Archivo de Febrero 2009

De la veneración y conmemoración de la Bienaventurada Virgen María

Febrero 28, 2009

BEATO TOMÁS DE KEMPIS

+

Estaba cerca de la Cruz de Jesús su Madre (Joan, 19):

Amados hermanos, razonable cosa es, y consecuente, que después de la memoria de la Santa Cruz, hagamos también especial conmemoración del dolor de la Bienaventurada siempre Virgen María, Madre de Dios, la cual asistió fielmente a su amado Hijo colgado en la Cruz, y muerto por la salud de todo el mundo.

¡Oh! espectáculo lloroso y lastimoso de la Madre, y del Hijo clavado en la Cruz, de la Madre que lloraba, y del Hijo que se condolía; de la Madre que se desmayaba, y del Hijo, que le hablaba; de la Madre que estaba en pie debajo de la Cruz, y del Hijo colgado de ella, de la Madre que suspiraba, y del Hijo que espiraba.

¡Oh! grandeza de infinito dolor, que nunca se ha de olvidar, sino tenerla siempre fijada en el corazón de los devotos y aficionados

Escribió Pilatos en una tabla que pusieron sobre la Cruz: Jesús Nazareno Rey de los Judíos. Pues escribe tu también el mismo título en tu corazón con letras de oro contra las risas, y burlas de los hombres, y contra los temores, y espantos de los demonios, y librarte ha Jesucristo Rey de los Cielos de toda angustia, y congoja de los malos.

Si así lo hicieres asistirá cabe ti la Madre de Jesús con sus ruegos, e intercesiones, porque no desesperes en tus trabajos, y angustias postreras; porque ninguna Madre tuvo jamás tan grande gozo, ni tan grande consuelo, y contento en el nacimiento de su Hijo, como le sintió esta Bienaventurada Virgen, por haber merecido concebir, y parir al Hijo de Dios.

Asimismo ninguna Madre tuvo ni sufrió tan gran tristeza, ni tan intolerable dolor de la muerte de su Hijo, como esta Beatísima y dignísima de su amada Madre le sintió en la Pasión de su muy querido Hijo por la compasión que de Él tuvo, cuanto estuvo cerca de la Cruz llorando amargamente, traspasada, y llagada con el cuchillo de dolor.

Verdaderamente viendo tantos dolores en el Hijo, que singularmente sobre todas las cosas con excesivo amor amaba, gran maravilla fue, poder vivir más en el cuerpo, cuya anima tantas veces atravesó el cuchillo de dolor, cuantas vio, y oyó que su Hijo era atormentado, y escarnecido.

¡Oh! Verdaderamente singular martirio en la desconsolada Madre, y tierna, y delicada Virgen, la cual con más aspereza era atormentada en el corazón compadeciéndose del Hijo, que otro Mártir cualquiera puesto en el potro del tormento.

Hermanos, si queréis bien a nuestra Señora, y la amáis de corazón, y deseáis ser de ella ayudados, y socorridos en vuestra tribulación, estad ahora con ella apegados con la Cruz de Jesús, compadeciéndoos de ambos de corazón entrañable, para que también su Majestad haga oración con cuidado por vuestros pecados y negligencias en la hora de la muerte; porque el que en esta vida muchas veces, y con devoción piensa bien, y considera la Pasión del Señor con afecto piadoso de su alma, y las lágrimas de su muy triste y desconsolada Madre, obligado está a esperar de la misericordia de Dios, y del amor de ambos Hijo y Madre, que tampoco le faltarán en sus necesidades, y socorrerán, y ayudarán consolando, y esforzando al que está ya al fin de sus días.

¡Oh! cuan alegre estará aquella anima la cual en su vida amó, y sirvió a Jesús y a María meditando cada día en su corazón aquella triste estación cerca de la Cruz de Jesús.

Dichoso aquel religioso que despreciando todos los placeres, y pasatiempos del mundo, eligió a nuestra Señora Santa María, por su Madre, que le consolase, y por guarda que le amparase en todos los días de su vida.

No hay que dudar, sino que la piadosa, y misericordiosa Madre, consoladora de los pobres, y ayudadora de los huérfanos, hablará de buena gana por su fiel siervo, cuando partiere de esta vida, alguna palabra buena, y suave suplicando a la presencia de su amado Hijo y Redentor nuestro con sus ruegos, y favores santos, diciendo: Hijo mío muy amado ten piedad, y misericordia del ánima de tu siervo amador, y alabador mío, como tu bien sabes, y lo has visto, de cuya boca los Santos Ángeles muchas veces me anunciaron gozos de salutación devota, el cual asimismo, tuvo por costumbre de convidar consigo a muchos hermanos para alabar, y glorificar tu santo nombre, y el mío.
Este es nuestro notario, escritor de libros sagrados, y amador de la Santa Cruz, que orando de buena gana, y cantando Salmos en el Coro, en oyendo tu Santo nombre, y el mío tenía de costumbre inclinarse a nosotros con gran acatamiento, y reverencia, e hincándose de rodillas nos saludaba.
Pasando por el camino, y viendo de lejos la Cruz, teniendo memoria de tu Pasión, te hizo gran reverencia inclinándose a la Cruz.
Viendo también en la Iglesia, o en otro cualquier lugar pintada la imagen mía, o a ti sentado, o echado en mi regazo, o como muerto estar pendiente entre mis brazos, luego tenía compasión, y le pesaba, lloraba, oraba hincaba las rodillas, y adoraba.
Este nunca se fue sin una prenda de amor: mas todo el día, y toda la noche escondía en su corazón los dolores de tus Santas Llagas, y los gemidos, y lágrimas de mis ojos; y trabajó cuanto pudo por compadecerse entrañablemente, y tener lástima de mi; pues, luego, Hijo mío carísimo ten memoria, y acuérdate de estas cosas, y ten por bien que en este trance halle misericordia delante de ti, suplicándotelo yo con gran instancia, con todos los Santos y Ángeles tuyos en favor de este tu siervo y mío.

Hermanos estando como ahora estáis buenos, y sanos tenéis obligación de atender a estas cosas, y tenéis tiempo para enmendaros; pues procurad ya de tener tales amigos, y abogados, que por vuestras ofensas, y pecados hablen buena palabra, y muy agradable a Dios, y después de los peligros de este mundo, y trabajosos contrastes os reciban en sus moradas perpetuas; porque no hallaréis amigos más fieles, ni más poderosos en el Cielo, ni en la tierra, que a Jesús, Rey de los Ángeles, y a María Señora Reina de los Cielos.

Si sois amadores de Cristo llevad sobre vosotros su Cruz, seguid a la Cruz, haced vuestra estancia cerca de la Cruz, abrazad la Cruz, no desamparéis la Cruz, hasta tanto que lleguéis a Jesucristo, verdadera luz, el cual dice: (Ioan 8, 12) Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas. Si buscáis ser consolados en toda tribulación, llegaos a María Madre de Jesús, que está cerca de la Cruz, llorando, y gimiendo, y todas vuestras pesadumbres, o se irán presto, o se harán más ligeras.

Escoged a esta benignísima Madre de Jesús, y tenedla en más, que a todos los parientes y amigos vuestros, para que sea Madre vuestra especial, y abogada antes de la muerte; y saludadla muchas veces con la salutación del Ángel, porque oye ella esta voz de muy buena voluntad.

Si el enemigo malo os tienta, y os pone impedimento para que no podáis alabar a Dios, ni a María, no curéis de él, ni por eso cesad de alabar, y orar; más tanto con mayor calor invocad a María, salud a María, pensad en María, nombrad a María, honrad a María, glorificad siempre a María, inclinaos a María, encomendaos a María; estad en la celda con María, callad con María, holgad con María, llorad con María, trabajad con María, velad con María, orad con María, andad con María, sentaos con María, buscad a Jesús con María, traed a Jesús en vuestros brazos con María; morad con María, y con Jesús en Nazareth, id con María a Jerusalén, estad con María cerca de la Cruz de Jesús, llorad con María a Jesús, enterrad con María a Jesús, resucitad con Jesús, y con María, con María, y con Jesús subid al Cielo, desead vivir, y morir con María y con Jesús.

Hermanos si pensáis bien estas cosas, y os ejercitáis en ellas, el diablo huirá de vosotros, y aprovecharéis en la vida espiritual.

María de muy buena gana rogará por vosotros por su gran clemencia, y Jesús con esa misma gana oirá a su Madre por su reverencia.

Poco es todo cuanto hacemos: mas si con contrito corazón llegamos al Padre por María, y por su Hijo Jesús, conseguiremos misericordia, y gracia en esta vida, y la gloria que está por venir con ambos a dos sin fin.

Dichosa por cierto el anima devota, que tiene en esta vida por amigos familiares a Jesús, y a María, compañeros en la mesa, y compañeros en el camino, proveedores en la necesidad, consoladores en la tribulación, ayudas en los peligros, consultores en las dudas; amparadores en el fin de la vida.

Bienaventurado el religioso, que se tiene por peregrino, y viandante en este mundo, y tiene por sumo consuelo, y consolación tener a Jesús, y a María en el hospicio, y aposento de su corazón.

Obras del Venerable Kempis. Traducido por P. Vergara. Publicado por Viuda e Hijos de Santander, 1789

Bendición Apostólica del Santo Padre Benedicto XVI a la Legión de María

Febrero 28, 2009

SECRETARIAT OF STATE
FIRST SECTION – GENERAL AFFAIRS
No. 102.129

 

El Vaticano,  5 de diciembre de 2008

 

Estimado Sr. McCabe:

Su Santidad el Papa Benedicto XVI estuvo complacido de saber sobre la reunión número mil del Concilium de la Legión de María que se lleva a cabo en Dublín y me ha mandado enviar sus saludos y votos de felicidad para la ocasión.

El Santo Padre desea q le haga llegar todo mi aprecio al servicio generoso hacia la Iglesia ofrecido en el mundo entero por muchos miembros de la Legión que bajo el patrocinio de María, la Madre de Dios, busca atraer a todas las personas a Cristo, el Redentor de la humanidad.

Tenga por seguro las oraciones de Su Santidad por sus intenciones y para todos los que toman parte en las decisiones del Concilium. El Santo Padre cordialmente imparte su Bendición Apostólica, encomendándolo a usted y a todos los miembros de la Legión a la intercesión amorosa de María, Reina de los Apóstoles.

