Archivo de Septiembre 2009

Por qué y cómo deba Dios ser amado

Septiembre 27, 2009

“¿Queréis pues oir de mí, por qué, y cómo deba ser amado Dios? Pues yo os respondo: La causa PARA AMAR A DIOS, ES DIOS; el modo es amarle sin medida.

¿Es esto por ventura bastante? Ciertamente tal vez lo es, pero para el sabio. Mas, sí soy deudor a los ignorantes; ya que se dijo lo que basta para el sabio, también a ellos debemos tener atención.

Así, por los que tienen menos inteligencia no tendré dificultad en repetir más profusa que profundamente una cosa misma.

Por dos causas pues diré, que Dios debe ser amado por sí mismo, o porque nada puede amarse más justamente, o porque nada puede amarse con mayor fruto.

Puesto que se puede dudar, que es lo que principalmente se duda; o ya, con que mérito suyo deba ser Dios amado, o ya ciertamente con qué provecho nuestro.

A la verdad, a lo uno y a lo otro responderé lo mismo, y es, que a mi absolutamente no me ocurre otra causa más digna para amarle a él mismo, fuera de él mismo.

Y en primer lugar, veamoslo por lo que toca al mérito. Mucho sin duda mereció de nosotros, el que, sin merecerle nosotros, se nos dio a si mismo. Porque ¿qué otra cosa mejor que él mismo podía dar aún él mismo?

Con que, si se pregunta por el mérito de Dios, cuando se pregunta por la causa de amarle a él mismo, el mérito principal consiste en que él mismo nos amó primero.

Digno es ciertamente de que se le corresponda con el amor, especialmente si se considera, quien, a quienes y cuando haya amado.

¿Quién pues? ¿No es por ventura el mismo, a quién todo espíritu está confesando: Vos sois mi Dios, porque no tenéis necesidad de mis bienes? (Ps 15, I)

Y sin duda, caridad verdadera es la de esta Majestad, pues no busca sus propios intereses.

Mas, ¿a quiénes se muestra tan grande pureza de amor? Cuando todavía, dice, éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios.(Rom 15, 10) Amó pues Dios, y amó de balde, y a unos enemigos.

Mas ¿Cuánto? Cuanto dice San Juan: Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo Unigénito (Johan 3, 16) y San Pablo, El que no perdonó, dice, a su propio hijo, sino que le entregó por nosotros. (Rom 8, 32).

El mismo hijo también dice por sí: Nadie tiene mayor amor, que el de poner su vida por sus amigos.(Johan 15, 13).

De esta suerte mereció el justo con los impíos, el sumo con los ínfimos, el omnipotente con los flacos.

Pero, alguno dirá: así ha sido ciertamente con los hombres; mas no así con los Ángeles. Verdad es esto, pero porque no fue necesario. Mas el que amparó en tal necesidad a los hombres, guardó de tal necesidad a los Angeles: y el mismo, que amando a los hombres, los hizo tales, para que tales no permaneciesen, el mismo igualmente amando a los Angeles, les concedió por don que no se hiciesen tales.

*

Cuánto merezca Dios ser amado del hombre, por los bienes así del alma, como del cuerpo. Como se han de reconocer estos y tener sin injuria de quien los dio.

Los que conocen bien estas cosas, claramente conocerán también, porque deba Dios ser amado: esto es, por qué ha merecido ser amado.

Y, si estas cosas se ocultan a los infieles, con todo eso, le es muy fácil a Dios confundir a los ingratos por innumerables beneficios suyos, concedidos a los hombres para el uso, y manifiestos a su sentido.

Porque ¿quién otro administra alimento al que come, luz al que mira, aire al que alienta? Pero, será necedad querer contar ahora las cosas que poco antes previne que eran innumerables: es bastante para ejemplo haber mencionado las principales, el pan, el aire, y el sol.

Las llamo principales, no porque sean las más excelentes, sino porque son las más necesarias; pues pertenecen al cuerpo.

Otros bienes más eminentes búsquelos el hombre en aquella parte de sí mismo; por la cual se hace superior a sí propio, es decir, en su alma; los cuales bienes son la dignidad, la ciencia y la virtud.

Yo llamo dignidad en el hombre el libre albedrío, por el cual se le ha dado a él, no solo sobrepasar a todos los animales, sino dominarlos también.

Ciencia llamo aquel conocimiento, con que reconoce esta dignidad en sí mismo, mas no de sí mismo.

Y entiendo por virtud, aquel afecto con que consiguientemente se mueve a buscar con diligencia aquel mismo Señor de quien tiene el ser, y a tenerle fuertemente, después que le haya hallado.

Así, cada una de estas tres cosas se presenta duplicada.

Porque, la humana dignidad no solo la demuestra la prerrogativa de su naturaleza, sino también el poder de su dominación, por cuanto ha querido Dios que infunda terror el hombre en todos los animales de la tierra.

La ciencia igualmente será duplicada, si esta dignidad misma, u otro cualquier bien que tengamos, conociéremos que está en nosotros, y que no viene de nosotros.

Por cierto, la virtud misma se verá que es de dos maneras también, si enseguida buscamos al autor de estos bienes y nos juntamos inseparablemente á él, habiéndole hallado.

La dignidad pues sin la ciencia nada aprovecha; y la ciencia sin la virtud aun será dañosa: lo que se prueba con claridad con la siguiente razón.

Porque, tener lo que no sabes si lo tienes, ¿qué gloria tiene? Por cierto el saber que lo tienes, pero ignorar que no lo tienes de tuyo tiene gloria, mas no delante de Dios.

Al que se gloría en sí mismo le dice el Apóstol: ¿Qué tienes que no hayas recibido?

Mas si lo has recibido, ¿por qué te glorías, como si no lo hubieras recibido? (1. Cor 4-7)

No dice solamente: ¿Por qué te glorías? si no que añade, como sino lo hubieras recibido para declarar que es reprensible, no el que se gloría en los bienes que tiene, sino el que se gloría en ellos, como si no los hubiera recibido.

Con razón se llama esta vanagloria, pues carece de sólido fundamente de la verdad.

La verdadera gloria la distingue de esta en este modo: El que se gloría, dice, gloríese en el Señor (I Cor I, 31): es decir, en la verdad. Pues es verdad el Señor.

Ambas cosas pues es necesario que sepas, lo que eres, como que no lo eres de ti mismo; para que no suceda que absolutamente no te gloríes o que te gloríes vanamente.

Ultimamente, sino te conoces a ti misma, dice, sal, y sigue tras los rebaños de tus compañeros (Cant 1.6) Verdaderamente así sucede.

El hombre criado en el honor, cuando no conoce este honor mismo, es comparado por culpa de esta ignorancia suya a los animales irracionales, como a unos compañeros de su presente corrupción y mortalidad.

Sucede pues, que no conociéndose a sí misma una criatura, ilustre por el don de la razón comienza a juntarse a los rebaños de los irracionales, cuando ignorante de la propia gloria, que está en su interior, es llevada por su misma curiosidad a conformarse por fuerza a las cosas sensibles y se hace una de las demás, por no entender que ha recibido nada con preferencia sobre las demás.

Así, nos debemos guardar en gran manera de esta ignorancia, por la cual tal vez sentimos de nosotros menos de lo que nos correspondía a nosotros, pero, no menos, sino mucho más nos debemos guardar de aquella, por la cual nos atribuimos a nosotros más de lo que tenemos.

Lo que sucedería, si engañados llegáramos a pensar, que hay algún bien en nosotros, y que viene de nosotros. Mas, sobre una y otra ignorancia se debe evitar y excecrar aquella presunción, por la que con conocimiento y advertencia te atrevieras acaso a buscar tu propia gloria de los bienes que no son tuyos; y estando cierto de que no los tienes de ti mismo, con todo eso no recelarás robar por la misma causa el honor de otro.

A la verdad, la primera ignorancia, no tiene gloria: la segunda la tiene sin duda, pero no en Dios.

Mas, este tercer delito, que se comete con conocimiento, la usurpa aún contra Dios.

En fin, tanto más grave y peligrosa es esta arrogancia que la ignorancia segunda, cuanto si por ella ciertamente se ignora Dios, pero por esta se desprecia también: tanto más mala y más detestable que la
primera, cuando asociándonos por ella a los irracionales, por esta nos asociamos también a los demonios.

Porque, es una soberbia y delito enormísimo, usar de lo que nos han dado, como si en nosotros fuera nacido: y en los beneficios que nos han hecho, usurpar la gloria del bienhechor.

Por lo cual, a la dignidad y a la ciencia es preciso juntar la virtud, que es el fruto de ambas, por la que se busca, y tiene aquel Señor, que siendo el autor y dador de todas las cosas, con razón es glorificado por todos.

De otra suerte, el que sabe y no hace lo que debe, será castigado de muchos modos. ¿Por qué? Ciertamente porque no quiso entender, para obrar el bien: antes por el contrario, meditó la maldad en su aposento, cuando de los bienes que por el don de la ciencia sabía ciertísimamente, que no eran de él, intenta cual siervo impío captar la gloria del Señor bueno, o más bien arrebatarla.

Se hace claro pues, lo uno, que la dignidad sin la ciencia es inútil enteramente, lo otro, que la ciencia sin la virtud es reprensible.

Mas, el hombre de virtud, en quien ni permanece culpable la ciencia, ni la dignidad infructuosa, clama a Dios, y confiesa con ingenuidad: No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a vuestro nombre dad la gloria.

Esto es, nada, Señor, nos atribuimos a nosotros por la ciencia, nada por la dignidad; sino que todo lo referimos a vuestro nombre, de quien viene todo.

Pero nos hemos alejado demasiado casi fuera del asunto, emprendiendo mostrar, que aquellos que ignoran a Cristo, también son instruidos suficientemente por la ley natural en vista de los bienes del cuerpo y del alma que han recibido, de que deben amar a Dios por Dios ellos igualmente.

Pues, por repetir brevemente lo que sobre esto queda dicho: ¿Quién aún de los fieles ignorará, que las sobredichas cosas, tan necesarias a su cuerpo en esta vida mortal, con que pueda subsistir, con que pueda ver, con que pueda respirar, de ningún otro vienen sino de Aquel Señor, que da alimento a toda carne, que hace nacer su sol sobre los buenos y los malos, y llueve sobre los justos y los injustos?

¿Quién igualmente aunque sea un impío, pensará que es otro el autor de la humana dignidad que resplandece en el alma, fuera de aquel mismo que habla en el Génesis: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza? Gen I.26

¿Quién juzgará, que es el dador de la ciencia, sino igualmente este mismo Señor, que enseña al hombre la ciencia?

¿Quién tampoco pensará que se le ha dado o esperará que se le haya de dar el don de la virtud de la mano de otro, que del Señor de las virtudes?

Merece pues ser amado por sí mismo Dios, aún del que es infiel; pues, aunque no conozca a Cristo, se conoce a si mismo con todo eso.

Por tanto, es inexcusable aún todo infiel, sino ama al Señor su Dios de todo su corazón, de toda su alma, de todas sus fuerzas porque, está dando voces en su interior una justicia innata en él, y que no puede ocultarse a la razón, que con todo lo que es debe amar a aquel Señor, a quien no ignora que lo debe todo pero, es difícil, o diciendo mejor, imposible, que ninguno con sus propias fuerzas o las del libre albedrío dirija del todo a la voluntad de Dios los dones que ha recibido de Dios, y que no más antes los tuerza hacia su propia voluntad, y los retenga como si fueran suyos, según está escrito: Todos buscan sus propios intereses (Philip 2, 21). Y también, los sentidos y pensamientos del hombre están propensos a lo malo. (Gen 8, 21).

Opúsculos de San Bernardo, abad de Claraval.Tratado del amor de Dios  dirigido a Emerix Cardenal y Cancelario de la Santa Iglesia Romana. D. Josef de Navas, 1795.

La Devoción a los Santos Ángeles Custodios (Patronos de la Legión)

Septiembre 27, 2009

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DE LOS MUCHOS BENEFICIOS QUE DIOS NOS HACE POR MEDIO DE LOS ÁNGELES DE LA GUARDA

1 Vos me amasteis, Señor, único amor mio, antes que yo os amase, y me criasteis á vuestra imagen y semejanza, y me hicisteis superior á todas las criaturas corpóreas: la cual dignidad aún ahora la conservo, conociendoos á Vos, para lo cual fui criado.

2 Y además de esto hacéis á vuestros celestiales y purísimos espíritus que sean vuestros ángeles ó embajadores para provecho mío, y les habéis mandado que me guarden en todos mis caminos, para que ni caiga, ni tropiece, ni peligre en todos mis pasos. Estos son los guardas que están siempre velando sobre los muros de la nueva ciudad Jerusalen , y son los montes que tiene esta ciudad alrededor de sí, y los que velan y observan las vigilias de la noche sobre vuestro rebaño; no sea que alguna vez, por no haber quien nos defienda, arrebate como león vuestras almas aquel antiguo enemigo nuestro, que como león rugiente y feroz anda siempre alrededor de nosotros buscando á quien tragar. Estos son los ciudadanos de esa felicísima ciudad y Jerusalen triunfante y madre nuestra, á los cuales enviais á este mundo para que sirvan á los que han de ser herederos de la eterna salud y felicidad, para que los libren de sus enemigos, los guarden en todos sus caminos, y también los conforten y amonesten, y ofrezcan las oraciones de vuestros hijos delante de vuestra divina majestad.

3 Ellos aman verdaderamente á los que en su compañía han de ser también ciudadanos de la gloria, y esperan que con la salvación de los hombres se han de reparar las ruinas de los ángeles. Por tanto nos asisten con gran cuidado y vigilancia á todas horas y en todas las ocasiones, socorriendonos y proveyéndonos en nuestras necesidades, siendo los mensajeros que corren con solicitud desde nosotros hasta el trono de vuestra divina majestad, para ofreceros nuestras lágrimas, sollozos y suspiros, para alcanzarnos de vuestra benignidad y clemencia el perdón de nuestras culpas, y traernos la deseada bendición de vuestra gracia. Andan con nosotros en todos nuestros caminos, entran y salen siempre con nosotros, considerando atentamente con qué piedad y virtud, con qué honestidad vivimos en medio de otros muchos que son malos, y con cuanto cuidado y deseo buscamos vuestro reino y vuestra justicia, y con cuanto temor y respeto os servimos y nos alegramos en Vos también, ¡oh verdadera alegría de nuestro corazon! Ayudan á los que trabajan, defienden á los que reposan, exhortan á los que pelean, coronan á los que vencen. Se alegran con los alegres, con tal que esta alegría sea en vuestra Magestad: y se compadecen de los que ven padecer como padezcan por Vos.

