“Todo el inmenso bien que produjo al mundo la Pasión de Jesucristo, le es igualmente procurado, como dice Sto. Tomás (in Ephes. 6), por cada Misa que se celebra: «quid quid est effectus dominicae; passionis, est effectus hujus sacrificii.» He aquí también lo que nos asegura la santa Iglesia: «Quoties hujus hostiae commemoratio recolitur, toties opus nostrae redemptionis exercetur.» (Orat. dom. post Pent.) En efecto, el Salvador, como dice el santo concilio de Trento (Sess. 22, cap. 2), que se sacrificó en la cruz por nuestra salvación, es el mismo que, por el ministerio del sacerdote, se sacrifica en el altar: «Una enim eademque est hostia, idem nunc offerens sacerdotis ministerio, qui seipsum in cruce obtulit, sola ratione offerendi diversa.» De este modo pues, así como bastó la pasión del Redentor para salvar al mundo, basta también una sola misa para salvarle : por esto dice el sacerdote al hacer la ablucion del cáliz: «Offerimus Ubi Domine, calicem salutaris, tuam deprecantes clementiam, ut in conspectu divinae majestatis tuae, pro nostra et totius mundi salute, cum odore suavitatis ascendat.»
Por el sacrificio de la cruz, nos obtuvo el Señor las gracias de la redención; pero por medio del sacrificio del altar, nos hace extensivo todo el fruto del de la cruz.
La pasión nos hizo susceptibles de recibir el efecto de los méritos de Jesucristo, pero la misa nos pone en posesión de ellos y nos procura los frutos de la pasión, como dice el concilio de Trento: «Missa habet proprium vi suae institutionis fructus passionis nobis applicare.» (Sess. 22, cap. 1, 2.)
Debemos pues persuadirnos de que es la misa la acción mas grande y santa que podemos ejercer en la tierra , y de que es también la mas útil por nuestro bien espiritual; ya que es pues la acción mas santa, es también la que debemos practicar con mas pureza interior y con la mayor devoción exterior posibles, según lo observa el mismo concilio de Trento : «Satis etiam apparet omnem operam in eo ponendam esse, ut quanta maxima fieri potest interiori cordis munditia, atque exteriori devotionis ac pietatis specie peragatur.» (Sess. 22, decr. de observ. in celeb., etc.)
De todo esto puede deducirse cuan grande es el castigo que merecen los sacerdotes que celebran la misa con grave irreverencia. En primer lugar se hacen culpables de esta grave irreverencia los que celebran con precipitación, como por ejemplo aquellos que dicen la misa en menos de un cuarto de hora. No puede esta precipitación ser exenta de pecado mortal, como dicen los doctores, aun cuando la misa fuese corta, aun cuando fuese una misa de difuntos ó de la Virgen.
El cardenal Lambertini (en la nota 34, n.° 30), así como Clericato, Roncaglia, Bisso, Gobati, Quarti y otros doctores, dicen comúnmente que la misa no debe durar mas de media hora , ni menos de veinte minutos, por no poder hacerse en menos tiempo todas las ceremonias prescritas por la rúbrica con la reverencia debida; y que si estuviera el sacerdote mas tiempo en su celebración solo lograría cansar á los asistentes. Por esto Roncaglia, Quarti, Pasqualigo y Gobati dicen muy acertadamente que aquel que celebra infra quadrantem, esto es, en menos de un cuarto de hora, no puede dejar de cometer falta grave. He aquí la razón de ello: todas las rúbricas relativas á lo que debe practicarse durante la misa son preceptivas, conforme lo hemos demostrado en nuestra teología moral; porque Pio V en su bula inserta en el misal, manda que se diga la misa «juxta ritum, modum, et normam, in missali praescriptam, in virtute sanctae obedientiae.» Esto sentado, debe convenirse en que se comete al menos una falla venial cada vez que se omite una ceremonia, ó que no se hace esta como corresponde: Concina, Wigandt, Roncaglia y Lacroix dicen con razón que si se fallaba á un gran número de estas ceremonias, aun cuando no fuesen en si de las mas principales, podría considerarse aquella falta como un pecado mortal.
