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Archive for the ‘Devoción a la Preciosísima Sangre de Cristo’ Category

SANTI, Giovanni Man of Sorrows c. 1490 Oil on canvas transferred from panel, 67 x 55 cm Szépmûvészeti Múzeum, Budapest

y un Padre nuestro, un Ave María y un Gloria Patri a la santísima Trinidad, en acción de gracias por todos los beneficios recibidos.

Os ofrecemos, ó Padre eterno, la preciosísima sangre de Jesús derramada por nosotros, con tanto amor y dolor, de la llaga de su mano derecha; y por sus méritos y virtud suplicamos á vuestra divina Majestad, os dignéis concedernos vuestra santa bendición, para que en virtud de ella podamos ser defendidos de nuestros enemigos, y libertados de todo mal, diciendo:

Benedictio Dei omnipotentis, Patris, et Filii, et Spiritus Sancti descendat super nos, et maneat semper. Amen.

Padre nuestro, Ave María y Gloria.

FUENTE: Colección de oraciones y obras piadosas por las cuales han concedido los sumos pontífices santas indulgencias. Décima tercia edición. Barcelona. Librería religiosa. Imprenta de Pablo Riera. 1860.

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GHERARDUCCI, Don Silvestro dei. The Crucifixion c. 1365 Tempera on panel, 137 x 82 cm Metropolitan Museum of Art, New York

I. ¡Oh Padre eterno! os ofrezco la preciosísima sangre de Jesucristo en unión de la santísima Virgen Inmaculada, y en su nombre, y en unión y en nombre de todos los bienaventurados del cielo, y de todos los elegidos de la tierra, en acción de gracias por los dones y privilegios con que la habéis enriquecido, como á vuestra obedientísima Hija, particularmente por su Inmaculada Concepción.

 Os ofrezco asimismo esta preciosa sangre por la conversión de los miserables pecadores, por la propagación y exaltación de la santa Iglesia, por la conservación y prosperidad del Sumo Pontífice romano, y según sus intenciones.

Gloria Patri, etc.

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II. ¡Oh Verbo eterno y encarnado! os ofrezco vuestra preciosísima sangre, en unión de la santísima Virgen Inmaculada, y en su nombre, y en unión y en nombre de todos los bienaventurados del cielo, y de todos los elegidos de la tierra, en acción de gracias por los dones y privilegios con que la habéis enriquecido, como á vuestra afectuosísima Madre, particularmente por su inmaculada Concepción.

Os ofrezco asimismo esta preciosa sangre por la conversión de los miserables pecadores, por la propagación y exaltación de la santa Iglesia, por la conservación y prosperidad del Sumo Pontífice romano, y según sus intenciones.

 Gloria Patri, etc.

 .

III. ¡Oh eterno Espíritu Santo! os ofrezco la preciosísima sangre de Jesucristo en unión de la santísima Virgen Inmaculada, y en su nombre, y en unión y en nombre de todos los bienaventurados del cielo, y de todos los elegidos de la tierra, en acción de gracias por los dones y privilegios con que la habéis enriquecido, como á vuestra fidelísima Esposa, particularmente por su Inmaculada Concepción.

 Os ofrezco asimismo esta preciosa sangre por la conversión de los miserables pecadores, por la propagación y exaltación de la santa Iglesia, por la conservación y prosperidad del Sumo Pontífice romano, y según sus intenciones.

Gloria Patri, etc.

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ORACION A LA SANTÍSIMA VIRGEN.

 ¡ Oh Madre de Dios Inmaculada, santísima Virgen María! por el amor que tenéis á Dios, y por lo agradecida que le estáis de tantas gracias y favores con que os enriqueció, particularmente por el privilegio singularísimo de vuestra Inmaculada Concepción , y por los méritos infinitos de Jesucristo vuestro divino Hijo y Señor nuestro , os rogamos y suplicamos encarecidamente que nos alcancéis la mas perfecta y constante devoción hacia Vos, y una completa confianza de recibir, por medio de vuestra poderosísima intercesión, todas las gracias que pidamos; y, seguros desde luego de alcanzarlas de vuestra inmensa bondad , con el corazón lleno de gozo y de reconocimiento os veneramos, repitiendo la salutación que os dirigió el arcángel san Gabriel.

 Ave María, etc.

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FUENTE:Colección de oraciones y obras piadosas por las cuales han concedido los sumos pontífices santas indulgencias. Décima tercia edición. Barcelona. Librería religiosa. Imprenta de Pablo Riera. 1860.Págs. 135-138

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Una sola gota de la Sangre Divina basta para redimir mil mundos más culpables que el nuestro. ¿Qué no hará la efusión de toda entera?

Esta sangre del verdadero Justo, del solo Santo de Israel, pedirá misericordia delante del trono de Dios, y el perdón descenderá sobre nosotros.

Cierta cosa es que Nuestro Señor Jesucristo puede El solo hacer este milagro, pero por regla general no salva al hombre sin el hombre.

Esta PRECIOSÍSIMA OFRENDA debe hacerse no sólo en espíritu de reparación por los pecados de los hombres, sino también en espíritu de propiciación por las necesidades presentes de la Iglesia.

Esta real Esposa de Cristo salió de la herida del Corazón de Jesús en el árbol de la Cruz; con la sangre y agua de esta divina herida puede todavía ser purificada, rejuvenecida, y quedar triunfante de todos sus enemigos.

Padre Santo, recibid como sacrificio propiciatorio por las necesidades de la Iglesia y en reparación por los pecados de los hombres, la preciosísima Sangre y Agua salidas de la llaga del divino Corazón de Jesús y tened misericordia de nosotros. Amén.

