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Hora Santa

Octubre 29, 2009

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Hora Santa correspondiente al mes de noviembre escrita por el Padre Mateo Crawley.

“Ecce Homo”…

He aquí al Hombre de todos los dolores, al Salvador Jesús, tras de esa Hostia…

Doblemos la rodilla, adorémosle en la suave y vencedora majestad de ese misterio…

¡Oh!, viene seguramente en busca nuestra, ya que en el Paraíso tiene legiones de ángeles…

Miradle…, se acerca como le vio un día su sierva Margarita María…; viene sin fulgores de sol, sin diadema, maniatado, perseguido…

Trae el alma abrumada de angustias… cargados de lágrimas los ojos…

Busca un huerto de paz en dónde orar en su agonía, y ha venido aquí, trayéndonos una confidencia de caridad infinita, y de infinita tristeza…

Callad, hermanos, y en el silencio del alma, olvidados del mundo, desligados por un momento de los mezquinos intereses de la tierra…, oíd al Señor Jesús en esta Hora Santa…

Contempladle bajo la figura dolorida, ensangrentada del Ecce Homo, tal como se apareció en Paray-le-Monial a su primer apóstol y confidente, para reclamar de sus amigos un amoroso desagravio…

“¡Oh, buen Jesús: al comenzar esta Hora Santa, déjanos besar con deliquios de amor, con pasión del alma, con embriaguez de cielo, la herida encantadora del Costado, y permítenos llegar, por medio de ese ósculo dichoso, hasta lo más recóndito de tu divino y agonizante Corazón!”.

(Presentadle el pedido íntimo que queréis hacerle en esta Hora Santa).

Voz del Maestro. Hijitos míos, ¿queréis brindar un asilo de amor, un abrigo de fidelidad a vuestro Dios, perseguido por el huracán maldito de la culpa?…

Es cierto que no veis hoy día mi cuerpo hecho pedazos…; pero creed que no han cesado los crudelísimos azotes…

No veis tampoco que el llanto inunda mis mejillas…; pero ¡con qué furor penetran en mi frente las espinas!…

No está a la vista la congoja mortal y la agonía de Getsemaní…; pero, ¡ay!, sus indecibles amarguras llenan hasta los bordes el cáliz de mi abandonado Corazón…

El pecado no da tregua a mis dolores…

Ese torrente de inquietud me persigue hace veinte siglos, sigue mis pasos, iracundo…

Quiere devorar la obra de mi sangre…; quiere condenar las almas…

“¿Qué pude hacer por mi rebaño que no lo haya hecho?”…

El sacrificio de mi cuerpo, de mi alma, de mi Corazón; el holocausto del Calvario y de la Eucaristía…, todo está consumado…

Y, con todo, la culpa avanza, como hálito del infierno, penetra en las conciencias, mata en ellas mi amor… y la gloria de mi nombre…

¡Ay! Abridme pronto, vosotros mis amigos, abridme el refugio cariñoso de vuestros corazones…

Ponedme al abrigo de la noche fría, lóbrega, del pecado que envuelve al mundo…

Tendedme, hijitos míos, alargadme con caridad filial los brazos…

¡Oh, no es el recuerdo del Calvario el que me hiere…, es el pecado de hoy el que atraviesa sin piedad mi desolado Corazón!…

Ved: estoy llorando ahora mis tristezas; estoy desahogando entre vosotros la tempestad de mis dolores…

¡Y en el mismo instante, millares de saetas se clavan en la llaga sangrienta de mi pecho!…

¡Oh, dad albergue de caridad y de ternura, en vuestras almas compasivas, a este Jesús, el eterno ultrajado y perseguido de la culpa!…

(Pausa)

El alma. Jesús, Rey de los altares y Soberano de las almas: ven y asienta tus reales de dominio en estos corazones…

No serás entre nosotros el huésped, sino el Padre y el Monarca…, no el peregrino, sino el Redentor desagraviado y el Señor mil veces bendecido…

Ven… Y si es constante la ofensa de la culpa…, más constante aún ha de ser el homenaje de nuestro humilde desagravio…

Abre tu prisión, Señor Sacramentado, y que los ángeles que rodean tu pobre tabernáculo se unan a los amigos leales de tu Eucaristía, para decirte:

(Todos en voz alta)

¡Corazón Santo, tú reinarás!

No obstante los esfuerzos desesperados del infierno, que anhela la desdicha eterna de las almas.

¡Corazón Santo, tú reinarás!

A pesar de la fragilidad humana, que impele a tantos por la pendiente del abismo…

¡Corazón Santo, tú reinarás!

No obstante la furia de tantos enemigos de tu moral intransigente y de tus dogmas invariables…

¡Corazón Santo, tú reinarás!

A pesar de los ataques con que la razón y las sabidurías vanas de la tierra se alzan para derrocarte del altar…

¡Corazón Santo, tú reinarás!

No obstante la licencia vergonzosa, que muchos pretenden erigir en ley natural de la conciencia…

¡Corazón Santo, tú reinarás!

A pesar del artificio con que se trama noche y día en contra de la Iglesia, del hogar y de la infancia…

¡Corazón Santo, tú reinarás!

No obstante la sacrílega legalidad de tantos atentados de lesa majestad divina…

¡Corazón Santo, tú reinarás!

A pesar del odio de los gobernantes, excitados por el poder de tu humildad y de tu silencio…

¡Corazón Santo, tú reinarás!

No obstante los ataques airados de la prensa, de las leyes y de las sectas, poderes conjurados en ruinas de tu gloria y de tu reinado entre los hombres…

¡Corazón Santo, tú reinarás!

(Pedid con todo fervor el reinado del Corazón de Jesús).

Voz del Maestro. ¿Por qué, decidme, confidentes muy amados, por qué los hijos de las tinieblas son con frecuencia más prudentes y esforzados que vosotros, los hijos de mi dolor y de la luz?

Vedlos a mis enemigos, perpetuamente afanados en aislarme en el Sagrario, y luego, en derribar mi altar…

No se dan descanso en el propósito de anular mi ley, de dispersar mi sacerdocio y de aniquilarme en las conciencias de los hombres…

Y vosotros… y tantos de los míos, ¿qué habéis hecho?…

¿Cómo no habéis podido velar una hora conmigo?…

Y por cansancio, por preocupaciones terrenas…, por debilidad de carácter…, por falta de amor a vuestro Dios y Maestro, habéis descansado, mientras

Yo agonizaba…

Dormíais tranquilos, entre vuestro Salvador agonizante y la turba enemiga que venía a prenderle…

No habéis amado así, seguramente, a vuestros padres, a vuestros hermanos, a los amigos íntimos de vuestro corazón…

Y para mí, sólo para mí, ¿por qué no habéis tenido fineza ni resolución en el amor?…

Me prometisteis generosidad… bendije y acepté vuestra buena voluntad…, y, a poco, desfallecisteis y fui olvidado…

Os perdoné tantos desvíos, olvidé tantos olvidos…, y vosotros, los de mi casa, vivís a menudo en un sopor de tranquila indiferencia que me lastima cruelmente…

Un sueño de apatía…, de egoísmo, de desamor por mi persona os rinde…

Levantaos ya…; despertad de esta tibieza…

Se acerca el enemigo que trae el ultraje para vuestro Dios…, y para vosotros, las cadenas y la muerte…

Ha llegado la hora milagrosa de una sincera conversión…

¡Oh, venid y acompañadme, si preciso fuera, hasta el Calvario!…

No queráis abandonarme, ovejitas mías, cuando hieran al Pastor…

(Pausa)

El alma. ¿Qué tengo yo, ¡oh, Dios escarnecido!, que Tú no me hayas dado?…

Aliéntame, Jesús, y haz que te siga, sin vacilaciones, en las dulces exigencias de tu gracia y de tu amor…

¿Qué valgo yo, si no estoy a tu lado?

Y porque reconozco mi nada y mi impotencia… te ruego no quieras dejarme de tu mano, no consientas que me aleje por un día del Sagrario…

Perdóname los yerros que contra ti he cometido…: son tantas las flaquezas de mi corazón… Perdónalas y olvida…

Pues, la mucha sangre que derramaste.

Y la acerba muerte que padeciste.

No fue por los ángeles que te alaban, sino por mí y por tantos tibios e indolentes en el ejercicio de tu amor, que te desoyen y te ofenden…

Por eso, en esta Hora Santa, al renovar los propósitos de fervor en tu servicio, consiente que te diga con dolor del alma:

Si te he negado, déjame reconocerte; si te he injuriado, déjame alabarte; si te he ofendido, déjame servirte, porque es más muerte que vida la que no está empleada en el santo servicio de tu gloria y para consuelo y triunfo de tu Divino Corazón.

(Confesadle vuestra tibieza y pedid fervor perseverante en su servicio).

Voz del Maestro.

¿Cuántos sois los que veláis conmigo en esta Hora Santa?…

Es cierto que es grande vuestro amor…

¡Ah, sí!, pero inmenso, insondable es el amargo océano de delitos y de orgías, que a esta misma hora, está saturando de tristeza mortal mi Corazón…

¡Qué frenesí de pecado…, qué desenfreno en el torbellino humano que va pasando ahora mismo ante mis ojos!…

¡Oh, qué escenas de muerte, qué espectáculos de infierno… qué vértigo de pasión sensual en el teatro!…

El gran mundo aplaude y ríe ante un escenario donde a mí se me flagela…

Si supierais cómo me despedaza el alma dolorida la gran mentira que llaman civilización moderna…

¡Ah, cuántas fiestas de mis hijos son la befa y el Calvario de su Padre y Salvador!…

Sólo vosotros, mis amigos, podéis adivinar la congoja de este agonizar perpetuo en un patíbulo, levantado por los míos…

¡Cómo se presentan a mi vista las grandes capitales… orgullosas como Nínive… desenvueltas como Babilonia!…

En ellas mi Evangelio es una exageración intolerable…

Vosotros, mis consoladores, que habéis penetrado tan adentro en mis tristezas, poned un bálsamo en mi herida…

Reparad, vosotras, esa embriaguez culpable y acallad, con una plegaria fervorosa, el clamar que, en esta misma noche, en centenares de salas, de banquetes, de fiestas, de bailes y teatros, se levanta como marejada de fango, insultando la santidad de mi Evangelio y la blancura de la Hostia…

El alma. ¡Oh, sí, Maestro!: baje de una vez fuego del cielo, que purifique, que perdone y salve a millares de infieles, que viven sin amor, amando locamente la materia y lo nefando…

Para tantos que derrochan dinero y juventud en la disipación de placeres mundanales que te ofenden…

(Todos, en voz alta)

¡Misericordia, y sálvelos tu dulce Corazón!

Para aquellos que luchan, tolerando los pecados públicos, que trafican en la profanación de la conciencia y de los sentidos…

¡Misericordia, y sálvelos tu dulce Corazón!

Para los pervertidores de almas, que en la Prensa y en los libros se enriquecen, condenando a sus hermanos…

¡Misericordia, y sálvelos tu dulce Corazón!

