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Nuestra Señora del Rosario

Octubre 7, 2009

Torre de David, que está fabricada con baluartes: mil escudos cuelgan de ella. (Cant IV, 4)

1. Con solo mencionar el vasto y cuadrado edificio que surge majestuoso de la cima del santo monte de Sion, las vistosas almenas que coronan sus perfiles, los estrellados baluartes en él flanqueados, y sobre todo, los escudos, corazas, yelmos, espadas y todo linaje de armaduras que de todos lados cuelgan á millares, y, reflejando en el bruñido acero, deslumbran al espectador con su centelleo; con esto y no mas ya echaréis de ver, hermanos míos, que tenemos delante la tan famosa torre de David, esa torre tan celebrada en los sagrados Cantares: Turris David quae edificata est cum propugnaculis: mille clypei pendent ex ea.

2. Tampoco tenemos necesidad de recurrir á cien intérpretes sagrados, á cien teólogos, ascéticos, panegiristas, Padres griegos y latinos, que hablan de esta torre, en sentido ora histórico y literal , ora alegórico y misterioso, para en ella reconocer prefigurada á la Virgen, Madre de Dios, los que desde niños nos acostumbramos á invocarla bajo un tal símbolo. En vano el monstruo infernal probó de mancillarla en su primer instante. En vano furibundos é impíos sectarios, reacios á la luz de la verdad, intentaron denigrar sus excelsas prerrogativas. Firme é inmóvil ella en todos tiempos á los embates de sus enemigos, humilló de todos el orgullo, y de todos, para su eterno baldón, llevó y cimbró á lo alto los despojos. Mas, entre estos gloriosos trofeos que tan espléndidamente figuran en la real torre, y á mas de las rotas ó arrebatadas á sus enemigos, vense brillar, atadas en haces y primorosamente colocadas las de nuestros enemigos á quienes puso ella en derrota.

3. ¿Quién ignora que esto lo hace ella por medio del Rosario, de que fue institutora y maestra para bien de toda la cristiandad? Y para convencernos más y más de ello, ¿no basta traer á la memoria ó las victorias reportadas por este medio eficacísimo, ó la manera misma de reportarlas, ó por último su continuación? Me explicaré mas claro. María, valiéndose del Rosario, triunfa de nuestros enemigos: punto 1.° María triunfa de ellos del modo más conveniente á la Madre del Redentor: punto 2. ° María extiende á todo tiempo y va continuando siempre su triunfo: punto 3.°—El 1.° servirá para mostrar el verdadero origen de la institución del Rosario. El 2.° penetrará en la naturaleza é índole del Rosario. El 3.° descubrirá las principales ventajas que derivan del buen uso del Rosario. En menos palabras: hablaré de su eficacia, práctica y utilidad, que es cuanto me parece á propósito para que os forméis una idea cabal de aquella devoción que profesáis y que os ha impulsado á celebrar con tanta magnificencia esta alegrísima fiesta: Ave María.

Primera parte: María, valiéndose del Rosario, triunfa de nuestros enemigos.

4. No os figuréis, hermanos míos, que, para haceros ver como María, movida de las oraciones de que se compone lo que llamamos Rosario, humilla la avilantez de nuestros fieros enemigos, vaya yo a contaros por su orden las victorias que ella ha reportado en el curso de seis siglos á favor de los fieles que la han devotamente invocado bajo un tal título. Ciñome á hablaros únicamente de las que os descubrirán el verdadero origen de la institución del Rosario. En el siglo XIII, ¡ay! cuán calamitoso y funesto para la Iglesia hallábase toda la Francia dividida en varias sectas de herejes. Estos, á trueque de abatir y expugnar la incontaminada fe que profesamos, formaron una liga impía y un cuerpo solo é indiviso en la impiedad, tomando el nombre de Albigenses. ¿Cómo podría yo, sin horror, apuntaros siquiera el lamentoso estado en que paró aquel reino? Cual anchuroso río que, henchido y soberbio, ó por disolución de las nieves ó por las avenidas de deshechas lluvias, se desborda de las márgenes y riberas, y con el lleno de sus ruinosas é insultantes aguas se precipita bramando sobre los campos abiertos; así corría por la Francia la impía herejía con tan repentina y violenta inundación que estremeció y dejó azorado á todo el cristianismo. Ya, desdeñando los confines de un solo reino, y engrosando siempre mas en su carrera, se extendía por varias partes de Europa. Los Sacramentos habían quedado envilecidos y despreciados. Corrían por las manos del pueblo ignorante infieles versiones de los Libros santos. Habianse abierto á la mas descarada disolución abominables congresos; y bajo el manto de un aparente rigor, cobraban cada día mas soltura la licencia y desenfreno.

5. Ni el ardiente celo de los Obispos, ni la celebración de varios concilios, ni la autoridad de los Pontífices bastaron á poner un remedio á tantos males. Antes bien, creciendo en perfidia los contumaces albigenses, y dispuestos á sustentar á sangre y fuego los perniciosos errores que mal podían sustentar con la razón, formaron un ejército que subía á más de cien mil combatientes. Sembrado estaba en el corazón de los católicos el terror de estas armas que amenazaban á la vez la Religión y el Estado, y de la suerte de una y otro había de decidir el éxito incierto de la batalla.

