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Acuérdate de santificar el día sábado (Ex 20, 8)

Septiembre 18, 2009

“Este es el tercer mandamiento de la ley, y con toda razón. En efecto, a Dios debemos reverenciarlo:

En primer lugar con el corazón, y por ello se nos ordena no adorar más que a un sólo Dios: “No tendrás dioses extraños frente a mí”.

En segundo lugar con los labios: “No tomarás en vano el nombre del Señor tu Dios”.

En tercer lugar con las obras, y a este fin se nos manda: “Acuérdate de santificar el día del sábado”. Porque quiso Dios que hubiera un día determinado en que los hombres se dedicasen a su servicio.

***

Tal mandamiento se impuso por cinco motivos: 

a)Para combatir el error: Conocía el Espíritu Santo que, andando el tiempo, dirían algunos que el mundo había existido siempre: “En los últimos días vendrán con burlas hombres sarcásticos, guiados por sus propias pasiones, que dirán: “¿Dónde queda la promesa de su venida? Desde que murieron los padres todo permanece como al principio de la cosas. Porque voluntariamente ignoran que un día hubo unos cielos y una tierra surgida del agua y en el agua asentada por la palabra de Dios ” (II Petr 3, 3-5)

Pues bien, Dios quiso que fuera guardado un día en recuerdo de que Él creó todo en seis y al séptimo cesó de dar origen a nuevas criaturas. A este motivo alude el Señor en la ley cuando dice: “Acuérdate de santificar el día sábado”

Los judíos en memoria de aquella creación guardaban el sábado: ahora bien, Cristo con su venida dio lugar a una creación nueva.

De la primera nació el hombre terreno, de la segunda el hombre celestial.

“En Cristo Jesús nada cuentan ni la circunsición ni la incircuncisión, sino la nueva criatura” (Gál 6, 15).

Esta criatura nueva nace de la gracia, que comenzó con la resurrección: “Como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Porque si hemos sido plantados juntamente con Él a imagen de su muerte, lo seremos también a imagen de su resurrección” (Rom 6, 4-5).

Y como la resurrección ocurrió en domingo, por eso guardamos ahora este día, del mismo modo que los judíos celebran el sábado en recuerdo de la creación primera.

b) Para instruir en el misterio del Redentor.

La carne de Cristo no se pudrió en la sepultura. “Mi carne reposará en esperanza, porque… no permitirás que tu santo vea la corrupción” (Ps 15, 9-10) .

A tal fin quiso Dios que se guardase el sábado, para que, mientras los sacrificios prefiguraban la muerte de Cristo, el descanso del sábado fuera un anticipo del reposo de su carne.

Nosotros ya no conservamos esos sacrificios, porque al llegar la realidad y la verdad se acaban las prefiguraciones, como se desvanecen las sombras a la salida del sol;  dedicamos, sin embargo, el sábado a la veneración de la Virgen gloriosa, que conservó en ese día la fe en la totalidad del misterio de Cristo mientras Él estaba muerto

c) Para afianzar y preludiar la verdad de la promesa.

Puesto que lo que se nos promete es un descanso. “En el día aquel, cuando Dios te conceda el descanso de tu trabajo, de tu agobio y de la dura servidumbre a que fuiste sometido” (Is 14, 3); “se sentará mi pueblo en hermosura de paz, en tiendas de confianza, en egregio reposo” (Is 32, 18).

Y observad que esperamos descansar de tres cosas: del trabajo de la vida presente, de la turbación de las tentaciones y de la servidumbre del diablo. Esto es lo que Cristo prometió a los que vienen a El, diciendo —Mt 11, 28-30—: “Venid a Mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas: pues mi yugo es suave y mi carga ligera”.

Ahora bien, sabemos que el Señor trabajó seis días y que en el séptimo descansó, porque primero se deben hacer obras perfectas. Eccli 51, 35: “Muy poco trabajé, y hallé para Mí un gran descanso”.

En efecto, la duración de la eternidad excede incomparablemente más a todo el tiempo presente que mil años a un solo día.

d) En cuarto lugar fue dado este precepto para inflamar nuestro amor.

Sab 9, 15: “Pues el cuerpo corruptible agrava el alma“, y por eso el hombre tiende siempre hacia abajo a las cosas terrenas, si no se le obliga a elevarse por encima de ellas.

Por lo cual conviene dedicar a esto un tiempo determinado.

Por lo cual algunos hacen eso todo el tiempo: Salmo 33, 2: “Bendeciré al Señor en todo tiempo; su alabanza estará siempre en mi boca”. Dice el Apóstol en I Tes 5, 17: “Orad sin intermisión“; y éstos viven un sábado continuo.

Algunos hacen eso en cierta parte del tiempo: Salmo 118, 164: “Siete veces al día te he alabado”.

Otros, a fin de no volverse totalmente extraños a Dios, fue necesario que tuviesen algún día determinado [para dedicarse a Dios], no fuera a entibiarse demasiado en ellos el amor de Dios. Isaías 58, 13-14: “Si te parece suave el sábado… entonces tendrás tus delicias en el Señor”. Job 22, 26: “Hallarás en el Omnipotente tus delicias, alzarás tu rostro hacia Dios”.

En efecto, no se ha establecido ese día para divertirse, sino para orar y alabar al Señor Dios. Por lo cual San Agustín dice que es menos malo arar ese día que divertirse.

e) En quinto lugar fue dado para obrar bondadosamente respecto a los inferiores.

 En efecto, algunos,  crueles consigo mismos y con los suyos, no cesan de
trabajar continuamente por la ganancia; y esto es cosa sobre todo de los judíos, porque son sumamente avaros.

Deut 5, 12-14: “Guarda el día del sábado… para que descanse tu siervo y tu sierva, y tú también”; y luego: “No harás en él trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo,
ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu buey, ni tu asno, ni ninguna de tus bestias, para que tu siervo y tu sierva descansen, como tú también”.

***

 Ya se dijo que así como los judíos celebran el sábado, así nosotros los cristianos celebramos el domingo y otras fiestas importantes.

Veamos, pues, cómo debemos guardarlos. Y es de saberse que Dios no dice: Guarda el sábado, sino “acuérdate de santificar el sábado”.

Ahora bien, la palabra santo se toma en dos acepciones diferentes. En efecto, a veces santo es lo mismo que puro. Dice el Apóstol en I Cor 6, 11: “Pero habéis sido lavados, pero habéis sido santificados”.

A  veces se llama santa a una cosa consagrada al culto de Dios, como un lugar, un tiempo, vestiduras y vasos sagrados.

Así es que de estas dos maneras debemos celebrar las fiestas. O sea, con pureza de corazón y entregándonos al servicio divino.

Por lo mismo hay que considerar dos cosas en este precepto.

Primeramente, en verdad, qué se debe evitar en día festivo; en segundo lugar, qué debe hacerse.

 Hemos de guardarnos de tres cosas

a) Primeramente el trabajo corporal.

Jer 17, 22: “Santificaréis el sábado, no haciendo en ese día obra servil”, por lo cual también en la ley se dice —Lev 23, 25—: “Ninguna obra servil haréis ese día”.

Obra servil es el trabajo corporal, porque una obra libre es un acto del alma, como entender y otros semejantes; y a esos actos ningún hombre puede ser constreñido. 

Pero es de saberse que las obras corporales pueden hacerse en sábado por cuatro motivos.

