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Que se da al hombre en el Sacramento la gran bondad y caridad de Dios

Junio 14, 2009

BEATO TOMÁS DE KEMPIS

Señor, confiado en tu bondad y en tu gran misericordia, vengo enfermo al Salvador, hambriento y sediento á la fuente de la vida, pobre al Rey del cielo, siervo al Señor, criatura al Criador, desconsolado á mi piadoso consolador.

Mas ¿De dónde á mí tanto bien que tú vengas á mí? ¿Quién soy yo para que te me des á ti mismo? ¿Cómo osa el pecador parecer ante ti? y ¿cómo tú tienes por bien de venir al pecador? Tú conoces á tu siervo, y sabes que ningún bien hay en él por qué merezca que tú le hagas tan grandísima merced.

Yo confieso, Señor, mi vileza, y reconozco tu bondad; loo tu piedad, gracias te hago por tu excelentísima caridad.

Por cierto, por ti mismo haces todo esto, no por mis merecimientos, mas porque tu bondad me sea más manifiesta y me sea comunicada mayor caridad, y la humildad sea loada más cumplidamente.

Y pues así te place, Señor, y así lo mandaste hacer, también me agrada a mí que tú hayas tenido por bien.

Plégate, Señor, que no lo impida mi maldad.

¡Oh dulcísimo y benignísimo Jesús, cuánta reverencia y gracia con perpetua alabanza te son debidas por la comunión de tu sacratísimo cuerpo, cuya dignidad ninguno se halla que la pueda explicar!

Más querría saber: ¿qué pensaré en esta comunión, cuando me quiero llegar a ti, Señor, pues no te puedo honrar debidamente, y deseo recibirte con devoción? ¿Qué cosa mejor y más saludable pensaré, sino humillarme del todo ante ti y ensalzar tu infinita bondad sobre mí?

Alábote Dios mío, y para siempre te ensalzaré.

Despréciome y sujétome a ti en el abismo de mi vileza.

Tú eres el Santo de los santos, y yo el más vil de los pecadores,  e inclinaste a mí, que no soy digno de alzar los ojos a ti.

Veo, Señor, que tú vienes a mí y quieres estar conmigo, tú me convidas a tu mesa y me quieres dar a comer el manjar celestial, el pan de los ángeles, que no es otra cosa, por cierto, sino tú mismo, pan vivo que descendiste del cielo y das vida al mundo.

He aquí, Señor, de dónde procede este amor, y se declara que lo tienes por bien. Esta bondad tuya, Señor, es la causa por qué tal amor nos tienes, y porqué tan gran benignidad nos muestras.

¡Cuán grandes gracias y loores se te deben por tales mercedes! ¡O cuan saludable fue tu consejo cuando ordenaste este altísimo Sacramento! ¡Cuán suave y cuan alegre convite, cuando á ti mismo te diste en manjar! ¡O cuán admirable es tu obra, Señor! ¡Cuan grande tu virtud! ¡Cuán inefable tu verdad! Por cierto tú dijiste, y fue hecho todo el mundo, y así esto es hecho, porque tú mismo lo mandaste.

Maravillosa cosa, y digna de creer, y que vence todo humano entendimiento es, que tú, Señor Dios mío, verdadero Dios y Hombre, eres contenido enteramente debajo de aquella pequeña especie de pan y vino, y sin detrimento eres comido por el que te recibe.

Tú, Señor de todos, que no tienes necesidad de alguno, quisiste morar entre nosotros por este tu Sacramento.

Conserva mi corazón sin mácula, porque pueda muchas veces con limpia y alegre conciencia celebrar tus misterios, y recibirlos para mi perpetua salud; los cuales ordenaste y estableciste, Señor, principalmente para honra tuya y memoria continua de tu pasión.

Alégrate, ánima mía, y da gracias á Dios por tan noble don y tan singular refrigerio como te fue dejado en este valle de lágrimas.

Porque cuantas veces te acuerdas de este misterio, y recibes el cuerpo de Cristo, tantas representas la obra de tu redención, y te haces particionero de todos los merecimientos de Jesucristo, porque la caridad de Cristo nunca se apoca, y la grandeza de su misericordia nunca se gasta.

Por eso te debes disponer siempre á esto con nueva devoción de ánima, y pensar con atenta consideración este gran misterio de salud, y así te debe parecer tan grande, tan nuevo y alegre cuando celebras ú oyes misa, como si fuese el mismo día en que Cristo descendió, y se hizo hombre en el vientre de la Virgen, ó aquel que puesto en la cruz padeció y murió por la salud de los hombres.