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Jesús amabilísimo, y dulce Salvador mío, permitid que Os ofrezca y ofrezca por Vos mismo al Eterno Padre, la preciosisíma Sangre y Agua salidas de la herida hecho a Vuestro divino Corazón en el árbol de la Cruz. Dignaos aplicar eficazmente esa Sangre y esa Agua a todas las almas; en particular a las de los pobres pecadores, y a la mía.

Purificad, regenerad, salvad a todos los hombres en virtud de vuestros méritos.

Otorgadnos, en fin, amado Jesús, el entrar dentro de vuestro Corazón amantísimo para habitar en El y no separarnos de El jamás. Amén.

(Estas dos fórmulas de la Preciosísma Ofrenda fueron aprobadas e indulgenciadas por su Santidad PIO IX en 1876)

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FUENTE: Manual de la Archicofradía de la Guardia de Honor del Sagrado Corazón de Jesús, erigida por S.S. León XIII en la Iglesia de Santa Brígida de México. Quinta edición. México. Librería religiosa. 1904.

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Santa Catalina de Siena

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Epístola 337.A Inés, mujer de Francisco, en la cual le escribe de las virtudes y eficacias de la Sangre del Hijo de Dios por nuestro amor derramada.

En el nombre de Jesucristo crucificado, y de la dulce Virgen  María.

Muy amada hija, y hermana en Cristo Jesús, yo Catalina sierva, y esclava de los siervos de Jesucristo, te escribo en su preciosa Sangre con deseo de verte crecer en un santo deseo, y verdadera paciencia, de tal manera que jamás te apartes de la dulce voluntad de Dios, antes con mucha alegría te conformes en todo lo que te diere, y permitiere. Anégate en la Sangre de Cristo crucificado, y en él haz todo tu reposo, y habitación.

En esta gloriosa Sangre recibirás la lumbre, porque en la Sangre se consumen las tinieblas.

En la Sangre recibirás la vida de la gracia; porque por la Sangre nos fue quitada la muerte.

En la Sangre gustarás el fuego de la ardentísima caridad: porque por amor fue derramada, y aun el amor fue aquel que le tuvo pegado, y  enclavado en la Cruz; porque los clavos no eran suficientes a tenerlo si el amor no le tuviera.

Pues de este amor quiero yo que te vistas, y para quererte vestir de él te conviene bañar en la Sangre de Cristo crucificado, y así quiero  que lo hagas.

Sed solícita en llegarte a la santa oración en sus tiempos, y lugares cuando pudieres; porque ella es aquella madre que cría los hijos de  las virtudes.

Otra cosa no te digo. Persevera en el santo, y dulce amor de Dios.

Jesús dulce, Jesús amor.

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FUENTE:

Ramillete de epístolas y oraciones celestiales para fecundar todo género de espíritus nacido en el ameno jardín de las virtudes todas el corazón de la Mística Doctora y Seráfica Virgen Santa Catalina de Sena de la Sagrada Orden de Predicadores. 1698. Barcelona. Ivan Cassañes y Jayme Suria Libreros.

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“En el mes de julio veneramos, tradicionalmente, la preciosísima Sangre de Cristo.

En el mundo se derrama continuamente sangre humana inocente.

En el corazón de las personas, en vez del amor evangélico, anida a menudo el odio; en vez de la solicitud por el hombre, el desprecio y la prepotencia.

Os invito a orar para que la humanidad contemporánea experimente la fuerza de la Sangre de Cristo derramada en la cruz por nuestra salvación.”

(Benedicto XVI. Audiencia General: miércoles 5 de julio de 2006)

 

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CORONA DE LA PRECIOSÍSIMA SANGRE

Esta Corona se compone de siete misterios, en los cuales honramos al Salvador, que derramó su sangre por amor nuestro. En cada uno de ellos se rezan cinco Padrenuestros con un Gloria Patri, para completar el número de treinta y tres, en honor de los treinta y tres años que vivió Jesucristo; diciéndose al fin de cada Gloria Patri el versículo: Os suplicamos, etc. 

 

Método para rezar la corona de la preciosísima

Sangre

 

+ En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

V. Dignaos, Dios mío, venir a ayudarme.

R. Daos, Señor, prisa a socorrerme.

Gloria al Padre, etc.

 

Primer misterio La primera vez que Jesús derramó su sangre por nosotros, fue el octavo día después de su nacimiento, cuando por obedecer a la ley de Moisés quiso ser circuncidado. Sometióse el Salvador a este doloroso acto para expiar los pecados contra la pureza. Excitémonos al más amargo arrepentimiento de estas faltas y prometamos evitarlas en adelante.

Cinco Padrenuestros con un Gloria Patri, y el versículo siguiente:

Os suplicamos, Señor, que vengáis en auxilio de vuestras siervas, a quienes redimisteis con vuestra preciosa sangre.

Segundo misterio. Al considerar Jesús la ingratitud con que habíamos de corresponder a su amor, derramó en el huerto de los Olivos un sudor tan copioso de sangre, que la tierra llegó a quedar empapada de ella. Dolámonos de haber correspondido tan mal a los innumerables beneficios de nuestro amable Salvador, y tomemos la resolución de aprovecharnos en adelante de sus gracias y lecciones.

Cinco Padre nuestros, etc.

Tercer misterio. De nuevo derramó Jesús su sangre en la flagelación, que cubrió su cuerpo de profundas llagas, ofreciéndola al Padre en expiación de nuestras delicadezas e impaciencias. ¿Cuándo pondremos freno a nuestro genio irascible y a nuestro amor propio? ¡Ah! hagamos en adelante todos los esfuerzos posibles para sufrir con más valor las tribulaciones de esta vida.