Para aquellos que tienen el tristísimo negocio de excitar pasiones en la escena teatral, donde todo es permitido, so pretexto de arte…

¡Misericordia, y sálvelos tu dulce Corazón!

Para tantos débiles que, desoyendo su conciencia, cooperan con remordimiento al escándalo social de modas y teatros…

¡Misericordia, y sálvelos tu dulce Corazón!

Para tantos que, relajado su criterio de cristianos, no ven mal ninguno en el atropello a tus santos mandamientos…

¡Misericordia, y sálvelos tu dulce Corazón!

Para aquellos que, por su cargo, debieran evitarte, Señor, gravísimas ofensas, y no lo hacen por timidez o por transacción mundana…

¡Misericordia, y sálvelos tu dulce Corazón!

(Reparemos los pecados públicos y sociales con que se ofende a Jesucristo en el mundo entero).

Voz del Maestro.

“Pueblo mío, heredad preciosa de mi Corazón, ¿qué te he hecho… o en qué te he contristado?…

¡Respóndeme!…

Desde aquí en la Hostia, contemplo, noche y día, el hogar de mis cariños, el campamento del Israel de mis ternuras, la grey pequeñita de los que me juraron amor eterno…

Desde aquí pongo los ojos en el corazón de mis amigos, de los que yo he querido con predilección…

Desde aquí sigo los pasos de los que tengo predestinados al banquete de mi amor y de mi gloria…

 ¡Ay!, cuántos de ellos arrancan de mis ojos las lágrimas que lloré sobre Jerusalén, mi patria…

¡Cuántos que fueron íntimos de mi alma son ingratos!

¡Cuántos gozan lejos de mi lado, muy lejos… los bienes de talento, estimación y de fortuna con que los colmé para hacerlos santos…

Sus tronos están colocados entre los príncipes del reino de los cielos!…

¡Oh, cuántos de esos sitiales, perdidos por ingratitud, los daré a pecadores arrepentidos, que oyeron mi llamada en la agonía!…

Para olvidar principalmente ese pecado, el más amargo, para endulzar el cáliz de la ingratitud humana, pedí a mi sierva esta campaña deliciosa de la Hora Santa; aquí se convierten en lágrimas de bendición, de amor, las que lloré en el desamparo de mi grey y en la fuga de mis hijos…

 Entre el vestíbulo y el altar, gemid, consoladores míos… tengo sed de los consuelos que me niegan los ingratos de mi propia casa…

El alma.

Divino Salvador Jesús, dígnate mirar con ojos de misericordia a tus hijos, que unidos por un mismo pensamiento de fe, esperanza y amor, vienen a deplorar ante tu sacratísimo Corazón sus infidelidades y las de sus hermanos culpables.

¡Ojalá podamos con nuestras solemnes y unánimes promesas conmover ese Divino Corazón y obtener de Él misericordia para nosotros, para el mundo infeliz y criminal y para todos aquellos que no tienen la dicha de conocerte y amarte!

Sí, de hoy en adelante lo prometemos todos:

Por el olvido e ingratitud de los hombres.

Te consolaremos, Señor.

Por tu desamparo en el sagrado Tabernáculo.

Te consolaremos, Señor.

Por los crímenes de los pecadores.

Te consolaremos, Señor.

Por el odio de los impíos.

Te consolaremos, Señor.

Por las blasfemias que se profieren contra ti.

Te consolaremos, Señor.

Por las injurias hechas a tu Divinidad.

Te consolaremos, Señor.

Por las inmodestias e irreverencias cometidas en tu adorable presencia.

Te consolaremos, Señor.

Por las traiciones de que eres víctima adorable.

Te consolaremos, Señor.

Por la frialdad de la mayor parte de tus hijos.

Te consolaremos, Señor.

Por el abuso de tus gracias.

Te consolaremos, Señor.

Por nuestras propias infidelidades.

Te consolaremos, Señor.

Por la incomprensible dureza de nuestros corazones.

Te consolaremos, Señor.

Por nuestra tardanza en amarte.

Te consolaremos, Señor.

Por nuestra tibieza en tu santo servicio.

Te consolaremos, Señor.

Por la amarga tristeza que te causa la perdición de las almas.

Te consolaremos, Señor.

(Todos, en voz alta)

Por las largas esperas a las puertas de nuestros corazones.

Te consolaremos, Señor.

Por los amargos desprecios con que eres rechazado.

Te consolaremos, Señor.

Por tus quejas de amor.

Te consolaremos, Señor.

Por tus lágrimas de amor.

Te consolaremos, Señor.

Por tu cautiverio de amor.

Te consolaremos, Señor.

Por tu martirio de amor.

Te consolaremos, Señor.

¡Oh, Jesús! Divino Salvador nuestro, de cuyo Corazón se ha desprendido esta dolorosa queja: “Consoladores busqué y no los he hallado”, dígnate aceptar el modesto tributo de nuestros consuelos, y asístenos tan eficazmente con el auxilio de tu divina gracia, que, huyendo cada vez más, en lo venidero, de todo lo que pudiera desagradarte, nos mostremos en toda circunstancia tiempo y lugar, tus hijos más fieles y obsecuentes. Te lo pedimos por ti mismo, que, siendo Dios, vives y reinas por los siglos de los siglos.

(Pedidle perdón por los ingratos, que son tantos…).

Voz del Maestro. No me preguntéis, almas reparadoras, por qué vivo perpetuamente crucificado por manos de mis redimidos…

El mundo ha llegado a convencerse que merezco realmente la vergüenza y la muerte del patíbulo…

¡Ay!, son, en realidad, tantos los sabios, los honrados y los poderosos que repiten con cruel tranquilidad estas palabras de mis acusadores a Pilatos: “¡Si este Nazareno no fuera un malhechor, no te lo hubiéramos traído encadenado!”…

¡Ah, sí! Y porque soy un malhechor para la turba, desenfrenada en moral y en pensamiento, me condena la autoridad…; porque soy un malhechor, se me condena en los Tribunales…; porque soy un malhechor, se me flagela por la prensa…; se me trata como villano y como loco, por decreto de mis jueces…

Ellos, ¡qué irrisión!, me entregan al populacho, en resguardo de los intereses nacionales…

Ellos, gobernantes y legisladores, se lavan las manos, y con pleno derecho, dicen, y por razones de libertad…, de civilización y de justicia…, me condenan al destierro y a la Cruz por vías de la más estricta legalidad…

Este es el gran delito de hoy, hijos míos: insultarme con razón y con derecho, proscribirme por dignidad y por ley de las naciones…

Sigo siendo Vermis Et Non Homo, el gusano pisoteado de la tierra…

¡Oh, vosotros los fidelísimos, aclamadme, para acallar el grito de esa muchedumbre que, desde las alturas, asalta mi trono y quiere sortear, burlona, el manto de mi realeza…, bendecidme con amor.

El alma. Acércate, dulcísimo Maestro… y aquí, en medio de los tuyos, estrechándote tus hijos, recibe de su mano la diadema que quisieran arrebatarte los que, siendo polvo de la tierra, se llaman poderosos, porque, en tu humildad, creen injuriarte de más alto…

Adelántate triunfante en esta ferviente congregación de hermanos…

No borres las heridas de tus pies ni de tus manos…

No abrillantes, no hermosees, deja ensangrentada tu cabeza…

¡Ah!, y no cierres, sobre todo, deja abierta la profunda y celestial herida de tu pecho…

Así, Rey de sangre, así…, cubierto con esa púrpura de amor y con la túnica de todos los oprobios…, sin transfigurarte…

¡Jesús, el mismo de la noche espantosa del Jueves Santo, preséntate, desciende y recoge el hosanna de esta guardia de honor que vela por la gloria del Corazón de Cristo-Jesús, su Rey!

(Todos, en voz alta)

¡Viva tu Sagrado Corazón!

Los reyes y gobernantes podrán conculcar las tablas de la Ley, pero, al caer del sitial del mando en la tumba del olvido, tus súbditos seguiremos exclamando:

¡Viva tu Sagrado Corazón!

Los legisladores dirán que tu Evangelio es una ruina, y que es deber eliminarlo en beneficio del progreso…; pero, al caer despeñados en la tumba del olvido, tus adoradores seguiremos exclamando:

¡Viva tu Sagrado Corazón!

Los ricos, los altivos, los mundanos, encontrarán que tu moral es de otro tiempo, que tus intransigencias matan la libertad de la conciencia…; pero, al confundirse con las sombras de la tumba del olvido, tus hijos seguiremos exclamando:

¡Viva tu Sagrado Corazón!

Los interesados en ganar alturas y dinero, vendiendo falsa libertad y grandeza a las naciones…, chocarán con la piedra del Calvario y de tu Iglesia…, y al bajar aniquilados a la tumba del olvido, tus apóstoles seguiremos exclamando:

¡Viva tu Sagrado Corazón!

Los heraldos de una civilización materialista, lejos de Dios y en oposición al Evangelio…, morirán un día envenenados por sus maléficas doctrinas y al caer a la tumba del olvido, maldecidos por sus propios hijos, tus consoladores seguiremos exclamando:

¡Viva tu Sagrado Corazón!

Los fariseos, los soberbios y los impuros habrán envejecido estudiando la ruina, mil veces decretada de tu Iglesia…, y al perderse, derrotados, en la tumba de un eterno olvido…, tus redimidos seguiremos exclamando:

¡Viva tu Sagrado Corazón!

¡Oh, sí, que viva! Y al huir de los hogares, de las escuelas, de los pueblos, Luzbel, el ángel de tinieblas, al hundirse eternamente encadenado a los abismos, tus amigos seguiremos exclamando:

¡Viva tu Sagrado Corazón!

Voz del Maestro. Os he amado hasta el exceso de un Calvario…

Llegado a su cima, obedecí en silencio y me tendí en el patíbulo afrentoso…

Y desde entonces, ahí estoy a merced de todos mis verdugos, los sacrílegos.

Si tantos dicen que no estoy aquí en la Hostia, ¿por qué la insultan y me hieren?…

Y si creen, ¿por qué me ultrajan en este misterio en que amo con locura, en que perdono con inagotable caridad?…

¡Oh!, sabedlo: mis lágrimas han dejado huella de dolor en los caminos y en los muladares, donde he sido arrastrado en millares de profanaciones, desde el Jueves Santo…

He sido pisoteado con furor…; se me ha arrojado, entre blasfemias, a las llamas…; se me ha sepultado en el fango…; he sido atravesado con puñales deicidas en antros donde se trama, con sigilo, en contra mía…

¡Ay!, se paga vil dinero y no faltan Judas que comulguen, para entregarme, con el beso de esa comunión, en manos de mis mortales enemigos…

El incendio criminal ha abrasado mi Sagrario y convertido en pavesas la forma consagrada…

Esto, en pago de haber dejado mi Corazón entre vosotros, para abrasar el mundo en el incendio de salvadora caridad.

¡Ah, y cuántas veces los infelices, que codician el metal dorado del copón en que os aguardo, han salteado la prisión de mis amores…, y he sido arrojado sobre el pavimento, sin tener una piedra consagrada en qué reclinar mi cabeza ensangrentada…!

