“¿Queréis pues oir de mí, por qué, y cómo deba ser amado Dios? Pues yo os respondo: La causa PARA AMAR A DIOS, ES DIOS; el modo es amarle sin medida.
¿Es esto por ventura bastante? Ciertamente tal vez lo es, pero para el sabio. Mas, sí soy deudor a los ignorantes; ya que se dijo lo que basta para el sabio, también a ellos debemos tener atención.
Así, por los que tienen menos inteligencia no tendré dificultad en repetir más profusa que profundamente una cosa misma.
Por dos causas pues diré, que Dios debe ser amado por sí mismo, o porque nada puede amarse más justamente, o porque nada puede amarse con mayor fruto.
Puesto que se puede dudar, que es lo que principalmente se duda; o ya, con que mérito suyo deba ser Dios amado, o ya ciertamente con qué provecho nuestro.
A la verdad, a lo uno y a lo otro responderé lo mismo, y es, que a mi absolutamente no me ocurre otra causa más digna para amarle a él mismo, fuera de él mismo.
Y en primer lugar, veamoslo por lo que toca al mérito. Mucho sin duda mereció de nosotros, el que, sin merecerle nosotros, se nos dio a si mismo. Porque ¿qué otra cosa mejor que él mismo podía dar aún él mismo?
Con que, si se pregunta por el mérito de Dios, cuando se pregunta por la causa de amarle a él mismo, el mérito principal consiste en que él mismo nos amó primero.
Digno es ciertamente de que se le corresponda con el amor, especialmente si se considera, quien, a quienes y cuando haya amado.
¿Quién pues? ¿No es por ventura el mismo, a quién todo espíritu está confesando: Vos sois mi Dios, porque no tenéis necesidad de mis bienes? (Ps 15, I)
Y sin duda, caridad verdadera es la de esta Majestad, pues no busca sus propios intereses.
Mas, ¿a quiénes se muestra tan grande pureza de amor? Cuando todavía, dice, éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios.(Rom 15, 10) Amó pues Dios, y amó de balde, y a unos enemigos.
Mas ¿Cuánto? Cuanto dice San Juan: Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo Unigénito (Johan 3, 16) y San Pablo, El que no perdonó, dice, a su propio hijo, sino que le entregó por nosotros. (Rom 8, 32).
El mismo hijo también dice por sí: Nadie tiene mayor amor, que el de poner su vida por sus amigos.(Johan 15, 13).
De esta suerte mereció el justo con los impíos, el sumo con los ínfimos, el omnipotente con los flacos.
Pero, alguno dirá: así ha sido ciertamente con los hombres; mas no así con los Ángeles. Verdad es esto, pero porque no fue necesario. Mas el que amparó en tal necesidad a los hombres, guardó de tal necesidad a los Angeles: y el mismo, que amando a los hombres, los hizo tales, para que tales no permaneciesen, el mismo igualmente amando a los Angeles, les concedió por don que no se hiciesen tales.
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Cuánto merezca Dios ser amado del hombre, por los bienes así del alma, como del cuerpo. Como se han de reconocer estos y tener sin injuria de quien los dio.
Los que conocen bien estas cosas, claramente conocerán también, porque deba Dios ser amado: esto es, por qué ha merecido ser amado.
Y, si estas cosas se ocultan a los infieles, con todo eso, le es muy fácil a Dios confundir a los ingratos por innumerables beneficios suyos, concedidos a los hombres para el uso, y manifiestos a su sentido.
Porque ¿quién otro administra alimento al que come, luz al que mira, aire al que alienta? Pero, será necedad querer contar ahora las cosas que poco antes previne que eran innumerables: es bastante para ejemplo haber mencionado las principales, el pan, el aire, y el sol.
Las llamo principales, no porque sean las más excelentes, sino porque son las más necesarias; pues pertenecen al cuerpo.
Otros bienes más eminentes búsquelos el hombre en aquella parte de sí mismo; por la cual se hace superior a sí propio, es decir, en su alma; los cuales bienes son la dignidad, la ciencia y la virtud.
