Archivos de la categoría ‘La Eucaristía y la Legión de María’

Anunciación de la Santísima Virgen

Abril 2, 2008

Recordemos que el 25 de marzo se celebra la Solemnidad de la Anunciación de la Bienaventurada Virgen María. Este año coincidió con la Semana Santa, y por eso se celebró el pasado lunes 31 de marzo.

 

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Sobre la Solemnidad

La Solemnidad de la Anunciación de la Santísima Virgen, conmemora el acontecimiento más importante de la Historia: la Encarnación del Hijo de Dios, en el seno de María.

El Verbo se hizo carne” San Gabriel trae el mensaje gozoso, que relata el Evangelio.

La tradición asigna el 25 de marzo, el mismo día en que se cree que Cristo murió. Esta fiesta es tanto de la Madre, como del Hijo.

En cuanto a fiesta mariana, es una de las más antiguas en la liturgia, pues ya se encuentra en el siglo V.

Nació del Adviento, tiempo litúrgico  dedicado a este misterio, y la Colecta (1)  de la Misa pone de relieve la parte que le corresponde en él a María.

Es el día de rezar con gran devoción el Angelus, y de repetir el Avemaría.

(1) Oración colecta: “Oh Dios, que quisiste que tu Verbo anunciándolo el Angel, encarnase en el seno de Santa María Virgen: concede a nuestros ruegos, que pues confesamos que es verdadera Madre de Dios, seamos ayudados por su valimiento para contigo. Por el mismo Jesucristo Nuestro Señor”

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La Legión, el Acies y la Anunciación

El Acies, voz latina, significa un ejército en orden de batalla, y designa con propiedad aquella ceremonia donde se reúnen los legionarios de María para renovar su homenaje a la Reina de la Legión y para recibir de Ella fuerza y bendición para otro año más de lucha contra las huestes del mal.

No se celebró la primera Acies hasta el 29 de marzo de 1931, es decir, diez años después del nacimiento de la Legión. Sin embargo, ya desde su primera aparición se impuso de manera patente como el principal acto público de la Legión.

Dada la importancia que tiene para la Legión la devoción a María, cada año se consagran a Ella los legionarios individual y colectivamente el día 25 de marzo u otro día cercano a esa fecha.

Que se celebre ese día, no es mera coincidencia. Como legionarios estamos llamados a ratificar el “Fiat” de María.

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La Anunciación en el Manual de Legión

“La Anunciación revela de igual modo, el puesto fundamental de María”

Llega el punto culminante de las profecías, ya se acerca el cumplimiento de su destino después de tantos siglos.

Consideremos la admirable ejecución  del plan de la divina Misericordia; traslademonos en espíritu a aquella Conferencia de la Paz, la más importante que han visto los siglos. Negociación aquella entre Dios y el género humano que se llama la Anunciación. En este Tratado, Dios estuvo representado por uno de sus ángeles superiores; los hombres, por Aquella con cuyo nombre se honra la Legión. Ella no era más que tierna doncella; pero en aquel día estuvo en sus manos la suerte de todo el género humano. Llegó el Ángel con la fausta nueva; propuso a la Virgen el Misterio de la Encarnación, para que Ella con toda libertad diese o no su consentimiento. No fue mero anuncio de algo que iba a suceder independientemente de su voluntad, sino verdadera proposición; y el destino de la humanidad estuvo por un momento como en suspenso.

Había llegado la crisis de todos los tiempos: las generaciones pasadas habían ansiado ver este día; así como han vuelto sus ojos a él todas las generaciones sucesivas. Pero aquella Virgen no consintió inmediatamente. Hubo un silencio; puso una pregunta y se le dio la contestación. Otro silencio y por fin habló: Hagase en mí según tu palabra, palabras éstas que atrajeron a Dios a la tierra y firmaron el gran Convenio de Paz con los hombres.

“El Eterno Padre ha hecho depender de María la Redención”

Poquísimos son los hombres que saben pesar las consecuencias del consentimiento de María. Aún la generalidad de los católicos se forman una idea muy pobre del importante oficio desempeñado por Ella. Pero los Doctores de la Iglesia dicen cosas como estas: Suponiendo que la Virgen no hubiese aceptado el don de la maternidad, la Segunda Persona Divina no se hubiera encarnado en sus entrañas. ¡Qué cosa más sublime!

Significa por cierto que María era la esperanza de la humanidad. Pero esperanza firme: porque en sus manos nuestra suerte estaba segura. Y aunque no podamos comprenderlo en todo su alcance, la misma razón nos dice que aquél acto del consentimiento de María tuvo que ser el acto más heroico que jamás hizo una mera criatura, actos que no pudo hacer nadie entre todos los hombres y en todos los tiempos más que Ella. Fruto de este heroísmo fue la venida del Redentor, no para Ella solamente, sino para toda la humanidad caída, en cuyo nombre había dados su consentimiento. Y con el Redentor, María nos trajo todo ese cúmulo de beneficios que llamamos Fe, todos esos dones sobrenaturales que hacen vivir al hombre la vida verdadera. Esta Fe, pues, que es lo único que importa, cuya posesión obliga a abandonar y sacrificar todo lo demás como cosa sin valor ninguno comparado con aquélla; esta Fe, la de todas las generaciones pasadas, presentes y venideras estribó enteramente en las palabras de consentimiento de la Virgen.

