Archivo de Junio 2008

49º Congreso Eucarístico Internacional

Junio 29, 2008

BENEDICTO XVI

El tema elegido para este nuevo Congreso eucarístico internacional es: “La Eucaristía, don de Dios para la vida del mundo”.

La Eucaristía es nuestro tesoro más valioso. Es el sacramento por excelencia; nos introduce anticipadamente en la vida eterna; contiene todo el misterio de nuestra salvación; y es la fuente y la cumbre de la acción y de la vida de la Iglesia, como recuerda el concilio Vaticano II (cf. Sacrosanctum Concilium, 8).

Por tanto, es sumamente importante que los pastores y los fieles se comprometan constantemente a profundizar en este gran sacramento.

Así, cada uno podrá fortalecer su fe y cumplir cada vez mejor su misión en la Iglesia y en el mundo, recordando que la Eucaristía conlleva la fecundidad en su vida personal, así como en la vida de la Iglesia y del mundo.

El Espíritu de verdad da testimonio en vuestro corazón; también vosotros dad testimonio de Cristo ante los hombres, como reza la antífona del Aleluya de esta misa.

Por consiguiente, la participación en la Eucaristía no nos aleja de nuestros contemporáneos; al contrario, dado que es la expresión por excelencia del amor de Dios, nos invita a comprometernos con todos nuestros hermanos para afrontar los desafíos actuales y para hacer de la tierra un lugar en que se viva bien.

Por eso, debemos luchar sin cesar para que se respete a toda persona desde su concepción hasta su muerte natural; para que nuestras sociedades ricas acojan a los más pobres y reconozcan toda su dignidad; para que cada persona pueda alimentarse y mantener a su familia; y para que en todos los continentes reinen la paz y la justicia.

Estos son algunos de los desafíos que han de movilizar a todos nuestros contemporáneos: para afrontarlos, los cristianos deben encontrar la fuerza en el misterio eucarístico.

“Misterio de la fe”: es lo que proclamamos en cada misa.

Deseo que todos se esfuercen por estudiar este gran misterio, especialmente releyendo y profundizando, individual y colectivamente, en el texto del Concilio sobre la liturgia, la constitución Sacrosanctum Concilium, con el fin de testimoniar con valentía ese misterio.

De este modo, cada persona logrará entender mejor el sentido de cada aspecto de la Eucaristía, comprendiendo su profundidad y viviéndola cada vez con mayor intensidad.

Cada frase, cada gesto tiene su sentido, y entraña un misterio.

Espero sinceramente que este Congreso impulse a todos los fieles a comprometerse igualmente en una renovación de la catequesis eucarística, de modo que ellos mismos adquieran una auténtica conciencia eucarística y, a su vez, enseñen a los niños y a los jóvenes a reconocer el misterio central de la fe y a construir su vida en torno a él.

Exhorto de manera especial a los sacerdotes a rendir el debido honor al rito eucarístico y pido a todos los fieles que, en la acción eucarística, respeten la función de cada persona, tanto del sacerdote como de los laicos. La liturgia no nos pertenece a nosotros: es el tesoro de la Iglesia.

La recepción de la Eucaristía, la adoración del Santísimo Sacramento —con ella queremos profundizar nuestra comunión, prepararnos para ella y prolongarla— nos permite entrar en comunión con Cristo, y a través de él, con toda la Trinidad, para llegar a ser lo que recibimos y para vivir en comunión con la Iglesia.

Al recibir el Cuerpo de Cristo recibimos la fuerza “para la unidad con Dios y con los demás” (cf. san Cirilo de Alejandría, In Ioannis Evangelium, 11, 11; cf. san Agustín, Sermo 577).

No debemos olvidar nunca que la Iglesia está construida en torno a Cristo y que, como dijeron san Agustín, santo Tomás de Aquino y san Alberto Magno, siguiendo a san Pablo (cf. 1 Co 10, 17), la Eucaristía es el sacramento de la unidad de la Iglesia, porque todos formamos un solo cuerpo, cuya cabeza es el Señor.

Debemos recordar siempre la última Cena del Jueves santo, donde recibimos la prenda del misterio de nuestra redención en la cruz.

La última Cena es el lugar donde nació la Iglesia, el seno donde se encuentra la Iglesia de todos los tiempos. En la Eucaristía se renueva continuamente el sacrificio de Cristo, se renueva continuamente Pentecostés.

Ojalá que todos toméis cada vez mayor conciencia de la importancia de la Eucaristía dominical, porque el domingo, el primer día de la semana, es el día en que honramos a Cristo, el día en que recibimos la fuerza para vivir diariamente el don de Dios.

También deseo invitar a los pastores y a los fieles a prestar atención renovada a su preparación para recibir la Eucaristía.

A pesar de nuestra debilidad y nuestro pecado, Cristo quiere habitar en nosotros. Por eso, debemos hacer todo lo posible para recibirlo con un corazón puro, recuperando sin cesar, mediante el sacramento del perdón, la pureza que el pecado mancilló, “poniendo nuestra alma de acuerdo con nuestra voz” según la invitación del Concilio (cf. Sacrosanctum Concilium, 11).

De hecho, el pecado, sobre todo el pecado grave, se opone a la acción de la gracia eucarística en nosotros. Por otra parte, los que no pueden comulgar debido a su situación, de todos modos encontrarán en una comunión de deseo y en la participación en la Eucaristía una fuerza y una eficacia salvadora.

La Eucaristía ocupa un lugar muy especial en la vida de los santos. Demos gracias a Dios por la historia de santidad de Quebec y de Canadá, que ha contribuido a la vida misionera de la Iglesia.

Vuestro país honra de modo particular a sus mártires canadienses, Juan de Brébeuf, Isaac Jogues y sus compañeros, que dieron su vida por Cristo, uniéndose así a su sacrificio en la cruz.

Pertenecen a la generación de hombres y mujeres que fundaron y desarrollaron la Iglesia en Canadá, con Margarita Bourgeoys, Margarita de Youville, María de la Encarnación, María-Catalina de San Agustín, monseñor François de Laval, fundador de la primera diócesis de América del norte, Dina Bélanger y Catalina Tekakwitha.

Seguid su ejemplo. Como ellos, no tengáis miedo. Dios os acompaña y os protege. Haced que cada día sea una ofrenda a la gloria de Dios Padre y participad en la construcción del mundo, recordando con sano orgullo vuestra herencia religiosa y su arraigo social y cultural, y esforzándoos por difundir en vuestro entorno los valores morales y espirituales que nos vienen del Señor.

La Eucaristía no es sólo un banquete entre amigos. Es misterio de alianza. “Las plegarias y los ritos del sacrificio eucarístico hacen revivir continuamente ante los ojos de nuestra alma, siguiendo el ciclo litúrgico, toda la historia de la salvación, y nos ayudan a penetrar cada vez más en su significado” (santa Teresa Benedicta de la Cruz, [Edith Stein], Wege zur inneren Stille, Aschaffenburg 1987, p. 67). Estamos llamados a entrar en este misterio de alianza modelando cada vez más nuestra vida según el don recibido en la Eucaristía.

La Eucaristía, como recuerda el concilio Vaticano II, tiene un carácter sagrado: “Toda celebración litúrgica, como obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es la acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no iguala ninguna otra acción de la Iglesia” (Sacrosanctum Concilium, 7). En cierto sentido, es una “liturgia celestial”, anticipación del banquete en el Reino eterno, al anunciar la muerte y la resurrección de Cristo, “hasta que vuelva” (1 Co 11, 26).

A fin de que al pueblo de Dios no le falten nunca ministros para darle el Cuerpo de Cristo, debemos pedir al Señor que otorgue a su Iglesia el don de nuevos sacerdotes. Os invito también a transmitir la llamada al sacerdocio a los jóvenes, para que acepten con alegría y sin miedo responder a Cristo. No quedarán defraudados. Que las familias sean el lugar principal y la cuna de las vocaciones.

Antes de terminar, con alegría os anuncio el próximo Congreso eucarístico internacional. Se celebrará en Dublín, Irlanda, en el año 2012. Pido al Señor que os ayude a cada uno a descubrir la profundidad y la grandeza del misterio de la fe. Que Cristo, presente en la Eucaristía, y el Espíritu Santo, invocado sobre el pan y sobre el vino, os acompañen en vuestro camino diario y en vuestra misión. A ejemplo de la Virgen María, estad abiertos a la obra de Dios en vosotros.

Encomendándoos a la intercesión de Nuestra Señora, de santa Ana, patrona de Quebec, y de todos los santos de vuestra tierra, os imparto a todos una afectuosa bendición apostólica, y a todas las personas presentes, que han acudido de los diferentes países del mundo.

Queridos amigos, al llegar a su fin este importante acontecimiento en la vida de la Iglesia, os invito a todos a uniros a mí en la oración por el éxito del próximo Congreso eucarístico internacional, que se celebrará en el año 2012 en la ciudad de Dublín. Aprovecho la ocasión para saludar cordialmente al pueblo de Irlanda, que se prepara para acoger ese encuentro eclesial. Confío en que, juntamente con todos los participantes en el próximo Congreso, encuentren en él una fuente de permanente renovación espiritual.

Homilía del Santo Padre en la Misa de Clausura. Domingo 22 de junio de 2008

El mes de julio santificado en honor de la gloriosa Santa Ana

Junio 27, 2008

PRÓLOGO

Con razón escribe el Damasceno que todas las criaturas están obligadas a los santos padres de María, Joaquín y Ana, porque gracias a ellos puede el universo ofrecer a Dios el preclarísimo entre sus dones, la Madre Purísima, la sola digna de Dios.

En efecto; a Ana, esposa de Joaquín, mil veces más venturosa y bendita que Ana, madre de Samuel, vemos que se tornan las miradas de los Patriarcas, pues que su hija María – lo dice San Efrén – es la esperanza de los Padres y el objeto de sus suspiros, como la Madre del Deseado de los siglos, prometido a su descendencia.

A ella, se dirigen los Profetas, dado que la Madre de Dios, en sentir de San Andrés Cretense es el compendio de todas las profecías, la gloria y la belleza de los que la contemplan.

Por esto tan claramente exclama Isaías Saldrá una vara de la raíz de Jessé, y de su raíz una flor. La flor es Cristo; lo explica San Ambrosio; la vara, María, y la raíz bienaventurada, Santa Ana.

En Ana se fijan los Apostóles, porque de ella tuvieron a su Maestra, su Consejera y Reina; en ella los Mártires como en la mujer de invicta paciencia, madre de aquella torre de David, reluciente de escudos de toda fuerza; en ella los Confesores, que en ella ven, por su limpísima vida, iluminado el sendero del ejemplo admirable; en ellas las vírgenes como a madre y modelo de la perpetua pureza, en ella las casadas y las santas matronas, como en el ornamento y más grande gloria de su estado. ¿Qué más? Las mismas inteligencias angélicas la hacen objeto de sus contemplaciones y le miran reconocidas, no sólo por el deleite que les causa su vida floreciente de todas las virtudes, sino que en ella ven a la madre de su Reina.

¡Y cuál será su alegría al notar admirable prodigio realizado en ella con la concepción purísima de María, que quebrantó la cabeza de su antiguo enemigo, que llevó consigo la ruina de la tercera parte del Cielo y sedujo a nuestros padre en el Paraíso terrenal.

La enemistad nacida el día del desastre entre Eva y la serpiente, cayó sobre su cabeza y la quebrantó.

Y como desde aquel día de tanta desventura todas las generaciones tuvieron fija la mirada en la perínclita conculcadora del astuto engañador, así por una relación necesaria de maternidad y filiación pusieron sus ojos en su dignísima madre. ¡Oh Qué voces de alegría resonaron en los ámbitos celestiales cuando después de tantos siglos de expectación se vio la aurora de esta estrella de Jacob!

El cielo viste de gala. Hosanna, gritaron cuantos se hallaban en el seno de Abraham, y la humanidad caída sintió aflojarse sus cadenas.

Así vemos a Santa Ana encomiada unánimemente por los Santos Padres; y desde los tiempos más antiguos notamos a la Iglesia griega y latina ocupándose de venerarla y rendirle culto. Esta veneración, por divino impulso fue confirmada y aumentada por el Sumo Pontífice Gregorio en sus Letras apostólicas de 1º de Mayo de 1584, ordenando que en lo sucesivo se celebrara la fiesta de Santa Ana en toda la Iglesia el día 26 de julio con rito doble, diciendo: “Que no hay honor que no merezca, tanto por su santidad cuanto por ser madre de la Madre de Dios”.

De aquí es que, el que sabe conquistarse la protección de Santa Ana, puede estar seguro de obtener por su medio toda clase de bienes espirituales y temporales “Son tantos los beneficios – dice Tritemio – que ella consigue para sus devotos cuantas son las miserias de la vida humana. Y si los muchos favores alcanzados por la intercesión de los Santos aumentan su veneración y culto, ¿de qué obsequios tan especiales no será digna la gloriosa Santa Ana, la cual alcanza todos los días para sus devotos tantos y tales beneficios, que es imposible contarlos?

Oh fiel!, dilata tu corazón a la presencia del inmenso tesoro de gracia, de misericordia, y de favores que se te brindan en la devoción a Santa Ana. Y si quieres experimentar por ti mismo esa abundancia, haz que ella vea en ti la imitación de sus virtudes; así será tu intercesora cerca del Altísimo. Como delante de un reluciente espejo modela tu vida a la suya, y copia en ti aquellas virtudes por las cuales fue tan agradable al Señor. Sé perseverante en esta limitación y conseguiras dulces frutos de gracia y gloria en esta vida y en la otra.

Con este solo objeto se te ofrece este breve ejercicio mensual de piadosos obsequios en el que hallarán compendiadas la vida, las virtudes y cuanto hay que admirar e imitar en tan gloriosa Patrona. Encontrarás las prácticas con que la honran sus devotos, y los prodigios y gracias que ella, a manos llenas, les obtiene. Hallarás también como la Santísima Virgen, que fue la primera en honrarla es la promotora de esta saludable devoción. En fin; aquí van las cinco alegrías de la gloriosa madre y el responsorio.

Ella cuide desde el Cielo de ti y de los tuyos, y tú no te olvides de rogar por mí.

Debo también declarar que no pretendo dar a los hechos que narro otra autoridad más que la humana, conformándose en todo con el decreto de su Santidad Urbano VIII.

MES EN HONOR DE SANTA ANA

saintanne1

****

ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS

Dios os salve, ¡oh gloriosa Santa Ana, cuyo nombre significa la gracia de la que fuiste por Dios llena, gracia que distribuís a vuestros devotos. Nosotros, postrados a vuestros pies, os rogamos que aceptéis estos humildes obsequios con los cuales pretendemos honraros, como a madre de nuestra amantísima Madre y Reina y como abuela de nuestro dulcísimo Redentor Jesús. Y Vos, en señal de que os agradan nuestros homenajes, libradnos del maldito pecado alcanzándonos la gracia de modelar nuestra vida conforme a vuestros ejemplos, y obtenednos luz, fervor y constancia para que con la meditación que vamos a hacer, crezcamos en virtud y seamos más y más gratos al Señor. Amén.

DÍA PRIMERO

De la Devoción a Santa Ana

La devoción a Santa Ana recomendada de un modo especial por la Iglesia por ser Ella elegida por Dios para Madre de la Madre de Jesús, es uno de los elementos más grandes y necesarios de la Economía divina en la Redención. Desde su nacimiento fue enriquecida de singulares prerrogativas y de tales gracias que atrajo a sí todas las divinas complacencias, tanto que Dios quiso fuere conocido por los hombres el gran poder que nuestra Santa tiene en el Corazón tiernísimo de El. Quien se acerca a su altar con sentimientos de tierna devoción, siente los benéficos efectos de su amorosa y maternal asistencia. Nuestra devoción será del todo cristiana y provechosa, si a más de elevarnos a Dios ofreciéndole entero nuestro corazón, proponemos con firmísima voluntad practicar las virtudes de que nuestra Santa nos da ejemplo.

