Himno a Cristo Rey

Octubre 25, 2009 por salutarishostia

A Ti, oh Príncipe de los siglos; a Ti, oh Cristo Rey de las Gentes; a Ti te confesamos unico Señor de las inteligencias y de los corazones.

Una turba criminal vocifera: “¡No queremos que reine Cristo!” Pero nosotros, con nuestras ovaciones, te proclamamos Rey supremo.

¡Oh Cristo, Príncipe de Paz! Somete a las almas rebeldes; y a los extraviados reúnelos con tu amor en un sólo redil

Para eso estás colgado de un árbol sangriento con los brazos abiertos, y muestras tu Corazón por cruel lanza traspasado y ardiendo de amor.

Para eso te ocultas en los altares bajo la figura de vino y de pan, derramando la salvación para tus hijos por tu traspasado pecho.

A Ti los que mandan en las naciones te ensalcen con públicos honores, te honren los maestros y los jueces, te reproduzcan las leyes  y las artes.

Las insignias regias sumisas, a Ti se dediquen; y somete a tu suave cetro la patria y las casas de los ciudadanos.

¡Oh Jesús! A ti sea la gloria, que repartes los cetros del mundo, con el Padre y el Espíritu Santo en los siglos infinitos. Amén.

V. Se dilatará su imperio.

R. Y la paz no tendrá fin.

(Tomado de la II Vísperas de la Fiesta de N.S. Jesucristo Rey) 

Consagración del género humano al Sagrado Corazón de Jesús

Octubre 25, 2009 por salutarishostia

(para ser rezada en la Fiesta de N.S. Jesucristo Rey)

Dulcísimo Jesús, Redentor del género humano, miradnos humildemente postrados delante de vuestro altar: vuestros somos y vuestros queremos ser: y afin de poder vivir más estrechamente unidos con Vos, todos y cada uno espontáneamente nos consagramos en este día a vuestro Sacratísimo Corazón.

Muchos, por desgracia, jamás os han conocido: muchos, despreciando vuestros mandamientos, os han desechado. Oh Jesús benignísimo, compadeceos de los unos y de los otros, y atraedlos a todos a vuestro Corazón santísimo.

Oh Señor, sed Rey, no sólo de los hijos fieles que jamás se han alejado de Vos, sino también de los pródigos que os han abandonado; haced que vuelvan pronto a la casa paterna, porque no perezcan de hambre y de miseria.

Sed Rey de aquellos que, por seducción del error o por espíritu de discordia, viven separados de Vos: devolvedlos al puerto de la verdad y a la unidad de la fe, para que en breve se forme un solo rebaño bajo un solo Pastor.

Sed Rey de los que permanecen todavía envueltos en las tinieblas de la idolatría o del Islamismo; dignaos atraerlos a todos a la luz de vuestro reino.

Mirad finalmente con ojos de misericordia a los hijos de aquel pueblo que en otro tiempo fue vuestro predilecto; descienda también sobre ellos bautismo de redención y de vida, la Sangre que un día contra sí reclamaron.

Conceded, oh Señor, incolumidad y libertad segura a vuestra Iglesia; otorgad a todos los pueblos la tranquilidad en el orden; haced que del uno al otro confin de la tierra no resuene sino esta voz: “Alabado sea el Corazón Divino, causa de nuestra salud; a El se entonen cánticos de honor y de gloria por los siglos de los siglos. Así sea.

Sobre la Fiesta de Cristo Rey

Octubre 24, 2009 por salutarishostia

Carta Encíclica Quas Primas del Sumo Pontífice Pio XI sobre la Fiesta de Cristo Rey

En la primera encíclica, que al comenzar nuestro Pontificado enviamos a todos los obispos del orbe católico, analizábamos las causas supremas de las calamidades que veíamos abrumar y afligir al género humano.

Y en ella proclamamos Nos claramente no sólo que este cúmulo de males había invadido la tierra, porque la mayoría de los hombres se habían alejado de Jesucristo y de su ley santísima, así en su vida y costumbres como en la familia y en la gobernación del Estado, sino también que nunca resplandecería una esperanza cierta de paz verdadera entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negasen y rechazasen el imperio de nuestro Salvador.

La «paz de Cristo en el reino de Cristo»

1. Por lo cual, no sólo exhortamos entonces a buscar la paz de Cristo en el reino de Cristo, sino que, además, prometimos que para dicho fin haríamos todo cuanto posible nos fuese. En el reino de Cristo, dijimos: pues estábamos persuadidos de que no hay medio más eficaz para restablecer y vigorizar la paz que procurar la restauración del reinado de Jesucristo.

2. Entre tanto, no dejó de infundirnos sólida, esperanza de tiempos mejores la favorable actitud de los pueblos hacia Cristo y su Iglesia, única que puede salvarlos; actitud nueva en unos, reavivada en otros, de donde podía colegirse que muchos que hasta entonces habían estado como desterrados del reino del Redentor, por haber despreciado su soberanía, se preparaban felizmente y hasta se daban prisa en volver a sus deberes de obediencia.

Y todo cuanto ha acontecido en el transcurso del Año Santo, digno todo de perpetua memoria y recordación, ¿acaso no ha redundado en indecible honra y gloria del Fundador de la Iglesia, Señor y Rey Supremo?

«Año Santo»

3. Porque maravilla es cuánto ha conmovido a las almas la Exposición Misional, que ofreció a todos el conocer bien ora el infatigable esfuerzo de la Iglesia en dilatar cada vez más el reino de su Esposo por todos los continentes e islas —aun, de éstas, las de mares los más remotos—, ora el crecido número de regiones conquistadas para la fe católica por la sangre y los sudores de esforzadísimos e invictos misioneros, ora también las vastas regiones que todavía quedan por someter a la suave y salvadora soberanía de nuestro Rey.

Además, cuantos —en tan grandes multitudes— durante el Año Santo han venido de todas partes a Roma guiados por sus obispos y sacerdotes, ¿qué otro propósito han traído sino postrarse, con sus almas purificadas, ante el sepulcro de los apóstoles y visitarnos a Nos para proclamar que viven y vivirán sujetos a la soberanía de Jesucristo?

4. Como una nueva luz ha parecido también resplandecer este reinado de nuestro Salvador cuando Nos mismo, después de comprobar los extraordinarios méritos y virtudes de seis vírgenes y confesores, los hemos elevado al honor de los altares, ¡Oh, cuánto gozo y cuánto consuelo embargó nuestra alma cuando, después de promulgados por Nos los decretos de canonización, una inmensa muchedumbre de fieles, henchida de gratitud, cantó el Tu, Rex gloriae Christe en el majestuoso templo de San Pedro!

Y así, mientras los hombres y las naciones, alejados de Dios, corren a la ruina y a la muerte por entre incendios de odios y luchas fratricidas, la Iglesia de Dios, sin dejar nunca de ofrecer a los hombres el sustento espiritual, engendra y forma nuevas generaciones de santos y de santas para Cristo, el cual no cesa de levantar hasta la eterna bienaventuranza del reino celestial a cuantos le obedecieron y sirvieron fidelísimamente en el reino de la tierra.

5. Asimismo, al cumplirse en el Año Jubilar el XVI Centenario del concilio de Nicea, con tanto mayor gusto mandamos celebrar esta fiesta, y la celebramos Nos mismo en la Basílica Vaticana, cuanto que aquel sagrado concilio definió y proclamó como dogma de fe católica la consustancialidad del Hijo Unigénito con el Padre, además de que, al incluir las palabras cuyo reino no tendrá fin en su Símbolo o fórmula de fe, promulgaba la real dignidad de Jesucristo.

Habiendo, pues, concurrido en este Año Santo tan oportunas circunstancias para realzar el reinado de Jesucristo, nos parece que cumpliremos un acto muy conforme a nuestro deber apostólico si, atendiendo a las súplicas elevadas a Nos, individualmente y en común, por muchos cardenales, obispos y fieles católicos, ponemos digno fin a este Año Jubilar introduciendo en la sagrada liturgia una festividad especialmente dedicada a Nuestro Señor Jesucristo Rey. Y ello de tal modo nos complace, que deseamos, venerables hermanos, deciros algo acerca del asunto. A vosotros toca acomodar después a la inteligencia del pueblo cuanto os vamos a decir sobre el culto de Cristo Rey; de esta suerte, la solemnidad nuevamente instituida producirá en adelante, y ya desde el primer momento, los más variados frutos.

I. LA REALEZA DE CRISTO

6. Ha sido costumbre muy general y antigua llamar Rey a Jesucristo, en sentido metafórico, a causa del supremo grado de excelencia que posee y que le encumbra entre todas las cosas creadas. Así, se dice que reina en las inteligencias de los hombres, no tanto por el sublime y altísimo grado de su ciencia cuanto porque El es la Verdad y porque los hombres necesitan beber de El y recibir obedientemente la verdad. Se dice también que reina en las voluntades de los hombres, no sólo porque en El la voluntad humana está entera y perfectamente sometida a la santa voluntad divina, sino también porque con sus mociones e inspiraciones influye en nuestra libre voluntad y la enciende en nobilísimos propósitos. Finalmente, se dice con verdad que Cristo reina en los corazones de los hombres porque, con su supereminente caridad(1) y con su mansedumbre y benignidad, se hace amar por las almas de manera que jamás nadie —entre todos los nacidos— ha sido ni será nunca tan amado como Cristo Jesús. Mas, entrando ahora de lleno en el asunto, es evidente que también en sentido propio y estricto le pertenece a Jesucristo como hombre el título y la potestad de Rey; pues sólo en cuanto hombre se dice de El que recibió del Padre la potestad, el honor y el reino(2); porque como Verbo de Dios, cuya sustancia es idéntica a la del Padre, no puede menos de tener común con él lo que es propio de la divinidad y, por tanto, poseer también como el Padre el mismo imperio supremo y absolutísimo sobre todas las criaturas.

a) En el Antiguo Testamento

7. Que Cristo es Rey, lo dicen a cada paso las Sagradas Escrituras.

Así, le llaman el dominador que ha de nacer de la estirpe de Jacob(3); el que por el Padre ha sido constituido Rey sobre el monte santo de Sión y recibirá las gentes en herencia y en posesión los confines de la tierra(4). El salmo nupcial, donde bajo la imagen y representación de un Rey muy opulento y muy poderoso se celebraba al que había de ser verdadero Rey de Israel, contiene estas frases: El trono tuyo, ¡oh Dios!, permanece por los siglos de los siglos; el cetro de su reino es cetro de rectitud(5). Y omitiendo otros muchos textos semejantes, en otro lugar, como para dibujar mejor los caracteres de Cristo, se predice que su reino no tendrá límites y estará enriquecido con los dones de la justicia y de la paz: Florecerá en sus días la justicia y la abundancia de paz… y dominará de un mar a otro, y desde el uno hasta el otro extrema del orbe de la tierra(6).

8. A este testimonio se añaden otros, aún más copiosos, de los profetas, y principalmente el conocidísimo de Isaías: Nos ha nacido un Párvulo y se nos ha dado un Hijo, el cual lleva sobre sus hombros el principado; y tendrá por nombre el Admirable, el Consejero, Dios, el Fuerte, el Padre del siglo venidero, el Príncipe de Paz. Su imperio será amplificado y la paz no tendrá fin; se sentará sobre el solio de David, y poseerá su reino para afianzarlo y consolidarlo haciendo reinar la equidad y la justicia desde ahora y para siempre(7). Lo mismo que Isaías vaticinan los demás profetas. Así Jeremías, cuando predice que de la estirpe de David nacerá el vástago justo, que cual hijo de David reinará como Rey y será sabio y juzgará en la tierra(8). Así Daniel, al anunciar que el Dios del cielo fundará un reino, el cual no será jamás destruido…, permanecerá eternamente(9); y poco después añade: Yo estaba observando durante la visión nocturna, y he aquí que venía entre las nubes del cielo un personaje que parecía el Hijo del Hombre; quien se adelantó hacia el Anciano de muchos días y le presentaron ante El. Y diole éste la potestad, el honor y el reino: Y todos los pueblos, tribus y lenguas le servirán: la potestad suya es potestad eterna, que no le será quitada, y su reino es indestructible(10). Aquellas palabras de Zacarías donde predice al Rey manso que, subiendo sobre una asna y su pollino, había de entrar en Jerusalén, como Justo y como Salvador, entre las aclamaciones de las turbas(11), ¿acaso no las vieron realizadas y comprobadas los santos evangelistas?

b) En el Nuevo Testamento

9. Por otra parte, esta misma doctrina sobre Cristo Rey que hemos entresacado de los libros del Antiguo Testamento, tan lejos está de faltar en los del Nuevo que, por lo contrario, se halla magnífica y luminosamente confirmada.

En este punto, y pasando por alto el mensaje del arcángel, por el cual fue advertida la Virgen que daría a luz un niño a quien Dios había de dar el trono de David su padre y que reinaría eternamente en la casa de Jacob, sin que su reino tuviera jamás fin(12), es el mismo Cristo el que da testimonio de su realeza, pues ora en su último discurso al pueblo, al hablar del premio y de las penas reservadas perpetuamente a los justos y a los réprobos; ora al responder al gobernador romano que públicamente le preguntaba si era Rey; ora, finalmente, después de su resurrección, al encomendar a los apóstoles el encargo de enseñar y bautizar a todas las gentes, siempre y en toda ocasión oportuna se atribuyó el título de Rey(13) y públicamente confirmó que es Rey(14), y solemnemente declaró que le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra(15). Con las cuales palabras, ¿qué otra cosa se significa sino la grandeza de su poder y la extensión infinita de su reino? Por lo tanto, no es de maravillar que San Juan le llame Príncipe de los reyes de la tierra(16), y que El mismo, conforme a la visión apocalíptica, lleve escrito en su vestido y en su muslo: Rey de Reyes y Señor de los que dominan(17). Puesto que el Padre constituyó a Cristo heredero universal de todas las cosas(18), menester es que reine Cristo hasta que, al fin de los siglos, ponga bajo los pies del trono de Dios a todos sus enemigos(19).

c) En la Liturgia

10. De esta doctrina común a los Sagrados Libros, se siguió necesariamente que la Iglesia, reino de Cristo sobre la tierra, destinada a extenderse a todos los hombres y a todas las naciones, celebrase y glorificase con multiplicadas muestras de veneración, durante el ciclo anual de la liturgia, a su Autor y Fundador como a Soberano Señor y Rey de los reyes.

Y así como en la antigua salmodia y en los antiguos Sacramentarios usó de estos títulos honoríficos que con maravillosa variedad de palabra expresan el mismo concepto, así también los emplea actualmente en los diarios actos de oración y culto a la Divina Majestad y en el Santo Sacrificio de la Misa. En esta perpetua alabanza a Cristo Rey descúbrese fácilmente la armonía tan hermosa entre nuestro rito y el rito oriental, de modo que se ha manifestado también en este caso que la ley de la oración constituye la ley de la creencia.

d) Fundada en la unión hipostática

11. Para mostrar ahora en qué consiste el fundamento de esta dignidad y de este poder de Jesucristo, he aquí lo que escribe muy bien San Cirilo de Alejandría: Posee Cristo soberanía sobre todas las criaturas, no arrancada por fuerza ni quitada a nadie, sino en virtud de su misma esencia y naturaleza(20). Es decir, que la soberanía o principado de Cristo se funda en la maravillosa unión llamada hipostática. De donde se sigue que Cristo no sólo debe ser adorado en cuanto Dios por los ángeles y por los hombres, sino que, además, los unos y los otros están sujetos a su imperio y le deben obedecer también en cuanto hombre; de manera que por el solo hecho de la unión hipostática, Cristo tiene potestad sobre todas las criaturas.

e) Y en la redención

12. Pero, además, ¿qué cosa habrá para nosotros más dulce y suave que el pensamiento de que Cristo impera sobre nosotros, no sólo por derecho de naturaleza, sino también por derecho de conquista, adquirido a costa de la redención? Ojalá que todos los hombres, harto olvidadizos, recordasen cuánto le hemos costado a nuestro Salvador. Fuisteis rescatados no con oro o plata, que son cosas perecederas, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un Cordero Inmaculado y sin tacha(21). No somos, pues, ya nuestros, puesto que Cristo nos ha comprado por precio grande(22); hasta nuestros mismos cuerpos son miembros de Jesucristo(23).

II. CARÁCTER DE LA REALEZA DE CRISTO

a) Triple potestad

13. Viniendo ahora a explicar la fuerza y naturaleza de este principado y soberanía de Jesucristo, indicaremos brevemente que contiene una triple potestad, sin la cual apenas se concibe un verdadero y propio principado. Los testimonios, aducidos de las Sagradas Escrituras, acerca del imperio universal de nuestro Redentor, prueban más que suficientemente cuanto hemos dicho; y es dogma, además, de fe católica, que Jesucristo fue dado a los hombres como Redentor, en quien deben confiar, y como legislador a quien deben obedecer(24). Los santos Evangelios no sólo narran que Cristo legisló, sino que nos lo presentan legislando. En diferentes circunstancias y con diversas expresiones dice el Divino Maestro que quienes guarden sus preceptos demostrarán que le aman y permanecerán en su caridad(25). El mismo Jesús, al responder a los judíos, que le acusaban de haber violado el sábado con la maravillosa curación del paralítico, afirma que el Padre le había dado la potestad judicial, porque el Padre no juzga a nadie, sino que todo el poder de juzgar se lo dio al Hijo(26). En lo cual se comprende también su derecho de premiar y castigar a los hombres, aun durante su vida mortal, porque esto no puede separarse de una forma de juicio. Además, debe atribuirse a Jesucristo la potestad llamada ejecutiva, puesto que es necesario que todos obedezcan a su mandato, potestad que a los rebeldes inflige castigos, a los que nadie puede sustraerse.

b) Campo de la realeza de Cristo

a) En Lo espiritual

14. Sin embargo, los textos que hemos citado de la Escritura demuestran evidentísimamente, y el mismo Jesucristo lo confirma con su modo de obrar, que este reino es principalrnente espiritual y se refiere a las cosas espirituales. En efeeto, en varias ocasiones, cuando los judíos, y aun los mismos apóstoles, imaginaron erróneamente que el Mesías devolvería la libertad al pueblo y restablecería el reino de Israel, Cristo les quitó y arrancó esta vana imaginación y esperanza. Asimisrno, cuando iba a ser proclamado Rey por la muchedumbre, que, llena de admiración, le rodeaba, El rehusó tal títuto de honor huyendo y escondiéndose en la soledad. Finalmente, en presencia del gobernador romano manifestó que su reino no era de este mundo. Este reino se nos muestra en los evangelios con tales caracteres, que los hombres, para entrar en él, deben prepararse haciendo penitencia y no pueden entrar sino por la fe y el bautismo, el cual, aunque sea un rito externo, significa y produce la regeneración interior. Este reino únicamente se opone al reino de Satanás y a la potestad de las tinieblas; y exige de sus súbditos no sólo que, despegadas sus almas de las cosas y riquezas terrenas, guarden ordenadas costumbres y tengan hambre y sed de justicia, sino también que se nieguen a sí mismos y tomen su cruz. Habiendo Cristo, como Redentor, rescatado a la Iglesia con su Sangre y ofreciéndose a sí mismo, como Sacerdote y como Víctima, por los pecados del mundo, ofrecimiento que se renueva cada día perpetuamente, ¿quién no ve que la dignidad real del Salvador se reviste y participa de la naturaleza espiritual de ambos oficios?

b) En lo temporal

15. Por otra parte, erraría gravemente el que negase a Cristo-Hombre el poder sobre todas las cosas humanas y temporales, puesto que el Padre le confiríó un derecho absolutísimo sobre las cosas creadas, de tal suerte que todas están sometidas a su arbitrio. Sin embargo de ello, mientras vivió sobre la tierra se abstuvo enteramente de ejercitar este poder, y así como entonces despreció la posesión y el cuidado de las cosas humanas, así también permitió, y sigue permitiendo, que los poseedores de ellas las utilicen.

Acerca de lo cual dice bien aquella frase: No quita los reinos mortales el que da los celestiales(27). Por tanto, a todos los hombres se extiende el dominio de nuestro Redentor, como lo afirman estas palabras de nuestro predecesor, de feliz memoria, León XIII, las cuales hacemos con gusto nuestras: El imperio de Cristo se extiende no sólo sobre los pueblos católicos y sobre aquellos que habiendo recibido el bautismo pertenecen de derecho a la Iglesia, aunque el error los tenga extraviados o el cisma los separe de la caridad, sino que comprende también a cuantos no participan de la fe cristiana, de suerte que bajo la potestad de Jesús se halla todo el género humano(28).

c) En los individuos y en la sociedad

16. El es, en efecto, la fuente del bien público y privado. Fuera de El no hay que buscar la salvación en ningún otro; pues no se ha dado a los hombres otro nombre debajo del cielo por el cual debamos salvarnos(29).

El es sólo quien da la prosperidad y la felicidad verdadera, así a los individuos como a las naciones: porque la felicidad de la nación no procede de distinta fuente que la felicidad de los ciudadanos, pues la nación no es otra cosa que el conjunto concorde de ciudadanos(30). No se nieguen, pues, los gobernantes de las naciones a dar por sí mismos y por el pueblo públicas muestras de veneración y de obediencia al imperio de Cristo si quieren conservar incólume su autoridad y hacer la felicidad y la fortuna de su patria. Lo que al comenzar nuestro pontificado escribíamos sobre el gran menoscabo que padecen la autoridad y el poder legítimos, no es menos oportuno y necesario en los presentes tiempos, a saber: «Desterrados Dios y Jesucristo —lamentábamos— de las leyes y de la gobernación de los pueblos, y derivada la autoridad, no de Dios, sino de los hombres, ha sucedido que… hasta los mismos fundamentos de autoridad han quedado arrancados, una vez suprimida la causa principal de que unos tengan el derecho de mandar y otros la obligación de obedecer. De lo cual no ha podido menos de seguirse una violenta conmoción de toda la humana sociedad privada de todo apoyo y fundamento sólido»(31).

17. En cambio, si los hombres, pública y privadamente, reconocen la regia potestad de Cristo, necesariamente vendrán a toda la sociedad civil increíbles beneficios, como justa libertad, tranquilidad y disciplina, paz y concordia. La regia dignidad de Nuestro Señor, así como hace sacra en cierto modo la autoridad humana de los jefes y gobernantes del Estado, así también ennoblece los deberes y la obediencia de los súbditos. Por eso el apóstol San Pablo, aunque ordenó a las casadas y a los siervos que reverenciasen a Cristo en la persona de sus maridos y señores, mas también les advirtió que no obedeciesen a éstos como a simples hombres, sino sólo como a representantes de Cristo, porque es indigno de hombres redimidos por Cristo servir a otros hombres: Rescatados habéis sido a gran costa; no queráis haceros siervos de los hombres(32).

18. Y si los príncípes y los gobernantes legítimamente elegidos se persuaden de que ellos mandan, más que por derecho propio por mandato y en representación del Rey divino, a nadie se le ocultará cuán santa y sabiamente habrán de usar de su autoridad y cuán gran cuenta deberán tener, al dar las leyes y exigir su cumplimiento, con el bien común y con la dignidad humana de sus inferiores. De aquí se seguirá, sin duda, el florecimiento estable de la tranquilidad y del orden, suprimida toda causa de sedición; pues aunque el ciudadano vea en el gobernante o en las demás autoridades públicas a hombres de naturaleza igual a la suya y aun indignos y vituperables por cualquier cosa, no por eso rehusará obedecerles cuando en ellos contemple la imagen y la autoridad de Jesucristo, Dios y hombre verdadero.

19. En lo que se refiere a la concordia y a la paz, es evidente que, cuanto más vasto es el reino y con mayor amplitud abraza al género humano, tanto más se arraiga en la conciencia de los hombres el vínculo de fraternidad que los une. Esta convicción, así como aleja y disipa los conflictos frecuentes, así también endulza y disminuye sus amarguras. Y si el reino de Cristo abrazase de hecho a todos los hombres, como los abraza de derecho, ¿por qué no habríamos de esperar aquella paz que el Rey pacífico trajo a la tierra, aquel Rey que vino para reconciliar todas las cosas; que no vino a que le sirviesen, sino a servir; que siendo el Señor de todos, se hizo a sí mismo ejemplo de humildad y estableció como ley principal esta virtud, unida con el mandato de la caridad; que, finalmente dijo: Mi yugo es suave y mi carga es ligera.

¡Oh, qué felicidad podríamos gozar si los individuos, las familias y las sociedades se dejaran gobernar por Cristo! Entonces verdaderamente —diremos con las mismas palabras de nuestro predecesor León XIII dirigió hace veinticinco años a todos los obispos del orbe católico—, entonces se podrán curar tantas heridas, todo derecho recobrará su vigor antiguo, volverán los bienes de la paz, caerán de las manos las espadas y las armas, cuando todos acepten de buena voluntad el imperio de Cristo, cuando le obedezcan, cuando toda lengua proclame que Nuestro Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre(33).

III. LA FIESTA DE JESUCRISTO REY

20. Ahora bien: para que estos inapreciables provechos se recojan más abundantes y vivan estables en la sociedad cristiana, necesario es que se propague lo más posible el conocimiento de la regia dignidad de nuestro Salvador, para lo cual nada será más dtcaz que instituir la festividad propia y peculiar de Cristo Rey.

Las fiestas de la Iglesia

Porque para instruir al pueblo en las cosas de la fe y atraerle por medio de ellas a los íntimos goces del espíritu, mucho más eficacia tienen las fiestas anuales de los sagrados misterios que cualesquiera enseñanzas, por autorizadas que sean, del eclesiástico magisterio.

