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La Memoria de los Mártires: Cirilo Bertrán y 8 compañeros

Octubre 21, 2009

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¡MORIR POR CRISTO ES REINAR!

La Iglesia elevó el 21 de noviembre de 1999 a la gloria de los altares a nueve Hermanos de las Escuelas Cristianas (Lasalianos) y a un Padre Pasionista. Ocho Hermanos dirigían una escuela en Turón, un pueblo situado en el centro de un valle minero de la región asturiana, en el nordeste de España y fueron martirizados en 1934.

El noveno Hermano es de Cataluña y murió cerca de Tarragona en 1937.

El Padre Pasionista prestaba asistencia sacramental a la escuela de Turón.

Sus nombres son:

Hno. CIRILO BERTRÁN (JOSÉ SANZ TEJEDOR), director de la comunidad, nació en Lerma, provincia de Burgos, el 20 de marzo de 1888.

Los padres eran humildes trabajadores: de ellos aprende la austeridad y el espíritu de sacrificio. Ingresó en el Noviciado de los Hermanos en Bujedo e hizo su primera profesión religiosa en agosto de 1905. En su vida apostólica se muestra comprometido y celoso.

Nombrado director de la escuela de Turón, a donde llega en 1933, su actitud prudente y serena es de gran ayuda para los Hermanos de la comunidad.

En el verano de 1934 participa en un retiro de un mes en Valladolid: será la mejor preparación para su encuentro con el Señor en el martirio que tendrá lugar dentro de unos meses.

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Hno. MARCANO JOSÉ (FILOMENO LÓPEZ LÓPEZ), nació en El Pedregal, provincia de Sigüenza Guadalajara, el 17 de noviembre de 1900.

Pertenece a una familia de trabajadores y aprende desde niño a soportar las molestias del trabajo y afrontar con ánimo las dificultades de la vida.

A sugerencia de un tío suyo ingresa en el Instituto de los Hermanos de La Salle, pero una enfermedad en el oído le obliga a regresar a su familia.

Pronto será admitido de nuevo, pero a condición de dedicarse a trabajos manuales. Se halla en la comunidad de Mieres (Asturias) cuando acepta sustituir a un Hermano de Turón, asustado por las tensiones de ese momento.

Esto ocurría en el mes de abril de 1934, seis meses antes del sacrificio supremo que el Señor le pedirá.

Une así su destino al de sus compañeros de comunidad, a la que siempre ha prestado sus servicios con bondad y cariño.

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Hno. VICTORIANO PÍO (CLAUDIO BERNABÉ CANO), nació en San Millán de Lara, provincia de Burgos, el 7 de julio de 1905.

Sus padres, labradores, le inculcaron desde los primeros años las virtudes de laboriosidad y espíritu de servicio. Ingresó en el Instituto de los Hermanos de La Salle en Bujedo en 1918.

Las leyes de 1933, obligan a los Hermanos, por prudencia, a cambiar frecuentemente de residencia y él es trasladado del Colegio de Palencia a la escuela de Turón. Le costó mucho el cambio, pero lo aceptó con espíritu de sacrificio y obediencia.

Llevaba solamente diez días en Turón cuando el Señor le pidió un sacrificio mayor, el sacrificio de su vida.

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Hno. JULIÁN ALFREDO (VILFRIDO FERNÁNDEZ ZAPICO), nació en Cifuentes de Rueda, provincia de León, el 24 de diciembre de 1903. Los buenos consejos de sus padres y la influencia de un tío sacerdote con el cual fue obligado a vivir durante algún tiempo después de la muerte prematura de su madre, hacen crecer su piedad natural y lo inclinan muy joven a la vida religiosa.

A los 17 años ingresa en el noviciado de los Capuchinos de Salamanca. Pero a causa de una inesperada enfermedad regresa a su casa. Tiene 22 años cuando Dios le da a conocer a los Hermanos de La Salle y en 1926 ingresa en el noviciado de Bujedo. Muestra gran madurez y piedad que suscita la admiración de sus compañeros más jóvenes. En su labor educativa manifiesta asimismo una dedicación extraordinaria, sobre todo al preparar a los niños a la primera comunión.

En el verano de 1933 es destinado a la comunidad de Turón. El año anterior había hecho su profesión perpetua sellando su compromiso definitivo con el Señor. Cuando Dios le llama al sacrificio de su vida, se encuentra preparado para responder sin vacilación.

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Hno. BENJAMÍN JULIÁN (VICENTE ALONSO ANDRÉS), nació en Jaramillo de la Fuente, provincia de Burgos, el 27 de octubre de 1908. Muy joven ingresa en el Instituto de los Hermanos de La Salle. Tuvo que vencer algunas dificultades en los estudios debido a su falta de preparación inicial. La misma decisión manifestó en los avatares de su itinerario religioso. Cuando el 30 de agosto de 1933 emitió sus votos perpetuos con plena madurez y decisión, recogía el fruto de su tesón y de su generosidad. Cuando recibió la orden de cambiar de la escuela de Compostela, tanto los alumnos como las familias lo sintieron mucho y querían impedirlo a toda costa, pero él con generosa disponibilidad, aunque con mucha nostalgia, aceptó y se trasladó a Turón. Los que pasaron por aquel lugar nunca olvidarían su alegría y el optimismo que mostraba en sus comentarios y juicios sobre la situación en aquellos momentos. Tanta sencillez y fortaleza sólo podían proceder de un corazón saturado de Dios, quien lo eligió para su encuentro con El.

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Hno. HÉCTOR VALDIVIELSO (BENITO DE JESÚS). sus padres se trasladaron a Buenos Aires unos años antes de su nacimiento, que tuvo lugar el 31 de octubre de 1910.

 Fue bautizado en la iglesia de San Nicolas de Bari, que se encontraba en la zona donde se alza actualmente el Obelisco de la Avenida 9 de Julio.

Cuando sus padres, a causa de dificultades financiarias, se vieron obligados a regresar a España, estableciéndose en Briviesca (Burgos), conoció y entró en el centro de formación de los Hermanos de La Salle en Bujedo. Después hizo el Noviciado Misionero que los Hermanos tenían en Lembecq-lez-Hal, Bélgica, movido del deseo de realizar un día el apostolado en la tierra donde había nacido, la Argentina. En espera de poder realizarse sus sueños, los Superiores lo destinaron a la escuela de Astorga (León).

En septiembre de 1933 fue destinado a Turón. En el corto tiempo que permaneció en la cuenca minera, se mostró como siempre, plenamente entregado a la clase y a las asociaciones juveniles de la Cruzada Eucarística y la Acción Católica. Su dedicación a los jóvenes le convirtió, él joven, en candidato predilecto para el martirio, cosa que no tardó en realizarse. Es el primer Santo Argentino.

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Hno. ANICETO ADOLFO (MANUEL SECO GUTIÉRREZ), el benjamín de la comunidad, había nacido en Celada Marlantes, provincia de Santander, el 4 de octubre de 1912.

Aunque quedó pronto huérfano de madre, la piedad de su padre era tal que fueron tres los hijos que entregó a Dios en el Instituto de S. Juan Bautista de La Salle.

Entró en el Noviciado en 1928 y emitió sus primeros votos en 1930. En medio de su trabajo, su mayor preocupación era el cultivo de su vida espiritual.

Ella le movía a preocuparse intensamente por los demás, sobre todo en lo referente al cumplimiento del deber y a la entrega generosa a Dios. Después de permanecer un año en el Colegio de Nuestra Señora de Lourdes en Valladolid, fue destinado a Turón en agosto de 1933.

La sonrisa serena y atractiva que adornaba permanentemente su rostro, tuvo que impresionar sin duda a los mismos asesinos que, a sus 22 años, le condujeron a la eternidad.

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Hno. AUGUSTO ANDRÉS (ROMÁN MARTÍNEZ FERNÁNDEZ) nació en Santander el 6 de mayo de 1910.

Heredó de su padre, militar de profesión, el sentido de la precisión y del orden; y de su madre, piadosa y sencilla, la gentileza que tanto admiraban sus profesores, sus compañeros y después sus alumnos. Cuando manifestó la intención de hacerse religioso -era el hijo mayor y el único varón en casa cuando su padre murió- su madre no se resignaba.

 Pero una enfermedad del joven doblegó la resistencia materna. Prometió a la Virgen que aceptaría los deseos de su hijo si sanaba y, habiendo obtenido la curación, autorizó el ingreso en los Hermanos de La Salle.

En 1922 finalizó su noviciado y emitió con decisión sus primeros votos religiosos. Se hallaba en el colegio de Palencia en 1933, cuando la dispersión le llevó al que había de ser su postrer destino, la comunidad de Turón.

Su valor y decisión fueron llamativos en los últimos momentos de su existencia, pues él fue quien dirigió las últimas palabras a sus verdugos.

Fueron palabras llenas de entereza y de aceptación del martirio, propias de un corazón totalmente entregado a Dios.

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P. INOCENCIO DE LA INMACULADA (MANUEL CANOURA ARNAU), nació en el Valle del Oro, provincia de Mondoñedo, el 10 de marzo de 1887. Ingresó en la Congregación de los Pasionistas a la edad de 14 años.

 Recibió el Subdiaconado en Mieres en 1910 y el Diaconado en junio de 1912. El 20 de septiembre de 1920 fue ordenado sacerdote. Desde entonces empezó para este Padre instruido y celoso, una vida de intenso apostolado sacerdotal, en el que cabe resaltar su dedicación a la enseñanza de la filosofía, de la teología, de la literatura en las diversas casas a las que fue destinado. Su último destino fue de nuevo Mieres, a comienzos de septiembre de 1934.

La causa de que se hallara con los Hermanos en Turón fue que había sido requerido su servicio sacramental, al que se había ofrecido de buen grado cuando le pidieron que fuera a confesar para preparar a los niños a celebrar el primer viernes de mes, que coincidía con el 5 de octubre.

El martirio de estos Hermanos no llegó de modo inesperado. La situación que vivía España era difícil: la masonería y el comunismo luchaban por el poder y por hacer desaparecer la tradición religiosa.

Se habían programado una serie de iniciativas contra la Iglesia, los sacerdotes y los religiosos.

Se promovió una campaña de odio y violencia que en ciertos lugares llegó a crueles desenlaces, incluso más allá de las previsiones de los grupos dirigentes. Asturias era una región minera con gran cantidad de inmigrados cuyo régimen de vida era duro y se sentían desarraigados de sus mejores tradiciones. La campaña contra la burguesía y contra la Iglesia encontró allí un terreno especialmente preparado.

Así sucedió que el 5 de octubre un grupo de rebeldes arrestó a los ocho Hermanos que trabajaban en la escuela de Turón y al sacerdote pasionista que estaba con ellos.

Los nueve religiosos fueron concentrados en la “casa del pueblo” a la espera de la decisión que había de tomar el “Comité revolucionario”. Bajo la presión de algunos extremistas, el Comité decidió la condena a muerte de estos religiosos que tenían una notable influencia en la localidad, ya que gran parte de las familias mandaban sus hijos a su escuela. La decisión se tomó en secreto: los religiosos serían fusilados en el cementerio del pueblo, poco después de la una de la madrugada, el 9 de octubre de 1934.

Los asesinos fueron reclutados de otros lugares porque en el pueblo de Turón no encontraron quienes estuvieran dispuestos a perpetrar semejante crimen.

 Las víctimas comprendieron de inmediato las intenciones del Comité y se prepararon generosamente al sacrificio con la oración, la confesión y el perdón que otorgaron a sus asesinos.

A la hora prevista por el Comité, caminaron juntos y serenos al cementerio.

En el centro del mismo estaba preparada una fosa delante de la cual alinearon a los religiosos.

Fueron muertos con dos cargas de fusilería y rematados a tiros de pistola. La serenidad y valentía con la que los Hermanos y el P. Pasionista aceptaron el martirio impresionó a los mismos asesinos como más tarde ellos mismos declararían.

Pocos meses después de su muerte sus cuerpos fueron exhumados y trasladados con grandes manifestaciones de adhesión al mausoleo donde reposan en Bujedo, en la provincia de Burgos.

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El Hno. JAIME HILARIO (MANUEL BARBAL COSÍN) nació el 2 de enero de 1898 en Enviny, diócesis de Urgel, provincia de Lérida.

Vivió en un ambiente profundamente cristiano, en los trabajos del campo y ruda labor de un pueblo de alta montaña.

A sus trece años entró en el Seminario de La Seo de Urgel. Pero, debido a una enfermedad del oído que será una cruz a lo largo de su vida, tuvo que abandonar los estudios eclesiásticos.

En 1917 decidió entrar en el noviciado de los Hermanos de La Salle. El 24 de febrero del mismo año, en Irún, tomó con el hábito religioso el nombre de Hno. Jaime Hilario.

Un año más tarde iniciaba su misión de educador y catequista. Fue en Mollerusa, en Pibrac, cerca de Toulouse (Francia), en Calaf, su tierra natal.

En este período se hizo patente su capacidad literaria, colaborando en revistas en la difusión de los valores cristianos.

En adelante su sordera le impedirá seguir su labor educativa. Tuvo que trasladarse a Cambrils (Tarragona) para ocuparse de las labores del campo.

El 18 de julio de 1936 estalla la guerra civil española. El Hno. Jaime Hilario se refugia en una casa amiga de Mollerusa, en donde permanece en régimen de libertad vigilada.

Después es trasladado a la cárcel de Lérida y, puesto que procedía de Cambrils, es conducido a Tarragona y encarcelado en el barco ” Mahon ” con otros sacerdotes y seglares cristianos. El 15 de enero de 1937 se celebró su juicio sumarísimo.

No quería abogado defensor porque iba a decir siempre la verdad. Por obediencia aceptó la defensa del Sr. Juan Montañés, pero no permitió que se disimulase su condición de religioso.

El Tribunal Popular de Tarragona lo condenó a muerte. Aceptó el veredicto con serenidad admirable y allí mismo envió a sus familiares una carta en la que expresaba su alegría de morir mártir.

El abogado tramitó la solicitud de gracia, que fue concedida a las otras 24 personas que habían sido juzgadas con él; pero él, el único religioso del grupo, fue ejecutado.

 El 18 de enero de 1937, a las 3,30 de la tarde, el Hno. Jaime Hilario fue fusilado en el bosquecillo del Monte de la Oliva, junto al cementerio de Tarragona.

Con asombro del piquete, el mártir siguió en pie después de dos descargas sucesivas. El grupo arrojó las armas y se dio a la fuga. El jefe del pelotón, furioso, se acercó a la víctima y disparó en la sien del héroe. Sus últimas palabras a los que iban a fusilarle fueron: -¡Amigos, morir por Cristo es reinar!

Estos mártires (los nueve de Turón y el Hno. Jaime Hilario) fueron beatificados juntos por el Papa Juan Pablo II el 29 de abril de 1990. Ahora la Iglesia honra su fe y su sacrificio, declarándolos Santos y proponiéndolos como ejemplo al pueblo cristiano.

La Memoria de los Mártires: Josep Tàpies y seis Compañeros

Octubre 21, 2009

Josep Tapies y Seis compañeros

Los siete sacerdotes de la diócesis de Urgell asesinados a causa de su fe católica, durante la persecución que tuvo lugar en Cataluña y en España durante los años 1936 a 1939, fueron encarcelados en la ciudad de La Pobla de Segur (en Lleida, Cataluña) y fusilados en la puerta del cementerio del vecino pueblo de Salàs de Pallars el día 13 de agosto de 1936.

Sus nombres inscritos por Dios en el Libro de la Vida son: Rdo. Josep Tàpies i Sirvant, nacido en 1869 en Ponts, que era beneficiado organista de La Pobla de Segur. Rdo. Pascual Araguàs i Guàrdia, nacido en 1899 en Pont de Claverol, y que era párroco de Noals (provincia de Huesca). Rdo. Silvestre Arnau i Pasqüet, nacido en Gòsol en 1911, el más joven de todos, y que era vicario parroquial de La Pobla de Segur. Rdo. Josep Boher i Foix, nacido en 1887 en Sant Salvador de Toló, y párroco de La Pobleta de Bellveí. Rdo. Francesc Castells i Brenuy, nacido en 1886 en La Pobla de Segur, párroco de Tiurana y ecónomo del Poal. Rdo. Pere Martret i Moles, nacido en 1901 en La Seu d’Urgell, que era ecónomo de la Pobla de Segur. Y Rdo. Josep-Joan Perot i Juanmartí, nacido en 1877 en Boulogne (Toulouse – Francia) que entonces era el párroco de Sant Joan de Vinyafrescal.

Son un grupo de sacerdotes diocesanos, pastores de parroquia, que dieron su vida por Cristo y por amor a los hermanos, regalando el perdón a sus verdugos, viviendo aquellos momentos tan trágicos con sentimientos de unión con la Pasión del Señor y de amor a la Madre celestial, la Virgen de Ribera, tan querida en La Pobla de Segur, a la que saludaron desde el camión que les conducía al martirio diciéndole con amor: «Adiós, Virgen de Ribera, ¡venimos al cielo! ».

Sufrieron un duro interrogatorio en La Pobla, se negaron a disimular que eran sacerdotes, o a profanar su sotana, celebraron la Santa Misa y defendieron hasta que pudieron el templo parroquial para que no fuera profanado el Santísimo Sacramento, se encaminaron a ser fusilados con ánimo firme y llenos de piedad. Fueron sacrificados por el mero hecho de ser sacerdotes, sin que pudieran acusarles de ninguna otra causa. Al llegar al lugar de la ejecución, uno se descalzó para subir hasta las tapias del cementerio, imitando a Jesús, que subió descalzo al Calvario. Otro regaló a sus verdugos todo el dinero que llevaba porque a él ya no le haría falta. Y todos murieron ayudándose a ser fieles, perdonando a sus verdugos y gritando: « “¡Viva Cristo Rey! ».

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Homilía del Cardenal Saraiva Martins en la Santa Misa y Beatificación de los Siervos de Dios el sábado 29 de octubre de 2005.

El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (Mt 23, 12).

En la conclusión del discurso de Jesús que acabamos de escuchar podemos encontrar el sentido de la página evangélica y, tal vez, de toda la liturgia de la Palabra de este domingo.

En el capítulo 23 de san Mateo se halla una serie de invectivas contra escribas y fariseos, tan fuertes que suscitan estupor, si no incluso desconcierto, en labios del único Maestro, Cristo, manso y humilde de corazón.

En todo caso, Jesús, más que reprender a algunas personas en particular, quiere criticar el fariseísmo como enfermedad del espíritu, que puede afectar a hombres e instituciones, en todos los tiempos.

Al cuadro negativo de una religiosidad vacía, formalista, caracterizada por un legalismo cruel, dominada por hombres ávidos de poder, de honores y éxitos, Jesús contrapone la visión de una comunidad radicalmente diferente. El cuadro que Jesús presenta es el de una comunidad en la que la grandeza es proporcional a la humildad y donde se progresa, “se hace carrera”, por decirlo así, gracias a la vivencia de la caridad. A la luz de cuanto nos enseña Jesús, podemos comprender bien cuán arduo y difícil es el camino que deben recorrer los discípulos de Cristo, incluidos los que hoy son inscritos en el catálogo de los beatos.

Jesús tenía ante sus ojos el espectáculo de los escribas y fariseos, los cuales eran especialistas en las sagradas Escrituras y frecuentaban el templo con asiduidad, pero su corazón era frío, gélido, pues no había sido transformado por el encuentro con Dios. En una palabra:  eran falsos. Por eso Jesús los reprende severamente, echándoles en cara también que eran muy severos con los demás, pero, con respecto a sí mismos, eran demasiado benévolos:  “Lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros; pero no están dispuestos a mover un dedo para empujar” (Mt 23, 4).

Los santos, en cambio, hacen todo lo contrario:  son exigentes consigo mismos,  pero comprensivos y pacientes con los demás, tratando de perdonar siempre.

Esto es precisamente lo que se observa en la vida de los beatos José Tapies Sirvant y seis compañeros mártires, y de la beata María de los Ángeles Ginard Martí, que se hicieron servidores humildes y solícitos de su prójimo, llevando sobre sí los fardos de los demás.

2. El profeta Malaquías, en la primera lectura, presenta al Señor como el gran Rey que ha establecido una alianza con los sacerdotes, ministros suyos, los cuales, sin embargo, le han traicionado (Ml 2, 4. 8). Los siete mártires sacerdotes de la diócesis de Urgell, José Tapies Sirvant, Pascual Araguás, Silvestre Arnau Pascuet, José Boher Foix, Francisco Castells Brenuy, Pedro Martret Moles y José Juan Perot Juanmartí, que hoy son declarados beatos, no sólo no han traicionado al Señor sino que, al contrario, durante su vida han difundido sin descanso el Reino de Dios. Desempeñaron el ministerio de párrocos o sacerdotes dedicados a la pastoral en la parroquia de Pobla de Segur y lugares vecinos, entregándose por completo a la tarea de evangelización y procurando celosamente la santificación de las personas que se les habían encomendado. Supieron coronar su fidelidad a Jesucristo, hasta derramar por él su sangre, cuando, aquel 14 de agosto de 1936, en la hora suprema, en fila ante el pelotón de ejecución, todos a una aclamaron a Dios con el grito de ¡Viva Cristo Rey!

Pocos días después, también sor Ángela María de los Ángeles Ginard Martí, de la congregación de Religiosas Celadoras del Culto Eucarístico, puso el remate a su consagración a Jesucristo ofreciendo su vida, segada por las balas, en la Dehesa de la Villa, cerca de Madrid. La beata María de los Ángeles fue una religiosa ejemplar, destacando entre sus muchas virtudes el amor a la Santísima Eucaristía y al Rosario, así como su particular devoción a los primeros cristianos, cuyo martirio veneraba.

En la segunda lectura de esta santa misa, escribe san Pablo Apóstol a los Tesalonicenses:  “Nos comportamos con dulzura entre vosotros, como una madre que da alimento y calor a sus hijos” (1 Ts 2, 7). Estas palabras bien pueden aplicarse a la actitud llena de caridad de la nueva beata para con el prójimo, comenzando por sus hermanas religiosas y por los pobres, hacia los que sentía una predilección verdaderamente evangélica.

3. En la exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Europa, del 28 de junio de 2003, el Papa Juan Pablo II, a quien recordamos con afecto y veneración, propuso a todos, “para que nunca se olvide”, la gran señal de esperanza constituida por innumerables testigos de la fe cristiana, tanto de Oriente como de Occidente, que “han sabido hacer suyo el Evangelio en situaciones de hostilidad y de persecución, muchas veces hasta la prueba suprema del derramamiento de su sangre” (n. 13).

La Iglesia responde hoy a esa invitación de no olvidar nunca a los testigos de la fe cristiana —los mártires, especialmente los del pasado siglo— proponiendo el ejemplo de personas como José Tapies Sirvant y sus seis compañeros, sacerdotes seculares, y de María de los Ángeles Ginard Martí, religiosa, colocándolos en el candelero, para que den luz a toda la casa (cf. Mt 5, 15).

El siglo XX ha sido definido el siglo del martirio (cf. Andrea Riccardi, Il secolo del martirio, ed. A. Mondadori, Milán 2000), como puede comprobarse por la historia. No obstante su barbarie y virulencia, la persecución violenta que se desencadenó en España, orientada a destruir la Iglesia, fue sólo un episodio, ciertamente feroz, de aquella que el libro bíblico del Apocalipsis llama la gran tribulación (Ap 7, 14), sobre la cual Juan Pablo II escribió:  “Al finalizar el segundo milenio, la Iglesia vuelve a ser otra vez la Iglesia de los mártires” (Tertio millennio adveniente, 37). En verdad, la gran tribulación de la Iglesia en el siglo XX, que ha producido un número incalculable de víctimas —la mayor parte desaparecidos sin dejar rastro— nos ha legado también tantos nombres que la Iglesia, con solicitud materna, eleva a los altares.

Hemos de tener presente que no se trata sólo de mantener viva en la Iglesia la memoria de los mártires; se trata sobre todo de comprender y poner en su justa luz el sentido del martirio cristiano, que es, por encima de cualquier otra consideración, el signo más auténtico de que la Iglesia es la Iglesia de Jesucristo, es la Iglesia que él ha querido y fundado y en la cual él está presente.

Por desgracia, en el seno de la Iglesia, que está constituida por hombres, no faltan los pecadores, sobre todo cuando no se vive el precepto de la caridad, que es esencial y es el primero para un cristiano. De este modo se produce un antitestimonio de Jesucristo. La muchedumbre inmensa de los mártires testifica con su sangre la fidelidad de la Iglesia a Jesucristo, porque, aunque haya en ella pecadores, es a la vez una Iglesia de mártires, es decir, de cristianos auténticos, que han practicado su fe en Cristo y su caridad hacia los hermanos, incluidos los enemigos, hasta el sacrificio, no sólo de su vida, sino también con frecuencia de su honra, habiendo tenido que soportar humillaciones tremendas, entre otras la de ser tachados de traidores y farsantes.

El martirio cristiano proclama con claridad que Dios, la persona de Jesucristo, la fe en él y la fidelidad al Evangelio son los valores más altos de la vida humana, hasta el punto de que por ellos se debe sacrificar la vida misma.

Los mártires no dudaron en dar su vida por la fe en momentos de persecución sangrienta. ¿Qué mensaje transmiten a los cristianos de hoy, en nuestra existencia diaria? Nos recuerdan que hemos de vivir a fondo nuestra fe, no sólo en lo personal y privado, sino también en nuestra actuación responsable en la sociedad, en la que nos incumbe el deber de promover y tutelar eficazmente aquellos valores que están en la raíz misma de una convivencia basada en la justicia, como son la vida, la familia y el derecho irrenunciable de los padres a la educación de los hijos.

4. Cuando los mártires son personas pobres y humildes, que han gastado su vida en obras de caridad y sufren y mueren perdonando a sus verdugos, entonces estamos ante una realidad que supera el nivel humano y obliga a comprender que sólo Dios puede conceder la gracia y la fuerza del martirio. Así, el martirio cristiano es un signo, muy elocuente, de la presencia y de la acción de Dios en la historia humana.

San Agustín decía:  “Non vincit nisi veritas” (sólo la verdad triunfa). Por tanto, no el hombre sobre el hombre, ni tampoco los perseguidores sobre sus víctimas, a pesar de las apariencias. En el caso de los mártires cristianos, como los nuevos beatos de hoy, al final prevalece la verdad sobre el error, porque, como concluía el santo doctor de Hipona:  “Victoria veritatis est caritas”, es decir, la victoria de la verdad es la caridad (Sermo 358, 11).

Amadísimos hermanos y hermanas, nuestro mundo contemporáneo necesita comprender, hoy más que nunca, la gran lección de estos testigos visibles del amor cristiano, porque sólo el amor es creíble.

Para “pobres cristianos” como somos, en el fondo, todos nosotros, los mártires son un estímulo a vivir seria e íntegramente el Evangelio, afrontando con valentía los pequeños y grandes sacrificios que exige normalmente la vida cristiana vivida con fidelidad a las palabras y a los ejemplos de Jesús. Los mártires son los imitadores más auténticos de Jesús en su pasión y en su muerte. Por eso la Iglesia ha visto siempre en ellos a los discípulos más auténticos de Jesús, ha honrado su memoria y en todos los tiempos los ha propuesto a los cristianos como modelos para imitar.

En el camino de la historia, con frecuencia oscuro para la Iglesia, los mártires son la gran luz que refleja mejor a Aquel hacia quien ella “continúa su peregrinación en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios” (Lumen gentium, 8), nuestro Señor Jesucristo.

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La Memoria de los Mártires: José Aparicio Sanz y 232 compañeros mártires

Octubre 21, 2009

LA PERSECUCIÓN RELIGIOSA ESPAÑOLA
(1936-1939)

La II República española, proclamada el 14 de abril de 1931, llegó impregnada de fuerte anticlericalismo. Apenas un mes más tarde se produjeron incendios de templos en Madrid, Valencia, Málaga y otras ciudades, sin que el Gobierno hiciera nada para impedirlos y sin buscar a los responsables para juzgarles según la ley.