En primer lugar por necesidad. Por lo cual el Señor excusó a sus discípulos que habían cortado espigas en día sábado, como se dice en Mt 12, 3-7.

En segundo lugar por la utilidad de la Iglesia. Por lo cual se dice en el mismo Evangelio (Mt 12, 5) que los sacerdotes hacían todas las cosas que eran necesarias en el templo en día sábado.

En tercer lugar por la utilidad del prójimo. Por lo cual el Señor curó en sábado al hombre de la mano seca, y confundió a los judíos —que lo censuraban— con el ejemplo de la oveja, Mt 12, 11-12.

En cuarto lugar por la autoridad de un superior. Por lo cual el Señor ordenó a los judíos que circuncidaran en día sábado, como se dice en Juan 7, 23.
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b) En segundo lugar debemos evitar el pecado.

Jer 17, 21: “Guardad vuestras almas, y no llevéis cargas en día de sábado”. Ahora bien, el peso del alma, o sea, el peso malvado es el pecado: Salmo 37, 5: “Pesan sobre mí como pesada carga”.

Ahora bien, el pecado es una obra servil: en verdad, como se dice en Juan 8, 34: “El que comete pecado es siervo del pecado”.

Por lo cual, cuando se dice: “Ninguna obra servil hagáis en ese día”, esto puede entenderse del pecado.

Por lo cual obra contra este precepto el que peca en día de sábado, porque se ofende a Dios trabajando  y pecando [en ese día], Isaías I, 13-14: “El sábado
y vuestras otras fiestas no las soportaré”.

¿Y por qué? Porque “son inicuas vuestras asambleas. Mi alma odia vuestras neomenias y vuestras festividades: se me han hecho molestas”.

c) En tercer lugar debemos evitar la ociosidad.

Eccli 33, 29: “La ociosidad enseña muchas maldades“. San Jerónimo le dice a Rústico: “Ocúpate continuamente en cualquier obra buena, para que el diablo te encuentre ocupado”.

Por lo cual no se deben celebrar más que las fiestas principales, si se ha de estar ocioso en las otras. Salmo 98, 4: “La gloria del rey es amar las cosas justas”, esto es, la discreción.

Por lo cual en Macabeos 2, 34-38 se dice que algunos judíos se habían ocultado, y que los enemigos se arrojaron sobre ellos, creyendo que no podrían defenderse en día de sábado, y los vencieron y mataron.

Así ocurre a muchos que están ociosos en los días de fiesta. Lam  I, 7: “Miraron a Jerusalén sus enemigos, y se burlaron de sus sábados”. Pero deben hacer esos ociosos lo que hicieron estos otros judíos, que dijeron —I Macabeos 2, 41—: “Sea cualquiera el que venga a pelear contra nosotros en día de sábado, lucharemos contra él”.

Cuáles han de ser nuestras ocupaciones

a) Primeramente se deben hacer sacrificios.

 Por lo cual, en Núm 28, 3-10, se dice que Dios ordenó que diariamente se ofreciera un cordero en la mañana, y otro en la tarde, pero que en sábado deberían duplicarse.

Lo cual significa que en sábado debemos ofrecerle a Dios el sacrificio de todo lo que tenemos. I Par 29, 14: “Tuyas son todas las cosas, y lo que hemos recibido de tus manos, te lo damos”.

 Por lo cual primero debemos ofrecer espontáneamente el alma doliéndonos de nuestros pecados: Salmo 50, 19: “El sacrificio [agradable] a Dios es un corazón contrito”, y pidiendo beneficios [divinos]: Salmo 140, 2: “Señor, que mí oración se eleve como el incíenso en tu presencia”. En efecto, el día de fiesta fue establecido para tener el gozo espiritual que produce la oración, por lo cual en ese día deben multiplicarse las oraciones.

En segundo lugar debemos mortificar nuestro cuerpo, y esto ayunando; Rom 12, I: “Os ruego, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos a Dios como hostia viva y santa”; alabando: Salmo 49, 23: “El que me ofrezca un sacrificio de alabanza me honrará”; por lo cual en ese día deben multiplicarse los cantos [de alabanza].

En tercer lugar, debes sacrificar tus bienes, y esto dando limosnas. Hebr 13, 16: “De la beneficencia y de la mutua asistencia no os olvidéis: con tales sacrificios se obliga a Dios”; y esto dos veces más que en otros días, porque entonces la alegría es general. Nehem 8, 10: “Enviad partes a los que no prepararon para ellos, porque este es el santo día del Señor”.

b) En segundo lugar en el estudio de las palabras del Señor, como los judíos mismos lo hacen ahora. Hechos 13, 27: “Las palabras de los profetas que se leen cada sábado”. Por lo cual también los cristianos, cuya justicia debe ser más perfecta, deben concurrir a la predicación y al oficio de la Iglesia. Juan 8, 47: “El que es de Dios, oye las palabras de Dios”; además, hablan cosas de provecho: dice el Apóstol en Ef 4, 29: “No salga de vuestra boca palabra mala, sino que sea buena, para edificación”. En efecto, estas dos cosas son de provecho para el espíritu del pecador, porque cambian su corazón en mejor. Jerem 23, 29: “Mis palabras son como fuego ardiente, dice el Señor, y como martillo que rompe una piedra”.
Ahora bien, lo contrario les ocurre aun a los perfectos si no dicen o no escuchan cosas de provecho. Dice el Apóstol en I Cor 15, 33-34: “Las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres. Vigilad, justos, y no pequéis”; y Salmo 118, 11: “En mi corazón guardé tus  palabras”. En efecto, la palabra [de Dios] instruye al ignorante: Salmo 118, 105: “Tu palabra es para mis pies una lámpara”; e inflama al tibio: Salmo 104, 19: “La palabra del Señor lo inflamó”.

c) En tercer lugar, en divinos ejercicios. Por otra parte, esto es propio de los perfectos. Salmo 33, 9: “Gustad y ved cuan dulce es el Señor”. Y esto por
el descanso del espíritu. En efecto, así como el cuerpo fatigado desea el descanso, así también el alma. Ahora bien, el lugar del alma es Dios: Salmo 30, 3: “Sed para mí un Dios protector y un lugar de refugio”. Hebr 4, 9-10: “Así queda un descanso para el pueblo de Dios: porque el que ha entrado en su descanso, también descansará de sus obras, como Dios descansó de las suyas”. Sab 8, 16: “Entrando en mi casa descansaré en ella”.

Pero antes de que el alma alcance ese reposo, es necesario que le precedan tres descansos.

El primero, de la turbación del pecado. Isaías 57, 20: “El corazón del impío es como un mar impetuoso, que no se puede apaciguar”.

 El segundo, de las pasiones de la carne; porque la carne apetece contra el espíritu, y el espíritu contra la carne, como se dice en Gal. 5, 27.

El tercero, de las ocupaciones del mundo. Luc 10, 41: “Marta, Marta, tú te inquietas y te turbas por muchas cosas”. Y entonces, después de esto el alma reposa libremente en Dios. Isaías 58, 13-14: “Cuando hagas del sábado tus delicias, entonces tendrás tus delicias en el Señor”.

Por lo cual los santos todo lo dejaron; porque esta es la perla preciosa que al descubrirla un hombre la esconde; y por su gozo va y vende cuanto tiene, y la compra, como se dice en Mt 13, 45. En efecto, este reposo es la vida eterna, y el gozo es eterno. Salmo 131, 14: “Esta será por siempre mi mansión; aquí habitaré porque la he elegido”: a la cual nos conduzca El.

