Archivo de Octubre 2009

Sueño de Don Bosco sobre el Purgatorio

Octubre 29, 2009

Don Bosco habló todavía a toda la Comunidad después de las oraciones de la noche:

Ayer noche, mis queridos hijos, me había acostado, y no pudiéndome dormir, pensaba en la naturaleza y modo de existir del alma; cómo estaba hecha; cómo se podía encontrar y hablar en la otra vida separada del cuerpo; cómo se trasladaría de un lugar a otro; cómo nos podremos conocer entonces los unos a los otros siendo así que, después de la muerte, sólo seremos espíritus puros.

Y cuanto más reflexionaba sobre esto, tanto más misterioso me parecía todo. Mientras divagaba sobre éstas y otras semejantes fantasías, me quedé dormido y me pareció estar en el camino que conduce a… (y nombró la ciudad) y que a ella me dirigía.

Caminé durante un rato; atravesé pueblos para mí desconocidos, cuando de pronto sentí que me llamaban por mi nombre.

Era la voz de una persona que estaba parada en el camino.

-Ven conmigo, me dijo; ahora podrás ver lo que deseas.

Obedecí inmediatamente.

Aquella persona se movía con la rapidez del pensamiento y lo mismo yo.

Caminábamos sin tocar con los pies en el suelo. Al llegar a una región que no sabría precisar, mi guía se detuvo.

Sobre un lugar eminente se elevaba un magnífico palacio de admirable estructura.

 No sabría puntualizar dónde estaba, ni a qué altura; no recuerdo si sobre una montaña o en el aire, sobre las nubes.

Era inaccesible, y no se veía camino alguno para subir.

Sus puertas estaban a una altura considerable.

-¡Mira! ¡Sube a ese palacio!, -me dijo mi guía.

-¿Cómo hacerlo?, -exclamé. ¿Cómo apañarme? Aquí abajo no hay entradas y yo no tengo alas.

-¡Entra!, -me dijo el otro en tono imperativo.

Y viendo que yo no me movía, añadió:

-Haz como yo; levanta los brazos con buena voluntad y subirás. Ven conmigo.

Y diciendo esto levantó en alto las manos hacia el cielo. Yo abrí entonces los brazos y al instante me sentí elevado en el aire a guisa de ligera nube. Y heme aquí a la entrada del gran palacio. El guía me había acompañado.

-¿Qué hay dentro?, -le pregunté.

-Entra: visítalo y verás. En una sala, al fondo, encontrarás quien te aleccione.

El guía desapareció y yo, habiéndome quedado sólo y guía de mí mismo, entré en el pórtico, subí las escaleras y me encontré en un departamento verdaderamente regio. Recorrí salas espaciosas, habitaciones ricamente decoradas y largos pasillos. Yo caminaba a una velocidad fuera de lo normal. Cada sala brillaba al conjuro de los sorprendentes tesoros en ella acumulados y con gran rapidez recorrí tantos departamentos que me hubiera sido imposible contarlos.

Pero, lo más admirable fue lo siguiente. A pesar de que corría a la velocidad del viento, no movía los pies, sino que permaneciendo suspendido en el aire y con las piernas juntas, me deslizaba sin cansancio sobre el pavimento sin tocarlo, como si se tratase de una superficie de cristal. Así, pasando de una sala a otra, vi finalmente al fondo de una galería una puerta. Entré y me encontré en un gran salón, magnífico sobre toda ponderación… Al fondo del mismo, sobre un sillón, vi majestuosamente sentado a un Obispo, como quien espera a dar audiencia. Me acerqué con respeto y quedé maravillado al reconocer en aquel prelado a un amigo íntimo. Era Monseñor… (y dijo el nombre), Obispo de… muerto hace dos años. Parecía no sufrir nada. Su aspecto era lozano, afectuoso y de una belleza que no se puede expresar.

-¡Oh, Monseñor! ¿Vos aquí?, -le dije con alegría.

-¿No me veis?, -replicó el obispo.

-¿Cómo os encontráis? ¿Estáis vivo todavía? ¿No habíais muerto?

-Sí, he muerto.

-Pues si moristeis, ¿cómo estáis aquí sentado, tan lozano y con tan buena apariencia? Si estáis vivo todavía, decídmelo por favor pues de lo contrario nos veremos en un gran lío. En A… hay ya otro Obispo, Monseñor… ¿cómo arreglaremos este asunto?

-Estad tranquilo, no os preocupéis, que yo estoy muerto…

-Más vale así, pues ya hay otro en vuestro lugar.

-Lo sé. ¿Y vos, don Bosco, estáis vivo o muerto?

-Yo estoy vivo. ¿No me veis aquí en cuerpo y alma?

-Aquí no se puede venir con el cuerpo.

-Pues yo lo estoy.

-Eso os parece, pero no es así…

Y al llegar a este punto de la conversación, comencé a hablar muy aprisa, haciendo pregunta tras pregunta, sin obtener contestación alguna.

-¿Cómo es posible, decía, que estando yo vivo pueda estar aquí con Vos que estáis muerto?

Y tenía miedo de que el prelado desapareciese; por eso comencé a decirle en tono suplicante:

-Monseñor, por caridad, no os vayáis. ¡Necesito saber tantas cosas!

El Obispo, al verme tan preocupado:

-No os inquietéis de ese modo, dijo; -estad tranquilo, no lo dudéis; no me iré; hablad.

-Decidme, Monseñor, ¿os habéis salvado?

-Miradme, contestó; observad cuán fuerte, lozano y resplandeciente me encuentro.

Su aspecto verdaderamente me daba cierta esperanza de que se hubiera salvado; pero no contentándome con eso, añadí:

-Decidme si os habéis salvado: ¿sí o no?

-Sí, estoy en un lugar de salvación.

-Pero ¿estáis en el Paraíso gozando de Dios o en el Purgatorio?

-Estoy en un lugar de salvación; pero aún no he visto a Dios y necesito que recéis por mí.

-¿Y cuánto tiempo tendréis que estar todavía en el Purgatorio?

-¡Mirad aquí!

Y me mostró un papel, añadiendo:

-¡Leed!

Tomé el papel en la mano, lo examiné atentamente, pero no viendo en él nada escrito, le dije:

-Yo no veo nada.

-Mirad lo que hay escrito; leed.

-Lo he mirado y lo estoy mirando, pero no puedo leer, porque no hay nada escrito.

-Mirad mejor.

-Veo un papel con dibujos en forma de flores celestes, verdes, violáceas, pero no veo ninguna letra.

-¡Son cifras!

-Yo no veo cifras, ni números.

Miró el prelado el papel que tenía yo en la mano y dijo después:

-Ya sé por qué no comprendéis; poned el papel al revés.

Examiné la hoja con mayor atención, la volví por ambos lados, pero ni al derecho ni al revés pude leer. Solamente me pareció apreciar que entre las vueltas y las revueltas de aquellos dibujos floridos, hubiere el número 2.

El Obispo continuó:

-¿Sabéis por qué es necesario leer al revés?

Porque los juicios de Dios son diferentes de los del mundo. Lo que los hombres toman por sabiduría es necedad para Dios.

No me atreví a pedirle una explicación más clara, y dije:

-Monseñor, no os marchéis, quiero preguntaros más cosas. -Preguntad, pues; yo escucho.

-¿Me salvare?

-Tened esperanza en ello.

-No me hagáis sufrir; decidme enseguida si me salvaré.

-No lo sé.

-Al menos, decidme si estoy o no en gracia de Dios.

-No lo sé.

-¿Y mis muchachos, se salvarán?

-No lo sé.

-Por favor, os suplico que me lo digáis.

-Habéis estudiado Teología, y por tanto podéis saberlo y daros la respuesta vos mismo.

-¿Cómo? Estáis en un lugar de salvación y no sabéis estas cosas:

-Mirad, el Señor se las hace saber a quien quiere; y cuando quiere que se den a conocer estas cosas, concede el permiso y da la orden. De otra manera nadie puede comunicarlo a los que aún viven.

Yo me sentía impulsado por un deseo vehemente de preguntar más y más cosas ante el temor de que Monseñor se marchase.

-Ahora, decidme algo de vuestra parte para comunicarlo a mis muchachos.

-Vos sabéis tan bien como yo, qué es lo que han de hacer. Tenéis la Iglesia, el Evangelio, las demás Escrituras que lo contienen todo; decidles que salven el alma, que lo demás nada interesa.

-Pero, eso ya lo sabemos, que debemos salvar el alma. Lo que necesitamos es conocer los medios que hemos de emplear para conseguirlo. Dadme un consejo que nos haga recordar esta necesidad. Yo se lo repetiré a mis muchachos en vuestro nombre.

-Decidles que sean buenos y obedientes.

-¿Y quién no sabe esas cosas?

-Decidles que sean modestos y que recen.

-Pero, decidme algo más práctico.

-Decidles que se confiesen frecuentemente y que hagan buenas comuniones.

-Algo más concreto aún.

-Os lo diré, puesto que así lo queréis. Decidles que tienen delante de sí una niebla y que simplemente el distinguirla es ya una buena cosa. Que se quiten ese obstáculo de delante de los ojos, como se lee en los Salmos: Nubem dissipa.

-¿Y qué es esa niebla?

-Todas las cosas del mundo, las cuales impiden ver la realidad de las cosas celestiales.

-»Y qué deben hacer para que desaparezca esa niebla?

-Considerar el mundo tal cual es: mundus totus in maligno positus est (el mundo entero se encuentra en el maligno), y entonces salvarán el alma; que no se dejen engañar por las apariencias mundanas. Los jóvenes creen que los placeres, las alegrías, las amistades del mundo pueden hacerles felices y, por tanto, no esperan más que el momento de poder gozar de ellas; pero que recuerden que todo es vanidad y aflicción de espíritu. Que se acostumbren a ver las cosas del mundo, no según su apariencia, sino como son en realidad.

-¿Y de dónde proviene principalmente esta niebla?

-Así como la virtud que más brilla en el Paraíso es la pureza, también la oscuridad y la niebla son producidas principalmente por el pecado de la inmodestia y de la impureza. Es como un negro y densísimo nubarrón que priva de la vista e impide a los jóvenes ver el precipicio que les amenaza con tragárselos. Decirles, pues, que conserven celosamente la virtud de la pureza, pues los que la poseen, florebunt sicut lilium in civitate Dei (florecerán como el lirio en la ciudad de Dios).

-¿Y qué se precisa para conservar la pureza? Decídmelo, que yo se lo comunicaré a mis jóvenes de vuestra parte.

-Es necesario: el retiro, la obediencia, la huida del ocio y la oración.

-¿Y después?

-Oración, fuga del ocio, obediencia, retiro.

-¿Y nada más?

-Obediencia, retiro, oración, y fuga del ocio. Recomendadles estos medios que son suficientes.

Yo deseaba preguntarle muchas cosas más, pero no me acordaba de nada.

De forma que, apenas el Prelado hubo terminado de hablar, en mi deseo de repetiros aquellos mismos consejos, abandoné precipitadamente la sala y corrí al Oratorio. Volaba con la rapidez del viento y en un instante me encontré a las puertas de nuestra casa. Seguidamente me detuve y comencé a pensar:

-¿Por qué no estuve más tiempo con el Obispo de…? ¡Me habría proporcionado nuevas aclaraciones! He hecho mal dejándome perder tan buena ocasión. ¡Podría haber aprendido tantas cosas hermosas!

E inmediatamente volví atrás con la misma rapidez con que había venido, temeroso de no encontrar ya a Monseñor. Penetré, pues, de nuevo en aquel palacio y en el mismo salón.

Pero, ¡qué cambio se había operado en tan breves instantes! El Obispo, palidísimo como la cera, estaba tendido sobre el lecho; parecía un cadáver; a los ojos le asomaban las últimas lágrimas; estaba agonizando. Sólo por un ligero movimiento del pecho, agitado por los postreros estertores, se comprendía que aún tenía vida. Yo me acerqué a él afanosamente:

-Monseñor, ¿qué os ha sucedido?

-Dejadme, dijo dando un suspiro.

-Monseñor, tendría aún muchas cosas que preguntaros.

-Dejadme solo; sufro mucho.

-¿En qué puedo aliviaros?

-Rezad y dejadme ir.

-¿Adónde?

-A donde la mano omnipotente de Dios me conduce.

-Pero, Monseñor, os lo suplico, decidme adónde.

-Sufro mucho; dejadme.

-Decidme al menos qué puedo hacer en vuestro favor, repetía yo.

-Rezad.

-Una palabra nada más: ¿tenéis algún encargo que hacerme para el mundo? »No tenéis nada que decir a vuestro sucesor?

-Id al actual Obispo de… y decidle de mi parte esto y esto.

Las cosas que me dijo no os interesan a vosotros, mis queridos jóvenes, por tanto las omitiremos.

El Prelado prosiguió diciendo:

-Decidle también a tales y tales personas, éstas y estas otras cosas en secreto.

Don Bosco calló también estos encargos: pero tanto éstos como los primeros parece que se referían a avisos y remedios para ciertas necesidades de aquella diócesis.

-¿Nada más?, -continué yo.

-Decid a vuestros muchachos que siempre los he querido mucho; que mientras viví, siempre recé por ellos y que también ahora me acuerdo de ellos. Que rueguen ahora por mí.

-Tened la seguridad de que se lo diré y de que comenzaremos inmediatamente a aplicar sufragios. Pero, apenas os encontréis en el Paraíso, acordaos de nosotros.

El aspecto del Prelado denotaba entretanto un mayor sufrimiento. Daba pena contemplarlo; sufría muchísimo, su agonía era verdaderamente angustiosa.

-Dejadme, me volvió a decir; dejadme que vaya a donde el Señor me llama.

-¡Monseñor!… ¡Monseñor!…, repetía yo lleno de indecible compasión.

-¡Dejadme!… ¡Dejadme!…

Parecía que iba a expirar mientras una fuerza invisible se lo llevaba de allí a las habitaciones más interiores, hasta que desapareció de mi vista.

Yo, ante una escena tan dolorosa, asustado y conmovido, me volví para retirarme, pero habiendo tropezado por aquellas salas con la rodilla en algún objeto, me desperté y me encontré en mi habitación y en el lecho.

Como veis, queridos jóvenes, éste es un sueño como los demás, y en lo relacionado con vosotros no necesita explicación, para que todos lo entendáis.

Don Bosco terminó diciendo:

En este sueño aprendí muchas cosas relacionadas con el alma y con el Purgatorio, que antes no había llegado a comprender y que ahora las veía tan claras que no las olvidaré jamás.

Así termina la narración que nos ofrecen nuestras memorias.

Parece que don Bosco haya querido exponer en dos cuadros distintos el estado de gracia de las almas del Purgatorio y el de sus sufrimientos expiatorios.

El siervo de Dios no hizo comentario alguno sobre la situación de aquel buen Prelado. Por lo demás, por revelaciones dignísimas de fe y por los testimonios de los Santos Padres, se sabe que personajes de santidad suma, lirios de pureza virginal, ricos en méritos, obradores de milagros y a quienes nosotros veneramos en los altares, por faltas ligerísimas hubieron de permanecer largo tiempo en el Purgatorio.

La justicia divina exige que antes de entrar en el cielo, cada uno pague hasta el último cuadrante de sus deudas.

Habiendo preguntado algún tiempo después a don Bosco, los que esto escribimos, si había cumplido los encargos que le había dado el Obispo, con la confianza con que nos honraba, le oímos responder:

-Sí, he cumplido fielmente el mandato.

Observaremos que el colector o recopilador omitió una circunstancia del sueño, que nosotros recordamos, tal vez porque entonces no comprendía el sentido o la importancia de la misma. Don Bosco había preguntado en cierto momento cuánto tiempo le quedaba a él de vida y el Obispo le presentó un papel cubierto de ringorrangos entrelazados, según parecía, con 8 (ochos), pero no tuvo ninguna explicación del misterio… ¿indicaba el 1888?  (Colector. -Se refiere a los que se habían concertado para tomar nota de todo cuanto hacía y decía don Bosco (N. del T.)

Memorias Biográficas de Don Bosco. Volumen 8. Cap. LXXI

Plegaria a Dios Nuestro Señor por las almas del Purgatorio

Octubre 29, 2009

Mostraos, Señor, propicio a las almas de los difuntos, que su Soberana, la Virgen Madre, presenta ante el tribunal de vuestra gracia, para que logren alcanzar su perdón, por vuestra infinita clemencia y misericordia.

Padre Nuestro, Ave María.

-Dadles el descanso eterno.

-Y que tu luz perpetua las ilumine

-Descansen en paz.Amén.

Santa e indivisa Trinidad, Unidad Soberana, Padre, Hijo y Espíritu Santo, perdonad las almas de nuestros padres, hijos, hermanos, parientes, bienhechores, y de todos los fieles difuntos.

Santo Dios, Padre, Rey celestial, perdonadlas.

Santo Dios, Hijo, Redentor del mundo, por la sangre preciosísima que derramasteis en vuestra sagrada Pasión y muerte, perdonadlas.

Dios, Espíritu Santo, Consolador Supremo de las almas; porque sois el amor más puro y perfecto, perdonadlas.

Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, libradlas, Señor, de las penas del Purgatorio.

Corazón Santo de Jesús Sacramentado, por el fuego de vuestro divino amor, sedles alivio, paz y consuelo sempiterno.

María Santísima del Huerto, Madre de los pecadores, rogad por ellas.

María Santísima, Madre del Amor hermoso, rogad por ellas.

María Santísima, consuelo de los afligidos, interceded por ellas.

San José, Castísimo Esposo de la Virgen María, rogad por ellas.

Espíritus angélicos, que rodeáis el trono del Eterno, rogad por ellas.

Apóstoles y Profetas, que rodeais de continuo al Juez Supremo de las almas, rogad por ellas.

Mártires y Confesores, que contempláis al supremo Bien, rogad por ellas.

Anacoretas, Vírgenes y Viudas, que gozáis en la celeste patria, rogad por ellas.

 Sacerdotes santos del Señor, rogad por ellas.

Santos y Santas, que habitáis en la celestial Jerusalén, rogad por ellas.

Santos y Santas de su nombre, rogad por ellas.

Santos y Santas de su especial devoción, rogad por ellas.

Santos y Santas de su estado y ejercicio, rogad por ellas.

Santos y Santas de este día, rogad por ellas.

Santos y Santas del día de su nacimiento, rogad por ellas.

Santos y Santas del día de su muerte, rogad por ellas.

Santos y Santas Patronos de los pueblos donde nacieron, donde vivieron, por donde transitaron y donde pecaron, rogad por ellas.

Cordero de Dios, que quitáis los pecados del mundo, perdonadlas Señor.

