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Himno a Cristo Rey

Octubre 25, 2009

A Ti, oh Príncipe de los siglos; a Ti, oh Cristo Rey de las Gentes; a Ti te confesamos unico Señor de las inteligencias y de los corazones.

Una turba criminal vocifera: “¡No queremos que reine Cristo!” Pero nosotros, con nuestras ovaciones, te proclamamos Rey supremo.

¡Oh Cristo, Príncipe de Paz! Somete a las almas rebeldes; y a los extraviados reúnelos con tu amor en un sólo redil

Para eso estás colgado de un árbol sangriento con los brazos abiertos, y muestras tu Corazón por cruel lanza traspasado y ardiendo de amor.

Para eso te ocultas en los altares bajo la figura de vino y de pan, derramando la salvación para tus hijos por tu traspasado pecho.

A Ti los que mandan en las naciones te ensalcen con públicos honores, te honren los maestros y los jueces, te reproduzcan las leyes  y las artes.

Las insignias regias sumisas, a Ti se dediquen; y somete a tu suave cetro la patria y las casas de los ciudadanos.

¡Oh Jesús! A ti sea la gloria, que repartes los cetros del mundo, con el Padre y el Espíritu Santo en los siglos infinitos. Amén.

V. Se dilatará su imperio.

R. Y la paz no tendrá fin.

(Tomado de la II Vísperas de la Fiesta de N.S. Jesucristo Rey) 

Consagración del género humano al Sagrado Corazón de Jesús

Octubre 25, 2009

(para ser rezada en la Fiesta de N.S. Jesucristo Rey)

Dulcísimo Jesús, Redentor del género humano, miradnos humildemente postrados delante de vuestro altar: vuestros somos y vuestros queremos ser: y afin de poder vivir más estrechamente unidos con Vos, todos y cada uno espontáneamente nos consagramos en este día a vuestro Sacratísimo Corazón.

Muchos, por desgracia, jamás os han conocido: muchos, despreciando vuestros mandamientos, os han desechado. Oh Jesús benignísimo, compadeceos de los unos y de los otros, y atraedlos a todos a vuestro Corazón santísimo.

Oh Señor, sed Rey, no sólo de los hijos fieles que jamás se han alejado de Vos, sino también de los pródigos que os han abandonado; haced que vuelvan pronto a la casa paterna, porque no perezcan de hambre y de miseria.

Sed Rey de aquellos que, por seducción del error o por espíritu de discordia, viven separados de Vos: devolvedlos al puerto de la verdad y a la unidad de la fe, para que en breve se forme un solo rebaño bajo un solo Pastor.

Sed Rey de los que permanecen todavía envueltos en las tinieblas de la idolatría o del Islamismo; dignaos atraerlos a todos a la luz de vuestro reino.

Mirad finalmente con ojos de misericordia a los hijos de aquel pueblo que en otro tiempo fue vuestro predilecto; descienda también sobre ellos bautismo de redención y de vida, la Sangre que un día contra sí reclamaron.

Conceded, oh Señor, incolumidad y libertad segura a vuestra Iglesia; otorgad a todos los pueblos la tranquilidad en el orden; haced que del uno al otro confin de la tierra no resuene sino esta voz: “Alabado sea el Corazón Divino, causa de nuestra salud; a El se entonen cánticos de honor y de gloria por los siglos de los siglos. Así sea.

Sobre la Fiesta de Cristo Rey

Octubre 24, 2009

Carta Encíclica Quas Primas del Sumo Pontífice Pio XI sobre la Fiesta de Cristo Rey

En la primera encíclica, que al comenzar nuestro Pontificado enviamos a todos los obispos del orbe católico, analizábamos las causas supremas de las calamidades que veíamos abrumar y afligir al género humano.

Y en ella proclamamos Nos claramente no sólo que este cúmulo de males había invadido la tierra, porque la mayoría de los hombres se habían alejado de Jesucristo y de su ley santísima, así en su vida y costumbres como en la familia y en la gobernación del Estado, sino también que nunca resplandecería una esperanza cierta de paz verdadera entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negasen y rechazasen el imperio de nuestro Salvador.

La «paz de Cristo en el reino de Cristo»

1. Por lo cual, no sólo exhortamos entonces a buscar la paz de Cristo en el reino de Cristo, sino que, además, prometimos que para dicho fin haríamos todo cuanto posible nos fuese. En el reino de Cristo, dijimos: pues estábamos persuadidos de que no hay medio más eficaz para restablecer y vigorizar la paz que procurar la restauración del reinado de Jesucristo.

2. Entre tanto, no dejó de infundirnos sólida, esperanza de tiempos mejores la favorable actitud de los pueblos hacia Cristo y su Iglesia, única que puede salvarlos; actitud nueva en unos, reavivada en otros, de donde podía colegirse que muchos que hasta entonces habían estado como desterrados del reino del Redentor, por haber despreciado su soberanía, se preparaban felizmente y hasta se daban prisa en volver a sus deberes de obediencia.

Y todo cuanto ha acontecido en el transcurso del Año Santo, digno todo de perpetua memoria y recordación, ¿acaso no ha redundado en indecible honra y gloria del Fundador de la Iglesia, Señor y Rey Supremo?

«Año Santo»

3. Porque maravilla es cuánto ha conmovido a las almas la Exposición Misional, que ofreció a todos el conocer bien ora el infatigable esfuerzo de la Iglesia en dilatar cada vez más el reino de su Esposo por todos los continentes e islas —aun, de éstas, las de mares los más remotos—, ora el crecido número de regiones conquistadas para la fe católica por la sangre y los sudores de esforzadísimos e invictos misioneros, ora también las vastas regiones que todavía quedan por someter a la suave y salvadora soberanía de nuestro Rey.

Además, cuantos —en tan grandes multitudes— durante el Año Santo han venido de todas partes a Roma guiados por sus obispos y sacerdotes, ¿qué otro propósito han traído sino postrarse, con sus almas purificadas, ante el sepulcro de los apóstoles y visitarnos a Nos para proclamar que viven y vivirán sujetos a la soberanía de Jesucristo?

4. Como una nueva luz ha parecido también resplandecer este reinado de nuestro Salvador cuando Nos mismo, después de comprobar los extraordinarios méritos y virtudes de seis vírgenes y confesores, los hemos elevado al honor de los altares, ¡Oh, cuánto gozo y cuánto consuelo embargó nuestra alma cuando, después de promulgados por Nos los decretos de canonización, una inmensa muchedumbre de fieles, henchida de gratitud, cantó el Tu, Rex gloriae Christe en el majestuoso templo de San Pedro!

Y así, mientras los hombres y las naciones, alejados de Dios, corren a la ruina y a la muerte por entre incendios de odios y luchas fratricidas, la Iglesia de Dios, sin dejar nunca de ofrecer a los hombres el sustento espiritual, engendra y forma nuevas generaciones de santos y de santas para Cristo, el cual no cesa de levantar hasta la eterna bienaventuranza del reino celestial a cuantos le obedecieron y sirvieron fidelísimamente en el reino de la tierra.

5. Asimismo, al cumplirse en el Año Jubilar el XVI Centenario del concilio de Nicea, con tanto mayor gusto mandamos celebrar esta fiesta, y la celebramos Nos mismo en la Basílica Vaticana, cuanto que aquel sagrado concilio definió y proclamó como dogma de fe católica la consustancialidad del Hijo Unigénito con el Padre, además de que, al incluir las palabras cuyo reino no tendrá fin en su Símbolo o fórmula de fe, promulgaba la real dignidad de Jesucristo.

Habiendo, pues, concurrido en este Año Santo tan oportunas circunstancias para realzar el reinado de Jesucristo, nos parece que cumpliremos un acto muy conforme a nuestro deber apostólico si, atendiendo a las súplicas elevadas a Nos, individualmente y en común, por muchos cardenales, obispos y fieles católicos, ponemos digno fin a este Año Jubilar introduciendo en la sagrada liturgia una festividad especialmente dedicada a Nuestro Señor Jesucristo Rey. Y ello de tal modo nos complace, que deseamos, venerables hermanos, deciros algo acerca del asunto. A vosotros toca acomodar después a la inteligencia del pueblo cuanto os vamos a decir sobre el culto de Cristo Rey; de esta suerte, la solemnidad nuevamente instituida producirá en adelante, y ya desde el primer momento, los más variados frutos.

I. LA REALEZA DE CRISTO

6. Ha sido costumbre muy general y antigua llamar Rey a Jesucristo, en sentido metafórico, a causa del supremo grado de excelencia que posee y que le encumbra entre todas las cosas creadas. Así, se dice que reina en las inteligencias de los hombres, no tanto por el sublime y altísimo grado de su ciencia cuanto porque El es la Verdad y porque los hombres necesitan beber de El y recibir obedientemente la verdad. Se dice también que reina en las voluntades de los hombres, no sólo porque en El la voluntad humana está entera y perfectamente sometida a la santa voluntad divina, sino también porque con sus mociones e inspiraciones influye en nuestra libre voluntad y la enciende en nobilísimos propósitos. Finalmente, se dice con verdad que Cristo reina en los corazones de los hombres porque, con su supereminente caridad(1) y con su mansedumbre y benignidad, se hace amar por las almas de manera que jamás nadie —entre todos los nacidos— ha sido ni será nunca tan amado como Cristo Jesús. Mas, entrando ahora de lleno en el asunto, es evidente que también en sentido propio y estricto le pertenece a Jesucristo como hombre el título y la potestad de Rey; pues sólo en cuanto hombre se dice de El que recibió del Padre la potestad, el honor y el reino(2); porque como Verbo de Dios, cuya sustancia es idéntica a la del Padre, no puede menos de tener común con él lo que es propio de la divinidad y, por tanto, poseer también como el Padre el mismo imperio supremo y absolutísimo sobre todas las criaturas.

a) En el Antiguo Testamento

7. Que Cristo es Rey, lo dicen a cada paso las Sagradas Escrituras.

Así, le llaman el dominador que ha de nacer de la estirpe de Jacob(3); el que por el Padre ha sido constituido Rey sobre el monte santo de Sión y recibirá las gentes en herencia y en posesión los confines de la tierra(4). El salmo nupcial, donde bajo la imagen y representación de un Rey muy opulento y muy poderoso se celebraba al que había de ser verdadero Rey de Israel, contiene estas frases: El trono tuyo, ¡oh Dios!, permanece por los siglos de los siglos; el cetro de su reino es cetro de rectitud(5). Y omitiendo otros muchos textos semejantes, en otro lugar, como para dibujar mejor los caracteres de Cristo, se predice que su reino no tendrá límites y estará enriquecido con los dones de la justicia y de la paz: Florecerá en sus días la justicia y la abundancia de paz… y dominará de un mar a otro, y desde el uno hasta el otro extrema del orbe de la tierra(6).

8. A este testimonio se añaden otros, aún más copiosos, de los profetas, y principalmente el conocidísimo de Isaías: Nos ha nacido un Párvulo y se nos ha dado un Hijo, el cual lleva sobre sus hombros el principado; y tendrá por nombre el Admirable, el Consejero, Dios, el Fuerte, el Padre del siglo venidero, el Príncipe de Paz. Su imperio será amplificado y la paz no tendrá fin; se sentará sobre el solio de David, y poseerá su reino para afianzarlo y consolidarlo haciendo reinar la equidad y la justicia desde ahora y para siempre(7). Lo mismo que Isaías vaticinan los demás profetas. Así Jeremías, cuando predice que de la estirpe de David nacerá el vástago justo, que cual hijo de David reinará como Rey y será sabio y juzgará en la tierra(8). Así Daniel, al anunciar que el Dios del cielo fundará un reino, el cual no será jamás destruido…, permanecerá eternamente(9); y poco después añade: Yo estaba observando durante la visión nocturna, y he aquí que venía entre las nubes del cielo un personaje que parecía el Hijo del Hombre; quien se adelantó hacia el Anciano de muchos días y le presentaron ante El. Y diole éste la potestad, el honor y el reino: Y todos los pueblos, tribus y lenguas le servirán: la potestad suya es potestad eterna, que no le será quitada, y su reino es indestructible(10). Aquellas palabras de Zacarías donde predice al Rey manso que, subiendo sobre una asna y su pollino, había de entrar en Jerusalén, como Justo y como Salvador, entre las aclamaciones de las turbas(11), ¿acaso no las vieron realizadas y comprobadas los santos evangelistas?

b) En el Nuevo Testamento

9. Por otra parte, esta misma doctrina sobre Cristo Rey que hemos entresacado de los libros del Antiguo Testamento, tan lejos está de faltar en los del Nuevo que, por lo contrario, se halla magnífica y luminosamente confirmada.

