“Gozaos, y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los Cielos.” S. Math. cap. 5 v. 12
“La lección presente del santo Evangelio nos encomienda de un modo especial por la voz del Maestro Celestial ocho virtudes insignes. Y á estas con un nombre común llamamos bienaventuranzas: porque ellas, entre las otras virtudes, especialmente nos conducen á la Bienaventuranza: séase á la perfecta que esperamos en la vida venidera, ó séase a la comenzada, que consiguen los justos en la presente. Por lo cual en el presente Sermón os debo yo predicar sobre la misma Bienaventuranza, y sobre los caminos, que nos llevan á ella, de lo cual trata la lección presente del santo Evangelio.
Y tomando el asunto desde su principio, se debe saber, que en el hombre hay dos apetitos naturales que se han introducido y engendrado en nosotros no por nuestras depravadas costumbres ó índoles, sino por el autor y hacedor de la naturaleza.
El uno es el apetito de la inmortalidad que tienen todos los hombres, los cuales se horrorizan de la muerte, y por impulso de la naturaleza aman la vida. Y de un apetito como este todos aquellos que filosofan y discurren bien, infieren con evidencia la inmortalidad de nuestra alma. Porque de lo contrario la naturaleza estaría malamente instituida, pues en el hombre había introducido el deseo natural de una cosa imposible; y también vanamente concedía aquello, que no podía servir absolutamente para uso alguno; lo cual de ninguna manera puede convenir á un artífice perfectísimo, cual es el hacedor y criador de nuestra naturaleza.
El otro apetito es aquel, con que todos deseamos la bienaventuranza con una natural propensión, superior á todo cuanto puede apetecer la mente humana. Y la bienaventuranza, según dice Boecio, es, un estado perfecto por la agregación de todos los bienes: y ella misma es el sumo bien del hombre. Y por eso se dice que es el último fin del hombre; porque cuando á ella llega no tiene a donde llegar mas alto, ni tampoco le queda ya más que desear. Y así como el que tenía una muy grande sed, luego que bebe hasta saciarla, ya no tiene mas sed, y aunque esté junto á una fuente , no se moverá mas al deseo del agua; así el que llega á un estado como este, nada mas desea ni apetece.
Y esto ¿qué otra cosa es que una participación de la divinidad? Porque es de Dios esta tan grande felicidad. Por este titulo á la verdad pueden los hombres entender la grandeza de su dignidad, respecto que para este estado perfectísimo y claramente divino fueron criados por el autor de la naturaleza.
También se puede entender, que entre todas las cosas que es capaz de saber y comprender el ingenio humano, ninguna de ellas es tan necesaria para ordenar rectamente nuestra vida, como el tener bien conocido y examinado este sumo y último fin de ella; porque ninguno, sin conocimiento anterior del fin de la vida (al cual se han de ordenar todas las cosas) puede dirigir ni referir bien las acciones y operaciones de ella.
Por esto Aristóteles habiendo de enseñar en su Ética el modo de bien vivir, lo primero trata del fin de la vida humana. Porque así como el que dispara saetas, dice él , debe antes mirar al blanco para dirigirlas á él derechas, y el marinero debe conocer antes el puerto á donde navega y camina , para dirigir hacia él el rumbo de la navegación; lo cual es también igualmente necesario en todas aquellas cosas que se administran con arte y consejo; así claramente cualquiera que desea, que todas las acciones de su vida no sean vagas y temerarias, sino rectas y ordenadas, se debe proponer á la vista el fin de ella, y dirigir hacia él su curso.
Y que la Ética á quien toca tratar de este fin, y de los grados ó caminos por donde se llega á él, se debe colocar entre las nobles disciplinas, este mismo Autor lo define: porque considera y trata de aquello, que es mas excelente en la vida de los hombres.
I
Y atribuyendo todos los Filósofos este deseo natural de la bienaventuranza al hombre, no obstante que en la inquisición de en lo que consiste han trabajado, y se han fatigado mucho, estuvieron tan lejos de dar con ello, que en ninguno otro asunto como en este anduvieron tan ciegos, y en ninguno otro se dividieron en tan varias y casi contrarias sentencias.
Porque ¿quién hubiera podido creer lo que refiere San Agustín en el libro 19 cap 1 de la Ciudad de Dios, que hubo entre los Filósofos doscientas y ochenta opiniones acerca del bien sumo del hombre, si el mismo Santo no citara por testigo de ellas á Marco Varron Escritor muy sabio entre los Romanos?
Porque unos lo pusieron en las riquezas, otros en las honras, aquellos en los deleites, estos en el poder, unos en la sanidad ó carencia de dolores, otros en la varia literatura y ciencia de cosas máximas, otros finalmente en otras cosas, cada uno según su apetito e ingenio.
Y no solo los Filósofos, sino también los hombres sin letras miden la bienaventuranza cada uno según sus respectivos antojos y gustos. Porque un mendigo piensa que la bienaventuranza consiste en las muchas riquezas: y éste mismo, si está enfermo, la pone en la salud; el ambicioso en los honores; el deshonesto en los deleites carnales; el Palaciego en el favor y amistad del Soberano; el Rey y el Emperador en la gloria militar y en los triunfos y victorias. Todos estos pues piensan que el sumo bien está constituido en aquellas cosas que desean con ansia, y juzgan que serán bienaventurados si las consiguen.