 Cordero de Dios, que quitáis los pecados del mundo, oíd nuestras suplicas

Cordero de Dios, que quitáis los pecados del mundo, dadles el descanso eterno, porque sois misericordioso.

Kyrie eleison.- Christe eleison. – Kyrie eleison.

Nueve Padre nuestros y nueve Ave Marías, diciendo a cada uno:

-Dadles, Señor el descanso eterno, etc.

-Y que tu luz eterna siempre las ilumine.

Descansen en paz. Amén

ORACIÓN

¡O Dios! cuya misericordia es infinita, aceptad con benignidad las súplicas que os hacemos por las almas del Purgatorio, en especial por las de nuestros padres, hijos, hermanos, parientes y bienhechores, que se honraron con la confesión de vuestro nombre.

Dad, Señor, un lugar de refrigerio, de luz y de felicidad a esas almas, como igualmente a las de nuestros amigos, enemigos y cómplices, a las más desamparadas y en general a todas las que padecen en el Purgatorio. Por Nuestro Señor Jesucristo.Amén.

Hora Santa

Octubre 29, 2009

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Hora Santa correspondiente al mes de noviembre escrita por el Padre Mateo Crawley.

“Ecce Homo”…

He aquí al Hombre de todos los dolores, al Salvador Jesús, tras de esa Hostia…

Doblemos la rodilla, adorémosle en la suave y vencedora majestad de ese misterio…

¡Oh!, viene seguramente en busca nuestra, ya que en el Paraíso tiene legiones de ángeles…

Miradle…, se acerca como le vio un día su sierva Margarita María…; viene sin fulgores de sol, sin diadema, maniatado, perseguido…

Trae el alma abrumada de angustias… cargados de lágrimas los ojos…

Busca un huerto de paz en dónde orar en su agonía, y ha venido aquí, trayéndonos una confidencia de caridad infinita, y de infinita tristeza…

Callad, hermanos, y en el silencio del alma, olvidados del mundo, desligados por un momento de los mezquinos intereses de la tierra…, oíd al Señor Jesús en esta Hora Santa…

Contempladle bajo la figura dolorida, ensangrentada del Ecce Homo, tal como se apareció en Paray-le-Monial a su primer apóstol y confidente, para reclamar de sus amigos un amoroso desagravio…

“¡Oh, buen Jesús: al comenzar esta Hora Santa, déjanos besar con deliquios de amor, con pasión del alma, con embriaguez de cielo, la herida encantadora del Costado, y permítenos llegar, por medio de ese ósculo dichoso, hasta lo más recóndito de tu divino y agonizante Corazón!”.

(Presentadle el pedido íntimo que queréis hacerle en esta Hora Santa).

Voz del Maestro. Hijitos míos, ¿queréis brindar un asilo de amor, un abrigo de fidelidad a vuestro Dios, perseguido por el huracán maldito de la culpa?…

Es cierto que no veis hoy día mi cuerpo hecho pedazos…; pero creed que no han cesado los crudelísimos azotes…

No veis tampoco que el llanto inunda mis mejillas…; pero ¡con qué furor penetran en mi frente las espinas!…

No está a la vista la congoja mortal y la agonía de Getsemaní…; pero, ¡ay!, sus indecibles amarguras llenan hasta los bordes el cáliz de mi abandonado Corazón…

El pecado no da tregua a mis dolores…

Ese torrente de inquietud me persigue hace veinte siglos, sigue mis pasos, iracundo…

Quiere devorar la obra de mi sangre…; quiere condenar las almas…

“¿Qué pude hacer por mi rebaño que no lo haya hecho?”…

El sacrificio de mi cuerpo, de mi alma, de mi Corazón; el holocausto del Calvario y de la Eucaristía…, todo está consumado…

Y, con todo, la culpa avanza, como hálito del infierno, penetra en las conciencias, mata en ellas mi amor… y la gloria de mi nombre…

¡Ay! Abridme pronto, vosotros mis amigos, abridme el refugio cariñoso de vuestros corazones…

Ponedme al abrigo de la noche fría, lóbrega, del pecado que envuelve al mundo…

Tendedme, hijitos míos, alargadme con caridad filial los brazos…

¡Oh, no es el recuerdo del Calvario el que me hiere…, es el pecado de hoy el que atraviesa sin piedad mi desolado Corazón!…

Ved: estoy llorando ahora mis tristezas; estoy desahogando entre vosotros la tempestad de mis dolores…

¡Y en el mismo instante, millares de saetas se clavan en la llaga sangrienta de mi pecho!…

¡Oh, dad albergue de caridad y de ternura, en vuestras almas compasivas, a este Jesús, el eterno ultrajado y perseguido de la culpa!…

(Pausa)

El alma. Jesús, Rey de los altares y Soberano de las almas: ven y asienta tus reales de dominio en estos corazones…

No serás entre nosotros el huésped, sino el Padre y el Monarca…, no el peregrino, sino el Redentor desagraviado y el Señor mil veces bendecido…

Ven… Y si es constante la ofensa de la culpa…, más constante aún ha de ser el homenaje de nuestro humilde desagravio…

Abre tu prisión, Señor Sacramentado, y que los ángeles que rodean tu pobre tabernáculo se unan a los amigos leales de tu Eucaristía, para decirte:

(Todos en voz alta)

¡Corazón Santo, tú reinarás!

No obstante los esfuerzos desesperados del infierno, que anhela la desdicha eterna de las almas.

¡Corazón Santo, tú reinarás!

A pesar de la fragilidad humana, que impele a tantos por la pendiente del abismo…

¡Corazón Santo, tú reinarás!

No obstante la furia de tantos enemigos de tu moral intransigente y de tus dogmas invariables…

¡Corazón Santo, tú reinarás!

A pesar de los ataques con que la razón y las sabidurías vanas de la tierra se alzan para derrocarte del altar…

¡Corazón Santo, tú reinarás!

No obstante la licencia vergonzosa, que muchos pretenden erigir en ley natural de la conciencia…

¡Corazón Santo, tú reinarás!

A pesar del artificio con que se trama noche y día en contra de la Iglesia, del hogar y de la infancia…

¡Corazón Santo, tú reinarás!

No obstante la sacrílega legalidad de tantos atentados de lesa majestad divina…

¡Corazón Santo, tú reinarás!

A pesar del odio de los gobernantes, excitados por el poder de tu humildad y de tu silencio…

¡Corazón Santo, tú reinarás!

No obstante los ataques airados de la prensa, de las leyes y de las sectas, poderes conjurados en ruinas de tu gloria y de tu reinado entre los hombres…

¡Corazón Santo, tú reinarás!

(Pedid con todo fervor el reinado del Corazón de Jesús).

Voz del Maestro. ¿Por qué, decidme, confidentes muy amados, por qué los hijos de las tinieblas son con frecuencia más prudentes y esforzados que vosotros, los hijos de mi dolor y de la luz?

Vedlos a mis enemigos, perpetuamente afanados en aislarme en el Sagrario, y luego, en derribar mi altar…

No se dan descanso en el propósito de anular mi ley, de dispersar mi sacerdocio y de aniquilarme en las conciencias de los hombres…

Y vosotros… y tantos de los míos, ¿qué habéis hecho?…

¿Cómo no habéis podido velar una hora conmigo?…

Y por cansancio, por preocupaciones terrenas…, por debilidad de carácter…, por falta de amor a vuestro Dios y Maestro, habéis descansado, mientras

Yo agonizaba…

Dormíais tranquilos, entre vuestro Salvador agonizante y la turba enemiga que venía a prenderle…

No habéis amado así, seguramente, a vuestros padres, a vuestros hermanos, a los amigos íntimos de vuestro corazón…

Y para mí, sólo para mí, ¿por qué no habéis tenido fineza ni resolución en el amor?…

Me prometisteis generosidad… bendije y acepté vuestra buena voluntad…, y, a poco, desfallecisteis y fui olvidado…

Os perdoné tantos desvíos, olvidé tantos olvidos…, y vosotros, los de mi casa, vivís a menudo en un sopor de tranquila indiferencia que me lastima cruelmente…

Un sueño de apatía…, de egoísmo, de desamor por mi persona os rinde…

Levantaos ya…; despertad de esta tibieza…

Se acerca el enemigo que trae el ultraje para vuestro Dios…, y para vosotros, las cadenas y la muerte…

Ha llegado la hora milagrosa de una sincera conversión…

¡Oh, venid y acompañadme, si preciso fuera, hasta el Calvario!…

No queráis abandonarme, ovejitas mías, cuando hieran al Pastor…

(Pausa)

El alma. ¿Qué tengo yo, ¡oh, Dios escarnecido!, que Tú no me hayas dado?…

Aliéntame, Jesús, y haz que te siga, sin vacilaciones, en las dulces exigencias de tu gracia y de tu amor…

¿Qué valgo yo, si no estoy a tu lado?

Y porque reconozco mi nada y mi impotencia… te ruego no quieras dejarme de tu mano, no consientas que me aleje por un día del Sagrario…

Perdóname los yerros que contra ti he cometido…: son tantas las flaquezas de mi corazón… Perdónalas y olvida…

Pues, la mucha sangre que derramaste.

Y la acerba muerte que padeciste.

No fue por los ángeles que te alaban, sino por mí y por tantos tibios e indolentes en el ejercicio de tu amor, que te desoyen y te ofenden…

Por eso, en esta Hora Santa, al renovar los propósitos de fervor en tu servicio, consiente que te diga con dolor del alma:

Si te he negado, déjame reconocerte; si te he injuriado, déjame alabarte; si te he ofendido, déjame servirte, porque es más muerte que vida la que no está empleada en el santo servicio de tu gloria y para consuelo y triunfo de tu Divino Corazón.

(Confesadle vuestra tibieza y pedid fervor perseverante en su servicio).

Voz del Maestro.

¿Cuántos sois los que veláis conmigo en esta Hora Santa?…

Es cierto que es grande vuestro amor…

¡Ah, sí!, pero inmenso, insondable es el amargo océano de delitos y de orgías, que a esta misma hora, está saturando de tristeza mortal mi Corazón…

¡Qué frenesí de pecado…, qué desenfreno en el torbellino humano que va pasando ahora mismo ante mis ojos!…

¡Oh, qué escenas de muerte, qué espectáculos de infierno… qué vértigo de pasión sensual en el teatro!…

El gran mundo aplaude y ríe ante un escenario donde a mí se me flagela…

Si supierais cómo me despedaza el alma dolorida la gran mentira que llaman civilización moderna…

¡Ah, cuántas fiestas de mis hijos son la befa y el Calvario de su Padre y Salvador!…

Sólo vosotros, mis amigos, podéis adivinar la congoja de este agonizar perpetuo en un patíbulo, levantado por los míos…

¡Cómo se presentan a mi vista las grandes capitales… orgullosas como Nínive… desenvueltas como Babilonia!…

En ellas mi Evangelio es una exageración intolerable…

Vosotros, mis consoladores, que habéis penetrado tan adentro en mis tristezas, poned un bálsamo en mi herida…

Reparad, vosotras, esa embriaguez culpable y acallad, con una plegaria fervorosa, el clamar que, en esta misma noche, en centenares de salas, de banquetes, de fiestas, de bailes y teatros, se levanta como marejada de fango, insultando la santidad de mi Evangelio y la blancura de la Hostia…

El alma. ¡Oh, sí, Maestro!: baje de una vez fuego del cielo, que purifique, que perdone y salve a millares de infieles, que viven sin amor, amando locamente la materia y lo nefando…

Para tantos que derrochan dinero y juventud en la disipación de placeres mundanales que te ofenden…

(Todos, en voz alta)

¡Misericordia, y sálvelos tu dulce Corazón!

Para aquellos que luchan, tolerando los pecados públicos, que trafican en la profanación de la conciencia y de los sentidos…

¡Misericordia, y sálvelos tu dulce Corazón!

Para los pervertidores de almas, que en la Prensa y en los libros se enriquecen, condenando a sus hermanos…

¡Misericordia, y sálvelos tu dulce Corazón!

Para aquellos que tienen el tristísimo negocio de excitar pasiones en la escena teatral, donde todo es permitido, so pretexto de arte…

¡Misericordia, y sálvelos tu dulce Corazón!

Para tantos débiles que, desoyendo su conciencia, cooperan con remordimiento al escándalo social de modas y teatros…

¡Misericordia, y sálvelos tu dulce Corazón!

Para tantos que, relajado su criterio de cristianos, no ven mal ninguno en el atropello a tus santos mandamientos…

¡Misericordia, y sálvelos tu dulce Corazón!

Para aquellos que, por su cargo, debieran evitarte, Señor, gravísimas ofensas, y no lo hacen por timidez o por transacción mundana…

¡Misericordia, y sálvelos tu dulce Corazón!

(Reparemos los pecados públicos y sociales con que se ofende a Jesucristo en el mundo entero).

Voz del Maestro.

“Pueblo mío, heredad preciosa de mi Corazón, ¿qué te he hecho… o en qué te he contristado?…

¡Respóndeme!…

Desde aquí en la Hostia, contemplo, noche y día, el hogar de mis cariños, el campamento del Israel de mis ternuras, la grey pequeñita de los que me juraron amor eterno…

Desde aquí pongo los ojos en el corazón de mis amigos, de los que yo he querido con predilección…

Desde aquí sigo los pasos de los que tengo predestinados al banquete de mi amor y de mi gloria…

 ¡Ay!, cuántos de ellos arrancan de mis ojos las lágrimas que lloré sobre Jerusalén, mi patria…

¡Cuántos que fueron íntimos de mi alma son ingratos!

¡Cuántos gozan lejos de mi lado, muy lejos… los bienes de talento, estimación y de fortuna con que los colmé para hacerlos santos…

Sus tronos están colocados entre los príncipes del reino de los cielos!…

¡Oh, cuántos de esos sitiales, perdidos por ingratitud, los daré a pecadores arrepentidos, que oyeron mi llamada en la agonía!…

Para olvidar principalmente ese pecado, el más amargo, para endulzar el cáliz de la ingratitud humana, pedí a mi sierva esta campaña deliciosa de la Hora Santa; aquí se convierten en lágrimas de bendición, de amor, las que lloré en el desamparo de mi grey y en la fuga de mis hijos…

 Entre el vestíbulo y el altar, gemid, consoladores míos… tengo sed de los consuelos que me niegan los ingratos de mi propia casa…

El alma.

Divino Salvador Jesús, dígnate mirar con ojos de misericordia a tus hijos, que unidos por un mismo pensamiento de fe, esperanza y amor, vienen a deplorar ante tu sacratísimo Corazón sus infidelidades y las de sus hermanos culpables.

¡Ojalá podamos con nuestras solemnes y unánimes promesas conmover ese Divino Corazón y obtener de Él misericordia para nosotros, para el mundo infeliz y criminal y para todos aquellos que no tienen la dicha de conocerte y amarte!

Sí, de hoy en adelante lo prometemos todos:

Por el olvido e ingratitud de los hombres.

Te consolaremos, Señor.

Por tu desamparo en el sagrado Tabernáculo.

Te consolaremos, Señor.

Por los crímenes de los pecadores.

Te consolaremos, Señor.

Por el odio de los impíos.

Te consolaremos, Señor.

Por las blasfemias que se profieren contra ti.

Te consolaremos, Señor.

Por las injurias hechas a tu Divinidad.

Te consolaremos, Señor.

Por las inmodestias e irreverencias cometidas en tu adorable presencia.

Te consolaremos, Señor.

Por las traiciones de que eres víctima adorable.

Te consolaremos, Señor.

Por la frialdad de la mayor parte de tus hijos.

Te consolaremos, Señor.

Por el abuso de tus gracias.

Te consolaremos, Señor.

Por nuestras propias infidelidades.

Te consolaremos, Señor.

Por la incomprensible dureza de nuestros corazones.

Te consolaremos, Señor.

Por nuestra tardanza en amarte.

Te consolaremos, Señor.

Por nuestra tibieza en tu santo servicio.

Te consolaremos, Señor.

Por la amarga tristeza que te causa la perdición de las almas.

Te consolaremos, Señor.

(Todos, en voz alta)

Por las largas esperas a las puertas de nuestros corazones.

Te consolaremos, Señor.

Por los amargos desprecios con que eres rechazado.

Te consolaremos, Señor.

Por tus quejas de amor.

Te consolaremos, Señor.

Por tus lágrimas de amor.

Te consolaremos, Señor.

Por tu cautiverio de amor.

Te consolaremos, Señor.

Por tu martirio de amor.

Te consolaremos, Señor.

¡Oh, Jesús! Divino Salvador nuestro, de cuyo Corazón se ha desprendido esta dolorosa queja: “Consoladores busqué y no los he hallado”, dígnate aceptar el modesto tributo de nuestros consuelos, y asístenos tan eficazmente con el auxilio de tu divina gracia, que, huyendo cada vez más, en lo venidero, de todo lo que pudiera desagradarte, nos mostremos en toda circunstancia tiempo y lugar, tus hijos más fieles y obsecuentes. Te lo pedimos por ti mismo, que, siendo Dios, vives y reinas por los siglos de los siglos.

(Pedidle perdón por los ingratos, que son tantos…).

Voz del Maestro. No me preguntéis, almas reparadoras, por qué vivo perpetuamente crucificado por manos de mis redimidos…

El mundo ha llegado a convencerse que merezco realmente la vergüenza y la muerte del patíbulo…

¡Ay!, son, en realidad, tantos los sabios, los honrados y los poderosos que repiten con cruel tranquilidad estas palabras de mis acusadores a Pilatos: “¡Si este Nazareno no fuera un malhechor, no te lo hubiéramos traído encadenado!”…

¡Ah, sí! Y porque soy un malhechor para la turba, desenfrenada en moral y en pensamiento, me condena la autoridad…; porque soy un malhechor, se me condena en los Tribunales…; porque soy un malhechor, se me flagela por la prensa…; se me trata como villano y como loco, por decreto de mis jueces…

Ellos, ¡qué irrisión!, me entregan al populacho, en resguardo de los intereses nacionales…

Ellos, gobernantes y legisladores, se lavan las manos, y con pleno derecho, dicen, y por razones de libertad…, de civilización y de justicia…, me condenan al destierro y a la Cruz por vías de la más estricta legalidad…

Este es el gran delito de hoy, hijos míos: insultarme con razón y con derecho, proscribirme por dignidad y por ley de las naciones…

Sigo siendo Vermis Et Non Homo, el gusano pisoteado de la tierra…

¡Oh, vosotros los fidelísimos, aclamadme, para acallar el grito de esa muchedumbre que, desde las alturas, asalta mi trono y quiere sortear, burlona, el manto de mi realeza…, bendecidme con amor.