Sinceramente en Cristo,
Archbishop Fernando Filoni
Substitute

Mr Tommy McCabe
President
Concilium Legionis Mariae
De Montfort House
Morning Star Avenue
Brunswick Street
Dublin

La comunión de María con Jesús

Febrero 26, 2009

BEATO TOMÁS DE KEMPIS

Te bendigo, te alabo y te doy gracias, Santa Madre de Dios, Virgen María, por todos los bienes y los dones que el Señor te ha concedido en abundancia; por tus innumerables virtudes y por los extraordinarios privilegios de gracia, en virtud de los cuales de manera muy insigne y por encima de todos los santos resplandeciste en la tierra; por ser digna Madre de Dios y alimentar en tu seno, levantar en tus brazos, apretar contra el corazón y llevar al Verbo de Dios que se encarnó en ti.”

“Te bendigo, te alabo y te honro, elegida Madre de Dios y humilde “servidora del Señor” (Lc 1, 38) por todos los cariñosos servicios y las necesarias ayudas que prestaste a Cristo hecho hombre, tu Hijo; por las múltiples persecuciones, por las privaciones, por los trabajos y las fatigas que soportaste pacientemente con él.”

“Te bendigo, te alabo y te rindo homenaje, gloriosa Virgen María, Madre e Hija del eterno Rey, por los apacibles y frecuentes coloquios con Jesús; por las divinas palabras que con tanta diligencia escuchaste de su boca y que puntualmente conservaste y meditaste en lo íntimo del corazón (Lc 3, 51); por los magníficos consuelos que con frecuencia recibiste de él; por los incomensurables gozos y las divinas alegrías proporcionados por su presencia, suscitados por la gracia del Espíritu Santo y largamente fomentados en tu corazón”.

“Te bendigo, te alabo y te ensalzo, Santa María y mi venerada Señora, por tu vida rebosante de pureza y santidad, tan grata a Dios y a los ángeles, que transcurriste en compañía de Jesús a lo largo de muchos años en pobreza y en silencio, probada por muchos padecimientos y adversidades, ofrecida a todos los seguidores de Cristo como ejemplo para imitar devotamente y ofrendada de modo admirable hasta el final de los siglos a la Iglesia universal como apoyo en sus pruebas.

“Te bendigo, te alabo y te glorifico, oh benignísima y piadosísima Madre de Dios, María, por todos tus ejercicios de devoción y tus sagradas meditaciones acerca de la ley de Dios, a los que te dedicabas día y noche; por tus muy fervorosas oraciones, por las lágrimas y los ayunos que ofreciste a Dios con tanto empeño por la conversión de los pecadores y la perseverancia de los justos; por tu gran compasión hacia los pobres y los enfermos, hacia los tentados y los oprimidos de angustia; por tu intenso deseo de la salvación del género humano, del que sabías que tenía que ser redimido por la muerte de tu Hijo.

mater-dolorosa-2Además, aunque abrigabas un inmenso amor a tu Hijo Unigénito, sin embargo no lo arrancaste del horrible suplicio de la cruz, sino que te sometiste totalmente a la voluntad del Padre.

Por otro lado, en tus sufrimientos, “con-sufriste” junto con él; y, hasta llegar a la ignominia de la cruz, seguiste con paso firme a Jesús que marchaba adelante, sin reparar en la huída de los apóstoles. (Mt 26, 56) y sin temer la crueldad de los judíos. Estabas dispuesta a soportar la muerte con él, antes que abandonarlo en un trance tan extremo.”

“Te bendigo, te alabo y te ensalzo con todas mis fuerzas, oh fidelísima y amadísima madre de Dios, celestial María, por tu perseverancia en la fe firme y en la caridad perfecta, cuando tú sola – mientras los apóstoles huían por miedo y mientras también los pocos que seguían a Jesús se avergonzaban -, con extrema constancia mantuviste en alto la antorcha encendida de la fe en la pasión del Hijo, sin dudar de su futura resurrección al tercer día, como él lo había predicho con bastante claridad.

Mientras todos los amigos de Jesús se habían dispersado, tú, afligidísima Madre, con un pequeño grupo de mujeres te trasladaste impávida al Calvario, abriéndote paso a través de una mcuhedumbre amenazante, para acercarte lo más rápido posible al Hijo, al que estaban por crucificar. Querías verlo mientras estaba todavía vivo, a fin de poder recibir de él, antes de que muriera, la palabra de su amorosa donación.”

“Te bendigo, te alabo y con todas mis fuerzas me encomiendo a ti, Santa e Inmaculada Virgen, por tu dolorosa presencia junto a la cruz de Jesús, donde abrumada y afligida te detuviste por largo tiempo, atravesada por una espada de dolor, según la profecía de Simeón (Lc 2, 35); por las abundantes lágrimas derramadas; por la gran fidelidad e inefable coherencia que demostraste a tu Hijo en su extrema necesidad, cuando estaba por morir; por el inmenso dolor de tu corazón; por el sufrimiento más lacerante en el momento de su muerte; por la palidez de su aspecto, cuando lo viste pender muerto delante de ti.”

“Te bendigo y te alabo por el piadoso abrazo con que lo estrechaste entre tus maternales brazos; por el triste trayecto hacia el lugar de su sepultura, cuando bañada en lágrimas seguías a los que llevaban el santo cadáver, y llorando fijaste la mirada en tu Hijo depositado en el sepulcro y encerrado bajo una gran lápida; por el doloroso regreso desde el sepulcro a la casa en que te hospedabas , donde acompañada de muchos fieles allí reunidos te deshiciste en lágrimas por la muerte del amado Hijo, con repetidos lamentos, y fue tan copioso tu llanto que hiciste también llorar a los que estaban a tu lado.”

“Compadece ahora, alma mía, a la Virgen Dolorosa, a la Madre lacrimosa, a María amorosa.

Si amas a María, debes compadecerla por sus dolores tan numerosos, para que te socorra en tus penas:

¡Qué cuadro! la Santa Madre llora a su único Hijo; llora María de Cleofás a su querido pariente; llora María Magdalena al médico de su salud; llora Juan a su dulcísimo Maestro; lloran todos los apóstoles a su Señor que han perdido. ¿Y quién no lloraría entre tantos amigos que lloran juntos?

¡Es verdaderamente grande este llanto en Jerusalén!

Detente, pues, tú también un poco, y aprende a llorar de la Virgen María: sus amargas lágrimas podrán conmover tu corazón en lo más profundo.

Hela aquí de pie junto a la cruz, atormentada por intensos dolores, a aquella que un lejano día frente al pesebre, estaba colmada de celestiales armonías.

Se siente oprimida por el clamor de los judíos, ella que en otro tiempo fue honrada por los reyes magos; está toda salpicada de sangre de su Hijo, ella que había experimentado la caricia de su cándido aspecto.

Ve pender de la cruz, entre dos ladrones, al que tantas veces había visto obrar milagros en medio del pueblo; contempla, vuelto casi como un leproso por el estrago de las heridas, al que había concedido la curación a muchos leprosos; mira, oprimido por innumerables dolores, al que había expulsado el dolor de los enfermos; contempla, vencido por la muerte, al que había hecho retornar a la vida al difunto Lazaro.

Todas las alegrías se trocaron en tristezas y todas las cosas dulces en amarguras.”

“La rutilante Estrella del mar es sacudida por numerosas y angustiantes tempestades ; pero su mente, que permanece fija en Dios, no es vencida por las perversidades humanas.

Está pues erguida junto a la cruz, con constancia y paciencia, con fidelidad y amor, sin temer a los que la amenazan de muerte y sin evadirse de quienes la maldicen.

Todo lo soporta con tranquilidad de espíritu, y se esfuerza por competir con su Hijo humillado, no respondiendo nada a sus tan crueles enemigos.

No utiliza expresiones de desdén ni hace gestos de indignación.

Solamente emite profundos gemidos, llora con amargura, se apesadumbra con ansiedad, se compadece en lo íntimo y experimenta una inmensa aflicción.

No se irrita con los crucifixores, ruega empero por los calumniadores, se entristece y se lamenta a causa de los que se burlan y blasfeman de Cristo.

Por tanto, está de pie junto a la cruz en un mar de lágrimas, y con su ejemplo de mansedumbre ofrece el consuelo de la paciencia a todos los atribulados.

Oh todos ustedes los que pasan por el camino del Calvario, miren la dolorosa presencia de la Santísima Virgen María: dirijan la vista hacia la derecha de la cruz y observen a María, Madre de Cristo.

No puede haber un dolor semejante al suyo; no hubo jamás en el mundo una madre que se haya compadecido de su propio hijo con tanto amor, ya que por cuantas heridas recibían los miembros de Jesús, otras tantas se producían en su alma; tantas veces volvía a ser mártir, cuantas veces contemplaba las cruentas llagas del Hijo.

Intenta por consiguiente, alma devota, grabar estas cosas en tu corazón. Sé tranquilo y fuerte cuando venga el momento de la tentación. No te turbes ni desesperes, si llega a faltarte aquello que tanto amas o si se te niega lo que consideras que es necesario para ti.

Los amigos de Jesús son a menudo probados con gravísimas aflicciones , porque, si Dios no escatimó penas ni siquiera a su Hijo sino que por todos nosotros lo abandonó en gravísimos tormentos, ¿cómo pretendes un trato mejor?

Si Cristo no se buscó a sí mismo, pero fue obediente y propenso a soportar incluso hechos sumamente viles y dolorosos, ¿por qué tú temes tanto la fatiga y el dolor, y en cambio, por amor al Crucificado, no abrazas las realidades ásperas y duras?

Si él reservó a su Santísima Madre numerosas contrariedades en la tierra; si permitió que con frecuencia pasase por muchas tribulaciones y sufrimientos, ¿cómo se entiende que tú podrías vivir sin pruebas?

Si observas a todos los amigos de Dios, no encontrarás ninguno que haya navegado por el mar de esta vida sin duras pruebas.

 Por lo tanto, recoge de la imagen del Crucificado y de su bendita Madre el ejemplo de una incansable paciencia, y no temerás soportar sacrificios por tu salvación y por la recompensa de la infinita bondad de Jesús.

Obrando así, podrás gozar de la visión de su rostro por toda la eternidad.

La benignísima Madre de Jesús sabe bien compadecerse del que sufre.

Aprendió de lo que ha sufrido a tener afectuosa compasión de los afligidos.

No se olvidará de sus pobres devotos, acudirá al encuentro de sus oraciones, ayudará a los que la invocan con perseverancia y será propicia para con los que la sirven.

Misericordiosísimo Jesús, Hijo de María, te ruego que me concedas el don de lágrimas y que hieras mi corazón con un profundo y compasivo afecto, con el que bien sabes que estuvo acongojada tu piadosa Madre.

Mirame con los ojos compasivos con que miraste a tu Madre y al discípulo Juan, que estaban junto a la cruz entre sollozos, en el momento en que encomendaste sucesivamente el uno al otro, dándoles este último adios:”Aquí tienes a tu hijo, aquí tienes a tu Madre”.

