Archivo de Diciembre 2008

O Magnum Mysterium

Diciembre 23, 2008

 

La Comunión y el don de sí

Diciembre 23, 2008

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GARRIGOU-LAGRANGE OP

Nuestro Señor nos ordenó: ‘Amaos los unos a los otros como yo os he amado’ (Joan., XIII, 34). Pues bien, él nos amó hasta morir por nosotros en la Cruz y hasta dársenos en manjar en la sagrada Eucaristía. En la comunión debe, pues, el cristiano aprender la donación de sí mismo, a fin de imitar a Ntro. Señor.

El Corazón Eucarístico de Jesús, que nos dio y cada día vuelve a darnos la Eucaristía, es el ejemplar eminente del perfecto don de sí mismo. Y nos enseñó que es cosa más perfecta dar que recibir, amar que ser amado.

Por eso, después de haber recibido tanto, debemos, a ejemplo de nuestro Salvador, darnos a los demás ofreciéndoles paz y luz de vida.

Un alma que vive incorporada a Cristo por la santa comunión debe ser a su vez pan de los que viven en su derredor, a ejemplo de nuestro Señor. A los que tienen menos luces, a los débiles y a los que se alejan del altar, esa alma debe darse sin medida, sin importársele nada de las ingratitudes, frialdades y malos pagos. Mediante ese proceder esté segura que ha de traer a no pocos descarriados al Corazón Eucarístico de Jesús, a ese ‘Corazón olvidado, despreciado, ultrajado e ignorado por los hombres.’ Que es, sin embargo, el Corazón que nos ama siempre, y es paciente para esperarnos, está presto para escucharnos, ansioso de que le pidamos, y es centro de gracias siempre renovadas; Corazón silencioso que anhela hablar a las almas, refugio de la vida oculta, maestro en los secretos de la divina unión’, Corazón de Aquel que parece dormido, pero que vela siempre, y del que sin cesar desborda la caridad.

Es el modelo eminente del perfecto don de sí. Por eso un santo sacerdote de Lión, amigo del Cura de Ars, el P. Chevrier, solía decir a sus hijos espirituales: ‘A ejemplo de nuestro Señor, el sacerdote debe morir a su cuerpo, a su espíritu, a su voluntad, a su familia, al mundo entero; hase de inmolar por el silencio, la oración, el trabajo, la penitencia, los sufrimientos y la muerte. Cuanto uno está más muerto, más vida tiene y la da en mayor abundancia. El sacerdote es un hombre crucificado. También debe, por la caridad, a ejemplo de su maestro, dar su cuerpo, su espíritu, su tiempo, sus bienes, su salud y su vida; ha de dar la vida por su fe, doctrina, palabras, oraciones, autoridad y ejemplos. Débese convertir en buen pan. El sacerdote es un hombre comido’.

Pues bien, todo lo que aquí se dice del sacerdote, se debe aplicar en cierto modo al cristiano perfecto, que en cualquier momento ha de estar dispuesto a sacrificarse sobrenaturalmente, a fin de conducir las almas que le rodean hacia el fin de nuestra peregrinación, que es Dios. Este celo de la gloria de Dios y de la salvación de las almas es la respuesta que todos deben dar al precepto del Señor: ‘Amaos los unos a los otros, como yo os he amado’ (Joan., XIII, 34). En la comunión ferviente aprenderemos esta generosidad que hace que irradie sobre los demás el don de Dios que nosotros hemos recibido, y que tan bien hace comprender el valor y frutos de la Eucaristía. Recibamos, pues, con docilidad el don de Dios, y repartámoslo generosamente entre nuestros semejantes. 

Las tres edades de la vida interior II, Ed. Palabra, Madrid, 1978, Pág. 830-831

Jesús, consolador de los hombres

Diciembre 22, 2008
15SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

“Las almas amantes no tienen mayor contento, que estar con las personas que aman. Si amamos, pues, y amamos de veras a Jesucristo, aquí estamos en su presencia: Jesús en el Sacramento nos ve y nos oye, y nosotros ¿no le diremos nada?

Consolémonos ahora con su compañía, gocémonos de su gloria, y de aquel fervoroso amor con que tantas almas le adoran en el Santísimo Sacramento.

Deseemos que todos amen a Jesús sacramentado, y le consagren sus corazones, a lo menos nosotros consagrémosle enteramente nuestro afecto, de manera que sea Jesús en adelante todo nuestro deseo y todo nuestro amor.

El P.Salesio se arrebataba al oir hablar del Santísimo Sacramento, y nunca se saciaba de visitarle: si era llamado a la portería, si volvía a su aposento, de todas las ocasiones se servía para reduplicar las visitas a su amado Señor, y apenas pasaba hora sin que le visitase, mereciendo en fin morir a manos de los herejes en defensa del Santísimo Sacramento.

¡Oh si yo tuviera la dicha de morir por tan glorioso motivo como es defender la verdad de este Sacramento, por el cual nos habeis hecho conocer, amabilísimo Jesús, la grandeza del amor que nos tenéis.

Pues, Señor, ya que hacéis aquí tantos milagros, haced ahora otro prodigio más, y es atraerme del todo a vos y darme las fuerzas que he menester para amaros con todos mis afectos.

Los bienes del mundo dadlos a quien os agrade; yo los renuncio todos: lo que quiero, y por lo que ansiosamente suspiro, es por vuestro amor; esto es lo que os pido, y siempre os pediré: os amo Jesús mío, dadme vuestro amor y no os pediré ninguna cosa más.

San Alfonso María de Ligorio. Visitas al Santísmo Sacramento y María Santísima para todos los días del mes: Día 17. Imprenta de Aguado. 1835. Madrid 

Para la Santa Comunión

Diciembre 21, 2008

 

SAN JUAN EUDES

 Estas son las dos disposiciones principales con las que hay que ir a la Santísima Comunión.

Para entrar en estas disposiciones, podréis serviros de esta elevación.

Elevación a Dios para disponerse a la Santa Comunión

Oh Jesús, mi luz y mi santificación, abrid los ojos de mi espíritu y llenad mi alma con vuestra gracia, a fin de que conozca la importancia de la acción que voy a realizar, y que la haga santa y dignamente para vuestra gloria.

Oh alma mía, considera atentamente, te ruego, la grandeza y la maravilla de la acción que vas a realizar, y la santidad y dignidad de quien vas a recibir.

 Vas a hacer la acción más grande, la más importante, la más santa y más divina que puedas jamás hacer.

Vas a recibir en tu boca, en tu corazón, en el seno más íntimo de ti mismo, a tu Dios, a tu Creador, a tu Salvador, a tu soberano Señor, a tu Jesús.

Si, vas a recibir, en tu seno y en tus entrañas, real y actualmente, a este mismo Jesús, en persona, que reside desde toda la eternidad en el seno de su Padre.

Este mismo Jesús que es la vida, la gloria, el tesoro, el amor y las delicias del Padre eterno; este mismo Jesús que tantos Patriarcas, Profetas, y Justos del Antiguo Testamento desearon ver y no lo vieron; este mismo Jesús que vivió nueve meses en las entrañas sagradas de la bienaventurada Virgen, a quien ella amamantó con sus senos, y llevó tantas veces en su regazo y en sus brazos; este mismo Jesús a quien se vio andando y viviendo sobre la tierra bebiendo y comiendo con los pecadores; este mismo Jesús que fue colgado sobre la cruz; este mismo cuerpo que fue maltratado, desgarrado y roto por amor a ti; esta misma sangre que fue derramada sobre la tierra; este mismo corazón que fue atravesado por una lanza, tú vas a recibirlo junto a tu corazón; esta misma alma de Jesús que fue entregada en las manos de su Padre, al morir en la cruz, tú vas a recibirla en tu alma.

¡Qué maravillas son estas! ¿Cómo? ¡Qué yo reciba en mi a este Salvador, que ascendió al cielo gloriosa y triunfalmente, que está sentado a la derecha de Dios, y que vendrá con poder y majestad, al fin de los siglos, para juzgar el universo!

Oh grande y admirable Jesús, los Ángeles más puros que el sol, no se consideran dignos de contemplaros, de alabaros y adoraros; y hoy, no sólo me permitís contemplaros, adoraros y amaros, sino que deseáis que os aloje en mi corazón y en mi alma, y que además posea dentro de mi toda la divinidad, toda la santísima Trinidad, y todo el Paraíso.

¡Oh Señor, qué bondad! ¿De dónde me viene la felicidad de que el soberano Rey del cielo y de la tierra quiera poner su morada dentro de mí, que soy un infierno de miserias y de pecados, para cambiarme en paraíso de gracias y bendiciones?

¡Oh Dios mío, cuan indigno soy de tan gran favor!

De verdad reconozco ante, el cielo y la tierra que más bien merezco ser arrojado a lo más profundo del infierno, que no recibiros en mi alma tan llena de vicios e imperfecciones.

Pero ya que deseáis, oh mi Salvador, entregaros de este modo a mí, deseo recibiros con toda la pureza, el amor y la devoción que me sean posibles.

Con esta intención os entrego mi alma, o buen Jesús; preparadle Vos mismo, del modo que Vos deseéis; destruid en ella todo lo que es contrario a Vos y llenadla de vuestro divino amor, y de todas las otras gracias y disposiciones con las que queréis que yo os reciba.

Oh Padre de Jesús, reducid a la nada todo lo que en mí desagrada a vuestro Hijo, y hacedme partícipe del amor que sentís por él, y con el que lo recibisteis en vuestro seno paterno el día de su Ascensión.

Oh Espíritu Santo de Jesús, os ofrezco mi alma; adornadla, os ruego, con todas las gracias y virtudes requeridas para recibir en ella a su Salvador.

Oh Madre de mi Dios, hacedme partícipe, os ruego, de la fe y la devoción, del amor y la humildad, de la pureza y la santidad, con la que comulgasteis tantas veces, después de la Ascensión de vuestro Hijo.

Oh santos Ángeles, oh bienaventurados Santos y Santas, os ofrezco también mi alma; ofrecedla a mi Jesús y pedidle que él mismo la prepare y me haga partícipe de vuestra pureza y santidad, y del grandísimo amor que sentís por él.

Oh mi querido Jesús, os ofrezco toda la humildad y devoción, toda la pureza y santidad, todo el amor y todas las preparaciones con las que habéis sido recibido en todas las almas santas que ha habido y hay en la tierra.

