Archivo de Mayo 2009

Invocación al Espíritu Santo

Mayo 28, 2009

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SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT

*

1. Ven, ¡oh Padre de las luces!;

ven, ¡oh Dios de caridad!;

forja en mí tu plegaria,

enséñame la verdad,

haz descender a mi alma

una chispa de tu fuego

que la inflame y la penetre

con la presencia de Dios.

 

2. Ven, Espíritu, que formas

mártires y confesores,

apóstoles y profetas,

héroes y grandes almas.

Conducido por ti mismo,

vivió Jesús, mi Señor;

a fin de que yo lo imite,

condúceme como a Él.

 

3. Tú que realizas milagros

por personas limitadas

y das mensajes de vida

por personas no estudiadas,

dame fuerza con tu gracia

- fuerza que desfallezco -,

habla en el fondo de mi alma

y de mi alma funde el hielo.

 

4. Aléjame de la moda

camino tan frecuentado,

ese fantasma cómodo

y muy lleno de pecado.

Enséñame Tú el camino

que es por tantos ignorado

y que conduce seguro

hasta el Cielo añorado.

 

5. De gracia, abre mis oídos

a las palabras de la fe,

para hacer las maravillas

de tu santa y divina ley,

para escuchar al mismo Dios

en cada predicador,

para gritar el anatema

ante el mundo engañador.

 

6. Habla, que son tus palabras

las que busco noche y día.

Habla, y los ídolos aplastas

que te combaten a porfía.

Habla, para cantar victoria

contra todos mis enemigos.

Habla para tener la gloria

de haberlos sometido.

 

7. Habla, Espíritu, y mi pecho

será fuente de agua viva;

de agua que a los pecadores

salve, acoja y refrigere.

Sana al más incurable

abriendo los ojos al ciego

y perdona al más culpable

llevándolo pronto al cielo.

 

8. Más que la Magdalena

y que Lázaro en la tumba

y hasta la Samaritana

te pido de esta agua,

quiero beberla, te lo pido,

pues conozco el don precioso;

y cuanto más favor me haces

tanto más serás glorioso.

 

9. Sostén mi incapacidad,

soy una caña vacilante,

corrige tú mi inconstancia

que el cambio asuma y supere.

Disipa en mi la ignorancia

ciego soy de nacimiento.

Calma mi concupiscencia

para no ser condenado.

 

10. Mi alma, sin ti, está desierta,

sin virtudes ni poder;

sin ti, camino al fracaso

y todo me hace caer;

no puedo nada, Dios mío,

ni pensar, ni hablar, ni actuar,

a no ser que tú me ayudes

siempre y en todo lugar.

 

11. Dame tu sabiduría

para gustar la verdad,

dame tu amor que impulse

sin forzar la libertad,

dame tu gracia fecunda

tu poderosa atracción,

dame tu ayuda potente,

tu excelsa paz y tu unción.

 

12. Haz que te ame intensamente,

y entonces sí te amaré;

conviérteme del pecado,

y yo me convertiré;

si a la atracción de tu gracia

me opuse más de una vez,

hoy me someto a tu imperio

para amarte sin doblez

 

13. Nunca pretendes violentar

mi rebelde voluntad

y por ello es que más le temo

a mi propia libertad.

A tu gracia seductora

siempre opongo resistencia;

me rindo, ocupa tu lugar

con entera autoridad.

 

14. Gran Dios, sé Tú el Maestro

de mi corazón para amar,

de mi mente para conocer.

de mi lengua para atraer,

de sentidos y poderes

para obrar o para sufrir,

de mis bienes y dolores

y de todo para servirte.

 

15. Mi pecho sea tu santuario;

sea mi lengua un instrumento,

para hablar con elocuencia

y dar a todos ejemplo.

Por Jesús y por María,

reina en mí con tu poder,

y por siempre glorifique

a Dios con mi proceder.

 

16. Esposa fiel del Espíritu,

amada Virgen María,

en humilde contrición

transforma mi rebeldía;

haz dócil mi corazón,

que sea fiel a tu mensaje,

que viva el Evangelio,

su ley y consejos.

 

DIOS SÓLO.

*

Cántico 141. Obras Completas de San Luis María Grignion de Montfort

Sobre la presencia y virtud admirable del Espíritu Santo

Mayo 28, 2009

LEÓN XIII
9 de mayo de 1897

“Aquella divina misión que, recibida del Padre en beneficio del género humano, tan santísimamente desempeñó Jesucristo, tiene como último fin hacer que los hombres lleguen a participar de una vida bienaventurada en la gloria eterna; y, como fin inmediato, que durante la vida mortal vivan la vida de la gracia divina, que al final se abre florida en la vida celestial.

Por ello, el Redentor mismo no cesa de invitar con suma dulzura a todos los hombres de toda nación y lengua para que vengan al seno de su Iglesia: Venid a mí todos; Yo soy la vida; Yo soy el buen pastor.

Mas, según sus altísimos decretos, no quiso El completar por sí solo incesantemente en la tierra dicha misión; sino que como El mismo la había recibido del Padre, así la entregó al Espíritu Santo para que la llevara a perfecto término.

Place, en efecto, recordar las consoladoras frases que Cristo, poco antes de abandonar el mundo, pronunció ante los apóstoles: Os conviene que yo vaya: si yo no partiere, el Paráclito no vendrá a vosotros; mas si partiere, os le enviaré [ Juan 16, 7].

Y al decir así, dio como razón principal de su separación y de su vuelta al Padre, el provecho que sus discípulos habían de recibir de la venida del Espíritu Santo; al mismo tiempo que mostraba cómo Este era igualmente enviado por El y, por lo tanto, que de El procedía como del Padre; y que como abogado, como consolador y como maestro concluiría la obra por El comenzada durante su vida mortal.

La perfección de su obra redentora estaba providentísimamente reservada a la múltiple virtud de este Espíritu, que en la creación adornó los cielos [Job 26, 13] y llenó la tierra [Sab 1, 7]. ”

*

“Entre todas las obras de Dios ad extra la más grande es, sin duda, el misterio de la Encarnación del Verbo; en él brilla de tal modo la luz de los divinos atributos que ni es posible pensar nada superior ni puede haber nada más saludable para nosotros.

Este gran prodigio, aun cuando se ha realizado por toda la Trinidad, sin embargo se atribuye como “propio” al Espíritu Santo: y así dice el Evangelio que la concepción de Jesús en el seno de la Virgen fue obra del Espíritu Santo [Mt 1,18.20]; y con razón, porque el Espíritu Santo es la caridad del Padre y del Hijo, y este gran misterio de la bondad divina [ 1 Tim 3,16.], que es la Encarnación, fue debido al inmenso amor de Dios al hombre, como advierte San Juan: Amó Dios tanto al mundo que le dio su Hijo Unigénito[ Jn 3,16.].

Añádase que por dicho acto la humana naturaleza fue levantada a la unión personal con el Verbo, no por mérito alguno sino sólo por pura gracia, que es don propio del Espíritu Santo: El admirable modo, dice San Agustín, con que Cristo fue concebido por obra del Espíritu Santo, nos da a entender la bondad de Dios, puesto que la naturaleza humana, sin mérito alguno precedente, ya en el primer instante fue unida al Verbo de Dios en unidad tan perfecta de persona que uno mismo fuese a la vez Hijo de Dios e Hijo del Hombre [ Enchir. 30. S. Thom., II q.32 a.l.].

Por obra del Espíritu divino tuvo lugar no solamente la concepción de Cristo, sino también la santificación de su alma, llamada unción en los Sagrados Libros [ Hech 10,38], y así es como toda acción suya se realizaba bajo el influjo del mismo Espíritu [S. Basil., De Sp. S. 16.], que también cooperó de modo especial a su sacrificio, según la frase de San Pablo: Cristo, por medio del Espíritu Santo, se ofreció como hostia inocente a Dios [Heb 9,14].

Después de todo esto, ya no extrañará que todos los carismas del Espíritu Santo inundasen el alma de Cristo. Puesto que en El hubo una abundancia de gracia singularmente plena, en el modo más grande y con la mayor eficacia que tenerse puede; en él, todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, las gracias gratis datas, las virtudes, y plenamente todos los dones, ya anunciados en las profecías de Isaías [4,1; 11,2.3.], ya simbolizados en aquella misteriosa paloma aparecida en el Jordán, cuando Cristo con su Bautismo consagraba sus aguas para el nuevo Sacramento.

Con razón nota San Agustín que Cristo no recibió el Espíritu Santo, siendo ya de treinta años, sino que cuando fue bautizado estaba sin pecado y ya tenía el Espíritu Santo, entonces, es decir, en el bautismo, no hizo sino prefigurar a su cuerpo místico, es decir, a la Iglesia en la cual los bautizados reciben de modo peculiar el Espíritu Santo [ De Trin. 15,26.]. Y así la aparición sensible del Espíritu sobre Cristo y su acción invisible en su alma representaban la doble misión del Espíritu Santo, visible en la Iglesia, e invisible en el alma de los justos.

