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…”Consagrarse al Corazón de Jesús – dicen los maestros del espíritu – es reconocer su divina realeza; aceptar libremente su reinado, y  hacerle la ofrenda voluntaria y absoluta de todo lo que uno es y de todo lo que tiene, obligándose a servirle fielmente.” Resaltan, pues, en la consagración un acto del entendimiento, y dos actos de la voluntad, a cuyo imperativo responden en la práctica las potencias ejecutoras. Así se consagra todo el hombre, en alma y cuerpo, con todo lo que es y tiene.

Lo primero es reconocer la realeza universal, temporal y eterna de Jesucristo, “a quien se ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra”. En el acto del entendimiento; tiene por objeto una verdad, a la cual se opone, no sólo la negación de esa realeza, sino su restricción: no sólo el laicismo del bolchevismo, del socialismo y del liberalismo radical, sino también el liberalismo conservador republicano o monárquico. Por la consagración somos, pues, incompatibles, radicalmente, desde la raíz, desde el principio, desde la verdad sobre que versa el acto del entendimiento en esta consagración, con todos esos errores, y con todo error que directa o indirectamente se opusiere a tal verdad.

Lo segundo es aceptar libremente, espontáneamente, de corazón y aún fervientemente, ese reinado. Ese reinado ya es, aunque nosotros no lo proclamemos; pero quiere añadir a los títulos eternos, inmutables, indefectibles, de la Creación y de la Redención, el título de la aceptación nuestra; el título de nuestro amor. Acto de la voluntad sobre un bien incompatible, claro es, con el mal opuesto. El bien que pedimos cuando pedimos: venga a nos el tu reino: y el mal que buscan los que gritan: no queremos que éste reine sobre nosotros.

Lo tercero es ofrecerle todo el ser con todo lo que se tiene, obligándose a servirle; de manera que la consagración no es algo meramente teórico o especulativo, sino eminentemente práctico.

En todo lo cual se patentiza que el reinado del Corazón de Jesús, el reinado de Dios, está dentro de nosotros; tan adentro como que radica en la mente y en la voluntad, y se entroniza, como tal reinado de amor, en el corazón, centro del hombre. Pero también es externo, social.

El corazón humano consagrado al Corazón de Jesús tiene que acompasar sus movimientos (no hablamos del corazón fisiológico, sino del corazón moral), sus sístoles y diástoles a los movimientos del Corazón a que se consagra. Movimiento de sístole es el amor de Dios: movimiento de diástole es el amor del prójimo. En el primero el corazón se contrae, desligándose de todo, para conocer y amar a Dios; se llena de este amor y se dilata en su diástole para derramarlo sobre el prójimo. Es la vida social consagrada con todos los tesoros de la paz interior y de la concordia en la familia y entre las familias, en el pueblo y entre los pueblos, en el Estado y entre los Estados; la vida social sobrenaturalizada por la caridad, que tiene la fuente en el Corazón de Jesús.

La vida racional nuestra, aún en el orden natural, se compone de dos movimientos semejantes a los dos latidos del corazón.Decían los escolásticos que todas las cosas están en el alma por el entendimiento; y que el alma está en todas las cosas por la voluntad. Efectivamente, todas las cosas que conoce nuestro entendimiento están en el entendimiento representadas por sus ideas, donde el alma conoce su realidad. Es el acto del entendimiento como un movimiento de contracción o sístole. Conocida la verdad de las cosas, el alma va a ellas a buscar el bien que en su verdad atesoran, por la voluntad que en el bien tiene su acto. Es el movimiento de diástole o expansión del alma… Consagrada el alma al Corazón de Jesús, alentada por su caridad, no sólo puede santificar las relaciones sociales, sino las relaciones con el universo de las verdades que en el alma están por el entendimiento, y de los bienes en que el alma está por la voluntad.
Así para el que está consagrado al Corazón de Jesús, no sólo es inconcebible el laicismo, negación o restricción del reinado del Corazón de Jesús, en las relaciones sociales, domésticas, políticas; pero inconcebible hasta en el universo en que vive y donde está su ser y su poseer que ofreció al servicio del divino amor; para que los minerales, los vegetales, los animales, la creación entera, no sólo los hombres, le bendigan con él, y proclamen su reinado y le sirvan.


FUENTE:  Fabio. “Consagración”. El Siglo futuro nº 7939. 23 de junio de 1933. Obra perteneciente a los fondos de la Biblioteca Nacional de España, y disponible en su Biblioteca Digital Hispánica.

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A Maitines

Padre nuestro… Ave María.

V. Abrid, Señor, mis labios.

R. Y mi lengua publique vuestras alabanzas.

V. Venid, Dios mío, a ayudarme.

R. Daos prisa, Señor, a socorrerme.

Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo, ahora y siempre y en los siglos de los siglos. Amén.

Invitatorio. El Corazón de Jesús nos ha amado desde toda la eternidad, venid y adorémosle. Se repite: El Corazón de Jesús, etc.

