Archivo de Noviembre 2009

Devoción para el Sagrado Adviento de las 1000 Ave Marías

Noviembre 26, 2009

La devoción de las 1000 Ave Marías practicada por Santa Catalina de Bolonia, empieza el 29 de Noviembre y termina el 25 de Diciembre.

Oración para todos los días

Con reverente sumisión, nos postramos a vuestros pies, ¡oh amorosa Madre de los pecadores! y os suplicamos humildemente, por los méritos de la Sangre de vuestro Divino Hijo y mediante vuestra intercesión y la de Santa Catalina, nos alcancéis espíritu de fervor para practicar debidamente esta preciosa devoción, juntamente con las gracias que Vos sabéis necesito para llegar a la santidad y mediante ésta, salvar mi alma. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

1º Decena.- Diremos diez Ave Marías, y al fin de cada una, la siguiente jaculatoria: Bendita sea; ¡oh María! la hora en la cual fuisteis consagrada Madre de Dios.

2º Decena.- Al fin de cada Ave María, diremos: Bendita sea, ¡oh María! la hora en la cual disteis a luz al Hijo de Dios.

3º Decena.- Al fin de cada Ave María, diremos: Bendita sea, ¡oh María! la primera gota de leche con que alimentasteis al Hijo de Dios.

4º Decena.- Al fin de cada Ave María, diremos: Bendito sea, ¡oh María! el primer abrazo que disteis al Niño Jesús, Hijo de Dios.

-

Oración para el 25 de Diciembre

(Ofrecimiento de las mil Ave Marías y Bendiciones)

¡Gloria y alabanza al Dios Altísimo, que nos concedió su gracia para practicar este santo ejercicio, a imitación de su fiel Sierva Catalina!

Gloria y alabanza a Vos Madre de mi Dios y Madre mía, María, porque no dudo habréis recibido con agrado este humilde obsequio, aunque tan tibiamente practicado.

Os pido querida Madre mía, que en cambio de estas mil Ave Marías y Bendiciones, me otorguéis Vos dos solas Bendiciones: la primera, en vida, concediéndome la gracia de un verdadero arrepentimiento; la segunda en la hora de mi muerte, obteniéndome la final perseverancia, y con ella la salvación.

Y por esto, desde ahora os digo juntamente con la gloriosa Catalina. “Ea, pues, Señora, Abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos; y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre, ¡oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María”. Amén.

Escuchad a María

Noviembre 7, 2009

 ¿Qué nos dirá María, nuestra Madre y Maestra?

En el Evangelio, encontramos una frase en la que María se manifiesta realmente como Maestra.

Es la frase que pronunció en las Bodas de Caná de Galilea.

Después de haber dicho a su Hijo: «No tienen vino», dice a los sirvientes: «Haced lo que Él os diga».

“Estas palabras encierran un mensaje muy importante, válido para todos los hombres de todos los tiempos.

«Haced lo que Él os diga» significa: escuchad a Jesús, mi Hijo; actuad según su palabra y confiad en Él.

Aprended a decir «» al Señor en cada circunstancia de vuestra vida. Es un mensaje muy reconfortante, del cual todos tenemos necesidad.

«Haced lo que Él os diga».

En estas palabras, María expresa sobre todo el secreto más profundo de su vida. En estas palabras, está toda Ella. Su vida, de hecho, ha sido un «Sí» profundo al Señor.

Un «Sí» lleno de gozo y de confianza.

María, llena de gracia, Virgen inmaculada, ha vivido toda su existencia, completamente disponible a Dios, perfectamente en acuerdo con su voluntad, incluso en los momentos más difíciles, que alcanzaron su punto culminante en el Monte Calvario, al pie de la Cruz.

Nunca ha retirado su «», porque había entregado toda su vida en las manos de Dios: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc, 1,38).

 Al respecto, os recuerdo lo que destaca la Encíclica Redemptoris Mater: «En efecto, en la Anunciación, María se ha abandonado en Dios completamente, manifestando “La obediencia de la fe” a aquél que le hablaba a través de su mensajero y prestando “el homenaje del entendimiento y de la voluntad”.

Ha respondido, por tanto, con todo su “yo” humano, femenino, y en esta respuesta de fe estaban contenidas una cooperación perfecta con la gracia de Dios que previene y socorre» y una disponibilidad a la acción del Espíritu Santo que “perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones”» (Redemptoris Mater, n.13).

«Haced lo que Él os diga».

Esta breve frase contiene todo el programa de vida que María-Maestra realizó como primera discípula del Señor y que nos enseña en nuestros días. Es el programa de una vida que se apoya en un fundamento sólido que tiene como nombre: Jesús.

Buscando el sentido de la vida

Podemos constatar que el mundo en el que vivimos atraviesa momentos de crisis. Una de las más peligrosas es la pérdida del sentido de la vida. Muchos de nuestros contemporáneos han perdido el verdadero sentido de la vida; buscan sucedáneos en un consumismo desenfrenado, en la droga, el alcohol y el erotismo. Buscan la felicidad, pero el resultado de esta búsqueda es una profunda tristeza, un vacío y, muy a menudo, la desesperación.

En esta situación, muchos jóvenes se plantean interrogantes fundamentales: ¿Cómo vivir mi vida de modo que no la arruine? ¿Sobre qué cimientos construir mi vida para que sea verdaderamente bien lograda? ¿Qué debo hacer para dar un sentido a mi vida? ¿Cómo debo comportarme en las situaciones complejas y difíciles que a veces se viven en mi familia, en la escuela, en la universidad, en el trabajo, con los amigos?… Son interrogantes, a veces, dramáticos, que ciertamente, también hoy, muchos de vosotros se plantean.

Vosotros todos, estoy seguro, queréis establecer vuestra vida sobre fundamentos sólidos, capaces de resistir las adversidades que no pueden faltar: queréis fundarla sobre la roca.

 Entonces, de frente a vosotros, esta María, la Virgen de Nazaret, la humilde sierva del Señor que os muestra a su Hijo diciendo: «Haced lo que Él os diga»; es decir, escuchad a Jesús, obedeced a Jesús, a sus mandamientos, confiad en Él. Éste es el único programa de vida para realizarse auténticamente y ser feliz. Ésta es la sola fuente que le da un sentido profundo a nuestra vida.”

“María os explica, queridos jóvenes, lo que significa creer en Dios y amar a Dios. La fe y el amor no se reducen a palabras o a sentimientos vagos.

Creer en Dios y amar a Dios significa vivir toda la vida con coherencia, a la luz del Evangelio.

Creer en Dios y amar a Dios significa comprometerse a hacer siempre lo que Jesús nos dice en las Escrituras y lo que nos enseña el Magisterio de la Iglesia.

Y esto no es fácil.

¡Sí! Muchas veces se necesita mucho coraje para ir contra la corriente de la moda o la mentalidad de este mundo.

Pero, lo repito, ésta es la única vía para edificarse una vida bien lograda y plena.”

Meditad sobre la vida de María

“Meditadla, sobre todo vosotras, ¡jóvenes! Para vosotras, pues, la Virgen Inmaculada es un modelo sublime de mujer consciente de su propia dignidad y de su alta vocación.

Meditadla también vosotros, ¡jóvenes! Escuchando las palabras que María pronunció en Caná de Galilea: «Haced lo que Él os diga», tratad de construir vuestra vida, desde el principio, sobre el sólido fundamento que es Jesús.

Os deseo que vuestra meditación sobre el misterio de María os lleve a imitarla en su vida: aprended de ella a escuchar y a poner en práctica la Palabra de Dios (cfr. Jn 2,5), aprended de ella a permanecer cerca del Señor, aunque ello pueda costaros mucho (cfr. Jn 19,25).

Os deseo que vuestra meditación sobre el misterio de María os lleve también a rezarla con confianza en el Rosario. ¡Tratad de descubrir la belleza del Rosario! ¡Que esta oración os vaya acompañando cada día de vuestra vida!”

Fragmentos del Mensaje del Santo Padre Juan Pablo II para la III Jornada Mundial de la Juventud dado el 13 de diciembre de 1987, tercer Domingo de Adviento.

Sobre la Dignidad de los Sacerdotes y la Excelencia de la Eucaristía

Noviembre 6, 2009

Tomado de los “Diálogos de Santa Catalina de Siena”

De la dignidad de los Sacerdotes y del Sacramento del Cuerpo de Cristo, y de los que comulgan digna é indignamente.

 “Te respondo ahora a lo que me has preguntado sobre los Ministros de la santa Iglesia. Y para que conozcas mejor la verdad, abre los ojos de tu entendimiento y mira su excelencia, y en cuán gran dignidad los he puesto; y porque mejor se conocen las cosas por sus contrarios, quiero mostrarte la dignidad de los que administran virtuosamente el tesoro que yo deposité en sus manos, y así verás mejor la infelicidad de los que se alimentan hoy a los pechos de esta Esposa. 

Obedeciendo entonces aquella alma se miraba en la verdad, en la cual veía resplandecer las virtudes de los que verdaderamente las gustan, y Dios eterno la decía: Hija querida, quiero decirte antes su dignidad, en la que los he colocado por bondad mía, además del general amor que he tenido á mis criaturas, criándoos a mi imagen y semejanza, y reengendrándoos á todos para la gracia en la sangre de mi Unigénito Hijo, por lo cual vinisteis á tanta excelencia por la unión que yo hice de mi divinidad con la naturaleza humana, que en esto os aventajáis y sois superiores á los Ángeles, pues tomé vuestra naturaleza y no la angélica; y así yo Dios me hice hombre, y el hombre se hizo Dios por la unión de mi naturaleza Divina con la vuestra humana. 

Esta grandeza di en general a toda criatura racional; mas entre estas he elegido Ministros para vuestra salud, para que os administren la sangre del humilde é inmaculado Cordero, mi Unigénito Hijo.

 A estos concedí que suministrasen el Sol, dándoles la luz de la ciencia y el calor de la caridad Divina, y el color unido con el calor y la luz, esto es, la sangre y el cuerpo de mi Hijo, cuyo cuerpo es un Sol, porque es una cosa conmigo, verdadero Sol; y está tan unido, que no se puede el uno separar ni dividir del otro, así como en el Sol no pueden separarse el calor de su luz, ni la luz del calor por su perfecta unión.

 Este Sol no apartándose de su rueda ni separándose da luz á todo el mundo, y á cualquiera que quiera recibir su calor, y no puede recibir mancha por ninguna inmundicia, y está unido con su luz.

 Así el Verbo, mi Hijo, con su dulcísima sangre es un Sol todo Dios y todo hombre, porque es uno mismo conmigo y yo con él. Mi poder no está separado de su sabiduría, ni el calor del fuego del Espíritu Santo está separado de mí, Padre, ni de él, Hijo mío, porque es una cosa con nosotros, pues el Espíritu Santo procede de mí, que soy el Padre y de mi Hijo, y somos un mismo Sol: yo soy aquel Sol, Dios eterno, de donde ha procedido el Hijo y el Espíritu Santo.

Al Espíritu Santo se le atribuye el fuego, y al Hijo la sabiduría, en la cual mis Ministros reciben lumbre de gracia porque han administrado esta luz con luz y con agradecimiento del beneficio recibido de mí, Padre eterno, siguiendo la doctrina de esta sabiduría, que es mi Unigénito Hijo.

 Esta es aquella luz que tiene en sí el color de vuestra humanidad unido uno con otro; y por tanto la luz de mí Deidad fue aquella luz unida con el color de vuestra humanidad, que se hizo resplandeciente cuando fue impasible en virtud de mi naturaleza Divina, y por este medio, esto es, por este Verbo encarnado unido y enlazado con la luz de mi naturaleza Divina, y con el calor y fuego del Espíritu Santo, habéis recibido la luz.

 ¿Y á quién di esta luz para que la distribuyese y repartiese? á mis Ministros en el cuerpo místico de la santa Iglesia, para que tengáis vida, recibiendo de ellos el cuerpo de Jesucristo en manjar, y su sangre en bebida.

 Te dije que este cuerpo es un Sol, y así no se os puede dar el cuerpo sin que se os dé la sangre, ni la sangre ni el cuerpo sin el alma de este Verbo, ni el alma ni el cuerpo sin mi Divinidad, porque no puede separarse la una de la otra, porque la naturaleza Divina nunca se separó de la humana, ni por la muerte, ni por motivo alguno podía separarse; así que en este Sacramento recibís toda la esencia Divina bajo la especie de pan.

 Y así como no puede dividirse el Sol, así no se divide en la hostia todo Dios y todo hombre; aunque se dividiese en mil partes, si fuese posible, en cada una quedaría todo Dios y todo hombre.

 Y así como en un espejo no se divide la imagen que se ve dentro, así dividiéndose esta hostia no se divide Dios y hombre, sino que en cada parte está todo entero, ni se disminuye en sí mismo, como lo conocerás por el ejemplo siguiente.

 Si tuvieras tú una luz, y todo el mundo viniese á tomar de ella, la luz no se disminuiría, y sin embargo cada uno llevaría toda la luz, quien mas, quien menos, según la cantidad de la materia que llevaba el que de ella tomase, porque en la misma cantidad recibiría el fuego, y para que mejor lo entiendas oye este ejemplo.

 Si muchos llevaran sus velas a encender, y una fuese de una onza, otra de dos o de seis, quien la llevase de una libra y quien de mas, en cada una de ellas, tanto en la grande como en la pequeña se veía toda la luz, esto es, el calor y color, y la misma luz, y sin embargo tú dirías que es menor luz la de una onza que la de una libra; lo mismo pues sucede en los que reciben este Sacramento, que cada uno lleva su vela, esto es, el santo deseo con que lo recibe, la cual vela está apagada, y se enciende recibiendo este Sacramento: y digo apagada porque nada sois por vosotros mismos, y yo os he dado la materia con que podáis alimentar en vosotros esta luz y tomarla.

 La materia vuestra es el amor, pues por amor os crié, y sin él no podéis vivir.

 Este ser dado á vosotros por amor tuvo principio en el santo Bautismo en virtud de la sangre de este Verbo, porque de otra manera no podíais participar de esta luz, y seríais como la vela que sin el pávilo no puede arder ni lucir: así vosotros no podéis lucir si no habéis recibido en vuestra alma el pávilo que se enciende, esto es, la santísima fe unida á la gracia que recibís en el Bautismo con el afecto de vuestra alma que yo crié en disposición para amar, la cual es tan á propósito para amar, que no puede vivir sin el amor, o por mejor decir, este es su manjar y sustento.

