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Sobre la Dignidad de los Sacerdotes y la Excelencia de la Eucaristía

Noviembre 6, 2009

Tomado de los “Diálogos de Santa Catalina de Siena”

De la dignidad de los Sacerdotes y del Sacramento del Cuerpo de Cristo, y de los que comulgan digna é indignamente.

 “Te respondo ahora a lo que me has preguntado sobre los Ministros de la santa Iglesia. Y para que conozcas mejor la verdad, abre los ojos de tu entendimiento y mira su excelencia, y en cuán gran dignidad los he puesto; y porque mejor se conocen las cosas por sus contrarios, quiero mostrarte la dignidad de los que administran virtuosamente el tesoro que yo deposité en sus manos, y así verás mejor la infelicidad de los que se alimentan hoy a los pechos de esta Esposa. 

Obedeciendo entonces aquella alma se miraba en la verdad, en la cual veía resplandecer las virtudes de los que verdaderamente las gustan, y Dios eterno la decía: Hija querida, quiero decirte antes su dignidad, en la que los he colocado por bondad mía, además del general amor que he tenido á mis criaturas, criándoos a mi imagen y semejanza, y reengendrándoos á todos para la gracia en la sangre de mi Unigénito Hijo, por lo cual vinisteis á tanta excelencia por la unión que yo hice de mi divinidad con la naturaleza humana, que en esto os aventajáis y sois superiores á los Ángeles, pues tomé vuestra naturaleza y no la angélica; y así yo Dios me hice hombre, y el hombre se hizo Dios por la unión de mi naturaleza Divina con la vuestra humana. 

Esta grandeza di en general a toda criatura racional; mas entre estas he elegido Ministros para vuestra salud, para que os administren la sangre del humilde é inmaculado Cordero, mi Unigénito Hijo.

 A estos concedí que suministrasen el Sol, dándoles la luz de la ciencia y el calor de la caridad Divina, y el color unido con el calor y la luz, esto es, la sangre y el cuerpo de mi Hijo, cuyo cuerpo es un Sol, porque es una cosa conmigo, verdadero Sol; y está tan unido, que no se puede el uno separar ni dividir del otro, así como en el Sol no pueden separarse el calor de su luz, ni la luz del calor por su perfecta unión.

 Este Sol no apartándose de su rueda ni separándose da luz á todo el mundo, y á cualquiera que quiera recibir su calor, y no puede recibir mancha por ninguna inmundicia, y está unido con su luz.

 Así el Verbo, mi Hijo, con su dulcísima sangre es un Sol todo Dios y todo hombre, porque es uno mismo conmigo y yo con él. Mi poder no está separado de su sabiduría, ni el calor del fuego del Espíritu Santo está separado de mí, Padre, ni de él, Hijo mío, porque es una cosa con nosotros, pues el Espíritu Santo procede de mí, que soy el Padre y de mi Hijo, y somos un mismo Sol: yo soy aquel Sol, Dios eterno, de donde ha procedido el Hijo y el Espíritu Santo.

Al Espíritu Santo se le atribuye el fuego, y al Hijo la sabiduría, en la cual mis Ministros reciben lumbre de gracia porque han administrado esta luz con luz y con agradecimiento del beneficio recibido de mí, Padre eterno, siguiendo la doctrina de esta sabiduría, que es mi Unigénito Hijo.

 Esta es aquella luz que tiene en sí el color de vuestra humanidad unido uno con otro; y por tanto la luz de mí Deidad fue aquella luz unida con el color de vuestra humanidad, que se hizo resplandeciente cuando fue impasible en virtud de mi naturaleza Divina, y por este medio, esto es, por este Verbo encarnado unido y enlazado con la luz de mi naturaleza Divina, y con el calor y fuego del Espíritu Santo, habéis recibido la luz.

 ¿Y á quién di esta luz para que la distribuyese y repartiese? á mis Ministros en el cuerpo místico de la santa Iglesia, para que tengáis vida, recibiendo de ellos el cuerpo de Jesucristo en manjar, y su sangre en bebida.

 Te dije que este cuerpo es un Sol, y así no se os puede dar el cuerpo sin que se os dé la sangre, ni la sangre ni el cuerpo sin el alma de este Verbo, ni el alma ni el cuerpo sin mi Divinidad, porque no puede separarse la una de la otra, porque la naturaleza Divina nunca se separó de la humana, ni por la muerte, ni por motivo alguno podía separarse; así que en este Sacramento recibís toda la esencia Divina bajo la especie de pan.

 Y así como no puede dividirse el Sol, así no se divide en la hostia todo Dios y todo hombre; aunque se dividiese en mil partes, si fuese posible, en cada una quedaría todo Dios y todo hombre.

 Y así como en un espejo no se divide la imagen que se ve dentro, así dividiéndose esta hostia no se divide Dios y hombre, sino que en cada parte está todo entero, ni se disminuye en sí mismo, como lo conocerás por el ejemplo siguiente.

 Si tuvieras tú una luz, y todo el mundo viniese á tomar de ella, la luz no se disminuiría, y sin embargo cada uno llevaría toda la luz, quien mas, quien menos, según la cantidad de la materia que llevaba el que de ella tomase, porque en la misma cantidad recibiría el fuego, y para que mejor lo entiendas oye este ejemplo.

 Si muchos llevaran sus velas a encender, y una fuese de una onza, otra de dos o de seis, quien la llevase de una libra y quien de mas, en cada una de ellas, tanto en la grande como en la pequeña se veía toda la luz, esto es, el calor y color, y la misma luz, y sin embargo tú dirías que es menor luz la de una onza que la de una libra; lo mismo pues sucede en los que reciben este Sacramento, que cada uno lleva su vela, esto es, el santo deseo con que lo recibe, la cual vela está apagada, y se enciende recibiendo este Sacramento: y digo apagada porque nada sois por vosotros mismos, y yo os he dado la materia con que podáis alimentar en vosotros esta luz y tomarla.

 La materia vuestra es el amor, pues por amor os crié, y sin él no podéis vivir.

 Este ser dado á vosotros por amor tuvo principio en el santo Bautismo en virtud de la sangre de este Verbo, porque de otra manera no podíais participar de esta luz, y seríais como la vela que sin el pávilo no puede arder ni lucir: así vosotros no podéis lucir si no habéis recibido en vuestra alma el pávilo que se enciende, esto es, la santísima fe unida á la gracia que recibís en el Bautismo con el afecto de vuestra alma que yo crié en disposición para amar, la cual es tan á propósito para amar, que no puede vivir sin el amor, o por mejor decir, este es su manjar y sustento.

 ¿En donde pues se enciende esta alma del modo que te he dicho? Al fuego de mi Divina caridad, amándome y temiéndome, y siguiendo la doctrina de mi Verdad.

 Es verdad que se enciende mas o menos según que el alma diere materia á este fuego, porque aunque todos tengáis una misma materia, á saber, que todos hayáis sido criados á mi imagen y semejanza, y tengáis vosotros los Cristianos la luz del santo Bautismo, sin embargo, cada cual puede crecer en amor y virtud, según que quisiereis, mediante mi gracia; no que mudéis otra forma de la que yo os di, sino que crecéis y aumentáis las virtudes con el amor, usando en virtud y afecto de caridad del libre albedrío, mientras tenéis tiempo, porque pasado este ya no podéis: así que podéis crecer en amor, y viniendo con él á recibir esta gloriosa luz que os he dado por comida por medio de mis Ministros, tanta luz recibiréis cuanto amor trajereis y encendido deseo, aunque lo recibáis todo, como te dije, poniéndote el ejemplo de los que llevaban velas, los cuales según la cantidad del peso así recibían la luz, sin embargo que cada uno la llevase entera, porque no puede dividirse por ninguna imperfección de vosotros que le recibís, ni del que le administra , sino que tanto participáis de esta luz, esto es, de la gracia que recibís en este Sacramento, cuanta es la disposición del santo deseo con que venís á recibirle; y el que recibe este Sacramento con culpa de pecado mortal, no recibe gracia, aunque reciba verdaderamente á todo Dios y hombre, como te he dicho.

 ¿Sabes pues como está el alma que comulga indignamente? Está como la vela mojada en agua, que no hace mas que hacer ruido cuando se arrima al fuego, y apenas está encendida cuando se apaga, y no queda más que el humo.

 Así esta alma lleva la vela que recibió en el santo Bautismo, y después la mojó en el agua de la culpa, que humedeció el pávilo de la luz de la gracia del Bautismo; y no habiéndose calentado al fuego de la verdadera contrición, confesándose de su culpa, fue á recibir á la mesa del altar esta luz materialmente, pero no espiritualmente: por lo cual, no estando dispuesta aquella alma con la debida disposición para tan alto misterio, no quedó gracia en ella, sino que se ausenta y queda con mayor confusión, apagada la luz, cubierta de tinieblas y agravada su culpa, no sacando otro fruto de este Sacramento que el ruido del remordimiento de la conciencia, no por defecto de la luz, pues esta no puede recibir daño alguno, sino por el agua que hallo en el alma, la cual impidió el afecto del alma para que no pudiese recibir esta luz.

 Y así, mira como no puede dividirse esta luz unida con el calor y color de manera alguna, ni por pequeño que sea el deseo que trae el que viene á recibir este Sacramento, ni por defecto que haya en el alma del que le recibe, ni por falta del que le administra: así como te dije del Sol, el cual aunque pase por lugares inmundos no se mancha ni se divide, ni disminuye su luz, ni se aparta de su rueda aunque todos reciban su luz y calor.

  Así este Sol, el Verbo de mi Unigénito Hijo, no se separa de mí, Sol, Padre eterno, aunque sea suministrado en el cuerpo místico de la santa Iglesia á cualquiera que quiera recibirle, sino que queda entero, y recibís todo un Dios y hombre juntamente, como te dije con el ejemplo de la luz, que si todo el mundo fuese por ella, todos la tomarían, y sin embargo quedaría entera.

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 Cómo todos los sentidos corporales se engañan en el sobredicho Sacramento, pero no los del alma, y que con estos, y no con aquellos, debe verse y gustarse; y de una visión que tuvo esta alma sobre esto.

¡O carísima Hija! abre bien los ojos de tu entendimiento para considerar el abismo de mi caridad, porque no hay criatura alguna que no debiese deshacerse en amor, viendo, entre otros beneficios que gratuitamente os di, el de este Sacramento.

¿Y con qué ojos, querida Hija, debes tú y los demás ver y considerar este misterio y tocarle? porque no solo el tacto y la vista no alcanzan, pero ni todos los sentidos.

Mira como los ojos no ven mas que la blancura del pan, la mano no toca otra cosa, y el gusto no gusta sino el sabor del pan; y así los sentidos del cuerpo se engañan, pero el sentido del alma no puede engañarse sino quiere: sino es digo, que quiera quitarse la luz de la santísima fe con la infidelidad.

¿Quién gusta, ve y toca este Sacramento? el sentido del alma: ¿con qué ojos le ve? con los del entendimiento, si en lo interior de ellos tiene la niña de la fe.

Estos ojos ven en la hostia á todo Dios y todo hombre, la naturaleza Divina unida con la humana, el cuerpo, el alma y la sangre de Cristo: el alma unida con el cuerpo, el cuerpo y el alma unidos con mi naturaleza Divina sin separarse de mí, si te acuerdas cuando al principio de tu vida te lo manifesté; y no tanto con los ojos del entendimiento, mas aún con los del cuerpo, bien que por la grande luz los del cuerpo perdieron la vista, y vieron solamente los del entendimiento.

Te lo mostré pues para que lo entendieses, y para fortificarte contra la batalla que habías tenido con el demonio en este Sacramento, y para que crecieras en amor y en la luz de la santísima fe.

Y así sabes que yendo tú por la mañana á la Iglesia al amanecer á oír Misa, después que habías sido molestada por el demonio, y te pusiste ante el altar del Crucifijo, el Sacerdote vino al altar de María, y estando tú allí á considerar tus defectos, temiendo haberme ofendido por la guerra que te había dado el demonio, estabas considerando el afecto de mi caridad que te había concedido oír Misa, sin embargo que tú te tenías por indigna de entrar en mi santo templo.

Llegando el Ministro á la consagración, tú alzaste los ojos al Ministro, y al decir él las palabras, yo te me manifesté, viendo tú salir de mí pecho una luz como el rayo del Sol, que sale de la rueda del Sol sin separarse de ella, en la cual luz venía una paloma, unidas paloma y luz, y revoloteaba sobre la hostia en virtud de las palabras que decía el Sacerdote.

Porque tus ojos corporales no pudieron sufrir la luz, y solamente te quedó la vista en los ojos intelectuales, allí viste y gustaste el abismo de la Trinidad, y á todo Dios y hombre escondido y oculto bajo aquel pan; y viste que ni la luz ni la presencia del Verbo que tú intelectualmente veías en la hostia quitaba la blancura del pan, y lo uno no impedía á lo otro, ni el ver á Dios y hombre en el pan, ni al pan estorbaba yo que se le viese, esto es, que no se le quitaba la blancura ni la figura ni el sabor.

Esto te manifestó mi bondad. Pero ¿quién lo vio? los ojos del entendimiento con la niña de la santísima fe: así que los ojos intelectuales son los que son capaces de ver este misterio, porque no pueden ser engañados, y con ellos debe mirarse este Sacramento.

¿Quién le toca? las manos del amor, con estas manos se tócalo que tales ojos han visto y conocido en este Sacramento.

Por la fe se toca con las manos del amor, como certificándose de lo que ve por la fe, e intelectualmente conoció.

 ¿Quién le gusta? el gusto del santo deseo. El gusto del cuerpo gusta el sabor del pan, y el gusto del alma, que es el santo deseo, gusta á Dios y hombre; y así mira como se engañan los sentidos del cuerpo, mas no los del alma; antes bien esta es alumbrada y certificada en sí misma, porque los ojos del entendimiento lo han visto con la luz de la santísima fe, y porque le vieron y conocieron, por eso le tocan con las manos del amor; porque lo ve, lo toca por amor con fe; y con el gusto del alma, que es un encendido deseo, lo gusta, esto es, con mi ardiente caridad y amor inefable, con el cual amor la he hecho digna de recibir tan grande Sacramento y la gracia que se ve recibir en él.

 Mira pues como no solamente debéis recibir y ver este Sacramento con los sentidos corporales, mas también con los espirituales, disponiendo vuestros sentidos del alma con afecto de amor, para ver, recibir y gustar este Sacramento.

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De la excelencia del que recibe este admirable Sacramento en estado de gracia.

Mira, Hija carísima, en cuánta excelencia está el alma que recibe con la debida disposición este pan de vida y manjar de los Ángeles.

Recibiendo este Sacramento está en mí, y yo en él: así como el pez está en el mar, y el mar en el pez, de la misma manera yo estoy en el alma, y el alma está en mí, mar pacífico.

En la tal alma queda la gracia, porque habiendo recibido este pan de Vida en gracia, esta queda, consumidos que son los accidentes de pan, en gracia.

Yo os dejo la efigie, como lo hace el sello, que si se pone sobre la cera caliente, aunque se levante queda la figura que estampo: de la misma manera os queda en el alma la virtud de este Sacramento , esto es, que os queda el calor de mi divina caridad y clemencia del Espíritu Santo.

Os queda la luz de la sabiduría de mi Unigénito Hijo, alumbrados los ojos de vuestro entendimiento con aquella sabiduría, para conocer y ver la doctrina de mi Verdad, y esta misma sabiduría queda vigorosa participando de mi fortaleza y poder, que fortifica el alma, y la da valor contra sus pasiones sensuales, contra los demonios y contra el mundo; y así mira como queda la efigie aunque se quito el sello, esto es, que, consumidos los accidentes de pan, este verdadero Sol se vuelve á su rueda, no porque se hubiese separado de ella, pues estaba unido conmigo, sino que el abismo de mi caridad para salud vuestra, y por dárselos en esta vida por manjar, en la que sois peregrinos y viandantes, para que tengáis algún consuelo, y no perdáis la memoria del beneficio de mi sangre, os le di por comida por dispensación mía y divina providencia, socorriendo vuestras necesidades.

Mira pues cuan obligados estáis á amarme, puesto que yo os amo tanto, y porque soy suma y eterna bondad, digno de ser amado por vosotros.

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Cómo las cosas que se han dicho acerca de la excelencia de este Sacramento son para conocer mejor la dignidad de los Sacerdotes, y cómo Dios exige de ellos mayor pureza que en los demás.

¡O querida hija! he dicho todo esto para que conozcas mejor la dignidad en que yo he puesto á mis Ministros, y te duelas mas de sus miserias.

Si ellos considerasen su dignidad no subsistirían en las tinieblas del pecado mortal, ni afearían la faz de su alma.

Y no solo evitarían ofenderme á mí y á su dignidad, sino que entregarían á las llamas su cuerpo, y no les parecería haberme satisfecho en algo por tanta gracia y beneficio como les he hecho, porque en la vida presente no pueden subir á mayor dignidad.

Ellos son mis ungidos, yo los llamo mis Cristos, porque me he dado á ellos para que me suministren á vosotros, y los he puesto como flores olorosas en el cuerpo místico de la santa Iglesia..