HIMNO

Permitidme, Jesús mío,

Meditar en los misterios

de ese vuestro Corazón,

Que, a la vez, de amor es fuego,

Y fuente de puras aguas,

Donde los labios sedientos

Del peregrino en la tierra

Hallan dulce refrigerio.

Antífona. Venid a mi todos los que gemís bajo el peso de vuestras miserias, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo, y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón.

V. Yo haré una alianza eterna con mi pueblo.

R. Y no cesaré de colmarle de beneficios.

V. Oíd, Señor, mi oración.

R. Y mis clamores lleguen a vuestro divino Corazón.

Oración. Haced, Jesús mío, que al honrar a vuestro divino Corazón aprendamos a practicar la mansedumbre y la humildad, consigamos la paz que nos tenéis prometida, y hallemos el descanso de nuestras almas; os lo pedimos por Vos mismo, que, con el Padre y el Espíritu Santo, vivís y reináis, por los siglos de los siglos. Amén.

V. Oíd, Señor, mi oración.

R. Y mis clamores lleguen a vuestro divino Corazón.

V. Bendigamos al Señor.

R. Gracias eternas le sean dadas.

Las almas de los fieles difuntos descansen en paz. Amén.

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A Laudes

V. Venid, Dios mío, a ayudarme.

R. Daos prisa, Señor, a socorrerme.

Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo, ahora y siempre y en los siglos de los siglos. Amén.

 

HIMNO

Oh Corazón de Jesús,

Que borráis nuestros pecados,

Y tantas pruebas nos dais

De amor a viles gusanos,

¿Cómo es que estamos tan fríos?

¿Cómo no están abrasados

Estos nuestros corazones

De tantos dones colmados?

 

Antífona.-En el exceso de su amor, nos rescató el Señor por medio de la ignominiosa muerte de cruz.

V. Gustad cuán suave es el Señor.

R. ¡Dichosas las almas de aquellos que llevan su yugo desde su tierna infancia!

V. Oíd, Señor… y lo demás como a Maitines.

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A Prima

V. Venid, Dios mío…

R. Daos prisa… Gloria.

HIMNO

Corazón inmaculado,

Desde el cual el mismo

Verbo

Intercede por nosotros,

Y se inmola cual cordero,

Haced que también nosotros

Sin cesas os inmolemos

Todas nuestras afecciones,

Cuanto somos y tenemos.

Antífona. Mis delicias son estar con los hijos de los hombres; ¡dichosas las almas que siguen mis caminos!

V. ¡Cuán bueno es, cuán misericordioso el Corazón de Jesús!

R. ¡Y cuán dulce es amarle y celebrar sus beneficios!

V. Oíd, Señor… y lo demás como a Maitines.

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A Tercia

V. Venid, Dios mío, a ayudarme.

R. Daos prisa, Señor, a socorrerme.

Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo, ahora y siempre y en los siglos de los siglos. Amén.

 

HIMNO

Atravesando el costado

De Jesús el duro hierro,

De par en par abrirá

Las santas puertas del cielo.

 

Venid, pues, mortales todos.

Venid de confianza llenos,

Que introduciros por ellas

Es su más ardiente anhelo.

 

Antífona. Ni el ojo ha visto, ni el oído ha percibido, ni el espíritu del hombre ha comprendido, lo que Dios prepara a los que le aman.

V. Habiendo Jesús amado a los suyos que estaban en el mundo,

R. Hasta el fin los amó.

V. Oíd, Señor…. y lo demás como a Maitines.

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A Sexta

 

V. Venid, Dios mío, a ayudarme.

R. Daos prisa, Señor, a socorrerme.

Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo, ahora y siempre y en los siglos de los siglos. Amén.

 

HIMNO

Del Corazón de Jesús

Salen torrentes de gracias

Para todos cuantos sufren,

Ya en el cuerpo, ya en el alma.

Ánimo, pues, pecador,

Acude a Él con confianza,

Que la justicia divina

Con su intercesión desarma.

 

Antífona. Yo mismo soy quien te planté, viña querida, yo te formé de escogidos renuevos; ¿Cómo es, pues, que has degenerado, y no has producido sino frutos amargos?

V. Hijos crié y los colmé de bienes.

R. Y ellos, ingratos, me han despreciado.

V. Oíd, Señor… y lo demás como a Maitines.

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A Nona

V. Venid, Dios mío, a ayudarme.

R. Daos prisa, Señor, a socorrerme.

Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo, ahora y siempre y en los siglos de los siglos. Amén.

 

HIMNO

Candor de la luz eterna,

De la gloria luz perenne,

Caridad por excelencia,

Fuente de todos los bienes,

Derramad sobre nosotros,

Corazón manso, clemente

Gracias y auxilios continuos,

Para vivir santamente.

Antífona. Los que me buscan con piadoso fervor me encontrarán, y si alguno me ama yo le amaré a mi vez, y me mostraré a él.