Entre estas tan varias sentencias de los hombres, tres de ellas parece que se acercan algo más á la verdad.
La primera la de los Estoicos, que en sola la virtud colocaron el bien sumo del hombre; y entre todos los bienes no encontraron otro mayor, que pudiera felicitar al hombre. A la verdad que se hacen loables aquellos que tanto apreciaron la virtud, pero se engañaron en haber juzgado, que eran bienaventuranza los instrumentos de ella: cosa á la verdad no menos importuna y necia, que si un labrador pusiera su fin en la labranza de su campo: porque este es no el fin sino el oficio del labrador; y con él se llega á una copiosa y sazonada cosecha de frutos, que es el fin del labrador. Así pues la virtud no es la felicidad, sino un camino muy cierto para llegar á ella.
La segunda es la de Aristóteles, que puso la felicidad en la contemplación de cosas altísimas, que puede tenerse por las ciencias humanas; si con ella se junta una buena salud, y un competente patrimonio. Pues no le parece que es plenamente bienaventurado ni un mendigo, ni un enfermo; porque el que es bienaventurado debe carecer de toda molestia y tristeza. En esto, este hombre, por otra parte muy sabio, no alcanzando otra cosa mas que decir por la luz natural de la razón, que solo tenía, sin embargo se engañó por dos capítulos: uno, porque la felicidad la sujetó á la dominación de la inconstante fortuna: pues juzgó se requería para la bienaventuranza las riquezas y buena salud, que están fuera de la facultad de los nombres: el otro, porque puso una tal felicidad, que de ningún modo pueden alcanzar los hombres en esta vida. Porque ¿quién sino solo Dios es capaz de carecer en esta vida de toda aflicción y molestia?
La tercera es la sentencia de Solon , y es la que más se acercó a la verdad por más que Aristóteles también la reprehenda. Este Filósofo, siendo preguntado por Creso, que era muy rico, y se reputaba por bienaventurado, ¿á quien tenía por beatísimo entre los hombres? le dio noticia de tres hombres ya difuntos, que vivieron muy honestamente y murieron con buena fama, y á estos dijo que él juzgaba bienaventurados. Y afirmó también que esto no se le podía conceder á ninguno que todavía viviese. Porque en tiempo largo, decía él, es forzoso ver y padecer muchas cosas, que no queremos: el día de mañana trae consigo alguna cosa que no hubo hoy.
Todo hombre pues está, ó Creso, expuesto á calamidades. Ya veo que tú abundas en riquezas, y que dominas á muchas naciones; sin embargo lo que me has preguntado nunca pensaré que te se debe atribuir, si antes no oigo, que mueres dignamente. Porque el que tiene muchas riquezas amontonadas, no puede ser mas feliz que el que tiene con que pasar el día, si la misma fortuna no acompaña al que se porta bien hasta la muerte.
Hasta aquí Solon. Cuyas palabras, si las consideramos bien, entenderemos claramente, que ni aun aquellos tres fueron bienaventurados según su sentencia. Pero habiendo este varón sabio visto las miserias comunes de los hombres, pensó que habían sido muy bien tratados aquellos, que, antes de verse oprimidos con una grave calamidad ó trabajo, salieron de este mundo. Y estas cosas no las dijo temerariamente Solon al Rey. Porque la variedad é inconstancia de las cosas humanas el mismo Creso, que se tenía por bienaventurado, la experimentó, porque perdiendo su reino, y derribándole de aquella su felicidad, cayó bajo del dominio del Rey de los Persas. Este también siendo sentenciado á muerte, acordándose del dicho y sentencia de Solon, clamó con voz grande: ¡O Solon! ¡ó Solon! Con cuya voz confesó ya la verdad de su adivino, y ya la inconstancia de la voluble fortuna, que antes tenía tan poco conocida.
Pues de esto pienso que consta ya con bastante claridad, que en esta vida se ha de desesperar de poder tener la felicidad, pues toda ella es una tentación, ó milicia, y está llena casi de infinitos afanes, cuidados y trabajos. Porque ¿quién es aquel, á quien se concedió exención de aquellos males, con que vemos es oprimida y afligida esta presente vida? ¿Quién, digo, está tan libre y exento que alguna vez no se vea molestado de gravísimos males; ó á lo menos no tema aquellas miserias con que la bienaventuranza (si es que, así se puede llamar) se puede interrumpir y perder? Á la verdad que todos los mortales nacen bajo la condición, de pasar la mayor parte de su vida en lágrimas, en tristeza, enredados en muchos males y calamidades. Porque no hay memoria de que algún hombre se haya hallado jamás, que no le hayan sucedido muchos mas males que bienes.
