Archivo de Octubre 2008

Rosario para los difuntos

Octubre 31, 2008

MISTERIOS GOZOSOS

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PRIMER MISTERIO

Anunciación del Angel y Encarnación

del Verbo divino en las entrañas virginales de María

Oh María dulcísima, consuelo de las almas! este PADRE NUESTRO y diez AVE MARÍAS te ofrecemos al gozo que tuviste, cuando saludada del Angel te anunció la Encarnación del Hijo de Dios en tus entrañas por él te suplicamos que el alma de nuestro hermano N., y las demás del purgatorio, reciban de los Angeles, por tu intercesión, alegres nuevas de la gloria, a donde vayan a descansar por todos los siglos. Amén

SEGUNDO MISTERIO

Visitación de Nuestra Señora y santificación del Bautista

¡Oh María, refugio de pecadores, este PADRE NUESTRO Y diez AVE MARÍAS te ofrecemos al gozo que tuviste cuando visitando a santa Isabel fuiste de ella reconocida por Madre de Dios, y el niño Juan libre de las prisiones de la culpa; por este gozo te suplicamos visites y consueles al alma de nuestro hermano N., y las demás del purgatorio, y las libres de las prisiones que padecen y salgan libres a la gloria. Amen. Jesús

TERCER MISTERIO

El Nacimiento del Hijo de Dios

¡Oh María, estrella del mar, norte fijo de la Iglesia! este PADRE NUESTRO y DIEZ AVEMARÍAS te ofrecemos al gozo que tuviste cuando naciendo de tu vientre, como de la aurora, el Sol de Justicia, Cristo, alumbró a los que estaban en tinieblas; por El te suplicamos que el alma de nuestro hermano N y las demás del purgatorio, merezcan por Ti salir de las tinieblas de aquella oscura cárcel a los resplandores de la gloria. Amen Jesús

CUARTO MISTERIO

Presentación del Niño Jesús en el templo y Purificación de Nuestra Señora

¡Oh purísima María, que sin obligarte  la ley de la purificación presentaste a tu santísimo Hijo en el templo, con especial gozo de verle reconocido por verdadero Dios! este PADRE NEUSTRO y diez AVE MARÍAS te ofrecemos, suplicando que el alma de nuestro hermano N., y las demás del purgatorio, sean purificadas para el templo de la gloria. Amén Jesús

QUINTO MISTERIO

El niño perdido y hallado en el templo

¡Oh María, seguro medio para hallar a Jesús! este PADRE NUESTRO Y diez AVE MARÍAS te ofrecemos por el gozo que tuviste hallando en el templo al Niño Dios, sin culpa tuya perdido; por El te suplicamos que el alma de nuestro hermano N, y las demás del purgatorio, tengan por tus ruegos el alivio de sus penas mirando a Jesús en el templo de su gloria. Amen Jesús

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MISTERIOS DOLOROSOS

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PRIMER MISTERIO

La oración del Huerto

¡Oh dolorísima Madre de Jesús, quien despedido y apartado de tu compañía oró en el Huerto con mortales agonías, donde por un Angel fue confortado; este PADRE NUESTRO y DIEZ AVEMARÍAS  te ofrecemos, y te suplicamos que por tu intercesión el alma de nuestro hermano N, y las demás del purgatorio, sean confortadas de los Angeles en sus penas. Amén.

SEGUNDO MISTERIO

Desnudo Jesús es cruelmente azotado

¡Oh María, mar de dolores! este PADRE NUESTRO Y diez AVE MARÍAS te ofrecemos en memoria del gravísimo dolor que tuviste viendo desnudo y azotado cruelmente al Hijo de tus entrañas: por El te suplicamos, que el alma de nuestro hermano N, y las demás del purgatorio sean libres de los azotes que allí padecen de la divina Justicia, por virtud de los azotes que Jesús llevó por su misericordia. Amén. Jesús.

TERCER MISTERIO

Coronan a Jesús de espinas

¡Oh María, cárdena lirio entre espinas! este PADRE NUESTRO y diez AVE MARÍAS te ofrecemos en honra del agudísimo dolor que tuviste viendo a tu amado Hijo, hermoso lirio de los valles, afeado y coronado de espinas: suplicámoste por este dolor, que el alma de nuestro hermano N, y las demás dle purgatorio, sean libres de las espinas de penas que padecen y coronadas en la gloria. Amén. Jesús

CUARTO MISTERIO

Jesús condenado a muerte y con la cruz a cuestas se encuentra con María su tierna Madre

¡Oh María traspasada de dolor en la calle de la Amargura por encontrar en ella a tu inocente Hijo, sentenciado a muerte y agobiado con el grave peso de la cruz! este PADRE NUESTRO y diez AVE MARÍAS te ofrecemos y suplicamos que el alma de nuestro hermano N, y las demás del purgatorio, por tus ruegos sean libres de la cruz de penas que padecen. Amén Jesús.

QUINTO MISTERIO

Crucifixión de Jesús y soledad de María

¡Oh desconsolada Reina, afligida Madre y desamparada Virgen! este PADRE NUESTRO y diez AVE MARÍAS te ofrecemos, y pedimos por el agudo dolor que atravesó tu amante corazón viendo morir entre tantas afrentas y dolores a tu santísimo Hijo, para redimir con su muerte al género huamno, que el alma de nuestro hermano N, y las demás del purgatorio, donde están solas y afligidas , la sangre de tu Hijo las alivie las penas y su muerte les de vida de gloria. Amén Jesús

MISTERIOS GLORIOSOS

PRIMER MISTERIO

La Resurrección del Señor

¡Oh María, Señora, alegría de los justos y consuelo de los pecadores! este PADRE NUESTRO y diez AVE MARÍAS  te ofrecemos en memoria de la alegría que tuviste viendo resucitado y glorioso a tu santísimo Hijo: suplicamoste que así como con la presencia de Jesús recibieron alegría las almas de los santos Padre en el limbo, la tengan el alma de nuestro hermano N, y las demás del purgatorio. Amén Jesús

SEGUNDO MISTERIO

Ascensión de Cristo nuestro Señor a los cielos

¡Oh María, Madre de Dios, llena de sumo gozo en la subida a los cielos de tu santísimo Hijo, en compañía de los santos Padre que libertó de la oscura cárcel del limbo, llevándolos consigo a la gloria! este PADRE NUESTRO y diez AVE MARÍAS te ofrecemos, y suplicamos que el alma de nuestro hermano N, y las demás del purgatorio, sean libres de aquellas penas, llevadas por manos de los santos Angeles a la gloria. Amén Jesús

TERCER MISTERIO

Venida del Espíritu Santo

¡Oh María, dulce Esposa del Espíritu Santo! este PADRE NUESTRO Y diez AVE MARÍAS te ofrecemos al gozo que tuviste cuando bajó el divino Espíritu sobre Ti y sobre todos los Apóstoles, para que con la ausencia de Jesús no quedaseis huérfanos: por El te suplicamos que el alma de nuestro hermano N, y las demás del purgatorio, salgan a gozar de los abrazos de su Esposo Jesús en la gloria. Amén. Jesús.

CUARTO MISTERIO

Dichoso tránsito de María santísima

¡Oh dichosísima María, cuyo purísimo espíritu en la hora de la muerte entregaste en manos de tu santísimo Hijo, y después unido al cuerpo resucitaste gloriosa! este PADRE NUESTRO y diez AVE MARÍAS te ofrecemos, pidiendote que el alma de nuestro hermano N, y las demás del purgatorio, sean libres de sus penas y te acompañen en la gloria. Amén Jesús

QUINTO MISTERIO

Asunción y Coronación de María santísima

¡Oh soberana virgen María, Madre de Dios, que resucitada en cuerpo y alma fuiste sublimada a la gloria y coronada por Emperatriz de los Angeles y de los hombres! este PADRE NUESTRO y DIEZ AVE MARÍAS te ofrecemos, suplicándote que al alma de nuestro hermano N. y las demás del purgatorio, merezcan por tus ruegos ser libres de las penas que padecen , para que sean coronadas de gloria, y que en compañía de tu santísimo Hijo te amen por todos los siglos. Amén Jesús

OFRECIMIENTO

Por estos misterios santos

De que hace el alma recuerdo,

Te pedimos, oh María,

Con tierno y devoto pecho,

De nuestra fé sacrosanta

La conservación y aumento.