Es inútil la devoción que se conforma con pocas y frías oraciones

Proponte, pues, ¡Oh cristiano! El honrar todos los días con especiales obsequios a la gloriosa Santa Ana y lo que más importa, resuélvete a imitar los ejemplos de su vida. Si tú la llevas siempre en los labios y en el corazon, ten seguridad que ella también te llevará y sostenido por ella no caerás en la tentación; se desvanecerán tus dudas, tendrás consuelo en tus angustias, socorro en tus necesidadesy auxilio en los peligros. Tantos serán, dice el piadoso Tritemio, los beneficios que te vendrán por su intercesión cuantas sean las miserias de tu vida, y en el mayor desamparo, a la hora de tu muerte, ella no te abandonará. Ea, pues, haz la prueba; y por más que tengas muchos protectores, elige a Santa Ana por patrona especialísima

EJEMPLO

Escribe un alma piadosa que, si todas las devociones a los Santos son eficaces, la de Santa Ana es eficacísima. Así le sucedió a un Religioso. Cada día obsequiaba con los más tiernos y filiales sentimientos a esta gran Santa y de Ella recibió suaves consuelos en sus grandes dolores. Asaltado de una tentación que le turbaba el alma profundamente fue colmado de santa alegría visitándole, María Santísima que le prometió la perseverancia final si era constante en la devoción a su querida madre, Santa Ana. Así lo hizo el buen Religioso invocando con más fe, si cabe, a la gran Santa y procuró, por cuantos medios estaban en sus manos, propagar su culto. Se le apareció de nuevo la Santísima Virgen y le aseguró que en la gloria eterna gozaría los frutos de su filial servidumbre al lado de su gloriosa Protectora Santa Ana.

OBSEQUIO – Propongamos practicar toods los días una devoción en honor de Santa Ana.

JACULATORIA – Bendita Santa Ana, dadme fuerzas para que continúe siendo devoto vuestro.

ORACIÓN

¡Oh gloriosa Santa Ana! Por agradar a mi dulce Madre María, en presencia de la Corte Celestial, os elijo por mi protectora y patrona. A vuestro maternal cuidado y guarda confío tomo mi ser, propongo honraros siempre y amaros más y más. Aceptadme Vos por hijo vuestro, estando siempre cerca de mí y adornándome con los nobles ejemplos de vuestras hermosas virtudes. Así, al terminar mis días, invocando vuestro nombre, que significa gracia, obtendré gracia, misericordia y perdón.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Recopilado por el Cura Párroco de Santa Ana de Villa del Parque. Bs. As., Mayo 12 de 1944

La Santa Misa, con la asistencia de Santa Ana

Junio 27, 2008

LA SANTA MISA

 

Con la asistencia de Santa Ana

 

Madre de María Santísima

 

 

Antes de la Misa

 

Al asistir hoy al más augusto misterio que se celebra sobre la tierra, al incruento Sacrificio del altar suplico e invoco vuestra asistencia, oh gloriosa y bienaventurada Santa Ana. Vos que hicisteis aquel noble sacrificio de ofrecer desde los más tiernos años a vuestra amadísima Hija al servicio divino del Templo, Vos que con santidad y justicia servisteis a Dios por todos los días de vuestra vida: ¡Ah bendita Santa Ana, en este feliz momento iluminad de viva fe mi ciega inteligencia, encended de amor divino mi frío corazón, a fin de que pueda, con vuestro poderoso auxilio, sacar de este sacrosanto misterio copiosos frutos de vida eterna.

 

Al principio de la Misa

 

Santísima Trinidad, héme aquí para ofreceros en unión de este Sacerdote el sacrificio de la Misa; concededme la gracia de asistir a ella con sentimientos de una profunda devoción animada de viva fe, firme esperanza y caridad ardiente.

Soy una miserable criatura, que por mis pecados he merecido ser desechada de Vos; pero sí me atrevo a presentarme ante vuestra Majestad, es para detestar y corregir mis faltas y alcanzar de Vos perdón, y pongo toda mi esperanza en el gran sacrificio, que Jesús hizo sobre la Cruz, y ahora viene a renovar por mi sobre el altar.

Y Vos, afortunadísima Santa Ana, alcanzadme la gracia de atender a ella con la fe y piedad con las cuales la Santísima Virgen vuestra Inmaculada Hija asistió al pie de la cruz.

 

Al Confiteor

 

Oh mi benignísima Santa Ana! Héme aquí humildemente postrado a vuestros pies para suplicaros me obtengáis junto con la intercesión de vuestra santísima Hija María, del clementísimo Jesús la gracia de la remisión de todos los pecados cometidos con el pensamiento, palabra, obra y omisión desde el instante del uso de la razón hasta esta hora; y haced además que, antes que yo parta de esta vida mortal, obtenga mi corazón una verdadera contrición y eficaz dolor de todas mis culpas

 

A las Oraciones

 

Oh! Poderosa Abogada nuestra, Santa Ana, dignaos avalorar con vuestra intercesión las súplicas de la Santa Iglesia y de este Sacerdote su ministro, a fin de que suban agradables al trono de la divina misericordia, y se nos concedan todas las gracias de las cuales tenemos necesidad.

 

A la Epístola

 

¡Oh! Gloriosa Santa Ana, luz de los ciegos y ayuda de los que en Vos confían, haced que de vuestro ardiente corazón salga un rayo de luz celestial que ilumine mi inteligencia, para que aprenda de los oráculos del Señor, la verdadera sabiduría, la cual desprecia las cosas caducas y busca y quiere solamente las divinas. Iluminad a todas las almas que duermen en las tinieblas de la ignorancia del pecado y haced que conozcan y amen a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre y Salvador de todos

 

Al Evangelio

 

La ley de Jesús sea siempre en mi mente, en mi boca, y en mi corazón. Oh fidelísima Santa Ana! Por aquella santidad y justicia con que servisteis a Dios durante todos los días de vuestra vida, dignaos alcanzarme de Dios el poder arreglar todos mis pensamientos, palabras y obras según el espíritu del Santo Evangelio a norma del cual seré juzgado al instante de mi muerte

 

Al Credo

 

Señor mío Jesucristo, yo creo que con la luz de vuestro Evangelio, habéis iluminado a las almas envueltas en las tinieblas y en la sombra de la muerte y les habéis hecho partícipes de vuestra admirable claridad. Creo y os doy gracias ya que por vuestra gratitud misericordia os dignasteis inscribirme  en el libro de vuestros fieles, regenerándome con las aguas del Bautismo. Ah! Cómo por tal gracia ha sido levantada y ennoblecida mi mísera condición!

Vos mi amada Santa Ana, obtenedme una fe ciega y viva, y que mediante ella practique las verdades contenidas en el Credo y pueda así salvarme.

 

Al Ofertorio

 

Padre infinitamente santo, aceptad esta ofrenda del pan y del vino que os presenta el Sacerdote sobre el altar, lo cuales consagrados por la oración y bendición, mediante las prodigiosas palabras, se convierte en verdadero Cuerpo y verdadera Sangre de Jesucristo, vuestro Hijo y nuestro Salvador. – recibid esta oferta en expiación de nuestros pecados y de los de todo el mundo, por las necesidades de toda la Iglesia y de nuestros parientes, conocidos, amigos y enemigos, por los fieles vivos y difuntos. Oh querida Santa Ana! Presentad esta Hostia pura e inmaculada ante el trono de la divina misericordia y obtenednos con vuestra intercesión que, unida a la oferta de nuestro corazón, venga aceptada por Dios y nos sea fuente de bendiciones y gracias celestiales. Así sea

 

Al Lavabo

 

Deseo, oh Señor, vivir con los inocentes para hacerme digno de asistir a vuestro altar; pero Vos santificadme, a fin de que, por los misterios que se obran en los sagrados templos, obtenga la entrada en la celestial Jerusalén.

Oh gloriosa Santa Ana, rogad también Vos al Señor a este fin y alcanzadme pureza de alma y cuerpo tan perfecta en el tiempo venidero, cuanto negligente fui en el pasado. Bienaventurada Madre Ana, rogad por nosotros.

 

Al orate frates

 

Presentad, os lo suplico, oh mi protectora Santa Ana, mis humildes plegarias junto con las del Sacerdote al divino Eterno Padre, a fin de que por la Hostia Santa que se está ofreciendo se nos concedan todas las gracias necesarias para vivir santamente y santamente morir.

 

Al Sanctus

 

Oh Dios! Vos sois infinitamente Santo y yo una pobre y miserable criatura pecadora; todo el cielo y toda la tierra están llenos de Vos: solo mi corazón está de Vos vacío. Ah! Dios mío, por los méritos de la gloriosa Santa Ana dignaos llenar de Vos mismo mi pobre corazón y haced que muera a la vanidad de la tierra

 

Al memento por los vivos

 

Clementísimo Señor, os encomiendo la patria terrena  que me disteis, a fin de que conserve siempre el preciosísimo y necesario tesoro de la Fe. – Os encomiendo también a todos los individuos de mi familia y a mis parientes; a todos mis amigos y bienhechores; a todos aquellos por quienes estoy obligado a rogar y a aquellos que se encomiendan a mis oraciones, os encomiendo finalmente a mis enemigos  si los tuviere. –Santa Ana querida, obtenednos que seamos todos colmados de divinas bendiciones, a fin de que seamos todos socorridos, consolados y provistos según nuestras necesidades temporales y eternas.

 

A la Consagración

 

Ahora, oh Señor, que obráis milagros para daros todo a nosotros miserables, yo me doy enteramente a Vos en testimonio de gratitud y de amor. Más, ¿qué soy yo? Nada delante de Vos! No obstante, a fin de que no desdeñéis mi pobre oferta, os la presento por manos de Santa Ana y la uno con la que Ella os hizo de su amada Hija María, dedicándola desde sus más tiernos años a vuestro divino servicio.

 

A la Elevación

 

Creo en Vos, os adoro y amo, oh Jesús mío, realmente presente bajo las especies sacramentales, os ofrezco en compensación de mi frialdad, todos los actos fervorosísimos de alabanza, de amor y de adoración que elevaba a la misericordia divina la bienaventurada Santa Ana cuando llevaba en su seno a la Corredentora del linaje humano

 

Después de la elevación

 

Os perfectísimo Señor y Dios mío, por esencia Santo e infinitamente puro, que os complacéis de apacentaros entre los lirios, he aquí en la Humanidad santísima de vuestro Jesús, nuestro Salvador, el más puro y cándido lirio que haya podido existir. A Vos ofrecemos su divino candor e incomparable suavidad, en satisfacción de todos los pecados deshonestos que se cometen en el mundo

Dignaos también aceptar las adoraciones y súplicas que os elevamos junto con la gran madre Santa Ana para que por los méritos de Jesús Víctima Divina sean admitidas al eterno descanso las Santas Almas que moran en el Purgatorio.

 

Al Pater Noster

 

Dignaos, oh gloriosa Santa Ana, presentar ante el trono de Dios nuestras suplicas, mientras que con humildad y fe levantamos la voz diciendo: Padre nuestro, etc.

 

Al Agnus Dei

 

Cordero de Dios, por vuestra preciosísima Sangre imploramos el dolor de nuestras culpas. Cordero de Dios, por vuestros infinitos méritos imploramos la remisión de nuestros pecados. Cordero de Dios, por este Sacrificio divino imploramos la verdadera paz celestial  prometida a quien tenga buena voluntad. Oh gloriosa Santa Ana Madre de la Virgen de las Vírgenes, rogad por nosotros. – Gloria Patri, etc.

 

A la Comunión

 

Oh Jesús, Rey de todos los corazones, mi esperanza, mi amor, mi vida, mi todo! Oh si pudiera también yo con la inocencia de un San Luis o con el ardor de una santa Teresa acercarme con más frecuencia la Mesa del Paraíso para recibir con vuestro Cuerpo y Sangre tesoros de gracia y misericordia!

Ah Dios mío, si por mi culpa no me es concedido tan gran favor, dejad al menos que me presente a Vos con vivos deseos de recibiros, de unirme con Vos, vida del alma y su alimento sobrenatural. Y ya que dulcemente nos invitáis diciendo – venid a Mí vosotros todos los que estéis en pena y en trabajos, que yo os aliviaré; yo – pobre criatura – me presento a Vos, aunque cargada de pecados y estrechada por angustias de espíritu, para obtener ayuda, socorro, y liberación.

 

Oh mi querida Santa Ana, obtenedme con vuestros fervientes preces que yo pueda acercarme con frecuencia y bien a la fuente de la suavidad, a vuestro Jesús y mío en el divino Sacramento.

 

A las últimas Oraciones

 

Concededme, oh buen Jesús, por los méritos y por la intercesión de María Santísima y de su gloriosa Madre, todas las gracias que os he pedido en esta Santa Misa y aceptad el ardientísimo amor de Santa Ana y de su Inmaculada Hija María en compensación de mis distracciones y frialdades.

 

Al Dominus vobiscum

 

El Señor estuvo siempre con Vos, oh bendita Santa Ana; ¡Ah! Haced que esté también conmigo con su gracia, a fin de que, fortificado con ésta, no me separe jamás de Él por el maldito pecado

 

A la Bendición

 

Bendecidme, oh Jesús, como bendecistéis a vuestra querida Madre, cuando os le aparecisteis después de resucitado: y Vos, mi amadísima Santa Ana, auxilio de todos aquellos que a Vos recurren, rogad por mí y obtenedme que vuestra bendición y la de vuestro Jesús permanezcan siempre en mí, me defiendan en todos los peligros, me ayuden en todas mis necesidades, y sean prenda de aquella bendición que Dios me dará cuando entre a gozar eternamente de su gloria

 

Al último Evangelio

 

Dios omnipotente, eterno, justo y misericordioso, proteged la Iglesia Romana, madre nuestra amorosísima. Haced que con vuestro poder vuelvan a Vos los hijos pródigos y en Vos perseveren los buenos. Que todos los hijos reconozcan los dulces beneficios de la Madre Iglesia y sigan siempre sus venerandos mandatos. Que de un confín a otro de la tierra se goce de libertad cristiana para que se extienda vuestro Santo Evangelio. Y vos, afortunada Santa Ana, alcanzadme, os lo suplicamos, que las divinas enseñanzas del Evangelio sean siempre guía a nuestros pasos, luz a nuestras acciones, regla de toda nuestra conducta, a fin de que, después, de esta vida, podamos alcanzar la eterna bienaventuranza con Vos en el Paraíso.

 

Acabada la Santa Misa

 

Santísima Trinidad, Dios omnipotente, dignaos concederme por la intercesión de Santa Ana, que los frutos saludables de la Santa Misa, a la cual he asistido, sean para fortificarme en la fe, para aumentarme la esperanza y para encenderme siempre más en el amor hacia vos único bien mío y mi último beatífico fin.

También Vos, oh queridísima Santa Ana, dadme vuestra bendición y grabad en mi mente que la devoción más agradable al Señor y a mí más provechosa, es el ofrecerle cada día en la misa el Unigénito Hijo suyo, nuestro piadosísimo Salvador Jesús, verdadero Dios y verdadero Hombre, al cual sea honor, gloria y bendición ahora y siempre por los siglos de los siglos. Así sea.

 

Un Pater, Ave y Gloria a Santa Ana

 

 

DE LA SANTA CONFESIÓN

 

Oración para antes del examen

 

Acudo a Vos ¡Oh gloriosa Ana! A fin de que me obtengáis de Dios la luz necesaria para que vea y conozca las llagas que ha abierto el pecado en mí alma. Venid en mi auxilio ya que sois mi querida Madre. Otorgadme la gracia de que el Espíritu Santo, claridad eterna, disipe mis tinieblas, me de a conocer mis infidelidades e ingratitudes y me manifieste todo cuanto desagrade a El, a María y a Vos. Haced, Madre mía amantísima, que vea mis pecados como Dios mismo los ve. Así sea

 

Oración para antes de la Confesión

 

¡Voy a echarme a los pies del sacerdote! Oh poderosísima Santa Ana! Como lo hizo aquella pecadora que recibió a las plantas del buen Jesús la remisión de todas sus culpas. Mostraos misericordiosa conmigo; conducidme Vos misma al tribunal sagrado; haced que no vaya a él por costumbre ni por respeto humano, sino por un impulso del Espíritu Santo, y que la confesión que voy a hacer sea un testimonio de la conversión de mi corazón. Dadme vuestro amor, ¡oh Madre mía! A fin de que, acusándome de mis faltas, me sienta penetrada del más sincero dolor y merezca por la penitencia de mi corazón contrito y humillado, la remisión de mis pecados y la curación de todos mis males.