Luego es claro por lo dicho que todos los conatos de los Filósofos han sido vanos é írritos; respecto que hasta ahora ninguno de ellos pudo encontrar la felicidad, esto es, el fin de la vida humana. Y la causa de todos los errores fue, que en esta vida buscaban un fin altísimo, el cual se debía buscar en la otra. É ignorándose el fin, ó constituido vanamente ¿qué cosa pudo obrarse en la vida santa y religiosamente? A ellos se puede acomodar aquello que Santo Thomas Apóstol dijo al Señor (Joann 14 V. 5): Señor, no sabemos donde vas, ¿y cómo podremos saber el camino? Porque ignorando el fin, era forzoso que toda la filosofía y prudencia humana anduviera en unas cimerias tinieblas, y que fluctuase con unas ondas y movimientos inciertos.
Esto dio a los Teólogos un firmísimo argumento, para colegir no solo por principios de fe, sino por la misma razón, que fue necesaria para los hombres la luz celestial: y la revelación de la verdad, para que el hacedor de la naturaleza, que no falta en cosa alguna necesaria para la piedad, no faltara á la criatura nobilísima entre todas en la cosa sumamente precisa.
Para esto pues envió primero á los Profetas ilustrados por el Espíritu Santo, para que nos ilustraran y enseñaran á nosotros. Y no contento con esto, el mismo Señor de los Profetas se dignó venir á nosotros, y enseñarnos sobre esto por sí mismo. Este pues nos enseñó con palabras y ejemplos que la bienaventuranza no debía esperarse ni buscarse en esta vida calamitosa, que mas debe llamarse muerte, que vida, sino en la vida futura ; lo cual muestra al fin de la presente lección del Evangelio, cuando dice: Gozaos, y regocijaos, porque vuestro gozo es muy grande en los Cielos.
Luego en los Cielos, y no en la tierra se debe esperar el galardón felicísimo de nuestra bienaventuranza. La causa de esto enseñan los Doctores que es el infinito seno de nuestra alma, que no puede llenarse sino con la consecución de un bien infinito, que consiste en la visión clara de la divina hermosura.
Y preguntará alguno, cómo la perspicacia de nuestro entendimiento tan rudo, que ni siquiera puede entender la sustancia de su alma, se levantará al conocimiento de aquella altísima é incomprensible naturaleza (I Tim 6 v 16), que habita la luz inaccesible, y que puso las tinieblas por su escondrijo (Psalm 17 v 12), y de la cual leemos en el libro de Job (Job 26 v 26): ¿He aquí el Dios grande que vence nuestra ciencia? Pues á esta cuestión respondo que la perspicacia de nuestro entendimiento se ha de avivar, y juntamente elevar con especial lumbre de gloria, para que pueda ver esta muy resplandeciente luz.
Esta lumbre dicen los Teólogos que es semejante á los anteojos, con los cuales los ojos de vista corta pueden ver aquellos objetos que están muy distantes de ellos, y son inaccesibles á su poca vista. Pues lo que hacen los anteojos para los de vista corta, esto hará la lumbre de gloria con nuestra alma, para que á cara descubierta vea la hermosura inmensa de Dios: la cual sin embargo no comprenderá, sino que aun quedará en ella infinidad de cosas, que no es capaz de alcanzar el entendimiento humano.
Y esta misma lumbre de gloria hará, que aunque aquella altísima naturaleza sea una suma simplicidad, no obstante entre los Santos uno vea más que otro según la variedad de méritos; por los que se ilustrará con mayor lumbre de gloria.
Así sucede que el hombre y el águila ven un mismo sol, y el águila lo ve más claramente porque tiene vista más perspicaz.
Pero preguntaréis otra vez: ¿Si el que ve menos, desea ver más, y también si desea comprender?
Pues á esto respondo, que siendo la comprension propia de sola naturaleza divina, de ningún modo puede ésta caber en el deseo de las criaturas: así como no cabe en los hombres el deseo de volar, que es propio de las aves. Y aunque (como antes queda dicho) haya infinitas cosas en aquella suma naturaleza, á las cuales no puede tocar ninguno de los bienaventurados; sin embargo el mismo Señor por su gracia eminente dará tanta rectitud á la voluntad de ellos, que contentándose cada uno con su suerte, nada más desee que lo que tiene.
Pues esta es, Hermanos, la bienaventuranza, esta es la felicidad completa, este es el fin último de la vida humana, al cual aspiramos todos los que somos cristianos.
II.
Ahora, respecto que se ha hablado ya del fin, esto es, del puerto de nuestra felicidad, es consiguiente, que digamos también algo acerca de los caminos por donde se llega á ella.
Esta cuestión en la realidad la resolvió el autor mismo de la felicidad con mucha claridad y brevedad, cuando al Joven deseoso de este bien le dijo (Matth 19 v 17): Si quieres entrar en la vida guarda los mandamientos.
A la verdad que á poco precio nos promete la vida eterna aquel mismo, que nos la compró á costa de su preciosa Sangre. Verdaderamente Señor que por nada nos salvaste, aunque no por nada nos hayas redimido (Psalm 55 v. 8). Porque ¿qué cosa grande es amar á Dios, y al próximo, en cuyos mandamientos consisten la ley y los Profetas?