Fue esta visión de horror la que hirió mi Corazón en las angustias de Getsemaní…

¡Los que pasáis, considerad y ved si hay dolor semejante a mi dolor!…

El alma. ¡Hosanna, gloria a Dios en las alturas… gloria, bendición y amor a ti, Señor Sacramentado, sólo a ti en el incomprensible aniquilamiento de tu Santa Eucaristía!

¡Que te canten los cielos, porque Tú, el Dios del Tabernáculo, eres la bienaventuranza del mismo Paraíso!

¡Que te canten, Jesús-Hostia, los campos, los mares, las nieves y las flores, panorama de belleza creado para recrear tus ojos, cansados de llorar soledad e ingratitudes!…

¡Que te canten, dulce Prisionero, las aves y las brisas; que te canten las tempestades; que te ensalcen los sollozos del corazón humano y sus palpitaciones de alegría, a ti, el Cautivo del altar…

Gloria a Dios en las alturas…; gloria, bendición y amor a ti, Jesús Sacramentado, sólo a ti, en el incomprensible aniquilamiento de tu adorable Eucaristía!

(Rendidle una completa reparación de amor por el horrendo crimen del sacrilegio con que se le hiere en el altar. Si posible, cántese el “Magníficat” con la Inmaculada en homenaje a la Divina Eucaristía).

Voz del Maestro. No os vayáis, hijos de mi Corazón, sin recoger en esta Hora Santa un desahogo de dolor, que sólo vosotros, mis fidelísimos, sabéis comprender en toda su amargura…

No es la profanación de este Tabernáculo el atentado más cruel en contra de mi soberanía conculcada; hay otro sagrario más valioso y que es consciente en el rechazo de su Salvador…: es el corazón humano…

¡Y decir que lo amo tanto!…

¡Cómo lo profanan millares de cristianos con el veneno de un amor pagano!…

Ese corazón debiera ser el cáliz de todos mis consuelos…, el ara redentora de un mundo, que es infeliz porque no ama con amor de espíritu…, con el casto amor de mi Evangelio…

En ese Corazón deposité mis lágrimas para purificarlo…, y luego, sacando llamas de mi inflamado Corazón, le he ofrecido mi amor para colmar sus ansias de amar y ser amado…

Y no le basta esta infinita dignación de caridad…

Busca a las creaturas… y a Mí me olvida en ese delirio de placer, que no es ni amor, ni paz ni vida…

A Mí me deja…, y por eso, ¡pobrecitos!, tantos sufren, desgarrada el alma…, el hambre insaciable de pasiones vergonzosas…

Los que tenéis sed de amar, venid…, venid a mí: Yo soy el amor que guarda las espinas para sí, y os da sus flores…; los que sentís ansias, necesidad de ser amados…, venid… y bebed hasta saciaros de la fuente de mi pecho.

Hijos míos, dadme vuestros corazones, ¡oh!; dádmelos en cambio del mío Sacrosanto…

El alma. Jesús Sacramentado, ejercita en nosotros tus derechos, pues somos tus reparadores…

Ven.

No pidas, no mendigues…

Ven.

Toma con amabilísima violencia lo que es tuyo…: toma nuestros corazones… Sí, son pobres.

Tú sabrás enriquecerlos…; te los damos por manos de tu dulce Madre y de tu sierva Margarita María…

Te rogamos los aceptes en demanda urgente del reinado de tu Corazón Divino…

No quieras desecharlos porque un día se marcharon, cuando Tú perdonas, olvidas para siempre…

La Iglesia perseguida, nuestro hogar necesitado, los pecadores, tu Vicario, el Purgatorio de tortura purificadora, las almas de los justos, todos, todos esperamos de tu omnipotencia torrentes de gracia, prometida al homenaje de esta hora de consuelos para ti y de milagros de misericordia para el mundo…

¡Ah! Y en especial acuérdate de los que, como Gabriel Arcángel, hemos venido a darte amable refrigerio en tu agonía…

Acepta sus intereses, sus penas, sus esperanzas, su vida; lo depositan todo en la llaga-paraíso que nos descubrió Longinos…

Recoge ahora, Señor, nuestra oración de despedida:

Corazón agonizante de Jesús, estas almas te confían sus espinas…

Corazón amable de Jesús, estas madres te confían sus esposos y el tesoro de sus hijos…

Corazón amante de Jesús, estos peregrinos te confían su porvenir y todas sus incertidumbres…

Corazón dulcísimo de Jesús, estos pródigos te confían su debilidad y su arrepentimiento…

Corazón benigno de Jesús, estos tus amigos te confían la paz y redención de sus familias…

Corazón compasivo de Jesús, estos enfermos te confían las dolencias secretas e íntimas de la conciencia…

Corazón humilde de Jesús, estos adoradores te confían sus anhelos vehementes por el triunfo de tu amor en la Santa Eucaristía…

Corazón Sacramentado de Jesús, en ti confía el mundo, que corre desolado a refugiarse de la muerte ahí donde una lanza abrió las fuentes de la vida…

Ven, Jesús.

Sé nuestro Hermano en las castas fruiciones del amor cristiano…

Ven, Jesús.

Sé nuestro Rey en las tentaciones y borrascas que azotan a las sociedades y a las almas: domina el huracán desde el Sagrario…

 Serena el cielo amenazante, con los fulgores de paz y las ternezas de tu omnipotente Corazón.

(Padrenuestro y Avemaría por las intenciones particulares de los presentes.
Padrenuestro y Avemaría por los agonizantes y pecadores. Padrenuestro y Avemaría pidiendo el reinado del Sagrado Corazón mediante la Comunión frecuente y diaria, la Hora Santa y la Cruzada de la Entronización del Rey Divino en hogares, sociedades y naciones).

(Cinco veces)

¡Corazón Divino de Jesús, venga a nos tu reino!

Súplica final al Sagrado Corazón de Jesús
(De Margarita María)

Escóndenos, ¡oh dulce Salvador!, en el Sagrario de tu Costado, fragua encendida del puro amor, y ahí estaremos seguros…

Elegimos tu Corazón por morada, en la firme confianza que él será nuestra fuerza en el combate, el báculo de nuestra flaqueza, nuestra guía y luz en las tinieblas, el reparador de todas nuestras faltas y el santificador de nuestras intenciones y obras.

Las unimos todas a las tuyas, y te las ofrecemos a fin de que nos sirvan de preparación continua para recibirte en el Sacramento de tu amor.

Para honrar tu condición de Víctima en este misterio de la fe, venimos a ofrecernos también nosotros en calidad de hostias, suplicándote que seas Tú mismo el sacrificador y nos inmoles en el ara de tu Sagrado Corazón.

¡Ah! Pero como somos tan culpables, te rogamos, Señor Jesús, tengas a bien purificarnos y consumirnos con las llamas de tu Sagrado Corazón, como un holocausto perfecto de caridad y de gracia, para obtener una vida nueva y poder entonces decir con verdad: “Nosotros nada tenemos que sea nuestro; vivos o muertos, Jesús es nuestro todo; nuestra propiedad es ser nosotros entera y eternamente de su Divino Corazón… ¡Venga a nos tu Reino!”.

Jaculatorias y Letanía al Santísimo Sacramento

Julio 28, 2009

BS 10

*

Jaculatorias a Jesús en el Santísmo Sacramento

*

V. ¡Señor mío y Dios mío!

R. Oh Jesús, haz que yo sea tuyo, todo tuyo, siempre tuyo.

-

V. ¡Bendito sea el que viene en nombre del Señor!

R. ¡Hosanna en las alturas!

-

V. Oh Jesús, presente en el Santísimo Sacramento,

R. Ten piedad de nosotros.

-

V. Sea alabado y adorado para siempre.

R. El Santísimo Sacramento

-

V. Alabanzas y gracias se den en todo momento

R. Al Santísimo y Divinísimo Sacramento.

-

V. Te adoro en todo momento, oh vivo Pan del cielo, gran Sacramento

R. Ven, Señor, y no quieras tardar.

-

Oh Sacramentado Jesús, tened piedad de nosotros

*

Web

LETANÍAS AL SANTÍSIMO

SACRAMENTO

-

Señor, misericordia.

Jesús, misericordia.

Señor, misericordia.

Jesús, óyenos.

Jesús, atiéndenos.

Dios Padre celestial, ten misericordia de nosotros.

Dios Hijo, Redentor del mundo,

Dios Espíritu Santo,

Santísima Trinidad, un solo Dios,

Pan vivo, bajado del cielo,

Dios escondido, y Salvador,

Trigo de los escogidos,

Vino de vírgenes,

Pan sobre-sustancial,

Sacrificio perpetuo,

Ofrenda limpia,

Cordero sin mancha,

Mesa purísima,

Comida de Ángeles,

Maná escondido,

Suma de las maravillas de Dios,

Verbo hecho carne,

Habitante entre nosotros,

Hostia santa,

Cáliz de bendición,

Misterio de fe,

Sacrificio propiciatorio por vivos y muertos,

Antídoto contra el pecado,

Milagro estupendo,

Conmemoración santísima de la Pasión del Señor,

Recuerdo del amor divino,

Abundancia de la divina liberalidad,

Sacrosanto y augusto misterio,

Remedio que da inmortalidad,

Sacramento de vida,

Incruento sacrificio,

Comida del convite y Convidador,

Convite en que sirven los Ángeles,

Sacramento de piedad,

Vínculo de caridad,

Hartura de las almas,

Viático de los que mueren en el Señor,

Prenda preciosa de la gloria,

De la indigna comunión de tu cuerpo y sangre, Líbranos, Señor.

De la concupiscencia de la carne,

De la concupiscencia de los ojos,

De la soberbia de la vida,

De toda ocasión de pecado,

Por tu ardiente deseo de comer esta Pascua con tus discípulos,

Por la profunda humildad con que les lavaste los pies,

Por la ardentísima caridad con que instituiste este divino Sacramento,

Por tu preciosa sangre que nos dejaste en el altar,

Por las cinco llagas de tu sacratísimo cuerpo,

Pobres pecadores,

Que te dignes aumentar y conservar en nosotros la fe, reverencia y devoción á este admirable Sacramento, Te rogamos, óyenos.

Que te dignes conducirnos al frecuente uso de la sagrada Eucaristía con la verdadera confesión de los pecados,

Que te dignes librarnos de toda herejía, cisma y ceguedad de corazón,

Que tengas á bien concedernos los preciosos y celestiales frutos de este Santísimo Sacramento,

Que a la hora de la muerte te dignes confortarnos y defendernos con este Viático celestial.

Hijo de Dios, atiéndenos.

Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, perdónanos.

Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, atiéndenos.

Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, ten misericordia de nosotros.

Cristo, óyenos.

Cristo, atiéndenos.

Señor, misericordia.

Cristo, misericordia.

ORACION.