V. Bendice, alma mía, al Señor.

R. Y no olvidéis jamás las gracias de que te ha colmado.

V. Oíd, Señor, y lo demás como a Maitines.

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A Vísperas

V. Venid, Dios mío, a ayudarme.

R. Daos prisa, Señor, a socorrerme.

Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo, ahora y siempre y en los siglos de los siglos. Amén.

 

HIMNO

Fuente eterna de aguas vivas,

Jesús, dejadnos beber

En la abundancia que pide

Nuestra devorante sed.

Mas, en vuestro Corazón

Dadnos asilo también,

Donde enteramente a Vos

Nos demos ya de una vez.

Antífona. Beberéis con alegría en las fuentes mismas del Salvador. Cantad himnos al Señor, porque ha desplegado su magnificencia; anunciad su grandeza por todo el mundo.

V. ¿También vosotros, hijos míos, quisierais abandonarme?

R. ¿A quién iríamos, Señor? Vos tenéis palabras de vida eterna.

V. Oíd, Señor… y lo demás como a Maitines.

 

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A Completas

V. Convertidnos, Señor, Dios y Salvador nuestro.

R.Y apartad de nosotros los efectos de vuestra ira.

 

V. Venid, Dios mío….

R. Daos prisa… Gloria.

HIMNO

Abrasadnos, Jesús mío,

En el fuego que os consume,

Y el espíritu que os anima,

Nos anime y nos alumbre.

 

Y en vuestro Corazón viva,

Y, cual muerta a si, se oculte

Nuestra alma, para que al mundo

Por siempre jamás renuncie.

 

Antífona. Yo vivo; mas ya no soy yo, sino Jesucristo quien vive en mí; hasta tal punto me amó, que por redimirme se entregó El mismo.

 

V. Venid a mí, todos los que me amáis.

R. Y Yo os enriqueceré con mis bienes.

V. Oíd, Señor… y lo demás como a Maitines.


FUENTE: “Manual de piedad para el uso de las alumnas del Sagrado Corazón de Jesús y de las personas devotas de este divino Corazón. Obra traducida del francés y aumentada por el Pbro. D.P.J.E., bajo la dirección del Excmo. e Ilmo. Sr. Dr. D. José Morgades y Gilli. Obispo que fue de Vich y Barcelona. Con aprobación de la autoridad eclesiástica. Nueva edición. Eugenio Subirana. Edit. y Lib. Pontificio. Barcelona. 1912. Págs. 473-477.

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Saber obrar en todo momento conforme a los dictámenes de la conciencia y del deber, sin claudicaciones ante la malicia ajena, sin desmayos ante la oposición de los mismos que deberían ayudarnos, es lo que más robustece el espíritu, lo que causa una satisfacción más íntima en el fondo de la conciencia, y lo que más apreciables nos hace a los ojos de los demás.

Saber callar,
saber escuchar,
saber perdonar,
tener una frase de aliento para todas las buenas iniciativas,
tener una rectitud que impida miras torcidas,
ser buenos siempre, preferir ser demasiado buenos a ser demasiado sagaces…

He ahí una línea de conducta que jamás nos hará perder la estimación de los hombres sabios y de los hombres buenos.

Se pierde más en el concepto ajeno por una falta de sinceridad que por mil oposiciones francas.

Nadie quiere que el contrario ceda a la fuerza.

Queremos convencer, pero no queremos hipocresías.

No queremos, porque nos repugna la bajeza moral del que se rebaja hasta ceder hipócritamente con fines solapados.

Un hermoso lema para una vida orientada por los senderos del ideal más sublime es el amor a la Verdad.
Porque en último término la Verdad es el Ser por esencia, es Dios

***

¡Qué dichosos seríamos los hombres si todos aspiráramos con sinceridad a la propia nobleza!
Pero hay seres que no comprenden la nobleza.
Muchas veces juzgamos a los demás por lo peor que vemos en nosotros mismos. Tendemos siempre a creer que los hombres son peores de lo que son.
Porque en todos nosotros hay un lamentable fondo de egoísmo.
Y el egoísmo es el primer enemigo de la nobleza del alma.
La caridad y el amor son el manantial de la verdadera nobleza.
El amor es el móvil de las almas.
Obrar con rectitud,
pensar con serenidad y justicia,
adecuar las acciones a los dictámentes de la conciencia recta,
sin dubitaciones,
sin zozobras,
sin respetos humanos,
he ahí la nobleza que necesita el mundo.

Un carácter formado a base de nobleza y rectitud, sostenido por convicciones sólidas, con una exterioridad de tolerancia y condescendencia, es garantía de felicidad para el que lo adquiere – porque encauza sus caminos por derroteros de serenidad – y para los que le rodean.

Joven, recoge estas ideas. Nunca te arrepentirás de haber obrado con nobleza. Si los demás no han sido buenos, al menos tú tendrás la íntima convicción de no haber contradecido tu conciencia.