Extraído de los sermones de Santo Tomás de Aquino a los fieles de Nápoles durante la Cuaresma de 1273, que fueron transcritos a partir de notas tomadas.

Debemos gloriarnos en la Cruz de Nuestro Señor

Abril 9, 2009

Misa de la Institución de la Eucaristía (Jueves Santo)

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Ant ad Introitum (Gálatas VI, 14)

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Nos autem gloriári oportet in Cruce Domini nostri Iesu Christi: in quo est salus, vita et resurréctio nostra: per quem salváti et liberáti sumus.

Nosotros debemos gloriarnos en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, en quien está nuestra salud, nuestra vida y nuestra resurrección, y por quien hemos sido salvados y redimidos.

Ps. 66, 2 Deus misereátur nostri, et benedícat nobis: illúminet vultum suum super nos, et misereátur nostri. Nos autem.

Apiádase Dios de nosotros y nos bendiga; haga brillar la luz de su rostro sobre nosotros y se compadezca de nosotros. Nosotros debemos, etc.

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SANTO TOMÁS DE AQUINO

Dice el Apóstol:

“En cuanto a mí, que nunca me gloríe sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien él mundo está crucificado para mí, y yo lo estoy para el mundo.” (Gál VI: 14)


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Veamos que donde el filósofo del mundo se avergüenza, allí mismo descubre el Apóstol su tesoro.

Lo que al primero le parece necedad, para el Apóstol es sabiduría y gloria, como dice Agustín.

Porque cada quien se gloría en aquello por lo que considera ser grande.

Y así, quien se considera grande por las riquezas, en ellas se gloría, y por el estilo en lo demás.

Y así era el Apóstol.

Por lo cual decía: Y yo vivo, o más bien, no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en mí (Gal 2,20).

Y por esto no se gloría sino en Cristo, y principalmente en la cruz de Cristo, y esto porque en ella hallamos todas las cosas de las que suelen gloriarse los hombres.

Porque algunos se glorían de la amistad de los grandes -de los Reyes o de los príncipes-: y esto lo halla el Apóstol sobre todo en la cruz de Cristo, porque en ella se muestra el signo evidente de la amistad divina. Lo que hace brillar más la caridad de Dios para con nosotros (Rom 5,8).

Porque nada nos manifiesta tanto su caridad para con nosotros como la muerte de Cristo. Con razón dice Gregorio: ¡Oh inestimable dilección de la caridad!, que para redimir al siervo has entregado al Hijo.

También se glorían algunos de la ciencia. Pero de manera excelente la halla el Apóstol en la cruz. Puesto que no me he preciado de saber otra cosa entre vosotros sino a Jesucristo (I Co 2,2). Porque en la cruz está la perfección de toda la Ley, y el arte entero de bien vivir.

Gloríanse también algunos en el poder; y tal gloria la tuvo el Apóstol al máximo por la cruz. La predicación de la cruz parece una necedad a los ojos de los que se pierden; mas para los que se salvan, esto es, para nosotros, es el poder de Dios (I Co 1,18).

Gloríanse otros por la libertad alcanzada; y ésta la consigue el Apóstol por la cruz. Nuestro hombre viejo fue crucificado juntamente con El, para que sea destruido el cuerpo del pecado, y ya no sirvamos más al pecado (Rom 6,6).

También hay quienes se glorían por su aceptación en alguna renombrada asociación. Pero por la cruz de Cristo somos recibidos en la celestial corporación. Reconciliar por El todas las cosas consigo restableciendo la paz entre cielo y tierra (Colos 1,20).

Y hay quienes se glorían en un triunfal signo de victoria. Pero la cruz es el triunfal signo de la victoria de Cristo contra los demonios. Despojando a los principados y potestades, los sacó valerosamente en público, y llevólos delante de sí, triunfando de ellos en su propia persona (Colos 2,1 5).

Bendito es el leño que sirve a la justicia (Sab 14. 7).

Y agrega la señal de su intención diciendo: por quien el mundo está crucificado para mí, etc.

Porque esto que dice: que nunca me gloríe sino en la cruz, etc., es una proposición restrictiva, que incluye una afirmativa y otra negativa; por lo cual da una doble señal, probando una y otra proposición.

Y primero prueba ciertamente la negativa, a saber, que no se gloría sino en la cruz, diciendo: por quien el mundo está crucificado para mí, etc. Porque aquello en lo que uno se gloría no es lo que está muerto en su corazón, sino que esto es lo que más desprecia. Fui borrado de su corazón y puesto en olvido como un muerto (Ps 30,13).

Ahora bien, manifiesto es que el mundo y cuanto en el mundo hay, muertos estaban en el corazón de Pablo. Todas las cosas las miro como basura por ganar a Cristo (Ph 3,8).

Así es que no se gloría en el mundo, ni en las cosas que hay en el mundo, y esto es lo que dice: En verdad en ninguna otra cosa me glorío sino en la cruz de Cristo, por quien, por Cristo crucificado, el mundo está crucificado para mí, o sea, muerto está en mi corazón, para que nada de él desee.

Y luego prueba la afirmativa, que se gloría en la cruz de Cristo, diciendo que él está crucificado para el mundo.

Porque quien se gloría en algo, como cosa propia lo considera, y desea manifestarlo; pero el Apóstol nada desea tener en sí mismo ni manifestar que no pertenezca a la cruz de Cristo, por lo cual sólo en ella se gloría; y esto lo dice así: y yo lo estoy para el mundo, para el mundo estoy crucificado; como si dijera: Traigo en mí mismo las señales de la cruz, y me considero como muerto. Por lo cual, así como el mundo aborrece la cruz de Cristo, también a mí me aborrece.Muertos estáis ya, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Colos 3,3).

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“Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni el prepucio, sino la nueva criatura.”  (Gálatas 6: 15)

Ahora bien, la razón por la cual no se gloría en ninguna otra cosa la muestra, agregando: Porque en Cristo Jesús, etc. Ya que se gloría más que nada en aquello que sirve y ayuda para unírsele a Cristo, esto es lo que el Apóstol desea: el estar con Cristo.

Y como para esto no sirve el rito Judío, ni las observancias de los Gentiles, sino tan sólo la cruz de Cristo, sólo en ella se gloría, y esto lo dice así: En Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, o sea, el rito judaico, ni el prepucio, o sea, las ceremonias de la gentilidad, para ser justificados y unirnos a Cristo, pues para esto vale la nueva criatura.

Lo cual es evidente por lo que ya se ha dicho (Gal 5,6) casi con las mismas palabras: Porque para con Jesucristo nada vale el ser circunciso o incircunciso, sino la fe, que obra animada por la caridad.

Así es que la fe informada por la caridad es la nueva criatura. Porque hemos sido creados y producidos en el ser de la naturaleza por Adán; pero ciertamente aquella criatura era ya antigua y envejecida, por lo cual, al producirnos y constituirnos a nosotros el Señor en el ser de la gracia, hizo cierta nueva creatura.

A fin de-que seamos las primicias de sus creaturas (Sant 1,18).