Estas sólo son conocidas, las más veces, por unos pocos fieles, más instruidos que los demás; aquéllas impresionan e instruyen a todos los fieles; éstas —digámoslo así— hablan una sola vez, aquéllas cada año y perpetuamente; éstas penetran en las inteligencias, a los corazones, al hombre entero. Además, como el hombre consta de alma y cuerpo, de tal manera le habrán de conmover necesariamente las solemnidades externas de los días festivos, que por la variedad y hermosura de los actos litúrgicos aprenderá mejor las divinas doctrinas, y convirtiéndolas en su propio jugo y sangre, aprovechará mucho más en la vida espiritual.

En el momento oportuno

21. Por otra parte, los documentos históricos demuestran que estas festividades fueron instituidas una tras otra en el transcurso de los siglos, conforme lo iban pidiendo la necesidad y utilidad del pueblo cristiano, esto es, cuando hacía falta robustecerlo contra un peligro común, o defenderlo contra los insidiosos errores de la herejía, o animarlo y encenderlo con mayor frecuencia para que conociese y venerase con mayor devoción algún misterio de la fe, o algún beneficio de la divina bondad. Así, desde los primeros siglos del cristianismo, cuando los fieles eran acerbísimamente perseguidos, empezó la liturgia a conmemorar a los mártires para que, como dice San Agustín, las festividades de los mártires fuesen otras tantas exhortaciones al martirio(34). Más tarde, los honores litúrgicos concedidos a los santos confesores, vírgenes y viudas sirvieron maravillosamente para reavivar en los fieles el amor a las virtudes, tan necesario aun en tiempos pacíficos. Sobre todo, las festividades instituidas en honor a la Santísima Virgen contribuyeron, sin duda, a que el pueblco cristiano no sólo enfervorizase su culto a la Madre de Dios, su poderosísima protectora, sino también a que se encendiese en más fuerte amor hacia la Madre celestial que el Redentor le había legado como herencia. Además, entre los beneficios que produce el público y legítimo culto de la Virgen y de los Santos, no debe ser pasado en silencio el que la Iglesia haya podido en todo tiempo rechazar victoriosamente la peste de los errores y herejías.

22. En este punto debemos admirar los designios de la divina Providencia, la cual, así como suele sacar bien del mal, así también permitió que se enfriase a veces la fe y piedad de los fieles, o que amenazasen a la verdad católica falsas doctrinas, aunque al cabo volvió ella a resplandecer con nuevo fulgor, y volvieron los fieles, despertados de su letargo, a enfervorizarse en la virtud y en la santidad. Asimismo, las festividades incluidas en el año litúrgico durante los tiempos modernos han tenido también el mismo origen y han producido idénticos frutos. Así, cuando se entibió la reverencia y culto al Santísimo Sacramento, entonces se instituyó la fiesta del Corpus Christi, y se mandó celebrarla de tal modo que la solemnidad y magnificencia litúrgicas durasen por toda la octava, para atraer a los fieles a que veneraran públicamente al Señor. Así también, la festividad del Sacratísimo Corazón de Jesús fue instituida cuando las almas, debilitadas y abatidas por la triste y helada severidad de los jansenistas, habíanse enfriado y alejado del amor de Dios y de la confianza de su eterna salvación.

Contra el moderno laicismo

23. Y si ahora mandamos que Cristo Rey sea honrado por todos los católicos del mundo, con ello proveeremos también a las necesidades de los tiempos presentes, y pondremos un remedio eficacísimo a la peste que hoy inficiona a la humana sociedad. Juzgamos peste de nuestros tiempos al llamado laicismo con sus errores y abominables intentos; y vosotros sabéis, venerables hermanos, que tal impiedad no maduró en un solo día, sino que se incubaba desde mucho antes en las entrañas de la sociedad. Se comenzó por negar el imperío de Cristo sobre todas las gentes; se negó a la Iglesia el derecho, fundado en el derecho del mismo Cristo, de enseñar al género humano, esto es, de dar leyes y de dirigir los pueblos para conducirlos a la eterna felicidad. Después, poco a poco, la religión cristiana fue igualada con las demás religiones falsas y rebajada indecorosamente al nivel de éstas. Se la sometió luego al poder civil y a la arbitraria permisión de los gobernantes y magistrados. Y se avanzó más: hubo algunos de éstos que imaginaron sustituir la religión de Cristo con cierta religión natural, con ciertos sentimientos puramente humanos. No faltaron Estados que creyeron poder pasarse sin Dios, y pusieron su religión en la impiedad y en el desprecio de Dios.

24. Los amarguísimos frutos que este alejarse de Cristo por parte de los individuos y de las naciones ha producido con tanta frecuencia y durante tanto tiempo, los hemos lamentado ya en nuestra encíclica Ubi arcano, y los volvemos hoy a lamentar, al ver el germen de la discordia sembrado por todas partes; encendidos entre los pueblos los odios y rivalidades que tanto retardan, todavía, el restablecimiento de la paz; las codicias desenfrenadas, que con frecuencia se esconden bajo las apariencias del bien público y del amor patrio; y, brotando de todo esto, las discordias civiles, junto con un ciego y desatado egoísmo, sólo atento a sus particulares provechos y comodidades y midiéndolo todo por ellas; destruida de raíz la paz doméstica por el olvido y la relajación de los deberes familiares; rota la unión y la estabilidad de las familias; y, en fin, sacudida y empujada a la muerte la humana sociedad.

La fiesta de Cristo Rey

25. Nos anima, sin embargo, la dulce esperanza de que la fiesta anual de Cristo Rey, que se celebrará en seguida, impulse felizmente a la sociedad a volverse a nuestro amadísimo Salvador. Preparar y acelerar esta vuelta con la acción y con la obra sería ciertamente deber de los católicos; pero muchos de ellos parece que no tienen en la llamada convivencia social ni el puesto ni la autoridad que es indigno les falten a los que llevan delante de sí la antorcha de la verdad. Estas desventajas quizá procedan de la apatía y timidez de los buenos, que se abstienen de luchar o resisten débilmente; con lo cual es fuerza que los adversarios de la Iglesia cobren mayor temeridad y audacia. Pero si los fieles todos comprenden que deben militar con infatigable esfuerzo bajo la bandera de Cristo Rey, entonces, inflamándose en el fuego del apostolado, se dedicarán a llevar a Dios de nuevo los rebeldes e ignorantes, y trabajarán animosos por mantener incólumes los derechos del Señor.

Además, para condenar y reparar de alguna manera esta pública apostasía, producida, con tanto daño de la sociedad, por el laicismo, ¿no parece que debe ayudar grandemente la celebración anual de la fiesta de Cristo Rey entre todas las gentes? En verdad: cuanto más se oprime con indigno silencio el nombre suavísimo de nuestro Redentor, en las reuniones internacionales y en los Parlamentos, tanto más alto hay que gritarlo y con mayor publicidad hay que afirmar los derechos de su real dignidad y potestad.

Continúa una tradición

26. ¿Y quién no echa de ver que ya desde fines del siglo pasado se preparaba maravillosamente el camino a la institución de esta festividad? Nadie ignora cuán sabia y elocuentemente fue defendido este culto en numerosos libros publicados en gran variedad de lenguas y por todas partes del mundo; y asimismo que el imperio y soberanía de Cristo fue reconocido con la piadosa práctica de dedicar y consagrar casi innumerables familias al Sacratísimo Corazón de Jesús. Y no solamente se consagraron las familias, sino también ciudades y naciones. Más aún: por iniciativa y deseo de León XIII fue consagrado al Divino Corazón todo el género humano durante el Año Santo de 1900.

27. No se debe pasar en silencio que, para confirmar solemnemente esta soberanía de Cristo sobre la sociedad humana, sirvieron de maravillosa manera los frecuentísimos Congresos eucarísticos que suelen celebrarse en nuestros tiempos, y cuyo fin es convocar a los fieles de cada una de las diócesis, regiones, naciones y aun del mundo todo, para venerar y adorar a Cristo Rey, escondido bajo los velos eucarísticos; y por medio de discursos en las asambleas y en los templos, de la adoración, en común, del augusto Sacramento públicamente expuesto y de solemnísimas procesiones, proclamar a Cristo como Rey que nos ha sido dado por el cielo. Bien y con razón podría decirse que el pueblo cristiano, movido como por una inspiración divina, sacando del silencio y como escondrijo de los templos a aquel mismo Jesús a quien los impíos, cuando vino al mundo, no quisieron recibir, y llevándole como a un triunfador por las vías públicas, quiere restablecerlo en todos sus reales derechos.

Coronada en el Año Santo

28. Ahora bien: para realizar nuestra idea que acabamos de exponer, el Año Santo, que toca a su fin, nos ofrece tal oportunidad que no habrá otra mejor; puesto que Dios, habiendo benignísimamente levantado la mente y el corazón de los fieles a la consideración de los bienes celestiales que sobrepasan el sentido, les ha devuelto el don de su gracia, o los ha confirmado en el camino recto, dándoles nuevos estímulos para emular mejores carismas. Ora, pues, atendamos a tantas súplicas como los han sido hechas, ora consideremos los acontecimientos del Año Santo, en verdad que sobran motivos para convencernos de que por fin ha llegado el día, tan vehementemente deseado, en que anunciemos que se debe honrar con fiesta propia y especial a Cristo como Rey de todo el género humano.

29. Porque en este año, como dijimos al principio, el Rey divino, verdaderamente admirable en sus santos, ha sido gloriosamente magnificado con la elevación de un nuevo grupo de sus fieles soldados al honor de los altares. Asimismo, en este año, por medio de una inusitada Exposición Misional, han podido todos admirar los triunfos que han ganado para Cristo sus obreros evangélicos al extender su reino. Finalmente, en este año, con la celebración del centenario del concilio de Nicea, hemos conmemorado la vindicación del dogma de la consustancialidad del Verbo encarnado con el Padre, sobre la cual se apoya como en su propio fundamento la soberanía del mismo Cristo sobre todos los pueblos.

Condición litúrgica de la fiesta

30. Por tanto, con nuestra autoridad apostólica, instituimos la fiesta de nuestro Señor Jesucristo Rey, y decretamos que se celebre en todas las partes de la tierra el último domingo de octubre, esto es, el domingo que inmediatamente antecede a la festividad de Todos los Santos. Asimismo ordenamos que en ese día se renueve todos los años la consagración de todo el género humano al Sacratísimo Corazón de Jesús, con la misma fórmula que nuestro predecesor, de santa memoria, Pío X, mandó recitar anualmente.

Este año, sin embargo, queremos que se renueve el día 31 de diciembre, en el que Nos mismo oficiaremos un solemne pontifical en honor de Cristo Rey, u ordenaremos que dicha consagración se haga en nuestra presencia. Creemos que no podemos cerrar mejor ni más convenientemente el Año Santo, ni dar a Cristo, Rey inmortal de los siglos, más amplio testimonio de nuestra gratitud —con lo cual interpretamos la de todos los católicos— por los beneficios que durante este Año Santo hemos recibido Nos, la Iglesia y todo el orbe católico.

31. No es menester, venerables hermanos, que os expliquemos detenidamente los motivos por los cuales hemos decretado que la festividad de Cristo Rey se celebre separadamente de aquellas otras en las cuales parece ya indicada e implícitamente solemnizada esta misma dignidad real. Basta advertir que, aunque en todas las fiestas de nuestro Señor el objeto material de ellas es Cristo, pero su objeto formal es enteramente distinto del título y de la potestad real de Jesucristo. La razón por la cual hemos querido establecer esta festividad en día de domingo es para que no tan sólo el clero honre a Cristo Rey con la celebración de la misa y el rezo del oficio divino, sino para que también el pueblo, libre de las preocupaciones y con espíritu de santa alegría, rinda a Cristo preclaro testimonio de su obediencia y devoción. Nos pareció también el último domingo de octubre mucho más acomodado para esta festividad que todos los demás, porque en él casi finaliza el año litúrgico; pues así sucederá que los misterios de la vida de Cristo, conmemorados en el transcurso del año, terminen y reciban coronamiento en esta solemnidad de Cristo Rey, y antes de celebrar la gloria de Todos los Santos, se celebrará y se exaltará la gloria de aquel que triunfa en todos los santos y elegidos. Sea, pues, vuestro deber y vuestro oficio, venerables hermanos, hacer de modo que a la celebración de esta fiesta anual preceda, en días determinados, un curso de predicación al pueblo en todas las parroquias, de manera que, instruidos cuidadosamente los fieles sobre la naturaleza, la significación e importancia de esta festividad, emprendan y ordenen un género de vida que sea verdaderamente digno de los que anhelan servir amorosa y fielmente a su Rey, Jesucristo.

Con los mejores frutos

32. Antes de terminar esta carta, nos place, venerables hermanos, indicar brevemente las utilidades que en bien, ya de la Iglesia y de la sociedad civil, ya de cada uno de los fieles esperamos y Nos prometemos de este público homenaje de culto a Cristo Rey.

a) Para la Iglesia

En efecto: tríbutando estos honores a la soberanía real de Jesucristo, recordarán necesariamente los hombres que la Iglesia, como sociedad perfecta instituida por Cristo, exige —por derecho propio e imposible de renuncíar— plena libertad e independencia del poder civil; y que en el cumplimiento del oficio encomendado a ella por Dios, de enseñar, regir y conducir a la eterna felicidad a cuantos pertenecen al Reino de Cristo, no pueden depender del arbitrio de nadie.

Más aún: el Estado debe también conceder la misma libertad a las órdenes y congregaciones religiosas de ambos sexos, las cuales, siendo como son valiosísimos auxiliares de los pastores de la Iglesia, cooperan grandemente al establecimiento y propagación del reino de Cristo, ya combatiendo con la observación de los tres votos la triple concupiscencia del mundo, ya profesando una vida más perfecta, merced a la cual aquella santidad que el divino Fundador de la Iglesia quiso dar a ésta como nota característica de ella, resplandece y alumbra, cada día con perpetuo y más vivo esplendor, delante de los ojos de todos.
b) Para la sociedad civil

33. La celebración de esta fiesta, que se renovará cada año, enseñará también a las naciones que el deber de adorar públicamente y obedecer a Jesucristo no sólo obliga a los particulares, sino también a los magistrados y gobernantes.

A éstos les traerá a la memoria el pensamiento del juicio final, cuando Cristo, no tanto por haber sido arrojado de la gobernación del Estado cuanto también aun por sólo haber sido ignorado o menospreciado, vengará terriblemente todas estas injurias; pues su regia dignidad exige que la sociedad entera se ajuste a los mandamientos divinos y a los principios cristianos, ora al establecer las leyes, ora al administrar justicia, ora finalmente al formar las almas de los jóvenes en la sana doctrina y en la rectítud de costumbres. Es, además, maravillosa la fuerza y la virtud que de la meditación de estas cosas podrán sacar los fieles para modelar su espíritu según las verdaderas normas de la vida cristiana.

c) Para los fieles

34. Porque si a Cristo nuestro Señor le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; si los hombres, por haber sido redimidos con su sangre, están sujetos por un nuevo título a su autoridad; si, en fin, esta potestad abraza a toda la naturaleza humana, claramente se ve que no hay en nosotros ninguna facultad que se sustraiga a tan alta soberanía. Es, pues, necesario que Cristo reine en la inteligencia del hombre, la cual, con perfecto acatamiento, ha de asentir firme y constantemente a las verdades reveladas y a la doctrina de Cristo; es necesario que reine en la voluntad, la cual ha de obedecer a las leyes y preceptos divinos; es necesario que reine en el corazón, el cual, posponiendo los efectos naturales, ha de amar a Dios sobre todas las cosas, y sólo a El estar unido; es necesario que reine en el cuerpo y en sus miembros, que como instrumentos, o en frase del apóstol San Pablo, como armas de justicia para Dios(35), deben servir para la interna santificación del alma. Todo lo cual, si se propone a la meditación y profunda consideración de los fieles, no hay duda que éstos se inclinarán más fácilmente a la perfección.

35. Haga el Señor, venerables hermanos, que todos cuantos se hallan fuera de su reino deseen y reciban el suave yugo de Cristo; que todos cuantos por su misericordia somos ya sus súbditos e hijos llevemos este yugo no de mala gana, sino con gusto, con amor y santidad, y que nuestra vida, conformada siempre a las leyes del reino divino, sea rica en hermosos y abundantes frutos; para que, siendo considerados por Cristo como siervos buenos y fieles, lleguemos a ser con El participantes del reino celestial, de su eterna felicidad y gloria.

Estos deseos que Nos formulamos para la fiesta de la Navidad de nuestro Señor Jesucristo, sean para vosotros, venerables hermanos, prueba de nuestro paternal afecto; y recibid la bendición apostólica, que en prenda de los divinos favores os damos de todo corazón, a vosotros, venerables hermanos, y a todo vuestro clero y pueblo.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 11 de diciembre de 1925, año cuarto de nuestro pontificado.

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Notas

1. Ef 3,19.

2. Dan 7,13-14.

3. Núm 24,19.

4. Sal 2.

5. Sal 44.

6. Sal 71.

7. Is 9,6-7.

8. Jer 23,5.

9. Dan 2,44.

10. Dan 7 13-14.

11. Zac 9,9.

12. Lc 1,32-33.

13. Mt 25,31-40.

14. Jn 18,37.

15. Mt 28,18.

16. Ap 1,5.

17. Ibíd., 19,16.

18. Heb 1,1.

19. 1 Cor 15,25.

20. In Luc. 10.

21. 1 Pt 1,18-19.

22. 1 Cor 6,20.

23. Ibíd., 6,15.

24. Conc. Trid., ses.6 c.21.

25. Jn 14,15; 15,10.

26. Jn 5,22.

27. Himno Crudelis Herodes, en el of. de Epif.

28. Enc. Annum sacrum, 25 mayo 1899.

29. Hech 4,12.

30. S. Agustín, Ep. ad Macedonium c.3

31. Enc. Ubi arcano.

32. 1 Cor 7,23.

33. Enc. Annum sacrum, 25 mayo 1899.

34. Sermón 47: De sanctis.

35. Rom 6,13.

The reign of Christ the King

Octubre 24, 2009 por salutarishostia

On December 11, 1925 Pope Pius XI promulgated his encyclical letter Quas Primas, on the Kingship of Christ. The encyclical dealt with what the Pope described correctly as ‘the chief cause of the difficulties under which mankind was laboring.”

Pope Pius XI explained that the manifold evils in the world are due to the fact that the majority of men have thrust Jesus Christ and His holy law out of their lives; that Our Lord and His holy law have no place either in private life or in politics; and, as long as individuals and states refuse to submit to the rule of our Savior, there will be no hope of lasting peace among nations. men must look for the peace of Christ in the Kingdom of Christ —–Pax Christi in Regno Christi.

CHRIST’S KINGSHIP IGNORED IN THE CHURCH?

In the February, 1976 issue of Approaches, Hamish Fraser stated with, alas, complete accuracy, that Quas Primas is virtually ignored by the so-called Catholic nations and by the Catholic clergy. It was, he lamented, the greatest non-event in the entire history of the Church.

What is it that caused the Catholic clergy and bishops of the world in particular, to be so embarrassed by this encyclical that it was virtually ignored at the time of the promulgation, and has been all but forgotten in the post-Vatican II epoch? What is about this encyclical which caused its teaching to be passed over in silence, if not actually contradicted, by the Second Vatican Council? It is an incontrovertible fact that this Council conspicuously and, one must conclude, deliberately, failed to reaffirm the teaching of Quas Primas.

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Part One

THE UNIVERSAL RIGHTS OF CHRIST

The answer to these questions is that in this encyclical Pope Pius XI reaffirmed the unbroken teaching of his predecessors upon the papal throne that states as well as individuals must submit themselves to the rule of Christ the King. In affirming this fundamental truth of our faith, Pope Pius was not referring simply to Catholic nations, or even to Christian nations, but to the whole of mankind. He stated this truth unequivocally by quoting a passage from the encyclical, Annum Sacrum of Pope Leo XIII:

The empire of Christ the King includes not only Catholic nations, not only baptized persons who, though of right belonging to the Church, have been led led astray by error, or have been cut off from her by schism, but also all those who are outside the Christian faith; so that truly the whole of mankind is subject to the power of Jesus Christ.
All men, both as individuals and as nations, are subject to the rule of Our Lord Jesus Christ the King, and this for two reasons. Firstly, because, as God, He is our Creator. We are His creatures. Without Him we could not exist. We owe Him everything, and He owes us nothing. Those who are created have an absolute obligation to love and serve their Creator, This obligation is unqualified; there are no “ifs,” no “buts,” and, as we shall see, no question of any possible right on the part of any man at any time to withhold his obedience.

It is only when men live their lives within the correct perspective of the Creator-creature relationship that social and political harmony and order prevail. “the peace of Christ is the Kingdom of Christ.” When men repudiate this relationship, disharmony and disorder take over, the disharmony and disorder of sin, the disharmony and disorder introduced for the first time into the whole creation when the Archangel Lucifer. the most magnificent of all God’s creatures, was overcome with pride and boasted: Non serviam — “I will not serve.” The Catechism teaches us that our purpose in life is to know, love, and serve God in this world so that we can be happy with Him forever in the next. We cannot claim to love God if we do not serve Him, and we cannot claim to serve God if we do not subject ourselves to the law of Christ the King.

“If you love Me, He warned, “keep My Commandments.” [John 14:15]

In Quas Primas, Pope Pius XI explains the second reason that we must subject ourselves to Our Lord. He explains the beautiful and profound truth that Christ is our King by acquired, as well as by natural right, for He is our Redeemer. “Would that those who forget what they have cost Our Savior,” the Pope admonished us, “might recall the words: ‘You were not redeemed with corruptible things, but with the precious Blood of Christ, as of a Iamb unspotted and undefiled.’ We are no longer our own, for Christ has purchased us ‘with a great price;’ our very bodies are the ‘members of Christ.’ ”

The double claim of Our Lord Jesus Christ to our allegiance, as our Creator and our Redeemer, is well summarized in the Book of the Apocalypse, where St. John tells us that Christ is “the ruler of the kings of the earth.” (Apoc. 17: 18). The fact that the kings of the earth —– in other words, the nations and those who rule them —– are subject to the Kingship of Christ pertains to what is known as His Social Kingship, that is, His right to rule over societies as well as individuals.

THE SOCIAL KINGSHIP OF CHRIST

No one claiming to be a Christian would, one hopes, dispute the fact that as individuals we must submit ourselves to the rule of Christ the King, but very few Christians, Catholics included, and conservative Catholics among them, understand, let alone uphold, the Social Kingship of Our Lord Jesus Christ. This is an attitude which is very common among certain well-known politicians in the United States who, while claiming to be Catholics, state with apparent pride that they do not permit their private beliefs to impinge upon their public duties. They uphold with apparent certainty the principle of the separation of Church and State. [This is a very strange attitude fur a Catholic to take, but some of these politicians appear to be very strange Catholics.]

The separation of Church and State was condemned unequivocally by the Roman Pontiffs until the Second Vatican Council. The Church’s teaching is that the State has an obligation to render public worship to God in accord with the teachings of the True Church, the Catholic Church, and positively to aid the Catholic Church in the carrying out of her functions. The State does not have the right to remain neutral regarding religion, much less to pursue a secular approach in its policies. A secular approach is by that very fact an anti-God and an anti-Christ approach. This unequivocal teaching was summarized very clearly by Pope St. Pius X, who, in his encyclical Vehementer Nos, condemned the principle of the separation of Church and State as “an absolutely false and most pernicious thesis.”

The practical consequences of this Catholic teaching are difficult to imagine for those of us who have known nothing but a secular state, in which the State claims to have no responsibilities in matters of religion and morality. [The secular state outlaws certain immoral acts, not because they are immoral, but because the majority wish them outlawed.]

Nevertheless, we must admit that this claim of the secular state is profoundly wrong.

The only word adequate to describe the claim by a Catholic politician that he will not allow his private beliefs to impinge upon his public duties is blasphemy —– or at least open rebellion against God. For the Commandments of God are binding in public as well as in private, and it is blasphemous for a Christian to maintain the contrary.

The Commandment “Thou shalt not kill” precludes the taking of innocent human life. We can take another human life only as an act of self-defense, to save our lives, those of our families or friends or our fellow citizens against an unjust aggressor; but never, never, never, does any human being have the right to take the life of an innocent person. Unborn infants certainly come into this category, a fact stated forcefully, courageously, and unambiguously by our Holy Father Pope John Paul II in his encyclical letter Centesimus Annus of 1 May 1991, commemorating the centenary of Pope Leo XIII’s encyclical Rerum Novarum. May God bless him for it.

Who could be more innocent of aggressive intent than an unborn child within the womb of his mother? Who could be more clearly protected by God’s absolute prohibition against taking the life of the innocent than an unborn child within the womb of his mother?

What exactly is a politician such as Governor Cuomo claiming when he states that he is personally against abortion but that, as a politician, he must respect the right of a woman to murder her unborn baby? He is basing this alleged right on the fact that it has been “granted” by the law of the United States, just as it has been granted by the governments of almost every country in the Western World. In other words —– and I am sure that Governor Cuomo would not dispute this —– he believes that a right is acquired when it is accorded by the majority of citizens within a state. In believing this, he has accepted, in place of the Social Kingship of Our Lord Jesus Christ, and His right to rule over societies as well as individuals, the abominable theory of democracy enshrined in the French Revolution’s Declaration of the Rights of Man, the declaration which constituted a formal and insolent repudiation of the Social Kingship of Our Lord Jesus Christ, the declaration which enshrined the greatest heresy of modern times, perhaps of all times: that authority resides in the people. On the contrary, as the Popes have taught, Omnis potestas a Deo —–”All authority comes from God.”

