PALABRAS DE JUAN PABLO II Y BENEDICTO XVI
SOBRE ESTA SOLEMNIDAD

I
“¡Oh María!, hoy, en la solemnidad de tu Asunción, dirigimos nuestra mirada hacia ti, llena de gracia, Virgen, que nos indicas el cielo, la meta hacia la que todos nos encaminamos.
Te presentas en este día como nueva criatura, que, al pie de la cruz, cuando parecía triunfar la muerte, «creíste que se cumplirían las cosas que te fueron dichas de parte del Señor» (Lc 1, 45), y se ha realizado en ti la promesa de la resurrección.
Te sentimos cercana, Madre de los redimidos, que nos enseñas a superar toda turbación; que consuelas al pueblo de Dios en su lucha diaria contra el «príncipe de este mundo» (Jn 12, 31), que intenta desarraigar de los corazones el sentido de gratitud y de respeto a ese original y extraordinario don divino, que es la vida del hombre.
Tú nos precedes, Virgen celestial en nuestra peregrinación de fe.
Fortalece oh María, nuestra esperanza; impulsa a la Iglesia a proseguir por el camino de la fidelidad a su Señor, confiando únicamente en la fuerza redentora de la santa cruz.”
“Todos los días nos renuevas, como entonces, la invitación de Cristo a ser mensajeros de la vida divina, única que puede saciar el hambre del corazón humano, y nos impulsas a reflexionar en lo que dijiste en Caná de Galilea: «Haced lo que Él [el Maestro] os diga» (Jn 2, 5). En efecto, sólo Jesús tiene palabras de vida eterna (cf. Jn 6, 68).”
“A ti, Reina de la paz y Madre de la Iglesia, en este día de fiesta, confiamos los anhelos más profundos de nuestro corazón.”
“Guía, oh María, a la humanidad por el camino de la búsqueda humilde de la verdad y de la auténtica paz; guíala a la felicidad verdadera, que sólo es posible en la comunión plena con Dios.”
Reina elevada al cielo, ruega por nosotros.
Juan Pablo II. Ángelus. Lunes 15 de agosto de 1994. Solemnidad de la Asunción de la Virgen María
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II
“María es, oh Señor, consuelo y esperanza de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra” (Prefacio de la Misa de la Asunción).
Hoy, solemnidad de la Asunción de María Santísima al cielo, la Iglesia nos hace orar así en la liturgia de la Misa.
Entre los fieles, ya desde los primeros tiempos, ha estado siempre viva la fe en la real Asunción de María al cielo en alma y cuerpo, y en todas partes, al extenderse el mensaje del Evangelio, se ha impuesto la certeza de esta verdad.
El día 15 de agosto se fijó como fiesta de la “Dormición” de María con un edicto del Emperador de Oriente, Mauricio (582-602) y, en Occidente, introdujo la fiesta, junto con otras conmemoraciones Marianas, el Papa Sergio I (687-701) en la misma fecha.
Como recordáis bien, fue Pío XII quien, el 1 de noviembre de 1950, definió esta verdad como “dogma de fe”, divinamente revelado.
El Concilio Vaticano II tomó plenamente la doctrina definida cuando afirma que “la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el decurso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste y fue ensalzada por el Señor como Reina universal, con el fin de que se asemejase de forma más plena a su Hijo” (Lumen gentium, 59).
“Creemos, pues, con absoluta certeza que María Santísima, Madre de Cristo y Madre espiritual nuestra, está ya en el cielo y goza con Cristo, en alma y cuerpo, de la felicidad eterna de Dios.
Nosotros, que aún peregrinamos por esta tierra luchando todavía por crecer en santidad, venciendo enteramente el pecado” (Lumen gentium, 65), ¡elevemos nuestra mirada a María Asunta, para embargarnos de su luz, para escuchar su enseñanza, para confiar en su bondad, para imitar sus virtudes, en el empeño y en la esperanza de alcanzarla un día en su gloria!
