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Domingo de Pascua de Resurrección

Abril 12, 2009

SAN AGUSTÍN

La resurrección de Nuestro Señor Jesucristo es la nueva vida de los que creen en Jesús; y este misterio de su muerte y resurrección es lo que deben conocer en profundidad y reproducir en ustedes.

Porque no fue sin un motivo que la Vida llegó a  la muerte; no fue sin un motivo que la Fuente de la vida, de la que bebe todo el que quiere vivir, bebió esta copa que no merecía; porque Cristo no merecía la muerte.

Si buscamos el origen de la muerte, de dónde procede: encontraremos que el padre de la muerte es el pecado.

Porque si nunca hubiera habido pecado, nadie habría muerto.

El primer hombre recibió una ley de Dios, es decir una orden de Dios, con la cláusula de que si la observaba viviría, y si la transgredía moriría.

No creyendo que iba a morir, hizo aquello que le causó la muerte y se dio cuenta que era verdad lo que le había dicho el que le dio esa ley.

De ahí vino la muerte, la condición mortal, la desgracia, la miseria; de ahí viene también la segunda muerte después de la primera, es decir, la muerte eterna después de la muerte temporal.

Por eso todo hombre nace sujeto a esta condición mortal, a estas leyes de la muerte, y por eso de él se dice en un Salmo que era libre en medio de los muertos (Sal 88, 3).

El que fue concebido sin concupiscencia por una virgen, y fue dado a luz por una virgen que siguió siendo virgen, el que vivió libre de culpa, el que no murió a causa de la culpa, participando con nosotros de la pena, pero no participando de nuestra culpa – la muerte es la pena por una culpa (Cf Rom V, 12) – nuestro Señor Jesucristo, vino a morir, no a pecar.

Participando, sin culpa, de nuestra pena, nos liberó de la culpa y de la pena. ¿De qué pena nos liberó? De aquella a la que estábamos destinados después de  esta vida. Por lo tanto fue crucificado, para mostrar en la cruz el ocaso de nuestro hombre viejo, y resucitó para mostrar con su vida la novedad de nuestra vida.

Así lo enseña la doctrina apostólica: Él -dice – fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación (Rom 4, 25).

Un signo de esta realidad fue dado a los patriarcas en la circuncisión: todo varón era circuncidado a los ocho días de haber nacido (Cf gen 17, 12). La circuncisión se hacía con cuchillos de piedra (Jos, 5, 2) y esa piedra era Cristo ( 1 Cor 10, 4).

En esa circuncisión se significaba el despojo total de la vida carnal mediante la resurrección de Cristo en el octavo día. En verdad el séptimo día de la semana, con que éste termina, es el sábado, y el Señor, el séptimo día, es decir el sábado, reposaba en el sepulcro; y en el octavo resucitó. Su resurrección nos da la vida nueva. Por lo tanto, en el octavo día nos circuncida. Y en esa esperanza vivimos. (Sermón 231, 1-2)

Epifanía del Señor

Enero 6, 2009

SAN AGUSTÍN

“Epifanía es una palabra de la lengua griega que se puede traducir por manifestación. El Redentor de todos los pueblos, manifestándose en este día, evidentemente lo constituyó en solemnidad para todos los pueblos.

Hoy celebramos la  manifestación de aquel cuyo nacimiento celebramos hace unos pocos días. Según la tradición, un día como el de hoy fue adorado por los Magos nuestro Señor Jesucristo, nacido trece días antes.

Que el hecho tuvo lugar, lo atestigua la verdad del Evangelio; que haya sucedido en un día como el de hoy, lo proclama la autoridad de una solemnidad tan preclara.

Aquellos Magos fueron los primeros de entre los paganos que conocieron a Cristo, el Señor, y sin haber sido avisados  de palabra siguieron la estrella que se les apareció y que les hablaba en forma visible, como si fuera en el lenguaje del cielo, de la Palabra que aún no hablaba.