Cinco Padrenuestros, etc.

Cuarto misterio. En castigo de nuestros malos pensamientos y de nuestro orgullo corrió copiosa sangre de la cabeza de Jesús al ser coronado de espinas. ¿continuaremos alimentándonos de pensamientos de vanidad y de imágenes capaces de manchar nuestros corazones? ¡Dios mío! haced que en adelante siempre tengamos presente nuestra fragilidad y miseria, y resistamos con firmeza a todas las sugestiones del demonio.

Cinco Padrenuestros, etc.

Quinto misterio. ¡Cuánta sangre derramó Jesús en el penoso camino que tuvo que recorrer para subir al Calvario, cargado con el pesado madero de la cruz! ¡verdaderamente quedaron regados los lugares y las calles de Jerusalén por donde pasó! Ay ¡todo esto lo padeció el amable Salvador, para expiar los escándalos y malos ejemplos de los que arrastran a los demás al camino de perdición! Esforcémonos en adelante a contribuir a la salvación de nuestros hermanos instruyéndolos, edificándolos, dándoles ejemplo de todas las virtudes propias de nuestra edad y estado.

Cinco Padrenuestros, etc.

Sexto misterio. Adoremos la sangre que con mayor abundancia que nunca derramó Jesús al ser clavado en la cruz; abiertas sus venas, rasgadas sus arterias, taladrados sus pies y manos, corrió la sangre a raudales para expiar las iniquidades del género humano. Ah lloremos amargamente las nuestras; comencemos desde este momento y para siempre a llevar una vida conforme a las obligaciones que hemos contraído con Dios, y no olvidemos jamás que nuestra salvación costó a Jesús toda la sangre de sus venas.

Cinco Padrenuestros, etc.

Séptimo misterio. Después de muerto nos dio Jesús las últimas gotas de su sangre cuando la lanza le abrió el costado y atravesó su divino Corazón; entonces salió agua mezclada con sangre, para darnos a entender que aquella sangre preciosa había sido toda derramada por nuestra eterna salvación. ¡Divino Redentor nuestro! ¿quién podrá dejar de amaros? ¿qué corazón dejará de abrasarse en vuestro amor al considerar todo lo que hiciste por redimirnos?

Tres Padrenuestros, etc.

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Oración a la preciosísima sangre de Jesús

¡Oh sangre adorable, precio de la redención del universo, fuente de vida eterna que refrigeráis nuestras almas, las purificáis de toda mancha, e intercedéis poderosamente por el género humano ante el trono de la suprema misericordia! os adoramos profundamente y quisiéramos reparar con la pureza y el fervor de nuestros homenajes las injurias y ultrajes que continuamente recibís de los hombres, y sobre todo de tantos sacrílegos blasfemos. Pero ¿quién puede dejar de bendecir esta sangre de valor infinito? ¡oh amor inmenso! nos disteis este bálsamo saludable para curar todas nuestras llagas, y como en prenda de vuestra misericordiosa caridad para con vuestros hijos. Haced que todos los corazones os alaben y bendigan, y os den eternas gracias. Amén.

V. Nos redimisteis, Señor, con vuestra sangre.

R. Y restaurasteis al reino de Dios en nuestros corazones.

Oración. Omnipotente y sempiterno Dios, que nos disteis a vuestro único Hijo por redentor del mundo y os dignasteis recibir su sangre en expiación de nuestros pecados, concedednos, os rogamos, la gracia de venerar debidamente esta misma sangre, precio de nuestra salvación, y de ser libres, por su virtud, de los males presentes, a fin de gozar en el cielo de los dichosos furtos del misterio de la Redención. Amén.

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Ofrecimiento de la preciosísima sangre

Padre eterno, os ofrezco la sangre preciosísima de Jesucristo, en descuento de mis pecados y por las necesidades de la santa Iglesia.

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SIETE OFRECIMIENTOS

DE LA SANGRE PRECIOSÍSIMA DE JESUCRISTO

 

1º Os ofrezco, ¡oh Padre Eterno! la sangre preciosísima de Jesucristo vuestro amado Hijo y mi divino Redentor, por la propagación y exaltación de la Santa Iglesia Católica, por la prosperidad y conservación de su Jefe visible el Sumo Pontífice, por los Cardenales, obispos y pastores de almas, y por todos los demás ministros del Santuario. Gloria Patri.

Alabado y glorificado sea Jesucristo, que con su sangre nos ha salvado.

 

2º Os ofrezco, ¡oh Padre Eterno! los méritos de la sangre preciosísima de Jesucristo vuestro amado Hijo y mi bondadoso Salvador, por la paz y concordia de los Reyes y Príncipes católicos, por la humillación y confusión de los enemigos de la Santa fe y por la felicidad y prosperidad del pueblo cristiano. Gloria Patri.

Alabado y glorificado sea Jesucristo, que con su sangre nos ha salvado.

 

3º Os ofrezco, ¡oh Padre Eterno! los méritos de la sangre preciosísima de Jesucristo vuestro Unigénito Hijo y mi amado Redentor, por la conversión de los incrédulos, por la extirpación de las herejías, y por la salvación de los pobres pecadores. Gloria Patri.

Alabado y glorificado …

 

4º Os ofrezco ¡oh Padre Eterno! los méritos de la sangre preciosísima de Jesucristo vuestro divino Hijo y mi caritativo Redentor, por mis parientes, amigos y enemigos, por los pobres, los enfermos y alfigidos, y por todos aquellos por quienes tengo obligación de pedir y queréis que pida. Gloria Patri.

