Archivo de Abril 2009

Mayo: Mes dedicado a Nuestra Señora

Abril 30, 2009

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Ejercicio del Mes de María

Por la señal…

Señor mío Jesucristo…

Oración para empezar todos los días

¡Oh Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra! siempre te amamos, siempre te invocamos, siempre nos consagramos a ti. Pero especialmente en este mes de las flores, que los cristianos dedican a tu amor.

¡Oh! Paraíso del nuevo Adán sin serpiente! ¡oh Huerto cerrado! ¡oh Lirio de los valles, Azucena sin mancha, flor sin espinas, Rosa mística! ¡oh flor de Jesé, Palma de Cadés, Cedro del Líbano! ¡oh flor de todas las gracias, cuyo fruto es Nuestro Señor Jesucristo! Haz que en nuestras almas florezcan todas las virtudes y gracias de Dios, y fructifique Nuestro Señor Jesucristo en santidad y gracia. Y, pues eres fuente sellada y pura, no permitas que se sequen jamás en nuestras almas la flor de tu devoción y el fruto del amor de Jesucristo, tu Hijo.

Se lee la flor que toque cada día según están después.

Oración a la Virgen.- Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que uno sólo de cuantos han acudido a vuestro socorro, haya sido desamparado; Yo, pecador, animado con tal confianza, acudo a Vos, oh Madre Virgen de las vírgenes, a Vos vengo, delante de Vos me presento gimiendo. No queráis, oh Madre del Verbo, despreciar mis palabras; antes bien oídlas benignamente y cumplidlas. Amén.

Oración final.- Concédenos, por favor, Señor Dios, que nosotros, tus siervos, gocemos de continua salud de alma y cuerpo; y por la gloriosa intercesión de la bienaventurada siempre Virgen María, seamos libres de las tristezas de la vida presente y disfrutemos de las alegrías de la vida eterna. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Flores para cada día.

Día 1. Flor del campo. – Yo soy la flor del campo, dice la Virgen. María es flor del campo cristiano, que nos supera en mérito como la flor a las yerbas y lleva el fruto preciosísimo de Nuestro Señor Jesucristo. Ofreced flores de virtudes a la flor del campo.

Confía en la Virgen.- Tú eres la esperanza única de los pecadores, porque por tí esperamos perdón de todos los delitos. (San Agustín)

Examen.- Examina hoy tus actos de piedad. ¿Qué actos de piedad tienes ? Oración al levantarse, al acostarse, al comer, Misas. Comuniones. Rosarios. Examen de conciencia. Meditación… ¿ Y cómo los haces?

Práctica.-Haz propósito de practicar algunos actos de piedad, y de practicarlos bien. Y ofrece alguno especial a la Virgen. Por ejemplo, una visita al santísimo o una misa.

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Día 2. Paraíso.- La Virgen, no sólo es una flor, es un paraíso, un jardín en que se recrea la Santísima Trinidad. Llevemos a su altar flores de virtudes, sin serpientes de pecado.

Confía en la Virgen.- ¡Oh purísima! nadie se libra de males sino por ti. ¡Oh santísima! nadie consigue la salvación sino por ti. ¡Oh Castísima! nadie logra ninguna gracia sino por ti. ¡Oh Venerabilísima! nadie obtiene misericordia sino por ti. (San Germán)

Examen.- Examina tu tiempo. ¿Cómo lo usas ? ¿En cosas útiles? ¿en bagatelas? ¿con exactitud, diligencia, orden? ¿Qué distribución haces de tu tiempo? ¿buena o mala?

Práctica.- Aprovecha bien el tiempo de este día, en cosas útiles, sean o no gustosas. El tiempo es oro para ganar la eternidad.

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Día 3. Azucena.- Azucena sin mancha es María, símbolo de pureza sin mancha. Ofrécele hoy un día de pureza y castidad.

Confía en la Virgen.- ¿Por qué ha de temblar la fragilidad humana de acercarse a María? Nada hay en ella austero, nada terrible; toda es suave. (San Bernardo) – ¡Oh María, llena de unción, de misericordia, llena de piedad! (San Buenaventura.)

Examen.- Examina hoy tu sueño. ¿Duermes más de lo que conviene a tu salud, a tu virtud, a tu obligación? ¿te acuestas y levantas a hora conveniente?

Práctica.- Hoy procura acostarte a hora conveniente, y mañana madruga un poco. Y si tienes desarreglo en el dormir, arreglo este tiempo.

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Día 4. Rosa - La rosa mística que brota de las espinas de Eva, fue la Virgen María. Eva fue la espina. María es la rosa; el mundo es el rosal. Desprecia al mundo lleno de espinas y ama a la Rosa.

Confía en la Virgen.- ¡Feliz confianza! ¡Feliz refugio! La Madre de Dios es madre nuestra. Así, pues, ¿con cuánta certeza no deberemos esperar, puesto que nuestra salvación depende de un buen hermano y de una madre piadosa? (San Anselmo)

Examen.- Examina hoy tus comidas. ¿Comes mucho? ¿o menos de lo conveniente? ¿con demasiado regalo? ¿con demasiado gasto? ¿demasiadas veces? ¿demasiadas golosinas? Y ¿bebes mucho o muy caro? Y ¿das de comer bastante a tus criados? ¿y a los pobres?

Practica. – Moderarse, y aun mortificarse en la comida o en la bebida, con prudencia. No comer fuera de horas. Dar algo a algún pobre.

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DÍA 5, Lirio.- La Virgen es lirio de los valles. Llena de virtudes y magnificiencia. Procuremos nosotros revestirnos de la gracia divina y las virtudes.

Confía en la Virgen.- Si no quieres ser envuelto por la tempestad, mira a la estrella, invoca a María. ¿Quién no esperará en ti, si ayudas aún a los desesperados? (San Bernardo)

Examen.- Examina hoy tus diversiones. ¿Son honestas, peligrosas o demasiadas? ¿Faltas por ellas a tus obligaciones? Y ¿llevas a buenas diversiones a tu familia?

Práctica.- Prívate hoy de alguna o de todas las diversiones; ten la virtud de la templanza. Y el dinero de ellas, dalo a los pobres.

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Día 6. a Árbol de la vida. – El árbol de la vida estaba en el Paraíso, y cuando Adán fue echado de él, lo perdió; pero Dios ha puesto en la Iglesia otro árbol de vida mejor en María, que es la vida eterna.

Confía en la Virgen.- En los peligros, las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María; no se aparte de tus labios, no se aparte de tu corazón. Si ella te protege, no temas. (San Bernardo).

Examen.- Examina hoy tu conducta con tus padres y superiores. ¿Los respetas? ¿los obedeces? ¿los amas? ¿los atiendes en sus necesidades o en tus obligaciones?

Práctica.-Ejercítate  hoy en algún acto de humildad o de obediencia para con tus superiores. Y procura cumplir bien las obligaciones de tu cargo, aunque no te vean.

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Día 7. La palma.- Como la palma de Cades fue exaltada la Virgen en la Iglesia, y da palmas de victoria a todos los que quieren luchar bajo su amparo contra el pecado, y en favor de la virtud.

Confía en la Virgen. – Hijitos míos, ésta es la escala de los pecadores, esta mi mayor confianza, ésta toda la razón de mi esperanza. (San Bernardo)

Examen. - Examina hoy tu conducta con tus hijos o súbditos. ¿Los educas bien? ¿Los amas? ¿les mandas como conviene? ¿con amor? ¿con entereza? ¿con suavidad? ¿con energía? ¿Y a tus criados, obreros, o inferiores?

Práctica. – Ejercítate en mandar bien y educar bien. Piensa durante algún rato cómo debes hacerlo, pues n es fácil educar bien sin pensarlo mucho.

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Día 8. Huerto cerrado.- Es María huerto y jardín cerrado de delicias en el que no entró jamás la serpiente; es Virgen Inmaculada, para que naciese en ella el Hijo de Dios.

Confía en la Virgen.- Considerad con cuanto afecto de devoción quiere Dios que honremos a María, puesto que en sus manos puso toda la plenitud de todo bien. De manera que si tenemos algo de esperanza, algo de gracia, algo de salvación, estemos ciertos de que nos redunda de María. (San Bernardo)

Examen. Examina hoy tu conducta con tus amigos. ¿Tienes buenos amigos? ¿o malos? ¿te pervierten? ¿o los convertirás a ellos? ¿Eres fiel? ¿generoso? ¿sacrificado?

Práctica.- Si tienes amistad peligrosa, rómpela hoy mismo; si tienes algún enemigo, perdónale y aún, si es preciso, reconcíliate con él.

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Día 9. El tomillo . - ¿No veis cómo el tomillo pisado por los suelos llena de fragancia el ambiente? ¿No veis cómo da dulce miel a las abejas para sus panales? También la Virgen, mortificada en sus dolores, llena al mundo de fragancia y dulzura.

Confía en la Virgen. - Dios no quiso que tuviésemos nada que no pasase por manos de María. (San Bernardo)

Examen. – Examina hoy tus lecturas. ¿Qué periódicos lees? ¿qué revistas? ¿qué novelas? ¿qué libros? ¿buenos? ¿malos? ¿fútiles? ¿todos de pasatiempo y recreo? ¿ninguno de utilidad y doctrina? ¿todos mundanos? ¿ninguno de piedad? ¿ninguno de instrucción religiosa?

Práctica.- Compra y lee algún libro bueno; no leas nada malo, no mucho de recreativo, bastante de instructivo, y siempre algo de piadoso.

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Día 10. La oliva. – La paloma de Noé trajo al arca el ramito de oliva, que le indicaba que pronto vendría la serenidad y la paz. El Espíritu santo envía a María a los corazones para asegurarles la paz y la gracia.

Confía en la Virgen.- ¡Oh María! tú eres madre del reo, tú madre del juez. Y pues eres madre de uno y otro, no puedes tolerar discordias entre tus hijos. (San Buenaventura)

Examen.- Examina hoy tu genio y carácter. ¿Es duro? ¿soberbio, iracundo, hosco, huraño, desdeñoso, mortificante? O ¿es blando, dulce, caritativo, humilde, afable, amistoso, risueño? O ¿es flojo, tímido, cobarde, inerte, indeciso?  ¿es raro, natural, exagerado, razonable, variable, constante, igual con todos?

Practica.- Corrige hoy algún defecto de tu carácter.

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Día 11. El ciprés.- Alzase derecho de la tierra al cielo. Así se alzó la Madre de Dios entre las demás plantas del mundo. Alzate tú también derecho a Dios, separándote del amor de las cosas terrenas.

Confía en la Virgen.- Si ella fue hecha madre del Señor en favor de los pecadores, ¿como podrá la enormidad de mis pecados obligarme a desesperar del perdón? (San Anselmo)

Examen. - Examina hoy tus trabajos ¿cumples con tus obligaciones? Recorrelas brevemente y míralo. Y ¿pudieras cumplir con ellas mejor que lo haces? Y el tiempo libre ¿en qué lo empleas? ¿Eres ocioso?

Práctica.- Esmérate hoy en cumplir mejor tus obligaciones y en aprovechar bien el tiempo en algún trabajo. Evita el ocio.

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Día 12.- El plátano. Como el plátano junto a la corriente del río, es María plantada junto a la corriente de la gracia. Como ella creceremos si acudimos con frecuencia a la corriente de los Sacramentos.

Confía en la Virgen. – María es la medianera más fiel de nuestra salvación (San Buenaventura) Por María que ha venido al mundo. (San Antonino)

Examen.- Examina hoy tu instrucción religiosa. ¿Sabes los fundamentos de tu religión? ¿Sabes la doctrina cristiana, al menos su sentido? ¿Sabes la historia de tu religión? ¿Lees, estudias, oyes sermones o instrucciones?

Práctica.- Repasar hoy el catecismo o leer algún libro de Religión, o asistir a algún sermón o comprar algún libro de instrucción religiosa y comenzar a leerlo.

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Día 13. La zarza. -La zarza que vio Moisés ardía y no se quemaba. he aquí la prerrogativa del amor divino.; arde y no quema. En él inflamada, la Virgen ardía sin quemarse.

Confía en la Virgen. – Todos los dones, virtudes, y gracias se dispensan por manos de María a quienes ella quiere, cuando quiere y como quiere (San Bernardino)

Examen.- Examina hoy tus obras de misericordia ¿Tienes amor del prójimo? ¿haces algún beneficio a algún necesitado? ¿Das alguna limosna? Desperdicias lo superfluo o lo consumes sin necesidad?

Práctica.- Repasa en el catecismo las obras de misericordia, una por una, fijándote en ellas, y mira si puedes practicar alguna. No faltará ocasión de practicar una u otra en este mismo día.

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Día 14. El incienso. - En medio de nuestras míserias se eleva al cielo el amor purísimo de las virtudes de María, como el incienso en los altares, homenaje gratísimo a la divinidad.

Confía en la Virgen. – Gran privilegio es el de María, pues es la más poderosa ante Dios (San Buenaventura).- Al imperio de la Virgen todo se somete, aún el mismo Dios. (San Bernardino)

Examen.- Examina hoy tus pecados graves (¡ojalá no tengas ninguno!) o los peligros en que te hallas de cometerlos, y las ocasiones o compromisos en que estás o en que te vas metiendo. ¿Eres peor cada día? …

Práctica. Si tienes algún pecado grave, confiésate hoy, si puedes. Si no lo tienes, alégrate. Y si vives en peligro de cometerlo (compañías, sociedades, lecturas, casas, espectáculos, sal de ellos hoy). 

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Día 15. La mirra.- Junto con el incienso, se eleva la mirra, símbolo del sacrificio, que hace más perfecta la oración. María fue corredentora de los hombres por el sacrificio de sus dolores al pie de la cruz.

Confía en la Virgen.- ¡Oh Señora! tanto te ha exaltado Dios, que te ha concedido el poder de todas las cosas con él. (San Anselmo) – ¡Oh María tu Hijo llena tus peticiones, como quien paga una deuda. (San Jorge de Nic).

Examen.- Examina hoy tus pecados veniales. ¿Tienes cuidado de evitarlos? ¿o los cometes sin poner ninguna diligencia en evitarlos? ¿A cuáles eres más propenso? Y aunque veniales, se acercan a mortales? ¿te pueden conducir a ellos? ¿crecen?

Práctica.- Procura hoy evitar los pecados veniales y examinando cuáles son los mayores, procura hoy desarraigarlos.

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DIA 16. La violeta. – ¡Qué pequeña es! ¡y qué humilde! y qué graciosa! ¡y cómo perfuma todo el ambiente! ¡Mira a María! ¡Qué pequeña fue a los ojos del mundo! ¡pero qué llena de gracia! ¡y cómo llena de perfume a toda la Iglesia!

Confía en la Virgen.- Potentísima y piadosísima es la caridad de la Madre de Dios. Abunda en afecto de compasión y en afecto de socorro; tan rica en lo uno como en lo otro. (San Bernardo)

Examen.- Examina hoy el estado de tu alma. ¿Eres bueno? o ¿eres malo? ¿vives indiferente? ¿descuidado del amor de Dios, de la otra vida y de la religión y de la virtud y la honradez?

Práctica.- Hoy, retirado, piensa un rato en tu alma; que tienes alma, que el alma es lo principal de ti, que vas a morir en el cuerpo, que vas a vivir en el alma, que vas a ser juzgado y condenado o salvado.

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Día 17. El Árbol florido.- Si en la Virgen, árbol florido, cuajado de virtudes, y rico de frutos, hubo tanta mortificación, en mí, leño seco, árido y estéril que, o no doy fruto, o solo muy poco, ¿qué debe haber?

Confía en la Virgen.- ¡Oh admirable misericordia de Dios con nosotros! para que no huyamos de él por temor a la sentencia, quiso darnos por abogada a su Madre y Señora de la gracia. (San Buenaventura)

Examen.- Examina hoy el estado de tu cuerpo. ¿Lo cuidas bien? ¿Lo cuidas mal? ¿lo cuidas demasiado bien? ¿con demasiado regalo? ¿lo mortificas algo  en sus deseos innecesarios y superfluos?