Por esto ha parecido oportuno – y sin duda lo es – que los no judíos  recordaran con gratitud el día de la salvación de quienes fueron sus propias primicias y lo  dedicarían con devota solemnidad a Cristo, el Señor, para agradecerle.

Las primicias de los judíos, en orden a la fe y a la revelación de Cristo, fueron aquellos pastores que llegando de  las cercanías lo vieron el mismo dìa en que nació.

A estos se lo anunciaron los ángeles; a aquéllos, la estrella. A estos se les dijo: Gloria a Dios en las alturas (LC 2, 14); en aquellos se cumplió:El cielo proclama la gloria de Dios (Sal 19, 2).

Unos y otros, como  si fueran los comienzos de dos paredes que llegaban de distintas direcciones-de la circunsición y de la incircunsición – corrieron a la Piedra angular para que fuera su paz, haciendo de las dos una sola cosa. (Cf. Ef 2, 11)  (Sermón  203, 1)

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“Hoy es necesario hablar de aquellos magos que la fe condujo a Cristo desde tierras lejanas. Vinieron y lo buscaron diciendo: ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo.

Anuncian y preguntan, creen y buscan, como para simbolizar a aquellos que caminan en la fe y desean la visión. ¿No habían nacido ya muchas veces en Judea otros reyes de los judíos? ¿Quién es este que fue reconocido por unos extranjeros  (por un signo) en el cielo y fue buscado en la tierra, que brilla en las alturas y se esconde humildemente? Los magos ven la estrella en Oriente y comprenden que en Judea ha nacido el Rey.

¿Quién es este Rey tan pequeño, que todavía no habla en la tierra, y tan grande, que ya da órdenes en el cielo?

Sin embargo, fue por nosotros -a quienes quiso darse a conocer por medio de sus santas Escrituras – que también quiso que los magos – a quienes había dado un signo tan claro en el cielo y a cuyos corazones había revelado su nacimiento en Judea – creyeran en él por medio de sus profetas.

Pero ellos, buscando la ciudad en la que había nacido aquél que querían ver y adorar, tuvieron necesidad de interrogar a los jefes de los judíos. Y éstos, consultando la santa Escritura que tenían en los labios pero no en el corazón, respondieron como incrédulos a los creyentes sobre la gracia de la fe.

Fueron mentirosos para sí mismos y sinceros en contra suyo.

¿Cuánto mejor hubiera sido, en efecto, que se hubieran unido a aquellos que buscaban a Cristo, después de haberles sentido decir que, habiendo visto su estrella, habían venido deseosos de adorarlo? ¿Y si ellos mismos los hubieran conducido a Belén de Judá, la ciudad que les habían indicado de acuerdo a los Libros Sagrados, y junto con ellos hubieran visto, hubieran comprendido y hubieran adorado?

En cambio, mientras les indicaron a  otros la fuente de la vida, ellos mismos se murieron de sed.

Sucedió con ellos como ocurre con las señales de los caminos: dieron indicaciones a unos viajeros en camino, pero ellos permanecieron inertes e inmóviles.

Los magos buscaban al Señor para encontrarlo; Herodes lo buscaba para matarlo; los judíos leían en qué ciudad debía nacer, pero no entendían que el tiempo ya había llegado. Entre el piadoso amor de los magos y el cruel temor de Herodes; ellos,  indicando la ciudad de Belén, se extraviaron (Cf Rom 1, 21s) porque a Cristo, que había nacido allí, lo habrían de negar, no entonces, ya que ni siquiera lo buscaron, sino más tarde, cuando lo vieron; y lo habrían de matar, no entonces, cuandó aún no hablaba, sino más tarde, cuando ya habría hablado.

Más dicha aportó la ignorancia de los niños perseguidos por un Herodes aterrado, que la ciencia de los que fueron consultados por un Herodes turbado. Aquellos pudieron sufrir por Cristo no pudiéndolo todavía confesar; en cambio estos no siguieron la verdad enseñada por aquél de quien habían podido conocer la ciudad de nacimiento. (Sermón 199. 2)