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SAN LEÓN MAGNO
Papa
(+ 461)
Siempre, hermanos, la misericordia del Señor llena la tierra, y la misma creación natural es para cada fiel verdadero adoctrinamiento que le lleva a la adoración de Dios, ya que el cielo y la tierra, el mar y cuanto en ellos hay, manifiestan la bondad y omnipotencia de su autor, y la admirable belleza de todos los elementos que le sirven está pidiendo a la creatura inteligente una acción de gracias.
Pero cuando se avecinan estos días, consagrados más especialmente a los misterios de la redención de la humanidad, estos días que preceden a la fiesta pascual, se nos exige con más urgencia una preparación y una purificación del espíritu.
Porque es propio de la festividad pascual que toda la Iglesia goce del perdón de los pecados, no sólo aquellos que nacen en el sagrado bautismo, sino también aquellos que desde hace tiempo se cuentan ya en el número de los hijos adoptivos.
Pues si bien los hombres renacen a la vida nueva principalmente por el bautismo, como a todos nos es necesario renovarnos cada día de las manchas de nuestra condición pecadora, y no hay nadie que no tenga que ser cada vez mejor en la escala de la perfección, hay que insistir ante todo para que nadie se encuentre bajo el efecto de los viejos vicios el día de la redención.
Por ello en estos días hay que poner especial solicitud y devoción en cumplir aquellas cosas que todos los cristianos deberían realizar en todo tiempo; así viviremos, en santos ayunos, esta Cuaresma de institución apostólica, y precisamente no sólo por el uso menguado de los alimentos, sino sobre todo ayunando de nuestros propios vicios.
Y no hay cosa más útil que unir los ayunos santos y razonables con la limosna, que, bajo la única denominación de misericordia, contiene muchas y laudables acciones de piedad, de modo que, aun en medio de situaciones de fortuna desiguales, puedan ser iguales las disposiciones de ánimo de todos los fieles.
Porque el amor, que debemos tanto a Dios como a los hombres, no debe verse nunca impedido hasta tal punto que no podamos realizar libremente lo que es bueno ante Dios y ante nuestros hermanos.
Pues de acuerdo con lo que cantaron los ángeles: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor, el que se compadece caritativamente de quienes sufren cualquier calamidad, no sólo es bienaventurado en virtud de su benevolencia, sino por el bien de la paz.
Las realizaciones del amor pueden ser muy diversas y, así, en razón de esta misma diversidad, todos los buenos cristianos pueden ejercitarse en ellas, no sólo los ricos y pudientes, sino incluso los de posición media y aun los pobres; de este modo, quienes son desiguales por su capacidad de hacer limosna son semejantes en el amor y afecto con que la hacen.
Sermón sobre la Cuaresma 6,1-2
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El ayuno espiritual y la limosna
Lo que cada cristiano debe hacer en todo tiempo, amadísimos, hay que hacerlo ahora con más fe y amor; de este modo satisfaremos con esta instrucción apostólica de ayunar cuarenta días, no sólo reduciendo nuestro alimento, sino principalmente absteniéndonos de pecado. Puesto que esta mortificación tiene por fin suprimir los focos de los deseos carnales, ninguna abstinencia es tan ventajosa que aquella por la que somos sobrios de malos deseos y ayunamos de acciones inmorales. Tal devoción no descuida a los enfermos ni abandona a los inválidos, pues aun en un cuerpo lánguido e inútil se puede encontrar un alma sana si los fundamentos de la virtud se aseguran donde antes tuvo su asiento el vicio. El mal de una carne enferma es tal, que con frecuencia sobrepasa los límites de un sufrimiento impuesto voluntariamente, tanto que el espíritu cumple las partes de su oficio, y el que no usa del festín para el cuerpo, no se nutre de ninguna iniquidad.