Te ruego que me visites con tu gracia cuando esté a punto de morir; y hazme sentir también a mi las palabras que Juan oyó desde la cruz: “Aquí tienes a tu Madre”, para que al oir estas palabras, mi alma no tema al “enemigo rugiente” ( 1 Ped 5, 8 )

Oh Clementísima Santa María, mi Señora, fidelísima abogada de los cristianos, te ruego por todos tus altísimos méritos, con los cuales complaciste a Dios en sumo grado; por todas las atenciones que con gran afecto tuviste hacia tu Hijo, y por todas las lágrimas que derramaste en su tan dolorosa pasión: dignate tener compasión de mí, tomarme bajo tu cuidado con maternal amor y ponerme en el número de tus servidores, que de modo particular forman tu entorno y son los más amados por ti.

Oh única esperenza, gloriosa Virgen María, ven a mostrarme tu rostro, antes que mi alma abandone mi cuerpo; y “vuelve a mi tus ojos misericordiosos”, con los que miraste muy a menudo con intensa alegría a jesús, “el fruto bendito de tu vientre”, ojos marcados por tantas lágrimas durante su pasión.

Asísteme en ese momento Santísima Madre de Jesús, con la dulce comitiva de tus vírgenes y con la sagrada congregación de todos los santos, como asististe hasta el final a tu dilectísimo Hijo que estaba por morir en la cruz, dado que, después de tu Hijo unigénito y Señor mío Jesucristo, no encuentro en mis necesidades un alivio más grande y solícito que el tuyo, oh benignísima Madre de todos los afligidos.

¡Oh, piadosas, santas y dolorosísimas lágrimas de la bienaventurada, pura y siempre Virgen María, que brotaron de sus ojos, el día Viernes santo, debido a su íntima “con-pasión” con Cristo y su amadísima pasión y muerte en cruz; cuando se deslizaron copiosamente a lo largo de sus mejillas y de su pecho hasta el ruedo del vestido y empaparon el velo de su sagrada cabeza; y al caer sobre sus santos pies, rociaron el polvoriento suelo!

¡Ah, si yo hubiese podido seguir entonces las huellas de los pies de mi Señora y hubiese podido en secreto recoger en un recipiente sus cálidas lágrimas, no para lavar mis pies, que a menudo he manchado en pos de malos pensamientos y de afectos  indecentes, sino para lavarme  las manos y la cabeza, esto es, las palabras y las acciones malas, para el perdón de todos mis pecados cometidos cada día!

¡Oh piadosa Madre de Dios!, Virgen María, te ruego me seas propicia: cancela todos mis vicios con tus dolores y con tu devotísima intercesión.

Carísima María, socorre mi alma en la última hora de mi vida y, acude con la multitud de los ángeles y de los santos a defenderme  contra los terrores del enemigo y los sufrimientos del infierno.

Acuérdate  de la sangre preciosa e inocente en la muerte de tu amado Hijo Jesucristo, sufrida a causa de mí pecador; de su costado herido y de todas las lágrimas que derramaste en tu entera vida; y ten compasión de mí.

A ti suspiro, en tus méritos confío, “oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María”.

Amén.

scan00061

Coronita en honor de los Dolores de María

Febrero 23, 2009

materdolorosa

V. ¡Oh Dios! venid en mi auxilio.

R. Apresuraos, Señor, a socorrerme.

Gloria Patri, etc.

I. Os compadezco, Madre Dolorosa, por la aflicción de vuestro corazón en la profecía de Simeón.

Querida Madre mía, por vuestro afligido Corazón alcanzadme la virtud de la humildad y el don del santo temor de Dios.

Ave María y Gloria

II. Os compadezco, Madre Dolorosa, por las angustias que experimentó vuestro Corazón en la huida y permanencia en Egipto.

Querida Madre mía, por vuestro angustiado Corazón, alcanzadme la virtud de la liberalidad hacia los pobres, y el don de la piedad.

Ave María, Gloria.

III. Os compadezco, Madre Dolorosa, por la agitación y afán que experimentó vuestro Corazón en la pérdida de vuestro Hijo Jesús.

Querida Madre mía, por vuestro Corazón tan turbado y afanoso, alcanzadme la virtud de la castidad y el don de la ciencia.

Ave María y Gloria.

IV. Os compadezco, Madre Dolorosa, por la consternación de vuestro Corazón al encontrar a Jesús llevando la cruz sobre sus hombros.

Querida Madre mía, por vuestro Corazón, víctima de tanta amargura, alcanzadme la virtud de la paciencia y el don de la fortaleza.

Ave María y Gloria.

V. Os compadezco, Madre Dolorosa, por el martirio que sufrió vuestro Corazón de Madre, viendo agonizar a Jesús sin poder prestarle ningún consuelo.

Madre querida, por vuestro mártir Corazón, alcanzadme la virtud de la templanza y el don del consejo.

Ave María, Gloria.

VI. Os compadezco, Madre Dolorosa, por la herida de amor que vuestro Corazón experimentó, cuando visteis traspasar el Sagrado Corazón de Jesús.

Madre querida, por vuestro Corazón herido, alcanzadme la virtud de la caridad fraterna y el don de la inteligencia.

Ave María, Gloria.

VII. Os compadezco, Madre Dolorosa, por el dolor que desgarró vuestro Corazón, cuando dejasteis sepultado el cuerpo de Jesús.

Madre querida, por vuestro Corazón tan afligido, alcanzadme la virtud del fervor en el servicio de Dios y el don de la sabiduría.

Ave María y Gloria.

Oración

¡Oh Dios! que visteis, durante vuestra Pasión, al alma amantísima de la gloriosa Virgen María, vuestra Madre, atravesada por una espada de dolor, según la profecía de Simeón; concedednos, por vuestra bondad, que, mientras celebramos con veneración la memoria de sus dolores, recojamos, por los méritos e intercesión de todos los Santos que han permanecido fieles a la Cruz, los venturosos frutos de vuestra Pasión: Vos que vivís y reinás con Dios Padre, en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

300 días de indulgencia, por cada vez que se practique este ejercicio en honor de los Dolores de María Santísima.

En el tiempo de Cuaresma

Febrero 23, 2009

La Cuaresma es el tiempo que precede y dispone a la celebración de la Pascua.

Tiempo de escucha de la Palabra de Dios y de conversión, de preparación y de memoria del Bautismo, de reconciliación con Dios y con los hermanos, de recurso más frecuente a las “armas de la penitencia cristiana”: la oración, el ayuno y la limosna (cfr. Mt 6,1-6.16-18).

En el ámbito de la piedad popular no se percibe fácilmente el sentido mistérico de la Cuaresma y no se han asimilado algunos de los grandes valores y temas, como la relación entre el “sacramento de los cuarenta días” y los sacramentos de la iniciación cristiana, o el misterio del “éxodo”, presente a lo largo de todo el itinerario cuaresmal.

Según una constante de la piedad popular, que tiende a centrarse en los misterios de la humanidad de Cristo, en la Cuaresma los fieles concentran su atención en la Pasión y Muerte del Señor.

El comienzo de los cuarenta días de penitencia, en el Rito romano, se caracteriza por el austero símbolo de las Cenizas, que distingue la Liturgia del Miércoles de Ceniza.

Propio de los antiguos ritos con los que los pecadores convertidos se sometían a la penitencia canónica, el gesto de cubrirse con ceniza tiene el sentido de reconocer la propia fragilidad y mortalidad, que necesita ser redimida por la misericordia de Dios.

Lejos de ser un gesto puramente exterior, la Iglesia lo ha conservado como signo de la actitud del corazón penitente que cada bautizado está llamado a asumir en el itinerario cuaresmal.

Se debe ayudar a los fieles, que acuden en gran número a recibir la Ceniza, a que capten el significado interior que tiene este gesto, que abre a la conversión y al esfuerzo de la renovación pascual.

A pesar de la secularización de la sociedad contemporánea, el pueblo cristiano advierte claramente que durante la Cuaresma hay que dirigir el espíritu hacia las realidades que son verdaderamente importantes; que hace falta un esfuerzo evangélico y una coherencia de vida, traducida en buenas obras, en forma de renuncia a lo superfluo y suntuoso, en expresiones de solidaridad con los que sufren y con los necesitados.

También los fieles que frecuentan poco los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía saben, por una larga tradición eclesial, que el tiempo de Cuaresma-Pascua está en relación con el precepto de la Iglesia de confesar lo propios pecados graves, al menos una vez al año, preferentemente en el tiempo pascual.

La divergencia existente entre la concepción litúrgica y la visión popular de la Cuaresma, no impide que el tiempo de los “Cuarenta días” sea un espacio propicio para una interacción fecunda entre Liturgia y piedad popular.

Un ejemplo de esta interacción lo tenemos en el hecho de que la piedad popular favorece algunos días, algunos ejercicios de piedad y algunas actividades apostólicas y caritativas, que la misma Liturgia cuaresmal prevé y recomienda.

La práctica del ayuno, tan característica desde la antigüedad en este tiempo litúrgico, es un “ejercicio” que libera voluntariamente de las necesidades de la vida terrena para redescubrir la necesidad de la vida que viene del cielo: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4; cfr. Dt 8,3; Lc 4,4; antífona de comunión del I Domingo de Cuaresma)

La veneración de Cristo crucificado

El camino cuaresmal termina con el comienzo del Triduo pascual, es decir, con la celebración de la Misa In Cena Domini. En el Triduo pascual, el Viernes Santo, dedicado a celebrar la Pasión del Señor, es el día por excelencia para la “Adoración de la santa Cruz”.

Sin embargo, la piedad popular desea anticipar la veneración cultual de la Cruz. De hecho, a lo largo de todo el tiempo cuaresmal, el viernes, que por una antiquísima tradición cristiana es el día conmemorativo de la Pasión de Cristo, los fieles dirigen con gusto su piedad hacia el misterio de la Cruz.

Contemplando al Salvador crucificado captan más fácilmente el significado del dolor inmenso e injusto que Jesús, el Santo, el Inocente, padeció por la salvación del hombre, y comprenden también el valor de su amor solidario y la eficacia de su sacrificio redentor.

Las expresiones de devoción a Cristo crucificado, numerosas y variadas, adquieren un particular relieve en las iglesias dedicadas al misterio de la Cruz o en las que se veneran reliquias, consideradas auténticas, del lignum Crucis. La “invención de la Cruz”, acaecida según la tradición durante la primera mitad del siglo IV, con la consiguiente difusión por todo el mundo de fragmentos de la misma, objeto de grandísima veneración, determinó un aumento notable del culto a la Cruz.

En las manifestaciones de devoción a Cristo crucificado, los elementos acostumbrados de la piedad popular como cantos y oraciones, gestos como la ostensión y el beso de la cruz, la procesión y la bendición con la cruz, se combinan de diversas maneras, dando lugar a ejercicios de piedad que a veces resultan preciosos por su contenido y por su forma.

