
“Es este adorable sacrificio el acto más solemne y excelente de nuestra divina Religión, y el medio más a propósito para tributar a su celestial Fundador el culto que le es debido, y trabajar con fruto a la grande obra de nuestra santificación.
Sí; es el sacrosanto sacrificio de nuestros altares la obra más admirable, más sublime, más santa, más divina, más grata a Dios.
Es la obra que más eficazmente puede desarmar su brazo airado, que da el golpe más terrible a las potestades del infierno, que procura las gracias más abundantes al hombre viajero y los más preciosos consuelos y mayores alivios a las benditas almas del purgatorio. Es, por fin, la obra a la cual debe el mundo su salvación.
A la Misa, dice un Padre de la Iglesia, debe la tierra su conservación; sin ella hace ya mucho tiempo que la hubieran aniquilado los pecados de los hombres. Mas la sangre del divino Cordero, inmolado desde el origen del mundo, que día y noche está corriendo a grandes olas sobre nuestros altares, en todos los puntos del globo, está perpetuamente clamando misericordia, y la obtiene. Y no solo detiene el rayo encima de nuestras cabezas, más también nos acarrea las más abundantes bendiciones. Tiene una sola Misa, dice Santo Tomás, tanta eficacidad para la gloria de Dios y la salvación de los hombres como el sacrificio de la Cruz.
Para nuestro bien lo ha instituido Dios, y para que asistamos a él con frecuencia y fervor. De ahí podemos inferir cuan sensible es a sus ojos la indiferencia de los cristianos en este punto, y la facilidad con que dejan de ir a Misa.”
“En cuanto vuestras ocupaciones os lo permitan, asistid fielmente todos los días con un profundo respeto y una angelical devoción a este memorable sacrificio, en el cual se ofrece como víctima por vos a su Eterno Padre el Hijo mismo de Dios. Imitad las disposiciones de los espíritus celestiales, mientras se están celebrando los sagrados misterios, durante los cuales, como dicen los santos Padres, se abren los cielos, se quedan admirados los Ángeles, cantan los santos las alabanzas de Dios, se regocijan los justos, son visitados los cautivos, se ponen en libertad los prisioneros, gime el infierno, se ve colmada de gozo y delicias espirituales la Iglesia… y queda hecha la tierra un cielo en presencia de Jesucristo.
Para crecer más y más en la devoción y piedad que deben animaros durante la santa Misa, representaos los sentimientos de humildad y veneración, con que se presentan en el cielo los Ángeles delante del trono de Dios, y las disposiciones de respeto y devoción, con que asistían los justos y los Patriarcas a los sacrificios de la antigua ley. Y todos los sacrificios de la ley antigua solo eran una sombra y figura del de la nueva ley, que los ha reemplazado todos con suma ventaja, y que es el único que merezca verdaderamente ser llamado el memorial de todas las maravillas del amor (Salmo CX)
Además de esto, ningún sacrificio de la antigua ley era, como el de la Misa, un sacrificio de holocausto, un sacrificio eucarístico, o de acción de gracias, un sacrificio impetratorio y propiciatorio.
Tales son los cuatro principales fines que movieron a nuestro divino Redentor en aquella dichosa noche de la cena, cuando rodeado de sus hermanos y discípulos, para dejarnos una prenda de su inmensa caridad , y perpetuar su residencia en medio de nosotros, instituyó el inefable Sacramento de su amor, el augusto sacrificio de la nueva ley.”
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SACRIFICIO DE HOLOCAUSTO
Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea el tu nombre
Había en la antigua ley cuatro especies de sacrificio.
El primero era un sacrificio de holocausto, un sacrificio de gloria, un sacrificio honorario, con el cual se honraba la excelencia y el dominio de Dios sobre todas las criaturas.
El segundo era un sacrificio propiciatorio, que se ofrecía por todos los pecados que se cometen contra Dios.
El tercero era un sacrificio de alabanza, o de acción de gracias, que se ofrecía para dar gracias a Dios por todos los beneficios que él nos dispensa.
