Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘La Santa Comunión’ Category

V.P.D. LORENZO ESCUPOLI

Hasta ahora, hija mía, he trabajado en proveerte, como has visto, de cuatro armas espirituales, y enseñarte el modo de servirte de ellas para vencer a los enemigos de tu salud y de tu perfeccion.

Ahora quiero mostrarte el uso de otra arma más excelente, que es el Santísimo Sacramento de la Eucaristía.

Este augusto Sacramento, así como excede en la dignidad y en la virtud a todos los demás Sacramentos, así de todas las armas espirituales es la más terrible para los demonios.

Las cuatro primeras reciben toda su fuerza y virtud de los méritos de Cristo y de la gracia que nos ha adquirido con el precio de su sangre; pero esta última contiene al mismo Jesucristo, su carne, su sangre, su alma y su divinidad.

Con aquellas combatimos á nuestros enemigos con la virtud de Jesucristo; con esta los combatimos con el mismo Jesucristo, y el mismo Jesucristo los combate en nosotros y con nosotros; porque quien come la carne de Cristo y bebe su sangre, está con Cristo y Cristo con él (Joan vi ,57).

Mas como puede comerse esta carne y beberse esta sangre en dos maneras: esto es, realmente una vez cada día, y espiritualmente cada hora y cada momento, que son dos modos de comulgar muy provechosos y santos, usarás del segundo con la mayor frecuencia que pudieres, y del primero todas las veces que tuvieres la permisión.

*

Del modo de recibir el Santísimo Sacramento de la Eucaristía.

Por diversos motivos y fines podemos recibir este divino Sacramento; pero para recibirlo con fruto se deben observar algunas cosas, esto es, antes de la comunión, cuando estamos para comulgar, y después de haber comulgado.

Antes de la comunión (por cualquiera fin ó motivo que se reciba), debemos siempre purificar el alma con el Sacramento de la Penitencia, si reconocemos en nosotros algun pecado mortal.

Después debemos ofrecernos de todo corazón y sin alguna reserva a Jesucristo, y consagrarle toda el alma con sus potencias, ya que en este Sacramento se da todo entero a nosotros este divino Redentor, su sangre, su carne, su divinidad, con el tesoro infinito de sus merecimientos; y como lo que nosotros le ofrecemos es poco ó nada, en comparación de lo que a nosotros nos da, debemos desear tener cuanto le han ofrecido todas las criaturas del cielo y de la tierra, para hacer de todo a su divina Majestad una oblación agradable á sus ojos.

Si quisieres recibir este Sacramento con el fin de obtener alguna victoria contra tus enemigos, empezarás desde la noche del dia precedente, ó cuanto antes pudieres, á considerar cuánto desea el Hijo de Dios entrar por este Sacramento en nuestro corazón, á fin de unirse con nosotros, y de ayudarnos á vencer nuestros apetitos desordenados.

Este deseo es tan ardiente en nuestro Salvador, que no hay espíritu humano capaz de comprenderlo.

Pero si quisieres formar alguna idea de este deseo, procura imprimir bien en tu alma estas dos cosas: la primera, la complacencia inefable que tiene la Sabiduría encarnada de estar con nosotros; pues esto llama sus mayores delicias (Prov. VIII, 31): la segunda es el odio infinito que tiene al pecado mortal, así por ser impedimento de la íntima union que desea tener con nosotros, como por ser directamente opuesto á sus divinas perfecciones; porque siendo Dios sumo bien, luz pura y belleza infinita, no puede dejar de aborrecer infinitamente el pecado que no es otra cosa que malicia, tinieblas, horror y corrupción.

Este odio del Señor contra el pecado es tan ardiente, que á sola su destrucción se ordenaron todas las obras del viejo y nuevo Testamento, y particularmente las de la sacratísima pasion de su unigénito Hijo.

Los santos más iluminados aseguran, que consentiría que su único Hijo volviese a padecer, si fuese necesario, mil muertes por destruir en nosotros las menores culpas.

Después que con estas dos consideraciones hayas reconocido, bien que imperfectamente, cuánto desea nuestro Salvador entrar en nuestros corazones, a fin de exterminar enteramente de nosotros nuestros enemigos y los suyos, excitarás en tí fervientes deseos de recibirle por este mismo fin; y cobrando ánimo y esfuerzo con la esperanza de la venida de tu divino Capitan, llamarás muchas veces con generosa resolucion á la batalla la pasión dominante que deseas vencer, y harás cuantos actos pudieres de la virtud contraria.

Esta, hija mia, ha de ser tu principal ocupación por la tarde y por la mañana, antes de la sagrada comunión.

Cuando estuvieres ya para recibir el cuerpo de tu Redentor, te representarás por un breve instante las faltas que hubieres cometido desde la última comunión; y á fin de concebir un vivo dolor de todas, te imaginarás que las has cometido con tanta libertad, como si Dios no hubiese muerto en una cruz por nuestra salud y considerando que has preferido un pequeño placer, una ligera satisfacción de tu propia voluntad á la obediencia que debes á Dios, y á su honor y gloria, te confundirás dentro de tí misma, reconocerás tu ceguedad, y detestarás tu ingratitud; pero viniendo después a considerar, que aunque seamos muy ingratos, infieles y rebeldes, no obstante, este inmenso abismo de caridad quiere darse a nosotros, y nos convida a que lo recibamos, te acercarás á él con confianza, y le abrirás tu corazón para que entre en él, y lo posea como señor absoluto, cerrando después todas sus puertas para que no se introduzca algún afecto impuro.

Después que hayas recibido la comunión, te recogerás luego dentro de tí misma (Matth. vi, 6), y adorando con profunda humildad y reverencia al Señor, le dirás :

Bien veis, único bien mio, con cuánta facilidad os ofendo: bien veis el imperio que tiene sobre mí esta ciega pasión y cuan flacas y débiles son mis fuerzas para resistirla y sujetarla.
Vuestro es, Señor, el principal empeño de combatirla; y si bien yo debo tener alguna parte en la pelea; no obstante de Vos solo espero la victoria.

Volviéndote después al Padre eterno, le ofrecerás en accion de gracias, y para obtener alguna victoria de tí misma, el inestimable tesoro que te ha dado en su mismo unigénito Hijo, que tienes dentro de tí, y tomarás, en fin, la resolución de combatir generosamente contra el enemigo que te hiciera más cruda guerra, esperando con fe la victoria; porque haciendo de tu parte lo que pudieres, Dios no dejará de socorrerte.

Cómo debemos prepararnos para la comunion, a fin de excitar en nosotros el amor de Dios.

Si quieres, hija mía , que el Sacramento de la Eucaristía produzca en tí sentimientos y afectos de amor de Dios, acuérdate del íntimo amor que Dios te ha tenido; y desde la tarde que precederá á tu comunión, considera atentamente que este Señor, cuya majestad y poder no tienen límites ni medidas, no contentándose de haberte criado á su imágen y semejanza, y de haber enviado al mundo su unigénito Hijo para que expiase tus culpas con los trabajos continuos de treinta y tres años, y con una muerte no menos acerba que ignominiosa en una cruz, te lo ha dejado en este divino Sacramento para que sea tu sustento y tu refugio en todas tus necesidades.

Considera bien, hija, cuán grande, cuán singular, y cuán perfecto es este amor en todas sus circunstancias.

1. Si miras y atiendes á su duracion, hallarás que es eterno, y que no ha tenido principio, porque así como Dios es eterno en su divinidad, así es eterno el amor con que decretó en su altísima mente el darnos á su único Hijo de un modo tan admirable.

Con esta consideracion, llena de un júbilo interior, le dirás: ¡Es posible que en aquel abismo de eternidad era mi pequeñez tan estimada y tan amada de Dios, que se dignaba de pensar en mí antes de todos los siglos, y deseaba con tan inefable caridad darme por alimento la carne y la sangre da su único Hijo!

