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Sobre la Cruz de Cristo

Abril 8, 2009

SAN ROBERTO BELLARMINO

“Todo lo que los Profetas predijeron sobre Cristo puede ser reducido a cuatro títulos: sus sermones a la gente; su oración al Padre; los grandes tormentos que soportó; y las sublimes y admirables obras que realizó.

Todo esto fue verificado de manera admirable en la Vida de Cristo, pues Nuestro Señor no podía ser más diligente al predicar al pueblo. Predicaba en el Templo, en las sinagogas, en los campos, en los desiertos, en las casas, más aún, predicaba incluso desde una embarcación a la gente que estaba en la orilla. Era su costumbre pasar noches en oración a Dios, pues así dice el Evangelista: “Y se pasó la noche en la oración de Dios” [Lc 6,12].

Sus admirables obras al expulsar demonios, curar enfermos, multiplicar panes, calmar tormentas, han de ser leídas en cada página de los Evangelios[Mt 8; Mc 4; Lc 6; Jn 6. ].

Aún así, fueron muchas las injurias que fueron acumuladas sobre Él, como respuesta al bien que había hecho. Consistían éstas no sólo en palabras insolentes, sino también en apedrearlo [Jn 8 ] y despeńarlo [Lc 4.].

En una palabra, todas estas cosas verdaderamente se consumaron en la Cruz. Su prédica desde la Cruz fue tan poderosa que “toda la multitud se volvió golpeándose el pecho” [Lc 23, 48], y no sólo los corazones de los hombres, sino incluso las rocas fueron quebrantadas en pedazos.

Él rezó en la Cruz, como dice el Apóstol, “con poderoso clamor y lágrimas”, siendo así “escuchado por su actitud reverente” [Hb 5,7.].

Sufrió tanto en la Cruz, en comparación con lo que había sufrido el resto de su vida, que el sufrimiento parece pertenecer sólo a su Pasión.

Finalmente, nunca obró mayores signos y prodigios que cuando estando en la Cruz parecía reducido a la más grande debilidad y flaqueza.

Entonces no sólo manifestó signos del cielo, los cuales los judíos habían pedido hasta el fastidio, sino que un poco después manifestó el más grande de todos los signos.

Pues luego de estar muerto y enterrado, se levantó de entre los muertos por su propia fuerza, llamando a su Cuerpo a la vida, incluso a una vida inmortal.

Verdaderamente entonces podremos decir que en la Cruz se consumó todo lo que estaba escrito por los Profetas en relación al Hijo del Hombre.

Pero antes de empezar a escribir sobre las palabras que Nuestro Seńor manifestó desde la Cruz, parece apropiado que deba decir algo de la Cruz misma, que fue el Púlpito del Predicador, altar del Sacerdote Víctima, campo del Combatiente, el taller del que obra maravillas.

Los antiguos estaban de acuerdo al decir que la Cruz estaba hecha de tres trozos de madera: uno vertical, a lo largo del cual era puesto el cuerpo del crucificado; uno horizontal, al que estaban sujetas las manos; y el tercero estaba unido a la parte baja de la cruz, sobre el cual descansaban los pies del acusado, pero sujetos por medio de clavos para impedir su movimiento.

Los antiguos Padres de la Iglesia concuerdan con esta opinión, como San Justino [En "Dial. cum Thyphon," lib. v.] y San Ireneo ["Advers. haeres. Valent." ].

Estos autores, más aún, indican claramente que cada pie descansaba en la tabla, y no que un pie estaba puesto encima del otro.

Por tanto, se sigue que Cristo fue clavado a la Cruz con cuatro clavos, y no tres, como muchos imaginan, quienes en las pinturas representan a Cristo, Nuestro Seńor, clavado a la Cruz con un pie sobre el otro.

Gregorio de Tours ["Lib. de Gloria Martyr." c. vi.], claramente dice lo contrario, y confirma su opinión apelando a antiguos grabados.

Yo, por mi parte, he visto en la Librería Real en París algunos manuscritos muy antiguos de los Evangelios, los cuales contenían muchos grabados de Cristo Crucificado y todos lo representaban con cuatro clavos.

San Agustín [ Epist i. ] y San Gregorio de Niza [Serm. i "De Ressur." ] dicen que el madero vertical de la Cruz se proyectaba un poco del madero vertical. Parecería que el Apóstol insinúa lo mismo, pues en su Carta a los Efesios, San Pablo escribe: “que podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad” [Ef 3,18. ].

Eso es claramente una descripción de la figura de la Cruz, que tenía cuatro extremos: anchura en la parte horizontal, longitud en la parte vertical, altura en aquella parte de la Cruz que sobresalía y se proyectaba de la parte horizontal, y profundidad en la parte que estaba enterrada en la tierra.

