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Sermón para el Viernes Santo

Abril 10, 2009

JUAN TAULERO O.P.

Sobre cómo debemos conformarnos con Cristo crucificado e imprimir la imagen del crucifijo en nuestros corazones para imitarla.

*

La amabilísima pasión de Nuestro Señor y Salvador, que la Iglesia recuerda hoy en el mundo entero, en ningún momento debe borrarse de nuestra memoria, al contrario, nos conviene pensar siempre en ella con un gran afecto, con una fiel compasión y un piadoso reconocimiento.

En efecto, no hay vía más fácil, más segura ni más corta para obtener el perdón de los pecados, la abundancia de todas las gracias, toda virtud y toda felicidad que el ejercicio de la pasión del Señor.

Es más, se trata de la vía única por la que podemos llegar hasta Dios; es la vía que han seguido todos los santos después de su Maestro.

Podríamos hablar infinitamente de la pasión de Cristo, y, sin embargo, todo lo que alcanzáramos a decir no bastaría todavía, nunca sería suficiente.

Porque no sólo la inteligencia humana, sino también la angélica, permanece confundida ante el amor inefable que ha llevado al Dios Todopoderoso a hacerse hombre; no era suficiente con humillarse muriendo la muerte más espantosa e ignominiosa, por nosotros, indignos y viles pecadores.

Una vez que el Dios de toda majestad se sometió por amor a tan grande confusión, a tormento y torturas sin número, ¿no es justo que todos los que quieren ser sus amigos soporten con paciencia los sufrimientos que Dios quiera enviarle, ya sean merecidos o no?

E incluso deberían alegrase sinceramente del honor y de la felicidad que Dios se digna ofrecerles llamándoles, en cierta medida, a asemejarse a él y a caminar por el camino que él les ha trazado.

San Pedro nos exhorta a fijar en nuestra memoria esta pasión cuando nos dice: Ya que Cristo sufrió en su carne, armaos también vosotros de este mismo pensamiento (1 P 4, 1).

Y, para que el olvido no se apodere jamás de nosotros, sino que tengamos siempre el alma repleta de este pensamiento, nuestra madre, la santa Iglesia, nos la recuerda sin cesar por la lectura de las Escrituras, por el santo Sacrificio de la Misa que celebra todos los días, y también por las imágenes sagradas que nos conducen como de la mano, débiles e ignorantes que somos, para mostrarnos la pasión de Nuestro Señor y hacernos recordarla.

Así, sin cesar, nos invita, nos exhorta, nos empuja a alabar a Dios, a darle gracias por el amor inapreciable y verdaderamente asombroso que se ha dignado testimoniarnos de una manera tan excelente por su horrible pasión y su dolorosa muerte.

También por esta razón las imágenes de los santos y las pinturas religiosas están permitidas por la Iglesia.

 Por la contemplación de esas imágenes somos conducidos a caminar sobre la huella de los santos y a imitar su vida piadosa y admirable; igualmente por esta mirada aprendemos a sufrir de buena gana algo por Dios, a combatir vigorosamente; somos fortalecidos en la fe y mantenemos despierta, y en un santo ardor para amar a Dios, a nuestra pobre alma, siempre pronta a olvidar su bien.

Sin embargo, de todas las imágenes, la que más nos sirve y nos proporciona beneficios incalculables es el crucifijo, la visión repetida y la contemplación amorosa de Nuestro Señor en la cruz.

Pero, para contemplar bien la cruz, es preciso que encontremos en ella ocho enseñanzas que han sido gravadas en un libro, sobre el cuerpo santísimo del Salvador.

1.- La primera enseñanza o la primera Doctrina que hay que recoger es la pobreza voluntaria.

Cristo nos muestra muy claramente y nos recomienda esta pobreza cuando se presenta a nosotros despojado sobre la cruz.

Este espectáculo debe conducirnos también a nosotros a querer ser pobres por amor a él. ¿Acaso no abrazó él por nosotros la extrema desnudez de todas las cosas?

De sus riquezas infinitas y de toda su gloria no se reservó ni siquiera algo con qué cubrir su desnudez cuando fue suspendido en la cruz.

 Pero ya había recomendado con sus palabras esta pobreza cuando decía: Bienaventurados los pobres de espíritu porque el reino de los cielos les pertenece.

Sí, ciertamente, todo el mundo estará de acuerdo en que son felices los que poseen el reino de los cielos, ese tesoro inestimable.

Pero los pobres de espíritu no son solamente dichosos por lo que son, sino sobre todo por tener más de los que desean.

Lo que tienen les basta abundantemente; se contentan por ello, y su pobreza les resulta tan querida que no se creen en absoluto pobres.

Del mismo modo que los avaros nunca están satisfechos porque aspiran siempre a tener más y están consumidos por el deseo, así también los verdaderamente pobres temen siempre poseer demasiado.

Se les llama, pues, justamente pobres porque tienen todo eso que desean.

Lo que desean no es otra cosa que la pobreza y la falta de bienes temporales; lo que desean es soportar esa desnudez con amor, por Dios.

Han aprendido en la escuela de su maestro a ser verdaderamente pobres, a sufrir la falta de todo.

Han guardado bien presentes a sus ojos la imagen y el modelo de la pasión dolorosa y de la vida santísima del Salvador; han gravado profundamente en su corazón la extrema pobreza, en la que él ha querido encerrarse todo el tiempo que ha vivido sobre la tierra en medio de los hombres. Eso es lo que han observado fielmente.

Son también dichosos porque nadie puede despojarles. Aquel a quien se despoja está expuesto a la impaciencia. Ahora bien, el pobre no posee nada, es bien evidente que no se le puede arrebatar nada.

Son dichosos, finalmente, porque poseen ya una parte de la libertad celestial. La libertad es tener más de lo que se desea y vivir contento de su pobreza. Por eso, después del corto pasaje de esta vida terrestre, recibirán como recompensa el reino de los cielos y la felicidad eterna.

2.- La segunda lección o doctrina es la caridad perfecta.

Cristo nos ha dado esta lección cuando quiso ser suspendido en la cruz entre dos ladrones con el fin de tomar sobre sí los pecado y las deudas de los dos criminales.

¿Cómo podría testimoniar una caridad más grande y más perfecta que tomando sobre sus hombros las deudas de sus enemigos y consintiendo por ellas que todos sus miembros fueran sometidos a la tortura?

Si hubiera sufrido solamente por sus amigos, eso ya sería una gran prueba de su amor.

Pero consintiendo sufrir por sus mismos enemigos, nos da un ejemplo incomparable de un amor más que perfecto.

Nos enseña así que debemos testimoniar a nuestros enemigos no solamente un afecto cualquiera, sino prestarles servicios y rodearles de buenos oficios cuando se encuentran en necesidad.

En efecto, Nuestro Señor se ha dignado soportar los tormentos atroces de su pasión y de su muerte no solamente por los buenos y los amigos, sino también por los malvados y por sus enemigos.

Por eso debemos tratar de comprender cómo será el amor del que rodeará después de esta vida a aquellos que le aman y caminan sobre sus huellas quien en el mundo ha dado tantas pruebas de su afecto incluso a sus enemigos.

Eso es lo que hacía decir a san Pablo, ese vaso de elección: Dios pone de manifiesto el amor que nos tiene, porque cuando éramos todavía pecadores Cristo murió por nosotros en el tiempo (Rm 5, 8). Y un poco más lejos añade: Si cuando todavía éramos sus enemigos hemos sido reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, con cuanta más razón, ahora que estamos reconciliados, seremos salvados en su propia vida.

Os ruego pues que consideréis, queridos hijos, la inmensa caridad de nuestro Dios. Por nuestros pecados habíamos perdido la gracia, le habíamos ofendido, y es en ese momento en que ha querido reconciliarnos con él, no por la sangre de machos cabríos y de terneros, sino por su propia sangre; ha querido restaurar la amistad violada aceptando por nosotros no una muerte cualquiera, sino la más atroz que la crueldad humana podía imponerle.

3.- La tercera institución o doctrina consiste en una inmensa y sobreabundante misericordia.

Esta misericordia puede casi tocarse con el dedo cuando Nuestro Señor perdona y tiene misericordia con el buen ladrón, que había sido crucificado a su lado por sus crímenes.

Anteriormente era su enemigo, se burlaba de Jesús, blasfemaba, pero ahora pide perdón; y Jesús lo admite a su gracia y le concede más de lo que había pedido.

En efecto, había dicho: Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino, y enseguida recibe la respuesta: En verdad, yo te lo digo, hoy mismo estarás conmigo en el paraíso (Lc 23, 43).

¿Acaso no es eso darle más de lo que pedía? No solamente se acuerda de él, sino que se muestra enteramente a él; le concede contemplar su rostro y su esencia divina; en eso consiste el verdadero y vivo paraíso de delicias.

Cuando Cristo dio el último suspiro sobre la cruz, su santa alma unida a su divinidad descendió a los infiernos para rescatar y librar a todos los que habían hecho la voluntad de su Padre.

Ahora bien, a la hora misma en que Cristo moría, el ladrón entregaba también su alma y ésta descendía a los abismos para unirse al Señor, y allí ella le contemplaba en su divinidad, y ese era el paraíso que el Señor suspendido en la cruz le había prometido.

Porque, sin duda, allí donde se ve la gloria de la majestad de Dios, allí está el paraíso.

Esa es la prueba evidente de su inefable misericordia: ha querido testimoniarla a su enemigo de una forma particular. De ello es fácil concluir cuánto más grande será todavía la misericordia que Dios mostrará a sus amigos.

 Aprendamos con este ejemplo a practicar la misericordia y a testimoniar nuestra piedad no solamente a nuestros amigos, sino también a nuestros enemigos.

4.- La cuarta lección o doctrina consiste en una perfecta y piadosa obediencia.

La obediencia es la que ha clavado a Cristo en la cruz; obediencia de la que dio una prueba especial cuando, inclinando la cabeza, entregaba su santa alma.

 Hay dos cosas a considerar: la obediencia y la devoción.

Entregando su alma a la muerte, hace prueba de su perfecta obediencia; inclinando la cabeza prueba la gran devoción que contenía su corazón.

Dice en efecto: Padre, en tus manos entrego mi espíritu. Es como si dijera: “Padre, he sido obediente hasta la muerte; he cumplido todo lo que me has mandado; ahora, pues, recibe mi espíritu. La obra que me ha encomendado está acabada: Todo está cumplido (Jn 19, 30). Y dicho esto, inclinó la cabeza y entregó el espíritu (Jn 19, 30).

De aquí podemos aprender a practicar no solamente la obediencia, sino también la obediencia fiel, tal y como Cristo nos la ha mostrado, de manera a aceptar, inclinando la cabeza, todo lo que nos está prescrito y ordenado, y a testimoniar así que, desde el fondo del corazón, nos sometemos amorosamente y piadosamente.

La devoción, en efecto, hace al espíritu pacífico y suave. Veamos, pues, cuál debe ser, según Dios, nuestra devoción. Que cada uno de nosotros examine en qué disposiciones ha sometido su cuerpo, sus bienes, su voluntad a la obediencia. ¿Es por amor a Dios? Si él os manda algo decid enseguida desde el fondo de vuestro corazón: “Señor, mi creador y redentor, acepto con gusto esta orden, por amor a ti. Acepta mi voluntad y mi obediencia como un sacrificio de alabanza en tu honor”. Esta obediencia piadosa debemos practicarla no un día ni un mes ni un año, sino hasta la muerte, a ejemplo de nuestro salvador del que el Apóstol ha podido decir: Cristo se hizo obediente por nosotros hasta la muerte y una muerte de cruz (Flp 2, 8). Recordemos sin cesar esta obediencia de Cristo para poder, por esta visión, fortalecernos y alentarnos. En efecto, quien a la hora de la muerte se encuentre sin esta santa obediencia no tendrá parte en la obediencia de Cristo.

5.- La quinta institución o doctrina es el testimonio de respeto y de amistad.

Cristo nos ha dado esta lección cuando suspendido en la cruz, triturado por la inmensidad de sus dolores, no quiso, sin embargo, dejar sin consuelo a su madre, afligida al pie de la cruz: a pesar del abismo de dolores y de angustias que le oprimían por todas partes, no la olvidó un instante.

Y como no podía, a causa del exceso de sus sufrimientos y de sus penas, hablar extensamente con ella, se contentó con expresar con pocas palabras la inmensidad de su amor y de su respeto hacia ella.

Estaba ya casi completamente agotado, su cuerpo ya no tenía fuerzas, cuando en el momento mismo de morir, dirigiéndose a su madre, le dijo lo mejor que pudo: Mujer, ahí tienes a tu hijo (Jn 19, 26).

En medio de los sufrimientos más terribles, su corazón pensaba en su madre y la encomendaba a Juan, su discípulo amado, como si le hubiera dicho: “Oh dulcísima madre, mira a tu hijo único. Yo sé, sí, yo sé de qué espada de dolor mi pasión ha atravesado tu alma. Qué tristeza tienes al ver a tu hijo único ahí, ante tu mirada, suspendido en una cruz, cubierto de sangre y entregando su último suspiro”.

Así nosotros aprendemos a honrar a nuestros padres, no solamente a los que están unidos a nosotros por los lazos de la sangre, sino a todos aquellos a los que nos unen vínculos espirituales, a nuestros hermanos y hermanas.

Honrémosles por Dios y en Dios, siguiendo el precepto que hemos recibido: Honra a tu padre y a tu madre (Ex 20, 12). Según el testimonio de san Pablo, ese es el primer mandamiento en la promesa nueva (Ef 6, 2).

6.- La sexta institución es una paciencia perfecta.

Cristo nos ha dado esta lección cuando quiso ser sujetado a la cruz por clavos, como si quisiera decir a sus enemigos: “Acumulad sobre mí todas las penas que os plazca, las soportaré todas con gusto”.

No cabe duda de que jamás en su vida había hecho nada que mereciera la muerte, y, sin embargo, soporta con paciencia las penas que le imponen; se somete a los más crueles suplicios, sin proferir ni tan siquiera una sola palabra de impaciencia, sin tener tampoco en su corazón el menor pensamiento amargo.

La prueba está en que cuando se le aproximaba la muerte oraba por sus verdugos: Padre –decía– , perdónales, porque no saben lo que hacen (Lc 23, 34).

Meditemos atentamente y apoyémonos con todas nuestras fuerzas sobre esta paciencia de Nuestro Señor, para que también nosotros podamos soportar, con un corazón tranquilo y dulce, las desgracias que nos ocurren, cualquiera que sean, incluso las que no hemos merecido, dispuestos a aceptar gozosamente y libremente, por amor a Dios, los sufrimientos que nos aplastan por nuestra culpa o sin culpa alguna.

7.- La séptima institución es una firmeza inquebrantable.

Cristo nos la ha recomendado de una manera muy neta cuando quiso que sus pies fuesen fijados a la cruz, como si hubiera dicho: “Permaneceré inmóvil y firme en la obediencia; no descenderé de la cruz a ningún precio hasta haber entregado la vida”.

