Doctor Félix Sardá y Salvany, Pbro.
1844-1916
“Enseña la fe cristiana y creemos firmemente todos los verdaderos católicos, que Dios es Unidad y juntamente Trinidad.
Unidad de esencia o naturaleza y Trinidad de Personas. Cuales tres divinas Personas, subsistentes en la única naturaleza divina, se llaman en el dogma y teología católica Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Por lo que mira a la Unidad de Dios es muy claro el testimonio que de ella dan a cada paso las Sagradas Escrituras.
Se afirma en el Símbolo cuando se dice Credo in unum Deum: “Creo en un solo Dios”.
En el Deuteronomio lo declara el mismo Dios a su pueblo cuando le dice: “Oye, Israel; el Señor Dios vuestro es un solo Dios”.
Y en otro lugar: “Yo Soy tu Dios y Señor, y no hay otro fuera de Mí”.
Y lo confirma la propia razón natural.
Porque si es Dios lo más culminante en perfección, en poder, en bondad, en belleza, lo sumo, en una palabra, en cuanto existe, no puede tener igual a sí; de donde se concluye en buena y sana filosofía que no hay Dios, o no hay más que un solo y verdadero Dios. Esto es en cuanto a la Unidad de la naturaleza divina.
En cuanto a la Trinidad de Personas no es menos categórica la Revelación.
“Id, dijo el Salvador, y enseñad a todas las gentes, y bautizadlas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Quien esto creyere y fuere bautizado será salvo; quien, empero, no creyere, se condenará”.
Y en conformidad a esto se habla en otros diferentes capítulos de las tres divinas Personas, nombrándolas siempre de esta misma suerte: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Es éste el dogma fundamental de Cristianismo. Así que por su invocación se hace todo en nuestra Religión sacrosanta.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, somos bautizados, y acompañados de esta fórmula se administran los demás Sacramentos.
Las bendiciones y exorcismos de la Iglesia, sus rezos y predicaciones, la construcción de sus templos y el simbolismo de su culto, todo se empieza y se prosigue y se acaba en nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
He aquí algunas frases más entrañables del rezo con que en tal día lo solemniza la Iglesia.
“¡Bendigamos al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo! ¡Alabémosle y ensalcémosle por todos los siglos!
Gracias a Ti, ¡oh Dios! Gracias a Ti, verdadera y una Trinidad, una y suma Deidad, santa y perfecta Unidad.
Unidad de Esencia te confesamos, ¡oh Dios!, y Trinidad de Personas. Que eternamente eres, vives y entiendes, lo reconocemos de todo corazón.
Te invocamos te alabamos, te adoramos, oh Trinidad beatísima. Esperanza nuestra eres, salud nuestra, honor nuestro, oh Santísima Trinidad. Líbranos, sálvanos, vivifícanos, trino Dios.
La fe que los santos Patriarcas y Profetas recibieron de Dios, aún antes de la Encarnación de su Hijo divino, y la que de Este vestido de carne mortal oyeron los Apóstoles, y que éstos guiados por el Espíritu santo enseñaron de palabra, y por escrito, nos dice que Dios es Trinidad, esto es, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y no sería Trinidad si fuese una misma Persona la que se llama Padre, Hijo y Espíritu Santo…
“Por la unidad de naturaleza todo el Padre está en el Hijo y en el Espíritu santo; todo el Hijo en el Espíritu Santo y en el Padre; todo el Espíritu Santo en el Padre y en el Hijo.
Ninguno de ellos está fuera de cualquiera de ellos; ninguno de ellos aventaja al otro en eternidad, o le excede en grandeza, o le supera en poder.” San Fulgencio
“¿Cuál de los católicos ignora que el Padre es el verdadero Padre, el Hijo verdadero Hijo, el Espíritu Santo verdadero Espíritu Santo? Lo dijo el Señor a sus Apóstoles: “Id y bautizad a todas las gentes en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” San Gregorio N.
“De El proceden todas las cosas; por El fueron hechas todas las cosas; en El subsisten todas las cosas ¡Sea a El la gloria por todos los siglos!
¡Bendita sea la Trinidad santa y su indivisible Unidad! Glorificadla, porque ha hecho brillar sobre nosotros su misericordia.
¡Oh profundidad de los tesoros de sabiduría y ciencia de Dios! ¡Cuan incomprensibles son sus juicios, cuán inapelables sus caminos! Porque ¿quién conoció los designios del Señor? O ¿Quién fue su consejero? Todas las cosas son de El, y todas las cosas son por El, y todas las cosas existen en El. ¡A El sea la gloria para siempre! Amén!. San Pablo.
