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DIA VIGÉSIMO PRIMERO María Niña, Bajo la Dirección Materna La diligencia empleada por María para hacerse más y más agradable al Señor, nos da a conocer cuál sería la dirección de su Madre, Santa Ana, para que creciera en Ella la sabiduría y la santidad a la par que los años. María no tenía ciertamente necesidad de guía especial, nació con gracia, creció en gracia; bendita y llena de gracia su alma siempre abierta a la efusión de aquel amor que con escogida virtud y singulares dones Dios la llenaba, de aquí que se sentía inclinada a todo aquello que era de El. Las miradas de la Madre no dejaban de seguir constantemente los actos de su tierna Hija y de complacerse en ello, porque todo respiraba en Ella ritmo de gracia y de perfección. Así es, ¡oh cristiano!; el que posee un tesoro, no sabe quitar su corazón de él. Después de Dios, no había en el mundo para el corazón de Ana objeto más interesante que María. Ella conocía su precio y sabía que era más veneranda que el arca, su figura; mas sin hacer ningún signo especial, la mostraba sólo el amor dignísimo de madre. María y Ana, en medio de sus ocupaciones, sólo en Dios pensaban, de El sólo hablaban; y como para Ana, después de Dios, María era su tesoro, para María después de Dios, lo eran Ana y Joaquín. ¿Y tu tesoro, cristiano, cuál es? ¿Cómo amas a Dios, con todo el corazón, con toda la mente, con todas tus fuerzas?; y después de Dios, ¿cómo amas e imitas a María? ¡Ah!, no te engañes. El nos hizo para él, y no para nosotros; estamos en el mundo para servirle, amarle y bendecirle. El que busca algo fuera de El, no sabe lo que busca. Ruega a María y a Santa Ana que te impetren el verdadero amor de Dios. Así toda madre y quienquiera sea tenga la misión de educar, diligentemente vigilen a sus hijos y edúcanlos y condúzcanlos a la virtud y al estudio con el ejemplo y la palabra. EJEMPLO Gabriel Aidone, mercader de Trapani, devotísimo de Santa Ana, antes de emprender viaje por la Cerdeña, se encomendó afectuosamente a Ella para alcanzar su protección. Apenas alejado de la Isla, se levantó un fuerte huracán que destrozó antenas y velamen de la nave. Indescriptible fue el espanto de los viajeros, quienes incrédulos a la devoción que Gabriel sentía por Santa Ana, no sólo rehusaron invocarla, sino que maldiciendo y blasfemando acusaban al Señor de injusto y cruel por dejarlos así perecer miserablemente. Entre tanto, la tempestad creciendo siempre, sumergió la nave y con ella a todos los pasajeros, los cuales se ahogaron excepto Gabriel que prendiéndose a unos maderos de la misma nave pudo llegar a la playa y dirigirse a dar gracias a su poderosísima Libertadora, a quien eligió por su especial Patrona. OBSEQUIO.- Prometamos a Santa Ana dejarnos conducir por el camino de la virtud. JACULATORIA.- Santa Ana, la más santa entre las madres, encaminad nuestros pasos. ORACIÓN ¡Oh, espejo de las madres, gloriosa Santa Ana!, benditos los cuidados y la solicitud vuestra en educar y enseñar a aquella que debía de ser el tesoro de la celestial sabiduría y la maestra de las primeras lumbreras del mundo. ¡Oh, cuándo será que todas las madres e institutrices fijen en Vos sus miradas, para aprender, con vuestros ejemplos, la manera de ejercer dignamente su cargo! Entonces ellas, insinuando en el tierno corazón de los niños el amor de Dios, de la religión y del cumplimiento del propio deber, destruirán el espíritu de irreligión y de libertinaje que infestan la tierra y llevan a la ruina a la sociedad. Ea, amorosísima madre, movedlas a recurrir a Vos, para conseguir tanto bien; así, por vuestra mediación, veremos despuntar la aurora de orden, de santificación y de paz. Padre Nuestro, Ave María y Gloria