Los daños fueron inmensos, pero el Gobierno no los reparó ni material ni moralmente, por lo que fue acusado de connivencia.

La Iglesia había acatado a la República no sólo con respeto sino también con espíritu de colaboración por el bien de España.

Estas fueron las instrucciones que el Papa Pío XI y los obispos dieron a los católicos. Pero las leyes sectarias crecieron día por día. En este contexto fue suprimida 1a Compañía de Jesús y expulsados los jesuitas.

Durante la revolución comunista de Asturias (octubre de 1934) derramaron su sangre muchos sacerdotes y religiosos, entre ellos le diez Mártires de Turón (9 Hermanos de las Escuelas Cristianas y un Pasionista, canonizados el 21 de noviembre de 1999).

Durante el primer semestre de 1936, después del triunfo del Frente Popular, formado por socialistas, comunistas y otros grupos radicales, se produjeron atentados más graves, con nuevos incendios de templos, derribos de cruces, expulsiones de párrocos, prohibición de entierros y procesiones, etc., y amenazas de mayores violencias.

Éstas se desataron, con verdadero furor, después del 18 de julio de 1936.

España volvió a ser tierra de mártires desde esa fecha hasta el 1 de abril de 1939, pues en la zona republicana se desencadenó la mayor persecución religiosa conocida en la historia desde los tiempos del Imperio Romano, superior incluso a la Revolución Francesa.

Fue un trienio trágico y glorioso a la vez, el de 1936 a 1939, que debe ser fielmente recordado para que no se pierda la memoria histórica.

Al finalizar la persecución, el número de mártires ascendía a casi diez mil: 13 Obispos; 4.184 Sacerdotes diocesanos y seminaristas, 2.365 Religiosos, 283 Religiosas y varios miles de seglares, de ambos sexos, militantes de Acción Católica y de otras asociaciones apostólicas, cuyo número definitivo todavía no es posible precisar.

El testimonio más elocuente de esta persecución lo dio Manuel de Irujo, ministro del Gobierno republicano, que en una reunión del mismo celebrada en Valencia -entonces capital de la República-, a principios de 1937, presentó el siguiente Memorándum:

«La situación de hecho de la Iglesia, a partir de julio pasado, en todo el territorio leal, excepto el vasco, es la siguiente:

a) Todos los altares, imágenes y objetos de culto, salvo muy contadas excepciones, han sido destruidos, los más con vilipendio.

b) Todas las iglesias se han cerrado al culto, el cual ha quedado total y absolutamente suspendido.

c) Una gran parte de los templos, en Cataluña con carácter de normalidad, se incendiaron.

d) Los parques y organismos oficiales recibieron campanas, cálices, custodias, candelabros y otros objetos de culto, los han fundido y aún han aprovechado para la guerra o para fines industriales sus materiales.

e) En las iglesias han sido instalados depósitos de todas clases, mercados, garajes, cuadras, cuarteles, refugios y otros modos de ocupación diversos.

f) Todos los conventos han sido desalojados y suspendida la vida religiosa en los mismos. Sus edificios, objetos de culto y bienes de todas clases fueron incendiados, saqueados, ocupados y derruidos.

g) Sacerdotes y religiosos han sido detenidos, sometidos a prisión y fusilados sin formación de causa por miles, hechos que, si bien amenguados, continúan aún, no tan sólo en la población rural, donde se les ha dado caza y muerte de modo salvaje, sino en las poblaciones.

Madrid y Barcelona y las restantes grandes ciudades suman por cientos los presos en sus cárceles sin otra causa conocida que su carácter de sacerdote o religioso.

h) Se ha llegado a la prohibición absoluta de retención privada de imágenes y Objetos de culto.

La policía que practica registros domiciliarios, buceando en el interior de las habitaciones, de vida íntima personal o familiar, destruye con escarnio y violencia imágenes, estampas, libros religiosos y cuanto con el culto se relaciona o lo recuerde ».

Y el cardenal arzobispo de Tarragona, Francisco Vidal y Barraquer (1868-1943), que se hallaba refugiado en Italia y fue invitado por el Gobierno republicano en 1938 para que regresara a su diócesis, dijo:

«¿Cómo puedo yo dignamente aceptar tal invitación, cuando en las cárceles continúan sacerdotes y religiosos muy celosos y también seglares detenidos y condenados, como me informan, por haber practicado actos de su ministerio, o de caridad y beneficencia, sin haberse entrometido en lo más mínimo en partidos políticos, de conformidad a las normas que les habían dado?».

Y añadía: «Los fieles todos, y en particular los sacerdotes y religiosos, saben perfectamente los asesinatos de que fueron víctimas muchos de sus hermanos, los incendios y profanaciones de templos y cosas sagradas, la incautación por el Estado de todos los bienes eclesiásticos y no les consta que hasta el presente la Iglesia haya recibido de parte del Gobierno reparación alguna, ni siquiera una excusa o protesta».

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Homilía del Santo Padre en la Misa de Beatificación de los siervos de Dios José Aparicio Sanz y 232 compañeros mártires – Domingo 11 de Marzo de 2001.

 ”El Señor Jesucristo transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa” (Flp 3,21).

Estas palabras de San Pablo que hemos escuchado en la segunda lectura de la liturgia de hoy, nos recuerdan que nuestra verdadera patria está en el cielo y que Jesús transfigurará nuestro cuerpo mortal en un cuerpo glorioso como el suyo.

El Apóstol comenta así el misterio de la Transfiguración del Señor que la Iglesia proclama en este segundo domingo de Cuaresma.

En efecto, Jesús quiso dar un signo y una profecía de su Resurrección gloriosa, en la cual nosotros estamos llamados también a participar.

Lo que se ha realizado en Jesús, nuestra Cabeza, tiene que completarse también en nosotros, que somos su Cuerpo.

Éste es un gran misterio para la vida de la Iglesia, pues no se ha de pensar que la transfiguración se producirá sólo en el más allá, después de la muerte.

La vida de los santos y el testimonio de los mártires nos enseñan que, si la transfiguración del cuerpo ocurrirá al final de los tiempos con la resurrección de la carne, la del corazón tiene lugar ya ahora en esta tierra, con la ayuda de la gracia.

Podemos preguntarnos: ¿Cómo son los hombres y mujeres “transfigurados”?

La respuesta es muy hermosa: Son los que siguen a Cristo en su vida y en su muerte, se inspiran en Él y se dejan inundar por la gracia que Él nos da; son aquéllos cuyo alimento es cumplir la voluntad del Padre; los que se dejan llevar por el Espíritu; los que nada anteponen al Reino de Cristo; los que aman a los demás hasta derramar su sangre por ellos; los que están dispuestos a darlo todo sin exigir nada a cambio; los que -en pocas palabras- viven amando y mueren perdonando.

Así vivieron y murieron José Aparicio Sanz y sus doscientos treinta y dos compañeros, asesinados durante la terrible persecución religiosa que azotó España en los años treinta del siglo pasado.

Eran hombres y mujeres de todas las edades y condiciones: sacerdotes diocesanos, religiosos, religiosas, padres y madres de familia, jóvenes laicos.

Fueron asesinados por ser cristianos, por su fe en Cristo, por ser miembros activos de la Iglesia. Todos ellos, según consta en los procesos canónicos para su declaración como mártires, antes de morir perdonaron de corazón a sus verdugos.

La lista de los que hoy suben a la gloria de los altares por haber confesado su fe y dado su vida por ella es numerosa.

Hay treinta y ocho sacerdotes de la Archidiócesis de Valencia, junto con un numeroso grupo de hombres y mujeres de la Acción Católica también de Valencia; dieciocho dominicos y dos sacerdotes de la Archidiócesis de Zaragoza; cuatro Frailes Menores Franciscanos y seis Frailes Menores Franciscanos Conventuales; trece Frailes Menores Capuchinos, con cuatro Religiosas Capuchinas y una Agustina Descalza; once Jesuitas con un joven laico; treinta y dos Salesianos y dos Hijas de María Auxiliadora; diecinueve Terciarios Capuchinos con una cooperadora laica; un sacerdote dehoniano; el Capellán de Colegio La Salle de la Bonanova, de Barcelona, con cinco Hermanos de las Escuelas Cristianas; veinticuatro Carmelitas de la Caridad; una Religiosa Servita; seis Religiosas Escolapias con dos cooperadoras laicas provenientes éstas últimas del Uruguay y primeras beatas de ese País latinoamericano; dos Hermanitas de los Ancianos Desamparados; tres Terciarias Capuchinas de Nuestra Señora de los Dolores; una Misionera Claretiana; y, en fin, el joven Francisco Castelló i Aleu, de la Acción Católica de Lleida.

Los testimonios que nos han llegado hablan de personas honestas y ejemplares, cuyo martirio selló unas vidas entretejidas por el trabajo, la oración y el compromiso religioso en sus familias, parroquias y congregaciones religiosas.

Muchos de ellos gozaban ya en vida de fama de santidad entre sus paisanos. Se puede decir que su conducta ejemplar fue como una preparación para esa confesión suprema de la fe que es el martirio.

¿Cómo no conmovernos profundamente al escuchar los relatos de su martirio?

La anciana María Teresa Ferragud fue arrestada a los ochenta y tres años de edad junto con sus cuatro hijas religiosas contemplativas.

El 25 de octubre de 1936, fiesta de Cristo Rey, pidió acompañar a sus hijas al martirio y ser ejecutada en último lugar para poder así alentarlas a morir por la fe.

Su muerte impresionó tanto a sus verdugos que exclamaron: “Esta es una verdadera santa”.

No menos edificante fue el testimonio de los demás mártires, como el joven Francisco Alacreu, de veintidós años, químico de profesión y miembro de la Acción Católica, que consciente de la gravedad del momento no quiso esconderse, sino ofrecer su juventud en sacrificio de amor a Dios y a los hermanos, dejándonos tres cartas, ejemplo de fortaleza, generosidad, serenidad y alegría, escritas instantes antes de morir, a sus hermanas, a su director espiritual y a quien fuera su novia.

O también el neosacerdote Germán Gozalbo, de veintitrés años, que fue fusilado sólo dos meses después de haber celebrado su Primera Misa, después de sufrir un sinfín de humillaciones y malos tratos.

¡Cuántos ejemplos de serenidad y esperanza cristiana! Todos estos nuevos Beatos y muchos otros mártires anónimos pagaron con su sangre el odio a la fe y a la Iglesia desatado con la persecución religiosa y el estallido de la guerra civil, esa gran tragedia vivida en España durante el siglo XX.

En aquellos años terribles muchos sacerdotes, religiosos y laicos fueron asesinados sencillamente por ser miembros activos de la Iglesia.

Los nuevos beatos que hoy suben a los altares no estuvieron implicados en luchas políticas o ideológicas, ni quisieron entrar en ellas. Bien lo sabéis muchos de vosotros que sois familiares suyos y hoy participáis con gran alegría en esta beatificación.

Ellos murieron únicamente por motivos religiosos.

Ahora, con esta solemne proclamación de martirio, la Iglesia quiere reconocer en aquellos hombres y mujeres un ejemplo de valentía y constancia en la fe, auxiliados por la gracia de Dios. Son para nosotros modelo de coherencia con la verdad profesada, a la vez que honran al noble pueblo español y a la Iglesia.

¡Que su recuerdo bendito aleje para siempre del suelo español cualquier forma de violencia, odio y resentimiento! Que todos, y especialmente los jóvenes, puedan experimentar la bendición de la paz en libertad: ¡Paz siempre, paz con todos y para todos!

Queridos hermanos, en diversas ocasiones he recordado la necesidad de custodiar la memoria de los mártires. Su testimonio no debe ser olvidado. Ellos son la prueba más elocuente de la verdad de la fe, que sabe dar un rostro humano incluso a la muerte más violenta y manifiesta su belleza aun en medio de atroces padecimientos. Es preciso que las Iglesias particulares hagan todo lo posible por no perder el recuerdo de quienes han sufrido el martirio.

Al inicio del tercer milenio, la Iglesia que camina en España está llamada a vivir una nueva primavera de cristianismo, pues ha sido bañada y fecundada con la sangre de tantos mártires. Sanguis martyrum, semen christianorum! ¡La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos! (Tertuliano, Apol., 50,13: CCL 1,171). Esta expresión, acuñada durante las persecuciones de los primeros siglos, debe hoy llenar de esperanza vuestras iniciativas apostólicas y esfuerzos pastorales en la tarea, no siempre fácil, de la nueva evangelización. Contáis para ello con la ayuda inigualable de vuestros mártires. Acordaos de su valor, “fijaos en el desenlace de su vida e imitad su fe. Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre” (Hb 13,7-8).”

“Que María, Reina de los mártires, nos ayude a escuchar e imitar a su Hijo. A Ella, que acompañó a su divino Hijo durante su existencia terrena y permaneció fiel a los pies de la Cruz, le pedimos que nos enseñe a ser fieles a Cristo en todo momento, sin decaer ante las dificultades; nos conceda la misma fuerza con que los mártires confesaron su fe. Al invocarla como Madre, imploro sobre todos los aquí presentes, así como sobre vuestras familias los dones de la paz, la alegría y la esperanza firme.”

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LOS NOMBRES DE LOS MÁRTIRES
CAUSA DE LOS SACERDOTES DIOCESANOS,
MUJERES, HOMBRES Y JÓVENES DE ACCIÓN CATÓLICA
Y DE OTRAS ASOCIACIONES APOSTOLICAS
DE LA ARCHIDIÓCESIS DE VALENCIA
(Decreto de la Congregación de las Causas de los Santos, leído
ante el Santo Padre el 18 de diciembre de 2000)

SACERDOTES DIOCESANOS

1. Siervo de Dios José Aparicio Sanz, Arcipreste de Enguera (* Enguera, 12-III-1893 +Picadero de Paterna, 29-XII-1936) Martirizado junto con su coadjutor (n. 12).

2. Siervo de Dios Fernando González añón, Párroco de Turís (* Turís, 17-II-1886 +27-VIII-1936).

3. Siervo de Dios Juan Ventura Solsona, Arcipreste de Villahermosa del Río (* Villahermosa del Río, Castellón, 1875 +Castillo de Villamalefa, Castellón, 17-IX-1936).

4. Siervo de Dios José Ruiz Bruixola, Párroco de San Nicolás, de Valencia (* Foios 1857, 30-III-1857 +Gilet, 29-X-1936).

5. Siervo de Dios Ramón Martí Soriano, Cura Regente de Vallada (* Burjassot, 7-X-1902 +Carretera de Godella a Bétera, 27-VIII-1936).

6. Siervo de Dios Joaquín Vilanova Camallonga,Coadjutor de lbi (* Ontinyent, 6-X-1888 + Ibi, Alicante, 29-VII-1936).

7. Siervo de Dios Enrique Morant Pellicer, Cura de Barx (*Bellreguard, 13-X-1908 +Xeraco, 3-X-1936).

8. Siervo de Dios Carmelo Sastre Sastre, Párroco de Piles (* Pego, Alicante, 21-XII-1890 +Palma de Gandía, 15-VIII-1936).

9. Siervo de Dios Vicente Ballester Far, Capellán de las Agustinas de Xábia (*Benidoleig, Alicante, 4-II-1888 +Carretera de Teulada a Benissa, Alicante, 23-IX-1936).

10. Siervo de Dios Ramón Esteban Bou Pascual, Cura Regente de Planes (* Benimantell, Alicante, 12-X-1906 +La Nucía, Alicante, 15-X-1936).

11. Siervo de Dios Pascual Ferrer Botella, Capellán de San Vicente de Algemesí (* Algemesí, 9-XI-1894 +Sueca, 24-IX-1936).

12. Siervo de Dios Enrique Juan Requena, Coadjutor de Enguera (* Aielo de Malferit, 2-III-1903 +Picadero de Paterna, 29-XII-1936). Martirizado junto con su párroco (n. l).

13. Siervo de Dios Elías Carbonell Mollá, Coadjutor de Cocentaina (*Cocentaina, Alicante, 20-XI-1869 +Sax, Alicante, dióc. Orihuela, 2-X-1936). Martirizado junto con su hermano Juan (n. 14).

14. Siervo de Dios Juan Carbonell Mollá, Coadjutor de Cocentaina (*Cocentaina, Alicante, 6-VI-1874 +Sax, Alicante, dióc. Orihuela, 2-X-1936). Martirizado junto con su hermano Elías (n. 13).

15. Siervo de Dios Pascual Penadés Jornet, Regente de Bélgida (* Montaverner, 3-1-1894 +Puerto de Cárcer, 15-IX-1936).

16. Siervo de Dios Salvador Ferrandis Seguí, Párroco de Pedreguer (* L’Orxa, Alicante, 25-V-1880 +Carretera del Vergel, Alicante, 3-VIII-1936).

17. Siervo de Dios José Toledo Pellicer, Coadjutor de Banyeres (*Llaurí, 15-VII-1909 +El Saler de Valencia, 10-VIII-1936).

18. Siervo de Dios Fernando García Sendra, Cura de Sagra (*Pego, Alicante, 31-III 1905 +La Pedrera de Gandía, 18-IX- 1936).

19. Siervo de Dios José García Mas, Capellán del Ecce-Homo de Pego (* Pego, Alicante, 11-VI-1896 +La Pedrera de Gandía, 18-IX-1936).

20. Siervo de Dios José María Segura Penadés, Coadjutor de Ontinyent (* Ontinyent, 13-X- 1896 +Genovés, 11 -IX- 1936).

21. Siervo de Dios Salvador Estrugo Solves, Capellán del Hospital de Alberic (* Alzíra, 12-X- 1862 + Alberie, 10-VIII- 1936).

22. Siervo de Dios Vicente Sicluna Hernández, Párroco de Navarrés (* Valencia, 30-IX-1859 +Bolbaite, 22-IX-1936).

23. Siervo de Dios Vicente María Izquierdo Alcón, Párroco de La Pobla de Farnals (* Mosqueruela, Teruel, 25-V-1891 +Rafelbunyol, 18-VIII-1936).

24. Siervo de Dios José María Ferrándiz Hernández, Arcipreste de Alcoi (* El Camp de Mirra, Alicante, 11-VIII-1879 +Rotglá, 24-IX-1936).

25. Siervo de Dios Francisco Ibáñez Ibáñez, Abad de la Colegiata de Xátiva (*Penáguila, Alicante, 22-IX-1876 +Llosa de Ranes, 19-VIII-1936).

26. Siervo de Dios José González Huguet, Párroco de Cheste (*Alaquás, 23-1-1874 +Ribarroja, 12-X-1936).

27. Siervo de Dios José Fenollosa Alcayna, Canónigo de la Colegiata de San Bartolomé, de Valencia (* Rafelbunyol, III-1903 +Sagunto, 27-IX-1936).

28. Siervo de Dios Félix Yuste Cava, Párroco de San Juan y San Vicente, de Valencia (*Chulilla, 21-II-1887 +El Saler de Valencia, 14-VIII-1936).

29. Siervo de Dios Vicente Pelufo Corts, Capellán de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, de Alzíra (* Alzira, 26-11-1868 +11-IX-1936).

30. Siervo de Dios José Canet Giner, Vicario de Catamarruch (*Bellreguard, 24-VIII-1903 +La Pedrera de Gandía, 4-X-1936).

31. Siervo de Dios Francisco Sendra Ivars, Cura Regente de Calpe (*Benissa, Alicante, 23-1V-1899 Teulada, Alicante, 4-1X-1936).

32. Siervo de Dios Diego Llorca Llopis, Coadjutor de Benissa (* Oliva, 2-VII- 1896 +Gata de Gorgos, Alicante, 6-1X- 1936).

33. Siervo de Dios Alfonso Sebastiá Vinals, Director de la Escuela de Formación Social de Valencia (* Valencia, 27-V-1910 +Paterna, 1-IX-1936).

34. Siervo de Dios Germán Gozalbo Andreu, Misacantano de Torrent (* Torrent, 30-VIII-1933 +Monserrat, 22-IX-1936).

35. Siervo de Dios Gonzalo Viñes Masip, Canónigo de la Colegiata de Xátiva (* Xàtiva, 19-I-1883 +Valles, 10-XII- 1936).

36. Siervo de Dios Vicente Rubiols Castelló, Cura Párroco de La Pobla Llarga (*Gandía, 13-III-1874 +La Pobla Llarga, 4-VIII-1936).

37. Siervo de Dios Antonio Silvestre Moya, Cura Ecónomo de Santa Tecla, de Xàtiva (*L’Ollería, 26-X-1892 +El Saler de Valencia, 7-VIII-1936).

+

MUJERES DE ACCIÓN CATÓLICA

38. Sierva de Dios Amalia Abad Casasempere. Viuda y madre de dos hijas. Dedicada a sus labores. (*Alcoi, Alicante, 11-XII-1897 +Beníllup, Alicante, 21-IX-1936).

39. Sierva de Dios Ana María Aranda Riera. Soltera. Sus labores. (* Denia, Alicante, 24-1-1888 +Paterna, 14-X-1936).

40. Sierva de Dios Florencia Caerols Marúnez. Soltera. Obrera textil. Caudete, Albacete, 20-II-1890 +Rotglá Corbera, 2-X-1936).

41. Sierva de Dios María Climent Mateu. Martirizada junto con su madre. Sus labores. (Xàtiva, 13-V-1887 +20-VIII- 1936).

42. Sierva de Dios Társila Córdoba Belda. Madre de tres hijos fallecidos, viuda. Sus labores. (*Sollana, 8-V-1861 +Algemesí, 17-X-1936).

43. Sierva de Dios Francisca Cualladó Baixauli. Soltera. Modista (* Valencia 3-XII-1890+Benifaió, 19-IX-1936).

44. Sierva de Dios María Teresa Ferraguid Roig. Martirizada a sus 83 años junto con sus cuatro hijas, religiosas de clausura (n. 117, 118, 119 y 122).Sus labores. (* Algemesí, 14-1-1853 +Alzira 25-X-1936).

45. Sierva de Dios Luisa María Frias Cañizares. Soltera. Profesora de la Universidad de Valencia. (* Valencia, 20-VI-1896 +Paterna, 6-XII-1936).

46. Sierva de Dios Encarnación Gil Valls. Soltera. Maestra nacional. (* Ontinyent, 27-1-1888 +Ollería, 24-IX-1936).

47. Sierva de Dios María Jordá Botella. Soltera. Sus labores. (* Alcoi, Alicante, 26-1-1905 +Benifállím, Alicante, 27-IX-1936)

48. Sierva de Dios Hermínia Martínez Amigó. Martirizada junto con su marido. Sus labores. (*Puzol, 31-VII-1887 +Gilet, 26-IX-1936).

49. Sierva de Dios María Luisa Montesinos Orduna. Martirizada junto con su padre, sus tres hermanos y su tío. Sus labores. (* Valencia, 3-III-1901+Picassent, 31-1-1937).

50. Sierva de Dios Josefina Moscardó Montalvá. Soltera. Sus labores. (* Alzira, 10-1V-1880 +22-1X-1936).

51. Sierva de Dios María del Olvido Noguera Albelda. Sus labores. (* Carcaixent, 30-XII-1903 +Benífairó de Valldigna, 30-XI-1936.

52. Sierva de Dios Crescencia Valis Espí. Martirizada junto con sus tres hermanas. Sus labores. (*Ontinyent, 9-VI-1863 + 20-1X-1936).

53. Sierva de Dios María de la Purificación Vidal Pastor. Soltera. Sus labores. (* Alzira, 14-IX-1892 + Corbera, 21-IX-1936).

54. Sierva de Dios María del Carmen Viel Ferrando. Soltera. Sus labores. (* Sueca, 27-XI-1893 +El Saler de Valencia, 4-XI-1936).

55. Sierva de Dios Pilar Villalonga Villalba. Soltera. Sus labores (* Valencia, 22-1-1891 +Burjassot, 11-XII-1936).

56. Sierva de Dios Sofia Ximénez Ximénez. Viuda, madre de dos hijos. Sus labores. Martirizada junto con su hermana Purificación, religiosa (n. 204) y con otra religiosa (n. 205). (* Valencia, 15-X-1876 +Paterna, 23-IX-1936).

+

HOMBRES Y JÓVENES DE ACCIÓN CATÓLICA

57. Siervo de Dios Rafael Alonso Gutiérrez. Casado, padre de seis hijos. Administrador de correos. (* Ontinyent, 14-VI-1890 +Agullent, 11-VIII-1936). Martirizado junto con Carlos Díaz (n. 60).

58. Siervo de Dios Marino Blanes Giner. Casado, padre de nueve hijos. (* Alcoi, Alicante, 17-IX-1888 +8-IX-1936).

59. Siervo de Dios José María Corbín Ferrer. Soltero. Universitario. (* Valencia, 26-XII-1914 +Santander, en el barco-prisión “Alfonso Pérez”, 27-XII-1936).

60. Siervo de Dios Carlos Díaz Gandía. Casado, padre de una niña de ocho meses. (* Ontinyent, 25-XII- 1907 +Agullent, 11 -VIII- 1936). Martirizado junto con Rafael Alonso (n. 57)

61. Siervo de Dios Salvador Damián Enguix Garés. Viudo, padre de seis hijos. Veterinario. (* Alzira, 27-IX- 1862 +29-X- 1936).

62. Siervo de Dios Ismael Escrihuela Esteve, Casado, padre de tres hijos. (* Tavernes de Valldigna, 20-V-1902 +Picadero de Paterna 9-IX-1936).

63. Siervo de Dios Juan Bautista Faubel Cano. Casado, padre de tres hijos. Pirotécnico. (* Llíria, 3-I-1889 +Paterna, 28-VIII-1936).

64. Siervo de Dios José Ramón Ferragud Girbés.Casado, padre de ocho hijos. Labrador. (*Algemesí, 10-X-1887 +Alzira, 24-IX-1936).

65. Siervo de Dios Vicente Galbis Gironés. Casado, padre de un hijo. Abogado. (* Ontinyent, 9-IX-1910 + Benisoda, 21-IX-1936).

66. Siervo de Dios Juan Gonga Marúnez. Soltero. Oficinista. (* Carcaixent, 25-111-1911 +Simat de Valldigna, 13-XI-1936).

67. Siervo de Dios Carlos López Vidal. Casado, sin hijos. Segundo sacristán de la Colegiata de Gandía. (* Gandía, 15-XI- 1894 +La Pedrera de Gandía, 6-VIII- 1936).

68. Siervo de Dios José Medes Ferrís. Casado, sin hijos. Martirizado junto con sus tres hermanos religiosos. (* Algernesí, 13-1-1885 +Alcudia de Carlet 12-XI-1936).

69. Siervo de Dios Pablo Meléndez Gonzalo. Abogado y periodista. Casado, padre de diez hijos. Martirizado junto con su hijo Alberto. (* Valencia, 7-XI-1876 +Castellar, 23-XII-1936).

70. Siervo de Dios José Perpiñá Nácher. Casado. Telegrafista y abogado. (* Sueca, 22-II-1911 +Picadero de Paterna, 29-XII-1936).

71. Siervo de Dios Arturo Ros MONTALT. Casado y padre de seis hijos, Trabajador de la yutera. (* Vinalesa, 26-X-1901 + Moncada, 28-VIII-1936).

72. Siervo de Dios Pascual Torres Lloret. Casado y padre de cuatro hijos. Constructor. (*Carcaixent, 23-I-1885 +6-IX-1936).

73. Siervo de Dios Manuel Torró Garúa. Casado, sin hijos. Aparejador. (* Ontinyent, 2-VII-1902 +Benisoda, 21-IX-1936).

74. Siervo de Dios José María Zabal Blasco. Casado, padre de tres hijos. Empleado de la Estación del Norte de Valencia. (* Valencia, 20-III-1898 + Picadero de Paterna 8-XII-1936).