No obstante, la piedad respecto a la Cruz, con frecuencia, tiene necesidad de ser iluminada. Se debe mostrar a los fieles la referencia esencial de la Cruz al acontecimiento de la Resurrección: la Cruz y el sepulcro vacío, la Muerte y la Resurrección de Cristo, son inseparables en la narración evangélica y en el designio salvífico de Dios. En la fe cristiana, la Cruz es expresión del triunfo sobre el poder de las tinieblas, y por esto se la presenta adornada con gemas y convertida en signo de bendición, tanto cuando se traza sobre uno mismo, como cuando se traza sobre otras personas y objetos.

El texto evangélico, particularmente detallado en la narración de los diversos episodios de la Pasión, y la tendencia a especificar y a diferenciar, propia de la piedad popular, ha hecho que los fieles dirijan su atención, también, a aspectos particulares de la Pasión de Cristo y hayan hecho de ellos objeto de diferentes devociones: el “Ecce homo”, el Cristo vilipendiado, “con la corona de espinas y el manto de púrpura” (Jn 19,5), que Pilato muestra al pueblo; las llagas del Señor, sobre todo la herida del costado y la sangre vivificadora que brota de allí (cfr. Jn 19,34); los instrumentos de la Pasión, como la columna de la flagelación, la escalera del pretorio, la corona de espinas, los clavos, la lanza de la transfixión; la sábana santa o lienza de la deposición.

Estas expresiones de piedad, promovidas en ocasiones por personas de santidad eminente, son legítimas. Sin embargo, para evitar una división excesiva en la contemplación del misterio de la Cruz, será conveniente subrayar la consideración de conjunto de todo el acontecimiento de la Pasión, conforme a la tradición bíblica y patrística.

La lectura de la Pasión del Señor

La Iglesia exhorta a los fieles a la lectura frecuente, de manera individual o comunitaria, de la Palabra de Dios. Ahora bien, no hay duda de que entre las páginas de la Biblia, la narración de la Pasión del Señor tiene un valor pastoral especial, por lo que, por ejemplo, el Ordo unctionis infirmorum eorumque pastoralis curae sugiere la lectura, en el momento de la agonía del cristiano, de la narración de la Pasión del Señor o de alguna paso de la misma.

Durante el tiempo de Cuaresma, el amor a Cristo crucificado deberá llevar a la comunidad cristiana a preferir el miércoles y el viernes, sobre todo, para la lectura de la Pasión del Señor.

Esta lectura, de gran sentido doctrinal, atrae la atención de los fieles tanto por el contenido como por la estructura narrativa, y suscita en ellos sentimientos de auténtica piedad: arrepentimiento de las culpas cometidas, porque los fieles perciben que la Muerte de Cristo ha sucedido para remisión de los pecados de todo el género humano y también de los propios; compasión y solidaridad con el Inocente injustamente perseguido; gratitud por el amor infinito que Jesús, el Hermano primogénito, ha demostrado en su Pasión para con todos los hombres, sus hermanos; decisión de seguir los ejemplos de mansedumbre, paciencia, misericordia, perdón de las ofensas y abandono confiado en las manos del Padre, que Jesús dio de modo abundante y eficaz durante su Pasión.

Fuera de la celebración litúrgica, la lectura de la Pasión se puede “dramatizar” si es oportuno, confiando a lectores distintos los textos correspondientes a los diversos personajes; asimismo, se pueden intercalar cantos o momentos de silencio meditativo.

El “Vía Crucis”

Entre los ejercicios de piedad con los que los fieles veneran la Pasión del Señor, hay pocos que sean tan estimados como el Vía Crucis. A través de este ejercicio de piedad los fieles recorren, participando con su afecto, el último tramo del camino recorrido por Jesús durante su vida terrena: del Monte de los Olivos, donde en el “huerto llamado Getsemani” (Mc 14,32) el Señor fue “presa de la angustia” (Lc 22,44), hasta el Monte Calvario, donde fue crucificado entre dos malhechores (cfr. Lc 23,33), al jardín donde fue sepultado en un sepulcro nuevo, excavado en la roca (cfr. Jn 19,40-42).

Un testimonio del amor del pueblo cristiano por este ejercicio de piedad son los innumerables Vía Crucis erigidos en las iglesias, en los santuarios, en los claustros e incluso al aire libre, en el campo, o en la subida a una colina, a la cual las diversas estaciones le confieren una fisonomía sugestiva.

El Vía Crucis es la síntesis de varias devociones surgidas desde la alta Edad Media: la peregrinación a Tierra Santa, durante la cual los fieles visitan devotamente los lugares de la Pasión del Señor; la devoción a las “caídas de Cristo” bajo el peso de la Cruz; la devoción a los “caminos dolorosos de Cristo”, que consiste en ir en procesión de una iglesia a otra en memoria de los recorridos de Cristo durante su Pasión; la devoción a las “estaciones de Cristo”, esto es, a los momentos en los que Jesús se detiene durante su camino al Calvario, o porque le obligan sus verdugos o porque está agotado por la fatiga, o porque, movido por el amor, trata de entablar un diálogo con los hombres y mujeres que asisten a su Pasión.

En su forma actual, que está ya atestiguada en la primera mitad del siglo XVII, el Vía Crucis, difundido sobre todo por San Leonardo de Porto Mauricio (+1751), ha sido aprobado por la Sede Apostólica, dotado de indulgencias y consta de catorce estaciones.

El Vía Crucis es un camino trazado por el Espíritu Santo, fuego divino que ardía en el pecho de Cristo (cfr. Lc 12,49-50) y lo impulsó hasta el Calvario; es un camino amado por la Iglesia, que ha conservado la memoria viva de las palabras y de los acontecimientos de los último días de su Esposo y Señor.

En el ejercicio de piedad del Vía Crucis confluyen también diversas expresiones características de la espiritualidad cristiana: la comprensión de la vida como camino o peregrinación; como paso, a través del misterio de la Cruz, del exilio terreno a la patria celeste; el deseo de conformarse profundamente con la Pasión de Cristo; las exigencias de la sequela Christi, según la cual el discípulo debe caminar detrás del Maestro, llevando cada día su propia cruz (cfr. Lc 9,23)

Por todo esto el Vía Crucis es un ejercicio de piedad especialmente adecuado al tiempo de Cuaresma.

Para realizar con fruto el Vía Crucis pueden ser útiles las siguientes indicaciones:

- la forma tradicional, con sus catorce estaciones, se debe considerar como la forma típica de este ejercicio de piedad; sin embargo, en algunas ocasiones, no se debe excluir la sustitución de una u otra “estación” por otras que reflejen episodios evangélicos del camino doloroso de Cristo, y que no se consideran en la forma tradicional;

- en todo caso, existen formas alternativas del Vía Crucis aprobadas por la Sede Apostólica o usadas públicamente por el Romano Pontífice: estas se deben considerar formas auténticas del mismo, que se pueden emplear según sea oportuno;

- el Vía Crucis es un ejercicio de piedad que se refiere a la Pasión de Cristo; sin embargo es oportuno que concluya de manera que los fieles se abran a la expectativa, llena de fe y de esperanza, de la Resurrección; tomando como modelo la estación de la Anastasis al final del Vía Crucis de Jerusalén, se puede concluir el ejercicio de piedad con la memoria de la Resurrección del Señor.

Los textos para el Vía Crucis son innumerables. Han sido compuestos por pastores movidos por una sincera estima a este ejercicio de piedad y convencidos de su eficacia espiritual; otras veces tienen por autores a fieles laicos, eminentes por la santidad de vida, doctrina o talento literario.

La selección del texto, teniendo presente las eventuales indicaciones del Obispo, se deberá hacer considerando sobre todo las características de los que participan en el ejercicio de piedad y el principio pastoral de combinar sabiamente la continuidad y la innovación. En todo caso, serán preferibles los textos en los que resuenen, correctamente aplicadas, las palabras de la Biblia, y que estén escritos con un estilo digno y sencillo.

Un desarrollo inteligente del Vía Crucis, en el que se alternan de manera equilibrada: palabra, silencio, canto, movimiento procesional y parada meditativa, contribuye a que se obtengan los frutos espirituales de este ejercicio de piedad.

El “Vía Matris”

Así como en el plan salvífico de Dios (cfr. Lc 2,34-35) están asociados Cristo crucificado y la Virgen dolorosa, también los están en la Liturgia y en la piedad popular.

Como Cristo es el “hombre de dolores” (Is 53,3), por medio del cual se ha complacido Dios en “reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,20), así María es la “mujer del dolor”, que Dios ha querido asociar a su Hijo, como madre y partícipe de su Pasión (socia Passionis).

Desde los días de la infancia de Cristo, toda la vida de la Virgen, participando del rechazo de que era objeto su Hijo, transcurrió bajo el signo de la espada (cfr. Lc 2,35). Sin embargo, la piedad del pueblo cristiano ha señalado siete episodios principales en la vida dolorosa de la Madre y los ha considerado como los “siete dolores” de Santa María Virgen.

Así, según el modelo del Vía Crucis, ha nacido el ejercicio de piedad del Vía Matris dolorosae, o simplemente Vía Matris, aprobado también por la Sede Apostólica. Desde el siglo XVI hay ya formas incipientes del Vía Matris, pero en su forma actual no es anterior al siglo XIX. La intuición fundamental es considerar toda la vida de la Virgen, desde el anuncio profético de Simeón (cfr. Lc 2,34-35) hasta la muerte y sepultura del Hijo, como un camino de fe y de dolor: camino articulado en siete “estaciones”, que corresponden a los “siete dolores” de la Madre del Señor.

El ejercicio de piedad del Vía Matris se armoniza bien con algunos temas propios del itinerario cuaresmal. Como el dolor de la Virgen tiene su causa en el rechazo que Cristo ha sufrido por parte de los hombres, el Vía Matris remite constante y necesariamente al misterio de Cristo, siervo sufriente del Señor (cfr. Is 52,13-53,12), rechazado por su propio pueblo (cfr. Jn 1,11; Lc 2,1-7; 2,34-35; 4,28-29; Mt 26,47-56; Hech 12,1-5). Y remite también al misterio de la Iglesia: las estaciones del Vía Matris son etapas del camino de fe y dolor en el que la Virgen ha precedido a la Iglesia y que esta deberá recorrer hasta el final de los tiempos.

El Vía Matris tiene como máxima expresión la “Piedad”, tema inagotable del arte cristiano desde la Edad Media.

