ALLORI, Alessandro. Annunciation 1603
Oil on canvas Galleria dell’Accademia, Florence
.
†
.
Los legionarios deberán emprender la práctica de la “Verdadera Devoción a María”,
de San Luis María de Montfort
.
Sería de desear que los legionarios perfeccionasen su devoción a la Madre de Dios, dándole el carácter distintivo que nos ha enseñado San Luis María de Montfort -con los nombres de La Verdadera Devoción o la Esclavitud Mariana- en sus dos obras: La Verdadera Devoción a la santísima Virgen y El Secreto de María (véase el apéndice 5).
Esta devoción exige que hagamos con María un pacto formal, por el que nos entreguemos a Ella con todo nuestro ser: nuestros pensamientos, obras, posesiones y bienes espirituales y temporales, pasados, presentes y futuros; sin reservarnos la menor cosa, ni la más mínima parte de ellos. En una palabra, que nos igualemos a un esclavo, no poseyendo nada propio, dependiendo en todo de María, totalmente entregados a su servicio.
Pero mucho más libre aún es el esclavo humano que el de María: aquél sigue siendo dueño de sus pensamientos y de su vida interior, y, así, es libre en todo ese campo suyo íntimo; la entrega en manos de María incluye la entrega total de los pensamientos e impulsos interiores, con todo lo que ellos encierran de más preciado y más íntimo. Todo queda en posesión de María, todo, hasta el último suspiro, para que Ella disponga de ello a la mayor gloria de Dios. El sacrificarse así para Dios sobre el ara del corazón de María es, en cierto modo, un martirio: un sacrificio muy parecido al de Jesucristo mismo, que lo inició ya en el seno de María, lo promulgó públicamente en sus brazos el día de su Presentación, y lo mantuvo durante toda su vida hasta consumaría en el Calvario sobre el ara del corazón sacrificado de su Madre.
Esta Verdadera Devoción arranca de un acto formal de consagración, pero consiste esencialmente en vivirla ya desde el primer día, en hacer de ella no un acto aislado, sino un estado habitual. Si a María no se le da posesión real y absoluta de esa vida -no de algunos minutos u horas simplemente-, el acto de consagración, aunque se repita muchas veces, no vendrá a valer más de lo que puede valer una oración pasajera. Será como un árbol que se plantó, pero que no arraigó.
Mas no se crea que esta Devoción exige que la mente esté siempre clavada en el acto de consagración. Sucede aquí como en la vida física: así como esta vida sigue estando animada por la respiración y el latir del corazón, aunque no reparemos en sus movimientos, también la vida del alma puede estar animada por la Verdadera Devoción incesantemente, aún cuando no prestemos a ella una atención consciente actual; basta que reiteremos de vez en cuando el recuerdo del dominio soberano de la Virgen, rumiando esta idea despacio y expresándola en actos y jaculatorias, para darle calor y viveza; pero con tal de que reconozcamos de una manera habitual nuestra dependencia de Ella, la tengamos siempre presente -al menos de una manera general-, y ejerza influencia real y absoluta en todas las circunstancias de nuestra vida.
Si en todo esto hay fervor sensible, será quizá una ayuda; si no lo hay, lo mismo da: nada pierde por eso la Verdadera Devoción; de hecho, esta clase de fervor no hace frecuentemente más que originar sensiblerías e inconstancia.
Hay que fijarse bien en esto: la Verdadera Devoción no es cuestión de fervor sensible; como en todo gran edificio, aunque a veces se abrase en los ardores del sol, sus hondos cimientos permanecen fríos como la roca en que descansan. La razón, normalmente, es fría. La más enérgica decisión puede ser glacial. La misma fe puede ser fría como un diamante. Y, sin embargo, éstos son los fundamentos de la Verdadera Devoción: cimentada sobre ellos, durará para siempre; y ni los hielos ni las tormentas que resquebrajan las montañas, la podrán destruir; todo lo contrario, la dejarán más fuerte que nunca.
Las gracias conseguidas mediante la práctica de esta Verdadera Devoción, y el puesto eminente que ha conseguido en la piedad de los fieles, son razones poderosísimas para indicar que se trata de un mensaje auténtico del cielo. Esto precisamente es lo que afirma San Luis María de Montfort: él vincula a esta Devoción innumerables promesas; y añade con gran seguridad que, si se cumplen las debidas condiciones, esas promesas se cumplirán también infaliblemente.
¿Queremos saber lo que enseña la experiencia de cada día? Hablemos con quienes practican esta Devoción medularmente, no de forma superficial; y seremos testigos de la gran convicción con que afirman lo que ha hecho en ellos. Preguntémosles si no son acaso victimas del sentimiento o de su imaginación, e invariablemente nos responderán que de ninguna manera, que demasiado saltan a la vista los frutos para que pueda caber engaño.
Demos fe a todo el cúmulo de experiencias tenidas por cuantos comprenden, practican y enseñan la Verdadera Devoción. Está fuera de duda que ella profundiza la vida interior, sellándola con el distintivo de generosa entrega y pureza de intención. Comunica al alma la sensación de ir guiada y protegida, y una dulce certeza de que ha encontrado el camino seguro en esta vida. Hay miras sobrenaturales, brío, fe más arraigada; y todo eso hace que se pueda contar con uno para cualquier empresa. Y en contraposición a la fortaleza ‘equilibrándola están la ternura y la sabiduría y, por fin, la suave unción de la humildad, que embalsama y preserva de corrupción a todas las demás virtudes. Llueven gracias tales, que hay que confesar que son extraordinarias; se ve uno llamado a grandes cosas, claramente superiores a los propios méritos y a las propias fuerzas naturales; pero ese mismo llamamiento trae consigo todo el socorro necesario para poder llevar, sin ningún contratiempo, la pesada y gloriosa carga.