Desearía tener en mi todo este amor y esta devoción incluso, si fuera posible, desearía tener en mi todos los santos fervores y todos los divinos amores de todos los Ángeles, de todos los Serafines, de todos los Santos de la tierra y del cielo, para recibiros más santa y dignamente.

Oh mi dulce Amor, Vos sois todo amor hacia mi en este sacramento de amor, y venís a mi con un amor infinito.

¡Y yo no voy a ser también todo amor hacia Vos, para recibiros en un alma transformada toda en amor hacia Vos!

Pero, oh mi Salvador, no hay ningún lugar digno de Vos más que Vos mismo; no hay ningún amor con el que podáis ser recibido dignamente, sino el que Vos os tenéis a Vos mismo.

Por ello, a fin de recibiros no en mí, pues soy indigno de ello, sino en Vos mismo y con el amor que sentís por Vos mismo, me reduzco a la nada a vuestros pies, todo lo que puedo y todo lo que hay en mi; me entrego a Vos y os suplico que me reduzcáis a la nada Vos mismo, y que os establezcáis en mi, y en mí establezcáis vuestro divino amor, a fin de que, cuando vengáis a mi en la santa comunión, seáis recibido no en mi, sino en Vos mismo, y con el amor que sentís por Vos mismo.

Observad bien este último artículo, porque ahí está la verdadera disposición con la que hay que recibir al Hijo de Dios en la santa comunión: es la preparación de las preparaciones, que comprende todas las otras, y que he puesto al final de esta elevación, para las almas más espirituales y elevadas.

Observad también que desear tener en nosotros toda la devoción y amor de las almas santas, no es cosa inútil, porque Nuestro Señor dijo un día a santa Mechtilde, religiosa de la santísima Orden de San Benito, que cuando fuera a comulgar, si no sentía en ella ninguna devoción, que deseara tener toda la devoción y todo el amor de todas las almas santas que habían comulgado siempre; que él la consideraría como si en efecto la hubiera tenido.

Y leemos también de santa Gertrudis, que era de la misma época, de la misma Orden y del mismo monasterio que santa Mechtilde, que un día, estando a punto de comulgar y no sintiendo en ella la preparación y la devoción que ella deseaba, se dirigió a Nuestro Señor, y le ofreció todas las preparaciones y devociones de todos los Santos y de la santísima Virgen.

Después de lo cual él se le apareció y le dijo estas palabras: Ahora apareces ante mí y a los ojos de mis Santos con el aparato y adorno que has deseado.

¡Oh, Señor, que bondadoso sois tomando nuestros buenos deseos como realidades!

Lo que hay que hacer después de la santa Comunión

Después de la santa comunión debéis hacer tres cosas:

1. Debéis prosternaros en espíritu a los pies del Hijo de Dios, que reside en vosotros, para adorarle y pedirle perdón de todos vuestros pecados e ingratitudes, y de haberlo recibido en un lugar tan inmundo, y con tan poco amor y disposición.

2. Tenéis que darle gracias por haberse dado a vosotros, e invitar a todas las cosas que están en el cielo y en la tierra a bendecirlo con vosotros.

3. Como el se ha dado todo a vosotros, también vosotros tenéis que daros por completo a él, y pedirle que destruya todo lo que es contrario a él, y que establezca el imperio de su amor y de su gloria para siempre. A este fin podréis serviros de la siguiente elevación.

Elevación a Jesús después de la santa Comunión

Oh Jesús, oh mi Dios, oh mi Creador, mi Salvador y mi soberano Señor, ¿qué maravilla es esta? ¡Que yo tenga ahora verdaderamente en el seno de mi alma a quien vive desde toda la eternidad en el seno del Padre! ¡Que yo lleve en mis entrañas a este mismo Jesús que la santísima Virgen llevó en sus entrañas puras! ¡Que este amabilísimo Corazón de Jesús sobre el que el discípulo amado reposó y que fue atravesado por el golpe de la lanza en la cruz, esté ahora reposando dentro de mí y junto a mi corazón!

¡Qué su santísima alma esté viva en mi alma! ¡Que toda la divinidad, la santísima Trinidad y todo lo que hay más admirable en Dios, y todo el paraíso, haya venido a fundirse dentro de mi, criatura mísera e indigna! ¡Oh Dios, qué misericordia, qué favores! ¿Qué diré, que haré ante cosas tan grandes y tan maravillosas? ¡Oh mi Señor Jesús, que todas las potencias de mi alma y de mi cuerpo se postren ante vuestra divina Majestad, para adorarlo y rendirle el homenaje que le es debido! ¡Que el cielo y la tierra y todas las criaturas que están en la tierra y en el cielo, vengan a fundirse a vuestros pies, para rendiros conmigo mil homenajes y mil adoraciones!

¡Pero, Dios mío, que temeridad por mi parte el haberos recibido a Vos que sois el Santo de los santos, en un lugar tan inmundo, y con tan poco amor y preparación!

Perdón, mi Salvador, os pido perdón por ello con todo mi corazón, así como también por todos los demás pecados e ingratitudes de mi vida pasada.

¡Oh dulcísimo, queridísimo, deseadísimo, amabilísimo Jesús, el único de mi corazón, amado mío de mi alma, el objeto de todos mis amores, oh mi dulce vida, oh mi alma querida, oh mi queridísimo corazón, oh mi único amor, oh mi tesoro y mi gloria, oh todo mi contentamiento y mi sola esperanza!

Jesús mío, ¿qué pensare de vuestras bondades que son tan excesivas hacia mi? ¿Qué haré por vuestro amor Vos que hacéis tantas maravillas por mí? ¿Qué acciones de gracias os rendiré? ¡Oh mi Salvador, os ofrezco todas las bendiciones que os han sido dadas y os serán dadas por toda la eternidad por vuestro Padre, por vuestro Espíritu Santo, por vuestra sagrada Madre, por todos vuestros Ángeles y por todas las almas santas que os han recibido en todo tiempo por medio de la santa comunión!

Dios mío, que todo lo que hay en mi sea cambiado en alabanza y en amor hacia Vos! ¡Que vuestro Padre, vuestro Espíritu Santo, vuestra santa Madre, todos vuestros Santos y todas vuestras criaturas, os bendigan eternamente por mi!

Padre de Jesús, Espíritu Santo de Jesús, Madre de Jesús, Ángeles de Jesús, Santos y Santas de Jesús, bendecid a Jesús por mí!

Oh buen Jesús, Vos os habéis entregado todo a mí, y con un gran amor. En este mismo amor, yo me entrego todo a Vos; os doy mi cuerpo, mi alma, mi vida, mis pensamientos, palabras y acciones, y todo lo que depende de mí; de este modo yo me entrego del todo a Vos, a fin de que Vos dispongáis de mi y de todo lo que me pertenece, en el tiempo y en la eternidad, de todos los modos que os plazca, para vuestra pura gloria.

Oh mi Señor, y mi Dios, emplead Vos mismo, os ruego, el poder de vuestra mano para arrebatarme a mi mismo, al mundo y todo lo que no seáis Vos, para poseerme enteramente.

Destruid en mi amor propio, mi propia voluntad, mi orgullo y todos mis demás vicios e inclinaciones desordenadas: Estableced en mi alma el reino de vuestro amor puro, de vuestra santa gloria y de vuestra divina voluntad, a fin de que en adelante os ame perfectamente; que no ame nada sino en Vos y por Vos; que todo mi contentamiento sea contentaros a Vos, toda mi gloria glorificaros y hacer que os glorifiquen, y mi soberana felicidad el cumplimiento de vuestras santas voluntades.

Oh buen Jesús, haced reinar en mí vuestra humildad, vuestra caridad, vuestra dulzura y paciencia vuestra obediencia, vuestra modestia, vuestra castidad, y todas vuestras otras virtudes; revestidme de vuestro espíritu, de vuestros sentimientos e inclinaciones, a fin de que no tenga otros sentimientos, deseos e inclinaciones que los vuestros.

 Finalmente anulad en mi todo lo que os es contrario, y amaos y glorificaos en mi Vos mismo de todas las maneras que deseéis.

Oh mi Salvador, os encomiendo a todas las personas por las que estoy obligado a rezar, especialmente os encomiendo a N.N.; anulad en estas personas todo lo que os es desagradable; llenadlas de vuestro amor; cumplid todos los designios que vuestra bondad tenga sobre sus almas, y dadles todo lo que os he pedido por mi parte.

Como Nuestro Señor Jesucristo viene a nosotros por medio de la santísima Eucaristía, con inmensa humildad que le hace humillarse hasta tomar forma y apariencia de pan, para darse a nosotros; y con el ardiente amor que le lleva a darnos, en este sacramento, todo lo que tiene de más grande, más querido y más preciado: así también nosotros debemos acercarnos a él y recibirlo en este mismo sacramento, con profundísima humildad y grandísimo amor. 

San Juan Eudes. “El reino de Jesús en las almas cristianas”.

El espíritu de la Comunión

Diciembre 11, 2008

  Primera comunión

SAN PEDRO JULIAN EYMARD

 Dilata os tuum et implebo illud.

“Da rienda suelta a tus deseos, que yo los llenaré” (Ps., LXXX, 11.)

En la inefable unión que con el que comulga contrae, llega el amor de Jesucristo al último grado de perfección y produce copiosísimas gracias, por lo que debemos aspirar a la Comunión, y a la Comunión frecuente y aún cotidiana, por cuanto de bueno, santo y perfecto puedan sugerirnos la piedad, las virtudes y el amor.

Como la sagrada Comunión es la gracia, el modelo y el ejercicio de todas las virtudes, puesto que todas se practican en esta divina acción, mayor provecho sacaremos de ella que de todos los demás medios de santificación.

Mas para ello menester es que la sagrada Comunión llegue a ser el pensamiento que se adueñe de nuestra mente y de nuestros afectos, el intento a cuya consecución se encaminen el estudio, la piedad y las virtudes todas: el fin de la vida entera, como también la ley que la rija, debe ser la recepción de Jesús.

Vivamos de tal suerte que pueda admitírsenos fructuosamente a la Comunión frecuente y aún diaria; para decirlo todo de una vez, perfeccionémonos para comulgar bien y vivamos para comulgar siempre.

Pero ¿la grandeza de Dios no oprimirá nuestra nada?

