Archivo de Julio 2009

Regla breve para el que comienza la vida espiritual

Julio 31, 2009

LUDOVICO BLOSIO

Abad liciense, monje de San Benito

(1506-1566)

El que desea agradar a Dios, y aprovechar algo en la vida espiritual y al fin llegar a la perfección, lo primero, ha de abominar todas las herejías y cismas, allegándose firmemente a la Iglesia Católica, y sujetándose humildemente a ella.

Porque todos los que se apartan de la Iglesia, aunque en lo exterior vivan muy bien, están apartados de Dios, y de la compañía de los santos.

Teniendo pues el fundamento de la Fe, edifiquen luego sobre el una vida santa y buena.

Sirva a Dios, y reverencie, y pida favor a la Virgen María Madre de Dios, y a los ciudadanos del cielo, no con descuido, o por alguna costumbre seca, sino con diligencia y devoción.

Contemple con ánimo agradecido la vida de Cristo, en especial su santísima pasión.

Procure con todas sus fuerzas imitar la humildad, obediencia, mansedumbre, paciencia, resignación, modestia, benignidad, y caridad de su maestro, y Señor.

Déjese y niegue a sí mismo en todos sus deseos e inclinaciones malas por amor de Dios.

Persiga y mortifique de continuo en sí, varonilmente y desarraigue de todo punto su propio amor y propia voluntad, y échela toda en la de Dios: de suerte que todo lo que Dios quisiere lo quiera también él: y reciba con gusto todo lo que Dios permitiere que le venga, como cosa muy importante, ora le sea dulce, ora amargo.

Desnúdese totalmente, y despojase de todo propio gusto y elección.

Aún en los buenos deseos se resigne en Dios, pidiéndole que se haga en el su voluntad, y no la suya propia.

No ponga desordenamente su afición en alguna criatura mortal. Despida y renuncie todos los regalos sensuales y deleites de la carne.

Esté de veras muerto al mundo, y no quiera ni desee ver alguna cosa, ni oírla, como si fuese ciego o sordo, más de lo que fuere necesario ver u oír.

Cuando da al cuerpo el sustento ordinario, tenga gran cuenta con no cargar el vientre o el espíritu con demasiada comida o bebida.

Coma y beba con modestia y templanza, y no ande con esas cosas buscando deleite; y si lo siente, no vaya asido a el, ni le de allá dentro lugar.

Todos los bocados que come sino está impedido mójelos con el espíritu en la Preciosísima Sangre de Cristo y saque la bebida de sus sabrosas llagas.

Quiera más los manjares comunes y simples, que los costosos y exquisitos: porque a Cristo le dieron a beber hiel y vinagre.

Empero acuérdese que pierde la virtud de la abstinencia, el que con apetito desordenado come, aunque sea manjares vilísimos; y no la pierde el que sin semejante apetito come manjares delicados.

Y así aquel cuya sensualidad se deleita más con fruto y agua, que con perdices y vino, si por amor de Dios se abstiene de la fruta y agua (gustando poco, o nada de ello) merece más que si se abstuviese de vino y perdices.

Pelee pues con grande animo contra la sensualidad, el que ama de veras la vida espiritual y la perfección, negándole con prudencia lo que ella apetece desordenamente.

Mas no destruya la naturaleza, y su cuerpo con alguna abstinencia intolerable, ni con algún demasiado rigor de vida, siguiendo su juicio.

En todas las cosas guarde medida y santa discreción, y sujétese a los buenos consejos.

No busque cosas superfluas, mas conténtese con poco: no busque vanidad, ni curiosidad en los vestidos ni en otra cosa ninguna.

No le salga de la boca palabra que lastime ni que sea deshonesta, o de murmuración, ni consienta que otra la diga: sino procure con discreción atajar semejantes pláticas.

Aborrezca mucho la mentira

Huya el ser arrogante y lisonjero.

No sea áspero ni mordaz en sus palabras, sino dulce y apacible mas no procure dar gusto a los hombres con palabras afectadas.

A sí mismo huya las palabras vanas, impertinentes, añadidas y ociosas.

De buena gana calle, cuando está en su mano callar, salvo sino corre peligro la caridad, o la obediencia: pero no sea en su silencio grave o desabrido, ni sea enfadoso a los demás: y cuando hubiere de hablar si es posible, diga pocas palabras, y estas con mucho recato.

Antes que hable pidiendo a Dios favor, determine en su corazón de no hablar más de lo que importa.

No sea fácil en contradecir a nadie porfiadamente, ni sea temeroso en sus palabras: mas en diciendo la verdad una o dos veces, sino le oyen, deje que los demás sientan como quisieren y calle como que no sabe sino es que de su silencio nazca algún peligro de alma.

Cuando afirmare alguna cosa, tenga costumbre de hablar debajo de duda, como si dijese, Sino me engaño es así, o pienso que es así, etc.

No se deleite demasiado con la compañía, sino ame la soledad y ocúpese en Dios, y en las cosas divinas, conforme a la gracia que Dios le diere: más entre los hombres sea tratable y afable.

Estime en mucho el tiempo, aun que sea muy poco, y no piense que le emplea mal y sin provecho, cuando no hace cosa ninguna exterior, si interiormente está ocupado en Dios.

Ninguna cosa estime en más que la santa obediencia, sabiendo cuan acepto sacrificio es a Dios la perfecta mortificación de la propia voluntad.

Mucho mejor es comer templadamente por la obediencia a gloria de Dios, que seguir por su propia voluntad la abstinencia rigurosa de los padres antiguos.

Dios estima en mucho, y paga con excelente galardón, todo lo que se hace por la obediencia por más vil y desechado que sea lo que se hiciere.

No es posible que agrade a Dios obra ninguna, si anda con ella la desobediencia.

Obedezca pues con prontitud y rostro alegre y corazón devoto a sus prelados como al mismo Dios aun que a caso sean imperfectos y tengan muchas faltas y hónrelos.

Así mismo obedezca a sus iguales, y a los inferiores en las cosas lícitas.

Esté siempre dispuesto para dejar y cortar sus ejercicios por más santos que sean, por acudir a la caridad y a la obediencia.

No sea muy amigo de su parecer, más con prudencia estime en más el parecer ajeno que el propio, a la gloria de Dios.

Permita que cualquiera lo enseñe y reprehenda y a los que lo reprenden no les responda con enojo y desabrimiento sino con dulzura y suavidad, conociendo de buena gana su culpa.

Si es acusado injustamente o reprendido, no se defienda o excuse con soberbia: más imitando a su Señor, escoja el callar, si acaso de semejante silencio no naciese algún escándalo.

Derríbese y humíllese a toda criatura, por amor de Dios.

No se engría ni se estime, en más, ni se agrade de si mismo, ni imagine que es algo aunque haya recibido del Señor, grandes consuelos, y dones interiores y exteriores, porque aquellas cosas son dones de Dios y nos son suyas, solo el pecado es cosa suya.

Así que no usurpe ni atribuya a si esos dones de Dios, más volviéndolos todos a Él enteramente, y atribuyéndole a Él totalmente sus buenas obras, confiese de corazón, que de sí no es nada, ni tiene nada, ni sabe nada, ni puede nada.

Hágase humilde con esta consideración, teniendo a todos los hombres en más que a sí porque si los bienes que el ha recibido de Dios los hubieran recibido hombres muy malos, acaso hubiera vivido mejor que él y sino lo hubiera Dios amparado con su gracia de continuo, hubiera pecado más gravemente que otro ninguno.

Júzguese pues, por el más vil de todos, y presuma de si que no merece que la tierra lo sufra.

Mortifique en sí con gran diligencia todo afecto de vana gloria.

No desee ser conocido de los hombres, o ser alabado o tenido por santo, antes desee que nadie lo conozca, y que todos lo desprecien y estimen en poco.

Procure la gracia y el amor de Dios, y no el de los hombres.

Aprenda a sufrir humildemente, sin queja ni murmuración las injurias, afrentas calumnias, aflicciones, y daños que permitiéndolo Dios le fueron hechas: creyendo sin duda, que se las envía Dios.

No se enoje ni quiera mal a los que le dan semejantes pesadumbres, antes se ha de mostrar con ellos blando y benigno, a ejemplo de su Señor Jesucristo, y no hable de sus defectos, si alguna necesidad o provecho evidente no lo fuerza.

Conozca que nadie lo puede molestar, ni fatigar tanto, que no haya el merecido más por sus pecados e ingratitudes

Sea hombre sin doblez, ni engaño

Ame a todos los hombres, sin sacar ninguno con un amor sincero y común.

A todos los tenga en lugar de hermanos y hermanas, despidiendo todo amor sensual y carnal

Desee que todos alcancen la bienaventuranza.

No juzgue el hombre por lo exterior y visible, sino por la excelencia del alma invisible que es hecha a imagen de Dios

No tenga desabrimiento con nadie, mas con todos sea apacible y suave, mostrándoles el rostro sereno y alegre.

Sufra con piedad las faltas ajenas más todo lo que fuere con la honra de Dios, corríjalo de buena gana, o procure que se corrija y enmiende.

Aborrezca el pecado en el hombre más no al hombre por el pecado: porque al hombre hizolo Dios y al pecado no lo hizo Dios sino el hombre.

Este siempre con voluntad de hacer el bien, ayudar y consolar a todos, en especial a los enemigos.

Compadézcase de los que pecan y de los fatigados y afligidos.

Y tenga singular compasión de las almas que están penando en el purgatorio.

Para dolerse más fácilmente de los pecados, y trabajos ajenos y gozarse de los bienes, imagine que cualquiera hombre del mundo es el mismo.

A nadie tenga envidia, ni murmure de nadie sienta bien de todos: despida luego de su corazón cualquiera mala sospecha que le sobreviniere, a nadie tenga en poco.

No desespere de ningún pecador, porque el que ahora es malo, puede con la gracia de Dios ser bueno, y mudarse.

Determine dentro de si firmemente, de no juzgar a nadie, eche siempre a la mejor parte las obras, o palabras ajenas, oyendo o mirando todas las cosas sencillamente.

Deje las cosas malas que lo sean: empero ninguna cosa juzgue temerariamente; ninguna cosa determine ni afirme por cierta más ruegue a Dios por sí que es muy grande pecador, y por los demás que hacen mal.

Todas las adversidades y molestias que le fatigan el cuerpo y el alma, como quiera y de donde quiera que vengan las reciba de la mano de Dios, y no de otra parte y súfralas por amor de Dios, con animo resignado y sufrido, hasta el fin y ultimo punto, creyendo que le son de mucha importancia, aunque acaso le parezca lo contrario.

Alabe a Dios, y déle gracias, porque de puro amor se las envía.

No se turbe por cosa ninguna que en el mundo suceda, mas en toda ponga con discreción los ojos en la divina providencia, sin la cual, ni una hoja cae del árbol.

Déjese a si mismo y todos sus cosas seguramente en esa divina providencia, y con humildad en cualquier suceso, tenga firme confianza en el Señor, acudiendo a él siempre por la oración, como lo aconseja el Salmista, diciendo: Arroja todos tus negocios en el Señor que el te los sacará a buen puerto

Y el apóstol San Pedro nos aconseja también, que arrojemos en el toda nuestra solicitud, porque tiene cuidado de nosotros.

No deje lo bueno que hubiere comenzado, aunque le falte el consuelo interior, y sea juntamente fatigado de gravísimas tentaciones, más lleno de confianza persevere en el Señor, no buscando algunos consuelos vanos con que aliviar la naturaleza fatigada.

Por más disparates y torpezas que el demonio le ofrezca a su corazón, no haga caso de ellas, apartando luego de allí los ojos del alma.

Porque semejantes cosas mucho mejor las vencerá no haciendo caso de ellas, que si quisiese atender o pesar en ellas, y estar altercando con ellas ni imagine que por eso ofende a Dios en algo, de que haya de confesarse, si del todo le desagradan, y les da luego de mano.

Los pecados que ha hecho son los que está obligado a confesar pero no son pecado las tentaciones, a que no ha dado consentimiento.

Una cosa es sentir en sí el mal, y otra consentir en él.

Muchos santos sintieron algunas veces en su carne movimientos viciosos, empero hicieronles contradicción, con la razón y voluntad.

No deje de comulgar, ni de ocuparse en otros ejercicios virtuosos, porque ordenándolo Dios sea fatigado de algún desamparo, tinieblas; pobreza interior o de otras semejantes angustias.

Bien es verdad, que entonces le serán penosos y desabridos sus ejercicios pero (si hace lo que es de su parte) a Dios le serán muy agradables.

No piense que están la santidad de la vida, en los grandes consuelos y dulzura interior: ni tampoco piense que aquella blandura sensible de corazón; con quien uno se resuelve fácilmente en lágrimas, es devoción cierta porque esa muchas veces la suelen también tener los herejes y los paganos.

La verdadera devoción es una buena voluntad con que el hombre se ofrece al servicio, honra y voluntad de Dios. Esta dura aunque el corazón esté seco y el alma estéril.

De manera, que no ha de desear el varón espiritual, desordenadamente la suavidad interior, mas con el mismo animo ha de carecer de ella, que tenerla.

Reciba los consuelos divinos con humildad, y con hacimiento de gracias, cuando Dios quisiere consolarlo, empero mire no use para su deleite de los dones de Dios, ni busque en ellos su último fin

Tan puro, simple, libre y sosegado ha de estar allá dentro, cuando Dios lo regala y visita con su benignidad, como sino sintiere nada.

Porque no es lícito buscar su descanso y quietud en los dones de Dios, sino en el mismo Dios.

Conozca que es totalmente indigno aún del más mínimo don de Dios.

Si mientras ora o reza, no puede estar atento, no por ello desmaye, porque también aprovecha la oración aunque sea distraída y la recibe Dios, con tal que semejante distracción sea contra la voluntad del que ora, o reza y con que el haga buenamente lo que es de su parte: ofreciendo a Dios su buen deseo perseverando con cuidado y reverencia en sus oraciones.

Así que no se ha de inquietar por eso, ni perder la paciencia, ni fatigarse mucho más, ha de resignarse en Dios humildemente y gozarse de que tiene un Dios tan bueno.

(…)

Quien estas cosas leyere, sea de manera, que proponga firmemente con el favor de Dios, de mostrar en sus costumbres lo que aquí lee: que de otra suerte poco o nada le servirá la lección

Trabaje pues cada día más, y más por mortificar en si toda propiedad, quiero decir, su propia voluntad y propio gusto, porque la naturaleza de continuo se anda mirando a la cara, y buscándose a sí misma, y su propio interés.

Trabaje por desarraigar de su corazón todas las pasiones y afectos viciosos y no desespere ni se turbe, aunque sienta en si muy poca mortificación,  y aunque haya de pelear muchos años contra sí mismo: porque quien aprende algún oficio, antes que lo sepa perfectamente trabaja en él mucho tiempo.

Y si saliere de esta vida, perseverando en semejante lucha, sin llegar a la perfección, con todo eso será bienaventurado, y será recibido en el gozo eterno de su Señor.

Así que pida, busque y llame con humildad y perseverancia a la puerta del benignísimo y liberalísimo Dios.

Porque orando de esta manera, a su tiempo recibirá todo lo que fuere necesario para agradar a Dios: recibirá al mismo Dios en un modo excelentísimo.

Persuádase lo que quisiere, vuélvase adonde se le antojare no es posible que aproveche, sino trabaja perpetuamente por morir a los vicios, y a todas las cosas de este mundo (pero de suerte que no confíe en su trabajo, sino en sola la misericordia y gracia de Dios).

Porque en la verdadera mortificación, y resignación está escondida la verdadera y alegre vida.

La cual tenga por bien de darnos el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, un Dios, que es bendito por los siglos eternos. Amén.

-“Las obras de Ludovico Blosio. Abad leciense, monje de San Benito, traducidas por Fray Gregorio, prior y predicador del Monasterio de San Martín de Madrid de la misma orden. 1609.”

Del Sacrificio de la Misa

Julio 30, 2009

Discurso sacado de las obras del P. Juan Croiset,

de la Compañía de Jesús.

mass1La religión no tiene cosa más santa, ni el mismo Dios pudiera hacer cosa mayor ni mas respetable que el sacrificio de la Misa: institución del todo divina, oblación santa, víctima de un precio infinito, sacrificio del cuerpo y sangre adorable de un Dios hombre, Pontífice sumo, igual en todo al mismo Dios. ¿Puede imaginarse cosa mas divina ni más digna de nuestro culto? Todo esto se halla reunido en este divino misterio.

