Archivo de Mayo 2008

Sacratissimi Cordis Iesu

Mayo 29, 2008

Viernes después del 2º domingo de Pentecostés

 

SOLEMNIDAD DEL SACRATÍSIMO

CORAZÓN DE JESÚS

 

(Misal 1962)

 

A la fiesta del Corpus la sagrada liturgia añade, como una prolongación de la misma, la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. El objeto de esta fiesta es el Corazón de Jesús, es decir, el Corazón físico del Hombre-Dios, junto con la humanidad y la divinidad de Jesús, considerado como un miembro vivo y unido al todo orgánico. El Corazón corpóreo de Jesús como símbolo y expresión del amor de Cristo a los hombres, manifestado sobre todo en la redención por la Cruz y en el misterio de la Santísima Eucaristía: he aquí el verdadero objeto de esta fiesta. En el Corazón de Jesús, pues, vemos en último término, la misma persona de Jesús, la persona divina que bajo el símbolo de su Corazón de carne, nos muestra el amor, divino y humano, de Jesús hacia nosotros. Los misterios de le Encarnación, de la Redención por la Cruz, de la Venida del Espíritu Santo, de nuestra futura resurrección y de nuestra eterna posesión y goce de la vida divina se fundan, en último resultado, en el único misterio del Amor del Salvador hacia nosotros. Y con la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús no pretendemos otra cosa que honrar este Amor divino-humano , y sumergirnos en él. (Dom Baur)- (Misal diario para América)

 

  

Introitus: Ps. 32, 11 et 19

 

 

Cogitationes Cordis eius in generatione et generationem: ut eruat a morte animas eorum, et alat eos in fame.

 

Ps. ibid., 1 Exsultate, iusti, in Domino: rectos decet collaudatio.

 

V. Gloria Patri.

 

 

 

Los pensamientos de su Corazón, de generación en generación, fueron librar sus almas de la muerte y saciar su hambre

 

Regocijaos, justos, en el Señor ; de los rectos es propia la alabanza.

 

V. Gloria al Padre

 

 

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Graduale: Ps. 24, 8. V. 9

 

 

Dulcis et rectus Dominus, propter hoc legem dabit delinquentibus in via.

 

V. Diriget mansuetos in iudicio, docebit mites vias suas.

 

 

Dulce y recto es el Señor, por eso enseñará el camino a los pecadores.

 

V. Dirigirá a los humildes por la senda de la justicia y enseñará a los mansos su camino

 

 

 

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Alleluia: Mt. 11, 29

 

Alleluia. Tollite iugum meum super vos et discite a me, quia mitis sum et humilis

Corde, et invenietis requiem animabus vestris. Alleluia.

 

 

Aleluya, aleluya.

V. Cargad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de Corazón, hallaréis reposo para vuestras almas, aleluya.

 

 

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Offertorium: Ps. 68, 21

 

 

Improperium exspectavit Cor meum et miseriam, et sustinui qui simul mecum

contristaretur, et non fuit; consolantem me quaesivi, et non invéni.

 

 

Improperios y miserias aguardó mi Corazón, y esperaba quien se condoliese de mí, y no le hubo; y quien me consolase y no le hallé.

 

 

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Communio: Io. 19, 34

 

 

Unus militum lancea latus eius aperuit, et continuo exivit sanguis et aqua.

 

 

Uno de los soldados abrió con la lanza su costado y al punto salió sangre y agua.

 

 

 

 

SOBRE LA EXPIACIÓN QUE TODOS DEBEN AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Mayo 29, 2008

CARTA ENCÍCLICA: “MISERENTISSIMUS REDEMPTOR”

 

PÍO XI

 

8 de mayo de 1928

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

Aparición de Jesús a Santa Margarita María de Alacoque

 

1. Nuestro Misericordiosísimo Redentor, después de conquistar la salvación del linaje humano en el madero de la Cruz y antes de su ascensión al Padre desde este mundo, dijo a sus apóstoles y discípulos, acongojados de su partida, para consolarles: «Mirad que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo»(1). Voz dulcísima, prenda de toda esperanza y seguridad; esta voz, venerables hermanos, viene a la memoria fácilmente cuantas veces contemplamos desde esta elevada cumbre la universal familia de los hombres, de tantos males y miserias trabajada, y aun la Iglesia, de tantas impugnaciones sin tregua y de tantas asechanzas oprimida.

 

Esta divina promesa, así como en un principio levantó los ánimos abatidos de los apóstoles, y levantados los encendió e inflamó para esparcir la semilla de la doctrina evangélica en todo el mundo, así después alentó a la Iglesia a la victoria sobre las puertas del infierno. Ciertamente en todo tiempo estuvo presente a su Iglesia nuestro Señor Jesucristo; pero lo estuvo con especial auxilio y protección cuantas veces se vio cercada de más graves peligros y molestias, para suministrarle los remedios convenientes a la condición de los tiempos y las cosas, con aquella divina Sabiduría que «toca de extremo a extremo con fortaleza y todo lo dispone con suavidad»(2). Pero «no se encogió la mano del Señor»(3) en los tiempos más cercanos; especialmente cuando se introdujo y se difundió ampliamente aquel error del cual era de temer que en cierto modo secara las fuentes de la vida cristiana para los hombres, alejándolos del amor y del trato con Dios.

 

Mas como algunos del pueblo tal vez desconocen todavía, y otros desdeñan, aquellas quejas del amantísimo Jesús al aparecerse a Santa Margarita María de Alacoque, y lo que manifestó esperar y querer a los hombres, en provecho de ellos, plácenos, venerables hermanos, deciros algo acerca de la honesta satisfacción a que estamos obligados respecto al Corazón Santísimo de Jesús; con el designio de que lo que os comuniquemos cada uno de vosotros lo enseñe a su grey y la excite a practicarlo.

 

2. Entre todos los testimonios de la infinita benignidad de nuestro Redentor resplandece singularmente el hecho de que, cuando la caridad de los fieles se entibiaba, la caridad de Dios se presentaba para ser honrada con culto especial, y los tesoros de su bondad se descubrieron por aquella forma de devoción con que damos culto al Corazón Sacratísimo de Jesús, «en quien están escondidos todos los tesoros de su sabiduría y de su ciencia»(4).

 

Pues, así como en otro tiempo quiso Dios que a los ojos del humano linaje que salía del arca de Noé resplandeciera como signo de pacto de amistad «el arco que aparece en las nubes»(5), así en los turbulentísimos tiempos de la moderna edad, serpeando la herejía jansenista, la más astuta de todas, enemiga del amor de Dios y de la piedad, que predicaba que no tanto ha de amarse a Dios como padre cuanto temérsele como ímplacable juez, el benignísimo Jesús mostró su corazón como bandera de paz y caridad desplegada sobre las gentes, asegurando cierta la victoria en el combate. A este propósito, nuestro predecesor León XIII, de feliz memoria, en su encíclica Annum Sacrum, admirando la oportunidad del culto al Sacratísimo Corazón de Jesús, no vaciló en escribir: «Cuando la Iglesia, en los tiempos cercanos a su origen, sufría la opresión del yugo de los Césares, la Cruz, aparecida en la altura a un joven emperador, fue simultáneamente signo y causa de la amplísima victoria lograda inmediatamente. Otro signo se ofrece hoy a nuestros ojos, faustísimo y divinísimo: el Sacratísimo Corazón de Jesús con la Cruz superpuesta, resplandeciendo entre llamas, con espléndido candor. En El han de colocarse todas las esperanzas; en El han de buscar y esperar la salvación de los hombres».

 

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús

 

3. Y con razón, venerables hermanos; pues en este faustísimo signo y en esta forma de devoción consxguiente, ¿no es verdad que se contiene la suma de toda la religión y aun la norma de vida más perfecta, como que más expeditamente conduce los ánimos a conocer íntimamente a Cristo Señor Nuestro, y los impulsa a amarlo más vehementemente, y a imitarlo con más eficacia? Nadie extrañe, pues, que nuestros predecesores incesantemente vindicaran esta probadísima devoción de las recriminaciones de los calumniadores y que la ensalzaran con sumos elogios y solícitamente la fomentaran, conforme a las circunstancias.

 

Así, con la gracia de Dios, la devoción de los fieles al Sacratísimo Corazón de Jesús ha ido de día en día creciendo; de aquí aquellas piadosas asociaciones, que por todas partes se multiplican, para promover el culto al Corazón divino; de aquí la costumbre, hoy ya extendida por todas partes, de comulgar el primer viernes de cada mes, conforme al deseo de Cristo Jesús.

 

La consagración

 

4. Mas, entre todo cuanto propiamente atañe al culto del Sacratísimo Corazón, descuella la piadosa y memorable consagración con que nos ofrecemos al Corazón divino de Jesús, con todas nuestras cosas, reconociéndolas como recibidas de la eterna bondad de Dios. Después que nuestro Salvador, movido más que por su propio derecho, por su inmensa caridad para nosotros, enseñó a la inocentísima discipula de su Corazón, Santa Margarita María, cuánto deseaba que los hombres le rindiesen este tributo de devoción, ella fue, con su maestro espiritual, el P. Claudio de la Colombiére, la primera en rendirlo. Siguieron, andando el tiempo, los individuos particulares, después las familias privadas y las asociaciones y, finalmente, los magistrados, las ciudades y los reinos.

 

Mas, como en el siglo precedente y en el nuestro, por las maquinaciones de los impíos, se llegó a despreciar el imperio de Cristo nuestro Señor y a declarar públicamente la guerra a la Iglesia, con leyes y mociones populares contrarias al derecho divino y a la ley natural, y hasta hubo asambleas que gritaban: «No queremos que reine sobre nosotros»(6),  por esta consagración que decíamos, la voz de todos los amantes del Corazón de Jesús prorrumpía unánime oponiendo acérrimamente, para vindicar su gloria y asegurar sus derechos: «Es necesario que Cristo reine(7). Venga su reino». De lo cual fue consecuencia feliz que todo el género humano, que por nativo derecho posee Jesucristo, único en quien todas las cosas se restauran(8), al empezar este siglo, se consagra al Sacratísimo Corazón, por nuestro predecesor León XIII, de feliz memoria, aplaudiendo el orbe cristiano.

 

Comienzos tan faustos y agradables, Nos, como ya dijimos en nuestra encíclica Quas primas, accediendo a los deseos y a las preces reiteradas y numerosas de obispos y fieles, con el favor de Dios completamos y perfeccionamos, cuando, al término del año jubilar, instituimos la fiesta de Cristo Rey y su solemne celebración en todo el orbe cristiano.

 

Cuando eso hicimos, no sólo declaramos el sumo imperio de Jesucristo sobre todas las cosas, sobre la sociedad civil y la doméstica y sobre cada uno de los hombres, mas también presentimos el júbilo de aquel faustísimo día en que el mundo entero espontáneamente y de buen grado aceptará la dominación suavísima de Cristo Rey. Por esto ordenábamos también que en el día de esta fiesta se renovase todos los años aquella consagración para conseguir más cierta y abundantemente sus frutos y para unir a los pueblos todos con el vínculo de la caridad cristiana y la conciliación de la paz en el Corazón de Cristo, Rey de Reyes y Señor de los que dominan.

 

 

LA EXPIACIÓN O REPARACIÓN

 

5. A estos deberes, especialmente a la consagración, tan fructífera y confirmada en la fiesta de Cristo Rey, necesario es añadir otro deber, del que un poco más por extenso queremos, venerables hermanos, hablaros en las presentes letras; nos referimos al deber de tributar al Sacratísimo Corazón de Jesús aquella satisfacción honesta que llaman reparación.

 

Si lo primero y principal de la consagración es que al amor del Creador responda el amor de la criatura, síguese espontáneamente otro deber: el de compensar las injurias de algún modo inferidas al Amor increado, si fue desdeñado con el olvido o ultrajado con la ofensa. A este deber llamamos vulgarmente reparación.

 

Y si unas mismas razones nos obligan a lo uno y a lo otro, con más apremiante título de justicia y amor estamos obligados al deber de reparar y expiar: de, justicia, en cuanto a la expiación de la ofensa hecha a Dios por nuestras culpas y en cuanto a la reintegración del orden violado; de amor, en cuanto a padecer con Cristo paciente y «saturado de oprobio» y, según nuestra pobreza, ofrecerle algún consuelo.

 

Pecadores como somos todos, abrumados de muchas culpas, no hemos de limitarnos a honrar a nuestro Dios con sólo aquel culto con que adoramos y damos los obsequios debidos a su Majestad suprema, o reconocemos suplicantes su absoluto dominio, o alabamos con acciones de gracias su largueza infinita; sino que, además de esto, es necesario satisfacer a Dios, juez justísimo, «por nuestros innumerables pecados, ofensas y negligencias». A la consagración, pues, con que nos ofrecemos a Dios, con aquella santidad y firmeza que, como dice el Angélico, son propias de la consagración(9), ha de añadirse la expiación con que totalmente se extingan los pecados, no sea que la santidad de la divina justicia rechace nuestra indignidad impudente, y repulse nuestra ofrenda, siéndole ingrata, en vez de aceptarla como agradable.