El alma. Acércate, dulcísimo Maestro… y aquí, en medio de los tuyos, estrechándote tus hijos, recibe de su mano la diadema que quisieran arrebatarte los que, siendo polvo de la tierra, se llaman poderosos, porque, en tu humildad, creen injuriarte de más alto…

Adelántate triunfante en esta ferviente congregación de hermanos…

No borres las heridas de tus pies ni de tus manos…

No abrillantes, no hermosees, deja ensangrentada tu cabeza…

¡Ah!, y no cierres, sobre todo, deja abierta la profunda y celestial herida de tu pecho…

Así, Rey de sangre, así…, cubierto con esa púrpura de amor y con la túnica de todos los oprobios…, sin transfigurarte…

¡Jesús, el mismo de la noche espantosa del Jueves Santo, preséntate, desciende y recoge el hosanna de esta guardia de honor que vela por la gloria del Corazón de Cristo-Jesús, su Rey!

(Todos, en voz alta)

¡Viva tu Sagrado Corazón!

Los reyes y gobernantes podrán conculcar las tablas de la Ley, pero, al caer del sitial del mando en la tumba del olvido, tus súbditos seguiremos exclamando:

¡Viva tu Sagrado Corazón!

Los legisladores dirán que tu Evangelio es una ruina, y que es deber eliminarlo en beneficio del progreso…; pero, al caer despeñados en la tumba del olvido, tus adoradores seguiremos exclamando:

¡Viva tu Sagrado Corazón!

Los ricos, los altivos, los mundanos, encontrarán que tu moral es de otro tiempo, que tus intransigencias matan la libertad de la conciencia…; pero, al confundirse con las sombras de la tumba del olvido, tus hijos seguiremos exclamando:

¡Viva tu Sagrado Corazón!

Los interesados en ganar alturas y dinero, vendiendo falsa libertad y grandeza a las naciones…, chocarán con la piedra del Calvario y de tu Iglesia…, y al bajar aniquilados a la tumba del olvido, tus apóstoles seguiremos exclamando:

¡Viva tu Sagrado Corazón!

Los heraldos de una civilización materialista, lejos de Dios y en oposición al Evangelio…, morirán un día envenenados por sus maléficas doctrinas y al caer a la tumba del olvido, maldecidos por sus propios hijos, tus consoladores seguiremos exclamando:

¡Viva tu Sagrado Corazón!

Los fariseos, los soberbios y los impuros habrán envejecido estudiando la ruina, mil veces decretada de tu Iglesia…, y al perderse, derrotados, en la tumba de un eterno olvido…, tus redimidos seguiremos exclamando:

¡Viva tu Sagrado Corazón!

¡Oh, sí, que viva! Y al huir de los hogares, de las escuelas, de los pueblos, Luzbel, el ángel de tinieblas, al hundirse eternamente encadenado a los abismos, tus amigos seguiremos exclamando:

¡Viva tu Sagrado Corazón!

Voz del Maestro. Os he amado hasta el exceso de un Calvario…

Llegado a su cima, obedecí en silencio y me tendí en el patíbulo afrentoso…

Y desde entonces, ahí estoy a merced de todos mis verdugos, los sacrílegos.

Si tantos dicen que no estoy aquí en la Hostia, ¿por qué la insultan y me hieren?…

Y si creen, ¿por qué me ultrajan en este misterio en que amo con locura, en que perdono con inagotable caridad?…

¡Oh!, sabedlo: mis lágrimas han dejado huella de dolor en los caminos y en los muladares, donde he sido arrastrado en millares de profanaciones, desde el Jueves Santo…

He sido pisoteado con furor…; se me ha arrojado, entre blasfemias, a las llamas…; se me ha sepultado en el fango…; he sido atravesado con puñales deicidas en antros donde se trama, con sigilo, en contra mía…

¡Ay!, se paga vil dinero y no faltan Judas que comulguen, para entregarme, con el beso de esa comunión, en manos de mis mortales enemigos…

El incendio criminal ha abrasado mi Sagrario y convertido en pavesas la forma consagrada…

Esto, en pago de haber dejado mi Corazón entre vosotros, para abrasar el mundo en el incendio de salvadora caridad.

¡Ah, y cuántas veces los infelices, que codician el metal dorado del copón en que os aguardo, han salteado la prisión de mis amores…, y he sido arrojado sobre el pavimento, sin tener una piedra consagrada en qué reclinar mi cabeza ensangrentada…!

Fue esta visión de horror la que hirió mi Corazón en las angustias de Getsemaní…

¡Los que pasáis, considerad y ved si hay dolor semejante a mi dolor!…

El alma. ¡Hosanna, gloria a Dios en las alturas… gloria, bendición y amor a ti, Señor Sacramentado, sólo a ti en el incomprensible aniquilamiento de tu Santa Eucaristía!

¡Que te canten los cielos, porque Tú, el Dios del Tabernáculo, eres la bienaventuranza del mismo Paraíso!

¡Que te canten, Jesús-Hostia, los campos, los mares, las nieves y las flores, panorama de belleza creado para recrear tus ojos, cansados de llorar soledad e ingratitudes!…

¡Que te canten, dulce Prisionero, las aves y las brisas; que te canten las tempestades; que te ensalcen los sollozos del corazón humano y sus palpitaciones de alegría, a ti, el Cautivo del altar…

Gloria a Dios en las alturas…; gloria, bendición y amor a ti, Jesús Sacramentado, sólo a ti, en el incomprensible aniquilamiento de tu adorable Eucaristía!

(Rendidle una completa reparación de amor por el horrendo crimen del sacrilegio con que se le hiere en el altar. Si posible, cántese el “Magníficat” con la Inmaculada en homenaje a la Divina Eucaristía).

Voz del Maestro. No os vayáis, hijos de mi Corazón, sin recoger en esta Hora Santa un desahogo de dolor, que sólo vosotros, mis fidelísimos, sabéis comprender en toda su amargura…

No es la profanación de este Tabernáculo el atentado más cruel en contra de mi soberanía conculcada; hay otro sagrario más valioso y que es consciente en el rechazo de su Salvador…: es el corazón humano…

¡Y decir que lo amo tanto!…

¡Cómo lo profanan millares de cristianos con el veneno de un amor pagano!…

Ese corazón debiera ser el cáliz de todos mis consuelos…, el ara redentora de un mundo, que es infeliz porque no ama con amor de espíritu…, con el casto amor de mi Evangelio…

En ese Corazón deposité mis lágrimas para purificarlo…, y luego, sacando llamas de mi inflamado Corazón, le he ofrecido mi amor para colmar sus ansias de amar y ser amado…

Y no le basta esta infinita dignación de caridad…

Busca a las creaturas… y a Mí me olvida en ese delirio de placer, que no es ni amor, ni paz ni vida…

A Mí me deja…, y por eso, ¡pobrecitos!, tantos sufren, desgarrada el alma…, el hambre insaciable de pasiones vergonzosas…

Los que tenéis sed de amar, venid…, venid a mí: Yo soy el amor que guarda las espinas para sí, y os da sus flores…; los que sentís ansias, necesidad de ser amados…, venid… y bebed hasta saciaros de la fuente de mi pecho.

Hijos míos, dadme vuestros corazones, ¡oh!; dádmelos en cambio del mío Sacrosanto…

El alma. Jesús Sacramentado, ejercita en nosotros tus derechos, pues somos tus reparadores…

Ven.

No pidas, no mendigues…

Ven.

Toma con amabilísima violencia lo que es tuyo…: toma nuestros corazones… Sí, son pobres.

Tú sabrás enriquecerlos…; te los damos por manos de tu dulce Madre y de tu sierva Margarita María…

Te rogamos los aceptes en demanda urgente del reinado de tu Corazón Divino…

No quieras desecharlos porque un día se marcharon, cuando Tú perdonas, olvidas para siempre…

La Iglesia perseguida, nuestro hogar necesitado, los pecadores, tu Vicario, el Purgatorio de tortura purificadora, las almas de los justos, todos, todos esperamos de tu omnipotencia torrentes de gracia, prometida al homenaje de esta hora de consuelos para ti y de milagros de misericordia para el mundo…

¡Ah! Y en especial acuérdate de los que, como Gabriel Arcángel, hemos venido a darte amable refrigerio en tu agonía…

Acepta sus intereses, sus penas, sus esperanzas, su vida; lo depositan todo en la llaga-paraíso que nos descubrió Longinos…

Recoge ahora, Señor, nuestra oración de despedida:

Corazón agonizante de Jesús, estas almas te confían sus espinas…

Corazón amable de Jesús, estas madres te confían sus esposos y el tesoro de sus hijos…

Corazón amante de Jesús, estos peregrinos te confían su porvenir y todas sus incertidumbres…

Corazón dulcísimo de Jesús, estos pródigos te confían su debilidad y su arrepentimiento…

Corazón benigno de Jesús, estos tus amigos te confían la paz y redención de sus familias…

Corazón compasivo de Jesús, estos enfermos te confían las dolencias secretas e íntimas de la conciencia…

Corazón humilde de Jesús, estos adoradores te confían sus anhelos vehementes por el triunfo de tu amor en la Santa Eucaristía…

Corazón Sacramentado de Jesús, en ti confía el mundo, que corre desolado a refugiarse de la muerte ahí donde una lanza abrió las fuentes de la vida…

Ven, Jesús.

Sé nuestro Hermano en las castas fruiciones del amor cristiano…

Ven, Jesús.

Sé nuestro Rey en las tentaciones y borrascas que azotan a las sociedades y a las almas: domina el huracán desde el Sagrario…

 Serena el cielo amenazante, con los fulgores de paz y las ternezas de tu omnipotente Corazón.

(Padrenuestro y Avemaría por las intenciones particulares de los presentes.
Padrenuestro y Avemaría por los agonizantes y pecadores. Padrenuestro y Avemaría pidiendo el reinado del Sagrado Corazón mediante la Comunión frecuente y diaria, la Hora Santa y la Cruzada de la Entronización del Rey Divino en hogares, sociedades y naciones).

(Cinco veces)

¡Corazón Divino de Jesús, venga a nos tu reino!

Súplica final al Sagrado Corazón de Jesús
(De Margarita María)

Escóndenos, ¡oh dulce Salvador!, en el Sagrario de tu Costado, fragua encendida del puro amor, y ahí estaremos seguros…

Elegimos tu Corazón por morada, en la firme confianza que él será nuestra fuerza en el combate, el báculo de nuestra flaqueza, nuestra guía y luz en las tinieblas, el reparador de todas nuestras faltas y el santificador de nuestras intenciones y obras.

Las unimos todas a las tuyas, y te las ofrecemos a fin de que nos sirvan de preparación continua para recibirte en el Sacramento de tu amor.

Para honrar tu condición de Víctima en este misterio de la fe, venimos a ofrecernos también nosotros en calidad de hostias, suplicándote que seas Tú mismo el sacrificador y nos inmoles en el ara de tu Sagrado Corazón.

¡Ah! Pero como somos tan culpables, te rogamos, Señor Jesús, tengas a bien purificarnos y consumirnos con las llamas de tu Sagrado Corazón, como un holocausto perfecto de caridad y de gracia, para obtener una vida nueva y poder entonces decir con verdad: “Nosotros nada tenemos que sea nuestro; vivos o muertos, Jesús es nuestro todo; nuestra propiedad es ser nosotros entera y eternamente de su Divino Corazón… ¡Venga a nos tu Reino!”.

Finalidad de la Legión: La Santificación Personal

Octubre 26, 2009

La Legión de María tiene por fin la santificación personal de sus propios miembros mediante la oración y la colaboración activa, bajo la dirección de la Jerarquía, a la obra de la Iglesia y de María de aplastar la cabeza de la serpiente infernal, y ensanchar las fronteras del reinado de Cristo.

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La importancia de la santificación

Dice San Luis María Grignion de Montfort en “El Secreto de María“:

“Alma, tú que eres imagen viviente de Dios (Gén 1,26) y has sido rescatada con la sangre preciosa de Jesucristo (1Pe 1,19), Dios quiere que te hagas santa como Él (Mt 5,48) en esta vida y que participes en su gloria por la eternidad.

Tu verdadera vocación consiste en adquirir la santidad de Dios. A ello debes orientar todos tus pensamientos, palabras y acciones, tus sufrimientos y las aspiraciones todas de tu vida.

De lo contrario, haces resistencia a Dios, por no realizar aquello para lo cual te ha creado y te conserva la vida.

¡Oh! ¡Qué obra tan maravillosa! ¡El polvo se vuelve luz, la fealdad resplandor, el pecado santidad, la creatura se transforma en su Creador y el hombre en Dios! ¡Sí, qué obra tan maravillosa!, lo repito. Pero difícil en sí. Más aún, imposible al ser humano abandonado a sus fuerzas. Sólo Dios con su gracia, y gracia abundante y extraordinaria, puede realizar con éxito semejante empresa; la creación del universo no es una obra maestra tan excelente como ésta…

¿Cómo lo vas a lograr? ¿Qué medios vas a escoger para llegar a la perfección a la que Dios te llama? Todo mundo conoce los medios de salvación y santificación; el Evangelio los consigna, los maestros de la vida espiritual los explican, los santos los llevan a la práctica. Son necesarios a cuantos quieren salvarse y alcanzar la perfección. Y consisten en la humildad de corazón, la oración continua, la mortificación universal, el abandono a la Providencia y la conformidad con la voluntad de Dios.

Para poner en práctica todos estos medios de salvación y santificación, necesitas absolutamente de la gracia y los auxilios divinos. Que -¿quién lo duda?- se conceden a todos, aunque en diversa medida. Digo esto porque, no obstante ser Dios infinitamente bueno, no da a todos su gracia con la misma intensidad (Rom 12,6). Pero da a cada uno la suficiente. Con fidelidad a una gracia mayor, realizarás grandes acciones; a una gracia menor, las realizarás limitadas. El precio y la excelencia de la gracia dada por Dios y acogida por el hombre aquilatan el precio y excelencia de nuestras acciones. Estos son principios incontestables.

Todo se reduce, pues, a encontrar un medio sencillo para alcanzar de Dios la gracia necesaria para hacernos santos. Yo te lo quiero enseñar. Y es que para encontrar la gracia, hay que encontrar a María.”

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¿Por qué María?

Porque:

1-Sólo María halló gracia delante de Dios (Lc 1,30), tanto para sí como para todos y cada uno de los hombres, a diferencia de los patriarcas y profetas y todos los santos del Antiguo Testamento, que no pudieron encontrarla.

2-María dio el ser y la vida humana al Autor de toda gracia. Por esto se la llama la Madre de la gracia.

3-Dios Padre, fuente única de todo don perfecto (Sant 1,17) y de toda gracia, al darle su propio Hijo, le entregó a María todas las gracias. De suerte que -como dice san Bernardo- en Cristo y con Cristo el Padre le ha entregado hasta su propia voluntad.

4-Dios la escogió como tesorera, administradora y distribuidora de todas sus gracias. De suerte que Él comunica su vida y sus dones a los hombres, con la colaboración de María. Y, según el poder que Ella ha recibido de Dios –en expresión de san Bernardino–, reparte a quien quiere, como quiere, cuando quiere y cuanto quiere de las gracias del Padre, de las virtudes del Hijo y de los dones del Espíritu Santo.

5- Así como en el orden natural, todo niño debe tener un padre y una madre, del mismo modo, en el orden de la gracia, todo verdadero hijo de la Iglesia debe tener a Dios por Padre y a María por Madre. Y quien se jacte de tener a
Dios por Padre, pero no demuestre para con María la ternura y el cariño de un verdadero hijo, no será más que un impostor, cuyo padre es el demonio …

6.  María ha formado a Jesucristo, Cabeza de los predestinados. Ella debe, por tanto, formar también a los miembros de esta Cabeza que son los verdaderos cristianos.

7.  El Espíritu Santo se desposó con María, y en Ella, por Ella y de Ella produjo su obra maestra que es Jesucristo, la Palabra encarnada. Y dado que no la ha repudiado jamás, continúa produciendo todos los días a los predestinados en Ella y por Ella, de manera real, aunque misteriosa.

8.  María ha recibido de Dios un dominio especial sobre los predestinados para alimentarlos y hacerlos crecer en Jesucristo. San Agustín llega a decir que en este mundo todos los predestinados se hallan encerrados en el seno de María y que nacen definitivamente sólo cuando esta Madre bondadosa los da a luz para la vida eterna. De modo que, así como un niño saca todo su alimento de la madre, que se lo da proporcionado a su debilidad, del mismo modo los predestinados sacan todo su alimento y fuerza espirituales de María.

9. San Agustín llama a María molde viviente de Dios.Y, en efecto, lo es. Quiero decir que sólo en Ella se formó Dios como hombre perfecto, sin faltarle rasgo alguno de la divinidad, y que sólo en Ella se transforma el hombre perfectamente en Dios por la gracia de Jesucristo, en cuanto lo permite la naturaleza humana.

Alma querida, hay una gran diferencia entre un cristiano formado en Jesucristo por los medios corrientes y que -como los escultores- se apoya en su habilidad personal, y otro enteramente dócil, desprendido y disponible, que, sin apoyarse en sí mismo, confía plenamente en María para ser plasmado en Ella por el Espíritu Santo. ¡Cuántas manchas, defectos, tinieblas, ilusiones, resabios naturales y humanos hay en el primero! ¡Cuán purificado, divino y semejante a Jesucristo es el segundo!

10- No hay ni habrá jamás creatura alguna -sin exceptuar a los ángeles y santos del cielo-, en donde Dios manifieste su gloria con tanta perfección como en María. Ella es el paraíso de Dios, su mundo inefable, donde el Hijo de Dios ha entrado para realizar obras portentosas, guardarlo y complacerse en él. Dios creó un mundo para el hombre peregrino: es la tierra; un mundo para el hombre glorificado: es el cielo; un mundo para sí mismo: es María.
Ella es un mundo desconocido a casi todos los mortales. Un misterio impenetrable aun para los mismos ángeles y santos del cielo, que, contemplando al Dios trascendente, lejano e inaccesible, tan escondido y oculto en su mundo que es la excelsa María, exclaman día y noche con religioso estupor: ¡santo!, ¡santo!, ¡santo! (Is 6,3). 

¡Feliz una y mil veces en esta vida, aquel a quien el Espíritu Santo descubre el secreto de María, para que lo conozca!

¡Feliz aquel que puede entrar en este jardín cerrado y beber a grandes tragos el agua viva de la gracia en esta fuente sellada! (Cant 4,12 ).