 

Después de la confesión

 

Amorosísima Santa Ana, os suplico vuestros merecimientos me obtengáis de mi Divino Redentor que esta mi confesión sea a El mismo agradable y la tenga por buena; y que cualquier cosa que a ésta  y a las demás que he hecho le haya faltado la suficiente contrición, pureza o integridad, lo supla su inmensa piedad y misericordia. Haced, cariñosa Madre mía, que Jesús tenga a bien tenerme más copiosamente absuelto en el cielo. Así sea.

 

 

LA SANTA COMUNIÓN

 

Con la asistencia de Santa Ana

 

Oh gloriosa Santa Ana, mi celestial Protectora, tengo la intención de acercarme hoy a la Mesa Eucarística a fin de recibir a Jesús en la Santa Comunión. La obra es grande; a Vos vengo pues recordando el ardentísimo amor y la fervorosa piedad que tuvisteis a Dios. Encended en mi corazón vivo deseo de recibir a Jesús lo más dignamente que pueda y con vuestra intercesión merezca que El me conceda benignamente la gracia de hacer bien esta Santa Comunión

 

ACTO DE FE

 

La Hostia Santa es verdaderamente el Cuerpo, la Sangre, el Alma, la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Aquel Dios tan bueno desciende del cielo para venir a esconderse en mi pobre corazón. Así lo creo firmísimamente, oh dulcísimo Jesús.

Vos, abogada mía Santa Ana, obtenedme una fe vivísima e inquebrantable hasta dar la vida por ella.

 

ACTO DE ESPERANZA

 

Espero de Vos, Dios mío, que por los méritos de vuestro Hijo Jesús, a quien deseo recibir dentro de mi corazón, que obtendré los medios para salvarme y el perdón de mis pecados; espero también me concederéis estas gracias por la intercesión de María Santísima y de su gloriosa Madre Santa Ana a fin de que mi esperanza un día sea completada con la Visión beatífica

 

ACTO DE HUMILDAD Y DE CONTRICIÓN

 

Es posible oh Jesús mío, que siendo Vos el Unigénito del Padre, el esplendor de la Gloria, Dios de Majestad, queráis venir y habitar en esta miserable e indigna criatura? ¡Oh bondad inefable! Es tan grande mi confusión que quisiera deciros con San Pedro: alejaos de mí que soy hombre pecador. Pero no, que si Vos os alejáis, mi Vida, mí único Bien, donde podré hallar la salud? Vendré pues a gozar un favor tan grande porque Vos mismo amorosamente me lo ofrecéis. Pero a la vista de vuestra inmensa bondad conozco cuán gran pecador he sido, habiendo con mis culpas ofendido a quien tanto amor ha tenido conmigo y tanto merece ser amado! Me pesa Dios mío y propongo con vuestra gracia nunca más separarme de Vos y hacerme más digno de vuestro amor.

-Oh gloriosa Santa Ana, con María, refugio de pecadores, rogad por mí

He aquí la hora suspirada y el precioso momento en el cual Jesús, mi Rey, se unirá conmigo por medio del Sacramento Eucarístico. He aquí el Señor de los Señores, el Amigo más fiel, el más tierno Padre, el Esposo querido de mi alma que viene a mí!

Dentro de poco poseeré a Dios, a mi Redentor, a Jesús que forma las delicias del Padre Eterno, y que no cabe en los cielos. ¡Oh qué felicidad la mía!

Mi alma os desea, suspira por Vos, mi dulcísimo Jesús

Venid, dulce Amor mío, venid a mi alma y santificadla, a mi corazón y purificadlo, a mi cuerpo y guardadlo, y haced que nunca me separe de Vos.

Santa Ana bendita, asistidme en este momento que he de recibir a Jesús sacramentado; alcanzadme las disposiciones necesarias para recibirle dignamente y obtener sus divinas gracias.

 

Acción de gracias para después de la Santa Comunión

 

¡Oh Espíritus bienaventurados de la Corte celestial! Aquel Dios inmenso, cuya Majestad no podéis mirar sin santo temor.Aquel si movido del más sorprendente y fino amor hacia mi se ha dignado rebajarse, y anonadarse entrando en mi pobre corazón. ¡Ah! Envidiad mi suerte, Espíritus celestiales, que ciertamente tenéis razón de ello! ¡Oh alma mía! Consuélate y alégrate! Eres tabernáculo vivo de la divinidad; tu corazón, silla del Dios de la majestad, trono del Rey de la gloria. Venid Ángeles del cielo, venid también bendita Madre Santa Ana, venid a adorar conmigo y por mí en mi pobre pecho a mi Redentor y a mi Dios. Venite, venite, adoremus eum quia ipse es Dominus Deus Noster

 

Acto de adoración

 

Oh dulcísimo Jesús mío, que os habéis dignado habitar en mi pobre corazón, humildemente adoro vuestro Cuerpo, vuestra Sangre, vuestra Alma y vuestra Divinidad. Os adoro, oh buen Jesús y con Vos al Padre y al Espíritu Santo, Trinidad Santísima y un solo Dios. Y, Vos, mi cariñosa Madre Santa Ana, obtenedme, os ruego, que tenga hambre de este Manjar celestial, que me acerque a la sagrada Mesa con suma devoción, y que antes de partir de este mundo terreno reciba a mi Jesús en el Santo Viático para después ver cara a cara adorar, servir, amar y dar gracias eternamente a mi amabilísimo Salvador y Redentor Jesucristo. Así sea

 

Acto de Ofrecimiento

 

Mi Amado es mío y yo soy todo de El; ya que, oh mi divino Jesús, habéis venido a mí, ya que, habéis venido a visitar la pobre asa de mi alma, yo os ofrezco y os doy la casa y todo yo mismo con la libertad y voluntad; pongo en vuestras divinas manos mi cuerpo y mi alma para que hagáis de ellos los que os plazca.

Santa Ana Protectora mía, ofreced por mí al Cordero inmaculado todos vuestros méritos y obtenedme del Señor la santa perseverancia en el bien hasta la muerte

 

Acto de Suplica

 

¡Oh poderosa Madre mía, Santa Ana! Este es el momento más propicio para pedir favores al Señor, pero he sido ingrato, con El, no he guardado sus dones, le he servido con frialdad!

¿Cómo podrá fiarse de quien tantas veces le ha ofendido? Por esto, a Vos acudo y reverentemente os suplico me alcancéis de Dios un santo y vivo amor que consume todo otro amor que a El desagrade. Virgen Inmaculada María, oh querido San José, venid también Vosotros en mi ayuda y con vuestra mediación obtenedme del piadosísimo Jesús un reverente temor filial de ofenderlo, un ardiente amor a su Divino Corazón, la huida constante de las malas compañías y de cuanto pudiera impedir mi salvación eterna.

 

(Pídase a Jesús cualquiera otra gracia para sí y para el prójimo; ruéguese por el Sumo Pontífice, por toda la Iglesia y no se olviden los pobres pecadores y las benditas almas del Purgatorio)

24 de Junio: Solemnidad del nacimiento de San Juan Bautista, patrono de la Legión

Junio 23, 2008

SAN JUAN BAUTISTA

San Juan Bautista no quedó formalmente incluido entre los santos patronos de la Legión hasta el 18 de diciembre de 1949. Cosa extraña y difícil de explicar, pues el hecho es que este santo es el que está relacionado más íntimamente con la espiritualidad legionaria, si exceptuamos al glorioso San José.

a) San Juan Bautista fue el primer legionario y el prototipo de todos ellos: como precursor, fue delante del Señor para prepararle el camino y enderezar las sendas; y fue también modelo de firmeza inquebrantable por la causa de Jesucristo, por la que estuvo siempre pronto a morir, y por la cual, de hecho, murió mártir.

b) Además, su formación espiritual la recibió de la misma María, como la deben recibir todos los legionarios. Declara San Ambrosio que la principal razón de prolongar la Virgen su visita a Santa Isabel fue formar y preparar al niño para su oficio de gran profeta. Y la catena -nuestra plegaria central, y la única que obliga diariamente a todos los legionarios, activos y auxiliares- ensalza la hora de esa formación del Precursor.

c) El episodio de la Visitación presenta por primera vez a nuestra Señora en su calidad de Medianera de la divina Gracia, y a San Juan como el primero en beneficiarse de dicha mediación. No es extraño, pues, que a San Juan se le mirara desde un principio como patrón especial de la Legión y de cuanto la Legión emprende, en sus contactos personales, visitas, etc., porque todo ello no es más que un esfuerzo para colaborar al oficio mediador de la santísima Virgen.

d) San Juan -elemento integrante de la misión de nuestro Señor- tiene que entrar necesariamente en cualquier organización que busque perpetuar dicha misión. El Precursor sigue siendo indispensable. Si no interviene para presentar a Jesús y a María, ¿quién sabe si Ellos no querrían mostrarse? Este puesto especial que ocupa San Juan lo tienen que reconocer los legionarios, y, por su fe en él, le deben facilitar que siga ejerciendo mediante ellos su labor precursora. “Si Jesús es siempre El que ha de venir, San Juan es igualmente el que va delante; pues la economía de la Encarnación histórica continúa a través del Cuerpo místico” (Daniélou).

e) El lugar propio para la invocación de San Juan está en las oraciones finales, inmediatamente después de la Legión angélica. Así, en las oraciones de la Legión tenemos un conjunto perfecto: el Espíritu Santo -presentándose como “columna de fuego” mediante la santísima Virgen- domina la Legión; la Legión angélica, con San Miguel a la cabeza, apoya la lucha; y delante, como explorador, va San Juan, el Precursor, desempeñando su oficio providencial, como siempre; y, por fin, los generales de ejército San Pedro y San Pablo.

f) San Juan Bautista tiene dos fiestas, la de su nacimiento y la de su martirio. La primera se celebra el día 24 de junio, y la segunda el 29 de agosto.

“Yo creo que el misterio -sacramentum- de Juan se viene cumpliendo en el mundo de nuestros días. A todo aquel que ha de creer en Jesucristo se le ha de comunicar interiormente la virtud y el espíritu de Juan, el cual prepara al Señor un pueblo perfecto, endereza las sendas escabrosas del corazón y allana los caminos. Hasta el día de hoy la virtud y el espíritu de Juan preceden a la venida del Señor y Salvador” (Orígenes).

Manual oficial de la Legión de María. Capítulo XXIV: Patronos de la Legión

***
Palabras pronunciadas por el Santo Padre Benedicto XVI luego del rezo del Angelus, el domingo 24 de junio de 2007: Solemnidad de san Juan Bautista

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, 24 de junio, la liturgia nos invita a celebrar la solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista, cuya vida estuvo totalmente orientada a Cristo, como la de su madre, María. San Juan Bautista fue el precursor, la “voz” enviada a anunciar al Verbo encarnado. Por eso, conmemorar su nacimiento significa en realidad celebrar a Cristo, cumplimiento de las promesas de todos los profetas, entre los cuales el mayor fue el Bautista, llamado a “preparar el camino” delante del Mesías (cf. Mt 11, 9-10).

Todos los Evangelios comienzan la narración de la vida pública de Jesús con el relato de su bautismo en el río Jordán por obra de san Juan. San Lucas encuadra la entrada en escena del Bautista en un marco histórico solemne. También mi libro Jesús de Nazaret empieza con el bautismo de Jesús en el Jordán, acontecimiento que tuvo enorme resonancia en su tiempo.

De Jerusalén y de todas las partes de Judea la gente acudía para escuchar a Juan Bautista y para hacerse bautizar por él en el río, confesando sus pecados (cf. Mc 1, 5). La fama del profeta que bautizaba creció hasta el punto de que muchos se preguntaban si él era el Mesías. Pero él —subraya el evangelista— lo negó decididamente: “Yo no soy el Cristo” (Jn 1, 20). En cualquier caso, es el primer “testigo” de Jesús, habiendo recibido del cielo la indicación: “Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo” (Jn 1, 33). Esto aconteció precisamente cuando Jesús, después de recibir el bautismo, salió del agua: Juan vio bajar sobre él al Espíritu como una paloma. Fue entonces cuando “conoció” la plena realidad de Jesús de Nazaret, y comenzó a “manifestarlo a Israel” (Jn 1, 31), señalándolo como Hijo de Dios y redentor del hombre: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29).

Como auténtico profeta, Juan dio testimonio de la verdad sin componendas. Denunció las transgresiones de los mandamientos de Dios, incluso cuando los protagonistas eran los poderosos. Así, cuando acusó de adulterio a Herodes y Herodías, pagó con su vida, coronando con el martirio su servicio a Cristo, que es la verdad en persona.

Invoquemos su intercesión, junto con la de María santísima, para que también en nuestros días la Iglesia se mantenga siempre fiel a Cristo y testimonie con valentía su verdad y su amor a todos.

La Sagrada Eucaristía

Junio 21, 2008

SAN ALBERTO HURTADO

¿Cuál es, hermano, la aspiración suprema del hombre, no digo de cual o tal persona determinada, sino del género humano como tal?

La posesión del bien; de todos los bienes; del Sumo Bien.  El hombre desde sus comienzos ha aspirado a ser Dios.  Esta búsqueda de la divinidad ha movido sus actividades como la luna las mareas.

Si alguna filosofía no tiene esta preocupación religiosa, como el existencialismo sartriano y antes el epicureísmo y el estoicismo, su visión de la vida será necesariamente triste y vacía.

Esta ansia de divinidad en el hombre no nace de una pura especulación intelectual, sino que es un recuerdo inconsciente de la historia de la humanidad. Dios hizo divino al hombre. Esta vida divina estaba en él como en germen, como en una semilla que debía florecer.

El primer hombre era feliz: tenía paz, paz consigo mismo, paz con la naturaleza. Una tentación podía asaltarlo, y de hecho lo asaltó y lo venció: quiso ser Dios, no por gracia de lo alto, sino por sus propias fuerzas. Quiso independizarse de la voluntad divina.

Ser autónomo como Dios. El hombre se retiró de Dios para ser Dios por sus propios medios, y la vida divina que se escondía en él desapareció de su alma, y el hombre se encontró hombre y nada más que hombre.

Durante muchos siglos la humanidad ha tratado de reconquistar la divinidad perdida. Lo ha intentado por la violencia pretendiendo dominar al mundo y reducirlo a la esclavitud.

Mujeres, jóvenes y niños han sido sus víctimas, pero al fin no podía menos de decir: ¡mañana moriremos ! Otros pretendieron divinizarse por la sabiduría: estudiaron y discutieron, y al fin desesperados, llegaron a dudar de la existencia de todo saber: tal es el escepticismo antiguo, el pragmatismo y el relativismo de nuestros días.

Almas más nobles comprendieron que si el hombre no podía solo llegar hasta Dios; quizá Dios querría bajar hasta él. Para conseguirlo, le ofrecieron sus mejores dones para recordar a Dios que comprendían sus debilidades, sus faltas, sus pecados. Segregaron hombres que sirvieran de intermediarios entre ellos y Dios: los llamaron sacerdotes.

Su misión era el sacrificio. Esta tentativa tampoco tuvo resultado, pues el sacerdote era un hombre como los demás y no podía unirlos con Dios.

El altar del sacrificio no era Dios, sino un puro símbolo. La víctima ofrecida jamás fue precio digno para redimir al hombre de la ofensa hecha al propio Dios. Las religiones todas, antes de la venida de Jesús, fueron una hermosa aspiración de unir al hombre con Dios, pero nada más. Esa unión no se lograba. La raza humana necesitaba un Salvador y los hombres cumbres de los antiguos pueblos griegos y romanos, vislumbraban esa verdad que había sido confiada al pueblo hebreo y que sus profetas recordaban con insistencia.