 

Este deber de expiación a todo el género humano incumbe, pues, como sabemos por la fe cristiana, después de la caída miserable de Adán el género humano, inficionado de la culpa hereditaria, sujeto a las concupiscencias y míseramente depravado, había merecido ser arrojado a la ruina sempiterna. Soberbios filósofos de nuestros tiempos, siguiendo el antiguo error de Pelagio, esto niegan blasonando de cierta virtud innata en la naturaleza humana, que por sus propias fuerzas continuamente progresa a perfecciones cada vez más altas; pero estas inyecciones del orgullo rechaza el Apóstol cuando nos advierte que «éramos por naturaleza hijos de ira»(10).

 

En efecto, ya desde el principio los hombres en cierto modo reconocieron el deber de aquella común expiación y comenzaron a practicarlo guiados por cierto natural sentido, ofreciendo a Dios sacrificios, aun públicos, para aplacar su justicia.

 

Expiación de Cristo

 

6. Pero ninguna fuerza creada era suficiente para expiar los crímenes de los hombres si el Hijo de Dios no hubiese tomado la humana naturaleza para repararla. Así lo anunció el mismo Salvador de los hombres por los labios del sagrado Salmista: «Hostia y oblación no quisiste; mas me apropiaste cuerpo. Holocaustos por el pecado no te agradaron; entonces dije: heme aquí»(11). Y «ciertamente El llevó nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores; herido fue por nuestras iniquidades»(12); y «llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero»(13); «borrando la cédula del decreto que nos era contrario, quitándole de en medio y enclavándole en la cruz»(14), «para que, muertos al pecado, vivamos a la justicia»(15).

 

Expiación nuestra, sacerdotes en Cristo

 

7. Mas, aunque la copiosa redención de Cristo sobreabundantemente «perdonó nuestros pecados»(16); pero, por aquella admirable disposición de la divina Sabiduría, según la cual ha de completarse en nuestra carne lo que falta en la pasión de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia(17), aun a las oraciones y satisfacciones «que Cristo ofreció a Dios en nombre de los pecadores» podemos y debemos añadir también las nuestras.

 

8. Necesario es no olvidar nunca que toda la fuerza de la expiación pende únicamente del cruento sacrificio de Cristo, que por modo incruento se renueva sin interrupción en nuestros altares; pues, ciertamente, «una y la misma es la Hostia, el mismo es el que ahora se ofrece mediante el ministerio de los sacerdotes que el que antes se ofreció en la cruz; sólo es diverso el modo de ofrecerse»(18); por lo cual debe unirse con este augustísimo sacrificio eucarístico la inmolación de los ministros y de los otros fieles para que también se ofrezcan como «hostias vivas, santas, agradables a Dios»(19). Así, no duda afirmar San Cipriano «que el sacrificio del Señor no se celebra con la santificación debida si no corresponde a la pasión nuestra oblación y sacrificio»(20).

 

Por ello nos amonesta el Apóstol que, «llevando en nuestro cuerpo la mortificación de Jesús»(21), y con Cristo sepultados y plantados, no sólo a semejanza de su muerte crucifiquemos nuestra carne con sus vicios y concupiscencias(22), «huyendo de lo que en el mundo es corrupción de concupiscencia»(23), sino que «en nuestros cuerpos se manifieste la vida de Jesús»(24), y, hechos partícipes de su eterno sacerdocio, «ofrezcamos dones y sacrificios por los pecados»(25).

 

Ni solamente gozan de la participación de este misterioso sacerdocio y de este deber de satisfacer y sacrificar aquellos de quienes nuestro Señor Jesucristo se sirve para ofrecer a Dios la oblación inmaculada desde el oriente hasta el ocaso en todo lugar(26), sino que toda la grey cristiana, llamada con razón por el Príncipe de los Apóstoles «linaje escogido, real sacerdocio»(27), debe ofrecer por sí y por todo el género humano sacrificios por los pecados, casi de la propia manera que todo sacerdote y pontífice «tomado entre los hombres, a favor de los hombres es constituido en lo que toca a Dios»(28).

 

Y cuanto más perfectamente respondan al sacrificio del Señor nuestra oblación y sacrificio, que es inmolar nuestro amor propio y nuestras concupiscencias y crucificar nuestra carne con aquella crucifixión mística de que habla el Apóstol, tantos más abundantes frutos de propiciación y de expiación para nosotros y para los demás percibiremos. Hay una relación maravillosa de los fieles con Cristo, semejante a la que hay entre la cabeza y los demás miembros del cuerpo, y asimismo una misteriosa comunión de los santos, que por la fe católica profesamos, por donde los individuos y los pueblos no sólo se unen entre sí, mas también con Jesucristo, que es la cabeza; «del cual, todo el cuerpo compuesto y bien ligado por todas las junturas, según la operación proporcionada de cada miembro, recibe aumento propio, edificándose en amor»(29). Lo cual el mismo Mediador de Dios y de los hombres, Jesucristo próximo a la muerte, lo pidió al Padre: «Yo en ellos y tú en mí, para que sean consumados en la unidad»(30).

 

Así, pues, como la consagración profesa y afirma la unión con Cristo, así la expiación da principio a esta unión borrando las culpas, la perfecciona participando de sus padecimientos y la consuma ofreciendo sacrificios por los hermanos. Tal fue, ciertamente, el designio del misericordioso Jesús cuando quiso descubrirnos su Corazón con los emblemas de su pasión y echando de sí llamas de caridad: que mirando de una parte la malicia infinita del pecado, y, admirando de otra la infinita caridad del Redentor, más vehementemente detestásemos el pecado y más ardientemente correspondiésemos a su caridad.

 

Comunión Reparadora y Hora Santa

 

9. Y ciertamente en el culto al Sacratísimo Corazón de Jesús tiene la primacía y la parte principal el espíritu de expiación y reparación; ni hay nada más conforme con el origen, índole, virtud y prácticas propias de esta devoción, como la historia y la tradición, la sagrada liturgia y las actas de los Santos Pontífices confirman.

 

Cuando Jesucristo se aparece a Santa Margarita María, predicándole la infinitud de su caridad, juntamente, como apenado, se queja de tantas injurias como recibe de los hombres por estas palabras que habían de grabarse en las almas piadosas de manera que jamás se olvidarán: «He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres y de tantos beneficios los ha colmado, y que en pago a su amor infinito no halla gratitud alguna, sino ultrajes, a veces aun de aquellos que están obligados a amarle con especial amor». Para reparar estas y otras culpas recomendó entre otras cosas que los hombres comulgaran con ánimo de expiar, que es lo que llaman Comunión Reparadora, y las súplicas y preces durante una hora, que propiamente se llama la Hora Santa; ejercicios de piedad que la Iglesia no sólo aprobó, sino que enriqueció con copiosos favores espirituales.

 

Consolar a Cristo

 

10. Mas ¿cómo podrán estos actos de reparación consolar a Cristo, que dichosamente reina en los cielos? Respondemos con palabras de San Agustín: «Dame un corazón que ame y sentirá lo que digo»(31).

 

Un alma de veras amante de Dios, si mira al tiempo pasado, ve a Jesucristo trabajando, doliente, sufriendo durísimas penas «por nosotros los hombres y por nuestra salvación», tristeza, angustias, oprobios, «quebrantado por nuestras culpas»(32) y sanándonos con sus llagas. De todo lo cual tanto más hondamente se penetran las almas piadosas cuanto más claro ven que los pecados de los hombres en cualquier tiempo cometidos fueron causa de que el Hijo de Dios se entregase a la muerte; y aun ahora esta misma muerte, con sus mismos dolores y tristezas, de nuevo le infieren, ya que cada pecado renueva a su modo la pasión del Señor, conforme a lo del Apóstol: «Nuevamente crucifican al Hijo de Dios y le exponen a vituperio»(33). Que si a causa también de nuestros pecados futuros, pero previstos, el alma de Cristo Jesús estuvo triste hasta la muerte, sin duda algún consuelo recibiría de nuestra reparación también futura, pero prevista, cuando el ángel del cielo(34) se le apareció para consolar su Corazón oprimido de tristeza y angustias. Así, aún podemos y debemos consolar aquel Corazón sacratísimo, incesantemente ofendido por los pecados y la ingratitud de los hombres, por este modo admirable, pero verdadero; pues alguna vez, como se lee en la sagrada liturgia, el mismo Cristo se queja a sus amigos del desamparo, diciendo por los labios del Salmista: «Improperio y miseria esperó mi corazón; y busqué quien compartiera mi tristeza y no lo hubo; busqué quien me consolara y no lo hallé»(35).

 

La pasión de Cristo en su Cuerpo, la Iglesia

 

11. Añádase que la pasión expiadora de Cristo se renueva y en cierto modo se continúa y se completa en el Cuerpo místico, que es la Iglesia. Pues sirviéndonos de otras palabras de San Agustín(36): «Cristo padeció cuanto debió padecer; nada falta a la medida de su pasión. Completa está la pasión, pero en la cabeza; faltaban todavía las pasiones de Cristo en el cuerpo». Nuestro Señor se dignó declarar esto mismo cuando, apareciéndose a Saulo, «que respiraba amenazas y muerte contra los discípulos»(37), le dijo: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues»(38); significando claramente que en las persecuciones contra la Iglesia es a la Cabeza divina de la Iglesia a quien se veja e impugna. Con razón, pues, Jesucristo, que todavía en su Cuerpo místico padece, desea tenernos por socios en la expiación, y esto pide con El nuestra propia necesidad; porque siendo como somos «cuerpo de Cristo, y cada uno por su parte miembro»(39), necesario es que lo que padezca la cabeza lo padezcan con ella los miembros(40).

 

Necesidad actual de expiación por tantos pecados

 

12. Cuánta sea, especialmente en nuestros tiempos, la necesidad de esta expiación y reparación, no se le ocultará a quien vea y contemple este mundo, como dijimos, «en poder del malo»(41). De todas partes sube a Nos clamor de pueblos que gimen, cuyos príncipes o rectores se congregaron y confabularon a una contra el Señor y su Iglesia(42). Por esas regiones vemos atropellados todos los derechos divinos y humanos; derribados y destruidos los templos, los religiosos y religiosas expulsados de sus casas, afligidos con ultrajes, tormentos, cárceles y hambre; multitudes de niños y niñas arrancados del seno de la Madre Iglesia, e inducidos a renegar y blasfemar de Jesucristo y a los más horrendos crímenes de la lujuria; todo el pueblo cristiano duramente amenazado y oprimido, puesto en el trance de apostatar de la fe o de padecer muerte crudelísima. Todo lo cual es tan triste que por estos acontecimientos parecen manifestarse «los principios de aquellos dolores» que habían de preceder «al hombre de pecado que se levanta contra todo lo que se llama Dios o que se adora»(43).

 

Y aún es más triste, venerables hermanos, que entre los mismos fieles, lavados en el bautismo con la sangre del Cordero inmaculado y enriquecidos con la gracia, haya tantos hombres, de todo orden o clase, que con increíble ignorancia de las cosas divinas, inficionados de doctrinas falsas, viven vida llena de vicios, lejos de la casa del Padre; vida no iluminada por la luz de la fe, ni alentada de la esperanza en la felicidad futura, ni caldeada y fomentada por el calor de la caridad, de manera que verdaderamente parecen sentados en las tinieblas y en la sombra de la muerte. Cunde además entre los fieles la incuria de la eclesiástica disciplina y de aquellas antiguas instituciones en que toda la vida cristiana se funda y con que se rige la sociedad doméstica y se defiende la santidad del matrimonio; menospreciada totalmente o depravada con muelles halagos la educación de los niños, aún negada a la Iglesia la facultad de educar a la juventud cristiana; el olvido deplorable del pudor cristiano en la vida y principalmente en el vestido de la mujer; la codicía desenfrenada de las cosas perecederas, el ansia desapoderada de aura popular; la difamación de la autoridad legítima, y, finalmente, el menosprecio de la palabra de Dios, con que la fe se destruye o se pone al borde de la ruina.

 

Forman el cúmulo de estos males la pereza y la necedad de los que, durmiendo o huyendo como los discípulos, vacilantes en la fe míseramente desamparan a Cristo, oprimido de angustias o rodeado de los satélites de Satanás; no menos que la perfidia de los que, a imitación del traidor Judas, o temeraria o sacrílegamente comulgan o se pasan a los campamentos enemigos. Y así aun involuntariamente se ofrece la idea de que se acercan los tiempos vaticinados por nuestro Señor: «Y porque abundó la iniquidad, se enfrió la caridad de muchos»(44).