En resumidas cuentas: a cambio del generoso sacrificio que se hace mediante esta Devoción, entregándose uno voluntariamente como esclavo de amor a Jesús por medio de María, se gana el ciento por uno prometido a cuantos se despojan de sí mismos para que Dios sea glorificado más y más. Según las vibrantes palabras de Newman: “Cuando servimos, reinamos; cuando damos, poseemos; cuando nos rendimos, entonces somos vencedores”.
Parece que algunas personas reducen su vida espiritual, muy simplemente, a un balance egoísta de ganancias y pérdidas. Cuando se les dice que deberían entregar sus haberes en manos de su Madre espiritual, se desconciertan. Y a veces argumentan: “Pero, si lo doy todo a María, ¿no estaré delante de mi Juez, en la hora de la salida de este mundo, con las manos vacías? ¿No se me prolongará el purgatorio interminablemente?” A lo cual responde agudamente cierto comentarista: “¡Pues claro que no! ¿Acaso no está presente María en el Juicio?” Observación profunda.
Mas el reparo que ponen algunos contra esta consagración proviene, comúnmente, no tanto de miras egoístas cuanto de una confusión de ideas. Temen por la suerte de aquellas cosas y personas por las que hay obligación de rogar: la familia, los amigos, el Papa, la patria, etc., si se dan a manos ajenas todos los tesoros espirituales que uno posee, sin quedarse con nada. Hay que decirles: “¡Fuera todos estos recelos! Hágase la consagración valientemente, que en manos de María todo está bien guardado. Ella, Guardiana de los tesoros del mismo Dios, ¿acaso no sabrá conservar y mejorar los intereses de quienes ponen en Ella su confianza? Arroja, pues, en la gran arca de su maternal corazón, juntamente con el haber de tu vida, todas sus obligaciones y deberes -todo el débito-. En sus relaciones contigo, María actuará como si tu fueras su hijo único. Tu salvación, tu santificación, tus múltiples necesidades son cosas que reclaman indispensablemente sus desvelos. Cuando ruegues tú por sus intenciones, tu mismo eres su primera intención”.
Pero hablando -como hablamos aquí- de sacrificio, no es leal ni noble querer probar que en esta consagración no hay pérdida ninguna: eso secaría de raíz el ofrecimiento, y le robaría su carácter de sacrificio, en que se funda su principal valor. Y, aquí, convendría recordar lo sucedido en otro tiempo con una muchedumbre de unos diez o doce mil hambrientos, que se hallaban en despoblado. Entre todos ellos, uno solo había traído algo de comer, y sus provisiones se reducían a cinco panes y dos peces. En cuanto se le rogó, se desprendió de ellas de muy buena gana. Se bendijeron los panes y los peces, se partieron, y se distribuyeron entre la multitud. Y todos, a pesar de ser tantos, comieron y se saciaron; entre ellos, el mismo que había proporcionado la cantidad original. Y aun sobraron doce cestos llenos hasta rebosar (Jn. 6, 1-14).
Ahora bien: supongamos que aquel joven, que se desprendió de sus provisiones, hubiera contestado: “¿Qué valen mis cinco panes y dos pececillos, para hartar a tan gran gentío? Además, los necesito para los míos, que también están aquí hambrientos. Así que no los puedo ceder”. Mas no se portó así: dio lo poco que tenía, y resultó que tanto él como todos los de su familia allí presentes recibieron, en el milagroso banquete, más que lo que él había dado. Y, si hubiese querido reclamar los doce cestos llenos que sobraron -a los que, en cierto modo, tenía derecho-, seguro que se los hubieran dado.
Así se conducen siempre Jesús y María con el alma generosa que da cuanto tiene sin regatear ni escatimar nada. Multiplican y reparten la más pequeña dádiva hasta enriquecer con ella multitudes enteras; y las mismas intenciones y necesidades propias que parecía iban a quedar descuidadas, quedan satisfechas colmadamente y con creces; y por todas partes dejan señales de la generosidad divina.
Vayamos, pues, a María con nuestros pobres panes y pececillos; pongámoslos en sus manos, para que Jesús y Ella los multipliquen, y alimenten con ellos a tantos millones de almas como pasan hambre en el desierto de este mundo.
La consagración no exige ningún cambio en cuanto a la forma externa de nuestras oraciones y acciones diarias. Se puede seguir empleando el tiempo como antes, rogando por las mismas intenciones y por cualquier otra intención que sobrevenga. Sólo, en adelante, sométase todo a la voluntad de María.
.
“María nos muestra a su divino Hijo, y nos dirige la misma invitación que dirigió a los sirvientes en Caná: Haced lo que El os, diga (Jn. 2, 5). Si, a su mandato, echamos en los vasos del amor y el sacrificio el agua insípida de los mil pormenores de nuestras acciones diarias, se renueva el milagro de Caná. El agua se transforma en un vino exquisito; es decir, en las más selectas gracias, para nosotros y para los demás” (Cousin).
+
FUENTE: Manual de la Legión de María. Capítulo 6.5 Disponible en: http://www.legiondemaria.org/manual_oficial_nueva_edicion.htm
