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Monseñor Louis-Gaston de Ségur
(1820-1881)
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“Desde el punto de vista de la piedad, podemos y debemos aprender, de la contemplación de Nuestra Señora de Lourdes, consecuencias prácticas de mucha importancia.
Cada vez que se le apareció a la pequeña Bernardita, la Virgen Inmaculada se mostró de la misma manera, con la misma ropa, y en la misma luz; en una palabra, con el mismo conjunto de detalles misteriosos que son lecciones silenciosas para nosotros.
En primer lugar, siempre apareció envuelta de luz; y esta luz era tan pura, tan hermosa, tan dulce, como la tierra no conoció nada similar.
Este es el símbolo de la divina luz de la fe, en la cual nos sumergimos, por así decirlo, por nuestro bautismo, que es alimentada por la Santa Eucaristía, y con la cual un verdadero cristiano debería estar siempre penetrado y envuelto.
La fe es la luz verdadera, «luz de la vida» que debe brillar ante el mundo.
Sí, tenemos que irradiar la fe, por la santidad de nuestras vidas; y esto, repito, siempre y en todas partes.
La fe, es la atmósfera celestial de los cristianos. No debemos salir de ella. La luz de la aparición era tranquila y profunda: tal es la fe católica, en la que encontramos descanso para nuestras almas.
En sus apariciones milagrosas, la Virgen de Lourdes era hermosa, tan hermosa que el ojo de Bernardita nunca pudo jamás encontrar nada que pueda ser comparado con ella.
La Santísima Virgen, nuestra Madre, nos enseña con esto que tenemos que trabajar para adquirir la verdadera belleza, a fin de que el cielo nos pueda contemplar con complacencia.
La verdadera belleza, no es la apariencia externa de los hombres, como la verdadera riqueza no es la contenida en las cajas fuertes: la verdadera belleza, es la belleza del alma; es la belleza que DIOS ve, que encanta a JESUCRISTO, y que atrae la atención de su Madre y de los Ángeles.
No depende de nosotros ser bellos a los ojos de los hombres; pero depende de nosotros, que uniéndonos íntimamente a Jesús, por la gracia, participemos en lo que el es. Ahora, Jesús es la Belleza infinita; y la belleza de la Santísima Virgen, y de los Ángeles, y de los Bienaventurados es el reflejo de su esplendor divino. Cuanto más nos parezcamos a Jesucristo, mas nos revestiremos de él por la santidad, y más seremos hermosos con su belleza, la única que no pasa. La hermosa Señora de Lourdes es, ante nuestros ojos, el modelo perfecto de esta belleza celestial que ella quiere ver brillar en el interior de todos sus hijos.
El vestido de la aparición era blanco, más de un blanco tan puro, tan delicado, tan hermoso, que jamás ninguna cosa preciosa podría alguna vez acercarsele en brillantez. -
La purísima Virgen de esa manera, monstró a Bernadette, y a todos nosotros en su persona, con que perfecta y delicada pureza nuestras almas bautizadas deberían estar cubiertas delante de Dios.
El pecado contamina nuestro hermoso vestido blanco, el pecado venial, el menor pecado venial, la menor imperfección voluntaria empaña el brillo.
Por lo tanto, evitemos el pecado, y mantengamonos puros, inmaculados, para parecernos a nuestra Madre del Cielo.
Por encima de todo, guardemos con celoso cuidado, con una vigilancia escrupulosa, la pureza propiamente dicha, la hermosísima y santísima castidad. Casto en su cuerpo, casto en su corazón, casto en sus miradas, palabras, pensamientos, en todo su ser: tal debe ser el verdadero siervo de Jesús y de María.
Un largo velo blanco, tan puro y brillante como el vestido, envolvía toda la Aparición; de la cabeza, caída sobre sus hombros, hasta los pies.
¿No era esta la imagen de esto que envuelve y preserva la inocencia?: La modestia! La modestia es el conjunto de medidas, vigilancias, mortificaciones, que envuelven, por así decirlo, y mantienen la pureza.
