Feeds:
Entradas
Comentarios

+

A primera vista parecería que el período litúrgico que media entre las seis Dominicas después de la Epifanía y la Santa Cuaresma carece de importancia, o tiene, al menos, poco valor doctrinal y ascético. Con todo, para las almas deseosas de progresar espiritualmente y de convivir siempre con la Santa Madre Iglesia en la comunicación o participación de la misma vida sobrenatural y divina, sucede ello muy diversamente: son, en efecto, las tres Dominicas y semanas de Septuagésima, Sexagésima y Quincuagésima un verdadero manantial de enseñanzas sumamente a propósito para la debida preparación del alma cristiana al santo tiempo de Cuaresma y después a los sublimes transportes de júbilo y alegría de la Pascua. Conviene solamente entrar en el espíritu de la Iglesia, cuya sagrada Liturgia refleja admirablemente los más íntimos y delicados sentimientos de la misma.

Después de contemplar a Jesús Niño en el mísero portal de Belén y su primera manifestación y aparición a los pueblos de la gentilidad como Restaurador de la perdida descendencia de Adán, inaugura ya la Iglesia el ciclo pascual y empieza desde luego el recuerdo, el estudio y la renovación mística de la obra del Hombre-Dios, del mysterium Christi, o sea, la Redención de la humanidad, que fue el principal objetivo de la Encarnación del Verbo y de su venida a este mundo. Por ello se cambia totalmente el aspecto y tonalidad de la Sagrada Liturgia. Desde Navidad todo respiraba paz y alegría, todo era dulcemente tierno y encantador en las plegarias y cánticos de la Santa Iglesia: en Septuagésima y las sucesivas semanas parece experimentar ya profunda tristeza y melancolía.

Ya no resuena el festivo Alleluia, ya contempla de lejos la Iglesia la Víctima divina, el Cordero inmaculado, próximo a inaugurar en la cruz su definitivo triunfo contra el pecado, la muerte y el infierno, pero derramando antes su preciosa Sangre, que debía ser el precio, de infinito valor, del rescate del hombre pecador. Comienza, pues, la Iglesia a solemnizar el tiempo pascual, recordando además inseparablemente el misterio de muerte y de vida, que siempre se ha realizado y debe aún renovarse sin cesar, aunque de distinta manera y bajo diversas formas: en toda la humanidad, en Cristo nuestro Señor y, finalmente, en cada una de las almas.

Diríase que la Santa Iglesia, siempre tan deseosa del bien espiritual de sus hijos, se coloca ahora en el centro del Calvario, muy cerca de la Cruz de Cristo, donde este divino Redentor sella con su muerte y con la Sangre de sus venas el Nuevo Testamento y funda e inaugura la nueva humanidad regenerada. Diríase que, siendo el Calvario el punto culminante de la historia y el centro de los siglos y de las edades, abarca la misma Iglesia con una sintética mirada los siglos pasados y los venideros, los sucesos que acontecieron antes de la venida de Cristo en la plenitud de los tiempos y los que posteriormente han venido desarrollándose para la santificación de las almas bajo la acción suave y omnipotente y siempre dulcemente misteriosa de la Divina Providencia por medio de la Iglesia, fidelisima continuadora de la obra y de la misión de Cristo sobre la tierra.

Tal es el cuadro que nos ofrece la Iglesia en el armónico conjunto de las fórmulas litúrgicas del tiempo de Septuagésima; para que, al mismo tiempo que admiraremos por una parte los prodigios de iniquidad de los hombres y por otra las maravillas del poder, de la justicia y de la bondad de Dios, trabajemos en la renovación interna, en nuestra espiritual regeneración, a la que se ordena principalmente la Santa Cuaresma. Este trabajo de reforma interior y espiritual se halla bellamente simbolizado en muchas de las partes de la Liturgia, máxime en las Epístolas y en los Evangelios de las tres Dominicas, donde se recuerdan los juegos y luchas del Circo, la parábola de la viña, los trabajos del Apóstol San Pablo, la parábola del sembrador, la excelsa e incomparable doctrina de la caridad y, sobre todo, el Evangelio de Quincuagésima, en el cual Cristo predice claramente su pasión, muerte y Resurrección. Y a las enseñanzas litúrgicas de la Misa preceden todavía las del Oficio Divino, singularmente del Oficio nocturnal. En él se renueva una vez más el recuerdo de los orígenes de la humanidad, la creación del hombre, su caída y la promesa del futuro Redentor, y después el diluvio universal y la historia de los Patriarcas de la Ley Antigua, singularmente de Noé y de Abrahám: es el Antiguo Testamento anunciando y prefigurando la Nueva Alianza, la Ley de gracia, Cristo y su Iglesia, Esposa y a la vez Cuerpo místico del nuevo Adán.

¡Hermosas y provechosísimas enseñanzas dogmáticas y ascéticas!

