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Sobre la Dignidad de los Sacerdotes y la Excelencia de la Eucaristía

Noviembre 6, 2009

Tomado de los “Diálogos de Santa Catalina de Siena”

De la dignidad de los Sacerdotes y del Sacramento del Cuerpo de Cristo, y de los que comulgan digna é indignamente.

 “Te respondo ahora a lo que me has preguntado sobre los Ministros de la santa Iglesia. Y para que conozcas mejor la verdad, abre los ojos de tu entendimiento y mira su excelencia, y en cuán gran dignidad los he puesto; y porque mejor se conocen las cosas por sus contrarios, quiero mostrarte la dignidad de los que administran virtuosamente el tesoro que yo deposité en sus manos, y así verás mejor la infelicidad de los que se alimentan hoy a los pechos de esta Esposa. 

Obedeciendo entonces aquella alma se miraba en la verdad, en la cual veía resplandecer las virtudes de los que verdaderamente las gustan, y Dios eterno la decía: Hija querida, quiero decirte antes su dignidad, en la que los he colocado por bondad mía, además del general amor que he tenido á mis criaturas, criándoos a mi imagen y semejanza, y reengendrándoos á todos para la gracia en la sangre de mi Unigénito Hijo, por lo cual vinisteis á tanta excelencia por la unión que yo hice de mi divinidad con la naturaleza humana, que en esto os aventajáis y sois superiores á los Ángeles, pues tomé vuestra naturaleza y no la angélica; y así yo Dios me hice hombre, y el hombre se hizo Dios por la unión de mi naturaleza Divina con la vuestra humana. 

Esta grandeza di en general a toda criatura racional; mas entre estas he elegido Ministros para vuestra salud, para que os administren la sangre del humilde é inmaculado Cordero, mi Unigénito Hijo.

 A estos concedí que suministrasen el Sol, dándoles la luz de la ciencia y el calor de la caridad Divina, y el color unido con el calor y la luz, esto es, la sangre y el cuerpo de mi Hijo, cuyo cuerpo es un Sol, porque es una cosa conmigo, verdadero Sol; y está tan unido, que no se puede el uno separar ni dividir del otro, así como en el Sol no pueden separarse el calor de su luz, ni la luz del calor por su perfecta unión.

 Este Sol no apartándose de su rueda ni separándose da luz á todo el mundo, y á cualquiera que quiera recibir su calor, y no puede recibir mancha por ninguna inmundicia, y está unido con su luz.

 Así el Verbo, mi Hijo, con su dulcísima sangre es un Sol todo Dios y todo hombre, porque es uno mismo conmigo y yo con él. Mi poder no está separado de su sabiduría, ni el calor del fuego del Espíritu Santo está separado de mí, Padre, ni de él, Hijo mío, porque es una cosa con nosotros, pues el Espíritu Santo procede de mí, que soy el Padre y de mi Hijo, y somos un mismo Sol: yo soy aquel Sol, Dios eterno, de donde ha procedido el Hijo y el Espíritu Santo.

Al Espíritu Santo se le atribuye el fuego, y al Hijo la sabiduría, en la cual mis Ministros reciben lumbre de gracia porque han administrado esta luz con luz y con agradecimiento del beneficio recibido de mí, Padre eterno, siguiendo la doctrina de esta sabiduría, que es mi Unigénito Hijo.

 Esta es aquella luz que tiene en sí el color de vuestra humanidad unido uno con otro; y por tanto la luz de mí Deidad fue aquella luz unida con el color de vuestra humanidad, que se hizo resplandeciente cuando fue impasible en virtud de mi naturaleza Divina, y por este medio, esto es, por este Verbo encarnado unido y enlazado con la luz de mi naturaleza Divina, y con el calor y fuego del Espíritu Santo, habéis recibido la luz.

 ¿Y á quién di esta luz para que la distribuyese y repartiese? á mis Ministros en el cuerpo místico de la santa Iglesia, para que tengáis vida, recibiendo de ellos el cuerpo de Jesucristo en manjar, y su sangre en bebida.

 Te dije que este cuerpo es un Sol, y así no se os puede dar el cuerpo sin que se os dé la sangre, ni la sangre ni el cuerpo sin el alma de este Verbo, ni el alma ni el cuerpo sin mi Divinidad, porque no puede separarse la una de la otra, porque la naturaleza Divina nunca se separó de la humana, ni por la muerte, ni por motivo alguno podía separarse; así que en este Sacramento recibís toda la esencia Divina bajo la especie de pan.

