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Sobre la bienaventuranza del hombre y de los caminos por donde se llega a ella

Noviembre 1, 2009

“Gozaos, y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los Cielos.”  S. Math. cap. 5 v. 12

“La lección presente del santo Evangelio nos encomienda de un modo especial por la voz del Maestro Celestial ocho virtudes insignes. Y á estas con un nombre común llamamos bienaventuranzas: porque ellas, entre las otras virtudes, especialmente nos conducen á la Bienaventuranza: séase á la perfecta que esperamos en la vida venidera, ó séase a la comenzada, que consiguen los justos en la presente. Por lo cual en el presente Sermón os debo yo predicar sobre la misma Bienaventuranza, y sobre los caminos, que nos llevan á ella, de lo cual trata la lección presente del santo Evangelio.

Y tomando el asunto desde su principio, se debe saber, que en el hombre hay dos apetitos naturales que se han introducido y engendrado en nosotros no por nuestras depravadas costumbres ó índoles, sino por el autor y hacedor de la naturaleza.

El uno es el apetito de la inmortalidad que tienen todos los hombres, los cuales se horrorizan de la muerte, y por impulso de la naturaleza aman la vida. Y de un apetito como este todos aquellos que filosofan y discurren bien, infieren con evidencia la inmortalidad de nuestra alma. Porque de lo contrario la naturaleza estaría malamente instituida, pues en el hombre había introducido el deseo natural de una cosa imposible; y también vanamente concedía aquello, que no podía servir absolutamente para uso alguno; lo cual de ninguna manera puede convenir á un artífice perfectísimo, cual es el hacedor y criador de nuestra naturaleza.

El otro apetito es aquel, con que todos deseamos la bienaventuranza con una natural propensión, superior á todo cuanto puede apetecer la mente humana. Y la bienaventuranza, según dice Boecio, es, un estado perfecto por la agregación de todos los bienes: y ella misma es el sumo bien del hombre. Y por eso se dice que es el último fin del hombre; porque cuando á ella llega no tiene a donde llegar mas alto, ni tampoco le queda ya más que desear. Y así como el que tenía una muy grande sed, luego que bebe hasta saciarla, ya no tiene mas sed, y aunque esté junto á una fuente , no se moverá mas al deseo del agua; así el que llega á un estado como este, nada mas desea ni apetece.

Y esto ¿qué otra cosa es que una participación de la divinidad? Porque es de Dios esta tan grande felicidad. Por este titulo á la verdad pueden los hombres entender la grandeza de su dignidad, respecto que para este estado perfectísimo y claramente divino fueron criados por el autor de la naturaleza.

También se puede entender, que entre todas las cosas que es capaz de saber y comprender el ingenio humano, ninguna de ellas es tan necesaria para ordenar rectamente nuestra vida, como el tener bien conocido y examinado este sumo y último fin de ella; porque ninguno, sin conocimiento anterior del fin de la vida (al cual se han de ordenar todas las cosas) puede dirigir ni referir bien las acciones y operaciones de ella.

 Por esto Aristóteles habiendo de enseñar en su Ética el modo de bien vivir, lo primero trata del fin de la vida humana. Porque así como el que dispara saetas, dice él , debe antes mirar al blanco para dirigirlas á él derechas, y el marinero debe conocer antes el puerto á donde navega y camina , para dirigir hacia él el rumbo de la navegación; lo cual es también igualmente necesario en todas aquellas cosas que se administran con arte y consejo; así claramente cualquiera que desea, que todas las acciones de su vida no sean vagas y temerarias, sino rectas y ordenadas, se debe proponer á la vista el fin de ella, y dirigir hacia él su curso.

Y que la Ética á quien toca tratar de este fin, y de los grados ó caminos por donde se llega á él, se debe colocar entre las nobles disciplinas, este mismo Autor lo define: porque considera y trata de aquello, que es mas excelente en la vida de los hombres.

I

Y atribuyendo todos los Filósofos este deseo natural de la bienaventuranza al hombre, no obstante que en la inquisición de en lo que consiste han trabajado, y se han fatigado mucho, estuvieron tan lejos de dar con ello, que en ninguno otro asunto como en este anduvieron tan ciegos, y en ninguno otro se dividieron en tan varias y casi contrarias sentencias.

Porque ¿quién hubiera podido creer lo que refiere San Agustín en el libro 19 cap 1 de la Ciudad de Dios, que hubo entre los Filósofos doscientas y ochenta opiniones acerca del bien sumo del hombre, si el mismo Santo no citara por testigo de ellas á Marco Varron Escritor muy sabio entre los Romanos?

Porque unos lo pusieron en las riquezas, otros en las honras, aquellos en los deleites, estos en el poder, unos en la sanidad ó carencia de dolores, otros en la varia literatura y ciencia de cosas máximas, otros finalmente en otras cosas, cada uno según su apetito e ingenio.

Y no solo los Filósofos, sino también los hombres sin letras miden la bienaventuranza cada uno según sus respectivos antojos y gustos. Porque un mendigo piensa que la bienaventuranza consiste en las muchas riquezas: y éste mismo, si está enfermo, la pone en la salud; el ambicioso en los honores; el deshonesto en los deleites carnales; el Palaciego en el favor y amistad del Soberano; el Rey y el Emperador en la gloria militar y en los triunfos y victorias. Todos estos pues piensan que el sumo bien está constituido en aquellas cosas que desean con ansia, y juzgan que serán bienaventurados si las consiguen.

 Entre estas tan varias sentencias de los hombres, tres de ellas parece que se acercan algo más á la verdad.

La primera la de los Estoicos, que en sola la virtud colocaron el bien sumo del hombre; y entre todos los bienes no encontraron otro mayor, que pudiera felicitar al hombre. A la verdad que se hacen loables aquellos que tanto apreciaron la virtud, pero se engañaron en haber juzgado, que eran bienaventuranza los instrumentos de ella: cosa á la verdad no menos importuna y necia, que si un labrador pusiera su fin en la labranza de su campo: porque este es no el fin sino el oficio del labrador; y con él se llega á una copiosa y sazonada cosecha de frutos, que es el fin del labrador. Así pues la virtud no es la felicidad, sino un camino muy cierto para llegar á ella.

La segunda es la de Aristóteles, que puso la felicidad en la contemplación de cosas altísimas, que puede tenerse por las ciencias humanas; si con ella se junta una buena salud, y un competente patrimonio. Pues no le parece que es plenamente bienaventurado ni un mendigo, ni un enfermo; porque el que es bienaventurado debe carecer de toda molestia y tristeza. En esto, este hombre, por otra parte muy sabio, no alcanzando otra cosa mas que decir por la luz natural de la razón, que solo tenía, sin embargo se engañó por dos capítulos: uno, porque la felicidad la sujetó á la dominación de la inconstante fortuna: pues juzgó se requería para la bienaventuranza las riquezas y buena salud, que están fuera de la facultad de los nombres: el otro, porque puso una tal felicidad, que de ningún modo pueden alcanzar los hombres en esta vida. Porque ¿quién sino solo Dios es capaz de carecer en esta vida de toda aflicción y molestia?

La tercera es la sentencia de Solon , y es la que más se acercó a la verdad por más que Aristóteles también la reprehenda. Este Filósofo, siendo preguntado por Creso, que era muy rico, y se reputaba por bienaventurado, ¿á quien tenía por beatísimo entre los hombres? le dio noticia de tres hombres ya difuntos, que vivieron muy honestamente y murieron con buena fama, y á estos dijo que él juzgaba bienaventurados. Y afirmó también que esto no se le podía conceder á ninguno que todavía viviese. Porque en tiempo largo, decía él, es forzoso ver y padecer muchas cosas, que no queremos: el día de mañana trae consigo alguna cosa que no hubo hoy.

Todo hombre pues está, ó Creso, expuesto á calamidades. Ya veo que tú abundas en riquezas, y que dominas á muchas naciones; sin embargo lo que me has preguntado nunca pensaré que te se debe atribuir, si antes no oigo, que mueres dignamente. Porque el que tiene muchas riquezas amontonadas, no puede ser mas feliz que el que tiene con que pasar el día, si la misma fortuna no acompaña al que se porta bien hasta la muerte.

Hasta aquí Solon. Cuyas palabras, si las consideramos bien, entenderemos claramente, que ni aun aquellos tres fueron bienaventurados según su sentencia. Pero habiendo este varón sabio visto las miserias comunes de los hombres, pensó que habían sido muy bien tratados aquellos, que, antes de verse oprimidos con una grave calamidad ó trabajo, salieron de este mundo. Y estas cosas no las dijo temerariamente Solon al Rey. Porque la variedad é inconstancia de las cosas humanas el mismo Creso, que se tenía por bienaventurado, la experimentó, porque perdiendo su reino, y derribándole de aquella su felicidad, cayó bajo del dominio del Rey de los Persas. Este también siendo sentenciado á muerte, acordándose del dicho y sentencia de Solon, clamó con voz grande: ¡O Solon! ¡ó Solon! Con cuya voz confesó ya la verdad de su adivino, y ya la inconstancia de la voluble fortuna, que antes tenía tan poco conocida.

Pues de esto pienso que consta ya con bastante claridad, que en esta vida se ha de desesperar de poder tener la felicidad, pues toda ella es una tentación, ó milicia, y está llena casi de infinitos afanes, cuidados y trabajos. Porque ¿quién es aquel, á quien se concedió exención de aquellos males, con que vemos es oprimida y afligida esta presente vida? ¿Quién, digo, está tan libre y exento que alguna vez no se vea molestado de gravísimos males; ó á lo menos no tema aquellas miserias con que la bienaventuranza (si es que, así se puede llamar) se puede interrumpir y perder? Á la verdad que todos los mortales nacen bajo la condición, de pasar la mayor parte de su vida en lágrimas, en tristeza, enredados en muchos males y calamidades. Porque no hay memoria de que algún hombre se haya hallado jamás, que no le hayan sucedido muchos mas males que bienes.

Luego es claro por lo dicho que todos los conatos de los Filósofos han sido vanos é írritos; respecto que hasta ahora ninguno de ellos pudo encontrar la felicidad, esto es, el fin de la vida humana. Y la causa de todos los errores fue, que en esta vida buscaban un fin altísimo, el cual se debía buscar en la otra. É ignorándose el fin, ó constituido vanamente ¿qué cosa pudo obrarse en la vida santa y religiosamente? A ellos se puede acomodar aquello que Santo Thomas Apóstol dijo al Señor (Joann 14 V. 5): Señor, no sabemos donde vas, ¿y cómo podremos saber el camino? Porque ignorando el fin, era forzoso que toda la filosofía y prudencia humana anduviera en unas cimerias tinieblas, y que fluctuase con unas ondas y movimientos inciertos.

Esto dio a los Teólogos un firmísimo argumento, para colegir no solo por principios de fe, sino por la misma razón, que fue necesaria para los hombres la luz celestial: y la revelación de la verdad, para que el hacedor de la naturaleza, que no falta en cosa alguna necesaria para la piedad, no faltara á la criatura nobilísima entre todas en la cosa sumamente precisa.

Para esto pues envió primero á los Profetas ilustrados por el Espíritu Santo, para que nos ilustraran y enseñaran á nosotros. Y no contento con esto, el mismo Señor de los Profetas se dignó venir á nosotros, y enseñarnos sobre esto por sí mismo. Este pues nos enseñó con palabras y ejemplos que la bienaventuranza no debía esperarse ni buscarse en esta vida calamitosa, que mas debe llamarse muerte, que vida, sino en la vida futura ; lo cual muestra al fin de la presente lección del Evangelio, cuando dice: Gozaos, y regocijaos, porque vuestro gozo es muy grande en los Cielos.

Luego en los Cielos, y no en la tierra se debe esperar el galardón felicísimo de nuestra bienaventuranza. La causa de esto enseñan los Doctores que es el infinito seno de nuestra alma, que no puede llenarse sino con la consecución de un bien infinito, que consiste en la visión clara de la divina hermosura.

Y preguntará alguno, cómo la perspicacia de nuestro entendimiento tan rudo, que ni siquiera puede entender la sustancia de su alma, se levantará al conocimiento de aquella altísima é incomprensible naturaleza (I Tim 6 v 16), que habita la luz inaccesible, y que puso las tinieblas por su escondrijo (Psalm 17 v 12), y de la cual leemos en el libro de Job (Job 26 v 26): ¿He aquí el Dios grande que vence nuestra ciencia? Pues á esta cuestión respondo que la perspicacia de nuestro entendimiento se ha de avivar, y juntamente elevar con especial lumbre de gloria, para que pueda ver esta muy resplandeciente luz.

Esta lumbre dicen los Teólogos que es semejante á los anteojos, con los cuales los ojos de vista corta pueden ver aquellos objetos que están muy distantes de ellos, y son inaccesibles á su poca vista. Pues lo que hacen los anteojos para los de vista corta, esto hará la lumbre de gloria con nuestra alma, para que á cara descubierta vea la hermosura inmensa de Dios: la cual sin embargo no comprenderá, sino que aun quedará en ella infinidad de cosas, que no es capaz de alcanzar el entendimiento humano.

Y esta misma lumbre de gloria hará, que aunque aquella altísima naturaleza sea una suma simplicidad, no obstante entre los Santos uno vea más que otro según la variedad de méritos; por los que se ilustrará con mayor lumbre de gloria.

Así sucede que el hombre y el águila ven un mismo sol, y el águila lo ve más claramente porque tiene vista más perspicaz.

Pero preguntaréis otra vez: ¿Si el que ve menos, desea ver más, y también si desea comprender?

Pues á esto respondo, que siendo la comprension propia de sola naturaleza divina, de ningún modo puede ésta caber en el deseo de las criaturas: así como no cabe en los hombres el deseo de volar, que es propio de las aves. Y aunque (como antes queda dicho) haya infinitas cosas en aquella suma naturaleza, á las cuales no puede tocar ninguno de los bienaventurados; sin embargo el mismo Señor por su gracia eminente dará tanta rectitud á la voluntad de ellos, que contentándose cada uno con su suerte, nada más desee que lo que tiene.

Pues esta es, Hermanos, la bienaventuranza, esta es la felicidad completa, este es el fin último de la vida humana, al cual aspiramos todos los que somos cristianos.

II.

Ahora, respecto que se ha hablado ya del fin, esto es, del puerto de nuestra felicidad, es consiguiente, que digamos también algo acerca de los caminos por donde se llega á ella.

Esta cuestión en la realidad la resolvió el autor mismo de la felicidad con mucha claridad y brevedad, cuando al Joven deseoso de este bien le dijo (Matth 19 v 17): Si quieres entrar en la vida guarda los mandamientos.

A la verdad que á poco precio nos promete la vida eterna aquel mismo, que nos la compró á costa de su preciosa Sangre. Verdaderamente Señor que por nada nos salvaste, aunque no por nada nos hayas redimido (Psalm 55 v. 8). Porque ¿qué cosa grande es amar á Dios, y al próximo, en cuyos mandamientos consisten la ley y los Profetas?

Pero porque al modo que para fortificación de las plazas, que están á las fronteras enemigas se han excogitado no solo las murallas, sino también los fosos y antemuros: así el Señor á la custodia de los mandamientos, que son como las murallas, añadió también los consejos, que son como el antemural, con los cuales se conserven seguros y sin fracción los muros de los mandamientos; de los cuales principalmente se trata en la lección del santo Evangelio del día.

Estos consejos en la realidad nos fortalecen tanto en el camino de la bienaventuranza, que por esta causa se llaman bienaventuranzas.

Porque se llaman, lo que hacen, y lo que nos confieren con su oficio y práctica.

Éstas explica el Maestro Celestial ya en otras partes, y ya principalmente en la presente lección: en la cual de todo el hermoso coro de virtudes, escogió especialmente ocho, las cuales con mucha especialidad nos aderezan el camino para la bienaventuranza, por el cual todos los Santos llegaron á ella.

Porque todos fueron pobres de espíritu, todos fueron mansos, misericordiosos, limpios de corazón y pacíficos. Todos, mientras vivieron en este mundo, tuvieron hambre y sed de justicia, todos lloraron con piadosas lágrimas sus pecados y los de otros: todos sufrieron varias persecuciones del mundo por conservar la piedad y justicia; y por eso ahora reciben en el cielo un galardón muy grande por sus trabajos.

Y aunque todos florecieron en todo género de virtudes, unos resplandecieron más que otros en algunas de ellas, disponiéndolo así Dios para la hermosura de su Iglesia; y á este modo cada uno se escogió un especial camino para la bienaventuranza; lo que os haré ver claramente proponiéndoos ejemplos.

La primera bienaventuranza es la pobreza de espíritu; la cual practicó un San Francisco, de modo que apenas pensaba ni de día ni de noche otra cosa, que el que no hubiera alguno mas pobre que él. Porque ningún avariento buscó jamás las riquezas con tanta ansia, cuanto este Santo deseó la pobreza y carestía de todas las cosas: ningún envidioso envidió la próspera fortuna de los otros, cuanto este Santo si por casualidad veía algún pobre mendigo necesitado ó desnudo. ¿De cuántos modos recomendó esta virtud, con qué títulos no la ennobleció? ¿Unas veces la llamaba su señora, otras su esposa, otras su reina, y Esposa del Rey Eterno? Por último preguntándole una vez sus Frailes, qué cosa era la que mas estrechamente juntaba los hombres á Dios; la pobreza, respondió, y el desprecio de las riquezas terrenas. Porque vencido este amor, nuestra alma, libre de los lazos terrenos, por su inclinación se va á las cosas del cielo como próximas á su naturaleza. Porque así como el imán atrae á sí el hierro, y lo tiene pendiente é inmóvil en el aire por una afinidad oculta de ambos; así Dios arrebata á sí fácilmente el alma purgada del amor de las cosas terrenas, y asemejada ya á él, la trae á sí con facilidad, y se la estrecha consigo con el nudo muy apretado de la caridad.

