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Los quince sábados en honor de la Ssma. Virgen de Pompeya

Julio 6, 2009

pompei

“Está comprobado por la experiencia ser esta una devoción muy recomendable y eficaz, pues mediante ella otorga constantemente la Ssma. Virgen grandes beneficios, libra de grandes males, y socorre en apurados trances a los que la practican, como lo pregonan muy alto sus devotos, que por este medio han recurrido a tan tierna Madre.

ORIGEN DE ESTA DEVOCIÓN

Como el Santísimo Rosario, así también esta devoción tuvo su origen en la Orden de Sto. Domingo.

En el siglo pasado fue sus más ardiente propagador el abogado y Comendador Bartolomé Longo, fundador y director del Santuario de Pompeya, en Nápoles.

En Bs. As., el centro de esta devoción está en el Santuario de Pompeya, a cargo de los P.P. Capuchinos.

En qué consiste la devoción de los quince sábados.

La práctica de los quince sábados consiste en obsequiar a Nuestra Señora, como homenaje a los quince Misterios del Santísimo Rosario, durante quince sábados consecutivos, o, cuando se estuviese legítimamente impedido, durante quince domingos, por concesión de León XIII con fecha del  17 de septiembre de 1892.

La devoción de los quince sábados se puede practicar en cualquier época del año, pero se recomienda de un modo especial se haga en los quince sábados que preceden al primer Domingo de Octubre, o en los que preceden a la fiesta del Santuario de Pompeya que se celebra el 8 de mayo.

En casos particulares, como cuando se trata de obtener alguna gracia urgente, se pueden consagrar a María Santísima quince días consecutivos; pero en este caso no se ganan las indulgencias concedidas por los Romanos Pontífices.

Condiciones para hacer provechosamente los quince sábados.

1º Confesar y comulgar en cada uno de los quince sábados, o domingos.

2º Hacer el ejercicio correspondiente a cada sábado ante su imagen.

3º Rezar cada sábado, por lo menos, una parte del Rosario.

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MODO DE REZAR

LOS QUINCE SÁBADOS

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Primer Sábado

Por la señal de la Santa Cruz…

ORACIÓN PREPARATORIO PARA TODOS

LOS SÁBADOS

¡Oh, Santísima Virgen del Rosario de Pompeya, Madre de Misericordia y seguro refugio de los pecadores!

Ante vuestros pies vengo contrito y humillado a implorar vuestro poderoso patrocinio.

Espero que vuestra bondad me reciba y me alcance de vuestro Divino Hijo la gracia de practicar dignamente este devoto ejercicio de los Quince Sábados.

Os consagro, Madre amantísima, desde ahora y para siempre todas las aspiraciones de mi alma y los suspiros de mi corazón.

Preparad mi espíritu, oh Madre amorosísima, para que con viva fe, firme esperanza, y ardiente caridad me consagre a vuestro perpetuo servicio, y alcance ahora lo que con toda la ansiedad de mi alma os pido, si ha de ser para mayor gloria de Dios y bien mío. Amén.

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1

LA ANUNCIACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

Se acerca ya el momento sublime, anunciado en los albores del paraíso, y repetido por el profeta Isaías en presencia del rey Acáz, cuando los reyes de Israel y Siria se proponían acabar con la dinastía de David.

Pide un milagro, dijo el Profeta, si quieres bajo los abismos o si quieres sobre las alturas. Y el impío Rey, desdeñando el favor, que de parte de Dios iba a serle otorgado, respondió: No tentaré al Señor, pidiendo un milagro. Y el Profeta, lleno del espíritu de Dios, exclamó: Escucha pueblo de Judá; he aquí que una Virgen concebirá y dará a luz un niño.

La humanidad, incapaz de levantar la carga que pesa sobre ella desde la prevaricación del primer hombre, suspira con ansiedad por el cumplimiento de esa profecía.

Dos corazones puros, ligados por el vínculo del matrimonio y consagrados a Dios con voto de virginidad, pasan tranquilos los días en su casita de Nazaret. Son los corazones de María y de José. José trabaja para ganar el sustento de María y María atiende a las necesidades de José. Los ángeles contemplan con envidia la suerte de estos castísimos esposos.

¿Cuál será el espíritu celestial, a quien cabrá la dicha de arrodillarse en presencia de María, para comunicarle la nueva, que de parte de Dios le va a ser anunciada? Para tan grande empresa es elegido uno de los primeros que asisten al trono de Dios.

Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres, dijo Gabriel profundamente inclinado en presencia de María. Y María se turbó: y el Arcángel al ver turbada a la que iba a ser Madre de Dios, prosiguió: No temas, María, la gracia de Dios está contigo; he aquí que concebirás y darás a luz a un hijo, que se llamará Hijo del Altísimo.

Antes de dar su consentimiento a lo que el Arcángel le proponía, pidió María explicación del modo, como debía realizarse su divina maternidad, y cuando escuchó que concebiría sin detrimento de su virginidad, por obra milagrosa del Espíritu Santo, respondió: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí conforme a tu palabra.Y en aquel mismo instante el Hijo del Altísimo quedó encarnado en las entrañas de María.

Consideremos la humildad de María. Acababa de oir que de parte de Dios se la llama, llena de gracia, bendita entre todas las mujeres y, lejos de enorgullecerse con tan honrosas palabras, se siente llena de turbación. 

Ve postrado en su presencia al más encumbrado de los espíritus celestiales y piensa, no en su exaltación, sino en las palabras que acaba de oir.

Se le anuncia que ha sido elegida para Madre del Redentor, y prefiriendo la virginidad a tan excelsa dignidad, pide explicación del modo de realizarse su maternidad.

Queda constituida por propio consentimiento en Madre del Hijo del Altísimo y se llama a sí misma esclava del que va a ser su Hijo. ¡Oh humildad! ¡qué hermosa debes de ser a los ojos de María!

Obsequio.- Practicar un acto de mortificación en honor de María.

Oración.- Soberana Reina del Rosario de Pompeya. Ya que en este día me habéis concedido el beneficio de admirar los tesoros de humildad que encerraba vuestro purísimo corazón, concededme, también, la gracia de participar siquiera en mínima parte, de esa altísima virtud. Sofocad en mi corazón, Reina humildísima, todo germen de soberbia, dando a mi inteligencia un claro conocimiento de mi miseria absoluta. Así sea.

Oración para la Comunión

de cada Sábado

A la acostumbrada preparación y acción de gracias, se añadirán las siguientes oraciones:

Santísima Trinidad, fuente única de todas las gracias, dignaos aceptar esta Santa Comunión, en honor de los misterios de la Encarnación, Vida, Pasión, Muerte y Resurrección de N.S. Jesucristo y por sus méritos y por los de la Beatísima Virgen María su Madre, a quien honramos con el título y el rezo del Sto. Rosario, conceded a mí y a todos mis parientes, las gracias que más necesitamos para el alma y para la eternidad; y de un modo particular la gracia…, (se pide la gracia que se desea) si tal es vuestro beneplácito, en cuya conformidad quiero vivir y morir.

Pater noster.

Con todo el afecto y la confianza de que es capaz mi corazón, yo recuerdo, oh María, las promesas que Vos misma hicisteis a los devotos de vuestro Rosario y las innumerables gracias que les habéis dispensado.

Aceptad, pues, oh buena Madre y Reina, las súplicas que yo os dirijo en el acto de contemplar devotamente y honrar la memoria de los gozos, dolores y triunfos vuestros y de vuestro Santísimo Hijo.

Por estos santos misterios y especialmente por el misterio que hoy entiendo honrar particularmente, os recomiendo el Sumo Pontífice, todos los Prelados, propagadores y defensores de la Fe Católica, los príncipes, magistrados y pueblos cristianos, los infieles, los herejes, y todos los pecadores, como también los afligidos, los enfermos y los agonizantes.-

Miradnos a todos, y sobre todos desciendan vuestras bendiciones: pero especialmente sobre mí, indigno hijo y siervo vuestro, que más que ninguno he menester vuestra ayuda maternal.-

Vos, que todo los podéis, obtenedme de Jesús una buena vida y una santa muerte, y, si lo juzgáis conveniente para la gloria de Dios y el bien de mi alma, alcanzadme la gracia especial (se especifica la gracia que se desea)

Ave María.

ORACIÓN

A LA

SANTÍSIMA VIRGEN DEL ROSARIO

DE POMPEYA

¡Oh dulcísima Madre de Misericordia! ¡ Oh única esperanza de los pecadores! ¡Oh eficaz atractivo de nuestras voluntades! ¡Oh María! ¡Oh Reina!

¡Oh Señora del Rosario! vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos: recibe estas oraciones que con el afecto de nuestros corazones, rezamos en veneración de tu Concepción purísima y de los misterios de tu santísimo Rosario: por ellos te pedimos que en el trance de la muerte, cuando ya debilitados los sentidos, turbadas las potencias, perdida el habla y cubierto el rostro con el sudor de la muerte, estemos luchando con el terrible y final trance, cercados de enemigos innumerables que procurarán nuestra condenación y estarán esperando que salgan nuestras almas para acusarlas de todas sus culpas ante el tremedo tribunal de Dios; allí, salvadora de nuestras almas, allí única esperanza de nuestros desmayados corazones, allí, amorosísima Madre, allí vigilantísima Pastora, allí María.

¡Oh qué dulce nombre! Allí María, allí ampáranos; allí defiéndenos, allí asístenos, como Pastora a sus ovejas, como Madre a sus hijos, como Reina a sus vasallos.

Aquel es el punto del cual depende la salvación  o condenación eterna, aquel es el horizonte en que divide el tiempo de la eternidad, aquel es el instante en que se pronuncia la justa sentencia que ha de durar para siempre; y si nos faltas entonces ¿qué será de nuestras almas, cuando tantas culpas hemos cometido?

No nos dejes en aquel peligro, no nos desampares en aquel riesgo, no te retires en aquel horrible trance; acuérdate, amabilísima Señora, que si Dios te escogió para Madre suya, fue para que fueses la medianera entre él y los hombres; por tanto debes ampararnos en aquella hora, ¡oh María! ¡oh segurísimo sagrario y refugio nuestro!