Según esto, decimos nosotros, apoyados en la común opinión de los autores antes citados, que el que dice la misa en menos de un cuarto de hora, peca mortalmente, por no poder decir la misa el celebrante en tan breve espacio sin cometer graves desórdenes: tales son 1.° el de una grande irreverencia hacia el sacrificio; y 2.° el de un grave escándalo respecto al pueblo. En cuanto á la irreverencia hacia el sacrificio, ciertamente que la maldición que fulminó Dios por boca de Jeremías en el cap. 48 (así como el decreto dado por el concilio de Trento anteriormente citado «de observ. in cel. m.») debe sobre todo aplicarse á aquellos que ejercen descuidadamente las funciones relativas al culto divino, y en particular á los sacerdotes que celebran sin el respeto necesario. El que celebra la misa en menos de un cuarto de hora, debe cometer necesariamente muchas faltas, suprimiendo palabras ó confundiéndolas con las ceremonias , ya anticipándolas ó retrasándolas contra el orden prescrito por la rúbrica , ó bien haciendo mal á causa de la precipitación las bendiciones y genuflexiones. Todas estas faltas, aunque leves en particular, no dejan de hacer en conjunto que se celebre la misa con irreverencia grave.
Para tratar en segundo lugar del escándalo que ocasionan al pueblo los sacerdotes que tal hacen , debe considerarse lo que dice el concilio de Trento (sess. 22, cap. 5 de reform.), que las santas ceremonias, y en particular las de la misa, fueron instituidas para inspirar al pueblo el respeto y la veneración hacia el santísimo sacrificio do la misa. Por mas que los herejes se burlen y desprecien estas ceremonias, quiere Dios que se observen exactamente. En la antigua ley amenazó el Señor con hacer caer todas sus maldiciones sobre aquel que dejara de observar todas las ceremonias prescritas para los sacrificios, aun cuando aquellos sacrificios no fuesen mas que una pálida sombra y una débil imagen del sacrificio del altar: así pues ¿cuánto mas castigará Dios á los que hacen poco caso de las ceremonias de la misa? Santa Teresa decía: «Daría mi vida por una sola ceremonia de la iglesia.»
¿Y por qué hacer tanto caso de estas ceremonias? ya hemos dado anteriormente la razón de ello. Dice el concilio de Trento que las ceremonias fueron instituidas por la Iglesia, á fin de que hiciesen comprender á los fieles aquellos signos exteriores la majestad del sacrificio del altar y la grandeza de los misterios que en él son representados. «Ecclesia caeremonias adhibuit, ut majestas sancti sacrificii commendaretur, et mentes fidelium per haec visibilia religionis signa, ad rerum altissimarum, quae in hoc sacrificio latent, contemplationem excitarentur. » Sin embargo cuando se hacen esas santas ceremonias con la precipitación que necesariamente debe resultar empleando en ellas menos de un cuarto de hora, no solo no inspiran entonces devoción alguna, sino que hasta son causa de que no haga el pueblo ningún caso de tan gran sacrificio. No puede esta conducta librarse de un pecado grave por el grande escándalo que da el sacerdote al pueblo, puesto que lejos de inspirarle el mayor respeto hacia el santo sacrificio del altar, se le hace por el contrario perder mostrándole el desprecio con que él mismo lo mira. Mandó el concilio de Tours en 1583 que fuesen los sacerdotes debidamente instruidos en las ceremonias de la misa; veamos las causas que motivaron esta decisión: «Ne populum sibi commissum á devotione potius revocent, quam ad sacrorum mysteriorum venerationem invitent.»