No hay cristianismo auténtico sin María

Pues esta dulce Virgen ha traído a la tierra tan inestimable don, bien merece que todas las generaciones la llamen “bienaventurada”: sería inconcebible que Aquella que trajo el cristianismo al mundo quedase excluida del culto cristiano.
¿Qué pensar, entonces, de quienes se llaman cristianos y, al mismo tiempo, hacen poco aprecio de Ella, y hasta la desprecian, o hacen contra su honor cosas todavía peores? ¿No se les ha ocurrido pensar que toda gracia que poseen se la deben a Ella? ¿No se detienen a discurrir que, si hubiesen sido excluidos de su consentimiento en la noche de la Anunciación, no hubiera habido para ellos Redención sobre la tierra? En ese supuesto, estarían fuera del ámbito salvador. La verdad es que, por más que clamen todo el día y todos los días: ¡Señor Señor! (Mt 7, 21), si no hubiera hablado por ellos María, nunca habrían sido cristianos, ni tendrían parte con Cristo. Pero si por la bondad de Dios tienen algo de cristiano, si les ha sido dada una participación en la vida sobrenatural, sepan que todo se lo deben a María, porque estaban incluidos en su consentimiento. En una palabra: el bautismo, que hace a cada persona hijo de Dios, le hace al mismo tiempo hijo de María; y esto es así aunque no haga caso de la Madre; y aunque, con una frase de Shakespeare, “rechace todos los cuidados y angustias de la madre, con mofa y menosprecio, y ella llegue a saber por experiencia que un hijo desagradecido es más doloroso que la mordedura de la serpiente”.
La gratitud, pues -y una gratitud práctica- debe ser el distintivo del cristiano en sus relaciones con María. Debemos expresarle nuestro agradecimiento unido al que tenemos al Eterno Padre, porque la Redención es regalo común de los dos.

Todas nuestras acciones deben ratificar su “Fiat”

Semejante proceder halla su justificación en la misma Encarnación.En aquel momento, todo el género humano estaba identificado con María, su representante; hasta el punto de que las palabras de la Virgen eran eco de la voz de aquél; y Dios la miraba en Ella. Ahora bien: la vida diaria del cristiano no es más que la formación de Jesucristo en un miembro particular de su Cuerpo místico, y esta formación se lleva a cabo gracias a la cooperación de María en la Encarnación. Entonces debemos deducir que María es tan Madre de cada cristiano como de Jesucristo, y son tan necesarios su consentimiento y sus desvelos maternales en el crecimiento diario de su Hijo en el alma de cada hombre, como lo fueron para la concepción y el desarrollo del mismo Redentor en su persona física. Lo cual significa para el cristiano muchas cosas y muy importantes. Entre otras, estas dos:
La primera: reconocer francamente y de todo corazón a María como su representante en el ofrecimiento de aquel sacrificio que, empezado en la Anunciación y consumado sobre el ara de la Cruz, redimió al mundo.
La segunda: ratificar lo que hizo María en su favor durante todo aquel tiempo, para poder disfrutar sin rubor, en toda su plenitud, de los infinitos beneficios que por este medio le fueron concedidos. Mas ¿cómo ha de ser esta ratificación por parte del cristiano? ¿No bastaría un solo acto? Para solucionar la cuestión, no tenemos más que reparar en este hecho: si todos los actos de nuestra vida han sido elevados a la categoría de actos cristianos, ha sido por María. Luego, ¿no es razonable y justo que esos mismos actos lleven algún sello de reconocimiento y gratitud para con nuestra querida Madre? Así, pues, sólo resta repetir la solución ya dada: “Debes entregar a María absolutamente todo”.

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Benedicto XVI sobre la Anunciación

Queridos hermanos y hermanas:

El 25 de marzo se celebra la solemnidad de la Anunciación de la Bienaventurada Virgen María. Este año coincide con un domingo de Cuaresma y por eso se celebrará mañana. De todas formas, quisiera reflexionar ahora sobre este estupendo misterio de la fe, que contemplamos todos los días en el rezo del Ángelus. La Anunciación, narrada al inicio del evangelio de san Lucas, es un acontecimiento humilde, oculto -nadie lo vio, nadie lo conoció, salvo María-, pero al mismo tiempo decisivo para la historia de la humanidad. Cuando la Virgen dijo su “sí” al anuncio del ángel, Jesús fue concebido y con él comenzó la nueva era de la historia, que se sellaría después en la Pascua como “nueva y eterna alianza”.

En realidad, el “sí” de María es el reflejo perfecto del de Cristo mismo cuando entró en el mundo, como escribe la carta a los Hebreos interpretando el Salmo 39: “He aquí que vengo -pues de mí está escrito en el rollo del libro- a hacer, oh Dios, tu voluntad” (Hb 10, 7). La obediencia del Hijo se refleja en la obediencia de la Madre, y así, gracias al encuentro de estos dos “sí”, Dios pudo asumir un rostro de hombre. Por eso la Anunciación es también una fiesta cristológica, porque celebra un misterio central de Cristo: su Encarnación.