“Not so!” reply the revolutionaries. Omnis potestas a populo —–”All authority comes from the people.”

How well the term “revolutionaries” applies to these men! A revolution is best defined as the forcible overthrow of an established government, and this is precisely what they did. They overthrew the Social Kingship of Our Lord Jesus Christ in favor of what is rightly termed the heresy that authority resides in the will of the majority —– the heresy that is the source of all the evils in society today.

THE RISE OF A HERESY:
AUTHORITY COMES FROM THE PEOPLE

It would be a mistake to imagine that the dethronement of Our Lord began at the end of the 18th Century with the promulgation by the French Revolutionaries of the so-called “Rights of Man.”

The process began four centuries earlier, in 14th-century Italy, during what has become known as the “Renaissance.” The word is French and means “rebirth.” It refers to the rebirth of classical studies which began in Italy in the 14th Century. Those engaged in these studies were known as “humanists” because their studies were concerned with purely human topics, whereas in Europe, until that time, God had been the focus for almost every aspect of scholarship and art. Music, architecture, literature, painting, drama, philosophy, cosmology and, above all, theology —– the Queen of the Sciences —– were centered upon the Creator, and the Creator-creature relationship was axiomatic to every aspect of human thought.

Initially, there was no conflict between Humanism and the Church. Many humanists were also ecclesiastics. But as time passed, it became clear that the movement was tending to relegate religion to a place where it had little or no influence on human thought or human behavior; This tendency was implicit rather than explicit. It gave rise to the attitude that whereas faith is valid in its own domain, reason should be concerned only with what is scientifically demonstrable. The Creator-creature relationship was not formally denied, but attention became focused almost exclusively on man, to the neglect of God, who was, effectively, confined to the sacristy. Man was seen as an autonomous being, the focus of truth in a world of which he was master and which he had the ability to subdue and perfect, a being capable of building an earthly paradise by his own efforts, a utopia. The extent to which these ideas were reflected in the principles of the French Revolution, and later in atheistic Communism, hardly needs pointing out.

The practical result of Humanism was the divinization of man. The more God was diminished, the more man exalted himself and became his own God. In his book Christian Humanism Professor Thomas Molnar provides us with the following definition:

“Humanism was a doctrine, or network of doctrines, putting man in place of God, and endowing him with features that he was inevitably to abuse.” [1]

I have mentioned the extent to which the principles of Humanism reached their logical conclusion in the French Revolution and in Communism, but the Protestant Reformation cannot be exempted from this charge. Our Lord Jesus Christ founded a visible Church, His Mystical Body, to continue His mission in the world until He comes again in glory. This Church was endowed with a visible head, the Bishop of Rome, the Vicar of Jesus Christ. A vicar is a person who is authorized to perform a function on behalf of another, as his officially designated deputy.

The Bishop of Rome has the authority to teach infallibly the true meaning of the Scriptures as intended by their Divine Author. The Protestant Reformers repudiated the authority of the Vicar of Christ, and hence the authority of Christ Himself. They claimed to accept the authority of the Scriptures, but the inevitable logic of Protestantism is that they accept the authority of Scripture as each individual Protestant interprets it. In other words, every Protestant makes his own reason his ultimate authority in religious matters. It has often been said that, in the final analysis, every Protestant is his own pope. We can go further still and state that in the final analysis Protestantism makes each Protestant into his own god. This is Humanism with a vengeance.

Catholics did not, of course, remain free from these influences, and in 1907, in the fifth year of his pontificate, Pope St. Pius X felt obliged to promulgate his encyclical letter Pascendi Dominici Gregis, condemning the errors of that Protestantized version of Catholicism known as Modernism, the ultimate logic of which, explained the Pope, was atheism. The most deplorable example of man’s self-deification in our day is man’s arrogation to himself of God’s supreme and most fundamental authority, that is, His authority over life and death.

“I,” says contemporary man, “shall decide for myself when a new human life shall begin and, once it has begun, whether it shall continue or be terminated. I shall use contraception to ensure that no new life is conceived without my consent, and, should a conception take place that I deem inconvenient, I shall terminate it by abortion.” The next step in this diabolical process will be the legalization of euthanasia.

Although I have said that it would be a mistake to imagine that the dethronement of Christ the King was inaugurated by the promulgation of the French Revolution’s Declaration of the Rights of Man, there can be no doubt that this Declaration constituted the first formal repudiation of Our Lord’s Social Kingship, and that it was the most influential act in the process of securing His virtually universal dethronement during the next two centuries.

Before examining the extent to which this Declaration constituted a repudiation of Catholic teaching on the authority of the State, it is necessary to have a clear grasp of the content of this teaching. The doctrine of the Popes on the authority of the State is clear and self-evident to those with a proper understanding of the Creator-creature relationship, which is fundamental to a well-ordered society.

THE CHURCH AND DEMOCRACY

A state is composed of two elements: the government, or those who govern, and the governed, authority being vested in those who govern. The Church is not committed to any particular form of government, and despite the tendency of Popes to refer to “princes” in their encyclicals, they were in no way opposed to democracy, if all that is meant by this term is that those who govern are chosen by a vote [based on either limited or universal suffrage]. What the Popes maintain, logically and uncompromisingly, is that the source of authority is precisely the same in an absolute monarchy, such as that of Louis XIV in 18th-century France, as in a country where the government is chosen in a democratic election in which every citizen has the right to vote, such as the United States today. In either situation papal teaching on the source of authority is clear and has already been stated: Omnis potestas a Deo. —– “All authority comes from God.” Pope Leo XIII explained in his encyclical Immortale Dei that:

Every civilized community must have a ruling authority, and this authority, no less than society itself, has its source in nature, and has, consequently, God for its author. Hence it follows that all public power must proceed from God. FOR GOD ALONE IS THE TRUE AND SUPREME LORD OF THE WORLD. Everything without exception must be subject to Him, and must serve Him, so that whosoever holds the right to govern, holds it from one sole and single source, namely, God, the Sovereign Ruler of all. “There is no power but from God.” [Rom. 13:1].

“There is no power but from God.” This quotation from Romans 13: 1 states all that needs to be stated concerning the source of authority. Because those who govern derive their authority from God, and govern as His legates, and not as holding their authority from the people, no government can have a true right to enact any legislation contrary to the law of God, even if such legislation is the manifest wish of the majority of the people. The Church is totally opposed to any concept of democracy in which authority is said to reside in the people and in which those who govern are said to receive their authority from the people. Pope Leo XIII insisted in lmmortale Dei that:

In a society grounded upon such maxims, all government is nothing more nor less than the will of the people; and the people, being under the power of itself alone, is alone its own ruler . . .The authority of God is passed over in silence, just as if there were no God; or as if He cared nothing for human society; or as if men, in their individual capacity or bound together in social relations, owed nothing to God; or as if there could be a government of which the whole origin and power and authority did not reside in God Himself: Thus, as is evident, a state becomes nothing but a multitude, which is its own master and ruler.

1. T. Molnar, Christian Humanism [Chicago, 1978], p. 29.

Part Three

THE DECLARATION OF THE RIGHTS OF MAN

Few English-speaking Catholics are familiar with the French Revolution’s Declaration of the Rights of Man or with its background. The Rights of Man were discussed by the French National Assembly during the meetings of August, 1789 and adopted in October of the same year. Some of the articles are not simply acceptable but actually commendable, e.g., Article 7, concerning the detention of citizens; Article 8, stating that laws cannot have a retroactive effect; and Article 9, concerning those who have been arrested but whose guilt has not been proven. Other articles are ambiguous. But some others are positively incompatible with Catholicism, particularly Article 6, which begins by stating that the law is the expression of the general will. This is a complete negation of the teaching of the Church that all authority comes from God. Pope Pius VI had no hesitation in condemning the Declaration as “contrary to religion and to society.” [2] Acceptance of the Declaration of the Rights of Man rules out the possibility of a Catholic state and the social reign of Christ the King. This is hardly surprising in view of the Masonic origin of the Declaration. Father Denis Fahey wrote:

That the preparation and the triumph of the French Revolution were the work of Freemasonry does not need proof since the Masons themselves boast of it. Accordingly, The Declaration of the Rights of Man is a Masonic production. [3]

Father Fahey quoted in support of this contention a statement by Monsieur Bonnet, the orator at the Grand Orient Assembly in 1904:

Freemasonry had the supreme honor of giving to humanity the chart which it had lovingly elaborated. It was our Brother, de la Fayette, who first presented the project of a declaration of the natural rights of the man and the citizen living in society, to be the first chapter of the Constitution. On 25 August 1789 the Constituent Assembly, of which more than 300 members were Masons, definitively adopted, almost word for word, in the form determined upon in the Lodges, the text of the immortal Declaration of the Rights of Man. [4]

Father Fahey summarized the Declaration as a formal renunciation of allegiance to Christ the King, of the supernatural life, and of membership in Christ’s Mystical Body. He continued:

The French State thereby officially declared that it no longer acknowledged any duty to God through Our Lord Jesus Christ, and no longer recognized the dignity of membership of Christ in its citizens. It thus inaugurated the attack on the organization of society under Christ the King which has continued down to the present day. [5]

The principle that all authority comes from the peopIe is now all but universally accepted throughout the West. The basis of public morality is whatever the contemporary consensus of citizens is prepared to accept. It would be very hard to convince the average Catholic today that his country should not be governed by the will of the people or that our elected representatives are anything more than delegates of the people who voted them into power.

WHAT IS A “RIGHT”?

In his encyclical letter Tametsi futura, published in 1900, Pope Leo XIII commented: “The people have heard quite enough about what are called the rights of man. Let them hear about the rights of God for once.”

This is precisely what we shall do now. Strictly speaking, God alone has rights which belong to Him of His very nature. As human beings we possess only contingent rights, rights which are accorded to us by God. We have a right to do only what is pleasing to God. This is synonymous with stating that we are free to do only what is pleasing to God, and the freedom referred to here is moral freedom, or moral liberty.

Whenever the term “right” is used in this study, it must be taken to mean “moral freedom.” To state that a man has a right to perform an action means that he is morally free to do so, and he can never be morally free to perform any act that is displeasing to God.

The fundamental meaning of the word “liberty” is the ability to act without constraint. There can be three forms of constraint: physical, psychological, and moral.

Freedom from physical restraint simply means the absence of any external constraint which could pre- vent a person from carrying out a desired action. A football player who wished to take part in an important match, but who had broken his leg and was in hospital at the time of the game, would not be physically free, or able, to participate in the event.

Psychological liberty is better known as free will and involves the capacity to make moral choices. It is thus restricted to angels and to men. Beings who possess free will, or psychological liberty, are the masters of their acts, and hence are responsible for them. Animals have physical but not psychological freedom. A pair of blackbirds necessarily selects the tree in which they will build their nest on the basis of which tree seems most useful; they cannot choose to sacrifice the better tree and select a poorer one. Nor do they possess the free will enabling them to decide whether or not to build a nest and raise a family, or even what type of nest to build.

It should be clear that being physically able to perform an action, and being psychologically able to choose whether to perform it, do not mean that one has a right to perform it. There may be a moral constraint against performing the action. Two simple examples should make this clear. A bank clerk might find himself in a position to defraud his employers of a large sum of money with very little likelihood of being detected. He would be physically free to perform the action, that is, he would be able to remove the money without being detected. He would be psychologically free to perform it, that is, he would be able to use, or rather misuse, his free will to commit the theft. But he would not be morally free to steal the money, since theft is forbidden by the Commandments of God. In this case the law of God and the law of the State concur, and just as there is no moral right to steal, there is also no legal right to steal.

But a legal right does not necessarily confer a moral right, as the following example will demonstrate. A woman may be physically, psychologically, and legally free to have an abortion, but the so-called legal right to murder her baby does not confer a true right, since murder is forbidden by the Commandments of God.

CIVIL LAW AND THE ETERNAL LAW

In his essay The Church and the Modem State, published in 1931 and referring specifically to the United States, Hilaire Belloc noted that laws declared invalid by the Catholic Church are not binding. He continued: “Where there is a conflict between the civil law and the moral law of the Catholic Church, members of the Catholic Church will resist the civil law and obey the law of the Church.” [6]

At the risk of being repetitious, I will state once more that the teaching of the Church is that the terms “right” and “moral liberty” are synonymous. We can speak of a “right” only when its object is morally licit. The Popes, Pope Leo XIII in particular, taught time and time again that there can only be a true right —– that is, the moral liberty —– to choose that which is good and true. No human being can ever have a right to choose what is evil or false.

To quote Pope Leo XIII, writing in Libertas:

The true liberty of human society does not consist in every man doing what he pleases, for this would simply end in turmoil and confusion, and bring on the overthrow of the State: but rather in this, that through the injunctions of the civil law all may more easily conform to the prescriptions of the ETERNAL LAW.

The teaching of Pope Leo XIII is, then, that the purpose of civil law in any state, Catholic or non-Catholic, should be to assist its citizens to conform to the prescriptions of the eternal law. However, today the laws of Great Britain and the U nited States are designed —– I repeat, designed —– to have precisely the opposite effect. The laws of both countries incite each and every citizen to imitate Lucifer and to say: Non serviam —–”I will not serve.”

The average citizen, and this is not hard to under stand, equates what is legally permissible with what is morally permissible. Let us take divorce as an example. In Great Britain the figure for divorce is around 30% and rising, and the reason that it is not rising far faster is due to the fact that such a high proportion of couples now live together without even the formality of a civil ceremony. In the U.S.A., I understand that the divorce rate is now in the region of 50% . If the law did not sanction divorce and remarriage, the number of those who would abandon their spouses to live in new unions that would be legally as well as morally illicit would be reduced to a very small fraction of this figure.

The same can be said in the matter of abortions. If abortion had not been made legal, millions of women who have had abortions would not have done so, and, as is almost invariably the case, would have loved and cherished the babies they have murdered.

Pope Leo XIII insisted in Libertas that:

The binding force of human laws is in this, that they are to be regarded as applications of the eternal law, as in the principle of all law . . . WHERE A LAW IS ENACTED CONTRARY TO REASON, OR TO THE ETERNAL LAW; OR TO SOME ORDINANCE OF GOD, OBEDIENCE IS UNLAWFUL, LEST WHILE OBEYING MAN WE BECOME DISOBEDIENT TO GOD.

Can these words not be considered a charter for the Rescue Movement? We are forbidden to obey any law that is contrary to the eternal law of God, lest while obeying man, we become disobedient to God.

This unequivocal papal teaching certainly has grave implications for any Catholic involved in the enforcement of the law. By what right can a Catholic policeman arrest those who try to rescue the unborn from abortion? By what right can a Catholic district attorney prosecute them? By what right can a Catholic judge convict them? Let such public officials not protest that they have sworn to uphold the law, because any human law contrary to the eternal law cannot be considered valid by any Catholic. But, alas, many, perhaps most, Catholics holding public office today are certainly not worthy of the glorious title of Catholic.

I quoted Hilaire Belloc earlier as stating that when there is a conflict between civil law and the moral law of the Catholic Church, members of the Catholic Church will resist the civil law and obey the law of the Church. Belloc was somewhat naive in believing this since, alas, now that precisely such a conflict has arisen in the United States with the emergence of the Rescue Movement, the overwhelming majority of Catholics involved in enforcing an immoral civil law have preferred to uphold that law rather than endanger their livelihood.

2. Encyclical Letter Adeo nota, 23 April 1791.
3. Forward to G. Dillon, Grand Orient Freemasonry Unmasked[London: Britons Publishing Company ----- now, Chulmleigh: Augustine, 1965], p. 16.
4. Ibid., pp. 16-17.
5.Ibid., p. 17.
6. H. Belloc, Essays of a Catholic [London, 1931], p. 84.
[This work was republished in 1992 by TAN Books and Publishers, Inc.]

Part Four

REACTION TO QUAS PRIMAS

When Pope Pius XI promulgated Quas Primas in 1925, Christ the King had, to all intents and purposes, been dethroned throughout what was once referred to as Christendom. In October, 1941, in an article in The Dublin Review, Christopher Dawson described Europe as a secularized Christendom, its character having been largely destroyed by 200 years of secularization. “The resultant culture,” he wrote, “the culture of the Liberal 19th century and of western democracy, may be described as post-Christian, i.e., it was built on Christian foundations and Christian values, but it was divorced from an organic union with Christian faith and practice.”

When he wrote Quas Primas, Pope Pius XI had no illusions concerning the state of what had once been Christendom. He anticipated Christopher Dawson’s analysis in the opening paragraph of the encyclical, noting that the manifold evils of the world are due to the exclusion of Jesus Christ and His holy law from the private lives of individuals and from the political life of almost every state.

It was the insistence of the Pope upon the social reign of Christ the King —– on the fact that states, as well as individuals, must submit themselves to His rule —– which caused such embarrassment to the bishops of the world [and nowhere more so than in the United States], which has resulted, as Hamish Fraser expressed it, in Quas Primas becoming the greatest non-event in the history of the Church.

LIBERTY OF CONSCIENCE?

We are all familiar with the saying that “Everyone has the right to his own opinion,”. It is not unusual to hear a Catholic state that while he disagrees with the beliefs of a member of another religion, he would give his life to defend that person’s right to hold these beliefs. I would be surprised if most Catholics today did not agree with these sentiments, but they are both untrue and reflect the classic Liberal position on liberty of conscience, which has been condemned frequently and forcefully by the Popes.

Pope Leo XIll warned in Libertas that there are certain so-called liberties which modern society takes for granted that every man possesses as a right. These are the liberties, the Pope explained, “which the followers of Liberalism so eagerly advocate and proclaim.”

WHAT IS LIBERALISM?

The essence of Liberalism is the view that the individual human being has the right to decide for himself the norms by which he will regulate his life; that he has the right to be his own arbiter as to what is right and what is wrong; and that he is under no obligation to submit himself to any external authority. In the Liberal sense, “liberty of conscience” is the right of an individual to think and believe whatsoever he wants, even in religion and morality. He has the right to choose any religion, or to have no religion; and he has the right to express his views publicly and to persuade others to adopt them, using word of mouth, the public press, or any other means.

A dramatic and depressing instance of this Liberal thesis being translated into practice is the campaign for so-called “Gay Rights” in the United States and in Great Britain. Here with a vengeance are so-called “liberties,” which modern society takes for granted that every man possesses as a right. In the United States you are witnessing the scarcely credible spectacle of Catholic bishops taking it for granted that homosexuals have a right to indulge in and to propagandize in favor of their unnatural vice, and even, in some cases, helping them actively in their campaign. In Connecticut in 1991 a so-called “Gay Rights Bill” was passed, primarily due to the support of the Catholic Bishops in that state. The bill even allows homosexuals to adopt or to become foster parents of young children. Dom Prosper Gueranger wrote, at a time when such an act on the part of Catholic bishops would have been unthinkable, that when the shepherd becomes a wolf, the flock has a right to defend itself. There cannot be the least doubt that the faithful in Connecticut need to defend themselves against wolves masquerading under the guise of Catholic bishops.

Part Five

IF CHRIST IS DETHRONED, WE BECOME INHUMAN

Dozens of books have been written examining the contemporary crisis within the Church from an orthodox Catholic standpoint. Among the two or three that should definitely be owned by every Catholic who loves his faith is The Devastated Vineyard by Dietrich von Hildebrand. In this book the author lamented the terrible decline of humanity, which is nearing the point of actual dehumanization. He stated that it is the superhuman task of the holy Church to save humanity, or at least her own children, from this downfall. I was interested to note that this great book was written in 1973, and that since that date 25 million unborn children have become the victims of legalized murder in the United States alone, and this slaughter is continuing at the rate of 4,300 a day. Was not Professor von Hildebrand right to refer to what he termed “this apocalyptic decline of humanity,” which is nearing the point of actual dehumanization? [7] What other word but “dehumanized” will do for a society which extends its protection to sexual perverts and withdraws it from unborn children so that they can be massacred by the million? Christ the King has indeed been dethroned, and the evil fruits of Liberalism can be seen everywhere around us.

Professor von Hildebrand warned that the Church can only help mankind to draw back from the precipice upon which it is poised “if the vineyard of the Lord blossoms anew. And therefore we must storm Heaven with the prayer that the spirit of St. Pius X might once again fill the hierarchy, that the great words anathema sit might once again ring out against all heretics, and especially against all the members of the ‘fifth column’ within the Church.” [8] We could do no better than begin by praying that they will ring out in Connecticut.

7. D. von Hildebrand, Trojan Horse in the City of God [Chicago: Franciscan Herald Press, 1973], p. 53. [Reprinted by the Catholic Media Apostolate, Box 255, Harrison, NY 10528, at $15.50 incl. postage and handling.]
8. Ibid., p. 54.

Michael Davis, The reign of Christ the King. Tomado del sitio: www.catholictradition.org

La Memoria de los Mártires: Cirilo Bertrán y 8 compañeros

Octubre 21, 2009 por salutarishostia

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¡MORIR POR CRISTO ES REINAR!

La Iglesia elevó el 21 de noviembre de 1999 a la gloria de los altares a nueve Hermanos de las Escuelas Cristianas (Lasalianos) y a un Padre Pasionista. Ocho Hermanos dirigían una escuela en Turón, un pueblo situado en el centro de un valle minero de la región asturiana, en el nordeste de España y fueron martirizados en 1934.

El noveno Hermano es de Cataluña y murió cerca de Tarragona en 1937.

El Padre Pasionista prestaba asistencia sacramental a la escuela de Turón.

Sus nombres son:

Hno. CIRILO BERTRÁN (JOSÉ SANZ TEJEDOR), director de la comunidad, nació en Lerma, provincia de Burgos, el 20 de marzo de 1888.

Los padres eran humildes trabajadores: de ellos aprende la austeridad y el espíritu de sacrificio. Ingresó en el Noviciado de los Hermanos en Bujedo e hizo su primera profesión religiosa en agosto de 1905. En su vida apostólica se muestra comprometido y celoso.

Nombrado director de la escuela de Turón, a donde llega en 1933, su actitud prudente y serena es de gran ayuda para los Hermanos de la comunidad.

En el verano de 1934 participa en un retiro de un mes en Valladolid: será la mejor preparación para su encuentro con el Señor en el martirio que tendrá lugar dentro de unos meses.

*

Hno. MARCANO JOSÉ (FILOMENO LÓPEZ LÓPEZ), nació en El Pedregal, provincia de Sigüenza Guadalajara, el 17 de noviembre de 1900.

Pertenece a una familia de trabajadores y aprende desde niño a soportar las molestias del trabajo y afrontar con ánimo las dificultades de la vida.

A sugerencia de un tío suyo ingresa en el Instituto de los Hermanos de La Salle, pero una enfermedad en el oído le obliga a regresar a su familia.

Pronto será admitido de nuevo, pero a condición de dedicarse a trabajos manuales. Se halla en la comunidad de Mieres (Asturias) cuando acepta sustituir a un Hermano de Turón, asustado por las tensiones de ese momento.

Esto ocurría en el mes de abril de 1934, seis meses antes del sacrificio supremo que el Señor le pedirá.

Une así su destino al de sus compañeros de comunidad, a la que siempre ha prestado sus servicios con bondad y cariño.

*

Hno. VICTORIANO PÍO (CLAUDIO BERNABÉ CANO), nació en San Millán de Lara, provincia de Burgos, el 7 de julio de 1905.

Sus padres, labradores, le inculcaron desde los primeros años las virtudes de laboriosidad y espíritu de servicio. Ingresó en el Instituto de los Hermanos de La Salle en Bujedo en 1918.

Las leyes de 1933, obligan a los Hermanos, por prudencia, a cambiar frecuentemente de residencia y él es trasladado del Colegio de Palencia a la escuela de Turón. Le costó mucho el cambio, pero lo aceptó con espíritu de sacrificio y obediencia.

Llevaba solamente diez días en Turón cuando el Señor le pidió un sacrificio mayor, el sacrificio de su vida.

*

Hno. JULIÁN ALFREDO (VILFRIDO FERNÁNDEZ ZAPICO), nació en Cifuentes de Rueda, provincia de León, el 24 de diciembre de 1903. Los buenos consejos de sus padres y la influencia de un tío sacerdote con el cual fue obligado a vivir durante algún tiempo después de la muerte prematura de su madre, hacen crecer su piedad natural y lo inclinan muy joven a la vida religiosa.

A los 17 años ingresa en el noviciado de los Capuchinos de Salamanca. Pero a causa de una inesperada enfermedad regresa a su casa. Tiene 22 años cuando Dios le da a conocer a los Hermanos de La Salle y en 1926 ingresa en el noviciado de Bujedo. Muestra gran madurez y piedad que suscita la admiración de sus compañeros más jóvenes. En su labor educativa manifiesta asimismo una dedicación extraordinaria, sobre todo al preparar a los niños a la primera comunión.

En el verano de 1933 es destinado a la comunidad de Turón. El año anterior había hecho su profesión perpetua sellando su compromiso definitivo con el Señor. Cuando Dios le llama al sacrificio de su vida, se encuentra preparado para responder sin vacilación.