2. No hay amor en las criaturas, por vehemente que sea, que no tenga su término: solamente el amor con que Dios nos ama no tiene límites ni medida : queriendo, pues, aquel sumo bien satisfacer plenamente á este amor, nos envió desde el cielo á su mismo Unigénito, igual á él en todo, y de una misma sustancia y naturaleza, y así tan grande es el amor como el don, y tan grande el don como el amor, siendo el uno y el otro infinitos y sobre toda inteligencia criada.

3. Si Dios nos ama con tanto exceso, no es por fuerza ó por necesidad, sino solamente por su intrínseca bondad, que naturalmente lo inclina á colmarnos de sus beneficios.

4. Si atiendes al motivo de tan grande amor, no hallarás otro que su infinita liberalidad; porque de nuestra parte no precedió ni pudo preceder mérito alguno que moviese á este inmenso Señor á ejecutar con nuestra vileza tan grande exceso de amor.

5. Si vuelves el pensamiento á la pureza de este amor, verás claramente que no tiene como los amores del mundo alguna mezcla de interés: Dios, hija mía, no necesita de nosotros ni de nuestros bienes (Psalm. xv, 24) porque tiene dentro de sí mismo, sin dependencia de nosotros, el principio de su felicidad y de su gloria. Si derrama sobre nosotros sus bendiciones, lo hace únicamente por nuestra utilidad, y no por la suya.

Ponderando en lo íntimo de tu corazon estas cosas, dirás interiormente: ¿Quién hubiera creído, Señor, que un Dios infinitamente grande como Vos, hubiese puesto su amor en una criatura tan vil y tan despreciable como yo? ¿Qué pretendeis Vos, ó Rey de la gloria ? ¿ Qué podeis esperar de mi, que no soy sino polvo y ceniza ? Pero ya descubro bien, ó Dios mio, á la luz de vuestra encendida caridad, que solo un motivo teneis, que mas claramente me manifiesta la pureza de vuestro amor. Vos no pretendeis otra cosa en daros y comunicaros enteramente á mi en este Sacramento, sino transformarme en Vos, á fin de que yo viva en Vos, y Vos vivais en mí, y de que con esta union íntima, viniendo yo á ser una misma cosa con Vos, se trueque un corazon todo terreno, como el mio, en un corazon todo, espiritual como el vuestro.

Después de esto entrarás en sentimientos y afectos de admiración y de alegría, de ver las señales y pruebas que el Hijo de Dios te da de su estimacion y de su amor, y persuadiéndote á que no busca ni pretende otra cosa que ganar tu corazón y unirte consigo, desasiéndote de las criaturas y de tí misma, que eres del número de las más viles criaturas, te ofrecerás enteramente á su Majestad en holocausto, á fin de que tu memoria, tu entendimiento, tu voluntad y tus sentidos, no obren con otro movimiento que con el de su amor, ni con otro fin que con el de agradarle.

Considerando después que sin su gracia nada es capaz de producir en nosotros las disposiciones necesarias para recibirlo dignamente en la Eucaristía, le abrirás tu corazón, y procurarás atraerlo con jaculatorias breves, pero vivas y ardientes, como son las que siguen: ¡O manjar celestial! ¡cuándo llegará la hora en que yo me sacrifique toda á Vos, no con otro fuego que con el de vuestro amor! ¡Cuándo, ó amor increado, ó pan vivo, cuándo llegará el tiempo en que yo viva únicamente en Vos, por Vos y para Vos! ¡ O maná del cielo, vida dichosa, vida eterna, cuándo vendrá el dia venturoso, en que aborreciendo todas las viandas y manjares de la tierra, yo no me alimente sino de Vos! ¡ O sumo bien mio, única alegría mía, cuándo llegará este dichoso tiempo! Desasid, Dios mio, desde ahora, desasid este corazon de las criaturas; libradlo de la servidumbre de sus pasiones y de sus vicios; adornadlo de vuestras virtudes; extinguid en él cualquiera otro deseo que el deseo de amaros, serviros y agradaros. De este modo yo os abriré todo el corazon, os convidaré y aun usaré si fuere necesario, de una dulce violencia para atraeros. Vos vendréis, en fin, entraréis y os comunicaréis á mí, ó único tesoro mio, y obraréis en mi alma los admirables efectos que deseais. En estos tiernos y afectuosos sentimientos, podrás, hija mia, ejercitarte por la tarde y por la mañana para prepararte á la comunion.

Cuando se acerca el tiempo de comulgar, considera bien á quién vas á recibir; y advierte, que es el Hijo de Dios, de majestad tan incomprensible , que en su presencia tiemblan los cielos (Job xxvi, 11) y todas las potestades : el Santo de los Santos, el espejo sin tacha (Sapient. VII,.26), la pureza increada en cuya comparacion son inmundas todas las criaturas (Job xv , 15— xxv), aquel Dios humillado, que por salvar los hombres, quiso hacerse semejante á un gusano de la tierra ( Psalm. xxi, 7 ), ser despreciado, escarnecido, pisado, escupido y crucificado por la ingratitud y detestable malicia de los hombres.

Aquel inmenso y omnipotente Señor, que es árbitro de la vida y de la muerte (Eceli. xi, 14), de todo el universo; y por otra parte, que tú de tu propio caudal y fondo no eres sino un puro nada, que por tus pecados te has hecho inferior á las mas viles criaturas irracionales, y que en fin mereces ser esclava de los mismos demonios.

Imagina y piensa, que en retorno y recambio de los beneficios y obligaciones infinitas que debes á tu Salvador, lo has ultrajado cruelmente, hasta pisar con execrable vilipendio la sangre que derramó por tí, y fue el precio de tu redencion. Con todo esto su caridad siempre constante y siempre inmutable, te llama y te convida á su mesa (Jerem. xxxi), y alguna vez te amenaza con enfermedad mortal para obligarte á que vengas á ella (Luc. xiv). Este Padre misericordioso está siempre pronto á recibirte ; y aunque á sus ojos comparezcas cubierta de lepra, coja, hidrópica, ciega, endemoniada, y lo que es peor, llena de vicios y de pecados, no por esto te cierra la puerta (Isai. Lx, 11), ni te vuelve las espaldas. Todo lo que pide y desea de tí es:

1.° Que tengas un sincero dolor de haberle tan indignamente ofendido.

2.° Que aborrezcas y detestes sobre todas las cosas, no solamente el pecado mortal sino tambien el venial.

3.” Que estés aparejada y dispuesta á hacer siempre su voluntad, y que en las ocasiones que se ofreciere la ejecutes prontamente y con fervor.

4.° Que tengas después una firme confianza de que te perdonará todas tus culpas, te purificará de todos tus defectos, y te defenderá de todos tus enemigos.

Confortada con este amor inefable del Señor, llegarás después á comulgarte con un temor santo y amoroso , diciendo:

Yo no soy digna, Señor, de recibiros, porque os he ofendido muy gravemente, y no he llorado como debo vuestra ofensa, ni dado alguna satisfaccion á vuestra justicia.

No soy digna, Señor, de recibiros, porgue no soy totalmente purificada del afecto de las culpas veniales.

No soy digna, Señor, de recibiros, porque aun no me he entregado de todo corazon á vuestra obediencia y voluntad.

Pero ¡oh Dios mío, único bien y esperanza mia! ¿Á dónde iré yo, si me retiro de Vos? ¿Léjos de Vos, en dónde hallaré yo la vida? ¡ Ah, Señor !Yo os olvideis de vuestra bondad, acordaos de vuestra palabra, hacedme digna de que os reciba dentro de mi pecho con fe y con amor.

Con temblor me acerco á Vos; mas tambien con confianza; vuestra divinidad que toda entera se oculta en vuestro Sacramento , me llena de un miedo religioso: pero al mismo tiempo vuestra infinita bondad, que en este mismo misterio derrama con una especie de profusion todos sus tesoros, me anima con una confianza filial.