-No. Antes al contrario, en la Comunión no existe esa celestial y divina grandeza que reina en los cielos. ¿No veis cómo se encubre Jesús para no asustaros y para que oséis mirarle y acercaros?

¿Qué deberá vuestra indignidad deteneros lejos de Dios infinitamente santo? Cierto que el mayor santo, que el querubín más puro, es indigno de recibir al Dios sacramentado… Pero ¿no paráis mientes en que Jesús oculta sus virtudes y hasta su santidad para no mostrar más que su bondad? ¿No escucháis esa suavísima voz suya que os dice: venid a mi? ¿No sentís la proximidad de ese amor divino que os atrae? Vuestros derechos no se fundan, no, en vuestros  méritos, ni vuestras virtudes os abren las puertas del cenáculo, sino el amor de Jesús.

¡Pero es tan poca cosa mi piedad y tan frío mi amor! ¿Cómo recibir a nuestro Señor en alma tan tibia y, por lo mismo, tan repugnante y despreciable?

¿Tibio estáis? Razón de más para que os echéis en ese horno ardiente… ¿Repugnantes? ¡Oh, eso nunca para este buen Pastor, para este tierno Padre, más padre que todos los padres, más madre que todas las madres! Cuanto más enfermos y flacos estéis, tanto mayor necesidad tenéis de su socorro; el pan es vida de débiles no menos que de fuertes.

¡Pero si tal vez tenga pecados en mi conciencia!… Si después del debido examen no tenéis certeza moral, si no tenéis conciencia positiva de algún pecado mortal, bien podéis ir a la santa Comunión; si perdonáis a los que os ofenden, alcanzado habéis ya el perdón de vuestras faltas; cuanto a las negligencias de cada día, distracciones en la oración, primeros movimientos de impaciencia, de vanidad o de amor propio; cuanto a la pereza en desechar al punto el fuego de las tentaciones, atadlos en un haz todos esos retoños  de Adán y echadlos al fuego del amor divino; lo que el amor perdona bien perdonado queda.

No os alejen de la sagrada mesa vanos pretextos; antes comulgad por Jesucristo, si no queréis comulgar por vosotros mismos.  Comulgar por Jesucristo es consolarle del abandono en que le dejan la mayor parte de los hombres; es decirle que no se engañó al instituirle este Sacramento de espiritual refección. Es hacer fructificar los tesoros de gracia que Jesucristo ha encerrado en la Eucaristía sólo para distribuirlos entre los hombres. Más aún, es dar a su amor una vida de expansión cual desea, a su bondad la dicha de favorecer, a su realeza la gloria de derramar sus beneficios.

Comulgando, realizáis, por consiguiente, el fin glorioso de la eucaristía; sin quienes comulgaran, en vano correría este río; este horno de amor no abrasaría los corazones; este Rey quedaría en su trono sin súbditos.

No sólo da a Jesús sacramentado ocasión de satisfacer su amor, sino también la Sagrada Comunión le otorga también una nueva vida, que el consagra a la mayor gloria de su Padre. Imposible le es, en su estado glorioso, honrarle con amor libre y meritorio pero gracias a la Comunnión irá al hombre; formará sociedad con él; se le unirá por una tan admirable manera que el cristiano pondrá a su disposición miembros y facultades sensibles y vivos, y le dará la libertad necesaria para merecer practicando las virtudes. El cristiano se transformará así por la Comunión en Jesús mismo, y Jesús volverá a vivir en él.

Algo divino pasará entonces en el que comulga; el hombre trabajará y Jesús dará la gracia del trabajo; el hombre guardará para sí el mérito; pero toda la gloria será para Jesucristo. Jesús podrá decir todavía a su Padre: Os amo, os adoro, sufro todavía y vivo de nuevo en mis miembros.

He ahí lo que confiere a la Comunión su mayor eficacia. Es ella una segunda y perpetua Encarnación de Jesucristo y establece una sociedad de vida y de amor entre el hombre y el Salvador; es en suma una segunda vida para Jesús.

San Pedro Julián Eymard: “La Sagrada Comunión”. Pág:9-11. Apostolado Mariano.

Oraciones a la Inmaculada

Diciembre 8, 2008

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SAN MAXIMILIANO KOLBE

¿Quién eres, oh Señora? ¿Quién eres, oh Inmaculada? Yo no soy capaz de examinar de manera adecuada lo que significa ser “criatura de Dios”. Supera aún más mis fuerzas el comprender lo que quiere decir ser “hijo adoptivo de Dios”

Y tú, oh Inmaculada, ¿Quién eres? No sólo eres criatura, no sólo eres hija adoptiva, sino que eres Madre de Dios; y no sólo Madre adoptiva, sino verdadera Madre de Dios.

No se trata de una hipótesis o de una probabilidad, sino de una certidumbre, de una certidumbre total, de un dogma de fe.

Pero, ¿eres todavía Madre de Dios? El título de madre no sufre cambios. Por toda la eternidad Dios te llamará: “Madre mía!…” Aquel que estableció el cuarto mandamiento, te venerará por toda la eternidad, siempre…

¿Quién eres?

El mismo, el Dios encarnado, amaba llamarse: “Hijo del hombre”, pero los hombres no lo comprendieron. También hoy, ¡cuán pocas son las almas que lo comprenden y cuán imperfectamente lo comprenden!

Concédeme que te alabe, oh Virgen Inmaculada.

Te adoro, oh Padre nuestro celestial, porque depositaste en el regazo purísimo de Ella a tu Hijo unigénito.

Te adoro, oh hijo de Dios, porque te dignaste entrar en el seno de Ella y llegaste a ser verdadero y real Hijo de Ella.

Te adoro, oh Espíritu Santo, porque te dignaste formar en el seno inmaculado de Ella el cuerpo del Hijo de Dios.

Te adoro, oh Trinidad Santísima, oh Dios uno en la santa Trinidad, por haber ennoblecido a la Inmaculada de un modo tan divino.

No dejaré jamás, cada día, apenas despierto del sueño, de adorarte humildísimamente, oh Trinidad divina, con el rostro de bruces, repitiendo tres veces: “Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio y ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén!”

Concedeme que te alabe, oh Virgen Santísima.

Concédeme que te alabe con mi empeño y sacrificio personal.

Concédeme que viva, trabaje, sufra, me consuma y muera por ti, solamente por ti.

Concédeme que te atraiga al mundo entero.

Concédeme que contribuya a una siempre mayor exaltación de ti, a la más grande exaltación posible de ti.

Concédeme que te rinda una tal gloria como hasta ahora nadie te la tributó.

Concéde a los demás que me superen en el celo por tu exaltación y a mí que los supere. Así en esta noble emulación tu gloria se acrecentará siempre más profundamente, siempre más rápidamente, siempre más intesamente, como lo desea Aquel que te ensalzó de modo tan inefable por encima de todos los seres.

En ti sola Dios fue adorado, sin comparación, más que en todos tus santos.

Para ti Dios creó el mundo. Para ti Dios me llamó también a mi a la existencia. ¿Por cuál motivo merecí esta fortuna?

¡Ea, concédeme que te alabe, oh Virgen Santísima!

SK 1305

*****

“Oh Inmaculada, Reina del cielo y de la tierra, yo sé que no soy digno de acercarme a ti ni de caer de rodillas ante ti con el rostro por tierra; pero  ya que te amo mucho, me atrevo a suplicarte que seas tan buena que me quieras decir quién eres tú.

Deseo conocerte siempre más, ilimitadamente más, y amarte de modo siempre más ardiente, con un ardor sin el mínimo obstáculo.

Además, deseo revelar también a las otras almas quién eres tú, para que un número cada día más creciente de almas te conozca, cada vez más perfectamente y te ame cada vez más ardientemente.

De esa manera tú llegarás a ser la Reina de todos los corazones que laten en la tierra y latirán en cualquier tiempo, ¡y esto lo antes y lo más rápidamente posible!

Algunos ni siquiera conocen tu nombre, tampoco hoy; otros sumergidos en el barro de la inmoralidad no se atreven a elevar la mirada hacia ti; otros creen no tener necesidad de ti para alcanzar la meta de su vida; y hasta  hay algunos a los que Satanás – que no quiso reconocerte por su Reina y , por esto, de ángel se transformó en demonio – no permite que dobleguen las rodillas ante ti.

Muchos son los que te aman, que te quieren mucho; y sin embargo, ¡cuán pocos son los que por amor hacia tí están dispuestos a todo, a las fatigas, a los sufrimientos, y hasta el sacrificio de la vida!

¿Cuándo, oh Señora, dominarás soberana en todos los corazones y en cada uno en particular?

¿cuándo todos los habitantes de la tierra te reconocerán a ti como madre, al Padre celestial, como Padre y de esa manera, finalmente se sentirán hermanos?

SK 1307

****

Bajo tu protección, oh Madre dulcísima, y con la invocación del misterio de tu Inmaculada Concepción, deseo cumplir todas mis acciones y sobrellevar todo lo que me suceda.

Además, propongo solemnemente ofrecer todo esto con la finalidad de dar mi contribución, con todas las energías a mi disposición, para rendir a Dios el culto debido, mediante la difusión de la devoción hacia tí.

te ruego, oh Madre amorosísima, que dirijas benignamente tu sostén a mis fatigas.

Por mi cuenta, prometo devota y libremente, como es justo, que voy a reconocer, como alcanzada de Dios por tu intercesión, cualquier ventaja que derive de estas mis actividades.

Concédeme que te alabe, oh Virgen santísima, y dame fuerza contra tus enemigos.

(Sk 1353)

 

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SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

Oración de anhelo por ver a María en el cielo

Señora mía Inmaculada, yo me alegro contigo
de verte enriquecida con tanta pureza.
Doy gracias y siempre las daré a nuestro Creador,
por haberte preservado de toda mancha de culpa,
como lo tengo por cierto,
y por defender este grande y singular privilegio
de tu Inmaculada Concepción,
estoy pronto y juro dar
si fuera menester, hasta mi vida.

Quisiera que todo el mundo te reconociese
y te aclamase como aquella hermosa aurora
siempre iluminada por la divina luz;
como el arca elegida de la salvación,
libre del universal naufragio del pecado;
por aquella perfecta e inmaculada paloma,
como te llamó tu divino esposo;
como aquel jardín cerrado
que hizo las delicias de Dios;
por aquella fuente sellada
que jamás pudo enturbiar el enemigo;
en fin, por aquella blanca azucena que eres tú,
y que naciendo entre las espinas,
que son los hijos de Adán,
manchados por la culpa y enemigos de Dios,
tú sola viniste pura y limpia,
toda hermosa y del todo amiga del Creador.