Directorio sobre la piedad popular y la liturgia. Principios y orientaciones. Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos. Ciudad del Vaticano. 2002

Convertíos

Febrero 23, 2009

san_clemente_de_roma

SAN CLEMENTE ROMANO

Tercer Sucesor de Pedro (Cuarto Papa)
Padre Apostólico, mártir c.97AD

Fijemos con atención nuestra mirada en la sangre de Cristo, y reconozcamos cuán pre­ciosa ha sido a los ojos de Dios, su Padre, pues, derramada por nuestra salvación, alcanzó la gracia de la penitencia para todo el mundo.

Recorramos todas las generaciones y apren­deremos cómo el Señor, de generación en generación, concedió un tiempo de peniten­cia a los que deseaban convertirse a él.

Jonás anunció a los ninivitas la destrucción de su ciudad, y ellos, arrepentidos de sus pecados, pidieron perdón a Dios y, a fuerza de súplicas, alcanzaron la indulgencia, a pesar de no ser del pueblo elegido.

De la penitencia hablaron, inspirados por el Espíritu Santo, los que fueron ministros de la gracia de Dios.

Y el mismo Señor de todas las cosas habló también con juramento de la penitencia, diciendo: Por mi vida, oráculo del Señor, juro que no quiero la muerte del malvado, sino que cambie de conducta; y añade aquella hermosa sentencia: Cesad de obrar mal, casa de Israel.

Di a los hijos de mi pueblo: «Aunque vuestros pecados lleguen hasta el cielo, aunque sean como púrpura y rojos como escarlata, si os convertís a mí de todo corazón y decís: «Padre», os escucharé como a mi pueblo santo».

Queriendo, pues, el Señor que todos los que él ama tengan parte en la penitencia, lo con­firmó así con su omnipotente voluntad.

Obedezcamos, por tanto, a su magnífico y glorioso designio, e implorando con súplicas su misericordia y benignidad, recurramos a su misericordia y convirtámonos, dejadas a un lado las vanas obras, las contiendas y la envidia que conduce a la muerte.

Seamos, pues, humildes, hermanos, y depo­niendo toda jactancia, ostentación, insensatez y los arrebatos de la ira, cumplamos lo que está escrito, pues lo dice el Espíritu Santo: No se gloríe el sabio de su sabiduría, no se gloríe el fuerte de su fortaleza, no se gloríe el rico de su riqueza; el que se gloríe, que se gloríe en el Señor, para buscarle a él y practicar el derecho y la justicia; especialmente si tenemos presentes las palabras del Señor Jesús, aquellas que pronunció para enseñarnos la benignidad y la longanimidad.

Dijo, en efecto: Sed misericordiosos, y alcanzaréis misericordia; perdonad, y se os perdonará; como vosotros hagáis, así se os hará a vosotros; dad, y se os dará; no juzguéis, y no os juzgarán; como usareis la benignidad, así la usarán como vosotros; la medida que uséis la usarán con vosotros.

Que estos mandamientos y estos preceptos nos comuniquen firmeza para poder caminar, con toda humildad, en la obediencia de sus santos consejos.

Pues dice la Escritura santa: ­­­En ése pondré mis ojos: en el humilde y el abatido, que se estremece ante mis palabras.

Como quiera, pues, que hemos participado de tantos, tan grandes y tan ilustres hechos, emprendamos otra vez la carrera hacia la meta de paz que nos fue anunciada desde el principio y fijemos nuestra mirada en el Padre y Creador del universo, acogiéndonos a los magníficos y sobreabundantes dones y beneficios de su paz.

Carta a los Corintios 7,4-8,3; 8,5-9; 13,1-4; 19,2

Purificación por el ayuno y la misericordia

Febrero 23, 2009

san-leon-magno

SAN LEÓN MAGNO

Papa

(+ 461)

 Siempre, hermanos, la misericordia del Señor llena la tierra, y la misma creación natural es para cada fiel verdadero adoctri­namiento que le lleva a la adoración de Dios, ya que el cielo y la tierra, el mar y cuanto en ellos hay, manifiestan la bondad y omnipo­tencia de su autor, y la admirable belleza de todos los elementos que le sirven está pidiendo a la creatura inteligente una acción de gracias.

Pero cuando se avecinan estos días, consa­grados más especialmente a los misterios de la redención de la humanidad, estos días que preceden a la fiesta pascual, se nos exige con más urgencia una preparación y una purifi­cación del espíritu.

Porque es propio de la festividad pascual que toda la Iglesia goce del perdón de los peca­dos, no sólo aquellos que nacen en el sagrado bautismo, sino también aquellos que desde hace tiempo se cuentan ya en el número de los hijos adoptivos.

Pues si bien los hombres renacen a la vida nueva principalmente por el bau­tismo, como a todos nos es necesario renovarnos cada día de las manchas de nuestra condición pecadora, y no hay nadie que no tenga que ser cada vez mejor en la escala de la perfección, hay que insistir ante todo para que nadie se encuentre bajo el efecto de los viejos vicios el día de la redención.

Por ello en estos días hay que poner especial solicitud y devoción en cumplir aquellas cosas que todos los cristianos deberían realizar en todo tiempo; así viviremos, en santos ayunos, esta Cuaresma de institución apostólica, y precisamente no sólo por el uso menguado de los alimentos, sino sobre todo ayunando de nuestros propios vicios.

Y no hay cosa más útil que unir los ayunos santos y razonables con la limosna, que, bajo la única denominación de misericordia, con­tiene muchas y laudables acciones de piedad, de modo que, aun en medio de situaciones de fortuna desiguales, puedan ser iguales las disposiciones de ánimo de todos los fieles.

Porque el amor, que debemos tanto a Dios como a los hombres, no debe verse nunca impedido hasta tal punto que no podamos realizar libremente lo que es bueno ante Dios y ante nuestros hermanos.

Pues de acuerdo con lo que cantaron los ángeles: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor, el que se compadece caritati­vamente de quienes sufren cualquier cala­midad, no sólo es bienaventurado en virtud de su benevolencia, sino por el bien de la paz.

Las realizaciones del amor pueden ser muy diversas y, así, en razón de esta misma diversidad, todos los buenos cristianos pueden ejercitarse en ellas, no sólo los ricos y pudien­tes, sino incluso los de posición media y aun los pobres; de este modo, quienes son desiguales por su capacidad de hacer limosna son semejantes en el amor y afecto con que la hacen.

Sermón sobre la Cuaresma 6,1-2

****

El ayuno espiritual y la limosna

Lo que cada cristiano debe hacer en todo tiempo, amadísimos, hay que hacerlo ahora con más fe y amor; de este modo satisfaremos con esta instrucción apostólica de ayunar cuarenta días, no sólo reduciendo nuestro alimento, sino principalmente absteniéndonos de pecado. Puesto que esta mortificación tiene por fin suprimir los focos de los deseos carnales, ninguna abstinencia es tan ventajosa que aquella por la que somos sobrios de malos deseos y ayunamos de acciones inmorales. Tal devoción no descuida a los enfermos ni abandona a los inválidos, pues aun en un cuerpo lánguido e inútil se puede encontrar un alma sana si los fundamentos de la virtud se aseguran donde antes tuvo su asiento el vicio. El mal de una carne enferma es tal, que con frecuencia sobrepasa los límites de un sufrimiento impuesto voluntariamente, tanto que el espíritu cumple las partes de su oficio, y el que no usa del festín para el cuerpo, no se nutre de ninguna iniquidad.

Pero nada se une más útilmente a los ayunos razonables y santos que estas buenas obras que son las limosnas. Con el nombre de obras de misericordia se conocen también los actos laudables de bondad, gracias a los cuales las almas de todos los fieles pueden tener el mismo valor. El amor que se debe igualmente a Dios y a los hombres, jamás es impedido por tantos obstáculos que no sea siempre libre el querer el bien. Si los ángeles han dicho: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra, paz a los hombres de buena voluntad, es que no sólo la virtud de la benevolencia, sino también el bien de la paz, hacen felices a los que, por su caridad, compadecen toda miseria de los que sufren. Las obras de bondad están muy extendidas, y su misma variedad da a los verdaderos cristianos, sean ricos o pobres, parte de la distribución de las limosnas, de modo que los que son diferentes por la cantidad de sus bienes sean al menos iguales por el afecto del corazón. Cuando, a los ojos del Señor, muchos echaban en el gazofilacio grandes sumas de la abundancia que tenían, y una viuda sólo dos piezas de plata, mereció ser honrada con tal testimonio de Jesucristo, que su don tan pequeño fue preferido a las ofrendas de los otros, ya que, en relación a las grandes sumas de aquellos a los que aún quedaba mucho, el suyo, tan pequeño, era todo lo que tenía. Si alguien es reducido a una pobreza tan estrecha que no pudiese dar dos monedas a un pobre, encuentra también en los preceptos del Señor cómo cumplir el deber de la benevolencia. Pues el que haya dado un vaso de agua fresca a un pobre sediento recibirá la recompensa de su gesto. ¡Cuántos recursos ha preparado el Señor a sus servidores para conseguir su reino, si el mismo don del agua, cosa gratuita y común, no quedará sin recompensa! Y para que ninguna dificultad ponga obstáculo, se propone como ejemplo de misericordia el agua fresca, no sea que alguno, no teniendo con qué calentarla, creyese que le faltaría su galardón. Advierte, no obstante, el Señor, y no sin razón, que este vaso de agua ha de ser dado en su nombre, porque es la fe la que hace preciosas estas cosas ordinarias en sí mismas, y los dones de los infieles, aunque sean muy considerables, están vacíos de toda justificación.

