Archivos de la categoría ‘J. E. Nieremberg SJ’

La ignorancia que hay de los bienes verdaderos, y no solo de las cosas eternas, sino de las temporales.

Agosto 1, 2009

JUAN EUSEBIO NIEREMBERG S.J.

(1595-1658)

“Para el uso de las cosas ha de preceder su estima, y a su estimación su noticia, la cual es tan corta en este mundo, que no sale fuera de él á considerar lo celestial y eterno para que fuimos criados.

Pero no es maravilla que, estando las cosas eternas tan apartadas del sentido, las conozcamos tan poco; pues aún las temporales que vemos y tocamos con las manos las ignoramos mucho.

¿Cómo podremos comprender las cosas del otro mundo, pues las de este en que estamos no las conocemos?

A esto puede llegar la ignorancia humana, que aun no conoce aquello que piensa que más sabe.

Las riquezas, las comodidades, las honras, y lodos los bienes de la tierra, que tanto manejan y codician los mortales, por eso las codician, porque no las conocen.

Razón tuvo san Pedro cuando enseñó a san Clemente Romano (Clement. Roman, in epit.) que el mundo era una casa toda llena de humo, en la cual nada se puede ver; porque así como el que estuviese en semejante casa ni vería lo que estaba fuera de ella, ni lo que estaba dentro, porque el humo estorbaría la vista clara de todo; de la misma manera sucede que los que están en este mundo ni conocen lo que está fuera de él, ni lo que está dentro, ni entienden cuánta sea la grandeza de lo eterno, ni la vileza de lo temporal, ignorando igualmente las cosas del cielo como las de la tierra.

Y por falta de conocimiento truecan los frenos de la estimación de ellos, dando la que merecen las eternas á las que son temporales, y haciendo tan poco caso de las celestiales, como se debe hacer de las perecederas y caducas; siendo tan contrario á la verdad, como nota san Gregorio (Lib. 8 Moral, cap. 12, e. 7.), que el destierro de esta vida tienen por patria, a las tinieblas de la sabiduría humana por la luz, y al curso de esta peregrinación por estancia y morada, siendo causa de todo esto la ignorancia de la verdad y poca consideración de lo eterno: por lo cual a los males califican por bienes, y a los bienes por males.

Por esta confusión del juicio humano rogó David al Señor que le diese de su mano un maestro que le enseñase cuáles eran los verdaderos bienes, diciendo: ¿Quién me mostrará los bienes?

Porque todo lo ignora el mundo, aun los mismos bienes del mundo, y lo que mas tienen entre manos; sucediéndonos lo que a los hijos de Israel, que teniendo el maná á la vista, y en las mismas manos, no lo conocían, y preguntaban qué era aquello.

Pero aun esta curiosidad nos falta á nosotros, que no preguntamos qué son las riquezas, por las cuales pasan los mortales tantos peligros de muerte.

¿Qué son las honras, por las cuales se rompen los corazones humanos de envidia y de ambición?

¿Qué son los deleites, por los cuales se estraga tanto la salud, y viene á perderse la vida?

¿Qué son los bienes de la tierra, que solo se pueden gozar en la peregrinación que hacemos en el destierro de esta vida, y han de desaparecer á la entrada de la otra, como desapareció el maná á la entrada de la tierra prometida?

Con razón Cristo nuestro Redentor llamó en el Apocalipsi escondido al maná; porque teniéndole en las manos no lo conocían los hebreos.

Así son las cosas de esta vida escondidas al sentido, las cuales, aunque tocamos, no las conocemos, y confundimos la estimación de ellas, haciendo por las temporales lo que solo debiéramos hacer por las eternas, y menospreciando á estas por estimar aquellas, que debían ser menospreciadas; porque faltando el conocimiento de las cosas faltará su estimación, y se errará en su uso.

Lo que va en esto se podrá también echar de ver en los que comían el maná; porque a unos les vino a causar hastío y provocar á vómito, y á otros les sabia dulcemente, y al manjar que mas querían: tanta diferencia como esta hay en el bueno ó mal uso de las cosas; y el buen uso de todas depende de su noticia.

Despierten y abran los mortales los ojos, y conozcan la diferencia que hay entre lo temporal y eterno, para que den á cada cosa su estimación debida, despreciando todo lo que el tiempo acaba, y estimando todo lo que la eternidad conserva, á la cual deben buscar en el tiempo de esta vida, y por las mismas cosas temporales granjear las eternas, lo cual no podrán conseguir sin el conocimiento de unas y de otras; para que, puesta la mira en lo eterno, como de mas estima, conserven lo temporal, aunque por sí no tenga alguna, y de lo que es caduco y perecedero hagan consistente y duradero.