Práctica- Procura hoy guardar en el cuidado de tu cuerpo la debida templanza, por lo menos, y aún hacer algún acto de mortificación corporal. Piensa un poco en que morirás y tu cuerpo se deshará.

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Día 18. El cedro.- El cedro es el rey de los árboles, por eso la Virgen es comparada al cedro del Líbano.- Nosotros somos, a su lado, menudos arbustos que se agrupan a su sombra.

Confía en la Virgen.- Es imposible que no sea oida la Madre de Dios (San Antonio).- El nombre de María abre las puertas del cielo. (San Efrén)

Examen.- Examina hoy el orden de tu casa. ¿Tienes en orden todas las cosas? ¿procuras que se guarde en ella la ley de Dios y la norma de la virtud? ¿Rezan el Rosario juntos? ¿bendicen la mesa? ¿dan gracias por la comida? ¿se retiran todos a tiempo? ¿conservan el buen nombre de la familia?

Práctica.- Establecer algún acto de piedad en común, y si hay algún defecto en la familia, corregirlo.

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Día 19. El bálsamo.- Bálsamo es la Virgen María de muchos dolores y heridas del espíritu. ¡A cuantas almas ha dado la salud de sus pasiones y aún la resurrección de entre sus vicios y pecados!

Confía en la Virgen. - Invocando el nombre de María, aunque nada merezcan los méritos del que la invoca, interceden los méritos de la Madre para que sea oido. (San Anselmo)

Examen.- Examina hoy tu urbanidad. La urbanidad verdadera es caridad con buenas formas exteriores ¿Tienes algún defecto en tus formas exteriores? ¿tratas a todos con delicadeza? ¿hay algo en ti que sea molesto a los demás o repugnante?

Práctica- Si hallas en ti algún defecto de urbanidad, procura enmendarte de él y tratar a todos con finura y delicadeza.

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Día 20. El nardo.- Estando el Rey en su aposento, dice el Cantar de los Cantares, el nardo de la Esposa exhaló fragancia purísima que atrajo al Rey a la tierra. Pon en tu corazón la devoción a María y se inclinará a ti tu Dios.

Confía en la Virgen.- Así, pues, veneremos con toda la fuerza de nuestro corazón a María, porque esta es la voluntad del que quiso que todo lo tuviésemos por medio de María. (San Bernardo)

Examen.- Examina hoy tus conversaciones y palabras ¿Son decentes? ¿son honestas? ¿son fútiles? ¿son provechosas? ¿son agradables? ¿son tontas, precipitadas, molestas, desdeñosas, maliciosas? 

Práctica.- No tener conversación mala. Procura tener conversación buena. Desviar la conversación mala a otra buena o no mala. Dejar las palabras malas, indecentes o groseras.

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DÍA 21. La vara de Jesé.- De la vieja cepa de Adán brotó la vara de Jesé, esta virgencita hija de David, en la cual brotó la flor de Nazaret, Jesús, que dio vida a toda la cepa de Adán, de que había brotado.

Confía en la Virgen.- Por pecador que uno haya sido, si es devoto de María, nunca perecerá. (San Hilario)

Examen.- Examina hoy tus juicios ¿Eres bien pensado de otros? ¿eres de los que todo lo ven malo en el prójimo? ¿eres receloso y suspicaz? ¿eres quisquilloso e irritable?

Práctica.- Haz hoy el trabajo de buscar en los prójimos todo lo bueno que haya en ellos, y de indagar las excusas que tienen de sus defectos, hasta donde puedas. 

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Día 22 El Terebinto.- “Como el terebinto extendí mis ramos de honor y de gracia”. Así es; como el terebinto extiende por toda la Iglesia la Virgen sus ramos, que cobijan y ofrecen delicioso amparo a todos los fieles.

Confía a la Virgen. - Así como es preciso que se pierda todo el que sea rechazado y despreciado por ti, así es imposible que se pierda todo el que recurra a ti y sea mirado por ti. (San Anselmo)

Examen.- Examina hoy tus discusiones ¿Son discusiones o son griteríos? ¿Procedes con reflexión o con ceguedad? ¿Pasas fácilmente al insulto, a la grosería, a la ofensa, hiriendo más bien que convenciendo?

Práctica.- Procura hoy, o evitar disputas, o si se presenta alguna, proceder en ella con reflexión y calma, y confesarlo cuando veas que el otro tiene razón.

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Día 23. El granado.- “Tus aromas son como vergel de granados” ¡Oh! ¡Si los hijos de la Virgen estuviésemos tan unidos entre nosotros en caridad, como los granos de las granadas! ¡Qué suave fragancia para la Virgen!

Confía en la Virgen.- ¡Qué grande es la paz de los que te aman, dulce madre mía! Su alma escapará de la muerte eterna (San Buenaventura)

Examen.- Examina hoy el ornato de tu casa. Cuadros muebles, juguetes. ¿Son decentes? ¿Demasiados? ¿Cristianos? ¿Tienes pila de agua bendita? ¿Algún Crucifijo? ¿Alguna imagen del Corazón de Jesús y de la Virgen?

Práctica.- Quita lo mundano y pon lo cristiano. Compra un Santo Cristo. Si puedes pon una imagen del Corazón de Jesús en buen sitio. Es promesa suya: “Bendeciré las casas en que esté expuesta y sea honrada la imagen de mi Sagrado Corazón”

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Día 24. El manzano.- “Yo soy como el manzano entre las selvas”. La selva somos nosotros vueltos al estado silvestre y estéril, por el pecado de la primera manzana. Pero María es el nuevo manzano del nuevo paraíso, que ofrece manzanas de vida.

Confía en la Virgen.- El que tuviere el sello de María, será apuntado en el libro de la vida. (San Buenaventura)

Examen.- Examina hoy tus ganancias ¿ganas demasiado? ¿Y justamente? ¿Y honradamente? ¿O ganas poco por tu culpa? ¿Te afanas demasiado por los negocios? ¿O demasiado poco?

Práctica.- Tomar el término de los negocios y de las ganancias. Y no dar a ellos todo el tiempo con perjuicio de los negocios del alma. El primer negocio es la vida eterna.

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Día 25. La fuente sellada.- ¡Oh fuente sellada desde el pecado de Adán, y abierta desde tu inmaculada concepción, riéganos con la gracia que de ti sale en el nacimiento de tu Hijo divino!

Confía en la Virgen.- ¡Tened compasión de mis debilidades, Virgen sin mancha! Vos lo podéis todo como Madre de Dios. Por vuestras preces maternales violencia a la misericordia de vuestro Hijo y dignaos restablecer a vuestro indigno y desventurado siervo en su antigua y primera gloria. (San Efrén)

Examen.- Examina hoy tus gastos. ¿Gastas mucho? ¿O eres muy avaro y ni gastas lo necesario? Das a tu mujer, hijos, criados, dependientes, lo justo, lo conveniente, lo demasiado? ¿Pagas bien los jornales? ¿Tienes deudas? ¿Juegas, derrochas, gastas lujo y ostentación? ¿Dejas perder cosas que aprovecharían otros?

Práctica.-Procura moderar tus gastos conforme es razón.

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Día 26. El Sol.- La Virgen no es el sol, pero aparece revestida de sol, y para nosotros nos sirve de sol, porque con ella viene toda la luz y el calor de la gracia, que es Jesucristo, en sus brazos.

Confía en la Virgen.- ¡Oh Virgen que vences toda alabanza! todo lo que tú quieres lo puedes ante Dios, de quien eres madre. (San Efrén)

Examen.- Examina hoy tus vestidos ¿son lujosos? ¿Honestos y castos? ¿Provocativos? ¿Excesivos? O también ¿son miserables, rotos, sucios, indignos de tu estado, ridículos, feos?

Práctica. Si tienes demasiados vestidos modera tu exceso. Da algo a los pobres desnudos. Viste con decoro, con elegancia propia de tu posición, pero con menos gasto que el que puedas, y sobre todo, con modestia cristiana.

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Día 27. La estrella matutina.- Antes que el Sol, y antes que el día aparece la estrella matutina, que todo lo llena de alegría y de esperanza. La devoción a la Virgen es el primer rayo que aparece en el día de la conversión.

Confía en la Virgen.- ¡Oh Señora! interceded por nosotros ante vuestro Hijo. Porque ¡oh virgen María! vuestra intercesión no es jamas rechazada por el Señor. El no rehusa nada de cuanto le pedís, porque tan cerca estáis de la simplícisma y adorabilísima Trinidad. (San Juan Damasceno)

Examen.- Examina hoy tus pasiones. ¿Tienes alguna pasión que te domine y te lleve al mal? ¿alguna que te ponga en peligro de faltar? ¿cuáles son las principales pasiones en ti?

Práctica.- Procura dominar tus pasiones en este día y siempre. Y hoy hacer algún acto de mortificación que se te presente.

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Día 28. La estrella vespertina.- Aun después de puesto el sol, vibra la estrella vespertina, con a luz del crepúsculo. La devoción y el fervor de María duran en muchos aún después del pecado; aun hay esperanza mientras brille; cuando muere es de noche.

Confía en la Virgen.- Aun cuando yo fuese sumergido en los abismos del infierno, vos vendríais a buscarme y a sacarme para devolverme a vuestro Hijo Jesucristo, Nuestro Señor, que me compró y me lavó con su sangre divina. (San Anselmo)

Examen.- Examina hoy tu soberbia. ¿Tienes alguna? ¿mucha? ¿vanidad, arrogancia, orgullo, presunción? … O al revés: ¿eres demasiado apocado, y tímido y lleno de vanos respetos humanos? ¿Eres digno con los superiores? ¿y respetuoso con los inferiores?

Práctica.- Ser sinceramente humilde y sencillo, pero sin apocamiento ni pusilanimidad.

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Día 29. La vara de Aarón.- La vara de Aarón, seca y todo como era, germinó llena de frescura. Esta Virgen es la verdadera Vara de Aarón, en la que todos brotamos de nuevo llenos de vida y de savia.

Confía en la Virgen.- Por muy pecador que uno haya sido, si fue devoto de María no perecerá. (San Hilario)

Examen.- Examina hoy tu castidad. ¿Procuras ser casto en pensamientos, palabras y obras? y sobre todo en los peligros y ocasiones, en las lecturas, conversaciones, amistades, espectáculos, etc?

Práctica.- Si tienes algún peligro de faltar a la castidad, resuevle hoy mismo quitarlo y quítalo desde luego: rompiendo un mal libro, un cuadro obsceno, no yendo a un sitio peligroso.

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Día 30. El cinamono.- “Como el cinamono despedí fragancia” Y tanta y tan exquisita como es la fragancia de las virtudes de la Virgen. Toda la Iglesia está impregnada de su suavidad.

Confía en la Virgen.- Miles y miles de hombres aclaman a ti ¡oh María! y todos se salvan. (San Anselmo). Mas querría estar sin pellejo que sin devoción a María. (B. Juan de Avila)

Examen.- Examina hoy tu amor a Dios. Amar a Dios es hacer su voluntad antes que la nuestra ni la de nadie; querer antes perder todas las cosas que ofenderle. ¿Amas tú a Dios en la práctica?

Práctica. - Ejercítate hoy en amor de Dios, con algunos actos de afecto, de palabra, y de religión. Y haz por amor de Dios alguna buena obra, sobre todo de beneficiencia, al prójimo.

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Día 31. El clavel.- ¿Veis cómo brotan los claveles y se multiplican? Así se multiplican las virtudes de los que siembran en su corazón la devoción a la Virgen María. Y ¡qué suavemente huelen!

Confía en la Virgen.- Es imposible que un servidor de María se condene, con tal que la sirva fielmente y se recomiende a su maternal devoción. (San Ligorio)

Examen. - Examina hoy tu devoción a la Virgen ¿Eres verdaderamente devoto de Nuestra Señora? ¿En qué consiste tu devoción? ¿En algún acto superficial? o ¿en un sincero amor y consagración  a la Virgen?

Práctica.- Procura hoy hacer bien todo lo que se refiera a la Virgen de alguna manera: hacer bien todo lo que hoy hagas, sufrir bien todo lo que se ofrezca, por la Virgen y conságrate a ella.

Devocionario de la Virgen coronada. Nuestra Señora del Rosario de Nueva Pompeya.P.P. Capuchinos. Bs. As.

Ejercicios de piedad y devoción en obsequio del Sagrado Corazón: MAYO

Abril 29, 2009

PRIMER VIERNES DE MAYO

Lección espiritual

El devoto del Sagrado Corazón de Jesús debe, en cuanto le sea posible, tener unido a Él su corazón; buscar en Él su amparo, y socorro, en las necesidades espirituales.

El corazón del hijo de Dios criado para recibir perpetuamente las impresiones y producir los actos del amor divino, ha honrado y honra más a Dios con un solo acto de amor, de lo que lo honrará el amor de los Apóstoles, de los Serafines, y de todos los Santos por toda la eternidad.

Este corazón es de una santidad infinita, porque es santo con la santidad misma del Verbo.

Aunque juntásemos todo cuanto en género de gracias, de perfecciones, y de dones sobrenaturales se ha repartido a los corazones de los Santos, no encontraremos con todo eso nada en un conjunto tan admirable que pueda ser comparado a las riquezas del Divino Corazón de Jesús.

Confrontado con Él desaparece cuanto puede hallarse de estimable, de grande, y de santo en todos los demás corazones.

A más de esto, de la abundancia de este corazón adorable reciben diariamente las almas piadosas esposas de Jesucristo las gracias más extraordinarias, y los excelentes favores, y por este motivo tienen siempre unidos sus corazones al de Jesús.

Conocen que esta unión es un poderosísimo medio para participar de las espirituales e inexhaustas riquezas de que está colmado.

El Corazón de Jesús, abunda, y rebosa de toda suerte de bienes: abundat et superabundant omnibus bonis.

Santa Matilde decía, que no era suficiente un volumen por grande que fuese para escribir en él todas las gracias que habían recibido de este corazón misericordioso.

La misma Santa refiere que el Salvador le había dado a conocer, que todas las gracias que Dios dispensa continuamente a los hombres, según la capacidad de cada uno, derivan de la plenitud de su corazón.

 ”Oh si pudiese yo contar, dice la Venerable Madre Margarita en una de sus cartas todo lo que sé de esta amable devoción al Sagrado Corazón de Jesús, y descubrir a toda la tierra los tesoros de gracia que Jesucristo encierra en su Corazón”.

Santa Francisca vio un día en una visión al corazón del Señor traspasado, oyó muchas veces repetir estas palabras. El que tuviese sed, venga a mí, y beba.

Teniendo, pues, el Corazón de Jesús encerrados en sí todos los tesoros de la bienaventuranza, como decía a Santa Gertrudis el amado discípulo, que en el tiempo de la última cena sacó de él, tan sublimes conocimientos in quo latent omnis beatitudinis thesauri. Tengamos a él unidos nuestros corazones, de manera que no amen, no deseen, no suspiren, no respiren, por decirlo así, sino por él.

¡Que objeto de complacencia no serán entonces para el Eterno Padre! Así como nada hay más grande a sus ojos que el Corazón de su Hijo, no hay tampoco cosa que más le agrade, que un corazón que estando íntimamente unido al suyo, viene en cierta manera a transformarse en él.

Nuestras súplicas, nuestras acciones, nuestros afectos, se vuelcan por esta unión en cierto modo divino.

La unión con Jesucristo interesa generalmente a todo cristiano, porque es de fe, que no podemos agradar al Padre Eterno, sino por medio de su dilectísimo Hijo.

Y puntualmente por este motivo debemos procurar, como dice un gran santo, unir todas nuestras acciones a las que Jesucristo,  Salvador nuestro, se dignó obrar por nuestra salud, para que así sean saludables a nosotros, y gratas a Dios por el mérito de las suyas.