La Iglesia, ya concebida y nacida del corazón mismo del segundo Adán en la Cruz, se manifestó a los hombres por vez primera de modo solemne en el celebérrimo día de Pentecostés con aquella admirable efusión, que había sido vaticinada por el profeta Joel [2,28.29]: y en aquel mismo día se iniciaba la acción del divino Paráclito en el místico cuerpo de Cristo, posándose sobre los Apóstoles, como nuevas coronas espirituales, formadas con lenguas de fuego, sobre sus cabezas [Cir. Hierosol., Catech. 17.].

Y entonces los Apóstoles descendieron del monte, como escribe el Crisóstomo, no ya llevando en sus manos como Moisés tablas de piedra, sino al Espíritu Santo en su alma, derramando el tesoro y fuente de verdades y de carismas [ In Mat, hom.l; 2 Cor 3,3].

Así ciertamente se cumplía la última promesa de Cristo a sus Apóstoles, la de enviarles el Espíritu Santo, para que con su inspiración completara y en cierto modo sellase el depósito de la revelación: Aun tengo que deciros muchas cosas, mas no las entenderíais ahora; cuando viniere el Espíritu de verdad, os enseñará toda verdad [ Jn 16,12.13.].

El Espíritu Santo, que es espíritu de verdad, pues procede del Padre, Verdad eterna, y del Hijo, Verdad substancial, recibe de uno y otro, juntamente con la esencia, toda la verdad que luego comunica a la Iglesia, asistiéndola para que no yerre jamás, y fecundando los gérmenes de la revelación hasta que, en el momento oportuno, lleguen a madurez para la salud de los pueblos.

Y como la Iglesia, que es medio de salvación, ha de durar hasta la consumación de los siglos, precisamente el Espíritu Santo la alimenta y acrecienta en su vida y en su virtud: Yo rogaré al Padre y El os mandará el Espíritu de verdad, que se quedará siempre con vosotros [Ibíd. 14.16,17].

Pues por El son constituidos los Obispos, que engendran no sólo hijos, sino también padres, esto es, Sacerdotes, para guiarla y alimentarla con aquella misma sangre con que fue redimida por Cristo: El Espíritu Santo ha puesto a los Obispos para regir la Iglesia de Dios, que Cristo adquirió con su sangre[Hech 20,28]; unos y otros, Obispos y Sacerdotes, por singular don del Espíritu tienen poder de perdonar los pecados, según Cristo dijo a sus Apóstoles: Recibid el Espíritu Santo: a los que perdonareis los pecados, les serán perdonados, y a los que se les retuviereis, les serán retenidos [Jn 20, 22.23].

Nada confirma tan claramente la divinidad de la Iglesia como el glorioso esplendor de carismas que por todas partes la circundan, corona magnífica que ella recibe del Espíritu Santo.

Baste, por último, saber que si Cristo es la cabeza de la Iglesia, el Espíritu Santo es su alma: Lo que el alma es en nuestro cuerpo, es el Espíritu Santo en el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia [S. Agustín, Serm. 187 de temp].

 Si esto es así, no cabe imaginar ni esperar ya otra mayor y más abundante manifestación y aparición del Divino Espíritu, pues la Iglesia tiene ya la máxima que ha de durarle hasta que, desde el estadio de la milicia terrenal, sea elevada triunfante al coro alegre de la sociedad celestial.

La acción del Espíritu sobre las almas

Y esta efusión del Espíritu es de abundancia tanta que el mismo Cristo, su donante, la asemejó a un río abundantísimo, como lo afirma San Juan: Del seno de quien creyere en Mí, como dice la Escritura, brotarán fuentes de agua viva; testimonio que glosó el mismo Evangelista, diciendo: Dijo esto del Espíritu Santo, que los que en El creyesen habían de recibir [ 7, 38.39].

Cierto es que aun en los mismos justos del Antiguo Testamento ya inhabitó el Espíritu Santo, según lo sabemos de los profetas, de Zacarías, del Bautista, de Simeón y de Ana; pues no fue en Pentecostés cuando el Espíritu Santo comenzó a inhabitar en los Santos por vez primera: en aquel día aumentó sus dones, mostrándose más rico y más abundante en su largueza [S. León M., Hom. 3 de Pentec.].

También aquéllos eran hijos de Dios, mas aún permanecían en la condición de siervos, porque tampoco el hijo se diferencia del siervo, mientras está bajo tutela [ Gál. 4, 1.2]; a más de que la justicia en ellos no era sino por los previstos méritos de Cristo, y la comunicación del Espíritu Santo hecha después de Cristo es mucho más copiosa, como la cosa pactada vence en valor a la prenda, y como la realidad excede en mucho a su figura.

Y por ello así lo afirmó Juan: Aún no había sido dado el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido glorificado [ 7, 39].

 Inmediatamente que Cristo ascendiendo a lo alto hubo tomado posesión de su reino, conquistado con tanto trabajo, con divina munificencia abrió sus tesoros, repartiendo a los hombres los dones del Espíritu Santo [ Ef 4,8]: Y no es que antes no hubiese sido mandado el Espíritu Santo, sino que no había sido dado como lo fue después de la glorificación de Cristo [Agustín, De Trin. 1,4, c.20.].

Y ello, porque la naturaleza humana es esencialmente sierva de Dios: La criatura es sierva, nosotros somos siervos de Dios según la naturaleza [S. Cir. Alex.,Thesam. 1,5, c.5.]; más aún, por el primer pecado toda nuestra naturaleza cayó tan baja que se tornó enemiga de Dios: Eramos por la naturaleza hijos de la ira [Ef 2,3].

 No había fuerza capaz de levantarnos de caída tan grande y rescatarnos de la eterna ruina.

Pero Dios, que nos había creado, se movió a piedad; y por medio de su Unigénito restituyó al hombre a la noble altura de donde había caído, y aun le realzó con más abundante riqueza de dones.

Ninguna lengua puede expresar esta labor de la divina gracia en las almas de los hombres, por la que son llamados, ya en las Sagradas Escrituras, ya en los escritos de los Padres de la Iglesia, regenerados, criaturas nuevas, participantes de la divina naturaleza, hijos de Dios, deificados, y así más aún. Ahora bien, beneficios tan grandes propiamente los debemos al Espíritu Santo.

El es el Espíritu de adopción de los hijos, en el cual clamamos: “Abba”, “Pater”; inunda los corazones con la dulzura de su paternal amor; da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios [ Rom 8,15.16.].

Para declarar lo cual es muy oportuna aquella observación del Angélico, de que hay cierta semejanza entre las dos obras del Espíritu Santo; puesto que por la virtud del Espíritu Santo Cristo fue concebido en santidad para ser hijo natural de Dios, y los hombres son santificados para ser hijos adoptivos de Dios [III q.32, a.l].

Y así, con mucha mayor nobleza aún que en el orden natural, la espiritual generación es fruto del Amor increado.

Esta regeneración y renovación comienza para cada uno en el Bautismo, Sacramento en el que, arrojado del alma el espíritu inmundo, desciende a ella por primera vez el Espíritu Santo, haciéndola semejante a sí: Lo que nace del Espíritu es espíritu [ Jn 3,7].

Con más abundancia se nos da el mismo Espíritu en la Confirmación, por la que se nos infunde fortaleza y constancia para vivir como cristianos: es el mismo Espíritu el que venció en los mártires y triunfó en las vírgenes sobre los halagos y peligros.

Hemos dicho que “se nos da el mismo Espíritu”: La caridad de Dios se difunde en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado [Rom 5,5].

Y en verdad no sólo nos llena con divinos dones, sino que es autor de los mismos, y aun El mismo es el don supremo porque, al proceder del mutuo amor del Padre y del Hijo, con razón es don del Dios altísimo.

Para mejor entender la naturaleza y efectos de este don, conviene recordar cuanto, después de las Sagradas Escrituras, enseñaron los sagrados doctores, esto es, que Dios se halla presente a todas las cosas y que está en ellas: por potencia, en cuanto se hallan sujetas a su potestad; por presencia, en cuanto todas están abiertas y patentes a sus ojos; por esencia, porque en todas se halla como causa de su ser [S. Th., I q.8, a.3.].

Mas en la criatura racional se encuentra Dios ya de otra manera; esto es, en cuanto es conocido y amado, ya que según naturaleza es amar el bien, desearlo y buscarlo.

Finalmente, Dios por medio de su gracia está en el alma del justo en forma más íntima e inefable, como en su templo; y de ello se sigue aquel mutuo amor por el que el alma está íntimamente presente a Dios, y está en él más de lo que pueda suceder entre los amigos más queridos, y goza de él con la más regalada dulzura.

Y esta admirable unión, que propiamente se llama inhabitación, y que sólo en la condición o estado, mas no en la esencia, se diferencia de la que constituye la felicidad en el cielo, aunque realmente se cumple por obra de toda la Trinidad, por la venida y morada de las tres divinas Personas en el alma amante de Dios, vendremos a él y haremos mansión junto a él [Jn 14, 23], se atribuye, sin embargo, como peculiar al Espíritu Santo.