Con ello a querido enseñarnos a perseverar inquebrantablemente en nuestras buenas resoluciones y en la vida piadosa y santa; a abrazar continuamente, y hasta la muerte, la cruz de la penitencia; a permanecer clavados por los pies y por las manos a la cruz de la vida espiritual y moribunda; a no tener jamás en el espíritu otra intención que la de seguir a Nuestro Señor crucificado; en fin, a crucificar todos nuestros defectos, todas nuestras codicias, todos nuestros placeres, hasta que todo sea sometido a la dominación del espíritu.

 Si verdaderamente, cuando venga la muerte, nos encuentra así, clavados a la cruz, obtendremos de Dios el perdón de todas nuestras faltas y de todos nuestros crímenes.

Pero sí, por desgracia, alguien, aunque hubiera pasado millares de años en una vida santa, se separa de la cruz solamente durante una hora y muere en ese estado, su vida pasada no le servirá de nada: será golpeado por la sentencia de una muerte eterna.

Es, pues, soberanamente necesario para nosotros permanecer firmes sobre la cruz, con los pies y las manos siempre sujetas sobre ella.

Así nos encontrarán a la hora de la muerte y así seremos juzgados por Dios.

8.- La octava lección es la oración continua.

Cristo nos la ha enseñado cuando suspendido en la cruz no dejó ni un solo instante de orar a su Padre del cielo.

Algunos piensan que recitó sobre la cruz tantos versículos como salmos hay, es decir, ciento cincuenta, comenzando por el salmo: Dios mío, Dios mío, vuelve tu mirada hacia mí. Se trata del Salmo 21, y que continuó así, por orden, con los salmos siguientes, hasta el versículo del Salmo 30: En tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23, 46).

Démonos cuenta bien aquí cómo Cristo comienza su oración por esas palabras: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mt 27, 46).

Nosotros no podemos pensar en nuestra muerte sin terror, porque el Hijo Único de Dios, que no había pecado, experimentó tan duras angustias y oró a su Padre con tanta devoción que no lo abandonase.

¿Qué será de nosotros, miserables pecadores? Aprendamos, pues, al pensar en nuestra muerte, a derramar ante Dios nuestras ardientes oraciones.

Cristo se entregó a la oración como si hubiera pasado su vida entera en el pecado.

Pero, si la oración es siempre necesaria, lo es sobre todo cuando llegamos al término de la vida, por eso es preciso recurrir a la oración y aplicarse a ella con todas nuestras fuerzas.

En el momento de la muerte debemos dirigir nuestro corazón perfectamente hacia Dios, abandonarnos con una humildad profunda en su inmensa misericordia, a fin de que los malos espíritus que nos asalten, en ese momento en particular, huyan y sean derribados por nuestras oraciones, de tal manera que no tengan ningún dominio sobre nuestra alma.

Que nuestro dulcísimo Creador, bendito por los siglos, se digne concedernos esta gracia. Así sea. 

E.-P. NOËL, O.P., Oeuvres Complètes de Jean Tauler. Religieux dominicain du XIV siècle. Traduction littérale de la version latine du Chartreux Suris, tm 2, París 1911, pp. 246-257 (la traducción del francés ha sido realizada por Manuel Ángel Martínez, O.P.).

La Pasión de Nuestro Señor

Abril 5, 2009

“Todo está en la Pasión; es allí donde se aprende la ciencia de los santos”  San Pablo de la Cruz

“La muerte de Jesús en la cruz, que es al mismo tiempo su victoria, es la más gloriosa manifestación de la Misericordia y del Poder de Dios.

Amó Dios de tal manera al mundo que entregó por nosotros a su propio Hijo, dice San Juan (Joan III, 16)

Y esto es lo que cada vez entienden con más claridad los ojos del contemplativo, y por aquí comprenden mejor, cada día, el infinito valor del sacrificio de la misa que perpetúa en sustancia el de la cruz, cuyos frutos nos aplica” Garrigou-Lagrange O.P. Las tres edades de la vida interior. Tomo II. Ed Palabra. pág 1069.

Jesús en el monte de los Olivos

Abril 2, 2009

BEATA ANA CATALINA EMMERICK

(1774-1847)

Cuando Jesús, después de instituir el Santísimo Sacramento de la Eucaristía salió del cenáculo acompañado de los once apóstoles, su alma estaba profundamente turbada, y su tristeza iba en aumento.

Llevó a los once por un sendero apartado en el valle de Josafat. Cuando abandonaron la casa, yo vi la luna, aún no del todo llena, levantarse sobre la montaña.

Caminando con ellos por el valle, Nuestro Señor les dijo que Él volvería de nuevo a juzgar al mundo, y que en ese momento los hombres se echarían a temblar y gritarían: «¡Montañas, cubridnos!»

Sus discípulos no comprendieron sus palabras y creyeron que la debilidad y la fatiga lo hacían delirar. También les dijo: «Esta noche seréis escandalizados por mi causa, pues está escrito: “Heriré al pastor y sus ovejas serán dispersadas.” Pero cuando resucite os precederé a Galilea

Los apóstoles conservaban aún algo del entusiasmo y la devoción que les había transmitido la Santa Eucaristía y las palabras solemnes y afectuosas de Jesús. Se acercaban a Él y le expresaban su amor de diversos modos, diciendo que jamás lo abandonarían; pero Jesús continuó hablándoles del mismo modo.

Pedro dijo: «Aunque todos se escandalizaran por tu causa yo jamás me escandalizaré.» El Señor le recordó su profecía de que antes de que el gallo cantara, lo negaría tres veces, pero Pedro siguió insistiendo: «Aunque tuviera que morir contigo nunca te negaría.» Los demás decían lo mismo. Iban caminando y parándose alternativamente, mientras hablaban; pero la tristeza de Jesús seguía incrementándose. Los apóstoles intentaban consolarlo con argumentos humanos, asegurándole que lo que preveía no sucedería. Se fueron cansando de estos vanos esfuerzos, vinieron las dudas y los asedió la tentación.

Atravesaron el torrente de Cedrón, no por el puente por donde unas horas más tarde sería conducido preso Jesús, sino por otro, pues habían dado un rodeo.

Getsemaní, adonde se dirigían, estaba a media legua del cenáculo. Desde éste hasta la gran puerta del valle de Josafat, había un cuarto de legua, y otro tanto desde allí hasta Getsemaní.

El lugar llamado Getsemaní, donde Jesús había pasado algunas de las últimas noches con los discípulos, era un gran huerto, rodeado por un seto, aunque únicamente crecían en él algunos árboles frutales y flores. Fuera de él había unas pocas edificaciones abandonadas.

Los apóstoles y algunas otras personas tenían una llave de este huerto, y era utilizado por ellos a veces como lugar de recreo y otras de oración. Se habían hecho en él unas chozas con ramas ocho de los apóstoles, a los cuales se unieron más tarde otros discípulos, que estuvieron habitando en ellas.

El huerto de los Olivos estaba separado del de Getsemaní por un camino; tenía libre acceso y estaba cercado sólo por una tapia baja; era más pequeño que el huerto de Getsemaní. El huerto de los Olivos disponía de grutas, terrazas y muchos olivos, y no ofrecía lugares muy a propósito para orar y meditar. Jesús se encaminó a la parte más salvaje de ese huerto.

Eran poco más de las nueve cuando Jesús llegó a Getsemaní con sus discípulos. La luna había salido, y ya iluminaba el cielo, aunque la tierra estaba todavía oscura. Jesús estaba cada vez más triste y advertía a los apóstoles de la proximidad del peligro. Éstos se sentían sobrecogidos y Jesús dijo a ocho de los que le acompañaban que se quedasen en Getsemaní, mientras Él iba a rezar. Llevó consigo a Pedro, Juan y Santiago y con ellos entró en el huerto de los Olivos.

No hay palabras para describir la pena que oprimía su alma, pues el tiempo de la prueba se acercaba. Juan le preguntó cómo Él, que se había mostrado siempre tan sereno, podía estar tan abatido. «Mi alma tiene una tristeza de muerte», respondió Jesús; y por todos lados veía acercarse la angustia y la tentación como nubes cargadas de terribles prefiguraciones. Entonces, les dijo a los tres apóstoles: «Quedaos aquí, y velad conmigo. Recemos para no caer en la tentación.» Jesús bajó unos pocos escalones hacia la izquierda, y se ocultó bajo un peñasco, en una gruta de seis pies de profundidad, encima de la cual los apóstoles se acomodaban en una especie de hoyo. El terreno se inclinaba ligeramente y las plantas que habían crecido sobre el peñasco de la gruta formaban una especie de cortina a la entrada, de modo que no podía ser visto.

Cuando Jesús dejó a sus discípulos, yo vi a su alrededor un círculo de figuras horrendas que se le acercaban cada vez más. Sintiendo tristeza y la angustia de su alma en aumento, temblando, penetró en la gruta para orar, como un hombre que busca abrigo de la tempestad; pero las horribles visiones lo seguían y eran cada vez más vividas. Aquella estrecha caverna parecía contener el espantoso espectáculo de todos los pecados cometidos desde la caída de Adán hasta el fin del mundo y el castigo a todos ellos destinado. A ese mismo sitio, al monte de los Olivos, habían ido Adán y Eva, tras ser expulsados del Paraíso, y en esta misma gruta habían gemido y llorado.

Sentí como si Jesús, al entregarse a la Divina Justicia en pago de nuestros pecados, de algún modo, retornara al seno de la Santísima Trinidad; así, concentrado todo él en su pura, amante e inocente humanidad, armado sólo de la fuerza de su amor inefable, la sacrificaba a las angustias y los padecimientos.

Postrado en tierra, sumergido en un mar de tristeza, todos los pecados del mundo se le aparecieron bajo infinitas formas en toda su auténtica deformidad; El los tomó todos sobre sí y ofrecióse en su oración a la justicia de su Padre celestial para pagar esa terrible deuda. Pero Satanás, entronizado en medio de todos esos horrores con diabólica alegría, dirigía su furia contra Jesús; y, mostrando ante sus ojos visiones cada vez más espantosas, gritaba a su adorable humanidad: «¿También vas a tomar esto sobre ti?, ¿sufrirás tú su castigo?, ¿estás listo para pagar por todo esto?»

Y entonces, se abrió el cielo y de él surgió un rayo semejante a una vía luminosa. Era una procesión de ángeles que bajaban hasta Jesús, y vi cómo lo consolaban y fortalecían. El resto de la gruta permanecía lleno de las horrendas visiones de nuestros crímenes. Jesús los tomó todos ellos sobre sí; pero su adorable corazón, rebosante del más perfecto amor de Dios y de los hombres, se ahogaba bajo el peso de tanta abominación. Cuando esa multitud de iniquidades pasó sobre su alma como un océano, Satanás puso ante él, como en el desierto, innumerables tentaciones, se atrevió incluso a presentar contra el Salvador una serie de acusaciones, diciendo: «¿Cómo, tú que no eres puro quieres tomar todo esto sobre ti?» Entonces, con infernal impudencia, lo culpaba de imaginarios crímenes. Le reprochaba las faltas de sus discípulos, los escándalos que ellos habían provocado, la perturbación que habían causado en el mundo, renunciando a los usos antiguos. Ningún fariseo, ni siquiera el más hábil y severo podría haber superado a Satanás: atribuyó a Jesús haber sido la causa de la degollación de los Inocentes, así como de los padecimientos de sus padres en Egipto; no haber salvado a Juan el Bautista de la muerte, el haber desunido familias y protegido a hombres infames, haberse negado a curar a muchos enfermos, haber perjudicado a los habitantes de Gergesa, permitiendo a los poseídos por el diablo entrar en sus tinas, y a los demonios precipitar sus cerdos en el mar, haber abandonado a su familia, dilapidado los bienes de su prójimo; en una palabra: Satanás presentó ante Jesús, para turbarlo, todo lo que en el momento de la muerte hubiera reprochado a un hombre cualquiera que hubiese llevado a cabo todas estas acciones sin un motivo superior; pues no mencionaba que Jesús fuese el Hijo de Dios, y lo tentaba sólo como si fuera el más justo de los hombres.

Nuestro Divino Salvador permitió hasta tal punto que su humanidad predominara sobre su divinidad, que sufrió todas las tentaciones que asaltan al hombre justo en la muerte concernientes al mérito de sus buenas obras. Para apurar el cáliz de su agonía, permitió que aquel mal espíritu tentara su sagrada humanidad como podría haber tentado a un hombre que quisiera atribuir a sus buenas obras un valor por sí mismas, por encima del que pueden tener por los méritos de Jesús. No hubo ninguna de sus acciones que no estuviera enmarcada en una acusación y, entre otras cosas, le reprochó a Jesús haberse gastado el valor de la propiedad de María Magdalena, en Magdalum, que Él había recibido de Lázaro.

Entre los pecados del mundo que pesaban sobre el Salvador, vi también los míos; del círculo de tentaciones que rodeaban a Nuestro Señor, vi venir hacia mí todas mis culpas. Durante todo este tiempo no aparté los ojos de mi Esposo Celestial; con Él gemía y lloraba y con Él me volvía hacia el consuelo de los ángeles. ¡Ay, Nuestro amado Señor se retorcía como un gusano bajo el peso de su angustia y sus sufrimientos.

Mientras Satanás le hacía estas acusaciones, apenas podía yo refrenar mi cólera; pero cuando habló de la venta de la propiedad de Magdalena, no pude contenerme y le dije: «¿Cómo te atreves a reprochar como un crimen la venta de esa propiedad? Yo misma he visto al Señor gastar esa cantidad que le dio Lázaro, en obras de misericordia, y rescatar a veintiocho pobres de prisión por deudas en Tirza.»

Al principio, Jesús estaba arrodillado y oraba con serenidad; pero después su alma se horrorizó ante los innumerables crímenes de los hombres y su ingratitud para con Dios; sintió un dolor tan vehemente que, temblando, exclamó: «¡Padre mío, si es posible, aleja de mí este cáliz! ¡Padre mío, omnipotente, aleja de mí este cáliz!» Pero tras un momento, añadió: «Hágase vuestra voluntad, no la mía.» Su voluntad era una con la del Padre; pero abrumado por el peso de su naturaleza mortal, temía la muerte.

Yo vi la caverna donde él estaba de rodillas, llena de formas espantosas; vi todos los pecados, toda la maldad, todos los vicios, todos los tormentos, todas las ingratitudes que oprimían al Salvador: el espanto de la muerte, el terror que sentía como hombre ante los padecimientos de la expiación, asediaban su Divina Persona bajo la forma de pavorosos espectros. Sus rodillas vacilaban, juntaba las manos, su cuerpo estaba inundado de sudor y el horror lo hacía estremecer. Por fin, se levantó: las rodillas le temblaban tanto que apenas podían sostenerlo, estaba pálido, su fisonomía completamente transformada, lívidos los labios y erizados los cabellos.

Eran cerca de las diez cuando se puso en pie, y tambaleándose, dando traspiés a cada paso, bañado en sudor frío, se dirigió hacia donde estaban los tres apóstoles. Fue ascendiendo como pudo desde la gruta, hasta donde ellos, rendidos de fatiga, de tristeza y de inquietud se habían quedado dormidos.