*

Hno. BENJAMÍN JULIÁN (VICENTE ALONSO ANDRÉS), nació en Jaramillo de la Fuente, provincia de Burgos, el 27 de octubre de 1908. Muy joven ingresa en el Instituto de los Hermanos de La Salle. Tuvo que vencer algunas dificultades en los estudios debido a su falta de preparación inicial. La misma decisión manifestó en los avatares de su itinerario religioso. Cuando el 30 de agosto de 1933 emitió sus votos perpetuos con plena madurez y decisión, recogía el fruto de su tesón y de su generosidad. Cuando recibió la orden de cambiar de la escuela de Compostela, tanto los alumnos como las familias lo sintieron mucho y querían impedirlo a toda costa, pero él con generosa disponibilidad, aunque con mucha nostalgia, aceptó y se trasladó a Turón. Los que pasaron por aquel lugar nunca olvidarían su alegría y el optimismo que mostraba en sus comentarios y juicios sobre la situación en aquellos momentos. Tanta sencillez y fortaleza sólo podían proceder de un corazón saturado de Dios, quien lo eligió para su encuentro con El.

*

Hno. HÉCTOR VALDIVIELSO (BENITO DE JESÚS). sus padres se trasladaron a Buenos Aires unos años antes de su nacimiento, que tuvo lugar el 31 de octubre de 1910.

 Fue bautizado en la iglesia de San Nicolas de Bari, que se encontraba en la zona donde se alza actualmente el Obelisco de la Avenida 9 de Julio.

Cuando sus padres, a causa de dificultades financiarias, se vieron obligados a regresar a España, estableciéndose en Briviesca (Burgos), conoció y entró en el centro de formación de los Hermanos de La Salle en Bujedo. Después hizo el Noviciado Misionero que los Hermanos tenían en Lembecq-lez-Hal, Bélgica, movido del deseo de realizar un día el apostolado en la tierra donde había nacido, la Argentina. En espera de poder realizarse sus sueños, los Superiores lo destinaron a la escuela de Astorga (León).

En septiembre de 1933 fue destinado a Turón. En el corto tiempo que permaneció en la cuenca minera, se mostró como siempre, plenamente entregado a la clase y a las asociaciones juveniles de la Cruzada Eucarística y la Acción Católica. Su dedicación a los jóvenes le convirtió, él joven, en candidato predilecto para el martirio, cosa que no tardó en realizarse. Es el primer Santo Argentino.

*

Hno. ANICETO ADOLFO (MANUEL SECO GUTIÉRREZ), el benjamín de la comunidad, había nacido en Celada Marlantes, provincia de Santander, el 4 de octubre de 1912.

Aunque quedó pronto huérfano de madre, la piedad de su padre era tal que fueron tres los hijos que entregó a Dios en el Instituto de S. Juan Bautista de La Salle.

Entró en el Noviciado en 1928 y emitió sus primeros votos en 1930. En medio de su trabajo, su mayor preocupación era el cultivo de su vida espiritual.

Ella le movía a preocuparse intensamente por los demás, sobre todo en lo referente al cumplimiento del deber y a la entrega generosa a Dios. Después de permanecer un año en el Colegio de Nuestra Señora de Lourdes en Valladolid, fue destinado a Turón en agosto de 1933.

La sonrisa serena y atractiva que adornaba permanentemente su rostro, tuvo que impresionar sin duda a los mismos asesinos que, a sus 22 años, le condujeron a la eternidad.

*

Hno. AUGUSTO ANDRÉS (ROMÁN MARTÍNEZ FERNÁNDEZ) nació en Santander el 6 de mayo de 1910.

Heredó de su padre, militar de profesión, el sentido de la precisión y del orden; y de su madre, piadosa y sencilla, la gentileza que tanto admiraban sus profesores, sus compañeros y después sus alumnos. Cuando manifestó la intención de hacerse religioso -era el hijo mayor y el único varón en casa cuando su padre murió- su madre no se resignaba.

 Pero una enfermedad del joven doblegó la resistencia materna. Prometió a la Virgen que aceptaría los deseos de su hijo si sanaba y, habiendo obtenido la curación, autorizó el ingreso en los Hermanos de La Salle.

En 1922 finalizó su noviciado y emitió con decisión sus primeros votos religiosos. Se hallaba en el colegio de Palencia en 1933, cuando la dispersión le llevó al que había de ser su postrer destino, la comunidad de Turón.

Su valor y decisión fueron llamativos en los últimos momentos de su existencia, pues él fue quien dirigió las últimas palabras a sus verdugos.

Fueron palabras llenas de entereza y de aceptación del martirio, propias de un corazón totalmente entregado a Dios.

*

P. INOCENCIO DE LA INMACULADA (MANUEL CANOURA ARNAU), nació en el Valle del Oro, provincia de Mondoñedo, el 10 de marzo de 1887. Ingresó en la Congregación de los Pasionistas a la edad de 14 años.

 Recibió el Subdiaconado en Mieres en 1910 y el Diaconado en junio de 1912. El 20 de septiembre de 1920 fue ordenado sacerdote. Desde entonces empezó para este Padre instruido y celoso, una vida de intenso apostolado sacerdotal, en el que cabe resaltar su dedicación a la enseñanza de la filosofía, de la teología, de la literatura en las diversas casas a las que fue destinado. Su último destino fue de nuevo Mieres, a comienzos de septiembre de 1934.

La causa de que se hallara con los Hermanos en Turón fue que había sido requerido su servicio sacramental, al que se había ofrecido de buen grado cuando le pidieron que fuera a confesar para preparar a los niños a celebrar el primer viernes de mes, que coincidía con el 5 de octubre.

El martirio de estos Hermanos no llegó de modo inesperado. La situación que vivía España era difícil: la masonería y el comunismo luchaban por el poder y por hacer desaparecer la tradición religiosa.

Se habían programado una serie de iniciativas contra la Iglesia, los sacerdotes y los religiosos.

Se promovió una campaña de odio y violencia que en ciertos lugares llegó a crueles desenlaces, incluso más allá de las previsiones de los grupos dirigentes. Asturias era una región minera con gran cantidad de inmigrados cuyo régimen de vida era duro y se sentían desarraigados de sus mejores tradiciones. La campaña contra la burguesía y contra la Iglesia encontró allí un terreno especialmente preparado.

Así sucedió que el 5 de octubre un grupo de rebeldes arrestó a los ocho Hermanos que trabajaban en la escuela de Turón y al sacerdote pasionista que estaba con ellos.

Los nueve religiosos fueron concentrados en la “casa del pueblo” a la espera de la decisión que había de tomar el “Comité revolucionario”. Bajo la presión de algunos extremistas, el Comité decidió la condena a muerte de estos religiosos que tenían una notable influencia en la localidad, ya que gran parte de las familias mandaban sus hijos a su escuela. La decisión se tomó en secreto: los religiosos serían fusilados en el cementerio del pueblo, poco después de la una de la madrugada, el 9 de octubre de 1934.

Los asesinos fueron reclutados de otros lugares porque en el pueblo de Turón no encontraron quienes estuvieran dispuestos a perpetrar semejante crimen.

 Las víctimas comprendieron de inmediato las intenciones del Comité y se prepararon generosamente al sacrificio con la oración, la confesión y el perdón que otorgaron a sus asesinos.

A la hora prevista por el Comité, caminaron juntos y serenos al cementerio.

En el centro del mismo estaba preparada una fosa delante de la cual alinearon a los religiosos.

Fueron muertos con dos cargas de fusilería y rematados a tiros de pistola. La serenidad y valentía con la que los Hermanos y el P. Pasionista aceptaron el martirio impresionó a los mismos asesinos como más tarde ellos mismos declararían.

Pocos meses después de su muerte sus cuerpos fueron exhumados y trasladados con grandes manifestaciones de adhesión al mausoleo donde reposan en Bujedo, en la provincia de Burgos.

*

El Hno. JAIME HILARIO (MANUEL BARBAL COSÍN) nació el 2 de enero de 1898 en Enviny, diócesis de Urgel, provincia de Lérida.

Vivió en un ambiente profundamente cristiano, en los trabajos del campo y ruda labor de un pueblo de alta montaña.

A sus trece años entró en el Seminario de La Seo de Urgel. Pero, debido a una enfermedad del oído que será una cruz a lo largo de su vida, tuvo que abandonar los estudios eclesiásticos.

En 1917 decidió entrar en el noviciado de los Hermanos de La Salle. El 24 de febrero del mismo año, en Irún, tomó con el hábito religioso el nombre de Hno. Jaime Hilario.

Un año más tarde iniciaba su misión de educador y catequista. Fue en Mollerusa, en Pibrac, cerca de Toulouse (Francia), en Calaf, su tierra natal.

En este período se hizo patente su capacidad literaria, colaborando en revistas en la difusión de los valores cristianos.

En adelante su sordera le impedirá seguir su labor educativa. Tuvo que trasladarse a Cambrils (Tarragona) para ocuparse de las labores del campo.

El 18 de julio de 1936 estalla la guerra civil española. El Hno. Jaime Hilario se refugia en una casa amiga de Mollerusa, en donde permanece en régimen de libertad vigilada.

Después es trasladado a la cárcel de Lérida y, puesto que procedía de Cambrils, es conducido a Tarragona y encarcelado en el barco ” Mahon ” con otros sacerdotes y seglares cristianos. El 15 de enero de 1937 se celebró su juicio sumarísimo.

No quería abogado defensor porque iba a decir siempre la verdad. Por obediencia aceptó la defensa del Sr. Juan Montañés, pero no permitió que se disimulase su condición de religioso.

El Tribunal Popular de Tarragona lo condenó a muerte. Aceptó el veredicto con serenidad admirable y allí mismo envió a sus familiares una carta en la que expresaba su alegría de morir mártir.

El abogado tramitó la solicitud de gracia, que fue concedida a las otras 24 personas que habían sido juzgadas con él; pero él, el único religioso del grupo, fue ejecutado.

 El 18 de enero de 1937, a las 3,30 de la tarde, el Hno. Jaime Hilario fue fusilado en el bosquecillo del Monte de la Oliva, junto al cementerio de Tarragona.

Con asombro del piquete, el mártir siguió en pie después de dos descargas sucesivas. El grupo arrojó las armas y se dio a la fuga. El jefe del pelotón, furioso, se acercó a la víctima y disparó en la sien del héroe. Sus últimas palabras a los que iban a fusilarle fueron: -¡Amigos, morir por Cristo es reinar!

Estos mártires (los nueve de Turón y el Hno. Jaime Hilario) fueron beatificados juntos por el Papa Juan Pablo II el 29 de abril de 1990. Ahora la Iglesia honra su fe y su sacrificio, declarándolos Santos y proponiéndolos como ejemplo al pueblo cristiano.

La Memoria de los Mártires: Josep Tàpies y seis Compañeros

Octubre 21, 2009 por salutarishostia

Josep Tapies y Seis compañeros

Los siete sacerdotes de la diócesis de Urgell asesinados a causa de su fe católica, durante la persecución que tuvo lugar en Cataluña y en España durante los años 1936 a 1939, fueron encarcelados en la ciudad de La Pobla de Segur (en Lleida, Cataluña) y fusilados en la puerta del cementerio del vecino pueblo de Salàs de Pallars el día 13 de agosto de 1936.

Sus nombres inscritos por Dios en el Libro de la Vida son: Rdo. Josep Tàpies i Sirvant, nacido en 1869 en Ponts, que era beneficiado organista de La Pobla de Segur. Rdo. Pascual Araguàs i Guàrdia, nacido en 1899 en Pont de Claverol, y que era párroco de Noals (provincia de Huesca). Rdo. Silvestre Arnau i Pasqüet, nacido en Gòsol en 1911, el más joven de todos, y que era vicario parroquial de La Pobla de Segur. Rdo. Josep Boher i Foix, nacido en 1887 en Sant Salvador de Toló, y párroco de La Pobleta de Bellveí. Rdo. Francesc Castells i Brenuy, nacido en 1886 en La Pobla de Segur, párroco de Tiurana y ecónomo del Poal. Rdo. Pere Martret i Moles, nacido en 1901 en La Seu d’Urgell, que era ecónomo de la Pobla de Segur. Y Rdo. Josep-Joan Perot i Juanmartí, nacido en 1877 en Boulogne (Toulouse – Francia) que entonces era el párroco de Sant Joan de Vinyafrescal.

Son un grupo de sacerdotes diocesanos, pastores de parroquia, que dieron su vida por Cristo y por amor a los hermanos, regalando el perdón a sus verdugos, viviendo aquellos momentos tan trágicos con sentimientos de unión con la Pasión del Señor y de amor a la Madre celestial, la Virgen de Ribera, tan querida en La Pobla de Segur, a la que saludaron desde el camión que les conducía al martirio diciéndole con amor: «Adiós, Virgen de Ribera, ¡venimos al cielo! ».

Sufrieron un duro interrogatorio en La Pobla, se negaron a disimular que eran sacerdotes, o a profanar su sotana, celebraron la Santa Misa y defendieron hasta que pudieron el templo parroquial para que no fuera profanado el Santísimo Sacramento, se encaminaron a ser fusilados con ánimo firme y llenos de piedad. Fueron sacrificados por el mero hecho de ser sacerdotes, sin que pudieran acusarles de ninguna otra causa. Al llegar al lugar de la ejecución, uno se descalzó para subir hasta las tapias del cementerio, imitando a Jesús, que subió descalzo al Calvario. Otro regaló a sus verdugos todo el dinero que llevaba porque a él ya no le haría falta. Y todos murieron ayudándose a ser fieles, perdonando a sus verdugos y gritando: « “¡Viva Cristo Rey! ».

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Homilía del Cardenal Saraiva Martins en la Santa Misa y Beatificación de los Siervos de Dios el sábado 29 de octubre de 2005.

El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (Mt 23, 12).

En la conclusión del discurso de Jesús que acabamos de escuchar podemos encontrar el sentido de la página evangélica y, tal vez, de toda la liturgia de la Palabra de este domingo.

En el capítulo 23 de san Mateo se halla una serie de invectivas contra escribas y fariseos, tan fuertes que suscitan estupor, si no incluso desconcierto, en labios del único Maestro, Cristo, manso y humilde de corazón.

En todo caso, Jesús, más que reprender a algunas personas en particular, quiere criticar el fariseísmo como enfermedad del espíritu, que puede afectar a hombres e instituciones, en todos los tiempos.

Al cuadro negativo de una religiosidad vacía, formalista, caracterizada por un legalismo cruel, dominada por hombres ávidos de poder, de honores y éxitos, Jesús contrapone la visión de una comunidad radicalmente diferente. El cuadro que Jesús presenta es el de una comunidad en la que la grandeza es proporcional a la humildad y donde se progresa, “se hace carrera”, por decirlo así, gracias a la vivencia de la caridad. A la luz de cuanto nos enseña Jesús, podemos comprender bien cuán arduo y difícil es el camino que deben recorrer los discípulos de Cristo, incluidos los que hoy son inscritos en el catálogo de los beatos.

Jesús tenía ante sus ojos el espectáculo de los escribas y fariseos, los cuales eran especialistas en las sagradas Escrituras y frecuentaban el templo con asiduidad, pero su corazón era frío, gélido, pues no había sido transformado por el encuentro con Dios. En una palabra:  eran falsos. Por eso Jesús los reprende severamente, echándoles en cara también que eran muy severos con los demás, pero, con respecto a sí mismos, eran demasiado benévolos:  “Lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros; pero no están dispuestos a mover un dedo para empujar” (Mt 23, 4).

Los santos, en cambio, hacen todo lo contrario:  son exigentes consigo mismos,  pero comprensivos y pacientes con los demás, tratando de perdonar siempre.

Esto es precisamente lo que se observa en la vida de los beatos José Tapies Sirvant y seis compañeros mártires, y de la beata María de los Ángeles Ginard Martí, que se hicieron servidores humildes y solícitos de su prójimo, llevando sobre sí los fardos de los demás.

2. El profeta Malaquías, en la primera lectura, presenta al Señor como el gran Rey que ha establecido una alianza con los sacerdotes, ministros suyos, los cuales, sin embargo, le han traicionado (Ml 2, 4. 8). Los siete mártires sacerdotes de la diócesis de Urgell, José Tapies Sirvant, Pascual Araguás, Silvestre Arnau Pascuet, José Boher Foix, Francisco Castells Brenuy, Pedro Martret Moles y José Juan Perot Juanmartí, que hoy son declarados beatos, no sólo no han traicionado al Señor sino que, al contrario, durante su vida han difundido sin descanso el Reino de Dios. Desempeñaron el ministerio de párrocos o sacerdotes dedicados a la pastoral en la parroquia de Pobla de Segur y lugares vecinos, entregándose por completo a la tarea de evangelización y procurando celosamente la santificación de las personas que se les habían encomendado. Supieron coronar su fidelidad a Jesucristo, hasta derramar por él su sangre, cuando, aquel 14 de agosto de 1936, en la hora suprema, en fila ante el pelotón de ejecución, todos a una aclamaron a Dios con el grito de ¡Viva Cristo Rey!

Pocos días después, también sor Ángela María de los Ángeles Ginard Martí, de la congregación de Religiosas Celadoras del Culto Eucarístico, puso el remate a su consagración a Jesucristo ofreciendo su vida, segada por las balas, en la Dehesa de la Villa, cerca de Madrid. La beata María de los Ángeles fue una religiosa ejemplar, destacando entre sus muchas virtudes el amor a la Santísima Eucaristía y al Rosario, así como su particular devoción a los primeros cristianos, cuyo martirio veneraba.

En la segunda lectura de esta santa misa, escribe san Pablo Apóstol a los Tesalonicenses:  “Nos comportamos con dulzura entre vosotros, como una madre que da alimento y calor a sus hijos” (1 Ts 2, 7). Estas palabras bien pueden aplicarse a la actitud llena de caridad de la nueva beata para con el prójimo, comenzando por sus hermanas religiosas y por los pobres, hacia los que sentía una predilección verdaderamente evangélica.

3. En la exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Europa, del 28 de junio de 2003, el Papa Juan Pablo II, a quien recordamos con afecto y veneración, propuso a todos, “para que nunca se olvide”, la gran señal de esperanza constituida por innumerables testigos de la fe cristiana, tanto de Oriente como de Occidente, que “han sabido hacer suyo el Evangelio en situaciones de hostilidad y de persecución, muchas veces hasta la prueba suprema del derramamiento de su sangre” (n. 13).

La Iglesia responde hoy a esa invitación de no olvidar nunca a los testigos de la fe cristiana —los mártires, especialmente los del pasado siglo— proponiendo el ejemplo de personas como José Tapies Sirvant y sus seis compañeros, sacerdotes seculares, y de María de los Ángeles Ginard Martí, religiosa, colocándolos en el candelero, para que den luz a toda la casa (cf. Mt 5, 15).

El siglo XX ha sido definido el siglo del martirio (cf. Andrea Riccardi, Il secolo del martirio, ed. A. Mondadori, Milán 2000), como puede comprobarse por la historia. No obstante su barbarie y virulencia, la persecución violenta que se desencadenó en España, orientada a destruir la Iglesia, fue sólo un episodio, ciertamente feroz, de aquella que el libro bíblico del Apocalipsis llama la gran tribulación (Ap 7, 14), sobre la cual Juan Pablo II escribió:  “Al finalizar el segundo milenio, la Iglesia vuelve a ser otra vez la Iglesia de los mártires” (Tertio millennio adveniente, 37). En verdad, la gran tribulación de la Iglesia en el siglo XX, que ha producido un número incalculable de víctimas —la mayor parte desaparecidos sin dejar rastro— nos ha legado también tantos nombres que la Iglesia, con solicitud materna, eleva a los altares.

Hemos de tener presente que no se trata sólo de mantener viva en la Iglesia la memoria de los mártires; se trata sobre todo de comprender y poner en su justa luz el sentido del martirio cristiano, que es, por encima de cualquier otra consideración, el signo más auténtico de que la Iglesia es la Iglesia de Jesucristo, es la Iglesia que él ha querido y fundado y en la cual él está presente.

Por desgracia, en el seno de la Iglesia, que está constituida por hombres, no faltan los pecadores, sobre todo cuando no se vive el precepto de la caridad, que es esencial y es el primero para un cristiano. De este modo se produce un antitestimonio de Jesucristo. La muchedumbre inmensa de los mártires testifica con su sangre la fidelidad de la Iglesia a Jesucristo, porque, aunque haya en ella pecadores, es a la vez una Iglesia de mártires, es decir, de cristianos auténticos, que han practicado su fe en Cristo y su caridad hacia los hermanos, incluidos los enemigos, hasta el sacrificio, no sólo de su vida, sino también con frecuencia de su honra, habiendo tenido que soportar humillaciones tremendas, entre otras la de ser tachados de traidores y farsantes.

El martirio cristiano proclama con claridad que Dios, la persona de Jesucristo, la fe en él y la fidelidad al Evangelio son los valores más altos de la vida humana, hasta el punto de que por ellos se debe sacrificar la vida misma.

Los mártires no dudaron en dar su vida por la fe en momentos de persecución sangrienta. ¿Qué mensaje transmiten a los cristianos de hoy, en nuestra existencia diaria? Nos recuerdan que hemos de vivir a fondo nuestra fe, no sólo en lo personal y privado, sino también en nuestra actuación responsable en la sociedad, en la que nos incumbe el deber de promover y tutelar eficazmente aquellos valores que están en la raíz misma de una convivencia basada en la justicia, como son la vida, la familia y el derecho irrenunciable de los padres a la educación de los hijos.

4. Cuando los mártires son personas pobres y humildes, que han gastado su vida en obras de caridad y sufren y mueren perdonando a sus verdugos, entonces estamos ante una realidad que supera el nivel humano y obliga a comprender que sólo Dios puede conceder la gracia y la fuerza del martirio. Así, el martirio cristiano es un signo, muy elocuente, de la presencia y de la acción de Dios en la historia humana.

San Agustín decía:  “Non vincit nisi veritas” (sólo la verdad triunfa). Por tanto, no el hombre sobre el hombre, ni tampoco los perseguidores sobre sus víctimas, a pesar de las apariencias. En el caso de los mártires cristianos, como los nuevos beatos de hoy, al final prevalece la verdad sobre el error, porque, como concluía el santo doctor de Hipona:  “Victoria veritatis est caritas”, es decir, la victoria de la verdad es la caridad (Sermo 358, 11).

Amadísimos hermanos y hermanas, nuestro mundo contemporáneo necesita comprender, hoy más que nunca, la gran lección de estos testigos visibles del amor cristiano, porque sólo el amor es creíble.

Para “pobres cristianos” como somos, en el fondo, todos nosotros, los mártires son un estímulo a vivir seria e íntegramente el Evangelio, afrontando con valentía los pequeños y grandes sacrificios que exige normalmente la vida cristiana vivida con fidelidad a las palabras y a los ejemplos de Jesús. Los mártires son los imitadores más auténticos de Jesús en su pasión y en su muerte. Por eso la Iglesia ha visto siempre en ellos a los discípulos más auténticos de Jesús, ha honrado su memoria y en todos los tiempos los ha propuesto a los cristianos como modelos para imitar.

En el camino de la historia, con frecuencia oscuro para la Iglesia, los mártires son la gran luz que refleja mejor a Aquel hacia quien ella “continúa su peregrinación en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios” (Lumen gentium, 8), nuestro Señor Jesucristo.

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La Memoria de los Mártires: José Aparicio Sanz y 232 compañeros mártires

Octubre 21, 2009 por salutarishostia

LA PERSECUCIÓN RELIGIOSA ESPAÑOLA
(1936-1939)

La II República española, proclamada el 14 de abril de 1931, llegó impregnada de fuerte anticlericalismo. Apenas un mes más tarde se produjeron incendios de templos en Madrid, Valencia, Málaga y otras ciudades, sin que el Gobierno hiciera nada para impedirlos y sin buscar a los responsables para juzgarles según la ley.

Los daños fueron inmensos, pero el Gobierno no los reparó ni material ni moralmente, por lo que fue acusado de connivencia.

La Iglesia había acatado a la República no sólo con respeto sino también con espíritu de colaboración por el bien de España.

Estas fueron las instrucciones que el Papa Pío XI y los obispos dieron a los católicos. Pero las leyes sectarias crecieron día por día. En este contexto fue suprimida 1a Compañía de Jesús y expulsados los jesuitas.

Durante la revolución comunista de Asturias (octubre de 1934) derramaron su sangre muchos sacerdotes y religiosos, entre ellos le diez Mártires de Turón (9 Hermanos de las Escuelas Cristianas y un Pasionista, canonizados el 21 de noviembre de 1999).

Durante el primer semestre de 1936, después del triunfo del Frente Popular, formado por socialistas, comunistas y otros grupos radicales, se produjeron atentados más graves, con nuevos incendios de templos, derribos de cruces, expulsiones de párrocos, prohibición de entierros y procesiones, etc., y amenazas de mayores violencias.

Éstas se desataron, con verdadero furor, después del 18 de julio de 1936.

España volvió a ser tierra de mártires desde esa fecha hasta el 1 de abril de 1939, pues en la zona republicana se desencadenó la mayor persecución religiosa conocida en la historia desde los tiempos del Imperio Romano, superior incluso a la Revolución Francesa.

Fue un trienio trágico y glorioso a la vez, el de 1936 a 1939, que debe ser fielmente recordado para que no se pierda la memoria histórica.

Al finalizar la persecución, el número de mártires ascendía a casi diez mil: 13 Obispos; 4.184 Sacerdotes diocesanos y seminaristas, 2.365 Religiosos, 283 Religiosas y varios miles de seglares, de ambos sexos, militantes de Acción Católica y de otras asociaciones apostólicas, cuyo número definitivo todavía no es posible precisar.

