Archivo de Septiembre 2008

San Cayetano

Septiembre 30, 2008

Breve Biografía

Nació en 1480 en Vicenza, Italia. Su padre, militar, murió defendiendo la ciudad contra un ejército enemigo. El niño quedó al cuidado de su madre, que se esmeró intensamente por formarlo.

Estudió en la Universidad de Padua, donde obtuvo dos doctorados y sobresalió por su presencia venerable y por su bondad exquisita, que le permitió hacerse de muchas amistades.

Se fue después a Roma, y en esa ciudad llegó a ser secretario privado del Papa Julio II, y notario de la Santa Sede.

A los 33 años fue ordenado sacerdote. El respeto que tenía por la Santa Misa era tan grande, que entre su ordenación sacerdotal y su primera misa pasaron tres meses, tiempo que dedicó a prepararse para la santa celebración.

En Roma se inscribió en una asociación llamada “Del Amor Divino”, cuyos integrantes se esmeraban por llevar una vida lo mas fervorosa posible y por dedicarse a ayudar a los pobres y a los enfermos.

Viendo que el estado de relajación de los católicos era sumamente grande y escandaloso, se propuso fundar una comunidad de sacerdotes que se dedicaran a llevar una vida santa y a enfervorizar a los fieles. Y fundó los Padres Teatinos (nombre que les dan a los que habitan Teati, la ciudad de la cual era obispo el superior de la comunidad, G. Caraffa, quien después llegó a ser el Papa Pablo IV).

San Cayetano le escribía a un amigo: “Me siento sano del cuerpo pero enfermo del alma, al ver como Cristo espera la conversión de todos, y son tan poquitos los que se mueven a convertirse”.

Este era el más grande anhelo de su vida: que las personas empezaran a llevar una vida más de acuerdo con el santo Evangelio. Y donde quiera que estuvo trabajó para conseguirlo.

En ese tiempo estalló la revolución de Lutero y se declaró en guerra contra la Iglesia de Roma. Muchos querían seguir su ejemplo, atacando y criticando a los jefes de la santa Iglesia Católica, pero San Cayetano les decía:

“Lo primero que hay que hacer para reformar la Iglesia es reformarse a sí mismo”.

San Cayetano era de familia muy rica y se desprendió de todos sus bienes; que al igual que lo que recibía los repartía entre los pobres. En una carta escribió la razón que tuvo para ello:

“Veo a mi Cristo pobre, y ¿yo me atreveré a seguir viviendo como rico?”. “Veo a mi Cristo humillado y despreciado, y seguiré deseando que me rindan honores? Oh, que ganas siento de llorar al ver que las personas no sienten deseos de imitar al Redentor Crucificado” .

En Nápoles, un señor rico quiso regalarle unas fincas para que viva de la renta, junto con sus compañeros, diciéndole que allí las personas no son tan generosas como en otras ciudades. El santo rechazó la oferta y le dijo:

“Dios es el mismo aquí y en todas partes, y El nunca nos ha desamparado, ni siquiera por un minuto”.

Fundó asociaciones llamadas “Montes de piedad” (Montepíos) que se dedicaban a prestar dinero con bajísimos intereses a gente muy pobre.

Sentía un inmenso amor por Nuestro Señor, y lo adoraba especialmente en la Sagrada Eucaristía y recordando la santa infancia de Jesús. Su imagen preferida era la del Divino Niño Jesús.

La gente lo llamaba: “El padrecito que es muy sabio, pero a la vez muy santo”.

Donde quiera que estuviera dedicaba los ratos libres, a atender a los enfermos en los hospitales, especialmente a los más abandonados y a los que estaban en peor estado de salud.

Un día, en su casa de religioso no había nada para comer, porque todos habían repartido sus bienes entre los pobres. San Cayetano fue al altar y dando unos golpecitos en la puerta del Sagrario donde estaban las Santas hostias, dijo con toda confianza:

“Jesús amado, te recuerdo que no tenemos hoy nada para comer”.

Al poco tiempo, llegaron unas mulas trayendo una buena cantidad de provisiones, y los arrieros no quisieron decir de dónde las enviaban.

En sus últimos días, cuando ya estaba enfermo, el médico aconsejó que lo acostaran sobre un colchón de lana, pero el santo exclamó:

“Mi Salvador murió sobre una tosca cruz. Por favor, permítame a mí, que soy un pobre pecador, morir sobre unas tablas”.

Y así murió, el 7 de agosto del año 1547, en Nápoles, a la edad de 67 años, desgastado de tanto trabajar para conseguir la santificación de las almas.

Enseguida empezaron a conseguirse milagros por su intercesión y el Sumo Pontífice lo declaró santo en 1671.

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Pensamientos

“El sacrificio de la Misa es la ocupación

Más excelente de la Tierra, el negocio más urgente,

Preferible a cualquier otro,

Por ser la vida y savia de toda obra”.

***

“Yo, polvo y gusanillo, me atrevo

a presentarme ante la Santísima Trinidad

y tocar con mis manos al Creador del Universo.

***

¿Qué podemos hacer?

Podemos hacer algo por los demás.

***

“No estaré satisfecho hasta que vea

a los cristianos acercarse al Banquete Celestial

con sencillez de niños hambrientos y gozosos,

y no llenos de miedo y falsa vergüenza”.

***

“En la Iglesia se rinde a Dios

el homenaje de la adoración

y en el hospital

lo encontramos personalmente”.

***

“Debemos entregarnos sin reserva

en manos de la Providencia”.

***

“Cada uno reforma la Iglesia

sólo reformándose a sí mismo…”

***

“No dejemos de luchar

hasta que veamos a todos los cristianos

correr hambrientos para nutrirse

del Pan Sagrado”.

***

“Veo a Cristo pobre y a mí rico;

a Él escarnecido y a mí agasajado;

a Él sufriendo y a mi gozando.

Me muero de ganas de caminar

algunos pasos a su encuentro.”

***

“No temamos contagiarnos

de la enfermedad de nuestros hermanos;

temamos contagiarnos del egoísmo

que mata nuestra alma”.