 ¿En donde pues se enciende esta alma del modo que te he dicho? Al fuego de mi Divina caridad, amándome y temiéndome, y siguiendo la doctrina de mi Verdad.

 Es verdad que se enciende mas o menos según que el alma diere materia á este fuego, porque aunque todos tengáis una misma materia, á saber, que todos hayáis sido criados á mi imagen y semejanza, y tengáis vosotros los Cristianos la luz del santo Bautismo, sin embargo, cada cual puede crecer en amor y virtud, según que quisiereis, mediante mi gracia; no que mudéis otra forma de la que yo os di, sino que crecéis y aumentáis las virtudes con el amor, usando en virtud y afecto de caridad del libre albedrío, mientras tenéis tiempo, porque pasado este ya no podéis: así que podéis crecer en amor, y viniendo con él á recibir esta gloriosa luz que os he dado por comida por medio de mis Ministros, tanta luz recibiréis cuanto amor trajereis y encendido deseo, aunque lo recibáis todo, como te dije, poniéndote el ejemplo de los que llevaban velas, los cuales según la cantidad del peso así recibían la luz, sin embargo que cada uno la llevase entera, porque no puede dividirse por ninguna imperfección de vosotros que le recibís, ni del que le administra , sino que tanto participáis de esta luz, esto es, de la gracia que recibís en este Sacramento, cuanta es la disposición del santo deseo con que venís á recibirle; y el que recibe este Sacramento con culpa de pecado mortal, no recibe gracia, aunque reciba verdaderamente á todo Dios y hombre, como te he dicho.

 ¿Sabes pues como está el alma que comulga indignamente? Está como la vela mojada en agua, que no hace mas que hacer ruido cuando se arrima al fuego, y apenas está encendida cuando se apaga, y no queda más que el humo.

 Así esta alma lleva la vela que recibió en el santo Bautismo, y después la mojó en el agua de la culpa, que humedeció el pávilo de la luz de la gracia del Bautismo; y no habiéndose calentado al fuego de la verdadera contrición, confesándose de su culpa, fue á recibir á la mesa del altar esta luz materialmente, pero no espiritualmente: por lo cual, no estando dispuesta aquella alma con la debida disposición para tan alto misterio, no quedó gracia en ella, sino que se ausenta y queda con mayor confusión, apagada la luz, cubierta de tinieblas y agravada su culpa, no sacando otro fruto de este Sacramento que el ruido del remordimiento de la conciencia, no por defecto de la luz, pues esta no puede recibir daño alguno, sino por el agua que hallo en el alma, la cual impidió el afecto del alma para que no pudiese recibir esta luz.

 Y así, mira como no puede dividirse esta luz unida con el calor y color de manera alguna, ni por pequeño que sea el deseo que trae el que viene á recibir este Sacramento, ni por defecto que haya en el alma del que le recibe, ni por falta del que le administra: así como te dije del Sol, el cual aunque pase por lugares inmundos no se mancha ni se divide, ni disminuye su luz, ni se aparta de su rueda aunque todos reciban su luz y calor.

  Así este Sol, el Verbo de mi Unigénito Hijo, no se separa de mí, Sol, Padre eterno, aunque sea suministrado en el cuerpo místico de la santa Iglesia á cualquiera que quiera recibirle, sino que queda entero, y recibís todo un Dios y hombre juntamente, como te dije con el ejemplo de la luz, que si todo el mundo fuese por ella, todos la tomarían, y sin embargo quedaría entera.

+

 Cómo todos los sentidos corporales se engañan en el sobredicho Sacramento, pero no los del alma, y que con estos, y no con aquellos, debe verse y gustarse; y de una visión que tuvo esta alma sobre esto.

¡O carísima Hija! abre bien los ojos de tu entendimiento para considerar el abismo de mi caridad, porque no hay criatura alguna que no debiese deshacerse en amor, viendo, entre otros beneficios que gratuitamente os di, el de este Sacramento.

¿Y con qué ojos, querida Hija, debes tú y los demás ver y considerar este misterio y tocarle? porque no solo el tacto y la vista no alcanzan, pero ni todos los sentidos.

Mira como los ojos no ven mas que la blancura del pan, la mano no toca otra cosa, y el gusto no gusta sino el sabor del pan; y así los sentidos del cuerpo se engañan, pero el sentido del alma no puede engañarse sino quiere: sino es digo, que quiera quitarse la luz de la santísima fe con la infidelidad.

¿Quién gusta, ve y toca este Sacramento? el sentido del alma: ¿con qué ojos le ve? con los del entendimiento, si en lo interior de ellos tiene la niña de la fe.

Estos ojos ven en la hostia á todo Dios y todo hombre, la naturaleza Divina unida con la humana, el cuerpo, el alma y la sangre de Cristo: el alma unida con el cuerpo, el cuerpo y el alma unidos con mi naturaleza Divina sin separarse de mí, si te acuerdas cuando al principio de tu vida te lo manifesté; y no tanto con los ojos del entendimiento, mas aún con los del cuerpo, bien que por la grande luz los del cuerpo perdieron la vista, y vieron solamente los del entendimiento.

Te lo mostré pues para que lo entendieses, y para fortificarte contra la batalla que habías tenido con el demonio en este Sacramento, y para que crecieras en amor y en la luz de la santísima fe.

Y así sabes que yendo tú por la mañana á la Iglesia al amanecer á oír Misa, después que habías sido molestada por el demonio, y te pusiste ante el altar del Crucifijo, el Sacerdote vino al altar de María, y estando tú allí á considerar tus defectos, temiendo haberme ofendido por la guerra que te había dado el demonio, estabas considerando el afecto de mi caridad que te había concedido oír Misa, sin embargo que tú te tenías por indigna de entrar en mi santo templo.

Llegando el Ministro á la consagración, tú alzaste los ojos al Ministro, y al decir él las palabras, yo te me manifesté, viendo tú salir de mí pecho una luz como el rayo del Sol, que sale de la rueda del Sol sin separarse de ella, en la cual luz venía una paloma, unidas paloma y luz, y revoloteaba sobre la hostia en virtud de las palabras que decía el Sacerdote.

Porque tus ojos corporales no pudieron sufrir la luz, y solamente te quedó la vista en los ojos intelectuales, allí viste y gustaste el abismo de la Trinidad, y á todo Dios y hombre escondido y oculto bajo aquel pan; y viste que ni la luz ni la presencia del Verbo que tú intelectualmente veías en la hostia quitaba la blancura del pan, y lo uno no impedía á lo otro, ni el ver á Dios y hombre en el pan, ni al pan estorbaba yo que se le viese, esto es, que no se le quitaba la blancura ni la figura ni el sabor.

Esto te manifestó mi bondad. Pero ¿quién lo vio? los ojos del entendimiento con la niña de la santísima fe: así que los ojos intelectuales son los que son capaces de ver este misterio, porque no pueden ser engañados, y con ellos debe mirarse este Sacramento.

¿Quién le toca? las manos del amor, con estas manos se tócalo que tales ojos han visto y conocido en este Sacramento.

Por la fe se toca con las manos del amor, como certificándose de lo que ve por la fe, e intelectualmente conoció.

 ¿Quién le gusta? el gusto del santo deseo. El gusto del cuerpo gusta el sabor del pan, y el gusto del alma, que es el santo deseo, gusta á Dios y hombre; y así mira como se engañan los sentidos del cuerpo, mas no los del alma; antes bien esta es alumbrada y certificada en sí misma, porque los ojos del entendimiento lo han visto con la luz de la santísima fe, y porque le vieron y conocieron, por eso le tocan con las manos del amor; porque lo ve, lo toca por amor con fe; y con el gusto del alma, que es un encendido deseo, lo gusta, esto es, con mi ardiente caridad y amor inefable, con el cual amor la he hecho digna de recibir tan grande Sacramento y la gracia que se ve recibir en él.

 Mira pues como no solamente debéis recibir y ver este Sacramento con los sentidos corporales, mas también con los espirituales, disponiendo vuestros sentidos del alma con afecto de amor, para ver, recibir y gustar este Sacramento.

+

De la excelencia del que recibe este admirable Sacramento en estado de gracia.

Mira, Hija carísima, en cuánta excelencia está el alma que recibe con la debida disposición este pan de vida y manjar de los Ángeles.

Recibiendo este Sacramento está en mí, y yo en él: así como el pez está en el mar, y el mar en el pez, de la misma manera yo estoy en el alma, y el alma está en mí, mar pacífico.

En la tal alma queda la gracia, porque habiendo recibido este pan de Vida en gracia, esta queda, consumidos que son los accidentes de pan, en gracia.

Yo os dejo la efigie, como lo hace el sello, que si se pone sobre la cera caliente, aunque se levante queda la figura que estampo: de la misma manera os queda en el alma la virtud de este Sacramento , esto es, que os queda el calor de mi divina caridad y clemencia del Espíritu Santo.

Os queda la luz de la sabiduría de mi Unigénito Hijo, alumbrados los ojos de vuestro entendimiento con aquella sabiduría, para conocer y ver la doctrina de mi Verdad, y esta misma sabiduría queda vigorosa participando de mi fortaleza y poder, que fortifica el alma, y la da valor contra sus pasiones sensuales, contra los demonios y contra el mundo; y así mira como queda la efigie aunque se quito el sello, esto es, que, consumidos los accidentes de pan, este verdadero Sol se vuelve á su rueda, no porque se hubiese separado de ella, pues estaba unido conmigo, sino que el abismo de mi caridad para salud vuestra, y por dárselos en esta vida por manjar, en la que sois peregrinos y viandantes, para que tengáis algún consuelo, y no perdáis la memoria del beneficio de mi sangre, os le di por comida por dispensación mía y divina providencia, socorriendo vuestras necesidades.

Mira pues cuan obligados estáis á amarme, puesto que yo os amo tanto, y porque soy suma y eterna bondad, digno de ser amado por vosotros.

+

Cómo las cosas que se han dicho acerca de la excelencia de este Sacramento son para conocer mejor la dignidad de los Sacerdotes, y cómo Dios exige de ellos mayor pureza que en los demás.

¡O querida hija! he dicho todo esto para que conozcas mejor la dignidad en que yo he puesto á mis Ministros, y te duelas mas de sus miserias.

Si ellos considerasen su dignidad no subsistirían en las tinieblas del pecado mortal, ni afearían la faz de su alma.

Y no solo evitarían ofenderme á mí y á su dignidad, sino que entregarían á las llamas su cuerpo, y no les parecería haberme satisfecho en algo por tanta gracia y beneficio como les he hecho, porque en la vida presente no pueden subir á mayor dignidad.

Ellos son mis ungidos, yo los llamo mis Cristos, porque me he dado á ellos para que me suministren á vosotros, y los he puesto como flores olorosas en el cuerpo místico de la santa Iglesia..

No he concedido esta dignidad á los Ángeles, y si á los hombres que he elegido por mis Ministros, los cuales he puesto como Ángeles, y deben ser Ángeles terrenos en esta vida.

En toda alma requiero pureza y caridad para que me ame con afecto y á su prójimo, y le socorra como pudiere con oraciones, viviendo con él en caridad; pero mucha mas pureza y amor para conmigo y con su prójimo pido á mis Ministros, suministrando el Cuerpo y Sangre de mi Unigénito Hijo con ardiente caridad y con hambre de la salud de las almas para gloria y alabanza de mi nombre.

Y así como estos Ministros requieren la limpieza en el cáliz, en donde se hace este sacrificio, así requiero yo la limpieza y pureza en su conciencia y alma; y el cuerpo como instrumento del alma quiero que se conserve en pureza, y no quiero que se alimenten ni envuelvan en el lodo de la inmundicia, ni que sean altivos con la soberbia, buscando grandes prelacías, ni crueles para consigo y sus prójimos, pues no pueden ser crueles consigo mismos sin serlo con su prójimo, porque si son crueles consigo por la culpa, lo son también con las almas del prójimo, por cuanto no les dan ejemplo de santa vida, ni cuidan de librar las almas de las manos del demonio, ni de suministrar el Cuerpo y Sangre de mi Unigénito Hijo, y á mí, verdadera luz. Así que si son crueles consigo mismos, lo son también con los demás.

+

De la dignidad de los Sacerdotes, y cómo la virtud de los Sacramentos no se disminuye por las culpas de los que los administran ó reciben, y cómo Dios no quiere que los seculares corrijan á los Sacerdotes.

Esto hacían mis gloriosos Ministros, de los que te dije que quería considerases su excelencia, además de la dignidad que les había dado haciéndoles mis Cristos, los cuales ejercitando virtuosamente esta dignidad, se revisten de este amable y resplandeciente Sol que yo les entregué para suministrarle.

 Mira al dulce Gregorio, Silvestre y los otros antecesores y sucesores que fueron después del primer Pontífice Pedro, á quien dio las llaves del Reino de los Cielos mi Verdad, cuando dijo: Pedro, yo te doy las llaves del Reino de los Cielos, y lo que tú desatares en la tierra, será desatado en el Cielo; y lo que ligares en la tierra, será ligado en el Cielo.

Atiende, Hija muy amada, que manifestándote la excelencia de las virtudes de estos, te declararé con mas extensión la dignidad en que he colocado á estos mis Ministros.

 La sangre de mi Unigénito Hijo es la llave que abrió  la puerta de la vida eterna, que por el pecado de Adán mucho tiempo había estado cerrada.

Mas después que yo os di mi Verdad, que es el Verbo de mi Unigénito Hijo sufriendo y padeciendo, con su muerte destruyó vuestra muerte, bañándoos con su preciosa sangre, y así su sangre y muerte en virtud de mi naturaleza Divina, unida con la humana, abrió la puerta de la vida eterna.

 ¿ A quién pues dejó las llaves de esta sangre? al glorioso Apóstol Pedro y á todos los que le sucedieron o sucederán hasta el día del juicio, y así todos sus sucesores tienen y tendrán la misma autoridad que Pedro tuvo, y por ningún defecto en que incurran se disminuye ni quita la perfección á la sangre ni á Sacramento alguno, porque ya te dije que no se manchaba este Sol en ninguna inmundicia, y que no pierde su luz por las tinieblas de pecado mortal que haya cometido el que le administra ó el que le recibe, porque su culpa no puede dañar en manera alguna á los Sacramentos de la santa Iglesia, ni disminuir su virtud; pero sí se disminuye la gracia y crece la culpa en el que los administra y en el que los recibe indignamente.

Así que Cristo tiene en la tierra las llaves de la sangre, si te acuerdas de lo que te manifesté en aquella figura, queriéndote dar á entender cuánta reverencia deben tener los seculares á estos Ministros, sean buenos o sean malos, y cuánto me desagrada la irreverencia y poco respeto con que se les trata.