6. ¿Quién será capaz de disipar este enjambre de desertores? ¡Ah! no conocéis bastante el invencible poder de María, si de ello dudáis. La que en los Cantares es llamada terrible como un ejército dispuesto en orden de batalla, corrió presurosa al socorro de sus hijos, y «toma, dice á Domingo, en el acto de entregarle por « vez primera el Rosario, toma esta espada de santidad y salud; «que, manejándola, triunfarás de los enemigos de mi pueblo:» Accipe gladium sanctum… in quo dejicies adversarios populi mei… No fue vana la promesa. El rezo del Rosario, que acababa de instituirse para exterminio de la herejía, correspondió maravillosamente al designio de la gran Madre. Fue como la espada de Gedeon, que con tanta sangre tiñera en otro tiempo las vastísimas campiñas de los madianitas. En efecto: si tan formidable ejército de herejes fue hecho trizas, ello fue debido á la virtud del Rosario, antes que á la fuerza y á las armas materiales que tomó el Catolicismo. María capitaneaba desde lo alto las filas católicas, y á semejanza del ínclito jefe de los Macabeos, singulos armavit, non clypeo, hasta, munitione; sed sermonibus optimis. Á cada uno de sus heroicos guerreros les armó, no ya de escudo, lanzas u otros instrumentos guerreros; sed sermonibus optimis, sino de un Rosario, precioso conjunto de oraciones celestiales y eficacísimas para aterrar y vencer las huestes enemigas. Dada que fue la señal de batalla, les alentó á combatir con esta nueva divisa. Les habríais visto lanzarse contra los herejes, á manera de leones; derribar con impetuosidad unas sobre otras las filas enemigas espantadas y puestas en desorden; y, haciendo resonar por entre la confusa gritería de los moribundos el sacratísimo nombre de María, levantar montes de cadáveres albigenses. Sí: en breve tiempo consiguieron una completa y portentosa victoria; victoria que, a mas de dar la suspirada salvación á un reino entero, fue á la vez el triunfo de nuestra fe.

7. ¡Oh Virgen fuerte, magnánima y valiente! Razón tenemos de cantar en loa vuestra: Cunctas haereses sola interemisti in universo mundo. Vos sois la formidable enemiga de la herejía; Vos estáis empeñada en preservarnos del contagioso hálito de aquel monstruo; Vos triunfáis de él con ilustres victorias.

8. Ahora, pues, si la devoción del Rosario desde su nacimiento tan útil fue á la Iglesia, ¿será extraño que la Santa Sede la aprobase y ya desde entonces halagase á todos los fieles con el premio de las indulgencias á abrazarla?

9. Más no fueron los solos herejes los que experimentaron contra sí la virtud del Rosario. Experimentáronla también los infieles. Testimonio das de ello á la posteridad, asaz ignominioso para ti, feroz musulmán. Cuando tus inmensas escuadras surcaban los encrespados espacios del mar Jónico, creíste ya desplegar tus lunadas enseñas sobre nuestras riberas. Mas no tardaste en arrepentirte, bien que en vano, de tu temerario ardimiento, cuando, visitadas las galeras turcas por los rayos de un sol enemigo y luego envueltas en las tinieblas de densa humareda, se vieron puestas en desorden y revuelta, quedando parte reducidas á cenizas en medio de las olas, parte engullidas por el mar embravecido, parte en poder del vencedor. ¡Oh! ¡qué estrago te causaron los católicos aquel dial Cuarenta mil de los tuyos perecieron en la gran lucha, y diez mil quedaron prisioneros, salvándose á duras penas unos cuantos que pudiesen anunciar al soberbio y desdeñoso Selim II el triste fin de una batalla que hizo célebres en la historia á las islas del Adriático. Pero ¿cómo pudo ser que en cuatro horas de batalla naval fuese derrotada una flota tan poderosa? ¿No se trataba allí de aquel formidable Selim II, que poco antes, faltando con perfidia á sus juramentos, se había apoderado de la isla de Chipre? ¿No era él, que después de saqueadas con gran daño de la cristiandad muchas islas del Mediterráneo, se internaba furibundo en el Adriático? ¿No era él, que ávido de la Italia, la tenia consternada por el inminente peso y sonrojo del yugo otomano? Para haceros cargo de todo esto, recapacitad lo que á este propósito la santa Iglesia recuerda todos los años á sus ministros. Entre las muchas é importantes ventajas, dice, que de la felicísima institución del Rosario derivaron en la república cristiana, cuéntase con razón la memorable victoria que de los turcos reportaron el santo pontífice Pío V y los príncipes cristianos. Esta se consiguió el mismo día en que las congregaciones del Rosario hacían sus rogativas por todo el mundo. No fue, pues, obra de los hombres tan solo. Con ellos combatía María invocada con el Rosario al tiempo mismo de darse la batalla. Fue ella la que sembró el desorden y terror en el ejército infiel. Fue ella la que ahuyentó y dispersó al insolente enemigo. Por ella también en Hungría triunfó Carlos VI en el pasado siglo de una infinidad de turcos que le presentaron batalla.

10. Estas ilustres victorias parécenme semejantes á la que contra los amalecitas reportó el pueblo de Israel; pues, así como entonces vencían los israelitas cuando Moisés en la cumbre de un collado cercano levantaba las manos al cielo, así los ejércitos cristianos triunfaban de sus enemigos cuando en otras partes con el rezo del Rosario se levantaban hacia María las voces y corazones.

11. Y, para que de tan prodigiosas victorias quedase perenne en el mundo la memoria, el sumo pontífice Gregorio XIII instituyó y mas tarde Clemente XI extendió á toda la Iglesia su anual solemnidad.

12. No dudo, hermanos míos, que os habrá causado grata maravilla la relación de los triunfos que contra nuestros enemigos ha conseguido la Virgen, devotamente invocada por medio del Rosario. Sin embargo, aun no he hablado de lo mas admirable de estos triunfos, esto es, de la manera de reportarlos, que, si bien la consideramos, veremos ser la mas conveniente á la Madre del Redentor.

Segunda parte: María triunfa de nuestros enemigos del modo más conveniente á la Madre del Redentor.

13. Así como, siempre que en esta tierra el Salvador daba á alguno la salud del cuerpo, le daba á la vez, como advierten los santos Padres, la del alma; así la Madre de Dios atiende al bien de nuestras almas en el acto de favorecernos temporalmente: aun mas, por el mismo medio que nos hace conseguir completa victoria de los enemigos del cuerpo, nos hace triunfar al propio tiempo de los del alma. Para conocer bien esta verdad nos es preciso, hermanos míos, penetrar en la naturaleza é índole del Rosario.