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CAUSA DE LA ORDEN DE PREDICADORES
(DOMINICOS) O.P.
(Decreto del 20 de diciembre de 1999)

Este grupo comprende 18 frailes predicadores de la provincia religiosa de Aragón, la cual fue erigida en 1301. A esta provincia pertenecieron San Vicente Ferrer, San Luis Bertrán y los beatos Dalmacio Moner y Francisco Coll.

Son los primeros dominicos españoles víctimas de la persecución religiosa de la II República española elevados al honor de los altares.

Nueve de los nuevos beatos eran miembros del convento de Calanda (Teruel), entonces casa de Formación; cinco de Valencia y cuatro de Barcelona.

A ellos se unen dos sacerdotes de la archidiócesis de Zaragoza.

75. Siervo de Dios Jacinto Serrano López, vicario provincial (*’ Urrea de Gaén, Teruel, dióc. Zaragoza, 30-VII- 1901 +Puebla de Híjar, Teruel, 25-XI-1936).

76. Siervo de Dios Luis Urbano Lanaspa, vicario provincial. (* Zaragoza, 3-VI-1882 + Valencia, 25-VIII-1936).

77. Siervo de Dios Constantino Fernández Álvarez (* La Vecilla, León, 7-11-1907 + Valencia, 29-VIII- 1936).

78. Siervo de Dios Rafael Pardo Molina, cooperador (* Valencia, 28-X-1899 + 26-IX-1936).

79. Siervo de Dios Lucio Marúnez Mancebo, maestro de novicios (* Vegas del Condado, León, 28-VII-1902 + Calanda, Teruel, 29-VII-1936).

80. Siervo de Dios Antonio López Couceiro (* El Ferrol, La Coruña, dióc. Mondoñedo-El Ferrol, 15-XI-1869 + Calanda, Teruel, 29-VII-1936).

81. Siervo de Dios Felicísimo Díez González (* Devesa de Curueño, León, 26-XI-1907 + Calanda, Teruel 29-VII-1936).

82. Siervo de Dios Saturio Rey Robles (* Devesa de Curueño, León, 21-XII-1907 +Calanda, Teruel 29-VII-1936).

83. Siervo de Dios Tirso Manrique Melero (* Alfaro, La Rioja, dióc. Calahorra y La Calzada, 26-I-1877 +Calanda, Teruel, 29-VII-1936).

84. Siervo de Dios Gumersindo Soto Barros, cooperador (* Amil, La Coruña, 2 1 -X- 1869 +Calanda, Teruel, 29-VII- 1936

85. Siervo de Dios Lamberto De Navascués y de Juan, novicio, cooperador (* Zaragoza, 18-V-1911 + Calanda, Teruel, 29-VII-1936).

86. Siervo de Dios José María Muro Sanmiguel (* Tarazona, Zaragoza, 26-X-1905 + Castelserás, Teruel , 30-VII-1936).

87. Siervo de Dios Joaquín Prats Baltueña, novicio, clérigo (* Zaragoza, 5-III-1915 +Castelserás, Teruel, 30-VII-1936).

88. Siervo de Dios Francisco Calvo Burillo (* Hijar, Teruel, 21-XI-1881 + 2-VIII-1936).

89. Siervo de Dios Francisco Monzón Romeo (* Hijar, Teruel, 29-111-1912 + 29-VIII-1936).

90. Siervo de Dios Ramón Peiró Victorí (* Aiguafreda, Barcelona, 7-III-1891 + El Morrot, Barcelona, 21-VIII-1936).

91. Siervo de Dios José María Vidal Segú (* Secuita, Tarragona, 3-II-1912 + Barcelona, IX-1936)

92. Siervo de Dios Santiago Meseguer Burillo (* Híjar, Teruel, 1-V-1885 + Barcelona, XI-1936).

Sacerdotes de la archidiócesis de Zaragoza, incluidos en el proceso de los dominicos:

93. Siervo de Dios Manuel Albert Ginés, coadjutor de Calanda. (* Calanda, Teruel, 3-X-1867 +29-VII-1936).

94. Siervo de Dios Zósimo Izquierdo Gil, párroco de Castelserás (* Víllahermosa del Campo, 17-XII-1895 +Castelserás, 30-VII-1936).

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CAUSA DE LA ORDEN FRANCISCANA
DE LOS FRAILES MENORES (O.F.M.)
(Decreto del 20 de diciembre de 1999)

95. Siervo de Dios Pascual Fortuño Almela. Vicario del convento de Santo Espíritu del Monte. (*Villarreal de los Infantes, Castellón, dióc. Segorbe-Castellón, 5-III- 1886 + 7-IX-1936). Martirizado con un golpe de machete en el pecho.

96. Siervo de Dios Plácido García Gilabert (* Benitachell, Alicante, dióc. Valencia, 1-I-1895 + Denia, Alicante, dióc. Valencia, 16-VIII-1936). Fue atrozmente mutilado y asesinado.

97. Siervo de Dios Alfredo Pellicer Muñoz. Estudiante de Teología. (* Bellrreguard 10-IV-1914 + 4-X-1936). Fusilado.

98. Siervo de Dios Salvador Mollar Ventura. Sacristán del colegio de Benissa. (* Manises 27-III-1896 + Paterna, 26-X-1936. Fusilado.

+

CAUSA DE LA ORDEN FRANCISCANA
DE LOS FRAILES MENORES CONVENTUALES
(O.F.M.Conv.)
(Decreto del 26 de marzo de 1999)

Estos seis mártires eran miembros de la comunidad religiosa de Granollers (Barcelona), la única que la Orden de los Frailes Menores Conventuales había erigido en España a principios del siglo XX, después de la supresión llevada a cabo por el rey Felipe II en 1567.

La violenta persecución que se levantó en el verano de 1936 sorprendió a los religiosos en sus puestos de trabajo, dispuestos a confesar su fidelidad a Cristo. En la tarde del 20 de julio, los milicianos de la F.A.I. quemaron la iglesia y el convento, mientras que todos los religiosos se dispersaron y buscaron refugio junto a amigos y bienhechores. Sin embargo, muy pronto fuero descubierto y, en fechas distintas, del 27 de julio a los primeros días de septiembre, fueron arrestados, encarcelados, juzgados sumariamente y, en fin, matados por el simple hecho de ser religiosos y sacerdotes franciscanos.

99. Siervo de Dios Modesto Vegas Vegas. Sacerdote. (* La Serna, Palencia, 24-II-1912 + Llisa, Barcelona, 27-VII-1936)

100. Siervo de Dios Dionisio Vicente Ramos. Sacerdote. (* Caudé, Teruel, 9-X-1871 + Granollers, Barcelona, 31-VII-1936). Martirizado junto con el siguiente.

101. Siervo de Dios Francisco Remón Játiva. Hermano. (* Caudé, Teruel, 22-IX-1890 + Granollers, Barcelona, 31-VII-1936.

102. Siervo de Dios Alfonso López López. Sacerdote. (* Secorún, Huesca, dióc. Jaca, 16-XI-1878 +Samalús, Barcelona, 3-VIII-1936). Martirizado junto con el siguiente.

103. Siervo de Dios Miguel Remón Salvador. Hermano. (* Caudé, Teruel, 17-IX-1907 +Samalús, Barcelona, 3-VIII-1936).

104. Siervo de Dios Pedro Rivera Rivera. Sacerdote. (* Villacreces, Valladolid, 3-IX-1912 + Barcelona, 1-IX-1936

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CAUSA DE LA ORDEN FRANCISCANA
DE LOS FRAILES MENORES CAPUCHINOS
(O.F.M.Cap.)
(Decreto del 20 de diciembre de 1999)

En el grupo de los Mártires españoles de la Orden de los Frailes Capuchinos, hay 12 religiosos y 5 monjas clarisas Capuchinas. Los Capuchinos sacerdotes y hermanos, pertenecían todos a la Provincia religiosa de la « Preciosísima Sangre de Cristo » de Valencia, y fueron asesinados en distintos lugares, sin hacerles ningún proceso formal previo.

Todos ellos de edades diferentes que van de los 23 a los 80 años de edad, provenientes de las distintas fraternidades de la Provincia Religiosa, empeñados en trabajos y apostolados diversos, predicadores, confesores, profesores formadores, otros empeñados en los trabajos de servicio a la fraternidad y a la gente que se acercaba al Convento.

Se trata de los primeros Capuchinos españoles martirizados durante la persecución del 1936-1939 que son Beatificados.

A este grupo se añade una monja agustina hermana de tres de las Capuchinas con su madre que quiso estar junto a sus hijas hasta la muerte.

105. Siervo de Dios Aurelio de Vinalesa (José Ample Alcaide). Sacerdote. (* Vinalesa, 3-II-1896 + Barranco de Carraixet, 28-VIII-1936).

106. Siervo de Dios Ambrosio de Benaguacil (Luis Valls Matamales). Sacerdote. (* Benaguasil, 3-V-1870 + Carretera de Valencia a Barcelona, 24VIII-1936).

107. Siervo de Dios Pedro de Benisa (Alejandro Mas Ginester). Sacerdote. (* Benissa, Alicante, 11 -XII- 1876 + Denia, Alicante, 26-VIII- 1936).

108. Siervo de Dios Joaquín de Albocácer (José Ferrer Adell). Sacerdote. (* Albocásser, Castellón, 23-IV-1879 + Carretera de Puebla Tornesa a Villafamés, Castellón, 30-VIII- 1936).

109. Siervo de Dios Modesto de Albocácer (Modesto García Martí). Sacerdote. (* Albocásser, Castellón, 18-I-1880 +13-VIII-1936).

110. Siervo de Dios Germán de Carcagente (Jorge María Garrigues Hernández). Sacerdote. (*Carcaixent, 12-II-1895 +Carcaixent, junto al puente del Júcar, 9-VIII-1936).

111. Siervo de Dios Buenaventura de Puzol (Julio Esteve Flores).Sacerdote. (* Puzol, 9-X-1897 + 26-IX-1936).

112. Siervo de Dios Santiago de Rafelbuñol (Santiago Mestre Iborra). Sacerdote. (* Rafelbuñol, Valencia, 10-IV-1909 + Gilet, Valencia, 29-IX-1936).

113. Siervo de Dios Enrique de Almazora (Enrique García Beltrán), Diácono. (*Almassora, Castellón, 16-III-1913 + Pedrera de Castellón) 16-VIII-1936).

114. Siervo de Dios Fidel de Puzol (Mariano Climent Sanchis). Hermano. (* Puzol, Valencia, 8-I-1856 – Sagunto, Valencia, 27 septiembre 1936

115. Siervo de Dios Berard de Lugar Nuevo de Fenollet (José Bleda Grau) Hermano. (* Lloch Nou de Fenollet, 23-VII-1867 +Genovés, 4-IX-1936)

116. Siervo de Dios Pacífico de Valencia, lego (Pedro Salcedo Puchades). Hermano. (* Castellar, 24-II-1874 + Monteolivete, 12-X-1936).

Cinco religiosas capuchinas de la Orden de Santa Clara Monasterio de Agullent, incluidas en este proceso:

117. Sierva de Dios María Jesús (María Vicenta Masiá Ferragud, (* Algemesí, 12-I-1882 – Cruz Cubierta de Alzira, 25 octubre 1936

118. Sierva de Dios María Verónica (María Joaquina Masiá Ferragud) (* Algemesí, 15-VI-1884 – Idem).

119. Sierva de Dios María Felicidad (María Felicidad Masiá Ferragud) (* Algemesí, 28-VIII-1890 – Idem).

Estas tres eran religiosas clarisas y fueron martirizadas junto con su anciana madre (n. 44) y otra hermana religiosa, agustina descalza (n. 122).

120. Sierva de Dios Isabel Calduch Rovira (* Alcalá de Chivert, Castellón, dioc. Tortosa, 9-V-1882 + Cuevas de Vinromá, Castellón, dióc. Tortosa, 14 abril 1937). Del monasterio de Castellón de la Plana.

121. Sierva de Dios Milagros Ortells Gimeno (* Valencia, 29-XI-1882 – Picadero de Paterna, 20 noviembre 1936). Del monasterio de capuchinas de la calle de Ruzafa, de Valencia.

122. Sierva de Dios Josefa de la Purificación Masiá Ferragud. Agustina descalza (en el siglo: María Josefa Ramona). (* Algemesí, 1887). Martirizada el 25-X-1936 junto con su anciana madre (n. 44) y sus tres hermanas religiosas clarisas (n. 117, 118, 119).

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CAUSA DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
(JESUITAS) S.J.
(Decreto del 20 de diciembre de 1999)

Los Beatos Mártires jesuitas pertenecían al territorio de la Provincia de Aragón de entonces; eran siete padres y cuatro hermanos. A ellos se añade un laico, D. Luis Campos Górriz, antiguo alumno, congregante mariano y dirigente nacional de Acción Católica.

La Compañía de Jesús estaba legalmente disuelta en España desde 1932; los novicios y los jóvenes en formación, con sus profesores y formadores fueron acogidos por diversas provincias europeas y pudieron proseguir en ellas su formación. Un número apreciable de padres y hermanos continuaron viviendo dispersos y en clandestinidad, realizando sus ministerios con grandes dificultades y en medio de circunstancias adversas. A partir del comienzo de la guerra civil (julio 1936) la persecución religiosa se hizo más intensa y sus vidas estaban en peligro. De hecho, más de un centenar de jesuitas sufrieron el martirio durante esos años.

Entre los que la Iglesia se dispone ahora a beatificar había superiores de comunidad y operarios, enfermeros y electricistas, rectores y profesores de Colegios, un eminente profesor de Derecho Canónico, directores de Congregaciones Marianas, así como los que se dedicaban con especial predilección a los más pobres y a trabajar con la juventud obrera. Sabían que sus vidas estaban en peligro, se les ofreció ocultarse o huir, pero prefirieron permanecer consolando a sus hermanos, celebrando la eucaristía y el ministerio de conciliación. Testimoniaron su fidelidad a Cristo y a su Iglesia no ocultaron su identidad de religiosos y jesuitas, ofreciendo sus personas a seguir al Rey eternal en la pena hasta el derramamiento de la sangre.

123. Siervo de Dios Tomás Sidar Fortiá (* Girona, 1866 – Cruz Blanca, carretera de Albaida a Gandía, 19-VIII-1936), superior de la residencia de Gandía.

124. Siervo de Dios Constantino Carbonell Sempere (* Alcoi, 1866 – Tavernes de Valldigna, Valencia, 23 agosto 1936)

125. Siervo de Dios Pedro Gelabert Amer (* Manacor, Mallorca, 1887 – Tavernes de Valldigna, Valencia, 23-VIII-1936).

126. Siervo de Dios Ramón Grimaltós Monllor (* La Pobla Llarga, Valencia, 1861 – Tavernes de Valldigna, 23 agosto 1936).

127. Siervo de Dios Pablo Bori PUIG (* Vilet de Maldá, Lérida, 1864 – Benimaclet, 29 septiembre 1936).

128. Siervo de Dios Vicente Sales Genovés (* El Grao de Valencia, 1881 – Picadero de Paterna, 29 septiembre 1936).

129. Siervo de Dios José Tarrats Comaposada (* Manresa, Barcelona, 1878 – Barcelona, 28 septiembre 1936).

130. Siervo de Dios Darío Hernández Morató (* Buñol, 1880 – Paterna, 29 septiembre 1936).

131. Siervo de Dios Narciso Basté Basté (* San Andrés de Palomar, Barcelona, 1866 – Paterna, 15 octubre 1936).

132. Siervo de Dios Alfredo Simón Colomina (* Valencia, 1877 – Paterna, 29 noviembre 1936).

133. Siervo de Dios Juan Bautista Ferreres Boluda (* L’Ollería, 1861 – Cárcel de San Miguel de los Reyes de Valencia, 29 diciembre 1936). Murió víctima de los sufrimientos padecidos antes de que llegaran los asesinos.

134. Siervo de Dios Luis Campos Górriz, Congregante mariano y antiguo alumno de los Jesuitas (* Valencia, 1905 – Picadero de Paterna, 28-XI-1936).

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CAUSA DE LA SOCIEDAD SALESIANA
DE SAN JUAN BOSCO (SALESIANOS) S.D.B.
(Decreto del 20 de diciembre de 1999)

Los Salesianos martirizados en la España republicana fueron 88, a los que se añaden dos Salesianas y cinco seglares Cooperadores. La mayoría fueron asesinados por separado o en grupos reducidos en lugares, situaciones y fechas muy diferentes, a causa de la dispersión obligada en diversos domicilios muchas veces en grandes ciudades. La mayor parte murieron sin ningún juicio previo, pocos con uno de mero trámite, y sólo nos consta un juicio formal en el Tribunal de Espionaje y Alta Traición de Barcelona: en él fue condenado a muerte el sacerdote don Julio Junyer Padern el 23 de marzo de 1938, sentencia que se cumplió al ser fusilado en los fosos de Montjuïe el 26 de abril de 1938.
La Provincia Salesiana Tarraconense en aquellas fechas abarcaba: Cataluña, Valencia, Baleares y Aragón. Un buen grupo de sus religiosos se hallaba en el Colegio Salesiano de Valencia, de la calle Sagunto, practicando los Ejercicios Espirituales que todos los hijos del Siervo de Dios Don Bosco solían tener cada verano. Recordaremos primero a los salesianos sacrificados junto con el Provincial, después a los que sufrieron la muerte en Barcelona y por último a otros dispersos en otras diócesis.
El primer grupo de Salesianos martirizados está formado por nueve religiosos de la Comunidad de Valencia, detenidos todos ellos en julio de 1936 y ejecutados en lugares distintos:

135. Siervo de Dios José Calasanz Marqués. Sacerdote, Inspector de la Provincia Tarraconense. (* Azanuy, Huesca, 23-XI-1872 + Valencia 29-VII-1936)

136. Siervo de Dios Jaime Buch Canals. Coadjutor. (* Bescanó, Girona, 9-IV-1889 + El Saler de Valencia, 31-VII-1936).

137. Siervo de Dios Juan Martorell Soria. Sacerdote. (* Picassent, Valencia, 1-IX-1889 +Valencia, 10-VIII-1936).

138. Siervo de Dios Pedro Mesonero Rodríguez. Clérigo. (* Aldearrodrigo, Salamanca, 29-V-1912 + El Vedat de Torrent VIII-1936).

Los cinco que siguen, después de haber pasado algunos meses en San Miguel de los Reyes y en la Cárcel Modelo de Valencia, fueron fusilados en el Picadero de Paterna el 9 de diciembre de 1936.

139. Siervo de Dios Antonio Marún Hernández. Sacerdote (* Calzada de Béjar, Salamanca, 18-VII-1885).

140. Siervo de Dios Recaredo de los Ríos Fabregat. Sacerdote. (* Bétera, Valencia, 11-I-1893).

141. Siervo de Dios Julián Rodríguez Sánchez. Sacerdote. (* Salamanca, 16-X-1896).

142. Siervo de Dios José Giménez López. Sacerdote. (* Cartagena, Murcia, 31-X-1904).

143. Siervo de Dios Agustín García Calvo. Coadjutor. (* Santander, 3-II-1905).

A la Comunidad Salesiana de Alcoi (Alicante) pertenecían:

144. Siervo de Dios José Otín Aquilé. Sacerdote. (* Huesca, 22-XII-1901 + Valencia, 1-XI-1936).

145. Siervo de Dios Alvaro Sanjuan Canet. Sacerdote. (* Alcocer de Planes, Alicante, 26-IV-1908 + Villena, 2-X-1936).

Pertenecían a la Comunidad Salesiana de Sarriá (Barcelona):

146. Siervo de Dios Francisco Bandrés Sánchez. Sacerdote. (* Hecho, Huesca, 24-1V-1896 +Barcelona, 3-VIII-1936).

147. Siervo de Dios Sergio Cid Pazo. Sacerdote. (* Allariz, Orense, 24-IV-1884 +Barcelona, 30-VII-1936).

148. Siervo de Dios José Batalla Parramón. Sacerdote. (* Abella, Lleida, 15-1-1873 + Barcelona, 4-VIII-1936).

149. Siervo de Dios José Rabasa Bentanachs. Sacerdote. (* Noves (Lleida), 26-VII-1862 +Barcelona, 8-VIII-1936).

150. 150. Siervo de Dios Gil Rodicio Rodicio. Coadjutor. (* Requejo, Orense, 20-III-1888 + Barcelona, 4.VIII.1936).

151. Siervo de Dios Angel Ramos Velázquez. Coadjutor. (* Sevilla, 9-III-1876 + Barcelona, 11-X- 1936)

152. Siervo de Dios Felipe Hernández Martínez. Estudiante de Teología. (* Villena, Alicante, 14-III-1913 + Barcelona, 27-VII-1936).

153. Siervo de Dios Zacarías Abadía Buesa. Clérigo. (*Almuniente, Huesca, 5-XI-1913 +Barcelona, 27-VII-1936).

154. Siervo de Dios Jaime Ortiz Alzueta. Coadjutor. (* Pamplona, 24-V-1913 + Barcelona, 27-VII-1936).

155. Siervo de Dios Javier Bordás Piferer. Clérigo. (* San Pol de Mar, Barcelona, 24-IX-14 +Barcelona, 23-VII-1936).

156. Siervo de Dios Félix VIVET TRABAL. Clérigo. (* San Félix de Torelló, Barcelona, 23-I-1911 + Esplugues, Barcelona, 25-VIII-1936).

157. Siervo de Dios Miguel Domingo Cendra. Clérigo. (* Caseres, Tarragona, 1-III- 1909 +Prat de Compte, Tarragona, 12-VIII-1936).

De la Comunidad Salesiana del Tibidabo, de Barcelona:

158. Siervo de Dios José Caselles Moncho. Sacerdote. (* Benidoleig, Alicante, 8-VIII-1907 + Barcelona, 27-VII-1936).

159. Siervo de Dios José Castell Camps. Sacerdote. (* Ciudadela, Menorca, 12-X-1902 +Barcelona, 28-VII-l936).

De la Comunidad Salesiana de la calle de Rocafort, de Barcelona:

160. Siervo de Dios José Bonet Nadal. Sacerdote. (* Santa María de Montmagastrell, Lleida, 26-XII-1875 + barcelona, 13-VIII-1936).

161. Siervo de Dios Jaime Bonet Nadal. Sacerdote. (* Santa María de Montmagastrell, Lleida, 4-VIII-1884 + Tárrega, 18.VIII.1936). Primo hermano del anterior.

De la Comunidad Salesiana de Sant Vicent dels Horts, Barcelona:

162. Siervo de Dios Alejandro Planas Saurí Fiel laico, célibe. (* Mataró, Barcelona, 31-X-1878 +Garraf, 19-XI-1936) Conocido como El Sord, por lo que no pudo profesar salesiano, aunque lo fue por voluntad y dedicación.

163. Siervo de Dios Elíseo García GarcíA. Coadjutor. (* El Manzano, Salamanca, 25-VIII-1907 + Garraf, 19-XI-1936)

De la comunidad Salesiana de Girona:

164. Siervo de Dios Julio Junyer Padern. Sacerdote. (* Vilamaniscle, Girona, 30-X-1892 +Monjuic, 26-IV-1938). Condenado a muerte el 23-X-1938, por el Tribunal de Espionaje y Alta Traición, que manifestó su odio al sacerdote.

El 6 de septiembre de 1936 alcanzaron el Martirio en Barcelona dos Hijas de María Auxiliadora, del colegio de Santa Dorotea de Sarriá (Barcelona), unidas en su renuncia a la libertad para atender a una hermana enferma, unidas también al dar la vi Cristo:

165. Sierva de Dios María del Carmen Moreno Benítez, f.m.a. (* Villamartín, Cádiz, 1885).

166. Sierva de Dios María Amparo Carbonell Muñoz, f.m.a (* Alboraia, Valencia, 9-XI-1893).

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CAUSA DE LOS TERCIARIOS CAPUCHINOS
DE LA VIRGEN DE LOS DOLORES T. C.
(Decreto del 18 de diríembre de 2000)

Guiado por el Espíritu, el padre Luis Amigo dijo a sus seguidores: Vosotros, zagales del Buen Pastor, sois los que habéis de ir en pos de la oveja descarriada hasta volverla al aprisco. Y no temáis perecer en los despeñaderos y precipicios en que os habréis de poner para salvar la oveja perdida; ni os arredren zarzales ni emboscadas. Les confió así la misión de ser, entre los niños y jóvenes desadaptados, testigos del amor misericordioso de Cristo, que vino a buscar al que estaba perdido.
Y consciente, además, de que el amor se testifica desviviéndose por la persona amada, les invitó a que estuviesen dispuestos a sacrificar incluso la propia vida en el servicio a sus muchachos. Y al trasluz de la estampa del Buen Pastor, la vida de los diecinueve amigonianos beatificados cobra un significado especial. Algo similar sucede también con la vida de la laica amigoniana Carmen García Moyón. A mediados de aquel año 1936, obligados por las autoridades, tuvieron que abandonar muchas de las instituciones que regían en favor del menor desadaptado. La mayoría de sus comunidades fueron dispersadas y sus bienes patrimoniales enajenados, cuando no destruidos.
Todos ellos, -con su actitud de dar libremente la vida y de afrontar los últimos momentos de pie, como María, y con las sandalias puestas, al estilo de quien no huye ante las dificultades- constituyen un acabado ejemplo de lo que significa ser zagal del Buen Pastor.

167. Siervo de Dios Vicente Cabanes Badenas. Sacerdote. (* Torrente, 25-II-1908 +Bilbao, 30-VIII-1936). Después de haberle disparado cuatro tiros lo dejaron por muerto, pero pudo ser llevado al hospital de Basurto, donde murió.

168. Siervo de Dios José Arahal de Miguel(Bienvenido María de Dos Hermanas). Sacerdote. (* Dos Hermanas, Sevilla, 17-VI-1887 +Madrid, 1-VIII-1936). Fue martirizado bárbaramente, abierto en canal y expuesto su cuerpo al público.

169. Siervo de Dios Salvador Chullá Ferrandis (Ambrosio María de Torrente). Sacerdote. (*Torrente, Valencia, 16-IV-1866 + Torrente, 18-IX-1936).

170. Siervo de Dios Manuel Ferrer Jordá (Benito María de Burriana). Hermano. (* Burriana, Castellón, 26-XI-1872 + Masía de Calabra Turís, 16-IX-1936).

171. Siervo de Dios Crescencio García Pobo. Sacerdote. (* Celadas, Teruel, 15-IV-1903 + Madrid, 3-X-1936).

172. Siervo de Dios Vicente Gay Zarzo (Modesto Modesto María de Torrente). Hermano. (* Torrente, Valencia, 19-I-1885 + Torrente, 18-IX-1936).

173. Siervo de Dios Urbano Gil Sáez (* Albarracin, Teruel, 9-111-1901 + La Pobla de Vallbona, Valencia, 23-VIII-1936).

174. Siervo de Dios Agustín Hurtado Soler (Domingo Miaría de Alboraya). Sacerdote. (*Alboraya, 28-VIII-1872 + Madrid, 15-VIII-1936).

175. Siervo de Dios Vicente Jaunzarás Gómez (Valentín María de Torrente). Sacerdote. (* Torrente, Valencia, 6-III-1896 + Torrente, 18-IX-1936).

176. Siervo de Dios Salvador Ferrer Cardet (Laureano María de Burriana). Sacerdote (* Burriana, Castellón, 13-VIII-1884 + Masiá de Calabra 16-IX-1936).

177. Siervo de Dios Manuel Legua Martí (León María de Alacuás). Sacerdote. (* Alacuás, Valencia, 23-IV-1875 + Madrid, 26-IX-1936).

178. Siervo de Dios Justo Lerma Marúnez (Francisco María de Torrente). Hermano. (* Torrente, Valencia, 12-XI-1886 – Torrente, 18-IX-1936).

179. Siervo de Dios José María Llópez Mora (Recaredo María de Torrente). Hermano. (* Torrente, Valencia, 22-VIII-1874 + Torrente, 18-IX-1936).

