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La vida de unión con el Espíritu Santo

Mayo 23, 2009

SAN PEDRO JULIÁN EYMARD

(1811-1868)

“Si el Espíritu es el principio de nuestra vida, que lo sea también de nuestra conducta”( Gál. V, 25)

El Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús, ese Espíritu que vino El a traer al mundo, es el principio de nuestra santidad. La vida interior no es sino unión con el Espíritu Santo, obediencia a sus mociones. Estudiemos las operaciones que realiza Él en nosotros.

Notad, ante todo, que es el Espíritu Santo quien nos comunica a cada uno en particular los frutos de la encarnación y de la redención.

El Padre nos ha dado su Hijo; el Verbo se nos da en la encarnación y en la cruz nos rescata: éstos son los efectos generales de su amor.

¿Quién es el que nos hace participar de estos efectos divinos?

Pues el Espíritu Santo.

El forma en nosotros a Jesucristo y le completa. Por lo que ahora, después de la Ascensión, es el tiempo propio de la misión del Espíritu Santo.

Esta verdad nos es indicada por el Salvador cuando nos dice: “Os conviene que yo me vaya, porque si no el Espíritu Santo no vendrá a vosotros” (Joann XVI, 7)

Jesús nos adquirió las gracias; reunió el tesoro y despositó en la Iglesia el germen de la santidad.

Pues el oficio propio del Espíritu santo es cultivar este germen, conducirlo a su pleno desenvolvimiento, acabando y perfeccionando la obra del Salvador.

Por eso decía nuestro Señor: “Os enviaré mi Espíritu, el cual os enseñará todo y os explicará cuantas cosas os tengo dichas; si El no viniera quedarías flacos e ignorantes”.

Al principio el Espíritu flotaba sobre las aguas para fecundarlas.

Es lo que hace con las gracias que Jesucristo nos ha dejado, las fecunda al aplicárnoslas, porque habita y trabaja en nosotros.

El alma justa es templo y morada del Espíritu Santo, quien habita en ella, no ya tan sólo por la gracia sino personalmente; y cuanto más pura de obstáculos está el alma y mayor lugar deja al Espíritu santo, tanto más poderosa es en ella esta adorable Persona.

No puede habitar donde hay pecado, porque con él estamos muertos; nuestros miembros están paralizados y no pueden cooperar a su acción, siendo así que esta cooperación es siempre necesaria.

Tampoco puede obrar con una voluntad perezosa o con afectos desordenados, porque si bien en ese caso habita en nosotros, se halla imposibilitado de obrar.

El Espíritu Santo es una llama que siempre va subiendo y quiere hacernos subir consigo.

Nosotros queremos pararlo, y se estingue; o más bien acaba por desaparecer del alma así paralizada y pegada a la tierra, pues no tarda ella en caer en pecado mortal.

La pureza resulta necesaria para que el Espíritu santo habite en nosotros.”

“Hemos dicho que el oficio del Espíritu santo consiste en formar en nosotros a Jesucristo. Bien es verdad que tiene el oficio general de dirigir y guardar la infabilidad de la Iglesia; pero su misión especial respecto de las almas es formar en ellas a Jesucristo.

Esta nueva creación, esta transformación hácela por medio de tres operaciones.

Primeramente, nos inspira pensamientos y sentimientos conformes con los de Jesucristo. Está en nosotros personalmente, mueve nuestros afectos, remueve nuestra alma, hace que nuestro Señor acuda a nuestro pensamiento.

Es de fe que no podemos tener un solo pensamiento sobrenatural sin el Espíritu Santo. Pensamientos naturales buenos, razonables, honestos,  sí los podemos tener sin El; pero ¿qué es eso?

El pensamiento que el Espíritu Santo pone en nosotros es al principio débil y pequeño, crece y se desarrolla con los actos y el sacrificio. “

“Hay que oírle y vivir recogidos en sus operaciones. Pudiera objetarse que si todos nuestros pensamientos provinieran del Espíritu santo seríamos infalibles. A lo cual contesto: De nosotros mismos somos mentirosos, o sea expuestos al error.