Y es cierto que hasta entre los impíos aparecen vestigios del poder y sabiduría divinos; mas de la caridad, que es como “nota” propia del Espíritu Santo, tan sólo el justo participa.

Añádase que a este Espíritu se le da el apelativo de Santo, también porque, siendo el primero y eterno Amor, nos mueve y excita a la santidad que en resumen no es sino el amor a Dios.

Y así, el Apóstol, cuando llama a los justos templos de Dios, nunca les llama expresamente templos “del Padre” o “del Hijo”, sino “del Espíritu Santo”: ¿Ignoráis que vuestros miembros son templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, pues le habéis recibido de Dios?[1 Cor 6,19.]

 A la inhabitación del Espíritu Santo en las almas justas sigue la abundancia de los dones celestiales. Así enseña Santo Tomás: El Espíritu Santo, al proceder como Amor, procede en razón de don primero; por esto dice Agustín que, por medio de este don que es el Espíritu Santo, muchos otros dones se distribuyen a los miembros de Cristo [I q.38, a.2. S. Agustín, De Trin. 15,19.].

Entre estos dones se hallan aquellos ocultos avisos e invitaciones que se hacen sentir en la mente y en el corazón por la moción del Espíritu Santo; de ellos depende el principio del buen camino, el progreso en él, y la salvación eterna.

Y puesto que estas voces e inspiraciones nos llegan muy ocultamente, con toda razón en las Sagradas Escrituras alguna vez se dicen semejantes al susurro del viento; y el Angélico Doctor sabiamente las compara con los movimientos del corazón, cuya virtud toda se halla oculta: El corazón tiene una cierta influencia oculta, y por ello al corazón se compara el Espíritu Santo que invisiblemente vivifica a la Iglesia y la une [II q.8, a.l.].

Y el hombre justo que ya vive la vida de la divina gracia y opera por congruentes virtudes, como el alma por sus potencias, tiene necesidad de aquellos siete dones que se llaman propios del Espíritu Santo.

Gracias a éstos el alma se dispone y se fortalece para seguir más fácil y prontamente las divinas inspiraciones: es tanta la eficacia de estos dones, que la conducen a la cumbre de la santidad; y tanta su excelencia, que perseveran intactos, aunque más perfectos, en el reino celestial.

Merced a esos dones, el Espíritu Santo nos mueve y realza a desear y conseguir las evangélicas bienaventuranzas, que son como flores abiertas en la primavera, cual indicio y presagio de la eterna bienaventuranza.

Y muy regalados son, finalmente, los frutos enumerados por el Apóstol [ Gál v.22.] que el Espíritu Santo produce y comunica a los hombres justos, aun durante la vida mortal, llenos de toda dulzura y gozo, pues son del Espíritu Santo que en la Trinidad es el amor del Padre y del Hijo y que llena de infinita dulzura a las criaturas todas [S. Agustín, De Trin. 5,9.].

Y así el Divino Espíritu, que procede del Padre y del Hijo en la eterna luz de santidad como amor y como don, luego de haberse manifestado a través de imágenes en el Antiguo Testamento, derramaba la abundancia de sus dones en Cristo y en su cuerpo místico, la Iglesia; y con su gracia y saludable presencia alza a los hombres de los caminos del mal, cambiándoles de terrenales y pecadores en criaturas espirituales y casi celestiales.

Pues tantos y tan señalados son los beneficios recibidos de la bondad del Espíritu Santo, la gratitud nos obliga a volvernos a El, llenos de amor y devoción.

Seguramente harán esto muy bien y perfectamente los hombres cristianos, si cada día se empeñaren más en conocerle, amarle y suplicarle: a ese fin tiende esta exhortación dirigida a los mismos, tal como surge espontánea de Nuestro paternal ánimo.

Acaso no falten en nuestros días algunos que, de ser interrogados como en otro tiempo lo fueron algunos por San Pablo, “si habían recibido el Espíritu Santo”, contestarían a su vez: Nosotros, ni siquiera hemos oído si existe el Espíritu Santo [Hech 19,2].

Que si a tanto no llega la ignorancia, en una gran parte de ellos es muy escaso su conocimiento sobre El; tal vez hasta con frecuencia tienen su nombre en los labios, mientras su fe está llena de crasas tinieblas.

Recuerden, pues, los predicadores y párrocos que les pertenece enseñar con diligencia y claramente al pueblo la doctrina católica sobre el Espíritu Santo, mas evitando las cuestiones arduas y sutiles, y huyendo de la necia curiosidad que presume indagar los secretos todos de Dios.

Cuiden recordar y explicar claramente los muchos y grandes beneficios que del Divino Dador nos vienen constantemente, de forma que sobre cosas tan altas desaparezca el error y la ignorancia, impropios de los hijos de la luz.

Insistimos en esto no sólo por tratarse de un misterio, que directamente nos prepara para la vida eterna y que, por ello, es necesario creer firme y expresamente, sino también porque, cuanto más clara y plenamente se conoce el bien, más intensamente se le quiere y se le ama.

Esto es lo que ahora queremos recomendaros: Debemos amar al Espíritu Santo, porque es Dios: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fortaleza [ Deut 6,5.].

Y ha de ser amado, porque es el Amor sustancial eterno y primero, y no hay cosa más amable que el amor; y luego tanto más le debemos amar cuanto que nos ha llenado de inmensos beneficios que, si atestiguan la benevolencia del donante, exigen la gratitud del alma que los recibe.

Amor éste, que tiene una doble utilidad, ciertamente no pequeña.

 Primeramente, nos obliga a tener en esta vida un conocimiento cada día más claro del Espíritu Santo: El que ama, dice Santo Tomás, no se contenta con un conocimiento superficial del amado, sino que se esfuerza por conocer cada una de las cosas que le pertenecen intrínsecamente y así entra en su interior, como del Espíritu Santo, que es amor de Dios, se dice que examina hasta lo profundo de Dios [ 1 Cor 2,10; I-II q.28, a.2.].

En segundo lugar, que será mayor aún la abundancia de sus celestiales dones, pues como la frialdad hace cerrarse la mano del donante, el agradecimiento la hace ensancharse.

Y cuidese bien de que dicho amor no se limite a áridas disquisiciones o a externos actos religiosos; porque debe ser operante, huyendo del pecado, que es especial ofensa contra el Espíritu Santo.

Cuanto somos y tenemos, todo es don de la divina bondad que corresponde como propia al Espíritu Santo; luego el pecador le ofende al mismo tiempo que recibe sus beneficios, y abusa de sus dones para ofenderle, al mismo tiempo que, porque es bueno, se alza contra El multiplicando incesantes sus culpas.

Añádase, además, que, pues el Espíritu Santo es espíritu de verdad, si alguno falta por debilidad o ignorancia, tal vez tenga alguna excusa ante el tribunal de Dios; mas el que por malicia se opone a la verdad o la rehuye comete gravísimo pecado contra el Espíritu Santo.

Pecado tan frecuente en nuestra época, que parecen llegados los tristes tiempos descritos por San Pablo, en los cuales, obcecados los hombres por justo juicio de Dios, reputan como verdaderas las cosas falsas, y al príncipe de este mundo, que es mentiroso y padre de la mentira, le creen como a maestro de la verdad: Dios les enviará espíritu de error para que crean a la mentira [ 2 Tes 2,10.]: en los últimos tiempos se separarán algunos de la fe, para creer en los espíritus del error y en las doctrinas de los demonios [ 1 Tim 4,1].

Y por cuanto el Espíritu Santo, según arriba hemos dicho, habita en nosotros como en su templo, repitamos con el Apóstol: No queráis contristar al Espíritu Santo de Dios, que os ha consagrado[ Ef 4,30].

Para ello no basta huir de todo lo que es inmundo, sino que el hombre cristiano debe resplandecer en toda virtud, especialmente en pureza y santidad, para no desagradar a huésped tan grande, puesto que la pureza y la santidad son las propias del templo.

Por ello exclama el mismo Apóstol: Pero ¿es que no sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno osare profanar el templo de Dios, será maldito de Dios, pues el templo debe ser santo y vosotros sois este templo [1 Cor 3, 16, I 7]; amenaza tremenda, pero justísima.

 Por último, conviene rogar y pedir al Espíritu Santo, cuyo auxilio y protección todos necesitamos en extremo.

Somos pobres, débiles, atribulados, inclinados al mal: luego recurramos a El, fuente inexhausta de luz, de consuelo y de gracia.

 Sobre todo, debemos pedirle perdón de los pecados, que tan necesario nos es, puesto que es el Espíritu Santo don del Padre y del Hijo, y los pecadores son perdonados por medio del Espíritu Santo como por don de Dios [S. Th. III q.3, a.8 ad 3.], lo cual se proclama expresamente en la liturgia cuando al Espíritu Santo le llama remisión de todos los pecados [In Miss. Rom. fer. 3 post Pent.]