Déjame que te alabe como lo hizo Dios:
”Toda tú eres hermosa
y no hay mancha alguna en ti” (Ct 4, 7).
Purísima paloma, toda blanca,
toda bella y siempre amiga de Dios:
“¡Qué hermosa eres, amiga mía,
qué hermosa eres!” (Ct 4, 1).

María, tan bella a los ojos del Señor,
no te desdeñes de mirarme piadosa;
compadécete de mí y sáname.
Hermoso imán de los corazones,
atrae hacia ti el pobre corazón mío.
Tú que, desde el primer instante,
te presentas pura y bella ante Dios,
ten piedad de mí, que no sólo nací en pecado,
sino que también después del bautismo
he vuelto a mancillar mi alma con nuevas culpas.

¿Qué te podrá negar el Dios que te escogió
por su hija, su madre y su esposa,
que por esto te ha preservado de toda mancha,
y te ha preferido en su amor
a todas las criaturas?

Virgen Inmaculada, tú me has de salvar.
Haz que siempre me acuerde de ti
y tú nunca te olvides de mí.
Mil años me parece que faltan
hasta que pueda llegar a contemplar
esa tu belleza en el paraíso,
para sin fin amarte y alabarte,
madre mía, reina mía, amada mía, María.

La Inmaculada y la Santísima Trinidad (3)

Diciembre 8, 2008

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

María preservada por ser Esposa del Espíritu Santo

Si el Padre debió preservar a María del pecado por ser su Hija, y el Hijo debió preservarla porque iba a ser su Madre, también el Espíritu Santo debía preservarla, pues era su Esposa.

María –dice san Agustín– fue la única que mereció ser llamada madre y esposa de Dios.

Como asegura san Anselmo, “el Espíritu de Dios, vino corporalmente, por así decirlo, a María, para enriquecerla de gracia sobre todas las criaturas y moró en ella e hizo a su esposa reina del cielo y de la tierra”.

Dice que vino a ella corporalmente en cuanto a lo inmenso de su amor, pues vino a formar de su cuerpo inmaculado, el inmaculado cuerpo de Jesús, como lo dijo el Arcángel: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti” (Lc 1, 35).

“Por eso –afirma santo Tomás– se le llama a María templo del Señor, sagrario del Espíritu Santo, porque por obra del Espíritu Santo fue transformada en Madre del Verbo Encarnado”.

Si un excelente pintor tuviera la esposa tan bella como él la pintara ¿qué diligencia no pondría en representarla lo más hermosa que se pudiera imaginar? ¿Quién podrá decir que el Espíritu Santo haya obrado de otro modo con María, y que pudiendo hacerse esta esposa tan hermosa como él quisiera, no la haya hecho? La hizo cual le convenía como lo atestigua el mismo Señor cuando, alabando a María, le dice: “Eres toda hermosa, amiga mía, y no hay mancha alguna en ti” (Ct 4, 7). Estas palabras, dice san Ildefonso y santo Tomás, se entienden propiamente de María.

Y san Bernardino de Siena, con san Lorenzo Justiniano, afirma que se refieren precisamente a su Inmaculada Concepción. Por eso el Idiota le dice: “Eres toda hermosa, Virgen gloriosísima, no en parte sino del todo; y no hay en ti mancha de pecado ni mortal, ni venial ni original”.

Lo mismo quiso indicar el Espíritu Santo cuando llamó a esta su esposa huerto cerrado y fuente sellada: “Huerto cerrado eres, hermana y esposa mía, huerto cerrado y fuente sellada” (Ct 4, 12).

María, dice san Jerónimo, es ese huerto cerrado y esa fuente sellada, porque los enemigos no entraron en ella jamás a turbarla o a ultrajarla, sino que siempre estuvo ilesa, santa en el alma y en el cuerpo. Ni con ningún engaño ni fraude pudo prevalecer contra ella el enemigo.

San Bernardo le dice algo parecido: “Tú eres huerto cerrado, en el que no pusieron las manos los pecadores para arrasarlo”.

María, obra maestra y predilecta del Espíritu Santo

Este Esposo divino amó más a María de lo que la pueden amar todos los ángeles y santos juntos. Él, desde el principio la amó y la exaltó con santidad superior a la de todos, como lo expresa David: “Su fundación sobre los montes santos; ama el Señor las puertas de Sión más que todas las moradas de Jacob… Un hombre ha nacido en ella, quien la funda es el mismo Altísimo” (Sal 86, 1-2-5). Palabras que parecen significar que María fue santa desde su Inmaculada Concepción. Lo mismo quiere decir el Espíritu Santo en otros lugares: “Muchas hijas han amontonado riquezas, pero tú las superas todas” (Pr 31, 29). Y es que María ha superado a todas en riquezas de gracia porque ha tenido hasta la justicia original, como la tuvieron los ángeles y Adán y Eva. “Innumerables son las doncellas, única es mi paloma, mi perfecta. Ella la única de su madre, la preferida de la que la engendró” (Cr 6, 8-9). El hebreo dice: “íntegra, mi inmaculada”. Todas las almas son hijas de la gracia divina, pero entre éstas María es la paloma sin la hiel de la culpa, la perfecta sin mancha original, la única concebida en gracia.

Así es que el Arcángel, antes de ser Madre de Dios, ya la encontró llena de gracia, que por eso la saludó diciéndole: “Dios te salve, llena de gracia”. Y comenta Sofronio diciendo que a los demás santos se les da la gracia en parte, mientras que a la Virgen se le dio del todo. De manera que, como dice santo Tomás, la gracia no sólo santificó el alma de María, sino también su cuerpo, a fin de que pudiera la Virgen vestir con él al Verbo eterno. Todo esto lleva a comprender que María desde el primer instante de su concepción fue enriquecida por el Espíritu Santo con la plenitud de la gracia. Así argumentó Pedro de Celles: “La plenitud de la gracia se concentró en ella, porque desde el primer instante de su concepción, por la infusión del Espíritu Santo, quedó colmada de la gracia de Dios”. Dice san Pedro Damiano: “Habiendo sido elegida y predestinada por Dios, debía ser por completo poseída por el Espíritu Santo”. Dice el santo “poseída por completo” como para indicar la celeridad con que el Divino Espíritu la hizo su esposa sin consentir que Lucifer la poseyese.

María, exenta del débito del pecado

Quiero terminar este discurso en el que me he extendido más que en los otros, porque nuestra humilde Congregación tiene por su principal patrona a la Santísima Virgen María precisamente bajo el título de su Inmaculada Concepción. Quiero terminar resumiendo brevemente las razones que demuestran con toda certeza esta verdad tan piadosa y de tanta gloria para la Madre de Dios, que ella ha sido preservada inmune de la culpa original.

Hay muchos doctores que han defendido que María ha estado exenta de contraer el débito del pecado. Y en efecto, si en la voluntad de Adán como cabeza de todos los hombres estaban incluidas las voluntades de todos, como sostienen autores apoyados en el texto de san Pablo: “Todos en Adán pecaron” (Rm 5, 12), sin embargo María no contrajo la deuda del pecado, porque habiéndola distinguido Dios con su gracia sobre el común de los hombres, debemos creer que en la voluntad de Adán al pecar no pudo estar incluida la voluntad de María.

Esta sentencia la abrazo como la más gloriosa para mi Señora. Y tengo por cierta la sentencia de que María no contrajo el pecado de Adán, y no solamente por cierta sino como próxima a ser definida como dogma de fe, como lo aseguran también muchos. Además de las revelaciones que confirman esta sentencia, especialmente las hechas a santa Brígida, aprobadas por el cardenal Torquemada y por cuatro sumos Pontífices, como se lee en varios pasajes del libro sexto de dichas revelaciones. No puede omitir las palabras de los santos padres tan concordes en reconocer este privilegio a la Madre de Dios. Dice san Ambrosio: “Recíbeme no de Sara; sino de María para que sea virgen incorruptible, pero virgen, por haber sido por gracia de Dios inmune de toda mancha de pecado”. Orígenes dice hablando de María: “No se vio infectada por el aliento de la venenosa serpiente”. San Efrén la aclama: “Inmaculada y del todo libre de cualquier mancha de pecado”.

San Agustín, comentando las palabras del Ángel: “Dios te salve, llena de gracia”, escribe: “Con estas palabras se demuestra que estuvo absolutamente excluida de la ira de la primera sentencia y que recibió la plenitud de toda gracia y bendición”. San Jerónimo: “Aquella espiritual nube, nunca estuvo en tinieblas, sino siempre investida de luz”. San Cipriano o quien sea el autor: “No era justo que aquel vaso de elección estuviera sujeto a la común mancha, porque siendo muy distinta de los demás, comunicaba con ellos en la naturaleza, pero no en la culpa”. San Anfiloquio: “El que crió a la primera virgen sin mancha, también creó a la segunda sin ninguna mancha de pecado”. Sofronio escribe: “La Virgen se llama inmaculada, porque no tiene ninguna corrupción”. San Ildefonso afirma: “Consta que ella estuvo inmune del pecado original”. San Juan Damasceno: “La serpiente no tuvo entrada a este paraíso”. Y san Pedro Damiano: “La carne de la Virgen procede de Adán, pero no admitió las culpas de Adán”. “Esta es la tierra incorruptible –dice san Bruno– que bendijo el Señor, libre por tanto de todo contagio de pecado”. San Buenaventura escribe: “Nuestra Señora estuvo llena de toda gracia previniente en su santificación, gracia preservadora contra el hedor de la culpa original”. San Bernardino de Siena: “No se puede creer que el mismo Hijo de Dios quisiera nacer de la Virgen y tomar su carne si estaba manchada de algún modo con la mancha del pecado original”.

San Lorenzo Justiniano asegura: “Fue colmada de todas las bendiciones desde su concepción”. El Idiota, glosando las palabras: “Has encontrado gracia”, dice: “Encontraste gracia muy especial, oh Virgen dulcísima, porque la tuviste desde que te viste preservada del pecado original”. Y lo mismo dicen tantos doctores.