 

El ansia ardiente de expiar

 

13. Cuantos fieles mediten piadosamente todo esto, no podrán menos de sentir, encendidos en amor a Cristo apenado, el ansia ardiente de expiar sus culpas y las de los demás; de reparar el honor de Cristo, de acudir a la salud eterna de las almas. Las palabras del Apóstol: «Donde abundó el delito, sobreabundó la gracia»(45), de alguna manera se acomodan también para describir nuestros tiempos; pues si bien la perversidad de los hombres sobremanera crece, maravillosamente crece también, inspirando el Espíritu Santo, el número de los fieles de uno y otro sexo, que con resuelto ánimo procuran satisfacer al Corazón divino por todas las ofensas que se le hacen, y aun no dudan ofrecerse a Cristo como víctimas.

 

Quien con amor medite cuanto hemos dicho y en lo profundo del corazón lo grabe, no podrá menos de aborrecer y de abstenerse de todo pecado como de sumo mal; se entregará a la voluntad divina y se afanará por reparar el ofendido honor de la divina Majestad, ya orando asiduamente, ya sufriendo pacientemente las mortificaciones voluntarias, y las aflicciones que sobrevinieren, ya, en fin, ordenando a la expiación toda su vida.

 

Aquí tienen su origen muchas familias religiosas de varones y mujeres que, con celo ferviente y como ambicioso de servir, se proponen hacer día y noche las veces del Angel que consoló a Jesús en el Huerto; de aquí las piadosas asociaciones asimismo aprobadas por la Sede Apostólica y enriquecidas con indulgencias, que hacen suyo también este oficio de la expiación con ejercicios convenientes de piedad y de virtudes; de aquí finalmente los frecuentes y solemnes actos de desagravio encaminados a reparar el honor divino, no sólo por los fieles particulares, sino también por las parroquias, las diócesis y ciudades.

 

 

LA DEVOCIÓN AL CORAZÓN DE JESÚS

 

 

Causa de muchos bienes

 

14. Pues bien: venerables hermanos, así como la devoción de la consagración, en sus comienzos humilde, extendida después, empieza a tener su deseado esplendor con nuestra confirmación, así la devoción de la expiación o reparación, desde un principio santamente introducida y santamente propagada. Nos deseamos mucho que, más firmemente sancionada por nuestra autoridad apostólica, más solemnemente se practique por todo el universo católico. A este fin disponemos y mandamos que cada año en la fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús —fiesta que con esta ocasión ordenamos se eleve al grado litúrgico de doble de primera clase con octava— en todos los templos del mundo se rece solemnemente el acto de reparación al Sacratísimo Corazón de Jesús, cuya oración ponemos al pie de esta carta para que se reparen nuestras culpas y se resarzan los derechos violados de Cristo, Sumo Rey y amantísimo Señor.

 

No es de dudar, venerables hermanos, sino que de esta devoción santamente establecida y mandada a toda la Iglesia, muchos y preclaros bienes sobrevendrán no sólo a los individuos, sino a la sociedad sagrada, a la civil y a la doméstica, ya que nuestro mismo Redentor prometió a Santa Margarita María «que todos aquellos que con esta devoción honraran su Corazón, serían colmados con gracias celestiales».

 

Los pecadores, ciertamente, «viendo al que traspasaron»(46), y conmovidos por los gemidos y llantos de toda la Iglesia, doliéndose de las injurias inferidas al Sumo Rey, «volverán a su corazón»(47); no sea que obcecados e impenitentes en sus culpas, cuando vieren a Aquel a quien hirieron «venir en las nubes del cielo»(48), tarde y en vano lloren sobre E1(49).

 

Los justos más y más se justificarán y se santificarán, y con nuevas fervores se entregarán al servicio de su Rey, a quien miran tan menospreciado y combatido y con tantas contumelias ultrajado; pero especialmente se sentirán enardecidos para trabajar por la salvación de las almas, penetrados de aquella queja de la divina Víctima: «¿Qué utilidad en mi sangre?»(50); y de aquel gozo que recibirá el Corazón sacratísimo de Jesús «por un solo pecador que hiciere penitencia»(51).

 

Especialmente anhelamos y esperamos que aquella justicia de Dios, que por diez justos movido a misericordia perdonó a los de Sodoma, mucho más perdonará a todos los hombres, suplicantemente invocada y felizmente aplacada por toda la comunidad de los fieles unidos con Cristo, su Mediador y Cabeza.

 

La Virgen Reparadora

 

15. Plazcan, finalmente, a la benignísima Virgen Madre de Dios nuestros deseos y esfuerzos; que cuando nos dio al Redentor, cuando lo alimentaba, cuando al pie de la cruz lo ofreció como hostia, por su unión misteriosa con Cristo y singular privilegio de su gracia fue, como se la llama piadosamente, reparadora. Nos, confiados en su intercesión con Cristo, que siendo el «único Mediador entre Dios y los hombres»(52), quiso asociarse a su Madre como abogada de los pecadores, dispensadora de la gracia y mediadora, amantísimamente os damos como prenda de los dones celestiales de nuestra paternal benevolencia, a vosotros, venerables hermanos, y a toda la grey confiada a vuestro cuidado, la bendición apostólica.

 

 

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ORACIÓN EXPIATORIA AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

 

Dulcísimo Jesús, cuya caridad derramada sobre los hombres se paga tan ingratamente con el olvido, el desdén y el desprecio, míranos aquí postrados ante tu altar. Queremos reparar con especiales manifestaciones de honor tan indigna frialdad y las injurias con las que en todas partes es herido por los hombres tu amoroso Corazón.

 

Recordando, sin embargo, que también nosotros nos hemos manchado tantas veces con el mal, y sintiendo ahora vivísimo dolor, imploramos ante todo tu misericordia para nosotros, dispuestos a reparar con voluntaria expiación no sólo los pecados que cometimos nosotros mismos, sino también los de aquellos que, perdidos y alejados del camino de la salud, rehúsan seguirte como pastor y guía, obstinándose en su infidelidad, y han sacudido el yugo suavísimo de tu ley, pisoteando las promesas del bautismo.

 

A1 mismo tiempo que queremos expiar todo el cúmulo de tan deplorables crímenes, nos proponemos reparar cada uno de ellos en particular: la inmodestia y las torpezas de la vida y del vestido, las insidias que la corrupción tiende a las almas inocentes, la profanación de los días festivos, las miserables injurias dirigidas contra ti y contra tus santos, los insultos lanzados contra tu Vicario y el orden sacerdotal, las negligencias y los horribles sacrilegios con que se profana el mismo Sacramento del amor divino y, en fin, las culpas públicas de las naciones que menosprecian los derechos y el magisterio de la Iglesia por ti fundada.

 

¡Ojalá que podamos nosotros lavar con nuestra sangre estos crímenes! Entre tanto, como reparación del honor divino conculcado, te presentamos, acompañándola con las expiaciones de tu Madre la Virgen, de todos los santos y de los fieles piadosos, aquella satisfacción que tú mismo ofrecisté un día en la cruz al Padre, y que renuevas todos los días en los altares. Te prometemos con todo el corazón compensar en cuanto esté de nuestra parte, y con el auxilio de tu gracia, los pecados cometidos por nosotros y por los demás: la indiferencia a tan grande amor con la firmeza de la fe, la inocencia de la vida, la observancia perfecta de la ley evangélica, especialmente de la caridad, e impedir además con todas nuestras fuerzas las injurias contra ti, y atraer a cuantos podamos a tu seguimiento. Acepta, te rogamos, benignísimo Jesús, por intercesión de la Bienaventurada Virgen María Reparadora, el voluntario ofrecimiento de expiación; y con el gran don de la perseverancia, consérvanos fidelísimos hasta la muerte en el culto y servicio a ti, para que lleguemos todos un día a la patria donde tú con el Padre y con el Espíritu Santo vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

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Notas

 

1. Mt 28,20.

 

2. Sab 8,1.

 

3. Is 59,1.

 

4. Col 2,3.

 

5. Gén 2,14.

 

6. Lc 19,14.

 

7. 1 Cor 15,25.

 

8. Ef 1,10.

 

9. S. Th. II-II q.81, a.8c.

 

10. Ef 2,3.

 

11. Heb 10,5.7.

 

12. Is 53,4-5.

 

13. 1 Pe 2,24.

 

14. Col 2,14.

 

15. 1 Pe 2,24.

 

16. Col 2,13.

 

17. Col 1,24.

 

18. Conc. Trid., sess.22 c.2.

 

19. Rom 12,1.

 

20. Epist. 63 n.381.

 

21. 2 Cor 4,10.

 

22. Cf. Gál 5,24.

 

23. 2 Pe 1,4.

 

24. 2 Cor 4,10.

 

25. Heb 5,1.

 

26. Mal 1-2.

 

27. 1 Pe 2,9.

 

28. Heb 5,1.

 

29. Ef 4,15-16.

 

30. Jn 17,23.

 

31. In Ioan. tr.XXVI 4.

 

32. Is 53,5.

 

33. Is 5.

 

34. Lc 22,43.

 

35. Sal 68,21.

 

36. In Ps. 86.

 

37. Hech 91,1.

 

38. Hech 5.

 

39. 1 Cor 12,27.

 

40. Ibíd.

 

41. 1 Jn 5,19.

 

42. 2 Pe 2,2.

 

43. 2 Tes 2,4.

 

44. Mt 24,12.

 

45. Rom 5,20.

 

46. Jn 19,37.

 

47. Is 46,8.

 

48. Mt 26,64.

 

49. Cf. Ap 1,7.

 

50. Sal 19,10.

 

51. Lc 15,4.

 

52. Tim 2,3

 

 

Santo Tomás de Aquino: El sacramento de la Eucaristía (2)

Mayo 28, 2008

CUESTIÓN 74

La materia de este sacramento

 

Summa theologiae

 

Ésta cuestión plantea y exige respuesta a ocho problemas:

 

  1. ¿Son el pan y el vino materia de este sacramento?
  2.  La materia de este sacramento, ¿requiere una determinada cantidad?
  3.  ¿Es el pan de trigo la materia de este sacramento?
  4. . El pan, ¿ha de ser ácimo o fermentado?
  5. ¿Es el vino de vid la materia de este sacramento?
  6. . ¿Se le ha de mezclar con agua?
  7. . ¿Es indispensable el agua en este sacramento?
  8.  ¿Qué cantidad de agua se ha de echar?

 

 

ARTÍCULO 1

 

¿Son el pan y el vino materia de este sacramento?

 

“Hay que decir: Acerca de la materia de este sacramento ha habido muchos errores. Así, unos llamados artotiritas, como dice San Agustín en su libro De Haeresibus, ofrecen pan y queso en este sacramento diciendo que los hombres primitivos hacían sus oblaciones con los frutos de la tierra y de las ovejas. Otros, o sea, los catarigios y pepucianos, se dice que confeccionan una espede de eucaristía con sangre de niño, obtenida a través de pequeñas punciones, practicadas en todo su cuerpo, mezclada con harina, de donde resulta el pan. Y algunos, llamados acuarios, ofrecen en este sacramento agua  solamente, bajo pretexto de sobriedad .

Pues bien, todos estos errores y otros semejantes quedan eliminados diciendo que Cristo instituyó este sacramento utilizando pan y vino, como consta en Mt 26,26ss. Por consiguiente, el pan y el vino son la materia adecuada de este sacramento. Y esto por varias razones. Primera, teniendo en cuenta el uso de este sacramento, que consiste en su manducación. De hecho, como en el sacramento del bautismo se utiliza el agua para la ablución espiritual, ya que ordinariamente la limpieza del cuerpo se hace con agua, así el pan y el vino, que son el alimento más común entre los hombres, son utilizados en este sacramento como comida espiritual.

Segunda, teniendo en cuenta la pasión de Cristo, en la que su sangre fue separada de su cuerpo. Por eso, en este sacramento, que es memorial de la pasión del Señor, se toman por separado el pan, como sacramento de su cuerpo, y el vino, como sacramento de su sangre.

Tercera, teniendo en cuenta el efecto producido en cada uno de los que lo toman.

Porque, como dice San Ambrosio comentando la Epístola Ad Corinthios, este sacramento sirve para proteger el cuerpo y el alma, por eso se ofrece la carne de Cristo, bajo el elemento del panera beneficio del cuerpo,  la sangre, bajo el elemento del vino, para beneficio del alma, por lo que se lee en Lev 17,14 que la vida de toda carne es su sangre.

Cuarta, teniendo en cuenta el efecto producido en toda la Iglesia, construida por la diversidad de los fieles, como el pan se compone de diversos granos y el vino de diversas uvas, al decir de la Glosa, comentando aquello de 1 Cor 10,17: Muchos somos un solo cuerpo.

 

ARTICULO 2

 

La materia de este sacramento,

¿requiere una determinada cantidad de pan y vino?

 

“Algunos dijeron que el sacerdote no puede consagrar una inmensa cantidad de pan o de vino, como sería todo el pan que se vende en el mercado, o todo el vino contenido en una tinaja. Pero no parece que esto sea verdad. Porque en todas las cosas hechas de materia, el criterio para determinar la materia se adopta con relación al fin: así la materia de la sierra es el acero para que pueda cortar. Ahora bien, el fin de este sacramento es el uso de los fieles. Luego la cantidad de materia, en este sacramento, deberá determinarse con relación al uso de los fieles. Pero no se puede determinar con relación al uso de los fieles que están presentes. De lo contrario, un sacerdote que tuviese pocos parroquianos no podría consagrar muchas hostias. Luego solamente queda que la materia de este sacramento sea determinada con relación al uso de los fieles en general. Y, como el número de los fieles no está determinado, no se puede decir que la cantidad de materia, en este sacramento, esté determinada.”