Torna tus divinos ojo

Hacia tu cristiano pueblo,

Da a tu Iglesia la victoria

Y al mundo grato sosiego;

Serena las tempestades

Que airado descarga el cielo

Y del Pontífice augusto

Mitiga el dolor acerbo,

Las terrenas potestades

Sigan de Dios los preceptos,

Porque la justicia torne

Y al bien vayan sus esfuerzos.

Que a Dios el gentil conozca,

Su error abjure el soberbio

Que de la verdad aparta

Corazón y entendimiento.

Que la culpa nos inspire

Dolor profundo y perfecto.

Halle puerto el navegante

Y la salud el enfermo.

Las almas del purgatorio

Gozosas vayan al cielo:

Y aqueste santo ejercicio

Tenga, oh Madre, tal aumento,

En todo el orbe cristiano,

Que fiel adora al Dios bueno,

Que de continua alabanza

Sean tus glorias objeto

Y por tu amor merezcamos

Gozar del eterno premio.

Dios te salve, María santísima, Hija de Dios Padre, Vírgen purísima antes del parto: Dios te salve María, llena de gracia, etc.

Dios te salve, María santísima, Madre de Dios Hijo, Virgen purísima en el parto: Dios te salve, etc.

Dios te salve, María santísima, Esposa del Espíritu Santo, Virgen purísima después del parto. Dios te salve, María llena de gracia, etc.

Dios te salve, María santísima, templo y sagrario de la santísima Trinidad, Virgen concebida sin pecado original. Amen GLORIA PATRI. Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, etc.

Noviembre: Mes dedicado a las Almas del Purgatorio

Octubre 28, 2008

La piedad con los difuntos es uno de los primeros sentimientos del corazón humano.

Cuando se está persuadido de que el alma vive después de la destrucción del cuerpo, dice un profundo escritor, cualquiera que sea la opinión que se tenga sobre el estado en que ésta se halle después de la muerte, no hay cosa más natural que hacer votos y oraciones para proporcionar felicidad a las almas de nuestros parientes y amigos.

Aquellos mismos que por sus principios parecen más prevenidos contra tal uso, muchas veces confiesan sinceramente no poderse detener en aquellos graves momentos, de hacer votos secretos, que la misma naturaleza arranca de sus pechos, por aquellas personas con quienes estaban estrechamente unidos con dulces y caros vínculos.

Señal evidente de que este es un sentimiento grabado por el dedo de Dios en el corazón de los hombres; he aquí por qué se encuentra en todo lugar y en todos los pueblos del mundo.

Pero las tradiciones más veneradas y más puras de la piedad con los difuntos se hallan en los pueblos que adoran al Dios vivo. Porque la verdadera Religión trató siempre de acercar las almas de los que finaron, a la Fuente de toda felicidad, que es Dios; para hacerlas bienaventuradas en Él y por Él. De lo cual provino, el que por medio de oraciones y sacrificios, procurasen hacer propicio al Todo-Poderoso para con aquellas, y con obras expiatorias tratasen de hacerlas dignas ante su Divina Presencia. – Y efectivamente, estos son los dos modos empleados en la Santa Iglesia para socorrer a los difuntos: Hacer propicio al Señor con las almas, y hacer las almas dignas de Él; lográndolo por la oración y el sacrificio, y por las obras expiatorias en favor de las Animas Benditas.

EXISTENCIA DEL PURGATORIO

Es un artículo de fe, que las almas de los que mueren con alguna culpa venial, o sin haber satisfecho plenamente a la Divina Justicia por los pecados ya perdonados, están detenidas en un lugar de expiación, que llamamos Purgatorio.

Así lo enseña la Santa Madre Iglesia, columna infalible de la verdad; así lo confirma la más antigua y constante tradición de todos los siglos; así lo aseguran unanimente los Santos Padres griegos y latinos, Tertuliano, San Cirilo, San Cipriano, San Juan Crisóstomo, San Ambrosio, San Agustín y tantos otros; así lo han definido los Sagrados Concilios de Roma, de Cartago, de Florencia, de Letrán y de Trento, dirigidos por el Espíritu Santo.

Y, aunque la Iglesia no lo enseñase así; ¿no lo insinúa bastante la razón natural? Supongamos que un alma sale de este mundo, con alguna culpa venial, ¿qué hará Dios? ¿la lanzará al infierno? Y siendo su hija y esposa amadísima, la confundirá con los réprobos y espíritus infernales? Eso repugna a la Justicia y Bondad Divina.

¿La introducirá en el Cielo? Esto se opone igualmente a la Santidad y Pureza infinita del Criador; pues solo aquel cuyas manos son inocentes, y cuyo corazón está limpio, subirá al monte del Señor (Salmo 23) Nada manchado puede entrar en aquel reino purísimo (Apoc 21) ¿Qué hará, pues Dios de aquella alma? Ya nos lo dice por Malaquías: La pondré como en un crisol(Malach 3,3) esto es, en un lugar de penas y tormentos, de donde saldrá hasta que haya satisfecho a la Justicia Divina. ¿Crees tú esto, cristiano? Creas o no creas, te burles o no te burles de ello, la cosa es y será así. Negar el Purgatorio; tan solo dudar advertidamente de su existencia, es ya pecado grave. ¿Crees tu esta verdad, y con tanta indiferencia miras tan horribles penas? ¿Crees en el Purgatorio y con tus culpas amontonas tanta leña para arder en tan terrible fuego? Es, también, un artículo de fe que nosotros podemos aliviar a las aquellas almas afligidisimas. Si; en virtud de la comunión de los santos, hay plena comunicación de bienes espirituales entre los bienaventurados que triunfan en el cielo, los cristianos que militan en la tierra, y las almas que sufren en el purgatorio.
En virtud de esta comunicación de bienes, podemos con mucha facilidad y mérito nuestro, bajar al Purgatorio con nuestros sufragios; y a imitación de Jesucristo después de su muerte, librar aquellas almas y alegrar al cielo con un nuevo grado de gloria accidental, procurando nuevos príncipes y moradores a  aquella Patria felicísima. Oh admirable disposición de la Sabiduría Divina! ¡Oh qué dicha y felicidad la nuestra! Viéndose Dios obligado a castigar a aquellas sus hijas muy amadas, busca medianeros que intercedan por ellas, a fin de conciliar así el rigor de la Justicia con la ternura de su Misericordia infinita.
Y nosotros somos estos dichosos medianeros y corredentores; de nosotros depende la suerte de aquellas pobres almas.
Haz pues, amado cristiano, con fervor, algún sufragio en cada día de este mes consagrado a las Ánimas; ¿Quién sabe si abrirás el cielo a alguno de tus parientes, o amigos ya difuntos? ¿Y será tan duro e insensible, que les niegues un pequeño sacrificio, pudiéndoles hacer tan gran favor, y a tan poca costa?

Práctica sencilla para cada día

Pueden rezarse cinco Padre nuestros, Ave Marías y Requiem aeternam dona eis, Domine; et lux perpetua luceat eis: en memoria de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo; suplicando al Eterno Padre que se apiade de las Benditas almas por la sangre que derramó su Divino Hijo, diciendo cinco veces la siguiente

JACULATORIA

¡Eterno Padre, por la preciosísima Sangre de Jesús, misericordia!

Padre nuestro etc.