(Homilía 6, 2; Migne 44; BAC 291, 187-188)

***

La limosna y el ayuno

Después de celebrar el orden de las santas solemnidades y una vez terminada la alegría de la espiritual alegría, es necesario recurrir a la salubridad de la abstinencia y al remedio del ayuno para ejercitar el espíritu y mortificar el cuerpo; puesto que hemos sido enseñados con la doctrina divina y la propia experiencia, primero demos gracias a Dios por la celebración de los días sagrados; luego, deseando las santas delicias de la templanza, sustraigamos algo de la abundancia de los alimentos terrenos, de modo que aproveche a las limosnas lo que no se pone en la mesa. Pues la medicina del ayuno ayuda a sanar el alma si la abstinencia del que ayuna quita el hambre del necesitado. Conocemos que para Dios misericordioso es más excelente la limosna generosa que los ayunos, según dice el Señor: Dad limosnas según vuestras facultades, y todo será puro para vosotros. Si deseamos limpiar nuestra alma de las manchas del pecado, no neguemos la limosna a los pobres, a fin de que en el día de la retribución seamos ayudados para merecer la misericordia de Dios con nuestras obras misericordiosas. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

(Homilía 3; Migne 80; BAC 291, 327)

***

La limosna y las riquezas

En estas obras, amadísimos, aun aquellos que se abstienen de los deleites de la comida han de conseguir los frutos de la misericordia, a fin de que cuanto más abundantemente hayan sembrado, mucho mayor será la cosecha. Jamás engaña al agricultor esta recolección, ni es incierta la esperanza de la obra que proviene de la práctica de la misericordia. Lo que de este modo es esparcido por la mano del sembrador, no lo abrasa el calor, ni lo arrastra el torrente, ni lo tira por tierra la tempestad. Las expensas de la misericordia se salvan siempre; no sólo se conservan siempre, sino que muchas veces se aumentan e incluso mudan su cualidad. De terrenas pasan a ser celestiales, de pequeñas se convierten en grandes, y el don temporal se muda en premio eterno. Cualquiera que seas que amas las riquezas, que ambicionas que se multipliquen las que posees, acude a este negocio, suspira por este acrecentamiento de tus cosas, de las cuales nada roba el ladrón, ni las corroe la polilla, ni las consume el orín. No desesperes de la usura ní desconfíes del que recibe. Lo que hicisteis a uno de éstos, a mí me lo hicisteis; entiende bien quién lo dice y reconoce sútilmente y sin pasión alguna ante quién has colocado tus riquezas. No se dude de recibir a aquel a quien de Cristo es deudor. No sea molesta la libertad ni triste el ayuno, pues al que da con alegría lo ama Dios, que es fiel en sus palabras y retribuye abundantemente la limosna que para ser dada benignamente donó Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

(Homilía 2, 4; Migne 87; BAC 291, 332-333)

***

A imagen de Dios

Si fiel y sabiamente, amadísimos, consideramos el principio de nuestra creación, hallaremos que el hombre fue formado a imagen de Dios, a fin de que imitara a su Autor. La natural dignidad de nuestro linaje consiste precisamente en que resplandezca en nosotros, como en un espejo, la hermosura de la bondad divina. A este fin, cada día nos auxilia la gracia del Salvador, de modo que lo perdido por el primer Adán sea reparado por el segundo.

La causa de nuestra salud no es otra que la misericordia de Dios, a quien no amaríamos si antes Él no nos hubiera amado y con su luz de verdad no hubiera alumbrado nuestras tinieblas de ignorancia. Esto ya nos lo había anunciado el Señor por medio de su profeta Isaías: guiaré a los ciegos por un camino ignorado y les haré caminar por senderos desconocidos. Ante ellos tornaré en luz las tinieblas, y en llano lo escarpado. Cumpliré mi palabra y no les abandonaré (Is 42, 18). Y de nuevo: me hallaron los que no me buscaban, y me presenté ante los que no preguntaban por mí (Is 65, 1).

De qué modo se ha cumplido todo esto, nos lo enseña el Apóstol Juan: sabemos que el Hijo de Dios vino y nos dio inteligencia para que conozcamos la Verdad, y estamos en la Verdad, que es su Hijo (1 Jn 5, 20). Y también: amemos a Dios, porque Él nos amó primero (1 Jn 4, 19). Dios, cuando nos ama, nos restituye a su imagen, y para hallar en nosotros la figura de su bondad, nos concede que podamos hacer lo que Él hace, iluminando nuestras inteligencias e inflamando nuestros corazones, de modo que no sólo le amemos a Él, sino también a todo cuanto Él ama.

Pues si entre los hombres se da una fuerte amistad cuando les une la semejanza de costumbres—y sin embargo, sucede muchas veces que la conformidad de costumbres y deseos conduce a malos afectos—, ¡cuánto más deberemos desear y esforzarnos por no discrepar en aquellas cosas que Dios ama! Pues ya dijo el Profeta: porque la ira está en su indignación y la vida en su voluntad (Sal 29, 6), ya que en nosotros no estará de ningún modo la majestad divina, si no se procura imitar la voluntad de Dios.

Dice el Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma (…) Amarás al prójimo como a ti mismo (Mt 12, 37-39). Así pues, reciba el alma fiel la caridad inmarcesible de su Autor y Rector, y sométase toda a su voluntad, en cuyas obras y juicios nada hay vacío de la verdad de la justicia, ni de la compasión de la clemencia (…).

Tres obras pertenecen principalmente a las acciones religiosas: la oración, el ayuno y la limosna, que han de ejercitarse en todo tiempo, pero especialmente en el consagrado por las tradiciones apostólicas, según las hemos recibido.

Como este mes décimo se refiere a la costumbre de la antigua institución, cumplamos con mayor diligencia aquellas tres obras de que antes he hablado. Pues por la oración se busca la propiciación de Dios, por el ayuno se apaga la concupiscencia de la carne y por las limosnas se perdonan los pecados (cfr. Dan 4, 24).

Al mismo tiempo, se restaurará en nosotros la imagen de Dios si estamos siempre preparados para la alabanza divina, si somos incesantemente solícitos para nuestra purificación y si de continuo procuramos la sustentación del prójimo.

Esta triple observancia, amadísimos, sintetiza los afectos de todas las virtudes, nos hace llegar a la imagen y semejanza de Dios, y nos une inseparablemente al Espíritu Santo. Así es: en las oraciones permanece la fe recta; en los ayunos, la vida inocente, y en las limosnas, la benignidad.

(Homilía 12 sobre el ayuno, 1-2; 4)

****

Un combate de santidad

Entramos, amadísimos, en la Cuaresma, es decir, en una fidelidad mayor al servicio del Señor.

 Viene a ser como si entrásemos en un combate de santidad. Por tanto, preparemos nuestras almas a las embestidas de las tentaciones, sabiendo
que cuanto más celosos nos mostremos de nuestra salvación, más violentamente nos atacarán nuestros adversarios.

Pero el que habita en medio de nosotros es más fuerte que quien lucha contra nosotros. Nuestra fortaleza viene de Él, en cuyo poder hemos puesto nuestra confianza. El Señor permitió que le visitase el tentador, para que nosotros recibiésemos, además de la fuerza de su socorro, la enseñanza de su ejemplo.

Acabáis de oírlo: venció a su adversario con las palabras de la Ley, no con el vigor de su brazo. Sin duda, su Humanidad obtuvo más gloria y fue mayor el castigo del adversario, al triunfar del enemigo de los hombres como mortal, en vez de como Dios. Ha combatido para enseñarnos a pelear en pos de El. Ha vencido para que nosotros del mismo modo seamos
también vencedores. Pues no hay, amadísimos, actos de virtud sin la experiencia de las tentaciones, ni fe sin prueba, ni combate sin enemigo, ni victoria sin batalla.

La vida transcurre en medio de emboscadas, en medio de sobresaltos. Si no queremos vernos sorprendidos, debemos vigilar. Si pretendemos vencer, hemos de luchar. Por eso dijo Salomón cuando era sabio: hijo, si entras a servir al Señor, prepara tu alma para la tentación (Sir 2, 1).

Lleno de la ciencia de Dios, sabía que no hay fervor sin trabajos y combates. Y previendo los peligros, los advierte a fin de que estemos preparados para rechazar los ataques del tentador.

Instruidos por la enseñanza divina, amadísimos, entremos en el estadio escuchando lo que el Apóstol nos dice sobre esta pelea: no es nuestra lucha contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso (Ef 6, 12).

No nos hagamos ilusiones. Estos enemigos, que desean perdernos, entienden bien que contra ellos se encamina todo lo que intentamos en favor de nuestra salvación.

Por eso, cada vez que deseamos algún bien, provocamos al adversario. Entre ellos y nosotros existe una oposición inveterada, fomentada por el diablo, porque, habiendo sido ellos despojados de los bienes que nos alcanza la gracia de Dios, nuestra justificación les tortura.

Cuando nosotros nos levantamos, ellos se hunden.

Cuando volvemos a reponer nuestras fuerzas, ellos pierden la suya.

Nuestros remedios son sus llagas, pues la curación de nuestras heridas los lastima: estad, pues, alerta, dice el Apóstol; ceñidos vuestros lomos con la verdad, revestida la coraza de la justicia, y calzados los pies, prontos para anunciar el Evangelio de la paz.

Embrazad en todo momento el escudo de la fe, con que podáis hacer inútiles los encendidos dardos del maligno. Tomad el yelmo de la salud y la espada del espíritu, que es la palabra de Dios (Ef 6, 14-17).

Mirad, amadísimos, con qué dardos tan poderosos, con qué defensas tan insuperables nos arma este jefe insigne por tantos triunfos, este maestro invencible de la milicia cristiana.

 Nos ha ceñido con el cinturón de la castidad, ha calzado nuestros pies con las sandalias de la paz. En efecto, un soldado que no tenga ceñidos los lomos es pronto derrotado por el instigador de la impureza, y el que carece de calzado es fácilmente mordido por la serpiente.

Nos ha dado el escudo de la fe para proteger todo el cuerpo, ha colocado en nuestra cabeza el casco de la salvación, ha puesto en nuestras manos la espada, es decir, la palabra de verdad.

Así, el héroe de las luchas del espíritu no sólo está resguardado de las heridas, sino que puede dañar también a quien le ataca.

Confiando en estas armas, entremos sin pereza y sin temor en la lucha que se nos propone, y, en este estadio en que se combate por el ayuno, no nos contentemos con abstenernos de la comida.

De nada sirve que se debilite la fuerza del cuerpo si no se alimenta el vigor del alma. Mortifiquemos algo al hombre exterior, y restauremos al interior.

Privemos a la carne de su alimento corporal, y adquiramos fuerzas en el alma con las delicias espirituales. Que todo cristiano se observe detenidamente y, con un severo examen, escudriñe el fondo de su corazón.

Vea que no haya allí alguna discordia o se haya instalado alguna concupiscencia. Mediante la castidad arroje lejos la incontinencia, mediante la luz de la verdad disipe las tinieblas de la mentira.

Desinfle el orgullo, apacigüe la ira, rompa los dardos nocivos, ponga un freno a la denigración de la lengua, cese en las venganzas y olvídese de las injurias; brevemente: toda planta que no ha plantado mi Padre celestial será arrancada (Mt 15, 13).

Pues, cuando las simientes extrañas hayan sido arrancadas del campo de nuestro corazón, entonces serán alimentadas en nosotros las semillas de la virtud (…).

Acordándonos de nuestras debilidades, que nos han hecho caer fácilmente en toda clase de faltas, no descuidemos este remedio primordial y este medio tan eficaz en la curación de nuestras heridas: perdonemos, para que se nos perdone; concedamos la gracia que nosotros pedimos. No busquemos la venganza, ya que nosotros mismos suplicamos el perdón. No nos hagamos sordos a los gemidos de los pobres; otorguemos con diligente benignidad la misericordia a los indigentes, para que podamos encontrar también nosotros misericordia el día del juicio.