Y dice nueva, porque por ella somos renovados en una vida nueva; y es por el Espíritu Santo. Envía tu Espíritu y serán creados, y renovarás la faz de la tierra (Ps 103,30). Y por la cruz de Cristo. Si alguno vive en Cristo, es una creatura nueva (2Co 5, 17).

 En consecuencia, por la nueva creatura, o sea, por la fe de Cristo y la caridad de Dios, la cual es infundida en nuestros corazones, somos renovados, y nos unimos a Cristo.

S. Thomae Aquinatis Doctoris Angelici in omnes S. Pauli Apostoli Epistolas Commentaria.Petri Marietti.1896. Traducción de J. M. Abascal. Ed. Tradición. México. 1983.Comentario a la epístola a los Gálatas.

Christus factus est

Abril 9, 2009

Gradual de la Misa de la Institución de la Eucaristía (Jueves Santo)

(Phil. 2: 8-9)

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Christus factus est pro nobis obédiens usque ad mortem, mortem autem crucis.

Cristo se hizo obediente por nosotros hasta la muerte, y muerte de Cruz.

V. Propter quod et Deus exaltávit illum: et dedit illi nomen, quod est super omne nomen.

V. Por lo cual también Dios le ensalzó y le dio un nombre sobre todo nombre.

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Comentario de Santo Tomás de Aquino de las palabras del Apóstol a los Filipenses:Cristo se hizo obediente …”

“El modo de humillarse y el distintivo de la humildad es la obediencia; porque, lo propio de los soberbios es seguir su propia voluntad, ya que los soberbios buscan lo elevado, y lo elevado no se deja gobernar sino que él es el que gobierna, y por eso la obediencia es contraria a la soberbia.

De aquí que queriendo mostrar la humildad perfectísima de la Pasión de Cristo, dice que se hizo obediente; porque si hubiese padecido, mas no por obediencia, Su pasión no sería tan alabada: ya que la obediencia da el mérito a nuestros trabajos y padecimientos.

Mas ¿cómo se hizo obediente?

No con Su voluntad divina, porque es la regla, sino con Su humana voluntad, que en todo se dejó gobernar por la voluntad Paterna. Mt XXVI, 39: verumtamen non sicut ego volo, sed sicut tu.

Y, convenientemente introduce en Su Pasión la obediencia, pues la primera prevaricación fue por desobediencia Rom. V, 19: sicut enim per inobedientiam unius hominis peccatores constituti sunt multi, ita et per obedientiam unius hominis, iusti constituuntur multi. Prov. XXI, 28: vir obediens loquetur victorias

Y es claro que esta obediencia es de gran precio y aprecio; porque la obediencia es grande, cuando contra el impulso propio sigue la orden ajena; ahora bien, la voluntad humana a dos cosas se mueve instintivamente: a vivir y a ser honrado; mas Cristo no rehusó morir. I Petr III, 18: Christus semel pro peccatis nostris mortuus est, etcetera.
Del mismo modo, no huyó de la ignominia, como dice: “y muerte de cruz”, que es ignominiosísima . Sap. II, 20: morte turpissima condemnemus eum.

Así pues, ni rehusó la muerte, ni la manera de muerte ignominiosa.”

¿Qué necesidad había de que el Verbo de Dios padeciera por nosotros?

Marzo 10, 2009

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SANTO TOMÁS DE AQUINO

¿Qué necesidad había de que el Verbo de Dios padeciera por nosotros?

Era muy necesario y podemos dar dos razones de esta necesidad.

En efecto, los sufrimientos de Cristo eran necesarios, en primer lugar como remedio a nuestros pecados y en segundo lugar como modelo de nuestras acciones.

Como remedio ciertamente, porque contra todos los males en que incurrimos por el pecado, encontramos el remedio en la Pasión de Cristo.

Estos males son cinco.

El primero: una mancha en el alma. En efecto, el hombre cuando peca, mancha su alma, porque así como la virtud es la belleza del alma, así el pecado es su mancha.

Ahora bien, la Pasión de Cristo hace desaparecer la mancha.

Cristo, por su Pasión, preparó un baño en su sangre, para lavar allí a los pecadores, por lo que dice San Juan: Nos lavó de nuestros pecados en su sangre. (Ap 1, 5)

Ahora bien, el alma se lava por la sangre de Cristo en el bautismo, pues por la sangre de Cristo éste tiene virtud regenerativa.

Por eso cuando alguien se mancha con el pecado, hace injuria a Cristo, y peca más que antes (del bautismo), según estas palabras de la Escritura:

Si alguno viola la ley de Moisés, es condenado a muerte sin compasión, por la declaración de dos o tres testigos.

¿Cuánto más grave castigo pensáis que merecerá aquel que pisoteare al Hijo de Dios y tuviere por impura la sangre de la Alianza? (Heb 10, 28-29)

El segundo mal, ofensa a Dios.

En efecto, como el carnal ama la belleza carnal, así Dios ama la belleza espiritual, que es la belleza del alma.

Por consiguiente, cuando el alma se mancha por el pecado, Dios se ofende y tiene en odio al pecador.

Dice la Sabiduría: Dios odia al impío y su impiedad (Sab 14, 9)

Cristo sin embargo, borra este odio por su Pasión, gracias a la cual satisfizo a Dios Padre por el pecado.

Porque el hombre, de por si, no podía satisfacer por sus faltas; Jesús, en cambio, sí lo podía, porque su caridad y su obediencia fueron mayores que el pecado del primer hombre y su prevaricación. Cuando eramos enemigos (de Dios) – dice San Pablo – fuimos reconciliados con El por la muerte de su Hijo (Rom 5, 10)

El tercer mal: debilitamiento espiritual.

Porque el hombre, luego de un primer pecado, cree que ulteriormente podrá preservarse del pecado; pero ocurre todo lo contrario: el primer pecado lo debilita, y lo hace más proclive a pecar, y así el pecado domina más al hombre, y el hombre, en cuanto de sí depende, se pone en tal situación que sin el poder divino no se puede levantar: es como uno que se arrojara a un pozo.

Después del pecado, nuestra naturaleza quedó debilitada y corrupta, y entonces el hombre se encontró más inclinado a pecar.

Cristo disminuyó esta flaqueza y debilidad, aunque no la quitó del todo: su Pasión fortificó al hombre y debilitó el pecado a tal punto que ya no estamos tan dominados por el pecado, y ayudados por la gracia de Dios, conferida por los sacramentos, cuya eficacia viene de la Pasión de Cristo, podemos hacer esfuerzos eficaces para apartarnos del pecado.

Nuestro hombre viejo – dice el Apóstol -ha sido crucificado con Cristo, a fin de que fuera destruido el cuerpo del pecado. (Rom 6, 6)

Antes de la Pasión de Cristo pocos eran los hombres que vivían sin pecado mortal; pero después son muchos los que vivieron y viven sin pecado mortal.

El cuarto mal: la pena merecida. La justicia de Dios exige que todo el que peque sea castigado y ese castigo debe medirse según la gravedad de la culpa.

Ahora bien, siendo infinita la culpa del pecado mortal, puesto que es contra el bien infinito, es decir, Dios, cuyos preceptos el pecador desprecia, la pena debida al pecado mortal es infinita.

Pero Cristo por su Pasión, nos levantó esta pena, sufriéndola el mismo en lugar nuestro, como dice San Pedro: El mismo llevó nuestros pecados (es decir la pena del pecado) en su cuerpo (1 Pe 2, 24)

Porque el poder de la Pasión de Cristo fue tan grande que basta para expiar todos los pecados de todo el mundo, aun cuando fuesen sin cuenta.