Pero las razones que aseguran la verdad de esta sentencia en última instancia son dos. El primero es el consentimiento universal de los fieles. Todas las Órdenes y Congregaciones de la Iglesia siguen esta sentencia. Pero sobre todo lo que debe persuadir que nuestra sentencia es conforme al común sentir de los Católicos, es lo que dice el Papa Alejandro VII en la célebre bula Sollicitudo omnium ecclesiarum, del año 1661, en que se afirma: Se acrecentó más y se propagó la piedad y el culto hacia la Madre de Dios… de manera que, poniéndose las universidades a favor de esta sentencia –es decir, la que afirma la Inmaculada Concepción– ya casi todos los católicos la abrazan”. Y de hecho esta sentencia la defienden las universidades de La Sorbona, Alcalá, Salamanca, Coimbra, Colonia, Maguncia, Nápoles, y de otras muchas, en las que cada doctor se obliga con juramento a defender a la Inmaculada. Este argumento, escribe el célebre obispo D, Julio Torni, es del todo convincente, pues si el común sentir de los fieles da certeza de que María ya era santa desde el seno de su madre, y es garantía de la Asunción de María en cuerpo y alma al cielo ¿por qué este común sentimiento de los fieles no ha de garantizar la verdad de su Concepción Inmaculada?

Y el otro argumento que nos certifica la verdad de la exención de la Virgen de la mancha original, es la celebración universal ordenada por la Iglesia de su Concepción Inmaculada. Y acerca de esto yo veo por una parte que la Iglesia celebre el primer instante en que fue creada su alma e infundida en su cuerpo, como lo declara Alejandro VII en la bula citada, en la que se expresa que la Iglesia da a la Concepción de María el mismo culto que le da a la piadosa sentencia que afirma es concebida sin pecado original. Por otra parte entiendo ser cierto que la Iglesia no puede celebrar nada que no sea santo, conforme lo declaran los papas san León y san Eusebio que dice: “En la Sede Apostólica siempre se ha conservado sin mancha la religión católica”. Así lo enseñan todos los teólogos con san Agustín, san Bernardo y santo Tomás, el cual para probar que María fue santificada antes de nacer, se sirve del argumento de la celebración de su nacimiento por parte de la Iglesia, y reflexiona así: “La Iglesia celebra la Natividad de la Santísima Virgen; ahora bien, en la Iglesia no se celebra nada que no sea santo; luego la Santísima Virgen fue santificada en el seno de su madre”. Pues si es cierto que María fue santificada en el seno de su madre porque la Iglesia celebra su nacimiento ¿por qué no hemos de tener por cierto que María fue preservada del pecado original desde el instante de su concepción sabiendo que la Iglesia celebra precisamente esto?

Para confirmar la realidad de este gran privilegio de María son conocidas las gracias innumerables y prodigiosas que el Señor se complace en otorgar todos los días en el reino de Nápoles por medio de las estampas de la Inmaculada Concepción. Podría referir muchas de esas gracias de las cuales han sido testigos los padres de nuestra misma Congregación, pero quiero referir sólo dos que son verdaderamente extraordinarias.

San Alfonso María de Ligorio – Las Glorias de María

La Inmaculada y la Santísima Trinidad (2)

Diciembre 8, 2008

SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO

 María preservada por su Hijo

Convino en segundo lugar, que el Hijo preservara a María del pecado, como a Madre suya. Ningún nacido ha podido elegirse la madre a su placer. Si esto fuera posible ¿quién sería el que pudiendo tener por madre a una reina la escogiera esclava? ¿pudiendo tenerla noble la eligiera plebeya? ¿pudiendo tenerla amiga de Dios la escogiera su enemiga? Pues si sólo el Hijo de Dios pudo elegirse la madre como más le agradaba, bien claro está que tuvo que elegirla y hacerla tal cual convenía para Dios. Así piensa san Bernardo. Y siendo lo más decente para el Dios purísimo tener una madre limpia de toda culpa, así la hizo.

Dice san Bernardino de Siena: “Hay una tercera forma de santificación que es la maternal, y es la que remueve toda culpa original. Esto sucedió en la Santísima Virgen. En verdad que Dios se preparó tal madre, tanto por las perfecciones de su naturaleza, como por las excelencias de la gracia, cual debía de ser su propia madre”.

Con esto se relaciona lo que escribe el apóstol: “Así convenía que fuera nuestro Pontífice, santo, inocente, inmaculado, segregado de los pecadores” (Hb 7, 26).

 Advierte un autor que conforme a san Pablo, nuestro Redentor, no sólo tenía que estar inmune de pecado, sino también segregado de los pecadores “en cuanto a la culpa del primer padre Adán que subyace en todos”, como explica santo Tomás.

Pero ¿cómo podía Jesucristo llamarse segregado de los pecadores si hubiera tenido una madre pecadora?

Afirma san Ambrosio: “No en la tierra sino en el cielo se eligió Dios este vaso para descender a él; y lo consagró como templo de la pureza”. El santo aquí alude a la sentencia de san Pablo: “El primer hombre, hecho de tierra era terreno; el segundo hombre, el que viene del cielo, es celestial” (1Co 15, 47).

San Ambrosio llama a la Madre de Dios “Vaso celestial”, no porque María no fuera de la tierra ni fuera de naturaleza humana, como deliraron algunos herejes, sino porque es celestial por gracia, muy superior a los ángeles en santidad y pureza, como convenía a un Rey de la gloria que debía habitar en su seno.

Así lo reveló el Bautista a santa Brígida: “El Rey de la gloria debía descender a un vaso purísimo y perfectísimo, superior a los ángeles y santos”.

María fue concebida sin pecado para que de ella naciese sin contacto con la culpa, el Hijo de Dios. No porque Jesucristo hubiera podido contagiarse con la culpa, sino para que no sufriera el oprobio de tener una madre infectada por el pecado y que había sido esclava del demonio.

Dice el Espíritu Santo: “Gloria del hombre es la honra del padre, y deshonor del hijo un padre sin honra” (Ecclo 3, 13).

Por lo cual –dice san Agustín– “Jesús preservó de la corrupción el cuerpo de María, porque redundaba en desdoro suyo que se corrompiera la carne virginal que él había tomado”. Pues si sería oprobio para Jesucristo nacer de una madre cuyo cuerpo estuviera sujeto a la corrupción ¿cuánto más el haber nacido de una madre infectada de la podredumbre del pecado? Y esto tanto más que la carne de Cristo es la misma que la de María; de modo que, como dice el mismo santo, aunque fue glorificada por la resurrección, permanece la misma que asumió de María.

Dice Arnoldo de Chartres que son una y la misma carne la de Cristo y la de María, de modo que la gloria de Cristo no sólo es compartida con la gloria de la Madre, sino que es la misma.

Siendo todo esto verdad, si la Santísima Virgen hubiera sido concebida en pecado, aun cuando el Hijo no hubiera contraído esa culpa, siempre sería cierta mancha haber unido a la suya la carne algún tiempo manchada por la culpa, vaso de inmundicia y sujeta a Lucifer.

María debía ser digna madre de Jesús

María no sólo fue madre, sino digna madre del Salvador. Así la proclaman todos los santos padres.

San Bernardo le dice: “Tú sola has sido hallada digna de que en tu virginal palacio pusiera su primera mansión el Rey de reyes”.

Y santo Tomás de Villanueva: “Antes de haber concebido ya era idónea para ser madre de Dios”.

La misma santa Iglesia nos enseña que mereció ser madre de Jesucristo: “Oh bienaventurada Virgen, cuyas entrañas merecieron llevar a Cristo el Señor”.

Esto así lo explica santo Tomás: “Se dice que la Bienaventurada Virgen mereció llevar al Señor de todas las cosas, no porque mereciera que él se encarnara, sino porque mereció, correspondiendo a la gracia que se le daba, aquel grado de pureza y santidad apropiado para ser convenientemente Madre de Dios”.

Cosa que también escribe san Pedro Damiano: “Su singular santidad y gracia le mereció ser juzgada la única digna de engendrar en su seno a Dios”.

Por tanto, si María fue digna Madre de Dios –exclama santo Tomás de Villanueva– ¿qué excelencia y qué perfección no tendría que atesorar su alma para poder ser la Madre de Dios?

Enseña el mismo doctor Angélico, que cuando Dios elige a alguno para determinada dignidad, lo hace idóneo para ella; y, en consecuencia, habiendo elegido a María por su madre, ciertamente que la hizo digna con su gracia, conforme al Evangelio: “Has encontrado gracia ante el Señor.

He aquí que concebirás y darás a luz un hijo al que pondrás por nombre Jesús” (Lc 1, 30-31). De lo que concluye el santo que la Virgen no cometió ningún pecado actual ni siquiera venial; de otra manera no hubiera sido digna madre de Jesucristo, porque la ignominia de la madre hubiera sido también del Hijo por tener una madre pecadora.

Pues si María no hubiera sido idónea Madre de Dios si hubiera cometido un solo pecado venial que no priva al alma de la gracia divina, cuánto más indigna hubiera sido de haber incurrido en el pecado original que la habría convertido en enemiga de Dios y esclava del demonio.

Por eso san Agustín proclamó aquella célebre sentencia: “Exceptúo siempre a la Santísima Virgen María, a la cual, por el honor del Señor no tolero ni que se nombre cuando se trata de su posible relación con el pecado. Pues bien sabemos que a ella se le concedió gracia de sobra para vencer absolutamente al pecado, siendo la que mereció concebir y dar a luz al que consta que no tuvo ningún pecado”.

Así que debemos tener por cierto que el Verbo Encarnado se eligió la madre cual le convenía y de la que no se tuviera que avergonzar, como dice san Pedro Damiano.

Y Proclo dice: “Habitó en las entrañas que había creado sin sombra de mancha”. No fue para Jesús motivo de sonrojo oírse llamar por los judíos despectivamente, el hijo de María, como si fuera hijo de una mujer pobre. “¿No se llama su madre María?” (Mt 13, 55). Él había venido a la tierra para dar ejemplo de humildad y de paciencia. Pero sin duda le hubiera sido insoportable que los demonios le hubieran podido decir: “¿Acaso tu madre no fue una pecadora en otro tiempo nuestra esclava?” Hubiera sido indecente para Jesús nacer de una mujer deforme y contrahecha, o poseída del demonio en cuanto al cuerpo. Pero cuánto peor sería el haber nacido de una mujer deforme en cuanto al alma y poseída por Lucifer en lo pasado.

