Archivo de Agosto 2009

La Asunción de la Virgen María

Agosto 16, 2009

PALABRAS DE JUAN PABLO II Y BENEDICTO XVI

SOBRE ESTA SOLEMNIDAD

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I

“¡Oh María!, hoy, en la solemnidad de tu Asunción, dirigimos nuestra mirada hacia ti, llena de gracia, Virgen, que nos indicas el cielo, la meta hacia la que todos nos encaminamos.

Te presentas en este día como nueva criatura, que, al pie de la cruz, cuando parecía triunfar la muerte, «creíste que se cumplirían las cosas que te fueron dichas de parte del Señor» (Lc 1, 45), y se ha realizado en ti la promesa de la resurrección.

Te sentimos cercana, Madre de los redimidos, que nos enseñas a superar toda turbación; que consuelas al pueblo de Dios en su lucha diaria contra el «príncipe de este mundo» (Jn 12, 31), que intenta desarraigar de los corazones el sentido de gratitud y de respeto a ese original y extraordinario don divino, que es la vida del hombre.

Tú nos precedes, Virgen celestial en nuestra peregrinación de fe.

Fortalece oh María, nuestra esperanza; impulsa a la Iglesia a proseguir por el camino de la fidelidad a su Señor, confiando únicamente en la fuerza redentora de la santa cruz.”

“Todos los días nos renuevas, como entonces, la invitación de Cristo a ser mensajeros de la vida divina, única que puede saciar el hambre del corazón humano, y nos impulsas a reflexionar en lo que dijiste en Caná de Galilea: «Haced lo que Él [el Maestro] os diga» (Jn 2, 5). En efecto, sólo Jesús tiene palabras de vida eterna (cf. Jn 6, 68).”

“A ti, Reina de la paz y Madre de la Iglesia, en este día de fiesta, confiamos los anhelos más profundos de nuestro corazón.”

“Guía, oh María, a la humanidad por el camino de la búsqueda humilde de la verdad y de la auténtica paz; guíala a la felicidad verdadera, que sólo es posible en la comunión plena con Dios.”

Reina elevada al cielo, ruega por nosotros.

Juan Pablo II. Ángelus. Lunes 15 de agosto de 1994. Solemnidad de la Asunción de la Virgen María

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II

“María es, oh Señor, consuelo y esperanza de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra” (Prefacio de la Misa de la Asunción).

Hoy, solemnidad de la Asunción de María Santísima al cielo, la Iglesia nos hace orar así en la liturgia de la Misa.

Entre los fieles, ya desde los primeros tiempos, ha estado siempre viva la fe en la real Asunción de María al cielo en alma y cuerpo, y en todas partes, al extenderse el mensaje del Evangelio, se ha impuesto la certeza de esta verdad.

El día 15 de agosto se fijó como fiesta de la “Dormición” de María con un edicto del Emperador de Oriente, Mauricio (582-602) y, en Occidente, introdujo la fiesta, junto con otras conmemoraciones Marianas, el Papa Sergio I (687-701) en la misma fecha.

Como recordáis bien, fue Pío XII quien, el 1 de noviembre de 1950, definió esta verdad como “dogma de fe”, divinamente revelado.

El Concilio Vaticano II tomó plenamente la doctrina definida cuando afirma que “la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el decurso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste y fue ensalzada por el Señor como Reina universal, con el fin de que se asemejase de forma más plena a su Hijo” (Lumen gentium, 59).

“Creemos, pues, con absoluta certeza que María Santísima, Madre de Cristo y Madre espiritual nuestra, está ya en el cielo y goza con Cristo, en alma y cuerpo, de la felicidad eterna de Dios.

Nosotros, que aún peregrinamos por esta tierra luchando todavía por crecer en santidad, venciendo enteramente el pecado” (Lumen gentium, 65), ¡elevemos nuestra mirada a María Asunta, para embargarnos de su luz, para escuchar su enseñanza, para confiar en su bondad, para imitar sus virtudes, en el empeño y en la esperanza de alcanzarla un día en su gloria!

Con el esplendor admirable de su cuerpo glorificado, María Santísima es una llamada admonitoria y definitiva para toda la humanidad: Ella, que creyó con total confianza en la Palabra de Dios y la vivió en íntima unión con Cristo Redentor, nos enseña que el verdadero significado de la existencia es ultraterreno y que las realidades mundanas y corpóreas adquieren su auténtico valor sólo en la perspectiva de la eternidad.

La solemnidad de la Asunción, que celebramos durante el Año Mariano, sea para todos motivo y estímulo para una vida cristiana cada vez más convencida y coherente y para una devoción a María cada vez más constante y confiada.”

Juan Pablo II. Ángelus. Sábado 15 de agosto de 1987.

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III

1. “De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir”.

Así canta hoy la Iglesia, mientras admira con gozo el acontecimiento prodigioso de la Asunción de la Virgen en cuerpo y alma al cielo.

Esta solemnidad, situada en el corazón del verano, constituye una ocasión propicia para meditar en las realidades que trascienden la existencia terrena.

Al contemplar a la Virgen en la gloria celestial, comprendemos mejor que los quehaceres y las fatigas de cada día no deben absorbernos totalmente, porque el horizonte de la vida no se limita a la tierra.

En María, que hoy resplandece de luz, vemos realizarse plenamente cuanto el Padre celestial promete a quienes lo sirven generosamente, llevando su fidelidad, si fuera necesario, hasta la entrega suprema de la vida. “

JUAN PABLO II. Ángelus. 15 de agosto de 2001

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IV

” Hoy la Iglesia está de fiesta, porque celebra la gloriosa Asunción al cielo de María santísima. Desde siempre el pueblo de Dios, guiado por la Revelación, cree que la Madre de Cristo fue asociada a la victoria de su Hijo sobre la muerte y la venera llevada en cuerpo y alma a la gloria.

María, elegida por Dios como sede purísima para “habitar” en medio de los hombres, al concluir su existencia terrena, fue acogida inmediatamente en el cielo.

Por eso, la comunidad cristiana, con un célebre himno, canta alegre sus alabanzas y la invoca así: “Dios te salve, poderoso apoyo de nuestra fe. Dios te salve, estandarte esplendoroso de gracia… Dios te salve, llave del reino de Cristo. Dios te salve, esperanza de eternos tesoros… Dios te salve, por ti exultan los cielos, juntamente con la tierra. Dios te salve, por ti exulta la tierra juntamente con los cielos” (Akáthistos).

La fiesta de la Asunción, celebrada por doquier con diversas expresiones populares, cae a mitad del mes de agosto, tiempo de vacaciones de verano. Exhorto a todos, y en particular a los que se encuentran de vacaciones, a redescubrir el sentido cristiano de esta fiesta, participando en la celebración eucarística y orando con devoción a nuestra Madre celestial.

La Asunción de la Virgen nos recuerda que nuestra verdadera patria es el cielo y ella nos brinda su ayuda materna para prepararnos al encuentro definitivo con Cristo, al final de nuestra peregrinación por la tierra.”

JUAN PABLO II. Ángelus. 15 de agosto de 2000.

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V

«María ha sido llevada al cielo: se alegra el ejército de los ángeles». La liturgia de hoy nos invita a dirigir nuestra mirada hacia la Virgen, a la que todas las generaciones llaman bienaventurada, porque el Poderoso hizo obras grandes por ella (cf. Lc 1, 48).

Esta antiquísima y querida solemnidad de la Virgen, que año tras año vuelve a alegrar el corazón de los creyentes, es una invitación a mirar hacia lo alto, a mirar a María glorificada también en su cuerpo, para que recuperemos el auténtico sentido de la existencia y nos animemos nuevamente a caminar con confianza por los caminos de la vida.

Hoy todo nos habla del extraordinario privilegio que Dios concedió a María, elegida para ser asociada generosamente a la misión del Redentor (cf. Lumen gentium, 61). María, llena de gracia, preservada del pecado original, no conoció las consecuencias de la culpa original y, al término de su vida terrena, fue elevada en cuerpo y alma al cielo, donde la contemplamos como Señora de los ángeles y Reina del universo.

El mensaje que nos transmite la fiesta de hoy es muy actual, porque nos invita a considerar el valor y el significado más profundo de nuestra existencia en la tierra: es un camino que no está orientado hacia la nada, sino que se dirige hacia una meta de gloria eterna. Así, el destino de toda persona humana se presenta luminoso y abierto a la esperanza. María, al habernos precedido, como Madre solícita y amorosa, en la peregrinación terrena, nos espera y nos anima ahora desde el Paraíso a caminar sin vacilaciones hacia el reino de Dios. Cuando contemplamos a la Virgen elevada al cielo, el presente, en el que se realiza para nosotros la historia de la salvación, es iluminado por el futuro de gloria, que vemos resplandecer en ella.

Hoy sentimos a María más cercana a nosotros: nos mira y nos protege desde el cielo. La contemplación del Paraíso no nos aleja de la tierra; por el contrario, nos anima a trabajar con todas nuestras fuerzas para transformar nuestro mundo en la perspectiva de la eternidad. Resuena en nuestro corazón la invitación del Apóstol a buscar las «cosas de arriba» (Col 3, 1), donde tenemos preparada una morada eterna en la casa común del Padre.

Amadísimos hermanos y hermanas, que María nos ayude a vivir intensamente esta solemnidad y a aprovechar toda su riqueza espiritual. Que la luz de su fe disipe las tinieblas de nuestro espíritu; que su visión de Dios nos recuerde la presencia constante del Señor; y que el esplendor de su belleza nos prepare y acompañe al encuentro con el Padre. “

JUAN PABLO II. Ángelus. Sábado 15 de agosto de 1998

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 VI

“En el corazón de las que los latinos llamaban  feriae  Augusti,  vacaciones de agosto —de ahí la palabra italiana “ferragosto”— la Iglesia celebra hoy la Asunción de la Virgen María al cielo en alma y cuerpo.

En la Biblia, la última referencia a su vida terrena se halla al comienzo del libro de los Hechos de los Apóstoles, que presenta a María recogida en oración con los discípulos en el Cenáculo en espera del Espíritu Santo (Hch 1, 14).

Posteriormente, una doble tradición —en Jerusalén y en Éfeso— atestigua su “dormición”, como dicen los orientales, es decir, el haberse “dormido” en Dios.

Este acontecimiento que precedió su paso de la tierra al cielo, ha sido confesado por la fe ininterrumpida de la Iglesia.

 En el siglo VIII, por ejemplo, san Juan Damasceno, gran doctor de la Iglesia oriental, afirma explícitamente la verdad de su asunción corpórea, estableciendo una relación directa entre la “dormición” de María y la muerte de Jesús.

Escribe en una célebre homilía:  “Era necesario que la que había llevado en su seno al Creador cuando era niño, habitase con él en los tabernáculos del cielo” (Homilía II sobre la Dormición, 14:  PG 96, 741 B).

Como es sabido, esta firme convicción de la Iglesia halló su coronación en la definición dogmática de la Asunción, pronunciada por mi venerado predecesor Pío XII en el año 1950.

Como enseña el concilio Vaticano II, a María Santísima hay que colocarla siempre en el misterio de Cristo y de la Iglesia.

En esta perspectiva, “la Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro.

También en este mundo, hasta que llegue el día del Señor (cf. 2 P 3, 10), brilla ante el pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo” (Lumen gentium, 68).

Desde el paraíso la Virgen sigue velando siempre, especialmente en las horas difíciles de la prueba, sobre sus hijos, que Jesús mismo le confió antes de morir en la cruz.

