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De la reverencia con que debe celebrarse la Misa

Septiembre 26, 2009

“Todo el inmenso bien que produjo al mundo la Pasión de Jesucristo, le es igualmente procurado, como dice Sto. Tomás (in Ephes. 6), por cada Misa que se celebra: «quid quid est effectus dominicae; passionis, est effectus hujus sacrificii.» He aquí también lo que nos asegura la santa Iglesia: «Quoties hujus hostiae commemoratio recolitur, toties opus nostrae redemptionis exercetur.» (Orat. dom. post Pent.) En efecto, el Salvador, como dice el santo concilio de Trento (Sess. 22, cap. 2), que se sacrificó en la cruz por nuestra salvación, es el mismo que, por el ministerio del sacerdote, se sacrifica en el altar: «Una enim eademque est hostia, idem nunc offerens sacerdotis ministerio, qui seipsum in cruce obtulit, sola ratione offerendi diversa.» De este modo pues, así como bastó la pasión del Redentor para salvar al mundo, basta también una sola misa para salvarle : por esto dice el sacerdote al hacer la ablucion del cáliz: «Offerimus Ubi Domine, calicem salutaris, tuam deprecantes clementiam, ut in conspectu divinae majestatis tuae, pro nostra et totius mundi salute, cum odore suavitatis ascendat.»

Por el sacrificio de la cruz, nos obtuvo el Señor las gracias de la redención; pero por medio del sacrificio del altar, nos hace extensivo todo el fruto del de la cruz.

La pasión nos hizo susceptibles de recibir el efecto de los méritos de Jesucristo, pero la misa nos pone en posesión de ellos y nos procura los frutos de la pasión, como dice el concilio de Trento: «Missa habet proprium vi suae institutionis fructus passionis nobis applicare.» (Sess. 22, cap. 1, 2.)

Debemos pues persuadirnos de que es la misa la acción mas grande y santa que podemos ejercer en la tierra , y de que es también la mas útil por nuestro bien espiritual; ya que es pues la acción mas santa, es también la que debemos practicar con mas pureza interior y con la mayor devoción exterior posibles, según lo observa el mismo concilio de Trento : «Satis etiam apparet omnem operam in eo ponendam esse, ut quanta maxima fieri potest interiori cordis munditia, atque exteriori devotionis ac pietatis specie peragatur.» (Sess. 22, decr. de observ. in celeb., etc.)

De todo esto puede deducirse cuan grande es el castigo que merecen los sacerdotes que celebran la misa con grave irreverencia. En primer lugar se hacen culpables de esta grave irreverencia los que celebran con precipitación, como por ejemplo aquellos que dicen la misa en menos de un cuarto de hora. No puede esta precipitación ser exenta de pecado mortal, como dicen los doctores, aun cuando la misa fuese corta, aun cuando fuese una misa de difuntos ó de la Virgen.

El cardenal Lambertini (en la nota 34, n.° 30), así como Clericato, Roncaglia, Bisso, Gobati, Quarti y otros doctores, dicen comúnmente que la misa no debe durar mas de media hora , ni menos de veinte minutos, por no poder hacerse en menos tiempo todas las ceremonias prescritas por la rúbrica con la reverencia debida; y que si estuviera el sacerdote mas tiempo en su celebración solo lograría cansar á los asistentes. Por esto Roncaglia, Quarti, Pasqualigo y Gobati dicen muy acertadamente que aquel que celebra infra quadrantem, esto es, en menos de un cuarto de hora, no puede dejar de cometer falta grave. He aquí la razón de ello: todas las rúbricas relativas á lo que debe practicarse durante la misa son preceptivas, conforme lo hemos demostrado en nuestra teología moral; porque Pio V en su bula inserta en el misal, manda que se diga la misa «juxta ritum, modum, et normam, in missali praescriptam, in virtute sanctae obedientiae.» Esto sentado, debe convenirse en que se comete al menos una falla venial cada vez que se omite una ceremonia, ó que no se hace esta como corresponde: Concina, Wigandt, Roncaglia y Lacroix dicen con razón que si se fallaba á un gran número de estas ceremonias, aun cuando no fuesen en si de las mas principales, podría considerarse aquella falta como un pecado mortal.

Según esto, decimos nosotros, apoyados en la común opinión de los autores antes citados, que el que dice la misa en menos de un cuarto de hora, peca mortalmente, por no poder decir la misa el celebrante en tan breve espacio sin cometer graves desórdenes: tales son 1.° el de una grande irreverencia hacia el sacrificio; y 2.° el de un grave escándalo respecto al pueblo. En cuanto á la irreverencia hacia el sacrificio, ciertamente que la maldición que fulminó Dios por boca de Jeremías en el cap. 48 (así como el decreto dado por el concilio de Trento anteriormente citado «de observ. in cel. m.») debe sobre todo aplicarse á aquellos que ejercen descuidadamente las funciones relativas al culto divino, y en particular á los sacerdotes que celebran sin el respeto necesario. El que celebra la misa en menos de un cuarto de hora, debe cometer necesariamente muchas faltas, suprimiendo palabras ó confundiéndolas con las ceremonias , ya anticipándolas ó retrasándolas contra el orden prescrito por la rúbrica , ó bien haciendo mal á causa de la precipitación las bendiciones y genuflexiones. Todas estas faltas, aunque leves en particular, no dejan de hacer en conjunto que se celebre la misa con irreverencia grave.

Para tratar en segundo lugar del escándalo que ocasionan al pueblo los sacerdotes que tal hacen , debe considerarse lo que dice el concilio de Trento (sess. 22, cap. 5 de reform.), que las santas ceremonias, y en particular las de la misa, fueron instituidas para inspirar al pueblo el respeto y la veneración hacia el santísimo sacrificio do la misa. Por mas que los herejes se burlen y desprecien estas ceremonias, quiere Dios que se observen exactamente. En la antigua ley amenazó el Señor con hacer caer todas sus maldiciones sobre aquel que dejara de observar todas las ceremonias prescritas para los sacrificios, aun cuando aquellos sacrificios no fuesen mas que una pálida sombra y una débil imagen del sacrificio del altar: así pues ¿cuánto mas castigará Dios á los que hacen poco caso de las ceremonias de la misa? Santa Teresa decía: «Daría mi vida por una sola ceremonia de la iglesia.»

¿Y por qué hacer tanto caso de estas ceremonias? ya hemos dado anteriormente la razón de ello. Dice el concilio de Trento que las ceremonias fueron instituidas por la Iglesia, á fin de que hiciesen comprender á los fieles aquellos signos exteriores la majestad del sacrificio del altar y la grandeza de los misterios que en él son representados. «Ecclesia caeremonias adhibuit, ut majestas sancti sacrificii commendaretur, et mentes fidelium per haec visibilia religionis signa, ad rerum altissimarum, quae in hoc sacrificio latent, contemplationem excitarentur. » Sin embargo cuando se hacen esas santas ceremonias con la precipitación que necesariamente debe resultar empleando en ellas menos de un cuarto de hora, no solo no inspiran entonces devoción alguna, sino que hasta son causa de que no haga el pueblo ningún caso de tan gran sacrificio. No puede esta conducta librarse de un pecado grave por el grande escándalo que da el sacerdote al pueblo, puesto que lejos de inspirarle el mayor respeto hacia el santo sacrificio del altar, se le hace por el contrario perder mostrándole el desprecio con que él mismo lo mira. Mandó el concilio de Tours en 1583 que fuesen los sacerdotes debidamente instruidos en las ceremonias de la misa; veamos las causas que motivaron esta decisión: «Ne populum sibi commissum á devotione potius revocent, quam ad sacrorum mysteriorum venerationem invitent.»