María preservada por el honor y deber del Hijo

Nuestro Dios, que es la misma Sabiduría, supo muy bien fabricarse en la tierra la casa que le convenía y donde debía habitar.

 “La Sabiduría se edificó una casa” (Pr 4, 1). “Dios santifica su morada. El Altísimo está en medio de ella, no será conmovida. Dios la socorre en la mañana” (Sal 45, 5-6). El Señor santificó esta su mansión desde el principio de su existencia para hacerla digna de él, porque a un Dios santo no le convenía elegirse una casa que no fuera santa. “La santidad es el ornato de tu casa” (Sal 95, 2). Si él declara que no entrará jamás a habitar en alma de mala voluntad ni en cuerpo sujeto al pecado, “en alma falsa no entra la Sabiduría, ni habita en cuerpo sometido al pecado” (Sb 1, 4). ¿Cómo se puede pensar que el Hijo de Dios haya elegido para habitar el alma y el cuerpo de María sin antes santificarla y preservarla de toda mancha de pecado, pues el Verbo habitó no sólo en el alma sino también en el cuerpo de María?

Canta la Iglesia: “No te repugnó habitar en el seno de la Virgen”. Dios no se hubiera encarnado en el seno de ninguna otra virgen, porque ellas, aunque santas, estuvieron algún tiempo con la mancha del pecado original; pero no tuvo inconveniente en hacerse hombre en el seno de María, porque esta Virgen predilecta estuvo siempre limpia de cualquier mancha de pecado, y jamás sometida a la serpiente enemiga.

Escribe san Agustín: “Ninguna casa más digna que María se pudo edificar el Hijo de Dios, pues nunca fue cautiva del enemigo, ni despojada de sus virtudes”.

¿A quién se le ocurre pensar –dice san Cirilo de Alejandría– que un arquitecto se construya una casa y se la deje para estrenar a su mayor enemigo?

El Señor –afirma san Metodio– que ha dado el precepto de honrar a los progenitores, al hacerse hombre como nosotros ha tenido que sentirse feliz de observarlo otorgando a su madre toda gracia y honor.

Por eso mismo –dice san Agustín– hay que creer con toda firmeza que Jesucristo ha preservado de la corrupción del sepulcro el cuerpo de María, como ya dijimos; porque, además, si no lo hubiera hecho no hubiera observado la ley que, así como manda honrar a la madre, reprueba todo lo que sea deshonrarla. Mucho menos hubiera provisto al honor de su madre si no lo hubiera preservado de la culpa de Adán. Pecaría el hijo que, pudiendo, no preservara a su madre de pecar. Pues lo que sería pecado en cualquiera es imposible que lo cometa el Hijo de Dios, y que pudiendo hacer a su Madre inmaculada, dejara de hacerlo.

De ninguna manera –añade Gersón–; si tú, Rey supremo, quieres tener una Madre tienes que darle todo honor. Y no quedaría bien cumplido esto, si permitieras que la que tenía que ser santuario de toda pureza hubiera incurrido en el abominable pecado original.

María preservada para ser redimida del modo más perfecto

Por lo demás, es bien sabido que el Hijo de Dios vino al mundo más para salvar a María que a todos los demás hombres, como escribe san Bernardino de Siena. Y existiendo dos modos de salvar, como señala san Agustín, uno, levantando al caído, y otro proveyendo para que no caiga, éste es evidentemente el modo más excelente; de esta manera se evita el daño y la mancha que contrae el que ha caído en pecado. Este es el modo más noble de ser salvado y el más apropiado a la Madre de Dios. Así es necesario creer que fue salvada María. Lo dice san Buenaventura: “Justo es creer que el Espíritu Santo la salvó y la preservó del pecado original desde el primer instante de su concepción con una gracia del todo singular”. El cardenal Cusano dice: “Unos tuvieron quien los libró, pero la Virgen tuvo quien del pecado la inmunizó”. Los otros tuvieron un Redentor que los libró del pecado, pero la Santísima Virgen tuvo al Redentor que, por ser su Hijo, la libró de contraer el pecado.

En fin, concluyamos este punto con la sentencia de Hugo de San Víctor: “El Cordero fue como la Madre, porque todo árbol se conoce por su fruto”. Si el Cordero fue siempre inmaculado, siempre inmaculada tuvo que ser también la Madre. Este mismo doctor saluda a María llamándola así: “¡Oh excelsa Madre de Dios altísimo, digna Madre del que es más digno, la Madre más hermosa del Hijo más hermoso!” Quería decir que sólo María es digna Madre de tal Hijo, como sólo Jesús es digno Hijo de tal Madre. Digámosle con san Ildefonso: “Amamanta, oh María, amamanta a tu Creador; amamanta al que te hizo tan pura y perfecta que mereciste tomara de ti tu condición humana.

San Alfonso María de Ligorio. Las Glorias de María

La Inmaculada y la Santísima Trinidad (1)

Diciembre 8, 2008

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

Vamos a considerar cuánto convino a cada una de las tres personas divinas preservar a esta Virgen de la culpa original.

Veremos que convino al Padre preservarla como a su hija; al Hijo preservarla como a su made; al Espíritu Santo preservarla como a su esposa.

María, hija primogénita del Padre

Convino, en primer lugar, al eterno Padre, hacer que María fuese creada inmune de toda mancha original porque ella era su hija primogénita como ella misma lo atestiguó: “Yo salí de la boca del Altísimo como primogénita antes de toda criatura” (Ecclo 24, 5).

A la Virgen María aplican este pasaje los sagrados intérpretes, los santos padres y la misma Iglesia en la solemnidad de la Inmaculada Concepción.

Puesto que, ya se la considere primogénita en cuanto fue predestinada con su Hijo en los divinos decretos antes de todas las criaturas, ya se la considere como primogénita de la gracia, como predestinada a ser Madre del Redentor después de la previsión del pecado, todos están de acuerdo en llamarla la primogénita de Dios.

Por lo cual fue más conveniente que María jamás fuera esclava de Lucifer sino poseída siempre y en absoluto por su Creador, como en efecto sucedió, ella misma lo dijo: “El Señor me poseyó como primicia de su camino, antes de sus obras más antiguas” (Pr 8, 22).

Con razón la llama Dionisio, patriarca de Alejandría, la única hija de la vida, a diferencia de las demás, que, naciendo en pecado, son hijas de la muerte.

María, medianera de paz

También había de crearla el eterno Padre en su gracia, porque la predestinó para ser reparadora del mundo perdido; mediadora de paz entre Dios y los hombres.

Así la llaman los santos padres y sobre todo san Juan Damasceno que le dice: “Virgen bendita, tú has sido creada y has nacido para procurar la salvación a toda la tierra”.

Por eso, dice san Bernardo, que María estuvo prefigurada en el arca de Noé; así como por ella se libraron del diluvio los hombres, así por María nos salvamos de naufragar en el pecado; pero con la diferencia de que por medio del arca se salvaron unos pocos, pero por medio de María ha sido liberado todo el género humano.

San Atanasio la llama nuestra Eva, porque la primera fue madre de la muerte, mientras que la Santísima Virgen es madre de la vida.

San Teófilo, obispo de Nicea, le dice: “Salve, la que destruiste la tristeza de Eva”.

San Basilio la llama abogada entre los hombres y Dios; y san Efrén la reconciliadora de todo el mundo.

Ahora bien, el que trata asuntos de paz, de ninguna manera puede ser enemigo del ofendido, y mucho menos cómplice en el mismo delito.

Para aplacar a un juez, la persona menos apropiada es un enemigo suyo, ya que en vez de aplacarlo lo irritaría más. Por eso, teniendo que ser María la mediadora de paz de los hombres con Dios, la razón más elemental exige que no hubiera sido jamás pecadora y enemiga de Dios, sino del todo su amiga y absolutamente limpia de todo pecado.

Además tenía que preservarla Dios de la culpa original pues era la predestinada a quebrantar la cabeza de la serpiente infernal, la que, al seducir a los primeros padres, acarreó la muerte a todos los hombres.

Dios profetizó: “Pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya: ella quebrantará tu cabeza” (Gn 3, 15).

Si María tenía que ser la mujer fuerte puesta en el mundo para vencer a Lucifer, es evidente que no podía ser vencida por él y hecha su esclava; por el contrario, tenía que estar exenta de toda mancha de pecado y de cualquier forma de sujeción al enemigo.

El soberbio, como había infectado con su veneno a todo el género humano, desearía, más que nada, infectar la purísima alma de esta Virgen. Pero sea por siempre alabada la divina bondad que, por esta razón, la dotó de tanta gracia que, quedando ella inmune de todo rastro de culpa, pudo de ese modo abatir y confundir la soberbia del enemigo.

Así lo explica san Buenaventura: “Siendo la cabeza diabólica la causante del pecado no pudo entrar en el alma de la Virgen, y por eso fue inmune a toda mancha”. Y más adelante lo aclara así: “Era del todo congruente que la bienaventurada Virgen María, por medio de la cual se nos arrancó el oprobio, venciera al diablo, y no sucumbiera ante él en lo más mínimo”.

María, destinada a ser Madre del Salvador

Pero ante todo y principalmente, el eterno Padre tenía que hacer a esta su hija inmune al pecado de Adán, porque la predestinó para ser madre de su Unigénito.

“Tú –le dice san Bernardino de Siena– fuiste predestinada en la mente de Dios antes de toda criatura para engendrar a Dios hecho hombre”.

Aunque no hubiera otro motivo, por el honor de su Hijo que es Dios, el Padre tenía que crearla pura de toda mancha.

Dice santo Tomás, que todas las cosas que se relacionan con Dios, tienen que ser santas e inmunes de cualquier suciedad. Por eso David, hablando del Templo de Jerusalén y de la magnificencia con que se debía edificar decía: “”Que no se prepara morada para un hombre, sino para Dios” (1Cro 29, 1). ¿Cuánto más debemos creer que el sumo Hacedor, destinando a María para ser la Madre del mismo Hijo suyo, debía embellecer su alma con los tesoros más hermosos para que fuera la morada más digna posible de Dios?

“Para preparar una digna morada para su Hijo, Dios –afirma Dionisio Cartujano– colmó a María de todas las gracias y de todos los carismas”.