Pero porque al modo que para fortificación de las plazas, que están á las fronteras enemigas se han excogitado no solo las murallas, sino también los fosos y antemuros: así el Señor á la custodia de los mandamientos, que son como las murallas, añadió también los consejos, que son como el antemural, con los cuales se conserven seguros y sin fracción los muros de los mandamientos; de los cuales principalmente se trata en la lección del santo Evangelio del día.
Estos consejos en la realidad nos fortalecen tanto en el camino de la bienaventuranza, que por esta causa se llaman bienaventuranzas.
Porque se llaman, lo que hacen, y lo que nos confieren con su oficio y práctica.
Éstas explica el Maestro Celestial ya en otras partes, y ya principalmente en la presente lección: en la cual de todo el hermoso coro de virtudes, escogió especialmente ocho, las cuales con mucha especialidad nos aderezan el camino para la bienaventuranza, por el cual todos los Santos llegaron á ella.
Porque todos fueron pobres de espíritu, todos fueron mansos, misericordiosos, limpios de corazón y pacíficos. Todos, mientras vivieron en este mundo, tuvieron hambre y sed de justicia, todos lloraron con piadosas lágrimas sus pecados y los de otros: todos sufrieron varias persecuciones del mundo por conservar la piedad y justicia; y por eso ahora reciben en el cielo un galardón muy grande por sus trabajos.
Y aunque todos florecieron en todo género de virtudes, unos resplandecieron más que otros en algunas de ellas, disponiéndolo así Dios para la hermosura de su Iglesia; y á este modo cada uno se escogió un especial camino para la bienaventuranza; lo que os haré ver claramente proponiéndoos ejemplos.
La primera bienaventuranza es la pobreza de espíritu; la cual practicó un San Francisco, de modo que apenas pensaba ni de día ni de noche otra cosa, que el que no hubiera alguno mas pobre que él. Porque ningún avariento buscó jamás las riquezas con tanta ansia, cuanto este Santo deseó la pobreza y carestía de todas las cosas: ningún envidioso envidió la próspera fortuna de los otros, cuanto este Santo si por casualidad veía algún pobre mendigo necesitado ó desnudo. ¿De cuántos modos recomendó esta virtud, con qué títulos no la ennobleció? ¿Unas veces la llamaba su señora, otras su esposa, otras su reina, y Esposa del Rey Eterno? Por último preguntándole una vez sus Frailes, qué cosa era la que mas estrechamente juntaba los hombres á Dios; la pobreza, respondió, y el desprecio de las riquezas terrenas. Porque vencido este amor, nuestra alma, libre de los lazos terrenos, por su inclinación se va á las cosas del cielo como próximas á su naturaleza. Porque así como el imán atrae á sí el hierro, y lo tiene pendiente é inmóvil en el aire por una afinidad oculta de ambos; así Dios arrebata á sí fácilmente el alma purgada del amor de las cosas terrenas, y asemejada ya á él, la trae á sí con facilidad, y se la estrecha consigo con el nudo muy apretado de la caridad.
Después de la pobreza se sigue la mansedumbre, que es su hermana y vecina, de la cual dice el Salvador: Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra. Ésta también fue una virtud común á todos los Santos.
Por tanto frecuentemente se llaman mansos en las santas Escrituras; sin embargo éstas atribuyen esta virtud con especialidad á Moisés: porque así leemos de él (Exod 4 v 28): Y era Moisés varón muy manso sobre todos los hombres, que vivían sobre la tierra. Porque aquel sumo Gobernador del mundo, quiso que el que escogió para Maestro y Rector de su pueblo, careciese de ira y de furor, y que fuera el más manso entre todos los hombres.
De esto, omitiendo otros casos, es prueba, que, no obstante, que tantas veces le apedreó el pueblo ingrato y rebelde, con todo, luego que vio al Señor airado contra este mismo pueblo por la sacrílega adoración del becerro, estuvo ante el acatamiento del Señor en un ayuno de cuarenta días, pidiendo el perdón de aquella horrenda maldad, y deseando ser anatema por ellos” (Ex 34 v 28).
Y en este elogio no parece fue inferior un David, quien habiendo podido oprimir y matar á Saúl su enemigo cruelísimo, sin embargo no le hizo el mas leve daño (I Reg 24 v 5): y aun lo que es mas, mató á aquel, que le quitó la vida, y rasgándose sus vestidos lloró con un llanto muy amargo la muerte del mismo Saúl (2 Reg I v 15) ; ya los que cuidaron de enterrar su cadáver , prometió que los honraría y premiaría mucho (2 Reg 2 v 6). Finalmente esta sola virtud alega ante Dios, diciéndole (Psalm 131 v I): Acuérdate, Señor, de David, y de toda su mansedumbre.
Siguese luego la tercera bienaventuranza de los que lloran; en la cual resplandecieron principalmente los Santos Profetas: los cuales no solamente corregían los pecados de los hombres por el celo de la honra divina, sino que también ellos se lamentaban con un piadoso afecto de compasión.