En esta creatura amabilísima sólo se hallará a Dios: un Dios, a la vez, infinitamente santo y trascendente, e infinitamente cercano y al alcance de nuestra debilidad. Ciertamente Dios está en todas partes -hasta en el infierno se le puede hallar-. Pero en ningún sitio se le puede encontrar tan cercano y al alcance de la debilidad humana como en María pues para esto bajó a Ella. En todas partes es el Pan de los fuertes y de los ángeles; en María, en cambio, es el Pan de los niños.

11- Que nadie se imagine, pues, como ciertos pretendidos iluminados, que María -por el hecho de ser creatura constituya un obstáculo para la unión con el Creador. Ya no vive María; Cristo, o mejor, Dios sólo, vive en Ella (Gál 2,20). Su transformación en Dios supera a la de san Pablo y a la de los demás santos más de cuanto se eleva el cielo sobre la tierra. María se halla totalmente orientada hacia Dios y cuanto más nos acercamos a Ella tanto más íntimamente nos une a El. María es el eco portentoso de Dios . Que cuando alguien grita “¡María!”, responde “¡Dios!”; y, cuando -con santa Isabel- la proclamamos dichosa, responde glorificando a Dios (Lc 1,45-47).
Si los falsos iluminados, a quienes el demonio engaña tan miserablemente, incluso en la oración, hubiesen encontrado a María, y por María a Jesús, y por Jesús al Padre, no hubieran sufrido tan lamentables caídas. Una vez hayas encontrado a María, y por María a Jesús, y por Jesús al Padre, habrás encontrado –como dicen los santos– todos los bienes, sin excepción alguna, toda la gracia y amistad de Dios, la plena seguridad contra los enemigos de Dios, la verdad completa para combatir el error, la facilidad absoluta y la victoria definitiva en las dificultades que hay en el camino de la salvación, la dulzura y el gozo colmados en las amarguras de la vida.

12. No quiere decir esto que cuando hayas encontrado a María por una actitud de verdadero consagrado a Ella, vivas exento de cruces y sufrimientos. ¡Al contrario!
Tendrás que sufrir más que los demás. Porque María, la Madre de los vivientes, hace partícipes a sus hijos del Arbol de la vida, que es la cruz de Jesucristo. Pero, al repartirles grandes cruces les comunica también la gracia de cargarlas con paciencia y hasta con alegría. Ella, en efecto, endulza las cruces que da a los suyos y las convierte –por decirlo así– en golosinas o cruces almibaradas. Y si por algún tiempo estos amigos de Dios deben necesariamente beber el cáliz de la amargura, el consuelo y la alegría que reciben de su bondadosa Madre -después de la tristeza-, les animan inmensamente a cargar con cruces aún más pesadas y amargas.

Por lo tanto, para hacerse santo es necesaria una verdadera devoción a María.  El secreto consiste, pues, en encontrar de verdad a la excelsa María para hallar la abundancia de todas las gracias.

Dios, dueño absoluto de todo, puede comunicar directamente lo que de ordinario sólo concede por medio de María. Más aún, negar que actúe así algunas veces sería temerario.

Pero, según el orden establecido por la divina Sabiduría –como dice santo Tomás–, Dios no se comunica de ordinario a los hombres, en el orden de la gracia, sino por medio de María.

***

 -Manual Oficial de la Legión de María. Publicado por el Concilium Legionis Mariae.

- San Luis María Grignion de Montfort: El secreto de María.

Novena en sufragio de las Ánimas del Purgatorio

Octubre 25, 2009

Por la señal, etc.

Señor mío Jesucristo, etc.

I. Señor mío Jesucristo, por la inmensa caridad que os trajo al mundo encarnando en el seno de una Virgen por amor de las almas, os ruego que socorráis el estado de las que ha largo tiempo se hallan sufriendo, y entre ellas especialmente os suplico que socorráis a la más necesitada. – Padre nuestro… Ave… Gloria.

II. Señor mío Jesucristo, por la inefable caridad que os obligó a nacer en un establo por amor de las almas, os ruego que socorráis el estado de las que se encuentran ha poco tiempo ardiendo en aquellas llamas, y especialmente la última que ha entrado y padece sobre todas las demás. – Padre Nuestro, etc.

III. Señor mío Jesucristo, por la infinita caridad que os hizo experimentar tantos trabajos en el mundo por amor de las almas, os suplico que socorráis el estado de las que más olvidadas se encuentran en el Purgatorio, y especialmente la que entre todas lo esté más.- Padre nuestro, etc.

IV. Señor mío Jesucristo, por la incomprensible caridad que os condujo a predicar con tantos portentos y milagros la verdadera fe en el mundo por amor de las almas, os ruego que socorráis el estado de las condenadas por vuestra justicia a mayores penas y por más tiempo en el Purgatorio, especialmente por la que ahora experimenta con más rigor vuestro terrible castigo. – Padre nuestro, etc.

V. Señor mío Jesucristo, por la ardentísima caridad que os llevó a ser maltratado, vituperado y condenado por amor de las almas, os ruego que socorráis el estado de las más próximas a salir del Purgatorio, especialmente la que con este sufragio pueda verse libre. – Padre nuestro, etc.

VI. Señor mío Jesucristo, por la caridad inexplicable que os condujo a ser azotado y coronado de espinas por amor de las almas, os suplico que socorráis el estado de las más santas y a mayor gloria destinadas, especialmente la que os sea más querida. -Padre nuestro, etc.

VII. Señor mío Jesucristo, por la caridad infinita que os llevó a morir sobre una cruz por el amor de las almas, os ruego que socorráis el estado de aquella a que estoy más obligado, especialmente a la que Vos conocéis que siento más inclinación. Padre nuestro, etc.

V. De la puerta del infierno.

R. Libra, Señor su alma.

V. Descansen en paz. R.Amén.

V. Oye, Señor, mi oración.

R. Y lleguen a Ti mis clamores.

ORACIÓN

¡Oh Dios, Creador y Redentor de todos los fieles! Conceded a las almas de vuestros siervos y siervas la remisión de todos sus pecados, para que, por las piadosas oraciones de vuestra Iglesia, consigan la indulgencia y el perdón que siempre desearon. Amén.

Tomada de: Camino de Salvación. Devocionario selecto y universal. R. P. Anastasio García de las escuelas pías. Casa Editorial Saturnino Calleja-Fernandez. Madrid.

Himno a Cristo Rey

Octubre 25, 2009

A Ti, oh Príncipe de los siglos; a Ti, oh Cristo Rey de las Gentes; a Ti te confesamos unico Señor de las inteligencias y de los corazones.

Una turba criminal vocifera: “¡No queremos que reine Cristo!” Pero nosotros, con nuestras ovaciones, te proclamamos Rey supremo.

¡Oh Cristo, Príncipe de Paz! Somete a las almas rebeldes; y a los extraviados reúnelos con tu amor en un sólo redil

Para eso estás colgado de un árbol sangriento con los brazos abiertos, y muestras tu Corazón por cruel lanza traspasado y ardiendo de amor.

Para eso te ocultas en los altares bajo la figura de vino y de pan, derramando la salvación para tus hijos por tu traspasado pecho.

A Ti los que mandan en las naciones te ensalcen con públicos honores, te honren los maestros y los jueces, te reproduzcan las leyes  y las artes.

Las insignias regias sumisas, a Ti se dediquen; y somete a tu suave cetro la patria y las casas de los ciudadanos.

¡Oh Jesús! A ti sea la gloria, que repartes los cetros del mundo, con el Padre y el Espíritu Santo en los siglos infinitos. Amén.

V. Se dilatará su imperio.

R. Y la paz no tendrá fin.

(Tomado de la II Vísperas de la Fiesta de N.S. Jesucristo Rey) 

Consagración del género humano al Sagrado Corazón de Jesús

Octubre 25, 2009

(para ser rezada en la Fiesta de N.S. Jesucristo Rey)

Dulcísimo Jesús, Redentor del género humano, miradnos humildemente postrados delante de vuestro altar: vuestros somos y vuestros queremos ser: y afin de poder vivir más estrechamente unidos con Vos, todos y cada uno espontáneamente nos consagramos en este día a vuestro Sacratísimo Corazón.

Muchos, por desgracia, jamás os han conocido: muchos, despreciando vuestros mandamientos, os han desechado. Oh Jesús benignísimo, compadeceos de los unos y de los otros, y atraedlos a todos a vuestro Corazón santísimo.

Oh Señor, sed Rey, no sólo de los hijos fieles que jamás se han alejado de Vos, sino también de los pródigos que os han abandonado; haced que vuelvan pronto a la casa paterna, porque no perezcan de hambre y de miseria.

Sed Rey de aquellos que, por seducción del error o por espíritu de discordia, viven separados de Vos: devolvedlos al puerto de la verdad y a la unidad de la fe, para que en breve se forme un solo rebaño bajo un solo Pastor.

Sed Rey de los que permanecen todavía envueltos en las tinieblas de la idolatría o del Islamismo; dignaos atraerlos a todos a la luz de vuestro reino.

Mirad finalmente con ojos de misericordia a los hijos de aquel pueblo que en otro tiempo fue vuestro predilecto; descienda también sobre ellos bautismo de redención y de vida, la Sangre que un día contra sí reclamaron.

Conceded, oh Señor, incolumidad y libertad segura a vuestra Iglesia; otorgad a todos los pueblos la tranquilidad en el orden; haced que del uno al otro confin de la tierra no resuene sino esta voz: “Alabado sea el Corazón Divino, causa de nuestra salud; a El se entonen cánticos de honor y de gloria por los siglos de los siglos. Así sea.

Sobre la Fiesta de Cristo Rey

Octubre 24, 2009

Carta Encíclica Quas Primas del Sumo Pontífice Pio XI sobre la Fiesta de Cristo Rey

En la primera encíclica, que al comenzar nuestro Pontificado enviamos a todos los obispos del orbe católico, analizábamos las causas supremas de las calamidades que veíamos abrumar y afligir al género humano.

Y en ella proclamamos Nos claramente no sólo que este cúmulo de males había invadido la tierra, porque la mayoría de los hombres se habían alejado de Jesucristo y de su ley santísima, así en su vida y costumbres como en la familia y en la gobernación del Estado, sino también que nunca resplandecería una esperanza cierta de paz verdadera entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negasen y rechazasen el imperio de nuestro Salvador.

La «paz de Cristo en el reino de Cristo»

1. Por lo cual, no sólo exhortamos entonces a buscar la paz de Cristo en el reino de Cristo, sino que, además, prometimos que para dicho fin haríamos todo cuanto posible nos fuese. En el reino de Cristo, dijimos: pues estábamos persuadidos de que no hay medio más eficaz para restablecer y vigorizar la paz que procurar la restauración del reinado de Jesucristo.

2. Entre tanto, no dejó de infundirnos sólida, esperanza de tiempos mejores la favorable actitud de los pueblos hacia Cristo y su Iglesia, única que puede salvarlos; actitud nueva en unos, reavivada en otros, de donde podía colegirse que muchos que hasta entonces habían estado como desterrados del reino del Redentor, por haber despreciado su soberanía, se preparaban felizmente y hasta se daban prisa en volver a sus deberes de obediencia.

Y todo cuanto ha acontecido en el transcurso del Año Santo, digno todo de perpetua memoria y recordación, ¿acaso no ha redundado en indecible honra y gloria del Fundador de la Iglesia, Señor y Rey Supremo?

«Año Santo»

3. Porque maravilla es cuánto ha conmovido a las almas la Exposición Misional, que ofreció a todos el conocer bien ora el infatigable esfuerzo de la Iglesia en dilatar cada vez más el reino de su Esposo por todos los continentes e islas —aun, de éstas, las de mares los más remotos—, ora el crecido número de regiones conquistadas para la fe católica por la sangre y los sudores de esforzadísimos e invictos misioneros, ora también las vastas regiones que todavía quedan por someter a la suave y salvadora soberanía de nuestro Rey.

Además, cuantos —en tan grandes multitudes— durante el Año Santo han venido de todas partes a Roma guiados por sus obispos y sacerdotes, ¿qué otro propósito han traído sino postrarse, con sus almas purificadas, ante el sepulcro de los apóstoles y visitarnos a Nos para proclamar que viven y vivirán sujetos a la soberanía de Jesucristo?

4. Como una nueva luz ha parecido también resplandecer este reinado de nuestro Salvador cuando Nos mismo, después de comprobar los extraordinarios méritos y virtudes de seis vírgenes y confesores, los hemos elevado al honor de los altares, ¡Oh, cuánto gozo y cuánto consuelo embargó nuestra alma cuando, después de promulgados por Nos los decretos de canonización, una inmensa muchedumbre de fieles, henchida de gratitud, cantó el Tu, Rex gloriae Christe en el majestuoso templo de San Pedro!

Y así, mientras los hombres y las naciones, alejados de Dios, corren a la ruina y a la muerte por entre incendios de odios y luchas fratricidas, la Iglesia de Dios, sin dejar nunca de ofrecer a los hombres el sustento espiritual, engendra y forma nuevas generaciones de santos y de santas para Cristo, el cual no cesa de levantar hasta la eterna bienaventuranza del reino celestial a cuantos le obedecieron y sirvieron fidelísimamente en el reino de la tierra.

5. Asimismo, al cumplirse en el Año Jubilar el XVI Centenario del concilio de Nicea, con tanto mayor gusto mandamos celebrar esta fiesta, y la celebramos Nos mismo en la Basílica Vaticana, cuanto que aquel sagrado concilio definió y proclamó como dogma de fe católica la consustancialidad del Hijo Unigénito con el Padre, además de que, al incluir las palabras cuyo reino no tendrá fin en su Símbolo o fórmula de fe, promulgaba la real dignidad de Jesucristo.

Habiendo, pues, concurrido en este Año Santo tan oportunas circunstancias para realzar el reinado de Jesucristo, nos parece que cumpliremos un acto muy conforme a nuestro deber apostólico si, atendiendo a las súplicas elevadas a Nos, individualmente y en común, por muchos cardenales, obispos y fieles católicos, ponemos digno fin a este Año Jubilar introduciendo en la sagrada liturgia una festividad especialmente dedicada a Nuestro Señor Jesucristo Rey. Y ello de tal modo nos complace, que deseamos, venerables hermanos, deciros algo acerca del asunto. A vosotros toca acomodar después a la inteligencia del pueblo cuanto os vamos a decir sobre el culto de Cristo Rey; de esta suerte, la solemnidad nuevamente instituida producirá en adelante, y ya desde el primer momento, los más variados frutos.

I. LA REALEZA DE CRISTO

6. Ha sido costumbre muy general y antigua llamar Rey a Jesucristo, en sentido metafórico, a causa del supremo grado de excelencia que posee y que le encumbra entre todas las cosas creadas. Así, se dice que reina en las inteligencias de los hombres, no tanto por el sublime y altísimo grado de su ciencia cuanto porque El es la Verdad y porque los hombres necesitan beber de El y recibir obedientemente la verdad. Se dice también que reina en las voluntades de los hombres, no sólo porque en El la voluntad humana está entera y perfectamente sometida a la santa voluntad divina, sino también porque con sus mociones e inspiraciones influye en nuestra libre voluntad y la enciende en nobilísimos propósitos. Finalmente, se dice con verdad que Cristo reina en los corazones de los hombres porque, con su supereminente caridad(1) y con su mansedumbre y benignidad, se hace amar por las almas de manera que jamás nadie —entre todos los nacidos— ha sido ni será nunca tan amado como Cristo Jesús. Mas, entrando ahora de lleno en el asunto, es evidente que también en sentido propio y estricto le pertenece a Jesucristo como hombre el título y la potestad de Rey; pues sólo en cuanto hombre se dice de El que recibió del Padre la potestad, el honor y el reino(2); porque como Verbo de Dios, cuya sustancia es idéntica a la del Padre, no puede menos de tener común con él lo que es propio de la divinidad y, por tanto, poseer también como el Padre el mismo imperio supremo y absolutísimo sobre todas las criaturas.

a) En el Antiguo Testamento

7. Que Cristo es Rey, lo dicen a cada paso las Sagradas Escrituras.

Así, le llaman el dominador que ha de nacer de la estirpe de Jacob(3); el que por el Padre ha sido constituido Rey sobre el monte santo de Sión y recibirá las gentes en herencia y en posesión los confines de la tierra(4). El salmo nupcial, donde bajo la imagen y representación de un Rey muy opulento y muy poderoso se celebraba al que había de ser verdadero Rey de Israel, contiene estas frases: El trono tuyo, ¡oh Dios!, permanece por los siglos de los siglos; el cetro de su reino es cetro de rectitud(5). Y omitiendo otros muchos textos semejantes, en otro lugar, como para dibujar mejor los caracteres de Cristo, se predice que su reino no tendrá límites y estará enriquecido con los dones de la justicia y de la paz: Florecerá en sus días la justicia y la abundancia de paz… y dominará de un mar a otro, y desde el uno hasta el otro extrema del orbe de la tierra(6).

8. A este testimonio se añaden otros, aún más copiosos, de los profetas, y principalmente el conocidísimo de Isaías: Nos ha nacido un Párvulo y se nos ha dado un Hijo, el cual lleva sobre sus hombros el principado; y tendrá por nombre el Admirable, el Consejero, Dios, el Fuerte, el Padre del siglo venidero, el Príncipe de Paz. Su imperio será amplificado y la paz no tendrá fin; se sentará sobre el solio de David, y poseerá su reino para afianzarlo y consolidarlo haciendo reinar la equidad y la justicia desde ahora y para siempre(7). Lo mismo que Isaías vaticinan los demás profetas. Así Jeremías, cuando predice que de la estirpe de David nacerá el vástago justo, que cual hijo de David reinará como Rey y será sabio y juzgará en la tierra(8). Así Daniel, al anunciar que el Dios del cielo fundará un reino, el cual no será jamás destruido…, permanecerá eternamente(9); y poco después añade: Yo estaba observando durante la visión nocturna, y he aquí que venía entre las nubes del cielo un personaje que parecía el Hijo del Hombre; quien se adelantó hacia el Anciano de muchos días y le presentaron ante El. Y diole éste la potestad, el honor y el reino: Y todos los pueblos, tribus y lenguas le servirán: la potestad suya es potestad eterna, que no le será quitada, y su reino es indestructible(10). Aquellas palabras de Zacarías donde predice al Rey manso que, subiendo sobre una asna y su pollino, había de entrar en Jerusalén, como Justo y como Salvador, entre las aclamaciones de las turbas(11), ¿acaso no las vieron realizadas y comprobadas los santos evangelistas?

b) En el Nuevo Testamento

9. Por otra parte, esta misma doctrina sobre Cristo Rey que hemos entresacado de los libros del Antiguo Testamento, tan lejos está de faltar en los del Nuevo que, por lo contrario, se halla magnífica y luminosamente confirmada.

