mi parte: -Don Bosco os asegura que si queréis obtener alguna gracia espiritual, recéis a la Virgen con esta jaculatoria: María Auxilium Christianorum, ora pro nobis, y seréis escuchados.

Se entiende que se rece con las condiciones que ha de tener toda oración.

Si no sois escuchados, haréis un favor a don Bosco escribiéndole.

Si yo llego a saber que uno de vosotros ha rezado bien, pero en vano, escribiré inmediatamente una carta a San Bernardo diciéndole que se equivocó cuando dijo: “Acuérdate oh Madre Santa, que jamás se oyó decir que alguno te haya invocado sin tu auxilio recibir”..

Pero, podéis estar seguros de que no ocurrirá que tenga que escribir una carta a san Bernardo.

Y, si tal me ocurriese, entonces el santo Doctor sabrá encontrar en seguida algún defecto en la oración del suplicante.

Os reís por lo de enviar una carta a san Bernardo.

¿Es que no sabemos dónde se encuentra san Bernardo? ¿Acaso no está en el cielo?

-Hay dificultad en correos, se oyó exclamar a don Miguel Rúa; no saben cómo hacer llegar a destino la tal carta.

 -Ciertamente, contestó don Bosco, que para llegar hasta la morada de san Bernardo, haría falta una ambulancia de correos, que corriese muy aprisa y quién sabe cuánto tiempo.

No bastaría el telégrafo y, aunque la corriente eléctrica recorra en un relámpago grandísima distancia, sin embargo, en este caso, faltarían los hilos. Pero, para escribir a los santos, nosotros tenemos un medio más veloz que los coches, el tren o el telégrafo, y no temáis que los santos no reciban nuestras cartas en seguida, aun cuando el cartero llegara con retraso.

En efecto, ahora mismo, mientras os hablo, con mi pensamiento, más veloz que el rayo, me levanto a los espacios del cielo, subo arriba, arriba, por encima de las estrellas, recorro distancias inconmensurables, y llego al sitial de san Bernardo, que es uno de los más grandes santos del paraíso.

Haced, pues, la prueba que os he dicho y si no sois escuchados no encontraremos dificultad en enviar una carta a san Bernardo.

Bromas aparte, os repetiré que al fin de esta novena que todavía está en curso, grabéis en vuestro corazón estas palabras: María, Auxilium Christianorum, ora pro me, y las recéis en todo peligro, en toda tentación, en toda necesidad y siempre; y que pidáis también a María Auxiliadora la gracia de poder invocarla.

Y yo os prometo que el demonio fracasará.

¿Sabéis qué quiere decir que el demonio fracasará? Quiere decir que no tendrá ningún poder sobre vosotros, no logrará nunca haceros cometer un pecado, y tendrá que batirse en retirada. Mientras tanto, en el santo sacrificio y en los otros ejercicios piadosos, yo os recomendaré a todos al Señor para que os ayude, os bendiga, os proteja y os conceda sus gracias por medio de María Santísima. Buenas noches

Memorias Biográficas. Volumen 13.

La serpiente y el Rosario

Julio 6, 2009 por salutarishostia

SAN JUAN BOSCO

El 20 de agosto de 1862, después de rezadas las oraciones de la noche y de dar unos avisos relacionados con el orden de la casa, dijo don Bosco:

-Quiero contaros un sueño que tuve hace algunas noches. (Tal vez se trate de la precedente a la festividad de la Asunción de María Santísima).

Soñé que me encontraba en compañía de todos los jóvenes en Castelnuovo de Asti, en casa de mi hermano.

Mientras todos hacían recreo, vino hacia mí un desconocido y me invitó a acompañarle.

Le seguí y me condujo a un prado próximo al patio y allí me señaló entre la hierba una enorme serpiente de siete u ocho metros de longitud y de un grosor extraordinario.

Horrorizado al contemplarla, quise huir.

-No, no, me dijo mi acompañante; no huya; venga conmigo y vea.

-Y  ¿cómo quiere, respondí, que yo me atreva a acercarme a esa bestia?

-No tenga miedo, no le hará ningún mal; venga conmigo.

-¡Ah! exclamé; no soy tan necio como para exponerme a tal peligro.

-Entonces, continuó mi acompañante, aguarde aquí.

Y seguidamente fue en busca de una cuerda y con ella en la mano volvió junto a mí y me dijo:

-Tome esta cuerda por una punta y sujétela bien; yo agarraré el otro extremo y me pondré en la parte opuesta y así la mantendremos suspendida sobre la serpiente.