14. Es sin duda el Rosario la más excelente de las prácticas devotas y la más gloriosa para la Virgen de cuantas se excogitaren para honrarla. Las dos maneras de orar, con la mente ó de palabra, que aun separadas son de tanto prez y eficacia, se hermanan en el Rosario, y juntas con su prez recogen sus virtudes. La oración mental, de suyo más perfecta que la vocal, recibe del objeto nueva nobleza. Y ¿qué objeto se le puede ofrecer mas grande que los misterios augustísimos del Redentor, y la vida santísima de María? La vocal aquí llega á lo sumo de su excelencia. El Padre nuestro y el Ave María, aquel enseñado por Jesucristo, y esta en que Dios habla por medio de Gabriel, Isabel y la santa Iglesia, son, como sabemos, dos oraciones que exceden de mucho á todas las demás. Mas, cuanto mas excelente se nos muestra por sí mismo el Rosario, tanto mas glorioso es también para la Virgen: no solo porque esta práctica va extendiéndose por todo el mundo católico, ó porque cuenta entre sus asociados muchos emperadores y príncipes, ó porque la han acompañado incesantes milagros; sino mucho mas porque por medio del Rosario los fieles repiten los mas gloriosos títulos de María. El llamarla tantas veces Madre de Dios vale tanto como encerrar en dos palabras todas sus virtudes, grandezas, glorias y prerrogativas: ello es un epílogo de los raros encomios, de los sorprendentes y magníficos títulos con que á porfía la exaltan la Iglesia y los santos Padres: ello la enaltece á un orden superior á toda simple criatura.

15. Un ejercicio de devoción tan excelente y tan glorioso para la Virgen, ya conocéis, hermanos míos, que exige de los fieles que lo practiquen con las debidas disposiciones: y no es necesario os advierta que no podría ser del agrado de María ni de provecho para nosotros, si en el acto mismo de rezar el Rosario nuestras acciones desmintiesen nuestras palabras, ó estas á aquellas. El desarrollo de estas dos proposiciones os hará confesar, como á pesar vuestro, que María con proveernos por el Rosario de un medio de triunfar de los enemigos de esta tierra, nos obliga saludablemente á mantenernos libres de culpa y fervorosos en las obras de santidad.

16. Las acciones desmienten las palabras, cuando lo que hacemos está en discordancia con lo que vamos diciendo. Reflexionad bien lo que decís cuando rezáis el santísimo Rosario. ¿Qué es lo que queréis dar á entender á todos los que os ven en semejante acto? ¿No protestáis sin embozo que estáis consagrados al amor y servicio de la gran Madre, cuya intercesión tantas veces imploráis en las repetidas Ave Marías? Y ¿no seria, pregunto yo, desmentir con las obras las palabras, si llevaseis una vida contraria á esta vuestra pública profesión? ¿Cómo podría avenirse con el amor de la Virgen, esplendente espejo de justicia, el amor del pecado? ¿Cómo con su servicio el indigno y vilísimo yugo de las pasiones? ¿Cómo la afectuosa devoción de la Madre con las continuas ofensas del Hijo? Así que, para rezar el Rosario del modo debido, es menester tener el alma limpia de culpa. Pero, rezando el Rosario, aun decís más. Decís y pedís que se os infunda el primitivo espíritu de religión que reinaba en tiempo de su institución. Cuando hacéis mención de los misterios de gozo, ó de dolor, ó de gloria, declaráis á la Virgen acompañarla en ellos. Si queréis, pues, que las obras correspondan á las palabras, es necesario que, participando de sus alegrías, renunciéis á los falsos goces del licencioso mundo; toda vez que el hombre atollado en los placeres vedados no puede entrar á participar de los gozos celestiales : que, al condoleros de sus trabajos, sobrellevéis animosos los de que está sembrada nuestra vida; ya que quien con la Virgen gime, debe imitar su heroica paciencia y fortaleza de ánimo en las aflicciones : y que, contemplando su gloria, trabajéis con gran fervor y constancia por merecer la eterna bienaventuranza ; pues nadie puede de buena fe alegrarse con María por la gloria que disfruta en el cielo, sin desear de veras ir á hacerle compañía entre los escogidos.

17. Ved ahí lo que produce la devoción del Rosario. Y ved ahí en ello un modo de triunfar que conviene á la Madre del Redentor á preferencia de cuantos pueda idear el humano pensamiento. Ella triunfa de nuestros enemigos; mas para este triunfo se sirve de una espada tan terrible y poderosa contra los enemigos, como grata y saludable para nosotros. Nosotros nos alegramos de ver derrotados y rendidos á nuestros enemigos; María además se alegra de ver santificadas nuestras almas.

18. Pero los que honran á María con el Rosario, deben también guardarse de que sus palabras no desmientan sus obras. Esto sucede, cuando lo que decimos está en pugna con lo que hacemos. Sucede, si, mientras rezáis el santo Rosario, no guardáis reverencia en el cuerpo, ó se distrae el espíritu en otros pensamientos terrenos y vanos. En tal caso ¡ay! bien podría la Virgen quejarse de vosotros, como en otro tiempo se quejó Dios del pueblo de Israel: Populus hic labiís me honorat; cor autem corum longe est a me. Y, si el rezo verbal del Rosario debe ir acompañado del corazón y del recogimiento interior; por poco que espíritu y pensamiento, corazón y afecto armonicen con lo que van profiriendo vuestros labios, echaréis de ver la estrecha necesidad de aplicaros con toda el alma al sumo é importantísimo negocio de vuestra salvación. ¿Cómo, en efecto, podréis pedir de corazón tan reiteradamente que sea santificado por doquiera el nombre del Altísimo, sin cuidaros de que lo sea en vosotros mismos por medio de un tenor de vida santo y cristiano? ¿Cómo acelerar el advenimiento de su reino, y no curaros de adquirirlo? ¿Cómo invocar tan á menudo la intercesión de María, y no emplear todo medio de merecerla? ¿Cómo, invocando la augustísima Trinidad, abriros paso entre las angelicales jerarquías, sin sentiros fuertemente impelidos á imitar la santidad de los Ángeles?

19. Queda manifestado, por tanto, que la devota práctica del Rosario, rezado empero del modo debido, va tan indisolublemente encadenado con nuestra santificación, que por su medio la Virgen no solo pone en derrota á los ejércitos enemigos, sí que también nuestras pasiones; haciéndose de este modo muy parecida á su divino Hijo.

20. ¡Ah! ya que ahora los herejes é infieles no toman las armas contra nosotros, siga ella triunfando á lo menos de nosotros mismos.

Tercera parte: María extiende á todo tiempo y va continuando siempre su triunfo.