También añádase un Padre nuestro por los Propagadores de esta Devoción

Tiene concedidas trescientos días de indulgencia por cada vez; y confesando y comulgando, si se hace todo el mes, indulgencia plenaria. (Pio VII, 7 de Febrero 1817)

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Dios estima mucho el que hagamos

sufragios por las Benditas Animas del

Purgatorio

Entre las muchas apariciones que confirman el dogma del Purgatorio, y los aceptos que son a Dios los sufragios por los difuntos, es muy notable la que tuvo el caudillo ilustre de los ejércitos de Dios, Judas Macabeo. Había este piadoso general derrotado a Gorgias, mas no sin pérdida de varios soldados suyos, que murieron en la batalla; y conociendo por las alhajas que se les encontraron ocultas en los vestidos, que habían muerto en castigo de un robo que habían hecho en la ciudad de Jamnia, exhortó al ejército a que rogasen por aquellos infelices. Hizo una cuestación, y reuniendo doce mil dracmas de plata, las envió a Jerusalén para que se ofreciesen sacrificios en sufragios de aquellas pobres almas. Conducta admirable que el Espíritu Santo alabó con aquellas memorables palabras: Santa y saludable cosa es rogar por los difuntos, para que se les perdone el reato de sus pecados (2º de los Macab. 12-46) Conducta que le alcanzó de Dios una insgine victoria, pues habiendo sucedido a Gorigas el soberbio Nicanor con crecidisimo ejército y gran número  de caballos y elefantes, la víspera, cansado Judas de combinar el plan de batalla, y de hacer preparativos para ella, se quedó dormido; cuando he aquí que se le aparecen el profeta Jeremóas, y Onías el Sumo Sacerdote: ya difuntos, y presentándole una espada muy preciosa, le dicen: Recibe esta espada santa, como una dádiva  que Dios te envía; con ella abatirás a los enemigos de mi pueblo Israel. Animado con esta visión, y armado con esta espada divina, embistió con pequeño ejército al enemigo y mató a treinta y cinco mil de los cuales fue uno el mismo Nicanor.

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Obras de gran alivio para las Benditas

Animas del Purgatorio, y de mucho

mérito para nosotros.

1º Hacer todos los años la Novena, o mes de Noviembre: consagrarles el Lunes de cada semana

2º Celebrar misas o mandarlas celebrar y oirlas

3º Comulgar con fervor, ya espiritual, ya sacramentalmente, sobre todo los Lunes

4º Visitar el Santísimo Sacramento o a la Virgen en sus Santuarios.

5º Hacer un rato de oración mental, considerando con especialidad la PAsión de Nuestro Señor Jesucristo

6º Andar al Via Crucis y llevar al cuello algún Escapulario

7º Rezar el Santo Rosario, la Corona de los Dolores, los Salmos Penitenciales, cinco Padre nuestros a las cinco llagas de J.C.N.S. y otras oraciones vocales.

8º Sufrir con resiganción las penas, humillaciones, dolores y trabajos de esta vida.

9º Practicar alguna mortificación corporal y refrenar los cinco sentidos

10º Hacer limosnas y otras piadosas obras de Misericordia

11º Olivdar las injurias y perdonar a los enemigos por amor de Dios

12º Ganar indulgencias: aprender la Doctrina Cristiana.

El Rosario: sus beneficios

Octubre 26, 2008

SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT

Para animarte aún más a abrazar esta devoción de las grandes almas, añado que el Rosario recitado con la meditación de los misterios:

1. nos eleva insensiblemente al perfecto conocimiento de Jesucristo;

2. nos purifica del pecado;

3. nos da la victoria sobre nuestros enemigos;

4. nos facilita la práctica de las virtudes;

5. nos inflama en el amor a Jesucristo;

6. nos enriquece con gracias y méritos;

7. nos proporciona los medios para cancelar a Dios y a los hombres todas nuestras deudas y, finalmente, nos obtiene toda clase de gracias.

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Saludables efectos que produce el meditar la Pasión.

 Afirma San Agustín que no hay ejercicio tan fructuoso y útil para la salvación como pensar con frecuencia en los sufrimientos del Señor.

San Alberto Magno, maestro de Santo Tomás, supo por revelación que el simple recuerdo o la meditación de la pasión de Jesucristo es más meritorio para el cristiano que ayunar durante todo un año a pan y agua todos los viernes o disciplinarse sangrientamente cada semana o rezar el salterio todos los días, ¿Cuál no será, entonces, el mérito del Rosario, que conmemora toda la vida y pasión del Señor?

La Santísima Virgen reveló un día al Beato Alano de la Rupe, que después del Santo Sacrificio de la Misa –primera y más viva memoria de la pasión de Jesucristo– no hay oración más excelente ni meritoria que el Rosario -segunda memoria y representación de la vida y pasión del Señor.

El R.P. Dorland refiere que la misma Santísima Virgen dijo cierto día al Venerable Domingo, -cartujo, devoto del Santo Rosario, residente en Tréveris, en el año de 1481: «cuantas veces rezan los fieles el Rosario, en estado de gracia, meditando los misterios de la vida y pasión de Jesucristo, obtienen plena y completa remisión de sus pecados». La Santísima Virgen dijo también al Beato Alano: «Ten por cierto que, aunque ya son muchas las indulgencias concedidas a mi Rosario, yo añadiré muchas más por cada tercera parte de él a quienes lo recen en estado de gracia, de rodillas y devotamente. Y a quienes perseveren en su devoción, en tales condiciones y meditaciones, les obtendré al final de su vida -como recompensa por este servicio- la remisión total de la pena y de la culpa por todos sus
pecados. Y que esto no parezca imposible: es fácil para mí pues soy la Madre del Rey del cielo, que me llama llena de gracia. Y como tal haré también amplia efusión de ella a mis queridos hijos».

Santo Domingo estaba tan convencido de la eficacia y méritos del Santo Rosario que no imponía casi nunca penitencia distinta del rezo del Rosario a quienes se confesaban con él.

Los confesores deberían también -para seguir el ejemplo de este gran Santo -imponer a sus penitentes la recitación del Rosario con la meditación de los sagrados misterios, en lugar de otras penitencias de menor mérito y no tan agradables a Dios, ni tan eficaces para adelantar en el camino de la virtud e impedir la caída en el pecado.

Además, al rezar el Rosario, ganas muchas indulgencias que no están concedidas a otras devociones.

“Ciertamente –dice el Abad Blosio– el Rosario, unido  a la meditación de la vida y pasión del Señor, resulta agradabilísimo a Jesucristo y a la Santísima Virgen y muy eficaz para obtener cuanto deseas.

Podemos recitarlo por nosotros mismos, por quienes se han encomendado a nosotros y por la Iglesia.
Recurramos, pues, a la devoción del Santo Rosario en todas nuestras necesidades y obtendremos infaliblemente cuanto pidamos a Dios para nuestra salvación”.

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Efectos admirables del Rosario

 

El Beato Alano de la Rupe, los Padres Juan Dumont y Thomas, las Crónicas del Santo Rosario y otros autores –muchas veces testigos oculares– refieren numerosas conversiones excepcionales de pecadores, a quienes durante veinte, treinta o cuarenta años pasados en el mayor desorden, nada había podido convertir. No obstante, gracias a la maravillosa plegaria que es el Rosario, alcanzaron la conversión. Por temor a extenderme más de lo justo no las narraré. Tampoco referiré las que yo mismo he visto. Las omito por diversas razones. Lector amado: si pones en práctica y predicas esta devoción, aprenderás por experiencia propia –mejor que en libro alguno– y comprobarás felizmente el efecto maravilloso de las promesas hechas por la Santísima Virgen a Santo Domingo, al Beato Alano de la Rupe y a cuantos hagan florecer esta devoción que le es tan grata.

Devoción que educa a los pueblos en las virtudes de su Hijo y en las suyas propias, los conduce a la oración mental, a la imitación de Jesucristo, a la frecuencia de los Sacramentos, a la sólida práctica de las virtudes y toda clase de buenas obras y a ganar tan valiosas indulgencias que las gentes ignoran
porque los predicadores de esta devoción no hablan de ellas casi nunca, contentándose con hacer sobre el Rosario un sermón a la moda, que muchas veces solo causa admiración, pero no instruye.

Para abreviar, me contento con decirte, con el Beato Alano, que el Rosario es un manantial y depósito de toda clase de bienes:

1. Procura el perdón a los pecadores;

2. Sacia a las almas sedientas;

3. A los encadenados rompe las cadenas;

4. La alegría devuelve a los que lloran;

5. Tranquilidad ofrece a los tentados;

6. El pobre es socorrido;

7. Reforma los institutos religiosos;

8. Inteligencia da a los ignorantes;

9. Vencen la vanidad los que están vivos;

10.Mediante sus sufragios son aliviados los muertos.