Sabes que te mostré el cuerpo místico de la santa Iglesia en figura de una dispensa, en la cual estaba la sangre de mi Unigénito Hijo, que da valor á todos los Sacramentos, y todos tienen vida en virtud de esta sangre.

A la puerta de esta dispensa estaba Cristo en la tierra, al cual le estaba encargado administrar esta sangre, y poner Ministros que le ayudasen á dispensarla á todo el cuerpo universal de la Religión Cristiana.

Aquel á quien él aceptaba y ungía era elegido por Ministro, y otro no. De él procede todo el orden del Clericato, y pone á cada uno en su oficio para administrar esta gloriosa sangre, y como él los ha puesto por sus coadjutores, por eso á él toca corregirles sus defectos, y así quiero que sea, pues por la excelencia y autoridad que les concedí, los saqué de la servidumbre o sujeción de los señores temporales; y así la ley civil no puede entenderse con ellos para castigarlos, sino solo aquel que he puesto para que los mande con leyes canónicas y divinas.

Estos son mis ungidos, y por eso dije en la Escritura: No queráis tocar á mis ungidos; de donde se sigue que incurre en grande daño y ruina el que presume castigarlos.

+

Cómo Dios reputa por hecha contra sí la persecución que se hace á la santa Iglesia ó á sus Ministros, y que esta culpa es mas grave que otra Cualquiera.

Sí me preguntas por que te he mostrado que la culpa de los que persiguen la santa Iglesia es mayor que todas las otras que hayan cometido, y también por que no obstante sus defectos no querría yo que se disminuyese la reverencia que se les debe tener, te responderé que la reverencia y respeto que se les tiene, no es á ellos, sino á mí, en virtud de la sangre que yo les he dado á administrar, pues si esto no fuese, tanta reverencia les tendríais como á los demás seglares, y no mas: mas por el ministerio que ejercen estáis obligados á tributarles reverencia, y tenéis que venir necesariamente á ellos, no á ellos por ellos, sino por la virtud que les he dado, si queréis recibir los Sacramentos de la Iglesia, porque pudiéndolos recibir y no recibiéndolos, viviréis y moriréis en estado de eterna condenación.

Y así la reverencia es á mí y á esta gloriosa Sangre de mi Hijo, que es una cosa misma conmigo por la unión de la naturaleza divina con la humana, y no á ellos; y así como la reverencia es á mí, así la irreverencia con que se les trata es también á mí, y ya te he dicho que no debéis respetarlos á ellos por ser ellos, sino por la autoridad que les he dado, y así no deben ser ofendidos, porque ofendiéndolos me ofenden á mí y no á ellos, y ya lo he prohibido expresamente, diciendo que mis ungidos no deben ser tocados por vuestras manos, y así ninguno puede excusarse diciendo: yo no hago injuria, ni soy rebelde á la santa Iglesia, sino á los defectos de los malos pastores.

Este tal miente sobre su cabeza, y como cegado por el amor propio no ve, pues aunque vea bien, hace que no ve para apaciguar el estímulo de su conciencia, pues vería, y sin duda lo advierte, que persigue la Sangre de Jesucristo, y no á ellos.

 A mí es la injuria, así como á mí era el respeto, y así contra mí es también todo daño, escarnios, afrentas, oprobios y vituperios que á ellos les hacen, porque vuelvo, y volveré á decir: No quiero que en mis ungidos pongáis vuestras manos.

Yo los he de castigar, y no vosotros. Mas los perversos demuestran la irreverencia que tienen á la Sangre de mi Hijo, y que aprecian en poco el tesoro que les he dado para salud y vida de sus almas.

 ¿Qué mas podíais recibir que á mí todo Dios y todo hombre, que me he dado á vosotros en manjar?

 Mas porque estos mismos Ministros no me tributaban la reverencia que se me debe, por eso se disminuyó para ellos el acostumbrado respeto, persiguiéndolos, por ver en ellos muchos pecados y defectos.

Si verdaderamente les hubieran tenido esta reverencia por mí, no se hubieran levantado contra ellos por sus defectos, porque no se disminuye la virtud de este Sacramento por ninguna culpa, y por eso no se debe disminuir la reverencia; y cuando se disminuye, me ofenden.

Esta culpa es mas grave que todas las otras por muchas razones; pero diré las tres principales.

La primera es, porque lo que se hace contra mis Ministros, lo reputo hecho contra mí: la segunda, porque quebrantan el precepto, pues ya he mandado que no pongan en ellos sus manos, por lo cual desprecian la virtud de la sangre que recibieron en el santo Bautismo, desobedeciendo y haciendo lo que está prohibido, y son rebeldes á esta sangre porque no le han reverenciado, antes bien le han perseguido. Son como miembros podridos cortados del cuerpo místico de la santa Iglesia, por lo que mientras estuvieren obstinados en esta rebelión é irreverencia, si mueren en ella, se condenan.

Es verdad que llegando á la última hora, humillándose y conociendo su culpa, queriéndose reconciliar con su cabeza, aunque actualmente no puedan, alcanzan misericordia; pero no deben esperar á aquella hora, porque no es cosa segura que la conseguirán.

 La tercera causa por la cual esta culpa es mas grave que otras, es porque es pecado cometido con malicia y deliberación, y conocen que no lo pueden hacer con buena conciencia, y que pecan si lo hacen, y es ofensa con cierta soberbia sin deleite corporal, antes bien alma y cuerpo se consumen.

El alma se consume, porque se priva de la gracia, y muchas veces los roe interiormente el gusano de la conciencia: los bienes temporales se emplean en servicio del demonio, y mueren los cuerpos como animales.

Y así este pecado es directamente contra mí, y se comete sin apariencia de utilidad o deleite alguno, y sí con malicia y humo de soberbia, la cual tiene principio en el amor propio sensual, y del perverso temor que tuvo Pilato, que decretó  la muerte de Cristo mi Unigénito Hijo por temor de perder el dominio temporal: así lo han hecho, y lo hacen estos.

Todos los otros pecados se cometen o por ignorancia y falta de conocimiento, o por simplicidad, o por malicia, esto es, conociendo el hombre el mal que hace: mas por el desordenado deleite y placer que tiene en el mismo pecado, ó por alguna utilidad que en él hallase, ofende; y ofendiendo hace daño, y ofende su alma, y á mí, y á su prójimo.

A mí me ofenden porque no tributan gloria y alabanza á mi nombre; y al prójimo porque no le aman: mas él no me hace daño á mí actualmente porque me haga directamente la ofensa, sino que á sí se ofende; la cual ofensa me desagrada, porque es en su daño.

Esta ofensa se hace sin medio solo á mí directamente; pero los otros pecados tienen alguna apariencia y color, y se cometen por medio de alguno; pues como te dije, todo pecado se comete y toda virtud se ejercita mediante el prójimo; y el pecado se comete con la privación de mí y del prójimo, y la virtud con el amor de la caridad; y así ofendiendo al prójimo, me ofenden por medio de él: mas porque entre mis criaturas he elegido á estos por mis Ministros, los cuales son mis ungidos y administradores del Cuerpo y Sangre de mi Unigénito Hijo, que se convierte en carne vuestra unida con mi naturaleza Divina, por eso cuando consagran están representando la persona de Cristo mi Hijo.

Y así mira como esta ofensa se hace á este Verbo y haciéndose á él, se hace á mí, porque somos una misma cosa.

Estos desdichados persiguen la Sangre, y se privan del tesoro del fruto de la Sangre; por lo cual esta ofensa me es mas grave que á mis Ministros; porque así como no reputo aquella honra como de mis Ministros, sino mía, así esta persecución la tengo como hecha contra mí, esto es, contra esta gloriosa Sangre de mi Hijo, con quien soy una misma cosa.

Por lo cual, si todos los pecados que han cometido se pusiesen de una parte, y este solo por otra, aquellos los reputo por leves en comparación de este, como te lo manifesté para que tuvieses motivo de dolerte de mi ofensa, y de la condenación de estos infelices, para que con el dolor y amargura tuya y de los otros mis siervos se disipasen tan grandes tinieblas por mi bondad y misericordia, cuantas sobrevinieren á estos miembros podridos, cortados del cuerpo místico de la santa Iglesia.

Pero apenas encuentro quien se duela de la persecución que se hace á esta preciosa Sangre, pero hallo sí quien continuamente me dispara las saetas del amor desordenado y temor servil de la propia reputación: y como ciegos, reputan por honor lo que es vituperio, y por afrenta lo que es honor, á saber, humillarse á su cabeza.

Con estos defectos persiguen la sangre de mi Hijo.

+

Aquí se habla de los perseguidores de la santa Iglesia y de los Ministros de varias maneras.

Te dije que me asaeteaban; y así es la verdad: porque con la intención hacen cuanto pueden: no porque yo pueda recibir daño alguno, ni ser ofendido de ellos, porque soy como la piedra, que hiriéndola recibe el daño el que la hiere: así también sus ofensas que despiden el mal olor no pueden dañarme: mas vuelve á ellos la saeta envenenada de la culpa, con la que se privan en esta vida de la gracia, perdiendo el fruto de la Sangre; y si á lo último de su vida no se corrigen con la santa confesión y contrición de corazón, se condenarán , apartados de mí, y unidos con el demonio: y los dos hacen liga; porque luego que el alma se priva de la gracia, y se une con el pecado, que es un vínculo de odio de la virtud y amor del vicio, el cual enlace ó vínculo han puesto con el libre albedrío en las manos del demonio, y con él los ata, porque de otra manera no pudieran ser atados.

Con esta ligadura se ataron los perseguidores de la sangre de mi Hijo unos con otros, y como miembros enlazados con el demonio, tomaron el oficio de demonios.

Estos procuran pervertir mis criaturas, y sacarlas de la gracia, y reducirlas á la culpa del pecado mortal, para que ellas tengan y participen del mal que ellos tienen.

Lo mismo hace estos, ni más ni menos; porque como miembros del demonio van pervirtiendo los hijos de la Esposa de Cristo mi Unigénito Hijo, y quitándoles el vínculo de la caridad, y atándolos con la infeliz ligadura, privándolos del fruto de la sangre, como lo están ellos.

Están atados con el nudo de la soberbia, con la propia reputación, y con el lazo del temor servil; pues por no perder el dominio temporal, pierden la gracia, y caen en la mayor confusión á que pueden llegar, privándose de la dignidad de la Sangre.

Este vínculo parece que está sellado con el sello de las tinieblas, porque no conocen en cuántas miserias y desgracias cayeron y hacen caer á los demás; y no se enmiendan porque no las conocen, sino que como ciegos se glorían de la ruina de las almas y cuerpos.

¡Oh querida Hija, duelete con grande amargura de ver tanta desdicha y ceguedad en los que están lavados con esta preciosa Sangre como tú, y que se alimentan y sustentan de ella á los pechos de la santa Iglesia, y ahora como rebeldes se han separado de este pecho por temor, y con pretexto de corregir los defectos de mis Ministros, habiendo yo prohibido que se les toque ni corrija!

Por eso debes tú y mis siervos tener gran temor siempre que oyeres hacer mención de tan detestable unión. No puede tu lengua referir cuánto la abomino; y lo peor es que quieren defenderse con la capa de los defectos de mis Ministros, y con este pretexto cubrir sus defectos; y no piensan que nada hay que se me pueda encubrir, ni que yo no vea.

Podrían sí esconderse y ocultarse á los ojos de las criaturas, pero no á mí; porque no solo veo las cosas presentes, más también las pasadas y venideras; porque como os amé, os conocí antes que fueseis.

 Y este es uno de los motivos por que los infelices mundanos no se corrigen, porque no creen con lumbre de fe viva que yo lo vea; pues si verdaderamente creyesen que yo veo sus delitos, y que todo delito es castigado, como premiada toda buena obra, no obrarían tan mal, sino que se corregirían de lo que han hecho, y me pedirían humildemente misericordia, y yo por medio de la Sangre de mi Hijo se la concedería: mas ellos como obstinados y reprobados por sus defectos, cayeron en la última ruina , y fueron privados de la luz, y como ciegos se hicieron perseguidores de la Sangre de Cristo, la cual persecución no debiera hacerse por defectos que se viesen en los dispensadores de esta Sangre.

+

Breve repetición de lo dicho sobre la santa Iglesia y sus Ministros.

Te he contado, Hija muy querida, algunas cosas sobre la reverencia que se debe tener á mis ungidos, no obstante sus defectos; porque la reverencia que se les hace no es á ellos por ser ellos, sino por la autoridad que yo les he dado; y por cuanto sus defectos no pueden disminuir el misterio del Sacramento, no debe disminuirse la reverencia para con ellos, no por ellos, sino por el tesoro de la Sangre.

Haciendo lo contrario te he manifestado, aunque poco, de esta ofensa, cuanto me es sensible y desagradable, y el daño que reciben por esta irreverencia y persecución de la sangre, y la liga que han hecho contra mí y con el demonio, y te he dicho esto porque te duelas más.

Este es un delito que te he referido de la persecución de la santa Iglesia en particular, y en general te digo de la Religión Cristiana, que estando en pecado mortal desprecian la Sangre de mi Hijo, privándose de la gracia.

 Esto me desagrada, y es mas grave la culpa de los que arriba te he hablado.

+++

Santa Catalina de Siena (1347-1380) fue la penúltima de sus 25 hermanos, y desde su tierna edad escogió a Jesús por esposo. A su delicado cuerpo le impuso mortificaciones, y en medio de sus prolongados ayunos no buscaba otro sustento que la S. Eucaristía, único alimento suyo durante cuarenta días consecutivos. Recibió las llagas del divino Crucificado y ciencia infusa sobre los misterios más profundos de la religión. Merced a sus consejos, salió de Aviñón Gregorio XI para volver a Roma. Habiendo llegado como Cristo a los 33 años, voló a su divino Esposo, para participar allí del banquete nupcial en las santas alegrías de la Pascua eterna.

La obra el  Diálogo,   fue compuesta entre diciembre de 1377 y los últimos meses de 1378, y no fue dictado de un tirón, sino mediante sucesivas reelaboraciones.  Más sobre su obra en: www.dominicos.org/espiritualidad2/personajes/catalina/fuentes.htm

 

La Divina Misericordia y los Agonizantes

Noviembre 4, 2009

imagen de la Divina Misericordia

Sobre Santa Faustina y la Devoción a la Divina Misericordia

 La confianza en la Misericordia de Dios es especialmente necesaria en nuestros días, en un mundo que se distingue por sus éxitos científicos y técnicos, pero que, al mismo tiempo, se caracteriza por padecer una profunda crisis moral.