Alabado y glorificado…

 

5º Os ofrezco, ¡oh Padre eterno! los méritos de la sangre preciosísima de Jesucristo vuestro amado Hijo y mi divino Redentor, por todas las personas que en este día pasen del tiempo a la eternidad, a fin de que os dignéis hacerlas misericordia librándolas del infierno, y admitiéndolas sin dilación, a la posesión de la gloria del Santo Paraíso. Gloria Patri.

Alabado y glorificado…

 

6º Os ofrezco, ¡oh Padre Eterno! los méritos de la sangre preciosísima de Jesucristo vuestro amado Hijo y mi divino Redentor, por todos aquellos que son devotos de vuestra Pasión, y por los que trabajan en propagar esta devoción en el corazón de los fieles. Gloria Patri.

Alabado y glorificado…

 

7º Os ofrezco ¡oh Padre Eterno! los méritos de la sangre preciosísima de Jesucristo vuestro divino Hijo y mi amado Redentor, por todas mis necesidades espirituales y temporales, en sufragio de las benditas almas del Purgatorio, y especialmente por aquellas que en su vida fueron más devotas del precio de nuestra redención y de los dolores de nuestra amantísima Madre María Santísima. Gloria Patri.

Viva la sangre de Jesucristo, ahora, siempre y por todos los siglos de los siglos. Amén.

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Oración a la preciosa Sangre de Cristo

Santísimo Padre eterno, yo te ofrezco la preciosísima Sangre, vida, Pasión y muerte de tu santísimo Hijo, en satisfacción de todos los pecados y penas que por ellos temo y he merecido: lo mismo te ofrezco por cada uno de mis hermanos los pecadores por El redimidos, y ofrezco también las virtudes, penas y amarguras de María santísima y de todos los Santos, por cada una de las almas del purgatorio. Señor, por todo esto danos el perdón y la paz, y líbranos de los enemigos de tu Iglesia. Amén.

 

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ORACIÓN

a la Preciosa Sangre de Cristo por

la conversión de los pecadores.

Santísimo Padre Eterno, yo te presento la sangre preciosa de nuestro Señor Jesucristo, su tierno y amante Corazón, su santísima vida, Pasión y muerte, los méritos de María santísima y su purísimo Corazón, y hago intención de hacerte este ofrecimiento tantas veces cuantas gotas tiene el mar, arenas la tierra, hojas las plantas, estrellas el firmamento, criaturas el universo, átomos el sol y otras tantas cuantas te la han ofrecido las almas justas en la tierra y los bienaventurados en el cielo, y te ofrezco y presento estos infinitos méritos, por toda las necesidades presentes, enfermos, agonizantes, caminantes, navegantes y cautivos, por nuestro Santísimo Padre el Papa, por los que nos gobiernan, por todos los príncipes cristianos, por los que están en pecado mortal y en alivio y descanso de las beneditas almas del purgatorio. Amén-

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 FUENTE:

Manual de Piedad, para el uso de las alumnas del Sagrado Corazón de Jesús y de las personas devotas de este divino Corazón. Obra traducida del francés y aumentada por el Pbro. D.P.J.E. Eugenio Subirana. Barcelona. 1912

-El devoto del Purgatorio. Publicado por el RP Antonio Donadoni Sj. Con licencia del ordinario. Décima Edición. Establecimientos benziger & Co. Suiza.

-Devocionario. compuesto y arreglado por el P. Pacífico del Corazón de María. Sacerdote Pasionista. Con aprobación eclesiástica. Bilbao. Imprenta de C. Lucena y Co. 1892.

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Sobre el fomento del culto a la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo

(Carta Apostólica “Inde a Primis”  de su Santidad Juan XXIII)

Venerables Hermanos,  salud y Bendición Apostólica.

Muchas veces desde los primeros meses de nuestro ministerio pontificio —y nuestra palabra, anhelante y sencilla, se ha anticipado con frecuencia a nuestros sentimientos— ha ocurrido que invitásemos a los fieles en materia de devoción viva y diaria a volverse con ardiente fervor hacia la manifestación divina de la misericordia del Señor en cada una de las almas, en su Iglesia Santa y en todo el mundo, cuyo Redentor y Salvador es Jesús, a saber, la devoción a la Preciosísima Sangre.

Esta devoción se nos infundió en el mismo ambiente familiar en que floreció nuestra infancia y todavía recordamos con viva emoción que nuestros antepasados solían recitar las Letanías de la Preciosísima Sangre en el mes de julio.

Fieles a la exhortación saludable del Apóstol: “Mirad por vosotros y por todo el rebaño, sobre el cual el Espíritu Santo os ha constituido obispos, para apacentar la Iglesia de Dios, que El adquirió con su sangre” [Act. 20, 28.], creemos, venerables Hermanos, que entre las solicitudes de nuestro ministerio pastoral universal, después de velar por la sana doctrina, debe tener un puesto preeminente la concerniente al adecuado desenvolvimiento e incremento de la piedad religiosa en las manifestaciones del culto público y privado. Por tanto, nos parece muy oportuno llamar la atención de nuestros queridos hijos sobre la conexión indisoluble que debe unir a las devociones, tan difundidas entre el pueblo cristiano, a saber, la del Santísimo Nombre de Jesús y su Sacratísimo Corazón, con la que tiende a honrar la Preciosísima Sangre del Verbo encarnado “derramada por muchos en remisión de los pecados” [Math. 26,28.].