En este punto, y pasando por alto el mensaje del arcángel, por el cual fue advertida la Virgen que daría a luz un niño a quien Dios había de dar el trono de David su padre y que reinaría eternamente en la casa de Jacob, sin que su reino tuviera jamás fin(12), es el mismo Cristo el que da testimonio de su realeza, pues ora en su último discurso al pueblo, al hablar del premio y de las penas reservadas perpetuamente a los justos y a los réprobos; ora al responder al gobernador romano que públicamente le preguntaba si era Rey; ora, finalmente, después de su resurrección, al encomendar a los apóstoles el encargo de enseñar y bautizar a todas las gentes, siempre y en toda ocasión oportuna se atribuyó el título de Rey(13) y públicamente confirmó que es Rey(14), y solemnemente declaró que le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra(15). Con las cuales palabras, ¿qué otra cosa se significa sino la grandeza de su poder y la extensión infinita de su reino? Por lo tanto, no es de maravillar que San Juan le llame Príncipe de los reyes de la tierra(16), y que El mismo, conforme a la visión apocalíptica, lleve escrito en su vestido y en su muslo: Rey de Reyes y Señor de los que dominan(17). Puesto que el Padre constituyó a Cristo heredero universal de todas las cosas(18), menester es que reine Cristo hasta que, al fin de los siglos, ponga bajo los pies del trono de Dios a todos sus enemigos(19).

c) En la Liturgia

10. De esta doctrina común a los Sagrados Libros, se siguió necesariamente que la Iglesia, reino de Cristo sobre la tierra, destinada a extenderse a todos los hombres y a todas las naciones, celebrase y glorificase con multiplicadas muestras de veneración, durante el ciclo anual de la liturgia, a su Autor y Fundador como a Soberano Señor y Rey de los reyes.

Y así como en la antigua salmodia y en los antiguos Sacramentarios usó de estos títulos honoríficos que con maravillosa variedad de palabra expresan el mismo concepto, así también los emplea actualmente en los diarios actos de oración y culto a la Divina Majestad y en el Santo Sacrificio de la Misa. En esta perpetua alabanza a Cristo Rey descúbrese fácilmente la armonía tan hermosa entre nuestro rito y el rito oriental, de modo que se ha manifestado también en este caso que la ley de la oración constituye la ley de la creencia.

d) Fundada en la unión hipostática

11. Para mostrar ahora en qué consiste el fundamento de esta dignidad y de este poder de Jesucristo, he aquí lo que escribe muy bien San Cirilo de Alejandría: Posee Cristo soberanía sobre todas las criaturas, no arrancada por fuerza ni quitada a nadie, sino en virtud de su misma esencia y naturaleza(20). Es decir, que la soberanía o principado de Cristo se funda en la maravillosa unión llamada hipostática. De donde se sigue que Cristo no sólo debe ser adorado en cuanto Dios por los ángeles y por los hombres, sino que, además, los unos y los otros están sujetos a su imperio y le deben obedecer también en cuanto hombre; de manera que por el solo hecho de la unión hipostática, Cristo tiene potestad sobre todas las criaturas.

e) Y en la redención

12. Pero, además, ¿qué cosa habrá para nosotros más dulce y suave que el pensamiento de que Cristo impera sobre nosotros, no sólo por derecho de naturaleza, sino también por derecho de conquista, adquirido a costa de la redención? Ojalá que todos los hombres, harto olvidadizos, recordasen cuánto le hemos costado a nuestro Salvador. Fuisteis rescatados no con oro o plata, que son cosas perecederas, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un Cordero Inmaculado y sin tacha(21). No somos, pues, ya nuestros, puesto que Cristo nos ha comprado por precio grande(22); hasta nuestros mismos cuerpos son miembros de Jesucristo(23).

II. CARÁCTER DE LA REALEZA DE CRISTO

a) Triple potestad

13. Viniendo ahora a explicar la fuerza y naturaleza de este principado y soberanía de Jesucristo, indicaremos brevemente que contiene una triple potestad, sin la cual apenas se concibe un verdadero y propio principado. Los testimonios, aducidos de las Sagradas Escrituras, acerca del imperio universal de nuestro Redentor, prueban más que suficientemente cuanto hemos dicho; y es dogma, además, de fe católica, que Jesucristo fue dado a los hombres como Redentor, en quien deben confiar, y como legislador a quien deben obedecer(24). Los santos Evangelios no sólo narran que Cristo legisló, sino que nos lo presentan legislando. En diferentes circunstancias y con diversas expresiones dice el Divino Maestro que quienes guarden sus preceptos demostrarán que le aman y permanecerán en su caridad(25). El mismo Jesús, al responder a los judíos, que le acusaban de haber violado el sábado con la maravillosa curación del paralítico, afirma que el Padre le había dado la potestad judicial, porque el Padre no juzga a nadie, sino que todo el poder de juzgar se lo dio al Hijo(26). En lo cual se comprende también su derecho de premiar y castigar a los hombres, aun durante su vida mortal, porque esto no puede separarse de una forma de juicio. Además, debe atribuirse a Jesucristo la potestad llamada ejecutiva, puesto que es necesario que todos obedezcan a su mandato, potestad que a los rebeldes inflige castigos, a los que nadie puede sustraerse.

b) Campo de la realeza de Cristo

a) En Lo espiritual

14. Sin embargo, los textos que hemos citado de la Escritura demuestran evidentísimamente, y el mismo Jesucristo lo confirma con su modo de obrar, que este reino es principalrnente espiritual y se refiere a las cosas espirituales. En efeeto, en varias ocasiones, cuando los judíos, y aun los mismos apóstoles, imaginaron erróneamente que el Mesías devolvería la libertad al pueblo y restablecería el reino de Israel, Cristo les quitó y arrancó esta vana imaginación y esperanza. Asimisrno, cuando iba a ser proclamado Rey por la muchedumbre, que, llena de admiración, le rodeaba, El rehusó tal títuto de honor huyendo y escondiéndose en la soledad. Finalmente, en presencia del gobernador romano manifestó que su reino no era de este mundo. Este reino se nos muestra en los evangelios con tales caracteres, que los hombres, para entrar en él, deben prepararse haciendo penitencia y no pueden entrar sino por la fe y el bautismo, el cual, aunque sea un rito externo, significa y produce la regeneración interior. Este reino únicamente se opone al reino de Satanás y a la potestad de las tinieblas; y exige de sus súbditos no sólo que, despegadas sus almas de las cosas y riquezas terrenas, guarden ordenadas costumbres y tengan hambre y sed de justicia, sino también que se nieguen a sí mismos y tomen su cruz. Habiendo Cristo, como Redentor, rescatado a la Iglesia con su Sangre y ofreciéndose a sí mismo, como Sacerdote y como Víctima, por los pecados del mundo, ofrecimiento que se renueva cada día perpetuamente, ¿quién no ve que la dignidad real del Salvador se reviste y participa de la naturaleza espiritual de ambos oficios?

b) En lo temporal

15. Por otra parte, erraría gravemente el que negase a Cristo-Hombre el poder sobre todas las cosas humanas y temporales, puesto que el Padre le confiríó un derecho absolutísimo sobre las cosas creadas, de tal suerte que todas están sometidas a su arbitrio. Sin embargo de ello, mientras vivió sobre la tierra se abstuvo enteramente de ejercitar este poder, y así como entonces despreció la posesión y el cuidado de las cosas humanas, así también permitió, y sigue permitiendo, que los poseedores de ellas las utilicen.

Acerca de lo cual dice bien aquella frase: No quita los reinos mortales el que da los celestiales(27). Por tanto, a todos los hombres se extiende el dominio de nuestro Redentor, como lo afirman estas palabras de nuestro predecesor, de feliz memoria, León XIII, las cuales hacemos con gusto nuestras: El imperio de Cristo se extiende no sólo sobre los pueblos católicos y sobre aquellos que habiendo recibido el bautismo pertenecen de derecho a la Iglesia, aunque el error los tenga extraviados o el cisma los separe de la caridad, sino que comprende también a cuantos no participan de la fe cristiana, de suerte que bajo la potestad de Jesús se halla todo el género humano(28).

c) En los individuos y en la sociedad

16. El es, en efecto, la fuente del bien público y privado. Fuera de El no hay que buscar la salvación en ningún otro; pues no se ha dado a los hombres otro nombre debajo del cielo por el cual debamos salvarnos(29).

El es sólo quien da la prosperidad y la felicidad verdadera, así a los individuos como a las naciones: porque la felicidad de la nación no procede de distinta fuente que la felicidad de los ciudadanos, pues la nación no es otra cosa que el conjunto concorde de ciudadanos(30). No se nieguen, pues, los gobernantes de las naciones a dar por sí mismos y por el pueblo públicas muestras de veneración y de obediencia al imperio de Cristo si quieren conservar incólume su autoridad y hacer la felicidad y la fortuna de su patria. Lo que al comenzar nuestro pontificado escribíamos sobre el gran menoscabo que padecen la autoridad y el poder legítimos, no es menos oportuno y necesario en los presentes tiempos, a saber: «Desterrados Dios y Jesucristo —lamentábamos— de las leyes y de la gobernación de los pueblos, y derivada la autoridad, no de Dios, sino de los hombres, ha sucedido que… hasta los mismos fundamentos de autoridad han quedado arrancados, una vez suprimida la causa principal de que unos tengan el derecho de mandar y otros la obligación de obedecer. De lo cual no ha podido menos de seguirse una violenta conmoción de toda la humana sociedad privada de todo apoyo y fundamento sólido»(31).

17. En cambio, si los hombres, pública y privadamente, reconocen la regia potestad de Cristo, necesariamente vendrán a toda la sociedad civil increíbles beneficios, como justa libertad, tranquilidad y disciplina, paz y concordia. La regia dignidad de Nuestro Señor, así como hace sacra en cierto modo la autoridad humana de los jefes y gobernantes del Estado, así también ennoblece los deberes y la obediencia de los súbditos. Por eso el apóstol San Pablo, aunque ordenó a las casadas y a los siervos que reverenciasen a Cristo en la persona de sus maridos y señores, mas también les advirtió que no obedeciesen a éstos como a simples hombres, sino sólo como a representantes de Cristo, porque es indigno de hombres redimidos por Cristo servir a otros hombres: Rescatados habéis sido a gran costa; no queráis haceros siervos de los hombres(32).

18. Y si los príncípes y los gobernantes legítimamente elegidos se persuaden de que ellos mandan, más que por derecho propio por mandato y en representación del Rey divino, a nadie se le ocultará cuán santa y sabiamente habrán de usar de su autoridad y cuán gran cuenta deberán tener, al dar las leyes y exigir su cumplimiento, con el bien común y con la dignidad humana de sus inferiores. De aquí se seguirá, sin duda, el florecimiento estable de la tranquilidad y del orden, suprimida toda causa de sedición; pues aunque el ciudadano vea en el gobernante o en las demás autoridades públicas a hombres de naturaleza igual a la suya y aun indignos y vituperables por cualquier cosa, no por eso rehusará obedecerles cuando en ellos contemple la imagen y la autoridad de Jesucristo, Dios y hombre verdadero.

19. En lo que se refiere a la concordia y a la paz, es evidente que, cuanto más vasto es el reino y con mayor amplitud abraza al género humano, tanto más se arraiga en la conciencia de los hombres el vínculo de fraternidad que los une. Esta convicción, así como aleja y disipa los conflictos frecuentes, así también endulza y disminuye sus amarguras. Y si el reino de Cristo abrazase de hecho a todos los hombres, como los abraza de derecho, ¿por qué no habríamos de esperar aquella paz que el Rey pacífico trajo a la tierra, aquel Rey que vino para reconciliar todas las cosas; que no vino a que le sirviesen, sino a servir; que siendo el Señor de todos, se hizo a sí mismo ejemplo de humildad y estableció como ley principal esta virtud, unida con el mandato de la caridad; que, finalmente dijo: Mi yugo es suave y mi carga es ligera.

¡Oh, qué felicidad podríamos gozar si los individuos, las familias y las sociedades se dejaran gobernar por Cristo! Entonces verdaderamente —diremos con las mismas palabras de nuestro predecesor León XIII dirigió hace veinticinco años a todos los obispos del orbe católico—, entonces se podrán curar tantas heridas, todo derecho recobrará su vigor antiguo, volverán los bienes de la paz, caerán de las manos las espadas y las armas, cuando todos acepten de buena voluntad el imperio de Cristo, cuando le obedezcan, cuando toda lengua proclame que Nuestro Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre(33).

III. LA FIESTA DE JESUCRISTO REY

20. Ahora bien: para que estos inapreciables provechos se recojan más abundantes y vivan estables en la sociedad cristiana, necesario es que se propague lo más posible el conocimiento de la regia dignidad de nuestro Salvador, para lo cual nada será más dtcaz que instituir la festividad propia y peculiar de Cristo Rey.

Las fiestas de la Iglesia

Porque para instruir al pueblo en las cosas de la fe y atraerle por medio de ellas a los íntimos goces del espíritu, mucho más eficacia tienen las fiestas anuales de los sagrados misterios que cualesquiera enseñanzas, por autorizadas que sean, del eclesiástico magisterio.

Estas sólo son conocidas, las más veces, por unos pocos fieles, más instruidos que los demás; aquéllas impresionan e instruyen a todos los fieles; éstas —digámoslo así— hablan una sola vez, aquéllas cada año y perpetuamente; éstas penetran en las inteligencias, a los corazones, al hombre entero. Además, como el hombre consta de alma y cuerpo, de tal manera le habrán de conmover necesariamente las solemnidades externas de los días festivos, que por la variedad y hermosura de los actos litúrgicos aprenderá mejor las divinas doctrinas, y convirtiéndolas en su propio jugo y sangre, aprovechará mucho más en la vida espiritual.