¡Cuántos testimonios de esta materna solicitud suya se encuentran al visitar los santuarios a ella dedicados! Pienso en este momento especialmente en la singular ciudadela mundial de la vida y de la esperanza que es Lourdes, a donde, si Dios quiere, iré dentro de un mes, para celebrar el 150° aniversario de las apariciones marianas acaecidas allí.

María elevada al cielo nos indica la meta última de nuestra peregrinación terrena. Nos recuerda que todo nuestro ser —espíritu, alma y cuerpo— está destinado a la plenitud de la vida; que quien vive y muere en el amor de Dios y del prójimo será transfigurado a imagen del cuerpo glorioso de Cristo resucitado; que el Señor humilla a los soberbios y enaltece a los humildes (cf. Lc 1, 51-52).

La Virgen proclama esto eternamente con el misterio de su Asunción. ¡Que tú seas siempre alabada, oh Virgen María! Ruega al Señor por nosotros.”

BENEDICTO XVI. Ángelus.  Castelgandolfo, 15 de agosto de 2008

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VII

“La liturgia celebra hoy la solemnidad de la Asunción de la Virgen al cielo en alma y cuerpo. Así la contempla la Iglesia, llamada en este día a exultar con intenso gozo, reconociendo en la Mujer vestida de sol, resplandeciente de luz, un signo de segura y consoladora esperanza.

¡Qué plenitud de felicidad y de gloria se anuncia a los creyentes en este misterio de la Asunción de la Virgen!

Nos estimula a no enfrascarnos en los afanes de la hora presente, sino a elevar nuestra mirada a las alturas, para que se dilate en los ilimitados y sosegantes horizontes donde se encuentra Cristo, sentado a la derecha del Padre, y donde está también María, la humilde esclava de Nazaret, ya en la gloria celestial.

El hombre moderno, inquieto y atónito frente al perenne interrogante sobre el enigma de la muerte, tiene necesidad sobre todo de esta gozosa esperanza, de este anuncio siempre nuevo.

En María y en el misterio de su Asunción, cada persona está llamada a redescubrir el atrevido y connatural fin de la existencia, según el proyecto establecido por el Creador: hacerse conforme a Cristo, Verbo encarnado, auténtica imagen del Padre celestial, para avanzar con él por el camino de la fe y resucitar con él a la plenitud de la vida bienaventurada.

En esta perspectiva, la solemnidad de la Asunción constituye un estímulo providencial a meditar en la altísima dignidad de todo ser humano, también en su dimensión corporal. “

JUAN PABLO II. Ángelus. Viernes 15 de agosto de 1997

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VIII

 “Celebramos hoy la solemnidad de la Asunción de la santísima Virgen María. Se trata de una fiesta antigua, que tiene su fundamento último en la sagrada Escritura.

En efecto, la sagrada Escritura presenta a la Virgen María íntimamente unida a su Hijo divino y siempre solidaria con él.

Madre e Hijo aparecen estrechamente asociados en la lucha contra el enemigo infernal hasta la plena victoria sobre él.

Esta victoria se manifiesta, en particular, con la derrota del pecado y de la muerte, es decir, con la derrota de aquellos enemigos que san Pablo presenta siempre unidos (cf. Rm 5, 12. 15-21; 1 Co 15, 21-26).

Por eso, como la resurrección gloriosa de Cristo fue el signo definitivo de esta victoria, así la glorificación de María, también en su cuerpo virginal, constituye la confirmación final de su plena solidaridad con su Hijo, tanto en la lucha como en la victoria.

De este profundo significado teológico del misterio se hizo intérprete el siervo de Dios Papa Pío XII, al pronunciar, el 1 de noviembre de 1950, la solemne definición dogmática de este privilegio mariano. Declaró:  “Por eso, la augusta Madre de Dios, misteriosamente unida a Jesucristo desde toda la eternidad, “por un solo y mismo decreto” de predestinación, inmaculada en su concepción, virgen integérrima en su divina maternidad, generosamente asociada al Redentor divino, que alcanzó pleno triunfo sobre el pecado y sus consecuencias, consiguió, al fin, como corona suprema de sus privilegios, ser conservada inmune de la corrupción del sepulcro y, del mismo modo que antes su Hijo, vencida la muerte, ser levantada en cuerpo y alma a la suprema gloria del cielo, donde brillaría como Reina a la derecha de su propio Hijo, Rey inmortal de los siglos” (const. Munificentissimus Deus:  AAS 42 [1950] 768-769).

Queridos hermanos y hermanas, María, al ser elevada a los cielos, no se alejó de nosotros, sino que está aún más cercana, y su luz se proyecta sobre nuestra vida y sobre la historia de la humanidad entera. Atraídos por el esplendor celestial de la Madre del Redentor, acudimos con confianza a ella, que desde el cielo nos mira y nos protege.

Todos necesitamos su ayuda y su consuelo para afrontar las pruebas y los desafíos de cada día.

Necesitamos sentirla madre y hermana en las situaciones concretas de nuestra existencia.

Y para poder compartir, un día, también nosotros para siempre su mismo destino, imitémosla ahora en el dócil seguimiento de Cristo y en el generoso servicio a los hermanos.

Este es el único modo de gustar, ya durante nuestra peregrinación terrena, la alegría y la paz que vive en plenitud quien llega a la meta inmortal del paraíso.

BENEDICTO XVI . Ángelus. Miércoles 15 de agosto de 2007.

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IX

“La tradición cristiana, como sabemos, ha colocado en el centro del verano una de las fiestas marianas más antiguas y sugestivas, la solemnidad de la Asunción de la santísima Virgen María. Como Jesús resucitó de entre los muertos y subió a la diestra del Padre, así también María, terminado el curso de su existencia en la tierra, fue elevada al cielo.

La liturgia nos recuerda hoy esta consoladora verdad de fe, mientras canta las alabanzas de la Virgen María, coronada de gloria incomparable.

 ”Una gran señal apareció en el cielo -leemos hoy en el pasaje del Apocalipsis que la Iglesia propone a nuestra meditación-: una mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” (Ap 12, 1). En esta mujer resplandeciente de luz los Padres de la Iglesia han reconocido a María.

El pueblo cristiano en la historia vislumbra en su triunfo el cumplimiento de sus expectativas y señal de su esperanza cierta.

María es ejemplo y apoyo para todos los creyentes:  nos impulsa a no desalentarnos ante las dificultades y los inevitables problemas de todos los días.

 Nos asegura su ayuda y nos recuerda que lo esencial es buscar y pensar “en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (cf. Col 3, 2).

En efecto, inmersos en las ocupaciones diarias, corremos el riesgo de creer que aquí, en este mundo, en el que estamos sólo de paso, se encuentra el fin último de la existencia humana.

En cambio, el cielo es la verdadera meta de nuestra peregrinación terrena.

¡Cuán diferentes serían nuestras jornadas si estuvieran animadas por esta perspectiva!

 Así lo estuvieron para los santos:  su vida testimonia que cuando se vive con el corazón constantemente dirigido a Dios, las realidades terrenas se viven en su justo valor, porque están iluminadas por la verdad eterna del amor divino.”

BENEDICTO XVI. Angelus. Martes 15 de agosto de 2006.

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X

“En esta solemnidad de la Asunción de la Virgen contemplamos el misterio del tránsito de María de este mundo al Paraíso:  podríamos decir que celebramos su “pascua”.

Como Cristo resucitó de entre los muertos con su cuerpo glorioso y subió al cielo, así también la Virgen santísima, a él asociada plenamente, fue elevada a la gloria celestial con toda su persona.

También en esto la Madre siguió más de cerca a su Hijo y nos precedió a todos nosotros.

Junto a Jesús, nuevo Adán, que es la “primicia” de los resucitados (cf. 1 Co 15, 20. 23), la Virgen, nueva Eva, aparece como “figura y primicia de la Iglesia” (Prefacio), “señal de esperanza cierta” para todos los cristianos en la peregrinación terrena (cf. Lumen gentium, 68).

La fiesta de la Asunción de la Virgen María, tan arraigada en la tradición popular, constituye para todos los creyentes una ocasión propicia para meditar sobre el sentido verdadero y sobre el valor de la existencia humana en la perspectiva de la eternidad.

Queridos hermanos y hermanas, el cielo es nuestra morada definitiva.

Desde allí María, con su ejemplo, nos anima a aceptar la voluntad de Dios, a no dejarnos seducir por las sugestiones falaces de todo lo que es efímero y pasajero, a no ceder ante las tentaciones del egoísmo y del mal que apagan en el corazón la alegría de la vida.”

BENEDICTO XVI. Ángelus. Lunes 15 de agosto de 2005

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Mirando al cielo

Agosto 15, 2009

¡Mirando al cielo! Y es verdad; de esta manera, mirando al cielo, debe pasarse la vida el buen cristiano, a quien se ha enseñado a mirar únicamente como destierro y valle de lágrimas la tierra.

Espiritual ascensor de nuestros pobres corazones hacia allá es nuestra santa Religión, y a eso tienden todos los impulsos de ella: a que levantemos el vuelo y dejemos de arrastrarnos por el lodo y el polvo como reptiles o sabandijas, para alzarnos alto, muy alto, aún en vida, a regiones de luz, de aire puro, de ilimitados horizontes, donde sólo puede respirar sin temor de asfixia, y espaciarse y dominar libre y señora, con libertad digna de su condición de hija del cielo, el alma racional.

Otra a la verdad sería nuestra fugaz y efímera existencia si de esta suerte, y no como nos la persuaden mundo, demonio y carne, nos resolviésemos a llevarla gravitando con celestiales anhelos hacia arriba, en vez de gravitar con toda la pesadumbre de feas y vergonzosas concupiscencias hacia abajo.

¡Que nunca hemos de convencernos de que nos quiere bien Dios Nuestro Señor, aún para la vida mortal presente, cuando nos manda amarle y servirle a Él solo para asegurar la futura! ¡Qué jamás hemos de desengañarnos de la desastrosa fascinación de los sentidos, que alejándonos de nuestro centro sobrenatural (que es el centro natural del alma humana), nos enfanga y embrutece en el cieno de todas las infelicidades, a pretexto, según dice, de hacernos dichosos!

¿Dichosos hemos de ser, con vistas únicas a lo deleznable perecedero, que solamente para engañarnos nos atrae, y para sumirnos en el horror de la desesperación?

¿Dichosos, sin ideal sin amor, sin esperanza, cerrados, cortados al impaciente e insaciable vuelo del espíritu todos los horizontes del infinito, que necesita y busca con afán el alma si no ha de ser la más desventurada de todas las criaturas, por lo mismo que es la única que lo conoce y siente, y que agoniza de congojosa sed para alcanzarlo?

¡Qué es ¡miserables! la presente vida, si no hay otra?

¿Qué vale haber sido hombre y rey de la creación, si no se ha de ser un día heredero del patrimonio del cielo?

El pólipo vil, que pegado a la roca en el fondo del mar, figura en el grado ínfimo de la escala de los seres animales, es entonces más rey y más soberano que yo, porque encierra en sí (en sí tan sólo) todo el secreto de su felicidad, y vive y muere satisfecho con ella.

Yo, sin Dios y sin la otra vida, soy el más infortunado de todos los tipos de la creación, el único incompleto y sin terminación conocida, el gran paria a quien tienen derecho a mirar con lástima y desdén todos los demás seres criados.

Sin Dios, y sin la eternidad que espero, todos realizan su fin… y yo no.

***

¡Madre, Madre mía, Madre de mi alma, y de mi Dios y Señor Jesucristo! Esto me mostráis y eso me recordáis y a eso me convidáis a meditar con vuestra Asunción a los cielos!