Por esto también el mismo concilio de Trento (instit. decr. de obs. etc.) prescribió terminantemente á los obispos , que prohibieran á los sacerdotes todo aquello que pudiese menoscabar el respeto debido á los santos misterios ; añadiendo el concilio que la irreverencia en semejante materia debe casi considerarse como una impiedad; he aquí sus propias palabras: «De cernit sancta synodus, ut ordinarii locorum ea omnia prohibere sedulo curent, ac teneantur, quae irreverentiam (quae ab impietate vix sejuncta esse potest) inducit.» Observemos las palabras «curent ac teneantur » de las que se sigue que los obispos están obligados sub gravi á velar sobre este punto, y á informarse del modo con que se celebran las misas en sus diócesis; debiendo suspender de la celebración á cuantos no la digan con la reverencia que se requiere, Da el concilio sobre el particular á los obispos la delegación apostólica, hasta con respecto á los religiosos exentos: de modo que pueden y deben corregirles, y si perseveran en la misma falta, privarles de la celebración y obligarles hasta con censuras y demás penas á su rigurosa observancia.
Es indudable que una misa celebrada con devoción excita á la devoción á cuantos la oyen: por el contrario, una misa dicha con precipitación y sin gravedad, hace perder la devoción á los que asisten á ella; y lo que es peor todavía, es que disminuye el respeto que se debe al santo sacrificio del altar y entibia la fe en un tan gran misterio. Y en verdad ¿cómo podría dejar de ser que un sacerdote que celebra sin devoción y sin respeto, precipitando y mutilando las palabras, las ceremonias, las genuflexiones, la señal de la cruz, las elevaciones de manos, las adoraciones y otras semejantes ceremonias, ó que las confunde con las palabras, ó que antepone y trunca los nombres, cómo, repito, podrá semejante sacerdote inspirar devoción y sentimientos de respeto á los asistentes que le observan? Quieren por lo regular los seglares salir de la iglesia lo mas pronto posible, pero aun esos mismos después de haber oído las misas celebradas con precipitación, quedan escandalizados de los sacerdotes que las han dicho.
Hay empero ciertos sacerdotes que se disculparán diciendo: Yo no omito ni las palabras ni las ceremonias: profiero las unas y hago las otras muy bien. Poco a poco; es preciso comprender que para decir bien la misa , no basta proferir todas las palabras, ni hacer todas las ceremonias prescritas por la rúbrica; no solo deben hacerse las mas esenciales , sí que también las menos importantes, porque todas ellas tienden á manifestar la dignidad del sacrificio: por esto quiere la Iglesia que todas las ceremonias que se hacen durante la acción del sacrificio sean preceptivas y de obligación rigurosa, conforme lo hemos manifestado ya, y que sean además practicadas con la gravedad que exige una acción tan santa. No basta pues decir la misa profiriendo todas las palabras y haciendo todas las ceremonias, sino que es preciso además celebrarla con la gravedad y lentitud necesarias, á fin de excitar en los demás el respeto que es debido al sacrificio; puesto que si se hace con precipitación, lejos de excitar la reverencia, solo se obtendrá el desprecio para con este gran sacrificio. He aquí porque, aun cuando el sacerdote pueda decir todas las palabras y hacer todas las ceremonias en menos de un cuarto do hora, no dejaría de pecar mortalmente, puesto que no podría dejar de hacerse culpable de una irreverencia grave, celebrando la misa sin la gravedad requerida.
La principal causa de que celebren los sacerdotes con tanta irreverencia, procede de que se dirigen al altar sin pensar siquiera en lo que van á hacer; lo que demuestra que se dirigen al altar por la miserable retribución que de ello les resulta, ó por cualquier otro motivo puramente humano. De esto se sigue que antes de celebrar, es hasta indispensable prepararse haciendo media hora, ó á lo menos un cuarto de hora (aunque es muy poco) de oración mental: seria muy bueno al hacerla meditar sobre la pasión de Jesucristo, puesto que va el sacerdote a renovar en et altar el sacrificio de la cruz.”
San Alfonso María de Ligorio. Advertencias a los sacerdotes del modo de celebrar dignamente la Misa y rezar el Oficio Divino con el respeto debido. Imprenta de Pons & C. Barcelona. 1857