Por eso los bautizados quedan libres de todos sus pecados. Y también por eso el sacerdote perdona los pecados.

Y por eso también el que se conforma más con la Pasión de Cristo, obtiene mayor perdón y merece más gracia.

El quinto mal: destierro del reino.

Porque quienes ofenden a los reyes son obligados a emigrar del reino.

Así Adán, por causa de su pecado y enseguida de haberlo cometido, fue arrojado del paraíso, y se cerró tras él la puerta del paraíso.

Pero Cristo por su Pasión abrió aquella puerta, y llamó al reino a los desterrados.

En efecto, abierto el costado de Cristo, se abrió también la puerta del paraíso, y por la efusión de su sangre, la mancha del pecado quedó borrada, Dios fue aplacado, suprimida quedó la debilidad, expiada su pena, y los desterrados fueron de nuevo llamados al reino.

Por eso Cristo le dijo de inmediato al buen ladrón que le imploraba: Hoy estarás conmigo en el paraíso (lc 23, 43)

Esto antes nunca había sido dicho a nadie, ni a Adán, ni a Abraham, ni a David; pero “hoy” es decir, cuando la puerta del paraíso se abre, el ladrón pide y obtiene el perdón.

Por eso dice la Escritura: tenemos la libertad de entrar con confianza en el santuario por la sangre de Cristo (Hebr 10, 19)

Pero no es menor su utilidad como modelo de nuestro obrar.

En efecto, como dice San Agustín, la Pasión de Cristo basta para instruirnos completamente sobre la manera como debemos vivir.

Porque si alguno quiere llevar una vida perfecta, no tiene que hacer otra cosa que despreciar lo que Cristo despreció en la cruz y desear lo que Cristo deseó.

Porque ningún ejemplo de virtud falta en la cruz.

¿Buscas un ejemplo de caridad? Nadie tiene mayor caridad que el que da la vida por sus amigos, dijo el mismo Jesús (jo 15, 13)

Y esto fue lo que hizo Cristo en la cruz.

Si, pues, dio su vida por nosotros, no deberá sernos gravoso soportar por el cualquier mal.

Decía el Salmista ¿Cómo podré corresponder al Señor por todas las mercedes que me ha hecho ? (Ps 115, 12)

¿Buscas un ejemplo de paciencia? Lo encontrarás excelentísimo en la cruz. Porque la grandeza de la paciencia se manifiesta de dos maneras: o bien sufriendo pacientemente grandes males, o bien sufriendo algo que podría evitarse y no se evita.

Pues bien, Cristo sufrió grandes males en la cruz. Pudo aplicarse a Si mismo las palabras de Jeremías en sus Lamentaciones (1, 12): Oh, vosotros todos, que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor.

Y esos grandes males Cristo los sufrió pacientemente, porque, cuando le atormentaban – dice San Pedro – no prorrumpía en amenazas (1 Pe 2, 23)
se comportó al decir de Isaías, como cordero llevado al matadero, y como oveja muda ante los trasquiladores. (Is 53, 7).

Asimismo Cristo habría podido evitar esos sufrimientos y no los evitó. El mismo se lo dijo a Pedro cuando lo arrestaron en Getsemaní: ¿o piensas que no puedo recurrir a mi Padre, y me enviaría enseguida más de doce legiones de ángeles? (Mt 26, 53)

Grande fue, pues, la paciencia de Cristo en la cruz. Por eso dice la Escritura: Corramos con paciencia al combate que se nos ofrece, puestos los ojos en Jesús, autor y consumador de la fe, el cual, en vez del gozo que se le ofrecía, soportó la cruz, despreciando la ignominia. (Heb 12, 1-2)

¿Buscas un ejemplo de humildad? Mira el cucifijo. En efecto, Dios quiso ser juzgado bajo Poncio Pilatos y morir.

Tu causa, Señor, -podríamos decirle – ha sido juzgada como la de un impío (Job 36.17)

Si , verdaderamente como la de un impío, porque sus enemigos pudieron decirse unos a otros: Condenemosle a muerte afrentosa (Sab 2, 20)

El Señor quiso morir por su siervo, y el que es la vida de los ángeles aceptó morir por el hombre.

Como escribe San Pablo: se hizo obediente hasta la muerte (Filip 2, 8 )

¿Buscas un ejemplo de obediencia? Síguelo a Él que se hizo obediente al Padre hasta la muerte. Dice el Apóstol: Como por la desobediencia de un solo hombre muchos fueron constituidos pecadores, así también, por la obediencia de uno solo, muchos serán constituidos justos (Rom 5, 19)

¿Buscas un ejemplo de menosprecio de las cosas terrenas? Síguelo a El, que es el Rey de los reyes y el Señor de los señores, en quien están todos los tesoros de la sabiduría, y que sin embargo en la cruz apareció desnudo, objeto de burla, fue escupido, golpeado, coronado de espinas, abrevado con hiel y vinagre y luego murió. No te aficiones, pues, a los vestidos o a las riquezas, porque los soldados se repartieron mis vestidos (Ps 21, 19); ni te aficiones a los honores, porque a Mi me cubrieron de escarnios y de golpes; ni busques las dignidades, porque tejieron un corona de espinas y la pusieron sobre mi cabeza; ni las delicias, porque en mi sed me hicieron beber vinagre (Ps 68, 22)

Comentando aquellas palabras de la Epístola a los hebreos: Cristo, en vez del gozo que se le ofrecía soportó la cruz, despreciando la ignominia (12, 2), escribía San Agustín: “Cristo Jesús despreció todos los bienes terrenos para enseñarnos que debemos despreciarlos”.

El Credo comentado

Santo Tomás de Aquino: El sacramento de la Eucaristía (2)

Mayo 28, 2008

CUESTIÓN 74

La materia de este sacramento

 

Summa theologiae

 

Ésta cuestión plantea y exige respuesta a ocho problemas:

 

  1. ¿Son el pan y el vino materia de este sacramento?
  2.  La materia de este sacramento, ¿requiere una determinada cantidad?
  3.  ¿Es el pan de trigo la materia de este sacramento?
  4. . El pan, ¿ha de ser ácimo o fermentado?
  5. ¿Es el vino de vid la materia de este sacramento?
  6. . ¿Se le ha de mezclar con agua?
  7. . ¿Es indispensable el agua en este sacramento?
  8.  ¿Qué cantidad de agua se ha de echar?

 

 

ARTÍCULO 1

 

¿Son el pan y el vino materia de este sacramento?

 

“Hay que decir: Acerca de la materia de este sacramento ha habido muchos errores. Así, unos llamados artotiritas, como dice San Agustín en su libro De Haeresibus, ofrecen pan y queso en este sacramento diciendo que los hombres primitivos hacían sus oblaciones con los frutos de la tierra y de las ovejas. Otros, o sea, los catarigios y pepucianos, se dice que confeccionan una espede de eucaristía con sangre de niño, obtenida a través de pequeñas punciones, practicadas en todo su cuerpo, mezclada con harina, de donde resulta el pan. Y algunos, llamados acuarios, ofrecen en este sacramento agua  solamente, bajo pretexto de sobriedad .