El sacrificio de la Misa no solamente es acto de religión: es también por excelencia la maravilla de la religión misma: es, por decirlo así, el compendio de toda la religión.

Todos aquellos augustos sacrificios de la ley antigua, que Dios había Instituido y arreglado por sí mismo hasta las más leves ceremonias: aquellas majestuosas solemnidades que con tanta devoción se celebraban: aquella arca misteriosa, que no era permitido ni ligeramente mirarla: aquel Sancta Sanctorum donde el Sumo Sacerdote podía entrar una sola vez en el año; y en fin, aquel maná milagroso que Dios hizo caer del cielo para alimentar a su pueblo: todo esto era solamente sombras y figuras imperfectas de la majestad y excelencias del sacrificio de la ley de gracia.

La Misa es propiamente el tesoro de la Iglesia: es la obra más prodigiosa de la sabiduría y de la misericordia de Dios.

La Escritura dice que Salomón sacrificó al Señor veinte y dos mil bueyes y ciento y veinte mil carneros en la solemnidad de la dedicación del templo.

La Iglesia cuenta casi veinte millones de Mártires, que derramando su sangre por la fe, fueron otras tantas víctimas consagradas al Dios vivo.

¡Qué honra no diera a Dios el sacrificio voluntario de todas las criaturas!

Más todos estos actos de religión, y aun otros muchos más perfectos que pueden hacer las criaturas más nobles, no solo son inferiores, pero ni aun proporción tienen con la excelencia del sacrificio incruento de Jesucristo en nuestros altares.

Más honra se le da a Dios con una sola Misa, que la que se le pudiera dar con todas las acciones de los ángeles y de los hombres, por heroicas y fervorosas que fuesen.

La hostia inmaculada que en ella se ofrece en sacrificio a la Majestad de Dios es de un mérito proporcionado al mismo Dios a quien se ofrece.

¿Está Dios irritado? ¿Tenemos necesidad de nuevos socorros? ¿Nos hace gemir la violencia de nuestras pasiones? ¿Nos faltan los alientos con las enfermedades que nos oprimen? ¿Debemos dar gracias á Dios por sus beneficios? ¿Ó por ventura tenemos que satisfacer á su justicia?

En este solo sacrificio tenemos con que acudir á todas estas necesidades y pagar todas estas deudas. Se halla en él un caudal inagotable de satisfacciones y de méritos.

La Misa es un remedio universal: es el árbol de la vida. En ella recibe Dios los reconocimientos de aquel Hijo amado en quien tiene sus delicias: es una víctima que desarma su indignación: es un sacrificio de propiciación que no puede menos de serle agradable.

Esta es una de las verdades fundamentales de nuestra religión, y un punto esencial de nuestra fe.

¡Cuáles deben ser los sentimientos de admiración, de amor y de reconocimiento de todos los fieles con solo acordarse de este incomprensible beneficio! ¡Qué asombro! ¡Más qué respeto á vista de esta maravilla! ¡Con qué humildad deben asistir delante de una Majestad tan adorable! ¡Qué deseo tan ardiente deben tener de participar de estos divinos misterios! ¡Qué veneración no deben á los sagrados altares! ¡Qué respeto á estas augustas ceremonias!

¿Puede tenerse la osadía de comparar la compostura respetuosa con que se está delante de los grandes, á la que se debe tener mientras dura este divino sacrificio?

Porque ¿qué semejanza hay, ó qué sombra de proporción puede haber entre el respeto que se debe a Dios y el que se debe a los hombres?

Hay honores que se deben á los Príncipes: ¿y cuáles deben ser los que se deben á Jesucristo ofrecido en sacrificio sobre nuestros altares?

II

¿Más cuál debe ser la eficacia de la fe? ¿Cuál la pureza de la vida y la eminente santidad de los Ministros del Altísimo? ¿De estos mediadores visibles entre Dios y los hombres? ¿De estos Sacerdotes del Dios vivo, cuya dignidad reverencian los Príncipes de la tierra, y cuyo sagrado carácter es respetable á los mismos ángeles del cielo?

¿Pueden acercarse á los altares sin estar penetrados de un santo terror? ¿Pueden tener la hostia viva entre sus manos sin sentir los efectos maravillosos de su presencia? Moisés, del trato que tuvo con Dios en el monte, salió con rayos de luz sobre su rostro.

 ¿Puede el Sacerdote apartarse del altar sin nuevo fervor? ¿Sin una devoción y una virtud mas visible?

Y a la verdad, aunque no se tenga sino una ligera tintura de la religión cristiana, ¿se puede discurrir de otro modo? Pero en los que siguen esta santa ley ¿no se halla cuasi siempre una conducta del todo contraria?

Esos cristianos imperfectos que tienen una Misa por una devoción cansada: esos cristianos del mundo que por flojedad ó desgana dejan de asistir á los divinos misterios: esos licenciosos y esas mujeres vanas que asisten á él con todo el aparato de la disolución y falta de piedad, ¿conocen lo que confiesan que creen? ¿Ó por ventura creen lo que miran con tanta indiferencia, y aun lo que tratan con el mayor desprecio?

Los primeros cristianos tenían sentimientos tan religiosos y reverentes de este adorable sacrificio, que entre ellos á lo menos parecía vacilante en la fe el que asistía con poca devoción á una Misa. ¿Pudieran creer que estaban entre fieles si fueran testigos de nuestra religión y de nuestras escandalosas irreverencias mientras se celebran los misterios sagrados?

¡Cosa extraña es por cierto! Ninguna falsa religión ha habido, ninguna secta, aun la mas extravagante, que no haya tenido respeto y veneración á sus sacrificios, por supersticiosos y abominables que fuesen. El Príncipe, igualmente que el pueblo, no se atrevió jamás á intentar eximirse de esta ley. Entre los gentiles hubo quien se dejó abrasar la mano por no interrumpir ó alterar con algún movimiento irregular sus sacrílegas ceremonias. La idea sola de sacrificio hace religiosos á los más desenfrenados, aun entre los pueblos más toscos: y solo entre los cristianos, es decir, donde están la verdadera santidad y religión, ¿ha de ser donde el sacrificio del Dios vivo se trate con irrisión y con escándalo? ¡Cuántos asisten á la Misa con menos compostura que á un espectáculo! Lo cierto es que muchas veces se está en ella con menos decencia que en una visita de cumplimiento. No son ya irreverencias mudas y ocultas, son profanaciones manifiestas. Se asiste con la pompa mundana: en otras partes la falta de devoción procura encubrirse: aquí se hace ostentación de ella. Pues ¿qué acción hay más respetable? ¿Qué ceremonia en la cristiandad digna de más respeto, y que pida más religión?

III

¿Qué se hubiera dicho si en el Calvario, al acabar Cristo Señor nuestro de espirar, se hubiera visto á algún discípulo suyo con la misma inmodestia, disposición y falta de respeto con que se asiste á la Misa? ¡Cuantos fueran los que se indignaran! La Iglesia le mirara hasta el día de hoy como un apóstata. ¿Y qué dijeran aun los mismos que no tienen mas religión que él mientras dura la viva y real representación de este primitivo sacrificio?

¿Es acaso para honrar la humildad de Jesucristo, que está como anonadado en este estado de víctima, el llegarse á los altares con el traje mas profano, y con una vanidad la mas mundana y soberbia? Las pretensiones de distinción y preferencias que en las demás ocasiones no se disputan tanto, parece que no se tratan con calor sino en la Misa, i Qué delicadeza tan refinada! ¡Qué vanidad en la única muestra que se da de religión, aun al doblar las rodillas en presencia de una Majestad tan formidable! Sillas, almohadas mucho mas preciosas á veces que los ornamentos que sirven al altar, todo se emplea para recompensar, por decirlo así, á esos fantásticos adoradores del respeto y culto aparente que parece dan á Dios, y que en verdad mas se le dan á si mismos. No intento oponerme á los Usos y derechos legítimamente establecidos: la Iglesia no confunde las condiciones, sino que las autoriza, y quiere el buen orden; mas ¿podrá ver sin gemir que reinen la profanidad, la soberbia y el espíritu del mundo más afectado en los actos más esenciales de nuestra religión?

Aunque no hubiéramos tenido mas sacrificios que los que Dios había establecido por el ministerio de Moisés, decía un sabio, debiéramos siempre asistir con reverencia, debiéramos respetar aquellas carnes muertas, aquellos toros degollados y ofrecidos al Dios vivo, postrarnos siempre delante de aquellos altares cargados de ofrendas y votos, y seguir cuantas lecciones, cuantos preceptos dio Dios á su pueblo para enseñarle el profundo respeto con que debía asistir á estas religiosas ceremonias. Estas no eran mas que sombras y figuran del gran sacrificio de la ley nueva: y esto bastaba para hacerlas dignas de todo aquel respeto, y para infundir un santo terror á los que asistían á ellas. ¿Será menester traernos siempre á la memoria estas figuras y sombras para hacernos asistir con menos irreverencia al sacrificio incruento del cuerpo y sangre adorable de Jesucristo?

Nos admiramos de los terribles azotes de que se vale Dios para castigarnos. Es verdad que tenemos en la mano el medio de aplacar á un Dios imitado. La víctima que se ofrece sobre nuestros altares es muy poderosa para desarmarle; pero ¿se ignora acaso él rigor con que castigaba Dios la menor irreverencia durante el sacrificio? La justicia divina no ha perdido sus fuerzas: la víctima divina sacrificada por nuestros pecados se profana aun en la misma acción del sacrificio. La sangre, del Cordero divino, derramada para alcanzar misericordia, grita contra esta profanación y sacrilegio. El hereje, que no cree la presencia real de Jesucristo en la Misa, es impío; pero ¿es menos culpable el católico que la cree, y asiste á un misterio tan terrible con tanta irreverencia y falta de respeto?

IV.

Mas ¿de donde nace un desorden tan irreligioso y una indevoción tan común? ¿Nos falta la instrucción sobre un dogma que nos distingue de tantas sectas? ¿Se titubea en un punto de fe por el cual diéramos nuestra sangre? ¿Quién nos ha familiarizado con un desorden que horroriza al entendimiento del hombre que se acuerda de que es cristiano? Nazca de donde naciere esta abominación de la desolación en el lugar santo, nunca es menos culpable, ni la profanación menos escandalosa. Mas ¿no es de temer que la poca decencia y piedad de los que dicen la Misa contribuya mucho á la. indevoción de los que la oyen? Un Sacerdote indevoto en el altar hace un grande agravio á la religión. Mientras el pueblo vio que Jesucristo brillaba en medio de los doctores; cuando vio que se echaba á sus pies uno de los primeros de la Sinagoga , suplicándole que entrase en su casa para dar la salud á su hija; cuando le vio temido y respetado en el templo de los mismos que no le amaban , el pueblo le miró con veneración , le siguió con ansia, le honró como á su Rey y Mesías; pero cuando el mismo pueblo vio á este Salvador divino en manos de los Sacerdotes tratado con tanta indignidad, cargado de oprobio, mirado como un Rey de farsa, y que por irrisión doblaban las rodillas en su presencia, ¿mantuvo mucho tiempo los afectos de estimación, amor y respeto? La veneración que le había tenido se convirtió en breve en desprecio y en horror. No pudo imaginar que un hombre tratado tan indignamente por los Sacerdotes fuese el Mesías: desde entonces le miraron como á un impostor: milagros, doctrina y beneficios todo se olvidó. La incredulidad de aquellos á quienes respetaban como depositarios de la fe y de la religión pasó fácilmente al espíritu y corazón de todo el pueblo, y muy luego fue el Salvador del mundo la fábula y oprobio de él.

¡Qué maravillas hace, qué impresión causa en todos los que lo ven la piedad edificante de un Sacerdote en el altar y su fe cuando su devoción la hace sensible! lodo lo que se ve hacer con majestad se respeta.

Una Misa dicha con la religiosa compostura que se debe, es como un motivo de credibilidad. Aquel temor santo que se reconoce en el Ministro infunde en todo el pueblo un terror respetuoso: la unción’ sagrada que la presencia de Jesucristo le hace sentir, se derrama en todos los que le adoran. ¿Y puede dejar de tenerse una profunda veneración al sacrificio de un Dios vivo, cuando el Sacerdote que le sacrifica no desmiente la santidad de la persona á quien representa?

Pero cuando el Sacerdote no lleva al altar otra cosa santa y venerable sino las vestiduras sacerdotales; cuando se le ve sin modestia y sin aquella religiosa majestad que pide la celebración de nuestros misterios sagrados; cuando su indevoción conocida se opone tan visiblemente á su fe, que si no se hubiera de hacer juicio sino por lo que ven los ojos, se dijera que por irrisión ofrece el mas santo y formidable sacrificio, ¿hará mucha impresión en los presentes? ¿Alentará su fe? ¿Les infundirá aquella profunda veneración, aquel santo terror, aquella confianza y aquella piedad que no siente él en sí mismo?

Un ángel visible encomendado de los votos y oraciones del pueblo, su agente para con Dios, un depositario sagrado del cuerpo y sangre preciosa de Jesucristo, un intérprete de sus voluntades, su Ministro con el pueblo; todo esto es un Sacerdote en el altar; pero ¿lo parece siempre? Mas ¡qué infelicidad si no mantiene con majestad la grandeza y santidad de tan formidable ministerio!

V.

La Misa es la acción mas santa y la mas augusta de la religión. Este sacrificio se llama acción por excelencia: mas á la verdad ¿os esta la idea que nos da de él el Sacerdote en el altar? ¿Es esta la que él mismo tiene cuando ejecuta con tan poca reverencia y tanta indignidad la mas importante y majestuosa acción de la vida?

Quiere Dios que estén llenos de un pavor respetuoso los que están solo á la vista del santuario: Pavete ad sanctuarium meum (Lev. xxvi). Quiere Dios que no entren en él sino con la más perfecta pureza, con una singular modestia, una gravedad majestuosa y una santidad eminente. Estas son las disposiciones necesarias para entrar en el santuario; y ¿serán menos para subir al altar? ¿No son necesarias aun mayores para tan augusto sacrificio?

¿Bastará leer de carrera una serie de oraciones, y seguir por costumbre en cierto orden de acciones exteriores, que el mismo Sacerdote parece que hace con disgusto, cuando las hace con tan poca devoción y majestad? ¿Bastará no omitir en el altar nada de lo que es esencial al sacrificio, y no poner cuidado en él, haciendo despreciables á vista del pueblo tantas sagradas ceremonias con una indecencia irreverente? En una palabra, ¿decir la Misa con tan poca reverencia y respeto como si no se creyera en ella?

Aprende, Israel (exclama el Profeta) cual es el colmo de la abominación. Un Sacerdote que entre el vestíbulo y el altar, donde no debía tener sino los sentimientos de piedad que inspira el lugar santo, no se ocupa sino en deseos seculares y en pensamientos profanos, desacredita su religión con su inmodestia, y ya no respeta el lugar santo que profana, ¿De que términos se hubiera valido el Profeta, cómo se hubiera explicado si hubiese visto á los Sacerdotes de la nueva ley subir al altar, tener en sus manos el cuerpo y sangre de Jesucristo debajo de las especies de pan con tan poco respeto, y haciendo tan poco caso como si fuera el pan común y material? ¿Si los hubiera visto ofrecer este divino sacrificio con tanta indignidad? ¿Y mirar una Misa como un ejercicio de cada día y una ocupación de cumplimiento, como si fuese puramente un empleo lucrativo, y alimentarse todos los días de la carne y sangre del Cordero divino sin dejar de ser irreverentes y profanos? Increíble parece; pero en realidad es así: hay pocas acciones en la vida civil que no cumpliese un Sacerdote indevoto con más cuidado, atención y decencia que la que observa en la más santa y formidable, en la más importante función de su ministerio.

Jesucristo por la consagración sucede en la hostia en lugar del pan. ¿Siente por ventura el Sacerdote al tiempo de esta grande conversión una nueva devoción, acompañada de un temor santo? ¿Se aumenta su respeto? ¿Hace las ceremonias sagradas con más reverencia? La diferencia en el objeto es muy considerable: ¿se reconoce algún efecto de ella en el Sacerdote? Tiene presente á Jesucristo: ¿lo advierte? Y si lo advierte, ¿puede sentir más que medianos efectos de devoción?