«Quiero –dijo un día la Santísima Virgen al Beato Alano– que los devotos de mi Rosario obtengan la gracia y bendición de mi Hijo durante su vida, en la hora de la muerte y después de ella. Quiero que se vean libres de todas las esclavitudes y sean reyes verdaderos -con la corona en la cabeza y el cetro en la mano- y alcancen la vida eterna. Amén».

Los quince misterios del Rosario

Octubre 26, 2008

SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT

Misterio significa realidad sagrada y difícil de comprender. Las obras de Jesucristo son todas sagradas y divinas, porque El es Dios y hombre al mismo tiempo.

Las de la Virgen María son santísimas, por ser Ella la más perfecta de las criaturas. Con razón se da el nombre de misterios a las obras de Jesucristo y de su Santísima Madre.

Están, en efecto, colmadas de maravillas, perfecciones e instrucciones profundas y sublimes, que el Espíritu Santo revela a los humildes y sencillos que los honran.

Las obras de Jesús y de María pueden también llamarse flores admirables. Flores cuyo perfume y hermosura sólo conocen quienes se acercan a ellas, aspiran su fragancia y abren su corola, mediante una atenta y seria meditación.

Santo Domingo distribuyó las vidas de Jesucristo y de la Santísima Virgen en quince misterios, que nos representan sus virtudes y principales acciones.

Son quince cuadros, cuyas escenas deben servirnos de normas y ejemplo para orientar nuestra vida.
Quince antorchas que guían nuestros pasos en este mundo.
Quince espejos luminosos que nos permiten conocer a Jesús y María, conocernos a nosotros mismos y encender el fuego de su amor en nuestros corazones.
Quince hogueras en cuyas llamas podemos incendiarnos totalmente.

La Santísima Virgen enseñó a Santo Domingo este excelente método de orar. Y le ordenó predicarlo para despertar la piedad de los cristianos y hacer revivir el amor de Jesucristo en sus corazones.

Lo enseñó también al Beato Alano de la Rupe. «El rezo de ciento cincuenta Avemarías -le dijo- es
una oración muy útil, es un obsequio que agrada mucho. Y lo es aún más y harán mucho mejor quienes las reciten meditando la vida, pasión y gloria de Jesucristo. Porque esta meditación es el alma de tales oraciones
».

En efecto, el Rosario sin la meditación de los sagrados misterios de nuestra salvación sería como un cuerpo sin alma, una excelente materia sin su forma -que es la meditación, la cual distingue al Rosario de las demás devociones.

La primera parte del Rosario contiene cinco misterios:

1. El de la Anunciación del Arcángel Gabriel a la Santísima Virgen;
2. El de la Visitación de la Santísima Virgen a Santa Isabel;
3. El del Nacimiento de Jesucristo;
4. El de la Presentación de Jesús en el templo y Purificación de la Santísima Virgen;
5. El del Hallazgo de Jesús en el templo entre los doctores.

Y se llaman misterios gozosos a causa de la alegría que proporcionaron a todo el universo.
En efecto: La Santísima Virgen y los ángeles quedaron inundados de gozo en el dichoso momento de la Encarnación.
Santa Isabel y San Juan Bautista se colmaron de alegría con la visita de Jesús y de María.
El cielo y la tierra se alegraron con el nacimiento del Salvador.
Simeón quedó consolado y lleno de alegría al recibir a Jesús en sus brazos.
Los doctores estaban embelesados al oír las respuestas de Jesús.
Y, ¿quién podrá expresar el gozo de María y José al encontrar a Jesús después de tres días de ausencia?

La segunda parte del Rosario se compone también de cinco misterios, llamados misterios dolorosos, porque nos presenta a Jesucristo abrumado por la tristeza, cubierto de llagas, cargado de oprobios, dolores y tormentos.

1. El de la oración de Jesús y su Agonía en el Huerto de los Olivos;
2. El de su Flagelación;
3. El de su Coronación de espinas;
4. El de la Cruz a cuestas;
5. El de la Crucifixión y Muerte en el Calvario.

La tercera parte del Rosario contiene otros cinco misterios, llamados gloriosos, porque en ellos
contemplamos a Jesús y María en el triunfo y en la gloria.

1. El de la Resurrección de Jesucristo;
2. El de su Ascensión;
3. El de la Venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles;
4. El de la gloriosa Asunción de la Virgen María;
5. El de su Coronación.

Estas son las quince flores olorosas del rosal místico, en las cuales se posan, como abejas diligentes, las almas piadosas para recoger el néctar maravilloso y producir la miel de una sólida devoción.

Sobre la devoción al Santo Rosario (2)

Octubre 25, 2008

LEON XIII

La oración por su misma índole y conforme a la promesa de Cristo es camino que conduce a la obtención de las mercedes.

Hay dos elementos que la hacen eficaz: la asiduidad y la unión de muchos fieles.

Indícase la primera en la bondadosísima invitación que nos dirige Cristo: Pedid, buscad, llamad [Mat. 7, 7.].

Parécese Dios a un buen Padre que quiere contestar los deseos de sus hijos; pero también que éstos con instancia acudan a él y que, con sus ruegos, le importunen, de suerte que unan a Él su alma con los vínculos más fuertes.

Nuestro Señor más de una vez habló de la oración en común: “Si dos de entre vosotros se reúnen en la tierra, mi Padre que está en los Cielos les concederá lo que pidan, porque donde se hallaren dos o tres reunidos en mi nombre, yo estaré entre ellos“[Mat. 18, 19-20.].

Son de Santo Tomás de Aquino estas memorables frases: “Imposible que las oraciones de muchos hombres no sean escuchadas, si, por decirlo así, forman una sola” [Apologet. c. 39.].

Ambas recomendaciones se pueden aplicar bien al Rosario.

Porque en él, en efecto, para no extendernos, redoblamos Nuestras súplicas para implorar del Padre celestial el reinado de su gracia y de su gloria, y asiduamente invocamos a la Virgen María para que por su intercesión, nos socorra, ya porque durante la vida entera estamos expuestos al pecado, ya porque en la última hora estaremos a la puerta de la eternidad.

El Rosario familiar y en el templo.

Apropiado es también que el Rosario se rece como oración en común. Con razón se le ha llamado Salterio de María.

Debe renovarse religiosamente esa costumbre de Nuestros mayores; en las familias cristianas, en la ciudad y en el campo, al finalizar el día y concluir sus rudos trabajos, reuníanse ante la imagen de la Virgen y se rezaba una parte del Rosario.

Vivamente interesada por esta piedad filial y común, María, como la madre al hijo, protegía a estas familias y les concedía los beneficios de la paz doméstica, que era presagio de la celestial.

 María mediadora entre Dios y los hombres.

¿Quién pudiera pensar y decir que la viva confianza que tenemos en el socorro de la Virgen sea exagerada? Ciertamente el nombre y representación de perfecto Conciliador sólo viene a Cristo, porque sólo El, Dios y hombre a la vez, volvió al género humano a la gracia del Padre Supremo “Sólo hay un mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, que se entregó a sí mismo como Redentor de todos” [1 Timot., 2, 5-6.]

 Mas si, como en seña el Doctor Angélico nada impide que otros sean llamados, secundum quid, mediadores entre Dios y los hombres, porque colaboran a la unión del hombre con Dios, dispositive et ministerialiter[vii], como los Ángeles, Santos, Profetas y Sacerdotes de ambos Testamentos, entonces la misma gloria conviene plenamente a la Santísima Virgen.

Es imposible concebir que nadie para reconciliar a Dios y a los hombres haya podido o en adelante pueda obrar tan eficazmente como la Virgen.

A los hombres que marchaban hacia su eterna perdición les trajo un Salvador, al recibir la nueva de un misterio pacífico que el Ángel anunció a la tierra, y dar admirable consentimiento en nombre de todo el género humano [S. Tomás. III. q. 30, a. 1.].

De Ella nació Jesús. Ella es su verdadera madre, y por ende digna y gratísima mediadora para con el Mediador.

El Rosario nos recuerda estos misterios.