Después que hubieses comulgado, entrarás luego en un profundo recogimiento, y cerrando la puerta de tu corazón (Matth. vi), no pienses sino en tratar y conversar con tu Salvador, diciéndole estas, ó semejantes palabras :

O soberano Señor del cielo, ¿ quién ha podido obligaros á descender desde vuestro trono á una criatura pobre, miserable, ciega y desnuda como yo? El Señor te responderá luego: El amor.

Tú le replicarás: ¡O amor increado! ¿ qué pretendeis y deseais de mi? Ninguna otra cosa, te responderá, sino tu amor. Yo no quiero, hija mia, en tu corazón otro fuego que el de la caridad: este fuego victorioso de los ardores impuros de tus pasiones abrazará á tu voluntad (Deut. iv), y me hará de ella una victima de agradable amor: esto es lo que deseo y he deseado siempre de tí. Yo quiero ser todo tuyo, y que tú seas toda mía; porque esto no podrá ser mientras que, no haciendo de tí aquella resignacion en mi voluntad, que tanto me agrada y me deleita, estuvieres pegada al amor de tí misma, á tu propio parecer, al deseo de la libertad y de la vanagloria del mundo.

Nada, pues, hija mía, pretendo y quiero de ti, sino que te aborrezcas á tí misma, á fin de que puedas amarme; que me des tu corazon (Prov. xxm), para que yo pueda unirlo con el mio, que fue abierto para tí en la cruz (Joan, xix, 34).

Bien ves, hija mía, que yo soy de infinito precio (I Cor. VI); y no obstante es tanta mi bondad que solo quiero apreciarme en lo mismo que vales: cómprame, pues, querida hija mía: cómprame, pues, no te cuesta mas que el darte enteramente á mí.

Yo quiero que á mí solo me busques, en mí solo pienses, á mí solo me escuches, me mires y me atiendas á fin de que yo sea el único objeto de tus pensamientos, de tus deseos; que no obres sino solamente en mí, y para mí; que tu nada llegue á sumergirse enteramente en mi grandeza infinita , para que de esta suerte tú halles en mí toda tu felicidad y contento, y yo halle en ti complacencia y descanso.

Finalmente, ofrecerás al eterno Padre su unigénito amado, primero en accion de gracias, después por tus propias necesidades, por las de toda la santa Iglesia y de todos tus parientes, y de aquellas personas á quienes tienes alguna obligacion, y por las almas del purgatorio, uniendo este ofrecimiento con el que el mismo Salvador hizo de si mismo en el árbol de la cruz (Luc. xxII, 46), cuando cubierto de llagas y de sangre se ofreció en holocausto á su Padre por la redencion del mundo: y asimismo le podrás ofrecer todos los sacrificios que en aquel dia se ofrecieren á Dios en la Santa Iglesia Romana.

De la Comunión Espiritual

Aunque no se puede recibir el Señor sacramentalmente sino una sola vez al día, no obstante se puede recibir espiritualmente como dije arriba, cada hora y cada momento.

Este es un bien, hija mia, de que solamente puede privarnos nuestra negligencia ó culpa; y para que comprendas la excelencia y fruto de esta comunión espiritual, sabe que algunas veces será más útil al alma y más agradable a Dios, que muchas comuniones sacramentales, si se reciben con tibieza y sin la debida preparación.

Siempre que tú, hija mia, estuvieres dispuesta para esta especie de comunión, el hijo de Dios estará pronto a darse y comunicarse a tí para ser tu alimento.

Cuando quisieres prepararte a recibirlo de este modo, levanta tu espíritu al Señor, y después que hayas hecho alguna reflexión sobre tus pecados, le manifestarás un verdadero y sincero dolor de tu ofensa.

Después le pedirás con profundo respeto, y con viva fe, que se digne de venir a tu alma, y que derrame en ella nuevas bendiciones y gracias, para curarla de sus flaquezas, y fortalecerla contra la violencia de sus enemigos.

Asimismo, siempre que quisieres mortificar alguna de tus pasiones, ó hacer algun acto de virtud, te servirás de esta ocasión para preparar tu corazón al Hijo de Dios, que te lo pide continuamente; y volviéndote después á él, pídele con fervor que se digne de venir a tí, como médico, para curarte, y como protector, para defenderte, a fin de que ninguna cosa le estorbe ó le impida el poseer tu corazón.

Acuérdate también de tu última comunión sacramental; y encendida toda en el amor de tu Salvador, le dirás: ¿Cuándo Dios y Señor mio, volveré á recibiros dentro de mi pecho?¿Cuándo llegará este dichoso día? Pero si quieres disponerte en mejor y más debida forma para esta comunión espiritual, dirigirás desde la tarde antecedente todas las mortificaciones, todos los actos de virtud, y demás buenas obras que hicieres, al fin de recibir espiritualmente á tu Señor.

Considerando cuán grande es el bien y felicidad del alma que comulga dignamente, pues por este medio recobra las virtudes que ha perdido, vuelve á su antigua y primera hermosura, participa de los preciosos frutos y méritos de la cruz, y hace, en fin, una acción muy agradable al eterno Padre, el cual desea que todos gocen de este divino sacramento.

Procura excitar en tu coraron un deseo ardiente de recibirlo, por contentar y agradar á quien con tanto amor desea comunicarse á tí; y en esta disposición le dirás: Señor, ya que no me es permitido recibiros hoy sacramentalmente, haced á lo menos por vuestra infinita bondad, que purificada de todas mis imperfecciones, y curada de todas mis dolencias y enfermedades, yo merezca recibiros espiritualmente cada día y cada hora del día, á fin de que hallándome fortificada con nueva gracia, resista, animosamente á mis enemigos, y principalmente al que ahora por agradaros y contentaros hago particularmente la guerra.

V.P.D. Lorenzo Escupoli, del orden de los P.P. Clérigos regulares de San Cayetano. El combate espiritual. Tomo 1. Librería Religiosa. 1850.

Read Full Post »

bord-21

Oración a Nuestro Señor Jesucristo, para antes de la Comunión

Habiendo Santa Gertrudis dicho esta oración antes de la Comunión, díjole el Señor: tú has obtenido aparecer ahora a los habitantes del cielo adornada con el esplendor que acabas de pedirme. 

¡Oh, amabilísimo Señor Jesús! por el amor de vuestro dulcísimo Corazón, os suplico que os dignéis ofrecer por mí a vuetro Padre aquella perfección con que os presentasteis a El en el momento de vuestra Ascensión para recibir la gloria que os estaba preparada.

Diganos, por vuestra inocentísima Humanidad, purificar de todo pecado a mi alma tan impura.

Por vuestra excelentísima Divinidad, adornadla y enriquecedla con todas las virtudes; y en fin, en virtud de aquel amor que unió vuestra adorable Divinidad con vuestra Humanidad inmaculada, dignaos adornar perfectamente mi alma colmándola de todos vuestros dones, para recibiros en la Comunión con disposiciones dignas de vuestra soberana Majestad.

Amén.

term-2

A María Santísima, antes de la Comunión

La misma Santísima Virgen enseñó a Santa Gertrudis estas tres súplicas, asegurándole que le atraerían la complacencia de la Santísima Trinidad.

Castísima Virgen María, por la inocentísima pureza con la cual preparasteis al Hijo de Dios tan grata morada en vuestro seno virginal, haced que por vuestros ruegos merezca yo ser purificado de toda mancha.

Humildísima Virgen María, por aquella profundísima humildad por la cual merecisteis ser exaltada sobre todos los coros de los Angeles y de los Santos, haced que con vuestros ruegos sean reparadas hoy todas mis negligencias.