Y como quizás entonces no tengamos fuerza ni sentido para llamarte, desde ahora, como si ya estuviésemos en la agonía, te llamamos; desde ahora nos acogemos a tu poderosísima intercesión; a la sombra de tu amparo nos ponemos, para librarnos de los merecidos rigores de Cristo,  Sol de justicia.

Y esto que ahora decimos, lo guardamos para aquella hora: María, misericordia: María, piedad: María, clemencia; María Santísima, querida de mi alma, consuelo de mi corazón, en tus manos sagradas encomiendo mi espíritu, para que por ellas pase al tribunal de Dios, donde intercedas por esta alma pecadora.

¡En ti pongo mi esperanza, en ti confío, en ti espero, protégeme! Misericordia, madre mía de Pompeya, misericordia, madre de mi alma, misericordia, Madre de mi corazón, misericordia, dulcísima María. Amén.

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2 m

Sábado Segundo

Por la señal …

Oración preparatoria…

 LA VISITACIÓN DE MARÍA

Cuando el Arcángel San Gabriel  descendió a la tierra para comunicar a María la felícisima nueva, que de parte de Dios traía, esta humildísima Señora vióse doblemente sorprendida con el anuncio del sublime misterio, que en ella iba a operarse, y con el prodigio, que en  su prima Isabel habíase ya verificado.

He aquí, también, dijo el Arcángel, que tu prima Isabel, a pesar de su ancianidad, lleva en su seno un hijo, porque nada hay imposible ante Dios. Y  oída la respuesta de María, el celestial mensajero voló a las alturas celestiales. 

Y María, olvidándose de la excelsa dignidad de Madre de Dios, en que acababa de ser constituída, apresuróse a felicitar a su prima por el insigne prodigio, que en sus entrañas había obrado la diestra del Altísimo.

Mas no fue por motivo de felicitación esta visita de María a su prima Isabel; había oído de boca del Arcángel el estado adelantado de su prima y apresuróse a visitarla para prestar los auxilios de su asistencia.

Tras un largo viaje llegó María a la casa de Isabel y al encontrarse las dos santas mujeres, deshiciéronse sus corazones en una efusión de amor y alabanzas.

Conociendo Isabel por revelación divina que, la que venía a visitarle, llevaba ya en su seno al Mesías prometido, en un transporte de entusiasmo dejó escapar aquellas palabras, que miles de lenguas repiten cada día: Bendito es el fruto de tu vientre. Y María, llena del espíritu profético, en un sublime cántico predice que todas las generaciones la llamarán bienaventurada.

Consideremos la caridad de María. Apenas oyó de boca del Arcángel la obra milagrosa realizada en su prima Isabel, se apresura a visitarla, para llevarle el auxilio de su asistencia.

No la arredran en esta jornada las dificultades del camino sembrado de montañas, por las que tiene que atravesar, ni le acobarda la larga distancia que media entre Nazaret y la casa de su prima.

El norte que la guía es el amor de Dios, traducido esta vez en una obra de caridad al prójimo, y la caridad ferviente en ninguna parte encuentra dificultades.

Pero no fueron solamente los auxilios materiales los bienes que María llevó a casa de Isabel; fue la gracia anticipada de la remisión del pecado original para el hijo de Isabel, el bien más excelente que María llevaba con su visita.

Obsequio.- Practicar una obra de caridad en honor de María.

Oración.- Soberana Reina del Rosario de Pompeya. Como corre el sediento al manantial, donde pueda saciar la necesidad que siente, así corro yo a Vos, canal de toda gracia, para satisfacer la necesidad de amor al prójimo que siento en mi corazón.

Si me reprocháis por verme tan pobre de caridad, podré responderos que mi corazón se halla muy rico en deseos de poseerla.

Trocad, pues, benignísima Madre, estos mis deseos en actos fervorosos de tan hermosa virtud. Así sea.

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3 m

Sábado Tercero

Por la señal…

Oración preparatoria,

EL NACIMIENTO DE NUESTRO

SEÑOR JESUCRISTO

 Nueve meses habían pasado desde que el Arcángel San Gabriel trajo a la tierra la nueva de la Encarnación del Hijo de Dios.

Hacía largo rato que el sol se había ocultado tras las montañas, y José y María acababan de llegar a Belén en cumplimiento del edicto del Emperador Augusto, en que mandaba inscribir los nombres.

Fatigados del camino, buscaron un albergue a donde retirarse a pasar la noche: mas, todas las puertas de la Ciudad estaban cerradas para ellos; en su aspecto exterior llevaban retratada su pobreza, y ésta era la razón de que las puertas se cerrasen para ellos.

Lágrimas de compasión brotaron de los ojos de José, al ver la situación de su querida esposa; mas en medio de esas lágrimas brillaba en su rostro el reflejo de una santa resignación. No creía posible que Dios pudiera abandonarlos en tan apurado trance y volvió a golpear las puertas, y en todas recibió idéntica contestación.

Cansado de tan inútil tarea, retiróse con su esposa a un mísero portal, morada de animales.

Este era el lugar elegido por Dios, donde su Unigénito Hijo debía ver la luz del mundo, y desde donde debía enseñar a los hombres la vanidad de la pompa mundana.

La noche había llegado a la mitad de su carrera, cuando he aquí que un eco de voces celestiales comenzó a extenderse por los espacios: eran las voces de los espíritus angélicos que cantaban: gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad.

En aquel humilde portal acababa de nacer el Salvador. José y María postrados ante El le rindieron la primera adoración.

Los pastores de las cercanías de Belén, oyeron las voces celestiales y avisados por un ángel del grande acontecimiento, corrieron a ofrecerle los tesoros de su pobreza; y desde el lejano oriente, tres poderosos reyes, guiados por una estrella, con ricos presentes vinieron a prestarle adoración, pues, aunque recién nacido, llegaron a entender que era el Dios de los ejércitos y el Rey de los reyes, cuyo reino no tendrá fin.

Consideremos la pobreza y abandono de María y de José. Acababan de llegar de lejanas tierras en cumplimiento de una orden superior y no encontraron una puerta amiga, que se abriese para recibirlos.

Un miserable establo fue el lugar más cómodo que hallaron, a donde retirarse. Sin ropa con que defenderse de los rigores del frío, vense obligados a descansar sobre el duro suelo.

Un poco de paja que sirve de sustento a los animales es para ellos regalada alfombra.

Esto es todo el lujo de comodidades que José y María pudieron preparar al Rey del cielo en su venida a este mundo.

¡Oh, cuánta debía ser la pena, que afligía el corazón de estos castísimos esposos, al considerar la absoluta falta de comodidad, en que iba a encontrarse el Redentor del mundo!

Obsequio.- Sufrir con resignación cualquiera incomodidad en honor de María.

Oración.- Soberana Reina del Rosario de Pompeya. Por aquella pobreza, de que os visteis rodeada en el momento de venir a este mundo vuestro divino Hijo: y por aquella resignación con que la soportasteis, suplícoos que alejéis de mi corazón todo afecto a las cosas de este mundo y que le comuniquéis fuerza suficiente para sobrellevar con resignación las incomodidades de la vida. Así sea.

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4 m

Sábado Cuarto

PURIFICACIÓN Y REDENCIÓN EN EL TEMPLO

Por la señal..
Oración preparatoria

Había en Jerusalén un anciano llamado Simeón, dedicado completamente al servicio de Dios en su templo.

Por la rectitud de su corazón habíase hecho acreedor a que el Señor le prometiera un señalado favor. No morirás, habíale dicho, sin que antes hayas visto al Salvador de Israel.

Desde este momento se consideraba feliz en este mundo. La única inquietud que turbaba el sosiego de su corazón, era un deseo vehemente de ver realizada esa promesa.

Cierto día, que como de costumbre estaba en el templo, confundida entre otras mujeres, subía María con su Hijo en los brazos a cumplir el precepto de la purificación y redención, que mandaba la ley.

¡Contemplad a María arrodillada a los pies de un anciano, para que la bendiga y ruegue a Dios que la purifique.

Ella, que vio a los reyes de Arabia, de Sabá y de Tarsis desceñirse sus coronas y ponerlas a sus pies, para ofrecer adoración al Hijo de sus entrañas!…

¡Ella, Madre del Mesías, arrodillada a los pies de un hombre, pidiéndole que la bendiga y la purifique!

Al tomar en sus brazos a Jesús el anciano Simeón, para presentarlo al Señor, reconoció en el niño al Salvador de Israel, y en un transporte de gozo exclamó: Ahora, Señor, deja morir en paz a tu siervo, por que mis ojos han visto al Salvador. Y con espíritu profético, refiriéndose al niño, que tenía en sus brazos, predijo que había de ser ocasión de ruina y resurrección para muchos en Israel: y luego previendo con intuición divina la muerte afrentosa, a que había de ser condenado, dirigiéndose a María, la dijo: Una espada de dolor traspasará tu corazón. Y las lágrimas asomaron a los ojos de la Madre.

Consideremos la obediencia de María. María subió al templo para cumplir dos ordenaciones de la ley, a ninguna de las cuales estaba obligada. En primer lugar subió para purificarse. ¿Y acaso, necesita purificarse la misma pureza? ¿No fue Ella concebida sin mancha desde el primer instante de su concepción? ¿Por qué, pues, se despoja aparentemente de su corona de virginidad, siendo así que su virginidad se ha duplicado con los honores de su maternidad divina? ¿Por qué, pues, sube al templo a purificarse y se arrodilla ante el sacerdote y le pide que la bendiga? Para darnos ejemplo de obediencia a los preceptos divinos.

En segundo lugar, subió al templo para redimir a su hijo. Pero, ¿puede ser redimido el que luego va a ser nuestro Redentor? Ese niño que lleva en los brazos, ¿no ha recibido la adoración del cielo por medio de los ángeles y la adoración de la tierra por medio de los pastores y reyes Magos? ¿Qué necesidad tenía, pues, de redimir a ese Hijo que es Dios? María tenía necesidad de darnos ejemplo sublime de obediencia.