4 Grande es el cuidado que tienen de nosotros, grande el afecto de amor que nos tienen: y todo esto lo hacen en honra de la infinita caridad con que Vos nos amasteis. Porque ellos aman á los que Vos amáis, guardan á los que Vos guardais, y desamparan á los que Vos desamparais. No quieren bien á los que obran mal  porque Vos también aborreceis á los malhechores, y habeis prometido el destruir y perder á todos los que siguen la mentira y falsedad.Siempre que obramos bien, se alegran los ángeles, y se entristecen los demonios. Siempre que nos apartamos de lo bueno y justo, damos motivo de alegría al demonio, y privamos á los ángeles de su alegría y regocijo, porque se alegran ellos de que haga penitencia un pecador; y por el contrario, se alegra el demonio de que vuelva atrás un justo. Pues haced Vos ¡oh Padre celestial!  que los ángeles se alegren siempre de nosotros, para que eternamente, os alaben por la bondad que vean en nosotros, y lleguemos á ser todos un mismo rebaño vuestro, y juntos unos y otros os alabemos, y glorifiquemos vuestro santo nombre, pues sois el criador de los hombres y los ángeles.

5 Acordándome de todas estas cosas, Os alabo, Señor, y confieso en vuestra presencia, que son muy grandes estos beneficios con que nos habeis honrado, dándonos á vuestros angélicos espíritus para vuestra servidumbre y ministerio. Ya nos habíais dado cuanto se contiene en el ámbito del cielo: y como pareciendoos que era poco todo lo que está debajo del cielo, nos añadisteis también lo que está sobre los cielos mismos. Todos vuestros ángeles os alaben por estos beneficios, todas vuestras obras os confiesen y adoren, y todos; vuestros santos os bendigan y engrandezcan por favores tan singulares. ¡Oh gloria y honra nuestra, que nos honras con tanta demasía, enriqueciéndonos, y al mismo tiempo adornándonos con tantos beneficios! Admirable es, Señor, en toda la tierra vuestro santísimo nombre. ¿Pues que es el hombre para que así le ensalceis, ó para que le honreis tanto, y se incline y aficione á él vuestro corazon? Vos digisteis ¡oh verdad eterna! Mis delicias son estar con los hijos de los hombres ¿Pues no es el hombre un asqueroso cieno que se convierte en gusano? ¿Cualquiera de los hombres no es un conjunto de todas las vanidades ? Y no teneis por cosa de menos valer el mirarle siquiera, y poner en él vuestros ojos, y traerle á vuestro juicio?

SAN AGUSTÍN. “Meditaciones, Soliloquios y Manual”. Traducidas del latin al castellano por el R.P Eugenio Zeballos. Imprenta de Don Ramón de Verges.1824.

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DEVOCIÓN AL ANGEL CUSTODIO

Después de María Santísima podemos decir que quien se interesa más por nuestra salud y felicidad temporal y eterna es el Angel Custodio. Dios nos lo ha dado por guía, por compañero, por defensor, y no nos abandona un solo momento. Pero ya que con tan solícitos cuidados vela por nosotros, por nuestra parte procuremos no ofender sus purísimos ojos con acciones y obras indígnas.

Es una práctica muy provechosa el implorar la protección de los Angeles Custodios de las personas con quienes tratamos, para obtener éxito en los negocios o asuntos que con ellas tenemos.

Oración al Angel Custodio

Angel de Dios, bajo cuya custodia me puso el Señor con amorosa piedad, a mí, que soy vuestro encomendado, alumbradme hoy, guardadme, regidme y gobernadme. Amén

Rezad un Padre nuestro, Ave María y Gloria Patri al Angel Custodio todos los días e invocadle a menudo en vuestra necesidades.

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TEN EN CUENTA A TU BUEN ÁNGEL

“Que tu buen Ángel sea tu escudo para hacer frente a los combates de los enemigos de nuestra salvación.

¡Oh Raffaelina, qué consuelo es saber que estamos siempre bajo la protección de un espíritu celestial que nunca nos abandona, ni siquiera cuando ofendemos a Dios! ¡Esto es admirable! ¡Qué agradable es esta gran verdad para el que cree! ¿A quién puede temer, entonces, el espíritu devoto que trata de amar a Jesús, si está acompañado por tan ilustre guerrero? ¿no fue, quizás, uno entre la multitud de ángeles quien se unió en el cielo a san Miguel para defender el honor de Dios frente a satanás y a todos los demás ángeles rebeldes, para vencerlos y conducirlos al infierno? (cf Daniel 10, 13); Ap 12, 7)

Déjame decirte que tu ángel todavía es poderoso. Su amor no ha disminuído y nunca dejará de defenderte. El hecho de tener cerca de nosotros a un ángel que no nos abandona ni un instante desde la cuna hasta la sepultura, que nos guía y nos prtege como un amigo o un hermano, realmente debería llenarnos de consuelo.”

Padre Pío, su testamento espiritual. Editorial Claretiana

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Otra Oración al Angel Custodio

Dios mío, os doy gracias por haberme dado un Angel para acompañarme- Angel mío, os doy gracias por haber  aceptado el triste empeño de ver lo que hay de más miserable, al mismo tiempo que contempláis la Grandeza, la Santidad y la Majestad de Dios.- Dios mío, os agradezco las gracias que habéis dispensado a mi Angel Custodio, las cuales le dieron fuerza para resistir al espíritu de las tinieblas.- Mi buen Angel, yo me uno al agradecimiento que vos tributáis a Dios desde tantos siglos, haced que inmediatamente después de mi muerte, yo me una a aquella acción de gracias que Vos le tributaréis por toda la eternidad. Así Sea.

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MI BUEN ÁNGEL REZA POR MÍ

(tomado de una carta del Padre Pío a Raffaelina Cerase del 20 de abril de 1915)

“Este buen ángel reza por tí y le ofrece a Dios todas tus buenas obras, tus santos y nobles deseos. Cuando te sientas solo y abandonado, no te quejes diciendo que no tienes ningún amigo a quien abrirle el corazón y confiarle tus penas. por el amor de Dios, no te olvides de este compañero invisible que siempre está allí para escucharte, que siempre está disponible para consolarte.

¡Oh deliciosa intimidad! ¡Oh compañero bendito! Si todos los hombres al menos pudieran entender y apreciar el gran regalo que Dios en su infinito amor nos ha hecho al asignarnos este espíritu celestial para guiarnos! Acuérdate con frecuencia de su presencia. Agradécele y rézale. Él es muy considerado y sensible.

Invoca con frecuencia a este ángel bondadoso. Repite seguido la hermosa oración: “Ángel de Dios, mi querido guardián, a quien el amor de Dios me ha confiado, permanece a mi lado en este día para iluminarme y cuidarme, gobernarme y guiarme.”

En la hora de la muerte contemplarás a este buen ángel que te acompañó durante toda la vida y que con tanta generosidad te brindó sus cuidados maternos.

 Padre Pio, su testamento espiritual. Editorial Claretiana

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Angel de mi guarda oh mi dulce compañía no me desampares ni de noche ni de día hasta que me entregues en los brazos de Jesús y de María. Con tus alas me persigno y me abrazo de la Cruz y en mi corazón me llevo al dulcísimo Jesús.

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LOS ÁNGELES GUARDIANES Y EL PADRE PÍO

(Testimonio del Padre Alessio Parente ofm, cap.)

“Habiendo vivido junto al Padre Pío durante más de seis años, con frecuencia le decía: Padre, si no pudiera volver a verlo, ¿qué debo hacer si necesito de sus oraciones? Y el padre Pío me respondía:”Si no puedes venir tú mismo, envíame tú angel guardián. Él puede traerme tu mensaje y yo te asistiré lo mejor que pueda.

Un día cuando estaba  sentado a su costado, el Padre Pío estaba tocando su Rosario. Había tanta paz y tanta calma alrededor de él que me animé a hacerle algunas preguntas. para mi sorpresa, me respondió: “Por favor, hijo mío, déjame solo. ¿No ves que estoy  muy ocupado?

Qué raro, pensé: Está sentado tocando su Rosario y me dice que está ocupado. Como me quedé totalmente en silencio, pensando que no era verdad que estaba ocupado, el Padre Pío me miró y dijo: “¿No ves a todos esos ángeles guardianes yendo y viniendo, trayéndome mensajes de parte de sus protegidos?. Le respondí, Padre, no vi a ningún ángel guardián, perole creo, porque usted siempre le dice a la gente que le envíen los suyos.”

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Angel de la Guarda 2

Acto de ofrecimiento

Ángel de Dios, que estás encargado de mi custodia desde el primero hasta el último instante de mi vida: aunque me reconozca indigno de tus amores y cuidados: con todo, seguro de que me amas y tienes ardiente celo de mi salvación, te elijo en este día en presencia de toda la Corte celestial, para que seas mi especial protector y guía. Propongo firmemente honrarte todos los días de mi vida, seguir fielmente todos tus consejos, y obedecer las órdenes que Dios me comunique por tu ministerio; suplicándote fidelísimo Custodio mío, que continúes dispensándome sin cesar con tu poderosa intercesión. Líbrame de los lazos de satanás, mi cruel enemigo; defiéndeme de los terribles combates con que me asalta; ilumina mi espíritu , abrasa mi voluntad y enséñame el camino que conduce a la verdad y aleja del error. Inclito príncipe de la Corte del Rey de reyes, ofrece mis oraciones al Señor, e intercede para que se muestre propicio a mis súplicas: consuélame en mis penas, y sobre todo presérvame del pecado. Si alguna vez tuviere la desgracia de apartarme de la senda de la virtud, vuelvéme luego al buen camino, y no me abandones un solo momento; pero sobre todo fortalece mi alma en el terrible trance de la muerte, llevandola al cielo, como la del pobre, pero dichosísimo Lázaro, a fin de que en compáñía de todos los Santos alabe y bendiga a Dios con ellos, contigo, y con toda la familia angélica por todos los siglos de los siglos. Amén.

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ACTO DE CONSAGRACIÓN

al Ángel Custodio

Ángel Santo, a cuya custodia me encomendó el Altísimo desde que me animó en las entrañas de mi madre; yo,  indignísimo cliente tuyo, te doy infinitas gracias por la solicitud que de mi conservación tuviste, hasta que fui reengendrado por las saludables aguas del Bautismo. Gracias te doy por los peligros de cuerpo y alma de que me has librado, en la infancia y en la juventud, por las santas resoluciones que me has inspirado, y por la amigable compañía que siempre me has hecho. A ti, Protector mío, me encomendó el Señor. Tu favor invoco, pues tan experimentado le tengo. Defiéndeme de mis enemigos visibles e invisibles, ilustrándome y enfervorizandome. Ama a Dios con mi corazón, que desea amarle con los afectos de tu voluntad. Amén.

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Angel de la Guarda

 DEVOCIÓN DE DON BOSCO AL ANGEL DE LA GUARDA

(Memorias Biográficas de Don Bosco. Volumen 2)

“A finales de este año terminaba de escribir don Bosco un librito sobre la devoción al Angel de la Guarda. Lo había empezado en la Residencia Sacerdotal.

Daba gracias en él al Señor, por el gran favor de haberle puesto bajo la custodia de un ángel; mil veces se lo oímos repetir.

Por eso profesaba tierno afecto y gran devoción a su Angel de la Guarda y celebraba cada año su fiesta. Estaba tan persuadido de tenerlo a su lado que parecía lo viese con sus ojos.

Le saludaba varias veces al día con el Angele Dei y confiaba del todo a su protección las circunstancias todas de la vida.

Se encomendaba a sí mismo y le encomendaba a todos sus muchachos; me atrevería a decir que este celestial espíritu le ayudaba en la fundación y gobierno de sus obras.

Un día narraba don Bosco cómo la beata Juana de la Cruz fue favorecida desde niña con la presencia visible de su ángel custodio, cómo, guiada por él, había abrazado el estado religioso y cómo, cuando fue superiora del monasterio, desempeñaba maravillosamente los asuntos más difíciles. Surgieron en la comunidad algunos inconvenientes y el Angel le señalaba el modo y los medios para corregir los defectos de las demás.

Esta narración me sugirió la idea de que también él gozaba de tan insigne favor y no pude apartar de mí tal pensamiento en modo alguno.

En efecto, no es cierto que durante el curso de su vida manifestó los más arcanos secretos que humanamente no se podían conocer. ¿Sus sueños, el personaje misterioso que en ellos le acompañaba quién podía ser? Sea como fuere, sabía infundir en sus jóvenes gran respeto y gran amor al Angel de la Guarda.

Con mucha frecuencia entonaba él mismo el cántico sagrado que había puesto música en honor del Santo Angel y que cantaban los muchachos con entusiasmo.

Les decía: -Avivad vuestra fe en la presencia del Angel de la Guarda, que está siempre con vosotros. Santa Francisca Romana veía el suyo constantemente delante de ella, con las manos sobre el pecho y los ojos clavados en el cielo; pero, cuando cometía la menor falta, el Angel se cubría la cara y le volvía la espalda, como avergonzado.

Y, para infundirles confianza en él, les contaba frecuentemente la historia de Tobías y el arcángel Rafael, el gran milagro de los tres hebreos, ilesos en el horno de Babilonia y otros hechos semejantes de los que están llenas la Sagrada Escritura y la Historia Eclesiástica.

No se cansaba de recordar en sus pláticas a este tierno y celestial amigo:

-Sed buenos, les decía, para que esté contento vuestro Angel Custodio.

En vuestras penas y desgracias materiales o espirituales acudid al Angel con plena confianza y él os ayudará.

Cuántos, que estaban en pecado mortal, fueron librados de la muerte por su Angel para que tuvieran tiempo de confesarse bien.

¡Ay de los escandalosos! Los ángeles de los inocentes traicionados pedirán venganza ante Dios.

¡Qué consejos los de don Bosco cuando hablaba privadamente con uno o con otro, según la necesidad, y en particular con sus penitentes!:

-¡Acuérdate de que tienes un Angel por compañero, guardián y amigo!

-Si quieres complacer a Jesús y a María sigue las inspiraciones de tu Angel de la Guarda.

-Invoca a tu Angel en las tentaciones.

Tiene él más ganas de ayudarte que tú de que te ayuden.

-Sé valiente y reza: también tu Angel Custodio reza por ti y será escuchado.

-No prestes oído al demonio y no le temas; él tiembla y huye ante la presencia de tu Angel.

-Pide a tu Angel de la Guarda que venga a consolarte y a asistirte en la hora de tu muerte.

Hubo muchos jóvenes que manifestaron más tarde a don Rúa haber recibido favores extraordinarios y haberse visto libres de peligros gracias a esta devoción, que les había inculcado don Bosco.

Señalaba también a los jóvenes algunos días de especial devoción al Angel de la Guarda.

