Archivo de Julio 2008

El cuerpo del Señor

Julio 10, 2008

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SAN FRANCISCO DE ASÍS

Dice el Señor Jesús a sus discípulos: Yo soy el camino, la verdad y la vida; ninguno viene al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceréis también a mi Padre; y desde ahora lo conocéis y lo habéis visto. Le dice Felipe: Señor, muéstranos al Padre y nos basta. Le dice Jesús: Tanto tiempo con vosotros, ¿y no me habéis conocido? Felipe, el que me ve a mí, ve también a mi Padre (Jn 14, 6-9). El Padre habita en una luz inaccesible (cf. 1Tim 6,15), y Dios es espíritu (Jn 4,24), y a Dios nadie lo vio jamás (Jn 1,18 ).

Y no puede ser visto sino en espíritu, porque el espíritu es el que vivifica; la carne no le aprovecha a nadie (Jn 6,63). Ni siquiera el Hijo puede ser visto por nadie en cuanto igual al Padre, de forma distinta que el Padre, de forma distinta que el Espíritu Santo.

Por eso, todos los que vieron al Señor Jesús según la humanidad y no lo vieron ni creyeron, según el espíritu y la divinidad, que él era el verdadero Hijo de Dios, se condenaron.

Del mismo modo, todos los que ven el sacramento, que se se santifica por las palabras del Señor sobre el altar por manos del sacerdote en forma de pan y de vino, y no ven ni creen, según el espíritu y la divinidad, que es verdaderamente el santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, están condenados, como atestigua el Altísimo mismo, que dice: Esto es mi cuerpo y la sangre de mi nueva alianza etc. (Mc 14,22.24); y: Quien come mi carne y bebe mi Sangre, tiene la vida eterna (cf. Jn 6,55).

Por tanto, el espíritu del Señor, que habita en sus fieles, está con aquel que recibe el santísimo cuerpo y sangre del Señor.

Todos los demás, que no tienen dicho espíritu y presumen de recibirlo, comen y beben su propia condena (cf. lCor 1 1 ,29).

Por eso, hijos de los hombres, ¿Hasta cuándo seréis duros de corazón? (Sal 4,3). ¿Por qué no reconocéis la verdad y creéis en el Hijo de Dios? (cf. Jn 9,35). Mirad que diariamente se humilla (cf. Flp 2,8 ), como cuando vino desde el trono real, (Sab 18,15) al seno de la Virgen.

Él mismo viene diariamente a nosotros en humilde apariencia. Cada día baja del seno del Padre al altar, en manos del sacerdote.

Y como se mostró a los santos apóstoles en carne verdadera, así también ahora se muestra a nosotros en el pan sagrado.

Y lo mismo que ellos con los ojos del cuerpo veían solamente su carne, mas con los ojos espirituales creían que El era Dios, así también nosotros, al ver el pan y el vino con los ojos del cuerpo, veamos y creamos firmemente que es su santísimo cuerpo y sangre vivo y verdadero.

Y de ese modo está siempre el Señor con sus fieles, como El mismo dijo: Mirad que yo estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos (cf. Mt 28,20).

Tomado de su escrito: “Admoniciones”

Sobre la Sagrada Liturgia y la Comunión

Julio 10, 2008

SAN CIRILO DE JERUSALÉN

I Pe 2,1 ss.

“Rechazad, por tanto, toda malicia y todo engaño, hipocresías, envidias…

1. En las asambleas anteriores oísteis hablar abundantemente, por don de Dios, tanto del bautismo como de la crismación y de la toma del cuerpo y de la sangre de Cristo. Pero debemos pasar ahora a lo que sigue, con lo cual pondremos fin al edificio de vuestra enseñanza espiritual.

2. Habéis visto cómo el diácono alcanzaba el agua, para lavarse las manos, al sacerdote y a los presbíteros que estaban alrededor del altar. Pero en modo alguno lo hacía para limpiar la suciedad corporal. Digo que no era ése el motivo, pues al comienzo tampoco vinimos a la Iglesia porque llevásemos manchas en el cuerpo. Sin embargo, esta ablución de las manos es símbolo de que debéis estar limpios de todos los pecados y prevaricaciones. Y al ser las manos símbolo de la acción, al lavarlas, significamos la pureza de las obras y el hecho de que estén libres de toda reprensión. ¿No has oído al bienaventurado David aclarándonos este misterio y diciendo: «Mis manos lavo en la inocencia y ando en torno a tu altar, Señor» (Sal 26,6)? Por consiguiente, lavarse las manos es un signo de la inmunidad del pecado.

3. Después, el diácono exclama: «Hablaos, y besémonos mutuamente». Y no pienses que este ósculo es de la misma clase que los que se dan los amigos mutuos en la plaza pública. Este beso no es de esa clase. Pues reconcilia y une unas almas con otras, y les garantiza el total olvido de las injurias. Es signo, por consiguiente, de que las almas se funden unas con otras y de que deponen cualquier recuerdo de las ofensas. Por eso decía Cristo: «Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda» (Mt 5,23-24). Por tanto, el ósculo es reconciliación y, por ello, es santo, como dice en alguna parte el bienaventurado Pablo: «Saludaos los unos a los otros con el beso santo» ( I Cor 16,20); y Pedro: «Saludaos unos a otros con el beso de amor» (I Pe 5,14).

4.: Después exclama el sacerdote: «Arriba los corazones». Pues verdaderamente, en este momento trascendental, conviene elevar los corazones hacia Dios y no dirigirlos hacia la tierra y los negocios terrenos. Es, por tanto, lo mismo que si el sacerdote mandara que todos dejasen en ese momento a un lado las preocupaciones de esta vida y los cuidados de este mundo, y que elevasen el corazón al cielo hacia el Dios misericordioso. Luego respondéis: «Lo tenemos (levantado) hacia el Señor», con lo que asentís a la indicación por la confesión que pronunciáis. Que ninguno que esté allí, cuando dice: «Lo tenemos hacia el Señor», tenga en su interior su mente llena de las preocupaciones de esta vida. Pues debemos hacer memoria de Dios en todo tiempo. Pero si, por la debilidad humana, se hiciere imposible, al menos en aquel momento hay que esforzarse lo más que se pueda.

5. Después de esto dice el sacerdote: «Demos gracias al Señor». Pues debemos estar verdaderamente agradecidos de que cuando éramos indignos, nos llamó a tan inmensa gracia, y de que, cuando éramos enemigos, nos reconcilió (cf. Rom 5,10) y nos concedió el Espíritu de adopción (Rm 8,15). Vuestra respuesta es: «Es digno y justo» Pues, cuando damos gracias, hacemos algo digno y justo, aunque él, sin seguir estrictamente lo justo, sino yendo más allá de ello, nos hizo bien y nos hizo dignos de tan grandes bienes.

6. Hacemos mención, después, del cielo, de la tierra y del mar; del sol y de la luna, de los astros y de toda creatura, dotada de razón o sin ella, visible o invisible; de los ángeles, de los arcángeles, de las virtudes, dominaciones, principados, potestades y tronos; de los querubines dotados de muchos rostros; todos diciendo aquello de David: «Cantad conmigo al Señor» (Sal 34,4). Hacemos también mención de los serafines que, en el Espíritu Santo, vio Isaías alrededor del trono de Dios y que cubrían con dos alas su rostro, con dos alas los pies, y con dos volaban diciendo: «Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos» (Is 6,2-3). Recitemos, por tanto, esta teología, para que, en la entonación comunitaria de las alabanzas, nos unamos a los ejércitos que están por encima del universo.

7. A continuación, después de santificarnos a nosotros mismos mediante estas alabanzas espirituales, suplicamos al Dios misericordioso que envíe al Espíritu Santo sobre los dones presentados, para que convierta el pan en cuerpo de Cristo y el vino en la sangre de Cristo. Pues habrá quedado santificado y cambiado lo que haya sido alcanzado por el Espíritu Santo.

8. Pero después que ha sido realizado el sacrificio espiritual, culto incruento sobre aquella hostia de propiciación, rogamos a Dios por la paz de todas las Iglesias, por el buen gobierno del mundo, por las autoridades, por los soldados, por los amigos, por aquellos que están sujetos a enfermedades, por los que son presa de la aflicción y, en general, oramos y ofrecemos esta víctima por todos los que tienen alguna necesidad.

9. Recordamos también a todos los que ya durmieron: en primer lugar, los patriarcas, los profetas, los apóstoles, los mártires, para que, por sus preces y su intercesión, Dios acoja nuestra oración. Después, también por los santos padres y obispos difuntos y, en general, por todos cuya vida transcurrió entre nosotros, creyendo que ello será de la mayor ayuda para aquellos por quienes se reza.

10. Quiero aclararos esto con un ejemplo, puesto que a muchos les he oído decir: ¿de qué le sirve a un alma salir de este mundo con o sin pecados si después se hace mención de ella en la oración? Supongamos, por ejemplo, que un rey envía al destierro a quienes le han ofendido, pero después sus parientes, afligidos por la pena, le ofrecen una corona: ¿Acaso no se lo agradecerá con una rebaja de los castigos? Del mismo modo, también nosotros presentamos súplicas a Dios por los difuntos, aunque sean pecadores. Y no ofrecemos una corona, sino que ofrecemos a Cristo muerto por nuestros pecados, pretendiendo que el Dios misericordioso se compadezca y sea propicio tanto con ellos como con nosotros.

11. Y, después de todo esto, recitamos aquella oración que el Salvador entregó a sus mismos discípulos, llamando con conciencia pura Padre a Dios y diciendo: «Padre nuestro que estás en los cielos» (Mt 6,9). ¡Oh gran misericordia de Dios para con los hombres!, juntamente con su amor. Hasta tal punto se compadeció de quienes se apartaron de él y se afirmaron en los mayores males que les concedió el olvido de las injurias y la participación en la gracia de modo que le llamasen Padre: «Padre nuestro que estás en los cielos». Pues del cielo habían de ser quienes llevaran la imagen del cielo, en quienes Dios habita y con quienes él camina.

12. «Santificado sea tu nombre». Por su naturaleza el nombre de Dios es santo, digámoslo nosotros o no lo digamos. Pero ya que, por medio de quienes pecan, se le profana en ocasiones, según aquello de que «el nombre de Dios, por vuestra causa, es blasfemado entre las naciones» (Is 52,5, tal como aparece citado en Rom 2,24), oramos para que en nosotros sea santificado el nombre de Dios. Y no es que comience a ser santo porque anteriormente no lo fuese, sino que en nosotros se hace santo cuando nos santificamos nosotros mismos y hacemos cosas dignas de la santidad.

13. «Venga tu Reino» (Mt 6,10). Es propio del alma pura decir con confianza: «Venga tu Reino». Pues quien haya oído a Pablo, que dice: «No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal» (Ro». 6,12), y sea consciente de su pureza en obras, pensamientos y palabras, clamará a Dios: «Venga tu Reino».

14. «Hágase tu Voluntad en la tierra como en el cielo». Los bienaventurados ángeles de Dios hacen la voluntad de éste, como decía David en los Salmos: «Bendecid a Yahvé, ángeles suyos, héroes potentes, ejecutores de sus órdenes, en cuanto oís la voz de su palabra» (Sal 103,20). Tu oración, por consiguiente, tiene esta fuerza y esta significación, como si dijeras: «Como se hace tu voluntad en los ángeles, así se haga, Señor, en la tierra sobre mí».

15. «Danos hoy nuestro pan necesario» (Mt 6,11 ), El pan ordinario no es sustancial. Pero este pan, que es santo, es sustancial, como si dijeras que está dirigido a la sustancia del alma. Este pan no va a parar al vientre ni entra en la defecación, sino que se reparte entre todo tu ser para utilidad del cuerpo y del alma. El «hoy» se dice por «todos los días». Como también Pablo decía: «Cada día mientras dure este hoy» (Hebr 3,13).

16. «Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mt 6,12). Tenemos realmente muchos pecados, puesto que causamos ofensas con la palabra y el pensamiento y realizamos muchas cosas, merecedoras de condenación. Y «si decimos: “No tenemos pecado”, nos engañamos y la verdad no está en nosotros», como dice Juan (1 Jn 1,8 ). Hacemos, pues, un pacto con Dios, orando para que nos perdone los pecados, como también nosotros perdonamos sus deudas a nuestros prójimos. Sopesando, por tanto, lo que recibimos a cambio, no titubeemos ni dudemos en perdonar las mutuas ofensas. Las ofensas que se nos hacen son pequeñas, ligeras y fáciles de olvidar. Pero las que cometemos contra Dios son grandes y sólo pueden borrarse con la ayuda de su sola benignidad. Guárdate, pues, de que, por cosas pequeñas y por naderías dirigidas a ti, te excluyas a ti mismo del perdón de los pecados ante Dios.