Después de la pobreza se sigue la mansedumbre, que es su hermana y vecina, de la cual dice el Salvador: Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra. Ésta también fue una virtud común á todos los Santos.

Por tanto frecuentemente se llaman mansos en las santas Escrituras; sin embargo éstas atribuyen esta virtud con especialidad á Moisés: porque así leemos de él (Exod 4 v 28): Y era Moisés varón muy manso sobre todos los hombres, que vivían sobre la tierra. Porque aquel sumo Gobernador del mundo, quiso que el que escogió para Maestro y Rector de su pueblo, careciese de ira y de furor, y que fuera el más manso entre todos los hombres.

De esto, omitiendo otros casos, es prueba, que, no obstante, que tantas veces le apedreó el pueblo ingrato y rebelde, con todo, luego que vio al Señor airado contra este mismo pueblo por la sacrílega adoración del becerro, estuvo ante el acatamiento del Señor en un ayuno de cuarenta días, pidiendo el perdón de aquella horrenda maldad, y deseando ser anatema por ellos” (Ex 34 v 28).

Y en este elogio no parece fue inferior un David, quien habiendo podido oprimir y matar á Saúl su enemigo cruelísimo, sin embargo no le hizo el mas leve daño (I Reg 24 v 5): y aun lo que es mas, mató á aquel, que le quitó la vida, y rasgándose sus vestidos lloró con un llanto muy amargo la muerte del mismo Saúl (2 Reg I v 15) ; ya los que cuidaron de enterrar su cadáver , prometió que los honraría y premiaría mucho (2 Reg 2 v 6). Finalmente esta sola virtud alega ante Dios, diciéndole (Psalm 131 v I): Acuérdate, Señor, de David, y de toda su mansedumbre.

Siguese luego la tercera bienaventuranza de los que lloran; en la cual resplandecieron principalmente los Santos Profetas: los cuales no solamente corregían los pecados de los hombres por el celo de la honra divina, sino que también ellos se lamentaban con un piadoso afecto de compasión.

Entre ellos sobresalió mucho un Jeremías, santificado desde el vientre de su madre; el cual gastó toda su vida desde su niñez en llanto y lágrimas. Y no contento con tanto llorar, muestra que aun deseaba más copiosas lágrimas, cuando dice (Jerem 9 v I): ¿Quién dará agua á mi cabeza, y á mis ojos una fuente de lágrimas, y lloraré día y noche?

Y hay dos especies de lágrimas, así como hay también dos especies de tristeza: una según el mundo: otra que es según Dios. Aquella es con la que sentimos la pérdida de cosas temporales, ó las muertes de nuestros parientes y amigos con un llanto excesivo y desordenado: la cual reprehendiendo San Jerónimo en Santa Paula, que lloraba con mucho dolor la muerte de su hija, la dice: Alma, que así llora, es de las que gastan vestidos de seda.

La otra es cuando lloramos las maldades de la vida pasada, como lo hacía aquel Santo Rey, cuando decía (psalm 6 v 7): Lavaré todas las noches mi lecho; con lágrimas regaré mi estrado. Y estas lágrimas que se vierten por los pecados, y no por otras cosas, dice S. Crisóstomo, que son medicina, y lo confirma con una no vulgar razón. Porque si te consumes llorando, porque perdiste á tu hijo, á tu marido, ó mujer ó tus riquezas; no hallarás en ellas remedio alguno para estas calamidades; mas si lloras tus pecados, inmediatamente con ellas te los lavaste y quitaste. Por donde consta, que ellas son verdadera y propia medicina de los pecados. Esto con razón se numera entre estas bienaventuranzas, respecto que, como dice el Apóstol (2 Cor 7 v 10), la tristeza, que es según Dios, es obradora de la penitencia para una salud estable.

Siguese después el cuarto camino de los que tienen hambre y sed de justicia; entre quienes sobresalió el Santo Daniel, de modo que el Ángel le llamó varón de deseos (Dan 9 v 23).

Pero ¿por qué usó el Señor de la frase tener hambre y sed, en lugar de desear? Ciertamente fue porque cuando tenemos mucha necesidad de la comida y bebida, nos movemos del deseo de estas cosas, en tal conformidad que por el logro de ellas desatendemos ó trocamos fácilmente todas las otras cosas, aunque sean muy preciosas.

Porque si á un hombre que se muere de hambre ó sed, le ofreces todo el oro del mundo, y aun el imperio de él, sin proveerlo de pan y de agua, lo estimará todo en nada.

Porque como dijo un Filósofo hablando de los jumentos, mas querían heno, que oro; lo cual refiere también Aristóteles; así también los hombres viéndose estrechados por el hambre antepondrán el pan á todos los otros bienes del mundo.

Por esta causa Esaú cansado y oprimido del hambre, para comprar alimento á su hermano, le vendió la dignidad de primogénito, diciendo (Gen. 25 v. 32): He aquí yo muero, ¿qué me servirá mi primogenitura?

Así también Lisímaco Rey de la Tracia, estando sitiado por sus enemigos, se entregó á sí, y á su reino por la sed que tenía. Y después de haber bebido el agua que le trajeron, ¡Oh, dijo, qué cosa tan pequeña me hizo esclavo de Rey! Habiendo pues el Señor usado de las frases de tener hambre y sed en lugar de desear, quiso que se entendieran no cualesquiera deseos de justicia, sino aquellos, que por su vehemencia, al modo de la verdadera hambre y sed, despreciarán todos los demás bienes del mundo; esto es, con los cuales los hombres se enardecieran en el deseo de las cosas celestiales, de modo que por su logro y consecución estimaran en nada todo lo demás. Y unos semejantes deseos solamente puede tenerlos una alma pura, y que está libre de todo desordenado amor de cosas terrenas. Porque ¿cuál os parece es la causa de que muchos enfermos, que adolecen de inapetencia aborrecen casi como á la muerte la comida, la cual amaban locamente cuando sanos? Ciertamente que no es otra , que el que su estómago, estando lleno de humores perniciosos, teniendo dentro de sí muchos enemigos con quienes luchar, rehúsa admitir á otros. En este tiempo si á beneficio de los medicamentos expele aquellos humores perniciosos, inmediatamente vuelve el mismo apetito de comer que había antes. Pues, Hermanos, la misma causa es, por la cual nos fastidian las cosas máximas y bellísimas , cuales son las virtudes, y dones celestiales y divinos, porque nuestra voluntad está llena de humores perniciosos de vicios, y varios apetitos, los cuales si no expelemos de nosotros con los medicamentos de la penitencia, y propósito de mejor vida, nunca padeceremos hambre y sed de la justicia, y cosas celestiales; así nunca tendremos aquella saciedad saludable de la mente que da pastos de suavidad inestimable á los que entran y salen.

Inmediato á este vivo deseo está el camino de la misericordia; por donde andando todos los Santos, los cuales se llaman en las santas Escrituras varones de misericordia, consiguieron la misericordia; mayormente aquellos, que practicaron la vida activa, que toda consiste en el alivio de las miserias ajenas.

Y en el nombre de misericordia creo se significa aquí no tanto el efecto de esta virtud, cuanto el afecto. Porque aquel solo conviene á los ricos, y éste es común á pobres y ricos. Porque el efecto de la misericordia consiste en obra, y el afecto en voluntad. En la cual es rico cualquiera que como el Santo Job puede decir (Job 30 v.25): Lloraba antiguamente sobre el que se veía afligido, y mi alma se compadecía del pobre. Y de estos que tienen un afecto semejante, dice el Señor en la presente lección del Evangelio: Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán la misericordia. De cuyas palabras parece, cuán necesaria es esta virtud para todos aquellos, que tienen necesidad da la misericordia del Señor, i Y quién hay entre los mortales que no necesite de ella? Á la verdad que dijo muy bien S. Agustín: ¡Ay aun de la vida loable, si se juzga sin piedad! Pues teniendo todos tanta necesidad de esta misericordia, el camino real para conseguirla y alcanzarla es la misericordia: esto es, que tú te portes tal con los hombres, cual quieres que se porte el Señor contigo. Y qué sea lo que valga la virtud de la misericordia en aquel juicio final contra la justicia vengadora, bastantemente lo declaró el Apóstol Santiago, cuando dijo (Jacob. 2 v. 13): La misericordia sobresale sobre el juicio ; esto es , en este combate es la misericordia superior contra el juicio ; ó hablando mas claramente triunfa la misericordia del juicio ; porque á quienes hubiera podido oprimir la severidad del juicio , libra la misericordia , y los absuelve, cuando alega ante el Padre de las misericordias, que es digno de misericordia aquel , que fue benigno y misericordioso con los otros. Luego no sin razón dice Ecumenio que la misericordia es semejante al aceite, con el cual los atletas habiendo de luchar solían untar sus cuerpos, para no dar a los Jueces ocasión de detenerlos por las carnes resbaladizas con el aceite. Y esto mismo hace el aceite de la misericordia con los que han de ser juzgados; á saber, que la justicia vengadora de los pecados no tenga ocasión de acusar ó condenar á aquellos, á quienes defiende de la acusación la misericordia.

Siguese el sexto camino para la bienaventuranza, que es el de los limpios de corazón, de quienes dice el Señor: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán á Dios. Así como anduvieron por el camino anterior de la misericordia los que practicaron la vida activa, así este presente siguen principalmente loa que se han dedicado todos á la vida contemplativa.

Porque el cuidado principal de estos fue, purgar su mente de toda suciedad y hez terrena, para que recibiendo en ella como en un terso espejo los rayos muy resplandecientes del Sol, se ilustraran con un mayor conocimiento de la divina bondad.

Y así oportunamente se propone esta pureza la visión de la luz divina, la cual así como es molesta á los ojos tiernos y enfermos, así es amable para los limpios y puros.

Por lo cual rectamente, y con nombre muy expresivo la llamó S. Agustín sabiduría de la mente purgada.

Porque Dios solo sabe verdaderamente á aquellos, que tienen su mente purgada, cuya suavidad y dulzura es inestimable.

El camino séptimo para la bienaventuranza es, el de los pacíficos, de quienes dice el Salvador: Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

 Estos son los que no solo tienen paz interior consigo mismos y con otros, sino que también procuran conciliar y obrar la paz con otros.

Porque así como es oficio de los hijos del Diablo sembrar discordias entre los hermanos con sus chismes ocultos: así por el contrario es propio de los hijos de Dios obligar y unir entre sí á todos los hombres con una mutua benevolencia.

Porque Dios Amador y Criador de los hombres es conciliador de la paz y de la dilección. Por cuyo título el Apóstol lo llama (2 Cor. 13 v. II) Dios de la paz y de la dilección. Y en otro lugar: No es, dice, Dios de la disensión, sino de la paz. También Isaías llamó á Cristo Señor nuestro Príncipe de la paz.

Pues si este es el nombre, y este es el cargo y oficio de Dios; con razón se llaman hijos suyos los que en esta parte representan la imagen de aquel, que está todo atento, y solícito á ayudar y conservar á los hombres, y estuvo tan cuidadoso de la paz humana, que envió al mundo su Hijo, para que reconciliara las cosas ínfimas con las supremas; y anunciara la paz á aquellos que estaban cerca, y también á los que estaban lejos.

Luego con razón se tienen por bienaventurados estos tales los cuales son hijos de Dios en esta vida, y en la futura serán herederos de su Reino. ¿Qué cosa puede excogitarse mayor que esta bienaventuranza?

Siguese la postrera y última bienaventuranza, la cual colocó el Maestro Celestial en la parte final de esta sagrada lección, cuando dijo: Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque, de ellos es el Reino de los Cielos.

A la verdad que ésta así como es la última, así es la suma felicidad de esta vida, á la cual se ordenan todas las demás.

Porque ni la caridad, ni alguna de las bienaventuranzas antecedentes pueden elevarse ni caminar á mayor altura, que á que el hombre no solo sea justo, sino que también padezca persecución por la justicia.

Por tanto en ésta especialmente se gloría San Pablo, cuando dice (Rom 5 v 3) que se gloria en las tribulaciones.

Y este camino nos enseñó toda su vida no solo de palabra, sino también con ejemplos clarísimos el Hijo de Dios, á quien llamó Isaías (Isai 53 v 3), varón de dolores, y que sabía la enfermedad.

Y por eso la Esposa en los Cantares (Cant I v 12) lo llama acechillo de mirra, porque toda su vida y doctrina apenas es otra cosa que un montón, y acechillo de amarguras, dolores, lágrimas y trabajos.

De aquí sucede, que es más feliz y bienaventurado aquel, que es más semejante y parecido á este espejo perfectísimo de bondad y santidad.

Y á esta bienaventuranza promete el Señor el premio, no futuro, como á las anteriores, sino presente, cuando dice: Porque de ellos es el Reino de los Cielos. Porque gustaron la buena palabra de Dios (Hebraeor 6 v. 5), y las virtudes del siglo venidero aquellos, que se hicieron superiores no solo á las prosperidades de la fortuna, sino también á sus reveses y adversidades; las cuales tienen en ninguna reputación con tal que en la vida presente disfruten una felicidad interna, y la eterna en la vida futura.

III.

Estos son, Hermanos, los caminos ciertísimos por los cuales se llega á esta doble bienaventuranza. Pero porque la una solo es comenzada, y la otra llena y perfecta; os insinuaré brevemente qué cosa sea esta última, para que estéis muy prontos á andar por estos caminos.

Esta pues bienaventuranza, ó galardón divino, para definirlo brevísimamente, es un bien infinito, sumo, cumplidísimo, y para decirlo así, es un bien universal.

Porque en él se contienen todas las perfecciones de todas las cosas, todos sus elogios, toda su dignidad, toda su honestidad, toda su delectación, toda su belleza y hermosura, y finalmente en él se contiene la suma de todos los bienes.

Porque Dios que á todas las cosas dio sus respectivas perfecciones y hermosura, de ningún modo puede carecer de aquella bondad y perfección que dio á cada una de ellas.

Por tanto dice S. Bernardo: Admiras el resplandor en el Sol, en la flor su hermosura, en el pan el sabor, en la tierra la fecundidad; pues Dios les dio todos estos dones. Y no es dudable que para sí se reservó mucho más de lo que dio á las criaturas.

Porque así como la luz de todas las estrellas se deriva del Sol, y éste por sí no solo contiene el resplandor de todas, sino que lo tiene mucho mas copioso y abundante; así la belleza y hermosura de todas las criaturas tanto terrenas como celestiales, así corporales, como espirituales, se deriva y proviene de aquel sumo Criador, pero de modo que para sí se reservó una hermosura, y perfección infinitamente mayor y mas excelente.

¿Pues qué nos admiramos que el Criador exceda infinitamente á sus criaturas, cuando vemos que unas criaturas son vencidas en mucho por otras, esto es, las estrellas son vencidas por el Sol en la grandeza de resplandor?

Luego cualquiera que goza en el cielo de este bien sumo y universal, éste goza plenísimamente de la suavidad amplificada de todos los bienes juntos, de toda su belleza y hermosura, de toda su gloria y dignidad, y de toda su delectación y delicias.

Esto en la realidad es tan verdadero, que si ahora el Dios Omnipotente sacara al pérfido Judas del infierno, y le comunicara por el espacio de una hora esta tan grande felicidad, de ningún modo podría menos de disfrutar en el espacio de este tiempo de una suma delectación, y amar con un sumo amor al Señor presente.

Porque así como los ojos abiertos no pueden menos de ver la luz presente, ó los oídos atentos el sonido de la voz; así la voluntad, presentándosele la especie del sumo bien, no puede menos de irse hacia él con todo ímpetu.

Siendo esto así, ¿dónde, pregunto, llega la necia avaricia de los mortales, que no se abrasa con el deseo de este bien tan grande? Porque si vemos con frecuencia, que los hombres se cautivan por el amor de alguna especial hermosura, de modo que en cierto modo parece que se han vuelto locos; ¿qué harían estos si vieran con sus ojos aquella infinita hermosura, y creyeran que habían de gozarla no por corto tiempo, sino por edades eternas de siglos? Porque si así los embriaga una noticia de una hermosura corpórea; ¿qué harían si entraran en aquel inmenso piélago de la hermosura divina.

Y á lo dicho se debe añadir que el gozo y fruición de este bien no es solo de uno ú otro sentido, sino que mana á todos los sentidos del cuerpo, y potencias del alma: Cosa que no puede convenir de modo alguno á los bienes de esta vida: porque da ellos unos por ejemplo deleitan los oídos con la melodía, otros los ojos por la belleza, otros las narices por la fragancia, otros el sabor por la suavidad, y otros la mente por la especie de su dignidad : mas este bien sumo, así como en sí contiene toda la hermosura y belleza de todas las criaturas, así aunque principalmente se posea por el entendimiento, sin embargo redunda y rebosa á todas las potencias del alma, y sentidos del cuerpo, de modo que nada hay en toda la región del hombre, que no disfrute alguna comunicación de esta felicidad.

Así sucede, que en el hombre glorificado de este modo se sumerge lo mortal de la vida, y el mismo hombre disfrutando con tantos sentidos la gloria de la divinidad, pasa en cierto modo á la naturaleza divina.

¿Hay aun algo que pueda añadirse á esta tan grande felicidad? Lo hay en la realidad.

Poco ha que os dije que todos nuestros sentidos y potencias en un mismo momento de tiempo disfrutan estos bienes tan grandes. Esto de ningún modo se verifica ni acontece en esta vida, como es buen testigo el mismo Aristóteles; que dice que el vehemente deleite de un sentido, cuando se percibe mucho impide las delectaciones de los otros sentidos.

Como por ejemplo, si uno está con mucha atención á la melodía de una cítara, y con ella se deleita mucho, no entenderá á un Orador, que diga al mismo tiempo, ó no sacará deleite alguno de su oración, aunque sea extremada su facundia.

 Mas aquella suma y eterna felicidad aficiona y deleita todas las facultades del hombre, de modo que la suavidad de la una no impide la de la otra, ni la interrumpe, sino que todas juntamente disfrutan cada una según su diferente modo toda aquella multiplicada delectación.