“He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. La respuesta de María al ángel se prolonga en la Iglesia, llamada a manifestar a Cristo en la historia, ofreciendo su disponibilidad para que Dios pueda seguir visitando a la humanidad con su misericordia. De este modo, el “sí” de Jesús y de María se renueva en el “sí” de los santos, especialmente de los mártires, que son asesinados a causa del Evangelio. Lo subrayo recordando que ayer, 24 de marzo, aniversario del asesinato de monseñor Óscar Romero, arzobispo de San Salvador, se celebró la Jornada de oración y ayuno por los misioneros mártires: obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos asesinados en el cumplimiento de su misión de evangelización y promoción humana.

Los misioneros mártires, como reza el tema de este año, son “esperanza para el mundo”, porque testimonian que el amor de Cristo es más fuerte que la violencia y el odio. No buscaron el martirio, pero estuvieron dispuestos a dar la vida para permanecer fieles al Evangelio. El martirio cristiano solamente se justifica como acto supremo de amor a Dios y a los hermanos.

En este tiempo cuaresmal contemplamos con mayor frecuencia a la Virgen, que en el Calvario sella el “sí” pronunciado en Nazaret. Unida a Jesús, el Testigo del amor del Padre, María vivió el martirio del alma. Invoquemos con confianza su intercesión, para que la Iglesia, fiel a su misión, dé al mundo entero testimonio valiente del amor de Dios.

Fuentes:

1) Manual Oficial de la Legión de María, Septima edición, Concilium Legionis Mariae

2) Misal diario

3)Angelus del 25 de marzo de 2007,Benedicto XVI.  

El Legionario y la Eucaristía

Marzo 27, 2008

Si los legionarios están obligados a obrar en todo unidos con María, mucho más en el acto solemne de asistir a la Misa. Nuestro Señor mismo no dio comienzo a su Obra Redentora sin consentimiento de María, formalmente pedido y libremente otorgado, ni la consumó sobre el Calvario sin estar Ella allí presente dando su consentimiento.

Debido a esta solidaridad de sufrimientos y voluntades entre María y Cristo, mereció Ella ser dignísima Restauradora de un mundo perdido y dispensadora de todas las gracias que Jesús  compró con su Sangre y su Muerte. (Pio X) Estuvo María al pie de la Cruz en el Calvario en representación de todo el género humano; y ahora, en cada Misa que se celebra, está también ejerciendo el mismo oficio, cooperando con Jesús, como siempre: la Mujer preconizada desde un principio, quebrantando la cabeza de la Serpiente. Así que para oir Misa bien, es preciso adoptar una actitud atenta y piadosa hacia María.

Juntamente con María, sobre el Calvario, estuvieron los representantes de cierta Legión – el Centurión y su cohorte – desempeñando un papel lúgubre en el ofrecimiento de la Víctima; aunque ciertamente no veían que estaban crucificando al Señor de la Gloria (I Cor, II,  8 ) Pero ¡Oh maravilla! sobre ellos descendió la gracia a raudales. Contemplad y ved – dice San Bernardo – cuan penetrante es la mirada de la fe. ¡ Qué ojos de lince tiene! Reparad bien. Con la fe supo el Centurión ver la Vida en la muerte y en el último súspiro al soberano Espíritu. Contemplando a su víctima muerta y desfigurada, proclamáronle los legionarios romanos verdadero Hijo de Dios (S. Mateo XXVII, 54)

La conversión de estos hombres rudos y fieros fue el fruto repentino e inesperado de las oraciones de María. ¡Hijos extraños fueron éstos, los primeros que recibió en el Calvario la Madre de los hombres! De ahí en adelante debió de serle muy querido el nombre de Legionario. Y cuando sus propios Legionarios acuden a la Misa todos los días, uniéndose a sus intenciones y cooperando con Ella, ¿Qué duda cabe que los convocará en torno suyo y les dará esos ojos de lince de la fe, y hasta su mismo rebozante corazón, para que muy íntimamente y con grandísimo  provecho se compenetren con la continuación del sublime Sacrificio del Calvario?

Viendo levantado en alto al Hijo de Dios, se unirán los legionarios con Él para formar una Víctima única, porque la Misa es el Sacrificio de Él y de ellos juntamente. Y luego comerán de la Carne de la Víctima Inmolada, como el Sacerdote, para poder cosechar los frutos del Divino Sacrificio en toda su plenitud.

Procurarán, además, comprender la parte tan esencial que tuvo María, la nueva Eva, en estos sagrados misterios; una cooperación tal, que cuando “su amadísimo Hijo estaba consumando la redención de la humanidad en el ara de la cruz, estaba Ella a su lado, sufriendo y redimiendo con Él (Pio XI)

Y, al retirarse María estará con sus Legionarios y les dará participación y puesto en la administración que Ella tiene de las gracias, para que sobre cada uno de ellos, y sobre todos cuantos ellos encuentren y beneficien con sus trabajos, se derramen a manos llenas los infinitos tesoros de la Redención.