Jesús iba a buscarlos como un hombre angustiado cuyo terror lo lleva junto a sus amigos, pero también como el buen pastor que, consciente de la cercanía de un peligro, visita su rebaño amenazado; pues Jesús no ignoraba que también ellos sufrían la angustia y la tentación.

 Las horribles visiones lo acompañaron también en ese corto tramo. Al llegar, hallándolos dormidos, juntó las manos, cayó de rodillas junto a ellos y lleno de tristeza e inquietud, dijo: «Simón, ¿duermes?» Despertáronse al punto y se levantaron, y Jesús les dijo en su desolación: «¿Ni siquiera una hora podíais velar conmigo

Cuando lo vieron de aquel modo, descompuesto, pálido, tembloroso y empapado en sudor, y oyeron su voz alterada y casi inaudible, no supieron qué pensar; y si no hubiera llegado a ellos rodeado por un halo de luz radiante, no lo hubiesen reconocido.

Juan le dijo: «Maestro, ¿qué te pasa? ¿Debo llamar a los otros discípulos? ¿Debemos huir

Jesús respondió: «Si pudiese vivir, predicar y curar todavía durante treinta y tres años más, no me bastaría para cumplir con lo que tengo que hacer de hoy a mañana. No llames a los otros ocho: los he dejado allí, porque no podrían verme en esta miseria sin escandalizarse, caerían en tentación, olvidarían lo que ha pasado y dudarían de mí. Vosotros habéis visto al Hijo del Hombre transfigurado, así que también podréis verlo en la oscuridad y el naufragio de su espíritu; pero velad y orad para no caer en la tentación, porque el espíritu está presto pero la carne es débil

Con estas palabras se refería tanto a él como a ellos. Quería así exhortarlos a la perseverancia y advertirles del combate que su naturaleza humana iba a librar contra la muerte, y también de la causa de su debilidad.

En su tristeza les habló de muchas cosas, y pasó casi un cuarto de hora con ellos. Después volvióse Jesús a la gruta, con su angustia siempre en aumento, mientras sus discípulos tendían las manos hacia Él, lloraban, se abrazaban unos a otros y se preguntaban: «¿Qué tiene?, ¿qué le ha sucedido? Parece hallarse en la más completa desolación.» Se cubrieron la cabeza y empezaron a orar, llenos de ansiedad y de tristeza.

Desde que Jesús entró en el huerto de los Olivos había transcurrido cerca de una hora y media. En efecto, como dicen las Escrituras: «Ni siquiera habéis podido velar conmigo una hora», aunque estas palabras no deberían tomarse literalmente, ni aplicar nuestra manera de contar el tiempo.

Los tres apóstoles que estaban con Jesús, habían orado primero y luego se habían quedado dormidos, tras caer en la tentación de la falta de confianza en Dios. Los otros ocho que habían permanecido fuera del huerto no dormían. La tristeza y el sufrimiento que encerraban las últimas palabras de Jesús, habían llenado sus corazones de funestos presagios, y erraban por el monte de los Olivos buscando algún lugar donde esconderse en caso de peligro.

En la ciudad de Jerusalén se veía poca actividad. Los judíos estaban en sus casas, ocupados en los preparativos de la fiesta; pero pude ver aquí y allí a amigos y discípulos de Jesús que caminaban juntos, ansiosos, conversando en susurros, inquietos, como si estuviesen esperando algún gran acontecimiento.

La Madre del Señor, Magdalena, Marta, María, hija de Cleofás y María Salomé, habían ido desde el cenáculo hasta la casa de María, la madre de Marcos.

María, que había oído lo que decían sobre Jesús, quiso ir a la ciudad con sus amigas para saber noticias suyas. Lázaro, Nicodemo, José de Arimatea y algunos parientes de Hebrón fueron a verla para intentar tranquilizarla. Pues habiendo tenido conocimiento de las terribles predicciones de Jesús en el cenáculo, habían ido a informarse a casa de los fariseos conocidos suyos, y no habían oído que se preparase nada contra Nuestro Señor.

Desconocedores de la traición de Judas, le dijeron a María que el peligro no era muy grande, que no atacarían a Jesús tan cerca de la fiesta. María les habló de cuán inquieto y alterado había estado Judas en los últimos días, de qué manera tan abrupta se había ido del cenáculo. Ella no dudaba de que había ido a denunciar a Jesús; cuántas veces no había advertido a su hijo de que Judas sería su perdición. Las santas mujeres se volvieron a casa de María, madre de Marcos.

Cuando Jesús volvió a la gruta, sin el menor alivio para su sufrimiento, se prosternó con el rostro contra la tierra, los brazos extendidos, y rogó al Padre Eterno; su alma sostuvo una nueva lucha que duró tres cuartos de hora.

 Los ángeles bajaron para mostrarle, en una serie de visiones, todos los padecimientos que había de padecer para expiar el pecado.

Presentaron ante sus ojos la belleza del hombre a imagen de Dios, antes de su caída, y cuánto lo había desfigurado y alterado ésta.

Vio el origen de todos los pecados en aquel de Adán, la significación y la esencia de la concupiscencia, sus terribles efectos sobre la fuerza del alma humana y también la esencia y la significación de todas las penas para castigar la concupiscencia.

Le mostraron cuál debía ser el pago que diera a la Divina Justicia, y hasta qué punto padecerían su cuerpo y su alma para cumplir todas las penas, toda la concupiscencia de la humanidad: la deuda del género humano debía ser satisfecha por la naturaleza humana exenta de pecado del Hijo de Dios.

Los ángeles le enseñaron todas estas cosas bajo diversas formas, y yo entendía todo lo que decían, aunque no oía su voz.

Ningún lenguaje puede expresar el dolor y el espanto que inundaron el alma de Jesús a la vista de esta terrible expiación; su sufrimiento fue tan grande que un sudor de sangre brotó de todos los poros de su cuerpo.

Mientras la adorable humanidad de Cristo estaba sumergida en esta inmensidad de padecimientos, los ángeles parecieron tener un momento de compasión; hubo una pausa y yo noté que deseaban ardientemente consolar a Jesús, por lo que oraron ante el trono de Dios.

Hubo un instante de lucha entre la misericordia y la justicia de Dios, y el amor que se sacrificaba a sí mismo.

Se me permitió ver una imagen de Dios, pero no como tantas veces, sentado en un trono, sino en una forma luminosa; yo vi la naturaleza divina del Hijo en la persona del Padre, y como si hubiera sido apartada de su seno. El Espíritu Santo, que procedía del Padre y del Hijo, estaba, por así decir, entre ellos y, sin embargo, los tres no eran más que un solo Dios; pero todas estas cosas son imposibles de explicar.

Fue más bien una percepción interna que una visión con formas distintas. Me pareció que la Divina Voluntad de Nuestro Señor se retiraba del Padre para que fuera su sola humanidad la que cargara con todos sus padecimientos, como si la voluntad humana de Jesús le pidiera a su Padre que se alejara de Él. Vi todo esto a la vez que la compasión de los ángeles, cuando desearon consolar a Jesús, y, en efecto, sintió en ese instante algún alivio. Entonces todo desapareció, y los ángeles abandonaron al Señor, cuya alma iba a sufrir nuevos asaltos.

Cuando Nuestro Redentor, en el monte de los Olivos, quiso poner a prueba y dominar la violenta repugnancia de la naturaleza humana hacia el dolor y la muerte, que no es más que una porción de todo el padecimiento, le fue permitido al tentador ponerlo a prueba como lo hace con cualquier hombre que quiera sacrificarse por una causa santa.

En la primera parte de la agonía, Satanás le mostró al Señor la enormidad de la deuda que debía satisfacer y llevó su maldad hasta buscar culpas en los actos del propio Salvador.

En la segunda parte de la agonía, Jesús vio en toda su amplitud y amargura el padecimiento expiatorio requerido para satisfacer a la Justicia Divina. Esto le fue presentado por los ángeles, pues no corresponde a Satanás enseñar que la expiación es posible; el padre de la mentira y de la desesperación no puede presentar los frutos de la misericordia divina. Habiendo salido victorioso Jesús de todos los asaltos, por su entera y absoluta sumisión a la voluntad del Padre, una nueva sucesión de horribles visiones le fue presentada.

La duda y la inquietud que el hombre a punto de hacer un gran sacrificio siempre experimenta, asaltaron el alma del Señor, que se hizo a sí mismo esta terrible pregunta: «¿Qué resultará de este sacrificio?» Y el más espantoso panorama desplegado ante sus ojos vino a llenar de angustia su amante corazón.

Cuando Dios creó al primer hombre, le mandó un sueño; abrió su costado y, de una de sus costillas, creó a Eva, su mujer, la madre de todos los vivos. Una vez creada, la condujo ante Adán, que exclamó: «Ésta es la carne de mi carne y el hueso de mis huesos; el hombre abandonará a su padre y a su madre para unirse a su mujer y serán dos en una sola carne.» Ése fue el matrimonio, del cual se ha escrito: «Éste es un gran sacramento, en Jesucristo y en su Iglesia.»

Jesucristo, el nuevo Adán, también quería que sobre él viniera el sueño, el de su muerte en la cruz; y que, de su costado abierto, surgiera la nueva Eva, su Esposa virginal, la Iglesia, madre de todos los vivos. Y quería darle la sangre de su redención, el agua de la purificación y su espíritu, las tres cosas que dan testimonio sobre la tierra; quería darle los Santos Sacramentos, para que fuera una esposa pura, santa y sin tacha; Él quería ser su cabeza, y nosotros seríamos los miembros sometidos a la cabeza, el hueso de sus huesos, la carne de su carne.

Al tomar la naturaleza humana, para sufrir la muerte con nosotros, abandonó también a su padre y a su madre, y se unió a su esposa, la Iglesia: y llegó a ser con ella una sola carne, alimentándola con el Adorable Sacramento de la Eucaristía, mediante el cual se une continuamente con nosotros.

 Quería permanecer en la tierra con su Iglesia hasta reunimos a todos en su seno por medio de Él, y le dejó dicho: «Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella

A fin de satisfacer su inexpresable amor hacia los pecadores, Nuestro Señor se hizo hombre y hermano de esos mismos pecadores, para tomar sobre sí el castigo de todos sus crímenes.

Él había contemplado con terrible sufrimiento la inmensidad de la deuda humana, y los padecimientos que debía satisfacer por ella.

Se había entregado gustoso, como víctima expiatoria, a la voluntad del Padre; sin embargo, ahora veía los futuros combates, las heridas y los dolores de su esposa celestial; veía, en fin, la ingratitud de los hombres.

El alma de Jesús contempló todos los padecimientos futuros de sus apóstoles, de sus discípulos y de sus amigos; vio la Iglesia primitiva, tan pequeña, y luego, a medida que el número de sus seguidores se iba incrementando, vio llegar las herejías y los cismas, la nueva caída del hombre por el orgullo y la desobediencia; vio la ambición, la corrupción y la maldad de un número infinito de cristianos, la mentira y los engaños de todos los orgullosos doctores, los sacrilegios de tantos sacerdotes viciosos, y las fatales consecuencias de todos estos pecados; la abominación y la desolación en el Reino de Dios, en el santuario de la ingrata humanidad que Él quería redimir con su sangre con el coste de indecibles sufrimientos.

Nuestro Señor vio los escándalos de todos los siglos hasta nuestros días y hasta el fin de los tiempos; todas las formas del error, del loco fanatismo y de la maldad se desplegaron ante sus ojos; vio todos los apóstatas, todos los herejes, los pretendidos reformadores con apariencia de santidad, los corruptores y los corrompidos de todas las épocas, ultrajándolo y atormentándolo como si a sus ojos no hubiera sido suficientemente crucificado, o no hubiera sufrido tal como ellos entendían el sufrimiento, o se lo imaginaban.

Ante Él todos rasgaban las vestiduras de su Iglesia, muchos lo maltrataban, lo insultaban y renegaban de Él.

Muchos, al oír su nombre, alzaban los hombros y meneaban la cabeza en señal de desprecio; rechazaban la mano que Él les tendía y se volvían a sumergir en el abismo.

Vio a innumerables hombres que no se atrevían a renegar de él abiertamente, pero que se alejaban con disgusto ante las plagas de su Iglesia, como el levita ignoró al pobre asaltado por los ladrones.

Se alejaban de su esposa herida. Como hijos cobardes y sin fe abandonan a su madre en mitad de la noche, a la vista de los ladrones a quienes su propia negligencia o su maldad ha abierto la puerta.

Vio todos esos hombres tantas veces alejados de la Verdadera Viña y tendidos entre los racimos silvestres, y tantas otras como un rebaño extraviado, abandonado a los lobos, conducido por mercenarios a los malos pastos, y negándose en cambio a entrar en el rebaño del buen pastor que da su vida por sus ovejas.

Todos ellos erraban sin patria en el desierto, entre tormentas de arena. Estaban determinantemente obstinados en no ver su ciudad edificada sobre la montaña, donde no podía esconderse, la Casa de su Esposa, su Iglesia erigida sobre la roca junto a la cual había prometido permanecer hasta el fin de los tiempos.

Edificaban sobre la arena chozas que continuamente hacían y deshacían, pero en las cuales no había ni altar ni sacrificio.

Colocaban veletas sobre los tejados, y sus doctrinas cambiaban con el viento. Por eso se enfrentaban unos a otros. No podían entenderse porque jamás mantenían una posición fija. Con frecuencia destruían sus chozas y lanzaban las ruinas contra la piedra angular de la Iglesia, que siempre permanecía inmutable.

Ocupando un lugar preminente en esas dolorosas prefiguraciones que se mostraban ante el alma de Jesús, vi a Satanás, que le arrebataba con violencia a toda multitud de hombres redimidos con su Sangre y santificados por la unción de su Sacramento.

El Salvador vio, con amargo dolor, toda la ingratitud, toda la corrupción de los cristianos de todos los tiempos.

 Y durante estas visiones, el tentador no cesaba de repetirle «¿Estás decidido a sufrir por estos ingratos?» mientras las imágenes se sucedían a una velocidad tan vertiginosa que una angustia indecible oprimía su alma.

 Jesús, el Primogénito de Dios, el Hijo del Hombre, se debatía y suplicaba, caía de rodillas, abrumado, y su voluntad humana libraba un combate tan terrible contra su repugnancia a sufrir de un modo tal por una raza tan ingrata, que un sudor de sangre empezó a caer de su cuerpo a grandes gotas sobre el suelo.

En medio de su amarga agonía miraba alrededor en busca de ayuda, y parecía tomar el cielo, la tierra y las estrellas del firmamento como testigos de sus padecimientos.

Jesús, en su angustia, levantó su voz y gritó de dolor. Los tres apóstoles lo oyeron, se despertaron, y quisieron ir con Él. Pero Pedro detuvo a Juan y Santiago diciéndoles: «Quedaos aquí, yo voy con Él

Lo vi correr y entrar en la gruta exclamando: «Maestro, ¿qué tienes», pero, a la vista de Jesús aterrorizado y bañado en su propia sangre, caído bajo el peso de una mortal angustia, se quedó paralizado, presa del horror.