Como estos misterios se incluyen en el Rosario y sucesivamente se ofrecen a la memoria y meditación de los fieles, se ve lo que significa María en la obra de Nuestra reconciliación y salvación.

Nadie puede substraerse a un tierno afecto viendo presentarse a María en hogar de Isabel como instrumento de las gracias divinas y cuando presenta a su Hijo a los pastores, a los Reyes y a Simeón.

Pero ¿qué se ha de sentir pensando que la Sangre de Cristo vertida por nosotros y los miembros que presenta a su Padre con las llagas recibidas en precio de nuestra libertad, son el mismo cuerpo y la sangre misma de la Virgen? La carne de Jesús es, en efecto, la de María, y aunque haya sido exaltada por la gloria de la resurrección, su naturaleza quedó siendo la misma que se tomó en María [De Assumpt. BMV. c. 5, entre las obras de San Agustín.].

 El Rosario fortifica la fe.

También hay otro fruto notable del Rosario, en relación con las necesidades de nuestra época. Ya hemos recordado que consiste en que viéndose expuesta a tantos ataques y peligros la virtud de la fe divina, el Rosario da al cristiano con qué alimentarla y fortificarla eficaz mente. Las divinas Escrituras llaman a Cristo autor y consumador de la fe [Hebr., 12, 2.]; “autor de la fe” porque Él mismo enseñó a los hombres un gran número de verdades que debían creer, sobre todo las relativas a Dios mismo y al Cristo en que reside toda la plenitud de Divinidad [Col., 2, 9.], y porque por su gracia y de algún modo por la unión del Espíritu Santo, les da afectuosamente los me dios de creer; “y consumador” de la misma fe porque El hace evidente en el Cielo cuanto el hombre no percibe en su vida mortal mas que a través de un velo, y allí cambiará la fe presente en gloriosa iluminación.

Ciertamente la acción de Cristo se hace sentir en el Rosario de una manera poderosa. Consideramos y meditamos su vida privada en los misterios gozosos, la pública hasta la muerte entre los mayores tormentos, y la gloriosa que, después de la resurrección triunfante, se ve trasladada a la Eternidad, donde está sentado a la diestra del Padre.

El Rosario profesión de fe.

Y dado que la fe para ser plena y digna debe necesariamente manifestarse, porque se cree en el corazón para la justicia, pero se confiesa la fe por la boca para la salvación [Rom., 10, 10.], encontramos precisamente en el Rosario un excelente medio de confesarla.

En efecto, por las oraciones vocales que forman su trama podemos expresar y confesar nuestra fe en Dios, nuestro Padre, lleno de providencia; en la vida de la eternidad futura, en la remisión de los pecados, y también nuestra fe en los misterios de la Trinidad Santísima, del Verbo hecho carne, de la divina maternidad y en otros.

Nadie ignora cuál es el valor y el mérito de la fe. Ni es otra cosa la fe que el germen escogido del que nacen actualmente las flores de toda virtud, por las que nos hacemos agradables a Dios, donde nacerán más tarde los frutos que deben durar para siempre. Conocerte es, en efecto, el perfeccionamiento de la justicia, y su virtud es la raíz de la inmortalidad (Sap., 15. 3. (14) 1 Pctr. 5, 4.).

 Penitencia.

Conviene añadir a este propósito algo de los deberes de virtud que necesariamente exige la fe.

Entre ellos se halla la penitencia, que comprende la abstinencia, necesaria y saludable por más de un concepto.

Si la Iglesia en este punto obra cada día con mayor indulgencia para con sus hijos, comprendan éstos, en cambio, su deber de compensar con otros actos esa maternal indulgencia. Añadimos con gusto este motivo a los que nos han hecho recomendar el Rosario, que también puede producir buenos frutos de penitencia, sobre todo meditando los sufrimientos de Cristo y su Madre.

 Fácil uso del Rosario.

En nuestros esfuerzos para lograr el supremo bien, ¡con qué sabia providencia se Nos indica el Rosario como socorro que a todos conviene, fácilmente aprovechable, sin comparación posible con otro alguno! Aun el medianamente instruido en asuntos de Religión puede servirse de él fácilmente y con utilidad, y el Rosario no toma tanto tiempo que perjudique a cualesquiera ocupaciones.

Los anales sagrados abundan en ejemplos famosos y oportunos, y se sabe que muchas personas cargadas de importantes quehaceres y grandes trabajos jamás han interrumpido un solo día esta piadosa costumbre.

Tomado de la Encíclica: Fidentem Piumque – Sobre la devoción del Rosario. Del 20 de Septiembre de 1896

Los frutos del rezo y las razones del nombre Rosario

Octubre 25, 2008

LEON XIII

” Pues, esos mismos efectos producen en cada uno de nosotros, especialmente las series de misterios que en el Rosario admiramos; conviene a saber, que con la frecuente meditación o recuerdo, el alma cristiana poco a poco e insensiblemente embeba la vitalidad en ellos contenida y se impregne de ella; que poco a poco e insensiblemente se sienta conducido a disponer sin pretensiones su vida en activa quietud, a soportar las adversidades con ecuanimidad y fortaleza de espíritu, a dar aliento a la esperanza de los bienes inmortales que nos están reservados en una patria mejor, y finalmente, a fortalecer y aumentar la fe, sin la cual buscamos en vano el remedio y el alivio de los males que nos agobian, o la conjuración de los peligros que nos amenazan.

Ahora bien: con razón han sido llamadas “Rosario” las oraciones marianas que, bajo la Inspiración y ayuda de Dios, Santo Domingo fue el primero en idear mezclándolas, en determinado orden, con los misterios de la Redención; pues, cuantas veces saludamos a María como “llena de gracia”, según la alabanza angélica, tantas veces ofrecemos, mediante la alabanza repetida, a la Virgen una especie de rosas que despiden un perfume de gratísima dulzura; tantas veces se presentan en nuestra mente la excelsa dignidad de María y la gracia que Dios le concedió por el fruto bendito de su seno[Lc. 1, 42.]; tantas veces recordemos otros méritos singulares, por los cuales con su Hijo divino María fue hecha participante en la redención humana. ¡Cuán suave, pues, y cuán grata es a la Santísima Virgen la salutación angélica, porque, precisamente, al saludarla Gabriel con ella, sintió que había concebido del Espíritu Santo al Verbo de Dios!”

Encíclica: Sobre el Santo Rosario y la consagración del nuevo templo de la Virgen del Rosario, en Lourdes, Francia. 8 de Septiembre de 1901

Excelencia del Santo Rosario por las oraciones de que está compuesto (5)

Octubre 21, 2008

 

SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONFORT

EL AVEMARÍA – SUS MARAVILLOSOS FRUTOS

Entre las cosas admirables que la Santísima Virgen reveló al Beato Alano de la Rupe – y sabemos que este gran devoto de María confirmó con juramento sus revelaciones- hay tres de mayor importancia:

La primera, que la negligencia, tedio y aversión a la salutación angélica -que restauró al mundo- son señal probable e inmediata de reprobación eterna;

La segunda, que quienes tienen devoción a esta divina salutación poseen una gran señal de predestinación;

La tercera, que quienes han recibido de Dios la gracia de amar a la Santísima Virgen y servirla por amor deben esmerarse con el mayor empeño para continuar amándola y sirviéndola hasta que Ella los coloque en el cielo, por medio de su Hijo, en el grado de gloria que conviene a sus méritos (B. Alano, Cap XI).

Todos los herejes -que son hijos de Satanás y llevan señales evidentes de reprobación- tienen horror al Avemaría. Quizás aprenden el Padrenuestro, pero no el Avemaría. Preferirían llevar sobre sí una serpiente antes que una camándula.

Entre los católicos, aquellos que llevan la marca de la reprobación apenas si se interesan por el Rosario, son negligentes en rezarlo o lo recitan tibia y precipitadamente.

Aunque yo no aceptara con fe piadosa lo revelado al Beato Alano, me basta la experiencia personal para convencerme de esta terrible y a la vez consoladora verdad. No sé ni veo con claridad cómo una devoción tan pequeña puede ser señal infalible de eterna salvación, y su defecto, señal de reprobación. No obstante, nada hay más cierto.