DÍA VIGÉSIMO SEGUNDO Santa Ana enseña a María los Primeros Rudimentos de Labores y Letras “La mujer fuerte, dicen los Proverbios, aunque de nobleza espléndida se proporcionó lana y lino, y los puso en obra con sus industriosas manos. Sus dedos adornados de brillantes no desdeñaron la rueca; y trabajó vestidos y tapetes.” Esta insigne madre de familia fue figura de Santa Ana, la cual no contenta con mandar e instruir en su casa, procuró con el ejemplo hacer dulce y amable toda fatiga. Ella, dice Nicéforo adiestró a su hija en manejar la lana y el lino, al mismo tiempo que recíprocamente se enardecían con sus celestiales conversaciones. ¿Qué sucedería cuando posando el libro en sus rodillas, enseñó los primeros rudimientos de lectura a la que después había de entonar el más espléndido de los cánticos y ser la Maestra de los Apóstoles? ¡Oh, qué madre! ¡Oh, qué hija! ¡Oh, que inocentísimas lecciones! ¿Cuántas lágrimas de dulzura caerían de los ojos de Santa Ana sobre aquel libro de su hija? ¿Y la tierna parvulita no habrá mezclado también las suyas? ¿Y qué conmociones para Joaquñin presente a tantas dulzuras celestiales? Así, ¡oh cristiano!, el hombre nace para el trabajo, al cual fuimos condenados en Adán, sin excepción de condición ni grado. Dios no podía encontrar remedio más dulce para encontrarnos en este mísero destierro. ¡Oh cuán suave es el pan y el sueño del indefenso trabajador: las horas jamás le son largas; el tedio y el fastidio no se le acercan; pero tú ¿cómo amas las fatigas y buscas los medios de santificarte en tu estado? ¿Cómo las usas, esto es, las diriges al Señor, volviendo con frecuencia a El tu pensamiento, buscando gracia y misericordia? Huye, ¡oh cristiano! de la ociosidad, porque es madre de muchos vicios. Ocúpate santamente según tu estado y condición, no permitas que para ti pasen los días y las horas vacías; y con tu ejemplo enseña a tus dependientes desde la primera edad a ocuparse puntualmente y santamente. EJEMPLO En la última guerra (guerra europea) las Hijas de Santa Ana difundieron entre los soldados heridos o enfermos hospitalizados la tierna devoción a su gloriosa y poderosísima Madre, En un hospital de reserva se hallaba enfermo un joven que hacía años había olvidado las santas instrucciones que su buena madre la había dado y llevaba una vida pésima y disoluta. Una Hermana, hija de Santa Ana, prestándole los más caritativos cuidados, le hacía suaves exhortaciones, pero sólo servía para aumentar el odio del joven hacia Dios, el cual blasfemaba horriblemente apenas la Hermana se alejaba de su cama. En la Capilla interior se hicieron algunos días de ejercicios y una tarde se hizo una súplica especial a Santa Ana por aquel pobre soldado que se hallaba gravísimo y había rechazado al Sacerdote. La mañana siguiente en un momento de lucidez contó a la Hermana haber visto a una majestuosa Señora, que acercándosele a la cama, con palabras dulces pero con autoridad, lo amonestó a que se decidiera. La Hermana, dejándole acabar, le dijo: “Obedece, hermano, a la amorosa invitación que por medio de Santa Ana, Madre mía, te hace el Señor”. Primeramente el soldado quedó temeroso, después hizo llamar al Capellán con el cual se confesó, y, acabando de recibir el Santo Viático, expiró bendiciendo al Señor. OBSEQUIO.- Elegid a Santa Ana por especial abogada, madre y maestra, para que en todas las acciones de vuestra vida os haga buscar siempre el honor y la gloria de Dios. JACULATORIA.- Veneradísima Santa Ana, uniformadnos a la Voluntad divina. ORACIÓN ¡Oh, admirabilísima Santa Ana!, ¡con qué veneración os miran los ángeles, viéndoos constante en el trabajo, junto con su Reina, vuestra hija y discípula! ¿Qué acopio de gracias y favores descenderían sobre Vos cuando el Señor se recreaba en su amada paloma, cuando por tres años estuvo a vuestro lado? Mientras yo me alegro con Vos y cordialmente agradezco al Señor, ¡ay!, Vos, por amor a esa Hija que fue, es y será eternamente la delicia del universo, hacedme siempre santamente laborioso. Así no serán pesados para mi mismo los días ni los años, ni me parecerán interminables, y a la hora de la muerte sentiré el contento de aquel que del trabajo pasa al descanso. Amén. Padre Nuestro. Ave María y Gloria.
