“Este es el tercer mandamiento de la ley, y con toda razón. En efecto, a Dios debemos reverenciarlo:
En primer lugar con el corazón, y por ello se nos ordena no adorar más que a un sólo Dios: “No tendrás dioses extraños frente a mí”.
En segundo lugar con los labios: “No tomarás en vano el nombre del Señor tu Dios”.
En tercer lugar con las obras, y a este fin se nos manda: “Acuérdate de santificar el día del sábado”. Porque quiso Dios que hubiera un día determinado en que los hombres se dedicasen a su servicio.
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Tal mandamiento se impuso por cinco motivos:
a)Para combatir el error: Conocía el Espíritu Santo que, andando el tiempo, dirían algunos que el mundo había existido siempre: “En los últimos días vendrán con burlas hombres sarcásticos, guiados por sus propias pasiones, que dirán: “¿Dónde queda la promesa de su venida? Desde que murieron los padres todo permanece como al principio de la cosas. Porque voluntariamente ignoran que un día hubo unos cielos y una tierra surgida del agua y en el agua asentada por la palabra de Dios ” (II Petr 3, 3-5)
Pues bien, Dios quiso que fuera guardado un día en recuerdo de que Él creó todo en seis y al séptimo cesó de dar origen a nuevas criaturas. A este motivo alude el Señor en la ley cuando dice: “Acuérdate de santificar el día sábado”
Los judíos en memoria de aquella creación guardaban el sábado: ahora bien, Cristo con su venida dio lugar a una creación nueva.
De la primera nació el hombre terreno, de la segunda el hombre celestial.
“En Cristo Jesús nada cuentan ni la circunsición ni la incircuncisión, sino la nueva criatura” (Gál 6, 15).
Esta criatura nueva nace de la gracia, que comenzó con la resurrección: “Como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Porque si hemos sido plantados juntamente con Él a imagen de su muerte, lo seremos también a imagen de su resurrección” (Rom 6, 4-5).
Y como la resurrección ocurrió en domingo, por eso guardamos ahora este día, del mismo modo que los judíos celebran el sábado en recuerdo de la creación primera.
b) Para instruir en el misterio del Redentor.
La carne de Cristo no se pudrió en la sepultura. “Mi carne reposará en esperanza, porque… no permitirás que tu santo vea la corrupción” (Ps 15, 9-10) .
A tal fin quiso Dios que se guardase el sábado, para que, mientras los sacrificios prefiguraban la muerte de Cristo, el descanso del sábado fuera un anticipo del reposo de su carne.
Nosotros ya no conservamos esos sacrificios, porque al llegar la realidad y la verdad se acaban las prefiguraciones, como se desvanecen las sombras a la salida del sol; dedicamos, sin embargo, el sábado a la veneración de la Virgen gloriosa, que conservó en ese día la fe en la totalidad del misterio de Cristo mientras Él estaba muerto
c) Para afianzar y preludiar la verdad de la promesa.
Puesto que lo que se nos promete es un descanso. “En el día aquel, cuando Dios te conceda el descanso de tu trabajo, de tu agobio y de la dura servidumbre a que fuiste sometido” (Is 14, 3); “se sentará mi pueblo en hermosura de paz, en tiendas de confianza, en egregio reposo” (Is 32, 18).
Y observad que esperamos descansar de tres cosas: del trabajo de la vida presente, de la turbación de las tentaciones y de la servidumbre del diablo. Esto es lo que Cristo prometió a los que vienen a El, diciendo —Mt 11, 28-30—: “Venid a Mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas: pues mi yugo es suave y mi carga ligera”.
Ahora bien, sabemos que el Señor trabajó seis días y que en el séptimo descansó, porque primero se deben hacer obras perfectas. Eccli 51, 35: “Muy poco trabajé, y hallé para Mí un gran descanso”.
En efecto, la duración de la eternidad excede incomparablemente más a todo el tiempo presente que mil años a un solo día.
d) En cuarto lugar fue dado este precepto para inflamar nuestro amor.
Sab 9, 15: “Pues el cuerpo corruptible agrava el alma“, y por eso el hombre tiende siempre hacia abajo a las cosas terrenas, si no se le obliga a elevarse por encima de ellas.
Por lo cual conviene dedicar a esto un tiempo determinado.
Por lo cual algunos hacen eso todo el tiempo: Salmo 33, 2: “Bendeciré al Señor en todo tiempo; su alabanza estará siempre en mi boca”. Dice el Apóstol en I Tes 5, 17: “Orad sin intermisión“; y éstos viven un sábado continuo.
Algunos hacen eso en cierta parte del tiempo: Salmo 118, 164: “Siete veces al día te he alabado”.
Otros, a fin de no volverse totalmente extraños a Dios, fue necesario que tuviesen algún día determinado [para dedicarse a Dios], no fuera a entibiarse demasiado en ellos el amor de Dios. Isaías 58, 13-14: “Si te parece suave el sábado… entonces tendrás tus delicias en el Señor”. Job 22, 26: “Hallarás en el Omnipotente tus delicias, alzarás tu rostro hacia Dios”.