En el momento oportuno

21. Por otra parte, los documentos históricos demuestran que estas festividades fueron instituidas una tras otra en el transcurso de los siglos, conforme lo iban pidiendo la necesidad y utilidad del pueblo cristiano, esto es, cuando hacía falta robustecerlo contra un peligro común, o defenderlo contra los insidiosos errores de la herejía, o animarlo y encenderlo con mayor frecuencia para que conociese y venerase con mayor devoción algún misterio de la fe, o algún beneficio de la divina bondad. Así, desde los primeros siglos del cristianismo, cuando los fieles eran acerbísimamente perseguidos, empezó la liturgia a conmemorar a los mártires para que, como dice San Agustín, las festividades de los mártires fuesen otras tantas exhortaciones al martirio(34). Más tarde, los honores litúrgicos concedidos a los santos confesores, vírgenes y viudas sirvieron maravillosamente para reavivar en los fieles el amor a las virtudes, tan necesario aun en tiempos pacíficos. Sobre todo, las festividades instituidas en honor a la Santísima Virgen contribuyeron, sin duda, a que el pueblco cristiano no sólo enfervorizase su culto a la Madre de Dios, su poderosísima protectora, sino también a que se encendiese en más fuerte amor hacia la Madre celestial que el Redentor le había legado como herencia. Además, entre los beneficios que produce el público y legítimo culto de la Virgen y de los Santos, no debe ser pasado en silencio el que la Iglesia haya podido en todo tiempo rechazar victoriosamente la peste de los errores y herejías.

22. En este punto debemos admirar los designios de la divina Providencia, la cual, así como suele sacar bien del mal, así también permitió que se enfriase a veces la fe y piedad de los fieles, o que amenazasen a la verdad católica falsas doctrinas, aunque al cabo volvió ella a resplandecer con nuevo fulgor, y volvieron los fieles, despertados de su letargo, a enfervorizarse en la virtud y en la santidad. Asimismo, las festividades incluidas en el año litúrgico durante los tiempos modernos han tenido también el mismo origen y han producido idénticos frutos. Así, cuando se entibió la reverencia y culto al Santísimo Sacramento, entonces se instituyó la fiesta del Corpus Christi, y se mandó celebrarla de tal modo que la solemnidad y magnificencia litúrgicas durasen por toda la octava, para atraer a los fieles a que veneraran públicamente al Señor. Así también, la festividad del Sacratísimo Corazón de Jesús fue instituida cuando las almas, debilitadas y abatidas por la triste y helada severidad de los jansenistas, habíanse enfriado y alejado del amor de Dios y de la confianza de su eterna salvación.

Contra el moderno laicismo

23. Y si ahora mandamos que Cristo Rey sea honrado por todos los católicos del mundo, con ello proveeremos también a las necesidades de los tiempos presentes, y pondremos un remedio eficacísimo a la peste que hoy inficiona a la humana sociedad. Juzgamos peste de nuestros tiempos al llamado laicismo con sus errores y abominables intentos; y vosotros sabéis, venerables hermanos, que tal impiedad no maduró en un solo día, sino que se incubaba desde mucho antes en las entrañas de la sociedad. Se comenzó por negar el imperío de Cristo sobre todas las gentes; se negó a la Iglesia el derecho, fundado en el derecho del mismo Cristo, de enseñar al género humano, esto es, de dar leyes y de dirigir los pueblos para conducirlos a la eterna felicidad. Después, poco a poco, la religión cristiana fue igualada con las demás religiones falsas y rebajada indecorosamente al nivel de éstas. Se la sometió luego al poder civil y a la arbitraria permisión de los gobernantes y magistrados. Y se avanzó más: hubo algunos de éstos que imaginaron sustituir la religión de Cristo con cierta religión natural, con ciertos sentimientos puramente humanos. No faltaron Estados que creyeron poder pasarse sin Dios, y pusieron su religión en la impiedad y en el desprecio de Dios.

24. Los amarguísimos frutos que este alejarse de Cristo por parte de los individuos y de las naciones ha producido con tanta frecuencia y durante tanto tiempo, los hemos lamentado ya en nuestra encíclica Ubi arcano, y los volvemos hoy a lamentar, al ver el germen de la discordia sembrado por todas partes; encendidos entre los pueblos los odios y rivalidades que tanto retardan, todavía, el restablecimiento de la paz; las codicias desenfrenadas, que con frecuencia se esconden bajo las apariencias del bien público y del amor patrio; y, brotando de todo esto, las discordias civiles, junto con un ciego y desatado egoísmo, sólo atento a sus particulares provechos y comodidades y midiéndolo todo por ellas; destruida de raíz la paz doméstica por el olvido y la relajación de los deberes familiares; rota la unión y la estabilidad de las familias; y, en fin, sacudida y empujada a la muerte la humana sociedad.

La fiesta de Cristo Rey

25. Nos anima, sin embargo, la dulce esperanza de que la fiesta anual de Cristo Rey, que se celebrará en seguida, impulse felizmente a la sociedad a volverse a nuestro amadísimo Salvador. Preparar y acelerar esta vuelta con la acción y con la obra sería ciertamente deber de los católicos; pero muchos de ellos parece que no tienen en la llamada convivencia social ni el puesto ni la autoridad que es indigno les falten a los que llevan delante de sí la antorcha de la verdad. Estas desventajas quizá procedan de la apatía y timidez de los buenos, que se abstienen de luchar o resisten débilmente; con lo cual es fuerza que los adversarios de la Iglesia cobren mayor temeridad y audacia. Pero si los fieles todos comprenden que deben militar con infatigable esfuerzo bajo la bandera de Cristo Rey, entonces, inflamándose en el fuego del apostolado, se dedicarán a llevar a Dios de nuevo los rebeldes e ignorantes, y trabajarán animosos por mantener incólumes los derechos del Señor.

Además, para condenar y reparar de alguna manera esta pública apostasía, producida, con tanto daño de la sociedad, por el laicismo, ¿no parece que debe ayudar grandemente la celebración anual de la fiesta de Cristo Rey entre todas las gentes? En verdad: cuanto más se oprime con indigno silencio el nombre suavísimo de nuestro Redentor, en las reuniones internacionales y en los Parlamentos, tanto más alto hay que gritarlo y con mayor publicidad hay que afirmar los derechos de su real dignidad y potestad.

Continúa una tradición

26. ¿Y quién no echa de ver que ya desde fines del siglo pasado se preparaba maravillosamente el camino a la institución de esta festividad? Nadie ignora cuán sabia y elocuentemente fue defendido este culto en numerosos libros publicados en gran variedad de lenguas y por todas partes del mundo; y asimismo que el imperio y soberanía de Cristo fue reconocido con la piadosa práctica de dedicar y consagrar casi innumerables familias al Sacratísimo Corazón de Jesús. Y no solamente se consagraron las familias, sino también ciudades y naciones. Más aún: por iniciativa y deseo de León XIII fue consagrado al Divino Corazón todo el género humano durante el Año Santo de 1900.

27. No se debe pasar en silencio que, para confirmar solemnemente esta soberanía de Cristo sobre la sociedad humana, sirvieron de maravillosa manera los frecuentísimos Congresos eucarísticos que suelen celebrarse en nuestros tiempos, y cuyo fin es convocar a los fieles de cada una de las diócesis, regiones, naciones y aun del mundo todo, para venerar y adorar a Cristo Rey, escondido bajo los velos eucarísticos; y por medio de discursos en las asambleas y en los templos, de la adoración, en común, del augusto Sacramento públicamente expuesto y de solemnísimas procesiones, proclamar a Cristo como Rey que nos ha sido dado por el cielo. Bien y con razón podría decirse que el pueblo cristiano, movido como por una inspiración divina, sacando del silencio y como escondrijo de los templos a aquel mismo Jesús a quien los impíos, cuando vino al mundo, no quisieron recibir, y llevándole como a un triunfador por las vías públicas, quiere restablecerlo en todos sus reales derechos.

Coronada en el Año Santo

28. Ahora bien: para realizar nuestra idea que acabamos de exponer, el Año Santo, que toca a su fin, nos ofrece tal oportunidad que no habrá otra mejor; puesto que Dios, habiendo benignísimamente levantado la mente y el corazón de los fieles a la consideración de los bienes celestiales que sobrepasan el sentido, les ha devuelto el don de su gracia, o los ha confirmado en el camino recto, dándoles nuevos estímulos para emular mejores carismas. Ora, pues, atendamos a tantas súplicas como los han sido hechas, ora consideremos los acontecimientos del Año Santo, en verdad que sobran motivos para convencernos de que por fin ha llegado el día, tan vehementemente deseado, en que anunciemos que se debe honrar con fiesta propia y especial a Cristo como Rey de todo el género humano.

29. Porque en este año, como dijimos al principio, el Rey divino, verdaderamente admirable en sus santos, ha sido gloriosamente magnificado con la elevación de un nuevo grupo de sus fieles soldados al honor de los altares. Asimismo, en este año, por medio de una inusitada Exposición Misional, han podido todos admirar los triunfos que han ganado para Cristo sus obreros evangélicos al extender su reino. Finalmente, en este año, con la celebración del centenario del concilio de Nicea, hemos conmemorado la vindicación del dogma de la consustancialidad del Verbo encarnado con el Padre, sobre la cual se apoya como en su propio fundamento la soberanía del mismo Cristo sobre todos los pueblos.

Condición litúrgica de la fiesta

30. Por tanto, con nuestra autoridad apostólica, instituimos la fiesta de nuestro Señor Jesucristo Rey, y decretamos que se celebre en todas las partes de la tierra el último domingo de octubre, esto es, el domingo que inmediatamente antecede a la festividad de Todos los Santos. Asimismo ordenamos que en ese día se renueve todos los años la consagración de todo el género humano al Sacratísimo Corazón de Jesús, con la misma fórmula que nuestro predecesor, de santa memoria, Pío X, mandó recitar anualmente.

Este año, sin embargo, queremos que se renueve el día 31 de diciembre, en el que Nos mismo oficiaremos un solemne pontifical en honor de Cristo Rey, u ordenaremos que dicha consagración se haga en nuestra presencia. Creemos que no podemos cerrar mejor ni más convenientemente el Año Santo, ni dar a Cristo, Rey inmortal de los siglos, más amplio testimonio de nuestra gratitud —con lo cual interpretamos la de todos los católicos— por los beneficios que durante este Año Santo hemos recibido Nos, la Iglesia y todo el orbe católico.

31. No es menester, venerables hermanos, que os expliquemos detenidamente los motivos por los cuales hemos decretado que la festividad de Cristo Rey se celebre separadamente de aquellas otras en las cuales parece ya indicada e implícitamente solemnizada esta misma dignidad real. Basta advertir que, aunque en todas las fiestas de nuestro Señor el objeto material de ellas es Cristo, pero su objeto formal es enteramente distinto del título y de la potestad real de Jesucristo. La razón por la cual hemos querido establecer esta festividad en día de domingo es para que no tan sólo el clero honre a Cristo Rey con la celebración de la misa y el rezo del oficio divino, sino para que también el pueblo, libre de las preocupaciones y con espíritu de santa alegría, rinda a Cristo preclaro testimonio de su obediencia y devoción. Nos pareció también el último domingo de octubre mucho más acomodado para esta festividad que todos los demás, porque en él casi finaliza el año litúrgico; pues así sucederá que los misterios de la vida de Cristo, conmemorados en el transcurso del año, terminen y reciban coronamiento en esta solemnidad de Cristo Rey, y antes de celebrar la gloria de Todos los Santos, se celebrará y se exaltará la gloria de aquel que triunfa en todos los santos y elegidos. Sea, pues, vuestro deber y vuestro oficio, venerables hermanos, hacer de modo que a la celebración de esta fiesta anual preceda, en días determinados, un curso de predicación al pueblo en todas las parroquias, de manera que, instruidos cuidadosamente los fieles sobre la naturaleza, la significación e importancia de esta festividad, emprendan y ordenen un género de vida que sea verdaderamente digno de los que anhelan servir amorosa y fielmente a su Rey, Jesucristo.

Con los mejores frutos

32. Antes de terminar esta carta, nos place, venerables hermanos, indicar brevemente las utilidades que en bien, ya de la Iglesia y de la sociedad civil, ya de cada uno de los fieles esperamos y Nos prometemos de este público homenaje de culto a Cristo Rey.

a) Para la Iglesia

En efecto: tríbutando estos honores a la soberanía real de Jesucristo, recordarán necesariamente los hombres que la Iglesia, como sociedad perfecta instituida por Cristo, exige —por derecho propio e imposible de renuncíar— plena libertad e independencia del poder civil; y que en el cumplimiento del oficio encomendado a ella por Dios, de enseñar, regir y conducir a la eterna felicidad a cuantos pertenecen al Reino de Cristo, no pueden depender del arbitrio de nadie.

Más aún: el Estado debe también conceder la misma libertad a las órdenes y congregaciones religiosas de ambos sexos, las cuales, siendo como son valiosísimos auxiliares de los pastores de la Iglesia, cooperan grandemente al establecimiento y propagación del reino de Cristo, ya combatiendo con la observación de los tres votos la triple concupiscencia del mundo, ya profesando una vida más perfecta, merced a la cual aquella santidad que el divino Fundador de la Iglesia quiso dar a ésta como nota característica de ella, resplandece y alumbra, cada día con perpetuo y más vivo esplendor, delante de los ojos de todos.
b) Para la sociedad civil

33. La celebración de esta fiesta, que se renovará cada año, enseñará también a las naciones que el deber de adorar públicamente y obedecer a Jesucristo no sólo obliga a los particulares, sino también a los magistrados y gobernantes.