Jesús no le respondió e hizo caso omiso de él. Pedro se reunió con los otros y les dijo que el Señor no le había respondido, y que no hacía más que gemir y suspirar. Su tristeza aumentó, cubriéronse la cabeza y llorando, oraron.

Yo volví junto a mi Esposo Celestial en su dolorosa agonía. Las imágenes de la futura ingratitud de los hombres, cuya deuda ante la Justicia Divina tomaba sobre sí, eran cada vez más vividas y terribles.

Muchas veces le oí gritar: «Padre mío, ¿tengo que sufrir por esta raza tan ingrata? ¡Oh, Padre mío, si este cáliz no puede alejarse de mí, hágase vuestra voluntad y no la mía.»

En medio de estas apariciones, yo veía a Satanás moverse y adoptar varias formas a cual más horrible, que a su vez representaban diversas clases de pecados. A veces aparecía bajo el aspecto de una gigantesca figura negra, otras era un tigre, un zorro, un lobo, un dragón o una serpiente. Éstas y muchas otras figuras diabólicas empujaban, arrastraban ante los ojos de Jesús a toda esa multitud de hombres por cuya redención Él iba a emprender el doloroso camino de la cruz. En un momento dado, me pareció ver una serpiente que, en efecto, pronto apareció con una corona en la cabeza. El odioso reptil era gigantesco y conducía las innumerables legiones de los enemigos de Jesús de cada época y nación. Armados con todo tipo de destructivas armas, lo llenaban de improperios y maldiciones, le herían, le pegaban; atacaban al Salvador cada vez con renovada rabia.

Entonces supe que estos enemigos del Señor eran los que insultaban y ultrajaban a Jesús realmente presente en el Santísimo Sacramento.

Reconocí entre ellos todas las especies de profanaciones de la Sagrada Eucaristía. Vi con horror todas las irreverencias, las negligencias, la omisión; la indiferencia y la incredulidad, los abusos y los más espantosos sacrilegios.

La adoración de ídolos, la oscuridad espiritual y el falso conocimiento, o el fanatismo, el odio y la abierta persecución. Entre estos hombres había ciegos, paralíticos, sordos, mudos, e incluso niños. Ciegos que nunca verían la verdad; paralíticos que no avanzarían en el camino de la vida eterna; sordos que se negaban a oír las advertencias; mudos que nunca utilizarían la voz para defenderlo, y, finalmente, niños guiados por sus padres y maestros hacia el amor de las cosas materiales y el olvido de Dios. Estos últimos me apenaban especialmente porque Jesús amaba a los niños.

Podía hablar un año entero y no acabaría de dar cuenta de las afrentas sufridas por Jesús en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, a cuyo conocimiento llegué de esta manera.

De resultas de eso, eran de tal magnitud mi horror y mi espanto, que se me apareció mi Celestial Esposo y, poniéndome misericordiosamente una mano sobre el corazón, me dijo: «Nadie hasta ahora había visto estas cosas, y, si Yo no te sostuviera, tu corazón se partiría de dolor

Vi las gotas de sangre cayendo sobre la cara pálida de Nuestro Señor; tenía los cabellos pegados al cráneo y la barba ensangrentada y en desorden, como si se la hubieran querido arrancar.

Tras la visión que acabo de describir, Jesús corrió fuera de la caverna y volvió con sus discípulos. Pero trastabillaba al caminar y su aspecto era el de un hombre cubierto de heridas y cargado con un gran peso; desfallecía a cada paso.

Cuando llegó donde los apóstoles, éstos no estaban ya acostados, durmiendo, como la primera vez, sino que tenían la cabeza cubierta y estaban arrodillados, en la posición que adopta la gente de ese país cuando está de luto o desea rezar.

En esa postura, dormitaban, vencidos por la tristeza y la fatiga. Jesús, temblando y gimiendo, se acercó a ellos, y ellos se despertaron. Pero, cuando lo vieron a la luz de la luna, de pie, delante de ellos, con la cara pálida y ensangrentada, el cabello en desorden y los ojos hundidos, en un primer momento no lo reconocieron, pues estaba indescriptiblemente cambiado.

Jesús unió sus manos en actitud de ruego y entonces los apóstoles se levantaron presto, lo sujetaron por los brazos y lo sostuvieron con amor.

Nuestro Señor les dijo con apenado acento que al día siguiente lo matarían, que iban a prenderlo dentro de una hora y que lo llevarían ante un Tribunal, donde sería maltratado, azotado y condenado a la muerte más cruel. Les rogó que consolasen a su Madre y también a Magdalena. Ellos no replicaron, pues no sabían qué decir; tan grandemente los había asustado su presencia y sus palabras; por otra parte, aún creían que estaba delirando.

 Cuando quiso volver a la gruta no tuvo fuerzas para andar. Juan y Santiago tuvieron que llevarlo. Eran alrededor de las once y cuarto cuando lo dejaron allí y volvieron con Pedro.

Durante esta agonía de Jesús, vi a la Santísima Virgen destrozada por el dolor y la angustia de su alma en casa de María, la madre de Marcos. Estaba con Magdalena y María en el jardín de la casa casi postrada por la pena, con todo el cuerpo apoyado en sus rodillas.

Varias veces perdió el conocimiento, pues vio espiritualmente muchas escenas de la agonía de Jesús. Había enviado un mensajero a buscar noticias de Él, pero, no pudiendo esperar su regreso, se fue con Magdalena y Salomé hasta el valle de Josafat.

 Iba cubierta con un velo y con frecuencia extendía sus brazos hacia el monte de los Olivos, pues veía en espíritu a Jesús, bañado en sudor de sangre, y parecía que con sus manos extendidas quisiera limpiar la cara de su Hijo.

Vi estos movimientos interiores de su alma dirigiéndose hacia Jesús, quien pensó en ella y volvió sus ojos en su dirección, como para pedir su ayuda. Vi esta comunicación espiritual entre ambos, bajo la forma de rayos que iban del uno al otro.

El Señor se acordó también de Magdalena y tuvo piedad de su dolor, y por eso recomendó a sus discípulos que la consolasen, pues sabía que su amor era el más grande después del de su Santa Madre, y había visto lo mucho que sufría por Él y sabía que nunca volvería a ofenderlo.

En aquel momento los ocho apóstoles fueron a la cabaña de ramas de Getsemaní, conversaron entre sí y acabaron por dormirse. Se sentían indecisos, desanimados y atormentados por la tentación. Todos ellos habían buscado un lugar en donde refugiarse en caso de peligro, y se preguntaban con inquietud: «¿Qué haremos nosotros cuando lo hayan matado? Hemos dejado todo por seguirlo; somos pobres y rechazados por todos; nos hemos dedicado totalmente a su servicio, y ahora Él mismo está tan abatido y abandonado que no podemos encontrar en Él ningún consuelo.» El resto de los discípulos, habían estado yendo de un lado a otro, y, habiendo oído algo de las espantosas profecías de Jesús, la mayoría de ellos se había retirado a Betfagé.

Vi a Jesús orando todavía en la gruta, luchando contra la repugnancia a sufrir que sentía de su naturaleza humana, y abandonándose totalmente a la voluntad de su Padre. En ese momento, el abismo se abrió ante él y los primeros estadios del limbo se presentaron ante sus ojos. Vio a Adán y Eva, a los patriarcas y profetas, a los justos, a los padres de su madre y a Juan el Bautista, esperando su llegada al mundo inferior con tal intensidad que esta visión fortaleció y reanimó su coraje. Su muerte abriría el Cielo a estos cautivos, su muerte los libraría de la prisión en la que languidecían esperando. Cuando Jesús miró con tan profunda emoción a estos santos del mundo antiguo, los ángeles le presentaron todas las legiones de los bienaventurados de las edades futuras que, juntando sus esfuerzos a los méritos de su Pasión, debían reunirse por medio de él con el Padre Celestial. Era ésta una visión bella y consoladora.

La recíproca influencia ejercida mutuamente por todos estos santos, el modo con que participaban de la única fuente, del Santísimo Sacramento y de la Pasión del Señor, ofrecían un espectáculo emocionante y maravilloso.

Nada en ellos parecía casual: sus obras, su martirio, sus victorias, su apariencia y sus vestidos, todo, aunque bien adverso, se fundía en una armonía y unidad infinitas, y esta unidad en la diversidad era producto de los rayos de un sol único, la Pasión del Señor, de quien dependía la vida, Él era la luz de los hombres que brilla en las tinieblas y que las tinieblas no pueden engullir.

Pero estas visiones consoladoras desaparecieron y los ángeles desplegaron ante Él las escenas de su cercana Pasión terrenal. Vi, con Él, cada imagen claramente definida, desde el beso de Judas hasta sus últimas palabras sobre la cruz; vi allí en una sola visión, todo lo que veo en las meditaciones de la Pasión.

 Y Jesús vio la traición de Judas, la huida de los discípulos, los insultos ante Anás y Caifás, la negación de Pedro, el tribunal de Pilatos, los insultos de Herodes, los azotes, la corona de espinas, la condena a muerte, el acarreo de la cruz, el paño de lino de Verónica, la crucifixión, los insultos de los fariseos, el dolor de María, de Magdalena, de Juan, la lanza en Su costado, y Su muerte.

En pocas palabras, cada escena de la Pasión le fue mostrada en cada minucioso detalle. Él lo aceptó todo voluntariamente ofreciéndolo todo por amor a los hombres. Él también vio y sintió cada momento de sufrimiento de su Madre, cuya unión interior con la agonía de su hijo era tan completa, que ella se desmayó en brazos de sus amigas.

Cuando las visiones sobre su Pasión hubieron acabado, Jesús cayó sobre su cara como un moribundo; los ángeles desaparecieron, el sudor de sangre corrió más abundante y empapó sus vestiduras, la más profunda oscuridad reinaba en la caverna. Vi a un ángel bajar hacia Jesús. Era más alto, y distinto, más parecido a un hombre que los que había visto antes. Iba ataviado como un sacerdote y llevaba consigo, en sus manos, un pequeño cáliz semejante al de la Cena. Sobre este cáliz parecía flotar una forma redonda del tamaño de una judía, e irradiaba una luz rojiza. El ángel, sin llegar a tocar el suelo con los pies, extendió la mano derecha hacia Jesús, quien se enderezó, y el ángel colocó en su boca este alimento misterioso y le dio a beber del pequeño cáliz luminoso. Después desapareció.

Tras haber aceptado Jesús libremente el cáliz de sus padecimientos y haber recibido una nueva fuerza, permaneció todavía algunos minutos en la gruta, absorto en una tranquila meditación, y dando gracias a su Padre Celestial.

Sentía todavía una honda aflicción, pero había sido confortado hasta el punto de poder ir a donde estaban los discípulos, sin tropezar y sin sucumbir bajo el peso del dolor. Seguía estando pálido, pero su paso era firme y decidido. Se había limpiado la cara con un paño y recompuso los cabellos, que le caían sobre la espalda, apelmazados y empapados de sangre.

Cuando Jesús llegó junto a sus discípulos, éstos estaban acostados como la primera vez, tenían la cabeza cubierta y dormían. Nuestro Señor les dijo que no era todavía tiempo de dormir, que debían despertarse y orar. «He aquí que llega la hora en que el Hijo del Hombre será entregado en manos de los pecadores. Levantaos y vamos, el traidor está a punto de entregarme: más le valdría no haber nacido.»

Los apóstoles se levantaron asustados, mirando alrededor con inquietud. Cuando se serenaron un poco, Pedro dijo con vehemencia: «Maestro, voy a llamar a los demás, así te defenderemos.» Pero Jesús le señaló algo a lo lejos, en el valle, al lado opuesto del torrente de Cedrón; una tropa de hombres armados se acercaba con antorchas y Jesús les dijo que uno de esos hombres era quien le había denunciado. Les habló todavía con serenidad, los exhortó a consolar a su Madre y les dijo: «Vayamos a su encuentro; me entregaré sin resistencia a mis enemigos». Entonces salió del huerto de los Olivos con sus tres discípulos y fue al encuentro de los soldados en el camino que quedaba entre el huerto y Getsemaní.

Cuando la Santísima Virgen volvió en sí entre los brazos de Magdalena y de Salomé, algunos discípulos que habían visto a los soldados acercándose, fueron a buscarla y la llevaron a casa de María, la madre de Marcos. Los soldados tomaron un camino más corto que el que había seguido Jesús al dejar el cenáculo.

Las manos de Jesús quedaron impresas en la piedra de la gruta en la que estuvo orando. Esta gruta llegó a ser más adelante objeto de veneración, aunque no se sabe muy bien de cuándo son esas marcas. A menudo he visto impresiones en la roca dejadas por los profetas del Antiguo Testamento, por Jesús, María, alguno de los apóstoles, el cuerpo de santa Catalina de Alejandría, en el monte Sinaí, y por algunos otros santos. No suelen ser muy profundas, ni los contornos están claramente definidos. Parecen más bien las marcas que podría dejar la presión de algo sólido sobre una masa.

Texto tomado de “Pasión y Resurrección de Jesús. Visiones y revelaciones.” Nota sobre este relato: acatando los decretos del papa urbano VIII acerca de los que escriben e imprimen biografías, revelaciones y milagros de personas que vivieron y murieron con fama de santidad, los editores declaran que todo lo que se refiere a la vida y visiones de Ana Catalina Emmerick tienen solamente autoridad humana. 

***

CORONA EN HONOR DEL CORAZÓN DE JESÚS

Esta corona  en honor del Corazón de Jesús comienza con la oración del Alma de Cristo, oración predilecta de San Ignacio, que la pondría en la primera página del libro de sus Ejercicios.

A lo largo de ellos Ignacio de Loyola mandará rezar en los momentos más decisivos esta oración: son los famosos “tres coloquios” dirigidos al Padre eterno, a la Virgen María y al mismo Cristo, rezando un padrenuestro, un avemaría y el Anima Christi  ( Thesaurus Spiritualis, Santander, 1935, pgs 18 y 57)

En esta “corona” en honor del Sagrado Corazón se ejercitan en las “cuentas mayores” tres afectos: súplica de “identificación” con Jesucristo, de adoración al Cristo agonizante en Getsemaní y despreciado en la Eucaristía, y de alabanza a su santidad infinita. En las “cuentas menores” los afectos son dos: de adoración y de súplica.

La corona está compuesta de cinco cuentas mayores y treinta y tres menores: éstas, en reverencia de los treinta y tres años que el Señor vivió en el mundo; aquéllas, en honra de las cinco llagas: y toda esta corona de piadosos afectos, en correspondencia de aquella de espinas penetrantes, con que vio coronado al Corazón santísimo la Venerable Madre Margarita.

 

Alma de Cristo, santifícame.

Corazón de Cristo, enciéndeme.

Cuerpo de Cristo, sálvame.

Sangre de Cristo, embriágame.

Agua del Costado de Cristo, lávame.

Pasión de Cristo, confórtame.