Pero nada se une más útilmente a los ayunos razonables y santos que estas buenas obras que son las limosnas. Con el nombre de obras de misericordia se conocen también los actos laudables de bondad, gracias a los cuales las almas de todos los fieles pueden tener el mismo valor. El amor que se debe igualmente a Dios y a los hombres, jamás es impedido por tantos obstáculos que no sea siempre libre el querer el bien. Si los ángeles han dicho: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra, paz a los hombres de buena voluntad, es que no sólo la virtud de la benevolencia, sino también el bien de la paz, hacen felices a los que, por su caridad, compadecen toda miseria de los que sufren. Las obras de bondad están muy extendidas, y su misma variedad da a los verdaderos cristianos, sean ricos o pobres, parte de la distribución de las limosnas, de modo que los que son diferentes por la cantidad de sus bienes sean al menos iguales por el afecto del corazón. Cuando, a los ojos del Señor, muchos echaban en el gazofilacio grandes sumas de la abundancia que tenían, y una viuda sólo dos piezas de plata, mereció ser honrada con tal testimonio de Jesucristo, que su don tan pequeño fue preferido a las ofrendas de los otros, ya que, en relación a las grandes sumas de aquellos a los que aún quedaba mucho, el suyo, tan pequeño, era todo lo que tenía. Si alguien es reducido a una pobreza tan estrecha que no pudiese dar dos monedas a un pobre, encuentra también en los preceptos del Señor cómo cumplir el deber de la benevolencia. Pues el que haya dado un vaso de agua fresca a un pobre sediento recibirá la recompensa de su gesto. ¡Cuántos recursos ha preparado el Señor a sus servidores para conseguir su reino, si el mismo don del agua, cosa gratuita y común, no quedará sin recompensa! Y para que ninguna dificultad ponga obstáculo, se propone como ejemplo de misericordia el agua fresca, no sea que alguno, no teniendo con qué calentarla, creyese que le faltaría su galardón. Advierte, no obstante, el Señor, y no sin razón, que este vaso de agua ha de ser dado en su nombre, porque es la fe la que hace preciosas estas cosas ordinarias en sí mismas, y los dones de los infieles, aunque sean muy considerables, están vacíos de toda justificación.
(Homilía 6, 2; Migne 44; BAC 291, 187-188)
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La limosna y el ayuno
Después de celebrar el orden de las santas solemnidades y una vez terminada la alegría de la espiritual alegría, es necesario recurrir a la salubridad de la abstinencia y al remedio del ayuno para ejercitar el espíritu y mortificar el cuerpo; puesto que hemos sido enseñados con la doctrina divina y la propia experiencia, primero demos gracias a Dios por la celebración de los días sagrados; luego, deseando las santas delicias de la templanza, sustraigamos algo de la abundancia de los alimentos terrenos, de modo que aproveche a las limosnas lo que no se pone en la mesa. Pues la medicina del ayuno ayuda a sanar el alma si la abstinencia del que ayuna quita el hambre del necesitado. Conocemos que para Dios misericordioso es más excelente la limosna generosa que los ayunos, según dice el Señor: Dad limosnas según vuestras facultades, y todo será puro para vosotros. Si deseamos limpiar nuestra alma de las manchas del pecado, no neguemos la limosna a los pobres, a fin de que en el día de la retribución seamos ayudados para merecer la misericordia de Dios con nuestras obras misericordiosas. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
(Homilía 3; Migne 80; BAC 291, 327)
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La limosna y las riquezas
En estas obras, amadísimos, aun aquellos que se abstienen de los deleites de la comida han de conseguir los frutos de la misericordia, a fin de que cuanto más abundantemente hayan sembrado, mucho mayor será la cosecha. Jamás engaña al agricultor esta recolección, ni es incierta la esperanza de la obra que proviene de la práctica de la misericordia. Lo que de este modo es esparcido por la mano del sembrador, no lo abrasa el calor, ni lo arrastra el torrente, ni lo tira por tierra la tempestad. Las expensas de la misericordia se salvan siempre; no sólo se conservan siempre, sino que muchas veces se aumentan e incluso mudan su cualidad. De terrenas pasan a ser celestiales, de pequeñas se convierten en grandes, y el don temporal se muda en premio eterno. Cualquiera que seas que amas las riquezas, que ambicionas que se multipliquen las que posees, acude a este negocio, suspira por este acrecentamiento de tus cosas, de las cuales nada roba el ladrón, ni las corroe la polilla, ni las consume el orín. No desesperes de la usura ní desconfíes del que recibe. Lo que hicisteis a uno de éstos, a mí me lo hicisteis; entiende bien quién lo dice y reconoce sútilmente y sin pasión alguna ante quién has colocado tus riquezas. No se dude de recibir a aquel a quien de Cristo es deudor. No sea molesta la libertad ni triste el ayuno, pues al que da con alegría lo ama Dios, que es fiel en sus palabras y retribuye abundantemente la limosna que para ser dada benignamente donó Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
(Homilía 2, 4; Migne 87; BAC 291, 332-333)
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A imagen de Dios
Si fiel y sabiamente, amadísimos, consideramos el principio de nuestra creación, hallaremos que el hombre fue formado a imagen de Dios, a fin de que imitara a su Autor. La natural dignidad de nuestro linaje consiste precisamente en que resplandezca en nosotros, como en un espejo, la hermosura de la bondad divina. A este fin, cada día nos auxilia la gracia del Salvador, de modo que lo perdido por el primer Adán sea reparado por el segundo.