¡Qué de preceptos, qué de prácticas, á qué menudencias descendió el Señor para arreglar las ceremonias que quiso se observasen al ofrecer el sacrificio de la ley antigua! Apenas bastaron libros enteros de la Escritura para señalar las reglas, y hacer con ellas que se supiese lo que ordenaba: mas quanta puntualidad exigía en la ejecución! Si no cumplieseis, dice el Señor, todas las ceremonias ordenadas, temed que caigan sobre vosotros todas las maldiciones: Venient super te omnes maledictiones istae. ¿El nuevo sacrificio es menos digno de respeto que el antiguo? ¿Le es menos agradable á Dios la celebridad de nuestros sagrados misterios que la solemnidad de lo que no era más que una pura figura de ellos?

No hay acción, no hay ceremonia en la Misa que no deba venerarse, que no deba hacerse con compostura y gravedad: los signos de cruz, las elevaciones de manos, las inclinaciones de cabeza, todo es en ella santo, todo es misterioso; no hay palabra que no sea digna de nuestra atención y respeto.

¡Qué circunspección, qué reverencia de culto, qué exactitud no es necesaria en todo lo que pertenece al divino sacrificio! En nada puede admitirse descuido: nada se puede omitir sin culpa. Un Sacerdote que ni siquiera atiende á lo mismo que hace en el altar; un Sacerdote que no parece que dice Misa sino para causar desestimación de una causa tan sagrada y para deshonrarla, ¿tiene por ventura excusa? ¿Su prisa por apartarse del altar da estimación a su ministerio y a la santidad de su religión?

¿Un recién convertido a nuestra fe podrá hallar un nuevo motivo de creencia en el modo poco majestuoso y devoto con que muchos Sacerdotes dicen la Misa? Y al verles distribuir al pueblo el cuerpo de Jesucristo muchas veces sin veneración, sin devoción ni gravedad, ¿sentirá crecer su fe en este acto? ¿Sentirá un hambre sagrada de la comunión?

Con vosotros hablo, ó Sacerdotes, que despreciáis mi nombre: Ad vos, ó Sacerdotes, dice el Señor. Y decís: ¿cuál es el desprecio que hacemos de vuestro nombre? Habéis sido escándalo de muchos: en vosotros consiste que no sea nulo el pacto que hice con Leví, y que el altar del Señor no sea despreciado, ¡Pues qué terribles castigos no debéis temer!

¡Qué dignidad más alta que la del Sacerdote evangélico! ¡Qué ministerio más divino! ¡Qué función mas santa y digna de respeto I A los Sacerdotes pertenece llevar cada día á los pies del trono del Cordero los suspiros, los votos, las necesidades y miserias de los fieles: el cielo ni se abre ni se cierra sino á su voz: Jesucristo obedece á su palabra. ¡A qué grado tan eminente de perfección obliga un estado tan perfecto! ¡Qué infelicidad, si los que deben ser la sal de la tierra, se hacen desabridos por falta de virtud! Si las piedras del santuario se convierten en piedras de escándalo, ¡cuan de temer es que las vestiduras sacerdotales que se le ponen al Sacerdote después de su muerte estén muy lejos de servirle de ornamento en los ojos de Dios! Ciertamente un Sacerdote indevoto en el altar es una gran paradoja para quien sabe lo que es el santo sacrificio de la Misa.

Dicen que se hace costumbre el hacer lo que se hace muchas veces. Es verdad que siendo tan limitada la perfección de las criaturas, en habiéndose pasado la sazón de la novedad, se puede fácilmente caer en el hastío. La frecuencia tarde ó temprano causa desprecio, descubriendo imperfecciones antes no conocidas. Pero el acto mas augusto y respetable de la religión ; el sacrificio de un Dios vivo, cuya víctima es un Dios mismo; el ministerio divino, cuya función respetan y aun envidian, por decirlo así, los ángeles mismos; la presencia real de Jesucristo entre nuestras manos: ¿todas estas cosas no han de despertar nuestra fe? ¿No nos han de infundir un nuevo respeto? ¿No harán que hallemos cada día nuevo gusto en aquel Señor que desean ver mas y mas las inteligencias del cielo? Y el descubrirnos cada día nuevas perfecciones en este divino objeto, ¿no nos incitará á tener cada día mas temor y reverencia?

VI.

¿Es acaso la Misa de aquel género de acciones cuyo mérito se toma únicamente del que las hace? ¡Pues qué cosa hay en la religión que sea mas digna de nuestro culto!

El altar es como un Tabor: ¿debe el Salvador ser menos oído, ó causar menos gusto porque se transfigure en él con más frecuencia que en el monte?

Los que tienen la honra de estar mas veces en la presencia de un Rey, ¿se acostumbran, por eso a hacerle la corte con menos respeto?

La honra infinita que tiene el Sacerdote de acercarse todos los días a la persona de Jesucristo, el privilegio de ofrecer todos los días el divino sacrificio, ¿puede ser razón para excusar su poca complacencia y falta de devoción?

¿Será una excusa mas admisible para autorizar la ligereza en dejar el altar, y la precipitación con que se celebra la Misa, el decir que es por atención a los que la oyen?

¿Que una Misa algo más larga, esto es, dicha con más devoción y respeto, cansa a los que la oyen, y hace que muchos se impacienten?

¿De cuando acá la poca devoción de los mundanos es regla y medida de la piedad de los Sacerdotes?

Si todos los Ministros de los altares dijeran la Misa con la majestad y devoción que exige un sacrificio tan santo, la alta idea que formaría el pueblo de tan grande acción sería causa de que nunca le pareciera largo el tiempo de estar en ella; antes se admiraran, como les sucedía a los primeros fieles, de que el Sacerdote pudiese dejar el altar, y de que los cristianos pudiesen ver sin sentimiento que se acababa la Misa: mas como no ven en el altar cosa que despierte la fe, ni que infunda veneración; un Sacerdote poco penetrado de la santidad de los divinos misterios, unas acciones poco respetuosas, unos ornamentos muchas veces viles y despreciables, un modo de tratarlos poco respetuoso; la Misa se toma como cualquier otro ejercicio de piedad, y cuando mucho como una pura ceremonia de religión, y de ningún modo como sacrificio tan divino como lo es.

Con esta falsa idea, con esta habitual indevoción efecto de una fe desmayada, y sostenida con la multitud de ejemplos de poca edificación; si un Sacerdote menos insensible a la presencia de Jesucristo, lleno de religión, ofrece con menos precipitación, esto es, con decencia y respeto este sacrificio soberano, la indevoción de los concurrentes se cansa, no les gusta tanta fe en el altar.

A la verdad, una demasiada prolijidad es reprehensible; pero si hay en la vida acción que deba hacerse con gravedad y decencia, y para eso observar con la mayor puntualidad las reglas aun las más menudas; si hay alguna que deba hacerse con un recogimiento de espíritu y una piedad extraordinaria, ¿no lo es el divino sacrificio, de la Misa?

¿Y para esto será mucho tiempo media hora para los que nunca tienen por largas las asistencias de muchas horas á los espectáculos y juegos, una infinita continuación de hacer la corte á los grandes, una servidumbre seca y estéril en un empleo de poco gusto, y al fin una ociosidad eterna?

A la verdad es preciso, según parece, que sea muy ligera la tintura de religión, y muy débil la fe, y aun que tenga un hastío declarado de Jesucristo el que se cansa tan presto y juzga tan largo el tiempo de estar en su presencia.

Si todos los Sacerdotes dijeran la Misa como Sacerdotes, es decir, con un verdadero espíritu de sacrificio, de piedad y de recogimiento, todo el pueblo la oiría como cristiano.

VII

Dícese que sí se subiera con menos frecuencia al altar, fuera menor la aceleración para descender de él; es decir, que fuera el Sacerdote menos indigno, según se cree, diciendo Misa ciertos días, y no diciéndola todos los días. Se dice más: que se le puede dar a Dios la misma honra con un amor vivo y tierno, y una humildad llena de respeto y temor. Sobre este principio se pregunta: si les es útil á todos los Sacerdotes que viven con cuidado de no incurrir en culpas y tienen virtud, celebrar todos los días; ó si muchos de ellos no sacarán mas fruto con un medio término entre amor y humildad, haciendo algunas veces que una de estas virtudes cediese á la otra: y se resuelve que este último partido es el mas útil y seguro.

Pero lo fuera sin duda si esta humildad no fuese defectuosa, y si el bien de que nos priva se pudiera recompensar con el bien que nos promete con esta separación. Pero ¡cuán de temer es que el amor propio nos engañé! No hay cosa mas sutil ni mas artificiosa que el amor propio cuando intenta deslumbrarnos y engañarnos que el discernir lo que hemos de hacer en el camino de Dios.

Tenemos religión, y conocemos la perfección y pureza que han de tener indispensablemente todos los que suben al altar á celebrar los sagrados misterios ¡Qué pureza de corazón! ¡Que mortificación de sentidos! ¡Qué desconfianza de sus propios deseos! ¡Qué vigilancia! ¡Qué recogimiento! ¡Qué recato! Para esto ¡cuántos trabajosos combates no son necesarios! ¡Cuánto cuestan las victorias!; Dígase lo que se dijere; no hay quien no se desaliente á esta vista y el amor propio, aprovechándose diestramente de este temor, recurre á un falso pretexto da humildad; y con el favor de esta engañosa luz de devoción, nos asegura, desembarazándonos de esta multitud de obligaciones que nos parecen molestas.

Se resuelve subir tantas veces al altar; pero esto es siempre para quedarse con más quietud y más descanso en su estado. Estos intervalos de humildad, que pueden llamarse suspensión de la devoción, dejan al amor propio tiempo para respirar: no se siente ya tan apremiado: la vigilancia y el esfuerzo tienen lugar de aflojar, y todas las pasiones se desahogan; y tanto menos desconfianza da esta astucia, cuanto mas especioso es el pretexto. Indignidad, temor reverencial y respeto mal entendido, ¡qué motivos más plausibles! Pero á fuerza de no llegarse al altar ¿se acerca mas el Sacerdote á Jesucristo? ¿Se conoce que los que dicen mas raras veces Misa sean mas devotos y menos indignos de decirla? Los Sacerdotes más virtuosos experimentan lo contrario. Un S. Carlos Borromeo, un S. Francisco de Sales, un S. Felipe Neri, un S. Francisco Xavier no juzgaron que había en el mundo cosa que nos pudiese recompensar la pérdida que tenemos con dejar un solo día de ofrecer este divino sacrificio: y estos grandes Santos no ignoraban el fondo de indignidad que se halla en los Sacerdotes mas santos, ni el mérito de una humildad respetuosa.

Esta virtud era ciertamente el motivo de rehusar S. Pedro que el Salvador del mundo le lavase los pies; pero esta humildad le hubiera sido muy nociva al Apóstol si se hubiera retirado con el pretexto de indignidad y respeto. No hay acción ni virtud en los hombres que pueda jamás acercarse al mérito y dignidad de lo que Jesucristo hace por sí mismo: ¿qué cosa se puede hacer que sea de igual valor?

Más ¿no se le puede dar á Jesucristo la misma honra con un amor vivo y tierno, y con una humildad llena de temor y respeto? Sin duda, si se habla solamente de un fruto, por decirlo así, que nace en nuestro suelo: mas ¿qué proporción hay entre la honra que le podemos dar á Dios con todas las acciones mas perfectas, y la que Jesucristo da a su Padre siempre que se le ofrece en sacrificio sobre los altares? Si no se hablara sino de un acto de caridad, acaso se podría hallar un acto de humildad tan perfecto, que sin que Dios perdiese nada de sus derechos, pudiese substituirse el uno por el otro; pero hablamos de la gloria infinita que recibe Dios del sacrificio divino: ¿y se quiere persuadir que un acto de humildad que hace un Sacerdote, absteniéndose por respeto de celebrar los misterios sagrados, sea de tanta honra de Dios como el sacrificio del cuerpo y sangre adorable de Jesucristo, que un amor vivo y tierno hace que un Sacerdote virtuoso ofrezca cada día en el altar?

Claramente se conoce la desproporción infinita de estos términos. Pues ¿por qué no se saca la consecuencia de que por cualquier motivo que el Sacerdote se retire del altar, le priva a Dios de una gloria, y a sí mismo de un bien que no puede compensarse con ningún acto de virtud?

VIII

¿Pero la religión es ciertamente el motivo de retirarse del altar? ¡Cuán de temer es que esta apariencia de religión y este respeto mal entendido no sean un velo para encubrir nuestra indevoción! ¡Y aun queremos ganar estimación con este pretexto!

Un respeto sinceramente religioso, una afectuosa y profunda veneración de nuestros divinos misterios está tan lejos de apartarnos del altar, que antes nos acerca mas á él por la santa disposición en que nos pone este temor respetuoso de subir á él con menos indignidad.

Se teme por el amor sincero y por el afecto que se tiene a Jesucristo no sea que se ofrezca indignamente el divino sacrificio. ¿A qué pureza de costumbres, á qué enmienda de vida incita una aprehensión tan religiosa? Hace apartarnos del comercio del mundo, hace mortificar el espíritu y el corazón, hace huir de todo lo que de manchar unas manos consagradas: no dejemos el altar, dejémonos á nosotros mismos, y para esto nada ayuda tanto como el mismo sacrificio; y este es el fruto mas útil que puede causar este religioso respeto.

¡Qué error, decía San Juan Crisóstomo, el hacer por una falsa idea de respeto mérito del intervalo y espacio de tiempo entre una y otra comunión, en lugar de aplicarse para adquirir aquella regularidad y pureza que es necesaria para comulgar bien! Non munditiam animi, sed intervalla temporis longioris meritum putantes. Si se le tiene al sacramento de Jesucristo todo el respeto que se le debe, y se quiere mostrar todo este respeto, nada debemos sentir mas, nada debe causarnos mayor dolor que el estar privados de la mesa divina, á la cual somos convidados; Unus sit nobis dolor hac esca privari. Cuanta mayor religión se tiene, tanto esta separación del altar nos debe ser más sensible.

El sacerdocio da poder para subir á él todos los días; pero impone una necesidad de que cada día la vida sea mas perfecta. El delito enorme de los hijos del Sacerdote Helí, por el cual fueron reprobados, fue retraer al pueblo del sacrificio: Peccatum grande nimis, quia retrahebant homines a sacrificiis Domini.

Se conoce y se confiesa que esas reliquias del espíritu del mundo, esos vástagos de las pasiones, esas reflexiones eternas del amor propio y de la vanidad, esos intervalos de flojedad y codicia, y al fin ese comercio con el mundo, retraen del sacrificio. ¿Pueden verse estos defectos con indiferencia y sosiego? Un Sacerdote debe ser menos hombre en cuanto es Sacerdote: su carácter, respetable á los mismos ángeles, le obliga á ser santo.

Zacarías perdió el uso de la lengua, y parecía que se habla vuelto otro hombre, solo con haber conversado algún poco de tiempo con un ángel en el santuario. ¿Qué efecto debe hacer en un Sacerdote la presencia real de Jesucristo sobre el altar y entre sus manos? ¿Después de haber hablado con Jesucristo tan de cerca, ha de gustar de conversar con los hombres? ¿No se debería decir de un Sacerdote que acaba de decir Misa lo que se dijo de Zacarías: Et cognoverunt, quod visionem vidisset in templo: Bien se conoce con quien viene de estar este Sacerdote, y qué vision ha tenido?

Martini, Antonio. Arzobispo de Florencia. Explicación del Santo Sacramento de la Eucaristía: como sacrificio y de los misterios, ritos y ceremonias de la misa. Madrid. Imprenta Real.1801.

Jaculatorias y Letanía al Santísimo Sacramento

Julio 28, 2009

BS 10

*

Jaculatorias a Jesús en el Santísmo Sacramento

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V. ¡Señor mío y Dios mío!

R. Oh Jesús, haz que yo sea tuyo, todo tuyo, siempre tuyo.

-

V. ¡Bendito sea el que viene en nombre del Señor!

R. ¡Hosanna en las alturas!

-

V. Oh Jesús, presente en el Santísimo Sacramento,

R. Ten piedad de nosotros.

-

V. Sea alabado y adorado para siempre.

R. El Santísimo Sacramento

-

V. Alabanzas y gracias se den en todo momento

R. Al Santísimo y Divinísimo Sacramento.

-

V. Te adoro en todo momento, oh vivo Pan del cielo, gran Sacramento

R. Ven, Señor, y no quieras tardar.

-

Oh Sacramentado Jesús, tened piedad de nosotros

*

Web

LETANÍAS AL SANTÍSIMO

SACRAMENTO

-

Señor, misericordia.