17. «Y no nos dejes caer en la tentación (Mt 6,13), Señor». ¿Acaso el Señor nos enseña a pedir que no seamos tentados en absoluto? ¿Y cómo es que en otro lugar se dice: «Quien no ha pasado pruebas poco sabe» (Eclo 34,10), y también: «Considerad como un gran gozo, hermanos míos, el estar rodeados por toda clase de pruebas». Pero entrar en tentación, ¿acaso no significa hundirse en ella? Pues la tentación es algo semejante a un torrente difícil de atravesar. Pero, aquellos a quienes no se los traga la tentación, la atraviesan como hábiles nadadores sin ser arrastrados por nada. Pero los que no son así, se hunden nada más entrar. Así fue, por poner un ejemplo, Judas. Al entrar en la tentación de la avaricia, no nadó sino que se hundió, y se ahogó en cuerpo y en espíritu. Pedro entró en la tentación de la negación, pero, a pesar de haber entrado, no se hundió, sino que, llorando intensamente, fue liberado de la tentación. Oye también, por su parte, al coro de los santos incólumes, que prorrumpe en acción de gracias al ser liberado de la tentación:

«Tú nos probaste, oh Dios,

nos purgaste, cual se purga la plata;

nos prendiste en la red,

pusiste una correa a nuestros lomos,

dejaste que un cualquiera a nuestra cabeza cabalgara,

por el fuego y el agua atravesamos;

mas luego nos sacaste para cobrar aliento» (Sal 66,10-12).

¿No ves la alegría confiada de quienes han pasado sin haberse hundido? «Mas luego, se añade, nos sacaste para cobrar aliento». Que ellos llegaran a cobrar aliento significa que fueron liberados de la tentación.

18. «Mas líbranos del maligno». Si el «no nos dejes caer en la tentación» quisiese decir no ser tentado en modo alguno, no habría añadido «mas líbranos del maligno. El maligno es el diablo como adversario del que pedimos ser liberados. Y después, acabada la oración, dices: «Amén». Por este «Amén», que significa «así sea», refrendas y confirmas lo que se contiene en esta oración que Dios nos ha entregado.

19. Después de todo esto dice el sacerdote: «Las cosas santas a los santos». Santas son las cosas que están sobre el altar, puesto que sobre ellas ha venido el Espíritu Santo. Santos sois también vosotros, enriquecidos por el don del Espíritu Santo. Y las cosas santas son buenas para los santos. Vosotros, además, añadís: «Sólo hay un santo y un solo Señor Jesucristo». Pues realmente sólo uno es santo, santo por naturaleza; pero también nosotros somos santos, pero no por naturaleza, sino por participación y por la práctica de las obras y el deseo.

20. Oíste después la voz del salmista que os invitaba, por medio de cierta divina melodía, a la comunión de los santos misterios y decía: «Gustad y ved qué bueno es el Señor» (Sal 34,9). Pero no juzguéis ni apreciéis esto como una comida humana: quiero decir, no así, sino desde la fe y libres de toda duda. Pues a los que los saborean no se les manda degustar pan y vino, sino lo que éstos representan en imagen, pero de modo real: el cuerpo y la sangre del Señor.

21. No te acerques, pues, con las palmas de las manos extendidas ni con los dedos separados, sino que, poniendo la mano izquierda bajo la derecha a modo de trono que ha de recibir al Rey, recibe en la concavidad de la mano el cuerpo de Cristo diciendo: «Amén». Súmelo a continuación con ojos de santidad cuidando de que nada se te pierda de él. Pues todo lo que se te caiga considéralo como quitado a tus propios miembros. Pues, dime, si alguien te hubiese dado limaduras de oro, ¿no las cogerías con sumo cuidado y diligencia, con cuidado de que nada se te perdiese y resultases perjudicado? ¿No procurarás con mucho más cuidado y vigilancia que no se te caiga ni siquiera una miga, que es mucho más valiosa que el oro y que las piedras preciosas?

22. Y después de la comunión del cuerpo de Cristo, acércate también al cáliz de la sangre: sin extender las manos, sino inclinándote hacia adelante, expresando así adoración y veneración, mientras dices «Amén», serás santificado al tomar también de la sangre de Cristo. Y cuando todavía tienes húmedos los labios, tocándolos con las manos, santifica tus ojos y tu frente y los demás sentidos. Por último, en oración expectante, da gracias a Dios, que te ha concedido hacerte partícipe de tan grandes misterios.

23. Guardad íntegras estas tradiciones, y guardaos a vosotros mismos sin mancha. No os apartéis de la comunión ni mancilléis con vuestros pecados estos sagrados y espirituales misterios. «Que él, el Dios de la paz, os santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin mancha hasta la Venida de nuestro Señor Jesucristo» (1 Tes 5,23), a quien sea la gloria, el honor y el imperio con el Padre y el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

San Cirilo de Jerusalén. Catequesis XXIII. Mistagógica V.

El Cuerpo y la Sangre del Señor

Julio 10, 2008

SAN CIRILO DE JERUSALÉN

I Cor XI, 23
Yo recibí del Señor lo que os he transmitidos …

Incluso esta sola enseñanza de Pablo sería suficiente para daros una fe cierta en los divinos misterios. De ellos habéis sido considerados dignos y hechos partícipes del cuerpo y de la sangre del Señor. De él se dice que «la noche en que fue entregado» (I Cor 11,23), nuestro Señor Jesucristo «tomó pan, y después de dar gracias, lo partió» (1 Cor 11,23-24) «y, dándoselo a sus discípulos, dijo: “tomad, comed, éste es mi cuerpo”. Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio diciendo: “Bebed de ella todos, porque ésta es mi sangre”» (Mt 26,26-28 ). Así pues, si es él el que ha exclamado y ha dicho acerca del pan: «Este es mi cuerpo», ¿quién se atreverá después a dudar? Y si él es el que ha afirmado y dicho: «Esta es mi sangre», ¿quién podrá dudar jamás diciendo que no se trata de su sangre?

En una ocasión, en Cana de Galilea, cambió el agua en vino (Jn 2,1-10), que es afin a la sangre. ¿Y ahora creeremos que no es digno de fe al cambiar el vino en sangre? Invitado a unas bodas humanas, realizó aquel prodigio admirable. ¿No confesaremos mucho más que a los hijos del tálamo nupcial les dio para su disfrute su propio cuerpo y sangre?

Por ello, tomémoslo, con convicción plena, como el cuerpo y la sangre de Cristo. Pues en la figura de pan se te da el cuerpo, y en la figura de vino se te da la sangre, para que, al tomar el cuerpo y la sangre de Cristo, te hagas partícipe de su mismo cuerpo y de su misma sangre. Así nos convertimos en portadores de Cristo, distribuyendo en nuestros miembros su cuerpo y su sangre. Así, según el bienaventurado Pedro, nos hacemos «partícipes de la naturaleza divina» (2 Pe 1,4).

En cierta ocasión, discutiendo Jesús con los judíos, decía: «Si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros» (Jn 6,53). Pero como aquellos no entendiesen en sentido espiritual lo que se estaba diciendo, se retiraron ofendidos (cf. 6,60) creyendo que les invitaba a comer carnes.

Existían también, en la antigua Alianza, los panes de la proposición; pero, puesto que se referían a una alianza caduca, tuvieron un final. Pero, en la nueva Alianza, el pan es celestial y la bebida saludable, y santifican el alma y el cuerpo. Pues, como el pan le va bien al cuerpo, así también el Verbo le va bien al alma.

Por lo cual no debes considerar el pan y el vino (de la Eucaristía) como elementos sin mayor significación. Pues, según la afirmación del Señor, son el cuerpo y la sangre de Cristo. Aunque ya te lo sugieren los sentidos, la fe te otorga certidumbre y firmeza. No calibres las cosas por el placer, sino estáte seguro por la fe, más allá de toda duda, de que has sido agraciado con el don del cuerpo y de la sangre de Cristo.

La fuerza de todo esto te la explica el profeta David cuando exclama: «Tú preparas una mesa ante mí, frente a mis enemigos» . Lo cual quiere decir: antes de tu venida, los demonios habían preparado a los hombres una mesa contaminada, sucísima, que rezuma el poder del diablo. Pero, una vez que llegaste, Señor, «has preparado una mesa ante mí». Y cuando el hombre dice a Dios: «has preparado ante mí una mesa», ¿qué otra cosa significa que la mística e inteligible mesa que Dios nos ha preparado «frente a los enemigos», los contrarios, es decir, frente a los demonios? Y así es, en efecto, pues aquella mesa mantenía la comunión con los demonios, pero ésta la mantiene con Dios. «Unges con óleo mi cabeza». Con óleo ungió tu cabeza en la frente mediante el sello que tienes de Dios, para que Dios te santifique y te hagas imagen de lo que el sello expresa. «Mi copa rebosa». Se trata del cáliz que Jesús tomó en las manos y, dando gracias, dijo: «Esa es mi sangre…, que es derramada por los muchos para perdón de los pecados» (Mt 26,28).

Por ello Salomón, en el Eclesiastés, queriendo señalar esta gracia dijo: «Ven, come con alegría tu pan» (Ecl 9,7). Se refiere el pan espiritual; dice «ven», porque llama a la salvación y da la felicidad. «Y bebe de buen grado tu vino» (ibid.), que se refiere al vino espiritual. «Y no falte ungüento sobre tu cabeza» (Ecl 9,8b): ¿Ves cómo también se designa así al crisma espiritual? «En toda sazón sean tus ropas blancas, … que Dios está ya contento con tus obras» (ibid., 8a y 7b). Pues, antes de que tuvieses acceso a la gracia, tus obras eran «vanidad de vanidades» (Ecl 1,2). Pero, una vez que te despojaste de tus viejas vestiduras y te pusiste las que están espiritualmente limpias, debes estar siempre vestido con éstas. No te decimos que es necesario que siempre vayas vestido de blanco, sino que te revistas de lo que es blanco, puro y espiritual y que digas, de acuerdo con el bienaventurado Isaías: «Con gozo me gozaré en Yahvé, exulta mi alma en mi Dios, porque me ha revestido de ropas de salvación, en manto de justicia me ha envuelto…» (Is 61,10).

Puedes quedarte con la idea y tener la fe certísima en que lo que se ve como pan no es pan, aunque tenga ese sabor, sino el cuerpo de Cristo, y que lo que se ve como vino no es vino, aunque a eso sepa, sino la sangre de Cristo. Y no olvides lo dicho antiguamente por David en los Salmos: «… para sacar de la tierra el pan, y el vino que recrea el corazón del hombre, para que lustre su rostro con aceite y el pan conforte el corazón del hombre» (Sal 104,14-15). Conforta tu corazón tomando aquel pan como espiritual y pon alegre el rostro de tu alma. Cubriéndolo con la pureza de tu conciencia y reflejando «como en un espejo la gloria del Señor», camines «cada vez con mayor gloria» (2 Cor 3,18 ) en Cristo Jesús, Señor nuestro, a quien sean el honor, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

San Cirilo de Jerusalén. Catequesis XXII. Mistagógica IV

San Cirilo de Jerusalen (1)

Julio 10, 2008

Nuestra atención se concentra hoy en san Cirilo de Jerusalén.En su vida se entrecruzan dos dimensiones: por una parte, la solicitud pastoral; y, por otra, la implicación, a su pesar, en las intensas controversias que afligían entonces a la Iglesia de Oriente.

San Cirilo, nacido alrededor del año 315 en Jerusalén o en sus cercanías, recibió una óptima formación literaria, que constituyó la base de su cultura eclesiástica, centrada en el estudio de la Biblia.

Ordenado presbítero por el obispo Máximo, cuando este murió o fue depuesto, en el año 348 fue ordenado obispo por Acacio, influyente metropolita de Cesarea de Palestina, filo-arriano, convencido de que Cirilo era su aliado.

Por eso, se sospechó que había obtenido el nombramiento episcopal mediante concesiones al arrianismo.

En realidad, muy pronto san Cirilo chocó con Acacio, no sólo en el campo doctrinal, sino también en el jurisdiccional, porque san Cirilo reivindicaba la autonomía de su sede con respecto a la metropolitana de Cesarea.