Amabilísima Virgen María, por aquel amor  inestimable que os unió tan intimamente a Dios, haced que, por vuestros ruegos, obtenga yo la plenitud de toda suerte de méritos. Amén

Cuando se aproxima el momento de la Comunión, sigue el consejo que Nuestro Señor dio a Santa Matilde, diciéndole: “Cuando te acerques a la Santa Comunión, recíbeme con la intención de tener todo el ardiente deseos y el amor que ha podido inflamar el corazón humano, y yo aceptaré este amor no como tú lo sientes, sino tal cual lo deseas tener”. Di, pues, con todo fervor: (Manual de Santa Gertrudis)

“¡Oh, Jesús, mil y mil veces deseado de mi corazón! he aquí que la hora se aproxima, la hora en que os recibiré a Vos, que sois mi Dios.

Si, creo que sois mi Dios, y que estáis verdadera y realmente presente en este Sacramento de amor.

Espero en Vos, bondad infinita, os amo sobre todas las cosas y me pesa de haberos ofendido.

Heme aquí, amable Jesús, vengo a Vos con toda la devoción y repesto de que soy capaz.

Abrid Vos, amabilísimo Jesús, abrid vuestros sagrados brazos para abrazar y recibir mi alma, uniéndola íntimamente a vuestro amante Corazón, como extendisteis vuestras manos traspasadas por los clavos, para abrazar y perdonar a todos los pecadores verdaderamente contritos.

Y yo, Jesús mío crucificado, no solamente extiendo mis brazos para abrazaros, sino que os abro mi alma para introduciros en lo más secreto de mi pobre corazón.

Deseo en este momento poseer todas las virtudes, especialmente las predilectas de Vuestro Corazón, que son la mansedumbre y la humildad.
Deseo la pureza de los Ángeles, la caridad de los Apóstoles, la santidad de los Confesores, la pureza e inocencia de las Vírgenes.

Deseo recibiros con la misma devoción y amor con que María Santísima os recibió en la Encarnación y después en este Santísimo Sacramento.

Deseo tener, Jesús mío, vuestro propio Corazón, para poder recibiros en el mío de una manera digna de Vos. Aceptad Vos estos deseos e inflamadme en vuestro amor.

Besa la imagen de Jesús Crucificado, de cuya Pasión este divino Sacramento es un Memorial perenne y di:

Venid, Jesús dulcísimo, venid a recibir la pobre hospitalidad de mi corazón.

Mientras te acercas al altar, repite estas palabras que Jesús enseñó a Santa Gertrudis

He aquí, Señor, que yo, pecador vilísimo, pobre, perverso e indigno, vengo a Vos, que sois abismo inagotable de piedad, para ser purificado de todos mis pecados y colmado de vuestra gracia…

Venid, ¡oh, mi buen Jesús! venid, Esposo de mi alma, y con aquel amor infinito con que entrasteis en el seno de María, vuestra Madre y mi madre, entrad en mi pobre corazón y tomad posesión de él para siempre.

+

FUENTE:  Tesoro del Hogar. Congregación de Nuestra Señora del Huerto. Bs. As. Nihil Obstat 1918. Imprimatur 1926. Pagas 134-138. 

Read Full Post »

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

Accípite et comedite; hoc est Corpus meum.
Tomad y comed; éste es mi Cuerpo.
Mt., 26, 26.

PUNTO 1

Consideremos la grandeza de este Santísimo Sacramento de la Eucaristía, el amor inmenso que Jesucristo nos manifestó con tan precioso don y el vivo deseo que tiene de que le recibamos sacramentado.

Veamos, en primer lugar, la gran merced que nos hizo el Señor al darse a nosotros como alimento en la santa Comunión.

Dice San Agustín que con ser Jesucristo Dios omnipotente, nada mejor pudo darnos, pues ¿qué mayor tesoro puede recibir o desear un alma que el sacrosanto Cuerpo de Cristo?

Exclamaba el profeta Isaías (12, 4): Publicad las amorosas invenciones de Dios.

Y, en verdad, si nuestro Redentor no nos hubiese favorecido con tan alta dádiva, ¿quién hubiera podido pedírsela? ¿Quién se hubiera atrevido a decirle: «Señor, si deseáis demostrar vuestro amor, ocultaos bajo las especies de pan y permitid que por manjar os recibamos?…»

El pensarlo no más se hubiera reputado por locura. «¿No parece locura el decir: comed mi carne,bebed mi sangre?», exclamaba San Agustín.

Cuando Jesucristo anunció a los discípulos este don del Santísimo Sacramento que pensaba dejarle, no podían creerle, y se apartaron del Señor, diciendo (Jn., 6, 61): «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?…

Dura es esta doctrina; ¿y quién lo puede oír?» Más lo que al hombre no le es dado ni imaginar, lo pensó y realizó el gran amor de Cristo.

San Bemardino dice que el Señor nos dejó este Sacramento en memoria del amor que nos manifestó en su Pasión, según lo que Él mismo nos dijo (Lc., 22, 19): «Haced esto en memoria mía.»

 No satisfizo Cristo su divino amor—añade aquel Santo (t. 2, serm. 54)—con sacrificar la vida por nosotros, sino que ese mismo soberano amor le obligó a que antes de morir nos hiciera el don más grande de cuantos nos hizo, dándose Él mismo para manjar nuestro.

Así, en este Sacramento llevó a cabo el más generoso esfuerzo de amor (1), pues como dice con elocuentes palabras el Concilio de Trento (ses. 13, c. 2), Jesucristo en la Eucaristía prodigó todas las riquezas de su amor a los hombres.

¿No se estimaría por muy amorosa fineza—dice San Francisco de Sales—el que un príncipe regalase a un pobre algún exquisito manjar de su mesa? ¿Y si le enviase toda su comida? ¿Y, finalmente, si el obsequio consistiera en un trozo de la propia carne del príncipe, para que sirviese al pobre de alimento?…

Pues Jesús en la sagrada Comunión nos alimenta, no ya con una parte de su comida ni un trozo de su Cuerpo, sino con todo Él: «Tomad y comed; éste es mi Cuerpo» (Mt., 26, 26); y con su Cuerpo nos da su Sangre, alma y divinidad.

De suerte que—como dice San Juan Crisóstomo—, dándosenos Jesucristo mismo en la Comunión, nos da todo lo que tiene y nada se reserva para Sí; o bien, según se expresa Santo Tomás: «Dios en la Eucaristía se entrega todo Él, cuanto es y cuanto tiene.»

Ved, pues, cómo ese Altísimo Señor, que no cabe en el mundo—exclama San Buenaventura—, se hace en la Eucaristía nuestro prisionero…

Y dándose a nosotros real y verdaderamente en el Sacramento, ¿cómo podremos temer que nos niegue las gracias que le pidamos? (Ro., 8, 32).

AFECTOS Y SÚPLICAS

¡Oh Jesús mío! ¿Qué os lo que os pudo mover a daros Vos mismo a nosotros para alimento nuestro? ¿Y qué más podéis concedernos después de este don para obligarnos a amaros?

¡Ah, Señor! Iluminadme y descubridme ese exceso de amor, por el cual os hacéis manjar divino a fin de uniros a estos pobres pecadores…

Más si os dais todo a nosotros, justo es que nos entreguemos a Vos enteramente…

¡Oh, Redentor mío! ¿Cómo he podido ofenderos a Vos, que tanto me amáis y que nada omitisteis para conquistar mi amor? ¡Por mí os hicisteis hombre; por mí habéis muerto; por amor a mí os habéis hecho alimento mío!…

¿Qué os queda por hacer? Os amo, Bondad infinita; os amo, infinito amor. Venid, Señor, con frecuencia a mi alma e inflamadla en vuestro amor santísimo, y haced que de todo me olvide y sólo piense en Vos y a Vos sólo ame…

¡María, Madre nuestra, orad por mí y hacedme digno por vuestra intercesión de recibir a menudo a vuestro Hijo Sacramentado!