De la imitación de Cristo o menosprecio del mundo. Libro IV. Capítulo II.

Oración para alcanzar los dones del Espíritu Santo

Mayo 23, 2009

(para diversas enfermedades del alma)

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BEATO TOMÁS DE KEMPÌS

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Venid, venid Santo Espíritu con todos vuestros dones, y apartad de mi a satanás con todos sus pensamientos, que tantas veces me distrae en mis oraciones y devotas meditaciones.

Venid suavísimo viento y encended en el huerto de mi corazón el ardientísimo fuego de vuestro amor, extinguiendo en mi todo carnal afecto; para que corran aromas de gracias, con avenidas de lágrimas, por la gran compunción de mis pecados, y con la dulce memoria de todos vuestros beneficios.

Venid consolador grande, y con el resplandor de la interior alegría, levantadme del sepulcro de mi nublada tristeza, con esperanza de eterno descanso por tan pequeño trabajo.

Contra el hastío de mi alma, confirmadme con vuestras palabras de los himnos y salmos.

Contra el movimiento de la ira, dadme Dios mío, escudo de paciencia.

Contra el temor de la soberbia, representadme el miedo de la muerte y del eterno fuego.

¿Quién pues no temerá la potestad de vuestra ira, y una pena sin fin?

Contra la vanagloria y arrogancia, haced que atienda a mi propia flaqueza y a las virtudes de los otros.

Contra la liviandad de las palabras, enseñadme a guardar silencio.

Contra la disoluta risa, sacad de mis ojos llanto con gemidos, porque es mejor llorar con dolor, que reir sin propósito.

Contra el curioso y divertido mirar, ponedme delante a Jesús, por mi crucificado.

Contra el adorno de los vestidos, mostradme la corrupción de los gusanos.

Contra el apetito de la carne, abridme las sepulturas de los muertos.

Contra las bebidas del vino, dadme a beber hiel y vinagre de Cristo.

Contra los vanos rumores del siglo, contadme las divinas palabras.

Contra las largas fábulas cerradme presto los oidos, para que no entre el veneno por las ventanas.

Contra los paseos por las lonjas y plazas, atad mis pies y manos con las prisiones de vuestro temor, para que no caiga en varias tentaciones.

Contra la tristeza y mala pereza, infundid en mi la santa unción de vuestra gracia.

Contra la siniestra sospecha de alguno, inspiradme la mejor estimación de mi prójimo.

Contra la injuria que me hicieren, dadme sufrimiento y que me guarde de la venganza, para que no pierda en la gloria del Cielo la corona prometida a los sufridos.

Contra varias enfermedades de mi alma, dadme saludables especies de vuestras virtudes, y flores de vuestros Santos Doctores.

Contra mi mala costumbre, dadme fuerzas, para hacer violencia a la naturaleza por la vida eterna.

Contra el peso de los trabajos, concededme tranquilidad de corazón, por medio de la devota oración.

Contra la desconfianza en muchas adversidades, comunicadme gran confianza de vuestra grande piedad y merecimientos de los Santos.

O benigno y Santo Espíritu ayudador en las tribulaciones. Amén.

Beato Tomás de Kempis. Oraciones y meditaciones de la Vida de Jesucristo, nuestro Salvador y de los beneficios que nos hizo. Impresor: Casa de Francisco Foppens. Bruselas. 1661.

De la veneración y conmemoración de la Bienaventurada Virgen María

Febrero 28, 2009

BEATO TOMÁS DE KEMPIS

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Estaba cerca de la Cruz de Jesús su Madre (Joan, 19):

Amados hermanos, razonable cosa es, y consecuente, que después de la memoria de la Santa Cruz, hagamos también especial conmemoración del dolor de la Bienaventurada siempre Virgen María, Madre de Dios, la cual asistió fielmente a su amado Hijo colgado en la Cruz, y muerto por la salud de todo el mundo.

¡Oh! espectáculo lloroso y lastimoso de la Madre, y del Hijo clavado en la Cruz, de la Madre que lloraba, y del Hijo que se condolía; de la Madre que se desmayaba, y del Hijo, que le hablaba; de la Madre que estaba en pie debajo de la Cruz, y del Hijo colgado de ella, de la Madre que suspiraba, y del Hijo que espiraba.

