Archivo de Junio 2009

Ejercicio de piedad y devoción en obsequio del Sagrado Corazón: JULIO

Junio 30, 2009

PRIMER VIERNES DE JULIO

Un cristiano devoto del Sagrado Corazón de Jesús se vuelve a este Sagrado de su amor con continuas aspiraciones

Las almas unidas por amor al Sagrado Corazón de Jesús no esperan el tiempo de la tribulación o de la necesidad para volverse a este divino objeto.

Cien veces entre día, aún en medio de las mayores tribulaciones le hablan con el corazón. Su amor es como un fuego perenne, cuyas llamas se levantan incesantemente hacia el cielo.

¿Por más ocupado que estás, cuando entra algún amigo a visitaros, no le dices al menos dos palabras?

No se os pide otra cosa, sino es, que sin dejar vuestras ocupaciones, hagáis para con Jesucristo lo que diariamente practicáis con aquellos que os aman, y a quienes amáis.

Jesús os tiene siempre en su corazón, tenedlo también siempre en el vuestro.

Su corazón está dispuesto a esparcir sobre el vuestro los benéficos influjos de su amor: la buena correspondencia pide iguales disposiciones de vuestra parte.

Cuantas veces hiriereis el corazón del amado de vuestra alma con algún dardo amoroso, tantas nuevas saetas de fuego se desprenderán de aquel divino corazón para inflamaros más y más en su santo amor.

Aunque no sea necesario sugerir a un corazón amante lo que debe decir objeto de sus afectos; con todo eso no será inútil dar aquí una idea de semejantes jaculatorias. Se podrán escoger algunas de las que más agradaren a cada uno, y repartirlas por los días de la semana, repitiéndolas con frecuencia entre día.

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ASPIRACIONES

DE SAN BERNARDO

¡Qué rico tesoro es vuestro corazón, oh amable Jesús!

Daré con gusto cuanto tengo, por apoderarme de él.

Yo os saludo, oh corazón del rey soberano de los cielos.

 Oh Jesús concededme la gracia de tener siempre mi corazón unido al vuestro.

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DE SAN FRANCISCO DE SALES

¡Oh Señor, cuan bueno es vuestro corazón!

¡Cuán amable!

Haced que yo viva siempre en este santo domicilio.

El Corazón de Jesús viva siempre en nuestros corazones.

Sea Él ahora y siempre el corazón nuestro.

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 DE SANTA GERTRUDIS

¡Oh amor! ¡Oh Rey mío! ¡Oh mi Dios!

¡Oh Jesús único objeto de mis más tiernos amores!

Recibidme bajo la amable protección de vuestro corazón,

para que yo sea siempre y totalmente vuestra.

¡Oh Dios de amor!

¡Dichoso el corazón que tiene la suerte de estar unido al vuestro, y de estrechar por este medio una amistad indisoluble con vos!

¡Oh Jesús dulce esperanza mía, qué vuestro corazón herido por mi amor sea el primer asilo que encuentre mi alma al salir de este cuerpo.

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DEL BEATO ENRIQUE SUSÓN

¡Oh dulcísimo Jesús, transformad mi corazón pobre y miserable en vuestro divino corazón!

¡Oh amor mío crucificado!

Haced que vuestros dolores unan vuestro corazón al mío y me lo hagan siempre amable y propicio.

¡Oh Jesús! ¡Cuánto vuestro corazón encendido de amor mueve, hiere, e inflama el alma mía!

Para hacer estas elevaciones de corazón se pueden, algunas veces, imitar las expresiones de la escritura diciendo a imitación de las palabras del profeta.

Dios de mi corazón, vuestro corazón será, como lo espero, la herencia que me tocará por toda la eternidad. El corazón sagrado de mi Señor sea para siempre bendito. Amén, amén.

Corazón adorable de Jesús, vos reinareis por todos los siglos en los corazones de todos los santos.

O imitando las palabras del Apóstol; espero que ninguna cosa será capaz de separarme del corazón de Jesucristo.

Deseo morir por eso para estar con Jesús, y unirme para siempre a su corazón.

Al Sagrado Corazón de Jesús honor y gloria por todos los siglos de los siglos.

Esta práctica de levantar entre día frecuentemente el propio corazón al Corazón Sagrado de Jesucristo no requiere que se ponga en tortura el espíritu: basta una afectuosa disposición de corazón.

No se trata de rezar muchas oraciones muchas veces al día, sino de aspiraciones inflamadas y cortas, que se llaman comúnmente oraciones jaculatorias.

Con un poco  de atención al principio se contrae insensiblemente este santo hábito, hasta hacerlo tan familiar, que al mismo punto de  despertar se vuelve el corazón al divino objeto de su amor, a quien entre día se ha acostumbrado a alabar frecuentemente y con facilidad.

Esta práctica es como un homenaje continuo que se tributa al Sagrado Corazón de Jesús.

Se trata de  esto en el libro quinto de la vida de la venerable madre Margarita en donde se dice, que un día le fue representado el  divino corazón más resplandeciente que el sol y rodeado de serafines, que cantaban sus alabanzas; los cuales dijeron,  que habían venido expresamente para acompañarse con ella a ofrecer unidamente al sagrado corazón de Jesús un tributo continuo de amor, de adoración y de alabanza.

Basta leer la historia de su vida, y aun sólo lo que de ella decimos en  estas lecciones para ver que luego que conoció el tesoro que se le presentaba en la devoción del sagrado corazón de  Jesús, el fue siempre el objeto que tuvo presente en todas sus acciones y que no pensaba mas que en tributarle los obsequios de adoración y de amor.

Para hacerse un poco familiar con esta Santa costumbre, se puede seguir el consejo que daba esta amante del sagrado  corazón de Jesús a una persona, esto es que levantase su corazón a este divino objeto al menos tres veces al día. “La mañana, le decía, para tributarle homenajes de adoración: al medio día para tributarle homenajes de amor; y la noche pura tributarle homenajes de reconocimiento y de acción de gracias por todos sus beneficios”

Sugería también que se hiciesen semejantes aspiraciones según las circunstancias en que uno se halla; como por ejemplo cuando está uno agitado de algún temor. ¿De que temes? Tú tienes contigo al corazón de Jesús y su amor.  Cuando uno se halla en algún trabajo. Recibe lo que te manda el sagrado corazón de Jesús para unirte á el. Cuando se ejercita algún acto de mortificación: O corazón sagrado, yo muero á este placer, para no vivir sino para vuestro amor. Después de haber caído en alguna falta: O único amor mío, satisfaced, y pagad por vuestra pobre esclava y reparad el mal que ha cometido

Algunos acostumbran poner en su casa en él lugar más expuesto á la vista, o por donde pasan con frecuencia, una imagen del sagrado corazón de Jesús, para que su vista les acuerde el propósito de levantar el corazón al amable objeto que la imagen representa.

Añadiremos que la práctica tan útil y tan santa de volverse hacia el sagrado corazón de Jesús con alguna aspiración, según las circunstancias en que uno pueda hallarse, la daba el gran san Francisco de Sales, fundador de las monjas de la visitación.