¡Madre, Madre mía, Madre de mi alma y de mi Dios y Señor Jesucristo! ¡A los infelices que eso olvidan, a los infelices que eso desconocen, a los infelicísimos que eso niegan, a mi pobre pecador, que tan a menudo necesito reavivarme en esta fe y esta esperanza, sednos consoladora estrella y norte celestial en las lobregueces que atravesamos!

Et Jesum, benedictum fructum ventris tui, nobis post hoc exilium ostende. O clemens! O pia! O dulcis Virgo María!

Sardá y Salvany Pbro. Año Sacro. Tomo Segundo.

La asfixia del alma y su remedio

Agosto 15, 2009

“María subiendo a los cielos es consuelo para todas las aflicciones de la vida.

Desde la tierra, y aún desde las más lóbregas hondonadas de ella, se ve el cielo; y por encapotado que se halle el horizonte, por densos nubarrones que lo ennegrezcan, por espesa que sea la polvareda que lo enturbie, el cristiano de verdadera raza cristiana no puede ni debe perder un momento de vista aquella su patria inmortal.

Ciego, ¿es la tierra el centro de las almas? Así cantó un renombrado poeta español, y así hemos de llamarnos al orden a nosotros mismos frecuentemente, y sobre todo cada vez que el espectáculo de lo que en nuestro rededor acontece, amenazare hundirnos en los horrores de la desesperación o por lo menos en las tristezas del desaliento.

¿Pues qué? ¿Hemos olvidado que tierra somos y que en tierra vivimos, y que es tierra lo que pisamos, y que es terreno el aire que nos rodea, y terrenos casi todos los hombres, ideas e intereses que se agitan a nuestro rededor? Y condenado el espíritu inmortal, hijo del cielo y criado para el cielo, a vivir un cierto plazo de años en estas condiciones, ¿hemos de extrañar no viva a gusto, sino antes muy enojosamente, en esta baja región, la más opuesta a sus divinos instintos?

Hasta la asfixia podría llegar a experimentar el desdichado si muy a menudo no procurase levantar el vuelo para buscar en región más pura aire moral acomodado a su delicada respiración. ¡Y es espantosa la asfixia del alma, tan frecuente por desdicha en los hombres de nuestra materializada generación!

Abajo nos arrastra con todo el peso de su grosera atracción lo terreno; arriba nos ha de llamar con todo el poder de sus elevados impulsos lo sobrenatural y divino. Por esto tiene, entre otros medios mil eficacísimos, sus fiestas la Iglesia, y la que hoy celebramos en particular.

Si de ordinario nos convida la Religión a mirar al cielo, hoy (y el día de la Ascensión del Señor) se goza en mostrárnoslo como entreabierto, para que ya en cierta manera podamos con nuestros corazones entrar allá.

¡Subamos, sí, subamos, que buen guía tenemos en nuestra excelsa Madre María, al celebrar su gloriosa Asunción!

Vedla a la hermosísima Paloma, al Águila real, como hiende los aires, cruza el espacio, traspasa las nubes y traspone las lindes de la eternal región.

Vivió, es decir, sufrió, gimió, lloró que todo esto significa vivir: las espinas del destierro ensangrentaron sus pies; los insultos de los malos sonrojaron su rostro; la persecución de los poderosos clavó puñales en su corazón. Mas ¿qué le impide hoy mecerse como triunfadora sobre las nevadas alas de los Ángeles, y mirar de lejos, muy de lejos, con la sonrisa de la compasión el valle aquel que fue teatro de sus amarguras?

¡Subamos, subamos con Ella, que es dulce subir en tan grata compañía!

Conforme subimos, ¡cuan lejos va quedando de nuestros llorosos ojos la tierra que tanto nos hizo sufrir! A proporción que nos acercamos al cielo, ¡cuán insignificantes van apareciendo los hombres!, ¡cuan miserables sus proyectos!, ¡cuan pueril y loca su agitación! Si tan pigmeos van apareciendo, aún acá desde el suelo mirados en el dilatado campo de la historia, ¿qué van a parecer vistos desde allá, es decir, desde los umbrales de la eternidad?

Mas entremos, que entra ya en ella nuestra Madre. Mas ¡ay! que no nos es dado aún con Ella entrar, sino sólo desde fuera admirar con la lumbre de la fe su gloriosísimo triunfo. Torrentes de luz, día sin noche, esclarecen eternamente la ciudad de Dios. Paz y amor y júbilo sin fin son las palabras que allí se oyen; paz y amor y júbilo sin fin, la herencia imperdible ya, de sus dichosos moradores. La eternidad de todo lo bueno, la eternidad de todo lo verdadero, la eternidad de todo lo bello, sin mudanza, sin vicisitud. Dios, en una palabra, que todo esto compendia y significa. Dios es su imperecedero galardón.

Y toda esa gloria, toda esa luz, toda esa felicidad se reflejan como inmortal corona en la frente de María, de la humilde doncella de Nazaret, de la modesta esposa del Carpintero, de la pobrecilla mendiga de Belén, de la llorosa desterrada de Egipto, de la desolada víctima del Calvario. Luna, hermosísima de estos nuevos firmamentos, refleja con más brillo que nadie los rayos de Dios que es su eterno Sol; y a par de Ella, como estrellas de inferior calidad, los reflejan, cual más, cual menos, según sus méritos, las frentes de los demás elegidos.

¡El aleluya triunfal no se suspende un instante en los labios de las angélicas jerarquías, que llenan con él los espacios inmensos de la dichosa Sión!

¡Y es todo esto para mí, y a todo esto me llama mi Padre, y a tal propiedad y heredamiento me da derecho la sangre de hijo de Dios y de hermano de Cristo que corre por mis venas!

¡Oh cielo!, ¡oh mi único amor, oh mi única esperanza! ¡Mucho se puede y se debe sufrir por ti, que muy en breve has de ser mi patrimonio!

¡Oh tierra!, ¡oh valle de miseria! ¡oh charco de iniquidad! ¡muy ruin eres tú, para que cosa alguna de las tuyas me robe un sólo pensamiento de los que debo tan sólo a este mi único fin!

¡Oh María! ¡Oh Madre! ¡Oh Reina! ¡Subamos con Vos a esas regiones de paz, ya con el espíritu desde ahora, para después reinar con Vos en cuerpo y alma en ellas por toda la eternidad!

Sardá y Salvany Pbro, Año Sacro. Tomo segundo.  

El caballero de la Inmaculada

Agosto 14, 2009

SAN MAXIMILIANO KOLBE

(1894-1941)

19821010_massimiliano_maria_kolbe      SU  BIOGRAFÍA

Un día de 1915, en Roma, un hombre de edad madura vocifera ante el hermano Maximiliano Kolbe contra el Papa y la Iglesia.

El joven franciscano entabla una discusión, ante lo cual el desconocido exclama: «¡Sé muy bien lo que digo, jovencito! Soy doctor en filosofía». «Y yo también», contesta el joven hermano de veintiún años que aparenta tener dieciséis.

Asombrado, aquel hombre cambia de tono. Entonces, pacientemente y con inexorable lógica, el hermano recupera uno tras otro los argumentos de su interlocutor y los vuelve contra él. «Hacia el final de la discusión -nos cuenta un testigo- el incrédulo se calló, pareciendo que reflexionaba profundamente». ¿Quién es ese ardiente apóstol, descrito por el Papa Pablo VI como una «clase de hombre al que podemos adecuar nuestro modo de vida, reconociéndole el privilegio del apóstol Pablo de poder decir al pueblo cristiano Sed mis imitadores, como yo lo soy de Cristo (1 Co 11, 1)»?

Las dos coronas

Raimundo Kolbe, el futuro San Maximiliano (canonizado por el Papa Juan Pablo II el 10 de octubre de 1982), nació el 7 de enero de 1894 y era hijo de modestos tejedores polacos. Su padre es benévolo y algo taciturno. Su madre, María, es enérgica y trabajadora. Además de dos hijos fallecidos en su tierna infancia, la familia está compuesta por tres chicos: Francisco, Raimundo y José. Raimundo es violento, independiente, emprendedor y testarudo; de temperamento vivo y espontáneo, pone a prueba con frecuencia la paciencia de su madre, que un día exclama: «Pobre hijo mío, ¿qué será de ti?»

Aquella reprimenda produce en el niño una verdadera conversión, tornándose sensato y obediente. La madre se da cuenta de que a menudo desaparece detrás del armario donde hay un pequeño altar de Nuestra Señora de Czestochowa; allí reza y llora.

«Vamos a ver, Raimundo, le pregunta su madre, ¿por qué lloras como una niña?

- Madre, cuando me dijo “Raimundo, ¿qué será de ti?” sentí mucho pesar y fui a preguntarle a la Virgen qué sería de mí… La Virgen se me apareció sosteniendo dos coronas, una blanca y otra roja. Me miró amorosamente y me preguntó cuál de ellas elegía; la blanca significaba que sería siempre puro y la roja que moriría mártir. Yo le respondí: “¡Elijo las dos!”».

A partir de aquel encuentro, el alma del muchacho guardará un amor indefectible hacia la Virgen.

La lectura de los escritos de San Luis María Grignion de Monfort le enseñan que «Dios quiere revelar y descubrir a María, obra maestra de sus manos, en esos últimos tiempos… María debe brillar, más que nunca, en misericordia, en fuerza y en gracia» (Tratado de la verdadera devoción a la Virgen).

Así pues, él entrega su vida a la Virgen. La consagración mariana es un don de amor que ofrece toda la persona y que la une a la Inmaculada.

«Al igual que la Inmaculada es de Jesús, de Dios, de igual modo cada alma será por Ella y en Ella de Jesús, de Dios, y ello mucho mejor que sin Ella», escribirá San Maximiliano.

«La Iglesia Católica ha afirmado siempre que la imitación de la Virgen María no solamente no desvía del esfuerzo por seguir fielmente a Jesucristo, sino que lo hace más amable y más fácil» (Pablo VI, Exhortación apostólica Signum Magnum, 13 de mayo de 1967, nº 8).

Atraído por María, Raimundo Kolbe abraza la vida religiosa. El 4 de septiembre de 1910, toma el hábito franciscano, con el nombre de “hermano Maximiliano María”.

En otoño de 1912, sus superiores lo envían a la universidad gregoriana de Roma. Los estudios no lo apartan de su ideal de santidad, pues quiere procurar la mayor gloria posible a Dios.

«La gloria de Dios consiste en la salvación de las almas. Por tanto, nuestro noble ideal es la salvación de las almas y la perfecta santificación de éstas, redimidas ya a un alto precio mediante la muerte de Jesús en la cruz, empezando naturalmente por nuestra alma».

Pero el camino de la salvación se halla en el cumplimiento de la voluntad de Dios. Por eso el joven hermano le escribe a su madre: «No voy a desearle ni salud ni prosperidad. ¿Por qué? Porque quisiera desearle algo mejor que eso, algo tan bueno que ni el propio Dios podría desearle nada mejor: que la voluntad de ese Padre inmensamente bueno se cumpla en usted, madre, y que sepa cumplir en todo la voluntad de Dios. Es todo lo mejor que puedo desearle».

Bajo los pies de Lucifer

Fue en Roma donde la Virgen le inspiró que fundara la “Misión de la Inmaculada”. En aquella época, la francmasonería campaba a sus anchas por la ciudad eterna. «Cuando los francmasones empezaron a agitarse cada vez más y con más atrevimiento, explica el hermano Maximiliano, y cuando hubieron levantado su estandarte bajo las ventanas del Vaticano, aquel estandarte en el que, sobre fondo de color negro, Lucifer pisoteaba bajo sus pies al arcángel San Miguel, cuando se pusieron a repartir panfletos lanzando imprecaciones contra el Santo Padre, se me ocurrió la idea de fundar una asociación que tuviera como objetivo combatir a los francmasones y a los demás secuaces de Lucifer».