Esa crisis queda de manifiesto en las preguntas que se hacen nuestros contemporáneos, anotadas por el cardenal A. Rouco Varela, arzobispo de Madrid, en el sínodo de los obispos de Europa:

«¿Sobre qué construir la vida y la ciudad? ¿Sobre qué verdades, qué valores morales, qué motivaciones vitales?».

En la actualidad, constata el purpurado, «con una frecuencia preocupante, la respuesta parece ser la siguiente: sobre ninguna verdad, sobre ningún valor permanente, sobre ningún ideal a no ser el del provecho inmediato de lo que la vida puede ofrecer de agradable» (8 de octubre de 1999).

Esa pérdida de los puntos de referencia y del sentido de la vida engendra angustia y miedo.

«Si nos preguntamos por las causas de la actual situación de desesperanza –seguía diciendo el cardenal Rouco Varela–, no nos queda otro remedio que considerar la concepción moderna del hombre, que hace de éste el centro absoluto de la realidad, haciendo que ocupe falsamente el lugar de Dios, olvidando que no es el hombre quien hace a Dios, sino Dios quien hace al hombre. El olvido de Dios ha conducido al abandono del hombre… Lejos de Jesucristo no sabemos realmente lo que es Dios, la vida, la muerte o nosotros mismos. Por eso no resulta extraño que una cultura sin Dios termine convirtiéndose también en una cultura sin esperanza, porque solamente en Él, que es el Amor eterno y creador, puede el corazón del hombre encontrar su origen y su fin verdadero».

Un mensaje para el mundo

A ese mundo en peligro, Jesucristo ha querido recordarle el amor de su Corazón misericordioso, mediante la voz de una mujer modesta y desconocida, que cumplía las funciones de cocinera, de hortelana y de portera en su convento, dirigiéndole estas palabras, sorprendentes y reconfortantes a la vez: «Te envío, con mi Misericordia, a toda la humanidad. No quiero castigar a la humanidad que sufre, sino que quiero curarla, apretarla contra mi Corazón misericordioso… Habla al mundo entero de mi Misericordia».

Esa humilde religiosa, sor Faustina Kowalska, fue canonizada por el Papa Juan Pablo II el 30 de abril del año 2000.

Helena Kowalska, tercera de diez hermanos, nació el 25 de agosto de 1905 en Glogow (Polonia). De carácter despierto, espontánea, alegre como un pajarillo, Helena se divierte como los demás niños del pueblo.

A la edad de siete años, Dios la llama por su nombre: «Por primera vez –escribirá más tarde–, oí con nitidez la voz de Dios en mi alma, invitándome a la vida de perfección. Pero no siempre le fui dócil» (Pequeño diario).

En el colegio, Helena destaca por su inteligencia; sin embargo, muy pronto necesitan de su ayuda en la casa y, a partir de los nueve años y medio, se ve obligada a cambiar su cestita de escolar por un cayado de pastorcilla.

A los catorce años, Helena entra a trabajar en una granja vecina. Después de un año de servicio abnegado, amable y concienzudo, le dice a su madre: «¡Mamá, tengo que ser religiosa!».

La respuesta es un «no» categórico, pues los Kowalski no pueden permitirse los gastos del ajuar, necesario en aquella época para entrar en el convento. Helena trabaja después como sirvienta, en la ciudad de Lodz.

Cuando cumple los dieciocho años, la joven vuelve a suplicar a sus padres que le permitan ver cumplida su vocación, pero de nuevo lo rechazan.

«Cuando mis padres me prohibieron entrar en el convento –escribirá–,  intenté distraerme con frivolidades, prestando oídos sordos a la voz de la gracia… evitaba a Dios y me inclinaba hacia las criaturas. Sin embargo, la gracia triunfó. Un día en que me encontraba en un baile con mi hermana, mientras la fiesta estaba en todo su apogeo, mi alma padecía un extraño malestar. En cuanto me puse a bailar, apareció de repente Jesús ante mí, desnudo, torturado, cubierto de heridas… y me dijo: «¿Durante cuánto tiempo tendré que sufrir por ti? ¿Hasta cuándo me harás esperar?». Enseguida se hizo un gran silencio, dejé de oír la música y aquella alegre compañía desapareció de mi vista. Solamente estábamos Jesús y yo. Me senté junto a mi hermana, con la excusa de una migraña. Al cabo de un momento, a escondidas, me fui de la sala y me dirigí corriendo a la catedral de San Estanislao Kostka. Estaba apuntando el alba y había poca gente. Sin preocuparme de lo que me rodeaba me prosterné con el rostro en el suelo ante el Santísimo Sacramento y le pregunté qué debía hacer, y oí estas palabras: «Dirígete a Varsovia; allí entrarás en un convento». Me levanté al instante… arreglé como pude mis asuntos pendientes… y, enseguida, con lo puesto y sin llevarme nada, tomé el tren de Varsovia».

Una vez allí, algo desorientada, se dirige a un sacerdote, quien la reconforta y la coloca como sirvienta en casa de una señora muy piadosa, hasta que la admitan en la Congregación de Nuestra Señora de la Misericordia.

Esa Congregación, fundada por la madre Teresa Rondeau (1793-1866), francesa, ayuda a las mujeres y a las jóvenes que llevan una vida de pecado a regresar al buen camino, educando también a las jóvenes que necesitan especial protección para evitar los peligros de este mundo.

En cada convento, se distinguen tres categorías de personas: las directoras, las coadjutoras y las internas. Helena es admitida entre las coadjutoras, que se encargan de los trabajos domésticos del convento.

¿Quién te aflige de ese modo?

Si bien es feliz al principio, la postulante queda decepcionada muy pronto, pues los trabajos manuales la absorben por completo, y le queda muy poco tiempo para la oración, la meditación y el cara a cara con Jesús.

Al cabo de tres semanas –escribe–, decidí entrar en un convento más austero. Ese idea se afianzó tanto en mi mente que un buen día tomé la determinación de marcharme… Regresé a mi celda y me prosterné con el rostro en el suelo, suplicando a Dios que me mostrase su voluntad

De súbito, apareció una enorme luz, y en la cortina pude ver la Santa Faz expresando un indecible dolor, cubierta de llagas y con grandes lágrimas que caían sobre el cobertor de la cama.

Toda conturbada, dije: «Jesús mío, ¿quién te aflige de ese modo?». Y me respondió: «Tú, si te vas. Aquí te he llamado y aquí te preparo grandes gracias» Desde ese día me siento contenta y feliz».

Sosegada ya, Helena se esmera en vivir su ideal de unión con Dios, con sus sartenes y cacerolas, labrando en la huerta o vendiendo pan en el ajetreo de la portería.

Toma el hábito el 30 de abril de 1926, adoptando el nombre de sor Faustina. Una pesada prueba empieza sin embargo para ella, que describe de este modo: «A partir del final del primer año del noviciado, una oscuridad cada vez más espesa comenzó a invadir mi alma. Mi pensamiento se hizo opaco, y las verdades de la fe me parecían absurdas. Cuando me hablaban de Dios, mi corazón era como una piedra, incapaz del menor acto de amor, y no hallaba consuelo alguno en la oración… A menudo, y durante toda la Misa, lo único que hacía era luchar contra las blasfemias que se agolpaban por salir de mis labios… Y cuando el sacerdote me explicaba que no eran más que pruebas y que, en ese estado, no ofendía a Dios, sino que era más bien una señal de que Dios me amaba, no hallaba consuelo alguno, y me daba la impresión de que aquellas palabras no tenían nada que ver conmigo… Entonces me prosternaba ante el Santísimo Sacramento, repitiendo estas palabras: «¡Aunque me mates, tendré confianza en ti!»».

La agudeza de la prueba, que durará dos años y medio, se corresponde con la medida de la misión que se le confiará a sor Faustina. Ella, cuya misión debía consistir en recordar a un mundo presa de la angustia que debía confiar en la infinita Misericordia, había conocido todos los grados de la tentación de la desesperación.

El 22 de febrero de 1931, se le aparece Nuestro Señor, vestido con una gran túnica blanca, con una mano levantada en un gesto de absolución, y con la otra sobre su divino Corazón.

De su hábito entreabierto, a la altura del Corazón, salen dos haces de rayos de luz, uno rojo y otro blanco.

«Yo contemplaba al Señor en silencio –escribe–; mi alma estaba llena de temor, pero también rebosaba de gozo.

Al cabo de un instante el Señor Jesús me dijo: «Pinta una imagen semejante a este modelo y escribe: Jesús, en ti confío. Deseo, en primer lugar, que esta imagen sea venerada en la capilla, y después en el mundo entero. A quienes la veneren les prometo que no perecerán. Les prometo desde este mundo la victoria sobre el enemigo, pero sobre todo en la hora de la muerte. Yo mismo les defenderé, como gloria mía»».

Sor Faustina le cuenta esa visión a su confesor, pero el sacerdote no le presta demasiada atención. Con el correr de los meses, las órdenes del Señor se concretan y se vuelven cada vez más apremiantes: «Quiero que los sacerdotes proclamen mi gran Misericordia. Quiero que los pecadores se acerquen a mí sin temor de ninguna clase. Las llamas de mi Misericordia me consumen. Ningún pecado, aunque sea un abismo de abyección, agotará mi Misericordia, pues cuanto más se bebe de ella más aumenta. Pues he descendido aquí a la tierra por los pecadores, y por ellos he derramado toda mi Sangre. Para castigar, ya tengo toda la eternidad; ahora prolongo el tiempo de la Misericordia. Mi Corazón sufre, pues incluso las almas consagradas ignoran mi Misericordia, tratándome con desconfianza. ¡Cuánto me hiere la falta de confianza!».

¡Mira con quién te has desposado!

La noticia de las visiones de sor Faustina se propaga por el convento, pero, a pesar de su vida ejemplar, llueven las críticas.

«Por el momento, todo era aún soportable –escribe–, hasta que el Señor me ordenó que pintara esa imagen. A partir de entonces me empezaron a considerar como una histérica y una alucinada, y las críticas arreciaban».

Durante dos años, ningún sacerdote se atreve a pronunciarse claramente sobre sus revelaciones. Finalmente, durante su retiro de profesión perpetua, en abril de 1933, el predicador, que es un hombre espiritual, le dice: «Hermana, ¿verdad que desconfías del Señor Jesús porque te trata con tanta intimidad? Tranquila. Jesús es tu Maestro y tus relaciones con Él no son ni histeria, ni sueños, ni ilusiones. Debes saber que estás en el buen camino. Intenta ser fiel a tantas gracias como estás recibiendo».

Inmediatamente, una paz profunda sobrenatural invade el alma de sor Faustina y la libra de sus dudas. El uno de mayo siguiente, hace profesión perpetua con gran fervor. Cuatro días después, entra en la capilla para la hora de oración.

«De repente –escribe–, vi al Señor, cubierto de llagas, y me dijo: «Mira con quién te has desposado»… Yo contemplaba sus llagas y estaba feliz de sufrir con Él. ¡Oh, Señor! Qué dulce es sufrir por ti, en lo más profundo de nuestros corazones, a espaldas de todos… Gracias, Jesús, por las pequeñas cruces cotidianas, por las contrariedades y las penalidades de la vida en común, por las falsas interpretaciones de mis propósitos, por las humillaciones y los malos tratos, por las penosas sospechas, por mi arruinada salud y mi extremo agotamiento… Gracias, Jesús, por el sufrimiento de mi alma, por las arideces, la angustia y la incertidumbre, por la noche y las tinieblas interiores, por las tentaciones y las pruebas… Gracias, Jesús, porque has bebido ese amargo cáliz antes de ofrecérmelo mitigado. Lo único que deseo es complacerte, según los planes de tu eterna sabiduría».

El verdadero amigo

A finales de mayo de 1933, sor Faustina parte hacia Vilna. Allí conoce al Padre Sopocko, que se convierte en su director espiritual. Después de muchas dudas, éste decide finalmente que se pinte la imagen de Jesús misericordioso, pero antes quiere conocer el significado de los haces blancos y rojos que salen del Corazón del Señor.

Sor Faustina interroga al divino Maestro, quien responde: «Significan el agua y la sangre. El agua que justifica las almas y la sangre que es la vida del alma. Brotan de mi Corazón abierto en la Cruz. Esos rayos son el refugio del alma ante la cólera de mi Padre», es decir, de las penas justamente merecidas por nuestros pecados.

El domingo de Cuasimodo (octava de Pascua) de 1935, el icono es expuesto públicamente en el santuario de Nuestra Señora de Ostra Brama; inmediatamente, la Misericordia divina se manifiesta mediante numerosas gracias de conversiones extraordinarias.

En su Pequeño diario, sor Faustina escribe lo siguiente: «La Misericordia es el mayor de los atributos divinos».

El Padre Sopocko, perplejo en un principio, encontrará esa verdad en las obras de san Agustín y de santo Tomás de Aquino. De hecho, ningún atributo de Dios es subrayado tan especialmente en la Biblia como la Misericordia.

Dios no es un ser lejano e indiferente ante el destino del hombre, sino que es el Amigo, el Salvador, el Buen Pastor, ante cuya mirada cada persona es preciosa.

Después de la caída del hombre por el pecado original, caída que tantas consecuencias trágicas ha conllevado (sufrimiento, muerte, etc.), Dios nos revela plenamente su Misericordia en los misterios de la Encarnación y de la Redención. Toda la vida de Cristo en la tierra, sus palabras y sus actos, sus parábolas y sus milagros, su muerte en la Cruz y su Resurrección, la fundación de su Iglesia guiada a través de los siglos por el Espíritu Santo, proclaman al mundo entero la Misericordia de Dios. Experimentar la Misericordia Ser misericordioso significa tener un corazón afectado por la tristeza ante la miseria de los demás, como si se tratara de la suya propia, y esforzarse en lo posible por alejarla o aliviarla. El mayor de los males que alcanzan al hombre es el pecado, y Dios lo remedia con su Misericordia. Como ofensa que se le hace a Dios, la maldad del pecado es impenetrable, y su consecuencia eterna le fue mostrada a sor Faustina: «Por orden de Dios, yo, sor Faustina, he penetrado en los abismos del infierno para hablar a las almas y poder dar testimonio de que el infierno existe». Otra de las visiones presenta ante sor Faustina los pecados de los hombres: «En un abrir y cerrar de ojos –anota el 9 de febrero de 1937–, el Señor me mostró los pecados del mundo que hoy se cometen, ¡y me desvanecí de espanto! A pesar de conocer el abismo de la impenetrable Misericordia, quedé sorprendida de que Dios permitiera la existencia del mundo. Entonces, me hizo comprender que son los elegidos quienes inclinan la balanza del otro lado». Pero, cualesquiera que sean el número y la gravedad de los pecados, la Misericordia de Dios siempre es accesible aquí en la tierra: «Yo soy Santo –dice Jesús a sor Faustina–, y el menor de los pecados me horroriza. Pero cuando los pecadores se arrepienten, mi Misericordia no tiene límites… Los peores pecadores podrían convertirse en santos extraordinarios si confiaran en mi Misericordia… Mi Misericordia sólo puede alcanzarse con la copa de la confianza: cuanto mayor es la confianza más se obtiene… Para mí es una alegría cuando los pecadores recurren a mi Misericordia. Entonces los colmo más allá de lo que esperan».