21. Con razón el santo Job llama una milicia la vida que llevamos acá abajo. Si queremos vivir como justos y trabajar por la consecución de los bienes eternos, levántanse mil enemigos para retraernos de nuestro santo y loable propósito. No solo hemos de combatir contra el demonio y el mundo; sino, lo que es más difícil, contra nosotros mismos. Cuando se trata de obrar la salvación de nuestras almas, nosotros mismos somos los enemigos más contumaces y difíciles de resistir. Nuestras pasiones inquietas é impacientes del freno de la razón, nuestra lamentable ceguera en lo tocante al alma y á su salvación, nuestra misma inconstancia, son los enemigos que mas cruda guerra nos mueven. Así es que no basta que la Reina del cielo triunfe solo alguna vez de los enemigos del alma y de nosotros mismos: necesitamos que un tal triunfo sea estable é incesante. Ahora, pues, la duración de un tal triunfo depende de la continua y atentísima protección de María. Y esta nos la asegura la verdadera y bien practicada devoción del Rosario.

22. Los obsequiosos fieles que le ofrecen en comunidad el tributo del Rosario, no creáis que formen una mera asamblea de personas reunidas para honrarla; sino una asamblea de hijos suyos. Por esto ella se da por obligada á tratarles como tales y mostrárseles, en efecto, verdadera Madre. Y ¿cómo una Madre tan amorosa podría dejar de proteger á sus hijos? ¿Cómo dejar de ayudarles, si se lo piden de continuo? Y ¿qué otra-cosa piden en el Rosario, al rezar el Ave María, sino que les proteja en el curso y término de su vida?

23. Por público edicto veían los míseros israelitas cercano y casi inevitable su exterminio, cuando, ascendido el orgulloso y fiero Aman á la mas alta privanza, abusó de la gracia del rey de Persia, Asuero. Afortunadamente lograron tomara su defensa ante el Monarca su predilecta Ester, la mas agraciada á los ojos del mismo. Esta con sus ademanes humildes y obsequiosos dio tal ascendiente á sus súplicas, que consiguió se suspendiese el golpe fatal y cayese el anatema sobre los mismos que lo fraguaran. Afortunadamente también nosotros, tristes hijos de Eva, tenemos ante el Altísimo en la Reina del cielo una abogada y medianera la mas tierna, poderosa y agraciada, para alejar de nosotros aquellos males que el enemigo infernal y nuestras rebeldes concupiscencias amenazan á cada instante atraer sobre nosotros, fraguando de continuo nuestra perdición. Para empeñarla á reprimir sus esfuerzos, inutilizar sus asechanzas y arterías, y hacer delante de Dios por nosotros lo que en favor del pueblo hebreo hizo la ínclita Ester delante del Monarca persa, ¡cuánto valen los ruegos que á este fin se la dirigen en el Rosario! Este es el medio eficaz y seguro de alcanzar de la común Mediadora cuanto pedimos.

24. Llámolo en primer lugar eficaz. Entre todas las hermandades del Rosario que se hallan esparcidas por todo el cristianismo, media un santo comercio tan estrecho y recíproco, que todas participan de los bienes de cada una, y cada una de los bienes de todas. De aquí resulta que ningún asociado ruega solo á la Virgen que le proteja á la sombra de su real manto; sino que los ruegos de cada uno adquieren á la vez el valor de los ruegos de los demás. Y si, como afirma san Ambrosio, es imposible que los ruegos de muchos queden desestimados; si, por infalible sentencia del Evangelio, solo dos que se unan para pedir en nombre y para gloria de Dios, conseguirán sin falta lo que demandan; ¿quién podrá creer que la Madre de misericordia deje de oír á tantos millares de personas de todo estado, sexo y edad como en el orbe católico hay inscritas en el Rosario, las cuales le piden juntas las ampare y ayude en esta vida y sobre todo en la hora terrible de la muerte ? ¡Ah! harto eficaz es tamaño modo de rogarla para que reste temor de no quedar consolados.

25. Más no es tan solo eficaz. Me atrevo á decir que es segura la consecución de cuanto pedimos. No se contentó el Salvador divino de repetir muchas veces á sus fieles el precepto de la oración; sino que, á fin de que se les oyese con toda seguridad, quiso además enseñarles la fórmula de orar, y dictarles y ponerles en los labios las peticiones: Sic, ergo vos orabitis. Asimismo la Virgen no solo convida á sus hijos á rogarla; sino que, instituyendo el Rosario, les enseñó aquel modo de dirigirle sus súplicas que mas se aviene á su maternal corazón, y con que todo se puede impetrar de ella con seguridad. ¿Cómo, pues, podrá dudar de conseguir su amoroso patrocinio quien de corazón se lo pide por medio de aquel Rosario que á este objeto introdujo ella en el mundo? Sabemos que lo consiguieron aquellos afortunados fieles á quienes por vez primera fue publicado el Rosario por santo Domingo. Sus frecuentes y admirables conversiones, sus penales y hasta públicas austeridades, los ejemplos de todas las virtudes cristianas, su tenor de vida acompañado de tan delicada pureza de alma, que, como atestigua un historiador de aquellos tiempos, se los hubiera creído mas bien Ángeles que seres mortales, eran señales manifiestas de que la Virgen les protegía desde lo alto de los cielos. Y, si á ellos les protegió con incesante premura; si tan pronto oyó á los primeros cofrades de aquel Rosario de que fue primera Institutora y Maestra; ¿por qué con toda seguridad no os ha de defender y asistir también á vosotros, siempre que les imitéis en el verdadero modo y espíritu de rezarle?