Sí, pues, es de suma importancia que entre el Credo católico y la acción litúrgica reine una saludable armonía, puesto que lex credendi legem statuat supplicandi (la ley de la fe es la pauta de la ley de la oración) [Enc. Mediator Dei, AAS. XXXIX, 1947, pág. 54.] y no se permitan en absoluto formas de culto que no broten de las fuentes purísimas de la verdadera fe, es justo que también florezca una armonía semejante entre las diferentes devociones, de tal modo que no haya oposición o separación entre las que se estiman como fundamentales y más santificantes, y al mismo tiempo prevalezcan sobre las devociones personales y secundarias, en el aprecio y práctica, las que realizan mejor la economía de la salvación universal efectuada por “el único Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se entregó a sí mismo para redención de todos[1 Tim. 2,5-6.]. Moviéndose en esta atmósfera de fe recta y sana piedad los creyentes están seguros de sentirse cum Ecclesia (sentir con la Iglesia), es decir, de vivir en unión de oración y de caridad con Jesucristo, Fundador y Sumo Sacerdote de aquella sublime religión que junto con el nombre toma de El toda su dignidad y valor.

Si echamos ahora, una rápida ojeada sobre los admirables progresos que ha logrado la Iglesia Católica en el campo de la piedad litúrgica, en consonancia saludable con el desarrollo de la fe en la penetración de las verdades divinas, es consolador, sin duda, comprobar que en los siglos más cercanos a nosotros no han faltado por parte de esta Sede Apostólica claras y repetidas pruebas de asentimiento y estímulo respeto a las tres mencionadas devociones; que fueron practicadas desde la Edad Media por muchas almas piadosas y propagadas después por varias diócesis, órdenes y congregaciones religiosas, pero que esperaban de la Cátedra de Pedro la confirmación de la ortodoxia y la aprobación para la Iglesia universal.

Baste recordar que nuestros Predecesores desde el siglo XVI enriquecieron con gracias espirituales la devoción al Nombre de Jesús, cuyo infatigable apóstol en el siglo pasado fue, en Italia, San Bernardino de Sena. En honor de este Santísimo Nombre se aprobaron de modo especial el Oficio y la Misa y a continuación las Letanías [AAS. XVIII, 1886, pág. 504.]. No menores fueron los privilegios concedidos por los Romanos Pontífices al culto del Sacratísimo Corazón, en cuya admirable propagación tuvieron tanta influencia las revelaciones del Sagrado Corazón a Santa Margarita María Alacoque [Off. festi SS. Cordis Iesu, II Noct, leet. V.]. Y tan alta y unánime ha sido la estima de los Sumos Pontífices por esta devoción, que se complacieron en explicar su naturaleza, defender su legitimidad, inculcar la práctica con muchos actos oficiales a los que han dado remate tres importantes Encíclicas sobre el misma tema [ Enc. Annum Sacrum, Acta Leonis, 1899, vol. XIX, págs. .71 y ss.; Enc. Miserentissimus Redemptor, AAS. 1928, vol. 20, págs. 165 y ss.; Enc. Haurietis aquas, AAS. 1956, vol. 48, págs. 309 y ss.].

Asimismo la devoción a la Preciosísima Sangre, cuyo propagador admirable fue en el siglo pasado; el sacerdote romano San Gaspar del Búfalo, obtuvo merecido asentimiento de esta Sede Apostólica. Conviene recordar que por mandato de Benedicto XIV se compusieron la Misa y el Oficio en honor de la Sangre adorable del Divino Salvador; y que Pío IX, en cumplimiento de un voto hecho en Gaeta, extendió la fiesta litúrgica a la Iglesia universal [Decret. Redempti sumus, 10 de agosto de 1849; cf. Arch. de la S. Congregación de Ritos Decret. ann. 1848-1849, fol. 209.]. Por último Pío XI, de feliz memoria, como recuerdo del XIX Centenario de la Redención, elevó dicha fiesta a rito doble de primera clase, con el fin de que, al incrementar la solemnidad litúrgica, se intensificase también la devoción y se derramasen más copiosamente sobre los hombres los frutos de la Sangre redentora.

Por consiguiente, secundando el ejemplo de nuestros Predecesores, con objeto de incrementar más el culto a la preciosa Sangre del Cordero inmaculado, Cristo Jesús, hemos aprobado las Letanías, según texto redactado por la Sagrada Congregación de Ritos [AAS. 1960, vol. LII, págs. 412-413.], recomendando al mismo tiempo se reciten en todo el mundo católico ya privada ya públicamente con la concesión de indulgencias especiales [Decret. S. Poenit. Apost., 3 de agosto de 1960; AAS. 1960, vol. LII, pág. 420].

¡Ojalá que este nuevo acto de la “solicitud por todas las Iglesias” [1 Cor. II, 28], propia del Supremo Pontificado, en tiempos de más graves y urgentes necesidades espirituales, cree en las almas de los fieles la convicción del valor perenne, universal, eminentemente práctico de las tres devociones recomendadas más arriba!

Así, pues, al acercarse la fiesta y el mes consagrado al culto de la Sangre de Cristo, precio de nuestro rescate, prenda de salvación y de vida eterna, que los fieles la hagan objeto de sus más devotas meditaciones y más frecuentes comuniones sacramentales. Que reflexionen, iluminados por las saludables enseñanzas que dimanan de los Libros Sagrados y de la doctrina de los Santos Padres y Doctores de la Iglesia en el valor sobreabundante, infinito, de esta Sangre verdaderamente preciosísima, cuius una stilla salvum facere totum mundum quit ab omni scelere (de la cual una sola gota puede salvar al mundo de todo pecado) [Himno Adoro te, devote.], como canta la Iglesia con el Doctor Angélico y como sabiamente lo confirmó nuestro Predecesor Clemente VI [Bula Unigenitus Dei Filius, 25 de enero de 1343; Denz. R. 550.]. Porque, si es infinito el valor de la Sangre del Hombre Dios e infinita la caridad que le impulsó a derramarla desde el octavo día de su nacimiento y después con mayor abundancia en la agonía del huerto [Luc. 22,43], en la flagelación y coronación de espinas, en la subida al Calvario y en la Crucifixión y, finalmente, en la extensa herida del costado, como símbolo de esa misma divina Sangre, que fluye por todos los Sacramentos de la Iglesia, es no sólo conveniente sino muy justo que se le tribute homenaje de adoración y de amorosa gratitud por parte de los que han sido regenerados con sus ondas saludables.