El testimonio más elocuente de esta persecución lo dio Manuel de Irujo, ministro del Gobierno republicano, que en una reunión del mismo celebrada en Valencia -entonces capital de la República-, a principios de 1937, presentó el siguiente Memorándum:

«La situación de hecho de la Iglesia, a partir de julio pasado, en todo el territorio leal, excepto el vasco, es la siguiente:

a) Todos los altares, imágenes y objetos de culto, salvo muy contadas excepciones, han sido destruidos, los más con vilipendio.

b) Todas las iglesias se han cerrado al culto, el cual ha quedado total y absolutamente suspendido.

c) Una gran parte de los templos, en Cataluña con carácter de normalidad, se incendiaron.

d) Los parques y organismos oficiales recibieron campanas, cálices, custodias, candelabros y otros objetos de culto, los han fundido y aún han aprovechado para la guerra o para fines industriales sus materiales.

e) En las iglesias han sido instalados depósitos de todas clases, mercados, garajes, cuadras, cuarteles, refugios y otros modos de ocupación diversos.

f) Todos los conventos han sido desalojados y suspendida la vida religiosa en los mismos. Sus edificios, objetos de culto y bienes de todas clases fueron incendiados, saqueados, ocupados y derruidos.

g) Sacerdotes y religiosos han sido detenidos, sometidos a prisión y fusilados sin formación de causa por miles, hechos que, si bien amenguados, continúan aún, no tan sólo en la población rural, donde se les ha dado caza y muerte de modo salvaje, sino en las poblaciones.

Madrid y Barcelona y las restantes grandes ciudades suman por cientos los presos en sus cárceles sin otra causa conocida que su carácter de sacerdote o religioso.

h) Se ha llegado a la prohibición absoluta de retención privada de imágenes y Objetos de culto.

La policía que practica registros domiciliarios, buceando en el interior de las habitaciones, de vida íntima personal o familiar, destruye con escarnio y violencia imágenes, estampas, libros religiosos y cuanto con el culto se relaciona o lo recuerde ».

Y el cardenal arzobispo de Tarragona, Francisco Vidal y Barraquer (1868-1943), que se hallaba refugiado en Italia y fue invitado por el Gobierno republicano en 1938 para que regresara a su diócesis, dijo:

«¿Cómo puedo yo dignamente aceptar tal invitación, cuando en las cárceles continúan sacerdotes y religiosos muy celosos y también seglares detenidos y condenados, como me informan, por haber practicado actos de su ministerio, o de caridad y beneficencia, sin haberse entrometido en lo más mínimo en partidos políticos, de conformidad a las normas que les habían dado?».

Y añadía: «Los fieles todos, y en particular los sacerdotes y religiosos, saben perfectamente los asesinatos de que fueron víctimas muchos de sus hermanos, los incendios y profanaciones de templos y cosas sagradas, la incautación por el Estado de todos los bienes eclesiásticos y no les consta que hasta el presente la Iglesia haya recibido de parte del Gobierno reparación alguna, ni siquiera una excusa o protesta».

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Homilía del Santo Padre en la Misa de Beatificación de los siervos de Dios José Aparicio Sanz y 232 compañeros mártires – Domingo 11 de Marzo de 2001.

 ”El Señor Jesucristo transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa” (Flp 3,21).

Estas palabras de San Pablo que hemos escuchado en la segunda lectura de la liturgia de hoy, nos recuerdan que nuestra verdadera patria está en el cielo y que Jesús transfigurará nuestro cuerpo mortal en un cuerpo glorioso como el suyo.

El Apóstol comenta así el misterio de la Transfiguración del Señor que la Iglesia proclama en este segundo domingo de Cuaresma.

En efecto, Jesús quiso dar un signo y una profecía de su Resurrección gloriosa, en la cual nosotros estamos llamados también a participar.

Lo que se ha realizado en Jesús, nuestra Cabeza, tiene que completarse también en nosotros, que somos su Cuerpo.

Éste es un gran misterio para la vida de la Iglesia, pues no se ha de pensar que la transfiguración se producirá sólo en el más allá, después de la muerte.

La vida de los santos y el testimonio de los mártires nos enseñan que, si la transfiguración del cuerpo ocurrirá al final de los tiempos con la resurrección de la carne, la del corazón tiene lugar ya ahora en esta tierra, con la ayuda de la gracia.

Podemos preguntarnos: ¿Cómo son los hombres y mujeres “transfigurados”?

La respuesta es muy hermosa: Son los que siguen a Cristo en su vida y en su muerte, se inspiran en Él y se dejan inundar por la gracia que Él nos da; son aquéllos cuyo alimento es cumplir la voluntad del Padre; los que se dejan llevar por el Espíritu; los que nada anteponen al Reino de Cristo; los que aman a los demás hasta derramar su sangre por ellos; los que están dispuestos a darlo todo sin exigir nada a cambio; los que -en pocas palabras- viven amando y mueren perdonando.

Así vivieron y murieron José Aparicio Sanz y sus doscientos treinta y dos compañeros, asesinados durante la terrible persecución religiosa que azotó España en los años treinta del siglo pasado.

Eran hombres y mujeres de todas las edades y condiciones: sacerdotes diocesanos, religiosos, religiosas, padres y madres de familia, jóvenes laicos.

Fueron asesinados por ser cristianos, por su fe en Cristo, por ser miembros activos de la Iglesia. Todos ellos, según consta en los procesos canónicos para su declaración como mártires, antes de morir perdonaron de corazón a sus verdugos.

La lista de los que hoy suben a la gloria de los altares por haber confesado su fe y dado su vida por ella es numerosa.

Hay treinta y ocho sacerdotes de la Archidiócesis de Valencia, junto con un numeroso grupo de hombres y mujeres de la Acción Católica también de Valencia; dieciocho dominicos y dos sacerdotes de la Archidiócesis de Zaragoza; cuatro Frailes Menores Franciscanos y seis Frailes Menores Franciscanos Conventuales; trece Frailes Menores Capuchinos, con cuatro Religiosas Capuchinas y una Agustina Descalza; once Jesuitas con un joven laico; treinta y dos Salesianos y dos Hijas de María Auxiliadora; diecinueve Terciarios Capuchinos con una cooperadora laica; un sacerdote dehoniano; el Capellán de Colegio La Salle de la Bonanova, de Barcelona, con cinco Hermanos de las Escuelas Cristianas; veinticuatro Carmelitas de la Caridad; una Religiosa Servita; seis Religiosas Escolapias con dos cooperadoras laicas provenientes éstas últimas del Uruguay y primeras beatas de ese País latinoamericano; dos Hermanitas de los Ancianos Desamparados; tres Terciarias Capuchinas de Nuestra Señora de los Dolores; una Misionera Claretiana; y, en fin, el joven Francisco Castelló i Aleu, de la Acción Católica de Lleida.

Los testimonios que nos han llegado hablan de personas honestas y ejemplares, cuyo martirio selló unas vidas entretejidas por el trabajo, la oración y el compromiso religioso en sus familias, parroquias y congregaciones religiosas.

Muchos de ellos gozaban ya en vida de fama de santidad entre sus paisanos. Se puede decir que su conducta ejemplar fue como una preparación para esa confesión suprema de la fe que es el martirio.

¿Cómo no conmovernos profundamente al escuchar los relatos de su martirio?

La anciana María Teresa Ferragud fue arrestada a los ochenta y tres años de edad junto con sus cuatro hijas religiosas contemplativas.

El 25 de octubre de 1936, fiesta de Cristo Rey, pidió acompañar a sus hijas al martirio y ser ejecutada en último lugar para poder así alentarlas a morir por la fe.

Su muerte impresionó tanto a sus verdugos que exclamaron: “Esta es una verdadera santa”.

No menos edificante fue el testimonio de los demás mártires, como el joven Francisco Alacreu, de veintidós años, químico de profesión y miembro de la Acción Católica, que consciente de la gravedad del momento no quiso esconderse, sino ofrecer su juventud en sacrificio de amor a Dios y a los hermanos, dejándonos tres cartas, ejemplo de fortaleza, generosidad, serenidad y alegría, escritas instantes antes de morir, a sus hermanas, a su director espiritual y a quien fuera su novia.

O también el neosacerdote Germán Gozalbo, de veintitrés años, que fue fusilado sólo dos meses después de haber celebrado su Primera Misa, después de sufrir un sinfín de humillaciones y malos tratos.

¡Cuántos ejemplos de serenidad y esperanza cristiana! Todos estos nuevos Beatos y muchos otros mártires anónimos pagaron con su sangre el odio a la fe y a la Iglesia desatado con la persecución religiosa y el estallido de la guerra civil, esa gran tragedia vivida en España durante el siglo XX.

En aquellos años terribles muchos sacerdotes, religiosos y laicos fueron asesinados sencillamente por ser miembros activos de la Iglesia.

Los nuevos beatos que hoy suben a los altares no estuvieron implicados en luchas políticas o ideológicas, ni quisieron entrar en ellas. Bien lo sabéis muchos de vosotros que sois familiares suyos y hoy participáis con gran alegría en esta beatificación.

Ellos murieron únicamente por motivos religiosos.

Ahora, con esta solemne proclamación de martirio, la Iglesia quiere reconocer en aquellos hombres y mujeres un ejemplo de valentía y constancia en la fe, auxiliados por la gracia de Dios. Son para nosotros modelo de coherencia con la verdad profesada, a la vez que honran al noble pueblo español y a la Iglesia.

¡Que su recuerdo bendito aleje para siempre del suelo español cualquier forma de violencia, odio y resentimiento! Que todos, y especialmente los jóvenes, puedan experimentar la bendición de la paz en libertad: ¡Paz siempre, paz con todos y para todos!

Queridos hermanos, en diversas ocasiones he recordado la necesidad de custodiar la memoria de los mártires. Su testimonio no debe ser olvidado. Ellos son la prueba más elocuente de la verdad de la fe, que sabe dar un rostro humano incluso a la muerte más violenta y manifiesta su belleza aun en medio de atroces padecimientos. Es preciso que las Iglesias particulares hagan todo lo posible por no perder el recuerdo de quienes han sufrido el martirio.

Al inicio del tercer milenio, la Iglesia que camina en España está llamada a vivir una nueva primavera de cristianismo, pues ha sido bañada y fecundada con la sangre de tantos mártires. Sanguis martyrum, semen christianorum! ¡La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos! (Tertuliano, Apol., 50,13: CCL 1,171). Esta expresión, acuñada durante las persecuciones de los primeros siglos, debe hoy llenar de esperanza vuestras iniciativas apostólicas y esfuerzos pastorales en la tarea, no siempre fácil, de la nueva evangelización. Contáis para ello con la ayuda inigualable de vuestros mártires. Acordaos de su valor, “fijaos en el desenlace de su vida e imitad su fe. Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre” (Hb 13,7-8).”

“Que María, Reina de los mártires, nos ayude a escuchar e imitar a su Hijo. A Ella, que acompañó a su divino Hijo durante su existencia terrena y permaneció fiel a los pies de la Cruz, le pedimos que nos enseñe a ser fieles a Cristo en todo momento, sin decaer ante las dificultades; nos conceda la misma fuerza con que los mártires confesaron su fe. Al invocarla como Madre, imploro sobre todos los aquí presentes, así como sobre vuestras familias los dones de la paz, la alegría y la esperanza firme.”

***

LOS NOMBRES DE LOS MÁRTIRES
CAUSA DE LOS SACERDOTES DIOCESANOS,
MUJERES, HOMBRES Y JÓVENES DE ACCIÓN CATÓLICA
Y DE OTRAS ASOCIACIONES APOSTOLICAS
DE LA ARCHIDIÓCESIS DE VALENCIA
(Decreto de la Congregación de las Causas de los Santos, leído
ante el Santo Padre el 18 de diciembre de 2000)

SACERDOTES DIOCESANOS

1. Siervo de Dios José Aparicio Sanz, Arcipreste de Enguera (* Enguera, 12-III-1893 +Picadero de Paterna, 29-XII-1936) Martirizado junto con su coadjutor (n. 12).

2. Siervo de Dios Fernando González añón, Párroco de Turís (* Turís, 17-II-1886 +27-VIII-1936).

3. Siervo de Dios Juan Ventura Solsona, Arcipreste de Villahermosa del Río (* Villahermosa del Río, Castellón, 1875 +Castillo de Villamalefa, Castellón, 17-IX-1936).

4. Siervo de Dios José Ruiz Bruixola, Párroco de San Nicolás, de Valencia (* Foios 1857, 30-III-1857 +Gilet, 29-X-1936).

5. Siervo de Dios Ramón Martí Soriano, Cura Regente de Vallada (* Burjassot, 7-X-1902 +Carretera de Godella a Bétera, 27-VIII-1936).

6. Siervo de Dios Joaquín Vilanova Camallonga,Coadjutor de lbi (* Ontinyent, 6-X-1888 + Ibi, Alicante, 29-VII-1936).

7. Siervo de Dios Enrique Morant Pellicer, Cura de Barx (*Bellreguard, 13-X-1908 +Xeraco, 3-X-1936).

8. Siervo de Dios Carmelo Sastre Sastre, Párroco de Piles (* Pego, Alicante, 21-XII-1890 +Palma de Gandía, 15-VIII-1936).

9. Siervo de Dios Vicente Ballester Far, Capellán de las Agustinas de Xábia (*Benidoleig, Alicante, 4-II-1888 +Carretera de Teulada a Benissa, Alicante, 23-IX-1936).

10. Siervo de Dios Ramón Esteban Bou Pascual, Cura Regente de Planes (* Benimantell, Alicante, 12-X-1906 +La Nucía, Alicante, 15-X-1936).

11. Siervo de Dios Pascual Ferrer Botella, Capellán de San Vicente de Algemesí (* Algemesí, 9-XI-1894 +Sueca, 24-IX-1936).

12. Siervo de Dios Enrique Juan Requena, Coadjutor de Enguera (* Aielo de Malferit, 2-III-1903 +Picadero de Paterna, 29-XII-1936). Martirizado junto con su párroco (n. l).

13. Siervo de Dios Elías Carbonell Mollá, Coadjutor de Cocentaina (*Cocentaina, Alicante, 20-XI-1869 +Sax, Alicante, dióc. Orihuela, 2-X-1936). Martirizado junto con su hermano Juan (n. 14).

14. Siervo de Dios Juan Carbonell Mollá, Coadjutor de Cocentaina (*Cocentaina, Alicante, 6-VI-1874 +Sax, Alicante, dióc. Orihuela, 2-X-1936). Martirizado junto con su hermano Elías (n. 13).

15. Siervo de Dios Pascual Penadés Jornet, Regente de Bélgida (* Montaverner, 3-1-1894 +Puerto de Cárcer, 15-IX-1936).

16. Siervo de Dios Salvador Ferrandis Seguí, Párroco de Pedreguer (* L’Orxa, Alicante, 25-V-1880 +Carretera del Vergel, Alicante, 3-VIII-1936).

17. Siervo de Dios José Toledo Pellicer, Coadjutor de Banyeres (*Llaurí, 15-VII-1909 +El Saler de Valencia, 10-VIII-1936).

18. Siervo de Dios Fernando García Sendra, Cura de Sagra (*Pego, Alicante, 31-III 1905 +La Pedrera de Gandía, 18-IX- 1936).

19. Siervo de Dios José García Mas, Capellán del Ecce-Homo de Pego (* Pego, Alicante, 11-VI-1896 +La Pedrera de Gandía, 18-IX-1936).

20. Siervo de Dios José María Segura Penadés, Coadjutor de Ontinyent (* Ontinyent, 13-X- 1896 +Genovés, 11 -IX- 1936).

21. Siervo de Dios Salvador Estrugo Solves, Capellán del Hospital de Alberic (* Alzíra, 12-X- 1862 + Alberie, 10-VIII- 1936).

22. Siervo de Dios Vicente Sicluna Hernández, Párroco de Navarrés (* Valencia, 30-IX-1859 +Bolbaite, 22-IX-1936).

23. Siervo de Dios Vicente María Izquierdo Alcón, Párroco de La Pobla de Farnals (* Mosqueruela, Teruel, 25-V-1891 +Rafelbunyol, 18-VIII-1936).

24. Siervo de Dios José María Ferrándiz Hernández, Arcipreste de Alcoi (* El Camp de Mirra, Alicante, 11-VIII-1879 +Rotglá, 24-IX-1936).

25. Siervo de Dios Francisco Ibáñez Ibáñez, Abad de la Colegiata de Xátiva (*Penáguila, Alicante, 22-IX-1876 +Llosa de Ranes, 19-VIII-1936).

26. Siervo de Dios José González Huguet, Párroco de Cheste (*Alaquás, 23-1-1874 +Ribarroja, 12-X-1936).

27. Siervo de Dios José Fenollosa Alcayna, Canónigo de la Colegiata de San Bartolomé, de Valencia (* Rafelbunyol, III-1903 +Sagunto, 27-IX-1936).

28. Siervo de Dios Félix Yuste Cava, Párroco de San Juan y San Vicente, de Valencia (*Chulilla, 21-II-1887 +El Saler de Valencia, 14-VIII-1936).

29. Siervo de Dios Vicente Pelufo Corts, Capellán de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, de Alzíra (* Alzira, 26-11-1868 +11-IX-1936).

30. Siervo de Dios José Canet Giner, Vicario de Catamarruch (*Bellreguard, 24-VIII-1903 +La Pedrera de Gandía, 4-X-1936).

31. Siervo de Dios Francisco Sendra Ivars, Cura Regente de Calpe (*Benissa, Alicante, 23-1V-1899 Teulada, Alicante, 4-1X-1936).

32. Siervo de Dios Diego Llorca Llopis, Coadjutor de Benissa (* Oliva, 2-VII- 1896 +Gata de Gorgos, Alicante, 6-1X- 1936).

33. Siervo de Dios Alfonso Sebastiá Vinals, Director de la Escuela de Formación Social de Valencia (* Valencia, 27-V-1910 +Paterna, 1-IX-1936).

34. Siervo de Dios Germán Gozalbo Andreu, Misacantano de Torrent (* Torrent, 30-VIII-1933 +Monserrat, 22-IX-1936).

35. Siervo de Dios Gonzalo Viñes Masip, Canónigo de la Colegiata de Xátiva (* Xàtiva, 19-I-1883 +Valles, 10-XII- 1936).

36. Siervo de Dios Vicente Rubiols Castelló, Cura Párroco de La Pobla Llarga (*Gandía, 13-III-1874 +La Pobla Llarga, 4-VIII-1936).

37. Siervo de Dios Antonio Silvestre Moya, Cura Ecónomo de Santa Tecla, de Xàtiva (*L’Ollería, 26-X-1892 +El Saler de Valencia, 7-VIII-1936).

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MUJERES DE ACCIÓN CATÓLICA

38. Sierva de Dios Amalia Abad Casasempere. Viuda y madre de dos hijas. Dedicada a sus labores. (*Alcoi, Alicante, 11-XII-1897 +Beníllup, Alicante, 21-IX-1936).

39. Sierva de Dios Ana María Aranda Riera. Soltera. Sus labores. (* Denia, Alicante, 24-1-1888 +Paterna, 14-X-1936).

40. Sierva de Dios Florencia Caerols Marúnez. Soltera. Obrera textil. Caudete, Albacete, 20-II-1890 +Rotglá Corbera, 2-X-1936).

41. Sierva de Dios María Climent Mateu. Martirizada junto con su madre. Sus labores. (Xàtiva, 13-V-1887 +20-VIII- 1936).

42. Sierva de Dios Társila Córdoba Belda. Madre de tres hijos fallecidos, viuda. Sus labores. (*Sollana, 8-V-1861 +Algemesí, 17-X-1936).

43. Sierva de Dios Francisca Cualladó Baixauli. Soltera. Modista (* Valencia 3-XII-1890+Benifaió, 19-IX-1936).

44. Sierva de Dios María Teresa Ferraguid Roig. Martirizada a sus 83 años junto con sus cuatro hijas, religiosas de clausura (n. 117, 118, 119 y 122).Sus labores. (* Algemesí, 14-1-1853 +Alzira 25-X-1936).

45. Sierva de Dios Luisa María Frias Cañizares. Soltera. Profesora de la Universidad de Valencia. (* Valencia, 20-VI-1896 +Paterna, 6-XII-1936).

46. Sierva de Dios Encarnación Gil Valls. Soltera. Maestra nacional. (* Ontinyent, 27-1-1888 +Ollería, 24-IX-1936).

47. Sierva de Dios María Jordá Botella. Soltera. Sus labores. (* Alcoi, Alicante, 26-1-1905 +Benifállím, Alicante, 27-IX-1936)

48. Sierva de Dios Hermínia Martínez Amigó. Martirizada junto con su marido. Sus labores. (*Puzol, 31-VII-1887 +Gilet, 26-IX-1936).

49. Sierva de Dios María Luisa Montesinos Orduna. Martirizada junto con su padre, sus tres hermanos y su tío. Sus labores. (* Valencia, 3-III-1901+Picassent, 31-1-1937).

50. Sierva de Dios Josefina Moscardó Montalvá. Soltera. Sus labores. (* Alzira, 10-1V-1880 +22-1X-1936).

51. Sierva de Dios María del Olvido Noguera Albelda. Sus labores. (* Carcaixent, 30-XII-1903 +Benífairó de Valldigna, 30-XI-1936.

52. Sierva de Dios Crescencia Valis Espí. Martirizada junto con sus tres hermanas. Sus labores. (*Ontinyent, 9-VI-1863 + 20-1X-1936).

53. Sierva de Dios María de la Purificación Vidal Pastor. Soltera. Sus labores. (* Alzira, 14-IX-1892 + Corbera, 21-IX-1936).

54. Sierva de Dios María del Carmen Viel Ferrando. Soltera. Sus labores. (* Sueca, 27-XI-1893 +El Saler de Valencia, 4-XI-1936).

55. Sierva de Dios Pilar Villalonga Villalba. Soltera. Sus labores (* Valencia, 22-1-1891 +Burjassot, 11-XII-1936).

56. Sierva de Dios Sofia Ximénez Ximénez. Viuda, madre de dos hijos. Sus labores. Martirizada junto con su hermana Purificación, religiosa (n. 204) y con otra religiosa (n. 205). (* Valencia, 15-X-1876 +Paterna, 23-IX-1936).

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HOMBRES Y JÓVENES DE ACCIÓN CATÓLICA

57. Siervo de Dios Rafael Alonso Gutiérrez. Casado, padre de seis hijos. Administrador de correos. (* Ontinyent, 14-VI-1890 +Agullent, 11-VIII-1936). Martirizado junto con Carlos Díaz (n. 60).

58. Siervo de Dios Marino Blanes Giner. Casado, padre de nueve hijos. (* Alcoi, Alicante, 17-IX-1888 +8-IX-1936).

59. Siervo de Dios José María Corbín Ferrer. Soltero. Universitario. (* Valencia, 26-XII-1914 +Santander, en el barco-prisión “Alfonso Pérez”, 27-XII-1936).

60. Siervo de Dios Carlos Díaz Gandía. Casado, padre de una niña de ocho meses. (* Ontinyent, 25-XII- 1907 +Agullent, 11 -VIII- 1936). Martirizado junto con Rafael Alonso (n. 57)

61. Siervo de Dios Salvador Damián Enguix Garés. Viudo, padre de seis hijos. Veterinario. (* Alzira, 27-IX- 1862 +29-X- 1936).

62. Siervo de Dios Ismael Escrihuela Esteve, Casado, padre de tres hijos. (* Tavernes de Valldigna, 20-V-1902 +Picadero de Paterna 9-IX-1936).

63. Siervo de Dios Juan Bautista Faubel Cano. Casado, padre de tres hijos. Pirotécnico. (* Llíria, 3-I-1889 +Paterna, 28-VIII-1936).

64. Siervo de Dios José Ramón Ferragud Girbés.Casado, padre de ocho hijos. Labrador. (*Algemesí, 10-X-1887 +Alzira, 24-IX-1936).

65. Siervo de Dios Vicente Galbis Gironés. Casado, padre de un hijo. Abogado. (* Ontinyent, 9-IX-1910 + Benisoda, 21-IX-1936).

66. Siervo de Dios Juan Gonga Marúnez. Soltero. Oficinista. (* Carcaixent, 25-111-1911 +Simat de Valldigna, 13-XI-1936).

67. Siervo de Dios Carlos López Vidal. Casado, sin hijos. Segundo sacristán de la Colegiata de Gandía. (* Gandía, 15-XI- 1894 +La Pedrera de Gandía, 6-VIII- 1936).

68. Siervo de Dios José Medes Ferrís. Casado, sin hijos. Martirizado junto con sus tres hermanos religiosos. (* Algernesí, 13-1-1885 +Alcudia de Carlet 12-XI-1936).

69. Siervo de Dios Pablo Meléndez Gonzalo. Abogado y periodista. Casado, padre de diez hijos. Martirizado junto con su hijo Alberto. (* Valencia, 7-XI-1876 +Castellar, 23-XII-1936).

70. Siervo de Dios José Perpiñá Nácher. Casado. Telegrafista y abogado. (* Sueca, 22-II-1911 +Picadero de Paterna, 29-XII-1936).

71. Siervo de Dios Arturo Ros MONTALT. Casado y padre de seis hijos, Trabajador de la yutera. (* Vinalesa, 26-X-1901 + Moncada, 28-VIII-1936).

72. Siervo de Dios Pascual Torres Lloret. Casado y padre de cuatro hijos. Constructor. (*Carcaixent, 23-I-1885 +6-IX-1936).