Obsequio.- Sujetar la voluntad al juicio de los mayores en honor de María.

Oración.- ¡Soberana Reina del Rosario de Pompeya! Por el dolor que experimentó vuestro corazón, al oír la profecía de Simeón, suplícoos que dirijáis mi voluntad por el recto sendero de los preceptos divinos; y si alguna vez tengo la desgracia de apartarme de algunos de ellos, haced, Madre querida, que repare al momento este desvío por medio de una dolorosa confesión. Así sea.

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5 m

Sábado Quinto

LA PÉRDIDA DE JESÚS Y SU ENCUENTRO EN EL TEMPLO

Por la señal…
Oración preparatoria…

¡Qué felices debían de pasar los días María y José al lado de su divino Hijo! Habían burlado la perfidia de Herodes huyendo a Egipto, y ya vueltos a su tierra, veíanse libres de todo peligro.

La Divinidad oculta bajo las apariencias de un niño, era desconocida hasta de sus propios vecinos. Sólo a María y José cabía la dicha de disfrutar de Ella.

Contaba ya Jesús doce años de edad y habiendo subido cierto día con sus padres a Jerusalén, quiso irradiar sobre el mundo los primeros rayos de su divinidad, al sentarse con los doctores en el templo, para resolver las dificultades de la ley.

La muchedumbre oía con admiración las respuestas que el Niño daba a las preguntas de los doctores; los doctores se maravillaban al oír la doctrina, que brotaba de aquellos labios sobrehumanos; y todos sentían que su corazón se inclinaba con misteriosa simpatía hacia aquel desconocido Niño; y el Niño seguía preguntando con respeto y respondiendo con modestia.

Y entre tanto, ¿dónde su hallaban María y José? María y José recorrían las calles y caminos en busca de su Hijo perdido.

Al cabo de tres días de amarguísima pena, llegan a Jerusalén y allí en el templo, en medio de los doctores escuchan la voz de su hijo.

Se adelanta María hacia El y con tono de dulce reproche exclama: Hijo ¿por qué te has portado así con nosotros? ¡Mira con cuanta aflicción te andábamos buscando! Y Jesús al oír la voz de su Madre, se levanta y al abrazarse a Ella exclama: ¿Por qué me buscabais? ¿no sabías que convenía que atendiera a las cosas de mi Padre?

La Madre no comprendió entonces el sentido de esta respuesta; pero la guardó en su corazón y recibió con cariño el abrazo de su Hijo y el amor de su dulcísima mirada.

Consideremos el dolor y aflicción de María. ¡Mira, con cuanta aflicción te andabamos buscando! Estas palabras puestas en boca de María en tono de recriminación, indican la grandeza de su dolor.

Si mucho sufrió al ver nacer a su Hijo, en tanto abandono; si la huida a Egipto le hizo derramar lágrimas de dolor; si traspasó su alma, como una espada la lúgubre profecía de Simeón, todo este dolor se suavizaba con besar aquel divino rostro, encanto de los ángeles.

¡Cuántas veces quedaría extática, contemplando tanta hermosura! ¡Cuántas veces, al verle dormido, se postraría ante su cuna y besaría aquella frente que los arcángeles no se atreverían a besar! Y ahora, al perder en un momento todo este consuelo, ¿cuál sería la angustia de su alma? Y al volverle a hallar en Jerusalén, ¿qué raudales de gozo habrían inundado su corazón?

Obsequio.- Evitar las ocasiones de perder a Jesús por el pecado.

Oración.- ¡Soberana Reina del Rosario de Pompeya! Ya que vuestro divino Hijo nos alienta a pedir cuanto necesitamos con la seguridad de que hemos de alcanzar, si es conveniente para nuestra alma, una gracia absolutamente necesaria para mi alma me atrevo a pediros este día: no permitáis que yo jamás pierda a vuestro divino Hijo, borrando de mi alma la hermosura de su gracia. Así sea.

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r6-6

Sábado Sexto 

LA ORACIÓN DE JESUCRISTO

EN GETSEMANÍ

Por la señal…

Oración preparatoria…

Terminada la última cena dirigióse Jesús con sus once apóstoles al Huerto de los Olivos: pero no quiso que todos presenciaran el espectáculo de su tentación, y tomando solamente a Pedro, Santiago y Juan se adelantó por entre los árboles hasta una piedra, donde se detuvo agobiado por el peso de una abatimiento irresistible, y de una pena infinita.

Mi alma está triste hasta la muerte, les dijo: permaneced aquí y velad conmigo.

De repente se separó de ellos a la distancia de un tiro de piedra: y allí, al pie de una roca, dobló sus rodillas y se puso en oración: y se oían salir de sus labios sollozos y súplicas. Padre mío, decía, si es posible, pase de mi este cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la tuya.

Se levantó y apenas le sostenían sus rodillas; tenía lívidos los labios: y bañado en sudor frío se acercó a sus discípulos; pero los halló dormidos; el cansancio los había vencido.

Y después de despertarlos, dirigiéndose a Pedro, les dijo: Simón, ¿no has podido velar una hora conmigo? Velad y orad. Y sin esperar respuesta, volvió para proseguir su oración: y allí en la oscuridad se oyeron los mismos sollozos y súplicas.

Padre mío, si no es posible que pase de mí este cáliz sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.

Acercóse por segunda vez a sus discípulos y ellos dormían.¿Por qué dormís? Les dijo; pero ellos no se despertaron.Y volvió a paso lento al lugar de su oración.

La copa del dolor todavía no estaba agotado. Su tristeza llegaba hasta la muerte. Entonces la misericordia divina se manifestó visiblemente; un ángel bajó del cielo y se puso de rodillas junto a él, animándole a soportar el último combate.

Y Jesús con el rostro en tierra multiplicaba sus clamores al Padre, y el Padre parecía haber cerrado sus oídos a las súplicas de su Hijo. De este modo, abandonado de Dios y de los hombres, llevaba Jesús el peso de nuestras iniquidades y de la cólera celeste. De su cuerpo corrían hasta el suelo a manera de gotas de sangre.

Contemplemos a Jesús en el huerto de los Olivos. Héle allí prosternado y abatido, gimiendo bajo el peso de nuestras iniquidades no atreviéndose siquiera a mirar al cielo.

Ante sus ojos pasan, como un cortejo fúnebre, todas las especies de pecados que va a expiar: los pecados de los reyes y de los pueblos, los pecados de los ricos y de los pobres, los pecados de los padres y de los hijos; y ante esos torrentes de iniquidad, vio distintamente, las maledicencias y blasfemias, las impurezas y escándalos, las traiciones y las venganzas. ¡Oh que visión tan pavorosa! A donde quiera que vuelva los ojos, no ve Jesús más que aluviones de pecados. El Profeta le había visto bajo esa inundación y le había oído exclamar: Sálvame, Dios mío, que las aguas han llegado hasta mi alma.

Obsequio.- No dejar nuestras oraciones, aunque parezca que Dios no nos escucha.

Oración.-¡Soberana Reina del Rosario de Pompeya! Ya que mis pecados fueron la causa de aquella mortal tristeza, que hizo derramar gotas de sangre a vuestro divino Hijo en el huerto de los Olivos, suplícoos, Madre querida, que deis a mis ojos lágrimas de arrepentimiento para que los llore noche y día. Así sea.

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r6-7
LA FLAGELACIÓN DE JESUCRISTO

Sábado Séptimo

Por la señal…

Oración preparatoria…

Con la esperanza de mover a compasión los corazones de los judíos ante los sufrimientos de Jesús, Pilatos había dicho: yo le castigaré: palabras equivalentes a una orden de que le azotaran.

Era en la antigüedad la pena de los azotes un suplicio infamante, mucho más cruel que todos los que a primera vista pueden comparársele. Era tan natural el horror que inspiraba la flagelación, que la cualidad de esclavo no impedía que se tuviera compasión de las víctimas.

Pilatos contaba con este golpe para apaciguar las iras y excitar la conmiseración de los judíos. ¿Y quién podría resistir el espectáculo de un Hombre todo bondad, sangrientamente desgarrado?

Jesús fue, pues, condenado a sufrir la pena de la flagelación. Desnudáronle de sus vestidos, arrimáronle a una columna y ataronle fuertemente sus manos a ella; luego colocaron sobre su rostro un velo, destinado cubrir sus lágrimas, y a ahogar sus sollozos. Hubo un momento de gran silencio en derredor de la columna: todos aguardaban con angustia indefinible la orden del Procurador. Y cuando el Procurador hubo dicho las palabras tradicionales anda, lictor, azotale con vigor y precaución, el verdugo comenzó a descargar azotes lentamente sobre la carne palpitante de Jesús

A cada azote recibía, sacudíase su cuerpo con espantosa conmoción. Pronto la piel se desprendió en sangrientos girones; los costados descarnados dejaron ver los huesos; juntáronse unos con otros los cardenales; y el cuerpo de Jesús, de complexión la más perfecta de cuantos la humanidad ha podido presentar, quedó el más lastimado de cuantos cuerpos han sido sometidos a tormento.

La flagelación llegaba a su término; la Víctima, molida, jadeante se desplomó en el suelo, teñida en sangre. Los ejecutores desataron sus manos, lo levantaron y volvieron a ponerle sus vestidos.

Contemplemos el espectáculo que nos ofrece Jesucristo. ¿Qué corazón habrá que no se mueva a compasión en presencia de escena tan sangrienta? ¿Aquel rostro divino, amoratado a fuerza de dolor; aquellos labios cárdenos, próximos a exhalar el último suspiro; aquel pecho jadeante, en el que se dejaban ver heridas horribles; aquellas benditas manos, prodigadoras de milagros, fuertemente atadas; todo ese conjunto de humillaciones y dolores, mezclados lo horrorosos y repulsivo con una majestad apacible, que brillaba sobre todas las ignominias, no será bastante para impresionar tu corazón y moverle a compasión?

Obsequio.- Sufrir con resignación cualquiera injuria que recibamos.