Y al culto de latría, que se debe al Cáliz de la Sangre del Nuevo Testamento, especialmente en el momento de la elevación en el sacrificio de la Misa, es muy conveniente y saludable suceda la Comunión con aquella misma Sangre indisolublemente unida al Cuerpo de Nuestro Salvador en el Sacramento de la Eucaristía. Entonces los fieles en unión con el celebrante podrán con toda verdad repetir mentalmente las palabras que él pronuncia en el momento de la Comunión: Calicem salutaris accipiam et nomem Domini invocabo… Sanguis Domini Nostri Iesu Christi custodiat animam meam in vitam aeternam. Amen. Tomaré el cáliz de salvación e invocaré el nombre del Señor… Que la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo guarde mi alma para la vida eterna. Así sea. De tal manera que los fieles que se acerquen a él dignamente percibirán con más abundancia los frutos de redención, resurrección y vida eterna, que la sangre derramada por Cristo “por inspiración del Espíritu Santo” [Hebr. 9,14.] mereció para el mundo entero. Y alimentados con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, hechos partícipes de su divina virtud que ha suscitado legiones de mártires, harán frente a las luchas cotidianas, a los sacrificios, hasta el martirio, si es necesario, en defensa de la virtud y del reino de Dios, sintiendo en sí mismos aquel ardor de caridad que hacía exclamar a San Juan Crisóstomo: “Retirémonos de esa Mesa como leones que despiden llamas, terribles para el demonio, considerando quién es nuestra Cabeza y qué amor ha tenido con nosotros… Esta Sangre, dignamente recibida, ahuyenta los demonios, nos atrae a los ángeles y al mismo Señor de los ángeles… Esta Sangre derramada purifica el mundo… Es el precio del universo, con ella Cristo redime a la Iglesia… Semejante pensamiento tiene que frenar nuestras pasiones. Pues ¿hasta cuándo permaneceremos inertes? ¿Hasta cuándo dejaríamos de pensar en nuestra salvación? Consideremos los beneficios que el Señor se ha dignado concedernos, seamos agradecidos, glorifiquémosle no sólo con la fe, sino también con las obras” [In Ioannem, Homil. XLVI; Migne, P. G., LIX, 260-261.].

¡Ah! Si los cristianos reflexionasen con más frecuencia en la advertencia paternal del primer Papa: “Vivid con temor todo el tiempo de vuestra peregrinación, considerando que habéis sido rescatados de vuestro vano vivir no con plata y oro, corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, como cordero sin defecto ni mancha!” [1 Petr. I, 17-19.]. Si prestasen más atento oído a la exhortación del Apóstol de las gentes: “Habéis sido comprados a gran precio. Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo” [1 Cor. 6,20.].

¡Cuánto más dignas, más edificantes serían sus costumbres; cuánto más saludable sería para el mundo la presencia de la Iglesia de Cristo! Y si todos los hombres secundasen las invitaciones de la gracia de Dios, que quiere que todos se salven [1 Tim. 2,4.], pues ha querido que todos sean redimidos con la Sangre de su Unigénito y llama a todos a ser miembros de un único Cuerpo místico, cuya Cabeza es Cristo, ¡Cuánto más fraternales serían las relaciones entre los individuos, los pueblos y las naciones; cuánto más pacífica, más digna de Dios y de la naturaleza humana, creada a imagen y semejanza del Altísimo [Gen. 1,26.], sería la convivencia social!

Debemos considerar esta sublime vocación a la que San Pablo invitaba a los fieles procedentes del pueblo escogido, tentados de pensar con nostalgia en un pasado que sólo fue una pálida figura y el preludio de la Nueva Alianza: “Vosotros os habéis acercado al monte de Sión, a la ciudad del Dios vivo, a la Jerusalén celestial y a las miríadas de ángeles, a la asamblea, a la congregación de los primogénitos, que están escritos en los cielos, y a Dios, Juez de todos, y a los espíritus de los justos perfectos, y al Mediador de la nueva Alianza, Jesús, y a la aspersión de la sangre, que habla mejor que la de Abel” Hebr. 12,22-24.].

Confiando plenamente, venerables Hermanos, en que estas paternales exhortaciones nuestras, que daréis a conocer de la manera que creáis más oportuna al Clero y a los fieles confiados a vosotros, no sólo serán puestas en práctica de buen grado, sino también con ferviente celo, como auspicio de las gracias celestiales y prenda de nuestra especial benevolencia, con efusión de corazón impartimos la Bendición Apostólica a cada uno de vosotros y toda vuestra grey, y de modo especial a todos los que respondan generosa y plenamente a nuestra invitación.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el treinta de junio de 1959, vigilia de la fiesta de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, segundo año de nuestro Pontificado.

IOANNES PP.XXIII.

  AAS 52 (1960) 545-550.


+LETANÍAS A LA PRECIOSÍSIMA SANGRE DE CRISTO+

(Acta Apostolicae Sedis, Annus 52. Series III. Vol. II. 1960. Pp. 412-413)

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 Kyrie, eleison

Señor,  ten piedad de nosotros.