-¿Y después?

-Después la dejaremos caer sobre su espina dorsal.

-¡Ah! No; por favor. ¡Ay de nosotros si lo hacemos! La serpiente saltara enfurecida y nos despedazará.

-No, no; déjeme a mí, añadió el desconocido, yo sé lo que hago.

-No, de ninguna manera; no quiero hacer una experiencia que me pueda costar la vida.

Y ya me disponía a huir. Pero él insitió de nuevo, asegurándome que no había nada que temer; que la serpiente no me haría el menor daño.

Y tanto me dijo, que me quedé donde estaba, dispuesto a hacer lo que me decía. El, entretanto, pasó al otro lado del monstruo, levantó la cuerda y con ella dio un latigazo sobre el lomo del animal.

La serpiente dio un salto volviendo la cabeza hacia atrás para morder el objeto que la había herido, pero en lugar de clavar los dientes en la cuerda, quedó enlazada en ella como por un nudo corredizo.

Entonces el desconocido me gritó:

-Sujete bien la cuerda, sujétela bien, que no se le escape.

Y corrió a un peral que había allí cerca y ató a su tronco el extremo que tenía en la mano; corrió después hacia mí, tomó la otra punta y fue a amarrarla a la reja de una ventana de la casa.

Entretanto la serpiente se agitaba, movía furiosamente sus anillos y daba tales golpes con la cabeza y anillos en el suelo, que sus carnes se rompían saltando a pedazos a gran distancia.

Así continuó mientras tuvo vida; y, una vez que hubo muerto, no quedó de ella más que el esqueleto descarnado.

Entonces, aquel mismo hombre desató la cuerda del árbol y de la ventana, la recogió, formó con ella un ovillo y me dijo:

-¡Preste atención!

Metió la cuerda en una caja, la cerró, y después de unos momentos, la abrió.

 Los jóvenes habían acudido a mi alrededor. Miramos el interior de la caja y quedamos maravillados.

La cuerda estaba dispuesta de tal manera que formaba las palabras: ¡Ave María!

-Pero ¿cómo es posible?, dije. Tú metiste la cuerda en la caja a la buena de Dios y ahora aparece de esa manera.

-Mira, dijo él; la serpiente representa al demonio y la cuerda el Ave María, o mejor, el Rosario, que es una serie de Avemarías con el cual y con las cuales se puede derribar, vencer, destruir a todos los demonios del infierno.

 -Hasta aquí, concluyó don Bosco, llega la primera parte del sueño. Hay otra segunda parte más interesante para todos. Pero ya es tarde y por eso la contaremos mañana por la noche.

Entretanto, tengamos presente lo que dijo mi amigo respecto al Ave María y al Rosario. Recémosla devotamente ante cualquier asalto de la tentación, seguros de que saldremos siempre victoriosos. ¡Buenas noches!”

Memorias Biográficas. Volumen 7.

Los quince sábados en honor de la Ssma. Virgen de Pompeya

Julio 6, 2009 por salutarishostia

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“Está comprobado por la experiencia ser esta una devoción muy recomendable y eficaz, pues mediante ella otorga constantemente la Ssma. Virgen grandes beneficios, libra de grandes males, y socorre en apurados trances a los que la practican, como lo pregonan muy alto sus devotos, que por este medio han recurrido a tan tierna Madre.

ORIGEN DE ESTA DEVOCIÓN

Como el Santísimo Rosario, así también esta devoción tuvo su origen en la Orden de Sto. Domingo.

En el siglo pasado fue sus más ardiente propagador el abogado y Comendador Bartolomé Longo, fundador y director del Santuario de Pompeya, en Nápoles.

En Bs. As., el centro de esta devoción está en el Santuario de Pompeya, a cargo de los P.P. Capuchinos.

En qué consiste la devoción de los quince sábados.

La práctica de los quince sábados consiste en obsequiar a Nuestra Señora, como homenaje a los quince Misterios del Santísimo Rosario, durante quince sábados consecutivos, o, cuando se estuviese legítimamente impedido, durante quince domingos, por concesión de León XIII con fecha del  17 de septiembre de 1892.

La devoción de los quince sábados se puede practicar en cualquier época del año, pero se recomienda de un modo especial se haga en los quince sábados que preceden al primer Domingo de Octubre, o en los que preceden a la fiesta del Santuario de Pompeya que se celebra el 8 de mayo.