***

“Si no tenemos bienes, no digamos;

“no tengo nada para dar, soy pobre”

Porque entonces sí nos veremos privados

de todo bien, porque seremos pobres en amor,

pobres en humanidad, pobres en confianza en Dios,

pobres en esperanza eterna”

***

“Tenemos la riqueza de unas manos para ayudar

y de un corazón para amar: somos ricos en amor,

en Su amor.”

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Carta de San Cayetano a su sobrina Isabel de Thiene, próxima a ser madre:

Queridísima en Cristo y por Cristo hija mía:

Como la Virgen María visitó a Santa Isabel y por ella Jesús santificó al niño que estaba en su seno y a ella misma, deseo visitarte a ti y al hijo de tus entrañas, para que tú, que eres el árbol y el fruto que nacerá, seas, ahora y siempre, alegría de los ángeles y gloria de Cristo bendito.

Soy pecador, hija mía, y tengo en poca estima mis méritos. Pero recurro a los siervos del Señor para que rueguen por ti a Jesucristo y a su madre. Pero advierte que todos los santos no pueden hacerte tan agradable a Cristo como lo que puedes tú misma. De tu voluntad depende, y si quieres que Cristo te ame, y eficazmente te ayude, ámalo tú, encamina tu voluntad a complacerlo en todo y siempre, y aunque fueras abandonada de todos los santos del Cielo y de todas las criaturas, no dudes que Él te ayudará en todas tus necesidades.

Sabe, hija mía, que estamos en este mundo como peregrinos, de viaje. Nuestra patria es el Cielo. El que se embriaga en los goces de esta vida pierde el camino y va a muerte. Mientras estemos aquí debemos conquistar la vida eterna. No podemos nosotros solos, después de haberla perdido por nuestros propios pecados. Jesucristo nos la ha reconquistado. Nuestro deber es darle gracias, amarlo, obedecerle, permanecer a su lado cuanto nos sea posible.

El se nos ha dado en comida. ¡lnfeliz del cristiano que desconoce este don! Estar en condiciones de poseer a Cristo, hijo de la Virgen María, y no quererlo! ¡Ay de aquel que no procura recibirlo! El bien que deseas para mi, para ti lo quiero, hija mía. Pero un solo medio existe para su completa posesión: la oración constante a la Virgen Maria, para que se digne a visitarte con su Hijo glorioso.

No temas pecar de audaz rogándome quiera darte a su Hijo, verdadero manjar de tu alma, en el Santísimo Sacramento. De buen grado te lo concederá para santificarte a ti y a todos tus hijos, a través del viaje oscuro por el bosque de esta vida, donde tantos enemigos nos acechan constantemente. Con ayuda tan preciosa estarán lejos de nosotros, como moscas de las llamas. De lo contrario nos adormecerán para lanzarnos, narcotizados, por los caminos del Infierno. Si se nos advierte, no le creemos, aturdidos como estamos por ese tóxico diabólico. Un solo contraveneno puede curarnos de este mal: la comunión del Hijo de la Virgen Maria, Jesucristo, hombre y Dios.

Te ruego, pues, hija mía, que laves tu alma con la santa confesión con el reverendo Padre Bautista, nuestro confesor, y que comulgues un día a tu elección, sin aguardar la hora del parto. Hija mía, no recibas a Jesucristo para que El se acomode a tu voluntad, antes entrégate a El, para que se digne a recibirte, y hacer de ti cuanto le plazca. Esta es mi voluntad, este es mi ruego insistente.

Quiero que hagas, cuanto antes, completa donación de ti y del fruto de tus entrañas al Hijo de la Virgen Maria, repitiendo esta oración: “Toda me entrego a ti, oh Señor. Haz que sea siempre tuya con todos los hijos que me daráis. ¡Oh, de cuanto valor no será este ofrecimiento, sin esperar las angustias del parto!

Si me amas, cumple mi deseo, y que tu marido te lo imponga a su vez. Después hazlo tú espontáneamente, no por mi imposición ni por la de él.

En el momento del parto reitera la misma oración. Date nuevamente a Cristo y a su Santísima Madre, suplicándoles que te hagan buena madre de un hijo bueno también. Tengo la seguridad de que el Padre Bautista acudirá de buen grado, si tú lo haces llamar, pues me consta que te ama en Cristo. Si quieres tenerme contento pon en práctica cuanto te he dicho.

Deseo para tu esposo la alegría de la tierra y los goces del paraíso. Mas yo afirmo, porque todo lo he probado por mi infinita maldad, que ni él, ni rey alguno, tienen ni tendrán jamás verdadero gozo en el mundo si no es por medio de Cristo. Todas las demás alegrías no son otra cosa que ardides y engaños de Satanás, con los cuales astutamente seduce a quienes le sirven. Cree lo que digo, hija mía, que yo no voy a engañarte. Quiero a tu alma como a la mía y a tu cuerpo más que a mi, porque mi cuerpo quisiera odiarlo al mismo demonio.

Ruega por mí, y presenta mis respetos a todos los tuyos.

Venecia, 10 de Julio de 1522
Cayetano, miserable sacerdote.

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ORACIÓN A SAN CAYETANO

¡Oh Glorioso San Cayetano!

Padre de la Providencia, no permitas

que en mi casa me falte la subsistencia y de tu

liberal mano una limosna te pido en

lo temporal y humano.

¡Oh glorioso San Cayetano!

Providencia, Providencia, Providencia.

——-

(aquí se pide la gracia que se desea conseguir).

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Padre Nuestro, Ave María y Gloria Patri.

JACULATORIA

Glorioso San Cayetano, interceded por nosotros ante la Divina Providencia.

Buenos Aires, Junio 5 de 1931. Puede Imprimirse.S.L. Copello. Con licencia eclesiástica

Bibliografía:“San Cayetano: en manos de la providencia”. Compilado por Nelly Pedrozo.Buenos Aires.Ciudad Nueva, 2007.

Viaje del Santo Padre a Lourdes

Septiembre 28, 2008

SANTA MISA EN EL 150 ANIVERSARIO DE LAS APARICIONES
HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
Prairie, Lourdes
Domingo 14 de septiembre de 2008

 

“Id y decid a los sacerdotes que vengan en procesión y que se construya aquí una capilla”.