No he concedido esta dignidad á los Ángeles, y si á los hombres que he elegido por mis Ministros, los cuales he puesto como Ángeles, y deben ser Ángeles terrenos en esta vida.

En toda alma requiero pureza y caridad para que me ame con afecto y á su prójimo, y le socorra como pudiere con oraciones, viviendo con él en caridad; pero mucha mas pureza y amor para conmigo y con su prójimo pido á mis Ministros, suministrando el Cuerpo y Sangre de mi Unigénito Hijo con ardiente caridad y con hambre de la salud de las almas para gloria y alabanza de mi nombre.

Y así como estos Ministros requieren la limpieza en el cáliz, en donde se hace este sacrificio, así requiero yo la limpieza y pureza en su conciencia y alma; y el cuerpo como instrumento del alma quiero que se conserve en pureza, y no quiero que se alimenten ni envuelvan en el lodo de la inmundicia, ni que sean altivos con la soberbia, buscando grandes prelacías, ni crueles para consigo y sus prójimos, pues no pueden ser crueles consigo mismos sin serlo con su prójimo, porque si son crueles consigo por la culpa, lo son también con las almas del prójimo, por cuanto no les dan ejemplo de santa vida, ni cuidan de librar las almas de las manos del demonio, ni de suministrar el Cuerpo y Sangre de mi Unigénito Hijo, y á mí, verdadera luz. Así que si son crueles consigo mismos, lo son también con los demás.

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De la dignidad de los Sacerdotes, y cómo la virtud de los Sacramentos no se disminuye por las culpas de los que los administran ó reciben, y cómo Dios no quiere que los seculares corrijan á los Sacerdotes.

Esto hacían mis gloriosos Ministros, de los que te dije que quería considerases su excelencia, además de la dignidad que les había dado haciéndoles mis Cristos, los cuales ejercitando virtuosamente esta dignidad, se revisten de este amable y resplandeciente Sol que yo les entregué para suministrarle.

 Mira al dulce Gregorio, Silvestre y los otros antecesores y sucesores que fueron después del primer Pontífice Pedro, á quien dio las llaves del Reino de los Cielos mi Verdad, cuando dijo: Pedro, yo te doy las llaves del Reino de los Cielos, y lo que tú desatares en la tierra, será desatado en el Cielo; y lo que ligares en la tierra, será ligado en el Cielo.

Atiende, Hija muy amada, que manifestándote la excelencia de las virtudes de estos, te declararé con mas extensión la dignidad en que he colocado á estos mis Ministros.

 La sangre de mi Unigénito Hijo es la llave que abrió  la puerta de la vida eterna, que por el pecado de Adán mucho tiempo había estado cerrada.

Mas después que yo os di mi Verdad, que es el Verbo de mi Unigénito Hijo sufriendo y padeciendo, con su muerte destruyó vuestra muerte, bañándoos con su preciosa sangre, y así su sangre y muerte en virtud de mi naturaleza Divina, unida con la humana, abrió la puerta de la vida eterna.

 ¿ A quién pues dejó las llaves de esta sangre? al glorioso Apóstol Pedro y á todos los que le sucedieron o sucederán hasta el día del juicio, y así todos sus sucesores tienen y tendrán la misma autoridad que Pedro tuvo, y por ningún defecto en que incurran se disminuye ni quita la perfección á la sangre ni á Sacramento alguno, porque ya te dije que no se manchaba este Sol en ninguna inmundicia, y que no pierde su luz por las tinieblas de pecado mortal que haya cometido el que le administra ó el que le recibe, porque su culpa no puede dañar en manera alguna á los Sacramentos de la santa Iglesia, ni disminuir su virtud; pero sí se disminuye la gracia y crece la culpa en el que los administra y en el que los recibe indignamente.

Así que Cristo tiene en la tierra las llaves de la sangre, si te acuerdas de lo que te manifesté en aquella figura, queriéndote dar á entender cuánta reverencia deben tener los seculares á estos Ministros, sean buenos o sean malos, y cuánto me desagrada la irreverencia y poco respeto con que se les trata.

Sabes que te mostré el cuerpo místico de la santa Iglesia en figura de una dispensa, en la cual estaba la sangre de mi Unigénito Hijo, que da valor á todos los Sacramentos, y todos tienen vida en virtud de esta sangre.

A la puerta de esta dispensa estaba Cristo en la tierra, al cual le estaba encargado administrar esta sangre, y poner Ministros que le ayudasen á dispensarla á todo el cuerpo universal de la Religión Cristiana.

Aquel á quien él aceptaba y ungía era elegido por Ministro, y otro no. De él procede todo el orden del Clericato, y pone á cada uno en su oficio para administrar esta gloriosa sangre, y como él los ha puesto por sus coadjutores, por eso á él toca corregirles sus defectos, y así quiero que sea, pues por la excelencia y autoridad que les concedí, los saqué de la servidumbre o sujeción de los señores temporales; y así la ley civil no puede entenderse con ellos para castigarlos, sino solo aquel que he puesto para que los mande con leyes canónicas y divinas.

Estos son mis ungidos, y por eso dije en la Escritura: No queráis tocar á mis ungidos; de donde se sigue que incurre en grande daño y ruina el que presume castigarlos.

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Cómo Dios reputa por hecha contra sí la persecución que se hace á la santa Iglesia ó á sus Ministros, y que esta culpa es mas grave que otra Cualquiera.

Sí me preguntas por que te he mostrado que la culpa de los que persiguen la santa Iglesia es mayor que todas las otras que hayan cometido, y también por que no obstante sus defectos no querría yo que se disminuyese la reverencia que se les debe tener, te responderé que la reverencia y respeto que se les tiene, no es á ellos, sino á mí, en virtud de la sangre que yo les he dado á administrar, pues si esto no fuese, tanta reverencia les tendríais como á los demás seglares, y no mas: mas por el ministerio que ejercen estáis obligados á tributarles reverencia, y tenéis que venir necesariamente á ellos, no á ellos por ellos, sino por la virtud que les he dado, si queréis recibir los Sacramentos de la Iglesia, porque pudiéndolos recibir y no recibiéndolos, viviréis y moriréis en estado de eterna condenación.

Y así la reverencia es á mí y á esta gloriosa Sangre de mi Hijo, que es una cosa misma conmigo por la unión de la naturaleza divina con la humana, y no á ellos; y así como la reverencia es á mí, así la irreverencia con que se les trata es también á mí, y ya te he dicho que no debéis respetarlos á ellos por ser ellos, sino por la autoridad que les he dado, y así no deben ser ofendidos, porque ofendiéndolos me ofenden á mí y no á ellos, y ya lo he prohibido expresamente, diciendo que mis ungidos no deben ser tocados por vuestras manos, y así ninguno puede excusarse diciendo: yo no hago injuria, ni soy rebelde á la santa Iglesia, sino á los defectos de los malos pastores.

Este tal miente sobre su cabeza, y como cegado por el amor propio no ve, pues aunque vea bien, hace que no ve para apaciguar el estímulo de su conciencia, pues vería, y sin duda lo advierte, que persigue la Sangre de Jesucristo, y no á ellos.

 A mí es la injuria, así como á mí era el respeto, y así contra mí es también todo daño, escarnios, afrentas, oprobios y vituperios que á ellos les hacen, porque vuelvo, y volveré á decir: No quiero que en mis ungidos pongáis vuestras manos.

Yo los he de castigar, y no vosotros. Mas los perversos demuestran la irreverencia que tienen á la Sangre de mi Hijo, y que aprecian en poco el tesoro que les he dado para salud y vida de sus almas.

 ¿Qué mas podíais recibir que á mí todo Dios y todo hombre, que me he dado á vosotros en manjar?

 Mas porque estos mismos Ministros no me tributaban la reverencia que se me debe, por eso se disminuyó para ellos el acostumbrado respeto, persiguiéndolos, por ver en ellos muchos pecados y defectos.

Si verdaderamente les hubieran tenido esta reverencia por mí, no se hubieran levantado contra ellos por sus defectos, porque no se disminuye la virtud de este Sacramento por ninguna culpa, y por eso no se debe disminuir la reverencia; y cuando se disminuye, me ofenden.

Esta culpa es mas grave que todas las otras por muchas razones; pero diré las tres principales.

La primera es, porque lo que se hace contra mis Ministros, lo reputo hecho contra mí: la segunda, porque quebrantan el precepto, pues ya he mandado que no pongan en ellos sus manos, por lo cual desprecian la virtud de la sangre que recibieron en el santo Bautismo, desobedeciendo y haciendo lo que está prohibido, y son rebeldes á esta sangre porque no le han reverenciado, antes bien le han perseguido. Son como miembros podridos cortados del cuerpo místico de la santa Iglesia, por lo que mientras estuvieren obstinados en esta rebelión é irreverencia, si mueren en ella, se condenan.

Es verdad que llegando á la última hora, humillándose y conociendo su culpa, queriéndose reconciliar con su cabeza, aunque actualmente no puedan, alcanzan misericordia; pero no deben esperar á aquella hora, porque no es cosa segura que la conseguirán.

 La tercera causa por la cual esta culpa es mas grave que otras, es porque es pecado cometido con malicia y deliberación, y conocen que no lo pueden hacer con buena conciencia, y que pecan si lo hacen, y es ofensa con cierta soberbia sin deleite corporal, antes bien alma y cuerpo se consumen.

El alma se consume, porque se priva de la gracia, y muchas veces los roe interiormente el gusano de la conciencia: los bienes temporales se emplean en servicio del demonio, y mueren los cuerpos como animales.

Y así este pecado es directamente contra mí, y se comete sin apariencia de utilidad o deleite alguno, y sí con malicia y humo de soberbia, la cual tiene principio en el amor propio sensual, y del perverso temor que tuvo Pilato, que decretó  la muerte de Cristo mi Unigénito Hijo por temor de perder el dominio temporal: así lo han hecho, y lo hacen estos.

Todos los otros pecados se cometen o por ignorancia y falta de conocimiento, o por simplicidad, o por malicia, esto es, conociendo el hombre el mal que hace: mas por el desordenado deleite y placer que tiene en el mismo pecado, ó por alguna utilidad que en él hallase, ofende; y ofendiendo hace daño, y ofende su alma, y á mí, y á su prójimo.

A mí me ofenden porque no tributan gloria y alabanza á mi nombre; y al prójimo porque no le aman: mas él no me hace daño á mí actualmente porque me haga directamente la ofensa, sino que á sí se ofende; la cual ofensa me desagrada, porque es en su daño.

Esta ofensa se hace sin medio solo á mí directamente; pero los otros pecados tienen alguna apariencia y color, y se cometen por medio de alguno; pues como te dije, todo pecado se comete y toda virtud se ejercita mediante el prójimo; y el pecado se comete con la privación de mí y del prójimo, y la virtud con el amor de la caridad; y así ofendiendo al prójimo, me ofenden por medio de él: mas porque entre mis criaturas he elegido á estos por mis Ministros, los cuales son mis ungidos y administradores del Cuerpo y Sangre de mi Unigénito Hijo, que se convierte en carne vuestra unida con mi naturaleza Divina, por eso cuando consagran están representando la persona de Cristo mi Hijo.

Y así mira como esta ofensa se hace á este Verbo y haciéndose á él, se hace á mí, porque somos una misma cosa.

Estos desdichados persiguen la Sangre, y se privan del tesoro del fruto de la Sangre; por lo cual esta ofensa me es mas grave que á mis Ministros; porque así como no reputo aquella honra como de mis Ministros, sino mía, así esta persecución la tengo como hecha contra mí, esto es, contra esta gloriosa Sangre de mi Hijo, con quien soy una misma cosa.

Por lo cual, si todos los pecados que han cometido se pusiesen de una parte, y este solo por otra, aquellos los reputo por leves en comparación de este, como te lo manifesté para que tuvieses motivo de dolerte de mi ofensa, y de la condenación de estos infelices, para que con el dolor y amargura tuya y de los otros mis siervos se disipasen tan grandes tinieblas por mi bondad y misericordia, cuantas sobrevinieren á estos miembros podridos, cortados del cuerpo místico de la santa Iglesia.

Pero apenas encuentro quien se duela de la persecución que se hace á esta preciosa Sangre, pero hallo sí quien continuamente me dispara las saetas del amor desordenado y temor servil de la propia reputación: y como ciegos, reputan por honor lo que es vituperio, y por afrenta lo que es honor, á saber, humillarse á su cabeza.

Con estos defectos persiguen la sangre de mi Hijo.

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Aquí se habla de los perseguidores de la santa Iglesia y de los Ministros de varias maneras.

Te dije que me asaeteaban; y así es la verdad: porque con la intención hacen cuanto pueden: no porque yo pueda recibir daño alguno, ni ser ofendido de ellos, porque soy como la piedra, que hiriéndola recibe el daño el que la hiere: así también sus ofensas que despiden el mal olor no pueden dañarme: mas vuelve á ellos la saeta envenenada de la culpa, con la que se privan en esta vida de la gracia, perdiendo el fruto de la Sangre; y si á lo último de su vida no se corrigen con la santa confesión y contrición de corazón, se condenarán , apartados de mí, y unidos con el demonio: y los dos hacen liga; porque luego que el alma se priva de la gracia, y se une con el pecado, que es un vínculo de odio de la virtud y amor del vicio, el cual enlace ó vínculo han puesto con el libre albedrío en las manos del demonio, y con él los ata, porque de otra manera no pudieran ser atados.

Con esta ligadura se ataron los perseguidores de la sangre de mi Hijo unos con otros, y como miembros enlazados con el demonio, tomaron el oficio de demonios.

Estos procuran pervertir mis criaturas, y sacarlas de la gracia, y reducirlas á la culpa del pecado mortal, para que ellas tengan y participen del mal que ellos tienen.

Lo mismo hace estos, ni más ni menos; porque como miembros del demonio van pervirtiendo los hijos de la Esposa de Cristo mi Unigénito Hijo, y quitándoles el vínculo de la caridad, y atándolos con la infeliz ligadura, privándolos del fruto de la sangre, como lo están ellos.

Están atados con el nudo de la soberbia, con la propia reputación, y con el lazo del temor servil; pues por no perder el dominio temporal, pierden la gracia, y caen en la mayor confusión á que pueden llegar, privándose de la dignidad de la Sangre.

Este vínculo parece que está sellado con el sello de las tinieblas, porque no conocen en cuántas miserias y desgracias cayeron y hacen caer á los demás; y no se enmiendan porque no las conocen, sino que como ciegos se glorían de la ruina de las almas y cuerpos.

¡Oh querida Hija, duelete con grande amargura de ver tanta desdicha y ceguedad en los que están lavados con esta preciosa Sangre como tú, y que se alimentan y sustentan de ella á los pechos de la santa Iglesia, y ahora como rebeldes se han separado de este pecho por temor, y con pretexto de corregir los defectos de mis Ministros, habiendo yo prohibido que se les toque ni corrija!

Por eso debes tú y mis siervos tener gran temor siempre que oyeres hacer mención de tan detestable unión. No puede tu lengua referir cuánto la abomino; y lo peor es que quieren defenderse con la capa de los defectos de mis Ministros, y con este pretexto cubrir sus defectos; y no piensan que nada hay que se me pueda encubrir, ni que yo no vea.

Podrían sí esconderse y ocultarse á los ojos de las criaturas, pero no á mí; porque no solo veo las cosas presentes, más también las pasadas y venideras; porque como os amé, os conocí antes que fueseis.

 Y este es uno de los motivos por que los infelices mundanos no se corrigen, porque no creen con lumbre de fe viva que yo lo vea; pues si verdaderamente creyesen que yo veo sus delitos, y que todo delito es castigado, como premiada toda buena obra, no obrarían tan mal, sino que se corregirían de lo que han hecho, y me pedirían humildemente misericordia, y yo por medio de la Sangre de mi Hijo se la concedería: mas ellos como obstinados y reprobados por sus defectos, cayeron en la última ruina , y fueron privados de la luz, y como ciegos se hicieron perseguidores de la Sangre de Cristo, la cual persecución no debiera hacerse por defectos que se viesen en los dispensadores de esta Sangre.

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Breve repetición de lo dicho sobre la santa Iglesia y sus Ministros.

Te he contado, Hija muy querida, algunas cosas sobre la reverencia que se debe tener á mis ungidos, no obstante sus defectos; porque la reverencia que se les hace no es á ellos por ser ellos, sino por la autoridad que yo les he dado; y por cuanto sus defectos no pueden disminuir el misterio del Sacramento, no debe disminuirse la reverencia para con ellos, no por ellos, sino por el tesoro de la Sangre.

Haciendo lo contrario te he manifestado, aunque poco, de esta ofensa, cuanto me es sensible y desagradable, y el daño que reciben por esta irreverencia y persecución de la sangre, y la liga que han hecho contra mí y con el demonio, y te he dicho esto porque te duelas más.

Este es un delito que te he referido de la persecución de la santa Iglesia en particular, y en general te digo de la Religión Cristiana, que estando en pecado mortal desprecian la Sangre de mi Hijo, privándose de la gracia.