Ese Salvador, Dios en su misericordia, nos lo concedió. La segunda persona de la Santísima Trinidad se encarnó y la benignidad de Dios apareció en carne humana.

En Jesús tenemos un hombre de nuestra raza que es a la vez Dios; tenemos un altar en que ofrecer un sacrificio: el Cuerpo de Cristo unido a la divinidad.

Tenemos una víctima de valor divino y que los hombres pueden ofrecer por sí mismos, porque es uno de ellos.

El sacrificio de Cristo, Jefe de la humanidad, salvará la humanidad. La suprema aspiración del hombre, ser Dios, podrá realizarse.

Unidos nosotros a Él participaremos de la vida divina, oculta en esta tierra, sin velos en la gloria, herencia de los hijos, de los hermanos de Jesús, el Primogénito del Padre.

El supremo sacrificio de Cristo fue su inmolación en la cruz, el Viernes Santo, por la humanidad. Su Sangre redentora nos libró del pecado y nos abrió las puertas del Cielo.

Pero la noche antes de su pasión, Jesús quiso anticipar místicamente su inmolación. En el momento solemne de la cena pascual tomó el pan y lo bendijo dando gracias a su Padre Dios.

En seguida tomó el vino y lo cambió en su propia sangre, sangre que iba a ser derramada por los pecados del mundo.

Y en virtud de sus palabras, Jesús que consagraba, estaba a la vez presente en ese pan y en ese vino que nosotros en adelante podríamos ofrecer al Padre de los cielos como el verdadero sacrificio de la humanidad.

Por eso nos dice solemnemente: “Haced esto en memoria mía” (Lc 22,19). La Iglesia desde entonces ha estimado que la Eucaristía tiene la gracia de las gracias: Dios presente en nuestros altares para ser ofrecido por nosotros, para ser recibido en nuestras almas y unirnos a Él.

La suprema aspiración del hombre, ser Dios, está por fin realizada. Dios en la persona de su Hijo hecho hombre nos asimila, nos transforma en Él, nos permite participar de su vida.

Esta vida la recibimos en semilla, no en flor, la flor vendrá el día de nuestra resurrección, participación de la resurrección de Cristo.

Con el sacrificio de Cristo nace una nueva raza, raza que será Cristo en la tierra hasta el fin del mundo. Los hombres que reciben a Cristo se transforman en Él. “Vivo yo, ya no yo, Cristo vive en mí”, decía San Pablo (Gál 2,20), y vive en mi hermano que comulga junto a mí, y vive en todos los que participamos de Él.

Formamos todos un solo Cristo. Vivimos su vida, realizamos su misión divina. Somos una nueva humanidad, la humanidad en Cristo.

Estrechamente unidos, más que por la sangre de familia, por la sangre de Cristo formamos el Cuerpo místico de Cristo, y en Cristo y por Cristo y para Cristo vivimos en este mundo.

De aquí nuestro profundo optimismo, nuestro sentido de triunfadores, pues en Cristo hemos iniciado la victoria que iremos completando cada uno de nosotros y será perfecta al final de los tiempos.

La Eucaristía es el centro de la vida cristiana. Por ella tenemos la Iglesia y por la Iglesia llegamos a Dios.

 Cada hombre se salvará no por sí mismo, no por sus propios méritos, sino por la sociedad en la que vive, por la Iglesia, fuente de todos sus bienes. ¡Qué débil aparece el socialismo y el comunismo frente a esta visión tan estupenda de la unidad cristiana!

Por la Eucaristía-sacramento, descienden sobre los fieles todas las gracias de la encarnación redentora; por la Eucaristía-sacrificio, sube hasta la Santísima Trinidad todo el culto de la Iglesia militante. Sin la Eucaristía, la Iglesia de la tierra estaría sin Cristo.

Por la Eucaristía, esta tierra de la encarnación se hizo el centro del mundo. Por ella, el Hijo permanecerá entre nosotros no por unos cuantos años fugitivos, sino para siempre. Mediante la Eucaristía, Cristo permanece siempre presente en medio de su Pueblo, para acabar por su Iglesia.

A la vista de la creación, Dios piensa siempre en su Hijo. Él es la imagen del Dios invisible, el Primogénito de toda creatura, el principio y el fin de todas las cosas, en la tierra, en el cielo y hasta en los infiernos. Por Él todo ha sido creado: las cosas visibles e invisibles: los tronos, las dominaciones, los principados, las potestades… (cf. Col 1,16); Plugo al Padre hacer residir en Él toda plenitud, reconciliar todas las cosas por Él y en Él, que ha pacificado por su sangre derramada sobre la cruz todo lo que está en la tierra y en los cielos. Dios no ve el mundo sino a través de Cristo. La Eucaristía es el medio para unirnos a Él, es la colocación a nuestro alcance de todos los beneficios de la encarnación redentora.

Toda la obra de Cristo se perpetúa en el mundo por la Hostia: mediante ella desciende la vida a las almas y eleva las almas hasta Dios. La Comunión realiza este descenso de la Trinidad hasta los hombres por Cristo. El sacrificio de la Misa eleva los hombres identificados con el Hijo, hasta el Seno del Padre.

La presencia real, la razón, los sentidos, nada ven en la Eucaristía, sino pan y vino, pero la fe nos garantiza la infalible certeza de la revelación divina; las palabras de Jesús son claras: “Este es mi Cuerpo, esta es mi Sangre” y la Iglesia las entiende al pie de la letra y no como puros símbolos. Con toda nuestra mente, con todas nuestras fuerzas, creemos los católicos, que “el cuerpo, la sangre y la divinidad del Verbo Encarnado” están real y verdaderamente presentes en el altar en virtud de la omnipotencia de Dios. El cuerpo y el alma de Cristo, permanecen inseparablemente unidos a la persona del Verbo, el cual nos trae al Padre y al Espíritu, en la indivisible unión de la Trinidad. Todo el misterio del Verbo encarnado está contenido en la Hostia, con los encantos inefables de la humanidad y la infinita grandeza de la divinidad, una y otra veladas.

In cruce latebat sola Deitas
At hic latet simul et humanitas.

El Cristo Eucarístico se identifica con el Cristo de la historia y de la eternidad. No hay dos Cristos sino uno solo.

Nosotros poseemos en la Hostia al Cristo del sermón de la montaña, al Cristo de la Magdalena, al que descansa junto al pozo de Jacob con la samaritana, al Cristo del Tabor y de Getsemaní, al Cristo resucitado de entre los muertos y sentado a la diestra del Padre. No es un Cristo el que posee la Iglesia de la tierra y otro el que contemplan los bienaventurados en el cielo: ¡una sola Iglesia, un solo Cristo!
¡Qué bien expresa esta doctrina el Ave Verum!:

“Te saludo, verdadero Cuerpo nacido de María Virgen,
que verdaderamente ha sufrido
y ha sido inmolado en la cruz por el hombre.
Cuyo costado traspasado manó sangre y agua
Haz que te gustemos
en la prueba de la muerte.
¡Oh dulce Jesús!
¡Oh Jesús lleno de bondad!
¡Oh Jesús Hijo de María! Amén”.

Esta maravillosa presencia de Cristo en medio de nosotros, debería revolucionar nuestra vida. No tenemos nada que envidiar a los apóstoles y a los discípulos de Jesús que andaban con Él en Judea y en Galilea. Todavía está aquí con nosotros. En cada ciudad, en cada pueblo, en cada uno de nuestros templos; nos visita en nuestras casas, lo lleva el sacerdote sobre su pecho, lo recibimos cada vez que nos acercamos al sacramento del Altar. Como dice un distinguido teólogo nuestras manos de sacerdotes y nuestros labios de comulgantes pueden tocar la humanidad de Cristo, su carne dolorida en la cruz, sus nervios y sus huesos molidos, su cabeza, otrora coronada de espinas. El Crucificado está aquí y nos espera y nos espera.

La misma sangre redentora fluye sobre todas las generaciones que pasan. El alma de Cristo está en la Hostia. Todas sus facultades humanas conservan en ella la misma actividad que en la Gloria. Nada escapa a la mirada comprensiva de Cristo: ni el mundo de los espíritus ni la creación material, ni el movimiento más imperceptible de las almas en el Cielo, en la tierra y hasta en los infiernos.

La vida Eucarística de Jesús es una vida de amor. Del corazón de Cristo, sin cesar, suben al Padre los ardores de una caridad infinita. La Trinidad encuentra en el Cristo de la Hostia, una gloria sin medida y sin fin.

¡Qué cierta resulta la palabra de Jesús dirigida a nosotros, con tanta razón como a los judíos: En verdad, en verdad, hay alguien en medio de nosotros que vosotros no conocéis (cf. Jn 14,6-9). Absorbidos por nuestros negocios y por el torbellino de la vida ¿quién piensa que junto a nosotros está el Dios Redentor? Él ha venido a los suyos y los suyos no lo han conocido!

El Verbo nunca está solo, el Padre y el Espíritu permanecen siempre con Él. “¿No creéis que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?” (Jn 14,10). Toda la vida de la Trinidad está en la Hostia.

“Cristo da a cada hombre en particular la misma vida de la gracia que ha comunicado al mundo por su advenimiento visible”, enseña Santo Tomás.

Si tuviésemos fe, los milagros del Evangelio serían hechos cotidianos. El Cristo de Tiberíades seguiría irguiéndose sobre las olas para apaciguar la tempestad en nuestras almas.

En nuestros momentos de dolor oiríamos la misma voz del Salvador: Vosotros los fatigados y extenuados venid todos a mí (cf. Mt 11,28). “Si alguien tiene sed que venga a Mí y beba” (Jn 7,37). Una sola condición se requiere: tener sed.

De la Eucaristía, espera la Iglesia para sí y para cada uno de sus fieles, fuerza victoriosa para todas las situaciones de su vida militante, aún en los días del anti-Cristo.

Al contacto de la carne de Cristo, el hombre se hace puro, las pasiones animales no dominan ya su vida. El Cristo virgen le enseña a vivir en la carne, superando la carne.

En nuestra época corrompida hay sin embargo, tal vez como en ninguna otra época de la historia, multitud de jóvenes de ambos sexos que crecen puros porque comulgan con frecuencia.

Llevan a Dios en su cuerpo como en un templo vivo de la Trinidad. ¡Cuántas confidencias de estudiantes, de obreros, de empleados, de hombres de los medios más diversos nos revelan que la pureza del mundo es un milagro de la Hostia!

El Cristo de la Eucaristía virginiza las almas y si han perdido la pureza, se las retorna tan inmaculada como en los santos. El ser manchado, pero arrepentido, que se acerca con humildad pero con amor al Cristo de Magdalena, siente en él una fuerza inmensa para luchar contra las fuerzas del pecado.

La Hostia deposita en nuestro cuerpo mortal un germen de inmortalidad “¡Quien come mi carne y bebe mi sangre posee la vida eterna y yo le resucitaré en el último día!” (Jn 6,54).

Como nos lo revela San Pablo, el Señor Jesús transformará nuestro cuerpo vil y abyecto haciéndolo conforme a su Cuerpo Glorioso (cf. Flp 3,21).

La sangre de Cristo virginiza no sólo el cuerpo, sino también el alma con la pureza de Jesús. Él obra una purificación a veces total de las faltas pasadas, de la pena debida a los extravíos y aún de las tendencias viciosas o mal sanas que en nosotros persisten después del pecado.

Más aún, al acercarnos al Cristo del altar como al Cristo en la Cruz, sentiremos desarrollarse en nosotros el espíritu de sacrificio, esencia del Evangelio: “Si alguno quiere venir en pos de Mí que tome su cruz todos los días y que me siga” (Mt 16,24).

Un alma permanece superficial mientras que no ha sufrido. En el misterio de Cristo existen profundidades divinas donde no penetran por afinidad sino las almas crucificadas.

La auténtica santidad se consuma siempre en la cruz. Muchos cristianos se quejan de la tibieza de sus comuniones, del poco fruto que obtienen de su contacto con Cristo.

 Olvidan que la verdadera preparación a la Comunión no se reduce a simples actos de fervor, sino que consiste principalmente en una comunión de sufrimientos con Jesús. El que quiere comulgar con provecho, que ofrezca cada mañana una gota de su propia sangre para el cáliz de la redención.

Hermanos: he aquí el inmenso don que Jesús dejó al alcance de nuestras almas. La gran palanca para su santificación, el medio más eficaz para realizar la divinización de nuestras vidas.

Mañana como en Pentecostés, descenderá el Espíritu Santo más copiosamente a nuestros espíritus. Que Él nos haga claro el sentido de las palabras de Jesús, que Él nos dé a entender que Jesús nos llama y nos aguarda y que depuesto todo fútil razonamiento nos acerquemos mañana y nos sigamos acercando todos los días de nuestra vida a reavivar nuestra alma en la sangre del Cordero, hasta el día glorioso en que nos unamos con Él en la gloria del Padre Amén.

Meditación de unos Ejercicios Espirituales predicados por Radio ‘Mercurio’, entre el lunes 7 y sábado 12 de Mayo de 1951.
Un disparo a la eternidad, pp. 296-302.

La Eucaristía

Junio 21, 2008

san_alberto_hurtado

SAN ALBERTO HURTADO

Fuente de vida cristiana. Ya que el cristianismo no es tanto una ética, como el protestantismo, ni una filosofía, ni una poesía, ni una tradición, ni una causa externa, sino la divinización de nuestra vida o, más bien, la transformación de nuestra vida en Cristo, para tener como suprema aspiración hacer lo que Cristo haría en mi lugar; esa es la esencia de nuestro cristianismo.

Y la esencia de nuestra piedad cristiana, lo más íntimo, lo más alto y lo más provechoso es la vida sacramental, ya que mediante estos signos exteriores, sensibles, Cristo no sólo nos significa, sino que nos comunica su gracia, su vida divina, nos transforma en Sí [mismo]. La gracia santificante y las virtudes concomitantes.

En la vida sacramental los dos sacramentos centrales son el Bautismo y la Eucaristía. El Bautismo, porque confiere la gracia santificante, necesaria para recibir la Eucaristía. Y la Eucaristía es el gran sacrificio, porque nos incorpora en la forma más íntima posible a la vida de Cristo y al momento más importante de la vida de Cristo.

La gran obra de Cristo, que vino a realizar al descender a este mundo, fue la redención de la humanidad. Y esta redención en forma concreta se hizo mediante un sacrificio. Toda la vida del Cristo histórico es un sacrificio y una preparación a la culminación de ese sacrificio por su inmolación cruenta en el Calvario. Toda la vida del Cristo místico no puede ser otra que la del Cristo histórico y ha de tender también hacia el sacrificio, a renovar ese gran momento de la historia de la humanidad que fue la primera Misa, celebrada durante veinte horas, iniciada en el Cenáculo y culminada en el Calvario.

Toda santidad viene de este sacrificio del Calvario, él es el que nos abre las puertas de todos los bienes sobrenaturales. Por él, el Bautismo nos incorpora a Cristo, la Penitencia nos perdona, la Confirmación nos conforta… De aquí que en realidad el Calvario ha sido siempre considerado el centro de la vida cristiana y esas horas en que Cristo estuvo pendiente en la Cruz han sido los momentos más preciosos de la historia de la humanidad. Por esas horas se abrieron las puertas del cielo, se confirió la gracia, se redimió el pecado, nos hicimos de nuevo agradables a Dios.

Ahora bien, la Eucaristía es la apropiación de ese momento, es el representar, renovar, hacernos nuestra la Víctima del Calvario, y el recibirla y unirnos a ella. Todas las más sublimes aspiraciones del hombre, todas ellas, se encuentran realizadas en la Eucaristía:

La Felicidad: El hombre quiere la felicidad y la felicidad es la posesión de Dios. En la Eucaristía, Dios se nos da, sin reserva, sin medida; y al desaparecer los accidentes eucarísticos nos deja en el alma a la Trinidad Santa, premio prometido sólo a los que coman su Cuerpo y beban su Sangre (cf. Jn 6,48ss).