La causa de nuestra salud no es otra que la misericordia de Dios, a quien no amaríamos si antes Él no nos hubiera amado y con su luz de verdad no hubiera alumbrado nuestras tinieblas de ignorancia. Esto ya nos lo había anunciado el Señor por medio de su profeta Isaías: guiaré a los ciegos por un camino ignorado y les haré caminar por senderos desconocidos. Ante ellos tornaré en luz las tinieblas, y en llano lo escarpado. Cumpliré mi palabra y no les abandonaré (Is 42, 18). Y de nuevo: me hallaron los que no me buscaban, y me presenté ante los que no preguntaban por mí (Is 65, 1).
De qué modo se ha cumplido todo esto, nos lo enseña el Apóstol Juan: sabemos que el Hijo de Dios vino y nos dio inteligencia para que conozcamos la Verdad, y estamos en la Verdad, que es su Hijo (1 Jn 5, 20). Y también: amemos a Dios, porque Él nos amó primero (1 Jn 4, 19). Dios, cuando nos ama, nos restituye a su imagen, y para hallar en nosotros la figura de su bondad, nos concede que podamos hacer lo que Él hace, iluminando nuestras inteligencias e inflamando nuestros corazones, de modo que no sólo le amemos a Él, sino también a todo cuanto Él ama.
Pues si entre los hombres se da una fuerte amistad cuando les une la semejanza de costumbres—y sin embargo, sucede muchas veces que la conformidad de costumbres y deseos conduce a malos afectos—, ¡cuánto más deberemos desear y esforzarnos por no discrepar en aquellas cosas que Dios ama! Pues ya dijo el Profeta: porque la ira está en su indignación y la vida en su voluntad (Sal 29, 6), ya que en nosotros no estará de ningún modo la majestad divina, si no se procura imitar la voluntad de Dios.
Dice el Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma (…) Amarás al prójimo como a ti mismo (Mt 12, 37-39). Así pues, reciba el alma fiel la caridad inmarcesible de su Autor y Rector, y sométase toda a su voluntad, en cuyas obras y juicios nada hay vacío de la verdad de la justicia, ni de la compasión de la clemencia (…).
Tres obras pertenecen principalmente a las acciones religiosas: la oración, el ayuno y la limosna, que han de ejercitarse en todo tiempo, pero especialmente en el consagrado por las tradiciones apostólicas, según las hemos recibido.
Como este mes décimo se refiere a la costumbre de la antigua institución, cumplamos con mayor diligencia aquellas tres obras de que antes he hablado. Pues por la oración se busca la propiciación de Dios, por el ayuno se apaga la concupiscencia de la carne y por las limosnas se perdonan los pecados (cfr. Dan 4, 24).
Al mismo tiempo, se restaurará en nosotros la imagen de Dios si estamos siempre preparados para la alabanza divina, si somos incesantemente solícitos para nuestra purificación y si de continuo procuramos la sustentación del prójimo.
Esta triple observancia, amadísimos, sintetiza los afectos de todas las virtudes, nos hace llegar a la imagen y semejanza de Dios, y nos une inseparablemente al Espíritu Santo. Así es: en las oraciones permanece la fe recta; en los ayunos, la vida inocente, y en las limosnas, la benignidad.
(Homilía 12 sobre el ayuno, 1-2; 4)
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Un combate de santidad
Entramos, amadísimos, en la Cuaresma, es decir, en una fidelidad mayor al servicio del Señor.
Viene a ser como si entrásemos en un combate de santidad. Por tanto, preparemos nuestras almas a las embestidas de las tentaciones, sabiendo
que cuanto más celosos nos mostremos de nuestra salvación, más violentamente nos atacarán nuestros adversarios.
Pero el que habita en medio de nosotros es más fuerte que quien lucha contra nosotros. Nuestra fortaleza viene de Él, en cuyo poder hemos puesto nuestra confianza. El Señor permitió que le visitase el tentador, para que nosotros recibiésemos, además de la fuerza de su socorro, la enseñanza de su ejemplo.
Acabáis de oírlo: venció a su adversario con las palabras de la Ley, no con el vigor de su brazo. Sin duda, su Humanidad obtuvo más gloria y fue mayor el castigo del adversario, al triunfar del enemigo de los hombres como mortal, en vez de como Dios. Ha combatido para enseñarnos a pelear en pos de El. Ha vencido para que nosotros del mismo modo seamos
también vencedores. Pues no hay, amadísimos, actos de virtud sin la experiencia de las tentaciones, ni fe sin prueba, ni combate sin enemigo, ni victoria sin batalla.