Con el esplendor admirable de su cuerpo glorificado, María Santísima es una llamada admonitoria y definitiva para toda la humanidad: Ella, que creyó con total confianza en la Palabra de Dios y la vivió en íntima unión con Cristo Redentor, nos enseña que el verdadero significado de la existencia es ultraterreno y que las realidades mundanas y corpóreas adquieren su auténtico valor sólo en la perspectiva de la eternidad.
La solemnidad de la Asunción, que celebramos durante el Año Mariano, sea para todos motivo y estímulo para una vida cristiana cada vez más convencida y coherente y para una devoción a María cada vez más constante y confiada.”
Juan Pablo II. Ángelus. Sábado 15 de agosto de 1987.
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III
1. “De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir”.
Así canta hoy la Iglesia, mientras admira con gozo el acontecimiento prodigioso de la Asunción de la Virgen en cuerpo y alma al cielo.
Esta solemnidad, situada en el corazón del verano, constituye una ocasión propicia para meditar en las realidades que trascienden la existencia terrena.
Al contemplar a la Virgen en la gloria celestial, comprendemos mejor que los quehaceres y las fatigas de cada día no deben absorbernos totalmente, porque el horizonte de la vida no se limita a la tierra.
En María, que hoy resplandece de luz, vemos realizarse plenamente cuanto el Padre celestial promete a quienes lo sirven generosamente, llevando su fidelidad, si fuera necesario, hasta la entrega suprema de la vida. “
JUAN PABLO II. Ángelus. 15 de agosto de 2001
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IV
” Hoy la Iglesia está de fiesta, porque celebra la gloriosa Asunción al cielo de María santísima. Desde siempre el pueblo de Dios, guiado por la Revelación, cree que la Madre de Cristo fue asociada a la victoria de su Hijo sobre la muerte y la venera llevada en cuerpo y alma a la gloria.
María, elegida por Dios como sede purísima para “habitar” en medio de los hombres, al concluir su existencia terrena, fue acogida inmediatamente en el cielo.
Por eso, la comunidad cristiana, con un célebre himno, canta alegre sus alabanzas y la invoca así: “Dios te salve, poderoso apoyo de nuestra fe. Dios te salve, estandarte esplendoroso de gracia… Dios te salve, llave del reino de Cristo. Dios te salve, esperanza de eternos tesoros… Dios te salve, por ti exultan los cielos, juntamente con la tierra. Dios te salve, por ti exulta la tierra juntamente con los cielos” (Akáthistos).
La fiesta de la Asunción, celebrada por doquier con diversas expresiones populares, cae a mitad del mes de agosto, tiempo de vacaciones de verano. Exhorto a todos, y en particular a los que se encuentran de vacaciones, a redescubrir el sentido cristiano de esta fiesta, participando en la celebración eucarística y orando con devoción a nuestra Madre celestial.
La Asunción de la Virgen nos recuerda que nuestra verdadera patria es el cielo y ella nos brinda su ayuda materna para prepararnos al encuentro definitivo con Cristo, al final de nuestra peregrinación por la tierra.”
JUAN PABLO II. Ángelus. 15 de agosto de 2000.
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V
«María ha sido llevada al cielo: se alegra el ejército de los ángeles». La liturgia de hoy nos invita a dirigir nuestra mirada hacia la Virgen, a la que todas las generaciones llaman bienaventurada, porque el Poderoso hizo obras grandes por ella (cf. Lc 1, 48).
Esta antiquísima y querida solemnidad de la Virgen, que año tras año vuelve a alegrar el corazón de los creyentes, es una invitación a mirar hacia lo alto, a mirar a María glorificada también en su cuerpo, para que recuperemos el auténtico sentido de la existencia y nos animemos nuevamente a caminar con confianza por los caminos de la vida.
Hoy todo nos habla del extraordinario privilegio que Dios concedió a María, elegida para ser asociada generosamente a la misión del Redentor (cf. Lumen gentium, 61). María, llena de gracia, preservada del pecado original, no conoció las consecuencias de la culpa original y, al término de su vida terrena, fue elevada en cuerpo y alma al cielo, donde la contemplamos como Señora de los ángeles y Reina del universo.