26. Pero aun tengo otra razón mas fundada para prometer á quien quiera emplearse debidamente en la devota práctica del Rosario la continua protección de María. Es tan sabida como veraz la aserción del melifluo Abad de Claraval, de que queda asegurada la salvación de aquel por quien la Virgen ruegue una sola vez: Eternum vae non sentiet pro quo semel oraverit María. De lo que se desprende que, desde el momento en que María ruegue por nosotros siquiera una sola vez, toma ya á su cargo el prestarnos en todo tiempo ayuda y defensa. Ahora bien: ¿quién osará pensar que la Madre dulcísima de clemencia pueda mostrarse y ser tan dura é inexorable, por decirlo así, que jamás llegue á rendirse á las súplicas que todos los instantes le dirigen sus hijos? Y ¿podrase sospechar que ni una sola vez quiera escucharles, cuando tantas veces cada uno por todos y todos por cada uno repiten: Ora pro nobis? ¡Ah! ¡Lejos de nosotros tan negra idea! Reemplácela la de rendir homenaje á María por las estupendas victorias que reportó, por el modo admirable de reportarlas, y por la seguridad que todos tenemos de que sigue reportándolas á cada momento. Las victorias demuestran el verdadero origen, ya de la institución, ya de la presente festividad del Rosario. El modo de reportarlas es adecuado á la Madre del Salvador. La continuación de las mismas descubre las ventajas que el Rosario trae al Cristianismo. De todo lo cual se deduce la eficacia, práctica y utilidad del Rosario.

21 Á Vos, ó gran Reina del universo, á Vos, invocada devotamente en el Rosario, se debe la gloria de haber vencido á los herejes é infieles: á Vos, la gloria de haber vencido los enemigos de nuestras almas: á Vos, la gloria de vencerles todavía. Por piedad, querida Madre amantísima, no os canséis de glorificar de este modo vuestra mano benéfica y vuestro brazo tan poderoso para defendernos: Glorifica, glorifica manum et brachium dexterum. Y, si queréis en este día tan glorioso para Vos una clara muestra de vuestro soberano é invencible poder, ¡ay! experiméntelo dispuesto y pronto en favor suyo esta religiosa Cofradía que con tanta pompa y extraordinaria magnificencia celebra la presente fiesta, que tan grata os es; experiméntelo en favor suyo todo este cristiano concurso que ha venido á oír vuestras alabanzas y á tributaros su filial obsequio. Haced, sí, que le experimentemos todos contra toda clase de enemigos que opongan obstáculo al camino de nuestra salvación: por manera que desde este destierro lleguemos, merced á vuestra protección, á rendiros en el cielo el tributo de nuestra admiración por los gloriosos triunfos que habréis conseguido, y á encontrar un dulce motivo de aplaudiros en los despojos de los vencidos que de vuestro alrededor, ó mística torre de David, cuelgan á millares: Turris David, quae edificata est cum propugnaculis; mille clypei pendent ex ea. Amén

San Antonio María Claret. Copiosa y variada colección de selectos panegíricos sobre los misterios de la Santísima Trinidad, de Jesucristo y de su santísima Madre, y sobre las festividades de muchísimos santos: seguida de algunas oraciones fúnebres y otros utilísimos sermones. Tomo IV Librería Religiosa, 1860.

Sobre el patrocinio de María Santísima

Mayo 6, 2009

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SAN ANTONIO MARÍA CLARET

(1807-1870)

1. Católicos, si yo tratase en este día de probar solamente el valimiento que la santísima Virgen tiene para con Dios, diría con san Jerónimo, que María es la autora de la salud, porque nos trajo el Autor de la salud; diría con san Juan Crisóstomo, que María nos ofrece a aquel Hijo a quien dio el ser, y por ella conseguimos el perdón de los pecados; diría con san Bernardo, que tenemos en el cielo una abogada en María, que como Madre de Dios y Madre nuestra trata con el mayor interés y eficacia los negocios de nuestra salud eterna; diría con todos los santos Padres, que María es la medianera de los pecadores, la protectora de los justos, y la segunda redentora del mundo; y diría otras mil cosas a este modo de que están llenos sus escritos; pero limitándome a hacer solamente su panegírico, no haría otra cosa que repetir lo que han dicho ya tantas veces los oradores evangélicos en una multitud de sermones llenos de elocuencia.

Mi discurso en este día no se dirigirá solamente al elogio de María; tendrá también por objeto la reforma de nuestras costumbres.

Y ved aquí ya todo mi discurso dividido en dos partes. En la primera procuraré hacer ver el poder y valimiento de María; y en la segunda la necesidad que tenemos de este poder y valimiento para andar por los peligrosos caminos del mundo y llegar con felicidad al puerto de nuestra dicha eterna.

2. Virgen poderosísima, alcanzadme de vuestro Hijo omnipotente los auxilios necesarios para que yo desempeñe con acierto y con fruto un asunto tan interesante: Ave María.

Primera parte.

3. Destinada la santísima Virgen antes de todos los siglos para ser en el tiempo Madre, sin padre, de un Dios, engendrado en la eternidad por un Dios Padre, sin madre, recibió todas las gracias y dones que correspondían a tan augusto ministerio.

San Bernardo nos la representa llena de asombrosas prerrogativas, libre de todas las manchas del viejo Adán y revestida de todas las gracias del nuevo.

San Ambrosio y san Agustín nos la pintan como un abismo de perfección y un océano de virtudes, y san Cipriano nos la hace ver Madre y Virgen al mismo tiempo, que no tuvo semejante antes de ella, ni tampoco la tendrá después.

Cuando el Hijo del eterno Padre ha de nacer hombre entre los hombres, escoge, dice san Gregorio, aquella cuyas virtudes tienen mas proporción con la incomparable dignidad de Madre del mismo Dios que la elige, aquella a la que Dios pueda confesar con mas decencia por Madre suya y que sea menos repugnante que llame Hijo suyo al mismo Dios.

Sentados estos principios, continúa el santo Doctor, ninguna cosa se iguala a María, porque no hay cosa que se parezca a María, ni sea semejante a María.

La santidad y pureza de los Ángeles, como estos, al fin, no son más que ministros de Dios, de quien María es Madre, no son sino sombras de su pureza y santidad.

Por eso el sagrado Evangelista, para hacer su elogio, solo nos dice: Que nació de ella Jesús. De qua natus est Jesus.

Y ciertamente, católicos, para saber la multitud, la excelencia y la sublimidad de las virtudes de María, basta saber: que nació de ella Jesús; pues nunca hubiera llegado a ser Madre de Dios, si Dios no la hubiera hallado en proporción para serlo.

4. Pero ¿qué era, es preciso preguntar siempre que se llega a este paso, qué era lo que Dios veía en María para honrarla con una dignidad tan gloriosa? ¿Con esta dignidad incomparable?

Mas ¿qué era, preguntaré yo con más razón, lo que no veía en María?