Christe, eleison

Cristo,  ten piedad de nosotros.

Kyrie, eleison

Señor, ten piedad de nosotros.

Christe, audi nos

Cristo, óyenos.

Christe, exaudi nos

Cristo, escúchanos.

Pater de caelis, Deus, miserere nobis.

Dios Padre celestial, ten piedad de nosotros.

Fili, Redemptor mundi, Deus, miserere nobis.

Dios Hijo, Redentor del mundo, ten piedad de nosotros.

Spiritus Sancte, Deus, miserere nobis.

Dios Espíritu Santo, ten piedad de nosotros.

Sancta Trinitas, unus Deus, miserere nobis.

Santísima Trinidad, que sois un solo Dios, ten piedad de nosotros.

Sanguis Christi, Unigeniti Patris Aeterni, salva nos.

Sangre de Cristo, el unigénito del Padre Eterno, sálvanos.

Sanguis Christi, Verbi Dei incarnati, salva nos.

Sangre de Cristo, Verbo de Dios encarnado, Sálvanos.

Sanguis Christi, Novi et eterni Testaménti, salva nos

Sangre de Cristo,  del testamento nuevo y eterno, Sálvanos.

Sanguis Christi, in agonía decúrrens in terram, salva nos

Sangre de Cristo, derramada sobre la tierra en la agonía, sálvanos.

Sanguis Christi, in flagellatióne profluens, salva nos

Sangre de Cristo, vertida copiosamente en la flagelación, sálvanos.

Sanguis Christi, in coronatione spinárum emanans, salva nos.

Sangre de Cristo, brotada en la coronación de espinas, sálvanos.

Sanguis Christi, in Cruce effusus, salva nos.

Sangre de Cristo,  derramada en la Cruz, sálvanos.

Sanguis Christi, pretium nostrae salutis, salva nos.

Sangre de Cristo, prenda de nuestra salvación, sálvanos.

Sanguis Christi, sine quo non fit remissio, salva nos.

Sangre de Cristo, sin la cual no hay perdón, sálvanos.

Sanguis Christi, in Eucharistia potus et lavacrum animarum, salva nos.

Sangre de Cristo, bebida eucarística y refrigerio de las almas, sálvanos.

Sanguis Christi, flumen misericordiae, salva nos.

Sangre de Cristo, manantial de misericordia, sálvanos.

Sanguis Christi, victor daemonum, salva nos.

Sangre de Cristo, vencedora de los demonios, sálvanos.

Sanguis Christi, fortitudo martyrum, salva nos.

Sangre de Cristo, fortaleza de los mártires, sálvanos.

Sanguis Christi, virtus confessorum, salva nos.

Sangre de Cristo, fuerza de los confesores, sálvanos.

Sanguis Christi, gérminans virgines, salva nos.

Sangre de Cristo, que engendra vírgenes, sálvanos.

Sanguis Christi, robur periclitantium, salva nos.

Sangre de Cristo, socorro en el peligro, sálvanos.

Sanguis Christi, levamen laborantium, salva nos.

Sangre de Cristo, alivio de los afligidos, sálvanos.

Sanguis Christi, in fletu solatium, salva nos.

Sangre de Cristo, solaz en las penas, sálvanos.

Sanguis Christi, spes poenitentium, salva nos.

Sangre de Cristo, esperanza del penitente, sálvanos.

Sanguis Christi, solámen morientium, salva nos.

Sangre de Cristo, consuelo del moribundo, sálvanos.

Sanguis Christi, pax et dulcédo cordium, salva nos

Sangre de Cristo, paz y ternura para los corazones, sálvanos.

Sanguis Christi, pignus vitae aeternae, salva nos

Sangre de Cristo, promesa de vida eterna, sálvanos.

Sanguis Christi, ánimas liberans de lacu Purgatorii, salva nos

Sangre de Cristo, que libras a las almas del Purgatorio, sálvanos.

Sanguis Christi, omni gloria et honore dignissimus, salva nos.

Sangre de Cristo, dignísima de toda gloria y honor, sálvanos.

Agnus Dei, qui tollis peccata mundi,  parce nobis, Dómine

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, Perdónanos, Señor

Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, exaudi nos, Dómine

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, Escúchanos, Señor.

Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, miserere nobis

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, Ten piedad de nosotros

V. Redemísti nos, Dómine, in sanguine tuo.

V. Nos redimiste, Señor, con tu Sangre.

R.  Et fecisti nos Deo nostro regnum.

R. E hiciste de nosotros un reino para nuestro Dios.

Oremus

Omnipotens sempiterne Deus, qui unigenitum Filium tuum mundi Redemptorem constituisti, ac eius sanguine placári voluisti: concede, quaesumus, salutis nostrae pretium ita venerari, atque a praesentis vitae malis eius virtute deféndi in terris, ut fructu perpetuo laetemur in caelis. Per eundem Christum Dominum nostrum. Amen.

Omnipotente y sempiterno Dios, que constituiste a tu unigénito Hijo Redentor del mundo, y quisiste aplacarte con su Sangre; haz que veneremos el precio de nuestra salvación con solemne culto, y que por su virtud seamos preservados en la tierra de los males de la vida presente, para que gocemos en el cielo del fruto sempiterno. Por el mismo J. C…

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 CORONA DE LA PRECIOSÍSIMA SANGRE

Esta corona se compone de siete misterios, en los cuales honramos al Salvador, que derramó su sangre por amor nuestro. En cada uno de ellos se rezan cinco Padrenuestros con un Gloria Patri, menos en el último, en que sólo se rezan tres Padrenuestros y un Gloria Patri, para completar el número de treinta y tres, en honor de los treinta y tres años que vivió Jesucristo; diciéndose al fin de cada Gloria Patri el versículo: Os suplicamos, etc.