 Esto me desagrada, y es mas grave la culpa de los que arriba te he hablado.

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Santa Catalina de Siena (1347-1380) fue la penúltima de sus 25 hermanos, y desde su tierna edad escogió a Jesús por esposo. A su delicado cuerpo le impuso mortificaciones, y en medio de sus prolongados ayunos no buscaba otro sustento que la S. Eucaristía, único alimento suyo durante cuarenta días consecutivos. Recibió las llagas del divino Crucificado y ciencia infusa sobre los misterios más profundos de la religión. Merced a sus consejos, salió de Aviñón Gregorio XI para volver a Roma. Habiendo llegado como Cristo a los 33 años, voló a su divino Esposo, para participar allí del banquete nupcial en las santas alegrías de la Pascua eterna.

La obra el  Diálogo,   fue compuesta entre diciembre de 1377 y los últimos meses de 1378, y no fue dictado de un tirón, sino mediante sucesivas reelaboraciones.  Más sobre su obra en: www.dominicos.org/espiritualidad2/personajes/catalina/fuentes.htm

 

Nuestra Señora del Rosario

Octubre 7, 2009

Torre de David, que está fabricada con baluartes: mil escudos cuelgan de ella. (Cant IV, 4)

1. Con solo mencionar el vasto y cuadrado edificio que surge majestuoso de la cima del santo monte de Sion, las vistosas almenas que coronan sus perfiles, los estrellados baluartes en él flanqueados, y sobre todo, los escudos, corazas, yelmos, espadas y todo linaje de armaduras que de todos lados cuelgan á millares, y, reflejando en el bruñido acero, deslumbran al espectador con su centelleo; con esto y no mas ya echaréis de ver, hermanos míos, que tenemos delante la tan famosa torre de David, esa torre tan celebrada en los sagrados Cantares: Turris David quae edificata est cum propugnaculis: mille clypei pendent ex ea.

2. Tampoco tenemos necesidad de recurrir á cien intérpretes sagrados, á cien teólogos, ascéticos, panegiristas, Padres griegos y latinos, que hablan de esta torre, en sentido ora histórico y literal , ora alegórico y misterioso, para en ella reconocer prefigurada á la Virgen, Madre de Dios, los que desde niños nos acostumbramos á invocarla bajo un tal símbolo. En vano el monstruo infernal probó de mancillarla en su primer instante. En vano furibundos é impíos sectarios, reacios á la luz de la verdad, intentaron denigrar sus excelsas prerrogativas. Firme é inmóvil ella en todos tiempos á los embates de sus enemigos, humilló de todos el orgullo, y de todos, para su eterno baldón, llevó y cimbró á lo alto los despojos. Mas, entre estos gloriosos trofeos que tan espléndidamente figuran en la real torre, y á mas de las rotas ó arrebatadas á sus enemigos, vense brillar, atadas en haces y primorosamente colocadas las de nuestros enemigos á quienes puso ella en derrota.

3. ¿Quién ignora que esto lo hace ella por medio del Rosario, de que fue institutora y maestra para bien de toda la cristiandad? Y para convencernos más y más de ello, ¿no basta traer á la memoria ó las victorias reportadas por este medio eficacísimo, ó la manera misma de reportarlas, ó por último su continuación? Me explicaré mas claro. María, valiéndose del Rosario, triunfa de nuestros enemigos: punto 1.° María triunfa de ellos del modo más conveniente á la Madre del Redentor: punto 2. ° María extiende á todo tiempo y va continuando siempre su triunfo: punto 3.°—El 1.° servirá para mostrar el verdadero origen de la institución del Rosario. El 2.° penetrará en la naturaleza é índole del Rosario. El 3.° descubrirá las principales ventajas que derivan del buen uso del Rosario. En menos palabras: hablaré de su eficacia, práctica y utilidad, que es cuanto me parece á propósito para que os forméis una idea cabal de aquella devoción que profesáis y que os ha impulsado á celebrar con tanta magnificencia esta alegrísima fiesta: Ave María.

Primera parte: María, valiéndose del Rosario, triunfa de nuestros enemigos.

4. No os figuréis, hermanos míos, que, para haceros ver como María, movida de las oraciones de que se compone lo que llamamos Rosario, humilla la avilantez de nuestros fieros enemigos, vaya yo a contaros por su orden las victorias que ella ha reportado en el curso de seis siglos á favor de los fieles que la han devotamente invocado bajo un tal título. Ciñome á hablaros únicamente de las que os descubrirán el verdadero origen de la institución del Rosario. En el siglo XIII, ¡ay! cuán calamitoso y funesto para la Iglesia hallábase toda la Francia dividida en varias sectas de herejes. Estos, á trueque de abatir y expugnar la incontaminada fe que profesamos, formaron una liga impía y un cuerpo solo é indiviso en la impiedad, tomando el nombre de Albigenses. ¿Cómo podría yo, sin horror, apuntaros siquiera el lamentoso estado en que paró aquel reino? Cual anchuroso río que, henchido y soberbio, ó por disolución de las nieves ó por las avenidas de deshechas lluvias, se desborda de las márgenes y riberas, y con el lleno de sus ruinosas é insultantes aguas se precipita bramando sobre los campos abiertos; así corría por la Francia la impía herejía con tan repentina y violenta inundación que estremeció y dejó azorado á todo el cristianismo. Ya, desdeñando los confines de un solo reino, y engrosando siempre mas en su carrera, se extendía por varias partes de Europa. Los Sacramentos habían quedado envilecidos y despreciados. Corrían por las manos del pueblo ignorante infieles versiones de los Libros santos. Habianse abierto á la mas descarada disolución abominables congresos; y bajo el manto de un aparente rigor, cobraban cada día mas soltura la licencia y desenfreno.

5. Ni el ardiente celo de los Obispos, ni la celebración de varios concilios, ni la autoridad de los Pontífices bastaron á poner un remedio á tantos males. Antes bien, creciendo en perfidia los contumaces albigenses, y dispuestos á sustentar á sangre y fuego los perniciosos errores que mal podían sustentar con la razón, formaron un ejército que subía á más de cien mil combatientes. Sembrado estaba en el corazón de los católicos el terror de estas armas que amenazaban á la vez la Religión y el Estado, y de la suerte de una y otro había de decidir el éxito incierto de la batalla.

6. ¿Quién será capaz de disipar este enjambre de desertores? ¡Ah! no conocéis bastante el invencible poder de María, si de ello dudáis. La que en los Cantares es llamada terrible como un ejército dispuesto en orden de batalla, corrió presurosa al socorro de sus hijos, y «toma, dice á Domingo, en el acto de entregarle por « vez primera el Rosario, toma esta espada de santidad y salud; «que, manejándola, triunfarás de los enemigos de mi pueblo:» Accipe gladium sanctum… in quo dejicies adversarios populi mei… No fue vana la promesa. El rezo del Rosario, que acababa de instituirse para exterminio de la herejía, correspondió maravillosamente al designio de la gran Madre. Fue como la espada de Gedeon, que con tanta sangre tiñera en otro tiempo las vastísimas campiñas de los madianitas. En efecto: si tan formidable ejército de herejes fue hecho trizas, ello fue debido á la virtud del Rosario, antes que á la fuerza y á las armas materiales que tomó el Catolicismo. María capitaneaba desde lo alto las filas católicas, y á semejanza del ínclito jefe de los Macabeos, singulos armavit, non clypeo, hasta, munitione; sed sermonibus optimis. Á cada uno de sus heroicos guerreros les armó, no ya de escudo, lanzas u otros instrumentos guerreros; sed sermonibus optimis, sino de un Rosario, precioso conjunto de oraciones celestiales y eficacísimas para aterrar y vencer las huestes enemigas. Dada que fue la señal de batalla, les alentó á combatir con esta nueva divisa. Les habríais visto lanzarse contra los herejes, á manera de leones; derribar con impetuosidad unas sobre otras las filas enemigas espantadas y puestas en desorden; y, haciendo resonar por entre la confusa gritería de los moribundos el sacratísimo nombre de María, levantar montes de cadáveres albigenses. Sí: en breve tiempo consiguieron una completa y portentosa victoria; victoria que, a mas de dar la suspirada salvación á un reino entero, fue á la vez el triunfo de nuestra fe.

7. ¡Oh Virgen fuerte, magnánima y valiente! Razón tenemos de cantar en loa vuestra: Cunctas haereses sola interemisti in universo mundo. Vos sois la formidable enemiga de la herejía; Vos estáis empeñada en preservarnos del contagioso hálito de aquel monstruo; Vos triunfáis de él con ilustres victorias.

8. Ahora, pues, si la devoción del Rosario desde su nacimiento tan útil fue á la Iglesia, ¿será extraño que la Santa Sede la aprobase y ya desde entonces halagase á todos los fieles con el premio de las indulgencias á abrazarla?

9. Más no fueron los solos herejes los que experimentaron contra sí la virtud del Rosario. Experimentáronla también los infieles. Testimonio das de ello á la posteridad, asaz ignominioso para ti, feroz musulmán. Cuando tus inmensas escuadras surcaban los encrespados espacios del mar Jónico, creíste ya desplegar tus lunadas enseñas sobre nuestras riberas. Mas no tardaste en arrepentirte, bien que en vano, de tu temerario ardimiento, cuando, visitadas las galeras turcas por los rayos de un sol enemigo y luego envueltas en las tinieblas de densa humareda, se vieron puestas en desorden y revuelta, quedando parte reducidas á cenizas en medio de las olas, parte engullidas por el mar embravecido, parte en poder del vencedor. ¡Oh! ¡qué estrago te causaron los católicos aquel dial Cuarenta mil de los tuyos perecieron en la gran lucha, y diez mil quedaron prisioneros, salvándose á duras penas unos cuantos que pudiesen anunciar al soberbio y desdeñoso Selim II el triste fin de una batalla que hizo célebres en la historia á las islas del Adriático. Pero ¿cómo pudo ser que en cuatro horas de batalla naval fuese derrotada una flota tan poderosa? ¿No se trataba allí de aquel formidable Selim II, que poco antes, faltando con perfidia á sus juramentos, se había apoderado de la isla de Chipre? ¿No era él, que después de saqueadas con gran daño de la cristiandad muchas islas del Mediterráneo, se internaba furibundo en el Adriático? ¿No era él, que ávido de la Italia, la tenia consternada por el inminente peso y sonrojo del yugo otomano? Para haceros cargo de todo esto, recapacitad lo que á este propósito la santa Iglesia recuerda todos los años á sus ministros. Entre las muchas é importantes ventajas, dice, que de la felicísima institución del Rosario derivaron en la república cristiana, cuéntase con razón la memorable victoria que de los turcos reportaron el santo pontífice Pío V y los príncipes cristianos. Esta se consiguió el mismo día en que las congregaciones del Rosario hacían sus rogativas por todo el mundo. No fue, pues, obra de los hombres tan solo. Con ellos combatía María invocada con el Rosario al tiempo mismo de darse la batalla. Fue ella la que sembró el desorden y terror en el ejército infiel. Fue ella la que ahuyentó y dispersó al insolente enemigo. Por ella también en Hungría triunfó Carlos VI en el pasado siglo de una infinidad de turcos que le presentaron batalla.

10. Estas ilustres victorias parécenme semejantes á la que contra los amalecitas reportó el pueblo de Israel; pues, así como entonces vencían los israelitas cuando Moisés en la cumbre de un collado cercano levantaba las manos al cielo, así los ejércitos cristianos triunfaban de sus enemigos cuando en otras partes con el rezo del Rosario se levantaban hacia María las voces y corazones.

11. Y, para que de tan prodigiosas victorias quedase perenne en el mundo la memoria, el sumo pontífice Gregorio XIII instituyó y mas tarde Clemente XI extendió á toda la Iglesia su anual solemnidad.

12. No dudo, hermanos míos, que os habrá causado grata maravilla la relación de los triunfos que contra nuestros enemigos ha conseguido la Virgen, devotamente invocada por medio del Rosario. Sin embargo, aun no he hablado de lo mas admirable de estos triunfos, esto es, de la manera de reportarlos, que, si bien la consideramos, veremos ser la mas conveniente á la Madre del Redentor.

Segunda parte: María triunfa de nuestros enemigos del modo más conveniente á la Madre del Redentor.

13. Así como, siempre que en esta tierra el Salvador daba á alguno la salud del cuerpo, le daba á la vez, como advierten los santos Padres, la del alma; así la Madre de Dios atiende al bien de nuestras almas en el acto de favorecernos temporalmente: aun mas, por el mismo medio que nos hace conseguir completa victoria de los enemigos del cuerpo, nos hace triunfar al propio tiempo de los del alma. Para conocer bien esta verdad nos es preciso, hermanos míos, penetrar en la naturaleza é índole del Rosario.

14. Es sin duda el Rosario la más excelente de las prácticas devotas y la más gloriosa para la Virgen de cuantas se excogitaren para honrarla. Las dos maneras de orar, con la mente ó de palabra, que aun separadas son de tanto prez y eficacia, se hermanan en el Rosario, y juntas con su prez recogen sus virtudes. La oración mental, de suyo más perfecta que la vocal, recibe del objeto nueva nobleza. Y ¿qué objeto se le puede ofrecer mas grande que los misterios augustísimos del Redentor, y la vida santísima de María? La vocal aquí llega á lo sumo de su excelencia. El Padre nuestro y el Ave María, aquel enseñado por Jesucristo, y esta en que Dios habla por medio de Gabriel, Isabel y la santa Iglesia, son, como sabemos, dos oraciones que exceden de mucho á todas las demás. Mas, cuanto mas excelente se nos muestra por sí mismo el Rosario, tanto mas glorioso es también para la Virgen: no solo porque esta práctica va extendiéndose por todo el mundo católico, ó porque cuenta entre sus asociados muchos emperadores y príncipes, ó porque la han acompañado incesantes milagros; sino mucho mas porque por medio del Rosario los fieles repiten los mas gloriosos títulos de María. El llamarla tantas veces Madre de Dios vale tanto como encerrar en dos palabras todas sus virtudes, grandezas, glorias y prerrogativas: ello es un epílogo de los raros encomios, de los sorprendentes y magníficos títulos con que á porfía la exaltan la Iglesia y los santos Padres: ello la enaltece á un orden superior á toda simple criatura.

15. Un ejercicio de devoción tan excelente y tan glorioso para la Virgen, ya conocéis, hermanos míos, que exige de los fieles que lo practiquen con las debidas disposiciones: y no es necesario os advierta que no podría ser del agrado de María ni de provecho para nosotros, si en el acto mismo de rezar el Rosario nuestras acciones desmintiesen nuestras palabras, ó estas á aquellas. El desarrollo de estas dos proposiciones os hará confesar, como á pesar vuestro, que María con proveernos por el Rosario de un medio de triunfar de los enemigos de esta tierra, nos obliga saludablemente á mantenernos libres de culpa y fervorosos en las obras de santidad.

16. Las acciones desmienten las palabras, cuando lo que hacemos está en discordancia con lo que vamos diciendo. Reflexionad bien lo que decís cuando rezáis el santísimo Rosario. ¿Qué es lo que queréis dar á entender á todos los que os ven en semejante acto? ¿No protestáis sin embozo que estáis consagrados al amor y servicio de la gran Madre, cuya intercesión tantas veces imploráis en las repetidas Ave Marías? Y ¿no seria, pregunto yo, desmentir con las obras las palabras, si llevaseis una vida contraria á esta vuestra pública profesión? ¿Cómo podría avenirse con el amor de la Virgen, esplendente espejo de justicia, el amor del pecado? ¿Cómo con su servicio el indigno y vilísimo yugo de las pasiones? ¿Cómo la afectuosa devoción de la Madre con las continuas ofensas del Hijo? Así que, para rezar el Rosario del modo debido, es menester tener el alma limpia de culpa. Pero, rezando el Rosario, aun decís más. Decís y pedís que se os infunda el primitivo espíritu de religión que reinaba en tiempo de su institución. Cuando hacéis mención de los misterios de gozo, ó de dolor, ó de gloria, declaráis á la Virgen acompañarla en ellos. Si queréis, pues, que las obras correspondan á las palabras, es necesario que, participando de sus alegrías, renunciéis á los falsos goces del licencioso mundo; toda vez que el hombre atollado en los placeres vedados no puede entrar á participar de los gozos celestiales : que, al condoleros de sus trabajos, sobrellevéis animosos los de que está sembrada nuestra vida; ya que quien con la Virgen gime, debe imitar su heroica paciencia y fortaleza de ánimo en las aflicciones : y que, contemplando su gloria, trabajéis con gran fervor y constancia por merecer la eterna bienaventuranza ; pues nadie puede de buena fe alegrarse con María por la gloria que disfruta en el cielo, sin desear de veras ir á hacerle compañía entre los escogidos.

17. Ved ahí lo que produce la devoción del Rosario. Y ved ahí en ello un modo de triunfar que conviene á la Madre del Redentor á preferencia de cuantos pueda idear el humano pensamiento. Ella triunfa de nuestros enemigos; mas para este triunfo se sirve de una espada tan terrible y poderosa contra los enemigos, como grata y saludable para nosotros. Nosotros nos alegramos de ver derrotados y rendidos á nuestros enemigos; María además se alegra de ver santificadas nuestras almas.