Y así les decía y escribía:
 
1° El martes de cada semana está consagrado por la Iglesia, de modo particular, al culto de los santos ángeles.

A imitación de San Luis, devotísimo de su Angel Custodio, os aconsejo que ese día practiquéis alguna mortificación en su honor, por ejemplo, una abstinencia, una oración con los brazos en cruz, o besar el Crucifijo; y, si podéis, haced una limosna, según el consejo del arcángel Rafael a Tobías. 

2.° El dia de vuestro nacimiento, el primero en que él ejerció su oficio de guardián, renovad las promesas que, en su presencia, hicisteis por medio de vuestros padrinos en el santo bautismo, esto es, querer amar e imitar a Jesucristo y observar su santa ley. Santificad ese día con una comunión fervorosa, con una oración algo más prolongada, u otro ejercicio de piedad más señalado, como muestra de reconocimiento por aquel primer amor con que el Angel tomó vuestra custodia.

3.° El primer día de cada mes. ¡Dichosos vosotros, si imitando la piadosa costumbre de tantas almas cristianas, preocupadas por su salvación, procuráis meditar en las máximas eternas, reflexionando seriamente sobre el fin para que fuimos creados por Dios y sobre el estado de vuestra conciencia! Qué sería de vuestra alma si la muerte os sorprendiera en este momento? Acercaos a los Santos Sacramentos. Practicad el bien, mientras tenéis tiempo.

Todo lo que llevamos expuesto hay que extenderlo a toda la vida de don Bosco. Pero ya entonces solía servirse de este poderoso medio para atraer a la virtud a los pilluelos de la calle de otro tiempo. Ellos seguían fielmente sus consejos y las enseñanzas de su buen director que se confirmaron con un hecho maravilloso. Un domingo estaban todos reunidos en la sacristía de San Francisco de Asís. Don Bosco les repartía una hojita con la oración al Angel de la Guarda, de quien les había dicho así: -Sed devotos de vuestro buen Angel. Si os encontráis en algún peligro grave para el alma o para el cuerpo, invocadlo: yo os aseguro que él os asistirá y os librará. Pues bien, sucedió que uno de los allí presentes trabajaba, pocos días después, como peón de albañil en la construcción de una casa. Iba y venía sobre el andamio para prestar sus servicios: de improviso, se rompen unos soportes, siente que los tablones sobre los que se encontraba con otros dos compañeros fallan bajo sus pies. Se da cuenta, al crujir del andamiaje, que no es posible ponerse a salvo. El andamio se desarma y entre tablones, piedras y ladrillos, cae desde el cuarto piso a la calle. Caer desde aquella altura y morir al golpe era lo mismo. Pero nuestro buen joven se acordó de las palabras de don Bosco e invocó con toda su alma al Angel de la Guarda: -¡Angel mío, ayúdame! -Y el Angel le ayudó. ¡Algo admirable! Tres cayeron: uno quedó muerto en el acto, otro fue llevado al hospital medio deshecho y moría unas horas después. El tercero era nuestro peón; cuando acudió la gente, creyéndole muerto, se puso en pie, totalmente sano y sin el menor rasguño. Más aún: volvió a subir a lo alto, de donde había caído, para ayudar en el trabajo de reparación. Al domingo siguiente acudió a San Francisco de Asís y contaba a sus compañeros asombrados lo que le había sucedido, dando fe de que la promesa de don Bosco se había cumplido. Los muchachos aumentaron su devoción al Angel de la Guarda, lo que produjo muchos y saludables efectos en sus almas.

 Este hecho singular sugirió a don Bosco la idea de escribir el librito mencionado: El devoto del Angel Custodio. En sus setenta y dos páginas exponía los motivos que deben animar al cristiano para merecer su protección. Dividía la materia en diez consideraciones, a propósito para prepararse a la fiesta de los Santos Angeles: bondad de Dios al ponernos a sus Angeles por custodios nuestros, amor que nos tienen los Angeles, favores diarios de los Angeles Custodios, su asistencia especial en la oración, en la tentación, en las tribulaciones, en la hora de la muerte, en el juicio y en el purgatorio, amor del Santo Angel al pecador, amor que debemos tener a nuestro Angel, que tanto nos ama. Cada consideración va seguida de un recuerdo con una práctica o florecita y de un hermoso ejemplo.

Los obsequios para la novena eran los siguientes: 1. Rezar cada día, al menos por la mañana y por la noche, el Angele Dei, con la intención de agradecer la bondad de Dios al darnos por custodios a príncipes tan excelsos del Paraíso.

2. Al ir a la iglesia, especialmente durante la santa misa, invitar al Santo Angel a adorar con vosotros a Jesús Sacramentado, o que os supla cuando vosotros no podáis ir. Haced el propósito de saludar a la santísima Virgen tres veces al día con el Angelus Domini, obsequio muy grato para Ella y también para los ángeles, oración enriquecida con muchas indulgencias por los Sumos Pontífices.

 3. Atribuid a las oraciones, inspiraciones y asistencia del santo Angel el éxito en los negocios y el triunfo en los peligros evitados. Por eso, rezadle por la mañana y por la noche, en las dudas y en los apuros, especialmente al emprender un viaje, pedidle de corazón, al salir de casa, que os bendiga y os libre de todo mal.

4. Acostumbraos a ofrecer a Dios vuestras oraciones por medio del Santo Angel. Así adquirirán más mérito y valor. La Iglesia ruega en la misa que el sacrificio sea presentado per manus Angeli, por mano de los Angeles: por eso, cuando asistís a la santa misa, presentad a la divina Majestad la hostia santa y el cáliz por mano de vuestro Angel. Hoy, pues, preparaos para asistir a la santa misa con especial devoción.

5. Dirigios en las tentaciones a vuestro Angel Custodio, diciéndole con el mayor afecto: Angel mio, asísteme en estos momentos y no permitas que ofenda a mi Dios.

 6. Procurad aguantar las molestias que encontréis en el trato con los demás, especialmente con los de carácter y costumbres distintas a las vuestras, para gozar eternamente de la compañia de los santos ángeles en el cielo.

7. Huid, más aún que de la peste, de las malas compañias y las conversaciones sospechosas, en medio de las cuales vuestro buen Angel sólo puede veros con disgusto, porque vuestra alma está en peligro. En esas ocasiones podéis contar confiadamente con la asistencia del Angel de la Guarda.

8. Encomendad cada día, mañana y noche, vuestro corazón al Angel Custodio, para las últimas horas de vuestra vida y poned confiadamente en sus manos vuestra eterna salvación: in manibus tuis sortes meae (mi suerte en tus manos). Hoy le honraréis haciendo una visita a un enfermo o dando una limosna.

9. Aumentad cada día vuestra confianza en el Angel de la Guarda, porque es seguro que, si les sois fieles durante la vida, él intercederá en vuestro favor a la hora de la muerte y del juicio. Haced hoy un cuidadoso examen de conciencia y preparaos para una buena confesión.

A este recuerdo añadía esta otra práctica: -Ingeniaos cuanto podáis para socorrer a las almas de los difuntos, que desde las llamas del purgatorio os piden socorro y compasión. Tanto más cuanto que con la medida que procuréis su bien, dispondrá Dios que otros lo hagan por vosotros. Ofreced hoy el rezo del Angele Dei y del Angelus Domini, con sus respectivas indulgencias, en sufragio de las benditas almas del purgatorio.

Celebrad el día de la fiesta acercándoos fervorosamente a los santos sacramentos de la confesión y comunión. Acudid con fervorosas oraciones, llenas de confianza, a vuestro santo ángel, para que no permita que os manchéis con el pecado.

Es de notar cómo, lo mismo en esta devoción que en todas las demás que recomendará, pone siempre por base la comunión frecuente.

El librito terminaba con los versos escritos por Silvio Péllico, con la lista de las indulgencias concedidas a la Asociación, canónicamente erigida en la iglesia de San Francisco de Asís, y con un ejercicio piadoso en honor del Angel Custodio, que don Bosco hizo después imprimir en El Joven Cristiano, y que comenzaba con la siguiente
INTRODUCCION: Para animar a los fieles a mantener viva la devoción a estos bienaventurados espíritus, destinados por la inefable Providencia para ser nuestros custodios, los Romanos Pontífices concedieron muchas indulgencias a las oraciones que se recitan en su honor, y a las asociaciones instituidas para su veneración. Y, para acrecentar la gratitud y confianza que debemos tener con estos celestiales bienhechores, se redactó la presente obrita en la que se exponen, en forma de novena, los motivos más tiernos y eficaces que nos deben incitar a defendernos con su santo patrocinio. Dichoso aquél que, después de meditar en los grandes méritos de su Angel, practique los obsequios indicados en estas páginas y llegue a ser su constante devoto: tendrá en su favor una prenda segura de su eterna salvación, ya que, entre las señales de predestinación, reconocen los teólogos y los maestros de espíritu, basados en la autoridad de las Sagradas Escrituras y de los Santos Padres, una tierna y constante devoción a los Angeles de la Guarda. Que el Señor bendiga esta obrita y a sus lectores. Con este trabajo entendía don Bosco alcanzar de los santos ángeles seguridad, estabilidad y defensa para su Oratorio y para las demás.

***

DON BOSCO PREDICE, CONFESANDO A UNA SEÑORA, UN RIESGO INMINENTE Y LE ACONSEJA, PARA VERSE LIBRE, QUE INVOQUE AL ANGEL CUSTODIO.
Memorias Biográficas de Don Bosco. Volumen II. Capítulo XVIII

El 31 de agosto de 1844 una rica señora, esposa del embajador de Portugal, debía trasladarse de Turín a Chieri para despachar algunos asuntos. Como era persona católica, quiso antes arreglar las cosas del alma. Y fue por la mañana a la iglesia de San Francisco de Asís. No conocía a don Bosco, ni don Bosco se había encontrado jamás con ella, ni podía suponer quien era, puesto que vestía muy humildemente. No estaba el confesor ordinario de la señora. Esta rezaba con aire recogido y devoto, y se sintió impulsada a confesarse con él. Don Bosco la escuchó, y le impuso la penitencia, consistente, a lo que parece, en hacer una pequeña limosna en determinadas circunstancias de aquel mismo día. -Padre, no puedo cumplirla, observó la señora.
-¿Cómo es eso? ¿no puede, teniendo tanto dinero? La señora quedó sorprendida al ver que don Bosco había conocido su posición social, siendo así que estaba cierta de no haberse dado a conocer de ningún modo ni por ninguna otra circunstancia. Explicó su dificultad diciendo: -Padre, no puedo cumplir esa penitencia, porque hoy debo salir de Turín. -Bien, entonces cumpla esta otra: pida a su Angel Custodio rezándole tres veces el Angele Dei que le asista, la preserve de todo mal, para que no se asuste de lo que hoy va a sucederle. La señora quedó todavía más sorprendida por estas palabras, recibió muy de buen grado la recomendación, y al llegar a su casa, rezó la oración juntamente con las personas de servicio, poniendo en manos de su Angel de la Guarda el feliz éxito del viaje. Subió al carruaje con su hija y una camarera. Y después de un largo trecho de camino, recorrido a toda velocidad, de improviso se espantan los caballos y se lanzan a una carrera vertiginosa. Tira el cochero de las riendas, pero en vano; los caballos no sienten ya el freno. Gritan las señoras y se abre una portezuela del carruaje, topan las ruedas con un montón de grava, vuelca el carruaje, derriba a los viajeros, y se astilla la portezuela ya abierta. Cae el cochero del pescante, las viajeras corren peligro de quedar aplastadas, la señora es arrastrada con la cabeza por tierra y los caballos siguen corriendo precipitadamente. Todo sucedió en menos que se cuenta. La señora, que ya no esperaba más socorro que el del Angel de la Guarda, gritaba con todas sus fuerzas: Angele Dei, qui custos es mei… Bastó esto para salvarlas. De repente, los furiosos caballos se amansan y se paran. El cochero se levanta incólume y los alcanza. Acude la gente a socorrer a los caídos. La señora que, salió del coche con la hija sin saber cómo, está tranquila sin la menor señal de susto. Las dos componen su persona lo mejor que pueden. Se miran la una a la otra y ven con asombro que no han recibido la menor lesión. Entonces, a una exclaman: -¡Viva Dios y viva el Angel Custodio que nos ha salvado! La señora con su séquito continuó el camino, mientras el cochero levantó el carruaje y aún tuvo fuerzas para andar a pie varias horas y llegar felizmente a su casa de Chieri. No es fácil expresar el concepto que aquella buena señora se formó entonces del joven sacerdote, que tan oportunamente le había aconsejado al Angel Custodio. Estaba ansiosa por volver a Turín para saber quién era. Fue a San Francisco de Asís, preguntó en la sacristía quién confesaba a aquella hora en el confesionario que ella indicaba. Enterada de que era don Juan Bosco, fue a agradecerle su saludable consejo. Se convirtió desde entonces en admiradora suya y repetía todos sus méritos y elogios. Y don Bosco se valió de ella, cuando se trató de socorrer a don Carlos Palazzolo, que se encontraba en grandes apuros y deseaba consagrarse al sagrado ministerio con una vida más apropiada a su avanzada edad. Fue en adelante una celosa bienhechora del Oratorio. Regalo suyo es la pequeña urna de cristal que, aún hoy, está sobre la cómoda de la habitación de don Bosco y que contiene una estatuilla de cera de San Felipe Neri revestido con los sagrados ornamentos, al modo como se venera el cuerpo de este santo en Roma, en Santa María de Vallicella. Todas las circunstancias del hecho que hemos narrado, que constan en un escrito de esa misma buena señora, nos la refirió la señora Teresa Martano de Chieri su camarera, y también don Miguel Rúa.”

Oración a María, Reina de los Ángeles

Septiembre 27, 2009

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“María es la Generalísima de las huestes de Dios. Los Ángeles forman el escuadrón más soberano de Aquella que es temible como un ejército en orden de batalla.” (Boudon: La devoción a los nueve coros angélicos)

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Oración a la Reina de los Ángeles

¡Oh Augusta Reina de los Cielos y Señora de los Ángeles! Pues habéis recibido de Dios el poder y la misión de aplastar la cabeza de satanás, os lo suplicamos humildemente, enviadnos las legiones angélicas, para que bajo vuestro mando, persigan a los demonios, combatan contra ellos en todas partes, repriman su audacia y los sepulten en el infierno.

 ¿Quién como Dios? Santos ángeles y arcángeles: defendednos, guardadnos.

 ¡Oh buena y tierna Madre! Vos seréis siempre nuestro amor y nuestra esperanza. ¡Oh divina Madre! Enviad los santos ángeles para defenderme y para rechazar lejos al demonio, mi cruel enemigo.