El mensaje que nos transmite la fiesta de hoy es muy actual, porque nos invita a considerar el valor y el significado más profundo de nuestra existencia en la tierra: es un camino que no está orientado hacia la nada, sino que se dirige hacia una meta de gloria eterna. Así, el destino de toda persona humana se presenta luminoso y abierto a la esperanza. María, al habernos precedido, como Madre solícita y amorosa, en la peregrinación terrena, nos espera y nos anima ahora desde el Paraíso a caminar sin vacilaciones hacia el reino de Dios. Cuando contemplamos a la Virgen elevada al cielo, el presente, en el que se realiza para nosotros la historia de la salvación, es iluminado por el futuro de gloria, que vemos resplandecer en ella.
Hoy sentimos a María más cercana a nosotros: nos mira y nos protege desde el cielo. La contemplación del Paraíso no nos aleja de la tierra; por el contrario, nos anima a trabajar con todas nuestras fuerzas para transformar nuestro mundo en la perspectiva de la eternidad. Resuena en nuestro corazón la invitación del Apóstol a buscar las «cosas de arriba» (Col 3, 1), donde tenemos preparada una morada eterna en la casa común del Padre.
Amadísimos hermanos y hermanas, que María nos ayude a vivir intensamente esta solemnidad y a aprovechar toda su riqueza espiritual. Que la luz de su fe disipe las tinieblas de nuestro espíritu; que su visión de Dios nos recuerde la presencia constante del Señor; y que el esplendor de su belleza nos prepare y acompañe al encuentro con el Padre. “
JUAN PABLO II. Ángelus. Sábado 15 de agosto de 1998
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“En el corazón de las que los latinos llamaban feriae Augusti, vacaciones de agosto —de ahí la palabra italiana “ferragosto”— la Iglesia celebra hoy la Asunción de la Virgen María al cielo en alma y cuerpo.
En la Biblia, la última referencia a su vida terrena se halla al comienzo del libro de los Hechos de los Apóstoles, que presenta a María recogida en oración con los discípulos en el Cenáculo en espera del Espíritu Santo (Hch 1, 14).
Posteriormente, una doble tradición —en Jerusalén y en Éfeso— atestigua su “dormición”, como dicen los orientales, es decir, el haberse “dormido” en Dios.
Este acontecimiento que precedió su paso de la tierra al cielo, ha sido confesado por la fe ininterrumpida de la Iglesia.
En el siglo VIII, por ejemplo, san Juan Damasceno, gran doctor de la Iglesia oriental, afirma explícitamente la verdad de su asunción corpórea, estableciendo una relación directa entre la “dormición” de María y la muerte de Jesús.
Escribe en una célebre homilía: “Era necesario que la que había llevado en su seno al Creador cuando era niño, habitase con él en los tabernáculos del cielo” (Homilía II sobre la Dormición, 14: PG 96, 741 B).
Como es sabido, esta firme convicción de la Iglesia halló su coronación en la definición dogmática de la Asunción, pronunciada por mi venerado predecesor Pío XII en el año 1950.
Como enseña el concilio Vaticano II, a María Santísima hay que colocarla siempre en el misterio de Cristo y de la Iglesia.
En esta perspectiva, “la Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro.
También en este mundo, hasta que llegue el día del Señor (cf. 2 P 3, 10), brilla ante el pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo” (Lumen gentium, 68).
Desde el paraíso la Virgen sigue velando siempre, especialmente en las horas difíciles de la prueba, sobre sus hijos, que Jesús mismo le confió antes de morir en la cruz.
¡Cuántos testimonios de esta materna solicitud suya se encuentran al visitar los santuarios a ella dedicados! Pienso en este momento especialmente en la singular ciudadela mundial de la vida y de la esperanza que es Lourdes, a donde, si Dios quiere, iré dentro de un mes, para celebrar el 150° aniversario de las apariciones marianas acaecidas allí.
María elevada al cielo nos indica la meta última de nuestra peregrinación terrena. Nos recuerda que todo nuestro ser —espíritu, alma y cuerpo— está destinado a la plenitud de la vida; que quien vive y muere en el amor de Dios y del prójimo será transfigurado a imagen del cuerpo glorioso de Cristo resucitado; que el Señor humilla a los soberbios y enaltece a los humildes (cf. Lc 1, 51-52).