Cambiarse en Dios: El hombre siempre ha aspirado a ser como Dios, a transformarse en Dios, la sublime aspiración que lo persigue desde el Paraíso. Y en la Eucaristía ese cambio se produce: el hombre se transforma en Dios, es asimilado por la divinidad que lo posee; puede con toda verdad decir como San Pablo: “ya no vivo yo, Cristo vive en mí” (Gal 2,20); y cuando el que viene a vivir en mí es de la fuerza y grandeza de Cristo, se comprende que es Él quien domina mi vida, en su realidad más íntima.

Hacer cosas grandes: El hombre quiere hacer cosas grandes por la humanidad… por hacer estas cosas los hombres más grandes se han lanzado a toda clase de proezas, como las que hemos visto en esta misma guerra; pero, ¿dónde hará cosas más grandes que uniéndose a Cristo en la Eucaristía? Ofreciendo la Misa salva la raza y glorifica a Dios Padre en el acto más sublime que puede hacer el hombre: opone a todo el dique de pecados de los hombres, la sangre redentora de Cristo; ofrece por las culpas de la humanidad, no sacrificios de animales, sino la sangre misma de Cristo; une a su débil plegaria la plegaria omnipotente de Cristo, que prometió no dejar sin escuchar nuestras oraciones y ¡cuándo más las escuchará que cuando esa plegaria proceda del Cristo Víctima del Calvario, en el momento supremo de amor…!

Además, en la Misa, el hombre y Dios se unen con una intimidad tal que llegan a tener un ser y un obrar. El sacerdote y los fieles son uno con Cristo que ofrece y con Cristo que se ofrece. “Por Cristo, con Él y en Él” ofrecemos y nos ofrecemos al Padre, y nuestra pequeñísima oración, nuestro mérito insignificante, ¡cómo gana de valor cuando es unido al mérito infinito de Cristo que ofrece y es ofrecido con nosotros, o, si queremos, nosotros por Cristo, con Él, en Él…. ofrecidos en propiciación, en acción de gracias, en súplica!

He aquí, pues, nuestra oración perfectísima. Nuestra unión perfectísima con la divinidad. La realización de nuestras más sublimes aspiraciones.

Unión de caridad: En la Misa, también nuestra unión de caridad se realiza en el grado más íntimo. La plegaria de Cristo “Padre, que sean uno… que sean consumados en la unidad” (Jn 17,22-23), se realiza en el sacrificio eucarístico. Al unirnos con Cristo, a quien todos los hombres están unidos: los justos con unión actual; los otros, potencial

¡Oh, si fuéramos conscientes de lo que significa nuestra unión a Cristo respecto al Padre, respecto a Cristo mismo y respecto a nuestros hermanos, tendríamos todo en la misma Eucaristía!

¡Oh, si fuéramos a la Misa a renovar el drama sagrado: ofrecernos en el ofertorio con esas especies que van a ser transformadas en Cristo pidiendo nuestra transformación… a ser aceptados por la divinidad en la consagración, a ser transubstanciados en Cristo (¡oh, si la ofrenda hubiese estado hecha a conciencia!), la consagración sería el elemento central de nuestra vida cristiana! Esa conciencia de que ya no somos nosotros, sino que tras nuestras apariencias humanas vive Cristo y quiere actuar Cristo…

Y la comunión, esa donación de Cristo a nosotros, que exige de nosotros gratitud profunda, traería consigo una donación total de nosotros a Cristo, que así se dio, y a nuestros hermanos, como Cristo se dio a nosotros.

Toda la esencia del catolicismo la tendríamos en la Eucaristía. Esos dos grandes mandamientos de amor al Padre y al prójimo, estarían realizados mediante la Eucaristía y nos animaríamos cada día, en la Misa bien oída, a renovarnos en ese espíritu de entrega.

La sola presencia en el sacrificio eucarístico aumenta en nosotros estas disposiciones, la comunión las intensifica aún más; pero si asistiéramos a la Misa y recibiéramos la Comunión ensanchando todo lo posible la capacidad de nuestro espíritu, ¡cómo nos santificaríamos sobre medida!

El acto central de nuestro día debiera ser nuestra Misa: la comunión en medio de la Misa (cuando se pueda), un acto imprescindible de cada cristiano ferviente.

A la comunión no vamos como a un premio, no vamos a una visita de etiqueta, vamos a buscar a Cristo para “por Cristo, con Él y en Él” realizar nuestros mandamientos grandes, nuestras aspiraciones fundamentales, las grandes obras de caridad…

La disposición fundamental para comulgar es la gracia santificante, la donación del Espíritu Divino a nuestras almas, que debe estar en todos los que comulguen, pero los efectos sensibles de ese Espíritu variarán según los casos, y según la medida de la predestinación divina. De nuestra parte se requiere que colaboremos a tener esos sentimientos de fe, confianza, amor ardiente.

Hacer de la Misa el centro de mi vida. Prepararme a ella con mi vida interior, mis sacrificios, que serán hostia de ofrecimiento; continuarla durante el día dejándome partir y dándome… en unión con Cristo.

¡Mi Misa es mi vida, y mi vida es una Misa prolongada!

Después de la comunión, quedar fieles a la gran transformación que se ha apoderado de nosotros. Vivir nuestro día como Cristo, ser Cristo para nosotros y para los demás:

¡Eso es comulgar!

Ciclo de charlas a la Congegación Mariana sobre la Eucaristía, en Julio de 1940. Ésta corresponde al 7 de Julio de 1940. La búsqueda de Dios, pp. 213-216.

San Alberto Hurtado: Cristo Rey

Junio 21, 2008

Prédica pronunciada en la Basílica del Salvador, la noche del 26 de octubre de 1940, luego del desfile de antorchas de Cristo Rey.

 

La búsqueda de Dios, pp. 180-186.

 

Jóvenes cristianos:

 

Estamos en una época en que los reyes, jefes, dictadores pasan revista a sus tropas y las hacen desfilar con sus armas para inspirar confianza en la fuerza de sus fusiles y en el poder destructor de sus tanques, aviones y ametralladoras.

 

También nuestro Rey, Cristo, esta noche ha llamado a revista a sus jóvenes y los ha invitado a desfilar por las calles de Santiago ostentando sus armas: la Cruz del sacrificio, la luz de su verdad, el fuego de su amor.

 

¡Qué ideales tan diferentes los que congregan las muchedumbres de nuestro tiempo! Los jefes de nuestro tiempo juntan sus fuerzas para destruir, para matar o para aniquilar ciudades y vidas, aunque éstas sean de niños indefensos o de débiles mujeres… Lo más a que pueden aspirar es un poco más de oro, de influencia, de comodidades, que no van a traer más felicidad ni alegría, que no van a ennoblecer más al hombre, sino a envilecerlo, hacerlo más orgulloso, más egoísta y codicioso. Y por esta causa ¡tanto entusiasmo, tanto idealismo, tantas vidas que se sacrifican, tantas generaciones que se arruinan! Y todo eso, ¡parece lo más natural! Lo contrario lo llamaríamos ¡cobardía!

 

Pero para el cristiano, para el hombre de fe, de fe viva, ¿qué valen esos triunfos? ¡Qué vanos parecen esos sacrificios frente a otro Reino de proporciones inmensamente mayores, de frutos de eternidad… El Reino de Cristo, Reino de justicia, de amor, de paz!… Reino que viene no a destruir al hombre sino a regenerarlo: “a esto he venido, a que tengan vida y la tengan abundante” (Jn 10,10); a levantarlo del fango de las pasiones que lo esclavizan, a hacerlo libre: libre de la tiranía del pecado, libre de la impureza, libre del egoísmo, libre del odio, libre del orgullo, libre del mal que es el pecado y el desorden. Pero no basta esto; viene a elevarlo a una grandeza que jamás el hombre podía sospechar: amigo de Dios: “ya no os llamaré siervos sino amigos” (Jn 15,15); templos donde Él habita: “vendremos a él y haremos en Él nuestra morada” (Jn 14,23); elevados por participación a la vida divina, a la unión con el Creador, a vivir la misma vida de Dios por la gracia santificante: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos” (Jn 15,5); viene Cristo en el colmo de su amor no a traerle sus dones, sino a darse Él mismo como don, a alimentarnos a nosotros, pobres mortales, con su Cuerpo y Sangre, prenda de la vida eterna. Y mientras dura nuestro curso por el mundo, la actividad del soldado de Cristo es hacer el bien: la caridad material, la limosna al pobre, el consuelo al débil, la justicia al oprimido, la caridad al que sufre. En una palabra: a continuar la redención de nuestros pobres hermanos, los hombres.

 

¿Por qué entonces, me diréis, jóvenes cristianos, nuestro Reino no apasiona como apasionan las campañas guerreras de los conductores de pueblos? ¡Qué no apasiona…! No sois vosotros ciertamente los que lo diréis, vosotros los que conocéis un poco la historia de la Iglesia de Cristo. ¡Cómo ha apasionado siempre a los espíritus más nobles del mundo!… Desde Pablo de Tarso, que al mundo entero lo reputaba como estiércol y basura con tal de ganar a Cristo, para quien su aspiración suprema era vivir en Cristo: “Mi vivir es Cristo” (cf. Flp 3,8; Gal 2,20); San Ignacio de Antioquía, que aspiraba a ser molido como trigo entre los dientes de los leones para ser hostia agradable a Cristo; Sebastián, que prefería a los honores del palacio imperial las saetas que atravesaron su cuerpo de mártir por Cristo; Luis Gonzaga, que prefiere la pobreza de Cristo a la corona de marqués; Francisco de Borja, la pobre sotana religiosa a la corona de virrey; Francisco de Asís, la desnudez del niño de Belén a los placeres de la juventud; y ¡para qué hablar de tiempos antiguos! Puesto que hoy en nuestros días despierta el entusiasmo de millares de jóvenes que dejan su patria, su familia, su lengua, para sepultarse en China, en las islas Carolinas, en Alaska, para dar a conocer el nombre de Cristo; de los valientes mártires que han acabado en la cruz o en las prisiones cantando su vida por Cristo, como Manuel Bonilla, Miguel Agustín Pro, [Joaquín] Silva, Anacleto González Flores… mártires de Cristo, del amor y lealtad a Cristo hasta su muerte. ¡Que acaso no hay amor a Cristo incluso en nuestro Chile! Lo desconoce únicamente quien no ha convivido con grupos de jóvenes de alma ardiente que, obreros, universitarios, colegiales, preparándose al sacerdocio o al matrimonio cristiano, no tienen más lema que éste: “Instaurarlo todo en Cristo”. ¡Oh, consuelo el de nuestras almas de sacerdotes de tener la dicha de escuchar esos latidos ardientes de jóvenes apasionados, hoy como en los tiempos en que el Maestro recorría Galilea, por el divino Amigo, el Soberano Jefe, el Redentor de las almas! Si tocásemos a reunión el clarín del ejército de Cristo a todos los jóvenes que aspiran a firmar, incluso con su sangre, su programa: “Instaurarlo todo en Cristo”, ¡qué grupo tan espléndido se reuniría! ¿Qué plaza del mundo podría contenerlo? ¡Qué ejército de valientes, de valientes de veras, los que entonces se agruparían! Jamás en el mundo se habría reunido una manifestación de seres más nobles de alma, más generosos, más puros, más idealistas… Jamás palabras de tanto fuego, ni acciones tan heroicas se habrían realizado.

 

Pero, es cierto, ese ejército numeroso en pie de guerra desde hace dos mil años, que lejos de disminuir aumenta en número y en valor, ese ejército es todavía hoy como en tiempos de Cristo –tal vez lo será siempre así– “pussillus grex”, un rebañito pequeño… (Lc 12,32). Frente a él, sin tener siquiera el valor de reunirse, [está] el número inmenso de los que se llaman cristianos, pero que no tienen de cristiano más que el nombre… y, más allá, la región inmensa del paganismo sumida hoy todavía en las sombras de la muerte (cf. Sal 106,10)… Y ¿por qué esos cristianos de nombre no forman parte del ejército de Cristo? Porque, mis amados jóvenes, el que no está dispuesto a dar su vida por su Jefe, tiene tal vez el alma marcada con el sello del bautismo, pero ese signo señala más bien su apostasía. Renovó tal vez su juramento el día de su primera comunión, pero no pertenece a Cristo.

 

Por definición, un cristiano es un candidato al martirio: todos sus intereses, su fortuna, sus amores, sin exceptuar la vida, están subordinados al amor de Cristo. Esto es algo básico en nuestra religión. Los que han creído que el cristianismo es un asilo para salvaguardar su fortuna, su rango, sus virtudes mezquinas y mediocres, han tenido que desengañarse. Cristo no es un modelo que haya bajado del cielo para servir de argumento a Leonardo da Vinci ni a Rafael, para que sus cuadros hermoseen los salones; ni subió a la Cruz para que su imagen, de marfil o de bronce, adorne un dormitorio; ni envió apóstoles para encantarnos con su elocuencia; vino a reclamar nuestras vidas para elevarlas hasta Dios, sea que las entreguemos gota a gota en el curso de una larga existencia, o que un día nos llegue la ocasión de mostrar que no somos cristianos de parada. ¡Oh, el cristiano verdadero, mucho más que el soldado de las causas terrenas, tan inferiores a la de Cristo, ha de estar siempre dispuesto a seguir el llamado de Cristo que resuena cuando menos se lo espera! Y esta es la última palabra de la doctrina cristiana: No un difícil razonamiento, una teología complicada y sutil; la última palabra de la doctrina de Cristo se la recibe cuando uno se decide a poner sus pasos tras los pasos de Jesús, condenado a muerte y marchando inocentemente al suplicio.

 

¡Ah, mis amados hermanos, qué ideas tan falsas circulan con frecuencia sobre el Reino de Cristo! Muchos se imaginan un reino de triunfos, mítines, congresos, cruzadas militares, campañas externas… No puede ser condenado el empleo de ninguno de esos medios, cuando son justos, pero no es eso lo fundamental. “Regnavit a ligno Deus”, Cristo reinó desde la Cruz (cf. Sal 95,10). Desde la Cruz venció al pecado, la muerte, el infierno. El Reino de Cristo se fundó en el Calvario, y se mantiene sobre todo en la prolongación del Calvario, que es la Eucaristía: la prolongación incruenta del sacrificio redentor, del gran Viernes de la humanidad. Y uno es soldado de Cristo en la medida en que acepta incorporarse al sacrificio del Jefe; en la medida en que acepta su Pasión, sin escándalo, y se decide a completar en su cuerpo lo que falta a la Pasión del Redentor (cf. Col 1,24). Uno es cristiano en la medida en que vive realmente del sacrificio eucarístico, en que celebra la misa –no la oye–, la celebra: Esto es, ofrece el sacrificio de Cristo total, del Cristo místico, el de Jesús y el suyo.

 

¡Cuán necesario es insistir en estas ideas, en una época en que un espíritu de placer domina el mundo: ansia de gozo, guerra al esfuerzo, huida al sacrificio! Hoy como nunca la Cruz de Cristo es escándalo para los judíos y locura para los gentiles, aunque para los cristianos sea la sabiduría de Dios (cf. 1Cor 1,23-24)

 

La crisis de valores morales por la que atraviesa la humanidad es espantosa. Los más grandes pensadores y estadistas están horrorizados de esta ansia de vida fácil, de esta sed de diversiones, de este convertir la vida en perpetuo week- end, donde no hay nada que pueda negarse, y donde todo sacrificio parece una austeridad imposible para la joven generación de nuestros días. Hay una enorme cobardía para tomar responsabilidades, para aceptar ataduras, un horror ante el esfuerzo que significa la vida moral, todo parece excesivo. En estas condiciones, claro está que el cristianismo parece algo que escandaliza… y viene ese buscar componendas entre el cristianismo y la comodidad del vivir. Ese perpetuo escándalo que presencia el mundo moderno de una doctrina de abnegación y de generosidad hasta el heroísmo, cubriendo tanto egoísmo y tanta sensualidad.

 

La inmensa mayoría de la generación joven de nuestra época, incluso la cristiana, ha abierto las puertas a la más cruda sensualidad, mancha su uniforme de soldado de Cristo en sitios donde jamás debiera penetrar un cristiano; no tiene el valor ni siquiera de luchar por negarse un placer, derrotada de antemano, sin pensar que su momento de culpa es una puñalada al corazón de Cristo, su Rey: Crucificando de nuevo a Cristo en sus corazones (cf. Heb 6,6).