En este punto, y pasando por alto el mensaje del arcángel, por el cual fue advertida la Virgen que daría a luz un niño a quien Dios había de dar el trono de David su padre y que reinaría eternamente en la casa de Jacob, sin que su reino tuviera jamás fin(12), es el mismo Cristo el que da testimonio de su realeza, pues ora en su último discurso al pueblo, al hablar del premio y de las penas reservadas perpetuamente a los justos y a los réprobos; ora al responder al gobernador romano que públicamente le preguntaba si era Rey; ora, finalmente, después de su resurrección, al encomendar a los apóstoles el encargo de enseñar y bautizar a todas las gentes, siempre y en toda ocasión oportuna se atribuyó el título de Rey(13) y públicamente confirmó que es Rey(14), y solemnemente declaró que le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra(15). Con las cuales palabras, ¿qué otra cosa se significa sino la grandeza de su poder y la extensión infinita de su reino? Por lo tanto, no es de maravillar que San Juan le llame Príncipe de los reyes de la tierra(16), y que El mismo, conforme a la visión apocalíptica, lleve escrito en su vestido y en su muslo: Rey de Reyes y Señor de los que dominan(17). Puesto que el Padre constituyó a Cristo heredero universal de todas las cosas(18), menester es que reine Cristo hasta que, al fin de los siglos, ponga bajo los pies del trono de Dios a todos sus enemigos(19).

c) En la Liturgia

10. De esta doctrina común a los Sagrados Libros, se siguió necesariamente que la Iglesia, reino de Cristo sobre la tierra, destinada a extenderse a todos los hombres y a todas las naciones, celebrase y glorificase con multiplicadas muestras de veneración, durante el ciclo anual de la liturgia, a su Autor y Fundador como a Soberano Señor y Rey de los reyes.

Y así como en la antigua salmodia y en los antiguos Sacramentarios usó de estos títulos honoríficos que con maravillosa variedad de palabra expresan el mismo concepto, así también los emplea actualmente en los diarios actos de oración y culto a la Divina Majestad y en el Santo Sacrificio de la Misa. En esta perpetua alabanza a Cristo Rey descúbrese fácilmente la armonía tan hermosa entre nuestro rito y el rito oriental, de modo que se ha manifestado también en este caso que la ley de la oración constituye la ley de la creencia.

d) Fundada en la unión hipostática

11. Para mostrar ahora en qué consiste el fundamento de esta dignidad y de este poder de Jesucristo, he aquí lo que escribe muy bien San Cirilo de Alejandría: Posee Cristo soberanía sobre todas las criaturas, no arrancada por fuerza ni quitada a nadie, sino en virtud de su misma esencia y naturaleza(20). Es decir, que la soberanía o principado de Cristo se funda en la maravillosa unión llamada hipostática. De donde se sigue que Cristo no sólo debe ser adorado en cuanto Dios por los ángeles y por los hombres, sino que, además, los unos y los otros están sujetos a su imperio y le deben obedecer también en cuanto hombre; de manera que por el solo hecho de la unión hipostática, Cristo tiene potestad sobre todas las criaturas.

e) Y en la redención

12. Pero, además, ¿qué cosa habrá para nosotros más dulce y suave que el pensamiento de que Cristo impera sobre nosotros, no sólo por derecho de naturaleza, sino también por derecho de conquista, adquirido a costa de la redención? Ojalá que todos los hombres, harto olvidadizos, recordasen cuánto le hemos costado a nuestro Salvador. Fuisteis rescatados no con oro o plata, que son cosas perecederas, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un Cordero Inmaculado y sin tacha(21). No somos, pues, ya nuestros, puesto que Cristo nos ha comprado por precio grande(22); hasta nuestros mismos cuerpos son miembros de Jesucristo(23).

II. CARÁCTER DE LA REALEZA DE CRISTO

a) Triple potestad

13. Viniendo ahora a explicar la fuerza y naturaleza de este principado y soberanía de Jesucristo, indicaremos brevemente que contiene una triple potestad, sin la cual apenas se concibe un verdadero y propio principado. Los testimonios, aducidos de las Sagradas Escrituras, acerca del imperio universal de nuestro Redentor, prueban más que suficientemente cuanto hemos dicho; y es dogma, además, de fe católica, que Jesucristo fue dado a los hombres como Redentor, en quien deben confiar, y como legislador a quien deben obedecer(24). Los santos Evangelios no sólo narran que Cristo legisló, sino que nos lo presentan legislando. En diferentes circunstancias y con diversas expresiones dice el Divino Maestro que quienes guarden sus preceptos demostrarán que le aman y permanecerán en su caridad(25). El mismo Jesús, al responder a los judíos, que le acusaban de haber violado el sábado con la maravillosa curación del paralítico, afirma que el Padre le había dado la potestad judicial, porque el Padre no juzga a nadie, sino que todo el poder de juzgar se lo dio al Hijo(26). En lo cual se comprende también su derecho de premiar y castigar a los hombres, aun durante su vida mortal, porque esto no puede separarse de una forma de juicio. Además, debe atribuirse a Jesucristo la potestad llamada ejecutiva, puesto que es necesario que todos obedezcan a su mandato, potestad que a los rebeldes inflige castigos, a los que nadie puede sustraerse.

b) Campo de la realeza de Cristo

a) En Lo espiritual

14. Sin embargo, los textos que hemos citado de la Escritura demuestran evidentísimamente, y el mismo Jesucristo lo confirma con su modo de obrar, que este reino es principalrnente espiritual y se refiere a las cosas espirituales. En efeeto, en varias ocasiones, cuando los judíos, y aun los mismos apóstoles, imaginaron erróneamente que el Mesías devolvería la libertad al pueblo y restablecería el reino de Israel, Cristo les quitó y arrancó esta vana imaginación y esperanza. Asimisrno, cuando iba a ser proclamado Rey por la muchedumbre, que, llena de admiración, le rodeaba, El rehusó tal títuto de honor huyendo y escondiéndose en la soledad. Finalmente, en presencia del gobernador romano manifestó que su reino no era de este mundo. Este reino se nos muestra en los evangelios con tales caracteres, que los hombres, para entrar en él, deben prepararse haciendo penitencia y no pueden entrar sino por la fe y el bautismo, el cual, aunque sea un rito externo, significa y produce la regeneración interior. Este reino únicamente se opone al reino de Satanás y a la potestad de las tinieblas; y exige de sus súbditos no sólo que, despegadas sus almas de las cosas y riquezas terrenas, guarden ordenadas costumbres y tengan hambre y sed de justicia, sino también que se nieguen a sí mismos y tomen su cruz. Habiendo Cristo, como Redentor, rescatado a la Iglesia con su Sangre y ofreciéndose a sí mismo, como Sacerdote y como Víctima, por los pecados del mundo, ofrecimiento que se renueva cada día perpetuamente, ¿quién no ve que la dignidad real del Salvador se reviste y participa de la naturaleza espiritual de ambos oficios?

b) En lo temporal

15. Por otra parte, erraría gravemente el que negase a Cristo-Hombre el poder sobre todas las cosas humanas y temporales, puesto que el Padre le confiríó un derecho absolutísimo sobre las cosas creadas, de tal suerte que todas están sometidas a su arbitrio. Sin embargo de ello, mientras vivió sobre la tierra se abstuvo enteramente de ejercitar este poder, y así como entonces despreció la posesión y el cuidado de las cosas humanas, así también permitió, y sigue permitiendo, que los poseedores de ellas las utilicen.

Acerca de lo cual dice bien aquella frase: No quita los reinos mortales el que da los celestiales(27). Por tanto, a todos los hombres se extiende el dominio de nuestro Redentor, como lo afirman estas palabras de nuestro predecesor, de feliz memoria, León XIII, las cuales hacemos con gusto nuestras: El imperio de Cristo se extiende no sólo sobre los pueblos católicos y sobre aquellos que habiendo recibido el bautismo pertenecen de derecho a la Iglesia, aunque el error los tenga extraviados o el cisma los separe de la caridad, sino que comprende también a cuantos no participan de la fe cristiana, de suerte que bajo la potestad de Jesús se halla todo el género humano(28).

c) En los individuos y en la sociedad

16. El es, en efecto, la fuente del bien público y privado. Fuera de El no hay que buscar la salvación en ningún otro; pues no se ha dado a los hombres otro nombre debajo del cielo por el cual debamos salvarnos(29).

El es sólo quien da la prosperidad y la felicidad verdadera, así a los individuos como a las naciones: porque la felicidad de la nación no procede de distinta fuente que la felicidad de los ciudadanos, pues la nación no es otra cosa que el conjunto concorde de ciudadanos(30). No se nieguen, pues, los gobernantes de las naciones a dar por sí mismos y por el pueblo públicas muestras de veneración y de obediencia al imperio de Cristo si quieren conservar incólume su autoridad y hacer la felicidad y la fortuna de su patria. Lo que al comenzar nuestro pontificado escribíamos sobre el gran menoscabo que padecen la autoridad y el poder legítimos, no es menos oportuno y necesario en los presentes tiempos, a saber: «Desterrados Dios y Jesucristo —lamentábamos— de las leyes y de la gobernación de los pueblos, y derivada la autoridad, no de Dios, sino de los hombres, ha sucedido que… hasta los mismos fundamentos de autoridad han quedado arrancados, una vez suprimida la causa principal de que unos tengan el derecho de mandar y otros la obligación de obedecer. De lo cual no ha podido menos de seguirse una violenta conmoción de toda la humana sociedad privada de todo apoyo y fundamento sólido»(31).

17. En cambio, si los hombres, pública y privadamente, reconocen la regia potestad de Cristo, necesariamente vendrán a toda la sociedad civil increíbles beneficios, como justa libertad, tranquilidad y disciplina, paz y concordia. La regia dignidad de Nuestro Señor, así como hace sacra en cierto modo la autoridad humana de los jefes y gobernantes del Estado, así también ennoblece los deberes y la obediencia de los súbditos. Por eso el apóstol San Pablo, aunque ordenó a las casadas y a los siervos que reverenciasen a Cristo en la persona de sus maridos y señores, mas también les advirtió que no obedeciesen a éstos como a simples hombres, sino sólo como a representantes de Cristo, porque es indigno de hombres redimidos por Cristo servir a otros hombres: Rescatados habéis sido a gran costa; no queráis haceros siervos de los hombres(32).

18. Y si los príncípes y los gobernantes legítimamente elegidos se persuaden de que ellos mandan, más que por derecho propio por mandato y en representación del Rey divino, a nadie se le ocultará cuán santa y sabiamente habrán de usar de su autoridad y cuán gran cuenta deberán tener, al dar las leyes y exigir su cumplimiento, con el bien común y con la dignidad humana de sus inferiores. De aquí se seguirá, sin duda, el florecimiento estable de la tranquilidad y del orden, suprimida toda causa de sedición; pues aunque el ciudadano vea en el gobernante o en las demás autoridades públicas a hombres de naturaleza igual a la suya y aun indignos y vituperables por cualquier cosa, no por eso rehusará obedecerles cuando en ellos contemple la imagen y la autoridad de Jesucristo, Dios y hombre verdadero.

19. En lo que se refiere a la concordia y a la paz, es evidente que, cuanto más vasto es el reino y con mayor amplitud abraza al género humano, tanto más se arraiga en la conciencia de los hombres el vínculo de fraternidad que los une. Esta convicción, así como aleja y disipa los conflictos frecuentes, así también endulza y disminuye sus amarguras. Y si el reino de Cristo abrazase de hecho a todos los hombres, como los abraza de derecho, ¿por qué no habríamos de esperar aquella paz que el Rey pacífico trajo a la tierra, aquel Rey que vino para reconciliar todas las cosas; que no vino a que le sirviesen, sino a servir; que siendo el Señor de todos, se hizo a sí mismo ejemplo de humildad y estableció como ley principal esta virtud, unida con el mandato de la caridad; que, finalmente dijo: Mi yugo es suave y mi carga es ligera.

¡Oh, qué felicidad podríamos gozar si los individuos, las familias y las sociedades se dejaran gobernar por Cristo! Entonces verdaderamente —diremos con las mismas palabras de nuestro predecesor León XIII dirigió hace veinticinco años a todos los obispos del orbe católico—, entonces se podrán curar tantas heridas, todo derecho recobrará su vigor antiguo, volverán los bienes de la paz, caerán de las manos las espadas y las armas, cuando todos acepten de buena voluntad el imperio de Cristo, cuando le obedezcan, cuando toda lengua proclame que Nuestro Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre(33).

III. LA FIESTA DE JESUCRISTO REY

20. Ahora bien: para que estos inapreciables provechos se recojan más abundantes y vivan estables en la sociedad cristiana, necesario es que se propague lo más posible el conocimiento de la regia dignidad de nuestro Salvador, para lo cual nada será más dtcaz que instituir la festividad propia y peculiar de Cristo Rey.

Las fiestas de la Iglesia

Porque para instruir al pueblo en las cosas de la fe y atraerle por medio de ellas a los íntimos goces del espíritu, mucho más eficacia tienen las fiestas anuales de los sagrados misterios que cualesquiera enseñanzas, por autorizadas que sean, del eclesiástico magisterio.

Estas sólo son conocidas, las más veces, por unos pocos fieles, más instruidos que los demás; aquéllas impresionan e instruyen a todos los fieles; éstas —digámoslo así— hablan una sola vez, aquéllas cada año y perpetuamente; éstas penetran en las inteligencias, a los corazones, al hombre entero. Además, como el hombre consta de alma y cuerpo, de tal manera le habrán de conmover necesariamente las solemnidades externas de los días festivos, que por la variedad y hermosura de los actos litúrgicos aprenderá mejor las divinas doctrinas, y convirtiéndolas en su propio jugo y sangre, aprovechará mucho más en la vida espiritual.

En el momento oportuno

21. Por otra parte, los documentos históricos demuestran que estas festividades fueron instituidas una tras otra en el transcurso de los siglos, conforme lo iban pidiendo la necesidad y utilidad del pueblo cristiano, esto es, cuando hacía falta robustecerlo contra un peligro común, o defenderlo contra los insidiosos errores de la herejía, o animarlo y encenderlo con mayor frecuencia para que conociese y venerase con mayor devoción algún misterio de la fe, o algún beneficio de la divina bondad. Así, desde los primeros siglos del cristianismo, cuando los fieles eran acerbísimamente perseguidos, empezó la liturgia a conmemorar a los mártires para que, como dice San Agustín, las festividades de los mártires fuesen otras tantas exhortaciones al martirio(34). Más tarde, los honores litúrgicos concedidos a los santos confesores, vírgenes y viudas sirvieron maravillosamente para reavivar en los fieles el amor a las virtudes, tan necesario aun en tiempos pacíficos. Sobre todo, las festividades instituidas en honor a la Santísima Virgen contribuyeron, sin duda, a que el pueblco cristiano no sólo enfervorizase su culto a la Madre de Dios, su poderosísima protectora, sino también a que se encendiese en más fuerte amor hacia la Madre celestial que el Redentor le había legado como herencia. Además, entre los beneficios que produce el público y legítimo culto de la Virgen y de los Santos, no debe ser pasado en silencio el que la Iglesia haya podido en todo tiempo rechazar victoriosamente la peste de los errores y herejías.

22. En este punto debemos admirar los designios de la divina Providencia, la cual, así como suele sacar bien del mal, así también permitió que se enfriase a veces la fe y piedad de los fieles, o que amenazasen a la verdad católica falsas doctrinas, aunque al cabo volvió ella a resplandecer con nuevo fulgor, y volvieron los fieles, despertados de su letargo, a enfervorizarse en la virtud y en la santidad. Asimismo, las festividades incluidas en el año litúrgico durante los tiempos modernos han tenido también el mismo origen y han producido idénticos frutos. Así, cuando se entibió la reverencia y culto al Santísimo Sacramento, entonces se instituyó la fiesta del Corpus Christi, y se mandó celebrarla de tal modo que la solemnidad y magnificencia litúrgicas durasen por toda la octava, para atraer a los fieles a que veneraran públicamente al Señor. Así también, la festividad del Sacratísimo Corazón de Jesús fue instituida cuando las almas, debilitadas y abatidas por la triste y helada severidad de los jansenistas, habíanse enfriado y alejado del amor de Dios y de la confianza de su eterna salvación.

Contra el moderno laicismo

23. Y si ahora mandamos que Cristo Rey sea honrado por todos los católicos del mundo, con ello proveeremos también a las necesidades de los tiempos presentes, y pondremos un remedio eficacísimo a la peste que hoy inficiona a la humana sociedad. Juzgamos peste de nuestros tiempos al llamado laicismo con sus errores y abominables intentos; y vosotros sabéis, venerables hermanos, que tal impiedad no maduró en un solo día, sino que se incubaba desde mucho antes en las entrañas de la sociedad. Se comenzó por negar el imperío de Cristo sobre todas las gentes; se negó a la Iglesia el derecho, fundado en el derecho del mismo Cristo, de enseñar al género humano, esto es, de dar leyes y de dirigir los pueblos para conducirlos a la eterna felicidad. Después, poco a poco, la religión cristiana fue igualada con las demás religiones falsas y rebajada indecorosamente al nivel de éstas. Se la sometió luego al poder civil y a la arbitraria permisión de los gobernantes y magistrados. Y se avanzó más: hubo algunos de éstos que imaginaron sustituir la religión de Cristo con cierta religión natural, con ciertos sentimientos puramente humanos. No faltaron Estados que creyeron poder pasarse sin Dios, y pusieron su religión en la impiedad y en el desprecio de Dios.

24. Los amarguísimos frutos que este alejarse de Cristo por parte de los individuos y de las naciones ha producido con tanta frecuencia y durante tanto tiempo, los hemos lamentado ya en nuestra encíclica Ubi arcano, y los volvemos hoy a lamentar, al ver el germen de la discordia sembrado por todas partes; encendidos entre los pueblos los odios y rivalidades que tanto retardan, todavía, el restablecimiento de la paz; las codicias desenfrenadas, que con frecuencia se esconden bajo las apariencias del bien público y del amor patrio; y, brotando de todo esto, las discordias civiles, junto con un ciego y desatado egoísmo, sólo atento a sus particulares provechos y comodidades y midiéndolo todo por ellas; destruida de raíz la paz doméstica por el olvido y la relajación de los deberes familiares; rota la unión y la estabilidad de las familias; y, en fin, sacudida y empujada a la muerte la humana sociedad.