La Virgen proclama esto eternamente con el misterio de su Asunción. ¡Que tú seas siempre alabada, oh Virgen María! Ruega al Señor por nosotros.”
BENEDICTO XVI. Ángelus. Castelgandolfo, 15 de agosto de 2008
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VII
“La liturgia celebra hoy la solemnidad de la Asunción de la Virgen al cielo en alma y cuerpo. Así la contempla la Iglesia, llamada en este día a exultar con intenso gozo, reconociendo en la Mujer vestida de sol, resplandeciente de luz, un signo de segura y consoladora esperanza.
¡Qué plenitud de felicidad y de gloria se anuncia a los creyentes en este misterio de la Asunción de la Virgen!
Nos estimula a no enfrascarnos en los afanes de la hora presente, sino a elevar nuestra mirada a las alturas, para que se dilate en los ilimitados y sosegantes horizontes donde se encuentra Cristo, sentado a la derecha del Padre, y donde está también María, la humilde esclava de Nazaret, ya en la gloria celestial.
El hombre moderno, inquieto y atónito frente al perenne interrogante sobre el enigma de la muerte, tiene necesidad sobre todo de esta gozosa esperanza, de este anuncio siempre nuevo.
En María y en el misterio de su Asunción, cada persona está llamada a redescubrir el atrevido y connatural fin de la existencia, según el proyecto establecido por el Creador: hacerse conforme a Cristo, Verbo encarnado, auténtica imagen del Padre celestial, para avanzar con él por el camino de la fe y resucitar con él a la plenitud de la vida bienaventurada.
En esta perspectiva, la solemnidad de la Asunción constituye un estímulo providencial a meditar en la altísima dignidad de todo ser humano, también en su dimensión corporal. “
JUAN PABLO II. Ángelus. Viernes 15 de agosto de 1997
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VIII
“Celebramos hoy la solemnidad de la Asunción de la santísima Virgen María. Se trata de una fiesta antigua, que tiene su fundamento último en la sagrada Escritura.
En efecto, la sagrada Escritura presenta a la Virgen María íntimamente unida a su Hijo divino y siempre solidaria con él.
Madre e Hijo aparecen estrechamente asociados en la lucha contra el enemigo infernal hasta la plena victoria sobre él.
Esta victoria se manifiesta, en particular, con la derrota del pecado y de la muerte, es decir, con la derrota de aquellos enemigos que san Pablo presenta siempre unidos (cf. Rm 5, 12. 15-21; 1 Co 15, 21-26).
Por eso, como la resurrección gloriosa de Cristo fue el signo definitivo de esta victoria, así la glorificación de María, también en su cuerpo virginal, constituye la confirmación final de su plena solidaridad con su Hijo, tanto en la lucha como en la victoria.
De este profundo significado teológico del misterio se hizo intérprete el siervo de Dios Papa Pío XII, al pronunciar, el 1 de noviembre de 1950, la solemne definición dogmática de este privilegio mariano. Declaró: “Por eso, la augusta Madre de Dios, misteriosamente unida a Jesucristo desde toda la eternidad, “por un solo y mismo decreto” de predestinación, inmaculada en su concepción, virgen integérrima en su divina maternidad, generosamente asociada al Redentor divino, que alcanzó pleno triunfo sobre el pecado y sus consecuencias, consiguió, al fin, como corona suprema de sus privilegios, ser conservada inmune de la corrupción del sepulcro y, del mismo modo que antes su Hijo, vencida la muerte, ser levantada en cuerpo y alma a la suprema gloria del cielo, donde brillaría como Reina a la derecha de su propio Hijo, Rey inmortal de los siglos” (const. Munificentissimus Deus: AAS 42 [1950] 768-769).
Queridos hermanos y hermanas, María, al ser elevada a los cielos, no se alejó de nosotros, sino que está aún más cercana, y su luz se proyecta sobre nuestra vida y sobre la historia de la humanidad entera. Atraídos por el esplendor celestial de la Madre del Redentor, acudimos con confianza a ella, que desde el cielo nos mira y nos protege.