Ahora ya, Hermanos, como si bajáramos del cielo, volvamos sobre nosotros mismos.

¿Creéis que es verdad lo que os he dicho? Ciertamente que nada hay mas verdadero, que aquello que atestiguó la misma verdad.

¿No pensáis por cosa digna el que con todo nuestro conato nos apresuremos hacia esta tan grande felicidad, y que de todos nuestros cuidados sea éste el primero, y también, si fuere necesario, padezcamos algo por ella? No dudo que también habéis de conceder esto. Ciertamente que la concedería un S. Agustín, de quien son las siguientes palabras: Tanta es la hermosura de la justicia, tanta la delectación de la luz eterna, es decir, de la verdad y sabiduría inconmutable, que aunque no fuera permitido mas que vivir un solo día en su posesión, por este solo día se debían despreciar con razón innumerables años de esta vida, llenos de delicias v y de la abundancia de todos los bienes temporales. Porque es mejor un día en tus atrios, que millares (Psalm 83 v. II).

De estas palabras de S. Agustín se puede argüir así: Si años innumerables, llenos de las riquezas y delicias de este mundo, se debían despreciar con razón por la gloria de un solo día: pregunto, ¿qué será razón hacer por una gloria eterna, que nunca jamás se ha de acabar?

Si esto es así, Hermanos, no será razón que preguntemos como el Profeta (Psalm 14 v. I): Señor, ¿quién habitará en tu tabernáculo, ó quién reposará en tu santo monte? O aquello (Psalm 23 v.3): ¿Quién subirá al monte del Señor, ó quién estará en su lugar santo? ¿Quién, digo, será tan feliz y afortunado, que desde este valle calamitoso de lágrimas vaya á aquellas soberanas regiones, y unido con los coros de los espíritus bienaventurados, vea alegre la cara de su Criador?

Felix, caeli quae presentem Regem cernit , anima
Et sub se despectat altam orbis volvi maquinam,
Solem, Lunam,et globosa cum planetis sydera. (Ex hym Pet Damian)

Pues si alguno desea llegar aquí, tiene abiertos los caminos en la presente lección del santo Evangelio para el Cielo, por los cuales puede llegar á él.

De estos el primero es la pobreza, con la cual expelemos de nosotros el apetito desordenado de bienes terrenos.

Otro es el de la lenidad y mansedumbre por cuya virtud sufrimos y llevamos por Dios con paciencia y lenidad las injurias y contumelias que nos hacen.

 Otro es el de las lágrimas y llanto, con el cual lloramos con un piadoso afecto nuestras maldades, y también las de los próximos, y por unos y otros imploramos la misericordia de Dios.

Otro es el de los santos deseos, con los cuales nos incitamos á la práctica de la virtud y justicia; pidiendo al Señor humildemente, que nos haga participantes de los buenos deseos.

Otro es el de la misericordia, con la cual ya que otra cosa no podamos, nos dolemos de la suerte de los miserables con un afecto de compasión.

Otro es la pureza y limpieza del corazón, con la cual sacudimos con la mayor presteza de nuestros corazones todo pensamiento impuro.

Otro es el de la caridad y paz, la cual, en cuanto sea posible, debemos, por lo que hace á nosotros, retener y conservar con todos los hombres.

Y la última es, que si por hacer estos oficios de justicia y piedad, es precisa la pérdida de nuestras cosas, ó padecer alguna deshonra, entonces nos alegremos seriamente y nos regocijemos, porque nuestro galardón es muy grande en los cielos.

Á los cuales se digne llevarnos aquel, que con estos consejos saludables se dignó abrirnos el camino para ellos: á quien es la gloria y el imperio por infinitos siglos de siglos. Amén.

V. P. M. Fr. Luis de Granada, Profesor de Sagrada Teología de la Orden de Santo Domingo. Sermones para las principales fiestas de los Santos. Tomo Decimotercero. Traducido por Pedro Duarte (C.S.B.) Imprenta y Librería calle de la Cruz. 1793.

Venerable María del Carmen Gonzalez-Valerio

Octubre 18, 2009

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El 12 de enero de 1996 el Papa Juan Pablo II declaró Venerable a la niña María del Carmen González-Valerio, y mandó publicar el Decreto de sus virtudes heroicas. «Consta que la niña María del Carmen González-Valerio y Sáenz de Heredia -así se lee en el decreto- ejercitó en grado heroico las virtudes teologales de Fe, Esperanza y Caridad, tanto hacia Dios como hacia el prójimo, y las cardinales de Prudencia, Justicia, Templanza y Fortaleza».

Desde los primeros años después de su muerte, han sido miles las cartas recibidas agradeciendo los favores alcanzados de Dios por intercesión de María del Carmen. Más de mil de estas cartas son de niños.

El proceso diocesano de beatificación lo clausuró el cardenal Vicente Enrique y Tarancón el 16 de abril de 1983. «Esta niña de nueve años -afirmó- fue dotada por Dios de excelentes cualidades morales, manifestando una entrega generosa al Señor, que culminó en su penosa enfermedad. Era capaz de entender y vivir el Evangelio con una profundidad asombrosa, que a nosotros los mayores nos conmueve».

El cardenal Suquía también habló de ella como «alma recta», que «gozaba de una sensibilidad espiritual exquisita; su voluntad fue vigorosa y perseverante; practicó su bien probada virtud con sencillez y sacrificio ejemplares».

Y el cardenal González Martín, escribía así a propósito de María del Carmen González-Valerio: «Los niños, por su propia índole y naturaleza, son siempre mensajeros de bondad y belleza. Son lo más hermoso que crece entre los seres humanos. Merecen que se les llame ángeles en la tierra que viven en la presencia de Dios. Esto es lo que sucedió con la niña María del Carmen».

***

Su historia

Segunda en una familia de cinco hijos, Mari Carmen nació en Madrid el 14 de marzo de 1930. Sus padres, muy piadosos, pertenecían a la nobleza española. Profesaban una devoción especial a la Virgen María y ayunaban todos los sábados en su honor. Desde el primer mes de su concepción, la madre consagró su hija a la Santísima Virgen, durante la novena de Nuestra Señora del Monte Carmelo.

Doña Carmen pidió que fuera conservada la pureza de su vástago y prometió vestirlo de celeste y blanco -los colores de la Inmaculada- hasta la edad de tres años.

Desde su nacimiento, pareció que Dios tenía prisa de tomar posesión del alma de la niña: gravemente enferma, fue bautizada el 18 de marzo en la parroquia Santa María, de Madrid, con el nombre de Mari Carmen del Sagrado Corazón; Mari Carmen era el diminutivo de María del Carmelo.

Gracias a una iniciativa de Monseñor Tedeschini, Nuncio en España y amigo de la familia, Mari Carmen recibió la confirmación a los dos años, como solía suceder en aquella época con algunos niños muy pequeños. El Espíritu Santo parecía presuroso por enriquecer a Mari Carmen con sus dones y dotarla de la fuerza que más tarde le sería tan necesaria.

El llamado a la santidad

Desde su tierna infancia Mari Carmen se mostró particularmente generosa. Si abre la puerta a un necesitado que llama, le entrega sus economías y luego le dice: “Ahora llame otra vez para que mamá le dé algo”. Como sabe que su madre da su ropa usada a los pobres, dice que su abrigo o sus zapatos apenas estrenados están usados, para que se los den a ellos.

Por una gracia particular, pasa mucho tiempo mirando imágenes piadosas, que ordena en una caja, o a darles un “curso de espiritualidad” a sus muñecas para enseñarles a rezar sus oraciones y a hacer la señal de la Cruz. Desde los cuatro o cinco años dirige el rosario en familia y recita de memoria las letanías de la Virgen en latín, hecho frecuente en numerosos hogares cristianos de la época.

En una ocasión, mientras jugaba con su hermano Julio, su abuela le pregunta a éste si quiere ser santo. Julio responde que sí y Mari Carmen exclama enfáticamente:

“¿Pero sabes lo que es? ¡Para ser santo hay que sacrificarse!”

La pequeña hace su primera comunión a los 6 años, el 27 de junio de 1936, el día en que la Iglesia celebra la fiesta de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, a quien su padre profesaba una devoción muy especial. Mari Carmen está perfectamente preparada, gracias a su inteligencia y a un correcto conocimiento del catecismo. Su madre explica:

“Yo estaba convencida de que España, y nuestra familia en particular, iban a atravesar un período muy difícil; se notaba que se estaba preparando una persecución religiosa y quería que ella hiciera su primera comunión”.

Y agrega:

“Ella comenzó realmente a santificarse después de su primera comunión”.

A partir de ese día, Mari Carmen comienza a asistir a misa y a comulgar diariamente.

Torrentes de odio

En efecto, algunos días más tarde explota la guerra, La persecución contra la Iglesia, que había comenzado algunos años antes, se hace demás violenta y se traduce por una voluntad terrible de aniquilar todo lo que es católico.

“No creemos -dicen los obispos españoles- que haya habido jamás, en la historia del cristianismo, un estallido semejante de odio contra Jesús y contra la religión, manifestado en todos los aspectos del pensamiento, de la voluntad y de la pasión, y ello en sólo algunas semanas… Los mártires se cuentan por miles”.

A fin de agosto es arrestado el padre y conducido a la “checa”, una prisión donde los detenidos eran sometidos a juicio sumario. Don Julio González Valerio es asesinado algunos días después. Justo antes de ser arrestado, había confiado a su esposa:

“Los niños son demasiado pequeños, no comprenden, pero cuando sean grandes diles que su padre ha luchado y dado su vida por Dios y por España, para que se los pueda educar en una España católica donde el crucifijo presida todas las escuelas”.

Oremos por papá y por quienes lo mataron

Tras la muerte de su marido, doña Carmen se halla en gran peligro debido a sus lazos familiares con personalidades políticas del país. Se refugia en la embajada de Bélgica, confiando sus hijos al cuidado de su tía Sofía. Cuando ve partir a su madre, Julio, el hijo mayor, se siente persuadido de que va a sufrir la misma suerte que su padre. Mari Carmen consuela a Julio y a la tía Sofía, quien también está muy angustiada: “Recemos el Rosario y las oraciones a las llagas de Jesús”.

“Durante su estadía en mi casa -testimonia su tía- la niña recitaba todos los días el rosario de las llagas del Señor para la conversión de los asesinos de su padre”. En su espíritu infantil, los asesinos se encarnaban en el presidente de la República, Azaña. Más tarde, en ocasión de preguntar: “Mamá, ¿Azaña irá al cielo?”, su madre le explicó que si ella se sacrificaba y rezaba por él, sería salvado.

El 11 de febrero de 1937, fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, los niños se unen a su madre en la embajada, escapando así al peligro de ser deportados a la URSS para ser educados allí en el marxismo.

Mari Carmen ayuda a su madre, y sin embargo es aún una niña muy pequeña. Un día, su madre debe retarla al verla jugar con una muñeca que había quedado en la casa, y por la cual había pedido al embajador que la fuera a buscar.

Finalmente, el 31 de marzo, la familia puede ser evacuada y logra pasar a la España nacionalista para instalarse en San Sebastián. Mari Carmen finaliza el año escolar en el colegio del Sagrado Corazón, y en octubre de 1938 ingresa como interna al colegio de las religiosas irlandesas de Zalla. En una carta a su abuela le dice: “Me gustaría mucho que me mandaras lana para hacer abrigos para los pobres”.

Durante las vacaciones regresa su casa. Al ver a su madre agobiada por sus preocupaciones domésticas, le dice: “Mamá, te ocupas demasiado de las cosas de la tierra; deberías orar más”. Y ante la respuesta de su madre: “Hijita, es necesario que me ocupe de la casa”, insiste: “Mamá, el Cielo es tu casa…”

Me he entregado

En el transcurso de las vacaciones de Semana Santa, el 6 de abril de 1938, Jueves Santo, Mari Carmen asiste a misa con su abuela, que comprende mejor que nadie la profundidad espiritual de su nieta. Al entrar a la Iglesia, la niña pregunta: “¿Abuela, me entrego?” La abuela asiente, sin comprender bien lo que quiere decir su nieta; y luego cuenta: “La seguí después de la comunión; se hubiera dicho que la transportaban los ángeles. Se cubrió el rostro con sus pequeñas manos, luego se quedó un momento arrodillada en acción de gracias. A la salida de la Iglesia, me preguntó el sentido exacto de entregarse, y le respondí: es darse por entero a Dios y pertenecerle completamente. Ya en la calle, insistió para ir a la confitería e invitar a todos”

No se trataba de un capricho para satisfacer su glotonería: sus padres tenían la costumbre de celebrar las fiestas del Señor comprando tortas a la salida de misa; su deseo de adquirirlas indicaba la importancia que Mari Carmen atribuía a ese momento. Nunca más habló de ese don; fue su secreto.

Poseía un cuaderno en cuya tapa había anotado “personal”. Ese cuadernito, así como agenda, estaban dentro de un sobre cerrado con varios trozos de papel de pegar en los que también se leía: “Completamente personal, completamente personal, completamente personal”. Después de su muerte, se leyó en su agenda:

“Me entregué a Dios en la parroquia del Buen Pastor, el 6 de abril de 1939″.

No se puede precisar con certeza cual fue el motivo de su ofrenda, pero es seguro que más tarde, cuando cae enferma, esas palabras tomaran su sentido: se ha ofrecido por su padre y por quienes lo mataron.

“Que se haga su  Voluntad”

El 8 de abril, al regresar del colegio, Mari Carmen debe guardar cama: se le ha declarado una escarlatina. Lo que al principio parecía insignificante, se agrava: primeramente aparece una otitis, luego una mastoiditis que degenera en septicemia cardíaca y renal. Una de sus compañeras de entonces ha escrito:

“Desde que fue llevada a la enfermería, comenzó a hablar de su muerte con términos cuyo sentido exacto ya no recuerdo, pero nos hacían comprender que moriría pronto, lo cual nos conmovió hondamente porque en ese momento nada lo presagiaba”.

La niña no tardó en anunciar aun el mismo día de su muerte.

Mari Carmen se da a un abandono que se manifiesta en los menores detalles. En ocasión de que una religiosa corre las cortinas de su habitación diciéndole que esa luz debe molestarle, responde: “Gracias, Madre, que el Buen Dios se lo devuelva”. Pero entra otra religiosa y descorre las cortinas para alegrar el ambiente. Mari Carmen le agradece de igual manera “Gracias, Madre, así está bien”.

Cuando su madre le propone pedirle al Niño Jesús que la sane: la niñita exclama:

“No, mamá, no pido eso, pido que se haga Su Voluntad”.

El 27 de mayo se la transporta a Madrid y allí es operada. Pero ya se sabe que la lucha será en vano; a pesar de ello, los médicos no renuncian a probar toda la medicación posible, por dolorosa que sea, causándole con ello un martirio inútil.

Su enfermera testimonia:

“Cuando le colocábamos el suero en las venas de las manos, porque las otras estaban dañadas, nos pedía que rezáramos. Entonces orábamos un Credo y un Padrenuestro, todas juntas con ella. Rezaba muy lentamente, y cuando la inyectábamos rezaba mucho más rápido”.

De esta manera, soportaba más de veinte inyecciones de toda clase y en cualquier dosis: tonificantes cardíacos, sulfamidas, suero, inyecciones endovenosas… todas muy dolorosas; cada vez era más difícil hallar una vena en sus manos. La diarrea era “una de las cosas que más la hacía sufrir” debido a su amor a la higiene.

Jesús!…

La septicemia impide la cicatrización de una de sus orejas, atacada por el mal. Para facilitar la curación de su oreja, es menester cortarle algunos mechones de su cabello. La niña comenta:

“Desde esos cabellos que acaban de cortarme, hasta la uña del meñique del pie, me duele todo el cuerpo”.

Está repitiendo sin saberlo las palabras de Isaías: Desde la planta de los pies hasta la cabeza, no hay nada sano en él (Is. 1, 6).

Viene a sumarse una doble flebitis, en las piernas se forman llagas gangrenosas. El simple contacto de las sábanas se vuelve un suplicio y se desmaya cuando las cambian. A nadie le viene en mente aliviar su fiebre, ni sus sufrimientos, ni sus largas noches de insomnio administrándole analgésicos o calmantes… Solamente el nombre de Jesús la ayuda a soportar el sufrimiento.

En su lecho de dolor, Mari Carmen sigue pensando en los niños pobres. El doctor Blanco Soler explica:

“La capacidad de amor de esta niña era tan extraordinaria que desbordaba de su cuerpecito, y en todas sus miradas, sus gestos, su conducta, se veía ese profundo amor místico que la pequeña guardaba en su corazón”.

A veces, alguien le trae libros para que se distraiga; pero ella no mira más que el conocido cuaderno parroquial “Jesús mío”, y siempre en la misma página: una donde se ve un ángel que lleva un niño apretado contra él, sobrevolando, entre sus estrellas, la cruz y los cipreses de un cementerio. Se trata del alma y en el texto se lee:

“Cuando se oyen trinos en un matorral, no es el matorral que canta sino una avecilla en él escondida. En cuanto a nosotros, pensamos, deseamos y conservamos el recuerdo de las cosas: es el alma quien piensa y recuerda. El alma no morirá nunca, y cuando el cuerpo sea enterrado, el alma será juzgada por Dios”.

A través de sus sufrimientos Mari Carmen ve la manifestación de la bondad de Dios. Frecuentemente le pide a su mamá: “Cántame ¡Qué bueno eres, Jesús! ¡Qué bueno eres!”, y siempre se emociona.