En dos décadas san Cirilo sufrió tres destierros: el primero en el año 357, cuando fue depuesto por un Sínodo de Jerusalén; el segundo, en el año 360, por obra de Acacio; y el tercero, el más largo -duró once años- en el año 367 por iniciativa del emperador filo-arriano Valente.

Sólo en el año 378, después de la muerte del emperador, san Cirilo pudo volver a tomar definitivamente posesión de su sede, devolviendo a los fieles unidad y paz.

Su ortodoxia, puesta en duda por algunas fuentes de aquel tiempo, la atestiguan otras fuentes igualmente históricas.

La más autorizada de ellas es la carta sinodal del año 382, después del segundo concilio ecuménico de Constantinopla (381), en el que san Cirilo había participado con un papel cualificado.

En esa carta, enviada al Pontífice romano, los obispos orientales reconocen oficialmente la más absoluta ortodoxia de san Cirilo, la legitimidad de su ordenación episcopal y los méritos de su servicio pastoral, que concluyó con su muerte en el año 387.

De san Cirilo conservamos veinticuatro célebres catequesis, que impartió como obispo hacia el año 350.

Introducidas por una Procatequesis de acogida, las primeras dieciocho están dirigidas a los catecúmenos o iluminandos ((photizomenoi); las pronunció en la basílica del Santo Sepulcro.

Las primeras (1-5) tratan cada una, respectivamente, de las disposiciones previas al bautismo, de la conversión de las costumbres paganas, del sacramento del bautismo, de las diez verdades dogmáticas contenidas en el Credo o Símbolo de la fe.

Las sucesivas (6-18 ) constituyen una “catequesis continua” sobre el Símbolo de Jerusalén, en clave antiarriana.

De las últimas cinco (19-23), llamadas “mistagógicas”, las dos primeras desarrollan un comentario a los ritos del bautismo; y las tres últimas versan sobre la Confirmación, sobre el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y sobre la liturgia eucarística.

En ellas se incluye la explicación del padrenuestro (Oración dominical): con ella se comienza un camino de iniciación en la oración, que se desarrolla paralelamente a la iniciación en los tres sacramentos: Bautismo, Confirmación y Eucaristía.

La base de la instrucción sobre la fe cristiana se realizaba también en función polémica contra los paganos, los judeocristianos y los maniqueos.

La argumentación se fundaba en el cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento, con un lenguaje lleno de imágenes.

La catequesis era un momento importante, insertado en el amplio contexto de toda la vida, especialmente litúrgica, de la comunidad cristiana, en cuyo seno materno tenía lugar la gestación del futuro fiel, acompañada de la oración y el testimonio de los hermanos.

En su conjunto, las homilías de san Cirilo constituyen una catequesis sistemática sobre el nuevo nacimiento del cristiano mediante el bautismo.

Dice san Cirilo al catecúmeno: “Has caído dentro de las redes de la Iglesia (cf. Mt 13, 47). Por tanto, déjate captar vivo; no huyas, porque es Jesús quien te pesca con su anzuelo, no para darte la muerte, sino la resurrección después de la muerte.

En efecto, debes morir y resucitar (cf. Rm 6, 11.14)… Desde hoy mueres al pecado y vives para la justicia” (Procatequesis 5).

Desde el punto de vista doctrinal, san Cirilo comenta el Símbolo de Jerusalén recurriendo a la tipología de las Escrituras, en una relación “sinfónica” entre los dos Testamentos, desembocando en Cristo, centro del universo.

La tipología será incisivamente descrita por san Agustín de Hipona: “El Antiguo Testamento es el velo del Nuevo; y en el Nuevo Testamento se manifiesta el Antiguo” (De catechizandis rudibus 4, 8).

Por lo que atañe a la catequesis moral, se funda, con una profunda unidad, en la catequesis doctrinal: el dogma se va introduciendo progresivamente en las almas, las cuales así se ven impulsadas a cambiar los comportamientos paganos de acuerdo con la nueva vida en Cristo, don del bautismo.

Por último, la catequesis “mistagógica” constituía el vértice de la instrucción que san Cirilo impartía, ya no a los catecúmenos, sino a los recién bautizados o neófitos, durante la semana de Pascua.

Esa catequesis los llevaba a descubrir, bajo los ritos bautismales de la Vigilia pascual, los misterios encerrados en ellos, aún sin desvelar.

Iluminados por la luz de una fe más profunda gracias al bautismo, los neófitos podían por fin comprenderlos mejor, habiendo celebrado ya sus ritos.

En particular con los neófitos de origen griego, san Cirilo se apoyaba en la facultad visiva, muy natural en ellos.

Era el paso del rito al misterio, que valoraba el efecto psicológico de la sorpresa y la experiencia vivida en la noche pascual.

He aquí un texto que explica el misterio del bautismo: “Tres veces habéis sido sumergidos en el agua y otras tantas habéis emergido, para simbolizar los tres días de la sepultura de Cristo, es decir, imitando con este rito a nuestro Salvador, que pasó tres días y tres noches en el seno de la tierra (cf. Mt 12, 40).

Con la primera emersión del agua habéis celebrado el recuerdo del primer día que pasó Cristo en el sepulcro, como con la primera inmersión habéis confesado la primera noche que pasó en el sepulcro: del mismo modo que quien está en la noche no ve nada, y en cambio quien está en el día goza de luz, así también vosotros antes estabais inmersos en la noche y no veíais nada, pero al emerger os habéis encontrado en pleno día.

Esta agua de salvación, misterio de la muerte y del nacimiento, ha sido para vosotros tumba y madre… Para vosotros (…) el tiempo de morir coincidió con el tiempo de nacer: en el mismo tiempo han tenido lugar ambos acontecimientos” (Segunda Catequesis mistagógica, 4).

El misterio que se debe captar es el plan de Dios, que se realiza mediante las acciones salvíficas de Cristo en la Iglesia.

A su vez, la dimensión mistagógica va acompañada por la de los símbolos, que expresan la vivencia espiritual que entrañan.

Así la catequesis de san Cirilo, basándose en las tres dimensiones descritas -doctrinal, moral y mistagógica- es una catequesis global en el Espíritu.

La dimensión mistagógica lleva a cabo la síntesis de las dos primeras, orientándolas a la celebración sacramental, en la que se realiza la salvación de todo el hombre.

En definitiva, se trata de una catequesis integral que, al implicar el cuerpo, el alma y el espíritu, es emblemática también para la formación catequética de los cristianos de hoy.

S.S. Benedicto XVI. Audiencia general. Miércoles 27 de junio de 2007

Mes en honor de Santa Ana

Julio 7, 2008

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DÍA VIGÉSIMO SEXTO

Vida Privada de Santa Ana

Santa Ana, después de dejar en el templo su tesoro, su delicia, su corazón, regresó a Nazaret con su dulce esposo, viviendo con él como si fuesen una sola alma e imitando el uno las bellas virtudes del otro. Después de Dios, su pensamiento era María.

La vida de recogimiento es la característica de los Santos. Entre sus varias ocupaciones saben tener el corazón y el alma siempre elevados a Dios y Dios con su amor les da ánimo y fuerzas para vencer las más graves dificultades y las más duras pruebas. Santa Ana completamente contenta de haber cumplido lo que de Ella quería el Señor, pasaba sus días llevando vida del todo oculta en compañía de su Santo Esposo estando con El unida en el deseo, en el afecto, en el corazón.

En aquel recogimiento, perfeccionabase el alma para la glorificación, la cual debía obtener después del tránsito y del triunfo de Jesucristo, su divino Nieto. Así oculta, su corazón siempre estaba con Dios, pensaba en El, le amaba, por El palpitaba, vivía exclusivamente para El.

Si nos fuera posible levantar el velo que cubría aquella vida íntima, veríamos un magnífico ramillete de actos de sacrificio, mortificación, de humildad, de deseo ardiente de unirse a El.

Verdad indiscutible es que sólo en el recogimiento, Dios se revela a las almas.

Ahora, aprende, ¡oh cristiano! como la vida del justo está toda sembrada de trabajos;  mas ellos son, decía la Virgen a la Venerable de Agreda, los juicios justificados en sí mismos, más preciosos que el oro y la plata, más dulces que el panal y la miel.

¿Qué harías de la espiga si no fuese separada de la paja y triturada en el molino?;  ¿qué de la uva si no fuese exprimida en la prensa? Las tribulaciones purifican y subliman al justo, lo despojan de todo amor terrenal y lo llenan de viva confianza en el Señor.

Las tribulaciones son también necesarias a los pecadores, porque en el crisol de la tribulación se purga el alma de la escoria y de las manchas del pecado. ¡Dichoso tú, cristiano, si sabes sacar provecho de los indispensables trabajos! Para sostenerte en este camino, levanta la vista al autor y consumador de la fe, Jesús, suspendido en la cruz y reflexiona que los padecimientos presentes nos son merecedores de la gloria que Dios te prepara. Aquellos pasan, y la gloria es perdurable.

EJEMPLO

La gran sierva de Dios Sor Ana de San Agustín nos asegura que la Santa asiste, provee y favorece continuamente a sus devotos.

Habiendo ella comenzado la edificación de un templo junto a su monasterio, se encontró sin medios para terminarlo. Dirigióse con plena confianza a Santa Ana, de la cual era devotísima, empeñándola a procurarle los socorros necesarios.

La potentísima Santa Ana prontamente la atendió. Una persona desconocida trajo al monasterio la cantidad necesaria para terminar el templo. También en otras críticas circunstancias en que se encontró el monasterio, la venerable hermana experimentó la poderosa protección de su celestial Protectora, de aquí que la amó, la hizo amar y la tuvo siempre propicia.

Al lecho de su agonía fue oida exclamar muy contenta: “Santa Ana querida, heme aquí vengo: conducidme a Jesús y a María”.

OBSEQUIO.- Recojámonos por unos minutos y examinemos cual sea nuestra constancia en la devoción a Santa Ana.

JACULATORIA.- Dulcísima Santa Ana, dadnos espíritu de recogimiento.

ORACIÓN

¡Oh, generosa Santa Ana!, que para ser siempre agradable al Señor debíais soportar la prueba de muchos y variados trabajos. De la grande ignominia de la esterilidad pasasteis a la amarga separación de vuestra amabilísima Hija; y de ésta, al cruel pensamiento de quedar abandonada; ¡oh, mi amada Patrona!, por aquella resignación que en todo tiempo os hizo invicta  y gloriosa, haced que aprenda cuán rico y deseable es el tesoro de los sufrimientos, y cuan afortunadas son las almas que se someten a duras pruebas, glorificando al Señor. Así, resignadamente, pasando por muchos trabajos llegaré seguro al reino de los cielos.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

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DÍA VIGÉSIMO SÉPTIMO

Muerte de San Joaquín

Estaba para expirar el sexto mes de la consagración de María al templo, cuando las fuerzas de Joaquín, disminuídas con mucho, daban claro indicio de que había llegado su fin.

Ana, doliente y resignada, le prodigaba los más cordiales cuidados y asistencia, dirigiendo con frecuencia al Cielo ardientes suspiros para que le socorriese con su gracia.

La niña María, dice la Venerable de Agreda, avisada por el Señor del día y la hora en que su padre cumpliría su carrera, le envió a todos los ángeles colocados a su custodia, a fin de que, haciendo sus veces, asistiesen a Joaquín, dulcificando su muerte. Mas Dios, excediendo los deseos de su celestial paloma, añadió a este mandato el de decir al moribundo: “Tu hija María nos mada para consolarte, y el Omnipotente, por alegrarte, te da a saber que Ella es la elegida para madre del Mesías, la más excelsa de todas las criaturas, la restauradora del mundo”. Alegre éste por la gloria de ser padre de la hija de la gracia, partió de esta vida con la bendición de Dios a llevar a los justos la nueva de su próximo rescate. Mientras los ángeles hablaban así, Santa Ana lo oía todo; y al cerrar los ojos de su santo esposo vio que alegre y resignado, daba el último suspiro. San Joaquín murió casi a los setenta años.

He aquí a lo que consuela a los que sobreviven; ver al que muere, asegurado y tranquilo, acabar en la paz del  Señor. De todos es el morir; mas no de todos es morir como santos. La muerte no repara ni condición ni edad; hiere a jóvenes y viejos, a adolescentes y niños. Pero sólo muere bien quien ha vivido bien, siendo la muerte el eco de la vida.

