Archivo de Marzo 2009

Las etapas del desarrollo de la gracia

Marzo 31, 2009

ANTONIO ROYO MARÍN

Ante todo hay que recordar que cada alma sigue su propio camino hacia la santidad bajo la dirección e impulso supremo del Espíritu Santo.

No hay dos fisonomías enteramente iguales en el cuerpo ni en el alma.

Con todo, los maestros de la vida espiritual han intentado diversas clasificaciones atendiendo a las disposiciones predominantes de las almas, que no dejan de tener utilidad, al menos como punto de referencia, para precisar el grado aproximado de vida espiritual en que se encuentra una determinada alma.

Este conocimiento tiene mucha importancia en la práctica, sobre todo para el director espiritual, ya que la dirección que hay que dar a un alma que camina por los primeros grados de la vida cristiana es muy distinta de la que conviene a otras almas más avanzadas en su camino hacia la perfección.

Tres son, nos parece, las principales clasificaciones que se han propuesto a todo lo largo de la historia de la espiritualidad cristiana: la clásica de las tres vías (purgativa, iluminativa y unitiva), la del Doctor Angélico, a base de los tres grados de la caridad (incipiente, proficiente y perfecta), y la de Santa Teresa de Jesús en su genial Castillo interior o libro de las Moradas.

Reuniendo en una sintética visión de conjunto estas tres clasificaciones, vamos a proponer el siguiente cuadro esquemático:

LOS PECADORES :

  • Ausencia real de vida cristiana (fuera del castillo)
  • Barniz  cristiano (en la ronda del castillo)

VIA PURGATIVA (caridad incipiente)

  • Las almas principiantes (primeras moradas)
  • Las almas buenas (segundas moradas)

VIA ILUMINATIVA (caridad proficiente)

  • Las almas piadosas (terceras moradas)
  • Las almas fervientes (cuartas moradas)

VIA UNITIVA (caridad perfecta)

  • Las relativamente perfectas (quinta morada)
  • Las almas heroicas (sextas moradas)
  • Los grandes santos (séptimas moradas)

***

LOS PECADORES

“Si el alma constantemente fiel sube de cumbre en cumbre hasta una sublime perfección, el alma rebelde, al contrario, puede bajar de precipicio en precipicio y hundirse hasta profundidades insondables en los abismos del mal.”

I. Ausencia total de vida cristiana

“No se trata, por el momento, de aquellos que caen accidentalmente en pecados graves y saben al punto levantarse, sino de aquellos que permanecen en pecado sin preocuparse de salir de tan peligrosa situación.

En aquellos se conserva íntegra la fe y no intentan sacudir su yugo. ¿Es gracia particular de Dios, es natural apego a su religión o saludable influjo de un medio cristiano? Siempre es verdad que su fe se ha preservado de todo asalto; no conocen la duda y nada ha perdido para ellos de su evidencia la verdad.

En el primer caso, los remordimientos son vivos, el pecador quisiera dejar el pecado,  pero le falta el valor. Sufre la tiranía de sus pasiones, permaneciendo, sin embargo, esclavo de ellas. Si es la vergüenza o dificultad de la confesión lo que le retiene alejado de los sacramentos o quizá en el sacrilegio, es todavía grande su tormento y grande el deseo que siente de salir de aquel estado; incluo ha resuelto algunas veces hacerlo; pero, llegado el momento, retrocede y lo aplaza para más tarde. Aún no hay endurecimiento ni obstinación en el pecado y su conversión no es imposible, sobre todo si han conservado alguna costumbre de orar, aunque sea una sola avemaría diaria.

Pero raras veces se quedan en este estado. La resistencia al bien, la infidelidad conitnua, acaba por hacer que las gracias sean menos copiosas y eficaces. La voz de Dios, siempre desoída, se vuelve menos apremiante; disminuyen los remordimientos; la fe se oscurece poco a poco, si es que no se apaga del todo. Por otra parte, las pasiones siempre acariciadas se vuelven más, y más exigentes y tiránicas; entonces es cuando el pecador cae finalmente en el endurecimiento.

Deplorable es tal estado, a Dios muy injurioso y peligrosísimo para el alma. Esta se muestra insensible a toda influencia sana, y no le hacen mella los mejores consejos y las más graves reflexiones. Todo resbala sobre ella como el agua sobre el mármol, sin penetrar ni ablandar su dureza. Es porque el mal no está en el juicio, sino en la voluntad, que se obstina en su obcecación, rechaza de antemano todos los argumentos saludables y se desdeña de reflexionar sobre ellos.

Hay personas que se irritan cuando les salen fallidas sus empresas, llueven desgracias sobre ellos o les arrebata la muerte seres queridos, y se atreven a culpar de ello a la Providencia: ¿Qué he hecho a Dios-dicen los pobres insensatos – para tratarme con tanta dureza? Y por una especie de venganza tácita o manifiesta descuidan más y más el cumplimiento de sus obligaciones y se hunden voluntariamente en el pecado.

En otros hay el despecho de no poder entregarse en paz a todas sus pasiones. Se entregan a una especie de ira contra sí y contra Dios. No habiendo podido rechazar la fe y sintiendo vivamente el horror de sus faltas y el aguijón de su conciencia, entran en una especie de lucha con Dios, y, como Mathán, quisieran acallar todos su remordimientos a fuerzas de atentados.

Sin embargo, no es éste todavía el punto extremo del endurecimiento, pues, hay en este frenesí una gran ceguedad, una suerte de demencia que atenúa algo su culpabilidad. Pero, si la malicia es fría y señora de sí misma, el pecado es más grave todavía y más terrible el endurecimiento que resulta ¿Acaso no fue Voltaire más responsable que Marat?

Tales son, en las sociedades secretas, los iniciados en los altos grados, energúmenos cuyas horrorosas saturnales, blasfemias y actos de satanismo no pueden leerse sin estremecimiento.

Han dejado al demonio tomar en ellos tan poderoso ascendente, siguen tan fácil y prontamente sus impulsos, que de ellos puede decirse repitiendo en otro sentido las palabras de San Pablo, “Ya no son ellos quienes viven; quien vive en ellos es Satanás”

2. Ligero barniz cristiano

“Hay muchas almas -dice Santa Teresa (Moradas primeras c.1 n.5 y 8 ) – que están en la ronda del castillo … y no se les da nada de entrar dentro, ni saben qué hay en aquel tan precioso lugar… Son almas tullidas, que, si no viene el mismo Señor a mandarles se levanten – como al que hacía treinta y ocho años que estaba en la piscina (Jn 5, 5) – tienen harta mala ventura y gran peligro.”

Los pensamientos ordinarios de estas almas, sus más habituales deseos, sus preocupaciones, los sueños que frecuentan sus imaginación, son puramente naturales, jamás o casi nunca reflexiones más serias inspiradas por la fe; ningún deseo de enmendarse hay en ellas.

Si alguna virtud practican, si saben a veces abnegarse, sacrificarse por sus parientes o amigos, no es porque sigan las inspiraciones de la gracia: obedecen al mismo instinto natural o a consideraciones enteramente humanas.

Si combaten sus defectos, es por motivos humanos más que por miras cristianas; más para ahorrarse accidentes desagradables, consecuencia ordinaria del pecado, que para evitar la ofensa de Dios.

Considerado el pecado como de poca importancia o fácilmente perdonable, se ponen imprudentemente en toda clase de ocasiones peligrosas y sucumben a cualquier tentación con la mayor facilidad.

De tiempo en tiempo, les inspira la gracia algunos buenos movimientos y su fe se despierta. Una función religiosa extraordinaria, la muerte de un ser querido u otras circunstancias excepcionales harán nacer en ellos buenos sentimientos. También después de sus deslices, sobre todo si han caído en alguna falta nueva o de mayor gravedad, tendrán remordimientos. Mas fuera de estas circunstancias, en el curso ordinario de su vida apenas oyen la voz íntima de Dios, cuyo dulce murmullo exige recogimiento y calma: non in commotione Dominus (1 Re 19, 11). No acostumbra hablar el Señor en medio de la turbación y del ruido; y estas almas, entregadas totalmente a la distracción, apenas son capaces de prestarle oído cuando se digna hablarles en el fondo de su conciencia.

Apenas si es cristiana la vida de estas almas desdichadas. Ciertamente les queda la fe en el fondo del corazón, pero allí está como embotada. Sus días son vacíos delante de Dios y corre gran peligro su salvación. Pueden las circunstancias exteriores mantenerles en este estado; si estuvieran rodeadas de personas sólidamente cristianas, preservadas de malas compañías y alejadas de ocasiones peligrosas, no caerán en grandes extravíos. Mas, si vinieran a faltarles estos recursos exteriores, si se hallaran, por ejemplo, en un medio indiferente o impío, pronto perderán sus buenos hábitos, abandonarán sus prácticas religiosas y serán semejantes a los que les rodean.
El estado que acabamos de describir es muy frecuente entre los jóvenes de hoy, hijos de familias poco cristianas y cuya educación religiosa ha sido muy deficiente.
No oyendo hablar de las cosas de la fe sino muy raras veces, y con frecuencia, con una visión equivocada o falsa de la misma, ¿cómo extrañarse de que lleven una vida sensual o del todo distraída?
Las prácticas cristianas de muchas de estas almas guardan una apariencia externa de piedad, sobre todo si conviven con personas allegadas que las siguen practicando: misa dominical, omitida muchas veces; alguna oración vocal de cuando en cuando, pidiendo siempre cosas temporales: salud, riquezas, bienestar. Las lecturas piadosas, los ejercicios devotos, les dan náuseas; aunque, absortas como están en preocupaciones completamente materiales, poco piensan en ello. No es ésta la esfera en la que se agita su espíritu, y, si una influencia exterior viene a llevarles a la región de las cosas espirituales, se sienten en ella como extraños o forasteros. Y, cuando cesan estas saludables influencias, caen nuevamente en su habitual disposición de languidez y distracción y resbalan fácilmente por la pendiente del mal, que puede llevarles a un verdadero abismo.

Antonio Royo Marín. Somos hijos de Dios: Misterio de la divina gracia. BAC, Madrid, 1977. Págs 139-145.

De los diversos movimientos de la naturaleza y de la gracia

Marzo 31, 2009

“Observa atentamente los movimientos de la naturaleza y de la gracia, porque muy contraria y sutilmente se mueven, de modo que con dificultad son conocidos sino por varones espirituales e interiormente iluminados.

Todos desean el bien, y en sus dichos y hechos buscan alguna bondad; por eso muchos se engañan con el color del bien”.