Entre ellos sobresalió mucho un Jeremías, santificado desde el vientre de su madre; el cual gastó toda su vida desde su niñez en llanto y lágrimas. Y no contento con tanto llorar, muestra que aun deseaba más copiosas lágrimas, cuando dice (Jerem 9 v I): ¿Quién dará agua á mi cabeza, y á mis ojos una fuente de lágrimas, y lloraré día y noche?
Y hay dos especies de lágrimas, así como hay también dos especies de tristeza: una según el mundo: otra que es según Dios. Aquella es con la que sentimos la pérdida de cosas temporales, ó las muertes de nuestros parientes y amigos con un llanto excesivo y desordenado: la cual reprehendiendo San Jerónimo en Santa Paula, que lloraba con mucho dolor la muerte de su hija, la dice: Alma, que así llora, es de las que gastan vestidos de seda.
La otra es cuando lloramos las maldades de la vida pasada, como lo hacía aquel Santo Rey, cuando decía (psalm 6 v 7): Lavaré todas las noches mi lecho; con lágrimas regaré mi estrado. Y estas lágrimas que se vierten por los pecados, y no por otras cosas, dice S. Crisóstomo, que son medicina, y lo confirma con una no vulgar razón. Porque si te consumes llorando, porque perdiste á tu hijo, á tu marido, ó mujer ó tus riquezas; no hallarás en ellas remedio alguno para estas calamidades; mas si lloras tus pecados, inmediatamente con ellas te los lavaste y quitaste. Por donde consta, que ellas son verdadera y propia medicina de los pecados. Esto con razón se numera entre estas bienaventuranzas, respecto que, como dice el Apóstol (2 Cor 7 v 10), la tristeza, que es según Dios, es obradora de la penitencia para una salud estable.
Siguese después el cuarto camino de los que tienen hambre y sed de justicia; entre quienes sobresalió el Santo Daniel, de modo que el Ángel le llamó varón de deseos (Dan 9 v 23).
Pero ¿por qué usó el Señor de la frase tener hambre y sed, en lugar de desear? Ciertamente fue porque cuando tenemos mucha necesidad de la comida y bebida, nos movemos del deseo de estas cosas, en tal conformidad que por el logro de ellas desatendemos ó trocamos fácilmente todas las otras cosas, aunque sean muy preciosas.
Porque si á un hombre que se muere de hambre ó sed, le ofreces todo el oro del mundo, y aun el imperio de él, sin proveerlo de pan y de agua, lo estimará todo en nada.
Porque como dijo un Filósofo hablando de los jumentos, mas querían heno, que oro; lo cual refiere también Aristóteles; así también los hombres viéndose estrechados por el hambre antepondrán el pan á todos los otros bienes del mundo.
Por esta causa Esaú cansado y oprimido del hambre, para comprar alimento á su hermano, le vendió la dignidad de primogénito, diciendo (Gen. 25 v. 32): He aquí yo muero, ¿qué me servirá mi primogenitura?
Así también Lisímaco Rey de la Tracia, estando sitiado por sus enemigos, se entregó á sí, y á su reino por la sed que tenía. Y después de haber bebido el agua que le trajeron, ¡Oh, dijo, qué cosa tan pequeña me hizo esclavo de Rey! Habiendo pues el Señor usado de las frases de tener hambre y sed en lugar de desear, quiso que se entendieran no cualesquiera deseos de justicia, sino aquellos, que por su vehemencia, al modo de la verdadera hambre y sed, despreciarán todos los demás bienes del mundo; esto es, con los cuales los hombres se enardecieran en el deseo de las cosas celestiales, de modo que por su logro y consecución estimaran en nada todo lo demás. Y unos semejantes deseos solamente puede tenerlos una alma pura, y que está libre de todo desordenado amor de cosas terrenas. Porque ¿cuál os parece es la causa de que muchos enfermos, que adolecen de inapetencia aborrecen casi como á la muerte la comida, la cual amaban locamente cuando sanos? Ciertamente que no es otra , que el que su estómago, estando lleno de humores perniciosos, teniendo dentro de sí muchos enemigos con quienes luchar, rehúsa admitir á otros. En este tiempo si á beneficio de los medicamentos expele aquellos humores perniciosos, inmediatamente vuelve el mismo apetito de comer que había antes. Pues, Hermanos, la misma causa es, por la cual nos fastidian las cosas máximas y bellísimas , cuales son las virtudes, y dones celestiales y divinos, porque nuestra voluntad está llena de humores perniciosos de vicios, y varios apetitos, los cuales si no expelemos de nosotros con los medicamentos de la penitencia, y propósito de mejor vida, nunca padeceremos hambre y sed de la justicia, y cosas celestiales; así nunca tendremos aquella saciedad saludable de la mente que da pastos de suavidad inestimable á los que entran y salen.
Inmediato á este vivo deseo está el camino de la misericordia; por donde andando todos los Santos, los cuales se llaman en las santas Escrituras varones de misericordia, consiguieron la misericordia; mayormente aquellos, que practicaron la vida activa, que toda consiste en el alivio de las miserias ajenas.