La Misa, acontecimiento impresionante

Marzo 21, 2008

SIERVO DE DIOS FRUNK DUFF

Voy a hablarles de la Misa. Se trata de un tema que no he tocado anteriormente en congresos, reuniones ni en otras ocasiones. Por eso mismo es ya hora de hacerla, y con razón, puesto que raramente se lo ha tratado con sencillez. Incluso a los entendidos parecen haberles intimidado las dificultades inherentes a su teología, y lo han evitado. Sin embargo, el milagro de la Misa debería estar constantemente en nuestros labios. Yo de todos modos, vaya osar entrar de rondón a donde los mismos ángeles tienen miedo de poner el pie.

Mi modo de tratar el tema podrá parecer un tanto indirecto; pero no será así. Vaya abordado de lleno y sin alterar el orden. La Misa es la culminación o última evolución de cosas bien determinadas. Esta premisa ha de presentarse de manera bien clara si se quiere entender ese misterio.

La Misa reproduce sacramentalmente la Pasión y Muerte de Nuestro Salvador. Nos encontramos, pues, ante un misterio profundo: Mysterium Fidei. Si bien es cierto que, al hablar de la Misa, no pensamos en la renovación de la muerte de Cristo en sentido físico, tampoco pensamos que se trate de un puro simbolismo a la manera que la inmolación del cordero pascual constituyó la Figura o Tipo del futuro sacrificio de Cristo. El Calvario y la Misa son un mismo Sacrificio (1  Cor 11, 26).

El sublime relato del Nuevo Testamento se acerca a su punto culminante aquel Jueves Santo de la Ultima Cena. Nos describen la Cena los cuatro evangelistas; el discurso de despedida, en cambio, sólo lo reproduce san Juan. Todos los relatos comienzan con la traición de Judas. No cabe la menor duda que le atribuyen gran importancia. Ello nos induce a maravillamos. De acuerdo que está en su sitio, por ser lo que produjo el chispazo que puso en marcha los trágicos acontecimientos; sin embargo, bien parece que se trata de algo más. Darle tanta importancia al papel del apóstol traidor es señal de que tiene un alto significado místico y de que Judas y su pecado entran en el asunto como algo estrictamente necesario.

Alguien podría pensar: ¿Por qué? Pues, humanamente hablando, no era necesario que ocurriese tal traición. La hostilidad de los sacerdotes y de los escribas hacia Nuestro Señor había estado en ebullición creciente. En tales circunstancias, bien podía cualquier acontecimiento haber dado motivo a una explosión. ¿Por qué no había de entrar la traición de Judas dentro de esta categoría de hechos accidentales? La realidad es que no es así: los cuatro Evangelistas le dan un relieve singular como para reducirla a eso. A menudo hay importantes párrafos que sólo los narra un Evangelista, es cierto; ahora bien, el caso de Judas lo destacan todos como una circunstancia de primer orden.

En primer lugar, a Judas lo presentan como a uno que trama conspiraciones con los sacerdotes y escribas, cosa que afirman de él con la tremenda aseveración de que Satanás se había introducido en su alma. Por otra parte, en la Ultima Cena misma se recalca la acción de Judas como si perteneciese a la esencia del misterio. Jesús turba a sus discípulos al anunciarles que no todos están limpios; que uno de ellos va a traicionarle. Y prosigue diciéndole a Juan que el traidor será aquel a quien él -Jesús- le dé el pan. Y enseguida se lo dio a Judas; a continuación se nos vuelve a decir que Satanás entró en Judas. Esta frase la repiten los cuatro evangelistas. Y santo Tomás de Aquino la interpreta en el sentido de que Judas se había entregado ya definitivamente a los poderes de Satán.

Judas le dijo a Jesús: “¿Soy, acaso, yo, Rabbí?” Y Jesús le replicó: “Tú lo has dicho”. Estas palabras entre Jesús y el discípulo infiel fueron privadas, de modo que los demás no se dieron cuenta. Sin embargo, el relato sigue diciendo que Judas salió rápidamente fuera y que era de noche.

Insisto en que existe significado profundo en este modo de proceder de Judas, que se entrega al demonio y así entra a formar parte de la serie de acontecimientos que llevaron a cumplimiento el plan de la Redención. ¿No vemos en esto una repetición de lo que tuvo lugar en el Paraíso terrenal con motivo de la primera caída, y que el Mesías está a punto de reparar? También entonces, de modo parecido, Satanás puso asechanzas a Adán y a Eva y consiguió ganárselos para hacer caer con ellos al linaje humano entero. Aquella misma parte que el demonio tomó entonces, volvió a tomarla apoderándose de Judas; pero con la diferencia de que la parte de Judas entra en la constitución del modo de proceder de la divina misericordia con que el nuevo Adán y la nueva Eva realizan la operación inversa de la efectuada con aquella caída. En aquella ocasión fue Satán el que inició los acontecimientos. Y lo mismo hizo en el caso de Judas. Así como entonces fue parte esencial de la tragedia, también lo fue en el caso de la restauración. Eso es lo que yo me aventuraría a leer dentro de esa insistencia con que las Escrituras aluden a Judas como instrumento de Satán. Resulta así claro que Satán, que fue instrumento del pecado original, pasa a ser por su propia malicia el autor de su propia ruina; pues, sin quererlo, inicia la Redención; y Judas es el desventurado instrumento de que para ello se vale.