Si tú deseas, ¡oh cristiano!, una muerte como ésta de San Joaquín, ¿por qué no imitas su vida, que fue inmaculada, siempre resignadísima y fecunda en todas las virtudes? Entonces tu muerte no te será causa de temor sino de gozo, porque te abrirá la entrada a la patria bienaventurada.

De otro lado, será dulcificada por la presencia de los ángeles y tus santos tutelares, que vendrán a aclamar tu triunfo: vive como justo y será santo tu fin.

OBSEQUIO.-Haced la Santa Comunión en honor de San Joaquín y Santa Ana y en sufragio de las almas del purgatorio que en su vida fueron más devotas de ellos.

JACULATORIA.- ¡Oh, madre de María, Gloria quiere cantar el alma mía!

EJEMPLO

Fue muy notable en Segovia la curación de la esposa de Don Francisco de Vargas, gobernador de aquella ciudad, la cual, gravemente enferma, estaba a punto de expirar.

Llegó allí el Venerable Fr. Juan de San Joaquín y le rogó el gobernador que rezara por su esposa, colocada en tan extrema necesidad. Entonces Juan aplicó sobre el rostro y el pecho de la enferma su imagencita de San Joaquín y Santa Ana, llevando en medio a la Virgen María, y repitió su acostumbrada invocación: “San Joaquín y Santa Ana, todo lo sanan“. ¡Oh qué maravilla!, a esas palabras y a ese contacto, la enferma echó por la boca extrañas materias y reanimándose inmediatamente, exclamó con rostro sereno: “San Joaquín y Santa Ana me han curado completamente”. El estupor de los circunstantes fue grande y todos declararon, bajo juramento, el hecho, para gloria de Dios y de los santos padres de María.

ORACIÓN

¡Oh, Ana, bendítisima!, por aquellas dulzuras celestiales que aligeraron todos vuestros afanes en la muerte de vuestro amado esposo, no me abandonéis en mis últimos momentos.

La muerte fue verdadero descanso para el que fue siempre justo, mas ¿qué será para mi, cuya vida es de aquella tan distinta?

Pero hoy quiero comenzar a imitar sus ejemplos, y Vos obtenedme estabilidad en este mi santo propósito, y en mi última lucha venid con vuestro santo esposo para asegurarme la gloria eterna.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria

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 DÍA VIGÉSIMO OCTAVO

Viudez de Santa Ana

Santa Ana prevenida por la gracia desde su infancia, fue siempre grata a los ojos de Dios, el cual, después de hacerla lucidísimo espejo de vírgenes y de casadas, la ofreció como espejo a las santas matronas.

Ella, dice la Venerable de Agreda, por voluntad divina se casó con Joaquín a los venticuatro años, veinte fue estéril y sobrevivió hasta el duodécimo de su hija.

De otro lado, la viudez de Santa Ana fue llena de todas las gracias celestiales como expresamente se lee en los Salmos: Bendeciré su viudez largamente.

Privada de toda consolación humana, la buscó sólo en Dios, en el cual tenía puesta toda su esperanza. Día y noche, perseverante en la oración y meditación, puede decirse de ella que su habitación era un oratorio doméstico, su entretenimiento la súplica, su vida la mortificación y el ayuno, repartiendo con el templo y los pobres sus pequeñas rentas.

El modo como pasó Santa Ana los últimos años de su vida, nos lo da a conocer el grande amor que tenía al Señor.

Sentía que avanzando en años se le acercaba el tiempo fijado por los divinos decretos para ser llamada  al seno de Abraham y de los Santos Profetas. Como el movimiento se hace siempre más veloz hacia el fin, así se intensificaron sus oraciones, sus penitencias para hacerse más  y más digna. No fue una vida común y terrena, la suya, sino una vida extraordinaria y celestial, en la cual las dulzuras divinas alternaban con sus amorosos sentimientos. Ella había amado a su Señor hasta el sacrificio el más heroico, le había amado a pesar de todas las aflicciones y no podía dejar de suspirar por abrazarse con El y así gozarlo y amarlo eternamente.

He aquí, ¡oh cristiano! cual debe ser la vida de un verdadero devoto de Santa Ana. ¡Ah! debes de corazón imitar los ejemplos de la que te agrada honrar. El Señor nos la mostró en todos los estados, a fin de que el niño y la virgen, el soltero y la viuda, el alegre y el afligido, el pobre y el rico, todos encontrasen en ella, que es la madre de la Reina del universo, un perfectísimo modelo que imitar.

Su vida, desde la cuna a la tumba, fue siempre inmaculada y llena de virtudes. Desde el primero al último respiro tuvo a Dios en la mente y el corazón y la observancia de su santa ley formó su riqueza más codiciada. ¡Oh dichoso tú, cristiano, si Santa Ana hallare en ti semejanza! Sintió todas las fatigas de los diversos estados, a fin de que investida de gran poder, pudiese tener corazón para socorrerlas todas.

Pongamos en parangón el amor de Santa Ana con el nuestro para con Dios y propongamos aumentarlo si queremos también nosotros acabar santamente la vida.

EJEMPLO

Lo que sigue nos prueba que Santa Ana socorre prontamente a quien con fe la invoca.

En el año 1631 un joven francés viajando por Alemania fue asaltado por unos ladrones, robándole cuanto llevaba y dejándolo en tierra mortalmente herido.

Hallado en tal estado, fue transportado al pueblo vecino donde se le presentaron los socorros más urgentes, pero su estado continuaba siendo gravísimo.

Sabiendo que en aquellos días debía pasar por allí en procesión una reliquia de Santa Ana, procesión que se hacía por tradicional devoción, sintió deseo de impetrar a la Santa su curación.

A tal fin se hizo llevar a la ventana para ver el relicario, hacerle votos y enviarle besos y flores. Fue inmediatamente bien despachada su petición; desaparecieron las heridas, cesaron los dolores y lleno de regocijo y conmovido, bajó las escaleras, se asoció a la procesión y contó a todos el milagro obtenido, milagro resonante que fue contado entre los muchos otros obrados por la Santa.

OBSEQUIO.- Roguemos a Santa Ana a fin de que la hora de nuestra muerte sea tranquila.

JACULATORIA.- Benignísima Santa Ana, asistidnos en nuestra hora postrera.

ORACIÓN

¡Oh, dignísima madre de la Madre de mi Señor!, admiro vuestra vida, siempre irreprensible y santa en presencia del Cielo y de la tierra; y cuanto más deseo copiarla en mí, tanta mayores dificultades siento.

Por lo mismo, confieso a vuestros pies que, sin vuestro auxilio yo nada puedo. Ea, benignísima Señora, por aquellas copiosas bendiciones con las cuales el Señor os acompañó y previno en todas las circunstancias de vuestra vida, no me desechéis; acogedme bajo vuestro manto, estrechadme contra vuestro corazón para que jamás ofenda a mi Dios.

Yo me consagro todo a Vos en vida y en muerte, y espero con vuestra ayuda seguir el camino de salvación, para allegar después a cantar en el Cielo vuestra gloria. Amén.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

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DÍA VIGÉSIMO NOVENO

Preparación y Muerte de Santa Ana

La preparación de Santa Ana a la muerte fue una continua aspiración a Dios. La vejez con sus ineludibles enfermedades conducía al ocaso a aquella existencia vivida tan santamente y rica en tantos méritos.
Como los grandes Santos y más que éstos, la Madre de la excelsa Madre de Dios, aceptaba humildemente las tribulaciones inherentes a su edad y encontraba en ello un motivo de perfeccionar el alma y hacerla más grata al Creador.
El cuerpo perecía, mas el alma se rejuvenecía. La muerte era esperada por Ella como natural tributo de la culpa original, según la clara visión y la convicción de todos los Santos.
Ni una angustia, ni una nube turbó su muerte y tranquila afrontó los últimos momentos, llenos de luz y de dulzura, con la presencia de su amada Hija que, transportada por los Angeles, como afirma la piadosa tradición, acercóse a su lecho confortándola en aquellos últimos instantes.
Se durmió acariciada por María en el dulce y místico sueño de los justos y su alma voló entre los Patriarcas y los Profetas que, llenos de júbilo, vieron en Ella la cercana venida del Redentor prometido.
Las almas escogidas no sienten el dejar la tierra; sólo desean lo que es de Dios y así se sienten a El imperiosamente atraídas.
Dulce es también la muerte a los justos, porque saben que se unirán a Dios, fin de todos sus ardientes deseos.
Pero al mismo tiempo debía ser doloroso el sacrificio hecho por Santa Ana en su muerte, pues sabía que no dejaba a su Santísima Hija para subir al cielo, sino para bajar al Limbo y allí esperar al Mesías libertador.
No olvidemos esta verdad, es necesario, por medio de la muerte, entrar en la vida eterna, para la cual hemos nacido. Amargo y penoso es el tránsito, pero saludable y dulce cuando se mira el querer divino. Si cristiano, inevitable es la muerte y ninguno puede librarse de ella. Para que no te sea amarga, como suele serlo a los amadores del mundo, acostúmbrate a vivir resignado con la voluntad divina, que la manda cuando, cómo y dónde le place. Mira esta tierra como lugar de pasaje y no te ligues a ella con afecto; suspira por el Cielo, que es nuestra patria eterna.
Permanece en el amor divino, porque el que teme a Dios tendrá buen fin, o como dice San Agustín: Vive bien y habrás aprendido a morir bien. Pero con tu cuerpo débil y dolorido, con tu mente lánguida y confusa, ¿qué harás, qué dirás? Acostúmbrate a decir ahora lo que entonces dirías por librarte, y procurarte el valioso patrocinio de la gloriosa Santa Ana.

EJEMPLO

Al principar la guerra del año 1870 la mayor parte de los soldados bretones se pusieron bajo la protección de Santa Ana, a la cual llamaron “buena Madre”
Y su confianza no fue vana.
El párroco del Santuario de Aurag recibió un día una carta de un soldado que contenía esta noticia: “Estábamos el otro día cuatro soldados bajo una misma tienda de campaña y rezadas nuestras oraciones, entre éstas una fervorosa plegaria a Santa Ana, nos quedamos dormidos. Cerca de media noche una inesperada llamada nos despertó: se debía avanzar. Consternados, nos preparamos para la marcha, después de haber desarmado la tienda; y he aquí que una voz llena de autoridad pero amable, nos gritó: “Adelante, hijitos míos, no temáis y esté cierto Padre que todos oímos aquel mandato, todos unánimes creímos que fue Santa Ana. Poco después se tomó contacto con el enemigo, combatimos valerosamente y lo pusimos en fuga. Atribuímos la victoria a nuestra buena Madre y pedimos la publicación de este milagro.

OBSEQUIO

Proponeos tributar a Santa Ana honores especiales en todos los martes, para tenerla propicia a la hora de la muerte. Este día es consagrado especialmente a ella.

JACULATORIA. – Poderosísima Santa Ana a Vos confiamos los últimos instantes de la vida.

ORACIÓN

¡Oh bienaventurada Santa Ana! Era muy justo que vuestra vida, así mezclada de humillaciones y de penas, se acabase bajo la mirada de Aquel que sostiene y conforta a todos los atribulados y afligidos y a todos les da la tranquila calma. Yo me alegro con Vos, porque vuestra muerte se me asemejó a un tranquilo sueño. Ea por aquellas consolaciones que sentisteis al ver a vuestra Hija, al abrazarla y al exhalar en sus brazo el último suspiro, haced que mi muerte sea la de los justos. Si la multitud de mis culpas me hace temer que Vos no recibiréis mi súplica, al pensar que sois la Madre del refugio de pecadores, tengo razón de esperar. ¡Oh clementísima Señora, ahora y siempre encomiendo a vuestra piedad mi alma. Cuando mis ojos eclipsen y jadeante y afanoso exhale mi último suspiro, corred en mi auxilio y dulcificad con vuestra presencia mi muerte.