 

ARTICULO 3

 

¿Es el pan de trigo la materia de este sacramento?

 

“Hemos dicho ya (a.l; q.60 a. 7 ad 2) que, para los sacramentos, se utiliza una materia que, comúnmente entre los hombres, sirve para un uso parecido. Pues bien, entre todas las clases de pan, el de trigo es el que los hombres más comúnmente utilizan, ya que las otras clases de pan parece que se han introducido cuando faltaba el de trigo. Por lo que se cree que Cristo instituyó este sacramento utilizando pan de trigo. El cual, por otra parte, es de mayor alimento, por lo que es mejor para significar el efecto de este sacramento. Por consiguiente, la materia propia de este sacramento es el pan de trigo.”

 

ARTICULO 4

 

¿Debe hacerse este sacramento con pan ácimo?

 

“Acerca de la materia de este sacramento se pueden considerar dos cosas, a saber, lo que es necesario y lo que es conveniente. Es necesario,  en efecto, que el pan sea de trigo, como se acaba de decir (a.3), sin lo cual no se realiza el sacramento. Sin embargo, no es necesario que el pan sea ácimo o fermentado, porque con el uno y con el otro puede hacerse el sacramento.

Ahora bien, es conveniente que cada uno observe en la celebración del sacramento el rito de su Iglesia, ya que en lo que se refiere al rito, las costumbres de las Iglesias son diferentes. Dice, en efecto, San Gregorio en el Registro: La Iglesia romana ofrece pan ácimo porque el Señor asumió una carne pura. Pero las otras iglesias ofrecen pan fermentado porque el Verbo del Padre se vistió de carne, como la levadura se mezcla con la harina. Por consiguiente, como peca un sacerdote de la Iglesia latina celebrando la misa con pan fermentado, así pecaría un sacerdote griego en la Iglesia griega celebrando con pan ácimo, pervirtiendo en cierto modo el rito de su Iglesia. Sin embargo, la costumbre de celebrar con pan ácimo está más justificada. Primero, por la institución de Cristo, que instituyó este sacramento el primer día de los ácimos, como consta en Mt 26,17, Me 14,12 y Le 22,7, en cuyo día nada fermentado debe  haber en las casas de los judíos, como se afirma en Ex 12,15.19. Segundo, porque el pan es más propiamente el sacramento del cuerpo de Cristo, concebido sin corrupción, que el de su divinidad, como se dirá después (q.76 a.l ad 1). Tercero, porque el ácimo está más adecuado con la sinceridad de los fieles, requerida para acercarse a este sacramento, conforme a las palabras de 1 Cor 5,7.8: Nuestra Pascua es Cristo inmolado… celebremos, pues, el banquete con ácimos de sinceridad y de verdad.

Pero también la costumbre de los griegos está justificada: por una parte, está el significado dado por San Gregorio, y, por otra, la repulsa de la herejía nazarena, que mezclaba la ley antigua con el Evangelio “

 

ARTICULO 5

 

¿Es el vino de vid la materia propia de este sacramento?

 

“Solamente con vino de la vid se puede hacer este sacramento. Primero, por la institución de Cristo, quien instituyó este sacramento con vino de la vid, como consta por lo que él mismo dijo en Le 22,18 acerca de la institución de este sacramento: De ahora en adelante no beberé más del fruto de la vid.

Segundo, porque como se ha dicho antes (a.3), para materia de los sacramentos se  toman los elementos que propia y comúnmente son conocidos con ese nombre. Ahora bien, propiamente hablando se llama vino al licor que procede de la vid, ya que otros licores se llaman vino por semejanza con el vino de la vid.

Tercero, porque el vino de la vid significa mejor el efecto de este sacramento, que es la alegría espiritual, pues está escrito (Sal 103,15) que el vino alegra el corazón del hombre.”

 

ARTICULO 6

 

¿Se le ha de añadir agua al vino?

 

“El vino que se ofrece en este sacramento debe estar mezclado con agua. Primero, por su misma institución, ya que se cree con probabilidad que el Señor instituyó este sacramento con vino mezclado con agua, si nos atenemos a la costumbre de aquella tierra, por lo que se dice en Prov 9,5: Bebed el vino que os he mezclado. Segundo, porque esta mezcla se adapta a la representación de la pasión del Señor. Por lo que dice el papa Alejandro : En el cáliz del Señor no debe ofrecerse sólo vino o sólo agua, sino los dos mezclados, porque en la pasión del Señor uno y otra fluyeron de su costado.

Tercero, porque esta mezcla sirve para significar el efecto de este sacramento, que es la unión del pueblo cristiano con Cristo, pues, como dice el papa San Julio: En el agua vemos significado el pueblo, pero en el vino vemos significada la sangre de Cristo. Luego, cuando en el cáliz se mezcla el vino con agua, el pueblo se une con Cristo. Cuarto, porque esta mezcla responde al último efecto de este sacramento, que es la entrada en la vida eterna. Por lo que dice San Ambrosio en su libro De sacramentis: Rebosa el agua en el cálizy salta hasta la vida eterna.”

 

ARTICULO 7

¿Es indispensable la mezcla de agua en este sacramento?

 

“Para valorar la importancia de un signo se ha de tener en cuenta lo que significa. Ahora bien, la adición de agua al vino significa la participación de los fieles en este sacramento, ya que el agua mezclada con el vino significa el pueblo unido a Cristo, como ya se ha dicho (a. 6). Pero también el hecho de que brotara agua del costado de Cristo, pendiente en la cruz, significa lo mismo, ya que el agua significaba la ablución de los pecados, que se estaba realizando a través de la pasión de Cristo. Ahora bien, ya se ha dicho más arriba (q.73, a.l ad 3) que este sacramento se realiza en la consagración de la materia, y que el uso por parte de los fieles no es indispensable para que se realice este sacramento, sino que es una consecuencia del sacramento mismo. Por consiguiente, la adición de agua no es indispensable en este sacramento.”

 

ARTICULO 8

¿Debe añadirse agua en gran cantidad?

 

“Hay que decir: Como el papa Inocencio III dice en una Decretalz, acerca del agua añadida al vino hay tres opiniones. Algunos sostienen que el agua unida al vino permanece como agua después que el vino se ha convertido en sangre. Pero esta opinión no se puede sostener. Porque en el sacramento del altar, después de la consagración, no hay nada más que el cuerpo y la sangre de Cristo, como dice San Ambrosio en su libro De Oficiisz: Antes de la consagración tiene el nombre de otra cosa, después de la consagración es el signo del cuerpo. De otro modo no se le adoraría con culto de latría. Y, por eso, otros  dijeron que como el vino se convierte en la sangre, así el agua se convierte en el agua que brotó del costado de Cristo. Pero esta opinión no se puede mantener de modo razonable, porque en este caso el agua debería ser consagrada separadamente del vino, como el vino se consagra separadamente del pan.

Y, por tanto, como el mismo papa dice, es más probable la opinión de los que dicen que el agua se convierte en vino, y el vino, en la sangre. Ahora bien, esto no podría suceder así si no se añadiese tan poca cantidad de agua que ésta se convierta en vino.

Por lo que es más seguro añadir siempre poca agua, y muy especialmente si el vino es flojo, porque si se añade tanta agua que el vino deja de ser vino, no se podría hacer con él el sacramento. Por lo que el papa Julio  reprende a los que guardan durante un año un paño empapado en mostoy, cuando quieren sacrificar, lavan una parte con agua y así hacen la ofrenda.”

El sacramento de la Eucaristía

Mayo 26, 2008

SANTO TOMÁS DE AQUINO

Esta primera cuestión plantea y exige respuesta a seis problemas:

¿Es sacramento la eucaristía?

“Los sacramentos de la Iglesia están destinados a socorrer al hombre en su vida espiritual. Ahora bien, la vida espiritual guarda paralelo con la corporal, ya que las realidades corporales son imagen de las espirituales.

Pues bien, como para la vida corporal se requiere la generación, por la que el hombre recibe la vida, y el crecimiento, por el que el hombre llega a la plenitud de la vida, así también se requiere el alimento, por el que el hombre conserva la vida.

Y, por eso, como para la vida espiritual fue necesario el bautismo, que es una generación espiritual, y la confirmación, que es crecimiento espiritual, así también fue necesario el sacramento de la eucaristía, que es alimento espiritual.”

La eucaristía ¿es un solo sacramento o múltiple?

“Se dice en V Metaphys. que la unidad se atribuye no sólo a lo que es indivisible o continuo, sino también a lo que es perfecto o acabado, como se dice, por ej., de una cosa o de un hombre.

Ahora bien, la unidad de perfección corresponde a una cosa que posee en su integridad todo lo que se requiere para su fin. Para la integridad de un hombre, por ej., se requieren todos los miembros necesarios para la operación del alma. Y para la de una casa se requieren las habitaciones necesarias para vivir.

Pues, en este sentido, se dice que este sacramento es uno, ya que está destinado al alimento espiritual, que tiene semejanza corporal.

Ahora bien, para el alimento corporal se requieren dos cosas: la comida, que es un alimento sólido, y la bebida, que es un alimento líquido.

Por lo que para la integridad de este sacramento se requieren dos cosas: la comida espiritual y la bebida espiritual, conforme a lo que se dice en Jn 6,56: mi carne es verdadera comida,y mi sangre es verdadera bebida. Luego este sacramento es materialmente múltiple, pero formal y perfectivamente es uno.”

¿Es indispensable este sacramento para la salvación?

“En este sacramento hay que considerar dos cosas: el signo sacramental y la cosa significada por él.

Ahora bien, ya hemos dicho que la cosa significada es la unidad del cuerpo místico sin la que no puede haber salvación, ya que fuera de la Iglesia no hay salvación, como tampoco la había en tiempo del diluvio fuera del arca de Noé, que, como se dice en 1 Pe 3,20-21, significaba la Iglesia*.

Pero hemos dicho más arriba (q.68 a.2) que la cosa significada por un sacramento se puede obtener antes de recibir este sacramento con sólo desearle.

Luego antes de recibir este sacramento puede el hombre obtener la salvación por el deseo de recibirle, como también la puede conseguir antes del bautismo por el deseo del bautismo, como se dijo antes (ib.).

Hay, sin embargo, aquí una doble diferencia.

Primera, que el bautismo es principio de la vida espiritual y puerta de los sacramentos, mientras que la eucaristía es coronación de la vida espiritual y fín de todos los sacramentos, como más arriba se dijo (q.63 a.6; q.65 a.3), ya que la santificación que éstos nos comunican nos prepara para recibirla o para consagrarla.

Por eso, la recepción del bautismo es indispensable para incoar la vida espiritual, mientras que la eucaristía es indispensable para culminarla.

Pero no es indispensable recibirla de hecho. Es suficiente tenerla con el deseo, como con el deseo o la intención se tiene el fin.

La otra diferencia está en que por el bautismo el hombre se ordena a la eucaristía. De ahí que, por el mismo hecho de que los niños se bautizan, están orientados por la Iglesia hacia la eucaristía.

Por consiguiente, de la misma manera que creen con la fe de la Iglesia, así con la intención de la Iglesia desean la eucaristía, y, por ende, reciben la cosa significada por ella. Pero no hay un sacramento anterior que les oriente hacia el bautismo. Por lo que, antes de recibir el bautismo, los niños no le reciben con el deseo, sino solamente los adultos.

Por eso, los niños no pueden recibir la cosa significada sin la recepción del sacramento. Por tanto, la eucaristía no es indispensable para la salvación de la misma manera que el bautismo.”

¿Es conveniente dar a este sacramento varios nombres?

“Este sacramento tiene un triple significado.

Uno, con respecto al pasado, en cuanto que es conmemoración de la pasión del Señor, que fue un verdadero sacrificio, como se ha dicho ya (q.48 a.3). En este sentido se le llama sacrificio.

El segundo, con respecto al presente, y es la unidad eclesial, en la que los hombres quedan congregados por este sacramento. Y, en este sentido, se le denomina communio o synaxis. Y así, dice San Juan Damasceno en el IV libro 13 que se la llama comunión porque por ella comulgamos con Cristo, por ella participamos de su carne y de su divinidad, y por ella comulgamos y nos unimos mutuamente.

El tercero es con respecto al futuro, en cuanto que este sacramento es prefigurativo de la fruición divina que tendremos en la patria y, en este sentido, se le llama viático, porque nos pone en camino para llegar hasta allí. Y, por esta misma razón, se le llama también eucaristía, o sea, buena gracia, porque la gracia de Dios, como se dice en Rom 6,23, es la vida eterna, o porque contiene realmente a Cristo, que es el lleno de gracia (Jn l,14) También se le denomina en griego metalepsis, que quiere decir asunción, porque como dice San Juan Damasceno , por él asumimos la divinidad del Hijo”.