Y después de todo esto, Jesús tomó pan y vino y los bendijo, usando las palabras que se pronuncian sobre los mismos elementos en la Santa Misa. Con esas palabras sagradas instituye Él la Misa y con ella el Sacerdocio católico con poder para perpetuar el mismo acto.

Después de esta Cena, Jesús, acompañado de los 11 discípulos, se dirigió hacia el Monte de los Olivos, donde les anunció su inminente arresto; luego fue al Huerto de Getsemaní y llevó a Pedro, a Santiago y a Juan para que fuesen testigos de lo que iba a suceder. Y, apartándose de ellos como a distancia de un tiro de piedra, entró en agonía, una agonía tal, que Él, el hombre fuerte y perfecto, el más paciente, el modelo más acabado de los mártires, se ve obligado a clamar a su eterno Padre con estas angustiosas palabras: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Y sudó como gruesas gotas de sangre, que iban corriendo hasta la tierra. La explicación que de esta suprema prueba nos da la Iglesia es que Jesús, el solo inocente, había tomado sobre sí los pecados de todo el mundo, y que el efecto que le produjo su contemplación fue tal que parecían que iban a abandonarle las fuerzas, de ahí que tuviera que venir el ángel a su lado para infundirle valor.

Pasados estos momentos, se levantó de la oración y fue a despertar a sus discípulos, de los cuales se dice en las Escrituras que, vencidos por la tristeza, se habían dormido. Entonces se presenta aquel colmo de traición bajo la forma de sumos sacerdotes y prefectos del Templo y ancianos capitaneados por Satanás en la persona de Judas. Y, por último, el horror de aquel beso, que era la señal convenida de la vil entrega y que ha pasado a ser proverbial para designar la más abyecta traición, y cuyo eco se ha hecho percibir a través de todos los tiempos como símbolo de infamia incalificable.

Prendieron a Jesús y lo condujeron a la casa del sumo sacerdote, y allí se mofaron de Él y le golpearon. El Evangelio dice que continuaron pegándole en la cara y ultrajándole. ¿Durante cuánto tiempo? Al parecer, este trato, inspirado por el mismo demonio, debió durar toda la noche, pues el relato dice que, cuando se hizo de día, llevaron a Jesús ante el Sanedrín y que comenzaron allí a hacerle el terrible interrogatorio sobre quién era.

Y, tomándole la palabra de que admitía ser Él el Hijo de Dios, lo condujeron a Pilato y lo acusaron como reo de muerte, pues el poder de condenar a la pena capital estaba reservado a la autoridad romana.

Luego sigue la confrontación entre Pilato y Jesús; d gobernador, perplejo, se propone no hacer concesiones. Intenta salvar a Jesús, primero remitiéndolo a Herodes, y después tratando de satisfacer el odio de los acusadores mediante la espantosa flagelación de la Víctima, seguida de la coronación de espinas, y finalmente haciendo ataviar a Jesús con los símbolos de una monarquía de burla.

Al final, Pilato ofrece al pueblo, sin resultado alguno, la gracia de liberar a Jesús de acuerdo al privilegio de la Pascua. Pero, como dice san Lucas, el populacho continuaba gritando que Jesús fuese crucificado. Como el griterío aumentaba, Pilato abandonó al arbitrio de ellos a Jesús, que fue conducido fuera para ser ejecutado. Y cuando llegaron al lugar llamado Gólgota, es decir, Calvario, lo crucificaron allí con los otros dos malhechores.

¡Qué pena da leer esa expresión de las Escrituras: “Otros dos malhechores”! Pero así estaban las cosas. Como Isaías predijera ya setecientos años antes: “Jesús fue entregado a la muerte y contado entre los pecadores, llevando sobre sí los pecados de muchos” (53, 12).

Nuestro Señor muy amado se unió de tal manera a nosotros y se impregnó tanto de nuestros pecados, que se hizo pecado. El Cordero de Dios asumió sobre sí esa carga; el Cordero de Dios se inmola para quitar los pecados del mundo.

Siguen luego las tres horas del suplicio de la cruz, durante las cuales Jesús expresa sus sentimientos en aquellas que nosotros llamamos las Siete Palabras. Quizá la más significativa sea la que dirige a su Madre, que se hallaba de pie junto a la Cruz: “Mujer, he ahí -en el discípulo- a tu hijo”, frase que enlaza con aquellas otras palabras que muchísimos siglos antes dirigiera el Dios Todopoderoso a la serpiente: “Pondré perpetua enemistad entre ti y la Mujer y entre tu linaje y el suyo; ella te aplastará la cabeza” (Gén 3, 15).