“Me voy al Cielo”

Mari Carmen había dicho que la Virgen María vendría a buscarla el día de su cumpleaños, el 16 de julio. Cuando se enteró de que su tía Sofía se casaría ese día, anunció que moriría al día siguiente. La víspera del casamiento, la tía va a verla y le dice que le traerá flores. La niña responde: “Envíame solamente flores de lis, ésas las necesitaré”

El 17 en la mañana, Mari Carmen se sienta en su cama, cosa que no podía hacer desde hacía ya largo tiempo. Y dice: “Hoy me voy a morir, me voy al cielo!”. Doña Carmen congrega a toda la familia alrededor de la niñita. Esta pide perdón por no haber sabido amar a Maripé, su enfermera, y por haber omitido alguna vez sus oraciones. Después, le pide a su mamá que cante: “Qué bueno eres, Jesús!…” Y muy simplemente le dice: “Pronto voy a ver a papá, ¿quieres que le diga algo de tu parte?”

A las trece horas, Mari Carmen se recoge totalmente, “en un recogimiento sobrenatural”, dirá su abuela. Y aconseja: “Ámense unos a otros”.

Muero víctima

Su mamá narra:

“Mari Carmen se sentó en su cama, tendió sus bracitos abiertos al cielo y pareció querer librarse de algo que la molestaba, diciendo: ¡Déjenme, quiero irme! Cuando se le preguntó adónde quería ir, respondió: ¡Al cielo! Voy a él sin pasar por el Purgatorio, porque los médicos me han martirizado. Mi padre murió mártir, yo muero víctima”.

Al médico que quiere aún retenerla en la tierra, le dice:

“Déjenme partir, ahora, ¿no ve que la Santísima Virgen viene a buscarme con los ángeles?”

Y ante la estupefacción de todos, dice:

“Jesús, María, José, asistidme en mi última agonía! Haced que muera en vuestra compañía!”

Son sus últimas palabras; cae sobre la almohada y exhala el último suspiro sin agonía, sin ninguna contracción del rostro. Son las tres de la tarde.

En el momento de su muerte, Mari Carmen estaba destrozada y deformada físicamente por la enfermedad, pero uno de sus tíos, que se hallaba junto a su cama, exclama: “miren qué bella se vuelve!” Cuando murió, cambió completamente, un dulce perfume emanó de ella, totalmente diferente del de las flores que la rodeaban. La rigidez había desaparecido. Se transfiguró de tal manera, que el médico legista al principio se negó a certificar el deceso; afirma que la niña está ciertamente muerta pero que ese cuerpo no es un cadáver.

Mari Carmen fue vestida con el vestido de su primera comunión y depositada entre las flores de lis del casamiento de su tía.

La conversión de Azaña

Un año más tarde, el 3 de noviembre de 1940, el presidente Azaña muere en Montauban. Según el testimonio de Monseñor Théas, obispo de la diócesis, que en ese momento le prestaba su asistencia espiritual, Azaña, a pesar de los amigos que lo rodeaban, “recibió con toda lucidez el sacramento de la penitencia, expirando en el amor de Dios y la esperanza de verlo”. Sin ninguna duda, ignoraba que su ruta se había cruzado con la de una niñita de nueve años que había orado y sufrido por él.

Tomado de :

*Revista Alfa y Omega Nº 7. 1996. Artículo: “Vivió el Evangelio con una profundidad asombrosa”. Coro Marín

*Gabriel María Verd S.J. La Venerable Mari Carmen Gonzalez Valerio: Vaso de arcilla y de luz, una niña de 9 años (1930-1939)

El convite de bodas

Octubre 12, 2009

Hablaba Jesús á los príncipes de los sacerdotes y á los fariseos en parábolas, diciendo: semejante es el reino de los cielos á un Rey que celebró las bodas de su hijo.

 Bajo esta parábola nos enseña el Salvador un conjunto de verdades capitales y muy necesarias que encierran en sí el secreto de Dios, y el fundamento de la humana salud.

En este festín de las bodas del hijo del Rey está representado aquel convite celestial de la eterna alianza del esposo con la esposa, de la Iglesia entera con Jesucristo, de todos los escogidos con Dios.

A esta eterna felicidad no tenemos derecho después del pecado sino por la misericordiosa elección y vocación de Dios, que de la masa viciada de Adán entresaca á los que quiere llevar á su gloria , asegurando la salvación de los escogidos por un decreto inmutable é independiente no de la libertad, sino de la instabilidad del hombre.

Con esta semejanza de las bodas nos da á entender igualmente la muy tierna é íntima unión que tiene el alma con Dios en Jesucristo por la fe y por los sacramentos de la fe.

Si por estas bodas comenzadas ya en nosotros, no es ya la criatura sino un solo espíritu, y un solo corazón con su Dios; ¿qué será cuando perfeccionado este desposorio, le dé parte el Señor en todos sus bienes, y consume en ella la caridad para que viva para él, en él y de él eternamente?

En este banquete convida el mismo manjar, para alimentar y llenar de sí á los convidados y convertirlos en sí mismo.

Pues este hijo del Rey es el cordero manso y pacífico, cuyas bodas se celebraron en la cruz donde fue sacrificado antes de ser glorificado; justo será que la esposa suya y sus miembros para ser semejantes á tal esposo en sus diversos estados, aprendan de él á ser sufridos, mansos y humildes de corazón, sin lo cual no serán admitidos en la gran cena que nos tiene preparada.

Y envió sus siervos para que llamasen á los convidados á las bodas, y no querían ir.

Siervos eran de Dios los profetas y los demás mensajeros que de su parte convidaron al mundo con la eterna salud antes de la plenitud de los tiempos. En traje de siervo vino también el Hijo de Dios enviado del Padre, á convidarnos y conducirnos al banquete del cielo. Hizo esto después de su encarnación, viviendo en el mundo bajo la semejanza de la carne de pecado, muriendo como malhechor, resucitando por su propia virtud, y enviando desde el cielo su Espíritu. Sus obras, sus palabras, sus afectos, lo que practicó, lo que padeció, todo ello iba ordenado á preparar el convite, á llamarnos á él, á disponernos el asiento que en él debíamos ocupar.

El lo hizo todo, él lo mereció todo, para que nuestro pan fuese fruto de su sudor, y nuestra victoria premio de su pelea.

Mas ¡ó rebeldía de la voluntad del hombre, que ni el beneficio la mueve, ni la promesa la estimula, ni todo el amor de Dios la arranca de los vanos y torpes afectos del siglo!

Si fueron inexcusables los paganos por no haber escuchado la voz de las criaturas que los convidaban á ser agradecidos á Dios (Rom I, 20-21); ¿cuánto mas lo serán los cristianos que se hacen sordos á la palabra evangélica del Criador, y á la voz de las instrucciones, de los milagros, de los misterios y de la sangre de Jesucristo?

Volvió á enviar otros siervos diciendo: decid á los convidados: he aquí mi comida tengo prevenida, muertos están mis toros y los animales cebados, y todas las cosas dispuestas, venid á las bodas,

A la resistencia del corazón rebelde opone Dios los ingenios de su piedad infinita. Por este desprecio que hacemos de los dones de Dios, pudiéramos colegir que hay en nosotros un gran tesoro de bienes y de felicidad; si no nos engañase la fe que nace esto de nuestro propio orgullo, que nos induce á sacudir la sujeción á Dios, y nos venda los ojos para que no veamos el piélago insondable de nuestra miseria.

¡O misericordia la del Salvador! tanta ansia muestra de unirse con nosotros, como si esto cediese en provecho suyo, ó pendiese de ello su felicidad.

¿Mas para quién está la comida dispuesta, para quién está muerta la víctima de Dios, para quién se han preparado estas bodas; sino para ti y para mí, y para los demás en quienes se ha de consumar esta unión aquí bajo el sacramento de la Eucaristía, y en el cielo sin velo ni rebozo?

¡Ay de nuestra tibieza y negligencia! ¡Ay de nuestra ingratitud y de los demás defectos que impiden en nosotros la perfección de esta unión!

¿Qué  esperamos sino que el gusano de la conciencia castigue eternamente el desprecio que hacemos ahora de esta divina alianza?

Mas ellos no hicieron caso, y se fueron uno á su granja, otro á sus negocios ¡y los demás apoderándose de sus siervos, habiéndolos ultrajado, los mataron.

Convidados estamos por los Ministros evangélicos al festín de la eternidad: por varios medios nos convocan á que trabajemos en nuestra santificación, á que no desperdiciemos el tiempo, á que no recibamos en vano los dones de Dios.

¿Mas qué son las excusas de aquellos convidados si se comparan con los pretextos que inventamos nosotros para no abrazar las condiciones de este convite, ni entrar en el camino por donde á él se llega?

Tan necios somos y tan injustos, que en nuestra balanza pesa mas que el reino de Dios un vil interés, un negocio temporal, cuyo principio y fin es la avaricia ó la vana gloria.

No aguarda Dios á que tú le pidas; anticipase á tu mismo deseo para ofrecerte la inmortalidad y la gloria y otros bienes altísimos de que ni noticia tendrías, si él mismo no te la hubiera dado.

Y tú ingrato, ciego, disipado, esclavo de tus pasiones, ni siquiera te dignes escuchar lo que Dios te ofrece.

Tu proyecto es hacerte rico con bienes terrenos, grande con honras mundanas, dichoso con deleites carnales.

¿Qué idea tienes de Cristo? ¿Acaso te salvará lo que es obstáculo para la salvación, la ociosidad y el orgullo de las riquezas, la disipación de los sentidos, la pérdida del tiempo, el afán de las pretensiones y de los negocios temporales, la condescendencia con los antojos de la carne , la vida blanda y voluptuosa, cuyo blanco es gozar tranquilamente de la salud, de los bienes adquiridos, de la comodidad, de los consuelos de la amistad y del deudo, de las alegrías y satisfacciones privadas, y de las diversiones públicas ? ¿Qué diremos de los pecadores de profesión, que hacen gala de ser inicuos, y sobre despreciar la virtud, se ensañan contra el que los exhorta á su seguimiento? Los dones de Dios en sus santos Ministros sirven para condenación de los perseguidores de ellos, abandonados á su propia ceguedad y malicia. Especial gracia es y bendición para una provincia que le envíe Dios santos eminentes, prelados ilustrados, sabios y celosos; mas ¡ay del que esta gracia y bendición la convierte en juicio y maldición, rebelándose contra los dignos mensajeros de Cristo! ¡Miserable voluntad, tan amada y tan defendida del hombre! ¿Para qué sirves abandonada á tu corrupción, sino para hacer guerra viva á la voluntad de tu Dios á quien debieras amar y servir sobre todas las cosas ? A esta rebeldía nuestra cede Dios cuando lo pide así su justicia: la doma y la refrena cuando le obliga á ello su misericordia.

El Rey, oído esto, se enojó; y habiendo enviado sus ejércitos, destruyó a aquellos homicidas, y puso fuego á su ciudad.

Esta ciudad infiel es imagen del pecador que se hace sordo á los auxilios de Dios y á los ingenios de su gracia. En el incendio de ella está representado el furor de la justicia de Dios contra el desprecio de su palabra, y contra los agravios hechos á sus Ministros.

En esta parábola dio ya por cumplida el Señor la destrucción de Jerusalén anunciada más adelante, cuando dijo á los judíos que su habitación quedaría desierta (Matth. XXIII. 38) 

¡O cuan frecuente es que sean abandonados de Dios y castigados aun con pérdida de bienes temporales, los que por conservarlos despreciaron á Dios! Tengamos presente esta verdad, si queremos saber de donde nace ordinariamente la ruina de las ciudades y de las provincias, y la total desolación y trastorno de los estados. La prudencia humana y la filosofía andan desatinadas y atientaparedes, indagando y adivinando y queriendo señalar causas inciertas á los sucesos que solo nacen de la indignación y de la ira de Dios. Afrenta es de los sabios del mundo que un pobre rudo del campo con sola la luz de la fe vea y conozca lo que no entenderán ellos jamás con su tenebrosa doctrina. ¿Quién no reconoce la misericordia de Dios en este claro anuncio de sus juicios? ¡Ay del que no aprovechándose de ella, la convierte en ira!

Entonces dijo á sus siervos: las bodas están prevenidas: mas los que fueron convidados no eran dignos,

¿Quién hace al hombre indigno de las bodas eternas, sino el apego á los bienes y á los deleites temporales? Excluido será de este banquete el amador del mundo, si no lava con la penitencia la mancha que deja este amor. Rarísimos son los que conocen cuan grande miseria es tener cosas que nos peguen el corazón á esta vida presente; y cuanta dicha no poseer nada en este mundo que nos induzca á su amor. Esta verdad tan ardua é ininteligible para los sabios del siglo, es muy llana y suave para los humildes que saben cuanto mas fácil es hacer escalera para salvarse de la pobreza que de la riqueza. Indigno es del cielo el rico que tiene pegado á las riquezas su corazón. El pobre cuanto más ama la pobreza, tanto es más á propósito para el cielo, y más digno de él. ¿Qué diremos del que voluntariamente la elige por el espíritu de Dios, y para imitar y seguir en este estado á Jesucristo pobre? El que en este estado perseverare, cuente de seguro con el reino de Dios. ¿De qué me servirá la gracia del convite y de la vocación exterior, si no me hace digno de esta mesa el mismo que me convida, quebrantando mis cadenas, refrenando mis pasiones, y preservándome de los continuos riesgos en que estoy de perderme?

Id pues á las salidas de los caminos, y á cuanto hallareis, llamadlos a las bodas. Y saliendo sus siervos por los caminos, juntaron á todos los que hallaron, malos y buenos; y la sala de las bodas se llenó de gente que se sentase á la mesa.

Así como la justicia de Dios es igualmente inflexible hacia todos, sin respeto á potestad ni á dignidad ni á riqueza ni á grandeza, porque á cada uno juzga según sus obras, como dice S. Pedro (I Petr I, 17): así también su misericordia en la predicación del Evangelio y en la vocación á la fe excluye toda acepción de personas (Act X, 34). De suerte que no puede atribuirse esta preferencia al nacimiento, ni á la condición, ni á la ciencia, ni á las cualidades exteriores del elegido, sino á la gracia misma que le elige; siendo todos los hombres respecto de Dios una masa dañada, y un ejército de enemigos suyos indignos de su amor, y de los premios que á él se deben. Humíllanos la fe haciéndonos entender que por la gracia es glorificado Dios en nosotros por medio de la sangre de Cristo (Rom III, 4, seq.) , no con sola la ley exterior que manda lo necesario para salvarnos, sino con la ley interior de la caridad que es fruto de la fe en Jesucristo, la cual nos hace amar los mandamientos, en cuya práctica consiste nuestra salud.

De los que se hallaron á las salidas de los caminos, juzgan los Santos que los más eran pobres, gente por lo común hambrienta, sin casa ni hogar, y por lo mismo á propósito para dejarse atraer de quien los convide.

Cierto es que entre los pobres suelen hallarse enormes vicios, dignos de que se dediquen á su extirpación los encargados de la educación pública.

Mas á pesar de esto se observa que los pobres por lo general son dóciles, francos y propensos á recibir las verdades de la religión; al contrario de los ricos soberbios que suelen ser fríos, duros é indóciles á la palabra de Dios y á los esfuerzos de sus Ministros.

La sala de las bodas es el seno de Dios, donde los convidados son hartos de todos los bienes, después de haber sido libres ó preservados de todos los males.

De caminos extraviados aparta Dios á los que estando olvidados de él, son por él atraídos al conocimiento de la verdad, y admitidos al premio de los que la siguen.

Llenóse de gente esta sala, porque nada hay vacío en la casa de Dios, no pudiéndole faltar ni uno solo de los escogidos, que son la plenitud del cuerpo de Cristo.

 Juntaron á todos los que hallaron, porque hay piedad en Dios para buscar á los que huyen, poderío para vencer á los que se le oponen, y suavidad para hacerse amar de los que le aborrecen.

Y esta santa y misteriosa violencia (Luc XIV.23) lejos de forzar á la voluntad, la sana y la deja mas libre.

Juntaron los buenos con los malos, porque la Iglesia católica se compone de justos y de pecadores, unidos entre sí por la profesión de la verdadera fe y la sujeción á los legítimos pastores; aunque los malos interiormente estén separados de los buenos que viven la vida de la fe animados por el Espíritu Santo.

Y así aunque los malos son miembros de la Iglesia en cuanto están exteriormente en su comunión, como no están interiormente unidos con Cristo por la caridad, degeneran de la naturaleza de miembros, pues son parte muerta de un cuerpo vivo.

Y en este sentido debe entenderse lo que dicen S. Agustín y otros Santos, que los malos están en la Iglesia, y no son de la Iglesia: que han salido de ella, aunque parece que están en ella: que son miembros del gavilán, y no de la paloma: non ad Ecclesiam pertinent: non columbae sed accipitres dici possunt. Mas los siervos envíados por el Rey no los excluyeron del convite; porque no los supieron distinguir: siendo cierto que por lo común solo Dios conoce la indignidad de los malos.

Entró luego el Rey á ver los que estaban á la mesa, y vio allí un hombre que no estaba vestido de ropa nupcial.

Por la fe entró este en la sala de las bodas: mas no se hallaba en estado de sentarse á la mesa, por estar desnudo de la caridad, que es la vida de la fe, y de las buenas obras que son sus frutos. Ropa tenía  más no la nupcial: vestido estaba del hombre viejo, porque solo se veían en él las inclinaciones y los vicios de la naturaleza dañada, y no las disposiciones necesarias para abrazarse con Dios y celebrar las bodas espirituales con Cristo. 

 Y le dijo: amigo, ¿cómo has entrado acá sin tener ropa de boda? Y él enmudeció.

El no haberse examinado ni residenciado antes este hombre, dio ocasión á que le sorprendiese el Rey y le separase de los dignos.

Esta reconvención supone que los siervos le habían ya advertido que entrase en la sala con otra ropa.

Por eso enmudeció él, y no tuvo que replicar.

¿Qué responderemos nosotros en igual caso, después de habernos dicho el Apóstol que escudriñemos nuestra conciencia antes de sentarnos á la mesa de Cristo, y que con la voluntaria separación y con la saludable preparación precavamos el terrible discernimiento que hará de los indignos el Salvador deparándolos de sí para siempre.