Cuál sea la manera conveniente para invocarle lo aprendamos de la Iglesia, que suplicante se vuelve al mismo Espíritu Santo y lo llama con los nombres más dulces de padre de los pobres, dador de los dones, luz de los corazones, consolador benéfico, huésped del alma, aura de refrigerio; y le suplica encarecidamente que limpie, sane y riegue nuestras mentes y nuestros corazones, y que conceda a todos los que en El confiamos el premio de la virtud, el feliz final de la vida presente, el perenne gozo en la futura.

Ni cabe pensar que estas plegarias no sean escuchadas por aquel de quien leemos que ruega por nosotros con gemidos inenarrables [Rom 8,26].

En resumen, debemos suplicarle con confianza y constancia para que diariamente nos ilustre más y más con su luz y nos inflame con su caridad, disponiéndonos así por la fe y por el amor a que trabajemos con denuedo por adquirir los premios eternos, puesto que El es la prenda de nuestra heredad [ Ef 1,14.]. “

Carta Encíclica: Divinum Illud munus.Sumo Pontífice León XIII.1897.

Docilidad al Espíritu Santo

Mayo 26, 2009

R. Garrigou-Lagrange O.P.
(1877-1964)

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¿Cómo hemos de escuchar la voz del Espíritu Santo?

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“Para ser dóciles al Espíritu Santo, es preciso primero oir su voz. Y para oirla es necesario el recogimiento, el desasimiento de si propio, la guarda del corazón, la mortificación de la voluntad y la del juicio propio.

Es cosa segura que si no guardamos el silencio en nuestra alma, y las voces de las afecciones humanas la turban no han de llegar a nosotros las voces del Maestro interior.

Por eso el Señor somete a veces nuestra sensibilidad a tan duras pruebas y en cierto modo la crucifica: es con el fin de que acabe por someterse totalmente a la voluntad animada por la caridad.

Es cosa cierta que si ordinariamente vivimos con la preocupación de nosotros mismos, nos escucharemos a nosotros o tal vez daremos oídos a una voz más pérfida y peligrosa que busca nuestra perdición.

Por eso Nuestro Señor Jesucritso nos invita a morir a nosotros, como el grano de trigo que cae en la tierra.”

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¿Por qué actos nos disponemos a conseguir esta docilidad?

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Sometiéndonos plenamente a la voluntad de Dios que conocemos ya por los preceptos y consejos conformes con nuestra vocación. Hagamos buen uso de las cosas que ya conocemos, que el Señor nos irá haciendo conocer otras nuevas.

Renovando con frecuencia la resolución de seguir en todo la voluntad de Dios. Este propósito hace llover nuevas gracias sobre nuestra alma.
Repitamos frecuentemente las palabras de Jesús: “Mi manjar es cumplir la voluntad de mi Padre” (Joan IV, 34).

Pidiendo sin cesar al Divino Espíritu luz y fuerzas para cumplir la voluntad de Dios.

También es muy conveniente consagrarse al Espíritu Santo, cuando uno se siente inclinado a ello, a fin de poner nuestra alma bajo su guía y dirección.

Para eso hemos de decirle esta oración:

“Oh Santo Espíritu, Espíritu divino de luz y amor: os consagro mi inteligencia, mi voluntad, mi corazón y todo mi ser en el tiempo y en la eternidad.-
Que mi inteligencia sea siempre dócil a vuestras celestiales inspiraciones y a las enseñanzas de la santa Iglesia católica de la que sois guía infalible; que mi corazón viva siempre inflamado en el amor de Dios y del prójimo; que mi voluntad esté siempre conforme con la voluntad divina, y que toda mi vida sea fiel imitación de la vida y virtudes de Nuestro Señor y Salvador Jesús, a quien con el Padre y Vos, divino Espíritu, sean dados siempre honor y gloria por los siglos de los siglos. (Esta consagración al Espíritu Santo fue enriquecida con 300 días de indulgencia por S.S. Pio X)

Santa Catalina de Siena solía orar: “Espíritu Santo, venid a mi corazón; atraedlo a Vos con vuestro poder, Dios mío, y concededme la caridad y el temor filial. Guardadme, oh Amor infalible, de todo mal pensamiento, inflamadme en vuestro dulcísimo amor, y toda pena me parecerá ligera.¡Padre mío, dulce Señor mío, asistidme en todas mis acciones! Jesús amor, Jesús amor.”

Está consagración está admirablemente expresada en la secuencia.

Veni, Sancte Spiritus,
Et emitte caelitus
Lucis tuae radium

Los efectos de tal consagración, si se hace con espíritu de profunda fe, pueden ser provechosísimos.

Si un pacto hecho deliberadamente con el demonio lleva consigo efectos tan desastrosos en el mal, la consagración al Espíritu Santo habrá de producirlos aún mayores en orden al bien, porque es mayor la bondad y poder de Dios que la malicia del enemigo.

De consiguiente, el cristiano que se ha consagrado a María mediadora, por ejemplo, según la fórmula de Grignion de Montfort, y luego al Sagrado Corazón, encontrará tesoros insospechados en la consagración renovada al Espíritu Santo.

Toda la influencia de María nos conduce a la mayor intimidad con Cristo, y la humanidad del Salvador nos lleva al Espíritu Santo que nos introduce en el misterio de la adorable Trinidad.

Sería muy conveniente hacer esta consagración en Pentecostés y renovarla con frecuencia.

Además, en las situaciones difíciles sobre todo, y al tomar una importante decisión, hemos de pedir luz al Espíritu Santo, y no querer otra cosa que cumplir su voluntad. Después, guiémonos sinceramente como mejor nos parezca.”

“Hemos de observar , en fin, los diversos movimientos del alma, para ver claro los que son de Dios y los que no lo son. Los autores de espiritualidad enseñan que todo lo que viene de Dios, en un alma fiel a la gracia, es ordinariamente tranquilo y sosegado; lo que viene del demonio, es violento y produce turbación y ansiedades.”

R. Garrigou Lagrange. Las tres edades de la vida interior. Tomo II. Ed. Palabra. Extracto del capítulo XXII: Docilidad al Espíritu Santo.

La vida de unión con el Espíritu Santo

Mayo 23, 2009

SAN PEDRO JULIÁN EYMARD

(1811-1868)

“Si el Espíritu es el principio de nuestra vida, que lo sea también de nuestra conducta”( Gál. V, 25)

El Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús, ese Espíritu que vino El a traer al mundo, es el principio de nuestra santidad. La vida interior no es sino unión con el Espíritu Santo, obediencia a sus mociones. Estudiemos las operaciones que realiza Él en nosotros.

Notad, ante todo, que es el Espíritu Santo quien nos comunica a cada uno en particular los frutos de la encarnación y de la redención.

El Padre nos ha dado su Hijo; el Verbo se nos da en la encarnación y en la cruz nos rescata: éstos son los efectos generales de su amor.

¿Quién es el que nos hace participar de estos efectos divinos?

Pues el Espíritu Santo.

El forma en nosotros a Jesucristo y le completa. Por lo que ahora, después de la Ascensión, es el tiempo propio de la misión del Espíritu Santo.

Esta verdad nos es indicada por el Salvador cuando nos dice: “Os conviene que yo me vaya, porque si no el Espíritu Santo no vendrá a vosotros” (Joann XVI, 7)

Jesús nos adquirió las gracias; reunió el tesoro y despositó en la Iglesia el germen de la santidad.

Pues el oficio propio del Espíritu santo es cultivar este germen, conducirlo a su pleno desenvolvimiento, acabando y perfeccionando la obra del Salvador.

Por eso decía nuestro Señor: “Os enviaré mi Espíritu, el cual os enseñará todo y os explicará cuantas cosas os tengo dichas; si El no viniera quedarías flacos e ignorantes”.

Al principio el Espíritu flotaba sobre las aguas para fecundarlas.

Es lo que hace con las gracias que Jesucristo nos ha dejado, las fecunda al aplicárnoslas, porque habita y trabaja en nosotros.

El alma justa es templo y morada del Espíritu Santo, quien habita en ella, no ya tan sólo por la gracia sino personalmente; y cuanto más pura de obstáculos está el alma y mayor lugar deja al Espíritu santo, tanto más poderosa es en ella esta adorable Persona.

No puede habitar donde hay pecado, porque con él estamos muertos; nuestros miembros están paralizados y no pueden cooperar a su acción, siendo así que esta cooperación es siempre necesaria.

Tampoco puede obrar con una voluntad perezosa o con afectos desordenados, porque si bien en ese caso habita en nosotros, se halla imposibilitado de obrar.

El Espíritu Santo es una llama que siempre va subiendo y quiere hacernos subir consigo.

Nosotros queremos pararlo, y se estingue; o más bien acaba por desaparecer del alma así paralizada y pegada a la tierra, pues no tarda ella en caer en pecado mortal.

La pureza resulta necesaria para que el Espíritu santo habite en nosotros.”