¡Oh Dios, que nos dejaste la memoria de tu Pasión en un Sacramento tan admirable! haznos la gracia de que veneremos los sagrados misterios de tu Cuerpo y Sangre, de modo que experimentemos continuamente en nuestras almas los frutos de tu Redención, ¡oh Salvador del mundo! que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

D. José de la Canal Presbítero. Manual del Cristiano para asistir al Santo Sacrificio de la Misa. Imprenta de Alegría y Charlain. Madrid. 1841

“Oh Salutaris Hostia!”

Junio 14, 2009

Dr. Félix Sardá y Salvany, Pbro.

(1844-1916)

“La tarea del buen católico en nuestros días es sumamente parecida a la del soldado en campaña. La hace grata el deber, noble la grandeza de la causa, interesante lo variado de sus peripecias, tranquila lo seguro de sus resultados.

Pero es ardua, áspera, fatigosísima. Así es que el corazón, enardecido con el grito continuo del ataque y de la defensa, pide de vez en cuando un respiro, como el guerrero más animoso necesita de vez en cuando sentarse un momento, quitar de la cabeza el duro capacete, soltar de la mano la espada, enjugar el sudor, y permitirle a la frente calenturienta el suave oreo de las brisas.

¡Dichosos aquellos tiempos de cierta paz relativa, en que el combate cristiano, reducido a la contradicción que cada cual experimenta de los enemigos comunes en la práctica de la virtud, no era en lo demás sino una hermosa metáfora! Dios no ha querido otorgárselos a la generación presente. Hágase en esto, como en todo, su santa voluntad.

Descansemos hoy unos momentos; concedámosle al espíritu agitado unas breves treguas; sentémonos a reposar la cansada cabeza en el seno de quien a ello tan amorosamente nos convida.

Las solemnidades cristianas, esparcidas por la Iglesia en el decurso del año, son frescos oasis que brinda ella a sus hijos fatigados. Y si de todas puede esto decirse con suma propiedad, ¿cuánto más de la que estamos celebrando, de la dulcísima suavísima, amorosísima festividad del Santísimo Sacramento? Hablemos, pues, del Santísimo Sacramento.

Brotó del Corazón de Jesús esta corriente de aguas vivas allá en el Cenáculo de Jerusalén, en la solemne hora de su última Cena; y desde entonces acá ha sido ella arroyuelo, modesto y escondido, sí, pero siempre fresco, vivificante, restaurador, a quien debe el Catolicismo su eterna juventud y el verdor y lozanía de sus preciosos vergeles. La esterilidad vergonzosa del Protestantismo se explica en gran parte con esta palabra: no tiene Sagrario. Las maravillas todas de la Iglesia católica se explican, al revés, por la influencia en ella del Sagrario de Cristo Sacramentado.

Si hubo mártires que por la fe diesen alegres la vida entre crueles y nunca oídos tormentos, fue porque al calor del Sagrario vigorizaron su corazón para tan sangrientos combates. Por esto los habrá siempre que se necesite en la Iglesia de Dios.

Si hubo doctores y apologistas incansables en la defensa de la verdad, faros de saber y de cristiana doctrina, cuyos resplandores a distancia de muchos siglos esclarecen todavía los más arduos problemas del dogma y de la moral, al Sagrario acudieron a proveerse de los tesoros de luz que luego derramaron tan abundante en sus libros y escuelas.

Si tiene el Catolicismo tipos angelicales de pureza, de caridad, de abnegación sin límites en sus monasterios, hospitales, casas de educación, asilos de pobreza y hasta de horror en los campos de batalla, no busquéis el secreto de tan raras cualidades más que en el fondo misterioso del Sagrario, donde las va a buscar la débil novicia, o a conservar la encanecida profesa.

Si hay misioneros que crucen los mares y atraviesen vastos continentes y ensanchen cada día con la palabra de salud en los labios las fronteras del reino de Cristo, lo deben al Sagrario y a sus secretas influencias.

Del Sagrario se derrama sobre toda la Iglesia la vida sobrenatural, como del sol se derrama sobre la naturaleza física la luz, el calor, la fecundidad.

Porque olvidamos el Sagrario, andamos tan a menudo débiles, tibios, cobardes, desmayados. Muy otro sería el influjo de nuestra voz, muy otro el de nuestros escritos, muy otro el de nuestras Asociaciones si estas armas las fuésemos a templar constantemente en aquella fragua; si de allí las sacásemos como enrojecidas en el fuego del amor de Dios y en el celo por su gloria y por bien de nuestros hermanos.

Ahora bien. Escúchenme mis amigos una propuesta que les voy a indicar y en la cual puede muy bien no hayan atinado muchos por otra parte celosísimos y dispuestos a toda obra buena.

El espíritu de oración que se despierta visiblemente en el pueblo fiel, desarrollase de un modo particular en estos solemnísimos días que la Iglesia consagra al augusto misterio de nuestros altares.

A estas horas pocas son las poblaciones del Principado que no hayan llevado a cabo su peregrinación o romería a un santuario venerado, desde donde el clamor de sus oraciones y el testimonio público de su fe han sido motivo de júbilo para los Ángeles de consuelo para la Iglesia atribulada, y de ira y espanto para sus enemigos.

Pues bien, con ocasión del Corpus y su hermosa octava, a nueva romería os llamo, amigos míos, a nueva peregrinación os convido: la romería al Sagrario, la peregrinación al trono de Jesucristo Sacramentado.

No está lejos nuestro buen Dios, ni en la cima de nuestras montañas, antes lo tiene cada uno al pie de su casa, hecho, como dice el buen Fr. Luis de León, vecino nuestro en cualquiera de nuestras poblaciones.

 Abierta está a todas horas la audiencia de ese Rey que no exige largas antesalas, ni costosas recomendaciones, ni muestra ceño en el rostro, ni experimenta cansancio ni fastidio por nuestra conversación.

Rodeemos como corte de fidelísimos vasallos el solio de ese Príncipe de paz; levantemos en torno de él como un muro de alabanza, de oración, de desagravio, que ahogue a su rededor el grito de blasfemia con que le insultan sin descanso sus enemigos y los nuestros.

Derramemos nuestro corazón en su presencia, mostrándole las heridas de él, su miseria, su debilidad, sus tristezas por la persecución de la verdad, sus ansias y suspiros por el triunfo tan deseado.

¡Hostia de salud! ¡Víctima de propiciación! ¡Asilo de seguridad! ¡Iris de bonanza! Gemimos, Señor, gemimos y necesitamos de Vos, y venimos cansados a Vos. ¡Señor, que ruge la borrasca cada día con más espantoso rugido! ¡Señor, que suben cada día más encrespadas las olas! ¡Señor, que es cada día más espesa la oscuridad! ¡Señor, que cierran con nosotros cada día más numerosos y fieros los enemigos!

Oh salutaris Hostia
……
bella premunt hostilia
Da robur, fer auxilium!

¿No es verdad, amigos míos, que podríamos hacer así durante estos ocho días (¿y por qué no durante todo el año?) la más deliciosa, eficaz, y universal romería?”

Año Sacro. Tomo segundo. Tiempo y fiestas después de Pentecostés. Ed. Ramon Casals. Barcelona.

Nido de amores

Junio 11, 2009

Doctor Félix Sardá y Salvany, Pbro.
(1844-1916)

Nido de amores es para el alma fiel el Santísimo Sacramento. No os parezca, por Dios, profana la palabra, ni me tachéis por ella de atrevido. Me la da como suya la Iglesia Santa en el rezo solemnísimo de la gran fiesta del Corpus.

“El pajarillo, dice, halló su albergue, y la tórtola el nido donde colocar sus polluelos. Tal son sus altares, oh Señor Dios de las virtudes, Rey mío y Dios mío”.

No conoció David el misterio augustísimo de la Eucaristía a la que aplica hoy nuestra poética liturgia este versículo de uno de sus más arrobadores salmos, pero indudablemente puso el Espíritu Santo en su arpa profética esta nota de extático amor, este grito de impaciente anhelo, para que fuese ésta una de las más bellas figuras del augusto Misterio de nuestros altares.

Nido de las almas, nido de espirituales amores, nido de celestiales dulzuras es el Sagrario de nuestros templos, donde día y noche palpita codicioso y avaro del amor de sus criaturas, aguardando enamorada visita de ellas, nuestro sacramentado Señor.

¿Qué queréis? Tiénele su afán reducido a esta condición de esclavo, pues ya se sabe que no repara el fino amante en abatirse e igualarse a la condición del amado, antes mira eso como gloria suya y en eso juzga cifrada su felicidad.

Amó Cristo-Dios a su redimidos, y dolíale, después de haber andado hombre visible entre ellos, no permanecer siempre en su trato y compañía.

Por poco tenía los treinta y tres años de su pasajera estancia en medio de nosotros. Belén, Nazaret, Tiberíades, las campiñas de Judea, Betania, el Cenáculo, serían siempre hermosos recuerdos de vida íntima y de familiar conversación con los amados de su alma, pero… recuerdos tan sólo. Y ¿hay nada tan triste para el corazón que ama, como la soledad del recuerdo, que al fin significa la soledad de la ausencia?

No se avino a ello el amor de nuestro buen Jesús… ¡El inventó el Sagrario!

El Sagrario que es para nosotros la reproducción de aquellos sitios memorables en que peregrinó y se sentó y gozó y sufrió a par de nosotros y como uno de nosotros, en los breves días de su paso sobre la tierra.

El Sagrario, que es Belén, es Nazaret, es Tiberíades, es Betania, es el Cenáculo; es en cifra y compendio todos los sitios que inmortalizó con su planta, que perfumó con su aliento, que dejó sellados con un milagro, con una parábola, con un rasgo cualquiera de su bondad y cariñosa providencia.

El Sagrario que se multiplica como El en todas las zonas y en todos los climas del universo; al que cobijan doseles de púrpura y oro en las capitales del mundo, y sombrea pajiza techumbre o frondoso ramaje en los rústicos altares de la naciente y aún semisalvaje cristiandad.

El Sagrario que es imperecedero e indestructible como el Sacramento que en él habita; que oyó los fragores de la persecución primera en Jerusalén y en las Catacumbas y ha oído todas las que en la sucesión de los siglos han hecho rugir en torno suyo las humanas y diabólicas pasiones; el Sagrario, que será la última presea del culto católico que desaparecerá, en el estrago del mundo precursor del universal juicio, como será la Hostia Sacrosanta el último objeto de adoración ante el que se prosternarán cielos y tierra, antes de aquel supremo instante que para siempre dividirá el tiempo de la eternidad.

Nido de amor es éste, y ¿como no, si en él engendra el amor divino sus más altas maravillas, si allí es donde reside para la familia de Cristo la fuente primera de su sobrenatural fecundidad?

¡Al calor del Sagrario se templan los corazones y se forman los héroes y se agigantan las almas! ¡Al calor del Sagrario se acrisolan los afectos y se conciben las magnánimas resoluciones y se acometen las arduas empresas! ¡Al calor del Sagrario se enardece el espírtu de sacrificio, se hace de roca o de diamante la fortaleza del celo, al paso que se ablanda y se humilla y se derrite como cera toda altivez y mundanal orgullo! ¡Al calor del Sagrario se ilumina con reflejos de vida eterna la presente miserabilísima vida temporal, y desaparecen como rasgadas por rayo de lumbre del cielo las negruras y lobregueces de ella, y sonríe al través de los blancos velos del Sacramento como anticipado paraíso la Esperanza!