El cuarto era un sacrificio o impetratorio, que se ofrecía para alcanzar de Dios alguna gracia o beneficio.
Todas estas cuatro especies de sacrificios encierra el de la Misa en grado eminente.
En primer lugar, es el sacrosanto sacrificio de la Misa, un sacrificio de holocausto.
Nada tenían los hombres que fuera digno de ser ofrecido a Dios para reconocer la suprema excelencia y el supremo dominio que tiene sobre todos los seres criados.
Viendo esto Jesús, dijo a su Eterno Padre: he aquí a vuestro Hijo, ahí estoy yo. Vengo yo a suplir con el sacrificio de mi mismo la pobreza de los hombres, ofreciéndome a vos como víctima de holocausto.
Entonces estableció el adorable sacrificio de la Misa, en el cual se ofrece a sí mismo, y nosotros le ofrecemos con él al Padre Eterno, para pagarle el tributo de honor que le debemos. Se ofrece Jesucristo por nosotros al Padre eterno, para honrar su suprema excelencia, que consiste en sus perfecciones infinitas. Se le ofrece para honrar el supremo dominio, que tiene sobre nosotros, como primer principio que nos da el ser y la vida. Se le ofrece para honrar el derecho que tiene sobre todas las criaturas razonables, como su último fin al cual deben encaminarse todas sus obras.
Uníos a él, siguiendo con mucha atención y devoción este admirable sacrificio. Entrad en vos mismo, y haced en el altar de vuestro corazón, que está consagrado a la Santísima Trinidad, lo que hace él en el altar que tenéis en frente de vos. Humilláos profundamente delante de vuestro Dios, y concebid una alta estima de su grandeza y del supremo dominio que tiene sobre vos. Ofrecedle con esta consideración un sacrificio de holocausto o de gloria, diciendo de lo íntimo de vuestro corazón abrasado de la llama de su divino amor:
Padre santo, señor y dueño de todas cosas, en el augusto sacrificio que estableció vuestro Hijo, y que os ofrecemos con él, están comprendidos los diferentes sacrificios de la antigua ley. Recibid este sacrificio de vuestros devotos siervos, y echadle la misma bendición que echasteis a las oblaciones de Abel; para que lo que cada uno de nosotros ofrece en honor de vuestra majestad, sea útil a todos para nuestra salvación.
Padre bondadoso, en Jesús, vuestro amado Hijo, solo verdadero, solo sumo pontífice de uno y otro Testamento, nos habéis dado el perfecto dechado de oblación que debemos ofreceros. Haced pues que, despojándonos de todo cuanto es sucio y corruptible, nos revistamos de Jesucristo (Rom XIII), el cual no ha tenido a menos de tomar la forma de siervo (Filip., II), para hacernos ser hijos de Dios.
Y como no puso ninguna dificultad, por la gloria de vuestro nombre, en inmolarse enteramente a si mismo en el altar de la cruz, según el rito sangriento de Aaron, después de haberse inmolado en el altar de la Cena, según el rito insangriento de Melquisedec, haced, Padre nuestro amoroso que alentados con su ejemplo os presentemos nuestro cuerpo como una hostia viva, santa, agradable de justa y perfecta dependencia. Haced también que nuestra alma, con todas sus facultades y potencias, sea ante vuestros ojos un holocausto de alabanza, para vuestra infinita majestad, que es la única acreedora a nuestras adoraciones.
Y vos, amable Salvador mío, por amor vuestro Padre, siempre y en todas cosas buscasteis su gloria y no la vuestra, ofreciéndoos a su santa majestad como una hostia de suave olor. Permitid que alabe, adore, ame y bendiga de todo corazón vuestra infinita potencia, vuestra incomprensible bondad, vuestra eterna sabiduría, vuestra soberana justicia, vuestra incomparable mansedumbre, que han estallado en el misterio de la cruz, que era el escándalo del judío, y un signo de demencia para el gentil (I, Corint I)
Ya nada de extraño tiene para mí el que se pusiera pálida la luz del sol a lo que vió salir del árbol de la Cruz todos los brillantes rayos de vuestras divinas perfecciones.