FUENTE: “Para ti, Joven: Obrar con nobleza” A. BOSCH Y ANGLADA. Revista Mariana mensual: Monte Toro. Órgano de la Juventud Católica Menorquina. Con censura eclesiástica. Ciudadela, Menorca. Junio de 1930

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“Juan Marín del Campo menciona en su Hoja de calendario del viernes 27 de mayo de 1932, aparecida en el número 7638 del Siglo Futuro, los doce frutos admirables que causa en el alma el Santísimo Sacramento.

…”La referida página es uno de tantos capítulos de un libro viejo que vale más oro que pesa, libro que se intitula “Reformación Cristiana”, libro compuesto en pleno siglo de oro de nuestra espléndida literatura, por el P. Francisco de Castro, clásico escritor ascético de la Compañía de Jesús; uno de aquellos innumerables (y todos ellos clásicos) escritores que, como dice de perlas nuestro P. Solá, en el prólogo de la mejor de sus obras, que es el “Séñeri español”, “sabían hablar de Dios e inflamar a los hombres harto mejor que nosotros; escritores espirituales y divinos que espiritualizaron el lenguaje y le dieron semblante divino, escritores cuyas obras valen una biblioteca de Santos Padres, y los cuales habían de ser nuestra principal librería y el sustento cotidiano de nuestras almas”…

Los doce frutos admirables que causa en el alma el Santísimo Sacramento

1-Da luz para conocer lo bueno y lo malo; fuerzas para huir de esto y seguir aquello, y vida de gracia al que, pensando que está en ella no estándolo, se llega a comulgar teniendo atrición.

2-Hace cobarde al demonio y lo ahuyenta, para que no aflija ni tiente tanto como a otros a los que comulgan a menudo.

3-Refrena la sensualidad y movimientos lascivos, y oprime la carne que perturba el espíritu.

4-Modera la ira, la cólera y demás pasiones.

5-Da favor especial para huir las ocasiones de pecados, y los excusa en ellas cuando no se puede huir.

6-Alienta la devoción, para que con más prontitud y suavidad se proceda en el divino servicio, y pega gusto de las cosas espirituales.

7-Preserva de muchos pecados mortales, dando particular auxilio para perseverar en gracia de Dios.

8-Aviva la esperanza, confirma en la fe, enciende en amor de Dios y del prójimo.

9-Da salud, alarga la vida, prospera la honra y acrecienta la hacienda; porque como dice San Juan Damasceno, la Carne y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo se extiende a la buena andanza y prosperidad del cuerpo y del alma.

10-Sosiega el remordimiento de la conciencia; da buena muerte y gran confianza en el artículo de ella, como prenda cierta de la eterna gloria.

11-Causa en el alma, y a veces en el cuerpo, un deleite y suavidad, una dulzura y regalo tan grande, que en su comparación todos los deleites y dulzuras del mundo son asco y amargura.

12-Y, finalmente, el Sacramento del Altar alumbra el entendimiento;
Inflama la voluntad;
Refuerza el afecto;
Abre la gana de recibirle;
Aviva el sentimiento;
Purifica el espíritu;
Aumenta las virtudes;
Colma los dones;
Multiplica las gracias,

Y es freno con que Dios enfrena el caballo brioso del cuerpo, para que esté bien regido y gobernado; porque, como el freno que se echa al caballo se llama bocado, así este divino bocado se llama freno de las almas, a quien se debe…
La pureza de las vírgenes,
La entereza, constancia y piedad de los mancebos;
La vida ejemplar de los varones;
La perseverancia de los viejos;
La paz y conformidad de los casados:
La continencia de las viudas;
El buen ejemplo de los eclesiásticos;
La fortaleza de los mártires,
Y la reformación de las costumbres de todos los estados.


FUENTE: El Siglo Futuro. Número 7638. Viernes 27 de mayo de 1932. Obra perteneciente a los fondos de la Biblioteca Nacional de España, y disponible en su Biblioteca Digital Hispánica.

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Lo escribe San Juan en el capítulo 16 v. 23 dice así: En aquel tiempo, dijo Jesucristo a sus Discípulos: en verdad, en verdad os digo, que si pidiereis alguna cosa a mi Padre en nombre mío…

Podría ser que alguno de los que han oído el Santo Evangelio con poca inteligencia, llegase a dudar de lo que nuestro Redentor en el principio de este Santo Evangelio promete a sus Discípulos diciendo: si alguna cosa pidiereis a mi Padre en mi nombre, os la dará: ¿Cómo pues muchos de nosotros pedimos al Padre mercedes en nombre del Hijo, y no las alcanzamos? ¿ y no solo nosotros, y otros que son tales como nosotros, pero aun el mismo glorioso Apóstol San Pablo rogó al Señor que apartase de él el ángel de satanás; del cual era gravemente atribulado, y después de haberlo pedido por tres veces no lo pudo alcanzar?