Ve aquí algunas aspiraciones que usaba en tiempo de aflicción, sacadas de las obras de dicho santo: 

Jesús, Señor mío, por la desolación que padeció vuestro corazón divino en el huerto de Getsemani, y en la cruz, sed la alegría, ó a lo menos la fortaleza de mi corazón. ¡Ah! Jesús, Señor mío, mitigad mi corazón por la dulzura y suavidad del vuestro.” 

“Oh cruz, mi corazón te quiere, puesto que el corazón de mi Dios te ha querido.”

Seguid pues el consejo de Lanspergio, poniendo en vuestra casa la imagen del Sagrado Corazón. Tened, dice, para mantener vuestra devoción alguna imagen de este adorable corazón. Colocadla en algún lugar donde podáis verla frecuentemente para que su vista os traiga á la memoria este ejercicio, y encienda el fuego del amor divino en vuestro pecho.

Se refiere de la devota Ursulina Ana de Beauvais, que al ver pintada, ó recamada la figura de algún corazón, levantaba su corazón y su espíritu hacia el corazón de Jesucristo, y su mayor gusto cuando trabajaba en la aguja era el formar corazones, y rodearlos de llamas, para tener presente el amor ardiente de nuestro Salvador.

Por lo demás Lanspergio añade al consejo de que hablamos arriba “el de besar la imagen del Sagrado Corazón con la misma devoción, dice el, que lo hicierais si sé os diese a besar el corazón mismo de Jesucristo, entrando en espíritu en aquel corazón deificado, y amoldando el vuestro al suyo, procurando de atraer á vuestro corazón el espíritu que anima al de Jesucristo: sus gracias, sus virtudes, en una palabra, cuanto hay de saludable en aquel divino corazón, lo que excede toda ponderación.”

El padre Vicente Hubi daba el mismo consejo á todos aquellos á quienes regalaba medallas de los sagrados corazones de Jesús y de Maria. Exhortaba a que las besasen todos los días con devoción y ternura, y que á lo menos las estrechasen al pecho, animando este acto externo de religión con otro interno de amor de alguna virtud, ó detestación de algún vicio, según las disposiciones de cada uno.

ACTO DE ADMIRACION.

Corazón Sagrado de mi Redentor: ¿Quién podrá comprender vuestra excelencia y vuestras perfecciones? Ellas son infinitas. Mientras yo mas procuro penetrarlas, más reconozco mi impotencia. El sentimiento que esto causa en mí corazón es el del más profundo afecto. ¡Oh divino corazón! Reconociendo entre la alegría  y la admiración que vuestras grandezas son superiores á mis alcances, y uniéndose á los espíritus bienaventurados que siempre cantan á gloria vuestra himnos de alabanza, me postro en vuestra augusta presencia, y os rindo los supremos homenajes que merecéis.

 Pero corazón adorable, aunque vuestras perfecciones son incomprensibles, podemos comprender cuanto nos amasteis por las pruebas que nos habéis dado de un amor infinito. Porque ¿quien puede pensar en los misterios de la redención y de la Eucaristía sin exclamar ¡Oh corazón de mi Dios, cuan bueno sois, cuan amable! Vos sois el verdadero y leal amigo de los hombres. Vos sois para ellos un manantial inexhausto de dones, y el trono donde residen las más grandes misericordias? ¡Oh! con cuanta razón y con que justo título sois el único objeto del amor de las almas justas, y ellas os llaman el restaurador y reparador de los males y culpas que por su desgracia han cometido desde que habitan sobre la tierra: el protector de su perseverancia en la virtud, el remedio de su fragilidad, la seguridad de su salvación! 
¿Como es posible que haya en el mundo corazones tan insensibles que no os amen? No merecen vivir todos los corazones ingratos, que resisten a un amor tan legítimo. ¡Oh! que a lo menos mi corazón se os consagre entera y perpetuamente. ¿Cómo? ¿Vos sois el amor mismo y no os amaré? ¿Sois la misma bondad, y os negaré cosa alguna? 
¿Sois la misma constancia, y os abandonaré? No, no: vos seréis mi gloria, mi esperanza, mi felicidad, mi único amor, como lo espero así en vida como en mi muerte. Amén.

MEDITACIÓN SÉPTIMA

Sobre la mansedumbre del Sagrado Corazón de Jesús.

PUNTO PRIMERO.

CONSIDERAD a Jesús en su vida exterior y pública, y encontrareis que la mansedumbre fue siempre uno de los principales caracteres de su divino corazón. ¡Con que amor soportaba a sus Apóstoles siempre defectuosos! Con que bondad y dulzura recibía a los pecadores! Jamás rechazó ninguno de ellos. Los delitos del Publicano, de la Magdalena,  de la mujer adúltera no causaban otro efecto en su corazón que el acrecentarle la compasión de sus miserias. Los fariseos lo ultrajaban con palabras sin que el jamás respondiera con ultrajes ni con amenazas. Mucho antes de su nacimiento anunciándolo Isaías al mundo, dijo: que no sería ni de humor melancólico ni colérico, ni que jamás se le oiría alzar la voz. ¿Y tú, corazón mío como imitas al corazón de tu Salvador? ¿Cómo soportas los vicios y defectos del prójimo? ¿Sus malos modos, sus desprecios, sus ingratitudes? Estás, atento a sofocar en tu pecho cualquier sentimiento de aspereza y rencor? Jesucristo es un Dios de paz, que no establece el reino del amor sino en corazones semejantes al suyo: factus est in pace locus ejus. El prometió hacer bienaventurados en la tierra de los santos á los corazones mansos, á los corazones que no se exasperen con las penas de esta vida, á los corazones afables, aun con aquellos que menos merecen nuestra benevolencia Pero quien más que yo, ó Dios mío, es el documento más auténtico de la mansedumbre de vuestro corazón? ¿Cuántas veces he merecido con mi proceder que se me cerrase la entrada á vuestro corazón? Y no obstante lo he encontrado abierto siempre que he implorado su misericordia. ¿Con que podré yo mostraros mas bien mi gratitud, que tratando a mi projimo como vos me tratais á mi? Dignaos dulcísimo Jesús de esparcir sobre mi corazón con la unción de vuestra gracia la mansedumbre de vuestros sentimientos.

PUNTO SEGUNDO.

Considerad a Jesús principalmente en el tiempo de su pasión. Entonces la mansedumbre de su corazón compareció todo su esplendor.

Un discípulo lo entrega en manos de sus enemigos  ¡Qué herida, para el corazón del maestro! No obstante Jesucristo da el título de amigo al traidor. Pilatos reconoce la inocencia de Jesús, y no obstante lo condena á muerte. Jesús se abandona a quien injustamente lo condena, deteniendo los rayos con que merecía ser abandonado aquel injusto y bárbaro juez. ¿Y en la cruz? ¡Oh corazón de infinita clemencia!  En la cruz pide perdón para sus mismos enemigos. 

Ofrece al Padre sus tormentos y su muerte para obtener el perdón del horrible atentado que cometen contra su persona. 

¿A vista de esto, que debo pensar de mi suma delicadeza a la menor señal de desprecio? Que deben pensar tantos cristianos, que tienen un corazón insensible a la menor injusticia, y a la más leve afrenta? Tantos cristianos que se precian de pagar desprecio con desprecio, e injuria con injuria? Cuando acabaré de despojarme de los sentimientos del corazón de hombre, para vestirme de los del corazón de Dios, cuyos pensamientos son tan superiores a los nuestros, cuanto lo es el cielo á la tierra.