La francmasonería es una sociedad secreta de mil ramificaciones, que se esfuerza en dirigir el mundo según unos principios que excluyen la autoridad de Dios y su Revelación.

«Como quiera que la misión propia y específica de la Iglesia Católica consiste en recibir en su plenitud y en guardar con pureza incorruptible las doctrinas reveladas por Dios, como también la autoridad establecida para enseñarlas, junto con los demás auxilios recibidos del cielo para la salvación de los hombres, precisamente por eso los francmasones despliegan contra ella con el mayor encarnizamiento sus más violentos ataques» (León XIII, Encíclica Humanum genus, 20 de abril de 1884).

 Pero la francmasonería destruye igualmente la sociedad civil, pues sus principios contradicen la ley natural y socavan «los fundamentos de la justicia y de la honradez» (ibíd.).

Con gran frecuencia, propone al hombre como única regla de acción la satisfacción de sus deseos.

Por otra parte, la pretensión de hacer que el Estado sea del todo extraño a la religión y a la administración de los asuntos públicos como si Dios no existiera, es «una temeridad sin precedente» (ibíd.).

En efecto, de igual manera que todo hombre tiene la obligación de «ofrecer a Dios el culto de un piadoso reconocimiento, ya que a Él debemos nuestra vida y los bienes que la acompañan, un deber semejante se impone a los pueblos y a las sociedades» (ibíd.).

La Congregación para la doctrina de la fe confirmó la enseñanza de León XIII mediante una instrucción fechada el 26 de noviembre de 1983: «El juicio de la Iglesia sobre las asociaciones masónicas permanece inmutable, porque sus principios han sido siempre considerados inconciliables con la doctrina de la Iglesia, y la inscripción a esas asociaciones sigue estando prohibida por la Iglesia. Los fieles que pertenecen a las asociaciones masónicas permanecen en estado de pecado mortal y no pueden acceder a la sagrada comunión».

Amenazas programadas científicamente

Hoy en día, la francmasonería preconiza la “cultura de la muerte” al favorecer la anticoncepción, el aborto y la eutanasia, contribuyendo de ese modo a arruinar la familia.

Para el francmasón Pierre Simon, que escribía en 1979 que «mi verdadero ser ya no es mi cuerpo sino mi logia (masónica)», la vida «ya no es un don de Dios sino un material que se administra… Y pierde el carácter absoluto que tenía en el Génesis». Por eso puede manipularse a voluntad, de tal manera que la «sexualidad se disociará de la procreación, y la procreación de la paternidad. Lo que se está desmoronando es el concepto de familia en sí». Numerosos organismos están animados por principios semejantes actualmente, los cuales, sin someterse abiertamente a la francmasonería, actúan en el mismo sentido.

Por eso quiso decir el Papa, en Denver, el 4 de agosto de 1993: «Las amenazas contra la vida no se debilitan con el paso del tiempo. Al contrario, adquieren dimensiones enormes… Se trata de amenazas programadas de manera científica y sistemática».

En presencia de las mismas fuerzas del mal, que ya actuaban en su época, San Maximiliano supone para nosotros un hermoso ejemplo de celo apostólico.

 Siguiendo a San Pablo, se esmera en vencer el mal con el bien (Rm 12, 21).

Fortalecido por su fe y por una teología segurísima, se dirige hacia la Virgen María y hacia su divino Hijo. Para podernos salvar, el Verbo de Dios se dignó hacerse hombre y elegir como Madre a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María (Lc 1, 27). La Madre del Salvador, María, fue provista por Dios de dones a la medida de tan gran responsabilidad. En el momento de la Anunciación, el ángel Gabriel la saluda como llena de gracia (Lc 1, 28). Explicitando esa expresión, el Papa Pío IX proclamó en 1854 el dogma de la Inmaculada Concepción: «La Bienaventurada Virgen María, en el primer instante de su concepción, mediante una gracia y un favor singular de Dios Todopoderoso, a causa de los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano, fue preservada intacta de toda mancha del pecado original». Al no haber conocido el pecado, la Inmaculada posee un poder inmenso contra todo mal y se ha convertido en la «Madre de toda Gracia».

Salvar a todas las almas

Al tener poder contra el mal, Nuestra Señora resulta victoriosa del demonio. Por eso el hermano Maximiliano funda la “Misión de la Inmaculada” a partir de la siguiente frase de Dios a la serpiente (el diablo): Ella (la Virgen) quebrantará tu cabeza (Gn 3, 15 – Vulgata). El santo relaciona esta profecía divina con la afirmación de la liturgia: «Por ti sola, oh María, han sido vencidas todas las herejías». El objetivo de su obra es obtener «la conversión de los pecadores, de los herejes, de los cismáticos, etc., y en especial de los francmasones, así como la santificación de todos los hombres bajo la advocación y por intercesión de la Bienaventurada Virgen María Inmaculada».

En su ardor, Maximiliano desea la conversión de todos los pecadores, pues el santo nunca dirá «salvar almas», sino «todas las almas». Es un deseo que se corresponde con el designio de Dios. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 16). Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados (1 Jn 4, 10). Él es la víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero (1 Jn 2, 2).

Los miembros de esa “Misión” harán ofrenda total de sí mismos a la Bienaventurada Virgen María Inmaculada, como instrumentos en sus manos, y llevarán la medalla milagrosa.

Una vez al día rezarán la siguiente oración: «Oh María, concebida sin pecado, ruega por nosotros que a ti recurrimos y por todos los que no recurren a ti, en especial por los francmasones y por todos los que te son recomendados».

Cristianizar la cultura

A pesar de que la salud del hermano Maximiliano no es robusta, se dedica con ahincó a los estudios, aprueba con brillantez los exámenes y llega a ser, en 1915, doctor en filosofía.

Cuatro años más tarde, obtiene con el mismo éxito un doctorado en teología.

Entre tanto, el 28 de abril de 1918, ha recibido la ordenación sacerdotal, proyectando su formación intelectual con el objetivo de instruir al prójimo y de contribuir de ese modo a la salvación de las almas.

Su deseo consiste en «hacer que todo progreso esté al servicio de la gracia de Dios», es decir, cristianizar la cultura moderna.

El Concilio Vaticano II declara que «se prestará atención a la problemática y las investigaciones modernas, de manera que se llegue a ver con mayor claridad cómo la fe y la razón convergen en una sola verdad… Que de esta manera el pensamiento cristiano pueda hacer acto de presencia pública, estable y universal en toda tentativa de promover una cultura superior, y que los alumnos de estos institutos (escuelas superiores, universidades y facultades) se formen hombres que destaquen por su doctrina, y preparados para desempeñar las funciones más importantes en la sociedad y para ser en el mundo testigos de la fe» (Gravissimum educationis, 10).

Pero el santo llegará a experimentar que no puede hacerse el bien sin la cruz.

En efecto, como lo recuerda Santa Teresa del Niño Jesús, «solamente el sufrimiento alumbra las almas».

Hacia finales de 1919, es enviado a Zakopane, a un sanatorio donde falta ayuda religiosa. Aunque se halla enfermo, emprende un difícil apostolado entre sus compañeros, con la ayuda de medallas milagrosas. Consigue así ganarse los corazones uno a uno, y lo hace tan bien que es invitado a impartir conferencias. El apóstol de María lo estaba esperando, y muchos incrédulos se convierten.

El veneno de la indiferencia

Después, el padre Maximiliano inaugura una serie de “charlas apologéticas” sobre la existencia de Dios y la divinidad de Jesucristo.

El amor que siente por la verdad se trasluce en una carta escrita a su hermano José: «En nuestros días, el mayor veneno es la indiferencia, que encuentra sus víctimas no solamente entre los burgueses, sino también entre los religiosos, aunque, claro está, en proporciones diferentes».

«Todos los cristianos, dice el Papa Pío XII, deberían poseer en la medida de lo posible una instrucción religiosa profunda y orgánica. Pues resultaría peligroso desarrollar todos los demás conocimientos y dejar sin cambios el patrimonio religioso, tal como se encontraba en la primera infancia. Al ser necesariamente incompleto y superficial, sería sofocado, y quizás destruido, por la cultura no religiosa y por las experiencias de la vida adulta, como lo atestiguan todos aquellos en los que zozobró la fe por razones que quedaron en la sombra o por problemas que quedaron sin solución. Como resulta necesario que el fundamento de la fe sea racional, se hace indispensable un estudio suficiente de la apologética» (24 de marzo de 1957).

En 1927, el padre Maximiliano funda la ciudad mariana franciscana de Niepokalanow (literalmente: la ciudad de la Inmaculada), donde todo es consagrado a María. Son muchos los que piden ser admitidos en el noviciado, hasta el punto de que el convento llegará a contar con mil religiosos.

«En Niepokalanow, dice el padre, vivimos con una idea fija, si así puede expresarse, voluntariamente elegida y amada: la Inmaculada».

La prensa, cuya influencia no deja de crecer, se le representa como un terreno de apostolado privilegiado, por lo que, con el objetivo de la evangelización, lanza la revista “El caballero de la Inmaculada”, que muy pronto llega a ser la publicación más importante de Polonia, alcanzando en 1939 una tirada de un millón de ejemplares.

«¿Sabe usted japonés?»

Lejos de ser el único objetivo del padre Maximiliano, Polonia no es más que un trampolín. Apenas habían transcurrido tres años desde la fundación de Niepokalanow cuando se encuentra en un tren con unos estudiantes japoneses.

Tras entablar conversación, el padre les regala unas medallas milagrosas, a cambio de lo cual los estudiantes le entregan unos pequeños elefantes de madera que les sirven de fetiches. A partir de entonces, el santo no deja de pensar en la gran piedad de aquellas almas sin Dios. Así que un buen día se presenta ante su provincial y le pide permiso para ir a Japón a fundar una Niepokalanow japonesa. «¿Tiene usted dinero?, pregunta el padre provincial. – No. – ¿Sabe usted japonés? – No. – ¿Tiene, por lo menos, amigos allí, o algún apoyo? – Todavía no, pero con la gracia de Dios los encontraré».

Una vez conseguidos todos los permisos, el padre sale para Japón en 1930, junto a cuatro hermanos. A base de trabajo, de audacia, de plegarias y de confianza en la Inmaculada, consiguen crear el “Mugenzai no Sono”, textualmente: el jardín de la Inmaculada. Dos años después de aquella fundación de Japón, el padre Maximiliano se embarca para seguir fundando en la India. En momentos de conflicto y de grandes dificultades, le reza a Santa Teresa de Lisieux: ¿acaso no había convenido con ella, hacía tiempo y en Roma, que rezaría todos los días por su canonización, pero que a cambio ella sería la patrona de sus obras? Santa Teresita hace honor al contrato, y todos los obstáculos desaparecen como por encantamiento. Pero, extenuado y minado por la fiebre, el apóstol de María Inmaculada debe regresar a Polonia en 1936.

El amor o el pecado

Septiembre de 1939: la guerra se abate sobre el país. Con más ardor que nunca, San Maximiliano se entrega al apostolado. En su último artículo publicado podemos leer: «Si el bien consiste en el amor de Dios y en todo lo que brota del amor, el mal, en su esencia, es una negación del amor». He ahí el verdadero conflicto. En el fondo de cada alma hay dos adversarios: el bien y el mal, el amor y el pecado. San Agustín expresó ese conflicto en los términos siguientes: «Dos amores crearon dos ciudades: el amor de uno mismo hasta el desprecio de Dios creó la ciudad terrenal; el amor de Dios hasta el desprecio de uno mismo creó la ciudad celestial» (La ciudad de Dios, XIV, 28).