A éstos les traerá a la memoria el pensamiento del juicio final, cuando Cristo, no tanto por haber sido arrojado de la gobernación del Estado cuanto también aun por sólo haber sido ignorado o menospreciado, vengará terriblemente todas estas injurias; pues su regia dignidad exige que la sociedad entera se ajuste a los mandamientos divinos y a los principios cristianos, ora al establecer las leyes, ora al administrar justicia, ora finalmente al formar las almas de los jóvenes en la sana doctrina y en la rectítud de costumbres. Es, además, maravillosa la fuerza y la virtud que de la meditación de estas cosas podrán sacar los fieles para modelar su espíritu según las verdaderas normas de la vida cristiana.

c) Para los fieles

34. Porque si a Cristo nuestro Señor le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; si los hombres, por haber sido redimidos con su sangre, están sujetos por un nuevo título a su autoridad; si, en fin, esta potestad abraza a toda la naturaleza humana, claramente se ve que no hay en nosotros ninguna facultad que se sustraiga a tan alta soberanía. Es, pues, necesario que Cristo reine en la inteligencia del hombre, la cual, con perfecto acatamiento, ha de asentir firme y constantemente a las verdades reveladas y a la doctrina de Cristo; es necesario que reine en la voluntad, la cual ha de obedecer a las leyes y preceptos divinos; es necesario que reine en el corazón, el cual, posponiendo los efectos naturales, ha de amar a Dios sobre todas las cosas, y sólo a El estar unido; es necesario que reine en el cuerpo y en sus miembros, que como instrumentos, o en frase del apóstol San Pablo, como armas de justicia para Dios(35), deben servir para la interna santificación del alma. Todo lo cual, si se propone a la meditación y profunda consideración de los fieles, no hay duda que éstos se inclinarán más fácilmente a la perfección.

35. Haga el Señor, venerables hermanos, que todos cuantos se hallan fuera de su reino deseen y reciban el suave yugo de Cristo; que todos cuantos por su misericordia somos ya sus súbditos e hijos llevemos este yugo no de mala gana, sino con gusto, con amor y santidad, y que nuestra vida, conformada siempre a las leyes del reino divino, sea rica en hermosos y abundantes frutos; para que, siendo considerados por Cristo como siervos buenos y fieles, lleguemos a ser con El participantes del reino celestial, de su eterna felicidad y gloria.

Estos deseos que Nos formulamos para la fiesta de la Navidad de nuestro Señor Jesucristo, sean para vosotros, venerables hermanos, prueba de nuestro paternal afecto; y recibid la bendición apostólica, que en prenda de los divinos favores os damos de todo corazón, a vosotros, venerables hermanos, y a todo vuestro clero y pueblo.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 11 de diciembre de 1925, año cuarto de nuestro pontificado.

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Notas

1. Ef 3,19.

2. Dan 7,13-14.

3. Núm 24,19.

4. Sal 2.

5. Sal 44.

6. Sal 71.

7. Is 9,6-7.

8. Jer 23,5.

9. Dan 2,44.

10. Dan 7 13-14.

11. Zac 9,9.

12. Lc 1,32-33.

13. Mt 25,31-40.

14. Jn 18,37.

15. Mt 28,18.

16. Ap 1,5.

17. Ibíd., 19,16.

18. Heb 1,1.

19. 1 Cor 15,25.

20. In Luc. 10.

21. 1 Pt 1,18-19.

22. 1 Cor 6,20.

23. Ibíd., 6,15.

24. Conc. Trid., ses.6 c.21.

25. Jn 14,15; 15,10.

26. Jn 5,22.

27. Himno Crudelis Herodes, en el of. de Epif.

28. Enc. Annum sacrum, 25 mayo 1899.

29. Hech 4,12.

30. S. Agustín, Ep. ad Macedonium c.3

31. Enc. Ubi arcano.

32. 1 Cor 7,23.

33. Enc. Annum sacrum, 25 mayo 1899.

34. Sermón 47: De sanctis.

35. Rom 6,13.

The reign of Christ the King

Octubre 24, 2009

On December 11, 1925 Pope Pius XI promulgated his encyclical letter Quas Primas, on the Kingship of Christ. The encyclical dealt with what the Pope described correctly as ‘the chief cause of the difficulties under which mankind was laboring.”

Pope Pius XI explained that the manifold evils in the world are due to the fact that the majority of men have thrust Jesus Christ and His holy law out of their lives; that Our Lord and His holy law have no place either in private life or in politics; and, as long as individuals and states refuse to submit to the rule of our Savior, there will be no hope of lasting peace among nations. men must look for the peace of Christ in the Kingdom of Christ —–Pax Christi in Regno Christi.

CHRIST’S KINGSHIP IGNORED IN THE CHURCH?

In the February, 1976 issue of Approaches, Hamish Fraser stated with, alas, complete accuracy, that Quas Primas is virtually ignored by the so-called Catholic nations and by the Catholic clergy. It was, he lamented, the greatest non-event in the entire history of the Church.

What is it that caused the Catholic clergy and bishops of the world in particular, to be so embarrassed by this encyclical that it was virtually ignored at the time of the promulgation, and has been all but forgotten in the post-Vatican II epoch? What is about this encyclical which caused its teaching to be passed over in silence, if not actually contradicted, by the Second Vatican Council? It is an incontrovertible fact that this Council conspicuously and, one must conclude, deliberately, failed to reaffirm the teaching of Quas Primas.

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Part One

THE UNIVERSAL RIGHTS OF CHRIST

The answer to these questions is that in this encyclical Pope Pius XI reaffirmed the unbroken teaching of his predecessors upon the papal throne that states as well as individuals must submit themselves to the rule of Christ the King. In affirming this fundamental truth of our faith, Pope Pius was not referring simply to Catholic nations, or even to Christian nations, but to the whole of mankind. He stated this truth unequivocally by quoting a passage from the encyclical, Annum Sacrum of Pope Leo XIII:

The empire of Christ the King includes not only Catholic nations, not only baptized persons who, though of right belonging to the Church, have been led led astray by error, or have been cut off from her by schism, but also all those who are outside the Christian faith; so that truly the whole of mankind is subject to the power of Jesus Christ.
All men, both as individuals and as nations, are subject to the rule of Our Lord Jesus Christ the King, and this for two reasons. Firstly, because, as God, He is our Creator. We are His creatures. Without Him we could not exist. We owe Him everything, and He owes us nothing. Those who are created have an absolute obligation to love and serve their Creator, This obligation is unqualified; there are no “ifs,” no “buts,” and, as we shall see, no question of any possible right on the part of any man at any time to withhold his obedience.

It is only when men live their lives within the correct perspective of the Creator-creature relationship that social and political harmony and order prevail. “the peace of Christ is the Kingdom of Christ.” When men repudiate this relationship, disharmony and disorder take over, the disharmony and disorder of sin, the disharmony and disorder introduced for the first time into the whole creation when the Archangel Lucifer. the most magnificent of all God’s creatures, was overcome with pride and boasted: Non serviam — “I will not serve.” The Catechism teaches us that our purpose in life is to know, love, and serve God in this world so that we can be happy with Him forever in the next. We cannot claim to love God if we do not serve Him, and we cannot claim to serve God if we do not subject ourselves to the law of Christ the King.

“If you love Me, He warned, “keep My Commandments.” [John 14:15]

In Quas Primas, Pope Pius XI explains the second reason that we must subject ourselves to Our Lord. He explains the beautiful and profound truth that Christ is our King by acquired, as well as by natural right, for He is our Redeemer. “Would that those who forget what they have cost Our Savior,” the Pope admonished us, “might recall the words: ‘You were not redeemed with corruptible things, but with the precious Blood of Christ, as of a Iamb unspotted and undefiled.’ We are no longer our own, for Christ has purchased us ‘with a great price;’ our very bodies are the ‘members of Christ.’ ”

The double claim of Our Lord Jesus Christ to our allegiance, as our Creator and our Redeemer, is well summarized in the Book of the Apocalypse, where St. John tells us that Christ is “the ruler of the kings of the earth.” (Apoc. 17: 18). The fact that the kings of the earth —– in other words, the nations and those who rule them —– are subject to the Kingship of Christ pertains to what is known as His Social Kingship, that is, His right to rule over societies as well as individuals.

THE SOCIAL KINGSHIP OF CHRIST

No one claiming to be a Christian would, one hopes, dispute the fact that as individuals we must submit ourselves to the rule of Christ the King, but very few Christians, Catholics included, and conservative Catholics among them, understand, let alone uphold, the Social Kingship of Our Lord Jesus Christ. This is an attitude which is very common among certain well-known politicians in the United States who, while claiming to be Catholics, state with apparent pride that they do not permit their private beliefs to impinge upon their public duties. They uphold with apparent certainty the principle of the separation of Church and State. [This is a very strange attitude fur a Catholic to take, but some of these politicians appear to be very strange Catholics.]

The separation of Church and State was condemned unequivocally by the Roman Pontiffs until the Second Vatican Council. The Church’s teaching is that the State has an obligation to render public worship to God in accord with the teachings of the True Church, the Catholic Church, and positively to aid the Catholic Church in the carrying out of her functions. The State does not have the right to remain neutral regarding religion, much less to pursue a secular approach in its policies. A secular approach is by that very fact an anti-God and an anti-Christ approach. This unequivocal teaching was summarized very clearly by Pope St. Pius X, who, in his encyclical Vehementer Nos, condemned the principle of the separation of Church and State as “an absolutely false and most pernicious thesis.”

The practical consequences of this Catholic teaching are difficult to imagine for those of us who have known nothing but a secular state, in which the State claims to have no responsibilities in matters of religion and morality. [The secular state outlaws certain immoral acts, not because they are immoral, but because the majority wish them outlawed.]

Nevertheless, we must admit that this claim of the secular state is profoundly wrong.

The only word adequate to describe the claim by a Catholic politician that he will not allow his private beliefs to impinge upon his public duties is blasphemy —– or at least open rebellion against God. For the Commandments of God are binding in public as well as in private, and it is blasphemous for a Christian to maintain the contrary.

The Commandment “Thou shalt not kill” precludes the taking of innocent human life. We can take another human life only as an act of self-defense, to save our lives, those of our families or friends or our fellow citizens against an unjust aggressor; but never, never, never, does any human being have the right to take the life of an innocent person. Unborn infants certainly come into this category, a fact stated forcefully, courageously, and unambiguously by our Holy Father Pope John Paul II in his encyclical letter Centesimus Annus of 1 May 1991, commemorating the centenary of Pope Leo XIII’s encyclical Rerum Novarum. May God bless him for it.

Who could be more innocent of aggressive intent than an unborn child within the womb of his mother? Who could be more clearly protected by God’s absolute prohibition against taking the life of the innocent than an unborn child within the womb of his mother?

What exactly is a politician such as Governor Cuomo claiming when he states that he is personally against abortion but that, as a politician, he must respect the right of a woman to murder her unborn baby? He is basing this alleged right on the fact that it has been “granted” by the law of the United States, just as it has been granted by the governments of almost every country in the Western World. In other words —– and I am sure that Governor Cuomo would not dispute this —– he believes that a right is acquired when it is accorded by the majority of citizens within a state. In believing this, he has accepted, in place of the Social Kingship of Our Lord Jesus Christ, and His right to rule over societies as well as individuals, the abominable theory of democracy enshrined in the French Revolution’s Declaration of the Rights of Man, the declaration which constituted a formal and insolent repudiation of the Social Kingship of Our Lord Jesus Christ, the declaration which enshrined the greatest heresy of modern times, perhaps of all times: that authority resides in the people. On the contrary, as the Popes have taught, Omnis potestas a Deo —–”All authority comes from God.”

“Not so!” reply the revolutionaries. Omnis potestas a populo —–”All authority comes from the people.”

How well the term “revolutionaries” applies to these men! A revolution is best defined as the forcible overthrow of an established government, and this is precisely what they did. They overthrew the Social Kingship of Our Lord Jesus Christ in favor of what is rightly termed the heresy that authority resides in the will of the majority —– the heresy that is the source of all the evils in society today.

THE RISE OF A HERESY:
AUTHORITY COMES FROM THE PEOPLE

It would be a mistake to imagine that the dethronement of Our Lord began at the end of the 18th Century with the promulgation by the French Revolutionaries of the so-called “Rights of Man.”

The process began four centuries earlier, in 14th-century Italy, during what has become known as the “Renaissance.” The word is French and means “rebirth.” It refers to the rebirth of classical studies which began in Italy in the 14th Century. Those engaged in these studies were known as “humanists” because their studies were concerned with purely human topics, whereas in Europe, until that time, God had been the focus for almost every aspect of scholarship and art. Music, architecture, literature, painting, drama, philosophy, cosmology and, above all, theology —– the Queen of the Sciences —– were centered upon the Creator, and the Creator-creature relationship was axiomatic to every aspect of human thought.