¡Oh! grandeza de infinito dolor, que nunca se ha de olvidar, sino tenerla siempre fijada en el corazón de los devotos y aficionados

Escribió Pilatos en una tabla que pusieron sobre la Cruz: Jesús Nazareno Rey de los Judíos. Pues escribe tu también el mismo título en tu corazón con letras de oro contra las risas, y burlas de los hombres, y contra los temores, y espantos de los demonios, y librarte ha Jesucristo Rey de los Cielos de toda angustia, y congoja de los malos.

Si así lo hicieres asistirá cabe ti la Madre de Jesús con sus ruegos, e intercesiones, porque no desesperes en tus trabajos, y angustias postreras; porque ninguna Madre tuvo jamás tan grande gozo, ni tan grande consuelo, y contento en el nacimiento de su Hijo, como le sintió esta Bienaventurada Virgen, por haber merecido concebir, y parir al Hijo de Dios.

Asimismo ninguna Madre tuvo ni sufrió tan gran tristeza, ni tan intolerable dolor de la muerte de su Hijo, como esta Beatísima y dignísima de su amada Madre le sintió en la Pasión de su muy querido Hijo por la compasión que de Él tuvo, cuanto estuvo cerca de la Cruz llorando amargamente, traspasada, y llagada con el cuchillo de dolor.

Verdaderamente viendo tantos dolores en el Hijo, que singularmente sobre todas las cosas con excesivo amor amaba, gran maravilla fue, poder vivir más en el cuerpo, cuya anima tantas veces atravesó el cuchillo de dolor, cuantas vio, y oyó que su Hijo era atormentado, y escarnecido.

¡Oh! Verdaderamente singular martirio en la desconsolada Madre, y tierna, y delicada Virgen, la cual con más aspereza era atormentada en el corazón compadeciéndose del Hijo, que otro Mártir cualquiera puesto en el potro del tormento.

Hermanos, si queréis bien a nuestra Señora, y la amáis de corazón, y deseáis ser de ella ayudados, y socorridos en vuestra tribulación, estad ahora con ella apegados con la Cruz de Jesús, compadeciéndoos de ambos de corazón entrañable, para que también su Majestad haga oración con cuidado por vuestros pecados y negligencias en la hora de la muerte; porque el que en esta vida muchas veces, y con devoción piensa bien, y considera la Pasión del Señor con afecto piadoso de su alma, y las lágrimas de su muy triste y desconsolada Madre, obligado está a esperar de la misericordia de Dios, y del amor de ambos Hijo y Madre, que tampoco le faltarán en sus necesidades, y socorrerán, y ayudarán consolando, y esforzando al que está ya al fin de sus días.

¡Oh! cuan alegre estará aquella anima la cual en su vida amó, y sirvió a Jesús y a María meditando cada día en su corazón aquella triste estación cerca de la Cruz de Jesús.

Dichoso aquel religioso que despreciando todos los placeres, y pasatiempos del mundo, eligió a nuestra Señora Santa María, por su Madre, que le consolase, y por guarda que le amparase en todos los días de su vida.

No hay que dudar, sino que la piadosa, y misericordiosa Madre, consoladora de los pobres, y ayudadora de los huérfanos, hablará de buena gana por su fiel siervo, cuando partiere de esta vida, alguna palabra buena, y suave suplicando a la presencia de su amado Hijo y Redentor nuestro con sus ruegos, y favores santos, diciendo: Hijo mío muy amado ten piedad, y misericordia del ánima de tu siervo amador, y alabador mío, como tu bien sabes, y lo has visto, de cuya boca los Santos Ángeles muchas veces me anunciaron gozos de salutación devota, el cual asimismo, tuvo por costumbre de convidar consigo a muchos hermanos para alabar, y glorificar tu santo nombre, y el mío.
Este es nuestro notario, escritor de libros sagrados, y amador de la Santa Cruz, que orando de buena gana, y cantando Salmos en el Coro, en oyendo tu Santo nombre, y el mío tenía de costumbre inclinarse a nosotros con gran acatamiento, y reverencia, e hincándose de rodillas nos saludaba.
Pasando por el camino, y viendo de lejos la Cruz, teniendo memoria de tu Pasión, te hizo gran reverencia inclinándose a la Cruz.
Viendo también en la Iglesia, o en otro cualquier lugar pintada la imagen mía, o a ti sentado, o echado en mi regazo, o como muerto estar pendiente entre mis brazos, luego tenía compasión, y le pesaba, lloraba, oraba hincaba las rodillas, y adoraba.
Este nunca se fue sin una prenda de amor: mas todo el día, y toda la noche escondía en su corazón los dolores de tus Santas Llagas, y los gemidos, y lágrimas de mis ojos; y trabajó cuanto pudo por compadecerse entrañablemente, y tener lástima de mi; pues, luego, Hijo mío carísimo ten memoria, y acuérdate de estas cosas, y ten por bien que en este trance halle misericordia delante de ti, suplicándotelo yo con gran instancia, con todos los Santos y Ángeles tuyos en favor de este tu siervo y mío.