Oh Corazón Sagrado de mi Salvador, tan tierno siempre aun con vuestros mayores enemigos, haced que pase á mi corazón toda la mansedumbre y nobleza de vuestros sentimientos. Y vosotros, torrentes de lágrimas y de sangre que derramó Jesús por hombres crueles é insensibles, venid á ablandar la dureza de mi corazón. Salvador mío, Dios de las misericordias, no faltan quienes den motivo de tristeza y de amargura á mi corazón; pero yo desde ahora propongo firmemente concederles el perdón, que en realidad merecen por si mismos; pero que vos merecéis por ellos, y para cual me habéis dado un ejemplo tan grande.

El amor revelado en la Cruz

Junio 18, 2009

SAN FRANCISCO DE SALES

Cuando algún gran príncipe o señor muere repentinamente, se abre su cuerpo para saber de qué enfermedad ha muerto y, una vez averiguado esto, se quedan todos tranquilos y no se sigue adelante.

Nuestro Señor, estando sobre el árbol de la cruz, dijo con una voz fuerte y firme estas palabras antes de entregar su Espíritu: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” y, nada más pronunciarlas, entregó su Espíritu.

No podían creer que hubiera muerto, pues había hablado con tanta energía que no se podía sospechar que moriría a continuación o en seguida.

Por eso, el jefe de los soldados, vino a cerciorarse de si verdaderamente había muerto y, ya seguro, ordenó que le dieran una lanzada en el Corazón y así lo hicieron, traspasándolo.

Por el Costado abierto le vieron efectivamente muerto, de la muerte del corazón, que quiere decir: del amor de su Corazón.

Quiso el Señor que le abrieran el Corazón por varias razones. La primera, para que viésemos sus pensamientos, que eran pensamientos de amor y dilección para nosotros, sus queridísimos hijos y criaturas suyas, creadas a su imagen y semejanza, y así comprendiésemos el deseo que tiene de darnos sus gracias y bendiciones y hasta su propio Corazón, como lo dio a santa Catalina de Siena.

Es así; las almas devotas no deben tener otro corazón sino el de Dios, ni otro espíritu sino el de Dios, ni otra voluntad sino la de Dios, ni otros afectos que los Suyos, ni otros deseos. En fin, que deben ser todas de Él.

La segunda razón es para que vayamos a Él con toda confianza, a retirarnos y escondernos en su Costado, a descansar en Él, ya que por nosotros está abierto y en Él nos recibe con una benignidad y un amor sin igual.

(Sermón del 16 de mayo de 1616. Tomo IX, 79)

Para honrar al Sagrado Corazón de Jesús en su día

Junio 18, 2009

ACTO DE DESAGRAVIO

¡Oh muy adorable y amantísimo Corazón de mi Señor Jesucristo, mi Salvador y mi Dios; que por el exceso del más ardiente amor y del más prodigioso de todos los amores os habéis puesto en estado de víctima en la adorable Eucaristía donde os ofrecéis á vos mismo por nosotros una infinidad de veces todos los días, como el único y perpetuo sacrificio de nuestra salud!

¿Cuáles serán vuestros sentimientos en ese estado, no hallando en la mayor parte de los corazones sino dureza, olvido, ingratitud y aún desprecio?

¿No os bastaba, Salvador mío, haber sufrido en vuestra persona pasible, mortal y divina el medio más trabajoso para salvarnos, pudiendo habernos manifestado vuestro excesivo amor á menos costa?

¿No os bastaba el haberos entregado una vez á vuestros enemigos y al poder de las tinieblas, hasta expirar por nosotros en una cruz, que aún habéis querido en el estado mismo de vuestra impasibilidad y de vuestra gloria entregaros a otros enemigos mas crueles que los primeros, y que al mismo tiempo que el Padre os glorifica en el cielo, se os renueven los ultrajes y los oprobios de la cruz sobre vuestros altares, donde tantas almas mundanas, sacrílegas y profanas os vuelven a crucificar segunda vez como en un calvario mucho mas afrentoso y doloroso para vos que el primero?

¡Oh divino Salvador, qué caro compráis el amor con que algunas almas fieles corresponden a vuestros adorables designios en la institución de este sacrosanto misterio!

 ¿Cuántos son los que por su poca fe, por su disipación y relajación habitual vienen á profanar vuestro santísimo cuerpo en el tiempo mismo de las más augustas solemnidades?

¿Cuántas indignidades, cuántos ultrajes é impiedades habréis tolerado en estos días consagrados al culto solemne de la divina Eucaristía, y todo el tiempo que habéis estado patente en los altares?

¿Cuántos y cuan justos motivos de indignación han ofrecido á vuestro pacientísimo Corazón tantas ingratitudes, tantos escándalos y tantos pecados en esta octava del Corpus, destinada á celebrar los triunfos de vuestro amor?

¡Oh divino Salvador! Vos os habéis quejado mas de una vez de esta intolerable ingratitud, y especialmente nos habéis declarado vuestros sentimientos por medio de vuestra esclarecida sierva, á quien debemos el culto público de vuestro amabilísimo Corazón.

¿Mas qué haré yo para corresponder á vuestros adorables designios, y particularmente en este día designado por vos, y el mas propio de ponerlos en ejecución?

¡Ay, Dios mío! Yo quisiera tener el ardor y santo celo de vuestros más fervorosos siervos, para daros hoy todas las pruebas del más fino amor.

 Quisiera poseer en mi corazón toda la piedad de S. Bernardo, todos los afectos de santa Gertrudis, todo el fervor de S. Francisco de Sales, toda la inocencia de S. Luis Gonzaga, y las más santas disposiciones de los que se ocupan hoy en desagraviaros con sus obsequios, para ofreceros el mas perfecto sacrificio de mi corazón, y la mas absoluta donación de todo cuánto soy y pudiera hacer para honraros y glorificaros, penetrado del mas generoso amor y del mas fino sentimiento por todas las ingratitudes y ultrajes que se han hecho y se hacen cada día á vuestro dignísimo y amabilísimo Corazón.

¡Qué dichoso seria yo si pudiese emplear todas mis lágrimas, y bañar con mi sangre todos los lugares en que vuestro divino Corazón ha sido injuriado, maltratado y horriblemente profanado!

¡Que dichoso sería yo si pudiese por medio de los mayores tormentos ofreceros un obsequio agradable por tantas impiedades y sacrilegios!

Yo os ruego qué á lo menos, divino Salvador, aumentéis en mí el fuego sagrado de vuestro amor para hallarme siquiera capaz de honraros, bendeciros y obsequiaros para sentir mas vivamente todas mis ingratitudes pasadas y por las qué os pido nuevamente perdón y gracia de compunción para expiarlas debidamente, y asimismo para saber interesarme más por vuestra gloria, y llorar las injurias que os hacen los herejes y los malos cristianos: para que yo acierte principalmente á imitar las virtudes más propias de vuestro sacratísimo Corazón, para conformarme y parecerme a la imagen humildísima y pacientísima de este divino modelo: para merecer de este modo las más copiosas bendiciones de vuestro divino amor, y que toda mi vida sea un ejercicio continuado de obsequios honoríficos a vuestro adorable Sacramento hasta perfeccionar mi sacrificio con mi último suspiro, que deseo sea el último esfuerzo de mi corazón para unirse al vuestro perpetuamente.