180. Siervo de Dios José Llosá Balaguer. Hermano. Benaguacil, Valencia, 23-VIII-1901 +Benisanó, Valencia, 7-X-1936).

181. Siervo de Dios Pablo Martínez Robles (Bernardino María de Andujar). Hermano. (* Andujar, Jaén, 28-I-1879 + Masiá de Calabra, Turís, 16-IX-1936).

182. Siervo de Dios Florentin Pérez Romero. Sacerdote. (*Valdecuenca, Teruel, 14-III-1904 +La Pobla de Vallbona, Valencia, 23-VIII-1936).

183. Siervo de Dios José María Sanchís Monpó (Gabriel María de Benifayó). Hermano. (*Benifayó, Valencia, 8-X-1858 + Benifayó, 16-VIII-1936).

184. Siervo de Dios Francisco Tomás Serer. Sacerdote. (* Alcalalí, Alicante, 11-X-1911 + Madrid, 2-VIII-1936).

185. Siervo de Dios Timoteo Valero Pérez. Sacerdote. (* Terriente, Teruel, 24-I-1901 +Vicalvaro, Madrid, 17-IX-1936).

Unida a este grupo, en el proceso canónico, está también:

186. Sierva de Dios Carmen García Moyón. Cooperadora laica. (* Nantes, Francia, 13-IX- 1888 + Torrent, 30-1-1937). Después de haber intentado abusar de ella, los milicianos la rociaron de gasolina y la quemaron viva.

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CAUSA DEL SACERDOTE
DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
(Dehoniano o Reparador) S.C.I.
(Decreto del 18 diciembre 2000)

187. Siervo de Dios Mariano Juan María de la Cruz García Méndez (* San Esteban de los Patos, Ávila, 1891 + Silla, 23-VIII-1936). Párroco en la diócesis de Ávila desde 1916. En 1926 ingresó en la Congregación de los Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús.

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CAUSA DE LOS HERMANOS DE LAS ESCUELAS CRISTIANAS
F.S.C. Y RELIGIOSAS CARMELITAS DE LA CARIDAD
(Decreto del 20 diciembre 1999)

188. Siervo de Dios Leonardo Olivera Buera, Capellán del Colegio de la Bonanova (Barcelona). (* Campo, Huesca, dióc. Barbastro, 6-III-1889 + El Saler de Valencia 23-X-1936). Sacerdote de Zaragoza. Había sido Párroco de Movera en Puente Gallego.

Los tres religiosos siguientes eran hermanos que formaban parte de la Comunidad del Colegio de la Bonanova y fueron martirizados juntos el 23 de octubre de 1936 en Benimaclet (Valencia).

189. Siervo de Dios Ambrosio León (Pedro Lorente Vicente) (* Ojos Negros, Teruel, dióc. Zaragoza, 7-I-1914).

190. Siervo de Dios Florencio Martín (Alvaro Ibáñez Lázaro) (* Godos, Teruel, dióc. Zaragoza, 12-VI-1913).

191. Siervo de Dios Honorato Andrés (Andrés Zorraquim Herrero) Los dos religiosos siguientes formaban parte de la Comunidad de Cambrils (Barcelona) y fueron martirizados juntos en Paterna (Valencia) el 22 de noviembre de 1936.

192. Siervo de Dios Elías Julián (Julián Tormo Sánchez) (* Torrijo del Campo, 17-XI-1900).

193. Siervo de Dios Bertrán Francisco (Francisco Lahoz Moli) (* Campos, Teruel, 14-XII-1912).

Estas nueve religiosas formaban la comunidad del Colegio-Asilo de la Purísima, de Cullera (Valencia). Fueron asesinadas todas juntas en la playa del Saler, cerca de Valencia, el 19 de agosto de 1936, por un grupo de milicianos armados, que les habían obligado a subir a un camión con la excusa de trasladarlas a Valencia, después de haber asaltado el colegio y haberlas sometido a violencias.

194. Sierva de Dios Elvira Torrentallé Parairede la Natividad de Nuestra Señora (* Balsareny, Barcelona, 29-VI-1883). Superiora de la comunidad.

195. Sierva de Dios Rosa Pedret Rullde Nuestra Señora del Buen Consejo (* Falset, Tarragona, 5-XII-1864). Murió en el camino cuando la llevaban el 18 de agosto, para asesinarla.

196. Sierva de Dios María Calaf Miracle De Nuestra Señora de la Providencia (* Bonastre, Tarragona, 18-XII-1871).

197. Sierva de Dios Francisca de Amezúa Ibaibarriagade Santa Teresa (* Abadiano, Vizcaya, 9-III-1881).

198. Sierva de Dios María Desamparados Giner Lísterdel Santísimo Sacramento (*El Grao de Valencia, 13-XII- 1877).

199. Sierva de Dios Teresa Chambó Palés de la Divina Pastora (* Valencia, 5-II-1889).

200. Sierva de Dios Agueda Hernández Amorósde Nuestra Señora de las Virtudes (* Villena, Alicante, 5-I-1893).

201. Sierva de Dios María Dolores Vidal Cervera de San Francisco JAVIER (* Valencia, 31-1-1895).

202. Sierva de Dios María de las Nieves Crespo Lópezde la Santísima Trinidad (* Ciudad Rodrigo, Salamanca, 17-IX-1897).

Las tres religiosas siguientes fueron martirizadas otros en lugaresy fechas:

203. Sierva de Dios Ascensión Lloret Marcode San José de Calasanz (* Gandía, 21-V-1879 +7-IX-1936). Martirizada junto con su hermano Salvador, escolapio.

204. Sierva de Dios María de la Purificación Ximénez Ximénez deSan José (* Valencia, 3-II-1871 – Benicalap, Valencia, 23-IX-1936). Martirizada junto con su hermana Sofía Ximénez (n. 56) y el hijo de ésta, Luis, y con la siguiente.

205. Sierva de Dios María Josefa del Río Messade Santa Soffía (*Tarragona, 29-IV-1895 – Benicalap, Valencia, 23-OX-1936)

Las siguientes doce religiosas, de la Comunidad de la Casa de la Misericordia, fueron detenidas en la Cárcel de Mujeres y después cargadas en un camión con la excusa de llevarlas a una guardería de niños evacuados, y fueron martirizadas todas juntas en el Picadero de Paterna (Valencia), el 24 de noviembre de 1936.

206. Sierva de Dios Niceta Plaja, Xifrade San Prudencia (* Torrent, Girona, 31-X-1863), Superiora de la Casa Misericordia.

207. Sierva de Dios Paula Isla Alonsode Santa Anastasia (* Villalaín, Burgos, 28-VI- 1863).

208. Sierva de Dios Antonia Gosens Sáez de Ibarrade San Timoteo (* Vitoria, 17-I-1870).

209. Sierva de Dios Daría Campillo Paniaguade Santa Sofia (* Vitoria, 1 1-IX-1873).

210. Sierva de Dios Erundina Colino Vegade Nuestra Señora del Carmen (* Lagarejos, Zamora, dióc. Astorga, 23-VII-1883).

211. Sierva de Dios Consuelo Cuñado Gonzálezdel Santísimo Sacramento (* Bilbao, 1-I-1884).

212. Sierva de Dios Concepción Odriozola Zabaliade San Ignacio. (* Azpeitia, Guipúzcoa, dióc. Vitoria, 8-II-1882).

213. Sierva de Dios Feliciana de Uribe Orbede Nuestra Señora del Carmen (* Múgica, Vizcaya, dióc. Vitoria, 8-III-1893).

214. Sierva de Dios Concepción Rodríguez Fernándezde Santa Magdalena (* Santa Eulalia de las Manzanas, León, dióc. Oviedo, 13-XII-1895).

215. Sierva de Dios Justa Maiza Goicoecheade la Inmaculada (* Ataún, Guipúzcoa, dióc. Vitoria, 13-VII-1897).

216. Sierva de Dios Clara Ezcurra Urrutiade Nuestra Señora de la Esperanza (* Mondragón, Guipúzcoa, dióc. Vitoria, 17-VIII-1896).

217. Sierva de Dios Cándida Cayuso González de Nuestra Señora de los Ángeles (* Ubiarco, Santander, 5-I-1901).

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CAUSA DE UNA RELIGIOSA SERVITA
(Decreto del 18 de diciembre de 2000)

218. Sierva de Dios María Guadalupe Ricart Olmos. Del Monasterio Servita del Pie de la Cruz, de Valencia. (* Albal, Valencia, 23-II-1881 + Silla, Valencia, 2-X- 1936). Su cuerpo fue hallado monstruosamente destrozado y desfigurado.

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CAUSA DE LAS RELIGIOSAS DE LAS ESCUELAS PÍAS
(ESCOLAPIAS)
(Decreto del 28 de junio de 1999)

Este grupo está formado por seis religiosas de la Congregación de Hijas de María, Religiosas de las Escuelas Pías y dos exalumnas uruguayas laicas. Así pues, ocho mujeres dedicadas exclusivamente a la educación humano-cristiana de las niñas y jóvenes, a la promoción de la mujer, según su carisma, fueron martirizadas. Éstas son:

219. Sierva de Dios María del Niño Jesús (María Baldillou Bullit). (* Balaguer, Lleida, dioc. La Seu de Urgel 6-11-1905).

220. Sierva de Dios Presentación de la Sda. Familia (Pascuala Presentación Gallén Martí). (* Morella, Castellón de la Plana, dióc. Tortosa, 20-XI-1872).

221. Sierva de Dios María Luisa de Jesús (María Luisa Girón Romera). (* Bujalance, Córdoba, 25-VIII-1887).

222. Sierva de Dios Carmen de San Felipe Neri (Nazaria Gómez Lezaun). (* Eulz, Navarra, dióc. Pamplona, 27-VII-1869)

223. Sierva de Dios Clemencia de San Juan Bautista (Antonia Riba Mestres). (* Igualada, Barcelona, dioc. Vich, 8-X-1893).

Estas cinco escolapias del colegio de Valencia, dada la situación persecutoria y antirreligiosa reinante en la ciudad, buscaron refugio en un piso de la calle de San Vicente, que el 8 de aosto de 1936 fue asaltado por unos milicianos. En un coche fueron llevadas a la playa del Saler, donde al amanecer de ese mismo día sellaron con su sangre su vida de fidelidad al Señor.

224. Sierva de Dios María de Jesús (María de la Encarnación de la Yglesia de Varo). (* Cabra, Córdoba, 25-III-1891).

225. Sierva de Dios Dolores Aguiar-Mella Díaz. (* Montevideo, Uruguay, 29-III-1897). De madre uruguaya y padre español.

226. Sierva de Dios Consuelo Aguiar-Mella Díaz. (* Montevideo, Uruguay, 29-III-1898).

Madre María de la Iglesia y la laica uruguaya Dolores Aguiar-Mella desde finales de julio de 1936 vivían refugiadas en un piso en Madrid. Su hermana Consuelo Aguiar-Mella con su familia Después de haber pasado estos dos meses entre atropellos, registros domiciliarios, todo tipo de amenazas y persecución, el 19 de septiembre de 1936, Dolores fue detenida en la calle. Dos horas más tarde unos milicianos fueron a buscar a M. María de la Iglesia al piso donde estaba refugiada. Consuelo Aguiar-Mella, que momento se encontraba allí para conocer lo que había pasado con su hermana, la acompañó. Por su fe y convicciones cristianas, claramente manifestadas, las tres fueron detenidas y martirizadas a las afueras de Madrid. Dolores y Consuelo Aguiar-Mella Díaz son las primeras Beatas del Uruguay.

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CAUSA DE UNA RELIGIOSA DE LA CONGREGACIÓN
DE RELIGIOSAS DE MARÍA INMACULADA
MISIONERAS CLARETIANAS
(Decreto del 18 de diciembre de 2000)

227. Sierva de Dios María Patrocinio Giner Gomisde San Juan (Tortosa, 4-I-1874 – Portichol de Tavernes de Valldigna, 13-XI-1936). Por muchos años formadora de las jóvenes generaciones de claretianas y educadora en Carcagente. Fundadora de la comunidad y colegio en Puerto de Sagunto, Sufrió la primera persecución el año 1931. Entregó la vida por Cristo y su Evangelio ofreciéndola por la paz y reconciliación.

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CAUSA DE DOS HERMANITAS
DE LOS ANCIANOS DESAMPARADOS
(Decreto del 18 de diciembre de 2000)

Las dos religiosas pertenecían a la Comunidad de Requena (Valencia) y fueron martirizadas juntas en el término municipal de Buñol (Valencia) el 8 de septiembre de 1936.

228. Sierva de Dios Josefa de San Juan Ruano García (* Berja, Almería, 11-VII-1854).

229. Sierva de Dios Dolores de Santa Eulalia Puig Bonany (* Berga, Barcelona, 12-VII-1857).

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CAUSA DE TRES TERCIARIAS CAPUCHINAS
DE LA SAGRADA FAMILIA
(Decreto del 18 de diciembre de 2000)

La forma de vida que las identificó como Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia fue el seguimiento de Jesucristo como menores y penitentes, según los ideales de San Francisco de Asís y el espíritu legado por el Venerable Padre Luis Amigo, reflejado en las actitudes del Buen Pastor en la misión especifica de las obras de misericordia, corporales y espirituales, con los más pobres y necesitados.

La Sagrada Familia de Nazaret, desde su vida oculta y sencilla fue para ellas modelo de oración, humildad, vida de famila y disponibilidad a la Voluntad de Dios hasta el martirio.

En el ejercicio humilde de su apostolado fueron sorprendidas por la persecución religiosa, encontrando la muerte en Puzol y Gilet, localidades de la Provincia de Valencia (España), donde demostraron la solidez de su fe y la fidelidad a sus compromisos.

230. Sierva de Dios M. Victoria Quintana Argos (Rosario de Soano) (* Soano, Santander, 13-V-1866 + Puzol, Valencia, 22-VIII1936)

231. Sierva de Dios María Fenollosa Alcaina (Francisca Javier de Rafelbuñol) (*Rafelbuñol, Valencia, 24-V-1901 + Gilet, Valencia, 27-IX-1936)

232. Sierva de Dios Manuela Fernández Ibero (Serafína de Occhovi) (Ochovi, Navarra, dióc. Pamplona, 6-VIII-1872 + Puzol, Valencia, 22-VIII-1936).

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CAUSA DE LA DIÓCESIS DE LLEIDA
(Decreto del 18 de diciembre de 2000)

233. Siervo de Dios Francisco de Paula Castelló Aleu (nacido el 19-IV-1914 en Alicante, + el 29-IX-1936 en Lérida, 22 años). Miembro de la Juventud de Acción Católica de Cataluña. Nació el 19 de abril de 1914 en Alicante, donde su familia origen catalán se encontraba por motivos de trabajo del padre. Fallecido éste, su madre con los tres hijos pequeños, dos niñas y Francisco de Paula, recién nacido, retornan a Lleida (Cataluña).
Francisco realizó sus estudios en las Escuelas de los Hermanos Maristas y concluyó los estudios superiores técnicos en el Colegio «Instituto Químico» de los Padres Jesuitas en Barcelona. Estudiante Universitario en Oviedo (Asturias) participó en las obras apostólicas de los Padres Jesuitas y especialmente en la Federación de Jóvenes Cristianos de Cataluña (Franja de la Acción Católica Española). Concluido sus estudios de Licenciado en Ciencias Químicas trabajó en el Complejo Químico « Cross » de Lleida e inicio su noviazgo con la Srta. María Pelegrí.
Llamado a cumplir el Servicio militar, como soldado de cuota, se encontró en medio de los acontecimientos del 19 de julio de 1936. Encarcelado en la noche del 21 al 22 de julio por los milicianos republicanos, el 29 de septiembre fue sometido a juicio ante el Tribunal popular, donde afirmó con voz clara y precisa su condición de católico: «Lo referente al delito de ser católico, dijo, soy muy a gusto delincuente, y si mil vidas tuviera que dárselas a Dios, mil vidas le daría; así que no hace falta que me defienda».

Beato Columba Marmion

Septiembre 9, 2009

El 21 de marzo de 2001, con motivo del 1.500 aniversario de la llegada de san Benito a su retiro de Subiaco, el Cardenal Secretario de Estado, Angelo Sodano, daba gracias a Dios en estos términos: «El joven Benito llegó entre estos solitarios peñascos para poder consagrarse por entero a la contemplación de Dios. 1.500 años después continúa recordándonos el deber fundamental de nuestra existencia: amar a Dios sobre todas las cosas… Aquí creó el joven Benito la familia benedictina, esa escuela del servicio divino, para conducir en el transcurso de los siglos a una multitud innumerable de hombres y mujeres a una unión más íntima con Cristo, bajo la dirección del Evangelio».

La Iglesia ha elevado no hace mucho a los altares a uno de los hijos espirituales de san Benito: Dom Columba Marmion, abad de Maredsous (Bélgica), beatificado el 3 de septiembre de 2000. Irlandés por parte de padre y francés por parte de madre, José Marmion vino al mundo en Dublín, el Jueves Santo de 1858. En casa de los Marmion iban a nacer nueve hijos. Al fallecer los dos primeros varones en tierna edad, los padres dirigen sus plegarias a san José para implorar la gracia de tener otro hijo. De hecho, les serán concedidos otros tres varones, entre los cuales estará el futuro fray Columba, bautizado como José en gratitud hacia el padre adoptivo de Jesús.

Aunque ocupa un cargo de gran responsabilidad en una importante firma exportadora, el señor Marmion no deja por ello de ser un ferviente cristiano. En una ocasión le dirá lo siguiente a su hijo José, ya seminarista: «En medio de mis apremiantes ocupaciones, nunca dejo pasar unos minutos sin ofrecerme por completo a Dios». La señora Marmion comparte por entero el ideal religioso de su marido, y la familia sigue el ejemplo piadoso de los padres; de hecho, tres de las cuatro hijas serán religiosas.

De carácter amable y apacible, José es mimado por todos. Adquiere la costumbre de examinar todas las cosas a la luz de la fe. En una ocasión, a un tío que no habla más que de bancos y mercados, José le replica: «Pero tío, ¡el dinero no lo es todo! – Ay, hijo mío, ¡tú no sabes lo que es el dinero! ¡Todavía no puedes entenderlo!». «Ahora –comentará más tarde Dom Marmion– mi tío está en la eternidad, y el dinero le importa aún menos que a mí». Al terminar sus estudios secundarios, José toma la decisión de entrar en el seminario, pero enseguida es tentado violentamente contra su vocación sacerdotal. Bajo el efecto de la prueba, acude en busca de uno de sus amigos, de quien espera hallar consuelo. En realidad, aquel amigo, superficial y mundano, no habría hecho más que disuadirlo de entrar en el seminario. Pero no encuentra a su amigo y, en su lugar, se topa con otro amigo, ferviente católico, que le descubre la trampa del demonio y le alienta en su deseo de entregarse a Dios. José ve en esas circunstancias la mano de la Providencia, implorada por las oraciones de su hermana Rosie.

¿Qué espíritu nos guía?

Dom Marmion escribirá más tarde: «En toda alma hay tres espíritus que intentan dominarla: el espíritu de la falsedad y de la blasfemia, que siempre sugiere desde muy temprano lo contrario de lo que Dios nos dice al oído; el espíritu del mundo, que nos incita a juzgar las cosas según el deseo de los sentidos y la sabiduría carnal, mientras que la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios (cf. 1 Co 3, 19), y finalmente está el Espíritu de Dios, que nos inspira siempre a elevar nuestros corazones por encima de la naturaleza y a vivir la fe. Ese Espíritu nos llena entonces de paz y de alegría, y produce en nosotros los frutos de los que habla san Pablo (cf. Ga 5, 22). El Espíritu de Dios, al tiempo que nos dirige reproches o nos incita a la confusión a causa de nuestros pecados, siempre colma el alma de paz y de confianza filial en nuestro Padre celestial. Los demás espíritus desecan nuestra alma… nos entregan al abatimiento y al desánimo».

Así pues, José ingresa en el Holy Cross College en enero de 1874, seminario que en la época tiene 80 alumnos. A causa de su alegría comunicativa durante el recreo, es el centro de un grupo donde estallan a menudo risas visibles y alborozadas. Corregido en ocasiones por el padre director a causa de los excesos de su jovialidad, recibe las reprimendas con humildad: «Es una amarga medicina, pero saludable, y hay que aceptarla para curarse» –afirma. Es enviado a Roma para terminar sus estudios de teología, donde permanece dos años; el 16 de junio de 1881 es ordenado sacerdote en la capilla del Colegio Irlandés. Durante el camino de regreso, pasa por Bélgica y visita la Abadía benedictina de Maredsous, donde, en el momento en que franquea el umbral del claustro, oye una voz interior que le dice: «Aquí es donde quiero que estés». Transcurrirán cinco años antes de poder responder a aquella llamada. De regreso a Irlanda, el padre Marmion es nombrado vicario de la parroquia de Dundrum, al sur de Dublín; el año siguiente, le asignan las clases de filosofía del seminario de Holy Cross, donde antiguamente se había formado. Durante cuatro años madura su decisión y, en 1886, provisto de la autorización de su arzobispo, parte para el claustro.

Su familia y amigos están al corriente desde hace mucho tiempo de su nueva orientación. Cuando la hace pública, la sorpresa se mezcla con la decepción; nadie se priva de criticar ese cambio que consideran inexplicable. Pero ante él está el Maestro, que le llama: «Antes de hacerme monje –explicará más tarde Dom Marmion– no podía, a los ojos del mundo, hacer más bien del que hacía donde me encontraba. Pero he reflexionado y he rezado, y he comprendido que solamente estaré seguro de cumplir siempre la voluntad de Dios si practico la obediencia religiosa. Tenía todo lo necesario para alcanzar mi santificación, a excepción de un único bien: el de la obediencia. Ese fue el motivo por el que abandoné mi patria, renuncié a mi libertad y a todo… Era profesor; aunque era muy joven, tenía lo que suele llamarse una buena situación, éxito y amigos que me apreciaban mucho; pero no tenía ocasión de obedecer. Me hice monje porque Dios me reveló la belleza y la grandeza de la obediencia».

Conquistar la verdadera libertad

San Benito nos enseña que la obediencia «corresponde a quienes nada conciben más amable que Cristo» (Regla, cap. 5). La vida consagrada es una configuración muy especial hacia Cristo… Porque Jesús nos fue revelado como «el obediente» por excelencia, bajado del cielo no para hacer su voluntad, sino la voluntad del que le había enviado (cf. Jn 6, 38). Además, «el monje se somete al superior con toda obediencia por amor a Dios, imitando al Señor Jesús, de quien dice el Apóstol: Se hizo obediente hasta la muerte» (Regla de san Benito, cap. 7). Para muchos de nuestros contemporáneos, la obediencia contradice la libertad personal y el legítimo deseo de decidir sobre la propia vida de manera independiente. Pero Cristo, que es la Verdad, nos enseña el camino de la verdadera libertad. Él mismo nos dijo: la verdad os hará libres (Jn 8, 32). De ese modo, mostrándonos el camino de la obediencia, nos señala «un camino para lograr progresivamente la verdadera libertad» (Juan Pablo II, Vita consecrata, 25 de marzo de 1996, 91).

José Marmion llega a Maredsous el 21 de noviembre de 1886. La austeridad de la vida monástica contrasta con su contagiosa alegría. Aquel exilio lejos del país natal constituye una primera prueba; recibe el nombre religioso de un santo monje irlandés, Columba, pero ese nombre evoca todo lo que ha dejado atrás. Además, no domina el idioma francés y se impone grandes esfuerzos para conseguir hablarlo correctamente. Finalmente, las poquísimas cartas que le permiten escribir y las limitaciones impuestas al ejercicio de su sacerdocio le provocan un sentimiento de haber abandonado a sus amigos y a las personas que recurren a él. Para un irlandés acostumbrado a la camaradería, el aislamiento supone un profundo sufrimiento. El 30 de noviembre escribe: «El día en que llegué a Maredsous, tuve la impresión de que, al entrar en el monasterio, acababa de cometer la mayor insensatez del mundo». Un día, con el corazón compungido, se postra ante el sagrario: «Jesús mío, tú me has llamado. Si estoy aquí es por ti».

«Entre las manos de Dios»

La vocación de aquel vicario de ultramar es considerada con escepticismo por el anciano y recto maestro de novicios. Entre él y fray Columba reina una profunda incompatibilidad de caracteres. Sin embargo, a fin de luchar contra la antipatía natural que siente hacia el padre maestro, el novicio adquiere la costumbre de acudir a él cada noche para desvelarle con humildad sus transgresiones de la jornada. Se entrega sobre todo con fervor a las cosas de Dios, en especial a la oración y a la lectura espiritual. En 1909, escribirá lo siguiente a uno de sus monjes atribulado por serias dificultades: «Al igual que me ocurría en otro tiempo durante mis primeros años en Maredsous, te verás forzado a postrarte inclinando la cabeza entre las manos de Dios. Intenta buscarlo todo en Él, hijo mío. Intenta convertirte en un hombre interior sometido por completo a Dios y acostumbrado a apoyarse solamente en Él». Las lecturas de fray Columba son variadas: las Sagradas Escrituras, especialmente san Pablo, san Francisco de Sales, santo Tomás de Aquino, Luis de Blois, san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús, santa Catalina de Siena, Olier, monseñor Gay… Sin saberlo, está preparando de ese modo sus futuras conferencias espirituales, que comprenderán varios libros.

Con el tiempo, en el alma de fray Columba se desarrolla cada vez con más fuerza la convicción de haber encontrado su verdadera vocación. A un amigo le confía: «Estoy donde Dios quiere que esté. He hallado una gran paz y soy extraordinariamente feliz». Dom Marmion profesa solemnemente el 10 de febrero de 1891. El domingo siguiente, el párroco de una aldea próxima a Maredsous solicita que un monje acuda a predicar en su iglesia. «Tenemos un joven monje extranjero –contesta el prior–, pero no creo que deba enviárselo, pues su francés aún no es perfecto y dudo que le sea de alguna utilidad. – Aun así, mándemelo; siempre supondrá un cambio para mis feligreces». Después de la misa, el párroco afirma no haber tenido nunca un predicador semejante en la parroquia. A partir de ese momento, el «padre irlandés» es solicitado por todas partes en la región. Consciente de su talento para la predicación, Dom Marmion sabe también que es inútil «predicar en los tejados si ello no va precedido de una unión íntima con el Señor en medio de las «tinieblas» o del silencio de la oración».

En octubre de 1900, Dom Marmion es nombrado prior del convento de Mont-César, fundación dependiente de Maredsous, cerca de la ciudad belga de Lovaina, donde ejercerá como abad Dom Roberto de Kerchove, hombre enérgico y frío, de autoridad más bien incisiva. El padre Columba deja Maredsous con temor, pero se abandona a la voluntad de Dios. Es deseo de Dom Roberto de Kerchove que sus monjes permanezcan siempre en la clausura, mientras que Dom Marmion, lleno de celo apostólico, es propenso a responder a las llamadas que le llegan del exterior; sin embargo, ninguna discusión tiene lugar entre ellos, ya que Dom Marmion se halla siempre dispuesto a someterse al abad. Un día del año 1905, se siente asaltado por grandes dudas; preocupado por el futuro, se imagina cuán maravilloso sería si todo pudiera arreglarse según sus perspectivas, pero al mirar su crucifijo exclama: «¡No! ¡Que no sea como yo quiero, sino como tu quieres, Señor!». Más tarde afirmará: «Si en aquel momento Cristo me hubiera dicho: «Te doy carta blanca. Organiza tu vida y todo lo que tiene que ver contigo como te plazca. Toma la pluma, escribe tu plan y yo lo firmo», le habría respondido: «No, Jesús, no deseo plan alguno para mi vida. Lo único que deseo es realizar tu divino plan en mí; eres tú quien me guiará. Me abandono por completo en tus manos»».

¿Actividad o activismo?