Oración.- ¡Soberana Reina del Rosario de Pompeya! Puesto que vuestro divino Hijo quiso someterse al tormento de la flagelación, para expiar los pecados de la carne, en que vio anegado al mundo en su agonía de Getsemaní, infundid, Virgen purísima, en mi corazón, un amor ardiente a la virtud de la castidad y una fuerza de voluntad capaz de contrarrestar los instintos de placeres pecaminosos. Así sea.

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r6-8

 Sábado Octavo

LA CORONACIÓN DE ESPINAS

Por la señal…

Oración preparatoria…

Comprendieron los soldados que Pilatos, con el suplicio de la flagelación, había intentado borrar de la mente de Jesús las pretensiones a la corona de Israel, y quisieron burlarse de El haciéndole a su modo un rey de los judíos.

Sin que aquellos corazones de hiena se moviesen a compasión ante el lastimoso estado, en que los azotes dejaron a Jesús, arrastráronle consigo y lo introdujeron en el cuerpo de guardia, desnudáronle allí de sus vestidos y pusiéronle una clámide de púrpura, para imitar el manto real de los monarcas.Para parecer un rey perfecto, faltábale la corona.

Un aro de junco, rodeado de ramas de espinas de largas puntas, fue la corona que idearon colocar sobre su frente: y para que la ironía fuese más cruel algunas flores blancas, figuraban las perlas que hacían juego con los rubíes formados por las gotas de sangre pendientes de las puntas. De cetro sirvió una caña.

Todo estaba bien. Lo contemplaron un instante satisfechos; y abriendo la puerta lo empujaron hacia adelante con gritos y risotadas. Obtuvieron del público, que aguardaba impaciente su presencia, un aplauso regocijado.

Luego formaron un círculo en derredor de un banquillo, que había de servir de trono, bien ideado por cierto, para el rey que inauguraban. “Siéntate”, le dicen: y Jesús cae sobre aquel asiento; y al momento organizaron un solemne desfile. Pasaban despacio delante de El, doblando la rodilla y diciendo: Ave, Rex Judeorum. Salud, Rey de los Judíos; y algunos al pasar lo abofeteaban y le escupían al rostro.

Largo tiempo llevaban en este inhumano juego, cuando se dejó oír la voz de Pilatos, pidiendo que le llevaran a Jesús.

Contemplemos a Jesús en medio de tanto ultraje. ¿Protestará de tantas humillaciones y tantas afrentas? ¿Esas espinas agudas y desgarrantes, que salen por todos lados penetrando su cabeza, le obligarán a proferir alguna imprecación contra sus verdugos? Jesús permanece silencioso, dejando correr las lágrimas, única protesta que se permite; y aún brotaban contra su voluntad, porque el exceso de dolor las arrancaba a la flaqueza humana.

¡Qué amargas debían de ser esas lágrimas cuando veía con profética mirada la larga serie de rebeliones contra su verdad y su amor, pasando delante de El, como los soldados de Pilatos, lanzándole a su paso un insulto y un desafío! ¡Y qué dulces debían de ser cuando veía venir legiones de mártires y vírgenes, y presentarse valientes ante el verdugo, y oía sus entusiastas protestas: Ave, Rex Judeorum. Te adoramos, ¡oh Cristo! ¡Rey Inmortal de los siglos!

Obsequio.- No rehusar el trato a ninguna persona que nos haya ofendido.

Oración.- ¡Soberana Reina del Rosario de Pompeya! ¿Y dónde estabais Vos, mientras vuestro Hijo era tan cruelmente atormentado?… Allí estabais, rogando por aquellos mismos que colocaban la corona de espinas sobre su frente. Rogad también, por mí, Madre dolorosísima, que con mis pecados he vuelto a coronar de espinas más de una vez la frente de vuestro Hijo. Así sea.

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r6-9

Sábado Nono

Por la señal..
Oración preparatoria

JESÚS CAMINO DEL CALVARIO

Juntémonos con el fúnebre cortejo todo lo más cerca posible de la celestial Víctima. Se puso al frente un centurión, a quien tocaba presidir la ejecución y mantener el orden entre los asistentes. Junto al centurión marchaba un pregonero, llevando en alto la condenación de Jesús; en el centro de la multitud caminaba el Reo con la cruz sobre sus hombros.
Las fuerzas eran escasas y caminaba lentamente; la turba enloquecida le lanzaba puñados de polvo; un obstáculo con el cual tropezó su pie, lo hizo caer por primera vez; y al levantarse le faltaron las fuerzas para volver a cargar con la cruz.
En aquel momento volvía del campo un extranjero, llamado Simón, natural de Cirene. Ninguna parte había tomado en las locuras de aquella mañana; y cuando vio caer a Jesús no puedo contener un impulso de compasión y lanzó una protesta contra la rudeza de los guardias. Esto bastó para que le obligaran a cargar con la cruz, que ya no podía llevar la Víctima.
Caminaba ahora Jesús con más ligereza, con el pensamiento en su Madre, que a pocos pasos le aguardaba. Al llegar frente a Ella debieron de pararse un poco los soldados, acaso por conmiseración. ¿Podrían resistir la emoción de este encuentro de la Madre con el Hijo? … Y Jesús y María cambiaron una mirada y con la mirada cambiaron el alma. Renunciemos a comprender el alcance de este encuentro.
Prosiguió luego el cortejo su marcha, y Jesús, con el temblor de la fiebre y cubierto de polvo diluido en sangre y lágrimas, seguía dificultosamente. Al verle en tan lastimoso estado, acercósele una mujer con un lienzo mojado; Jesús se lo tomó y se lo aplicó al rostro y luego se lo devolvió con una mirada de gratitud divina. Los soldados apartaron a la mujer, mientras los verdugos levantan a la Víctima que había caído por segunda vez.
Se acercaban al Calvario y Jesús no se encontraba con fuerzas para subir la pendiente, que conduce hasta su cima; y volvió a caer por tercera vez. Ayudáronle a levantarse y sostenido por los soldados subió hasta la cumbre: al verse en aquella altura fijó su mirada compasiva y majestuosa en la muchedumbre: a sus pies descargó el Cirineo la cruz: se hallaban en el lugar del suplicio.
Contemplemos a Jesús en la vía dolorosa. Ni una alma hubo, a excepción de unas piadosas mujeres, que se compadeciese de su mísero estado. Cuando le faltaron las fuerzas y sucumbió bajo el madero, entonces, no por compasión sino por tener el placer salvaje de verle crucificado, quitaron de sus hombros la cruz. En medio de aquella turba sedienta de sangre caminaba lentamente: ni una queja se escapó de sus labios y tal vez veía entre los que le arrojaban polvo a alguno de aquellos a quienes con sus divinas manos había curado de sus dolencias: las lágrimas que corrían por sus mejillas se mezclaban con la sangre que manaba de su frente. En medio de los sufrimientos, su espíritu estaba fuerte, con la fortaleza que recibió en la oración del huerto: tan fuerte, que no rehusó el dolor que la presencia de su Madre tristísima había de causarle: y la miró con mirada divina de amor filial. ¡Oh vosotros los que pasáis por el camino, considerad, si hay dolor semejante al dolor de Jesús y de María!

Obsequio.- En todo sufrimiento físico o moral, acudir a la oración pidiendo fuerza para sufrirlo con resignación.

Oración.- ¡Soberana Reina del Rosario de Pompeya!… ¿A quién te compararé y quién podrá creerse semejante a Ti? Tu dolor es inmenso como el mar. La espada anunciada por Siméon, ha traspasado tu corazón. Por esa amargura inmensa, madre dolorida, os suplico que llenéis mi corazón de amor a los sufrimientos, para que aceptados voluntariamente me sirvan de expiación por los pecados de mi vida. Así sea.

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r6-10

 Sábado Décimo

 CRUCIFIXIÓN Y MUERTE DE JESUCRISTO

Por la señal…

Oración preparatoria,

En nada se diferenciaba la cruz del Salvador de las destinadas a otros condenados. No siquiera quisieron evitarle la humillación de un suplicio vulgar. Desnudáronle brutalmente y mandáronle tenderse sobre la cruz. Jesús dobló las rodillas y tendióse sin decir palabra.

Adaptaron sus manos al madero y los verdugos las clavaron con gruesos clavos. Saltó la sangre, se contrajeron los dedos y de sus labios salió un suspiro.

Horrible estremecimiento agitaba todo su cuerpo, mientras ajustaban sus pies al tronco del árbol maldito. ¿Qué les importaban a los verdugos estos espasmos? Luego los martillos hundieron en ellos y en la cruz un clavo.

Satisfechos los verdugos se levantaron diciendo con burla: Ahora, Galileo, desenclávate, si eres Hijo de Dios. Alzaron la cruz y al ver a la Víctima, lanzó el pueblo inmenso vocerío contra Ella: Tú, que destruyes el templo de Dios y lo reedificas en tres días, sálvate a ti mismo.

El Centurión reunió a su gente al pie de la cruz y sin poder reprimir los insultos que el populacho lanzaba contra el Crucificado, a cada blasfemia que oía, respondía en su alma con una protesta. Entre tanto las tinieblas fueron tales, que, sobrecogiendo de terror a las almas, se volvieron a la Ciudad, temiendo la catástrofe que se avecinaba.

Eran cerca de las tres de la tarde; hacía más de tres horas que Jesús pendía la cruz. De repente salió de su boca un grito de victoria. Todo está consumado. Y alzando la cabeza anunció que se despedía de este mundo. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu .. En aquel instante inclinó la cabeza y dio el último aliento.

Apenas Jesús cerró los ojos, tembló la tierra y los judíos huyeron despavoridos. Mas la paciencia y mansedumbre del Crucificado, mientras se hallaba en el suplicio, habló al corazón de los soldados; al verle inclinar la cabeza, glorificaron a Dios; el temblor de tierra rompió su último velo y con el corazón lleno de fe, exclamó el Centurión: “este era Hijo de Dios”: y los soldados respondieron: “Si era Hijo de Dios”.