Vemos, en efecto, que quienes en nuestros días profesan novedosas doctrinas condenadas por la Iglesia, a pesar de su aparente piedad, descuidan en demasía la devoción del Rosario y frecuentemente lo arrancan del corazón de quienes les rodean, con los pretextos más hermosos del mundo. Evitan con cuidado condenar abiertamente el Rosario y el escapulario -como hacen los calvinistas-. Pero su proceder es tanto más pernicioso cuanto más sutil. Hablaremos de ello en seguida.

Mi Avemaría, mi Rosario o mi corona son mi oración preferida y mi piedra de toque segurísima para distinguir a quienes son conducidos por el Espíritu de Dios de quienes se hallan bajo la ilusión del espíritu maligno. He conocido almas que parecían volar como águilas hasta las nubes, por la sublimidad de su contemplación. Eran, sin embargo, miserablemente engañadas por el demonio. Solo llegué a descubrir sus ilusiones, al ver que rechazaban el Avemaría y el Rosario como indignos de su estima.

El Avemaría es un rocío celestial y divino, que al caer en el alma de un predestinado le comunica una fecundidad maravillosa para producir toda clase de virtudes. Cuanto más regada esté un alma por esta oración tanto más se le ilumina el espíritu, más se le abraza el corazón y más se fortalece contra sus enemigos.

El Avemaría es una flecha inflamada y penetrante que unida por un predicador a la palabra divina que anuncia, le da la fuerza de traspasar y convertir los corazones más endurecidos, aunque el orador no tenga talento natural extraordinario para la predicación.

El Avemaría fue el arma secreta que -como dije antes sugirió la Santísima Virgen a Santo Domingo y al Beato Alano para convertir a los herejes y pecadores. De aquí surgió la costumbre de los predicadores de rezar un Avemaría al comenzar la predicación, como afirma San Antonio.

*****

EL AVEMARÍA. SUS BENDICIONES

Esta divina salutación atrae sobre nosotros la copiosa bendición de Jesús y María. Efectivamente, es principio infalible que Jesús y María recompensan magnánimamente a quienes les glorifican y devuelven centuplicadas las bendiciones que se les tributan: Quiero a los que me quieren… para enriquecer a los que me aman y para llenar sus bodegas (Prov 8,17.21). Es lo que proclaman a voz en cuello Jesús y María. Amamos a quienes nos aman, los enriquecemos y llenamos sus tesoros. Quien siembra generosamente, generosas cosechas tendrá (ver 2 Cor 9,6).
Ahora bien. ¿no es amar, bendecir y glorificar a Jesús y a María el recitar devotamente la salutación angélica?

En cada Avemaría tributamos a Jesús y a María una doble bendición: Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

En cada Avemaría tributamos a María el mismo honor que Dios le hizo al saludarla mediante el arcángel San Gabriel. ¿Quién podrá pensar siquiera que Jesús y María –que tantas veces hacen el bien a quienes les maldicen– vayan a responder con maldiciones a quienes los honran y bendicen con el Avemaría?

La reina del cielo -dicen San Bernardo y San Buenaventurano es menos agradecida y cortés que las personas nobles y bien educadas de este mundo. Las aventaja en esta virtud como en las demás perfecciones y no permitirá que la honremos con respeto sin devolvernos el ciento por uno.
“María –dice San Buenaventura– nos saluda con la gracia, siempre que la saludamos con el Avemaría” .
¿Quién podrá comprender las gracias y bendiciones que el saludo y mirada benigna de María atraen sobre nosotros?
En el momento en que Santa Isabel oyó el saludo que le dirigía la Madre de Dios, quedó llena del Espíritu Santo y el niño que llevaba en su seno saltó de alegría. Si nos hacemos dignos del saludo y bendición recíprocos de la Santísima Virgen, seremos, sin duda, colmados de gracias y un torrente de consuelos espirituales inundará nuestras almas.

*****

EL AVEMARÍA – FELIZ INTERCAMBIO

Está escrito: Den y se les dará (Lc 6,38). Recordemos la comparación del Beato Alano: “Si te doy cada día ciento cincuenta diamantes, ¿no me perdonarías aunque fueses enemigo mío? Y si eres mi amigo, ¿no me otorgarás todos los favores posibles? ¿Quieres enriquecerte con todos los bienes de la gracia y de la gloria? ¡Saluda a la Santísima Virgen, honra a tu bondadosa Madre!” El que da gloria a su madre se prepara un tesoro (BenS 3,5). Preséntale, al menos, cincuenta Avemarías diariamente, cada una de ellas contiene quince piedras preciosas que agradan más a María que todas la riquezas de la tierra. ¿Qué no podrás, entonces, esperar de su generosidad? Ella es nuestra Madre y amiga. Es la Emperatriz del universo y nos ama más de lo que todas las madres y reinas juntas amaron a algún mortal.
Porque –dice San Agustín– la caridad de la Santísima Virgen aventaja a todo el amor natural de todos los hombres y de todos los ángeles.

El Señor se apareció un día a Santa Gertrudis, contando monedas de oro. Ella se atrevió a preguntarle qué estaba contando. “Cuento –le respondió Jesucristo– tus Avemarías: ¡son la moneda con que se compra el paraíso!”

El doctor y piadoso Suárez, S.J., estimaba tanto la salutación angélica que solía decir: “¡Daría con gusto toda mi ciencia por el valor de un Avemaría bien dicha!”

El Beato Alano de la Rupe se dirige así a la Santísima Virgen:

“Quien te ama. oh excelsa María, escuche esto y llénese de gozo:

El cielo exulta de dicha, la tierra, de admiración; cuando digo: ¡Avemaría!

Mientras que el mundo se aterra, poseo el amor de Dios: cuando digo: ¡Avemaría!

Mis temores se disipan, mis pasiones se apaciguan: cuando digo: ¡Avemaría!

Mi devoción, se acrecienta, y alcanzo la contrición: cuando digo: ¡Avemaría!

Se confirma mi esperanza, se acrecienta mi consuelo: cuando digo: ¡Avemaría!

Salta de gozo mi espíritu, se disipa mi tristeza; cuando digo: ¡Avemaría!

Porque la dulzura de esta suavísima salutación es tan grande que no hay términos adecuados para explicarla debidamente y, después de haber dicho de ella maravillas, resulta todavía tan escondida y profunda que es imposible descubrirla. Es corta en palabras, pero grande en misterios.

Es más dulce que la miel y más preciosa que el oro. Hay que tenerla frecuentemente en el corazón para meditarla y en la boca para recitarla y repetirla devotamente”.

Refiere el mismo Beato Alano -en el Capítulo 69 del salterio que una religiosa muy devota del Rosario se apareció después de muerta a una de sus hermanas y le dijo: “Si pudiera regresar a mi cuerpo para recitar solamente un Avemaría, aunque sin mucho fervor, volvería a sufrir gustosamente todos los dolores que padecí antes de morir, con tal de alcanzar el mérito de esta oración”. Hay que recordar que había sufrido crueles dolores durante varios años.

Miguel de Lisle, obispo de Salubre, discípulo y compañero del Beato Alano de la Rupe en el restablecimiento del Santo Rosario, dice que la salutación angélica es el remedio de todos los males que nos afligen, con tal que la recemos devotamente en honor de la Santísima Virgen.

*****

EL AVEMARÍA: BREVE EXPLICACIÓN

¿Te debates en la miseria del pecado? -Invoca a la excelsa María y dile: ¡Ave! Que quiere decir: ¡Te saludo con profundo respeto a ti que eres sin pecado, ni desgracia! Ella te librará de la desgracia de tus pecados.

¿Te envuelven las tinieblas de la ignorancia o del error?  Recurre a María y dile: ¡Ave María! Es decir, iluminada con los rayos del sol de justicia. Ella te comunicará sus luces.

¿Caminas extraviado, fuera de la senda del cielo? -Invoca a María, que quiere decir Estrella del mar y Estrella polar, que guía nuestro peregrinar por este mundo. Ella te conducirá al puerto de salvación.