A su cargo como prior, Dom Marmion añade el de profesor de teología, ciencia que enseña ayudado de su inteligencia y prodigiosa memoria, pero sobre todo de su corazón ardiente de amor hacia Dios. Para él, la teología es un alimento para la oración y una orientación hacia los verdaderos bienes, sea para dar gracias por ellos sea para pedirlos. La actividad del nuevo prior se extiende también a la predicación de retiros espirituales a numerosas comunidades de Bélgica y a varios monasterios ingleses. La intensidad de su vida de unión con Dios explica, por ella sola, los frutos de su desbordante actividad, que habría podido convertirse en estéril activismo.

El 28 de septiembre de 1909, a la edad de 52 años, Dom Marmion es elegido por sus hermanos como abad de Maredsous, adoptando como divisa «Antes servir que dominar». Si hubiera que señalar la principal de las cualidades que impulsaron a sus hermanos a elegirlo como abad, habría que resaltar su reputación de predicar la sagrada doctrina. Con motivo del retiro espiritual que dio en Maredsous antes de la elección abacial, la comunidad comprendió que con él tendría un maestro de vida espiritual. Sin embargo, gobernar una comunidad de más de cien monjes no es cosa fácil. Gracias a su permanente unión con Dios, Dom Marmion conserva su calma interior y un optimismo indefectible cuando se trata de procurar el bien de las almas. Bajo su dirección, el monasterio conoce un gran auge espiritual e intelectual, y las vocaciones afluyen. Pero Dom Marmion no pierde interés por las cuestiones temporales, hasta el punto de que manda instalar corriente eléctrica y calefacción central en la abadía, algo realmente raro en aquella época en los monasterios.

A las personas de cualquier edad y condición que acuden para verlo y pedirle dirección espiritual, el padre abad les indica resueltamente el camino: la vida espiritual es ante todo búsqueda de Dios. Insiste además en el hecho de que Jesucristo debe ser el centro de toda oración y la única vía de unión a Dios: Nadie va al Padre sino por mí (Jn 14, 6), dice Jesús, y san Pedro añade: No hay salvación en ningún otro (Hch 4, 12). Dios nos ha predestinado a participar en su vida divina, a entrar para siempre en la comunidad de sus tres personas, y ello desde aquí mismo en la tierra mediante la gracia santificante, que nos convierte en hijos adoptivos suyos (cf. Ef 1, 5) y en herederos de su gloria. Esta predestinación eterna se realiza hace tiempo por Jesucristo, ya que, mediante su Pasión redentora, Jesús ha rescatado a la humanidad, que había caído en el pecado, y comunica a todos los que creen en Él y le obedecen la vida sobrenatural de la gracia. Esa vida debe alcanzar la plenitud en la vida eterna y en la visión cara a cara de la Trinidad.

La fuerza de la verdad

En presencia de los pecadores, la clarividencia de Dom Marmion va unida a una gran caridad, y a él le gusta repetir: «Estoy convencido, y ello por experiencia, de que las almas no se recuperan mediante la discusión, sino con la bondad. No se gana a una persona queriéndola convencer de que está equivocada, sino mostrándole la verdad con dulzura y benevolencia». La historia que sigue ilustra a la perfección su método. En una gran ciudad, en el transcurso de la primera guerra mundial, un pobre sacerdote cuya fe y costumbres han zozobrado desde hace varios años con motivo de unas prácticas espiritistas está a punto de morir. Dom Marmion le hace varias visitas, durante las que hablan amistosamente; como el estado del enfermo mejora, llegan incluso a tomar el té juntos. Cuando Dom Marmion aborda por fin el tema del estado espiritual del sacerdote, no recibe más que respuestas evasivas o negativas: «Ya he consultado… Soy feliz como estoy… No deseo cambiar». El padre abad anima a la oración por aquella alma y se ofrece a Dios por ella. Tras nuevas e infructuosas visitas, completamente afligido aunque no desanimado, realiza un último esfuerzo y envía un mensaje en el que su corazón de apóstol desborda en caridad y compostura espiritual. Es llegada la hora de la misericordia. Pronto llega una nota del sacerdote: «Ha ganado usted la partida… Venga a verme, le espero». Dom Marmion hace todo lo que considera necesario y, la víspera de Navidad, consigue reconciliar aquella alma con el Señor. Algún tiempo después, el enfermo entrega su alma a Dios, en medio de manifiestos sentimientos de arrepentimiento y de amor.

El celo de Dom Marmion por las almas procede de una intensa devoción por el Sagrado Corazón de Jesús. Por eso aprecia en su más alto grado el Santo Sacrificio de la Misa, renovación del sacrificio del Calvario y testimonio del amor de Cristo hacia todos: «Durante el transcurso de la Misa conventual que cantamos cada día –explica–, tengo tiempo de meditar el gran acto que se cumple en el altar. La mayoría de las veces siento cómo mi corazón desborda de gozo y de agradecimiento al pensar que poseo, en Jesús presente en el altar, de qué ofrecer al Padre una reparación digna de Él, una satisfacción de un valor infinito. ¡Cuántas gracias contiene la Misa! Ningún santo, ni siquiera la Virgen María, ha podido obtener de ese sacrificio todo el fruto que en él hay encerrado». Su devoción hacia la Pasión se traduce, por añadidura, en la práctica diaria del Vía crucis.

«¡Y yo quiero entrar!»

Al padre Columba le anima igualmente una profunda devoción hacia la Virgen, y repite a menudo lo siguiente: «Debemos ser por la gracia lo que Jesús es por naturaleza: un hijo de Dios y un hijo de María». Un día alguien le dice: «El rosario es para las mujeres y los niños. – Admitámoslo, le responde; pero, ¿qué dijo Nuestro Señor? Si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos (Mt 18, 3). ¡Y yo quiero entrar!».

Los trece años de gobierno abacial de Dom Marmion se ven afectados por los terribles años de la primera guerra mundial. Al ser invadida Bélgica por las tropas alemanas, el padre abad teme que sus jóvenes novicios sean militarizados por el invasor, por lo que decide trasladarlos sin demora a Inglaterra, y luego a Irlanda. Se producen numerosas dificultades, incomprensiones y tensiones con Maredsous. La casa irlandesa (situada en Edermine) se parece más a un albergue de vacaciones para estudiantes que a un monasterio, por lo que en 1916 estalla una crisis que se prolonga hasta 1918. Dom Marmion escribe a propósito de ello lo siguiente: «Necesito vuestras oraciones porque algunos de los jóvenes padres, aquí en Edermine, me han afligido a causa de su estudiada actitud de fría indiferencia hacia mí… He intentado atraerlos mediante la constancia y la oración, pero sin éxito hasta ahora. Son buenos, pero demasiado llenos de confianza en sí mismos… Oponen la letra del Derecho Canónico al espíritu de la Sagrada Regla». El asunto llega hasta Roma, y la Congregación romana para los Religiosos se encarga del caso. El padre abad da pruebas de gran humildad y obediencia, y, finalmente, la casa de Edermine es cerrada en 1920.

Al final de la gran guerra surgen nuevos problemas. Por todas partes fermenta una nueva mentalidad, consecuencia del desplome de las barreras sociales… Dom Marmion se esfuerza por comprender los extraños comportamientos de sus jóvenes monjes. Muchos de ellos han servido durante la guerra, como camilleros o capellanes; al regresar al claustro no pueden desprenderse en un instante de todas las costumbres que han adquirido durante la vida militar. «Temo la llegada de esos jóvenes monjes que durante tanto tiempo se han visto privados de nuestras tradiciones y de nuestro espíritu monástico» – escribe el padre abad. No obstante, la mayoría de ellos vuelven a adaptarse, gracias a su espíritu de fe.

Todas esas pruebas agotan de forma prematura el organismo del padre abad, conduciéndolo hasta las puertas de la muerte. En los momentos que preceden a ésta, el padre Columba se une a la Pasión de Jesús mediante el Vía crucis. Sus últimas palabras son las siguientes: «¡Jesús, José y María!», entregando apaciblemente su alma al Padre celestial el 20 de enero de 1923. Gracias a Dom Raimundo Thibaut, su secretario, la enseñanza oral de Dom Marmion nos ha sido conservada en forma de tres famosos libros: Cristo, vida del alma, publicado en 1917, Cristo en sus misterios, en 1919, y Cristo, ideal del monje, en 1922. Esos tres libros habían sido revisados por el propio Dom Marmion. A partir de 1940, la tirada del primero (que será traducido a siete idiomas) alcanza 75.000 ejemplares en lengua francesa.

Con motivo de la beatificación de Dom Marmion, acontecida el 3 de septiembre de 2000, el Papa Juan Pablo II declaraba: «Nos ha legado un verdadero tesoro de enseñanza espiritual para la Iglesia de nuestro tiempo. En sus escritos enseña un camino de santidad, sencillo pero a la vez exigente, para todos los fieles, a los que Dios, por amor, ha destinado para que sean sus hijos adoptivos en Cristo Jesús… Ojalá un amplio redescubrimiento de los escritos espirituales del beato Columba Marmion ayude a los sacerdotes, a los religiosos y a los laicos a crecer en la unión con Cristo y a servirle como fiel testimonio mediante el amor ardiente de Dios y el servicio generoso hacia sus hermanos y hermanas».

Beato Dom Columba Marmion, permanece junto a nosotros; transmítenos, mediante tu oración cerca de Dios y la intercesión de la Santísima Virgen, la amplitud y la profundidad de tu amor por Él.

Fuente: Dom Antoine Marie osb.Carta espiritual del 13 de noviembre de 2002. Abadía de San Clairval.

El caballero de la Inmaculada

Agosto 14, 2009

SAN MAXIMILIANO KOLBE

(1894-1941)

19821010_massimiliano_maria_kolbe      SU  BIOGRAFÍA

Un día de 1915, en Roma, un hombre de edad madura vocifera ante el hermano Maximiliano Kolbe contra el Papa y la Iglesia.

El joven franciscano entabla una discusión, ante lo cual el desconocido exclama: «¡Sé muy bien lo que digo, jovencito! Soy doctor en filosofía». «Y yo también», contesta el joven hermano de veintiún años que aparenta tener dieciséis.

Asombrado, aquel hombre cambia de tono. Entonces, pacientemente y con inexorable lógica, el hermano recupera uno tras otro los argumentos de su interlocutor y los vuelve contra él. «Hacia el final de la discusión -nos cuenta un testigo- el incrédulo se calló, pareciendo que reflexionaba profundamente». ¿Quién es ese ardiente apóstol, descrito por el Papa Pablo VI como una «clase de hombre al que podemos adecuar nuestro modo de vida, reconociéndole el privilegio del apóstol Pablo de poder decir al pueblo cristiano Sed mis imitadores, como yo lo soy de Cristo (1 Co 11, 1)»?

Las dos coronas

Raimundo Kolbe, el futuro San Maximiliano (canonizado por el Papa Juan Pablo II el 10 de octubre de 1982), nació el 7 de enero de 1894 y era hijo de modestos tejedores polacos. Su padre es benévolo y algo taciturno. Su madre, María, es enérgica y trabajadora. Además de dos hijos fallecidos en su tierna infancia, la familia está compuesta por tres chicos: Francisco, Raimundo y José. Raimundo es violento, independiente, emprendedor y testarudo; de temperamento vivo y espontáneo, pone a prueba con frecuencia la paciencia de su madre, que un día exclama: «Pobre hijo mío, ¿qué será de ti?»

Aquella reprimenda produce en el niño una verdadera conversión, tornándose sensato y obediente. La madre se da cuenta de que a menudo desaparece detrás del armario donde hay un pequeño altar de Nuestra Señora de Czestochowa; allí reza y llora.

«Vamos a ver, Raimundo, le pregunta su madre, ¿por qué lloras como una niña?

- Madre, cuando me dijo “Raimundo, ¿qué será de ti?” sentí mucho pesar y fui a preguntarle a la Virgen qué sería de mí… La Virgen se me apareció sosteniendo dos coronas, una blanca y otra roja. Me miró amorosamente y me preguntó cuál de ellas elegía; la blanca significaba que sería siempre puro y la roja que moriría mártir. Yo le respondí: “¡Elijo las dos!”».

A partir de aquel encuentro, el alma del muchacho guardará un amor indefectible hacia la Virgen.

La lectura de los escritos de San Luis María Grignion de Monfort le enseñan que «Dios quiere revelar y descubrir a María, obra maestra de sus manos, en esos últimos tiempos… María debe brillar, más que nunca, en misericordia, en fuerza y en gracia» (Tratado de la verdadera devoción a la Virgen).

Así pues, él entrega su vida a la Virgen. La consagración mariana es un don de amor que ofrece toda la persona y que la une a la Inmaculada.

«Al igual que la Inmaculada es de Jesús, de Dios, de igual modo cada alma será por Ella y en Ella de Jesús, de Dios, y ello mucho mejor que sin Ella», escribirá San Maximiliano.

«La Iglesia Católica ha afirmado siempre que la imitación de la Virgen María no solamente no desvía del esfuerzo por seguir fielmente a Jesucristo, sino que lo hace más amable y más fácil» (Pablo VI, Exhortación apostólica Signum Magnum, 13 de mayo de 1967, nº 8).

Atraído por María, Raimundo Kolbe abraza la vida religiosa. El 4 de septiembre de 1910, toma el hábito franciscano, con el nombre de “hermano Maximiliano María”.

En otoño de 1912, sus superiores lo envían a la universidad gregoriana de Roma. Los estudios no lo apartan de su ideal de santidad, pues quiere procurar la mayor gloria posible a Dios.

«La gloria de Dios consiste en la salvación de las almas. Por tanto, nuestro noble ideal es la salvación de las almas y la perfecta santificación de éstas, redimidas ya a un alto precio mediante la muerte de Jesús en la cruz, empezando naturalmente por nuestra alma».

Pero el camino de la salvación se halla en el cumplimiento de la voluntad de Dios. Por eso el joven hermano le escribe a su madre: «No voy a desearle ni salud ni prosperidad. ¿Por qué? Porque quisiera desearle algo mejor que eso, algo tan bueno que ni el propio Dios podría desearle nada mejor: que la voluntad de ese Padre inmensamente bueno se cumpla en usted, madre, y que sepa cumplir en todo la voluntad de Dios. Es todo lo mejor que puedo desearle».

Bajo los pies de Lucifer

Fue en Roma donde la Virgen le inspiró que fundara la “Misión de la Inmaculada”. En aquella época, la francmasonería campaba a sus anchas por la ciudad eterna. «Cuando los francmasones empezaron a agitarse cada vez más y con más atrevimiento, explica el hermano Maximiliano, y cuando hubieron levantado su estandarte bajo las ventanas del Vaticano, aquel estandarte en el que, sobre fondo de color negro, Lucifer pisoteaba bajo sus pies al arcángel San Miguel, cuando se pusieron a repartir panfletos lanzando imprecaciones contra el Santo Padre, se me ocurrió la idea de fundar una asociación que tuviera como objetivo combatir a los francmasones y a los demás secuaces de Lucifer».

La francmasonería es una sociedad secreta de mil ramificaciones, que se esfuerza en dirigir el mundo según unos principios que excluyen la autoridad de Dios y su Revelación.

«Como quiera que la misión propia y específica de la Iglesia Católica consiste en recibir en su plenitud y en guardar con pureza incorruptible las doctrinas reveladas por Dios, como también la autoridad establecida para enseñarlas, junto con los demás auxilios recibidos del cielo para la salvación de los hombres, precisamente por eso los francmasones despliegan contra ella con el mayor encarnizamiento sus más violentos ataques» (León XIII, Encíclica Humanum genus, 20 de abril de 1884).

 Pero la francmasonería destruye igualmente la sociedad civil, pues sus principios contradicen la ley natural y socavan «los fundamentos de la justicia y de la honradez» (ibíd.).

Con gran frecuencia, propone al hombre como única regla de acción la satisfacción de sus deseos.

Por otra parte, la pretensión de hacer que el Estado sea del todo extraño a la religión y a la administración de los asuntos públicos como si Dios no existiera, es «una temeridad sin precedente» (ibíd.).

En efecto, de igual manera que todo hombre tiene la obligación de «ofrecer a Dios el culto de un piadoso reconocimiento, ya que a Él debemos nuestra vida y los bienes que la acompañan, un deber semejante se impone a los pueblos y a las sociedades» (ibíd.).

La Congregación para la doctrina de la fe confirmó la enseñanza de León XIII mediante una instrucción fechada el 26 de noviembre de 1983: «El juicio de la Iglesia sobre las asociaciones masónicas permanece inmutable, porque sus principios han sido siempre considerados inconciliables con la doctrina de la Iglesia, y la inscripción a esas asociaciones sigue estando prohibida por la Iglesia. Los fieles que pertenecen a las asociaciones masónicas permanecen en estado de pecado mortal y no pueden acceder a la sagrada comunión».

Amenazas programadas científicamente

Hoy en día, la francmasonería preconiza la “cultura de la muerte” al favorecer la anticoncepción, el aborto y la eutanasia, contribuyendo de ese modo a arruinar la familia.

Para el francmasón Pierre Simon, que escribía en 1979 que «mi verdadero ser ya no es mi cuerpo sino mi logia (masónica)», la vida «ya no es un don de Dios sino un material que se administra… Y pierde el carácter absoluto que tenía en el Génesis». Por eso puede manipularse a voluntad, de tal manera que la «sexualidad se disociará de la procreación, y la procreación de la paternidad. Lo que se está desmoronando es el concepto de familia en sí». Numerosos organismos están animados por principios semejantes actualmente, los cuales, sin someterse abiertamente a la francmasonería, actúan en el mismo sentido.

Por eso quiso decir el Papa, en Denver, el 4 de agosto de 1993: «Las amenazas contra la vida no se debilitan con el paso del tiempo. Al contrario, adquieren dimensiones enormes… Se trata de amenazas programadas de manera científica y sistemática».

En presencia de las mismas fuerzas del mal, que ya actuaban en su época, San Maximiliano supone para nosotros un hermoso ejemplo de celo apostólico.

 Siguiendo a San Pablo, se esmera en vencer el mal con el bien (Rm 12, 21).

Fortalecido por su fe y por una teología segurísima, se dirige hacia la Virgen María y hacia su divino Hijo. Para podernos salvar, el Verbo de Dios se dignó hacerse hombre y elegir como Madre a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María (Lc 1, 27). La Madre del Salvador, María, fue provista por Dios de dones a la medida de tan gran responsabilidad. En el momento de la Anunciación, el ángel Gabriel la saluda como llena de gracia (Lc 1, 28). Explicitando esa expresión, el Papa Pío IX proclamó en 1854 el dogma de la Inmaculada Concepción: «La Bienaventurada Virgen María, en el primer instante de su concepción, mediante una gracia y un favor singular de Dios Todopoderoso, a causa de los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano, fue preservada intacta de toda mancha del pecado original». Al no haber conocido el pecado, la Inmaculada posee un poder inmenso contra todo mal y se ha convertido en la «Madre de toda Gracia».

Salvar a todas las almas

Al tener poder contra el mal, Nuestra Señora resulta victoriosa del demonio. Por eso el hermano Maximiliano funda la “Misión de la Inmaculada” a partir de la siguiente frase de Dios a la serpiente (el diablo): Ella (la Virgen) quebrantará tu cabeza (Gn 3, 15 – Vulgata). El santo relaciona esta profecía divina con la afirmación de la liturgia: «Por ti sola, oh María, han sido vencidas todas las herejías». El objetivo de su obra es obtener «la conversión de los pecadores, de los herejes, de los cismáticos, etc., y en especial de los francmasones, así como la santificación de todos los hombres bajo la advocación y por intercesión de la Bienaventurada Virgen María Inmaculada».

En su ardor, Maximiliano desea la conversión de todos los pecadores, pues el santo nunca dirá «salvar almas», sino «todas las almas». Es un deseo que se corresponde con el designio de Dios. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 16). Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados (1 Jn 4, 10). Él es la víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero (1 Jn 2, 2).

Los miembros de esa “Misión” harán ofrenda total de sí mismos a la Bienaventurada Virgen María Inmaculada, como instrumentos en sus manos, y llevarán la medalla milagrosa.

Una vez al día rezarán la siguiente oración: «Oh María, concebida sin pecado, ruega por nosotros que a ti recurrimos y por todos los que no recurren a ti, en especial por los francmasones y por todos los que te son recomendados».

Cristianizar la cultura

A pesar de que la salud del hermano Maximiliano no es robusta, se dedica con ahincó a los estudios, aprueba con brillantez los exámenes y llega a ser, en 1915, doctor en filosofía.

Cuatro años más tarde, obtiene con el mismo éxito un doctorado en teología.

Entre tanto, el 28 de abril de 1918, ha recibido la ordenación sacerdotal, proyectando su formación intelectual con el objetivo de instruir al prójimo y de contribuir de ese modo a la salvación de las almas.

Su deseo consiste en «hacer que todo progreso esté al servicio de la gracia de Dios», es decir, cristianizar la cultura moderna.

El Concilio Vaticano II declara que «se prestará atención a la problemática y las investigaciones modernas, de manera que se llegue a ver con mayor claridad cómo la fe y la razón convergen en una sola verdad… Que de esta manera el pensamiento cristiano pueda hacer acto de presencia pública, estable y universal en toda tentativa de promover una cultura superior, y que los alumnos de estos institutos (escuelas superiores, universidades y facultades) se formen hombres que destaquen por su doctrina, y preparados para desempeñar las funciones más importantes en la sociedad y para ser en el mundo testigos de la fe» (Gravissimum educationis, 10).

Pero el santo llegará a experimentar que no puede hacerse el bien sin la cruz.

En efecto, como lo recuerda Santa Teresa del Niño Jesús, «solamente el sufrimiento alumbra las almas».

Hacia finales de 1919, es enviado a Zakopane, a un sanatorio donde falta ayuda religiosa. Aunque se halla enfermo, emprende un difícil apostolado entre sus compañeros, con la ayuda de medallas milagrosas. Consigue así ganarse los corazones uno a uno, y lo hace tan bien que es invitado a impartir conferencias. El apóstol de María lo estaba esperando, y muchos incrédulos se convierten.

El veneno de la indiferencia

Después, el padre Maximiliano inaugura una serie de “charlas apologéticas” sobre la existencia de Dios y la divinidad de Jesucristo.

El amor que siente por la verdad se trasluce en una carta escrita a su hermano José: «En nuestros días, el mayor veneno es la indiferencia, que encuentra sus víctimas no solamente entre los burgueses, sino también entre los religiosos, aunque, claro está, en proporciones diferentes».

«Todos los cristianos, dice el Papa Pío XII, deberían poseer en la medida de lo posible una instrucción religiosa profunda y orgánica. Pues resultaría peligroso desarrollar todos los demás conocimientos y dejar sin cambios el patrimonio religioso, tal como se encontraba en la primera infancia. Al ser necesariamente incompleto y superficial, sería sofocado, y quizás destruido, por la cultura no religiosa y por las experiencias de la vida adulta, como lo atestiguan todos aquellos en los que zozobró la fe por razones que quedaron en la sombra o por problemas que quedaron sin solución. Como resulta necesario que el fundamento de la fe sea racional, se hace indispensable un estudio suficiente de la apologética» (24 de marzo de 1957).

En 1927, el padre Maximiliano funda la ciudad mariana franciscana de Niepokalanow (literalmente: la ciudad de la Inmaculada), donde todo es consagrado a María. Son muchos los que piden ser admitidos en el noviciado, hasta el punto de que el convento llegará a contar con mil religiosos.

«En Niepokalanow, dice el padre, vivimos con una idea fija, si así puede expresarse, voluntariamente elegida y amada: la Inmaculada».

La prensa, cuya influencia no deja de crecer, se le representa como un terreno de apostolado privilegiado, por lo que, con el objetivo de la evangelización, lanza la revista “El caballero de la Inmaculada”, que muy pronto llega a ser la publicación más importante de Polonia, alcanzando en 1939 una tirada de un millón de ejemplares.

«¿Sabe usted japonés?»

Lejos de ser el único objetivo del padre Maximiliano, Polonia no es más que un trampolín. Apenas habían transcurrido tres años desde la fundación de Niepokalanow cuando se encuentra en un tren con unos estudiantes japoneses.

Tras entablar conversación, el padre les regala unas medallas milagrosas, a cambio de lo cual los estudiantes le entregan unos pequeños elefantes de madera que les sirven de fetiches. A partir de entonces, el santo no deja de pensar en la gran piedad de aquellas almas sin Dios. Así que un buen día se presenta ante su provincial y le pide permiso para ir a Japón a fundar una Niepokalanow japonesa. «¿Tiene usted dinero?, pregunta el padre provincial. – No. – ¿Sabe usted japonés? – No. – ¿Tiene, por lo menos, amigos allí, o algún apoyo? – Todavía no, pero con la gracia de Dios los encontraré».

Una vez conseguidos todos los permisos, el padre sale para Japón en 1930, junto a cuatro hermanos. A base de trabajo, de audacia, de plegarias y de confianza en la Inmaculada, consiguen crear el “Mugenzai no Sono”, textualmente: el jardín de la Inmaculada. Dos años después de aquella fundación de Japón, el padre Maximiliano se embarca para seguir fundando en la India. En momentos de conflicto y de grandes dificultades, le reza a Santa Teresa de Lisieux: ¿acaso no había convenido con ella, hacía tiempo y en Roma, que rezaría todos los días por su canonización, pero que a cambio ella sería la patrona de sus obras? Santa Teresita hace honor al contrato, y todos los obstáculos desaparecen como por encantamiento. Pero, extenuado y minado por la fiebre, el apóstol de María Inmaculada debe regresar a Polonia en 1936.

El amor o el pecado

Septiembre de 1939: la guerra se abate sobre el país. Con más ardor que nunca, San Maximiliano se entrega al apostolado. En su último artículo publicado podemos leer: «Si el bien consiste en el amor de Dios y en todo lo que brota del amor, el mal, en su esencia, es una negación del amor». He ahí el verdadero conflicto. En el fondo de cada alma hay dos adversarios: el bien y el mal, el amor y el pecado. San Agustín expresó ese conflicto en los términos siguientes: «Dos amores crearon dos ciudades: el amor de uno mismo hasta el desprecio de Dios creó la ciudad terrenal; el amor de Dios hasta el desprecio de uno mismo creó la ciudad celestial» (La ciudad de Dios, XIV, 28).

El 17 de febrero de 1941, unos agentes de la Gestapo detienen al padre Maximiliano y a otros cuatro hermanos, conduciéndolos primero a la prisión de Pawiak, en Varsovia. Allí, en tanto que religioso y sacerdote, el padre es golpeado violentamente. Escribe lo siguiente a sus hijos que permanecen en Niepokalanow: «La Inmaculada, Madre amantísima, nos ha rodeado siempre de ternura y velará por nosotros… Dejémonos conducir por ella, cada vez con mayor perfección, donde ella quiera y le plazca, a fin de que, cumpliendo hasta el final con nuestros deberes, podamos por amor salvar a todas las almas». Algunos días más tarde, el padre Kolbe es trasladado al campo de concentración de Auschwitz.

Como consecuencia de los malos tratos sufridos, pronto es hospitalizado, confesando a los prisioneros durante las noches, a pesar de la prohibición y de la amenaza de represalias. Sabe convertir en bien el propio mal, y en una ocasión le explica a un enfermo: «El odio no es una fuerza creadora. Solamente el amor es creador. Estos sufrimientos no conseguirán someternos, sino que deben ayudarnos cada vez más a ser fuertes. Junto con otros sacrificios, resultan necesarios para que los que queden después de nosotros sean felices». Consigue compartir con sus compañeros la experiencia del misterio pascual, donde el sufrimiento vivido en la fe se transforma en gozo. «La paradoja de la condición cristiana ilumina singularmente la de la condición humana: ni la contrariedad ni el sufrimiento son eliminados de este mundo, pero adquieren un nuevo sentido en la certeza de participar de la Redención operada por el Señor y de compartir su gloria» (Pablo VI, Exhortación Apostólica Sobre el gozo cristiano, 9 de mayo de 1975).