“Hemos dicho que el oficio del Espíritu santo consiste en formar en nosotros a Jesucristo. Bien es verdad que tiene el oficio general de dirigir y guardar la infabilidad de la Iglesia; pero su misión especial respecto de las almas es formar en ellas a Jesucristo.

Esta nueva creación, esta transformación hácela por medio de tres operaciones.

Primeramente, nos inspira pensamientos y sentimientos conformes con los de Jesucristo. Está en nosotros personalmente, mueve nuestros afectos, remueve nuestra alma, hace que nuestro Señor acuda a nuestro pensamiento.

Es de fe que no podemos tener un solo pensamiento sobrenatural sin el Espíritu Santo. Pensamientos naturales buenos, razonables, honestos,  sí los podemos tener sin El; pero ¿qué es eso?

El pensamiento que el Espíritu Santo pone en nosotros es al principio débil y pequeño, crece y se desarrolla con los actos y el sacrificio. “

“Hay que oírle y vivir recogidos en sus operaciones. Pudiera objetarse que si todos nuestros pensamientos provinieran del Espíritu santo seríamos infalibles. A lo cual contesto: De nosotros mismos somos mentirosos, o sea expuestos al error.

Pero cuando estamos en nuestra gracia y seguimos la luz que nos ofrece el Éspíritu Santo entonces sí ciertamente estamos en la verdad y en la verdad divina.

He ahí por qué el alma recogida en Dios se encuentra siempre en lo cierto, pues el que es sobrenaturalmente sabio no da falsos pasos.

Lo cual no puede atribuírsele a él, porque no procede de él, no se apoya en sus propias luces, sino en las del espíritu de Dios, que en él está y le alumbra.

Claro que si somos materiales y groseros y andamos perdidos en las cosas exteriores, no comprenderemos sus palabras; pero si sabemos escuchar dentro de nosotros mismos la voz del Espíritu Santo, entonces las comprenderemos fácilmente. ¿Cómo se distingue el buen manjar del malo? Pues gustándolo.

Lo mismo pasa con la gracia, y el alma que quiera juzgar sanamente no tiene más que sentir en si los efectos de la gracia, que nunca engañan.

Entre en la gracia, que así comprenderá su poder, del propio modo que conoce la luz, porque la luz le rodea; son cosas que no se demuestran a quienes no las han experimentado.

Nos humilla quizá el no comprender, porque es una prueba que no sentimos a menudo las operaciones del Espíritu santo, pues el alma interior y pura es constantemente dirigida por el Espíritu Santo, quien le revela sus designios directamente por una inspiración interior e inmediata.”

“El Espíritu Santo ora en nosotros y por nosotros. La oración es toda la santidad, cuando menos en principio, puesto que es el canal de todas las gracias. Y el Espíritu Santo se encuentra en el alma que ora: Ipset Spiritus postulat pro nobis gemitibus inenarrabilibus (Rom VIII, 26)

El ha levantado a nuestra alma a la unión con nuestro Señor. El es también el sacerdote que ofrece a Dios Padre en el ara de nuestro corazón el sacrificio de nuestros pensamientos y de nuestras alabanzas.

El presenta a Dios nuestras necesidades, flaquezas, miserias, y esta oración, que es la de Jesús en nosotros unida a la nuestra, la vuelve omnipotente.

Sois verdaderos templos del Espíritu Santo, y como quiera que un templo no es más que una casa de oración, debéis orar incesantemente; hacedlo en unión con el divino sacerdote de este templo.

Os podrán dar métodos de oración; pero sólo el Espíritu Santo os dará la unción y la felicidad propia de la oración. “

La tercera operación del Espíritu Santo es formarnos en las virtudes de Jesucristo, comunicándonos la inteligencia de las mismas. Es una gracia insigne la de comprender las virtudes de Jesús, pues tienen como dos caras. La una repele y escandaliza: es lo que tienen ellas de crucificante. Razón sobrada tiene el mundo, desde el punto de vista natural, para no amarlas.”

“Pero ahí está el Espíritu Santo para descubrirnos la otra cara de las virtudes de Jesús, cuya gracia, suavidad y unción nos hacen abrir la corteza amarga de las virtudes para dar con la dulzura de la miel y aún con la gloria más pura. Queda uno asombrado ante lo dulce que es la cruz. Y es que en lugar de la humillación y de la cruz no se ve en los sacrificios más que el amor de Dios, su gloria y la nuestra.

A consecuencia del pecado, las virtudes resultan difíciles para nosotros; sentimos aversión a ellas, por cuanto son humillantes y crucificantes.

Mas el Espíritu Santo nos hace ver que Jesucristo les ha comunicado nobleza y gloria, practicándolas El primero. Y así nos dice: “¿No queréis humillaros? Buenos, sea así; ¿pero no habéis de asemejaros a Jesucristo? Parecerle es, no ya bajar , sino subir, ennoblecerse”.

“Mas no hay nadie fuera del Espíritu Santo que nos haga comprender las virtudes y nos muestre oro puro encerrado en minas rocosas y cubiertas de barro. A falta de esta luz se paran muchos hombres a medio andar en el camino de la perfección; como no ven más que una sombre de las virtudes de Jesús, no llegan a penetrar sus secretas grandezas.”

San Pedro Julián Eymard. La Sagrada Comunión. 

 

Oración para alcanzar los dones del Espíritu Santo

Mayo 23, 2009

(para diversas enfermedades del alma)

*

BEATO TOMÁS DE KEMPÌS

*

Venid, venid Santo Espíritu con todos vuestros dones, y apartad de mi a satanás con todos sus pensamientos, que tantas veces me distrae en mis oraciones y devotas meditaciones.

Venid suavísimo viento y encended en el huerto de mi corazón el ardientísimo fuego de vuestro amor, extinguiendo en mi todo carnal afecto; para que corran aromas de gracias, con avenidas de lágrimas, por la gran compunción de mis pecados, y con la dulce memoria de todos vuestros beneficios.

Venid consolador grande, y con el resplandor de la interior alegría, levantadme del sepulcro de mi nublada tristeza, con esperanza de eterno descanso por tan pequeño trabajo.

Contra el hastío de mi alma, confirmadme con vuestras palabras de los himnos y salmos.

Contra el movimiento de la ira, dadme Dios mío, escudo de paciencia.

Contra el temor de la soberbia, representadme el miedo de la muerte y del eterno fuego.

¿Quién pues no temerá la potestad de vuestra ira, y una pena sin fin?

Contra la vanagloria y arrogancia, haced que atienda a mi propia flaqueza y a las virtudes de los otros.

Contra la liviandad de las palabras, enseñadme a guardar silencio.

Contra la disoluta risa, sacad de mis ojos llanto con gemidos, porque es mejor llorar con dolor, que reir sin propósito.

Contra el curioso y divertido mirar, ponedme delante a Jesús, por mi crucificado.

Contra el adorno de los vestidos, mostradme la corrupción de los gusanos.

Contra el apetito de la carne, abridme las sepulturas de los muertos.

Contra las bebidas del vino, dadme a beber hiel y vinagre de Cristo.

Contra los vanos rumores del siglo, contadme las divinas palabras.

Contra las largas fábulas cerradme presto los oidos, para que no entre el veneno por las ventanas.

Contra los paseos por las lonjas y plazas, atad mis pies y manos con las prisiones de vuestro temor, para que no caiga en varias tentaciones.

Contra la tristeza y mala pereza, infundid en mi la santa unción de vuestra gracia.

Contra la siniestra sospecha de alguno, inspiradme la mejor estimación de mi prójimo.

Contra la injuria que me hicieren, dadme sufrimiento y que me guarde de la venganza, para que no pierda en la gloria del Cielo la corona prometida a los sufridos.

Contra varias enfermedades de mi alma, dadme saludables especies de vuestras virtudes, y flores de vuestros Santos Doctores.

Contra mi mala costumbre, dadme fuerzas, para hacer violencia a la naturaleza por la vida eterna.

Contra el peso de los trabajos, concededme tranquilidad de corazón, por medio de la devota oración.

Contra la desconfianza en muchas adversidades, comunicadme gran confianza de vuestra grande piedad y merecimientos de los Santos.

O benigno y Santo Espíritu ayudador en las tribulaciones. Amén.

Beato Tomás de Kempis. Oraciones y meditaciones de la Vida de Jesucristo, nuestro Salvador y de los beneficios que nos hizo. Impresor: Casa de Francisco Foppens. Bruselas. 1661.

Jesús espera de nosotros una visita de amor

Mayo 20, 2009

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

Jesucristo se presentará el día del juicio en el valle de Josafat sentado en un trono de justicia; mas ahora en el Santísimo Sacramento está sentado en un trono de amor.

Si un rey para manifestar el amor que tuviese a un pobre pastor fuese a habitar dentro de su cabaña, ¿qué ingratitud sería la del pastor si no le visitase muchas veces, sabiendo que por tener este gusto había venido a hospedarse en su humilde choza?