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Método para rezar la corona de la preciosísima Sangre

+ En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

V. Dignaos, Dios mío, venir a ayudarme.

R. Daos, Señor, prisa a socorrerme.

Gloria al Padre, etc.

Primer misterio. La primera vez que Jesús derramó su sangre por nosotros, fue el octavo día después de su nacimiento, cuando por obedecer a la ley de Moisés quiso ser circuncidado. Sometióse el Salvador a este doloroso acto para expiar los pecados contra la pureza. Excitémonos al más amargo arrepentimiento de estas faltas y prometamos evitarlas en adelante.

Cinco Padrenuestros con un Gloria Patri, y el versículo siguiente:

Os suplicamos, Señor, que vengáis en auxilio de vuestros siervos, a quienes redimisteis con vuestra preciosa sangre.

Segundo misterio Al considerar Jesús la ingratitud con que habíamos de corresponder a su amor, derramó en el huerto de los Olivos un sudor tan copioso de sangre, que la tierra llegó a quedar empapada de ella. Dolámonos de haber correspondido tan mal a los innumerables beneficios de nuestro amable Salvador, y tomemos la resolución de aprovecharnos en adelante de sus gracias y lecciones.

Cinco Padrenuestros, etc.

Tercer misterio De nuevo derramó Jesús su sangre en la flagelación, que cubrió su cuerpo de profundas llagas, ofreciéndola al Padre en expiación de nuestras delicadezas e impaciencias. ¿Cuándo pondremos freno a nuestro genio irascible y a nuestro amor propio? ¡Ah! Hagamos en adelante todos los esfuerzos posibles para sufrir con más valor las tribulaciones de esta vida.

Cinco Padrenuestros, etc.

Cuarto misterio En castigo de nuestros malos pensamientos y de nuestro orgullo corrió copiosa sangre de la cabeza de Jesús al ser coronado de espinas. ¿Continuaremos alimentándonos de pensamientos de vanidad y de imágenes capaces de manchar nuestros corazones? ¡Dios mío! haced que en adelante siempre tengamos presente nuestra fragilidad y miseria, y resistamos con firmeza a todas las sugestiones del demonio.

Cinco Padre nuestros, etc.

Quinto misterio ¡Cuánta sangre derramó Jesús en el penoso camino que tuvo que recorrer para subir al Calvario, cargado con el pesado madero de la cruz! ¡verdaderamente quedaron regados los lugares y las calles de Jerusalén por dónde pasó! ¡Ay! ¡todo esto lo padeció el amable Salvador, para expiar los escándalos y malos ejemplos de los que arrastran a los demás al camino de perdición! Esforcémonos en adelante a contribuir a la salvación de nuestros hermanos instruyéndolos, edificándolos, dándoles ejemplo de todas las virtudes propias de nuestra edad y estado.

Cinco Padre nuestros, etc.

Sexto misterio Adoremos la sangre que con mayor abundancia que nunca derramó Jesús al ser clavado en la cruz; abiertas sus venas, rasgadas sus arterias, taladrados sus pies y manos, corrió la sangre a raudales para expiar las iniquidades del género humano. ¡Ah! lloremos amargamente las nuestras; comencemos desde este momento y para siempre a llevar una vida conforme a las obligaciones que hemos contraído con Dios, y no olvidemos jamás que nuestra salvación costó  a Jesús toda la sangre de sus venas.

Cinco Padrenuestros, etc.

Séptimo misterio Después de muerto nos dio Jesús las últimas gotas de su sangre cuando la lanza le abrió el costado y atravesó su divino Corazón; entonces salió agua mezclada con sangre, para darnos a entender que aquella sangre preciosa había sido toda derramada por nuestra eterna salvación. ¡Divino Redentor nuestro! ¿Quién podrá dejar de amaros? ¿Qué corazón dejará de abrasarse en vuestro amor al considerar todo lo que hicisteis por redimirnos?

Tres Padrenuestros, etc.

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Oración a la Preciosísima Sangre de Jesús

¡Oh sangre adorable, precio de la redención del universo, fuente de vida eterna que refrigeráis nuestra almas, las purificáis de toda mancha, e intercedéis poderosamente por el género humano ante el trono de la suprema misericordia! os adoramos profundamente y quisiéramos reparar con la pureza y el fervor de nuestros homenajes las injurias y ultrajes que continuamente recibís de los hombres, y sobre todo de tantos sacrílegos blasfemos. Pero  ¿quién puede dejar de bendecir esta sangre de valor infinito? ¡Oh amor inmenso! nos disteis este bálsamo saludable para curar todas nuestras llagas, y como en prenda de vuestra misericordiosa caridad para con vuestros hijos. Haced que todos los corazones os alaben y bendigan, y os den eternas gracias. Amén.

V. Nos redimisteis, Señor, con vuestra sangre.

R. Y restaurasteis el reino de Dios en nuestros corazones.

Oración Omnipotente y sempiterno Dios, que nos disteis a vuestro único Hijo por redentor del mundo y os dignasteis recibir su sangre en expiación de nuestros pecados, concedednos, os rogamos, la gracia de venerar debidamente esta misma sangre, precio de nuestra salvación, y de ser libres, por su virtud, de los males presentes, a fin de gozar en el cielo de los dichosos frutos del misterio de la Redención. Amén. 

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FUENTE:

- Manual de Piedad. Pbro. D.P.J.E. Con aprobación eclesiástica. Eugenio Subirana. Edit. y Lib. Pontifico. Barcelona: 1912.

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