Padrenuestro Ave María y Gloria

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DÍA TRIGÉSIMO

Santa Ana en el Limbo

Santa Ana acogida con alegría y bendiciones por los Patriarcas y Profetas, se encontró en el Limbo esperando con Ellos la venida del común Libertador.
Y, mientras aquella multitud gozaba de su presencia con inefable alegría, con armonía angelical, con júbilo de amor, con himnos de gozo por haber dado al mundo la divina Depositaria de los celestes arcanos, Ella daba gracias al Señor porque la liberación no podía tardar.
Los sentimientos de nuestra gran Santa en el Limbo fueron una constante y fervorosa súplica, a fin de que pronto apareciera en aquel lugar la esperada y eterna Luz, Luz que debía llenar de gloria a todos los elegidos.
Consideremos la dignidad sublime a que nuestra cariñosa Santa fue elevada en el cielo. Ella superó en méritos no sólo a todos los Santos, sino también a los mismos Serafines, obtuvo como Madre de María una gloria y un honor especial. Por esto los Santos no cesarán nunca de tributarle homenajes, alabanzas y bendiciones por la misión cumplida de Madre de la Madre de Dios; y Jesús la llenará con mayor profusión de aquella luz que, emanando de El forma la felicidad del cielo. La belleza, la grandeza, el esplendor de María se refleja también en Ella, su ternísima Madre y con Ella contribuirá a formar la alegría de los bienaventurados. A gozo tan singular ha sido levantada nuestra Madre Santa Ana y de este mismo gozo podrán participar todos y cada uno de sus devotos.
Quien sepa imitar la santidad y el amor a Dios de nuestra Santa, será indudablemente asistido y guiado por Ella al cielo y allí gozarla eternamente.
Esta consideración nos servirá como ejemplo para afirmar nuestras convicciones, fortificar nuestra fe, sin espantarnos de los peligros y adversidades y para aprender a trabajar, como leales y esforzados atletas, en propagar el amor de Dios, la caridad para con el prójimo, la práctica de la virtud, el valor para defender la Santa Iglesia. Así mereceremos las bendiciones de Dios en el tiempo y en la eternidad.

EJEMPLO

Un joven, algunos años ha, alejado de la Iglesia, llevaba una vida disoluta, empero conservaba un especial cariño a Santa Ana.
Una tarde, después de una jornada pasada en sus habituales desarreglos, sin pensarlo siquiera, su corazón se llenó de remordimientos a causa de sus pecados y, mientras su pensamiento volaba hacia Santa Ana, a quien había invocado siempre en sus mejores años, deicidó mudar de vida. Se dirigió sin tardanza a una Iglesia cercana, pero apenas entró el mismo lo contó a un sacerdote, le asaltó una fuerte tentación de salir de allí y continuar la vida libre que hasta entonces había llevado. Mas sin saber cómo, se encontró delante del altar de Santa Ana; miró la sagrada imagen, repitió la acostumbrada oración; se sintió compungido y empujado sin poder resistir a los pies de un padre confesor, el cual le devolvió con la gracia del Señor, aquella tranquilidad y aquella paz que el mundo no le supo dar y que tanto tiempo no había gustado.
Se lee que un maestro de obras que dirigía la construcción de la iglesia dedicada a Santa Ana en Trapani, se enfermó gravemente y fue desahuciado por los médicos. Recibidos los últimos Sacramentos, ya en agonía aquí unos padres franciscanos pensaron en recomendarlo a la poderosa Santa Ana siendo preciosa la existencia de aquel para terminar las obras emepzadas y por la generosidad de prestar sus trabajos sin estipendio alguno. Mientras con toda confianza pedían a la Santa esta gracia, el moribundo exclamado: “estoy curado”, quiso levantarse del lecho y al siguiente día con maravilla de cuantos le conocían, emprendió de nuevos sus trabajos, profundamente agradecido a Santa Ana, de la cual había recibido tan señalado favor.

OBSEQUIO: Prometemos a Santa Ana difundir en su honor la devoción del mes de julio.

JACULATORIA.- Ejemplarísima Santa Ana, aumentad en nosotros vuestro amor.

ORACIÓN

¡Oh excelsa Santa Ana! Sea bendita la diestra del Omnipotente, que obró en Vos tantos prodigios, para haceros digna madre de la Madre de Dios. Dios os otorgó gracias exquisitas y dones especiales, para que precedieras la Mística Aurora y entraseis en estrecha relación de parentesco con el Verbo humanado. Alabanzas constantes sean dadas a Aquel que desde la eternidad os escogió y destinó para una dignidad tan sublime. ¡Ah gloriosa Ana!, como el Señor fue tan generoso como Vos, sedlo vos con vuestro siervo, indigno hijo de vuestra Hija. Haced que viva con gran limpieza de corazón y que marche entre las vicisitudes del mundo, de tal modo, que jamás me olvide de mi eterna salvación. Amén

Padre nuestro, Ave María y Gloria.

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DIA TRIGÉSIMO PRIMERO

Poder de Santa Ana y su Protección a Favor de sus Devotos

Si es muy cierto, en decir, del Angélico Doctor, que la gracia es la medida de la gloria: ¿qué gloria más sublime que la de Santa Ana, que recibió tanta gracia, hasta merecer, como dice la Iglesia, el ser madre de la gran Madre de Dios? Madre de Aquella que impera en el Cielo y en la tierra y ve sometido a Ella hasta el Hijo excelso de Dios; de Aquella de quien los ángeles y los hombres tienen el honor de ser humildísimos siervos. Y entonces , ¿quién podrá igualarla en gloria después de haber concebido a Auqella que concibió a su Creado? Como ninguno, después de su Hija, podrá superarla en la tierra, así ninguno sino Ella podrá excederla en gloria y en poder. Si las leyes conceden derecho de potestado a los ascendientes sobre sus descendientes en línea recta, mientras Ana lo ejerza sobre María, lo tendrá también sobre Jesús y juntamente sobre los ángeles y santos, que en Jesús y María reconocen a su Rey y a us Reina; Ella y Joaquín – dice Gersona – formaron aquí en la tierra la estirpe de la familia de Jesús, y a esa misma familia pertenecen también en el Cielo. María la llama madre, y como a madre la honra; y Jesús la recompensa con abundancia de honores.
Admiremos el gran poder de nuestra gloriosa Santa la singular predilección que Dios tuvo para con Ella constituyéndola Madre de María y de aquí Abuela de su divino Hijo Jesús. Como Madre de María Santísima, que es la Tesorera y Dispensadora de las gracias del cielo, nada puede y sabe negar a quien la invoca. Su nombre fue bendecido y glorificado por todos; la Iglesia le ha tributado siempre sumo honor, gran veneración, como lo demuestran los templos, altares y monumentos a Ella dedicados; votos colgados ante sus imágenes, sus reliquias; asociaciones benéficas que llevan su nombre, que la escogieron por Patrona especial.
A tanta gloria nosotros no debemos ser extraños: al terminar este mes a Ella consagrado, formemos propósito de querer imitarla en virtud, de ser sus verdaderos, fervientes y constantes devotos y así experimentar su valiosísimo patrocinio sobre nosotros en vida y especialmente en la hora de la muerte.
Ahora ve, cristiano, qué bien pone su confianza el que vive bajo el manto de la protección de Santa Ana. Sublimísima en gloria y en poder, quiere tener donde está ella a todos sus devotos. Una sola palabra, una señal sola, tiene el valor de un mandato para Aquella que es la tesorera de la gracia y la puerta del Cielo. Como el Rey de la gloria, por honor de su Madre, la sienta a su lado, haciéndola omnipotente en la súplica, así hae María con Santa Ana. María fue la primera que la honró; invita a todos a tributarle homenajes, y será en esto tu modelo. Ella escuchaba su voz; prevenía sus preceptos, porque la amaba con todo el corazón. Así es que imitarás a María en honrar a Santa Ana cuando de todo corazón copies en ti los ejemplos de su vida. No hagas, pues, que esta devoción a Santa Ana pase con el terminar del mes; el amor de María dura siempre y durará por todos los siglos eternos. Sé perseverante; así del honor de la tierra, pasarás a honrarla eternamente.

EJEMPLO

Como Santa Ana conduce al cielo las almas por ella amadas, lo prueba la siguiente revelación, que los Bolandistas narran, hecha por la Santa a un hombre extraviado, pero después convertido, que la invocó siempre con gran afecto y de un modo especial al fin de la vida.
“Hijito, le dice Santa Ana, echa de ti todo temor, toda ansiedad, Tu has sido devoto mío y me invocabas con fervor, ahí tienes toda mi protección en esta hora decisiva; alégrate, he venido a tomarte para llevarte conmigo al cielo. Y, a todos aquellos que para honrarme practicaren cualquier acto de virtud o hagan limosna o hagan oración en mi honor, yo les obtendré la gracia de que se conduzcan como cristianos, de ser prontamente librados de todo peligro en vida y eficazmente socorridos en la hora de la muerte.

OBSEQUIO.- Prometamos a Santa Ana consagrarle cada año el mes de Julio

JACULATORIA.- Gloriosísima Santa Ana, escribid mi nombre entre vuestros devotos.

ORACIÓN

¡Oh, excelsa Santa Ana!, yo me congratulo y me congratularé siempre con Vos, porque nos disteis, deseada vara de jesé, de la que brotó la flor nazarena. ¿Y qué habría sido de nosotros sin esta cara esperanza y este podeoso refugio? ¡Ah! Bendita nuestra hija, que es el ornamento y apoyo de los cielos y de la tierra! He aquí por qué las generaciones, la invocarla no cesarán de alabaros, agradeceros y bendeciros. El Señor, al haceros digna madre, os colmó de dones y favores señaladísimo, de toda gracia y virtud que debían redundar en gloria de tan grande Hija y después de haberos constituído en la tierra sobre todas las demás mujeres os elevó un trono singular en el Cielo
Gozaos, pues, en tanta gloria, debida a vuestra dignidad y a vuestro mérito, pero dirigid una mirada a vuestros devotos que imploran vuestra protección
¡Oh madre de la Reina de misericordia!, tened piedad de nosotros pobres pecadores.
¡Oh estrella del Cielo!, haced que os amemos siempre por el amor y con el amor de vuestra Santísima Hija. Amén

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Jesús, médico de las almas

Julio 6, 2008

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SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

¡Oh si los hombres acudieran siempre al Santísimo Sacramento para buscar allí remedio a sus males!, ciertamente no serían tan  miserables como son.

Lloraba Jeremías y exclamaba: ¿por ventura no hay resina o bálsamo en Galaad?, o  ¿no hay allí algún médico? Galaad, monte de Arabia, rico en ungüentos aromáticos, como dice Beda, es figura de Jesucristo que tiene dispuestos en este Sacramento remedios para todos nuestros males.

¡Oh hijos de Adán! – parece decir el Redentor – ¿por qué se quejan de sus males, cuando tiene en este Sacramento el médico y el remedio de todos ellos? Vengan a mí todos … que yo los aliviaré. Te diré, pues con las hermanas de Lázaro; aquel a quien amas está enfermo. Señor, yo soy ese pobrecito a quien amas: tengo mi alma toda llagada por los pecados que he cometido, y por eso vengo a ti. ¡Oh Divino Médico mío! para que me cures. Si tú quieres, puedes sanarme; sana, pues, mi alma que ha pecado contra ti.

¡Oh Jesús mío dulcísimo! Atráeme del todo a ti con los amabilísimos atractivos de tu amor. Prefiero y estimo más estar unido a ti, que ser dueño y rey de toda la tierra, y nada deseo en el mundo sino amarte. Poco tengo que darte; pero si poseyera todos los reinos de este mundo, quisiera sólo poseerlos para renunciar a ellos por tu amor. Renuncio, entre tanto, a todo lo que puedo: parientes, comodidades, gustos y hasta consuelos espirituales. Te entrego mi libertad y mi voluntad, y te consagro todos mis afectos. Te amo, Bondad infinita; te amo más que a mí mismo, y espero amarte eternamente.

Jaculatoria: Jesús mío, a ti me entrego, recíbeme.

San Alfonso María de Ligorio. Visitas al Santísimo Sacramento. Día dieciséis.

Mes en honor de Santa Ana

Julio 6, 2008

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DIA VIGÉSIMO PRIMERO

María Niña, Bajo la Dirección Materna

La diligencia empleada por María para hacerse más y más agradable al Señor, nos da a conocer cuál sería la dirección de su Madre, Santa Ana, para que creciera en Ella la sabiduría y la santidad a la par que los años.

María no tenía ciertamente necesidad de guía especial, nació con gracia, creció en gracia; bendita y llena de gracia su alma siempre abierta a la efusión de aquel amor que con escogida virtud y singulares dones Dios la llenaba, de aquí que se sentía inclinada a todo aquello que era de El.

Las miradas de la Madre no dejaban de seguir constantemente los actos de su tierna Hija y de complacerse en ello, porque todo respiraba  en Ella ritmo de gracia y de perfección.