Finalmente llegó el cumplimiento de aquella promesa. María es la Mujer de la profecía. Su linaje es el Mesías que habla desde la Cruz y que está para morir, queriendo con su muerte aplastar a la serpiente y transformar la tristeza del mundo en gozo. San Juan, proclamado al pie de la Cruz hijo de María, lo es por su unión al Cuerpo Místico.

Dicho esto, como Jesús sabía que todo estaba cumplido, exclamó: “Todo está consumado”; e, inclinando la cabeza, expiró(Jn 19, 30).

La Misa es el memorial vivo de todo esto. ¡Pero cuántas veces lo pasamos por alto! ¡Cuántas veces se habla de ella simplemente como de un precepto que se debe cumplir en domingo! E incluso, cuando se le presta atención, no se repara en sus maravillas como es debido. A veces se convierten en el centro de la conversación las vestiduras y los vasos sagrados como si tales cosas fueran algo trascendental. Importan, pues son los aderezos que convienen para esta gran ceremonia; pero no pasan de ser simples aderezos, del estilo más o menos de las ropas que nos ponemos cada día. No es éste el objeto de mis consideraciones; yo apunto a la idea central, a la esencia de la Misa.

Hoy día algunos tratan de quitarle importancia a la Eucaristía, de la cual depende la Misa. La idea que les mueve es acercarse a los protestantes, hallar una fórmula que encuentre en éstos aceptación; lo cual significa que, para llegar a un acuerdo mutuo, deberíamos renunciar a determinadas creencias. Pero ¿cómo podemos hacer concesiones en lo que a la Eucaristía se refiere? O hay presencia real de Cristo o no la hay.

Lutero fue uno de los que se ocupó de la doctrina de la Eucaristía. Su definición sustituía la palabra transubstanciación por la de consubstanciación. Ahora bien, el prefijo “trans” denota un cambio de sustancia. “Con” significa, por el contrario, que no ha habido cambio alguno de sustancia y que Nuestro Señor viene, por así decir, con el pan y con el vino, cuya sustancia no varía. Por otra parte, la venida del Señor depende de la fe del que lo recibe en el momento de la Comunión. Al no estar presente en los elementos, no se los puede adorar y queda excluida la Reserva eucarística. Se trata de una real ausencia de Jesucristo. No se da igualdad ni aproximación a la doctrina católica de la Eucaristía.

Las fórmulas encaminadas a echar un puente sobre este abismo o a pasar por alto su existencia no son más que artificios para engañar a una de las dos partes, o a ambas. Es pedir imposibles.

Consubstanciación es lo que nosotros llamamos Comunión Espiritual; sin embargo, la Consubstanciación está muy lejos de la auténtica Eucaristía.

El Concilio de Trento fue tajante en su condena de la fórmula de Lutero. No representaba la Eucaristía. La tendencia moderna respecto a este error nos privaría de la Eucaristía y de la Misa, que constituyen nuestra más preciosa herencia.

La Misa es el recurso divino que pasa por alto la distancia y los dos mil años que nos separan del acontecimiento de la Crucifixión. La Misa coloca al Calvario en medio de nosotros; o, si prefieren, nos transporta al momento y al lugar del auténtico Sacrificio de Nuestro Señor. A través de la Misa tomamos parte en la realidad; nos hallamos presentes, al lado de su Madre, de San Juan y de los demás. No se trata de un simbolismo ni tampoco de la idea piadosa que nos puede ofrecer el concepto de Consubstanciación.

Todas las Misas se encuentran en el Calvario de la misma manera que los rayos solares hallan su centro en el sol radiante; los ojos de Nuestro Señor pendiente de la Cruz se posaron también y contemplaron desde allí a todos los que asistirían a las Misas que se celebrarían con el correr de los tiempos.

La Misa es la plenitud del Sacrificio de Cristo. La única diferencia es que no vemos la realidad que se oculta. Si pudiésemos verla, nos invadiría una tristeza mortal. La fe sustituye hoy nuestros ojos y nuestros oídos, pero tanto mayor es el mérito que de ello resulta.

Para ayudar a comprender este misterio de la Misa, voy a valerme del ejemplo de la televisión. Esta es una débil imagen de aquél; la televisión sólo proyecta en nuestros hogares una copia de lo que está ocurriendo en el lugar de origen. No nos presenta a las personas en carne y hueso. Por el contrario, la Misa alcanza alturas celestiales al ponemos delante el drama mismo de la Pasión en toda su plenitud, si bien no visual ni acústicamente, ya que una idea esencial de la Misa es que constituya un ejercicio de fe. Entre nosotros y la Misa hay como un velo que nuestros sentidos son incapaces de penetrar. Sin embargo, no dejemos nunca que la rutina nos impida traspasar ese velo con nuestro entendimiento.