El 17 de febrero de 1941, unos agentes de la Gestapo detienen al padre Maximiliano y a otros cuatro hermanos, conduciéndolos primero a la prisión de Pawiak, en Varsovia. Allí, en tanto que religioso y sacerdote, el padre es golpeado violentamente. Escribe lo siguiente a sus hijos que permanecen en Niepokalanow: «La Inmaculada, Madre amantísima, nos ha rodeado siempre de ternura y velará por nosotros… Dejémonos conducir por ella, cada vez con mayor perfección, donde ella quiera y le plazca, a fin de que, cumpliendo hasta el final con nuestros deberes, podamos por amor salvar a todas las almas». Algunos días más tarde, el padre Kolbe es trasladado al campo de concentración de Auschwitz.

Como consecuencia de los malos tratos sufridos, pronto es hospitalizado, confesando a los prisioneros durante las noches, a pesar de la prohibición y de la amenaza de represalias. Sabe convertir en bien el propio mal, y en una ocasión le explica a un enfermo: «El odio no es una fuerza creadora. Solamente el amor es creador. Estos sufrimientos no conseguirán someternos, sino que deben ayudarnos cada vez más a ser fuertes. Junto con otros sacrificios, resultan necesarios para que los que queden después de nosotros sean felices». Consigue compartir con sus compañeros la experiencia del misterio pascual, donde el sufrimiento vivido en la fe se transforma en gozo. «La paradoja de la condición cristiana ilumina singularmente la de la condición humana: ni la contrariedad ni el sufrimiento son eliminados de este mundo, pero adquieren un nuevo sentido en la certeza de participar de la Redención operada por el Señor y de compartir su gloria» (Pablo VI, Exhortación Apostólica Sobre el gozo cristiano, 9 de mayo de 1975).

Trabajar con ambas manos

A finales de julio de 1941, un prisionero del bloque 14, el del padre Maximiliano, acaba de evadirse. El jefe del campo había advertido que, por cada evadido, se condenaría a morir de hambre y de sed a diez hombres. Uno de los desdichados designados para morir grita: «¡Qué será de mi mujer y de mis hijos! ¡Ya no los volveré a ver!». Entonces, en medio de sus atónitos camaradas, el padre Maximiliano se abre camino y sale de entre las filas: «Quisiera morir por uno de estos condenados», señalando al que acaba de lamentarse. «¿Quién eres tú», pregunta el jefe. «Un sacerdote católico», responde el padre, pues quiere entregar su vida como sacerdote católico. El oficial, estupefacto, guarda un momento de silencio y luego acepta aquella heroica proposición.

En el bloque de la muerte, los carceleros se percatan de que ocurre algo nuevo. En lugar de los habituales gritos de angustia, lo que oyen son cánticos. La presencia del padre Maximiliano ha transformado el ambiente de aquella horrible celda, haciendo que la desesperación deje sitio a una aspiración llena de esperanza, de aceptación y de amor hacia el cielo y hacia la Madre de Misericordia. La víspera de la Asunción, solamente el padre Maximiliano está plenamente consciente. En el momento en que los guardianes entran para rematarlo, él se encuentra rezando. Al ver la jeringuilla, él mismo alarga su descarnado brazo para la inyección mortal.

En vida, San Maximiliano Kolbe gustaba de repetir: «Aquí en la tierra solamente podemos trabajar con una mano, pues con la otra debemos aferrarnos para no caer. Pero en el Cielo será diferente, no habrá peligro de resbalar ni de caer, por lo que trabajaremos mucho más, con ambas manos». A él le pedimos que interceda, ante la Virgen Inmaculada y San José, por Usted y por todos sus seres queridos, vivos y difuntos.

Fuente: Dom Antoine Marie osb. http://www.clairval.com

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HOMILÍA DE JUAN PABLO II EN LA CANONIZACIÓN DE SAN MAXIMILIANO KOLBE

(10 de octubre de 1982)

1. «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13).

Desde hoy la Iglesia quiere llamar «santo» a un hombre a quien le fue concedido cumplir de manera rigurosamente literal estas palabras del Redentor.

Así fue. Hacia finales de julio de 1941, después que los prisioneros, destinados a morir de hambre, habían sido puestos en fila por orden del jefe del campo, este hombre, Maximiliano María Kolbe, se presentó espontáneamente, declarándose dispuesto a ir a la muerte en sustitución de uno de ellos.

Esta disponibilidad fue aceptada, y al padre Maximiliano, después de dos semanas de tormentos a causa del hambre, le fue quitada la vida con una inyección mortal, el 14 de agosto de 1941.

Todo esto sucedía en el campo de concentración de Auschwitz (Oswiecim), donde fueron asesinados durante la última guerra unos cuatro millones de personas, entre ellas la Sierva de Dios Edith Stein (la carmelita sor Teresa Benedicta de la Cruz), cuya causa de beatificación sigue su curso en la Congregación competente [fue canonizada por Juan Pablo II el 11 de octubre de 1998].

La desobediencia al mandamiento de Dios creador de la vida: «No matarás», causó en ese lugar la inmensa hecatombe de tantos inocentes. En nuestros días, pues, nuestra época ha quedado así horriblemente marcada por el exterminio del hombre inocente.

2. El padre Maximiliano Kolbe, prisionero del campo de concentración, reivindicó, en el lugar de la muerte, el derecho a la vida de un hombre inocente, uno de los cuatro millones.

Este hombre (Franciszek Gajowniczek) vive todavía y está aquí presente entre nosotros.

 El padre Kolbe reivindicó su derecho a la vida, declarando la disponibilidad de ir él mismo a la muerte en su lugar, ya que ese hombre era un padre de familia y su vida era necesaria para sus seres queridos.

De este modo, el padre Maximiliano María Kolbe reafirmó así el derecho exclusivo del Creador sobre la vida del hombre inocente y dio testimonio de Cristo y del amor.

Así, escribe, en efecto, el Apóstol Juan: «En esto hemos conocido la caridad: en que Él dio su vida por nosotros; y nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos» (1 Jn 3,16).

El padre Maximiliano, al que la Iglesia venera ya como «Beato» desde 1971, al dar su vida por un hermano, se asemeja a Cristo de manera particular.

3. Reunidos aquí hoy, domingo 10 de octubre, ante la basílica de San Pedro en Roma, nosotros queremos poner de relieve el valor especial que a los ojos de Dios tiene la muerte por martirio del padre Maximiliano Kolbe:

«Preciosa es a los ojos del Señor la muerte de los justos» (Salmo 115 [116],15). Así hemos repetido en el Salmo responsorial.

¡Verdaderamente es preciosa e inestimable!

 Mediante la muerte de Cristo en la cruz se realizó la redención del mundo, ya que esta muerte tiene el valor del amor supremo.

Mediante la muerte del padre Maximiliano Kolbe, un límpido signo de tal amor se ha renovado en nuestro siglo, que en tan alto grado y de tantos modos está amenazado por el pecado y la muerte.

Parece como si en esta liturgia solemne de la canonización se presentara entre nosotros aquel «mártir del amor» de Oswiecim (como lo llamó Pablo VI), diciendo:

«Yo soy tu siervo, Señor, siervo tuyo, hijo de tu esclava; rompiste mis cadenas» (Salmo 115 [116],16).

Y, como recogiendo en uno sólo el sacrificio de toda su vida, él, sacerdote e hijo espiritual de San Francisco, parece decir:

«¿Qué podré yo dar al Señor por todos los beneficios que me ha hecho? Alzaré el cáliz de salvación, invocando tu nombre, Señor» (Salmo 115 [116], 12s).

Estas palabras son palabras de gratitud. La muerte sufrida por amor, en lugar del hermano, es un acto heroico del hombre, mediante el cual, junto al nuevo Santo, glorificamos a Dios.

De Él, en efecto, proviene la gracia de semejante heroísmo, la gracia de este martirio.

4. Glorifiquemos, por tanto, hoy las grandes obras de Dios en el hombre.

Ante todos nosotros, reunidos aquí, el padre Maximiliano Kolbe levanta «el cáliz de la salvación», en el que está recogido el sacrificio de toda su vida, sellada con la muerte de mártir «por un hermano».

Maximiliano se preparó a este sacrificio definitivo siguiendo a Cristo desde los primeros años de su vida en Polonia.

De aquellos años data el sueño arcano de dos coronas: una blanca y otra roja, entre las que nuestro santo no elige, sino que acepta las dos. Desde los años de su juventud estaba invadido por un gran amor a Cristo y por el deseo del martirio.

Este amor y este deseo lo acompañaron en el camino de su vocación franciscana y sacerdotal, para la que se preparó en Polonia y en Roma.

Este amor y este deseo lo siguieron a través de todos los lugares de su servicio sacerdotal y franciscano en Polonia, y en su servicio misionero en Japón.

5. La inspiración de toda su vida fue la Inmaculada, a la que confiaba su amor por Cristo y su deseo del martirio.

En el misterio de la Inmaculada Concepción se desvelaba a los ojos de su alma aquel mundo maravilloso y sobrenatural de la gracia de Dios ofrecida al hombre.

La fe y las obras de toda la vida del padre Maximiliano indican que entendía su colaboración con la gracia como una milicia bajo el signo de la Inmaculada Concepción.

La característica mariana es particularmente expresiva en la vida y en la santidad del padre Kolbe.

Con esta señal quedó marcado todo su apostolado, tanto en su patria como en las misiones. En Polonia y en Japón fueron centro de este apostolado las especiales ciudades de la Inmaculada («Niepokalonów», polaco, «Mugenzai no Sono», japonés).

6. ¿Qué sucedió en el búnker del hambre del campo de concentración de Oswiecim (Auschwitz), el 14 de agosto de 1941?

A esta pregunta responde la liturgia de hoy: «Dios probó» a Maximiliano María «y lo encontró digno de sí» (cf. Sab 3,5). Lo probó «como oro en el crisol y le agradó como un holocausto» (cf. Sab 3,6).

Aunque «a los ojos de los hombres padecía un castigo», sin embargo, «su esperanza estaba llena de inmortalidad», ya que «las almas de los justos están en las manos de Dios y no les tocará tormento alguno».

Y cuando, humanamente hablando, les llega el tormento de la muerte, cuando «a los ojos de los hombres parece que mueren…», cuando «su partida de este mundo es considerada por nosotros como una desgracia…», «ellos están en paz»: tienen su vida y su gloria «en las manos de Dios» (cf. Sab 3,1-4).

Semejante vida es fruto de la muerte a la manera de la muerte de Cristo. La gloria es la participación en su resurrección.

¿Qué sucedió, pues, en el búnker del hambre, el día 14 de agosto de 1941?

Se cumplieron las palabras de Cristo a los Apóstoles, al «enviarlos a dar fruto y un fruto que permaneciese» (Jn 15,16).

El fruto de la muerte heroica de Maximiliano Kolbe perdura de modo admirable en la Iglesia y en el mundo.

7. Los hombres miraban lo que sucedía en el campo de «Auschwitz» (Oswiecim). Y, aunque a sus ojos les parecía que «moría» un compañero de su tormento, aunque humanamente podían considerar su «partida de este mundo» como «una desgracia», sin embargo, en su conciencia ésta no era simplemente «la muerte».

Maximiliano no murió, «dio la vida… por el hermano».

En esta muerte, terrible desde el punto de vista humano, estaba toda la definitiva grandeza del acto y de la opción humanas: voluntariamente se ofreció a la muerte por amor.

En esta su muerte humana había un testimonio transparente de Cristo: el testimonio dado en Cristo a la dignidad del hombre, a la santidad de su vida y a la fuerza salvadora de la muerte, en la que se manifiesta la fuerza del amor.