Yo llamo dignidad en el hombre el libre albedrío, por el cual se le ha dado a él, no solo sobrepasar a todos los animales, sino dominarlos también.
Ciencia llamo aquel conocimiento, con que reconoce esta dignidad en sí mismo, mas no de sí mismo.
Y entiendo por virtud, aquel afecto con que consiguientemente se mueve a buscar con diligencia aquel mismo Señor de quien tiene el ser, y a tenerle fuertemente, después que le haya hallado.
Así, cada una de estas tres cosas se presenta duplicada.
Porque, la humana dignidad no solo la demuestra la prerrogativa de su naturaleza, sino también el poder de su dominación, por cuanto ha querido Dios que infunda terror el hombre en todos los animales de la tierra.
La ciencia igualmente será duplicada, si esta dignidad misma, u otro cualquier bien que tengamos, conociéremos que está en nosotros, y que no viene de nosotros.
Por cierto, la virtud misma se verá que es de dos maneras también, si enseguida buscamos al autor de estos bienes y nos juntamos inseparablemente á él, habiéndole hallado.
La dignidad pues sin la ciencia nada aprovecha; y la ciencia sin la virtud aun será dañosa: lo que se prueba con claridad con la siguiente razón.
Porque, tener lo que no sabes si lo tienes, ¿qué gloria tiene? Por cierto el saber que lo tienes, pero ignorar que no lo tienes de tuyo tiene gloria, mas no delante de Dios.
Al que se gloría en sí mismo le dice el Apóstol: ¿Qué tienes que no hayas recibido?
Mas si lo has recibido, ¿por qué te glorías, como si no lo hubieras recibido? (1. Cor 4-7)
No dice solamente: ¿Por qué te glorías? si no que añade, como sino lo hubieras recibido para declarar que es reprensible, no el que se gloría en los bienes que tiene, sino el que se gloría en ellos, como si no los hubiera recibido.
Con razón se llama esta vanagloria, pues carece de sólido fundamente de la verdad.
La verdadera gloria la distingue de esta en este modo: El que se gloría, dice, gloríese en el Señor (I Cor I, 31): es decir, en la verdad. Pues es verdad el Señor.
Ambas cosas pues es necesario que sepas, lo que eres, como que no lo eres de ti mismo; para que no suceda que absolutamente no te gloríes o que te gloríes vanamente.
Ultimamente, sino te conoces a ti misma, dice, sal, y sigue tras los rebaños de tus compañeros (Cant 1.6) Verdaderamente así sucede.
El hombre criado en el honor, cuando no conoce este honor mismo, es comparado por culpa de esta ignorancia suya a los animales irracionales, como a unos compañeros de su presente corrupción y mortalidad.
Sucede pues, que no conociéndose a sí misma una criatura, ilustre por el don de la razón comienza a juntarse a los rebaños de los irracionales, cuando ignorante de la propia gloria, que está en su interior, es llevada por su misma curiosidad a conformarse por fuerza a las cosas sensibles y se hace una de las demás, por no entender que ha recibido nada con preferencia sobre las demás.
Así, nos debemos guardar en gran manera de esta ignorancia, por la cual tal vez sentimos de nosotros menos de lo que nos correspondía a nosotros, pero, no menos, sino mucho más nos debemos guardar de aquella, por la cual nos atribuimos a nosotros más de lo que tenemos.
Lo que sucedería, si engañados llegáramos a pensar, que hay algún bien en nosotros, y que viene de nosotros. Mas, sobre una y otra ignorancia se debe evitar y excecrar aquella presunción, por la que con conocimiento y advertencia te atrevieras acaso a buscar tu propia gloria de los bienes que no son tuyos; y estando cierto de que no los tienes de ti mismo, con todo eso no recelarás robar por la misma causa el honor de otro.
A la verdad, la primera ignorancia, no tiene gloria: la segunda la tiene sin duda, pero no en Dios.
Mas, este tercer delito, que se comete con conocimiento, la usurpa aún contra Dios.