Hermanos estando como ahora estáis buenos, y sanos tenéis obligación de atender a estas cosas, y tenéis tiempo para enmendaros; pues procurad ya de tener tales amigos, y abogados, que por vuestras ofensas, y pecados hablen buena palabra, y muy agradable a Dios, y después de los peligros de este mundo, y trabajosos contrastes os reciban en sus moradas perpetuas; porque no hallaréis amigos más fieles, ni más poderosos en el Cielo, ni en la tierra, que a Jesús, Rey de los Ángeles, y a María Señora Reina de los Cielos.

Si sois amadores de Cristo llevad sobre vosotros su Cruz, seguid a la Cruz, haced vuestra estancia cerca de la Cruz, abrazad la Cruz, no desamparéis la Cruz, hasta tanto que lleguéis a Jesucristo, verdadera luz, el cual dice: (Ioan 8, 12) Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas. Si buscáis ser consolados en toda tribulación, llegaos a María Madre de Jesús, que está cerca de la Cruz, llorando, y gimiendo, y todas vuestras pesadumbres, o se irán presto, o se harán más ligeras.

Escoged a esta benignísima Madre de Jesús, y tenedla en más, que a todos los parientes y amigos vuestros, para que sea Madre vuestra especial, y abogada antes de la muerte; y saludadla muchas veces con la salutación del Ángel, porque oye ella esta voz de muy buena voluntad.

Si el enemigo malo os tienta, y os pone impedimento para que no podáis alabar a Dios, ni a María, no curéis de él, ni por eso cesad de alabar, y orar; más tanto con mayor calor invocad a María, salud a María, pensad en María, nombrad a María, honrad a María, glorificad siempre a María, inclinaos a María, encomendaos a María; estad en la celda con María, callad con María, holgad con María, llorad con María, trabajad con María, velad con María, orad con María, andad con María, sentaos con María, buscad a Jesús con María, traed a Jesús en vuestros brazos con María; morad con María, y con Jesús en Nazareth, id con María a Jerusalén, estad con María cerca de la Cruz de Jesús, llorad con María a Jesús, enterrad con María a Jesús, resucitad con Jesús, y con María, con María, y con Jesús subid al Cielo, desead vivir, y morir con María y con Jesús.

Hermanos si pensáis bien estas cosas, y os ejercitáis en ellas, el diablo huirá de vosotros, y aprovecharéis en la vida espiritual.

María de muy buena gana rogará por vosotros por su gran clemencia, y Jesús con esa misma gana oirá a su Madre por su reverencia.

Poco es todo cuanto hacemos: mas si con contrito corazón llegamos al Padre por María, y por su Hijo Jesús, conseguiremos misericordia, y gracia en esta vida, y la gloria que está por venir con ambos a dos sin fin.

Dichosa por cierto el anima devota, que tiene en esta vida por amigos familiares a Jesús, y a María, compañeros en la mesa, y compañeros en el camino, proveedores en la necesidad, consoladores en la tribulación, ayudas en los peligros, consultores en las dudas; amparadores en el fin de la vida.

Bienaventurado el religioso, que se tiene por peregrino, y viandante en este mundo, y tiene por sumo consuelo, y consolación tener a Jesús, y a María en el hospicio, y aposento de su corazón.

Obras del Venerable Kempis. Traducido por P. Vergara. Publicado por Viuda e Hijos de Santander, 1789

Del ofrecimiento de Cristo en la cruz, y de la propia renunciación

Marzo 29, 2008

 

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BEATO TOMÁS DE KEMPIS

Así como yo me ofrecí a mí mismo por tus pecados a Dios Padre de mi voluntad, extendidas las manos en la cruz, desnudo el cuerpo, en tanto que no me quedaba cosa que todo no pasase en sacrificio para aplacar al Padre, así debes tú, cuanto más entrañablemente puedas, ofrecer a ti mismo de toda voluntad a mí en sacrificio puro y santo cada día en la misa con todas tus fuerzas y deseos.