No cabe duda alguna que la Santa Madre Iglesia anhela vivamente que nuestro espíritu y nuestro corazón se compenetren de ellas, sacando copiosa doctrina espiritual del manantial puro y abundante de la liturgia de Septuagésima, que es el principio y la introducción a la obra de Cristo, casi diríamos, el programa de la Redención. Y basta recorrer ligeramente los textos litúrgicos de este tiempo para darse cuenta con gran facilidad de que muchas de las verdades fundamentales de nuestra santa fe se hallan como sintetizadas en esta época inicial del ciclo de la Pascua, en especial los que pertenecen a la restauración y rehabilitación de la humanidad.

Por lo tanto, el alma cristiana que llegue a comprender, a sentir con eficacia y a vivir, por decirlo así, esta parte de la Sagrada Liturgia, irá también alcanzando progresivamente el fin que desea la Iglesia y apetece todo verdadero hijo suyo; a saber, un conocimiento cada día mayor de las verdades de la fe y de las obras de Dios, singularmente en el orden de la gracia, y por ende mayor participación en los frutos de la Redención, unión más íntima con la misma Santa Iglesia y con su espíritu y su vida, una semejanza cada día más perfecta con Cristo y mayor desarrollo en la vida espiritual, en la piedad sólida y verdadera, en la santidad.

Para ello ha escogido y combinado la Iglesia con singular acierto y sabiduría divina los textos del Antiguo y del Nuevo Testamento en las Misas y Oficios de Septuagésima. Como quiera que Jesús vino al mundo para reparar las desgracias e infelicidad del hombre y restablecerle a la primera dignidad de hijo adoptivo de Dios perdida por el pecado original, fue en gran manera conveniente por una parte que se nos recordase el altísimo estado de gracia y de inocencia en que el hombre había sido criado en un principio a imagen y semejanza del mismo Dios, y por otra el profundo abismo de miseria y de rebajamiento moral en que cayó por el pecado de Adán y aun el desorden y perturbación que parecería haberse introducido en todo el plan divino por el mismo pecado. De esta suerte no podemos menos de sentir la necesidad de una nueva elevación  de nuestra caída naturaleza, y llegamos casi a vislumbrar a lo lejos en el pensamiento y en la inteligencia increada el nuevo Adán, cabeza de una nueva humanidad, en cuya previsión se complacía ya indudablemente el Señor en la creación del primero, que era su tipo y figura. Ya dijo un antiguo escritor eclesiástico que Jesucristo es el Iluminator antiquitatum, porque toda la Ley Antigua fue solamente una preparación para la Ley de gracia, y existe además una relación y nexo íntimo y esencial entre ambos Testamentos: el Antiguo era sólo el símbolo y la prefiguración, el Nuevo es la realidad; el Nuevo Testamento se hallaba como escondido y oculto en el Antiguo, y éste aparece radiante de luz y claridad en el Nuevo. Porque, en efecto, a Cristo, prometido y anunciado en las Divinas Escrituras y prefigurado en los ritos mosaicos, convergen incesantemente todas las miradas y todas las aspiraciones de la Sinagoga y de los justos de la Antigua Alianza.

Después de lo dicho ya podrá barruntarse sin dificultad alguna cuáles serán los sentimientos del alma cristiana al recorrer una a una las Lecciones y las demás partes del Oficio nocturnal, en el que puede contemplar el cuadro de desolación y desventura esbozado en los primeros capítulos del Génesis. Claramente los expresa la Iglesia en el Introito de las Misas de Septuagésima y Sexagésima, y supo interpretarlos admirablemente el autor de las melodías gregorianas de dichos Introitos: sentimientos de confusión, humildad y abatimiento, de dolor y profunda angustia y pesar; pero al mismo tiempo de esperanza, de suave y tranquila plegaria, de segura confianza en la bondad de Dios jamás desmentida, cuya suprema e inefable expresión hallamos en la promesa del Redentor allá en el paraíso y en el preciso momento en que la divina Justicia vengaba la injuria y la desobediencia del hombre culpable y prevaricador.

Solamente la fe en el adorable Reparador de tamaña desgracia podía inspirar tan dulce y segura esperanza, a pesar de la incapacidad de la naturaleza humana para salir de aquel profundísimo abismo. Pero además exige el Señor un trabajo personal intenso e incesante, puesto que sin el combate y la lucha contra las propias inclinaciones no es posible alcanzar la perfecta renovación y regeneración del hombre y neutralizar completamente la venenosa influencia del pecado original, secundado todavía por las culpas personales.