Pues bien, todos estos errores y otros semejantes quedan eliminados diciendo que Cristo instituyó este sacramento utilizando pan y vino, como consta en Mt 26,26ss. Por consiguiente, el pan y el vino son la materia adecuada de este sacramento. Y esto por varias razones. Primera, teniendo en cuenta el uso de este sacramento, que consiste en su manducación. De hecho, como en el sacramento del bautismo se utiliza el agua para la ablución espiritual, ya que ordinariamente la limpieza del cuerpo se hace con agua, así el pan y el vino, que son el alimento más común entre los hombres, son utilizados en este sacramento como comida espiritual.

Segunda, teniendo en cuenta la pasión de Cristo, en la que su sangre fue separada de su cuerpo. Por eso, en este sacramento, que es memorial de la pasión del Señor, se toman por separado el pan, como sacramento de su cuerpo, y el vino, como sacramento de su sangre.

Tercera, teniendo en cuenta el efecto producido en cada uno de los que lo toman.

Porque, como dice San Ambrosio comentando la Epístola Ad Corinthios, este sacramento sirve para proteger el cuerpo y el alma, por eso se ofrece la carne de Cristo, bajo el elemento del panera beneficio del cuerpo,  la sangre, bajo el elemento del vino, para beneficio del alma, por lo que se lee en Lev 17,14 que la vida de toda carne es su sangre.

Cuarta, teniendo en cuenta el efecto producido en toda la Iglesia, construida por la diversidad de los fieles, como el pan se compone de diversos granos y el vino de diversas uvas, al decir de la Glosa, comentando aquello de 1 Cor 10,17: Muchos somos un solo cuerpo.

 

ARTICULO 2

 

La materia de este sacramento,

¿requiere una determinada cantidad de pan y vino?

 

“Algunos dijeron que el sacerdote no puede consagrar una inmensa cantidad de pan o de vino, como sería todo el pan que se vende en el mercado, o todo el vino contenido en una tinaja. Pero no parece que esto sea verdad. Porque en todas las cosas hechas de materia, el criterio para determinar la materia se adopta con relación al fin: así la materia de la sierra es el acero para que pueda cortar. Ahora bien, el fin de este sacramento es el uso de los fieles. Luego la cantidad de materia, en este sacramento, deberá determinarse con relación al uso de los fieles. Pero no se puede determinar con relación al uso de los fieles que están presentes. De lo contrario, un sacerdote que tuviese pocos parroquianos no podría consagrar muchas hostias. Luego solamente queda que la materia de este sacramento sea determinada con relación al uso de los fieles en general. Y, como el número de los fieles no está determinado, no se puede decir que la cantidad de materia, en este sacramento, esté determinada.”

 

ARTICULO 3

 

¿Es el pan de trigo la materia de este sacramento?

 

“Hemos dicho ya (a.l; q.60 a. 7 ad 2) que, para los sacramentos, se utiliza una materia que, comúnmente entre los hombres, sirve para un uso parecido. Pues bien, entre todas las clases de pan, el de trigo es el que los hombres más comúnmente utilizan, ya que las otras clases de pan parece que se han introducido cuando faltaba el de trigo. Por lo que se cree que Cristo instituyó este sacramento utilizando pan de trigo. El cual, por otra parte, es de mayor alimento, por lo que es mejor para significar el efecto de este sacramento. Por consiguiente, la materia propia de este sacramento es el pan de trigo.”

 

ARTICULO 4

 

¿Debe hacerse este sacramento con pan ácimo?

 

“Acerca de la materia de este sacramento se pueden considerar dos cosas, a saber, lo que es necesario y lo que es conveniente. Es necesario,  en efecto, que el pan sea de trigo, como se acaba de decir (a.3), sin lo cual no se realiza el sacramento. Sin embargo, no es necesario que el pan sea ácimo o fermentado, porque con el uno y con el otro puede hacerse el sacramento.

Ahora bien, es conveniente que cada uno observe en la celebración del sacramento el rito de su Iglesia, ya que en lo que se refiere al rito, las costumbres de las Iglesias son diferentes. Dice, en efecto, San Gregorio en el Registro: La Iglesia romana ofrece pan ácimo porque el Señor asumió una carne pura. Pero las otras iglesias ofrecen pan fermentado porque el Verbo del Padre se vistió de carne, como la levadura se mezcla con la harina. Por consiguiente, como peca un sacerdote de la Iglesia latina celebrando la misa con pan fermentado, así pecaría un sacerdote griego en la Iglesia griega celebrando con pan ácimo, pervirtiendo en cierto modo el rito de su Iglesia. Sin embargo, la costumbre de celebrar con pan ácimo está más justificada. Primero, por la institución de Cristo, que instituyó este sacramento el primer día de los ácimos, como consta en Mt 26,17, Me 14,12 y Le 22,7, en cuyo día nada fermentado debe  haber en las casas de los judíos, como se afirma en Ex 12,15.19. Segundo, porque el pan es más propiamente el sacramento del cuerpo de Cristo, concebido sin corrupción, que el de su divinidad, como se dirá después (q.76 a.l ad 1). Tercero, porque el ácimo está más adecuado con la sinceridad de los fieles, requerida para acercarse a este sacramento, conforme a las palabras de 1 Cor 5,7.8: Nuestra Pascua es Cristo inmolado… celebremos, pues, el banquete con ácimos de sinceridad y de verdad.

Pero también la costumbre de los griegos está justificada: por una parte, está el significado dado por San Gregorio, y, por otra, la repulsa de la herejía nazarena, que mezclaba la ley antigua con el Evangelio “

 

ARTICULO 5

 

¿Es el vino de vid la materia propia de este sacramento?

 

“Solamente con vino de la vid se puede hacer este sacramento. Primero, por la institución de Cristo, quien instituyó este sacramento con vino de la vid, como consta por lo que él mismo dijo en Le 22,18 acerca de la institución de este sacramento: De ahora en adelante no beberé más del fruto de la vid.

Segundo, porque como se ha dicho antes (a.3), para materia de los sacramentos se  toman los elementos que propia y comúnmente son conocidos con ese nombre. Ahora bien, propiamente hablando se llama vino al licor que procede de la vid, ya que otros licores se llaman vino por semejanza con el vino de la vid.

Tercero, porque el vino de la vid significa mejor el efecto de este sacramento, que es la alegría espiritual, pues está escrito (Sal 103,15) que el vino alegra el corazón del hombre.”

 

ARTICULO 6

 

¿Se le ha de añadir agua al vino?

 

“El vino que se ofrece en este sacramento debe estar mezclado con agua. Primero, por su misma institución, ya que se cree con probabilidad que el Señor instituyó este sacramento con vino mezclado con agua, si nos atenemos a la costumbre de aquella tierra, por lo que se dice en Prov 9,5: Bebed el vino que os he mezclado. Segundo, porque esta mezcla se adapta a la representación de la pasión del Señor. Por lo que dice el papa Alejandro : En el cáliz del Señor no debe ofrecerse sólo vino o sólo agua, sino los dos mezclados, porque en la pasión del Señor uno y otra fluyeron de su costado.

Tercero, porque esta mezcla sirve para significar el efecto de este sacramento, que es la unión del pueblo cristiano con Cristo, pues, como dice el papa San Julio: En el agua vemos significado el pueblo, pero en el vino vemos significada la sangre de Cristo. Luego, cuando en el cáliz se mezcla el vino con agua, el pueblo se une con Cristo. Cuarto, porque esta mezcla responde al último efecto de este sacramento, que es la entrada en la vida eterna. Por lo que dice San Ambrosio en su libro De sacramentis: Rebosa el agua en el cálizy salta hasta la vida eterna.”