 

Desde hace varios años este mismo día se vienen reuniendo grupos cada vez mayores de jóvenes en una manifestación imponente de entusiasmo: Hasta 20.000 jóvenes enronquecen sus gargantas al grito de ¡Viva Cristo Rey!, agitan sus antorchas y demuestran su adhesión al Jefe Supremo. La manifestación se disuelve y ¡qué poco han cambiado las vidas! ¡Qué pocos progresos hace Cristo en las almas de sus cadetes! ¡Cómo no va a ser impresionante ver deshacerse manifestaciones tan grandiosas como éstas, sin que la compasión de Cristo por las turbas se encienda en los corazones! Vemos ese pobre buen pueblo nuestro, que yace en la oscuridad y en la más negra ignorancia, falto de cultura material, deshecho su hogar, socavada su conciencia por prédicas malsanas, en una ignorancia religiosa total… y estos soldados de Cristo que se reúnen en el día de su fiesta, ¡qué triste sería que continuaran volviéndose a sus casas contentos con los gritos entusiastas y con haber consumido una antorcha! El espíritu de Cristo no estaría en ellos si no volvieran a sus hogares dispuestos a sacrificarse por sus hermanos, a ir al pueblo, a llevarles a Cristo, a enseñarles la Buena Nueva, la gran Nueva de su redención; a esperarlos en la salida de las fábricas con la Nueva de su regeneración en Cristo, de la divinización de sus vidas, a los pobres obreros que se creen los condenados de la tierra; a ir a las universidades a clamar a los estudiantes el amor de Cristo para con ellos; a ir donde se sufre, a llenar de consuelo esas vidas con los consuelos de Cristo…

 

No podrá llamarse soldado de Cristo el que no dé un sentido social a su vida, el que no se interese por sus hermanos. Para muchos, durante muchos años, el cristianismo ha sido un asunto puramente individual, algo así como una especie de seguro para la otra vida, o un consuelo para los momentos amargos de la vida… Pero el cristianismo auténtico no es eso: es la religión de los hermanos que se sienten responsables de la salvación de sus hermanos; es el amor de Cristo por los demás que los lleva a buscarles todos los bienes, sobre todo el gran bien de la fe; es la responsabilidad de una vida consciente de la parábola de los talentos, que impone a cada uno trabajar en la medida de la luz que ha recibido.

 

Ese es el cristianismo que espera de vosotros vuestro Rey, esta noche de fiesta… Si al menos uno de vosotros hiciese un serio examen de su fe y se decidiese a ser cristiano de veras, con la gracia de Cristo que no faltará, ese uno dará más gloria a Cristo que los clamores entusiastas de los 20.000 restantes, que se quedan en puras voces sin asemejar su vida a la de su Jefe, Maestro, Rey.

 

Las antorchas que traíais en vuestras manos me han hecho pensar en las que llevaron los cristianos de los primeros siglos en las catacumbas, que los hacían buscar las tinieblas para huir de la muerte. Cada cierto tiempo el cristianismo parece acomodarse a la vida social, pero felizmente una nueva racha sacude el árbol cuya cabeza es Cristo y las ramas nosotros. Las hojas muertas y las ramas secas caen. Sólo permanecen indestructibles los que reciben la savia de Cristo. Pero esas persecuciones exteriores son las que menos puede temer un cristiano, pues el árbol sacudido por la tempestad se arraiga más, y la Cruz se ha regado siempre con sangre, comenzando con la del Redentor… No son ésas las persecuciones más temibles, sino las aparentemente pacíficas, las que vienen de nuestros hermanos débiles y mundanos, las que vienen de la pereza, del egoísmo, de la inercia que arranca la Cruz de tantas almas.

 

Ante esas persecuciones, levantaos virilmente esta noche y haced profesión a vuestro Rey que queréis combatir como valientes. No os contentéis con llevar antorchas en vuestras manos: sed antorchas, sed luz, sed calor.

 

Consumios en el sacrificio, como esas luces, símbolo del que es la luz del mundo, que por amor a nosotros, siendo Rey eternal, se aniquiló, se consumió, se sacrificó por nosotros (cf. Flp 2,7).

 

Nuestro amor al Jefe se medirá con la medida de nuestro sacrificio. Y para animarnos a beber el cáliz amargo de nuestros sacrificios, pensemos esta noche con viril inquietud: ¿Qué ha hecho Cristo por mí? ¿Qué he hecho yo por Cristo? ¿Qué puedo hacer y sufrir por Cristo?. Y ante todos los dolores, animémonos con el pensamiento que recreaba el corazón de Pablo… Con tal que Cristo sea glorificado, ¿qué importa lo demás? (cf. Flp 1,18).

 

Sea ésta, hermanos, la gracia que esta noche pidamos a Cristo en la Sagrada Comunión: el fusionarse nuestras vidas con la del eterno Rey y Amigo, Jefe de nuestras almas.

Meditación sobre la Sagrada Eucaristía

Junio 21, 2008

SAN ALBERTO HURTADO

La Eucaristía como sacrificio

El sacrificio eucarístico es la renovación del sacrificio de la cruz. Como en la cruz todos estábamos incorporados en Cristo y como entrañados en la divina Víctima, inefablemente compenetrados e identificados con ella, y en ella y con ella fuimos misteriosamente inmolados; de igual manera en el sacrificio eucarístico, todos somos inmolados en Cristo y con Cristo.

Esta participación nuestra en la inmolación eucarística, esta inmanencia, esta comunicación (o mejor comunión) con Jesucristo-Víctima en la Eucaristía, nos enseña la mejor manera de asistir a la santa Misa, tomando en ella la parte que nos corresponde. La comunión con la víctima eucarística ya existe, es una realidad consoladora, no hemos de fingirla. Lo que debemos hacer es actuarla, o actuarnos en ella.

De dos maneras puede hacerse esta actuación.

La primera es ofrecer, como nuestra, al Padre celestial, la inmolación de Jesucristo, por lo mismo que también es nuestra inmolación.

La segunda manera, más práctica, consiste en aportar al sacrificio eucarístico nuestras inmolaciones propias y personales, ofreciendo nuestros trabajos y penalidades, sacrificando nuestras malas inclinaciones, crucificando con Cristo nuestro hombre viejo, el cuerpo de pecado. Con esto, al participar personalmente en el estado de víctima de Jesucristo, nos transubstanciamos en la víctima divina. Como el pan se transubstancia realmente en el cuerpo de Cristo, como también el sacerdote humano (y a modo, todos los fieles, toda la Iglesia) se transubstancia moralmente en Jesucristo-Sacerdote único y eterno, así todos los fieles nos transubstanciamos espiritualmente con Jesucristo Víctima. Con esto, nuestras inmolaciones personales son elevadas a ser inmolaciones eucarísticas de Jesucristo, quien, como Cabeza, asume y hace propias las inmolaciones de sus miembros. Un resentimiento, una pasión… inmoladas y ofrecidas en la Misa se convierten en inmolaciones de Jesucristo. Con lo cual su merecimiento crece inmensamente, y Dios acepta complacido nuestras propias inmolaciones como inmolaciones de su Hijo Divino.

El fuego de la inmolación eucarística, como el de la cruz, es el amor infinito del Corazón de Jesús. También abrasa y consume nuestras inmolaciones este fuego divino. Hay que ofrecer en la Misa los sacrificios ya hechos y los que pensamos hacer. En la Misa hay que adquirir, actuar, robustecer, endulzar y levantar de punto el espíritu de sacrificio.

¡Qué horizontes se abren aquí a la vida cristiana! La Misa centro de todo el día y de toda la vida. Con la mira puesta en el sacrificio eucarístico, ir siempre atesorando sacrificios que consumar y ofrecer en la Misa.

La Misa como sacramento: la comunión

Quien come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él… Vivirá en mí” (Jn 6,54). Comulgar es vivir en Jesús, y vivir de Jesús: como el sarmiento en la vid y de la vid. Jesús único principio y raíz de toda la vida, de la gracia, de la luz, de la fuerza, de la fecundidad, de la felicidad, del amor. Fuera de Jesús todo es muerte, esterilidad, desolación.

La Eucaristía como Misterio: la presencia real

Jesús se hace presente y permanece en la Eucaristía, para vivir con nosotros y que nosotros vivamos con Él. Jesús espera nuestras visitas. En Él hallaremos al amigo leal, al consejero fiel, al consolador amoroso, al confidente de nuestras penas y alegrías. Jesús recibe nuestras visitas como de un amigo con otro amigo querido. Aunque invisiblemente, quiere comunicarse con nosotros, nos atiende, nos habla…

A.M.D.G.

“Un disparo a la eternidad”, pp. 293-29

De la amorosa permanencia de Cristo en el Santísimo Sacramento del Altar

Junio 18, 2008

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

Venite ad me omnes qui laboratis, et onerati estis et ego reficiam vos.
Venid a Mí todos los que estáis trabajados y abrumados, que Yo os aliviaré.
Mt., 11. 28.

PUNTO 1

Nuestro amantísimo Salvador, al partir de este mundo después de haber dado cima a la obra de nuestra redención, no quiso dejarnos solos en este valle de lágrimas.

«No hay lengua que pueda declarar—decía San Pedro de Alcántara—la grandeza del amor que tiene Jesús a las almas; y así, queriendo este divino Esposo dejar esta vida para que su ausencia no les fuese ocasión de olvido, dióles en recuerdo este Sacramento Santísimo, en el cual Él mismo permanece; y no quiso que entre Él y nosotros hubiera otra prenda para mantener despierta la memoria.»

Este precioso beneficio de nuestro Señor Jesucristo merece todo el amor de nuestros corazones, y por esa causa en estos últimos tiempos dispuso que se instituyese la fiesta de su Sagrado Corazón, como reveló a su sierva Santa Margarita de Alacoque, a fin de que le rindiésemos con nuestros obsequios de amor algún homenaje por su adorable presencia en el altar, y reparásemos, además, los desprecios e injurias que en este Sacramento de la Eucaristía ha recibido y recibe aún de los herejes y malos cristianos.

Quedóse Jesús en el Santísimo Sacramento:
primero, para que todos le hallemos sin dificultad;
segundo, para darnos audiencia,
y tercero, para dispensarnos sus gracias.

Y en primer lugar, permanece en tantos diversos altares con el fin de que le hallen siempre cuántos lo deseen.

En aquella noche en que el Redentor se despedía de sus discípulos para morir, lloraban éstos, transidos de dolor, porque les era forzoso separarse de su amado Maestro.

Mas Jesús los consoló diciéndoles, no sólo a ellos, sino también a nosotros mismos: «Voy, hijos míos, a morir por vosotros para mostraros el amor que os tengo; pero ni aun después de mi muerte quiero privaros de mi presencia.

Mientras estéis en este mundo, con vosotros estaré en el Santísimo Sacramento del Altar.

Os dejo mi Cuerpo, mi Alma, mi Divinidad y, en suma, a Mí mismo.

No me separaré de vuestro lado.»

Estad ciertos de que Yo mismo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos (Mt., 28, 20).

«Quería el Esposo—dice San Pedro de Alcántara—dejar a la Esposa compañía, para que en tan largo apartamiento no quedara sola, y por ello le dejó este Sacramento, en el cual Él mismo reside, que era la mejor compañía que podía darle.»

Los gentiles, que se forjaban tantos dioses, no acertaron a imaginar ninguno tan amoroso como nuestro verdadero Dios, que está tan cerca de nosotros y con tanto amor nos asiste, «No hay otra nación tan grande que tenga a sus dioses tan cerca de ella como el Dios nuestro está presente a todos nosotros» (Dt., 4, 7).

La santa Iglesia aplica con razón el anterior texto del Deuteronomio a la fiesta del Santísimo Sacramento.

Ved, pues, a Jesucristo que vive en los altares como encerrado en prisiones de amor.

Le toman del Sagrario los sacerdotes para exponerle ante los fieles o para la santa Comunión, y luego le guardan nuevamente.

Y el Señor se complace en estar allí de día y de noche… ¿Y para qué, Redentor mío, queréis permanecer en tantas iglesias, aun cuando los nombres cierran las puertas del templo y os dejan solo? ¿No bastaba que habitaseis allí con nosotros en las horas del día?… ¡ Ah, no! Quiere el Señor morar en el Sagrario aun en las tinieblas de la noche, y a pesar de que nadie entonces le acompaña, esperando paciente para que al rayar el alba le halle en seguida quien desee estar a su lado.

Iba la Esposa buscando a su Amado, y preguntaba a los que al paso veía (Cant., 3, 3): ¿Visteis por ventura al que ama mi alma? Y no hallándole, alzaba la voz diciendo (Cant., 1, 6): «Esposo mío, ¿dónde estás?… Muéstrame Tú… dónde apacientas, dónde sesteas al mediodía.» La Esposa no le hallaba porque aún no existía el Santísimo Sacramento; pero ahora, si un alma desea unirse a Jesucristo, en muchos templos está esperándola su Amado.

No hay aldea, por muy pobre que fuere; no hay convento de religiosos que no tenga el Sacramento Santísimo.

En todos esos lugares el Rey del Cielo se regocija permaneciendo aprisionado en pobre morada de piedra o de madera, donde a menudo se ve sin tener quien le sirva y apenas iluminado por una lámpara de aceite… «¡Oh Señor!—exclama San Bernardo—, no conviene esto a vuestra infinita Majestad…»

“Nada importa—responde Jesucristo—; si no a mi Majestad, conviene a mi amor.» ¡Oh, con qué tiernos afectos visitan los peregrinos la santa iglesia de Loreto, o los lugares de Tierra Santa, el establo de Belén, el Calvario, el Santo Sepulcro, donde Cristo nació, murió y fue sepultado!… Pues ¡cuánto más grande debiera ser nuestro amor al vernos en el templo en presencia del mismo Jesucristo, que está en el Santísimo Sacramento!

Decía el Santo P. Juan de Avila que no había para él santuario de mayor devoción y consuelo que una iglesia en que estuviese Jesús Sacramentado.

Y el P. Baltasar Álvarez se lamentaba al ver llenos de gente los palacios reales, y los templos, donde Cristo mora, solos y abandonados…

¡Oh Dios mío! Si el Señor no estuviese más que en una iglesia, la de San Pedro de Roma, por ejemplo, y allí se dejase ver únicamente en un día al año, ¡ cuántos peregrinos, cuántos nobles y monarcas procurarían tener la dicha de estar en aquel templo en ese día para reverenciar al Rey del Cielo, de nuevo descendido a la tierra! ¡Qué rico sagrario de oro y piedras preciosas se le tendría preparado! ¡Con cuánta luz se iluminaría la iglesia para solemnizar la presencia de Cristo ! ..

«Mas no—dice el Redentor—, no quiero morar en un solo templo, ni por un día solo, ni busco ostentación ni riquezas, sino que deseo vivir continua, diariamente, allí donde mis fíeles estén, para que todos me encuentren fácilmente, siempre y a todas horas.» ¡Ah!

Si Jesucristo no hubiese pensado en este inefable obsequio de amor, ¿quién hubiera sido capaz de discurrirlo? Si al acercarse la hora de su ascensión al Cielo le hubiesen dicho: Señor, para mostrarnos vuestro afecto, quedaos con nosotros en los altares bajo las especies de pan, con el fin de que os hallemos cuando queramos, ¡cuan temeraria hubiera parecido tal petición! Mas esto, que ningún hombre supiera imaginar, lo pensó e hizo nuestro Salvador amantísimo… ¿Y dónde está, Señor, nuestra gratitud por tan excelsa merced?… Si un poderoso príncipe llegase de lejana tierra con el único fin de que un villano le visitase, ¿no sería éste en extremo ingrato si no quisiera ver al príncipe, o sólo de paso le viera?