El 10 de octubre de 1937, nuestra santa escribía lo siguiente: «En medio de una enorme luz, he visto el abismo de mi nulidad, y me he acurrucado en el Corazón de Jesús con tanta confianza que, aunque hubiera tenido sobre mi conciencia todos los pecados de los condenados, no habría dudado de la divina Misericordia, sino que me habría precipitado, con corazón contrito, en el abismo de tu amor, ¡Señor Jesús! Bien sé que no me habrías rechazado, sino que me habrías perdonado con la mediación de tu sacerdote».

Los pecadores reciben principalmente la Misericordia divina mediante la confesión, tal como lo expresa el Papa Juan Pablo II: «En este sacramento cada hombre (bautizado) puede experimentar de manera singular la misericordia, es decir, el amor que es más fuerte que el pecado» (Encíclica Dives in misericordia, DM, 30 de noviembre de 1980, 13).

El único límite La Misericordia divina es un poderoso motivo de esperanza, pero también es una llamada a la conversión.

Sin el sincero remordimiento por los pecados y la firme resolución de corregirse, la Misericordia no puede derramarse en el pecador. «Por parte del hombre puede limitarla únicamente la falta de buena voluntad, la falta de prontitud en la conversión y en la penitencia, es decir, su perdurar en la obstinación, oponiéndose a la gracia y a la verdad especialmente frente al testimonio de la Cruz y de la Resurrección de Cristo» (DM, 13).

San Alfonso de Ligorio nos dice que la Misericordia de Dios alcanza a los que le temen (cf. Lc 1, 50), es decir, que «el Señor usa de Misericordia hacia los que temen ofenderle, pero no hacia los que cuentan con la Misericordia para seguir ofendiéndole» (El camino de la salvación, 1ª parte, 8ª meditación).

 Si, gracias a la Pasión de Cristo, la Misericordia divina aporta un remedio soberano al mayor de los males que afectan al hombre, que es el pecado, también se interesa por todas las demás miserias que le afectan, sean físicas o morales.

En ocasiones las suprime, pero la mayoría de las veces se manifiesta en su aspecto verdadero y propio «cuando promueve y extrae el bien de todas las formas de mal existentes en el mundo y en el hombre» (DM, 6).

Así entendida, constituye el contenido fundamental del mensaje mesiánico de Jesucristo, cuya misión revela el dinamismo «del amor que no se deja vencer por el mal, sino que vence con el bien al mal (cf. Rm 12, 21)» (DM, 6).

Para vencer al mal, la Misericordia de Dios concede, a todos lo que la invocan, fuerza y paciencia en las pruebas, enseñándoles a unir sus sufrimientos a los del divino Crucificado.

«El dulce rostro de Jesús se aparece al afligido mediante una prueba especialmente dura –nos dice el Papa Juan Pablo II–; hasta él llegan esos rayos que salen de su Corazón y que iluminan, que reaniman, que señalan el camino y dan esperanza. ¡A cuántas almas ha consolado ya la invocación Jesús, en ti confío!» (Homilía de la Misa de canonización).

 La Misericordia de Dios suscita también entre los hombres un verdadero amor fraterno.

«No resulta fácil amar con amor profundo, afirma el Papa. Ese amor solamente se aprende en la escuela de Dios, al calor de su caridad. Cuando posamos en Él nuestra mirada, cuando nos situamos en perfecta armonía con su Corazón de Padre, somos capaces de mirar a nuestros hermanos con ojos nuevos, en una actitud de gratuidad y de igualdad, de generosidad y de perdón. Todo es Misericordia» (Ibíd.).

Jesús exhorta a sus discípulos a permanecer «en la escuela de Dios», a fin de obtener para ellos mismos la Misericordia divina: Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia (Mt 5, 7).

Hasta el final de su vida, sor Faustina lleva a cabo obras de misericordia para con el prójimo. A partir de 1933, sufre de tuberculosis. Sus superioras no se dan cuenta inmediatamente de la gravedad del mal, que ella sufre en silencio.

En diciembre de 1936, cuando la enfermedad ha avanzado mucho, es trasladada a un sanatorio, donde permanece durante cuatro meses; después, en 1938, ingresa de nuevo durante cinco meses. Sus fervorosas oraciones van dirigidas a la intención de los moribundos que le rodean, obteniendo a menudo su conversión, incluso en medio de circunstancias humanamente desesperadas. En su intención reza el «rosario a la divina Misericordia», que le había sido revelado el 14 de septiembre de 1935 .

 Después de volver al convento en septiembre de 1938, sor Faustina se duerme dulcemente en el Señor, a la edad de 33 años, el 5 de octubre siguiente.

«¡Transfórmame!»

En una hermosa oración, sor Faustina nos revela su manera de practicar la misericordia:

«¡Señor Jesús, transfórmame toda en tu Misericordia!

Haz que mis ojos sean misericordiosos, para que jamás juzgue según las apariencias y desconfíe de nadie, sino que pueda ver en todas las almas todo lo bello que poseen, y que sea caritativa con todas ellas.

Haz que mis oídos sean misericordiosos, siempre atentos a las necesidades de mis hermanos y nunca sordos a su llamada.

Haz que mi lengua sea misericordiosa para que nunca hable mal de nadie, sino que tenga para todos palabras de perdón y de consuelo.

Haz que mis manos sean misericordiosas y se llenen de caridad, a fin de que pueda cargar con todo lo pesado e insoportable para aliviar el peso de los demás.

Haz que mis pies sean misericordiosos y siempre dispuestos a acudir en auxilio del prójimo…

¡Que mi descanso sea servir!

Haz que mi corazón sea misericordioso y abierto a cualquier sufrimiento.

De ese modo no lo cerraré a nadie, incluso a los que abusen de él, y yo misma me encerraré en tu Corazón…

¡Que tu Misericordia repose en mí, Señor!

Transfórmame en ti, pues tú eres mi todo».

Pidámosle a la Santísima Virgen, Madre de Misericordia, y a san José, que nos enseñen a ser misericordiosos como nuestro Padre del Cielo, a fin de poder alcanzar su Misericordia y la vida eterna.

+++

La Coronilla a la Divina Misericordia (cómo rezarla)

Tomado del diario de Santa Faustina: A la mañana siguiente, cuando entré en nuestra capilla, oí esta voz interior: Cuantas veces entres en la capilla, reza en seguida esta oración que te enseñé ayer.

Cuando recé esta plegaria, oí en el alma estas palabras: Esta oración es para aplacar Mi ira, la rezarás durante nueve días con un rosario común, de modo siguiente: primero rezarás una vez el Padre Nuestro y el Ave María y el Credo, después, en las cuentas correspondientes al PAdre nuestro, dirás las siguientes palabras: Padre Eterno, Te ofrezco el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de Tu Amadísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, como propiciación de nuestros pecados y los del mundo entero; en las cuentas del Ave María, dirás las siguientes palabras: Por su dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero. Para terminar, dirás tres veces estas palabras: Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros y del munto entero. (476)

+++

La coronilla a la Divina Misericordia y los Agonizantes

“Oh cuánta necesidad de plegarias tienen las almas agonizantes. Oh Jesús, inspira las almas a rezar frecuentemente por los agonizantes“- Santa Faustina

*

“En una ocasión, mientras iba por el pasillo a la cocina, oí en el alma estas palabras: Reza incesantemente esta coronilla que te he enseñado. Quienquiera que la rece recibirá gran misericordia a la hora de la muerte. Los sacerdotes se la recomendarán a los pecadores como la última tabla de salvación. Hasta el pecador más empedernido, si reza esta coronilla una sola vez, recibirá la gracia de Mi misericordia infinita. Deseo que el mundo entero conozca Mi misericordia; deseo conceder gracias inimaginables a las almas que confían en Mi misericordia.” (687)

*

“Promesa del Señor: A las almas que recen esta coronilla, Mi misericordia las envolverá en vida y especialmente a la hora de la muerte” (754)

*

“Al día siguiente, pasado ya el mediodía, cuando entré en la sala vi a una persona agonizante y supe que la agonía había empezado en la noche. Después de haberlo verificado supe que había sido cuando se me pidió rezar. De repente oí en el alma la voz: Reza la coronilla que te he enseñado. Corrí a buscar el Rosario y me arrodillé junto a la agonizante y con todo el ardor de mi espíritu me puse a rezar esta coronilla. De súbito la agonizante abrió los ojos y me miró, y no alcancé a rezar toda la coronilla porque ella murió con una misteriosa serenidad. Pedí ardientemente al Señor que cumpliera la promesa que me había dado por rezar la coronilla. El Señor me hizo saber que aquella alma recibió la gracia que el Señor me había prometido. Aquella alma fue la primera en experimentar la promesa del Señor. Sentí cómo la fortaleza de la misericordia cubría aquella alma.” (810)

*

“Al entrar en mi soledad, oí estas palabras: Defenderé como Mi gloria a cada alma que rece esta coronilla en la hora de la muerte, o cuando los demás la recen junto al agonizante, quienes obtendrán el mismo perdón. Cuando cerca de un agonizante es rezada esta coronilla, se aplaca la ira divina y la insondable misericordia envuelve al alma y se conmueven las entrañas de Mi misericordia por la dolorosa Pasión de Mi Hijo” (811)

*

Qué gracias más grandes concederé a las almas que recen esta coronilla; las entrañas de Mi misericordia se enternecen por quienes rezan esta coronilla. Anota estas palabras, hija Mía, habla al mundo de Mi misericordia para que toda la humanidad conozca la infinita Misericordia Mía. Es una señal de los últimos tiempos, después de ella vendrá el día de la justicia. Todavía queda tiempo, que recurran, pues, a la Fuente de Mi Misericordia, se beneficien de la Sangre y del Agua que brotó para ellos.” “Oh almas humanas, ¿dónde encontrarán refugio el día de la ira de Dios? Refúgiense ahora en la Fuente de la Divina Misericordia. Oh, que gran número de almas veo que han adorado la Divina Misericordia y cantarán el himno de gloria por la eternidad.” (848)

*

“Esta noche estaba muriendo un hombre, todavía joven, pero sufría tremendamente. Empecé a rezar por él esta coronilla que me ha enseñado el Señor. La recé toda, sin embargo la agonía se prolongaba. Quería empezar las Letanías a todos los Santos, pero de repente oí estas palabras: Reza esta coronilla. Comprendí que esa alma necesitaba muchas oraciones y gran misericordia. Me encerré en mi habitación aislada y me postré en cruz delante de Dios implorando misericordia para esa alma. Entonces sentí la gran Majestad de Dios y la gran justicia de Dios. Temblaba del espanto, pero no dejaba de suplicar a Dios la misericordia para esa alma, y me he quitado del pecho la pequeña cruz, la cruz de mis votos, y la he colocado en el pecho del agonizante y he dicho al Señor: Jesús, mira a esta alma con el amor con que has mirado mi holocausto el día de los votos perpetuos y en virtud de la promesa que has hecho para los agonizantes, a mí y a quienes invoquen Tu misericordia para ellos. Y dejó de sufrir y expiró sereno. Oh, cuantos deberíamos rezar por los agonizantes; aprovechemos la misericordia mientras es el tiempo de compasión. (1035)

“Conozco cada vez mejor cuánto necesita cada alma la Divina Misericordia durante toda la vida, pero esencialmente en la hora de la muerte. Esta coronilla es para aplacar la ira divina, según me ha dicho el (Señor) Mismo.” (1036)

*

Hija Mía, anima a las almas a rezar la coronilla que te he dado. A quienes recen esta coronilla, Me complazco en darles lo que Me pidan. Cuando la recen los pecadores empedernidos, colmaré sus almas de paz y la hora de su muerte será feliz. Escríbelo para las almas afligidas: Cuando un alma vez y conozca la gravedad de sus pecados, cuando a los ojos de su alma se descubra todo el abismo de la miseria en la que ha caído, no se desespere, sino que se arroje con confianza en brazos de Mi misericordia, como un niño en brazos de su madre amadísima. Estas almas tienen prioridad en Mi Corazón compasivo, ellas tienen preferencia en Mi misericordia. Proclama que ningún alma que ha invocado Mi misericordia ha quedado decepcionada ni ha sentido confusión. Me complazco particularmente en el alma que confía en Mi bondad. Escribe: cuando recen esta coronilla junto a los moribundos, Me pondré entre el Padre y el alma agonizante no como el Juez justo sino como el Salvador misericordioso.” (1540)

*

“Cuando entré por un momento en la capilla, el Señor me dijo: Hija Mía, ayúdame a salvar a un pecador agonizante; reza por él esta coronilla que te he enseñado. Al empezar a rezar la coronilla, vi a aquel moribundo entre terribles tormentos y luchas. El Ángel Custodio lo defendía, pero era como impotente ante la gran miseria de aquella alma; una multitud de demonios esta esperando aquella alma. Mientras rezaba la Coronilla, vi a Jesús tal y cómo está pintado en la imagen. Los rayos salieron del Corazón de Jesús envolvieron al enfermo y las fuerzas de las tinieblas huyeron en pánico. El enfermo expiró sereno. Cuando volví en mí, comprendí la importancia que tiene esta coronilla rezada junto a los agonizantes, ella aplaca la ira de Dios.” (1565)

*

“Hoy el Señor entró en mi (habitación) y me dijo: Hija Mía, ayúdame a salvar las almas. Irás a casa de un pecador agonizante y rezarás esta coronilla con lo cual obtendrás para él la confianza en Mi misericordia, porque ya está en la desesperación.

De repente me encontré en una cabaña desconocida donde, entre terribles tormentos, agonizaba un hombre ya avanzado en años. Alrededor de la cama había una multitud de demonios y la familia estaba llorando. Cuando empecé a rezar, los espíritus de las tinieblas se dispersaron con silbidos y amenazas dirigidas a mí. Esa alma se tranquilizó y llena de confianza descandó en el Señor. En el mismo instante me encontré en mi habitación. Cómo eso sucede, no lo sé” (1797-1798)

*** 

-Dom Antoine Marie osb. Carta de la Abadía San José  Clairval correspondiente al mes de octubre de 2001.