 Y así como no puede dividirse el Sol, así no se divide en la hostia todo Dios y todo hombre; aunque se dividiese en mil partes, si fuese posible, en cada una quedaría todo Dios y todo hombre.

 Y así como en un espejo no se divide la imagen que se ve dentro, así dividiéndose esta hostia no se divide Dios y hombre, sino que en cada parte está todo entero, ni se disminuye en sí mismo, como lo conocerás por el ejemplo siguiente.

 Si tuvieras tú una luz, y todo el mundo viniese á tomar de ella, la luz no se disminuiría, y sin embargo cada uno llevaría toda la luz, quien mas, quien menos, según la cantidad de la materia que llevaba el que de ella tomase, porque en la misma cantidad recibiría el fuego, y para que mejor lo entiendas oye este ejemplo.

 Si muchos llevaran sus velas a encender, y una fuese de una onza, otra de dos o de seis, quien la llevase de una libra y quien de mas, en cada una de ellas, tanto en la grande como en la pequeña se veía toda la luz, esto es, el calor y color, y la misma luz, y sin embargo tú dirías que es menor luz la de una onza que la de una libra; lo mismo pues sucede en los que reciben este Sacramento, que cada uno lleva su vela, esto es, el santo deseo con que lo recibe, la cual vela está apagada, y se enciende recibiendo este Sacramento: y digo apagada porque nada sois por vosotros mismos, y yo os he dado la materia con que podáis alimentar en vosotros esta luz y tomarla.

 La materia vuestra es el amor, pues por amor os crié, y sin él no podéis vivir.

 Este ser dado á vosotros por amor tuvo principio en el santo Bautismo en virtud de la sangre de este Verbo, porque de otra manera no podíais participar de esta luz, y seríais como la vela que sin el pávilo no puede arder ni lucir: así vosotros no podéis lucir si no habéis recibido en vuestra alma el pávilo que se enciende, esto es, la santísima fe unida á la gracia que recibís en el Bautismo con el afecto de vuestra alma que yo crié en disposición para amar, la cual es tan á propósito para amar, que no puede vivir sin el amor, o por mejor decir, este es su manjar y sustento.

 ¿En donde pues se enciende esta alma del modo que te he dicho? Al fuego de mi Divina caridad, amándome y temiéndome, y siguiendo la doctrina de mi Verdad.

 Es verdad que se enciende mas o menos según que el alma diere materia á este fuego, porque aunque todos tengáis una misma materia, á saber, que todos hayáis sido criados á mi imagen y semejanza, y tengáis vosotros los Cristianos la luz del santo Bautismo, sin embargo, cada cual puede crecer en amor y virtud, según que quisiereis, mediante mi gracia; no que mudéis otra forma de la que yo os di, sino que crecéis y aumentáis las virtudes con el amor, usando en virtud y afecto de caridad del libre albedrío, mientras tenéis tiempo, porque pasado este ya no podéis: así que podéis crecer en amor, y viniendo con él á recibir esta gloriosa luz que os he dado por comida por medio de mis Ministros, tanta luz recibiréis cuanto amor trajereis y encendido deseo, aunque lo recibáis todo, como te dije, poniéndote el ejemplo de los que llevaban velas, los cuales según la cantidad del peso así recibían la luz, sin embargo que cada uno la llevase entera, porque no puede dividirse por ninguna imperfección de vosotros que le recibís, ni del que le administra , sino que tanto participáis de esta luz, esto es, de la gracia que recibís en este Sacramento, cuanta es la disposición del santo deseo con que venís á recibirle; y el que recibe este Sacramento con culpa de pecado mortal, no recibe gracia, aunque reciba verdaderamente á todo Dios y hombre, como te he dicho.

 ¿Sabes pues como está el alma que comulga indignamente? Está como la vela mojada en agua, que no hace mas que hacer ruido cuando se arrima al fuego, y apenas está encendida cuando se apaga, y no queda más que el humo.

 Así esta alma lleva la vela que recibió en el santo Bautismo, y después la mojó en el agua de la culpa, que humedeció el pávilo de la luz de la gracia del Bautismo; y no habiéndose calentado al fuego de la verdadera contrición, confesándose de su culpa, fue á recibir á la mesa del altar esta luz materialmente, pero no espiritualmente: por lo cual, no estando dispuesta aquella alma con la debida disposición para tan alto misterio, no quedó gracia en ella, sino que se ausenta y queda con mayor confusión, apagada la luz, cubierta de tinieblas y agravada su culpa, no sacando otro fruto de este Sacramento que el ruido del remordimiento de la conciencia, no por defecto de la luz, pues esta no puede recibir daño alguno, sino por el agua que hallo en el alma, la cual impidió el afecto del alma para que no pudiese recibir esta luz.