Así es, ¡oh cristiano!; el que posee un tesoro, no sabe quitar su corazón de él. Después de Dios, no había en el mundo para el corazón de Ana objeto más interesante que María. Ella conocía su precio y sabía que era más veneranda que el arca, su figura; mas sin hacer ningún signo especial, la mostraba sólo el amor dignísimo de madre. María y Ana, en medio de sus ocupaciones, sólo en Dios pensaban, de El sólo hablaban; y como para Ana, después de Dios, María era su tesoro, para María después de Dios, lo eran Ana y Joaquín. ¿Y tu tesoro, cristiano, cuál es? ¿Cómo amas a Dios, con todo  el corazón, con toda la mente, con todas tus fuerzas?; y después de Dios, ¿cómo amas e imitas a María? ¡Ah!, no te engañes. El nos hizo para él, y no para nosotros; estamos en el mundo para servirle, amarle y bendecirle. El que busca algo fuera de El, no sabe lo que busca. Ruega a María y a Santa Ana que te impetren el verdadero amor de Dios.

Así toda madre y quienquiera sea tenga la misión de educar, diligentemente vigilen a sus hijos y edúcanlos y condúzcanlos a la virtud y al estudio con el ejemplo y la palabra.

EJEMPLO

Gabriel Aidone, mercader de Trapani, devotísimo de Santa Ana, antes de emprender viaje por la Cerdeña, se encomendó afectuosamente a Ella para alcanzar su protección.

Apenas alejado de la Isla, se levantó un fuerte huracán que destrozó antenas y velamen de la nave. Indescriptible fue el espanto de los viajeros, quienes incrédulos a la devoción que Gabriel sentía por Santa Ana, no sólo rehusaron invocarla, sino que maldiciendo y blasfemando acusaban al Señor de injusto y cruel por dejarlos así perecer miserablemente.

Entre tanto, la tempestad creciendo siempre, sumergió la nave y con ella a todos los pasajeros, los cuales se ahogaron excepto Gabriel que prendiéndose a unos maderos de la misma nave pudo llegar a la playa y dirigirse a dar gracias a su poderosísima Libertadora, a quien eligió por su especial Patrona.

OBSEQUIO.- Prometamos a Santa Ana dejarnos conducir por el camino de la virtud.

JACULATORIA.- Santa Ana, la más santa entre las madres, encaminad nuestros pasos.

ORACIÓN

¡Oh, espejo de las madres, gloriosa Santa Ana!, benditos los cuidados y la solicitud vuestra en educar y enseñar a aquella que debía de ser el tesoro de la celestial sabiduría y la maestra de las primeras lumbreras del mundo. ¡Oh, cuándo será que todas las madres e institutrices fijen en Vos sus miradas, para aprender, con vuestros ejemplos, la manera de ejercer dignamente su cargo! Entonces ellas, insinuando en el tierno corazón de los niños el amor de Dios, de la religión y del cumplimiento del propio deber, destruirán el espíritu de irreligión  y de libertinaje que infestan la tierra y llevan a la ruina a la sociedad. Ea, amorosísima madre, movedlas a recurrir a Vos, para conseguir tanto bien; así, por vuestra mediación, veremos despuntar la aurora de orden, de santificación y de paz.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria

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DÍA VIGÉSIMO SEGUNDO

Santa Ana enseña a María los Primeros Rudimentos de Labores y Letras

“La mujer fuerte, dicen los Proverbios, aunque de nobleza espléndida se proporcionó lana y lino, y los puso en obra con sus industriosas manos. Sus dedos adornados de brillantes no desdeñaron la rueca; y trabajó vestidos y tapetes.” Esta insigne madre de familia fue figura de Santa Ana, la cual no contenta con mandar e instruir en su casa, procuró con el ejemplo hacer dulce y amable toda fatiga. Ella, dice Nicéforo adiestró a su hija en manejar la lana y el lino, al mismo tiempo que recíprocamente se enardecían con sus celestiales conversaciones. ¿Qué sucedería cuando posando el libro en sus rodillas, enseñó los primeros rudimientos de lectura a la que después había de entonar el más espléndido de los cánticos y ser la Maestra de los Apóstoles?

¡Oh, qué madre! ¡Oh, qué hija! ¡Oh, que inocentísimas lecciones! ¿Cuántas lágrimas de dulzura caerían de los ojos de Santa Ana sobre aquel libro de su hija? ¿Y la tierna parvulita no habrá mezclado también las suyas? ¿Y qué conmociones para Joaquñin presente a tantas dulzuras celestiales?

Así, ¡oh cristiano!, el hombre nace para el trabajo, al cual fuimos condenados en Adán, sin excepción de condición ni grado. Dios no podía encontrar remedio más dulce para encontrarnos en este mísero destierro. ¡Oh cuán suave es el pan y el sueño del indefenso trabajador: las horas jamás le son largas; el tedio y el fastidio no se le acercan; pero tú ¿cómo amas las fatigas y buscas los medios de santificarte en tu estado? ¿Cómo las usas, esto es, las diriges al Señor, volviendo con frecuencia a El tu pensamiento, buscando gracia y misericordia? Huye, ¡oh cristiano! de la ociosidad, porque es madre de muchos vicios. Ocúpate santamente según tu estado y condición, no permitas que para ti pasen los días y las horas vacías; y con tu ejemplo enseña a tus dependientes desde la primera edad a ocuparse puntualmente y santamente.

EJEMPLO

En la última guerra (guerra europea) las Hijas de Santa Ana difundieron entre los soldados heridos o enfermos hospitalizados la tierna devoción a su gloriosa y poderosísima Madre,

En un hospital de reserva se hallaba enfermo un joven que hacía años había olvidado las santas instrucciones que su buena madre la había dado y llevaba una vida pésima y disoluta. Una Hermana, hija de Santa Ana, prestándole los más caritativos cuidados, le hacía suaves exhortaciones,  pero sólo servía para aumentar el odio del joven hacia Dios, el cual blasfemaba horriblemente apenas la Hermana se alejaba de su cama. En la Capilla interior se hicieron algunos días de ejercicios y una tarde se hizo una súplica especial a Santa Ana por aquel pobre soldado que se hallaba gravísimo y había rechazado al Sacerdote. La mañana siguiente en un momento de lucidez contó a la Hermana haber visto a una majestuosa Señora, que acercándosele a la cama, con palabras dulces pero con autoridad, lo amonestó a que se decidiera.

La Hermana, dejándole acabar, le dijo: “Obedece, hermano, a la amorosa invitación que por medio de Santa Ana, Madre mía, te hace el Señor”.

Primeramente el soldado quedó temeroso, después hizo llamar al Capellán con el cual se confesó, y, acabando de recibir el Santo Viático, expiró bendiciendo al Señor.

OBSEQUIO.- Elegid a Santa Ana por especial abogada, madre y maestra, para que en todas las acciones de vuestra vida os haga buscar siempre el honor y la gloria de Dios.

JACULATORIA.- Veneradísima Santa Ana, uniformadnos a la Voluntad divina.

ORACIÓN

¡Oh, admirabilísima Santa Ana!, ¡con qué veneración os miran los ángeles, viéndoos constante en el trabajo, junto con su Reina, vuestra hija y discípula! ¿Qué acopio de gracias y favores descenderían sobre Vos cuando el Señor se recreaba en su amada paloma, cuando por tres años estuvo a vuestro lado? Mientras yo me alegro con Vos y cordialmente agradezco al Señor, ¡ay!, Vos, por amor a esa Hija que fue, es y será eternamente la delicia del universo, hacedme siempre santamente laborioso. Así no serán pesados para mi mismo los días ni los años, ni me parecerán interminables, y a la hora de la muerte sentiré el contento de aquel que del trabajo pasa al descanso. Amén.

Padre Nuestro. Ave María y Gloria. 

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DÍA VIGÉSIMO TERCERO

Intimas relaciones entre Santa Ana y María

¡Cuáles serían los angélicos coloquios de aquellos corazones! ¡Cuáles las afectuosas y mutuas ternuras de sus almas! Cómo se entenderían admirablemente en el amor que sentían hacia Dios y en el recíproco afecto, no es cosa fácil imaginar.

Santa Ana, en toda ocasión, debía mostrar su maternal contento hacia su querida Hija; Esta, a su vez, debía sentir irresistible atracción hacia su Madre, la cual ponía todo el cuidado y atención en informar su corazón de Ella en aquellos sentimientos sublimes a los cuales se sentía poderosamente atraída. El esplendor de la virtud y de las perfecciones con que correspondía María a los maternales cuidados, transportaban a Santa Ana a lo más sublime, al apogeo de aquella excelsa santidad que requería su nobílisima misión. De aquí nació aquella fusión de alma, la más perfecta en pensamientos, afectos, acciones, plegarias.

María y Santa Ana estaban en continuo éxtasis con Dios y sus plegarias enteramente conformes a la divina voluntad, subían hasta el trono de la Majestad sumamente agradables. En sus frecuente elevaciones atendían solamente a agradar a Dios, contentas con que triunfase su gloria, felices de que se cumpliera su voluntad.

Y Dios, secundando los ardientes deseos de aquellos cándidos corazones, les iluminaba, les instruía, les hacía conocer los arcanos de sus designios.

Ellas esperaban, amaban y ardientemente anhelaban el cumplimiento de los sagrados misterios, pero nunca hubieran querido anticipar de un solo instante lo que era la voluntad de su Dios. La alegría grandísima de aquellas dos almas celestiales, más que humanas, era celestial.

Ejemplo envidiable para las almas que de veras quieren santificarse y ningún medio más práctico para que la vida cotidiana sea perfecta que modelarla según los ejemplos de María y Santa Ana.

Reformemos bajo estos inefables ejemplos nuestra conducta y mientras ella nos hará agradables al Señor y, por reflejo, al prójimo, nosotros veremos a éste, con nuestro ejemplo, estimulado a la virtud y nuestra vida será un apostolado diferente edificante y grato a Dios.

EJEMPLO

Santa Ana muestra maravillosamente su protección a sus devotos en los trances más difíciles. Lo demuestra el siguiente hecho.

Encontrábase en Palestina visitando aquellos Santos Lugares Juan Hoya, ministro que fue de Suecia y Noruega, y por casualidad mató a un pobre hombre. Encarcelado y procesado, nada le valieron las firmes protestas y la enérgica defensa, no le quedaba otra cosa que someterse a la pena capital, no había salvación.

Entonces él, con grandísima confianza de ser escuchado y con aquel fervor que le sugirió el encontrarse en los últimos momentos de su vida, invoca a Santa Ana, a la cual profesaba tierna devoción y la Santa oye sus ruegos.

Todo estaba preparado para ejecutar la sentencia, cuando se desencadenó un huracán, una tempestad y un terremoto tan violento que todos huyeron y él se sintió aliviado y trasladado a lugar seguro.

Admirable prueba de la asistencia de nuestra Santa para con sus devotos.

OBSEQUIO.- Recitemos un Gloria a Santa Ana para que nos obtenga de Dios el conocer su divina voluntad.

JACULATORIA.- Celosísima Santa Ana, ayudadnos a seguir las divinas inspiraciones.

ORACIÓN

¡Oh, mil y mil veces feliz Santa Ana!, que tuviste por hija a la Madre de Aquel, que vino a reparar el mundo abatido. El Señor sólo para Vos reservó tanta gloria, porque, Vos sólo fuisteis digna. ¡OH madre bienaventurada de la Reina del Universo!, haced que yo siempre conozca mejor la excelencia de vuestra hija, haced que la honre y la ame y cuide de agradarla continuamente. Esta gracia os pido por aquella consolación y gozo del paraíso que experimentasteis al ternerla a vuestro cuidado. Oidme, amorosísima Patrona mía, y hacedme verdadero hijo de vuestra excelsa hija.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

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DÍA VIGÉSIMO CUARTO

Fidelidad y gratitud de Santa Ana para presentar a María en el Templo

Santa Ana había prometido a Dios el fruto de su matrimonio; y tuvo la hija más excelsa y amable que jamás se pudo idear. La veía crecer en gracia y virtud, sintiéndose cada día más atraída hacia Ella, considerando que era un gran tesoro. Pero no obstante, todo pensado, Ana, grata y fiel al Señor, se diponía a hacerle un completo sacrificio. Muchas veces, vuelta a su hija, transida de dolor, dice la Venerable de Agreda, hablaba así: “Hija amada, sólo a ti tengo, después de haber suspirado tanto, y ni siquiera puedo gozar mucho de tu compañía. Te he prometido al Señor y mantendré mi voto a toda costa. Sea hecho siempre el divino querer. ¡Oh, Dios mío, Dios mío!, os agradezco, porque me la diste; es vuestra, yo os la devuelvo. ¡Oh que fortaleza hallarme al lado de esta paloma! Y ¿cómo podré quedarme sin Ella, y sin Ella vivir mi corazón? Mas a cualquier costa, Ella es vuestra y os la doy.