La vida transcurre en medio de emboscadas, en medio de sobresaltos. Si no queremos vernos sorprendidos, debemos vigilar. Si pretendemos vencer, hemos de luchar. Por eso dijo Salomón cuando era sabio: hijo, si entras a servir al Señor, prepara tu alma para la tentación (Sir 2, 1).
Lleno de la ciencia de Dios, sabía que no hay fervor sin trabajos y combates. Y previendo los peligros, los advierte a fin de que estemos preparados para rechazar los ataques del tentador.
Instruidos por la enseñanza divina, amadísimos, entremos en el estadio escuchando lo que el Apóstol nos dice sobre esta pelea: no es nuestra lucha contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso (Ef 6, 12).
No nos hagamos ilusiones. Estos enemigos, que desean perdernos, entienden bien que contra ellos se encamina todo lo que intentamos en favor de nuestra salvación.
Por eso, cada vez que deseamos algún bien, provocamos al adversario. Entre ellos y nosotros existe una oposición inveterada, fomentada por el diablo, porque, habiendo sido ellos despojados de los bienes que nos alcanza la gracia de Dios, nuestra justificación les tortura.
Cuando nosotros nos levantamos, ellos se hunden.
Cuando volvemos a reponer nuestras fuerzas, ellos pierden la suya.
Nuestros remedios son sus llagas, pues la curación de nuestras heridas los lastima: estad, pues, alerta, dice el Apóstol; ceñidos vuestros lomos con la verdad, revestida la coraza de la justicia, y calzados los pies, prontos para anunciar el Evangelio de la paz.
Embrazad en todo momento el escudo de la fe, con que podáis hacer inútiles los encendidos dardos del maligno. Tomad el yelmo de la salud y la espada del espíritu, que es la palabra de Dios (Ef 6, 14-17).
Mirad, amadísimos, con qué dardos tan poderosos, con qué defensas tan insuperables nos arma este jefe insigne por tantos triunfos, este maestro invencible de la milicia cristiana.
Nos ha ceñido con el cinturón de la castidad, ha calzado nuestros pies con las sandalias de la paz. En efecto, un soldado que no tenga ceñidos los lomos es pronto derrotado por el instigador de la impureza, y el que carece de calzado es fácilmente mordido por la serpiente.
Nos ha dado el escudo de la fe para proteger todo el cuerpo, ha colocado en nuestra cabeza el casco de la salvación, ha puesto en nuestras manos la espada, es decir, la palabra de verdad.
Así, el héroe de las luchas del espíritu no sólo está resguardado de las heridas, sino que puede dañar también a quien le ataca.
Confiando en estas armas, entremos sin pereza y sin temor en la lucha que se nos propone, y, en este estadio en que se combate por el ayuno, no nos contentemos con abstenernos de la comida.
De nada sirve que se debilite la fuerza del cuerpo si no se alimenta el vigor del alma. Mortifiquemos algo al hombre exterior, y restauremos al interior.
Privemos a la carne de su alimento corporal, y adquiramos fuerzas en el alma con las delicias espirituales. Que todo cristiano se observe detenidamente y, con un severo examen, escudriñe el fondo de su corazón.
Vea que no haya allí alguna discordia o se haya instalado alguna concupiscencia. Mediante la castidad arroje lejos la incontinencia, mediante la luz de la verdad disipe las tinieblas de la mentira.
Desinfle el orgullo, apacigüe la ira, rompa los dardos nocivos, ponga un freno a la denigración de la lengua, cese en las venganzas y olvídese de las injurias; brevemente: toda planta que no ha plantado mi Padre celestial será arrancada (Mt 15, 13).
Pues, cuando las simientes extrañas hayan sido arrancadas del campo de nuestro corazón, entonces serán alimentadas en nosotros las semillas de la virtud (…).
Acordándonos de nuestras debilidades, que nos han hecho caer fácilmente en toda clase de faltas, no descuidemos este remedio primordial y este medio tan eficaz en la curación de nuestras heridas: perdonemos, para que se nos perdone; concedamos la gracia que nosotros pedimos. No busquemos la venganza, ya que nosotros mismos suplicamos el perdón. No nos hagamos sordos a los gemidos de los pobres; otorguemos con diligente benignidad la misericordia a los indigentes, para que podamos encontrar también nosotros misericordia el día del juicio.
El que, ayudado por la gracia de Dios, tienda con todo su corazón a esta perfección, cumple fielmente el santo ayuno y, ajeno a la levadura de la antigua malicia, llegará a la bienaventurada Pascua con los ácimos de pureza y sinceridad (cfr. l Cor 5, 8).
Participando de una vida nueva (cfr. Rm 6, 4), merecerá gustar la alegría en el misterio de la regeneración humana.
Por Cristo nuestro Señor, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén
(Homilía I en la Cuaresma, 3-6)
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