Ya nada de extraño tiene para mi el que temblara la tierra en cuanto echasteis el último grito que derribó todos los simulacros de las falsas deidades.
Gloria os sea dada pues, vencedor del mundo y del infierno; vos habéis triunfado de mi corazón. Padre mío, decíais, ha llegado la hora; glorificad a vuestro Hijo para que vuestro Hijo os glorifique con su inmolación (S Juan, XVII) Os he glorificado en la tierra; he rematado la obra que me habíais encargado. Glorificadme pues ahora con la misma gloria que tenía delante de vos antes que estuviera formado el mundo…
Señor, ya están cumplidos vuestros votos: está glorificado vuestro Padre, e igualmente lo estáis vos. He aquí que mi nombre es grande, dice el profeta; desde que amanece el sol hasta que se pone, se sacrifica en todos los lugares del mundo una santa oblación en honor de mi nombre (S. Mat I)
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Venga a nos el tu Reino…
Señor, los que llegan a conquistar o descubrir un nuevo país, lo hacen tributario suyo y agregan a sus antiguas posesiones, con las cuales hacen un solo y mismo imperio o reino. Pero vos no conquistasteis ni descubristeis el mundo y todas las criaturas, sino que hicisteis mas. Las sacasteis de la nada; las disteis el ser; por consiguiente vuestras eran y todas ellas no formaban más que un imperio o reino universal sin fronteras ni límites, que os reconocía por Jefe, y estaba sujeto a vuestras sabias leyes y santas voluntades.
Así fue hasta que el pecado os arrebató vuestros súbditos, y los sometió al poder de vuestro inmortal enemigo. Bajo el yugo de su pesada tiranía gemía el orbe entero, cuando por fin vio afortunadamente lucir el día de su redención y libertad. Cuando más ufano e insolente cantaba el infierno de un polo a otro el himno de la victoria, se presentó su valeroso adversario para destruir el reino que había establecido contra todo derecho en la tierra el príncipe de este mundo.
Este inmortal caudillo fue vuestro amado Hijo. No con poderosos ejércitos emprendió la lucha, sino con las insignias de un rey burlesco a los ojos de la sabiduría humana. Un cetro de caña en la mano, una corona de espinas en la cabeza, un pobre manto de púrpura en las espaldas, así fue como se presentó para hacerse reconocer por rey de los dominios que tan injustamente se le habían usurpado. Así fue como le presentó Pilato al pueblo, al mundo y a su intruso rey, diciendo: Ved al hombre.
Entonces fue cuando se conmovió el imperio de satanás, y fue sacado afuera el que se titulaba príncipe de este mundo.
Grande fue aquel día, pues en él quedamos hechos una nación santa, un pueblo conquistado. (S Pedro II). Gloria sea dada a Jesús; pues por medio de él ha llegado hasta nosotros el reino de Dios, y pertenecemos de nuevo al Rey inmortal de los siglos.
Sed, Dios mío, ahora y siempre el único rey de mi alma, de mi cuerpo, de todas mis potencias y sentidos. Como tal os reconozco, bendigo, glorifico y adoro. Como tal os acaten también y bendigan no solo vuestros Angeles y santos, más también todas vuestras criaturas.
Haced, Señor, que, formando un concierto universal, todos unánimemente os proclamemos por nuestro rey, os obedezcamos, bendigamos y adoremos exterior e interiormente en la tierra; y que después de haberos servido como fieles vasallos en vuestro reino temporal, merezcamos ver vuestro dichoso rostro y tributaros un culto de veneración y cantar vuestras alabanzas en vuestro reino sempiterno. Bendito seais ahora y en todos los siglos de los siglos.
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SACRIFICIO EUCARÍSTICO
o
DE ACCIÓN DE GRACIAS
Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo…
En segundo lugar es el santo sacrificio de la Misa un sacrificio eucarístico o de acción de gracias.