Por esto también el mismo concilio de Trento (instit. decr. de obs. etc.) prescribió terminantemente á los obispos , que prohibieran á los sacerdotes todo aquello que pudiese menoscabar el respeto debido á los santos misterios ; añadiendo el concilio que la irreverencia en semejante materia debe casi considerarse como una impiedad; he aquí sus propias palabras: «De cernit sancta synodus, ut ordinarii locorum ea omnia prohibere sedulo curent, ac teneantur, quae irreverentiam (quae ab impietate vix sejuncta esse potest) inducit.» Observemos las palabras «curent ac teneantur » de las que se sigue que los obispos están obligados sub gravi á velar sobre este punto, y á informarse del modo con que se celebran las misas en sus diócesis; debiendo suspender de la celebración á cuantos no la digan con la reverencia que se requiere, Da el concilio sobre el particular á los obispos la delegación apostólica, hasta con respecto á los religiosos exentos: de modo que pueden y deben corregirles, y si perseveran en la misma falta, privarles de la celebración y obligarles hasta con censuras y demás penas á su rigurosa observancia.

Es indudable que una misa celebrada con devoción excita á la devoción á cuantos la oyen: por el contrario, una misa dicha con precipitación y sin gravedad, hace perder la devoción á los que asisten á ella; y lo que es peor todavía, es que disminuye el respeto que se debe al santo sacrificio del altar y entibia la fe en un tan gran misterio. Y en verdad ¿cómo podría dejar de ser que un sacerdote que celebra sin devoción y sin respeto, precipitando y mutilando las palabras, las ceremonias, las genuflexiones, la señal de la cruz, las elevaciones de manos, las adoraciones y otras semejantes ceremonias, ó que las confunde con las palabras, ó que antepone y trunca los nombres, cómo, repito, podrá semejante sacerdote inspirar devoción y sentimientos de respeto á los asistentes que le observan? Quieren por lo regular los seglares salir de la iglesia lo mas pronto posible, pero aun esos mismos después de haber oído las misas celebradas con precipitación, quedan escandalizados de los sacerdotes que las han dicho.

Hay empero ciertos sacerdotes que se disculparán diciendo: Yo no omito ni las palabras ni las ceremonias: profiero las unas y hago las otras muy bien. Poco a poco; es preciso comprender que para decir bien la misa , no basta proferir todas las palabras, ni hacer todas las ceremonias prescritas por la rúbrica; no solo deben hacerse las mas esenciales , sí que también las menos importantes, porque todas ellas tienden á manifestar la dignidad del sacrificio: por esto quiere la Iglesia que todas las ceremonias que se hacen durante la acción del sacrificio sean preceptivas y de obligación rigurosa, conforme lo hemos manifestado ya, y que sean además practicadas con la gravedad que exige una acción tan santa. No basta pues decir la misa profiriendo todas las palabras y haciendo todas las ceremonias, sino que es preciso además celebrarla con la gravedad y lentitud necesarias, á fin de excitar en los demás el respeto que es debido al sacrificio; puesto que si se hace con precipitación, lejos de excitar la reverencia, solo se obtendrá el desprecio para con este gran sacrificio. He aquí porque, aun cuando el sacerdote pueda decir todas las palabras y hacer todas las ceremonias en menos de un cuarto do hora, no dejaría de pecar mortalmente, puesto que no podría dejar de hacerse culpable de una irreverencia grave, celebrando la misa sin la gravedad requerida.

La principal causa de que celebren los sacerdotes con tanta irreverencia, procede de que se dirigen al altar sin pensar siquiera en lo que van á hacer; lo que demuestra que se dirigen al altar por la miserable retribución que de ello les resulta, ó por cualquier otro motivo puramente humano. De esto se sigue que antes de celebrar, es hasta indispensable prepararse haciendo media hora, ó á lo menos un cuarto de hora (aunque es muy poco) de oración mental: seria muy bueno al hacerla meditar sobre la pasión de Jesucristo, puesto que va el sacerdote a renovar en et altar el sacrificio de la cruz.”

San Alfonso María de Ligorio. Advertencias a los sacerdotes del modo de celebrar dignamente la Misa y rezar el Oficio Divino con el respeto debido. Imprenta de Pons & C. Barcelona. 1857

Cuan dulce sea en la vida y en la muerte el nombre de María

Septiembre 11, 2009

“El excelso nombre de María que recibió la divina Madre, no fue hallado en la tierra ni inventado por el entendimiento ó arbitrio de los hombres, como sucede en todos los otros nombres que se ponen, sino que bajó del cielo y fue impuesto por divina ordenación, como lo atestiguan S. Jerónimo, S. Epifanio, S. Antonino y otros.

Del tesoro de la divinidad, exclama Ricardo de San Lorenzo, ¡Oh Maria! salió vuestro excelso y admirable nombre; pues toda la santísima Trinidad, prosigue diciendo el mismo autor, os dio un nombre tan grande, que es superior á todo nombre después del nombre de vuestro Hijo, y le enriqueció de tanta majestad y poder, que al proferirse vuestro nombre, quiere que postrados le reverencien el cielo, la tierra y el infierno.

Pero entre las restantes prerrogativas que el Señor concedió al nombre de Maria, veamos ahora cuan dulce le haya hecho para los siervos de esta santísima Señora, así en la vida como en la muerte.

Y en primer lugar, tocante al tiempo de la vida, decía el santo anacoreta Honorio, que el nombre de María está henchido de dulzura divina.

De modo que el glorioso S. Antonio de Padua reconocía en el nombre de María la misma dulzura que S. Bernardo consideraba en el nombre de Jesús.

El nombre de Jesús, decía, éste: el nombre de Maria, replicaba el otro. El nombre de esta Virgen Madre es júbilo para el corazón, miel para la boca y melodía para el oído de sus devotos.

Refiérese en la vida del venerable P. Juvenal Ancina, obispo de Saluso, que al pronunciar el nombre de María percibía una dulzura sensible tan extraordinaria que se lamía también los labios.

Se lee igualmente que una mujer en Colonia dijo al obispo Marsilio, que cuando profería el nombre de María, sentía en la boca un sabor más dulce que la miel.

Y practicándolo en adelante Marsilio, experimentó también la misma dulzura. Se colige de los sagrados Cantares que en la Asunción de la Virgen preguntaron tres veces los ángeles por su nombre: ¿Quién es esta que va subiendo por el desierto como una columnita de humo? En otro lugar: ¿Quién es esta que va subiendo cual naciente aurora? En otro: ¿Quién es esta que sube del desierto rebosando delicias? A cuyo propósito dice Ricardo de S. Lorenzo: ¿Por qué preguntan tan repetidas veces los ángeles por el nombre de esta Reina? y responde: Era tan dulce aun para los ángeles el oír resonar el nombre de Maria, que por eso multiplican sus preguntas.