Oh buen Jesús, óyeme!

Entre tus Llagas, escóndeme.

No permitas que me separe de Ti.

Del enemigo maligno, defiéndeme.

En la hora de mi muerte, llámame.

Y manda que venga a Ti

Para alabarte con tus Santos

En los siglos de los siglos. Amén.

Antes de cada cuenta mayor se dirá el afecto siguiente.

Dulcísimo Jesús! Haced mi corazón según el vuestro.

A cada cuenta de las mayores se dice.

Adorámoste, Cristo afligidísimo en el Huerto, despreciado todavía de los hombres ingratos en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía. Tu sólo Santo; tu sólo Señor, tu sólo Altísimo Jesús.

A las cuentas menores se dice.

Adórote, Corazón sacratísimo de Jesús: enciende mi corazón con el divino fuego en que te abrasas.

Al fin se reza el Padre nuestro y Ave María, con la oración siguiente.

ORACION

Oh Jesús, que con inefable milagro del amor de tu Corazón te dignaste darte todo en manjar a nosotros en el Sacramento del Altar, concede que todos los que detestamos y lloramos de todo corazón las injurias y sacrilegios cometidos por los mortales ingratos contra Ti en este sagrado misterio, seamos encendidos con los afectos del mismo sacrosanto Corazón, y ensalcemos la misericordia del mismo divinísimo Corazón con dignas alabanzas por toda la eternidad. Amén.

V. Padre Bernardo de Hoyos. “Tesoro escondido en el Sacratísimo Corazón de Jesús”,  imprenta de Alonso del Riego, impresor de la Real Universidad, Valladolid, 1734.

Via Crucis (o Camino de la Cruz)

Marzo 26, 2009

Origen y excelencia de esta devoción

Apenas se hallará práctica más agradable a Dios, más útil y meritoria que la del Via Crucis.

Esta, dice el Papa Benedicto XIV, es una de las principales devociones del cristiano, y medio eficacísimo, no sólo de honrar la pasión  y muerte del Hijo de Dios, sino también de convertir a los pecadores, enfervorizar a los tibios y adelantar a los justos en la virtud.

En ella meditamos el doloroso camino que anduvo Jesús desde el pretorio de Pilatos hasta el monte Calvario, donde murió por nuestra Redención.

Dio principio a esta devoción la Virgen  Santísima; pues, según fue revelado a Santa Brígida, no tenía mayor consuelo que el recorrer los pasos de aquel sagrado camino regado con la sangre de su preciosísimo Hijo.

Pronto innumerables cristianos siguieron su ejemplo, según atestigua San Jerónimo: y así ¡cuantos peregrinos surcaban mares y exponían la vida para ganar las muchas indulgencias con que la Iglesia había enriquecido los santos lugares de Jerusalén!

Mas viendo esta solícita Madre, por una parte el copioso fruto que de tan pía devoción sacaban los fieles, y por otra la imposibilidad en que muchos se hallaban de emprender viaje tan largo y peligroso, varios Sumos Pontífices, en particular Clemente XII, Benedicto XIII y XIV, y León XII, franqueando largamente los tesoros de la Iglesia, concedieron que, visitando las Cruces bendecidas con especial facultad del Sumo Pontífice y autorización del Prelado diocesano, ganasen los fieles las mismas indulgencias  que habían concedido a los lugares santos de Jerusalén.

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MODO BREVE DE HACER EL VIA CRUCIS

Los que hicieren devotamente el Vía Crucis pueden conseguir:

1) Indulgencia Plenaria cuantas veces lo hicieren.

2) Otra Plenaria si en el mismo día, en que lo hicieron o bien dentro del mes,

realizado 10 veces el Via Crucis, se acercaren a la Sagrada Comunión.

3) Indulgencia de 10 años por cada una de las Estaciones si comenzando el ejercicio, se hubiere de interrumpir por cualquier causa razonable.

Para ganar estas indulgencias se requiere como condición indispensable la meditación de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo y el trasladarse de una estación a otra, salvo el caso de que se haga en común por todos los fieles que están en la iglesia, pues entonces basta ponerse en pie y arrodillarse en cada estación

Conviene advertir que el rezar en cada una de las Estaciones el Adoramus te Christe, etc. los Padrenuestros y Avemarías con el Miserere nostri, Domine, etc., es tan sólo piadosa y laudable costumbre, pero no es necesario para ganar las Indulgencias, para lo cual basta meditar en la Pasión de Jesús.

Los que, por enfermedad u otra causa, se hallaren impedidos de recorrer las estaciones del Via Crucis, pueden ganar las indulgencias rezando 14 Padrenuestros, Avemarías y Gloria, junto con la meditación de la Pasión; además, otros 5 Padrenuestros, Avemarías y Gloria, a las LLagas de Jesús; y uno según la intención del Sumo Pontífice, teniendo entre las manos un Crucifijo bendecido por un sacerdote que tenga la facultad de aplicar dichas Indulgencias.

Si no pudieren rezar todos los Pater-Ave y Gloria prescriptos para la Ind. plenaria ganarán una parcial de 10 años por cada Pater-Ave y Gloria. Los enfermos que no puedan hacer el Via Crucis en la forma ordinaria ni en la arriba indicada lucran las mismas indulgencias con tal que con afecto y ánimo contrito besen o contemplen el Crucifijo bendecido para este fin, que les fuera mostrado por el sacerdote u otra persona y recen si pueden alguna breve oración o jaculatoria en memoria de la Pasión y Muerte de J. C. Nuestro Señor. (Clemente XIV, Audiencia 26 Enero 1773; S.C: Indulg. 16 Sept. 1859; S. Penit. Apost. 25 Marzo 1931; 20 Oct. 1931 y 18 Marzo 1932)

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Ejercicio preparatorio

V) Adoramus te, Christe, et benedícimus tibi.

R) Quia per sanctam crucem et mortem tuam redemisti mundum.

OREMUS

Respice, quaesumus Domine super hanc familiam tuam, pro qua Dominus noster Jesus Christus non dubitavit manibus tradi nocentium et Crucis subíre tormentum. Qui tecum vivit et regnat in saecula saeculorum.

R) Amen.

Acto de contrición

¡Oh Dios y Redentor mío! vedme a vuestros pies arrepentido de todo corazón de mis pecados, porque con ellos he ofendido a vuestra infinita bondad. Quiero morir antes que volver a ofenderos, porque os amo sobre todas las cosas.

V) Miserere nostri, Domine.

R) Miserere nostri.

Madre llena de aflicción,

de Jesucristo las llagas grabad en mi corazón.

Stabat Mater dolorosa,

juxta crucem lacrymosa,

dum pendébat Fílius.

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Oración preparatoria

Por la señal de la santa cruz, etc.

Señor mío Jesucristo, etc.

Oh amabilísimo Jesús mío, heme aquí postrado ante tu acatamiento divino, implorando tu misericordia en favor de tantos pecadores infelices, de las benditas Ánimas del Purgatorio y de la Iglesia universal.

Aplícame, te ruego, los merecimientos infinitos de tu sagrada Pasión, y concédeme los tesoros de indulgencias con que tus Vicarios en la tierra enriquecieron la devoción del Via Crucis.

Acéptalos en satisfacción de mis pecados y en sufragio de los difuntos a quienes tengo más obligación.

Y tú, afligidísima Madre mía, por aquella amargura que inundó tu corazón cuando acompañaste a tu santísimo Hijo al Calvario, haz se penetre mi alma de los sentimientos de que estabas entonces animada.

Alcánzame del Señor vivo dolor y detestación del pecado, y valor para que abrazando la cruz, siga las huellas de tu amable Jesús.

No me niegues esta gracia, oh Madre mía; haz que tomando ahora parte en tu dolor logre un día acompañar a tu Hijo en el triunfo de la gloria. Amén.

Al ir de una estación a otra, unos cantan el Jesu, Rex mitis, o las preces de la Pasión, otros una estrofa del Stabat Mater; pero nada mueve ni entusiasma tanto al pueblo como el Perdon, oh Dios mío, o estas estrofas cantadas con pausa y devoción.

Su autor fue el P. Ramón García, de la Compañía de Jesús; y el estribillo común a todas las estaciones es el siguiente:

Llevemos animosos

Las cruces abrasadas;

Sigamos sus pisadas

Con llanto y compasión.

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estacion-1

PRIMERA ESTACIÓN

Jesús condenado a muerte

V) Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.

V) Te adoramos, Señor, y bendecimos.

R) Quia per sanctam Crucem tuam redemisti mundum.

R) Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo.

 ¿Lo ves, alma cristiana? Está el inicuo juez sentado en el tribunal, y a sus pies el Hijo de Dios, Juez de vivos y muertos, lleno de confusión, las manos atadas como un fascineroso, oyendo la más ignominiosa sentencia.

¡Oh Jesús mío amantísimo! ¡Vos, Autor de la vida condenado a muerte!

¡Vos, la inocencia y santidad infinitas, condenado a morir en un infame patíbulo, como el más insigne malhechor!

¡Qué amor tan grande el vuestro, y qué ingratitud tan monstruosa la mía, pues os condeno de nuevo a la muerte cada día!

¿Y por qué? ¡Por un sucio deleite… por un mezquino interés … por un qué dirán!

Perdonadme dulcísimo Jesús mío; y por esa inícua sentencia, no permitáis que sea yo un día condenado a la muerte eterna, que merecerían mis pecados.

Padre nuestro, Ave María y Gloria Patri

Miserere nostri, Domine.

Ten, Señor, piedad de nosotros.

Miserere nostri.

Piedad,  Señor,  piedad.

Fidelium animae per misericordiam Dei requiescant in pace.

Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz.

Amen.

Por mi, Señor, inclinas

El cuello a la sentencia;

Que a tanto la clemencia

Pudo llegar de Dios.

Oye el pregón, oh Madre,

Llevado por el viento

Y al doloroso acento

Ven del Amado en pos.

LLevemos, etc.

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 estacion-2

SEGUNDA ESTACIÓN

Sale Jesús con la cruz a cuestas

Adoramus te, Christe, etc, como en la primera estación.

¡Y queréis, inocentísimo Jesús mío, llevar Vos mismo, cual otro Isaac, el instrumento del suplicio!

¡Estáis exausto de fuerzas!

¡Vuestras espaldas y hombros están doloridos y rasgados por los azotes!
¡La cruz es larga y pesada!

¡Y cuanto no acrecientan todavía su peso mis iniquidades y las de todo el mundo! …

Sin embargo, la aceptáis, y besándola la abrazáis y lleváis con inefable ternura por mi amor.

¿Y aborrecerás tú, pecador, la ligera cruz que Dios te envía?

¿Querrás tú ir al cielo por los deleites y regalos, yendo allá el inocentísimo Jesús por el dolorosísimo camino de la cruz? …

Reconozco mi engaño, Salvador mío, enviadme penas y tribulaciones, que resuelto estoy a sufrirlas con resignación y alegría, por amor de un Dios que tanto padeció por mí.

Padre nuestro, Ave María y Gloria.

Miserere nostri, etc. como en la primera estación.

Esconde, justo Padre,

La espada de tu ira.

Y al monte humilde mira

Subir el dulce Bien.

Y tú, Señora, gime

Cual tórtola inocente;

Que tu gemir clemente

Le amansará también.

Llevemos, etc.

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estacion-3

TERCERA ESTACIÓN

Jesús cae por primera vez

Adoramus te, Christe, etc.

No extraño, dulce Jesús mío, que sucumbáis rendido al enorme peso de la cruz.

Lo que me pasma y hace llorar a los Angeles de paz es la bárbara fiereza con que os tratan esos sayones inhumanos.

Si cae un vil jumento se le tiene compasión, lo ayudan a levantarse.

Pero cae el Rey de los cielos y tierra, el que sostiene la admirable fábrica del universo, y lejos de moverse a compasión, le insultan con horribles blasfemias, le maltratan y acocean con diabólico furor…

¿Y qué hacíais, en qué, pensábais entonces, dulce Jesús mío? … En ti pensaba, pecador, por ti sufría con infinita paciencia y alegría.

Tú habías merecido los oprobios y tormentos más horribles; y yo para librarte de ellos he querido pasar por este espantoso suplicio.

¿No estás todavía satisfecho?…

¿Quieres aún maltratarme con nuevas ofensas?

Aquí me tienes; descarga tú también fieros golpes sobre mí.

No,  Jesús mío, no; antes morir que volver a ofenderos.

Padre nuestro, Ave María y Gloria.

Miserere nostri, etc.

Oh pecador ingrato

Ante tu Dios maltratado,

Ven a llorar herido

De contrición aquí.

Levántame a tus brazos,

¡Oh bondadoso Padre!

Ve de la tierna Madre

Llanto correr por mí

Llevemos, etc.

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CUARTA ESTACIÓN

Jesús encuentra a su Sma. Madre

Adoramus te, Christe, etc.

¡Qué sentiste, oh angustiada Señora, al ver aquel trágico espectáculo!

¡El pregonero publicando con lúgubre trompeta la sentencia fatal! ¡Una multitud inmensa que se agrupa, profiriendo injurias y blasfemias contra Jesús!

¡Los soldados y sayones en dos filas y en medio de dos malhechores! …

¿Le conoces, oh Madre amantísima? ¿es ese el más hermoso de los hijos de los hombres, la beldad de los cielos y la alegría de los Ángeles?

¿Aquel Hijo de Dios que con tanto regocijo nació en Belén?

¿Dónde están ahora los Reyes y Pastores que entonces le adoraban?

¿Qué se han hecho los Espíritus celestiales que entonces entonaban himnos de alabanza?

¡Qué trocado está! ¡Sus ojos inundados de lágrimas y sangre, coronada de espinas su cabeza; todo Él hecho una llaga!

¡Oh, María, afligida entre todas las mujeres! ¡Oh Madre la más desolada de todas las madres! ¡Oh Hijo, maltratado sobre todos los hijos de Adán! ¡Oh Jesús! ¡Oh María! perdonad a este ingrato, a este pecador a este monstruo, causa de tanta amargura.

Padre nuestro, Ave María y Gloria Patri.

Miserere nostri, etc.

Cercadla,  Serafines,

No acabe en desaliento,

No muera en el tormento

La Rosa virginal.

¡Oh acero riguroso!

Deja su pecho amante

Vuélvete a mi cortante,

Que soy el criminal.

Llevemos, etc.

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estacion-5

QUINTA ESTACIÓN

Jesús ayudado por el Cirineo

Adoramus te, Christe, etc.

Temiendo los judíos no se les muera Jesús antes de llegar al Calvario, no por aliviarle, sino por el deseo que tienen de crucificarle, buscan quien le ayude a llevar la cruz, y no le encuentran.

Había entonces en Jerusalén tantos millares de hombres y sólo Simón Cireneo acepta este favor y aún por fuerza.

¡Y así te desamparan, oh Jesús mío! ¿No fueron cinco mil los hombres que alimentaste con cinco panes en el desierto? ¿No son innumerables los ciegos, los paralíticos y enfermos que sanaste?

¡Y nadie quiere llevar tu cruz!