Os pido, Señor, esta gracia final seguida de todas las demás por la santidad de este día en que vuestro sagrado Corazón se dilata mas a favor de los que le invocan: y por los merecimientos del Corazón más digno, más agradable a vos, y más conforme en todo con el vuestro, que es el de vuestra dignísima Madre y mi Señora María Santísima, bajo cuya protección renuevo el propósito que tengo hecho de consagrarme y ser todo absolutamente de vuestro amantísimo Corazón, para ser del número de vuestros especiales siervos en esta vida, y de vuestros predestinados a bendeciros eternamente en la gloria. Amén.

Consagración al Sagrado Corazón

Junio 18, 2009

San Claudio de la Colombiere, es el autor de este ejercicio, que se halla en el fin del Diario de su Retiro. Sin ninguna alteración lo pondremos tal como su pluma lo escribió:

«Esta ofrenda se hace para honrar al divino Corazón, centro de todas las virtudes, manantial de todas las bendiciones, y retiro de todas las almas santas.

«Las virtudes que debemos honrar en él, son en primer lugar, un ardentísimo amor a Dios su Padre, junto con un profundo respeto y la mayor humildad.

En segundo lugar una infinita paciencia en los males, una extrema contrición y dolor por los pecados de los hombres, cuyo peso quiso cargar, sobre sí; la confianza de un hijo tiernísimo unida, á la confusión de un gran pecador.

En tercer lugar, una sensible compasión de nuestras miserias; y a pesar de ellas un inmenso amor.

Y no obstante todos estos movimientos cada uno de los cuales se hallaba en aquel beatísimo Corazón en el más alto grado posible, una inalterable igualdad, efecto de tan perfecta conformidad con la voluntad de Dios, que no podía ser perturbada por ningún suceso, aunque pareciese contrario á su celo, a su amor y a todas las demás disposiciones en que se hallaba.

«En cuanto cabe, este Corazón abriga aún los mismos sentimientos; y sobre todo siempre continua encendido de amor a los hombres; dispuesto a favorecerles con todas las gracias y bendiciones; conmovido por nuestros males; comprimido por el deseo de hacernos participar de sus riquísimos tesoros, y dársenos enteramente a nosotros; preparado para recibirnos y servirnos de asilo, de morada y de paraíso en esta vida.

Pero, ¡oh dolor! a pesar de tan infinitos esfuerzos de amor, este divino Corazón no halla en los hombres sino dureza, olvido, desprecios é ingratitudes.

Él ama, pero no es amado, y ni tan solo queremos conocer su amor: pues que no nos dignamos recibir los dones de que se vale para dar testimonio de él, ni escuchar las tiernas y secretas manifestaciones que de este amor quisiera hacer en nuestros corazones.

«Para reparar tantos ultrajes y tan crueles ingratitudes ¡oh adorabilísimo y amabilísimo Corazón de mi estimado Jesús! y evitar, en cuanto me sea posible, el ser víctima de semejante desgracia, os ofrezco mi corazón con todos sus afectos.

Me entrego totalmente a Vos; y desde ahora protesto sinceramente que quiero olvidarme de mí y de cuanto puede tener conmigo relación, para apartar los obstáculos que me podrían impedir la entrada en ese divino Corazón, que tenéis la bondad de abrirme, en el cual deseo entrar para vivir y morir entre vuestros más fieles servidores.

Penetrado y encendido de vuestro amor, ofrezco a ese Corazón todo el mérito y satisfacción de las misas, oraciones, actos de mortificación; de todas las prácticas religiosas, de los actos de celo, humildad, obediencia y demás virtudes que practicaré hasta el fin de mi vida.

Sirva todo no solo para honrar el Corazón de Jesús y sus admirables disposiciones; sino que humildemente le ruego que acepte la absoluta ofrenda, que de ello le hago, para que de todo disponga á su gusto, y en favor do quien mejor le plazca.

Y como ya he cedido a las almas del Purgatorio todo lo que en mis acciones hay á propósito para satisfacer a la divina Justicia, deseo que todo esto se las distribuya según mejor agrade al divino Corazón.

«No me considero por esto libre de las obligaciones que tengo de decir misas, y de rogar por ciertas intenciones que me prescribe la obediencia; ni pretendo dejar de conceder misas por caridad á la gente pobre, ó a mis hermanos y amigos que pudieran pedírmelas.

Mas, como entonces me serviré de un bien que realmente no me pertenece, espero, como es justo, que la obediencia, la caridad y las demás virtudes, que cuento practicar en tales ocasiones, todo vaya dirigido al Corazón de Jesús; en donde aprendí el ejercicio de estas virtudes que por lo mismo son enteramente suyas,

«Sagrado Corazón de Jesús, enseñadme el perfecto olvido de mí mismo, que es el solo camino por el que se puede entrar a Vos.

En adelante cuanto haré será para Vos; haced que nada haga que no sea digno de Vos.

Enseñadme lo que debo hacer para llegar a la pureza de este amor, cuyo deseo Vos me habéis inspirado.

Deseo ardientemente agradaros, pero mi bajeza me impide el poderlo conseguir sin el auxilio de una luz muy particular, que fuera de Vos nadie me la puede conceder.

¡Señor, hágase en mí vuestra voluntad! Dominad, ¡oh Dios mío! mi espíritu rebelde, que se opone a ella.

¡Divino Corazón de Jesucristo! Sólo Vos sois quien puede hacerlo todo. Sólo Vos tendréis la gloria de mi santificación, si tengo la dicha de ser santo: esto es mas claro que la luz del día: mas también será esto para Vos una gloria grande, y sólo por esto es porque quiero y deseo la perfección. Amén.

Un culto y un apostolado

Junio 16, 2009

Dr. Félix Sardá y Salvany, Pbro.

“La devoción al Sagrado Corazón de Jesús es a la vez un culto y un apostolado.

Como culto es la veneración, el amoroso obsequio tributado a la santidad infinita de Jesucristo, Dios y hombre verdadero, dotado por lo mismo de un corazón como el nuestro, aunque unido inseparablemente a la Divinidad. Es la gratitud al afecto entrañable que por nosotros sintió mientras vivió esta vida mortal, y que siente aún hoy viviendo en los cielos y en nuestros altares vida inmortal y gloriosa.

Como apostolado es una verdadera educación de nuestros pobres corazones en la escuela de este Corazón; es un estudio de este modelo; es como una irradiación espléndida de sus purísimos afectos y sentimientos entre los cristianos todos; es atracción hacia arriba, en contraposición a las groseras tendencias que nos arrastran constantemente hacia abajo.

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús es en el fondo la devoción de todos los siglos cristianos. ¿En qué siglo no se han tributado a la Humanidad sacratísima de Jesucristo, unida a la Divinidad, los homenajes más tiernos y fervorosos?

Sin embargo, en la forma en que quiso revelarla el mismo Jesús a su piadosísima sierva, Santa Margarita de Alacoque, y en el prodigioso desarrollo que conforme a la promesa del mismo Jesús ha obtenido en los pueblos modernos, es una devoción verdaderamente de actualidad y a todas luces providencial.