***

La naturaleza:

  • es astuta, atrae a sí a muchos, los enreda y engaña, y siempre se pone a sí misma por fin.
  • no quiere ser mortificada de buena gana, ni estrechada, ni vencida, ni sometida de grado.
  • trabaja por su conveniencia, y tiene la mira a la utilidad que le puede venir.
  • recibe con gusto la honra y la reverencia.
  • teme la confusión y el desprecio.
  • ama el ocio y la quietud corporal.
  • busca tener cosas curiosas y hermosas, y aborrece las viles y groseras.
  • mira lo temporal, y se alegra de las ganancias terrenas, se entristece del daño, y enojase con cualquier palabra o injuria.
  • es codiciosa, y de mejor gana toma que da; ama sus cosas propias y particulares.
  • nos inclina a las criaturas, a la propia carne, a la vanidad y a las distracciones.
  • toma de buena gana cualquier placer exterior en que deleite sus sentidos.
  •  cuanto hace, es por su propia utilidad y conveniencia; no puede hacer cosa de balde, sino que espera alcanzar otro tanto o más, o si no, alabanza o favor por el bien que ha hecho; y desea que sean sus obras y sus dádivas muy ponderadas.
  •  se complace en sus muchos amigos y parientes, se gloria de su noble nacimiento y distinguido linaje, halaga a los poderosos, lisonjea a los ricos, aplaude a los iguales.
  • se queja de la necesidad y del trabajo.
  • todo lo dirige a sí misma, y por sí pelea y porfía.
  • apetece saber secreto y oír novedades; quiere aparecer en público, y observar mucho por los sentidos; desea ser conocida, y hacer cosas de donde le proceda alabanza y fama.

 

La gracia:

  • Anda sin doblez, se desvía de toda apariencia de mal, no pretende engañar, sino que hace todas las cosas puramente por Dios, en quien descansa como en su fin.
  • Estudia en la propia mortificación, resiste a la sensualidad, quiere estar sujeta, desea ser vencida, no quiere usar de su propia libertad, apetece vivir bajo una estrecha observancia, no codicia señorear a nadie, sino vivir y servir, y estar debajo de la mano de Dios; por Dios está pronta a obedecer con toda humildad a cualquiera criatura humana.
  • No considera lo que le es útil y conveniente, sino lo que aprovecha a muchos.
  • Atribuye fielmente a sólo Dios toda honra y gloria.
  • Se alegra en padecer injurias por el nombre de Jesús.
  • No puede estar ociosa; antes abraza de buena voluntad el trabajo.
  • Se deleita con cosas llanas y bajas, no desecha las ásperas, ni rehúsa el vestir ropas viejas.
  • Mira lo eterno, no está pegada a lo temporal, ni se turba cuando la pierde, ni se exaspera con las palabras ofensivas; porque puso su tesoro y gozo en el cielo, donde ninguna cosa perece.
  • Es piadosa y común para todos, huye la singularidad, contentase con poco, tiene por mayor felicidad el dar que el recibir.
  • Nos lleva a Dios y a las virtudes, renuncia las criaturas, huye el mundo, aborrece los deseos de la carne, refrena los pasos vanos, avergüénzase de parecer en público.
  • En solo Dios se quiere consolar, y deleitarse en el sumo bien sobre todo lo visible.
  • Ninguna cosa temporal busca, ni quiere otro premio, sino a solo Dios; y de lo temporal no quiere más que cuanto basta para conseguir lo eterno.
  • Ama aun a los enemigos y no se engríe por los muchos amigos, ni hace caso de propio nacimiento y linaje, si en el no hay mayor virtud.
  • Favorece más al pobre que al rico; se acomoda mas bien al inocente que al poderoso; se alegra con el veraz, no con el engañoso.
  • Exhorta siempre a los buenos a que aspiren a gracias mejores, y se asemejen al Hijo de Dios por sus virtudes.
  • Lleva con buen rostro la pobreza.
  • Todo lo refiere a Dios, de donde originalmente mana, ningún bien se arroga ni se atribuye a sí misma.
  • No porfía, ni prefiere su modo de pensar al de los otros; sino que en todo dictamen y opinión se sujeta a la sabiduría eterna y al divino examen.
  • No cuida de oír cosas nuevas ni curiosas; porque todo esto nace de la corrupción antigua, y no hay cosa nueva ni durable sobre la tierra.
  • Enseña a recoger los sentidos, a huir la vana complacencia y ostentación, esconder humildemente lo que tenga digno de admiración o alabanza, y buscar en todas las cosas y en toda ciencia fruto de utilidad, y alabanza y honra de Dios.
  • No quiere que ella ni sus cosas sean pregonadas; sino que Dios sea glorificado en sus dones, que los da todos con purísimo amor.
  • Es una luz sobrenatural, y un don especial de Dios; y propiamente la marca de los escogidos, y la prenda de la salvación eterna, la cual levanta al hombre de lo terreno a amar lo celestial, y de carnal lo hace espiritual. Así que, cuanto más apremiada sea la naturaleza, tanto mayor gracia se infunde, y cada día es reformado el hombre interior según la imagen de Dios con nuevas visitaciones.

***

Señor, Dios mío, que me criaste a tu imagen y semejanza, concédeme aquesta gracia, que declaraste ser tan grande y necesaria para la salvación; a fin de que yo pueda vencer mi perversa naturaleza, que me arrastra a los pecados y a la perdición.

Pues yo siento en mi carne la ley del pecado, que contradice a la ley de mi alma, y me lleva cautivo a obedecer en muchas cosas a la sensualidad y no pudo resistir a sus pasiones, si no me asiste tu santísima gracia, eficazmente infundida en mi corazón.

Necesaria tu gracia, y grande gracia, para vencer la naturaleza inclinada siempre a lo malo desde su juventud.

Porque abatida en el primer hombre Adán, y viciada por el pecado, pasa a todos los hombres la pena de esta mancha; de suerte que la misma naturaleza, que fue criada por Ti buena y derecha, ya se toma por el vicio y enfermedad de la naturaleza corrompida; por que el mismo movimiento suyo que le quedó, la induce al mal y a lo terreno.

Pues la poca fuerza que le ha quedado, es como una centellita escondida en la ceniza.

Esta es la razón natural, cercada de grandes tinieblas; pero capaz todavía de juzgar del bien y del mal, y de discernir lo verdadero de lo falso; aunque no tiene fuerza para cumplir todo lo que le parece bueno, ni usa de la perfecta luz de la verdad ni tiene sanas sus aficiones.

De aquí viene, Dios mío, que yo, según el hombre interior, me deleito en tu ley, sabiendo que tus mandamientos son buenos, justos y santos, juzgando también que todo mal y pecado se debe huir.

Pero con la carne sirvo a la sensualidad más que a la razón.

Así es también que propongo frecuentemente hacer muchas buenas obras; pero como falta la gracia para ayudar a mi flaqueza, con poca resistencia vuelvo atrás y desfallezco.

Por la misma causa sucede que conozco el camino de la perfección, y veo con bastante claridad como debo obrar.

Mas agradado del peso de mi propia corrupción no me levanto a cosas más perfectas.

¡Oh, cuán necesaria me es, Señor, tu gracia, para comenzar el bien, continuarlo y perfeccionarlo!

Porque sin ella ninguna cosa puedo hacer; pero en Ti todo lo puedo, confortado con la gracia.

¡Oh gracia verdaderamente celestial, sin la cual nada son los merecimientos propios, ni se han de estimar en algo los dones naturales!

Ni las artes, ni las riquezas, ni la hermosura, ni el ingenio o la elocuencia valen delante de Ti, Señor, sin tu gracia.

Porque los dones naturales son comunes a buenos, y a malos; más la gracia y la caridad es don propio de los escogidos, y con ella se hacen dignos de la vida eterna.

Tan encumbrada es esta gracia, que ni el don de la profecía, ni el hacer milagro, o algún otro saber, por sutil que sea, es estimado en algo sin ella.

Ni aun la fe ni la esperanza, ni las otras virtudes son aceptas a Ti, sin caridad ni gracia.

¡Oh beatísima gracia, que al pobre de espíritu lo haces rico en virtudes, y al rico en muchos bienes vuelves humilde de corazón!

Ven, desciende a mi, lléname luego de tu consolación, para que no desmaye mi alma de cansancio y sequedad de corazón.

Suplícote, Señor, que halle gracia en tus ojos, pues me basta, aunque me falte todo lo que la naturaleza desea.

Si fuere tentado y atormentado de muchas tribulaciones, no temeré los males, estando tu gracia conmigo.

Ella es fortaleza, ella me da consejo y favor.

Mucha más poderosa es que todos los enemigos, y mucho más sabia que todos los sabios.

Ella enseña la verdad, la ciencia, alumbra el corazón, consuela en las aflicciones, destierra la tristeza, quita el temor, alimenta la devoción produce lágrimas afectuosas.

¿Qué soy yo sin la gracia, sino un madero seco, y un tronco inútil y desechado?

Asísteme, pues, Señor, con tu gracia para estar siempre atento a emprender, continuar y perfeccionar buenas obras, por tu Hijo Jesucristo. Amén. 

 Beato Tomás de Kempis. Capítulo LIV y LV. De la imitación de Cristo y menosprecio del  mundo.

La vida de la naturaleza y la vida de la gracia

Marzo 28, 2009

SAN PEDRO JULIÁN EYMARD

Hoc sentite in vobis quod et in Christo Jesu.

“Tened los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo”. (Philipp., 1, 5)

 La vida de amor no es sino el vivir Jesucristo en nosotros. Su mayor enemigo es el amor propio. Así que tenemos en nosotros dos vidas, natural la una, y la otra sobrenatural.

Si de veras queremos ser de Jesucristo, es preciso que ésta triunfe y que aquélla sea vencida, cambiada, transformada en vida divina, en esa vida que anima al justo: Justus meus ex fide vivit.

Veamos qué es la vida natural para después compararla con la de Jesús en nosotros, de lo cual inferimos cuán necesario nos es vivir con Jesús para vivir de Él.

I

La ley de la vida natural es el espíritu propio, el espíritu personal; su divisa es: todo para mí; sus medios, los que le proporciona la sabiduría humana; sus luces, las de la razón natural; su fin, todo para mí y para el momento presente.

La ley de la vida sobrenatural es, al contrario, el espíritu de fe; sus medios, la gracia de Jesucristo y su ley; su fin, la gloria de Dios. Es lo que decía San Agustín: “La ciudad del mundo comienza por amarse a sí misma y acaba por odiar a Dios, la ciudad de Dios comienza por amar a Dios y acaba odiándose a sí misma”.

La vida natural se desliza en la piedad y por el claustro, y se encuentra por dondequiera. He aquí los caracteres por lo que se la conoce:

1º Naturaliza todo cuanto puede las acciones sobrenaturales.

Las comenzamos por Dios y las acabamos por nosotros mismos; hemos dejado que nuestras miradas se desvíen y nuestra intención se vicie, de suerte que nuestros actos no son ya cabales ni perfectos a los ojos de Dios: Non invenio opera tua plena (Apoc., III, 2).