Entonces dijo el Rey á los que servían: atado de pies y manos echadle en las tinieblas exteriores: allí habrá lloro y rechinar de dientes.

Terrible castigo es para un cristiano ser separado para siempre del cuerpo de Jesucristo, ser despeñado en el horno que nunca se apaga, arder eternamente en el fuego tenebroso que atormenta y no alumbra.

No hay allí pies para huir de la justicia de Dios, ni para acudir á su misericordia: no hay manos para obrar bien, ni para reparar el mal.

Atados tienen los condenados los pies y las manos, porque serán invariables sus deseos y sus afectos. Flexible es y mudable en esta vida la voluntad aun de los muy perdidos, los cuales se mudan como la luna, y andan alterados como el mar en borrasca: mas la otra vida excluye de ellos toda alternativa y mudanza: fijaseles la voluntad con todas sus pasiones en aquellos objetos que les han de causar tormento, y así queda para siempre’ inflexible: eternamente están amando á las criaturas de que no pueden gozar, y aborreciendo á Dios de quien no se pueden vengar.

Como murieron vacíos del amor de Dios, se hallarán sus almas llenas del amor de sí mismas y de todas las cosas del mundo y de un vehemente deseo de su felicidad.

Por lo mismo que quedaron inmutables desde su muerte, serán también inmutables todas sus pasiones, y obrarán en ellas con todo el ímpetu de la naturaleza del alma y de su estado.

Viéndose pues para siempre excluidas de esta felicidad que desean, y que no gozarán jamás de las cosas temporales que aman, y que no llegarán en toda la eternidad á la honra, á la excelencia y elevación á que aspiran; antes por el contrario mientras Dios sea Dios serán humilladas, abatidas, deshonradas, cubiertas de la miseria, del dolor y de la ignominia en que se ven entonces; es imposible imaginar á qué punto subirá su rabia y despecho.

 Solo podemos conjeturar que la violencia de estos afectos será conforme á la grandeza de su pérdida y á las espantosas circunstancias que la acompañan; las cuales se les presentarán claramente y como son en sí, para excitar remordimientos vehementísimos, y dolores proporcionados á la grandeza del objeto que ven, y á la claridad con que le ven.

De aquí nacerán en ellos ímpetus perpetuos de encono, de furor y de envidia contra los justos, de despecho contra sí mismos, y de odio contra Dios y su justicia que no pueden explicarse ni aun imaginarse.

Dejo aparte el lloro infructuoso y el rechinar de dientes que nacerá de habérseles cerrado la noche, en la cual se verán privados del conocimiento saludable de Dios, y del tiempo oportuno para merecer; quedándoles en vez de esto tinieblas, dolor, tristeza, lágrimas, desesperación, y esto para siempre.

De esta suerte pasan los réprobos de las tinieblas interiores del pecado á las tinieblas exteriores del infierno.

En ellas serán atormentados, y no destruidos; asesinados, y no muertos: viviendo agonizarán, espirando subsistirán; la muerte que los había de tragar, será su alimento. Espantosos misterios son estos: las carnes tiemblan de solo pensarlo: ¿qué será haberlos de sufrir? Exhorresce quod minatur Omnnipotens…. et vilescet omnis mundus. ¡O válgame Dios! dice Santa Teresa. Qué gran tormento es para mí cuando considero qué sentirá un alma que siempre ha sido acá tenida y querida y servida y estimada y regalada , cuando en acabándose de morir se vea ya perdida para siempre, entienda claro que no ha de tener fin : que allí no le valdrá querer no pensar las cosas de fe, como acá ha hecho; y se vea apartar de lo que le parecerá que aun no había comenzado á gozar metida en aquel lago hediondo lleno de serpientes , que la que mas pudiere le dará mayor bocado: en aquella miserable oscuridad adonde no verán sino lo que les dará tormento y pena , sin ver luz, sino de una llama tenebrosa. ¡O qué poco encarecido va, para lo que es! ¡O Señor! ¿Quién puso tanto lodo en los ojos de esta alma, que no haya visto esto, hasta que se vea allí? ¡O Señor! ¿Quién ha tapado sus oídos, para no oír las muchas veces que se le había dicho esto, y la eternidad de estos tormentos?”

 Porque muchos son los llamados, y pocos los escogidos.

En este que fue excluido del banquete, están figurados todos los réprobos, cuya separación mostrará quiénes son los escogidos.

No nos lleva á la gloria de Dios la vocación á la fe, sino la vida de la fe y la perseverancia.

¿Por qué son mas los que se condenan, sino porque son los menos los que se esfuerzan á entrar por la puerta angosta, y de estos son muy contados los que hasta el fin siguen á Jesucristo?

Oración.

¿Quién me ha hecho tan ciego, Señor, que no veo la gravedad del pecado mortal en el castigo que le tiene preparado tu infinita justicia? ¡O tinieblas perpetuas! ¡Ó muerte siempre viva! ¡Ó tormento sin término ni alivio! ¿Cómo no os temen los que temen dormir en una cama dura, por no dar pena á su cuerpo? ¿Donde hay lágrimas para llorar el olvido que tengo de esta verdad, y el ningún caso que he hecho de ella hasta ahora? ¡Miserable de mí! que para todo soy cobarde, menos para temer el infierno. ¡Miserable de mí! que tengo miedo á una noche lóbrega, y no me espantan los horrores de la noche perpetua. Alumbradme ahora, Señor, y dejadme abrasado en caridad, para que mientras dura el día de vuestra misericordia, me preserve de los efectos de vuestra ira.

J. Villanueva. Dominicas, ferias y fiestas movibles del año cristiano de España. Imprenta Real.1800.

La Exaltación de la Sta. Cruz

Septiembre 13, 2009

“El 14 de septiembre de 335 tuvo lugar la dedicación de la Basílica constantiniana que cubría bajo sus bóvedas el Calvario al par que el Santo Sepulcro. La peregrina española Eteria (sig. Iv) dice que en esa fecha se descubrió la Cruz y por eso se celebra esa solemnidad con tanta pompa como la misma fiesta de Pascua y de Epifanía. He ahí el origen de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.”

“Cuando Yo sea elevado (en la cruz) todo lo atraeré  a Mí mismo” (Ev.), había dicho Jesús. Y, precisamente, por haberse humillado Cristo haciéndose obediente hasta la muerte de cruz fue ensalzado y se le dio un nombre sobre todo nombre (Ep.) Debemos gloriarnos en la Cruz de Jesús, porque ella es nuestra vida y salvación (Int.) y ella nos protege contra las embestidas y celadas del enemigo (Ofert., Com., Posc.)

Dice la leyenda del Breviario que, hacia fines del reinado de Focas, Cosrroes, rey de los Persas, se apoderó de Jerusalén, y, después de matar en ella muchos miles de cristianos, se llevó a Persia la Cruz del Señor, que Elena había depositado en el Monte Calvario.

Heraclio, sucesor de Focas, ayunó y oró mucho, implorando el favor y auxilio de lo alto con el cual pudo derrotar a Cosrroes, obligándole a restituir la cruz del Señor. Así fue recobrada esta preciosa reliquia, catorce años después de haber venido a poder de los Persas.

Al volver a Jerusalén, Heraclio puso la Cruz sobre sus hombros y la subió con gran pompa al cerro adonde el Salvador mismo la subiera. A esta ascensión acompañó un estupendo milagro. Iba Heraclio cargado de oro y pedrería, cuando al pronto sintió que una oculta fuerza le detenía junto a la puerta por la cual se sale al camino del Calvario, y cuanto el rey más se empeñaba en andar, tanto mayor era la fuerza que se lo estorbaba.

Todos, ante el inaudito caso, quedaron atónitos; hasta que Zacarías, obispo de Jerusalén, dijo al monarca: “Mira emperador, que con esos arreos de triunfo no imitas bastante la pobreza de Jesucristo y la humildad con que Él llevó su Cruz.” Entonces Heraclio, despojándose de sus ricos vestidos, se descalzó, y poniéndose un manto, echóse la Cruz en hombros y pudo seguir andando hasta llegar a la cima del Calvario y dejar el santo Madero en el lugar mismo de donde los Persas lo habían tomado.

Unámonos en espíritu a los fieles que en la iglesia de la Santa Cruz de Roma veneran hoy las reliquias del sagrado Madero que en ella se expone; para que, habiendo ido aquí en la tierra a adorarlo en esta solemnidad en que nos alegramos de su Exaltación, lleguemos también a posesionarnos en la eternidad de la salvación y de la gloria que El nos granjeó. (Or., Sec.)

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MISA.- Introito. Gál. 6, 14

Nos autem gloriári opórtet in Cruce Domini nostri Jesu Christi: in quo est salus, vita et resurrectio nostra: per quem salváti et liberáti sumus.-

Nosotros debemos gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en que está la salud, la vida y nuestra resurrección, y por la que somos salvados y libertados.-

Ps. 66, 2. Deus misereátur nostri, et benedicat nobis: illúminet vultum suum super nos, et misereátur nostri. V. Gloria Patri.

Salmo. Dios se apiade de nosotros, y nos bendiga; haga resplandecer sobre nosotros su rostro y tenga misericordia. V. Gloria al Padre.

*

Oración

Oh Dios, que nos alegras en este día con la solemnidad anual de la Exaltación de la Santa Cruz: pedímoste nos concedas que, habiendo conocido en la tierra el misterio de la Cruz, merezcamos en el cielo el premio de la redención. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor.

*

Graduale. Phil. 2, 8-9

Christus factus est pro nobis usque ad mortem, mortem autem crucis. V. Propter quod et Deus exaltávit illum: et dedit illi nomen, quod est super omne nomen.

Cristo se ha hecho obediente por nosotros hasta la muerte , y muerte de Cruz. V. Por lo cual también Dios le ensalzó y le dio un nombre sobre todo nombre.

*


Allelúia, allelúia. V. Dulce lignum, dulces clavos, dúlcia ferens póndera: quae sola fuísti digna sustinére Regem caelórum et Dóminum. Allel.

Alleluya, aleluya. V. ¡Oh dulce leño, dulces clavos que sostuvisteis tan dulce peso que fuisteis solos dignos de llevar al Rey Señor de los cielos. Aleluya.

*

Continuación del Santo Evangelio según San Juan.- En aquel tiempo, dijo Jesús a las turbas de los judíos: Ahora es el juicio del mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser lanzado fuera. Y cuando sea levantado en alto sobre la tierra, todo lo atraeré a Mí mismo. (Esto lo decía para significar de qué muerte había de morir). Replicole la muchedumbre: Nosotros sabemos por la Ley que el Cristo debe vivir eternamente. ¿Cómo, pues, dices tú que debe ser levantado en alto el Hijo del hombre? ¿Quién es ese Hijo del hombre? Respondióles Jesús: La Luz está aún por un poco de tiempo entre vosotros. Caminad, pues, mientras tenéis la Luz, para que las tinieblas no os sorprendan; pues quien entre tinieblas anda no sabe a donde va. Mientras teneis la Luz (Jesús), creed en la Luz, para que seáis hijos de la Luz.

*
Ofertorio

Prótege, Dómine, plebem tuam per signum sanctae Crucis, ab insídiis inimicórum ómnium: ut tibi gratam exhibeámus servitútem, et acceptábile fiat sacrificium nostrum, allel.

Protege, Señor, a tu pueblo por la señal de la Santa Cruz, contra las asechanzas de todos los enemigos; para que te tributemos grata servidumbre, y sea acepto nuestro sacrificio, aleluya.

*

Secreta

Te rogamos, Señor y Dios nuestro, que cuantos hemos de alimentarnos con el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, por quien fue santificado el estandarte de la Cruz, como hemos podido adorarle, así también gocemos siempre del efecto de su gloria saludable. Por el mismo Señor.

*

Communio


 Per signum Crucis de inimícis nostri líbera nos, Deus noster.

Por la señal de la Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.

*

Postcommunio

Ad esto nobis, Dómine Deus noster: et quos sanctae Crucis laetári facis honóre, ejus quoque perpétuis defénde subsídiis. Per Dóminum.

Asístenos, Señor y Dios nuestro; y a los que proporcionas el gozo de honrar la santa Cruz, defiéndelos también con un auxilio continuo. Por nuestro Señor Jesucristo.

Dom Gaspar Lefebvre OSB. Misal diario y vesperal. 1946.

En qué consiste la perfecta alegría

Agosto 10, 2009

“Iba una vez San Francisco con el hermano León de Perusa a Santa María de los Angeles en tiempo de invierno. Sintiéndose atormentado por la intensidad del frío, llamó al hermano León, que caminaba un poco delante, y le habló así:

¡Oh hermano León!: aun cuando los hermanos menores dieran en todo el mundo grande ejemplo de santidad y de buena edificación, escribe y toma nota diligentemente que no está en eso la alegría perfecta.

Siguiendo más adelante, le llamó San Francisco segunda vez:

¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor devuelva la vista a los ciegos, enderece a los tullidos, expulse a los demonios, haga oír a los sordos, andar a los cojos, hablar a los mudos y, lo que aún es más, resucite a un muerto de cuatro días, escribe que no está en eso la alegría perfecta.

Caminando luego un poco más, San Francisco gritó con fuerza:

¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor llegara a saber todas las lenguas, y todas las ciencias, y todas las Escrituras, hasta poder profetizar y revelar no sólo las cosas futuras, sino aun los secretos de las conciencias y de las almas, escribe que no es ésa la alegría perfecta.

Yendo un poco más adelante, San Francisco volvió a llamarle fuerte:

¡Oh hermano León, ovejuela de Dios!: aunque el hermano menor hablara la lengua de los ángeles, y conociera el curso de las estrellas y las virtudes de las hierbas, y le fueran descubiertos todos los tesoros de la tierra, y conociera todas las propiedades de las aves y de los peces y de todos los animales, y de los hombres, y de los árboles, y de las piedras, y de las raíces, y de las aguas, escribe que no está en eso la alegría perfecta.

Y, caminando todavía otro poco, San Francisco gritó fuerte:

– ¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor supiera predicar tan bien que llegase a convertir a todos los infieles a la fe de Jesucristo, escribe que ésa no es la alegría perfecta.

Así fue continuando por espacio de dos millas. Por fin, el hermano León, lleno de asombro, le preguntó:

– Padre, te pido, de parte de Dios, que me digas en que está la alegría perfecta.

Y San Francisco le respondió:

– Si, cuando lleguemos a Santa María de los Angeles, mojados como estamos por la lluvia y pasmados de frío, cubiertos de lodo y desfallecidos de hambre, llamamos a la puerta del lugar y llega malhumorado el portero y grita: «¿Quiénes sois vosotros?» Y nosotros le decimos: «Somos dos de vuestros hermanos». Y él dice: «¡Mentira! Sois dos bribones que vais engañando al mundo y robando las limosnas de los pobres. ¡Fuera de aquí!» Y no nos abre y nos tiene allí fuera aguantando la nieve y la lluvia, el frío y el hambre hasta la noche. Si sabemos soportar con paciencia, sin alterarnos y sin murmurar contra él, todas esas injurias, esa crueldad y ese rechazo, y si, más bien, pensamos, con humildad y caridad, que el portero nos conoce bien y que es Dios quien le hace hablar así contra nosotros, escribe, ¡oh hermano León!, que aquí hay alegría perfecta. Y si nosotros seguimos llamando, y él sale fuera furioso y nos echa, entre insultos y golpes, como a indeseables importunos, diciendo: «¡Fuera de aquí, ladronzuelos miserables; id al hospital, porque aquí no hay comida ni hospedaje para vosotros!» Si lo sobrellevamos con paciencia y alegría y en buena caridad, ¡oh hermano León!, escribe que aquí hay alegría perfecta. Y si nosotros, obligados por el hambre y el frío de la noche, volvemos todavía a llamar, gritando y suplicando entre llantos por el amor de Dios, que nos abra y nos permita entrar, y él más enfurecido dice: «¡Vaya con estos pesados indeseables! Yo les voy a dar su merecido». Y sale fuera con un palo nudoso y nos coge por el capucho, y nos tira a tierra, y nos arrastra por la nieve, y nos apalea con todos los nudos de aquel palo; si todo esto lo soportamos con paciencia y con gozo, acordándonos de los padecimientos de Cristo bendito, que nosotros hemos de sobrellevar por su amor, ¡oh hermano León!, escribe que aquí hay alegría perfecta.

– Y ahora escucha la conclusión, hermano León: por encima de todas las gracias y de todos los dones del Espíritu Santo que Cristo concede a sus amigos, está el de vencerse a sí mismo y de sobrellevar gustosamente, por amor de Cristo Jesús, penas, injurias, oprobios e incomodidades. Porque en todos los demás dones de Dios no podemos gloriarnos, ya que no son nuestros, sino de Dios; por eso dice el Apóstol: ¿Qué tienes que no hayas recibido de Dios? Y si lo has recibido de Él, ¿por qué te glorías como si lo tuvieras de ti mismo? (1 Cor 4,7). Pero en la cruz de la tribulación y de la aflicción podemos gloriarnos, ya que esto es nuestro; por lo cual dice el Apóstol: No me quiero gloriar sino en la cruz de Cristo (Gál 6,14).

A Él sea siempre loor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.”

Florecillas de San Francisco.

La Transfiguración del Señor

Agosto 6, 2009

Transfiguration_Raphael

“Quiso el divino Jesús entreviesen algunos de sus discípulos la gloria de su divinidad, escondida bajo la tosca cubierta de su humanidad santísima, y para eso subió con ellos un día a la cima del monte Tabor.

Allí de repente tornáronse sus vestidos blancos como la nieve, resplandeció como el sol su humilde faz y aparecieron a ambos lados Elías y Moisés departiendo familiarmente con El.

Oyóse en tanto de entre las nubes la voz del Padre celestial que daba testimonio  de su Unigénito, diciendo: “Este es mi Hijo querido, en quien tengo mis complacencias. Escuchadle”.