Y la Iglesia lo atestigua cuando reza: “Omnipotente y eterno Dios, que preparaste, por el Espíritu Santo, el cuerpo y el alma de la gloriosa Virgen María para merecer ser digna morada de tu Hijo…”

Ya se sabe que el primer timbre de gloria de los hijos es nacer de padres nobles. “Gloria de los hijos son sus padres” (Pr 17, 6). Y por eso los mundanos soportan mejor ser vistos como escasos de fortuna o de cultura, que ser de baja cuna. El pobre puede hacerse rico con su industria, y el ignorante, docto con el estudio, pero el que nace de humilde condición, difícilmente puede llegar a ser noble; y si llegara, alguien le podría echar en cara lo bajo de su linaje. Siendo esto así ¿cómo se puede ni imaginar que Dios, pudiendo hacer que su Hijo naciera de una madre noble, preservada de la culpa, le iba a destinar una madre manchada por el pecado permitiendo que Lucifer le hubiera podido echar siempre en cara el oprobio de tener por madre a una que había sido su esclava y enemiga de Dios? ¡No! El Señor no podía permitir esto jamás; antes bien proveyó al honor de su Hijo haciendo que su Madre fuera siempre inmaculada como tenía que ser para semejante Hijo. Así lo declara la liturgia de la Iglesia griega: “con providencia del todo singular, hizo Dios que la Santísima Virgen, desde el primer instante de su vida fuera tan absolutamente pura, como era necesario para que pudiera ser la digna madre de Cristo”.

María debía ser preservada a de la culpa

Es verdad averiguada, que no se ha concedido ninguna gracia a ninguna criatura de la que no esté enriquecida la Santísima Virgen.

Afirma san Bernardo: “Lo que consta que se ha otorgado a aluno de los mortales, hay que creer que no se ha negado a tan excelsa Virgen”.

Y santo Tomás de Villanueva dice: “Nunca se ha concedido nada a un santo, que no lo posea de manera más abundante, desde el principio de su existencia, la Virgen María”.

Siendo verdad que entre la Madre de Dios y los siervos de Dios hay una distancia infinita, como dice san Juan Damasceno, ciertamente hay que decir, como enseña santo Tomás, que Dios ha conferido gracias privilegiadas, siempre de orden superior a la madre que a los siervos.

San Anselmo, gran defensor de la Inmaculada, afirma a modo de pregunta: “¿Acaso no podía la Sabiduría de Dios preparar para su Hijo un hospedaje limpio, preservándola de toda mancha del género humano? Dios ha podido conservar limpios a los ángeles del cielo entre la ruina de tantos otros y ¿no habrá podido preservar a la Madre de su Hijo y reina de los ángeles, de la universal caída de los hombres?” Y yo añado: ¿Dios ha podido también dar a Eva la gracia de venir a la existencia inmaculada, y no iba a poder concedérsela a María?

Dios ha podido hacerlo y lo ha hecho. “Era lo justo –dice san Anselmo– que esa Virgen que Dios había dispuesto dar por Madre a su único Hijo, estuviera dotada de tal pureza, que no sólo fuera superior a la de todos los hombres y ángeles juntos, sino que fuera la mayor que pueda darse después de la pureza de Dios”.

Y san Juan Damasceno precisa: “Dios veló sobre el cuerpo y el alma de la Virgen como convenía guardar a la que había de recibir a Dios en su seno, pues siendo como es Santo, descansa entre los santos”.

Bien pudo decir el Padre eterno a esta su amada Hija: “Como lirio entre espinas, así es mi amada entre los jóvenes” (Ct 2, 2), porque todas ellas están manchadas con el pecado, pero tú fuiste siempre inmaculada, siempre amiga.

San Alfonso María de Ligorio. Las Glorias de María.

Consagración a la Inmaculada

Diciembre 8, 2008

SAN MAXIMILIANO KOLBE

Nosotros nos podemos consagrar de modos diferentes, y esta consagración nosotros la podemos formular con palabras diversas; más aún, es suficiente, al fin y al cabo, un acto interior de la voluntad, porque en esto precisamente está encerrada la esencia de nuestra consagración a la Inmaculada.

Sin embargo, para mayor facilidad, existe una breve fórmula que contiene el espíritu de la Milicia de la Inmaculada:

“Oh Inmaculada, Reina del cielo y de la tierraefugio de los pecadores y Madre nuestra amorosísima, a quien Dios quiso confiar la entera economía de la misericordia, yo, indigno pecador, me postro a tus pies suplicándote humildemente que me quieras aceptar todo y completamente como cosa   y propiedad  tuya, y que hagas lo que te agrade de mí, de todas las facultades de mi alma y de mi cuerpo, de toda mi vida, muerte y eternidad.

Haz de mí y de todo mi ser lo que tú quieras, sin reserva alguna, para que se cumpla lo que fue dicho de ti: “Ella te aplastará la cabeza” (Gn 3,15), como también: “Tú sola destruiste las herejías en el mundo entero” (Oficio de la bienaventurada Virgen María), para que en tus manos inmaculadas y misericordiosísimas yo llegue a ser un instrumento útil para injertar e incrementar  lo más fuertemente posible tu gloria en muchas almas extraviadas e indiferentes y para extender, de ese modo, lo más que sea posible,  el bendito reino del sacratísimo Corazón de Jesús. En donde tú entras obtienes la gracia de la conversión y de la santificación, ya que toda gracia fluye, a través de tus manos, del Corazón dulcísimo de Jesús hasta nosotros.”

“V. Concédeme que te alabe, oh Virgen santísima.

“R. Dame fuerza contra tus enemigos.”

Este acto de consagración consta de tres partes:

(1) una invocación,

(2) una petición para que Ella nos quiera aceptar como propiedad,

(3) una petición para que Ella quiera servirse de nosotros para conquistar otras almas para sí.

En la invocación decimos ante todo:

“Oh Inmaculada”

Nosotros nos dirigimos a Ella con este título, porque Ella misma en Lourdes quiso presentarse con este nombre: “Inmaculada Concepción”.

Inmaculado es Dios y cada una de las tres Personas divinas; sin embargo, Dios no es concebido. Inmaculados son los ángeles, pero tampoco en ellos hay una concepción. Inmaculados fueron nuestros progenitores antes del pecado, pero tampoco ellos fueron concebidos. Inmaculado y concebido fue Jesús; sin embargo, El no era una concepción, ya que, como Dios, existía ya antes y a El se referían las palabras que habían revelado a Moisés el nombre de Dios: “Yo soy el que soy” (Ex 3,14), es decir, Aquel que existe  siempre y que no tiene principio. Todas las demás personas son una concepción, aunque manchada por el pecado.

Únicamente Ella es no sólo concebida, sino Concepción y, además, Inmaculada. Este nombre contiene muchos otros misterios que con el tiempo serán revelados. Él indica que la Inmaculada Concepción pertenece de algún modo a la esencia de la Inmaculada. Este nombre debe serle querido, porque indica la primera gracia recibida en el primer instante de su existencia, y el primer don es siempre el más grato. Este nombre, además, se realizó a lo largo de toda su vida, porque Ella estuvo siempre sin pecado. Por eso fue llena de gracia y Dios estuvo con Ella (Lc 1, 28), siempre y hasta el punto que Ella llegó a ser la Madre del Hijo de Dios.

“Reina del cielo y de la tierra”

En una familia los padres que aman a sus hijos satisfacen, en la medida de sus posibilidades, los deseos de sus niños, con tal que estos deseos no los perjudiquen. Tanto más Dios, Creador y Prototipo de los padres terrenales, quiere satisfacer la voluntad  de sus criaturas, con tal que ésta no los perjudique, es decir, a condición de que tal voluntad esté conformada a su voluntad.

La Inmaculada jamás se separó en absoluto de la voluntad divina. En todo amó la voluntad divina, amó a Dios; por esto es justamente llamada “Omnipotencia suplicante”, ejerce la propia influencia sobre Dios mismo y sobre el universo entero, es la Reina del cielo y de la tierra. En el paraíso todos reconocen su soberanía de amor. Sin embargo, aquella parte de los primeros ángeles que no quiso reconocer su realeza, perdió su propio lugar en el paraíso.

Igualmente Ella es Reina de la tierra, por el hecho de ser Madre de Dios. Ella desea – y tiene el derecho – de ser reconocida espontaneamente por todo corazón y de ser amada como Reina de todo corazón, para que este corazón sea purificado cada vez más por medio de Ella, se haga inmaculado, semejante a su Corazón y siempre más digno de la unión con Dios, con el amor de Dios, con el sacratísimo Corazón de Jesús.

“Refugio de los pecadores”

Dios es misericordioso, infinitamente misericordioso, pero es también justo, infinitamente justo. Por eso no puede tolerar ni el más pequeño pecado y debe exigir su completa reparación. La dispensadora de la preciosísima Sangre de Jesús, que tiene valor infinito y lava estos pecados, es la misericordia divina personificada en la Inmaculada.

Con mucha razón, pues, nosotros la invocamos “Refugio de los pecadores”, de los grandes pecadores, aunque sus pecados sean los más graves y los más numerosos posible y aunque ellos tengan la impresión de no merecer nunca más la misericordia.

Ciertamente toda purificación del alma es para Ella una nueva confirmación de su título de “Inmaculada Concepción”; y cuanto más hundida está un alma en los pecados, tanto más se manifiesta la potencia de su “inmaculatitud” que rinde tal alma pura como la nieve.

Madre nuestra amorosísima”

La Inmaculada es la Madre de toda nuestra vida sobrenatural, porque es la mediadora de las gracias, más aún, la Madre de la gracia divina; por ende, es nuestra Madre en la esfera de la gracia, en la esfera sobrenatural.

Es, además, una Madre amorosísima, porque tú no tienes una Madre tan amante y tan amable, tan de Dios, como la Inmaculada, toda divina.

A Ella quiso Dios confiar la entera economía de la misericordia”

En una familia a veces el padre se alegra cuando la madre interviene y retiene su mano con la que quisiera castigar al hijo, porque en ese caso se da satisfacción a la justicia y se manifiesta también la misericordia. No es sin razón que se suspende la justicia.

De la misma manera también Dios, para no castigarnos, nos ofrece una madre espiritual, a cuya intercesión jamás se opone. He aquí porque los santos afirman que Jesús reservó para sí la economía de la justicia, para confiar a la Inmaculada la entera economía de la misericordia.