Contemplemos a Jesús pendiente de la cruz. Apenas fue levantado en alto, todo su cuerpo cargó sobre los divinos pies rasgados por los clavos; levantósele el pecho, mientras la cabeza se revolvía con tan repentina torsión: el corazón palpitaba con violencia; la boca suspiraba sollozando; gruesas lágrimas corrían por sus mejillas y sus ojos parecían buscar un poco de compasión. Se cumplía con desconsoladora exactitud la profecía del Salmista. Esperé quien se entristeciera conmigo y no lo hubo; que alguno me consolase y no lo hallé. Hasta de su mismo Padre parecía abandonado y en su absoluta soledad exclamó: ¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?… Luego al ver que todo estaba cumplido, dio permiso a la muerte para que viniera a cerrar sus ojos

Objeto.- No desconfiar en los sufrimientos de la bondad de Dios.

Oración.- ¡Soberana Reina del Rosario de Pompeya! Por aquella angustia mortal que sentisteis al pie de la cruz y por aquella suave emoción que experimentó vuestro corazón al oír la profesión de fe en la divinidad de vuestro Hijo, hecha por el Centurión, no permitáis que mi corazón por temor a los demás, abandone las prácticas religiosas.

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r6-11

Sábado Undécimo

LA RESURRECCIÓN DE JESUCRISTO

Por la señal…
Oración Preparatoria

Después que fue sepultado el cuerpo del Salvador, los judíos le dijeron a Pilatos. “Nos hemos acordado que ese Seductor dijo mientras vivía: resucitaré al tercer día. Dad, pues, orden de que se guarde el sepulcro, no sea que sus discípulos lo roben y digan que ha resucitado”. Y Pilatos contestóles desdeñosamente: guardias tenéis, guardadlo como sabéis.

Marcharon los judíos poco satisfechos con esta respuesta; reunieron un buen número de soldados y montaron la fuerza en el sepulcro; la puerta fue sellada con el sello oficial. Tomadas todas estas precauciones sonrieron con la sonrisa del triunfo.

Mientras duraba el Sábado las santas mujeres, retiradas en sus casas estaban compartiendo los dolorosos sucesos del Viernes. Al llegar la mañana del domingo, se fueron camino del Calvario para terminar de ungir el cuerpo del Salvador.

Lo que las preocupaba era el modo de abrir la puerta del sepulcro.

¿Quién nos quitará la piedra? decían. Ignoraban evidentemente la presencia de guardias en el sepulcro. Pero pronto sus preocupaciones cambiaron de objeto. Una violenta conmoción agitó la tierra y luego vieron un grupo de hombres, que corrían hacia la ciudad. Eran los guardias del Sanedrín, a quienes el terror hacía abandonar la custodia del sepulcro.

En el momento en que tembló la tierra el Señor salía del sepulcro; un ángel que apareció al punto, volteó la piedra y estaba sentada sobre ella. Era su vestido blanco como la nieve y su frente brillaba como el brillo del relámpago.

Acercáronse las mujeres al sepulcro y vieron su interior lleno de claridad; pero el temor las detuvo en el umbral, desde el cual vieron dos ángeles sentados en las extremidades del banco funerario: las mujeres se arrodillaron y cubrieron sus rostros.

Habló uno de los ángeles y dijo: No temáis, se que buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado; no está aquí, ha resucitado

Consideremos el triunfo de Jesús. Después de haber tomado los judíos todas las preocupaciones necesarias para evitar que los discípulos se llevasen el cuerpo del Salvador, debieron decir con plena satisfacción: “Galileo, ahora puedes dormir en paz, nadie vendrá a turbar tu sueño; no pudiste bajar de la cruz, tampoco podrás salir del sepulcro. “Y al lanzar este último escarnio contra su Víctima, ellos, los sabios de Israel, no se acordaban que el Profeta había dicho: No permitáis, Dios mío, que tu Santo experimente el horror de la corrupción.

¿Cuál sería, pues, su asombro y furor, al oír de los soldados, que el Galileo había salido triunfante del sepulcro? Ellos, los valientes, los victoriosos hasta el mismo gobernador Pilatos, vencidos en un momento por el iluso Galileo, ¿cuál sería su humillación?… y el Galileo, el aborrecido de todos, el crucificado, el que no pudo bajar de la cruz, triunfante, ¿cuál sería su despecho?

Obsequio.- No excusarnos cuando nos viniere alguna humillación.

Oración.- ¡Soberana Reina del Rosario de Pompeya! … Por aquella alegría inmensa que debió de inundar vuestro corazón al saber el triunfo de vuestro divino Hijo, saliendo triunfante del sepulcro, no permitáis que el fruto de tantos sufrimientos, como le costó este triunfo, quede estéril para ninguno de los que aquí veis postrados a vuestras plantas. Así sea

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r6-12

Sábado Duodécimo

Por la señal…
Oración preparatoria…

LA ASCENSIÓN DE JESUCRISTO

Frecuentes eran las visitas con que Jesús alegraba a sus discípulos desde el día de su resurrección. Un día que los apóstoles se hallaban pescando, dejóse ver a la orilla del lago y después de comer con ellos de los peces que pescaron, dirigiéndose a Pedro, exigióle una triple afirmación de su amor en satisfacción de la triple negación; y levantándose Jesús dijo a Pedro: Ven conmigo; y se alejaron.

Créese que en aquella íntima conversación entre otras cosas le recomendó que reuniera a todos los discípulos en una montaña, en la cual tenía pensado mostrarse a todos en una solemne y postrera aparición. Los apóstoles y los discípulos dirigidos por Pedro, halláronse allí reunidos en número de quinientos y Jesús apareció en medio de ellos.

Los once apóstoles se agruparon en torno de EL y Jesús les dijo: Todo poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra; id, pues, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. Yo estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos… Y levantando los ojos al cielo, los bendijo y bendiciéndolos comenzó a separarse de ellos y le vieron elevarse hacia el cielo hasta que una nube le ocultó.

Y como siguieran mirando a la nube, aparecieron dos ángeles, vestidos de blanco y les dijeron: Varones de Galilea, ¿por qué permanecéis de pie mirando el cielo? Ese Jesús volverá algún día del mismo modo como lo habéis visto subir. Los apóstoles se prosternaron y después de haber adorado a Jesús, volvieron a Jersulalén llenos de alegría.

Consideremos la Ascensión de Jesús como un motivo de confianza para nosotros ¿Por qué Dios Nuestro Señor permite que sufra tanto?… Es la queja de muchas almas que no saben que la tribulación es el medio de que Dios se sirve para acercarlas más a El. Precisamente en esos momentos, en que parece que Dios se ha alejado más de nosotros, es cuando está más cerca de nuestra alma, contemplando la lucha que sostiene y ayudándola con su gracia.

¿Y qué tribulación podrá hacer desesperar a un alma que ha considerado los sufrimientos de Jesús y la gloria por ellos adquirida?

Abandonémonos en manos de Dios; que El disponga de nosotros como le plazca, sabiendo que a medida de nuestra humillación, será después nuestra exaltación y que este cuerpo y esta alma, que ahora sufren, a semejanza del cuerpo y alma de Jesús, entrarán algún día en la gloria para nunca más sufrir

Obsequio.- Cuando la tribulación nos aflija consideremos el premio, que por ella nos espera.

Oración.- ¡Soberana Reina del Rosario de Pompeya!… Cuando la tribulación me llame más fuertemente a las puertas de mi alma, no os apartéis de mi lado: sostenedme con el apoyo de vuestro auxilio, para que, sobrellevada con resignación, me sirva de aumento de los méritos celestiales, para que, cuando llegue mi último momento, merezca estar más cerca de vuestro lado allí en la gloria. Así sea.

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“Devocionario de la Virgen Coronada. Nuestra Señora del Rosario de Nueva Pompeya. 4º edición. P.P. Capuchinos. Bs. As. Imprimatur 1935.”

La imagen de la Virgen de Pompeya

Octubre 5, 2008

 La Imagen de la Santa Virgen del Rosario de Pompeya (120 cm de altura y 100 cm de anchura) representa la imagen de la Virgen en el trono con Jesús en brazos; a sus pies están Sto. Domingo y Sta. Catalina de Siena.

La Virgen tiene en la mano izquierda la corona del Rosario que entrega a Sta. Catalina, mientras que el Niño Jesús, apoyado sobre su pierna izquierda, se la confía a Sto. Domingo.

En este cuadro se pueden reconocer tres grandes espacios.

* El espacio en alto, en el cual la humilde pero solemne figura de María en el trono invita a la Iglesia a postrarse ante el misterio de la Trinidad .

El espacio inferior es el de la Iglesia, el Cuerpo Místico, la familia que tiene en Jesús su cabeza, en el Espíritu su vínculo y en María su miembro eminente y su Madre.

El espacio lateral, representado por los arcos, conduce al mundo, a la historia hacia la cual la Iglesia tiene la deuda de ser “sacramento”, ofreciendo el servicio del anuncio evangélico para la construcción de una digna ciudad del hombre.

El camino que une estos espacios es el Rosario, síntesis orante de la escritura, colocada casi como fundamento a los pies del trono y que es entregado al Hijo por la Madre como camino de meditación y asimilación del Misterio.

La imagen fue entregada a Bartolo Longo por Sor Maria Concetta De Litala, del Convento del Rosariello en Porta Medina en Nápoles. A la religiosa se la había dado en custodia el Padre Alberto Radente, amigo y confesor del Beato. Para transportarla a Pompeya, Longo la dio al carretero Angelo Tortora que después de haberla envuelto en una sábana la apoyó sobre un carro de estiércol. Era el 13 de Noviembre de 1875, fecha del nacimiento de la Nueva Pompeya, que cada año se conmemora con el descenso del cuadro, el cual durante un día queda expuesto a la veneración de los fieles que encomiendan a la Virgen sus esperanzas. Es extraordinario ver como, desde primeras horas de la mañana, miles y miles de personas de todas las edades se ponen en fila y esperan, incluso varias horas y a menudo bajo la lluvia para ver la imagen. Cuando llegó a Pompeya, el cuadro de la Virgen necesitaba ser restaurado, el trabajo fue realizado por el paisajista Guglielmo Galella. El 13 de febrero de 1876 se expuso a la veneración de los feligreses. Ese mismo día, en Nápoles, tuvo lugar el primer milagro por intercesión de la Virgen de Pompeya: la niña de doce años Clorida Lucarelli, declarada incurable, sanó completamente de terribles convulsiones epilépticas. A continuación Bartolo Longo cedió la tela al pintor napolitano Federico Maldarelli para una restauración ulterior, pidiéndole que sustituyera a Sta. Rosa por Sta. Catalina de Siena.