En casos particulares, como cuando se trata de obtener alguna gracia urgente, se pueden consagrar a María Santísima quince días consecutivos; pero en este caso no se ganan las indulgencias concedidas por los Romanos Pontífices.

Condiciones para hacer provechosamente los quince sábados.

1º Confesar y comulgar en cada uno de los quince sábados, o domingos.

2º Hacer el ejercicio correspondiente a cada sábado ante su imagen.

3º Rezar cada sábado, por lo menos, una parte del Rosario.

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MODO DE REZAR

LOS QUINCE SÁBADOS

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Primer Sábado

Por la señal de la Santa Cruz…

ORACIÓN PREPARATORIO PARA TODOS

LOS SÁBADOS

¡Oh, Santísima Virgen del Rosario de Pompeya, Madre de Misericordia y seguro refugio de los pecadores!

Ante vuestros pies vengo contrito y humillado a implorar vuestro poderoso patrocinio.

Espero que vuestra bondad me reciba y me alcance de vuestro Divino Hijo la gracia de practicar dignamente este devoto ejercicio de los Quince Sábados.

Os consagro, Madre amantísima, desde ahora y para siempre todas las aspiraciones de mi alma y los suspiros de mi corazón.

Preparad mi espíritu, oh Madre amorosísima, para que con viva fe, firme esperanza, y ardiente caridad me consagre a vuestro perpetuo servicio, y alcance ahora lo que con toda la ansiedad de mi alma os pido, si ha de ser para mayor gloria de Dios y bien mío. Amén.

*****

1

LA ANUNCIACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

Se acerca ya el momento sublime, anunciado en los albores del paraíso, y repetido por el profeta Isaías en presencia del rey Acáz, cuando los reyes de Israel y Siria se proponían acabar con la dinastía de David.

Pide un milagro, dijo el Profeta, si quieres bajo los abismos o si quieres sobre las alturas. Y el impío Rey, desdeñando el favor, que de parte de Dios iba a serle otorgado, respondió: No tentaré al Señor, pidiendo un milagro. Y el Profeta, lleno del espíritu de Dios, exclamó: Escucha pueblo de Judá; he aquí que una Virgen concebirá y dará a luz un niño.

La humanidad, incapaz de levantar la carga que pesa sobre ella desde la prevaricación del primer hombre, suspira con ansiedad por el cumplimiento de esa profecía.

Dos corazones puros, ligados por el vínculo del matrimonio y consagrados a Dios con voto de virginidad, pasan tranquilos los días en su casita de Nazaret. Son los corazones de María y de José. José trabaja para ganar el sustento de María y María atiende a las necesidades de José. Los ángeles contemplan con envidia la suerte de estos castísimos esposos.

¿Cuál será el espíritu celestial, a quien cabrá la dicha de arrodillarse en presencia de María, para comunicarle la nueva, que de parte de Dios le va a ser anunciada? Para tan grande empresa es elegido uno de los primeros que asisten al trono de Dios.

Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres, dijo Gabriel profundamente inclinado en presencia de María. Y María se turbó: y el Arcángel al ver turbada a la que iba a ser Madre de Dios, prosiguió: No temas, María, la gracia de Dios está contigo; he aquí que concebirás y darás a luz a un hijo, que se llamará Hijo del Altísimo.

Antes de dar su consentimiento a lo que el Arcángel le proponía, pidió María explicación del modo, como debía realizarse su divina maternidad, y cuando escuchó que concebiría sin detrimento de su virginidad, por obra milagrosa del Espíritu Santo, respondió: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí conforme a tu palabra.Y en aquel mismo instante el Hijo del Altísimo quedó encarnado en las entrañas de María.

Consideremos la humildad de María. Acababa de oir que de parte de Dios se la llama, llena de gracia, bendita entre todas las mujeres y, lejos de enorgullecerse con tan honrosas palabras, se siente llena de turbación. 

Ve postrado en su presencia al más encumbrado de los espíritus celestiales y piensa, no en su exaltación, sino en las palabras que acaba de oir.

Se le anuncia que ha sido elegida para Madre del Redentor, y prefiriendo la virginidad a tan excelsa dignidad, pide explicación del modo de realizarse su maternidad.

Queda constituida por propio consentimiento en Madre del Hijo del Altísimo y se llama a sí misma esclava del que va a ser su Hijo. ¡Oh humildad! ¡qué hermosa debes de ser a los ojos de María!

Obsequio.- Practicar un acto de mortificación en honor de María.