¿Estás afligido? - Acude a María, que quiere decir mar amargo, pues fue llena de amarguras en este mundo y actualmente en el cielo se ha convertido en mar de purísimas dulzuras. Ella convertirá tu tristeza en gozo y tus aflicciones en consuelo.

¿Has perdido la gracia? – Honra la abundancia de gracias de que Dios llenó a la Santísima Virgen y dile llena de gracia y de todos los dones del Espíritu Santo. Ella te dará sus gracias.

¿Te sientes solo y abandonado de Dios?  Dirígete a María y dile el Señor es contigo más noble y está más íntimamente que en los justos y los santos, porque eres con El una misma cosa, pues siendo El tu Hijo, su carne es carne tuya. Y dado que eres su Madre, estás con el Señor en semejanza perfecta
y mutua caridad. Dile finalmente: Toda la Santísima Trinidad está contigo, pues eres su precioso templo. Ella te colocará bajo la protección y salvaguardia del Señor.

¿Te has convertido en objeto de la maldición divina? –Dile: bendita tu entre todas las mujeres. Te aclaman todas las naciones por tu pureza y fecundidad, tú cambiaste las maldiciones divinas en bendición. Ella te bendecirá.

¿Estás hambriento del pan de la gracia y del pan de la vida? – Acércate a quien llevó el pan vivo descendido del cielo. Dile bendito es el fruto de tu vientre, el que concebiste sin detrimento de tu virginidad, que llevaste sin trabajo y diste a luz sin dolor. Bendito Jesús, que rescató al mundo esclavizado, curó al mundo enfermo, resucitó al hombre muerto, hizo volver al hombre desterrado, justificó al hombre criminal y salvó al hombre condenado. Ciertamente tu alma será saciada del pan de la gracia en esta vida y de la vida eterna en la otra. Amén.

Concluye tu plegaria con la Iglesia y di: Santa María; santa en cuerpo y alma, santa por tu singular y eterna abnegación en el servicio de Dios, santa en tu calidad de Madre de Dios que te dio una santidad eminente como convenía a esta infinita dignidad. Madre de Dios y también Madre nuestra, Abogada y Mediadora nuestra, Tesorera y Dispensadora de las gracias de Dios: Alcánzanos pronto el perdón de nuestros pecados y la reconciliación con la divina Majestad.

Ruega por nosotros, pecadores: pues tienes tanta compasión de los miserables, que no desprecias ni rechazas a los pecadores, sin los cuales no serías la Madre del Salvador.

Ruega por nosotros ahora, durante el tiempo de nuestra vida corta, frágil y miserable. Ahora, porque sólo nos pertenece el momento presente. Ahora, cuando somos acometidos y estamos rodeados, noche y día, de poderosos y crueles enemigos.

En la hora de nuestra muerte, tan terrible y peligrosa, cuando se agoten nuestras fuerzas, cuando nuestro cuerpo y espíritu estarán abatidos por el dolor y el espanto.

En la hora de nuestra muerte, cuando Satanás redoblará sus esfuerzos a fin de arruinarnos para siempre. En esa hora en que se decidirá nuestra suerte para toda una eternidad, dichosa o infeliz. Ven en ayuda de tus pobres hijos, Madre compasiva, abogada y refugio de los pecadores. Aleja de nosotros en la hora de la muerte a los demonios, enemigos y acusadores nuestros, cuyo horroroso aspecto nos espanta. Ven a iluminarnos en las tinieblas de nuestra muerte. Guíanos y acompáñanos ante el tribunal de nuestro Juez, que es Hijo tuyo. Intercede por nosotros para que nos perdone y reciba en el número de los elegidos en la mansión de la gloria eterna. ¡Amén, que así sea!

¿Habrá quien no admire la excelencia del Santo Rosario compuesto de partes tan excelentes como la oración dominical y la salutación angélica?

¿Existe acaso oración más grata a Dios y a la Santísima Virgen y más fácil, dulce y saludable para los hombres?

Llevémoslas continuamente en el corazón y en la boca para honrar a la Santísima Trinidad, a Jesucristo nuestro Salvador y a su Madre Santísima.

Excelencia del Santo Rosario por las oraciones de que está compuesto (4)

Octubre 20, 2008

SAN LUIS MARÍA  GRIGNION DE MONTFORT

EL AVEMARÍA – SUS EXCELENCIAS.

La salutación angélica es tan sublime y elevada, que el Beato Alano de Rupe ha creído que ninguna creatura puede comprenderla y que solamente Jesucristo, Hijo de María, puede explicarla.

Deriva su excelencia:

– de la Santísima Virgen a quien fue dirigida;
– de la finalidad de la Encarnación del Verbo para la cual fue traída del cielo;
– y del arcángel San Gabriel que fue el primero en pronunciarla.

El Avemaría resume, en la más concisa síntesis, toda la teología cristiana sobre la Santísima Virgen.

En el Avemaría encontramos una alabanza y una invocación. La alabanza contiene cuanto constituye la verdadera grandeza de María. La invocación contiene cuanto debemos pedirle y cuanto podemos alcanzar de su bondad.

La Santísima Trinidad reveló la primera parte. Santa Isabel –iluminada por el Espíritu Santo– añadió la segunda, y la Iglesia –en el primer concilio de Efeso (431)– sugirió la conclusión, después de condenar el error de Nestorio y definir que la Santísima Virgen es verdaderamente Madre de Dios. Ese concilio ordenó que se invocase a la Santísima Virgen bajo este glorioso título, con estas palabras: Santa
María Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte .

La Santísima Virgen recibió esta divina salutación en orden a llevar a feliz término el asunto más sublime e importante del mundo, a saber, la Encarnación del Verbo eterno, la reconciliación entre Dios y los hombres y la redención del género humano. Embajador de esta buena noticia fue el arcángel San Gabriel, uno de los primeros príncipes de la corte celestial.

La salutación angélica contiene la fe y esperanza de los patriarcas, de los profetas y de los apóstoles. Es la constancia y fortaleza de los mártires, la ciencia de los doctores, la perseverancia de los confesores y la vida de los religiosos (B Alano).

Es el cántico nuevo de la ley de la gracia, la alegría de los ángeles y de los hombres y el terror y confusión de los demonios.

Por la salutación angélica, Dios se hizo hombre, una Virgen se convirtió en Madre de Dios, las almas de los justos fueron liberadas del limbo, se repararon las ruinas del cielo y los tronos vacíos fueron de nuevo ocupados, el pecado fue perdonado, se nos devolvió la gracia, se curaron las enfermedades, los muertos resucitaron, se llamó a los desterrados, se aplacó la Santísima Trinidad y los hombres obtuvieron la vida eterna.

Finalmente, la salutación angélica es el arco iris, la señal de la clemencia y de la gracia dadas al mundo por Dios (Bto. Alano).

*****

EL AVEMARÍA -SU BELLEZA

Aunque no hay nada tan excelso como la Majestad divina ni tan abyecto como el hombre -considerado como pecador- la Augusta Majestad no desdeña nuestros homenajes y se siente honrada cuando cantamos sus alabanzas.

Ahora bien, la salutación angélica es uno de los cánticos más bellos que podemos entonar a la gloria del Altísimo: Te cantaré un cántico nuevo.

La salutación angélica es precisamente el cántico nuevo que David predijo se cantaría en la venida del Mesías.

Hay un cántico antiguo y un cántico nuevo.

El antiguo es el que cantaron los israelitas en acción de gracias por la creación, la conservación, la liberación de la esclavitud, el paso del Mar Rojo, el maná y todos los demás favores celestiales.

El cántico nuevo es el que entonan los cristianos en acción de gracias por la Encarnación y la Redención. Dado que estos prodigios se realizaron por el saludo de ángel, repetimos esta salutación para agradecer a la Santísima Trinidad por tan inestimables beneficios.

Alabamos a Dios Padre por haber amado tanto al mundo que le dio su unigénito para salvarlo.

Bendecimos a Dios Hijo por haber descendido del cielo a la tierra, por haberse hecho hombre y habernos salvado.

Glorificamos al Espíritu Santo por haber formado en el seno de la Virgen María ese cuerpo purísimo que fue víctima de nuestros pecados.