DÍA VIGÉSIMO TERCERO Intimas relaciones entre Santa Ana y María ¡Cuáles serían los angélicos coloquios de aquellos corazones! ¡Cuáles las afectuosas y mutuas ternuras de sus almas! Cómo se entenderían admirablemente en el amor que sentían hacia Dios y en el recíproco afecto, no es cosa fácil imaginar. Santa Ana, en toda ocasión, debía mostrar su maternal contento hacia su querida Hija; Esta, a su vez, debía sentir irresistible atracción hacia su Madre, la cual ponía todo el cuidado y atención en informar su corazón de Ella en aquellos sentimientos sublimes a los cuales se sentía poderosamente atraída. El esplendor de la virtud y de las perfecciones con que correspondía María a los maternales cuidados, transportaban a Santa Ana a lo más sublime, al apogeo de aquella excelsa santidad que requería su nobílisima misión. De aquí nació aquella fusión de alma, la más perfecta en pensamientos, afectos, acciones, plegarias. María y Santa Ana estaban en continuo éxtasis con Dios y sus plegarias enteramente conformes a la divina voluntad, subían hasta el trono de la Majestad sumamente agradables. En sus frecuente elevaciones atendían solamente a agradar a Dios, contentas con que triunfase su gloria, felices de que se cumpliera su voluntad. Y Dios, secundando los ardientes deseos de aquellos cándidos corazones, les iluminaba, les instruía, les hacía conocer los arcanos de sus designios. Ellas esperaban, amaban y ardientemente anhelaban el cumplimiento de los sagrados misterios, pero nunca hubieran querido anticipar de un solo instante lo que era la voluntad de su Dios. La alegría grandísima de aquellas dos almas celestiales, más que humanas, era celestial. Ejemplo envidiable para las almas que de veras quieren santificarse y ningún medio más práctico para que la vida cotidiana sea perfecta que modelarla según los ejemplos de María y Santa Ana. Reformemos bajo estos inefables ejemplos nuestra conducta y mientras ella nos hará agradables al Señor y, por reflejo, al prójimo, nosotros veremos a éste, con nuestro ejemplo, estimulado a la virtud y nuestra vida será un apostolado diferente edificante y grato a Dios. EJEMPLO Santa Ana muestra maravillosamente su protección a sus devotos en los trances más difíciles. Lo demuestra el siguiente hecho. Encontrábase en Palestina visitando aquellos Santos Lugares Juan Hoya, ministro que fue de Suecia y Noruega, y por casualidad mató a un pobre hombre. Encarcelado y procesado, nada le valieron las firmes protestas y la enérgica defensa, no le quedaba otra cosa que someterse a la pena capital, no había salvación. Entonces él, con grandísima confianza de ser escuchado y con aquel fervor que le sugirió el encontrarse en los últimos momentos de su vida, invoca a Santa Ana, a la cual profesaba tierna devoción y la Santa oye sus ruegos. Todo estaba preparado para ejecutar la sentencia, cuando se desencadenó un huracán, una tempestad y un terremoto tan violento que todos huyeron y él se sintió aliviado y trasladado a lugar seguro. Admirable prueba de la asistencia de nuestra Santa para con sus devotos. OBSEQUIO.- Recitemos un Gloria a Santa Ana para que nos obtenga de Dios el conocer su divina voluntad. JACULATORIA.