Dice san Ireneo que Jesucristo estableció el santo sacrificio de la Misa, para que no fueramos ingratos para con Dios. Nos ha colmado tanto de favores, que de por nosotros mismos jamás se los podríamos agradecer, ni pagar, cual debemos. Todo se lo debemos a él, como autor de todo bien, y por consiguiente seríamos muy ingratos, si no le fuesemos agradecidos. Y para que le demos las gracias de un modo digno de él, nos ha dejado su divino Hijo su sagrado cuerpo y preciosísima sangre, para que lo ofrezcamos a su Eterno Padre en acción de gracias como una víctima pacífica y de suave olor.
Entrando pues en las miras de nuestro Redentor hace la Iglesia ofrecer a Dios este sacrificio de acción de gracias por medio de sus ministros en nombre de todos los fieles. Por esto, al subir el sacerdote al altar, nos convida a dar gracias al Señor, y uniéndonos con él respondemos y confesamos que es digno que lo hagamos. Y luego él, dirigiéndose a Dios, le dice en nuestro nombre: Es verdaderamente digno, justo, equitativo y saludable que os demos gracias en todo tiempo y en todo lugar, Señor santo, Padre omnipotente, Dios eterno, por medio de nuestro Señor Jesucristo.”
Y este divino Cordero, compadecido de nuestra pobreza, se digna suplir nuestra indigencia y cumplir por nosotros el deber de la gratitud. Tomando pues nuestro lugar, hace por nosotros lo que nos compete a nosotros todos.
Esta prodigiosa bondad de vuestro amable Salvador no os exonera de pagar el tributo, en cuanto os sea posible hacerlo. Ofreced pues con ternura y agradecimiento esta adorable víctima a vuestro Dios, a quien sois deudor de tantos beneficios, y decidle:
Padre mío, vos recibisteis un ultraje que merecía un castigo que fuera digno de la majestad, que en vos se había ofendido. Pero, a fuer de Dios clemente y misericordioso, consentisteis en dejaros apaciguar y reconciliaros con el hombre prevaricador. Mas exigisteis para ello que se os diera una satisfaccion digna de vos; y como no había en la tierra criatura alguna que os la pudiera dar, quisisteis que bajara del cielo vuestro divino Hijo, y os ofreciera un sacrificio sangriento en lugar del hombre pecador. Y dócil a vuestra divina voluntad, bajó del cielo mi amable Salvador para cumplir lo que le habías mandado y ofreceros la inocente víctima, sola digna de vos.
Así, el desobediente Adan me había separado de vos, y mi buen Jesús, con su obediencia hasta la muerte en la cruz, me ha unido de nuevo a vos. La desobediencia de Adan me había acarreado vuestra maldición; la obediencia de mi Redentor me ha atraído vuestra santa bendición. Ha sobreabundado la gracia donde había abundado el delito. (Rom., V)
Inmensa es esta gracia, Señor, y mayor de lo que puedo llegar a comprender, apreciar y agradecer. Por mas que busque en mi algo que ofreceros en recompensa, nada hallo que pueda daros en prueba de mi gratitud.
Soy pobre, y muy pobre de por mi mismo, bien lo sabeis; mas soy rico, y muy rico en mi Salvador. El ha proveido a mi indigencia. Se os ha ofrecido el mismo por mi en el Calvario, y ha dispuesto que se os ofreciera de nuevo en todo lugar este sacrificio eucarístico hasta la consumación de los siglos, para que en todo tiempo y todo lugar pudieramos de este modo entonar un cantico de acción de gracias.
Tomaré pues el caliz de su sangre, y os lo ofreceré para cumplir con el sagrado deber que tengo que cumplir hacia vos. Vuestro amantisimo Hijo os dará gracias por mi.
Recibid, Señor, este caliz saludable que os ofrezco con él. Uno mi oblación con la oblación de mi Jesús. Junto con el sacrificio de su propia voluntad, que no reparo él en haceros, os presento el sacrificio de la mía.