“Dios omnipotente y eterno, que con la luz de tu fe diste a conocer a tus siervos la gloria de la eterna Trinidad, y les enseñaste a adorar en ella la Unidad de tu soberana naturaleza; confírmanos en esta misma fe, para que no nos abatan los males y adversidades del mundo. Por Cristo nuestro Señor tu Hijo, que contigo vive y reina en unidad del Espíritu Santo Dios por todos los siglos de los siglos. Así sea.”
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
He aquí una fórmula sencillísima que pronunciamos repetidas veces, y que si del modo debido la pronunciásemos nos bastaría para dejar perfectamente cumplidos los principales actos internos que prescribe la santa virtud de la Religión. Esta fiesta de la Santísima Trinidad, creemos es la ocasión más oportuna para llamar sobre eso la atención de nuestros amigos.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. es en primer lugar profesión de fe. Por ella reconocemos la existencia de Dios, su trina personalidad en la unidad simplicísima de su naturaleza; la divindad del Hijo y del Espíritu Santo iguales al Padre; la verdad de la revelación de Jesucristo que nos lo enseñó, y la de la Iglesia católica por El fundada y que es la que sostiene viva en el mundo esta enseñanza.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, es el tributo de alabanzas con el cual reconocemos la gloria inefable de las tres divinas Personas, y reparamos en lo posible el agravio inmenso inferido a su honra con los pecados del mundo y especialmente con la horrible blasfemia que el infierno procura se levante a todas horas de él contra el trono de la soberana Majestad.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo es acto de rendimiento y sumisión por el cual reconocemos y confesamos el abosluto señorío, que tiene la Trinidad beatísima sobre nosotros y sobre todas nuestras cosas, por los beneficios de creación, conservación, redención y justificación de que somos deudores a las tres divinas Personas.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, es intención por la cual vivificamos con alma y vida sobrenaturales nuestro obrar, declarando que el principio y fin y regla de todas nuestras acciones, palabras y pensamientos no queremos sean otros que los que proceden del querer de Dios, de la ley de Dios y de los fines altísimos de la providencia de Dios; actuación sobrenatural que conviene practiquemos con más ahinco y con mayor frecuencia en nuestro siglo, en que todo lo quiere devorar y corroer el impío naturalismo.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, es por todos estos conceptos símbolo de fe, himno de alabanza, homenaje de reparación, protesta de fidelidad, sello de ortodoxia.
Haber vivido y haber creído y haber esperado y haber obrado y haber hablado y haber fallecido en el espíritu de esta breve fórmula, es llevar a la otra vida la más clara y cierta señal de salvación.
Al empezar, pues, nuestros trabajos y al acabarlos; cuando sacudamos el sueño o cuando nos recojamos a él; cuando algo nos sorprenda o con imprevista alegría o con repentino temor, como exteriormente sella la Iglesia todos sus Sacramentos y ritos con esta fórmula, sellemos nosotros por lo menos interiormente con ella nuestra operación como con sobrenatural divisa. Y asi vivamos y muramos, y oremos y trabajemos, y combatamos y descansemos, y gocémonos o lloremos siempre En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Correlativo a este pensamiento de toda la vida del cristiano será después el cántico que nos ocupará y regocijará eternamente ¡Gloria al Padre! ¡Gloria al Hijo! ¡Gloria al Espíritu Santo!
Oscuridad luminosa
Podrá la impiedad echarnos en rostro que es oscuro el misterio, y nosotros no trataremos de negárselo, pues dejaría de ser misterio, si no tuviese oscuridad.
Mas lo que no puede negar la impiedad es que este misterio nos haya sido claramente revelado, porque el hecho de esta revelación está muy a la vista en los Libros sagrados.
Lo que no probará además la impiedad es que una cosa sea falsa por el solo hecho de ser oscura, y que una cosa por oscura que en sí sea no pueda y deba ser muy creíble, cuando es firme y de toda confianza la autoridad del que nos responde con su palabra de la certeza de su existencia.
Y aquí, aunque la cosa sea misteriosa y envuelta en sombras, o mejor, en focos de inaccesible luz mucho más viva y esplendorosa de lo que pueden resistir nuestras débiles pupilas, la palabra que nos la asegura es la del mismo Dios, que ni engañarse puede, ni puede engañarnos.
