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BEATO TOMÁS DE KEMPIS
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Estaba cerca de la Cruz de Jesús su Madre (Joan, 19):
Amados hermanos, razonable cosa es, y consecuente, que después de la memoria de la Santa Cruz, hagamos también especial conmemoración del dolor de la Bienaventurada siempre Virgen María, Madre de Dios, la cual asistió fielmente a su amado Hijo colgado en la Cruz, y muerto por la salud de todo el mundo.
¡Oh! espectáculo lloroso y lastimoso de la Madre, y del Hijo clavado en la Cruz, de la Madre que lloraba, y del Hijo que se condolía; de la Madre que se desmayaba, y del Hijo, que le hablaba; de la Madre que estaba en pie debajo de la Cruz, y del Hijo colgado de ella, de la Madre que suspiraba, y del Hijo que espiraba.
¡Oh! grandeza de infinito dolor, que nunca se ha de olvidar, sino tenerla siempre fijada en el corazón de los devotos y aficionados
Escribió Pilatos en una tabla que pusieron sobre la Cruz: Jesús Nazareno Rey de los Judíos. Pues escribe tu también el mismo título en tu corazón con letras de oro contra las risas, y burlas de los hombres, y contra los temores, y espantos de los demonios, y librarte ha Jesucristo Rey de los Cielos de toda angustia, y congoja de los malos.
Si así lo hicieres asistirá cabe ti la Madre de Jesús con sus ruegos, e intercesiones, porque no desesperes en tus trabajos, y angustias postreras; porque ninguna Madre tuvo jamás tan grande gozo, ni tan grande consuelo, y contento en el nacimiento de su Hijo, como le sintió esta Bienaventurada Virgen, por haber merecido concebir, y parir al Hijo de Dios.
Asimismo ninguna Madre tuvo ni sufrió tan gran tristeza, ni tan intolerable dolor de la muerte de su Hijo, como esta Beatísima y dignísima de su amada Madre le sintió en la Pasión de su muy querido Hijo por la compasión que de Él tuvo, cuanto estuvo cerca de la Cruz llorando amargamente, traspasada, y llagada con el cuchillo de dolor.
Verdaderamente viendo tantos dolores en el Hijo, que singularmente sobre todas las cosas con excesivo amor amaba, gran maravilla fue, poder vivir más en el cuerpo, cuya anima tantas veces atravesó el cuchillo de dolor, cuantas vio, y oyó que su Hijo era atormentado, y escarnecido.
¡Oh! Verdaderamente singular martirio en la desconsolada Madre, y tierna, y delicada Virgen, la cual con más aspereza era atormentada en el corazón compadeciéndose del Hijo, que otro Mártir cualquiera puesto en el potro del tormento.
Hermanos, si queréis bien a nuestra Señora, y la amáis de corazón, y deseáis ser de ella ayudados, y socorridos en vuestra tribulación, estad ahora con ella apegados con la Cruz de Jesús, compadeciéndoos de ambos de corazón entrañable, para que también su Majestad haga oración con cuidado por vuestros pecados y negligencias en la hora de la muerte; porque el que en esta vida muchas veces, y con devoción piensa bien, y considera la Pasión del Señor con afecto piadoso de su alma, y las lágrimas de su muy triste y desconsolada Madre, obligado está a esperar de la misericordia de Dios, y del amor de ambos Hijo y Madre, que tampoco le faltarán en sus necesidades, y socorrerán, y ayudarán consolando, y esforzando al que está ya al fin de sus días.
¡Oh! cuan alegre estará aquella anima la cual en su vida amó, y sirvió a Jesús y a María meditando cada día en su corazón aquella triste estación cerca de la Cruz de Jesús.
Dichoso aquel religioso que despreciando todos los placeres, y pasatiempos del mundo, eligió a nuestra Señora Santa María, por su Madre, que le consolase, y por guarda que le amparase en todos los días de su vida.
No hay que dudar, sino que la piadosa, y misericordiosa Madre, consoladora de los pobres, y ayudadora de los huérfanos, hablará de buena gana por su fiel siervo, cuando partiere de esta vida, alguna palabra buena, y suave suplicando a la presencia de su amado Hijo y Redentor nuestro con sus ruegos, y favores santos, diciendo: Hijo mío muy amado ten piedad, y misericordia del ánima de tu siervo amador, y alabador mío, como tu bien sabes, y lo has visto, de cuya boca los Santos Ángeles muchas veces me anunciaron gozos de salutación devota, el cual asimismo, tuvo por costumbre de convidar consigo a muchos hermanos para alabar, y glorificar tu santo nombre, y el mío.
