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Docilidad al Espíritu Santo

Mayo 26, 2009

R. Garrigou-Lagrange O.P.
(1877-1964)

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¿Cómo hemos de escuchar la voz del Espíritu Santo?

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“Para ser dóciles al Espíritu Santo, es preciso primero oir su voz. Y para oirla es necesario el recogimiento, el desasimiento de si propio, la guarda del corazón, la mortificación de la voluntad y la del juicio propio.

Es cosa segura que si no guardamos el silencio en nuestra alma, y las voces de las afecciones humanas la turban no han de llegar a nosotros las voces del Maestro interior.

Por eso el Señor somete a veces nuestra sensibilidad a tan duras pruebas y en cierto modo la crucifica: es con el fin de que acabe por someterse totalmente a la voluntad animada por la caridad.

Es cosa cierta que si ordinariamente vivimos con la preocupación de nosotros mismos, nos escucharemos a nosotros o tal vez daremos oídos a una voz más pérfida y peligrosa que busca nuestra perdición.

Por eso Nuestro Señor Jesucritso nos invita a morir a nosotros, como el grano de trigo que cae en la tierra.”

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¿Por qué actos nos disponemos a conseguir esta docilidad?

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Sometiéndonos plenamente a la voluntad de Dios que conocemos ya por los preceptos y consejos conformes con nuestra vocación. Hagamos buen uso de las cosas que ya conocemos, que el Señor nos irá haciendo conocer otras nuevas.

Renovando con frecuencia la resolución de seguir en todo la voluntad de Dios. Este propósito hace llover nuevas gracias sobre nuestra alma.
Repitamos frecuentemente las palabras de Jesús: “Mi manjar es cumplir la voluntad de mi Padre” (Joan IV, 34).

Pidiendo sin cesar al Divino Espíritu luz y fuerzas para cumplir la voluntad de Dios.

También es muy conveniente consagrarse al Espíritu Santo, cuando uno se siente inclinado a ello, a fin de poner nuestra alma bajo su guía y dirección.

Para eso hemos de decirle esta oración:

“Oh Santo Espíritu, Espíritu divino de luz y amor: os consagro mi inteligencia, mi voluntad, mi corazón y todo mi ser en el tiempo y en la eternidad.-
Que mi inteligencia sea siempre dócil a vuestras celestiales inspiraciones y a las enseñanzas de la santa Iglesia católica de la que sois guía infalible; que mi corazón viva siempre inflamado en el amor de Dios y del prójimo; que mi voluntad esté siempre conforme con la voluntad divina, y que toda mi vida sea fiel imitación de la vida y virtudes de Nuestro Señor y Salvador Jesús, a quien con el Padre y Vos, divino Espíritu, sean dados siempre honor y gloria por los siglos de los siglos. (Esta consagración al Espíritu Santo fue enriquecida con 300 días de indulgencia por S.S. Pio X)

Santa Catalina de Siena solía orar: “Espíritu Santo, venid a mi corazón; atraedlo a Vos con vuestro poder, Dios mío, y concededme la caridad y el temor filial. Guardadme, oh Amor infalible, de todo mal pensamiento, inflamadme en vuestro dulcísimo amor, y toda pena me parecerá ligera.¡Padre mío, dulce Señor mío, asistidme en todas mis acciones! Jesús amor, Jesús amor.”

Está consagración está admirablemente expresada en la secuencia.

Veni, Sancte Spiritus,
Et emitte caelitus
Lucis tuae radium

Los efectos de tal consagración, si se hace con espíritu de profunda fe, pueden ser provechosísimos.

Si un pacto hecho deliberadamente con el demonio lleva consigo efectos tan desastrosos en el mal, la consagración al Espíritu Santo habrá de producirlos aún mayores en orden al bien, porque es mayor la bondad y poder de Dios que la malicia del enemigo.

De consiguiente, el cristiano que se ha consagrado a María mediadora, por ejemplo, según la fórmula de Grignion de Montfort, y luego al Sagrado Corazón, encontrará tesoros insospechados en la consagración renovada al Espíritu Santo.