Por esto, la muerte de Maximiliano Kolbe se convirtió en un signo de victoria.

La victoria conseguida sobre todo el sistema de desprecio y odio hacia el hombre y hacia lo que de divino existe en el hombre; victoria semejante a la conseguida por nuestro Señor Jesucristo en el calvario.

«Seréis mis amigos si hacéis lo que yo os mando» (Jn 15,14).

8. La Iglesia acepta este signo de victoria, conseguida mediante el poder de la redención de Cristo, con veneración y con gratitud. Intenta leer su elocuencia con toda humildad y amor.

Como sucede siempre que proclama la santidad de sus hijos e hijas, también en este caso intenta obrar con toda la precisión y responsabilidad debidas, penetrando en todos los aspectos de la vida y muerte del Siervo de Dios.

Sin embargo, la Iglesia, al mismo tiempo, ha de estar atenta, leyendo el signo de santidad dado por Dios en su Siervo aquí en la tierra, a no dejar pasar su plena elocuencia y su significado definitivo.

Por eso, al juzgar la causa del Beato Maximiliano Kolbe –a partir de su beatificación–, se tomaron en consideración las diferentes voces del Pueblo de Dios, y, sobre todo, de nuestros hermanos en el Episcopado, tanto de Polonia como de Alemania, que pedían proclamar Santo a Maximiliano Kolbe como mártir.

Ante la elocuencia de la vida y la muerte del Beato Maximiliano, no puede dejar de reconocerse lo que parece constituye el contenido principal y esencial del signo dado por Dios a la Iglesia y al mundo con su muerte.

¿No constituye esta muerte, afrontada espontáneamente, por amor al hombre, un cumplimiento especial de las palabras de Cristo?

¿No hace esta muerte a Maximiliano, de modo especial, semejante a Cristo, modelo de todos los mártires, que ofreció su propia vida en la cruz por los hermanos?

¿No tiene una muerte semejante una especial y penetrante elocuencia precisamente para nuestra época?

¿No constituye un testimonio de especial autenticidad de la Iglesia en el mundo contemporáneo?

9. Por todo esto, en virtud de mi autoridad apostólica, he decretado que Maximiliano María Kolbe, que después de la beatificación era venerado como confesor, sea venerado en lo sucesivo también como mártir.

«Preciosa es a los ojos del Señor la muerte de los justos». Amén.

 Tomado de www.franciscanos.org

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Palabras del Papa Benedicto XVI sobre San Maximiliano

“Quien ora no pierde nunca la esperanza, aun cuando se llegue a encontrar en situaciones difíciles e incluso humanamente desesperadas.

Esto nos enseña la sagrada Escritura y de esto da testimonio la historia de la Iglesia.

 En efecto, ¡cuántos ejemplos podríamos citar de situaciones en las que precisamente la oración ha sido la que ha sostenido el camino de los santos y del pueblo cristiano!

Entre los testimonios de nuestra época quiero citar el de dos santos cuya memoria celebramos en estos días:  Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, cuya fiesta celebramos el 9 de agosto, y Maximiliano María Kolbe al que recordaremos mañana, 14 de agosto, vigilia de la solemnidad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María.

Ambos concluyeron su vida terrena con el martirio en el campo de concentración de Auschwitz.

Aparentemente su existencia se podría considerar una derrota, pero precisamente en su martirio resplandece el fulgor del amor que vence las tinieblas del egoísmo y del odio.

 A san Maximiliano Kolbe se le atribuyen las siguientes palabras que habría pronunciado en el pleno furor de la persecución nazi:  “El odio no es una fuerza creativa:  lo es sólo el amor”.

El generoso ofrecimiento que hizo de sí en cambio de un compañero de prisión, ofrecimiento que culminó con la muerte en el búnker del hambre, el 14 de agosto de 1941, fue una prueba heroica de amor.”

“Ave Maria!”:  fue la última invocación salida de los labios de san Maximiliano María Kolbe mientras ofrecía su brazo al que lo mataba con una inyección de ácido fénico.

Es conmovedor constatar que acudir humilde y confiadamente a la Virgen es siempre fuente de valor y serenidad.

Mientras nos preparamos a celebrar la solemnidad de la Asunción, que es una de las fiestas marianas más arraigadas en la tradición cristiana, renovemos nuestra confianza en Aquella que desde el cielo vela con amor materno sobre nosotros en todo momento.

Esto es lo que decimos en la oración familiar del avemaría, pidiéndole que ruegue por nosotros “ahora y en la hora de nuestra muerte”. 

(Audiencia General. Palacio pontificio de Castelgandolfo. Miércoles 13 de agosto de 2008)

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Palabras del Papa  Juan Pablo II 

“Hijo humilde y bondadoso de San Francisco y caballero enamorado de María Inmaculada, cruzó los caminos del mundo, desde Polonia a Italia y al Japón, haciendo el bien a todos, a imitación de Cristo que pertransiit benefaciendo (cf. Act 10, 38).

Jesús, María y Francisco fueron sus tres grandes amores, es decir, el secreto de su heroica caridad.

«Sólo el amor crea», repetía a cuantos se le acercaban.

Y ésta es la expresión que, como lámpara, ilumina toda su vida.

Fue este alto ideal este deber primordial de todo cristiano auténtico, el que le hizo superar la crueldad y la violencia de su tremenda prueba con el espléndido testimonio de su amor fraterno y del perdón concedido a los perseguidores. 

El ejemplo y la ayuda del Beato Maximiliano puedan conducirnos también a nosotros al verdadero y desinteresado amor cristiano hacia todos los hermanos en un mundo en el que el odio y la venganza no cesan de desgarrar la convivencia humana.” 

(Palabras del Papa Juan Pablo II en la Capilla dedicada al Beato Maimiliano Kolbe. Domingo 18 de febrero de 1979)

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ALGUNOS DE SUS ESCRITOS

“Queridísimos hijos, ¡cómo desearía decirles y repetirles lo buena que es la Inmaculada, para poder alejar para siempre de sus pequeños corazones la tristeza, el abatimiento interior y el desaliento.

La sola invocación “¡María”, aun con el alma sumergida en las tinieblas, en las arideces y hasta en la desgracia del pecado, produce un eco muy fuerte en su Corazón que tanto nos ama. Y cuanto más infeliz es el alma, hundida en las culpas, tanto más la rodea de amorosa y solícita protección la Virgen, que es refugio de nosotros, los pecadores.

No se aflijan en absoluto si no sienten tal amor. Si quieren amar, esto es ya un signo seguro de que están amando. Se trata sólo de un amor que procede de la voluntad. También el sentimiento exterior es fruto de la gracia, pero él, no siempre sigue inmediatamente la voluntad.” (SK 509)

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Queridos hijos, recordemos que el amor vive y se nutre de sacrificios.

Agradezcamos a la Inmaculada por la paz interior y los  éxtasis de amor; sin embargo, no olvidemos que todo esto, aunque bueno y hermoso no es en absoluto la esencia del amor; y el amor, y más el amor perfecto, puede existir también sin todo eso.

El vértice del amor es el estado en el que vino a hallarse Jesús en la cruz, cuando dijo: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Sin sacrificio no hay amor”. (SK 503)

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“Cuando el amor a la Inmaculada, a la bondad de Dios en ella, al amor del Corazón divino que se personificó en Ella, cuando tal amor nos aferre y nos compenetre, entonces los sacrificios llegará a ser una necesidad para nuestra alma” (SK 503)

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“Los hermanos que crucifican son un tesoro: ¡ámalos! Ser crucificados por amor del Crucificado es la unica felicidad en la tierra (SK 968)

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“El verdadero enamorado de la Virgen busca, más bien, la oportunidad de acudir a Ella lo más a menudo posible y permanecer lo más que puede a sus pies (dentro de los límites que le permiten sus deberes de estado). Le confía todas sus dificultades y sus preocupaciones y él mismo, dentro de los límites que sus fuerzas le consienten, reflexiona y trabaja para que las obras de María procedan de la manera mejor y que su reino se dilate en las almas de todos los que viven ahora y vivirán en el futuro.(..) ¿Y dónde sacar la luz para saber qué y cómo obrar, sino a los pies de Ella?

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“La renovación de una Orden religiosa equivale a la conversión y a la santificación de sus miembros. Por esto cuanto más se acerca a la Inmaculada una orden religiosa, tanto más se renueva, se desarrolla, vuelve a florecer y se reviste de frutos: santos, incluso canonizados” (SK 668)

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Acercarnos a Ella, hacernos semejantes a Ella, permitirle que tome posesión de nuestro corazón y de todo nuestro ser, que Ella viva y obre en nosotros y por medio de nosotros, que Ella misma ame a Dios con nuestro corazón. Pertenecerle a Ella sin restricción alguna: he aquí nuestro ideal.

Penetrar activamente en nuestro ambiente, conquistar los hermanos para Ella, de manera tal que ante Ella se abran también los corazones de nuestros vecinos, para que Ella extienda su dominio a los corazones de todos aquellos que viven en cualquier rincón de la tierra sin tener en cuenta la diversidad de raza, de lengua, y también a los corazones de todos los que vivirán en cualquier momento histórico, hasta el fin del mundo: He aquí nuestro Ideal. (EK 1210)

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Ser su servidor, hijo, esclavo de amor, cosa, propiedad, en fin, pertenecer a Ella bajo todos los aspectos, durante toda la vida, la muerte y la eternidad.

Hacerse suyos cada vez más, de manera cada vez más perfecta, hacerse semejantes a Ella, unirse a Ella, llegar a ser en cierto modo Ella misma, para que se adueñe cada vez más de nuestra alma, se apodere totalmente de nuestro ser, de manera tal que la Inmaculada misma piense, hable, ame a Dios y al prójimo y actúe.

Quien se hace propiedad de Ella de manera cada vez más perfecta ejercitará un creciente influjo en el ambiente que lo rodea y estimulará a los demás a conocer cada vez más perfectamente a la Inmaculada, a amarla cada vez más ardientemente, a acercarse cada vez más a Ella, hasta llegar a ser totalmente, sin ninguna limitación Ella misma. (EK 1211)

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 ”Podemos consagrarnos a la Inmaculada usando cualquier expresión, siempre que renunciemos a nuestra voluntad para cumplir sus órdenes, que se nos presentan en los Mandamientos de Dios y de la Iglesia, en los deberes del propio estado y en las inspiraciones interiores.

Esta actividad de la Inmaculada será tanto más eficaz cuanto más tratemos de profundizar nuestra formación espiritual.

Así pues, la consagración a la Inmaculada lleva consigo la necesidad de trabajar con vistas al perfeccionamiento de nosotros mismos y de nuestras inclinaciones.

Sólo entonces -cuando seamos perfectamente obedientes a la Inmaculada llegaremos a ser un instrumento ejemplar en sus manos apostólicas.

Seremos apóstoles con el ejemplo de nuestra vida, apóstoles mediante nuestras obras. (EK 1220)

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En qué consiste la perfecta alegría

Agosto 10, 2009

“Iba una vez San Francisco con el hermano León de Perusa a Santa María de los Angeles en tiempo de invierno. Sintiéndose atormentado por la intensidad del frío, llamó al hermano León, que caminaba un poco delante, y le habló así:

¡Oh hermano León!: aun cuando los hermanos menores dieran en todo el mundo grande ejemplo de santidad y de buena edificación, escribe y toma nota diligentemente que no está en eso la alegría perfecta.

Siguiendo más adelante, le llamó San Francisco segunda vez:

¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor devuelva la vista a los ciegos, enderece a los tullidos, expulse a los demonios, haga oír a los sordos, andar a los cojos, hablar a los mudos y, lo que aún es más, resucite a un muerto de cuatro días, escribe que no está en eso la alegría perfecta.