-Diario de Santa María Faustina Kowalska: La Divina Misericordia en mi alma. Padres Marianos de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María. 2005.

Los “Cien Requiem” por las almas del Purgatorio

Noviembre 3, 2009

Modo de rezar los Cien Requiem

Puedes servirte del Rosario de cinco misterios, que recorrerás dos veces, de este modo:

Empezarás con un Padre nuestro y la jaculatoria: Jesús mío, tened misericordia de las benditas almas del Purgatorio, y en especial de las más abandonadas…

Siguen los diez primeros Requiem:

Réquiem aeternam dona eis, Dómine; et lux perpétua lúceat eis.

Dadles, Señor, el descanso eterno.  Y alúmbreles la luz eterna. 

y concluídos, dirás nuevamente el Padre Nuestro y la mencionada jaculatoria; y así igualmente todas las decenas, hasta concluir el número de cien.

Terminarás con el salmo De profundis.

Salmo 129

¡Desde lo más profundo clamo a ti, Señor! ¡Señor, oye mi voz!

¡Estén tus oídos atentos a la voz de mis súplicas!

Si mirases, Señor, nuestras iniquidades, ¿Quién podría subsistir, oh Señor?

Mas en ti hay propiciación, y teniendo en cuenta tu ley, en ti espero:

Mi alma espera en su palabra: mi alma espera en el Señor!

Desde el amanecer hasta la noche espera, Israel, en el Señor.

Porque con el Señor está la misericordia. Y con El la abundante Redención.

Y el redimirá a Israel de todas sus iniquidades.

*

Si te fuere posible, podrás añadir las siguientes preces a la Sangre Preciosísima de Jesucristo:

1.Oh, dulcísimo Jesús, por el sudor de Sangre que vertisteis en el huerto de Getsemaní, compadeceos de esas Almas, y en especial del alma de N N y de las más abandonadas. Requiem, etc

2. Oh dulcísimo Jesús, por los dolores que sufristeis en la flagelación, compadeceos de esas Almas, y en especial del alma de N.N y de las más abandonadas. Requiem.

3. Oh dulcísimo Jesús, por la Sangre que derramasteis en vuestra coronación de espinas, compadeceos de esas Almas, y en particular del alma de N.N. y de las más abandonadas.

4. Oh dulcísimo Jesús, por los dolores que sufristeis y la Sangre que derramasteis, cuando llevasteis la cruz al Calvario, compadeceos de esas Almas, y en particular del alma de NN y de las más abandonadas

5.Oh, dulcísimo Jesús, por los dolores que sufristeis y la sangre que derramasteis en vuestra crucifixión, compadeceos de esas Almas, y en particular del alma de NN y de las más abandonadas. Requiem, etc.

6.Oh dulcísimo Jesús, por los dolores de vuestra terrible agonía, y por la sangre que entonces vertisteis, compadeceos de esas almas, y en particular del alma de NN y de las más abandonadas, Requiem, etc.

7.Oh, dulcísimo Jesús, por el dolor que sufristeis cuando vuestra Alma Santísima se separó de vuestro Cuerpo, y por la Sangre y agua que derramasteis de vuestro Costado, compadeceos de esas Almas, y en particular del alma de NN y de las más abandonadas. Requiem,etc.

*

Encomendémonos todos a las benditas Almas del Purgatorio, diciendo:

Almas benditas, nosotros hemos rogado por vosotras al Señor; mas vosotras que sois tan queridas de Su Divina Majestad, y que estáis seguras que no le perderéis jamás, rogadle por nosotros miserables pecadores, que estamos en gran peligro de perder a Dios para siempre.

Sobre la bienaventuranza del hombre y de los caminos por donde se llega a ella

Noviembre 1, 2009

“Gozaos, y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los Cielos.”  S. Math. cap. 5 v. 12

“La lección presente del santo Evangelio nos encomienda de un modo especial por la voz del Maestro Celestial ocho virtudes insignes. Y á estas con un nombre común llamamos bienaventuranzas: porque ellas, entre las otras virtudes, especialmente nos conducen á la Bienaventuranza: séase á la perfecta que esperamos en la vida venidera, ó séase a la comenzada, que consiguen los justos en la presente. Por lo cual en el presente Sermón os debo yo predicar sobre la misma Bienaventuranza, y sobre los caminos, que nos llevan á ella, de lo cual trata la lección presente del santo Evangelio.

Y tomando el asunto desde su principio, se debe saber, que en el hombre hay dos apetitos naturales que se han introducido y engendrado en nosotros no por nuestras depravadas costumbres ó índoles, sino por el autor y hacedor de la naturaleza.

El uno es el apetito de la inmortalidad que tienen todos los hombres, los cuales se horrorizan de la muerte, y por impulso de la naturaleza aman la vida. Y de un apetito como este todos aquellos que filosofan y discurren bien, infieren con evidencia la inmortalidad de nuestra alma. Porque de lo contrario la naturaleza estaría malamente instituida, pues en el hombre había introducido el deseo natural de una cosa imposible; y también vanamente concedía aquello, que no podía servir absolutamente para uso alguno; lo cual de ninguna manera puede convenir á un artífice perfectísimo, cual es el hacedor y criador de nuestra naturaleza.

El otro apetito es aquel, con que todos deseamos la bienaventuranza con una natural propensión, superior á todo cuanto puede apetecer la mente humana. Y la bienaventuranza, según dice Boecio, es, un estado perfecto por la agregación de todos los bienes: y ella misma es el sumo bien del hombre. Y por eso se dice que es el último fin del hombre; porque cuando á ella llega no tiene a donde llegar mas alto, ni tampoco le queda ya más que desear. Y así como el que tenía una muy grande sed, luego que bebe hasta saciarla, ya no tiene mas sed, y aunque esté junto á una fuente , no se moverá mas al deseo del agua; así el que llega á un estado como este, nada mas desea ni apetece.

Y esto ¿qué otra cosa es que una participación de la divinidad? Porque es de Dios esta tan grande felicidad. Por este titulo á la verdad pueden los hombres entender la grandeza de su dignidad, respecto que para este estado perfectísimo y claramente divino fueron criados por el autor de la naturaleza.

También se puede entender, que entre todas las cosas que es capaz de saber y comprender el ingenio humano, ninguna de ellas es tan necesaria para ordenar rectamente nuestra vida, como el tener bien conocido y examinado este sumo y último fin de ella; porque ninguno, sin conocimiento anterior del fin de la vida (al cual se han de ordenar todas las cosas) puede dirigir ni referir bien las acciones y operaciones de ella.

 Por esto Aristóteles habiendo de enseñar en su Ética el modo de bien vivir, lo primero trata del fin de la vida humana. Porque así como el que dispara saetas, dice él , debe antes mirar al blanco para dirigirlas á él derechas, y el marinero debe conocer antes el puerto á donde navega y camina , para dirigir hacia él el rumbo de la navegación; lo cual es también igualmente necesario en todas aquellas cosas que se administran con arte y consejo; así claramente cualquiera que desea, que todas las acciones de su vida no sean vagas y temerarias, sino rectas y ordenadas, se debe proponer á la vista el fin de ella, y dirigir hacia él su curso.

Y que la Ética á quien toca tratar de este fin, y de los grados ó caminos por donde se llega á él, se debe colocar entre las nobles disciplinas, este mismo Autor lo define: porque considera y trata de aquello, que es mas excelente en la vida de los hombres.

I

Y atribuyendo todos los Filósofos este deseo natural de la bienaventuranza al hombre, no obstante que en la inquisición de en lo que consiste han trabajado, y se han fatigado mucho, estuvieron tan lejos de dar con ello, que en ninguno otro asunto como en este anduvieron tan ciegos, y en ninguno otro se dividieron en tan varias y casi contrarias sentencias.

Porque ¿quién hubiera podido creer lo que refiere San Agustín en el libro 19 cap 1 de la Ciudad de Dios, que hubo entre los Filósofos doscientas y ochenta opiniones acerca del bien sumo del hombre, si el mismo Santo no citara por testigo de ellas á Marco Varron Escritor muy sabio entre los Romanos?

Porque unos lo pusieron en las riquezas, otros en las honras, aquellos en los deleites, estos en el poder, unos en la sanidad ó carencia de dolores, otros en la varia literatura y ciencia de cosas máximas, otros finalmente en otras cosas, cada uno según su apetito e ingenio.

Y no solo los Filósofos, sino también los hombres sin letras miden la bienaventuranza cada uno según sus respectivos antojos y gustos. Porque un mendigo piensa que la bienaventuranza consiste en las muchas riquezas: y éste mismo, si está enfermo, la pone en la salud; el ambicioso en los honores; el deshonesto en los deleites carnales; el Palaciego en el favor y amistad del Soberano; el Rey y el Emperador en la gloria militar y en los triunfos y victorias. Todos estos pues piensan que el sumo bien está constituido en aquellas cosas que desean con ansia, y juzgan que serán bienaventurados si las consiguen.

 Entre estas tan varias sentencias de los hombres, tres de ellas parece que se acercan algo más á la verdad.

La primera la de los Estoicos, que en sola la virtud colocaron el bien sumo del hombre; y entre todos los bienes no encontraron otro mayor, que pudiera felicitar al hombre. A la verdad que se hacen loables aquellos que tanto apreciaron la virtud, pero se engañaron en haber juzgado, que eran bienaventuranza los instrumentos de ella: cosa á la verdad no menos importuna y necia, que si un labrador pusiera su fin en la labranza de su campo: porque este es no el fin sino el oficio del labrador; y con él se llega á una copiosa y sazonada cosecha de frutos, que es el fin del labrador. Así pues la virtud no es la felicidad, sino un camino muy cierto para llegar á ella.

La segunda es la de Aristóteles, que puso la felicidad en la contemplación de cosas altísimas, que puede tenerse por las ciencias humanas; si con ella se junta una buena salud, y un competente patrimonio. Pues no le parece que es plenamente bienaventurado ni un mendigo, ni un enfermo; porque el que es bienaventurado debe carecer de toda molestia y tristeza. En esto, este hombre, por otra parte muy sabio, no alcanzando otra cosa mas que decir por la luz natural de la razón, que solo tenía, sin embargo se engañó por dos capítulos: uno, porque la felicidad la sujetó á la dominación de la inconstante fortuna: pues juzgó se requería para la bienaventuranza las riquezas y buena salud, que están fuera de la facultad de los nombres: el otro, porque puso una tal felicidad, que de ningún modo pueden alcanzar los hombres en esta vida. Porque ¿quién sino solo Dios es capaz de carecer en esta vida de toda aflicción y molestia?

La tercera es la sentencia de Solon , y es la que más se acercó a la verdad por más que Aristóteles también la reprehenda. Este Filósofo, siendo preguntado por Creso, que era muy rico, y se reputaba por bienaventurado, ¿á quien tenía por beatísimo entre los hombres? le dio noticia de tres hombres ya difuntos, que vivieron muy honestamente y murieron con buena fama, y á estos dijo que él juzgaba bienaventurados. Y afirmó también que esto no se le podía conceder á ninguno que todavía viviese. Porque en tiempo largo, decía él, es forzoso ver y padecer muchas cosas, que no queremos: el día de mañana trae consigo alguna cosa que no hubo hoy.

Todo hombre pues está, ó Creso, expuesto á calamidades. Ya veo que tú abundas en riquezas, y que dominas á muchas naciones; sin embargo lo que me has preguntado nunca pensaré que te se debe atribuir, si antes no oigo, que mueres dignamente. Porque el que tiene muchas riquezas amontonadas, no puede ser mas feliz que el que tiene con que pasar el día, si la misma fortuna no acompaña al que se porta bien hasta la muerte.

Hasta aquí Solon. Cuyas palabras, si las consideramos bien, entenderemos claramente, que ni aun aquellos tres fueron bienaventurados según su sentencia. Pero habiendo este varón sabio visto las miserias comunes de los hombres, pensó que habían sido muy bien tratados aquellos, que, antes de verse oprimidos con una grave calamidad ó trabajo, salieron de este mundo. Y estas cosas no las dijo temerariamente Solon al Rey. Porque la variedad é inconstancia de las cosas humanas el mismo Creso, que se tenía por bienaventurado, la experimentó, porque perdiendo su reino, y derribándole de aquella su felicidad, cayó bajo del dominio del Rey de los Persas. Este también siendo sentenciado á muerte, acordándose del dicho y sentencia de Solon, clamó con voz grande: ¡O Solon! ¡ó Solon! Con cuya voz confesó ya la verdad de su adivino, y ya la inconstancia de la voluble fortuna, que antes tenía tan poco conocida.

Pues de esto pienso que consta ya con bastante claridad, que en esta vida se ha de desesperar de poder tener la felicidad, pues toda ella es una tentación, ó milicia, y está llena casi de infinitos afanes, cuidados y trabajos. Porque ¿quién es aquel, á quien se concedió exención de aquellos males, con que vemos es oprimida y afligida esta presente vida? ¿Quién, digo, está tan libre y exento que alguna vez no se vea molestado de gravísimos males; ó á lo menos no tema aquellas miserias con que la bienaventuranza (si es que, así se puede llamar) se puede interrumpir y perder? Á la verdad que todos los mortales nacen bajo la condición, de pasar la mayor parte de su vida en lágrimas, en tristeza, enredados en muchos males y calamidades. Porque no hay memoria de que algún hombre se haya hallado jamás, que no le hayan sucedido muchos mas males que bienes.

Luego es claro por lo dicho que todos los conatos de los Filósofos han sido vanos é írritos; respecto que hasta ahora ninguno de ellos pudo encontrar la felicidad, esto es, el fin de la vida humana. Y la causa de todos los errores fue, que en esta vida buscaban un fin altísimo, el cual se debía buscar en la otra. É ignorándose el fin, ó constituido vanamente ¿qué cosa pudo obrarse en la vida santa y religiosamente? A ellos se puede acomodar aquello que Santo Thomas Apóstol dijo al Señor (Joann 14 V. 5): Señor, no sabemos donde vas, ¿y cómo podremos saber el camino? Porque ignorando el fin, era forzoso que toda la filosofía y prudencia humana anduviera en unas cimerias tinieblas, y que fluctuase con unas ondas y movimientos inciertos.