Jesús, misericordia.

Señor, misericordia.

Jesús, óyenos.

Jesús, atiéndenos.

Dios Padre celestial, ten misericordia de nosotros.

Dios Hijo, Redentor del mundo,

Dios Espíritu Santo,

Santísima Trinidad, un solo Dios,

Pan vivo, bajado del cielo,

Dios escondido, y Salvador,

Trigo de los escogidos,

Vino de vírgenes,

Pan sobre-sustancial,

Sacrificio perpetuo,

Ofrenda limpia,

Cordero sin mancha,

Mesa purísima,

Comida de Ángeles,

Maná escondido,

Suma de las maravillas de Dios,

Verbo hecho carne,

Habitante entre nosotros,

Hostia santa,

Cáliz de bendición,

Misterio de fe,

Sacrificio propiciatorio por vivos y muertos,

Antídoto contra el pecado,

Milagro estupendo,

Conmemoración santísima de la Pasión del Señor,

Recuerdo del amor divino,

Abundancia de la divina liberalidad,

Sacrosanto y augusto misterio,

Remedio que da inmortalidad,

Sacramento de vida,

Incruento sacrificio,

Comida del convite y Convidador,

Convite en que sirven los Ángeles,

Sacramento de piedad,

Vínculo de caridad,

Hartura de las almas,

Viático de los que mueren en el Señor,

Prenda preciosa de la gloria,

De la indigna comunión de tu cuerpo y sangre, Líbranos, Señor.

De la concupiscencia de la carne,

De la concupiscencia de los ojos,

De la soberbia de la vida,

De toda ocasión de pecado,

Por tu ardiente deseo de comer esta Pascua con tus discípulos,

Por la profunda humildad con que les lavaste los pies,

Por la ardentísima caridad con que instituiste este divino Sacramento,

Por tu preciosa sangre que nos dejaste en el altar,

Por las cinco llagas de tu sacratísimo cuerpo,

Pobres pecadores,

Que te dignes aumentar y conservar en nosotros la fe, reverencia y devoción á este admirable Sacramento, Te rogamos, óyenos.

Que te dignes conducirnos al frecuente uso de la sagrada Eucaristía con la verdadera confesión de los pecados,

Que te dignes librarnos de toda herejía, cisma y ceguedad de corazón,

Que tengas á bien concedernos los preciosos y celestiales frutos de este Santísimo Sacramento,

Que a la hora de la muerte te dignes confortarnos y defendernos con este Viático celestial.

Hijo de Dios, atiéndenos.

Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, perdónanos.

Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, atiéndenos.

Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, ten misericordia de nosotros.

Cristo, óyenos.

Cristo, atiéndenos.

Señor, misericordia.

Cristo, misericordia.

ORACION.

¡Oh Dios, que nos dejaste la memoria de tu Pasión en un Sacramento tan admirable! haznos la gracia de que veneremos los sagrados misterios de tu Cuerpo y Sangre, de modo que experimentemos continuamente en nuestras almas los frutos de tu Redención, ¡oh Salvador del mundo! que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

D. José de la Canal Presbítero. Manual del Cristiano para asistir al Santo Sacrificio de la Misa. Imprenta de Alegría y Charlain. Madrid. 1841

La Santa Comunión: medio principal para conseguir la perfección cristiana

Julio 28, 2009

Fundo en la sólida doctrina del Angélico Doctor este asunto. Dice el Santo, que el Sacramento del Bautismo es el principio de la vida espiritual; que los otros Sacramentos son una continuación de la dicha vida; siendo enderezados a preparar el alma, y a disponerla con su propia santificación a recibir la santísima Eucaristía: y que la Eucaristía es el fin de todos los Sacramentos, en la cual se consuma y perficiona la vida espiritual del Cristiano: “quia Baptismus est principium spiritualis vitae, et ianua sacramentorum. Eucharistia vero est quasi consummatio spiritualis vitae, et omnium sacramentorum finis, ut supra dictum est, per sanctificationes enim omnium sacramentorum fit praeparatio ad suscipiendam vel consecrandam Eucharistiam. Et ideo perceptio Baptismi est necessaria ad inchoandam spiritualem vitam, perceptio autem Eucharistiae est necessaria ad consummandam ipsam” (S. Thom. 3. p. q. 14. alias 73. art. 3. in corp.).

Pues si la vida espiritual toma su principio del Bautismo, el progreso de ella de los otros Sacramentos, y la consumación y complemento de la Eucaristía; es manifiesto que el uso de ésta, es el medio principalísimo para la perfección espiritual de nuestras almas.

Pero para imprimir esta gran verdad en la mente del piadoso lector, es necesario dar las razones, por las cuales de este divinismo Sacramento como de fuente copiosísima, mana toda santificación y perfección á las almas de los Fieles.

Ya se ha dicho desde el principio de este tratado, que nuestra perfección substancial consiste en unirnos a nuestro ultimo fin: porque así como un peñasco entonces está en el estado de su perfección, cuando se detiene en su centro, que es el fin de todos sus movimientos: y entonces está en su perfección una llama cuando descansa en su esfera, que es el término de todas sus agitaciones: así también entonces es perfecta un alma cuando se une con Dios, que es el fin para el cual ha sido criada: y tanto mas perfecta es, cuanto mas estrechamente se une con este su nobilísimo fin por el vinculo de la caridad.

Ahora, pues, este puntualmente, dice Santo Tomás, es el efecto del Sacramento de la Eucaristía en que se hace una representación de la pasión de Cristo, el perficionar nuestras almas, con unirlas a Jesucristo crucificado verdadero Dios y hombre: Sed Eucharistia est sacramentum passionis Christi prout homo perficitur in unione ad Christum passum ( S. Thom. in eod. art. ad 3.).

Y vuelve a repetir lo que antes había dicho esto es, que así como el Bautismo se llama Sacramento de la fe, virtud fundamental del Cristiano, por la cual se da principio á la vida espiritual; así la Eucaristía se dice Sacramento de caridad, por la cual uniéndose el alma á Dios con vínculo de amor, se da complemento a la vida espiritual: Unde sicut Baptismus dicitur Sacramentum fidei, quae est fundamentum spiritualis vitae; ita Eucharistia dicitur Sacramentum charitatis. Y en la cuestión siguiente dice lo mismo: Interim tamen nec sua praesentia corporali nos in hac peregrinatione destituit, sed per veritatem corporis, et sanguinis sui nos sibi conjungit in hoc Sacramento. Unde ipse dicit Joannis 6… Qui manducat meam carnem, et bibit meum sanguinem, in me manet, et ego in eo. Unde hoc Sacramentum est maxime charitatis signum ( Idem q. 16, alias 75. art I in corp).

Jesucristo, dice el Santo Doctor, no tuvo corazón de dejarnos privados de su divina presencia en la infeliz peregrinación de esta vida mas por medio de su cuerpo y sangre nos junta consigo en este Sacramento, como afirma San Juan.

Y por eso la Eucaristía es una señal clara de aquella caridad que une á Dios con el alma, y al alma con Dios.

Esta es la diferencia que pasa entre las viandas terrenas, y este manjar celestial que comiendo nosotros los manjares corporales, y cociéndolos con nuestro calor natural, los mudamos y convertimos en nuestra sustancia y de esta manera vamos recobrando aquellas partículas que insensiblemente se evaporan de nuestros cuerpos.

Pero este manjar del Paraíso, con el calor sobrenatural que enciende en nuestros corazones nos muda en su divina sustancia: de manera, que de hombres miserables que somos, nos hace que seamos otros tantos Dioses por la unión del Verbo humanado que en si contiene.

El sentimiento es de San Agustín: Cibus sum grandium; cresce, et manducabis me, nec tu me mutabis in te, sicut cibus carnis tuae sed tu mutaberis in me (S. Aug. Confes. lib. 7. cap. 10. ).

¿Hiciste alguna vez reflexión sobre la operación que hace el fuego, embistiendo una tabla, una viga, ó un tronco? Primeramente lo calienta, y después lo inflama, y desterrando todas las calidades contrarias de humedad y de frialdad, al fin lo convierte en su sustancia, y lo llega a hacer otro fuego semejante a si. Pues así, dice Dionisio Areopagita, obra Jesucristo en la santísima Eucaristía. Primeramente calienta nuestras almas con el calor suave del santo amor: después desterrando poco a poco las calidades contrarias de las culpas ligeras, y de las aficiones terrenas, las enciende en caridad, las transforma en si mismo, y las hace como otro Dios por amor (S. Dion. de Coelest. Hierarch)

De todo esto pueden ser testigos las Magdalenas de Pazzis, las Catalinas de Sena, las Teresas de Jesús, los Felipes Nerios, los Franciscos Xavieres , y mil otras almas santas, que llegándose á este Sacramento como a un horno de amor, se encendían al punto en ardentísimas llamas de caridad.

¿Y qué cosa eran aquellas enajenaciones de espíritu, aquellos excesos de mente, aquel perder los sentidos, aquellos arrobamientos, y aquellos éxtasis que padecían estas almas afortunadas al recibir la Sagrada Eucaristía?

¿Eran acaso otra cosa que llamas de amor que levantaba en ellas este divino pan, por las cuales, perdiéndose totalmente á si mismas, se transformaban con intima unión en su Señor Sacramentado?

Y aquellas lágrimas suaves que salían de los ojos de tantos siervos de Dios al llegarse á la Mesa de la Eucaristía, ¿no eran alambicadas por aquel fuego de amor que encendía en sus corazones este pan de los Ángeles?

Tuvo, pues, razón de decir el Areopagita, que Jesucristo en la Eucaristía es un fuego de amor que inflama y consume a quien se llega a él, transformándolo en otro fuego de caridad.

Tuvo razón San Agustín de afirmar, que la santísima Eucaristía es un manjar divino que convierte en si mismo á quien le come, haciéndole llegar á ser como otro Dios por participación, por medio de la unión con la Divinidad.

Mas porque estas transformaciones estáticas y gratuitas son mas para ser admiradas que para ser deseadas, traeré el ejemplo de otra transformación amorosa, y propia de este Sacramento, que pueden todos desear, porque todos la pueden conseguir.

Santa Liduina en el principio de sus gravísimas enfermedades, se mostraba no menos débil en el cuerpo que en el espíritu, en la tolerancia de sus penas (Sur. 13. Apr. in vit. S. Lid. part. i. c. 4,).

Vino por divina disposición á visitarla un gran siervo de Dios, llamado Juan Por, y hallándola no del todo resignada en la tolerancia de sus males, la exhortó a meditar a menudo la dolorosa pasión del Redentor, para animarse a padecer con la memoria de sus penas.

Le prometió que lo haría la afligida enferma. ¿Pero qué? pensando en los dolores de Cristo, no hallaba pasto alguno, toda consideración le era insípida y desagradable, y no sacaba consuelo alguno, ni conforte. Por lo cual tornó como antes a los lamentos y a las quejas. Vino nuevamente el dicho Juan á visitarla, y le preguntó ¿cómo se había ejercitado aquel tiempo en la memoria de la pasión de Cristo, y qué provecho había sacado? Respondió la enferma: Padre, el consejo que me habéis dado es muy bueno, pero la acerbidad de mis dolores no permite que yo halle algún sabor, ni reciba algún alivio en la meditación de los tormentos que el Redentor sufrió por nosotros.

Con todo eso tornó el siervo de Dios a inculcarle este devoto ejercicio como remedio particular para sus grandes males: y esta vez su consejo surtió algún buen efecto.

Mas porque no veía aun el hombre celoso todo aquel provecho que en ella deseaba, y que era necesario para su perfección, tomó otra resolución. Volvió a visitarla, trayéndole como a persona enferma é impedida de ir á la Iglesia, la Santísima Eucaristía: y después de haberla comulgado, le dijo estas palabras: Hasta ahora te he exhortado yo a una memoria continua de la pasión del Redentor como medicina proporcionada a tus males: ahora te exhorta el mismo Jesucristo en persona. ¡Cosa verdaderamente maravillosa!

 Apenas hubo tragado Liduina la sagrada partícula, cuando se le encendió en el corazón un sentimiento tan vivo de los dolores de Cristo, y un deseo tan ardiente de imitarle en sus penas, que prorrumpió en un deshecho llanto, y prosiguió en él desde aquel mismo punto por espacio de quince días continuos, sin poder refrenar jamás las lágrimas.

Después le quedaron tan altamente impresos los tormentos de su Señor, que siempre de día y de noche los tenía delante de los ojos de su mente: y le daban grande ánimo y grande esfuerzo para padecer por quien había tolerado tan malos tratamientos por ella. Con el progreso del tiempo se le llegaron a pudrir las carnes encima, y a estar en gran parte roídas de gusanos. Llegósele a pudrir el interior con dolores acerbísimos y casi intolerables: y ella animada con la pasión de Cristo, que tenia siempre presente, daba alabanzas y gracias a Dios, y deseaba padecer mas.

Llegó hasta decir, que no le parecía que era ella la que padecía, sino que Jesucristo era quien padecía en ella: Ex ardenti Passionis Christi meditatione, adeo inflammata fuit, ut non se, sed Christum Dominum in se pati, diceret.

Note aquí bien el lector, cuán bien dijo el Angélico arriba citado, que en la Eucaristía se hace el hombre perfecto por la unión con Cristo dolorido y atormentado: Homo perficitur in unione ad Christum passum.

Pues uniéndose Liduina con el Redentor atormentado, por medio de la Comunión, se hizo una gran Santa, o por mejor decir, una de las Santas mas pacientes que haya tenido la Iglesia de Dios: a lo menos es cierto, que de aquella Comunión tuvo principio su gran santidad.

¿Quién puede, pues, dudar, de que la santísima Eucaristía sea un medio principalísimo de nuestra perfección, cuando nos junta, no solo con amor sensible, sino también con afecto sólido de imitación con nuestro último fin?

Pero San Juan Crisóstomo no se contenta con decir que en la Comunión el alma de los fieles se une con el Redentor, y se transforma en él por amor; sino que pasa adelante á afirmar que nuestro miserable cuerpo se une con el Cuerpo santísimo de Jesucristo de manera, que de dos cuerpos resulta uno solo y así como si á un hombre degollado se le uniese una cabeza de aquel cuerpo, juntamente con aquella cabeza unida, se vendría á formar un cuerpo entero, perfecto y sano: así dice el Santo en la sagrada Comunión, uniéndonos nosotros como miembros a nuestra cabeza, que es el Redentor, de dos cuerpos se hace uno solo (S. Chrys. hom. 45. in Joan.): Ut non solum per dilectionem, sed re ipsa in illam carnem convertamur, per cibum id efficitur, quem nobis largitus est. Cum enim suum in nos amorem indicare vellet, per corpus suum se nobis commiscuit, et in unum nobiscum redegit, ut corpus capiti uniretur. Hoc enim amantium maxime est.

Y en otra homilía repite lo mismo: Propterea semetipsum nobis immiscuit, et corpus suum in nos contemperavit, ut unum quid simus tamquam corpus capiti coaptatum: ardenter enim amantium hoc est (ídem hom. 61. ad pop. Antioch.).

Dice el Santo Doctor, que Cristo en este Sacramento mezcla en cierto modo su santísimo Cuerpo con el nuestro vilísimo; de manera que se hace un solo cuerpo bien ajustado a su cabeza; y esto en señal del ardentísimo amor que nos tiene.

Parece que no se puede decir más para expresar la estrecha unión que se hace del hombre con el Verbo Encarnado en este augustísimo Sacramento, sin embargo, San Cirilo Alejandrino pasa más allá a mayores expresiones.

Tómese, dice el Santo, un pedazo de cera, arrímese al fuego para que con su calor se derrita: tómese otro pedazo, y con el mismo calor se derrita; y después dejese escurrir la una en la otra hasta que vayan a mezclarse y a confundirse en un mismo lugar. ¿Quién sabrá en este caso discernir la una de la otra? ¿Quién podrá separarlas jamás? así dice el Santo, viniendo dentro de nosotros el Redentor, se mezclan nuestras miserables carnes con sus carnes gloriosas a manera de dos ceras derretidas; y viene a formarse, casi dije, la masa de un mismo cuerpo. De suerte, que no nos unimos solamente con Jesucristo en espíritu con las ataduras de la caridad; sino que también nos unimos con su mismo cuerpo por una cierta natural participación.