Oración.- Soberana Reina del Rosario de Pompeya. Ya que en este día me habéis concedido el beneficio de admirar los tesoros de humildad que encerraba vuestro purísimo corazón, concededme, también, la gracia de participar siquiera en mínima parte, de esa altísima virtud. Sofocad en mi corazón, Reina humildísima, todo germen de soberbia, dando a mi inteligencia un claro conocimiento de mi miseria absoluta. Así sea.

Oración para la Comunión

de cada Sábado

A la acostumbrada preparación y acción de gracias, se añadirán las siguientes oraciones:

Santísima Trinidad, fuente única de todas las gracias, dignaos aceptar esta Santa Comunión, en honor de los misterios de la Encarnación, Vida, Pasión, Muerte y Resurrección de N.S. Jesucristo y por sus méritos y por los de la Beatísima Virgen María su Madre, a quien honramos con el título y el rezo del Sto. Rosario, conceded a mí y a todos mis parientes, las gracias que más necesitamos para el alma y para la eternidad; y de un modo particular la gracia…, (se pide la gracia que se desea) si tal es vuestro beneplácito, en cuya conformidad quiero vivir y morir.

Pater noster.

Con todo el afecto y la confianza de que es capaz mi corazón, yo recuerdo, oh María, las promesas que Vos misma hicisteis a los devotos de vuestro Rosario y las innumerables gracias que les habéis dispensado.

Aceptad, pues, oh buena Madre y Reina, las súplicas que yo os dirijo en el acto de contemplar devotamente y honrar la memoria de los gozos, dolores y triunfos vuestros y de vuestro Santísimo Hijo.

Por estos santos misterios y especialmente por el misterio que hoy entiendo honrar particularmente, os recomiendo el Sumo Pontífice, todos los Prelados, propagadores y defensores de la Fe Católica, los príncipes, magistrados y pueblos cristianos, los infieles, los herejes, y todos los pecadores, como también los afligidos, los enfermos y los agonizantes.-

Miradnos a todos, y sobre todos desciendan vuestras bendiciones: pero especialmente sobre mí, indigno hijo y siervo vuestro, que más que ninguno he menester vuestra ayuda maternal.-

Vos, que todo los podéis, obtenedme de Jesús una buena vida y una santa muerte, y, si lo juzgáis conveniente para la gloria de Dios y el bien de mi alma, alcanzadme la gracia especial (se especifica la gracia que se desea)

Ave María.

ORACIÓN

A LA

SANTÍSIMA VIRGEN DEL ROSARIO

DE POMPEYA

¡Oh dulcísima Madre de Misericordia! ¡ Oh única esperanza de los pecadores! ¡Oh eficaz atractivo de nuestras voluntades! ¡Oh María! ¡Oh Reina!

¡Oh Señora del Rosario! vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos: recibe estas oraciones que con el afecto de nuestros corazones, rezamos en veneración de tu Concepción purísima y de los misterios de tu santísimo Rosario: por ellos te pedimos que en el trance de la muerte, cuando ya debilitados los sentidos, turbadas las potencias, perdida el habla y cubierto el rostro con el sudor de la muerte, estemos luchando con el terrible y final trance, cercados de enemigos innumerables que procurarán nuestra condenación y estarán esperando que salgan nuestras almas para acusarlas de todas sus culpas ante el tremedo tribunal de Dios; allí, salvadora de nuestras almas, allí única esperanza de nuestros desmayados corazones, allí, amorosísima Madre, allí vigilantísima Pastora, allí María.

¡Oh qué dulce nombre! Allí María, allí ampáranos; allí defiéndenos, allí asístenos, como Pastora a sus ovejas, como Madre a sus hijos, como Reina a sus vasallos.

Aquel es el punto del cual depende la salvación  o condenación eterna, aquel es el horizonte en que divide el tiempo de la eternidad, aquel es el instante en que se pronuncia la justa sentencia que ha de durar para siempre; y si nos faltas entonces ¿qué será de nuestras almas, cuando tantas culpas hemos cometido?

No nos dejes en aquel peligro, no nos desampares en aquel riesgo, no te retires en aquel horrible trance; acuérdate, amabilísima Señora, que si Dios te escogió para Madre suya, fue para que fueses la medianera entre él y los hombres; por tanto debes ampararnos en aquella hora, ¡oh María! ¡oh segurísimo sagrario y refugio nuestro!