73. Siervo de Dios Manuel Torró Garúa. Casado, sin hijos. Aparejador. (* Ontinyent, 2-VII-1902 +Benisoda, 21-IX-1936).

74. Siervo de Dios José María Zabal Blasco. Casado, padre de tres hijos. Empleado de la Estación del Norte de Valencia. (* Valencia, 20-III-1898 + Picadero de Paterna 8-XII-1936).

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CAUSA DE LA ORDEN DE PREDICADORES
(DOMINICOS) O.P.
(Decreto del 20 de diciembre de 1999)

Este grupo comprende 18 frailes predicadores de la provincia religiosa de Aragón, la cual fue erigida en 1301. A esta provincia pertenecieron San Vicente Ferrer, San Luis Bertrán y los beatos Dalmacio Moner y Francisco Coll.

Son los primeros dominicos españoles víctimas de la persecución religiosa de la II República española elevados al honor de los altares.

Nueve de los nuevos beatos eran miembros del convento de Calanda (Teruel), entonces casa de Formación; cinco de Valencia y cuatro de Barcelona.

A ellos se unen dos sacerdotes de la archidiócesis de Zaragoza.

75. Siervo de Dios Jacinto Serrano López, vicario provincial (*’ Urrea de Gaén, Teruel, dióc. Zaragoza, 30-VII- 1901 +Puebla de Híjar, Teruel, 25-XI-1936).

76. Siervo de Dios Luis Urbano Lanaspa, vicario provincial. (* Zaragoza, 3-VI-1882 + Valencia, 25-VIII-1936).

77. Siervo de Dios Constantino Fernández Álvarez (* La Vecilla, León, 7-11-1907 + Valencia, 29-VIII- 1936).

78. Siervo de Dios Rafael Pardo Molina, cooperador (* Valencia, 28-X-1899 + 26-IX-1936).

79. Siervo de Dios Lucio Marúnez Mancebo, maestro de novicios (* Vegas del Condado, León, 28-VII-1902 + Calanda, Teruel, 29-VII-1936).

80. Siervo de Dios Antonio López Couceiro (* El Ferrol, La Coruña, dióc. Mondoñedo-El Ferrol, 15-XI-1869 + Calanda, Teruel, 29-VII-1936).

81. Siervo de Dios Felicísimo Díez González (* Devesa de Curueño, León, 26-XI-1907 + Calanda, Teruel 29-VII-1936).

82. Siervo de Dios Saturio Rey Robles (* Devesa de Curueño, León, 21-XII-1907 +Calanda, Teruel 29-VII-1936).

83. Siervo de Dios Tirso Manrique Melero (* Alfaro, La Rioja, dióc. Calahorra y La Calzada, 26-I-1877 +Calanda, Teruel, 29-VII-1936).

84. Siervo de Dios Gumersindo Soto Barros, cooperador (* Amil, La Coruña, 2 1 -X- 1869 +Calanda, Teruel, 29-VII- 1936

85. Siervo de Dios Lamberto De Navascués y de Juan, novicio, cooperador (* Zaragoza, 18-V-1911 + Calanda, Teruel, 29-VII-1936).

86. Siervo de Dios José María Muro Sanmiguel (* Tarazona, Zaragoza, 26-X-1905 + Castelserás, Teruel , 30-VII-1936).

87. Siervo de Dios Joaquín Prats Baltueña, novicio, clérigo (* Zaragoza, 5-III-1915 +Castelserás, Teruel, 30-VII-1936).

88. Siervo de Dios Francisco Calvo Burillo (* Hijar, Teruel, 21-XI-1881 + 2-VIII-1936).

89. Siervo de Dios Francisco Monzón Romeo (* Hijar, Teruel, 29-111-1912 + 29-VIII-1936).

90. Siervo de Dios Ramón Peiró Victorí (* Aiguafreda, Barcelona, 7-III-1891 + El Morrot, Barcelona, 21-VIII-1936).

91. Siervo de Dios José María Vidal Segú (* Secuita, Tarragona, 3-II-1912 + Barcelona, IX-1936)

92. Siervo de Dios Santiago Meseguer Burillo (* Híjar, Teruel, 1-V-1885 + Barcelona, XI-1936).

Sacerdotes de la archidiócesis de Zaragoza, incluidos en el proceso de los dominicos:

93. Siervo de Dios Manuel Albert Ginés, coadjutor de Calanda. (* Calanda, Teruel, 3-X-1867 +29-VII-1936).

94. Siervo de Dios Zósimo Izquierdo Gil, párroco de Castelserás (* Víllahermosa del Campo, 17-XII-1895 +Castelserás, 30-VII-1936).

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CAUSA DE LA ORDEN FRANCISCANA
DE LOS FRAILES MENORES (O.F.M.)
(Decreto del 20 de diciembre de 1999)

95. Siervo de Dios Pascual Fortuño Almela. Vicario del convento de Santo Espíritu del Monte. (*Villarreal de los Infantes, Castellón, dióc. Segorbe-Castellón, 5-III- 1886 + 7-IX-1936). Martirizado con un golpe de machete en el pecho.

96. Siervo de Dios Plácido García Gilabert (* Benitachell, Alicante, dióc. Valencia, 1-I-1895 + Denia, Alicante, dióc. Valencia, 16-VIII-1936). Fue atrozmente mutilado y asesinado.

97. Siervo de Dios Alfredo Pellicer Muñoz. Estudiante de Teología. (* Bellrreguard 10-IV-1914 + 4-X-1936). Fusilado.

98. Siervo de Dios Salvador Mollar Ventura. Sacristán del colegio de Benissa. (* Manises 27-III-1896 + Paterna, 26-X-1936. Fusilado.

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CAUSA DE LA ORDEN FRANCISCANA
DE LOS FRAILES MENORES CONVENTUALES
(O.F.M.Conv.)
(Decreto del 26 de marzo de 1999)

Estos seis mártires eran miembros de la comunidad religiosa de Granollers (Barcelona), la única que la Orden de los Frailes Menores Conventuales había erigido en España a principios del siglo XX, después de la supresión llevada a cabo por el rey Felipe II en 1567.

La violenta persecución que se levantó en el verano de 1936 sorprendió a los religiosos en sus puestos de trabajo, dispuestos a confesar su fidelidad a Cristo. En la tarde del 20 de julio, los milicianos de la F.A.I. quemaron la iglesia y el convento, mientras que todos los religiosos se dispersaron y buscaron refugio junto a amigos y bienhechores. Sin embargo, muy pronto fuero descubierto y, en fechas distintas, del 27 de julio a los primeros días de septiembre, fueron arrestados, encarcelados, juzgados sumariamente y, en fin, matados por el simple hecho de ser religiosos y sacerdotes franciscanos.

99. Siervo de Dios Modesto Vegas Vegas. Sacerdote. (* La Serna, Palencia, 24-II-1912 + Llisa, Barcelona, 27-VII-1936)

100. Siervo de Dios Dionisio Vicente Ramos. Sacerdote. (* Caudé, Teruel, 9-X-1871 + Granollers, Barcelona, 31-VII-1936). Martirizado junto con el siguiente.

101. Siervo de Dios Francisco Remón Játiva. Hermano. (* Caudé, Teruel, 22-IX-1890 + Granollers, Barcelona, 31-VII-1936.

102. Siervo de Dios Alfonso López López. Sacerdote. (* Secorún, Huesca, dióc. Jaca, 16-XI-1878 +Samalús, Barcelona, 3-VIII-1936). Martirizado junto con el siguiente.

103. Siervo de Dios Miguel Remón Salvador. Hermano. (* Caudé, Teruel, 17-IX-1907 +Samalús, Barcelona, 3-VIII-1936).

104. Siervo de Dios Pedro Rivera Rivera. Sacerdote. (* Villacreces, Valladolid, 3-IX-1912 + Barcelona, 1-IX-1936

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CAUSA DE LA ORDEN FRANCISCANA
DE LOS FRAILES MENORES CAPUCHINOS
(O.F.M.Cap.)
(Decreto del 20 de diciembre de 1999)

En el grupo de los Mártires españoles de la Orden de los Frailes Capuchinos, hay 12 religiosos y 5 monjas clarisas Capuchinas. Los Capuchinos sacerdotes y hermanos, pertenecían todos a la Provincia religiosa de la « Preciosísima Sangre de Cristo » de Valencia, y fueron asesinados en distintos lugares, sin hacerles ningún proceso formal previo.

Todos ellos de edades diferentes que van de los 23 a los 80 años de edad, provenientes de las distintas fraternidades de la Provincia Religiosa, empeñados en trabajos y apostolados diversos, predicadores, confesores, profesores formadores, otros empeñados en los trabajos de servicio a la fraternidad y a la gente que se acercaba al Convento.

Se trata de los primeros Capuchinos españoles martirizados durante la persecución del 1936-1939 que son Beatificados.

A este grupo se añade una monja agustina hermana de tres de las Capuchinas con su madre que quiso estar junto a sus hijas hasta la muerte.

105. Siervo de Dios Aurelio de Vinalesa (José Ample Alcaide). Sacerdote. (* Vinalesa, 3-II-1896 + Barranco de Carraixet, 28-VIII-1936).

106. Siervo de Dios Ambrosio de Benaguacil (Luis Valls Matamales). Sacerdote. (* Benaguasil, 3-V-1870 + Carretera de Valencia a Barcelona, 24VIII-1936).

107. Siervo de Dios Pedro de Benisa (Alejandro Mas Ginester). Sacerdote. (* Benissa, Alicante, 11 -XII- 1876 + Denia, Alicante, 26-VIII- 1936).

108. Siervo de Dios Joaquín de Albocácer (José Ferrer Adell). Sacerdote. (* Albocásser, Castellón, 23-IV-1879 + Carretera de Puebla Tornesa a Villafamés, Castellón, 30-VIII- 1936).

109. Siervo de Dios Modesto de Albocácer (Modesto García Martí). Sacerdote. (* Albocásser, Castellón, 18-I-1880 +13-VIII-1936).

110. Siervo de Dios Germán de Carcagente (Jorge María Garrigues Hernández). Sacerdote. (*Carcaixent, 12-II-1895 +Carcaixent, junto al puente del Júcar, 9-VIII-1936).

111. Siervo de Dios Buenaventura de Puzol (Julio Esteve Flores).Sacerdote. (* Puzol, 9-X-1897 + 26-IX-1936).

112. Siervo de Dios Santiago de Rafelbuñol (Santiago Mestre Iborra). Sacerdote. (* Rafelbuñol, Valencia, 10-IV-1909 + Gilet, Valencia, 29-IX-1936).

113. Siervo de Dios Enrique de Almazora (Enrique García Beltrán), Diácono. (*Almassora, Castellón, 16-III-1913 + Pedrera de Castellón) 16-VIII-1936).

114. Siervo de Dios Fidel de Puzol (Mariano Climent Sanchis). Hermano. (* Puzol, Valencia, 8-I-1856 – Sagunto, Valencia, 27 septiembre 1936

115. Siervo de Dios Berard de Lugar Nuevo de Fenollet (José Bleda Grau) Hermano. (* Lloch Nou de Fenollet, 23-VII-1867 +Genovés, 4-IX-1936)

116. Siervo de Dios Pacífico de Valencia, lego (Pedro Salcedo Puchades). Hermano. (* Castellar, 24-II-1874 + Monteolivete, 12-X-1936).

Cinco religiosas capuchinas de la Orden de Santa Clara Monasterio de Agullent, incluidas en este proceso:

117. Sierva de Dios María Jesús (María Vicenta Masiá Ferragud, (* Algemesí, 12-I-1882 – Cruz Cubierta de Alzira, 25 octubre 1936

118. Sierva de Dios María Verónica (María Joaquina Masiá Ferragud) (* Algemesí, 15-VI-1884 – Idem).

119. Sierva de Dios María Felicidad (María Felicidad Masiá Ferragud) (* Algemesí, 28-VIII-1890 – Idem).

Estas tres eran religiosas clarisas y fueron martirizadas junto con su anciana madre (n. 44) y otra hermana religiosa, agustina descalza (n. 122).

120. Sierva de Dios Isabel Calduch Rovira (* Alcalá de Chivert, Castellón, dioc. Tortosa, 9-V-1882 + Cuevas de Vinromá, Castellón, dióc. Tortosa, 14 abril 1937). Del monasterio de Castellón de la Plana.

121. Sierva de Dios Milagros Ortells Gimeno (* Valencia, 29-XI-1882 – Picadero de Paterna, 20 noviembre 1936). Del monasterio de capuchinas de la calle de Ruzafa, de Valencia.

122. Sierva de Dios Josefa de la Purificación Masiá Ferragud. Agustina descalza (en el siglo: María Josefa Ramona). (* Algemesí, 1887). Martirizada el 25-X-1936 junto con su anciana madre (n. 44) y sus tres hermanas religiosas clarisas (n. 117, 118, 119).

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CAUSA DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
(JESUITAS) S.J.
(Decreto del 20 de diciembre de 1999)

Los Beatos Mártires jesuitas pertenecían al territorio de la Provincia de Aragón de entonces; eran siete padres y cuatro hermanos. A ellos se añade un laico, D. Luis Campos Górriz, antiguo alumno, congregante mariano y dirigente nacional de Acción Católica.

La Compañía de Jesús estaba legalmente disuelta en España desde 1932; los novicios y los jóvenes en formación, con sus profesores y formadores fueron acogidos por diversas provincias europeas y pudieron proseguir en ellas su formación. Un número apreciable de padres y hermanos continuaron viviendo dispersos y en clandestinidad, realizando sus ministerios con grandes dificultades y en medio de circunstancias adversas. A partir del comienzo de la guerra civil (julio 1936) la persecución religiosa se hizo más intensa y sus vidas estaban en peligro. De hecho, más de un centenar de jesuitas sufrieron el martirio durante esos años.

Entre los que la Iglesia se dispone ahora a beatificar había superiores de comunidad y operarios, enfermeros y electricistas, rectores y profesores de Colegios, un eminente profesor de Derecho Canónico, directores de Congregaciones Marianas, así como los que se dedicaban con especial predilección a los más pobres y a trabajar con la juventud obrera. Sabían que sus vidas estaban en peligro, se les ofreció ocultarse o huir, pero prefirieron permanecer consolando a sus hermanos, celebrando la eucaristía y el ministerio de conciliación. Testimoniaron su fidelidad a Cristo y a su Iglesia no ocultaron su identidad de religiosos y jesuitas, ofreciendo sus personas a seguir al Rey eternal en la pena hasta el derramamiento de la sangre.

123. Siervo de Dios Tomás Sidar Fortiá (* Girona, 1866 – Cruz Blanca, carretera de Albaida a Gandía, 19-VIII-1936), superior de la residencia de Gandía.

124. Siervo de Dios Constantino Carbonell Sempere (* Alcoi, 1866 – Tavernes de Valldigna, Valencia, 23 agosto 1936)

125. Siervo de Dios Pedro Gelabert Amer (* Manacor, Mallorca, 1887 – Tavernes de Valldigna, Valencia, 23-VIII-1936).

126. Siervo de Dios Ramón Grimaltós Monllor (* La Pobla Llarga, Valencia, 1861 – Tavernes de Valldigna, 23 agosto 1936).

127. Siervo de Dios Pablo Bori PUIG (* Vilet de Maldá, Lérida, 1864 – Benimaclet, 29 septiembre 1936).

128. Siervo de Dios Vicente Sales Genovés (* El Grao de Valencia, 1881 – Picadero de Paterna, 29 septiembre 1936).

129. Siervo de Dios José Tarrats Comaposada (* Manresa, Barcelona, 1878 – Barcelona, 28 septiembre 1936).

130. Siervo de Dios Darío Hernández Morató (* Buñol, 1880 – Paterna, 29 septiembre 1936).

131. Siervo de Dios Narciso Basté Basté (* San Andrés de Palomar, Barcelona, 1866 – Paterna, 15 octubre 1936).

132. Siervo de Dios Alfredo Simón Colomina (* Valencia, 1877 – Paterna, 29 noviembre 1936).

133. Siervo de Dios Juan Bautista Ferreres Boluda (* L’Ollería, 1861 – Cárcel de San Miguel de los Reyes de Valencia, 29 diciembre 1936). Murió víctima de los sufrimientos padecidos antes de que llegaran los asesinos.

134. Siervo de Dios Luis Campos Górriz, Congregante mariano y antiguo alumno de los Jesuitas (* Valencia, 1905 – Picadero de Paterna, 28-XI-1936).

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CAUSA DE LA SOCIEDAD SALESIANA
DE SAN JUAN BOSCO (SALESIANOS) S.D.B.
(Decreto del 20 de diciembre de 1999)

Los Salesianos martirizados en la España republicana fueron 88, a los que se añaden dos Salesianas y cinco seglares Cooperadores. La mayoría fueron asesinados por separado o en grupos reducidos en lugares, situaciones y fechas muy diferentes, a causa de la dispersión obligada en diversos domicilios muchas veces en grandes ciudades. La mayor parte murieron sin ningún juicio previo, pocos con uno de mero trámite, y sólo nos consta un juicio formal en el Tribunal de Espionaje y Alta Traición de Barcelona: en él fue condenado a muerte el sacerdote don Julio Junyer Padern el 23 de marzo de 1938, sentencia que se cumplió al ser fusilado en los fosos de Montjuïe el 26 de abril de 1938.
La Provincia Salesiana Tarraconense en aquellas fechas abarcaba: Cataluña, Valencia, Baleares y Aragón. Un buen grupo de sus religiosos se hallaba en el Colegio Salesiano de Valencia, de la calle Sagunto, practicando los Ejercicios Espirituales que todos los hijos del Siervo de Dios Don Bosco solían tener cada verano. Recordaremos primero a los salesianos sacrificados junto con el Provincial, después a los que sufrieron la muerte en Barcelona y por último a otros dispersos en otras diócesis.
El primer grupo de Salesianos martirizados está formado por nueve religiosos de la Comunidad de Valencia, detenidos todos ellos en julio de 1936 y ejecutados en lugares distintos:

135. Siervo de Dios José Calasanz Marqués. Sacerdote, Inspector de la Provincia Tarraconense. (* Azanuy, Huesca, 23-XI-1872 + Valencia 29-VII-1936)

136. Siervo de Dios Jaime Buch Canals. Coadjutor. (* Bescanó, Girona, 9-IV-1889 + El Saler de Valencia, 31-VII-1936).

137. Siervo de Dios Juan Martorell Soria. Sacerdote. (* Picassent, Valencia, 1-IX-1889 +Valencia, 10-VIII-1936).

138. Siervo de Dios Pedro Mesonero Rodríguez. Clérigo. (* Aldearrodrigo, Salamanca, 29-V-1912 + El Vedat de Torrent VIII-1936).

Los cinco que siguen, después de haber pasado algunos meses en San Miguel de los Reyes y en la Cárcel Modelo de Valencia, fueron fusilados en el Picadero de Paterna el 9 de diciembre de 1936.

139. Siervo de Dios Antonio Marún Hernández. Sacerdote (* Calzada de Béjar, Salamanca, 18-VII-1885).

140. Siervo de Dios Recaredo de los Ríos Fabregat. Sacerdote. (* Bétera, Valencia, 11-I-1893).

141. Siervo de Dios Julián Rodríguez Sánchez. Sacerdote. (* Salamanca, 16-X-1896).

142. Siervo de Dios José Giménez López. Sacerdote. (* Cartagena, Murcia, 31-X-1904).

143. Siervo de Dios Agustín García Calvo. Coadjutor. (* Santander, 3-II-1905).

A la Comunidad Salesiana de Alcoi (Alicante) pertenecían:

144. Siervo de Dios José Otín Aquilé. Sacerdote. (* Huesca, 22-XII-1901 + Valencia, 1-XI-1936).

145. Siervo de Dios Alvaro Sanjuan Canet. Sacerdote. (* Alcocer de Planes, Alicante, 26-IV-1908 + Villena, 2-X-1936).

Pertenecían a la Comunidad Salesiana de Sarriá (Barcelona):

146. Siervo de Dios Francisco Bandrés Sánchez. Sacerdote. (* Hecho, Huesca, 24-1V-1896 +Barcelona, 3-VIII-1936).

147. Siervo de Dios Sergio Cid Pazo. Sacerdote. (* Allariz, Orense, 24-IV-1884 +Barcelona, 30-VII-1936).

148. Siervo de Dios José Batalla Parramón. Sacerdote. (* Abella, Lleida, 15-1-1873 + Barcelona, 4-VIII-1936).

149. Siervo de Dios José Rabasa Bentanachs. Sacerdote. (* Noves (Lleida), 26-VII-1862 +Barcelona, 8-VIII-1936).

150. 150. Siervo de Dios Gil Rodicio Rodicio. Coadjutor. (* Requejo, Orense, 20-III-1888 + Barcelona, 4.VIII.1936).

151. Siervo de Dios Angel Ramos Velázquez. Coadjutor. (* Sevilla, 9-III-1876 + Barcelona, 11-X- 1936)

152. Siervo de Dios Felipe Hernández Martínez. Estudiante de Teología. (* Villena, Alicante, 14-III-1913 + Barcelona, 27-VII-1936).

153. Siervo de Dios Zacarías Abadía Buesa. Clérigo. (*Almuniente, Huesca, 5-XI-1913 +Barcelona, 27-VII-1936).

154. Siervo de Dios Jaime Ortiz Alzueta. Coadjutor. (* Pamplona, 24-V-1913 + Barcelona, 27-VII-1936).

155. Siervo de Dios Javier Bordás Piferer. Clérigo. (* San Pol de Mar, Barcelona, 24-IX-14 +Barcelona, 23-VII-1936).

156. Siervo de Dios Félix VIVET TRABAL. Clérigo. (* San Félix de Torelló, Barcelona, 23-I-1911 + Esplugues, Barcelona, 25-VIII-1936).

157. Siervo de Dios Miguel Domingo Cendra. Clérigo. (* Caseres, Tarragona, 1-III- 1909 +Prat de Compte, Tarragona, 12-VIII-1936).

De la Comunidad Salesiana del Tibidabo, de Barcelona:

158. Siervo de Dios José Caselles Moncho. Sacerdote. (* Benidoleig, Alicante, 8-VIII-1907 + Barcelona, 27-VII-1936).

159. Siervo de Dios José Castell Camps. Sacerdote. (* Ciudadela, Menorca, 12-X-1902 +Barcelona, 28-VII-l936).

De la Comunidad Salesiana de la calle de Rocafort, de Barcelona:

160. Siervo de Dios José Bonet Nadal. Sacerdote. (* Santa María de Montmagastrell, Lleida, 26-XII-1875 + barcelona, 13-VIII-1936).

161. Siervo de Dios Jaime Bonet Nadal. Sacerdote. (* Santa María de Montmagastrell, Lleida, 4-VIII-1884 + Tárrega, 18.VIII.1936). Primo hermano del anterior.

De la Comunidad Salesiana de Sant Vicent dels Horts, Barcelona:

162. Siervo de Dios Alejandro Planas Saurí Fiel laico, célibe. (* Mataró, Barcelona, 31-X-1878 +Garraf, 19-XI-1936) Conocido como El Sord, por lo que no pudo profesar salesiano, aunque lo fue por voluntad y dedicación.

163. Siervo de Dios Elíseo García GarcíA. Coadjutor. (* El Manzano, Salamanca, 25-VIII-1907 + Garraf, 19-XI-1936)

De la comunidad Salesiana de Girona:

164. Siervo de Dios Julio Junyer Padern. Sacerdote. (* Vilamaniscle, Girona, 30-X-1892 +Monjuic, 26-IV-1938). Condenado a muerte el 23-X-1938, por el Tribunal de Espionaje y Alta Traición, que manifestó su odio al sacerdote.

El 6 de septiembre de 1936 alcanzaron el Martirio en Barcelona dos Hijas de María Auxiliadora, del colegio de Santa Dorotea de Sarriá (Barcelona), unidas en su renuncia a la libertad para atender a una hermana enferma, unidas también al dar la vi Cristo:

165. Sierva de Dios María del Carmen Moreno Benítez, f.m.a. (* Villamartín, Cádiz, 1885).

166. Sierva de Dios María Amparo Carbonell Muñoz, f.m.a (* Alboraia, Valencia, 9-XI-1893).

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CAUSA DE LOS TERCIARIOS CAPUCHINOS
DE LA VIRGEN DE LOS DOLORES T. C.
(Decreto del 18 de diríembre de 2000)

Guiado por el Espíritu, el padre Luis Amigo dijo a sus seguidores: Vosotros, zagales del Buen Pastor, sois los que habéis de ir en pos de la oveja descarriada hasta volverla al aprisco. Y no temáis perecer en los despeñaderos y precipicios en que os habréis de poner para salvar la oveja perdida; ni os arredren zarzales ni emboscadas. Les confió así la misión de ser, entre los niños y jóvenes desadaptados, testigos del amor misericordioso de Cristo, que vino a buscar al que estaba perdido.
Y consciente, además, de que el amor se testifica desviviéndose por la persona amada, les invitó a que estuviesen dispuestos a sacrificar incluso la propia vida en el servicio a sus muchachos. Y al trasluz de la estampa del Buen Pastor, la vida de los diecinueve amigonianos beatificados cobra un significado especial. Algo similar sucede también con la vida de la laica amigoniana Carmen García Moyón. A mediados de aquel año 1936, obligados por las autoridades, tuvieron que abandonar muchas de las instituciones que regían en favor del menor desadaptado. La mayoría de sus comunidades fueron dispersadas y sus bienes patrimoniales enajenados, cuando no destruidos.
Todos ellos, -con su actitud de dar libremente la vida y de afrontar los últimos momentos de pie, como María, y con las sandalias puestas, al estilo de quien no huye ante las dificultades- constituyen un acabado ejemplo de lo que significa ser zagal del Buen Pastor.