¡Ay Jesús mío! sabiendo que por mi amor habeis venido a estar continuamente en el Santísimo Sacramento del altar, bien quisiera, si me fuese posible, permanecer con vos de día y de noche; porque si los ángeles ¡oh Señor mío! están aquí pasmados del amor que nos tenéis, razón es que viéndoos por mi amor en ese altar, os procure yo dar gusto, a lo menos no apartándome de vuestra presencia, y alabando el amor y la bondad con que tratais a esta vil criatura.

Delante de los ángeles os alabaré, ire a vuestro templo a adoraros, y ensalzaré vuestro santo nombre por vuestra misericordia y verdad (Salmo 137). ¡Oh Dios sacramentado! ¡oh pan de los ángeles! ¡oh sustento divino! os amo, mas ni yo ni vos estamos contentos de mi amor: os amo, sí, mas os amo muy poco: haced vos, Jesús mío, que conozca la belleza y bondad inmensa que amo: haced que mi corazón arranque de sí todos los afectos terrenos, y dé todo el lugar a vuestro divino amor.

Vos, para enamorarme de vuestra bondad y para uniros a mi alma, bajais todos los días del cielo a nuestros altares; razón es que no cuide yo de otra cosa que de amaros, adoraros y daros gusto: os amo con toda mi alma y con todos mis afectos.

Si me queréis pagar, Señor, este amor, dadme más amor, más llamas que me abrasen, que me estimulen siempre a serviros y a desear siempre obedeceros.

 San Alfonso María de Ligorio. Visitas al Santísimo Sacramento y María Santísima: Día 18. Imprenta de Aguado. Madrid. 1835

Sobre la oración

Mayo 16, 2009

LUDOVICO BLOSIO

Abad liciense, monje de San Benito

(1506-1566)

*

Bienes de la oración

“El cuidado de orar, le es sobre todo necesario al que trata de vida espiritual. Porque la oración es una arma dura que no hay penetrarla, un refugio cierto, un puerto seguro, un castillo rocoso. Solo ella ahuyenta todos los males del alma y le trae todos los bienes.

Limpia el alma, quita la pena debida a los pecados, repara las negligencias pasadas, alcanza la gracia divina, consume los malos deseos, doma las pasiones desenfrenadas del alma, sujeta a los enemigos, vence las tentaciones, alivia los trabajos, desecha la tristeza, hinche de alegría, renueva la paz, junta al hombre con Dios, y unido con él, lo levanta a la eterna gloria.

Con la oración alcanzarás todo lo que hubieres merecer y sino alcanzas luego lo que pides, mira no te turbes, porque Dios por tu piedad algunas veces dilata el conceder aún lo que muy santamente se le pide, no porque lo quiera negar, sino para darlo después con más abundancia, y para más provecho, y para premiar mejor la Fe, la longanimidad, y perseverancia.

Nunca digas en tu corazón lo que dijo aquel ciego del Evangelio después que recibió luz en los ojos del cuerpo (Ioann 9: 31), (aunque no estaba en los del alma muy alumbrado) que decía: Sabemos que no oye Dios a los pecadores. avisote que no lo digas, porque es cosa cierta que oye Dios a los pecadores, cuando lo llaman con humilde corazón.

Porque de otra suerte muy desgraciado fuera el pueblo de Dios, como todos seamos pecadores, y tengamos necesidad de la misericordia de Dios.

Pero si alguno quisiere sustentar con aquel ciego, que no oye Dios a los pecadores, debese entender de aquellos que no quisieren enmendar la vida.

Pues aunque tú seas pecador, no por ello desconfiadamente menosprecies tu oración, que no la menosprecia Dios, antes la estima y guarda escrita en su memorial.

Tampoco te desconsuele porque cuando estás orando no te aparece, o el mismo Dios o algun Angel, o otro de los bienaventurados, que te avise como Dios ha oido tus oraciones porque ni eso es necesario, ni conviene, pues de otra manera, cual sería el merecimiento de la Fe?

Aunque el Señor es tan bueno, que cuando importare, dará semejantes apariciones visibles.

Ora pues tú con humildad sin alguna desconfianza, antes teniendo por cierto que siempre oye el Señor al que ora con devoción y reverencia.

Ten buen animo, y persevera y sin duda que al fin verás por la obra, cuan verdadero es lo que dijo Cristo: Pedid y recibiréis.

Sin falta que te dará lo que le pides, si conviene que lo recibas, pero si aquello no te conviene, darte ha otra cosa de más importancia.

El sabe el cuando y el como ha de acudir a tu petición: Cuando por ser flaco pides, algunas cosas que no te son provechosas, nunca Dios por quien el este, te conceda lo que pides.

Cuando no sabes si lo que deseas le agradará o no aprende a orar de esta manera, o de otra manera semejante: Señor si te agrada, si conviene que se haga, hagase, pero sino te agrada, ni conviene, no se haga; en todo se cumpla tu santa voluntad.

Trabaja cuanto pudieres por tener allí el alma cuando oras, o alabas a Dios.

Haz esto con cuidado y con la reverencia que es razón, no dando jamás consentimiento con deliberada voluntad a pensamientos impertinentes.

Mas si tu espíritu es tan inconstante y mudable, que no puedas atender a las palabras de la oración, no por ello te desconsueles, ni pierdas el ánimo: sino con un espíritu alegre, apacible, y sosegado, haz lo que pudieres, ofreciendo a Dios tu buena voluntad y mostrando una firme paciencia.

Mas vale que seas humilde que pusilánime.”

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“Quería que te acordaras que no hay oración de más estima que la del Padre nuestro y Ave María. Ama las demás oraciones santas como unas piedras preciosas, la oración del Padre nuestro y el Ave María, estímalas como perlas preciosísimas de inestimable valor.

Bienaventurado es aquel que con intención eficaz se llega al Sumo bien, porque no es otra cosa su vida sino una oración perpetua, y muy pura.

Porque la oración verdadera es un levantar el alma a Dios, que se puede hacer sin palabra ninguna. Mas ay qué remisos y que descuidados somos.”

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El deseo santo es oración continua

“Dijo el Señor a Santa Catalina: El deseo santo del alma que es la buena voluntad es una oración contínua, porque tiene la misma virtud que la oración.

Y todo lo que el hombre hace por amor de Dios, y del prójimo se puede llamar oración, porque el deseo inflamado y encendido de caridad se juzga por oración.”

“Hija razón es que sepas que el alma que persevera en una humilde y fiel oración, alcanza todas las virtudes.

Y así en ninguna manera se ha de tener en poco, ni dejar el ejercicio de la oración por algunas contradicciones que haya, sea procedan de ilusiones, o engaños de satanas, sea de la propia flaqueza, sea de pensamientos torpes, sea de estimulos desordenados y de algún movimiento carnal.”

+

Las oraciones en latín, aunque no se entiendan son de gran merecimiento

“Dicen los herejes que es disparate y cosa inútil ocuparse las monjas en cantar Salmos y otras oraciones y alabanzas divinas en Latín, pues no entienden la lengua.

Mas ellos son los que yerran, porque como dice San Agustín: No es totalmente sin fruto cantar el salmo, aunque no se entienda perfectamente, como el que canta crea, que está allí encerrada alguna cosa santa, porque más mira Dios el corazón del que canta, que no a las palabras.

Por cierto que el que ora con espiritu y devoción, saca grandísimo provecho y merecimiento aunque la oración que reza este en lengua que el no la sepa, ni entienda.

Así como el enfermo que toma con orden la purga que el médico le receta, alcanza la salud, aunque no sea la virtud que en si tiene, de la misma suerte el que con humildad y reverencia ofrece la oración que tiene escrita en sus horas al misericordioso Príncipe, alcanza lo que pide en la oración, aunque el no entienda las palabras de ella.

Realmente que nosotros oramos con mayor afecto, y con más atención, cuando entendemos las palabras de la oración que decimos, que cuando no las entendemos, mas no por eso se ha de mudar sin más orden la costumbre muy justa y muy religiosa que se ha guardado por muchos siglos en la Iglesia de Dios.

El que por su voluntad ofrece a Dios algunas oraciones particulares, puede ofrecerlas en la lengua que más gusto le diere, empero aquellas a que está obligado como ministro de la Iglesia, por institución de sus mayores, no las ha de cumplir en otra lengua, fuera de la en que la Iglesia manda y permite que se recen.

En esto, como en las demás cosas, es mejor la obediencia que seguir el hombre su propia voluntad.

Entre todas las lenguas del mundo estas tres fueron especialmente consagradas en el título de la Cruz para las cosas divinas: conviene a saber, la hebrea, la griega y latina. (Math 15 Joan 19)

“Las obras de Ludovico Blosio. Abad leciense, monje de San Benito, traducidas por Fray Gregorio, prior y predicador del Monasterio de San Martín de Madrid de la misma orden. 1609.”