Cumplidos apenas los tres años de edad María fue acompañada al templo para ser ofrecida al Señor. Los sentimientos que tuvo Santa Ana en aquellos instantes solemnes, no es posible referirlos al considerar que su corazón convertido en santuario invadido y consumido por el amor de Dios, era un cielo.

El sacrificio que hizo de privarse de su tierna Hija, que amaba más que a las pupilas de sus propios ojos, fue grande, fue inmenso, pero la Santa lo cumplió con toda aquella generosidad, con toda aquella gratitud que le inspiró su sumisión a la voluntad divina, lo cumplió con aquella alegría con que una madre sabe y entrevé que de un sacrificio proviene la gloria.

Es agradable imaginarse a aquella dulce Madre con su adorada Hija, cándida en el alma como en el vestido, encaminarse contenta al Templo; es bello seguir con la imaginación la sagrada ceremonia que con la bendición del Sacerdote, sellaba cuanto era ya acojido y aceptado en el cielo.

Las lágrimas de Ana al separarse de Samuel, las angustias de Abraham al conducir a su Isaac al sacrificio, el quebranto de Agar al abandonar a Ismael, son vanas sombras en presencia de los tormentos de Santa Ana cuando debió separarse de María, la escogida para Madre de Dios.

Ofrezcámonos al Señor para que se cumpla en nosotros su santa voluntad.

¿Quién no ve, ¡oh cristiano!, cuan penoso fue a la maternal ternura de Santa Ana el separarse de hija tan incomparable?; y sin embargo, dice el Tritemio, tanta ternura fue vencida por el amor de Dios. “Yo, dice la Virgen a la Venerable de Agreda, sentía vivamente el sacrificio de mis queridos padres; pero sabiendo que así lo quería Dios, me olvidé de mi casa por cumplir la voluntad divina.” Y he aquí hija y padre unidos en sacrificio por agradar a Dios. ¡Oh, si fuesen frecuentes en el cristianismo estos sacrificios de amor, cuánto más abundante sería el número de sus santos! Con facilidad decimos que queremos seguir a Dios, a cualquier costa; ‘mas cuán pronto le abandonamos después ! Basta una mirada humana, una palabra, una crítica. ¡Oh vergüenza!, no sólo no se le sigue, sino que se impide a los demás seguirle, contradiciendo la propia vocación y subsitutyéndola por la que dicta el interés. Gran responsabilidad para los padres, como también gran cargo para los que, fáciles en omitir votos, con igual facilidad los olvidan.

EJEMPLO

Lo que desagrada a Santa Ana la infidelidad en el cumplimiento de los votos, se comprende por el siguiente pasaje: Un príncipe de Palermo, viendo la esterilidad de su esposa, rogó al Venerable Inocencio de Chiusa, que le alcanzara del Cielo un hijo. Este le respondió: “No sólo tendrás uno, sino tres, si prometes reedificar nuestra capilla de Santa Ana en la tierra Juliana”. A lo cual el príncipe repuso: “Si llego a tener tres, no sólo restauraré la capilla de Santa Ana, sino la iglesia entera y el convento.” Pero, obtenidos consecutivamente los tres hijos, el príncipe andaba defiriendo el cumplimiento de la promesa. Entones, Inocencio se le presentó junto con el procurador del monasterio, exhortándole a cumplir su oferta, y éste ofreció dar cien ducados. Mas el Venerable, presentándole un presupuesto de peritos, en el que se indicaba la cantidad necesaria para la reedificación, le hizo notar que habiendo sido ilimitado su voto, se contentase con tratar con los ingenieros quienes exigían por lo menos quinientos ducados. El príncipe y su esposa se hicieron sordos al reclamo; y al Venerable Inocencio al separarse le dijo: “Si no mantenéis vuestra promesa a Santa Ana, los hijos os serán quitados”. Pasados pocos días enfermó el primogénito; e inmediatamente el príncipe recurrió a Inocencio, quien le replicó: “Si no cumplís vuestro voto, vuestros hijos morirán”.

En efecto, en poco tiempo, uno después de otro, todos fueron sorprendidos por la muerte.

OBSEQUIO. Por medio de la gloriosa Santa Ana presentemos nuestro corazón a Dios.

JACULATORIA.- Virtuosísima Santa Ana, hacednos agradables a Dios.

ORACIÓN

Admiro, ¡oh fidelísima Santa Ana! vuestra firmeza en someteros a la privación del objeto más amable, de vuestra hija María; me sorprende lo grande de vuestro sacrificio, pero mucho más la grandeza de vuestro amor a Dios, que a tanto os obligó; me uno a los coros angélicos, que justamente alaban una fidelidad tan constante. Más, ¿cuando será que aprenda de Vos a vencerme a mí mismo, para conseguir el reino bienaventurado, que sólo con violencias se adquiere?; ¿cuando será que arda en aquella caridad que rige a los vientos de la tentación y alas aguas del sufrimiento? ¡Ah, Santa querida!, obtenedme estas gracias por amor de aquel dignísimo esposo que con Vos fue igual en el mérito del gran sacrificio.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

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DÍA VIGÉSIMO QUINTO

La presentación al Templo

Apenas cumplidos los tres años de la Santa niña María, dice la Venerable de Agreda, sus padres, acompañados de algunos parientes, la llevaron de Nazaret a Jerusalén. Penetrando en el templo, y teniéndola entre ambos de las manos, la ofrecieron a Dios junto con la más fervorosa oración. La condujeron al sacerdote, que la bendijo y la recibió entre las vírgenes que se educaban en ese recinto sagrado. Se subía a él por quince gradas; y en la primera, la celestial criatura se despidió de los suyos, pidiéndoles la bendición y besando su mano. ¡Oh amarga separación para los tiernos padres, que llorando la bendicen! Mientras tanto, María, sola, subió las demás gradas, sin volver atrás ni dar la menor muestra de turbación. Ana y Joaquín, después de seguirla con su amorosa mirada, volvieron a Nazaret tristes y doloridos, como privados del más rico tesoro de su casa, pero fortalecidos con la voluntad divina. Con esta narración es conforme la que hacen el Damasceno, Niceno y Nicéforo.

De regreso del Templo donde había hecho al Señor la sagrada oferta de un corderillo inocente, Santa Ana encontró la casa vacía, desnuda, fría; faltaba aquel rico, aquel espléndido tesoro que la iluminaba, la llenaba, la alegraba. Ella había hecho entrega  generosa al buen Dios de su celestial Hija, objeto de sus complacencias; Dios en compensación le hacía tranquilo el resto de su vida al reflejo de las virtudes fúlgidas, sublimes, heroicas de su Hija. Es dulce imaginar como nuestra Santa seguía siempre con el pensamiento y con el afecto a su amable Hija en todas sus acciones, cómo la acompañaba a toda hora con las más copiosas bendiciones, gozosa de ver proclamada santa por el Sumo Sacerdote a aquella criatura que, Ella sabía, era iris de paz, lazo de unión entre Dios y los hombres.

La Virgen en su presentación de regreso del templo, dice San Ambrosio, fue la guía, la princesa, y la madre especial de aquel brillante coro de vírgenes que en los sagrados claustros consagraron a Dios su virginidad. La mayor fortuna que puede tener un alma en la tierra, dice la Virgen a la Venerable de Agreda, es la de consagrarse a Dios en su templo. La que prefiere el claustro y el retiro elige la mejor parte.

Ahí está el puerto seguro, sin los peligros de la vida mundana, en los que Satanás y sus secuaces han introducido costumbres abominables. La santa profesión los llena de furor e indignación. He aquí el por qué de tanta guerra a los monasterios. Es la antigua guerra que los hijos de la serpiente renuevan contra los hijos de la Inmaculada, cerrándoles el camino para la entrada a ese divino puerto. ¡Ah! ruega fervorosamente por que la Virgen Santísima apresure su indudable triunfo y tenga siempre predilección por los monasterios y sujetos religisosos. Si el Señor después te llamaré a este estado de perfección, te digo con San Jerónimo: “Salta presto sobre la nave y no pierdas tiempo; rompe los lazos que a la tierra te ligan y no la abandones jamás”.

Vivamos también nosotros plenamente conformes a la divina voluntad, si queremos agradar al Señor y merecer sus bendiciones.

EJEMPLO

Luid Odín y otros escritores narran que un joven para lograr sus perversos intentos, después de haber abandonado la fe, y haberse dado al demonio, estuvo por espacio de siete años en familiares conversaciones con él. Por fin, atormentado por terribles remordimientos, no sabía decidirse a volver a Dios, porque estaba subyugado por el influjo satánico.

Un día empero oyendo hablar del sumo poder de Santa Ana concibió deseos de recurrir a su patrocinio y Santa Ana oyó su plegaria, su súplica y le tocó el corazón con tanta fuerza que supo vencer los obstáculos todos y superar cuantas dificultades se oponían a su conversión. ¡tantas amarguras lo habían angustiado, tantos desengaños llagado el corazón! Se confesó devotamente de todos sus pecados y llevó vida ejemplar para así alcanzar una santa muerte.

OBSEQUIO.- Prometemos a Dios regresa al recto camino.

JACULATORIA.- Felicísima Santa Ana, haced que sigamos vuestras huellas.

ORACIÓN

¡Oh, gloriosa Santa Ana, incomparable madre de la más santa y excelsa de las hijas!; cada vez me confirmo más que Dios, para haceros digna de tan grande honor, os enriqueció con toda gracia y perfección. Y ¿cómo sin especialísima gracia podríais con tanta facilidad privaros de una hija tan amable y dejarla en el templo, lejos de vuestras miradas y vuestras dulces caricias? ¿Con qué abundancia habrá Dios retribuído vuestro grande sacrificio? ¡Ah, gozad, pues, las perpetuas alabanzas que os vienen de la Iglesia toda de los santos! Mas, en medio de tanta gloria, dirigid una mirada amorosa a este vuestro devoto, que junto con vuestra santísima hija, quiere consagrarse enteramente al Señor. Haced que no mire ni más bien, ni más honor, ni más vida, que la gloria del mío y vuestro Señor. Amén.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

María al pie de la Cruz

Julio 4, 2008

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SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

“Es cosa de admirar una nueva clase de martirio: una madre condenada a ver morir ante sus ojos, ejecutado con bárbaros tormentos, a un hijo inocente y al que amaba con todo su corazón. “Estaba junto a la cruz su Madre” (Jn 19, 25). No se le ocurre a san Juan decir otra cosa para ponderar el martirio de María; contémplala junto a la cruz a la vista de su Hijo moribundo y después dirás si hay dolor semejante a su dolor.”

“Apenas llegado al Calvario el Redentor, rendido de fatiga, los verdugos lo despojaron de sus vestiduras y clavaron a la cruz sus sagradas manos y sus pies con clavos, no afilados sino romos para más atormentarlo, como dice san Bernardo. Una vez crucificado levantaron la cruz, y así lo dejaron hasta que muriera.

Lo abandonaron los verdugos, pero no lo abandonó María. Entonces se acercó más a la cruz para asistir a su muerte. Le dijo la Santísima Virgen a santa Brígida: Yo no me separaba de él y estaba muy próxima a su cruz. San Buenaventura le habla así: Señora, ¿de qué te sirvió el ir al Calvario para ver morir a este Hijo? ¿Por qué no te detuvo la vergüenza y el horror de semejante crimen? Debía retenerte la vergüenza, ya que su oprobio era también el tuyo siendo su Madre. Al menos debiera detenerte el horror de semejante delito al ver un Dios crucificado por sus mismas criaturas. Pero responde el mismo santo: Es que tu corazón no pensaba en su propio sufrimiento, sino en el dolor y en la muerte del Hijo amado; y por eso quisiste tú misma asistirle, al menos acompañándole.

Dice el abad Guillermo: Oh verdadera Madre, Madre llena de amor, a la que ni siquiera el espanto de la muerte pudo separar del Hijo amado. Pero, oh Señor, ¡qué espectáculo tan doloroso era el ver a este Hijo agonizando sobre la cruz y ver agonizar a esta Madre que sufría todas las penas que padecía el Hijo! María reveló a santa Brígida el estado lamentable de su Hijo moribundo como ella lo vio en la cruz. Está mi amado Jesús en la cruz con todas las ansias de la agonía: los ojos hundidos, entornados y mortecinos; las mejillas amoratadas y el rostro de mudado, la boca entreabierta, los cabellos ensangrentados, la cabeza caída sobre el pecho, el vientre contraído, los brazos y las piernas entumecidos y todo su cuerpo lleno de llagas y de sangre.”