Si queremos seguir siendo castos, seamos modestos: y que «la modestia de Cristo», como San Pablo, dice, sea el modelo y regla de nuestras acciones aún de las más pequeñas.
El vestido blanco de la Aparición en la gruta estaba como sujeto a la cintura por un cinturón de color azul celeste.
Bernardita dijo que el azul del cielo en sí no era tan azul, ni demasiado celeste. -Imagen de que lo que debe ser el corazón de un cristiano, que quiere mantenerse puro en el servicio de Dios.
Ahora bien, es la oración, es el recogimiento interior y la unión con Jesús, que en este mundo, nos hacen a todos celestes. “Si deseas, puedes ser un cielo para Jesucristo”,dijo San Ambrosio en una ocasión. Y san Pablo ha dicho, en el nombre de todos los fieles, “nuestra vida está en los cielos”.
Vivamos por adelantado, por las aspiraciones de nuestra alma, donde estamos llamados a vivir para siempre.
Además, la faja que confina la vestimenta y le deja libertad para moverse, es el símbolo de lo que tenemos que ser en lo que concierne a nuestra salvación eterna: siempre listos para partir, desprendidos de la tierra, templados, mortificados, libres y activos en el camino de los mandamientos de DIOS.
La Santísima Virgen se apareció con sus pies descalzos, y en cada uno de ellos brillaba una rosa luminosa.
Los pies descalzos de María nos enseñan la pobreza evangélica, esta virtud bella y sublime, que el Salvador ha prometido el reino de los cielos. «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos será el reino de los cielos»
Y ¿qué es el espíritu de pobreza, sino el desprendimiento sincero de todas las cosas de la tierra, la humildad de la mente y de corazón, la sencillez que se centra solamente en Dios, y que sacrifica sin vacilar todo lo que no está de acuerdo plenamente con su santo amor?
No hay nada más edificante que la humildez, la sencillez y pobreza de espíritu: como las rosas de la aparición, que extienden por todas partes el buen olor de Jesucristo, la fragancia divina del Evangelio.
Finalmente la Virgen Inmaculada tuvo siempre las manos juntas en oración, y sujetando, sea en sus santas y venerables manos o colgando desde su brazo, el bello Rosario blanco y oro con el que hemos describido anteriormente, de acuerdo a Bernardita.
Por esto, Nuestra Señora de Lourdes nos ha recordado que “siempre debemos orar sin cesar”, que la oración debe ser a nuestra alma, como la respiración es a nuestro cuerpo; y que la pureza, el fervor, la santidad, se pueden resumir en una palabra:la oración.
En la aparición no recitó el Rosario, pero nos mostró, en primer lugar, como una excelente manera de rezar eficazmente, de rezar bien; entonces debido a que el rosario es la oración de los sencillos, pequeños y pobres. La buena Virgen nos recomendó de esa manera, la fidelidad en rezar el Rosario. ¿Tenemos todos un Rosario? ¿lo llevamos con nosotros? ¿Lo decimos todos los días? ¿lo decimos con devoción y reverencia?
Tales son las enseñanzas silenciosas que nos da la Inmaculada Concepción de la gruta de Lourdes. No las olvidemos.
María tenía habitualmente sus espléndidos ojos fijos en la pequeña Bernardita: la mirada de la Reina del Cielo está fija en cada uno de nosotros; si, María nos observa, como Jesús…. No debemos nunca hacer algo que cause pesar en esa mirada maternal.
Oh Virgen dulce, protegenos en el medio de los peligros de nuestro tiempo! Protege al Papa, a la Iglesia, protege a todos sus hijos! Y concédenos que podamos imitarte fielmente en la tierra, para que tengamos la alegría de vivir y morir en el amor de tu Hijo, nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
Gloria en el cielo y en la tierra, gloria a la Inmaculada Concepción!
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Original en francés:
Au point de vue de la piété, nous pouvons et nous devons tirer, de la contemplation de Notre-Dame de Lourdes, des conséquences pratiques de la plus haute importance.