La fiesta de Cristo Rey

25. Nos anima, sin embargo, la dulce esperanza de que la fiesta anual de Cristo Rey, que se celebrará en seguida, impulse felizmente a la sociedad a volverse a nuestro amadísimo Salvador. Preparar y acelerar esta vuelta con la acción y con la obra sería ciertamente deber de los católicos; pero muchos de ellos parece que no tienen en la llamada convivencia social ni el puesto ni la autoridad que es indigno les falten a los que llevan delante de sí la antorcha de la verdad. Estas desventajas quizá procedan de la apatía y timidez de los buenos, que se abstienen de luchar o resisten débilmente; con lo cual es fuerza que los adversarios de la Iglesia cobren mayor temeridad y audacia. Pero si los fieles todos comprenden que deben militar con infatigable esfuerzo bajo la bandera de Cristo Rey, entonces, inflamándose en el fuego del apostolado, se dedicarán a llevar a Dios de nuevo los rebeldes e ignorantes, y trabajarán animosos por mantener incólumes los derechos del Señor.

Además, para condenar y reparar de alguna manera esta pública apostasía, producida, con tanto daño de la sociedad, por el laicismo, ¿no parece que debe ayudar grandemente la celebración anual de la fiesta de Cristo Rey entre todas las gentes? En verdad: cuanto más se oprime con indigno silencio el nombre suavísimo de nuestro Redentor, en las reuniones internacionales y en los Parlamentos, tanto más alto hay que gritarlo y con mayor publicidad hay que afirmar los derechos de su real dignidad y potestad.

Continúa una tradición

26. ¿Y quién no echa de ver que ya desde fines del siglo pasado se preparaba maravillosamente el camino a la institución de esta festividad? Nadie ignora cuán sabia y elocuentemente fue defendido este culto en numerosos libros publicados en gran variedad de lenguas y por todas partes del mundo; y asimismo que el imperio y soberanía de Cristo fue reconocido con la piadosa práctica de dedicar y consagrar casi innumerables familias al Sacratísimo Corazón de Jesús. Y no solamente se consagraron las familias, sino también ciudades y naciones. Más aún: por iniciativa y deseo de León XIII fue consagrado al Divino Corazón todo el género humano durante el Año Santo de 1900.

27. No se debe pasar en silencio que, para confirmar solemnemente esta soberanía de Cristo sobre la sociedad humana, sirvieron de maravillosa manera los frecuentísimos Congresos eucarísticos que suelen celebrarse en nuestros tiempos, y cuyo fin es convocar a los fieles de cada una de las diócesis, regiones, naciones y aun del mundo todo, para venerar y adorar a Cristo Rey, escondido bajo los velos eucarísticos; y por medio de discursos en las asambleas y en los templos, de la adoración, en común, del augusto Sacramento públicamente expuesto y de solemnísimas procesiones, proclamar a Cristo como Rey que nos ha sido dado por el cielo. Bien y con razón podría decirse que el pueblo cristiano, movido como por una inspiración divina, sacando del silencio y como escondrijo de los templos a aquel mismo Jesús a quien los impíos, cuando vino al mundo, no quisieron recibir, y llevándole como a un triunfador por las vías públicas, quiere restablecerlo en todos sus reales derechos.

Coronada en el Año Santo

28. Ahora bien: para realizar nuestra idea que acabamos de exponer, el Año Santo, que toca a su fin, nos ofrece tal oportunidad que no habrá otra mejor; puesto que Dios, habiendo benignísimamente levantado la mente y el corazón de los fieles a la consideración de los bienes celestiales que sobrepasan el sentido, les ha devuelto el don de su gracia, o los ha confirmado en el camino recto, dándoles nuevos estímulos para emular mejores carismas. Ora, pues, atendamos a tantas súplicas como los han sido hechas, ora consideremos los acontecimientos del Año Santo, en verdad que sobran motivos para convencernos de que por fin ha llegado el día, tan vehementemente deseado, en que anunciemos que se debe honrar con fiesta propia y especial a Cristo como Rey de todo el género humano.

29. Porque en este año, como dijimos al principio, el Rey divino, verdaderamente admirable en sus santos, ha sido gloriosamente magnificado con la elevación de un nuevo grupo de sus fieles soldados al honor de los altares. Asimismo, en este año, por medio de una inusitada Exposición Misional, han podido todos admirar los triunfos que han ganado para Cristo sus obreros evangélicos al extender su reino. Finalmente, en este año, con la celebración del centenario del concilio de Nicea, hemos conmemorado la vindicación del dogma de la consustancialidad del Verbo encarnado con el Padre, sobre la cual se apoya como en su propio fundamento la soberanía del mismo Cristo sobre todos los pueblos.

Condición litúrgica de la fiesta

30. Por tanto, con nuestra autoridad apostólica, instituimos la fiesta de nuestro Señor Jesucristo Rey, y decretamos que se celebre en todas las partes de la tierra el último domingo de octubre, esto es, el domingo que inmediatamente antecede a la festividad de Todos los Santos. Asimismo ordenamos que en ese día se renueve todos los años la consagración de todo el género humano al Sacratísimo Corazón de Jesús, con la misma fórmula que nuestro predecesor, de santa memoria, Pío X, mandó recitar anualmente.

Este año, sin embargo, queremos que se renueve el día 31 de diciembre, en el que Nos mismo oficiaremos un solemne pontifical en honor de Cristo Rey, u ordenaremos que dicha consagración se haga en nuestra presencia. Creemos que no podemos cerrar mejor ni más convenientemente el Año Santo, ni dar a Cristo, Rey inmortal de los siglos, más amplio testimonio de nuestra gratitud —con lo cual interpretamos la de todos los católicos— por los beneficios que durante este Año Santo hemos recibido Nos, la Iglesia y todo el orbe católico.

31. No es menester, venerables hermanos, que os expliquemos detenidamente los motivos por los cuales hemos decretado que la festividad de Cristo Rey se celebre separadamente de aquellas otras en las cuales parece ya indicada e implícitamente solemnizada esta misma dignidad real. Basta advertir que, aunque en todas las fiestas de nuestro Señor el objeto material de ellas es Cristo, pero su objeto formal es enteramente distinto del título y de la potestad real de Jesucristo. La razón por la cual hemos querido establecer esta festividad en día de domingo es para que no tan sólo el clero honre a Cristo Rey con la celebración de la misa y el rezo del oficio divino, sino para que también el pueblo, libre de las preocupaciones y con espíritu de santa alegría, rinda a Cristo preclaro testimonio de su obediencia y devoción. Nos pareció también el último domingo de octubre mucho más acomodado para esta festividad que todos los demás, porque en él casi finaliza el año litúrgico; pues así sucederá que los misterios de la vida de Cristo, conmemorados en el transcurso del año, terminen y reciban coronamiento en esta solemnidad de Cristo Rey, y antes de celebrar la gloria de Todos los Santos, se celebrará y se exaltará la gloria de aquel que triunfa en todos los santos y elegidos. Sea, pues, vuestro deber y vuestro oficio, venerables hermanos, hacer de modo que a la celebración de esta fiesta anual preceda, en días determinados, un curso de predicación al pueblo en todas las parroquias, de manera que, instruidos cuidadosamente los fieles sobre la naturaleza, la significación e importancia de esta festividad, emprendan y ordenen un género de vida que sea verdaderamente digno de los que anhelan servir amorosa y fielmente a su Rey, Jesucristo.

Con los mejores frutos

32. Antes de terminar esta carta, nos place, venerables hermanos, indicar brevemente las utilidades que en bien, ya de la Iglesia y de la sociedad civil, ya de cada uno de los fieles esperamos y Nos prometemos de este público homenaje de culto a Cristo Rey.

a) Para la Iglesia

En efecto: tríbutando estos honores a la soberanía real de Jesucristo, recordarán necesariamente los hombres que la Iglesia, como sociedad perfecta instituida por Cristo, exige —por derecho propio e imposible de renuncíar— plena libertad e independencia del poder civil; y que en el cumplimiento del oficio encomendado a ella por Dios, de enseñar, regir y conducir a la eterna felicidad a cuantos pertenecen al Reino de Cristo, no pueden depender del arbitrio de nadie.

Más aún: el Estado debe también conceder la misma libertad a las órdenes y congregaciones religiosas de ambos sexos, las cuales, siendo como son valiosísimos auxiliares de los pastores de la Iglesia, cooperan grandemente al establecimiento y propagación del reino de Cristo, ya combatiendo con la observación de los tres votos la triple concupiscencia del mundo, ya profesando una vida más perfecta, merced a la cual aquella santidad que el divino Fundador de la Iglesia quiso dar a ésta como nota característica de ella, resplandece y alumbra, cada día con perpetuo y más vivo esplendor, delante de los ojos de todos.
b) Para la sociedad civil

33. La celebración de esta fiesta, que se renovará cada año, enseñará también a las naciones que el deber de adorar públicamente y obedecer a Jesucristo no sólo obliga a los particulares, sino también a los magistrados y gobernantes.

A éstos les traerá a la memoria el pensamiento del juicio final, cuando Cristo, no tanto por haber sido arrojado de la gobernación del Estado cuanto también aun por sólo haber sido ignorado o menospreciado, vengará terriblemente todas estas injurias; pues su regia dignidad exige que la sociedad entera se ajuste a los mandamientos divinos y a los principios cristianos, ora al establecer las leyes, ora al administrar justicia, ora finalmente al formar las almas de los jóvenes en la sana doctrina y en la rectítud de costumbres. Es, además, maravillosa la fuerza y la virtud que de la meditación de estas cosas podrán sacar los fieles para modelar su espíritu según las verdaderas normas de la vida cristiana.

c) Para los fieles

34. Porque si a Cristo nuestro Señor le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; si los hombres, por haber sido redimidos con su sangre, están sujetos por un nuevo título a su autoridad; si, en fin, esta potestad abraza a toda la naturaleza humana, claramente se ve que no hay en nosotros ninguna facultad que se sustraiga a tan alta soberanía. Es, pues, necesario que Cristo reine en la inteligencia del hombre, la cual, con perfecto acatamiento, ha de asentir firme y constantemente a las verdades reveladas y a la doctrina de Cristo; es necesario que reine en la voluntad, la cual ha de obedecer a las leyes y preceptos divinos; es necesario que reine en el corazón, el cual, posponiendo los efectos naturales, ha de amar a Dios sobre todas las cosas, y sólo a El estar unido; es necesario que reine en el cuerpo y en sus miembros, que como instrumentos, o en frase del apóstol San Pablo, como armas de justicia para Dios(35), deben servir para la interna santificación del alma. Todo lo cual, si se propone a la meditación y profunda consideración de los fieles, no hay duda que éstos se inclinarán más fácilmente a la perfección.

35. Haga el Señor, venerables hermanos, que todos cuantos se hallan fuera de su reino deseen y reciban el suave yugo de Cristo; que todos cuantos por su misericordia somos ya sus súbditos e hijos llevemos este yugo no de mala gana, sino con gusto, con amor y santidad, y que nuestra vida, conformada siempre a las leyes del reino divino, sea rica en hermosos y abundantes frutos; para que, siendo considerados por Cristo como siervos buenos y fieles, lleguemos a ser con El participantes del reino celestial, de su eterna felicidad y gloria.

Estos deseos que Nos formulamos para la fiesta de la Navidad de nuestro Señor Jesucristo, sean para vosotros, venerables hermanos, prueba de nuestro paternal afecto; y recibid la bendición apostólica, que en prenda de los divinos favores os damos de todo corazón, a vosotros, venerables hermanos, y a todo vuestro clero y pueblo.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 11 de diciembre de 1925, año cuarto de nuestro pontificado.

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Notas

1. Ef 3,19.

2. Dan 7,13-14.

3. Núm 24,19.

4. Sal 2.

5. Sal 44.

6. Sal 71.

7. Is 9,6-7.

8. Jer 23,5.

9. Dan 2,44.

10. Dan 7 13-14.

11. Zac 9,9.

12. Lc 1,32-33.

13. Mt 25,31-40.

14. Jn 18,37.

15. Mt 28,18.

16. Ap 1,5.

17. Ibíd., 19,16.

18. Heb 1,1.

19. 1 Cor 15,25.

20. In Luc. 10.

21. 1 Pt 1,18-19.

22. 1 Cor 6,20.

23. Ibíd., 6,15.

24. Conc. Trid., ses.6 c.21.

25. Jn 14,15; 15,10.

26. Jn 5,22.

27. Himno Crudelis Herodes, en el of. de Epif.

28. Enc. Annum sacrum, 25 mayo 1899.

29. Hech 4,12.

30. S. Agustín, Ep. ad Macedonium c.3

31. Enc. Ubi arcano.

32. 1 Cor 7,23.

33. Enc. Annum sacrum, 25 mayo 1899.

34. Sermón 47: De sanctis.

35. Rom 6,13.

The reign of Christ the King

Octubre 24, 2009

On December 11, 1925 Pope Pius XI promulgated his encyclical letter Quas Primas, on the Kingship of Christ. The encyclical dealt with what the Pope described correctly as ‘the chief cause of the difficulties under which mankind was laboring.”

Pope Pius XI explained that the manifold evils in the world are due to the fact that the majority of men have thrust Jesus Christ and His holy law out of their lives; that Our Lord and His holy law have no place either in private life or in politics; and, as long as individuals and states refuse to submit to the rule of our Savior, there will be no hope of lasting peace among nations. men must look for the peace of Christ in the Kingdom of Christ —–Pax Christi in Regno Christi.

CHRIST’S KINGSHIP IGNORED IN THE CHURCH?

In the February, 1976 issue of Approaches, Hamish Fraser stated with, alas, complete accuracy, that Quas Primas is virtually ignored by the so-called Catholic nations and by the Catholic clergy. It was, he lamented, the greatest non-event in the entire history of the Church.

What is it that caused the Catholic clergy and bishops of the world in particular, to be so embarrassed by this encyclical that it was virtually ignored at the time of the promulgation, and has been all but forgotten in the post-Vatican II epoch? What is about this encyclical which caused its teaching to be passed over in silence, if not actually contradicted, by the Second Vatican Council? It is an incontrovertible fact that this Council conspicuously and, one must conclude, deliberately, failed to reaffirm the teaching of Quas Primas.

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Part One

THE UNIVERSAL RIGHTS OF CHRIST

The answer to these questions is that in this encyclical Pope Pius XI reaffirmed the unbroken teaching of his predecessors upon the papal throne that states as well as individuals must submit themselves to the rule of Christ the King. In affirming this fundamental truth of our faith, Pope Pius was not referring simply to Catholic nations, or even to Christian nations, but to the whole of mankind. He stated this truth unequivocally by quoting a passage from the encyclical, Annum Sacrum of Pope Leo XIII:

The empire of Christ the King includes not only Catholic nations, not only baptized persons who, though of right belonging to the Church, have been led led astray by error, or have been cut off from her by schism, but also all those who are outside the Christian faith; so that truly the whole of mankind is subject to the power of Jesus Christ.
All men, both as individuals and as nations, are subject to the rule of Our Lord Jesus Christ the King, and this for two reasons. Firstly, because, as God, He is our Creator. We are His creatures. Without Him we could not exist. We owe Him everything, and He owes us nothing. Those who are created have an absolute obligation to love and serve their Creator, This obligation is unqualified; there are no “ifs,” no “buts,” and, as we shall see, no question of any possible right on the part of any man at any time to withhold his obedience.

It is only when men live their lives within the correct perspective of the Creator-creature relationship that social and political harmony and order prevail. “the peace of Christ is the Kingdom of Christ.” When men repudiate this relationship, disharmony and disorder take over, the disharmony and disorder of sin, the disharmony and disorder introduced for the first time into the whole creation when the Archangel Lucifer. the most magnificent of all God’s creatures, was overcome with pride and boasted: Non serviam — “I will not serve.” The Catechism teaches us that our purpose in life is to know, love, and serve God in this world so that we can be happy with Him forever in the next. We cannot claim to love God if we do not serve Him, and we cannot claim to serve God if we do not subject ourselves to the law of Christ the King.

“If you love Me, He warned, “keep My Commandments.” [John 14:15]

In Quas Primas, Pope Pius XI explains the second reason that we must subject ourselves to Our Lord. He explains the beautiful and profound truth that Christ is our King by acquired, as well as by natural right, for He is our Redeemer. “Would that those who forget what they have cost Our Savior,” the Pope admonished us, “might recall the words: ‘You were not redeemed with corruptible things, but with the precious Blood of Christ, as of a Iamb unspotted and undefiled.’ We are no longer our own, for Christ has purchased us ‘with a great price;’ our very bodies are the ‘members of Christ.’ ”

The double claim of Our Lord Jesus Christ to our allegiance, as our Creator and our Redeemer, is well summarized in the Book of the Apocalypse, where St. John tells us that Christ is “the ruler of the kings of the earth.” (Apoc. 17: 18). The fact that the kings of the earth —– in other words, the nations and those who rule them —– are subject to the Kingship of Christ pertains to what is known as His Social Kingship, that is, His right to rule over societies as well as individuals.

THE SOCIAL KINGSHIP OF CHRIST

No one claiming to be a Christian would, one hopes, dispute the fact that as individuals we must submit ourselves to the rule of Christ the King, but very few Christians, Catholics included, and conservative Catholics among them, understand, let alone uphold, the Social Kingship of Our Lord Jesus Christ. This is an attitude which is very common among certain well-known politicians in the United States who, while claiming to be Catholics, state with apparent pride that they do not permit their private beliefs to impinge upon their public duties. They uphold with apparent certainty the principle of the separation of Church and State. [This is a very strange attitude fur a Catholic to take, but some of these politicians appear to be very strange Catholics.]

The separation of Church and State was condemned unequivocally by the Roman Pontiffs until the Second Vatican Council. The Church’s teaching is that the State has an obligation to render public worship to God in accord with the teachings of the True Church, the Catholic Church, and positively to aid the Catholic Church in the carrying out of her functions. The State does not have the right to remain neutral regarding religion, much less to pursue a secular approach in its policies. A secular approach is by that very fact an anti-God and an anti-Christ approach. This unequivocal teaching was summarized very clearly by Pope St. Pius X, who, in his encyclical Vehementer Nos, condemned the principle of the separation of Church and State as “an absolutely false and most pernicious thesis.”

The practical consequences of this Catholic teaching are difficult to imagine for those of us who have known nothing but a secular state, in which the State claims to have no responsibilities in matters of religion and morality. [The secular state outlaws certain immoral acts, not because they are immoral, but because the majority wish them outlawed.]

Nevertheless, we must admit that this claim of the secular state is profoundly wrong.

The only word adequate to describe the claim by a Catholic politician that he will not allow his private beliefs to impinge upon his public duties is blasphemy —– or at least open rebellion against God. For the Commandments of God are binding in public as well as in private, and it is blasphemous for a Christian to maintain the contrary.