En la segunda parte del acto de consagración decimos:

“Yo, indigno pecador

Reconocemos que no somos inmaculados como Ella, sino pecadores.

Ninguno de nosotros podría afirmar pasar una sola jornada sin cometer algún pecado, sino que se siente culpable de muchas infidelidades.

Decimos también “indigno”, porque, efectivamente, entre la Inmaculada y una persona contaminada por el pecado existe, de algún modo, una diferencia infinita.

Por esto, con toda verdad nosotros nos reconocemos indignos de dirigirnos a Ella, de rogarle, de caer a sus pies pedirle que no lleguemos a ser semejante al soberbio Luzble. Por este motivo nosotros decimos también:

“Me postro a tus pies para suplicarte humildemente que me quieras aceptar todo y completamente como cosa y propiedad tuya.”

Con estas palabras nosotros rogamos y suplicamos a la Inmaculada que quiera acogernos y nos ofrecemos a Ella completamente y bajo todo aspecto como sus hijos, sus esclavos de amor, sus siervos, sus instrumentos, bajo todo concepto, según toda denominación que cualquier persona en cualquier tiempo podría todavía formular. Y todo esto como cosa y propiedad a su completa disposición, para que Ella se sirva de nosotros y nos explote hasta nuestra completa consunción.

“Y que hagas lo que te agrade de mí, de todas las facultades de mi alma y de mi cuerpo, de toda mi vida, muerte y eternidad”.

Llegados a este punto, nosotros le entregamos a Ella todo nuestro ser, todas las facultades del alma, es decir, la inteligencia, la memoria y la voluntad; todas las facultades del cuerpo, es decir, todos los sentidos y cada uno de ellos en particular, las fuerzas, la salud o la enfermedad. Le entregamos a Ella nuestra vida entera con todos sus sucesos agradables, tristes o indiferentes. Le entregamos a Ella nuestra muerte, en cualquier momento, lugar y modo nos sobrevenga. Le entregamos nada menos que toda nuestra eternidad.

Mas aún, nosotros tenemos la firme esperanza que sólo en el paraíso podremos pertenecerle a Ella de una manera incomparablemente más perfecta. De este modo nosotros formulamos el deseo y la petición que nos permita llegar a ser cada más perfectamente suyos bajo todo aspecto.

En la tercera parte del acto de consagración nosotros le suplicamos:

Haz de mí y de todo mi ser lo que tú quieras, sin reserva alguna, para que se cumpla lo que fue dicho de ti: “Ella te aplastará la cabeza” (Gn 3,15), como también: “Tú sola destruiste las herejías en el mundo entero” (Oficio de la bienaventurada Virgen María)”

En las imágenes y en los cuadros de la Inmaculada vemos siempre a sus pies una serpiente que envuelve el globo terrestre entre sus espirales y al que Ella, con el pie, aplasta la cabeza.

Él, Satanás, manchado de pecado, trata de ensuciar, con el pecado, a todas las almas de la tierra y odia a Aquella que fue siempre inmaculada. Pone acechanzas al calcañar de Ella en sus hijos; pero en la lucha con Ella, Ella le aplasta siempre la cabeza en toda alma que a Ella recurre. Le pedimos que quiera servirse también de nosotros, si quiere, como de un instrumento para aplastar en las almas infelices la orgullosa cerviz de la serpiente.

Continuando el versículo ya reportado, la sagrada Escritura añade: “Y tú pondrás acechanzas a su calcañar” Efectivamente, el espíritu del mal insidia de modo particular a los que se consagran a la Inmaculada, porque quiere ofenderla siquiera en ellos. Sin embargo, sus tentativas contra las almas sinceramente consagradas acaban siempre en una derrota aún más ignominiosa. Por esto su furor impotente se vuelve aún más violento.

Las palabras “Tu sola destruiste todas las herejías en el mundo entero”, están sacadas del oficio divino que la Iglesia impone a los sacerdotes para que se las repitan a Ella. La Iglesia habla de herejías, no de herejes, porque Ella, María, los ama y precisamente por este amor desea liberarlos del error de la herejía. Dice todavía: “Todas”, sin excepción alguna.  “Tú sola”, porque basta Ella. Dios, en efecto, le pertenece a Ella con todos los tesoros de gracia, gracias de conversión y de santificación de las almas. “En el mundo entero”: no queda excluido ningún rincón de la tierra. En este pasaje del acto de consagración nosotros le suplicamos que quiera servirse de nosotros para destruir todo el cuerpo de la serpiente, es decir, las más variadas herejías que tienen atrapado al mundo.

  para que en tus manos inmaculadas y misericordiosísimas yo llegue a ser un instrumento útil para injertar e incrementar  lo más fuertemente posible tu gloria en muchas almas extraviadas e indiferentes “

En la tierra nosotros vemos a muchas almas infelices y extraviadas, que no conocen ni el fin de su vida y que aman variados bienes pasajeros en lugar del único bien, Dios. Además, muchas de ellas son indiferentes con respecto al amor más sublime. Nosotros deseamos “injertar e incrementar lo más fuertemente posible la gloria” de la Inmaculada en estas almas y le suplicamos que nos vuelva instrumentos útiles en sus manos inmaculadas y misericordiosísimas y no nos permita que nos opongamos a Ella; y que nos compela también con la fuerza, dado el caso que no quisiéramos escucharla.

Para extender, de ese modo, lo más que sea posible, el bendito reino del Sacratísimo Corazón de Jesús”

El sacratísimo Corazón de Jesús, es el amor de Dios hacia los hombres. Su reino es el dominio de este amor en las almas de los hombres, amor que Jesús manifestó en el pesebre, a lo largo de toda la vida, en la cruz, en la Eucaristía y al darnos por madre a su misma Madre. Además, Él desea encender este amor en los corazones de los hombres. Injertar e incrementar la gloria de la Inmaculada y conquistarle almas a Ella, significa conquistar almas para la Madre de Dios, la que introduce en ellas el reino de Jesús.

En donde tú entras obtienes la gracia de la conversión y de la santificación, ya que toda gracia fluye, a través de tus manos, del Corazón dulcísimo de Jesús hasta nosotros.”

La Inmaculada es la “omnipotencia suplicante”. Toda conversión y toda santificación son obra de la gracia, y Ella es la mediadora de todas las gracias. Por ende, Ella sola basta para obtener y distribuir todas las gracias, cualquier gracia.

Durante la manifestación de la Medalla Milagrosa, santa Catalina Labouré, vio rayos que se desprendían de los anillos preciosos que la Inmaculada llevaba en los dedos de las manos. Tales rayos simbolizan las gracias que la Inmaculada comunica generosamente a todos los que las quieren. También Alfonso Ratisbonne, al relatar la visión que tuvo, menciona los rayos de gracias.

  Concédeme que te alabe, oh Virgen santísima. Dame fuerza contra tus enemigos.”

Narra una leyenda que el franciscano beato Juan Duns Scoto, mientras estaba dirigiéndose a la disputa durante la cual debía defender, en la universidad de la Sorbona, en París, el privilegio de la Inmaculada Concepción, pasó al lado de una imagen de la Madre santísima y le dirigió la susodicha invocación. La Virgen inclinó la cabeza en señal de aprobación.

En la primera parte de esta oracion, Duns  Scoto, se dirige a la madre de Dios y le pide la gracia de poderla alabar, porque reconoce ser grandemente indigno de una obra tan sublime, cual es la glorificación de la Virgen. Reconoce también que tal gracia depende de Ella y que es suficiente que Ella se la conceda, para que el éxito pueda coronar sus esfuerzos.

La segunda parte es fuerte, resuelta, animosa. Él pide la fuerza para derrotar a la serpiente, para ser un instrumento en las manos de Ella.

Pero, ¿quién es el enemigo de la Inmaculada? Es todo lo que está manchado de pecado, que no lleva a Dios, que no es amor; es todo lo que es producto de la serpiente infernal, que es la mentira personificada: todos nuestros defectos, pues, y todas nuestras culpas. Le pedimos que nos dé fuerza contra ellos.

Efectivamente, sólo para este fin existen todas las devociones, para esto existe la oración, para esto existen los santos sacramentos, es decir, para obtener la fuerza de superar todos los obstáculos que se interponen en nuestro camino hacia Dios en un amor cada vez más ardiente, en llegar a ser semejantes a Dios, en unirnos con Dios mismo

Como salimos de Dios por la creación, así también retornaremos a Dios. Toda la naturaleza nos habla de ello; y adonde dirijamos la mirada, nosostros vemos que a una acción corresponde otra acción igual y contraria, cual eco de la actividad de Dios, como también de la actividad en la creación. Por este camino de retorno de la creación, una criatura dotada de libre voluntad topa con dificultades y contrariedades, que Dios permite para acrecentar aún más la energía con la cual esta criatura tiende hacia El.

Para obtener la fuerza suficiente para alcanzar tal meta, la criatura debe orar, debe implorar esta fuerza de Aquel que es la fuente de toda energía y que observa con amor los esfuerzos de la propia criatura y desea que ella quiera sinceramente llegar a El más aún, no le ahorra tampoco su ayuda.

Aunque a esta criatura, a este su querido hijo le suceda tropezar a lo largo del camino, caer, ensuciarse, mancharse, este Padre amoroso no puede permanecer indiferente ante esa desgracia. Manda al propio Hijo Unigénito, quien con su vida y su doctrina indica a la criatura decaída un camino claro y seguro. Con su Sangre santísima, dotada de un valor infinito, lava la suciedad y cura las heridas.

Con todo, para que el alma no pierda la esperanza a causa del temor frente a la justicia divina violada, Dios envía a Aquella que es la personificación del propio amor, la Esposa del Espíritu Santo, llena de amor materno, la Inmaculada, toda hermosa, sin mancha, pese a ser hija de una criatura humana, hermana de los seres humanos, y le encarga que distribuya con generosidad toda la propia misericordia en las relaciones con las almas. La constituye mediadora de la gracia merecida por su Hijo, Madre de la gracia, Madre de las almas renacidas por la gracia, regeneradas e incesantemente regenerándose en una cada vez más perfecta divinización.

Scritti Kolbe 1331-San Maximiliano Kolbe: “Itinerario espiritual a través de sus escritos”. Editorial Apostolado Mariano. pag. 172-179.