 

ARTICULO 7

¿Es indispensable la mezcla de agua en este sacramento?

 

“Para valorar la importancia de un signo se ha de tener en cuenta lo que significa. Ahora bien, la adición de agua al vino significa la participación de los fieles en este sacramento, ya que el agua mezclada con el vino significa el pueblo unido a Cristo, como ya se ha dicho (a. 6). Pero también el hecho de que brotara agua del costado de Cristo, pendiente en la cruz, significa lo mismo, ya que el agua significaba la ablución de los pecados, que se estaba realizando a través de la pasión de Cristo. Ahora bien, ya se ha dicho más arriba (q.73, a.l ad 3) que este sacramento se realiza en la consagración de la materia, y que el uso por parte de los fieles no es indispensable para que se realice este sacramento, sino que es una consecuencia del sacramento mismo. Por consiguiente, la adición de agua no es indispensable en este sacramento.”

 

ARTICULO 8

¿Debe añadirse agua en gran cantidad?

 

“Hay que decir: Como el papa Inocencio III dice en una Decretalz, acerca del agua añadida al vino hay tres opiniones. Algunos sostienen que el agua unida al vino permanece como agua después que el vino se ha convertido en sangre. Pero esta opinión no se puede sostener. Porque en el sacramento del altar, después de la consagración, no hay nada más que el cuerpo y la sangre de Cristo, como dice San Ambrosio en su libro De Oficiisz: Antes de la consagración tiene el nombre de otra cosa, después de la consagración es el signo del cuerpo. De otro modo no se le adoraría con culto de latría. Y, por eso, otros  dijeron que como el vino se convierte en la sangre, así el agua se convierte en el agua que brotó del costado de Cristo. Pero esta opinión no se puede mantener de modo razonable, porque en este caso el agua debería ser consagrada separadamente del vino, como el vino se consagra separadamente del pan.

Y, por tanto, como el mismo papa dice, es más probable la opinión de los que dicen que el agua se convierte en vino, y el vino, en la sangre. Ahora bien, esto no podría suceder así si no se añadiese tan poca cantidad de agua que ésta se convierta en vino.

Por lo que es más seguro añadir siempre poca agua, y muy especialmente si el vino es flojo, porque si se añade tanta agua que el vino deja de ser vino, no se podría hacer con él el sacramento. Por lo que el papa Julio  reprende a los que guardan durante un año un paño empapado en mostoy, cuando quieren sacrificar, lavan una parte con agua y así hacen la ofrenda.”

SANTO TOMÁS DE AQUINO: El ministro de la Eucaristía

Abril 4, 2008

Santo Tomás de Aquino

« Santo Tomás dio más luz a la Iglesia que todos los demás Doctores: con sus libros un hombre aprovecha más en un año, que con la doctrina de otros en toda su vida» Juan XXII
 

¿Es propio del sacerdote consagrar este sacramento?

San Isidoro dice que corresponde al presbítero realizar el sacramento del cuerpo de la sangre del Señor en el altar de Dios.

Es tan grande la dignidad de este sacramento que solamente puede realizarse in persona Christi.

Ahora bien, todo el que hace una cosa en nombre de otro, debe hacerla por la potestad concedida por él.

Pues bien, como al bautizado Cristo le concede la potestad de recibir la eucaristía, así al sacerdote, cuando se le ordena, se le concede la potestad de realizar este sacramento in persona Christi.

Con esta ordenación se le pone en el grado de aquellos a quienes dijo el Señor: Haced esto en memoria mía (Lc 22,19). Por eso hay que decir que es propio del sacerdote la confección de este sacramento

¿Pueden varios sacerdotes consagrar al mismo tiempo la misma hostia?

El sacerdote queda constituido con la ordenación en el grado de aquellos que recibieron del Señor en la cena la potestad de consagrar. Y, por eso, según la costumbre de algunas Iglesias, de la misma manera que los Apóstoles concenaron con Cristo que cenaba, así los recién ordenados concelebran con el obispo que les ordena.

Y no por eso se reitera la consagración de la hostia, pues, como dice Inocencio III, todos deben tener la intención de consagrar en el mismo instante

¿Corresponde solamente al sacerdote la administración de este sacramento?

Corresponde al sacerdote la administración del cuerpo de Cristo por tres razones.

Primera, porque consagra in persona Christi. Ahora bien, de la misma manera que fue el mismo Cristo quien consagró su cuerpo en la cena, así fue él mismo quien se lo dio a comer a los otros. Por lo que corresponde al sacerdote no solamente la consagración del cuerpo de Cristo, sino también su distribución.

Segunda, porque el sacerdote es intermediario entre Dios y el pueblo (Heb 5,1). Por lo que, de la misma manera que le corresponde a él ofrecer a Dios los dones del pueblo, así a él le corresponde también entregar al pueblo los dones santos de Dios.

Tercera, porque por respeto a este sacramento ninguna cosa lo toca que no sea consagrada, por lo tanto los corporales como el cáliz se consagran, lo mismo que las manos del sacerdote, para poder tocar este sacramento. Por eso, a nadie le está permitido tocarle, fuera de un caso de necesidad, como si, por ej., se cayese al suelo o cualquier otro caso semejante.

¿Está obligado el sacerdote que consagra a asumir este sacramento?

Se dice en el Concilio de Toledo: Ha de observarse de modo absoluto que cuantas veces un sacerdote sacrifica en el altar el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, otras tantas debe participar de ellos comulgando.

La eucaristía no sólo es sacramento, sino también sacrificio.
Ahora bien, todo el que ofrece un sacrificio debe participar de él, porque, como dice San Agustín en X De Civ. Dei n, el sacrificio que externamente ofrece es signo del sacrificio interior por el que cada uno se ofrece a sí mismo a Dios. Participando, pues, en el sacrificio, manifiesta que también ofrece el sacrificio interior. Igualmente, al entregar al pueblo el sacrificio manifiesta que él es el dador de las cosas divinas al pueblo, de las cuales él debe participar en primer lugar, como dice Dionisio en su libro De Eccl. Hier. 12. Por consiguiente, él mismo debe asumirlo antes de entregarlo al pueblo. De ahí que en la cita anterior13 se diga: ¿Qué clase de sacrificio sería aquel en el que no participase ni el mismo sacrificante?
Ahora bien, participa del sacrificio en cuanto que lo toma, conforme a lo que el Apóstol dice en 1 Cor 10,18: Los que comen de las víctimas, ¿no están acaso en comunión con el altar? En consecuencia, es necesario que el sacerdote asuma íntegramente este sacramento todas las veces que consagra.

¿Puede consagrar la eucaristía un mal sacerdote?

Dice San Agustín en su libro De Corpore Domini: En la Iglesia católica, referente al misterio del cuerpo y de la sangre del Señor, no hace más un buen sacerdote ni menos uno malo, porque el misterio se realiza no por los méritos de quien consagra, sino por la palabra del Creador y la virtud del Espíritu Santo.