Más yo no hablo aquí de esta dulzura sensible, porque ésta no se concede comúnmente á todos; sino de la dulzura saludable de consuelo, de amor, de alegría, de confianza y de fortaleza que este nombre de Maria comunica comúnmente a todos aquellos que con devoción lo pronuncian. Hablando de este asunto el abad Francon dice: que después del sacrosanto nombre de Jesús, el nombre de Maria es tan rico de bienes, que en la tierra y en el cielo no resuena otro nombre del cual las almas devotas reciban tanta gracia, esperanza y dulzura. Pues el nombre de Maria, prosigue, encierra en sí un no sé qué de admirable, de dulce y de divino, que cuando conviene a los corazones amigos, infunde en ellos olor de santa suavidad. Y lo maravilloso de este gran nombre es, así concluye, que aunque le oigan mil veces los amantes de Maria, siempre le escuchan con nuevo deleite, experimentando siempre la misma dulzura al oírle pronunciar.

Hablando igualmente de esta dulzura el B. Enrique Suson, decía: que nombrando á María sentía reanimada de tal suerte su confianza, y ardiente su amor con tal gozo, que entre el regocijo y las lágrimas con que pronunciaba tan amado nombre, deseaba que el corazón le saltase del pecho por la boca: pues afirmaba que este dulcísimo nombre como un panal de miel se le derretía en lo interior del alma; por lo cual exclamaba: ¡O suavísimo nombre! ¡O María! ¿Cual seréis vos misma, si solo vuestro nombre es tan amable y gracioso?

Dirigiendo sus palabras á su buena Madre el enamorado S. Bernardo le dice con ternura: ¡O grande, ó piadosa, ó digna de toda alabanza, santísima Virgen María! vuestro nombre es tan dulce y amable, que no puede pronunciarse sin que deje inflamado de amor hacia vos y hacia Dios á quien le profiere; bastando que acuda al pensamiento de vuestros amantes, para encenderlos mucho mas en vuestro amor y consolarlos a. Y si las riquezas consuelan á los pobres, porque les alivian en sus miserias, ¡ó cuanto mas nos consuela á nosotros miserables, dice Ricardo de S. Lorenzo, vuestro nombre, ó Maria, cuando mucho mejor que las riquezas de la tierra nos alivia en las angustias de la presente vida!

En suma, vuestro nombre ¡ ó Madre de Dios! está lleno de gracias y de bendiciones divinas, como dice san Metodio. De tal modo, que según atestigua S. Buenaventura, vuestro nombre no puede ser pronunciado sin que acarree alguna gracia al que devotamente le nombra. Supóngase un corazón endurecido cuanto se quiera, desconfiado á mas no poder, dice el Idiota, si éste os nombrare, ¡ ó benignísima Virgen! es tanta la virtud de vuestro nombre, que él ablandará admirablemente su dureza; porque vos sois la que alentáis á los pecadores á fundar la esperanza de perdón y de gracia.

Vuestro dulcísimo nombre, en frase de S. Ambrosio, es un bálsamo oloroso que exhala olor de gracia divina. Ruega el Santo á la divina Madre, diciéndole, que destile en lo íntimo de nuestras almas este bálsamo de salud. Como si dijera: haced, Señora, que nos acordemos á menudo de pronunciar vuestro nombre con amor y confianza; porque el nombraros, ó es señal de poseer ya la divina gracia, ó realmente es prenda de su próxima recuperación.

Pues si el recordar vuestro nombre , oh María , como discurre Landolfo de Sajonia, consuela á los afligidos , vuelve al camino de la salud á los que andan desviados de él, y conforta á los pecadores, no hay para que abandonarse á la desesperación.

 Y dice el P. Pelbarto, que así como Jesucristo con sus cinco llagas trajo al mundo el remedio de sus males, igualmente María con su santísimo nombre , que está compuesto de cinco letras, comunica cada día el perdón á los pecadores

Por eso el santo nombre de Maria es comparado al aceite en los sagrados Cantares: Bálsamo derramado es tu nombre.

Compárase la gloria de su nombre, dice en su comentario el B. Alano, al aceite derramado. Así como el aceite sana á los enfermos, esparce olor y enciende la llama, así el nombre de María sana á los pecadores, recrea á los corazones y los inflama en el divino amor.

Por lo cual Ricardo de S. Lorenzo anima á los pecadores, á que acudan á este gran nombre, porque él solo basta para curarlos de todos sus males, diciendo que no hay enfermedad tan maligna que al instante no ceda á la fuerza de este nombre.

Al contrario los demonios, afirma Tomás de Kempis, temen de tal suerte á la Reina del cielo, que al oír su nombre huyendo quien le profiere como de un fuego que abrasa.

La misma bienaventurada Virgen reveló á santa Brígida que no hay en esta vida pecador tan tibio en el divino amor, que invocando su santo nombre, con propósito de enmendarse, no ahuyente de él al demonio. Y se lo confirmó otra vez diciéndole, que todos los demonios sienten tal respeto y temor á su nombre, que al oírle resonar desprenden luego del alma las uñas con que la tenían asida.

Y así como se alejan los ángeles rebeldes de los pecadores que invocan el nombre de Maria, por el contrario, dijo la misma nuestra Señora a Sta. Brígida, los ángeles buenos se acercan mucho más á las almas justas que devotamente lo profieren.

Y atestigua S. German que así como el respirar es señal de vida, el pronunciar á menudo el nombre de Maria es señal ó de vivir ya en la divina gracia ó de que presto vendrá la vida; pues este poderoso nombre tiene virtud de alcanzar el auxilio y la vida á quien devotamente le invocare.

En suma, este admirable nombre, añade Ricardo de San Lorenzo, es como una torre fortísima, en la cual acogiéndose el pecador se librará de la muerte; porque esta torre celestial defiende y salva á los pecadores mas perdidos.

Pero torre de fortaleza, que no solo libra á los pecadores del castigo, sino que defiende también á los justos de los asaltos del infierno. Así dice el mismo Ricardo, afirmando que, después del nombre de Jesús, no hay nombre en quien se halle tanto favor ni que comunique tanta salud á los hombres, como el gran nombre de María.

Y por general y común experiencia de los devotos de Maria, sábese que su excelso nombre da especial fuerza para vencer las tentaciones contra la castidad. Reflexionando el mismo autor sobre las palabras de S. Lucas: el nombre de la Virgen era María, dice, que estos dos nombres de Maria y de Virgen los reúne el Evangelista para darnos á entender que el nombre de esta purísima doncellita no debe ir jamás separado del de la castidad.

 Por lo cual afirma S. Pedro Crisólogo que el nombre de María es indicio de castidad. Queriendo decir, que quien anduviere perplejo acerca de haberse prestado a las tentaciones impuras, si recordare haber invocado el nombre de María, obtendrá una señal cierta de no haber ofendido la castidad.

Por lo cual valgámonos siempre del bello consejo de S. Bernardo, que dice: En todos los peligros de perder la divina gracia, pensemos en Maria, invoquemos á Maria juntamente con el nombre de Jesús, pues estos dos nombres van siempre estrechamente unidos.

No se aparten jamás estos dos dulcísimos y poderosísimos nombres de nuestro corazón ni de nuestra boca; porque ellos nos darán fuerza para no descaecer y para vencer todas las tentaciones.

Son magníficas las gracias que ha prometido Jesucristo á los devotos del nombre de María, como él mismo hablando con su santa Madre lo hizo entender á Sta. Brígida, revelándole que quien invocare el nombre de María con confianza y propósito de la enmienda, recibirá tres gracias, esto es, un perfecto dolor de sus pecados, la satisfacción de ellos, y la fortaleza para llegar a la perfección ; y además de esto y finalmente la gloria celestial. Porque, añadió el divino Salvador, son tan dulces y amadas, ó Madre mía, para mí tus palabras, que no puedo negarte lo que me pides.