¡Nido de amores, sí, donde el cariño paternal más puro, y el lazo de desposorio más estrecho, y la cadena de amistad más firme y duradera no abandonan al infeliz mortal desde que nace hasta que muerte, si él con ciego y voluntario suicidio no rechaza lejos de sí al más cariñoso de los padres, la más fiel de los esposos, al más constante de los amigos!

¡Oh! ¡Dejadnos, Señor, dejadnos un rinconcito siempre en ese amoroso nido, donde podamos guarecernos bajo vuestras alas de los furores cada día crecientes del mundo, huracán desencadenado contra nosotros y contra Vos! ¡Como en la noche aquella tan pavorosa de la última Cena permitisteis al Discípulo reclinase sobre vuestro pecho la acongojada cabeza, así ahora y en todo tiempo podamos nosotros reposarla sobre este otro mullido lecho de pluma, que para nuestro consuelo dispuso la delicadeza de vuestro amor!

¡Alabado seáis y a todas horas agradecido y en vida y muerte servido y glorificado ¡oh dulcísimo Señor y Padre! en este augustísimo Misterio del Altar!

Año Sacro. Tomo Segundo. Tiempo y Fiestas después de Pentecostés. Barcelona. Ed. Casals. 1954.

La lámpara del Sagrario

Junio 9, 2009

Doctor Félix Sardá y Salvany, Pbro.
(1844-1916)

¿Nada os dice la contemplación de esa modesta, cuanto significativa luz que enciende día y noche la Iglesia junto a nuestros Sagrarios?

-Sí, por cierto, y mil veces al entrar en el templo en las horas más solitarias de él, me ha sugerido las más dulces reflexiones. Véola junto al altar, siempre arrimada al Tabernáculo, que es dulce nido de amor del suavísimo Dueño de nuestros amores, prestándole silencioso homenaje de fe y de piedad, como pacífico y reposado centinela de la Religión allí siempre en vela.

-Reparadlo, amigo mío: nunca se apaga esta modesta luz. Nunca; bien esté deslumbrante el templo con el fulgor de cientos o miles de otras luces; bien lo cubran todo densas sombras de noche, dejando apenas dibujarse vagamente en la obscuridad los macizos pilares, los encumbrados arcos y las bóvedas altísimas o resplandecer tibio y melacónlico el rayo de la luna al través de las pintadas vidrieras.

-Es cierto.

-Y reparad todavía más. De esta lámpara bendita es el puesto de preferencia ante el trono de nuestro sacramentado Dios, ya cuando llena las tendidas naves innumerable concurso de fieles, ya cuando pocos o ninguno rodean el sagrado altar; bien se sienten junto a él en majestuoso estrado el Pastor o el Príncipe, bien lo circuya con espiritual corona de himnos e incienso el coro de los sacerdotes o de las vírgenes del Señor.

-Lo cual prueba que es más que una simple lámpara allí colocada para esparcir sólo a pocos pasos de radio su tenue claridad. En efecto: más es, porque es símbolo, es libro, es voz, es continuo tema de meditación y de enseñanzas. En menos palabras: es por de pronto imagen de lo que debe ser siempre y a todas horas el alma fiel en orden al Santísimo Sacramento.

-Exponed algo más esta idea, que no carece de espiritual atractivo.

-Dícenos en primer lugar que debe ser continua la adoración del cristiano al Santísimo Sacramento, como es continua la presencia de Este en el altar, como es continuo e indeficiente el resplandor de la lámpara ante su sagrado Tabernáculo. ¿Pues qué? si Cristo Dios ni una hora quiso estuviésemos en este mundo sin su amorosa compañía, ¿puede en buena ley de agradecimiento dejarle un minuto sin la suya el cristiano que desee de veras corresponder? Y ya que no pueda personal y corporalmente pasar días y noches en adoración constante ante la sagrada Eucaristía ¿sería mucho exigirle que algunas veces durante el día y durante la noche dirigiese allá su corazon y derramase sus encendidos afectos?

Y al empezar la labor de manos o de ingenio, y al mediarla y al concluirla, y al sentir la tentación o el interior consuelo, y al tomar el alimento o el descanso, y al oir el reloj que marca la hora o el sereno que la canta, y al escuchar la campana que anuncia la Misa o la Elevación o la salida del Viático, y al divisar desde el vagón o desde el coche la silueta del campanario rural que sombrea un rústico sagrario, si de veras amásemos a nuestro enamorado Jesús ¿podríamos, repito si de veras amásemos, contener el desborde de nuestro pecho hacia El, expresado siquiera con un latido más vigoroso, con una abrasada jaculatoria, con un vivo pensamiento de gratitud a tan inmenso favor?  ¿Y no sería esta una adoración moralmente continua, por más que muy a pesar nuestro la interrumpiesen materialmente los quehaceres terrenos a que  forzosamente hemos de traer dedicada alguna atención? ¡oh hombres! ¡Oh, hijos de los hombres! ¡Oh siquiera los que hacéis gala de amar, entre tantos olvidados y distraídos, a nuestro amante Jesús! ¡Cuándo serán así nuestros corazones, vivas, ardientes, continuas lámparas de adoración ante el divino Sacramento!

-Realmente, hay lugar para esa observación.

-Dice todavía más aquella silenciosa luz en su mudo pero elocuente lenguaje. No solamente alumbra día y noche al Señor en muestra de adoración, sino que alumbra a los que a El se dirigen para mostrarles el lugar donde se encuentra. Es la estrella de Belén, fija como en tiempo de los Magos sobre la casa del Niño. Predica, pues, no solamente el deber de la adoración, sino el deber del buen ejemplo. Le dice al cristiano fervoroso que no se contente él con adorar, sino que procure hacerse apóstol cada día de nuevas y más fervorosas adoraciones. Cuando entra un fiel cristiano en un templo para él desconocido, la luz temblorosa de la Lámpara muéstrale ya de lejos el altar, y como con un dedo de fuego le señala a través de las capillas y cruceros el albergue misterioso de su amado. Convídale con su apacible lumbre; acompáñale con sus reflejos para que no  le sea medrosa la soledad; quédase allí, al salir él, para hacerle  menos dolorosa la despedida. ¡Amigos míos! ¡cuando nos haremos de esta manera apóstoles del Santísimo Sacramento, para llamar, para convidar, para atraer de continuo nuevos amigos al Amigo de nuestro corazón! ¡Qué reclamos tiene el mundo para sus industrias, para sus placeres y aún para sus más inmundos pecados! ¡Qué pocos tiene para sus ignoradas dulzuras el Corazón sacramentado de nuestro Salvador amorosísimo! Seámoslo suyos, con lo repetido y visible y ejemplar de nuestras visitas, con lo incansable de nuestra Propaganda, con lo solícito de nuestro celo en formar parte de las Asociaciones eucarísticas, con nuestro desvelos por el aseo y brillo del culto de nuestro Dios. ¡Oh! si algunas almas, si una tan sólo, ha sido guiada por nosotros a la adoración del Dios vivo en el Santísimo Sacramento, si para una sola hemos sido luz y guía como esta Lámpara al través de los tenebrosos caminos del siglo ¿qué más recompensa puede ya apetecer un fino y delicado amador ?

-Proseguid, amigo mío, que os escucho con creciente atención.

-Prosigo, pues. Humilde es la Lámpara del Sacramento, y a pesar de su nobilísimo destino se contenta con brillar solamente para su Dueño, recogida y casi olvidada en un obscuro rincón. No es la fastuosa araña de metal precioso o de cristalería que cuelga en el centro del recinto sagrado; no es labrado candelabro que extiende los brazos cuajados de velas como artístico ramillete de luz; no es el festón de cirios que engalana la espléndida cornisa, ni el cerco luminoso o la estrella radiante que coronan la decoración del altar o engalanan la fachada. No. La Lámpara del Sagrario, tímida al parecer y encogida como la modestia, y firme a la par y sostenida como el verdadero amor,  nunca se eleva mucho de su pobre tarima o pedestal, y con ser la luz primera del templo por su alto empleo, diríase  que es siempre la última por sus sencillas apariencias. ¡Ay! Así, así quiere a sus amigos el dulce Jesús sacramentado; tales los quiere cerca de sí, como está su Lámpara, vivo trasunto de lo que es El. Abatido y anonadado el Dios del Sagrario, más que en la cueva de Belén, más que en el taller de José, más que en el  corro de discípulos de su predicación, más que en el mismo sangriento Calvario, donde al menos le rindieron visible vasallaje todos los elementos a la hora de su muerte: abatido y humillado y anonadado así el Dios de la Eucaristía, que es el misterio de sus más profundas humillaciones, ¿podría sufrir en su presencia al orgulloso con su talento o dinero, al envanecido con fama de virtud, a la pagada de sus joyas o trajes o hermosura, a todos los que, en una palabra, se han hecho a sí  propios ídolos de necia y sacrílega adoración, como para entablarle ruin y miserable competencia? A propósito ¿cuántos y cuántas van al templo no más al parecer que para hacer vana e insultante competencia a su Dios y Señor? La que ostenta allí galas inmoderadas le quita la atención de los fieles; la que hace alarde de inmodesta hermosura le disputa adoraciones. El que se presenta distraído e irreverente le roba tal vez la fe de su hermano; el rico que le niega para el culto el concurso de su dinero le tiene en inferior estima que sus perros y sus  caballos, por quienes tanto gasta. ¡Ay! ¡cuántos de estos ultrajes recibe a todas horas el Señor sacramentado! Por eso  principalmente se dijo en el texto sagrado: “Con los humildes  es su conversar, y sus cosas (añade en otra parte) las ha escondido  El a los que pican de sabios y prudentes, y las ha revelado a los pequeñuelos”.

-Pequeñuelos, en efecto; esta es la palabra y esta es la realidad. Si en efecto los somos ¿habríamos de no querer parecerlo ante su infinita Majestad?

-Mas… otras cosas dirá todavía a los que quieran escucharla la Lámpara del altar. ¡Seáis entre tanto ahora y siempre y alabado dulcísimo Jesús mío, en este admirable Sacramento de vuestro amor!

Año Sacro. Tomo Segundo. Tiempo y Fiestas después de Pentecostés. Barcelona. Ed. Casals. 1954.

Jesús espera de nosotros una visita de amor

Mayo 20, 2009

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

Jesucristo se presentará el día del juicio en el valle de Josafat sentado en un trono de justicia; mas ahora en el Santísimo Sacramento está sentado en un trono de amor.

Si un rey para manifestar el amor que tuviese a un pobre pastor fuese a habitar dentro de su cabaña, ¿qué ingratitud sería la del pastor si no le visitase muchas veces, sabiendo que por tener este gusto había venido a hospedarse en su humilde choza?