Y en el nombre de misericordia creo se significa aquí no tanto el efecto de esta virtud, cuanto el afecto. Porque aquel solo conviene á los ricos, y éste es común á pobres y ricos. Porque el efecto de la misericordia consiste en obra, y el afecto en voluntad. En la cual es rico cualquiera que como el Santo Job puede decir (Job 30 v.25): Lloraba antiguamente sobre el que se veía afligido, y mi alma se compadecía del pobre. Y de estos que tienen un afecto semejante, dice el Señor en la presente lección del Evangelio: Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán la misericordia. De cuyas palabras parece, cuán necesaria es esta virtud para todos aquellos, que tienen necesidad da la misericordia del Señor, i Y quién hay entre los mortales que no necesite de ella? Á la verdad que dijo muy bien S. Agustín: ¡Ay aun de la vida loable, si se juzga sin piedad! Pues teniendo todos tanta necesidad de esta misericordia, el camino real para conseguirla y alcanzarla es la misericordia: esto es, que tú te portes tal con los hombres, cual quieres que se porte el Señor contigo. Y qué sea lo que valga la virtud de la misericordia en aquel juicio final contra la justicia vengadora, bastantemente lo declaró el Apóstol Santiago, cuando dijo (Jacob. 2 v. 13): La misericordia sobresale sobre el juicio ; esto es , en este combate es la misericordia superior contra el juicio ; ó hablando mas claramente triunfa la misericordia del juicio ; porque á quienes hubiera podido oprimir la severidad del juicio , libra la misericordia , y los absuelve, cuando alega ante el Padre de las misericordias, que es digno de misericordia aquel , que fue benigno y misericordioso con los otros. Luego no sin razón dice Ecumenio que la misericordia es semejante al aceite, con el cual los atletas habiendo de luchar solían untar sus cuerpos, para no dar a los Jueces ocasión de detenerlos por las carnes resbaladizas con el aceite. Y esto mismo hace el aceite de la misericordia con los que han de ser juzgados; á saber, que la justicia vengadora de los pecados no tenga ocasión de acusar ó condenar á aquellos, á quienes defiende de la acusación la misericordia.
Siguese el sexto camino para la bienaventuranza, que es el de los limpios de corazón, de quienes dice el Señor: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán á Dios. Así como anduvieron por el camino anterior de la misericordia los que practicaron la vida activa, así este presente siguen principalmente loa que se han dedicado todos á la vida contemplativa.
Porque el cuidado principal de estos fue, purgar su mente de toda suciedad y hez terrena, para que recibiendo en ella como en un terso espejo los rayos muy resplandecientes del Sol, se ilustraran con un mayor conocimiento de la divina bondad.
Y así oportunamente se propone esta pureza la visión de la luz divina, la cual así como es molesta á los ojos tiernos y enfermos, así es amable para los limpios y puros.
Por lo cual rectamente, y con nombre muy expresivo la llamó S. Agustín sabiduría de la mente purgada.
Porque Dios solo sabe verdaderamente á aquellos, que tienen su mente purgada, cuya suavidad y dulzura es inestimable.
El camino séptimo para la bienaventuranza es, el de los pacíficos, de quienes dice el Salvador: Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Estos son los que no solo tienen paz interior consigo mismos y con otros, sino que también procuran conciliar y obrar la paz con otros.
Porque así como es oficio de los hijos del Diablo sembrar discordias entre los hermanos con sus chismes ocultos: así por el contrario es propio de los hijos de Dios obligar y unir entre sí á todos los hombres con una mutua benevolencia.
Porque Dios Amador y Criador de los hombres es conciliador de la paz y de la dilección. Por cuyo título el Apóstol lo llama (2 Cor. 13 v. II) Dios de la paz y de la dilección. Y en otro lugar: No es, dice, Dios de la disensión, sino de la paz. También Isaías llamó á Cristo Señor nuestro Príncipe de la paz.
Pues si este es el nombre, y este es el cargo y oficio de Dios; con razón se llaman hijos suyos los que en esta parte representan la imagen de aquel, que está todo atento, y solícito á ayudar y conservar á los hombres, y estuvo tan cuidadoso de la paz humana, que envió al mundo su Hijo, para que reconciliara las cosas ínfimas con las supremas; y anunciara la paz á aquellos que estaban cerca, y también á los que estaban lejos.
Luego con razón se tienen por bienaventurados estos tales los cuales son hijos de Dios en esta vida, y en la futura serán herederos de su Reino. ¿Qué cosa puede excogitarse mayor que esta bienaventuranza?
Siguese la postrera y última bienaventuranza, la cual colocó el Maestro Celestial en la parte final de esta sagrada lección, cuando dijo: Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque, de ellos es el Reino de los Cielos.
A la verdad que ésta así como es la última, así es la suma felicidad de esta vida, á la cual se ordenan todas las demás.
Porque ni la caridad, ni alguna de las bienaventuranzas antecedentes pueden elevarse ni caminar á mayor altura, que á que el hombre no solo sea justo, sino que también padezca persecución por la justicia.
Por tanto en ésta especialmente se gloría San Pablo, cuando dice (Rom 5 v 3) que se gloria en las tribulaciones.