PUNTO 2

Consideremos en segundo lugar el gran amor que nos mostró Jesucristo al otorgarnos este altísimo don…

Hija solamente del amor es la preciosa dádiva del Santísimo Sacramento.

Necesario fue para salvarnos, según el decreto de Dios, que el Redentor muriese. Mas ¿qué necesidad vemos en que Jesucristo, después de su muerte, permanezca con nosotros para ser manjar de nuestras almas?… Así lo quiso el amor.

No más que para manifestarnos el inmenso amor que nos tiene instituyó el Señor la Eucaristía, dice San Lorenzo Justiniano, expresando lo mismo que San Juan escribió en su Evangelio (Jn., 13, 1): «Sabiendo Jesús que era llegada su hora del tránsito de este mundo al Padre, como hubiese amado a los suyos que vivían en este mundo, los amó hasta el fin

Es decir, cuando el Señor vio que llegaba el tiempo de apartarse de este mundo, quiso dejarnos maravillosa muestra de su amor, dándonos este Santísimo Sacramento, que no otra cosa significan las citadas palabras: «los amó hasta el fin», o sea, «los amó extremadamente, con sumo e ilimitado amor», según lo explican Teofilacto y San Juan Crisóstomo.

Y notemos, como observa el Apóstol (1 Co., 11, 23-24), que el tiempo escogido por el Señor para hacernos este inestimable beneficio fue el de su muerte. En aquella noche en que fue entregado, tomó el pan, y dando gracias, le partió y dijo: «Tomad y comed; éste es mi Cuerpo.»

Cuando los hombres le preparaban azotes, espinas y la cruz para darle muerte cruelísima, entonces quiso nuestro amante Jesús regalarles la más excelsa prenda de amor.

¿Y por qué en aquella hora tan próxima a la de su muerte, y no antes, instituyó este Sacramento? Hízolo así, dice San Bernardino, porque las pruebas de amor dadas en el trance de la muerte por quien nos ama, más fácilmente duran en la memoria y las conservamos con más vivo afecto.

Jesucristo, dice el Santo, se había dado a nosotros de varias maneras; habíasenos dado por Maestro, Padre y compañero por luz, ejemplo y víctima. Faltábale el postrer grado de amor, que era darse por alimento nuestro, para unirse todo a nosotros, como se une e incorpora el manjar con quien le recibe, y esto lo llevó a cabo entregándose a nosotros en el Sacramento.

De suerte que no se satisfizo nuestro Redentor con haberse unido solamente a nuestra naturaleza humana, sino que además quiso, por medio de este Sacramento, unirse también a cada uno de nosotros particular e íntimamente.

«Es imposible—dice San Francisco de Sales—considerar a nuestro Salvador en acción más amorosa ni más tierna que ésta, en la cual, por decirlo así, se anonada y se hace alimento para penetrar en nuestras almas y unirse íntimamente con los corazones y cuerpos de sus fieles.»

Así dice San Juan Crisóstomo a ese mismo Señor a quien los ángeles ni a mirar se atreven: «Nos unimos nosotros y nos convertimos con Él en un solo cuerpo y una sola carne.» ¿Qué pastor—añade el Santo—alimenta con su propia sangre a las ovejas? Aun las madres, a veces, procuran que a sus hijos los alimenten las nodrizas. Mas Jesús en el Sacramento nos mantiene con su mismo Cuerpo y Sangre, y a nosotros se une (Hom. 60). ¿Y con qué fin se hace manjar nuestro? Porque ardentísimamente nos ama y desea ser con nosotros una misma cosa por medio de esa inefable unión (Hom. 51).

Hace, pues, Jesucristo en la Eucaristía el mayor de todos los milagros. «Dejó memoria de sus maravillas, dio sustento a los que le temen» (Sal. 110, 4), para satisfacer su deseo de permanecer con nosotros y unir con los nuestros su Sacratísimo Corazón.

«¡ Oh admirable milagro de tu amor—exclama San Lorenzo Justiniano—, Señor mío Jesucristo, que quisiste de tal modo unirnos a tu Cuerpo, que tuviésemos un solo corazón y un alma sola inseparablemente unidos contigo!»

El Santo. P. De la Colombiére, gran siervo de Dios, decía: «Si algo pudiese conmover mi fe en el misterio de la Eucaristía, nunca dudaría del poder, sino más bien del amor, manifestados por Dios en este soberano Sacramento. ¿Cómo el pan se convierte en Cuerpo de Cristo? ¿Cómo el Señor se halla en varios lugares a la vez? Respondo que Dios todo lo puede. Pero si me preguntan cómo Dios ama tanto a los hombres que se les da por manjar, no sé qué responder, digo que no lo entiendo, que ese amor de Jesús es para nosotros incomprensible».

Dirá alguno: Señor, ese exceso de amor por el cual os hacéis alimento nuestro, no conviene a vuestra Majestad divina… Más San Bernardo nos dice que por el amor se olvida el amante de la propia dignidad. Y San Juan Crisóstomo (Serm. 145) añade que el amor no busca razón de conveniencia cuando trata de manifestarse al ser amado; no va a donde es conveniente, sino a donde le guían sus deseos.

Muy acertadamente llamaba Santo. Tomás (Op. 68 ) a la Eucaristía Sacramento de amor. Y San Bernardo, amor de los amores. Y con verdad Santa María Magdalena de Pazzi denominaba el día del Jueves Santo, en que el Sacramento fué instituido, el día del Amor.

AFECTOS Y SÚPLICAS

¡Oh amor infinito de Jesús, digno de infinito amor!

¿Cuándo, Señor, os amaré como Vos me amáis?…

Nada más pudisteis hacer para que yo os amase, y yo me atreví a dejaros a Vos, sumo e infinito Bien, para entregarme a bienes viles y miserables…

Alumbrad, ¡oh Dios mío!, mis ignorancias; descubridme siempre más y más la grandeza de vuestra bondad, para que me enamore de Vos, amor mío y mi todo.

A Vos, Señor, deseo unirme a menudo en este Sacramento, a fin de apartarme de todas las cosas, y a Vos sólo consagrar mi vida…

Ayudadme, Redentor mío, por los merecimientos de vuestra Pasión.

 Socorredme también, ¡oh Madre de Jesús y Madre mía! Rogadle que me inflame en su santo amor.

PUNTO 3

Consideremos, por último, el gran deseo que tiene Jesucristo de que le recibamos en la santa Comunión… Sabiendo Jesús que era llegada su hora… (Jn., 13, 1); mas, ¿por qué Jesucristo llamaba su hora a aquella noche en que había de comenzarse su dolorosa Pasión?… Llamábala así porque en aquella noche iba a dejarnos este divino Sacramento, con el fin de unirse al mismo Jesús con las almas amadísimas de sus fieles.

Ese excelso designio movióle a decir entonces (Lc., 22, 15): «Ardientemente he deseado celebrar esta Pascua con vosotros»; palabras con que denota el Redentor el vehemente deseo que tenía de esa unión con nosotros en la Eucaristía… Ardientemente he deseado… Así le hace hablar el amor inmenso que nos tiene, dice San Lorenzo Justiniano.

Quiso quedarse bajo las especies de pan, a fin de que cualquiera pudiese recibirle; porque si hubiese elegido para este portento algún manjar exquisito y costoso, los pobres no hubiesen podido recibirle a menudo.

Otra clase de alimento, aunque no fuese selecto y precioso, acaso no se hallaría en todas partes. De suerte que el Señor prefirió quedarse bajo las especies de pan, porque el pan fácilmente se halla dondequiera y todos los hombres pueden procurársele.

El vivo deseo que el Redentor tiene de que con frecuencia le recibamos sacramentado movíale no sólo a exhortarnos muchas veces o invitarnos a que lo recibiésemos: «Venid, comed mi Pan, y bebed mi Vino que os he mezclado. Comed, amigos, y bebed; embriagaos, los muy amados» (Pr., 9, 5; Cant., 5, 1); vino a imponérnoslo como precepto: «Tomad y comed; éste es mi Cuerpo» (Mt. 26, 26).