Ya los Santos Padres antiguos resolvieron esta duda, y declararon que aquellos solamente piden en el nombre del Señor, que piden cosas necesarias para la salud de sus almas, y por esto el Apóstol no pidió en el nombre del Señor, porque pedía que le fuese quitada aquella tentación que el Señor había permitido que le viniese, para que con ella guardase mejor la humildad; y sino tuviera esta tentación, no se pudiera salvar, como él mismo lo testifica diciendo: y para que la grandeza de las revelaciones no me ensoberbezca, se me ha dado el estímulo, a tentación de la carne, que, es el ángel de satanás que me abofetea: de aquí sabemos, que siempre que pedimos al Señor y no nos oye, es la causa, porque pedimos alguna cosa que es contra la salud de nuestra alma; y por tanto el Padre de verdadera misericordia no nos oye, antes nos niega lo que sin prudencia le pedimos. Y vemos claro que esto le acaeció al glorioso Apóstol San Pablo, porque después de tres peticiones, le fue por el Señor respondido te basta mi gracia, porque la virtud se hace perfecta en la adversidad.

Otras veces pedimos cosas que nos son provechosas y al propósito de nuestra salvación pero vivimos tan desordenada y tan malamente, que damos causa al Señor Soberano, para que cierre los oídos a nuestros clamores, y venimos a ser de los que el Sabio señaló en el libro de los Proverbios diciendo la oración del que aparta sus orejas por no oír la ley, será abominable delante de Dios.

Otras veces oramos por otros, y nuestra oración y vida son justas; pero aquellos, para quienes pedimos, la merced, son tales, que el Señor no nos quiere oír ni darnos, luego lo que le pedimos: guarda la paga de aquella oración para remunerarla más adelante: así como vemos que nos sucede en la oración que le presentamos cada día con las rodillas en tierra diciendo: Señor venga a nosotros tu reino. Bien sabemos que este reino no le hemos de tener luego, que la oración es acabada, sino mucho tiempo más adelante, es a saber, cuando se haya cumplido la voluntad del Señor.

Todo esto, sucede porque la divina providencia, llena de misericordia para nuestra salud, así lo ordena, dando ocasión con esta dilación en otorgarnos las mercedes que pedimos, para que crezca nuestra devoción, y con ella el mérito; y de este modo, cuando por su misericordia lleguemos a recibir el galardón, será mucho mas crecido; pero debéis notar una cosa, y es que nosotros a veces oramos por algunos que viven mal y permanecen y acaban en mal; mas no por eso se pierde el fruto de nuestra oración, porque aunque aquellos no merezcan alcanzar salvación ni remedio, nosotros recibiremos la paga de la caridad que para con ellos tuvimos, y así en esta manera de oración se cumplirá con nosotros lo que el Señor aquí promete, diciendo: si alguna cosa pidiereis a mi Padre en mi nombre, os sera dada por él. v. 23.

Y habéis de notar que no dijo limitadamente la dará, sino os la dará a vosotros: porque cuando la merced que pedimos para otros, no se nos conceda para ellos, el Señor nos la dará a nosotros, pagándonos la buena obra que hicimos con el próximo.

Prosigue: hasta ahora no habéis pedido cosa alguna en mi nombre. v. 24. No habían pedido cosa alguna en nombre del Señor, porque teniéndole presente y delante de sus ojos, no levantaban tanto sus pensamientos a pedir los dones soberanos del cielo; pero nosotros vencidos de nuestra flaqueza, y poca virtud, aunque pedimos al Padre Soberano mercedes, mas no las pedimos en el nombre de Jesucristo Salvador nuestro, porque no pedimos cosas al propósito de nuestra salvación; y esto no lo hacemos, porque el amor y presencia corporal del Señor nos impida como a los Santos Apóstoles; nuestros propios deseos vanos, y los afectos desordenados nos impiden tanto, que no podemos ver cual es la voluntad del Señor, para conformar nuestras obras y peticiones con ella.

Y para que mejor sepamos qué es lo que debemos, y podemos pedir con toda seguridad, y constancia de oración y con perfecta esperanza de que el Padre Soberano nos la otorgará: el mismo Señor nos lo manifiesta diciendo: pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido. lbid. Se ordenan estas palabras a decir: pedid cosa con que vuestro gozo sea cumplido, y se os dará. De manera que llama gozo cumplido la bienaventuranza de la paz perdurable; y dejados aparte los falsos gozos que los desventurados pecadores tienen en esta vida por donde van a los lloros sin fin: aun en esta vida hay gozos para los siervos de Dios, que consisten en la esperanza que tienen de la merced soberana que el Señor les tiene prometida; y este gozo siempre crece en ellos más, cuanto son más ejercitados en trabajos y adversidades en la vida presente: tienen gozo, cuando conformándose con la doctrina del Apóstol, y teniendo verdadero amor a sus próximos, aprenden a alegrarse con los que están alegres, y a llorar con los que están tristes; pero el gozo que a veces se mezcla con lágrimas, no es gozo cumplido; allí pues decimos que está el gozo con toda perfección, y el complemento de la verdadera alegría, donde ninguno está triste, cuando no habéis de hacer otra cosa sino alegraros con los que allí están alegres, y así dice el Señor: pedid y os darán con que vuestro gozo sea cumplido: como si claramente dijese: no pidáis estos placeres vanos del mundo que siempre están mezclados de dolor, y tan presto se pasan: pedid del Padre Soberano aquel gozo singular, cuya complemento por ningún discurso de tiempo se menoscaba; y estad ciertos de que, si perseveráis en la petición, sin duda la alcanzareis.