18. Pero los que honran á María con el Rosario, deben también guardarse de que sus palabras no desmientan sus obras. Esto sucede, cuando lo que decimos está en pugna con lo que hacemos. Sucede, si, mientras rezáis el santo Rosario, no guardáis reverencia en el cuerpo, ó se distrae el espíritu en otros pensamientos terrenos y vanos. En tal caso ¡ay! bien podría la Virgen quejarse de vosotros, como en otro tiempo se quejó Dios del pueblo de Israel: Populus hic labiís me honorat; cor autem corum longe est a me. Y, si el rezo verbal del Rosario debe ir acompañado del corazón y del recogimiento interior; por poco que espíritu y pensamiento, corazón y afecto armonicen con lo que van profiriendo vuestros labios, echaréis de ver la estrecha necesidad de aplicaros con toda el alma al sumo é importantísimo negocio de vuestra salvación. ¿Cómo, en efecto, podréis pedir de corazón tan reiteradamente que sea santificado por doquiera el nombre del Altísimo, sin cuidaros de que lo sea en vosotros mismos por medio de un tenor de vida santo y cristiano? ¿Cómo acelerar el advenimiento de su reino, y no curaros de adquirirlo? ¿Cómo invocar tan á menudo la intercesión de María, y no emplear todo medio de merecerla? ¿Cómo, invocando la augustísima Trinidad, abriros paso entre las angelicales jerarquías, sin sentiros fuertemente impelidos á imitar la santidad de los Ángeles?

19. Queda manifestado, por tanto, que la devota práctica del Rosario, rezado empero del modo debido, va tan indisolublemente encadenado con nuestra santificación, que por su medio la Virgen no solo pone en derrota á los ejércitos enemigos, sí que también nuestras pasiones; haciéndose de este modo muy parecida á su divino Hijo.

20. ¡Ah! ya que ahora los herejes é infieles no toman las armas contra nosotros, siga ella triunfando á lo menos de nosotros mismos.

Tercera parte: María extiende á todo tiempo y va continuando siempre su triunfo.

21. Con razón el santo Job llama una milicia la vida que llevamos acá abajo. Si queremos vivir como justos y trabajar por la consecución de los bienes eternos, levántanse mil enemigos para retraernos de nuestro santo y loable propósito. No solo hemos de combatir contra el demonio y el mundo; sino, lo que es más difícil, contra nosotros mismos. Cuando se trata de obrar la salvación de nuestras almas, nosotros mismos somos los enemigos más contumaces y difíciles de resistir. Nuestras pasiones inquietas é impacientes del freno de la razón, nuestra lamentable ceguera en lo tocante al alma y á su salvación, nuestra misma inconstancia, son los enemigos que mas cruda guerra nos mueven. Así es que no basta que la Reina del cielo triunfe solo alguna vez de los enemigos del alma y de nosotros mismos: necesitamos que un tal triunfo sea estable é incesante. Ahora, pues, la duración de un tal triunfo depende de la continua y atentísima protección de María. Y esta nos la asegura la verdadera y bien practicada devoción del Rosario.

22. Los obsequiosos fieles que le ofrecen en comunidad el tributo del Rosario, no creáis que formen una mera asamblea de personas reunidas para honrarla; sino una asamblea de hijos suyos. Por esto ella se da por obligada á tratarles como tales y mostrárseles, en efecto, verdadera Madre. Y ¿cómo una Madre tan amorosa podría dejar de proteger á sus hijos? ¿Cómo dejar de ayudarles, si se lo piden de continuo? Y ¿qué otra-cosa piden en el Rosario, al rezar el Ave María, sino que les proteja en el curso y término de su vida?

23. Por público edicto veían los míseros israelitas cercano y casi inevitable su exterminio, cuando, ascendido el orgulloso y fiero Aman á la mas alta privanza, abusó de la gracia del rey de Persia, Asuero. Afortunadamente lograron tomara su defensa ante el Monarca su predilecta Ester, la mas agraciada á los ojos del mismo. Esta con sus ademanes humildes y obsequiosos dio tal ascendiente á sus súplicas, que consiguió se suspendiese el golpe fatal y cayese el anatema sobre los mismos que lo fraguaran. Afortunadamente también nosotros, tristes hijos de Eva, tenemos ante el Altísimo en la Reina del cielo una abogada y medianera la mas tierna, poderosa y agraciada, para alejar de nosotros aquellos males que el enemigo infernal y nuestras rebeldes concupiscencias amenazan á cada instante atraer sobre nosotros, fraguando de continuo nuestra perdición. Para empeñarla á reprimir sus esfuerzos, inutilizar sus asechanzas y arterías, y hacer delante de Dios por nosotros lo que en favor del pueblo hebreo hizo la ínclita Ester delante del Monarca persa, ¡cuánto valen los ruegos que á este fin se la dirigen en el Rosario! Este es el medio eficaz y seguro de alcanzar de la común Mediadora cuanto pedimos.

24. Llámolo en primer lugar eficaz. Entre todas las hermandades del Rosario que se hallan esparcidas por todo el cristianismo, media un santo comercio tan estrecho y recíproco, que todas participan de los bienes de cada una, y cada una de los bienes de todas. De aquí resulta que ningún asociado ruega solo á la Virgen que le proteja á la sombra de su real manto; sino que los ruegos de cada uno adquieren á la vez el valor de los ruegos de los demás. Y si, como afirma san Ambrosio, es imposible que los ruegos de muchos queden desestimados; si, por infalible sentencia del Evangelio, solo dos que se unan para pedir en nombre y para gloria de Dios, conseguirán sin falta lo que demandan; ¿quién podrá creer que la Madre de misericordia deje de oír á tantos millares de personas de todo estado, sexo y edad como en el orbe católico hay inscritas en el Rosario, las cuales le piden juntas las ampare y ayude en esta vida y sobre todo en la hora terrible de la muerte ? ¡Ah! harto eficaz es tamaño modo de rogarla para que reste temor de no quedar consolados.

25. Más no es tan solo eficaz. Me atrevo á decir que es segura la consecución de cuanto pedimos. No se contentó el Salvador divino de repetir muchas veces á sus fieles el precepto de la oración; sino que, á fin de que se les oyese con toda seguridad, quiso además enseñarles la fórmula de orar, y dictarles y ponerles en los labios las peticiones: Sic, ergo vos orabitis. Asimismo la Virgen no solo convida á sus hijos á rogarla; sino que, instituyendo el Rosario, les enseñó aquel modo de dirigirle sus súplicas que mas se aviene á su maternal corazón, y con que todo se puede impetrar de ella con seguridad. ¿Cómo, pues, podrá dudar de conseguir su amoroso patrocinio quien de corazón se lo pide por medio de aquel Rosario que á este objeto introdujo ella en el mundo? Sabemos que lo consiguieron aquellos afortunados fieles á quienes por vez primera fue publicado el Rosario por santo Domingo. Sus frecuentes y admirables conversiones, sus penales y hasta públicas austeridades, los ejemplos de todas las virtudes cristianas, su tenor de vida acompañado de tan delicada pureza de alma, que, como atestigua un historiador de aquellos tiempos, se los hubiera creído mas bien Ángeles que seres mortales, eran señales manifiestas de que la Virgen les protegía desde lo alto de los cielos. Y, si á ellos les protegió con incesante premura; si tan pronto oyó á los primeros cofrades de aquel Rosario de que fue primera Institutora y Maestra; ¿por qué con toda seguridad no os ha de defender y asistir también á vosotros, siempre que les imitéis en el verdadero modo y espíritu de rezarle?

26. Pero aun tengo otra razón mas fundada para prometer á quien quiera emplearse debidamente en la devota práctica del Rosario la continua protección de María. Es tan sabida como veraz la aserción del melifluo Abad de Claraval, de que queda asegurada la salvación de aquel por quien la Virgen ruegue una sola vez: Eternum vae non sentiet pro quo semel oraverit María. De lo que se desprende que, desde el momento en que María ruegue por nosotros siquiera una sola vez, toma ya á su cargo el prestarnos en todo tiempo ayuda y defensa. Ahora bien: ¿quién osará pensar que la Madre dulcísima de clemencia pueda mostrarse y ser tan dura é inexorable, por decirlo así, que jamás llegue á rendirse á las súplicas que todos los instantes le dirigen sus hijos? Y ¿podrase sospechar que ni una sola vez quiera escucharles, cuando tantas veces cada uno por todos y todos por cada uno repiten: Ora pro nobis? ¡Ah! ¡Lejos de nosotros tan negra idea! Reemplácela la de rendir homenaje á María por las estupendas victorias que reportó, por el modo admirable de reportarlas, y por la seguridad que todos tenemos de que sigue reportándolas á cada momento. Las victorias demuestran el verdadero origen, ya de la institución, ya de la presente festividad del Rosario. El modo de reportarlas es adecuado á la Madre del Salvador. La continuación de las mismas descubre las ventajas que el Rosario trae al Cristianismo. De todo lo cual se deduce la eficacia, práctica y utilidad del Rosario.

21 Á Vos, ó gran Reina del universo, á Vos, invocada devotamente en el Rosario, se debe la gloria de haber vencido á los herejes é infieles: á Vos, la gloria de haber vencido los enemigos de nuestras almas: á Vos, la gloria de vencerles todavía. Por piedad, querida Madre amantísima, no os canséis de glorificar de este modo vuestra mano benéfica y vuestro brazo tan poderoso para defendernos: Glorifica, glorifica manum et brachium dexterum. Y, si queréis en este día tan glorioso para Vos una clara muestra de vuestro soberano é invencible poder, ¡ay! experiméntelo dispuesto y pronto en favor suyo esta religiosa Cofradía que con tanta pompa y extraordinaria magnificencia celebra la presente fiesta, que tan grata os es; experiméntelo en favor suyo todo este cristiano concurso que ha venido á oír vuestras alabanzas y á tributaros su filial obsequio. Haced, sí, que le experimentemos todos contra toda clase de enemigos que opongan obstáculo al camino de nuestra salvación: por manera que desde este destierro lleguemos, merced á vuestra protección, á rendiros en el cielo el tributo de nuestra admiración por los gloriosos triunfos que habréis conseguido, y á encontrar un dulce motivo de aplaudiros en los despojos de los vencidos que de vuestro alrededor, ó mística torre de David, cuelgan á millares: Turris David, quae edificata est cum propugnaculis; mille clypei pendent ex ea. Amén

San Antonio María Claret. Copiosa y variada colección de selectos panegíricos sobre los misterios de la Santísima Trinidad, de Jesucristo y de su santísima Madre, y sobre las festividades de muchísimos santos: seguida de algunas oraciones fúnebres y otros utilísimos sermones. Tomo IV Librería Religiosa, 1860.

Por qué y cómo deba Dios ser amado

Septiembre 27, 2009

“¿Queréis pues oir de mí, por qué, y cómo deba ser amado Dios? Pues yo os respondo: La causa PARA AMAR A DIOS, ES DIOS; el modo es amarle sin medida.

¿Es esto por ventura bastante? Ciertamente tal vez lo es, pero para el sabio. Mas, sí soy deudor a los ignorantes; ya que se dijo lo que basta para el sabio, también a ellos debemos tener atención.

Así, por los que tienen menos inteligencia no tendré dificultad en repetir más profusa que profundamente una cosa misma.

Por dos causas pues diré, que Dios debe ser amado por sí mismo, o porque nada puede amarse más justamente, o porque nada puede amarse con mayor fruto.

Puesto que se puede dudar, que es lo que principalmente se duda; o ya, con que mérito suyo deba ser Dios amado, o ya ciertamente con qué provecho nuestro.

A la verdad, a lo uno y a lo otro responderé lo mismo, y es, que a mi absolutamente no me ocurre otra causa más digna para amarle a él mismo, fuera de él mismo.

Y en primer lugar, veamoslo por lo que toca al mérito. Mucho sin duda mereció de nosotros, el que, sin merecerle nosotros, se nos dio a si mismo. Porque ¿qué otra cosa mejor que él mismo podía dar aún él mismo?

Con que, si se pregunta por el mérito de Dios, cuando se pregunta por la causa de amarle a él mismo, el mérito principal consiste en que él mismo nos amó primero.

Digno es ciertamente de que se le corresponda con el amor, especialmente si se considera, quien, a quienes y cuando haya amado.

¿Quién pues? ¿No es por ventura el mismo, a quién todo espíritu está confesando: Vos sois mi Dios, porque no tenéis necesidad de mis bienes? (Ps 15, I)

Y sin duda, caridad verdadera es la de esta Majestad, pues no busca sus propios intereses.

Mas, ¿a quiénes se muestra tan grande pureza de amor? Cuando todavía, dice, éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios.(Rom 15, 10) Amó pues Dios, y amó de balde, y a unos enemigos.

Mas ¿Cuánto? Cuanto dice San Juan: Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo Unigénito (Johan 3, 16) y San Pablo, El que no perdonó, dice, a su propio hijo, sino que le entregó por nosotros. (Rom 8, 32).

El mismo hijo también dice por sí: Nadie tiene mayor amor, que el de poner su vida por sus amigos.(Johan 15, 13).

De esta suerte mereció el justo con los impíos, el sumo con los ínfimos, el omnipotente con los flacos.

Pero, alguno dirá: así ha sido ciertamente con los hombres; mas no así con los Ángeles. Verdad es esto, pero porque no fue necesario. Mas el que amparó en tal necesidad a los hombres, guardó de tal necesidad a los Angeles: y el mismo, que amando a los hombres, los hizo tales, para que tales no permaneciesen, el mismo igualmente amando a los Angeles, les concedió por don que no se hiciesen tales.

*

Cuánto merezca Dios ser amado del hombre, por los bienes así del alma, como del cuerpo. Como se han de reconocer estos y tener sin injuria de quien los dio.

Los que conocen bien estas cosas, claramente conocerán también, porque deba Dios ser amado: esto es, por qué ha merecido ser amado.

Y, si estas cosas se ocultan a los infieles, con todo eso, le es muy fácil a Dios confundir a los ingratos por innumerables beneficios suyos, concedidos a los hombres para el uso, y manifiestos a su sentido.

Porque ¿quién otro administra alimento al que come, luz al que mira, aire al que alienta? Pero, será necedad querer contar ahora las cosas que poco antes previne que eran innumerables: es bastante para ejemplo haber mencionado las principales, el pan, el aire, y el sol.

Las llamo principales, no porque sean las más excelentes, sino porque son las más necesarias; pues pertenecen al cuerpo.

Otros bienes más eminentes búsquelos el hombre en aquella parte de sí mismo; por la cual se hace superior a sí propio, es decir, en su alma; los cuales bienes son la dignidad, la ciencia y la virtud.

Yo llamo dignidad en el hombre el libre albedrío, por el cual se le ha dado a él, no solo sobrepasar a todos los animales, sino dominarlos también.

Ciencia llamo aquel conocimiento, con que reconoce esta dignidad en sí mismo, mas no de sí mismo.

Y entiendo por virtud, aquel afecto con que consiguientemente se mueve a buscar con diligencia aquel mismo Señor de quien tiene el ser, y a tenerle fuertemente, después que le haya hallado.

Así, cada una de estas tres cosas se presenta duplicada.

Porque, la humana dignidad no solo la demuestra la prerrogativa de su naturaleza, sino también el poder de su dominación, por cuanto ha querido Dios que infunda terror el hombre en todos los animales de la tierra.

La ciencia igualmente será duplicada, si esta dignidad misma, u otro cualquier bien que tengamos, conociéremos que está en nosotros, y que no viene de nosotros.

Por cierto, la virtud misma se verá que es de dos maneras también, si enseguida buscamos al autor de estos bienes y nos juntamos inseparablemente á él, habiéndole hallado.

La dignidad pues sin la ciencia nada aprovecha; y la ciencia sin la virtud aun será dañosa: lo que se prueba con claridad con la siguiente razón.

Porque, tener lo que no sabes si lo tienes, ¿qué gloria tiene? Por cierto el saber que lo tienes, pero ignorar que no lo tienes de tuyo tiene gloria, mas no delante de Dios.

Al que se gloría en sí mismo le dice el Apóstol: ¿Qué tienes que no hayas recibido?

Mas si lo has recibido, ¿por qué te glorías, como si no lo hubieras recibido? (1. Cor 4-7)

No dice solamente: ¿Por qué te glorías? si no que añade, como sino lo hubieras recibido para declarar que es reprensible, no el que se gloría en los bienes que tiene, sino el que se gloría en ellos, como si no los hubiera recibido.

Con razón se llama esta vanagloria, pues carece de sólido fundamente de la verdad.

La verdadera gloria la distingue de esta en este modo: El que se gloría, dice, gloríese en el Señor (I Cor I, 31): es decir, en la verdad. Pues es verdad el Señor.

Ambas cosas pues es necesario que sepas, lo que eres, como que no lo eres de ti mismo; para que no suceda que absolutamente no te gloríes o que te gloríes vanamente.