The Commandment “Thou shalt not kill” precludes the taking of innocent human life. We can take another human life only as an act of self-defense, to save our lives, those of our families or friends or our fellow citizens against an unjust aggressor; but never, never, never, does any human being have the right to take the life of an innocent person. Unborn infants certainly come into this category, a fact stated forcefully, courageously, and unambiguously by our Holy Father Pope John Paul II in his encyclical letter Centesimus Annus of 1 May 1991, commemorating the centenary of Pope Leo XIII’s encyclical Rerum Novarum. May God bless him for it.

Who could be more innocent of aggressive intent than an unborn child within the womb of his mother? Who could be more clearly protected by God’s absolute prohibition against taking the life of the innocent than an unborn child within the womb of his mother?

What exactly is a politician such as Governor Cuomo claiming when he states that he is personally against abortion but that, as a politician, he must respect the right of a woman to murder her unborn baby? He is basing this alleged right on the fact that it has been “granted” by the law of the United States, just as it has been granted by the governments of almost every country in the Western World. In other words —– and I am sure that Governor Cuomo would not dispute this —– he believes that a right is acquired when it is accorded by the majority of citizens within a state. In believing this, he has accepted, in place of the Social Kingship of Our Lord Jesus Christ, and His right to rule over societies as well as individuals, the abominable theory of democracy enshrined in the French Revolution’s Declaration of the Rights of Man, the declaration which constituted a formal and insolent repudiation of the Social Kingship of Our Lord Jesus Christ, the declaration which enshrined the greatest heresy of modern times, perhaps of all times: that authority resides in the people. On the contrary, as the Popes have taught, Omnis potestas a Deo —–”All authority comes from God.”

“Not so!” reply the revolutionaries. Omnis potestas a populo —–”All authority comes from the people.”

How well the term “revolutionaries” applies to these men! A revolution is best defined as the forcible overthrow of an established government, and this is precisely what they did. They overthrew the Social Kingship of Our Lord Jesus Christ in favor of what is rightly termed the heresy that authority resides in the will of the majority —– the heresy that is the source of all the evils in society today.

THE RISE OF A HERESY:
AUTHORITY COMES FROM THE PEOPLE

It would be a mistake to imagine that the dethronement of Our Lord began at the end of the 18th Century with the promulgation by the French Revolutionaries of the so-called “Rights of Man.”

The process began four centuries earlier, in 14th-century Italy, during what has become known as the “Renaissance.” The word is French and means “rebirth.” It refers to the rebirth of classical studies which began in Italy in the 14th Century. Those engaged in these studies were known as “humanists” because their studies were concerned with purely human topics, whereas in Europe, until that time, God had been the focus for almost every aspect of scholarship and art. Music, architecture, literature, painting, drama, philosophy, cosmology and, above all, theology —– the Queen of the Sciences —– were centered upon the Creator, and the Creator-creature relationship was axiomatic to every aspect of human thought.

Initially, there was no conflict between Humanism and the Church. Many humanists were also ecclesiastics. But as time passed, it became clear that the movement was tending to relegate religion to a place where it had little or no influence on human thought or human behavior; This tendency was implicit rather than explicit. It gave rise to the attitude that whereas faith is valid in its own domain, reason should be concerned only with what is scientifically demonstrable. The Creator-creature relationship was not formally denied, but attention became focused almost exclusively on man, to the neglect of God, who was, effectively, confined to the sacristy. Man was seen as an autonomous being, the focus of truth in a world of which he was master and which he had the ability to subdue and perfect, a being capable of building an earthly paradise by his own efforts, a utopia. The extent to which these ideas were reflected in the principles of the French Revolution, and later in atheistic Communism, hardly needs pointing out.

The practical result of Humanism was the divinization of man. The more God was diminished, the more man exalted himself and became his own God. In his book Christian Humanism Professor Thomas Molnar provides us with the following definition:

“Humanism was a doctrine, or network of doctrines, putting man in place of God, and endowing him with features that he was inevitably to abuse.” [1]

I have mentioned the extent to which the principles of Humanism reached their logical conclusion in the French Revolution and in Communism, but the Protestant Reformation cannot be exempted from this charge. Our Lord Jesus Christ founded a visible Church, His Mystical Body, to continue His mission in the world until He comes again in glory. This Church was endowed with a visible head, the Bishop of Rome, the Vicar of Jesus Christ. A vicar is a person who is authorized to perform a function on behalf of another, as his officially designated deputy.

The Bishop of Rome has the authority to teach infallibly the true meaning of the Scriptures as intended by their Divine Author. The Protestant Reformers repudiated the authority of the Vicar of Christ, and hence the authority of Christ Himself. They claimed to accept the authority of the Scriptures, but the inevitable logic of Protestantism is that they accept the authority of Scripture as each individual Protestant interprets it. In other words, every Protestant makes his own reason his ultimate authority in religious matters. It has often been said that, in the final analysis, every Protestant is his own pope. We can go further still and state that in the final analysis Protestantism makes each Protestant into his own god. This is Humanism with a vengeance.

Catholics did not, of course, remain free from these influences, and in 1907, in the fifth year of his pontificate, Pope St. Pius X felt obliged to promulgate his encyclical letter Pascendi Dominici Gregis, condemning the errors of that Protestantized version of Catholicism known as Modernism, the ultimate logic of which, explained the Pope, was atheism. The most deplorable example of man’s self-deification in our day is man’s arrogation to himself of God’s supreme and most fundamental authority, that is, His authority over life and death.

“I,” says contemporary man, “shall decide for myself when a new human life shall begin and, once it has begun, whether it shall continue or be terminated. I shall use contraception to ensure that no new life is conceived without my consent, and, should a conception take place that I deem inconvenient, I shall terminate it by abortion.” The next step in this diabolical process will be the legalization of euthanasia.

Although I have said that it would be a mistake to imagine that the dethronement of Christ the King was inaugurated by the promulgation of the French Revolution’s Declaration of the Rights of Man, there can be no doubt that this Declaration constituted the first formal repudiation of Our Lord’s Social Kingship, and that it was the most influential act in the process of securing His virtually universal dethronement during the next two centuries.

Before examining the extent to which this Declaration constituted a repudiation of Catholic teaching on the authority of the State, it is necessary to have a clear grasp of the content of this teaching. The doctrine of the Popes on the authority of the State is clear and self-evident to those with a proper understanding of the Creator-creature relationship, which is fundamental to a well-ordered society.

THE CHURCH AND DEMOCRACY

A state is composed of two elements: the government, or those who govern, and the governed, authority being vested in those who govern. The Church is not committed to any particular form of government, and despite the tendency of Popes to refer to “princes” in their encyclicals, they were in no way opposed to democracy, if all that is meant by this term is that those who govern are chosen by a vote [based on either limited or universal suffrage]. What the Popes maintain, logically and uncompromisingly, is that the source of authority is precisely the same in an absolute monarchy, such as that of Louis XIV in 18th-century France, as in a country where the government is chosen in a democratic election in which every citizen has the right to vote, such as the United States today. In either situation papal teaching on the source of authority is clear and has already been stated: Omnis potestas a Deo. —– “All authority comes from God.” Pope Leo XIII explained in his encyclical Immortale Dei that:

Every civilized community must have a ruling authority, and this authority, no less than society itself, has its source in nature, and has, consequently, God for its author. Hence it follows that all public power must proceed from God. FOR GOD ALONE IS THE TRUE AND SUPREME LORD OF THE WORLD. Everything without exception must be subject to Him, and must serve Him, so that whosoever holds the right to govern, holds it from one sole and single source, namely, God, the Sovereign Ruler of all. “There is no power but from God.” [Rom. 13:1].

“There is no power but from God.” This quotation from Romans 13: 1 states all that needs to be stated concerning the source of authority. Because those who govern derive their authority from God, and govern as His legates, and not as holding their authority from the people, no government can have a true right to enact any legislation contrary to the law of God, even if such legislation is the manifest wish of the majority of the people. The Church is totally opposed to any concept of democracy in which authority is said to reside in the people and in which those who govern are said to receive their authority from the people. Pope Leo XIII insisted in lmmortale Dei that:

In a society grounded upon such maxims, all government is nothing more nor less than the will of the people; and the people, being under the power of itself alone, is alone its own ruler . . .The authority of God is passed over in silence, just as if there were no God; or as if He cared nothing for human society; or as if men, in their individual capacity or bound together in social relations, owed nothing to God; or as if there could be a government of which the whole origin and power and authority did not reside in God Himself: Thus, as is evident, a state becomes nothing but a multitude, which is its own master and ruler.

1. T. Molnar, Christian Humanism [Chicago, 1978], p. 29.

Part Three

THE DECLARATION OF THE RIGHTS OF MAN

Few English-speaking Catholics are familiar with the French Revolution’s Declaration of the Rights of Man or with its background. The Rights of Man were discussed by the French National Assembly during the meetings of August, 1789 and adopted in October of the same year. Some of the articles are not simply acceptable but actually commendable, e.g., Article 7, concerning the detention of citizens; Article 8, stating that laws cannot have a retroactive effect; and Article 9, concerning those who have been arrested but whose guilt has not been proven. Other articles are ambiguous. But some others are positively incompatible with Catholicism, particularly Article 6, which begins by stating that the law is the expression of the general will. This is a complete negation of the teaching of the Church that all authority comes from God. Pope Pius VI had no hesitation in condemning the Declaration as “contrary to religion and to society.” [2] Acceptance of the Declaration of the Rights of Man rules out the possibility of a Catholic state and the social reign of Christ the King. This is hardly surprising in view of the Masonic origin of the Declaration. Father Denis Fahey wrote:

That the preparation and the triumph of the French Revolution were the work of Freemasonry does not need proof since the Masons themselves boast of it. Accordingly, The Declaration of the Rights of Man is a Masonic production. [3]

Father Fahey quoted in support of this contention a statement by Monsieur Bonnet, the orator at the Grand Orient Assembly in 1904:

Freemasonry had the supreme honor of giving to humanity the chart which it had lovingly elaborated. It was our Brother, de la Fayette, who first presented the project of a declaration of the natural rights of the man and the citizen living in society, to be the first chapter of the Constitution. On 25 August 1789 the Constituent Assembly, of which more than 300 members were Masons, definitively adopted, almost word for word, in the form determined upon in the Lodges, the text of the immortal Declaration of the Rights of Man. [4]

Father Fahey summarized the Declaration as a formal renunciation of allegiance to Christ the King, of the supernatural life, and of membership in Christ’s Mystical Body. He continued:

The French State thereby officially declared that it no longer acknowledged any duty to God through Our Lord Jesus Christ, and no longer recognized the dignity of membership of Christ in its citizens. It thus inaugurated the attack on the organization of society under Christ the King which has continued down to the present day. [5]

The principle that all authority comes from the peopIe is now all but universally accepted throughout the West. The basis of public morality is whatever the contemporary consensus of citizens is prepared to accept. It would be very hard to convince the average Catholic today that his country should not be governed by the will of the people or that our elected representatives are anything more than delegates of the people who voted them into power.

WHAT IS A “RIGHT”?

In his encyclical letter Tametsi futura, published in 1900, Pope Leo XIII commented: “The people have heard quite enough about what are called the rights of man. Let them hear about the rights of God for once.”

This is precisely what we shall do now. Strictly speaking, God alone has rights which belong to Him of His very nature. As human beings we possess only contingent rights, rights which are accorded to us by God. We have a right to do only what is pleasing to God. This is synonymous with stating that we are free to do only what is pleasing to God, and the freedom referred to here is moral freedom, or moral liberty.

Whenever the term “right” is used in this study, it must be taken to mean “moral freedom.” To state that a man has a right to perform an action means that he is morally free to do so, and he can never be morally free to perform any act that is displeasing to God.

The fundamental meaning of the word “liberty” is the ability to act without constraint. There can be three forms of constraint: physical, psychological, and moral.

Freedom from physical restraint simply means the absence of any external constraint which could pre- vent a person from carrying out a desired action. A football player who wished to take part in an important match, but who had broken his leg and was in hospital at the time of the game, would not be physically free, or able, to participate in the event.

Psychological liberty is better known as free will and involves the capacity to make moral choices. It is thus restricted to angels and to men. Beings who possess free will, or psychological liberty, are the masters of their acts, and hence are responsible for them. Animals have physical but not psychological freedom. A pair of blackbirds necessarily selects the tree in which they will build their nest on the basis of which tree seems most useful; they cannot choose to sacrifice the better tree and select a poorer one. Nor do they possess the free will enabling them to decide whether or not to build a nest and raise a family, or even what type of nest to build.

It should be clear that being physically able to perform an action, and being psychologically able to choose whether to perform it, do not mean that one has a right to perform it. There may be a moral constraint against performing the action. Two simple examples should make this clear. A bank clerk might find himself in a position to defraud his employers of a large sum of money with very little likelihood of being detected. He would be physically free to perform the action, that is, he would be able to remove the money without being detected. He would be psychologically free to perform it, that is, he would be able to use, or rather misuse, his free will to commit the theft. But he would not be morally free to steal the money, since theft is forbidden by the Commandments of God. In this case the law of God and the law of the State concur, and just as there is no moral right to steal, there is also no legal right to steal.

But a legal right does not necessarily confer a moral right, as the following example will demonstrate. A woman may be physically, psychologically, and legally free to have an abortion, but the so-called legal right to murder her baby does not confer a true right, since murder is forbidden by the Commandments of God.

CIVIL LAW AND THE ETERNAL LAW

In his essay The Church and the Modem State, published in 1931 and referring specifically to the United States, Hilaire Belloc noted that laws declared invalid by the Catholic Church are not binding. He continued: “Where there is a conflict between the civil law and the moral law of the Catholic Church, members of the Catholic Church will resist the civil law and obey the law of the Church.” [6]

At the risk of being repetitious, I will state once more that the teaching of the Church is that the terms “right” and “moral liberty” are synonymous. We can speak of a “right” only when its object is morally licit. The Popes, Pope Leo XIII in particular, taught time and time again that there can only be a true right —– that is, the moral liberty —– to choose that which is good and true. No human being can ever have a right to choose what is evil or false.

To quote Pope Leo XIII, writing in Libertas:

The true liberty of human society does not consist in every man doing what he pleases, for this would simply end in turmoil and confusion, and bring on the overthrow of the State: but rather in this, that through the injunctions of the civil law all may more easily conform to the prescriptions of the ETERNAL LAW.

The teaching of Pope Leo XIII is, then, that the purpose of civil law in any state, Catholic or non-Catholic, should be to assist its citizens to conform to the prescriptions of the eternal law. However, today the laws of Great Britain and the U nited States are designed —– I repeat, designed —– to have precisely the opposite effect. The laws of both countries incite each and every citizen to imitate Lucifer and to say: Non serviam —–”I will not serve.”

The average citizen, and this is not hard to under stand, equates what is legally permissible with what is morally permissible. Let us take divorce as an example. In Great Britain the figure for divorce is around 30% and rising, and the reason that it is not rising far faster is due to the fact that such a high proportion of couples now live together without even the formality of a civil ceremony. In the U.S.A., I understand that the divorce rate is now in the region of 50% . If the law did not sanction divorce and remarriage, the number of those who would abandon their spouses to live in new unions that would be legally as well as morally illicit would be reduced to a very small fraction of this figure.

The same can be said in the matter of abortions. If abortion had not been made legal, millions of women who have had abortions would not have done so, and, as is almost invariably the case, would have loved and cherished the babies they have murdered.

Pope Leo XIII insisted in Libertas that:

The binding force of human laws is in this, that they are to be regarded as applications of the eternal law, as in the principle of all law . . . WHERE A LAW IS ENACTED CONTRARY TO REASON, OR TO THE ETERNAL LAW; OR TO SOME ORDINANCE OF GOD, OBEDIENCE IS UNLAWFUL, LEST WHILE OBEYING MAN WE BECOME DISOBEDIENT TO GOD.

Can these words not be considered a charter for the Rescue Movement? We are forbidden to obey any law that is contrary to the eternal law of God, lest while obeying man, we become disobedient to God.

This unequivocal papal teaching certainly has grave implications for any Catholic involved in the enforcement of the law. By what right can a Catholic policeman arrest those who try to rescue the unborn from abortion? By what right can a Catholic district attorney prosecute them? By what right can a Catholic judge convict them? Let such public officials not protest that they have sworn to uphold the law, because any human law contrary to the eternal law cannot be considered valid by any Catholic. But, alas, many, perhaps most, Catholics holding public office today are certainly not worthy of the glorious title of Catholic.

I quoted Hilaire Belloc earlier as stating that when there is a conflict between civil law and the moral law of the Catholic Church, members of the Catholic Church will resist the civil law and obey the law of the Church. Belloc was somewhat naive in believing this since, alas, now that precisely such a conflict has arisen in the United States with the emergence of the Rescue Movement, the overwhelming majority of Catholics involved in enforcing an immoral civil law have preferred to uphold that law rather than endanger their livelihood.

2. Encyclical Letter Adeo nota, 23 April 1791.
3. Forward to G. Dillon, Grand Orient Freemasonry Unmasked[London: Britons Publishing Company ----- now, Chulmleigh: Augustine, 1965], p. 16.
4. Ibid., pp. 16-17.
5.Ibid., p. 17.
6. H. Belloc, Essays of a Catholic [London, 1931], p. 84.
[This work was republished in 1992 by TAN Books and Publishers, Inc.]

Part Four

REACTION TO QUAS PRIMAS

When Pope Pius XI promulgated Quas Primas in 1925, Christ the King had, to all intents and purposes, been dethroned throughout what was once referred to as Christendom. In October, 1941, in an article in The Dublin Review, Christopher Dawson described Europe as a secularized Christendom, its character having been largely destroyed by 200 years of secularization. “The resultant culture,” he wrote, “the culture of the Liberal 19th century and of western democracy, may be described as post-Christian, i.e., it was built on Christian foundations and Christian values, but it was divorced from an organic union with Christian faith and practice.”

When he wrote Quas Primas, Pope Pius XI had no illusions concerning the state of what had once been Christendom. He anticipated Christopher Dawson’s analysis in the opening paragraph of the encyclical, noting that the manifold evils of the world are due to the exclusion of Jesus Christ and His holy law from the private lives of individuals and from the political life of almost every state.

It was the insistence of the Pope upon the social reign of Christ the King —– on the fact that states, as well as individuals, must submit themselves to His rule —– which caused such embarrassment to the bishops of the world [and nowhere more so than in the United States], which has resulted, as Hamish Fraser expressed it, in Quas Primas becoming the greatest non-event in the history of the Church.

LIBERTY OF CONSCIENCE?