***

Sobre la oración “Oh Augusta Reina” escrita por el Venerable Luis Eduardo Cestac, Fundador de la Congregación de las Siervas de María, Anglet, cerca de Bayona.

En 1863, un alma que tenía muy experimentadas las bondades de la Sma. Virgen, fue súbitamente herida como de un rayo de luz divina.

Parecióle ver a los demonios diseminados por toda la tierra, haciendo estragos inexplicables. Al mismo tiempo sintió su mente elevada hacia la Sma. Virgen, la cual le dijo que efectivamente los demonios andaban sueltos por el mundo y que había llegado la hora de rogarle como Reina de los Ángeles, pidiéndole que enviase las legiones santas para combatir y aplastar los poderes infernales.

Madre mía, dijo esta alma, ya que sois tan buena, ¿no podrías enviarlas sin que os lo rogáramos?

– No, respondió la Sma. Virgen; la oración es condición impuesta por Dios para alcanzar las gracias.

- En este caso, Madre mía, ¿querrías enseñarme Vos la manera de rogaros?

– Y creyó escuchar de la Sma Virgen, la oración “Oh Augusta Reina”.

El Señor Cestac fue el depositario de esta oración. Lo primero que hizo fue presentarla a Monseñor Lacroix, Obispo de Bayona, quien le dio su aprobación. Mandó imprimir inmediatamente medio millón de ejemplares, que distribuyó gratis por todas partes.

No estará demás advertir que durante la primera impresión, las máquinas se rompieron dos veces.

La oración “Oh Augusta Reina” se extendió rápidamente y fue aprobada por muchos obispos y arzobispos.

Un rescripto de San Pío X, de 8 de julio de 1908, concedió a quien rezare esta Oración trescientos días de indulgencias una vez cada día.

De la reverencia con que debe celebrarse la Misa

Septiembre 26, 2009

“Todo el inmenso bien que produjo al mundo la Pasión de Jesucristo, le es igualmente procurado, como dice Sto. Tomás (in Ephes. 6), por cada Misa que se celebra: «quid quid est effectus dominicae; passionis, est effectus hujus sacrificii.» He aquí también lo que nos asegura la santa Iglesia: «Quoties hujus hostiae commemoratio recolitur, toties opus nostrae redemptionis exercetur.» (Orat. dom. post Pent.) En efecto, el Salvador, como dice el santo concilio de Trento (Sess. 22, cap. 2), que se sacrificó en la cruz por nuestra salvación, es el mismo que, por el ministerio del sacerdote, se sacrifica en el altar: «Una enim eademque est hostia, idem nunc offerens sacerdotis ministerio, qui seipsum in cruce obtulit, sola ratione offerendi diversa.» De este modo pues, así como bastó la pasión del Redentor para salvar al mundo, basta también una sola misa para salvarle : por esto dice el sacerdote al hacer la ablucion del cáliz: «Offerimus Ubi Domine, calicem salutaris, tuam deprecantes clementiam, ut in conspectu divinae majestatis tuae, pro nostra et totius mundi salute, cum odore suavitatis ascendat.»

Por el sacrificio de la cruz, nos obtuvo el Señor las gracias de la redención; pero por medio del sacrificio del altar, nos hace extensivo todo el fruto del de la cruz.

La pasión nos hizo susceptibles de recibir el efecto de los méritos de Jesucristo, pero la misa nos pone en posesión de ellos y nos procura los frutos de la pasión, como dice el concilio de Trento: «Missa habet proprium vi suae institutionis fructus passionis nobis applicare.» (Sess. 22, cap. 1, 2.)

Debemos pues persuadirnos de que es la misa la acción mas grande y santa que podemos ejercer en la tierra , y de que es también la mas útil por nuestro bien espiritual; ya que es pues la acción mas santa, es también la que debemos practicar con mas pureza interior y con la mayor devoción exterior posibles, según lo observa el mismo concilio de Trento : «Satis etiam apparet omnem operam in eo ponendam esse, ut quanta maxima fieri potest interiori cordis munditia, atque exteriori devotionis ac pietatis specie peragatur.» (Sess. 22, decr. de observ. in celeb., etc.)

De todo esto puede deducirse cuan grande es el castigo que merecen los sacerdotes que celebran la misa con grave irreverencia. En primer lugar se hacen culpables de esta grave irreverencia los que celebran con precipitación, como por ejemplo aquellos que dicen la misa en menos de un cuarto de hora. No puede esta precipitación ser exenta de pecado mortal, como dicen los doctores, aun cuando la misa fuese corta, aun cuando fuese una misa de difuntos ó de la Virgen.

El cardenal Lambertini (en la nota 34, n.° 30), así como Clericato, Roncaglia, Bisso, Gobati, Quarti y otros doctores, dicen comúnmente que la misa no debe durar mas de media hora , ni menos de veinte minutos, por no poder hacerse en menos tiempo todas las ceremonias prescritas por la rúbrica con la reverencia debida; y que si estuviera el sacerdote mas tiempo en su celebración solo lograría cansar á los asistentes. Por esto Roncaglia, Quarti, Pasqualigo y Gobati dicen muy acertadamente que aquel que celebra infra quadrantem, esto es, en menos de un cuarto de hora, no puede dejar de cometer falta grave. He aquí la razón de ello: todas las rúbricas relativas á lo que debe practicarse durante la misa son preceptivas, conforme lo hemos demostrado en nuestra teología moral; porque Pio V en su bula inserta en el misal, manda que se diga la misa «juxta ritum, modum, et normam, in missali praescriptam, in virtute sanctae obedientiae.» Esto sentado, debe convenirse en que se comete al menos una falla venial cada vez que se omite una ceremonia, ó que no se hace esta como corresponde: Concina, Wigandt, Roncaglia y Lacroix dicen con razón que si se fallaba á un gran número de estas ceremonias, aun cuando no fuesen en si de las mas principales, podría considerarse aquella falta como un pecado mortal.

Según esto, decimos nosotros, apoyados en la común opinión de los autores antes citados, que el que dice la misa en menos de un cuarto de hora, peca mortalmente, por no poder decir la misa el celebrante en tan breve espacio sin cometer graves desórdenes: tales son 1.° el de una grande irreverencia hacia el sacrificio; y 2.° el de un grave escándalo respecto al pueblo. En cuanto á la irreverencia hacia el sacrificio, ciertamente que la maldición que fulminó Dios por boca de Jeremías en el cap. 48 (así como el decreto dado por el concilio de Trento anteriormente citado «de observ. in cel. m.») debe sobre todo aplicarse á aquellos que ejercen descuidadamente las funciones relativas al culto divino, y en particular á los sacerdotes que celebran sin el respeto necesario. El que celebra la misa en menos de un cuarto de hora, debe cometer necesariamente muchas faltas, suprimiendo palabras ó confundiéndolas con las ceremonias , ya anticipándolas ó retrasándolas contra el orden prescrito por la rúbrica , ó bien haciendo mal á causa de la precipitación las bendiciones y genuflexiones. Todas estas faltas, aunque leves en particular, no dejan de hacer en conjunto que se celebre la misa con irreverencia grave.

Para tratar en segundo lugar del escándalo que ocasionan al pueblo los sacerdotes que tal hacen , debe considerarse lo que dice el concilio de Trento (sess. 22, cap. 5 de reform.), que las santas ceremonias, y en particular las de la misa, fueron instituidas para inspirar al pueblo el respeto y la veneración hacia el santísimo sacrificio do la misa. Por mas que los herejes se burlen y desprecien estas ceremonias, quiere Dios que se observen exactamente. En la antigua ley amenazó el Señor con hacer caer todas sus maldiciones sobre aquel que dejara de observar todas las ceremonias prescritas para los sacrificios, aun cuando aquellos sacrificios no fuesen mas que una pálida sombra y una débil imagen del sacrificio del altar: así pues ¿cuánto mas castigará Dios á los que hacen poco caso de las ceremonias de la misa? Santa Teresa decía: «Daría mi vida por una sola ceremonia de la iglesia.»

¿Y por qué hacer tanto caso de estas ceremonias? ya hemos dado anteriormente la razón de ello. Dice el concilio de Trento que las ceremonias fueron instituidas por la Iglesia, á fin de que hiciesen comprender á los fieles aquellos signos exteriores la majestad del sacrificio del altar y la grandeza de los misterios que en él son representados. «Ecclesia caeremonias adhibuit, ut majestas sancti sacrificii commendaretur, et mentes fidelium per haec visibilia religionis signa, ad rerum altissimarum, quae in hoc sacrificio latent, contemplationem excitarentur. » Sin embargo cuando se hacen esas santas ceremonias con la precipitación que necesariamente debe resultar empleando en ellas menos de un cuarto de hora, no solo no inspiran entonces devoción alguna, sino que hasta son causa de que no haga el pueblo ningún caso de tan gran sacrificio. No puede esta conducta librarse de un pecado grave por el grande escándalo que da el sacerdote al pueblo, puesto que lejos de inspirarle el mayor respeto hacia el santo sacrificio del altar, se le hace por el contrario perder mostrándole el desprecio con que él mismo lo mira. Mandó el concilio de Tours en 1583 que fuesen los sacerdotes debidamente instruidos en las ceremonias de la misa; veamos las causas que motivaron esta decisión: «Ne populum sibi commissum á devotione potius revocent, quam ad sacrorum mysteriorum venerationem invitent.»

Por esto también el mismo concilio de Trento (instit. decr. de obs. etc.) prescribió terminantemente á los obispos , que prohibieran á los sacerdotes todo aquello que pudiese menoscabar el respeto debido á los santos misterios ; añadiendo el concilio que la irreverencia en semejante materia debe casi considerarse como una impiedad; he aquí sus propias palabras: «De cernit sancta synodus, ut ordinarii locorum ea omnia prohibere sedulo curent, ac teneantur, quae irreverentiam (quae ab impietate vix sejuncta esse potest) inducit.» Observemos las palabras «curent ac teneantur » de las que se sigue que los obispos están obligados sub gravi á velar sobre este punto, y á informarse del modo con que se celebran las misas en sus diócesis; debiendo suspender de la celebración á cuantos no la digan con la reverencia que se requiere, Da el concilio sobre el particular á los obispos la delegación apostólica, hasta con respecto á los religiosos exentos: de modo que pueden y deben corregirles, y si perseveran en la misma falta, privarles de la celebración y obligarles hasta con censuras y demás penas á su rigurosa observancia.

Es indudable que una misa celebrada con devoción excita á la devoción á cuantos la oyen: por el contrario, una misa dicha con precipitación y sin gravedad, hace perder la devoción á los que asisten á ella; y lo que es peor todavía, es que disminuye el respeto que se debe al santo sacrificio del altar y entibia la fe en un tan gran misterio. Y en verdad ¿cómo podría dejar de ser que un sacerdote que celebra sin devoción y sin respeto, precipitando y mutilando las palabras, las ceremonias, las genuflexiones, la señal de la cruz, las elevaciones de manos, las adoraciones y otras semejantes ceremonias, ó que las confunde con las palabras, ó que antepone y trunca los nombres, cómo, repito, podrá semejante sacerdote inspirar devoción y sentimientos de respeto á los asistentes que le observan? Quieren por lo regular los seglares salir de la iglesia lo mas pronto posible, pero aun esos mismos después de haber oído las misas celebradas con precipitación, quedan escandalizados de los sacerdotes que las han dicho.

Hay empero ciertos sacerdotes que se disculparán diciendo: Yo no omito ni las palabras ni las ceremonias: profiero las unas y hago las otras muy bien. Poco a poco; es preciso comprender que para decir bien la misa , no basta proferir todas las palabras, ni hacer todas las ceremonias prescritas por la rúbrica; no solo deben hacerse las mas esenciales , sí que también las menos importantes, porque todas ellas tienden á manifestar la dignidad del sacrificio: por esto quiere la Iglesia que todas las ceremonias que se hacen durante la acción del sacrificio sean preceptivas y de obligación rigurosa, conforme lo hemos manifestado ya, y que sean además practicadas con la gravedad que exige una acción tan santa. No basta pues decir la misa profiriendo todas las palabras y haciendo todas las ceremonias, sino que es preciso además celebrarla con la gravedad y lentitud necesarias, á fin de excitar en los demás el respeto que es debido al sacrificio; puesto que si se hace con precipitación, lejos de excitar la reverencia, solo se obtendrá el desprecio para con este gran sacrificio. He aquí porque, aun cuando el sacerdote pueda decir todas las palabras y hacer todas las ceremonias en menos de un cuarto do hora, no dejaría de pecar mortalmente, puesto que no podría dejar de hacerse culpable de una irreverencia grave, celebrando la misa sin la gravedad requerida.

La principal causa de que celebren los sacerdotes con tanta irreverencia, procede de que se dirigen al altar sin pensar siquiera en lo que van á hacer; lo que demuestra que se dirigen al altar por la miserable retribución que de ello les resulta, ó por cualquier otro motivo puramente humano. De esto se sigue que antes de celebrar, es hasta indispensable prepararse haciendo media hora, ó á lo menos un cuarto de hora (aunque es muy poco) de oración mental: seria muy bueno al hacerla meditar sobre la pasión de Jesucristo, puesto que va el sacerdote a renovar en et altar el sacrificio de la cruz.”

San Alfonso María de Ligorio. Advertencias a los sacerdotes del modo de celebrar dignamente la Misa y rezar el Oficio Divino con el respeto debido. Imprenta de Pons & C. Barcelona. 1857

Altar y mesa en la reforma litúrgica

Septiembre 26, 2009

Las mutaciones acaecidas en la estructura y en el lugar del altar como consecuencia de la reforma litúrgica demuestran las variaciones acaecidas en la mentalidad eclesial, sean conscientes o inconscientes.

Como hemos señalado muchas veces, las ideas se mueven según una mecánica interna propia e inevitable.

Una primera idea que anduvo descarriada es la del altar como base compacta, elevada y excelsa sobre la cual inmolar el sacrificio. El altar simbolizaba el «monte de Yahvé (en el monte de Yahvé se verá)», sobre el que Abraham de disponía a sacrificar a su hijo en obediencia al Señor, y representaba también la altura del Calvario del hombre-Dios. Al altar estaba conectada la idea de la estabilidad eternidad y excelsitud del Numen. Del mismo modo, en Homero, al tálamo de Ulises, trabajado dentro de la cepa viva de un olivo, estaba conectada la idea de la perpetuidad de las bodas. El altar estaba in excelsis, era el sitio del sacrificio y llevaba los signos de la inmutabilidad de Dios. Y puesto que era el lugar de la Eucaristía, le correspondía la posición más digna, más eminente y más visible de todo el templo.