Este es nuestro notario, escritor de libros sagrados, y amador de la Santa Cruz, que orando de buena gana, y cantando Salmos en el Coro, en oyendo tu Santo nombre, y el mío tenía de costumbre inclinarse a nosotros con gran acatamiento, y reverencia, e hincándose de rodillas nos saludaba.
Pasando por el camino, y viendo de lejos la Cruz, teniendo memoria de tu Pasión, te hizo gran reverencia inclinándose a la Cruz.
Viendo también en la Iglesia, o en otro cualquier lugar pintada la imagen mía, o a ti sentado, o echado en mi regazo, o como muerto estar pendiente entre mis brazos, luego tenía compasión, y le pesaba, lloraba, oraba hincaba las rodillas, y adoraba.
Este nunca se fue sin una prenda de amor: mas todo el día, y toda la noche escondía en su corazón los dolores de tus Santas Llagas, y los gemidos, y lágrimas de mis ojos; y trabajó cuanto pudo por compadecerse entrañablemente, y tener lástima de mi; pues, luego, Hijo mío carísimo ten memoria, y acuérdate de estas cosas, y ten por bien que en este trance halle misericordia delante de ti, suplicándotelo yo con gran instancia, con todos los Santos y Ángeles tuyos en favor de este tu siervo y mío.
Hermanos estando como ahora estáis buenos, y sanos tenéis obligación de atender a estas cosas, y tenéis tiempo para enmendaros; pues procurad ya de tener tales amigos, y abogados, que por vuestras ofensas, y pecados hablen buena palabra, y muy agradable a Dios, y después de los peligros de este mundo, y trabajosos contrastes os reciban en sus moradas perpetuas; porque no hallaréis amigos más fieles, ni más poderosos en el Cielo, ni en la tierra, que a Jesús, Rey de los Ángeles, y a María Señora Reina de los Cielos.
Si sois amadores de Cristo llevad sobre vosotros su Cruz, seguid a la Cruz, haced vuestra estancia cerca de la Cruz, abrazad la Cruz, no desamparéis la Cruz, hasta tanto que lleguéis a Jesucristo, verdadera luz, el cual dice: (Ioan 8, 12) Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas. Si buscáis ser consolados en toda tribulación, llegaos a María Madre de Jesús, que está cerca de la Cruz, llorando, y gimiendo, y todas vuestras pesadumbres, o se irán presto, o se harán más ligeras.
Escoged a esta benignísima Madre de Jesús, y tenedla en más, que a todos los parientes y amigos vuestros, para que sea Madre vuestra especial, y abogada antes de la muerte; y saludadla muchas veces con la salutación del Ángel, porque oye ella esta voz de muy buena voluntad.
Si el enemigo malo os tienta, y os pone impedimento para que no podáis alabar a Dios, ni a María, no curéis de él, ni por eso cesad de alabar, y orar; más tanto con mayor calor invocad a María, salud a María, pensad en María, nombrad a María, honrad a María, glorificad siempre a María, inclinaos a María, encomendaos a María; estad en la celda con María, callad con María, holgad con María, llorad con María, trabajad con María, velad con María, orad con María, andad con María, sentaos con María, buscad a Jesús con María, traed a Jesús en vuestros brazos con María; morad con María, y con Jesús en Nazareth, id con María a Jerusalén, estad con María cerca de la Cruz de Jesús, llorad con María a Jesús, enterrad con María a Jesús, resucitad con Jesús, y con María, con María, y con Jesús subid al Cielo, desead vivir, y morir con María y con Jesús.
Hermanos si pensáis bien estas cosas, y os ejercitáis en ellas, el diablo huirá de vosotros, y aprovecharéis en la vida espiritual.
María de muy buena gana rogará por vosotros por su gran clemencia, y Jesús con esa misma gana oirá a su Madre por su reverencia.
Poco es todo cuanto hacemos: mas si con contrito corazón llegamos al Padre por María, y por su Hijo Jesús, conseguiremos misericordia, y gracia en esta vida, y la gloria que está por venir con ambos a dos sin fin.
Dichosa por cierto el anima devota, que tiene en esta vida por amigos familiares a Jesús, y a María, compañeros en la mesa, y compañeros en el camino, proveedores en la necesidad, consoladores en la tribulación, ayudas en los peligros, consultores en las dudas; amparadores en el fin de la vida.
Bienaventurado el religioso, que se tiene por peregrino, y viandante en este mundo, y tiene por sumo consuelo, y consolación tener a Jesús, y a María en el hospicio, y aposento de su corazón.
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