- Quiero que desaparezca mi voluntad en la vuestra, lo mismo que desaparece una gota de agua que cae en el Océano. Justo es que, dependiendo necesariamenle de Vos, dependa también voluntariamente.
Es muy del caso que os pruebe yo mi gratitud, habiéndome vos probado de un modo tan admirable vuestro imponderable amor.
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SACRIFICIO IMPETRATORIO
El pan nuestro de cada día dánosle hoy…
En tercer lugar es el santo sacrificio de la Misa un sacrificio pacífico o impetratorio.
Había en la antigua ley dos especies de sacrificios pacíficos: uno, para dar gracias a Dios por sus beneficios, como cuando le ofreció Melchisedec pan y vino después de la victoria de Abran; y otro, para conseguir de Dios algún favor, como cuando ofreció el gran sacerdote Onias una víctima pacífica por la vida de Heliodoro. Ambos los suple a la vez el sacrificio de la Misa. Lo ofrecemos a Dios para darle gracias por los favores que nos ha dispensado, con forme acabamos de ver, y también se lo ofrecemos para conseguir otros, conforme vamos a ver.
Mandan todas las liturgias que se ruegue en el altar por los vivos y los difuntos. Escribiendo san Pablo a su discípulo Timoteo, le encomienda que se hagan oraciones por todos los hombres, y especialmente por los reyes y los grandes. Los santos padres entienden que estas oraciones son las que se hacen en la celebración de los divinos misterios.
Ha sido establecido el santo sacrificio de la Misa para pedir y alcanzar toda especie de bienes, así los espirituales, como los temporales. Echase de ver que el sacrosanto sacrificio ha sido establecido para pedir e impetrar los bienes espirituales con lo que se nota después de la consagración. Entonces, ofreciendo el sacerdote la preciosa víctima que llama: pan de vida eterna y cáliz de perpetua salvación, pide a la divina Majestad que derrame toda suerte de bendiciones y gracias celestiales sobre todos cuantos participan de ella.
En punto a bienes temporales, nos asegura San Agustin que en su tiempo una casa, que estaba infestada de espíritus malignos, quedó libre de ellos con el sacrificio de la Eucaristía.
San Gregorio habla, en sus homilías sobre el Evangelio, de cierto encarcelado que sentía que se despegabana sus cadenas cada vez que se decía la Misa por él en un lugar lejano. El venerable Beda cuenta otro ejemplo por el mismo estilo. Por lo mismo, dice san Juan Crisóstomo, los sacerdotes, que sacrifican, hacen oraciones públicas sobre la hostia de propiciación por la paz común de las Iglesias, por la tranquilidad del mundo, por los reyes, por su milicia, sus aliados, por los enfermos, y generalmente por todos los que tienen necesidad de algún socorro, y hasta por los frutos de la tierra.
Admirad la bondad de Dios y aprended a pedirle con confianza todo cuanto necesitéis, durante el santo sacrificio de la Misa. Él os asegura que os otorgará lo que pidáis, si puede seros útil para vuestra salvación, o que os dará otra cosa de más valor, que os será mucho mejor. Decidle pues con una confianza filial:
Ante vuestra majestad me postro en este momento, Padre amabilísimo, que, en vuestra infinita bondad por mi, no perdonasteis a vuestro propio Hijo, sino que le entregasteis para que fuera nuestro guía, nuestro médico, nuestro pontífice, nuestro salvador, nuestro hermano, nuestro amigo. Y dándonos vuestro Hijo, nos lo habéis, dado todo con él.
Por esto, poniendo toda mi confianza en sus méritos y acordándome de su promesa: si pedís algo a mi Padre en mi nombre, os lo concederá vengo a implorar vuestra clemencia.
Padre santo, el nombre que tengo en mis labios es el de vuestro querido Hijo, en el cual habéis puesto vuestras complacencias .
Los títulos que alego para ser atendido, son los títulos, de aquel que siempre escucháis en razón del amor reverencial que os profesaba.