Y como quizás entonces no tengamos fuerza ni sentido para llamarte, desde ahora, como si ya estuviésemos en la agonía, te llamamos; desde ahora nos acogemos a tu poderosísima intercesión; a la sombra de tu amparo nos ponemos, para librarnos de los merecidos rigores de Cristo,  Sol de justicia.

Y esto que ahora decimos, lo guardamos para aquella hora: María, misericordia: María, piedad: María, clemencia; María Santísima, querida de mi alma, consuelo de mi corazón, en tus manos sagradas encomiendo mi espíritu, para que por ellas pase al tribunal de Dios, donde intercedas por esta alma pecadora.

¡En ti pongo mi esperanza, en ti confío, en ti espero, protégeme! Misericordia, madre mía de Pompeya, misericordia, madre de mi alma, misericordia, Madre de mi corazón, misericordia, dulcísima María. Amén.

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2 m

Sábado Segundo

Por la señal …

Oración preparatoria…

 LA VISITACIÓN DE MARÍA

Cuando el Arcángel San Gabriel  descendió a la tierra para comunicar a María la felícisima nueva, que de parte de Dios traía, esta humildísima Señora vióse doblemente sorprendida con el anuncio del sublime misterio, que en ella iba a operarse, y con el prodigio, que en  su prima Isabel habíase ya verificado.

He aquí, también, dijo el Arcángel, que tu prima Isabel, a pesar de su ancianidad, lleva en su seno un hijo, porque nada hay imposible ante Dios. Y  oída la respuesta de María, el celestial mensajero voló a las alturas celestiales. 

Y María, olvidándose de la excelsa dignidad de Madre de Dios, en que acababa de ser constituída, apresuróse a felicitar a su prima por el insigne prodigio, que en sus entrañas había obrado la diestra del Altísimo.

Mas no fue por motivo de felicitación esta visita de María a su prima Isabel; había oído de boca del Arcángel el estado adelantado de su prima y apresuróse a visitarla para prestar los auxilios de su asistencia.

Tras un largo viaje llegó María a la casa de Isabel y al encontrarse las dos santas mujeres, deshiciéronse sus corazones en una efusión de amor y alabanzas.

Conociendo Isabel por revelación divina que, la que venía a visitarle, llevaba ya en su seno al Mesías prometido, en un transporte de entusiasmo dejó escapar aquellas palabras, que miles de lenguas repiten cada día: Bendito es el fruto de tu vientre. Y María, llena del espíritu profético, en un sublime cántico predice que todas las generaciones la llamarán bienaventurada.

Consideremos la caridad de María. Apenas oyó de boca del Arcángel la obra milagrosa realizada en su prima Isabel, se apresura a visitarla, para llevarle el auxilio de su asistencia.

No la arredran en esta jornada las dificultades del camino sembrado de montañas, por las que tiene que atravesar, ni le acobarda la larga distancia que media entre Nazaret y la casa de su prima.

El norte que la guía es el amor de Dios, traducido esta vez en una obra de caridad al prójimo, y la caridad ferviente en ninguna parte encuentra dificultades.

Pero no fueron solamente los auxilios materiales los bienes que María llevó a casa de Isabel; fue la gracia anticipada de la remisión del pecado original para el hijo de Isabel, el bien más excelente que María llevaba con su visita.

Obsequio.- Practicar una obra de caridad en honor de María.

Oración.- Soberana Reina del Rosario de Pompeya. Como corre el sediento al manantial, donde pueda saciar la necesidad que siente, así corro yo a Vos, canal de toda gracia, para satisfacer la necesidad de amor al prójimo que siento en mi corazón.

Si me reprocháis por verme tan pobre de caridad, podré responderos que mi corazón se halla muy rico en deseos de poseerla.

Trocad, pues, benignísima Madre, estos mis deseos en actos fervorosos de tan hermosa virtud. Así sea.

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3 m

Sábado Tercero

Por la señal…

Oración preparatoria,

EL NACIMIENTO DE NUESTRO

SEÑOR JESUCRISTO

 Nueve meses habían pasado desde que el Arcángel San Gabriel trajo a la tierra la nueva de la Encarnación del Hijo de Dios.

Hacía largo rato que el sol se había ocultado tras las montañas, y José y María acababan de llegar a Belén en cumplimiento del edicto del Emperador Augusto, en que mandaba inscribir los nombres.

Fatigados del camino, buscaron un albergue a donde retirarse a pasar la noche: mas, todas las puertas de la Ciudad estaban cerradas para ellos; en su aspecto exterior llevaban retratada su pobreza, y ésta era la razón de que las puertas se cerrasen para ellos.