- Celosísima Santa Ana, ayudadnos a seguir las divinas inspiraciones. ORACIÓN ¡Oh, mil y mil veces feliz Santa Ana!, que tuviste por hija a la Madre de Aquel, que vino a reparar el mundo abatido. El Señor sólo para Vos reservó tanta gloria, porque, Vos sólo fuisteis digna. ¡OH madre bienaventurada de la Reina del Universo!, haced que yo siempre conozca mejor la excelencia de vuestra hija, haced que la honre y la ame y cuide de agradarla continuamente. Esta gracia os pido por aquella consolación y gozo del paraíso que experimentasteis al ternerla a vuestro cuidado. Oidme, amorosísima Patrona mía, y hacedme verdadero hijo de vuestra excelsa hija. Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
DÍA VIGÉSIMO CUARTO Fidelidad y gratitud de Santa Ana para presentar a María en el Templo Santa Ana había prometido a Dios el fruto de su matrimonio; y tuvo la hija más excelsa y amable que jamás se pudo idear. La veía crecer en gracia y virtud, sintiéndose cada día más atraída hacia Ella, considerando que era un gran tesoro. Pero no obstante, todo pensado, Ana, grata y fiel al Señor, se diponía a hacerle un completo sacrificio. Muchas veces, vuelta a su hija, transida de dolor, dice la Venerable de Agreda, hablaba así: “Hija amada, sólo a ti tengo, después de haber suspirado tanto, y ni siquiera puedo gozar mucho de tu compañía. Te he prometido al Señor y mantendré mi voto a toda costa. Sea hecho siempre el divino querer. ¡Oh, Dios mío, Dios mío!, os agradezco, porque me la diste; es vuestra, yo os la devuelvo. ¡Oh que fortaleza hallarme al lado de esta paloma! Y ¿cómo podré quedarme sin Ella, y sin Ella vivir mi corazón? Mas a cualquier costa, Ella es vuestra y os la doy. Cumplidos apenas los tres años de edad María fue acompañada al templo para ser ofrecida al Señor. Los sentimientos que tuvo Santa Ana en aquellos instantes solemnes, no es posible referirlos al considerar que su corazón convertido en santuario invadido y consumido por el amor de Dios, era un cielo. El sacrificio que hizo de privarse de su tierna Hija, que amaba más que a las pupilas de sus propios ojos, fue grande, fue inmenso, pero la Santa lo cumplió con toda aquella generosidad, con toda aquella gratitud que le inspiró su sumisión a la voluntad divina, lo cumplió con aquella alegría con que una madre sabe y entrevé que de un sacrificio proviene la gloria. Es agradable imaginarse a aquella dulce Madre con su adorada Hija, cándida en el alma como en el vestido, encaminarse contenta al Templo; es bello seguir con la imaginación la sagrada ceremonia que con la bendición del Sacerdote, sellaba cuanto era ya acojido y aceptado en el cielo. Las lágrimas de Ana al separarse de Samuel, las angustias de Abraham al conducir a su Isaac al sacrificio, el quebranto de Agar al abandonar a Ismael, son vanas sombras en presencia de los tormentos de Santa Ana cuando debió separarse de María, la escogida para Madre de Dios. Ofrezcámonos al Señor para que se cumpla en nosotros su santa voluntad. ¿Quién no ve, ¡oh cristiano!, cuan penoso fue a la maternal ternura de Santa Ana el separarse de hija tan incomparable?; y sin embargo, dice el Tritemio, tanta ternura fue vencida por el amor de Dios. “Yo, dice la Virgen a la Venerable de Agreda, sentía vivamente el sacrificio de mis queridos padres; pero sabiendo que así lo quería Dios, me olvidé de mi casa por cumplir la voluntad divina.” Y he aquí hija y padre unidos en sacrificio por agradar a Dios. ¡Oh, si fuesen frecuentes en el cristianismo estos sacrificios de amor, cuánto más abundante sería el número de sus santos! Con facilidad decimos que queremos seguir a Dios, a cualquier costa; ‘mas cuán pronto le abandonamos después ! Basta una mirada humana, una palabra, una crítica. ¡Oh vergüenza!, no sólo no se le sigue, sino que se impide a los demás seguirle, contradiciendo