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SAN MAXIMILIANO KOLBE “Los protestantes del más diferente calibre no logran tolerar medallas, escapularios, cuadros, y, en general, las imágenes de Jesús y de los santos, pero sobre todo de la Virgen. No mucho tiempo atrás recibí a este propósito una carta de un docente que me escribía nada menos que de la otra extremidad de Polonia. Entre otras cosas me preguntaba: “¿Desde cuándo la fe en medallas sin vida defiende del mal más que la fe en el Dios vivo y verdadero? Aludía a la Medalla Milagrosa de la Inmaculada Concepción de la santísima Virgen María. Los protestantes hasta dan la fecha en la que la Iglesia “inventó” el culto a las imágenes, cruces, y reliquias. Ese año “nefasto” fue el 787. Otros estudios de la Sagrada Escritura quitan benévolamente unos cuatro años y asignan esta desgracia al año 783. No quiero aquí hablar de la falta, simplemente estridente, de conocimiento de la historia y de los documentos de los siglos pasados. Es suficiente examinar con qué veneración San Ambrosio, muerto en el año 397, es decir, cuatro siglos antes de esa data “funesta”, colocó bajo un altar, en Milán, las reliquias de los santos Gervasio y Potasio. Es suficiente hacer una breve caminata hasta Roma, bajar a los sótanos de las catacumbas de los primeros siglos ensangrentados del cristianismo, echar una mirada a las numerosas imágenes que adornan sus paredes para no ventilar semejantes tonteras.
En particular, según parece, los metodistas hasta se horrorizan a la vista de alguna efigie de la santísima Virgen María. Por eso les aconsejamos vivamente que visiten las catacumbas de Priscila, en las que oraban los cristianos que acababan de ser bautizados de las manos de los Apóstoles, y allí verán, representados en las paredes, una anunciación a la santísima Virgen María, una Virgen con el Niño Jesús, una escena del homenaje de los Magos y una Virgen Inmaculada sentada con el Niño Jesús. Cerca de Ella está el profeta Isaías, que sostiene con una mano el libro de sus profecías, y con la otra señala una estrella que brilla por encima de la Virgen, en la que se cumplíó su profecía. Tales imágenes de la santísima Virgen y de los santos, con las trazas de la más remota antigüedad, se pueden mirar esculpidas en los sarcófagos, cinceladas en el vidrio o grabadas en el metal. De todos modos, dejo aparte todo esto, porque lo que, quizás, impresiona aún más, es la falta de lógica en nuestros adversarios. Las mismas personas para las que las imágenes de la Virgen y de los otros santos son un hueso en la garganta, abarrotan después sus casas con una gran cantidad de cuadros, fotografías, retratos y estatuas. ¿Y qué representan todos ellos? Ya hombres, célebres, beneméritos de la patria y de la sociedad, ya miembros de la familia o personas queridas. Por un lado verás la foto del padre difunto o de la madre, colocada en un marco decoroso y circundada, como es justo, de veneración filial; por otra la madre dolorida, no pudiendo olvidar la pérdida prematura de su dilecto niño, guarda con amor su retrato. Además, las personas, atadas entre sí por el afecto pero obligadas por las circunstancias a una separación temporánea, desean recibir mutuamente de la persona amada al menos algún objeto que la recuerde. Y cuando la muerte envíe al amigo a la tumba, entonces aquel recuerdo llegará a ser cien veces más querido. En estos casos una carta “sin vida”, una pintura “sin vida”, un metal “sin vida”, o un objeto ” sin vida”, no los ofenden. Sin embargo, no se trata de otra cosa sino de cuadros, imágenes o reliquias. Con todo… aún aquí también se esconde “una cierta lógica”, la lógica de “alguien”. Cada uno de nosotros no sólo tiene un alma, sino también un cuerpo, no sólo la razón, sino también los sentidos. Todo conocimiento natural llega ante todo a los sentidos (ojo, oído, …) y después llega a la inteligencia y se graba en la memoria. No de manera diferente acontece para el conocimiento natural de los problemas relacionados con la religión. Cuanto más a menudo vemos nosotros una cosa que está en relación con Cristo, la Virgen o los santos, y más todavía su efigie en la tela o en el papel, o también en medallas o escapularios, tanto más a menudo se dirige también nuestra mente a las personas que tales objetos representan o recuerdan; y todo ello influye poderosamente en nuestra vida. Muchas personas, a la vista de Cristo clavado en la cruz o de un cuadro de la Virgen, ¿no renuncian quizás a un pecado que ya tenían en ánimo de cometer?… ¡No tendrían tanta petulancia ni tanta maldad!… Además, ¿cuántas oraciones brotan de los corazones delante de estas imágenes en dirección a las personas que ellas representan? … Y ¿cuántos ardientes suspiros de amor o cuántas peticiones de corazones doloridos arrancan ellas?… Y desde lo alto desciende a este corazón el bálsamo del consuelo. ¿Cuántas veces una mirada, aun sólo ocasional, dirigida a un crucifijo o a una estatua de la Inmaculada llena el corazón de coraje y de serenidad?… Si vas a descansar o te levantas para ir al trabajo, si llevas sobre tu pecho un escapulario o una medalla de la Santísima Virgen y los besas con gratitud y veneración, entonces Ella se acordará de este acto de reverencia y de amor, y por toda la jornada guiará tu inteligencia y tu corazón, alejará de ti las tentaciones más graves, te dará fuerza en la lucha y no permitirá que tú caigas. En el caso que tú te desprendieras por un instante de sus manos misericordiosas, pusieras en ti mismo la confianza y cayeras, en seguida Ella te levantaría, llenaría tu corazón con un arrepentimiento que procede del amor, conseguiría para ti el perdón y transformaría el mal en un bien aún mayor. ¿Quién arremete para estas bendiciones no desciendan a tu alma? Por cierto, no es Dios, ni la Virgen, ni los santos, ni los ángeles buenos. ¿Quién, pues? … |
San Maximiliano Kolbe: “Itinerario espiritual a través de sus escritos”. Editorial Apostolado Mariano. pag. 87-89.