Todos necesitamos su ayuda y su consuelo para afrontar las pruebas y los desafíos de cada día.
Necesitamos sentirla madre y hermana en las situaciones concretas de nuestra existencia.
Y para poder compartir, un día, también nosotros para siempre su mismo destino, imitémosla ahora en el dócil seguimiento de Cristo y en el generoso servicio a los hermanos.
Este es el único modo de gustar, ya durante nuestra peregrinación terrena, la alegría y la paz que vive en plenitud quien llega a la meta inmortal del paraíso.
BENEDICTO XVI . Ángelus. Miércoles 15 de agosto de 2007.
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IX
“La tradición cristiana, como sabemos, ha colocado en el centro del verano una de las fiestas marianas más antiguas y sugestivas, la solemnidad de la Asunción de la santísima Virgen María. Como Jesús resucitó de entre los muertos y subió a la diestra del Padre, así también María, terminado el curso de su existencia en la tierra, fue elevada al cielo.
La liturgia nos recuerda hoy esta consoladora verdad de fe, mientras canta las alabanzas de la Virgen María, coronada de gloria incomparable.
”Una gran señal apareció en el cielo -leemos hoy en el pasaje del Apocalipsis que la Iglesia propone a nuestra meditación-: una mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” (Ap 12, 1). En esta mujer resplandeciente de luz los Padres de la Iglesia han reconocido a María.
El pueblo cristiano en la historia vislumbra en su triunfo el cumplimiento de sus expectativas y señal de su esperanza cierta.
María es ejemplo y apoyo para todos los creyentes: nos impulsa a no desalentarnos ante las dificultades y los inevitables problemas de todos los días.
Nos asegura su ayuda y nos recuerda que lo esencial es buscar y pensar “en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (cf. Col 3, 2).
En efecto, inmersos en las ocupaciones diarias, corremos el riesgo de creer que aquí, en este mundo, en el que estamos sólo de paso, se encuentra el fin último de la existencia humana.
En cambio, el cielo es la verdadera meta de nuestra peregrinación terrena.
¡Cuán diferentes serían nuestras jornadas si estuvieran animadas por esta perspectiva!
Así lo estuvieron para los santos: su vida testimonia que cuando se vive con el corazón constantemente dirigido a Dios, las realidades terrenas se viven en su justo valor, porque están iluminadas por la verdad eterna del amor divino.”
BENEDICTO XVI. Angelus. Martes 15 de agosto de 2006.
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X
“En esta solemnidad de la Asunción de la Virgen contemplamos el misterio del tránsito de María de este mundo al Paraíso: podríamos decir que celebramos su “pascua”.
Como Cristo resucitó de entre los muertos con su cuerpo glorioso y subió al cielo, así también la Virgen santísima, a él asociada plenamente, fue elevada a la gloria celestial con toda su persona.
También en esto la Madre siguió más de cerca a su Hijo y nos precedió a todos nosotros.
Junto a Jesús, nuevo Adán, que es la “primicia” de los resucitados (cf. 1 Co 15, 20. 23), la Virgen, nueva Eva, aparece como “figura y primicia de la Iglesia” (Prefacio), “señal de esperanza cierta” para todos los cristianos en la peregrinación terrena (cf. Lumen gentium, 68).
La fiesta de la Asunción de la Virgen María, tan arraigada en la tradición popular, constituye para todos los creyentes una ocasión propicia para meditar sobre el sentido verdadero y sobre el valor de la existencia humana en la perspectiva de la eternidad.
Queridos hermanos y hermanas, el cielo es nuestra morada definitiva.
Desde allí María, con su ejemplo, nos anima a aceptar la voluntad de Dios, a no dejarnos seducir por las sugestiones falaces de todo lo que es efímero y pasajero, a no ceder ante las tentaciones del egoísmo y del mal que apagan en el corazón la alegría de la vida.”
BENEDICTO XVI. Ángelus. Lunes 15 de agosto de 2005
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SU BIOGRAFÍA