 Y así, mira como no puede dividirse esta luz unida con el calor y color de manera alguna, ni por pequeño que sea el deseo que trae el que viene á recibir este Sacramento, ni por defecto que haya en el alma del que le recibe, ni por falta del que le administra: así como te dije del Sol, el cual aunque pase por lugares inmundos no se mancha ni se divide, ni disminuye su luz, ni se aparta de su rueda aunque todos reciban su luz y calor.

  Así este Sol, el Verbo de mi Unigénito Hijo, no se separa de mí, Sol, Padre eterno, aunque sea suministrado en el cuerpo místico de la santa Iglesia á cualquiera que quiera recibirle, sino que queda entero, y recibís todo un Dios y hombre juntamente, como te dije con el ejemplo de la luz, que si todo el mundo fuese por ella, todos la tomarían, y sin embargo quedaría entera.

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 Cómo todos los sentidos corporales se engañan en el sobredicho Sacramento, pero no los del alma, y que con estos, y no con aquellos, debe verse y gustarse; y de una visión que tuvo esta alma sobre esto.

¡O carísima Hija! abre bien los ojos de tu entendimiento para considerar el abismo de mi caridad, porque no hay criatura alguna que no debiese deshacerse en amor, viendo, entre otros beneficios que gratuitamente os di, el de este Sacramento.

¿Y con qué ojos, querida Hija, debes tú y los demás ver y considerar este misterio y tocarle? porque no solo el tacto y la vista no alcanzan, pero ni todos los sentidos.

Mira como los ojos no ven mas que la blancura del pan, la mano no toca otra cosa, y el gusto no gusta sino el sabor del pan; y así los sentidos del cuerpo se engañan, pero el sentido del alma no puede engañarse sino quiere: sino es digo, que quiera quitarse la luz de la santísima fe con la infidelidad.

¿Quién gusta, ve y toca este Sacramento? el sentido del alma: ¿con qué ojos le ve? con los del entendimiento, si en lo interior de ellos tiene la niña de la fe.

Estos ojos ven en la hostia á todo Dios y todo hombre, la naturaleza Divina unida con la humana, el cuerpo, el alma y la sangre de Cristo: el alma unida con el cuerpo, el cuerpo y el alma unidos con mi naturaleza Divina sin separarse de mí, si te acuerdas cuando al principio de tu vida te lo manifesté; y no tanto con los ojos del entendimiento, mas aún con los del cuerpo, bien que por la grande luz los del cuerpo perdieron la vista, y vieron solamente los del entendimiento.

Te lo mostré pues para que lo entendieses, y para fortificarte contra la batalla que habías tenido con el demonio en este Sacramento, y para que crecieras en amor y en la luz de la santísima fe.

Y así sabes que yendo tú por la mañana á la Iglesia al amanecer á oír Misa, después que habías sido molestada por el demonio, y te pusiste ante el altar del Crucifijo, el Sacerdote vino al altar de María, y estando tú allí á considerar tus defectos, temiendo haberme ofendido por la guerra que te había dado el demonio, estabas considerando el afecto de mi caridad que te había concedido oír Misa, sin embargo que tú te tenías por indigna de entrar en mi santo templo.

Llegando el Ministro á la consagración, tú alzaste los ojos al Ministro, y al decir él las palabras, yo te me manifesté, viendo tú salir de mí pecho una luz como el rayo del Sol, que sale de la rueda del Sol sin separarse de ella, en la cual luz venía una paloma, unidas paloma y luz, y revoloteaba sobre la hostia en virtud de las palabras que decía el Sacerdote.

Porque tus ojos corporales no pudieron sufrir la luz, y solamente te quedó la vista en los ojos intelectuales, allí viste y gustaste el abismo de la Trinidad, y á todo Dios y hombre escondido y oculto bajo aquel pan; y viste que ni la luz ni la presencia del Verbo que tú intelectualmente veías en la hostia quitaba la blancura del pan, y lo uno no impedía á lo otro, ni el ver á Dios y hombre en el pan, ni al pan estorbaba yo que se le viese, esto es, que no se le quitaba la blancura ni la figura ni el sabor.

Esto te manifestó mi bondad. Pero ¿quién lo vio? los ojos del entendimiento con la niña de la santísima fe: así que los ojos intelectuales son los que son capaces de ver este misterio, porque no pueden ser engañados, y con ellos debe mirarse este Sacramento.