Dadme el pan celestial que calma para siempre el hambre de cuantos lo comen
Dadme el agua viva de la misteriosa peña que no es otra cosa que el sagrado costado de Jesús, donde van a beber todos los que están sedientos.
Permitidme que en presencia de vuestros altares diga una y mil veces can el Salmista, y embriagado de dicha y amor:
El Señor es el amable y caritativo pastor que me guía, nada me ha de faltar.
Me ha establecido en un sitio donde tengo unos ricos y abundantes pastos, me ha puesto cerca de un agua que rehace mis fuerzas.
Ha convertido mi alma, y me ha guiado por las sendas de la justicia, para la gloria de su nombre. Por lo mismo, aun cuando anduviera en medio de la sombra de la muerte, no temeré de ningún mal, por saber que estáis vos conmigo.
Habéis puesto delante de mí una mesa donde hallo una comida que me llena de fuerzas para resistir a todos los que me persiguen.
Habéis ungido con un sagrado aceite mi cabeza, y tengo un cáliz que me embriaga de dicha y es de un admirable primor.
Mas lo que pone el colmo a vuestra bondad, a mi alegría y dicha, es que vuestra misericordia me seguirá todos los días de mi vida, y me hará andar constantemente por las sendas de la verdad y la justicia.
Para que habite mucho tiempo en la casa del Señor. »
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SACRIFICIO PROPICIATORIO.
y perdónanos nuestras deudas,
así como nosotros perdonamos a nuestros deudores…
En cuarto lugar es el santo sacrificio de la Misa un sacrificio propiciatorio para los vivos y los difuntos.
Declara el sagrado Concilio de Trento que hay un Purgatorio, y que las almas, que están detenidas en él, son realmente socorridas con los sufragios de los fieles, y principalmente con el sacrificio del altar por lo mismo, en el acto de consagrar un obispo a un sacerdote y conferirle el carácter sacerdotal, le dice estas palabras: Recibid el poder de ofrecer el sacrificio a Dios, y de celebrar la Misa por los vivos y los difuntos en nombre del Señor; así sea.
El que ha llegado a la excelente dignidad del sacerdocio ofrece, en virtud de este poder, el sacrificio de la Misa, el sacrificio de la sangre de Jesucristo que el profeta Isaías llama: un rocío de luz. David le llama un agua nutritiva, un agua que nos pone sosegados y tranquilos; y san Isidoro, una fuente de inmortalidad, que da la vida eterna a los que la beben. Las almas que arden en el Purgatorio, no piden más que una gota para apagar la llama que las está devorando.
También es propiciatorio para los vivos este adorable sacrificio, y por esto se ofrece en la Iglesia por los pecados, por las penas debidas a los pecados, por las satisfacciones y demás necesidades de los fieles, como dice el Concilio de Trento.
Lo propio de este Sacrificio es de apaciguar la ira de Dios, y de obrar la conversión y reconciliación de los pecadores, en cuanto les aplica el fruto del sacrificio de la cruz, que el Hijo de Dios ofreció para la remisión de nuestros crímenes. “Pues murió por nuestros pecados, y pacificó, con la sangre de la cruz, lo que hay en la tierra y en el cielo.”
Admirad la bondad de Jesucristo, que no se contentó con destruir en sí mismo la enemistad que existía entre Dios y los hombres; sino que también quiso dársenos por rehenes en la divina Eucaristía, y permanecer con nosotros hasta el fin del mundo, no solo como prenda de la paz, mas también como víctima para fortificar la amistad que nos había procurado con su muerte, y anudarla otra vez cuando la hubiéramos destruido por nuestra culpa. Es la víctima de propiciación por nuestros pecados, y no sola por los nuestros, mas también por los de todo el mundo.
Bajo este supuesto, ofreced al Señor esta inocente y adorable víctima, diciéndole con ternura, gratitud, devoción y amor.
Dios de misericordia y de toda consolación, al cual no tenemos acceso más que por medio de Jesús, nuestra propiciación y víctima, dignaos recibir esta preciosa redención, más que suficiente para expiar mis pecados y los pecados del mundo entero.