Y este camino nos enseñó toda su vida no solo de palabra, sino también con ejemplos clarísimos el Hijo de Dios, á quien llamó Isaías (Isai 53 v 3), varón de dolores, y que sabía la enfermedad.
Y por eso la Esposa en los Cantares (Cant I v 12) lo llama acechillo de mirra, porque toda su vida y doctrina apenas es otra cosa que un montón, y acechillo de amarguras, dolores, lágrimas y trabajos.
De aquí sucede, que es más feliz y bienaventurado aquel, que es más semejante y parecido á este espejo perfectísimo de bondad y santidad.
Y á esta bienaventuranza promete el Señor el premio, no futuro, como á las anteriores, sino presente, cuando dice: Porque de ellos es el Reino de los Cielos. Porque gustaron la buena palabra de Dios (Hebraeor 6 v. 5), y las virtudes del siglo venidero aquellos, que se hicieron superiores no solo á las prosperidades de la fortuna, sino también á sus reveses y adversidades; las cuales tienen en ninguna reputación con tal que en la vida presente disfruten una felicidad interna, y la eterna en la vida futura.
III.
Estos son, Hermanos, los caminos ciertísimos por los cuales se llega á esta doble bienaventuranza. Pero porque la una solo es comenzada, y la otra llena y perfecta; os insinuaré brevemente qué cosa sea esta última, para que estéis muy prontos á andar por estos caminos.
Esta pues bienaventuranza, ó galardón divino, para definirlo brevísimamente, es un bien infinito, sumo, cumplidísimo, y para decirlo así, es un bien universal.
Porque en él se contienen todas las perfecciones de todas las cosas, todos sus elogios, toda su dignidad, toda su honestidad, toda su delectación, toda su belleza y hermosura, y finalmente en él se contiene la suma de todos los bienes.
Porque Dios que á todas las cosas dio sus respectivas perfecciones y hermosura, de ningún modo puede carecer de aquella bondad y perfección que dio á cada una de ellas.
Por tanto dice S. Bernardo: Admiras el resplandor en el Sol, en la flor su hermosura, en el pan el sabor, en la tierra la fecundidad; pues Dios les dio todos estos dones. Y no es dudable que para sí se reservó mucho más de lo que dio á las criaturas.
Porque así como la luz de todas las estrellas se deriva del Sol, y éste por sí no solo contiene el resplandor de todas, sino que lo tiene mucho mas copioso y abundante; así la belleza y hermosura de todas las criaturas tanto terrenas como celestiales, así corporales, como espirituales, se deriva y proviene de aquel sumo Criador, pero de modo que para sí se reservó una hermosura, y perfección infinitamente mayor y mas excelente.
¿Pues qué nos admiramos que el Criador exceda infinitamente á sus criaturas, cuando vemos que unas criaturas son vencidas en mucho por otras, esto es, las estrellas son vencidas por el Sol en la grandeza de resplandor?
Luego cualquiera que goza en el cielo de este bien sumo y universal, éste goza plenísimamente de la suavidad amplificada de todos los bienes juntos, de toda su belleza y hermosura, de toda su gloria y dignidad, y de toda su delectación y delicias.
Esto en la realidad es tan verdadero, que si ahora el Dios Omnipotente sacara al pérfido Judas del infierno, y le comunicara por el espacio de una hora esta tan grande felicidad, de ningún modo podría menos de disfrutar en el espacio de este tiempo de una suma delectación, y amar con un sumo amor al Señor presente.
Porque así como los ojos abiertos no pueden menos de ver la luz presente, ó los oídos atentos el sonido de la voz; así la voluntad, presentándosele la especie del sumo bien, no puede menos de irse hacia él con todo ímpetu.
Siendo esto así, ¿dónde, pregunto, llega la necia avaricia de los mortales, que no se abrasa con el deseo de este bien tan grande? Porque si vemos con frecuencia, que los hombres se cautivan por el amor de alguna especial hermosura, de modo que en cierto modo parece que se han vuelto locos; ¿qué harían estos si vieran con sus ojos aquella infinita hermosura, y creyeran que habían de gozarla no por corto tiempo, sino por edades eternas de siglos? Porque si así los embriaga una noticia de una hermosura corpórea; ¿qué harían si entraran en aquel inmenso piélago de la hermosura divina.
Y á lo dicho se debe añadir que el gozo y fruición de este bien no es solo de uno ú otro sentido, sino que mana á todos los sentidos del cuerpo, y potencias del alma: Cosa que no puede convenir de modo alguno á los bienes de esta vida: porque da ellos unos por ejemplo deleitan los oídos con la melodía, otros los ojos por la belleza, otros las narices por la fragancia, otros el sabor por la suavidad, y otros la mente por la especie de su dignidad : mas este bien sumo, así como en sí contiene toda la hermosura y belleza de todas las criaturas, así aunque principalmente se posea por el entendimiento, sin embargo redunda y rebosa á todas las potencias del alma, y sentidos del cuerpo, de modo que nada hay en toda la región del hombre, que no disfrute alguna comunicación de esta felicidad.