¡Y ella, no obstante, nos predica la latitud de tu misericordia, la longitud de tu justicia, la sublimidad de tu poder y lo profundo de tu sabiduría infinita!

¡Oh misterio incomprensible!

Muchos admiran tus prodigios y tu doctrina; mas pocos gustan de padecer contigo.

Teman, pues, los enemigos de la cruz, oyendo a Cristo que dice: El que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo.

Padre nuestro, Ave María y Gloria Patri.

Miserere nostri, etc.

Toma la cruz preciosa,

Me está el deber clamando;

Tan generoso, cuando

Delante va el Señor.

Voy a seguir constante

Las huellas de mi Dueño;

Manténgame el empeño,

Señora,  tu favor.

Llevemos, etc.

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SEXTA ESTACIÓN

La Verónica enjuga el rostro de Jesús

Adoramus te, Christe, etc.

¡Qué valor el de esta piadosa mujer! Ve aquel rostro divino a quien desean contemplar los Ángeles, cubierto de polvo, afeado con salivas, denegrido con sangre; y movida de compasión, quítase la toca, atropella por todo, y acercándose al Salvador, le enjuga su rostro desfigurado.

¡Ay! ¡Cómo confunde esta mujer fuerte la cobardía de tantos cristianos que por vano temor del qué dirán, no se atreven a obrar bien! ¡Oh dichosa Verónica, y cómo premia el Señor tu denuedo, dejando su rostro Santísimo estampado en tres pliegues de esa afortunada toca!

¿Quieres tú, cristiano, que Dios imprima en tu alma una perfecta imagen de sus virtudes?

Huella, pues, generoso el respeto humano, como la Verónica; haz con fervor, haz a menudo el Via Crucis; y no dudes que Jesús grabará en tu alma un fiel traslado de sus virtudes; y viéndote el Eterno Padre semejante al divino Modelo de predestinados, te admitirá en el cielo.

Padre Nuestro, Ave María, y Gloria Patri.

Miserere nostri, etc.

Tu imagen, Padre mío,

Ensangrentada y viva,

Mi corazón reciba,

Sellada con la fe.

¡Oh Reina! de tu mano

Imprímela en mi alma,

Y a la gloriosa palma

Contigo subiré.

Llevemos, etc.

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SÉPTIMA ESTACIÓN

Jesús cae por segunda vez

Adoramus te, Christe, etc.

Sí, Jesús cae por segunda vez con la cruz; nuevas injurias y golpes, nueva crueldad de parte de los judíos; nuevos dolores y tormentos, nuevos rasgos de amor de parte de Jesús.

Parece que el infierno desahogará contra Él todo su furor: mas ¿qué hará el Señor? ¿Dejará la empresa comenzada? ¿Hará como nosotros, que a una ligera contradición abandonamos el camino de la virtud?

No, no; bien podrán decirle: Si eres Hijo de Dios baja de la Cruz; por lo mismo que lo es, allí permanecerá hasta morir.

¿Y cuándo, Señor, imitaré vuestra heroica constancia?

No siendo coronado, si no el que peleando legítamente persevere hasta el fin, ¿de qué me serviría abrazar la virtud y llevar la cruz solamente algún día?

Cueste, pues, lo que cueste, quiero, con vuestra gracia divina, amaros y serviros hasta morir.

Padre Nuestro, Ave María, Gloria Patri.

Miserere nostri, etc.

Yace el divino Dueño

Segunda vez postrado:

Detesta ya el pecado,

Deshecha en contrición.

Oh Virgen, pide amante

Que borre tanta ofensa

Misericordia inmensa,

Pródiga de perdón.

Llevemos, etc.

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OCTAVA ESTACIÓN

Jesús consuela a las mujeres

Adoramus te, Christe, etc.

¡Qué caridad tan ardiente! ¡Olvidando sus atrocísimos dolores, sólo se acuerda de nuestras penas el amante Jesús!

Hijas de Jerusalén, dice a las piadosas mujeres que le seguían llorando; no lloréis mi suerte; llorad más bien sobre vosotras y sobre vuestros hijos.

Pero ¿puede haber objeto más digno de llanto que la pasión y muerte del Hijo de Dios? … Sí, cristiano; hay cosa más digna de lágrimas, y de lágrimas eternas; y es el pecado.

Pues el pecado es la única causa de la pasión y muerte tan ignominiosa; él es el origen y el colmo de todos los males; mal terrible, el único mal, mal infinito de Dios, y de la criatura.

¡Y no obstante tú pecas con tanta facilidad! ¡Y te confiesas con tanta frialdad! ¡Y recaes tan a menudo en el pecado! ¡Y pasas tranquilo días, meses, años, y hasta la vida entera en el pecado!

Padre nuestro Ave María y Gloria.

Miserere nostri, etc.

Matronas doloridas

Que al Justo lamentáis.

¿Por qué, si os lamentaís,

La causa no llorar?

Y pues la cruz le dimos

Todos los delincuentes,

Broten los ojos fuentes

De angustia y de pesar

Llevemos, etc

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NOVENA ESTACIÓN

Jesús cae por tercera vez

Adoramus te Christe, etc.

¿Qué es esto, Jesús mío? ¡Vos resplandor de la gloria del Padre, consuelo de los Mártires, hermosura y alegría del cielo, Vos caído en tierra, primera, segunda y tercera vez! ¿No sois Vos la fortaleza de Dios? …

¿Y qué, hijo mío, no has pecado tú más de dos o tres veces? ¿No recaes cada día innumerables veces en el pecado? ¿Por qué esa perpetua inconstancia en mi servicio? Hoy formas generosos propósitos, y mañana están ya olvidados: ahora me entregas el corazón, y un instante después ya no suspiras sino por pasatiempos y liviandades.

¡Ay! yo caigo por segunda y tercera vez para expiar tus continuas recaídas: caigo para alzarte a ti de la tibieza; caigo para que temerario, no te expongas de nuevo al peligro de recaer en pecado; caigo en fin, para que no caigas tú jamás en el abismo del infierno”

Gracias Dios mío, por tan inefable bondad; y por esta tan dolorosa caída, dadme fuerza, os suplico, para que me levante por fin del pecado y  camine firme y constante en vuestro santo servicio.

Padre nuestro, Ave María y Gloria Patri.

Miserere nostri, etc.

Al suelo derribado

Tercera vez el Fuerte,

Nos alza de la muerte

A la inmortal salud.

Mortales, ¿Qué otro exceso

Pedimos de clemencia?

No más indiferencia,

No más ingratitud.

Llevemos, etc.

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DÉCIMA ESTACIÓN

Jesús despojado de sus vestiduras.

Adoramus te Christe, etc.

Cuando te curan una herida, por fino que sea el lienzo que la envuelve, y por cuidado que tenga la más cariñosa madre, ¿qué dolor no sientes al despegarse la tela de la carne viva?

¿Cuál sería, pues, el tormento de Jesús al quitarle las vestiduras?

Como había derramado tanta sangre, estaban pegadas a su cuerpo llagado: vienen los verdugos y las arrancan con tanta fiereza, que llevan tras sí la corona, y hasta pedazos de carne que se le habían pegado…

¿Y en qué pensabais, oh purísimo Jesús, al veros desnudo delante de tanta muchedumbre?

“En ti, pensaba, pecador; en los pecados impuros que sin escrúpulo cometes; por ellos ofrecía yo al Eterno Padre esta confusión y suplicio tan atroz.

Sabía cuanto te costaría deshacerte de aquel mal hábito, privarte de aquel placer, romper con aquella amistad criminal; por eso permití en mi cuerpo inocentísimo tan horrible carnicería”

¡Oh inmensa caridad la tuya! ¡Oh negra ingratitud la mía! Nunca más, Señor, renovar esas llagas con desenfrenada licencia: nunca más pecar.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Miserere nostri, etc.

Tú bañas, Rey de gloria,

Los cielos en dulzura;

¿Quién te afligió, Hermosura,

Dañandote amarga hiel?

Retorno a tal fineza

La gratitud pedía;

Cesó ya, Madre mía,

De ser mi pecho infiel.

Llevemos, etc.

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UNDÉCIMA ESTACIÓN

Jesús clavado en la cruz

Adoramus te Christe, etc.

¿Quién de nosotros tendría valor para sufrir que le atravesasen pies y manos con gruesos clavos? ¿Quién tendría ánimo para ver así atormentado a su mayor enemigo? Pues este atroz tormento padece Jesús por nuestro amor.

Ya le tienden sobre el lecho del dolor; ya enclavan aquella mano  omnipotente que había formado los cielos y la tierra; ya brota un raudal de sangre: más esto es poco.

Encogido el cuerpo con el frío y los tormentos, no llegaban la otra mano ni los pies a los agujeros hechos de antemano en la cruz: los atan, pues, con cordeles, y tiran con inhumana crueldad, desencajando de su lugar aquellos huesos santísimos. ¡Qué dolor! ¡Qué tormento!

Todo lo contempla su Madre amantísima; ningún alivio, ni una gota de agua puede dar a Su Hijo: ¿y vive todavía?

¿Y no muero yo de dolor, siendo mis pecados la causa de tanto tormento?

Padre nuestro, Ave María y Gloria Patri

Miserere nostri, etc.

El manantial divino

De sangre está corriendo;

Ven, pecador, gimiendo,

Ven a lavarte aquí.

Misericordia imploro

Al pie del leño santo:

Virgen, mi ruego y llanto

Acepte Dios por ti

Llevemos, etc.

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DUODÉCIMA ESTACIÓN

Jesús muriendo en la cruz

Adoramus te, Christe, etc

Contempla, cristiano, a esos dos malhechores crucificados con el Señor. ¡Qué maldades no habría hecho el buen ladrón!

Sin embargo, dice a Jesús: Acuérdate de mí cuando estuvieres en tu reino; y al instante oye: Hoy estarás conmigo en el Paraíso. ¡Qué bondad la de Dios! ¡Cuán pronto, pecador, recobrarías la gracia y amistad divina, si quisieses arrepentirte de veras!

Pero si dejas tu conversión para la muerte, ¡ay!, teme no te suceda lo que al mal ladrón. ¿Qué hombre tuvo jamás mejor ocasión para convertirse? Dios derramaba su Sangre por él: tenía a sus pies a la abogada de pecadores, María Santísima: a su lado estaba Jesucristo, el sacerdote más celoso del mundo, para ayudarle a bien morir; oye la exhortación de su compañero: ve toda la naturaleza estremecida; y sin embargo, muere como ha vivido; continúa blasfemando, y se condena eternamente.

No permitas, Jesús mío, que sordo a tus inspiraciones divinas, deje yo mi conversión para la muerte.

Padre nuestro, Ave María y Gloria.

Miserere nostri, etc

Muere la vida nuestra

Pendiente del madero

¿Y yo, como no muero

De amor, o de dolor?

Casi no respira

La triste Madre yerta

Del cielo abrir la puerta

Bien puedes ya,  Señor.

Llevemos, etc

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DECIMATERCERA ESTACIÓN

Jesús muerto en brazos de su Madre

Adoramus te, Christe, etc

¡Adonde iré, oh afligida Madre mía! Tu Hijo ha muerto y mis pecados son los verdugos que le enclavaron en cruz y le dieron muerte inhumana.

¡Ay infeliz de mí! Yo he apagado la luz de tus ojos, y acabado la alegría de tu corazón.

Sí, yo desfiguré ese rostro hermosísimo, yo taladré esos pies y manos que sostienen el firmamento, yo traspasé esta augusta cabeza, y abrí esas llagas: yo descoyunté y despedacé ese inocentísimo cuerpo, que tienes en tus brazos.

Reo de tan horrendo deicidio ¿adónde iré? ¿Dónde me ocultaré? Pero por monstruosa que sea mi ingratitud, tú eres mi Madre y yo soy tu hijo.

Jesús acaba de transferir en mí los derechos que tenía a tu amor.

Me arrojo, pues, en tus brazos con la más viva confianza.

No me desprecies, oh dulce refugio de pecadores arrepentidos; mírame con ojos de bondad y ampárame ahora en el trance de la muerte.

Padre nuestro,  Ave María y Gloria Patri.

Miserere nostri, etc

Dispón Señora el pecho

Para mayor tormenta

La víctima sangrienta

Viene a tus brazos ya

Con su preciosa Sangre

Juntas materno llanto

¿Quién Madre, tu quebranto

Sin lágrimas verá?

Llevemos, etc.

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DECIMACUARTA ESTACIÓN

Jesús puesto en el sepulcro

Adoramus te Christe, etc

Contempla, alma cristiana, cómo José de Arimatea y Nicodemo, postrados a los pies de María, le piden el dulce objeto de sus caricias y ungiéndole con preciosos aromas le amortajan y ponen en un nuevo sepulcro de piedra.

¡Cuál sería el dolor de la Virgen!

Sin duda: grande era como el mar su amargura cuando vio a su Hijo ensangrentado, enclavado y expirado en un patíbulo infame; pero a lo menos le veía, tal vez le abrazaba y lavaba con sus lágrimas.

Mas ahora, oh angustiada Señora, una losa te priva de este último consuelo.
¡Oh sepulcro afortunado! ya que encierras el adorado cuerpo del Hijo y el purísimo corazón de la Madre, guarda también con esas prendas riquísimas mi pobre corazón.

Sea este, Dios mío, el sepulcro donde descanséis; sean los puros afectos de mi alma los lienzos que os envuelvan y los aromas que os recreen.

En fin, muera yo al mundo, a sus pompas y vanidades, para que viviendo según el espíritu de Jesús, resucite y triunfe glorioso con Él por siglos infinitos.

Amén.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria Patri

Miserere nostri, etc

Al Rey de las virtudes

Pesada loza encierra

Pero feliz la tierra

Ya canta salvación.

Sufre un momento, Madre,

La ausencia del Amado:

Pronto, de ti abrazado

Tendrásle al corazón

Llevemos, etc.

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Al Cristo doliente

Marzo 20, 2009
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No me mueve mi Dios, para quererte

El cielo que me tienes prometido…

Ni me mueve el infierno tan temido…

Para dejar por eso de ofenderte…

 

Tu me mueves, Señor, muéveme el verte

Clavado en una cruz y escarnecido…

 

Muéveme el ver tu cuerpo tan herido…

Muéveme tus afrentas y tu muerte…

Mueveme en fin, tu amor …

 

Y en tal manera

Que aunque no hubiera infierno te temiera…

Y aunque no hubiera cielo yo te amara …

 

No me tienes que dar por que te quiera

Porque aunque lo que espero no esperara

Lo mismo que te quiero te quisiera…

Cristo crucificado

Marzo 20, 2009

SAN JUAN DE ÁVILA

“Cristo padeció por nuestro amor, padezcamos por el suyo.

Cristo llevó la cruz, ayudémosla a llevar.

Cristo deshonrado, no quiero honra

Cristo padeció dolores, vénganme a mí

Él tuvo necesidades, ésas quiero yo tener

Él por mi fue aquí extranjero, no tenga yo cosa en que repose mi corazón.

Él murió por mí, sea mi vida por su amor una muerte continua.