De la Sagrada Eucaristía

Mayo 16, 2009

BEATO ENRIQUE SUSÓN

Hablando la Sabiduría encarnada de la Sagrada Eucaristía  dice a su ministro:

 ”El don más pequeño que de mi procede en el venerable Sacramento de la Eucaristía, resplandece más en toda la eternidad, que cualquier resplandor de este sol visible, y es de mayor luz y claridad que este clarísimo lucero.

Finalmente más se adorna con una gracia y hermosura eterna que jamás algún verano con cuanta frescura se puede imaginar, adornó la tierra.

Dudas por ventura que mi ilustrísima divinidad es más resplandeciente que cualquier sol, y mi alma excelentísima de más claridad que cualquier estrella, y mi glorioso cuerpo de mayor deleite que todas las frescuras del verano?

Y estas cosas realmente las recibes en la Eucaristía.

Yo a los devotos y bien aparejados soy pan de vida, empero a los miserables que hora sea con la voluntad, hora con la sobras perseveran en los pecados mortales, soy azote temporal, y abominación eterna, a estos tales les está guardado un castigo muy cierto, si primero no se reconcilian conmigo con verdadera penitencia.

Por cierto que aunque uno tenga mayor pureza, natural que todos los angeles, y sea mas aventajado en perfección y santidad que todos los santos, y esté adornado de las buenas obras de todos los hombres, con todo esto aún no merecería recibirme en el Sacramento.

Empero cuando hace el hombre lo que puede, no se le pide más, porque yo suplo lo que a él le falta.

Y es mejor llegarse a este Sacramento por amor que abstenerse de él por temor.

El Rosario y la perseverancia final

Mayo 14, 2009

A. Royo Marín O.P.

Es moralmente imposible que deje de obtener de Dios, por intercesión de María, el gran don de la perseverancia final todo aquel que rece diaria y piadosamente el Santo Rosario con esta finalidad.

El Rosario mariano, en efecto, recitado diaria y piadosamente, reune en grado superlativo todas las condiciones para la eficacia infalible de la oración, añadiendo, por si algo faltara, la intercesión omnipotente de María.

He aquí de qué manera el rezo del santo Rosario cumple en absoluto todas las condiciones para la eficacia infalible de la oración:

1º. Se pide algo para sí mismo: la propia perseverancia final o muerte en gracia de Dios.

Algo necesario o conveniente para la salvación: sin la perseverancia final es absolutamente imposible salvarse.

Piadosamente, es decir, con fe (¡nos dirigimos a Dios, nuestro Padre, y a María, nuestra Madre!), con humildad (“perdónanos nuestras deudas… ruega por nosotros, pecadores…”), en nombre de nuestro Señor Jesucristo (cuya oración – el Padrenuestro – recitamos al frente de cada uno de los misterios) y por intercesión de María (a la que va dedicado el rosario entero)

Con perseverancia: ¡Cincuenta veces diarias pidiendo a María que ruegue por nosotros en la hora de nuestra muerte! ¿Puede pedirse mayor insistencia y perseverancia en la oración pública? Y si tenemos la dicha de rezar diariamente los quince misterios del rosario, ¡ciento cincuenta peticiones diarias! ¿Puede concebirse acaso que María deje de asistir efectiva y eficazmente a la hora de la muerte a quien se lo pidió durante toda su vida cincuenta o ciento cincuenta veces cada día? La imposibilidad moral se hace tan grande que casi puede hablarse de imposibilidad prácticamente metafísica.

Como se ve, afirmar que el rezo piadoso y diario del santo Rosario es una señal grandísima de predestinación y una especie de “seguro infalible de salvación” no es una afirmación gratuita e irresponsable, sino una conclusión rigurosamente teológica, que resiste el examen de la crítica más severa.

Nada tiene, pues, de extraño que el inmortal pontífice Pio XI finalizase una oración en honor de la Virgen del Rosario con estas hermosísimas palabras: “Oh corona del rosario de mi Madre!, te aprieto contra mi pecho y te beso con veneración. Tú eres el camino para alcanzar toda virtud, el tesoro de los merecimientos para el paraíso, la prenda de mi predestinación, la cadena fuerte que tiene a raya el enemigo, fuente de paz para quien te honra en vida, auspicio de victoria para quien te besa en la muerte. En aquella hora extrema, te aguardo, ¡Oh Madre!; tu aparición será la señal de mi salvación, tu rosario me abrirá las puertas del cielo“.

Entonces, ¿basta con rezar diariamente el rosario para poder pecar tranquilamente, dando por seguro, que a pesar de todo, obtendremos de Dios infaliblemente el don supremo de morir en gracia de Dios?

Quien tal cuenta se echara, daría bien a entender que no había comprendido nada de cuanto acabamos de decir: El Rosario es, ciertamente, una señal grandísima de predestinación para todo aquel que lo rece diaria y piadosamente o sea con intención de vivir en gracia de Dios y cumplir sus mandamientos, para lo que ayudará eficazmente el rezo mismo del Rosario.

Lo contrario equivaldría a reirse de Dios, o sea a rezar el rosario impía y perversamente.

La Sagrada Escritura nos advierte por boca de San Pablo que “de Dios nadie se ríe” (Gál 6, 7), y el que rezase el rosario con la perversa intención de asegurarse su salvación sin dejar de pecar, demostraría querer burlarse de Dios y llevaría consigo una de las más claras e inequívocas señales de eterna reprobación. La medicina saludable se convertiría en veneno mortal.

Además del rezo piadoso del santo rosario, existen otras devociones marianas relacionadas íntimamente con el problema formidable de nuestra salvación eterna. Las principales son la comunión reparadora de los cinco primeros sábados de mes – a los que la Santísima Virgen de Fatima ha vinculado una promesa parecida a la de los nueve primeros viernes en honor del Sagrado Corazón de Jesús *- y la de llevar piadosamente y con buena conciencia el santo escapulario del Carmen, tan venerable por su antigüedad y la piadosa tradición de haber recaído sobre él una promesa mariana de salvación. La experiencia ha mostrado también ser muy eficaz – sobre todo para la conversión de los pecadores – la llamada Medalla Milagrosa, que inspiró la misma Santísima Virgen a Santa Catalina Labouré, humilde hija de la Caridad.

* He aquí las palabras de la Virgen a Lucía, la afortunada vidente de Fátima, el día 10 de diciembre de 1925: “Mira, hija mía, mi corazón todo punzado de espinas, que los hombres en todo momento le clavan con sus blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, procura consolarle, y haz saber que yo prometo asistir a la hora de la muerte, con las gracias necesarias para la salvación eterna, a todos aquellos que en los primeros sábados de cinco meses consecutivos se confiesen, reciban la sagrada comunión, recen la tercera parte del Rosario y me hagan compañía durante un cuarto de hora meditando en los quince misterios del rosario con intención de darme reparación (del Manual oficial del peregrino de Fátima, editado por orden del obsipo de Leiria, 13 de mayo de 1939). 

Antonio Royo Marín, O.P. La devoción mariana. Apostolado mariano. Sevilla.

Lo único necesario

Mayo 10, 2009

R. Garrigou-Lagrange O.P.

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La única cosa necesaria

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“La vida interior, como cualquiera lo puede fácilmente comprender, es una forma elevada de la conversación íntima que cada uno tiene consigo mismo, en cuanto se concentra en sí, aunque sea en medio del tumulto de las calles de una gran ciudad.

Desde el momento que cesa de conversar con sus semejantes, el hombre conversa interiormente consigo mismo acerca de cualquier cuestión que le preocupa.

Esta conversación varía mucho según las diversas épocas de la vida; la del anciano no es la misma que la de un joven; también es muy diferente según que el hombre sea bueno o malo.

En cuanto el hombre busca con seriedad la verdad y el bien, esta conversación íntima consigo mismo tiende a convertirse en conversación con Dios, y poco a poco, en vez de buscarse en todas las cosas a sí mismo, en lugar de tender, consciente o inconscientemente, a constituirse en centro de todo lo demás, tiende a buscar a Dios en todo y reemplazar al egoísmo por el amor de Dios y por el amor de las almas en Dios.

Y ésta es precisamente la vida interior, ninguno que discurra con sinceridad dejará de reconocer que así es.

La única cosa necesaria de que hablaba Jesús a Marta y María consiste en dar oídos a la palabra de Dios y en vivir según ella.

La vida interior así comprendida es en nosotros una cosa mucho más profunda y necesaria que la vida intelectual o el cultivo de las ciencias, más que la vida artística y literaria, más que la vida social o política.

No es difícil, por desgracia, tropezar con sabios, matemáticos, físicos, astrónomos, que no poseen en absoluto ninguna vida interior, que se entregan al estudio de la ciencia como si Dios no existiera; en sus momentos de concentración no conversan en forma alguna con Él.

Sus vidas se dirían en cierto modo entregadas a la investigación de la verdad y el bien; pero están mancilladas por el amor propio y el orgullo intelectual, que uno se pregunta instintivamente si será posible que produzcan alguna vez frutos de eternidad.