Esto dio a los Teólogos un firmísimo argumento, para colegir no solo por principios de fe, sino por la misma razón, que fue necesaria para los hombres la luz celestial: y la revelación de la verdad, para que el hacedor de la naturaleza, que no falta en cosa alguna necesaria para la piedad, no faltara á la criatura nobilísima entre todas en la cosa sumamente precisa.

Para esto pues envió primero á los Profetas ilustrados por el Espíritu Santo, para que nos ilustraran y enseñaran á nosotros. Y no contento con esto, el mismo Señor de los Profetas se dignó venir á nosotros, y enseñarnos sobre esto por sí mismo. Este pues nos enseñó con palabras y ejemplos que la bienaventuranza no debía esperarse ni buscarse en esta vida calamitosa, que mas debe llamarse muerte, que vida, sino en la vida futura ; lo cual muestra al fin de la presente lección del Evangelio, cuando dice: Gozaos, y regocijaos, porque vuestro gozo es muy grande en los Cielos.

Luego en los Cielos, y no en la tierra se debe esperar el galardón felicísimo de nuestra bienaventuranza. La causa de esto enseñan los Doctores que es el infinito seno de nuestra alma, que no puede llenarse sino con la consecución de un bien infinito, que consiste en la visión clara de la divina hermosura.

Y preguntará alguno, cómo la perspicacia de nuestro entendimiento tan rudo, que ni siquiera puede entender la sustancia de su alma, se levantará al conocimiento de aquella altísima é incomprensible naturaleza (I Tim 6 v 16), que habita la luz inaccesible, y que puso las tinieblas por su escondrijo (Psalm 17 v 12), y de la cual leemos en el libro de Job (Job 26 v 26): ¿He aquí el Dios grande que vence nuestra ciencia? Pues á esta cuestión respondo que la perspicacia de nuestro entendimiento se ha de avivar, y juntamente elevar con especial lumbre de gloria, para que pueda ver esta muy resplandeciente luz.

Esta lumbre dicen los Teólogos que es semejante á los anteojos, con los cuales los ojos de vista corta pueden ver aquellos objetos que están muy distantes de ellos, y son inaccesibles á su poca vista. Pues lo que hacen los anteojos para los de vista corta, esto hará la lumbre de gloria con nuestra alma, para que á cara descubierta vea la hermosura inmensa de Dios: la cual sin embargo no comprenderá, sino que aun quedará en ella infinidad de cosas, que no es capaz de alcanzar el entendimiento humano.

Y esta misma lumbre de gloria hará, que aunque aquella altísima naturaleza sea una suma simplicidad, no obstante entre los Santos uno vea más que otro según la variedad de méritos; por los que se ilustrará con mayor lumbre de gloria.

Así sucede que el hombre y el águila ven un mismo sol, y el águila lo ve más claramente porque tiene vista más perspicaz.

Pero preguntaréis otra vez: ¿Si el que ve menos, desea ver más, y también si desea comprender?

Pues á esto respondo, que siendo la comprension propia de sola naturaleza divina, de ningún modo puede ésta caber en el deseo de las criaturas: así como no cabe en los hombres el deseo de volar, que es propio de las aves. Y aunque (como antes queda dicho) haya infinitas cosas en aquella suma naturaleza, á las cuales no puede tocar ninguno de los bienaventurados; sin embargo el mismo Señor por su gracia eminente dará tanta rectitud á la voluntad de ellos, que contentándose cada uno con su suerte, nada más desee que lo que tiene.

Pues esta es, Hermanos, la bienaventuranza, esta es la felicidad completa, este es el fin último de la vida humana, al cual aspiramos todos los que somos cristianos.

II.

Ahora, respecto que se ha hablado ya del fin, esto es, del puerto de nuestra felicidad, es consiguiente, que digamos también algo acerca de los caminos por donde se llega á ella.

Esta cuestión en la realidad la resolvió el autor mismo de la felicidad con mucha claridad y brevedad, cuando al Joven deseoso de este bien le dijo (Matth 19 v 17): Si quieres entrar en la vida guarda los mandamientos.

A la verdad que á poco precio nos promete la vida eterna aquel mismo, que nos la compró á costa de su preciosa Sangre. Verdaderamente Señor que por nada nos salvaste, aunque no por nada nos hayas redimido (Psalm 55 v. 8). Porque ¿qué cosa grande es amar á Dios, y al próximo, en cuyos mandamientos consisten la ley y los Profetas?

Pero porque al modo que para fortificación de las plazas, que están á las fronteras enemigas se han excogitado no solo las murallas, sino también los fosos y antemuros: así el Señor á la custodia de los mandamientos, que son como las murallas, añadió también los consejos, que son como el antemural, con los cuales se conserven seguros y sin fracción los muros de los mandamientos; de los cuales principalmente se trata en la lección del santo Evangelio del día.

Estos consejos en la realidad nos fortalecen tanto en el camino de la bienaventuranza, que por esta causa se llaman bienaventuranzas.

Porque se llaman, lo que hacen, y lo que nos confieren con su oficio y práctica.

Éstas explica el Maestro Celestial ya en otras partes, y ya principalmente en la presente lección: en la cual de todo el hermoso coro de virtudes, escogió especialmente ocho, las cuales con mucha especialidad nos aderezan el camino para la bienaventuranza, por el cual todos los Santos llegaron á ella.

Porque todos fueron pobres de espíritu, todos fueron mansos, misericordiosos, limpios de corazón y pacíficos. Todos, mientras vivieron en este mundo, tuvieron hambre y sed de justicia, todos lloraron con piadosas lágrimas sus pecados y los de otros: todos sufrieron varias persecuciones del mundo por conservar la piedad y justicia; y por eso ahora reciben en el cielo un galardón muy grande por sus trabajos.

Y aunque todos florecieron en todo género de virtudes, unos resplandecieron más que otros en algunas de ellas, disponiéndolo así Dios para la hermosura de su Iglesia; y á este modo cada uno se escogió un especial camino para la bienaventuranza; lo que os haré ver claramente proponiéndoos ejemplos.

La primera bienaventuranza es la pobreza de espíritu; la cual practicó un San Francisco, de modo que apenas pensaba ni de día ni de noche otra cosa, que el que no hubiera alguno mas pobre que él. Porque ningún avariento buscó jamás las riquezas con tanta ansia, cuanto este Santo deseó la pobreza y carestía de todas las cosas: ningún envidioso envidió la próspera fortuna de los otros, cuanto este Santo si por casualidad veía algún pobre mendigo necesitado ó desnudo. ¿De cuántos modos recomendó esta virtud, con qué títulos no la ennobleció? ¿Unas veces la llamaba su señora, otras su esposa, otras su reina, y Esposa del Rey Eterno? Por último preguntándole una vez sus Frailes, qué cosa era la que mas estrechamente juntaba los hombres á Dios; la pobreza, respondió, y el desprecio de las riquezas terrenas. Porque vencido este amor, nuestra alma, libre de los lazos terrenos, por su inclinación se va á las cosas del cielo como próximas á su naturaleza. Porque así como el imán atrae á sí el hierro, y lo tiene pendiente é inmóvil en el aire por una afinidad oculta de ambos; así Dios arrebata á sí fácilmente el alma purgada del amor de las cosas terrenas, y asemejada ya á él, la trae á sí con facilidad, y se la estrecha consigo con el nudo muy apretado de la caridad.

Después de la pobreza se sigue la mansedumbre, que es su hermana y vecina, de la cual dice el Salvador: Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra. Ésta también fue una virtud común á todos los Santos.

Por tanto frecuentemente se llaman mansos en las santas Escrituras; sin embargo éstas atribuyen esta virtud con especialidad á Moisés: porque así leemos de él (Exod 4 v 28): Y era Moisés varón muy manso sobre todos los hombres, que vivían sobre la tierra. Porque aquel sumo Gobernador del mundo, quiso que el que escogió para Maestro y Rector de su pueblo, careciese de ira y de furor, y que fuera el más manso entre todos los hombres.

De esto, omitiendo otros casos, es prueba, que, no obstante, que tantas veces le apedreó el pueblo ingrato y rebelde, con todo, luego que vio al Señor airado contra este mismo pueblo por la sacrílega adoración del becerro, estuvo ante el acatamiento del Señor en un ayuno de cuarenta días, pidiendo el perdón de aquella horrenda maldad, y deseando ser anatema por ellos” (Ex 34 v 28).

Y en este elogio no parece fue inferior un David, quien habiendo podido oprimir y matar á Saúl su enemigo cruelísimo, sin embargo no le hizo el mas leve daño (I Reg 24 v 5): y aun lo que es mas, mató á aquel, que le quitó la vida, y rasgándose sus vestidos lloró con un llanto muy amargo la muerte del mismo Saúl (2 Reg I v 15) ; ya los que cuidaron de enterrar su cadáver , prometió que los honraría y premiaría mucho (2 Reg 2 v 6). Finalmente esta sola virtud alega ante Dios, diciéndole (Psalm 131 v I): Acuérdate, Señor, de David, y de toda su mansedumbre.

Siguese luego la tercera bienaventuranza de los que lloran; en la cual resplandecieron principalmente los Santos Profetas: los cuales no solamente corregían los pecados de los hombres por el celo de la honra divina, sino que también ellos se lamentaban con un piadoso afecto de compasión.

Entre ellos sobresalió mucho un Jeremías, santificado desde el vientre de su madre; el cual gastó toda su vida desde su niñez en llanto y lágrimas. Y no contento con tanto llorar, muestra que aun deseaba más copiosas lágrimas, cuando dice (Jerem 9 v I): ¿Quién dará agua á mi cabeza, y á mis ojos una fuente de lágrimas, y lloraré día y noche?

Y hay dos especies de lágrimas, así como hay también dos especies de tristeza: una según el mundo: otra que es según Dios. Aquella es con la que sentimos la pérdida de cosas temporales, ó las muertes de nuestros parientes y amigos con un llanto excesivo y desordenado: la cual reprehendiendo San Jerónimo en Santa Paula, que lloraba con mucho dolor la muerte de su hija, la dice: Alma, que así llora, es de las que gastan vestidos de seda.

La otra es cuando lloramos las maldades de la vida pasada, como lo hacía aquel Santo Rey, cuando decía (psalm 6 v 7): Lavaré todas las noches mi lecho; con lágrimas regaré mi estrado. Y estas lágrimas que se vierten por los pecados, y no por otras cosas, dice S. Crisóstomo, que son medicina, y lo confirma con una no vulgar razón. Porque si te consumes llorando, porque perdiste á tu hijo, á tu marido, ó mujer ó tus riquezas; no hallarás en ellas remedio alguno para estas calamidades; mas si lloras tus pecados, inmediatamente con ellas te los lavaste y quitaste. Por donde consta, que ellas son verdadera y propia medicina de los pecados. Esto con razón se numera entre estas bienaventuranzas, respecto que, como dice el Apóstol (2 Cor 7 v 10), la tristeza, que es según Dios, es obradora de la penitencia para una salud estable.

Siguese después el cuarto camino de los que tienen hambre y sed de justicia; entre quienes sobresalió el Santo Daniel, de modo que el Ángel le llamó varón de deseos (Dan 9 v 23).

Pero ¿por qué usó el Señor de la frase tener hambre y sed, en lugar de desear? Ciertamente fue porque cuando tenemos mucha necesidad de la comida y bebida, nos movemos del deseo de estas cosas, en tal conformidad que por el logro de ellas desatendemos ó trocamos fácilmente todas las otras cosas, aunque sean muy preciosas.

Porque si á un hombre que se muere de hambre ó sed, le ofreces todo el oro del mundo, y aun el imperio de él, sin proveerlo de pan y de agua, lo estimará todo en nada.

Porque como dijo un Filósofo hablando de los jumentos, mas querían heno, que oro; lo cual refiere también Aristóteles; así también los hombres viéndose estrechados por el hambre antepondrán el pan á todos los otros bienes del mundo.

Por esta causa Esaú cansado y oprimido del hambre, para comprar alimento á su hermano, le vendió la dignidad de primogénito, diciendo (Gen. 25 v. 32): He aquí yo muero, ¿qué me servirá mi primogenitura?

Así también Lisímaco Rey de la Tracia, estando sitiado por sus enemigos, se entregó á sí, y á su reino por la sed que tenía. Y después de haber bebido el agua que le trajeron, ¡Oh, dijo, qué cosa tan pequeña me hizo esclavo de Rey! Habiendo pues el Señor usado de las frases de tener hambre y sed en lugar de desear, quiso que se entendieran no cualesquiera deseos de justicia, sino aquellos, que por su vehemencia, al modo de la verdadera hambre y sed, despreciarán todos los demás bienes del mundo; esto es, con los cuales los hombres se enardecieran en el deseo de las cosas celestiales, de modo que por su logro y consecución estimaran en nada todo lo demás. Y unos semejantes deseos solamente puede tenerlos una alma pura, y que está libre de todo desordenado amor de cosas terrenas. Porque ¿cuál os parece es la causa de que muchos enfermos, que adolecen de inapetencia aborrecen casi como á la muerte la comida, la cual amaban locamente cuando sanos? Ciertamente que no es otra , que el que su estómago, estando lleno de humores perniciosos, teniendo dentro de sí muchos enemigos con quienes luchar, rehúsa admitir á otros. En este tiempo si á beneficio de los medicamentos expele aquellos humores perniciosos, inmediatamente vuelve el mismo apetito de comer que había antes. Pues, Hermanos, la misma causa es, por la cual nos fastidian las cosas máximas y bellísimas , cuales son las virtudes, y dones celestiales y divinos, porque nuestra voluntad está llena de humores perniciosos de vicios, y varios apetitos, los cuales si no expelemos de nosotros con los medicamentos de la penitencia, y propósito de mejor vida, nunca padeceremos hambre y sed de la justicia, y cosas celestiales; así nunca tendremos aquella saciedad saludable de la mente que da pastos de suavidad inestimable á los que entran y salen.

Inmediato á este vivo deseo está el camino de la misericordia; por donde andando todos los Santos, los cuales se llaman en las santas Escrituras varones de misericordia, consiguieron la misericordia; mayormente aquellos, que practicaron la vida activa, que toda consiste en el alivio de las miserias ajenas.