La diferencia entre dos actos radica, por consiguiente, en la intención: la una, hecha por Dios, es santa y divina, en tanto que la otra, hecha para nosotros mismos, resulta inútil para el cielo y acaba con nosotros.

2º Naturaliza las virtudes cristianas y religiosas.

Puede uno muy bien hacer actos de todas las virtudes morales, sin que haya una sola de entre ellas que cuente ante Dios.

Es una verdad que enseña la experiencia. ¡Qué desdicha! La falta de elemento sobrenatural vicia nuestras virtudes y las torna estériles: les falta el estar unidas a la divina vid, sin cuya savia nada podemos para el cielo.

3º Somos naturales en nuestras gracias de piedad, y de vocación cuando andamos sólo en pos del honor, de la dulzura, de la gloria, y rehusamos el sacrifico que nos ofrecen y piden.

4º Naturalizamos el amor de Jesucristo cuando le amamos por nosotros mismos; en lo que nos halague y redunde en gloria nuestra, y no en lo que nos humille y nos mantenga ocultos.

5º Hasta en la Comunión se nos desliza el elemento natural, cuando en lugar de buscar la fuerza y la virtud que contiene, sólo andamos tras la dulzura, el reposo y el goce que nos queda proporcionar.

Natura collida est… et se semper pro fine habet: La naturaleza es de suyo astuta y a sí misma se propone siempre por fin (Imitac 1, III, c LV, n. 2)

¡Qué poder más espantoso el nuestro, que nos permite disminuir y rebajar así los dones de Dios haciendo que sean naturales e inútiles, o de poco fruto sus gracias sobrenaturales y divinas!

¿Cómo reconocer en sí misma esta vida puramente natural? Viendo cuáles son sus principios y motivos determinantes. ¿Por quién, por qué obramos?

Pero confieso que es difícil: Natura callida est; es grande la astucia del amor propio y sabe ocultar sus artimañas; se esconde, se disfraza bajo buenas apariencias, y como en todo lo que hacemos hay algo bueno, como también algo malo, nos muestra sólo lo bueno: Passione interdum movemur et zelum putamus, creemos obrar por celo puro y desinteresado, siendo así que es el amor propio el que nos mueve.

Prácticamente, la norma de la naturaleza es buscarse a sí misma y tender a gozar. En esto la conoceréis, así como también en el fin que se propone, pues ambiciona descansar siempre y no depender de nadie, obra con rapidez por librarse cuanto antes: sólo lo que le place hace con gusto.

Un santo, un varón sobrenatural, es austero en el deber y no siempre simpático porque el continuo luchar le hace duro consigo mismo y alguna vez también para los demás.

Un cristiano que vive con arreglo a la naturaleza es amable, honrado y diligente; ha naturalizado las virtudes, goza de ellas, no tomando sino lo que le pueda hacer amable para con los demás.

Lo natural, tal es nuestro enemigo; es un ladrón, un dalila, el demonio; halla medio de hacer humana una vida divina y natural una vida de fe; de sustituir el amor de Dios por el amor propio, de remplazar el cielo por la tierra.

II

Es por lo mismo necesario revestirnos de la vida sobrenatural de Jesús en el juzgar y en el obrar, en los efectos, en todos los estados del alma.

1º Los pensamientos del hombre natural van inspirados en el yo y se enderezan al yo, porque todo pensamiento natural procede del amor propio, que no se mueve sino conforme al interés de las pasiones.

Al contrario, el hombre sobrenatural tiene su mira puesta en Dios. ¿Qué piensa Jesucristo de esto o de aquello? se pregunta, y así conforma su pensamiento con el del maestro.

Piensa con arreglo a la gracia de Dios; tiene así como un instinto divino con el que discierne los pensamientos naturales y terrestres, penetrándolos y desbaratando sus ocultos designios; y si por ventura llegara a seguirlos por algún momento, experimenta cierta pena y desorden interior que le advierten que tiene que levantar el corazón hacia lo alto: Quae sursum sunt sapite.

2º El que obra naturalmente juzga de las cosas según las sugestiones de los intereses personales,  del amor propio, del bienestar, de la sensualidad, rechazando, combatiendo o mostrándose indiferente por lo que cuesta.

El varón espiritual para juzgar se fija en Jesucristo, en su palabra cuando ha hablado, o bien en los ejemplos que ha dejado; y cuando todas estas voces se callan, consulta la gracia del momento: Sicut audio judico (Joann., V, 30), como me lo dicta mi Padre así lo juzgo yo, decía nuestro Señor, y esta es también la norma del varón sobrenatural, que juzga bien porque Jesucristo es su luz, no queriendo en todas las cosas más que la gloria de Dios y su servicio: Et judicium meum justum est, quia non quareo voluntatem meam, sed voluntatem ejus qui misit me (2).

3º En su conducta el hombre natural no se presta más que a los que es simpático. ¿Qué gano con esto o con aquello? Quiere gozar de lo presente y hasta cuando trabaja.

El hombre sobrenatural obra para Dios y no para sí. No se encierra en el acto mismo, sino que mira a Dios sin adherirse a otra cosa que al fin superior que le mueve a obrar. No se para en la acción, sino en el fin de la acción, que es Dios.

Por eso es siempre libre de sus actos. Sólo la divina voluntad del momento decide lo que debe hacerse, obrando o dejando de obrar según lo que dicte. Como a sólo Dios busca, le encuentra en todo.

Además está dotado del instinto de lo que agrada más a Dios. Que se le presenten dos cosas por hacer: pronto discierne la mejor y la más agradable a Dios, si la elección depende de su libre elección.

4º Por último, el hombre natural se pega servilmente a los estados interiores que le son simpáticos; como disfrute de paz en la oración, ni aún para cumplir con la obediencia o la caridad querrá dejarla; así también para los demás estados de alma o de vida en que se encuentra: para quedarse tranquilo, rechaza todos los que sean contrarios a su bienestar natural. Mas haga lo que hiciere, y a pesar suyo, siempre se encuentra en guerra porque Dios no permite que goce apaciblemente de su fin natural.

El varón sobrenatural ama todos los estados en que Dios le pone y de todos ellos saca bienes, pues sabe encontrar en los mismos la gracia, la virtud y la gloria de Dios. En una palabra, vive de Jesucristo. Jesucristo es su medio divino.

III

Además de esto – y ello vale más todavía -, vive de Jesucristo y en Jesucristo, formando sociedad de vida con El. 

Sociedad perfecta en que se encuentran todas las condiciones de una sociedad decorosa.

1º La honradez de los miembros de la sociedad.

Jesucristo es seguramente honorable; digámoslo mejor, adorable.- Mas nosotros, ¡oh! nosotros, ¿qué titulos podemos presentar?

Jesucristo se contenta con el estado de gracia, con tal que seamos puros y delicados. El suplirá todo lo demás, porque la gracia, al hacernos hijos de Dios y templos del Espíritu Santo, nos une a Jesucristo como miembros suyos y le permite emplearnos como tales en su grande obra.

Mas si nos mancha el pecado mortal, ¡qué desdicha la nuestra! La sociedad queda rota, porque nos falta la honorabilidad necesaria para que Jesús pueda formar sociedad con nosotros.

El pecado venial, aunque no lo rompe por completo, hace que la sociedad sea imperfecta y lánguida; molesta a Jesucristo, debilita el lazo de la mutua unión.

 ¡Oh! Seamos puros siempre puros aún de pecados veniales, lo cual, por otra parte, es fácil por cuanto podemos purificarnos nosotros mismos con actos de amor o haciendo uso de los sacramentales.

Cuanto más puros seamos, tanto mayor será nuestra honorabilidad y tanto más estrechas nuestras relaciones de  sociedad con Jesús, porque el grado de pureza da la medida del grado de unión con nuestro Señor.

2º La segunda condición de una sociedad es que cada miembro aporte fondos para constituir el capital social.

Jesucristo trae todo cuanto tiene y todo cuanto es, todos los tesoros de la gracia y de la gloria; para decirlo en una palabra, trae a Dios.

En cuanto a nosotros, debemos aportar todo lo que hemos recibido en el bautismo, todas las riquezas de la gracia santificante y los magníficos dones gratuitos que nos comunica el Espíritu Santo al tomar posesión de nuestras almas, así como también todo lo que hemos adquirido en punto a ciencia, virtud y merecimientos: ¡todo!

Lo que garantiza la duración de la sociedad es que nunca tocaremos el capital ni a los beneficios, hasta que la sociedad se disuelva con la muerte; que nunca volveremos a tomar nada.

Examinémonos a menudo sobre esto. Algunos dan más y otros menos; el religioso, por ejemplo, da la libertad, renuncia a poseer bienes temporales y a amar como fin una criatura ni aún por Dios, y por lo mismo que ha dado más logra también mayor ganancia; sea cual fuere el contingente que hayamos aportado, seamos fieles en no tocarlo ni aun en pequeña cantidad.

3º Finalmente, cada miembro de la sociedad debe prestar su cooperación personal a la obra común, una cooperación abnegada y desinteresada. Nosotros entreguemos nuestro trabajo y nuestra fatiga.

También Jesucristo trabaja en nosotros y por nosotros; El es quien nos sostiene y nos dirige; sin El nada podríamos hacer; seamos tan fieles y tan diligentes como El en trabajar para la obra común, para la gloria de su Padre, no le faltemos nosotros nunca, que lo que es El nunca nos ha de faltar. Ved cómo describe su acción en nosotros; llámase vid de la viña, y a cada uno de nosotros, que somos sarmientos, da vigor y fecundidad.

Más aún; nos asegura que si queremos formar sociedad con El, cuanto quisiéremos, cuanto pidiéremos a su Padre, El, Jesús, lo ha de hacer: Quodcumque petieritis Patrem in nomine meo, hoc faciam, ut glorificetur Pater in Filio (Joann, XIV, 13)

Por último, nos conjura a morar en su amor, de igual manera que El mora en el amor de su Padre, donde realiza todas las obras que le ve hacer.

Morar en su amor es, por tanto, participar de su poder de operación, obrar por Él y en El, y siendo esto así, ¿Qué no podemos hacer? Omnia possum in eo qui me confortat: todo lo podremos en este divino centro, que nos comunica su poder infinito. 

San Pedro Julián Eymard. La Sagrada Comunión: Puntos de adoración sobre la Comunión y la vida de unión con Jesús Sacramentado. Apostolado Mariano. Sevilla. Págs 205-210

Via Crucis (o Camino de la Cruz)

Marzo 26, 2009

Origen y excelencia de esta devoción

Apenas se hallará práctica más agradable a Dios, más útil y meritoria que la del Via Crucis.