Así sucede, que en el hombre glorificado de este modo se sumerge lo mortal de la vida, y el mismo hombre disfrutando con tantos sentidos la gloria de la divinidad, pasa en cierto modo á la naturaleza divina.
¿Hay aun algo que pueda añadirse á esta tan grande felicidad? Lo hay en la realidad.
Poco ha que os dije que todos nuestros sentidos y potencias en un mismo momento de tiempo disfrutan estos bienes tan grandes. Esto de ningún modo se verifica ni acontece en esta vida, como es buen testigo el mismo Aristóteles; que dice que el vehemente deleite de un sentido, cuando se percibe mucho impide las delectaciones de los otros sentidos.
Como por ejemplo, si uno está con mucha atención á la melodía de una cítara, y con ella se deleita mucho, no entenderá á un Orador, que diga al mismo tiempo, ó no sacará deleite alguno de su oración, aunque sea extremada su facundia.
Mas aquella suma y eterna felicidad aficiona y deleita todas las facultades del hombre, de modo que la suavidad de la una no impide la de la otra, ni la interrumpe, sino que todas juntamente disfrutan cada una según su diferente modo toda aquella multiplicada delectación.
Ahora ya, Hermanos, como si bajáramos del cielo, volvamos sobre nosotros mismos.
¿Creéis que es verdad lo que os he dicho? Ciertamente que nada hay mas verdadero, que aquello que atestiguó la misma verdad.
¿No pensáis por cosa digna el que con todo nuestro conato nos apresuremos hacia esta tan grande felicidad, y que de todos nuestros cuidados sea éste el primero, y también, si fuere necesario, padezcamos algo por ella? No dudo que también habéis de conceder esto. Ciertamente que la concedería un S. Agustín, de quien son las siguientes palabras: Tanta es la hermosura de la justicia, tanta la delectación de la luz eterna, es decir, de la verdad y sabiduría inconmutable, que aunque no fuera permitido mas que vivir un solo día en su posesión, por este solo día se debían despreciar con razón innumerables años de esta vida, llenos de delicias v y de la abundancia de todos los bienes temporales. Porque es mejor un día en tus atrios, que millares (Psalm 83 v. II).
De estas palabras de S. Agustín se puede argüir así: Si años innumerables, llenos de las riquezas y delicias de este mundo, se debían despreciar con razón por la gloria de un solo día: pregunto, ¿qué será razón hacer por una gloria eterna, que nunca jamás se ha de acabar?
Si esto es así, Hermanos, no será razón que preguntemos como el Profeta (Psalm 14 v. I): Señor, ¿quién habitará en tu tabernáculo, ó quién reposará en tu santo monte? O aquello (Psalm 23 v.3): ¿Quién subirá al monte del Señor, ó quién estará en su lugar santo? ¿Quién, digo, será tan feliz y afortunado, que desde este valle calamitoso de lágrimas vaya á aquellas soberanas regiones, y unido con los coros de los espíritus bienaventurados, vea alegre la cara de su Criador?
Felix, caeli quae presentem Regem cernit , anima
Et sub se despectat altam orbis volvi maquinam,
Solem, Lunam,et globosa cum planetis sydera. (Ex hym Pet Damian)
Pues si alguno desea llegar aquí, tiene abiertos los caminos en la presente lección del santo Evangelio para el Cielo, por los cuales puede llegar á él.
De estos el primero es la pobreza, con la cual expelemos de nosotros el apetito desordenado de bienes terrenos.
Otro es el de la lenidad y mansedumbre por cuya virtud sufrimos y llevamos por Dios con paciencia y lenidad las injurias y contumelias que nos hacen.
Otro es el de las lágrimas y llanto, con el cual lloramos con un piadoso afecto nuestras maldades, y también las de los próximos, y por unos y otros imploramos la misericordia de Dios.
Otro es el de los santos deseos, con los cuales nos incitamos á la práctica de la virtud y justicia; pidiendo al Señor humildemente, que nos haga participantes de los buenos deseos.
Otro es el de la misericordia, con la cual ya que otra cosa no podamos, nos dolemos de la suerte de los miserables con un afecto de compasión.
Otro es la pureza y limpieza del corazón, con la cual sacudimos con la mayor presteza de nuestros corazones todo pensamiento impuro.
Otro es el de la caridad y paz, la cual, en cuanto sea posible, debemos, por lo que hace á nosotros, retener y conservar con todos los hombres.
Y la última es, que si por hacer estos oficios de justicia y piedad, es precisa la pérdida de nuestras cosas, ó padecer alguna deshonra, entonces nos alegremos seriamente y nos regocijemos, porque nuestro galardón es muy grande en los cielos.
Á los cuales se digne llevarnos aquel, que con estos consejos saludables se dignó abrirnos el camino para ellos: á quien es la gloria y el imperio por infinitos siglos de siglos. Amén.
V. P. M. Fr. Luis de Granada, Profesor de Sagrada Teología de la Orden de Santo Domingo. Sermones para las principales fiestas de los Santos. Tomo Decimotercero. Traducido por Pedro Duarte (C.S.B.) Imprenta y Librería calle de la Cruz. 1793.