Y a fin de que acudamos a recibirle, nos estimula con la promesa de la vida eterna. «Quien come mi Carne, tiene vida eterna. Quien come este Pan, vivirá eternamente» (Jn., 6, 55, 56). Y de no obedecerle, nos amenaza con excluirnos de la gloria: «Si no comiereis la Carne del Hijo del Hombre no tendréis vida en vosotros» (Jn., 6, 54).

Tales invitaciones, promesas y amenazas nacen del deseo de Cristo de unirse a nosotros en la Eucaristía; y ese deseo procede del amor que Jesús nos profesa, porque —como dice San Francisco de Sales—el fin del amor no es otro que el de unirse al objeto amado, puesto que en este Sacramento Jesús mismo se une a nuestras almas (el que come mi Carne y bebe mi Sangre, en Mí mora y Yo en él) (Jn., 6, 57); por eso desea tanto que le recibamos. «El amoroso ímpetu con que la abeja acude a las flores para extraer la miel—dijo el Señor a Santa Matilde—no puede compararse al amor con que Yo me uno a las almas que me aman.»

¡Oh, si los fieles comprendiesen el gran bien que trae a las almas la santa Comunión!… Cristo es el dueño de toda riqueza, y el Eterno Padre le hizo Señor de todas las cosas (Jn., 13, 3).

De suerte que, cuando Jesús penetra en el alma por la sagrada Eucaristía, lleva consigo riquísimo tesoro de gracias. «Vinieron a mí todos los bienes juntamente con ella», dice Salomón (Sb., 7, 11) hablando de la eterna Sabiduría.

Dice San Dionisio que el Santísimo Sacramento tiene suma virtud para santificar las almas.

Y San Vicente Ferrer dejó escrito que más aprovecha a los fieles una Comunión que ayunar a pan y agua una semana entera.

La Comunión, como enseña el Concilio de Trento (ses. 13, c. 2), es el gran remedio que nos libra de las culpas veniales y nos preserva de las mortales; por lo cual, San Ignacio, mártir, llama a la Eucaristía «medicina de la inmortalidad».

Inocencio III dice que Jesucristo con su Pasión y muerte nos libró de las penas del pecado, y con la Eucaristía nos libra del pecado mismo.

Este Sacramento nos inflama en el amor de Dios, «Me introdujo en la cámara del vino; ordenó en mí la caridad. Sostenedme con flores, cercadme de manzanas, porque desfallezco de amor» (Cant., 2, 4-5).

San Gregorio Niseno dice que esa cámara del vino es la santa Comunión, en la cual de tal modo se embriaga el alma en el amor divino, que olvida las cosas de la tierra y todo lo creado; desfallece, en fin, de caridad vivísima.

También el Venerable Padre Francisco de Olimpio, teatino, decía que nada nos inflama tanto en el amor de Dios como la sagrada Eucaristía.

Dios es caridad; es fuego consumidor (1 Jn., 4, 8; Dt., 4, 24). Y el Verbo Eterno vino a encender en la tierra ese fuego de amor (Lucas, 12, 49).

Y, en verdad, ¡qué ardentísimas llamas de amor divino enciende Jesucristo en el alma de quien con vivo deseo le recibe Sacramentado!

Santa Catalina de Sena vio un día a Jesús Sacramentado en manos de un sacerdote, y la Sagrada Forma le parecía brillantísima hoguera de amor, quedando la Santa maravillada de cómo los corazones de los hombres no estaban del todo abrasados y reducidos a cenizas por tan grande incendio.

Santa Rosa de Lima aseguraba que, al comulgar, parecíale que recibía al sol.

El rostro de la Santa resplandecía con tan clara luz, que deslumbraba a los que la veían, y la boca exhalaba vivísimo calor, de tal modo, que la persona que daba de beber a Santa Rosa después de la Comunión sentía que la mano se le quemaba como si la acercase a un horno.

El rey San Wenceslao solamente con ir a visitar al Santísimo Sacramento se inflamaba aun exteriormente de tan intenso ardor, que a un criado suyo, que le acompañaba, caminando una noche por la nieve detrás del rey, le bastó poner los pies en las huellas del Santo para no sentir frío alguno.

San Juan Crisóstomo decía que, siendo el Santísimo Sacramento fuego abrasador, debiéramos, al retirarnos del altar, sentir tales llamas de amor que el demonio no se atreviese a tentarnos.

Diréis, quizá, que no os atrevéis a comulgar con frecuencia porque no sentís en vosotros ese fuego del divino amor. Pero esa excusa, como observa Gerson, sería lo mismo que decir que no queréis acercaros a las llamas porque tenéis frío. Cuanta mayor tibieza sintamos, tanto más a menudo debemos recibir el Santísimo Sacramento, con tal que tengamos deseos de amar a Dios.

«Si acaso te preguntan los mundanos—escribe San Francisco de Sales en su Introducción a la vida devota— por qué comulgas tan a menudo…, diles que dos clases de gente deben comulgar con frecuencia: los perfectos, porque, como están bien dispuestos, quedarían muy perjudicados en no llegar al manantial y fuente de la perfección, y los imperfectos, para tener justo derecho de aspirar a ella…»

Y San Buenaventura dice análogamente: «Aunque seas tibio, acércate, sin embargo, a la Eucaristía, confiando en la misericordia de Dios. Cuanto más enfermos estamos, tanto más necesitamos del médico» (2).

Y, finalmente, el mismo Cristo dijo a Santa Matilde (3): «Cuando vayas a comulgar, desea tener todo el amor que me haya tenido el más fervoroso corazón, y Yo acogeré tu deseo como si tuvieses ese amor a que aspiras.»

(2) De Prof. Rel., c. 78.
(3) Ap. Blos. in Conci. An. fldel., c. 4, n. 6.

AFECTOS Y SÚPLICAS

¡Oh amantísimo Señor de las almas! Jesús mío, no podéis ya darnos prueba mayor para demostrarnos el amor que nos tenéis.

¿Qué más pudierais inventar para que os amásemos?…

Haced, ¡oh Bondad infinita!, que yo os ame desde hoy viva y tiernamente.

¿A quién debe amar mi corazón con más profundo afecto que a Vos, Redentor mío, que después de haber dado la vida por mí os dais a mí Vos mismo en este Sacramento?…

¡Ah Señor! ¡Ojalá recuerde yo siempre vuestro excelso amor y me olvide de todo y os ame sin intermisión y sin reserva!…

Os amo, Dios mío, sobre todas las cosas, y a Vos sólo deseo amar.

Desasid mi corazón de todo afecto que para Vos no sea…

Gracias os doy por haberme concedido tiempo de amaros y de llorar las ofensas que os hice.

Deseo, Jesús mío, que seáis único objeto de mis amores.

Socorredme y salvadme, y sea mi salvación el amaros con toda mi alma en ésta y en la futura vida…

María, Madre nuestra, ayudadme a amar a Cristo y rogad por mí.

Tomado de “Preparación para la muerte”

Read Full Post »

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

Ayuda también mucho para conservar en el alma el fervor el hacer muchas veces al día la comunión espiritual, tan recomendada por el concilio de Trento, que exhorta a todos los fieles a practicarla.

La comunión espiritual, como dice Santo Tomás, consiste en el ardiente deseo de recibir a Jesucristo en el santísimo sacramento, por lo que los santos acostumbraban a renovarla diaria y frecuentemente.

El modo de hacerla es decir: Creo, Jesús mío, que estáis en el santísimo sacramento; os amo y deseo recibiros; venid a mi alma; os abrazo y os ruego que no permitáis vuelva jamás a abandonaros.