Toutes les fois qu´elle est apparue à la petite Bernadette, la Vierge Immaculée s´est montrée sous la même forme, avec les mêmes vêtements, dans la même lumière; en un mot, avec le même ensemble de mystérieux détails qui sont pour nous autant d´enseignements muets.
D´abord, elle n´aaparaissait jamais qu´enveloppée de lumière; et cette lumière était si pure, si splendide, si suave, que la terre n´en connaît point de semblable.
C´est le symbole de la divine lumière de la foi, dans laquelle nous plonge pour ainsi dire notre baptême, qu´alimente la sainte Eucharistie, et dont un vrai chrétien doit toujours être pénétré et enveloppé.
La foi, c´est la vraie lumière, «la lumière de vie» dont nous devons briller devant le monde.
Oui, nous devons rayonner la foi, par la sainteté de notre vie; et cela, je le répète, en tout et partout.
La foi, c´est l´atmosphère céleste du chrétien. N´en sortons jamais. La lumière de l´Apparition était tranquile et profonde: telle est aussi la foi catholique, en qui nos trouvons le repos de nos âmes.
Dans ses miraculeuses apparitions, la Vierge de Lourdes était belle, si belle que l´oeil de Bernardette ne put jamais rien trouver qui lui pût être comparé.
La Sainte Vierge, notre Mère, nous enseigne par là que nous devons travailler à acquérir la beauté véritable, afin que le ciel puisse nous contempler avec complaisance.
La vraie beauté, ce n´est point celle qui frappe les yeux des hommes, comme la vraie richesse n´est pas celle que renferment les coffres-forts: la vraie beauté, c´est la beauté de l´âme; cést la beauté que DIEU voit, qui charme JÉSUS-CHRIST, qui attire les regards de sa Mère et de ses Anges.
Il ne dépend pas de nous d´être beaux aux yeux des hommes; mais il dépend de nous, en nous unissant très-intimement à JÉSUS, par la grâce, de participer à ce qu´il est.Or, JÉSUS est la Beauté infinie; et la beauté de la Sainte-Vierge, des Anges et des Bienheureux n´est que le reflet de sa divine splendeur. Plus nous ressemblerons à JÉSUS-CHRIST, plus nous nous revêtirons de lui par la sainteté, et plus nous serons beaux de sa beauté, la seule qui ne passe pas. La belle Vierge de Lourdes est, devant nos yeux, le modèle parfait de cette beauté céleste dont elle veut voir resplendir l´interieur de tous ses enfants.
La robe de l´Apparition était blanche, mais d´un blanc si pur, si délicat, si splendide, que jamais étoffe précieuse n´a su approcher de cet éclat.
La Vierge très-pure montrait par là à Bernadette, et à nous tous en sa personne, de quelle pureté parfaite et délicate notre âme baptisée doit être revêtue devant DIEU.
Le péché souille notre belle robe blanche; le moindre péché véniel, la moindre imperfection volontaire en ternit l´éclat.
Donc, évitons le péché, et gardons-nous purs, immaculés, pour ressembler à notre Mère du ciel.
Surtout, gardons avec un soin jaloux, avec une scrupuleuse vigilance, la pureté proprement dite, la très-belle et très-sainte chasteté. CHaste en son corps, chaste en son coeur, chaste en ses regards, en ses paroles, en ses pensées, en tout son être: tel doit être le vrai serviteur de JESUS et de MARIE.
Un long voile blanc, aussi pur, aussi éclatant que la robe, enveloppait l´Apparition tout entière; de la tête, il tombait sur les épaules,jusqu´aux pieds.
N´était-ce point l´image de ce qui enveloppe et conserve l´innocence: la pudeur! La pudeur est cet ensemble de précautions, de vigilances, de mortifications, qui enveloppent pour ainsi dire et qui conservent la pureté.
Si nous voulons rester chastes, soyons modestes; et que «la modestie du Christ,» comme dit saint Paul, soit le modèle et la règle de nos moindres actions.