Initially, there was no conflict between Humanism and the Church. Many humanists were also ecclesiastics. But as time passed, it became clear that the movement was tending to relegate religion to a place where it had little or no influence on human thought or human behavior; This tendency was implicit rather than explicit. It gave rise to the attitude that whereas faith is valid in its own domain, reason should be concerned only with what is scientifically demonstrable. The Creator-creature relationship was not formally denied, but attention became focused almost exclusively on man, to the neglect of God, who was, effectively, confined to the sacristy. Man was seen as an autonomous being, the focus of truth in a world of which he was master and which he had the ability to subdue and perfect, a being capable of building an earthly paradise by his own efforts, a utopia. The extent to which these ideas were reflected in the principles of the French Revolution, and later in atheistic Communism, hardly needs pointing out.

The practical result of Humanism was the divinization of man. The more God was diminished, the more man exalted himself and became his own God. In his book Christian Humanism Professor Thomas Molnar provides us with the following definition:

“Humanism was a doctrine, or network of doctrines, putting man in place of God, and endowing him with features that he was inevitably to abuse.” [1]

I have mentioned the extent to which the principles of Humanism reached their logical conclusion in the French Revolution and in Communism, but the Protestant Reformation cannot be exempted from this charge. Our Lord Jesus Christ founded a visible Church, His Mystical Body, to continue His mission in the world until He comes again in glory. This Church was endowed with a visible head, the Bishop of Rome, the Vicar of Jesus Christ. A vicar is a person who is authorized to perform a function on behalf of another, as his officially designated deputy.

The Bishop of Rome has the authority to teach infallibly the true meaning of the Scriptures as intended by their Divine Author. The Protestant Reformers repudiated the authority of the Vicar of Christ, and hence the authority of Christ Himself. They claimed to accept the authority of the Scriptures, but the inevitable logic of Protestantism is that they accept the authority of Scripture as each individual Protestant interprets it. In other words, every Protestant makes his own reason his ultimate authority in religious matters. It has often been said that, in the final analysis, every Protestant is his own pope. We can go further still and state that in the final analysis Protestantism makes each Protestant into his own god. This is Humanism with a vengeance.

Catholics did not, of course, remain free from these influences, and in 1907, in the fifth year of his pontificate, Pope St. Pius X felt obliged to promulgate his encyclical letter Pascendi Dominici Gregis, condemning the errors of that Protestantized version of Catholicism known as Modernism, the ultimate logic of which, explained the Pope, was atheism. The most deplorable example of man’s self-deification in our day is man’s arrogation to himself of God’s supreme and most fundamental authority, that is, His authority over life and death.

“I,” says contemporary man, “shall decide for myself when a new human life shall begin and, once it has begun, whether it shall continue or be terminated. I shall use contraception to ensure that no new life is conceived without my consent, and, should a conception take place that I deem inconvenient, I shall terminate it by abortion.” The next step in this diabolical process will be the legalization of euthanasia.

Although I have said that it would be a mistake to imagine that the dethronement of Christ the King was inaugurated by the promulgation of the French Revolution’s Declaration of the Rights of Man, there can be no doubt that this Declaration constituted the first formal repudiation of Our Lord’s Social Kingship, and that it was the most influential act in the process of securing His virtually universal dethronement during the next two centuries.

Before examining the extent to which this Declaration constituted a repudiation of Catholic teaching on the authority of the State, it is necessary to have a clear grasp of the content of this teaching. The doctrine of the Popes on the authority of the State is clear and self-evident to those with a proper understanding of the Creator-creature relationship, which is fundamental to a well-ordered society.

THE CHURCH AND DEMOCRACY

A state is composed of two elements: the government, or those who govern, and the governed, authority being vested in those who govern. The Church is not committed to any particular form of government, and despite the tendency of Popes to refer to “princes” in their encyclicals, they were in no way opposed to democracy, if all that is meant by this term is that those who govern are chosen by a vote [based on either limited or universal suffrage]. What the Popes maintain, logically and uncompromisingly, is that the source of authority is precisely the same in an absolute monarchy, such as that of Louis XIV in 18th-century France, as in a country where the government is chosen in a democratic election in which every citizen has the right to vote, such as the United States today. In either situation papal teaching on the source of authority is clear and has already been stated: Omnis potestas a Deo. —– “All authority comes from God.” Pope Leo XIII explained in his encyclical Immortale Dei that:

Every civilized community must have a ruling authority, and this authority, no less than society itself, has its source in nature, and has, consequently, God for its author. Hence it follows that all public power must proceed from God. FOR GOD ALONE IS THE TRUE AND SUPREME LORD OF THE WORLD. Everything without exception must be subject to Him, and must serve Him, so that whosoever holds the right to govern, holds it from one sole and single source, namely, God, the Sovereign Ruler of all. “There is no power but from God.” [Rom. 13:1].

“There is no power but from God.” This quotation from Romans 13: 1 states all that needs to be stated concerning the source of authority. Because those who govern derive their authority from God, and govern as His legates, and not as holding their authority from the people, no government can have a true right to enact any legislation contrary to the law of God, even if such legislation is the manifest wish of the majority of the people. The Church is totally opposed to any concept of democracy in which authority is said to reside in the people and in which those who govern are said to receive their authority from the people. Pope Leo XIII insisted in lmmortale Dei that:

In a society grounded upon such maxims, all government is nothing more nor less than the will of the people; and the people, being under the power of itself alone, is alone its own ruler . . .The authority of God is passed over in silence, just as if there were no God; or as if He cared nothing for human society; or as if men, in their individual capacity or bound together in social relations, owed nothing to God; or as if there could be a government of which the whole origin and power and authority did not reside in God Himself: Thus, as is evident, a state becomes nothing but a multitude, which is its own master and ruler.

1. T. Molnar, Christian Humanism [Chicago, 1978], p. 29.

Part Three

THE DECLARATION OF THE RIGHTS OF MAN

Few English-speaking Catholics are familiar with the French Revolution’s Declaration of the Rights of Man or with its background. The Rights of Man were discussed by the French National Assembly during the meetings of August, 1789 and adopted in October of the same year. Some of the articles are not simply acceptable but actually commendable, e.g., Article 7, concerning the detention of citizens; Article 8, stating that laws cannot have a retroactive effect; and Article 9, concerning those who have been arrested but whose guilt has not been proven. Other articles are ambiguous. But some others are positively incompatible with Catholicism, particularly Article 6, which begins by stating that the law is the expression of the general will. This is a complete negation of the teaching of the Church that all authority comes from God. Pope Pius VI had no hesitation in condemning the Declaration as “contrary to religion and to society.” [2] Acceptance of the Declaration of the Rights of Man rules out the possibility of a Catholic state and the social reign of Christ the King. This is hardly surprising in view of the Masonic origin of the Declaration. Father Denis Fahey wrote:

That the preparation and the triumph of the French Revolution were the work of Freemasonry does not need proof since the Masons themselves boast of it. Accordingly, The Declaration of the Rights of Man is a Masonic production. [3]

Father Fahey quoted in support of this contention a statement by Monsieur Bonnet, the orator at the Grand Orient Assembly in 1904:

Freemasonry had the supreme honor of giving to humanity the chart which it had lovingly elaborated. It was our Brother, de la Fayette, who first presented the project of a declaration of the natural rights of the man and the citizen living in society, to be the first chapter of the Constitution. On 25 August 1789 the Constituent Assembly, of which more than 300 members were Masons, definitively adopted, almost word for word, in the form determined upon in the Lodges, the text of the immortal Declaration of the Rights of Man. [4]

Father Fahey summarized the Declaration as a formal renunciation of allegiance to Christ the King, of the supernatural life, and of membership in Christ’s Mystical Body. He continued:

The French State thereby officially declared that it no longer acknowledged any duty to God through Our Lord Jesus Christ, and no longer recognized the dignity of membership of Christ in its citizens. It thus inaugurated the attack on the organization of society under Christ the King which has continued down to the present day. [5]

The principle that all authority comes from the peopIe is now all but universally accepted throughout the West. The basis of public morality is whatever the contemporary consensus of citizens is prepared to accept. It would be very hard to convince the average Catholic today that his country should not be governed by the will of the people or that our elected representatives are anything more than delegates of the people who voted them into power.

WHAT IS A “RIGHT”?

In his encyclical letter Tametsi futura, published in 1900, Pope Leo XIII commented: “The people have heard quite enough about what are called the rights of man. Let them hear about the rights of God for once.”

This is precisely what we shall do now. Strictly speaking, God alone has rights which belong to Him of His very nature. As human beings we possess only contingent rights, rights which are accorded to us by God. We have a right to do only what is pleasing to God. This is synonymous with stating that we are free to do only what is pleasing to God, and the freedom referred to here is moral freedom, or moral liberty.

Whenever the term “right” is used in this study, it must be taken to mean “moral freedom.” To state that a man has a right to perform an action means that he is morally free to do so, and he can never be morally free to perform any act that is displeasing to God.

The fundamental meaning of the word “liberty” is the ability to act without constraint. There can be three forms of constraint: physical, psychological, and moral.

Freedom from physical restraint simply means the absence of any external constraint which could pre- vent a person from carrying out a desired action. A football player who wished to take part in an important match, but who had broken his leg and was in hospital at the time of the game, would not be physically free, or able, to participate in the event.

Psychological liberty is better known as free will and involves the capacity to make moral choices. It is thus restricted to angels and to men. Beings who possess free will, or psychological liberty, are the masters of their acts, and hence are responsible for them. Animals have physical but not psychological freedom. A pair of blackbirds necessarily selects the tree in which they will build their nest on the basis of which tree seems most useful; they cannot choose to sacrifice the better tree and select a poorer one. Nor do they possess the free will enabling them to decide whether or not to build a nest and raise a family, or even what type of nest to build.

It should be clear that being physically able to perform an action, and being psychologically able to choose whether to perform it, do not mean that one has a right to perform it. There may be a moral constraint against performing the action. Two simple examples should make this clear. A bank clerk might find himself in a position to defraud his employers of a large sum of money with very little likelihood of being detected. He would be physically free to perform the action, that is, he would be able to remove the money without being detected. He would be psychologically free to perform it, that is, he would be able to use, or rather misuse, his free will to commit the theft. But he would not be morally free to steal the money, since theft is forbidden by the Commandments of God. In this case the law of God and the law of the State concur, and just as there is no moral right to steal, there is also no legal right to steal.

But a legal right does not necessarily confer a moral right, as the following example will demonstrate. A woman may be physically, psychologically, and legally free to have an abortion, but the so-called legal right to murder her baby does not confer a true right, since murder is forbidden by the Commandments of God.

CIVIL LAW AND THE ETERNAL LAW

In his essay The Church and the Modem State, published in 1931 and referring specifically to the United States, Hilaire Belloc noted that laws declared invalid by the Catholic Church are not binding. He continued: “Where there is a conflict between the civil law and the moral law of the Catholic Church, members of the Catholic Church will resist the civil law and obey the law of the Church.” [6]

At the risk of being repetitious, I will state once more that the teaching of the Church is that the terms “right” and “moral liberty” are synonymous. We can speak of a “right” only when its object is morally licit. The Popes, Pope Leo XIII in particular, taught time and time again that there can only be a true right —– that is, the moral liberty —– to choose that which is good and true. No human being can ever have a right to choose what is evil or false.

To quote Pope Leo XIII, writing in Libertas:

The true liberty of human society does not consist in every man doing what he pleases, for this would simply end in turmoil and confusion, and bring on the overthrow of the State: but rather in this, that through the injunctions of the civil law all may more easily conform to the prescriptions of the ETERNAL LAW.

The teaching of Pope Leo XIII is, then, that the purpose of civil law in any state, Catholic or non-Catholic, should be to assist its citizens to conform to the prescriptions of the eternal law. However, today the laws of Great Britain and the U nited States are designed —– I repeat, designed —– to have precisely the opposite effect. The laws of both countries incite each and every citizen to imitate Lucifer and to say: Non serviam —–”I will not serve.”

The average citizen, and this is not hard to under stand, equates what is legally permissible with what is morally permissible. Let us take divorce as an example. In Great Britain the figure for divorce is around 30% and rising, and the reason that it is not rising far faster is due to the fact that such a high proportion of couples now live together without even the formality of a civil ceremony. In the U.S.A., I understand that the divorce rate is now in the region of 50% . If the law did not sanction divorce and remarriage, the number of those who would abandon their spouses to live in new unions that would be legally as well as morally illicit would be reduced to a very small fraction of this figure.

The same can be said in the matter of abortions. If abortion had not been made legal, millions of women who have had abortions would not have done so, and, as is almost invariably the case, would have loved and cherished the babies they have murdered.

Pope Leo XIII insisted in Libertas that:

The binding force of human laws is in this, that they are to be regarded as applications of the eternal law, as in the principle of all law . . . WHERE A LAW IS ENACTED CONTRARY TO REASON, OR TO THE ETERNAL LAW; OR TO SOME ORDINANCE OF GOD, OBEDIENCE IS UNLAWFUL, LEST WHILE OBEYING MAN WE BECOME DISOBEDIENT TO GOD.

Can these words not be considered a charter for the Rescue Movement? We are forbidden to obey any law that is contrary to the eternal law of God, lest while obeying man, we become disobedient to God.