En fin, tanto más grave y peligrosa es esta arrogancia que la ignorancia segunda, cuanto si por ella ciertamente se ignora Dios, pero por esta se desprecia también: tanto más mala y más detestable que la
primera, cuando asociándonos por ella a los irracionales, por esta nos asociamos también a los demonios.
Porque, es una soberbia y delito enormísimo, usar de lo que nos han dado, como si en nosotros fuera nacido: y en los beneficios que nos han hecho, usurpar la gloria del bienhechor.
Por lo cual, a la dignidad y a la ciencia es preciso juntar la virtud, que es el fruto de ambas, por la que se busca, y tiene aquel Señor, que siendo el autor y dador de todas las cosas, con razón es glorificado por todos.
De otra suerte, el que sabe y no hace lo que debe, será castigado de muchos modos. ¿Por qué? Ciertamente porque no quiso entender, para obrar el bien: antes por el contrario, meditó la maldad en su aposento, cuando de los bienes que por el don de la ciencia sabía ciertísimamente, que no eran de él, intenta cual siervo impío captar la gloria del Señor bueno, o más bien arrebatarla.
Se hace claro pues, lo uno, que la dignidad sin la ciencia es inútil enteramente, lo otro, que la ciencia sin la virtud es reprensible.
Mas, el hombre de virtud, en quien ni permanece culpable la ciencia, ni la dignidad infructuosa, clama a Dios, y confiesa con ingenuidad: No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a vuestro nombre dad la gloria.
Esto es, nada, Señor, nos atribuimos a nosotros por la ciencia, nada por la dignidad; sino que todo lo referimos a vuestro nombre, de quien viene todo.
Pero nos hemos alejado demasiado casi fuera del asunto, emprendiendo mostrar, que aquellos que ignoran a Cristo, también son instruidos suficientemente por la ley natural en vista de los bienes del cuerpo y del alma que han recibido, de que deben amar a Dios por Dios ellos igualmente.
Pues, por repetir brevemente lo que sobre esto queda dicho: ¿Quién aún de los fieles ignorará, que las sobredichas cosas, tan necesarias a su cuerpo en esta vida mortal, con que pueda subsistir, con que pueda ver, con que pueda respirar, de ningún otro vienen sino de Aquel Señor, que da alimento a toda carne, que hace nacer su sol sobre los buenos y los malos, y llueve sobre los justos y los injustos?
¿Quién igualmente aunque sea un impío, pensará que es otro el autor de la humana dignidad que resplandece en el alma, fuera de aquel mismo que habla en el Génesis: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza? Gen I.26
¿Quién juzgará, que es el dador de la ciencia, sino igualmente este mismo Señor, que enseña al hombre la ciencia?
¿Quién tampoco pensará que se le ha dado o esperará que se le haya de dar el don de la virtud de la mano de otro, que del Señor de las virtudes?
Merece pues ser amado por sí mismo Dios, aún del que es infiel; pues, aunque no conozca a Cristo, se conoce a si mismo con todo eso.
Por tanto, es inexcusable aún todo infiel, sino ama al Señor su Dios de todo su corazón, de toda su alma, de todas sus fuerzas porque, está dando voces en su interior una justicia innata en él, y que no puede ocultarse a la razón, que con todo lo que es debe amar a aquel Señor, a quien no ignora que lo debe todo pero, es difícil, o diciendo mejor, imposible, que ninguno con sus propias fuerzas o las del libre albedrío dirija del todo a la voluntad de Dios los dones que ha recibido de Dios, y que no más antes los tuerza hacia su propia voluntad, y los retenga como si fueran suyos, según está escrito: Todos buscan sus propios intereses (Philip 2, 21). Y también, los sentidos y pensamientos del hombre están propensos a lo malo. (Gen 8, 21).
Opúsculos de San Bernardo, abad de Claraval.Tratado del amor de Dios dirigido a Emerix Cardenal y Cancelario de la Santa Iglesia Romana. D. Josef de Navas, 1795.