Llega en suma á decir S. Efrén que el nombre de Maria es la llave de la puerta del cielo para quien devotamente le invoca.

 Y por esto tiene razón S. Buenaventura de llamar á Maria salud de todos los que la invocan.

Como si fuera lo mismo invocar el nombre de Maria que alcanzar la salud eterna; porque afirma el Idiota, que la invocación de este santo y dulce nombre conduce para alcanzar una gracia sobreabundante en esta vida y una gloria sublime en la otra.

 Si deseareis pues, ó hermanos, concluye Tomás de Kempis con estas notables palabras, hallar consuelo en todo trabajo, acudid á María, invocad á María, obsequiad á María, recomendaos á María. Con María regocijaos, con María llorad, con María rogad, con María caminad, con María buscad á Jesús. Con Jesús y María finalmente desead vivir y morir. Haciéndolo así, dice, siempre adelantareis en los caminos del Señor; pues María rogará gustosa por vosotros, y el Hijo ciertamente escuchará a la Madre.

Muy dulce es pues ya en esta vida el santísimo nombre de María para sus devotos por las gracias sumas que como hemos visto les alcanza. Pero más dulce se les hará en la hora suprema, por la dulce y santa muerte que les alcanzará.

El P. Sertorio Caputo exhortaba á todos los que auxiliaban á algún moribundo que repitieran á menudo el nombre de María, diciendo que este nombre de vida y esperanza pronunciado en la muerte, basta para disipar á los enemigos y para confortar á los moribundos en todas sus angustias.

Igualmente S. Camilo de Lelis dejó muy recomendado á sus religiosos que recordasen á menudo á los moribundos el invocar el nombre de María y de Jesús, como él realmente lo practicó siempre con los demás; pero mas dulcemente lo practicó después consigo mismo en la hora de la muerte, en la cual, según se refiere en su vida, invocaba con tanta ternura los amados nombres de Jesús y de María, que inflamaba de amor aun al que le escuchaba.

Y en fin con los ojos fijos en tan adoradas imágenes, los brazos cruzados, espiró con aspecto y paz celestial, siendo las últimas palabras de su vida la invocación de los dulcísimos nombres de Jesús y de Maria.

Esta breve invocación de los nombres sacrosantos de Jesús y de María, dice Tomás de Kempis, que es tan fácil de retener en la memoria, cuanto es dulce para considerarla, y fuerte al propio tiempo para proteger á quien la usa de todos los enemigos de su eterna salud.

¡Bienaventurado, decía S. Buenaventura, el que ama tu dulce nombre, ó Madre de Dios! Es tan glorioso y admirable tu nombre, que todos los que se acuerdan de invocarle en el trance de la muerte no temen los asaltos de los enemigos.

¡Oh quien tuviera la dicha de morir como murió el P. Fr. Fulgencio de Ascoli, capuchino, el cual espiró cantando: ¡Oh María!  ¡Oh María la más hermosa de las criaturas! quiero ir en vuestra compañía.

O también como murió el B. Enrique Cisterciense, del cual se refiere en los Anales de su orden, que acabó la vida articulando el nombre de María.

 Roguemos pues, devoto lector mío, roguemos á Dios nos conceda la gracia, de que la última palabra que expresen nuestros labios en la hora de la muerte sea el nombre de Maria: como lo deseaba y rogaba S. German.

 ¡Oh muerte dulce, muerte segura, la que anda acompañada y protegida del nombre de salud, que Dios no permite invocar en la muerte sino á los que quiere que se salven!

¡Oh dulce Señora y Madre mía! yo os amo con toda mi alma, y amándoos á vos amo también vuestro santo nombre. Propongo y espero con vuestra ayuda, invocarle siempre en la vida y en la muerte.

Para gloria pues de vuestro nombre, concluyamos con la tierna súplica de S. Buenaventura: Cuando mi alma dejare este mundo salid al encuentro, bendita Señora, y recibidla en vuestros brazos.

No rehuséis, ó Maria, sigamos rogando con el Santo, venir á consolarla entonces con vuestra dulce presencia. Sed vos su escala y camino para el cielo. Alcanzadle la gracia y el perdón y el eterno descanso.

Y concluye después el Santo diciendo: ¡ Oh María abogada nuestra! a vos toca defender a vuestros devotos, y tomar a vuestro cargo sus causas delante del tribunal de Jesucristo.

Ejemplo.

Refiere el P. Rhó en sus Sábados, y el P. Lireo en su Trisagio Mariano, que en el ducado de Güeldres hacia el año 1465, una doncella llamada Maria fue mandada un día por su tío al mercado de la ciudad de Nimega á comprar algunas cosas, con orden de quedarse por la noche en casa de otra tía que vivía allí. Obedeció la niña, pero yendo por la tarde á encontrar á su tía, esta la desechó groseramente: por lo cual tomó otra vez el camino para regresar á su casa; mas haciéndosele de noche por el camino, llena de cólera llamó en alta voz al demonio. Apareciósele éste en forma de hombre, y le ofreció ayudarla con tal que hiciese una cosa.— Todo lo haré, respondió la infeliz.—Solo quiero, dijo el enemigo, que de hoy en adelante no te persignes con la señal de la cruz y que te mudes el nombre. Respondió ella: — En cuanto á la cruz, enhorabuena, no me persignaré mas; pero estimo mucho mi nombre de Maria y no quiero trocarlo por otro.—Y yo tampoco te ayudaré, dijo el demonio.—En fin, después de muchos debates convinieron en que se llamase con la primera letra del nombre de Maria, esto es, Eme. Y con esto partieron para Amberes; y estuvo la infeliz seis años con tal maldito compañero, llevando una vida tan malvada que era el escándalo de la ciudad. Un día dijo ella al demonio que deseaba volver á ver su patria; el enemigo lo repugnaba, pero en fin hubo de consentir. Entrando los dos en la ciudad de Nimega, hallaron que allí se representaba una ópera de la vida de Maria santísima. Á vista de esto la pobre Eme, por aquella poca devoción que había conservado á la Madre de Dios, empezó á llorar.—¿Qué hacemos aquí? dijo entonces el compañero. ¿Quieres que hagamos aquí otra comedia?—Cógela para sacarla de aquel lugar, mas ella se resistía; por lo cual indignado al ver que iba á perderla, levántala en el aire y la deja caer en medio del teatro. Entonces la infeliz contó el hecho. fue á confesarse con el cura, éste la envió al obispo de Colonia, y el obispo al papa; el cual habiéndola oído en confesión, le dio de penitencia que llevase continuamente tres aros de hierro , uno en el cuello y dos en los brazos. Obedeció la penitente, y llegando á Maestrich se encerró en un monasterio de Arrepentidas, donde vivió catorce años en ásperas penitencias; y una mañana al levantarse de la cama, halló rotos por sí mismos los tres aros, y dos años después murió en olor de santidad: y quiso ser enterrada con aquellas mismas tres argollas que de esclava del infierno la habían vuelto feliz esclava de su libertadora.

ORACIÓN.

¡Oh gran Madre de Dios, y Madre mía María! aunque indigno de nombraros, vos que me amáis y deseáis mi salud, conceded, os suplico, á mis labios, bien que inmundos, el don de poder invocar en mi socorro vuestro santísimo y poderosísimo nombre, pues él es el auxilio del que vive y la salud del que muere.