Toda la influencia de María nos conduce a la mayor intimidad con Cristo, y la humanidad del Salvador nos lleva al Espíritu Santo que nos introduce en el misterio de la adorable Trinidad.

Sería muy conveniente hacer esta consagración en Pentecostés y renovarla con frecuencia.

Además, en las situaciones difíciles sobre todo, y al tomar una importante decisión, hemos de pedir luz al Espíritu Santo, y no querer otra cosa que cumplir su voluntad. Después, guiémonos sinceramente como mejor nos parezca.”

“Hemos de observar , en fin, los diversos movimientos del alma, para ver claro los que son de Dios y los que no lo son. Los autores de espiritualidad enseñan que todo lo que viene de Dios, en un alma fiel a la gracia, es ordinariamente tranquilo y sosegado; lo que viene del demonio, es violento y produce turbación y ansiedades.”

R. Garrigou Lagrange. Las tres edades de la vida interior. Tomo II. Ed. Palabra. Extracto del capítulo XXII: Docilidad al Espíritu Santo.

Lo único necesario

Mayo 10, 2009

R. Garrigou-Lagrange O.P.

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La única cosa necesaria

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“La vida interior, como cualquiera lo puede fácilmente comprender, es una forma elevada de la conversación íntima que cada uno tiene consigo mismo, en cuanto se concentra en sí, aunque sea en medio del tumulto de las calles de una gran ciudad.

Desde el momento que cesa de conversar con sus semejantes, el hombre conversa interiormente consigo mismo acerca de cualquier cuestión que le preocupa.

Esta conversación varía mucho según las diversas épocas de la vida; la del anciano no es la misma que la de un joven; también es muy diferente según que el hombre sea bueno o malo.

En cuanto el hombre busca con seriedad la verdad y el bien, esta conversación íntima consigo mismo tiende a convertirse en conversación con Dios, y poco a poco, en vez de buscarse en todas las cosas a sí mismo, en lugar de tender, consciente o inconscientemente, a constituirse en centro de todo lo demás, tiende a buscar a Dios en todo y reemplazar al egoísmo por el amor de Dios y por el amor de las almas en Dios.

Y ésta es precisamente la vida interior, ninguno que discurra con sinceridad dejará de reconocer que así es.

La única cosa necesaria de que hablaba Jesús a Marta y María consiste en dar oídos a la palabra de Dios y en vivir según ella.

La vida interior así comprendida es en nosotros una cosa mucho más profunda y necesaria que la vida intelectual o el cultivo de las ciencias, más que la vida artística y literaria, más que la vida social o política.

No es difícil, por desgracia, tropezar con sabios, matemáticos, físicos, astrónomos, que no poseen en absoluto ninguna vida interior, que se entregan al estudio de la ciencia como si Dios no existiera; en sus momentos de concentración no conversan en forma alguna con Él.

Sus vidas se dirían en cierto modo entregadas a la investigación de la verdad y el bien; pero están mancilladas por el amor propio y el orgullo intelectual, que uno se pregunta instintivamente si será posible que produzcan alguna vez frutos de eternidad.

Muchos artistas, literatos y hombres políticos apenas sobrepasan este nivel de una actividad puramente humana, exterior y superficial. ¿Se podrá afirmar que el fondo de sus almas viva de un bien superior a ellas? La respuesta parece negativa.

Esto demuestra que la vida interior, o la vida del alma con Dios, ha de ser llamada con toda razón la única cosa necesaria, ya que por ella tendemos hacia nuestro último fin, y por ella aseguramos nuestra salvación que no hay que separar demasiado de la progresiva santificación, porque ésta es el camino mismo de la salvación.

Se diría que muchos piensan así: en fin de cuentas, basta con que yo me salve; y no es necesario ser un santo. Que no sea necesario ser un santo que haga milagros, y cuya santidad sea oficialmente reconocida por la Iglesia, cierto; pero para ir al cielo preciso es emprender el camino de la salvación, y éste no es otro que el camino mismo de la santidad: En el cielo no habrá sino santos, ya sea que éstos hayan entrado allá inmediatamente después de su muerte, o ya que hayan tenido necesidad antes de ser purificados en el purgatorio.