En ella veía aquella asombrosa pureza que tanto agrada al Dios de la pureza, veía una inocencia que no conoce pecado y le teme; una humildad que cuanto es digna de los mayores elogios, tanto más se cree digna de los mayores abatimientos; un amor a la soledad que la hace vivir en solo Dios, sin desear otra compañía que a Dios solo; un valor al que solo faltan ocasiones para manifestarse en los más heroicos sacrificios; un corazón tan noble y elevado que se creería envilecido si diese entrada en él mas que a su Criador; veía un conjunto de virtudes que asombraban a los cielos: veía… pero yo alabo a María como se alaba a los Santos, y me equivoco: pues cuando yo hubiera dicho cuanto ellos fueron, apenas habría principiado a decir lo que fue María, y no temo repetir con San Gregorio: que si María solo hubiera tenido esas virtudes que tuvieron los mayores Santos, no habría sido Dios su Hijo, y que, para llegar a concebirle, necesitó llevar sus méritos hasta el solio mismo de la Deidad. Ut conceptionem Verbi aeterni pertingeret, meritorum verticem usque ad solium Deitatis evexit.

5. ¡Oh cristianos! veía Dios en María la santidad más semejante á la santidad de su santísimo Hijo. Santidad que solo se hallaba en un Hombre-Dios, y cuya semejanza solo se hallaba en María.

Santidad que, aunque no era la santidad del Hombre-Dios, era casi infinitamente superior á la santidad de los hombres y de los Ángeles; porque la santidad de María había salido, por decirlo así, del término de las santidades criadas, y se había colocado entre la santidad del Criador y la criatura, entre la santidad infinita y finita, y siendo infinitamente menos santa que el Criador, era casi infinitamente mas santa que la criatura. Usque ad solium Deitatis evexit.

6. En vista de esto ¡cuál será el poder de tan singular criatura! Constituida por su santidad Hija de un Padre omnipotente, Madre de un Hijo omnipotente y Esposa de un Esposo omnipotente, ¿cuál será el valimiento de María?

Si Moisés, levantando sus manos al cielo en el desierto, contuvo la ira de Dios irritado contra su pueblo: si Elías hacia bajar á su voluntad lluvias saludables del cielo sobre la tierra: si la sombra sola de san Pedro bastaba para obrar portentos: si ha sido tan grande el poder de los Santos acá en la tierra, ¿cuál será el poder de la Reina de los Santos allá en el cielo? Siendo Maria la criatura mas santa que hay en el cielo; siendo María la Madre del Hombre Dios, ¡qué no alcanzará del Hombre-Dios!

7. Elevada esta Reina de la gloria sobre los mas encumbrados Serafines, y colocada al lado de la humanidad de su Hijo Jesucristo, participa allí de su poder y de su gloria, cuanto es posible á una pura criatura.

Allí está repartiendo el Hijo con la Madre su autoridad y su amor. Allí esta soberana Reina está distribuyendo, dicen los santos Padres, como una segunda Redentora, las gracias del Redentor.

Allí esta poderosísima Virgen se ha constituido la mediadora entre los hombres y el Hombre-Dios.

Allí, en fin, esta dulcísima Madre se ha establecido para ser en todo tiempo la protección y el consuelo de aquellos hijos que, en la persona de san Juan, la encomendó desde el árbol de la cruz su amado Hijo.

Allí es la fortaleza de los justos, el amparo de los pecadores y el recurso general de los pueblos y los reinos. ¡Qué confianza no deberemos poner en una Madre tan tierna que tanto puede y que nos quiere tanto! ¡Qué no deberemos prometernos de esta querida de Dios y de los hombres! ¡Cuál deberá ser nuestra devoción para con este embeleso del cielo y de la tierra! ¡Cuál nuestra confianza en la protección de María!

Porque no ignoráis, cristianos, que después de la protección de Jesús no hay otra mas poderosa que la protección de María…

Pero ¿qué importará para nosotros esta protección de María, si nosotros no nos acogemos á ella? Mas esto pertenece ya á la segunda parte de mi discurso.

Segunda parte.

8. La grandeza del negocio por una parte, y nuestra gran flaqueza por otra, prueban incontestablemente la necesidad que todos tenemos del patrocinio y amparo de la santísima Virgen; porque ¿a qué fin necesitamos ese patrocinio? Á fin de hacer felizmente nuestro gran viaje.

Y ¿a dónde? Á la eternidad.

¡Oh qué viaje tan asombroso! ¡Oh qué viaje tan difícil y tan lleno de peligros!

Vamos a la eternidad, mis amados, pero… ¿desde cuándo? ¿Por dónde? ¿Cómo? ¿Á qué eternidad?

Ved aquí cuatro preguntas de la mayor importancia y que merecen la más sería meditación.

En su contestación veréis la gran dificultad de hacer bien este viaje, y la necesidad que todos tenemos del patrocinio de la santísima Virgen para hacerle con felicidad.

Aplicad vuestra atención, pues el asunto es demasiado serio é interesante para poderle mirar con frialdad ó indiferencia.

9. Vamos á la eternidad, cristianos, pero… ¿desde cuándo? Desde el primer instante de nuestra existencia, sin que nos detengamos ni un solo momento en el camino.

Cuando estamos aun encerrados en el seno de nuestras madres, y cuando reposamos ya en su regazo; cuando crecemos en la niñez y en la juventud, y cuando menguamos ó nos disminuimos en la vejez; cuando dormimos y cuando velamos; cuando corremos y cuando estamos sentados…

En todos tiempos caminamos con paso igualmente acelerado á la eternidad. Somos como el que navega siempre con viento en popa, que lleva siempre un mismo rumbo, y que se dirige siempre á un mismo término. Que vele ó que duerma; que se siente ó se pasee; que suba á cubierta ó que baje á escotilla; que haga lo que quiera, ó que no haga nada… siempre se va acercando al término de su viaje.

10. Hombres engolfados en el mundo, acordaos que también vosotros caminais á vuestro término sin deteneros ni un momento; pero ¿qué término? ¡Oh Dios mío! al término de la eternidad.

¡Insensatos! Vuestros días huyen con rapidez, vuestras diversiones, vuestros placeres, vuestros deleites, todas vuestras cosas pasan como una sombra, como un humo que se disipa.