El mana que dio Nuestro Señor á los hebreos, mientras peregrinaban en el desierto hasta llegar á la tierra prometida, entre otras misteriosas significaciones que tenía, una es ser símbolo de los bienes de esta vida, en la cual peregrinamos hasta llegar á la tierra que nos tiene prometida de la bienaventuranza eterna.

Por eso se pudría y corrompía luego, durando muy poco, como lo hacen todas las cosas de este mundo; solo la parte de maná que se cogía con intención de guardarlo para el sábado, que es figura de la gloria, y de conservarlo en la arca para llevarlo a la tierra prometida, no se corrompía; de suerte que el cogerle con diferente respeto hacía a lo corruptible de condición eterna, como notó Balduino (Bald.apud.Tibrain.Exod. XV), antiguo doctor, doctísimo intérprete de la sagrada Escritura.

Tanto importa tener el respeto levantado y puesto en las cosas eternas, para que aun del uso de las temporales y caducas ganemos la eternidad, y lo pequeño volvamos grande, lo mudable consistente, y lo mortal inmortal y sin fin.

Algunos filósofos que consideraron mejor las cosas de esta vida, aun sin atención á la eterna, hallaron en ellas muchas faltas, las cuales reduce á tres el sabio emperador y filósofo Marco Aurelio Antonino, el cual dice (In vita sua) que tienen estas tres tachas: de ser pequeñas, mudables y corruptibles hasta llegar á su fin.

Todas estas condiciones hallaremos dibujadas en el maná; porque su pequeñez era tanta, que dice la sagrada Escritura que era menudo y tan pequeño como cosa molida en un mortero, cuando se hace polvo: su variedad y mudanza era tan notable que, llevado desde el campo donde se tomaba hasta los reales, si llevaban un quintal se venia á resumir y mermar en una pequeña medida de gomor (Bonfrer.in Exod. XVI): para con unos se espesaba, y para con otros se extendía y esponjaba; su corrupción era tan en breve, que no pasaba un día sin que se llenase de gusanos, y corrompiese del todo.

Con todas estas condiciones costaba mucho trabajo el gozar de él y comerle; porque primero se cansaban moliéndolo muy bien, cociéndolo, y haciéndole otros beneficios.

De la misma manera los bienes de esta vida con todas sus tachas y malas calidades no se alcanzan ni gozan sin mucho molimiento y cansancio.

Tras todo esto, no todos gozaban de la condición que el maná tenia de suyo, de saber á lo que querían, porque los pecadores sentían limitado y menguado gusto en él: así es que nosotros aun los gustos naturales disminuimos con nuestros vicios, como en su lugar veremos.

Es verdad que la apariencia tenía buena, porque, como dicen los setenta intérpretes (Septua. Interp. in c. 11. N. Species. illi species crystall.), era semejante al cristal transparente y lúcido.

Esta es la condición de los bienes de este mundo, que tienen resplandor y apariencia; pero son más frágiles que el vidrio, son menguados, son variables é inconstantes, con mil mudanzas que tienen: son corruptibles, caducos y mortales; y solo por el resplandor que muestran al sentido los buscamos como eternos y grandes.

Dejémosla apariencia y superficie pintada, y miremos la sustancial y verdad de las cosas; y hallaremos que todo bien temporal es muy pequeño, el eterno grande; lo temporal inconstante, lo eterno firme; lo temporal breve y temporal, mas lo eterno duradero, y al fin eterno.

Esto solo bastaba para que se estimase más que todo lo temporal, aunque esto fuese más que lo eterno.

Pero siendo lo temporal en sí tan corto y tan mudable, y lo eterno tan grande y tan firme, ¿qué diferencia habrá de lo uno á lo otro? San Gregorio juzgó que era bastante para que fuese la distancia inmensa, por lo cual dice: Inmenso es lo que seguirá sin término, y poco es todo cuanto fenece ( Lib 7 Moral cap 12).

El mismo Santo notó que el poco conocimiento y memoria de la eternidad es la causa del engaño de los hombres, que estimen los bienes falsos de esta vida, y desestimen los espirituales y eternos de la otra; y así dice (Lib 3 Mor c. 12, vet. nov): Que el pensamiento de los predestinados siempre tiene su intención puesta en la eternidad; aunque estos poseyendo gran felicidad de esta vida, aunque no tengan peligro de muerte, siempre lo miran presente.

Al contrario hacen las almas obstinadas, que aman la vida temporal como cosa permanente, porque no entienden cuán gran cosa sea la eternidad, de la vida futura, y como no consideran la solidez de lo perpetuo, juzgan al destierro por patria, á las tinieblas por luz, y á la carrera por estancia; porque los que no conocen las cosas mayores, aun de las muy pequeñas no podrán juzgar.”

Diferencia entre lo temporal y eterno. Libro Primero.