¿Quién le toca? las manos del amor, con estas manos se tócalo que tales ojos han visto y conocido en este Sacramento.

Por la fe se toca con las manos del amor, como certificándose de lo que ve por la fe, e intelectualmente conoció.

 ¿Quién le gusta? el gusto del santo deseo. El gusto del cuerpo gusta el sabor del pan, y el gusto del alma, que es el santo deseo, gusta á Dios y hombre; y así mira como se engañan los sentidos del cuerpo, mas no los del alma; antes bien esta es alumbrada y certificada en sí misma, porque los ojos del entendimiento lo han visto con la luz de la santísima fe, y porque le vieron y conocieron, por eso le tocan con las manos del amor; porque lo ve, lo toca por amor con fe; y con el gusto del alma, que es un encendido deseo, lo gusta, esto es, con mi ardiente caridad y amor inefable, con el cual amor la he hecho digna de recibir tan grande Sacramento y la gracia que se ve recibir en él.

 Mira pues como no solamente debéis recibir y ver este Sacramento con los sentidos corporales, mas también con los espirituales, disponiendo vuestros sentidos del alma con afecto de amor, para ver, recibir y gustar este Sacramento.

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De la excelencia del que recibe este admirable Sacramento en estado de gracia.

Mira, Hija carísima, en cuánta excelencia está el alma que recibe con la debida disposición este pan de vida y manjar de los Ángeles.

Recibiendo este Sacramento está en mí, y yo en él: así como el pez está en el mar, y el mar en el pez, de la misma manera yo estoy en el alma, y el alma está en mí, mar pacífico.

En la tal alma queda la gracia, porque habiendo recibido este pan de Vida en gracia, esta queda, consumidos que son los accidentes de pan, en gracia.

Yo os dejo la efigie, como lo hace el sello, que si se pone sobre la cera caliente, aunque se levante queda la figura que estampo: de la misma manera os queda en el alma la virtud de este Sacramento , esto es, que os queda el calor de mi divina caridad y clemencia del Espíritu Santo.

Os queda la luz de la sabiduría de mi Unigénito Hijo, alumbrados los ojos de vuestro entendimiento con aquella sabiduría, para conocer y ver la doctrina de mi Verdad, y esta misma sabiduría queda vigorosa participando de mi fortaleza y poder, que fortifica el alma, y la da valor contra sus pasiones sensuales, contra los demonios y contra el mundo; y así mira como queda la efigie aunque se quito el sello, esto es, que, consumidos los accidentes de pan, este verdadero Sol se vuelve á su rueda, no porque se hubiese separado de ella, pues estaba unido conmigo, sino que el abismo de mi caridad para salud vuestra, y por dárselos en esta vida por manjar, en la que sois peregrinos y viandantes, para que tengáis algún consuelo, y no perdáis la memoria del beneficio de mi sangre, os le di por comida por dispensación mía y divina providencia, socorriendo vuestras necesidades.

Mira pues cuan obligados estáis á amarme, puesto que yo os amo tanto, y porque soy suma y eterna bondad, digno de ser amado por vosotros.

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Cómo las cosas que se han dicho acerca de la excelencia de este Sacramento son para conocer mejor la dignidad de los Sacerdotes, y cómo Dios exige de ellos mayor pureza que en los demás.

¡O querida hija! he dicho todo esto para que conozcas mejor la dignidad en que yo he puesto á mis Ministros, y te duelas mas de sus miserias.

Si ellos considerasen su dignidad no subsistirían en las tinieblas del pecado mortal, ni afearían la faz de su alma.

Y no solo evitarían ofenderme á mí y á su dignidad, sino que entregarían á las llamas su cuerpo, y no les parecería haberme satisfecho en algo por tanta gracia y beneficio como les he hecho, porque en la vida presente no pueden subir á mayor dignidad.

Ellos son mis ungidos, yo los llamo mis Cristos, porque me he dado á ellos para que me suministren á vosotros, y los he puesto como flores olorosas en el cuerpo místico de la santa Iglesia..

No he concedido esta dignidad á los Ángeles, y si á los hombres que he elegido por mis Ministros, los cuales he puesto como Ángeles, y deben ser Ángeles terrenos en esta vida.

En toda alma requiero pureza y caridad para que me ame con afecto y á su prójimo, y le socorra como pudiere con oraciones, viviendo con él en caridad; pero mucha mas pureza y amor para conmigo y con su prójimo pido á mis Ministros, suministrando el Cuerpo y Sangre de mi Unigénito Hijo con ardiente caridad y con hambre de la salud de las almas para gloria y alabanza de mi nombre.