El glorioso Apóstol San Pedro hablando en su Epístola Canónica, del complemento de este gozo, dice a los católicos: los que creyereis, como debéis, os gozareis con una alegría que no se puede decir: esta será llena de gloria, recibiendo la salud de nuestras almas en paga y fin de vuestra fe; pero sabed, hermanos míos, que pedir este gozo, no es pedir al Señor con solas palabras la gloria del cielo, sino ocuparse con debidas y santas obras en cumplir los Mandamientos de Dios: porque muy poco aprovecharía pedir con palabras las cosas del cielo, y tener las obras siempre envueltas en los vicios del mundo.

Prosigue: estas cosas os he hablado en proverbios: cerca está la hora en que no os hablaré con semejanzas, antes os daré claramente noticia de las cosas de mi Padre. v. 25. Esta hora que el Señor aquí les señala, es sin duda aquella en que acabados los misterios de su Pasión y Resurrección les había de enviar el Espíritu Santo: porque habiendo, recibido este complemento de gracia, y con ella tanto saber, y tanto fuego de amor de Dios, era preciso, que ninguna otra cosa deseasen, procurasen ni pidiesen al Señor sino los bienes soberanos y esto, denota lo que se sigue.

Aquel día pediréis en mi nombre. . v.. 26.. Podemos, también entender por esta hora, que el Señor aquí les promete, la hora de la bienaventuranza, donde muy claramente mostrará a los bienaventurados todas las cosas que acá les notificó del Padre Soberano: y se cumplirá lo que el glorioso Apóstol dijo: veremos a Dios: cara a cara.

Hablando de esta notificación, y vista, la entendió el bienaventurado San Juan, cuando en su Epístola Canónica dijo: amados hermanos míos, ahora somos hijos de Dios, y aun no se ha manifestado lo que seremos: sé bien que cuando se mostrare, seremos semejantes a él, porque le veremos así como él es. Y allí los bienaventurados piden verdaderamente en el nombre de Jesucristo, interceden delante del Señor, pidiendo mercedes para nosotros, y remedio para nuestras flaquezas; y perdón para nuestras culpas, para que podamos subir al lugar donde ellos están, estando nosotros acá entre las ondas de los peligros, y peregrinos en la tierra.

Y muy propiamente les prometió, el Señor a los Santos lo que aquel día pidieren diciendo: aquel día pediréis en mi nombre. Claro es que los bienaventurados piden en el día porque no están en las congojas tristes y obscuras del mundo donde nosotros andamos en tinieblas, y con tanta incertidumbre; sino que están en aquella luz clara de la paz perdurable y en aquella gloria y bienaventuranza rogando al Señor por nosotros. Y aun podemos entender, que aquellos espíritus bienaventurados piden en el día aunque se hallan en la soberana ciudad, y piden para sí mismos en el nombre del Señor; y su pedir consiste en que desean ver aquel día del juicio universal, donde les sean restituidos los cuerpos, con cuyos trabajos y fatigas ganaron la corona que poseen: y pensando en esto el glorioso San Juan en su Apocalipsis dijo: vi debajo el altar de Dios las animas de los que fueron muertos por la palabra de Dios, y por el testimonio que tenían, y todos con clamores decían a grandes voces: o Señor, Dios santo y verdadero, ¿hasta cuándo estarás sin juzgar ni vengar nuestra sangre de aquellos que moran en la tierra? y luego se sigue: y les fueron dadas a cada uno de ellos una estola blanca, y les dijeron para que descansasen, que muy poco tiempo pasará hasta ser cumplido el número de sus hermanos, que así como ellos sirvieron al Señor.

Decimos que ahora las animas bienaventuradas tienen cada una sola una estola blanca, porque gozan de sola su bienaventuranza. Y tendrán cada una dos, cuando en el fin del mundo, cumplido ya el número de los hermanos, recibirán consigo los cuerpos inmortales, y será mayor su gloria (1).

Prosigue: y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros. Ibid. Esto dice, porque Jesucristo Señor y Redentor nuestro es Dios y hombre, y a veces en sus palabras nos da noticia de las cosas soberanas de su divinidad, y a veces habla de las cosas humildes de su humanidad. Y así en decir que no rogará al Padre por sus Discípulos, nos da a entender la igualdad que en cuanto Dios tiene con el Padre, siendo de su misma substancia, poder y majestad; y cuanto a esto no puede él rogar al Padre, sino oír los ruegos y las súplicas, y otorgar las mercedes juntamente con el Padre: y cuando el Señor dijo a San Pedro: yo rogué por ti, que no falte tu fe; y cuando hablando el glorioso San Juan en su Epístola Canónica del mismo Señor nuestro, dijo: abogado tenemos acerca del Padre que es Jesucristo; esto lo dijo el glorioso Apóstol con respecto a la humanidad tomada por el Señor; en la cual mostrando al Padre Soberano el triunfo grande que ganó por nuestro bien, siempre le ruega por nosotros.