¡Oh Sacramento lleno de clemencia, de dignación, y de piedad! ¡Oh señal de verdadera unión! ¡Oh vinculo de perfecta caridad, por la cual tan estrechamente nos unimos con el alma y con el cuerpo con nuestro amantísimo Redentor!

Y vea juntamente cuanta verdad sea lo que dice el Angélico, que en este Sacramento se consuma, y se perficiona, como en su término, la vida espiritual del Cristiano; y consiguientemente, que este es el medio principalísimo para llegar a la cumbre más sublime de la perfección.

Giovanni Battista Scaramelli S.J. Directorio ascético.Ed. Don Josef de Urrutia. Madrid. 1789

Disposiciones próximas que debe tener la persona devota para recibir la Santa Comunión

Julio 24, 2009

Se exponen aquí solamente las disposiciones próximas, no tratándose nada de las remotas que se deben poner mucho antes, consistiendo éstas en una gran perfección y santidad de vida muy conveniente para recibir al Monarca de los Cielos.

Hablo sólo de aquellas disposiciones que deben ponerse poco antes que la persona se llegue a recibir la santa Comunión, como necesarias para adquirir aquellos efectos de perfección que se derivan de este manjar del Paraíso.

Para que una cepa sea fecunda para producir sus frutos, no basta que esté unida y sustentada del olmo; sino que es menester que no esté seca ni privada de su vida vegetativa, como también que no esté privada del humor necesario para producir sus dulces racimos.

Así para que un alma saque de la santa Comunión los efectos de perfección, no basta que se una materialmente en el Sacramento con Cristo, que es nuestro verdadero apoyo, sino que es menester que no esté privada de la vida de la gracia; porque si a manera de vid seca y muerta se une con el verdadero árbol de la vida, que es el Redentor, no será ciertamente capaz de producir frutos de vida eterna.

Celebrando San Piamon la santa Misa, vio al lado del Altar a un Ángel de bellísimo aspecto, que tenía en la mano un libro de oro, y en él escribía los nombres de todos aquellos Monjes que se llegaban al Altar para recibir el Cuerpo glorioso del Redentor. 

Pero observó, que viniendo algunos de aquellos Monjes a la Sagrada Comunión, tenía el Ángel suspensa la pluma y no escribía sus nombres.

Acabado el santo Sacrificio, llamó a si el Santo a todos aquellos Religiosos, cuyos nombres no había escrito el Ángel: pidió á cada uno exacta cuenta de su conciencia, y halló, que todos estaban manchados con culpa grave.

Les indujo a todos á una verdadera penitencia: y volviendo después á ofrecer el santo Sacrificio, vio que el Ángel escribía también los nombres de estos en el libro de la vida ( In vitis PP. vita 21. S. Piamonis).

Nótese, que aunque aquellos infelices Monjes se unían como los otros corporalmente a Cristo Sacramentado; sin embargo, siendo vides secas y muertas ya a la gracia, quedaban inhábiles para recibir del Cuerpo vital de Jesucristo frutos de vida eterna: y por eso no eran notados del Ángel en el libro de la vida.

A más de esto es menester, que el alma no se llegue a la Comunión disipada y distraída; sino que esté llena del jugo de la devoción: de otra suerte a manera de vid viva sí, pero infecunda, no será capaz de recibir de la unión con Jesucristo copiosos frutos de salud y de perfección, como dice Santo Tomás: “effectus huius sacramenti non solum est adeptio habitualis gratiae vel caritatis, sed etiam quaedam actualis refectio spiritualis dulcedinis. Quae quidem impeditur si aliquis accedat ad hoc sacramentum mente distracta per peccata venialia.” ( S. Thom. 3. p. q. ao. alias 79. art. 8. in corp.)

Dice el Santo, que es efecto de este Sacramento, no solo el aumento de la gracia habitual y santificante; sino también una cierta refección espiritual, que refocila el espíritu, y lo hace robusto para ir adelante en el camino de la salud y de la perfección. Mas este efecto, dice, que se impide, si la persona se llega con la mente distraída e indevota, cometiendo culpas ligeras.

Esta devoción, pues, que debe ser el último aparejo para recibir este pan de Ángeles, en tres actos, según mi parecer, principalmente consiste.

Lo primero en actos de viva fe: lo segundo en actos de profunda humildad; y lo tercero en actos de ardentísimos deseos.

Antes de llegarse a la sagrada mesa, avive cada uno la fe, y crea que debajo de los sagrados accidentes de la Hostia, aunque por de fuera muestre tan poco aparato, está escondido aquel Dios humanado, que reina en el Cielo á la diestra del Eterno Padre, y con su bienaventurado rostro llena de alegría, de gozo, y de júbilo á todo el Paraíso. Crea esto con mayor firmeza que si viese con sus ojos, y tocase con sus manos aquellas carnes gloriosas.

Esta era la fe que tenía San Luis Rey de Francia hacia este divinismo Sacramento. Porque celebrándose Misa en la Capilla Real, sucedió que al elevar la Hostia consagrada apareció á los ojos de todo el Pueblo Jesucristo reducido allí en forma de un hermoso y resplandeciente niño. Fue rogado el Sacerdote de no retirar las manos hasta que fuese avisado el Rey del milagroso suceso, para que él tuviese también el consuelo de hallarse presente á tan gustoso espectáculo. Y al punto corrieron algunos de sus Cortesanos a su sala para hacerle saber el suceso mas el Señor Rey les respondió de esta suerte: Vaya en hora buena á mirar semejantes prodigios quien no cree que Jesucristo está presente en la Hostia consagrada  que yo lo creo mas firmemente que si lo viera con mis ojos y no quiso salir de su retrete. Tenga la persona espiritual semejante fe, y no dude que sacará de la santa Comunión efectos de santidad.

A la fe añada la humildad, la reverencia, y un sagrado temor de la Majestad y grandeza de aquel Dios que ha de recibir. Figurese a este fin, como se lo figuraba San Juan Chrysóstomo, que ve alrededor del Sacerdote, y alrededor del altar en que reside Jesús Sacramentado, una gran multitud de Ángeles: figurese que los ve venir del Cielo á escuadras, para honrar con dulces cánticos, y con profundas adoraciones a su Rey: Per id tempus, Angeli Sacerdoti assident, coelestim potestatum universus ordo clamores excitat, locus altari vicinus in illius honorem, qui immolatur, Angelorum choris plenus est: id quod credere abunde licet vel ex tanto illo sacrificio, quod tunc peragitur (S. Chrys. lib. de Sacerd.).

O si no en el tiempo en que se celebra el incruento sacrificio imagínese, que ve abrirse los Cielos en un majestuoso teatro, y bajar Jesucristo acompañado de Coros Angélicos con gran pompa de gloria, y con todo el tren debido á su Divina Majestad, como se lo imaginaba San Gregorio ( S. Greg; Dialog. 1.4. C. 5O) ): Quis fidelium babere dubium possit in ipsa immolationis hora ad Sacerdotis vocem cáelos aperiri, in illo Jesu-Christi ministerio Angelorum choros adesse; summis ima sociari; terrena caelestibus jungi; unumque ex visibilibus,  invisibilibus fieri.

Después haciendo reflexión sobre la propia miseria, confróntela con tanta grandeza y tanta gloria: y con una tal comparación abátase con prontos sentimientos de humillación, de reverencia, de veneración, y de un santo temor;  y vaya repitiendo con el Centurión : Domine non sum dignus, ut intres sub tectum meum;  conforme lo enseñaba Orígenes á los Fieles desde los primeros siglos de la Santa Iglesia: Quando sacrum cibum illum illudque incorruptibile accipis epulum, quando vitae pane,  poculo frueris, manducas Corpus, & Sanguinem Domini, tunc Dominus sub tectum tuum ingreditur. Et tu ergo humilians te ipsum, imitare hunc Centurionem, & dicito: Domine non sum dignus ut intres sub tectum meum (Orig. hom. 5.). Cuando recibes, decía el citado Padre, aquel sagrado manjar, aquella vianda incorruptible, aquella bebida, y aquel pan de verdadera vida, y comes el Cuerpo y Sangre del Redentor, entonces entra Dios en tu casa. Humíllate entonces profundamente, e imita al Centurión, diciendo: Señor, yo no soy digno de que entréis en esta vilísima casa.

San Gerónimo, gran Doctor de la Iglesia, estando moribundo pidió el santo Viático: y acercándose a su aposento la Sagrada Eucaristía, se hizo poner sobre la desnuda tierra: y después recogidos aquellos pocos espíritus que le hablan quedado en aquel extremo, se puso de rodillas sobre el pavimento, é inclinándose profundamente, y golpeándose el pecho, recibió el Cuerpo Sacrosanto del Redentor.

San Guillermo, Arzobispo del Orden del Cister, estando vecino a morir, pidió con grande instancia la Santísima Eucaristía; y aunque se hallaba tan extenuado de fuerzas, que no podía revolverse de un lado a otro, antes ni aun tragar una gota de agua sin embargo, al llegar Jesucristo Sacramentado, se arrojó improvisamente de la cama con pasmo de los circunstantes, y a manera de una llama débil, que en un relámpago de luz súbitamente se aviva, se fue al encuentro de su Señor: muchas veces se arrodilló, muchas veces se inclinó profundamente para adorarle: y entre estos actos de humildísima reverencia lo recibió.

Semejantes esfuerzos practicados de estos grandes siervos de Dios en su muerte, muestran la grande veneración que nutrían en su corazón hacia el Santísimo Sacramento, y la grande humildad y obsequio con que estaban acostumbrados a recibirlo.

Pero aún me causa mas admiración lo que se lee de aquel apóstata infame, y rebelde contumaz de la Iglesia Enrique octavo: es a saber, que después de haber vuelto totalmente las espaldas a la fe Católica, después de haber confundido todas las cosas sagradas y profanas, y después de haber perdido todo sentimiento de honestidad y piedad; solo no perdió cierto sentimiento de veneración al Santísimo Sacramento. Porque hallándose el infeliz cerca de morir, pidió la santa Comunión; y antes de recibirla, se levantó de la silla en que estaba sentado (por no poder por su enfermedad estar echado en la cama) y postróse de rodillas en tierra. Le fue dicho de los Herejes Zuinglianos que estuviese sentado; porque estando enfermo, no era indecente el comulgar en aquella postura. Respondió él:  Si yo no solo me echase en tierra, sino que me sumiese aún debajo de la tierra, no me parecería que daba bastante honra a este Santísima Sacramento. Concluye después el Historiador así : Utinam ín omnibus tallis! Et fuisset indubie, ni si perditorum consiliis, ac propriis conscientiis nimium acquievisset (Sander. lib. de Schism. Angelic,). ¡Pluguiera a Dios que tal se hubiese mostrado en todas las otras cosas! Y tal ciertamente hubiera sido, si no hubiese dado oídos a los consejos de hombres perversísimos, y a los pésimos dictámenes de su delincuente conciencia.

Ahora, si un enemigo jurado de la santa fe procede con tanta reverencia hacia el Sacramento del Altar en el acto de recibirlo, aunque indignnamente  ¿qué deberá hacer un Católico que tiene verdadera fe? ¿Qué deberá hacer una persona espiritual, que tiene en la mente una luz un poco más clara de fe? ¿Con qué humildad interior, con qué obsequio, con qué temor reverencial deberán semejantes personas llegarse á la sagrada mesa, para refocilar su espíritu con este pan del Cielo?

Advierta la persona devota, que aparejándose á la santa Comunión, no debe parar en esta humildad, reverencia, y temor respetuoso para recibir el Cuerpo de su Señor; sino que después de haberse ejercitado en semejantes actos, ha de pasar á despertar en sí misma un santo amor que la ponga en un grande deseo de recibir en la habitación de su corazón á este huésped divino.

Este es puntualmente el tercer afecto que propuse por aparejo, para recibir a Cristo Sacramentado.

Embébase, pues, el alma en la consideración del grande amor, y de la suma bondad de Dios, que maravillosamente resplandece en este gran Sacramento: pues no obstante su infinita grandeza, y nuestra extrema vileza, quiere venir á nuestro pecho, quiere incorporarse con nuestro miserable cuerpo, y quiere unirse estrechamente con nuestro espíritu.

Enamorese de tanta bondad: provoque su corazón a amar a quien tanto le ama. De aquí por una cierta connaturalidad nacerán ardientes deseos de unirse con el objeto amado: Nemo igitur, dice San Juan Chrysóstomo, nauseans accedat, nemo resolutus; sed incensi, ac ferventes omnes accedant ( S. Chrysost. hom. 83. in Mátth.). Ninguno se llegue con nausea y disgusto, sino todos fervorosos y encendidos en vivos deseos.

Mirad, prosigue el Santo, con cuánta ansia los niños se aplican a los pechos de su madre.

Pues con el mismo ardor debemos también nosotros aspirar á esta mesa celestial, y debemos aplicar los labios a este cáliz divino: con el mismo, y aun con mayor deseo debemos anhelar, como niños de leche, al seno de nuestro amantísimo Padre Jesucristo, para gozar de la dulce leche de su gracia: y la única pena nuestra, y nuestro único dolor ha de ser el estar privados de este espiritual alimento.

Para encender en nosotros antes de la Comunión estos ardientes deseos, podemos considerar en nuestro Redentor varios caracteres todos propios de su infinita bondad.

Podemos, digo, considerarlo ahora como esposo amante que desea unirse con nuestra alma: ahora como Amigo fiel que viene á consolar á nuestro espíritu: ahora como Padre amoroso que está con los brazos abiertos para estrecharnos dulcemente a su seno: ahora como Medico piadoso que viene con el bálsamo de su gracia a cicatrizar las heridas de nuestra alma , y a sanarla de sus enfermedades: ahora como amantísimo Pastor que viene á nosotros sus pobres ovejas a apacentarnos con sus mismas carnes, y darnos á beber su propia sangre: ahora como Conductor y guía fiel que nos viene a encontrar para señalarnos con sus luces el camino de la perfección, y a confortarnos con sus internas inspiraciones para caminar por él velozmente.

Y sobre todo, debemos siempre considerarle como nuestro sumo y único bien, que viene para llenarnos el seno de mil bendiciones.

Después de estas devotas reflexiones: Accedamus, diré con el Damasceno, ardenti cupiditate ad eum adeamus manibusque in crucis formam compositis, crucifixi corpus suscipiamus (S. Damasc. lib. 4. orthod. fid. c. 4.). Acerquémonos con ardientes deseos, y con las manos juntas en forma de cruz recibamos a nuestro Dios crucificado.

Cuanto fuere mejor este aparejo conque nos dispusiéremos á recibir el Cuerpo Sacratísimo del Redentor, tanto serán mas copiosos los frutos que sacaremos de la Comunión, y tanto mas eficaz medio será éste para conducir á grande perfección la vida espiritual de nuestra alma, como dice Santa Catalina de Sena (S. Catar. Dialog. 10.), y explica muy bien con la paridad de varias velas encendidas: Como encendiéndose muchas candelas, todas reciben sin duda luz, calor, y color, pero mas aquella que es de mayor grandeza: así al recibir la sacrosanta Eucaristía, todos reciben la gracia, pero recibe mucho mas aquel que está mejor dispuesto, y con mas capacidad.

 Puede explicarse esto mismo con la paridad de quien va a buscar agua á la fuente, que cuanto es mayor el vaso que lleva, tanto es mas el agua que trae consigo.

Así, cuanto mas dilatáremos los senos del alma con la fe, con la humildad, con la veneración, y con los fervientes y amorosos deseos, tanto será mas abundante la gracia, y tanto mas copiosos los auxilios que recibiremos para la perfección de esta fuente de gracias.

Cuéntase en la Historia del Orden Cisterciense, que comulgando un santo Monje, recibía sensiblemente de la santa partícula una inefable dulzura en el paladar, la cual le duraba a veces por un día, a veces por tres días, y a veces por una semana entera.

Hubo una vez de reprender el buen Religioso a un amigo suyo, por no sé que yerro que había cometido; pero en el acto mismo de hacer la corrección, traspasó algún tanto los términos de la moderación y los confines de la caridad cristiana.

Y no haciendo caso alguno de esta su falta, atribuyéndolo todo a desahogo de santo celo, se fue conforme tenía de costumbre a comulgar.

Mas esta vez la santa Hostia que antes le parecía mas dulce que el néctar, y mas suave que la miel, se le hizo sentir mas amarga que los ajenjos, y mas desagradable que la hiel.