Los Discípulos, absortos en lo que veían y oían, no acertaban a decir más que por boca de San Pedro: “Señor, bien se está aquí. Si queréis, levantemos tres tiendas de campaña, una para Vos, otra para Moisés y otra para Elías”

Desapareció luego aquel breve resplandor de glorificación, y volvió a quedar obscura y solitaria la montaña, y bajando de ella el Salvador encargó a sus Discípulos que nada dijesen de lo visto hasta después de su Resurrección.

Hermosísimo es este episodio de la vida del Salvador, pero más hermosa es la consideración que de ella, deduce para consuelo del alma fiel la Iglesia en el amoroso Oficio o reza con que lo celebra.

Salvatorem expectamus Dominum nostrum Jesum Christum qui reformabit corpus humilitatis nostrae, configuratum Corpori claritatis suae. “Esperamos dice, la venida de Cristo nuestro Señor, que transformará nuestro cuerpo, bajo y humilde, a semejanza del suyo, glorificado”

¡Admirable reflexión!

La gloria de Cristo, breves momentos revelada durante su vida mortal a los Apóstoles maravillados, no es más que imagen de lo que será la gloria, no ya sólo de nuestras almas, sino aún de nuestros viles y miserables cuerpos, después de la resurrección de ellos en el proster juicio.

Sí, resplandeceremos con la claridad del Unigénito de Dios, seremos como El gloriosamente transfigurados.

Esto enseña su Transfiguración de hoy, la transfiguración nuestra de mañana.

Un Santo moribundo tocábase con una mano la piel denegrida y cadavérica de la otra, y afirmándose en su católica fe, decía al expirar: “Sí, sé de cierto que esto resucitará”

Más aún podía decir, más aún hemos de decir nosotros. Sí, esta carne que nos da tan frecuentes congojas; estos miembros que me fatigan con tantas enfermedades; esta ruin vestidura de podredumbre de que estoy cubierto; estos mis nervios, huesos, piel, fibras y tejidos; todo eso que la tierra aguarda para pasajeramente consumírmelo, me lo aguarda poco después el cielo de mi Dios para glorificármelo.

¡Soy todo polvo y hediondez, pero será un día todo luz!

¡Hasta la materia vil de sus fieles servidores quiere Dios ennoblecer y honrar con ropaje de divinos resplandores!

¡No brilla más la luciente estrella del firmamento de lo que resplandecerá mi cuerpo asociado a todos los goces del alma, endiosada con la visión de su soberano Autor!

Hay en la vida horas de desaliento en que agrava al espíritu, como dice San Pablo, el peso del cuerpo con su corrupción.

¡Alcemos los ojos al cielo, que allí ha de ser un día nuestro Tabor!

Lícito será entonces exclamar con aquel “¡bien se está aquí!, en que prorrumpió San Pedro.

Era prematura en el Tabor tal frase, aunque hija de amor vehemente.

En el cielo será la única que brotará del corazón anegado en Dios por toda la eternidad.

Sardá y Salvany, Pbro. Año Sacro. 6ta edic. Tomo Segundo. Ed. Casals. Barcelona. 1954.

Regla breve para el que comienza la vida espiritual

Julio 31, 2009

LUDOVICO BLOSIO

Abad liciense, monje de San Benito

(1506-1566)

El que desea agradar a Dios, y aprovechar algo en la vida espiritual y al fin llegar a la perfección, lo primero, ha de abominar todas las herejías y cismas, allegándose firmemente a la Iglesia Católica, y sujetándose humildemente a ella.

Porque todos los que se apartan de la Iglesia, aunque en lo exterior vivan muy bien, están apartados de Dios, y de la compañía de los santos.

Teniendo pues el fundamento de la Fe, edifiquen luego sobre el una vida santa y buena.

Sirva a Dios, y reverencie, y pida favor a la Virgen María Madre de Dios, y a los ciudadanos del cielo, no con descuido, o por alguna costumbre seca, sino con diligencia y devoción.

Contemple con ánimo agradecido la vida de Cristo, en especial su santísima pasión.

Procure con todas sus fuerzas imitar la humildad, obediencia, mansedumbre, paciencia, resignación, modestia, benignidad, y caridad de su maestro, y Señor.

Déjese y niegue a sí mismo en todos sus deseos e inclinaciones malas por amor de Dios.

Persiga y mortifique de continuo en sí, varonilmente y desarraigue de todo punto su propio amor y propia voluntad, y échela toda en la de Dios: de suerte que todo lo que Dios quisiere lo quiera también él: y reciba con gusto todo lo que Dios permitiere que le venga, como cosa muy importante, ora le sea dulce, ora amargo.

Desnúdese totalmente, y despojase de todo propio gusto y elección.

Aún en los buenos deseos se resigne en Dios, pidiéndole que se haga en el su voluntad, y no la suya propia.

No ponga desordenamente su afición en alguna criatura mortal. Despida y renuncie todos los regalos sensuales y deleites de la carne.

Esté de veras muerto al mundo, y no quiera ni desee ver alguna cosa, ni oírla, como si fuese ciego o sordo, más de lo que fuere necesario ver u oír.

Cuando da al cuerpo el sustento ordinario, tenga gran cuenta con no cargar el vientre o el espíritu con demasiada comida o bebida.

Coma y beba con modestia y templanza, y no ande con esas cosas buscando deleite; y si lo siente, no vaya asido a el, ni le de allá dentro lugar.

Todos los bocados que come sino está impedido mójelos con el espíritu en la Preciosísima Sangre de Cristo y saque la bebida de sus sabrosas llagas.

Quiera más los manjares comunes y simples, que los costosos y exquisitos: porque a Cristo le dieron a beber hiel y vinagre.

Empero acuérdese que pierde la virtud de la abstinencia, el que con apetito desordenado come, aunque sea manjares vilísimos; y no la pierde el que sin semejante apetito come manjares delicados.

Y así aquel cuya sensualidad se deleita más con fruto y agua, que con perdices y vino, si por amor de Dios se abstiene de la fruta y agua (gustando poco, o nada de ello) merece más que si se abstuviese de vino y perdices.

Pelee pues con grande animo contra la sensualidad, el que ama de veras la vida espiritual y la perfección, negándole con prudencia lo que ella apetece desordenamente.

Mas no destruya la naturaleza, y su cuerpo con alguna abstinencia intolerable, ni con algún demasiado rigor de vida, siguiendo su juicio.

En todas las cosas guarde medida y santa discreción, y sujétese a los buenos consejos.

No busque cosas superfluas, mas conténtese con poco: no busque vanidad, ni curiosidad en los vestidos ni en otra cosa ninguna.

No le salga de la boca palabra que lastime ni que sea deshonesta, o de murmuración, ni consienta que otra la diga: sino procure con discreción atajar semejantes pláticas.

Aborrezca mucho la mentira

Huya el ser arrogante y lisonjero.

No sea áspero ni mordaz en sus palabras, sino dulce y apacible mas no procure dar gusto a los hombres con palabras afectadas.

A sí mismo huya las palabras vanas, impertinentes, añadidas y ociosas.

De buena gana calle, cuando está en su mano callar, salvo sino corre peligro la caridad, o la obediencia: pero no sea en su silencio grave o desabrido, ni sea enfadoso a los demás: y cuando hubiere de hablar si es posible, diga pocas palabras, y estas con mucho recato.

Antes que hable pidiendo a Dios favor, determine en su corazón de no hablar más de lo que importa.

No sea fácil en contradecir a nadie porfiadamente, ni sea temeroso en sus palabras: mas en diciendo la verdad una o dos veces, sino le oyen, deje que los demás sientan como quisieren y calle como que no sabe sino es que de su silencio nazca algún peligro de alma.

Cuando afirmare alguna cosa, tenga costumbre de hablar debajo de duda, como si dijese, Sino me engaño es así, o pienso que es así, etc.

No se deleite demasiado con la compañía, sino ame la soledad y ocúpese en Dios, y en las cosas divinas, conforme a la gracia que Dios le diere: más entre los hombres sea tratable y afable.

Estime en mucho el tiempo, aun que sea muy poco, y no piense que le emplea mal y sin provecho, cuando no hace cosa ninguna exterior, si interiormente está ocupado en Dios.

Ninguna cosa estime en más que la santa obediencia, sabiendo cuan acepto sacrificio es a Dios la perfecta mortificación de la propia voluntad.

Mucho mejor es comer templadamente por la obediencia a gloria de Dios, que seguir por su propia voluntad la abstinencia rigurosa de los padres antiguos.

Dios estima en mucho, y paga con excelente galardón, todo lo que se hace por la obediencia por más vil y desechado que sea lo que se hiciere.

No es posible que agrade a Dios obra ninguna, si anda con ella la desobediencia.

Obedezca pues con prontitud y rostro alegre y corazón devoto a sus prelados como al mismo Dios aun que a caso sean imperfectos y tengan muchas faltas y hónrelos.

Así mismo obedezca a sus iguales, y a los inferiores en las cosas lícitas.

Esté siempre dispuesto para dejar y cortar sus ejercicios por más santos que sean, por acudir a la caridad y a la obediencia.

No sea muy amigo de su parecer, más con prudencia estime en más el parecer ajeno que el propio, a la gloria de Dios.

Permita que cualquiera lo enseñe y reprehenda y a los que lo reprenden no les responda con enojo y desabrimiento sino con dulzura y suavidad, conociendo de buena gana su culpa.

Si es acusado injustamente o reprendido, no se defienda o excuse con soberbia: más imitando a su Señor, escoja el callar, si acaso de semejante silencio no naciese algún escándalo.

Derríbese y humíllese a toda criatura, por amor de Dios.

No se engría ni se estime, en más, ni se agrade de si mismo, ni imagine que es algo aunque haya recibido del Señor, grandes consuelos, y dones interiores y exteriores, porque aquellas cosas son dones de Dios y nos son suyas, solo el pecado es cosa suya.

Así que no usurpe ni atribuya a si esos dones de Dios, más volviéndolos todos a Él enteramente, y atribuyéndole a Él totalmente sus buenas obras, confiese de corazón, que de sí no es nada, ni tiene nada, ni sabe nada, ni puede nada.

Hágase humilde con esta consideración, teniendo a todos los hombres en más que a sí porque si los bienes que el ha recibido de Dios los hubieran recibido hombres muy malos, acaso hubiera vivido mejor que él y sino lo hubiera Dios amparado con su gracia de continuo, hubiera pecado más gravemente que otro ninguno.

Júzguese pues, por el más vil de todos, y presuma de si que no merece que la tierra lo sufra.

Mortifique en sí con gran diligencia todo afecto de vana gloria.

No desee ser conocido de los hombres, o ser alabado o tenido por santo, antes desee que nadie lo conozca, y que todos lo desprecien y estimen en poco.

Procure la gracia y el amor de Dios, y no el de los hombres.

Aprenda a sufrir humildemente, sin queja ni murmuración las injurias, afrentas calumnias, aflicciones, y daños que permitiéndolo Dios le fueron hechas: creyendo sin duda, que se las envía Dios.

No se enoje ni quiera mal a los que le dan semejantes pesadumbres, antes se ha de mostrar con ellos blando y benigno, a ejemplo de su Señor Jesucristo, y no hable de sus defectos, si alguna necesidad o provecho evidente no lo fuerza.

Conozca que nadie lo puede molestar, ni fatigar tanto, que no haya el merecido más por sus pecados e ingratitudes

Sea hombre sin doblez, ni engaño

Ame a todos los hombres, sin sacar ninguno con un amor sincero y común.

A todos los tenga en lugar de hermanos y hermanas, despidiendo todo amor sensual y carnal

Desee que todos alcancen la bienaventuranza.

No juzgue el hombre por lo exterior y visible, sino por la excelencia del alma invisible que es hecha a imagen de Dios

No tenga desabrimiento con nadie, mas con todos sea apacible y suave, mostrándoles el rostro sereno y alegre.

Sufra con piedad las faltas ajenas más todo lo que fuere con la honra de Dios, corríjalo de buena gana, o procure que se corrija y enmiende.

Aborrezca el pecado en el hombre más no al hombre por el pecado: porque al hombre hizolo Dios y al pecado no lo hizo Dios sino el hombre.

Este siempre con voluntad de hacer el bien, ayudar y consolar a todos, en especial a los enemigos.

Compadézcase de los que pecan y de los fatigados y afligidos.

Y tenga singular compasión de las almas que están penando en el purgatorio.

Para dolerse más fácilmente de los pecados, y trabajos ajenos y gozarse de los bienes, imagine que cualquiera hombre del mundo es el mismo.

A nadie tenga envidia, ni murmure de nadie sienta bien de todos: despida luego de su corazón cualquiera mala sospecha que le sobreviniere, a nadie tenga en poco.

No desespere de ningún pecador, porque el que ahora es malo, puede con la gracia de Dios ser bueno, y mudarse.

Determine dentro de si firmemente, de no juzgar a nadie, eche siempre a la mejor parte las obras, o palabras ajenas, oyendo o mirando todas las cosas sencillamente.

Deje las cosas malas que lo sean: empero ninguna cosa juzgue temerariamente; ninguna cosa determine ni afirme por cierta más ruegue a Dios por sí que es muy grande pecador, y por los demás que hacen mal.

Todas las adversidades y molestias que le fatigan el cuerpo y el alma, como quiera y de donde quiera que vengan las reciba de la mano de Dios, y no de otra parte y súfralas por amor de Dios, con animo resignado y sufrido, hasta el fin y ultimo punto, creyendo que le son de mucha importancia, aunque acaso le parezca lo contrario.

Alabe a Dios, y déle gracias, porque de puro amor se las envía.

No se turbe por cosa ninguna que en el mundo suceda, mas en toda ponga con discreción los ojos en la divina providencia, sin la cual, ni una hoja cae del árbol.

Déjese a si mismo y todos sus cosas seguramente en esa divina providencia, y con humildad en cualquier suceso, tenga firme confianza en el Señor, acudiendo a él siempre por la oración, como lo aconseja el Salmista, diciendo: Arroja todos tus negocios en el Señor que el te los sacará a buen puerto

Y el apóstol San Pedro nos aconseja también, que arrojemos en el toda nuestra solicitud, porque tiene cuidado de nosotros.

No deje lo bueno que hubiere comenzado, aunque le falte el consuelo interior, y sea juntamente fatigado de gravísimas tentaciones, más lleno de confianza persevere en el Señor, no buscando algunos consuelos vanos con que aliviar la naturaleza fatigada.

Por más disparates y torpezas que el demonio le ofrezca a su corazón, no haga caso de ellas, apartando luego de allí los ojos del alma.

Porque semejantes cosas mucho mejor las vencerá no haciendo caso de ellas, que si quisiese atender o pesar en ellas, y estar altercando con ellas ni imagine que por eso ofende a Dios en algo, de que haya de confesarse, si del todo le desagradan, y les da luego de mano.

Los pecados que ha hecho son los que está obligado a confesar pero no son pecado las tentaciones, a que no ha dado consentimiento.

Una cosa es sentir en sí el mal, y otra consentir en él.

Muchos santos sintieron algunas veces en su carne movimientos viciosos, empero hicieronles contradicción, con la razón y voluntad.

No deje de comulgar, ni de ocuparse en otros ejercicios virtuosos, porque ordenándolo Dios sea fatigado de algún desamparo, tinieblas; pobreza interior o de otras semejantes angustias.

Bien es verdad, que entonces le serán penosos y desabridos sus ejercicios pero (si hace lo que es de su parte) a Dios le serán muy agradables.

No piense que están la santidad de la vida, en los grandes consuelos y dulzura interior: ni tampoco piense que aquella blandura sensible de corazón; con quien uno se resuelve fácilmente en lágrimas, es devoción cierta porque esa muchas veces la suelen también tener los herejes y los paganos.

La verdadera devoción es una buena voluntad con que el hombre se ofrece al servicio, honra y voluntad de Dios. Esta dura aunque el corazón esté seco y el alma estéril.

De manera, que no ha de desear el varón espiritual, desordenadamente la suavidad interior, mas con el mismo animo ha de carecer de ella, que tenerla.

Reciba los consuelos divinos con humildad, y con hacimiento de gracias, cuando Dios quisiere consolarlo, empero mire no use para su deleite de los dones de Dios, ni busque en ellos su último fin

Tan puro, simple, libre y sosegado ha de estar allá dentro, cuando Dios lo regala y visita con su benignidad, como sino sintiere nada.

Porque no es lícito buscar su descanso y quietud en los dones de Dios, sino en el mismo Dios.

Conozca que es totalmente indigno aún del más mínimo don de Dios.

Si mientras ora o reza, no puede estar atento, no por ello desmaye, porque también aprovecha la oración aunque sea distraída y la recibe Dios, con tal que semejante distracción sea contra la voluntad del que ora, o reza y con que el haga buenamente lo que es de su parte: ofreciendo a Dios su buen deseo perseverando con cuidado y reverencia en sus oraciones.

Así que no se ha de inquietar por eso, ni perder la paciencia, ni fatigarse mucho más, ha de resignarse en Dios humildemente y gozarse de que tiene un Dios tan bueno.

(…)

Quien estas cosas leyere, sea de manera, que proponga firmemente con el favor de Dios, de mostrar en sus costumbres lo que aquí lee: que de otra suerte poco o nada le servirá la lección

Trabaje pues cada día más, y más por mortificar en si toda propiedad, quiero decir, su propia voluntad y propio gusto, porque la naturaleza de continuo se anda mirando a la cara, y buscándose a sí misma, y su propio interés.

Trabaje por desarraigar de su corazón todas las pasiones y afectos viciosos y no desespere ni se turbe, aunque sienta en si muy poca mortificación,  y aunque haya de pelear muchos años contra sí mismo: porque quien aprende algún oficio, antes que lo sepa perfectamente trabaja en él mucho tiempo.

Y si saliere de esta vida, perseverando en semejante lucha, sin llegar a la perfección, con todo eso será bienaventurado, y será recibido en el gozo eterno de su Señor.

Así que pida, busque y llame con humildad y perseverancia a la puerta del benignísimo y liberalísimo Dios.