Así que, lo mismo en este misterio que en todos los demás de la Religión, la fe que prestamos a su verdad (aunque no la comprendamos) es el acto más racional de nuestra inteligencia cautivada en obsequio a Dios.
El apóstol San Juan, en una de sus Cartas apuntó a este propósito una razón concluyente cuando dijo: Si recibimos el testimonio de los hombres, más respetable es el testimonio de Dios.
Efectivamente, si no hemos de hacer a Dios de peor condición que sus criaturas, no podemos racionalmente negarle el asenso o crédito que a estas prestamos todos los días.
Nos duele tener que prestar actos de fe divina; y sin embargo ¿cuántos actos de fe humana ejercemos sin la menor dificultad? ¿No creemos en la ciencia sin comprenderla? El escalpelo del anatómico y la espátula del analizador químico tropiezan a cada paso con el misterio, ¿y dejan, por esto, de creer el uno en la verdad de la fisiología, y el otro en los datos de la química? ¿No creemos los hechos históricos que no hemos visto, por la autoridad de un historiador a quien tampoco hemos conocido? ¿No nos fiamos de la palabra de un amigo? ¿No descansamos en el testimonio de nuestros sentidos, que tan a menudo nos engañan? ¿Por qué no hemos de descansar en la autoridad de Dios y en la de la Iglesia fundada por Dios?
Pero se dirá que la oscuridad con que se nos presentan las verdades de la fe las hace sospechosas a la razón.Solía decir uno con mucha gracia, que lo más oscuro entre todo lo que existe es el sol, a quien no se puede mirar de hito en hito precisamente por ser demasiado luminoso. Así es la oscuridad de los misterios. No es oscuridad suya, es cortedad nuestra.
¿Y hay por ventura algo que no tenga esta oscuridad, algo que no sea un misterio? ¿cuál es la íntima naturaleza de esta pluma con que escribo, de este papel en que trazo los caracteres? ¿Quién es que puede jactarse de tener un conocimiento claro del ser más sencillo de la naturaleza? ¿Qué es esta luz que me alumbra? ¿Qué es este aire que me rodea? No me citéis sus componentes químicos, porque os preguntaré acerca de ellos, y no podréis responder a mi pregunta más que con vuestra confesión ¿Y queréis investigar los misterios del infinito? ¿Y queréis daros cuenta de la naturaleza y atributos del mismo Dios?
Todo lo que a Dios se refiere debe ser por necesidad superior a nuestros alcances. Y si no comprendemos lo que está bajo nosotros, ¿cómo extrañaremos no comprender lo que está por encima? El hombre más sabio se ve obligado a confesarse ignorante cada día ante cien y cien fenómenos que le ofrece esta tierra vil que huella con sus pies, y ¿habremos de rebelarnos neciamente por no comprender lo que existe en la región de los cielos a los que no puede penetrar nuestra débil vista?
Agradezcamos a la fe el habernos entreabierto algo la puerta que tales grandezas nos oculta, y en adoración sumisa y profunda aguardemos gozar, tras estos breves crepúsculos y vislumbres que ahora se nos conceden, el mediodía espléndido de la visión clara de Dios y de sus perfecciones en la gloria eterna.
El Santo Trisagio
De cuantas invocaciones y alabanzas se dirigen a la Trinidad Beatísima, es la más popular, y por decirlo así, la más clásica, aún hoy, entre los fieles, la que se conoce con el nombre de El Santo Trisagio.
Trisagio es palabra griega formada de dos que significan Santo tres veces repetido, aludiendo a la jaculatoria Santo, Santo Santo, etc., que forma lo esencial de esta devoción.
Sabido es su origen, que lo trae de los mismos cielos de donde lo oyó cantar un Profeta a las angélicas jerarquías, siendo éste el himno que allí sin cesar se entona por los bienaventurados a Dios Uno y Trino, como homenaje a su eterna y soberana Majestad. Y en efecto, cierta como semejanza del cielo tienen los grupos de la tierra, por quienes, con el fervor debido, se reza o se canta esta divina y celestial salmodia.(…)
Honremos con esta hermosa práctica a la Trinidad Santísima, y no dejemos se disminuya su tradicional ejercicio en nuestras iglesias y familias.
Gocémonos en preludiar desde el tiempo lo que cantaremos muy luego por toda la eternidad:
¡Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los ejércitos!
¡Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo!
Año Sacro. Tomo Segundo. Tiempo y Fiestas después de Pentecostés. Barcelona. Ed. Casals. 1954.