Dios se manifiesta constantemente en su Iglesia del modo más adecuado a las necesidades de ella. Cada manifestación suya es siempre en la historia un verdadero rasgo de oportunidad.

Examinemos bajo este punto de vista la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

El primer error de nuestro siglo es lo que podríamos llamar la adulteración, la falsificación de la divina Persona de Jesucristo. Se le tiene por algunos, a Nuestro Señor, como un mito o leyenda, sin más existencia real que la que han tenido los fabulosos personajes de la mitología. Por otros, como un filósofo simplemente tal, que con mejor fortuna que los demás ha dejado fundada una escuela llamada Cristianismo.Algunos le toman únicamente como reformador político y social, como el gran demócrata; faltando poco para que le llamen precursor de Mazzini y de Proudhón. Ante esos delirios en que lo necio compite con lo blasfemo, la Iglesia católica nos ofrece en el culto del Sagrado Corazón de Jesús la idea exacta, genuina y evangélica de su divina personalidad, mostrándonos en El el Verbo del Padre, la segunda Persona de la Trinidad Santísima, revestida de nuestra carne, ofreciendo su sangre por conquistarnos los derechos del cielo, y derramando a raudales de su purísimo Corazón gracia, luz, consuelos, ejemplos y enseñanzas. Honrar, pues, el Sagrado Corazón de Jesús es honrar su carácter divino y sobrenatural, en oposición a la falsificación naturalista y racionalista que de El pretende hacer la impiedad. ¿No es, pues, un apostolado oportunísimo y fundamental propagar la devoción al Sagrado Corazón de Jesús?

¿Y qué diremos si bajando de las ideas a las costumbres contemplamos su oportunidad bajo este punto de vista?

Las tendencias más pronunciadas en el hombre de nuestro siglo son un orgullo que sólo puede calificarse como merece llamándosele satánico; un egoísmo tan brutal, que podría decirse verdadera idolatría del yo; y todo esto, no reconocido como defecto o flaqueza humana, sino elevado a doctrina formulado como sistema, condecorado con el pomposo nombre de filosofía, llamado positivismo. Positivismo, es decir, el culto de lo material, de lo rastrero, en oposición a toda elevación del espíritu y del corazón; la abdicación de toda aspiración, de toda tendencia, de toda esperanza que no se refiera a lo que se palpa con las manos y se goza con el cuerpo; el suicidio del alma, que se quiere se asfixie a sí propia negándose sistemáticamente lo que constituye su único aire respirable, lo sobrenatural. Tal vez no todos mis lectores están en el caso de averiguar y exponer los orígenes de este contagio, ¿pero quién no llora a cada paso sus resultados? ¿Quién no lamenta este general decaimiento de los corazones, ese rebajamiento del carácter que aún en lo humana hace tan raros los ejemplos de abnegación y de sacrificio, tan comunes en los siglos de fe? Nunca como hoy se tuvieron a sí propios en tanta estima los hombres, y nunca como hoy fueron tan poca cosa. Nunca como hoy se blasonó de dignidad y de consecuencia, y nunca como hoy fueron tantos los envilecidos y los inconsecuentes. Nunca como hoy se ensalzaron los derechos y la emancipación del pueblo, y nunca fueron como hoy los derechos del pueblo pisoteados. Nunca como hoy se habló de pensar y de librepensamiento y de derechos del pensamiento, y nunca como hoy se ha comido tanto y se ha pensado menos. Nunca como hoy se ha preciado el hombre de su corazón, y nunca, sin embargo, se ha visto más subordinado el corazón al estómago, el sentimiento al cálculo, el deber al interés. ¿No es, pues, oportunísimo apostolado levantar un poquito los corazones de este cenagoso positivismo, poniéndoles a la vista el Corazón modelo, haciéndoles leer en este libro abierto lo que es abnegación, lo que es respeto, lo que es caridad, lo que es aspiración al cielo, lo que es desprendimiento de la tierra, y tantas y tantas otras cosas de las que el diccionario moderno parece haber perdido hasta el vocablo con que se nombran? Y ese levantamiento de corazones decaídos y degradados, ¿puede efectuarse mejor que en nombre y por la atracción a la vez suavísima y poderosísima de un Corazón humano que por el misterio de la Encarnación es a la vez Corazón divino? Para que el hombre pudiese salir del cieno de la miseria y elevarse a regiones más nobles acercándose a Dios, Dios se ha dignado acortar en cierto modo las distancias humanándose El, y poniéndose en contacto con nosotros para mejor atraernos y levantarnos. ¿Se puede, pues, cooperar mejor a las miras amorosas de Dios que cooperando a esa atracción que de nuestros corazones quiere realizar por medio del Corazón Sacratísimo de su Hijo Jesucristo?

Año Sacro. Tomo 2º: Tiempo y Fiestas de Pentecostés. Barcelona 1954.Ed R. Casals. Imprimatur y Nihil obstat 1954.

Promesas hechas por el S. Corazón de Jesús en favor de sus devotos

Junio 15, 2009

He aquí algunas de estas promesas en los mismos términos en que el amantísimo Jesús las hizo a Santa Margarita María de Alacoque:

Para los que trabajan en la salvación de las almas: “Mi divino Salvador me ha dado a conocer que los que trabajan en la salvación de las almas poseerán el arte de mover los corazones más endurecidos y trabajarán con un éxito maravilloso, si se hallan penetrados de una devoción tierna a su divino Corazón”.

Para las Comunidades: “El me ha prometido que derramará la suave unción de su ardiente caridad sobre todas las Comunidades que le honraren y se pusieren bajo su especial protección; que apartará de ellas todos los castigos de la divina justicia, con objeto de volverlas a su gracia, cuando de ella hubieren decaído”.

Para las personas seglares: ” Estas hallarán todos los socorros necesarios a su estado, es decir, la paz en sus familias, el alivio en sus trabajos, las bendiciones del cielo en todas sus empresas, el consuelo en sus miserias; y en este Sagrado Corazón es donde propiamente encontrarán su refugio durante toda su vida y en especial a la hora de su muerte.”

Para las casas donde sea expuesta y honrada la imagen del Sagrado Corazón: “Me aseguró que tenía un placer singular en ser honrado bajo la figura de un corazón de carne, cuya imagen quería que fuese expuesta en público, a fin, añadió, de mover por este objeto el corazón insensible de los hombres; me prometió que derramaría con abundancia, en el corazón de todos cuanto le honraren, todos los dones de que el suyo está lleno; y que esta imagen atraería toda clase de bendiciones sobre todos los sitios donde fuera expuesta, para ser allí singularmente honrada.”

Promesas de gracias en favor de aquellos que se consagraren a El por completo: “Me siento como enteramente perdida en el divino Corazón, si no me engaño (Este modo de expresarse habitual en la Santa, no indica duda en su espíritu, sino humildad), como en un abismo sin fondo, donde me descubre los tesoros de amor y de gracias para las personas que se consagraren y sacrificaren por darle y procurarle todo el honor, el amor y la gloria que les fuere posible.”

Promesa de su salvación para todos los que se hayan dedicado y consagrado: “Entonces me confirmó que es tan grande el placer que recibe de ser amado, conocido y honrado por sus criaturas, que, sino me engaño, me prometió que ninguno de los que se le hubieran dedicado y consagrado perecería jamás.”