la propia vocación y subsitutyéndola por la que dicta el interés. Gran responsabilidad para los padres, como también gran cargo para los que, fáciles en omitir votos, con igual facilidad los olvidan. EJEMPLO Lo que desagrada a Santa Ana la infidelidad en el cumplimiento de los votos, se comprende por el siguiente pasaje: Un príncipe de Palermo, viendo la esterilidad de su esposa, rogó al Venerable Inocencio de Chiusa, que le alcanzara del Cielo un hijo. Este le respondió: “No sólo tendrás uno, sino tres, si prometes reedificar nuestra capilla de Santa Ana en la tierra Juliana”. A lo cual el príncipe repuso: “Si llego a tener tres, no sólo restauraré la capilla de Santa Ana, sino la iglesia entera y el convento.” Pero, obtenidos consecutivamente los tres hijos, el príncipe andaba defiriendo el cumplimiento de la promesa. Entones, Inocencio se le presentó junto con el procurador del monasterio, exhortándole a cumplir su oferta, y éste ofreció dar cien ducados. Mas el Venerable, presentándole un presupuesto de peritos, en el que se indicaba la cantidad necesaria para la reedificación, le hizo notar que habiendo sido ilimitado su voto, se contentase con tratar con los ingenieros quienes exigían por lo menos quinientos ducados. El príncipe y su esposa se hicieron sordos al reclamo; y al Venerable Inocencio al separarse le dijo: “Si no mantenéis vuestra promesa a Santa Ana, los hijos os serán quitados”. Pasados pocos días enfermó el primogénito; e inmediatamente el príncipe recurrió a Inocencio, quien le replicó: “Si no cumplís vuestro voto, vuestros hijos morirán”. En efecto, en poco tiempo, uno después de otro, todos fueron sorprendidos por la muerte. OBSEQUIO. Por medio de la gloriosa Santa Ana presentemos nuestro corazón a Dios. JACULATORIA.- Virtuosísima Santa Ana, hacednos agradables a Dios. ORACIÓN Admiro, ¡oh fidelísima Santa Ana! vuestra firmeza en someteros a la privación del objeto más amable, de vuestra hija María; me sorprende lo grande de vuestro sacrificio, pero mucho más la grandeza de vuestro amor a Dios, que a tanto os obligó; me uno a los coros angélicos, que justamente alaban una fidelidad tan constante. Más, ¿cuando será que aprenda de Vos a vencerme a mí mismo, para conseguir el reino bienaventurado, que sólo con violencias se adquiere?; ¿cuando será que arda en aquella caridad que rige a los vientos de la tentación y alas aguas del sufrimiento? ¡Ah, Santa querida!, obtenedme estas gracias por amor de aquel dignísimo esposo que con Vos fue igual en el mérito del gran sacrificio. Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
DÍA VIGÉSIMO QUINTO La presentación al Templo Apenas cumplidos los tres años de la Santa niña María, dice la Venerable de Agreda, sus padres, acompañados de algunos parientes, la llevaron de Nazaret a Jerusalén. Penetrando en el templo, y teniéndola entre ambos de las manos, la ofrecieron a Dios junto con la más fervorosa oración. La condujeron al sacerdote, que la bendijo y la recibió entre las vírgenes que se educaban en ese recinto sagrado. Se subía a él por quince gradas; y en la primera, la celestial criatura se despidió de los suyos, pidiéndoles la bendición y besando su mano. ¡Oh amarga separación para los tiernos padres, que llorando la bendicen! Mientras tanto, María, sola, subió las demás gradas, sin volver atrás ni dar la menor muestra de turbación. Ana y Joaquín, después de seguirla con su amorosa mirada, volvieron a Nazaret tristes y doloridos, como privados del más rico tesoro de su casa, pero fortalecidos con la voluntad divina. Con esta narración es conforme la que hacen el Damasceno, Niceno y Nicéforo. De regreso del Templo donde había hecho al Señor la sagrada oferta de un corderillo inocente, Santa Ana encontró la casa