Sé bien que la estructura y el sitio del altar variaron a lo largo de los siglos, y que la actual disposición procede sustancialmente de Trento; pero no creo que solamente por probarse la preexistencia en la Iglesia de una opinión o una costumbre sucesivamente caducadas haya motivo para retornar a aquella modalidad ya pasada. Para resucitar una forma antiguamente existente es necesario que ésta, al ser resucitada, realice más completamente que las actuales el sentido de la fe y las creencias de la Iglesia. De hecho muchas formas de vida en la Iglesia histórica representan un grado inferior de ese conocimiento de la fe y de ese sensus Christi que se desarrolla progresivamente en la Iglesia.

Volver a ellas implicaría un paso retrógrado. Basta pensar en el culto y los dogmas marianos, en la conciencia misma del dogma trinitario, o en general en la superioridad actual de conocimientos sobre la verdad revelada en relación al pasado de la Iglesia (g 269). Ahora bien, la perfecta comprensión del dogma eucarístico y la necesidad de venerar, adorar y custodiar con sumo cuidado el Sacramento está ciertamente menos presente en la reforma conciliar.

En primer lugar se ha perdido la idea de la elevación del altar: habiendo prevalecido el significado asambleario de la Misa sobre su carácter sacrificial, la grácil, sencilla y móvil mesa ha eliminado el compacto, monumental, e inmóvil altar. Éste es abatido (si las autoridades civiles no lo defienden por razones artísticas), separado de la mesa, y reducido a frontal; o bien conservado, pero anulado funcionalmente detrás del nuevo.

En segundo lugar, en vez de en un sitio elevado y dominante, el altar es colocado en el fondo del templo y dominado (como en un teatro es dominada la escena) por las gradas del patio destinado al pueblo.

En tercer lugar, el Sacramento (otrora conservado en un tabernáculo sobre el altar) ha perdido el sitio central, el más digno, y es colocado al lado de la mesa o en una capilla secundaria no inmediatamente reconocible; o bien se lo deja en el tabernáculo central antiguo, que viene ahora a encontrarse a espaldas del celebrante.

Romano Amerio. Iota Unum.

El altar cara al pueblo

Septiembre 26, 2009

El altar cara al pueblo es la variación más importante ocurrida después del Concilio. La reforma misma lo declaraba «no indispensable», y ordenaba la conservación del altar primitivo cuando razones históricas, artísticas o religiosas lo aconsejasen; finalmente prohibía la constitución de dos altares, uno delante del otro, en un mismo presbiterio .

Sin embargo en casi todas partes donde no lo impidió la autoridad civil, se demolieron los antiguos altares o cuando menos se duplicaron en el mismo presbiterio, plantando la mesa para poder celebrar cara al pueblo.

El altar versus populum estaba admitido por la liturgia incluso antes de la reforma, pero al parecer subordinado a la orientación del edificio, ya que las rúbricas dicen: «Si altare sit ad orientem versus populum». Pero la posición del celebrante debe respetar la preeminencia absoluta del Sacramento, tanto si la asamblea se reúne en torno al sacerdote como fue antiguamente (y es recordado todavía por el término omnium circunstantium del canon), como si el pueblo de Dios se agolpa detrás o delante.

El altar cara al pueblo presenta graves inconvenientes. Si está plantado delante del altar antiguo (como a menudo sucede), que contiene el tabernáculo, es un agravio que el celebrante le dé la espalda al Sacramento para volver la cara al pueblo. Se verifica entonces la «abominación» execrada en Ez. 8, 16, cuando los sacerdotes sacrifican dando la espalda al Sancta Sanctorum.

El agravio aparece más manifiesto si se tiene en cuenta que en la Ley Antigua se trataba de un Sancta Sanctorum prefigurado, y aquí del Santísimo real.

Y más aún si se recuerda que para no volver la espalda al Santísimo los púlpitos se construían en el lateral de la nave; y durante la exposición del Santísimo, mientras se predicaba, el ostensorio era velado, considerándose irreverencia simplemente estar en presencia del Sacramento sin prestarle atención.

Pero prescindiendo de la irreverencia al Sacramento, una celebración versus populum padece otros inconvenientes. Los espacios en los cuales nos movemos son también espacios de emociones y de valores, porque el espacio universal base de todos los entes corpóreos no sólo está diferenciado por sus términos físicos, sino por significados metafísicos que fundamentan su simbolismo (que a su vez constituye la cara inteligible de lo sagrado).

Lo de delante, por ejemplo, es esperanza, y lo de detrás, sospecha; la derecha favor, la izquierda desventura; lo alto es lo divino, lo bajo es el mal; lo derecho es la verdad, lo oblicuo es la incertidumbre, etc.

Así, en la liturgia, posiciones y disposiciones, tanto de los objetos como de las personas, tienen significados profundos que pueden convenir o no a la realidad de lo sagrado. Que el sacerdote vuelva la cara hacia el pueblo y el pueblo hacia el sacerdote crea una situación totalmente distinta respecto a cuando ambos tenían la misma orientación.

La celebración cara al pueblo rompe la unanimidad de la asamblea.

En el rito preconciliar de la Misa sacerdote y fieles están todos juntos vueltos hacia Dios, que está delante y por encima de todos. Están en disposición jerárquica y tienen una visión teotrópica. En la nueva Misa «á l’envers» (como decía Claudel), la asamblea y el sacerdote se vuelven hacia el hombre y hacia el rostro del hombre.

Se corrompe así la unanimidad de la Iglesia, porque el Dios hacia el que se vuelve el pueblo está, por así decirlo, al revés de aquél hacia el que se vuelve el sacerdote.

La derecha del sacerdote es la izquierda del pueblo. El celebrante está en presencia de un Dios al cual el pueblo vuelve la espalda, y al revés, el pueblo está en presencia de un Dios al cual vuelve la espalda el celebrante. Ciertamente se puede prescindir de esta figuración y centrar los pensamientos en la Hostia del sacrificio; pero la piedad natural humana procede por figuraciones e imagina personas.

Se corrompe la unanimidad de la Iglesia, que no consiste en la consi-deración recíproca de sus miembros, sino en mirar a Dios todos juntos. Se reduce la Iglesia a comunidad de concentración, cuando en realidad es comunidad de proyección hacia un único punto trascendente.

Romano Amerio. Iota Unum.

La nueva arquitectura sagrada

Septiembre 26, 2009

“También la nueva arquitectura sacra (con poca imaginación, en verdad) está marcada por la idea de que lo sagrado consiste solamente en lo sagrado del hombre y lo sagrado para el hombre, habiéndose perdido el sentimiento de lo sagrado en sí. La funcionalidad, convertida en principio de la arquitectura moderna y auténtico [fundamento] de la construcción, domina también los edificios sagrados, concebidos con vistas a la utilidad del hombre: religiosa, sin duda, pero también a la utilidad de géneros distintos; por lo cual la Iglesia llamada polivalente sirve como lugar de asambleas profanas, sala de conciertos, refugio de huelguistas, etc.

Aquí se pierden dos valores: el de lo sagrado (lo separado por excelencia) y el de la adoración.

Lo sagrado, según la nueva arquitectura, está difuso en todo lo real, y por tanto el límite que lo circunscribe en las iglesias debe desaparecer.

La nueva catedral de Taranto de Luigi Nervi, considerada una obra maestra, es totalmente contraria a los conceptos dogmáticos. Según el esquema antiguo, el altar está en alto (y si es posible también está en un alto la iglesia, que es simbólicamente un monte) y el pueblo alza la vista a él. En Taranto el altar está en lo profundo en vez de en la cima, como si Dios estuviese en el fondo y el hombre en la cumbre.

Contrariamente a la idea sagrada de lo concluido, la bóveda está rasgada hacia el cielo para significar (dice el autor) que también el espacio externo es sagrado (108)

Y así se destruye lo sagrado en general y lo sagrado peculiar del cristianismo, que es la Eucaristía. Finalmente, el altar del sacramento es lateral y totalmente igual al de los Santos, e incluso al de los caídos en la guerra. (109)

“La Eucaristía es lo sagrado esencial de donde fluye y a lo que se refiere todo espacio sagrado, tiempo sagrado, persona sagrada, o acto sagrado. Solamente por la Eucaristía es posible una localización de lo divino. Si se prescinde de tal creencia, encerrar al ser divino dentro de paredes es algo incompatible con la exacta noción de la Divina Majestad, y que tiende a la superstición. Entonces la lógica llevará a contemplar el templo solamente como el lugar donde los hombres realizan sus operaciones de culto, y no como la sede de lo sagrado esencial, de donde procede toda santificación.

La sobre valoración de lo funcional lleva a una disminución de lo sagrado. La iglesia es ciertamente también el lugar donde los fieles se reúnen a rezar y participan de la liturgia, pero es lugar sagrado independientemente de tal función, porque como toda creación del arte religioso, el edificio sagrado subsiste en sí antes de toda intencionalidad y funcionalidad pragmática. Y a la arquitectura sagrada se aplican las palabras de Luc. 19, 40: «si hic tacuerint, lapides clamabunt [si estas gentes se callan, las piedras se pondrán a gritar]», a la cuales se asemejan las de Rouault, para quien las iglesias deberían ser maisons priantes no casas donde vengan los hombres a rezar, sino casas que rezan por sí mismas.

Tal fue el carácter del arte medieval, cuando el artista escondía en lugares excelsos de agujas sin bautismo de luz formas de belleza que nadie veía, pero que cantaban por sí mismas la gloria divina para la cual el artista las había hecho (olvidando y anulándose a sí mismo en el ano-nimato, para que sólo el nombre de Dios fuese celebrado).”

Notas:

108: La expansión de lo sagrado produce su aniquilación, al igual que el panteísmo es un ateísmo virtual. Un gran maestro del arte moderno, interrogado sobre qué es lo sagrado, respondió: «todo es sagrado» (GIACOMO MANZU, en OR, 23 de noviembre de 1978).

109: No obstante el envilecimiento universal del altar, sustituido por la mesa, por el habitual eufemismo se llega a escribir que es un mérito de la reforma litúrgica «el enaltecimiento del valor del altar, de su simbolismo e incluso de su misterio» («Esprit et Vie», 1983, p. 457).

Romano Amerio. Iota Unum.

Ejercicio para oir la Santa Misa

Septiembre 21, 2009

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“Es este adorable sacrificio el acto más solemne y excelente de nuestra divina Religión, y el medio más a propósito para tributar a su celestial Fundador el culto que le es debido, y trabajar con fruto a la grande obra de nuestra santificación.

Sí; es el sacrosanto sacrificio de nuestros altares la obra más admirable, más sublime, más santa, más divina, más grata a Dios.

Es la obra que más eficazmente puede desarmar su brazo airado, que da el golpe más terrible a las potestades del infierno, que procura las gracias más abundantes al hombre viajero y los más preciosos consuelos y mayores alivios a las benditas almas del purgatorio. Es, por fin, la obra a la cual debe el mundo su salvación.

A la Misa, dice un Padre de la Iglesia, debe la tierra su conservación; sin ella hace ya mucho tiempo que la hubieran aniquilado los pecados de los hombres. Mas la sangre del divino Cordero, inmolado desde el origen del mundo, que día y noche está corriendo a grandes olas sobre nuestros altares, en todos los puntos del globo, está perpetuamente clamando misericordia, y la obtiene. Y no solo detiene el rayo encima de nuestras cabezas, más también nos acarrea las más abundantes bendiciones. Tiene una sola Misa, dice Santo Tomás, tanta eficacidad para la gloria de Dios y la salvación de los hombres como el sacrificio de la Cruz.

Para nuestro bien lo ha instituido Dios, y para que asistamos a él con frecuencia y fervor. De ahí podemos inferir cuan sensible es a sus ojos la indiferencia de los cristianos en este punto, y la facilidad con que dejan de ir a Misa.”

“En cuanto vuestras ocupaciones os lo permitan, asistid fielmente todos los días con un profundo respeto y una angelical devoción a este memorable sacrificio, en el cual se ofrece como víctima por vos a su Eterno Padre el Hijo mismo de Dios. Imitad las disposiciones de los espíritus celestiales, mientras se están celebrando los sagrados misterios, durante los cuales, como dicen los santos Padres, se abren los cielos, se quedan admirados los Ángeles, cantan los santos las alabanzas de Dios, se regocijan los justos, son visitados los cautivos, se ponen en libertad los prisioneros, gime el infierno, se ve colmada de gozo y delicias espirituales la Iglesia… y queda hecha la tierra un cielo en presencia de Jesucristo.

Para crecer más y más en la devoción y piedad que deben animaros durante la santa Misa, representaos los sentimientos de humildad y veneración, con que se presentan en el cielo los Ángeles delante del trono de Dios, y las disposiciones de respeto y devoción, con que asistían los justos y los Patriarcas a los sacrificios de la antigua ley. Y todos los sacrificios de la ley antigua solo eran una sombra y figura del de la nueva ley, que los ha reemplazado todos con suma ventaja, y que es el único que merezca verdaderamente ser llamado el memorial de todas las maravillas del amor (Salmo CX)

Además de esto, ningún sacrificio de la antigua ley era, como el de la Misa, un sacrificio de holocausto, un sacrificio eucarístico, o de acción de gracias, un sacrificio impetratorio y propiciatorio.

Tales son los cuatro principales fines que movieron a nuestro divino Redentor en aquella dichosa noche de la cena, cuando rodeado de sus hermanos y discípulos, para dejarnos una prenda de su inmensa caridad , y perpetuar su residencia en medio de nosotros, instituyó el inefable Sacramento de su amor, el augusto sacrificio de la nueva ley.”

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SACRIFICIO DE HOLOCAUSTO

Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea el tu nombre

Había en la antigua ley cuatro especies de sacrificio.

El primero era un sacrificio de holocausto, un sacrificio de gloria, un sacrificio honorario, con el cual se honraba la excelencia y el dominio de Dios sobre todas las criaturas.

El segundo era un sacrificio propiciatorio, que se ofrecía por todos los pecados que se cometen contra Dios.

El tercero era un sacrificio de alabanza, o de acción de gracias, que se ofrecía para dar gracias a Dios por todos los beneficios que él nos dispensa.

El cuarto era un sacrificio o impetratorio, que se ofrecía para alcanzar de Dios alguna gracia o beneficio.

Todas estas cuatro especies de sacrificios encierra el de la Misa en grado eminente.

En primer lugar, es el sacrosanto sacrificio de la Misa, un sacrificio de holocausto.

Nada tenían los hombres que fuera digno de ser ofrecido a Dios para reconocer la suprema excelencia y el supremo dominio que tiene sobre todos los seres criados.

Viendo esto Jesús, dijo a su Eterno Padre: he aquí a vuestro Hijo, ahí estoy yo. Vengo yo a suplir con el sacrificio de mi mismo la pobreza de los hombres, ofreciéndome a vos como víctima de holocausto.