Ninguno entra en el cielo que no posea aquella santidad que consiste en estar puro y limpio de toda falta; todo pecado, aún venial, debe ser borrado y la pena merecida por el pecado ha de ser expiada o perdonada, antes que un alma goce eternamente de la visión de Dios, lo vea como él se ve y lo ame como se ama a él.

Si un alma entrase en el cielo antes de la remisión total de sus pecados, no podría permanecer allí y espontaneamente se precipitaría en el purgatorio para ser purficada.

La vida interior del justo que tiende hacia Dios y que vive ya de él es ciertamente la única cosa necesaria; para ser santo no es necesario el haber recibido una cultura intelectual o poseer una gran actividad exterior; basta con vivir profundamente en Dios.

Esto es lo que observamos entre los santos de los primeros tiempos de la Iglesia, muchos de los cuales eran gente humilde y aún esclavos; esto es lo que vemos en San Francisco, en San Benito José Labré, en el Cura de Ars y en tantos otros.

Todos ellos comprendieron profundamente estas palabras del Salvador: “¿que aprovecha ganar el universo si uno pierde su alma? (Mat., XVI, 26)

Si tantas cosas sacrificamos para salvar la vida del cuerpo, que al fin ha de morir, ¿qué no deberíamos sacrificar por salvar la vida del alma que ha de vivir eternamente? ¿No debe el hombre amar más su alma que su cuerpo? “¿Qué no será justo que dé el hombre a cambio de su alma”? añade el Salvador. Unum est necessarium, dice también Jesús (Luc X, 42): Una sola cosa es necesaria, escuchar la palabra de Dios y vivir según ella para salvar el alma. Esta es la mejor parte, que nadie arrebatará al alma fiel aún cuando perdiera todo lo demás.

La única cosa necesaria en nuestra época

Lo que acabamos de exponer es verdad en todos los tiempos, pero la cuestión de la vida interior se plantea hoy de una manera más urgente que en otras épocas menos turbias que la nuestra.

La razón es que muchos hombres se han alejado de Dios y han intentado organizar la vida intelectual y la vida social sin Él.

En consecuencia, los grandes problemas que siempre han preocupado a la humanidad han tomado un nuevo giro, trágico a veces.

Querer prescindir de Dios, causa primera y último fin, conduce al abismo; y no solamente conduce al abismo, sino también a la miseria física y moral que es peor que la nada.

En consecuencia, los grandes problemas se agravan hasta la exasperación; y no podemos menos de comprender que es imprescindible plantear de nuevo el problema religioso y plantearlo desde su raíz.

Y una de dos: o se pronuncia uno por Dios o contra Dios; éste es el problema de la vida interior en su misma esencia. “Qui non est mecum, contra me est”, dice el Salvador (Mat., XII, 30)

Así es como las grandes tendencias modernas, científicas o sociales, a pesar de los conflictos surgidos entre ellas, y a pesar de los opuestos designios de sus representantes, convergen quiérase o no, hacia la cuestión fundamental de las relaciones íntimas del hombre con Dios.

A este resultado se llega a traves de múltiples desvíos. Cuando el hombre no quiere someterse a sus graves deberes religiosos hacia aquel que lo creó y es su último fin, y siéndole, por otra parte, imposible prescindir de la religión, se crea una religión a su antojo; pone, por ejemplo, su religión en la ciencia, o el culto de la justicia social o en cualquier ideal humano que acaba por considerar como una religión o una mística que reemplaza al ideal superior que ha abandonado.

Vuelve de esta manera la espalda a la Realidad suprema, y se plantea una multitud de problemas a los que no es posible encontrar solución si no es volviendo al problema fundamental de las relaciones íntimas del alma con Dios.

Cualquiera ha oído muchas veces hablar de esto: en nuestros días, la ciencia pretende pasar por ser una religión; a su vez el socialismo y el comunismo quieren ser una moral científica y se presentan como un culto apasionado de la justicia. Y por ese camino se esfuerzan en cautivar los espíritus y los corazones.