Viva ya no yo, mas viva en mi Cristo (San Pablo a los Gálatas, 2, 20)

y Cristo crucificado, apasionado, desamparado, y en sólo Dios recibido.

Este Cristo quiero, aquí lo busco, y fuera de aquí no lo quiero

Haga Él lo que mandare de mí, que yo trabajos por Él quiero padecer

Deme galardón o no, que sólo padecer por El es muy sobrado galardón.

Y si mercedes me quisiere dar, no le pediré otras sino trabajos;

porque en esto conoceré que le amo y que me ama,

si Él me pone a mí en la cruz, donde El aquí estuvo,

aunque no busque mi provecho,

bien sé que si persevero en su cruz me llevará a su reino.

A Él sea gloria en los siglos de los siglos. Amén”

(Extracto de “Carta a una doncella enferma, consolándola en sus trabajos. Epistolario Espiritual. Editorial Ebro. Zaragoza. 1965. pag 80)

Exhorto a la piadosa meditación de la Pasión del Señor

Marzo 19, 2009

SAN BUENAVENTURA

(1217-1274)

Acuérdate, oh alma pía,
Muchas veces cada dia
De la pasión del Señor,
Por quien fuimos redimidos,
De dones enriquecidos
Por su puro y fino amor.

En pie, sentado o postrado,
Si hablares o estés callado,
Si cansado o descansares,
Busca a Cristo, en quien esperas,
Crucificado; y no quieras
Perderlo si lo topares.

Contempla con diligencia
De Jesús la gran paciencia,
Para de él te condoler.

Su muerte, oh alma cristiana,
Llora por tarde y mañana;
Que allí gozo has de tener.

¡Qué ultrajado! ¡ qué mofado
Fue el Rey del cielo! ¡ qué ajado
Para el mundo redimir!

¡Qué hambre , qué sed padeció!
Y iqué pobreza sufrió
Hasta que llegó a morir !

No olvides, no, su pobreza;
No la mísera vileza
Y el ultraje duro y largo.

Si tienes entendimiento,
Ten presente su tormento,
Su hiel y su ajenjo amargo.

Pensando esto llora y gime;
Un gran dolor te lastime
Y aflija tu corazón.

Angustiado y condolido,
Lloroso y compadecido
Mira a Cristo en su pasión.

Mira al varón de dolores
Entre penas y rigores
Ir al suplicio cruel.

Sea tu gozo y reir
En la cruz con él morir,
Y afrentado ser con él.

Cuando te ves afligido,
Tan hollado y abatido,
Que casi ya desalientas;
Mira a Cristo entre dolores,
Sus congojas, sus temores,
Sus salivas, sus afrentas.

Finalmente en cuanto hagas,
De Jesús mira las llagas
Con dolor de compasión;
Y sean toda la vida
Tu alimento, tu comida
Y alegre recreación.

Devoción a las Sagradas Llagas de Nuestro Señor

Marzo 17, 2009

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Las Cinco Llagas Sagradas

Devoción

El renacimiento de la vida religiosa y la fervorosa actividad de San Bernardo y San Francisco en los Siglos Doce y Trece, junto con el entusiasmo de los Cruzados que regresaban de Tierra Santa dieron un impulso maravilloso a la devoción a la Pasión de Jesucristo, particularmente a las prácticas en honor a las Llagas de sus Sagradas Manos, Pies y Costado.

La razón para esta devoción fue muy bien expresada en un periodo posterior en el memorial de los Obispos polacos al Papa Clemente XIII:

Más aún, las Cinco Llagas de Cristo son honradas con una Misa y un Oficio, y en consideración a estas llagas veneramos también los pies, las manos y el costado de tan adorable Redentor.

Estas partes del santísimo cuerpo de Nuestro Señor son consideradas como las más dignas de un culto particular precisamente porque sufrieron dolores especiales por nuestra salvación y porque fueron decoradas con estas llagas como si fueran una insigne marca de amor.

 Por lo tanto, con viva fe, ellas no pueden ser vistas de otro modo que con un sentimiento especial de religión y devoción” (Nilles, “De rat. fest. SS. Cord. Jesu et Mariae”, I, 126).

Se han preservado muchas hermosas plegarias mediovales en honor a las Sagradas Llagas, incluyendo algunas atribuidas a Santa Clara de Asís (se le otorgaron Indulgencias el 21 de Noviembre de 1885).

Santa Matilde y Santa Gertrudes de Helfta fueron devotas de las Santas Llagas, esta última Santa recitaba diariamente una oración en honor a las 5466 llagas que, de acuerdo a la tradición medioeval, fueron infligidas a Jesús durante su Pasión.

En el Siglo Catorce, en el sur de Alemania era costumbre recitar todos los días quince Padre Nuestros ( los cuales sumaban 5475 durante el curso de un año) en memoria de las Sagradas Llagas.

De acuerdo a la Misa “Humiliavit” del Misal Romano, entre las Misas Medioevales existía una Misa especial en honor a las Llagas de Cristo que se creía que fue escrita por el Evangelista San Juan y revelada a Bonifacio II (532).

Se conocía como la Misa Dorada y el Papa Inocente VI (1362) o Juan XXII (1334) le otorgó indulgencias; durante su celebración siempre se encendían cinco velas.

Popularmente se sostenía que si alguien la decía o la escuchaba durante cinco días consecutivos nunca sufriría de los dolores que causa el fuego del infierno. (Franz, “Messe im Mittelalter”, 159).

El Rosario Dominicano ayudó también a promover la devoción a las Sagradas Llagas ya que si las cincuenta cuentas pequeñas se refieren a María, las cinco cuentas grandes con sus correspondientes Padre Nuestros tienen intención de honrar las Cinco Llagas de Cristo (Beissel, “Verehrung Marias”, I, 525).

Más aún, en algunos lugares era costumbre tocar una campana los días Viernes al mediodía para recordar a los fieles que recen cinco Padrenuestros y Avemarías en honor a las Llagas Santas.

El 11 de Agosto de 1823 la Santa Sede aprobó una corona o rosario de las Cinco Llagas, y lo hizo nuevamente en 1851. Consiste en cinco partes, cada una compuesta por cinco Glorias en honor a las Llagas de Cristo y una Ave en conmemoración de la Madre Dolorosa. La bendición de las cuentas se reservaba a los Pasionistas.

Festividad.

La evidencia más temprana en honor a las Llagas de Cristo proviene del Monasterio de Fritzlar, Thuringia donde en el Siglo Catorce se celebraba una fiesta los Viernes después de la octava de Corpus Christi.

El Oficio era rítmico (Dreves, “Anal. Hymnica”, XXIV, 20; Grotefend, “Zeitrechnung”, II, 1, 115).

 En el Siglo Quince se difundió a diferentes países, hacia Salisbury (Inglaterra) Huesca y Jaca (España), Viena y Tours y fue incluida en los Breviarios de los Carmelitas, Franciscanos, Dominicanos y otras ordenes. (Dreves, op. cit., XXIV, XL, XLII).

La Fiesta de las Cinco Llagas es de interés histórico y desde épocas medioevales se celebraba el 6 de Febrero en Evora y en todas las regiones de Portugal (en Lisboa el Viernes después del Miércoles de Ceniza).

Conmemora la fundación del reino portugués en 1139 cuando, antes de la batalla en las llanuras de Ourique, Cristo se apareció a Alfonso Henriquez prometiéndole la victoria sobre los musulmanes y ordenándole que inserte en el escudo de armas del nuevo reino el emblema de las Cinco Llagas (“Propr. Portugalliae” en Weiss, “Weltgeschichte”, III, 251).

Esta fiesta se celebra actualmente en todos los países de habla portuguesa. El Propium de Venecia de 1766, el que tal vez contiene la relación más antigua de las fiestas movibles en honor a la Pasión de Cristo, contiene la Fiesta de las Cinco Llagas que se celebraba el Segundo Domingo de Marzo; en 1809 se otorgó a Leghorn el Viernes después del Miércoles de Ceniza fecha que se mantiene en muchas diócesis de Toscana y en otras partes (México).

Desde 1831, cuando los Pasionistas y la ciudad adoptaron en Roma las fiestas en honor a la Pasión, se le asignó a esta fiesta el Viernes después del tercer Domingo de Cuaresma.

El Oficio es uno de los legados que nos dejó la edad media. Aunque esta fiesta no se celebra en toda la Iglesia, el Oficio y la Misa están considerados en el apéndice del Breviario y el Misal.

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 Rosario de las Sagradas Llagas

Se usa el rosario ordinario, acompañando la oración vocal con la meditación. Lo ideal es rezarlo ante algún crucifijo que inspire más devoción para que lo contemples y beses la llaga correspondiente.

Este rosario fue tomado de Marie-Marthe Chambon, Die Wunden unseres Herrn, Herausgaben von P. bonaventura Pihan, Passionist.

Comienzo:

• La Señal de la Cruz.

• Con verdadero arrepentimiento, pedimos perdón por nuestros pecados y los del mundo entero.

V. Oh Jesús, Salvador divino, ten misericordia de nosotros y del mundo entero.

R. Amen.

V. Santo Dios,  Santo Fuerte,  Santo Inmortal.

R. Ten misericordia de nosotros y del mundo entero.

V. Gracia y misericordia, Jesús mío, en los peligros presentes. Cúbrenos con tu preciosísima sangre.

R. Amen.

V. Eterno Padre, muéstranos tu misericordia por la sangre de tu querido Hijo. Te lo suplicamos, muéstranos tu misericordia.

R. Amen.
 
En lugar de los misterios del rosario, se rezan los siguientes:

1 -Llagas de los pies

Señor mío crucificado, adoro las Sagradas Llagas de tus pies. Por el dolor que en ellas sufriste y por la sangre que derramaste, concédeme la gracia de evitar el pecado y de seguir constantemente, hasta el fin de mi vida, el camino de las virtudes cristianas.

2 -Llaga del sagrado costado

Señor mío crucificado, adoro la llaga de tu sagrado costado. Por la sangre, que en ella derramaste, te ruego enciendas en mi corazón el fuego de tu divino amor y me concedas la gracia de amarte por toda la eternidad.

3 -Llaga de la mano izquierda

Señor mío crucificado, adoro la llaga sagrada de tu mano izquierda. Por el dolor que sufriste y la sangre que derramaste, te ruego que no me encuentre a tu izquierda con los condenados en el día del juicio final.

4 -Llaga de la mano derecha

Señor mío crucificado, adoro la llaga sagrada, de tu mano derecha. Por el dolor que en ella sufriste y la sangre que derramaste, te ruego que bendigas y me conduzcas a la vida eterna.

5 -Llagas de la cabeza

Señor mío crucificado, adoro las llagas de tu santa cabeza. Por el dolor que en ellas sufriste y la sangre que derramaste, te ruego me concedas constancia en servirte a ti y a los demás.
 
En las cuentas del Padre Nuestro:

Después de la meditación de cada llaga se dice:

V. Eterno Padre, yo te ofrezco las Llagas de Nuestro Señor Jesucristo.

R. Para que cures las llagas de nuestras, almas.

En cada cuenta del Ave Maria:

V. Jesús mío, piedad y misericordia.

R. Por los méritos de tus santas llagas.

*

Promesas

1. Con cada palabra que se pronuncie de la Coronilla de las Santas Llagas, dejaré que una gota de Mi Sangre caiga sobre el alma de un pecador.

2. Cada vez que se ofrezcan a Mi Padre los méritos de Mis Divinas Llagas, ganaréis una inmensa fortuna.

3. Las almas que hayan contemplado y honrado Mi Corona de espinas en la tierra, serán mi Corona de Gloria en el Cielo.

4. Concederé todo lo que se Me pida por medio de la invocación de Mis Santas Llagas. Todo lo obtendréis porque es a través de los méritos de mi Preciosísima Sangre, que es infinito. Con Mis Llagas y Mi Divino Corazón lo podéis obtener todo.

5. De mis Llagas proceden frutos de santidad. Como el oro purificado en el crisol se vuelve más hermoso, así pondréis vuestras almas y las de vuestros seres queridos en Mis Llagas Sagradas. Allí se perfeccionarán como el oro en el crisol. Siempre os podréis purificar en Mis Llagas.

6. Mis Llagas repararán las vuestras. Mis Llagas cubrirán todas vuestras faltas. Aquellos que las honren tendrán un verdadero conocimiento de Jesucristo. Meditando sobre ellas siempre encontraréis un Amor nuevo. Mis Llagas taparán todos vuestros pecados.

7. Meted vuestras acciones en Mis Llagas y serán de gran valor. Todas vuestras acciones, incluso la más pequeña, empapada en Mi Sangre, adquirirá sólo con ella un mérito infinito y complacerá a Mi Corazón.

8. Ofreciendo mis Llagas por la conversión de los pecadores, aunque los pecadores no se conviertan, tendréis los mismos méritos ante Dios que si lo hiciesen.

9. Cuando tengáis algún problema, algún sufrimiento, ponedlo rápidamente en Mis Llagas y el dolor será aliviado.

10. Esta aspiración deberá repetirse a menudo cerca de los enfermos; “Jesús mío, perdón y misericordia por los méritos de tus Santas Llagas”. Esta oración calmará el alma y el cuerpo.

11. Un pecador que diga la siguiente oración obtendrá la conversión: “Padre Eterno, os ofrezco las Llagas de Nuestro Señor Jesucristo para sanar las de nuestras almas”.

12. No habrá muerte para el alma que expire en Mis Llagas; ellas dan la verdadera vida.

13. Este Misterio es un cortafuegos de Mi Justicia; retiene Mi venganza.

14. Aquellos que recen con humildad y mediten sobre Mi Pasión, participarán un día en la Gloria de Mis Divinas Llagas.

15. Cuanto más contempléis Mis Dolorosas Llagas en esta Tierra, más alta será vuestra contemplación en el Cielo.

16. El alma que en vida haya honrado las Llagas de Nuestro Señor Jesucristo y las haya ofrecido al Padre Eterno por las almas del Purgatorio, estará acompañada en el momento de su muerte por la Santísima Virgen y los Ángeles; y Nuestro Señor en la Cruz, en Su esplendente Gloria, la recibirá y coronará.

*

Meditación sobre las Sagradas Llagas de San Francisco de Sales 

“¿Dónde, en medio de mi debilidad, puedo yo” dice S. Bernardo, “encontrar la seguridad y el reposo si no es en las llagas de mi Salvador? Habito en ellas con una seguridad conforme a su poder. “No puedo nada por mí mismo, mas lo puedo todo en Aquel que me conforta.”

¡Ah! ¡puesto que encuentro tantos bienes en las llagas de mi Jesús, quiero seguir el consejo de San Buenaventura y tomo la resolución de hacer tres tiendas, no sobre el Tabor, pues Pedro no sabía lo que decía cuando hacía esta proposición a Jesús, sino en lo alto del Calvario donde el propio Señor nos ha preparado estas tres moradas en sus divinas llagas.

 La primera estará en las llagas hechas a los pies de mi Salvador.