Éste es el mensaje que Bernadette recibió de la “Hermosa Señora” en las apariciones del 2 de marzo de 1858. Desde hace ciento cincuenta años, los peregrinos nunca han dejado de venir a la gruta de Massabielle para escuchar el mensaje de conversión y esperanza. Y también nosotros, estamos aquí esta mañana a los pies de María, la Virgen Inmaculada, para acudir a su escuela con la pequeña Bernadette.

“¡Qué dicha tener la Cruz! Quien posee la Cruz posee un tesoro” (S. Andrés de Creta, Sermón 10, sobre la Exaltación de la Santa Cruz: PG 97,1020).

En este día en el que la liturgia de la Iglesia celebra la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, el Evangelio que acabamos de escuchar, nos recuerda el significado de este gran misterio: Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para salvar a los hombres (cf. Jn 3,16).

El Hijo de Dios se hizo vulnerable, tomando la condición de siervo, obediente hasta la muerte y una muerte de cruz (cf. Fil 2,8).

Por su Cruz hemos sido salvados. El instrumento de suplicio que mostró, el Viernes Santo, el juicio de Dios sobre el mundo, se ha transformado en fuente de vida, de perdón, de misericordia, signo de reconciliación y de paz.

“Para ser curados del pecado, miremos a Cristo crucificado”, decía san Agustín (Tratado sobre el Evangelio de san Juan, XII, 11).

Al levantar los ojos hacia el Crucificado, adoramos a Aquel que vino para quitar el pecado del mundo y darnos la vida eterna.

La Iglesia nos invita a levantar con orgullo la Cruz gloriosa para que el mundo vea hasta dónde ha llegado el amor del Crucificado por los hombres, por todos los hombres.

Nos invita a dar gracias a Dios porque de un árbol portador de muerte, ha surgido de nuevo la vida.

Sobre este árbol, Jesús nos revela su majestad soberana, nos revela que Él es el exaltado en la gloria. Sí, “venid a adorarlo”. En medio de nosotros se encuentra Quien nos ha amado hasta dar su vida por nosotros, Quien invita a todo ser humano a acercarse a Él con confianza.

Es el gran misterio que María nos confía también esta mañana invitándonos a volvernos hacia su Hijo. En efecto, es significativo que, en la primera aparición a Bernadette, María comience su encuentro con la señal de la Cruz. Más que un simple signo, Bernadette recibe de María una iniciación a los misterios de la fe.

La señal de la Cruz es de alguna forma el compendio de nuestra fe, porque nos dice cuánto nos ha amado Dios; nos dice que, en el mundo, hay un amor más fuerte que la muerte, más fuerte que nuestras debilidades y pecados.

El poder del amor es más fuerte que el mal que nos amenaza. Este misterio de la universalidad del amor de Dios por los hombres, es el que María reveló aquí, en Lourdes. Ella invita a todos los hombres de buena voluntad, a todos los que sufren en su corazón o en su cuerpo, a levantar los ojos hacia la Cruz de Jesús para encontrar en ella la fuente de la vida, la fuente de la salvación.

La Iglesia ha recibido la misión de mostrar a todos el rostro amoroso de Dios, manifestado en Jesucristo. ¿Sabremos comprender que en el Crucificado del Gólgota está nuestra dignidad de hijos de Dios que, empañada por el pecado, nos fue devuelta?

Volvamos nuestras miradas hacia Cristo. Él nos hará libres para amar como Él nos ama y para construir un mundo reconciliado.

Porque, con esta Cruz, Jesús cargó el peso de todos los sufrimientos e injusticias de nuestra humanidad. Él ha cargado las humillaciones y discriminaciones, las torturas sufridas en numerosas regiones del mundo por muchos hermanos y hermanas nuestros por amor a Cristo. Les encomendamos a María, Madre de Jesús y Madre nuestra, presente al pie de la Cruz.

Para acoger en nuestras vidas la Cruz gloriosa, la celebración del jubileo de las apariciones de Nuestra Señora en Lourdes nos ha permitido entrar en una senda de fe y conversión.

Hoy, María sale a nuestro encuentro para indicarnos los caminos de la renovación de la vida de nuestras comunidades y de cada uno de nosotros. Al acoger a su Hijo, que Ella nos muestra, nos sumergimos en una fuente viva en la que la fe puede encontrar un renovado vigor, en la que la Iglesia puede fortalecerse para proclamar cada vez con más audacia el misterio de Cristo.

Jesús, nacido de María, es el Hijo de Dios, el único Salvador de todos los hombres, vivo y operante en su Iglesia y en el mundo. La Iglesia ha sido enviada a todo el mundo para proclamar este único mensaje e invitar a los hombres a acogerlo mediante una conversión auténtica del corazón.

Esta misión, que fue confiada por Jesús a sus discípulos, recibe aquí, con ocasión de este jubileo, un nuevo impulso. Que siguiendo a los grandes evangelizadores de vuestro País, el espíritu misionero que animó tantos hombres y mujeres de Francia a lo largo de los siglos, sea todavía vuestro orgullo y compromiso.

Siguiendo el recorrido jubilar tras las huellas de Bernadette, se nos recuerda lo esencial del mensaje de Lourdes. Bernadette era la primogénita de una familia muy pobre, sin sabiduría ni poder, de salud frágil. María la eligió para transmitir su mensaje de conversión, de oración y penitencia, en total sintonía con la palabra de Jesús: “Porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla” (Mt 11,25).

En su camino espiritual, también los cristianos están llamados a desarrollar la gracia de su Bautismo, a alimentarse de la Eucaristía, a sacar de la oración la fuerza para el testimonio y la solidaridad con todos sus hermanos en la humanidad (cf. Homenaje a la Inmaculada Concepción, Plaza de España, 8 diciembre 2007). Es, pues, una auténtica catequesis la que también a nosotros se nos propone, bajo la mirada de María. Dejémonos también nosotros instruir y guiar en el camino que conduce al Reino de su Hijo.