Pero cuando estamos en nuestra gracia y seguimos la luz que nos ofrece el Éspíritu Santo entonces sí ciertamente estamos en la verdad y en la verdad divina.

He ahí por qué el alma recogida en Dios se encuentra siempre en lo cierto, pues el que es sobrenaturalmente sabio no da falsos pasos.

Lo cual no puede atribuírsele a él, porque no procede de él, no se apoya en sus propias luces, sino en las del espíritu de Dios, que en él está y le alumbra.

Claro que si somos materiales y groseros y andamos perdidos en las cosas exteriores, no comprenderemos sus palabras; pero si sabemos escuchar dentro de nosotros mismos la voz del Espíritu Santo, entonces las comprenderemos fácilmente. ¿Cómo se distingue el buen manjar del malo? Pues gustándolo.

Lo mismo pasa con la gracia, y el alma que quiera juzgar sanamente no tiene más que sentir en si los efectos de la gracia, que nunca engañan.

Entre en la gracia, que así comprenderá su poder, del propio modo que conoce la luz, porque la luz le rodea; son cosas que no se demuestran a quienes no las han experimentado.

Nos humilla quizá el no comprender, porque es una prueba que no sentimos a menudo las operaciones del Espíritu santo, pues el alma interior y pura es constantemente dirigida por el Espíritu Santo, quien le revela sus designios directamente por una inspiración interior e inmediata.”

“El Espíritu Santo ora en nosotros y por nosotros. La oración es toda la santidad, cuando menos en principio, puesto que es el canal de todas las gracias. Y el Espíritu Santo se encuentra en el alma que ora: Ipset Spiritus postulat pro nobis gemitibus inenarrabilibus (Rom VIII, 26)

El ha levantado a nuestra alma a la unión con nuestro Señor. El es también el sacerdote que ofrece a Dios Padre en el ara de nuestro corazón el sacrificio de nuestros pensamientos y de nuestras alabanzas.

El presenta a Dios nuestras necesidades, flaquezas, miserias, y esta oración, que es la de Jesús en nosotros unida a la nuestra, la vuelve omnipotente.

Sois verdaderos templos del Espíritu Santo, y como quiera que un templo no es más que una casa de oración, debéis orar incesantemente; hacedlo en unión con el divino sacerdote de este templo.

Os podrán dar métodos de oración; pero sólo el Espíritu Santo os dará la unción y la felicidad propia de la oración. “

La tercera operación del Espíritu Santo es formarnos en las virtudes de Jesucristo, comunicándonos la inteligencia de las mismas. Es una gracia insigne la de comprender las virtudes de Jesús, pues tienen como dos caras. La una repele y escandaliza: es lo que tienen ellas de crucificante. Razón sobrada tiene el mundo, desde el punto de vista natural, para no amarlas.”

“Pero ahí está el Espíritu Santo para descubrirnos la otra cara de las virtudes de Jesús, cuya gracia, suavidad y unción nos hacen abrir la corteza amarga de las virtudes para dar con la dulzura de la miel y aún con la gloria más pura. Queda uno asombrado ante lo dulce que es la cruz. Y es que en lugar de la humillación y de la cruz no se ve en los sacrificios más que el amor de Dios, su gloria y la nuestra.

A consecuencia del pecado, las virtudes resultan difíciles para nosotros; sentimos aversión a ellas, por cuanto son humillantes y crucificantes.

Mas el Espíritu Santo nos hace ver que Jesucristo les ha comunicado nobleza y gloria, practicándolas El primero. Y así nos dice: “¿No queréis humillaros? Buenos, sea así; ¿pero no habéis de asemejaros a Jesucristo? Parecerle es, no ya bajar , sino subir, ennoblecerse”.

“Mas no hay nadie fuera del Espíritu Santo que nos haga comprender las virtudes y nos muestre oro puro encerrado en minas rocosas y cubiertas de barro. A falta de esta luz se paran muchos hombres a medio andar en el camino de la perfección; como no ven más que una sombre de las virtudes de Jesús, no llegan a penetrar sus secretas grandezas.”

San Pedro Julián Eymard. La Sagrada Comunión.