Pero la unión del corazón al Corazón de este Divino Salvador interesa especialmente a aquellos cristianos, que lo han tomado por objeto de su particular devoción.

¿Aman estos alguna cosa, hacen alguna oración, padecen alguna pena? Amen, oren, sufran en unión del amor de Jesús, de sus oraciones, y de sus penas; y como decía la Venerable Madre Margarita, en unión de sus intenciones.

El autor de la vida del Sr. Bu dice, hablando de la oración de este gran Siervo de Dios, que tenía puesta la mira en su oración en no ver más que a Dios, en no amar más que a su Divina majestad; en no obrar sino por su gloria, en no padecer sino por él; y unirse íntimamente fiel, y tiernamente a las adorables disposiciones del Corazón de Jesucristo.

Una de las mayores ventajas de este ejercicio de unión es, que un cristiano uniendo su corazón al Sagrado Corazón de Jesús, puede con más confianza valerse de este Corazón, como de un suplemente, o tesoro de donde saque riquezas celestiales que presentar a Dios para suplir a la fidelidad, y al fervor que le falta en el camino de la virtud.

Esto es lo que hacía Santa Gertrudis, siguiendo la doctrina que el mismo Señor le había enseñado. Un día que se esforzaba inútilmente en orar sin distracciones y estaba por esto muy desconsolada, le mostró Jesús su Corazón para consolarla y le dijo: he aquí mi Corazón, las delicias de la Ssma Trinidad. Yo te lo presento para que puedas suplir con el lo que te falta. El suplirá por ti continuamente reparando tus negligencias.

Blosio enseña esta misma práctica en sus obras, de donde se ha sacado la siguiente oración: “Padre celestial, yo os ofrezco el encendido amor, y los ardientes deseos del Corazón de Jesucristo, vuestro amado Hijo, para suplir la aridez, y frialdad de mi tibio corazón”.

La Venerable Madre Margarita la aconseja también en muchos lugares de sus escritos. A una novicia le dice: “Cuando os sentís en la oración como impotente a formar algún buen pensamiento, ofreced al Eterno Padre todo lo que hace el Corazón de Jesús en el Santísimo Sacramento, para que él supla a lo quisierais, y debierais hacer. Cuando hubiereis cometido alguna falta, después de humillaros, iréis a tomar en el Corazón de Jesús, la virtud contraria a vuestro defecto, para ofrecerla en satisfacción al Eterno Padre”.

Quiera Dios que los que leyeren esta lección imiten en esta práctica al célebre Padre Luis de la Puente, sujeto bien conocido por sus obras espirituales, y particularmente por sus meditaciones. Se refiere en su vida que habiendo leído en los escritos de Santa Gertrudis y en Blosio el ejercicio de ofrecer a Dios las propias acciones y trabajos en unión de los de Jesucristo, y suplir con el amor de su Divino Corazón a lo que les falta, propuso uniformarse a esta práctica, la que con el ejercicio se le hizo familiarísima.

Hay otra ventaja en este método de unión al sagrado Corazón de Jesús, y es que un corazón así unido tiene más proporción de ofrecer al Divino Corazón las propias acciones, afectos, y deseos para que los purifique, y perfeccione; medio excelente que Blosio encomienda en tres de sus obras, y que lo llama de los más importantes.

“Procurad, procurad, dice en su Espejo Espiritual, ofrecer vuestras obras, y vuestros ejercicios al Dulcísimo y Sacratísimo Corazón de Jesús para que los purifique. Este Corazón lleno de amor desea, y está siempre pronto a perfeccionar en vos en una manera perfectísima lo que hubiere imperfecto.

En el libro tercero de la venerable Madre Margarita se leen las resoluciones que hizo en un retiro espiritual el año de 1684 las cuales son un compendio de cuanto se ha dicho en esta lección. “Yo uniré, dice, todas mis oraciones a las que Jesucristo hace en la Hostia por nosotros. El Oficio Divino a las alabanzas que dio este sagrado corazón al Padre Eterno… En todo lo que me ocurriere hacer, y sufrir entraré en este divino corazón para valerme de sus intenciones, uniéndome a él, y pidiéndole su auxilio. Después de cada acción le ofreceré a este Sagrado Corazón, para enmendar cuanto en ellas se hallare defectuoso, y principalmente en mis oraciones. Cuando cometiere alguna falta, después de haberme impuesto, y cumplido penitencia por ella, ofreceré al Padre eterno una de las virtudes de este Divino Corazón para compensar el ultraje que le hice, y con esto satisfacer a mi deuda. A la noche pondré en este corazón adorable todas las acciones del día, para que purifique cuanto hubiere en ellas de impuro, y de imperfecto.”

ACTO DE AMOR

Corazón sacratísimo de mi salvador Jesús, vos sois el corazón más amable, un corazón infinitamente amable, no solo por las perfecciones naturales, que en el más alto grado os adornan, pues sois el corazón más manso, más compasivo, pero aún mucho más por todas las gracias, y por todos los dones divinos de que estáis colmado, conteniendo vos solo mayor número que todos los Ángeles, todos los Santos, todos los Justos unidamente, y todo con una perfección infinita.

Vos sois el corazón más amable: un corazón infinitamente amable, porque sois el principio, y la fuente de las gracias de donde saca el pecador la esperanza del perdón de sus pecados, el justo la fortaleza en las tentaciones, luz en las perplejidades, y consuelo en las aflicciones.

Vos sois el corazón más amable, un corazón infinitamente amable, porque poseéis todo cuanto tiene la gloria de más magnífico; todo cuanto la divinidad, a quien estáis unido, tiene de mas grande, y de más amable.

Vos sois el corazón más amable, un corazón infinitamente amable, por que nos amáis con un amor infinito.

Amor que para expiar nuestras iniquidades, os obligó a sufrir tantas amarguras, y a dar el último aliento sobre la Cruz.

Amor que va con suma bondad en busca de corazones perversos, y recibe misericordiosamente a los que reconociéndose culpables os piden perdón.

Amor que os hizo instituir un Sacramento por el cual venís vos mismo a uniros a nuestros corazones en el modo más inefable.

¿Cómo, pues, o Divino Corazón, corazón infinitamente más amable de lo que podéis ser amado, sois amado tan poco?

Se puede decir que os conoce, quien no os ama? Quien os conoce, y no os ama, tendrá corazón de hombre? Ni el fuego mismo del infierno basta para castigar este exceso de insensibilidad, este prodigio de ingratitud, que se observa en la mayor parte de los corazones después de los prodigios, y el exceso de vuestro. ¡Ah! mas bien mil adversidades, mil males, mil muertes, que ser contado en el número de estos corazones insensibles, e ingratos.

Yo os amo con todo mi corazón: deseo amaros siempre mas y mas: Quisiera tener los corazones de todos los que no os aman, para con ellos amaros, con el más fiel, y ardiente amor.

Quisiera amaros tanto, cuanto os amaron los más inflamados corazones que haya habido en la tierra, cuanto sois amado en la mansión perpetua del amor, y cuanto os ama el corazón de aquella Virgen, que por el incendio y fidelidad de su amor, mereció ser ensalzada sobre los Ángeles y Santos.

¿Vos solo habéis bastado, oh corazón de mi Dios, a satisfacer plenamente al corazón de esta Virgen, y de todos los justos y no me bastareis a mi?

Oh! no permitáis que mi corazón busque otro objeto, ni que pierda jamás los buenos sentimientos que ahora tiene con vuestra gracia.

Haced que mi corazón muriendo continuamente a si mismo, no viva más que a vos, y para vos: que el temor de ofenderos, y deseo de agradaros sean siempre la regla de sus movimientos: que esta misma intención que tengo de agradaros, la renueve continuamente entre día para estar amando siempre, y que mi corazón se acostumbre de tal manera a este lenguaje de amor, que al último suspiro en mi muerte sea un acto de caridad perfecta. Amén.

MEDITACIÓN QUINTA

Sobre el amor del Sagrado Corazón de Jesús al padecer.

PUNTO PRIMERO

 Considerad que Jesús, a quien se debe todo honor, y respeto por naturaleza, y en sumo grado, como que es el unigénito del Padre, el Dios de la gloria, la inocencia, y la santidad misma; con todo eso escogió, viniendo al mundo por cuna un pesebre; fue tan pobre mientras vivió, que no tenía donde reclinar la cabeza; toda su vida, como dice el Venerable Tomás de Kempis, no fue sino una Cruz y un martirio perpetuo. ¡Oh! que desprecios no tuvo que sufrir! ¡Qué contradicciones! ¡Qué oprobios! hasta morir finalmente entre las ignominias y los más crueles tormentos.

Pudo haber escogido una manera de vivir más feliz, según el mundo, pero todas las inclinaciones de su corazón se enderezaron a los trabajos. ¿Cómo hablaba de su pasión a los Apóstoles, cuando ya se acercaba? Con expresión que mostraban bien cuanto la deseaba su corazón.

Jesús pues, ha amado el padecer, y yo lo huyo. Su Corazón lo deseaba ardientemente, y el mío lo teme, se entristece, y murmura. ¿Y al fin quien soy yo? Un pecador lleno de culpas, una víctima escapada del infierno, un hombre digno, no solo del desprecio de todo el mundo, sino de la misma suerte de Lucifer. Pero aún cuando fuese inocente, ¿me atrevería a pretender una vida diferente de la que Jesús tuvo en la tierra?

Los días en que Jesús tuvo más que padecer, y aun en los que fue calumniado, azotado, coronado de espinas, oprimido con una Cruz, fueron los días de la alegría de su Corazón: in die laetitiae Cordis ejus. ¿Y yo pretenderé que mis días pasen en reposo, y alegrías temporales? ¡Ah! que a vista de tal ejemplar no quiero ya sino llevar con el grande Apóstol las sagradas divisas de Jesucristo penante y moribundo, ni quiero conocer, ni pensar en otra cosa que en Jesús y en Jesús Crucificado.

¡O Cruz de mi Salvador! Cuando yo medito el ardor con Jesús te recibió y abrazó, no puedo menos de resolverme a no separarme jamás de ti. Tú me privarás de los honores de este mundo, pero me harás discípulo de Cristo.
Me quitarás la benevolencia de los hombres; pero para coronarme de gloria: separarás mi corazón de las criaturas, pero para unirlo perennemente al corazón de mi Dios.

PUNTO SEGUNDO

Considerad, que este amor tan ardiente del corazón de Jesús al padecer, provenía primeramente del amor que Jesús tenía al Padre, y del saber que sus penalidades promovían la gloria de su Padre. Los hombres llenos del amor de sí mismos no conciben la grandeza de Dios, lo que merece, y cuanto se debe hacer por su gloria.

Convenía que viniese Jesucristo hombre Dios a enseñárselo, sacrificando enteramente a sí mismo por esta gloria. Un tal amor al padecer provenía en segundo lugar del amor que Jesús nos tenía, y del saber que sus trabajos conseguirían nuestra salud.

Vos habéis merecido el infierno; no podíais libraros por vuestro brazo ni que os libertase ningún hombre igual vuestro. Solamente Dios hecho hombre podía hacerlo, aplacando con sus satisfacciones la ira divina.

El pensar que con sus penas os salvaría de la más desgracia, le hizo a Jesús no solo soportable, sino amable el padecer. Debo concluir, que si soy un verdadero hijo de Dios, debo a ejemplo de Jesucristo tener mi corazón dispuesto a hacer todos los sacrificios que mi Padre Celestial exigiría de mí.

¿Pide que le sacrifique mis riquezas? ¿La salud? ¿La reputación? Dios es el dueño, debo decir, disponga de todo como más le agradare. Mi corazón está pronto, o Señor, pronto está mi corazón.

Si Jesús me ha mostrado su amor padeciendo tanto por mi, ¿no querré yo padecer algo por él o con él? No se puede agradar a Jesús sino asemejándose a él, y no se puede serle semejante sin llevar su Cruz: Mi amor está clavado en una Cruz, debo decir con un gran Santo: Amor meus Crucifixus est. La Cruz, pues, debe ser el objeto de las ansias de mi Corazón.

Padre Celestial, Dios Poderoso, muchas veces he deseado saber lo que debía hacer para procurar vuestra gloria, y mostraros mi amor.

Vuestro hijo Jesús me enseña que el medio más oportuno es el de los sacrificios. Ordenadlos pues, pero sostened mi corazón con vuestra gracia para que imite en la generosidad, y prontitud las disposiciones del corazón adorable de vuestro Divino Hijo.

Y a vos, oh Hijo Divino, que me habéis amado hasta el extremo de hacer al Padre por mi salud los sacrificios más grandes, ¿como podré yo corresponderos?

Por vuestro amor sofocaré en mi corazón todo deseo de riquezas, de honores, de estima de los hombres, haciendo consistir mi felicidad en la gracia de complaceros.

Por amor reprimiré en mi corazón todos los resentimientos que me excitan ingratitudes e injusticias de los hombres, toda queja, y todo movimiento desarreglado que en mis aflicciones pueda ventarse en mi pecho, poniendo mi consolación en estas palabras de vuestro Apóstol: yo estoy clavado en la Cruz con Jesucristo: Cristo confixus sum Cruci.

Acto de desagravio al Sagrado Corazón de Jesús: Mayo y fiestas de la Virgen

Abril 29, 2009

Purísima Virgen María, Madre verdadera de Dios,  y Madre,  Señora y  Abogada mía amantísima: permitid que en este mes, singularmente dedicado a vuestro honor y culto, me consagre yo a vuestro Corazón amorosísimo, y os pida, con humildad y confianza de hijo, me deis en él maternal acogida, para que aprenda una devoción sólida y un amor aridente al Corazón sagrado de vuestro dulcísimo Hijo.

¡Vos vivísteis en Él con vuestros afectos y pensamientos todos los días de vuestra vida! ¡Tantas veces tuvísteis la dicha de allegarle tiernamente a vuestro Corazón, de apretarle y besarle,  para dar de este modo salida y refrigerio al incendio de vuestro amor!

 ¡Vos, al recibir a vuestro Hijo santísimo en la sagrada Eucaristía sentíais vuestro Corazón derretido y transformado en el suyo!

Pues ¿qué no podrá prometer este mi pobre corazón, si encuentra acogida en el vuestro?

Aquí aprenderá a ser manso y humilde, a orar con devoción y recogimiento, a sufrir con paciencia, y aun con alegría, todas las tribulaciones, cruces y trabajos de esta vida, a evitar hasta las culpas más leves, y practicar las virtudes más heroicas; de manera que, trocándose este mi corazón tibio en fervoroso, y encendiéndose cada día más y más en el amoroso fuego en que arde el vuestro, no acierte a alejarme ni a separarme de Vos; y así con vuestro Corazón purísimo ame el de vuestro santísimo Hijo.

Abridme, pues, Madre y Señora mía, ese vuestro Corazón, abismo de amor y de clemencia; haced que prenda en mí ese fuego sagrado, y se aumente de manera que llegue a consumirme y a quitarme la vida el puro amor al Corazón santísimo de mi amado Jesús. Amén.

R.P. José Mach. S.J. Áncora de salvación. Ed Diamante. Bs. As.

Sobre la Comunión y la Santa Misa

Abril 22, 2009
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SAN JUAN MARÍA VIANNEY

“El Cura de Ars”

1786-1859

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Visitas al Santísimo

“Nuestro Señor está ahí escondido, esperando que vayamos a visitarlo y a pedirle. Él está ahí, en el sacramento de su amor; él suspira e intercede sin cesar junto a su Padre por los pecadores. Está ahí para consolarnos; por tanto, debemos visitarlo a menudo.

Cuánto le agrada ese pequeño rato que quitamos a nuestras ocupaciones, o a nuestros caprichos, para ir a rezarle, a visitarlo, a consolarlo de todas las injurias que recibe.

Cuando ve venir con prisa a las almas puras… ¡él les sonríe! ¡Y qué felicidad experimentamos en la presencia de Dios, cuando nos encontramos solos a sus pies, delante de los santos sagrarios!”