¿Fue oportuna la institución de este sacramento?

“Fue oportuna la institución de este sacramento en la cena en que Cristo se reunió por última vez con sus discípulos.

Primero, por el contenido de este sacramento. Porque en la eucaristía está contenido sacramentalmente el mismo Cristo. Por eso, cuando Cristo estaba para ausentarse de sus discípulos con su presencia natural, se quedó con ellos con una presencia sacramental, de la misma manera que, en ausencia del emperador, se da a venerar su imagen. Por lo que Eusebio dice: Puesto que el cuerpo asumido había de ser arrebatado de su vista para subir a los cielos, era necesario que en el día de la cena consagrase para nosotros el sacramento de su cuerpo y de su sangre para que fuese siempre adorado en el misterio el cuerpo que una sola vez se entregó como rescate.

Segundo, porque sin la fe en la pasión de Cristo no pudo haber nunca salvación, como se dice en Rom 3,25: A quien Dios puso como propiciador por la fe en su sangre. De ahí que en todo tiempo haya habido entre los hombres alguna cosa que representase esta pasión del Señor. En el Antiguo Testamento el principal signo de ella era el cordero pascual. Por lo que dice el Apóstol en 1 Cor 5,7: Nuestra Pascua es Cristo inmolado. Ahora bien, este signo ha sido reemplazado en el Nuevo Testamento por el sacramento de la eucaristía, que es conmemorativo de la pasión pasada, como aquél fue prefigurativo de la pasión futura. Por lo cual, fue oportuno que al acercarse la pasión y recién celebrado el antiguo, fuera instituido el nuevo sacramento, como dice el papa San León.

Tercero, porque las últimas palabras, muy especialmente al despedirse los amigos, se graban más en la memoria, ya que entonces se inflama más el afecto hacia el amigo, pues las cosas que más nos conmueven se graban más profundamente en nuestro ánimo. Así pues, porque, como dice el papa Alejandro, entre todos los sacrificios ninguno puede haber más importante que el del cuerpo y la sangre de Cristo, ni ninguna oblación mejor que ésta, por eso y para que le tengamos en mayor veneración, el Señor instituyó este sacramento en el momento de separarse de sus discípulos. Y esto mismo es lo que dice San Agustín en su libro Responsionum ad Januarium 20: El Salvador, para hacer comprender más profundamente la grandeva de este misterio, quiso imprimirlo al final en el corazón y en la mente de los discípulos, de los cuales iba a separarse para encaminarse a la pasión.”

¿Fue el cordero pascual la principal figura de este sacramento?

“En este sacramento se pueden considerar tres cosas: lo que es sacramentum tantum, o sea, el pan y el vino; lo que es res et sacramentum, o sea, el verdadero cuerpo de Cristo; y lo que es res tantum, o sea, el efecto de este sacramento . Así pues, respecto de lo que es sacramentum tantum, la figura más importante de este sacramento fue la oblación de Melquisedec que ofreció pan y vino.

En lo que se refiere al mismo Cristo ya padecido, que es lo que se contiene en este sacramento, fueron figuras de él todos los sacrificios del Antiguo Testamento y, muy especialmente, el sacrificio de expiación, que era un sacrificio solemnísimo.

Y en lo que se refiere al efecto, la figura principal fue el maná, que contenía en sí todas las delicias, como se dice en Gal 16,20, de la misma manera que la gracia de este sacramento reconforta al alma con todos los deleites también.

Pero el cordero pascual prefiguraba este sacramento en estos tres aspectos.

En lo que se refiere al primero, porque se comía con pan ácimo, según la norma de Ez 12,8: comerán carne con pan ácimo.

En lo que se refiere al segundo, porque todos los hijos de Israel le inmolaban el día 14 de la luna, lo cual era figura de la pasión de Cristo, quien por su inocencia se llama cordero.

Y en lo que se refiere al efecto, porque la sangre del cordero pascual protegió a los hijos de Israel del ángel exterminador y los libró de la servidumbre egipcia. Por todo lo cual, el cordero pascual es la figura principal de la eucaristía, porque la prefiguraba en todos estos aspectos’.”

Summa theologiae. Tratado de los Sacramentos. Cuestión 73

TRISAGIO A LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Mayo 18, 2008

 

 

V. Abre mis labios, Señor, y anunciaré tu alabanza.

R. Atiende a mi sin tardanza; dame tu auxilio y favor.

 

V. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo

R. Así como era al principio, sea ahora y siempre, y en los siglos de los siglos. Amén.

 

 

◊◊◊◊

 

 

 

ACTO PREPARATORIO AL EJERCICIO

 

Benignísimo Dios, uno en esencia y trino en Personas: aquí tienes una de tus humildes criaturas, que reconoce en sí la venerable imagen de tu Trinidad Santísima. Confieso que no he cumplido con las obligaciones a que me empeña el honor de esta divina semejanza. He pecado, Dios mío; pero nunca negué, sino he creído constantemente en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo: que el Padre no tiene algún principio; que el Hijo es producido por el Padre, a quien es consustancial, y que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, de cuyo amor recíproco es término también consustancial a ambos, que el Padre no es primero que el Hijo, ni los dos primero que el Espíritu Santo. Adoro al Padre como Dios, al Hijo como Dios y al Espíritu Santo como Dios; y con todo, en los tres sólo creo y adoro un solo Dios. Yo no entiendo, Señor, este misterio; pero cautivo mi entendimiento en obsequio de la fe, para mayor gloria tuya y mérito mío. Ofrezco estos profundísimos sentimientos de religión, de reverencia y amor, como unos votos gratísimos a tu santidad, para que por ellos perdones tantas ofensas cometidas por mi contra tu Majestad increada. ¡Oh Trinidad beatísima! A ti suspira la trinidad miserable de mis potencias. Mi memoria muy enferma de fragilidad, mi entendimiento atestado de ignorancia, mi voluntad contagiada de inclinación al mal. Sánala, santifícala y dame auxilios para que jamás falte a los propósitos que te has dignado inspirarme: que yo protesto de todo corazón dedicarme desde hoy en adelante a mantener la nobleza de costumbres que corresponde al carácter de ti mismo con que me has sellado, y hacer todo el aprecio que me sea posible de tu gracia, y a valerme para conservarla de la devoción al misterio de tu augustísima Trinidad, en quien espero hallar misericordia, piedad y beneficencia para siempre. Amén.

 

 

 

HIMNO

 

Y a se va el Sol de fuego:

Tú, Unidad, Luz perenne,

Trinidad Santa, infunde

Tu amor en nuestras mentes.

De mañana y de tarde

Rogamos que nos lleves

A alabarte en el cielo

Con himnos reverentes.

 

 

◊◊◊◊

 

 

 

Al Padre, al Hijo, y a Tí, divino Espíritu, siempre la gloria que hasta aquí, sea dada eternamente. Amén.

 

Un Padre nuestro y Gloria al Padre

 

CON LOS SERAFINES

 

V.Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los ejércitos.

R.Santo Dios, santo Fuerte, santo Inmortal. Ten misericordia de nosotros.

 

CON LOS QUERUBINES

 

V.Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los ejércitos.

R.Santo Dios, santo Fuerte, santo Inmortal. Ten misericordia de nosotros.

 

CON LOS TRONOS

 

V.Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los ejércitos.

R.Santo Dios, santo Fuerte, santo Inmortal. Ten misericordia de nosotros.

 

 

◊◊◊◊

 

 

ORACIÓN A DIOS PADRE

 

Omnipotente y sempiterno Dios Padre, que con tu unigénito Hijo y con el Espíritu Santo eres un solo Dios, uno en la esencia y trino en las Personas. Yo te adoro, venero y bendigo con las tres angélicas Jerarquías; y con los tres coros de la primera, amantes Serafines, sabios Querubines y excelsos Tronos, te aclamo Santo, Santo, Santo poderoso y eterno Padre del Verbo divino, principio del Espíritu Santo, Señor de los cielos y tierra, a quien  sea gloria por los siglos de los siglos. Amén

 

Otro Padre nuestro y Gloria al Padre.

 

CON LAS DOMINACIONES

 

V.Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los ejércitos.

R.Santo Dios, santo Fuerte, santo Inmortal. Ten misericordia de nosotros.

 

CON LAS VIRTUDES

 

V.Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los ejércitos.

R.Santo Dios, santo Fuerte, santo Inmortal. Ten misericordia de nosotros.

 

CON LAS POTESTADES

 

V.Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los ejércitos.

R.Santo Dios, santo Fuerte, santo Inmortal. Ten misericordia de nosotros.

 

 

 

◊◊◊◊

 

 

ORACIÓN A DIOS HIJO

 

Sabio y soberano Dios Hijo, hecho hombre por nosotros, que con tu eterno Padre y divino Espíritu eres un solo Dios, uno en esencia y trino en las Personas. Yo te venero, bendigo y adoro con las tres Jerarquías de los Ángeles, y con los tres Coros de la segunda, Dominaciones, Virtudes y Potestades, te aclamo Santo, Santo, Santo, Omnipotente, Verbo Divino y unigénito Hijo de Dios, principio del Espíritu Santo, Señor de los cielos y tierra, a quien sea gloria por los siglos de los siglos. Amén

 

Otro Padre nuestro y Gloria al Padre

 

CON LOS PRINCIPADOS.

 

V.Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los ejércitos.

R.Santo Dios, santo Fuerte, santo Inmortal. Ten misericordia de nosotros.

 

CON LOS ARCANGELES

 

V.Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los ejércitos.

R.Santo Dios, santo Fuerte, santo Inmortal. Ten misericordia de nosotros.

 

CON LOS ANGELES

 

V.Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los ejércitos.

R.Santo Dios, santo Fuerte, santo Inmortal. Ten misericordia de nosotros.

 

 

 

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ORACIÓN A DIOS ESPÍRITU SANTO

 

Amante Dios, Espíritu Santo, Amor divino, que con el eterno Padre y su unigénito Hijo eres un solo Dios, uno en la esencia y trino en las Personas. Yo te bendigo, adoro y venero con las tres jerarquías angélicas, y con los tres Coros de la tercera, Principados, Arcángeles y Ángeles, te aclamo Santo, Santo, Santo, divino Amor y suavísima unión del eterno Padre y del Hijo, procediendo en amor de uno y otro, Señor de los cielos y  tierra, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

 

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ANTIFONA

 

Tres son los que dan testimonio en el cielo, el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo, y estos tres son una misma cosa.

 

V.Bendigamos al Padre, al hijo y al Espíritu Santo.

 

R. Alabémosle y ensalcémosle en todos los siglos.

 

 

ORACIÓN

 

Altísimo e incomprensible Dios, que dentro del santuario de tu divina naturaleza, donde nadie entra, tienes encerrado el Misterio de tu Trinidad santísima, a quien no se puede correr el velo para verla de lleno, sino que todas las criaturas  debemos adorarla profundamente desde fuera, dígnate admitir nuestros humildes votos, deprecaciones y alabanzas, que presentamos reverentemente al pie del trono de tu inefable Majestad por los merecimientos de nuestro Señor Jesucristo, que contigo vive y reina en unidad del Espíritu Santo Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.

Tres Credos a la Santísima Trinidad

Mayo 18, 2008

 

Pidiendo una buena muerte  y nos libre de los males, que se expresan en los ofrecimientos

 

Dios y supremo Señor

Rey de los cielos y tierra

Del hambre, la peste y la guerra

Líbranos por tu amor

 

 

A DIOS PADRE

 

 

Creo en Dios Padre, etc.

 

Suplico, Dios Padre, me libres de muerte súbita y desapercibida y de pecado mortal; haz que sea auxiliado con los santos Sacramentos y buena disposición.

 

 

 

A DIOS HIJO

 

Creo en Dios Padre, etc.

 

Suplícote, Dios Hijo, Criador y Redentor mío, que pues eres mi Juez, ordenes mi vida de manera que te de buena cuenta de ella cuando me la pidas.

 

 

A DIOS ESPIRITU SANTO

 

Creo en Dios Padre, etc.

 

Suplícote Dios Espíritu Santo, me des gracia santificante hasta la muerte, y me libres de las penas del infierno. Amén

 

Dios Padre, yo te ofrezco mis pensamientos buenos: haz que todos los sean. Dios Hijo, yo te ofrezco mis palabras buenas: haz que todas lo sean. Dios Espíritu Santo, yo te ofrezco mis obras buenas: haz que todas las sean. Bendita y alabada sea la santísima Trinidad que crió a María santísima para tanto bien y remedio nuestro. Amén.