La blanche robe de l´Apparition de la grotte était comme nouée à la taille par une ceinture d´un bleu céleste.
Bernadette disáit que lázur du ciel lui-même n´était ni aussi bleu ni aussi céleste.- Image de ce que doit être le coeur d´un fidèle, qui veut se garder pur au service de son DIEU.
Or, c´est l´oraison, c´est le recueillement intérieur et l´union avec JESUS qui, dès ce monde, nous rendent ainsi tout célestes. «Si tu le veux, tu seras un ciel pour: JESUS-CHRIST» disait jadis saint Ambroise. Et saint Paul avait dit au nom de tóus les fidèles: «Notre vie est dans les cieux.» Vivons d´avance, par les aspirations de notre âme, là où nous sommes appelés à vivre éternellement.
De plus, la ceinture qui retient le vêtement et le relève pour la liberté de la marche, est le symbole de ce que nous devons être par rapport au salut éternel: toujours prêts á partir, détaches de la terre, mortifiés, tempérants, libres et agiles dans la voie des commandements de DIEU.
La Sainte-Vierge apparaissait les pieds nus, et sur chacun de ses pieds brillait une rose lumineuse.
Les pieds nus de MARIE nous prêchent la pauvreté évangélique, cette belle et sublime vertu à laquelle le Sauveur a promis le royaume des cieux.
Et qu´est-ce que l´esprit de pauvreté, sinon le détachement sincère de toutes les choses de la terre, l´humilité de l´esprit et du coeur, la simplicité qui s´attache à Dieu seul et qui lui sacrifie sans hésiter tout ce qui ne s´accorde pas pleinement avec son saint amour?
Rien de plus édifiant que cette humilité, que cette simplicité et pauvreté d´esprit: comme les roses de l´apparition, elles répandent partout la bonne odeur de JÉSUS-CHRIST, le parfum divin de l´Évangile.
Enfin l´immaculée Vierge avait toujours les mains jointes pour la prière, et tenait, soit dans ses mains sacrées,soit suspendu à sonbras, le beau rosaire, blanc et or, que nous avons décrit plus haut, d´après Bernardette.
Parlà, Notre-Dame de Lourdes a voulu nous rappeler «qu´il faut toujours prier et ne jamais se lasser;» que la prière doit être à notre âme ce que la respiration est à notre corps,et que la pureté, la ferveur, la sainteté se résument en ce seul mot:la prière.
L´Apparition ne récitait point le rosaire; mais elle nous le présentait, d´abord comme une excellente manière de prier utilement, de bien prier; puis, parce que le rosaire ou le chapelet est la priére des simples, des petits et des pauvres. La bonne Vierge nous recommandait ainsi elle-même la fidélite au chapelet. Avons-nous tous un chapelet? Le portons-nous habituellement sur nous? Le disons-nous chaque jour? Le dison-nous avec dévotion et recueillement? Tels sont les muets enseignements que nous donne l´Immaculée-Conception de la grotte de Lourdes. Ne les oublions pas.
MARIE tenait ordinairement ses yeux admirables attachés sur la petite Bernadette: ce regard de la Reine du ciel est fixé sur chacun de nous; oui, MARIE nos regarde, comme JESUS nous regarde… Il ne faut jamais rien faire qui puisse contrister ce maternel regard.
O douce Vierge, gardez-nous au milieu des dangers du temps présent! Gardez le Pape, gardez l´Eglise, gardez tous vos enfants! Et donnez-nous de vous imiter si fidélement sur la terre, que nous ayons le bonheur de vivre et de mourir en l´amour de votre Fils, notre Sauveur et Seigneur JESUS-CHRIST.
Gloire au ciel et sur la terre, gloire à l´immaculée-conception!
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FUENTE: Mgr de Ségur. “Les merveilles de Lourdes.” Cinquième èdition. Paris. Librairie de propagande. Haton, editeur. 1872. Págs. 280-286.
Traducción propia al castellano del original.