Entonces estableció el adorable sacrificio de la Misa, en el cual se ofrece a sí mismo, y nosotros le ofrecemos con él al Padre Eterno, para pagarle el tributo de honor que le debemos. Se ofrece Jesucristo por nosotros al Padre eterno, para honrar su suprema excelencia, que consiste en sus perfecciones infinitas. Se le ofrece para honrar el supremo dominio, que tiene sobre nosotros, como primer principio que nos da el ser y la vida. Se le ofrece para honrar el derecho que tiene sobre todas las criaturas razonables, como su último fin al cual deben encaminarse todas sus obras.

Uníos a él, siguiendo con mucha atención y devoción este admirable sacrificio. Entrad en vos mismo, y haced en el altar de vuestro corazón, que está consagrado a la Santísima Trinidad, lo que hace él en el altar que tenéis en frente de vos. Humilláos profundamente delante de vuestro Dios, y concebid una alta estima de su grandeza y del supremo dominio que tiene sobre vos. Ofrecedle con esta consideración un sacrificio de holocausto o de gloria, diciendo de lo íntimo de vuestro corazón abrasado de la llama de su divino amor:

Padre santo, señor y dueño de todas cosas, en el augusto sacrificio que estableció vuestro Hijo, y que os ofrecemos con él, están comprendidos los diferentes sacrificios de la antigua ley. Recibid este sacrificio de vuestros devotos siervos, y echadle la misma bendición que echasteis a las oblaciones de Abel; para que lo que cada uno de nosotros ofrece en honor de vuestra majestad, sea útil a todos para nuestra salvación.

Padre bondadoso, en Jesús, vuestro amado Hijo, solo verdadero, solo sumo pontífice de uno y otro Testamento, nos habéis dado el perfecto dechado de oblación que debemos ofreceros. Haced pues que, despojándonos de todo cuanto es sucio y corruptible, nos revistamos de Jesucristo (Rom XIII), el cual no ha tenido a menos de tomar la forma de siervo (Filip., II), para hacernos ser hijos de Dios.

Y como no puso ninguna dificultad, por la gloria de vuestro nombre, en inmolarse enteramente a si mismo en el altar de la cruz, según el rito sangriento de Aaron, después de haberse inmolado en el altar de la Cena, según el rito insangriento de Melquisedec, haced, Padre nuestro amoroso que alentados con su ejemplo os presentemos nuestro cuerpo como una hostia viva, santa, agradable de justa y perfecta dependencia. Haced también que nuestra alma, con todas sus facultades y potencias, sea ante vuestros ojos un holocausto de alabanza, para vuestra infinita majestad, que es la única acreedora a nuestras adoraciones.

Y vos, amable Salvador mío, por amor vuestro Padre, siempre y en todas cosas buscasteis su gloria y no la vuestra, ofreciéndoos a su santa majestad como una hostia de suave olor. Permitid que alabe, adore, ame y bendiga de todo corazón vuestra infinita potencia, vuestra incomprensible bondad, vuestra eterna sabiduría, vuestra soberana justicia, vuestra incomparable mansedumbre, que han estallado en el misterio de la cruz, que era el escándalo del judío, y un signo de demencia para el gentil (I, Corint I)

Ya nada de extraño tiene para mí el que se pusiera pálida la luz del sol a lo que vió salir del árbol de la Cruz todos los brillantes rayos de vuestras divinas perfecciones.

Ya nada de extraño tiene para mi el que temblara la tierra en cuanto echasteis el último grito que derribó todos los simulacros de las falsas deidades.

Gloria os sea dada pues, vencedor del mundo y del infierno; vos habéis triunfado de mi corazón. Padre mío, decíais, ha llegado la hora; glorificad a vuestro Hijo para que vuestro Hijo os glorifique con su inmolación (S Juan, XVII) Os he glorificado en la tierra; he rematado la obra que me habíais encargado. Glorificadme pues ahora con la misma gloria que tenía delante de vos antes que estuviera formado el mundo…

Señor, ya están cumplidos vuestros votos: está glorificado vuestro Padre, e igualmente lo estáis vos. He aquí que mi nombre es grande, dice el profeta; desde que amanece el sol hasta que se pone, se sacrifica en todos los lugares del mundo una santa oblación en honor de mi nombre (S. Mat I)

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Venga a nos el tu Reino…

Señor, los que llegan a conquistar o descubrir un nuevo país, lo hacen tributario suyo y agregan a sus antiguas posesiones, con las cuales hacen un solo y mismo imperio o reino. Pero vos no conquistasteis ni descubristeis el mundo y todas las criaturas, sino que hicisteis mas. Las sacasteis de la nada; las disteis el ser; por consiguiente vuestras eran y todas ellas no formaban más que un imperio o reino universal sin fronteras ni límites, que os reconocía por Jefe, y estaba sujeto a vuestras sabias leyes y santas voluntades.

Así fue hasta que el pecado os arrebató vuestros súbditos, y los sometió al poder de vuestro inmortal enemigo. Bajo el yugo de su pesada tiranía gemía el orbe  entero, cuando por fin vio afortunadamente lucir el día de su redención y libertad. Cuando más ufano e insolente cantaba el infierno de un polo a otro el himno de la victoria, se presentó su valeroso adversario para destruir el reino que había establecido contra todo derecho en la tierra el príncipe de este mundo.

Este inmortal caudillo fue vuestro amado Hijo. No con poderosos ejércitos emprendió la lucha, sino con las insignias de un rey burlesco a los ojos de la sabiduría humana. Un cetro de caña en la mano, una corona de espinas en la cabeza, un pobre manto de púrpura en las espaldas, así fue como se presentó para hacerse reconocer por rey de los dominios que tan injustamente se le habían usurpado. Así fue como le presentó Pilato al pueblo, al mundo y a su intruso rey, diciendo: Ved al hombre.

Entonces fue cuando se conmovió el imperio de satanás, y fue sacado afuera el que se titulaba príncipe de este mundo.

Grande fue aquel día, pues en él quedamos hechos una nación santa, un pueblo conquistado. (S Pedro II). Gloria sea dada a Jesús; pues por medio de él ha llegado hasta nosotros el reino de Dios, y pertenecemos de nuevo al Rey inmortal de los siglos.

Sed, Dios mío, ahora y siempre el único rey de mi alma, de mi cuerpo, de todas mis potencias y sentidos. Como tal os reconozco, bendigo, glorifico y adoro. Como tal os acaten también y bendigan no solo vuestros Angeles y santos, más también todas vuestras criaturas.

Haced, Señor, que, formando un concierto universal, todos unánimemente os proclamemos por nuestro rey, os obedezcamos, bendigamos y adoremos exterior e interiormente en la tierra; y que después de haberos servido como fieles vasallos en vuestro reino temporal, merezcamos ver vuestro dichoso rostro y tributaros un culto de veneración y cantar vuestras alabanzas en vuestro reino sempiterno. Bendito seais ahora y en todos los siglos de los siglos.

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SACRIFICIO EUCARÍSTICO

o

DE ACCIÓN DE GRACIAS

Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo…

En segundo lugar es el santo sacrificio de la Misa un sacrificio eucarístico o de acción de gracias.

Dice san Ireneo que Jesucristo estableció el santo sacrificio de la Misa, para que no fueramos ingratos para con Dios. Nos ha colmado tanto de favores, que de por nosotros mismos jamás se los podríamos agradecer, ni pagar, cual debemos. Todo se lo debemos a él, como autor de todo bien, y por consiguiente seríamos muy ingratos, si no le fuesemos agradecidos. Y para que le demos las gracias de un modo digno de él, nos ha dejado su divino Hijo su sagrado cuerpo y preciosísima sangre, para que lo ofrezcamos a su Eterno Padre en acción de gracias como una víctima pacífica y de suave olor.

Entrando pues en las miras de nuestro Redentor hace la Iglesia ofrecer a Dios este sacrificio de acción de gracias por medio de sus ministros en nombre de todos los fieles. Por esto, al subir el sacerdote al altar, nos convida a dar gracias al Señor, y uniéndonos con él respondemos y confesamos que es digno que lo hagamos. Y luego él, dirigiéndose a Dios, le dice en nuestro nombre: Es verdaderamente digno, justo, equitativo y saludable que os demos gracias en todo tiempo y en todo lugar, Señor santo, Padre omnipotente, Dios eterno, por medio de nuestro Señor Jesucristo.”

Y este divino Cordero, compadecido de nuestra pobreza, se digna suplir nuestra indigencia y cumplir por nosotros el deber de la gratitud. Tomando pues nuestro lugar, hace por nosotros lo que nos compete a nosotros todos.

Esta prodigiosa bondad de vuestro amable Salvador no os exonera de pagar el tributo, en cuanto os sea posible hacerlo. Ofreced pues con ternura y agradecimiento esta adorable víctima a vuestro Dios, a quien sois deudor de tantos beneficios, y decidle:

Padre mío, vos recibisteis un ultraje que merecía un castigo que fuera digno de la majestad, que en vos se había ofendido. Pero, a fuer de Dios clemente y misericordioso, consentisteis en dejaros apaciguar y reconciliaros con el hombre prevaricador. Mas exigisteis para ello que se os diera una satisfaccion digna de vos; y como no había en la tierra criatura alguna que os la pudiera dar, quisisteis que bajara del cielo vuestro divino Hijo, y os ofreciera un sacrificio sangriento en lugar del hombre pecador. Y dócil a vuestra divina voluntad, bajó del cielo mi amable Salvador para cumplir lo que le habías mandado y ofreceros la inocente víctima, sola digna de vos.

Así, el desobediente Adan me había separado de vos, y mi buen Jesús, con su obediencia hasta la muerte en la cruz, me ha unido de nuevo a vos. La desobediencia de Adan me había acarreado vuestra maldición; la obediencia de mi Redentor me ha atraído vuestra santa bendición. Ha sobreabundado la gracia donde había abundado el delito. (Rom., V)

Inmensa es esta gracia, Señor, y mayor de lo que puedo llegar a comprender, apreciar y agradecer. Por  mas que busque en mi algo que ofreceros en recompensa, nada hallo que pueda daros en prueba de mi gratitud.

Soy pobre, y muy pobre de por  mi mismo, bien lo sabeis; mas soy rico, y muy rico en mi Salvador. El ha proveido a mi indigencia. Se os ha ofrecido el mismo por  mi en el Calvario, y ha dispuesto que se os ofreciera de nuevo en todo lugar este sacrificio eucarístico hasta la consumación de los siglos, para que en todo tiempo y todo lugar pudieramos de este modo entonar un cantico de acción de gracias.

Tomaré pues el caliz de su sangre, y os lo ofreceré para cumplir  con el sagrado deber que tengo que cumplir hacia vos. Vuestro amantisimo Hijo os dará gracias por mi.

Recibid, Señor, este caliz saludable que os ofrezco con él. Uno mi oblación con la oblación de mi Jesús. Junto con el sacrificio de su propia voluntad, que no reparo él en haceros, os presento el sacrificio de la mía.

- Quiero que desaparezca mi voluntad en la vuestra, lo mismo que desaparece una gota de agua que cae en el Océano. Justo es que, dependiendo necesariamenle de Vos, dependa también voluntariamente.

Es muy del caso que os pruebe yo mi gratitud, habiéndome vos probado de un modo tan admirable vuestro imponderable amor.

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SACRIFICIO IMPETRATORIO

El pan nuestro de cada día dánosle hoy…

En tercer lugar es el santo sacrificio de la Misa un sacrificio pacífico o impetratorio.

Había en la antigua ley dos especies de sacrificios pacíficos: uno, para dar gracias a Dios por sus beneficios, como cuando le ofreció Melchisedec pan y vino después de la victoria de Abran; y otro, para conseguir de Dios algún favor, como cuando ofreció el gran sacerdote Onias una víctima pacífica por la vida de Heliodoro. Ambos los suple a la vez el sacrificio de la Misa. Lo ofrecemos a Dios para darle gracias por los favores que nos ha dispensado, con forme acabamos de ver, y también se lo ofrecemos para conseguir otros, conforme vamos a ver.

Mandan todas las liturgias que se ruegue en el altar por los vivos y los difuntos. Escribiendo san Pablo a su discípulo Timoteo, le encomienda que se hagan oraciones por todos los hombres, y especialmente por los reyes y los grandes. Los santos padres entienden que estas oraciones son las que se hacen en la celebración de los divinos misterios.

Ha sido establecido el santo sacrificio de la Misa para pedir y alcanzar toda especie de bienes, así los espirituales, como los temporales. Echase de ver que el sacrosanto sacrificio ha sido establecido para pedir e impetrar los bienes espirituales con lo que se nota después de la consagración. Entonces, ofreciendo el sacerdote la preciosa víctima que llama: pan de vida eterna y cáliz de perpetua salvación, pide a la divina Majestad que derrame toda suerte de bendiciones y gracias celestiales sobre todos cuantos participan de ella.

En punto a bienes temporales, nos asegura San Agustin que en su tiempo una casa, que estaba infestada de espíritus malignos, quedó libre de ellos con el sacrificio de la Eucaristía. 

San Gregorio habla, en sus homilías sobre el Evangelio, de cierto encarcelado que sentía que se despegabana sus cadenas cada vez que se decía la Misa por él en un lugar lejano. El venerable Beda cuenta otro ejemplo por el mismo estilo. Por lo mismo, dice san Juan Crisóstomo, los sacerdotes, que sacrifican, hacen oraciones públicas sobre la hostia de propiciación por la paz común de las Iglesias, por la tranquilidad del mundo, por los reyes, por su milicia, sus aliados, por los enfermos, y generalmente por todos los que tienen necesidad de algún socorro, y hasta por los frutos de la tierra.

Admirad la bondad de Dios y aprended a pedirle con confianza todo cuanto necesitéis, durante el santo sacrificio de la Misa. Él os asegura que os otorgará lo que pidáis, si puede seros útil para vuestra salvación, o que os dará otra cosa de más valor, que os será mucho mejor. Decidle pues con una confianza filial:

Ante vuestra majestad me postro en este momento, Padre amabilísimo, que, en vuestra infinita bondad por mi, no perdonasteis a vuestro propio Hijo, sino que le entregasteis para que fuera nuestro guía, nuestro médico, nuestro pontífice, nuestro salvador, nuestro hermano, nuestro amigo. Y dándonos vuestro Hijo, nos lo habéis, dado todo con él.

Por esto, poniendo toda mi confianza en sus méritos y acordándome de su promesa: si pedís algo a mi Padre en mi nombre, os lo concederá vengo a implorar vuestra clemencia.

Padre santo, el nombre que tengo en mis labios es el de vuestro querido Hijo, en el cual habéis puesto vuestras complacencias .

Los títulos que alego para ser atendido, son los títulos, de aquel que siempre escucháis en razón del amor reverencial que os profesaba.