Y más breve aún: Venid a mí, Jesús mío; os deseo, os abrazo y os suplico que estemos unidos siempre.

Esta comunión espiritual se puede practicar a menudo al día, cuando se reza, cuando se visita al santísimo sacramento y especialmente cuando se oye la Santa Misa, sobre todo al comulgar el sacerdote.

Decía la beata Ángela (Águeda) de la Cruz, dominica: “Si el confesor no me hubiera enseñado este modo de comulgar varias veces al día, no acertaría a vivir.”

Read Full Post »

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

En el capítulo 8 de su “Práctica de amor a Jesucristo“; San Alfonso María de Ligorio habla sobre la tibieza y menciona que quien ama a Jesucristo huye de ella y busca los medios de alcanzar la perfección.

Caritas non agit perperam (La caridad no se pavonea)

San Gregorio al explicar estas palabras dice que la caridad deseosa de ir siempre adelante en el amor de Dios, no admite nada que no sea recto y santo.

Y porque la caridad ama la perfección, se desprende que aborrece la tibieza con que sirven a Dios ciertas almas, con grave riesgo de perder la caridad, la gracia divina, el alma y todo.

San Alfonso María de Ligorio establece  cinco remedios para vencer la tibieza:

1º desear la perfección

2º Resolver entregarse del todo a Dios

3º la oración mental

4º la comunión

5º la oración

A continuación, exponemos lo que el Santo nos relata sobre el cuarto medio: 

El cuarto medio para alcanzar la perfección y perseverar en la amistad de Dios es la frecuencia de la sagrada comunión.

Ayuda más poderosa para alcanzar la perfección – decía Santa Teresa – no encuentro yo que comulgar con frecuencia: es cosa que pone admiración cómo el Señor va perfeccionando el alma”; y añadía que, ” hablando en general las personas que más frecuentemente comulgan se ven más adelantadas en la perfección; y en aquellos monasterios se respira mejor espíritu y ambiente de perfección en los cuales más se frecuenta la sagrada comunión”.

Y por esto dijo Inocencio XI, en el decreto del año 1679, que la comunión frecuente y hasta cotidiana ha sido siempre loada y recomendada por los Santos Padres.

La eucaristía, según el concilio tridentino, es remedio y medicina que nos libra de las culpas cotidianas y nos preserva de las mortales.

San Bernardo dice que la comunión reprime los ímpetus de la cólera y de la incontinencia , que son las dos pasiones que más frecuente y furiosamente nos acometen.

Santo  Tomás afirmaba que la comunión abate las sugestiones del Demonio, y san Juan Cristóstomo, finalmente asegura que la comunión da al alma poderosa inclinación a la virtud y facilidad grande en practicarla, a la vez que le infunde una paz interior que le convierte en fácil y deleitoso el camino de la perfección.

Pero, sobre todo, ningún sacramento inflama tanto al alma en amor divino como la sagrada eucaristía, donde Jesucristo se da por entero a nosotros y nos une a Él con cadenas de amor.

De ahí que dijera el beato Juan de Ávila: Más ¿Qué diremos? Que hay hombres que, sin ver la conciencia de los que se llegan a comulgar, juzgan y dicen que es malo, y murmuran. Estos tales tienen el oficio del Diablo, aborrecedores y estorbadores de las obras de Dios.”

En efecto, el Demonio aborrece sobre todo encarecimiento este sacramento, del que reportan las almas fuerzas extraordinarias para adelantar en el amor divino.

Importa mucho, para comulgar bien, llegarnos a este banquete eucarístico convenientemente preparados.

La primera preparación, para poder comulgar a diario o frecuentemente consiste:

1º abstenerse de toda falta deliberada, es decir, cometida a ojos abiertos.

2ºen el ejercicio de la oración mental;

3º en la mortificación de los sentidos o las pasiones.

Enseñaba San Francisco de Sales  que “se puede conceder la comunión diaria a quien ha vencido la mayor parte de sus malas inclinaciones y adquirido rico caudal de perfección”.

 El angélico santo Tomás es de parecer que bien puede comulgar diariamente quien por experiencia sabe que comulgando se le aumenta el fervor de la caridad.

Por lo que decía Inocencio XI en el citado decreto que al confesor corresponde determinar la mayor o menor frecuenca en el comulgar, siguiendo para ello, como norma segura, el mayor o menor provecho que de este manjar saca el alma encomendada a su dirección.

La preparación próxima a la comunión es la que se hace el mismo día en que se comulga, y consiste en hacer media hora por lo menos de oración mental.

Es necesario, además, para que la sagrada comunión cause maravillosos efectos, que después de comulgar empleemos prolongado rato en la acción de gracias.

El beato Juan de Ávila decía que el tiempo que corre después de la comunión es tiempo de hacer fortuna y allegar tesoros de gracia para el Cielo.

Santa María Magdalena de Pazzi decía que no hay tiempo más a propósito para inflamarse en santo fuego de caridad como el que sigue a la comunión, y santa Teresa añadía: “No suele su Majestad pagar mal la posada si le hacen buen hospedaje … Estaos con Él de buena gana; no perdáis tan buena sazón de negociar como es la hora después de haber comulgado.”

Almas pusilánimes hay que, cuando el confesor les exhorta comulgar más a menudo, responden: Pero… si yo no soy digna…. Y ¿no sabes que, mientras menos comulgues, más indigna te haces de ese divino manjar, porque, no comulgando, los defectos crecen y disminuyen las fuerzas? ¡Ánimo, pues! Obedece a tu director y déjate guiar por él, que las imperfecciones, cuando no son voluntarias, no estorban el comulgar mayormente cuando el principal defecto está en no someterte a lo que te ordena el padre espitirual.

Cierto, pero si en lo pasado viví vida tan imperfecta … ¿Ignoras – te respondo – que quien más necesitado está de la medicina y del médico es precisamente quien se hallare más enfermo? Jesús en el sacramento es médico y medicina. Oye a san Ambrosio: “Yo que siempre peco, debo tener siempre a punto el remedio” Lo creo, pero el confesor no me manda comulgar más a menudo. Pues si él no te lo manda, pídele tú permiso para ello, y si te lo niega, obedece y, entre tanto, no dejes de recabar su licencia. Padre, pero esto suena a soberbia. Lo sería si quisieras comulgar contra su parecer, pero no cuando se los uplicas humildemente, porque este pan celestial reclama que se tenga hambre de él. Jesús quiere ser deseado, tiene sed de que estemos sedientos de Él, como dice un devoto autor. Este solo pensamiento, hoy que comulgué y mañana voy a comulgar, trae al alma en vela para huir de los defectos y cumplir en todo la divina voluntad. Pero, si no tengo fervor … Si hablas del fervor sensible, no te es necesario, ni Dios lo da siempre aun a sus almas predilectas; basta que tengas el fervor que supone una voluntad resuelta a entregarse del todo a Dios e ir creciendo en el amor divino. Dice Juan Gersón que quien se priva de comulgar porque no siente la devoción que deseara tener, se asemeja al que no se acerca al fuego por estar yerto de frío.

Pero, Dios mío, ¡Cuántas almas, por no obligarse a vivir vida más recogida y desprendida de las cosas terrenas, dejan de comulgar con frecuencia, no siendo otra la causa de que no comulguen más a menudo!

Se dan cuenta de que con la comunión frecuente no se compadecen el ansia de aparentar, la vanidad en el vestir, la gula, las comodidades y la frivolidad de las conversaciones, y por eso se averguenzan de acercarse frecuentemente a los altares.

Cierto que tales almas hacen bien en abstenerse de la comunión frecuente, pues se halllan en tan miserable estado de tibieza, pero están obligadas a salir de tal tibieza quienes, llamadas a vida más perfecta, no quieran arriesgar gravemente su eterna salvación.”