Y en el nombre de misericordia creo se significa aquí no tanto el efecto de esta virtud, cuanto el afecto. Porque aquel solo conviene á los ricos, y éste es común á pobres y ricos. Porque el efecto de la misericordia consiste en obra, y el afecto en voluntad. En la cual es rico cualquiera que como el Santo Job puede decir (Job 30 v.25): Lloraba antiguamente sobre el que se veía afligido, y mi alma se compadecía del pobre. Y de estos que tienen un afecto semejante, dice el Señor en la presente lección del Evangelio: Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán la misericordia. De cuyas palabras parece, cuán necesaria es esta virtud para todos aquellos, que tienen necesidad da la misericordia del Señor, i Y quién hay entre los mortales que no necesite de ella? Á la verdad que dijo muy bien S. Agustín: ¡Ay aun de la vida loable, si se juzga sin piedad! Pues teniendo todos tanta necesidad de esta misericordia, el camino real para conseguirla y alcanzarla es la misericordia: esto es, que tú te portes tal con los hombres, cual quieres que se porte el Señor contigo. Y qué sea lo que valga la virtud de la misericordia en aquel juicio final contra la justicia vengadora, bastantemente lo declaró el Apóstol Santiago, cuando dijo (Jacob. 2 v. 13): La misericordia sobresale sobre el juicio ; esto es , en este combate es la misericordia superior contra el juicio ; ó hablando mas claramente triunfa la misericordia del juicio ; porque á quienes hubiera podido oprimir la severidad del juicio , libra la misericordia , y los absuelve, cuando alega ante el Padre de las misericordias, que es digno de misericordia aquel , que fue benigno y misericordioso con los otros. Luego no sin razón dice Ecumenio que la misericordia es semejante al aceite, con el cual los atletas habiendo de luchar solían untar sus cuerpos, para no dar a los Jueces ocasión de detenerlos por las carnes resbaladizas con el aceite. Y esto mismo hace el aceite de la misericordia con los que han de ser juzgados; á saber, que la justicia vengadora de los pecados no tenga ocasión de acusar ó condenar á aquellos, á quienes defiende de la acusación la misericordia.

Siguese el sexto camino para la bienaventuranza, que es el de los limpios de corazón, de quienes dice el Señor: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán á Dios. Así como anduvieron por el camino anterior de la misericordia los que practicaron la vida activa, así este presente siguen principalmente loa que se han dedicado todos á la vida contemplativa.

Porque el cuidado principal de estos fue, purgar su mente de toda suciedad y hez terrena, para que recibiendo en ella como en un terso espejo los rayos muy resplandecientes del Sol, se ilustraran con un mayor conocimiento de la divina bondad.

Y así oportunamente se propone esta pureza la visión de la luz divina, la cual así como es molesta á los ojos tiernos y enfermos, así es amable para los limpios y puros.

Por lo cual rectamente, y con nombre muy expresivo la llamó S. Agustín sabiduría de la mente purgada.

Porque Dios solo sabe verdaderamente á aquellos, que tienen su mente purgada, cuya suavidad y dulzura es inestimable.

El camino séptimo para la bienaventuranza es, el de los pacíficos, de quienes dice el Salvador: Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

 Estos son los que no solo tienen paz interior consigo mismos y con otros, sino que también procuran conciliar y obrar la paz con otros.

Porque así como es oficio de los hijos del Diablo sembrar discordias entre los hermanos con sus chismes ocultos: así por el contrario es propio de los hijos de Dios obligar y unir entre sí á todos los hombres con una mutua benevolencia.

Porque Dios Amador y Criador de los hombres es conciliador de la paz y de la dilección. Por cuyo título el Apóstol lo llama (2 Cor. 13 v. II) Dios de la paz y de la dilección. Y en otro lugar: No es, dice, Dios de la disensión, sino de la paz. También Isaías llamó á Cristo Señor nuestro Príncipe de la paz.

Pues si este es el nombre, y este es el cargo y oficio de Dios; con razón se llaman hijos suyos los que en esta parte representan la imagen de aquel, que está todo atento, y solícito á ayudar y conservar á los hombres, y estuvo tan cuidadoso de la paz humana, que envió al mundo su Hijo, para que reconciliara las cosas ínfimas con las supremas; y anunciara la paz á aquellos que estaban cerca, y también á los que estaban lejos.

Luego con razón se tienen por bienaventurados estos tales los cuales son hijos de Dios en esta vida, y en la futura serán herederos de su Reino. ¿Qué cosa puede excogitarse mayor que esta bienaventuranza?

Siguese la postrera y última bienaventuranza, la cual colocó el Maestro Celestial en la parte final de esta sagrada lección, cuando dijo: Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque, de ellos es el Reino de los Cielos.

A la verdad que ésta así como es la última, así es la suma felicidad de esta vida, á la cual se ordenan todas las demás.

Porque ni la caridad, ni alguna de las bienaventuranzas antecedentes pueden elevarse ni caminar á mayor altura, que á que el hombre no solo sea justo, sino que también padezca persecución por la justicia.

Por tanto en ésta especialmente se gloría San Pablo, cuando dice (Rom 5 v 3) que se gloria en las tribulaciones.

Y este camino nos enseñó toda su vida no solo de palabra, sino también con ejemplos clarísimos el Hijo de Dios, á quien llamó Isaías (Isai 53 v 3), varón de dolores, y que sabía la enfermedad.

Y por eso la Esposa en los Cantares (Cant I v 12) lo llama acechillo de mirra, porque toda su vida y doctrina apenas es otra cosa que un montón, y acechillo de amarguras, dolores, lágrimas y trabajos.

De aquí sucede, que es más feliz y bienaventurado aquel, que es más semejante y parecido á este espejo perfectísimo de bondad y santidad.

Y á esta bienaventuranza promete el Señor el premio, no futuro, como á las anteriores, sino presente, cuando dice: Porque de ellos es el Reino de los Cielos. Porque gustaron la buena palabra de Dios (Hebraeor 6 v. 5), y las virtudes del siglo venidero aquellos, que se hicieron superiores no solo á las prosperidades de la fortuna, sino también á sus reveses y adversidades; las cuales tienen en ninguna reputación con tal que en la vida presente disfruten una felicidad interna, y la eterna en la vida futura.

III.

Estos son, Hermanos, los caminos ciertísimos por los cuales se llega á esta doble bienaventuranza. Pero porque la una solo es comenzada, y la otra llena y perfecta; os insinuaré brevemente qué cosa sea esta última, para que estéis muy prontos á andar por estos caminos.

Esta pues bienaventuranza, ó galardón divino, para definirlo brevísimamente, es un bien infinito, sumo, cumplidísimo, y para decirlo así, es un bien universal.

Porque en él se contienen todas las perfecciones de todas las cosas, todos sus elogios, toda su dignidad, toda su honestidad, toda su delectación, toda su belleza y hermosura, y finalmente en él se contiene la suma de todos los bienes.

Porque Dios que á todas las cosas dio sus respectivas perfecciones y hermosura, de ningún modo puede carecer de aquella bondad y perfección que dio á cada una de ellas.

Por tanto dice S. Bernardo: Admiras el resplandor en el Sol, en la flor su hermosura, en el pan el sabor, en la tierra la fecundidad; pues Dios les dio todos estos dones. Y no es dudable que para sí se reservó mucho más de lo que dio á las criaturas.

Porque así como la luz de todas las estrellas se deriva del Sol, y éste por sí no solo contiene el resplandor de todas, sino que lo tiene mucho mas copioso y abundante; así la belleza y hermosura de todas las criaturas tanto terrenas como celestiales, así corporales, como espirituales, se deriva y proviene de aquel sumo Criador, pero de modo que para sí se reservó una hermosura, y perfección infinitamente mayor y mas excelente.

¿Pues qué nos admiramos que el Criador exceda infinitamente á sus criaturas, cuando vemos que unas criaturas son vencidas en mucho por otras, esto es, las estrellas son vencidas por el Sol en la grandeza de resplandor?

Luego cualquiera que goza en el cielo de este bien sumo y universal, éste goza plenísimamente de la suavidad amplificada de todos los bienes juntos, de toda su belleza y hermosura, de toda su gloria y dignidad, y de toda su delectación y delicias.

Esto en la realidad es tan verdadero, que si ahora el Dios Omnipotente sacara al pérfido Judas del infierno, y le comunicara por el espacio de una hora esta tan grande felicidad, de ningún modo podría menos de disfrutar en el espacio de este tiempo de una suma delectación, y amar con un sumo amor al Señor presente.

Porque así como los ojos abiertos no pueden menos de ver la luz presente, ó los oídos atentos el sonido de la voz; así la voluntad, presentándosele la especie del sumo bien, no puede menos de irse hacia él con todo ímpetu.

Siendo esto así, ¿dónde, pregunto, llega la necia avaricia de los mortales, que no se abrasa con el deseo de este bien tan grande? Porque si vemos con frecuencia, que los hombres se cautivan por el amor de alguna especial hermosura, de modo que en cierto modo parece que se han vuelto locos; ¿qué harían estos si vieran con sus ojos aquella infinita hermosura, y creyeran que habían de gozarla no por corto tiempo, sino por edades eternas de siglos? Porque si así los embriaga una noticia de una hermosura corpórea; ¿qué harían si entraran en aquel inmenso piélago de la hermosura divina.

Y á lo dicho se debe añadir que el gozo y fruición de este bien no es solo de uno ú otro sentido, sino que mana á todos los sentidos del cuerpo, y potencias del alma: Cosa que no puede convenir de modo alguno á los bienes de esta vida: porque da ellos unos por ejemplo deleitan los oídos con la melodía, otros los ojos por la belleza, otros las narices por la fragancia, otros el sabor por la suavidad, y otros la mente por la especie de su dignidad : mas este bien sumo, así como en sí contiene toda la hermosura y belleza de todas las criaturas, así aunque principalmente se posea por el entendimiento, sin embargo redunda y rebosa á todas las potencias del alma, y sentidos del cuerpo, de modo que nada hay en toda la región del hombre, que no disfrute alguna comunicación de esta felicidad.

Así sucede, que en el hombre glorificado de este modo se sumerge lo mortal de la vida, y el mismo hombre disfrutando con tantos sentidos la gloria de la divinidad, pasa en cierto modo á la naturaleza divina.

¿Hay aun algo que pueda añadirse á esta tan grande felicidad? Lo hay en la realidad.

Poco ha que os dije que todos nuestros sentidos y potencias en un mismo momento de tiempo disfrutan estos bienes tan grandes. Esto de ningún modo se verifica ni acontece en esta vida, como es buen testigo el mismo Aristóteles; que dice que el vehemente deleite de un sentido, cuando se percibe mucho impide las delectaciones de los otros sentidos.

Como por ejemplo, si uno está con mucha atención á la melodía de una cítara, y con ella se deleita mucho, no entenderá á un Orador, que diga al mismo tiempo, ó no sacará deleite alguno de su oración, aunque sea extremada su facundia.

 Mas aquella suma y eterna felicidad aficiona y deleita todas las facultades del hombre, de modo que la suavidad de la una no impide la de la otra, ni la interrumpe, sino que todas juntamente disfrutan cada una según su diferente modo toda aquella multiplicada delectación.

Ahora ya, Hermanos, como si bajáramos del cielo, volvamos sobre nosotros mismos.

¿Creéis que es verdad lo que os he dicho? Ciertamente que nada hay mas verdadero, que aquello que atestiguó la misma verdad.

¿No pensáis por cosa digna el que con todo nuestro conato nos apresuremos hacia esta tan grande felicidad, y que de todos nuestros cuidados sea éste el primero, y también, si fuere necesario, padezcamos algo por ella? No dudo que también habéis de conceder esto. Ciertamente que la concedería un S. Agustín, de quien son las siguientes palabras: Tanta es la hermosura de la justicia, tanta la delectación de la luz eterna, es decir, de la verdad y sabiduría inconmutable, que aunque no fuera permitido mas que vivir un solo día en su posesión, por este solo día se debían despreciar con razón innumerables años de esta vida, llenos de delicias v y de la abundancia de todos los bienes temporales. Porque es mejor un día en tus atrios, que millares (Psalm 83 v. II).

De estas palabras de S. Agustín se puede argüir así: Si años innumerables, llenos de las riquezas y delicias de este mundo, se debían despreciar con razón por la gloria de un solo día: pregunto, ¿qué será razón hacer por una gloria eterna, que nunca jamás se ha de acabar?

Si esto es así, Hermanos, no será razón que preguntemos como el Profeta (Psalm 14 v. I): Señor, ¿quién habitará en tu tabernáculo, ó quién reposará en tu santo monte? O aquello (Psalm 23 v.3): ¿Quién subirá al monte del Señor, ó quién estará en su lugar santo? ¿Quién, digo, será tan feliz y afortunado, que desde este valle calamitoso de lágrimas vaya á aquellas soberanas regiones, y unido con los coros de los espíritus bienaventurados, vea alegre la cara de su Criador?

Felix, caeli quae presentem Regem cernit , anima
Et sub se despectat altam orbis volvi maquinam,
Solem, Lunam,et globosa cum planetis sydera. (Ex hym Pet Damian)

Pues si alguno desea llegar aquí, tiene abiertos los caminos en la presente lección del santo Evangelio para el Cielo, por los cuales puede llegar á él.

De estos el primero es la pobreza, con la cual expelemos de nosotros el apetito desordenado de bienes terrenos.

Otro es el de la lenidad y mansedumbre por cuya virtud sufrimos y llevamos por Dios con paciencia y lenidad las injurias y contumelias que nos hacen.

 Otro es el de las lágrimas y llanto, con el cual lloramos con un piadoso afecto nuestras maldades, y también las de los próximos, y por unos y otros imploramos la misericordia de Dios.

Otro es el de los santos deseos, con los cuales nos incitamos á la práctica de la virtud y justicia; pidiendo al Señor humildemente, que nos haga participantes de los buenos deseos.

Otro es el de la misericordia, con la cual ya que otra cosa no podamos, nos dolemos de la suerte de los miserables con un afecto de compasión.

Otro es la pureza y limpieza del corazón, con la cual sacudimos con la mayor presteza de nuestros corazones todo pensamiento impuro.

Otro es el de la caridad y paz, la cual, en cuanto sea posible, debemos, por lo que hace á nosotros, retener y conservar con todos los hombres.

Y la última es, que si por hacer estos oficios de justicia y piedad, es precisa la pérdida de nuestras cosas, ó padecer alguna deshonra, entonces nos alegremos seriamente y nos regocijemos, porque nuestro galardón es muy grande en los cielos.

Á los cuales se digne llevarnos aquel, que con estos consejos saludables se dignó abrirnos el camino para ellos: á quien es la gloria y el imperio por infinitos siglos de siglos. Amén.

V. P. M. Fr. Luis de Granada, Profesor de Sagrada Teología de la Orden de Santo Domingo. Sermones para las principales fiestas de los Santos. Tomo Decimotercero. Traducido por Pedro Duarte (C.S.B.) Imprenta y Librería calle de la Cruz. 1793.