Dadme el pan celestial que calma para siempre el hambre de cuantos lo comen

Dadme el agua viva de la misteriosa peña que no es otra cosa que el sagrado costado de Jesús, donde van a beber todos los que están sedientos.

Permitidme que en presencia de vuestros altares diga una y mil veces can el Salmista, y embriagado de dicha y amor:

El Señor es el amable y caritativo pastor que me guía, nada me ha de faltar.

Me ha establecido en un sitio donde tengo unos ricos y abundantes pastos, me ha puesto cerca de un agua que rehace mis fuerzas.

Ha convertido mi alma, y me ha guiado por las sendas de la justicia, para la gloria de su nombre.  Por lo mismo, aun cuando anduviera en medio de la  sombra de la muerte, no temeré de ningún mal,  por saber que estáis vos conmigo.

Habéis puesto delante de mí una mesa donde hallo una comida que me llena de fuerzas para resistir a todos los que me persiguen.

Habéis ungido con un sagrado aceite mi cabeza, y tengo un cáliz que me embriaga de dicha y es de un admirable primor.

Mas lo que pone el colmo a vuestra bondad, a mi alegría y dicha, es que vuestra misericordia me seguirá todos los días de mi vida, y me hará andar constantemente por las sendas de la verdad y la  justicia.

Para que habite mucho tiempo en la casa del Señor. »

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SACRIFICIO PROPICIATORIO.

y perdónanos  nuestras deudas,

así como nosotros perdonamos a nuestros deudores…

En cuarto lugar es el santo sacrificio de la Misa un sacrificio propiciatorio para los vivos y los difuntos.

Declara el sagrado Concilio de Trento que hay un Purgatorio, y que las almas, que están detenidas en él, son realmente socorridas con los sufragios de los fieles, y principalmente con el sacrificio del altar por lo mismo, en el acto de consagrar un obispo a un sacerdote y conferirle el carácter sacerdotal, le dice estas palabras: Recibid el poder de ofrecer el sacrificio a Dios, y de celebrar la Misa por los vivos y los difuntos en nombre del Señor; así sea.

El que ha llegado a la excelente dignidad del sacerdocio ofrece, en virtud de este poder, el sacrificio de la Misa, el sacrificio de la sangre de Jesucristo que el profeta Isaías llama: un rocío de luz. David le llama un agua nutritiva, un agua que nos pone sosegados y tranquilos; y san Isidoro, una fuente de inmortalidad, que da la vida eterna a los que la beben. Las almas que arden en el Purgatorio, no piden más que una gota para apagar la llama que las está devorando.

También es propiciatorio para los vivos este adorable sacrificio, y por esto se ofrece en la Iglesia por los pecados, por las penas debidas a los pecados, por las satisfacciones y demás necesidades de los fieles, como dice el Concilio de Trento.

Lo propio de este Sacrificio es de apaciguar la ira de Dios, y de obrar la conversión y reconciliación de los pecadores, en cuanto les aplica el fruto del sacrificio de la cruz, que el Hijo de Dios ofreció para la remisión de nuestros crímenes. “Pues murió por nuestros pecados, y pacificó, con la sangre de la cruz, lo que hay en la tierra y en el cielo.”

Admirad la bondad de Jesucristo, que no se contentó con destruir en sí mismo la enemistad que existía entre Dios y los hombres; sino que también quiso dársenos por rehenes en la divina Eucaristía, y permanecer con nosotros hasta el fin del mundo, no solo como prenda de la paz, mas también como víctima para fortificar la amistad que nos había procurado con su muerte, y anudarla otra vez cuando la hubiéramos destruido por nuestra culpa. Es la víctima de propiciación por nuestros pecados, y no sola por los nuestros, mas también por los de todo el mundo. 

Bajo este supuesto, ofreced al Señor esta inocente y adorable víctima, diciéndole con ternura, gratitud, devoción y amor.

Dios de misericordia y de toda consolación, al cual no tenemos acceso más que por medio de Jesús, nuestra propiciación y víctima, dignaos recibir esta preciosa redención, más que suficiente para expiar mis pecados y los pecados del mundo entero.

Deseando unir al sacrificio de todo mi ser con el sacrificio de vuestro Hijo, y cumplir de este modo en mí lo que falta a su Pasión, os ofrezco como una hostia de expiación mi cuerpo y alma.

No despreciéis, Señor, un corazón contrito y humillado, antes bien dignaos echar una mirada sobre la faz de vuestro Cristo que está en mí, que se ha hecho pecado y maldición por mí, y ha pegado a su cruz la sentencia de mi condenación, rasgada con sus clavos y borrada con su sangre…

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y no nos dejes caer en la tentación…

Con todo, como de nada me serviría el verme purificado de mis antiguos crímenes, si llegara cometer otros, me atrevo a hincar la rodilla ante el trono de mi Criador, y, aunque no sea yo mas que polvo y ceniza, diré una palabra a mi Señor y Dios.

Vos, que habéis amasado mi arcilla, sabéis cual es mi flaqueza y fragilidad. No lo ignoráis, Señor; tan poca cosa soy, que a veces la más pequeñita piedra de escándalo, desprendida de la montaña, como por encanto, sin la mano de nadie basta para derribarme y hacerme pedazos.

La hoja solitaria de los bosques, que tiembla en cuanto hace el menor soplo de viento, no es mas móvil que mi voluntad.

Está escrito: el espíritu del hombre y todos los pensamientos de su corazón están inclinados al mal desde su juventud.(Génes., VIII) 

Guardadme pues, por la virtud de este sacrificio propiciatorio, de los escándalos, lazos y peligros a que estoy expuesto por parte de mis enemigos, el mundo, el demonio y mi propio corazón. Pues en cuanto me toméis bajo vuestra protección, por mas que se levanten contra mi mil ejércitos de enemigos, nada temerá mi corazón.(Salm. XXVI)

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Mas líbranos de mal…

Señor, Dios mío, que no quereis que nadie perezca, mas antes bien deseais que todos lleguen a conocer la verdad (I, Timot, II), dignaos alejar de vuestros siervos el mal del pecado, y, si no entra esto en los designios de vuestra Providencia, el mal que nos ha merecido el pecado.

Volved a envainar la cuchilla de vuestra ira, y haced que pasemos en paz los días que aún nos queden que pasar en la tierra (I, Timot., II)

Sin embargo, no dejamos de conocer que con sobrada razón y justicia nos vienen estos males; empero os rogamos que useis de clemencia, para gloria de vuestro nombre, a fin de que jamás tengan ocasión de decir las naciones: ¿dónde está su Dios (Salm. CXIII)?

En cuanto a nosotros, nos consta que está Dios reinando en el cielo, y que, por lo que mira a la tierra, a los hijos de los hombres la ha dado. (Salmo CXIII)

No sea esta tierra, Señor, la imagen del infierno con nuestras discordias, nuestras violencias, nuestras pendencias y crímenes.

Os rogamos particularmente que os digneis echar una ojeada de compasión sobre cuantos nos gobiernan así en lo eclesiástico como en lo civil. Tened piedad de vuestro Vicario en la tierra, de nuestros Prelados, de nuestros Reyes y príncipes, y de todos cuantos tienen en sus manos los destinos de los pueblos. Desviad cuidadosamente de sus almas y cuerpos todos cuantos males pudieran amenazarles.

Protegednos a todos con la fuerza de vuestra diestra, y preservadnos de toda desgracia espiritual y temporal. Amparad a vuestro rebaño y defendedle, ya que os habéis dignado redimirle a costa de vuestra preciosísima sangre. Alejad de él la bestia feroz, que le está rodeando sin cesar, buscando a apoderarse de alguna oveja, para hacerla pedazos y perderla.

Guiadnos a todos, cual guiasteis a vuestro pueblo a través del desierto de la vida, y hacednos entrar en la tierra que habéis jurado darnos. (Genes. L)

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G. Sendra presbítero. El Padre nuestro meditado, o trece explicaciones de la oración dominical. Valencia.1859.

Acuérdate de santificar el día sábado (Ex 20, 8)

Septiembre 18, 2009

“Este es el tercer mandamiento de la ley, y con toda razón. En efecto, a Dios debemos reverenciarlo:

En primer lugar con el corazón, y por ello se nos ordena no adorar más que a un sólo Dios: “No tendrás dioses extraños frente a mí”.

En segundo lugar con los labios: “No tomarás en vano el nombre del Señor tu Dios”.

En tercer lugar con las obras, y a este fin se nos manda: “Acuérdate de santificar el día del sábado”. Porque quiso Dios que hubiera un día determinado en que los hombres se dedicasen a su servicio.

***

Tal mandamiento se impuso por cinco motivos: 

a)Para combatir el error: Conocía el Espíritu Santo que, andando el tiempo, dirían algunos que el mundo había existido siempre: “En los últimos días vendrán con burlas hombres sarcásticos, guiados por sus propias pasiones, que dirán: “¿Dónde queda la promesa de su venida? Desde que murieron los padres todo permanece como al principio de la cosas. Porque voluntariamente ignoran que un día hubo unos cielos y una tierra surgida del agua y en el agua asentada por la palabra de Dios ” (II Petr 3, 3-5)

Pues bien, Dios quiso que fuera guardado un día en recuerdo de que Él creó todo en seis y al séptimo cesó de dar origen a nuevas criaturas. A este motivo alude el Señor en la ley cuando dice: “Acuérdate de santificar el día sábado”

Los judíos en memoria de aquella creación guardaban el sábado: ahora bien, Cristo con su venida dio lugar a una creación nueva.

De la primera nació el hombre terreno, de la segunda el hombre celestial.

“En Cristo Jesús nada cuentan ni la circunsición ni la incircuncisión, sino la nueva criatura” (Gál 6, 15).

Esta criatura nueva nace de la gracia, que comenzó con la resurrección: “Como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Porque si hemos sido plantados juntamente con Él a imagen de su muerte, lo seremos también a imagen de su resurrección” (Rom 6, 4-5).

Y como la resurrección ocurrió en domingo, por eso guardamos ahora este día, del mismo modo que los judíos celebran el sábado en recuerdo de la creación primera.

b) Para instruir en el misterio del Redentor.

La carne de Cristo no se pudrió en la sepultura. “Mi carne reposará en esperanza, porque… no permitirás que tu santo vea la corrupción” (Ps 15, 9-10) .

A tal fin quiso Dios que se guardase el sábado, para que, mientras los sacrificios prefiguraban la muerte de Cristo, el descanso del sábado fuera un anticipo del reposo de su carne.

Nosotros ya no conservamos esos sacrificios, porque al llegar la realidad y la verdad se acaban las prefiguraciones, como se desvanecen las sombras a la salida del sol;  dedicamos, sin embargo, el sábado a la veneración de la Virgen gloriosa, que conservó en ese día la fe en la totalidad del misterio de Cristo mientras Él estaba muerto

c) Para afianzar y preludiar la verdad de la promesa.

Puesto que lo que se nos promete es un descanso. “En el día aquel, cuando Dios te conceda el descanso de tu trabajo, de tu agobio y de la dura servidumbre a que fuiste sometido” (Is 14, 3); “se sentará mi pueblo en hermosura de paz, en tiendas de confianza, en egregio reposo” (Is 32, 18).

Y observad que esperamos descansar de tres cosas: del trabajo de la vida presente, de la turbación de las tentaciones y de la servidumbre del diablo. Esto es lo que Cristo prometió a los que vienen a El, diciendo —Mt 11, 28-30—: “Venid a Mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas: pues mi yugo es suave y mi carga ligera”.

Ahora bien, sabemos que el Señor trabajó seis días y que en el séptimo descansó, porque primero se deben hacer obras perfectas. Eccli 51, 35: “Muy poco trabajé, y hallé para Mí un gran descanso”.

En efecto, la duración de la eternidad excede incomparablemente más a todo el tiempo presente que mil años a un solo día.

d) En cuarto lugar fue dado este precepto para inflamar nuestro amor.

Sab 9, 15: “Pues el cuerpo corruptible agrava el alma“, y por eso el hombre tiende siempre hacia abajo a las cosas terrenas, si no se le obliga a elevarse por encima de ellas.

Por lo cual conviene dedicar a esto un tiempo determinado.

Por lo cual algunos hacen eso todo el tiempo: Salmo 33, 2: “Bendeciré al Señor en todo tiempo; su alabanza estará siempre en mi boca”. Dice el Apóstol en I Tes 5, 17: “Orad sin intermisión“; y éstos viven un sábado continuo.

Algunos hacen eso en cierta parte del tiempo: Salmo 118, 164: “Siete veces al día te he alabado”.

Otros, a fin de no volverse totalmente extraños a Dios, fue necesario que tuviesen algún día determinado [para dedicarse a Dios], no fuera a entibiarse demasiado en ellos el amor de Dios. Isaías 58, 13-14: “Si te parece suave el sábado… entonces tendrás tus delicias en el Señor”. Job 22, 26: “Hallarás en el Omnipotente tus delicias, alzarás tu rostro hacia Dios”.

En efecto, no se ha establecido ese día para divertirse, sino para orar y alabar al Señor Dios. Por lo cual San Agustín dice que es menos malo arar ese día que divertirse.

e) En quinto lugar fue dado para obrar bondadosamente respecto a los inferiores.

 En efecto, algunos,  crueles consigo mismos y con los suyos, no cesan de
trabajar continuamente por la ganancia; y esto es cosa sobre todo de los judíos, porque son sumamente avaros.

Deut 5, 12-14: “Guarda el día del sábado… para que descanse tu siervo y tu sierva, y tú también”; y luego: “No harás en él trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo,
ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu buey, ni tu asno, ni ninguna de tus bestias, para que tu siervo y tu sierva descansen, como tú también”.

***

 Ya se dijo que así como los judíos celebran el sábado, así nosotros los cristianos celebramos el domingo y otras fiestas importantes.

Veamos, pues, cómo debemos guardarlos. Y es de saberse que Dios no dice: Guarda el sábado, sino “acuérdate de santificar el sábado”.

Ahora bien, la palabra santo se toma en dos acepciones diferentes. En efecto, a veces santo es lo mismo que puro. Dice el Apóstol en I Cor 6, 11: “Pero habéis sido lavados, pero habéis sido santificados”.

A  veces se llama santa a una cosa consagrada al culto de Dios, como un lugar, un tiempo, vestiduras y vasos sagrados.

Así es que de estas dos maneras debemos celebrar las fiestas. O sea, con pureza de corazón y entregándonos al servicio divino.

Por lo mismo hay que considerar dos cosas en este precepto.

Primeramente, en verdad, qué se debe evitar en día festivo; en segundo lugar, qué debe hacerse.

 Hemos de guardarnos de tres cosas

a) Primeramente el trabajo corporal.