Besaré con un vivo agradecimiento estos pies atravesados por amor a mí; allí aprenderé a alejar mis pies de todos los caminos que conducen a las locas alegrías del mundo; allí comprenderé la dicha de caminar… siguiendo las huellas… de los pasos de Jesús.

 La segunda será las llagas de sus manos.

Veré en ellas estas manos abiertas para recibirme, estos brazos extendidos para acogerme, sacaré de ello la fuerza y el poder que reside en estas manos adorables.

“Es en estas manos donde se oculta la fuerza”, dice Habacuq.

La tercera, la más ancha la más querida por mi corazón, será la llaga que la lanza hizo en su costado.

Estableceré mi morada en el divino Corazón traspasado por mí. Junto a este hogar ardiente, sentiré reanimarse la llama de amor hasta ahora tan debilitada

¡Ah! Señor, vuestro corazón es la verdadera Jerusalén; permitidme elegirlo para siempre para el lugar de mi reposo: “Es el lugar que he elegido para morar para siempre jamás.

“Devoción y Festividad”  tomado de la Enciclopedia Católica. NILLES, Kalendarium manuale, II, 140; HELLER en Zeitschr. fur kath. Theol. (1895), 582-5; BENEDICT XIV, De festus D. N. J. Christi, I, 279; BERINGER, Die Ablasse (Padeborn, 1906), 173, 174, 277, 382. F.G. HOLWECK. Transcrito por Michael T. Barret. Dedicado a La Pasión de Nuestro Señor. Traducido al español por Laura Morales

Domingo III de Cuaresma

Marzo 16, 2009

Introito (Ps 24)

Oculi mei semper ad Dóminum, quia ipse evéllet de láqueo pedes meos: réspice in me, et miserére mei, quóniam únicus et pauper sum ego.

Mis ojos miran siempre al Señor, porque Él arrancará mis pies del lazo, mírame y ten piedad de mí, porque estoy solo y soy pobre.

Ad te, Dómine, levávi ánimam meam: Deus meus, in te confido, non erubescam.

A Ti, Señor, elevo mi alma; en Ti confío, Dios mío, no sea yo avergonzado.

V. Gloria Patri.

*

Oración Colecta

Quaesumus, omnipotens Deus, vota humílium réspice: atque ad defensionem nostram, déxteram tuae majestátis exténde. Per Dóminum.

Atiende, oh Dios omnipotente, los deseos de los humildes, y haz alarde del poder de tu Majestad para defendernos. Por Jesucristo Nuestro Señor.

*

Epístola – Lección de la Epístola del Apóstol San Pablo a los Efesios (V, 1-9)

Como hijos de la luz que somos los cristianos, no debemos arrojar negras sombras de vicios y sensualidades en el sendero de nuestra vida, sino más bien iluminarlo con obras de caridad, de justicia y de verdad.

Hermanos: Sed imitadores de Dios, como hijos carísimos, y vivid unidos en la caridad, a ejemplo de Cristo, que nos amó, y se ofreció a sí mismo a Dios por nosotros en oblación y hostia de olor suavísimo.

Por tanto, que ni la fornicación, ni ningún género de impureza, ni de avaricia, se nombre siquiera entre vosotros, como corresponde a los buenos cristianos: ni las palabras torpes, ni las necedades o truhanerías, ni las  bufonadas impertinentes: sino antes bien, las acciones de gracias.

Porque, habéis de saber y tener bien entendido que ningún fornicador, o impúdico, o avaro, – lo cual viene a ser una idolatría – , será heredero del reino de Cristo y de Dios.

Que nadie os engañe con vanas palabras; pues por tales cosas vino la ira de Dios sobre los incrédulos.

No queráis por tanto, tener parte con ellos. Porque si en otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Andad como hijo de la luz: pues el fruto de la luz consiste en proceder conforme a toda bondad, justicia y verdad.

*

Salmodia

Gradual

Exsúrge, Dómine, non praeváleat homo: iudicéntur gentes in conspéctu tuo.

Lévantate, Señor, para que no prevalezca el hombre perverso; juzgadas sean las naciones en tu presencia.

V. In converténdo inimícum meum retrórsum, infirmabúntur, et períbunt a fácie tua.

Cuando Tú hayas puesto en fuga a mis enemigos, quedarán deshechos y aniquilados en tu presencia.

Tracto

Ad te lévavi óculos meos, qui hábitas in caelis.

Levanto mis ojos a Ti, que habitas en los cielos.

V. Ecce sicut oculi servorum in manibus dominorum suorum.

V. Como los ojos de los siervos están fijos en las manos de sus señores.

V. Et sicut óculi ancíllae in mánibus dóminae suae: ita óculi nostri ad Dóminum Deum nostrum, donec misereátur nostri.

V. Y como los ojos de la esclava en las manos de su señora: así están fijos nuestros ojos en el Señor y Dios nuestro, hasta alcanzar de El misericordia.

V. Miserere nobis, Domine, miserere nobis.
V Ten piedad de nosotros, Señor, ten piedad de nosotros.

*

Evangelio – Continuación del Santo Evangelio, según San Lucas (XI, 14-28)

Acusado Jesús de usar de supercherías para obrar sus milagros, demuestra no estar en connivencia con Satanás, sino todo al revés; pues ha venido a destruir su reino, y aprovecha la ocasión para descubrir la estrategia combativa del demonio contra las almas desprevenidas.

En aquel tiempo: Estaba Jesús echando un demonio, el cual era mudo. Y así que hubo echado  al demonio, habló el mudo y se maravillaron las gentes.

Mas algunos dijeron: En virtud de Blezebub, príncipe de los demonios, echa él los demonios (1).

Y otros, para tentarle, le pedían algún prodigio del cielo.

Jesús cuando vio sus pensamientos les dijo: Todo reino dividido en bandos, quedará destruido, y caerán casas sobre casas.

Pues si Satanás está también dividido contra sí mismo, ¿cómo subsistirá su reino? pues decís que yo lanzo los demonios con el poder de Belzebub.

Y si, por virtud de Belzebub, lanzo yo los demonios, vuestros hijos ¿por virtud de quién los lanzan? (2)

Por esto serán ellos los que os han de juzgar.

Mas, si con el dedo de Dios lanzo los demonios, es señal de que el reino de Dios ha llegado ya a vosotros.

Cuando un valiente armado guarda la puerta de su casa, está seguro todo cuanto posee.

Mas, si asaltándole otro más fuerte que él, le venciere, le quitará todas sus armas, y repartirá sus despojos.

El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama (3)

Cuando el espíritu inmundo ha salido de un hombre, anda por lugares áridos, buscnado reposos, y no hallándolo, se dice: Me volveré a mi casa, de donde salí.

Y regresando a ella, la encuentre barrida y bien adornada. Entonces va, y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrando en ella, se establecen allí; y el nuevo  estado de aquel hombre es así peor que el primero.

Y aconteció que, mientras decía él esto, una mujer del público levantó la voz, y exclamó: Bienaventurado el vientre que te llevó, y los pechos que te amamantaron (4).

Y él dijo: Bienaventurados, más bien, los que escuchan la palabra de Dios, y la ponen en práctica.

(1) Ya que los fariseos no pueden negar el milagro, lo atribuyen a la connivencia de Jesús con el “demonio de los demonios” o sea “Beelzebub”,  o “dios de las moscas”, o de la inmundicia, como por desprecio, motejaban a Satanás. ¡Siempre proceden lo mismo los incrédulos de mala fe!

(2) Lo mismo pregunto yo: Los hijos de las tinieblas, los adivinos los videntes y los profesionales todos de la superchería, ¿por virtud de quién hacen esas cosas raras? ¿Es que son santos?

(3) A veces se abusa demasiado de este célebre texto evangélico. En realidad sólo Dios y su Iglesia pueden usarlo con verdad. En ellos no es un arrebato de intransigencia: es una afirmación de suprema autoridad, es proclamar que sólo hay un Bien y una Verdad, y que no hay alianza posible entre el Bien y el mal, entre la Verdad y el error.

(4) ¡Que rotunda y que valiente confesión de fe la de esta viejecita del pueblo! Seguramente era una madre que, al ver la elocuencia y poder extraordinarios de Jesús, pensaba con envidia y admiración maternales en María, cuyo nombre y persona de seguro desconocería.

*

Ofertorio (Ps 18)

Justitiae Dómini rectae, laetificántes corda, et judícia ejus dulcióra super mel et favum: nam et servus tuus custódit ea.

Los mandatos del Señor son justos y fuentes de alegría para los corazones; y sus  juicios más dulces que la miel y que el panal: por esto los guarda tu siervo.

*

Comunión (Ps 83)


Passer invénit sibi domum, et turtur nidum, ubi repónat pullos suos: altaria tua, Domine virtutum, Rex meus, et Deus meus: beáti qui hábitant in domo tua, in saeculum saeculi laudábunt te.

El pájaro halla una casa para sí, y la tórtola un nido en donde poner sus polluelos: tus altares, Señor de los ejércitos, Rey mío y Dios mío, son para mi este nido: bienaventurados los que moran en tu casa;  por los siglos de los siglos te alabarán.

Misal Dominical Completo. Rvo Padre Andrés Azcarate OSB.

Domingo II de Cuaresma

Marzo 9, 2009

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Entramos hoy en la 2ª semana de Cuaresma, pero el mundo se empeña en desconocerla, siguiendo su “carnaval”. 

Introito

REMINISCERE miseratiónum tuárum, Dómine, et misericórdiae tuae quae a saeculo sunt: no unquam dominéntur nobis inimíci nostri: líbera nos, Deus Israel, ex ómnibus angústiis nostris.-

Acuérdate, Señor, de tus bondades y de tus eternas misericordias; a fin de que nunca nos dominen nuestros enemigos: líbranos, Dios de Israel, de todas nuestras angustias.

Ps Ad te, Dómine, levávi ánima meam: *Deus meus, in te confído, non erubéscam.

Ps. A Ti, Señor, levanto mi alma: * Dios míos, en Ti confío, no sea yo confundido.

V. Gloria al Padre.

*

Oración-Colecta

DEUS, qui cónspicis omni nos virtúte destitui: interius exteriusque custodi: ut ab ómnibus adversitátibus muniámur in córpore et a pravis cogitationibus mundemur in mente. Per Dominum nostrum Iesum Christum.

Oh Dios, que nos ves privados de toda virtud: guárdanos interior y exteriormente, para que seamos fortalecidos contra toda adversidad corporal, y limpios en el alma de los malos pensamientos. Por Jesucristo Nuestro Señor.

*

Epístola – Lección de la Epístola 1 del Apóstol San Pablo a los Tesalonicenses (IV, 1-7)

Exhortación a la castidad, virtud obligatoria para todos, con arreglo al propio estado, y necesaria para dignificar el cuerpo, el cual no nos ha dado Dios para entregarlo a la inmundicia, sino para que lo usemos para nuestra santificación.

Hermanos: Os rogamos y os exhortamos en el Señor, a que como habéis aprendido de nosotros que debéis portaros y agradar a Dios, así os portéis, para ir progresando.

Porque ya sabéis qué preceptos os he dado en nombre del Señor.

La voluntad de Dios, en efecto es ésta; vuestra santificación: que os abstengáis de la fornicación, y que sepa cada uno de vosotros usar del propio cuerpo santa y honestamente; no dejándose llevar del apetito desordenado, como los gentiles que no conocen a Dios (1); y nadie oprima, ni engañe en nada a su hermano: porque el Señor es vengador de todos estos abusos, como ya antes os lo hemos dicho y atestiguado. 

Porque no nos llamó Dios a la impureza e inmundicia, sino a la santificación: en Jesucristo Nuestro Señor. 

(1) La fornicación y todo género de impureza y deshonestidad están vedados a todos, hombres y mujeres, sin excepción alguna, en virtud del sexto y noveno Mandamientos de la Ley de Dios. El cuerpo nos lo ha dado Dios para que lo usemos santamente para aquello a que Dios mismmo lo ha destinado al crearlo. El hombre sensual, empero, no quiere frenar ni negar nada, ni aún lo más bajo y repugnante, a su cuerpo so pretexto de que todo eso es natural, y hasta necesario para la salud. ¡Error, funesto error, que está ahogando a la humanidad!

*

Salmodía

Tribulatiónes cordis mei dilatátae sunt: de necessitátibus meis éripe me, Domine.

Las tribulaciones de mi corazón se han multiplicado: sácame de mis apuros, oh Señor.

V. Vide humilitátem meam, et labórem meum: et dimitte ómnia peccáta mea.

 V. Mira mi abatimiento y mi pena: y perdona todos mis pecados.

TRACTUS (Ps 105) -

Confitémini Dómino, quóniam bonus: quoniam in saeculum misericordia ejus.

Alabad al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

V. Quis loquétur poténtias Domini: auditas fáciet omnes laudes ejus ?

¿Quién cantará las maravillas del Señor? ¿Quién podrá publicar todas sus alabanzas?

V. Beáti qui custódiunt judícium, et fáciunt justítiam in omni témpore.

V. Bienaventurados los que observan la ley y practican la justicia en todo tiempo.

V. Meménto nostri, Dómine, in beneplácito pópuli tui: vísita nos in salutári tuo.

V. Acuérdate de nosotros, Señor, por el amor que tienes a tu pueblo: ven a salvarnos.

*

Evangelio - Continuación del Santo Evangelio, según San Mateo (XVII, 1-9)

Escena de la Transfiguración del Señor en el monte Tabor, donde los Apóstoles Pedro, Juan y Santiago, deslumbrados por los divinos resplandores de su Maestro, se asustan y caen por tierra.

En aquel tiempo: Tomó  Jesús consigo a Pedro y a Santiago y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto: y allí se transfiguró en su presencia.

Y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestiduras tornáronse blancas como la nieve.

Y en esto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con El.

Tomando entonces Pedro la palabra, dijo a Jesús: ¡Señor, ¡qué bueno sería estarnos aquí!: si quieres, hagamos aquí tres tiendas: una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías.

Estaba todavía hablando, cuando una nube resplandeciente los cubrió.

Y de pronto se oyó una voz desde la nube, que decía:

Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo todas mis complacencias: escuchadle.

Y al oirlo los discípulos, cayeron postrados y se llenaron de espanto.

Mas Jesús se les acercó y los tocó, y díjoles: Levantaos, y no temáis.

Y alzando sus ojos, no vieron a nadie sino sólo a Jesús.

Y al bajar ellos del monte, les dio Jesús esta orden, diciendo: No digais a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.

*

Ofertorio (Ps 118) -

Meditábor in mandátis tuis, quae diléxi valde; et levábo manus meas ad mandáta tua, quae diléxi.

Meditaré en tus preceptos, que tanto amo; y alzaré mis manos para cumplir tus órdenes, muy queridas para mi.

*

Comunión (Ps 5)

Intéllige clamórem meum: inténde voci oratiónis meae, Rex meus, et Deus meus: quoniam ad te orábo, Dómine.

Escucha mi clamor; oye la voz de mi oración, oh Rey mío y Dios mío; porque a Ti, Señor, dirijo mi plegaria.

Misal Dominical Completo – Rvo Padre Andres Azcarate OSB.