En efecto, no se ha establecido ese día para divertirse, sino para orar y alabar al Señor Dios. Por lo cual San Agustín dice que es menos malo arar ese día que divertirse.
e) En quinto lugar fue dado para obrar bondadosamente respecto a los inferiores.
En efecto, algunos, crueles consigo mismos y con los suyos, no cesan de
trabajar continuamente por la ganancia; y esto es cosa sobre todo de los judíos, porque son sumamente avaros.
Deut 5, 12-14: “Guarda el día del sábado… para que descanse tu siervo y tu sierva, y tú también”; y luego: “No harás en él trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo,
ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu buey, ni tu asno, ni ninguna de tus bestias, para que tu siervo y tu sierva descansen, como tú también”.
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Ya se dijo que así como los judíos celebran el sábado, así nosotros los cristianos celebramos el domingo y otras fiestas importantes.
Veamos, pues, cómo debemos guardarlos. Y es de saberse que Dios no dice: Guarda el sábado, sino “acuérdate de santificar el sábado”.
Ahora bien, la palabra santo se toma en dos acepciones diferentes. En efecto, a veces santo es lo mismo que puro. Dice el Apóstol en I Cor 6, 11: “Pero habéis sido lavados, pero habéis sido santificados”.
A veces se llama santa a una cosa consagrada al culto de Dios, como un lugar, un tiempo, vestiduras y vasos sagrados.
Así es que de estas dos maneras debemos celebrar las fiestas. O sea, con pureza de corazón y entregándonos al servicio divino.
Por lo mismo hay que considerar dos cosas en este precepto.
Primeramente, en verdad, qué se debe evitar en día festivo; en segundo lugar, qué debe hacerse.
Hemos de guardarnos de tres cosas
a) Primeramente el trabajo corporal.
Jer 17, 22: “Santificaréis el sábado, no haciendo en ese día obra servil”, por lo cual también en la ley se dice —Lev 23, 25—: “Ninguna obra servil haréis ese día”.
Obra servil es el trabajo corporal, porque una obra libre es un acto del alma, como entender y otros semejantes; y a esos actos ningún hombre puede ser constreñido.
Pero es de saberse que las obras corporales pueden hacerse en sábado por cuatro motivos.
En primer lugar por necesidad. Por lo cual el Señor excusó a sus discípulos que habían cortado espigas en día sábado, como se dice en Mt 12, 3-7.
En segundo lugar por la utilidad de la Iglesia. Por lo cual se dice en el mismo Evangelio (Mt 12, 5) que los sacerdotes hacían todas las cosas que eran necesarias en el templo en día sábado.
En tercer lugar por la utilidad del prójimo. Por lo cual el Señor curó en sábado al hombre de la mano seca, y confundió a los judíos —que lo censuraban— con el ejemplo de la oveja, Mt 12, 11-12.
En cuarto lugar por la autoridad de un superior. Por lo cual el Señor ordenó a los judíos que circuncidaran en día sábado, como se dice en Juan 7, 23.
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b) En segundo lugar debemos evitar el pecado.
Jer 17, 21: “Guardad vuestras almas, y no llevéis cargas en día de sábado”. Ahora bien, el peso del alma, o sea, el peso malvado es el pecado: Salmo 37, 5: “Pesan sobre mí como pesada carga”.
Ahora bien, el pecado es una obra servil: en verdad, como se dice en Juan 8, 34: “El que comete pecado es siervo del pecado”.
Por lo cual, cuando se dice: “Ninguna obra servil hagáis en ese día”, esto puede entenderse del pecado.
Por lo cual obra contra este precepto el que peca en día de sábado, porque se ofende a Dios trabajando y pecando [en ese día], Isaías I, 13-14: “El sábado
y vuestras otras fiestas no las soportaré”.
¿Y por qué? Porque “son inicuas vuestras asambleas. Mi alma odia vuestras neomenias y vuestras festividades: se me han hecho molestas”.
c) En tercer lugar debemos evitar la ociosidad.
Eccli 33, 29: “La ociosidad enseña muchas maldades“. San Jerónimo le dice a Rústico: “Ocúpate continuamente en cualquier obra buena, para que el diablo te encuentre ocupado”.
Por lo cual no se deben celebrar más que las fiestas principales, si se ha de estar ocioso en las otras. Salmo 98, 4: “La gloria del rey es amar las cosas justas”, esto es, la discreción.
Por lo cual en Macabeos 2, 34-38 se dice que algunos judíos se habían ocultado, y que los enemigos se arrojaron sobre ellos, creyendo que no podrían defenderse en día de sábado, y los vencieron y mataron.
Así ocurre a muchos que están ociosos en los días de fiesta. Lam I, 7: “Miraron a Jerusalén sus enemigos, y se burlaron de sus sábados”. Pero deben hacer esos ociosos lo que hicieron estos otros judíos, que dijeron —I Macabeos 2, 41—: “Sea cualquiera el que venga a pelear contra nosotros en día de sábado, lucharemos contra él”.