El que, ayudado por la gracia de Dios, tienda con todo su corazón a esta perfección, cumple fielmente el santo ayuno y, ajeno a la levadura de la antigua malicia, llegará a la bienaventurada Pascua con los ácimos de pureza y sinceridad (cfr. l Cor 5, 8).

Participando de una vida nueva (cfr. Rm 6, 4), merecerá gustar la alegría en el misterio de la regeneración humana.

Por Cristo nuestro Señor, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén

(Homilía I en la Cuaresma, 3-6)

Sobre el ayuno, la limosna y la misericordia

Febrero 23, 2009

sandro_botticelli_san-agustin

SAN AGUSTÍN

Obispo y Doctor de la Iglesia

(354-430)

“Ha llegado el tiempo sagrado durante el cual debo sugerirles a ustedes y exhortarlos en el Señor, que se empeñen con una energía y un entusiasmo mayor que el habitual en el ayuno, la oración y la limosna.

Por más que yo me callara, este mismo tiempo se los recordaría y los estimularía adecuadamente; pero el ministerio de mis palabras se agrega, para que el sonido de esta trompeta ayude también al espíritu de ustedes a juntar todas sus fuerzas para luchar contra la carne.

Que el ayuno de ustedes sea abstenerse de disputas, gritos y golpes; de manera que hasta sus subordinados experimenten una prudente y benévola compasión; para eso deben moderar la dureza y la severidad, sin que desaparezca la saludable corrección.

Cuando ustedes se priven de algún alimento, incluso de los permitidos y lícitos, para someter su cuerpo, acuérdense que todo es puro para los puros (Tit 1, 15); no consideren impuro ningún tipo de alimento, salvo que haya sido ofrecido a los ídolos, ya que el apóstol Pablo dijo: Para los que están contaminados y para los incrédulos nada es puro. (Tit 1, 15).

Pero, cuando los cristianos someten sus propios cuerpos a servidumbre ( Cf 1 Cor 9, 27), todo lo que reducen las pasiones del cuerpo aprovecha realmente a la salud espiritual.

Por lo tanto, ustedes deben evitar la sustitución de los alimentos comunes por otras comidas costosas o más rebuscadas, destinadas a no echar de menos la carne.

Si se quiere mortificar el propio cuerpo y someterlo a servidumbre es necesario restringir los placeres, no cambiar unos por otros.

Porque, ¿Qué importa si la pasión inmoderada se hace culpable con un alimento o con otro?

La Palabra divina condenó el deseo que los israelitas tuvieron no sólo de carne sino también de algunos frtuos y alimentos de la tierra. (Cf Nm 11, 5.33-34)

Y Esaú perdió los derechos de su primogenitura no por un trozo de carne de cerdo sino por un guiso de lentejas (Cf Gn 25, 30-34)

Por no hablar de la respuesta sobre el pan (Cf Mt 4, 3-4) dada al tentador por el Señor cuando estaba hambriento; en verdad él no tenía necesidad de someter su carne como si ésta fuese rebelde, pero por su misericordia quería enseñarnos qué debemos responder en similares tentaciones.

Por eso, hermanos muy queridos, de cualquier comida que ustedes se quieran abstener, acuérdense de esto  para mantener el propósito de una templanza religiosa, sin censurar – errando sacrílegamente – lo que es creatura de Dios.

Entonces, en estos días se deben aumentar realmente las limosnas. ¿Dónde se puede gastar con justica lo ahorrado  con la abstinencia mejor que haciendo misericordia? ¿Y hay algo más injusto que destinar a consolidar la avaricia, o emplear para consumar una lujuria diferida, lo que se gastó de menos debido a la abstinencia?

Por tanto, entiendan bien a quiénes deben dar aquello de lo que ustedes se privaron; para que lo que la templanza quita a la pasión, la misericordia lo agregue a la caridad. ” (Sermón 208, 1-2)

***

san_pedro_crisologo

SAN PEDRO CRISÓLOGO

Obispo y Doctor de la Iglesia

400-450

Tres son, hermanos, los resortes que hacen que la fe se mantenga firme, la devoción sea constante, y la virtud permanente. Estos tres resortes son: la oración, el ayuno y la misericordia. Porque la oración llama, el ayuno intercede, la misericordia recibe. Oración, misericordia y ayuno constituyen una sola y única cosa, y se vitalizan recíprocamente.

El ayuno, en efecto, es el alma de la oración, y la misericordia es la vida del ayuno. Que nadie trate de dividirlos, pues no pueden separarse. Quien posee uno solo de los tres, si al mismo tiempo no posee los otros, no posee ninguno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a quien no cierra los suyos al que le súplica.

Que el que ayuna entienda bien lo que es el ayuno; que preste atención al hambriento quien quiere que Dios preste atención a su hambre; que se compadezca quien espera misericordia; que tenga piedad quien la busca; que responda quien desea que Dios le responda a é1. Es un indigno suplicante quien pide para si lo que niega a otro.

Díctate a ti mismo la norma de la misericordia, de acuerdo con la manera, la cantidad y la rapidez con que quieres que tengan misericordia contigo. Compadécete tan pronto como quisieras que los otros se compadezcan de ti.

En consecuencia, la oración, la misericordia y el ayuno deben ser como un único intercesor en favor nuestro ante Dios, una única llamada, una única y triple petición.

Recobremos con ayunos lo que perdimos por el desprecio; inmolemos nuestras almas con ayunos, porque no hay nada mejor que podamos ofrecer a Dios, de acuerdo con lo que el profeta dice: Mi sacrificio es un espíritu quebrantado: un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias. Hombre, ofrece a Dios tu alma, y ofrece la oblación del ayuno, para que sea una hostia pura, un sacrificio santo, una víctima viviente, provechosa para ti y acepta a Dios. Quien no dé esto a Dios no tendrá excusa, porque no hay nadie que no se posea a si mismo para darse.

Mas, para que estas ofrendas sean aceptadas, tiene que venir después la misericordia; el ayuno no germina si la misericordia no lo riega, el ayuno se torna infructuoso si la misericordia no lo fecundiza: lo que es la lluvia para la tierra, eso mismo es la misericordia para el ayuno. Por más que perfeccione su corazón, purifique su carne, desarraigue los vicios y siembre las virtudes, como no produzca caudales de misericordia, el que ayuna no cosechará fruto alguno.

Tú que ayunas, piensa que tu campo queda en ayunas si ayuna tu misericordia; lo que siembras en misericordia, eso mismo rebosará en tu granero. Para que no pierdas a fuerza de guardar, recoge a fuerza de repartir; al dar al pobre, te haces limosna a ti mismo: porque lo que dejes de dar a otro no lo tendrás tampoco para ti.

(Del Oficio de Lectura, Martes III de Cuaresma.)

***

san-basilio-el-grande

SAN BASILIO EL GRANDE 

330-379

Escogemos los pensamientos fundamentales de dos homilias del santo Doctor (cf. Ad Populum variis argumentis homiliae XIX. Homiliae I et II de ieiunio Divi Basilii Magni… omnia quae in hunc diem latino sermone donata sunt opera. Apud Philippum Nuntium Antuerpiae, MDLXVIII, p. 128).

EXHORTACION

 Entonad un canto, tocad los cimbalos, la dulce citara y el arpa; haced resonar en este mes las trompetas, en el plenilunio, en nuestra fiesta (Ps 80,3-4).

Nuestra pascua se acerca también y hemos de resonar las trompetas de la Escritura, que nos invitan al ayuno (uf. Hom. 1 initio).

Sube a un alto monte y anuncia a Sion la buena nueva (Is 40,9). El militar arenga a sus soldados y los inflama, de tal modo que desafían a la muerte; el entrenador pone delante de sus atletas la corona del premio, y al oirle no se arredran ya por ningún esfuerzo.

Dejadme a mi que os dirija la palabra para alentaros a esta batalla del ayuno, preparatorio de la gran fiesta.

¡Animo, soldados de Cristo, vamos a luchar contra las potestades invisibles!

Los soldados y atletas robustecen su cuerpo para pelear. Nosotros, por el contrario, lo enflaquecemos para vencer. Lo que los masajes de aceite son para los músculos es la mortificación para el alma.

El ayuno es útil en todo tiempo e impide siempre los ataques del demonio. Pero, sobre todo, se promulga por él en el orbe entero el edicto penitente.

Soldados y caminantes, maridos y mercaderes, lo reciben con gozo. Nadie, pues, se excluya del censo que los ángeles van formando por las ciudades, viendo quién ayuna.

 ¿Eres rico? No creas al ayuno indigno de tu mesa. ¿Pobre? No digas que es el campanero eterno de la tuya. ¿Niño? ¿Qué mejor escuela? (Hom. 2).

Alegrad, pues, vuestros rostros. Los histriones representan el papel de los hipócritas asumiendo el tipo de personajes que no son. No lo hagas tu; ayuna, y ayuna con alegría (Hom. 1).

EJEMPLOS DE AYUNO

 ”Todo lo que se distingue por su antigüedad es venerable”. Nada más antiguo que el ayuno. En el paraíso, el pequeño precepto impuesto por Dios no consistió sino en una muestra de abstinencia (Gn 3,3). “Por no ayunar fuimos expulsados del edén; ayunemos, pues, para que se vuelvan a abrir sus puertas”.

Elegid entre Eva y Lazaro (Lc 16,21); la una se perdió por gula y el otro se salvó por sus privaciones.

Moisés, antes de subir al monte, se preparó con un largo ayuno (Ex 24,18), y allí, mientras continuaba privado de todo alimento, Dios le fue escribiendo con su dedo los mandamientos en dos tablas.

¿Qué ocurrió entre tanto al pie del monte? Que el pueblo se sentó para comer y se levantó para jugar, y de la comida y el juego vino a caer en la idolatría.

Esaú perdió la primogenitura por su ansiedad de comida (Gn 25,29-34). Samuel nació en premio de la oración y del ayuno de su madre (1 Reg. 1,10).

El ayuno convirtió en inexpugnable a Sanson (Jc 13,24-25). Los profetas eran grandes ayunadores, como Eliseo, cuyo escaso y sencillo alimento en casa de la Sunamitide nos describe la Escritura (4 Reg. 4,8-10).

Los jóvenes del horno y Daniel, vencedores del fuego y de los leones, dieron asimismo ejemplo de la abstinencia. El ayuno apagó las llamas y cerró las fauces del león (Dn. 3,19 ss; 6,16-23).

San Juan, el mayor entre todos los nacidos; San Pablo, que enumera el ayuno entre todos las demás sufrimientos de que se gloría… Pero ¿a qué seguir, si tenemos ahí a nuestra cabeza y Señor, que, para darnos ejemplo, ayunó cuarenta dias? (Serm 1 y 2).