Continuando su catequesis, la “Hermosa Señora” revela su nombre a Bernadette: “Yo soy la Inmaculada Concepción”.

María le desvela de este modo la gracia extraordinaria que Ella recibió de Dios, la de ser concebida sin pecado, porque “ha mirado la humillación de su esclava” (cf. Lc 1,48). María es la mujer de nuestra tierra que se entregó por completo a Dios y que recibió de Él el privilegio de dar la vida humana a su eterno Hijo. “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Ella es la hermosura transfigurada, la imagen de la nueva humanidad. De esta forma, al presentarse en una dependencia total de Dios, María expresa en realidad una actitud de plena libertad, cimentada en el completo reconocimiento de su genuina dignidad. Este privilegio nos concierne también a nosotros, porque nos desvela nuestra propia dignidad de hombres y mujeres, marcados ciertamente por el pecado, pero salvados en la esperanza, una esperanza que nos permite afrontar nuestra vida cotidiana. Es el camino que María abre también al hombre. Ponerse completamente en manos de Dios, es encontrar el camino de la verdadera libertad. Porque, volviéndose hacia Dios, el hombre llega a ser él mismo. Encuentra su vocación original de persona creada a su imagen y semejanza.

Queridos hermanos y hermanas, la vocación primera del santuario de Lourdes es ser un lugar de encuentro con Dios en la oración, y un lugar de servicio fraterno, especialmente por la acogida a los enfermos, a los pobres y a todos los que sufren.

En este lugar, María sale a nuestro encuentro como la Madre, siempre disponible a las necesidades de sus hijos. Mediante la luz que brota de su rostro, se trasparenta la misericordia de Dios. Dejemos que su mirada nos acaricie y nos diga que Dios nos ama y nunca nos abandona.

María nos recuerda aquí que la oración, intensa y humilde, confiada y perseverante debe tener un puesto central en nuestra vida cristiana.

La oración es indispensable para acoger la fuerza de Cristo. “Quien reza no desperdicia su tiempo, aunque todo haga pensar en una situación de emergencia y parezca impulsar sólo a la acción” (Deus caritas est, n. 36).

Dejarse absorber por las actividades entraña el riesgo de quitar de la plegaria su especificad cristiana y su verdadera eficacia.

En el Rosario, tan querido para Bernadette y los peregrinos en Lourdes, se concentra la profundidad del mensaje evangélico. Nos introduce en la contemplación del rostro de Cristo. De esta oración de los humildes podemos sacar copiosas gracias.

La presencia de los jóvenes en Lourdes es también una realidad importante. Queridos amigos aquí presentes esta mañana alrededor de la Cruz de la Jornada Mundial de la Juventud, cuando María recibió la visita del ángel, era una jovencita en Nazaret, que llevaba la vida sencilla y animosa de las mujeres de su pueblo. Y si la mirada de Dios se posó especialmente en Ella, fiándose, María quiere deciros también que nadie es indiferente para Dios.

Él os mira con amor a cada uno de vosotros y os llama a una vida dichosa y llena de sentido. No dejéis que las dificultades os descorazonen.

María se turbó cuando el ángel le anunció que sería la Madre del Salvador. Ella conocía cuánta era su debilidad ante la omnipotencia de Dios. Sin embargo, dijo “sí” sin vacilar. Y gracias a su sí, la salvación entró en el mundo, cambiando así la historia de la humanidad.

Queridos jóvenes, por vuestra parte, no tengáis miedo de decir sí a las llamadas del Señor, cuando Él os invite a seguirlo. Responded generosamente al Señor. Sólo Él puede colmar los anhelos más profundos de vuestro corazón. Sois muchos los que venís a Lourdes para servir esmerada y generosamente a los enfermos o a otros peregrinos, imitando así a Cristo servidor. El servicio a los hermanos y a las hermanas ensancha el corazón y lo hace disponible.

En el silencio de la oración, que María sea vuestra confidente, Ella que supo hablar a Bernadette con respeto y confianza.

Que María ayude a los llamados al matrimonio a descubrir la belleza de un amor auténtico y profundo, vivido como don recíproco y fiel.

A aquellos, entre vosotros, que Él llama a seguirlo en la vocación sacerdotal o religiosa, quisiera decirles la felicidad que existe en entregar la propia vida al servicio de Dios y de los hombres.

Que las familias y las comunidades cristianas sean lugares donde puedan nacer y crecer sólidas vocaciones al servicio de la Iglesia y del mundo.

El mensaje de María es un mensaje de esperanza para todos los hombres y para todas las mujeres de nuestro tiempo, sean del país que sean.

Me gusta invocar a María como “Estrella de la esperanza” (Spe salvi, n. 50).

En el camino de nuestras vidas, a menudo oscuro, Ella es una luz de esperanza, que nos ilumina y nos orienta en nuestro caminar. Por su sí, por el don generoso de sí misma, Ella abrió a Dios las puertas de nuestro mundo y nuestra historia.

Nos invita a vivir como Ella en una esperanza inquebrantable, rechazando escuchar a los que pretenden que nos encerremos en el fatalismo.

Nos acompaña con su presencia maternal en medio de las vicisitudes personales, familiares y nacionales. Dichosos los hombres y las mujeres que ponen su confianza en Aquel que, en el momento de ofrecer su vida por nuestra salvación, nos dio a su Madre para que fuera nuestra Madre.

Queridos hermanos y hermanas, en Francia, la Madre del Señor es venerada en innumerables santuarios, que manifiestan así la fe transmitida de generación en generación. Celebrada en su Asunción, Ella es la amada patrona de vuestro país. Que Ella sea siempre venerada con fervor en cada una de vuestras familias, de vuestras comunidades religiosas y parroquiales. Que María vele sobre todos los habitantes de vuestro hermoso País y sobre todos los numerosos peregrinos que han venido de otros países a celebrar este jubileo. Que Ella sea para todos la Madre que acompaña a sus hijos tanto en sus gozos como en sus pruebas.

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, enséñanos a creer, a esperar y a amar contigo. Muéstranos el camino hacia el Reino de tu Hijo Jesús. Estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino (cf. Spe salvi, n. 50). Amén.