Promesa de buena muerte para los que comulgaren nueve primeros viernes de mes seguidos: “Un viernes, durante la Santa comunión, El dijo estas palabras a su indigna esclava, si ella no se engaña: Te prometo en la excesiva misericordia de mi Corazón que su amor omnipotente concederá a cuantos comulgaren nueve primeros viernes de mes seguidos la gracia final de la penitencia: no morirán en desgracia, ni sin recibir los sacramentos, haciéndose mi divino Corazón su seguro asilo en este último momento.”

Manual del Apostolado de la oración. Imp. A Baiocco y C. SRL. Bs.As. 1948.

Prácticas en honor del Sagrado Corazón de Jesús

Junio 15, 2009

En el año Solemnizad la fiesta del viernes siguiente a la octava del Corpus Domini, según el mismo Jesús prescribió a una devota sierva, confesándoos, comulgando y visitando al Santísimo Sacramento, en compensación de las ingratitudes que el Corazón amabilísimo de Jesús recibe todos los días.

2º Cada mes. Haced lo mismo en el primer viernes, como Jesús lo desea también, en cuanto os lo permita vuestro estado.

3º En cada semana. Practicar el viernes alguna devoción especial en honor del Sagrado Corazón de Jesús, y sobre todo cumplid con más diligencia vuestros deberes, ejercitándoos singularmente en la mortificación interna.

4º Todos los días. Sea el Corazón de Jesús como el objeto de vuestro preferente amor. Tratad de agradarle en todas vuestras acciones, de recurrir a Él en vuestras necesidades y de invocarle en vuestros peligros. Procurad honrarle y amarle, en compensación de tantos incrédulos y pecadores que, o no le conocen, o no le aman.

Es una práctica utilísima introducirse en el Corazón abierto de Jesús (lo que se hace de una manera espiritual y desconocida de las almas mundanas), como lo hicieron los Santos Doctores Agustín, Bernardo, Buenaventura, y las Santas Gertrudis y Matilde, y también solía practicarlo la beata Margarita María Alacoque, que entraba en este Corazón adorable y allí habitaba como en un horno de amor para purificarse de toda mancha y desasirse de todo, para vivir únicamente con su Dios y decir con todo afecto. Deus meus et omnia. Y para avivar más y más vuestra devoción, tened alguna imagen del Sagrado Corazón y colocadla en lugar donde podáis mirarla con frecuencia, a fin de que su presencia os mueva a rendirle devotos obsequios y os encienda en el fuego vivo de su amor.

A medida de los atractivos y de los eternos impulsos, besad tiernamente la santa imagen con el afecto con que besarías el Corazón mismo de Jesús, entrando con el espíritu en el deífico Corazón, grabándole en el vuestro, fijándole en vuestra alma, procurando asimilaros al espíritu que anima el Corazón de Jesús, y adquirir las gracias, la virtud, y cuanto de saludable se halla en él mismo, porque es fuente inagotable de todos los bienes.

Por cuantos medios a vuestra condición sean permitidos, promoved la devoción hacia el amabilísimo Corazón de Jesús, a fin de que este Corazón adorable sea de todos conocidos y tiernamente amado.

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PLEGARIA

QUE AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

HA DE RECITARSE TODOS LOS DÍAS

Yo os saludo, ¡oh adorable Corazón de Jesús!, viva y vivífica fuente de vida eterna, tesoro infinito de la Divinidad, horno encendido del divino amor. Vos sois el lugar de mi descanso y de mi refugio.

¡Oh Divino Salvador mío! Inflamad mi corazón en el ardiente amor en que el vuestro todo se halla abrasado, derramad en mi corazón las sublimes gracias de que el vuestro es copioso manantial, y haced que mi corazón esté de tal modo unido al vuestro, que vuestra voluntad sea siempre la mía, y que mi vida eternamente se conforme a la vuestra: deseo que de aquí en adelante vuestro divino beneplácito sea regla de todos mis deseos y de todas mis acciones. Así sea.

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ACTO PARA DESAGRAVIAR AL CORAZÓN

DE JESÚS Y CONSAGRARSE A ÉL

¡Oh Corazón clementísimo de Jesús, divino propiciatorio por el cual prometió el Eterno Padre (1) que oiría siempre nuestras oraciones!

Me uno con Vos para ofrecer a vuestro Eterno Padre este mi pobre y mezquino corazón, contrito, humillado en su divino acatamiento, y deseoso de reparar cumplidamente sus ofensas, en especial las que Vos recibís de continuo en la Eucaristía, y señaladamente las que yo, por mi desgracia, también he cometido.

Quisiera divino Corazón, lavar con lágrimas y borrar con sangre de mis venas las ingratitudes con que todos hemos pagado vuestro tierno amor.

Junto mi dolor, aunque tan leve, con la angustia mortal que en el Huerto os hizo sudar sangre a la sola memoria de nuestros pecados.

Ofrecédle, Señor, a vuestro Eterno Padre, unido con vuestro amabilísimo Corazón.

Dadle infinitas gracias por los grandes beneficios que nos hace continuamente, y supla vuestro amor nuestra  mucha ingratitud y olvido.

Concededme la gracia de presentarme siempre con gran veneración ante el acatamiento de vuestra Divina Majestad, para resarcir de algún modo las irreverencias y ultrajes que en vuestra presencia me atreví a cometer, y que de hoy en adelante me ocupe con todo mi conato en atraer con palabras y ejemplos muchas almas que os conozcan y gocen las delicias de vuestro Corazón.

Desde este momento me ofrezco y dedico del todo a dilatar la gloria de este Sacratísimo y Dulcísimo Corazón.

Le elijo por el blanco de todos mis afectos y deseos, y desde ahora para siempre constituyo en El mi perpetua morada, reconociéndole, adorándole y amándole con todas mis ansias; como que es el Corazón de mi amabilísimo Jesús, de mi Rey y Soberano Dueño, Esposo de mi alma, Pastor y Maestro, verdadero Amigo, amoroso Padre, guía seguro, firmísimo amparo y bienaventuranza. Amén.

(1)Pídeme por el Corazón de mi amabilísimo Hijo Jesús, que por El te oiré y obtendrás cuanto me pidieres.  A la V. Marg. Alac., en su Vida

ANTÍFONA

Misericordia Dómini a progénie in progénies timéntibus eum, alleluia.

V. Miserátor et miséricors Dominus.

R. Longánimis, et multum misericórs.

OREMUS

Fac nos, Domine, Jesu, Sanctíssimi Cordis tui virtútibus, indui, et affectibus inflammari; ut et imágini bonitatis tuae conformes, et tuae Redemptionis mereamur esse partícipes. Qui vivis et regnas in saecula saeculorum. Amén.

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ACTO DE CONSAGRACIÓN AL SANTÍSIMO

CORAZÓN DE MARÍA

¡Oh Santísimo Corazón de María, siempre Virgen e inmaculada! ¡Oh Corazón, el más santo y puro después del Corazón de Jesús, fuente inagotable de bondad, mansedumbre, misericordia, y amor!

¡Oh Corazón modelo de todas las virtudes, imagen perfecta del Corazón adorable de Jesús!