This unequivocal papal teaching certainly has grave implications for any Catholic involved in the enforcement of the law. By what right can a Catholic policeman arrest those who try to rescue the unborn from abortion? By what right can a Catholic district attorney prosecute them? By what right can a Catholic judge convict them? Let such public officials not protest that they have sworn to uphold the law, because any human law contrary to the eternal law cannot be considered valid by any Catholic. But, alas, many, perhaps most, Catholics holding public office today are certainly not worthy of the glorious title of Catholic.

I quoted Hilaire Belloc earlier as stating that when there is a conflict between civil law and the moral law of the Catholic Church, members of the Catholic Church will resist the civil law and obey the law of the Church. Belloc was somewhat naive in believing this since, alas, now that precisely such a conflict has arisen in the United States with the emergence of the Rescue Movement, the overwhelming majority of Catholics involved in enforcing an immoral civil law have preferred to uphold that law rather than endanger their livelihood.

2. Encyclical Letter Adeo nota, 23 April 1791.
3. Forward to G. Dillon, Grand Orient Freemasonry Unmasked[London: Britons Publishing Company ----- now, Chulmleigh: Augustine, 1965], p. 16.
4. Ibid., pp. 16-17.
5.Ibid., p. 17.
6. H. Belloc, Essays of a Catholic [London, 1931], p. 84.
[This work was republished in 1992 by TAN Books and Publishers, Inc.]

Part Four

REACTION TO QUAS PRIMAS

When Pope Pius XI promulgated Quas Primas in 1925, Christ the King had, to all intents and purposes, been dethroned throughout what was once referred to as Christendom. In October, 1941, in an article in The Dublin Review, Christopher Dawson described Europe as a secularized Christendom, its character having been largely destroyed by 200 years of secularization. “The resultant culture,” he wrote, “the culture of the Liberal 19th century and of western democracy, may be described as post-Christian, i.e., it was built on Christian foundations and Christian values, but it was divorced from an organic union with Christian faith and practice.”

When he wrote Quas Primas, Pope Pius XI had no illusions concerning the state of what had once been Christendom. He anticipated Christopher Dawson’s analysis in the opening paragraph of the encyclical, noting that the manifold evils of the world are due to the exclusion of Jesus Christ and His holy law from the private lives of individuals and from the political life of almost every state.

It was the insistence of the Pope upon the social reign of Christ the King —– on the fact that states, as well as individuals, must submit themselves to His rule —– which caused such embarrassment to the bishops of the world [and nowhere more so than in the United States], which has resulted, as Hamish Fraser expressed it, in Quas Primas becoming the greatest non-event in the history of the Church.

LIBERTY OF CONSCIENCE?

We are all familiar with the saying that “Everyone has the right to his own opinion,”. It is not unusual to hear a Catholic state that while he disagrees with the beliefs of a member of another religion, he would give his life to defend that person’s right to hold these beliefs. I would be surprised if most Catholics today did not agree with these sentiments, but they are both untrue and reflect the classic Liberal position on liberty of conscience, which has been condemned frequently and forcefully by the Popes.

Pope Leo XIll warned in Libertas that there are certain so-called liberties which modern society takes for granted that every man possesses as a right. These are the liberties, the Pope explained, “which the followers of Liberalism so eagerly advocate and proclaim.”

WHAT IS LIBERALISM?

The essence of Liberalism is the view that the individual human being has the right to decide for himself the norms by which he will regulate his life; that he has the right to be his own arbiter as to what is right and what is wrong; and that he is under no obligation to submit himself to any external authority. In the Liberal sense, “liberty of conscience” is the right of an individual to think and believe whatsoever he wants, even in religion and morality. He has the right to choose any religion, or to have no religion; and he has the right to express his views publicly and to persuade others to adopt them, using word of mouth, the public press, or any other means.

A dramatic and depressing instance of this Liberal thesis being translated into practice is the campaign for so-called “Gay Rights” in the United States and in Great Britain. Here with a vengeance are so-called “liberties,” which modern society takes for granted that every man possesses as a right. In the United States you are witnessing the scarcely credible spectacle of Catholic bishops taking it for granted that homosexuals have a right to indulge in and to propagandize in favor of their unnatural vice, and even, in some cases, helping them actively in their campaign. In Connecticut in 1991 a so-called “Gay Rights Bill” was passed, primarily due to the support of the Catholic Bishops in that state. The bill even allows homosexuals to adopt or to become foster parents of young children. Dom Prosper Gueranger wrote, at a time when such an act on the part of Catholic bishops would have been unthinkable, that when the shepherd becomes a wolf, the flock has a right to defend itself. There cannot be the least doubt that the faithful in Connecticut need to defend themselves against wolves masquerading under the guise of Catholic bishops.

Part Five

IF CHRIST IS DETHRONED, WE BECOME INHUMAN

Dozens of books have been written examining the contemporary crisis within the Church from an orthodox Catholic standpoint. Among the two or three that should definitely be owned by every Catholic who loves his faith is The Devastated Vineyard by Dietrich von Hildebrand. In this book the author lamented the terrible decline of humanity, which is nearing the point of actual dehumanization. He stated that it is the superhuman task of the holy Church to save humanity, or at least her own children, from this downfall. I was interested to note that this great book was written in 1973, and that since that date 25 million unborn children have become the victims of legalized murder in the United States alone, and this slaughter is continuing at the rate of 4,300 a day. Was not Professor von Hildebrand right to refer to what he termed “this apocalyptic decline of humanity,” which is nearing the point of actual dehumanization? [7] What other word but “dehumanized” will do for a society which extends its protection to sexual perverts and withdraws it from unborn children so that they can be massacred by the million? Christ the King has indeed been dethroned, and the evil fruits of Liberalism can be seen everywhere around us.

Professor von Hildebrand warned that the Church can only help mankind to draw back from the precipice upon which it is poised “if the vineyard of the Lord blossoms anew. And therefore we must storm Heaven with the prayer that the spirit of St. Pius X might once again fill the hierarchy, that the great words anathema sit might once again ring out against all heretics, and especially against all the members of the ‘fifth column’ within the Church.” [8] We could do no better than begin by praying that they will ring out in Connecticut.

7. D. von Hildebrand, Trojan Horse in the City of God [Chicago: Franciscan Herald Press, 1973], p. 53. [Reprinted by the Catholic Media Apostolate, Box 255, Harrison, NY 10528, at $15.50 incl. postage and handling.]
8. Ibid., p. 54.

Michael Davis, The reign of Christ the King. Tomado del sitio: www.catholictradition.org

Jesucristo, Rey Universal y Eterno

Octubre 19, 2009

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“De Dios son la eternidad y el tiempo; la primera con su inmutable e inconmovible fijeza; el segundo con su rápida sucesión e incesantes vicisitudes. En este su señorío no tiene rival Dios Nuestro Señor, ni admite con otro ser alguno la más lejana comparación o semejanza. Y por este concepto no solamente es Rey, sino que es el único verdadero Rey.

Los hombres ¡niños siempre! han aplicado a algunos de los más visibles entre ellos este fastuoso título, que mirado a buena luz resulta casi siempre algo como una caricatura, cuando no le abona la representación de aquella otra realeza superior y cierto como sobrenatural reflejo de ella sobre la terrenal corona.

¿Rey el hombre, que nace un día y sólo para un día, y otro día muere, dejando apenas rastro de sí, como no sea unas breves líneas en las páginas de la Historia, frecuentemente simple recuerdo de su miseria y de su impotencia? ¿Qué diferencia hay, decid, entre la podredumbre del más altivo monarca, y la del más olvidado de sus vasallos en el fondo y soledad de sus respectivas sepulturas?

Al enviar el Eterno Padre a su Hijo Unigénito al mundo en carne humana, para la obra sublime de la Redención, el primero de los soberanos títulos que quiso transmitirle por juro de heredad en medio de sus bajas y pobres apariencias, fue este de Rey.

Nacido en pesebre, pero Rey; perseguido y desterrado, pero Rey; ocupado en quehaceres de artesana profesión, pero Rey; manso y apacible, adoctrinador de las turbas sencillas, pero Rey; vestido, azotado y puesto en cruz, pero Rey.

La invisible corona de su realeza divina no se cae de su frente ni en las pajas de Belén, ni en los campos y aldeas de Galilea, ni entre las convulsiones y estremecimientos del Calvario. Con ella nace y con ella crece, y con ella predica y con ella muere, y con ella surge del sepulcro, y con ella asciende a los cielos, y con ella se sienta a la derecha del Padre, y con ella bajará a juzgar el mundo en el postrer día de él, y con ella reinará entre sus escogidos y sobre sus enemigos por toda la eternidad.

Sí, porque de Rey tiene la gloria, de Rey la potestad y el juicio, de Rey el universal señorío, pero también de Rey tiene el contraste de siempre obstinados y siempre vencidos contradictores.

Por esto con espléndida pompa celebra hoy el mundo cristiano la gloria de Jesús Rey, ya por primera reconocido y adorado por los Magos en la Epifanía del Señor.

La Revolución por eso se llama Revolución, y el Liberalismo por eso se llama Liberalismo, porque son lo opuesto y antiético a esa divina y real soberanía de Jesucristo nuestro Dios y Señor.

El cual es Rey, como es Hijo-Unigénito del Padre, pues a El ha dado Este poder en el cielo y en la tierra y en los abismos.

Todo poder, entiéndase bien: no solamente el individual, que se refiere a la conciencia o conducta privada de cada súbdito suyo, sino aún el social, que se extiende a la vida pública de las naciones, y a sus costumbres, y a sus leyes , y a sus gobernantes, y a sus gobernados.

Todo poder, repetimos: es decir, poder íntegro y absoluto; no menoscabado con indignas concesiones o transacciones con el enemigo; no sometido a pactos y componendas de pasajera conveniencia; no condicional o hipotético como han dado en la moda de predicárnoslo recientemente no sabemos qué suerte de apóstoles de nuevo cuño que todos hemos podido ( y de sobras) escuchar por ahí.

Poder real, en una palabra; y como tal, poder de veras; sin cuya condición cualquier cosa que se llame realeza es realeza de burlas y de mera fantasía y oropel.

Mas, pues de veras quiere reinar Cristo en las sociedades suyas, de veras hemos también de querer y buscar y procurar su reinado los fieles soldados suyos, so pena de dejar de serlo, obrando de otra manera, y de que nos tenga sencillamente por pasados al enemigo cualquier cristiano de sentido común.

¡De nuevo, pues, ante cielos y tierra postrados, juremos amor y fidelidad a ese Estandarte Real, hasta morir si fuere preciso en su defensa; como gracias a la divina Misericordia, para su defensa hemos querido únicamente vivir hasta el presente!

¡Que todo pasa, pero eso no pasa; toda cambia, pero eso no cambia; todo muere, pero eso es lo único que no ha de morir!

¡Cuándo después de esto contemplamos a católicos ¡y son católicos! ocupados en la inverosímil tarea de andar buscando cómo achicar y encoger la grandeza de este reinado divino, para que pueda entrar sin descomponerlo en el aro miserable de sus miserabilísimas combinaciones humanas, pequeñas como todo lo que es puramente humano y por añadidura puramente circunstancial; cuando eso contemplamos y ¡hemos tenido que contemplarlo tantas veces!, no sabemos si es mayor la aflicción que nos causa ese total desconocimiento de los más esenciales derechos de la soberanía divina, o la vergüenza que nos enciende el rostro viendo que son víctimas de tal ceguera hermanos nuestros, católicos y españoles, que ni uno ni lo otro acreditan con este su menguado proceder.

Pbro. Sardá y Salvany. Año Sacro. Tomo Segundo: Tiempo y Fiestas después de Pentecostés. Barcelona. 1954. Ed. R. Casals. 

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Oración a Jesús, Rey del Universo

Octubre 19, 2009

Oh Cristo Jesús!,  yo os reconozco como Rey Universal.

Todo cuanto existe ha sido creado por Vos.

Ejerced sobre mí todos vuestros derechos.

Renuevo las promesas del bautismo, renunciando a satanás, a sus pompas y a sus obras, y prometo vivir como buen cristiano.

Y muy particularmente me comprometo a hacer triunfar, según mis fuerzas, los derechos de Dios y de vuestra Iglesia.

Corazón divino de Jesús, yo os ofrezco mis pobres acciones para lograr que todos los corazones reconozcan vuestra sagrada Realeza, y que así se establezca en el mundo el reino de vuestra paz. Así sea.

Cristo Rey

Octubre 19, 2009

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 Ergo Rex es tu? Tu dixisti… Sed Regnum deum non est de hoc mundo » (Joan. XVIII : 33-36)

El año 1925, accediendo a una solicitud firmada por más de ochocientos obispos, el Papa Pío XI instituyó para toda la Iglesia la festividad de Cristo Rey, fijada en el último domingo del mes de octubre.

Esta nueva invocación de Cristo, nueva y sin embargo tan antigua como la Iglesia, tuvo muy pronto sus mártires, en la persecución que la masonería y el judaísmo desataron en Méjico, con la ayuda de un imperialismo extranjero: sacerdotes, soldados, jóvenes de Acción Católica y aun mujeres que murieron al grito de “¡Viva Cristo Rey!”