San Alfonso María de Ligorio. Práctica de amor a Jesucristo, Cap.  8 

Read Full Post »

Santa Comunión

sb-holycommrem2.jpg

Comulgar es recibir a nuestro Señor Jesucristo bajo las apariencias de pan o de una Hostia consagrada.

Los que han hecho la Primera Comunión han de comlugar a lo menos una vez al año, en tiempo de Pascua.

Para hacer una buena Comunión son necesarias tres cosas:

1º Has de estar en gracia de Dios, esto es, no debes tener en tu conciencia ningún pecado mortal.

2ºCosa necesaria es no haber comido ni bebido desde las 12 de la noche hasta después de la Comunión (Nota: esta disposición ha cambiado en los últimos años)

3º Debes saber y creer que en la Santa Hostia y en cualquier parte de ella está Jesucristo real, verdadera y substancialmente bajos las apariencias del pan y del vino.

Cuando comulgues recibes en tu cuerpo y en tu alma al Hijo de Dios, Jesucristo, y con él al Padre y al Espíritu Santo, a toda la Trinidad, al Dios único vivo y eterno.

Este mismo Dios es el que hizo los cielos y la tierra; y que ha de ser el Juez de vivos y muertos, El es quien nos sostiene y gobierna desde la patria del cielo.

PREPARACIÓN PARA LA SANTA COMUNIÓN

Oración de Santo Tomás de Aquino

Aquí me llego, Todopoderoso y eterno Dios, al sacramento de vuestro Unigénito Hijo, mi Señor Jesucristo, como enfermo al médico de la vida, como manchado a la fuente de la misericordia, como ciego a la lumbre de la claridad eterna, como pobre y necesitado al Señor de los cielos y de la tierra. Os ruego, pues Señor, por vuestra infinita bondad y misericordia, tengáis por bien sanar mi enfermedad, limpiar mi suciedad, alumbrar mi ceguedad, enriquecer mi pobreza y vestir mi desnudez: para que así reciba yo el Pan de los Angeles, al Rey de los reyes, al Señor de los señores con tanta reverencia y temor, con tanto dolor y verdadero amor, con tal propósito y humildad, cual conviene para la salud de mi alma. Dadme, Señor, que reciba yo no solamente este SAcramento, sino también la virtud y gracia del Sacramento.

¡Oh piadosísimo Padre! otorgadme que a este Unigénito Hijo vuestro al cual yo propongo ahora recibir encubierto en esta vida, lo merezca ver para siempre y sin velo en la otra. Amén.

(3 años, plenaria al mes)

ASPIRACIONES

Acto de fe. – Señor mío Jesucristo, – creo firmemente – que estáis realmente presente – en el Santísimo Sacramento – con vuestro Cuerpo,  – Sangre, – Alma y Divinidad.

De Adoración. – Señor, – yo os adoro en este Sacramento – y os reconozco por mi Creador, – redentor, Soberano Dueño, – sumo y único Bien mío.

De Contricción. – Señor, – detesto todos mis pecados, – que me hacen indigno – de recibiros en mi corazón,  – y propongo con vuestra gracia – no cometerlos más en adelante, – huir las ocasiones – hacer penitencia- ¡Oh Jesús, mi Padre amado, pésame de haber pecado.

De Esperanza. – Señor, – espero que si os dáis todo a mí – en este Sacramento, – usaréis conmigo de misericordia – y me otorgaréis todas las gracias – que me son necesarias – para mi eterna salvación.

De Caridad.- Señor, Vos sois infinitamente amable, – sois mi Padre, mi Redentor, – mi Dios; – y por eso os amo de todo corazón, – sobre todas las cosas, y por vuestro amor – amoa mis prójimos – como a mi mismo – y perdono de corazón – a los que me han ofendido.

De deseo – Señor, deseo ardientemente que vengáis a mi alma, – para que jamás me aparte de Vos, – sino que viva siemre en vuestra gracia

De Humildad, – Me humillo ante Vos – porque soy una pobre criatura – que sin Vos nada puedo, – porque no os he servido como debo – y os he ofendido mucho.

De Oración – Os ruego por vuestra pasión santísima – que al entrar en mi alma – os compadezcáis de mí, – me déis las gracias que más necesito; no me dejéis hasta el fin de mi vida; – y, al salir mi alma del cuerpo, – la llevéis fortalecida con todos los sacramentos – a la vida eterna.

Y Vos, oh Virgen Inmaculada, por el amor que tuvisteis, al niño Jesús, haced que la reciba dignamente, – y cuando me acerque al altar- a recibir la santa Hostia, – pensaré que lo recibo de vuestras mismas manos.

Angel de mi guarda, – San José, – Santo de mi nombre Angeles y Santos del Paraíso, – rogad al Señor por mí – y obtenedme la gracia de hacer – una Santa Comunión, – Venid dulce Salvador, que os espero con amor.

ACCIÓN DE GRACIAS

Acto de Fe. – Señor mío Jesucristo, – creo que verdaderamente estáis en mí – con vuestro Cuerpo, – Sangre, Alma y Divinidad, – y lo creo más firmemente – que si lo viese con mis propios ojos.

De Adoración. – ¡Oh Jesús mío! – yo os adoro presente dentro de mí, – y me uno a María Santísima, – a los Angeles y a los Santos – para adoraros como merecéis.

De Acción de gracias. – Jesús, Señor mío, – gracias os doy de todo corazón – porque habéis venido a mi alma.  – Virgen Santísima – Angel de mi Guarda, – vosotros todos, Angeles y Santos del cielo, – dad por mi gracias a Jesús.

De Caridad. – ¡Oh Jesús, Dios mío! – os amo cuanto sé y puedo. – Y deseo amaros cuanto merecéis. – Haced que os ame sobre todas las cosas – ahora y por toda la eternidad.

De Ofrecimiento. – ¡Oh Jesús mío! Vos os habéis dado a mí, – yo me entrego todo a Vos; ofrezcoos mi corazón, – mi alma – Os consagro toda mi vida, – y quiero ser vuestro por toda la eternidad.

De esperanza. – ¡Oh Jesús mío! – ya que habéis venido a mi alma, – espero que jamás os apartaréis de mí, antes quedaréis siempre conmigo – con vuestra divina gracia.

De Petición – ¡Oh Jesús mío! – dadme, os ruego, todas las gracias espirituales que sabéis – me son provechosas para el alma, – y socorred a mis superiores, – parientes, amigos, – bienhechores, – y a las benditas almas del Purgatorio. Así sea.

 “Mi guía espiritual” Devocionario Popular ordenado por los Padres Claretianos, 1941.

Read Full Post »

Antes de comulgar se podrá rezar la siguiente oración:

¡Oh gran Señor! Quien tuviera los deseos de todos los Santos y Santas, que con más fervorosos afectos han deseado recibiros; los de santa Marta para hospedaros, y los de su hermana, para no apartarme un punto de vuestros pies!

¡Quien tuviera los encendidísimos deseos y afectos de la santísima Virgen, para recibiros, agradaros y serviros!

 ¡Quien tuviera la grandeza de los cielos, la pureza de los Angeles, y el abrasado amor de los Serafines!

¡Quien poseyera todas las virtudes, para convidaros, Señor, que vinierais a mi morada!

¡Oh qué dichosa fuera yo si en gracia recibiera el Autor de la vida, para tenerle en mi alma!

¡Qué rica estuviera yo poseyéndoos en gracia y con pureza!

Venid, Señor, a mi, pues podeis, que si yo pudiera, no salierais de mi eternamente.

¡Oh Señora mia benditísima! alcanzadme este bien de vuestro amado hijo.

Virgen santísima, Serafines, almas que amais a Dios con puro amor, comunicadme vuestros afectos para que haga la compañía que debo a mi amado Señor.

Fuente: “El devoto del Purgatorio”, R. P. Antonio Donadoni S.J.

Read Full Post »

« Newer Posts

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 71 seguidores