¡Ah! María purísima, María dulcísima, haced que vuestro nombre sea de hoy en adelante el aliento de mi vida. Señora, no tardéis en socorrerme cuando os llamare, pues que en todas las tentaciones que me combatieren, en todas las necesidades que me ocurran, no quiero dejar jamás de invocaros, repitiendo siempre: María, María.

 Así espero hacerlo en vida, así espero hacerlo particularmente en la muerte, para ir después de ella á alabar eternamente en el cielo vuestro amado nombre: ¡ O clementísima, ó piadosa , ó dulce Virgen Maria!

¡Ah Maria, amabilísima Maria, y qué consuelo, qué dulzura, qué confianza, qué ternura siente mi alma solo en nombraros, solo en pensar en vos!

Doy gracias á mi Dios y Señor que os ha dado para mi bien este nombre tan dulce, tan amable y tan poderoso.

Pero, Señora, yo no me contento con solo nombraros, yo quiero nombraros excitado por el amor; quiero que el amor me ponga en la memoria el nombraros á todas horas: sí, para exclamar yo también con S. Anselmo: ¡O nombre de la Madre de Dios! tú eres el amor mío.

¡O querida mía, Maria! ¡ó amado mío, Jesús! vivan pues siempre en mi corazón y en el de todos, vuestros dulcísimos nombres.

Olvídese mi memoria de todos los demás nombres, para recordar únicamente é invocar siempre vuestros nombres adorados.

¡Ah Jesús mí Redentor y Madre mía María! cuando llegare el punto de mi muerte en que deberá mi alma salir de esta vida, concededme por vuestros méritos la gracia de formar las últimas voces, diciendo y repitiendo: Os amo, Jesús y María, Jesús y María os doy el corazón y el alma mía.”

San Alfonso María de Ligorio. Las glorias de María. Libr. Católica de Pons y Ca. 1850.

 

La Inmaculada y la Santísima Trinidad (3)

Diciembre 8, 2008

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

María preservada por ser Esposa del Espíritu Santo

Si el Padre debió preservar a María del pecado por ser su Hija, y el Hijo debió preservarla porque iba a ser su Madre, también el Espíritu Santo debía preservarla, pues era su Esposa.

María –dice san Agustín– fue la única que mereció ser llamada madre y esposa de Dios.

Como asegura san Anselmo, “el Espíritu de Dios, vino corporalmente, por así decirlo, a María, para enriquecerla de gracia sobre todas las criaturas y moró en ella e hizo a su esposa reina del cielo y de la tierra”.

Dice que vino a ella corporalmente en cuanto a lo inmenso de su amor, pues vino a formar de su cuerpo inmaculado, el inmaculado cuerpo de Jesús, como lo dijo el Arcángel: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti” (Lc 1, 35).

“Por eso –afirma santo Tomás– se le llama a María templo del Señor, sagrario del Espíritu Santo, porque por obra del Espíritu Santo fue transformada en Madre del Verbo Encarnado”.

Si un excelente pintor tuviera la esposa tan bella como él la pintara ¿qué diligencia no pondría en representarla lo más hermosa que se pudiera imaginar? ¿Quién podrá decir que el Espíritu Santo haya obrado de otro modo con María, y que pudiendo hacerse esta esposa tan hermosa como él quisiera, no la haya hecho? La hizo cual le convenía como lo atestigua el mismo Señor cuando, alabando a María, le dice: “Eres toda hermosa, amiga mía, y no hay mancha alguna en ti” (Ct 4, 7). Estas palabras, dice san Ildefonso y santo Tomás, se entienden propiamente de María.

Y san Bernardino de Siena, con san Lorenzo Justiniano, afirma que se refieren precisamente a su Inmaculada Concepción. Por eso el Idiota le dice: “Eres toda hermosa, Virgen gloriosísima, no en parte sino del todo; y no hay en ti mancha de pecado ni mortal, ni venial ni original”.

Lo mismo quiso indicar el Espíritu Santo cuando llamó a esta su esposa huerto cerrado y fuente sellada: “Huerto cerrado eres, hermana y esposa mía, huerto cerrado y fuente sellada” (Ct 4, 12).

María, dice san Jerónimo, es ese huerto cerrado y esa fuente sellada, porque los enemigos no entraron en ella jamás a turbarla o a ultrajarla, sino que siempre estuvo ilesa, santa en el alma y en el cuerpo. Ni con ningún engaño ni fraude pudo prevalecer contra ella el enemigo.

San Bernardo le dice algo parecido: “Tú eres huerto cerrado, en el que no pusieron las manos los pecadores para arrasarlo”.

María, obra maestra y predilecta del Espíritu Santo

Este Esposo divino amó más a María de lo que la pueden amar todos los ángeles y santos juntos. Él, desde el principio la amó y la exaltó con santidad superior a la de todos, como lo expresa David: “Su fundación sobre los montes santos; ama el Señor las puertas de Sión más que todas las moradas de Jacob… Un hombre ha nacido en ella, quien la funda es el mismo Altísimo” (Sal 86, 1-2-5). Palabras que parecen significar que María fue santa desde su Inmaculada Concepción. Lo mismo quiere decir el Espíritu Santo en otros lugares: “Muchas hijas han amontonado riquezas, pero tú las superas todas” (Pr 31, 29). Y es que María ha superado a todas en riquezas de gracia porque ha tenido hasta la justicia original, como la tuvieron los ángeles y Adán y Eva. “Innumerables son las doncellas, única es mi paloma, mi perfecta. Ella la única de su madre, la preferida de la que la engendró” (Cr 6, 8-9). El hebreo dice: “íntegra, mi inmaculada”. Todas las almas son hijas de la gracia divina, pero entre éstas María es la paloma sin la hiel de la culpa, la perfecta sin mancha original, la única concebida en gracia.

Así es que el Arcángel, antes de ser Madre de Dios, ya la encontró llena de gracia, que por eso la saludó diciéndole: “Dios te salve, llena de gracia”. Y comenta Sofronio diciendo que a los demás santos se les da la gracia en parte, mientras que a la Virgen se le dio del todo. De manera que, como dice santo Tomás, la gracia no sólo santificó el alma de María, sino también su cuerpo, a fin de que pudiera la Virgen vestir con él al Verbo eterno. Todo esto lleva a comprender que María desde el primer instante de su concepción fue enriquecida por el Espíritu Santo con la plenitud de la gracia. Así argumentó Pedro de Celles: “La plenitud de la gracia se concentró en ella, porque desde el primer instante de su concepción, por la infusión del Espíritu Santo, quedó colmada de la gracia de Dios”. Dice san Pedro Damiano: “Habiendo sido elegida y predestinada por Dios, debía ser por completo poseída por el Espíritu Santo”. Dice el santo “poseída por completo” como para indicar la celeridad con que el Divino Espíritu la hizo su esposa sin consentir que Lucifer la poseyese.

María, exenta del débito del pecado

Quiero terminar este discurso en el que me he extendido más que en los otros, porque nuestra humilde Congregación tiene por su principal patrona a la Santísima Virgen María precisamente bajo el título de su Inmaculada Concepción. Quiero terminar resumiendo brevemente las razones que demuestran con toda certeza esta verdad tan piadosa y de tanta gloria para la Madre de Dios, que ella ha sido preservada inmune de la culpa original.