Y así como estos Ministros requieren la limpieza en el cáliz, en donde se hace este sacrificio, así requiero yo la limpieza y pureza en su conciencia y alma; y el cuerpo como instrumento del alma quiero que se conserve en pureza, y no quiero que se alimenten ni envuelvan en el lodo de la inmundicia, ni que sean altivos con la soberbia, buscando grandes prelacías, ni crueles para consigo y sus prójimos, pues no pueden ser crueles consigo mismos sin serlo con su prójimo, porque si son crueles consigo por la culpa, lo son también con las almas del prójimo, por cuanto no les dan ejemplo de santa vida, ni cuidan de librar las almas de las manos del demonio, ni de suministrar el Cuerpo y Sangre de mi Unigénito Hijo, y á mí, verdadera luz. Así que si son crueles consigo mismos, lo son también con los demás.

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De la dignidad de los Sacerdotes, y cómo la virtud de los Sacramentos no se disminuye por las culpas de los que los administran ó reciben, y cómo Dios no quiere que los seculares corrijan á los Sacerdotes.

Esto hacían mis gloriosos Ministros, de los que te dije que quería considerases su excelencia, además de la dignidad que les había dado haciéndoles mis Cristos, los cuales ejercitando virtuosamente esta dignidad, se revisten de este amable y resplandeciente Sol que yo les entregué para suministrarle.

 Mira al dulce Gregorio, Silvestre y los otros antecesores y sucesores que fueron después del primer Pontífice Pedro, á quien dio las llaves del Reino de los Cielos mi Verdad, cuando dijo: Pedro, yo te doy las llaves del Reino de los Cielos, y lo que tú desatares en la tierra, será desatado en el Cielo; y lo que ligares en la tierra, será ligado en el Cielo.

Atiende, Hija muy amada, que manifestándote la excelencia de las virtudes de estos, te declararé con mas extensión la dignidad en que he colocado á estos mis Ministros.

 La sangre de mi Unigénito Hijo es la llave que abrió  la puerta de la vida eterna, que por el pecado de Adán mucho tiempo había estado cerrada.

Mas después que yo os di mi Verdad, que es el Verbo de mi Unigénito Hijo sufriendo y padeciendo, con su muerte destruyó vuestra muerte, bañándoos con su preciosa sangre, y así su sangre y muerte en virtud de mi naturaleza Divina, unida con la humana, abrió la puerta de la vida eterna.

 ¿ A quién pues dejó las llaves de esta sangre? al glorioso Apóstol Pedro y á todos los que le sucedieron o sucederán hasta el día del juicio, y así todos sus sucesores tienen y tendrán la misma autoridad que Pedro tuvo, y por ningún defecto en que incurran se disminuye ni quita la perfección á la sangre ni á Sacramento alguno, porque ya te dije que no se manchaba este Sol en ninguna inmundicia, y que no pierde su luz por las tinieblas de pecado mortal que haya cometido el que le administra ó el que le recibe, porque su culpa no puede dañar en manera alguna á los Sacramentos de la santa Iglesia, ni disminuir su virtud; pero sí se disminuye la gracia y crece la culpa en el que los administra y en el que los recibe indignamente.

Así que Cristo tiene en la tierra las llaves de la sangre, si te acuerdas de lo que te manifesté en aquella figura, queriéndote dar á entender cuánta reverencia deben tener los seculares á estos Ministros, sean buenos o sean malos, y cuánto me desagrada la irreverencia y poco respeto con que se les trata.

Sabes que te mostré el cuerpo místico de la santa Iglesia en figura de una dispensa, en la cual estaba la sangre de mi Unigénito Hijo, que da valor á todos los Sacramentos, y todos tienen vida en virtud de esta sangre.

A la puerta de esta dispensa estaba Cristo en la tierra, al cual le estaba encargado administrar esta sangre, y poner Ministros que le ayudasen á dispensarla á todo el cuerpo universal de la Religión Cristiana.

Aquel á quien él aceptaba y ungía era elegido por Ministro, y otro no. De él procede todo el orden del Clericato, y pone á cada uno en su oficio para administrar esta gloriosa sangre, y como él los ha puesto por sus coadjutores, por eso á él toca corregirles sus defectos, y así quiero que sea, pues por la excelencia y autoridad que les concedí, los saqué de la servidumbre o sujeción de los señores temporales; y así la ley civil no puede entenderse con ellos para castigarlos, sino solo aquel que he puesto para que los mande con leyes canónicas y divinas.