Nuestro Seńor no soportó los tormentos de la Cruz por casualidad, o contra su voluntad, pues Él había escogido este tipo de muerte desde toda la eternidad, como enseńa San Agustín [Epist. 120.] por el testimonio del Apóstol: “Jesús de Nazaret, que fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios, vosotros le matasteis clavándole en la cruz por manos de los impíos” [Hch 2,23].

Y así Cristo, desde el principio de su prédica, dijo a Nicodemo: “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea tenga por Él vida eterna”[Jn 3,14-15.].

Muchas veces habló a sus Apóstoles sobre su Cruz, alentándolos a imitarlo a Él: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” [ Mt 16,24. ].

Sólo Nuestro Seńor sabe la razón que lo indujo a escoger este tipo de muerte.

Los santos Padres, sin embargo, han pensado en algunas razones místicas, y las han dejado para nosotros en sus escritos.

San Ireneo, en su trabajo al que nos hemos ya referido, dice que las palabras “Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos” fueron escritas sobre aquella parte de la Cruz donde ambos brazos se encuentran, para darnos a entender que las dos naciones, Judíos y Gentiles, que hasta aquel tiempo se habían rechazado una a la otra, fueron luego unidas en un solo cuerpo bajo una sola Cabeza: Cristo.

San Gregorio de Niza, en su sermón sobre la Resurrección, dice que la parte de la Cruz que miraba hacia el cielo manifiesta que el cielo ha de ser abierto por la Cruz como por una llave; que la parte que estaba enterrada en la tierra manifiesta que el infierno fue despojado por Cristo cuando Él descendió ahí; y que los dos brazos de la Cruz que se estiraban hacia el este y el oeste manifiestan la regeneración del mundo entero por la Sangre de Cristo.

San Jerónimo, en la Epístola a los Efesios, San Agustín [Epist. 120], en su Epístola a Honorato, San Bernardo, en el quinto libro de su obra “Sobre la Consideración”, enseńan que el misterio principal de la Cruz fue levemente tocado por el Apóstol en las palabras “cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad” [Ef 3,18.].

El significado primario de estas palabras apunta a los atributos de Dios, la altura significa su poder, la profundidad su sabiduría, la anchura su bondad, la longitud su eternidad.

Hacen referencia también a las virtudes de Cristo en su Pasión: la anchura su caridad, la longitud su paciencia, la altura su obediencia, la profundidad su humildad.

Significan, más aún, las virtudes que son necesarias para aquellos que son salvados a través de Cristo.

La profundidad de la Cruz significa la fe, la altura la esperanza, la anchura la caridad, la longitud la perseverancia.

De esto sacamos que sólo la caridad, la reina de las virtudes, encuentra un sitio en cualquier lugar, en Dios, en Cristo, y en nosotros.

De las otras virtudes, algunas son propias a Dios, otras a Cristo, y otras a nosotros. “

San Roberto Bellarmino. De las siete palabras pronunciadas por Cristo en la Cruz: Prefacio.

“En tus manos encomiendo mi Espíritu”

Febrero 17, 2009

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SAN ROBERTO BELLARMINO

(1542-1621)

Otro y muy provecho fruto sería cosechado de la consideración de esta palabra si pudiésemos hacernos el hábito de repetirnos continuamente la oración que Cristo nuestro Señor nos enseñó en la Cruz con su último aliento: “En tus manos encomiendo mi Espíritu“(Lc 23,46).

Nuestro Señor no tenía necesidad como nosotros para hacer tal oración. El era el Hijo de Dios. Nosotros somos siervos y pecadores, y en consecuencia nuestra Santa Madre y Señora, la Iglesia, nos enseña a hacer constante uso de esta plegaria, y repetir no solo la parte que usó nuestro Señor, sino entera, como la hallamos en los Salmos de David: “En tus manos encomiendo mi espiritu, Tú me has redimido, Señor, Dios de la verdad“(Ps 30,6).

Nuestro Señor omitió la última parte del versículo porque Él era el Redentor y no uno a ser redimido, pero aquel que ha sido redimido con su preciosa Sangre no debe omitirlo.

Mas aún, Cristo, como el Hijo Unigénito de Dios, oró a su Padre.

Nosotros, por otro lado, oramos a Cristo como nuestro Redentor, y en consecuencia no decimos “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, sino “en tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu, Tú me has redimido, Señor, Dios de la verdad”.

 El proto-martir San Esteban fue el primero en usar esta oración cuando en el momento de su muerte exclamó: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”(Ac 7,58).

Nuestra Santa Madre Iglesia nos enseña a hacer uso de esta jaculatoria en tres distintas ocasiones.