Lágrimas de compasión brotaron de los ojos de José, al ver la situación de su querida esposa; mas en medio de esas lágrimas brillaba en su rostro el reflejo de una santa resignación. No creía posible que Dios pudiera abandonarlos en tan apurado trance y volvió a golpear las puertas, y en todas recibió idéntica contestación.

Cansado de tan inútil tarea, retiróse con su esposa a un mísero portal, morada de animales.

Este era el lugar elegido por Dios, donde su Unigénito Hijo debía ver la luz del mundo, y desde donde debía enseñar a los hombres la vanidad de la pompa mundana.

La noche había llegado a la mitad de su carrera, cuando he aquí que un eco de voces celestiales comenzó a extenderse por los espacios: eran las voces de los espíritus angélicos que cantaban: gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad.

En aquel humilde portal acababa de nacer el Salvador. José y María postrados ante El le rindieron la primera adoración.

Los pastores de las cercanías de Belén, oyeron las voces celestiales y avisados por un ángel del grande acontecimiento, corrieron a ofrecerle los tesoros de su pobreza; y desde el lejano oriente, tres poderosos reyes, guiados por una estrella, con ricos presentes vinieron a prestarle adoración, pues, aunque recién nacido, llegaron a entender que era el Dios de los ejércitos y el Rey de los reyes, cuyo reino no tendrá fin.

Consideremos la pobreza y abandono de María y de José. Acababan de llegar de lejanas tierras en cumplimiento de una orden superior y no encontraron una puerta amiga, que se abriese para recibirlos.

Un miserable establo fue el lugar más cómodo que hallaron, a donde retirarse. Sin ropa con que defenderse de los rigores del frío, vense obligados a descansar sobre el duro suelo.

Un poco de paja que sirve de sustento a los animales es para ellos regalada alfombra.

Esto es todo el lujo de comodidades que José y María pudieron preparar al Rey del cielo en su venida a este mundo.

¡Oh, cuánta debía ser la pena, que afligía el corazón de estos castísimos esposos, al considerar la absoluta falta de comodidad, en que iba a encontrarse el Redentor del mundo!

Obsequio.- Sufrir con resignación cualquiera incomodidad en honor de María.

Oración.- Soberana Reina del Rosario de Pompeya. Por aquella pobreza, de que os visteis rodeada en el momento de venir a este mundo vuestro divino Hijo: y por aquella resignación con que la soportasteis, suplícoos que alejéis de mi corazón todo afecto a las cosas de este mundo y que le comuniquéis fuerza suficiente para sobrellevar con resignación las incomodidades de la vida. Así sea.

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“Devocionario de la Virgen Coronada. Nuestra Señora del Rosario de Nueva Pompeya. 4º edición. P.P. Capuchinos. Bs. As. Imprimatur 1935.”

Meditación sobre el aprecio y veneración que debemos hacer de los santos estilos de la Iglesia

Julio 4, 2009 por salutarishostia

PUNTO PRIMERO

Considera que por aquellos diversos talentos del Evangelio no se entienden únicamente aquellos dones particulares que el Señor distribuye tan liberalmente a sus siervos: puedense también entender los devotos estilos y santas costumbres de la religión, las Cuales son también fuentes de gracias para los que saben aprovecharse de ellas, haciéndolas con aquellas disposiciones que nos pide el espíritu de la Iglesia, que es el mismo Espíritu santo.

Bendiciones del Santísimo, Salves, Procesiones, Salutación Angélica, Agua bendita, y otras muchas ceremonias y sagrados ritos de la Iglesia Católica, todos antiguos, todos santos, y todos instituidos para enriquecer a los fieles con las bendiciones del Cielo.

¡Oh buen Dios, y qué de tesoros espirituales nos hace perder nuestra poca religión!

Reflexionemos bien las oraciones que dice la Iglesia en la bendición del agua (según el rito tradicional), y por ellas conoceremos la virtud del agua bendita.

Dase principio por la bendición de la sal con esta oración: 

“Yo te exorcizo (esto es) yo te bendigo criatura de la sal por el Dios vivo, por el Dios  verdadero, por el Dios santo, por aquel Dios que mando al Profeta Eliseo ordenase que te echasen en el agua para hacerla saludable y fecunda, a fin de que por este exorcismo puedas contribuir a la salvación de los Fieles, y todos los que te usen reciban la salud de cuerpo y alma; y para que el lugar donde te derramen sea libre de toda ilusión, malicia, artificio y sorpresa del diablo, y todo espíritu inmundo sea expelido de él, conjurándole aquel que ha de venir á juzgar los vivos y los muertos, y á todo el mundo por fuego.