Esta, dice el Papa Benedicto XIV, es una de las principales devociones del cristiano, y medio eficacísimo, no sólo de honrar la pasión  y muerte del Hijo de Dios, sino también de convertir a los pecadores, enfervorizar a los tibios y adelantar a los justos en la virtud.

En ella meditamos el doloroso camino que anduvo Jesús desde el pretorio de Pilatos hasta el monte Calvario, donde murió por nuestra Redención.

Dio principio a esta devoción la Virgen  Santísima; pues, según fue revelado a Santa Brígida, no tenía mayor consuelo que el recorrer los pasos de aquel sagrado camino regado con la sangre de su preciosísimo Hijo.

Pronto innumerables cristianos siguieron su ejemplo, según atestigua San Jerónimo: y así ¡cuantos peregrinos surcaban mares y exponían la vida para ganar las muchas indulgencias con que la Iglesia había enriquecido los santos lugares de Jerusalén!

Mas viendo esta solícita Madre, por una parte el copioso fruto que de tan pía devoción sacaban los fieles, y por otra la imposibilidad en que muchos se hallaban de emprender viaje tan largo y peligroso, varios Sumos Pontífices, en particular Clemente XII, Benedicto XIII y XIV, y León XII, franqueando largamente los tesoros de la Iglesia, concedieron que, visitando las Cruces bendecidas con especial facultad del Sumo Pontífice y autorización del Prelado diocesano, ganasen los fieles las mismas indulgencias  que habían concedido a los lugares santos de Jerusalén.

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MODO BREVE DE HACER EL VIA CRUCIS

Los que hicieren devotamente el Vía Crucis pueden conseguir:

1) Indulgencia Plenaria cuantas veces lo hicieren.

2) Otra Plenaria si en el mismo día, en que lo hicieron o bien dentro del mes,

realizado 10 veces el Via Crucis, se acercaren a la Sagrada Comunión.

3) Indulgencia de 10 años por cada una de las Estaciones si comenzando el ejercicio, se hubiere de interrumpir por cualquier causa razonable.

Para ganar estas indulgencias se requiere como condición indispensable la meditación de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo y el trasladarse de una estación a otra, salvo el caso de que se haga en común por todos los fieles que están en la iglesia, pues entonces basta ponerse en pie y arrodillarse en cada estación

Conviene advertir que el rezar en cada una de las Estaciones el Adoramus te Christe, etc. los Padrenuestros y Avemarías con el Miserere nostri, Domine, etc., es tan sólo piadosa y laudable costumbre, pero no es necesario para ganar las Indulgencias, para lo cual basta meditar en la Pasión de Jesús.

Los que, por enfermedad u otra causa, se hallaren impedidos de recorrer las estaciones del Via Crucis, pueden ganar las indulgencias rezando 14 Padrenuestros, Avemarías y Gloria, junto con la meditación de la Pasión; además, otros 5 Padrenuestros, Avemarías y Gloria, a las LLagas de Jesús; y uno según la intención del Sumo Pontífice, teniendo entre las manos un Crucifijo bendecido por un sacerdote que tenga la facultad de aplicar dichas Indulgencias.

Si no pudieren rezar todos los Pater-Ave y Gloria prescriptos para la Ind. plenaria ganarán una parcial de 10 años por cada Pater-Ave y Gloria. Los enfermos que no puedan hacer el Via Crucis en la forma ordinaria ni en la arriba indicada lucran las mismas indulgencias con tal que con afecto y ánimo contrito besen o contemplen el Crucifijo bendecido para este fin, que les fuera mostrado por el sacerdote u otra persona y recen si pueden alguna breve oración o jaculatoria en memoria de la Pasión y Muerte de J. C. Nuestro Señor. (Clemente XIV, Audiencia 26 Enero 1773; S.C: Indulg. 16 Sept. 1859; S. Penit. Apost. 25 Marzo 1931; 20 Oct. 1931 y 18 Marzo 1932)

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Ejercicio preparatorio

V) Adoramus te, Christe, et benedícimus tibi.

R) Quia per sanctam crucem et mortem tuam redemisti mundum.

OREMUS

Respice, quaesumus Domine super hanc familiam tuam, pro qua Dominus noster Jesus Christus non dubitavit manibus tradi nocentium et Crucis subíre tormentum. Qui tecum vivit et regnat in saecula saeculorum.

R) Amen.

Acto de contrición

¡Oh Dios y Redentor mío! vedme a vuestros pies arrepentido de todo corazón de mis pecados, porque con ellos he ofendido a vuestra infinita bondad. Quiero morir antes que volver a ofenderos, porque os amo sobre todas las cosas.

V) Miserere nostri, Domine.

R) Miserere nostri.

Madre llena de aflicción,

de Jesucristo las llagas grabad en mi corazón.

Stabat Mater dolorosa,

juxta crucem lacrymosa,

dum pendébat Fílius.

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Oración preparatoria

Por la señal de la santa cruz, etc.

Señor mío Jesucristo, etc.

Oh amabilísimo Jesús mío, heme aquí postrado ante tu acatamiento divino, implorando tu misericordia en favor de tantos pecadores infelices, de las benditas Ánimas del Purgatorio y de la Iglesia universal.

Aplícame, te ruego, los merecimientos infinitos de tu sagrada Pasión, y concédeme los tesoros de indulgencias con que tus Vicarios en la tierra enriquecieron la devoción del Via Crucis.

Acéptalos en satisfacción de mis pecados y en sufragio de los difuntos a quienes tengo más obligación.

Y tú, afligidísima Madre mía, por aquella amargura que inundó tu corazón cuando acompañaste a tu santísimo Hijo al Calvario, haz se penetre mi alma de los sentimientos de que estabas entonces animada.

Alcánzame del Señor vivo dolor y detestación del pecado, y valor para que abrazando la cruz, siga las huellas de tu amable Jesús.

No me niegues esta gracia, oh Madre mía; haz que tomando ahora parte en tu dolor logre un día acompañar a tu Hijo en el triunfo de la gloria. Amén.

Al ir de una estación a otra, unos cantan el Jesu, Rex mitis, o las preces de la Pasión, otros una estrofa del Stabat Mater; pero nada mueve ni entusiasma tanto al pueblo como el Perdon, oh Dios mío, o estas estrofas cantadas con pausa y devoción.

Su autor fue el P. Ramón García, de la Compañía de Jesús; y el estribillo común a todas las estaciones es el siguiente:

Llevemos animosos

Las cruces abrasadas;

Sigamos sus pisadas

Con llanto y compasión.

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estacion-1

PRIMERA ESTACIÓN

Jesús condenado a muerte

V) Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.

V) Te adoramos, Señor, y bendecimos.

R) Quia per sanctam Crucem tuam redemisti mundum.

R) Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo.

 ¿Lo ves, alma cristiana? Está el inicuo juez sentado en el tribunal, y a sus pies el Hijo de Dios, Juez de vivos y muertos, lleno de confusión, las manos atadas como un fascineroso, oyendo la más ignominiosa sentencia.

¡Oh Jesús mío amantísimo! ¡Vos, Autor de la vida condenado a muerte!

¡Vos, la inocencia y santidad infinitas, condenado a morir en un infame patíbulo, como el más insigne malhechor!

¡Qué amor tan grande el vuestro, y qué ingratitud tan monstruosa la mía, pues os condeno de nuevo a la muerte cada día!

¿Y por qué? ¡Por un sucio deleite… por un mezquino interés … por un qué dirán!

Perdonadme dulcísimo Jesús mío; y por esa inícua sentencia, no permitáis que sea yo un día condenado a la muerte eterna, que merecerían mis pecados.

Padre nuestro, Ave María y Gloria Patri

Miserere nostri, Domine.

Ten, Señor, piedad de nosotros.

Miserere nostri.

Piedad,  Señor,  piedad.

Fidelium animae per misericordiam Dei requiescant in pace.

Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz.

Amen.

Por mi, Señor, inclinas

El cuello a la sentencia;

Que a tanto la clemencia

Pudo llegar de Dios.

Oye el pregón, oh Madre,

Llevado por el viento

Y al doloroso acento

Ven del Amado en pos.

LLevemos, etc.

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 estacion-2

SEGUNDA ESTACIÓN

Sale Jesús con la cruz a cuestas

Adoramus te, Christe, etc, como en la primera estación.

¡Y queréis, inocentísimo Jesús mío, llevar Vos mismo, cual otro Isaac, el instrumento del suplicio!

¡Estáis exausto de fuerzas!

¡Vuestras espaldas y hombros están doloridos y rasgados por los azotes!
¡La cruz es larga y pesada!

¡Y cuanto no acrecientan todavía su peso mis iniquidades y las de todo el mundo! …

Sin embargo, la aceptáis, y besándola la abrazáis y lleváis con inefable ternura por mi amor.

¿Y aborrecerás tú, pecador, la ligera cruz que Dios te envía?

¿Querrás tú ir al cielo por los deleites y regalos, yendo allá el inocentísimo Jesús por el dolorosísimo camino de la cruz? …

Reconozco mi engaño, Salvador mío, enviadme penas y tribulaciones, que resuelto estoy a sufrirlas con resignación y alegría, por amor de un Dios que tanto padeció por mí.

Padre nuestro, Ave María y Gloria.

Miserere nostri, etc. como en la primera estación.

Esconde, justo Padre,

La espada de tu ira.

Y al monte humilde mira

Subir el dulce Bien.

Y tú, Señora, gime

Cual tórtola inocente;

Que tu gemir clemente

Le amansará también.

Llevemos, etc.

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estacion-3

TERCERA ESTACIÓN

Jesús cae por primera vez

Adoramus te, Christe, etc.

No extraño, dulce Jesús mío, que sucumbáis rendido al enorme peso de la cruz.

Lo que me pasma y hace llorar a los Angeles de paz es la bárbara fiereza con que os tratan esos sayones inhumanos.

Si cae un vil jumento se le tiene compasión, lo ayudan a levantarse.

Pero cae el Rey de los cielos y tierra, el que sostiene la admirable fábrica del universo, y lejos de moverse a compasión, le insultan con horribles blasfemias, le maltratan y acocean con diabólico furor…

¿Y qué hacíais, en qué, pensábais entonces, dulce Jesús mío? … En ti pensaba, pecador, por ti sufría con infinita paciencia y alegría.

Tú habías merecido los oprobios y tormentos más horribles; y yo para librarte de ellos he querido pasar por este espantoso suplicio.

¿No estás todavía satisfecho?…

¿Quieres aún maltratarme con nuevas ofensas?

Aquí me tienes; descarga tú también fieros golpes sobre mí.

No,  Jesús mío, no; antes morir que volver a ofenderos.

Padre nuestro, Ave María y Gloria.

Miserere nostri, etc.

Oh pecador ingrato

Ante tu Dios maltratado,

Ven a llorar herido

De contrición aquí.