Hay muchos doctores que han defendido que María ha estado exenta de contraer el débito del pecado. Y en efecto, si en la voluntad de Adán como cabeza de todos los hombres estaban incluidas las voluntades de todos, como sostienen autores apoyados en el texto de san Pablo: “Todos en Adán pecaron” (Rm 5, 12), sin embargo María no contrajo la deuda del pecado, porque habiéndola distinguido Dios con su gracia sobre el común de los hombres, debemos creer que en la voluntad de Adán al pecar no pudo estar incluida la voluntad de María.

Esta sentencia la abrazo como la más gloriosa para mi Señora. Y tengo por cierta la sentencia de que María no contrajo el pecado de Adán, y no solamente por cierta sino como próxima a ser definida como dogma de fe, como lo aseguran también muchos. Además de las revelaciones que confirman esta sentencia, especialmente las hechas a santa Brígida, aprobadas por el cardenal Torquemada y por cuatro sumos Pontífices, como se lee en varios pasajes del libro sexto de dichas revelaciones. No puede omitir las palabras de los santos padres tan concordes en reconocer este privilegio a la Madre de Dios. Dice san Ambrosio: “Recíbeme no de Sara; sino de María para que sea virgen incorruptible, pero virgen, por haber sido por gracia de Dios inmune de toda mancha de pecado”. Orígenes dice hablando de María: “No se vio infectada por el aliento de la venenosa serpiente”. San Efrén la aclama: “Inmaculada y del todo libre de cualquier mancha de pecado”.

San Agustín, comentando las palabras del Ángel: “Dios te salve, llena de gracia”, escribe: “Con estas palabras se demuestra que estuvo absolutamente excluida de la ira de la primera sentencia y que recibió la plenitud de toda gracia y bendición”. San Jerónimo: “Aquella espiritual nube, nunca estuvo en tinieblas, sino siempre investida de luz”. San Cipriano o quien sea el autor: “No era justo que aquel vaso de elección estuviera sujeto a la común mancha, porque siendo muy distinta de los demás, comunicaba con ellos en la naturaleza, pero no en la culpa”. San Anfiloquio: “El que crió a la primera virgen sin mancha, también creó a la segunda sin ninguna mancha de pecado”. Sofronio escribe: “La Virgen se llama inmaculada, porque no tiene ninguna corrupción”. San Ildefonso afirma: “Consta que ella estuvo inmune del pecado original”. San Juan Damasceno: “La serpiente no tuvo entrada a este paraíso”. Y san Pedro Damiano: “La carne de la Virgen procede de Adán, pero no admitió las culpas de Adán”. “Esta es la tierra incorruptible –dice san Bruno– que bendijo el Señor, libre por tanto de todo contagio de pecado”. San Buenaventura escribe: “Nuestra Señora estuvo llena de toda gracia previniente en su santificación, gracia preservadora contra el hedor de la culpa original”. San Bernardino de Siena: “No se puede creer que el mismo Hijo de Dios quisiera nacer de la Virgen y tomar su carne si estaba manchada de algún modo con la mancha del pecado original”.

San Lorenzo Justiniano asegura: “Fue colmada de todas las bendiciones desde su concepción”. El Idiota, glosando las palabras: “Has encontrado gracia”, dice: “Encontraste gracia muy especial, oh Virgen dulcísima, porque la tuviste desde que te viste preservada del pecado original”. Y lo mismo dicen tantos doctores.

Pero las razones que aseguran la verdad de esta sentencia en última instancia son dos. El primero es el consentimiento universal de los fieles. Todas las Órdenes y Congregaciones de la Iglesia siguen esta sentencia. Pero sobre todo lo que debe persuadir que nuestra sentencia es conforme al común sentir de los Católicos, es lo que dice el Papa Alejandro VII en la célebre bula Sollicitudo omnium ecclesiarum, del año 1661, en que se afirma: Se acrecentó más y se propagó la piedad y el culto hacia la Madre de Dios… de manera que, poniéndose las universidades a favor de esta sentencia –es decir, la que afirma la Inmaculada Concepción– ya casi todos los católicos la abrazan”. Y de hecho esta sentencia la defienden las universidades de La Sorbona, Alcalá, Salamanca, Coimbra, Colonia, Maguncia, Nápoles, y de otras muchas, en las que cada doctor se obliga con juramento a defender a la Inmaculada. Este argumento, escribe el célebre obispo D, Julio Torni, es del todo convincente, pues si el común sentir de los fieles da certeza de que María ya era santa desde el seno de su madre, y es garantía de la Asunción de María en cuerpo y alma al cielo ¿por qué este común sentimiento de los fieles no ha de garantizar la verdad de su Concepción Inmaculada?

Y el otro argumento que nos certifica la verdad de la exención de la Virgen de la mancha original, es la celebración universal ordenada por la Iglesia de su Concepción Inmaculada. Y acerca de esto yo veo por una parte que la Iglesia celebre el primer instante en que fue creada su alma e infundida en su cuerpo, como lo declara Alejandro VII en la bula citada, en la que se expresa que la Iglesia da a la Concepción de María el mismo culto que le da a la piadosa sentencia que afirma es concebida sin pecado original. Por otra parte entiendo ser cierto que la Iglesia no puede celebrar nada que no sea santo, conforme lo declaran los papas san León y san Eusebio que dice: “En la Sede Apostólica siempre se ha conservado sin mancha la religión católica”. Así lo enseñan todos los teólogos con san Agustín, san Bernardo y santo Tomás, el cual para probar que María fue santificada antes de nacer, se sirve del argumento de la celebración de su nacimiento por parte de la Iglesia, y reflexiona así: “La Iglesia celebra la Natividad de la Santísima Virgen; ahora bien, en la Iglesia no se celebra nada que no sea santo; luego la Santísima Virgen fue santificada en el seno de su madre”. Pues si es cierto que María fue santificada en el seno de su madre porque la Iglesia celebra su nacimiento ¿por qué no hemos de tener por cierto que María fue preservada del pecado original desde el instante de su concepción sabiendo que la Iglesia celebra precisamente esto?

Para confirmar la realidad de este gran privilegio de María son conocidas las gracias innumerables y prodigiosas que el Señor se complace en otorgar todos los días en el reino de Nápoles por medio de las estampas de la Inmaculada Concepción. Podría referir muchas de esas gracias de las cuales han sido testigos los padres de nuestra misma Congregación, pero quiero referir sólo dos que son verdaderamente extraordinarias.

San Alfonso María de Ligorio – Las Glorias de María

Cuánto merece ser amado Jesucristo por el amor que nos mostró en la institución del Santísimo Sacramento del Altar

Marzo 22, 2008

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SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

(1696-1787)

Sabiendo Jesús que era llegada su hora de pasar de este mundo al Padre, como hubiese amado a los suyos, los amó  hasta el extremo.

Sabiendo nuestro amantísimo Salvador que era llegada la hora de partir de esta Tierra, antes de encaminarse a morir por nosotros, quiso dejarnos la prenda mayor que podía darnos de su amor, cual fue precisamente este  don del Santísimo Sacramento.

Dice San Bernardino de Siena que las pruebas de amor que se dan en la muerte quedan más grabadas en la memoria y son las más apreciadas.

De ahí que los amigos, al morir, acostumbren dejar a las personas queridas en vida un don cualquiera, un vestido, un anillo, en prenda de su afecto.