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“Toda ocasión es buena para ir con el corazón al Sagrario. “Hijos, cuando se despiertan en la noche, transpórtense rápido en espíritu ante el tabernáculo, y digan a nuestro Señor: “Dios mío, aquí estás, vengo a adorarte, alabarte, bendecirte,  darte las gracias, amarte, hacerte compañía con los ángeles.”

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“Cuando estamos ante el Santo Sacramento, en vez de mirar alrededor de nosotros, cerremos los ojos y abramos nuestro corazón; el buen Dios nos abrirá el suyo. Nosotros iremos a él, y él vendrá a nosotros; uno pedirá y otro recibirá: será como un soplo de vida que pasará de uno a otro”.

***

La Comunión

“El que comulga se pierde en Dios como una gota de agua en el océano. No se los puede separar. Cuando acabamos de comulgar,  si alguien nos dijera: “¿Qué lleva usted a su casa?, podríamos responder: “Llevo el cielo”. Un santo decía que somos puertas de Dios. Es verdad, pero no tenemos bastante fe.  No comprendemos nuestra dignidad. Saliendo de la mesa santa, somos tan felices como lo hubiesen sido los Reyes Magos si hubiesen podido llevarse al Niño Jesús.”

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“No digan que no son dignos de Él. Es verdad que no son dignos, pero lo necesitan. Si lo que nuestro Señor hubiese tenido en cuenta hubiese sido nuestra dignidad, nunca habría instituido su hermoso sacramento de amor, pues nadie en el mundo es digno de Él, ni los santos, ni los ángeles, ni los arcángeles; pero él ha tenido en cuenta nuestras necesidades, y todos tenemos necesidad de él. No digan que son pecadores, que tiene demasiadas miserias y que es por eso por lo que no se atreven a acercarse. Sería tanto como alguien que dijese que está demasiado enfermo, y que por eso no quiere probar un remedio, que no quiere llamar al médico.

Hijos míos, si comprendiéramos el precio de la santa comunión, evitaríamos hasta las mínimas faltas para tener la felicidad de poder comulgar más a menudo. Conservaríamos nuestra alma siempre pura a los ojos de Dios.”

“¿Qué hace nuestro Señor en el sacramento de su amor? Él toma su buen corazón para amarnos, y de él hace salir un río de ternura y de misericordia para ahogar los pecados del mundo.

Sin la divina Eucaristía, nunca habría felicidad en este mundo, la vida sería insoportable. Cuando recibimos la Santa Comunión, recibimos nuestra alegría, y nuestra felicidad.

Al comulgar… estamos obligados a decir, como San Juan: “Es el Señor!” Quienes no sienten absolutamente nada al comulgar, dan lástima!”

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“Se sabe cuando un alma ha recibido dignamente el sacramento de la Eucaristía, porque la Comunión llena el alma de tal amor, la transforma y cambia de tal manera, que ese alma ya no es la misma: ni en su manera de actuar, ni en sus palabras. Se hace humilde, amable, mortificada, caritativa y modesta; se lleva bien con todo el mundo. Es un alma capaz de los mayores sacrificios.

De la misma manera que el oro y la plata brillan y sobresalen sobre el cobre y el plomo; en el día del juicio final,  la humanidad de nuestro Señor brillará a través del cuerpo glorificado de quienes le hayan recibido dignamente en la tierra.

¡Vayan a la comunión! ¡ Vayan a Jesús con amor y confianza! ¡Vayan a vivir de él, para poder así, vivir por él!

No digan que tienen mucho que hacer-. ¿No dijo el divino Salvador: “Vengan a mí, ustedes que trabajan y que no aguantan más; vengan a mí y Yo los aliviaré?” ¿Puede resistirse a una invitación tan llena de ternura y amistad?”

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La Santa Misa

“Todas las buenas obras juntas no equivalen al santo sacrificio de la Misa, porque son las obras de los hombres, y la Misa es la obra de Dios. El martirio no es nada comparado con esto: este es el sacrificio que el hombre hace a Dios de su vida; la Misa es el sacrificio que Dios hace al hombre de su cuerpo y de su sangre.”

“A la voz del sacerdote, nuestro Señor desciende del cielo y se encierra en una pequeña hostia. Dios detiene su mirada sobre el altar. “Ahí está – dice él – mi Hijo bien amado, en quien yo he puesto todas mis complacencias”. A los méritos de la ofrenda de esta víctima nadie puede resistirse.

¡Qué bello es! Tras la consagración, el Buen Dios está ahí como en el cielo! Si el hombre conociera bien este misterio, moriría de amor. Dios hace esta concesión a causa de nuestra debilidad. ¡Oh! ¡Si tuviésemos fe, si comprendiéramos el precio del Santo Sacrificio, pondríamos más celo en asistir a él!”

*

Comunión espiritual

“Aconsejaba hacer muchas veces cada día la comunión espiritual, esto es, comulgar espiritualmente, comulgar con el deseo, diciéndole al Señor que deseamos recibirlo: “Tras recibir los sacramentos, cuando sentimos el amor de Dios pararse en nosotros, rápidamente hagamos una comunión espiritual. Cuando físicamente no podemos ir a la Iglesia,  volvámonos con nuestra mente hacie el sagrario: para el buen Dios no hay ningún muro capaz de detenerlo. No podemos recibir al Buen Dios más que una vez al día; un alma llena de amor se resarce por el deseo de recibirlo sin cesar”. 

Sobre Jesucristo Redentor

Abril 15, 2009

LEÓN XIII

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La Iglesia debe dar a conocer a Cristo

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“Es peligroso y malvado hacerse sordo a estos llamamientos, mucho más cuando son tan abundantes en número, y cuando desoyéndolos se desoyen y desprecian los medios que influyen en la renovación de esta piedad: si conociesen el don de Dios, y si considerasen que nada puede haber más miserable que el apartarse de las enseñanzas del Libertador del mundo y el abandonar las costumbres e instituciones cristianas, indudablemente resucitarían y procurarían huir de una muerte tan segura y horrible.

Ahora bien; el defender y propagar en la tierra el reino del Hijo de Dios y el esforzarse a que los hombres se salven con la comunicación de los divinos beneficios, es precisamente misión de la Iglesia, y tan grande y tan exclusiva de ella, que en esta obra consiste principalmente toda su autoridad y poder. “

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Horror de una humanidad sin Cristo. 

“El no haber conocido nunca a Jesucristo es una grande desgracia, pero desgracia, al fin, que no envuelve ingratitud ni maldad; mas el repudiarlo u olvidarlo, ya conocido, es un crimen, tan nefando y aborrecible, que parece no puede darse en el hombre; pues Cristo es el origen y el principio de todos los bienes, y el género humano, así como no pudo ser redimido sin su preciosísima sangre, así tampoco pudo ser conservado sin su divino poder.En ningún otro hay salud; pues ningún otro nombre nos ha sido dado bajo el cielo, entre, los hombres, por el cual podamos ser salvos“. [Act. 4, 12]

¿Qué vida será la de los mortales que arrojen de sí a Jesús que es la virtud y la sabiduría de Dios”? ¿Cuáles serán las costumbres, cuáles los excesos de aquellos hombres que están privados de la luz del Cristianismo?

Reflexionando un poco sobre estas cosas, entre las cuales se cuentan la obscura ceguedad de la mente, de que habla san Pablo [Rom. 1, 21.], la depravación de la naturaleza, el libertinaje y el cúmulo de supersticiones que lo inficionan todo, a la vez se siente en el ánimo la compasión y el horror, estando esto en la conciencia del vulgo aunque no medite y reflexione sobre ellas con el detenimiento que merecen.

No arrastraría a muchos la soberbia ni la desdicha enervaría sus buenos propósitos si guardaran en la memoria los inmensos beneficios que debe el hombre a Dios, evocando con frecuencia en su ánimo de dónde lo sacó Cristo y hasta qué punto lo ha ensalzado. “

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La expectación del Mesías

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“Desterrado y desheredado por tanto tiempo el linaje humano, día por día caminaba hacia su destrucción y ruina envuelto en aquellos males y en otros que trajo consigo el delito de nuestros primeros padres, sin que en lo humano cupiera remedio a tantas desgracias hasta que apareció, bajado del cielo, el libertador del género humano, Cristo Señor, con cuya venida se vio cumplida la promesa del Eterno, hecha en el principio del mundo, de que vendría a la tierra el Vencedor y Dominador de la serpiente y Restaurador de la dignidad humana, por lo cual las generaciones sucesivas miraban su venida con gran expectación y deseos.

Los ojos fijos en Él, el pueblo había entonado, durante mucho tiempo con toda solemnidad, las profecías de los sagrados vates que con anterioridad habían significado distinta y claramente los varios acontecimientos, las hazañas, las instituciones, las leyes, las ceremonias y los sacrificios del pueblo elegido, diciendo además que la perfecta y absoluta salud del género humano radicaban en Aquel que había de entregarse como Sacerdote futuro y que había de ser la víctima de expiación, el Restaurador de la libertad, el Rey de la paz el Doctor universal y el Fundador del imperio que permanecería en pie mientras durasen los siglos.”

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Cristo Redentor por la Cruz. 

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 Con estos vaticinios y estos títulos tan varios en la forma, pero tan congruentes en el fondo, era designado aquel que, por la excesiva caridad con que nos amó, se había ofrecido para nuestra salvación.

Por tanto, como llegase el tiempo de realizarse el divino decreto, el unigénito Hijo de Dios, hecho hombre satisfizo ubérrima y cumplidamente con su sangre al Dios ofendido por los hombres, y reivindicó para sí al género humano, a tanto precio redimido.

No estáis redimidos por el oro y la plata corruptibles, sino por la preciosa sangre de Cristo, que es como la de un cordero inmaculado e inocente [I Petr. 1, 18-19]
 
Y así, redimiendo verdadera y propiamente a todos los hombres ya sujetos a su imperio y potestad, puesto que Él mismo es su creador y conservador, los hizo de nuevo suyos. No os pertenecéis pues que habéis sido comprados a gran precio [I Cor. 6, 1, 9-10]. De aquí que todas las cosas fueron restablecidas por Dios en Cristo.

El arcano de su voluntad, fundado en su mero beneplácito por el cual se propuso restaurar en Cristo, cumplidos los tiempos prescritos, todas las cosas [Efes. 1, 9-10].

 Y como Jesús borrase el documento de aquel decreto que era contrario a Nosotros, fijándolo en la cruz [Col. 2, 14], las celestiales iras se aplacaron para siempre, quedando rotos los lazos de la antigua servidumbre en que estaba el conturbado y errante género humano, reconciliada ya la voluntad divina, devuelta la gracia, abiertas de par en par las puertas de la eterna bienaventuranza y restablecido el derecho con los medios de conseguirla.

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 El retorno a la dignidad humana.

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Entonces, despierto el hombre de aquel mortífero y continuo letargo en que yacía, vio la luz de la verdad tan deseada que buscaron en vano siglos y siglos;  desde luego conoció que había nacido para unos bienes más altos y seguros que los que se perciben con los sentidos frágiles y pasajeros, y en los cuales había puesto el fin de todos sus pensamientos y cuidados; conoció también que ésta era la constitución de la vida humana, que esta era la ley suprema y que todas las cosas deben dirigirse a Dios como a su fin para que habiendo salido de Él, a Él volvamos algún día.

De este principio y fundamento surgió renovada la conciencia de la dignidad humana, y los corazones recibieron el sentimiento de la fraternal caridad de todos.

Entonces los deberes y los derechos, como era consiguiente, en parte fueron perfeccionados y en parte constituidos íntegramente, y a la vez, las virtudes se exaltaron hasta un punto que no lo pudo nunca sospechar siquiera ninguna filosofía; y de aquí que las ideas, las costumbres y la conducta de la vida tomaran otro rumbo, y cuando el conocimiento del Redentor hubo afluido copiosamente, y su virtud, que excluye la ignorancia y los antiguos vicios, se hubo fundido en las íntimas arterias de los pueblos, entonces se obtuvo aquella mudanza de cosas de las gentes que, adquirida por la humanidad cristiana, cambió radicalmente la faz de todo el orbe.

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 Universalidad de la Redención.

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El recuerdo de todas estas cosas que hasta aquí hemos dicho, lleva consigo, Venerables Hermanos, un inmenso consuelo, al mismo tiempo que una gran fuerza para exhortar, puesto que debemos estar agradecidos y mostrar, en cuanto podamos, Nuestro mismo agradecimiento al Divino Salvador.

Nos hallamos separados desde muy antiguo de los principios, bases o fundamentos de nuestra restaurada salvación; sin embargo, nos ha de importar esto, cuando es perpetua la virtud de la redención, y sus beneficios son inmortales y han de permanecer eternamente; el que una vez reparó la naturaleza perdida por el pecado, la conserva y la ha de conservar para siempre: Se entregó El para la redención de todos…[I Tim. 2, 6]. En Cristo, todo serán vivificado…[1 Cor. 15, 22.] Y su reino no tendrá fin[Luc. 1, 33] Así, pues, por voluntad eterna de Dios, está en Jesucristo puesta toda salvación no solamente de algunos sino de todos los mortales; pues aquellos que de El se alejan asimismo por esto se condenan a su propia ruina, guiados por un cierto furor; y al mismo tiempo cuanto es de su parte hacen porque la sociedad humana, como arrebatada por gran ímpetu, caiga en aquellos grandes males e infortunios de que nos libró el Redentor por su misericordia y piedad.

*

Sin Cristo no hay salud. 

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Incurren en un error harto inconsistente, que los aparta muy lejos del fin deseado, quienes toman por caminos extraviados; del mismo modo, si se rechaza la clara y pura luz de la verdad, es porque los ánimos están ofuscados y como infatuados de la miserable perversidad de las opiniones.

¿Qué esperanza de salud puede haber para aquellos que abandonan el principio y fuente de la vida? Cristo es únicamente el camino, la verdad y la vida. Yo soy el camino, la verdad y la vida [Juan 14,]; de tal manera, que sin El necesariamente caen por tierra estos tres principios indispensables para la salvación de todos.

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Nadie ve al Padre si no por Cristo. 

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Consideramos ahora lo que la realidad misma enseña diariamente y lo que aun en la mayor afluencia de bienes mortales experimenta todo el mundo, a saber: que nada puede haber fuera de Dios en que la voluntad humana descanse de un modo absoluto y completo.

El único fin del hombre es Dios, y la vida que hacemos en la tierra es una verdadera semejanza e imagen de cierta peregrinación.

Ahora bien; para nosotros Jesucristo es el camino, porque desde esta vida mortal, tan llena de trabajos y de dudas, no podemos de ninguna manera llegar a Dios, sumo, único y principal de los bienes, si no somos guiados y conducidos por Cristo. Nadie viene al Padre sino por mí [Juan 14, 6.].

¿Y cómo podríamos conseguir esto sino por El? Pues, en primer lugar y muy principalmente por su gracia, la cual, sin embargo, sería vacía o vana en el hombre que desprecia sus preceptos y leyes. Pues para conseguir esto, una vez adquirida la salud por Cristo, hizo que su ley fuese la custodia y directora del género humano con cuyo gobierno se separasen los hombres de sus maldades y se dirigiesen seguros a su Dios. Id y enseñad a todas las gentes… enseñándoles a observar todo lo que Yo os he mandado…[Mat. 28, 19-20.].

Guardad mis mandamientos [Juan 14, 15.]. De donde resulta que es lo más principal y necesario para la profesión de la fe cristiana el mostrarse dócil a los preceptos de Jesucristo y sujetar completamente la voluntad a El como a nuestro dueño y supremo Rey.

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La naturaleza viciada.

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Cosa grande y difícil de conseguir y que muchas veces requiere trabajo intenso y esfuerzo y constancia, pues aunque la humana naturaleza fue reparada por la misericordia del Redentor, sin embargo, todavía en cada uno de nosotros queda cierta enfermedad, la enfermedad y el vicio de la naturaleza.