Ultimamente, sino te conoces a ti misma, dice, sal, y sigue tras los rebaños de tus compañeros (Cant 1.6) Verdaderamente así sucede.

El hombre criado en el honor, cuando no conoce este honor mismo, es comparado por culpa de esta ignorancia suya a los animales irracionales, como a unos compañeros de su presente corrupción y mortalidad.

Sucede pues, que no conociéndose a sí misma una criatura, ilustre por el don de la razón comienza a juntarse a los rebaños de los irracionales, cuando ignorante de la propia gloria, que está en su interior, es llevada por su misma curiosidad a conformarse por fuerza a las cosas sensibles y se hace una de las demás, por no entender que ha recibido nada con preferencia sobre las demás.

Así, nos debemos guardar en gran manera de esta ignorancia, por la cual tal vez sentimos de nosotros menos de lo que nos correspondía a nosotros, pero, no menos, sino mucho más nos debemos guardar de aquella, por la cual nos atribuimos a nosotros más de lo que tenemos.

Lo que sucedería, si engañados llegáramos a pensar, que hay algún bien en nosotros, y que viene de nosotros. Mas, sobre una y otra ignorancia se debe evitar y excecrar aquella presunción, por la que con conocimiento y advertencia te atrevieras acaso a buscar tu propia gloria de los bienes que no son tuyos; y estando cierto de que no los tienes de ti mismo, con todo eso no recelarás robar por la misma causa el honor de otro.

A la verdad, la primera ignorancia, no tiene gloria: la segunda la tiene sin duda, pero no en Dios.

Mas, este tercer delito, que se comete con conocimiento, la usurpa aún contra Dios.

En fin, tanto más grave y peligrosa es esta arrogancia que la ignorancia segunda, cuanto si por ella ciertamente se ignora Dios, pero por esta se desprecia también: tanto más mala y más detestable que la
primera, cuando asociándonos por ella a los irracionales, por esta nos asociamos también a los demonios.

Porque, es una soberbia y delito enormísimo, usar de lo que nos han dado, como si en nosotros fuera nacido: y en los beneficios que nos han hecho, usurpar la gloria del bienhechor.

Por lo cual, a la dignidad y a la ciencia es preciso juntar la virtud, que es el fruto de ambas, por la que se busca, y tiene aquel Señor, que siendo el autor y dador de todas las cosas, con razón es glorificado por todos.

De otra suerte, el que sabe y no hace lo que debe, será castigado de muchos modos. ¿Por qué? Ciertamente porque no quiso entender, para obrar el bien: antes por el contrario, meditó la maldad en su aposento, cuando de los bienes que por el don de la ciencia sabía ciertísimamente, que no eran de él, intenta cual siervo impío captar la gloria del Señor bueno, o más bien arrebatarla.

Se hace claro pues, lo uno, que la dignidad sin la ciencia es inútil enteramente, lo otro, que la ciencia sin la virtud es reprensible.

Mas, el hombre de virtud, en quien ni permanece culpable la ciencia, ni la dignidad infructuosa, clama a Dios, y confiesa con ingenuidad: No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a vuestro nombre dad la gloria.

Esto es, nada, Señor, nos atribuimos a nosotros por la ciencia, nada por la dignidad; sino que todo lo referimos a vuestro nombre, de quien viene todo.

Pero nos hemos alejado demasiado casi fuera del asunto, emprendiendo mostrar, que aquellos que ignoran a Cristo, también son instruidos suficientemente por la ley natural en vista de los bienes del cuerpo y del alma que han recibido, de que deben amar a Dios por Dios ellos igualmente.

Pues, por repetir brevemente lo que sobre esto queda dicho: ¿Quién aún de los fieles ignorará, que las sobredichas cosas, tan necesarias a su cuerpo en esta vida mortal, con que pueda subsistir, con que pueda ver, con que pueda respirar, de ningún otro vienen sino de Aquel Señor, que da alimento a toda carne, que hace nacer su sol sobre los buenos y los malos, y llueve sobre los justos y los injustos?

¿Quién igualmente aunque sea un impío, pensará que es otro el autor de la humana dignidad que resplandece en el alma, fuera de aquel mismo que habla en el Génesis: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza? Gen I.26

¿Quién juzgará, que es el dador de la ciencia, sino igualmente este mismo Señor, que enseña al hombre la ciencia?

¿Quién tampoco pensará que se le ha dado o esperará que se le haya de dar el don de la virtud de la mano de otro, que del Señor de las virtudes?

Merece pues ser amado por sí mismo Dios, aún del que es infiel; pues, aunque no conozca a Cristo, se conoce a si mismo con todo eso.

Por tanto, es inexcusable aún todo infiel, sino ama al Señor su Dios de todo su corazón, de toda su alma, de todas sus fuerzas porque, está dando voces en su interior una justicia innata en él, y que no puede ocultarse a la razón, que con todo lo que es debe amar a aquel Señor, a quien no ignora que lo debe todo pero, es difícil, o diciendo mejor, imposible, que ninguno con sus propias fuerzas o las del libre albedrío dirija del todo a la voluntad de Dios los dones que ha recibido de Dios, y que no más antes los tuerza hacia su propia voluntad, y los retenga como si fueran suyos, según está escrito: Todos buscan sus propios intereses (Philip 2, 21). Y también, los sentidos y pensamientos del hombre están propensos a lo malo. (Gen 8, 21).

Opúsculos de San Bernardo, abad de Claraval.Tratado del amor de Dios  dirigido a Emerix Cardenal y Cancelario de la Santa Iglesia Romana. D. Josef de Navas, 1795.

De la reverencia con que debe celebrarse la Misa

Septiembre 26, 2009

“Todo el inmenso bien que produjo al mundo la Pasión de Jesucristo, le es igualmente procurado, como dice Sto. Tomás (in Ephes. 6), por cada Misa que se celebra: «quid quid est effectus dominicae; passionis, est effectus hujus sacrificii.» He aquí también lo que nos asegura la santa Iglesia: «Quoties hujus hostiae commemoratio recolitur, toties opus nostrae redemptionis exercetur.» (Orat. dom. post Pent.) En efecto, el Salvador, como dice el santo concilio de Trento (Sess. 22, cap. 2), que se sacrificó en la cruz por nuestra salvación, es el mismo que, por el ministerio del sacerdote, se sacrifica en el altar: «Una enim eademque est hostia, idem nunc offerens sacerdotis ministerio, qui seipsum in cruce obtulit, sola ratione offerendi diversa.» De este modo pues, así como bastó la pasión del Redentor para salvar al mundo, basta también una sola misa para salvarle : por esto dice el sacerdote al hacer la ablucion del cáliz: «Offerimus Ubi Domine, calicem salutaris, tuam deprecantes clementiam, ut in conspectu divinae majestatis tuae, pro nostra et totius mundi salute, cum odore suavitatis ascendat.»

Por el sacrificio de la cruz, nos obtuvo el Señor las gracias de la redención; pero por medio del sacrificio del altar, nos hace extensivo todo el fruto del de la cruz.

La pasión nos hizo susceptibles de recibir el efecto de los méritos de Jesucristo, pero la misa nos pone en posesión de ellos y nos procura los frutos de la pasión, como dice el concilio de Trento: «Missa habet proprium vi suae institutionis fructus passionis nobis applicare.» (Sess. 22, cap. 1, 2.)

Debemos pues persuadirnos de que es la misa la acción mas grande y santa que podemos ejercer en la tierra , y de que es también la mas útil por nuestro bien espiritual; ya que es pues la acción mas santa, es también la que debemos practicar con mas pureza interior y con la mayor devoción exterior posibles, según lo observa el mismo concilio de Trento : «Satis etiam apparet omnem operam in eo ponendam esse, ut quanta maxima fieri potest interiori cordis munditia, atque exteriori devotionis ac pietatis specie peragatur.» (Sess. 22, decr. de observ. in celeb., etc.)

De todo esto puede deducirse cuan grande es el castigo que merecen los sacerdotes que celebran la misa con grave irreverencia. En primer lugar se hacen culpables de esta grave irreverencia los que celebran con precipitación, como por ejemplo aquellos que dicen la misa en menos de un cuarto de hora. No puede esta precipitación ser exenta de pecado mortal, como dicen los doctores, aun cuando la misa fuese corta, aun cuando fuese una misa de difuntos ó de la Virgen.

El cardenal Lambertini (en la nota 34, n.° 30), así como Clericato, Roncaglia, Bisso, Gobati, Quarti y otros doctores, dicen comúnmente que la misa no debe durar mas de media hora , ni menos de veinte minutos, por no poder hacerse en menos tiempo todas las ceremonias prescritas por la rúbrica con la reverencia debida; y que si estuviera el sacerdote mas tiempo en su celebración solo lograría cansar á los asistentes. Por esto Roncaglia, Quarti, Pasqualigo y Gobati dicen muy acertadamente que aquel que celebra infra quadrantem, esto es, en menos de un cuarto de hora, no puede dejar de cometer falta grave. He aquí la razón de ello: todas las rúbricas relativas á lo que debe practicarse durante la misa son preceptivas, conforme lo hemos demostrado en nuestra teología moral; porque Pio V en su bula inserta en el misal, manda que se diga la misa «juxta ritum, modum, et normam, in missali praescriptam, in virtute sanctae obedientiae.» Esto sentado, debe convenirse en que se comete al menos una falla venial cada vez que se omite una ceremonia, ó que no se hace esta como corresponde: Concina, Wigandt, Roncaglia y Lacroix dicen con razón que si se fallaba á un gran número de estas ceremonias, aun cuando no fuesen en si de las mas principales, podría considerarse aquella falta como un pecado mortal.

Según esto, decimos nosotros, apoyados en la común opinión de los autores antes citados, que el que dice la misa en menos de un cuarto de hora, peca mortalmente, por no poder decir la misa el celebrante en tan breve espacio sin cometer graves desórdenes: tales son 1.° el de una grande irreverencia hacia el sacrificio; y 2.° el de un grave escándalo respecto al pueblo. En cuanto á la irreverencia hacia el sacrificio, ciertamente que la maldición que fulminó Dios por boca de Jeremías en el cap. 48 (así como el decreto dado por el concilio de Trento anteriormente citado «de observ. in cel. m.») debe sobre todo aplicarse á aquellos que ejercen descuidadamente las funciones relativas al culto divino, y en particular á los sacerdotes que celebran sin el respeto necesario. El que celebra la misa en menos de un cuarto de hora, debe cometer necesariamente muchas faltas, suprimiendo palabras ó confundiéndolas con las ceremonias , ya anticipándolas ó retrasándolas contra el orden prescrito por la rúbrica , ó bien haciendo mal á causa de la precipitación las bendiciones y genuflexiones. Todas estas faltas, aunque leves en particular, no dejan de hacer en conjunto que se celebre la misa con irreverencia grave.

Para tratar en segundo lugar del escándalo que ocasionan al pueblo los sacerdotes que tal hacen , debe considerarse lo que dice el concilio de Trento (sess. 22, cap. 5 de reform.), que las santas ceremonias, y en particular las de la misa, fueron instituidas para inspirar al pueblo el respeto y la veneración hacia el santísimo sacrificio do la misa. Por mas que los herejes se burlen y desprecien estas ceremonias, quiere Dios que se observen exactamente. En la antigua ley amenazó el Señor con hacer caer todas sus maldiciones sobre aquel que dejara de observar todas las ceremonias prescritas para los sacrificios, aun cuando aquellos sacrificios no fuesen mas que una pálida sombra y una débil imagen del sacrificio del altar: así pues ¿cuánto mas castigará Dios á los que hacen poco caso de las ceremonias de la misa? Santa Teresa decía: «Daría mi vida por una sola ceremonia de la iglesia.»

¿Y por qué hacer tanto caso de estas ceremonias? ya hemos dado anteriormente la razón de ello. Dice el concilio de Trento que las ceremonias fueron instituidas por la Iglesia, á fin de que hiciesen comprender á los fieles aquellos signos exteriores la majestad del sacrificio del altar y la grandeza de los misterios que en él son representados. «Ecclesia caeremonias adhibuit, ut majestas sancti sacrificii commendaretur, et mentes fidelium per haec visibilia religionis signa, ad rerum altissimarum, quae in hoc sacrificio latent, contemplationem excitarentur. » Sin embargo cuando se hacen esas santas ceremonias con la precipitación que necesariamente debe resultar empleando en ellas menos de un cuarto de hora, no solo no inspiran entonces devoción alguna, sino que hasta son causa de que no haga el pueblo ningún caso de tan gran sacrificio. No puede esta conducta librarse de un pecado grave por el grande escándalo que da el sacerdote al pueblo, puesto que lejos de inspirarle el mayor respeto hacia el santo sacrificio del altar, se le hace por el contrario perder mostrándole el desprecio con que él mismo lo mira. Mandó el concilio de Tours en 1583 que fuesen los sacerdotes debidamente instruidos en las ceremonias de la misa; veamos las causas que motivaron esta decisión: «Ne populum sibi commissum á devotione potius revocent, quam ad sacrorum mysteriorum venerationem invitent.»

Por esto también el mismo concilio de Trento (instit. decr. de obs. etc.) prescribió terminantemente á los obispos , que prohibieran á los sacerdotes todo aquello que pudiese menoscabar el respeto debido á los santos misterios ; añadiendo el concilio que la irreverencia en semejante materia debe casi considerarse como una impiedad; he aquí sus propias palabras: «De cernit sancta synodus, ut ordinarii locorum ea omnia prohibere sedulo curent, ac teneantur, quae irreverentiam (quae ab impietate vix sejuncta esse potest) inducit.» Observemos las palabras «curent ac teneantur » de las que se sigue que los obispos están obligados sub gravi á velar sobre este punto, y á informarse del modo con que se celebran las misas en sus diócesis; debiendo suspender de la celebración á cuantos no la digan con la reverencia que se requiere, Da el concilio sobre el particular á los obispos la delegación apostólica, hasta con respecto á los religiosos exentos: de modo que pueden y deben corregirles, y si perseveran en la misma falta, privarles de la celebración y obligarles hasta con censuras y demás penas á su rigurosa observancia.

Es indudable que una misa celebrada con devoción excita á la devoción á cuantos la oyen: por el contrario, una misa dicha con precipitación y sin gravedad, hace perder la devoción á los que asisten á ella; y lo que es peor todavía, es que disminuye el respeto que se debe al santo sacrificio del altar y entibia la fe en un tan gran misterio. Y en verdad ¿cómo podría dejar de ser que un sacerdote que celebra sin devoción y sin respeto, precipitando y mutilando las palabras, las ceremonias, las genuflexiones, la señal de la cruz, las elevaciones de manos, las adoraciones y otras semejantes ceremonias, ó que las confunde con las palabras, ó que antepone y trunca los nombres, cómo, repito, podrá semejante sacerdote inspirar devoción y sentimientos de respeto á los asistentes que le observan? Quieren por lo regular los seglares salir de la iglesia lo mas pronto posible, pero aun esos mismos después de haber oído las misas celebradas con precipitación, quedan escandalizados de los sacerdotes que las han dicho.

Hay empero ciertos sacerdotes que se disculparán diciendo: Yo no omito ni las palabras ni las ceremonias: profiero las unas y hago las otras muy bien. Poco a poco; es preciso comprender que para decir bien la misa , no basta proferir todas las palabras, ni hacer todas las ceremonias prescritas por la rúbrica; no solo deben hacerse las mas esenciales , sí que también las menos importantes, porque todas ellas tienden á manifestar la dignidad del sacrificio: por esto quiere la Iglesia que todas las ceremonias que se hacen durante la acción del sacrificio sean preceptivas y de obligación rigurosa, conforme lo hemos manifestado ya, y que sean además practicadas con la gravedad que exige una acción tan santa. No basta pues decir la misa profiriendo todas las palabras y haciendo todas las ceremonias, sino que es preciso además celebrarla con la gravedad y lentitud necesarias, á fin de excitar en los demás el respeto que es debido al sacrificio; puesto que si se hace con precipitación, lejos de excitar la reverencia, solo se obtendrá el desprecio para con este gran sacrificio. He aquí porque, aun cuando el sacerdote pueda decir todas las palabras y hacer todas las ceremonias en menos de un cuarto do hora, no dejaría de pecar mortalmente, puesto que no podría dejar de hacerse culpable de una irreverencia grave, celebrando la misa sin la gravedad requerida.

La principal causa de que celebren los sacerdotes con tanta irreverencia, procede de que se dirigen al altar sin pensar siquiera en lo que van á hacer; lo que demuestra que se dirigen al altar por la miserable retribución que de ello les resulta, ó por cualquier otro motivo puramente humano. De esto se sigue que antes de celebrar, es hasta indispensable prepararse haciendo media hora, ó á lo menos un cuarto de hora (aunque es muy poco) de oración mental: seria muy bueno al hacerla meditar sobre la pasión de Jesucristo, puesto que va el sacerdote a renovar en et altar el sacrificio de la cruz.”