Caminando luego un poco más, San Francisco gritó con fuerza:

¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor llegara a saber todas las lenguas, y todas las ciencias, y todas las Escrituras, hasta poder profetizar y revelar no sólo las cosas futuras, sino aun los secretos de las conciencias y de las almas, escribe que no es ésa la alegría perfecta.

Yendo un poco más adelante, San Francisco volvió a llamarle fuerte:

¡Oh hermano León, ovejuela de Dios!: aunque el hermano menor hablara la lengua de los ángeles, y conociera el curso de las estrellas y las virtudes de las hierbas, y le fueran descubiertos todos los tesoros de la tierra, y conociera todas las propiedades de las aves y de los peces y de todos los animales, y de los hombres, y de los árboles, y de las piedras, y de las raíces, y de las aguas, escribe que no está en eso la alegría perfecta.

Y, caminando todavía otro poco, San Francisco gritó fuerte:

– ¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor supiera predicar tan bien que llegase a convertir a todos los infieles a la fe de Jesucristo, escribe que ésa no es la alegría perfecta.

Así fue continuando por espacio de dos millas. Por fin, el hermano León, lleno de asombro, le preguntó:

– Padre, te pido, de parte de Dios, que me digas en que está la alegría perfecta.

Y San Francisco le respondió:

– Si, cuando lleguemos a Santa María de los Angeles, mojados como estamos por la lluvia y pasmados de frío, cubiertos de lodo y desfallecidos de hambre, llamamos a la puerta del lugar y llega malhumorado el portero y grita: «¿Quiénes sois vosotros?» Y nosotros le decimos: «Somos dos de vuestros hermanos». Y él dice: «¡Mentira! Sois dos bribones que vais engañando al mundo y robando las limosnas de los pobres. ¡Fuera de aquí!» Y no nos abre y nos tiene allí fuera aguantando la nieve y la lluvia, el frío y el hambre hasta la noche. Si sabemos soportar con paciencia, sin alterarnos y sin murmurar contra él, todas esas injurias, esa crueldad y ese rechazo, y si, más bien, pensamos, con humildad y caridad, que el portero nos conoce bien y que es Dios quien le hace hablar así contra nosotros, escribe, ¡oh hermano León!, que aquí hay alegría perfecta. Y si nosotros seguimos llamando, y él sale fuera furioso y nos echa, entre insultos y golpes, como a indeseables importunos, diciendo: «¡Fuera de aquí, ladronzuelos miserables; id al hospital, porque aquí no hay comida ni hospedaje para vosotros!» Si lo sobrellevamos con paciencia y alegría y en buena caridad, ¡oh hermano León!, escribe que aquí hay alegría perfecta. Y si nosotros, obligados por el hambre y el frío de la noche, volvemos todavía a llamar, gritando y suplicando entre llantos por el amor de Dios, que nos abra y nos permita entrar, y él más enfurecido dice: «¡Vaya con estos pesados indeseables! Yo les voy a dar su merecido». Y sale fuera con un palo nudoso y nos coge por el capucho, y nos tira a tierra, y nos arrastra por la nieve, y nos apalea con todos los nudos de aquel palo; si todo esto lo soportamos con paciencia y con gozo, acordándonos de los padecimientos de Cristo bendito, que nosotros hemos de sobrellevar por su amor, ¡oh hermano León!, escribe que aquí hay alegría perfecta.

– Y ahora escucha la conclusión, hermano León: por encima de todas las gracias y de todos los dones del Espíritu Santo que Cristo concede a sus amigos, está el de vencerse a sí mismo y de sobrellevar gustosamente, por amor de Cristo Jesús, penas, injurias, oprobios e incomodidades. Porque en todos los demás dones de Dios no podemos gloriarnos, ya que no son nuestros, sino de Dios; por eso dice el Apóstol: ¿Qué tienes que no hayas recibido de Dios? Y si lo has recibido de Él, ¿por qué te glorías como si lo tuvieras de ti mismo? (1 Cor 4,7). Pero en la cruz de la tribulación y de la aflicción podemos gloriarnos, ya que esto es nuestro; por lo cual dice el Apóstol: No me quiero gloriar sino en la cruz de Cristo (Gál 6,14).

A Él sea siempre loor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.”

Florecillas de San Francisco.

La Transfiguración del Señor

Agosto 6, 2009

Transfiguration_Raphael

“Quiso el divino Jesús entreviesen algunos de sus discípulos la gloria de su divinidad, escondida bajo la tosca cubierta de su humanidad santísima, y para eso subió con ellos un día a la cima del monte Tabor.

Allí de repente tornáronse sus vestidos blancos como la nieve, resplandeció como el sol su humilde faz y aparecieron a ambos lados Elías y Moisés departiendo familiarmente con El.

Oyóse en tanto de entre las nubes la voz del Padre celestial que daba testimonio  de su Unigénito, diciendo: “Este es mi Hijo querido, en quien tengo mis complacencias. Escuchadle”.

Los Discípulos, absortos en lo que veían y oían, no acertaban a decir más que por boca de San Pedro: “Señor, bien se está aquí. Si queréis, levantemos tres tiendas de campaña, una para Vos, otra para Moisés y otra para Elías”

Desapareció luego aquel breve resplandor de glorificación, y volvió a quedar obscura y solitaria la montaña, y bajando de ella el Salvador encargó a sus Discípulos que nada dijesen de lo visto hasta después de su Resurrección.

Hermosísimo es este episodio de la vida del Salvador, pero más hermosa es la consideración que de ella, deduce para consuelo del alma fiel la Iglesia en el amoroso Oficio o reza con que lo celebra.

Salvatorem expectamus Dominum nostrum Jesum Christum qui reformabit corpus humilitatis nostrae, configuratum Corpori claritatis suae. “Esperamos dice, la venida de Cristo nuestro Señor, que transformará nuestro cuerpo, bajo y humilde, a semejanza del suyo, glorificado”

¡Admirable reflexión!

La gloria de Cristo, breves momentos revelada durante su vida mortal a los Apóstoles maravillados, no es más que imagen de lo que será la gloria, no ya sólo de nuestras almas, sino aún de nuestros viles y miserables cuerpos, después de la resurrección de ellos en el proster juicio.

Sí, resplandeceremos con la claridad del Unigénito de Dios, seremos como El gloriosamente transfigurados.

Esto enseña su Transfiguración de hoy, la transfiguración nuestra de mañana.

Un Santo moribundo tocábase con una mano la piel denegrida y cadavérica de la otra, y afirmándose en su católica fe, decía al expirar: “Sí, sé de cierto que esto resucitará”

Más aún podía decir, más aún hemos de decir nosotros. Sí, esta carne que nos da tan frecuentes congojas; estos miembros que me fatigan con tantas enfermedades; esta ruin vestidura de podredumbre de que estoy cubierto; estos mis nervios, huesos, piel, fibras y tejidos; todo eso que la tierra aguarda para pasajeramente consumírmelo, me lo aguarda poco después el cielo de mi Dios para glorificármelo.

¡Soy todo polvo y hediondez, pero será un día todo luz!

¡Hasta la materia vil de sus fieles servidores quiere Dios ennoblecer y honrar con ropaje de divinos resplandores!

¡No brilla más la luciente estrella del firmamento de lo que resplandecerá mi cuerpo asociado a todos los goces del alma, endiosada con la visión de su soberano Autor!

Hay en la vida horas de desaliento en que agrava al espíritu, como dice San Pablo, el peso del cuerpo con su corrupción.

¡Alcemos los ojos al cielo, que allí ha de ser un día nuestro Tabor!

Lícito será entonces exclamar con aquel “¡bien se está aquí!, en que prorrumpió San Pedro.

Era prematura en el Tabor tal frase, aunque hija de amor vehemente.

En el cielo será la única que brotará del corazón anegado en Dios por toda la eternidad.

Sardá y Salvany, Pbro. Año Sacro. 6ta edic. Tomo Segundo. Ed. Casals. Barcelona. 1954.

La expulsión del templo de los vendedores y los compradores

Agosto 2, 2009

SAN ANTONIO DE PADUA

1195-1231

(Domingo IX después de Pentecostés)

“Entró en el templo y se puso a echar a los vendedores, y les dijo: “Está escrito; “Mi casa será una casa de oración; y vosotros la habéis hecho una cueva de ladrones” Y cada día enseñaba en el Templo.” (Lc 19, 45-47)

Juan relata así el episodio: La Pascua de los judíos estaba próxima, y Jesús subió a jersualén. En el Templo encontró a los mercaderes de bueyes, de ovejas y de aplomas, y a los cambistas sentados (a sus mesas). Y haciendo un azote de cuerdas, arrojó del Templo a todos, con las ovejas y los bueyes; desparramó las monedas de los cambistas y volcó sus mesas. Y a los vendedores de palomas les dijo: “Quitad esto de aquí; no hagáis de la casa de mi Padre un mercado”. (2, 13-16)

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Presta atención. Por dos veces se lee que el Señor echó del templo a los vendedores y a los compradores: una vez en el primer año de su predicación y la segunda vez, cuando se dirigía a su Pasión.

Jesús entra en el templo, cuando cada día visita a su Iglesia, y observa los actos de cada uno y expulsa a los que, mezclados con sus santos, o fingen hacer el bien o abiertamente hacen el mal.

En los bueyes que aran, son representados los predicadores de la doctrina celestial.

Venden bueyes los que predican no por el amor de Dios, sino por su ganancia temporal.

Las ovejas inocentes ofrecen sus vellones a los que los usarán para vestirse, y simbolizan las obras de pureza y de piedad que son vendidas, cuando se cumplen para buscar la alabanza humana.

El Espíritu apareció en forma de paloma (Lc. 3, 22); y entonces en la paloma está simbolizado el Espíritu que es vendido por los simoníacos. Y esto, por cierto, es un pecado grave.”

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“Prestan dinero en la Iglesia los que ni siquiera fingen servir a las cosas celestiales, sino abiertamente sirven a las cosas temporales.

Todos ellos son separados de la suerte de los santos (Col 1, 12), tanto los que fingen hacer el bien como los que hacen abiertamente el mal; y ahora son flagelados con las cuerdas de los pecados para que se corrijan; pero si no se corrigen, serán atados con las mismas cuerdas.

Y echa también a las ovejas y a los bueyes, porque desenmascara la vida y la doctrina de tales personas.

Esparce  las monedas y vuelca las mesas, porque al fin serán destruidas las mismas cosas que ellos amaban.

Observa que cuando el Señor expulsó del templo a los vendedores y a los compradores, “salían de sus ojos rayos fulgurantes, a los que ni los sacerdotes ni los levitas podían resistir.” (Glosa)

Y sobre esto tenemos una concordancia en el libro de la Sabiduría, donde se lee:

La sabiduría, por su pureza, todo lo penetra.

Ella es un soplo del poder de Dios y una emanación genuina de la gloria del Todopoderoso; y por esto no se infiltra en ella ninguna cosa contaminada.

Es esplendor de la luz eterna y espejo sin mancha de la majestad de Dios y una imagen de su bondad.

Siendo única, lo puede todo, y sin salir de sí misma, lo renueva todo” (7, 24-27)

Cristo, sabiduría y potencia de Dios, penetra en todas partes: en el cielo sacia a los ángeles con la visión de sí, en la tierra espera misericordioso a los pecadores para que hagan penitencia, y en el infierno atormenta a los demonios y a los pecadores que no quisieron esperar en El.

Penetra, repito, a causa de su pureza, porque El es la luz y “no hay tinieblas en El” (1 Jn. 1, 5)

Es un soplo ardiente que disuelve el hielo de nuestra infidelidad, siendo la misma potencia de Dios Padre.