Los diversos apetitos traen al hombre de acá para allá, y fácilmente lo impelen hacia los halagos de los placeres mundanos para que siga más bien lo que le agrada que lo mandado por Jesucristo. De aquí que hemos de poner todo nuestro empeño en rechazar con todas nuestras fuerzas a las pasiones en obsequio de Cristo; las cuales si no obedecen a la razón se constituyen en dueñas y señoras del hombre haciéndolo su siervo y quitando el hombre entero a Cristo.

Los hombres de entendimiento extraviado, réprobos en cuanto a la fe, se ve que son esclavos, pues sirven a una triple pasión, la sensualidad y el orgullo y las diversiones humanas [S. Aug., De vera relig., 37]; y en esta lucha de tal manera debe el hombre empeñarse que lleve con agrado por causa de Cristo las molestias e innumerables incomodidades que en este mundo ha de sufrir.

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Necesidad del vencimiento.

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Difícil es, en verdad, rechazar lo que con tanta fuerza nos atrae y nos deleita: duro y áspero el despreciar, sujetándose al imperio y voluntad de Cristo Nuestro Señor, aquéllas cosas que consideramos como bienes del cuerpo y de fortuna; pero es necesario que el hombre cristiano se muestre sufrido y fuerte en sobrellevar esto que se le ha dado para su vida, si quiere conducirse bien.

¿Nos hemos olvidado acaso cuyo es el cuerpo y cuya es la cabeza de que somos miembros? Con grande gozo llevó la cruz el que nos prescribió la abnegación de nosotros mismos.

Y en esta disposición del alma de que hablamos consiste precisamente la dignidad de la naturaleza humana. Pues los mismos sabios de la antigüedad bien han reconocido que el dominarse a sí mismos y hacer que la parte inferior del alma  se sujete a la superior, no indica debilidad o abatimiento de la voluntad, sino antes bien cierta generosa virtud, en gran manera conveniente a la razón, y que es, a la vez, digna del hombre.

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Esperanza de bienes eternos

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Por lo demás, hemos de sufrir y padecer mucho: tal es la presente condición del hombre. No puede el hombre gozar una vida exenta de dolores y llena de goces y felicidad sin borrar de algún modo el decreto, la voluntad de su divino Fundador y Creador, que quiso se perpetuasen las consecuencias de aquel primer pecado. Muy conveniente es, por lo tanto, no esperar en la tierra el término de los dolores, sino fortalecer Nuestro ánimo para mejor soportarlos, con lo cual somos instruidos con la esperanza cierta de los mayores bienes.

Pues Cristo no asignó a las riquezas, ni a la vida delicada ni a los hombres, ni al poder, sino a la paciencia con lágrimas y afán de justicia y al corazón limpio, la felicidad sempiterna en el cielo.

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El Reino de Cristo. 

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Fácilmente se deduce de lo expuesto qué se puede esperar del error y soberbia de aquellos que, despreciando el reino de Cristo ponen y encumbran al hombre mortal sobre todas las cosas y proclaman que es preciso acatar en todo la humana razón y la naturaleza vana, mientras no pueden ni alcanzan a definir cuál sea este reinado.

El reino de Cristo tiene su fuerza y forma en la caridad divina, y su principio y fundamento en el amar santa y ordenadamente. De lo cual fluye necesariamente, que todo deber ha de ser guardado inviolablemente; que en nada se han de mermar los derechos ajenos: que se han de reputar por inferiores las cosas humanas a las celestes, y anteponer el amor de Dios a todas las cosas. Y esta dominación del hombre sobre sí mismo todo estriba en el amor de Cristo, a quien rechazar o empeñarse en no conocer es propio de alma vacía de caridad y falta de devoción.

Gobierne, pues, el hombre en nombre de Jesucristo, pero con esta sola y única condición: la de servir a Dios primeramente e inspirar en la ley divina su norma y sistema de vida.

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La ley de Cristo. 

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Entendemos por ley de Cristo, no solamente los preceptos naturales de las costumbres y todo lo que los antiguos recibieron directamente de Dios y que Cristo perfeccionó a maravilla declarándolo y sancionándolo sabiamente; sino que entendemos además comprendido en ello el resto de su doctrina y todas las cosas verbalmente establecidas por El. Y de todo ello la Cabeza es la Iglesia; aun más, de nada se hace Jesucristo Autor o Legislador que la Iglesia no lo comprenda o abrace como propio.

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Ministerio de la Iglesia. 

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Por fin, con el ministerio de la Iglesia, quiso perpetuar gloriosamente el cargo que le señaló su Padre, dándole y confiriéndole por una parte todos los auxilios conducentes a la salvación del linaje humano, y por otra, sancionando seriamente que en lo sucesivo los hombres obedeciesen a la Iglesia y con todo empeño la tuviesen por guía en la carrera de esta vida mortal: Quien a vosotros oye, a Mí oye; quien a vosotros desprecia, a Mí desprecia [Luc. 10, 16.].

Por lo cual la ley de Cristo se ha de buscar totalmente en la Iglesia, y así el camino seguro para el hombre serán Cristo y la Iglesia a la vez; Aquél por sí mismo y por su naturaleza, y ésta por mandato especial y divino y por comunicación de la potestad. De todo lo dicho se sigue con evidencia que todos aquellos que pretenden alcanzar la salvación fuera de la Iglesia siguen caminos extraviados y en vano se esfuerzan para conseguirlo.

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Carácter público de la ley de Cristo. 

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Y lo mismo acaece con los individuos que con las naciones, las cuales forzosamente caen en el abismo de la ruina si se apartan del Camino. El Hijo de Dios procreador y redentor de la naturaleza humana es Rey y Señor de todo el universo mundo y tiene la potestad y sumo dominio sobre cada uno de los hombres en particular y sobre toda sociedad civil que ellos constituyan. Dióle toda potestad y honor y reino; y todos los pueblos, tribus y lenguas servirán al Mismo [Dan. 7, 14]. Yo, pues; estoy constituido como rey por El… Y te daré las gentes en herencia tuya, y tu posesión tendrá por límites los términos de la tierra [Salm. 2 ].

Debe, pues, en toda sociedad humana estar en vigor la ley de Cristo, de suerte que no tenga carácter privado solamente, sino público, y sea a la vez guía y maestra de toda norma de vida. Y porque esto ha sido dispuesto así y así decretado por Dios, a nadie es lícito el impugnarlo; y así mal proveerán los intereses y beneficios de los estados quienes pretendan establecer los cimientos de todo orden social fuera de un régimen genuinamente cristiano.

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Cristo y la razón humana. 

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Apartada de Jesús, la razón humana cae en la abyección privada de luz y de socorro, se oscurece la noción de toda causa, la cual, como tiene a Dios por autor, engendra la sociedad común, la que consiste principalmente en que los ciudadanos por medio de la ayuda de la unión y vínculo civil consigan el bien natural, entendiéndose por tal aquel que está muy por encima de todo lo terreno y es congruente con todo don perfecto y perfectísimo. Ocupadas las mentes en tal confusión de ideas entran por un camino dudoso tanto los que mandan como los que obedecen, y no tienen norma segura ni para permanecer firmes.

De qué suerte sea desdichado y calamitoso errar el camino recto, se verá por lo pernicioso que sea también apartarse de la verdad. La primera, absoluta y esencial verdad es el mismo Cristo, como que es el Verbo de Dios, consubstancial y coeterno con el Padre y uno mismo con El. Yo soy la Verdad, el Camino y la Vida [Juan 14, 6.].
Así, pues, si se busca la verdad, es menester que la razón humana obedezca en todo a Jesucristo y a su magisterio, por lo mismo que la misma verdad habla por boca del mismo Cristo

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 Doctrina no humana sino divina

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Muchísimas cosas hay en las que puede espaciarse libremente el ingenio humano como en un campo ubérrimo y feracísimo, contemplando e investigando y esto no sólo por concesión, sino hasta por exigencia de la naturaleza misma. Pero es ilícito y contra la razón natural no querer limitar los fueros de la mente humana, en sus ciertos y propios linderos, y, rechazando las leyes de la debida modestia, despreciar la autoridad del magisterio de Cristo. Porque la doctrina de la cual depende nuestra salvación, versa toda ella acerca de Dios y acerca de cosas todas divinísimas, y nunca ciencia humana alguna bastó para crearla, antes bien, únicamente el Hijo de Dios la recibió y sacó toda de su Padre Celestial: Las palabras que me diste, son las que a ellos he dado [Juan 17, 8].

Por lo cual es necesario que comprenda muchas cosas, no que repugnen a la recta razón, ya que esto no puede ser en modo alguno, sino otras cuya alteza no podemos abarcar con el pensamiento ni comprender con nuestro limitado raciocinio, como es el entender tal cual es en sí Dios Nuestro Señor. Ahora bien, si tantas cosas existen ocultas y tan secretas por su naturaleza misma, que no puedan ser investigadas por ninguna humana diligencia, acerca de cuya existencia ningún entendimiento se atreverá a dudar; será ciertamente propio de los que abusan con perversidad de su libre albedrío no admitir la existencia de cosas puestas muy sobre el alcance humano, porque no es dado al hombre percibirlas tales cuales sean.

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Inclinar el entendimiento ante Dios

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A esto pertenece el rechazar todo dogma y declarar inadmisible la sagrada religión cristiana. Pero hay que inclinar el entendimiento con humildad y sin condiciones en obsequio de Jesucristo hasta tanto que sea aquel como cautivo de la divinidad e imperio de Este, reduciendo a cautiverio todo entendimiento en obsequio de Jesucristo [II Cor. 10, 5. ].

Y este total obsequio es el que Cristo quiere se le tribute, y lo quiere con todo derecho, pues es Dios, y por lo mismo, así como ha de imperar en las voluntades de los hombres, ha de hacer lo mismo en las inteligencias.

Y al servir el hombre a Cristo con su inteligencia, no lo hace servilmente, sino de un modo muy conforme a la razón y a su cautiva excelencia, pues con su voluntad acata el imperio, no de un hombre cualquiera, sino del autor suyo y monarca de todo, que es Dios mismo, al cual debe estar sujeto por ley de naturaleza. Y no se diga en manera alguna que se oprime su dignidad ante la opinión humana, antes bien, aquélla se ensalza con una verdad eterna e inmutable. Así, pues, todo bien intelectual y toda la plenitud de la libertad se alcanzan en ello.

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Así conoceremos la verdad y seremos libres

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La verdad que se deriva del magisterio de Cristo, pone de manifiesto  lo que vale y en lo que debe estimarse cada cosa, y el hombre, imbuido en tal conocimiento, si obedeciere a la verdad que percibe, en lugar de hacer servir su razón a la concupiscencia, haría que ésta sirviese a aquélla, y, apartada de sí la pésima servidumbre del error y del pecado, se regeneraría entre la más excelente de todas las libertades. Conoceréis la verdad, y la verdad ha de libraros [ Juan 8, 32.].

Queda bien patente, pues, que toda inteligencia que rechaza el imperio y tutela de Cristo con voluntad pérfida lucha contra Dios. Y emancipados los que así piensan de la potestad divina, no por esto serán más libres; puesto que han de caer en manos de otra cualquiera potestad humana, y han de elegir, como suele acaecer, un hombre cualquiera a quien oigan, obedezcan o sigan como maestro y guía. De ahí, cerrada su inteligencia a la comunicación de las cosas divinas, la hacen revolver en un círculo vicioso de una ciencia limitada y mezquina, y hasta en aquéllas mismas cosas que suelen conocerse más por medio de la razón natural son menos aptos para aprovechar debidamente.

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Ceguedad de entendimiento. 

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Hay en la naturaleza de las cosas muchas a las cuales ayuda no poco la luz de la doctrina de lo alto para comprenderlas o explicarlas, y para castigar muchas veces Dios la culpa de su soberbia, permite que no vean la verdad tal cual ella es para que lleven el castigo en aquello mismo en que pecaron. Por esto se ven hoy día muchísimos ingenios privilegiados por su erudición exquisita, que al investigar los misterios de la naturaleza persiguen teorías tan absurdas que puede decirse que nadie erró más torpemente que ellos.

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El sacrificio del entendimiento.

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Téngase, pues, por cosa cierta que ha de entregarse totalmente la inteligencia humana, para vivir vida de cristiano, a la autoridad divina. Y si por aquello de que la razón ceda a la autoridad, aquel orgullo íntimo que tanta fuerza tiene en nosotros se rebela y lamenta con dolor, se sigue que es más necesario todavía al cristiano el sacrificio del entendimiento que el de la voluntad.

Y por esto queremos recordar que los que se forjan en su mente una ley y manera de sentir y obrar más ancha y muelle en la vida cristiana, de preceptos más suaves y conformes con su floja inclinación y más benignos con la humana naturaleza, no han de ser jamás tolerados ni oídos con benevolencia. No comprenden los tales la fuerza de la fe y de las instituciones cristianas, no ven que a cada paso la Cruz nos sale al encuentro, como estandarte perpetuo y ejemplar para todos aquellos que real y verdaderamente, y no sólo de nombre, quieran seguir a Cristo.

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Cristo es la Vida.

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Propio es de solo Dios ser Vida verdadera; todas las otras naturalezas son participantes de la Vida, pero no han sido ellas la Vida jamás. Desde toda la eternidad, por su peculiar naturaleza, Cristo es la Vida, del mismo modo que es la Verdad, porque es Dios de Dios. Del Mismo, como de altísimo principio, fluye en el mundo toda vida y fluirá perpetuamente todo lo que es, es por El mismo; todo lo que vive, por El mismo vive, porque todas las cosas por el Verbo fueron hechas, y sin El nada se hizo de cuanto hay hecho.[Juan 1, 3 ]

Esto acaece en cuanto a la vida de la naturaleza, pero muchísimo más en la otra vida más excelente que debemos a Cristo y de la que hemos hecho mención, es a saber: la vida de la gracia, a la cual debemos referir todos nuestros pensamientos y acciones. Y en esto estriba toda la fuerza de la doctrina y leyes cristianas, en que muertos para el pecado vivamos para la justicia [I Pedr. 2. 24.], esto es, para la santidad y virtud en que consiste la vida moral de las almas con la esperanza cierta de una bienaventuranza perpetua.

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La vida de la fe.

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Se puede muy propiamente decir que nada alimenta mejor el espíritu de la justicia que la fe cristiana, la más apta también para la salvación. El justo vive de la fe [Gálal. 3, 11.]. Sin la fe es imposible agradar a Dios [Hebr. 11, 6 ]. Así pues, el implantador y padre de la fe, y el que en nuestras almas la mantiene, no es otro que el mismo Jesucristo y El es quien sustenta y conserva en nosotros la vida moral, y esto de un modo muy principal por medio del ministerio de la Iglesia. Y con benigno y providentísimo parecer entregó a ésta todos los medios aptos para engendrar esta vida de fe de que hablamos, y, una vez engendrada, la conservaran y defendieran, y la hiciesen renacer si por acaso se extinguía. Pero toda esta fuerza procreativa y conservadora de las virtudes se estrella si la norma y disciplina de las costumbres se apartan de la fe divina, y es cosa manifiesta que pretenden despojar al hombre de su altísima dignidad, despojándole de la vida sobrenatural y haciéndole revolver en los horrores de naturalismo grosero, los que intentan o quieren enderezar las costumbres hacia la honestidad por medio del magisterio único de la razón.

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 Sin fe no hay salvación

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No se crea por esto que el hombre no pueda entender y discernir cosas naturales con la luz de su razón; pero aun cuando entendiese con ella todas las cosas, y sin ningún tropiezo guardase todo precepto en su vida, lo que no puede ser sin la gracia del Redentor por auxilio, nadie habría que pudiese confiar en su eterna salvación destituido de la fe. Si alguien no permaneciere en Mí, será echado fuera como una rama, y se secará, y lo recogerán, y lo echarán al fuego y arderá [Juan, 15, 6]. El que no creere será condenado [Marc. 16, 16.]. Y por fin, demasiadas pruebas y documentos tenemos ante Nosotros, de los frutos que acarrea este menosprecio de la fe. ¿por qué causa muchas ciudades trabajan y se esfuerzan hasta debilitarse, sino por establecer y aumentar por todos los medios posibles e imaginables la prosperidad pública?