We are all familiar with the saying that “Everyone has the right to his own opinion,”. It is not unusual to hear a Catholic state that while he disagrees with the beliefs of a member of another religion, he would give his life to defend that person’s right to hold these beliefs. I would be surprised if most Catholics today did not agree with these sentiments, but they are both untrue and reflect the classic Liberal position on liberty of conscience, which has been condemned frequently and forcefully by the Popes.

Pope Leo XIll warned in Libertas that there are certain so-called liberties which modern society takes for granted that every man possesses as a right. These are the liberties, the Pope explained, “which the followers of Liberalism so eagerly advocate and proclaim.”

WHAT IS LIBERALISM?

The essence of Liberalism is the view that the individual human being has the right to decide for himself the norms by which he will regulate his life; that he has the right to be his own arbiter as to what is right and what is wrong; and that he is under no obligation to submit himself to any external authority. In the Liberal sense, “liberty of conscience” is the right of an individual to think and believe whatsoever he wants, even in religion and morality. He has the right to choose any religion, or to have no religion; and he has the right to express his views publicly and to persuade others to adopt them, using word of mouth, the public press, or any other means.

A dramatic and depressing instance of this Liberal thesis being translated into practice is the campaign for so-called “Gay Rights” in the United States and in Great Britain. Here with a vengeance are so-called “liberties,” which modern society takes for granted that every man possesses as a right. In the United States you are witnessing the scarcely credible spectacle of Catholic bishops taking it for granted that homosexuals have a right to indulge in and to propagandize in favor of their unnatural vice, and even, in some cases, helping them actively in their campaign. In Connecticut in 1991 a so-called “Gay Rights Bill” was passed, primarily due to the support of the Catholic Bishops in that state. The bill even allows homosexuals to adopt or to become foster parents of young children. Dom Prosper Gueranger wrote, at a time when such an act on the part of Catholic bishops would have been unthinkable, that when the shepherd becomes a wolf, the flock has a right to defend itself. There cannot be the least doubt that the faithful in Connecticut need to defend themselves against wolves masquerading under the guise of Catholic bishops.

Part Five

IF CHRIST IS DETHRONED, WE BECOME INHUMAN

Dozens of books have been written examining the contemporary crisis within the Church from an orthodox Catholic standpoint. Among the two or three that should definitely be owned by every Catholic who loves his faith is The Devastated Vineyard by Dietrich von Hildebrand. In this book the author lamented the terrible decline of humanity, which is nearing the point of actual dehumanization. He stated that it is the superhuman task of the holy Church to save humanity, or at least her own children, from this downfall. I was interested to note that this great book was written in 1973, and that since that date 25 million unborn children have become the victims of legalized murder in the United States alone, and this slaughter is continuing at the rate of 4,300 a day. Was not Professor von Hildebrand right to refer to what he termed “this apocalyptic decline of humanity,” which is nearing the point of actual dehumanization? [7] What other word but “dehumanized” will do for a society which extends its protection to sexual perverts and withdraws it from unborn children so that they can be massacred by the million? Christ the King has indeed been dethroned, and the evil fruits of Liberalism can be seen everywhere around us.

Professor von Hildebrand warned that the Church can only help mankind to draw back from the precipice upon which it is poised “if the vineyard of the Lord blossoms anew. And therefore we must storm Heaven with the prayer that the spirit of St. Pius X might once again fill the hierarchy, that the great words anathema sit might once again ring out against all heretics, and especially against all the members of the ‘fifth column’ within the Church.” [8] We could do no better than begin by praying that they will ring out in Connecticut.

7. D. von Hildebrand, Trojan Horse in the City of God [Chicago: Franciscan Herald Press, 1973], p. 53. [Reprinted by the Catholic Media Apostolate, Box 255, Harrison, NY 10528, at $15.50 incl. postage and handling.]
8. Ibid., p. 54.

Michael Davis, The reign of Christ the King. Tomado del sitio: www.catholictradition.org

La Memoria de los Mártires: Cirilo Bertrán y 8 compañeros

Octubre 21, 2009

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¡MORIR POR CRISTO ES REINAR!

La Iglesia elevó el 21 de noviembre de 1999 a la gloria de los altares a nueve Hermanos de las Escuelas Cristianas (Lasalianos) y a un Padre Pasionista. Ocho Hermanos dirigían una escuela en Turón, un pueblo situado en el centro de un valle minero de la región asturiana, en el nordeste de España y fueron martirizados en 1934.

El noveno Hermano es de Cataluña y murió cerca de Tarragona en 1937.

El Padre Pasionista prestaba asistencia sacramental a la escuela de Turón.

Sus nombres son:

Hno. CIRILO BERTRÁN (JOSÉ SANZ TEJEDOR), director de la comunidad, nació en Lerma, provincia de Burgos, el 20 de marzo de 1888.

Los padres eran humildes trabajadores: de ellos aprende la austeridad y el espíritu de sacrificio. Ingresó en el Noviciado de los Hermanos en Bujedo e hizo su primera profesión religiosa en agosto de 1905. En su vida apostólica se muestra comprometido y celoso.

Nombrado director de la escuela de Turón, a donde llega en 1933, su actitud prudente y serena es de gran ayuda para los Hermanos de la comunidad.

En el verano de 1934 participa en un retiro de un mes en Valladolid: será la mejor preparación para su encuentro con el Señor en el martirio que tendrá lugar dentro de unos meses.

*

Hno. MARCANO JOSÉ (FILOMENO LÓPEZ LÓPEZ), nació en El Pedregal, provincia de Sigüenza Guadalajara, el 17 de noviembre de 1900.

Pertenece a una familia de trabajadores y aprende desde niño a soportar las molestias del trabajo y afrontar con ánimo las dificultades de la vida.

A sugerencia de un tío suyo ingresa en el Instituto de los Hermanos de La Salle, pero una enfermedad en el oído le obliga a regresar a su familia.

Pronto será admitido de nuevo, pero a condición de dedicarse a trabajos manuales. Se halla en la comunidad de Mieres (Asturias) cuando acepta sustituir a un Hermano de Turón, asustado por las tensiones de ese momento.

Esto ocurría en el mes de abril de 1934, seis meses antes del sacrificio supremo que el Señor le pedirá.

Une así su destino al de sus compañeros de comunidad, a la que siempre ha prestado sus servicios con bondad y cariño.

*

Hno. VICTORIANO PÍO (CLAUDIO BERNABÉ CANO), nació en San Millán de Lara, provincia de Burgos, el 7 de julio de 1905.

Sus padres, labradores, le inculcaron desde los primeros años las virtudes de laboriosidad y espíritu de servicio. Ingresó en el Instituto de los Hermanos de La Salle en Bujedo en 1918.

Las leyes de 1933, obligan a los Hermanos, por prudencia, a cambiar frecuentemente de residencia y él es trasladado del Colegio de Palencia a la escuela de Turón. Le costó mucho el cambio, pero lo aceptó con espíritu de sacrificio y obediencia.

Llevaba solamente diez días en Turón cuando el Señor le pidió un sacrificio mayor, el sacrificio de su vida.

*

Hno. JULIÁN ALFREDO (VILFRIDO FERNÁNDEZ ZAPICO), nació en Cifuentes de Rueda, provincia de León, el 24 de diciembre de 1903. Los buenos consejos de sus padres y la influencia de un tío sacerdote con el cual fue obligado a vivir durante algún tiempo después de la muerte prematura de su madre, hacen crecer su piedad natural y lo inclinan muy joven a la vida religiosa.

A los 17 años ingresa en el noviciado de los Capuchinos de Salamanca. Pero a causa de una inesperada enfermedad regresa a su casa. Tiene 22 años cuando Dios le da a conocer a los Hermanos de La Salle y en 1926 ingresa en el noviciado de Bujedo. Muestra gran madurez y piedad que suscita la admiración de sus compañeros más jóvenes. En su labor educativa manifiesta asimismo una dedicación extraordinaria, sobre todo al preparar a los niños a la primera comunión.

En el verano de 1933 es destinado a la comunidad de Turón. El año anterior había hecho su profesión perpetua sellando su compromiso definitivo con el Señor. Cuando Dios le llama al sacrificio de su vida, se encuentra preparado para responder sin vacilación.

*

Hno. BENJAMÍN JULIÁN (VICENTE ALONSO ANDRÉS), nació en Jaramillo de la Fuente, provincia de Burgos, el 27 de octubre de 1908. Muy joven ingresa en el Instituto de los Hermanos de La Salle. Tuvo que vencer algunas dificultades en los estudios debido a su falta de preparación inicial. La misma decisión manifestó en los avatares de su itinerario religioso. Cuando el 30 de agosto de 1933 emitió sus votos perpetuos con plena madurez y decisión, recogía el fruto de su tesón y de su generosidad. Cuando recibió la orden de cambiar de la escuela de Compostela, tanto los alumnos como las familias lo sintieron mucho y querían impedirlo a toda costa, pero él con generosa disponibilidad, aunque con mucha nostalgia, aceptó y se trasladó a Turón. Los que pasaron por aquel lugar nunca olvidarían su alegría y el optimismo que mostraba en sus comentarios y juicios sobre la situación en aquellos momentos. Tanta sencillez y fortaleza sólo podían proceder de un corazón saturado de Dios, quien lo eligió para su encuentro con El.

*

Hno. HÉCTOR VALDIVIELSO (BENITO DE JESÚS). sus padres se trasladaron a Buenos Aires unos años antes de su nacimiento, que tuvo lugar el 31 de octubre de 1910.

 Fue bautizado en la iglesia de San Nicolas de Bari, que se encontraba en la zona donde se alza actualmente el Obelisco de la Avenida 9 de Julio.

Cuando sus padres, a causa de dificultades financiarias, se vieron obligados a regresar a España, estableciéndose en Briviesca (Burgos), conoció y entró en el centro de formación de los Hermanos de La Salle en Bujedo. Después hizo el Noviciado Misionero que los Hermanos tenían en Lembecq-lez-Hal, Bélgica, movido del deseo de realizar un día el apostolado en la tierra donde había nacido, la Argentina. En espera de poder realizarse sus sueños, los Superiores lo destinaron a la escuela de Astorga (León).

En septiembre de 1933 fue destinado a Turón. En el corto tiempo que permaneció en la cuenca minera, se mostró como siempre, plenamente entregado a la clase y a las asociaciones juveniles de la Cruzada Eucarística y la Acción Católica. Su dedicación a los jóvenes le convirtió, él joven, en candidato predilecto para el martirio, cosa que no tardó en realizarse. Es el primer Santo Argentino.

*

Hno. ANICETO ADOLFO (MANUEL SECO GUTIÉRREZ), el benjamín de la comunidad, había nacido en Celada Marlantes, provincia de Santander, el 4 de octubre de 1912.

Aunque quedó pronto huérfano de madre, la piedad de su padre era tal que fueron tres los hijos que entregó a Dios en el Instituto de S. Juan Bautista de La Salle.

Entró en el Noviciado en 1928 y emitió sus primeros votos en 1930. En medio de su trabajo, su mayor preocupación era el cultivo de su vida espiritual.

Ella le movía a preocuparse intensamente por los demás, sobre todo en lo referente al cumplimiento del deber y a la entrega generosa a Dios. Después de permanecer un año en el Colegio de Nuestra Señora de Lourdes en Valladolid, fue destinado a Turón en agosto de 1933.

La sonrisa serena y atractiva que adornaba permanentemente su rostro, tuvo que impresionar sin duda a los mismos asesinos que, a sus 22 años, le condujeron a la eternidad.

*

Hno. AUGUSTO ANDRÉS (ROMÁN MARTÍNEZ FERNÁNDEZ) nació en Santander el 6 de mayo de 1910.

Heredó de su padre, militar de profesión, el sentido de la precisión y del orden; y de su madre, piadosa y sencilla, la gentileza que tanto admiraban sus profesores, sus compañeros y después sus alumnos. Cuando manifestó la intención de hacerse religioso -era el hijo mayor y el único varón en casa cuando su padre murió- su madre no se resignaba.

 Pero una enfermedad del joven doblegó la resistencia materna. Prometió a la Virgen que aceptaría los deseos de su hijo si sanaba y, habiendo obtenido la curación, autorizó el ingreso en los Hermanos de La Salle.

En 1922 finalizó su noviciado y emitió con decisión sus primeros votos religiosos. Se hallaba en el colegio de Palencia en 1933, cuando la dispersión le llevó al que había de ser su postrer destino, la comunidad de Turón.

Su valor y decisión fueron llamativos en los últimos momentos de su existencia, pues él fue quien dirigió las últimas palabras a sus verdugos.

Fueron palabras llenas de entereza y de aceptación del martirio, propias de un corazón totalmente entregado a Dios.

*

P. INOCENCIO DE LA INMACULADA (MANUEL CANOURA ARNAU), nació en el Valle del Oro, provincia de Mondoñedo, el 10 de marzo de 1887. Ingresó en la Congregación de los Pasionistas a la edad de 14 años.

 Recibió el Subdiaconado en Mieres en 1910 y el Diaconado en junio de 1912. El 20 de septiembre de 1920 fue ordenado sacerdote. Desde entonces empezó para este Padre instruido y celoso, una vida de intenso apostolado sacerdotal, en el que cabe resaltar su dedicación a la enseñanza de la filosofía, de la teología, de la literatura en las diversas casas a las que fue destinado. Su último destino fue de nuevo Mieres, a comienzos de septiembre de 1934.

La causa de que se hallara con los Hermanos en Turón fue que había sido requerido su servicio sacramental, al que se había ofrecido de buen grado cuando le pidieron que fuera a confesar para preparar a los niños a celebrar el primer viernes de mes, que coincidía con el 5 de octubre.

El martirio de estos Hermanos no llegó de modo inesperado. La situación que vivía España era difícil: la masonería y el comunismo luchaban por el poder y por hacer desaparecer la tradición religiosa.

Se habían programado una serie de iniciativas contra la Iglesia, los sacerdotes y los religiosos.

Se promovió una campaña de odio y violencia que en ciertos lugares llegó a crueles desenlaces, incluso más allá de las previsiones de los grupos dirigentes. Asturias era una región minera con gran cantidad de inmigrados cuyo régimen de vida era duro y se sentían desarraigados de sus mejores tradiciones. La campaña contra la burguesía y contra la Iglesia encontró allí un terreno especialmente preparado.

Así sucedió que el 5 de octubre un grupo de rebeldes arrestó a los ocho Hermanos que trabajaban en la escuela de Turón y al sacerdote pasionista que estaba con ellos.

Los nueve religiosos fueron concentrados en la “casa del pueblo” a la espera de la decisión que había de tomar el “Comité revolucionario”. Bajo la presión de algunos extremistas, el Comité decidió la condena a muerte de estos religiosos que tenían una notable influencia en la localidad, ya que gran parte de las familias mandaban sus hijos a su escuela. La decisión se tomó en secreto: los religiosos serían fusilados en el cementerio del pueblo, poco después de la una de la madrugada, el 9 de octubre de 1934.

Los asesinos fueron reclutados de otros lugares porque en el pueblo de Turón no encontraron quienes estuvieran dispuestos a perpetrar semejante crimen.

 Las víctimas comprendieron de inmediato las intenciones del Comité y se prepararon generosamente al sacrificio con la oración, la confesión y el perdón que otorgaron a sus asesinos.

A la hora prevista por el Comité, caminaron juntos y serenos al cementerio.

En el centro del mismo estaba preparada una fosa delante de la cual alinearon a los religiosos.

Fueron muertos con dos cargas de fusilería y rematados a tiros de pistola. La serenidad y valentía con la que los Hermanos y el P. Pasionista aceptaron el martirio impresionó a los mismos asesinos como más tarde ellos mismos declararían.

Pocos meses después de su muerte sus cuerpos fueron exhumados y trasladados con grandes manifestaciones de adhesión al mausoleo donde reposan en Bujedo, en la provincia de Burgos.

*

El Hno. JAIME HILARIO (MANUEL BARBAL COSÍN) nació el 2 de enero de 1898 en Enviny, diócesis de Urgel, provincia de Lérida.

Vivió en un ambiente profundamente cristiano, en los trabajos del campo y ruda labor de un pueblo de alta montaña.

A sus trece años entró en el Seminario de La Seo de Urgel. Pero, debido a una enfermedad del oído que será una cruz a lo largo de su vida, tuvo que abandonar los estudios eclesiásticos.

En 1917 decidió entrar en el noviciado de los Hermanos de La Salle. El 24 de febrero del mismo año, en Irún, tomó con el hábito religioso el nombre de Hno. Jaime Hilario.

Un año más tarde iniciaba su misión de educador y catequista. Fue en Mollerusa, en Pibrac, cerca de Toulouse (Francia), en Calaf, su tierra natal.

En este período se hizo patente su capacidad literaria, colaborando en revistas en la difusión de los valores cristianos.

En adelante su sordera le impedirá seguir su labor educativa. Tuvo que trasladarse a Cambrils (Tarragona) para ocuparse de las labores del campo.

El 18 de julio de 1936 estalla la guerra civil española. El Hno. Jaime Hilario se refugia en una casa amiga de Mollerusa, en donde permanece en régimen de libertad vigilada.

Después es trasladado a la cárcel de Lérida y, puesto que procedía de Cambrils, es conducido a Tarragona y encarcelado en el barco ” Mahon ” con otros sacerdotes y seglares cristianos. El 15 de enero de 1937 se celebró su juicio sumarísimo.

No quería abogado defensor porque iba a decir siempre la verdad. Por obediencia aceptó la defensa del Sr. Juan Montañés, pero no permitió que se disimulase su condición de religioso.

El Tribunal Popular de Tarragona lo condenó a muerte. Aceptó el veredicto con serenidad admirable y allí mismo envió a sus familiares una carta en la que expresaba su alegría de morir mártir.

El abogado tramitó la solicitud de gracia, que fue concedida a las otras 24 personas que habían sido juzgadas con él; pero él, el único religioso del grupo, fue ejecutado.

 El 18 de enero de 1937, a las 3,30 de la tarde, el Hno. Jaime Hilario fue fusilado en el bosquecillo del Monte de la Oliva, junto al cementerio de Tarragona.

Con asombro del piquete, el mártir siguió en pie después de dos descargas sucesivas. El grupo arrojó las armas y se dio a la fuga. El jefe del pelotón, furioso, se acercó a la víctima y disparó en la sien del héroe. Sus últimas palabras a los que iban a fusilarle fueron: -¡Amigos, morir por Cristo es reinar!

Estos mártires (los nueve de Turón y el Hno. Jaime Hilario) fueron beatificados juntos por el Papa Juan Pablo II el 29 de abril de 1990. Ahora la Iglesia honra su fe y su sacrificio, declarándolos Santos y proponiéndolos como ejemplo al pueblo cristiano.