Estos son mis ungidos, y por eso dije en la Escritura: No queráis tocar á mis ungidos; de donde se sigue que incurre en grande daño y ruina el que presume castigarlos.

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Cómo Dios reputa por hecha contra sí la persecución que se hace á la santa Iglesia ó á sus Ministros, y que esta culpa es mas grave que otra Cualquiera.

Sí me preguntas por que te he mostrado que la culpa de los que persiguen la santa Iglesia es mayor que todas las otras que hayan cometido, y también por que no obstante sus defectos no querría yo que se disminuyese la reverencia que se les debe tener, te responderé que la reverencia y respeto que se les tiene, no es á ellos, sino á mí, en virtud de la sangre que yo les he dado á administrar, pues si esto no fuese, tanta reverencia les tendríais como á los demás seglares, y no mas: mas por el ministerio que ejercen estáis obligados á tributarles reverencia, y tenéis que venir necesariamente á ellos, no á ellos por ellos, sino por la virtud que les he dado, si queréis recibir los Sacramentos de la Iglesia, porque pudiéndolos recibir y no recibiéndolos, viviréis y moriréis en estado de eterna condenación.

Y así la reverencia es á mí y á esta gloriosa Sangre de mi Hijo, que es una cosa misma conmigo por la unión de la naturaleza divina con la humana, y no á ellos; y así como la reverencia es á mí, así la irreverencia con que se les trata es también á mí, y ya te he dicho que no debéis respetarlos á ellos por ser ellos, sino por la autoridad que les he dado, y así no deben ser ofendidos, porque ofendiéndolos me ofenden á mí y no á ellos, y ya lo he prohibido expresamente, diciendo que mis ungidos no deben ser tocados por vuestras manos, y así ninguno puede excusarse diciendo: yo no hago injuria, ni soy rebelde á la santa Iglesia, sino á los defectos de los malos pastores.

Este tal miente sobre su cabeza, y como cegado por el amor propio no ve, pues aunque vea bien, hace que no ve para apaciguar el estímulo de su conciencia, pues vería, y sin duda lo advierte, que persigue la Sangre de Jesucristo, y no á ellos.

 A mí es la injuria, así como á mí era el respeto, y así contra mí es también todo daño, escarnios, afrentas, oprobios y vituperios que á ellos les hacen, porque vuelvo, y volveré á decir: No quiero que en mis ungidos pongáis vuestras manos.

Yo los he de castigar, y no vosotros. Mas los perversos demuestran la irreverencia que tienen á la Sangre de mi Hijo, y que aprecian en poco el tesoro que les he dado para salud y vida de sus almas.

 ¿Qué mas podíais recibir que á mí todo Dios y todo hombre, que me he dado á vosotros en manjar?

 Mas porque estos mismos Ministros no me tributaban la reverencia que se me debe, por eso se disminuyó para ellos el acostumbrado respeto, persiguiéndolos, por ver en ellos muchos pecados y defectos.

Si verdaderamente les hubieran tenido esta reverencia por mí, no se hubieran levantado contra ellos por sus defectos, porque no se disminuye la virtud de este Sacramento por ninguna culpa, y por eso no se debe disminuir la reverencia; y cuando se disminuye, me ofenden.

Esta culpa es mas grave que todas las otras por muchas razones; pero diré las tres principales.

La primera es, porque lo que se hace contra mis Ministros, lo reputo hecho contra mí: la segunda, porque quebrantan el precepto, pues ya he mandado que no pongan en ellos sus manos, por lo cual desprecian la virtud de la sangre que recibieron en el santo Bautismo, desobedeciendo y haciendo lo que está prohibido, y son rebeldes á esta sangre porque no le han reverenciado, antes bien le han perseguido. Son como miembros podridos cortados del cuerpo místico de la santa Iglesia, por lo que mientras estuvieren obstinados en esta rebelión é irreverencia, si mueren en ella, se condenan.

Es verdad que llegando á la última hora, humillándose y conociendo su culpa, queriéndose reconciliar con su cabeza, aunque actualmente no puedan, alcanzan misericordia; pero no deben esperar á aquella hora, porque no es cosa segura que la conseguirán.

 La tercera causa por la cual esta culpa es mas grave que otras, es porque es pecado cometido con malicia y deliberación, y conocen que no lo pueden hacer con buena conciencia, y que pecan si lo hacen, y es ofensa con cierta soberbia sin deleite corporal, antes bien alma y cuerpo se consumen.