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La religión sostén de la sociedad civil

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Dicen que la sociedad civil está ya harto segura y custodiada por sí misma, y que puede, cómodamente, subsistir sin el auxilio de las instituciones cristianas, y que con solo su esfuerzo puede alanzar la meta apetecida. De ahí viene que los que tienen a su cargo la administración pública, lo hacen de un modo profano y de tal suerte, que en las leyes civiles y en la vida pública de los pueblos hoy nadie hallará ningún vestigio de la religión de nuestros antepasados.

 No ven suficientemente lo que hacen, pues destruida la noción de la Divinidad que sanciona lo bueno y lo malo, es forzoso que las leyes menoscaben la autoridad del jefe del Estado y que la justicia vacile, siendo ambas cosas como son dos vínculos firmes y necesarios de toda conjunción y concordia civil. De igual manera, quitada de una vez la esperanza de los bienes inmortales, es muy  natural apetecer con afán las cosas materiales y caducas, cada una de las cuales procura traer a sí con todas sus fuerzas y con ansia desmedida.

 De aquí nacen los odios, las emulaciones y envidias, las determinaciones criminales, el descaro, la ruina de toda autoridad y el maquinar la disolución más loca y criminal de todo principio social. En el exterior, guerras y amenazas; en el interior, falta de seguridad absoluta; y la vida común de los pueblos aparece manchada con toda suerte de crímenes.

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El remedio social es más que humano

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Pero en medio de tanta lucha de pasiones bajas, entre tantos peligros y en tales riesgos que amenazan, hay que buscar un remedio oportuno con madurez y reflexión. Reprimir a los malhechores, restablecer en su primitiva dulzura las costumbres, y por todos los medios evitar los delitos con la paternal tutela de las leyes, es cosa justa y debida, pero no estriba todo en esto.

Mucho más encumbrado está el remedio; una autoridad más alta se ha de invocar que la meramente humana, que toque los corazones, recuerde a todos sus deberes y haga a los hombres mejores, y ésta no es otra que aquella fuerza que ya una vez libró a todo el universo de males semejantes y de una perpetua ruina. Quien haga revivir y fortalecer el espíritu cristiano adormecido, y le libre de toda traba e impedimento, hará renacer también la sociedad humana.

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Cristo y la cuestión social. 

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Era peligroso callar la lucha de clases, pero muy sano y conforme recomendar los derechos de ambos con mutua concordia. Si a Cristo oyen, cumplirán todos sus deberes, tanto los dichosos como los infortunados; los unos sentirán que deben cumplir con la caridad y la justicia si quieren ser salvos; los otros, con la resignación y el comedimiento. Admirablemente se afirmarán los cimientos de la sociedad doméstica, así impera el laudable temor a Dios: tanto al prohibir como al mandar, y por la misma razón muchas de las cosas que se prescriben por la naturaleza estarán en pleno vigor en los pueblos y en las naciones. Se verá cómo deba obedecerse a las potestades legítimas y acatar las leyes, según derecho, no armar sedición alguna y no tramar conspiraciones tampoco.

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 Vuelta de la sociedad a Cristo.

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Y así, donde quiera que presida la ley cristiana y ninguna potestad se lo impida, allí espontáneamente se conservará el orden establecido por la Divina Providencia y la prosperidad e incolumidad florecerán de consuno. La salud universal reclama, pues, volver allí de donde nunca se debiera haber salido, es a saber, a Aquel que es camino, verdad y vida, y no sólo cada uno en particular, sino toda la sociedad en común. Conviene que ésta sea otra vez restituida a Cristo su Señor, y se ha de conseguir que la vida derivada de El llene a todos los miembros y partes de la sociedad, y se saturen de ella los mandatos y prohibiciones legales, las costumbres populares, las enseñanzas llanas y caseras, los derechos conyugales, la norma de vida doméstica, los alcázares de los opulentos y los talleres de los obreros.

Y no ignore nadie que de esto depende en su mayor parte la suavidad de costumbres de las gentes tan deseadas y apetecidas, porque ésta crece y se alimenta no sólo de aquellas cosas que sirven de pábulo al cuerpo, como las riquezas y comodidades, sino de aquellas que pertenecen al espíritu y forman las costumbres loables y el culto de todo linaje de virtudes.

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Dar a conocer a Cristo.

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Entre los que están lejos de Cristo muchos más lo están por ignorancia que por voluntad perversa, y mientras a muchísimos hallamos deseosos de conocer con todo afán el estado social del orbe y del hombre mismo, a poquísimos vemos ocupados en querer conocer al Hijo de Dios. Primero, pues, hay que destruir la ignorancia con el conocimiento de El, para que desconocido no sea repudiado o despreciado.

Y exhortamos a los cristianos de todo lugar, condición y jerarquía que por todos los medios imaginables y según la medida de sus fuerzas trabajen para que sea conocida la persona del Redentor, tal cual ella es y merece, a la cual si cada uno mira y considera con cabal juicio y sinceramente, verá con toda claridad no haber nada más saludable en el mundo que su ley, ni más divino y altísimo que su doctrina.

Vuestra autoridad y cooperación, Venerables Hermanos, ha de contribuir por modo muy poderoso a tan noble fin, lo mismo que la diligencia y empeño de todo vuestro clero. Pensad que es la parte principal de Nuestro oficio imprimir en los corazones del pueblo la verdadera noción y la imagen real de Jesucristo, y por medio de la literatura, la oratoria, en los colegios, en las escuelas de enseñanza primaria, y donde quiera que se ofrezca ocasión de explicar sus beneficios y su caridad ardentísima.

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Enseñar los derechos de Dios

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De lo que se ha llamado derechos del hombre demasiadas cosas ha oído el pueblo; oiga alguna vez por fin, algo de los derechos de Dios. Que éste sea el tiempo más oportuno para ello lo indican el amor de muchos a las cosas de piedad recientemente despertado, como dijimos, y de un modo particular la devoción tan manifiesta a la persona del Redentor que hemos de legar, Dios mediante, al siglo venidero en prenda de mejores días. Pero como se trata de una cosa que no hay que esperar de otra parte a no ser de la gracia divina, unidos en afán y caridad instemos con súplicas fervientes a la misericordia del Todopoderoso, a fin de que no permita que perezcan aquellos a quienes libró con su preciosa sangre derramada, que mire propicio a la generación presente que mucho ciertamente delinquió, pero mucho también a su vez ha sufrido y muy ásperamente en expiación de su delito y que abrazando con benignidad a todos los hombres y pueblos, se acuerde de aquellas palabras suyas: Yo, si fuere levantado de la tierra, atraeré todas las cosas a Mí.[Juan 12, 32.]

TAMETSI FUTURA. Carta Encíclica de LEÓN XIII. Sobre Jesucristo Redentor. Del 1 de noviembre de 1900

Sobre el quinto artículo del Credo

Abril 15, 2009

DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS AL TERCER DÍA RESUCITÓ DE ENTRE LOS MUERTOS

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Catecismo romano

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En este artículo, según la autoridad de los Santos Padres, se tratan dos grandes triunfos de nuestro Señor después de su Pasión: el primero, la victoria sobre el diablo y el infierno; el segundo, su propia resurrección.

«Descendió a los infiernos»

En esta primera parte del artículo se nos propone creer dos cosas:

• que en muriendo Cristo, su alma descendió a los infiernos y permaneció allí todo el tiempo que su cuerpo estuvo en el sepulcro;

• que en ese mismo tiempo la persona de Cristo estuvo a la vez en los infiernos (por la unión de su alma y su divinidad) y en el sepulcro (por la unión de su cuerpo y su divinidad).

[2] 1º Por «infiernos» entendemos, no el sepulcro, sino aquellas moradas ocultas en donde están detenidas las almas que no han conseguido la felicidad celestial. En este sentido la han usado muchas veces las sagradas Escrituras.

[3] Sin embargo, estas moradas no son todas de la misma clase; sino que hay tres de ellas:

• el infierno de los condenados (Lc. 16 22.), o gehena (Mt. 5 22.), o abismo (Apoc. 9 11.), que es aquella cárcel horrible donde son atormentadas las almas de los que murieron en pecado mortal, juntamente con los espíritus infernales;

• el purgatorio, donde se purifican por tiempo limitado las almas de los justos todavía manchadas antes de entrar en el cielo;

 • el seno de Abraham, donde residían, sin sentir dolor alguno y sostenidas por la esperanza de la redención, las almas de los santos antes de la venida de nuestro Señor.

[4] A este último lugar descendió Cristo realmente, esto es, su alma (Sal. 15 10.) y su divinidad, y no sólo su poder y virtud.

[5] 2º Este descenso a los Infiernos no disminuyó absolutamente nada del poder y majestad infinita de Cristo, antes al contrario, manifestó claramente que El era el Hijo de Dios, por varias razones:

• no bajó cautivo, como los demás hombres, sino libre entre los muertos, victorioso sobre el diablo, y libertador de las almas justas;

• no bajó para padecer cosa alguna, como padecían las almas allí encerradas (al menos la privación de la visión de Dios), sino para liberar las almas santas y justas, y comunicarles el fruto de su pasión.

[6] 3º Por lo tanto, dos son las causas por las que Jesucristo bajó a los infiernos:

• para liberar las almas de los santos Padres y demás almas piadosas que allí estaban esperando la Redención, y comunicarles la visión beatífica; pues la Pasión fue causa de la salvación no sólo de los justos que existieron después de la venida de Cristo, sino también de los que le habían precedido desde Adán; y, por consiguiente, antes de que el Señor muriese y resucitase, para nadie estuvieron abiertas las puertas del cielo, sino que las almas de los justos, cuando éstos morían, eran llevadas al seno de Abraham;

• para manifestar también allí su poder y majestad, como lo había manifestado en el cielo y en la tierra, a fin de que a su nombre se doble toda rodilla en los cielos, en la tierra y en los infiernos (Fil. 2 10.).

«Resucitó»

[7] Después de morir en la cruz, nuestro Señor fue descendido de ella por sus discípulos y sepultado en un sepulcro nuevo de un huerto próximo; allí, al tercer día de su muerte, que era domingo, su alma se unió de nuevo a su cuerpo, volviendo así a la vida y resucitando el que por tres días había estado muerto.

[8] 1º La resurrección de Cristo tiene esto de exclusivo y de singular, que resucitó por su propio poder, a diferencia de los demás resucitados. En efecto, eso es propio del poder divino; ahora bien, como la divinidad no se separó nunca ni del cuerpo de Cristo en el sepulcro, ni de su alma cuando bajó a los infiernos, había virtud divina así en el cuerpo para poder unirse de nuevo al alma, como en el alma para poder unirse de nuevo al cuerpo; y con esta virtud pudo Cristo volver por Sí mismo a la vida y resucitar de entre los muertos. Así lo había predicho ya David (Sal. 15 8-10.) y nuestro Señor mismo (Jn. 10 17-18; Jn. 2 19-21.). Y si alguna vez leemos en las Escrituras que Cristo nuestro Señor fue resucitado por el Padre (Act. 2 24; Rom. 8 11.), esto se le ha de aplicar en cuanto hombre.

[9] 2º También fue singular en Cristo ser el primero en gozar del beneficio divino de la resurrección perfecta, esto es, la resurrección por la cual, quitada ya toda necesidad de morir, somos elevados a la vida inmortal, de manera que Cristo no muere ya otra vez, y la muerte no tiene ya dominio sobre El (Rom. 6 6.). Pues todos los que resucitaron antes que Cristo, revivieron con la condición de morir otra vez. Por esta razón, Cristo es llamado el Primogénito de entre los muertos (Col. 1 18; Apoc. 1 5.) y Primicias de los que se durmieron (I Cor. 15 20-23.).

«Al tercer día»

[10] Cristo permaneció en el sepulcro, no tres días enteros, sino un día natural entero, parte del anterior y parte del siguiente. Y quiso hacerlo así, por una parte no resucitando enseguida que murió, para que creyésemos que era verdadero hombre y que había muerto realmente; y, por otra parte, tampoco al final de los tiempos, con los demás hombres, para manifestar su divinidad.

«Según las Escrituras»

[11] Los Padres del concilio de Constantinopla añadieron estas palabras para manifestar cuán importante es el misterio de la resurrección para nuestra fe.

En efecto, San Pablo declara que sin este misterio, nuestra fe sería vana (I Cor. 15 14 y 17.); igualmente, San Agustín afirma que todos, paganos y judíos, creen que Cristo murió, pero sólo los cristianos creen que resucitó; finalmente, por ese mismo motivo, nuestro Señor la predijo a sus apóstoles, no hablando casi nunca de su pasión sin hablar de su resurrección (Lc. 18 32-33.) y dando a los judíos como única prueba de su divinidad la señal del profeta Jonás, esto es, su futura resurrección (Mt. 12 39-40.).

Otras consideraciones sobre la Resurrección útiles a los fieles

[12] 1º Causas por que fue necesario que Cristo resucitase.

Era conveniente que Cristo resucitase:

• para que se manifestase la justicia de Dios, ensalzando a Aquel que se había humillado hasta la muerte para obedecerle (Fil. 2 8-9.);

• para que se confirmase nuestra fe, pues el haber resucitado Cristo de entre los muertos es la mejor prueba de que es Dios;

• para que se alentase y sostuviese nuestra esperanza, porque si resucitó Cristo, que es nuestra Cabeza, también resucitaremos nosotros, que somos sus miembros (I Cor. 15 12; I Tes. 4 13; I Ped. 1 3-4.);

• para que del todo se terminase el misterio de nuestra redención y salvación; pues Cristo con su muerte nos libró de los pecados, pero con su resurrección nos devolvió los bienes principales que perdimos por el pecado (Rom. 4 25.). [13]

2º Qué bienes resultan a la humanidad de la resurrección de Cristo. —

 Son los siguientes:

• por la resurrección reconocemos que Cristo es Dios inmortal, lleno de gloria y vencedor de la muerte y del demonio;

• la resurrección de Cristo es la causa eficiente y ejemplar de la resurrección de nuestros cuerpos: causa eficiente, porque en todos los misterios de nuestra redención Dios se valió de la humanidad de Cristo como de instrumento eficiente; y así, su resurrección fue instrumento para conseguir la nuestra (I Cor. 15 21.); causa ejemplar, porque la resurrección de Cristo es modelo de la nuestra: resucitaremos como Cristo, dotados de gloria e inmortalidad (Fil. 3 21.);

• finalmente, la resurrección de Cristo es también el modelo de la resurrección de nuestras almas, estimulándonos a morir definitivamente al pecado y a vivir para Dios (Rom. 6 3-13.).

[14] 3º Qué ejemplos debemos sacar de la resurrección de Cristo.

Dos ejemplos debemos sacar de ella:

• que después de haber lavado las manchas de los pecados, emprendamos un nuevo género de vida, en el cual brillen la pureza de costumbres, la inocencia, la santidad, la modestia, la justicia, la caridad, la humildad y todas las virtudes;

• que de tal modo perseveremos en este modo de vida, que con la gracia de Dios nunca más nos separemos del camino de la justicia; pues las palabras de San Pablo (Rom. 6 3-13.) no demuestran únicamente que la resurrección de Cristo se nos propone como modelo de nuestra resurrección, sino también declaran que nos concede virtud para resucitar y que nos da fuerzas para permanecer en santidad y justicia, y para observar los preceptos divinos.

 [15] 4º Por qué señales reconocemos haber resucitado espiritualmente con Cristo. —

Son dos principalmente:

• el deseo del cielo y de los bienes celestiales (Col. 3 1.);

• y el gusto, agrado y gozo interior de los mismos bienes (Col. 3 2.).