Esta proclamación del poder de Cristo sobre las naciones se hacía contra el llamado liberalismo. El liberalismo es una peligrosa herejía moderna que proclama la libertad y toma su nombre de ella.

La libertad es un gran bien que, como todos los grandes bienes, sólo Dios puede dar; y el liberalismo lo busca fuera de Dios; y de ese modo sólo llega a falsificaciones de la libertad.

Liberales fueron los que en el pasado siglo rompieron con la Iglesia, maltrataron al Papa y quisieron edificar naciones sin contar con Cristo. Son hombres que desconocen la perversidad profunda del corazón humano, la necesidad de una redención, y en el fondo, el dominio universal de Dios sobre todas las cosas, como Principio y como Fin de todas ellas, incluso las sociedades humanas.

Ellos son los que dicen: “Hay que dejar libres a todos”, sin ver que el que deja libre a un malhechor es cómplice del malhechor; “Hay que respetar todas las opiniones”, sin ver que el que respeta las opiniones falsas es un falsario; “La religión es un asunto privado”, sin ver que, siendo el hombre naturalmente social, si la religión no tiene nada que ver con lo social, entonces no sirve para nada, ni siquiera para lo privado.

Contra este pernicioso error, la Iglesia arbola hoy la siguiente verdad de fe: Cristo es Rey, por tres títulos, cada uno de ellos de sobra suficiente para conferirle un verdadero poder sobre los hombres.

Es Rey por título de nacimiento, por ser el Hijo Verdadero de Dios Omnipotente, Creador de todas las cosas; es Rey por titulo de mérito, por ser el Hombre más excelente que ha existido ni existirá, y es Rey por titulo de conquista, por haber salvado con su doctrina y su sangre a la Humanidad de la esclavitud del pecado y del infierno.

Me diréis vosotros: eso está muy bien, pero es un ideal y no una realidad. Eso será en la otra vida o en un tiempo muy remoto de los nuestros; pero hoy día… Los que mandan hoy día no son los mansos, como Cristo, sino los violentos; no son los pobres, sino los que tienen plata; no son los católicos, sino los masones. Nadie hace caso al Papa, ese anciano vestido de blanco que no hace más que mandarse proclamas llenas de sabiduría, pero que nadie obedece. Y el mar de sangre en que se está revolviendo Europa, ¿concuerda acaso con ningún reinado de Cristo?

La respuesta a esta duda está en la respuesta de Cristo a Pilatos, cuando le preguntó dos veces si realmente se tenía por Rey. “Mi Reino no procede de este mundo”. No es como los reinos temporales, que se ganan y sustentan con la mentira y la violencia; y en todo caso, aun cuando sean legítimos y rectos, tienen fines temporales y están mechados y limitados por la inevitable imperfección humana.

Rey de verdad, de paz y de amor, su Reino procedente de la Gracia reina invisiblemente en los corazones, y eso tiene más duración que los imperios. Su Reino no surge de aquí abajo, sino que baja de ahí arriba; pero eso no quiere decir que sea una mera alegoría, o un reino invisible de espíritus.

Dice que no es de aquí, pero no dice que no está aquí. Dice que no es carnal, pero no dice que no es real. Dice que es reino de almas, pero no quiere decir reino de fantasmas, sino reino de hombres. No es indiferente aceptarlo o no, y es supremamente peligroso rebelarse contra El.

Porque Europa se rebeló contra El en estos últimos tiempos, Europa y con ella el mundo todo se halla hoy día en un desorden que parece no tener compostura, y que sin El no tiene compostura…

Mis hermanos: porque Europa rechazó la reyecía de Jesucristo, actualmente no puede parar en ella ni Rey ni Roque. Cuando Napoleón I, que fue uno de los varones —y el más grande de todos— que quisieron arreglar a Europa sin contar con Jesucristo, se ciñó en Milán la corona de hierro de Carlomagno, cuentan que dijo estas palabras: “Dios me la dio, nadie me la quitará”.

Palabras que a nadie se aplican más que a Cristo. La corona de Cristo es más fuerte, es una corona de espinas. La púrpura real de Cristo no se destiñe, está bañada en sangre viva. Y la caña que le pusieron por burla en las manos, se convierte de tiempo en tiempo, cuando el mundo cree que puede volver a burlarse de Cristo, en un barrote de hierro. “Et reges eos in virga férrea” (Los regirá con vara de hierro).

Veamos la demostración de esta verdad de fe, que la Santa Madre Iglesia nos propone a creer y venerar en la fiesta del último domingo del mes de la primavera, llamando en nuestro auxilio a la Sagrada Escritura, a la Teología y a la Filosofía, y ante todo a la Santísima Virgen Nuestra Señora con un Avemaría.

Los cuatro Evangelistas ponen la pregunta de Pilatos y la respuesta afirmativa de Cristo: “— ¿Tú eres el Rey de los judíos?” “— Yo lo soy”.

¿Qué clase de rey será éste, sin ejércitos, sin palacios, atadas las manos, impotente y humillado?, debe de haber pensado Pilatos.

San Juan, en su capítulo XVIII, pone el diálogo completo con Pilatos, que responde a esta pregunta: Entró en el Pretorio, llamó a Jesús y le dijo: “¿Tu eres el Rey de los Judíos?” Respondió Jesús: “¿Eso lo preguntas de por ti mismo, o te lo dijeron otros?” Respondió Pilatos “¿Acaso yo soy judío? Tu gente y los pontífices te han entregado. ¿Qué has hecho?”.

Respondió Jesús, ya satisfecho acerca del sentido de la pregunta del gobernador romano, al cual maliciosamente los judíos le habían hecho temer que Jesús era uno de tantos intrigantes, ambiciosos de poder político: “Mi reino no es de este mundo. Si de este mundo fuera mi reino, Yo tendría ejércitos, mi gente lucharía por Mí para que no cayera en manos de mis enemigos. Pero es que mi Reino no es de aquí”.

Es decir, su Reino tiene su principio en el cielo, es un Reino espiritual que no viene a derrocar al César, como Pilatos teme, ni a pelear por fuerza de armas contra los reinos vecinos, como desean los judíos.

El no dice que este Reino suyo, que han predicho los profetas, no esté en este mundo; no dice que sea un puro reino invisible de espíritus, es un reino de hombres; El dice que no proviene de este mundo, que su principio y su fin está más arriba y más abajo de las cosas inventadas por el hombre. El profeta Daniel, resumiendo los dichos de toda una serie de profetas, dijo que después de los cuatro grandes reinos que aparecerían en el Mediterráneo, el reino de la Leona, del Oso, del Leopardo y de la Bestia Poderosa, aparecería el Reino de los Santos, que duraría para siempre. Ese es su Reino…

Esa clase de reinos espirituales no los entendía Pilatos, ni le daban cuidado. Sin embargo, preguntó de nuevo, quizá irónicamente: “—Entonces, ¿te afirmas en que eres Rey?”. Respondió Jesús tranquilamente: “—Sí, lo soy —y añadió después mirándolo cara a cara—; yo para eso nací y para eso vine al mundo, para dar testimonio de la Verdad. Todo el que es de la Verdad oye mi voz”. Dijo Pilatos: “— ¿Qué es la Verdad?” Y sin esperar respuesta, salió a los judíos y les dijo: “—Yo no le veo culpa”. Pero ellos gritaron: “—Todo el que se hace Rey, es enemigo del César. Si lo sueltas a éste, vas en contra del César”.

He aquí solemnemente afirmada por Cristo su realeza, al fin de su carrera, delante de un tribunal, a riesgo y costa de su vida; y a esto le llama El dar testimonio de la Verdad, y afirma que su Vida no tiene otro objeto que éste.

Y le costó la vida, salieron con la suya los que dijeron: “No queremos a éste por Rey, no tenemos más Rey que el César”; pero en lo alto de la Cruz donde murió este Rey rechazado, había un letrero en tres lenguas, hebrea, griega y latina, que decía: “Jesús Nazareno Rey de los Judíos”; y hoy día, en todas las iglesias del mundo y en todas las lenguas conocidas, a 2.000 años de distancia de aquella afirmación formidable: “Yo soy Rey”, miles y miles de seres humanos proclaman junto con nosotros su fe en e1 Reino de Cristo y la obediencia de sus corazones a su Corazón Divino.

Por encima del clamor de la batalla en que se destrozan los humanos, en medio de la confusión y de las nubes de mentiras y engaños en que vivimos, oprimidos los corazones por las tribulaciones del mundo y las tribulaciones propias, la Iglesia Católica, imperecedero Reino de Cristo, está de pie para dar como su Divino Maestro testimonio de Verdad y para defender esa Verdad por encima de todo.

Por encima del tumulto y de la polvareda, con los ojos fijos en la Cruz, firme en su experiencia de veinte siglos, segura de su porvenir profetizado, lista para soportar la prueba y la lucha en la esperanza cierta del triunfo, la Iglesia, con su sola presencia y con su silencio mismo, está diciendo a todos los Caifás, Herodes y Pilatos del mundo que aquella palabra de su divino Fundador no ha sido vana.

En el primer libro de las Visiones de Daniel, cuenta el profeta que vio cuatro Bestias disformes y misteriosas que, saliendo del mar, se sucedían y destruían una a la otra; y después de eso vio a manera de un Hijo del Hombre que viniendo de sobre las nubes del cielo se llegaba al trono de Dios; y le presentaron a Dios, y Dios le dio el Poderío, el Honor y el Reinado, y todos los pueblos, tribus y lenguas le servirán, y su poder será poder eterno que no se quitará, y su reino no se acabará.

Entonces me llegué lleno de espanto —dice Daniel— a uno de los presentes, y le pregunté la verdad de todo eso. Y me dijo la interpretación de la figura: “Estas cuatro bestias magnas son cuatro Grandes Imperios que se levantarán en la tierra [a saber, Babilonia, Persia, Grecia y Roma, según estiman los intérpretes], y después recibirán el Reino los santos del Dios altísimo y obtendrán el reino por siglos y por siglos de siglos”.

Esta palabra misteriosa, pronunciada 500 años antes de Cristo, no fue olvidada por los judíos. Cuando Juan Bautista empieza a predicar en las riberas del Jordán: “Haced penitencia, que está cerca el Reino de Dios”, todo ese pequeño pueblo comprendido entre el Mediterráneo, el Líbano, el Tiberíades y el Sinaí resonaba con las palabras de Gran Rey, Hijo de David, Reino de Dios. Las setenta semanas de años que Daniel había predicho entre el cautiverio de Babilonia y la llegada del Salvador del Mundo, se estaban acabando; y los profetas habían precisado de antemano, en una serie de recitados enigmáticos, una gran cantidad de rasgos de su vida y su persona, desde su nacimiento en Belén hasta su ignominiosa muerte en Jerusalén.

Entonces aparece en medio de ellos ese joven doctor impetuoso, que cura enfermos y resucita muertos, a quien el Bautista reconoce y los fariseos desconocen, el cual se pone a explicar metódicamente en qué consiste el Reino de Dios, a desengañar ilusos, a reprender poderosos, a juntar discípulos, a instituir entre ellos una autoridad, a formar una pequeña e insignificante sociedad, más pequeña que un grano de mostaza, y a prometer a esa Sociedad, por medio de hermosísimas parábolas y de profecías deslumbradoras, los más inesperados privilegios: durará por todos los siglos — se difundirá par todas las naciones — abarcará todas las razas — el que entre en ella, estará salvado — el que la rechace, estará perdido — el que la combata, se estrellará contra ella — lo que ella ate en la tierra será atado en el cielo, y lo que ella desate en la tierra será desatado en el cielo.

Y un día, en las puertas de Cafarnaúm, aquel Varón extraordinario, el más modesto y el más pretencioso de cuantos han vivido en este mundo, después de obtener de sus rudos discípulos el reconocimiento de que él era el “Ungido”, el “Rey”, y más aún, el mismo “Hijo Verdadero de Dios vivo”, se dirigió al discípulo que había hablado en nombre de todos y solemnemente le dijo: “Y Yo a ti te digo que tú eres Kefá, que significa piedra, y sobre esta piedra Yo levantaré mi Iglesia, y los poderes infernales no prevalecerán contra ella y te daré las llaves del Reino de los Cielos. Y Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos”.

Y desde entonces, viose algo único en el mundo: esa pequeña Sociedad fue creciendo y durando, y nada ha podido vencerla, nada ha podido hundirla, nadie ha podido matarla. Mataron a su Fundador, mataron a todos sus primeros jefes, mataron a miles de sus miembros durante las diez grandes persecuciones que la esperaban al salir mismo de su cuna; y muchísimas veces dijeron que la habían matado a ella, cantaron victoria sus enemigos, las fuerzas del mal, las Puertas del Infierno, la debilidad, la pasión, la malicia humana, los poderes tiránicos, las plebes idiotizadas y tumultuantes, los entendimientos corrompidos, todo lo que en el mundo tira hacia abajo, se arrastra y se revuelca (la corrupción de la carne y la soberbia del espíritu aguijoneados por los invisibles espíritus de las tinieblas); todo ese peso de la mortalidad y la corrupción humana que obedece al Angel Caído, cantó victoria muchas veces y dijo: “Se acabó la Iglesia”.

