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SAN AGUSTÍN La resurrección de Nuestro Señor Jesucristo es la nueva vida de los que creen en Jesús; y este misterio de su muerte y resurrección es lo que deben conocer en profundidad y reproducir en ustedes. Porque no fue sin un motivo que la Vida llegó a la muerte; no fue sin un motivo que la Fuente de la vida, de la que bebe todo el que quiere vivir, bebió esta copa que no merecía; porque Cristo no merecía la muerte. Si buscamos el origen de la muerte, de dónde procede: encontraremos que el padre de la muerte es el pecado. Porque si nunca hubiera habido pecado, nadie habría muerto. El primer hombre recibió una ley de Dios, es decir una orden de Dios, con la cláusula de que si la observaba viviría, y si la transgredía moriría. No creyendo que iba a morir, hizo aquello que le causó la muerte y se dio cuenta que era verdad lo que le había dicho el que le dio esa ley. De ahí vino la muerte, la condición mortal, la desgracia, la miseria; de ahí viene también la segunda muerte después de la primera, es decir, la muerte eterna después de la muerte temporal. Por eso todo hombre nace sujeto a esta condición mortal, a estas leyes de la muerte, y por eso de él se dice en un Salmo que era libre en medio de los muertos (Sal 88, 3). El que fue concebido sin concupiscencia por una virgen, y fue dado a luz por una virgen que siguió siendo virgen, el que vivió libre de culpa, el que no murió a causa de la culpa, participando con nosotros de la pena, pero no participando de nuestra culpa – la muerte es la pena por una culpa (Cf Rom V, 12) – nuestro Señor Jesucristo, vino a morir, no a pecar. Participando, sin culpa, de nuestra pena, nos liberó de la culpa y de la pena. ¿De qué pena nos liberó? De aquella a la que estábamos destinados después de esta vida. Por lo tanto fue crucificado, para mostrar en la cruz el ocaso de nuestro hombre viejo, y resucitó para mostrar con su vida la novedad de nuestra vida. Así lo enseña la doctrina apostólica: Él -dice – fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación (Rom 4, 25). Un signo de esta realidad fue dado a los patriarcas en la circuncisión: todo varón era circuncidado a los ocho días de haber nacido (Cf gen 17, 12). La circuncisión se hacía con cuchillos de piedra (Jos, 5, 2) y esa piedra era Cristo ( 1 Cor 10, 4). En esa circuncisión se significaba el despojo total de la vida carnal mediante la resurrección de Cristo en el octavo día. En verdad el séptimo día de la semana, con que éste termina, es el sábado, y el Señor, el séptimo día, es decir el sábado, reposaba en el sepulcro; y en el octavo resucitó. Su resurrección nos da la vida nueva. Por lo tanto, en el octavo día nos circuncida. Y en esa esperanza vivimos. (Sermón 231, 1-2) |