Domingo de Pascua de Resurrección

Abril 12, 2009

SAN AGUSTÍN

La resurrección de Nuestro Señor Jesucristo es la nueva vida de los que creen en Jesús; y este misterio de su muerte y resurrección es lo que deben conocer en profundidad y reproducir en ustedes.

Porque no fue sin un motivo que la Vida llegó a  la muerte; no fue sin un motivo que la Fuente de la vida, de la que bebe todo el que quiere vivir, bebió esta copa que no merecía; porque Cristo no merecía la muerte.

Si buscamos el origen de la muerte, de dónde procede: encontraremos que el padre de la muerte es el pecado.

Porque si nunca hubiera habido pecado, nadie habría muerto.

El primer hombre recibió una ley de Dios, es decir una orden de Dios, con la cláusula de que si la observaba viviría, y si la transgredía moriría.

No creyendo que iba a morir, hizo aquello que le causó la muerte y se dio cuenta que era verdad lo que le había dicho el que le dio esa ley.

De ahí vino la muerte, la condición mortal, la desgracia, la miseria; de ahí viene también la segunda muerte después de la primera, es decir, la muerte eterna después de la muerte temporal.

Por eso todo hombre nace sujeto a esta condición mortal, a estas leyes de la muerte, y por eso de él se dice en un Salmo que era libre en medio de los muertos (Sal 88, 3).

El que fue concebido sin concupiscencia por una virgen, y fue dado a luz por una virgen que siguió siendo virgen, el que vivió libre de culpa, el que no murió a causa de la culpa, participando con nosotros de la pena, pero no participando de nuestra culpa – la muerte es la pena por una culpa (Cf Rom V, 12) – nuestro Señor Jesucristo, vino a morir, no a pecar.

Participando, sin culpa, de nuestra pena, nos liberó de la culpa y de la pena. ¿De qué pena nos liberó? De aquella a la que estábamos destinados después de  esta vida. Por lo tanto fue crucificado, para mostrar en la cruz el ocaso de nuestro hombre viejo, y resucitó para mostrar con su vida la novedad de nuestra vida.

Así lo enseña la doctrina apostólica: Él -dice – fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación (Rom 4, 25).

Un signo de esta realidad fue dado a los patriarcas en la circuncisión: todo varón era circuncidado a los ocho días de haber nacido (Cf gen 17, 12). La circuncisión se hacía con cuchillos de piedra (Jos, 5, 2) y esa piedra era Cristo ( 1 Cor 10, 4).

En esa circuncisión se significaba el despojo total de la vida carnal mediante la resurrección de Cristo en el octavo día. En verdad el séptimo día de la semana, con que éste termina, es el sábado, y el Señor, el séptimo día, es decir el sábado, reposaba en el sepulcro; y en el octavo resucitó. Su resurrección nos da la vida nueva. Por lo tanto, en el octavo día nos circuncida. Y en esa esperanza vivimos. (Sermón 231, 1-2)

Sermón para el Viernes Santo

Abril 10, 2009

JUAN TAULERO O.P.

Sobre cómo debemos conformarnos con Cristo crucificado e imprimir la imagen del crucifijo en nuestros corazones para imitarla.

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La amabilísima pasión de Nuestro Señor y Salvador, que la Iglesia recuerda hoy en el mundo entero, en ningún momento debe borrarse de nuestra memoria, al contrario, nos conviene pensar siempre en ella con un gran afecto, con una fiel compasión y un piadoso reconocimiento.

En efecto, no hay vía más fácil, más segura ni más corta para obtener el perdón de los pecados, la abundancia de todas las gracias, toda virtud y toda felicidad que el ejercicio de la pasión del Señor.

Es más, se trata de la vía única por la que podemos llegar hasta Dios; es la vía que han seguido todos los santos después de su Maestro.

Podríamos hablar infinitamente de la pasión de Cristo, y, sin embargo, todo lo que alcanzáramos a decir no bastaría todavía, nunca sería suficiente.

Porque no sólo la inteligencia humana, sino también la angélica, permanece confundida ante el amor inefable que ha llevado al Dios Todopoderoso a hacerse hombre; no era suficiente con humillarse muriendo la muerte más espantosa e ignominiosa, por nosotros, indignos y viles pecadores.

Una vez que el Dios de toda majestad se sometió por amor a tan grande confusión, a tormento y torturas sin número, ¿no es justo que todos los que quieren ser sus amigos soporten con paciencia los sufrimientos que Dios quiera enviarle, ya sean merecidos o no?

E incluso deberían alegrase sinceramente del honor y de la felicidad que Dios se digna ofrecerles llamándoles, en cierta medida, a asemejarse a él y a caminar por el camino que él les ha trazado.

San Pedro nos exhorta a fijar en nuestra memoria esta pasión cuando nos dice: Ya que Cristo sufrió en su carne, armaos también vosotros de este mismo pensamiento (1 P 4, 1).

Y, para que el olvido no se apodere jamás de nosotros, sino que tengamos siempre el alma repleta de este pensamiento, nuestra madre, la santa Iglesia, nos la recuerda sin cesar por la lectura de las Escrituras, por el santo Sacrificio de la Misa que celebra todos los días, y también por las imágenes sagradas que nos conducen como de la mano, débiles e ignorantes que somos, para mostrarnos la pasión de Nuestro Señor y hacernos recordarla.

Así, sin cesar, nos invita, nos exhorta, nos empuja a alabar a Dios, a darle gracias por el amor inapreciable y verdaderamente asombroso que se ha dignado testimoniarnos de una manera tan excelente por su horrible pasión y su dolorosa muerte.

También por esta razón las imágenes de los santos y las pinturas religiosas están permitidas por la Iglesia.

 Por la contemplación de esas imágenes somos conducidos a caminar sobre la huella de los santos y a imitar su vida piadosa y admirable; igualmente por esta mirada aprendemos a sufrir de buena gana algo por Dios, a combatir vigorosamente; somos fortalecidos en la fe y mantenemos despierta, y en un santo ardor para amar a Dios, a nuestra pobre alma, siempre pronta a olvidar su bien.

Sin embargo, de todas las imágenes, la que más nos sirve y nos proporciona beneficios incalculables es el crucifijo, la visión repetida y la contemplación amorosa de Nuestro Señor en la cruz.

Pero, para contemplar bien la cruz, es preciso que encontremos en ella ocho enseñanzas que han sido gravadas en un libro, sobre el cuerpo santísimo del Salvador.

1.- La primera enseñanza o la primera Doctrina que hay que recoger es la pobreza voluntaria.

Cristo nos muestra muy claramente y nos recomienda esta pobreza cuando se presenta a nosotros despojado sobre la cruz.

Este espectáculo debe conducirnos también a nosotros a querer ser pobres por amor a él. ¿Acaso no abrazó él por nosotros la extrema desnudez de todas las cosas?

De sus riquezas infinitas y de toda su gloria no se reservó ni siquiera algo con qué cubrir su desnudez cuando fue suspendido en la cruz.

 Pero ya había recomendado con sus palabras esta pobreza cuando decía: Bienaventurados los pobres de espíritu porque el reino de los cielos les pertenece.

Sí, ciertamente, todo el mundo estará de acuerdo en que son felices los que poseen el reino de los cielos, ese tesoro inestimable.

Pero los pobres de espíritu no son solamente dichosos por lo que son, sino sobre todo por tener más de los que desean.

Lo que tienen les basta abundantemente; se contentan por ello, y su pobreza les resulta tan querida que no se creen en absoluto pobres.

Del mismo modo que los avaros nunca están satisfechos porque aspiran siempre a tener más y están consumidos por el deseo, así también los verdaderamente pobres temen siempre poseer demasiado.

Se les llama, pues, justamente pobres porque tienen todo eso que desean.

Lo que desean no es otra cosa que la pobreza y la falta de bienes temporales; lo que desean es soportar esa desnudez con amor, por Dios.

Han aprendido en la escuela de su maestro a ser verdaderamente pobres, a sufrir la falta de todo.

Han guardado bien presentes a sus ojos la imagen y el modelo de la pasión dolorosa y de la vida santísima del Salvador; han gravado profundamente en su corazón la extrema pobreza, en la que él ha querido encerrarse todo el tiempo que ha vivido sobre la tierra en medio de los hombres. Eso es lo que han observado fielmente.

Son también dichosos porque nadie puede despojarles. Aquel a quien se despoja está expuesto a la impaciencia. Ahora bien, el pobre no posee nada, es bien evidente que no se le puede arrebatar nada.

Son dichosos, finalmente, porque poseen ya una parte de la libertad celestial. La libertad es tener más de lo que se desea y vivir contento de su pobreza. Por eso, después del corto pasaje de esta vida terrestre, recibirán como recompensa el reino de los cielos y la felicidad eterna.

2.- La segunda lección o doctrina es la caridad perfecta.

Cristo nos ha dado esta lección cuando quiso ser suspendido en la cruz entre dos ladrones con el fin de tomar sobre sí los pecado y las deudas de los dos criminales.

¿Cómo podría testimoniar una caridad más grande y más perfecta que tomando sobre sus hombros las deudas de sus enemigos y consintiendo por ellas que todos sus miembros fueran sometidos a la tortura?

Si hubiera sufrido solamente por sus amigos, eso ya sería una gran prueba de su amor.

Pero consintiendo sufrir por sus mismos enemigos, nos da un ejemplo incomparable de un amor más que perfecto.

Nos enseña así que debemos testimoniar a nuestros enemigos no solamente un afecto cualquiera, sino prestarles servicios y rodearles de buenos oficios cuando se encuentran en necesidad.

En efecto, Nuestro Señor se ha dignado soportar los tormentos atroces de su pasión y de su muerte no solamente por los buenos y los amigos, sino también por los malvados y por sus enemigos.

Por eso debemos tratar de comprender cómo será el amor del que rodeará después de esta vida a aquellos que le aman y caminan sobre sus huellas quien en el mundo ha dado tantas pruebas de su afecto incluso a sus enemigos.

Eso es lo que hacía decir a san Pablo, ese vaso de elección: Dios pone de manifiesto el amor que nos tiene, porque cuando éramos todavía pecadores Cristo murió por nosotros en el tiempo (Rm 5, 8). Y un poco más lejos añade: Si cuando todavía éramos sus enemigos hemos sido reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, con cuanta más razón, ahora que estamos reconciliados, seremos salvados en su propia vida.

Os ruego pues que consideréis, queridos hijos, la inmensa caridad de nuestro Dios. Por nuestros pecados habíamos perdido la gracia, le habíamos ofendido, y es en ese momento en que ha querido reconciliarnos con él, no por la sangre de machos cabríos y de terneros, sino por su propia sangre; ha querido restaurar la amistad violada aceptando por nosotros no una muerte cualquiera, sino la más atroz que la crueldad humana podía imponerle.

3.- La tercera institución o doctrina consiste en una inmensa y sobreabundante misericordia.

Esta misericordia puede casi tocarse con el dedo cuando Nuestro Señor perdona y tiene misericordia con el buen ladrón, que había sido crucificado a su lado por sus crímenes.

Anteriormente era su enemigo, se burlaba de Jesús, blasfemaba, pero ahora pide perdón; y Jesús lo admite a su gracia y le concede más de lo que había pedido.

En efecto, había dicho: Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino, y enseguida recibe la respuesta: En verdad, yo te lo digo, hoy mismo estarás conmigo en el paraíso (Lc 23, 43).

¿Acaso no es eso darle más de lo que pedía? No solamente se acuerda de él, sino que se muestra enteramente a él; le concede contemplar su rostro y su esencia divina; en eso consiste el verdadero y vivo paraíso de delicias.

Cuando Cristo dio el último suspiro sobre la cruz, su santa alma unida a su divinidad descendió a los infiernos para rescatar y librar a todos los que habían hecho la voluntad de su Padre.

Ahora bien, a la hora misma en que Cristo moría, el ladrón entregaba también su alma y ésta descendía a los abismos para unirse al Señor, y allí ella le contemplaba en su divinidad, y ese era el paraíso que el Señor suspendido en la cruz le había prometido.

Porque, sin duda, allí donde se ve la gloria de la majestad de Dios, allí está el paraíso.

Esa es la prueba evidente de su inefable misericordia: ha querido testimoniarla a su enemigo de una forma particular. De ello es fácil concluir cuánto más grande será todavía la misericordia que Dios mostrará a sus amigos.

 Aprendamos con este ejemplo a practicar la misericordia y a testimoniar nuestra piedad no solamente a nuestros amigos, sino también a nuestros enemigos.

4.- La cuarta lección o doctrina consiste en una perfecta y piadosa obediencia.

La obediencia es la que ha clavado a Cristo en la cruz; obediencia de la que dio una prueba especial cuando, inclinando la cabeza, entregaba su santa alma.

 Hay dos cosas a considerar: la obediencia y la devoción.

Entregando su alma a la muerte, hace prueba de su perfecta obediencia; inclinando la cabeza prueba la gran devoción que contenía su corazón.

Dice en efecto: Padre, en tus manos entrego mi espíritu. Es como si dijera: “Padre, he sido obediente hasta la muerte; he cumplido todo lo que me has mandado; ahora, pues, recibe mi espíritu. La obra que me ha encomendado está acabada: Todo está cumplido (Jn 19, 30). Y dicho esto, inclinó la cabeza y entregó el espíritu (Jn 19, 30).

De aquí podemos aprender a practicar no solamente la obediencia, sino también la obediencia fiel, tal y como Cristo nos la ha mostrado, de manera a aceptar, inclinando la cabeza, todo lo que nos está prescrito y ordenado, y a testimoniar así que, desde el fondo del corazón, nos sometemos amorosamente y piadosamente.

La devoción, en efecto, hace al espíritu pacífico y suave. Veamos, pues, cuál debe ser, según Dios, nuestra devoción. Que cada uno de nosotros examine en qué disposiciones ha sometido su cuerpo, sus bienes, su voluntad a la obediencia. ¿Es por amor a Dios? Si él os manda algo decid enseguida desde el fondo de vuestro corazón: “Señor, mi creador y redentor, acepto con gusto esta orden, por amor a ti. Acepta mi voluntad y mi obediencia como un sacrificio de alabanza en tu honor”. Esta obediencia piadosa debemos practicarla no un día ni un mes ni un año, sino hasta la muerte, a ejemplo de nuestro salvador del que el Apóstol ha podido decir: Cristo se hizo obediente por nosotros hasta la muerte y una muerte de cruz (Flp 2, 8). Recordemos sin cesar esta obediencia de Cristo para poder, por esta visión, fortalecernos y alentarnos. En efecto, quien a la hora de la muerte se encuentre sin esta santa obediencia no tendrá parte en la obediencia de Cristo.

5.- La quinta institución o doctrina es el testimonio de respeto y de amistad.

Cristo nos ha dado esta lección cuando suspendido en la cruz, triturado por la inmensidad de sus dolores, no quiso, sin embargo, dejar sin consuelo a su madre, afligida al pie de la cruz: a pesar del abismo de dolores y de angustias que le oprimían por todas partes, no la olvidó un instante.

Y como no podía, a causa del exceso de sus sufrimientos y de sus penas, hablar extensamente con ella, se contentó con expresar con pocas palabras la inmensidad de su amor y de su respeto hacia ella.

Estaba ya casi completamente agotado, su cuerpo ya no tenía fuerzas, cuando en el momento mismo de morir, dirigiéndose a su madre, le dijo lo mejor que pudo: Mujer, ahí tienes a tu hijo (Jn 19, 26).

En medio de los sufrimientos más terribles, su corazón pensaba en su madre y la encomendaba a Juan, su discípulo amado, como si le hubiera dicho: “Oh dulcísima madre, mira a tu hijo único. Yo sé, sí, yo sé de qué espada de dolor mi pasión ha atravesado tu alma. Qué tristeza tienes al ver a tu hijo único ahí, ante tu mirada, suspendido en una cruz, cubierto de sangre y entregando su último suspiro”.