Trabajar con ambas manos

A finales de julio de 1941, un prisionero del bloque 14, el del padre Maximiliano, acaba de evadirse. El jefe del campo había advertido que, por cada evadido, se condenaría a morir de hambre y de sed a diez hombres. Uno de los desdichados designados para morir grita: «¡Qué será de mi mujer y de mis hijos! ¡Ya no los volveré a ver!». Entonces, en medio de sus atónitos camaradas, el padre Maximiliano se abre camino y sale de entre las filas: «Quisiera morir por uno de estos condenados», señalando al que acaba de lamentarse. «¿Quién eres tú», pregunta el jefe. «Un sacerdote católico», responde el padre, pues quiere entregar su vida como sacerdote católico. El oficial, estupefacto, guarda un momento de silencio y luego acepta aquella heroica proposición.

En el bloque de la muerte, los carceleros se percatan de que ocurre algo nuevo. En lugar de los habituales gritos de angustia, lo que oyen son cánticos. La presencia del padre Maximiliano ha transformado el ambiente de aquella horrible celda, haciendo que la desesperación deje sitio a una aspiración llena de esperanza, de aceptación y de amor hacia el cielo y hacia la Madre de Misericordia. La víspera de la Asunción, solamente el padre Maximiliano está plenamente consciente. En el momento en que los guardianes entran para rematarlo, él se encuentra rezando. Al ver la jeringuilla, él mismo alarga su descarnado brazo para la inyección mortal.

En vida, San Maximiliano Kolbe gustaba de repetir: «Aquí en la tierra solamente podemos trabajar con una mano, pues con la otra debemos aferrarnos para no caer. Pero en el Cielo será diferente, no habrá peligro de resbalar ni de caer, por lo que trabajaremos mucho más, con ambas manos». A él le pedimos que interceda, ante la Virgen Inmaculada y San José, por Usted y por todos sus seres queridos, vivos y difuntos.

Fuente: Dom Antoine Marie osb. http://www.clairval.com

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HOMILÍA DE JUAN PABLO II EN LA CANONIZACIÓN DE SAN MAXIMILIANO KOLBE

(10 de octubre de 1982)

1. «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13).

Desde hoy la Iglesia quiere llamar «santo» a un hombre a quien le fue concedido cumplir de manera rigurosamente literal estas palabras del Redentor.

Así fue. Hacia finales de julio de 1941, después que los prisioneros, destinados a morir de hambre, habían sido puestos en fila por orden del jefe del campo, este hombre, Maximiliano María Kolbe, se presentó espontáneamente, declarándose dispuesto a ir a la muerte en sustitución de uno de ellos.

Esta disponibilidad fue aceptada, y al padre Maximiliano, después de dos semanas de tormentos a causa del hambre, le fue quitada la vida con una inyección mortal, el 14 de agosto de 1941.

Todo esto sucedía en el campo de concentración de Auschwitz (Oswiecim), donde fueron asesinados durante la última guerra unos cuatro millones de personas, entre ellas la Sierva de Dios Edith Stein (la carmelita sor Teresa Benedicta de la Cruz), cuya causa de beatificación sigue su curso en la Congregación competente [fue canonizada por Juan Pablo II el 11 de octubre de 1998].

La desobediencia al mandamiento de Dios creador de la vida: «No matarás», causó en ese lugar la inmensa hecatombe de tantos inocentes. En nuestros días, pues, nuestra época ha quedado así horriblemente marcada por el exterminio del hombre inocente.

2. El padre Maximiliano Kolbe, prisionero del campo de concentración, reivindicó, en el lugar de la muerte, el derecho a la vida de un hombre inocente, uno de los cuatro millones.

Este hombre (Franciszek Gajowniczek) vive todavía y está aquí presente entre nosotros.

 El padre Kolbe reivindicó su derecho a la vida, declarando la disponibilidad de ir él mismo a la muerte en su lugar, ya que ese hombre era un padre de familia y su vida era necesaria para sus seres queridos.

De este modo, el padre Maximiliano María Kolbe reafirmó así el derecho exclusivo del Creador sobre la vida del hombre inocente y dio testimonio de Cristo y del amor.

Así, escribe, en efecto, el Apóstol Juan: «En esto hemos conocido la caridad: en que Él dio su vida por nosotros; y nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos» (1 Jn 3,16).

El padre Maximiliano, al que la Iglesia venera ya como «Beato» desde 1971, al dar su vida por un hermano, se asemeja a Cristo de manera particular.

3. Reunidos aquí hoy, domingo 10 de octubre, ante la basílica de San Pedro en Roma, nosotros queremos poner de relieve el valor especial que a los ojos de Dios tiene la muerte por martirio del padre Maximiliano Kolbe:

«Preciosa es a los ojos del Señor la muerte de los justos» (Salmo 115 [116],15). Así hemos repetido en el Salmo responsorial.

¡Verdaderamente es preciosa e inestimable!

 Mediante la muerte de Cristo en la cruz se realizó la redención del mundo, ya que esta muerte tiene el valor del amor supremo.

Mediante la muerte del padre Maximiliano Kolbe, un límpido signo de tal amor se ha renovado en nuestro siglo, que en tan alto grado y de tantos modos está amenazado por el pecado y la muerte.

Parece como si en esta liturgia solemne de la canonización se presentara entre nosotros aquel «mártir del amor» de Oswiecim (como lo llamó Pablo VI), diciendo:

«Yo soy tu siervo, Señor, siervo tuyo, hijo de tu esclava; rompiste mis cadenas» (Salmo 115 [116],16).

Y, como recogiendo en uno sólo el sacrificio de toda su vida, él, sacerdote e hijo espiritual de San Francisco, parece decir:

«¿Qué podré yo dar al Señor por todos los beneficios que me ha hecho? Alzaré el cáliz de salvación, invocando tu nombre, Señor» (Salmo 115 [116], 12s).

Estas palabras son palabras de gratitud. La muerte sufrida por amor, en lugar del hermano, es un acto heroico del hombre, mediante el cual, junto al nuevo Santo, glorificamos a Dios.

De Él, en efecto, proviene la gracia de semejante heroísmo, la gracia de este martirio.

4. Glorifiquemos, por tanto, hoy las grandes obras de Dios en el hombre.

Ante todos nosotros, reunidos aquí, el padre Maximiliano Kolbe levanta «el cáliz de la salvación», en el que está recogido el sacrificio de toda su vida, sellada con la muerte de mártir «por un hermano».

Maximiliano se preparó a este sacrificio definitivo siguiendo a Cristo desde los primeros años de su vida en Polonia.

De aquellos años data el sueño arcano de dos coronas: una blanca y otra roja, entre las que nuestro santo no elige, sino que acepta las dos. Desde los años de su juventud estaba invadido por un gran amor a Cristo y por el deseo del martirio.

Este amor y este deseo lo acompañaron en el camino de su vocación franciscana y sacerdotal, para la que se preparó en Polonia y en Roma.

Este amor y este deseo lo siguieron a través de todos los lugares de su servicio sacerdotal y franciscano en Polonia, y en su servicio misionero en Japón.

5. La inspiración de toda su vida fue la Inmaculada, a la que confiaba su amor por Cristo y su deseo del martirio.

En el misterio de la Inmaculada Concepción se desvelaba a los ojos de su alma aquel mundo maravilloso y sobrenatural de la gracia de Dios ofrecida al hombre.

La fe y las obras de toda la vida del padre Maximiliano indican que entendía su colaboración con la gracia como una milicia bajo el signo de la Inmaculada Concepción.

La característica mariana es particularmente expresiva en la vida y en la santidad del padre Kolbe.

Con esta señal quedó marcado todo su apostolado, tanto en su patria como en las misiones. En Polonia y en Japón fueron centro de este apostolado las especiales ciudades de la Inmaculada («Niepokalonów», polaco, «Mugenzai no Sono», japonés).

6. ¿Qué sucedió en el búnker del hambre del campo de concentración de Oswiecim (Auschwitz), el 14 de agosto de 1941?

A esta pregunta responde la liturgia de hoy: «Dios probó» a Maximiliano María «y lo encontró digno de sí» (cf. Sab 3,5). Lo probó «como oro en el crisol y le agradó como un holocausto» (cf. Sab 3,6).

Aunque «a los ojos de los hombres padecía un castigo», sin embargo, «su esperanza estaba llena de inmortalidad», ya que «las almas de los justos están en las manos de Dios y no les tocará tormento alguno».

Y cuando, humanamente hablando, les llega el tormento de la muerte, cuando «a los ojos de los hombres parece que mueren…», cuando «su partida de este mundo es considerada por nosotros como una desgracia…», «ellos están en paz»: tienen su vida y su gloria «en las manos de Dios» (cf. Sab 3,1-4).

Semejante vida es fruto de la muerte a la manera de la muerte de Cristo. La gloria es la participación en su resurrección.

¿Qué sucedió, pues, en el búnker del hambre, el día 14 de agosto de 1941?

Se cumplieron las palabras de Cristo a los Apóstoles, al «enviarlos a dar fruto y un fruto que permaneciese» (Jn 15,16).

El fruto de la muerte heroica de Maximiliano Kolbe perdura de modo admirable en la Iglesia y en el mundo.

7. Los hombres miraban lo que sucedía en el campo de «Auschwitz» (Oswiecim). Y, aunque a sus ojos les parecía que «moría» un compañero de su tormento, aunque humanamente podían considerar su «partida de este mundo» como «una desgracia», sin embargo, en su conciencia ésta no era simplemente «la muerte».

Maximiliano no murió, «dio la vida… por el hermano».

En esta muerte, terrible desde el punto de vista humano, estaba toda la definitiva grandeza del acto y de la opción humanas: voluntariamente se ofreció a la muerte por amor.

En esta su muerte humana había un testimonio transparente de Cristo: el testimonio dado en Cristo a la dignidad del hombre, a la santidad de su vida y a la fuerza salvadora de la muerte, en la que se manifiesta la fuerza del amor.

Por esto, la muerte de Maximiliano Kolbe se convirtió en un signo de victoria.

La victoria conseguida sobre todo el sistema de desprecio y odio hacia el hombre y hacia lo que de divino existe en el hombre; victoria semejante a la conseguida por nuestro Señor Jesucristo en el calvario.

«Seréis mis amigos si hacéis lo que yo os mando» (Jn 15,14).

8. La Iglesia acepta este signo de victoria, conseguida mediante el poder de la redención de Cristo, con veneración y con gratitud. Intenta leer su elocuencia con toda humildad y amor.

Como sucede siempre que proclama la santidad de sus hijos e hijas, también en este caso intenta obrar con toda la precisión y responsabilidad debidas, penetrando en todos los aspectos de la vida y muerte del Siervo de Dios.

Sin embargo, la Iglesia, al mismo tiempo, ha de estar atenta, leyendo el signo de santidad dado por Dios en su Siervo aquí en la tierra, a no dejar pasar su plena elocuencia y su significado definitivo.

Por eso, al juzgar la causa del Beato Maximiliano Kolbe –a partir de su beatificación–, se tomaron en consideración las diferentes voces del Pueblo de Dios, y, sobre todo, de nuestros hermanos en el Episcopado, tanto de Polonia como de Alemania, que pedían proclamar Santo a Maximiliano Kolbe como mártir.

Ante la elocuencia de la vida y la muerte del Beato Maximiliano, no puede dejar de reconocerse lo que parece constituye el contenido principal y esencial del signo dado por Dios a la Iglesia y al mundo con su muerte.

¿No constituye esta muerte, afrontada espontáneamente, por amor al hombre, un cumplimiento especial de las palabras de Cristo?

¿No hace esta muerte a Maximiliano, de modo especial, semejante a Cristo, modelo de todos los mártires, que ofreció su propia vida en la cruz por los hermanos?

¿No tiene una muerte semejante una especial y penetrante elocuencia precisamente para nuestra época?

¿No constituye un testimonio de especial autenticidad de la Iglesia en el mundo contemporáneo?

9. Por todo esto, en virtud de mi autoridad apostólica, he decretado que Maximiliano María Kolbe, que después de la beatificación era venerado como confesor, sea venerado en lo sucesivo también como mártir.

«Preciosa es a los ojos del Señor la muerte de los justos». Amén.

 Tomado de www.franciscanos.org

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Palabras del Papa Benedicto XVI sobre San Maximiliano

“Quien ora no pierde nunca la esperanza, aun cuando se llegue a encontrar en situaciones difíciles e incluso humanamente desesperadas.

Esto nos enseña la sagrada Escritura y de esto da testimonio la historia de la Iglesia.

 En efecto, ¡cuántos ejemplos podríamos citar de situaciones en las que precisamente la oración ha sido la que ha sostenido el camino de los santos y del pueblo cristiano!

Entre los testimonios de nuestra época quiero citar el de dos santos cuya memoria celebramos en estos días:  Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, cuya fiesta celebramos el 9 de agosto, y Maximiliano María Kolbe al que recordaremos mañana, 14 de agosto, vigilia de la solemnidad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María.

Ambos concluyeron su vida terrena con el martirio en el campo de concentración de Auschwitz.

Aparentemente su existencia se podría considerar una derrota, pero precisamente en su martirio resplandece el fulgor del amor que vence las tinieblas del egoísmo y del odio.

 A san Maximiliano Kolbe se le atribuyen las siguientes palabras que habría pronunciado en el pleno furor de la persecución nazi:  “El odio no es una fuerza creativa:  lo es sólo el amor”.

El generoso ofrecimiento que hizo de sí en cambio de un compañero de prisión, ofrecimiento que culminó con la muerte en el búnker del hambre, el 14 de agosto de 1941, fue una prueba heroica de amor.”

“Ave Maria!”:  fue la última invocación salida de los labios de san Maximiliano María Kolbe mientras ofrecía su brazo al que lo mataba con una inyección de ácido fénico.

Es conmovedor constatar que acudir humilde y confiadamente a la Virgen es siempre fuente de valor y serenidad.

Mientras nos preparamos a celebrar la solemnidad de la Asunción, que es una de las fiestas marianas más arraigadas en la tradición cristiana, renovemos nuestra confianza en Aquella que desde el cielo vela con amor materno sobre nosotros en todo momento.

Esto es lo que decimos en la oración familiar del avemaría, pidiéndole que ruegue por nosotros “ahora y en la hora de nuestra muerte”. 

(Audiencia General. Palacio pontificio de Castelgandolfo. Miércoles 13 de agosto de 2008)

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Palabras del Papa  Juan Pablo II 

“Hijo humilde y bondadoso de San Francisco y caballero enamorado de María Inmaculada, cruzó los caminos del mundo, desde Polonia a Italia y al Japón, haciendo el bien a todos, a imitación de Cristo que pertransiit benefaciendo (cf. Act 10, 38).

Jesús, María y Francisco fueron sus tres grandes amores, es decir, el secreto de su heroica caridad.

«Sólo el amor crea», repetía a cuantos se le acercaban.

Y ésta es la expresión que, como lámpara, ilumina toda su vida.

Fue este alto ideal este deber primordial de todo cristiano auténtico, el que le hizo superar la crueldad y la violencia de su tremenda prueba con el espléndido testimonio de su amor fraterno y del perdón concedido a los perseguidores. 

El ejemplo y la ayuda del Beato Maximiliano puedan conducirnos también a nosotros al verdadero y desinteresado amor cristiano hacia todos los hermanos en un mundo en el que el odio y la venganza no cesan de desgarrar la convivencia humana.” 

(Palabras del Papa Juan Pablo II en la Capilla dedicada al Beato Maimiliano Kolbe. Domingo 18 de febrero de 1979)

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ALGUNOS DE SUS ESCRITOS

“Queridísimos hijos, ¡cómo desearía decirles y repetirles lo buena que es la Inmaculada, para poder alejar para siempre de sus pequeños corazones la tristeza, el abatimiento interior y el desaliento.

La sola invocación “¡María”, aun con el alma sumergida en las tinieblas, en las arideces y hasta en la desgracia del pecado, produce un eco muy fuerte en su Corazón que tanto nos ama. Y cuanto más infeliz es el alma, hundida en las culpas, tanto más la rodea de amorosa y solícita protección la Virgen, que es refugio de nosotros, los pecadores.

No se aflijan en absoluto si no sienten tal amor. Si quieren amar, esto es ya un signo seguro de que están amando. Se trata sólo de un amor que procede de la voluntad. También el sentimiento exterior es fruto de la gracia, pero él, no siempre sigue inmediatamente la voluntad.” (SK 509)

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Queridos hijos, recordemos que el amor vive y se nutre de sacrificios.

Agradezcamos a la Inmaculada por la paz interior y los  éxtasis de amor; sin embargo, no olvidemos que todo esto, aunque bueno y hermoso no es en absoluto la esencia del amor; y el amor, y más el amor perfecto, puede existir también sin todo eso.

El vértice del amor es el estado en el que vino a hallarse Jesús en la cruz, cuando dijo: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Sin sacrificio no hay amor”. (SK 503)

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“Cuando el amor a la Inmaculada, a la bondad de Dios en ella, al amor del Corazón divino que se personificó en Ella, cuando tal amor nos aferre y nos compenetre, entonces los sacrificios llegará a ser una necesidad para nuestra alma” (SK 503)

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“Los hermanos que crucifican son un tesoro: ¡ámalos! Ser crucificados por amor del Crucificado es la unica felicidad en la tierra (SK 968)

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“El verdadero enamorado de la Virgen busca, más bien, la oportunidad de acudir a Ella lo más a menudo posible y permanecer lo más que puede a sus pies (dentro de los límites que le permiten sus deberes de estado). Le confía todas sus dificultades y sus preocupaciones y él mismo, dentro de los límites que sus fuerzas le consienten, reflexiona y trabaja para que las obras de María procedan de la manera mejor y que su reino se dilate en las almas de todos los que viven ahora y vivirán en el futuro.(..) ¿Y dónde sacar la luz para saber qué y cómo obrar, sino a los pies de Ella?

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“La renovación de una Orden religiosa equivale a la conversión y a la santificación de sus miembros. Por esto cuanto más se acerca a la Inmaculada una orden religiosa, tanto más se renueva, se desarrolla, vuelve a florecer y se reviste de frutos: santos, incluso canonizados” (SK 668)

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Acercarnos a Ella, hacernos semejantes a Ella, permitirle que tome posesión de nuestro corazón y de todo nuestro ser, que Ella viva y obre en nosotros y por medio de nosotros, que Ella misma ame a Dios con nuestro corazón. Pertenecerle a Ella sin restricción alguna: he aquí nuestro ideal.

Penetrar activamente en nuestro ambiente, conquistar los hermanos para Ella, de manera tal que ante Ella se abran también los corazones de nuestros vecinos, para que Ella extienda su dominio a los corazones de todos aquellos que viven en cualquier rincón de la tierra sin tener en cuenta la diversidad de raza, de lengua, y también a los corazones de todos los que vivirán en cualquier momento histórico, hasta el fin del mundo: He aquí nuestro Ideal. (EK 1210)

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Ser su servidor, hijo, esclavo de amor, cosa, propiedad, en fin, pertenecer a Ella bajo todos los aspectos, durante toda la vida, la muerte y la eternidad.

Hacerse suyos cada vez más, de manera cada vez más perfecta, hacerse semejantes a Ella, unirse a Ella, llegar a ser en cierto modo Ella misma, para que se adueñe cada vez más de nuestra alma, se apodere totalmente de nuestro ser, de manera tal que la Inmaculada misma piense, hable, ame a Dios y al prójimo y actúe.

Quien se hace propiedad de Ella de manera cada vez más perfecta ejercitará un creciente influjo en el ambiente que lo rodea y estimulará a los demás a conocer cada vez más perfectamente a la Inmaculada, a amarla cada vez más ardientemente, a acercarse cada vez más a Ella, hasta llegar a ser totalmente, sin ninguna limitación Ella misma. (EK 1211)

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 ”Podemos consagrarnos a la Inmaculada usando cualquier expresión, siempre que renunciemos a nuestra voluntad para cumplir sus órdenes, que se nos presentan en los Mandamientos de Dios y de la Iglesia, en los deberes del propio estado y en las inspiraciones interiores.

Esta actividad de la Inmaculada será tanto más eficaz cuanto más tratemos de profundizar nuestra formación espiritual.

Así pues, la consagración a la Inmaculada lleva consigo la necesidad de trabajar con vistas al perfeccionamiento de nosotros mismos y de nuestras inclinaciones.

Sólo entonces -cuando seamos perfectamente obedientes a la Inmaculada llegaremos a ser un instrumento ejemplar en sus manos apostólicas.

Seremos apóstoles con el ejemplo de nuestra vida, apóstoles mediante nuestras obras. (EK 1220)

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Don Bosco y el Santísimo Sacramento

Febrero 1, 2009

17b

Todo lo que se relacionaba con el culto divino, constituía el anhelo de su alma.

Cuando fue sacristán en el seminario de Chieri, así era ahora de solícito exigiendo limpieza y orden en los vasos sagrados y en los ornamentos, y vigilando para que, ni de día ni de noche, estuviera apagada la lámpara del sagrario.

Le gustaba quitar las telarañas, limpiar el polvo del altar, barrer la iglesia, fregar el presbiterio.

Él, tan pobre, primero soñaba y, luego, levantaba iglesias de sorprendente magnificencia, y exigía en ellas, como hasta ahora en sus Oratorios, el mayor decoro posible y la máxima limpieza, hasta en la sacristía.

Se preocupaba de su adorno y del porte devoto de los muchachos.

Insistía para que hicieran bien la señal de la cruz y las genuflexiones.

No podía tolerar que se faltase a la debida reverencia del lugar sagrado y de los santos misterios, y recomendaba a todos que reflexionaran quién estaba en el sagrario.

Experimentaba una gran pena cuando veía o sabía que alguno estaba con poca devoción, y sin respeto humano avisaba al negligente, aunque fuese un extraño.

Cumplía escrupulosamente las órdenes del Superior Eclesiástico Diocesano referentes al culto.

En las grandes solemnidades no quería que se llamaran músicos del teatro o de poca piedad, porque no sabían guardar la debida compostura y perdían el respeto a la presencia real de Jesucristo.

Él visitaba todas las iglesias ante las cuales pasaba, aún en aquellos lugares donde se encontraba con una a cada paso, y, estando enfermo, se le vio santiguarse frecuentemente y volverse hacia la iglesia en acto de adoración.

Recomendaba a los sacerdotes que fueran a recitar el breviario ante el Santísimo Sacramento.

Le afligía el pensamiento de que Jesús fuese poco honrado en muchas partes de la tierra, y animaba a las personas caritativas y piadosas para proveer de ornamentos y vasos sagrados a las iglesias pobres y a las capillas de las lejanas misiones y para ayudar a su construcción y conservación.

No recordamos haberle visto nunca sentado en la iglesia, salvo para escuchar los sermones.

No se veía la menor afectación en su porte. Siempre de rodillas, el cuerpo inmóvil, derecho, con las manos juntas sobre el reclinatorio o sobre el pecho, la cabeza ligeramente inclinada, la mirada fija, el rostro sonriente.

Ni el menor rumor a su alrededor le distraía. El que estaba a su lado se veía obligado a rezar bien como él.

En su rostro se reflejaban la fe y la caridad ante la presencia del Divino Salvador.

El estudio de la música en el Oratorio estaba al servicio de la iglesia; a veces, el mismo don Bosco enseñaba un cántico aún cuando hubiese otros a quienes encomendar aquel trabajo. Para animar a esta enseñanza, se resolvió a pedir a Pío IX indulgencias especiales en favor de maestros y alumnos, y tenía una gran alegría cuando los muchachos interpretaban bien el canto gregoriano.

En efecto, daba la máxima importancia a todas las solemnidades religiosas.

No dejó de celebrar la misa de Nochebuena él mismo, hasta los últimos años de su vida, y excitaba a todos a la más viva devoción la alegría que se transparentaba en su rostro.

Durante la semana santa celebraba también todas las funciones prescritas para la mañana y los oficios de las tinieblas por la tarde, con tal recogimiento que conmovía a los asistentes.

Pero antes explicaba con gran complacencia a sus muchachos todas aquellas admirables ceremonias.

Nos hablaba de ello Juan Villa, que le oyó en 1855.

La bendición de las candelas, de la garganta, de la ceniza y de los ramos y palmas nunca las omitía. Había establecido que hubiera en el Oratorio cada año tres días para la exposición de las Cuarenta Horas, y que un grupo de artesanos y de estudiantes, con sacerdotes y clérigos, se alternasen continuamente para la adoración.

Entonces se abría también la iglesia al público y él acudía como los demás para hacer su hora.

Mientras las fuerzas se lo permitieron, iba a la procesión del Santísimo Sacramento de la catedral con sus muchachos, a los cuales enviaba también a la parroquia y, aún a otras iglesias, en los días fijados para esa procesión, con el fin de hacerla más solemne.

Pero, si en muchas de estas funciones reservaba don Bosco para sí en el Oratorio el papel principal, no rehusaba el cumplir con otros servicios menores.

Invitó en una ocasión a un Canónigo para dar la Bendición y él hizo de turiferario (encargado de llevar el incensario)

Si, al pasar junto a una iglesia, oía la campanilla indicando que faltaba un monaguillo, entraba él inmediatamente, tomaba el misal e invitaba al sacerdote a salir al altar.

Varias veces cumplió con el oficio de acólito en diversas centros de educación.

Mas, como era delicadísimo en su trato, nunca habría invitado para un ministerio inferior a quien era superior a él, aunque reconociese en él sus propios sentimientos.

Sabía apañárselas para no faltar al debido respeto.

-Todavía estamos a tiempo, observó don José Cafasso. ¿Por qué no podemos ir nosotros? Si es verdad que no somos cuatro, somos tres, que es mejor que ninguno. Dicho y hecho.

Estábamos cerca, volvimos atrás y llegamos precisamente cuando el sacerdote salía al altar con el turiferario. Tomamos cada uno de nosotros un hachón y salimos reverentemente al altar.

Don José Cafasso se quedó a la derecha, don Bosco a la izquierda, yo en medio y asistimos a la Bendición.

Después de esto el piadoso Giacomelli, director del Instituto, no acababa de agradecer a don José Cafasso su atención; pero él le respondió que era siempre una suerte poder ejercer el más bajo ministerio en la casa de Dios. -¡Qué lección para los melindres de ciertos clérigos! Hasta aquí don Santiago Bellia.

Del gran espíritu de fe para estos ministerios inferiores, se puede deducir el ardor de nuestro buen Padre para los servicios mayores

Cuando celebraba la santa misa estaba tan bien compuesto, tan concentrado, tan devoto, tan exacto, que edificaba grandemente a los fieles.

Pronunciaba las oraciones y las partes de la santa misa, que se deben proferir en alta voz, con gran claridad para que las oyesen todos los asistentes, y con mucha unción.

Nunca empleaba más de media hora ni menos de la tercera parte de la hora, de acuerdo con las normas de Benedicto XIV; recomendaba lo mismo a sus sacerdotes.

Le gustaba que se distribuyera la comunión a los fieles a continuación de la del sacerdote y no antes o después de la misa, para secundar el espíritu de la Iglesia y uniformarse con el uso de los primeros siglos del cristianismo.

Experimentaba un gusto especialísimo en administrar la santa comunión y se le oía pronunciar las palabras con gran fervor de espíritu.

No dejaba de celebrar la misa, si no era realmente por gravísima necesidad. Cuando debía emprender un viaje muy de mañana, anticipaba la misa acortando su descanso, o la decía, con gran incomodidad, al llegar a su destino, aun cuando fuese muy tarde.

De cuando en cuando surcaban sus rostro las lágrimas. Quedaba cortado, no sabemos si en éxtasis o a causa de fervores extraordinarios.

Sucedió, en alguna ocasión, que, después de la elevación, apareció arrebatado, dando la impresión de que veía a Jesucristo con sus propios ojos.