¡Ay Jesús mío! sabiendo que por mi amor habeis venido a estar continuamente en el Santísimo Sacramento del altar, bien quisiera, si me fuese posible, permanecer con vos de día y de noche; porque si los ángeles ¡oh Señor mío! están aquí pasmados del amor que nos tenéis, razón es que viéndoos por mi amor en ese altar, os procure yo dar gusto, a lo menos no apartándome de vuestra presencia, y alabando el amor y la bondad con que tratais a esta vil criatura.

Delante de los ángeles os alabaré, ire a vuestro templo a adoraros, y ensalzaré vuestro santo nombre por vuestra misericordia y verdad (Salmo 137). ¡Oh Dios sacramentado! ¡oh pan de los ángeles! ¡oh sustento divino! os amo, mas ni yo ni vos estamos contentos de mi amor: os amo, sí, mas os amo muy poco: haced vos, Jesús mío, que conozca la belleza y bondad inmensa que amo: haced que mi corazón arranque de sí todos los afectos terrenos, y dé todo el lugar a vuestro divino amor.

Vos, para enamorarme de vuestra bondad y para uniros a mi alma, bajais todos los días del cielo a nuestros altares; razón es que no cuide yo de otra cosa que de amaros, adoraros y daros gusto: os amo con toda mi alma y con todos mis afectos.

Si me queréis pagar, Señor, este amor, dadme más amor, más llamas que me abrasen, que me estimulen siempre a serviros y a desear siempre obedeceros.

 San Alfonso María de Ligorio. Visitas al Santísimo Sacramento y María Santísima: Día 18. Imprenta de Aguado. Madrid. 1835

Visita al Santísimo Sacramento

Marzo 23, 2009

 

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Por la señal… En el nombre del Padre…

Señor mío Jesucristo, que por el amor que tenéis a los hombres estáis de noche y de día en este Sacramento, todo lleno de piedad y de amor, esperando, llamando y recibiendo a todos los que vienen a visitaros: yo creo que estáis presente en el Santísimo Sacramento del Altar, os adoro desde el abismo de mi nada, y os doy gracias por todas las mercedes que me habéis hecho, especialmente por haberme dado en este Sacramento vuestro cuerpo, vuestra sangre, vuestra alma y vuestra divinidad; por haberme concedido como abogada a vuestra santísima Madre la Virgen María, y por haberme llamado a visitaros en este lugar santo.

Adoro vuestro amantísimo Corazón, y deseo adorarlo por tres fines: el primero, en agradecimiento de esta tan preciosa dádiva; el segundo, para desagraviaros de todas las injurias que habéis recibido de vuestros enemigos en este Sacramento; y el tercero, porque deseo en esta visita adoraros en todos los lugares de la tierra donde estáis sacramentado con menos culto y más abandono.

¡Jesús mío!, os amo con todo mi corazón; pésame de haber tantas veces ofendido en lo pasado a vuestra infinita bondad; propongo, ayudado de vuestra gracia, enmendarme en lo venidero, y ahora, miserable como soy, me consagro todo a Vos; os doy y entrego toda mi voluntad, mi afectos, mis deseos y todo cuanto me pertenece.

De hoy en adelante haced, Señor, de mí y de mis cosas todo lo que os agrade. Lo que yo quiero y te pido es vuestro santo amor, la perfecta obediencia a vuestra santísima voluntad y la perseverancia final.

Os encomiendo las almas del purgatorio, especialmente las más devotas del Santísimo Sacramento y de María Santísima os ruego también por los pobres pecadores.

En fin, amado Salvador mío, uno todos mis afectos y deseos con los de vuestro amorosísimo Corazón, y así unidos los ofrezco a vuestro Eterno Padre y le pido en vuestro nombre que por vuestro amor los acepte y los mire benignamente. Amén.

Comunión Espiritual

¡Oh Jesús mío!, creo que estáis en el Santísimo Sacramento. Os amo sobre todas las cosas, y deseo recibiros en mi alma. Ya que ahora no puedo recibiros sacramentalmente, venid a lo menos espiritualmente a mi corazón. Como si ya hubieseis venido, os abrazo y me uno todo a Vos; no permitáis que jamás me separe de Vos.

Acto de expiación

Divino Salvador de las almas, cubierto de confusión me postro en vuestra presencia soberana, y dirigiendo mi vista al solitario tabernáculo donde gemís cautivo de mi amor, pártese mi corazón de pena al ver el olvido en que os tienen los redimidos, al ver esterilizada vuestra Sangre, infructuosos los sacrificios y escarnecido vuestro amor.

Pero ya que con infinita condescendencia permitís que una yo este día  mis gemidos a los vuestros, mis lágrimas a las que brotaron por mi causa de santísimos ojos, a las lágrimas de sangre que vertió vuestro Divino Corazón, os ruego, dulce Jesús, por los, que no os ruegan, os bendigo por los que os maldicen y os adoro por los que despiadados os ultrajan; y con toda la energía de mi alma, deseo bendeciros y alabaros en todos los instantes de mi vida y en todos los Sagrarios de la tierra.

Suba, Señor, hasta Vos, el doloroso grito de expiación y arrepentimiento que el pesar arranca de mi contrito corazón.

Por mis pecados, por los de mis padres, hermanos y amigos, por los del mundo entero; perdón, Señor, perdón.

Por las infidelidades y sacrilegios, por los odios y rencores: perdón, Señor, perdón.

Por las impurezas y escándalos: perdón, Señor, perdón.

Por los hurtos e injusticias, por las debilidades y respetos humanos: perdón, Señor, perdón.

Por la desobediencia a la santa Iglesia, por la violación del ayuno: perdón, Señor, perdón.

Por los atentados contra el Pontífice Romano, por las persecuciones contra los Obispos, sacerdotes, Religiosos y Vírgenes Sagradas: perdón, Señor, perdón

Por los insultos hechos a vuestras imágenes, la profanación de los templos, el abuso de los Sacramentos y los ultrajes al augusto Tabernáculo: perdón, Señor, perdón.

Por los crímenes de la prensa impía y blasfema, por las horrendas maquinaciones de tenebrosas sectas: perdón, Señor, perdón.

Por los justos que vacilan, por los pecadores que resisten a la gracia, por los infelices que agonizan, y por todos los que sufren: perdón, Señor, perdón.

Perdón, Señor, y piedad por el más necesitado de vuestra gracia: que la luz de vuestros divinos ojos no se aparte jamás de mi.

Encadenad a la puerta del Tabernáculo mi inconstante corazón; hacedle allí sentir los incendios del amor divino, y a vistas de las propias ingratitudes y rebeldías, que se deshaga, de pena, que llore lágrimas de sangre, que viva muriendo de amor.

Así sea.

ALABANZAS
En reparación de las blasfemias

Bendito sea Dios.

Bendito sea su santo Nombre.

Bendito sea Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.

Bendito sea el Nombre de Jesús

Bendito sea su Sacratisimo Corazon.

Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar.

Bendita sea la excelsa Madre de Dios, Maria Santísima.

Bendita sea su santa e inmaculada Concepción.

Bendito sea el nombre Maria, Virgen y Madre.

Bendito sea San José, castísimo esposo.

Bendito sea Dios en sus Ángeles y en sus Santos.

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Nueva Áncora de Salvación. Ed. Augusta. Bs. As. 1952.  Nihil Obstat e Imprimatur 1944.

Aspiraciones del alma ante el Santísimo Sacramento

Febrero 4, 2009

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Primera aspiración

En vuestra presencia estoy, Señor, como un mendigo: dadme de limosna una parte de vuestra herencia.

Padre nuestro, Ave María y Gloria.

Segunda Aspiración

En vuestra presencia estoy, Señor, como un reo delante de su Juez; tened piedad de mi y perdonadme mis culpas.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria

Tercera aspiración

En vuestra presencia estoy, Señor, como un criado delante de su amo; dadme el alimento espiritual de vuestro cuerpo y sangre, y el vestido de caridad que cubra todas mis miserias.

Cuarta Aspiración

En vuestra presencia estoy, Señor, como un amigo: estrechadme con el lazo de vuestro divino amor tan fuertemente, que nunca me separe de Vos.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Quinta aspiración

En vuestra presencia estoy, Señor, como hijo delante de su Padre; no me neguéis la paterna herencia del cielo.

Padre Nuestro Ave María y Gloria

La Hora Santa

Enero 8, 2009

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Origen

La oración de Nuestro Señor Jesucristo en Getsemaní, dio origen a la Hora Santa que se practica semanalmente en la noche del Jueves al Viernes, de las once a las doce.

Nuestro Señor Jesucristo enseñó esta devoción a Santa Margarita Alacoque con estas palabras:- “Todas las noches del Jueves al Viernes te haré participar de aquella amargura y mortal tristeza que Yo sentí en el Huerto de los Olivos… Y para unirte a Mi en aquella oración que entonces Yo dirigí a mi Padre, dejarás el lecho de las once a la media noche y te postrarás con el rostro por tierra, no sólo para aplacar la cólera divina, pidiendo gracia para los pecadores, sino también para calmar un tanto la amargura que Yo experimenté por el abandono de mis Apóstoles, que me obligó a reprenderlos por no haber podido velar una hora conmigo.”

Resulta de esto que la Hora Santa fue instituida por Jesucristo, y que, por lo tanto, es una de las devociones más gratas a su Sagrado Corazón.

Ella se propone alabar y adorar con Jeucristo a la Divina Majestad, darle gracias, interceder por el mundo entero, y suplicar, pedir con Jesús al Eterno Padre todo lo que necesitamos.

No se prescribe para esto ningún tema de meditación, pero, por las palabras de Jesús, se comprende que se debe meditar su dolorosa agonía en Getsemaní y sobre la cruz, y sus profundas humillaciones.

Este ejercicio puede practicarse ante el Santísimo Sacramento expuesto, o simplemente ante el Tabernáculo y aún en la propia habitación, no pudiendo asistir a la Iglesia.

La hora también puede cambiarse para más facilitar su práctica.

PREPARACIÓN

Amantísimo y agonizante Jesús mío, permitid que me postre en vuestra presencia y a vuestro lado para participar de vuestras penas en el Jardín de los Olivos.

Concededme, oh, Salvador mío, entera participación de vuestras amarguras y de los sentimientos de compasión de María, vuestra Madre Inmaculada, en aquella noche de mortales angustias.

Yo os ofrezco, para suplir mi insuficiencia, los afectos de esta Madre Santísima, los de Santa Margarita María y los de todas las almas que más os han consolado en este misterio de dolor y de amor; os ofrezco, en particular, los de vuestros fieles Guardias de honor que en esta misma hora se asocian al abandono de vuestra alma en Getsemaní.

Oh, Jesús, Maestro dulcísimo, toleradme en vuestra presencia … perdonadme … escuchadme … bendecidme …. y sepultadme en el océano de amargura que invade y sumerge vuestro dulcísimo Corazón.

Amén.

PRIMER CUARTO DE HORA

Adoración

Consideremos al gran Penitente, a Jesús, el Cordero Inmaculado que se presenta delante de su Padre, oprimido bajo el peso de las iniquidades del mundo.