Así nosotros aprendemos a honrar a nuestros padres, no solamente a los que están unidos a nosotros por los lazos de la sangre, sino a todos aquellos a los que nos unen vínculos espirituales, a nuestros hermanos y hermanas.

Honrémosles por Dios y en Dios, siguiendo el precepto que hemos recibido: Honra a tu padre y a tu madre (Ex 20, 12). Según el testimonio de san Pablo, ese es el primer mandamiento en la promesa nueva (Ef 6, 2).

6.- La sexta institución es una paciencia perfecta.

Cristo nos ha dado esta lección cuando quiso ser sujetado a la cruz por clavos, como si quisiera decir a sus enemigos: “Acumulad sobre mí todas las penas que os plazca, las soportaré todas con gusto”.

No cabe duda de que jamás en su vida había hecho nada que mereciera la muerte, y, sin embargo, soporta con paciencia las penas que le imponen; se somete a los más crueles suplicios, sin proferir ni tan siquiera una sola palabra de impaciencia, sin tener tampoco en su corazón el menor pensamiento amargo.

La prueba está en que cuando se le aproximaba la muerte oraba por sus verdugos: Padre –decía– , perdónales, porque no saben lo que hacen (Lc 23, 34).

Meditemos atentamente y apoyémonos con todas nuestras fuerzas sobre esta paciencia de Nuestro Señor, para que también nosotros podamos soportar, con un corazón tranquilo y dulce, las desgracias que nos ocurren, cualquiera que sean, incluso las que no hemos merecido, dispuestos a aceptar gozosamente y libremente, por amor a Dios, los sufrimientos que nos aplastan por nuestra culpa o sin culpa alguna.

7.- La séptima institución es una firmeza inquebrantable.

Cristo nos la ha recomendado de una manera muy neta cuando quiso que sus pies fuesen fijados a la cruz, como si hubiera dicho: “Permaneceré inmóvil y firme en la obediencia; no descenderé de la cruz a ningún precio hasta haber entregado la vida”.

Con ello a querido enseñarnos a perseverar inquebrantablemente en nuestras buenas resoluciones y en la vida piadosa y santa; a abrazar continuamente, y hasta la muerte, la cruz de la penitencia; a permanecer clavados por los pies y por las manos a la cruz de la vida espiritual y moribunda; a no tener jamás en el espíritu otra intención que la de seguir a Nuestro Señor crucificado; en fin, a crucificar todos nuestros defectos, todas nuestras codicias, todos nuestros placeres, hasta que todo sea sometido a la dominación del espíritu.

 Si verdaderamente, cuando venga la muerte, nos encuentra así, clavados a la cruz, obtendremos de Dios el perdón de todas nuestras faltas y de todos nuestros crímenes.

Pero sí, por desgracia, alguien, aunque hubiera pasado millares de años en una vida santa, se separa de la cruz solamente durante una hora y muere en ese estado, su vida pasada no le servirá de nada: será golpeado por la sentencia de una muerte eterna.

Es, pues, soberanamente necesario para nosotros permanecer firmes sobre la cruz, con los pies y las manos siempre sujetas sobre ella.

Así nos encontrarán a la hora de la muerte y así seremos juzgados por Dios.

8.- La octava lección es la oración continua.

Cristo nos la ha enseñado cuando suspendido en la cruz no dejó ni un solo instante de orar a su Padre del cielo.

Algunos piensan que recitó sobre la cruz tantos versículos como salmos hay, es decir, ciento cincuenta, comenzando por el salmo: Dios mío, Dios mío, vuelve tu mirada hacia mí. Se trata del Salmo 21, y que continuó así, por orden, con los salmos siguientes, hasta el versículo del Salmo 30: En tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23, 46).

Démonos cuenta bien aquí cómo Cristo comienza su oración por esas palabras: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mt 27, 46).

Nosotros no podemos pensar en nuestra muerte sin terror, porque el Hijo Único de Dios, que no había pecado, experimentó tan duras angustias y oró a su Padre con tanta devoción que no lo abandonase.

¿Qué será de nosotros, miserables pecadores? Aprendamos, pues, al pensar en nuestra muerte, a derramar ante Dios nuestras ardientes oraciones.

Cristo se entregó a la oración como si hubiera pasado su vida entera en el pecado.

Pero, si la oración es siempre necesaria, lo es sobre todo cuando llegamos al término de la vida, por eso es preciso recurrir a la oración y aplicarse a ella con todas nuestras fuerzas.

En el momento de la muerte debemos dirigir nuestro corazón perfectamente hacia Dios, abandonarnos con una humildad profunda en su inmensa misericordia, a fin de que los malos espíritus que nos asalten, en ese momento en particular, huyan y sean derribados por nuestras oraciones, de tal manera que no tengan ningún dominio sobre nuestra alma.

Que nuestro dulcísimo Creador, bendito por los siglos, se digne concedernos esta gracia. Así sea. 

E.-P. NOËL, O.P., Oeuvres Complètes de Jean Tauler. Religieux dominicain du XIV siècle. Traduction littérale de la version latine du Chartreux Suris, tm 2, París 1911, pp. 246-257 (la traducción del francés ha sido realizada por Manuel Ángel Martínez, O.P.).

Stabat Mater dolorosa

Abril 10, 2009

Stabat Mater (en latín Estaba la Madre) es una secuencia católica del siglo XIII atribuida a Inocencio III y al franciscano Jacopone da Todi. Esta plegaria que comienza con las palabras Stabat Mater dolorosa (estaba la Madre sufriendo) medita sobre el sufrimiento de María la Madre de Jesús durante la crucifixión.

*

Versión de Monseñor Marco Frisina (Maestro Director de la Capilla musical Lateranense)

 

*

RIT.STABAT MATER DOLOROSA

IUXTA CRUCEM LACRIMOSA

DUM PENDEBAT FILIUS.

 

Immersa in angoscia mortale

la Madre dell’Unigenito

geme nell’intimo del cuore

trafitto da una spada.

 

RIT.

 

Piange la Madre pietosa

contemplando le sue piaghe:

chi potrà trattenere il pianto

davanti a tanto tormento.

 

RIT.

 

Per il peccato del mondo

vide il Figlio tra i tormenti,

vide il suo dolce nato

quando emise lo spirito.

 

 RIT.

*

Versión por Lope de Vega

 

La Madre piadosa estaba

junto a la cruz y lloraba

mientras el Hijo pendía.

Cuya alma, triste y llorosa,

traspasada y dolorosa,

fiero cuchillo tenía.

 

2. ¡Oh, cuán triste y cuán aflicta

se vio la Madre bendita,

de tantos tormentos llena!

Cuando triste contemplaba

y dolorosa miraba

del Hijo amado la pena.

 

3. Y ¿cuál hombre no llorara,

si a la Madre contemplara

de Cristo, en tanto dolor?

Y ¿quién no se entristeciera,

Madre piadosa, si os viera

sujeta a tanto rigor?

 

4. Por los pecados del mundo,

vio a Jesús en tan profundo

tormento la dulce Madre.

Vio morir al Hijo amado,

que rindió desamparado

el espíritu a su Padre.

 

5. ¡Oh dulce fuente de amor!,

hazme sentir tu dolor

para que llore contigo.

Y que, por mi Cristo amado,

mi corazón abrasado

más viva en él que conmigo.

 

6. Y, porque a amarle me anime,

en mi corazón imprime

las llagas que tuvo en sí.

Y de tu Hijo, Señora,

divide conmigo ahora

las que padeció por mí.

 

7. Hazme contigo llorar

y de veras lastimar

de sus penas mientras vivo.

Porque acompañar deseo

en la cruz, donde le veo,

tu corazón compasivo.

 

8. ¡Virgen de vírgenes santas!,

llore ya con ansias tantas,

que el llanto dulce me sea.

Porque su pasión y muerte

tenga en mi alma, de suerte

que siempre sus penas vea.

 

9. Haz que su cruz me enamore

y que en ella viva y more

de mi fe y amor indicio.

Porque me inflame y encienda,

y contigo me defienda

en el día del juicio.

 

10. Haz que me ampare la muerte

de Cristo, cuando en tan fuerte

trance vida y alma estén.

Porque, cuando quede en calma

el cuerpo, vaya mi alma

a su eterna gloria. Amén.

 

↑ Publicado, entre otros , por Vicente Molina SJ, en Misal Completo. Editorial Hispania. Valencia 1941. Hans Van der Velden refiere que Lope de Vega publicó este poema como Rimas Sacras en 1614

Obtenido de “http://es.wikipedia.org/wiki/Stabat_Mater”

Debemos gloriarnos en la Cruz de Nuestro Señor

Abril 9, 2009

Misa de la Institución de la Eucaristía (Jueves Santo)

*

Ant ad Introitum (Gálatas VI, 14)

*

Nos autem gloriári oportet in Cruce Domini nostri Iesu Christi: in quo est salus, vita et resurréctio nostra: per quem salváti et liberáti sumus.

Nosotros debemos gloriarnos en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, en quien está nuestra salud, nuestra vida y nuestra resurrección, y por quien hemos sido salvados y redimidos.

Ps. 66, 2 Deus misereátur nostri, et benedícat nobis: illúminet vultum suum super nos, et misereátur nostri. Nos autem.

Apiádase Dios de nosotros y nos bendiga; haga brillar la luz de su rostro sobre nosotros y se compadezca de nosotros. Nosotros debemos, etc.

*

SANTO TOMÁS DE AQUINO

Dice el Apóstol:

“En cuanto a mí, que nunca me gloríe sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien él mundo está crucificado para mí, y yo lo estoy para el mundo.” (Gál VI: 14)


*

Veamos que donde el filósofo del mundo se avergüenza, allí mismo descubre el Apóstol su tesoro.

Lo que al primero le parece necedad, para el Apóstol es sabiduría y gloria, como dice Agustín.

Porque cada quien se gloría en aquello por lo que considera ser grande.

Y así, quien se considera grande por las riquezas, en ellas se gloría, y por el estilo en lo demás.

Y así era el Apóstol.

Por lo cual decía: Y yo vivo, o más bien, no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en mí (Gal 2,20).

Y por esto no se gloría sino en Cristo, y principalmente en la cruz de Cristo, y esto porque en ella hallamos todas las cosas de las que suelen gloriarse los hombres.

Porque algunos se glorían de la amistad de los grandes -de los Reyes o de los príncipes-: y esto lo halla el Apóstol sobre todo en la cruz de Cristo, porque en ella se muestra el signo evidente de la amistad divina. Lo que hace brillar más la caridad de Dios para con nosotros (Rom 5,8).

Porque nada nos manifiesta tanto su caridad para con nosotros como la muerte de Cristo. Con razón dice Gregorio: ¡Oh inestimable dilección de la caridad!, que para redimir al siervo has entregado al Hijo.

También se glorían algunos de la ciencia. Pero de manera excelente la halla el Apóstol en la cruz. Puesto que no me he preciado de saber otra cosa entre vosotros sino a Jesucristo (I Co 2,2). Porque en la cruz está la perfección de toda la Ley, y el arte entero de bien vivir.

Gloríanse también algunos en el poder; y tal gloria la tuvo el Apóstol al máximo por la cruz. La predicación de la cruz parece una necedad a los ojos de los que se pierden; mas para los que se salvan, esto es, para nosotros, es el poder de Dios (I Co 1,18).

Gloríanse otros por la libertad alcanzada; y ésta la consigue el Apóstol por la cruz. Nuestro hombre viejo fue crucificado juntamente con El, para que sea destruido el cuerpo del pecado, y ya no sirvamos más al pecado (Rom 6,6).

También hay quienes se glorían por su aceptación en alguna renombrada asociación. Pero por la cruz de Cristo somos recibidos en la celestial corporación. Reconciliar por El todas las cosas consigo restableciendo la paz entre cielo y tierra (Colos 1,20).

Y hay quienes se glorían en un triunfal signo de victoria. Pero la cruz es el triunfal signo de la victoria de Cristo contra los demonios. Despojando a los principados y potestades, los sacó valerosamente en público, y llevólos delante de sí, triunfando de ellos en su propia persona (Colos 2,1 5).

Bendito es el leño que sirve a la justicia (Sab 14. 7).

Y agrega la señal de su intención diciendo: por quien el mundo está crucificado para mí, etc.

Porque esto que dice: que nunca me gloríe sino en la cruz, etc., es una proposición restrictiva, que incluye una afirmativa y otra negativa; por lo cual da una doble señal, probando una y otra proposición.

Y primero prueba ciertamente la negativa, a saber, que no se gloría sino en la cruz, diciendo: por quien el mundo está crucificado para mí, etc. Porque aquello en lo que uno se gloría no es lo que está muerto en su corazón, sino que esto es lo que más desprecia. Fui borrado de su corazón y puesto en olvido como un muerto (Ps 30,13).

Ahora bien, manifiesto es que el mundo y cuanto en el mundo hay, muertos estaban en el corazón de Pablo. Todas las cosas las miro como basura por ganar a Cristo (Ph 3,8).

Así es que no se gloría en el mundo, ni en las cosas que hay en el mundo, y esto es lo que dice: En verdad en ninguna otra cosa me glorío sino en la cruz de Cristo, por quien, por Cristo crucificado, el mundo está crucificado para mí, o sea, muerto está en mi corazón, para que nada de él desee.

Y luego prueba la afirmativa, que se gloría en la cruz de Cristo, diciendo que él está crucificado para el mundo.

Porque quien se gloría en algo, como cosa propia lo considera, y desea manifestarlo; pero el Apóstol nada desea tener en sí mismo ni manifestar que no pertenezca a la cruz de Cristo, por lo cual sólo en ella se gloría; y esto lo dice así: y yo lo estoy para el mundo, para el mundo estoy crucificado; como si dijera: Traigo en mí mismo las señales de la cruz, y me considero como muerto. Por lo cual, así como el mundo aborrece la cruz de Cristo, también a mí me aborrece.Muertos estáis ya, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Colos 3,3).

*

“Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni el prepucio, sino la nueva criatura.”  (Gálatas 6: 15)

Ahora bien, la razón por la cual no se gloría en ninguna otra cosa la muestra, agregando: Porque en Cristo Jesús, etc. Ya que se gloría más que nada en aquello que sirve y ayuda para unírsele a Cristo, esto es lo que el Apóstol desea: el estar con Cristo.

Y como para esto no sirve el rito Judío, ni las observancias de los Gentiles, sino tan sólo la cruz de Cristo, sólo en ella se gloría, y esto lo dice así: En Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, o sea, el rito judaico, ni el prepucio, o sea, las ceremonias de la gentilidad, para ser justificados y unirnos a Cristo, pues para esto vale la nueva criatura.

Lo cual es evidente por lo que ya se ha dicho (Gal 5,6) casi con las mismas palabras: Porque para con Jesucristo nada vale el ser circunciso o incircunciso, sino la fe, que obra animada por la caridad.

Así es que la fe informada por la caridad es la nueva criatura. Porque hemos sido creados y producidos en el ser de la naturaleza por Adán; pero ciertamente aquella criatura era ya antigua y envejecida, por lo cual, al producirnos y constituirnos a nosotros el Señor en el ser de la gracia, hizo cierta nueva creatura.

A fin de-que seamos las primicias de sus creaturas (Sant 1,18).

Y dice nueva, porque por ella somos renovados en una vida nueva; y es por el Espíritu Santo. Envía tu Espíritu y serán creados, y renovarás la faz de la tierra (Ps 103,30). Y por la cruz de Cristo. Si alguno vive en Cristo, es una creatura nueva (2Co 5, 17).

 En consecuencia, por la nueva creatura, o sea, por la fe de Cristo y la caridad de Dios, la cual es infundida en nuestros corazones, somos renovados, y nos unimos a Cristo.

S. Thomae Aquinatis Doctoris Angelici in omnes S. Pauli Apostoli Epistolas Commentaria.Petri Marietti.1896. Traducción de J. M. Abascal. Ed. Tradición. México. 1983.Comentario a la epístola a los Gálatas.