 Los sucesos de ayer ya no son hoy, y mañana no serán los que ocupan este día. Todo pasa en este mundo. Todo va quedando atrás. Solamente vosotros vais siempre adelante, y camináis sin deteneros á entrar en la eternidad.

 ¡Qué locura! ¡engolfarse en un mundo momentáneo un hombre eterno!

11. Vamos á la eternidad, pero… ¿por dónde? ¡Oh amados de mi alma! Si ya que vamos á la eternidad, el camino que llevamos fuese llano y espacioso… pero es tan estrecho y tiene tan mal piso, que es necesario caminar con sumo tiento para no tropezar y caer en él á cada paso.

Porque hablemos claro, cristianos: ¿por dónde vamos á la eternidad? ¡Ah! por un mundo lleno, atestado de peligros.

Peligros en la ciudad, dice san Pablo y peligros en el campo; peligros en la compañía y peligros en la soledad; peligros en los enemigos y peligros en los amigos; en todo y en todas partes peligros.

Peligros en las riquezas, porque traen consigo el lujo y la molicie, é inspiran el orgullo y la soberbia; y peligros en la pobreza, porque una necesidad continuada llega á apurar el sufrimiento, y expone á ruindades.

 Peligros en el matrimonio, porque su duración regularmente llega á resfriar el amor, porque los genios son tan diferentes como los semblantes, y á veces enteramente opuestos, y porque la crianza de la familia ocasiona mil pesares, mil disgustos, mil peligros.

12. Peligros en la soltería; y no hablo de aquellos solteros que huyen del matrimonio por un exceso de lujuria, para entregarse libremente á manchar los tálamos fieles, á corromper la juventud, y á perseguir la virginidad y la inocencia; porque estos hombres detestables, cuyo número han aumentado grandemente las doctrinas de nuestros bellos filósofos, no solamente son la afrenta del Cristianismo, sino que trastornan la sociedad, y la llenan de confusión y de injusticias.

No hablo, pues, de esta soltería infame, sino de aquella soltería que traen consigo la edad, la necesidad y las circunstancias, y de ella digo que tiene mil peligros, porque la violencia de la pasión carnal atropella á todos aquellos que no están bien afianzados en el santo temor de Dios. Peligros en la viudez…

13. Pero, ¿en qué estado viviremos que no esté sembrado de peligros, ni á dónde volveremos nuestros ojos que no veamos peligros y tropecemos con peligros?

Aquí libros emponzoñados que trastornan las cabezas; allá pinturas infames que corrompen los corazones; por todas partes conversaciones obscenas, discursos impíos, ejemplos perversos, ocasiones críticas y violentas, objetos que provocan, enemigos que tientan… pero ¿á dónde voy? mis amados cristianos.

¿Pretendo decir en pocas palabras la multitud de peligros de que está sembrado el mundo? ¡Ah! esto sería lo mismo que querer contar al mar sus arenas. ¡Y quién no infiere ya de aquí la gran necesidad que todos tenemos del patrocinio de la santísima Virgen para arribar al reino de los cielos por entre tantos y tan inminentes peligros!

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14. Vamos a la eternidad; pero… ¿cómo? ¿Vamos acaso como unos hombres robustos y con fuerzas suficientes para vencer tantos y tan grandes peligros? ¿Vamos como unos hombres ágiles, y con bastante ligereza para saltar por sobre tantos precipicios y tan profundos abismos? Nada menos que eso.

Antes, por el contrario, vamos cargados con el enorme peso del viejo Adán y sus innumerables miserias. Ignorancia profunda en el entendimiento, malicia refinada en la voluntad, obstinada rebeldía en las pasiones, lucha continua entre la carne y el espíritu, y sobre todo un fondo de corrupción en nuestro corazón que pone el colmo á todas nuestras miserias.

Cargados con tan abrumame peso, vamos á la eternidad, y por colmo de nuestra desgracia vamos embarcados en la nave de nuestra flaca y corrompida naturaleza.

15. ¿Cómo, pues, podremos arribar al puerto de nuestra salud eterna, cargados con tanto peso, surcando un mar tan peligroso, y embarcados en una nave desmantelada, barrenada por todas partes, carcomida y casi podrida?

¡Ah! no hay acaso en el mundo cosa mas asombrosa que ver la serenidad con que la mayor parte de los hombres navegan á la eternidad por entre tantos escollos y borrascas en una nave perdida; ni tampoco hay una prueba mas convincente de la necesidad que todos tenemos del patrocinio de la santísima Virgen para escapar de tantos peligros y llegar con felicidad al puerto de la dicha eterna.

16. Finalmente: vamos a la eternidad; pero… ¿y á qué eternidad? Á una eternidad, ó inmensamente dichosa, ó inmensamente desdichada. Desde el primer momento de nuestra vida caminamos, ó á avecindarnos en el cielo para siempre, ó á sepultarnos para siempre en el infierno; ó á reinar eternamente en la gloria con los Ángeles y los bienaventurados, ó á padecer eternamente en el abismo con los ministros infernales y los condenados. Vamos, ó á ver á Dios y gozarle para siempre, ó á perderle y condenarnos para siempre. ¡Oh eternidad venturosa! ¡oh desventurada eternidad!

17. Cristianos, permitidme aquí que os pregunte, lleno de asombro y sentimiento : ¿Van á la eternidad esa multitud de almas abandonadas que vemos en el mundo? ¿van á la eternidad tantos maldicientes y tantos juradores; tantos tramposos y tantos usureros; tantos calumniadores y tantos chismosos…; finalmente, ¿van á la eternidad tantos escandalosos, cuya boca es un sepulcro abierto que no exhala mas que impurezas?

 Todos estos, yo pregunto : ¿Van á la eternidad? ¿van á la eternidad esas almas desdichadas que viven de asiento en el espantoso estado de pecado mortal el mes, los meses, el año y acaso los años con una serenidad que estremece á los ojos de la fe?