Con estos sentimientos de gratitud, debemos rezar la salutación angélica, acompañándola de actos de fe, esperanza, caridad y acción de gracias por el beneficio de nuestra salvación.

Aunque este cántico nuevo se dirige directamente a la Madre de Dios y contiene sus elogios, es -no obstante- muy glorioso para la Santísima Trinidad, porque todo el honor que tributamos a la Santísima Virgen vuelve a Dios, causa de todas sus perfecciones y virtudes.

Con él glorificamos a Dios Padre porque honramos a la más perfecta de sus criaturas.

Glorificamos al Hijo, porque alabamos a su purísima Madre.

Glorificamos al Espíritu Santo, porque admiramos las gracias con que colmó a su Esposa.

Del mismo modo que la Santísima Virgen con su hermoso cántico, el Magníficat, dirige a Dios las alabanzas y bendiciones que le tributó Santa Isabel por su eminente dignidad de Madre del Señor, así dirige inmediatamente a Dios los elogios y bendiciones que le presentamos mediante la salutación angélica.

Si la salutación angélica glorifica a la Santísima Trinidad, también constituye la más perfecta alabanza que podemos dirigir a María.

Deseaba Santa Matilde saber cuál era el mejor medio para testimoniar su tierna devoción a la Madre de Dios. Un día arrebatada en éxtasis, vio a la Santísima Virgen que llevaba sobre el pecho la salutación angélica en letras de oro y le dijo: “Hija mía, nadie puede honrarme con saludo más agradable que el que me ofreció la Santísima Trinidad. Por él me elevó a la dignidad de Madre de Dios. La palabra
Ave -que es el nombre de Eva- me hizo saber que Dios en su omnipotencia me había preservado de toda mancha de pecado y de las calamidades a que estuvo sometida la primera mujer”.

“El nombre de María -que significa Señora de la luz indica que Dios me colmó de sabiduría y luz, como astros brillantes, para iluminar los cielos y la tierra”.

“Las palabras llena de gracia me recuerdan que el Espíritu Santo me colmó de tantas gracias, que puedo comunicarlas con abundancia a quienes las piden por mediación mía”.

“Diciendo el Señor está contigo, siento renovarse la inefable alegría que experimenté cuando el Verbo eterno se encarnó en mi seno”.

“Cuando me dice bendita tú eres entre todas las mujeres, tributo alabanzas a la misericordia divina que se dignó elevarme a tan alto grado de felicidad”.

“Ante las palabras bendito es el fruto de tu vientre, Jesús, todo el cielo se alegra conmigo al ver a Jesús, mi Hijo, adorado y glorificado por haber salvado al hombre”.

 

Excelencia del Santo Rosario por las oraciones de que está compuesto (3)

Octubre 20, 2008

SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT

EXCELENCIA DEL PADRENUESTRO (conclusión)

Cuando rezamos devotamente esta divina oración, realizamos tantos actos de las más nobles virtudes cristianas como palabras pronunciamos:

Al decir Padre nuestro que estás en el cielo, hacemos actos de fe, adoración y humildad.

Al desear que su nombre sea santificado y glorificado manifestamos celo ardiente por su gloria.

Al pedir la posesión de su reino, hacemos un acto de esperanza.

Al desear que se cumpla su voluntad en la tierra como en el cielo, mostramos espíritu de perfecta obediencia.

Pidiéndole que nos dé el pan de cada día, practicamos la pobreza según el espíritu y el desapego de los bienes de la tierra.

Al rogarle que perdone nuestros pecados, hacemos un acto de contrición.

Al perdonar a quienes nos han ofendido, ejercitamos la misericordia en la más alta perfección.

Al implorar ayuda en la tentación, hacemos actos de humildad, prudencia y fortaleza.

Al esperar que nos libre del mal, practicamos la paciencia.

Finalmente, al pedir todo esto no solo para nosotros, sino también para el prójimo y para todos los miembros de la Iglesia, nos comportamos como verdaderos hijos de Dios, lo imitamos en la caridad que abraza a todos los hombres y cumplimos el mandamiento de amor al prójimo.

Detestamos, además, todos los pecados y practicamos los mandamientos de Dios, cuando -al rezar esta oración nuestro corazón sintoniza con la lengua y no mantenemos intenciones contrarias a estas divinas palabras. Puesto que, cuando reflexionamos en que Dios está en el cielo -es decir, infinitamente por encima de nosotros por la grandeza de su majestad- entramos en los sentimientos del más profundo respeto en su presencia y, sobrecogidos de temor, huimos del orgullo y nos abatimos hasta el anonadamiento.

Al pronunciar el nombre de Padre, recordamos que de Dios hemos recibido la existencia por medio de nuestro padre y la instrucción por medio de nuestros maestros. Todos los cuales representan para nosotros a Dios, cuya viva imagen constituyen. Por ellos, nos sentimos obligados a honrarlos, o mejor dicho, a honrar a Dios en sus personas y nos guardamos mucho de despreciarlos y afligirlos.

Cuando deseamos que el santo nombre de Dios sea glorificado, estamos bien lejos de profanarlo.

 Cuando consideramos el reino de Dios como nuestra herencia, renunciamos a todo apego desordenado a los bienes de este mundo.

Cuando pedimos con sinceridad para nuestro prójimo los bienes que deseamos para nosotros, renunciamos al odio, la disensión y la envidia.

Al pedir a Dios el pan de cada día, detestamos la gula y voluptuosidad, que se nutren en la abundancia.

Al rogar a Dios con sinceridad que nos perdone como perdonamos a quienes nos han ofendido, reprimimos la cólera y la venganza, devolvemos bien por mal y amamos a nuestros enemigos.

Al pedir a Dios que no nos deje caer en el pecado en el momento de la tentación, manifestamos huir de la pereza y buscar los medios para combatir los vicios y salvarnos.

Al rogar a Dios que nos libre del mal, tememos su justicia y nos alegramos porque el temor de Dios es el principio de la sabiduría (Sal 110, 10; Prov 1,7…): El temor de Dios hace que el hombre evite el pecado.

Excelencia del Santo Rosario por las oraciones de que está compuesto (2)

Octubre 20, 2008

SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT

Excelencia del Padrenuestro (continuación)

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Al recitar cada una de las palabras de la Oración dominical,

honramos las perfecciones divinas.

Honramos su fecundidad llamándolo Padre: Padre que desde la eternidad engendras a un Hijo igual que tú, eterno y consustancial, que es una misma esencia, una misma potencia, una misma bondad, una misma sabiduría contigo, Padre e Hijo que al amaros producís al Espíritu Santo, que es Dios como vosotros. ¡Tres adorables personas que sois un solo Dios!

Padre nuestro. Es decir, Padre de los hombres y las mujeres por la creación, la conservación y la redención; Padre misericordioso de los pecadores; Padre amigo de los justos; Padre magnífico de los bienaventurados.

Que estás. Con estas palabras admiramos la inmensidad, la grandeza y plenitud de la esencia divina, que se llama con verdad El que es (Ex 3,14), es decir, el que existe esencial, necesaria y eternamente, que es el Ser de los seres, la Causa de todo ser. Que contiene en sí mismo –en forma eminente–
las perfecciones de todos los seres. Que está en todos con su esencia, presencia y potencia sin ser por ellos abarcados.

Honramos su sublimidad, gloria y majestad con las palabras que estás en el cielo -es decir-, como sentado en su trono para ejercer justicia sobre todos los hombres.

Adoramos su santidad, al desear que su nombre sea santificado.

Reconocemos su soberanía y la justicia de sus leyes, anhelando la llegada de su reino y ansiando que le obedezcan los hombres en la tierra como le obedecen los ángeles en el cielo.

Pidiéndole que nos dé el pan de cada día, creemos en su Providencia.

Al rogarle que no nos deje caer en la tentación reconocemos su poder.

Esperando que nos libre del mal, nos confiamos a su bondad.

El Hijo de Dios glorificó siempre al Padre con sus obras y vino al mundo para enseñar a los hombres a glorificarlo. Y les ha enseñado la forma de honrarlo con esta oración que se dignó dictarles. Debemos, pues, rezarla con frecuencia y atención y con el mismo espíritu con que El la compuso.