¿Qué otra cosa más quiero de ti, sino que estudies de renunciarte del todo en mí? Cualquier cosa que me das sin ti, no me curo de ello, porque no quiero tu don, sino a ti.

Así como no te bastarían a ti todas las cosas sin mí, así no me puede agradar a mí cuanto me ofreces sin tí. Ofrécete a mí y date todo por mí y será muy acepto tu sacrificio. Ya ves cómo yo me ofrecí todo al Padre por tí, y también di todo mi cuerpo y sangre en manjar por ser todo tuyo y que tú quedases  todo mío; mas si te estás en ti mismo y no te ofreces muy de gana a mi voluntad, no es cumplida ofrenda, ni será entre nosotros entera unión.

Por eso, ante todas tus obras, haz ofrecimiento voluntario de ti mismo en mis manos si quieres alcanzar libertad y gracia.

Por eso hay tan pocos alumbrados y libres de dentro, porque no saben del todo negarse a sí mismos (Lc 14)

Esta es mi firme sentencia, que no puede ser mi discípulo el que no renunciare todas las cosas. Por eso, si tú deseas ser mi discípulo, ofrécete a ti mismo con todos tus deseos.

Beato Tomás de Kempis. De la imitación de Cristo o menosprecio del mundo. Tratado Cuarto. Capítulo VIII: “Del ofrecimiento de Cristo en la cruz, y de la propia renunciación”. Madrid. 1821

De la dignidad del Sacramento y del estado sacerdotal

Marzo 21, 2008

BEATO TOMÁS DE KEMPIS

(1380-1471)

“Aunque tuvieses la pureza de los ángeles y la santidad de san Juan Bautista, no serías digno de recibir ni tratar este Santísimo Sacramento, porque no cabe en humano merecimiento que el hombre consagre y trate el Sacramento de Cristo y coma el pan de los ángeles.

Grande es este misterio, y grande la dignidad de los sacerdotes, a los cuales es dado lo que no es concedido a los ángeles: que sólo los sacerdotes ordenados en la Iglesia derechamente tienen poder de celebrar y consagrar el cuerpo de Jesucristo, y el sacerdote es ministro de Dios, y usa de palabras de Dios por el mandamiento y ordenación de Dios; más Dios es allí el principal autor y obrador invisible, al cual está sujeta cualquier cosa que quisiere, y le obedece a todo lo que mandare.

Y así, más debes creer a Dios todopoderoso en este excelentísimo sacramento que a tu propio sentido o alguna señal visible. Y por eso, con temor y gran reverencia debe el hombre llegar a este Sacramento.

Mira pues, sacerdote, qué oficio te han encomendado por mano del obispo; mira como eres ordenado y consagrado para celebrar.

Mira ahora que muy fielmente y con devocion ofrezcas á Dios el sacrificio en su tiempo, y te conserve sin reprehension.
Mira que no has aliviado tu carga, mas con mayor y mas estrecha caridad estás atado, y a mayor perfeccion estás obligado.

El sacerdote debe ser adornado de todas vjrtudes, y ha de dar a los otros ejemplo de buena vida: su conversacion no ha de ser con los comunes ejercicios de los hombres, mas con los ángeles en el cielo y con los perfectos en la tierra.

El sacerdote vestido de las sagradas vestiduras tiene lugar de Cristo para rogar humilde y devotamente á Dios por, sí y por todo el pueblo.

El tiene la señal de la cruz de Cristo ante sí y tras de sí, para que de continuo tenga memoria de su pasion.

Ante sí en la casulla trae la cruz, porque mire con cuidado las pisadas de Cristo, y estudie de seguirle con fervor.

Detras tambien está señalado de la cruz, porque sufra con paciencia por amor de Dios cualquiera adversidad ó daño que otros le hicieren.

La cruz lleva delante, porque llore sus pecados; y detras la lleva, porque llore por compasion por los ajenos, y sepa que es medianero entre Dios y el pecador, y no cese de orar ni de ofrecerle el santo sacrificio hasta que merezca alcanzar gracia y misericordia.

Cuando el sacerdote celebra honra á Dios, y alegra a los ángeles, edifica a la iglesia, y ayuda a los vivos, y da reposo a los difuntos, y hácese particionero de todos los bienes.”

Beato Tomás de Kempis. De la imitación de Cristo o  menosprecio del mundo. Tratado Cuarto. Capítulo V: “De la dignidad del Sacramento y del estado sacerdotal”. Madrid. 1821