Es un hecho, en la hora actual, que el sabio moderno rinde culto escrupuloso al método científico, en tal forma que parece más interesado por el método que por la verdad misma; si dedicase parecida vigilancia a su vida interior, pronto llegaría a ser un santo.

Pero con frecuencia esta religión de la ciencia se ordena más bien a la apoteosis del hombre que al amor de Dios.

Otro tanto hay que decir de la actividad social, particularmente tal como se manifiesta en el socialismo y en el comunismo; ya que se inspira en una mística que pretende aspirar a una transfiguración del hombre, negando a veces, de la manera más absoluta, los derechos de Dios.

Esto equivale a decir que en el fondo de todo gran problema se encuentra esa gran cuestión de las relaciones del hombre con Dios.

Y no ha término medio; hay que decidirse en pro o en contra.

Nuestra época es un ejemplo palpable. La crisis económica mundial de la hora actual nos da a entender lo que los hombres pueden cuanto han querido prescindir de Dios.

Cuando pretenden prescindir de Dios, lo serio de la vida se desplaza.

Si la religión no es cosa seria y digna de tenerse en cuenta, hay que buscar en otra parte algo que sea serio y fundamental. Y se lo encuentra, o se pretende encontrarlo, en la ciencia o en la actividad social. Se pretende realizar actividades de tipo y sentido religioso en la investigación de la verdad científica o en el establecimiento de la justicia entre las clases y los pueblos. Y después de algunos tanteos se viene a caer en la cuenta de que se ha desembocado en una inmensa catástrofe; y que las relaciones entre los individuos y los pueblos son cada día más difíciles, si no imposibles.

Es cosa evidente, como lo dicen San Agustín y Santo Tomás, que idénticos bienes materiales, a diferencia de los espirituales, no pueden pertenecer íntegramente a muchos a la vez.

Una casa, un campo no pueden simultaneamente pertenecer en su totalidad a muchos hombres, ni el mismo territorio a diferentes pueblos. De ahí el terrible conflicto de intereses cuando los hombres ponen, apasionadamente, su último fin en estos bienes inferiores.

Por el contrario, se complace en repetir San Agustín, idénticos bienes espirituales pueden pertenecer simultánea e íntegramente a todos y cada uno. Sin limitarnos mutuamente, podemos poseer en su totalidad la misma verdad, la misma virtud y al mismo Dios. Por eso nos dice Nuestro Señor: Buscad el reino de Dios, y todo lo demás se os dará por añadidura (Mat., VI, 33) El no dar oídos a esta lección es trabajar en la propia ruina.

Así se verifica una vez más la palabra del Salma CXXVI, 1: “Nisi Dominus aedificaverit domum, in vanum laboraverunt qui aedificant eam; nisi Dominus custodierit civitatem, frustra vigilat qui custodit eam, si Dios no edifica la casa, en vano trabajan los que la levantan; si Dios no guarda la ciudad, en vano está alerta al centinela.”

Si lo que hay de serio en la vida se desplaza, si deja de influir en nuestros deberes para con Dios y sólo nos empuja a la actividad científica o social; si el hombre se busca constantemente a si mismo en vez de buscar a Dios que es su fin último, entonces los hechos no tardan en demostrarle que se ha metido en un camino imposible que conduce no solamente a la nada, sino a un desbarajuste insoportable y a la miseria.

Preciso es volver a esta palabra del Salvador: El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo dispersa. (Mat XII, 20) Los hechos lo confirman.

Se sigue de aquí que la religión no puede dar respuesta eficaz, verdaderamente realista, a los grandes problemas actuales, mientras no sea una religión profundamente vivida; lo cual no puede hacer una religión superficial y barata, consistente en algunas oraciones vocales y en algunas ceremonias en las que el arte religioso tendría más lugar que la piedad verdadera. Ahora bien, no hay religión profundamente vivida si está privada de vida interior o de esa conversación íntima y frecuente, no sólo consigo mismo, sino con Dios.

R. Garrigou-Lagrange. Las tres edades de la vida interior. Introducción: I. Lo único necesario. II La cuestión de lo único necesario en nuestra época. Ed. Palabra.