¡Oh Corazón que ha estado siempre abrasado de la más ardiente caridad, y que ha amado a Dios!

Tú sólo, más que todos los Serafines, más que todos los demás bienaventurados juntos, mereces todas las alabanzas, respeto, veneración, amor y  ternura de todos los Angeles y hombres.

Dígnate acoger benignamente lo poco que yo puedo hacer en honor tuyo.

Postrado a tus pies, te tributo cuantos homenajes puede rendirte mi corazón.

Te agradezco cuantos bienes he recibido de Ti, y me uno a todas las almas puras que se complacen en amarte y honrarte.

¡Oh Corazón de María, que por excelencia eres el trono de la caridad, paz y misericordia!

Me atrevo a presentarle mi corazón, aunque con tantos pecados manchado, y confío en que no lo desecharás.

Purifícalo, santifícalo, y llénalo de tu amor y del amor de Jesús; hazlo semejante a Ti, para que pueda reunirse a Ti y alabar eternamente a Dios contigo en el Cielo. Amén

R.P Anastasio García de las escuelas pías. Camino de Salvación. Ed. Saturnino Calleja-Fernandez. Madrid. Con aprobación del ordinario. 

«Sursum corda»

Junio 15, 2009

Dr. Félix Sardá y Salvany, Pbro.

 (1844-1916)

Pues, sí, indudable es y no hay para qué disimularlo. Reina hoy día en el organismo social, y hasta en no pocos católicos, un aplanamiento de espíritu, que es el peor tal vez de los males que aquejan a la presente generación.

Ante los alardes de la impiedad, dueña, siquiera oficialmente, del mundo, y cuyas arrogancias serían síntoma gravísimo de incontrastable poderío, si casi siempre no fuese cosa probada que gordas palabras son síntoma de debilidad, hay quien no sabe sentir más que los calofríos del miedo, rayanos a los terrores de la desbandada.

Y como es imposible llevar bien a la pelea soldados que tienen ya de antemano como descontada la derrota, de ahí que el enemigo más formidable que aflige hoy por hoy al Catolicismo y que en mucho paraliza sus obras, más que el valor real y efectivo de los encarnizados enemigos, sea el negro pesimismo que tiende sus alas sobre algunos de nuestros hermanos y les impide luchar como debieran por la santa Causa de Dios y de su Iglesia, en terrenos tan duramente combatida.

¡Válganos del cielo, y cuán faltos, no diré de sentido común, pero de sí de buen sentido cristiano, andan los tales católicos de almíbar y pasta flora!

¡Como si toda la historia del Catolicismo no nos mostrase que siempre han sido las mismas las altanerías de sus enemigos, y siempre igual el desengaño con que el Catolicismo se ha complacido en abatirlas y humillarlas!

Nacen estos temores y desconfianzas de falta de espíritu de fe y de sobras de espíritu naturalista.

Humanamente mirada la causa de Cristo, fue desde el principio y sigue siendo ahora y ha de ser siempre una causa perdida. El Apóstol, para más gráficamente calificarla, la calificó de insensatez y locura.

De lo cual rectamente se deduce que los que por ella vivimos y en ella creemos y de ella todo lo esperamos, no hemos de ser a los ojos de la mundana y terrenal sabiduría más que un hato de locos e insensatos.

Que en eso, por raro concierto, convienen por lo menos de palabra, el famoso texto del Apóstol y los dicharachos de la vocinglera impiedad.

Mas… no así, cuando divinamente consideramos la cosa, que es como deben, en buena lógica y razón, considerarse las cosas divinas. Bajo este concepto aquel desgarrador Nos insensati! deberán nuestros enemigos pronunciarlo, nunca nosotros.

Son ellos los locos y desviados por la miopía de su criterio naturalista, que no ve más allá de la esfera de las humanas previsiones.

Nuestro ojo iluminado por la fe ¡gracias a Dios sean dadas! ve más arriba que todo eso, y no reconoce otro límite a sus inefables certidumbres que el del infinito poder de Dios y de su inefable sabiduría y de sus indefectibles promesas.

El Sagrado Corazón de Jesús es, además de su augusta realidad, el símbolo más adecuado de esa serena confianza y consiguiente viril ardimiento, que en los corazones infunde el sobrenaturalismo cristiano.

No sin causa vio en el Corazón Sacratísimo un formidable enemigo, la impiedad masónica, desde las primeras revelaciones de Aquél a Santa María Margarita.

Todos los atributos del Sagrado Corazón significan oprobio, aflicción, vencimiento. ¡Cruz, herida, corona de espinas! ¡Qué bandera tan rara se da a los fieles de los modernos siglos para infundirles seguridad de vencer en estos tal vez sus postreros combates!

Si no temiésemos pecar de irreverentes, diríamos que encierran de parte de Cristo para los poderes mundanos y para los católicos cobardes una irrisión, una ironía.

 ¡La prenda de nuestro indefectible triunfo sobre la Revolución es un jeroglífico de humillaciones y de ignominias!

Pues, por eso mismo, y ello es el signo de las cosas de Dios, que como propio suyo reconoce inmediatamente el certero instinto del alma de fe.

¡Arriba, pues, los corazones todos, con el Sagrado Corazón!

¡Arriba, que no abajo han de dirigirse nuestras miradas y han de cifrarse nuestras certidumbres de indefectible victoria!

Contemplando estamos años ha las evoluciones del movimiento sectario, que parece avanzar, pero que en realidad no hace más que dar vueltas sobre sí mismo, cada día más hundiéndose y desacreditándose. ¡En eso ha venido a parar el liberalismo, que no tiene ya otra cosa que dar de sí! ¡Y ante él, en cambio, ved cual resplandece más, más alentadora, más esperanzada que nunca la afirmación cristiana, cuyo símbolo, además de su realidad augustísima, es el adorable Corazón de Jesús!

¡Arriba, arriba los corazones todos, arriba a la victoria, con el Sagrado Corazón!

Año Sacro. Tomo segundo. Tiempo y fiestas después de Pentecostés. Ed. Casals. Barcelona. 1954. Imprimatur y Nihil obstat 1954.

Corona Sagrada

Junio 15, 2009

para obsequiar a la Santísima Trinidad

por medio del

Sagrado Corazón de Jesús

Este obsequio es sumamente agradable a Dios, y de los más provechosos para nosotros, como son todas las buenas obras que le ofrecemos unidas con los méritos infinitos de Jesucristo.

Por eso la Iglesia todo lo que pide en sus oraciones es por medio y en nombre de nuestro Salvador; y así nos manda el mismo Jesucristo que lo hagamos para que sean eficaces nuestras oraciones.

Así se lo encargó el mismo Señor, y de un modo muy especial, a su querida sierva santa Gertrudis la magna, enseñándola a hacer aún las cosas más usuales, como el comer, dormir con esta referencia a Dios, haciéndolas todas en su presencia, en memoria y en unión de las que Jesucristo hacia en la tierra.

En una de sus grandes revelaciones vio al Sagrado Corazón de Jesús como un hermosísimo incensiario prevenido de ardentísimas ascuas, exhalando delante de Dios gran multitud de perfumes muy olorosos; que eran los méritos y oraciones de sus devotos; y esto mismo es lo que viene a hacerse con esta corona, compuesta de treinta y tres Gloria Patri, y cinco coloquios a la Santísima Trinidad, y un Credo.