vacía, desnuda, fría; faltaba aquel rico, aquel espléndido tesoro que la iluminaba, la llenaba, la alegraba. Ella había hecho entrega generosa al buen Dios de su celestial Hija, objeto de sus complacencias; Dios en compensación le hacía tranquilo el resto de su vida al reflejo de las virtudes fúlgidas, sublimes, heroicas de su Hija. Es dulce imaginar como nuestra Santa seguía siempre con el pensamiento y con el afecto a su amable Hija en todas sus acciones, cómo la acompañaba a toda hora con las más copiosas bendiciones, gozosa de ver proclamada santa por el Sumo Sacerdote a aquella criatura que, Ella sabía, era iris de paz, lazo de unión entre Dios y los hombres. La Virgen en su presentación de regreso del templo, dice San Ambrosio, fue la guía, la princesa, y la madre especial de aquel brillante coro de vírgenes que en los sagrados claustros consagraron a Dios su virginidad. La mayor fortuna que puede tener un alma en la tierra, dice la Virgen a la Venerable de Agreda, es la de consagrarse a Dios en su templo. La que prefiere el claustro y el retiro elige la mejor parte. Ahí está el puerto seguro, sin los peligros de la vida mundana, en los que Satanás y sus secuaces han introducido costumbres abominables. La santa profesión los llena de furor e indignación. He aquí el por qué de tanta guerra a los monasterios. Es la antigua guerra que los hijos de la serpiente renuevan contra los hijos de la Inmaculada, cerrándoles el camino para la entrada a ese divino puerto. ¡Ah! ruega fervorosamente por que la Virgen Santísima apresure su indudable triunfo y tenga siempre predilección por los monasterios y sujetos religisosos. Si el Señor después te llamaré a este estado de perfección, te digo con San Jerónimo: “Salta presto sobre la nave y no pierdas tiempo; rompe los lazos que a la tierra te ligan y no la abandones jamás”. Vivamos también nosotros plenamente conformes a la divina voluntad, si queremos agradar al Señor y merecer sus bendiciones. EJEMPLO Luid Odín y otros escritores narran que un joven para lograr sus perversos intentos, después de haber abandonado la fe, y haberse dado al demonio, estuvo por espacio de siete años en familiares conversaciones con él. Por fin, atormentado por terribles remordimientos, no sabía decidirse a volver a Dios, porque estaba subyugado por el influjo satánico. Un día empero oyendo hablar del sumo poder de Santa Ana concibió deseos de recurrir a su patrocinio y Santa Ana oyó su plegaria, su súplica y le tocó el corazón con tanta fuerza que supo vencer los obstáculos todos y superar cuantas dificultades se oponían a su conversión. ¡tantas amarguras lo habían angustiado, tantos desengaños llagado el corazón! Se confesó devotamente de todos sus pecados y llevó vida ejemplar para así alcanzar una santa muerte. OBSEQUIO.- Prometemos a Dios regresa al recto camino. JACULATORIA.- Felicísima Santa Ana, haced que sigamos vuestras huellas. ORACIÓN ¡Oh, gloriosa Santa Ana, incomparable madre de la más santa y excelsa de las hijas!; cada vez me confirmo más que Dios, para haceros digna de tan grande honor, os enriqueció con toda gracia y perfección. Y ¿cómo sin especialísima gracia podríais con tanta facilidad privaros de una hija tan amable y dejarla en el templo, lejos de vuestras miradas y vuestras dulces caricias? ¿Con qué abundancia habrá Dios retribuído vuestro grande sacrificio? ¡Ah, gozad, pues, las perpetuas alabanzas que os vienen de la Iglesia toda de los santos! Mas, en medio de tanta gloria, dirigid una mirada amorosa a este vuestro devoto, que junto con vuestra santísima hija, quiere consagrarse enteramente al Señor. Haced que no mire ni más bien, ni más honor, ni más vida, que la gloria del mío y vuestro Señor. Amén. Padre Nuestro, Ave María y Gloria. |