Levántame a tus brazos,

¡Oh bondadoso Padre!

Ve de la tierna Madre

Llanto correr por mí

Llevemos, etc.

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CUARTA ESTACIÓN

Jesús encuentra a su Sma. Madre

Adoramus te, Christe, etc.

¡Qué sentiste, oh angustiada Señora, al ver aquel trágico espectáculo!

¡El pregonero publicando con lúgubre trompeta la sentencia fatal! ¡Una multitud inmensa que se agrupa, profiriendo injurias y blasfemias contra Jesús!

¡Los soldados y sayones en dos filas y en medio de dos malhechores! …

¿Le conoces, oh Madre amantísima? ¿es ese el más hermoso de los hijos de los hombres, la beldad de los cielos y la alegría de los Ángeles?

¿Aquel Hijo de Dios que con tanto regocijo nació en Belén?

¿Dónde están ahora los Reyes y Pastores que entonces le adoraban?

¿Qué se han hecho los Espíritus celestiales que entonces entonaban himnos de alabanza?

¡Qué trocado está! ¡Sus ojos inundados de lágrimas y sangre, coronada de espinas su cabeza; todo Él hecho una llaga!

¡Oh, María, afligida entre todas las mujeres! ¡Oh Madre la más desolada de todas las madres! ¡Oh Hijo, maltratado sobre todos los hijos de Adán! ¡Oh Jesús! ¡Oh María! perdonad a este ingrato, a este pecador a este monstruo, causa de tanta amargura.

Padre nuestro, Ave María y Gloria Patri.

Miserere nostri, etc.

Cercadla,  Serafines,

No acabe en desaliento,

No muera en el tormento

La Rosa virginal.

¡Oh acero riguroso!

Deja su pecho amante

Vuélvete a mi cortante,

Que soy el criminal.

Llevemos, etc.

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estacion-5

QUINTA ESTACIÓN

Jesús ayudado por el Cirineo

Adoramus te, Christe, etc.

Temiendo los judíos no se les muera Jesús antes de llegar al Calvario, no por aliviarle, sino por el deseo que tienen de crucificarle, buscan quien le ayude a llevar la cruz, y no le encuentran.

Había entonces en Jerusalén tantos millares de hombres y sólo Simón Cireneo acepta este favor y aún por fuerza.

¡Y así te desamparan, oh Jesús mío! ¿No fueron cinco mil los hombres que alimentaste con cinco panes en el desierto? ¿No son innumerables los ciegos, los paralíticos y enfermos que sanaste?

¡Y nadie quiere llevar tu cruz!

¡Y ella, no obstante, nos predica la latitud de tu misericordia, la longitud de tu justicia, la sublimidad de tu poder y lo profundo de tu sabiduría infinita!

¡Oh misterio incomprensible!

Muchos admiran tus prodigios y tu doctrina; mas pocos gustan de padecer contigo.

Teman, pues, los enemigos de la cruz, oyendo a Cristo que dice: El que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo.

Padre nuestro, Ave María y Gloria Patri.

Miserere nostri, etc.

Toma la cruz preciosa,

Me está el deber clamando;

Tan generoso, cuando

Delante va el Señor.

Voy a seguir constante

Las huellas de mi Dueño;

Manténgame el empeño,

Señora,  tu favor.

Llevemos, etc.

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sexta-estacion

SEXTA ESTACIÓN

La Verónica enjuga el rostro de Jesús

Adoramus te, Christe, etc.

¡Qué valor el de esta piadosa mujer! Ve aquel rostro divino a quien desean contemplar los Ángeles, cubierto de polvo, afeado con salivas, denegrido con sangre; y movida de compasión, quítase la toca, atropella por todo, y acercándose al Salvador, le enjuga su rostro desfigurado.

¡Ay! ¡Cómo confunde esta mujer fuerte la cobardía de tantos cristianos que por vano temor del qué dirán, no se atreven a obrar bien! ¡Oh dichosa Verónica, y cómo premia el Señor tu denuedo, dejando su rostro Santísimo estampado en tres pliegues de esa afortunada toca!

¿Quieres tú, cristiano, que Dios imprima en tu alma una perfecta imagen de sus virtudes?

Huella, pues, generoso el respeto humano, como la Verónica; haz con fervor, haz a menudo el Via Crucis; y no dudes que Jesús grabará en tu alma un fiel traslado de sus virtudes; y viéndote el Eterno Padre semejante al divino Modelo de predestinados, te admitirá en el cielo.

Padre Nuestro, Ave María, y Gloria Patri.

Miserere nostri, etc.

Tu imagen, Padre mío,

Ensangrentada y viva,

Mi corazón reciba,

Sellada con la fe.

¡Oh Reina! de tu mano

Imprímela en mi alma,

Y a la gloriosa palma

Contigo subiré.

Llevemos, etc.

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septima-estacion

SÉPTIMA ESTACIÓN

Jesús cae por segunda vez

Adoramus te, Christe, etc.

Sí, Jesús cae por segunda vez con la cruz; nuevas injurias y golpes, nueva crueldad de parte de los judíos; nuevos dolores y tormentos, nuevos rasgos de amor de parte de Jesús.

Parece que el infierno desahogará contra Él todo su furor: mas ¿qué hará el Señor? ¿Dejará la empresa comenzada? ¿Hará como nosotros, que a una ligera contradición abandonamos el camino de la virtud?

No, no; bien podrán decirle: Si eres Hijo de Dios baja de la Cruz; por lo mismo que lo es, allí permanecerá hasta morir.

¿Y cuándo, Señor, imitaré vuestra heroica constancia?

No siendo coronado, si no el que peleando legítamente persevere hasta el fin, ¿de qué me serviría abrazar la virtud y llevar la cruz solamente algún día?

Cueste, pues, lo que cueste, quiero, con vuestra gracia divina, amaros y serviros hasta morir.

Padre Nuestro, Ave María, Gloria Patri.

Miserere nostri, etc.

Yace el divino Dueño

Segunda vez postrado:

Detesta ya el pecado,

Deshecha en contrición.

Oh Virgen, pide amante

Que borre tanta ofensa

Misericordia inmensa,

Pródiga de perdón.

Llevemos, etc.

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octava-estacion

OCTAVA ESTACIÓN

Jesús consuela a las mujeres

Adoramus te, Christe, etc.

¡Qué caridad tan ardiente! ¡Olvidando sus atrocísimos dolores, sólo se acuerda de nuestras penas el amante Jesús!

Hijas de Jerusalén, dice a las piadosas mujeres que le seguían llorando; no lloréis mi suerte; llorad más bien sobre vosotras y sobre vuestros hijos.

Pero ¿puede haber objeto más digno de llanto que la pasión y muerte del Hijo de Dios? … Sí, cristiano; hay cosa más digna de lágrimas, y de lágrimas eternas; y es el pecado.

Pues el pecado es la única causa de la pasión y muerte tan ignominiosa; él es el origen y el colmo de todos los males; mal terrible, el único mal, mal infinito de Dios, y de la criatura.

¡Y no obstante tú pecas con tanta facilidad! ¡Y te confiesas con tanta frialdad! ¡Y recaes tan a menudo en el pecado! ¡Y pasas tranquilo días, meses, años, y hasta la vida entera en el pecado!

Padre nuestro Ave María y Gloria.

Miserere nostri, etc.

Matronas doloridas

Que al Justo lamentáis.

¿Por qué, si os lamentaís,

La causa no llorar?

Y pues la cruz le dimos

Todos los delincuentes,

Broten los ojos fuentes

De angustia y de pesar

Llevemos, etc

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novena-estacion

NOVENA ESTACIÓN

Jesús cae por tercera vez

Adoramus te Christe, etc.

¿Qué es esto, Jesús mío? ¡Vos resplandor de la gloria del Padre, consuelo de los Mártires, hermosura y alegría del cielo, Vos caído en tierra, primera, segunda y tercera vez! ¿No sois Vos la fortaleza de Dios? …

¿Y qué, hijo mío, no has pecado tú más de dos o tres veces? ¿No recaes cada día innumerables veces en el pecado? ¿Por qué esa perpetua inconstancia en mi servicio? Hoy formas generosos propósitos, y mañana están ya olvidados: ahora me entregas el corazón, y un instante después ya no suspiras sino por pasatiempos y liviandades.

¡Ay! yo caigo por segunda y tercera vez para expiar tus continuas recaídas: caigo para alzarte a ti de la tibieza; caigo para que temerario, no te expongas de nuevo al peligro de recaer en pecado; caigo en fin, para que no caigas tú jamás en el abismo del infierno”

Gracias Dios mío, por tan inefable bondad; y por esta tan dolorosa caída, dadme fuerza, os suplico, para que me levante por fin del pecado y  camine firme y constante en vuestro santo servicio.

Padre nuestro, Ave María y Gloria Patri.

Miserere nostri, etc.

Al suelo derribado

Tercera vez el Fuerte,

Nos alza de la muerte

A la inmortal salud.

Mortales, ¿Qué otro exceso

Pedimos de clemencia?

No más indiferencia,

No más ingratitud.

Llevemos, etc.

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decima-estacion

DÉCIMA ESTACIÓN

Jesús despojado de sus vestiduras.

Adoramus te Christe, etc.

Cuando te curan una herida, por fino que sea el lienzo que la envuelve, y por cuidado que tenga la más cariñosa madre, ¿qué dolor no sientes al despegarse la tela de la carne viva?

¿Cuál sería, pues, el tormento de Jesús al quitarle las vestiduras?

Como había derramado tanta sangre, estaban pegadas a su cuerpo llagado: vienen los verdugos y las arrancan con tanta fiereza, que llevan tras sí la corona, y hasta pedazos de carne que se le habían pegado…

¿Y en qué pensabais, oh purísimo Jesús, al veros desnudo delante de tanta muchedumbre?

“En ti, pensaba, pecador; en los pecados impuros que sin escrúpulo cometes; por ellos ofrecía yo al Eterno Padre esta confusión y suplicio tan atroz.

Sabía cuanto te costaría deshacerte de aquel mal hábito, privarte de aquel placer, romper con aquella amistad criminal; por eso permití en mi cuerpo inocentísimo tan horrible carnicería”

¡Oh inmensa caridad la tuya! ¡Oh negra ingratitud la mía! Nunca más, Señor, renovar esas llagas con desenfrenada licencia: nunca más pecar.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Miserere nostri, etc.

Tú bañas, Rey de gloria,

Los cielos en dulzura;

¿Quién te afligió, Hermosura,

Dañandote amarga hiel?

Retorno a tal fineza

La gratitud pedía;

Cesó ya, Madre mía,

De ser mi pecho infiel.

Llevemos, etc.

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 undecima-estacion

UNDÉCIMA ESTACIÓN

Jesús clavado en la cruz

Adoramus te Christe, etc.