Viaje del Santo Padre a Lourdes

Septiembre 28, 2008

PROCESIÓN EUCARÍSTICA EN LA PRAIRIE

MEDITACIÓN DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Lourdes, domingo 14 de septiembre de 2008

 

Señor Jesús, estás aquí.

Y vosotros, hermanos, hermanas, amigos míos.

Estáis aquí, conmigo, ante Él.

Señor, hace dos mil años, aceptaste subir a una Cruz de infamia para resucitar después y permanecer siempre con nosotros, tus hermanos, tus hermanas.

Y vosotros, hermanos, hermanas, amigos míos, habéis aceptado dejaros atraer por Él.

Lo contemplamos, lo adoramos, lo amamos. Buscamos amarlo todavía más.

Contemplamos a Aquel que, durante la cena pascual, ha entregado su Cuerpo y su Sangre a sus discípulos, para estar con ellos “todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

Adoramos a Aquel que está al inicio y al final de nuestra fe, sin el que no estaríamos aquí esta tarde, sin el que no seríamos nada, sin el que no existiría nada, nada, absolutamente nada.

Aquel, por medio de quien “se hizo todo” (Jn 1,3); por quien hemos sido creados, para la eternidad; el que nos ha dado su propio Cuerpo y su propia Sangre, Él está aquí, esta tarde, ante nosotros, ofreciéndose a nuestras miradas.

Amamos, y buscamos amar todavía más, a Quien está aquí, ante nosotros, abierto a nuestras miradas, tal vez a nuestras preguntas, a nuestro amor.

Sea que caminemos, o estemos clavados en el lecho del dolor —que caminemos con gozo o estemos en el desierto del alma (cf. Num 21,5)—, Señor, acógenos a todos en tu Amor: en el amor infinito, que es eternamente el del Padre al Hijo y del Hijo al Padre, el del Padre y del Hijo al Espíritu, y el del Espíritu al Padre y al Hijo.

La Hostia Santa expuesta ante nuestros ojos proclama este poder infinito del Amor manifestado en la Cruz gloriosa.

La Hostia Santa proclama el increíble anonadamiento de Quien se hizo pobre para darnos su riqueza, de Quien aceptó perder todo para ganarnos para su Padre.

La Hostia Santa es el Sacramento vivo y eficaz de la presencia eterna del Salvador de los hombres en su Iglesia.

Hermanos, hermanas, amigos míos, aceptemos, aceptad, ofreceros a Quien nos lo ha dado todo, que vino no para juzgar al mundo, sino para salvarlo (cf. Jn 3,17), aceptad reconocer en vuestras vidas la presencia activa de Quien está aquí presente, ante nuestras miradas.

Aceptad ofrecerle vuestras propias vidas.

María, la Virgen Santa, María, la Inmaculada Concepción, aceptó, hace dos mil años, entregarle todo, ofrecer su cuerpo para acoger el Cuerpo del Creador.

Todo ha venido de Cristo, incluso María; todo ha venido por María, incluso Cristo.

María, la Santísima Virgen, está con nosotros esta tarde, ante el Cuerpo de su Hijo, ciento cincuenta años después de revelarse a la pequeña Bernadette.

Virgen Santa, ayúdanos a contemplar, ayúdanos a adorar, ayúdanos a amar, a amar más todavía a Quien nos amó tanto, para vivir eternamente con Él.

Una inmensa muchedumbre de testigos está invisiblemente presente a nuestro lado, cerca de esta bendita gruta y ante esta iglesia querida por la Virgen María; la multitud de todos los que han contemplado, venerado, adorado, la presencia real de Quien se nos entregó hasta la última gota de su sangre; la muchedumbre de todos los que pasaron horas adorándolo en el Santísimo Sacramento del Altar.

Esta tarde, no los vemos, pero los oímos aquí, diciéndonos a cada uno de nosotros: “Ven, déjate llamar por el Maestro. Él está aquí y te llama (cf. Jn 11,28). Él quiere tomar tu vida y unirla a la suya. Déjate atraer por Él. No mires ya tus heridas, mira las suyas. No mires lo que te separa aún de Él y de los demás; mira la distancia infinita que ha abolido tomando tu carne, subiendo a la Cruz que le prepararon los hombres y dejándose llevar a la muerte para mostrar su amor. En estas heridas, te toma; en estas heridas, te esconde. No rechaces su amor”.

La multitud inmensa de testigos que se dejó atraer por su Amor, es la muchedumbre de los santos del cielo que no cesan de interceder por nosotros.

Eran pecadores y lo sabían, pero aceptaron no mirar sus heridas y mirar sólo las heridas de su Señor, para descubrir en ellas la gloria de la Cruz, para descubrir en ellas la victoria de la Vida sobre la muerte.

San Pierre-Julien Eymard lo dijo todo cuando escribió: “La Santa Eucaristía, es Jesucristo pasado, presente y futuro” (Predicaciones e instrucciones parroquiales después de 1856, 4-2,1. Sobre la meditación).

Jesucristo pasado, en la verdad histórica de la tarde en el cenáculo, que se nos recuerda en toda celebración de la Santa Misa.

Jesucristo presente, porque nos dice: “Tomad y comed todos, porque esto es mi cuerpo, ésta es mi sangre”. “Esto es”, en presente, aquí y ahora, como en todos los aquí y ahora de la historia de los hombres.

Presencia real, presencia que sobrepasa nuestros pobres labios, nuestros pobres corazones, nuestros pobres pensamientos.

Presencia ofrecida a nuestras miradas como aquí, esta tarde, cerca de la gruta donde María se reveló como Inmaculada Concepción.

La Eucaristía es también Jesucristo futuro, Jesucristo que viene.

Cuando contemplamos la Hostia Santa, su cuerpo glorioso transfigurado y resucitado, contemplamos lo que contemplaremos en la eternidad, descubriendo el mundo entero llevado por su Creador cada segundo de su historia.

 Cada vez que lo comemos, pero también cada vez que lo contemplamos, lo anunciamos, hasta que el vuelva, “donec veniat”. Por eso lo recibimos con infinito respeto.