Se horrorizó el Monje á un tan infausto é inopinado suceso: y haciendo reflexión que esto no podía provenir de otra cosa que de aquella poca mansedumbre y caridad que había practicado con su prójimo, hizo áspera penitencia.

Aquí vea el lector, que el Sacramento obra a proporción de las calidades buenas ó malas que halla en nosotros. Por eso aparéjese del modo dicho si quiere sacar efectos de perfección y santidad.

Giovanni Battista Scaramelli S.J. Directorio ascético.Ed. Don Josef de Urrutia. Madrid. 1789

La Santa Misa desde casa

Julio 24, 2009

Cuando por estar enfermo no puedas asistir a la Iglesia donde se celebra el santo Sacrificio de la Misa, será bueno que desde tu casa hagas la siguiente:

Oración

Invitado por el sonido de las campanas, pero imposibilitado de seguir su voz, quiero, Dios mío, asistir en espíritu al templo santo donde ahora va a celebrarse el santo sacrificio de la Misa.

Aceptad, Señor, los deseos de vuestro siervo, y aplicad a mi alma los frutos de vuestra Pasión y Muerte, los cuales se conmemoran en la santa Misa; perdonadme todos mis pecados.

Por vuestras manos duramente clavadas al madero de la cruz, bendecid las mías para que no cometan la maldad; por vuestros benditos pies cruelmente atravesados por los clavos, guiad mis pasos para que no se aparten de la senda de la virtud.

Por vuestra sagrada cabeza coronada de espinas, despertad en mi mente pensamientos de dolor de mis pecados y de amor a vuestra infinita bondad.

Por vuestro santísimo cuerpo lacerado por la flagelación, conservad el mío libre de pecado; dadme paciencia en el dolor, victoria en la lucha contra los enemigos de mi alma y fidelidad a vuestra santa ley; me uno también a las intenciones de vuestro ministro y con él os ruego por toda la Iglesia.

HACIA LA CONSAGRACIÓN

Oración

De nuevo, Jesús mío, se reproduce el admirable prodigio de la última cena, poniéndoos a las palabras del sacerdote bajos las especies de la sagrada Eucaristía.
Arrodillado en espíritu ante vuestra divina presencia, os adoro bajo las especies de pan y vino. ¡Jesús, Hijo de David, tened misericordia de mí!
Purificad mi alma y santificadla para que sea digna de veros cara a cara y adoraros por toda la eternidad en el cielo.

Ahora mientras dura la santa Misa puedes pensar en el valor del alma, ser espiritual creado para conocer y amar a Dios; en la levedad de tus padecimientos comparados con los que el inocente Jesús padeció por tu amor, y en la gloria y felicidad que te proporcionarán se los llevas con paciencia: “Breve penar, eterno gozar”.

Anímate a llevar la cruz siguiendo a Jesucristo y termina con encendidos afectos de amor y propósito de sufrir con paciencia y generosidad; lo que el buen Jesús quiera que padezcas, diciéndole con todo corazón.

En la paz y en la tribulación, os amaré, dulcísimo Jesús.
En la abundancia y en la pobreza,
En la prosperidad y en la desgracia,
En la honra y en el desprecio,
En la alegría y en la tristeza
En la vida y en la muerte
En el tiempo y en la eternidad

Pídele por intercesión de la Santísima Virgen María la gracia y fortaleza que al efecto necesitas, rezando tres Ave María.

Nueva Ancora de salvación. Ed. Augusta. Bs. As. Nihil Obstat 1944. Imprimatur 1944. Págs: 69-73.

El sueño del elefante

Julio 20, 2009

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SAN JUAN BOSCO

Era el 6 de enero de 1863 y todos los alumnos, aprendices y estudiantes reunidos, esperaban ansiosos el aguinaldo. Recitadas las oraciones, subió el buen padre a la tribuna de costumbre y empezó a hablar así:

Esta es la noche del aguinaldo. Todos los años, por las fiestas de Navidad, acostumbro elevar oraciones a Dios para que se complazca inspirarme un aguinaldo que os pueda ser útil. Pero este año he redoblado las plegarias considerando el crecido número de alumnos. Transcurrió el último día del año, llegó el jueves, el viernes, y nada de nuevo.

La noche del viernes fui a descansar, cansado por los trabajos del día, y no pude dormir durante la noche, de modo que por la mañana me levanté postrado y medio muerto.

No me apuré por esto, antes al contrario me alegré, porque sabía que ordinariamente cuando el Señor está para manifestarme alguna cosa, lo paso muy mal la noche anterior.

Proseguí por tanto mis habituales ocupaciones en el pueblo de Borgo Cornalense y el sábado por la tarde llegué entre vosotros.

Después de confesar me fui a dormir, y debido al cansancio motivado por las pláticas y las confesiones de Borgo, y lo poquísimo que había descansado la noche precedente, me quedé dormido.

Y aquí comienza el sueño que me ha de servir para daros el aguinaldo.

Mis queridos jóvenes, soñé que era un día festivo, a la hora del recreo después de comer y que os divertíais de mil maneras.

Me pareció encontrarme en mi habitación con el caballero Vallauri, profesor de bellas letras.

Habíamos hablado de algunos temas literarios y de otras cosas relacionadas con la religión. De pronto, oí a la puerta el tantán de alguien que llamaba. Corrí a abrir. Era mi madre, muerta hace seis años, que me decía asustada:

-Ven a ver, ven a ver.

-¿Qué hay?, le pregunté.

Y sin más, me condujo al balcón desde donde vi en el patio en medio de los jóvenes un elefante de tamaño colosal.

-Pero ¿cómo puede ser eso? exclamé. ¡Vamos abajo!

Y lleno de pavor miraba al caballero Vallauri y él a mí como si nos preguntásemos la causa de la presencia de aquella bestia descomunal en medio de los muchachos.

Sin pérdida de tiempo bajamos los tres a los pórticos. Muchos de vosotros, como es natural, os habíais acercado a ver al elefante.

Este parecía de índole dócil; se divertía correteando con los jóvenes; los acariciaba con la trompa; era tan inteligente, que obedecía los mandatos de sus pequeños amigos como si hubiese sido amaestrado y domesticado en el Oratorio desde sus primeros años, de forma que numerosos jóvenes le acariciaban con toda confianza y le seguían por doquier.

Mas no todos estabais alrededor de él.

Pronto vi que la mayor parte huíais asustados de una a otra parte buscando un lugar de refugio, y que al fin penetrasteis en la iglesia.

Yo también intenté entrar en ella por la puerta que da al patio, pero al pasar junto a la estatua de la Virgen, colocada cerca de la fuente, toqué la extremidad de su manto como para invocar su patrocinio, y entonces Ella levantó el brazo derecho.

Vallauri quiso imitarme haciendo lo mismo por la otra parte y la Virgen levantó el brazo izquierdo. Yo estaba sorprendido, sin saber explicarme un hecho tan extraño.

Llegó entretanto la hora de las funciones sagradas y vosotros os dirigisteis todos a la iglesia. También yo entré en ella y vi al elefante de pie al fondo del templo, cerca de la puerta. Se cantaron las Vísperas y después de la plática me dirigí al altar acompañado de don Víctor Alasonatti y de don Angel Savio para dar la bendición con el Santísimo Sacramento.

Pero en el momento solemne en que todos estaban profundamente inclinados para adorar al Santo de los Santos, vi, siempre al fondo de la iglesia, en el centro del pasillo, entre las dos hileras de los bancos, al elefante arrodillado e inclinado, pero en sentido inverso, esto es, con la trompa y los colmillos vueltos en dirección a la puerta principal.

Terminada la función, quise salir inmediatamente al patio para ver qué sucedía; pero, como tuviese que atender en la sacristía a alguien que me quería comunicar una noticia, hube de detenerme un poco.

Salí poco después bajo los pórticos, mientras vosotros reanudabais en el patio vuestros juegos.

El elefante, al salir de la iglesia, se dirigió al segundo patio, alrededor del cual están los edificios en obra.

Tened presente esta circunstancia, pues en aquel patio tuvo lugar la escena desagradable que voy a contaros ahora.

De pronto vi aparecer al final del patio un estandarte en el que se leía escrito con carácteres cubitales: Sancta María, succurre miseris. (Santa María, socorre a los desgraciados.)

Los jóvenes formaban detrás procesionalmente.

Cuando de repente, y sin que nadie lo esperara, vi al elefante que al principio parecía tan manso, arrojarse contra los circunstantes dando furiosos bramidos y agarrando con la trompa a los que estaban más próximos a él, los levantaba en alto, los arrojaba al suelo, pisoteándolos y haciendo un estrago horrible.

Mas a pesar de ello, los que habían sido maltratados de esta manera no morían, sino que quedaban en estado de poder sanar de las heridas espantosas que les produjeran las acometidas de la bestia.

Las dispersión fue entonces general: unos gritaban; otros lloraban; algunos, al verse heridos, pedían auxilio a los compañeros, mientras, cosa verdaderamente incalificable, ciertos jóvenes a los que la bestia no había hecho daño alguno, en lugar de ayudar y socorrer a los heridos, hacían un pacto con el elefante para proporcionarle nuevas víctimas.

Mientras sucedían estas cosas (yo me encontraba en el segundo arco del pórtico junto a la fuente) aquella estatuita que veis allá (don Bosco indicaba la estatua de la Santísima Virgen) se animó y aumentó de tamaño; se convirtió en una persona de elevada estatura, levantó los brazos y abrió el manto, en el cual se veían bordadas, con exquisito arte, numerosas inscripciones.

El manto alcanzó tales proporciones que llegó a cubrir a todos los que acudían a guarecerse bajo él: allí todos se encontraban seguros.

Los primeros en acudir a tal refugio fueron los jóvenes mejores, que formaban un grupo escogido.

Pero al ver la Santísima Virgen que muchos no se apresuraban a acudir a Ella, gritaba en alta voz: -Venite ad me omnes! (¡Venid todos a mí!).

Y he aquí que la muchedumbre de los jóvenes seguía afluyendo al amparo de aquel manto, que se extendía cada vez más y más.

Algunos, en cambio, en vez de refugiarse en él, corrían de una parte a otra, resultando heridos antes de ponerse en seguro.

La Santísima Virgen, angustiada, con el rostro encendido, continuaba gritando, pero cada vez eran menos los que acudían a Ella.

El elefante proseguía causando estragos, y algunos jóvenes, manejando una y dos espadas, situándose a una y otra parte, dificultaban a los compañeros, que aún se encontraban en el patio, que acudiesen a María, amenazando e hiriendo.

A los de las espadas el elefante no les molestaba lo más mínimo.

Algunos de los muchachos que se habían refugiado cerca de la Virgen, animados por Ella, comenzaron a hacer frecuentes correrías; y en sus salidas conseguían arrebatar al elefante alguna presa, y transportaban al herido bajo el manto de la estatua misteriosa, quedando los tales inmediatamente sanos.

Después, los emisarios de María volvían a emprender nuevas conquistas. Varios de ellos, armados con palos, alejaban a la bestia de sus víctimas, manteniendo a raya a los cómplices de la misma. Y no cesaron en su empeño, aun a costa de la propia vida, consiguiendo poner a salvo a casi todos. El patio aparecía ya desierto. Algunos muchachos estaban tendidos en el suelo, casi muertos. Hacia una parte, junto a los pórticos, se veía una multitud de jóvenes bajo el manto de la Virgen.

Por la otra, a cierta distancia, estaba el elefante con diez o doce muchachos que le habían ayudado en su labor destructora, esgrimiendo aún insolentemente en tono amenazador sus espadas.

Cuando he aquí que el animal, irguiéndose sobre las patas posteriores, se convirtió en un horrible fantasma de largos cuernos; y tomando un amplio manto negro o una red, envolvió en ella a los miserables que le habían ayudado, dando al mismo tiempo un tremendo rugido.

Seguidamente los envolvió a todos en una espesa humareda y, abriéndose la tierra bajo sus pies, desaparecieron con el monstruo.

Al finalizar esta horrible escena miré a mi alrededor para decir algo a mi madre y al caballero Vallauri, pero no los vi.

Me volví entonces a María, deseoso de leer las inscripciones bordadas en su manto, y vi que algunas estaban tomadas literalmente de las Sagradas Escrituras, y otras un poco modificadas.

Leí éstas entre otras muchas: Qui elucidant me, vitam aeternam habebunt: qui me invenerit, inveniet vitam; si quis est parvulus veniat ad me; refugium peccatorum; salus credentium; plena omnis pietatis, mansuetudinis et misericordiae. Beati qui custodiunt vias meas. (Los que me honran tendrán la vida eterna; el que me encuentre, encontrará la vida; si uno es niño venga a mí; refugio de los pecadores; salud de los que creen; toda llena de piedad, de mansedumbre y de misericordia. Dichosos los que guardan mis caminos).

Tras la desaparición del elefante todo quedó tranquilo.

La Virgen parecía como cansada de tanto gritar.

Después de un breve silencio dirigió a los jóvenes la palabra, diciéndoles bellas frases de consuelo y de esperanza; repitiendo la misma sentencia que veis bajo aquel nicho, mandada escribir por mí: Qui elucidant me, vitam aeternam habebunt.

Después dijo: -Vosotros que habéis escuchado mi voz y habéis escapado de los estragos del demonio, habéis visto y podido observar a vuestros compañeros pervertidos. ¿Queréis saber cuál fue la causa de su perdición? Sunt colloquia prava: las malas conversaciones contra la pureza, las malas acciones a que se entregaron después de las conversaciones inconvenientes.

Visteis también a vuestros compañeros armados de espadas: son los que procuran vuestra ruina alejándoos de mí; los que fueron la causa de la perdición de muchos de sus condiscípulos.

Pero quos diutius expectat durius dammat. Aquéllos a los que Dios espera durante más largo tiempo, son después más severamente castigados; y aquel demonio infernal, después de envolverlos en sus redes, los llevó consigo a la perdición eterna.

Ahora vosotros, marchaos tranquilos, pero no olvidéis mis palabras: huid de los compañeros amigos de Satanás; evitad las conversaciones malas, especialmente contra la pureza; poned en mí una ilimitada confianza, y mi manto os servirá siempre de refugio seguro.

Dichas estas y otras palabras semejantes, se esfumó y nada quedó en el lugar que antes ocupara, a excepción de nuestra querida estatuita.

Entonces vi aparecer nuevamente a mi difunta madre; otra vez se alzó el estandarte con la inscripción: Sancta Maria, succurre miseris. Todos los jóvenes se colocaron en orden detrás de él y así procesionalmente dispuestos, entonaron la canción: Load a María.

Pero pronto el canto comenzó a decaer; después desapareció todo aquel espectáculo y yo me desperté completamente bañado en sudor. Esto es lo que soñé.

Hijos míos: deducid vosotros mismos el aguinaldo. Los que estaban bajo el manto, los que fueron arrojados a los aires por el elefante, los que manejaban la espada se darán cuenta de su situación si examinan sus conciencias.

Yo solamente os repito las palabras de la Santísima Virgen: Venite ad me, omnes, recurrid todos a Ella; en toda suerte de peligros invocad a María, y os aseguro que seréis escuchados.

Por lo demás, los que fueron tan cruelmente maltratados por la bestia, hagan el propósito de huir de las malas conversaciones, de los malos compañeros; y los que pretendían alejar a los demás de María, que cambien de vida o que abandonen esta Casa.

Quien desee saber el lugar que ocupaba en el sueño, que venga a verme a mi habitación y yo se lo diré. Pero lo repito: los ministros de Satanás, que cambien de vida o que se marchen. ¡Buenas noches!.

*

Estas palabras fueron pronunciadas por Don Bosco con tal unción y con tal emoción, que los jóvenes, pensando en el sueño, no le dejaron en paz durante más de una semana.

Por las mañanas las confesiones fueron numerosísimas y después de la comida un buen número se entrevistó con el siervo de Dios, para preguntarle qué lugar ocupaba en el sueño misterioso.

Que no se trataba de un sueño, sino más bien de una visión, lo había afirmado indirectamente don Bosco mismo, al decir: -Cuando el Señor quiere manifestarme algo, paso… etc… Suelo elevar a Dios especiales plegarias para que me ilumine… Y después, al prohibir que se bromease sobre el tema de esta narración. Pero aún hay más.