El sacerdote consagra este sacramento no por la virtud propia, sino como ministro de Cristo,
en cuya persona lo consagra. Ahora bien, por el hecho de ser malo, uno no deja de ser ministro de Cristo, porque el Señor tiene buenos y malos ministros o siervos, por lo que en Mt 24,45 dice el Señor: ¿Quién piensas que se comportó como un siervo fiel y prudente, etc.? Y, posteriormente, añade: Si dijere este mal siervo en su corazón, etc. Y el Apóstol escribe en 1 Cor 4,1: Que nos tengan los hombres por servidores de Cristo. Pero también añade después (v.4): De nada me remuerde la  conciencia, pero no por eso quedo justificado.
Estaba seguro, por tanto, de que era ministro de Cristo, aunque no estaba seguro de ser justo. Puede uno, pues, ser ministro de Cristo sin ser justo. Esto pone de relieve la excelencia de Cristo, al que sirven, como a Dios verdadero, no sólo las cosas buenas, sino también las malas, a las que su providencia conduce a la propia gloria. De donde se deduce que los sacerdotes, aunque no sean justos, sino pecadores, pueden consagrar la eucaristía.

¿ Vale menos la misa de un mal sacerdote que la de uno bueno?

Cuanto más dignos fueren los sacerdotes, con mayor facilidad serán escuchados en las necesidades de aquellos por quienes oran.
En la misa hay que considerar dos cosas: el sacramento, que es lo principal, y las oraciones que se dicen por los vivos y los difuntos.

Pues bien, en lo que se refiere al sacramento, no vale menos la misa del sacerdote malo que la del bueno, porque uno y otro consagran el mismo sacramento.

Y, en lo que se refiere a la oración que se hace en la misa, también se la puede considerar de dos maneras. Una, en cuanto  que tiene eficacia por la devoción del sacerdote que ora. En cuyo caso no hay duda de que la misa de un sacerdote mejor es más fructuosa. La otra, en cuanto que la oración en la misa se hace por el sacerdote que actúa en nombre de toda la Iglesia, de la que el sacerdote es ministro. Y este ministerio lo conservan también los pecadores, como también se ha dicho ya (a.5), que retienen el ministerio de Cristo. Y, en este sentido, no solamente es fructuosa la oración del sacerdote pecador en la misa, sino también todas las otras oraciones que hace en los oficios eclesiásticos, en los cuales actúa como representante de la Iglesia. Pero sus oraciones privadas no son fructuosas, según aquellas palabras de Prov 28,9: Quien aparta el oído para no oír la ley, hace que su oración sea execrable.

¿Pueden consagrar los herejes, los cismáticos y los excomulgados?

Algunos han afirmado que los herejes, los cismáticos y los excomulgados, puesto que están fuera de la Iglesia, no pueden hacer este sacramento. Pero se equivocan.

Porque, como observa San Agustín en II Contra Parmen., es distinto no tener una cosa y tenerla abusivamente, como también es distinto no dar y no dar rectamente.

Pues bien, los que, perteneciendo a la Iglesia, recibieron la potestad de consagrar en la ordenación sacerdotal, tienen la potestad lícitamente, pero no la utilizan correctamente si se separan después de la Iglesia por la herejía, el cisma o la excomunión.

Pero quienes se ordenan estando ya separados, no han adquirido lícitamente la potestad ni lícitamente la utilizan. Pero que tanto unos como otros tienen esta potestad consta por el hecho, indicado ya por San Agustín, de que cuando retornan a la unidad de la Iglesia no son nuevamente ordenados, sino que se les recibe con las órdenes que tienen. Y puesto que la consagración de la eucaristía es un acto dependiente de la ordenación sacerdotal, los que se han separado de la Iglesia por herejía, cisma o excomunión, pueden, efectivamente, consagrar la eucaristía, la cual, aunque haya sido consagrada por ellos, contiene el verdadero cuerpo y la sangre de Cristo. Sin embargo, no consagran lícitamente, sino que pecan consagrando así. Por consiguiente, no reciben el fruto del sacrificio, que es el sacrificio espiritual.

¿Puede un sacerdote degradado consagrar este sacramento?

Prueba San Agustín en II Contra Parmen.  que los apóstatas de la fe no pierden el bautismo, puesto que cuando vuelven arrepentidos no se les bautiza de nuevo, con lo cual se indica que no lo pueden perder. E, igualmente, al sacerdote degradado, si se reconcilia, no se le vuelve a ordenar. Luego no pierde la potestad de consagrar. De donde se deduce que el sacerdote degradado puede consagrar este sacramento.
La potestad de consagrar la eucaristía pertenece al carácter sacerdotal del orden. Ahora bien, el carácter, puesto que se da con una consagración, es indeleble, de la misma manera que es perpetua, indeleble e irrepetible la consagración de cualquier cosa. Por donde se manifiesta que la potestad de consagrar no se pierde con la degradación.

Dice, en efecto, San Agustín en II Contra Parmen.: uno y otro, o sea, el bautismo y el orden, son sacramentos y se confieren al hombre mediante una consagración: uno con el bautismo, otro con la ordenación, por cuyo motivo no está permitido a los católicos reiterarlos. Con lo cual se demuestra que el sacerdote degradado puede realizar este sacramento.

¿Es lícito recibir la comunión de sacerdotes herejes, excomulgados o pecadores,

y oír su misa?

“Los sacerdotes herejes, cismáticos, excomulgados o pecadores, aunque tengan la potestad de consagrar la eucaristía, no la utilizan correctamente, sino que pecan utilizándola.

Ahora bien, quien comulga con el pecado de otro se hace participe de su mismo pecado, por lo que en la Segunda Canónica de San Juan (v.l 1) se lee que quien le saluda, al hereje, participa de sus obras malignas.

Por consiguiente, no es lícito recibir la comunión de ellos ni es lícito oír su misa.

Sin embargo, hay diferencia entre unos y otros.

Porque los herejes, cismáticos y excomulgados están privados del ejercicio de consagrar por sentencia eclesiástica. Por lo que peca todo aquel que oiga sus misas y reciba de ellos los sacramentos.

Pero no todos los pecadores están privados del ejercicio de esta potestad por sentencia de la Iglesia.

De tal modo que, aunque estén suspendidos por sentencia divina, de cara a su conciencia, no lo están con respecto a los demás por sentencia eclesiástica.

De ahí que sea lícito recibir la comunión y oír las misas de ellos hasta que la Iglesia pronuncie su sentencia. Por eso, comentando aquellas palabras de 1 Cor 5,11: Con ésos, ni comer, dice la Glosa de San Agustín : Diciendo esto no quiere que un hombre juzgue a otro hombre por mera sospecha o por un juicio indebido, sino más bien por la ley de Dios —determinada por la Iglesia—, la confesión espontánea, o porque ha sido acusado y convencido.

¿Está permitido al sacerdote abstenerse por completo de la consagración de la eucaristía?

La invalidez física o la enfermedad posterior a la ordenación sacerdotal no hacen desaparecer el orden recibido. Pero impiden el ejercicio del orden en cuanto a la consagración de la eucaristía.

A veces, por imposibilidad física, como cuando se pierden los  ojos, o los dedos, o el habla. Otras, por razones de peligro, como sucede con la epilepsia o alguna enajenación mental. Y otras, finalmente, por motivos de repugnancia, como sucedería con un leproso, que no debe celebrar en público, aunque puede celebrar privadamente, a no ser que la lepra le haya carcomido los miembros de tal modo que físicamente no pueda celebrar.