COLOQUIO PRIMERO

Santísima y augustísima Trinidad, yo criatura vuestra, anonadada en vuestra presencia, os confieso, os adoro, os amo con todo el afecto de mi alma; y en unión del Sagrado Corazón de mi Señor Jesucristo, ofrezco en honra vuestra todas las obras que él mismo practicó en la tierra por vuestra gloria y la salvación de todo el género humano; y os pido, Trinidad Beatísima, que os honre yo y os glorifique con todas mis obras, a imitación de mi Señor Jesucristo. Amén.

Concluida esta oración se rezan diez veces el Gloria Patri, y en seguida el

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COLOQUIO II

Santísima y augustísima Trinidad, os confieso, os adoro, y os amo con todo el afecto de mi alma, y en unión del sagrado Corazón de mi Señor Jesucristo, que tanto os agradó con todos sus afectos en la tierra, os ofrezco los míos para agradaros y glorificaros con todos ellos a imitación de mi Señor Jesucristo. Amén. Otros diez Gloria Patri.

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COLOQUIO III

Santísima y augustísima Trinidad, os confieso, os adoro y os amo con todo el afecto de mi alma, y en unión del sagrado Corazón de mi Señor Jesucristo, que tanto os honró y glorificó, en la tierra con su estupenda humildad y con su perfectísima obediencia, os pido estas santas virtudes para honraros y glorificaros, a imitación de mi Señor Jesucristo. Amén.

Otros diez Gloria Patri.

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COLOQUIO IV

Santísima y augustísima Trinidad, os confieso, os adoro y os amo, con todo el afecto de mi alma y en unión del sagrado Corazón de mi Señor Jesucristo, que tanto os honró y glorificó en la tierra con su infinita paciencia, con su inalterable  dulzura, con su invencible sufrimiento y con su perfectísima resignación en vuestra voluntad divina, os ruego, Santísima Trinidad, y os pido en su nombre estas mismas virtudes para honraros y glorificaros, a imitación de mi Señor Jesucristo. Amén. Dirá Gloria Patri tres veces.

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COLOQUIO V

Jesús amabilísimo, por vuestro divino Corazón herido interiormente de vuestro mismo amor, y exteriormente de la lanzada cruel, para abrirnos a todos la puerta de vuestro divino amor, os suplico hagáis mi corazón del todo conforme al vuestro y que llenéis de bendiciones a todos los devotos que os honran y obsequian en la tierra, para que merezcamos glorificaros para siempre en el cielo. Amén.

Se reza el Credo.

Que se da al hombre en el Sacramento la gran bondad y caridad de Dios

Junio 14, 2009

BEATO TOMÁS DE KEMPIS

Señor, confiado en tu bondad y en tu gran misericordia, vengo enfermo al Salvador, hambriento y sediento á la fuente de la vida, pobre al Rey del cielo, siervo al Señor, criatura al Criador, desconsolado á mi piadoso consolador.

Mas ¿De dónde á mí tanto bien que tú vengas á mí? ¿Quién soy yo para que te me des á ti mismo? ¿Cómo osa el pecador parecer ante ti? y ¿cómo tú tienes por bien de venir al pecador? Tú conoces á tu siervo, y sabes que ningún bien hay en él por qué merezca que tú le hagas tan grandísima merced.

Yo confieso, Señor, mi vileza, y reconozco tu bondad; loo tu piedad, gracias te hago por tu excelentísima caridad.

Por cierto, por ti mismo haces todo esto, no por mis merecimientos, mas porque tu bondad me sea más manifiesta y me sea comunicada mayor caridad, y la humildad sea loada más cumplidamente.

Y pues así te place, Señor, y así lo mandaste hacer, también me agrada a mí que tú hayas tenido por bien.

Plégate, Señor, que no lo impida mi maldad.

¡Oh dulcísimo y benignísimo Jesús, cuánta reverencia y gracia con perpetua alabanza te son debidas por la comunión de tu sacratísimo cuerpo, cuya dignidad ninguno se halla que la pueda explicar!

Más querría saber: ¿qué pensaré en esta comunión, cuando me quiero llegar a ti, Señor, pues no te puedo honrar debidamente, y deseo recibirte con devoción? ¿Qué cosa mejor y más saludable pensaré, sino humillarme del todo ante ti y ensalzar tu infinita bondad sobre mí?

Alábote Dios mío, y para siempre te ensalzaré.

Despréciome y sujétome a ti en el abismo de mi vileza.

Tú eres el Santo de los santos, y yo el más vil de los pecadores,  e inclinaste a mí, que no soy digno de alzar los ojos a ti.

Veo, Señor, que tú vienes a mí y quieres estar conmigo, tú me convidas a tu mesa y me quieres dar a comer el manjar celestial, el pan de los ángeles, que no es otra cosa, por cierto, sino tú mismo, pan vivo que descendiste del cielo y das vida al mundo.

He aquí, Señor, de dónde procede este amor, y se declara que lo tienes por bien. Esta bondad tuya, Señor, es la causa por qué tal amor nos tienes, y porqué tan gran benignidad nos muestras.

¡Cuán grandes gracias y loores se te deben por tales mercedes! ¡O cuan saludable fue tu consejo cuando ordenaste este altísimo Sacramento! ¡Cuán suave y cuan alegre convite, cuando á ti mismo te diste en manjar! ¡O cuán admirable es tu obra, Señor! ¡Cuan grande tu virtud! ¡Cuán inefable tu verdad! Por cierto tú dijiste, y fue hecho todo el mundo, y así esto es hecho, porque tú mismo lo mandaste.

Maravillosa cosa, y digna de creer, y que vence todo humano entendimiento es, que tú, Señor Dios mío, verdadero Dios y Hombre, eres contenido enteramente debajo de aquella pequeña especie de pan y vino, y sin detrimento eres comido por el que te recibe.

Tú, Señor de todos, que no tienes necesidad de alguno, quisiste morar entre nosotros por este tu Sacramento.

Conserva mi corazón sin mácula, porque pueda muchas veces con limpia y alegre conciencia celebrar tus misterios, y recibirlos para mi perpetua salud; los cuales ordenaste y estableciste, Señor, principalmente para honra tuya y memoria continua de tu pasión.

Alégrate, ánima mía, y da gracias á Dios por tan noble don y tan singular refrigerio como te fue dejado en este valle de lágrimas.

Porque cuantas veces te acuerdas de este misterio, y recibes el cuerpo de Cristo, tantas representas la obra de tu redención, y te haces particionero de todos los merecimientos de Jesucristo, porque la caridad de Cristo nunca se apoca, y la grandeza de su misericordia nunca se gasta.

Por eso te debes disponer siempre á esto con nueva devoción de ánima, y pensar con atenta consideración este gran misterio de salud, y así te debe parecer tan grande, tan nuevo y alegre cuando celebras ú oyes misa, como si fuese el mismo día en que Cristo descendió, y se hizo hombre en el vientre de la Virgen, ó aquel que puesto en la cruz padeció y murió por la salud de los hombres.

De la imitación de Cristo o menosprecio del mundo. Libro IV. Capítulo II.