Pero Vos, Jesús mío, al partir de este mundo, ¿Qué nos dejasteis en prenda  de vuestro amor? No ya un vestido ni un anillo, sino que nos dejasteis vuestro cuerpo, vuestra sangre, vuestra alma, vuestra divinidad y a Vos mismo, sin reservaros nada. “Se te ha dado por entero – dice san Juan Crisóstomo -, no reservándose para sí”

Según el concilio de Trento, en este don de la Eucaristía quiso Jesucristo derramar sobre los hombres todas las riquezas del amor que tenían reservadas.

Y nota el Apóstol que Jesús quiso hacer este regalo a los hombres en la misma noche en que éstos maquinaban su muerte.

San Bernardino de Siena opina que Jesucristo, “ardiendo de amor a nosotros y no  contento con aprestarse a dar su vida por nuestra salvación, se vio como forzado por el ímpetu del amor a ejecutar antes de morir la obra más estupenda, cual era darnos en alimento su cuerpo”.

Por eso santo Tomás llamaba a este sacramento sacramento de caridad, prenda de caridad.

Sacramento de amor, porque sólo el amor fue el que impulsó a Jesucristo a darse a nosotros en él; y prenda de amor porque, si alguna vez dudáramos de su amor, halláramos de él una garantía en este sacramento.

Es como si hubiera dicho nuestro Redentor al dejarnos este don: ¡Oh almas!, si alguna vez dudáis de mi amor, he aquí que me entrego a vosotros en este sacramento; con tal prenda a vuestra disposición, ya no podréis tener duda de mi amor, y de mi amor extraordinario.

Más lejos va todavía san Bernardo al llamar a este sacramento amor de los amores, pues este don encierra todos los  restantes dones que el Señor nos hizo, la creación, la redención, la predestinación a la gloria, porque como canta la Iglesia, la Eucaristía no sólo es prenda del amor que Jesucristo nos tiene, sino también prenda del Paraíso que quiere darnos.

Por eso san Felipe Neri llamaba a Jesucristo en el Santísimo Sacramento con el nombre de amor, y al cabo de su vida, cuando le llevaron el viático, exclamó: “He aquí el amor mío, dame a mi amor”

Quería el profeta Isaías que por todas partes se pregonasen las amorosas invenciones de nuestro Dios para hacerse amar de los hombres; pero ¿Quién jamás se hubiera imaginado, si Dios no lo hubiera hecho, que el Verbo encarnado quedara bajo las especies de pan para hacerse alimento nuestro?

¿No suena a locura – dice san Agustín – decir: Comed mi carne y  bebed mi sangre? Cuanto Jesucristo reveló a sus discípulos este sacramento que nos quería dejar, resistíanse a creerlo y se apartaban de Él, diciendo: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Duro es este lenguaje. ¿Quién sufre el oírlo? 

Pues bien, lo que los hombres no podían pensar ni creer, lo pensó y ejecutó el grande amor de Jesucristo. Tomad y comed, dijo a sus discípulos, y en ellos a todos nosotros; tomad y comed, dijo antes de salir a su pasión.

Pero ¡Oh Salvador!, y  ¿cuál es el alimento que antes de morir no queréis dar? Tomad y comed – me respondéis -, este es mi cuerpo; no es éste  alimento terreno, sino que soy Yo mismo quien me doy todo a vosotros.

¡Oh, y qué ansias tiene Jesucristo de unirse a nuestra alma en la sagrada comunión! Con deseo deseé comer esta Pascua  con vosotros antes de padecer, así dijo en la noche de la institución de este sacramento de amor. Con deseo deseé: así le hizo exclamar el amor inmenso que nos tenía, comenta san Lorenzo Justiniano.

Y, para que con mayor facilidad pudiéramos recibirlo, quiso ocultarse bajo las especies de pan. Si se hubiera ocultado bajo las apariencias de un alimento raro o de subido precio, los pobres quedarían privados de él; pero no; Jesucristo quiso quedarse bajo las especies de pan,  que es barato y todos los pueden hallar, para que todos y en todos los países lo puedan hallar y recibir.

Para que nos resolviéramos a recibirlo en la sagrada comunión, no sólo nos exhorta a ello con repetidas invitaciones: Venid a comer de mi pan y bebed del vino que he mezclado.

Comed, amigos; bebed y embriagaos, queridos, sino que también nos lo impone como precepto: Tomad y comed; éste es mi cuerpo. Y para inclinarnos a recibirlo, nos alienta con la promesa del Paraíso: El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna. El que come este pan vivirá eternamente. 

En suma, a quien no comulgare, lo amenaza con excluirlo del Paraíso y lanzarlo al Infierno: Si no comiereis la carne del Hijo del hombre y bebiereis su sangre, no tendréis vida en nosotros. Estas invitaciones, estas promesas y estas amenazas nacen todas del gran deseo que tiene de unirse a nosotros en este sacramento.

Mas, ¿por qué desea tanto Jesucristo que vayamos a recibirlo en la sagrada comunión? He aquí la razón.

El amor, en expresión de san Dionisio, siempre aspira y tiende a la unión y, como dice Santo Romas, “los amigos que se aman de corazón quisieran estar de tal modo unidos que no formaran más que uno solo”

Esto ha pasado con el inmenso amor de  Dios a los hombres, que no esperó a dárselo por completo en el Reino de los Cielos, sino que aun en esta Tierra se dejó  poseer por los hombres con la más íntima posesión que se pueda imaginar, ocultándose bajo apariencias de pan en el Santísimo Sacramento.

Allí está como tras de un muro y desde allí nos mira como a través de celosías. Aun cuando nosotros no lo veamos, Él nos mira desde allí, y allí se halla realmente presente, para permitir que lo poseamos, si bien se oculta para que lo deseemos. Y hasta que no lleguemos a la patria celestial, Jesús quiere de este modo entregarse completamente a nosotros y vivir así unido con nosotros.

No bastó a su amor el haberse dado por completo al género humano en su encarnación y en su pasión, muriendo por todos  los hombres, sino que inventó el modo de darse todo a cada uno de nosotros, para lo que instituyó el sacramento del altar, a din de unirse a cada uno de nosotros, como Él mismo dijo: El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece y  yo en él.

En la sagrada comunión, Jesús, se une al alma y el alma a Jesús, siendo esta unión no de mero afecto, sino muy  real y verdadera. Ello hizo decir a San Francisco de Sales: “en ninguna obra puede considerarse al Salvador ni más tierno ni más amoroso que en ésta, en la que se aniquiló, por decirlo así, y se redujo a alimento para penetrar nuestras almas y  unirse enteramente al corazón y hasta al cuerpo de sus fieles.”

Dice san Juan Crisóstomo que Jesucristo, por el ardiente amor que nos confesaba, quiso unirse de tal manera a nosotros, que no fuéramos más que una sola y misma cosa.

Hablando san Lorenzo Justiniano de Jesús, le dice: “¡Oh Dios!, enamorado de nuestras almas, por medio de este  sacramento dispusiste que tu corazón y el nuestro fueran un solo corazón inseparablemente unidos”.

Y san Bernardino de Siena añade que “el dársenos Jesucristo en alimento fue el último grado del amor, porque unión más cabal y completa no  puede darse cual la que hay entre el manjar y quien lo come.” ¡Oh cuánto se complace Jesucristo en estar unido con nuestra alma!