San Alfonso María de Ligorio. Advertencias a los sacerdotes del modo de celebrar dignamente la Misa y rezar el Oficio Divino con el respeto debido. Imprenta de Pons & C. Barcelona. 1857

Acuérdate de santificar el día sábado (Ex 20, 8)

Septiembre 18, 2009

“Este es el tercer mandamiento de la ley, y con toda razón. En efecto, a Dios debemos reverenciarlo:

En primer lugar con el corazón, y por ello se nos ordena no adorar más que a un sólo Dios: “No tendrás dioses extraños frente a mí”.

En segundo lugar con los labios: “No tomarás en vano el nombre del Señor tu Dios”.

En tercer lugar con las obras, y a este fin se nos manda: “Acuérdate de santificar el día del sábado”. Porque quiso Dios que hubiera un día determinado en que los hombres se dedicasen a su servicio.

***

Tal mandamiento se impuso por cinco motivos: 

a)Para combatir el error: Conocía el Espíritu Santo que, andando el tiempo, dirían algunos que el mundo había existido siempre: “En los últimos días vendrán con burlas hombres sarcásticos, guiados por sus propias pasiones, que dirán: “¿Dónde queda la promesa de su venida? Desde que murieron los padres todo permanece como al principio de la cosas. Porque voluntariamente ignoran que un día hubo unos cielos y una tierra surgida del agua y en el agua asentada por la palabra de Dios ” (II Petr 3, 3-5)

Pues bien, Dios quiso que fuera guardado un día en recuerdo de que Él creó todo en seis y al séptimo cesó de dar origen a nuevas criaturas. A este motivo alude el Señor en la ley cuando dice: “Acuérdate de santificar el día sábado”

Los judíos en memoria de aquella creación guardaban el sábado: ahora bien, Cristo con su venida dio lugar a una creación nueva.

De la primera nació el hombre terreno, de la segunda el hombre celestial.

“En Cristo Jesús nada cuentan ni la circunsición ni la incircuncisión, sino la nueva criatura” (Gál 6, 15).

Esta criatura nueva nace de la gracia, que comenzó con la resurrección: “Como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Porque si hemos sido plantados juntamente con Él a imagen de su muerte, lo seremos también a imagen de su resurrección” (Rom 6, 4-5).

Y como la resurrección ocurrió en domingo, por eso guardamos ahora este día, del mismo modo que los judíos celebran el sábado en recuerdo de la creación primera.

b) Para instruir en el misterio del Redentor.

La carne de Cristo no se pudrió en la sepultura. “Mi carne reposará en esperanza, porque… no permitirás que tu santo vea la corrupción” (Ps 15, 9-10) .

A tal fin quiso Dios que se guardase el sábado, para que, mientras los sacrificios prefiguraban la muerte de Cristo, el descanso del sábado fuera un anticipo del reposo de su carne.

Nosotros ya no conservamos esos sacrificios, porque al llegar la realidad y la verdad se acaban las prefiguraciones, como se desvanecen las sombras a la salida del sol;  dedicamos, sin embargo, el sábado a la veneración de la Virgen gloriosa, que conservó en ese día la fe en la totalidad del misterio de Cristo mientras Él estaba muerto

c) Para afianzar y preludiar la verdad de la promesa.

Puesto que lo que se nos promete es un descanso. “En el día aquel, cuando Dios te conceda el descanso de tu trabajo, de tu agobio y de la dura servidumbre a que fuiste sometido” (Is 14, 3); “se sentará mi pueblo en hermosura de paz, en tiendas de confianza, en egregio reposo” (Is 32, 18).

Y observad que esperamos descansar de tres cosas: del trabajo de la vida presente, de la turbación de las tentaciones y de la servidumbre del diablo. Esto es lo que Cristo prometió a los que vienen a El, diciendo —Mt 11, 28-30—: “Venid a Mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas: pues mi yugo es suave y mi carga ligera”.

Ahora bien, sabemos que el Señor trabajó seis días y que en el séptimo descansó, porque primero se deben hacer obras perfectas. Eccli 51, 35: “Muy poco trabajé, y hallé para Mí un gran descanso”.

En efecto, la duración de la eternidad excede incomparablemente más a todo el tiempo presente que mil años a un solo día.

d) En cuarto lugar fue dado este precepto para inflamar nuestro amor.

Sab 9, 15: “Pues el cuerpo corruptible agrava el alma“, y por eso el hombre tiende siempre hacia abajo a las cosas terrenas, si no se le obliga a elevarse por encima de ellas.

Por lo cual conviene dedicar a esto un tiempo determinado.

Por lo cual algunos hacen eso todo el tiempo: Salmo 33, 2: “Bendeciré al Señor en todo tiempo; su alabanza estará siempre en mi boca”. Dice el Apóstol en I Tes 5, 17: “Orad sin intermisión“; y éstos viven un sábado continuo.

Algunos hacen eso en cierta parte del tiempo: Salmo 118, 164: “Siete veces al día te he alabado”.

Otros, a fin de no volverse totalmente extraños a Dios, fue necesario que tuviesen algún día determinado [para dedicarse a Dios], no fuera a entibiarse demasiado en ellos el amor de Dios. Isaías 58, 13-14: “Si te parece suave el sábado… entonces tendrás tus delicias en el Señor”. Job 22, 26: “Hallarás en el Omnipotente tus delicias, alzarás tu rostro hacia Dios”.

En efecto, no se ha establecido ese día para divertirse, sino para orar y alabar al Señor Dios. Por lo cual San Agustín dice que es menos malo arar ese día que divertirse.

e) En quinto lugar fue dado para obrar bondadosamente respecto a los inferiores.

 En efecto, algunos,  crueles consigo mismos y con los suyos, no cesan de
trabajar continuamente por la ganancia; y esto es cosa sobre todo de los judíos, porque son sumamente avaros.

Deut 5, 12-14: “Guarda el día del sábado… para que descanse tu siervo y tu sierva, y tú también”; y luego: “No harás en él trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo,
ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu buey, ni tu asno, ni ninguna de tus bestias, para que tu siervo y tu sierva descansen, como tú también”.

***

 Ya se dijo que así como los judíos celebran el sábado, así nosotros los cristianos celebramos el domingo y otras fiestas importantes.

Veamos, pues, cómo debemos guardarlos. Y es de saberse que Dios no dice: Guarda el sábado, sino “acuérdate de santificar el sábado”.

Ahora bien, la palabra santo se toma en dos acepciones diferentes. En efecto, a veces santo es lo mismo que puro. Dice el Apóstol en I Cor 6, 11: “Pero habéis sido lavados, pero habéis sido santificados”.

A  veces se llama santa a una cosa consagrada al culto de Dios, como un lugar, un tiempo, vestiduras y vasos sagrados.

Así es que de estas dos maneras debemos celebrar las fiestas. O sea, con pureza de corazón y entregándonos al servicio divino.

Por lo mismo hay que considerar dos cosas en este precepto.

Primeramente, en verdad, qué se debe evitar en día festivo; en segundo lugar, qué debe hacerse.

 Hemos de guardarnos de tres cosas

a) Primeramente el trabajo corporal.

Jer 17, 22: “Santificaréis el sábado, no haciendo en ese día obra servil”, por lo cual también en la ley se dice —Lev 23, 25—: “Ninguna obra servil haréis ese día”.

Obra servil es el trabajo corporal, porque una obra libre es un acto del alma, como entender y otros semejantes; y a esos actos ningún hombre puede ser constreñido. 

Pero es de saberse que las obras corporales pueden hacerse en sábado por cuatro motivos.

En primer lugar por necesidad. Por lo cual el Señor excusó a sus discípulos que habían cortado espigas en día sábado, como se dice en Mt 12, 3-7.

En segundo lugar por la utilidad de la Iglesia. Por lo cual se dice en el mismo Evangelio (Mt 12, 5) que los sacerdotes hacían todas las cosas que eran necesarias en el templo en día sábado.

En tercer lugar por la utilidad del prójimo. Por lo cual el Señor curó en sábado al hombre de la mano seca, y confundió a los judíos —que lo censuraban— con el ejemplo de la oveja, Mt 12, 11-12.

En cuarto lugar por la autoridad de un superior. Por lo cual el Señor ordenó a los judíos que circuncidaran en día sábado, como se dice en Juan 7, 23.
102.

b) En segundo lugar debemos evitar el pecado.

Jer 17, 21: “Guardad vuestras almas, y no llevéis cargas en día de sábado”. Ahora bien, el peso del alma, o sea, el peso malvado es el pecado: Salmo 37, 5: “Pesan sobre mí como pesada carga”.

Ahora bien, el pecado es una obra servil: en verdad, como se dice en Juan 8, 34: “El que comete pecado es siervo del pecado”.

Por lo cual, cuando se dice: “Ninguna obra servil hagáis en ese día”, esto puede entenderse del pecado.

Por lo cual obra contra este precepto el que peca en día de sábado, porque se ofende a Dios trabajando  y pecando [en ese día], Isaías I, 13-14: “El sábado
y vuestras otras fiestas no las soportaré”.

¿Y por qué? Porque “son inicuas vuestras asambleas. Mi alma odia vuestras neomenias y vuestras festividades: se me han hecho molestas”.

c) En tercer lugar debemos evitar la ociosidad.

Eccli 33, 29: “La ociosidad enseña muchas maldades“. San Jerónimo le dice a Rústico: “Ocúpate continuamente en cualquier obra buena, para que el diablo te encuentre ocupado”.

Por lo cual no se deben celebrar más que las fiestas principales, si se ha de estar ocioso en las otras. Salmo 98, 4: “La gloria del rey es amar las cosas justas”, esto es, la discreción.

Por lo cual en Macabeos 2, 34-38 se dice que algunos judíos se habían ocultado, y que los enemigos se arrojaron sobre ellos, creyendo que no podrían defenderse en día de sábado, y los vencieron y mataron.

Así ocurre a muchos que están ociosos en los días de fiesta. Lam  I, 7: “Miraron a Jerusalén sus enemigos, y se burlaron de sus sábados”. Pero deben hacer esos ociosos lo que hicieron estos otros judíos, que dijeron —I Macabeos 2, 41—: “Sea cualquiera el que venga a pelear contra nosotros en día de sábado, lucharemos contra él”.

Cuáles han de ser nuestras ocupaciones

a) Primeramente se deben hacer sacrificios.

 Por lo cual, en Núm 28, 3-10, se dice que Dios ordenó que diariamente se ofreciera un cordero en la mañana, y otro en la tarde, pero que en sábado deberían duplicarse.

Lo cual significa que en sábado debemos ofrecerle a Dios el sacrificio de todo lo que tenemos. I Par 29, 14: “Tuyas son todas las cosas, y lo que hemos recibido de tus manos, te lo damos”.

 Por lo cual primero debemos ofrecer espontáneamente el alma doliéndonos de nuestros pecados: Salmo 50, 19: “El sacrificio [agradable] a Dios es un corazón contrito”, y pidiendo beneficios [divinos]: Salmo 140, 2: “Señor, que mí oración se eleve como el incíenso en tu presencia”. En efecto, el día de fiesta fue establecido para tener el gozo espiritual que produce la oración, por lo cual en ese día deben multiplicarse las oraciones.

En segundo lugar debemos mortificar nuestro cuerpo, y esto ayunando; Rom 12, I: “Os ruego, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos a Dios como hostia viva y santa”; alabando: Salmo 49, 23: “El que me ofrezca un sacrificio de alabanza me honrará”; por lo cual en ese día deben multiplicarse los cantos [de alabanza].

En tercer lugar, debes sacrificar tus bienes, y esto dando limosnas. Hebr 13, 16: “De la beneficencia y de la mutua asistencia no os olvidéis: con tales sacrificios se obliga a Dios”; y esto dos veces más que en otros días, porque entonces la alegría es general. Nehem 8, 10: “Enviad partes a los que no prepararon para ellos, porque este es el santo día del Señor”.

b) En segundo lugar en el estudio de las palabras del Señor, como los judíos mismos lo hacen ahora. Hechos 13, 27: “Las palabras de los profetas que se leen cada sábado”. Por lo cual también los cristianos, cuya justicia debe ser más perfecta, deben concurrir a la predicación y al oficio de la Iglesia. Juan 8, 47: “El que es de Dios, oye las palabras de Dios”; además, hablan cosas de provecho: dice el Apóstol en Ef 4, 29: “No salga de vuestra boca palabra mala, sino que sea buena, para edificación”. En efecto, estas dos cosas son de provecho para el espíritu del pecador, porque cambian su corazón en mejor. Jerem 23, 29: “Mis palabras son como fuego ardiente, dice el Señor, y como martillo que rompe una piedra”.
Ahora bien, lo contrario les ocurre aun a los perfectos si no dicen o no escuchan cosas de provecho. Dice el Apóstol en I Cor 15, 33-34: “Las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres. Vigilad, justos, y no pequéis”; y Salmo 118, 11: “En mi corazón guardé tus  palabras”. En efecto, la palabra [de Dios] instruye al ignorante: Salmo 118, 105: “Tu palabra es para mis pies una lámpara”; e inflama al tibio: Salmo 104, 19: “La palabra del Señor lo inflamó”.

c) En tercer lugar, en divinos ejercicios. Por otra parte, esto es propio de los perfectos. Salmo 33, 9: “Gustad y ved cuan dulce es el Señor”. Y esto por
el descanso del espíritu. En efecto, así como el cuerpo fatigado desea el descanso, así también el alma. Ahora bien, el lugar del alma es Dios: Salmo 30, 3: “Sed para mí un Dios protector y un lugar de refugio”. Hebr 4, 9-10: “Así queda un descanso para el pueblo de Dios: porque el que ha entrado en su descanso, también descansará de sus obras, como Dios descansó de las suyas”. Sab 8, 16: “Entrando en mi casa descansaré en ella”.

Pero antes de que el alma alcance ese reposo, es necesario que le precedan tres descansos.

El primero, de la turbación del pecado. Isaías 57, 20: “El corazón del impío es como un mar impetuoso, que no se puede apaciguar”.

 El segundo, de las pasiones de la carne; porque la carne apetece contra el espíritu, y el espíritu contra la carne, como se dice en Gal. 5, 27.

El tercero, de las ocupaciones del mundo. Luc 10, 41: “Marta, Marta, tú te inquietas y te turbas por muchas cosas”. Y entonces, después de esto el alma reposa libremente en Dios. Isaías 58, 13-14: “Cuando hagas del sábado tus delicias, entonces tendrás tus delicias en el Señor”.

Por lo cual los santos todo lo dejaron; porque esta es la perla preciosa que al descubrirla un hombre la esconde; y por su gozo va y vende cuanto tiene, y la compra, como se dice en Mt 13, 45. En efecto, este reposo es la vida eterna, y el gozo es eterno. Salmo 131, 14: “Esta será por siempre mi mansión; aquí habitaré porque la he elegido”: a la cual nos conduzca El.

Extraído de los sermones de Santo Tomás de Aquino a los fieles de Nápoles durante la Cuaresma de 1273, que fueron transcritos a partir de notas tomadas.

Vivir junto a la Cruz

Septiembre 13, 2009

“Bendito Jesús, ¿cómo expresarte, ¡oh Señor!, la gran ternura que mi alma siente ante la dulzura de tu amor?

¿Qué he hecho yo, Dios mío, para que así me trates? Tan pronto se inunda mi alma de profunda amargura, como se llena de regocijante alegría, al pensar en Ti y en lo que Tú me prometes al final de la jornada. ¿Que he hecho yo, Señor?

Hoy en la santa comunión he sentido el consuelo de verme cerca de Ti, cuando todo parece que me abandona. He querido, Señor, clavar en tu Corazón esas palabras que digo todos los días: “No permitas, Señor, que me aparte de Ti”.

“Abrazado a tu Cruz, entré en el capítulo… A los pies de tu Cruz tomé el alimento que necesita mi débil naturaleza… A los pies de tu ensangrentada Cruz, hallo el consuelo de escribir estas líneas… «No permitas que me aparte de ti”.

Esté siempre, Señor, a la sombra del duro madero. Ponga allí, a tus pies, mi celda, mi lecho… Tenga yo, Señor, allí mis delicias, mis descansos en el sufrir… Riegue el suelo del Calvario con mis lágrimas… Allí a los pies de la Cruz, tenga mi oración, mis exámenes de conciencia… “No permitas, Señor, que me aparte de Ti”.

Qué alegría tan grande es poder vivir al pie de la Cruz. Allí encuentro a María a san Juan y a todos tus amadores. Allí no hay dolor, pues al ver el tuyo Señor ¿quién se atreve a sufrir?

Allí todo se olvida, no hay deseo de gozar, ni nadie piensa en penar… Al ver tus llagas Señor sólo un pensamiento domina al alma… Amor…, sí, amor para enjugar tu sudor, amor para endulzar tus heridas, amor para aliviar tanto y tan inmenso dolor.

No permitas, Señor, que de Ti me aparte.

Déjame vivir al pie de la Cruz sin pensar en mi, sin nada querer ni desear, más que mirar enloquecido la sangre divina que inunda la tierra…

Déjame, Señor, llorar, pero llorar de ver lo poco que puedo hacer por Ti, lo mucho que te he ofendido estando lejos de tu Cruz… Déjame llorar el olvido en que te tienen los hombres, aun los buenos…

Déjame, Señor. vivir al pie de tu Cruz ,de día, de noche, en el trabajo, en el descanso, en la oración, en el estudio, en el comer, en el dormir…. siempre…. siempre.