Parece inaudito, pero lo cierto es que las venerables oraciones de la Misa nos distraen a veces un poco de esa realidad latente. Si durante la Misa pudiésemos concentrar la mente en esa realidad, no estaría mal que pusiéramos de lado los devocionarios y nos dejásemos absorber totalmente por ese drama sagrado. Pensando en este sentido, no cabe la menor duda que cabría una justificación para la práctica antigua del rezo del Rosario durante la Misa, ya que ello capacita a la mente a dedicarse a los acontecimientos que están viviendo Jesús y María en aquellos momentos; y ése es cabalmente el punto central de la Misa.

Posiblemente por razón de la devoción popular de las Tres Horas de la Agonía de Viernes Santo, suele pensarse que la Misa comprende desde que clavan a Cristo en la Cruz hasta el momento de su muerte. Sin embargo, en el Sacrificio de Jesús hay algo más que su muerte. Ese Sacrificio fue efectuado según el ritual de la Antigua Ley. De aquel ritual, Nuestro Señor tuvo que cumplir los detalles, pues el sacrificio de la Antigua Alianza anticipaba y era figura del de Cristo. Cristo dijo que había venido a cumplido. Por eso su cumplimiento sería perfecto y se atendría a los más pequeños detalles.

La eficacia de aquel sacrificio de la Antigua Alianza reside en el hecho de que un día el Redentor lo incorporaría en su propio Sacrificio. Cristo reproduciría cada detalle de aquél y lo asociaría a Sí y a su propio Sacrificio. De este modo, el Antiguo participó en el mérito del Nuevo a favor de todos aquellos judíos que pusieron su fe en el sacrificio de Abraham, el cual prefiguraba y era anticipación del Sacrificio Redentor de Jesucristo.

Sorprende el hecho de que la liturgia de la Misa esté sacada principalmente de la Ultima Cena, pero es preciso que entendamos el porqué. Una explicación es que la Ultima Cena es una anticipación o pre-representación del Calvario, como la Misa es una prolongación o post-representación. Esta idea nos sugiere la imagen de una casa de tres pisos: uno, el de la Ultima Cena; otro, el del Calvario; y finalmente otro, el de la Misa. La casa es la misma, y estaremos en ella tanto si asistimos a la Ultima Cena, como si acudimos al Calvario o presenciamos la Misa.

Un gran autor jesuita, el P. Maurice de la Taille, divulgó una idea diferente, que proponía como ejemplo la casa de dos pisos; el primero correspondía al Sacrificio de Cristo, y comprendía desde el Cenáculo hasta la Cruz; el segundo era el de la Misa. Teoría, por cierto, maravillosa. En su obra, Mysterium Fidei, el P. de la Taille nos ofrece citas abundantes de tiempos pasados que sostuvieron esta misma idea. Pero más que todo esto ha de valer el hecho de que fue el Concilio de Trento el que propuso la identidad de la Misa con el Sacrificio de Cristo.

Examinando el ritual que Jesús siguió en su Sacrificio, el P. de la Taille sostiene que no lo realizó únicamente en el Calvario y que debemos retroceder a las escenas precedentes si queremos contar con todos los ingredientes que un sacrificio debía tener según la Antigua Ley, y que es el sacrificio precisamente que Nuestro Señor se proponía llevar a cabo. Lo que falta del ritual habitual judío es la oblación u oferta formal de la Víctima a Dios por parte del Sacerdote. Ahora bien, está claro que en un acontecimiento tan capital y que pone fin al Antiguo Testamento e introduce el Nuevo Sacrificio no iba Cristo a dejar de cumplir los requisitos estipulados de una manera definitivamente perfecta.

De la Taille sostiene que en el Calvario no hay propiamente una expresión de Jesús que pueda interpretarse en sentido de una oferta formal de Sí mismo, y afirma que para hallarla es preciso retroceder y recurrir a la Ultima Cena. En aquella ocasión, Cristo Nuestro Señor, siguiendo puntualmente todo lo prescrito en el ritual oficial, realizó efectivamente tal oblación de Sí mismo a Dios. Se ofreció a padecer la Pasión y la Muerte por todos para el perdón de los pecados (Mt 26, 28). El Sacrificio de Cristo comenzó en la Ultima Cena; sin embargo, no tuvo entonces lugar la inmolación de la Víctima.

Después de haberse ofrecido y comprometido al Sacrificio, la gran Víctima llevó a efecto su oblación pasando inmediatamente a su Pasión, que quedó consumada con su muerte. Lo que comenzó en el Cenáculo recibió cumplimiento en el Calvario, o más bien en la mañana de Pascua, en la gloria de la Resurrección.