Frecuentemente, en el momento de la consagración, se cambiaba su rostro de color y tomaba tal expresión que parecía un santo, al decir de la gente.

Sin embargo, no había en él la más mínima afectación; siempre tranquilo y natural en sus movimientos, no dejaba entrever, particularmente en las iglesias públicas, nada de extraordinario.

Pero los fieles, lo mismo en Turín que allí adonde fuere, acudían premurosos en gran número y experimentaban un gran placer en ir, si sabían la hora, para verle celebrar y alcanzar el socorro de sus oraciones.

Las personas que gozaban de altar privado, se consideraban afortunadas cuando podían tenerle para celebrar la misa en su casa.

Hablaba siempre de la importancia del Santo Sacrificio. Sugería a los suyos por regla, y a los demás como consejo, la asistencia diaria a la misa, recordando las palabras de San Agustín, de que no perecerá de mala muerte el que oye devotamente y con asiduidad la santa misa.

Recomendaba, a quienes deseaban alcanzar gracias y recurrían a él, que la hiciesen celebrar, la oyesen y participaran en ella con la frecuente comunión.

Decía, además, que el Señor atiende de un modo especial las oraciones bien hechas en el momento de la elevación de la santa hostia.

Era exactísimo, al mismo tiempo, en tomar nota de las limosnas para misas y en cumplir con esa obligación de justicia.

Pero, al encontrarse, años después, frecuentemente apremiado por muchas personas que le ofrecían limosnas para este fin, ante la duda de que alguna pudiera ser olvidada, se acostumbró a hacer celebrar cada día una misa, como compensación de las que por azar no se hubiese recordado.

Este su celoso empeño para que ninguno de los fieles se privase de tantas gracias celestiales a ellos debidas y su constante fervor en el altar, ciertamente deben ser atribuidos al pensamiento fijo y continuo del gran acto que debía realizar cada mañana.

Diremos, en primer lugar, que a veces iba a rezar a la iglesia de San Francisco de Asís, en la capilla donde había celebrado su primera misa, y allí renovaba los propósitos hechos en aquel solemne día.

Llevaba siempre consigo el manual de las ceremonias de la misa y lo leía a menudo para no olvidar las más mínimas rúbricas.

De acuerdo con este modelo se formaron sus sacerdotes.

El buen marqués Scarampi dijo a monseñor Cagliero: -Yo vengo muy a gusto a oír la misa en el Oratorio, porque los sacerdotes jóvenes de don Bosco dicen la misa lo mismo que los viejos: en cambio, veo en otras partes a sacerdotes viejos que la dicen como los jóvenes, esto es, apresuradamente.

Y don Bosco les exhortaba, durante los ejercicios espirituales, a que se ayudasen la misa unos a otros, para descubrir los defectos contraídos por la costumbre, sin darse cuenta de ello, y se avisasen fraternalmente.

También él lo hacía así y les corregía hasta de los detalles más pequeños y recomendaba que alguno tuviese la caridad de observarle a él y corregirle los defectos que encontrase.

Antes del santo Sacrificio hacía la necesaria preparación y daba gracias después,de no ser impedido por una grave necesidad, espiritual o moral.

Entonces sacrificaba su gusto espiritual por la caridad del prójimo.

Pero, decía don Ascanio Savio íntimamente convencido, que después don Bosco, a solas, en su habitación o en la iglesia, daba libre expansión a su corazón para desahogarse con Dios.

Cuidaba que los sacerdotes de su casa cumplieran con estos deberes y, como preparación remota, observaba y hacía observar riguroso silencio en la iglesia y en la misma sacristía, como todavía se observa al presente.

Si se veía obligado a tratar de algo espiritual, lo hacía en voz baja, desaprobando a quien actuare de otro modo. Ya cuando estábamos en el Seminario, afirmaba don Juan Giacomelli, me explicó el significado de las letras S. T. que se ven en los antiguos claustros, a saber: Silentium tene! (íGuarda silencio!)

Había mandado, además, que desde las oraciones de la noche hasta después de la misa del día siguiente, no se dijera nada.

Nos sucedió varias veces encontrarnos con él por la mañana, a tiempo de que bajaba de su habitación para ir a la iglesia.

En aquel momento aceptaba el saludo con una sonrisa, se dejaba besar la mano, pero no profería una palabra: tal era su recogimiento como preparación a la misa.

Quería que ésta fuese servida con exactitud y fue siempre una de sus preocupaciones enseñar a los muchachos a ayudarla.

El año 1902 contaban en Sassi a don Juan Garino algunos ancianos que ellos habían aprendido con don Bosco a ayudar a misa, cuando estuvo delicado y fue huésped de su párroco durante unas semanas.

Determinó, en efecto, que todos los jueves se enseñase a los clérigos a ayudar a la misa cantada y que todas las tardes se hiciera lo mismo con los muchachos estudiantes y artesanos a fin de que aprendiesen a ayudar bien a la misa rezada y a pronunciar despacio todas las palabras.

Si alguno, al ayudarle a él a misa, no lo hacía perfectamente, al volver a la sacristía le avisaba y le animaba a aprender mejor; le decía los fallos que había cometido y le prometía un hermoso regalo, si se corregía.

Todo esto y siempre con aquellos modos corteses, tan suyos.

Ayudaba cierto día un muchacho la misa a don Bosco y se comía las palabras. Don Bosco, de vuelta a la sacristía, y habiéndose quitado los ornamentos sagrados, le dijo en voz baja: -íTú tienes demasiado apetito! ¿Por qué? -Porque te comes hasta las palabras de la misa. El muchacho no respondió y se pasó el día repitiendo las palabras que estaba acostumbrado a engarbullar. Al día siguiente le llamaron de nuevo para ayudar la misa. Al acabar dijo el muchacho a don Bosco: ¿Y qué me dice ahora del apetito? -Disminuye, disminuye, respondió don Bosco. Otro día, contaba don Domingo Milanesio, avisó don Bosco al monaguillo de una falta por él cometida al ayudar la misa. El muchacho, que era muy agudo y franco, le respondió: -íTambién usted ha cometido una falta! Y le dijo cuál era. Quizá por inadvertencia, cosa rara, había bendecido el agua para mezclarla con el vino aunque se trataba de una misa de difuntos. Don Bosco le respondió cariñosamente: -íQué quieres! Somos dos sciapin, esto es, dos chapuceros.
Su respuesta es un prueba de su gran humildad.

Recordaremos también que don Bosco fue un apóstol de la comunión frecuente y de la visita cotidiana al Santísimo Sacramento.

Frecuentemente, cuando predicaba y describía el inmenso amor de Jesús a los hombres, lloraba de emoción y hacía llorar a los demás.

Hasta durante el recreo, si hablaba de la Santísima Eucaristía, se encendía su rostro con santo ardor y repetía a los muchachos: -Queridos muchachos, ¿queremos estar alegres y contentos? Amemos con todo el corazón a Jesús Sacramentado. Con sus palabras se sentían los corazones penetrados de la verdad de la presencia real de Jesucristo. Imposible describir su alegría cuando llegó a ver en la iglesia todos los días cierto número de muchachos que comulgaban por turno.

Recomendaba a jóvenes y adultos vivir en tal estado de conciencia que pudieran acercarse, con el consejo del confesor, a la sagrada mesa diariamente. No dudaba en autorizar para ello a quien estaba suficientemente dispuesto. Pero, cuando hablaba sobre la comunión sacrílega, lo hacía con tales acentos que a los muchachos se les helaba el corazón y concebían verdadero espanto de tan enorme pecado.

Habiéndole observado un día el padre Giacomelli su fácil propensión para permitir la comunión a los muchachos, respondió inmediatamente que la Iglesia, como se lee en las actas del Concilio Tridentino, exhorta a que siempre que se celebre la santa misa, haya fieles que comulguen. Y para alcanzar este fin, fundaba asociaciones y compañías, invitaba a la asistencia insistentemente con motivo de triduos, novenas y fiestas, imprimía numerosos opúsculos para repartir entre el pueblo, gratis o a bajo precio, por millares de ejemplares, recomendando su lectura a los muchachos.

Por eso no se cansaba de confesar y se dedicaba ardorosamente a preparar niños para la primera comunión, preocupado de que este acto revistiese la máxima importancia y hasta, si era posible, singular solemnidad. No es de extrañar, pues, que las comuniones de los muchachos resultasen agradables al Señor. A menudo, al darles las buenas noches, invitaba a rezar y a hacer al día siguiente con gran fe la comunión a todos los que pudieran, diciéndoles que necesitaba grandes gracias para la Casa, y muchas veces se le oía decir al día siguiente que el Señor les había oído. Decía que el bien que él y los suyos hacían, que las gracias concedidas por la Virgen y las limosnas de los bienhechores eran un efecto de la intercesión y de las comuniones de sus alumnos. No atribuía nada a su mérito.

Cuántas veces le oímos exclamar: Non nobis, Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam (No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria), y repetir: la Divina Providencia nos ha enviado este o aquel socorro.

Finalmente, queremos hacer observar, como resulta de lo ya dicho, cuán grande era su unión con Dios, hasta en lo que llamaríamos su vida exterior. Al examinar su prodigiosa actividad, siempre ocupada en incontables obras de caridad y de religión, se siente uno inclinado a creer que se trataba de un hombre calculador y de acción, y que se contentaba con las oraciones obligatorias. Su vida era Jesucristo. Sus secretarios le vieron empezar siempre el trabajo con una intensa elevación de la mente a Dios. Mientras pudo y se lo permitieron las fuerzas, rezaba juntamente con los muchachos las oraciones de la noche, de rodillas sobre el duro pavimento de los pórticos, con el cuerpo recto, y si veía que algún muchacho no hacía bien la señal de la cruz no dejaba de advertírselo. Hasta las cortas plegarias, que se solían hacer antes y depués de comer, las recitaba con gran compostura. Muchas veces, escribe don Miguel Rúa, le sorprendí recogido en oración en los cortos instantes en que se encontraba solo, necesitado de un poco de descanso.

El mismo dijo un día a cierto hermano, con el que tenía mucha confianza: -A veces no puedo atender normalmente a la lectura espiritual, y entonces, antes de acostarme, de rodillas en el suelo, releo o al menos recuerdo despaciosamente algunos versículos de la Imitación de Cristo. En fin, con el espíritu y el corazón fijos en Jesús Sacramentado, vivía en continua plegaria.”

Memorias Biográficas de Don Bosco. Volumen 4

24 de Junio: Solemnidad del nacimiento de San Juan Bautista, patrono de la Legión

Junio 23, 2008

SAN JUAN BAUTISTA

San Juan Bautista no quedó formalmente incluido entre los santos patronos de la Legión hasta el 18 de diciembre de 1949. Cosa extraña y difícil de explicar, pues el hecho es que este santo es el que está relacionado más íntimamente con la espiritualidad legionaria, si exceptuamos al glorioso San José.

a) San Juan Bautista fue el primer legionario y el prototipo de todos ellos: como precursor, fue delante del Señor para prepararle el camino y enderezar las sendas; y fue también modelo de firmeza inquebrantable por la causa de Jesucristo, por la que estuvo siempre pronto a morir, y por la cual, de hecho, murió mártir.

b) Además, su formación espiritual la recibió de la misma María, como la deben recibir todos los legionarios. Declara San Ambrosio que la principal razón de prolongar la Virgen su visita a Santa Isabel fue formar y preparar al niño para su oficio de gran profeta. Y la catena -nuestra plegaria central, y la única que obliga diariamente a todos los legionarios, activos y auxiliares- ensalza la hora de esa formación del Precursor.

c) El episodio de la Visitación presenta por primera vez a nuestra Señora en su calidad de Medianera de la divina Gracia, y a San Juan como el primero en beneficiarse de dicha mediación. No es extraño, pues, que a San Juan se le mirara desde un principio como patrón especial de la Legión y de cuanto la Legión emprende, en sus contactos personales, visitas, etc., porque todo ello no es más que un esfuerzo para colaborar al oficio mediador de la santísima Virgen.

d) San Juan -elemento integrante de la misión de nuestro Señor- tiene que entrar necesariamente en cualquier organización que busque perpetuar dicha misión. El Precursor sigue siendo indispensable. Si no interviene para presentar a Jesús y a María, ¿quién sabe si Ellos no querrían mostrarse? Este puesto especial que ocupa San Juan lo tienen que reconocer los legionarios, y, por su fe en él, le deben facilitar que siga ejerciendo mediante ellos su labor precursora. “Si Jesús es siempre El que ha de venir, San Juan es igualmente el que va delante; pues la economía de la Encarnación histórica continúa a través del Cuerpo místico” (Daniélou).

e) El lugar propio para la invocación de San Juan está en las oraciones finales, inmediatamente después de la Legión angélica. Así, en las oraciones de la Legión tenemos un conjunto perfecto: el Espíritu Santo -presentándose como “columna de fuego” mediante la santísima Virgen- domina la Legión; la Legión angélica, con San Miguel a la cabeza, apoya la lucha; y delante, como explorador, va San Juan, el Precursor, desempeñando su oficio providencial, como siempre; y, por fin, los generales de ejército San Pedro y San Pablo.

f) San Juan Bautista tiene dos fiestas, la de su nacimiento y la de su martirio. La primera se celebra el día 24 de junio, y la segunda el 29 de agosto.

“Yo creo que el misterio -sacramentum- de Juan se viene cumpliendo en el mundo de nuestros días. A todo aquel que ha de creer en Jesucristo se le ha de comunicar interiormente la virtud y el espíritu de Juan, el cual prepara al Señor un pueblo perfecto, endereza las sendas escabrosas del corazón y allana los caminos. Hasta el día de hoy la virtud y el espíritu de Juan preceden a la venida del Señor y Salvador” (Orígenes).

Manual oficial de la Legión de María. Capítulo XXIV: Patronos de la Legión

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Palabras pronunciadas por el Santo Padre Benedicto XVI luego del rezo del Angelus, el domingo 24 de junio de 2007: Solemnidad de san Juan Bautista

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, 24 de junio, la liturgia nos invita a celebrar la solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista, cuya vida estuvo totalmente orientada a Cristo, como la de su madre, María. San Juan Bautista fue el precursor, la “voz” enviada a anunciar al Verbo encarnado. Por eso, conmemorar su nacimiento significa en realidad celebrar a Cristo, cumplimiento de las promesas de todos los profetas, entre los cuales el mayor fue el Bautista, llamado a “preparar el camino” delante del Mesías (cf. Mt 11, 9-10).

Todos los Evangelios comienzan la narración de la vida pública de Jesús con el relato de su bautismo en el río Jordán por obra de san Juan. San Lucas encuadra la entrada en escena del Bautista en un marco histórico solemne. También mi libro Jesús de Nazaret empieza con el bautismo de Jesús en el Jordán, acontecimiento que tuvo enorme resonancia en su tiempo.

De Jerusalén y de todas las partes de Judea la gente acudía para escuchar a Juan Bautista y para hacerse bautizar por él en el río, confesando sus pecados (cf. Mc 1, 5). La fama del profeta que bautizaba creció hasta el punto de que muchos se preguntaban si él era el Mesías. Pero él —subraya el evangelista— lo negó decididamente: “Yo no soy el Cristo” (Jn 1, 20). En cualquier caso, es el primer “testigo” de Jesús, habiendo recibido del cielo la indicación: “Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo” (Jn 1, 33). Esto aconteció precisamente cuando Jesús, después de recibir el bautismo, salió del agua: Juan vio bajar sobre él al Espíritu como una paloma. Fue entonces cuando “conoció” la plena realidad de Jesús de Nazaret, y comenzó a “manifestarlo a Israel” (Jn 1, 31), señalándolo como Hijo de Dios y redentor del hombre: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29).

Como auténtico profeta, Juan dio testimonio de la verdad sin componendas. Denunció las transgresiones de los mandamientos de Dios, incluso cuando los protagonistas eran los poderosos. Así, cuando acusó de adulterio a Herodes y Herodías, pagó con su vida, coronando con el martirio su servicio a Cristo, que es la verdad en persona.

Invoquemos su intercesión, junto con la de María santísima, para que también en nuestros días la Iglesia se mantenga siempre fiel a Cristo y testimonie con valentía su verdad y su amor a todos.

San José María Robles Hurtado

Mayo 2, 2008

 

Apóstol incansable del Corazón Eucarístico de Jesús

1888 – 1927
Sacerdote, Escritor, Fundador y Mártir Mexicano
Festividad: 26 de junio

José María nació el jueves 3 de mayo de 1888, Festividad de la Santa Cruz, en Mascota, Jalisco (México)
En 1901 ingresó al Seminario de Guadalajara. En 1904 estuvo a punto de dejar el Seminario al sufrir varias enfermedades y pretextando pueriles penalidades; pero sus padres, con amor y energía, le hicieron recapacitar en la sublimidad de su vocación, y al practicar unos ejercicios espirituales se afianzó en su vocación. Uno de los males que lo aquejaban, eran fuertes dolores de cabeza, por vista cansada, que desaparecieron al adaptarle los lentes, que usó por el resto de su vida.

Era inteligente y muy estudioso, por lo que siempre se distinguió con máximas calificaciones. Fue tonsurado en enero de 1905. Siendo estudiante de Teología, en 1908 acompaña a uno de sus profesores, don Ignacio Plascencia, nombrado Obispo de Tehuantepec, para misionar durante cuatro meses y medio en el estado de Oaxaca. En 1911 recibió el Subdiaconado y el Diaconado; un año más tarde le confiaron los cargos de vicerrector y ecónomo del Seminario.

Poco antes de cumplir los 25 años de edad, fue ordenado sacerdote el 22 de marzo de 1913 en el templo de la Soledad de Guadalajara, por el Excmo. Sr. Arzobispo Francisco Orozco y Jiménez. Sus primeros ministerios estables empezaron en Guadalajara. Fue capellán de las “Siervas de Jesús Sacramentado”, y director del “Instituto del Sagrado Corazón” (primaria y preparatoria) que desapareció con el avance de las fuerzas de Obregón. En Mayo de 1914 fue enviado a su natal Mascota en vacaciones forzadas y adelantadas.

No podía regresar a Guadalajara porque había represalias contra el clero, permaneció en Mascota hasta 1916. Allí se dedicó a escribir algunos folletos de inspiración ascética: “Esclavos del Corazón de Jesús en María”, “Tratado sobre la Oración”, “Conozcámosle” y “Anhelos del Corazón Eucarístico de Jesús”.

Otros de sus escritos que se han publicado son: “Viacrucis Eucarístico”, “Novena en honor de la Bienaventurada (ahora Santa) Margarita María Alacoque”, “Las Virtudes”, “Enseñanzas Espirituales” (este último es un compendio de los Consejos, Cartas Colectivas, Escritos Varios y Testamento; todos dirigidos a sus Hijas Religiosas).

ESCRITOR

El estilo del Padre José María Robles en sus cartas es llano, sencillo y de naturaleza afectuosa. Su poesía es totalmente religiosa: se cuentan 60 composiciones en verso (dramáticas unas, líricas otras) y 56 himnos vertidos al latín.

La prensa era su arma favorita. La esgrimía con oportunidad y habilidad. Desde que era seminarista aportó sus versos satíricos y su prosa apologética en publicaciones católicas en contra de pasquines blasfemos y anticlericales. Ya siendo sacerdote difundía la piedad, combatía el error, propagaba la buena nueva, las oraciones, los cánticos y sus versos en periódicos y hojas semanales llamadas: “El Chis-Chas”, “La Luz del Hogar”, y “La Voz Amiga”.

FUNDADOR

Siendo capellán en Mascota de las religiosas del “Verbo Encarnado”, y durante la celebración de la Misa, en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, 11 de junio de 1915, tuvo la inspiración de fundar una congregación religiosa cuyo carisma se inspiraba en el pensamiento: “Ya no verdugos, sino víctimas del Corazón Eucarístico de Jesús”.

En 1916 fue destinado como ministro a la Parroquia de Nochistlán, Zacatecas, cuyo párroco era el Sr. Cura Román Adame (ahora Santo Mártir). Allí fue nombrado profesor del Seminario Auxiliar y en su ministerio dio pruebas innumerables de obediencia, piedad, laboriosidad y abnegación. Por unos cuantos días fue trasladado como ministro a Mexticacán, Jalisco, pero regresó nuevamente a Nochistlán.

El 27 de diciembre de 1918 fundó la congregación de “Víctimas del Corazón Eucarístico de Jesús”, después de vencer serios obstáculos y siempre con ejemplar sumisión a las autoridades eclesiásticas. Siete fueron las hermanas fundadoras.

PÁRROCO

En diciembre de 1920 fue nombrado párroco de Tecolotlán, Jalisco. Mes y medio más tarde fue nombrado también Vicario Foráneo, o representante del Obispo en una región territorial de la Arquidiócesis de Guadalajara, que la formaba Tecolotlán, Tenamaxtlán, Unión de Tula, Ayutla y Juchitlán; todas estas poblaciones situadas a la mitad del camino de Guadalajara a la costa sur del Estado de Jalisco. Sus deberes eran: ejercitar cierta supervisión sobre los Párrocos de su Vicaría, y suplirlos en caso de necesidad.

Desde su primer sermón se ganó la confianza y admiración de sus feligreses y con su fervorosa predicación comenzó a encender en el corazón de todos el amor al Sacratísimo Corazón de Jesús. Una de sus primeras preocupaciones fue visitar el hospital y al encontrarlo en ruinas concibió la idea de reedificar la finca.

Formó grupos de fieles para integrarlos a la labor parroquial, sin distinción de clases, sexos o edades. Tuvo especiales atenciones para los obreros, a quienes exhortaba a la fraternidad y a la observancia de una vida netamente cristiana.

Se ganó la simpatía de sus feligreses por brindarles un trato siempre amable, de sincera amistad, de estímulo al cumplimiento de sus deberes.

Se distinguió por la perseverancia y constancia en superar los obstáculos, como el caso de la fundación de su congregación, pero su virtud relevante era el amor al Corazón de Jesús y su deseo vehemente de salvar a los hombres. Celebraba la Santa Misa con mucho fervor y trataba de infundir en sus feligreses el amor a la Eucaristía.

Amaba entrañablemente a la Santísima Virgen. Lleno de caridad para con todos se prodigaba en el confesionario y en la atención a los enfermos.

MOVIMIENTO CRISTERO

El diccionario de la Real Academia Española, desconoce la palabra “cristero”. Es de origen netamente mexicano, formada del grito de victoria a CRISTO REY: ¡Viva Cristo Rey!, que anduvo en boca de todos los combatientes durante la epopeya de lucha por la libertad religiosa.

Cuando México era desgarrado por la incalificable ingratitud de sus mismos hijos, todas sus esperanzas, todas sus quejas, todos sus anhelos se condensaron en este grito:

¡VIVA CRISTO REY!

El 11 de enero de 1923 fue colocada la primera piedra del monumento a CRISTO REY en el cerro del Cubilete, Gto., hoy montaña de Cristo Rey, centro geográfico de la República Mexicana. En toda la nación los católicos mexicanos se unieron en espíritu a los millares de peregrinos que asistieron a la solemnidad.

Quiso el Padre José María Robles que su “Cubilete” fuera la loma oriente de Tecolotlán y que aquí sus feligreses hicieran la misma proclamación de Jesucristo como Rey de nuestra nación. Convocó a todos los señores Párrocos de la entonces 15ª. Vicaría Foránea.

Como parte de los preparativos para tan solemne ocasión mando fijar en las puertas y ventanas de los hogares los siguientes dísticos, impresos con letra grande:

Si como Rey mi Patria te proclama
es, corazón dulcísimo, que te ama,
Corazón de Jesús, Tú solo impera
en mi Patria afligida; que en ti espera.

Enero 11 del año 1923,

Jesús, dijo mi Patria ¡Mi Rey es!
¡Viva Jesús el Rey de los amores!
Sean para Él, de México las flores.
Corazón de Jesús, dulce esperanza,
en mi suelo tu imperio es venturanza.

Con diversos actos y misas se celebró en Tecolotlán tan memorable fecha. Uno de ellos fue la colocación de unas placas de mármol en la nueva Cruz de cantera erguida en la cima de “La Loma”, cercana a Tecolotlán. La placa de la parte superior de la Cruz dice: “¡Viva Cristo Rey”; la de la inferior: “Enero 11 – 1923″; la del brazo derecho : “Tecolotlán del”; y la del izquierdo: “Corazón Divino”.

El Padre José María Robles empleó todos los legítimos medios para obtener el triunfo de sus ideas pacíficamente. En su Hojita Semanaria “La Luz del Hogar” publicó una poesía de su inspiración llamada “Imposible”, composición que motivó dieran contra él la orden de aprehensión, orden que por entonces no se llevó a efecto por el disimulo de las autoridades locales.

Agotados todos los recursos legales y pacíficos, algunos católicos recurrieron a las armas en legítima defensa contra la injusta tiranía. El movimiento armado brotó espontáneamente en muchas partes, y fue adquiriendo importancia desde fines de 1926.

El Episcopado Mexicano que había desaprobado el recurso de las armas, reconoció al fin la licitud de su empleo. Entonces el Padre José María Robles, en sus pláticas, escritos y sermones, nunca dejó de subrayar la licitud de la defensa armada, ante la ineficacia de los medios pacíficos. Puede decirse que fue un “simpatizador cristero”.

Así lo demostró cuando en presencia de casi todo el pueblo, el 11 de enero de 1927, aniversario de la proclamación de CRISTO REY en el Cubilete, se celebra una Hora Santa en “La Loma”, en donde se reúnen algunos pelotones de futuros cristeros. Ahí les entrega una bandera con la Virgen de Guadalupe, y les habla y los entusiasma a dar la vida por Cristo en defensa de la Fe.

Una fotografía de la escena, caída en manos imprudentes servirá después como pieza acusatoria contra el Padre José María Robles.

PERSECUCIÓN RELIGIOSA

Con motivo de la persecución religiosa tuvo que ocultarse desde enero de 1927, puesto que el Gobierno Federal le había declarado una persecución más severa desde que colocó la Cruz en “La Loma”, considerando este hecho como un delito.

Desde la casa donde estaba escondido vigilaba, oraba y trabajaba por sus feligreses, a los que nunca quiso abandonar. En ese tiempo se dedicó a escribir las normas que habrían de regir a la comunidad religiosa fundada por él.

El 17 de enero de 1927, el capellán de Tamazulita, Padre Jenaro Sánchez (ahora Santo Mártir) es ahorcado en “La Loma”. El Padre José María Robles se conmovió hasta las lágrimas por la muerte de su fiel colaborador, y dijo:

“Enseguida me toca a mí”.

El 26 de febrero de 1927, al conocer la orden dada por Gobernación para que fueran aprehendidos los sacerdotes, exclamó lleno de fe:

“Estamos en las manos de Dios”.

Y poco después, cuando le rogaron que huyera para evitar que lo mataran, contestó sonriendo:

“¡Ah, si el Corazón Eucarístico me llevara!”.

MARTIRIO

El 25 de junio de 1927 se disponía a celebrar la santa Misa cuando llegaron los soldados y sitiaron la casa de la familia Agraz, luego entraron a catearla por orden expresa del Coronel Calderón, quien había recibido telegráficamente esta orden:

“Procédase con todo rigor en contra del cura rebelde”.

Los soldados tomaron prisionero al Padre José María Robles y lo condujeron al cuartel de los agraristas donde pasó el resto del día y parte de la noche. Se iniciaron algunas diligencias ante los jefes militares para lograr su libertad pero fueron rechazadas hasta con groserías.

En la noche un grupo de jovencitas lograron acercarse a la prisión y recibieron, por conducto de los vigilantes, su breviario en donde venían unos versos en honor del Sagrado Corazón y de la Santísima Virgen. Era una última manifestación de su gran amor al Corazón de Jesús y la aceptación gustosa del martirio:

Quiero amar tu corazón,
Jesús mío, con delirio,
quiero amarte con pasión,
quiero amarte hasta el martirio.