Todopoderoso y Sempiterno Dios (prosigue el  Sacerdote) suplicamos muy humildemente á vuestra infinita clemencia os dignéis, por vuestra bondad de bendecir y santificar esta criatura de la sal, que concedisteis para su uso á todo el genero humano, a fin que sirva á los que se valgan de ella para la salvación de su alma y de su cuerpo, y que todo lo que sea tocado ó rociado con ella sea preservado de toda mancha, y de todos los ataques de los malignos espíritus. Por nuestro Señor Jesucristo que siendo Dios, vive y reina con Vos, en unidad del mismo Espíritu Santo.

“Yo te exorcizo criatura de la agua en nombre de Dios Padre Todopoderoso, y de nuestro Señor Jesucristo su Hijo, y en virtud del Espíritu Santo, a fin de que por este exorcismo ayudes a expeler y disipar todas las fuerzas del enemigo, y a exterminarle a él mismo con sus Ángeles rebeldes por el poder del mismo Jesucristo nuestro Señor que ha de venir a juzgar los vivos y los muertos, y al siglo por fuego.”

“Oh Dios, que os quisisteis valer de la sustancia de las aguas para los mayores Sacramentos que instituisteis por la salvación del genero humano, oid favorablemente nuestras humildes súplicas, y derramad  la virtud de vuestra bendición sobre este elemento, preparado para varias purificaciones, á fin de que sirviendo á vuestros ministerios vuestra criatura, reciba el efecto de vuestra divina gracia para expeler los demonios y las enfermedades; y que todo lo que fuese rociado con esta agua, ya sea en las habitaciones, ya en los demás lugares de los fieles, sea preservado de toda impureza y de todo mal;  que no haya allí ni espíritu pestilente, ni aire corrompido; que sea libre de las emboscadas secretas del enemigo; y si hay algo que pueda dañar a la salud, ó á la quietud de los que habitan en ellas, sea arrojado lejos de allí por virtud de esta agua ; y en fin, que por la invocación de vuestro santo nombre podamos conseguir la prosperidad que deseamos, exenta de todo genero de ataques. Por nuestro Señor Jesucristo.”

Después de estas oraciones el Sacerdote echa la sal en el agua en forma de cruz, diciendo:

“Hágase esta mezcla de sal y de agua en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu santo. Así sea“; y concluye con la siguiente oración:

“Oh Dios, Autor de un invencible poder, Rey de un Imperio inmutable, que siempre triunfas gloriosamente; que disipas las fuerzas del partido contrario; que abates el furor del rugiente enemigo, y domas poderosamente la malicia de tus adversarios: suplicamoste con profundo respeto te dignes mirar con ojos benignos esta criatura de la sal y del agua, derramando en ella la virtud de tu gracia, y santificándola con la efusión de tu divina  bondad, para que todos los lugares que sean rociados con ella, sean preservados, por la invocación de tu Santo nombre, de las fantasmas del espíritu impuro, sin que haya que temer serpiente venenosa; antes, implorando tu misericordia, en todos los lugares estemos asistidos de la presencia del Espíritu santo. Por nuestro Señor Jesucristo”

¡Que virtud no tendrá esta preciosísima agua! ¡ y con qué espíritu de religión deberemos usar del agua bendita!

Considera cuanto mal hacemos en no aprovecharnos de un auxilio tan fácil, ya sea por ignorancia, ya por indolencia, ya por falta de fe. La pérdida no es indiferente para nosotros: todo el infierno teme la virtud de esta agua; y si tuviéramos una fe viva, y un fondo de religión menos limitado, cada día experimentaríamos muchos milagros con el agua bendita; pero no parece posible tener menos fe con ella de la que tenemos, ni usarla menos de lo que el día de hoy la usamos.

Todos son lazos en el mundo, todos son peligros: los enemigos de nuestra salvación poderosos, y en gran número;  ¿mas por ventura nos faltan armas ni socorros? No por cierto; pero no nos dignamos aprovecharnos de ellas. ¿Pues de qué nos admiramos si somos heridos, si somos derribados, si se ven tan funestas caídas

¡Mi Dios, mucho tengo de que enmendarme en el uso de este, y otros santos ejercicios de religión! dignaos acompañar este conocimiento que me dais, y estas reflexiones con que me favorecéis, de una poderosa gracia, para que llore lo mucho que he perdido hasta aquí, y para que en adelante repare esta pérdida, usando dignamente de todos los actos de piedad el resto de mis días.