¿Quién de nosotros tendría valor para sufrir que le atravesasen pies y manos con gruesos clavos? ¿Quién tendría ánimo para ver así atormentado a su mayor enemigo? Pues este atroz tormento padece Jesús por nuestro amor.

Ya le tienden sobre el lecho del dolor; ya enclavan aquella mano  omnipotente que había formado los cielos y la tierra; ya brota un raudal de sangre: más esto es poco.

Encogido el cuerpo con el frío y los tormentos, no llegaban la otra mano ni los pies a los agujeros hechos de antemano en la cruz: los atan, pues, con cordeles, y tiran con inhumana crueldad, desencajando de su lugar aquellos huesos santísimos. ¡Qué dolor! ¡Qué tormento!

Todo lo contempla su Madre amantísima; ningún alivio, ni una gota de agua puede dar a Su Hijo: ¿y vive todavía?

¿Y no muero yo de dolor, siendo mis pecados la causa de tanto tormento?

Padre nuestro, Ave María y Gloria Patri

Miserere nostri, etc.

El manantial divino

De sangre está corriendo;

Ven, pecador, gimiendo,

Ven a lavarte aquí.

Misericordia imploro

Al pie del leño santo:

Virgen, mi ruego y llanto

Acepte Dios por ti

Llevemos, etc.

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estacion-12

DUODÉCIMA ESTACIÓN

Jesús muriendo en la cruz

Adoramus te, Christe, etc

Contempla, cristiano, a esos dos malhechores crucificados con el Señor. ¡Qué maldades no habría hecho el buen ladrón!

Sin embargo, dice a Jesús: Acuérdate de mí cuando estuvieres en tu reino; y al instante oye: Hoy estarás conmigo en el Paraíso. ¡Qué bondad la de Dios! ¡Cuán pronto, pecador, recobrarías la gracia y amistad divina, si quisieses arrepentirte de veras!

Pero si dejas tu conversión para la muerte, ¡ay!, teme no te suceda lo que al mal ladrón. ¿Qué hombre tuvo jamás mejor ocasión para convertirse? Dios derramaba su Sangre por él: tenía a sus pies a la abogada de pecadores, María Santísima: a su lado estaba Jesucristo, el sacerdote más celoso del mundo, para ayudarle a bien morir; oye la exhortación de su compañero: ve toda la naturaleza estremecida; y sin embargo, muere como ha vivido; continúa blasfemando, y se condena eternamente.

No permitas, Jesús mío, que sordo a tus inspiraciones divinas, deje yo mi conversión para la muerte.

Padre nuestro, Ave María y Gloria.

Miserere nostri, etc

Muere la vida nuestra

Pendiente del madero

¿Y yo, como no muero

De amor, o de dolor?

Casi no respira

La triste Madre yerta

Del cielo abrir la puerta

Bien puedes ya,  Señor.

Llevemos, etc

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estacion-13

DECIMATERCERA ESTACIÓN

Jesús muerto en brazos de su Madre

Adoramus te, Christe, etc

¡Adonde iré, oh afligida Madre mía! Tu Hijo ha muerto y mis pecados son los verdugos que le enclavaron en cruz y le dieron muerte inhumana.

¡Ay infeliz de mí! Yo he apagado la luz de tus ojos, y acabado la alegría de tu corazón.

Sí, yo desfiguré ese rostro hermosísimo, yo taladré esos pies y manos que sostienen el firmamento, yo traspasé esta augusta cabeza, y abrí esas llagas: yo descoyunté y despedacé ese inocentísimo cuerpo, que tienes en tus brazos.

Reo de tan horrendo deicidio ¿adónde iré? ¿Dónde me ocultaré? Pero por monstruosa que sea mi ingratitud, tú eres mi Madre y yo soy tu hijo.

Jesús acaba de transferir en mí los derechos que tenía a tu amor.

Me arrojo, pues, en tus brazos con la más viva confianza.

No me desprecies, oh dulce refugio de pecadores arrepentidos; mírame con ojos de bondad y ampárame ahora en el trance de la muerte.

Padre nuestro,  Ave María y Gloria Patri.

Miserere nostri, etc

Dispón Señora el pecho

Para mayor tormenta

La víctima sangrienta

Viene a tus brazos ya

Con su preciosa Sangre

Juntas materno llanto

¿Quién Madre, tu quebranto

Sin lágrimas verá?

Llevemos, etc.

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estacion-14

DECIMACUARTA ESTACIÓN

Jesús puesto en el sepulcro

Adoramus te Christe, etc

Contempla, alma cristiana, cómo José de Arimatea y Nicodemo, postrados a los pies de María, le piden el dulce objeto de sus caricias y ungiéndole con preciosos aromas le amortajan y ponen en un nuevo sepulcro de piedra.

¡Cuál sería el dolor de la Virgen!

Sin duda: grande era como el mar su amargura cuando vio a su Hijo ensangrentado, enclavado y expirado en un patíbulo infame; pero a lo menos le veía, tal vez le abrazaba y lavaba con sus lágrimas.

Mas ahora, oh angustiada Señora, una losa te priva de este último consuelo.
¡Oh sepulcro afortunado! ya que encierras el adorado cuerpo del Hijo y el purísimo corazón de la Madre, guarda también con esas prendas riquísimas mi pobre corazón.

Sea este, Dios mío, el sepulcro donde descanséis; sean los puros afectos de mi alma los lienzos que os envuelvan y los aromas que os recreen.

En fin, muera yo al mundo, a sus pompas y vanidades, para que viviendo según el espíritu de Jesús, resucite y triunfe glorioso con Él por siglos infinitos.

Amén.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria Patri

Miserere nostri, etc

Al Rey de las virtudes

Pesada loza encierra

Pero feliz la tierra

Ya canta salvación.

Sufre un momento, Madre,

La ausencia del Amado:

Pronto, de ti abrazado

Tendrásle al corazón

Llevemos, etc.

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Visita al Santísimo Sacramento

Marzo 23, 2009

 

visita-a-ssmo

Por la señal… En el nombre del Padre…

Señor mío Jesucristo, que por el amor que tenéis a los hombres estáis de noche y de día en este Sacramento, todo lleno de piedad y de amor, esperando, llamando y recibiendo a todos los que vienen a visitaros: yo creo que estáis presente en el Santísimo Sacramento del Altar, os adoro desde el abismo de mi nada, y os doy gracias por todas las mercedes que me habéis hecho, especialmente por haberme dado en este Sacramento vuestro cuerpo, vuestra sangre, vuestra alma y vuestra divinidad; por haberme concedido como abogada a vuestra santísima Madre la Virgen María, y por haberme llamado a visitaros en este lugar santo.

Adoro vuestro amantísimo Corazón, y deseo adorarlo por tres fines: el primero, en agradecimiento de esta tan preciosa dádiva; el segundo, para desagraviaros de todas las injurias que habéis recibido de vuestros enemigos en este Sacramento; y el tercero, porque deseo en esta visita adoraros en todos los lugares de la tierra donde estáis sacramentado con menos culto y más abandono.

¡Jesús mío!, os amo con todo mi corazón; pésame de haber tantas veces ofendido en lo pasado a vuestra infinita bondad; propongo, ayudado de vuestra gracia, enmendarme en lo venidero, y ahora, miserable como soy, me consagro todo a Vos; os doy y entrego toda mi voluntad, mi afectos, mis deseos y todo cuanto me pertenece.

De hoy en adelante haced, Señor, de mí y de mis cosas todo lo que os agrade. Lo que yo quiero y te pido es vuestro santo amor, la perfecta obediencia a vuestra santísima voluntad y la perseverancia final.

Os encomiendo las almas del purgatorio, especialmente las más devotas del Santísimo Sacramento y de María Santísima os ruego también por los pobres pecadores.

En fin, amado Salvador mío, uno todos mis afectos y deseos con los de vuestro amorosísimo Corazón, y así unidos los ofrezco a vuestro Eterno Padre y le pido en vuestro nombre que por vuestro amor los acepte y los mire benignamente. Amén.

Comunión Espiritual

¡Oh Jesús mío!, creo que estáis en el Santísimo Sacramento. Os amo sobre todas las cosas, y deseo recibiros en mi alma. Ya que ahora no puedo recibiros sacramentalmente, venid a lo menos espiritualmente a mi corazón. Como si ya hubieseis venido, os abrazo y me uno todo a Vos; no permitáis que jamás me separe de Vos.

Acto de expiación

Divino Salvador de las almas, cubierto de confusión me postro en vuestra presencia soberana, y dirigiendo mi vista al solitario tabernáculo donde gemís cautivo de mi amor, pártese mi corazón de pena al ver el olvido en que os tienen los redimidos, al ver esterilizada vuestra Sangre, infructuosos los sacrificios y escarnecido vuestro amor.

Pero ya que con infinita condescendencia permitís que una yo este día  mis gemidos a los vuestros, mis lágrimas a las que brotaron por mi causa de santísimos ojos, a las lágrimas de sangre que vertió vuestro Divino Corazón, os ruego, dulce Jesús, por los, que no os ruegan, os bendigo por los que os maldicen y os adoro por los que despiadados os ultrajan; y con toda la energía de mi alma, deseo bendeciros y alabaros en todos los instantes de mi vida y en todos los Sagrarios de la tierra.

Suba, Señor, hasta Vos, el doloroso grito de expiación y arrepentimiento que el pesar arranca de mi contrito corazón.

Por mis pecados, por los de mis padres, hermanos y amigos, por los del mundo entero; perdón, Señor, perdón.

Por las infidelidades y sacrilegios, por los odios y rencores: perdón, Señor, perdón.

Por las impurezas y escándalos: perdón, Señor, perdón.

Por los hurtos e injusticias, por las debilidades y respetos humanos: perdón, Señor, perdón.

Por la desobediencia a la santa Iglesia, por la violación del ayuno: perdón, Señor, perdón.

Por los atentados contra el Pontífice Romano, por las persecuciones contra los Obispos, sacerdotes, Religiosos y Vírgenes Sagradas: perdón, Señor, perdón

Por los insultos hechos a vuestras imágenes, la profanación de los templos, el abuso de los Sacramentos y los ultrajes al augusto Tabernáculo: perdón, Señor, perdón.

Por los crímenes de la prensa impía y blasfema, por las horrendas maquinaciones de tenebrosas sectas: perdón, Señor, perdón.

Por los justos que vacilan, por los pecadores que resisten a la gracia, por los infelices que agonizan, y por todos los que sufren: perdón, Señor, perdón.

Perdón, Señor, y piedad por el más necesitado de vuestra gracia: que la luz de vuestros divinos ojos no se aparte jamás de mi.