 

OFRECIMIENTO

 

Altísima Trinidad, Dios y Señor mío, conozco que nada soy, que nada tengo, ni me es posible tener: sólo lo que tu divina Majestad me ha dado y quiera concederme. De todo te doy infinitas gracias y alabanzas, y me ofrezco todo tuyo por tu esclavo, ahora y siempre protestando estar a tu voluntad santísima en esta vida, hasta ir a cantar tus misericordias en la gloria. Amén

 

ACTO DE SUMISIÓN

 

Dios mío, venerando profundamente los designios de tu Providencia, dejo a tu disposición mis bienes, mis esperanzas, mi honra, mi salud, mi vida; cuanto poseo, cuanto amo, cuanto necesito y cuanto soy, humildemente resignado en todo a tu voluntad santísima: sólo te pido y espero de tu infinita bondad y de tu infinito amor, como mi Dios, mi Creador, mi Bienhechor y mi Padre, que te dignes concederme los auxilios de tu divina gracia para que lleve con modestia la prosperidad, con paciencia las adversidades, con fortaleza las tribulaciones: y que cumpliendo puntualmente en cualesquier estado y condición tus preceptos en la tierra, merezca acompañarte y bendecirte por toda la eternidad entre los bienaventurados en el cielo. Amén

 

El Mensaje de Fátima y la Eucaristía

Mayo 12, 2008

fatima-12

Tomad y bebed el Cuerpo y Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios.“

Esta llamada que el mensaje nos dirige está bien explícita en el Evangelio, pero Jesús es por muchos mal comprendido, olvidado, apartado, desplazado, abandonado y, lo que es más triste, ultrajado.

Cuando Jesucristo manifestó su intención de quedar con nosotros en la Eucaristía, para ser nuestro alimento espiritual, nuestra fuerza y nuestra vida, los fariseos se escandalizaron y no lo creían.

Pero el Señor insistió: «Yo soy el pan de vida. [...] Si alguno come de este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo. [...] si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros» (Jn. 6, 48-53).

De estas palabras, queda claro que si no nos alimentamos de la Sagrada Comunión, no tendremos en nosotros la vida de la gracia, la vida sobrenatural que depende de nuestra unión con Cristo, por la comunión de su cuerpo y de su sangre.Para esto, quedó Él en la Eucaristía: para ser nuestro alimento espiritual, nuestro pan de cada día, que sustenta en nosotros la vida sobrenatural.

Pero, para poder alimentarnos de este pan, precisamos estar en gracia de Dios, como nos advierte san Pablo: «Porque yo recibí del Señor lo que también os transmití: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan y, dando gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en conmemoración mía”, y de la misma manera, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo: “Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre; cuantas veces lo bebáis, hacedlo en conmemoración mía.Porque cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga”. Así pues, quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, por tanto, cada uno a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz; pues el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación » (1 Cor. 11,23-29).

Esta advertencia del apóstol es para todos nosotros. Antes de aproximarnos nosotros a la mesa eucarística, debemos examinar la propia conciencia, y, si encontramos en nosotros alguna culpa grave, es preciso primero purificarnos, confesando nuestros pecados en el sacramento de la penitencia, con verdadero arrepentimiento y propósito de no volver a pecar. Sin estas dos condiciones, nuestra confesión no produce todo su efecto, aunque el sacerdote, en nombre de Dios nos absuelva. Dios ve nuestra confesión y confirma el perdón, concedido en su nombre por el sacerdote, en la medida en que vea en nuestro corazón el arrepentimiento de haberle ofendido y la resolución que tomamos de no volver a ofenderle más.

El poder de perdonar los pecados lo confió Jesús a los apóstoles, cuando, ya resucitado, vino a estar con ellos en el cenáculo y les dijo: «La paz sea con vosotros.

Como el Padre me envió así os envío yo. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos» (Jn. 20, 21-23).

A san Pedro, que escogiera para jefe de su Iglesia, el Señor le tenía dicho; en otra ocasión: «Te daré las llaves del Reino de los Cielos, y todo lo que atares sobre la tierra quedará atado en los Cielos, y todo lo que desatares sobre la tierra, quedará desatado en los Cielos» (Mt. 16, 19). Así el jefe supremo de la Iglesia que Jesucristo fundó quedó autorizado para determinar el modo en que los pecados nos pueden ser perdonados.

Y, desde que el jefe de la Iglesia estableció que ha de ser por medio de una confesión humilde y sincera, hecha con arrepentimiento y propósito de enmienda, éste es el modo que debemos usar para obtener el perdón de nuestros propios pecados.

Sólo después de habernos así preparado es cuando podemos recibir el cuerpo y la sangre de Jesucristo, seguros de que este sacramento es para nosotros fuente de vida, de fuerza y de gracia, que nos vuelve agradables a los ojos del padre, viendo en nosotros a su hijo unigénito, hecho uno solo con nosotros por esa unión de plena y personal entrega de Él mismo a nosotros por amor.

De este modo narra san Mateo cómo el Señor, por sus propias manos, se nos entregó: «Mientras cenaban, Jesús tomó pan y, pronunciada la bendición, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: Tomad y comed; esto es mi Cuerpo. Y, tomando el cáliz y habiendo dado gracias, se lo dio diciendo: Bebed todos de él; porque ésta es mi Sangre de la nueva alianza, que es derramada por muchos para remisión de los pecados » (Mt. 26, 26-28).

Vemos que Jesucristo nos asegura su presencia real, en cuerpo y alma, vivo como está en el Cielo, en todas las partes donde se encuentra el pan y el vino consagrados.

Él dice «Esto es», no dice «Esto fue», ni tampoco «Esto puede ser», ni «Esto será». Mas sí «Esto es». En todo momento, en todas las partes, el pan y vino consagrados son el cuerpo y sangre de Jesucristo, y lo son por todo el tiempo que ese pan y ese vino se conserven. Esto está claro en las palabras de Jesucristo, Hombre y Dios verdadero, y la palabra de Dios opera lo que significa. En la Eucaristía, está Jesús vivo. Sí, vivo, porque por su poder divino resucitó para nunca más morir, y con el Padre y el Espíritu Santo permanece para siempre. En verdad, el Hijo de Dios detenta el poder sobre la muerte y la vida: «Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy libremente. Tengo poder para darla y tengo poder para tomarla de nuevo. Éste es el mandato que he recibido de mi Padre» (Jn. 10, 17-18).”

“Así, Jesucristo resucitado es nuestra vida y nuestra resurrección; resucitarán con Cristo los que con Cristo vivieren. Es promesa de Él: «Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá nunca sed. [...] Ésta es, pues, la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en Él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.»

Es por la fe que vemos a Jesucristo, sabemos que es el Verbo de Dios; creemos en su palabra, en su Iglesia, queremos seguir el camino que Él nos trazó para que por Él lleguemos al Padre, y por Él seremos resucitados en el último día.

Sí, porque, alimentándonos del pan de su mesa, bebiendo nosotros de su cáliz, tenemos su vida en nosotros: nos volvemos uno solo con Él por la participación de su cuerpo y de su sangre en la Eucaristía.

Pero, Cristo, presente en nuestros altares, no es sólo alimento y vida, es también víctima expiatoria que allí se ofrece al Padre por nuestros pecados. En verdad, la santa misa es la renovación incruenta del sacrificio de la cruz; es Cristo inmolado como víctima por nuestros pecados bajo las especies de pan y de vino. La cruz, donde Él dio su vida por nosotros, es la mayor prueba de su amor, y Él quiso, por sus propias manos, entregar a cada uno de nosotros el memorial vivo de esa manifestación de su amor, instituyendo la Eucaristía durante la Última Cena que tomó con los apóstoles. «Mientras cenaban, Jesús tomó pan y, pronunciada la bendición, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: Tomad y comed; esto es mi Cuerpo. Y, tomando el cáliz y habiendo dado gracias, se lo dio diciendo: Bebed todos de él; porque ésta es mi Sangre de la nueva alianza, que es derramada por muchos para remisión de los pecados» (Mt 26,26-28).

Jesús, presentándonos su cuerpo y después su sangre, dice «derramada por muchos». Aquí la palabra “muchos” no implica la exclusión de “algunos”, como si Jesús no hubiese muerto por todos, sino que, como tengo oído a diversos comentaristas, aquella palabra ha de ser entendida con el significado que le daba la lengua de aquel pueblo: “muchos” como contrario de “uno”, esto es, uno que muere en vez de la multitud. Fue en este sentido en el que el sumo sacerdote Caifás justificó la necesidad de la muerte de Jesús: «Ni os dais cuenta de que os conviene que un solo hombre muera por el pueblo y no que perezca toda la nación» (Jn 11,50).

Verdaderamente, Cristo derramó su sangre por la humanidad entera, por todos, sin excluir a nadie. Pero es verdad también que no todos se interesan y esfuerzan por acoger en su vida a Jesucristo, el precio de su rescate, excluyéndose a sí mismo de la redención.

¿Cómo no pensar en tantos que no saben o no quieren alimentarse de su cuerpo y de su sangre? ¿Qué será de ellos?: «En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros» (Jn 6,53). Ésta es la respuesta que nos da Jesucristo, a propósito de los que no quieren aprovecharse dignamente del don que Él nos ofrece, esto es, de su cuerpo y de su sangre, vivo y presente en el sacramento de la Eucaristía.

Inmolado en nuestros altares, encerrado en nuestros sagrarios, nuestro Salvador continúa ofreciéndose al Padre como víctima por la remisión de los pecados de la humanidad, esperando que muchas personas generosas se quieran unir a Él, haciéndose uno con Él participando del mismo sacrificio para con Él ofrecerse al Padre como víctima expiatoria por los pecados del mundo. De este modo, Cristo se ofrece al Padre como víctima en sí mismo y, como víctima en los miembros de su Cuerpo Místico que es la Iglesia. Es el llamamiento del mensaje: «Ofreced a la Santísima Trinidad los méritos de Cristo-víctima en reparación por los pecadores con los cuales Él mismo es ofendido», como el ángel enseñó a las tres pobres criaturas a rezar: «Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, os adoro profundamente y os ofrezco el preciosísimo Cuerpo, Sangre, alma y divinidad de Jesucristo, presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y, por los méritos infinitos de Su Santísimo Corazón y del Corazón Inmaculado de María, os pido la conversión de los pobres pecadores» (Mensaje del ángel).

¿Y qué pecados son éstos? Son los ultrajes, son los sacrilegios, son las indiferencias, son las ingratitudes de los que le reciben indignamente, de los que le ultrajan, de los que le persiguen, de los que no le conocen, y de los que, conociéndole, lo abandonan y no lo aman. Es la frialdad y la dureza de unos que, como Judas, meten con Él la mano en el plato para después venir a entregarlo a cambio de la propia condenación, inutilizando así para sí mismos el fruto de la redención operada y ofrecida al Padre por Cristo.

Él continúa permanentemente ofreciéndose como víctima por nosotros al Padre: silencioso y orante, en la soledad de nuestras iglesias; olvidado, despreciado, maltratado, humillado y pobre, retenido en la prisión de nuestros sagrarios. Y el mensaje continúa pidiéndonos que ofrezcamos a la Santísima Trinidad en reparación por todos los pecados con que Él es ofendido, la víctima de nuestros altares.

¿Y de nuestra parte? Es nuestra humilde oración, son nuestros pobres sacrificios que debemos unir a la oración y al sacrificio de Jesucristo y del Corazón Inmaculado de María, por la salvación de nuestros hermanos que se encuentran desviados del único y verdadero camino de la salvación.

Aquí me pregunto a mí misma. ¿Por qué es que bastando los méritos y la oración de Jesucristo para reparar y salvar al mundo, el mensaje invoca los méritos del Corazón Inmaculado de María y pide nuestra oración, nuestro sacrificio y nuestra reparación?

Respondo ¡que no lo sé! Ni sé cuál sería la explicación que me darían los teólogos de la Iglesia, si yo los interrogase.

Pero tengo meditado y pensado… Abro el Evangelio y veo que, desde el principio, Jesucristo unió a su obra redentora el Corazón Inmaculado de aquella que escogió como madre suya.

La obra de nuestra redención comenzó en el momento en el que el Verbo descendió del Cielo para tomar un cuerpo humano en el seno de María. Desde aquel instante y durante nueve meses, la sangre de Cristo era la sangre de María, cogida en la fuente de su Corazón Inmaculado, las palpitaciones del corazón de Cristo golpeaban al unísono con las palpitaciones del corazón de María.

Podemos pensar que las aspiraciones del corazón de María se identificaban absolutamente con las aspiraciones del corazón de Cristo. El ideal de María se volvía el mismo de Cristo, y el amor del corazón de María era el amor del corazón de Cristo al Padre y a los hombres. Toda la obra redentora, en su principio, pasa por el Corazón Inmaculado de María, por el vínculo de su unión íntima y estrecha con el Verbo Divino.

Desde que el Padre confió a María su Hijo, encerrándole nueve meses en su seno casto y virginal –«Todo esto ha ocurrido para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del profeta: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien llamarán Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros » (Mt 1, 22-23; Is 7, 14)–, y desde que María, por su «sí» libre, se puso como esclava a disposición de la voluntad de Dios para todo lo que Él quisiese operar en ella, ésta fue su respuesta: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38), desde entonces y por disposición de Dios, María vino a ser con Cristo, la corredentora del género humano.

Es el cuerpo recibido de María que, en Cristo, se torna víctima inmolada por la salvación de los hombres, es sangre recibida de María que circula en las venas de Cristo y que surge de su corazón divino.