-”El ha sido hecho pecador por nosotros, dice San Pablo, él se ha constituido en Fiador, él debe, pues, pagar nuestras deudas, hasta el último maravedí”

Todas las abominaciones, las impurezas, los atentados, los delitos y sacrilegios que inundan e inundarán la faz de la tierra, cubrieron la inocencia y santidad infinita de Jesús, como con un vestido de ignominia, a semejanza de repugnante lepra.

Bajo este manto de abyección Jesús cae de rodillas para adorar y alabar a la Divina Majestad ofendida; para confesar ante su incorruptible y justo Tribunal, uno a uno todos estos crímenes, concibiendo al mismo tiempo, por ellos, un rubor inexplicable y una contrición infinita.

Esta ignominia, esta confusión, este fango asqueroso que le cubre, le arroja por tierra, le humilla en un abismo infinito, le anonada, y desde el fondo de tanta miseria exclama: ¡triste está mi alma hasta la muerte!

¡Ah! imitemos a este Divino Adorador de la Majestad ofendida por la ingratitud y la malicia de los hombres, imitemos a este Divino Penitente…

¡Cuanta indiferencia en la adoración que debemos a Dios…. cuántas iniquidades en nuestra propia vida!

Hagamos en este momento serias reflexiones sobre nosotros mismos y sobre nuestro pasado: recojámonos devotamente para sondear nuestro propio corazón…

¡Adoremos … alabemos a la Divina Majestad de un Dios ofendido! ¡Lloremos!…

Confiteor….

Y este Jesús, Adorador de la Divinidad por nosotros, está realmente presente aquí en este Tabernáculo… en esta Hostia consagrada…

Desde Getsemaní vuelve los ojos a esta Hostia: ¡aquí está el Jesús de Getsemaní, sí, aquí está; es él mismo!

Aquí está el que sufría, el que moría, el que confortaba a sus Apóstoles, el suspirado de los siglos, el esperado por los Patriarcas, el anunciado por los Profetas con tanta pompa de profecías…

¡Señor, yo creo, yo creo, y me parece ver tu majestuosa figura, me parece ver tu dulce sonrisa a las turbas, tus miradas de amor, tus manos esparciendo beneficios!…

¡Señor, yo creo, Señor, yo te adoro!…

¡Tú eres el Dios de los ejércitos que reinas en medio de nosotros!

Sanctus, Dominus Deus Sabaoth. Nobiscum usque ad consummationem saeculi!

¡Creo, Señor, creo y te adoro, y contigo, oh, mi gran Reparador, mi gran Adorador, contigo alabo y adoro la Suprema Majestad del Padre para satisfacer cumplidamente este deber suplime tan olvidado del mundo!

SEGUNDO CUARTO DE HORA

Acción de gracias

Jesús, no solamente se ha revestido de nuestras ignominias y las ha confesado a la Majestad Divina, sino que también debe expiarlas, y las expía en su Corazón en Getsemaní, y en su carne sobre la Cruz.

En el Corazón de su Santísimo Hijo es donde el Eterno Padre empieza a descargar los golpes de su indignación y a ejercer el rigor de su justicia.

Consideremos a Jesús, el dulce Cordero de Dios, la mansedumbre infinita, presa de un hórrido pavor, en vista de la cólera del Padre.

El temor… el disgusto… la tristeza se apoderan de su alma santísima.

Empieza a turbarse por los tormentos que le esperan… a probar un tedio mortal por la ingratitud de los hombres y la inutilidad de su pasión para un gran número de ellos.

Empieza a angustiarse con amarga tristeza por los enormes pecados que tomó sobre sí.

Y el alma santísima de Jesús, temblorosa, humillada, suplicante, pide gracia, diciendo: “Padre, si es posible, pase lejos de mí este caliz”

Su espíritu se conturba, su cuerpo se conmueve y suda gotas de sangre, que corren por la tierra.

Oigamos lo que el mismo Señor manifestó a Santa Margarita, hablando de la terrible lucha que El sostuvo en Getsemaní: “He desaparecido, dice Él, en presencia de la santidad de Dios que, sin miramiento alguno a mi inocencia, me ha herido con su furor, haciéndome beber el cáliz de hiel y amargura de su justa indignación, cual si hubiera olvidado el nombre de Padre, para sacrificarme a su cólera. No hay quien pueda comprender la grandeza de los tormentos que entonces experimenté. Mi dolor fue semejante al que prueba el alma culpable cuando se ve delante del tribunal de la Santidad infinita que pesa sobre ella, y la aniquila en su furor.

Recojámonos, pues, silenciosamente en este santo Huerto de los Olivos, donde Jesús sufre, agoniza y suda sangre, en tanta copia que baña la tierra que le circunda. ¡Oh! ¡cuánta compasión me das, querido Jesús!… Dime ¿por quién padeces tanto? … ¡Por ti, me respondes, por ti y por todos los hombres ingratos!

-¡Ah, Señor! ¡Ah, Jesús, te agradezco!

Todos te han abandonado, Señor, hasta tus más amados Apóstoles, y te han abandonado hasta la indiferencia, hasta la traición.

¡Oh, Jesús, cuánto has sufrido por mi, por el mundo entero!… ¡Gracias, gracias, Señor Jesús, gracias infinitas! …

Alma mía, tú ahora estas aquí y hablas con Jesús; pero dentro de algunos instantes volverás a tus quehaceres, a tus ocupaciones…

¡y de Jesús quizás no te acordarás más! … Jesús, empero, no se irá más de aquí, solo o acompañado, siempre permanecerá en este Tabernáculo de amor; aquí estará de día, aquí estará de noche, esperando que tú vengas a Él a hacerle compañía y a pedirle gracias…

Y regresando a tu casa, tú seguramente seguirás los pasatiempos y locuras del mundo, cederás a las tentaciones…, ofenderás a Dios… Dios alzará su mano para castigarte… pero de esta Hostia sacrosanta saldrá un grito omnipotente y divino… ¡PADRE, PADRE, PERDONALE, PORQUE NO SABE LO QUE HACE! … Y tú serás salvo todavía. ¡Gracias, oh, Jesús, gracias, gracias!

Mañana, al despuntar el día, un Sacerdote subirá al altar… tomará en sus manos esta Hostia y la alzará hacia el cielo. .. ¡Qué de gracias lloverán sobre la tierra! … .. Jesús es quien las pide al Padre para ti y para todos los redimidos. ¡Ah, Jesús, gracias, gracias! …

Esa Hostia es el Pan del cielo, el Trigo de los elegidos, es también tu alimento, es tu Pan cotidiano, tu Pan, con tal que tú lo quieras.

Todos los días puedes recibir esta Hostia… y todos los días Jesús entrará en ti, tu carne se unirá a la suya; su Sangre se mezclará con tu sangre, y con toda verdad podrás decir que tú vives en El, y El en ti. – ¡Oh, cuan dulce es, Señor, para mi el recibirte en mi corazón! (Hostia santa, Hostia divina, te agradezco, te rindo infinitas acciones de gracias.

Pasaran algunos años… quizás pocos días. .. y una enfermedad oprimirá tu cuerpo, enclavado en el lecho de la muerte…

De nadie podrás ser consolado entonces, de nadie confortado, sino de este Jesús…. De este Tabernáculo saldrá esta Hostia santa, entrará en tu casa. “Es Jesús, el celestial Médico que va a curarte, Jesús, el Vencedor de la muerte, que va a abrirte el cielo. Parte, alma cristiana, de este mundo. Jesús mismo te conduce al cielo.

TERCER CUARTO DE HORA

La santa Víctima, inundada en sangre, se levanta y va a buscar quien la consuele. Sus tres predilectos Apóstoles, sus amigos más íntimos, Pedro, Juan y Santiago, duermen tranquilamente a pocos pasos de distancia. – ¡Cómo! ¿No habéis podido velar una hora conmigo? les dice Jesús. Velad y orad para no caer en la tentación.

Oh, Maestro sapientísimo, no permitas que tus Guardias dormiten vilmente en el puesto de honor, en donde tan misericordiosamente los has colocado. .

En este Tabernáculo, oh, Jesús, como en el Huerto de los Olivos, tu sufres todavía una lenta agonía… aquí la traición te persigue continuamente, la ingratitud humana te arranca lágrimas… Aquí lloras, Señor, nuestros delitos, y noche y día los confiesas al Padre en la amargura y confusión de tu alma.

¡Señor Jesús, amabilísimo Jesús, que nos has llamado a consolarte en tu extremo abandono, danos valor, danos fortaleza en las pruebas de la vida! … 

¡Haznos generosos, oh, Jesús, y verdaderos devotos de tu dulce Corazón ¡Enséñanos a velar y orar para no caer en la tentación, y para poder librarnos de los peligros de la hora presente!

¡Por el doloroso abandono de tu Corazón en Getsemani, apiádate, Señor, de los corazones afligidos!

Consuélalos, sostiénelos, santifícalos en la prueba.

Piedad te pido también para los agonizantes, y para nosotros mismos, cuando llegue esa hora tremenda.

Desde ese Tabernáculo apoya, Señor, nuestra causa, alcánzanos del Padre Celestial conmiseración y piedad.

Pero, Señor Jesús ¿cuántos otros motivos de aflicción no te oprimen? …

De los millones de seres racionales que criaste y redimiste con tu Sangre ¿cuántos te conocen?, ¿cuántos te aman? ¡Ah! Naciones y pueblos enteros yacen todavía en las sombras de la muerte…

Tú, Señor Jesús, les has enviado tus apóstoles … y tú, oh, Jesus, desde este Tabernáculo, con melancólica mirada, con la frente humillada y confusa, con el Corazón desgarrado repites con lamento divino: «Esas almas se pierden … luego tantos sufrimientos míos ¿serán inútiles para ellas? .. »

Pero vuelve, oh, Señor, a otra parte la mirada: Mira las naciones que recibieron el Evangelio, y que, por consecuencia, deberían estar unidas intimamente contigo.

¡Mira, Senor, mira Rusia, Grecia, Estocolmo, Dinamarca, Suiza, Inglaterra, Alemania… o sumidas en el cisma, en la herejía, o en el protestantismo! ..

Son millares y millares de almas que están fuera de tu Iglesia santa… y las naciones católicas ¿qué hacen? . . . ¡Qué cuadro tan desgarrador! ¿Qué miras, Señor?..

¡Ah! Millones y millones de cristianos católicos que viven como si no lo fueran; y entre ellos una gran muchedumbre que no cree, y que se esfuerza por arrancar la fe del corazón de los demás, y escriben y hablan furibundos contra ti, oh, Señor, esforzándose en negar hasta tu misma Divinidad…

 ¿Qué mas? Seres que movidos por una rabia satánica querrían nuevamente condenarte a la muerte y crucificarte…

 Cuántas veces han entrado en los templos, roto los tabernáculos, robado las hostias, consagradas para profanarlas horriblemente…

¡Oh, Jesús! ¡Estás solo, solo en este misterio de amor, mientras que los palacios de los ricos, las calles, los teatros, los mercados están llenos de gente!…

Al menos, Señor cuando agonizabas en Getsemani y cuando te capturaron, veías a lo lejos a tus tres amados Apóstoles, y a Pedro que procuró defenderte con la espada, y te siguió después temeroso entre la turba… Al menos, cuando estabas en la cruz, tenías cerca de ti a tu santísima Madre, a Juan y a la Magdalena.