Cuáles han de ser nuestras ocupaciones
a) Primeramente se deben hacer sacrificios.
Por lo cual, en Núm 28, 3-10, se dice que Dios ordenó que diariamente se ofreciera un cordero en la mañana, y otro en la tarde, pero que en sábado deberían duplicarse.
Lo cual significa que en sábado debemos ofrecerle a Dios el sacrificio de todo lo que tenemos. I Par 29, 14: “Tuyas son todas las cosas, y lo que hemos recibido de tus manos, te lo damos”.
Por lo cual primero debemos ofrecer espontáneamente el alma doliéndonos de nuestros pecados: Salmo 50, 19: “El sacrificio [agradable] a Dios es un corazón contrito”, y pidiendo beneficios [divinos]: Salmo 140, 2: “Señor, que mí oración se eleve como el incíenso en tu presencia”. En efecto, el día de fiesta fue establecido para tener el gozo espiritual que produce la oración, por lo cual en ese día deben multiplicarse las oraciones.
En segundo lugar debemos mortificar nuestro cuerpo, y esto ayunando; Rom 12, I: “Os ruego, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos a Dios como hostia viva y santa”; alabando: Salmo 49, 23: “El que me ofrezca un sacrificio de alabanza me honrará”; por lo cual en ese día deben multiplicarse los cantos [de alabanza].
En tercer lugar, debes sacrificar tus bienes, y esto dando limosnas. Hebr 13, 16: “De la beneficencia y de la mutua asistencia no os olvidéis: con tales sacrificios se obliga a Dios”; y esto dos veces más que en otros días, porque entonces la alegría es general. Nehem 8, 10: “Enviad partes a los que no prepararon para ellos, porque este es el santo día del Señor”.
b) En segundo lugar en el estudio de las palabras del Señor, como los judíos mismos lo hacen ahora. Hechos 13, 27: “Las palabras de los profetas que se leen cada sábado”. Por lo cual también los cristianos, cuya justicia debe ser más perfecta, deben concurrir a la predicación y al oficio de la Iglesia. Juan 8, 47: “El que es de Dios, oye las palabras de Dios”; además, hablan cosas de provecho: dice el Apóstol en Ef 4, 29: “No salga de vuestra boca palabra mala, sino que sea buena, para edificación”. En efecto, estas dos cosas son de provecho para el espíritu del pecador, porque cambian su corazón en mejor. Jerem 23, 29: “Mis palabras son como fuego ardiente, dice el Señor, y como martillo que rompe una piedra”.
Ahora bien, lo contrario les ocurre aun a los perfectos si no dicen o no escuchan cosas de provecho. Dice el Apóstol en I Cor 15, 33-34: “Las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres. Vigilad, justos, y no pequéis”; y Salmo 118, 11: “En mi corazón guardé tus palabras”. En efecto, la palabra [de Dios] instruye al ignorante: Salmo 118, 105: “Tu palabra es para mis pies una lámpara”; e inflama al tibio: Salmo 104, 19: “La palabra del Señor lo inflamó”.
c) En tercer lugar, en divinos ejercicios. Por otra parte, esto es propio de los perfectos. Salmo 33, 9: “Gustad y ved cuan dulce es el Señor”. Y esto por
el descanso del espíritu. En efecto, así como el cuerpo fatigado desea el descanso, así también el alma. Ahora bien, el lugar del alma es Dios: Salmo 30, 3: “Sed para mí un Dios protector y un lugar de refugio”. Hebr 4, 9-10: “Así queda un descanso para el pueblo de Dios: porque el que ha entrado en su descanso, también descansará de sus obras, como Dios descansó de las suyas”. Sab 8, 16: “Entrando en mi casa descansaré en ella”.
Pero antes de que el alma alcance ese reposo, es necesario que le precedan tres descansos.
El primero, de la turbación del pecado. Isaías 57, 20: “El corazón del impío es como un mar impetuoso, que no se puede apaciguar”.
El segundo, de las pasiones de la carne; porque la carne apetece contra el espíritu, y el espíritu contra la carne, como se dice en Gal. 5, 27.
El tercero, de las ocupaciones del mundo. Luc 10, 41: “Marta, Marta, tú te inquietas y te turbas por muchas cosas”. Y entonces, después de esto el alma reposa libremente en Dios. Isaías 58, 13-14: “Cuando hagas del sábado tus delicias, entonces tendrás tus delicias en el Señor”.
Por lo cual los santos todo lo dejaron; porque esta es la perla preciosa que al descubrirla un hombre la esconde; y por su gozo va y vende cuanto tiene, y la compra, como se dice en Mt 13, 45. En efecto, este reposo es la vida eterna, y el gozo es eterno. Salmo 131, 14: “Esta será por siempre mi mansión; aquí habitaré porque la he elegido”: a la cual nos conduzca El.
Extraído de los sermones de Santo Tomás de Aquino a los fieles de Nápoles durante la Cuaresma de 1273, que fueron transcritos a partir de notas tomadas.