Porque orando de esta manera, a su tiempo recibirá todo lo que fuere necesario para agradar a Dios: recibirá al mismo Dios en un modo excelentísimo.

Persuádase lo que quisiere, vuélvase adonde se le antojare no es posible que aproveche, sino trabaja perpetuamente por morir a los vicios, y a todas las cosas de este mundo (pero de suerte que no confíe en su trabajo, sino en sola la misericordia y gracia de Dios).

Porque en la verdadera mortificación, y resignación está escondida la verdadera y alegre vida.

La cual tenga por bien de darnos el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, un Dios, que es bendito por los siglos eternos. Amén.

-“Las obras de Ludovico Blosio. Abad leciense, monje de San Benito, traducidas por Fray Gregorio, prior y predicador del Monasterio de San Martín de Madrid de la misma orden. 1609.”

De la dicha que tenemos en ser cristianos

Julio 14, 2009

JEAN CROISET S.J.
(1656-1738)

“Considera que la mayor dicha que podemos tener en este mundo es ser Cristianos.

Nacimiento ilustre, familia distinguida, alianzas honrosas, puestos elevados, fortuna brillante, títulos antiguos, empleos lustrosos, nombres magníficos: ¿no me diréis de qué podréis servir a un pobre infiel por toda la eternidad?

Los Alejandros y los Césares están hoy confundidos con los mas viles esclavos de su misma religión. Revolved sus cenizas; buscad entre ellas alguna distinción: pues la misma encontraréis en sus personas.

¡Qué pequeñitos son en su muerte los mayores hombres, si tienen la desgracia de no morir Cristianos!

Lleno está el infierno de esos dichosos del siglo, de esos Dioses de la fábula; y ¡cierto que allí será muy respetable el título de haber sido un Semi-Dios en la tierra!

Solo el nombre de Cristiano es título de mucho honor en una y en otra vida: es un carácter indeleble, que por sí solo funda en los párvulos legítimo derecho a la eterna bienaventuranza.

Mas que se hayan poseído todos los títulos de nobleza, de preeminencia y de grandeza son imaginables; si falta el de cristiano, todos los demás se desvanecen en humo.”

“Considera las infinitas ventajas que trae consigo el augusto nombre de Cristiano.

Represéntate los infinitos méritos de la vida, pasión y muerte de Jesucristo; el infinito precio y valor de los Santos Sacramentos; los incomprensibles gozos de la celestial Jerusalén, el valor sin medida de la gracia del Salvador, las inestimables utilidades de la Comunión de los Santos; la indecible dignidad de nuestra Religión; y en fin la dicha de la eterna bienaventuranza.

Por el Santo Bautismo, por el título de Cristianos adquirimos derecho a todos estos tesoros, nos enriquecemos con todos estos bienes y podemos aspirar a ser ciudadanos de la Patria celestial.

¡Oh gran Dios! ¡y qué elevado concepto haremos de esta dicha por toda la eternidad! ¡Que idea no tendremos del santo bautismo! ¡Y cuál será nuestro reconocimiento por tan inexplicable beneficio!

¿Trocaremos entonces, o confundiremos el nombre de Cristiano con el de hombre de distinción, hombre poderoso, hombre de ingenio, hombre de mundo?

Y si por toda la eternidad solamente hemos de hacer aprecio del título de Cristianos; si este solo nombre ha de ser el objeto de nuestro eterno reconocimiento, ¿Qué razón habrá para que no pensemos y no discurramos ahora de la misma manera?

¡Cosa extraña!

Vive y muere un Cristiano sin haber quizá dado jamás gracias a Dios por tan insigne favor, y acaso sin haber nunca estimado como tal la gracia de ser Cristiano.

Hacése tanta estimación de haber nacido grande, de haber nacido príncipe, de haber nacido soberano.

Apreciase tanto el ser de familia ilustre, de casa opulenta y poderosa: ¿pero quién hace una santa vanidad de haber nacido de padres cristianos, y de haber sido reengendrado en las saludables aguas del bautismo?

¿Cuántas veces se han dado gracias a Dios por tan insigne beneficio? Gloriámonos de un vano título de nobleza, ¿pero dónde hay nobleza comparable con la de ser hijos de Dios, tener derecho al paraíso, y ser miembros de la verdadera Iglesia?

Somos ingratos, porque estimamos poco este favor, y le estimamos poco, porque tenemos poca fe, porque nuestras costumbres y nuestra conducta desacreditan nuestra Religión, y la santidad del Cristianismo.

Conozco, Señor, la irregularidad, y la impiedad de mi conducta; pero confiado en vuestra divina gracia, espero reparar mi pasada ingratitud con mi enmienda futura.”

***

JACULATORIAS

Tuus sum ego, salvum me fac. Salm. 118

Soy, Señor, vuestro hijo, y vuestro siervo soy por el bautismo: no permitáis que se pierda vuestro siervo, y vuestro hijo.

Haec est vita eterna: Ut cognoscant te, solum Deum verum, quem misisti Iesum Christum. Joan 17

La única vida eterna es conocerte a ti solo Dios verdadero y al que enviaste Jesucristo.

***

PROPÓSITOS

No hay dignidad comparable con la de Cristiano: todo título de nobleza, todo dictado honorífico, toda dignidad de la tierra, todo nombre cede al augusto epitecto de Cristiano, y al respetable carácter que recibimos en el santo bautismo.

Muchos Príncipes y Princesas nunca se gloriaban de otra cualidad. Soy Cristiano, soy Cristiana se les oía repetir muchas veces: estos son los títulos de mi nobleza. San Luis, Rey de Francia, se firmaba Luis de Poissy, porque en Poissy había sido bautizado.

Yo soy Cristiana, respondían a los tiranos aquellas ilustres mártires, que en nada apreciaban ser princesas.

Es cierto que esta augusta dignidad no se ha envilecido; ¿pues de dónde nacerá que no nos honremos tanto con ella? De que somos poco Cristianos.

 Es uno grande en el mundo, es noble, es caballero, es rico y luego hace vanidad de serlo; ¿pero el día de hoy se hace tanta de ser uno Cristiano?

Sin duda que esto debe de ser porque se conoce muy bien, que la conducta desmentiría las palabras y la profesión.

Toma una fuerte resolución de que de hoy en adelante sea muy diferente de la que has tenido hasta ahora: todos los días por la mañana, y por la noche, has de dar gracias a Dios por la insigne dicha de ser Cristiano y Católico; gloriándote de serlo, de parecerlo, y de confesarlo.

Cuando alaben a tu presencia, tu casa, tu familia, tu distinción, tu empleo, tu ministerio, di con resolución que no aprecias otro carácter, ni otra dignidad que la de Cristiano.

Ten presente el día en que fuiste bautizado, y celebra todos los años este dichoso día con alguna fiesta particular.

Confiésate y comulga en él, dando gracias al Señor por tan grande beneficio. Manda celebrar alguna Misa el mismo fin, y convida con algunas limosnas a los pobres, para que junten sus gracias con las tuyas.

Renueva en él lo que prometiste a Dios en el bautismo, y profesa particular devoción al Santo, o Santa de tu nombre.

***

RENOVACIÓN DE LAS PROMESAS
HECHAS EN EL SANTO BAUTISMO

Oh amorosísimo Dios y Señor mío, ¿qué gracias te daré en este dichoso día, en que de hijo de ira y esclavo del demonio pasé por el Santo Bautismo a ser hijo tuyo y heredero del cielo?

¿Qué méritos hallastes en mí para sacarme de las sombras de la muerte, dar a mi alma la vida de la gracia y ataviarla con las preciosas joyas, dones y virtudes del Espíritu Santo?

¡Tantos que te correspondieran mejor, están todavía sentados en las tinieblas del error; y yo, quizás el más ingrato de todos, fui preferido a ellos, alumbrado con la luz del Evangelio, y escrito en el libro de la Vida! ¡Oh! canten los Ángeles y Santos tus misericordias para conmigo, y ayúdenme todas las criaturas a darte gracias por tan insigne beneficio.

Mas una condición pusiste, Dios mío, a este señalado favor; y fue, que yo renunciase a Satanás, a sus pompas y obras, y abrazando la santa fe católica perseverase en tu divino servicio fiel hasta la muerte.

Así lo prometí entonces por boca de mis padrinos: pero ¡ay de mí! ¡qué mal he cumplido tan santas y augustas promesas!

Dando oído a las seductoras máximas del mundo, me pasé a las filas de Lucifer; fui en pos de placeres y divertimentos profanos, corrí tras las vanidades, honores y riquezas, que son las pompas del demonio; y menospreciando, Señor, tu santa ley, ¡ay! preferí las nefandas obras de satanás a los preceptos de la Iglesia.

¡Oh! ¡pasmaos cielos! mirad hasta dónde llegó mi ingratitud y delirio: yo abandoné al Padre que me crió, y dejando esta divina fuente de agua viva, fui a mancharme en el cenagoso barro de las cisternas disipadas.

Mas compadécete, Señor, de mi profunda miseria.

No caiga sobre mi aquella maldición de tu Profeta: ¡Ay de los malvados hijos que vuelven las espaldas al Señor!

Ya vuelvo a ti, mi dulce Jesús; ya renuncio a satanas , a sus pompas y a sus obras; ya juro amarte y servirte por siempre más.

Sí, Ángeles del cielo, que escribisteis un día mis promesas, sed hoy de nuevo testigos de mi resolución.

No; no me arrepiento de lo que prometí en el Santo Bautismo por la boca de mis padrinos: ahora que puedo hablar , y tengo plena libertad y conocimiento, en tu presencia, soberano Señor Sacramentado, y delante de toda la Corte celestial, renuncio de nuevo a satanás, a sus pompas y a sus obras, y me consagro para siempre a tu divino servicio.

Nunca más abdicar la fe: nunca más avergonzarme de practicar la religión santa: nunca más correr tras los fementidos placeres  y locas vanidades del mundo.

Tú, Dios mío, eres el centro de mi felicidad; tú serás  también el único blanco de  mis esperanzas y de mi amor.

Anatema a satanás, que por tanto tiempo me ha sojuzgado: anatema a todas sus obras de iniquidad: anatema al mundo, a sus diversiones y máximas perversas: anatema a la carne y a sus pérfidos halagos: gloria y loor eterno a Jesucristo, a quien sólo quiero amar , servir y poseer por infinitos siglos. Amén.

*****

Oh Dios mío, os doy infinitas gracias por haberme creado a vuestra imagen y semejanza, por haberme reengendrado con el Santo Bautismo, por haberme dado con él vuestra gracia, los dones y virtudes del Espíritu Santo, y por haberme hecho hijo de vuestra Iglesia.

En aquel día para mi tan venturoso no sólo renuncié a satanás por boca de mi padrino y a todas sus obras, pompas y vanidades, sino que también hice profesión de creer en un solo Dios, Padre Hijo y Espíritu Santo; creer en la Iglesia católica, la comunión de los santos y todas las demás verdades por Vos reveladas , y que en fin resolvía vivir y morir en esta creencia, y en la observancia de vuestros santos mandamientos.

Pero ¡ay de mí!¡Dios mío! ¡y cuan mal he cumplido tan santas y solemnes promesas! He dado oídos a las sugestiones del demonio; he militado bajo las banderas de satanás; he ido en pos de las pompas del diablo; arrastrado de los placeres y vanidades del mundo; he preferido los honores, riquezas y demás objetos terrenales a los bienes espirituales y eternos que Vos prometéis a vuestros hijos.

Debiéndoos amar sobre todas las cosas os he pospuesto a las más viles y por ellas os he despreciado, pecando.

Debiendo vivir para Vos únicamente, consagraros todos mis pensamientos, palabras, y obras, he vivido únicamente para mí, y todas las he dirigido a la satisfacción de mis antojos.

¡Ay de mí, he infringido vuestras santas leyes, las de la Iglesia y las de mi estado!

Pero, Señor, renuncio de nuevo a todo lo que no sea Vos; desde hoy detesto y abomino todas mis iniquidades; os pido humildemente perdón de todas ellas; y espero que por los méritos de vuestro querido Hijo me las perdonaréis.

Dignaos, Dios mío, aceptar la renovación que hago en este día de las promesas que delante de toda la Iglesia hice en el día de mi bautismo, las que intento cumplir con toda exactitud y fidelidad; y al efecto ahora que tengo mayores conocimientos, digo que renuncio a satanás, a todas sus pompas y a todas sus obras.

Jamás prestaré atención al demonio ni a cosa alguna que con él tenga relación.

Pondré cuidado en no dejarme llevar de la soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia, pereza y daré de mano a cuanto sea pecado porque sé que el pecado es obra de satanás.

Pondré cuidado en arrancar de mi corazón, el amor a las riquezas, honras, pompas y placeres del mundo, porque sé que todo ello no es otra cosa que un lazo con que el demonio, nuestro enemigo, intenta prender nuestras almas.

Procuraré meditar sobre la vanidad y lo deleznables que son los bienes de este mundo, para que mi corazón esté siempre libre de todo afecto terreno, y sólo ame a Vos, que sois mi centro, mi infinito, eterno e incomprensible bien.

Sí, Señor, sí; quiero vivir y morir en la fe, esperanza y caridad, y en la obediencia y fidelidad que os he prometido.

Creo cuanto cree la santa Iglesia católica, apostólica y romana, y repruebo cuanto ella reprueba.

Nunca volveré a poner mi esperanza en las riquezas, honores, hermosura, juventud, ni en otra cosa alguna creada, sino en Vos, Dios mío: sí, en Vos coloco toda mi felicidad; sólo Vos sois el objeto de mi nueva esperanza.

Los días que me restan de vida los emplearé en amaros y serviros con toda fidelidad y amor.

Quiero amaros, Dios mío, con todo mi corazón, con toda mi alma, y con todas mis fuerzas; desde hoy os consagro todos mis pensamientos, deseos, palabras y acciones, mi cuerpo, mi alma, mis bienes, cuanto poseo y puedo poseer, y estoy resuelto a no usar de cuanto está en mi poder sino para vuestra mayor honra y gloria, y conforme a vuestra santísima voluntad.

Os amo, Dios mío, y os amaré siempre más y más con todo el afecto de mi corazón, sin que deje jamás de amaros; ni la vida ni la muerte, ni la esperanza del bien, ni el temor del mal ni mis amigos, ni mis enemigos ni cosa alguna creada podrán hacerme faltar a la palabra de fidelidad que acabo de daros, la que renuevo ahora a la faz de los cielos y de la tierra, a quienes pongo por testigos.

Con entera sumisión me sujeto a vuestros preceptos, igualmente que a los de todos mis superiores.

Tal es, Señor, mi nueva resolución y voluntad, en la que deseo vivir y morir; y siendo Vos el autor de ella, espero que me auxiliaréis con vuestra gracia para llevarla a cabo, pues bien sabéis que sin vuestra gracia yo nada puedo absolutamente.

Renovad en mí, oh Divino Redentor, el espíritu de fe, de esperanza, de caridad, de humildad y de las demás virtudes que me infundisteis en el Bautismo, a fin de que fortificado con ellas, pueda hacerme superior a la concupiscencia que me arrastra al pecado; pueda resistir a mis enemigos, y ser fiel a lo que acabo de prometeros; todo lo cual os lo pido por los méritos e intercesión de vuestra querida Madre, de los Ángeles y Santos del Cielo y justos de la tierra. Amén.

***

-Jean Croiset. Año Christiano. Real Compañía de Impresores y Libreros del Reino. Madrid.1782.

-Áncora de Salvación. Ed. Diamante. Bs. As. Nihil obstat e Imprimatur 1943.

-Nueva Áncora de Salvación. Ed. Augusta. Bs. As. Nihil Obstat e Imprimatur 1944.

Meditación sobre el aprecio y veneración que debemos hacer de los santos estilos de la Iglesia

Julio 4, 2009

PUNTO PRIMERO

Considera que por aquellos diversos talentos del Evangelio no se entienden únicamente aquellos dones particulares que el Señor distribuye tan liberalmente a sus siervos: puedense también entender los devotos estilos y santas costumbres de la religión, las Cuales son también fuentes de gracias para los que saben aprovecharse de ellas, haciéndolas con aquellas disposiciones que nos pide el espíritu de la Iglesia, que es el mismo Espíritu santo.

Bendiciones del Santísimo, Salves, Procesiones, Salutación Angélica, Agua bendita, y otras muchas ceremonias y sagrados ritos de la Iglesia Católica, todos antiguos, todos santos, y todos instituidos para enriquecer a los fieles con las bendiciones del Cielo.

¡Oh buen Dios, y qué de tesoros espirituales nos hace perder nuestra poca religión!

Reflexionemos bien las oraciones que dice la Iglesia en la bendición del agua (según el rito tradicional), y por ellas conoceremos la virtud del agua bendita.

Dase principio por la bendición de la sal con esta oración: 

“Yo te exorcizo (esto es) yo te bendigo criatura de la sal por el Dios vivo, por el Dios  verdadero, por el Dios santo, por aquel Dios que mando al Profeta Eliseo ordenase que te echasen en el agua para hacerla saludable y fecunda, a fin de que por este exorcismo puedas contribuir a la salvación de los Fieles, y todos los que te usen reciban la salud de cuerpo y alma; y para que el lugar donde te derramen sea libre de toda ilusión, malicia, artificio y sorpresa del diablo, y todo espíritu inmundo sea expelido de él, conjurándole aquel que ha de venir á juzgar los vivos y los muertos, y á todo el mundo por fuego.

Todopoderoso y Sempiterno Dios (prosigue el  Sacerdote) suplicamos muy humildemente á vuestra infinita clemencia os dignéis, por vuestra bondad de bendecir y santificar esta criatura de la sal, que concedisteis para su uso á todo el genero humano, a fin que sirva á los que se valgan de ella para la salvación de su alma y de su cuerpo, y que todo lo que sea tocado ó rociado con ella sea preservado de toda mancha, y de todos los ataques de los malignos espíritus. Por nuestro Señor Jesucristo que siendo Dios, vive y reina con Vos, en unidad del mismo Espíritu Santo.