Son ese mismo cuerpo y esa misma sangre, recibidos de María que, bajo las especies de pan y vino consagrados, nos son dados en alimento cotidiano para robustecer en nosotros la vida de la gracia y así continuar en nosotros, miembros del Cuerpo Místico de Cristo, su obra redentora para la salvación de todos y cada uno, en la medida en que cada uno se adhiera a Cristo y coopere con Cristo.

Así, después de llevarnos a ofrecer a la Santísima Trinidad los méritos de Cristo y del Corazón Inmaculado de María, que es la madre de Cristo y de su Cuerpo Místico, el mensaje pide que le sean asociados también la oración y los sacrificios de todos nosotros, miembros de aquel mismo y único cuerpo de Cristo, recibido de María, divinizado en el Verbo, inmolado en la cruz, presente en la Eucaristía, en crecimiento incesante en los miembros de la Iglesia.

En cuanto madre de Cristo y de su Cuerpo Místico, el corazón de María es de algún modo el corazón de la Iglesia, y es aquí, en el corazón de la Iglesia, que ella, siempre en unión con Cristo, vela por los miembros de la Iglesia, dispensándoles su protección maternal. Mejor que nadie, María cumple lo que Cristo nos dice: «Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea completo» (Jn 16, 24). Es en el nombre de Cristo, su hijo, como María intercede por nosotros cerca del Padre. Y es en el nombre de Cristo, presente en la Eucaristía y hecho uno solo con nosotros por la Sagrada Comunión, como unimos nuestras humildes oraciones a las de María, para ella dirigirlas al Padre en Jesucristo, su Hijo. Por eso es que, repetidas veces, le suplicamos: «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte». ¡Ave María!

Hermana Lucía. LLamadas del Mensaje de Fátima. Llamada a la participación en la Eucaristía.  

13 de Mayo: Nuestra Señora de Fatima

Mayo 12, 2008

Historia de la aparición de la Virgen en Portugal

(Tomado de la página oficial del Santuario de Fatima: www.santuario-fatima.pt )

El 13 de Mayo de 1917, tres niños llamados Lucía de Jesús, de 10 años y sus primos, Francisco y Jacinta Marto, de 9 y 7 años, cuidaban un pequeño rebaño en Cova da Iría, Parroquia de Fátima, Municipio de Vila Nova de Ourém, hoy Diócesis de Leiría-Fátima.
Alrededor del mediodía, después de haber rezado el rosario, como habitualmente hacían, mientras se entretenían en construir una pequeña casa de piedras sueltas, en el mismo local donde hoy se encuentra situada la basílica, de repente vieron una luz brillante; pensando que era un relámpago decidieron marcharse, pero un poquito más abajo otro relámpago iluminó el espacio y vieron encima de una pequeña encina, donde se encuentra ahora la Capilla (Capelinha) de las apariciones, una “Señora más brillante que el sol”; de sus manos pendía un rosario blanco.

La Señora dijo a los tres pastorcitos que era necesario rezar mucho y los invitó a volver a Cova da Iría durante otros cinco meses consecutivos, en los días 13 a la misma hora. Los niños así lo hicieron y en los días 13 de Junio, Julio, Septiembre y Octubre, la Señora volvió a aparecérseles en Cova da Iría.

El 19 de Agosto se dió la aparición en un lugar de los Valinhos, a unos 500 metros de Aljustrel, porque, el día 13 los niños habían sido llevados por el Administrador del Município, para Vila Nova de Ourém.

En la última aparición del 13 de Octubre, estando presentes cerca de 70.000 personas, la Virgen les dijo que era la “Señora del Rosario” y que hicieran allí una Capilla en su honor. Después de la aparición todos los presentes observaron el milagro prometido a los tres niños en Julio y Setiembre: el sol, pareciéndose a un “disco” de plata, se le podía mirar sin dificultad alguna y giraba sobre sí mismo como si fuese una rueda de fuego, que fuera a precipitarse sobre la tierra.

Posteriormente, siendo Lucía Hna. Religiosa de Santa Dorotea, la Virgen se le apareció nuevamente en España, el día 10 de Diciembre de 1925 y el día 15 de Febrero de 1926 en el Convento de Pontevedra y en la noche del 13-14 de Junio de 1929, en el Convento de Tuy; pidiendo la devoción de los cinco primeros sábados y comunicándole las condiciones para dicho ejercicio: — rezar el rosario meditando los Misterios, confesar y comulgar en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María — y la Consagración de Rusia al mismo Inmaculado Corazón.

***

Previa a las apariciones de María Santísima, los tres pastorcitos de Fátima -Lucía de Jesús dos Santos, y sus primos, hoy beatos, Francisco y Jacinta Marto- tuvieron tres apariciones de un ángel a lo largo de 1915. A continuación, la narración del acontecimiento por la Hermana Lucía.

Aparición del Angel – Memorias de la Hermana Lucía

“Por lo que puedo más o menos calcular, me parece que fue en 1915 cuando se nos dio esa primera aparición que juzgo fue la del ángel, que no se atrevió entonces a manifestarse del todo. Por el aspecto del tiempo pienso que debe haber sido entre los meses de abril y octubre de 1915.

 En la ladera del Cabezo que mira al Sur, al tiempo de rezar el Rosario en compañía de tres amigas, de nombre Teresa Matías, María Rosa Matías, hermana suya, y María Justino, de Casa Velha, vi que sobre el arbolado del valle que se extendía a nuestros pies flotaba como una nube, más blanca que la nieve, algo transparente, con forma humana. Mis compañeras me preguntaron qué era aquello. Respondí que no sabía. En días diferentes, se repitió dos veces más.

Esta aparición me dejó en el alma una cierta impresión que no sé explicar. Poco a poco esta impresión iba desvaneciéndose; y creo que, si no es por los hechos que se siguieron, con el tiempo, la hubiera llegado a olvidar por completo.

Las fechas de esta primera aparición no puedo precisarlas con certeza, porque en esa época no sabía contar los años, ni los meses, ni los mismos días de la semana. Me parece, no obstante, que debía ser en la primavera de 1916 cuando el Ángel se nos apareció por primera vez en nuestra roca del Cabezo. Ya dije en el escrito sobre Jacinta, cómo subimos la ladera en busca de un abrigo, y cómo fue, después de merendar y rezar allí, que empezamos viendo a cierta distancia, sobre los árboles que se extendían en dirección al naciente, una luz más blanca que la nieve, con la forma de un joven, transparente, más brillante que un cristal atravesado por los rayos del sol. A medida que se aproximaba íbamos distinguiéndole las facciones. Estábamos sorprendidos y medio absortos. No decíamos ni palabra. Al llegar junto a nosotros, dijo: -¡No temáis! Yo soy el Ángel de la Paz. Orad conmigo. -Y arrodillándose en tierra, dobló la frente hasta el suelo.

Transportados por un movimiento sobrenatural, le imitamos y repetimos las palabras que le oímos pronunciar: -Dios mío, yo creo, adoro, espero y os amo. Os pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no os aman.

Después de repetir esto por tres veces, se levantó y dijo: -¡Orad así! Los Corazones de Jesús y de María están atentos a la voz de vuestras súplicas. Y desapareció.

La atmósfera sobrenatural que nos envolvía era tan intensa, que casi no nos dábamos cuenta de nuestra propia existencia, por un largo espacio de tiempo, permaneciendo en la posición que nos había dejado, repitiendo siempre la misma oración. La presencia de Dios se sentía tan intensa e íntima, que ni entre nosotros mismos nos atrevíamos a hablar. Al día siguiente todavía sentíamos el alma envuelta en esa atmósfera que solamente iba desapareciendo muy lentamente. En esta aparición, nadie pensó en hablar ni en recomendar el secreto. Ella, por sí, lo impuso. Era tan íntima que no era fácil pronunciar sobre ella la menor palabra. Nos hizo tal vez mayor impresión por ser la primera tan manifiesta. La segunda debió de ser en el medio del verano, en ésos días de mayor calor en que íbamos con el rebaño para casa, a media mañana, para volver a llevarlo ya a media tarde. Fuimos, pues, a pasar las horas de la siesta a la sombra de los árboles que rodeaban el pozo ya varias veces mencionado. De repente vimos al mismo Ángel junto a nosotros.

–¿Que hacéis? ¡Orad! ¡Rezad mucho! Los Corazones de Jesús y de María tienen sobre vosotros designios de misericordia. Ofreced constantemente al Altísimo plegarias y sacrificios.

–¿Cómo nos hemos de mortificar?- pregunté.

–De todo lo que podáis, ofreced un sacrificio, en acto de reparación por los pecados con que Él es ofendido, y de súplica por la conversión de los pecadores. Atraed así sobre vuestra Patria la paz. Yo soy el Ángel de su guarda, el Ángel de Portugal. Sobre todo, aceptad y soportad con sumisión el sufrimiento que el Señor os envíe.

Estas palabras del Ángel se grabaron en nuestra alma, como una luz que nos hacía comprender quién era Dios, cómo nos amaba y quería ser amado, el valor del sacrificio y cómo éste le era agradable; cómo por atención a él convertía a los pecadores. Por eso desde ese momento comenzamos a ofrecer al Señor todo lo que nos mortificaba, pero sin pararnos a buscar otras mortificaciones o penitencias, excepto la de pasarnos horas seguidas postrados en tierra, repitiendo la oración que el Ángel nos había enseñado.

La tercera aparición me parece debió ser en octubre o a finales de septiembre, porque ya no nos íbamos a pasar las horas de la siesta a casa.

Como ya dije en el escrito sobre Jacinta, pasamos de la Pregueira (es un pequeño olivar que pertenece a mis padres), a la Roca, dando la vuelta a la ladera del monte por el lado de Aljustrel y Casa Velha. Rezamos allí nuestro rosario y la oración que en la primera aparición nos había enseñado. Estando, pues, allí se nos apareció por tercera vez, portando en la mano un Cáliz y sobre él una Hostia, de la cual caían, dentro del Cáliz, algunas gotas de sangre. Dejando el Cáliz y la Hostia suspensos en el aire, se postró en tierra y repitió tres veces la oración: –Santísima Trinidad, Padre, Hijo, Espíritu Santo, os adoro profundamente y os ofrezco el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo, presente en todos los sagrarios de la tierra, en reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Santísimo Corazón y del Corazón Inmaculado de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Después, levantándose, tomó en la mano el Cáliz y Hostia, y me dio la Hostia a mí; y lo que contenía el Cáliz, lo dio a beber a Jacinta y a Francisco, diciendo al mismo tiempo: –Tomad y bebed el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios.

De nuevo se postró en tierra y repitió con nosotros, tres veces más, la misma oración: –Santísima Trinidad…– etc. y desapareció.

Transportados por la fuerza de lo sobrenatural que nos envolvía, imitábamos al Ángel en todo; es decir, postrándonos como él y repitiendo las oraciones que él decía. La fuerza de la presencia de Dios era tan intensa, que nos absorbía y anonadaba casi del todo. Parecía privarnos hasta del uso de los sentidos corporales por un gran espacio de tiempo. En aquellos días, hacíamos las acciones materiales como transportados por ese mismo ser sobrenatural que a eso nos impulsaba.

La paz y la felicidad que sentíamos, era inmensa; pero sólo interior, completamente concentrada el alma en Dios. El abatimiento físico que nos postraba, también era grande.

La cuestión de la reverencia

Mayo 12, 2008

Publicamos algunas citas sobre este tópico de Dietrich y Alice Von Hildebrand, tomadas del libro “Actitudes Morales Fundamentales” y de un artículo en inglés que apareció en la Revista Triumph en octubre de 1966 de Dietrich Von Hildebrand y que se encuentra en el siguiente sitio: http://www.unavoce.org/dietrich.htm

 

 “La reverencia es la actitud que se puede considerar como la madre de toda la vida moral, pues con ella se adopta ante el mundo una postura que abre los ojos espirituales y permite percibir los valores.”

 

“La persona irreverente e impertinente es incapaz de cualquier entrega o sumisión de sí misma: o bien es esclava de su orgullo, de ese egoísmo atenazante que la hace prisionera de sí misma y ciega a los valores y la lleva a preguntarse repetidamente si su prestigio o su propia gloria aumentarán, o bien es esclava de la concupiscencia, que lleva a que todo en el mundo sea solo una ocasión de satisfacer sus apetitos. La persona irreverente no puede nunca albergar el silencio en su interior.”

 

“La persona irreverente es vana y superficial porque no consigue comprender la profundidad del ser: para ella, no hay nada más allá ni por encima de los que es palpablemente visible.”

 

“La persona reverente se aproxima al mundo de un modo absolutamente distinto: está libre del espasmo egoísta, del orgullo y de la concupiscencia; no llena el mundo con su propio ego, sino que deja a las cosas el “espacio” necesario para desplegarse por completo.”