En 1965, se efectuó una restauración científica en el Instituto Pontificio de los Padres Benedictinos Olivetanos de Roma, durante la cual se descubrieron, bajo los colores superpuestos en las restauraciones encargadas por el beato Bartolo Longo, los colores originales de la Imagen que desvelaron la mano de un válido artista de la escuela de Luca Giordano.

En el mismo año, el 23 de Abril, la imagen fue coronada por el Papa Pablo VI en la Basílica de San Pedro.

 En el 2000, para el 125º Aniversario, el cuadro estuvo 5 días en la Catedral de Nápoles, donde fue venerado por miles de fieles.

En el 2002, volvió a San Pedro, por expreso deseo del Papa Juan Pablo II, que junto a la imagen firmó la Carta Apostólica ROSARIUM VIRGINIS MARIAE, con la cual introdujo cinco nuevos misterios y proclamó el Año del Rosario.

En su segunda peregrinación a Pompeya, el 7 de Octubre del 2003, El Papa Wojtyla fue recibido sobre el palco situado delante de la Basílica por la Imagen de la Virgen de Pompeya que él tanto amaba.

Fuente: www.santuario.it

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LA LLEGADA DEL CUADRO DE LA VIRGEN DE POMPEYA

BARTOLO LONGO, Storia del Santuario di Pompei, reedición 1990, pp. 75-83.

www.santuario.it

“Los tres misioneros, y especialmente el reverendo D. Michele Gentile, a los que tocaba predicar el Rosario, habían inculcado al pueblo el rezar cada día esta oración, tan querida para la Virgen.

Al acabar esta sagrada misión, pues yo empezaba a ver cumplidas mis esperanzas, y le daba muchas gracias a Dios. Pero para establecer la costumbre de este pueblo al rezo en común de la corona, y para hacer ganar las santas Indulgencias de la Hermanadad del Rosario, me pareció indispensable exponer a la veneración un cuadro cualquiera de la Virgen del Rosario, delante al cual esa gente pudiese reunirse cada tarde para el rezo de la Corona.

Un cuadro que representase un Rosario aquí no había, menos el litográfico, que como he dicho antes, ya había regalado al viejo párroco. Pero para ser un cuadro expuesto a la veneración pública, y para poder ganar las Indulgencias, conforme está ordenado en la liturgia eclesiástica, esta debe ser una pintura al óleo. Además de que no quería que la misión acabara sin que antes fuese expuesta una imagen, para que los tres sacerdotes dejaran al pueblo, como recuerdo de la misión, que se reuniese cada tarde delante de esa sagrada imagen y rezar la corona en común. Puesto que esta era la última meta que yo anhelaba en mi pensamiento. La misión terminaba el domingo 14 de noviembre. Era, por lo tanto, necesario que yo fuese corriendo a Nápoles, para conseguir con urgencia una imagen del Rosario pintada al óleo. Y me dirigí a Nápoles la mañana del sábado, día innovidable, 13 de noviembre de ese año innolvidable, 1875. Empecé a pensar y a hablar conmigo mismo para ver a quien dirigirme para comprar el cuadro que necesitaba. Recordé que por la Calle Toledo, en la plaza del Spirito Santo, varias veces había dejado caer la mirada dentro de un taller en el cual se exponían varios cuadros y retratos al óleo, y entre otros me parecía haber visto a una Virgen del Rosario. El pintor me era desconocido, y también el nombre: pero por la añadidura que tenía, quiza por su ciudad natal de Foggia, era llamado comúnmente el Foggiano.

Así así, decidí ir. Si no hubiese sido porque me atemorizó el hecho de encontrarme en apuros por no haber regateado o pactado el precio como es costumbre en Nápoles. -¡Oh si fuese capaz de encontrar al Padre Radente! – pensé. –El sí, como napolitano, tiene las mañas para conseguir buenos precios. Pero, ¿cómo y dónde encontrar al Padre Radente? Sabía que el buen Padre desde hacía diez años, desde que fueron expulsados los Frayles de Sto. Domingo el Mayor, convivía con dos cofrades suyos, en una casa de alquiler: sabía además que el solía celebrar Misa todas las mañanas en la Iglesia del Rosario en Porta Medina. –Esta bien, – me dije: – me acercaré por Toledo: si Dios quiere, encontraré a mi amigo: de otro modo veré lo que hago.

Pero la Providencia, que con mano invisible guiaba los hilos de un acontecimiento que después sería como poco extraordinario, quiso que junto a la plaza del Spirito Santo, a poca distancia del taller del pintor, me chocara con el venerado fraile.

Este santo fraile fue el hombre que Dios me mandó en el medio de mi borrascosa vida. En otro momento diré, por gratitud, algo sobre él y sus virtudes; y como le conocí. Hoy digo solo que nos encontramos en el destierro de esta vida en 1865; y en el año 1885 nos separamos aquí abajo. Pero entre medias y precisamente en 1875, sucedió los que ahora cuento.

La intimidad, de la cual me honraba el Padre Radente, me hizo correr con el pensamiento hacia él, en el deber de comprar el cuadro, al cual, como he dicho, yo no sabía ponerle un precio justo. -¡Oh, Padre! – grité fuerte cuando le vi – por suerte os encuentro.

Y le expuse por orden todo lo que había sucedido en esos días en Pompeya, y de la llegada del Obispo de Nola (Mons. Formisano), y de la idea de edificar una Iglesia, y de establecer una Hermandad del Rosario, y, por último, del cuadro que yo quería comprar. – El estudio del Foggiano está aquí cerca: -observó el Fraile: -vamos. Y entramos juntos. Había en esa estancia terrena una tela de la Virgen del Rosario, pero sin misterios alrededor y de pequeña medida: no llegaba ni al metro. – ¿Cuánto cuesta ese cuadro? – Cuatrocientas liras. – ¡Es realmente mucho! – exclamó el Padre. Yo quizás me lo hubiera comprado; pero el Padre, amenazándome: – Vamos fuera.

Y cuando estabamos en la calle: – ¿Para qué gastar cuatrocientas liras, – añadió, – por un cuadro pequeño, cuando ahora tú tienes la intención de sufragar los gastos de una nueva iglesia? ¿Sabes que se me ha ocurrido, mientras estabamos en el taller del Foggiano? Yo di hace varios años a Sor Maria Concetta De Litala, en el Conservatorio del Rosario en Porta Medina, un viejo cuadro del Rosario, que compré a un revendedor en medio de la calle de la Sapienza. Tú ve a verlo. Si te gusta, y te parece que te pueda servir, raído como está, pídeselo a ella que te lo dará seguro. Es verdad que es un cuadro sin ningún valor: lo compré por ocho calinos (3,40): pero bastará para el rezo del Rosario a los campesinos de Pompeya.

Corriendo voy al Conservatorio de Porta Medina. – Deseo hablar con Sor Concetta De Litala, – grité desde la grada del locutorio. Poco después vi bajar la hermana, que desde hace tiempo conocía. –El Padre Maestro Radente me manda a usted, para que, si podéis me déis ese viejo cuadro de la Virgen del Rosario que él os dió. Sabed que en Pompeya los pobres ciudadanos no dicen el Rosario porque no tienen imagen; y esta tarde debo llevarla, a fin de que los misioneros la muestren al pueblo, cuando la misión acabe. Esta ferviente terciaria, que era realmente una mujer santa, hoy pasada al gozo de la vida eterna, -Estoy contenta – repitió: estoy muy contenta de que ese abandonado cuadro tenga que servir para una bonita ocasión. Voy rápido a cogerlo. Pocos minutos después veo bajar a la monja con el cuadro.

¡Ay de mí! Se me encongió el corazón al verlo. Era solo una vieja y raída tela, pero el rostro de la Virgen, más que de una Virgen benigna, toda santidad y gracia, parecía más bien el de una mujerona ruda y zafia. -¿Quién pintó este cuadro? ¡Misericordia! – no pude reprimir la exclamación con un aire de susto y desconsuelo. En mi corazón sentía que los pobres pompeyanos muy malamente se darían a la devoción mirando esa fea imagen.

Además de la deformidad y del disgutoso rostro, faltaba también sobre la cabeza de la Virgen un palmo de tela; todo el manto estaba descascarillado y roído por el tiempo y agujereado por la polilla, y por los desconchones se habían caído aquí y allá pedazos de color. Nada que decir de la fealdad de los demás personajes. Santo Domingo a la derecha no parecía un Santo, sino un vulgar idiota ; y a la izquierda había una Santa Rosa, con una cara gorda, ruda y vulgar como una campesina, coronada de rosas. Incluso el concepto histórico estaba equivocado en este cuadro. La Reina del Rosario estaba representada sentada y sin diadema en la cabeza: y en lugar de dar el Rosario a Santo Domingo, como dice la historia, lo daba a Santa Rosa: y por el contrario el Niño es el que le daba la corona al Patriarca de Guzmán. Consideré en dejarlo pasar, o llevarlo de esa guisa. Me cruzaba el pensamiento que la Misión estaba para acabar, y la misma tarde yo había prometido a los tres misioneros y al pueblo el cuadro del Rosario. Y todos sabían que yo había ido a Nápoles aposta para comprarlo, y lo esperaban a la vuelta. ¿Qué hacer? – No haga demasiadas reflexiones, – dijo con un dulce timbre de reproche la pía hermana. – Llevaos el cuadro ahora mismo: vale igual para que se rece delante de él un Ave María.