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JACULATORIAS

Tunc non confúndar, cum perspéxero In ómnibus mandátis tuis. Ps. 118.

No Señor, jamás seré confundido, como no desprecie cosa alguna de cuantas la Santa Iglesia tiene establecidas y ordenadas.

Iustificationes tuas custódiam, non me derelínquas usquequáque. Ps. 118.

Observaré, Señor, y practicaré religiosamente las piadosas costumbres de la Iglesia, esperando que nunca me desamparareis

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PROPÓSITOS

EL uso del agua bendita es sin duda de tradición Apostólica, como la bendición del agua y de la sal con que se hace el Asperges del pueblo, siendo el fin de esta ceremonia para que por la virtud que comunican al agua bendita las oraciones de la Iglesia, no tenga poder el espíritu maligno sobre las personas, ni las cosas que ella tocare.

Él motivo por que sé hace la mezcla de sal y agua bendita es por ser la sal símbolo de la prudencia y de la sabiduría, como el agua lo es del candor y de la pureza.

Hace también la Santa Iglesia esta misteriosa mezcla, para que los que fueren lavados ó rociados con aquella agua, siendo purificados por el Espíritu santo, experimenten en sí el candor y la simplicidad de palomas, con la prudencia de serpientes.

Hizose en todos tiempos esta bendición del agua en los Domingos, para que la llevasen a sus casas los fieles que aquel día concurren a la Iglesia; y se coloca la pila del agua bendita a la entrada de todas las Iglesias, para que al entrar en ella la tomen los mismos fieles, pidiendo a Dios se digne purificarlos, a fin de que sus oraciones sean mas puras y mas eficaces; por lo que esta santa costumbre es de la mayor antigüedad, como se reconoce por el libro de las Constituciones Apostólicas.

Hácese el Asperges sobre el Altar antes de la Misa mayor, para pedir a Dios que los demonios no se acerquen a él a turbar con infernales sugestiones los Ministros del Señor.

Rocianse con agua bendita los cadáveres, las sepulturas y los cementerios para conseguir del Señor, que en virtud de las oraciones con que se bendijo aquella agua, se digne purificar cuanto antes las almas de los fieles difuntos que descansan en paz, concediéndolas el alivio de las penas que padecen, y anticipándolas el gozo y la posesión de la Gloria.

Guárdate bien de aquella irreligiosa delicadeza con que muchas personas indevotas se excusan de tomar agua bendita al entrar y salir de la Iglesia.

Ten siempre en tu cuarto una pila de agua bendita, no ya para ostentación ó para adorno, sino para usar devotamente de ella; y nunca dejes de tomarla al levantarte, al acostarte, al principio de tus devociones y de tus tareas.

Es una santa y provechosa costumbre el tomarla también cuando se levanta alguna tempestad, cuando truena, y cuando se siente alguna tentación. Igualmente es de grande importancia rociar con ella la cama antes de acostarse, echarla a los enfermos, a los moribundos, y generalmente aspergear los lugares donde se teme la asistencia de los espíritus malignos, ó algún aire corrupto y pestilente.

Acostúmbrate  a tomarla también al entrar y salir de tu cuarto.

Nos libraríamos de mil desgraciados accidentes que suceden, si usáramos más de estos poderosos auxilios: pero es menester hacerlo como se debe para que sea con fruto.

Para eso has de tomar siempre el agua bendita con espíritu de fe y de compunción: de fe, por ser esta la condición indispensable que exige el Salvador en todos los que le piden algún favor especial: de compunción, porque para conseguir purificarnos de las faltas ligeras por virtud del agua bendita, es menester detestarlas con dolor. No hay cosa más saludable que estos piadosos ejercicios, y así haz siempre grande aprecio de ellos.

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Oraciones al tomar agua bendita

“Por esta agua bendita, me perdone el Señor todos los pecados veniales. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.”

“Por esta agua bendita, me sean perdonados mis delitos  y pecados”

“Esta agua bendita sea para nosotros salud y vida”

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Fuente: Jean Croiset. Año cristiano. Imprenta Real de la Gaceta (Madrid), Real Compañía de Impresores y Libreros del Reino (Madrid). 1781