Los amancebados, los adúlteros, los rencorosos, los que retienen lo ajeno contra la voluntad de su dueño… ¿todos estos van tambien á la eternidad? ¿van á la eternidad esas almas tan acostumbradas á pecar, que ya, mas que por pasion, pecan por diversion, por chanza, por risa, por pasatiempo?… ¿van á la eternidad esas almas tan ocupadas en pecar, á las que podría preguntarse, sin agraviarlas, si están asalariadas para ofender al Señor? ¿van á la eternidad esas almas blasfemas, que hablan de Dios, de la Virgen, de los Ángeles y de los Santos del mismo modo y con el mismo lenguaje que una mujer perdida hablaría en el arrebato de su cólera á otra de su clase? ¿van á la eternidad… pero ¿á dónde voy yo con mis preguntas? ¡Oh Dios mio! ¿no ha quedado ya en la católica España un tribunal, una autoridad, un juez que castigue tantos pecadores y pecadoras que insultan públicamente vuestra Majestad adorable? ¿Qué? ¡ Dios mío! ¿se ha de reservar todo para el dia de vuestras venganzas? ¡Espantosa reserva!!!

18. Mis amados, ello es cierto que toda la multitud de pecadores que llevo referidos, y otros mil y mil que ni el tiempo ni la decencia de este lugar me permiten expresar, todos van á la eternidad; pero… ¿lo creen ellos así? Permitidme que lo dude; porque si lo creyeran ¿cómo era posible que fuesen ofendiendo é insultando por el camino á aquel Dios infinitamente justiciero, á cuyos piés van á presentarse? ¡ Hombres desatinados! vuestro proceder es tan opuesto á vuestra fe, que mas parece de un loco que de un hombre que cree la eternidad.

Pero tened entendido, hombres temerarios, que vuestra conducta criminal no detendrá ni un solo momento vuestro viaje á la eternidad; antes bien, podrá contribuir á acelerarla, porque los vicios abrevian la carrera de la vida, y muchos de los viciosos, como dice el real Profeta, no llegarán á la mitad de sus dias: Non dimidiabunt dies suos.

19. Vuelvo a mi discurso y repito : que todos vamos corriendo, volando á la eternidad; que el camino que llevamos, sobre ser estrecho y de mal piso, está sembrado todo de peligros; que un camino tan difícil y arriesgado tenemos que andarle cargados con el enorme peso de las miserias humanas; y en fin, que este viaje tan dificultoso, este gran viaje del hombre, este viaje tan breve como indispensable, tiene por término infalible una eternidad ó de gloria ó de eterno infierno.

Inferid ahora vosotros, cristianos, si hay algun negocio en el mundo que necesite mas de proteccion, de amparo y valimiento. Y ¿á quién acudirémos en tanta necesidad sino á nuestra querida Madre? ¡Oh Madre clementísima! ¡Reina del cielo y consuelo de la tierra! ¡refugio del hombre afligido y cási anegado en el mar tormentoso del mundo! ¡ aurora de la mañana y estrella del mar!

Vos, Señora, seréis nuestro refugio, nuestra ayuda y nuestro consuelo.

Vos alumbraréis nuestros pasos, y dirigiréis nuestro rumbo para que por entre tantos y tan inminentes peligros lleguemos dichosamente al puerto de la vida eterna.

20. ¡Qué consuelo para nosotros, mis amados, poder contar con el patrocinio de la santísima Virgen! ¡Qué no deberémos prometernos de un valimiento tan poderoso! ¡qué no deberémos esperar de una Madre tan tierna y tan amante de sus hijos! ¡ Ni á quién podrémos acudir despues de Jesucristo con mas esperanza que á María, Madre de Jesucristo!

21. ¡Oh tú , cristiano, seas quien fueres, exclama aquí san Bernardo, tú que en vez de andar por tierra firme fluctúas en el mar proceloso de este mundo, y te ves sumergir á cada paso entre sus olas, llama á María, si no quieres anegarte. Voca Mariam si non vis obrui procellis.

Tú que te ves acometido de continuas tentaciones y cercado de amargas tribulaciones, llama á María, si no quieres ser vencido. Voca Mariam.

Tú, á quien persiguen las desgracias, a quien atrepellan los enemigos, a quien consumen los trabajos, llama á María, si quieres sostenerte. Voca Mariam.

Si turbado tu corazon a vista de la enormidad de tus delitos, si confundida tu conciencia con su multitud, si asombrado al contemplar el terrible juicio que te espera, te ves sumergir en la tristeza, y que vas a anegarte en los abismos de la desesperacion, llama, llama a María; ella te consolará, ella te animará y apartará del precipicio. Voca Mariam.

En los peligros, en las perplejidades, en las dudas, en todas tus aflicciones y necesidades acuérdate de María, llama á María. Mariam cogita, Mariam invoca.

Si la llamas, te oirá, si le pides, te dará, y si te pones bajo de su proteccion, ella te protegerá, ella te amparará si eres su verdadero devoto. Digo verdadero devoto, porque hay muchos que quieren juntar sus vicios con sus rezos ó devociones á María; esos son devotos falsos.

Pero si tú tienes la devocion verdadera, María santísima te amparará. Ya sabes que esta consiste en abstenerse de todo pecado, en imitar sus virtudes; en tributarle algunos obsequios; en frecuentar los santos Sacramentos, y en hacer bien, con agrado y perseverancia las devociones y demás cosas de su servicio.

Y por tanto cuando oigas dar el reloj rézale el Ave María; por la mañana, mediodía y noche rézale las oraciones; no dejes pasar dia que no le reces á lo menos una parte de Rosario; todos los meses, ó á lo menos en sus festividades, en obsequio suyo, recibe los santos sacramentos de Penitencia y Comunion.

Imita sus virtudes, seas humilde como María, casto como María, ama á Dios y al prójimo como María. ¡Oh! si así lo haces, María será tu madre, tu protectora; será para tí tu mayor consuelo ahora y en la hora de tu muerte y te salvarás.

22. ¡ Oh soberana María! ¡ oh Reina celestial! llenad toda la extension de la tierra de vuestra proteccion. Tomadla toda bajo de vuestro amparo. Reinad, despues de Dios, sobre todo lo que no es Dios; pero reinad principalmente sobre nosotros para que militando bajo de Vuestro imperio, consigamos la victoria de ver á Dios y gozarle en vuestra amabilísima compañía por los siglos de los siglos. Amén.

San Antonio María Claret. Sermones de misión. Tomo II.Librería Religiosa. Barcelona. 1858