Con el alma te bendigo,
mi sagrado corazón.
Dime: ¿se llega el instante
de feliz y eterna unión?

Tiéndeme, Jesús, los brazos,
pues tu “pequeñito soy”;
de ellos, al seguro amparo,
a donde lo ordenes, voy.

Al amparo de mi Madre
y de su cuenta corriendo
yo, su “pequeño” del alma,
vuelo a sus brazos sonriendo.

Un padre que espera a sus hijos todos allá en el Cielo.

A media noche, sujeto con cuerdas, fue sacado de la cárcel y obligado a caminar rumbo a la sierra de Quila. Un soldado al notar que se le dificultaba caminar, le cedió el caballo.

Al llegar a la parte más alta de la sierra, los soldados se detuvieron a los pies de un frondoso roble. El Padre José María comprendió que lo iban a ahorcar, perdonó a sus verdugos, y al acercarse uno de los agraristas, que era su compadre, llamado Enrique Vázquez, le dijo: “Compadre, no te manches”

Y tomándole la soga de entre las manos se la colocó el mismo. Los soldados consumaron el crimen y lo bajaron poco tiempo después ordenando a unos arrieros que dieran aviso a la gente de la ranchería de Quila que allí estaba un ajusticiado; era la madrugada del 26 de junio de 1927.

Vinieron algunas personas de una carbonera cercana y sepultaron superficialmente el cadáver, sin reconocer que era el del Señor Cura de Tecolotlán. Al día siguiente, 27 de junio, fue exhumado por gente de Quila y llevado a la población donde lo velaron y le dieron sepultura.

 

 

ORACIÓN

 

Señor Dios nuestro, que concediste

al Santo José María Robles Hurtado:

amar y hacer amar al Corazón de

Jesús en la Eucaristía, practicar y

promover el verdadero amor a la

Santísima Virgen, entregarse con

generosidad al servicio del prójimo

vivir con plenitud su sacerdocio y

ser un fiel testigo de Cristo, hasta

el martirio.

Ayúdanos a vivir, a ejemplo suyo, en

constante actitud de servicio y

solidaridad con los más necesitados.

 

(Petición)

 

San José María Robles,

apóstol incansable del Corazón

Eucarístico de Jesús…

Ruega por nosotros.

 

Beato Clemente Marchisio

Marzo 31, 2008

BEATO CLEMENTE MARCHISIO
Dom Antoine Marie osb

Agradecemos a la Abadía San José de Clairval por permitirnos publicar el siguiente texto.

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Esparcidas en más de treinta casas por todo el mundo, las religiosas “Hijas de San José” preparan cada año millones de hostias, prensan carretadas de uva y lavan toneladas de prendas litúrgicas. La basílica de San Pedro de Roma utiliza sus servicios, pero también humildes capillas de misiones. Su vida está orientada por completo hacia el altar del Santo Sacrificio de la Misa y hacia el sagrario, manifestando así al mundo el amor de la Iglesia por la Eucaristía.

Tesoro espiritual

«La Eucaristía es fuente y cima de toda la vida cristiana. Los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua» (Catecismo de la Iglesia Católica, CIC, 1324). ¿En qué se basa la Iglesia para afirmar la presencia real de Jesús en el sacramento del altar? «La presencia del verdadero Cuerpo de Cristo y de la verdadera Sangre de Cristo en este sacramento, “no se conoce por los sentidos, dice Santo Tomás de Aquino, sino sólo por la fe, la cual se apoya en la autoridad de Dios”. Por ello, comentando el texto de San Lucas (22, 19): Esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros, San Cirilo declara: “No te preguntes si esto es verdad, sino acoge más bien con fe las palabras del Señor, porque él, que es la Verdad, no miente“» (CIC, 1381).

Esas “Hijas de San José”, que consagran su vida religiosa a honrar a Jesús en la Eucaristía, tuvieron como fundador a Clemente Marchisio, beatificado el 30 de septiembre de 1984 por el Papa Juan Pablo II. «Hombre de oración, como debe serlo todo sacerdote, decía de él el Santo Padre con motivo de su beatificación, fue consciente de su deber de invocar a Dios, Señor del universo y de su vida, pero también fue consciente del hecho de que la verdadera adoración, digna de la infinita santidad de Dios, se realiza sobre todo mediante el sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. Por eso dio muestras del mayor de los entusiasmos en la piadosa celebración del misterio eucarístico, en la adoración frecuente y en el esmero que aportaba al boato de las diferentes celebraciones litúrgicas. Estaba persuadido, en efecto, de que la Iglesia se edifica sobre todo alrededor de la Eucaristía y de que, al participar en ella, los miembros de la comunidad cristiana se identifican místicamente con Cristo y llegan a ser una sola cosa entre ellos».

 

« Quiero ser preboste »

Clemente Marchisio nace el 1 de marzo de 1833 en Raconnigi, pequeña ciudad de la región de Turín, donde su familia es apreciada tanto por su fe como por su ardor en el trabajo. El padre, modesto zapatero remendón, sólo tenía una aspiración: que el pequeño Clemente, primogénito de una familia de cinco hijos, pudiera ayudarle algún día en su oficio de zapatero. Pero desde muy joven el niño declara: «Quiero ser preboste», es decir, cura. La madre, una santa mujer, consigue persuadir a su marido: «dejémosle que sea sacerdote». Gracias a un caritativo sacerdote, don Sacco, el adolescente puede seguir estudios secundarios y luego estudiar filosofía.

A la edad de 16 años, Clemente Marchisio es revestido con el hábito eclesiástico, al que será siempre fiel. Es ordenado sacerdote el 21 de septiembre de 1856. En su ardor juvenil, aún no se ha percatado de las responsabilidades sacerdotales. Afortunadamente, después de su ordenación pasa dos años en el internado dirigido por San José Cafasso, cuyo objetivo es perfeccionar la formación de los jóvenes sacerdotes. «Ser sacerdote es el camino más seguro para alcanzar el Paraíso y para conducir allí a los demás», le dice don Cafasso. Al salir del internado, Clemente Marchisio constatará: «Entré allí como un rapazuelo atolondrado, sin saber lo que quería decir “ser sacerdote“. Pero salí totalmente cambiado, habiendo plenamente comprendido la dignidad del sacerdocio».

El programa de don Marchisio

Los comienzos del ministerio parroquial de don Marchisio se desarrollan serenamente en una pequeña ciudad cuya población se revela ferviente. Durante la Misa reparte cada día unas 400 comuniones, pero ese apostolado fácil no dura mucho. En 1860 es nombrado párroco de Rivalba Torinese, comarca violentamente anticlerical a la que llaman «guarida del diablo». Como Jesucristo, quiere ser un “buen Pastor” para sus ovejas. Su deseo más profundo es salvarlas y, mediante ello, salvarse a sí mismo. El sermón inicial que dirige a sus parroquianos expone un programa eminentemente sacerdotal: «Os debo buen ejemplo, les dice, así como instrucción, mis servicios y a mí mismo por entero. Si resulta necesario, debo incluso sacrificarme por vuestras almas. Mi primer deber es dar buen ejemplo. Como pastor, debo ser la luz del mundo y la sal de la tierra, lo que me obliga a todas las virtudes… Debo honrar mi ministerio mediante una vida santa e irreprochable, y vosotros debéis honrar, respetar e imitar mi ministerio. Pero ese honor y ese respeto no lo debéis a mi persona, sino a mi ministerio, pues en mis manos tengo poderes que nunca tendrán ni los ángeles del Cielo ni los reyes de la tierra. Puedo reconciliaros con Dios, reparar vuestros pecados, abriros el manantial de la gracia y la puerta del Cielo, consagrar la Eucaristía y hacer que Jesús, nuestro Salvador, se instale en medio de vosotros. Debéis considerarme como el enviado de Dios para conduciros al Cielo… El segundo de mis deberes es instruiros: catequizar a los niños, enseñar a los ignorantes, incluso a aquellos que no frecuentan la Iglesia, aconsejar a los padres y madres de familia y exhortar a los jóvenes. Y si se presenta algún vicio, no tendré más remedio que levantar la voz. ¡Qué desgracia para mí si no dijera claramente la verdad!… En tercer lugar, me debo por entero a vosotros, como Jesús que dijo: El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos (Mt 20, 28). Debo dedicaros mis vigilias, mis cuidados, mis fatigas, en cualquier momento, tanto de día como de noche, a pesar de la distancia, del calor o del frío, a fin de procuraros mis auxilios… A mis servicios añadiré mi oración, pues fue gracias a ella como San Pablo convirtió tantas almas…»

Ese programa de dedicación por amor de las almas nos estimula en el cumplimiento de nuestro deber de estado. En sus Ejercicios Espirituales, San Ignacio nos invita a todos a trabajar con Nuestro Señor para conquistar el mundo entero, a seguirlo en medio de las fatigas, a fin de seguirlo también en la gloria (nº 95). Pero esa conquista pacífica no puede hacerse sin la cruz.

La verdad no siempre es agradable

Don Marchisio empieza catequizando a los niños, que escuchan con agrado a ese sacerdote de palabra sencilla, clara y animada. Pero en el púlpito, imitando al párroco de Ars, predica con vehemencia contra las blasfemias, la falta de respeto por el domingo y la depravación de las costumbres: «Sabedlo de una vez por todas, dice al auditorio: no he venido aquí para agradaros, sino para deciros la verdad y convertiros». Pero no siempre es agradable escuchar la verdad. Así pues, los que se sienten ofendidos por aquellos vigorosos sermones intentarán que el párroco se calle haciéndole la vida imposible. Nada más acabar la lectura del Evangelio, los hombres esbozan una señal de la cruz y abandonan la iglesia. “En bien de la paz”, sus esposas los imitan, y los jóvenes, tanto chicos como chicas, se apresuran a hacer lo mismo. El predicador se encuentra entonces ante un auditorio de algunas ancianas sordas y de niños. Más adelante, el ataque adquiere mayor magnitud: introducen por la puerta de la iglesia un asno que brama a grito pelado. El joven párroco se tapa un momento la cara con las manos y luego, cuando recupera la calma, prosigue su homilía con fervor y persuasión.

Se le hacen otras malas pasadas: alboroto en la iglesia, silbidos o cantos provocadores se suceden sin interrupción. Son escrutados sus más leves movimientos y los rasgos de la cara, y todo es bueno para sembrar la sospecha, amplificarla y transformarla en calumnia. En una ocasión, un agresor torpe lo ataca con un palo, pero el sacerdote, más hábil que él, le quita el palo y luego se lo devuelve diciendo: «Toma y haz conmigo lo que quieras. Estoy dispuesto a morir. Sin embargo, sólo siento una cosa, y es que te cogerán y caerás en manos de la justicia». Esa caridad desarma al adversario.

En la cruz

Después de haberlo soportado todo en silencio durante mucho tiempo, Clemente Marchisio acaba cogiendo miedo y solicita que le cambien de parroquia. Su obispo le responde que permanezca con valentía en su cruz. Clemente obedece y se abandona al Corazón de Jesús, a la Santísima Virgen y a San José. «Para amar a Jesús, nos dice, no solamente con encendidas palabras, sino con hechos, es necesario que renieguen de uno y que le odien. Es necesario sufrir, estar cansado y humillado por Él. El mayor de los bienes se cumple en la cruz». Esas palabras son un eco de las de Jesús: Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo (Lc 6, 22-23).

Pero el Beato Clemente Marchisio sacó la fuerza necesaria para seguir a Jesús en el Calvario de la celebración de la Misa y de la adoración del Santísimo Sacramento. «La espiritualidad de los sacerdotes va unida a la Eucaristía. De ella reciben la fuerza necesaria para ofrecer su vida al mismo tiempo que Jesús, Sumo sacerdote y Víctima de Salvación… Desde lo alto de la Cruz, Nuestro Señor habla a todos los sacerdotes y les invita a ser, con Él, signos de contradicción para el mundo. La contradicción de Jesús ha formado parte de la tradición apostólica: No os acomodéis al mundo presente (Rm 12, 2)» (Juan Pablo II, 9 de septiembre de 1983).

Don Marchisio se prepara largamente cada día a la celebración de la Misa, que celebra sin lentitud, aunque con gran recogimiento. Invita igualmente a sus feligreces a que se preparen cuidadosamente para la comunión: «Si no preparáis el terreno para sembrar, es inútil que sembréis buena simiente; lo mismo sucede con este alimento del alma que es la sagrada comunión. Quien quiera recibir los frutos de la unión con Dios, conservar la vida del alma y acrecentar sus fuerzas, debe estar predispuesto a ello».

Una fuerza de conversión

Además, se deleita especialmente permaneciendo largo tiempo ante el Santísimo Sacramento, sobre todo cuando la cruz de las incomprensiones, de las calumnias y de las obligaciones se hace más pesada. A una mujer afligida le confiesa lo siguiente: «Mire, también yo me encuentro a veces abatido bajo el peso de las tribulaciones. Pero después de pasar cinco minutos ante el Santísimo Sacramento, que lo es todo, recupero plenamente el vigor. Cuando se encuentre deprimida y desanimada, haga lo mismo». También nosotros podemos nutrirnos del manantial inagotable de la Eucaristía con el agua de la gracia que nos fortificará en las tribulaciones de la vida. Sin decir palabra, la Sagrada Forma de Jesús cambiará la luz, en primer lugar la de nuestro corazón, y luego algunas veces la de los demás, y la cruz nos parecerá ligera de llevar y más suave de sufrir.

La persecución desencadenada contra Clemente Marchisio durará unos diez años. Después de haber escrutado durante largo tiempo los actos y gestos del párroco, varios de sus feligreces constatan su fidelidad a la hora de cumplir sus compromisos. «Nunca se le vio cometer la más mínima imperfección en la observancia de los mandamientos de Dios y de la Iglesia», dirá uno de ellos. Conmovidos y edificados, muchos se convierten. El viento sopla en otra dirección, y los más implacables de sus adversarios acaban por volver a Dios. ¡Pero al precio de cuántas oraciones, de conversaciones privadas, de momentos de abandono y de soledad, de actos de paciencia, obtuvo de Dios la salvación de las almas de su parroquia! Dicen que «confiesa como un ángel», con sutileza, delicadeza y misericordia; en una palabra: con “corazón”. Pero aunque se hayan convertido a Dios, no todos sus feligreces se han librado de las malas costumbres, y algunos siguen como pobres pecadores: «Lo que me destroza el corazón, nos dice, e impide que tenga paz es ver cómo se cometen tantos pecados con indiferencia, como si el pecado no fuera nada. Sin embargo, es el mayor de los males del mundo. El pecado no solamente trae la ruina para la eternidad, sino que ya en la vida presente es una especie de infierno. ¡Ah! Qué felicidad estar en gracia de Dios… ¡Oh, Señor!, concédele a mi voz la fuerza necesaria para penetrar en los corazones, así como un poderoso vigor para derribar y eliminar el vicio».

Las dos caridades

Don Marchisio habla de ese modo por caridad “espiritual”, para la salvación eterna de sus fieles. Pero la caridad por sus necesidades materiales también es objeto de toda su solicitud. Nadie sale de su casa sin haber recibido ayuda, y llega a dar incluso su ropa de cama, sábanas y mantas, a unos pobres que se habían visto obligados a refugiarse en una cuadra. Entre 1871 y 1876 construye un asilo para niños, así como un taller de tejer para que las jóvenes tengan una ocupación y un salario. Algunas buenas voluntades femeninas le ayudan a llevar a buen término sus labores caritativas. Las reunirá en una comunidad bajo el título de “Hijas de San José”.

El ejemplo de Don Marchisio nos invita a practicar obras de misericordia, es decir, «acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales. Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras de misericordia espirituales, como también lo son perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporales consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos. Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios» (CIC, 2447).

Pero la caridad de don Marchisio está atenta sobre todo a la manera en que el propio Jesús es tratado en el sacramento del altar. Siente una profunda herida en el alma cuando se entera de que han acontecido profanaciones de la Eucaristía. Le aflige profundamente el espectáculo de los ornamentos litúrgicos en mal estado, como la suciedad de los manteles y lienzos de altar. Por eso, después de haber rezado durante mucho tiempo y de haber solicitado la opinión de sus superiores, confía a las “Hijas de San José” una misión completamente diferente de la que había previsto al reunirlas. Consagrarán su vida al culto eucarístico. Así pues, la misión especial de las hermanas consistirá en preparar con gran respeto, según las normas de la Iglesia, el material del sacrificio eucarístico, confeccionar los ornamentos y los manteles, y atender a la decencia y al honor que requiere la Eucaristía. Se encargarán de catequizar a los niños para prepararlos a la primera comunión y velarán también por la educación litúrgica de los monaguillos y de los fieles. Las hermanas, y sobre todo la cofundadora, sor Rosalía Sismonda, acogen unánimemente y con entusiasmo esa nueva finalidad de su Instituto.

Tras haber definido el objetivo de su Congregación, don Marchisio la mantiene cuidadosamente bajo la protección de San José, diciéndonos: «Dejemos las cosas en manos de San José. Es nuestro buen padre putativo y no permitirá que nada nos falte… Rezad, llamad a la puerta de la divina Providencia y esperadlo todo de Dios mediante la intercesión de San José». También anima a la confianza en María. «Dirijámonos siempre a María, nos repite, y ella no dejará de socorrernos. Pensemos en su pureza, en su humildad, en su unión con Dios, en su conformidad con la voluntad divina y esforcémonos por hacer que resplandezca en nosotros para parecernos a ella… Llevad a María en vuestro corazón… La Virgen sabe que somos hijos suyos. Ella es la Madre de nuestra salvación eterna. Seamos valientes y un día contemplaremos a nuestra Madre del Cielo. ¿Habéis pensado en la felicidad de tener una madre?»

La escalada a la cima

Reconfortado por la mano maternal de María, don Marchisio no deja de avanzar por el camino de la santidad. Cinco años antes de su muerte anuncia que morirá a los 70 años. Pero antes tendrá que atravesar una noche muy oscura: «¡Pobre de mí!, gime. ¡El demonio nunca me había atormentado de este modo! ¡Cuántos dolores me ha obligado a resistir! ¡Cuánto ha intentado desengañarme al presentarme mi vida como inútil! ¡Cuántas tentaciones, incluso la de destruir mi Instituto de religiosas!» Pero, apoyado por el auxilio de la Virgen, sale victorioso de la prueba.

Durante la mañana del 15 de diciembre de 1903, se dispone a celebrar Misa y a visitar a la cofundadora, sor Rosalía Sismonda, que está moribunda y que entregará su alma a Dios dos horas antes que él. Pero siente un malestar: «¡Si pudiera aún celebrar una Misa!… ¡Tal vez hoy no pueda recitar el breviario!». La agonía empieza pronto, marcada por breves plegarias: «¡Dios mío, ten piedad de mí!… ¡Crea en mí un corazón puro!… ¡Jesús, José y María!». Son sus últimas palabras.

De esta manera pasa de este mundo al otro quien había escrito: «Las cosas de este mundo no son nada. El Cielo y la eternidad me esperan. ¿Qué será de mí o de nosotros? Un millón de años después de mi muerte no estaré sino al principio de la eternidad. La tierra es un lugar de paso en la que soy como un viajero. La vida es un momento que se escapa como el agua de un torrente».

En la primavera de 1891 don Marchisio había coincidido con el obispo de Mantua, Monseñor Sarto, el futuro Papa San Pío X, quien declaró más tarde a las “Hijas de San José”: «¿Sabéis que vuestro párroco de Rivalba es un santo? Sí, vuestro fundador. Hay que tener muy en cuenta sus palabras, sus opiniones y sus recuerdos». Que podamos también nosotros aprovechar el ejemplo de ese beato para practicar la misericordia, crecer un día tras otro en devoción hacia la Sagrada Eucaristía y conseguir con él la Patria celestial. Es la gracia que deseamos para Usted, así como para todos sus seres queridos, vivos y difuntos. 

 

Beata María Cándida de la Eucaristía: Mística de la Eucaristía

Marzo 27, 2008

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El domingo 21 de marzo de 2004, en la Plaza de San Pedro, el Papa Juan Pablo II beatificó en una Misa a cuatro siervos de Dios. Entre ellos se encontraba María Cándida de la Eucaristía.

Durante la homilía, Juan Pablo II pronunció las siguientes palabras:

“Criatura nueva” fue María Barba, que entregó toda su vida a Dios en el Carmelo, donde recibió el nombre de María Cándida de la Eucaristía. Fue auténtica mística de la Eucaristía; hizo de ella el centro unificador de toda su existencia, siguiendo la tradición carmelitana, en particular el ejemplo de santa Teresa de Jesús y de san Juan de la Cruz.

Hasta tal punto se enamoró de Jesús Eucaristía, que sentía un constante y ardiente deseo de ser apóstol infatigable de la Eucaristía. Estoy seguro de que, desde el cielo, la beata María Cándida sigue ayudando a la Iglesia, para que crezca en el asombro y en el amor a este supremo misterio de nuestra fe.

SU BIOGRAFÍA

María Barba nació el 16 de enero de 1884 en Catanzaro (Italia), a donde la familia, oriunda de Palermo, se había trasladado momentáneamente por motivos de trabajo del padre, Pedro Barba, consejero del Tribunal Superior. Cuando la niña tenía dos años la familia regresó a la capital siciliana y allí vivió María Barba su juventud, en el seno de una familia profundamente creyente, pero que se opuso obstinadamente a su vocación religiosa, experimentada desde los quince años de edad. María, en efecto, tuvo que luchar casi veinte años hasta ver realizada su aspiración, demostrando, durante esos años de espera y de sufrimiento interior, una sorprendente fortaleza de ánimo y una fidelidad poco común a la inspiración inicial. En esta batalla, que se prolongó hasta su entrada en el Carmelo teresiano de Ragusa el 25 de septiembre de 1919, María Barba fue sostenida por una especialísima devoción al misterio eucarístico: en la Eucaristía veía ella el misterio de la presencia sacramental de Dios en el mundo, la muestra concreta de su amor infinito a los hombres, el motivo de nuestra plena confianza en sus promesas.

En ella, el amor a la Eucaristía se manifiesta desde la más tierna infancia. «Cuando era pequeñita —cuenta ella misma— y todavía no se me había dado Jesús, esperaba a mi madre, cuando volvía de la Santa Comunión, casi en el umbral de casa, y, de puntillas para llegar hasta ella, le decía: “A mí también el Señor!”. Mi madre se inclinaba con afecto y alentaba sobre mis labios; yo la dejaba en seguida y, cruzando y apretando las manos sobre el pecho, llena de alegría y de fe, repetía saltando: “Yo también tengo al Señor! yo también tengo al Señor”». Son señales de una vocación y de una llamada de Dios, cuya iniciativa comienza a preparar un regalo extraordinario para la Iglesia.

Desde que, a los 10 años, fue admitida a la Primera Comunión, su mayor alegría era poder comulgar. Desde entonces, privarse de la Santa Comunión, era para ella «una cruz y un tormento bien grande». En efecto, tras la muerte de su madre en 1914, no podía acercarse a la Comunión sino raramente, por no reñir con sus hermanos que no le permitían salir sola de casa.

Entrada en el Carmelo, donde tomó el nombre, en cierto modo profético, de María Cándida de la Eucaristía, quiso «acompañar a Jesús, en su condición de Eucaristía, lo más que pudiese». Prolongaba sus horas de adoración, y, sobre todo, la hora de las 23 a las 24 de cada jueves, la pasaba ante el Tabernáculo. La Eucaristía polarizaba verdaderamente toda su vida espiritual, no tanto por las manifestaciones devocionales, cuanto por la incidencia vital en la relación entre su alma y Dios. De la Eucaristía sacó fuerzas María Cándida para consagrarse a Dios como víctima el 1 de noviembre de 1927.

María Cándida desarrolló plenamente lo que ella misma define como su «vocación a la Eucaristía» ayudada por la espiritualidad carmelitana, a la que se había acercado a través de la lectura de la Historia de un alma de Santa Teresita. Son bien conocidas las páginas en que santa Teresa de Jesús describe su especialísima devoción a la Eucaristía y cómo, en la Eucaristía, experimentó la santa Fundadora el misterio fecundo de la Humanidad de Cristo.

Elegida priora del monasterio en 1924, lo fue, salvo una breve interrupción, hasta 1947, infundiendo en su comunidad un profundo amor a las Constituciones de santa Teresa de Jesús y contribuyendo de forma directa a la expansión del Carmelo teresiano en Sicilia, fundación de Siracusa, y al retorno de la rama masculina de la Orden.

A partir de la solemnidad del Corpus Domini de 1933, año santo de la Redención, María Cándida comienza a escribir lo que podríamos definir como su pequeña obra maestra de espiritualidad eucarística, La Eucaristía, «verdadera joya de espiritualidad eucarística vivida». Se trata de una larga, intensa meditación sobre la Eucaristía, siempre tensa entre el recuerdo de la experiencia personal y la profundización teológica de esa misma experiencia. En la Eucaristía ve sintetizadas, la Madre Cándida, todas las dimensiones de la experiencia cristiana. La fe: «Oh mi Amado Sacramentado, yo Te veo, yo Te creo!… Oh Santa Fe». «Contemplar con Fe redoblada a nuestro Amado en el Sacramento: vivir de Él que viene cada día». La esperanza: «Oh mi divina Eucaristía, mi querida esperanza, todo lo espero de tiDesde niña fue grande mi esperanza en la Santísima Eucaristía». La caridad: «Jesús mío, cuánto Te amo! Es un amor inmenso el que nutro en mi corazón por Ti, oh Amor Sacramentado… Cuán grande es el amor de un Dios hecho pan por las almas! De un Dios hecho prisionero por mí».

En la Eucaristía, la Madre Cándida, entonces priora de su comunidad, descubre también el sentido profundo de los tres votos religiosos, que en una vida intensamente eucarística hallan, no sólo su plena expresión, sino también un ejercicio concreto de vida, una especie de profunda ascesis y de progresiva conformación al único modelo de toda consagración, Jesucristo muerto y resucitado por nosotros: «¿Qué himno no debería entonarse a la obediencia de nuestro Dios Sacramentado? Y ¿qué es la obediencia de Jesús en Nazareth, comparada con su obediencia en el Sacramento desde hace veinte siglos?». «Después de instruirme sobre la obediencia, cuánto me hablas, cuánto me instruyes en la pobreza, oh blanca Hostia! Quién más despojada, más pobre que Tú…No tienes nada, no pides nada!… Divino Jesús, haz que las almas religiosas estén sedientas de desprendimiento y de pobreza sincera!».«Si me hablas de obediencia y de pobreza…, qué fascinación de pureza no suscitas Tú con solo mirarte! Señor, si tu descanso lo encuentras en las almas puras, ¿qué alma, tratando contigo, no se hará tal?». De ahí el propósito: «Quiero permanecer junto a Ti por pureza y amor».

Pero es sin duda la Virgen María el verdadero modelo de vida eucarística, Ella que llevó en su seno al Hijo de Dios y que continuamente lo engendra en el corazón de sus discípulos: «Quisiera ser como María — escribe la María Cándida en una de las páginas más intensas y profundas de La Eucaristía —, ser María para Jesús, ocupar el puesto de su madre. En mis Comuniones, María la tengo siempre presente. De sus manos quiero recibir a Jesús, ella debe hacerme una sola cosa con Él. Yo no puedo separar a María de Jesús. Salve! Oh Cuerpo nacido de María!. Salve María, aurora de la Eucaristía!».

Para María Cándida, la Eucaristía es alimento, es encuentro con Dios, es fusión de corazón, es escuela de virtud, es sabiduría de vida. «El Cielo mismo no posee más. Aquel único tesoro está aquí, es Dios! Verdaderamente, sí verdaderamente: mi Dios y mi Todo». «Le pido a mi Jesús ser puesta como centinela de todos los sagrarios del mundo hasta el fin de los tiempos».

El Señor la llamó, después de algunos meses de agudos sufrimientos físicos, el 12 de junio de 1949, Solemnidad de la Santísima Trinidad.