El alma se consume, porque se priva de la gracia, y muchas veces los roe interiormente el gusano de la conciencia: los bienes temporales se emplean en servicio del demonio, y mueren los cuerpos como animales.

Y así este pecado es directamente contra mí, y se comete sin apariencia de utilidad o deleite alguno, y sí con malicia y humo de soberbia, la cual tiene principio en el amor propio sensual, y del perverso temor que tuvo Pilato, que decretó  la muerte de Cristo mi Unigénito Hijo por temor de perder el dominio temporal: así lo han hecho, y lo hacen estos.

Todos los otros pecados se cometen o por ignorancia y falta de conocimiento, o por simplicidad, o por malicia, esto es, conociendo el hombre el mal que hace: mas por el desordenado deleite y placer que tiene en el mismo pecado, ó por alguna utilidad que en él hallase, ofende; y ofendiendo hace daño, y ofende su alma, y á mí, y á su prójimo.

A mí me ofenden porque no tributan gloria y alabanza á mi nombre; y al prójimo porque no le aman: mas él no me hace daño á mí actualmente porque me haga directamente la ofensa, sino que á sí se ofende; la cual ofensa me desagrada, porque es en su daño.

Esta ofensa se hace sin medio solo á mí directamente; pero los otros pecados tienen alguna apariencia y color, y se cometen por medio de alguno; pues como te dije, todo pecado se comete y toda virtud se ejercita mediante el prójimo; y el pecado se comete con la privación de mí y del prójimo, y la virtud con el amor de la caridad; y así ofendiendo al prójimo, me ofenden por medio de él: mas porque entre mis criaturas he elegido á estos por mis Ministros, los cuales son mis ungidos y administradores del Cuerpo y Sangre de mi Unigénito Hijo, que se convierte en carne vuestra unida con mi naturaleza Divina, por eso cuando consagran están representando la persona de Cristo mi Hijo.

Y así mira como esta ofensa se hace á este Verbo y haciéndose á él, se hace á mí, porque somos una misma cosa.

Estos desdichados persiguen la Sangre, y se privan del tesoro del fruto de la Sangre; por lo cual esta ofensa me es mas grave que á mis Ministros; porque así como no reputo aquella honra como de mis Ministros, sino mía, así esta persecución la tengo como hecha contra mí, esto es, contra esta gloriosa Sangre de mi Hijo, con quien soy una misma cosa.

Por lo cual, si todos los pecados que han cometido se pusiesen de una parte, y este solo por otra, aquellos los reputo por leves en comparación de este, como te lo manifesté para que tuvieses motivo de dolerte de mi ofensa, y de la condenación de estos infelices, para que con el dolor y amargura tuya y de los otros mis siervos se disipasen tan grandes tinieblas por mi bondad y misericordia, cuantas sobrevinieren á estos miembros podridos, cortados del cuerpo místico de la santa Iglesia.

Pero apenas encuentro quien se duela de la persecución que se hace á esta preciosa Sangre, pero hallo sí quien continuamente me dispara las saetas del amor desordenado y temor servil de la propia reputación: y como ciegos, reputan por honor lo que es vituperio, y por afrenta lo que es honor, á saber, humillarse á su cabeza.

Con estos defectos persiguen la sangre de mi Hijo.

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Aquí se habla de los perseguidores de la santa Iglesia y de los Ministros de varias maneras.

Te dije que me asaeteaban; y así es la verdad: porque con la intención hacen cuanto pueden: no porque yo pueda recibir daño alguno, ni ser ofendido de ellos, porque soy como la piedra, que hiriéndola recibe el daño el que la hiere: así también sus ofensas que despiden el mal olor no pueden dañarme: mas vuelve á ellos la saeta envenenada de la culpa, con la que se privan en esta vida de la gracia, perdiendo el fruto de la Sangre; y si á lo último de su vida no se corrigen con la santa confesión y contrición de corazón, se condenarán , apartados de mí, y unidos con el demonio: y los dos hacen liga; porque luego que el alma se priva de la gracia, y se une con el pecado, que es un vínculo de odio de la virtud y amor del vicio, el cual enlace ó vínculo han puesto con el libre albedrío en las manos del demonio, y con él los ata, porque de otra manera no pudieran ser atados.

Con esta ligadura se ataron los perseguidores de la sangre de mi Hijo unos con otros, y como miembros enlazados con el demonio, tomaron el oficio de demonios.

Estos procuran pervertir mis criaturas, y sacarlas de la gracia, y reducirlas á la culpa del pecado mortal, para que ellas tengan y participen del mal que ellos tienen.