Qué lejos veo el mundo, cuando pienso en la Cruz. Qué corto se me hace el día cuando lo paso con Jesús en el Calvario. Qué dulce y tranquilo es el sufrimiento pasado en compañía de Jesús crucificado.

Llevo muy poco tiempo desde que conocí la dulzura de los caminos de Cristo, pero es en la Cruz donde siempre he hallado consuelo. Es en la Cruz donde he aprendido lo poco que sé… Es en la Cruz donde he hecho siempre mi oración y mis meditaciones… En realidad no sé otro sitio mejor, ni acierto a encontrarlo…, pues quieto

Por eso, Señor, al ver la divina escuela de tu Cruz; al ver que es en el Calvario, acompañando a María, donde únicamente puedo aprender a ser mejor, a quererte, a olvidarme y despreciarme, “no permitas que me aparte de Ti”.

Qué bueno es Dios conmigo. Eso sí que no lo sé expresar. Me saca a la fuerza del mundo. Me envía una cruz y me acerca a la suya…, y así, sólo esperar; esperar con fe, con amor; esperar abrazado a su Cruz.

¡Ah!, la locura de la Cruz, ¡quién la tuviera! ¡Ah!, si el mundo supiera el tesoro de la Cruz, cómo cambiarían los hombres.

¡Ah!, si Dios no permitiera que yo le ofendiera!, y siempre lo hago cuando de su Cruz me aparto…, qué feliz seria yo entonces.

Por eso, Señor, agarrado a ella con todas mis fuerzas, juntando mis lágrimas a tu sangre y gritando con gemidos y aullidos…, queriendo volverme loco…, loco por tu santísima Cruz…, óyeme, ¡oh Señor!, atiéndeme y no desprecies mis súplicas… Limpia con el agua de tu costado mis pecados enormes, mis faltas, mis ingratitudes; llena mi corazón con tu sangre divina, y sosiega mi alma que no cesa de clamar: “Déjame, Señor, vivir junto a tu Cruz, y no permitas que de ella me aparte”.

¡Virgen María, Madre de los Dolores!, cuando mires a tu Hijo ensangrentado en el Calvario, déjame a mi que humildemente recoja tu inmenso dolor, y déjame que, aunque indigno, enjugue tus lágrimas.

Hermano Rafael. Obras Completas. Domingo de Septuagésima.13 de febrero de 1938. 1037-1042.

Cuan dulce sea en la vida y en la muerte el nombre de María

Septiembre 11, 2009

“El excelso nombre de María que recibió la divina Madre, no fue hallado en la tierra ni inventado por el entendimiento ó arbitrio de los hombres, como sucede en todos los otros nombres que se ponen, sino que bajó del cielo y fue impuesto por divina ordenación, como lo atestiguan S. Jerónimo, S. Epifanio, S. Antonino y otros.

Del tesoro de la divinidad, exclama Ricardo de San Lorenzo, ¡Oh Maria! salió vuestro excelso y admirable nombre; pues toda la santísima Trinidad, prosigue diciendo el mismo autor, os dio un nombre tan grande, que es superior á todo nombre después del nombre de vuestro Hijo, y le enriqueció de tanta majestad y poder, que al proferirse vuestro nombre, quiere que postrados le reverencien el cielo, la tierra y el infierno.

Pero entre las restantes prerrogativas que el Señor concedió al nombre de Maria, veamos ahora cuan dulce le haya hecho para los siervos de esta santísima Señora, así en la vida como en la muerte.

Y en primer lugar, tocante al tiempo de la vida, decía el santo anacoreta Honorio, que el nombre de María está henchido de dulzura divina.

De modo que el glorioso S. Antonio de Padua reconocía en el nombre de María la misma dulzura que S. Bernardo consideraba en el nombre de Jesús.

El nombre de Jesús, decía, éste: el nombre de Maria, replicaba el otro. El nombre de esta Virgen Madre es júbilo para el corazón, miel para la boca y melodía para el oído de sus devotos.

Refiérese en la vida del venerable P. Juvenal Ancina, obispo de Saluso, que al pronunciar el nombre de María percibía una dulzura sensible tan extraordinaria que se lamía también los labios.

Se lee igualmente que una mujer en Colonia dijo al obispo Marsilio, que cuando profería el nombre de María, sentía en la boca un sabor más dulce que la miel.

Y practicándolo en adelante Marsilio, experimentó también la misma dulzura. Se colige de los sagrados Cantares que en la Asunción de la Virgen preguntaron tres veces los ángeles por su nombre: ¿Quién es esta que va subiendo por el desierto como una columnita de humo? En otro lugar: ¿Quién es esta que va subiendo cual naciente aurora? En otro: ¿Quién es esta que sube del desierto rebosando delicias? A cuyo propósito dice Ricardo de S. Lorenzo: ¿Por qué preguntan tan repetidas veces los ángeles por el nombre de esta Reina? y responde: Era tan dulce aun para los ángeles el oír resonar el nombre de Maria, que por eso multiplican sus preguntas.

Más yo no hablo aquí de esta dulzura sensible, porque ésta no se concede comúnmente á todos; sino de la dulzura saludable de consuelo, de amor, de alegría, de confianza y de fortaleza que este nombre de Maria comunica comúnmente a todos aquellos que con devoción lo pronuncian. Hablando de este asunto el abad Francon dice: que después del sacrosanto nombre de Jesús, el nombre de Maria es tan rico de bienes, que en la tierra y en el cielo no resuena otro nombre del cual las almas devotas reciban tanta gracia, esperanza y dulzura. Pues el nombre de Maria, prosigue, encierra en sí un no sé qué de admirable, de dulce y de divino, que cuando conviene a los corazones amigos, infunde en ellos olor de santa suavidad. Y lo maravilloso de este gran nombre es, así concluye, que aunque le oigan mil veces los amantes de Maria, siempre le escuchan con nuevo deleite, experimentando siempre la misma dulzura al oírle pronunciar.

Hablando igualmente de esta dulzura el B. Enrique Suson, decía: que nombrando á María sentía reanimada de tal suerte su confianza, y ardiente su amor con tal gozo, que entre el regocijo y las lágrimas con que pronunciaba tan amado nombre, deseaba que el corazón le saltase del pecho por la boca: pues afirmaba que este dulcísimo nombre como un panal de miel se le derretía en lo interior del alma; por lo cual exclamaba: ¡O suavísimo nombre! ¡O María! ¿Cual seréis vos misma, si solo vuestro nombre es tan amable y gracioso?

Dirigiendo sus palabras á su buena Madre el enamorado S. Bernardo le dice con ternura: ¡O grande, ó piadosa, ó digna de toda alabanza, santísima Virgen María! vuestro nombre es tan dulce y amable, que no puede pronunciarse sin que deje inflamado de amor hacia vos y hacia Dios á quien le profiere; bastando que acuda al pensamiento de vuestros amantes, para encenderlos mucho mas en vuestro amor y consolarlos a. Y si las riquezas consuelan á los pobres, porque les alivian en sus miserias, ¡ó cuanto mas nos consuela á nosotros miserables, dice Ricardo de S. Lorenzo, vuestro nombre, ó Maria, cuando mucho mejor que las riquezas de la tierra nos alivia en las angustias de la presente vida!

En suma, vuestro nombre ¡ ó Madre de Dios! está lleno de gracias y de bendiciones divinas, como dice san Metodio. De tal modo, que según atestigua S. Buenaventura, vuestro nombre no puede ser pronunciado sin que acarree alguna gracia al que devotamente le nombra. Supóngase un corazón endurecido cuanto se quiera, desconfiado á mas no poder, dice el Idiota, si éste os nombrare, ¡ ó benignísima Virgen! es tanta la virtud de vuestro nombre, que él ablandará admirablemente su dureza; porque vos sois la que alentáis á los pecadores á fundar la esperanza de perdón y de gracia.

Vuestro dulcísimo nombre, en frase de S. Ambrosio, es un bálsamo oloroso que exhala olor de gracia divina. Ruega el Santo á la divina Madre, diciéndole, que destile en lo íntimo de nuestras almas este bálsamo de salud. Como si dijera: haced, Señora, que nos acordemos á menudo de pronunciar vuestro nombre con amor y confianza; porque el nombraros, ó es señal de poseer ya la divina gracia, ó realmente es prenda de su próxima recuperación.

Pues si el recordar vuestro nombre , oh María , como discurre Landolfo de Sajonia, consuela á los afligidos , vuelve al camino de la salud á los que andan desviados de él, y conforta á los pecadores, no hay para que abandonarse á la desesperación.

 Y dice el P. Pelbarto, que así como Jesucristo con sus cinco llagas trajo al mundo el remedio de sus males, igualmente María con su santísimo nombre , que está compuesto de cinco letras, comunica cada día el perdón á los pecadores

Por eso el santo nombre de Maria es comparado al aceite en los sagrados Cantares: Bálsamo derramado es tu nombre.

Compárase la gloria de su nombre, dice en su comentario el B. Alano, al aceite derramado. Así como el aceite sana á los enfermos, esparce olor y enciende la llama, así el nombre de María sana á los pecadores, recrea á los corazones y los inflama en el divino amor.

Por lo cual Ricardo de S. Lorenzo anima á los pecadores, á que acudan á este gran nombre, porque él solo basta para curarlos de todos sus males, diciendo que no hay enfermedad tan maligna que al instante no ceda á la fuerza de este nombre.

Al contrario los demonios, afirma Tomás de Kempis, temen de tal suerte á la Reina del cielo, que al oír su nombre huyendo quien le profiere como de un fuego que abrasa.

La misma bienaventurada Virgen reveló á santa Brígida que no hay en esta vida pecador tan tibio en el divino amor, que invocando su santo nombre, con propósito de enmendarse, no ahuyente de él al demonio. Y se lo confirmó otra vez diciéndole, que todos los demonios sienten tal respeto y temor á su nombre, que al oírle resonar desprenden luego del alma las uñas con que la tenían asida.

Y así como se alejan los ángeles rebeldes de los pecadores que invocan el nombre de Maria, por el contrario, dijo la misma nuestra Señora a Sta. Brígida, los ángeles buenos se acercan mucho más á las almas justas que devotamente lo profieren.

Y atestigua S. German que así como el respirar es señal de vida, el pronunciar á menudo el nombre de Maria es señal ó de vivir ya en la divina gracia ó de que presto vendrá la vida; pues este poderoso nombre tiene virtud de alcanzar el auxilio y la vida á quien devotamente le invocare.

En suma, este admirable nombre, añade Ricardo de San Lorenzo, es como una torre fortísima, en la cual acogiéndose el pecador se librará de la muerte; porque esta torre celestial defiende y salva á los pecadores mas perdidos.

Pero torre de fortaleza, que no solo libra á los pecadores del castigo, sino que defiende también á los justos de los asaltos del infierno. Así dice el mismo Ricardo, afirmando que, después del nombre de Jesús, no hay nombre en quien se halle tanto favor ni que comunique tanta salud á los hombres, como el gran nombre de María.

Y por general y común experiencia de los devotos de Maria, sábese que su excelso nombre da especial fuerza para vencer las tentaciones contra la castidad. Reflexionando el mismo autor sobre las palabras de S. Lucas: el nombre de la Virgen era María, dice, que estos dos nombres de Maria y de Virgen los reúne el Evangelista para darnos á entender que el nombre de esta purísima doncellita no debe ir jamás separado del de la castidad.

 Por lo cual afirma S. Pedro Crisólogo que el nombre de María es indicio de castidad. Queriendo decir, que quien anduviere perplejo acerca de haberse prestado a las tentaciones impuras, si recordare haber invocado el nombre de María, obtendrá una señal cierta de no haber ofendido la castidad.

Por lo cual valgámonos siempre del bello consejo de S. Bernardo, que dice: En todos los peligros de perder la divina gracia, pensemos en Maria, invoquemos á Maria juntamente con el nombre de Jesús, pues estos dos nombres van siempre estrechamente unidos.

No se aparten jamás estos dos dulcísimos y poderosísimos nombres de nuestro corazón ni de nuestra boca; porque ellos nos darán fuerza para no descaecer y para vencer todas las tentaciones.

Son magníficas las gracias que ha prometido Jesucristo á los devotos del nombre de María, como él mismo hablando con su santa Madre lo hizo entender á Sta. Brígida, revelándole que quien invocare el nombre de María con confianza y propósito de la enmienda, recibirá tres gracias, esto es, un perfecto dolor de sus pecados, la satisfacción de ellos, y la fortaleza para llegar a la perfección ; y además de esto y finalmente la gloria celestial. Porque, añadió el divino Salvador, son tan dulces y amadas, ó Madre mía, para mí tus palabras, que no puedo negarte lo que me pides.

Llega en suma á decir S. Efrén que el nombre de Maria es la llave de la puerta del cielo para quien devotamente le invoca.

 Y por esto tiene razón S. Buenaventura de llamar á Maria salud de todos los que la invocan.

Como si fuera lo mismo invocar el nombre de Maria que alcanzar la salud eterna; porque afirma el Idiota, que la invocación de este santo y dulce nombre conduce para alcanzar una gracia sobreabundante en esta vida y una gloria sublime en la otra.

 Si deseareis pues, ó hermanos, concluye Tomás de Kempis con estas notables palabras, hallar consuelo en todo trabajo, acudid á María, invocad á María, obsequiad á María, recomendaos á María. Con María regocijaos, con María llorad, con María rogad, con María caminad, con María buscad á Jesús. Con Jesús y María finalmente desead vivir y morir. Haciéndolo así, dice, siempre adelantareis en los caminos del Señor; pues María rogará gustosa por vosotros, y el Hijo ciertamente escuchará a la Madre.

Muy dulce es pues ya en esta vida el santísimo nombre de María para sus devotos por las gracias sumas que como hemos visto les alcanza. Pero más dulce se les hará en la hora suprema, por la dulce y santa muerte que les alcanzará.

El P. Sertorio Caputo exhortaba á todos los que auxiliaban á algún moribundo que repitieran á menudo el nombre de María, diciendo que este nombre de vida y esperanza pronunciado en la muerte, basta para disipar á los enemigos y para confortar á los moribundos en todas sus angustias.

Igualmente S. Camilo de Lelis dejó muy recomendado á sus religiosos que recordasen á menudo á los moribundos el invocar el nombre de María y de Jesús, como él realmente lo practicó siempre con los demás; pero mas dulcemente lo practicó después consigo mismo en la hora de la muerte, en la cual, según se refiere en su vida, invocaba con tanta ternura los amados nombres de Jesús y de María, que inflamaba de amor aun al que le escuchaba.

Y en fin con los ojos fijos en tan adoradas imágenes, los brazos cruzados, espiró con aspecto y paz celestial, siendo las últimas palabras de su vida la invocación de los dulcísimos nombres de Jesús y de Maria.

Esta breve invocación de los nombres sacrosantos de Jesús y de María, dice Tomás de Kempis, que es tan fácil de retener en la memoria, cuanto es dulce para considerarla, y fuerte al propio tiempo para proteger á quien la usa de todos los enemigos de su eterna salud.

¡Bienaventurado, decía S. Buenaventura, el que ama tu dulce nombre, ó Madre de Dios! Es tan glorioso y admirable tu nombre, que todos los que se acuerdan de invocarle en el trance de la muerte no temen los asaltos de los enemigos.

¡Oh quien tuviera la dicha de morir como murió el P. Fr. Fulgencio de Ascoli, capuchino, el cual espiró cantando: ¡Oh María!  ¡Oh María la más hermosa de las criaturas! quiero ir en vuestra compañía.

O también como murió el B. Enrique Cisterciense, del cual se refiere en los Anales de su orden, que acabó la vida articulando el nombre de María.

 Roguemos pues, devoto lector mío, roguemos á Dios nos conceda la gracia, de que la última palabra que expresen nuestros labios en la hora de la muerte sea el nombre de Maria: como lo deseaba y rogaba S. German.

 ¡Oh muerte dulce, muerte segura, la que anda acompañada y protegida del nombre de salud, que Dios no permite invocar en la muerte sino á los que quiere que se salven!

¡Oh dulce Señora y Madre mía! yo os amo con toda mi alma, y amándoos á vos amo también vuestro santo nombre. Propongo y espero con vuestra ayuda, invocarle siempre en la vida y en la muerte.

Para gloria pues de vuestro nombre, concluyamos con la tierna súplica de S. Buenaventura: Cuando mi alma dejare este mundo salid al encuentro, bendita Señora, y recibidla en vuestros brazos.

No rehuséis, ó Maria, sigamos rogando con el Santo, venir á consolarla entonces con vuestra dulce presencia. Sed vos su escala y camino para el cielo. Alcanzadle la gracia y el perdón y el eterno descanso.

Y concluye después el Santo diciendo: ¡ Oh María abogada nuestra! a vos toca defender a vuestros devotos, y tomar a vuestro cargo sus causas delante del tribunal de Jesucristo.

Ejemplo.