En esta ocasión el mismo siervo de Dios escribió en un papel los nombres de los alumnos que había visto heridos en el sueño, de los que manejaban la espada y de los que esgrimían dos; y enseñó la lista a don Celestino Durando, encargándole de vigilarlos.

Este nos proporcionó dicha lista, que tenemos ante la vista. Los heridos son trece, a saber: los que probablemente no se refugiaron bajo el manto de la Virgen; los que manejaban una espada eran diecisiete; los que esgrimían dos, se reducían a tres.

La nota al lado de algún nombre indica un cambio de conducta. Hemos de observar también que el sueño, como veremos más adelante, no se refería solamente al tiempo presente, sino también al futuro.

Sobre la realidad del sueño, los mismos jóvenes fueron los mejores testigos.

A otros dos jóvenes, a los cuales don Bosco aseguraba haberlos visto con la espada, se les oyó exclamar: ¡Ah, sí, es cierto; hace tiempo que me he dado cuenta de ello; lo sabía!” Y cambiaron de conducta.

Un día, después de comer,  hablaba de su sueño y tras haber manifestado que algunos jóvenes ya se habían marchado y otros tendrían que hacerlo, para alejar las espadas de la casa, comenzó a comentar la astucia de los tales, como él la llamaba; y a propósito de ello refirió el siguiente hecho:

Un joven escribió hace poco tiempo a su casa endosando a las personas más dignas del Oratorio, como superiores y sacerdotes, graves calumnias e insultos.

Temiendo que don Bosco pudiese leer aquella carta, estudió y encontró la manera de que llegase a manos de sus parientes sin que nadie lo pudiese impedir.

La carta salió por la tarde, lo llamé; se presentó en mi habitación y tras de hacerle recapacitar sobre su falta, le pregunté el motivo que le había inducido a escribir tantas mentiras.

El negó descaradamente el hecho; y yo le dejé hablar; después, comenzando por la primera palabra, le repetí toda la carta.

Confundido y asustado, se arrojó llorando a mis pies, diciendo:

-¿Entonces mi carta no ha salido?

-Sí, le respondí; a esta hora está en tu casa; pero debes pensar en la reparación.

Algunos preguntaron al siervo de Dios cómo lo había sabido; y don Bosco respondió sonriendo: -¡Ah, mi astucia… !.

Esta astucia debía ser la misma del sueño, que no sólo se refería al momento presente, sino a la vida futura de cada alumno, uno de los cuales, que sostenía estrecha relación con don Miguel Rúa, le escribía así a la vuelta de muchos años.

Es de advertir que la carta lleva el nombre y apellido del comunicante con el nombre de la calle y el número de su casa en Turín.

Queridísimo Padre (don Miguel Rúa):

… Recuerdo entre otras cosas una visión que tuvo don Bosco en 1863, donde yo estaba interno en su casa.

Vio en ella el futuro de todos los suyos y él mismo nos lo contó después de las oraciones de la noche.

Fue el sueño del elefante (Describe aquí cuanto hemos expuesto y sigue): don Bosco, al terminar la narración, nos dijo: Si deseáis saber dónde estabais, venid a mi habitación, y yo os lo diré. Yo también fui.

-Tú, me dijo, eras uno de los que corrían junto al elefante, antes y después de las funciones religiosas, y naturalmente, te apresó, te lanzó por los aires con la trompa y al caer quedaste malparado, de forma que no podías escapar aunque hicieras esfuerzos.

Luego, un compañero tuyo sacerdote, desconocido por ti, se acercó, te agarró por un brazo y te trasladó hasta el manto de la Virgen. Te salvaste.

Esto no fue un sueño, como expresaba don Bosco, sino una verdadera revelación del futuro, que el Señor hacía a su Siervo.

Acaeció durante el segundo año de mi estancia en el Oratorio, en una época en la que yo era modelo de mis compañeros, lo mismo en el estudio que en la piedad, y, sin embargo, don Bosco me vio en aquel estado.

Llegaron las vacaciones de 1863.

Marché para descansar, por mi maltrecha salud y no regresé más al Oratorio. Tenía trece años cumplidos.

Al año siguiente mi padre me puso a aprender el oficio de zapatero. Dos años después (1866) me trasladé a Francia, para perfeccionarme en mi profesión.

Allí me encontré con gente sectaria y poco a poco abandoné la iglesia y las prácticas religiosas, comencé a leer libros escépticos y llegué al extremo de aborrecer la santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana, como la más dañosa de las religiones.

Dos años más tarde regresé a la patria y seguí lo mismo, leyendo siempre libros impíos y alejándome cada vez más de la verdadera Iglesia.

Con todo, durante este tiempo nunca dejé de pedir a Dios Padre, en nombre de Jesucristo, que me iluminase y diese a conocer la verdadera religión.

Durante estas circunstancias, al menos trece años, realizaba todo esfuerzo para levantarme, pero estaba herido, era presa del elefante, no me podía mover.

A fines del año 1878 se dio una misión en una parroquia. Asistían muchos a las instrucciones y también yo empecé a ir, para oír a aquellos famosos oradores.

Escuché cosas hermosas, verdades irrefutables, y finalmente la última plática, que trataba precisamente del Santísimo Sacramento, el último y principal punto que me quedaba en duda (pues yo no creía ya en la presencia de Jesucristo en el Santísimo Sacramento, ni real ni espiritual).

Supo el predicador explicar tan maravillosamente la verdad, confutar los errores y convencerme, que yo, tocado por la gracia del Señor, decidí confesarme y retornar bajo el manto de la Virgen María.

Desde entonces no dejo de agradecer a Dios y a la bienaventurada Virgen el favor recibido.

Advierto que, para afirmación de la visión, supe después que aquel predicador misionero era compañero mío del Oratorio de don Bosco.

Turín, 25 de febrero, 1891. DOMlNGO N….

PS. Si V.R. cree conveniente publicar esta mi carta, le otorgo plena facultad hasta para retocarla, a condición de que no se cambie el sentido, porque es la pura verdad. Respetuosamente beso su mano, amado padre Rúa, entendiendo que, al hacerlo, beso la de nuestro querido don Bosco.

Mediante este sueño don Bosco ciertamente recibió también luz para poder juzgar las vocaciones al estado religioso o eclesiástico, las aptitudes de unos y de otros para realizar el bien.

Había visto a aquellos valientes que combatían al elefante y a sus partidarios para salvar a los compañeros, curarles las heridas y llevarlos bajo el manto de la Virgen.”

Memorias Biográficas de Don Bosco. Volumen VII. Capítulo XXXIV

Sobre la Penitencia

Julio 18, 2009

SANTO CURA DE ARS

“Hijos míos, no podemos comprender la bondad que Dios ha tenido con nosotros al instituir este gran sacramento de la penitencia.

Si dijéramos a estos pobres condenados que están en el infierno desde hace tiempo: “Vamos a poner un sacerdote a la puerta del infierno. Todos los que quieran confesarse no tienen más que salir”; hijos míos, ¿creen que allí quedaría alguno?

Los más culpables no temerían decir sus pecados, e incluso decirlos delante de todo el mundo.

¡Oh! ¡El infierno quedaría rápidamente vacío y el cielo se llenaría!

Pues bien… ¡tenemos el tiempo y los medios que estos pobres condenados no tienen!

Hijos míos, desde el momento en el que se tiene una mancha en el alma, hay que hacer como la persona que tiene una bola de cristal que guarda cuidadosamente.

Si esta bola tiene un poco de polvo y la persona se da cuenta, rápidamente pasa una esponja y la bola se vuelve clara y brillante”.

***

Sobre el propósito de enmienda

“Es bonito pensar que tenemos un sacramento que cura las heridas de nuestra alma. Pero hay que recibirlo con buenas disposiciones, porque si no aumenta el número de heridas.

Imaginen un hombre lleno de heridas, que acude al hospital: el médico lo atiende y lo cura; pero él, al salir, toma un cuchillo y comienza a clavárselo en todas las partes del cuerpo, haciéndose mucho más daño que antes.

¿Qué pensarían de un hombre que actuara de esa manera?

Pues bien, eso es lo que hacen a menudo cuando tras salir del confesionario, vuelven a caer en los mismos pecados.”

***

“El Buen Dios lo sabe todo. Sabe de antemano que después de confesarse pecarán de nuevo, y sin embargo, los perdona. ¡Qué amor el de nuestro Dios, que llega a olvidar voluntariamente el futuro para perdonarnos!

***

Sobre los pecados ocultos

“Hay quienes profanan el sacramento careciendo de sinceridad. Habrán escondido pecados mortales, hace diez, veinte años. Siempre están atormentados; siempre su pecado está presente en su mente; siempre tienen el pensamiento de decirlo, y nunca lo hacen… ¡es un infierno!

Cuando han hecho una buena confesión, han encadenado al demonio.

Los pecados que escondemos reaparecerán todos.

Para esconderlos bien, hay que confesarlos bien.”

***

Tres cosas necesarias

“Para recibir el sacramento de la penitencia son necesarias tres cosas. La fe,  que nos revela que a Dios presente en el sacerdote. La esperanza, que nos hace confiar en que Dios nos otorgará la gracia del perdón. La caridad, que nos lleva a amar a Dios y que inculca en nuestro corazón el dolor de haberlo ofendido.”

***

“El Buen Dios, en el momento de la absolución tira nuestros pecados por encima del hombro; es decir, los olvida, los reduce a nada, no volverán a aparecer jamás.”

 

Conducta para la confesión

Julio 17, 2009

Confesión

Confesaos a lo menos todos los meses: tened cuidado de prepararos para ello como para una acción de la mayor importancia; pues que se trata de obtener el perdón de vuestros pecados, y de reconciliaros con Dios.

Hacedla siempre como si debieseis morir al salir del confesionario, y no os olvidéis jamás de practicar lo siguiente:

1.° Invocad el socorro del Espíritu Santo, para conocer vuestras culpas, y tener de ellas un verdadero dolor.

2.° Haced un examen formal de todos los pecados que habéis cometido desde la última confesión, por pensamientos, palabras, acciones y omisiones: recorred con detención los Mandamientos de Dios y de la Iglesia, los siete Pecados Capitales, los lugares y personas que habéis frecuentado, y los empleos en que habéis estado ocupado.

3.° Después de haber conocido vuestros pecados, excitaos al dolor de haberlos cometido, considerando vuestras ingratitudes, las penas del infierno que habéis merecido, y sobre todo la bondad infinita de un Dios que habéis ofendido.

4.° A continuación formad en vuestro corazón una firme resolución de no volver a pecar mas, y evitar con cuidado todas las ocasiones.

5.° Con estas disposiciones aprovechaos del confesionario con recogimiento en la postura, y en los sentimientos de un criminal que va a pedir gracia: confesad vuestros pecados, y las circunstancias que aumentan la malicia, con humildad y sencillez, sin ocultar ni disfrazar nada de ellos. Después de haberlos confesado todos, escuchad con detención los consejos que vuestro confesor os dará; sed fieles en aprovecharlos, y haced exactamente todo lo que os prescribirá.

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ANTES DE LA CONFESION

Espíritu Santo, fuente de luz, dignaos enviar uno de vuestros rayos a mi corazón, y venid a ayudarme a conocer mis pecados.

Mostrádmelos, Señor, tan distintamente como los conoceré cuando al salir de esta vida me será necesario parecer á ser juzgado.

Hacedme conocer, ó Dios Santo, tanto lo malo que he cometido, como lo bueno que he omitido.

Hacedme ver el número y la grandeza de mis infidelidades en vuestro servicio.

Haced que yo sepa cuántas veces, y hasta qué punto he ofendido a mi prójimo, el mal que a mí mismo me he hecho, y las faltas que he cometido contra las obligaciones de mi estado.

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EXAMEN

Examinemos sobre los pecados que pueden cometerse.

CONTRA DIOS.

SOBRE LA FE.

Por dudas voluntarias (a), curiosidades, supersticiones, sueños, lecturas prohibidas, burlas en asuntos sagrados, negligencia en instruirse de su religión.

(a) Es necesario decir siempre, en tanto que pueda acordarse, las veces que ha caído en las faltas de que se acusa.

SOBRE LA ESPERANZA.

Por desconfianza en la misericordia de Dios, presunción de su bondad y de nuestras propias fuerzas, falta de sumisión, desfallecimiento voluntario de ánimo, disgusto, desesperación.

SOBRE LA CARIDAD.

Por murmuraciones contra la Providencia Divina; resistencia voluntaria a las santas inspiraciones; negligencia en impedir el mal cuando se debe, y se puede, pecando por humanos respetos; dividiendo su corazón entre Dios y alguna otra cosa que no se debe amar, ó dejar de amar sino por Dios, no amando al prójimo por el amor de Dios.

SOBRE LA RELIGIÓN

Omitiendo sus obligaciones de piedad, sus oraciones, la Misa, su penitencia, ó haciendo mal todo esto: cometiendo irreverencias en la Iglesia, por posturas, inmodestias, conversaciones, miradas lascivas, distracciones voluntarias; violando con el trabajo los santos días de domingos, y otras fiestas, comprando ó vendiendo; por los juegos, divertimientos y compañías que apartan del servicio de Dios; haciendo juramentos falsos; mintiendo; tomando el nombre de Dios en vano; jurando ligeramente; practicando la simonía en la pretensión ó colación de algún beneficio; y últimamente, dejando de alabar a Dios, de darle gracias por sus beneficios, y de someterse a su santa voluntad. 

CONTRA EL PRÓJIMO.

EN PENSAMIENTO.

Por juicios temerarios, menosprecio de su persona ó de sus acciones; por envidia, aborrecimiento, displicencia, aversión, deseos de venganza. Es necesario declarar si estos sentimientos han sido voluntarios, si han durado, si han salido al exterior, y si todo ó algo de esto ha sido contra los superiores.

EN PALABRAS.

Por las calumnias, por las maldiciones dichas ú oídas, y no impedidas cuando se ha podido; injurias en canciones, libros, escritos y alegatos infamatorios. Es necesario decir por qué motivos se han hecho, delante cuantas personas, si son de consecuencia y perjudiciales.

Por discursos contra la caridad; relaciones infamatorias (sean verdaderas ó falsas); por sembrar divisiones, mofas y menosprecios.

Por malos consejos, lisonjas y aplauso de las cosas malas.

Por falsos testimonios, declaración del secreto y de las faltas de otro.

Por contumelias, reprensiones, palabras injuriosas, declamaciones, maldiciones, &c.

EN ACCIONES

Por la injusta detención de la hacienda de otro; contratos; empréstitos usurarios; engaños ó infidelidades en las mercaderías, ventas, compras, juegos, obras, comisiones, cometiendo falsedad, vendiendo demasiado caro. apropiándose los restos; dejando que se arruine, corrompa ó pierda de su valor lo que se tiene en comisión; hurtando, ocultando ó comprando una cosa robada; descuidando de la obra de que se ha encargado el oficial, con daño del dueño; enajenando y malversando bienes de comunidad; por escándalos, condescendencias y malos ejemplos.

EN OMISIONES.

Por negligencia en restituir, en reparar las maledicencias, en reconciliarse , en cumplir sus obligaciones mutuas los casados; en el amor , fidelidad , respeto , deferencia , sumisión, sustento, paciencia; de los padres y de los maestros, instrucciones, buenos ejemplos, correcciones, establecimientos, justicia y caridad; del niño y criado, respeto, amor obediencia, socorros, fidelidad; de los magistrados, jueces, oficiales. 

CONTRA SI MISMO.

POR ORGULLO.

Estimándose demasiadamente; hablando ventajosamente de sí mismo, buscando con exceso los honores; teniendo una vana condescendencia para sí y menosprecio para los otros, engañando al mundo con hipocresía y con una modestia afectada.

POR AVARICIA.

No dando limosna según sus facultades; pegándose demasiadamente a los bienes de esta vida; inquietándose demasiado por lo venidero; negándose a  sí y a otros lo necesario.

POR ENVIDIA.

Despreciando y desacreditando á otros; alegrándose del mal, y afligiéndose del bien que les sucede; deseando con impaciencia y ansia lo que otros tienen.

POR IMPUREZA.

En pensamientos deshonestos y voluntarios, deteniéndose negligentemente y tomando placer; ya que se desea hacer lo malo que se piensa, ya que no se tenga ningún deseo, pero que se mantiene hacia él una simple complacencia. Es necesario decir si tales pensamientos han causado algunos movimientos desarreglados.

EN PALABRAS.