Jer 17, 22: “Santificaréis el sábado, no haciendo en ese día obra servil”, por lo cual también en la ley se dice —Lev 23, 25—: “Ninguna obra servil haréis ese día”.

Obra servil es el trabajo corporal, porque una obra libre es un acto del alma, como entender y otros semejantes; y a esos actos ningún hombre puede ser constreñido. 

Pero es de saberse que las obras corporales pueden hacerse en sábado por cuatro motivos.

En primer lugar por necesidad. Por lo cual el Señor excusó a sus discípulos que habían cortado espigas en día sábado, como se dice en Mt 12, 3-7.

En segundo lugar por la utilidad de la Iglesia. Por lo cual se dice en el mismo Evangelio (Mt 12, 5) que los sacerdotes hacían todas las cosas que eran necesarias en el templo en día sábado.

En tercer lugar por la utilidad del prójimo. Por lo cual el Señor curó en sábado al hombre de la mano seca, y confundió a los judíos —que lo censuraban— con el ejemplo de la oveja, Mt 12, 11-12.

En cuarto lugar por la autoridad de un superior. Por lo cual el Señor ordenó a los judíos que circuncidaran en día sábado, como se dice en Juan 7, 23.
102.

b) En segundo lugar debemos evitar el pecado.

Jer 17, 21: “Guardad vuestras almas, y no llevéis cargas en día de sábado”. Ahora bien, el peso del alma, o sea, el peso malvado es el pecado: Salmo 37, 5: “Pesan sobre mí como pesada carga”.

Ahora bien, el pecado es una obra servil: en verdad, como se dice en Juan 8, 34: “El que comete pecado es siervo del pecado”.

Por lo cual, cuando se dice: “Ninguna obra servil hagáis en ese día”, esto puede entenderse del pecado.

Por lo cual obra contra este precepto el que peca en día de sábado, porque se ofende a Dios trabajando  y pecando [en ese día], Isaías I, 13-14: “El sábado
y vuestras otras fiestas no las soportaré”.

¿Y por qué? Porque “son inicuas vuestras asambleas. Mi alma odia vuestras neomenias y vuestras festividades: se me han hecho molestas”.

c) En tercer lugar debemos evitar la ociosidad.

Eccli 33, 29: “La ociosidad enseña muchas maldades“. San Jerónimo le dice a Rústico: “Ocúpate continuamente en cualquier obra buena, para que el diablo te encuentre ocupado”.

Por lo cual no se deben celebrar más que las fiestas principales, si se ha de estar ocioso en las otras. Salmo 98, 4: “La gloria del rey es amar las cosas justas”, esto es, la discreción.

Por lo cual en Macabeos 2, 34-38 se dice que algunos judíos se habían ocultado, y que los enemigos se arrojaron sobre ellos, creyendo que no podrían defenderse en día de sábado, y los vencieron y mataron.

Así ocurre a muchos que están ociosos en los días de fiesta. Lam  I, 7: “Miraron a Jerusalén sus enemigos, y se burlaron de sus sábados”. Pero deben hacer esos ociosos lo que hicieron estos otros judíos, que dijeron —I Macabeos 2, 41—: “Sea cualquiera el que venga a pelear contra nosotros en día de sábado, lucharemos contra él”.

Cuáles han de ser nuestras ocupaciones

a) Primeramente se deben hacer sacrificios.

 Por lo cual, en Núm 28, 3-10, se dice que Dios ordenó que diariamente se ofreciera un cordero en la mañana, y otro en la tarde, pero que en sábado deberían duplicarse.

Lo cual significa que en sábado debemos ofrecerle a Dios el sacrificio de todo lo que tenemos. I Par 29, 14: “Tuyas son todas las cosas, y lo que hemos recibido de tus manos, te lo damos”.

 Por lo cual primero debemos ofrecer espontáneamente el alma doliéndonos de nuestros pecados: Salmo 50, 19: “El sacrificio [agradable] a Dios es un corazón contrito”, y pidiendo beneficios [divinos]: Salmo 140, 2: “Señor, que mí oración se eleve como el incíenso en tu presencia”. En efecto, el día de fiesta fue establecido para tener el gozo espiritual que produce la oración, por lo cual en ese día deben multiplicarse las oraciones.

En segundo lugar debemos mortificar nuestro cuerpo, y esto ayunando; Rom 12, I: “Os ruego, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos a Dios como hostia viva y santa”; alabando: Salmo 49, 23: “El que me ofrezca un sacrificio de alabanza me honrará”; por lo cual en ese día deben multiplicarse los cantos [de alabanza].

En tercer lugar, debes sacrificar tus bienes, y esto dando limosnas. Hebr 13, 16: “De la beneficencia y de la mutua asistencia no os olvidéis: con tales sacrificios se obliga a Dios”; y esto dos veces más que en otros días, porque entonces la alegría es general. Nehem 8, 10: “Enviad partes a los que no prepararon para ellos, porque este es el santo día del Señor”.

b) En segundo lugar en el estudio de las palabras del Señor, como los judíos mismos lo hacen ahora. Hechos 13, 27: “Las palabras de los profetas que se leen cada sábado”. Por lo cual también los cristianos, cuya justicia debe ser más perfecta, deben concurrir a la predicación y al oficio de la Iglesia. Juan 8, 47: “El que es de Dios, oye las palabras de Dios”; además, hablan cosas de provecho: dice el Apóstol en Ef 4, 29: “No salga de vuestra boca palabra mala, sino que sea buena, para edificación”. En efecto, estas dos cosas son de provecho para el espíritu del pecador, porque cambian su corazón en mejor. Jerem 23, 29: “Mis palabras son como fuego ardiente, dice el Señor, y como martillo que rompe una piedra”.
Ahora bien, lo contrario les ocurre aun a los perfectos si no dicen o no escuchan cosas de provecho. Dice el Apóstol en I Cor 15, 33-34: “Las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres. Vigilad, justos, y no pequéis”; y Salmo 118, 11: “En mi corazón guardé tus  palabras”. En efecto, la palabra [de Dios] instruye al ignorante: Salmo 118, 105: “Tu palabra es para mis pies una lámpara”; e inflama al tibio: Salmo 104, 19: “La palabra del Señor lo inflamó”.

c) En tercer lugar, en divinos ejercicios. Por otra parte, esto es propio de los perfectos. Salmo 33, 9: “Gustad y ved cuan dulce es el Señor”. Y esto por
el descanso del espíritu. En efecto, así como el cuerpo fatigado desea el descanso, así también el alma. Ahora bien, el lugar del alma es Dios: Salmo 30, 3: “Sed para mí un Dios protector y un lugar de refugio”. Hebr 4, 9-10: “Así queda un descanso para el pueblo de Dios: porque el que ha entrado en su descanso, también descansará de sus obras, como Dios descansó de las suyas”. Sab 8, 16: “Entrando en mi casa descansaré en ella”.

Pero antes de que el alma alcance ese reposo, es necesario que le precedan tres descansos.

El primero, de la turbación del pecado. Isaías 57, 20: “El corazón del impío es como un mar impetuoso, que no se puede apaciguar”.

 El segundo, de las pasiones de la carne; porque la carne apetece contra el espíritu, y el espíritu contra la carne, como se dice en Gal. 5, 27.

El tercero, de las ocupaciones del mundo. Luc 10, 41: “Marta, Marta, tú te inquietas y te turbas por muchas cosas”. Y entonces, después de esto el alma reposa libremente en Dios. Isaías 58, 13-14: “Cuando hagas del sábado tus delicias, entonces tendrás tus delicias en el Señor”.

Por lo cual los santos todo lo dejaron; porque esta es la perla preciosa que al descubrirla un hombre la esconde; y por su gozo va y vende cuanto tiene, y la compra, como se dice en Mt 13, 45. En efecto, este reposo es la vida eterna, y el gozo es eterno. Salmo 131, 14: “Esta será por siempre mi mansión; aquí habitaré porque la he elegido”: a la cual nos conduzca El.

Extraído de los sermones de Santo Tomás de Aquino a los fieles de Nápoles durante la Cuaresma de 1273, que fueron transcritos a partir de notas tomadas.

La Exaltación de la Sta. Cruz

Septiembre 13, 2009

“El 14 de septiembre de 335 tuvo lugar la dedicación de la Basílica constantiniana que cubría bajo sus bóvedas el Calvario al par que el Santo Sepulcro. La peregrina española Eteria (sig. Iv) dice que en esa fecha se descubrió la Cruz y por eso se celebra esa solemnidad con tanta pompa como la misma fiesta de Pascua y de Epifanía. He ahí el origen de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.”

“Cuando Yo sea elevado (en la cruz) todo lo atraeré  a Mí mismo” (Ev.), había dicho Jesús. Y, precisamente, por haberse humillado Cristo haciéndose obediente hasta la muerte de cruz fue ensalzado y se le dio un nombre sobre todo nombre (Ep.) Debemos gloriarnos en la Cruz de Jesús, porque ella es nuestra vida y salvación (Int.) y ella nos protege contra las embestidas y celadas del enemigo (Ofert., Com., Posc.)

Dice la leyenda del Breviario que, hacia fines del reinado de Focas, Cosrroes, rey de los Persas, se apoderó de Jerusalén, y, después de matar en ella muchos miles de cristianos, se llevó a Persia la Cruz del Señor, que Elena había depositado en el Monte Calvario.

Heraclio, sucesor de Focas, ayunó y oró mucho, implorando el favor y auxilio de lo alto con el cual pudo derrotar a Cosrroes, obligándole a restituir la cruz del Señor. Así fue recobrada esta preciosa reliquia, catorce años después de haber venido a poder de los Persas.

Al volver a Jerusalén, Heraclio puso la Cruz sobre sus hombros y la subió con gran pompa al cerro adonde el Salvador mismo la subiera. A esta ascensión acompañó un estupendo milagro. Iba Heraclio cargado de oro y pedrería, cuando al pronto sintió que una oculta fuerza le detenía junto a la puerta por la cual se sale al camino del Calvario, y cuanto el rey más se empeñaba en andar, tanto mayor era la fuerza que se lo estorbaba.

Todos, ante el inaudito caso, quedaron atónitos; hasta que Zacarías, obispo de Jerusalén, dijo al monarca: “Mira emperador, que con esos arreos de triunfo no imitas bastante la pobreza de Jesucristo y la humildad con que Él llevó su Cruz.” Entonces Heraclio, despojándose de sus ricos vestidos, se descalzó, y poniéndose un manto, echóse la Cruz en hombros y pudo seguir andando hasta llegar a la cima del Calvario y dejar el santo Madero en el lugar mismo de donde los Persas lo habían tomado.

Unámonos en espíritu a los fieles que en la iglesia de la Santa Cruz de Roma veneran hoy las reliquias del sagrado Madero que en ella se expone; para que, habiendo ido aquí en la tierra a adorarlo en esta solemnidad en que nos alegramos de su Exaltación, lleguemos también a posesionarnos en la eternidad de la salvación y de la gloria que El nos granjeó. (Or., Sec.)

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MISA.- Introito. Gál. 6, 14

Nos autem gloriári opórtet in Cruce Domini nostri Jesu Christi: in quo est salus, vita et resurrectio nostra: per quem salváti et liberáti sumus.-

Nosotros debemos gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en que está la salud, la vida y nuestra resurrección, y por la que somos salvados y libertados.-

Ps. 66, 2. Deus misereátur nostri, et benedicat nobis: illúminet vultum suum super nos, et misereátur nostri. V. Gloria Patri.

Salmo. Dios se apiade de nosotros, y nos bendiga; haga resplandecer sobre nosotros su rostro y tenga misericordia. V. Gloria al Padre.

*

Oración

Oh Dios, que nos alegras en este día con la solemnidad anual de la Exaltación de la Santa Cruz: pedímoste nos concedas que, habiendo conocido en la tierra el misterio de la Cruz, merezcamos en el cielo el premio de la redención. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor.

*

Graduale. Phil. 2, 8-9

Christus factus est pro nobis usque ad mortem, mortem autem crucis. V. Propter quod et Deus exaltávit illum: et dedit illi nomen, quod est super omne nomen.

Cristo se ha hecho obediente por nosotros hasta la muerte , y muerte de Cruz. V. Por lo cual también Dios le ensalzó y le dio un nombre sobre todo nombre.

*


Allelúia, allelúia. V. Dulce lignum, dulces clavos, dúlcia ferens póndera: quae sola fuísti digna sustinére Regem caelórum et Dóminum. Allel.

Alleluya, aleluya. V. ¡Oh dulce leño, dulces clavos que sostuvisteis tan dulce peso que fuisteis solos dignos de llevar al Rey Señor de los cielos. Aleluya.

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Continuación del Santo Evangelio según San Juan.- En aquel tiempo, dijo Jesús a las turbas de los judíos: Ahora es el juicio del mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser lanzado fuera. Y cuando sea levantado en alto sobre la tierra, todo lo atraeré a Mí mismo. (Esto lo decía para significar de qué muerte había de morir). Replicole la muchedumbre: Nosotros sabemos por la Ley que el Cristo debe vivir eternamente. ¿Cómo, pues, dices tú que debe ser levantado en alto el Hijo del hombre? ¿Quién es ese Hijo del hombre? Respondióles Jesús: La Luz está aún por un poco de tiempo entre vosotros. Caminad, pues, mientras tenéis la Luz, para que las tinieblas no os sorprendan; pues quien entre tinieblas anda no sabe a donde va. Mientras teneis la Luz (Jesús), creed en la Luz, para que seáis hijos de la Luz.

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Ofertorio

Prótege, Dómine, plebem tuam per signum sanctae Crucis, ab insídiis inimicórum ómnium: ut tibi gratam exhibeámus servitútem, et acceptábile fiat sacrificium nostrum, allel.

Protege, Señor, a tu pueblo por la señal de la Santa Cruz, contra las asechanzas de todos los enemigos; para que te tributemos grata servidumbre, y sea acepto nuestro sacrificio, aleluya.

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Secreta

Te rogamos, Señor y Dios nuestro, que cuantos hemos de alimentarnos con el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, por quien fue santificado el estandarte de la Cruz, como hemos podido adorarle, así también gocemos siempre del efecto de su gloria saludable. Por el mismo Señor.

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Communio


 Per signum Crucis de inimícis nostri líbera nos, Deus noster.

Por la señal de la Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.

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Postcommunio

Ad esto nobis, Dómine Deus noster: et quos sanctae Crucis laetári facis honóre, ejus quoque perpétuis defénde subsídiis. Per Dóminum.

Asístenos, Señor y Dios nuestro; y a los que proporcionas el gozo de honrar la santa Cruz, defiéndelos también con un auxilio continuo. Por nuestro Señor Jesucristo.

Dom Gaspar Lefebvre OSB. Misal diario y vesperal. 1946.