Nos enseña a decirla diariamente al comienzo de las completas, como aquellos que recitan el Oficio Divino pueden confirmarlo.

En segundo lugar, cuando nos acercamos a la Sagrada Eucaristía, luego del “Domine non sum dignus”, el sacerdote dice primero para si mismo y luego para los otros que comulgan: “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”.

Finalmente, al momento de la muerte, recomienda a todos los fieles imitar a su Señor al morir en el uso de esta plegaria.

No hay duda de que somos ordenados a usar este versículo en las Completas, porque esa parte del Oficio Divino es rezada al final del día, y San Basilio en sus reglas explica cuan fácil es al llegar la oscuridad, y empezada la noche, encomendar nuestro espíritu a Dios, para que si súbitamente nos sorprende  la muerte, no seamos hallados desprevenidos.

La razón por la que debemos usar la misma jaculatoria en el momento en que recibimos la Sagrada Eucaristía es clara, pues el recibir la Sagrada Eucaristía es riesgoso y a la vez tan necesario, que no podemos ni acercarnos con mucha frecuencia ni abstenernos sin peligro: “Quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre de Cristo Nuestro Señor”, y “come y bebe su propio castigo”(1Co 11,27 1Co 11,29).

Y aquel que no recibe el Cuerpo de Cristo Nuestro Señor no recibe el pan de vida, incluso la vida misma.

Así que estamos rodeados de peligros como hombres hambrientos, inseguros de si la comida que es ofrecida está envenenada o no.

 Con miedo y temblor hemos entonces de exclamar: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo, a menos que Tú en Tu bondad me hagas digno, y por tanto di solo una palabra y mi alma será sanada. Pero como no tengo razón para dudar si Tu te dignarías curar mis heridas, encomiendo mi espíritu a tus manos, para que llegado el momento,  puedas estar cerca y asistir a mi alma, a la que has redimido con tu preciosa Sangre.

Si algunos cristianos pensaran seriamente en estas cosas, no estarían tan prontos a recibir el sacerdocio con el objeto de ganarse la vida con los estipendios que reciben de las misas.

Tales sacerdotes no están tan ansiosos de acercarse a este gran Sacrificio con una preparacion adecuada, como lo están para obtener el fin que se proponen, que es asegurar la comida para sus cuerpos, y no para sus almas.

Hay también otros que, asistentes a los palacios de prelados y príncipes, se aproximan a este gran misterio a través del respeto humano, por miedo a que por accidente incurran en desagradar a sus señores al no comulgar a las horas regularmente constituidas.

¿Qué ha de hacerse entonces? ¿Es mas ventajoso acercarse con poca frecuencia a este Banquete Divino? Ciertamente no. Mucho mejor es acercarse frecuentemente pero con la debida preparación, pues, como dice San Cirilo, mientras menos nos aproximamos menos estamos preparados para recibir el maná celestial.

La llegada de la muerte es un tiempo cuando nos es necesario repetir con gran ardor una y otra vez la plegaria: “en tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu, Tu me has redimido, Señor, Dios de la verdad”.

Pues si nuestra alma al dejar nuestro cuerpo cae en las manos de Satanás, no hay esperanza de salvación. Si por el contrario, cae en las manos paternales de Dios, no hay más causa alguna para temer el poder del enemigo.

Consecuentemente con intenso dolor, con verdadera y perfecta contrición, con confianza ilimitada en la misericordia de nuestro Dios, debemos en el momento temido clamar una y otra vez: “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”.

Y en ese último momento, aquellos que durante la vida pensaron poco en Dios son más severamente tentados a la desesperanza, porque no tienen ahora mayor tiempo para arrepentirse.

Deben alzar ahora el escudo de la fe, recordando que está escrito: “La maldad del malvado no le hará sucumbir el día en que se aparte de su maldad”(Ez 33,12), y el yelmo de la esperanza, confiando en la bondad y la compasión de Dios, y repitiendo continuamente “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”, ni fallar en añadir aquella parte de la plegaria que es el fundamento de nuestra esperanza: “pues Tú me has redimido, Señor, Dios de verdad”.

¿Quién puede devolver a Jesús la sangre inocente que ha derramado por nosotros? ¿Quién puede pagar de vuelta el rescate con el que nos ha comprado?

 San Agustin, en el libro noveno de sus Confesiones, nos alienta a poner confianza ilimitada en nuestro Redentor, porque la obra de nuestra redención, una vez realizada, nunca será inútil o inválida, a menos que le pongamos a su efecto una barrera impenetrable por nuestra desesperanza y falta de penitencia.

Sobre las siete palabras de Cristo pronunciadas en la Cruz.”El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la séptima Palabra dicha por Cristo en la Cruz”