Muchos artistas, literatos y hombres políticos apenas sobrepasan este nivel de una actividad puramente humana, exterior y superficial. ¿Se podrá afirmar que el fondo de sus almas viva de un bien superior a ellas? La respuesta parece negativa.

Esto demuestra que la vida interior, o la vida del alma con Dios, ha de ser llamada con toda razón la única cosa necesaria, ya que por ella tendemos hacia nuestro último fin, y por ella aseguramos nuestra salvación que no hay que separar demasiado de la progresiva santificación, porque ésta es el camino mismo de la salvación.

Se diría que muchos piensan así: en fin de cuentas, basta con que yo me salve; y no es necesario ser un santo. Que no sea necesario ser un santo que haga milagros, y cuya santidad sea oficialmente reconocida por la Iglesia, cierto; pero para ir al cielo preciso es emprender el camino de la salvación, y éste no es otro que el camino mismo de la santidad: En el cielo no habrá sino santos, ya sea que éstos hayan entrado allá inmediatamente después de su muerte, o ya que hayan tenido necesidad antes de ser purificados en el purgatorio.

Ninguno entra en el cielo que no posea aquella santidad que consiste en estar puro y limpio de toda falta; todo pecado, aún venial, debe ser borrado y la pena merecida por el pecado ha de ser expiada o perdonada, antes que un alma goce eternamente de la visión de Dios, lo vea como él se ve y lo ame como se ama a él.

Si un alma entrase en el cielo antes de la remisión total de sus pecados, no podría permanecer allí y espontaneamente se precipitaría en el purgatorio para ser purficada.

La vida interior del justo que tiende hacia Dios y que vive ya de él es ciertamente la única cosa necesaria; para ser santo no es necesario el haber recibido una cultura intelectual o poseer una gran actividad exterior; basta con vivir profundamente en Dios.

Esto es lo que observamos entre los santos de los primeros tiempos de la Iglesia, muchos de los cuales eran gente humilde y aún esclavos; esto es lo que vemos en San Francisco, en San Benito José Labré, en el Cura de Ars y en tantos otros.

Todos ellos comprendieron profundamente estas palabras del Salvador: “¿que aprovecha ganar el universo si uno pierde su alma? (Mat., XVI, 26)

Si tantas cosas sacrificamos para salvar la vida del cuerpo, que al fin ha de morir, ¿qué no deberíamos sacrificar por salvar la vida del alma que ha de vivir eternamente? ¿No debe el hombre amar más su alma que su cuerpo? “¿Qué no será justo que dé el hombre a cambio de su alma”? añade el Salvador. Unum est necessarium, dice también Jesús (Luc X, 42): Una sola cosa es necesaria, escuchar la palabra de Dios y vivir según ella para salvar el alma. Esta es la mejor parte, que nadie arrebatará al alma fiel aún cuando perdiera todo lo demás.

La única cosa necesaria en nuestra época

Lo que acabamos de exponer es verdad en todos los tiempos, pero la cuestión de la vida interior se plantea hoy de una manera más urgente que en otras épocas menos turbias que la nuestra.

La razón es que muchos hombres se han alejado de Dios y han intentado organizar la vida intelectual y la vida social sin Él.

En consecuencia, los grandes problemas que siempre han preocupado a la humanidad han tomado un nuevo giro, trágico a veces.

Querer prescindir de Dios, causa primera y último fin, conduce al abismo; y no solamente conduce al abismo, sino también a la miseria física y moral que es peor que la nada.

En consecuencia, los grandes problemas se agravan hasta la exasperación; y no podemos menos de comprender que es imprescindible plantear de nuevo el problema religioso y plantearlo desde su raíz.

Y una de dos: o se pronuncia uno por Dios o contra Dios; éste es el problema de la vida interior en su misma esencia. “Qui non est mecum, contra me est”, dice el Salvador (Mat., XII, 30)

Así es como las grandes tendencias modernas, científicas o sociales, a pesar de los conflictos surgidos entre ellas, y a pesar de los opuestos designios de sus representantes, convergen quiérase o no, hacia la cuestión fundamental de las relaciones íntimas del hombre con Dios.

A este resultado se llega a traves de múltiples desvíos. Cuando el hombre no quiere someterse a sus graves deberes religiosos hacia aquel que lo creó y es su último fin, y siéndole, por otra parte, imposible prescindir de la religión, se crea una religión a su antojo; pone, por ejemplo, su religión en la ciencia, o el culto de la justicia social o en cualquier ideal humano que acaba por considerar como una religión o una mística que reemplaza al ideal superior que ha abandonado.

Vuelve de esta manera la espalda a la Realidad suprema, y se plantea una multitud de problemas a los que no es posible encontrar solución si no es volviendo al problema fundamental de las relaciones íntimas del alma con Dios.

Cualquiera ha oído muchas veces hablar de esto: en nuestros días, la ciencia pretende pasar por ser una religión; a su vez el socialismo y el comunismo quieren ser una moral científica y se presentan como un culto apasionado de la justicia. Y por ese camino se esfuerzan en cautivar los espíritus y los corazones.

Es un hecho, en la hora actual, que el sabio moderno rinde culto escrupuloso al método científico, en tal forma que parece más interesado por el método que por la verdad misma; si dedicase parecida vigilancia a su vida interior, pronto llegaría a ser un santo.

Pero con frecuencia esta religión de la ciencia se ordena más bien a la apoteosis del hombre que al amor de Dios.

Otro tanto hay que decir de la actividad social, particularmente tal como se manifiesta en el socialismo y en el comunismo; ya que se inspira en una mística que pretende aspirar a una transfiguración del hombre, negando a veces, de la manera más absoluta, los derechos de Dios.

Esto equivale a decir que en el fondo de todo gran problema se encuentra esa gran cuestión de las relaciones del hombre con Dios.

Y no ha término medio; hay que decidirse en pro o en contra.

Nuestra época es un ejemplo palpable. La crisis económica mundial de la hora actual nos da a entender lo que los hombres pueden cuanto han querido prescindir de Dios.

Cuando pretenden prescindir de Dios, lo serio de la vida se desplaza.

Si la religión no es cosa seria y digna de tenerse en cuenta, hay que buscar en otra parte algo que sea serio y fundamental. Y se lo encuentra, o se pretende encontrarlo, en la ciencia o en la actividad social. Se pretende realizar actividades de tipo y sentido religioso en la investigación de la verdad científica o en el establecimiento de la justicia entre las clases y los pueblos. Y después de algunos tanteos se viene a caer en la cuenta de que se ha desembocado en una inmensa catástrofe; y que las relaciones entre los individuos y los pueblos son cada día más difíciles, si no imposibles.

Es cosa evidente, como lo dicen San Agustín y Santo Tomás, que idénticos bienes materiales, a diferencia de los espirituales, no pueden pertenecer íntegramente a muchos a la vez.

Una casa, un campo no pueden simultaneamente pertenecer en su totalidad a muchos hombres, ni el mismo territorio a diferentes pueblos. De ahí el terrible conflicto de intereses cuando los hombres ponen, apasionadamente, su último fin en estos bienes inferiores.

Por el contrario, se complace en repetir San Agustín, idénticos bienes espirituales pueden pertenecer simultánea e íntegramente a todos y cada uno. Sin limitarnos mutuamente, podemos poseer en su totalidad la misma verdad, la misma virtud y al mismo Dios. Por eso nos dice Nuestro Señor: Buscad el reino de Dios, y todo lo demás se os dará por añadidura (Mat., VI, 33) El no dar oídos a esta lección es trabajar en la propia ruina.

Así se verifica una vez más la palabra del Salma CXXVI, 1: “Nisi Dominus aedificaverit domum, in vanum laboraverunt qui aedificant eam; nisi Dominus custodierit civitatem, frustra vigilat qui custodit eam, si Dios no edifica la casa, en vano trabajan los que la levantan; si Dios no guarda la ciudad, en vano está alerta al centinela.”

Si lo que hay de serio en la vida se desplaza, si deja de influir en nuestros deberes para con Dios y sólo nos empuja a la actividad científica o social; si el hombre se busca constantemente a si mismo en vez de buscar a Dios que es su fin último, entonces los hechos no tardan en demostrarle que se ha metido en un camino imposible que conduce no solamente a la nada, sino a un desbarajuste insoportable y a la miseria.

Preciso es volver a esta palabra del Salvador: El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo dispersa. (Mat XII, 20) Los hechos lo confirman.

Se sigue de aquí que la religión no puede dar respuesta eficaz, verdaderamente realista, a los grandes problemas actuales, mientras no sea una religión profundamente vivida; lo cual no puede hacer una religión superficial y barata, consistente en algunas oraciones vocales y en algunas ceremonias en las que el arte religioso tendría más lugar que la piedad verdadera. Ahora bien, no hay religión profundamente vivida si está privada de vida interior o de esa conversación íntima y frecuente, no sólo consigo mismo, sino con Dios.

R. Garrigou-Lagrange. Las tres edades de la vida interior. Introducción: I. Lo único necesario. II La cuestión de lo único necesario en nuestra época. Ed. Palabra.