167. Siervo de Dios Vicente Cabanes Badenas. Sacerdote. (* Torrente, 25-II-1908 +Bilbao, 30-VIII-1936). Después de haberle disparado cuatro tiros lo dejaron por muerto, pero pudo ser llevado al hospital de Basurto, donde murió.

168. Siervo de Dios José Arahal de Miguel(Bienvenido María de Dos Hermanas). Sacerdote. (* Dos Hermanas, Sevilla, 17-VI-1887 +Madrid, 1-VIII-1936). Fue martirizado bárbaramente, abierto en canal y expuesto su cuerpo al público.

169. Siervo de Dios Salvador Chullá Ferrandis (Ambrosio María de Torrente). Sacerdote. (*Torrente, Valencia, 16-IV-1866 + Torrente, 18-IX-1936).

170. Siervo de Dios Manuel Ferrer Jordá (Benito María de Burriana). Hermano. (* Burriana, Castellón, 26-XI-1872 + Masía de Calabra Turís, 16-IX-1936).

171. Siervo de Dios Crescencio García Pobo. Sacerdote. (* Celadas, Teruel, 15-IV-1903 + Madrid, 3-X-1936).

172. Siervo de Dios Vicente Gay Zarzo (Modesto Modesto María de Torrente). Hermano. (* Torrente, Valencia, 19-I-1885 + Torrente, 18-IX-1936).

173. Siervo de Dios Urbano Gil Sáez (* Albarracin, Teruel, 9-111-1901 + La Pobla de Vallbona, Valencia, 23-VIII-1936).

174. Siervo de Dios Agustín Hurtado Soler (Domingo Miaría de Alboraya). Sacerdote. (*Alboraya, 28-VIII-1872 + Madrid, 15-VIII-1936).

175. Siervo de Dios Vicente Jaunzarás Gómez (Valentín María de Torrente). Sacerdote. (* Torrente, Valencia, 6-III-1896 + Torrente, 18-IX-1936).

176. Siervo de Dios Salvador Ferrer Cardet (Laureano María de Burriana). Sacerdote (* Burriana, Castellón, 13-VIII-1884 + Masiá de Calabra 16-IX-1936).

177. Siervo de Dios Manuel Legua Martí (León María de Alacuás). Sacerdote. (* Alacuás, Valencia, 23-IV-1875 + Madrid, 26-IX-1936).

178. Siervo de Dios Justo Lerma Marúnez (Francisco María de Torrente). Hermano. (* Torrente, Valencia, 12-XI-1886 – Torrente, 18-IX-1936).

179. Siervo de Dios José María Llópez Mora (Recaredo María de Torrente). Hermano. (* Torrente, Valencia, 22-VIII-1874 + Torrente, 18-IX-1936).

180. Siervo de Dios José Llosá Balaguer. Hermano. Benaguacil, Valencia, 23-VIII-1901 +Benisanó, Valencia, 7-X-1936).

181. Siervo de Dios Pablo Martínez Robles (Bernardino María de Andujar). Hermano. (* Andujar, Jaén, 28-I-1879 + Masiá de Calabra, Turís, 16-IX-1936).

182. Siervo de Dios Florentin Pérez Romero. Sacerdote. (*Valdecuenca, Teruel, 14-III-1904 +La Pobla de Vallbona, Valencia, 23-VIII-1936).

183. Siervo de Dios José María Sanchís Monpó (Gabriel María de Benifayó). Hermano. (*Benifayó, Valencia, 8-X-1858 + Benifayó, 16-VIII-1936).

184. Siervo de Dios Francisco Tomás Serer. Sacerdote. (* Alcalalí, Alicante, 11-X-1911 + Madrid, 2-VIII-1936).

185. Siervo de Dios Timoteo Valero Pérez. Sacerdote. (* Terriente, Teruel, 24-I-1901 +Vicalvaro, Madrid, 17-IX-1936).

Unida a este grupo, en el proceso canónico, está también:

186. Sierva de Dios Carmen García Moyón. Cooperadora laica. (* Nantes, Francia, 13-IX- 1888 + Torrent, 30-1-1937). Después de haber intentado abusar de ella, los milicianos la rociaron de gasolina y la quemaron viva.

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CAUSA DEL SACERDOTE
DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
(Dehoniano o Reparador) S.C.I.
(Decreto del 18 diciembre 2000)

187. Siervo de Dios Mariano Juan María de la Cruz García Méndez (* San Esteban de los Patos, Ávila, 1891 + Silla, 23-VIII-1936). Párroco en la diócesis de Ávila desde 1916. En 1926 ingresó en la Congregación de los Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús.

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CAUSA DE LOS HERMANOS DE LAS ESCUELAS CRISTIANAS
F.S.C. Y RELIGIOSAS CARMELITAS DE LA CARIDAD
(Decreto del 20 diciembre 1999)

188. Siervo de Dios Leonardo Olivera Buera, Capellán del Colegio de la Bonanova (Barcelona). (* Campo, Huesca, dióc. Barbastro, 6-III-1889 + El Saler de Valencia 23-X-1936). Sacerdote de Zaragoza. Había sido Párroco de Movera en Puente Gallego.

Los tres religiosos siguientes eran hermanos que formaban parte de la Comunidad del Colegio de la Bonanova y fueron martirizados juntos el 23 de octubre de 1936 en Benimaclet (Valencia).

189. Siervo de Dios Ambrosio León (Pedro Lorente Vicente) (* Ojos Negros, Teruel, dióc. Zaragoza, 7-I-1914).

190. Siervo de Dios Florencio Martín (Alvaro Ibáñez Lázaro) (* Godos, Teruel, dióc. Zaragoza, 12-VI-1913).

191. Siervo de Dios Honorato Andrés (Andrés Zorraquim Herrero) Los dos religiosos siguientes formaban parte de la Comunidad de Cambrils (Barcelona) y fueron martirizados juntos en Paterna (Valencia) el 22 de noviembre de 1936.

192. Siervo de Dios Elías Julián (Julián Tormo Sánchez) (* Torrijo del Campo, 17-XI-1900).

193. Siervo de Dios Bertrán Francisco (Francisco Lahoz Moli) (* Campos, Teruel, 14-XII-1912).

Estas nueve religiosas formaban la comunidad del Colegio-Asilo de la Purísima, de Cullera (Valencia). Fueron asesinadas todas juntas en la playa del Saler, cerca de Valencia, el 19 de agosto de 1936, por un grupo de milicianos armados, que les habían obligado a subir a un camión con la excusa de trasladarlas a Valencia, después de haber asaltado el colegio y haberlas sometido a violencias.

194. Sierva de Dios Elvira Torrentallé Parairede la Natividad de Nuestra Señora (* Balsareny, Barcelona, 29-VI-1883). Superiora de la comunidad.

195. Sierva de Dios Rosa Pedret Rullde Nuestra Señora del Buen Consejo (* Falset, Tarragona, 5-XII-1864). Murió en el camino cuando la llevaban el 18 de agosto, para asesinarla.

196. Sierva de Dios María Calaf Miracle De Nuestra Señora de la Providencia (* Bonastre, Tarragona, 18-XII-1871).

197. Sierva de Dios Francisca de Amezúa Ibaibarriagade Santa Teresa (* Abadiano, Vizcaya, 9-III-1881).

198. Sierva de Dios María Desamparados Giner Lísterdel Santísimo Sacramento (*El Grao de Valencia, 13-XII- 1877).

199. Sierva de Dios Teresa Chambó Palés de la Divina Pastora (* Valencia, 5-II-1889).

200. Sierva de Dios Agueda Hernández Amorósde Nuestra Señora de las Virtudes (* Villena, Alicante, 5-I-1893).

201. Sierva de Dios María Dolores Vidal Cervera de San Francisco JAVIER (* Valencia, 31-1-1895).

202. Sierva de Dios María de las Nieves Crespo Lópezde la Santísima Trinidad (* Ciudad Rodrigo, Salamanca, 17-IX-1897).

Las tres religiosas siguientes fueron martirizadas otros en lugaresy fechas:

203. Sierva de Dios Ascensión Lloret Marcode San José de Calasanz (* Gandía, 21-V-1879 +7-IX-1936). Martirizada junto con su hermano Salvador, escolapio.

204. Sierva de Dios María de la Purificación Ximénez Ximénez deSan José (* Valencia, 3-II-1871 – Benicalap, Valencia, 23-IX-1936). Martirizada junto con su hermana Sofía Ximénez (n. 56) y el hijo de ésta, Luis, y con la siguiente.

205. Sierva de Dios María Josefa del Río Messade Santa Soffía (*Tarragona, 29-IV-1895 – Benicalap, Valencia, 23-OX-1936)

Las siguientes doce religiosas, de la Comunidad de la Casa de la Misericordia, fueron detenidas en la Cárcel de Mujeres y después cargadas en un camión con la excusa de llevarlas a una guardería de niños evacuados, y fueron martirizadas todas juntas en el Picadero de Paterna (Valencia), el 24 de noviembre de 1936.

206. Sierva de Dios Niceta Plaja, Xifrade San Prudencia (* Torrent, Girona, 31-X-1863), Superiora de la Casa Misericordia.

207. Sierva de Dios Paula Isla Alonsode Santa Anastasia (* Villalaín, Burgos, 28-VI- 1863).

208. Sierva de Dios Antonia Gosens Sáez de Ibarrade San Timoteo (* Vitoria, 17-I-1870).

209. Sierva de Dios Daría Campillo Paniaguade Santa Sofia (* Vitoria, 1 1-IX-1873).

210. Sierva de Dios Erundina Colino Vegade Nuestra Señora del Carmen (* Lagarejos, Zamora, dióc. Astorga, 23-VII-1883).

211. Sierva de Dios Consuelo Cuñado Gonzálezdel Santísimo Sacramento (* Bilbao, 1-I-1884).

212. Sierva de Dios Concepción Odriozola Zabaliade San Ignacio. (* Azpeitia, Guipúzcoa, dióc. Vitoria, 8-II-1882).

213. Sierva de Dios Feliciana de Uribe Orbede Nuestra Señora del Carmen (* Múgica, Vizcaya, dióc. Vitoria, 8-III-1893).

214. Sierva de Dios Concepción Rodríguez Fernándezde Santa Magdalena (* Santa Eulalia de las Manzanas, León, dióc. Oviedo, 13-XII-1895).

215. Sierva de Dios Justa Maiza Goicoecheade la Inmaculada (* Ataún, Guipúzcoa, dióc. Vitoria, 13-VII-1897).

216. Sierva de Dios Clara Ezcurra Urrutiade Nuestra Señora de la Esperanza (* Mondragón, Guipúzcoa, dióc. Vitoria, 17-VIII-1896).

217. Sierva de Dios Cándida Cayuso González de Nuestra Señora de los Ángeles (* Ubiarco, Santander, 5-I-1901).

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CAUSA DE UNA RELIGIOSA SERVITA
(Decreto del 18 de diciembre de 2000)

218. Sierva de Dios María Guadalupe Ricart Olmos. Del Monasterio Servita del Pie de la Cruz, de Valencia. (* Albal, Valencia, 23-II-1881 + Silla, Valencia, 2-X- 1936). Su cuerpo fue hallado monstruosamente destrozado y desfigurado.

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CAUSA DE LAS RELIGIOSAS DE LAS ESCUELAS PÍAS
(ESCOLAPIAS)
(Decreto del 28 de junio de 1999)

Este grupo está formado por seis religiosas de la Congregación de Hijas de María, Religiosas de las Escuelas Pías y dos exalumnas uruguayas laicas. Así pues, ocho mujeres dedicadas exclusivamente a la educación humano-cristiana de las niñas y jóvenes, a la promoción de la mujer, según su carisma, fueron martirizadas. Éstas son:

219. Sierva de Dios María del Niño Jesús (María Baldillou Bullit). (* Balaguer, Lleida, dioc. La Seu de Urgel 6-11-1905).

220. Sierva de Dios Presentación de la Sda. Familia (Pascuala Presentación Gallén Martí). (* Morella, Castellón de la Plana, dióc. Tortosa, 20-XI-1872).

221. Sierva de Dios María Luisa de Jesús (María Luisa Girón Romera). (* Bujalance, Córdoba, 25-VIII-1887).

222. Sierva de Dios Carmen de San Felipe Neri (Nazaria Gómez Lezaun). (* Eulz, Navarra, dióc. Pamplona, 27-VII-1869)

223. Sierva de Dios Clemencia de San Juan Bautista (Antonia Riba Mestres). (* Igualada, Barcelona, dioc. Vich, 8-X-1893).

Estas cinco escolapias del colegio de Valencia, dada la situación persecutoria y antirreligiosa reinante en la ciudad, buscaron refugio en un piso de la calle de San Vicente, que el 8 de aosto de 1936 fue asaltado por unos milicianos. En un coche fueron llevadas a la playa del Saler, donde al amanecer de ese mismo día sellaron con su sangre su vida de fidelidad al Señor.

224. Sierva de Dios María de Jesús (María de la Encarnación de la Yglesia de Varo). (* Cabra, Córdoba, 25-III-1891).

225. Sierva de Dios Dolores Aguiar-Mella Díaz. (* Montevideo, Uruguay, 29-III-1897). De madre uruguaya y padre español.

226. Sierva de Dios Consuelo Aguiar-Mella Díaz. (* Montevideo, Uruguay, 29-III-1898).

Madre María de la Iglesia y la laica uruguaya Dolores Aguiar-Mella desde finales de julio de 1936 vivían refugiadas en un piso en Madrid. Su hermana Consuelo Aguiar-Mella con su familia Después de haber pasado estos dos meses entre atropellos, registros domiciliarios, todo tipo de amenazas y persecución, el 19 de septiembre de 1936, Dolores fue detenida en la calle. Dos horas más tarde unos milicianos fueron a buscar a M. María de la Iglesia al piso donde estaba refugiada. Consuelo Aguiar-Mella, que momento se encontraba allí para conocer lo que había pasado con su hermana, la acompañó. Por su fe y convicciones cristianas, claramente manifestadas, las tres fueron detenidas y martirizadas a las afueras de Madrid. Dolores y Consuelo Aguiar-Mella Díaz son las primeras Beatas del Uruguay.

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CAUSA DE UNA RELIGIOSA DE LA CONGREGACIÓN
DE RELIGIOSAS DE MARÍA INMACULADA
MISIONERAS CLARETIANAS
(Decreto del 18 de diciembre de 2000)

227. Sierva de Dios María Patrocinio Giner Gomisde San Juan (Tortosa, 4-I-1874 – Portichol de Tavernes de Valldigna, 13-XI-1936). Por muchos años formadora de las jóvenes generaciones de claretianas y educadora en Carcagente. Fundadora de la comunidad y colegio en Puerto de Sagunto, Sufrió la primera persecución el año 1931. Entregó la vida por Cristo y su Evangelio ofreciéndola por la paz y reconciliación.

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CAUSA DE DOS HERMANITAS
DE LOS ANCIANOS DESAMPARADOS
(Decreto del 18 de diciembre de 2000)

Las dos religiosas pertenecían a la Comunidad de Requena (Valencia) y fueron martirizadas juntas en el término municipal de Buñol (Valencia) el 8 de septiembre de 1936.

228. Sierva de Dios Josefa de San Juan Ruano García (* Berja, Almería, 11-VII-1854).

229. Sierva de Dios Dolores de Santa Eulalia Puig Bonany (* Berga, Barcelona, 12-VII-1857).

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CAUSA DE TRES TERCIARIAS CAPUCHINAS
DE LA SAGRADA FAMILIA
(Decreto del 18 de diciembre de 2000)

La forma de vida que las identificó como Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia fue el seguimiento de Jesucristo como menores y penitentes, según los ideales de San Francisco de Asís y el espíritu legado por el Venerable Padre Luis Amigo, reflejado en las actitudes del Buen Pastor en la misión especifica de las obras de misericordia, corporales y espirituales, con los más pobres y necesitados.

La Sagrada Familia de Nazaret, desde su vida oculta y sencilla fue para ellas modelo de oración, humildad, vida de famila y disponibilidad a la Voluntad de Dios hasta el martirio.

En el ejercicio humilde de su apostolado fueron sorprendidas por la persecución religiosa, encontrando la muerte en Puzol y Gilet, localidades de la Provincia de Valencia (España), donde demostraron la solidez de su fe y la fidelidad a sus compromisos.

230. Sierva de Dios M. Victoria Quintana Argos (Rosario de Soano) (* Soano, Santander, 13-V-1866 + Puzol, Valencia, 22-VIII1936)

231. Sierva de Dios María Fenollosa Alcaina (Francisca Javier de Rafelbuñol) (*Rafelbuñol, Valencia, 24-V-1901 + Gilet, Valencia, 27-IX-1936)

232. Sierva de Dios Manuela Fernández Ibero (Serafína de Occhovi) (Ochovi, Navarra, dióc. Pamplona, 6-VIII-1872 + Puzol, Valencia, 22-VIII-1936).

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CAUSA DE LA DIÓCESIS DE LLEIDA
(Decreto del 18 de diciembre de 2000)

233. Siervo de Dios Francisco de Paula Castelló Aleu (nacido el 19-IV-1914 en Alicante, + el 29-IX-1936 en Lérida, 22 años). Miembro de la Juventud de Acción Católica de Cataluña. Nació el 19 de abril de 1914 en Alicante, donde su familia origen catalán se encontraba por motivos de trabajo del padre. Fallecido éste, su madre con los tres hijos pequeños, dos niñas y Francisco de Paula, recién nacido, retornan a Lleida (Cataluña).
Francisco realizó sus estudios en las Escuelas de los Hermanos Maristas y concluyó los estudios superiores técnicos en el Colegio «Instituto Químico» de los Padres Jesuitas en Barcelona. Estudiante Universitario en Oviedo (Asturias) participó en las obras apostólicas de los Padres Jesuitas y especialmente en la Federación de Jóvenes Cristianos de Cataluña (Franja de la Acción Católica Española). Concluido sus estudios de Licenciado en Ciencias Químicas trabajó en el Complejo Químico « Cross » de Lleida e inicio su noviazgo con la Srta. María Pelegrí.
Llamado a cumplir el Servicio militar, como soldado de cuota, se encontró en medio de los acontecimientos del 19 de julio de 1936. Encarcelado en la noche del 21 al 22 de julio por los milicianos republicanos, el 29 de septiembre fue sometido a juicio ante el Tribunal popular, donde afirmó con voz clara y precisa su condición de católico: «Lo referente al delito de ser católico, dijo, soy muy a gusto delincuente, y si mil vidas tuviera que dárselas a Dios, mil vidas le daría; así que no hace falta que me defienda».

Jesucristo, Rey Universal y Eterno

Octubre 19, 2009 por salutarishostia

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“De Dios son la eternidad y el tiempo; la primera con su inmutable e inconmovible fijeza; el segundo con su rápida sucesión e incesantes vicisitudes. En este su señorío no tiene rival Dios Nuestro Señor, ni admite con otro ser alguno la más lejana comparación o semejanza. Y por este concepto no solamente es Rey, sino que es el único verdadero Rey.

Los hombres ¡niños siempre! han aplicado a algunos de los más visibles entre ellos este fastuoso título, que mirado a buena luz resulta casi siempre algo como una caricatura, cuando no le abona la representación de aquella otra realeza superior y cierto como sobrenatural reflejo de ella sobre la terrenal corona.

¿Rey el hombre, que nace un día y sólo para un día, y otro día muere, dejando apenas rastro de sí, como no sea unas breves líneas en las páginas de la Historia, frecuentemente simple recuerdo de su miseria y de su impotencia? ¿Qué diferencia hay, decid, entre la podredumbre del más altivo monarca, y la del más olvidado de sus vasallos en el fondo y soledad de sus respectivas sepulturas?

Al enviar el Eterno Padre a su Hijo Unigénito al mundo en carne humana, para la obra sublime de la Redención, el primero de los soberanos títulos que quiso transmitirle por juro de heredad en medio de sus bajas y pobres apariencias, fue este de Rey.

Nacido en pesebre, pero Rey; perseguido y desterrado, pero Rey; ocupado en quehaceres de artesana profesión, pero Rey; manso y apacible, adoctrinador de las turbas sencillas, pero Rey; vestido, azotado y puesto en cruz, pero Rey.

La invisible corona de su realeza divina no se cae de su frente ni en las pajas de Belén, ni en los campos y aldeas de Galilea, ni entre las convulsiones y estremecimientos del Calvario. Con ella nace y con ella crece, y con ella predica y con ella muere, y con ella surge del sepulcro, y con ella asciende a los cielos, y con ella se sienta a la derecha del Padre, y con ella bajará a juzgar el mundo en el postrer día de él, y con ella reinará entre sus escogidos y sobre sus enemigos por toda la eternidad.

Sí, porque de Rey tiene la gloria, de Rey la potestad y el juicio, de Rey el universal señorío, pero también de Rey tiene el contraste de siempre obstinados y siempre vencidos contradictores.

Por esto con espléndida pompa celebra hoy el mundo cristiano la gloria de Jesús Rey, ya por primera reconocido y adorado por los Magos en la Epifanía del Señor.

La Revolución por eso se llama Revolución, y el Liberalismo por eso se llama Liberalismo, porque son lo opuesto y antiético a esa divina y real soberanía de Jesucristo nuestro Dios y Señor.

El cual es Rey, como es Hijo-Unigénito del Padre, pues a El ha dado Este poder en el cielo y en la tierra y en los abismos.

Todo poder, entiéndase bien: no solamente el individual, que se refiere a la conciencia o conducta privada de cada súbdito suyo, sino aún el social, que se extiende a la vida pública de las naciones, y a sus costumbres, y a sus leyes , y a sus gobernantes, y a sus gobernados.

Todo poder, repetimos: es decir, poder íntegro y absoluto; no menoscabado con indignas concesiones o transacciones con el enemigo; no sometido a pactos y componendas de pasajera conveniencia; no condicional o hipotético como han dado en la moda de predicárnoslo recientemente no sabemos qué suerte de apóstoles de nuevo cuño que todos hemos podido ( y de sobras) escuchar por ahí.

Poder real, en una palabra; y como tal, poder de veras; sin cuya condición cualquier cosa que se llame realeza es realeza de burlas y de mera fantasía y oropel.

Mas, pues de veras quiere reinar Cristo en las sociedades suyas, de veras hemos también de querer y buscar y procurar su reinado los fieles soldados suyos, so pena de dejar de serlo, obrando de otra manera, y de que nos tenga sencillamente por pasados al enemigo cualquier cristiano de sentido común.

¡De nuevo, pues, ante cielos y tierra postrados, juremos amor y fidelidad a ese Estandarte Real, hasta morir si fuere preciso en su defensa; como gracias a la divina Misericordia, para su defensa hemos querido únicamente vivir hasta el presente!

¡Que todo pasa, pero eso no pasa; toda cambia, pero eso no cambia; todo muere, pero eso es lo único que no ha de morir!

¡Cuándo después de esto contemplamos a católicos ¡y son católicos! ocupados en la inverosímil tarea de andar buscando cómo achicar y encoger la grandeza de este reinado divino, para que pueda entrar sin descomponerlo en el aro miserable de sus miserabilísimas combinaciones humanas, pequeñas como todo lo que es puramente humano y por añadidura puramente circunstancial; cuando eso contemplamos y ¡hemos tenido que contemplarlo tantas veces!, no sabemos si es mayor la aflicción que nos causa ese total desconocimiento de los más esenciales derechos de la soberanía divina, o la vergüenza que nos enciende el rostro viendo que son víctimas de tal ceguera hermanos nuestros, católicos y españoles, que ni uno ni lo otro acreditan con este su menguado proceder.

Pbro. Sardá y Salvany. Año Sacro. Tomo Segundo: Tiempo y Fiestas después de Pentecostés. Barcelona. 1954. Ed. R. Casals. 

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Oración a Jesús, Rey del Universo

Octubre 19, 2009 por salutarishostia

Oh Cristo Jesús!,  yo os reconozco como Rey Universal.

Todo cuanto existe ha sido creado por Vos.

Ejerced sobre mí todos vuestros derechos.

Renuevo las promesas del bautismo, renunciando a satanás, a sus pompas y a sus obras, y prometo vivir como buen cristiano.

Y muy particularmente me comprometo a hacer triunfar, según mis fuerzas, los derechos de Dios y de vuestra Iglesia.

Corazón divino de Jesús, yo os ofrezco mis pobres acciones para lograr que todos los corazones reconozcan vuestra sagrada Realeza, y que así se establezca en el mundo el reino de vuestra paz. Así sea.

Cristo Rey

Octubre 19, 2009 por salutarishostia

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 Ergo Rex es tu? Tu dixisti… Sed Regnum deum non est de hoc mundo » (Joan. XVIII : 33-36)

El año 1925, accediendo a una solicitud firmada por más de ochocientos obispos, el Papa Pío XI instituyó para toda la Iglesia la festividad de Cristo Rey, fijada en el último domingo del mes de octubre.

Esta nueva invocación de Cristo, nueva y sin embargo tan antigua como la Iglesia, tuvo muy pronto sus mártires, en la persecución que la masonería y el judaísmo desataron en Méjico, con la ayuda de un imperialismo extranjero: sacerdotes, soldados, jóvenes de Acción Católica y aun mujeres que murieron al grito de “¡Viva Cristo Rey!”