Algunos de nosotros no pueden o no pueden todavía recibirlo en el Sacramento, pero pueden contemplarlo con fe y amor, y manifestar el deseo de poder finalmente unirse a Él. Es un deseo que tiene gran valor ante Dios: esperan con mayor ardor su vuelta; esperan a Jesucristo, que debe venir.

Cuando una amiga de Bernadette, el día después de su Primera Comunión, le preguntó: “¿Cuándo has sido más feliz: en tu Primera Comunión o en la apariciones?”, Bernadette respondió: “Son dos cosas inseparables, pero no se pueden comparar. He sido feliz en las dos” (Manuelita Estrade, 4 junio 1958). Su párroco ofreció este testimonio al Obispo de Tarbes acerca de su Primera Comunión: “Bernadette se comportó con gran recogimiento, con una atención que no dejaba nada que desear… Aparecía profundamente consciente de la acción santa que estaba llevando a cabo. Todo sucedió en ella de manera sorprendente”.

Con Pierre-Julien Eymard y con Bernadette, invocamos el testimonio de tantos y tantos santos y santas ardientemente enamorados de la Santa Eucaristía.

Nicolás Cabasilas escribió y nos dice esta tarde: “Si Cristo permanece en nosotros, ¿de qué tenemos necesidad? ¿Qué nos falta? Si permanecemos en Cristo, ¿qué más podemos desear? Es nuestro huésped y nuestra morada. ¡Dichosos nosotros que estamos en su casa! ¡Qué gozo ser nosotros mismos la morada de tal huésped!” (La vie en Jésus-Christ, IV,6).

El Beato Charles de Foucauld nació en 1858, el mismo año de las apariciones de Lourdes. No lejos de su cuerpo ajado por la muerte, se encuentra, como el grano de trigo caído en tierra, el viril con el Santísimo Sacramento que el Hermano Charles adoraba cada día durante largas horas.

El Padre de Foucauld nos ofrece la oración desde el hondón de su alma, plegaria dirigida a nuestro Padre, pero que con Jesús podemos con toda verdad hacer nuestra ante la Hostia Santa:

«“Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”. Es la última oración de nuestro Maestro, de nuestro Amado… Que sea también la nuestra, que no sea sólo la de nuestro último instante, sino la de todos nuestros instantes:

“Padre, me pongo en tus manos;
Padre confío en ti;
Padre, me entrego a ti;
Padre, haz de mí lo que quieras,
sea lo que sea, te doy las gracias;
gracias por todo;
estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo;
te doy las gracias,
con tal de que tu voluntad se cumpla en mí, Dios mío,
y en todas tus criaturas, en todos tus hijos,
en todos aquellos que ama tu corazón.

No deseo nada más, Dios mío.
Te confío mi alma, te la doy, Dios mío,
con todo el amor de que soy capaz,
porque te amo,
y necesito darme,
ponerme en tus manos sin medida,
con una infinita confianza,
porque Tú eres mi Padre”».

Amados hermanos y hermanas, peregrinos y habitantes de estos valles, Hermanos Obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas, todos vosotros que estáis viendo el infinito anonadamiento del Hijo de Dios y la gloria infinita de la Resurrección, permaneced en silencio y adorad a vuestro Señor, nuestro Maestro y Señor Jesucristo.

Permaneced en silencio, después hablad y decid al mundo: no podemos callar lo que sabemos.

Id y proclamad al mundo entero las maravillas de Dios, presente en cada momento de nuestras vidas, en toda la tierra.

 Que Dios nos bendiga y nos guarde, que nos conduzca por el camino de la vida eterna, Él que es la Vida, por los siglos de los siglos. Amén.

Viaje apostólico del Santo Padre a Lourdes

Septiembre 28, 2008

Homilía del Santo Padre Benedicto XVI en la explanada de los inválidos, sábado 13 de septiembre de 2008, Paris.

La primera carta de San Pablo, dirigida a los Corintios, nos hace descubrir, en este año Paulino inaugurado el pasado 28 de junio, hasta qué punto sigue siendo actual el consejo dado por el Apóstol. “No tengáis que ver con la idolatría” (1 Co 10, 14), escribió a una comunidad muy afectada por el paganismo e indecisa entre la adhesión a la novedad del Evangelio y la observancia de las viejas prácticas heredadas de sus antepasados.

No tener que ver con los ídolos significaba entonces dejar de honrar a los dioses del Olimpo, dejar de ofrecerles sacrificios cruentos. Huir de los ídolos era seguir las enseñanzas de los profetas del Antiguo Testamento, que denunciaban la tendencia del espíritu humano a hacerse falsas representaciones de Dios.

Como dice el Salmo 113 a propósito de las estatuas de los ídolos, éstas no son más que “oro y plata, obra de manos humanas. Tienen boca y no hablan, ojos y no ven, oídos y no oyen, narices y no huelen” (vv. 4-5).

Fuera del pueblo de Israel, que había recibido la revelación del Dios único, el mundo antiguo era esclavo del culto a los ídolos. Los errores del paganismo, muy visibles en Corinto, debían ser denunciados porque eran una potente alienación y desviaban al hombre de su verdadero destino. Impedían reconocer que Cristo es el único y verdadero Salvador, el único que indica al hombre el camino hacia Dios.

Este llamamiento a huir de los ídolos sigue siendo válido también hoy. ¿Acaso nuestro mundo contemporáneo no crea sus propios ídolos? ¿No imita, quizás sin saberlo, a los paganos de la antigüedad, desviando al hombre de su verdadero fin de vivir por siempre con Dios?

Ésta es una cuestión que todo hombre honesto consigo mismo se plantea un día u otro. ¿Qué es lo que importa en mi vida? ¿Qué debo poner en primer lugar?

La palabra “ídolo” viene del griego y significa “imagen”, “figura”, “representación”, pero también “espectro”, “fantasma”, “vana apariencia”.

El ídolo es un señuelo, pues desvía a quien le sirve de la realidad para encadenarlo al reino de la apariencia.

Ahora bien, ¿no es ésta una tentación propia de nuestra época, la única sobre la que podemos actuar de forma eficaz?