Lo mismo hace estos, ni más ni menos; porque como miembros del demonio van pervirtiendo los hijos de la Esposa de Cristo mi Unigénito Hijo, y quitándoles el vínculo de la caridad, y atándolos con la infeliz ligadura, privándolos del fruto de la sangre, como lo están ellos.

Están atados con el nudo de la soberbia, con la propia reputación, y con el lazo del temor servil; pues por no perder el dominio temporal, pierden la gracia, y caen en la mayor confusión á que pueden llegar, privándose de la dignidad de la Sangre.

Este vínculo parece que está sellado con el sello de las tinieblas, porque no conocen en cuántas miserias y desgracias cayeron y hacen caer á los demás; y no se enmiendan porque no las conocen, sino que como ciegos se glorían de la ruina de las almas y cuerpos.

¡Oh querida Hija, duelete con grande amargura de ver tanta desdicha y ceguedad en los que están lavados con esta preciosa Sangre como tú, y que se alimentan y sustentan de ella á los pechos de la santa Iglesia, y ahora como rebeldes se han separado de este pecho por temor, y con pretexto de corregir los defectos de mis Ministros, habiendo yo prohibido que se les toque ni corrija!

Por eso debes tú y mis siervos tener gran temor siempre que oyeres hacer mención de tan detestable unión. No puede tu lengua referir cuánto la abomino; y lo peor es que quieren defenderse con la capa de los defectos de mis Ministros, y con este pretexto cubrir sus defectos; y no piensan que nada hay que se me pueda encubrir, ni que yo no vea.

Podrían sí esconderse y ocultarse á los ojos de las criaturas, pero no á mí; porque no solo veo las cosas presentes, más también las pasadas y venideras; porque como os amé, os conocí antes que fueseis.

 Y este es uno de los motivos por que los infelices mundanos no se corrigen, porque no creen con lumbre de fe viva que yo lo vea; pues si verdaderamente creyesen que yo veo sus delitos, y que todo delito es castigado, como premiada toda buena obra, no obrarían tan mal, sino que se corregirían de lo que han hecho, y me pedirían humildemente misericordia, y yo por medio de la Sangre de mi Hijo se la concedería: mas ellos como obstinados y reprobados por sus defectos, cayeron en la última ruina , y fueron privados de la luz, y como ciegos se hicieron perseguidores de la Sangre de Cristo, la cual persecución no debiera hacerse por defectos que se viesen en los dispensadores de esta Sangre.

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Breve repetición de lo dicho sobre la santa Iglesia y sus Ministros.

Te he contado, Hija muy querida, algunas cosas sobre la reverencia que se debe tener á mis ungidos, no obstante sus defectos; porque la reverencia que se les hace no es á ellos por ser ellos, sino por la autoridad que yo les he dado; y por cuanto sus defectos no pueden disminuir el misterio del Sacramento, no debe disminuirse la reverencia para con ellos, no por ellos, sino por el tesoro de la Sangre.

Haciendo lo contrario te he manifestado, aunque poco, de esta ofensa, cuanto me es sensible y desagradable, y el daño que reciben por esta irreverencia y persecución de la sangre, y la liga que han hecho contra mí y con el demonio, y te he dicho esto porque te duelas más.

Este es un delito que te he referido de la persecución de la santa Iglesia en particular, y en general te digo de la Religión Cristiana, que estando en pecado mortal desprecian la Sangre de mi Hijo, privándose de la gracia.

 Esto me desagrada, y es mas grave la culpa de los que arriba te he hablado.

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Santa Catalina de Siena (1347-1380) fue la penúltima de sus 25 hermanos, y desde su tierna edad escogió a Jesús por esposo. A su delicado cuerpo le impuso mortificaciones, y en medio de sus prolongados ayunos no buscaba otro sustento que la S. Eucaristía, único alimento suyo durante cuarenta días consecutivos. Recibió las llagas del divino Crucificado y ciencia infusa sobre los misterios más profundos de la religión. Merced a sus consejos, salió de Aviñón Gregorio XI para volver a Roma. Habiendo llegado como Cristo a los 33 años, voló a su divino Esposo, para participar allí del banquete nupcial en las santas alegrías de la Pascua eterna.

La obra el  Diálogo,   fue compuesta entre diciembre de 1377 y los últimos meses de 1378, y no fue dictado de un tirón, sino mediante sucesivas reelaboraciones.  Más sobre su obra en: www.dominicos.org/espiritualidad2/personajes/catalina/fuentes.htm