Es su emanación, o sea, es esplendor de su gloria, consustancial, igual y coeterno; es emanación del esplendor del Todopoderoso, siendo con el Omnipotente una única luz; es emanación genuina, porque al Sumo Bien no se une mal alguno y nada contaminado se infiltra en ella, porque es todo y eterno Bien.

Es esplendor de la luz eterna y espejo en el que se ve al Padre; en efecto dice: El que me ve a mi, ve también a mi Padre(Jn. 14, 9)

Es sin mancha“, porque no cometió pecado ni se halló engaño en su boca (1 Pe 2, 22)

Es imagen de su bondad, o sea, su plena personificación, siendo la única bondad con el Padre; y aún siendo única con el Padre, todo lo puede, porque es el Omnipotente; y aún siendo inmutable, todo lo renueva, regulándolo y ordenándolo.

No debemos, pues, extrañarnos, si pudo expulsar del templo a los vendedores y a los compradores, y si aquellos sacerdotes y levitas no pudieron resistirle.

*

“Mi casa será llamada casa de oración; pero ustedes la hicieron una cueva de ladrones”

Dice Salomón en el libro de la Sabiduría: Entraré en mi casa y reposaré con la sabiduría, porque su compañía no causa amargura, ni pena su trato, sino placer y alegría. (8, 16)

El hombre espiritual, después de haberse liberado de las preocupaciones temporales y de pensamientos inquietantes, entra en la casa de la propia conciencia, y después de cerrar la puerta de los sentidos, reposa con la sabiduría, o sea, dedicándose a la divina contemplación, en la cual saborea la dulzura de la quietud superna.

La compañía de la sabiduría no da amargura, o sea, echa el placer del pecado: al paladar que gustó la sabiduría, no le será inoculado ningún veneno.

Ni su trato produce fastidio, porque los deleites espirituales aguzan el deseo, y cuanto más se gustan, tanto más ávidamente se apetecen, porque en ellos hay sólo placer y alegría.

¡Afortunada aquella casa, dichosa esa conciencia, que conoció el sabor de la sabiduría y en la que descansa la misma Sabiduría, que dice: “Mi casa será llamada casa de oración”…

San Antonio de Padua. Sermón sobre la sabiduría de Dios, o sea, sobre Jesucristo y su potencia. Sermón sobre la contemplación. Sermón sobre la oración y sobre todo lo que es necesario.” 

La ignorancia que hay de los bienes verdaderos, y no solo de las cosas eternas, sino de las temporales.

Agosto 1, 2009

JUAN EUSEBIO NIEREMBERG S.J.

(1595-1658)

“Para el uso de las cosas ha de preceder su estima, y a su estimación su noticia, la cual es tan corta en este mundo, que no sale fuera de él á considerar lo celestial y eterno para que fuimos criados.

Pero no es maravilla que, estando las cosas eternas tan apartadas del sentido, las conozcamos tan poco; pues aún las temporales que vemos y tocamos con las manos las ignoramos mucho.

¿Cómo podremos comprender las cosas del otro mundo, pues las de este en que estamos no las conocemos?

A esto puede llegar la ignorancia humana, que aun no conoce aquello que piensa que más sabe.

Las riquezas, las comodidades, las honras, y lodos los bienes de la tierra, que tanto manejan y codician los mortales, por eso las codician, porque no las conocen.

Razón tuvo san Pedro cuando enseñó a san Clemente Romano (Clement. Roman, in epit.) que el mundo era una casa toda llena de humo, en la cual nada se puede ver; porque así como el que estuviese en semejante casa ni vería lo que estaba fuera de ella, ni lo que estaba dentro, porque el humo estorbaría la vista clara de todo; de la misma manera sucede que los que están en este mundo ni conocen lo que está fuera de él, ni lo que está dentro, ni entienden cuánta sea la grandeza de lo eterno, ni la vileza de lo temporal, ignorando igualmente las cosas del cielo como las de la tierra.

Y por falta de conocimiento truecan los frenos de la estimación de ellos, dando la que merecen las eternas á las que son temporales, y haciendo tan poco caso de las celestiales, como se debe hacer de las perecederas y caducas; siendo tan contrario á la verdad, como nota san Gregorio (Lib. 8 Moral, cap. 12, e. 7.), que el destierro de esta vida tienen por patria, a las tinieblas de la sabiduría humana por la luz, y al curso de esta peregrinación por estancia y morada, siendo causa de todo esto la ignorancia de la verdad y poca consideración de lo eterno: por lo cual a los males califican por bienes, y a los bienes por males.

Por esta confusión del juicio humano rogó David al Señor que le diese de su mano un maestro que le enseñase cuáles eran los verdaderos bienes, diciendo: ¿Quién me mostrará los bienes?

Porque todo lo ignora el mundo, aun los mismos bienes del mundo, y lo que mas tienen entre manos; sucediéndonos lo que a los hijos de Israel, que teniendo el maná á la vista, y en las mismas manos, no lo conocían, y preguntaban qué era aquello.

Pero aun esta curiosidad nos falta á nosotros, que no preguntamos qué son las riquezas, por las cuales pasan los mortales tantos peligros de muerte.

¿Qué son las honras, por las cuales se rompen los corazones humanos de envidia y de ambición?

¿Qué son los deleites, por los cuales se estraga tanto la salud, y viene á perderse la vida?

¿Qué son los bienes de la tierra, que solo se pueden gozar en la peregrinación que hacemos en el destierro de esta vida, y han de desaparecer á la entrada de la otra, como desapareció el maná á la entrada de la tierra prometida?

Con razón Cristo nuestro Redentor llamó en el Apocalipsi escondido al maná; porque teniéndole en las manos no lo conocían los hebreos.

Así son las cosas de esta vida escondidas al sentido, las cuales, aunque tocamos, no las conocemos, y confundimos la estimación de ellas, haciendo por las temporales lo que solo debiéramos hacer por las eternas, y menospreciando á estas por estimar aquellas, que debían ser menospreciadas; porque faltando el conocimiento de las cosas faltará su estimación, y se errará en su uso.

Lo que va en esto se podrá también echar de ver en los que comían el maná; porque a unos les vino a causar hastío y provocar á vómito, y á otros les sabia dulcemente, y al manjar que mas querían: tanta diferencia como esta hay en el bueno ó mal uso de las cosas; y el buen uso de todas depende de su noticia.

Despierten y abran los mortales los ojos, y conozcan la diferencia que hay entre lo temporal y eterno, para que den á cada cosa su estimación debida, despreciando todo lo que el tiempo acaba, y estimando todo lo que la eternidad conserva, á la cual deben buscar en el tiempo de esta vida, y por las mismas cosas temporales granjear las eternas, lo cual no podrán conseguir sin el conocimiento de unas y de otras; para que, puesta la mira en lo eterno, como de mas estima, conserven lo temporal, aunque por sí no tenga alguna, y de lo que es caduco y perecedero hagan consistente y duradero.

El mana que dio Nuestro Señor á los hebreos, mientras peregrinaban en el desierto hasta llegar á la tierra prometida, entre otras misteriosas significaciones que tenía, una es ser símbolo de los bienes de esta vida, en la cual peregrinamos hasta llegar á la tierra que nos tiene prometida de la bienaventuranza eterna.

Por eso se pudría y corrompía luego, durando muy poco, como lo hacen todas las cosas de este mundo; solo la parte de maná que se cogía con intención de guardarlo para el sábado, que es figura de la gloria, y de conservarlo en la arca para llevarlo a la tierra prometida, no se corrompía; de suerte que el cogerle con diferente respeto hacía a lo corruptible de condición eterna, como notó Balduino (Bald.apud.Tibrain.Exod. XV), antiguo doctor, doctísimo intérprete de la sagrada Escritura.

Tanto importa tener el respeto levantado y puesto en las cosas eternas, para que aun del uso de las temporales y caducas ganemos la eternidad, y lo pequeño volvamos grande, lo mudable consistente, y lo mortal inmortal y sin fin.

Algunos filósofos que consideraron mejor las cosas de esta vida, aun sin atención á la eterna, hallaron en ellas muchas faltas, las cuales reduce á tres el sabio emperador y filósofo Marco Aurelio Antonino, el cual dice (In vita sua) que tienen estas tres tachas: de ser pequeñas, mudables y corruptibles hasta llegar á su fin.

Todas estas condiciones hallaremos dibujadas en el maná; porque su pequeñez era tanta, que dice la sagrada Escritura que era menudo y tan pequeño como cosa molida en un mortero, cuando se hace polvo: su variedad y mudanza era tan notable que, llevado desde el campo donde se tomaba hasta los reales, si llevaban un quintal se venia á resumir y mermar en una pequeña medida de gomor (Bonfrer.in Exod. XVI): para con unos se espesaba, y para con otros se extendía y esponjaba; su corrupción era tan en breve, que no pasaba un día sin que se llenase de gusanos, y corrompiese del todo.

Con todas estas condiciones costaba mucho trabajo el gozar de él y comerle; porque primero se cansaban moliéndolo muy bien, cociéndolo, y haciéndole otros beneficios.

De la misma manera los bienes de esta vida con todas sus tachas y malas calidades no se alcanzan ni gozan sin mucho molimiento y cansancio.

Tras todo esto, no todos gozaban de la condición que el maná tenia de suyo, de saber á lo que querían, porque los pecadores sentían limitado y menguado gusto en él: así es que nosotros aun los gustos naturales disminuimos con nuestros vicios, como en su lugar veremos.

Es verdad que la apariencia tenía buena, porque, como dicen los setenta intérpretes (Septua. Interp. in c. 11. N. Species. illi species crystall.), era semejante al cristal transparente y lúcido.

Esta es la condición de los bienes de este mundo, que tienen resplandor y apariencia; pero son más frágiles que el vidrio, son menguados, son variables é inconstantes, con mil mudanzas que tienen: son corruptibles, caducos y mortales; y solo por el resplandor que muestran al sentido los buscamos como eternos y grandes.

Dejémosla apariencia y superficie pintada, y miremos la sustancial y verdad de las cosas; y hallaremos que todo bien temporal es muy pequeño, el eterno grande; lo temporal inconstante, lo eterno firme; lo temporal breve y temporal, mas lo eterno duradero, y al fin eterno.

Esto solo bastaba para que se estimase más que todo lo temporal, aunque esto fuese más que lo eterno.

Pero siendo lo temporal en sí tan corto y tan mudable, y lo eterno tan grande y tan firme, ¿qué diferencia habrá de lo uno á lo otro? San Gregorio juzgó que era bastante para que fuese la distancia inmensa, por lo cual dice: Inmenso es lo que seguirá sin término, y poco es todo cuanto fenece ( Lib 7 Moral cap 12).

El mismo Santo notó que el poco conocimiento y memoria de la eternidad es la causa del engaño de los hombres, que estimen los bienes falsos de esta vida, y desestimen los espirituales y eternos de la otra; y así dice (Lib 3 Mor c. 12, vet. nov): Que el pensamiento de los predestinados siempre tiene su intención puesta en la eternidad; aunque estos poseyendo gran felicidad de esta vida, aunque no tengan peligro de muerte, siempre lo miran presente.

Al contrario hacen las almas obstinadas, que aman la vida temporal como cosa permanente, porque no entienden cuán gran cosa sea la eternidad, de la vida futura, y como no consideran la solidez de lo perpetuo, juzgan al destierro por patria, á las tinieblas por luz, y á la carrera por estancia; porque los que no conocen las cosas mayores, aun de las muy pequeñas no podrán juzgar.”

Diferencia entre lo temporal y eterno. Libro Primero.