María participa en todos los dolores de su Hijo

“Todos estos sufrimientos de Jesús, dice san Jerónimo, eran a la vez los sufrimientos de María. Cuantas eran las llagas en el cuerpo de Cristo, otras tantas eran las llagas en el corazón de María. El que entonces se hubiera hallado en el Calvario, dice san Juan Crisóstomo, hubiera encontrado dos altares en que se consumaban dos grandes sacrificios: uno en el cuerpo de Jesús y otro en el corazón de María. Pero más acertado me parece lo que dice san Buenaventura de que había sólo un altar, es decir, la sola cruz del Hijo, en la cual, junto con la víctima que era este Cordero divinal, se sacrificaba también la Madre; por eso el santo le pregunta: Oh María, ¿dónde estabas? ¿Junto a la cruz? Ah, con más propiedad diré que estabas en la misma cruz sacrificándote crucificada con tu mismo Hijo. Así se expresa san Agustín: La cruz y los clavos fueron del Hijo y de María; crucificado el Hijo, también estaba crucificada la Madre. En efecto, porque como dice san Bernardo, lo que hacían los clavos en el cuerpo de Jesús, lo hacía el amor en el corazón de María; de manera que, como escribe san Bernardino, al mismo tiempo que el Hijo sacrificaba el cuerpo,  la Madre sacrificaba su alma.”

Tomado de”Las Glorias de María”

Siempre hallamos al Hijo en compañía de la Madre

Julio 4, 2008

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“Ha sido del divino agrado que no se inaugurase el reinado de la gracia sin María. Y fue su voluntad también que continuasen las cosas por el mismo camino.

Cuando quiso Dios preparar a San Juan Bautista para la misión de precursor suyo, le santificó por medio de la visita amorosa que hizo su bendita Madre cuando la Visitación.

En la primera Nochebuena, quienes cerraron las puertas a María se las cerraron también a Él: no se percataban de que, al rechazarla a Ella, rechazaban con Ella a Aquel a quienes ellos esperaban.

Cuando los pastores -que representaban al pueblo escogido- hallaron al Deseado de las naciones, le hallaron con Ella; si le hubiesen vuelto la espalda a Ella, no le hubieran encontrado a Él.

En la Epifanía, el Salvador acogió a las naciones gentiles en la persona de los tres Magos; pero, si éstos llegaron a encontrar al Hijo, fue porque encontraron a la Madre; si hubiesen tenido a menos el acercarse a Ella, no habrían llegado hasta Él.

Lo que se realizó en secreto en Nazaret, tuvo que ser confirmado públicamente en el Templo: Jesús se ofrendó a sí mismo al Padre, pero se ofrendó en los brazos y por manos de su Madre; porque aquel Niño le pertenecía a su Madre; sin Ella no se podía efectuar la Presentación.

Prosigamos. Los Santos Padres nos dicen que Jesús no quiso inaugurar su vida pública sin el consentimiento de su Madre; y el Evangelio nos informa de que el primer milagro con que probó la autenticidad de su misión lo hizo en Caná de Galilea a ruegos de su Madre.”

“Cuando se realizó sobre el Calvario la última escena del terrible drama de la Redención, Jesús quedó colgado en el árbol de la Cruz, y al pie de la Cruz estaba María; y no como simple madre amante, ni por una casualidad, sino cabalmente para desempeñar el mismo oficio que desempeñó en la Encarnación.

Estaba allí como representante de todo el género humano, ratificando el ofrecimiento que había hecho de su Hijo en bien de los hombres. Nuestro Señor no se ofreció a sí mismo al Padre sin el consentimiento de su Madre, ni sin el ofrecimiento de sí mismo en nombre de todos sus demás hijos; la Cruz fue, a la par, el sacrificio de Él y de Ella.

Afirma el Papa Benedicto XV: “Así como es cierto que Ella sufría y agonizaba de dolor con su Hijo agonizante, también lo es que Ella renunció a sus derechos de Madre sobre aquel Hijo por causa de nuestra salvación, y le inmoló, en cuanto estuvo en su mano, para aplacar a la divina Justicia. Por eso podemos decir que Ella redimió con Cristo al género humano”.

Capítulo 39.1: Puntos Cardinales del Apostolado Legionario. Manual de la Legión de María. CONCILIUM LEGIONIS MARIAE. De Montfort House
DUBLIN 7 – Irlanda

La Santísima Virgen y el Sacrificio de la Cruz

Julio 4, 2008

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GARRIGOU-LAGRANGE O.P.

Durante todo el curso de su vida en la tierra, hasta el Consummatum est, la Virgen cooperó con el Sacrificio de su Hijo.

En primer lugar, el libre consentimiento que dio el día de la Anunciación era necesario para que el misterio de la Encarnación fuera una realidad; como si Dios, dice Santo Tomás (III- 30-1), hubiera esperado el consentimiento de la humanidad por la voz de María. Por aquel libre fiat, la Virgen cooperó al sacrificio de la Cruz, pues así nos dio el sacerdote y la víctima.

Cooperó asimismo al ofrecer a su Hijo en el templo como hostia purísima, cuando el viejo Simeón, ilustrado por luz profética, veía en este infantito “la salud dispuesta por Dios para todos los pueblos, la luz de la revelación para los gentiles, y la gloria de Israel” (San Lucas, II, 31)

María, más iluminada que el mismo Simeón, ofrendó a su Hijo y comenzó a sufrir dolorosamente con él, al oír al santo anciano anunciar que aquel niño sería “un signo expuesto a la contradicción” y que “una espada traspasaría el alma de su madre”

Pero fue sobre todo al pie de la Cruz donde María Santísima cooperó con el sacrificio de Jesucristo, al unirse a Él en la satisfacción y en los méritos, más íntimamente que lo que la lengua humana pueda expresar. Algunos santos, particularmente los estigmatizados, han estado excepcionalmente unidos a los sufrimientos y a los méritos del Salvador, un San Francisco de Asís, por ejemplo, y una Santa Catalina de Siena. Pero fue muy poca cosa en comparación con la unión de la Virgen.

¿Cómo ofreció María a su Hijo? De la misma forma que su Hijo se ofrendó. Jesús hubiera podido fácilmente, por milagro, impedir que los golpes de sus verdugos le causaran la muerte; pero se inmoló voluntariamente. “Nadie me quita la vida, ha dicho Él mismo, sino que soy yo quien la da; pues tengo el poder de darla y el de volverla a recuperar.” (San Juan X, 18 ) Renunció Jesús a su derecho a la vida y se ofrendó entero por nuestra salvación.

Y de María se dice en San Juan XIX; 25: “Stabat juxta crucem Jesu mater ejus”, junto a la Cruz de Jesús se hallaba de pie su madre, e indudablemente muy unida a él en sus dolores y oblación. Como dice el Papa Benedicto XV: “Renunció a sus derechos de madre por la salvación de todos los hombres”

La Santísima Virgen aceptó el martirio de Jesús y lo ofreció por nosotros; todos los tormentos que él sufrió en su cuerpo y en su alma, sintiólos ella en la medida de su amor. Como ninguno, padeció María los sufrimientos mismos del Salvador; sufrió por el pecado en la medida de su amor a Dios, a quien el pecado ofende; del amor a su Hijo a quien el pecado crucificó, y del amor a las almas, alas que el pecado estraga y da la muerte. Y la caridad de la Virgen era incomparablemente superior a la de los mayores Santos.

Así cooperó al sacrificio de la Cruz a guisa de satisfacción o reparación, ofreciendo a Dios por nosotros, con gran dolor y amor ardentísimo, la vida de su Hijo bien amado, más precioso para ella que su propia vida.

En aquel instante el Salvador satisfizo por nosotros en estricta justicia, mediante sus actos humanos que, por su personalidad divina, tenían valor infinito, suficiente para reparar la ofensa de todos los pecados mortales juntos y aun más. Su amor complacía a Dios más que lo que todos los pecados pudieran desagradarle. Esta es la esencia del misterio de la Redención. En el Calvario y en unión con su Divino Hijo, María satisfizo por nosotros con una satisfacción fundada, no en la estricta justicia, sino en los derechos de la íntima amistad o caridad que la unía a Dios.

En el momento en que su Hijo iba a morir crucificado, aparentemente vencido y abandonado, ella no cesó un solo instante de creer que él era el Verbo hecho carne, el Salvador del mundo que tres días después, resucitaría como lo había predicho. Fue éste el más grande acto de fe y de esperanza; y fue igualmente, después del amor de Cristo, el mayor acto de amor. Él hizo de María la Reina de los mártires, siendo ella mártir, no sólo por Jesús, sino juntamente con Él, en tal forma que una sola cruz bastó para Hijo y madre, ya que en cierto modo María fue en ella, clavada por su amor a Jesús. Así fue corredentora, como dice Benedicto XV, en el sentido de que con Jesús, en Él y por Él, rescató al género humano.

Por la misma razón, todo lo que Jesucristo en la Cruz, nos ha merecido en estricta justicia, María nos lo ha merecido con mérito de conveniencia fundado en la caridad que a Dios la unía.

Sólo Jesucristo, como cabeza de la humanidad, pudo merecer estrictamente transmitirnos la vida divina, pero S. S. Pio X confirmó la doctrina de los teólogos cuando escribió: “María unida a Cristo en la obra de la Redención, nos mereció de congruo (con mérito de conveniencia) lo que Jesucristo nos mereció de condigno (con mérito de estricta justicia).

El primer fundamento tradicional de esta enseñanza común de los teólogos y sancionada por los Soberanos Pontífices, es que María, en toda la tradición griega y latina, es llamada la nueva Eva, Madre de todos los hombres para la vida del alma, como Eva lo fue para la vida corporal: y la Madre espiritual de los hombres debe, pues, darles esa vida espiritual, no como causa física principal (que es Dios solo) sino moralmente, por mérito de congruo, ya que el otro mérito pertenece a Jesucristo.

El oficio y la Misa propios de María mediadora reúnen los principales testimonios de la Tradición y su fundamento escriturario, particularmente los clarísimos textos de San Efrén, gloria de la iglesia siria, de San Germán de Constantinopla, de San Bernardo, y de San Bernardino de Siena. Aún en el segundo y tercer siglo, San Justino y Tertuliano insistían en el paralelo entre Eva y María, y enseñaban que si la primera concurrió a nuestra caída, la segunda colaboró a nuestra redención.

Estas enseñanzas de la Tradición descansan, en parte, en las palabras de Jesús narradas en el Evangelio de la Misa de María mediadora. “El Salvador estaba a punto de expiar y viendo a su Madre y junto a ella el discípulo que amaba, dijo a su Madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego dijo al discípulo: Ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la tomó por tal. (San Juan XIX, 27)

El sentido literal de estas palabras: “He ahí a tu hijo” se refiere a San Juan; pero para Dios los sucesos y las personas significan varias cosas; y en este lugar, san Juan designa espiritualmente a todos los hombres rescatados por el sacrificio de la Cruz. Dios y su Cristo hablan no sólo mediante las palabras que emplean, sino a través de los sucesos y personas que les están sujetos, y por ellos dan a entender lo que les place dentro de los planes de la Providencia. Al tiempo de morir, al dirigirse Jesús a María y a Juan, vio en este último la personificación de todos aquellos por quienes derramaba su sangre.

Y como estas palabras crearon, por decirlo así, en María una profundísima afección maternal, que incesantemente envolvió al alma del discípulo amado, ese afecto sobrenatural, se hizo extensivo a todos nosotros, e hizo realmente de María la madre espiritual de todos los hombres. Todo esto nos hace seguir lo que la Tradición nos dice de la nueva Eva, madre espiritual de todos los hombres. Si se estudian, en fin, teológicamente , los requisitos para el mérito de congruo o de conveniencia, mérito fundado no en la justicia sino en la caridad o amistad sobrenatural que nos une a Dios, en nadie podremos encontrarlo mejor realizado que en María. Si, en efecto, una buena madre cristiana, por su virtud, gana méritos para sus hijos, ¿con cuánta más razón María, incomparablemente más unida a Dios por la plenitud de la caridad, no podrá merecer en favor de los hombres?

Tal es la mediación ascendente de María, en cuanto ofreció con Nuestro Señor, en favor nuestro, el sacrificio de la Cruz, haciendo obre de reparación y mereciendo por nosotros