Diciendo ú oyendo con gusto palabras lascivas ó de doble sentido; cantando versos disolutos, ó dando oídos á ellos; manteniendo conversaciones muy libres y familiares, sobre todo, con sexo diferente, ó permitiéndolas en aquellos que se deben reprender.

EN MIRADAS.

Considerando por curiosidad ó por sensualidad malos objetos, como pinturas obscenas; leyendo libros indecentes ; llevando ó conduciendo á otros á las asambleas criminales ó peligrosas, exponiéndose á la ocasión de pecar, ó dándola á otros, como prestar malos libros, llevar vestidos inmodestos y poco cerrados.

EN ACCIONES.

Teniendo ó permitiendo sobre sí ó sobre otros libertades sensuales, ósculos lascivos, tocamientos, secretas é infames costumbres; el pecado impuro; todo lo que no es permitido entre personas casadas.

Es necesario explicarlo todo, lo mas modestamente que se pueda; declarar las circunstancias que mudan ó que aumentan el pecado, y decir si se han empleado ó no los medios de deshacerse de una tan peligrosa y dominable pasión; examinar bien lo que es voluntario, lo que es por pura negligencia, ó con gusto y complacencia en esta materia; el número de los pecados; el tiempo que la costumbre ha durado; las ocasiones que se han dado, con quién se ha pecado, ó deseado pecar, sin nombrar personas.

POR GULA.

Comiendo ó bebiendo con exceso, ó excitando á ello á los otros; frecuentando las tabernas en lugar de estar asistiendo á sus obligaciones; buscando con que satisfacer sus apetitos comiendo sin regla y con sensualidad, faltando á los ayunos ó abstinencia.

POR CÓLERA.

Dejándose llevar al despecho y precipitación sin contenerse, diciendo palabras injuriosas, echando maldiciones , deseando el mal á otros, dándoles ocasión de encolerizarse, quejándose, hiriéndose, perseverando en su rabia, excusándose de perdonar, y contribuir á la reconciliación. Los hijos y los domésticos deben acusarse de los motivos de impaciencia que han dado.

POR PUREZA.

Descuidando en la frecuentación de los Sacramentos, de la oración, de los sermones, de la mortificación de las pasiones, del uso de los medios para conseguirse de huir de las ocasiones, del estudio de sus obligaciones, del reglamento de su tiempo y de sus negocios particulares, y del cuidado de una eterna salud. 

DESPUES DEL EXAMEN.

PARA TESTIFICAR EL DOLOR POR UN ACTO DE CONTRICION.

¡Que motivo de confusión es para mí, ó mi Dios, el caer siempre en las mismas faltas tan repetidamente, y después de haberos tantas veces prometido no cometerlas mas!

¡Que yo haya podido pecar en vuestra presencia por cosas tan leves, conociendo cuánto os desagrada el pecado, y aun abusando de vuestros beneficios para ofenderos!

O mi Dios, mi Padre, el mejor y mas poderoso de todos los padres, mitigad vuestro enojo; perdonadme, y no me castiguéis según el rigor de vuestra justicia.

Perdón, mi Dios, por todo lo malo que he cometido y hecho cometer; perdón por todo lo bueno que no he hecho y que debía hacer, ó que he hecho mal; perdón por todos los pecados que conozco y no he conocido; quisiera borrarlos con mi sangre, y reparar aun á costa de lo que mas amo, el disgusto que os han causado.

¡O si mi arrepentimiento pudiese igualar mis faltas!

Suplid mi dolor, Salvador agonizando en el huerto de los Olivos: introducid en mi corazón una gota del mar de amarguras, de que vuestra alma estuvo en él atravesada, para que yo llore mis pecados hasta la muerte.

PARA FORMAR UN BUEN PROPÓSITO.

Yo debía morir antes que ofenderos, ¡Oh Dios mío! mas pues he tenido esta desgracia, yo me resuelvo en adelante (con el auxilio de vuestra gracia) á vivir mas cuidadoso y atento, para no hacer cosa que os desagrade.

Yo evitaré con cuidado el pecado y las ocasiones de caer en él, y particularmente de aquel que la costumbre, la malicia ó la debilidad me hacen cometer con más facilidad.

PARA ESPERAR EN LA MISERICORDIA DE DIOS.

Yo sé ¡oh Dios mío! hasta qué punto os he ofendido, y lo que debería esperar de vuestra indignación, si vuestra infinita misericordia, y los méritos de Jesucristo, mi Salvador, no aplacaran vuestra justicia, y no solicitasen mi gracia delante de Vos.

Con esta esperanza ¡ oh Dios de bondad! me presento al sagrado tribunal de la confesión, lleno de confianza de que acusándome de mis pecados enteramente, sinceramente y con humildad, Vos ratificareis en el cielo la sentencia que en mi favor será pronunciada aquí en la tierra.

PARA ENCOMENDARSE A MARÍA SANTÍSIMA Y AL ÁNGEL DE LA GUARDA.

Virgen Santísima, Madre de gracia, Madre de misericordia, y refugio seguro de los pobres pecadores, interceded por mí en este momento, á fin de que la confesión que voy á hacer no me haga más criminal, sino al contrario, que en ella halle perdón de todo lo pecado, y las gracias necesarias para no pecar en adelante.

Mi buen Ángel, fiel y celoso guarda de mi alma, que habéis sido testigo de mis caídas, ayudadme á levantar, y haced que yo halle en este Sacramento la gracia de no volver á caer mas. Amen.

Se podrán rezar en seguida los Salmos 24, 37 y 50 del Oficio Parvo.

Llegaos al confesionario con el recogimiento, silencio y modestia que tendríais si Jesucristo visiblemente y en persona estuviese en el lugar del sacerdote, y que vos debiereis confesarle vuestras culpas.

Después que os hayáis confesado de vuestros pecados, acabareis la confesión de este modo:

Yo me acuso de todos los pecados, y de una infinidad de otros que he cometido, y de los cuales no tengo conocimiento; como también de todos los de mi vida pasada, y en particular de tal (a) y de todos; me pesa de lo mas profundo de mi corazón por el amor de mi Dios: yo le pido humildemente perdón de ellos, y a vos, Padre mío, penitencia y absolución.

(a) Es bueno en las confesiones de simples pecados veniales acusarse de algún pecado de la vida pasada, el cual se tiene el más vivo dolor.

Después que se haya concluido la confesión, es necesario no ocuparse en otra cosa mas que en recordar lo que se habrá olvidado de decir: es preciso poner toda su atención en escuchar lo que le dirá el confesor (a), y recibir en seguida su absolución con los mismos sentimientos de dolor y arrepentimiento que si fuera el mismo Jesucristo en persona quien nos la da. En el acto de recibirla podrá decir en el fondo de su corazón:

Gracia y misericordia, oh Jesús mío; lavadme, purificadme con vuestra sangre adorable: me arrepiento de lo más íntimo de mi corazón de haberos ofendido, porque Vos sois infinitamente bueno, y tengo una sincera voluntad de corregirme con el socorro de vuestra gracia

(a) Muchos sabios y virtuosos confesores tienen la costumbre, después de haber dado una penitencia, imponerlos aun á título de satisfacción sacramental, todo lo bueno que puedan hacer hasta la otra confesión: esto es muy saludable. Se podrá pedir á su confesor que haga lo mismo, y que indique igualmente alguna práctica de mortificacion exterior ó interior.

Se podrá retirar después en un lugar

cómodo para hacer la súplica

siguiente

DESPUES DE LA CONFESION.

Confirmad, os suplico, entre el cielo, oh Salvador mío, lo que vuestro ministro acaba de hacer en la tierra, y perdonadme todas las ofensas que he cometido contra Vos : quitad de mi alma todas las manchas de mis pecados; olvidadlos enteramente, de manera que no se haga mención de ellos en vuestro juicio: os pido de nuevo perdón con un arrepentimiento extremo de haberlos cometido: os prometo hacer penitencia por ellos, y de castigarme yo mismo, no solo en cumplimiento de lo que el sacerdote me ha mandado, que no es nada en comparación de lo que mis culpas merecen, sino que también con mortificaciones, ayunos, trabajos, y singularmente por la paciencia, la humildad y la resignación para sufrir todas las penas, y llevar todas las cruces que tenga á bien vuestra Providencia enviarme, y las que son ajenas á mi empleo.

Os renuevo también la promesa que os he hecho de corregirme, sobre todo de tal y tal pecado, de los cuales creo estáis mas gravemente ofendido.

¡Ah, Señor! Vos que conocéis mi flaqueza y mi imposibilidad, tened compasión de mí, y concededme, os suplico, las gracias y socorros que necesito para no volver a caer en el pecado. Amén.

Acordaos siempre que se puede evitar el pecado, sobre todo con la separación del mundo, el silencio, el recogimiento, la oración, y la mortificación de los sentidos.

Clemente de Santocildes. Nuevo devocionario del Cristiano. Editor Imp. de Cabierio. Valencia. 1848.

De qué manera debemos honrar las imágenes de María Santísima

Julio 16, 2009

 

Nstra Sra de Fatima 2

Si tuviéseis que vivir lejos de vuestra madre,  si por espacio de muchos años no la pudiéseis ver, ¿No es verdad que os serviría de gran consuelo tener un retrato que os recordase la imagen viva de su semblante y figura?

No cabe en ello ninguna duda.

Este retrato lo pondríais en el lugar más visible para contemplarlo con mucha frecuencia a fin de mantener siempre fija en vosotros su memoria; a menudo haría penetrar en vuestro corazón un vivo deseo de poderla ver y de vez en cuando le besaríais como un desahogo de amor filial.

Vuestra Madre celestial está muy lejos de vosotros, está en el paraíso cuando vosotros moráis en la tierra, ¿no os alegraréis, pues, mucho más de tener una imagen que en cierta manera os la represente?

Sí, sin duda, el retrato de la madre terrena no os serviría para otra cosa que para tener un recuerdo apreciable; pero la imagen de la Madre divina será para vuestra fe una fuente inagotable de gracias y bendiciones, y os servirá de pábulo a la más dulce esperanza.

La imagen de María renueva a cada momento en vuestros corazones la idea de que Ella os ve desde el cielo y que, dirigiéndoos miradas de consuelo, rechaza lejos de vosotros al demonio, y confiando en la protección que os dispensa, vivís seguros de que saldréis ilesos de cualquiera tentación.

Una devota imagen de María os aviva y estimula en la veneración que le debéis, os hace adquirir el espíritu de oración, os enciende más y más en su amor y sostiene el deseo que os anima de verla mientras llega el momento de contemplarla bella y triunfante tal como está coronada por las doce estrellas más brillantes del paraíso.

Es, pues, preciso que tengáis en gran aprecio las imágenes de María.

No olvidéis jamás de llevar puesto alguno de sus escapularios ó medallas. 

 Colocad también en vuestro cuarto una imagen de María para recordar a cada instante que os halláis debajo de sus purísimas miradas, y cada vez que entréis ó salgáis de él, saludadla con estas palabras: Ave María, besándola al propio tiempo con ternura filial. 

Y si la tuviéseis en lugar que no os fuese fácil rendirle esta prueba de vuestro amor, será bueno que tengáis para este caso una pequeña estampa de María pegada a la puerta de vuestro cuarto como suelen tenerla muchos de sus devotos. 

¡Bien segura está la puerta que está guardada por María!

Inmaculada

Saludad y venerad aún mucho más las imágenes que se hallan en las iglesias, y cuando encontréis alguna de las que suele haber en las calles, inclinad la cabeza saludándola, y diciéndola al menos con el corazón: AveMaría.

De este modo la fe os acercará a tan dulce Madre, por más que esté tan lejos de vosotros cuanto es el espacio que media desde la sublime elevación del cielo  a la inmensa profundidad de la tierra.

Salvada de esta manera tan gran distancia, le presentaréis vuestros homenajes, vuestras súplicas, los afectos de vuestro corazón, y lograréis por dulce recompensa bendiciones y gracias.

Ahora podría yo preveniros que debéis con gran cuidado guardaros mucho de cometer acciones feas delante de una imagen de María; ¿pero el amor y el respeto que le rendís no serán mas que suficientes para conteneros? Poco favor os haría si lo dudase.

¿No es cierto que retrocederían vuestros labios al ir a besar su santa imágen después de haberla vilmente injuriado pecando en su presencia? Además de que esta injuria os podría costar muy cara.

EJEMPLOS

1. Muchas veces el demonio intentando dañar al espíritu y aún al cuerpo de los devotos de María, ya apareciéndoles en forma visible ó bien tentándoles interiormente , ha comenzado por sugerirles que se quitasen de encima el escapulario de la Virgen Santísima. Con esto confesaba que la presencia de tales objetos aunque materiales, le impedían poner en obra su intención maligna.

2. Juan Sebastiano de la Compañía de Jesús que tenía en su cuarto la imagen de María, le pedía humildemente su bendición cada vez que entraba ó salía besando al mismo tiempo la imagen. (Aur.).

Nuestra Señora del Carmen3. San Egmundo cuando encontraba alguna dificultad en sus estudios se volvía hacia una imagen de María, reconociéndola como fuente de donde deriva la verdadera sabiduría. (En su vida).

4. El ilustre P. Suarez estudiaba siempre teniendo delante una imagen de la Virgen, y es de presumir que siendo tan devoto de esta divina Madre , experimentaba nuevo aliento en la fatiga que debía sentir en el estudio de las ciencias abstractas, animado con la presencia de tan dulce Señora. Con la misma facilidad puede hacer cualquiera lo mismo sea cual fuere el trabajo á que se dedique. (En su vida).

5. Es también digno de notarse en la infancia del venerable P. Carlos Jacinto que, encontrando dificultades para aprender el alfabeto, acudía á María para que le ayudase, exclamando : Voy a mi madre María; y de este modo fácilmente recordaba el nombre de las letras. ( En su vida).

6. José Scammaca de la Compañía de Jesús, oyendo una noche un fuerte ruido en la puerta y una voz espantosa que decía que quería entrar en su celda, conoció que era el demonio que, permitiéndolo Dios, le quería tentar espantándolo. Pero acordándose él que guardaba su puerta una imagen de María,  se quedó tranquilo, gritando con ánimo sereno: Entra, si pueden. Mas una fuerza divina obligó á contestar al demonio: No puedo, porque me lo impide mi mayor enemiga, y se marchó en seguida confundido. (Aur.).

7. Cuanto agradece María que sean saludadas sus imágenes, lo demostró en el monasterio de monjas de santo Domingo de Bolonia. En una de las escaleras del convento estaba colocada una de sus devotas imágenes, que aquellas buenas religiosas saludaban siempre que subían ó bajaban. Juana de Lino que vivía en el monasterio, observando un día que el seno de aquella imagen estaba adornado de rosas lozanas , maravillada de ello, oyó que la Vírgen decía, que eran para ella rosas todas las salutaciones que recibía. (P. Barrí, Par. apert.).

8. Santa Liduvina se valía de una fácil estratagema para saludar a María de manera que pudiese rendirle el mayor obsequio. Persuadida de que un Ángel sabía saludar mejor a la Reina del cielo que no ella, suplicaba á su Ángel custodio, que la saludase en su nombre. (Su vida ).

9. El P. Carlos Jacinto cuando asistía á alguna persona piadosa en su agonía, le suplicaba encarecidamente que luego que estuviese en el paraíso saludase en su nombre a María y le besase sus sagrados pies. (Su vida).

10. Se lee que en Verona había un joven devoto de María que solía encender la lámpara de una de sus imágenes, pero estando a bastante altura acaeció un día que subiendo con poca precaución , sintió faltarle el apoyo en que tenía los pies, y estaba ya en gran peligro de caer, cuando levantando los ojos a María y… ¿qué madre no lo habría hecho por su hijo? Extiende la Virgen la mano y le detiene. Estoy cierto que todavía le habría detenido de otra caída más fatal, que lo es caer en pecado. (Ann. Soc. 1601).

11. Un desgraciado cometía una acción fea ante una imagen de María: el Señor no queriendo sufrir una injuria hecha delante de una imagen de su Madre, lo castigó con una muerte repentina, y la imagen volvió la cabeza. Dichoso él si, cuando sintió la tentación, en lugar de consentirla, se hubiese dirigido a la imagen implorando el socorro de María. (Aur.).

Frassinetti, José ( Prior de Santa Sabina de Genova). Devoción a María. Libr. Religiosa, Impr. de Pablo Riera, 1851.