 

 “Por lo que se refiere a la conducta moral hacia nuestros semejantes y hacia nosotros mismos, toda la grandeza y profundidad de los valores inherentes a la persona como ser espiritual solo puede ser revelada a quien es reverente. La persona espiritual como ser consciente y libre, el único ser entre todos los conocidos capaz de percibir y comprender al resto de los seres y de adoptar una postura significativa hacia ellos, solo puede ser entendida por alguien reverente”

 

 “El mundo de la religión se desvela solamente a la persona reverente: solo a ella revela su sentido y su valor el mundo en su totalidad. Así pues, la reverencia como actitud moral básica es el presupuesto de toda religión, el fundamento de la correcta actitud de la persona hacia sí misma, hacia los demás, hacia cualquier ser y sobre todo, hacia Dios.”

 

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“Only the reverent man who is ready to admit the existence of something greater than himself, who is willing to be silent and let the object speak to him- who opens himself-is capable of entering the sublime world of values.”

 

“Man reflects his essentially receptive character as a created person solely in the reverent attitude; the ultimate grandeur of man is to be capax Dei. Man has the capacity, in other words, to grasp something greater than himself, to be affected and fecundated by it, to abandon himself to it for its own sake – in a pure response to its value. This ability to transcend himself distinguishes man from a plant or an animal; these latter strive only to unfold their own entelechy. Now: it is only the reverent man who can consciously transcend himself and thus conform to his fundamental human condition and to his metaphysical situation.”

 

“There is an intimate link between reverence and sacredness: reverence permits us to experience the sacred, to rise above the profane; irreverence blinds us to the entire world of the sacred. Reverence, including awe-indeed, fear and trembling-is the specific response to the sacred.”

 

“When St. Bonaventure writes in Itinerium Mentis ad Deum that only a man of desire (such as Daniel) can understand God, he means that a certain attitude of soul must be achieved in order to understand the world of God, into which He wants to lead us.

 

“This counsel is especially applicable to the Church’s liturgy. The sursum corda-the lifting up of our hearts-is the first requirement for real participation in the mass. Nothing could better obstruct the confrontation of man with God than the notion that we “go unto the altar of God” as we would go to a pleasant, relaxing social gathering. This is why the Latin mass with Gregorian chant, which raises us up to a sacred atmosphere, is vastly superior to a vernacular mass with popular songs, which leaves us in a profane, merely natural atmosphere.”

 

“The basic error of most of the innovations is to imagine that the new liturgy brings the holy sacrifice of the mass nearer to the faithful, that shorn of its old rituals the mass now enters into the substance of our lives. For the question is whether we better meet Christ in the mass by soaring up to Him, or by dragging Him down into our own pedestrian, workaday world. The innovators would replace holy intimacy with Christ by an unbecoming familiarity. The new liturgy actually threatens to frustrate the confrontation with Christ, for it discourages reverence in the face of mystery, precludes awe, and all but extinguishes a sense of sacredness. What really matters, surely, is not whether the faithful feel at home at mass, but whether they are drawn out of their ordinary lives into the world of Christ-whether their attitude is the response of ultimate reverence: whether they are imbued with the reality of Christ. “

 

“Recollection is the necessary basis for true communion in much the same way as contemplation provides the necessary basis for true action in the vineyard of the Lord. A superficial type of communion -the jovial comradeship of a social affair — draws us out onto the periphery. A truly Christian communion draws us into the spiritual deeps.

The path to a true Christian communion: Reverence . . Recollection . . Contemplation”

 

Sobre el uso del latín

Mayo 11, 2008

 BENEDICTO XVI

Sobre la Lengua latina

(Exhortación Apostólica Postsinodal, Sacrametum Caritatis, sobre la Eucaristía: fuente y culmen de la vida y la misión de la Iglesia) (2007)

 Para expresar mejor la unidad y universalidad de la Iglesia, quisiera recomendar lo que ha sugerido el Sínodo de los Obispos, en sintonía con las normas del Concilio Vaticano II: exceptuadas las lecturas, la homilía y la oración de los fieles, sería bueno que dichas celebraciones fueran en latín; también se podrían rezar en latín las oraciones más conocidas de la tradición de la Iglesia y, eventualmente, cantar algunas partes en canto gregoriano.

Más en general, pido que los futuros sacerdotes, desde el tiempo del seminario, se preparen para comprender y celebrar la santa Misa en latín, además de utilizar textos latinos y cantar en gregoriano; y se ha de procurar que los mismos fieles conozcan las oraciones más comunes en latín y que canten en gregoriano algunas partes de la liturgia”

*

 Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la Sagrada Liturgia

 “Se conservará el uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular.”

*

 

Papa Juan XXIII 

Constitución Apostólica Veterum Sapientia: “Renacimiento, estudio y uso del latín” (1962)

 Excelencia y méritos de la lengua latina

 La antigua sabiduría encerrada en la literatura de los griegos y de los romanos, así como las preclaras enseñanzas de los pueblos antiguos, deben considerarse como una aurora preanunciadora del Evangelio que el Hijo de Dios, árbitro y maestro de la gracia y de la doctrina, luz y guía de la humanidad, ha anunciado en la tierra.

En efecto, los padres y los Doctores de la Iglesia reconocieron en esos antiquísimos e importantísimos monumentos literarios, cierta preparación de los espíritus para recibir las riquezas divinas, que Jesucristo en la economía de la plenitud de los tiempos comunicó a los hombres; por consiguiente, con la introducción del cristianismo en el mundo, nada se perdió de cuanto los siglos precedentes habían producido de verdadero, de justo, de noble y de bello.

 

Es una herencia preciosa transmitida a la Iglesia

 

Por tanto, la Iglesia rindió siempre sumo honor a estos venerables documentos de sabiduría, y sobre todo a las lenguas griega y latina, que de la sabiduría misma son como el áureo ropaje; y acogió asimismo el uso de otras venerables lenguas, florecidas en Oriente, que mucho contribuyeron al progreso humano y a la civilización y que, usadas en los sagrados ritos y en las versiones de las Sagradas Escrituras, se encuentran aún en vigor en algunas naciones, como expresión de un antiguo uso, ininterrumpido y vivo.

En esta variedad de lenguas se destaca sin duda la que, nacida en el Lacio, llegó a ser más tarde admirable instrumento para la propagación del cristianismo en Occidente.

Ya que, ciertamente no sin especial providencia de Dios, esta lengua, que durante muchos siglos unió a muchas gentes bajo la autoridad del Imperio; llegó a ser la lengua propia de la Sede Apostólica y, conservada para la posteridad, unió entre sí con estrecho vínculo de unidad a los pueblos cristianos de Europa.

 

Las dotes del latín corresponden a la naturaleza y la misión de la Iglesia.

 

En efecto, la lengua latina es por su naturaleza perfectamente adecuada para promover cualquier forma de cultura en cualquier pueblo: no suscita celos, se muestra imparcial con todos, no es privilegio de nadie y es bien aceptada por todos.

Y no cabe olvidar que la lengua latina tiene una conformación propia, noble y característica: un estilo conciso, variado, armonioso, lleno de majestad y de dignidad que conviene de modo singular a la claridad y a la gravedad.

Por estos motivos la Sede Apostólica se ha preocupado siempre de conservar con celo y amor la lengua latina, y la ha estimado digna de usarla ella misma, como espléndido ropaje de la doctrina celestial y de las santísimas leyes,en el ejercicio de su sagrado ministerio, así como de que la usaran sus ministros.

 Donde quiera que éstos se encuentren, pueden, con el conocimiento y el uso del latín, llegar a saber más rápidamente todo lo que procede de la Sede Romana, así como comunicarse más libremente con ella y entre sí.

Por lo tanto, el pleno conocimiento y el fácil uso de esta lengua, tan íntimamente ligada a la vida de la Iglesia, interesan más a la religión que a la cultura y a las letras, como dijo Nuestro Predecesor de inmortal memoria, Pío XI, el cual indagando científicamente sus razones, indicó tres dotes de esta lengua, en admirable consonancia con la naturaleza de la Iglesia.

En efecto, la Iglesia, al abrazar en su seno a todas las naciones y al estar destinada a durar hasta la consumación de los siglos, exige por su misma naturaleza una lengua universal, inmutable, no popular.

 

Lengua universal

 

Dado que toda la Iglesia tiene que depender de la Iglesia Romana y que los Sumos Pontífices tienen verdadera potestad episcopal, ordinaria e inmediata, no solamente sobre todas y cada una de las iglesias, sino también sobre todos y cada uno de los Pastores y fieles de todos los ritos, pueblos y lenguas, resulta como consecuencia que el instrumento de mutua comunicación debe ser universal y uniforme sobre todo entre la Santa Sede y las diferentes Iglesias del mismo rito latino.

Por lo tanto, los Romanos Pontífices cuando quieren instruir a los pueblos católicos, lo mismo que los Ministerios de la Curia Romana en la resolución de asuntos y en la redacción de decretos que afectan a toda la comunidad de los fieles, usan siempre la lengua latina, por ser ésta aceptada y grata a todos los pueblos como voz de la madre común.

 

Lengua inmutable

 

No tan sólo universal sino también inmutable debe ser la lengua usada por la Iglesia. Porque si las verdades de la Iglesia Católica fueran encomendadas a algunas o muchas de las mudables lenguas modernas, ninguna de las cuales tuviera autoridad sobre las demás, acontecería que, varias como son, no a muchos sería manifiesto con suficiente precisión y claridad el sentido de tales verdades, y por otra parte no habría ninguna lengua que sirviera de norma común y constante, sobre la cual tener que regular el exacto sentido de las demás lenguas.

Pues bien, la lengua latina, ya desde hace siglos sustraída a las variaciones de significado que el uso cotidiano suele introducir en los vocablos, debe considerarse fija e invariable, ya que los nuevos significados de algunas palabras latinas, exigidos por el desarrollo, por la explicación y defensa de las verdades cristianas, han sido desde hace tiempo determinados en forma estable.

 

Tesoro incomparable y clave de la tradición

 

Además, la lengua latina, a la que podemos verdaderamente llamar católica por estar consagrada por el constante uso que de ella ha hecho la Sede Apostólica, madre y maestra de todas las Iglesias, debe considerarse un tesoro … de valor incomparable, una puerta que pone en contacto directo con las verdades cristianas transmitidas por la tradición y con los documentos de la enseñanza de la Iglesia ; y, en fin, un vínculo eficacísimo que une en admirable e inalterable continuidad a la Iglesia de hoy con la de ayer y de mañana.

 

Eficacia formativa

 

Además, no hay nadie que pueda poner en duda toda la eficacia especial que tienen tanto la lengua latina como, en general, la cultura humanística, en el desarrollo y formación de las tiernas mentes de los jóvenes.

En efecto, cultiva, madura y perfecciona las mejores facultades del espíritu; da destreza de mente y fineza de juicio; ensancha y consolida a las jóvenes inteligencias para que puedan abrazar y apreciar justamente todas las cosas y, por último, enseña a pensar y a hablar con orden sumo.

 

Por estos méritos la Iglesia la ha sostenido siempre y la sostiene

 

Si se ponderan, en efecto, estos méritos, se comprenderá fácilmente por qué tan frecuentemente los Romanos Pontífices no solamente, han exaltado tanto la importancia y la excelencia de la lengua latina sino que incluso han prescrito su estudio y su uso a los sagrados ministerios del clero secular y regular, denunciando claramente los peligros que se derivan de su abandono.

También Nos, por lo tanto, impulsados por los mismos gravísimos motivos que ya movieron a Nuestros Predecesores y a los Sínodos Provinciales, deseamos con firme voluntad que el estudio de esta lengua, restituida a su dignidad, sea cada vez más fomentado y ejercitado.

Y como el uso de latín se pone durante nuestros días en discusión en algunos lugares y muchos preguntan cuál es a este propósito el pensamiento de la Sede Apostólica, hemos decidido proveer con normas oportunas, enunciadas en este solemne documento para que el antiguo e ininterrumpido uso de la lengua latina sea mantenido y donde hubiera caído casi en abandono, sea absolutamente restablecido.

Por lo demás, creemos que Nuestro pensamiento sobre esta cuestión ha sido ya por Nos con suficiente claridad expresado con estas palabras dichas a ilustres estudiosos de latín: “Por desgracia, hay muchos que extrañamente deslumbrados por el maravilloso progreso de las ciencias, pretenden excluir o reducir el estudio del latín y de otras disciplinas semejantes… Nos, en cambio, precisamente por esta impelente necesidad, pensamos que debe seguirse un camino diferente.

Del mismo modo que en el espíritu penetra y se fija lo que más corresponde a la naturaleza y dignidad humana, con más ardor hay que adquirir cuanto forma y ennoblece el espíritu, con el fin de que los pobres mortales no lleguen a ser, como las maquinas que construyen, fríos, duros y carentes de amor”.

 

Papa Pio XII Encíclica Mediator Dei: Sobre la Sagrada Liturgia. (1947)

 

 

“El empleo de la lengua latina, vigente en una gran parte de la Iglesia, es un claro y noble signo de unidad y un eficaz antídoto contra toda corrupción de la pura doctrina.”