AFECTOS Y SÚPLICAS

¡ Oh Jesús, Redentor mío y amor de mi alma! ¡A cuán alto precio pagasteis vuestra morada en la Eucaristía! Sufristeis primero dolorosa muerte antes de vivir en nuestros altares, y luego innumerables injurias en el Sacramento por asistirnos y regalarnos con vuestra real presencia.
Y, en cambio, nosotros nos descuidamos y olvidamos de ir a visitaros, aunque sabemos que os complace nuestra visita y que nos colmáis de bienes cuando ante Vos permanecemos. Perdonadme, Señor, que yo también me cuento en el número de esos ingratos…
Mas desde ahora, Jesús mío, os visitaré a menudo, me detendré cuanto pueda en vuestra presencia para daros gracias, y amaros, y pediros mercedes, que tal es el fin que os movió a quedaros en la tierra, acogido a los sagrarios y prisionero nuestro por amor. Os amo, Bondad infinita; os amo, amantísimo Dios; os amo, Sumo Bien, más amable que los bienes todos. Haced que me olvide de mí mismo y de todas las cosas, y que sólo de vuestro amor me acuerde, para vivir el resto de mis días únicamente ocupado en serviros. Haced que desde hoy sea mi delicia mayor permanecer postrado a vuestros pies, e inflamadme en vuestro santo amor. . i María, Madre nuestra, alcanzadme gran amor al Santísimo Sacramento, y cuando veáis que me olvido, recordadme la promesa que ahora hago de visitarle diariamente !

PUNTO 2

Consideremos, en segundo lugar, cómo Jesucristo en la Eucaristía a todos nos da audiencia. Decía Santa Teresa que no a todos los hombres les es dado hablar con los reyes de este mundo. La gente pobre apenas si logra, cuando lo necesita, comunicarse con el soberano por medio de tercera persona. Pero el Rey de la gloria no ha menester de intermediarios.
Todos, nobles o plebeyos, pueden hablarle cara a cara en el Santísimo Sacramento. No en vano se llama Jesús a Sí mismo «flor de los campos» (Cant., 2, 1): Yo soy flor del campo y lirio de los valles; pues así como las flores de jardín están y viven reservadas y ocultas para muchos, las del campo se ofrecen generosas a la vista de todos. Soy flor del campo porque me dejo ver de cuantos me buscan, dice, comentando el texto, el cardenal Hugo.
Con Jesucristo en el Santísimo Sacramento podemos hablar todos en cualquier hora del día. San Pedro Crisólogo, tratando del nacimiento de Cristo en el portal de Belén, observa que no siempre los reyes dan audiencia a los súbditos; antes acaece a menudo que cuando alguno quiere hablar con el soberano, se le despide diciéndole que no es hora de audiencia y que vuelva después. Mas el Redentor quiso nacer en un establo abierto, sin puerta ni guardia, a fin de recibir en cualquier instante al que quiere verle. No hay sirvientes que digan: aún no es hora.
Lo mismo sucede con el Santísimo Sacramento, Abiertas están las puertas de la iglesia, y a todos nos es dado hablar con el Rey del Cielo siempre que nos plazca. Y Jesucristo se complace en que le hablemos allí con ilimitada confianza, para lo cual se oculta bajo las especies de pan, porque si Cristo apareciese sobre el altar en resplandeciente trono de gloria, como ha de presentársenos en el día del juicio final, ¿quién osaría acercarse a Él? Más porque el Señor—dice Santa Teresa—desea que le hablemos y pidamos mercedes con suma confianza y sin temor alguno, encubrió su Majestad divina con las especies de pan. Quiere, según dice Tomás de Kempis, que le tratemos como se trata a un fraternal amigo.
Cuando el alma tiene al pie del altar amorosos coloquios con Cristo, parece que el Señor le dice aquellas palabras del Cantar de los Cantares (2, 10): «Levántate, apresúrate, amiga mía, hermosa mía, y ven.» Surge, levántate, alma, le dice, y nada temas. Propera, apresúrate, acércate a Mi. Amica mea, ya no eres mi enemiga, ni lo serás mientras me ames y te arrepientas de haberme ofendido. Formosa mea, no eres ya deforme, sino bella, porque mi gracia te ha hermoseado. Et veni, ven y pídeme lo que desees, que para oírte estoy en este altar… Qué gozo tendrías, lector amado, si el rey te llamase a su alcázar y te dijese: ¿Qué deseas, qué necesitas? Te aprecio en mucho, y sólo deseo favorecerte… Pues eso mismo dice Cristo, Rey del Cielo, a todos los que le visitan (Mt., 11, 28): Venid a Mí todos los que estáis trabajados y abrumados, que Yo os aliviaré. Venid, pobres, enfermos, afligidos, que Yo puedo y quiero enriqueceros, sanaros y consolaros, pues con este fin resido en el altar (Is., 58, 9).

AFECTOS Y SÚPLICAS

Puesto que residís en los altares, ¡oh Jesús mío!, para oír las súplicas que os dirigen los desventurados que recurren a vos, oíd, Señor, lo que os ruega este pecador miserable.,. i Oh Cordero de Dios, sacrificado y muerto en la cruz!
Mi alma fue redimida con vuestra Sangre; perdonadme las ofensas que os he hecho, y socorredme con vuestra gracia para que no vuelva a perderos jamás. Hacedme partícipe, Jesús mío, de aquel dolor profundo de los pecados que tuviste en el huerto de Getsemaní… ¡Oh Dios, si yo hubiese muerto en pecado, no podría amaros nunca; mas vuestra clemencia me esperó a fin de que os amase! Gracias os doy por ese tiempo que me habéis concedido, y puesto que me es dado amaros, os consagro mi amor. Otorgadme la gracia de vuestro amor divino en tal manera, que de todo me olvide y me ocupe no más que en servir y complacer a vuestro sagrado Corazón. ¡ Oh Jesús mío! Me dedicasteis a mí vuestra vida entera; concededme que a Vos consagre el resto de la mía. Atraedme a vuestro amor, y hacedme vuestro del todo antes que llegue la hora de mi muerte. Así lo espero por los méritos de vuestra sagrada Pasión, y también, ¡ oh María Santísima!, por vuestra intercesión poderosa. Bien sabéis que os amo; tened misericordia de mi.

PUNTO 3

Jesús, en el Santísimo Sacramento, a todos nos oye y recibe para comunicarnos su gracia, pues más desea el Señor favorecernos con sus dones que nosotros recibirlos (1). Dios, que es la infinita Bondad, generosa y difusiva por su propia naturaleza, se complace en comunicar sus bienes a todo el mundo y se lamenta si las almas no acuden a pedirle mercedes. ¿Por qué, dice el Señor, no venís a Mí? ¿Acaso he sido para vosotros como tierra tardía o estéril cuando me habéis pedido beneficios?… Vio el Apóstol San Juan (Ap., 1, 13) que el pecho del Señor resplandecía ceñido y adornado con una cinta de oro, símbolo de la misericordia de Cristo y de la amorosa solicitud con que desea dispensarnos su gracia.
Siempre está el Señor pronto a auxiliarnos; pero en el Santísimo Sacramento, como afirma el discípulo, concede y reparte especialmente abundantísimos dones. El Beato Enrique Susón decía que Jesús en la Eucaristía atiende con mayor complacencia nuestras peticiones y súplicas. Así como algunas madres hallan consuelo y alivio dando el pecho generosamente, no sólo a su propio hijo, sino también a otros pequeñuelos, el Señor en este Sacramento a todos nos invita y nos dice (Is.t 66, 13): Como la madre acaricia a su hijo, asi Yo os consolaré. Al Padre Baltasar Álvarez se le apareció visiblemente Cristo en el Santísimo Sacramento, mostrándole las innumerables gracias que tenía dispuestas para darlas a los hombres; mas no había quien se las pidiese. ¡Bienaventurada el alma que al pie del altar se detiene para solicitar la gracia del Señor! La condesa de Feria, que fué después religiosa de Santa Clara, permanecía ante el Santísimo Sacramento todo el tiempo de que podía disponer, por lo cual la llamaban la esposa del Sacramento, y allí recibía continuamente tesoros de riquísimos bienes.
Preguntáronle una vez qué hacía tantas horas postrada ante el Señor Sacramentado, y ella respondió: «Estaríame allí por toda la eternidad… Preguntáis qué se hace en presencia del Santísimo Sacramento… ¿Y qué es lo que se deja de hacer? ¿Qué hace un pobre en presencia de un rico? ¿Qué un enfermo ante el médico?…
Se dan gracias, se ama y se ruega.» Lamentábase el Señor con su amada sierva Santa Margarita de Alacoque de la ingratitud con que los hombres le trataban en este Sacramento de amor; y mostrándole su sagrado Corazón en tronó de llamas circundado de espinas y con la cruz en lo alto, para dar a entender la amorosa presencia del mismo Cristo en la Eucaristía, le dijo: «Mira este Corazón, que tanto ha amado a los hombres, y que nada ha omitido, ni aun el anonadarse, para demostrarles su amor; pero en reconocimiento no recibo más que ingratitudes de la mayor parte de ellos, por las irreverencias y desprecios con que me tratan en este Sacramento. Y lo que más deploro es que así lo hacen no pocas almas que me están especialmente consagradas.»
No van los hombres a conversar con Cristo porque no le aman. ¡Recréanse largas horas hablando con un amigo y les causa tedio estar breve rato con el Señor! ¿Cómo ha de concederles Jesucristo su amor? Si antes no arrojan del corazón los afectos terrenos, ¿cómo ha de entrar allí el amor divino? ¡Ah! Si pudierais verdaderamente decir de corazón lo que decía San Felipe Neri al ver el Santísimo Sacramento: He aquí mi amor, no os cansaría nunca estar horas y días ante Jesús Sacramentado.
A un alma enamorada de Dios, esas horas le parecen minutos. San Francisco Javier, fatigado por el diario trabajo de ocuparse en la salvación de las almas, hallaba de noche regaladísimo descanso en permanecer ante el Santísimo Sacramento.
San Juan Francisco de Regís, famoso misionero de Francia, después de haber invertido todo el día en la predicación, acudía a la iglesia, y cuando la veía cerrada, quedábase a la puerta, sufriendo las inclemencias del tiempo con tal de obsequiar, siquiera de lejos; a su amado Señor. San Luis Gonzága deseaba estar siempre en presencia de Jesús Sacramentado; mas como los Superiores le prohibieron que se entretuviese en esos prolongados actos de adoración, acaecía que cuando el joven pasaba delante del altar, sintiendo que Jesús le atraía dulcemente para que con Él permaneciese, alejábase obligado por la obediencia, y amorosamente decía: «Apártate, Señor, apártate de mí; no me mováis hacia Vos; dejad que de Vos me separe, porque debo obedecer.» Pues si tú, hermano mío, no sientes tan alto amor a Cristo, procura visitarle diariamente, que Él sabrá inflamar tu corazón. ¿Tienes frialdad o tibieza? Aproxímate al fuego, como decía Santa Catalina de Sena, y ¡dichoso de ti si Jesús te concede la gracia de abrasarte en su amor! Entonces no amarás las cosas de la tierra, sino que las menospreciarás todas, pues, según observa San Francisco de Sales: Cuando en casa hay fuego, todo lo arrojamos por la ventana.

(1) Plus vult ille tibi benefacere quam tu accipere concupiscas. San Agustín.

AFECTOS Y SÚPLICAS

¡Ah Jesús mío!, haced que os conozcamos y amemos.

Tan amable sois, que con eso basta para que os amen los hombres…

¿Y cómo son tan pocos los que os entregan su amor?

¡Oh Señor!, entre tales ingratos he estado yo también.

 No negué mi gratitud a las criaturas, de quienes recibí mercedes o favores.

 Sólo para Vos, que os habéis dado a mí, fuí tan desagradecido, que llegué a ofenderos gravemente e injuriaros a menudo con mis culpas.

Y Vos, Señor, en vez de abandonarme, me buscáis todavía y reclamáis mi amor, inspirándome el recuerdo de aquel amoroso mandato (Mr., 12, 30): Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón.

Pues ya que, a pesar de mi desagradecimiento, queréis que yo os ame, prometo amaros, Dios mío.

Así lo deseáis, y yo, favorecido por vuestra gracia, no deseo otra cosa.

Os amo, amor mío, y mi todo.

 Por la Sangre que derramasteis por mí, ayudadme y socorredme.

En ella pongo toda mi esperanza, y en la intercesión de vuestra Madre Santísima, cuyas oraciones queréis que contribuyan a nuestra salvación.

Rogad por mí, Santa Virgen María, a Jesucristo, mi Señor ; y puesto que Vos abrasáis en el amor divino a todos vuestros amantes siervos, inflamad en él mi corazón, que tanto os ama siempre.

Tomado de “Preparación para la muerte”

De la Sagrada Comunión

Junio 18, 2008

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

Accípite et comedite; hoc est Corpus meum.
Tomad y comed; éste es mi Cuerpo.
Mt., 26, 26.

PUNTO 1

Consideremos la grandeza de este Santísimo Sacramento de la Eucaristía, el amor inmenso que Jesucristo nos manifestó con tan precioso don y el vivo deseo que tiene de que le recibamos sacramentado.

Veamos, en primer lugar, la gran merced que nos hizo el Señor al darse a nosotros como alimento en la santa Comunión.

Dice San Agustín que con ser Jesucristo Dios omnipotente, nada mejor pudo darnos, pues ¿qué mayor tesoro puede recibir o desear un alma que el sacrosanto Cuerpo de Cristo?

Exclamaba el profeta Isaías (12, 4): Publicad las amorosas invenciones de Dios.

Y, en verdad, si nuestro Redentor no nos hubiese favorecido con tan alta dádiva, ¿quién hubiera podido pedírsela? ¿Quién se hubiera atrevido a decirle: «Señor, si deseáis demostrar vuestro amor, ocultaos bajo las especies de pan y permitid que por manjar os recibamos?…»

El pensarlo no más se hubiera reputado por locura. «¿No parece locura el decir: comed mi carne,bebed mi sangre?», exclamaba San Agustín.

Cuando Jesucristo anunció a los discípulos este don del Santísimo Sacramento que pensaba dejarle, no podían creerle, y se apartaron del Señor, diciendo (Jn., 6, 61): «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?…

Dura es esta doctrina; ¿y quién lo puede oír?» Más lo que al hombre no le es dado ni imaginar, lo pensó y realizó el gran amor de Cristo.

San Bemardino dice que el Señor nos dejó este Sacramento en memoria del amor que nos manifestó en su Pasión, según lo que Él mismo nos dijo (Lc., 22, 19): «Haced esto en memoria mía.»

 No satisfizo Cristo su divino amor—añade aquel Santo (t. 2, serm. 54)—con sacrificar la vida por nosotros, sino que ese mismo soberano amor le obligó a que antes de morir nos hiciera el don más grande de cuantos nos hizo, dándose Él mismo para manjar nuestro.

Así, en este Sacramento llevó a cabo el más generoso esfuerzo de amor (1), pues como dice con elocuentes palabras el Concilio de Trento (ses. 13, c. 2), Jesucristo en la Eucaristía prodigó todas las riquezas de su amor a los hombres.

¿No se estimaría por muy amorosa fineza—dice San Francisco de Sales—el que un príncipe regalase a un pobre algún exquisito manjar de su mesa? ¿Y si le enviase toda su comida? ¿Y, finalmente, si el obsequio consistiera en un trozo de la propia carne del príncipe, para que sirviese al pobre de alimento?…

Pues Jesús en la sagrada Comunión nos alimenta, no ya con una parte de su comida ni un trozo de su Cuerpo, sino con todo Él: «Tomad y comed; éste es mi Cuerpo» (Mt., 26, 26); y con su Cuerpo nos da su Sangre, alma y divinidad.

De suerte que—como dice San Juan Crisóstomo—, dándosenos Jesucristo mismo en la Comunión, nos da todo lo que tiene y nada se reserva para Sí; o bien, según se expresa Santo Tomás: «Dios en la Eucaristía se entrega todo Él, cuanto es y cuanto tiene.»

Ved, pues, cómo ese Altísimo Señor, que no cabe en el mundo—exclama San Buenaventura—, se hace en la Eucaristía nuestro prisionero…

Y dándose a nosotros real y verdaderamente en el Sacramento, ¿cómo podremos temer que nos niegue las gracias que le pidamos? (Ro., 8, 32).