“Yo te exorcizo criatura de la agua en nombre de Dios Padre Todopoderoso, y de nuestro Señor Jesucristo su Hijo, y en virtud del Espíritu Santo, a fin de que por este exorcismo ayudes a expeler y disipar todas las fuerzas del enemigo, y a exterminarle a él mismo con sus Ángeles rebeldes por el poder del mismo Jesucristo nuestro Señor que ha de venir a juzgar los vivos y los muertos, y al siglo por fuego.”

“Oh Dios, que os quisisteis valer de la sustancia de las aguas para los mayores Sacramentos que instituisteis por la salvación del genero humano, oid favorablemente nuestras humildes súplicas, y derramad  la virtud de vuestra bendición sobre este elemento, preparado para varias purificaciones, á fin de que sirviendo á vuestros ministerios vuestra criatura, reciba el efecto de vuestra divina gracia para expeler los demonios y las enfermedades; y que todo lo que fuese rociado con esta agua, ya sea en las habitaciones, ya en los demás lugares de los fieles, sea preservado de toda impureza y de todo mal;  que no haya allí ni espíritu pestilente, ni aire corrompido; que sea libre de las emboscadas secretas del enemigo; y si hay algo que pueda dañar a la salud, ó á la quietud de los que habitan en ellas, sea arrojado lejos de allí por virtud de esta agua ; y en fin, que por la invocación de vuestro santo nombre podamos conseguir la prosperidad que deseamos, exenta de todo genero de ataques. Por nuestro Señor Jesucristo.”

Después de estas oraciones el Sacerdote echa la sal en el agua en forma de cruz, diciendo:

“Hágase esta mezcla de sal y de agua en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu santo. Así sea“; y concluye con la siguiente oración:

“Oh Dios, Autor de un invencible poder, Rey de un Imperio inmutable, que siempre triunfas gloriosamente; que disipas las fuerzas del partido contrario; que abates el furor del rugiente enemigo, y domas poderosamente la malicia de tus adversarios: suplicamoste con profundo respeto te dignes mirar con ojos benignos esta criatura de la sal y del agua, derramando en ella la virtud de tu gracia, y santificándola con la efusión de tu divina  bondad, para que todos los lugares que sean rociados con ella, sean preservados, por la invocación de tu Santo nombre, de las fantasmas del espíritu impuro, sin que haya que temer serpiente venenosa; antes, implorando tu misericordia, en todos los lugares estemos asistidos de la presencia del Espíritu santo. Por nuestro Señor Jesucristo”

¡Que virtud no tendrá esta preciosísima agua! ¡ y con qué espíritu de religión deberemos usar del agua bendita!

Considera cuanto mal hacemos en no aprovecharnos de un auxilio tan fácil, ya sea por ignorancia, ya por indolencia, ya por falta de fe. La pérdida no es indiferente para nosotros: todo el infierno teme la virtud de esta agua; y si tuviéramos una fe viva, y un fondo de religión menos limitado, cada día experimentaríamos muchos milagros con el agua bendita; pero no parece posible tener menos fe con ella de la que tenemos, ni usarla menos de lo que el día de hoy la usamos.

Todos son lazos en el mundo, todos son peligros: los enemigos de nuestra salvación poderosos, y en gran número;  ¿mas por ventura nos faltan armas ni socorros? No por cierto; pero no nos dignamos aprovecharnos de ellas. ¿Pues de qué nos admiramos si somos heridos, si somos derribados, si se ven tan funestas caídas

¡Mi Dios, mucho tengo de que enmendarme en el uso de este, y otros santos ejercicios de religión! dignaos acompañar este conocimiento que me dais, y estas reflexiones con que me favorecéis, de una poderosa gracia, para que llore lo mucho que he perdido hasta aquí, y para que en adelante repare esta pérdida, usando dignamente de todos los actos de piedad el resto de mis días.

*

JACULATORIAS

Tunc non confúndar, cum perspéxero In ómnibus mandátis tuis. Ps. 118.

No Señor, jamás seré confundido, como no desprecie cosa alguna de cuantas la Santa Iglesia tiene establecidas y ordenadas.

Iustificationes tuas custódiam, non me derelínquas usquequáque. Ps. 118.

Observaré, Señor, y practicaré religiosamente las piadosas costumbres de la Iglesia, esperando que nunca me desamparareis

*

PROPÓSITOS

EL uso del agua bendita es sin duda de tradición Apostólica, como la bendición del agua y de la sal con que se hace el Asperges del pueblo, siendo el fin de esta ceremonia para que por la virtud que comunican al agua bendita las oraciones de la Iglesia, no tenga poder el espíritu maligno sobre las personas, ni las cosas que ella tocare.

Él motivo por que sé hace la mezcla de sal y agua bendita es por ser la sal símbolo de la prudencia y de la sabiduría, como el agua lo es del candor y de la pureza.

Hace también la Santa Iglesia esta misteriosa mezcla, para que los que fueren lavados ó rociados con aquella agua, siendo purificados por el Espíritu santo, experimenten en sí el candor y la simplicidad de palomas, con la prudencia de serpientes.

Hizose en todos tiempos esta bendición del agua en los Domingos, para que la llevasen a sus casas los fieles que aquel día concurren a la Iglesia; y se coloca la pila del agua bendita a la entrada de todas las Iglesias, para que al entrar en ella la tomen los mismos fieles, pidiendo a Dios se digne purificarlos, a fin de que sus oraciones sean mas puras y mas eficaces; por lo que esta santa costumbre es de la mayor antigüedad, como se reconoce por el libro de las Constituciones Apostólicas.

Hácese el Asperges sobre el Altar antes de la Misa mayor, para pedir a Dios que los demonios no se acerquen a él a turbar con infernales sugestiones los Ministros del Señor.

Rocianse con agua bendita los cadáveres, las sepulturas y los cementerios para conseguir del Señor, que en virtud de las oraciones con que se bendijo aquella agua, se digne purificar cuanto antes las almas de los fieles difuntos que descansan en paz, concediéndolas el alivio de las penas que padecen, y anticipándolas el gozo y la posesión de la Gloria.

Guárdate bien de aquella irreligiosa delicadeza con que muchas personas indevotas se excusan de tomar agua bendita al entrar y salir de la Iglesia.

Ten siempre en tu cuarto una pila de agua bendita, no ya para ostentación ó para adorno, sino para usar devotamente de ella; y nunca dejes de tomarla al levantarte, al acostarte, al principio de tus devociones y de tus tareas.

Es una santa y provechosa costumbre el tomarla también cuando se levanta alguna tempestad, cuando truena, y cuando se siente alguna tentación. Igualmente es de grande importancia rociar con ella la cama antes de acostarse, echarla a los enfermos, a los moribundos, y generalmente aspergear los lugares donde se teme la asistencia de los espíritus malignos, ó algún aire corrupto y pestilente.

Acostúmbrate  a tomarla también al entrar y salir de tu cuarto.

Nos libraríamos de mil desgraciados accidentes que suceden, si usáramos más de estos poderosos auxilios: pero es menester hacerlo como se debe para que sea con fruto.

Para eso has de tomar siempre el agua bendita con espíritu de fe y de compunción: de fe, por ser esta la condición indispensable que exige el Salvador en todos los que le piden algún favor especial: de compunción, porque para conseguir purificarnos de las faltas ligeras por virtud del agua bendita, es menester detestarlas con dolor. No hay cosa más saludable que estos piadosos ejercicios, y así haz siempre grande aprecio de ellos.

*

Oraciones al tomar agua bendita

“Por esta agua bendita, me perdone el Señor todos los pecados veniales. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.”

“Por esta agua bendita, me sean perdonados mis delitos  y pecados”

“Esta agua bendita sea para nosotros salud y vida”

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Fuente: Jean Croiset. Año cristiano. Imprenta Real de la Gaceta (Madrid), Real Compañía de Impresores y Libreros del Reino (Madrid). 1781

Las etapas del desarrollo de la gracia

Marzo 31, 2009

ANTONIO ROYO MARÍN

Ante todo hay que recordar que cada alma sigue su propio camino hacia la santidad bajo la dirección e impulso supremo del Espíritu Santo.

No hay dos fisonomías enteramente iguales en el cuerpo ni en el alma.

Con todo, los maestros de la vida espiritual han intentado diversas clasificaciones atendiendo a las disposiciones predominantes de las almas, que no dejan de tener utilidad, al menos como punto de referencia, para precisar el grado aproximado de vida espiritual en que se encuentra una determinada alma.

Este conocimiento tiene mucha importancia en la práctica, sobre todo para el director espiritual, ya que la dirección que hay que dar a un alma que camina por los primeros grados de la vida cristiana es muy distinta de la que conviene a otras almas más avanzadas en su camino hacia la perfección.

Tres son, nos parece, las principales clasificaciones que se han propuesto a todo lo largo de la historia de la espiritualidad cristiana: la clásica de las tres vías (purgativa, iluminativa y unitiva), la del Doctor Angélico, a base de los tres grados de la caridad (incipiente, proficiente y perfecta), y la de Santa Teresa de Jesús en su genial Castillo interior o libro de las Moradas.

Reuniendo en una sintética visión de conjunto estas tres clasificaciones, vamos a proponer el siguiente cuadro esquemático:

LOS PECADORES :

  • Ausencia real de vida cristiana (fuera del castillo)
  • Barniz  cristiano (en la ronda del castillo)

VIA PURGATIVA (caridad incipiente)

  • Las almas principiantes (primeras moradas)
  • Las almas buenas (segundas moradas)

VIA ILUMINATIVA (caridad proficiente)

  • Las almas piadosas (terceras moradas)
  • Las almas fervientes (cuartas moradas)

VIA UNITIVA (caridad perfecta)

  • Las relativamente perfectas (quinta morada)
  • Las almas heroicas (sextas moradas)
  • Los grandes santos (séptimas moradas)

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LOS PECADORES

“Si el alma constantemente fiel sube de cumbre en cumbre hasta una sublime perfección, el alma rebelde, al contrario, puede bajar de precipicio en precipicio y hundirse hasta profundidades insondables en los abismos del mal.”

I. Ausencia total de vida cristiana

“No se trata, por el momento, de aquellos que caen accidentalmente en pecados graves y saben al punto levantarse, sino de aquellos que permanecen en pecado sin preocuparse de salir de tan peligrosa situación.

En aquellos se conserva íntegra la fe y no intentan sacudir su yugo. ¿Es gracia particular de Dios, es natural apego a su religión o saludable influjo de un medio cristiano? Siempre es verdad que su fe se ha preservado de todo asalto; no conocen la duda y nada ha perdido para ellos de su evidencia la verdad.

En el primer caso, los remordimientos son vivos, el pecador quisiera dejar el pecado,  pero le falta el valor. Sufre la tiranía de sus pasiones, permaneciendo, sin embargo, esclavo de ellas. Si es la vergüenza o dificultad de la confesión lo que le retiene alejado de los sacramentos o quizá en el sacrilegio, es todavía grande su tormento y grande el deseo que siente de salir de aquel estado; incluo ha resuelto algunas veces hacerlo; pero, llegado el momento, retrocede y lo aplaza para más tarde. Aún no hay endurecimiento ni obstinación en el pecado y su conversión no es imposible, sobre todo si han conservado alguna costumbre de orar, aunque sea una sola avemaría diaria.

Pero raras veces se quedan en este estado. La resistencia al bien, la infidelidad conitnua, acaba por hacer que las gracias sean menos copiosas y eficaces. La voz de Dios, siempre desoída, se vuelve menos apremiante; disminuyen los remordimientos; la fe se oscurece poco a poco, si es que no se apaga del todo. Por otra parte, las pasiones siempre acariciadas se vuelven más, y más exigentes y tiránicas; entonces es cuando el pecador cae finalmente en el endurecimiento.

Deplorable es tal estado, a Dios muy injurioso y peligrosísimo para el alma. Esta se muestra insensible a toda influencia sana, y no le hacen mella los mejores consejos y las más graves reflexiones. Todo resbala sobre ella como el agua sobre el mármol, sin penetrar ni ablandar su dureza. Es porque el mal no está en el juicio, sino en la voluntad, que se obstina en su obcecación, rechaza de antemano todos los argumentos saludables y se desdeña de reflexionar sobre ellos.

Hay personas que se irritan cuando les salen fallidas sus empresas, llueven desgracias sobre ellos o les arrebata la muerte seres queridos, y se atreven a culpar de ello a la Providencia: ¿Qué he hecho a Dios-dicen los pobres insensatos – para tratarme con tanta dureza? Y por una especie de venganza tácita o manifiesta descuidan más y más el cumplimiento de sus obligaciones y se hunden voluntariamente en el pecado.

En otros hay el despecho de no poder entregarse en paz a todas sus pasiones. Se entregan a una especie de ira contra sí y contra Dios. No habiendo podido rechazar la fe y sintiendo vivamente el horror de sus faltas y el aguijón de su conciencia, entran en una especie de lucha con Dios, y, como Mathán, quisieran acallar todos su remordimientos a fuerzas de atentados.

Sin embargo, no es éste todavía el punto extremo del endurecimiento, pues, hay en este frenesí una gran ceguedad, una suerte de demencia que atenúa algo su culpabilidad. Pero, si la malicia es fría y señora de sí misma, el pecado es más grave todavía y más terrible el endurecimiento que resulta ¿Acaso no fue Voltaire más responsable que Marat?

Tales son, en las sociedades secretas, los iniciados en los altos grados, energúmenos cuyas horrorosas saturnales, blasfemias y actos de satanismo no pueden leerse sin estremecimiento.

Han dejado al demonio tomar en ellos tan poderoso ascendente, siguen tan fácil y prontamente sus impulsos, que de ellos puede decirse repitiendo en otro sentido las palabras de San Pablo, “Ya no son ellos quienes viven; quien vive en ellos es Satanás”

2. Ligero barniz cristiano

“Hay muchas almas -dice Santa Teresa (Moradas primeras c.1 n.5 y 8 ) – que están en la ronda del castillo … y no se les da nada de entrar dentro, ni saben qué hay en aquel tan precioso lugar… Son almas tullidas, que, si no viene el mismo Señor a mandarles se levanten – como al que hacía treinta y ocho años que estaba en la piscina (Jn 5, 5) – tienen harta mala ventura y gran peligro.”

Los pensamientos ordinarios de estas almas, sus más habituales deseos, sus preocupaciones, los sueños que frecuentan sus imaginación, son puramente naturales, jamás o casi nunca reflexiones más serias inspiradas por la fe; ningún deseo de enmendarse hay en ellas.

Si alguna virtud practican, si saben a veces abnegarse, sacrificarse por sus parientes o amigos, no es porque sigan las inspiraciones de la gracia: obedecen al mismo instinto natural o a consideraciones enteramente humanas.

Si combaten sus defectos, es por motivos humanos más que por miras cristianas; más para ahorrarse accidentes desagradables, consecuencia ordinaria del pecado, que para evitar la ofensa de Dios.

Considerado el pecado como de poca importancia o fácilmente perdonable, se ponen imprudentemente en toda clase de ocasiones peligrosas y sucumben a cualquier tentación con la mayor facilidad.

De tiempo en tiempo, les inspira la gracia algunos buenos movimientos y su fe se despierta. Una función religiosa extraordinaria, la muerte de un ser querido u otras circunstancias excepcionales harán nacer en ellos buenos sentimientos. También después de sus deslices, sobre todo si han caído en alguna falta nueva o de mayor gravedad, tendrán remordimientos. Mas fuera de estas circunstancias, en el curso ordinario de su vida apenas oyen la voz íntima de Dios, cuyo dulce murmullo exige recogimiento y calma: non in commotione Dominus (1 Re 19, 11). No acostumbra hablar el Señor en medio de la turbación y del ruido; y estas almas, entregadas totalmente a la distracción, apenas son capaces de prestarle oído cuando se digna hablarles en el fondo de su conciencia.

Apenas si es cristiana la vida de estas almas desdichadas. Ciertamente les queda la fe en el fondo del corazón, pero allí está como embotada. Sus días son vacíos delante de Dios y corre gran peligro su salvación. Pueden las circunstancias exteriores mantenerles en este estado; si estuvieran rodeadas de personas sólidamente cristianas, preservadas de malas compañías y alejadas de ocasiones peligrosas, no caerán en grandes extravíos. Mas, si vinieran a faltarles estos recursos exteriores, si se hallaran, por ejemplo, en un medio indiferente o impío, pronto perderán sus buenos hábitos, abandonarán sus prácticas religiosas y serán semejantes a los que les rodean.
El estado que acabamos de describir es muy frecuente entre los jóvenes de hoy, hijos de familias poco cristianas y cuya educación religiosa ha sido muy deficiente.
No oyendo hablar de las cosas de la fe sino muy raras veces, y con frecuencia, con una visión equivocada o falsa de la misma, ¿cómo extrañarse de que lleven una vida sensual o del todo distraída?
Las prácticas cristianas de muchas de estas almas guardan una apariencia externa de piedad, sobre todo si conviven con personas allegadas que las siguen practicando: misa dominical, omitida muchas veces; alguna oración vocal de cuando en cuando, pidiendo siempre cosas temporales: salud, riquezas, bienestar. Las lecturas piadosas, los ejercicios devotos, les dan náuseas; aunque, absortas como están en preocupaciones completamente materiales, poco piensan en ello. No es ésta la esfera en la que se agita su espíritu, y, si una influencia exterior viene a llevarles a la región de las cosas espirituales, se sienten en ella como extraños o forasteros. Y, cuando cesan estas saludables influencias, caen nuevamente en su habitual disposición de languidez y distracción y resbalan fácilmente por la pendiente del mal, que puede llevarles a un verdadero abismo.

Antonio Royo Marín. Somos hijos de Dios: Misterio de la divina gracia. BAC, Madrid, 1977. Págs 139-145.