Pueden también estas palabras entenderse de esta manera: cuando dice: y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, porque ahora de presente ruego; pues cuando seáis del número de los bienaventurados, no será menester que yo ruegue, y así no dijo: no ruego, sino no rogaré, porque cuando estáis en el cielo, será tanto vuestro bien, que no será menester procuraros otro mayor.

Prosigue : el mismo Padre os ama, porque vosotros me habéis amado, y habéis creído que salí de Dios. v. 27. No por esto habéis de creer, que el amor de los Discípulos para con Dios y creer en él, fue primero que el amor de Dios Padre para con ellos: ni creáis que el mérito humano es primero que la merced de la gracia que Dios nos hace para que merezcamos, en especial cuando sabemos las palabras del glorioso Apóstol, que hablando con los Romanos nos dice: ¿quién fue primero en dar al Señor y le será pagado? ninguno por cierto, porque todas las cosas están en él, y nos son dadas por él, y vienen de él. De manera, que el Padre con su gracioso amor les previno en amarlos, y los levantó y despertó para que amasen a su Hijo glorioso y creyesen en él, y ellos guardaron en su corazón aquel amor soberano que el Padre piadoso puso en ellos con la solicitud y piedad que convenía, y así merecieron que les fuese hecha la merced de amar al Padre, y creer en él como habían amado y creído en el Hijo.

Y no creáis que el Padre puede ser amado ni hacer mercedes sin el Hijo, y sin el Espíritu Santo; ni que el Hijo puede ser amado ni creído sin el Padre, y el Espíritu Santo, y en lo que dice: estad ciertos de que el Padre os ama. v. 27. Habéis de entender que juntamente con el Hijo, y con el Espíritu Santo os declara por dignos de ser amados, y en lo que añade: porque vosotros me amasteis. lbid.: asimismo se ha de entender, que cualquiera que ama al Hijo como debe, le ama con el Padre y con el Espíritu Santo: porque siendo tan junta la naturaleza divina en los tres que es una misma, los dones y mercedes que recibimos, de necesidad han de ser dados por la mano de todos tres.

Prosigue : salí del Padre y vine al mundo, y otra vez dejo el mundo y voy al Padre v.28.

Salió del Padre, y vino al mundo, cuando se mostró hecho hombre para que el mundo le viese, siendo invisible en cuanto a la divinidad, con la cual siempre está con el Padre. Salió del Padre, porque se mostró menor que el Padre, no en aquella forma divina, en que es igual al Padre, sino en la humana que tomó para nuestra redención. Vino al mundo, porque en aquella forma de siervo que tomó, se mostró visible a todos, aun a los amadores del mundo. Dejó otra vez el mundo, y volvió al Padre, cuando subió al cielo vestido de nuestra humanidad llevándola adonde están las cosas que para nosotros son invisibles; y quitó de la vista de los amadores del mundo lo que ya habían visto, y se mostró a los que le amaban, como igual al Padre. Todas estas palabras llenas de misterios, como el Señor lo testifica, eran dichas por él a sus Santos Discípulos en proverbios; pero ellos, que aun eran carnales, y no tenían el espíritu tan despierto como era menester, no las entendían; y no solo no penetraban la profundidad de estas palabras, mas aun no conocían su misma ignorancia, creyendo (como creían) que estas palabras del Señor, eran dichas sencillamente y sin misterio; y estando ellos en esta incredulidad le respondieron: ahora Señor bien claro nos hablas, y no dices ningún proverbio ni palabra obscura. v. 29 Creían pues que el Señor hablaba muy a las claras, porque su entendimiento no gustaba el secreto misterio que en las palabras se escondía, y en lo que luego añaden diciendo: ahora sabemos que sabes todas las cosas, y que no es menester que ninguno te pregunte, y por esto creemos que has salido de Dios. v. 30. En esto claramente muestran los Santos Discípulos como habiéndoles el Señor les trataba de las cosas que deseaban en su corazón oír, y estaban movidos para preguntárselas; y él se las decía previniendo sus deseos; y viendo ellos con maravilla que les entiende los secretos de sus corazones, con razón confiesan que él sabe todas las cosas como verdadero Dios, y creyendo que vino de Dios, y que es Dios, así lo confiesan: porque es oficio de solo Dios saber los secretos de los corazones; y así lo testificó el sabio Salomón diciendo en una súplica que hace a Dios, tú solo Señor sabes los secretos que están encerrados en los corazones de los hombres: así también lo confirma él gran Profeta Jeremías diciendo: tú Señor de Sabaoth, que juzgas justamente, y examinas lo que está secreto en el corazón de los hombres. Por tanto pensad, muy amados hermanos míos, cuanta necesidad tenemos de que no solo haya limpieza en nuestras palabras, sino que dentro de nuestro corazón en donde el Señor anda y ve todo lo que se hace, no haya cosa alguna que ofenda a su Sagrada Majestad.