Encadenad a la puerta del Tabernáculo mi inconstante corazón; hacedle allí sentir los incendios del amor divino, y a vistas de las propias ingratitudes y rebeldías, que se deshaga, de pena, que llore lágrimas de sangre, que viva muriendo de amor.

Así sea.

ALABANZAS
En reparación de las blasfemias

Bendito sea Dios.

Bendito sea su santo Nombre.

Bendito sea Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.

Bendito sea el Nombre de Jesús

Bendito sea su Sacratisimo Corazon.

Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar.

Bendita sea la excelsa Madre de Dios, Maria Santísima.

Bendita sea su santa e inmaculada Concepción.

Bendito sea el nombre Maria, Virgen y Madre.

Bendito sea San José, castísimo esposo.

Bendito sea Dios en sus Ángeles y en sus Santos.

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Nueva Áncora de Salvación. Ed. Augusta. Bs. As. 1952.  Nihil Obstat e Imprimatur 1944.

La Madre del Salvador, asociada a su obra redentora

Marzo 23, 2009

R. Garrigou Lagrange O.P.

La Iglesia no sólo llama a María Madre de Dios, sino también Madre del Salvador. En las letanías lauretanas, por ejemplo, después de las invocaciones de Santa Madre de Dios y Madre del Creador, se lee: Madre del Salvador, ruega por nosotros.

No existe aquí, como algunos han podido pensar, y lo veremos después, una dualidad que disminuiría la unidad de la Mariología en la que dominan dos principios distintos: Madre de Dios y Madre del Salvador, asociada a su obra redentora. La unidad de la Mariología se mantiene porque María es Madre de Dios Redentor o Salvador. De la misma manera que los dos misterios, el de la Encarnación y el de la Redención, no constituyen una dualidad que disminuiría la unidad del tratado de cristo o Cristología, pues se trata de la Encarnación redentora; el motivo de la Encarnación está suficientemente indicado en el Credo, en donde se dice que el Hijo de Dios descendió del cielo para salvarnos: Qui propter homines et propter nostram salutem descendit de coelis (Símbolo niceno-constantinopolitano).

Veamos cómo María, por su consentimiento, se convirtió en Madre del Salvador y, seguidamente, por su cualidad de Madre del Salvador, cómo se asoció a su obra redentora.

María llegó a ser la Madre del Salvador por su consentimiento.

El día de la Anunciación la Santísima Virgen dio su consentimiento a la Encarnación redentora cuando el arcángel Gabriel le dijo (Lc. 1, 31): ‘He aquí que concebirás en tu seno y darás a luz a un hijo al que le pondrás por nombre Jesús’, que quiere decir Salvador.

Con toda seguridad, María no ignoraba las profecías mesiánicas y en particular las de Isaías, que anunciaban claramente los sufrimientos redentores del Salvador prometido. Pronunciando su Fiat el día de la Anunciación, aceptó generosamente desde ese momento todos los dolores que les ocasionaría, a Ella y a su Hijo, la obra de la redención.

Supo de modo más explícito lo que serían esos sufrimientos unos días más tarde, cuando el santo anciano Simeón dijo: Ahora, Señor, deja partir a tu siervo en paz, según tu palabra, pues mis ojos han visto tu salud, que tú preparaste ante la faz de todos los pueblos (Lc 2, 29-30).

Entonces comprendió más profundamente la parte que debía tener en los sufrimientos redentores, cuando el santo anciano añadió: Este niño está en el mundo para caída y resurrección de muchos en Israel y será un signo de contradicción. A ti misma, una espada atravesará tu corazón.

Un poco más adelante se dice en San Lucas (2, 51) que María guardaba todas estas cosas en su corazón; el plan divino se esclarece progresivamente por su fe contemplativa, iluminada por el don de inteligencia, cada vez más penetrante.

María se convirtió, pues, voluntariamente, en la Madre del Redentor como tal, comprendiendo siempre mejor que el Hijo de Dios se hacía hombre por nuestra salvación, como dirá el Credo.

Desde entonces se unió a Él como sólo una Madre y una Madre santísima puede hacerlo, con una perfecta conformidad de voluntad y de amor por Dios y por las almas.

Es la forma especial que toma en Ella el precepto supremo : Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, contada tu alma, con todas tus fuerzas, con todo tu espíritu y al prójimo como a ti mismo (Deum 6, 5; Lc 10, 27). Nada más sencillo, más profundo y más grande.

La Tradición lo ha comprendido perfectamente, puesto que no ha dejado de decir: Como Eva estuvo unida al primer hombre en la obra de perdición, María se unió al Redentor en la obra de la reparación.

La Madre del Salvador comprendía cada vez mejor cómo debía cumplir su obra redentora. Le bastó con acordarse de las profecías mesiánicas bien conocidas por todos. Isaías había anunciado las humillaciones y los sufrimientos de Mesías, que los soportaría para expiar nuestras faltas, que sería la inocencia misma y que conquistaría las multitudes por medio de su muerte generosamente ofrecida.

David, en el salmo 22: Dios mío Dios mío, ¿porqué me has abandonado?, describió la oración suprema del Justo por excelencia, su grito de angustia en el anonadamiento y, al mismo tiempo, su confianza en Dios, su llamada suprema, su apostolado y sus efectos en Israel y entre las naciones. Mará conocía, evidentemente este salmo y lo meditaba en su corazón.

Daniel (7, 13-14) ha descrito también el reino del Hijo del hombre, el poder que le será conferido: le fue otorgado el dominio, la gloria y el reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le servirán. Su dominio será 8un dominio eterno que no pasará, y su reino nunca será destruido.

Toda la Tradición ha visto en este Hijo del hombre, así como en el hombre de dolor de Isaías, al Mesías prometido como Redentor.

María, que no ignoraba estas promesas, se convierte al dar su consentimiento el día de la Anunciación en la Madre del Redentor como tal. De este consentimiento: hágase en mí según tu palabra, depende todo lo que sigue en la vida de la Santísima Virgen, como toda la vida de Jesús depende del consentimiento que dio al entrar en este mundo cuando dijo: No quisiste sacrificio ni ofrenda, sino que me diste un cuerpo… Heme aquí que vengo, Oh Dios, para hacer tu voluntad (Heb 10, 6, 7).

Los Padres afirman igualmente que nuestra salvación dependía del consentimiento de María, que concibió a su Hijo en espíritu antes de concebirle corporalmente.

Puede objetarse que un decreto divino como el de la Encarnación no puede depender del libre consentimiento de una criatura, que podría no haberlo dado.

La teología responde: Según el dogma de la Providencia, Dios quiso eficazmente y previó infaliblemente todo el bien que, de hecho, sucedería en el transcurso de los tiempos. Quiso, pues, eficazmente y previó infaliblemente el consentimiento de María, condición para que se realizase el misterio de la Encarnación. Desde toda la eternidad Dios, que todo lo obra con fortaleza y suavidad, decidió otorgar a María una gracia eficaz que le haría dar este libre consentimiento, saludable y meritorio.

Del mismo modo que hace florecer los árboles, Dios hace florecer también nuestra libre voluntad haciéndola producir estos buenos actos; lejos de violentarla, la actualiza y produce en ella y con ella el modo libre de nuestros actos, que es, a pesar de ello, libre de serlo; este es el secreto de Dios todopoderoso.

De la misma manera que por obra del Espíritu Santo María concibió al Salvador sin perder la virginidad, así también por la moción de la gracia eficaz, dio infaliblemente su Fiat sin que su libertad quedase en nada lesionada, disminuida; muy al contrario, por el contacto virginal de la moción divina de la libertad de María, ésta consintió muy espontáneamente en su libre consentimiento dado en nombre de la humanidad.

Este Fiat era totalmente de Dios como causa primera, y totalmente de María como causa segunda. De la misma manera, una flor o un fruto son totalmente obra de dios como creador de la naturaleza, y productos del árbol que los tiene, como causa segunda.

En el consentimiento de María vemos un ejemplo perfecto de lo que dice Santo Tomás: Como la voluntad de Dios es soberanamente eficaz, no sólo se sigue la realización de lo que Dios quiere (eficazmente), sino que se realiza como Él lo quiere, y quiere que ciertas cosas sucedan necesariamente, y que suceden otras libremente: del hecho de que nada se resiste a la voluntad eficaz de Dios se sigue que no sólo se realizarlo que quiere, sino que se realiza ya sea necesariamente, ya libremente, como Él lo quiere.

María, por su Fiat dado el día de la Anunciación, resulta, pues, voluntariamente la Madre del redentor como tal.

Toda la Tradición lo reconoce al llamarle la nueva Eva. Efectivamente, no podía serlo más que si, por su consentimiento, se convirtiera en la Madre de Salvador para cooperar en la obra redentora, como Eva, al consentir en la tentación, llevó al primer hombre al pecado que le hizo perder para él y para nosotros la justicia original.

Algunos protestantes han objetado: los antepasados de la Santísima Virgen pueden, de este modo, ser llamados padre o madre del Redentor y decirse de ellos que estuvieron asociados a su obra redentora. Es fácil responder diciendo que sólo María fue iluminada para que consintiese en convertirse en la Madre del Salvador y se asociase a su obra de salvación; sus antepasados no sabían que el Mesías nacería de su propia familia. Santa Ana no podía prever que su hija sería un día la Madre del Salvador prometido.

(Tomado de R. Garrigou-Lagrange, La Madre del Salvador, cap. 5 art. 1.)

Al Cristo doliente

Marzo 20, 2009
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No me mueve mi Dios, para quererte

El cielo que me tienes prometido…

Ni me mueve el infierno tan temido…

Para dejar por eso de ofenderte…

 

Tu me mueves, Señor, muéveme el verte

Clavado en una cruz y escarnecido…

 

Muéveme el ver tu cuerpo tan herido…

Muéveme tus afrentas y tu muerte…

Mueveme en fin, tu amor …

 

Y en tal manera

Que aunque no hubiera infierno te temiera…

Y aunque no hubiera cielo yo te amara …

 

No me tienes que dar por que te quiera

Porque aunque lo que espero no esperara

Lo mismo que te quiero te quisiera…

Cristo crucificado

Marzo 20, 2009

SAN JUAN DE ÁVILA

“Cristo padeció por nuestro amor, padezcamos por el suyo.

Cristo llevó la cruz, ayudémosla a llevar.

Cristo deshonrado, no quiero honra

Cristo padeció dolores, vénganme a mí

Él tuvo necesidades, ésas quiero yo tener

Él por mi fue aquí extranjero, no tenga yo cosa en que repose mi corazón.

Él murió por mí, sea mi vida por su amor una muerte continua.

Viva ya no yo, mas viva en mi Cristo (San Pablo a los Gálatas, 2, 20)

y Cristo crucificado, apasionado, desamparado, y en sólo Dios recibido.