El siglo pasado, no más, los hombres de Europa más brillantes, cuyos nombres andaban en boca de todos, decían: “Se acabó la Iglesia, murió el Catolicismo”. ¿Dónde están ellos ahora?

Y la Iglesia, durante veinte siglos, con grandes altibajos y sacudones, por cierto, como la barquilla del Pescador Pedro, pero infalible irrefragablemente, ha ido creciendo en número y extendiéndose en el mundo; y todo cuanto hay de hermoso y de grande en el mundo actual se le debe a ella; y todas las personas más decentes, útiles y preclaras que ha conocido la tierra han sido sus hijos; y cuando perdía un pueblo, conquistaba una Nación; y cuando perdía una Nación, Dios le daba un Imperio; y cuando se desgajaba de ella media Europa, Dios descubría para ella un Mundo Nuevo; y cuando sus hijos ingratos, creyéndose ricos y seguros, la repudiaban y abandonaban y la hacían llorar en su soledad y clamar inútilmente en su paciencia…; cuando decían: “Ya somos ricos y poderosos y sanos y fuertes y adultos, y no necesitamos nodriza”, entonces se oía en los aires la voz de una trompeta, y tres jinetes siniestros se abatían sobre la tierra: uno en un caballo rojo, cuyo nombre es La Guerra; otro en un caballo negro, cuyo nombre es El Hambre; otro en un caballo bayo, cuyo nombre es La Persecución Final; y los tres no pueden ser vencidos sino por Aquel que va sobre el caballo blanco, al cual le ha sido dada la espada para que venza, y que tiene escrito en el pecho y en la orla de su vestido: “Rey de Reyes y Senor de Dominantes”.

El Mundo Moderno, que renegó la reyecía de su Rey Eterno y Señor Universal, como consecuencia directa y demostrable de ello se ve ahora empantanado en un atolladero y castigado por los tres últimos caballos del Apocalipsis; y entonces le echa la culpa a Cristo.

Acabo de oír por Radio Excelsior una poesía de un tal Alejandro Flores, aunque mediocre, bastante vistosa, llamada Oración de este Siglo a Cristo, en que expresa justamente esto: se queja de la guerra, se espanta de la crisis (racionamiento de nafta), dice que Cristo es impotente, que su “sueño de paz y de amor” ha fracasado, y le pide que vuelva de nuevo al mundo, pero no a ser crucificado. El pobre miope no ve que Cristo está volviendo en estos momentos al mundo, pero está volviendo como Rey — ¿o qué se ha pensado él que es un Rey?—; está volviendo de Ezrah, donde pisó el lagar El solo con los vestidos salpicados de rojo, como lo pintaron los profetas, y tiene en la mano el bieldo y la segur para limpiar su heredad y para podar su viña. ¿O se ha pensado él que Jesucristo es una reina de juegos florales?

Y ésta es la respuesta a los que hoy día se escandalizan de la impotencia del Cristianismo y de la gran desolación espiritual y material que reina en la tierra. Creen que la guerra actual es una gran desobediencia a Cristo, y en consecuencia dudan de que Cristo sea realmente Rey, como dudó Pilatos, viéndole atado e impotente. Pero la guerra actual no es una gran desobediencia a Cristo: es la consecuencia de una gran desobediencia, es el castigo de una gran desobediencia y — consolémonos— es la preparación de una gran obediencia y de una gran restauración del Reino de Cristo. “Porque se me subleven una parte de mis súbditos, Yo no dejo de ser Rey mientras conserve el poder de castigarlos”, dice Cristo.

En la última parábola que San Lucas cuenta, antes de la Pasión, está prenunciado eso: “Semejante es el Reino de los cielos a un Rey que fue a hacerse cargo de un Reino que le tocaba por herencia. Y algunos de sus vasallos le mandaron embajada, diciendo: No queremos que este reine sobre nosotros. Y cuando se hizo cargo del Reino, mandó que le trajeran aquellos sublevados y les dieran muerte en su presencia”.

Eso contó Nuestro Señor Jesucristo hablando de si mismo; y cuando lo contó, no se parecía mucho a esos cristos melosos, de melena rubia, de sonrisita triste y de ojos acaramelados que algunos pintan. Es un Rey de paz, es un Rey de amor, de verdad, de mansedumbre, de dulzura para los que le quieren; pero es Rey verdadero para todos, aunque no le quieran, ¡y tanto peor para el que no le quiera!

Los hombres y los pueblos podrán rechazar la llamada amorosa del Corazón de Cristo y escupir contra el cielo; pero no pueden cambiar la naturaleza de las cosas. El hombre es un ser dependiente, y si no depende de quien debe, dependerá de quien no debe; si no quiere por dueño a Cristo, tendrá el demonio por dueño. “No podéis servir a Dios y a las riquezas”, dijo Cristo, y el mundo moderno es el ejemplo lamentable: no quiso reconocer a Dios como dueño, y cayó bajo el dominio de Plutón, el demonio de las riquezas.

En su encíclica Quadragesimo Anno, el Papa Pío XI describe de este modo la condición del mundo de hoy, desde que el Protestantismo y el Liberalismo lo alejaron del regazo materno de la Iglesia, y decidme vosotros si el retrato es exagerado: “La libre concurrencia se destruyó a sí misma; al libre cambio ha sucedido una dictadura económica. El hambre y sed de lucro ha suscitado una desenfrenada ambición de dominar. Toda la vida económica se ha vuelto horriblemente dura, implacable, cruel. Injusticia y miseria. De una parte, una inmensa cantidad de proletarios; de otra, un pequeño número de ricos provistos de inmensos recursos, lo cual prueba con evidencia que las riquezas creadas en tanta copia por el industrialismo moderno no se hallan bien repartidas”.

El mismo Carlos Marx, patriarca del socialismo moderno, pone el principio del moderno capitalismo en el Renacimiento, es decir, cuando comienza el gran movimiento de desobediencia a la Iglesia; y añora el judío ateo los tiempos de la Edad Media, en que el artesano era dueño de sus medios de producción, en que los gremios amparaban al obrero, en que el comercio tenía por objeto el cambio y la distribución de los productos y no el lucro y el dividendo, y en que no estaba aún esclavizado al dinero para darle una fecundidad monstruosa. Añora aquel tiempo, que si no fue un Paraíso Terrenal, por lo menos no fue una Babel como ahora, porque los hombres no habían recusado la Reyecía de Jesucristo.

Los males que hoy sufrimos, tienen, pues, raíz vieja; pero consolémonos, porque ya está cerca el jardinero con el hacha. Estamos al fin de un proceso morboso que ha durado cuatro siglos.

Vosotros sabéis que en el llamado Renacimiento había un veneno de paganismo, sensualismo y descreimiento que se desparramó por toda Europa, próspera entonces y cargada de bienestar como un cuerpo pletórico. Ese veneno fue el fermento del Protestantismo; “rebelión de los ricos contra los pobres”, como lo llamó Belloc, que rompió la unidad de la Iglesia, negó el Reino Visible de Cristo, dijo que Cristo fue un predicador y un moralista, y no un Rey; sometió la religión a los poderes civiles y arrebató a la obediencia del Sumo Pontífice casi la mitad de Europa. Las naciones católicas se replegaron sobre sí mismas en el movimiento que se llamó Contrarreforma, y se ocuparon en evangelizar el Nuevo Mundo, mientras los poderes protestantes inventaban el Puritanismo, el Capitalismo y el Imperialismo.

Entonces empezó a invadir las naciones católicas una a modo de niebla ponzoñosa proveniente de los protestantes, que al fin cuajó en lo que llamamos Liberalismo, el cual a su vez engendró por un lado el Modernismo y por otro el Comunismo.

Entonces fue cuando sonó en el cielo la trompeta de la cólera divina, que nadie dejó de oír; y el Hombre Moderno, que había caído en cinco idolatrías y cinco desobediencias, está siendo probado y purificado ahora por Cinco castigos y cinco penitencias:

Idolatría de la Ciencia, con la cual quiso hacer otra torre de Babel que llegase hasta el cielo; y la ciencia está en estos momentos toda ocupada en construir aviones, bombas y cañones para voltear casas y ciudades y fábricas;

Idolatría de la Libertad, con la cual quiso hacer de cada hombre un pequeño y caprichoso caudillejo; y éste es el momento en que el mundo está lleno de despotismo y los pueblos mismos piden puños fuertes para salir de la confusión que creó esa libertad demente;

Idolatría del Progreso, con el cual creyeron que harían en poco tiempo otro Paraíso Terrenal; y he aquí que el Progreso es el Becerro de Oro que sume a los hombres en la miseria, en la esclavitud, en el odio, en la mentira, en la muerte;

Idolatría de la Carne, a la cual se le pidió el cielo y las delicias del Edén; y la carne del hombre desvestida, exhibida, mimada y adorada, está siendo destrozada, desgarrada y amontonada como estiércol en los campos de batalla;

Idolatría del Placer, con el cual se quiere hacer del mundo un perpetuo Carnaval y convertir a los hombres en chiquilines agitados e irresponsables; y el placer ha creado un mundo de enfermedades, dolencias y torturas que hacen desesperar a todas las facultadas de medicina.

Esto decía no hace mucho tiempo un gran obispo de Italia, el arzobispo de Cremona, a sus fieles.

¿Y nuestro país? ¿Está libre de contagio? ¿Está puro de mancha? ¿Está limpio de pecado? Hay muchos que parecen creerlo así, y viven de una manera enteramente inconsciente, pagana, incristiana, multiplicando los errores, los escándalos, las iniquidades, las injusticias. Es un país tan ancho, tan rico, tan generoso, que aquí no puede pasar nada; queremos estar en paz con todos, vender nuestras cosechas y ganar plata; tenemos gobernantes tan sabios, tan rectos y tan responsables; somos tan democráticos, subimos al gobierno solamente a aquel que lo merece; tenemos escuelas tan lindas; tenemos leyes tan liberales; hay libertad para todo; no hay pena de muerte; si un hombre agarra una criaturita en la calle, la viola, la mata y después la quema, ¡qué se va a hacer, paciencia!; tenemos la prensa más grande del mundo: por diez centavos nos dan doce sábanas de papel llenas de informaciones y de noticias; tenemos la educación artística del pueblo hecha por medio del cine y de la radiotelefonía; ¡qué pueblo más bien educado va a ir saliendo, un pueblo artístico! ¡Qué país, mi amigo, qué país más macanudo!

— ¿Y reina Cristo en este país? — ¿Y cómo no va a reinar? Somos buenos todos. Y si no reina, ¿qué quiere que le hagamos?

Tengo miedo de los grandes castigos colectivos que amenazan nuestros crímenes colectivos. Este país está dormido, y no veo quién lo despierte. Este país está engañado, y no veo quién lo desengañe. Este país está postrado, y no se ve quién va a levantarlo.

Pero este país todavía no ha renegado de Cristo; y sabemos por tanto que hay alguien capaz de levantarlo.

Preparémonos a su Venida y apresuremos su Venida. Podemos ser soldados de un gran Rey; nuestras pobres efímeras vidas pueden unirse a algo grande, algo triunfal, algo absoluto.

Arranquemos de ellas el egoísmo, la molicie, la mezquindad de nuestros pequeños caprichos, ambiciones y fines particulares.

El que pueda hacer caridad, que se sacrifique por su prójimo, o solo, o en su parroquia, o en las Sociedades Vicentinas…

El que pueda hacer apostolado, que ayude a Nuestro Cristo Rey en la Acción Católica o en las Congregaciones…

El que pueda enseñar, que enseñe…

Y el que pueda quebrantar la iniquidad, que la golpee y que la persiga, aunque sea con riesgo de la vida.

Y para eso, purifiquemos cada uno de faltas y de errores nuestra vida. Acudamos a la Inmaculada Madre de Dios, Reina de los Ángeles y de los hombres, para que se digne elegirnos para militar con Cristo, no solamente ofreciendo todas nuestras personas al trabajo, como decía el capitán Ignacio de Loyola, sino también para distinguirnos y señalarnos en esa misma campaña del Reino de Dios contra las fuerzas del Mal, campaña que es el eje de la historia del mundo, sabiendo que nuestro Rey es invencible, que su Reino no tendrá fin, que su triunfo y Venida no está lejos y que su recompensa supera todas las vanidades de este mundo, y más todavía, todo cuanto el ojo vio, el oído oyó y la mente humana pudo soñar de hermoso y de glorioso.

Padre L. Castellani, “Cristo, ¿vuelve o no vuelve?”. Parte II Ensayos Religiosos.

Oración a Cristo Rey

Octubre 19, 2009

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Corazón Sacratísimo del Rey Pacífico

¡Corazón Santo que adoro con todas las fuerzas de mi ser!

¿Cómo, ni con que me será dado agradecerte los beneficios innumerables, de que tu ardientísima caridad me ha colmado, en toda mi vida?

Yo quisiera, dulcísimo Rey, poseer el lenguaje de los serafines para que mis palabras ardiesen en este día, tanto como mi corazón, al entregarme sin reservas a Ti, consagrándote, amantísimo Rey las potencias de mi alma, los sentidos de mi cuerpo, mi vida, mi muerte y todo cuanto soy.

¡Viva Cristo Rey, en mi corazón, en mi casa y en mi Patria! Amén.

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