Conviene pues que dentro del templo de nuestro pecho no se halle algún fuego de odio; no se críe la viscosidad de la envidia, no salga de él, ni nazca dentro raíz alguna de murmuración, o de traición del próximo: no consintamos que los pensamientos torpes y malos tengan nido dentro de él.

Acordémonos siempre de la amenaza que el Señor nos hace diciendo: yo vendré a recoger y juntar todas sus obras y pensamientos. Procuremos pues barrer la casa de nuestra conciencia, y limpiarla de tal manera, que pueda honestamente aposentarse en ella, y morar el Señor para quien se hizo, pues es preciso que haya de venir a ella, y ver muy claramente todo lo que en ella hay.

Bien es, muy amados hermanos míos, que sepáis, que hay tres maneras de malos pensamientos: unos pensamientos hay que ensucian nuestra alma, y es, cuando, con toda deliberación y propósito nos determinamos a cometer algún pecado: hay otros pensamientos, que perturban nuestra alma, representándo el deleite y placer que se hallaría en el pecado mas no se determina la voluntad a cometerle: hay otros terceros pensamientos que mueven el alma con un movimiento natural, y no la hacen tanto daña en moverla a la deliberación del pecado, pues no consiente; cuanto es lo que la perjudican para que no se ocupe en pensar con otros buenos y santos pensamientos, de donde le naciese provecho y mejoría en la vida; y esto sucede cuando traemos a nuestra memoria las fantasías de algunas cosas, vanas que hicimos o hablamos, las cuales, aunque no fueron gravemente malas, pero fueron sin fruto alguno; y así la memoria de estas vanidades anda en nuestra alma ofendiendo los ojos de la meditación como las moscas que acá fuera nos andan delante de los ojos corporales ofendiendo la vista.

Sabed pues, que de todas, estas maneras, de pensamientos peligrosos nos amonesta el Sabio de parte de Dios que nos guardemos, cuando dijo: guarda tu corazón con toda y perfecta guarda, acordándote de que la vida procede y mana de él; y siguiendo su consejo, pongamos diligencia grande en confesar de boca, y con dolor del alma todas las cosas que indebidamente hayamos cometido por el consentimiento de la voluntad.

Y si dentro de nosotros sintiéremos algunos torpes movimientos, de cualquiera culpa que sean, luego ocurramos con la medicina ya dicha del dolor y amargura que se requiere para lavar el alma. Y cuando nos pareciere que son flacas nuestras fuerzas para defendernos, busquemos el auxilio de los varones que conocemos ser amigos de Dios, para que nos valgan con sus consejos y oraciones: porque sin duda tiene gran fuerza la oración continua del justo: así lo afirma el bienaventurado Apóstol Santiago, diciendo: la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor le aliviará, y si estuviere en pecados, le perdonará. Y porque hay mucha dificultad en que en todo estemos siempre libres de vanos pensamientos, procuremos en cuanto pudiéremos traer a nuestra fantasía pensamientos buenos que nos ayuden a echar de nosotros los malos, y para esto nos dará grande socorro la continua lección de la Sagrada Escritura, conformándonos con la doctrina que el Profeta Real nos dio cuando dijo: ¡ o Señor, y con cuanto amor amé yo tu ley! toda mi vida he ocupado pensando en ella.

Pidamos también para nuestro remedio la misericordia del Señor, que es el verdadero pedir en el nombre del Señor: supliquémosle que nos dé limpieza dentro en los pensamientos, y fuera constancia en el bien obrar; y sobre todo tengamos y deseemos ver presente aquella hora cuando el Señor no nos hablará por escrituras, sino que cara a cara nos comunicará las grandezas del Padre Soberano, con el cual vive y reina para siempre jamás. Amén.

(1) Los bienaventurados no sienten pena porque no han resucitado sus cuerpos: pues el dichoso estado en que se ven no admite mezcla de pena, y de lo contrario no serían bienaventurados; pero se alegran de que su felicidad se ha de extender a sus cuerpos resucitados, y por esta alegría se entiende que piden la resurrección.


FUENTE: “Homiliario o Colección de homilías, o sermones de los más excelentes Santos Padres y Doctores de la Iglesia, sobre los Evangelios que se cantan en las principales festividades y tiempos del año, recopiladas por el Doctor Alcuino, Maestro del Emperador Carlomagno: traducidas al castellano por el bachiller Juan de Molina. Tomo tercero. Con superior permiso. En la oficina de Don Benito Cano. Año de 1795. Digitalizado por google.