Obligado por la necesidad, pero no seguro en mi interior, consentí. ¿Pero cómo llevármelo? He aquí otro tropiezo. La medida de este, ancho un metro y alto un metro y cuarenta centímetros, excedía cajas para mandarlo de lo contrario, habiendo ya deliberado, como he dicho, llevarlo conmigo. – Pero venga, lleváoslo, – añadía santamente insistiendo la monja; ¿qué pasa si váis de pie en el vagón? ¡Llevaos a la Virgen!… Pero esta propuesta, que para realizarse exigía que yo fuese en el tren en cuarta clase, en pie, y manteniendo el cuadro, no la digería.

Alcancé a la Condesa, mi mujer, en portería; y la buena monja, encendió el rostro, casí inspirada: – Debéis llevaros este cuadro, -le dijo: – y en este momento. Y así en el carruaje lo llevamos a nuestra casa, que entonces estaba en la calle Salvator Rosa, n. 290. Pero lo difícil era hacerlo llegar esa tarde al Valle de Pompeya. Pensando en ello, me vino en mente que ese día el carretero de Pompeya, a nombre de Angelo Tortora, (el único que hacía viajes de Nápoles al Valle) tenía que ir allí con su carga. El solía recoger el estiércol de los establos de los señores de Nápoles y lo vendía en el campo.

Le mandé buscar. Angelo Tortora a esa hora había llenado ya su carro, y estaba a punto de partir hacia Pompeya. Tenía mi recado y fue a toda prisa a nuestra casa. –Angelo, – le dije: – tú me harás el favor de llevar hoy mismo a la Parroquia del Valle este cuadro, para que mañana, domingo, los Padre Misioneros puedan exponerlo en la iglesia e introducir en el pueblo para el rezo del Rosario cada tarde. Nada más llegar al Valle de Pompeya se lo entregarás a uno de los tres misioneros.

Angelo Tortora es precisamente el que compartió parte de mis fatigas durante los primeros años. Era uno de los jefes de todos los campesinos del valle, y de los más ricos. Grande en la persona, macizos los miembros y los hombros cuadrados, de voz fuerte y sonora, solía hablar siempre alto, como si hablase a los sordos. Me había servido de él varias veces para hacerme acompañar, cuando iba por los campos en busca de maiz y de algodón para mis fiestas del Rosario y para las clamorosas rifas. El montado en un banco en medio de la calle provincial, de frente a la Parroquia, bajo el bar De Fusco (la antigua taverna), con su voz sonora, sorteaba la famosa lotería y con sus rudos modos llamaba por nombre a todos los vencedores de los anillos y de los crucifijos y de los cuadritos, y distinguía uno por uno en medio de una muchedumbre repartida por el valle. Luego era él mi hombre, y no se lo hizo repetir. –Está bien, – me respondió. – Y cogió el cuadro y se fue.

Y así, mientras la imagen estaba en camino por la carretera provincial hacia Pompeya sobre el carruaje de Angelo Tortora, yo corría a la estación ferroviaria para llegar antes que él. Pero cual fue el disgusto que sentimos, cuando llegamos  por la tarde al Valle de Pompeya, supimos que Tortora había llevado el cuadro, colocándolo encima del estiércol, que ya había cargado en el carro. El voluntarioso queriendo hacerme el favor, no había sabido hacer otra cosa. Incluso cuando le llamé para pagarlo no quiso el dinero, diciendo que le bastaba con haber llevado una Imagen de la Virgen. ¡Pobrecillo! Nuca habría imaginado que su nombre aparecería en esta historia, que durará tanto cuanto el Santuario de la Virgen de Pompeya. Esperemos que hoy en el cielo la Virgen Santa lo remunere de lo que hizo por su templo.

¿Quién habría creído posible que la vieja tela, pagada poco más de tres liras, y que hacía entonces su entrada en Pompeya sobre el estiércol, estaba en los designios de la Providencia enviada como instrumento de salvación de innumerables almas? ¿Y qué sería tan valiosa, de ser coronada de brillantísimos brillantes y raras gemas? ¿Y poco después sería elevada sobre un riquísimo trono en un templo monumetal erigida adrede para ella? ¿Y que tendría a sus pies no solo a los pobre ciudadanos de Pompeya para rezar el Rosario, sino a una muchedumbre de adoradores y de peregrinos de todas las naciones, convirtiéndose en un centro de religión, de civilización, de gloria? ¿Y qué llamaría la atención y el afecto del Sumo Jefe de toda la Cristiandad que lo empujo a declarar suyo el Santuario de Pompeya, haciéndolo Pontificio bajo la inmediata jurisdicción del Sucesor de Pedro?

¡Oh, si lo hubiésemos podido vaticinar nosotros!… si lo hubiesen sabido cuantos son hoy hijos predilectos de la Reina de Pompeya que corren a ofrecerle junto a las súplicas el donativo de la gratitud de Malta, de Madrid, de Liverpool, de Coblenza, de Brusela, de Varsovia, de Viena, de Blois, de Suiza, de Africa, de Oceanía, por no decir de nuestra Italia que no secunda a nadie en honrarla!

¡Oh! ¡Si hubiesemos podido adivinar ese sublime arcano! Hubieramos corrido a quitarla de ese abono: y la habríamos llevado en brazos, hubieramos querido llevarla al Valle abandonado entre una lluvia de flores y entre los osana de miles de voces que exclaman: – ¡Bendita la que es enviada por la Misericordia del Señor!”

Beato Bartolo Longo

Octubre 5, 2008

El Fundador del Santuario de Pompeya, Bartolo Longo, nació el 10 de febrero de 1841 en Latiano .

En 1863 llegó a Nápoles para completar los estudios de Jurisprudencia. Por medio de amigos y profesores se acercó al mundo del espiritismo, abandonando completamente la fe católica en la que había sido educado.

Gracias al profesor Vincenzo Pepe y al padre dominico Alberto Radente, volvió al buen camino. Su conversión fue total, se dedicó en cuerpo y alma a la religión y a la caridad. Gracias a la noble señora Volpicelli, beatificada el 29 de abril del 2001, conoció a la Condesa Marianna Farnararo De Fusco, que se había quedado viuda muy joven, con cinco hijos pequeños.

Precisamente para encargarse de la gestión de sus propiedades, llegó al Valle de Pompeya en 1872. Girando por los campos del lugar, sintió que le brotaba del corazón la duda que le atormentaba desde hacía tiempo: “¿Qué podia hacer para salvarse, debido a las experiencias poco edificantes de su vida pasada?” Era mediodía y al repicar de las campanas se le unió una voz: “¡Si propagas el Rosario te salvarás!”. Entonces, entendió su vocación y se propuso no alejarse del Valle de Pompeya, sin haber difundido antes el culto a la Virgen del Rosario.

Comenzo catequizando a los campesinos; luego, restructuró la pequeña iglesia parroquial del Santísimo Salvador, que se remontaba al Año Mil y decidió erigir una nueva iglesia, tras el consejo del Obispo de Nola, dedicada a la Virgen del Rosario.

El 13 de noviembre de 1875, llegó a Pompeya la milagrosa imagen de la Virgen del Rosario. Primero desde Nápoles y luego, poco a poco, desde todas las partes del mundo, empezaron a llegar donativos para la construcción de la nueva iglesia, cuya primera piedra fue colocada el 8 mayo de 1876. En 1877 Longo escribió y divulgó la pía práctica de los Quince Sábados, dos años después, se curó de una grave enfermedad gracias al rezo de la Novena, que el había compuesto y de la cual se hicieron, inmediatamente, novecientas ediciones en veintidós idiomas. El 14 de octubre de 1883, veinte mil peregrinos reunidos en Pompeya, rezaron por primera vez la Súplica a la Virgen del Rosario, que había surgido del corazón de bartolo Longo como respuesta a la Encíclica SUPREMI APOSTOLATUS OFFICIO (1 de septiembre de 1883), con la cual León XIII, para combatir los males de la sociedad, indicaba como remedio el rezo del Rosario. En 1884 fundó el periódico “Il Rosario e la Nuova Pompei”. Mientras tanto, gracias a él, en torno a las obras de la nueva iglesia surgía una verdadera ciudad con las casas para los obreros, primer ejemplo de construcción social que anunciaba la RERUM NOVARUM, el telégrafo, la estación ferroviaria, un pequeño hospital, el observatorio meteorológico y el geodinámico. En 1887 fundó el Orfanato Femenino, la primera de sus obras de caridad a favor de los menores. Algunos años más tarde, en 1891, el cardenal Rafaele Monaco La Valletta consagró el nuevo Templo. El Santuario de Pompeya era conocido cada vez más y fieles de todo tipo pedían gracias de todo género. Los condenados se dirigieron al abogado Longo para exhortarlo a que cuidase de sus hijos. En este periodo el Beato maduró la que aun hoy se considera su intuición más original, es decir: no solo creer en la posibilidad de recuperación de los hijos de los presos, sino apostar por el hecho de que estos, a su vez, salvaran a sus padres de la desesperación. En 1892 se colocaba la primera piedra del Hospicio para los hijos de los presos, dirigido por los Hermanos de las Escuelas Cristianas de San Juan Bautista La Salle, a partir de 1907. Pasados seis años, el número de alumnos ascendía a más de cien. El primer chico acogido, un calabrés, luego se hizo sacerdote. A continuación acogió también a las hijas de los presos que confió al cuidado de las Hermanas Domicas Hijas del Santo Rosario, que él mismo había fundado en 1897. El 5 de mayo de 1901 se inauguró la fachada de la Basílica, levantada con la contribución de los fieles de todas las partes del mundo y dedicada a la Paz Universal. Bartolo Longo murió a la edad de ochenta y cinco años, el 5 de octubrre de 1926. Dos años después, gracias al interés del Hermano Adriano di Maria, de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, que continuó la obra del abogado, Pompeya fue reconocida como municipio autónomo. La obra de Longo ha tenido su reconocimiento solemne con la Beatificación por parte de Juan Pablo II, acontecida el 26 de octubre de 1980.

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 Oración al beato Bartolo Longo

Oh beato Bartolo Longo
que amaste a María con la ternura de un hijo
y difundiste su devoción con el rezo del santo Rosario
y por su intercesión recibiste abundante gracia
para amar y servir a Cristo en la infancia abandonada,
danos la gracia de vivir en el espíritu de oración unidos a Dios
para amarlo como tú en nuestros hermanos.