Pero aquí, Señor ¿quién viene a visitarte, a consolarte?

¿Qué gritos son esos, oh, Jesús? …

¡Son horribles blasfemias contra este Santísimo Sacramento, y contra María, tu Madre Inmaculada!…

¡Son insultos, son discursos y escritos impíos y escandalosos!

Las fiestas ya no se santifican, la casa del Señor es profanada. Las injusticias, los vicios se multiplican.

Almas cristianas, ¿no sentís la necesidad de reparar tantos ultrajes perpetrados contra esta Hostia Sacrosanta, contra Jesús, nuestro Redentor, nuestro Salvador?…

¡Oh! ¡Perdona, Señor, perdona a tu pueblo! …

¡Señor, perdón y misericordia!

¡Acuérdate, oh, Jesús, que, aunque somos pecadores, somos siempre tus hijos…

¡Paz, Señor, paz y perdón!… porque, dime ¿querrías tomar venganza, hacer alarde de tu poder contra nosotros que no somos sino una hoja arrastrada por el viento?…

¿Y contra una hoja agitada por el viento, tu, Señor, ostentarías el poder de tu brazo?… Mucho, si, mucho hemos pecado; pero tu, Señor, jamás has despreciado al pecador contrito y humillado. Tu mismo lo dijiste: – «No quiero la muerte del pecador, sino su conversión y su vida”.

¿Y no son tuyas, Señor, las palabras de tu Profeta: «Yo perdonaré, porque no soy un hombre, sino Dios… No creáis a mis palabras, si yo no me mostrare misericordioso”.

Y tú, Padre, cuya cólera, hemos provocado con nuestros crímenes, detiene tus castigos; porque hemos sido redimidos con la Sangre de tu Hijo Jesús.

Mira, oh, Padre, esta Víctima colocada sobre la cruz, entre el cielo y la tierra, precisamente para que tu, oh, Padre, antes de ver nuestros crímenes, te encuentres con su Rostro Sacrosanto.

El te suplica con sus brazos extendidos y cubierto de llagas y sangre: Padre, te dice, Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

(Si hubiere tiempo, podrá cantarse o recitarse el Miserere)

ÚLTIMO CUARTO DE HORA

Suplica

…Pedid, pedid, que yo os daré cualquier cosa que me pidáis. – Vosotros no habéis pedido nada todavía: pedid y se os dará…

Estas son vuestras palabras, oh, Jesús, palabras que nos incitan a la confianza.

Escúchanos, pues, oh, Jesús, que mucho, pero mucho es lo que voy a pedirte.

En primer lugar, te pido gracias escogidas para tu santa Iglesia.

Sí, concede a tu Vicario el Papa tantas y tantas íntimas consolaciones…

Dale valor para combatir, fuerza para vencer y para conducir tu Iglesia a la victoria, al triunfo…

Ya lo prometiste, oh, Jesús, y tu promesa es divina.

Bendice a los Obispos, a los Sacerdotes, a los Religiosos y Religiosas esparcidos en la superficie de la tierra.

Todos tienen gran necesidad de tu divina asistencia.

Si ellos son santos, santos serán también los pueblos; no permitáis, Señor, que ninguno de ellos se transforme de Apóstol en Judas! …

Una gracia especial te pido para los pobres Misioneros: haz fructuoso su apostolado, haciendo menos duro e ingrato el terreno donde cae su palabra, y de este modo tu Evangelio se difundirá por toda la tierra.

Llama, oh, Jesús, llama a la luz de la verdad las ofuscadas mentes de los hombres, llama y atrae hacia tu divino Corazón a todos esos millones y millones de corazones que no te aman, porque no te conocen; pero una vez que te conozcan, te amarán mucho más que nosotros…

Cese, oh, Señor Jesús, cese el reinado del demonio, y venga a nosotros tu Reino .

¡Qué de todos los pueblos de la tierra no se haga más que un solo rebaño, bajo el cayado de un solo Pastor! ….

El mundo entero te recomiendo, ¡oh, Jesús! …

Los recién convertidos, para que perseveren en sus buenos propósitos.

Los perseguidos, para que no se dejen intimidar, y triunfe en ellos la verdad y la justicia.

Compadécete, Señor, de todos los que padecen persecución por la justicia, y en general a todos los afligidos dales paciencia y consuelo …

Te recomiendo las vírgenes, los padres y madres de familia, las viudas, los huérfanos, los encarcelados ..

Ruegote especialmente por la conversión de los pecadores, y por los moribundos, por esos millares de hombres que en este instante agonizan y están ya por presentarse ante tu tremendo tribunal…

Señor, salva a los pobres moribundos que mueren en este instante, y morirán durante todo este día! …

¡Señor Jesús, cuantos ¡ay! en este mismo instante estarán casi, casi al borde del pecado!

Señor, por caridad, detenlos… ayúdalos, contiénelos para que se evite al menos un solo pecado mortal.

Una sola gota de tu Sangre, oh, Señor, basta para salvar el mundo entero: caiga, Señor, caiga esa Sangre divina como lluvia benéfica, y lave el mundo, y lo purifique de sus crímenes, y el mundo será salvo.

Te ruego, Señor, por nuestra patria, por nuestra patria arrastrada por la masonería, por el sectarismo fanático … No la castigues en tu furor con el más terrible de los castigos, que es tu abandono y la pérdida de la fe. ¡No, Señor, no la castigues abandonándola a las sectas sedientas de sangre y de ruinas! … Señor, esta nación es tuya, esta nación te ama, y ama igualmente a tu Madre Santísima, a la cual de un modo especial invoca y venera bajo el título del Huerto. Sálvala, pues, y líbrala de sus enemigos. Y como su salvación depende de su unión con la Iglesia, haz, Señor, que siempre se mantenga hija fiel y obsequiosa de esta tan buena Madre … Bendice, oh, Señor, las Autoridades civiles y militares, bendice nuestro ejército, nuestra bandera, nuestras administraciones, nuestras escuelas, nuestros asilos, nuestros hospitales… ¡Bendice todo y a todos, oh, Señor Jesús!

Mira particularmente, oh Señor, las necesidades de esta Arquidiócesis, y en primer lugar de nuestro virtuoso Prelado, nuestro Seminario; nuestras instituciones católicas, y con nosotros te lo piden, oh, Jesús, nuestros Santos Protectores!…

Que tus santos Ángeles, oh, Señor, custodien a los niños y niñas. ¡Oh, cuantos peligros para su inocencia! … No permitas que pierdan tu gracia; sálvalos, Señor, sálvalos a todos.

Oh, Padre, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, en virtud de la promesa de este tu Divino Hijo, que todas las cosas que te pidiéramos en su Nombre, Tú nos las concederías, evocando el testimonio del Espíritu Santo, me atrevo a pedirte que ninguna de las personas que están aquí presentes, y, que en adelante vengan a esta iglesia a adorar a Jesús Sacramentado a invocar a María Santísima del Huerto, que ninguna, pero ninguna se pierda!….

Pero la hora pasa rápidamente, y tantas otras cosas debo pedirte todavía…

Me apresuro, oh, Señor, para recomendarte las benditas almas del Purgatorio. Esas pobres almas han esperado esta hora… ¡Señor, Jesús, líbralas de sus penas, sálvalas presto, hazlas felices!

Te pido en particular por las mas abandonadas, por las mas próximas a salir Purgatorio, por las que me han hecho algún bien, por las que tengo obligación de rogar, por aquellas, Señor, ¡ay! por aquellas que están en el Purgatorio por mi culpa … Y por aquellas también que con mayor fervor y perseverancia se apresuraban a practicar este ejercicio de la Hora Santa!

¿Y mis parientes, oh, Jesús? … ¿Mis amigos y bienhechores vivos y difuntos?

Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, dona eis requiem sempiternam et locum indulgentiae cum Sanctis tuis in gloria!

(Cada uno pida las gracias que desea).

¡La hora ha pasado… ha pasado demasiado presto!

¡0h, cuán dulce es, oh, Señor, el estar contigo!

¡Cuán cierto es que vale más una hora en tu presencia, que millares de siglos en companía de los pecadores!

Hora Santa, hora de paraíso … hora breve y dichosa … principio de la adoración que durará por los siglos de los siglos, yo te bendigo.

La hora ha pasado: ¡alma mía, no dejes pasar al Médico, al Pastor, al Amigo, al Padre sin pedirle una ultima bendición! …

Dile, dile, con grande y suplicante clamor: – ¡No, no, yo no te dejaré hasta que no me hayas bendecido! ¡Eterno Padre, bendice a tus hijos! ¡Hijo Divino, bendice a tus redimidos! ¡Espíritu Santo, bendice las almas que tú has santificado!

En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espiritu Santo.-

Que esta bendición sea prenda de aquella otra que nos darás, oh, Señor, en el extremo dia del juicio, cuando nos llames a la companía de tus Angeles y de tus Santos en el cielo.

¡Amén, Amén, Amén!

Jesús, consolador de los hombres

Diciembre 22, 2008
15SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

“Las almas amantes no tienen mayor contento, que estar con las personas que aman. Si amamos, pues, y amamos de veras a Jesucristo, aquí estamos en su presencia: Jesús en el Sacramento nos ve y nos oye, y nosotros ¿no le diremos nada?

Consolémonos ahora con su compañía, gocémonos de su gloria, y de aquel fervoroso amor con que tantas almas le adoran en el Santísimo Sacramento.

Deseemos que todos amen a Jesús sacramentado, y le consagren sus corazones, a lo menos nosotros consagrémosle enteramente nuestro afecto, de manera que sea Jesús en adelante todo nuestro deseo y todo nuestro amor.

El P.Salesio se arrebataba al oir hablar del Santísimo Sacramento, y nunca se saciaba de visitarle: si era llamado a la portería, si volvía a su aposento, de todas las ocasiones se servía para reduplicar las visitas a su amado Señor, y apenas pasaba hora sin que le visitase, mereciendo en fin morir a manos de los herejes en defensa del Santísimo Sacramento.

¡Oh si yo tuviera la dicha de morir por tan glorioso motivo como es defender la verdad de este Sacramento, por el cual nos habeis hecho conocer, amabilísimo Jesús, la grandeza del amor que nos tenéis.

Pues, Señor, ya que hacéis aquí tantos milagros, haced ahora otro prodigio más, y es atraerme del todo a vos y darme las fuerzas que he menester para amaros con todos mis afectos.

Los bienes del mundo dadlos a quien os agrade; yo los renuncio todos: lo que quiero, y por lo que ansiosamente suspiro, es por vuestro amor; esto es lo que os pido, y siempre os pediré: os amo Jesús mío, dadme vuestro amor y no os pediré ninguna cosa más.

San Alfonso María de Ligorio. Visitas al Santísmo Sacramento y María Santísima para todos los días del mes: Día 17. Imprenta de Aguado. 1835. Madrid