Esta proclamación del poder de Cristo sobre las naciones se hacía contra el llamado liberalismo. El liberalismo es una peligrosa herejía moderna que proclama la libertad y toma su nombre de ella.

La libertad es un gran bien que, como todos los grandes bienes, sólo Dios puede dar; y el liberalismo lo busca fuera de Dios; y de ese modo sólo llega a falsificaciones de la libertad.

Liberales fueron los que en el pasado siglo rompieron con la Iglesia, maltrataron al Papa y quisieron edificar naciones sin contar con Cristo. Son hombres que desconocen la perversidad profunda del corazón humano, la necesidad de una redención, y en el fondo, el dominio universal de Dios sobre todas las cosas, como Principio y como Fin de todas ellas, incluso las sociedades humanas.

Ellos son los que dicen: “Hay que dejar libres a todos”, sin ver que el que deja libre a un malhechor es cómplice del malhechor; “Hay que respetar todas las opiniones”, sin ver que el que respeta las opiniones falsas es un falsario; “La religión es un asunto privado”, sin ver que, siendo el hombre naturalmente social, si la religión no tiene nada que ver con lo social, entonces no sirve para nada, ni siquiera para lo privado.

Contra este pernicioso error, la Iglesia arbola hoy la siguiente verdad de fe: Cristo es Rey, por tres títulos, cada uno de ellos de sobra suficiente para conferirle un verdadero poder sobre los hombres.

Es Rey por título de nacimiento, por ser el Hijo Verdadero de Dios Omnipotente, Creador de todas las cosas; es Rey por titulo de mérito, por ser el Hombre más excelente que ha existido ni existirá, y es Rey por titulo de conquista, por haber salvado con su doctrina y su sangre a la Humanidad de la esclavitud del pecado y del infierno.

Me diréis vosotros: eso está muy bien, pero es un ideal y no una realidad. Eso será en la otra vida o en un tiempo muy remoto de los nuestros; pero hoy día… Los que mandan hoy día no son los mansos, como Cristo, sino los violentos; no son los pobres, sino los que tienen plata; no son los católicos, sino los masones. Nadie hace caso al Papa, ese anciano vestido de blanco que no hace más que mandarse proclamas llenas de sabiduría, pero que nadie obedece. Y el mar de sangre en que se está revolviendo Europa, ¿concuerda acaso con ningún reinado de Cristo?

La respuesta a esta duda está en la respuesta de Cristo a Pilatos, cuando le preguntó dos veces si realmente se tenía por Rey. “Mi Reino no procede de este mundo”. No es como los reinos temporales, que se ganan y sustentan con la mentira y la violencia; y en todo caso, aun cuando sean legítimos y rectos, tienen fines temporales y están mechados y limitados por la inevitable imperfección humana.

Rey de verdad, de paz y de amor, su Reino procedente de la Gracia reina invisiblemente en los corazones, y eso tiene más duración que los imperios. Su Reino no surge de aquí abajo, sino que baja de ahí arriba; pero eso no quiere decir que sea una mera alegoría, o un reino invisible de espíritus.

Dice que no es de aquí, pero no dice que no está aquí. Dice que no es carnal, pero no dice que no es real. Dice que es reino de almas, pero no quiere decir reino de fantasmas, sino reino de hombres. No es indiferente aceptarlo o no, y es supremamente peligroso rebelarse contra El.

Porque Europa se rebeló contra El en estos últimos tiempos, Europa y con ella el mundo todo se halla hoy día en un desorden que parece no tener compostura, y que sin El no tiene compostura…

Mis hermanos: porque Europa rechazó la reyecía de Jesucristo, actualmente no puede parar en ella ni Rey ni Roque. Cuando Napoleón I, que fue uno de los varones —y el más grande de todos— que quisieron arreglar a Europa sin contar con Jesucristo, se ciñó en Milán la corona de hierro de Carlomagno, cuentan que dijo estas palabras: “Dios me la dio, nadie me la quitará”.

Palabras que a nadie se aplican más que a Cristo. La corona de Cristo es más fuerte, es una corona de espinas. La púrpura real de Cristo no se destiñe, está bañada en sangre viva. Y la caña que le pusieron por burla en las manos, se convierte de tiempo en tiempo, cuando el mundo cree que puede volver a burlarse de Cristo, en un barrote de hierro. “Et reges eos in virga férrea” (Los regirá con vara de hierro).

Veamos la demostración de esta verdad de fe, que la Santa Madre Iglesia nos propone a creer y venerar en la fiesta del último domingo del mes de la primavera, llamando en nuestro auxilio a la Sagrada Escritura, a la Teología y a la Filosofía, y ante todo a la Santísima Virgen Nuestra Señora con un Avemaría.

Los cuatro Evangelistas ponen la pregunta de Pilatos y la respuesta afirmativa de Cristo: “— ¿Tú eres el Rey de los judíos?” “— Yo lo soy”.

¿Qué clase de rey será éste, sin ejércitos, sin palacios, atadas las manos, impotente y humillado?, debe de haber pensado Pilatos.

San Juan, en su capítulo XVIII, pone el diálogo completo con Pilatos, que responde a esta pregunta: Entró en el Pretorio, llamó a Jesús y le dijo: “¿Tu eres el Rey de los Judíos?” Respondió Jesús: “¿Eso lo preguntas de por ti mismo, o te lo dijeron otros?” Respondió Pilatos “¿Acaso yo soy judío? Tu gente y los pontífices te han entregado. ¿Qué has hecho?”.

Respondió Jesús, ya satisfecho acerca del sentido de la pregunta del gobernador romano, al cual maliciosamente los judíos le habían hecho temer que Jesús era uno de tantos intrigantes, ambiciosos de poder político: “Mi reino no es de este mundo. Si de este mundo fuera mi reino, Yo tendría ejércitos, mi gente lucharía por Mí para que no cayera en manos de mis enemigos. Pero es que mi Reino no es de aquí”.

Es decir, su Reino tiene su principio en el cielo, es un Reino espiritual que no viene a derrocar al César, como Pilatos teme, ni a pelear por fuerza de armas contra los reinos vecinos, como desean los judíos.

El no dice que este Reino suyo, que han predicho los profetas, no esté en este mundo; no dice que sea un puro reino invisible de espíritus, es un reino de hombres; El dice que no proviene de este mundo, que su principio y su fin está más arriba y más abajo de las cosas inventadas por el hombre. El profeta Daniel, resumiendo los dichos de toda una serie de profetas, dijo que después de los cuatro grandes reinos que aparecerían en el Mediterráneo, el reino de la Leona, del Oso, del Leopardo y de la Bestia Poderosa, aparecería el Reino de los Santos, que duraría para siempre. Ese es su Reino…

Esa clase de reinos espirituales no los entendía Pilatos, ni le daban cuidado. Sin embargo, preguntó de nuevo, quizá irónicamente: “—Entonces, ¿te afirmas en que eres Rey?”. Respondió Jesús tranquilamente: “—Sí, lo soy —y añadió después mirándolo cara a cara—; yo para eso nací y para eso vine al mundo, para dar testimonio de la Verdad. Todo el que es de la Verdad oye mi voz”. Dijo Pilatos: “— ¿Qué es la Verdad?” Y sin esperar respuesta, salió a los judíos y les dijo: “—Yo no le veo culpa”. Pero ellos gritaron: “—Todo el que se hace Rey, es enemigo del César. Si lo sueltas a éste, vas en contra del César”.

He aquí solemnemente afirmada por Cristo su realeza, al fin de su carrera, delante de un tribunal, a riesgo y costa de su vida; y a esto le llama El dar testimonio de la Verdad, y afirma que su Vida no tiene otro objeto que éste.

Y le costó la vida, salieron con la suya los que dijeron: “No queremos a éste por Rey, no tenemos más Rey que el César”; pero en lo alto de la Cruz donde murió este Rey rechazado, había un letrero en tres lenguas, hebrea, griega y latina, que decía: “Jesús Nazareno Rey de los Judíos”; y hoy día, en todas las iglesias del mundo y en todas las lenguas conocidas, a 2.000 años de distancia de aquella afirmación formidable: “Yo soy Rey”, miles y miles de seres humanos proclaman junto con nosotros su fe en e1 Reino de Cristo y la obediencia de sus corazones a su Corazón Divino.

Por encima del clamor de la batalla en que se destrozan los humanos, en medio de la confusión y de las nubes de mentiras y engaños en que vivimos, oprimidos los corazones por las tribulaciones del mundo y las tribulaciones propias, la Iglesia Católica, imperecedero Reino de Cristo, está de pie para dar como su Divino Maestro testimonio de Verdad y para defender esa Verdad por encima de todo.

Por encima del tumulto y de la polvareda, con los ojos fijos en la Cruz, firme en su experiencia de veinte siglos, segura de su porvenir profetizado, lista para soportar la prueba y la lucha en la esperanza cierta del triunfo, la Iglesia, con su sola presencia y con su silencio mismo, está diciendo a todos los Caifás, Herodes y Pilatos del mundo que aquella palabra de su divino Fundador no ha sido vana.

En el primer libro de las Visiones de Daniel, cuenta el profeta que vio cuatro Bestias disformes y misteriosas que, saliendo del mar, se sucedían y destruían una a la otra; y después de eso vio a manera de un Hijo del Hombre que viniendo de sobre las nubes del cielo se llegaba al trono de Dios; y le presentaron a Dios, y Dios le dio el Poderío, el Honor y el Reinado, y todos los pueblos, tribus y lenguas le servirán, y su poder será poder eterno que no se quitará, y su reino no se acabará.

Entonces me llegué lleno de espanto —dice Daniel— a uno de los presentes, y le pregunté la verdad de todo eso. Y me dijo la interpretación de la figura: “Estas cuatro bestias magnas son cuatro Grandes Imperios que se levantarán en la tierra [a saber, Babilonia, Persia, Grecia y Roma, según estiman los intérpretes], y después recibirán el Reino los santos del Dios altísimo y obtendrán el reino por siglos y por siglos de siglos”.

Esta palabra misteriosa, pronunciada 500 años antes de Cristo, no fue olvidada por los judíos. Cuando Juan Bautista empieza a predicar en las riberas del Jordán: “Haced penitencia, que está cerca el Reino de Dios”, todo ese pequeño pueblo comprendido entre el Mediterráneo, el Líbano, el Tiberíades y el Sinaí resonaba con las palabras de Gran Rey, Hijo de David, Reino de Dios. Las setenta semanas de años que Daniel había predicho entre el cautiverio de Babilonia y la llegada del Salvador del Mundo, se estaban acabando; y los profetas habían precisado de antemano, en una serie de recitados enigmáticos, una gran cantidad de rasgos de su vida y su persona, desde su nacimiento en Belén hasta su ignominiosa muerte en Jerusalén.

Entonces aparece en medio de ellos ese joven doctor impetuoso, que cura enfermos y resucita muertos, a quien el Bautista reconoce y los fariseos desconocen, el cual se pone a explicar metódicamente en qué consiste el Reino de Dios, a desengañar ilusos, a reprender poderosos, a juntar discípulos, a instituir entre ellos una autoridad, a formar una pequeña e insignificante sociedad, más pequeña que un grano de mostaza, y a prometer a esa Sociedad, por medio de hermosísimas parábolas y de profecías deslumbradoras, los más inesperados privilegios: durará por todos los siglos — se difundirá par todas las naciones — abarcará todas las razas — el que entre en ella, estará salvado — el que la rechace, estará perdido — el que la combata, se estrellará contra ella — lo que ella ate en la tierra será atado en el cielo, y lo que ella desate en la tierra será desatado en el cielo.

Y un día, en las puertas de Cafarnaúm, aquel Varón extraordinario, el más modesto y el más pretencioso de cuantos han vivido en este mundo, después de obtener de sus rudos discípulos el reconocimiento de que él era el “Ungido”, el “Rey”, y más aún, el mismo “Hijo Verdadero de Dios vivo”, se dirigió al discípulo que había hablado en nombre de todos y solemnemente le dijo: “Y Yo a ti te digo que tú eres Kefá, que significa piedra, y sobre esta piedra Yo levantaré mi Iglesia, y los poderes infernales no prevalecerán contra ella y te daré las llaves del Reino de los Cielos. Y Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos”.

Y desde entonces, viose algo único en el mundo: esa pequeña Sociedad fue creciendo y durando, y nada ha podido vencerla, nada ha podido hundirla, nadie ha podido matarla. Mataron a su Fundador, mataron a todos sus primeros jefes, mataron a miles de sus miembros durante las diez grandes persecuciones que la esperaban al salir mismo de su cuna; y muchísimas veces dijeron que la habían matado a ella, cantaron victoria sus enemigos, las fuerzas del mal, las Puertas del Infierno, la debilidad, la pasión, la malicia humana, los poderes tiránicos, las plebes idiotizadas y tumultuantes, los entendimientos corrompidos, todo lo que en el mundo tira hacia abajo, se arrastra y se revuelca (la corrupción de la carne y la soberbia del espíritu aguijoneados por los invisibles espíritus de las tinieblas); todo ese peso de la mortalidad y la corrupción humana que obedece al Angel Caído, cantó victoria muchas veces y dijo: “Se acabó la Iglesia”.

El siglo pasado, no más, los hombres de Europa más brillantes, cuyos nombres andaban en boca de todos, decían: “Se acabó la Iglesia, murió el Catolicismo”. ¿Dónde están ellos ahora?

Y la Iglesia, durante veinte siglos, con grandes altibajos y sacudones, por cierto, como la barquilla del Pescador Pedro, pero infalible irrefragablemente, ha ido creciendo en número y extendiéndose en el mundo; y todo cuanto hay de hermoso y de grande en el mundo actual se le debe a ella; y todas las personas más decentes, útiles y preclaras que ha conocido la tierra han sido sus hijos; y cuando perdía un pueblo, conquistaba una Nación; y cuando perdía una Nación, Dios le daba un Imperio; y cuando se desgajaba de ella media Europa, Dios descubría para ella un Mundo Nuevo; y cuando sus hijos ingratos, creyéndose ricos y seguros, la repudiaban y abandonaban y la hacían llorar en su soledad y clamar inútilmente en su paciencia…; cuando decían: “Ya somos ricos y poderosos y sanos y fuertes y adultos, y no necesitamos nodriza”, entonces se oía en los aires la voz de una trompeta, y tres jinetes siniestros se abatían sobre la tierra: uno en un caballo rojo, cuyo nombre es La Guerra; otro en un caballo negro, cuyo nombre es El Hambre; otro en un caballo bayo, cuyo nombre es La Persecución Final; y los tres no pueden ser vencidos sino por Aquel que va sobre el caballo blanco, al cual le ha sido dada la espada para que venza, y que tiene escrito en el pecho y en la orla de su vestido: “Rey de Reyes y Senor de Dominantes”.

El Mundo Moderno, que renegó la reyecía de su Rey Eterno y Señor Universal, como consecuencia directa y demostrable de ello se ve ahora empantanado en un atolladero y castigado por los tres últimos caballos del Apocalipsis; y entonces le echa la culpa a Cristo.

Acabo de oír por Radio Excelsior una poesía de un tal Alejandro Flores, aunque mediocre, bastante vistosa, llamada Oración de este Siglo a Cristo, en que expresa justamente esto: se queja de la guerra, se espanta de la crisis (racionamiento de nafta), dice que Cristo es impotente, que su “sueño de paz y de amor” ha fracasado, y le pide que vuelva de nuevo al mundo, pero no a ser crucificado. El pobre miope no ve que Cristo está volviendo en estos momentos al mundo, pero está volviendo como Rey — ¿o qué se ha pensado él que es un Rey?—; está volviendo de Ezrah, donde pisó el lagar El solo con los vestidos salpicados de rojo, como lo pintaron los profetas, y tiene en la mano el bieldo y la segur para limpiar su heredad y para podar su viña. ¿O se ha pensado él que Jesucristo es una reina de juegos florales?

Y ésta es la respuesta a los que hoy día se escandalizan de la impotencia del Cristianismo y de la gran desolación espiritual y material que reina en la tierra. Creen que la guerra actual es una gran desobediencia a Cristo, y en consecuencia dudan de que Cristo sea realmente Rey, como dudó Pilatos, viéndole atado e impotente. Pero la guerra actual no es una gran desobediencia a Cristo: es la consecuencia de una gran desobediencia, es el castigo de una gran desobediencia y — consolémonos— es la preparación de una gran obediencia y de una gran restauración del Reino de Cristo. “Porque se me subleven una parte de mis súbditos, Yo no dejo de ser Rey mientras conserve el poder de castigarlos”, dice Cristo.

En la última parábola que San Lucas cuenta, antes de la Pasión, está prenunciado eso: “Semejante es el Reino de los cielos a un Rey que fue a hacerse cargo de un Reino que le tocaba por herencia. Y algunos de sus vasallos le mandaron embajada, diciendo: No queremos que este reine sobre nosotros. Y cuando se hizo cargo del Reino, mandó que le trajeran aquellos sublevados y les dieran muerte en su presencia”.

Eso contó Nuestro Señor Jesucristo hablando de si mismo; y cuando lo contó, no se parecía mucho a esos cristos melosos, de melena rubia, de sonrisita triste y de ojos acaramelados que algunos pintan. Es un Rey de paz, es un Rey de amor, de verdad, de mansedumbre, de dulzura para los que le quieren; pero es Rey verdadero para todos, aunque no le quieran, ¡y tanto peor para el que no le quiera!

Los hombres y los pueblos podrán rechazar la llamada amorosa del Corazón de Cristo y escupir contra el cielo; pero no pueden cambiar la naturaleza de las cosas. El hombre es un ser dependiente, y si no depende de quien debe, dependerá de quien no debe; si no quiere por dueño a Cristo, tendrá el demonio por dueño. “No podéis servir a Dios y a las riquezas”, dijo Cristo, y el mundo moderno es el ejemplo lamentable: no quiso reconocer a Dios como dueño, y cayó bajo el dominio de Plutón, el demonio de las riquezas.

En su encíclica Quadragesimo Anno, el Papa Pío XI describe de este modo la condición del mundo de hoy, desde que el Protestantismo y el Liberalismo lo alejaron del regazo materno de la Iglesia, y decidme vosotros si el retrato es exagerado: “La libre concurrencia se destruyó a sí misma; al libre cambio ha sucedido una dictadura económica. El hambre y sed de lucro ha suscitado una desenfrenada ambición de dominar. Toda la vida económica se ha vuelto horriblemente dura, implacable, cruel. Injusticia y miseria. De una parte, una inmensa cantidad de proletarios; de otra, un pequeño número de ricos provistos de inmensos recursos, lo cual prueba con evidencia que las riquezas creadas en tanta copia por el industrialismo moderno no se hallan bien repartidas”.

El mismo Carlos Marx, patriarca del socialismo moderno, pone el principio del moderno capitalismo en el Renacimiento, es decir, cuando comienza el gran movimiento de desobediencia a la Iglesia; y añora el judío ateo los tiempos de la Edad Media, en que el artesano era dueño de sus medios de producción, en que los gremios amparaban al obrero, en que el comercio tenía por objeto el cambio y la distribución de los productos y no el lucro y el dividendo, y en que no estaba aún esclavizado al dinero para darle una fecundidad monstruosa. Añora aquel tiempo, que si no fue un Paraíso Terrenal, por lo menos no fue una Babel como ahora, porque los hombres no habían recusado la Reyecía de Jesucristo.

Los males que hoy sufrimos, tienen, pues, raíz vieja; pero consolémonos, porque ya está cerca el jardinero con el hacha. Estamos al fin de un proceso morboso que ha durado cuatro siglos.

Vosotros sabéis que en el llamado Renacimiento había un veneno de paganismo, sensualismo y descreimiento que se desparramó por toda Europa, próspera entonces y cargada de bienestar como un cuerpo pletórico. Ese veneno fue el fermento del Protestantismo; “rebelión de los ricos contra los pobres”, como lo llamó Belloc, que rompió la unidad de la Iglesia, negó el Reino Visible de Cristo, dijo que Cristo fue un predicador y un moralista, y no un Rey; sometió la religión a los poderes civiles y arrebató a la obediencia del Sumo Pontífice casi la mitad de Europa. Las naciones católicas se replegaron sobre sí mismas en el movimiento que se llamó Contrarreforma, y se ocuparon en evangelizar el Nuevo Mundo, mientras los poderes protestantes inventaban el Puritanismo, el Capitalismo y el Imperialismo.

Entonces empezó a invadir las naciones católicas una a modo de niebla ponzoñosa proveniente de los protestantes, que al fin cuajó en lo que llamamos Liberalismo, el cual a su vez engendró por un lado el Modernismo y por otro el Comunismo.

Entonces fue cuando sonó en el cielo la trompeta de la cólera divina, que nadie dejó de oír; y el Hombre Moderno, que había caído en cinco idolatrías y cinco desobediencias, está siendo probado y purificado ahora por Cinco castigos y cinco penitencias:

Idolatría de la Ciencia, con la cual quiso hacer otra torre de Babel que llegase hasta el cielo; y la ciencia está en estos momentos toda ocupada en construir aviones, bombas y cañones para voltear casas y ciudades y fábricas;

Idolatría de la Libertad, con la cual quiso hacer de cada hombre un pequeño y caprichoso caudillejo; y éste es el momento en que el mundo está lleno de despotismo y los pueblos mismos piden puños fuertes para salir de la confusión que creó esa libertad demente;

Idolatría del Progreso, con el cual creyeron que harían en poco tiempo otro Paraíso Terrenal; y he aquí que el Progreso es el Becerro de Oro que sume a los hombres en la miseria, en la esclavitud, en el odio, en la mentira, en la muerte;

Idolatría de la Carne, a la cual se le pidió el cielo y las delicias del Edén; y la carne del hombre desvestida, exhibida, mimada y adorada, está siendo destrozada, desgarrada y amontonada como estiércol en los campos de batalla;

Idolatría del Placer, con el cual se quiere hacer del mundo un perpetuo Carnaval y convertir a los hombres en chiquilines agitados e irresponsables; y el placer ha creado un mundo de enfermedades, dolencias y torturas que hacen desesperar a todas las facultadas de medicina.

Esto decía no hace mucho tiempo un gran obispo de Italia, el arzobispo de Cremona, a sus fieles.

¿Y nuestro país? ¿Está libre de contagio? ¿Está puro de mancha? ¿Está limpio de pecado? Hay muchos que parecen creerlo así, y viven de una manera enteramente inconsciente, pagana, incristiana, multiplicando los errores, los escándalos, las iniquidades, las injusticias. Es un país tan ancho, tan rico, tan generoso, que aquí no puede pasar nada; queremos estar en paz con todos, vender nuestras cosechas y ganar plata; tenemos gobernantes tan sabios, tan rectos y tan responsables; somos tan democráticos, subimos al gobierno solamente a aquel que lo merece; tenemos escuelas tan lindas; tenemos leyes tan liberales; hay libertad para todo; no hay pena de muerte; si un hombre agarra una criaturita en la calle, la viola, la mata y después la quema, ¡qué se va a hacer, paciencia!; tenemos la prensa más grande del mundo: por diez centavos nos dan doce sábanas de papel llenas de informaciones y de noticias; tenemos la educación artística del pueblo hecha por medio del cine y de la radiotelefonía; ¡qué pueblo más bien educado va a ir saliendo, un pueblo artístico! ¡Qué país, mi amigo, qué país más macanudo!

— ¿Y reina Cristo en este país? — ¿Y cómo no va a reinar? Somos buenos todos. Y si no reina, ¿qué quiere que le hagamos?

Tengo miedo de los grandes castigos colectivos que amenazan nuestros crímenes colectivos. Este país está dormido, y no veo quién lo despierte. Este país está engañado, y no veo quién lo desengañe. Este país está postrado, y no se ve quién va a levantarlo.

Pero este país todavía no ha renegado de Cristo; y sabemos por tanto que hay alguien capaz de levantarlo.

Preparémonos a su Venida y apresuremos su Venida. Podemos ser soldados de un gran Rey; nuestras pobres efímeras vidas pueden unirse a algo grande, algo triunfal, algo absoluto.

Arranquemos de ellas el egoísmo, la molicie, la mezquindad de nuestros pequeños caprichos, ambiciones y fines particulares.

El que pueda hacer caridad, que se sacrifique por su prójimo, o solo, o en su parroquia, o en las Sociedades Vicentinas…

El que pueda hacer apostolado, que ayude a Nuestro Cristo Rey en la Acción Católica o en las Congregaciones…

El que pueda enseñar, que enseñe…

Y el que pueda quebrantar la iniquidad, que la golpee y que la persiga, aunque sea con riesgo de la vida.

Y para eso, purifiquemos cada uno de faltas y de errores nuestra vida. Acudamos a la Inmaculada Madre de Dios, Reina de los Ángeles y de los hombres, para que se digne elegirnos para militar con Cristo, no solamente ofreciendo todas nuestras personas al trabajo, como decía el capitán Ignacio de Loyola, sino también para distinguirnos y señalarnos en esa misma campaña del Reino de Dios contra las fuerzas del Mal, campaña que es el eje de la historia del mundo, sabiendo que nuestro Rey es invencible, que su Reino no tendrá fin, que su triunfo y Venida no está lejos y que su recompensa supera todas las vanidades de este mundo, y más todavía, todo cuanto el ojo vio, el oído oyó y la mente humana pudo soñar de hermoso y de glorioso.

Padre L. Castellani, “Cristo, ¿vuelve o no vuelve?”. Parte II Ensayos Religiosos.