Tú, que al final de la peregrinación terrenal
declaraste que nunca te habías cansado de rezar
por todo dolor, por todo cansancio, por toda calamidad
confiando en la omnipotencia de Dios
y en la intercesión de su Madre divina,
continúa a interceder por todos los que están llamados
a continuar tu obra de fe y de amor en Pompeya.

Concédenos que después de la contemplación terrena
de los misterios gozosos y dolorosos,
podamos junto a ti y María,
Reina de los ángeles y de los Santos,
compartir la alegría de los misterios gloriosos en el cielo.

Amén

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Oración para la canonización del beato Bartolo Longo

Dios, Padre de misericordia,
te alabamos por haber dado
a la historia de los hombres
al beato Bartolo Longo,
ardiente apóstol del Rosario
y luminoso ejemplo de laico comprometido en el testimonio
evangélico de la fe
y de la caridad.
Te agradecemos por su
extraordinario camino espiritual,
sus intuiciones proféticas,
su incansable dedicación
por los últimos y los marginados,
la entrega con la cual
sirvió fielmente tu Iglesia
y construyó la nueva ciudad
del amor en Pompeya.
Te pedimos,
haz que el beato Bartolo Longo,
sea pronto incluido
entre los santos
de la Iglesia universal,
para que todos puedan
seguirlo como
modelo de vida y gozar
de su intercesión.

Fuente: Sitio oficial del Santuario de Pompeya.

Súplica a la Virgen de Pompeya

Octubre 5, 2008

Esta súplica se reza el 8 de Mayo y el primer domingo de Octubre.

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Acerca de la Súplica

Palabras de Juan Pablo II el 8 de mayo de 1983, luego del rezo del Regina Caeli.

“Esta ardiente y conmovedora oración, que se reza cada año al mediodía del día 8 de mayo y del primer domingo de octubre, brotó del gran corazón del Beato Bartolo Longo, el abogado que nació en Latiano (Brindis) el año 1841 y murió en Pompeya el año 1926, después de una larga vida dedicada a un apostolado intenso y fecundo, especialmente en el sector de la asistencia y de la educación de los muchachos, mediante espléndidas obras de caridad, como parvularios, talleres, escuelas, centros recreativos, fábricas, orfanatos, construidos en torno al templo de Pompeya, que quiso dedicar a la Virgen Santísima del Rosario.

La generosidad de los fieles de todos los continentes ha hecho, en estos años, cada vez más hermoso ese santuario y ha contribuido a la vitalidad de las iniciativas sociales que realizó el Beato para la auténtica promoción social y cristiana de los pequeños.

La Divina Providencia quiso concederme la alegría de elevar, el 26 de octubre de 1980, a Bartolo Longo a la gloria de los altares, por medio de la beatificación, y hoy, en el centenario de la “Súplica”, quiero unirme yo también a la muchedumbre inmensa, recogida en ferviente oración en aquel santuario de la Virgen y en la gran plaza de Pompeya.

Por tanto, invito a todos los que me escuchan en este momento a asociarse espiritualmente a este coro orante y a seguir la última parte de la “Súplica”, que me dispongo a rezar ahora:

“Oh Rosario bendito de María, dulce cadena que nos vuelves a unir con Dios, vínculo de amor que nos unes a los Ángeles.

Torre de salvación en los asaltos del infierno.

Puerto seguro en el naufragio común, nosotros no te dejaremos jamás.

Tú serás consuelo en la hora de la agonía, a ti el último beso de la vida que se apaga.

Y el último acento de nuestros labios será tu nombre suave, oh Reina del Rosario de Pompeya, oh Madre nuestra querida, oh Refugio de los pecadores, oh Soberana consoladora de los afligidos.

Seas bendita en todas partes, hoy y siempre, en la tierra y en el cielo.

Amén”.

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida dulzura y esperanza nuestra; Dios te salve.

A ti llamamos los desterrados hijos de Eva; a ti suspiramos, gimiendo y llorando, en este valle de lágrimas.

Ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre.

¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María!

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SÚPLICA

A LA

VIRGEN DE POMPEYA

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Así sea.

I. ¡Oh augusta Reina de las Victorias, oh Virgen soberana del Paraíso! cuyo nombre poderoso alegra los cielos y hace temblar de terror a los abismos. ¡Oh gloriosa Reina del Santísimo Rosario!, nosotros, los venturosos hijos vuestros, postrados a vuestras plantas, – en este día sumamente solemne de la fiesta de vuestros nuevos triunfos sobre la tierra de los ídolos y de los demonios – derramamos entre lágrimas los afectos de nuestro corazón, y con la confianza de hijos os manifestamos nuestras necesidades.

¡Ah! Desde ese trono de clemencia donde os sentáis como Reina, volved, ¡oh María!, vuestros ojos misericordiosos a nosotros, a nuestras familias, a nuestra República, a la Iglesia Católica, al mundo todo, y apiadaos de las penas y amarguras que nos afligen. Mirad ¡Oh Madre! cuántos peligros para el alma y cuerpo nos rodean; cuántas calamidades y aflicciones nos agobian. Detened el brazo de la justicia de vuestro Hijo ofendido, y con vuestra bondad subyugad el corazón de los pecadores; pues ellos son nuestros hermanos e hijos vuestros, que al dulce Jesús costaron sangre divina y a vuestro sensibilísimo Corazón indecibles dolores. Mostráos hoy para con todos Reina verdadera de paz y de perdón.

Dios te Salve, Reina y Madre, etc..

II. En verdad, en verdad, Señora, nosotros, aunque hijos vuestros, con las culpas cometidas hemos vuelto a crucificar en nuestro pecho a Jesús y traspasar vuestro tiernísimo Corazón. Sí, lo confesamos, somos merecedores de los más grandes castigos; pero tened presente, oh Madre, que en la cumbre del Calvario recibisteis las últimas gotas de aquella sangre divina y el postrer testamento del Redentor moribundo; y que aquel testamento  de un Dios, sellado con su propia sangre, os constituía en Madre nuestra, Madre de los pecadores. Vos, pues, como Madre nuestra, sois nuestra Abogada y nuestra Esperanza. Y por eso nosotros, llenos de confianza, entre gemidos levantamos hacia Vos nuestras manos suplicantes y clamamos a grandes voces:¡misericordia, oh María, misericordia!

Tened, pues, piedad ¡oh Madre  bondadosa! de nosotros, de nuestras familias, de nuestros parientes, de nuestros amigos, de nuestros difuntos, y sobre  todo de nuestros enemigos, y de tantos que se llaman cristianos, y sin embargo desgarran el amable Corazón de vuestro Hijo. Piedad también, Señora, piedad, imploramos para las naciones extraviadas, para nuestra querida patria, y para el mundo entero a fin de que se convierta y vuelva arrepentido a vuestro maternal regazo. ¡Misericordia para todos, oh Madre de las misericordias!

Dios te salve, Reina y Madre, etc.

 III. ¿Qué os cuesta, oh María, escucharnos, que os cuesta salvarnos? ¿Acaso vuestro Hijo divino no puso en vuestras manos los tesoros todos  de sus gracias y misericordias?  Vos estáis sentada a su lado con corona de Reina, rodeada de gloria inmortal sobre todos los coros de los Ángeles. Vuestro dominio es inmenso en los cielos; y la tierra con todas las criaturas os está sometida. Vuestro poder ¡Oh María! llega hasta los abismos, puesto que Vos ciertamente, podéis  librarnos de las asechanzas del enemigo infernal. Vos, pues, que sois todopoderosa por gracia, podéis salvarnos; y si Vos no queréis socorrernos por ser hijos ingratos e indignos de vuestra protección, decidnos a lo menos a quien debemos acudir para vernos libres de tantos males. ¡Ah! no; vuestro Corazón de Madre no permitirá que se pierdan vuestros hijos. Ese divino Niño, que descansa sobre vuestras rodillas, y el místico Rosario que lleváis en la mano, nos infunden la confianza de ser escuchados, y con tal confianza nos postramos a vuestros pies, nos arrojamos como hijos débiles en los brazos de la más tierna de las madres, y ahora mismo, sí ahora mismo, esperamos recibir las gracias que pedimos.

Dios te salve, Reina y Madre, etc

Pidamos a María su S. Bendición

Otra gracia más os pedimos ¡Oh poderosoa Reina! que no podéis negarnos en este día de tanta solmenidad. Concedednos a todos además de un amor constante hacia Vos, vuestra maternal Bendición. No: no nos retiraremos de vuestras plantas, hasta que nos hayáis bendecido. Bendecid ¡Oh María! en este instante al Sumo Pontífice. A los antiguos laureles e innumerables triunfos alcanzados con vuestro Rosario, y que os han merecido el título de Reina de las Victorias, agregad este otro: el triunfo de la Religión y la paz de la trabajada humanidad. Bendecid también a nuestro Prelado, a los Sacerdotes, y a todos los que celan el honor de vuestro Santuario. Bendecid a los asociados a la obra del Templo de Pompeya, y a  todos los que practican y promueven la devoción de vuestro S. S. Rosario.

¡Oh bendito Rosario de María, dulce lazo que nos unes a Dios, Vínculo  de amor que nos juntas con los Ángeles, Torre de salvación contra los asaltos del infierno, Puerto en el común naufragio, nosotros no te dejaremos jamás! Tu, serás nuestro consuelo en la hora de la agonía, y para Ti, será nuestro ósculo postrero al despedirnos de la vida. Y la última palabra que pronunciarán nuestros labios moribundos será vuestro dulce nombre ¡oh Reina del Rosario del Valle de Pompeya, amada Madre nuestra, único refugio de los pecadores, consoladora soberana de los afligidos. Bendita seáis en todas partes ¡Oh gran Señora! ahora y siempre, en la tierra y en los Cielos. Así sea.

Bibliografía: “Devocionario de la Virgen Coronada Nuestra Señora del Rosario de Nueva Pompeya”. Cuarta edición. P.P Capuchinos. Buenos Aires.1935.