Es la tentación de idolatrar un pasado que ya no existe, olvidando sus carencias, o un futuro que aún no existe, creyendo que el ser humano hará llegar con sus propias fuerzas el reino de la felicidad eterna sobre la tierra.

San Pablo dice a los Colosenses que la codicia insaciable es una idolatría (cf. 3,5) y recuerda a su discípulo Timoteo que el amor al dinero es la raíz de todos los males. Por entregarse a ella, precisa, muchos, arrastrados por la codicia “se han apartado de la fe y se han acarreado muchos sufrimientos” (1 Tm 6, 10). El dinero, el afán de tener, de poder e incluso de saber, ¿acaso no desvían al hombre de su verdadero fin, de su auténtica verdad? “

“La cuestión que plantea la liturgia de este día encuentra su respuesta en la misma liturgia, que hemos heredado de nuestros padres en la fe, y en particular del mismo San Pablo (cf. 1 Co 11,23).

Comentando este texto, San Juan Crisóstomo, observa que San Pablo condena severamente la idolatría como una “falta grave”, un “escándalo”, una verdadera “peste” (Homilía 24 sobre la primera carta a los Corintios, 1).

E inmediatamente añade que la condena radical de la idolatría no es en modo alguno una condena de la persona del idólatra.

Nunca hemos de confundir en nuestros juicios el pecado, que es inaceptable, y el pecador del que no podemos juzgar su estado de conciencia y que, en todo caso, siempre tiene la posibilidad de convertirse y ser perdonado.

San Pablo apela a la razón de sus lectores, la razón de todo ser humano, testimonio poderoso de la presencia del Creador en la criatura: “Os hablo como a gente sensata, formaos vuestro juicio sobre lo que digo” (1 Co 10, 15).

Dios, del que el Apóstol es un testigo autorizado, nunca pide al hombre que sacrifique su razón. La razón nunca está en contradicción real con la fe. El único Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ha creado la razón y nos da la fe, proponiendo a nuestra libertad que la reciba como un don precioso. Lo que desencamina al hombre de esta perspectiva es el culto a los ídolos, y la razón misma puede fabricar ídolos. Pidamos a Dios, pues, que nos ve y nos escucha, que nos ayude a purificarnos de todos nuestros ídolos para acceder a la verdad de nuestro ser, para acceder a la verdad de su ser infinito.

¿Cómo llegar a Dios? ¿Cómo lograr encontrar o reencontrar a Aquel que el hombre busca en lo más profundo de sí mismo, hasta olvidarse frecuentemente de sí?

San Pablo nos invita a usar no solamente nuestra razón, sino sobre todo nuestra fe para descubrirlo.

Ahora bien, ¿qué nos dice la fe?

El pan que partimos es comunión con el Cuerpo de Cristo; el cáliz de acción de gracias que bendecimos es comunión con la Sangre de Cristo.

Extraordinaria revelación que proviene de Cristo y que se nos ha transmitido por los Apóstoles y toda la Iglesia desde hace casi dos mil años: Cristo instituyó el sacramento de la Eucaristía en la noche del Jueves Santo.

Quiso que su sacrificio fuera renovado de forma incruenta cada vez que un sacerdote repite las palabras de la consagración del pan y del vino.

Desde hace veinte siglos, millones de veces, tanto en la capilla más humilde como en las más grandiosas basílicas y catedrales, el Señor resucitado se ha entregado a su pueblo, llegando a ser, según la famosa expresión de San Agustín, “más íntimo en nosotros que nuestra propia intimidad” (cf. Confesiones, III, 6.11).

Hermanos y hermanas, veneremos fervientemente el sacramento del Cuerpo y la Sangre del Señor, el Santísimo Sacramento de la presencia real del Señor en su Iglesia y en toda la humanidad.

Hagamos todo lo posible por mostrarle nuestro respeto y amor.

Démosle nuestra mayor honra.

Nunca permitamos que con nuestras palabras, silencios o gestos, quede desvaída en nosotros y en nuestro entorno la fe en Cristo resucitado presente en la Eucaristía.

Como dijo magistralmente San Juan Crisóstomo: “Consideremos los favores inefables de Dios y todos los bienes de los que nos hace gozar cuando le ofrecemos la copa, cuando comulgamos, dándole gracias por haber liberado al género humano del error, por haber acercado a él a los que estaban alejados y haber convertido a los desesperados y ateos de este mundo en un pueblo de hermanos, de coherederos del Hijo de Dios” (Homilía 24 sobre la Primera Carta a los Corintios, 1).

De hecho, sigue diciendo, “lo que está en la copa es precisamente lo que ha brotado de su costado, y eso es lo que participamos” (ibíd.). No se trata sólo de participar y compartir, sino que hay “unión”, nos dice.

La Misa es el sacrificio de acción de gracias por excelencia, el que nos permite unir nuestra propia acción de gracias a la del Salvador, el Hijo eterno del Padre.

Por sí misma, la Misa nos invita también a huir de los ídolos, porque, como reitera San Pablo, “no podéis participar en dos mesas, la del Señor y la de los malos espíritus” (1 Co 10,21).

La Misa nos invita a discernir lo que en nosotros obedece al Espíritu de Dios y lo que en nosotros aún permanece a la escucha del espíritu del mal.

En la Misa sólo queremos pertenecer a Cristo, y repetimos con gratitud –con “acción de gracias”- el clamor del salmista: “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?” (Sal 116,12).

Sí, ¿cómo dar gracias al Señor por la vida que me ha dado?

La respuesta a la pregunta del salmista está en el mismo Salmo, pues la Palabra de Dios responde con misericordia a las cuestiones que plantea. ¿Cómo pagar al Señor todo el bien que nos hace sino retomando sus propias palabras: “Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre” (Sal 116,13)?

Alzar la copa de la salvación e invocar el nombre del Señor, ¿no es precisamente la mejor manera de “no tener que ver con la idolatría”, como nos pide San Pablo?

Cada vez que se celebra una Misa, cada vez que Cristo se hace sacramentalmente presente en su Iglesia, se realiza la obra de nuestra salvación.