Deseando unir al sacrificio de todo mi ser con el sacrificio de vuestro Hijo, y cumplir de este modo en mí lo que falta a su Pasión, os ofrezco como una hostia de expiación mi cuerpo y alma.
No despreciéis, Señor, un corazón contrito y humillado, antes bien dignaos echar una mirada sobre la faz de vuestro Cristo que está en mí, que se ha hecho pecado y maldición por mí, y ha pegado a su cruz la sentencia de mi condenación, rasgada con sus clavos y borrada con su sangre…
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y no nos dejes caer en la tentación…
Con todo, como de nada me serviría el verme purificado de mis antiguos crímenes, si llegara cometer otros, me atrevo a hincar la rodilla ante el trono de mi Criador, y, aunque no sea yo mas que polvo y ceniza, diré una palabra a mi Señor y Dios.
Vos, que habéis amasado mi arcilla, sabéis cual es mi flaqueza y fragilidad. No lo ignoráis, Señor; tan poca cosa soy, que a veces la más pequeñita piedra de escándalo, desprendida de la montaña, como por encanto, sin la mano de nadie basta para derribarme y hacerme pedazos.
La hoja solitaria de los bosques, que tiembla en cuanto hace el menor soplo de viento, no es mas móvil que mi voluntad.
Está escrito: el espíritu del hombre y todos los pensamientos de su corazón están inclinados al mal desde su juventud.(Génes., VIII)
Guardadme pues, por la virtud de este sacrificio propiciatorio, de los escándalos, lazos y peligros a que estoy expuesto por parte de mis enemigos, el mundo, el demonio y mi propio corazón. Pues en cuanto me toméis bajo vuestra protección, por mas que se levanten contra mi mil ejércitos de enemigos, nada temerá mi corazón.(Salm. XXVI)
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Mas líbranos de mal…
Señor, Dios mío, que no quereis que nadie perezca, mas antes bien deseais que todos lleguen a conocer la verdad (I, Timot, II), dignaos alejar de vuestros siervos el mal del pecado, y, si no entra esto en los designios de vuestra Providencia, el mal que nos ha merecido el pecado.
Volved a envainar la cuchilla de vuestra ira, y haced que pasemos en paz los días que aún nos queden que pasar en la tierra (I, Timot., II)
Sin embargo, no dejamos de conocer que con sobrada razón y justicia nos vienen estos males; empero os rogamos que useis de clemencia, para gloria de vuestro nombre, a fin de que jamás tengan ocasión de decir las naciones: ¿dónde está su Dios (Salm. CXIII)?
En cuanto a nosotros, nos consta que está Dios reinando en el cielo, y que, por lo que mira a la tierra, a los hijos de los hombres la ha dado. (Salmo CXIII)
No sea esta tierra, Señor, la imagen del infierno con nuestras discordias, nuestras violencias, nuestras pendencias y crímenes.
Os rogamos particularmente que os digneis echar una ojeada de compasión sobre cuantos nos gobiernan así en lo eclesiástico como en lo civil. Tened piedad de vuestro Vicario en la tierra, de nuestros Prelados, de nuestros Reyes y príncipes, y de todos cuantos tienen en sus manos los destinos de los pueblos. Desviad cuidadosamente de sus almas y cuerpos todos cuantos males pudieran amenazarles.
Protegednos a todos con la fuerza de vuestra diestra, y preservadnos de toda desgracia espiritual y temporal. Amparad a vuestro rebaño y defendedle, ya que os habéis dignado redimirle a costa de vuestra preciosísima sangre. Alejad de él la bestia feroz, que le está rodeando sin cesar, buscando a apoderarse de alguna oveja, para hacerla pedazos y perderla.
Guiadnos a todos, cual guiasteis a vuestro pueblo a través del desierto de la vida, y hacednos entrar en la tierra que habéis jurado darnos. (Genes. L)
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G. Sendra presbítero. El Padre nuestro meditado, o trece explicaciones de la oración dominical. Valencia.1859.