EL AYUNO, UTIL PARA EL CUERPO Y PARA EL AMA

No busques pretextos para excusarte, porque estás hablando con Dios, que lo sabe todo.

¿Que no puedes ayunar y, en cambio, te regalas con grandes comilonas?

Mas perjudican éstas a la salud que el ayuno.

El cuerpo que se embota a diario con demasiada comida, es como un buque cargado en exceso, y en peligro de hundirse al menor soplo de las olas.

A juzgar por la vida de muchos, no parece sino que es mas cómodo correr que descansar, luchar que vivir tranquilo, pues prefieren las enfermedades a una parquedad saludable.

 Y si venimos al orden espiritual, “el ayuno es quien da alas a la oración para que pueda subir al cielo; es la firmeza de la familia, la salud de la madre y el maestro de los hijos”.

“Anade a todo esto que el ayuno no solo te libra de la condenación futura; sino que te preserva de muchos males y sujeta tu carne, de otro modo indomita… Ten cuidado, no sea que, por despreciar ahora el agua, tengas después que mendigar una gota desde el infierno”.

Vivis en la crápula y os olvidais de alimentar el alma con los dogmas y la doctrina, “como si no supierais que vivimos en batalla perpetua y que quien abastece a una de las partes influye en la derrota de su contraria, y, por lo tanto, el que sirve a la carne aniquila al espíritu, mientras que quien le ayuda reduce a servidumbre al cuerpo…

Si quieres robustecer al alma, habrás de domar la carne con el ayuno, conforme a la sentencia del Apostol, el cual nos enseñaba que cuanto más se corrompe el hombre exterior, mas se renueva el interior… (Ef 4,22-24).

¿Quién es el que ha conseguido participar de la mesa eterna, repleta de dones espirituales, viviendo aquí en espléndida abundancia?

Moisés para recibir la ley necesitó del ayuno, y ni no hubieran recurrido a él los ninivitas (Jn 3,10), habrían perecido.

 ¿Quiénes dejaron sus huesos en el desierto, sino los que recordaban ansiosos las carnes de Egipto?” El ayuno es el pan de los angeles y nuestra armadura contra los espíritus inmundos, que no son arrojados sino por él (Mt 17,20) y por la oración (Hom. 1).

¿Cuando habéis visto que el ayuno engendre la lujuria? ¿No veis como en nuestra ciudad cesan las canciones meretricias y los bailes impudicos en cuanto nos dedicamos a ayunar?

 El ayuno nos asemeja a los angeles (Hom. 2).

Pero tened cuidado de no mezclar otros vicios con vuestra abstinencia.

 Perdonad al projimo y componed los pleitos, no sea que ayunéis de carne y devoréis a vuestros hermanos.

Al Sagrado Rostro

Febrero 22, 2009

scan00021

Promesas de Nuestro Señor Jesucristo

1. Recibirán por la impresión de mi Humanidad, un vivo resplandor de mi Divinidad, y serán esclarecidos en su alma de tal modo por la semejanza de mi Rostro, que brillarán más que los otros en el cielo. Santa Gertrudis

2. Pidiendo al Señor Santa Matilde, que los que celebrasen la memoria de su Rostro, no fuesen privados de su compañía, él respondió: “Ninguno de éstos será separado de mí”.

3. Nuestro Señor me ha prometido, dice Sor María de San Pedro, imprimir en las almas de los que honran su Rostro las facciones de su divina semejanza. (21 de Enero de 1877)

4. Por mi santo Rostro vosotros haréis prodigios. (Nuestro Señor a Sor María de San Pedro)

5. Vosotros obtendréis por mi Santo Rostro, la salud de muchos pecadores. Por esta ofrenda nada os será rehusado. ¡Si supieseis cuán agradable es a mi Padre la vista de mi Rostro! (A Sor María de San Pedro)

6. Así como en un reino se obtiene lo que se quiere con una moneda que lleva la efigie del príncipe, así con la piedra preciosa de mi Humanidad, que es mi Rostro, vosotros obtendréis cuanto quisiereis en el reino de los cielos. (Id)

7. Todos los que se aplicaran a honrar mi Rostro en espíritu de reparación, harán el oficio de la piadosa Verónica.

8. Según el cuidado que tengáis de reparar en mi Rostro desfigurado las injurias de los blasfemos, cuidaré yo de hermosear el vuestro, desfigurado por el pecado, transformándole y tornándole tan hermoso como si acabse de salir de las aguas del bautismo. (Id)

9. Nuestro Señor me ha prometido, dice todavía Sor María de San Pedro, para todos los que defendieren su causa, en esta obra de reparación por palabras, por oraciones o por escrito, que él defenderá también su causa delante de su Padre. A su muerte él enjugará la faz de su alma, purificándola de las manchas del pecado, y le devolverá su primitiva hermosura.

 

reparation

Varias oraciones

que podrán servir para novena en honor del Santo Rostro de Jesús

Señor Jesús, cuando nos presentemos ante vuestro adorable Rostro para pediros las gracias que necesitamos, os suplicamos, sobre todo, nos pongáis en tal disposición que jamás rehusemos nada de cuanto Vos nos pedís todos los días en vuestros santos Mandamientos y divinas inspiraciones. Amén.

¡Oh, Rostro adorable de Jesús, inclinado tan misericordiosamente en el árbol de la cruz el día de la Pasión, por la salvación del mundo! inclinadlo también ahora, por compasión, hacia nosotros, mirándonos con misericordia y admitiéndonos en el ósculo de la paz. Amén

Sit nomen Domini benedictum. Amén

Bendito sea el nombre del Señor. Amén.

Dios Todopoderoso, Padre Eterno, contemplad el Rostro de vuestro Hijo Jesús, os lo presentamos llenos de confianza para implorar vuestro perdón. Como Abogado misericordioso, abre sus labios para defender nuestra causa.- Padre perdónales, que no saben lo que hacen- os dice desde lo alta de la cruz. Oid sus voces, ved sus lágrimas, ¡oh Padre mío! y por sus méritos infinitos, escuchadle cuando interceda por nosotros pecadores. Amén.

¡Oh buen Jesús! Vos que habéis dicho: “Pedid y recibiréis, buscad y encontraréis llamad y se os abrirá”, dadnos Señor, esa fe que todo lo obtiene, o si no, suplid Vos mismo todo lo que nos falte, y concedednos por un puro afecto de vuestra misericordia, las gracias de que tenemos necesidad y que esperamos de vuestra bondad infinita.

Oración del Papa Pio IX

¡Oh mi Jesús! echad una mirada de compasión, volved vuestro rostro hacia nosotros como lo hicisteis con la Verónica, no para que le veamos con los ojos del cuerpo, pues no lo merecemos, sino volvedle a nuestros corazones, a fin de que, acordándonos de vuestro amor, saquemos siempre de esta fuente inagotable el vigor necesario para sostener los combates de nuestros enemigos.

Aspiraciones

Padre Eterno, os ofrecemos el Rostro adorable de vuestro Hijo muy amado, por el honor y gloria de vuestro santo nombre y la conservación de la verdadera fe en las Repúblicas del Plata.

Que yo expire consumido por la ardiente sed de ver el Rostro adorable de Nuestro Señor Jesucristo. Amén

El sacrificio de la Misa es igual al sacrificio de la Cruz

Febrero 21, 2009

SAN LEONARDO DE PORTO MAURIZIO

La principal excelencia del santo sacrificio de la Misa es que debe ser considerado como esencial y absolutamente el mismo que se ofreció sobre la cruz en la cima del Calvario, con esta sola diferencia: que el sacrificio de la cruz fue sangriento, y no se ofreció más que una vez, satisfaciendo plenamente el Hijo de Dios, con esta única oblación, por todos los pecados del mundo; mientras que el sacrificio del altar es un sacrificio incruento, que puede ser renovado infinitas veces, y que fue instituido para aplicar a cada uno en particular el precio universal que Jesucristo pagó sobre el Calvario por el rescate de todo el mundo.

De esta manera, el sacrificio sangriento fue el medio de nuestra redención, y el sacrificio incruento nos da su posesión: el primero nos franquea el inagotable tesoro de los méritos infinitos de nuestro divino Salvador; el segundo nos facilita el uso de ellos poniéndolos en nuestras manos.

La Misa, pues, no es una simple representación o la memoria únicamente de la Pasión y muerte del Redentor, sino la reproducción real y verdadera del sacrificio que se hizo en el Calvario; y así con toda verdad puede decirse que nuestro divino Salvador, en cada Misa que se celebra, renueva místicamente su muerte sin morir en realidad, pues está en ella vivo y al mismo tiempo sacrificado e inmolado: “Vidi (…) agnum stantem tam­quam occisum”.

En el día de Navidad la Iglesia nos representa el Nacimiento del Salvador; sin embargo, no es cierto que nazca en este día cada año. En el día de la Ascensión y Pentecostés, la misma Iglesia nos representa a Jesucristo subiendo a los cielos y al Espíritu Santo bajando a la tierra; sin embargo, no es verdad que en todos los años y en igual día se renueve la Ascensión de Jesucristo al cielo, ni la venida visible del Espíritu Santo sobre la tierra. Todo esto es enteramente distinto del misterio que se verifica sobre el altar, en donde se renueva realmente, aunque de una manera incruenta, el mismo sacrificio que se realizó sobre la cruz con efusión de sangre.

El mismo Cuerpo, la misma Sangre, el mismo Jesús que se ofreció en el Calvario, el mismo es el que al presente se ofrece en la Misa.

Ésta es la obra de nuestra Redención, que continúa en su ejecución, como dice la Iglesia: Opus nostrae redemptionis exercetur. Sí, exercetur; se ofrece hoy sobre los altares el mismo sacrificio que se consumó sobre la cruz.

¡Oh, qué maravilla! Pues dime por favor. Si cuando te diriges a la iglesia para oír la Santa Misa reflexionaras bien que vas al Calvario para asistir a la muerte del Redentor, ¿irías a ella con tan poca modestia y con un porte exterior tan arrogante?

Si la Magdalena al dirigir sus pasos al Calvario se hubiese prosternado al pie de la cruz, estando engalanada y llena de perfumes, como cuando deseaba brillar a los ojos de sus amantes, ¿qué se hubiera pensado de ella?

Pues bien; ¿qué se dirá de ti que vas a la Santa Misa adornado como para un baile? ¿Y qué será si vas a profanar un acto tan santo con miradas y señas indecentes, con palabras inútiles y encuentros culpables y sacrílegos?

Yo digo que la iniquidad es un mal en todo tiempo y lugar; pero los pecados que se cometen durante la celebración del santo sacrificio de la Misa y en presencia de los altares, son pecados que atraen sobre sus autores la maldición del Señor: Maledictus qui facit opus Domini fraudulenter.

El tesoro escondido de la Santa Misa