Celebrar la Eucaristía significa, por tanto, reconocer que sólo Dios puede darnos la felicidad plena, enseñándonos los verdaderos valores, los valores eternos que nunca declinarán.

Dios está presente en el altar, pero también está presente en el altar de nuestro corazón cuando en la comunión le recibimos en el sacramento de la Eucaristía. Sólo Él nos enseña a huir de los ídolos, espejismos del pensamiento.

Ahora bien, queridos hermanos y hermanas, ¿quién puede alzar la copa de la salvación e invocar el nombre del Señor en nombre de todo el pueblo de Dios, sino el sacerdote ordenado para ello por el Obispo?

A este respecto, queridos ciudadanos de París y de la región parisina, así como los venidos de toda Francia y de otros países vecinos, permitidme hacer un llamamiento, esperanzado en la fe y en la generosidad de los jóvenes que se plantean la cuestión de la vocación religiosa o sacerdotal: ¡No tengáis miedo! ¡No tengáis miedo de dar la vida a Cristo! Nada sustituirá jamás el ministerio de los sacerdotes en el corazón de la Iglesia. Nada suplirá una Misa por la salvación del mundo. Queridos jóvenes o no tan jóvenes que me escucháis, no dejéis sin respuesta la llamada de Cristo. San Juan Crisóstomo, en su Tratado sobre el sacerdocio, puso de manifiesto cómo la respuesta del hombre puede ser lenta en llegar, pero es el ejemplo vivo de la acción de Dios en el corazón de una libertad humana que se deja formar por la gracia.

Finalmente, si retomamos las palabras que Cristo nos ha dejado en su Evangelio, nos damos cuenta de que Él mismo nos ha enseñado a huir de la idolatría y nos invita a construir nuestra casa “sobre roca” (Lc 6,48).

¿Quién es esta roca sino Él mismo?

Nuestros pensamientos, palabras y obras sólo adquieren su verdadera dimensión si las referimos al mensaje del Evangelio. “Lo que rebosa del corazón, lo habla la boca” (Lc 6, 45).

Cuando hablamos, ¿buscamos el bien de nuestro interlocutor?

Cuando pensamos, ¿tratamos de poner nuestro pensamiento en sintonía con el pensamiento de Dios?

Cuando actuamos, ¿intentamos difundir el Amor que nos hace vivir?

Como dice una vez más San Juan Crisóstomo: “Si ahora todos participamos del mismo pan, y nos convertimos en la misma sustancia, ¿por qué no mostramos todos la misma caridad? ¿Por qué, por lo mismo, no nos convertimos en un todo único?… Oh hombre, ha sido Cristo quien vino a tu encuentro, a ti que estabas tan lejos de Él, para unirse a ti; y tú, ¿no quieres unirte a tu hermano?” (Homilía 24 sobre la Primera Carta a los Corintios, 2).

La esperanza seguirá siempre la más fuerte. La Iglesia, construida sobre la roca de Cristo, tiene las promesas de vida eterna, no porque sus miembros sean más santos que los demás, sino porque Cristo hizo esta promesa a Pedro: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder del infierno no la derrotará” (Mt 16,18-19).

Con la inquebrantable esperanza de la presencia eterna de Dios en cada una de nuestras almas, con la alegría de saber que Cristo está con nosotros hasta el final de los tiempos, con la fuerza que el Espíritu ofrece a todos aquellos y aquellas que se dejan alcanzar por él, queridos cristianos de París y de Francia, os encomiendo a la acción poderosa del Dios de amor que ha muerto por nosotros en la Cruz y ha resucitado victoriosamente la mañana de Pascua. A todos los hombres de buena voluntad que me escuchan les repito las palabras de San Pablo: Huid del culto de los ídolos, no dejéis de hacer el bien.

Que Dios nuestro Padre os acoja y haga brillar sobre vosotros el esplendor de su gloria. Que el Hijo único de Dios, Maestro y Hermano nuestro, os revele la belleza de su rostro resucitado. Que el Espíritu Santo os colme de sus dones y os dé la alegría de conocer la paz y la luz de la Santísima Trinidad, ahora y por siempre. Amén.

El milagro eucarístico de Casia (Italia)

Septiembre 18, 2008

HISTORIA DEL MILAGRO EUCARÍSTICO

venerado en Casia

en la Basílica Inferior del Santuario

de Santa Rita

Casia, de todos conocida por ser la ciudad de Santa Rita, conserva la reliquia de un insigne milagro eucarístico que tuvo lugar en Siena en 1330.

Un sacerdote de los alrededores de la ciudad llamado para administrar los últimos sacramentos a un agricultor enfermo, tomó consigo una hostia consagrada que irreverentemente guardó entre las páginas del breviario que llevaba bajo el brazo. Después de haber recibido la confesión del enfermo, el sacerdote abrió el breviario para tomar la hostia consagrada, pero quedó sorprendido al constatar que la hostia estaba roja de la sangre que empapaba las páginas entre las que había permanecido guardada. Confundido y arrepentido, volvió a Siena y se dirigió al convento de los agustinos para relatar lo sucedido al P. Simón Fidati, célebre predicador y religioso de vida ejemplar. Este, habiendo oído el relato del sacerdote y a la vista del prodigio, lo absolvió de su culpa y le pidió que le entregara las dos páginas manchadas de sangre; una de ellas llevó a Perusa y la otra, que conservaba adherida la hostia consagrada, la depositó en el convento de San Agustín de Casia.

La insigne reliquia fue siempre venerada durante siglos por los fieles y su culto promovido por los Sumos Pontífices con la concesión de especiales e importantes indulgencias, como la de la Porciúncula, que le fue decretada por el Papa Bonifacio IX en 1401.

El prodigio es conmemorado de forma especial en la fiesta del Corpus Christi y con esta ocasión la reliquia es llevada solemnemente en procesión.

Para conmemorar el sexto centenario del prodigio en 1930 se celebró un congreso eucarístico de la diócesis de Nurcia en Casia, se inauguró una artística custodia y fue publicada toda la documentación histórica disponible sobre el suceso.

(Dr. A. Morini: La reliquia del “Corpus Christi” de Casia-  Librería Editrice Fiorentina – 1930)