Refiere el P. Rhó en sus Sábados, y el P. Lireo en su Trisagio Mariano, que en el ducado de Güeldres hacia el año 1465, una doncella llamada Maria fue mandada un día por su tío al mercado de la ciudad de Nimega á comprar algunas cosas, con orden de quedarse por la noche en casa de otra tía que vivía allí. Obedeció la niña, pero yendo por la tarde á encontrar á su tía, esta la desechó groseramente: por lo cual tomó otra vez el camino para regresar á su casa; mas haciéndosele de noche por el camino, llena de cólera llamó en alta voz al demonio. Apareciósele éste en forma de hombre, y le ofreció ayudarla con tal que hiciese una cosa.— Todo lo haré, respondió la infeliz.—Solo quiero, dijo el enemigo, que de hoy en adelante no te persignes con la señal de la cruz y que te mudes el nombre. Respondió ella: — En cuanto á la cruz, enhorabuena, no me persignaré mas; pero estimo mucho mi nombre de Maria y no quiero trocarlo por otro.—Y yo tampoco te ayudaré, dijo el demonio.—En fin, después de muchos debates convinieron en que se llamase con la primera letra del nombre de Maria, esto es, Eme. Y con esto partieron para Amberes; y estuvo la infeliz seis años con tal maldito compañero, llevando una vida tan malvada que era el escándalo de la ciudad. Un día dijo ella al demonio que deseaba volver á ver su patria; el enemigo lo repugnaba, pero en fin hubo de consentir. Entrando los dos en la ciudad de Nimega, hallaron que allí se representaba una ópera de la vida de Maria santísima. Á vista de esto la pobre Eme, por aquella poca devoción que había conservado á la Madre de Dios, empezó á llorar.—¿Qué hacemos aquí? dijo entonces el compañero. ¿Quieres que hagamos aquí otra comedia?—Cógela para sacarla de aquel lugar, mas ella se resistía; por lo cual indignado al ver que iba á perderla, levántala en el aire y la deja caer en medio del teatro. Entonces la infeliz contó el hecho. fue á confesarse con el cura, éste la envió al obispo de Colonia, y el obispo al papa; el cual habiéndola oído en confesión, le dio de penitencia que llevase continuamente tres aros de hierro , uno en el cuello y dos en los brazos. Obedeció la penitente, y llegando á Maestrich se encerró en un monasterio de Arrepentidas, donde vivió catorce años en ásperas penitencias; y una mañana al levantarse de la cama, halló rotos por sí mismos los tres aros, y dos años después murió en olor de santidad: y quiso ser enterrada con aquellas mismas tres argollas que de esclava del infierno la habían vuelto feliz esclava de su libertadora.

ORACIÓN.

¡Oh gran Madre de Dios, y Madre mía María! aunque indigno de nombraros, vos que me amáis y deseáis mi salud, conceded, os suplico, á mis labios, bien que inmundos, el don de poder invocar en mi socorro vuestro santísimo y poderosísimo nombre, pues él es el auxilio del que vive y la salud del que muere.

¡Ah! María purísima, María dulcísima, haced que vuestro nombre sea de hoy en adelante el aliento de mi vida. Señora, no tardéis en socorrerme cuando os llamare, pues que en todas las tentaciones que me combatieren, en todas las necesidades que me ocurran, no quiero dejar jamás de invocaros, repitiendo siempre: María, María.

 Así espero hacerlo en vida, así espero hacerlo particularmente en la muerte, para ir después de ella á alabar eternamente en el cielo vuestro amado nombre: ¡ O clementísima, ó piadosa , ó dulce Virgen Maria!

¡Ah Maria, amabilísima Maria, y qué consuelo, qué dulzura, qué confianza, qué ternura siente mi alma solo en nombraros, solo en pensar en vos!

Doy gracias á mi Dios y Señor que os ha dado para mi bien este nombre tan dulce, tan amable y tan poderoso.

Pero, Señora, yo no me contento con solo nombraros, yo quiero nombraros excitado por el amor; quiero que el amor me ponga en la memoria el nombraros á todas horas: sí, para exclamar yo también con S. Anselmo: ¡O nombre de la Madre de Dios! tú eres el amor mío.

¡O querida mía, Maria! ¡ó amado mío, Jesús! vivan pues siempre en mi corazón y en el de todos, vuestros dulcísimos nombres.

Olvídese mi memoria de todos los demás nombres, para recordar únicamente é invocar siempre vuestros nombres adorados.

¡Ah Jesús mí Redentor y Madre mía María! cuando llegare el punto de mi muerte en que deberá mi alma salir de esta vida, concededme por vuestros méritos la gracia de formar las últimas voces, diciendo y repitiendo: Os amo, Jesús y María, Jesús y María os doy el corazón y el alma mía.”

San Alfonso María de Ligorio. Las glorias de María. Libr. Católica de Pons y Ca. 1850.

 

La expulsión del templo de los vendedores y los compradores

Agosto 2, 2009

SAN ANTONIO DE PADUA

1195-1231

(Domingo IX después de Pentecostés)

“Entró en el templo y se puso a echar a los vendedores, y les dijo: “Está escrito; “Mi casa será una casa de oración; y vosotros la habéis hecho una cueva de ladrones” Y cada día enseñaba en el Templo.” (Lc 19, 45-47)

Juan relata así el episodio: La Pascua de los judíos estaba próxima, y Jesús subió a jersualén. En el Templo encontró a los mercaderes de bueyes, de ovejas y de aplomas, y a los cambistas sentados (a sus mesas). Y haciendo un azote de cuerdas, arrojó del Templo a todos, con las ovejas y los bueyes; desparramó las monedas de los cambistas y volcó sus mesas. Y a los vendedores de palomas les dijo: “Quitad esto de aquí; no hagáis de la casa de mi Padre un mercado”. (2, 13-16)

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Presta atención. Por dos veces se lee que el Señor echó del templo a los vendedores y a los compradores: una vez en el primer año de su predicación y la segunda vez, cuando se dirigía a su Pasión.

Jesús entra en el templo, cuando cada día visita a su Iglesia, y observa los actos de cada uno y expulsa a los que, mezclados con sus santos, o fingen hacer el bien o abiertamente hacen el mal.

En los bueyes que aran, son representados los predicadores de la doctrina celestial.

Venden bueyes los que predican no por el amor de Dios, sino por su ganancia temporal.

Las ovejas inocentes ofrecen sus vellones a los que los usarán para vestirse, y simbolizan las obras de pureza y de piedad que son vendidas, cuando se cumplen para buscar la alabanza humana.

El Espíritu apareció en forma de paloma (Lc. 3, 22); y entonces en la paloma está simbolizado el Espíritu que es vendido por los simoníacos. Y esto, por cierto, es un pecado grave.”

*

“Prestan dinero en la Iglesia los que ni siquiera fingen servir a las cosas celestiales, sino abiertamente sirven a las cosas temporales.

Todos ellos son separados de la suerte de los santos (Col 1, 12), tanto los que fingen hacer el bien como los que hacen abiertamente el mal; y ahora son flagelados con las cuerdas de los pecados para que se corrijan; pero si no se corrigen, serán atados con las mismas cuerdas.

Y echa también a las ovejas y a los bueyes, porque desenmascara la vida y la doctrina de tales personas.

Esparce  las monedas y vuelca las mesas, porque al fin serán destruidas las mismas cosas que ellos amaban.

Observa que cuando el Señor expulsó del templo a los vendedores y a los compradores, “salían de sus ojos rayos fulgurantes, a los que ni los sacerdotes ni los levitas podían resistir.” (Glosa)

Y sobre esto tenemos una concordancia en el libro de la Sabiduría, donde se lee:

La sabiduría, por su pureza, todo lo penetra.

Ella es un soplo del poder de Dios y una emanación genuina de la gloria del Todopoderoso; y por esto no se infiltra en ella ninguna cosa contaminada.

Es esplendor de la luz eterna y espejo sin mancha de la majestad de Dios y una imagen de su bondad.

Siendo única, lo puede todo, y sin salir de sí misma, lo renueva todo” (7, 24-27)

Cristo, sabiduría y potencia de Dios, penetra en todas partes: en el cielo sacia a los ángeles con la visión de sí, en la tierra espera misericordioso a los pecadores para que hagan penitencia, y en el infierno atormenta a los demonios y a los pecadores que no quisieron esperar en El.

Penetra, repito, a causa de su pureza, porque El es la luz y “no hay tinieblas en El” (1 Jn. 1, 5)

Es un soplo ardiente que disuelve el hielo de nuestra infidelidad, siendo la misma potencia de Dios Padre.

Es su emanación, o sea, es esplendor de su gloria, consustancial, igual y coeterno; es emanación del esplendor del Todopoderoso, siendo con el Omnipotente una única luz; es emanación genuina, porque al Sumo Bien no se une mal alguno y nada contaminado se infiltra en ella, porque es todo y eterno Bien.

Es esplendor de la luz eterna y espejo en el que se ve al Padre; en efecto dice: El que me ve a mi, ve también a mi Padre(Jn. 14, 9)

Es sin mancha“, porque no cometió pecado ni se halló engaño en su boca (1 Pe 2, 22)

Es imagen de su bondad, o sea, su plena personificación, siendo la única bondad con el Padre; y aún siendo única con el Padre, todo lo puede, porque es el Omnipotente; y aún siendo inmutable, todo lo renueva, regulándolo y ordenándolo.

No debemos, pues, extrañarnos, si pudo expulsar del templo a los vendedores y a los compradores, y si aquellos sacerdotes y levitas no pudieron resistirle.

*

“Mi casa será llamada casa de oración; pero ustedes la hicieron una cueva de ladrones”

Dice Salomón en el libro de la Sabiduría: Entraré en mi casa y reposaré con la sabiduría, porque su compañía no causa amargura, ni pena su trato, sino placer y alegría. (8, 16)

El hombre espiritual, después de haberse liberado de las preocupaciones temporales y de pensamientos inquietantes, entra en la casa de la propia conciencia, y después de cerrar la puerta de los sentidos, reposa con la sabiduría, o sea, dedicándose a la divina contemplación, en la cual saborea la dulzura de la quietud superna.

La compañía de la sabiduría no da amargura, o sea, echa el placer del pecado: al paladar que gustó la sabiduría, no le será inoculado ningún veneno.

Ni su trato produce fastidio, porque los deleites espirituales aguzan el deseo, y cuanto más se gustan, tanto más ávidamente se apetecen, porque en ellos hay sólo placer y alegría.

¡Afortunada aquella casa, dichosa esa conciencia, que conoció el sabor de la sabiduría y en la que descansa la misma Sabiduría, que dice: “Mi casa será llamada casa de oración”…

San Antonio de Padua. Sermón sobre la sabiduría de Dios, o sea, sobre Jesucristo y su potencia. Sermón sobre la contemplación. Sermón sobre la oración y sobre todo lo que es necesario.” 

El amor revelado en la Cruz

Junio 18, 2009

SAN FRANCISCO DE SALES

Cuando algún gran príncipe o señor muere repentinamente, se abre su cuerpo para saber de qué enfermedad ha muerto y, una vez averiguado esto, se quedan todos tranquilos y no se sigue adelante.

Nuestro Señor, estando sobre el árbol de la cruz, dijo con una voz fuerte y firme estas palabras antes de entregar su Espíritu: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” y, nada más pronunciarlas, entregó su Espíritu.

No podían creer que hubiera muerto, pues había hablado con tanta energía que no se podía sospechar que moriría a continuación o en seguida.

Por eso, el jefe de los soldados, vino a cerciorarse de si verdaderamente había muerto y, ya seguro, ordenó que le dieran una lanzada en el Corazón y así lo hicieron, traspasándolo.

Por el Costado abierto le vieron efectivamente muerto, de la muerte del corazón, que quiere decir: del amor de su Corazón.

Quiso el Señor que le abrieran el Corazón por varias razones. La primera, para que viésemos sus pensamientos, que eran pensamientos de amor y dilección para nosotros, sus queridísimos hijos y criaturas suyas, creadas a su imagen y semejanza, y así comprendiésemos el deseo que tiene de darnos sus gracias y bendiciones y hasta su propio Corazón, como lo dio a santa Catalina de Siena.

Es así; las almas devotas no deben tener otro corazón sino el de Dios, ni otro espíritu sino el de Dios, ni otra voluntad sino la de Dios, ni otros afectos que los Suyos, ni otros deseos. En fin, que deben ser todas de Él.

La segunda razón es para que vayamos a Él con toda confianza, a retirarnos y escondernos en su Costado, a descansar en Él, ya que por nosotros está abierto y en Él nos recibe con una benignidad y un amor sin igual.

(Sermón del 16 de mayo de 1616. Tomo IX, 79)

Que se da al hombre en el Sacramento la gran bondad y caridad de Dios

Junio 14, 2009

BEATO TOMÁS DE KEMPIS

Señor, confiado en tu bondad y en tu gran misericordia, vengo enfermo al Salvador, hambriento y sediento á la fuente de la vida, pobre al Rey del cielo, siervo al Señor, criatura al Criador, desconsolado á mi piadoso consolador.

Mas ¿De dónde á mí tanto bien que tú vengas á mí? ¿Quién soy yo para que te me des á ti mismo? ¿Cómo osa el pecador parecer ante ti? y ¿cómo tú tienes por bien de venir al pecador? Tú conoces á tu siervo, y sabes que ningún bien hay en él por qué merezca que tú le hagas tan grandísima merced.

Yo confieso, Señor, mi vileza, y reconozco tu bondad; loo tu piedad, gracias te hago por tu excelentísima caridad.

Por cierto, por ti mismo haces todo esto, no por mis merecimientos, mas porque tu bondad me sea más manifiesta y me sea comunicada mayor caridad, y la humildad sea loada más cumplidamente.

Y pues así te place, Señor, y así lo mandaste hacer, también me agrada a mí que tú hayas tenido por bien.

Plégate, Señor, que no lo impida mi maldad.

¡Oh dulcísimo y benignísimo Jesús, cuánta reverencia y gracia con perpetua alabanza te son debidas por la comunión de tu sacratísimo cuerpo, cuya dignidad ninguno se halla que la pueda explicar!

Más querría saber: ¿qué pensaré en esta comunión, cuando me quiero llegar a ti, Señor, pues no te puedo honrar debidamente, y deseo recibirte con devoción? ¿Qué cosa mejor y más saludable pensaré, sino humillarme del todo ante ti y ensalzar tu infinita bondad sobre mí?

Alábote Dios mío, y para siempre te ensalzaré.

Despréciome y sujétome a ti en el abismo de mi vileza.

Tú eres el Santo de los santos, y yo el más vil de los pecadores,  e inclinaste a mí, que no soy digno de alzar los ojos a ti.

Veo, Señor, que tú vienes a mí y quieres estar conmigo, tú me convidas a tu mesa y me quieres dar a comer el manjar celestial, el pan de los ángeles, que no es otra cosa, por cierto, sino tú mismo, pan vivo que descendiste del cielo y das vida al mundo.

He aquí, Señor, de dónde procede este amor, y se declara que lo tienes por bien. Esta bondad tuya, Señor, es la causa por qué tal amor nos tienes, y porqué tan gran benignidad nos muestras.

¡Cuán grandes gracias y loores se te deben por tales mercedes! ¡O cuan saludable fue tu consejo cuando ordenaste este altísimo Sacramento! ¡Cuán suave y cuan alegre convite, cuando á ti mismo te diste en manjar! ¡O cuán admirable es tu obra, Señor! ¡Cuan grande tu virtud! ¡Cuán inefable tu verdad! Por cierto tú dijiste, y fue hecho todo el mundo, y así esto es hecho, porque tú mismo lo mandaste.

Maravillosa cosa, y digna de creer, y que vence todo humano entendimiento es, que tú, Señor Dios mío, verdadero Dios y Hombre, eres contenido enteramente debajo de aquella pequeña especie de pan y vino, y sin detrimento eres comido por el que te recibe.

Tú, Señor de todos, que no tienes necesidad de alguno, quisiste morar entre nosotros por este tu Sacramento.

Conserva mi corazón sin mácula, porque pueda muchas veces con limpia y alegre conciencia celebrar tus misterios, y recibirlos para mi perpetua salud; los cuales ordenaste y estableciste, Señor, principalmente para honra tuya y memoria continua de tu pasión.

Alégrate, ánima mía, y da gracias á Dios por tan noble don y tan singular refrigerio como te fue dejado en este valle de lágrimas.

Porque cuantas veces te acuerdas de este misterio, y recibes el cuerpo de Cristo, tantas representas la obra de tu redención, y te haces particionero de todos los merecimientos de Jesucristo, porque la caridad de Cristo nunca se apoca, y la grandeza de su misericordia nunca se gasta.

Por eso te debes disponer siempre á esto con nueva devoción de ánima, y pensar con atenta consideración este gran misterio de salud, y así te debe parecer tan grande, tan nuevo y alegre cuando celebras ú oyes misa, como si fuese el mismo día en que Cristo descendió, y se hizo hombre en el vientre de la Virgen, ó aquel que puesto en la cruz padeció y murió por la salud de los hombres.

De la imitación de Cristo o menosprecio del mundo. Libro IV. Capítulo II.