La Misa contiene el Sacrificio de Cristo en toda su esencia y perfección. Por eso, entendiendo todo lo anteriormente dicho, al asistir a la Misa, presenciamos toda esta tremenda y augusta liturgia. Nos hallamos presentes y participamos en toda esa serie de acontecimientos que he enumerado y citado de las páginas de la Sagrada Escritura. Voy a recapitularlos brevemente: Nos mezclamos y estamos entre los 12 Apóstoles en la Cena y recibimos con ellos el Cuerpo y la Sangre del verdadero Cordero Pascual. Luego vamos con Jesús y los discípulos al Huerto de Getsemaní, donde a Él se le representan los más terribles tormentos, que luego reciben expresión visible en su agonía. En aquellos momentos Cristo contempla los pecados de los hombres que Él, la Víctima propiciatoria, asume sobre Sí (Lev 16, 8-10). Esta prueba acaba con su arresto, hecho más amargo por la parte vilmente detractora de Judas. Luego se desarrolla toda aquella serie de horribles tratos: los tormentos que le infligen los soldados, la flagelación y la coronación de espinas, el juicio y la sentencia, el camino hacia la Cruz (vía crucis), y la Cruz misma. Jesús muere y con su muerte queda pagado el rescate del mundo.

Todo esto entró a formar parte del Sacrificio de Cristo. Por lo tanto, todo ello entra también, por divina omnipotencia, dentro de la Misa. Es, pues, sin duda, un acontecimiento impresionante asistir a la Misa. Entramos dentro de un orden de cosas verdaderamente milagroso. El tiempo y el espacio quedan a un lado, y nosotros volvemos al mundo de Jesús y de María. Precisamente aquel momento eternal que Dios designó cuando dijo a la serpiente que su cabeza sería aplastada por la Mujer y su Linaje. En la Misa es llevado a cabo ese aplastamiento. Jesús muere en la Cruz, y María, la Mujer, asiste allí mismo de pie. ¡Mirad todos los que pasáis y ved si existe un dolor semejante a aquél!

Este impresionante contenido de la Misa no es asunto tan sólo de meditación o de imaginación; es un hecho, es la pura realidad. El Sacrificio de Nuestro Señor no vale más que la Misa, pues ambos son la misma cosa. Dicho de otro modo y forzándoles a Uds. a pensar un poco con imaginación: Si, por un imposible, se separasen las dos cosas y no se le privase a la Misa del poder y virtud que saca del Sacrificio original, entonces la Misa constituiría por sí sola nuestro rescate, y como tal sería suficiente.

Era a la Misa a la que el profeta Malaquías, hablando en nombre de Dios, se refería cuatrocientos años antes de Cristo en estas tremendas palabras: “Desde el orto del sol hasta el ocaso es grande mi nombre entre las gentes, y en todo lugar ha de ofrecerse a mi nombre un sacrificio humeante y una oblación pura, pues grande es mi nombre entre las gentes, dice el Señor de los ejércitos” (Mal 1, 11).

Y fue al mismo santo Sacrificio de la Misa al que el Apóstol san Andrés se refería cuando iba a ser crucificado como su Maestro: “Diariamente inmolo al Dios Todopoderoso, pero no la carne de becerros ni la sangre de carneros, sino el Inmaculado Cordero de Dios mismo, de cuya carne participan todos y cada uno de los que creen; pues el Cordero que fue sacrificado permanece vivo y entero”.

Esta maravillosa y sumamente trascendental experiencia de la Misa está ahí invitándonos prácticamente a todas las horas del día y convidándonos a participar.

Maria Legionis 3, 1974

El legionario y la Eucaristía

Marzo 21, 2008

Hemos notado ya con insistencia que el fin primario de la Legión de María es la santificación personal de sus miembros. También hemos dicho que esta santificación es a la vez medio fundamental de obrar de la Legión, porque sólo en la medida que posea la santidad el Legionario puede ser éste instrumento para comunicarla a los demás. De aquí proviene que el Legionario al empezar a servir en la Legión, pide encarecidamente llenarse, mediante María, del Espíritu Santo y ser adoptado por este Espíritu como instrumento de su Poder, de aquel Poder que ha de renovar la faz de la tierra.

Todas estas graias que se piden, fluyen, sin exceptuar ni una sola, del Sacrificio de Jesucristo sobre el Calvario. Y el Sacrificio del Calvario se perpetúa entre los hombres por el Sacrificio de la Misa; la cual no es mera representación simbólica de aquel; sinoq eu coloca real y verdaderamente en medio de nosotros aquella obra suprema que consumó Nuestro Señor sobre el Calvario para rescate del mundo. La Cruz no valió más que la Misa, porque ambas son un mismo sacrificio, desapareciendo la distancia de tiempo y espacio entre las dos por la mano del Todopoderoso. El Sacerdote y la Víctima son los mismos: sólo difiere el modo de ofrecer el Sacrificio. La Misa contiene todo cuanto Cristo ofreció a su Padre, y todo lo que consiguió para los hombres; y las ofrendas de aquellos que asisten a ella se unen a la suprema Oblación del Salvador.

A la Misa, pues ha de recurrir el Legionario que desee para sí y para otros copiosa participación en los dones de la Redención. Y si no impone la Legión ninguna obligación concreta a sus miembros en este particular, es porque las facilidades para cumplirla dependen de condiciones y circunstancias que varían mucho. No obstante, solícita por su bien y por su obra, la Legión les exhorta y suplica encarecidamente que oigan Misa frecuentemente – todos los días, a ser posible – y en ella comulguen.

Fuente: Manual Oficial de la Legión de María,  1956, Concilium Legionis Mariae.