El mismo lo dijo cierto días, después de la sagrada comunión, a su querida sierva Margarita de Iprés: “¡Mira, hija mía, la hermosa unión que entre nosotros existe; ámame , en adelante permanezcamos siempre unidos en el amor y no nos separemos ya más!”

Siendo esto así, habíamos de confesar que el alma no puede hacer ni pensar cosa más grata a Jesucristo que hospedar en  su corazón, con las debidas disposiciones, a huésped de tanta majestad, porque de esta manera se une a Jesucristo, que  tal es el deseo de tan enamorado Señor.

He dicho que hay que recibir a Jesús no con las disposiciones dignas, sino con  las requeridas, porque, si fuese menester es digno de este sacramento, ¿Quién jamás pudiera comulgar? Sólo un Dios  podría ser digno de recibir a un Dios.

 Digo dignas en el sentido en que convienen a la mísera criatura  vestida de la pobre  carne de Adán. Ordinariamente hablando, basta que el alma se halle en gracia de Dios y con vivo deseo de aumentar en ella el amor a Jesucristo. “Solo por amor se ha de recibir a Jesucristo en la sagrada comunión, ya que sólo por amor se entrega Él a nosotros”, dice san Francisco de Sales. Por lo demás, con qué frecuencia haya de comulgar cada uno, debe resolverse según el prudente dictamen del director espiritual. Sépase, con todo, que ningún estado o empleo es obstáculo para la comunión frecuente cuando el director la juzga oportuna, como declaró el pontífice Inocencio XI en su decreto del año 1679,  en que dice: “La comunión más o menos frecuente queda al juicio del confesor, quien indicará lo que sea más conveniente.”

Téngase también muy entendido que no hay cosa que más aproveche al alma que la sagrada comunión. El Eterno Padre  puso en manos de Jesucristo todas sus divinas riquezas; de ahí que, al bajar Jesús al alma en la comunión, lleva consigo inmensos tesoros de gracia, por lo que todo el que comulga puede decir verdaderamente: Vinieron me todos con ella los  bienes a una. Dice san Dionisio que el sacramento de la eucaristía, tiene más que los restantes medios espirituales, suma virtud santificadora de las almas. Y san Vicente Ferrer aseguraba que más aprovecha el alma con una sola comunión que con un semana de ayuno a pan y agua.

Primeramente, como enseña el sagrado concilio de Trento, la comunión es el gran remedio que nos libra de los pecados  veniales y nos preserva de los mortales. Dícese que nos libra de los pecados veniales, porque sentir de santo Tomás, este  sacramento inclina al hombre a hacer actos de amor, con los que se borran los pecados veniales. Y se dice que la comunión nos preserva de los pecados mortales porque aumenta la gracia, que nos preserva de las culpas graves, razón por la cual escribía Inocencio III que “si Jesucristo nos libró con su pasión de la esclavitud del pecado, con la eucaristía nos libra de la voluntad de pecar” Además, este sacramento inflama principalmente a las almas en el amor divino. Dios es amor y es fuego que consume en nuestros corazones todo afecto terreno. Este fuego del amor vino el Hijo del hombre a encender en la Tierra. ¡Ah, y qué llamas de divino amor enciende Jesucristo en cuantos lo reciben devotamente en este sacramento! Santa Catalina de Siena vio cierto día en manos de un sacerdote a Jesucristo en forma de globo de fuego, y quedó admirada la Santa al ver cómo aquellas llamas no inflamaban y consumía en amor todos los corazones de los hombres. Santa Rosa de Lima, después de comulgar, despedía tales rayos del rostro, que deslumbraban la vista, y desprendía tal calor de su boca, que abrasaba la mano de quien se le acercaba. Cuéntase de san Wenceslao que con sólo visitar en la iglesia al Santísimo Sacramento se  inflamaba tanto en santo ardor, que el paje que lo acompañaba caminando sobre la nieve, no sentía los rigores del frío; y es que, según San Juan Crisóstomo, “la eucaristía es una hoguera que de tal modo inflama a los que a ella se acercan que  como leones que echan fuego por la boca debemos levantarnos de aquella mesa, hechos fuertes y terribles contra los demonios”:

Decía la Esposa de los Cantares: Me condujo a la casa del vino, enarbolando sobre mi el pendón del amor. Escribe san Gregorio Niseno que la comunión es la bodega, donde el alma de tal modo queda embriagada de amor divino, que la hace como enloquecer y perder de vista todas las cosas criadas; que esto significa aquel languidecer de amor del que a continuación nos habla la esposa: Reanimadme con manzanas, porque estoy enferma de amor.

Habrá quien diga: Por eso, precisamente, no comulgo más a menudo, porque me veo frío en el amor; y a este tal le  responde Gersón diciendo: “¿Y porque te ves frío quieres alejarte del fuego?” cabalmente porque sientes helado tu corazón debes acercarte más a menudo a este sacramento, siempre que alimentes sincero deseo de amar a Jesucristo. “Acércate  a la comunión – dice san Buenaventura – aun cuando te sientas tibio, fiándolo todo de la misericordia divina, porque cuanto más enfermo se halla uno, tanta mayor necesidad tiene del médico.” Cosa igual decía san Francisco de Sales: “Dos clases de personas tienen que comulgar con frecuencia: los perfectos, por hallarse bien dispuestos,  y los imperfectos, para llegar  a la perfección” Pero no hay que olvidar que para comulgar  frecuentemente se necesita tener grandes deseos de santificarse y crecer en el amor a Jesucristo. El Señor dijo en cierta ocasión a San Matilde: “Cuando te acerques a  comulgar, desea tener en tu corazón todo el amor que se puede encerrar en él, que Yo te lo recibiré como tú quisieras que fuese”

AFECTOS Y SÚPLICAS

¡Oh Dios de amor!, ¡oh amante infinito y digno de infinito amor!, decidme: ¿Qué más invenciones pudieras hallar para haceros amar de nosotros?

No os bastó haceros hombres y sujetaros a nuestras miserias; no os bastó derramar por todos nosotros la sangre a fuerza de tormentos y después morir consumado de dolores en el patíbulo destinado a los reos más infames.

Acabasteis por ocultaros bajo las especies de pan para haceros nuestro alimento y así unirnos por completo con cada uno de nosotros.

Decidme, os pregunto nuevamente, ¿Qué más invenciones pudierais hallar para haceros amar de nosotros?

¡Desgraciados si no os amaramos en esta vida, porque al entrar en la eternidad, cuáles no serían nuestros remordimientos!

Jesús mío, no quiero morir sin amaros, y sin amaros con todas mis fuerzas.

Siento dolor por haberos causado tanta pena; me arrepiento de ello y quisiera morir de puro dolor.

Ahora os amo sobre todas las cosas, os amo más que a mí mismo y os consagro todos los afectos de mi corazón.

Vos que mi inspiráis este deseo, dadme fortaleza para llevarlo a la práctica.

Jesús mío, Jesús mío, no quiero de Vos otra cosa sino a Vos; ya que me habéis atraído a vuestro amor, todo lo dejo y renuncio a todo para unirme a Vos, pues Vos solo me bastáis.

María, Madre de Dios, rogad a Jesús por mí y hacedme santo; vos que a tantos trocasteis de pecadores en santos, renovad otra vez este prodigio con vuestro siervo.

Práctica de amor a Jesucristo. San Alfonso María Ligorio.