Este Cristo quiero, aquí lo busco, y fuera de aquí no lo quiero

Haga Él lo que mandare de mí, que yo trabajos por Él quiero padecer

Deme galardón o no, que sólo padecer por El es muy sobrado galardón.

Y si mercedes me quisiere dar, no le pediré otras sino trabajos;

porque en esto conoceré que le amo y que me ama,

si Él me pone a mí en la cruz, donde El aquí estuvo,

aunque no busque mi provecho,

bien sé que si persevero en su cruz me llevará a su reino.

A Él sea gloria en los siglos de los siglos. Amén”

(Extracto de “Carta a una doncella enferma, consolándola en sus trabajos. Epistolario Espiritual. Editorial Ebro. Zaragoza. 1965. pag 80)

La paciencia en los trabajos

Marzo 20, 2009

SAN JUAN DE AVILA
(1499-1569)

*

Carta a una señora casada, esforzándola a que lleve

con paciencia los trabajos.

*

Señora, deseo tengo de preguntar a vuestra merced a qué saben los frutos de la cruz, pues tanto come de ellos.

El Señor dijo: Subiré a la palma, y tomaré los frutos de ella (Cantar, 7, 8): y parece que ha tomado a vuestra merced de la mano y subídola consigo a lo mismo, porque si antes solía subirla para que mirase y contemplase como Él comía, ahora no se contenta con que ella lo acompañe con Él en la cruz y sea testigo de prueba de lo que El padecía cuando comía.

Bienaventurada oso llamar al ánima que con la Madre de Dios está al pie de la cruz del Hijo, como ella estaba penando con Él, comiendo a una mesa, crucificada con Él; que no hay cosa tan agradable a los ojos del Padre como ver a su Hijo, y a los que a su Hijo acompañan con imitación de sus trabajos y cruz.

No se engañe nadie pensando que se enamora Dios de donaires y niñerías, o que han de reinar con Él cualesquiera.

El favor de Dios es para los amadores de los trabajos.

No ha de reinar sino el Crucificado, para que los hombres sepan que pues acá les pide tanto, aquel reino no es como quiera, sino muy abundante en riqueza y descanso, pues es Dios su joya, y se esfuercen con nuevos alimentos a despreciar todo descanso presente y sufrir todo trabajo.

¿Qué quiere vuestra merced que haga Nuestro Señor sino lo que con sus amados hijos hace y hará?

¿Qué quiere que haga sino tratarla como el Padre suyo lo trató a El?

Como el Padre me amó, os amo Yo a vosotros (San Juan, 15, 9), dijo Él; pues quien se parare a mirar el tratamiento de tal Padre a tal Hijo, sufrirá con paciencia el suyo por áspero que parezca.

Espere un poquito, señora, que pasarse ha esta tempestad, y gozarse ha de haberla pasado.

Abaje su cerviz a la voluntad de su celestial Padre, que así hizo Jesucristo cuando le pusieron al cuello una soga que le desollaba la cerviz, y Él callaba de dentro y de fuera por la obediencia del Padre.

¿Qué nos dice esta dura soga en cerviz tan delicada, y aquella pesada cruz en hombros tan cansados, sino que seamos obedientes en sufrir los trabajos, aunque nos desuellen y arranquen el mismo corazón?

No es razón que sea ya vuestra merced parte en sí misma para ordenar su vida y escoger, esto quiero y esto no, pues se ha ofrecido muchas veces por esclava verdadera del Señor a toda voluntad de Él; porque no es razón que quiera ahora desdecir en el trabajo lo que antes afirmó en la paz, ni querrá ser como amigo fingido, que en el tiempo del placer hace muchas ofertas, y cuando le dicen que pase algo, desdice lo dicho.

¡Ay de aquellos – dice la Escritura – que perdieron el sufrimiento! (Eclesiástico, 2, 16) Quiere decir, que como cansados de trabajar y esperar, dieron con su corazón en el suelo, como quien no puede llevar la carga.

El justo, señora, de la fe vive (Habacuc,2,4), y el Señor le manda que espere, aunque haga tardanza, y promete que vendrá, mas si el justo tiene reloj que da muy aprisa las horas, y le parece pasarse el tiempo sin que Dios le remedia, decirle han lo que está en Isaías (I, 28): El que creyere no se dé prisa, sino ponga su salud en la longanimidad (2a Ep. San Pedro, 3, 10), como dice San Pedro.

El Señor vendrá, señora y la consolará.

Alborotada está la mar, y las olas quieren anegar la navecilla, y el Señor duerme de buen reposo, como quien tiró la piedra y escondió la mano, y picó y huyó.

Él hizo levantar la tempestad, y luego echóse a dormir.

Él ha puesto vuestra merced en los trabajos que tiene, que no otra mano: Él atribula y hiere, que sin El no se puede nada hacer: y el que también ha sabido herir y tan vivo ha estado para atribular, duerme ahora cuando le piden remedio, y mientras más le piden consuelo, suele acrecentar desconsuelo; y con todo esto quiere que tengamos una fe viva, que en todos estos trances no desconfíe; y si lo hacemos, con lo que recuerda es venir y decir: Hombre de poca fe, ¿por qué estáis temerosos?

Ve reñir cuán esmerado, probada y pasada por fuego quiere esta fe para confiar.

Que así como una castidad es probada en cosas contrarias, una humildad con deshonras, una paciencia con trabajos, una caridad con hacer bien a quien nos hace mal, así es la fe y confianza probada con enviar Dios trabajos que parezcan sacar de juicio, y esconderse Él, y parecer que añade mientras más es rogado.

Conviene pasar esto si queremos oir: Mujer, grande es la fe (San Mateo, 15, 28)

Esta lucha hemos de vencer si queremos nombre y corona de verdaderos y perfectos fieles: y conviene recibir azotes, y que escuezan hasta el ánima, y creer que son abarcijos de grande amor.

En esto, que de fuera parecer ira, hemos de creer el corazón de Dios muy pacífico, y sus entrañas muy paternales, para que no vivamos en sentido de carne, sino en fe, que es muerte de sentido de carne.

Esta, señor, es la sabiduría de la Cruz, que a ojos cerrada se sujeta a la santa ordenación de Dios, y con éste no juzgar, sino confiar en Él, es más sabia que todo el saber del mundo; porque quien a Dios quisiere conocer y agradar, no alce, sino abaje los ojos con humildad, y no escudriñe, y alcanzará el verdadero saber, y hallará al Señor de las virtudes, que en todas las cosas es suave para los suyos, y entonces les hace mayores bienes cuando a los jos de carne parece que los desampara.

Mas días ha que vuestra merced cantó este cantar: Mi amado a mí, y yo a Él (Cantar, 2, 16). Cántelo ahora, que para el tiempo de los trabajos son los requiebros: su amado la mira y tiene de ella cuidado; mírelo ella, y fíese de este cuidador.

Él a ella es padre, aunque la azote: sea ella hija en recibir con obediencia y hacimiento de gracias su azote; y si duele mucho mirando el azote, témplelo mirando la mano que envía el azote.

Su amado es, y más amador que amado; con amor la azota, con amor lo reciba, para que responda al tono que el Señor le habla.

Apurarla quiere con fuego; no huya del crisol, aunque le duela, que más vale quedar limpia de la inmundicia de la tierra, que es la propia voluntad, aunque quede hecha pedazos, que no sana y suya.

Cante al Señor: Probaste mi corazón y visitástelo en la noche: examinásteme con fuego, y no fue hallada en mi maldad. (Salmos, 16, 3)

Así, así, señora, apura Dios a sus escogidos; y quien así no es probado y apurado, no es hijo, ni será heredero.

Y pues ha días que vuestra merced tiene prendas de heredar sufra con paciencia la carga aneja a la herencia.

Muy rica y gozosa es élla; mas los herederos han de ser muy atribulados acá; y de la Cruz los han de quitar acá cuando entren a reinar allá, que no de placer a placer.

Agarrochados salen los buenos todos del coso, que los flojos sanos se van.

Y es así el buen cristiano, que de todas partes ha de tener garrochas.

Y cuando faltan tiranos y sayones, bastan la casa, los hijos, maridos y amigos, que por otras vías más blandas atormentan más que los otros.

Cierto es que ver padecer a quien amamos, cuchillo nos es, y el amor es nuestro sayón, y mientras mayor amor, mayor sayón; mas no le volvamos el rostro, que este amor fue el sayón de Jesucristo, que más le penó que los de fuera; y este fue el sayón de su Madre y de cuantos escogidos hay de Dios.

Apareje vuestra merced la cabeza para ser de Él cortada, su corazón para ser atormentado; y en la presencia de Dios y su corte, que le están mirando, pelee varonilmente pues le está aparejada excelente corona.

El Señor que envía el trabajo sabe el tiempo del desconsuelo, y El lo proveerá en su tiempo, y entre tanto de paciencia, y sea con vuestra merced siempre. Amén

B. Juan de Avila.Epistolario espiritual. Edit. Ebro. Zaragoza. 1965. Pags:92-95.

Exhorto a la piadosa meditación de la Pasión del Señor

Marzo 19, 2009

SAN BUENAVENTURA

(1217-1274)

Acuérdate, oh alma pía,
Muchas veces cada dia
De la pasión del Señor,
Por quien fuimos redimidos,
De dones enriquecidos
Por su puro y fino amor.

En pie, sentado o postrado,
Si hablares o estés callado,
Si cansado o descansares,
Busca a Cristo, en quien esperas,
Crucificado; y no quieras
Perderlo si lo topares.

Contempla con diligencia
De Jesús la gran paciencia,
Para de él te condoler.

Su muerte, oh alma cristiana,
Llora por tarde y mañana;
Que allí gozo has de tener.

¡Qué ultrajado! ¡ qué mofado
Fue el Rey del cielo! ¡ qué ajado
Para el mundo redimir!

¡Qué hambre , qué sed padeció!
Y iqué pobreza sufrió
Hasta que llegó a morir !

No olvides, no, su pobreza;
No la mísera vileza
Y el ultraje duro y largo.

Si tienes entendimiento,
Ten presente su tormento,
Su hiel y su ajenjo amargo.

Pensando esto llora y gime;
Un gran dolor te lastime
Y aflija tu corazón.

Angustiado y condolido,
Lloroso y compadecido
Mira a Cristo en su pasión.

Mira al varón de dolores
Entre penas y rigores
Ir al suplicio cruel.

Sea tu gozo y reir
En la cruz con él morir,
Y afrentado ser con él.

Cuando te ves afligido,
Tan hollado y abatido,
Que casi ya desalientas;
Mira a Cristo entre dolores,
Sus congojas, sus temores,
Sus salivas, sus afrentas.

Finalmente en cuanto hagas,
De Jesús mira las llagas
Con dolor de compasión;
Y sean toda la vida
Tu alimento, tu comida
Y alegre recreación.