AFECTOS Y SÚPLICAS

¡Oh Jesús mío! ¿Qué os lo que os pudo mover a daros Vos mismo a nosotros para alimento nuestro? ¿Y qué más podéis concedernos después de este don para obligarnos a amaros?

¡Ah, Señor! Iluminadme y descubridme ese exceso de amor, por el cual os hacéis manjar divino a fin de uniros a estos pobres pecadores…

Más si os dais todo a nosotros, justo es que nos entreguemos a Vos enteramente…

¡Oh, Redentor mío! ¿Cómo he podido ofenderos a Vos, que tanto me amáis y que nada omitisteis para conquistar mi amor? ¡Por mí os hicisteis hombre; por mí habéis muerto; por amor a mí os habéis hecho alimento mío!…

¿Qué os queda por hacer? Os amo, Bondad infinita; os amo, infinito amor. Venid, Señor, con frecuencia a mi alma e inflamadla en vuestro amor santísimo, y haced que de todo me olvide y sólo piense en Vos y a Vos sólo ame…

¡María, Madre nuestra, orad por mí y hacedme digno por vuestra intercesión de recibir a menudo a vuestro Hijo Sacramentado!

PUNTO 2

Consideremos en segundo lugar el gran amor que nos mostró Jesucristo al otorgarnos este altísimo don…

Hija solamente del amor es la preciosa dádiva del Santísimo Sacramento.

Necesario fue para salvarnos, según el decreto de Dios, que el Redentor muriese. Mas ¿qué necesidad vemos en que Jesucristo, después de su muerte, permanezca con nosotros para ser manjar de nuestras almas?… Así lo quiso el amor.

No más que para manifestarnos el inmenso amor que nos tiene instituyó el Señor la Eucaristía, dice San Lorenzo Justiniano, expresando lo mismo que San Juan escribió en su Evangelio (Jn., 13, 1): «Sabiendo Jesús que era llegada su hora del tránsito de este mundo al Padre, como hubiese amado a los suyos que vivían en este mundo, los amó hasta el fin

Es decir, cuando el Señor vio que llegaba el tiempo de apartarse de este mundo, quiso dejarnos maravillosa muestra de su amor, dándonos este Santísimo Sacramento, que no otra cosa significan las citadas palabras: «los amó hasta el fin», o sea, «los amó extremadamente, con sumo e ilimitado amor», según lo explican Teofilacto y San Juan Crisóstomo.

Y notemos, como observa el Apóstol (1 Co., 11, 23-24), que el tiempo escogido por el Señor para hacernos este inestimable beneficio fue el de su muerte. En aquella noche en que fue entregado, tomó el pan, y dando gracias, le partió y dijo: «Tomad y comed; éste es mi Cuerpo.»

Cuando los hombres le preparaban azotes, espinas y la cruz para darle muerte cruelísima, entonces quiso nuestro amante Jesús regalarles la más excelsa prenda de amor.

¿Y por qué en aquella hora tan próxima a la de su muerte, y no antes, instituyó este Sacramento? Hízolo así, dice San Bernardino, porque las pruebas de amor dadas en el trance de la muerte por quien nos ama, más fácilmente duran en la memoria y las conservamos con más vivo afecto.

Jesucristo, dice el Santo, se había dado a nosotros de varias maneras; habíasenos dado por Maestro, Padre y compañero por luz, ejemplo y víctima. Faltábale el postrer grado de amor, que era darse por alimento nuestro, para unirse todo a nosotros, como se une e incorpora el manjar con quien le recibe, y esto lo llevó a cabo entregándose a nosotros en el Sacramento.

De suerte que no se satisfizo nuestro Redentor con haberse unido solamente a nuestra naturaleza humana, sino que además quiso, por medio de este Sacramento, unirse también a cada uno de nosotros particular e íntimamente.

«Es imposible—dice San Francisco de Sales—considerar a nuestro Salvador en acción más amorosa ni más tierna que ésta, en la cual, por decirlo así, se anonada y se hace alimento para penetrar en nuestras almas y unirse íntimamente con los corazones y cuerpos de sus fieles.»

Así dice San Juan Crisóstomo a ese mismo Señor a quien los ángeles ni a mirar se atreven: «Nos unimos nosotros y nos convertimos con Él en un solo cuerpo y una sola carne.» ¿Qué pastor—añade el Santo—alimenta con su propia sangre a las ovejas? Aun las madres, a veces, procuran que a sus hijos los alimenten las nodrizas. Mas Jesús en el Sacramento nos mantiene con su mismo Cuerpo y Sangre, y a nosotros se une (Hom. 60). ¿Y con qué fin se hace manjar nuestro? Porque ardentísimamente nos ama y desea ser con nosotros una misma cosa por medio de esa inefable unión (Hom. 51).

Hace, pues, Jesucristo en la Eucaristía el mayor de todos los milagros. «Dejó memoria de sus maravillas, dio sustento a los que le temen» (Sal. 110, 4), para satisfacer su deseo de permanecer con nosotros y unir con los nuestros su Sacratísimo Corazón.

«¡ Oh admirable milagro de tu amor—exclama San Lorenzo Justiniano—, Señor mío Jesucristo, que quisiste de tal modo unirnos a tu Cuerpo, que tuviésemos un solo corazón y un alma sola inseparablemente unidos contigo!»

El Santo. P. De la Colombiére, gran siervo de Dios, decía: «Si algo pudiese conmover mi fe en el misterio de la Eucaristía, nunca dudaría del poder, sino más bien del amor, manifestados por Dios en este soberano Sacramento. ¿Cómo el pan se convierte en Cuerpo de Cristo? ¿Cómo el Señor se halla en varios lugares a la vez? Respondo que Dios todo lo puede. Pero si me preguntan cómo Dios ama tanto a los hombres que se les da por manjar, no sé qué responder, digo que no lo entiendo, que ese amor de Jesús es para nosotros incomprensible».

Dirá alguno: Señor, ese exceso de amor por el cual os hacéis alimento nuestro, no conviene a vuestra Majestad divina… Más San Bernardo nos dice que por el amor se olvida el amante de la propia dignidad. Y San Juan Crisóstomo (Serm. 145) añade que el amor no busca razón de conveniencia cuando trata de manifestarse al ser amado; no va a donde es conveniente, sino a donde le guían sus deseos.

Muy acertadamente llamaba Santo. Tomás (Op. 68 ) a la Eucaristía Sacramento de amor. Y San Bernardo, amor de los amores. Y con verdad Santa María Magdalena de Pazzi denominaba el día del Jueves Santo, en que el Sacramento fué instituido, el día del Amor.

AFECTOS Y SÚPLICAS

¡Oh amor infinito de Jesús, digno de infinito amor!

¿Cuándo, Señor, os amaré como Vos me amáis?…

Nada más pudisteis hacer para que yo os amase, y yo me atreví a dejaros a Vos, sumo e infinito Bien, para entregarme a bienes viles y miserables…

Alumbrad, ¡oh Dios mío!, mis ignorancias; descubridme siempre más y más la grandeza de vuestra bondad, para que me enamore de Vos, amor mío y mi todo.

A Vos, Señor, deseo unirme a menudo en este Sacramento, a fin de apartarme de todas las cosas, y a Vos sólo consagrar mi vida…

Ayudadme, Redentor mío, por los merecimientos de vuestra Pasión.

 Socorredme también, ¡oh Madre de Jesús y Madre mía! Rogadle que me inflame en su santo amor.

PUNTO 3

Consideremos, por último, el gran deseo que tiene Jesucristo de que le recibamos en la santa Comunión… Sabiendo Jesús que era llegada su hora… (Jn., 13, 1); mas, ¿por qué Jesucristo llamaba su hora a aquella noche en que había de comenzarse su dolorosa Pasión?… Llamábala así porque en aquella noche iba a dejarnos este divino Sacramento, con el fin de unirse al mismo Jesús con las almas amadísimas de sus fieles.

Ese excelso designio movióle a decir entonces (Lc., 22, 15): «Ardientemente he deseado celebrar esta Pascua con vosotros»; palabras con que denota el Redentor el vehemente deseo que tenía de esa unión con nosotros en la Eucaristía… Ardientemente he deseado… Así le hace hablar el amor inmenso que nos tiene, dice San Lorenzo Justiniano.

Quiso quedarse bajo las especies de pan, a fin de que cualquiera pudiese recibirle; porque si hubiese elegido para este portento algún manjar exquisito y costoso, los pobres no hubiesen podido recibirle a menudo.

Otra clase de alimento, aunque no fuese selecto y precioso, acaso no se hallaría en todas partes. De suerte que el Señor prefirió quedarse bajo las especies de pan, porque el pan fácilmente se halla dondequiera y todos los hombres pueden procurársele.

El vivo deseo que el Redentor tiene de que con frecuencia le recibamos sacramentado movíale no sólo a exhortarnos muchas veces o invitarnos a que lo recibiésemos: «Venid, comed mi Pan, y bebed mi Vino que os he mezclado. Comed, amigos, y bebed; embriagaos, los muy amados» (Pr., 9, 5; Cant., 5, 1); vino a imponérnoslo como precepto: «Tomad y comed; éste es mi Cuerpo» (Mt. 26, 26).

Y a fin de que acudamos a recibirle, nos estimula con la promesa de la vida eterna. «Quien come mi Carne, tiene vida eterna. Quien come este Pan, vivirá eternamente» (Jn., 6, 55, 56). Y de no obedecerle, nos amenaza con excluirnos de la gloria: «Si no comiereis la Carne del Hijo del Hombre no tendréis vida en vosotros» (Jn., 6, 54).

Tales invitaciones, promesas y amenazas nacen del deseo de Cristo de unirse a nosotros en la Eucaristía; y ese deseo procede del amor que Jesús nos profesa, porque —como dice San Francisco de Sales—el fin del amor no es otro que el de unirse al objeto amado, puesto que en este Sacramento Jesús mismo se une a nuestras almas (el que come mi Carne y bebe mi Sangre, en Mí mora y Yo en él) (Jn., 6, 57); por eso desea tanto que le recibamos. «El amoroso ímpetu con que la abeja acude a las flores para extraer la miel—dijo el Señor a Santa Matilde—no puede compararse al amor con que Yo me uno a las almas que me aman.»

¡Oh, si los fieles comprendiesen el gran bien que trae a las almas la santa Comunión!… Cristo es el dueño de toda riqueza, y el Eterno Padre le hizo Señor de todas las cosas (Jn., 13, 3).

De suerte que, cuando Jesús penetra en el alma por la sagrada Eucaristía, lleva consigo riquísimo tesoro de gracias. «Vinieron a mí todos los bienes juntamente con ella», dice Salomón (Sb., 7, 11) hablando de la eterna Sabiduría.

Dice San Dionisio que el Santísimo Sacramento tiene suma virtud para santificar las almas.

Y San Vicente Ferrer dejó escrito que más aprovecha a los fieles una Comunión que ayunar a pan y agua una semana entera.

La Comunión, como enseña el Concilio de Trento (ses. 13, c. 2), es el gran remedio que nos libra de las culpas veniales y nos preserva de las mortales; por lo cual, San Ignacio, mártir, llama a la Eucaristía «medicina de la inmortalidad».

Inocencio III dice que Jesucristo con su Pasión y muerte nos libró de las penas del pecado, y con la Eucaristía nos libra del pecado mismo.

Este Sacramento nos inflama en el amor de Dios, «Me introdujo en la cámara del vino; ordenó en mí la caridad. Sostenedme con flores, cercadme de manzanas, porque desfallezco de amor» (Cant., 2, 4-5).

San Gregorio Niseno dice que esa cámara del vino es la santa Comunión, en la cual de tal modo se embriaga el alma en el amor divino, que olvida las cosas de la tierra y todo lo creado; desfallece, en fin, de caridad vivísima.

También el Venerable Padre Francisco de Olimpio, teatino, decía que nada nos inflama tanto en el amor de Dios como la sagrada Eucaristía.

Dios es caridad; es fuego consumidor (1 Jn., 4, 8; Dt., 4, 24). Y el Verbo Eterno vino a encender en la tierra ese fuego de amor (Lucas, 12, 49).

Y, en verdad, ¡qué ardentísimas llamas de amor divino enciende Jesucristo en el alma de quien con vivo deseo le recibe Sacramentado!

Santa Catalina de Sena vio un día a Jesús Sacramentado en manos de un sacerdote, y la Sagrada Forma le parecía brillantísima hoguera de amor, quedando la Santa maravillada de cómo los corazones de los hombres no estaban del todo abrasados y reducidos a cenizas por tan grande incendio.

Santa Rosa de Lima aseguraba que, al comulgar, parecíale que recibía al sol.

El rostro de la Santa resplandecía con tan clara luz, que deslumbraba a los que la veían, y la boca exhalaba vivísimo calor, de tal modo, que la persona que daba de beber a Santa Rosa después de la Comunión sentía que la mano se le quemaba como si la acercase a un horno.

El rey San Wenceslao solamente con ir a visitar al Santísimo Sacramento se inflamaba aun exteriormente de tan intenso ardor, que a un criado suyo, que le acompañaba, caminando una noche por la nieve detrás del rey, le bastó poner los pies en las huellas del Santo para no sentir frío alguno.

San Juan Crisóstomo decía que, siendo el Santísimo Sacramento fuego abrasador, debiéramos, al retirarnos del altar, sentir tales llamas de amor que el demonio no se atreviese a tentarnos.

Diréis, quizá, que no os atrevéis a comulgar con frecuencia porque no sentís en vosotros ese fuego del divino amor. Pero esa excusa, como observa Gerson, sería lo mismo que decir que no queréis acercaros a las llamas porque tenéis frío. Cuanta mayor tibieza sintamos, tanto más a menudo debemos recibir el Santísimo Sacramento, con tal que tengamos deseos de amar a Dios.

«Si acaso te preguntan los mundanos—escribe San Francisco de Sales en su Introducción a la vida devota— por qué comulgas tan a menudo…, diles que dos clases de gente deben comulgar con frecuencia: los perfectos, porque, como están bien dispuestos, quedarían muy perjudicados en no llegar al manantial y fuente de la perfección, y los imperfectos, para tener justo derecho de aspirar a ella…»

Y San Buenaventura dice análogamente: «Aunque seas tibio, acércate, sin embargo, a la Eucaristía, confiando en la misericordia de Dios. Cuanto más enfermos estamos, tanto más necesitamos del médico» (2).

Y, finalmente, el mismo Cristo dijo a Santa Matilde (3): «Cuando vayas a comulgar, desea tener todo el amor que me haya tenido el más fervoroso corazón, y Yo acogeré tu deseo como si tuvieses ese amor a que aspiras.»

(2) De Prof. Rel., c. 78.
(3) Ap. Blos. in Conci. An. fldel., c. 4, n. 6.

AFECTOS Y SÚPLICAS

¡Oh amantísimo Señor de las almas! Jesús mío, no podéis ya darnos prueba mayor para demostrarnos el amor que nos tenéis.

¿Qué más pudierais inventar para que os amásemos?…

Haced, ¡oh Bondad infinita!, que yo os ame desde hoy viva y tiernamente.

¿A quién debe amar mi corazón con más profundo afecto que a Vos, Redentor mío, que después de haber dado la vida por mí os dais a mí Vos mismo en este Sacramento?…

¡Ah Señor! ¡Ojalá recuerde yo siempre vuestro excelso amor y me olvide de todo y os ame sin intermisión y sin reserva!…

Os amo, Dios mío, sobre todas las cosas, y a Vos sólo deseo amar.

Desasid mi corazón de todo afecto que para Vos no sea…

Gracias os doy por haberme concedido tiempo de amaros y de llorar las ofensas que os hice.

Deseo, Jesús mío, que seáis único objeto de mis amores.

Socorredme y salvadme, y sea mi salvación el amaros con toda mi alma en ésta y en la futura vida…

María, Madre nuestra, ayudadme a amar a Cristo y rogad por mí.

Tomado de “Preparación para la muerte”