Por eso escogió la Iglesia los pasajes de las Epístolas de San Pablo y de los Evangelios, en los cuales se nos intima y enseña muy eficazmente la necesidad de dicho trabajo para la consolidación del reino de Dios en la tierra y singularmente en cada una de las almas cristianas. Esta importantísima doctrina es un eco de la palabra de Cristo, de que el reino del cielo no se consigue sin hacerse el hombre continua violencia, sin el vencimiento y la renuncia total de sí mismo, que fue la primera condición impuesta por el Señor a cuantos desearen seguir de cerca sus pisadas. Es ello una prueba incontestable de que el mysterium Christi supone y exige imprescindiblemente la realización del misterio de muerte y de vida, no sólo en el mismo Cristo, que con su muerte expiatoria venció y destruyó el imperio de la muerte y del pecado y nos dio la vida, la vida sobrenatural de la gracia, sino también en toda la humanidad y en todas las almas, las cuales no podrían gozar de la verdadera vida divina de Jesucristo, sin morir antes a la vida inferior, a la vida de la sensualidad que es una verdadera muerte del espíritu, sin una perfecta regeneración y purificación interior mediante el saludable influjo de la gracia del Redentor.

+


FUENTE: Artículo de Romulado Simó aparecido en la Revista montserratina. Año XI. Enero 1917. Núm. 121.Con censura eclesiástica. Obra perteneciente a los fondos de la Biblioteca Nacional de España. Disponible en su Biblioteca Digital Hispánica.

Anuncios

+

MEDITACIÓN PARA ESTE DÍA

(Preparación como el primer domingo)

EL SANTÍSIMO SACRAMENTO

I.Hemos visto en el domingo anterior que uno de los motivos más poderosos para amar a Dios es el amor que Dios nos tiene. Las pruebas de este amor son infinitas, pero entre ellas hay dos que sobresalen por encima de todas: la Encarnación y la institución del Santísimo Sacramento. En una y otra se verificó lo que enseña la filosofía: que el amor tiende a hacerse una cosa con lo que ama. En la Encarnación Dios se hizo una cosa con nosotros, uniendo la naturaleza humana con la divina en una misma persona. En la Sagrada Comunión no nos unimos a Dios de esa manera, pero nos unimos del modo más íntimo imaginable. Quien come mi carne y bebe mi sangre está en mí, y yo en él, decía Jesucristo.

II. Los autores comparan esta unión a la de dos pedazos de cera cuando se derriten y confunden; a la de dos vasos de agua cuando se mezclan; a la del fuego con el hierro caldeado; a la de un diáfano cristal iluminado por el sol. Pero bien entendido; pues no es Jesucristo quien se transforma en el que dignamente le recibe, sino que éste se transforma en Jesucristo. “No me mudarás a mí en ti, como haces con el alimento, sino que yo te mudare a tí en mí.” le dijo un día Jesucristo a San Agustín. De modo que, si viésemos un alma en acabando de comulgar, no nos parecería ver una criatura, sino el Verbo divino, envuelto en los esplendores inefables de su gloria.

III. Las consecuencias de esta unión tan íntima, tan admirable, tan consoladora, no pueden menos de ser felícisimas sobre toda ponderación. Jesucristo las expresó repetidas veces con una palabra, que nosotros no podemos. “Quien me come, dijo, vivirá con mi propia vida.” Suponed que un alma racional perfectísima informa, anima, vivifica el cuerpo de un bruto. Éste tendría sólo las apariencias de bruto, pero su vida, sus acciones todas serían propias de un ser de inteligencia elevada. Pues exactamente lo mismo. La vida de quien comulga dignamente no es de hombre puro: es la vida de un ser sobrenatural, la vida del Verbo, la vida de Dios. Increíble parece; pero es cierto, indudable: la fe nos lo enseña. ¡Oh dignidad soberana la de quien comulga dignamente!…

AFECTOS. ¡Dios mío! ¿Hasta dónde habéis llevado vuestro amor para con los hombres? ¿No sabíais que, quedándoos en el Santísimo Sacramento, os exponíais a innumerables profanaciones y sacrilegios indignos de vuestra infinita Majestad? ¿Ignorábais que, habíamos de corresponder a tanto amor con la más negra ingratitud, sin pensar siquiera en la grandeza de este beneficio; sin aprovecharnos de él como es debido; recibiéndoos sin la preparación y acción de gracias que es razón? No, no lo ignorábais ciertamente; pero vuestro amor para con nosotros os conduce a extremos increíbles. Os habéis propuesto engrandecernos a todo trance hasta divinizarnos; y a trueque de conseguirlo; no reparáis en sacrificios y humillaciones. ¡Oh bondad infinita!

PRÁCTICAS. La devoción de Santo Tomás al Santísimo Sacramento fue la más grande y tierna que imaginarse puede. Dios le había escogido para cantar en su Iglesia las grandezas de este misterio, que el mismo santo llama el más grande de los milagros de Jesucristo, el compendio de todas sus maravillas. Él fue quien compuso el oficio del Santísimo Sacramento, ese monumento incomparable de la liturgia cristiana. Él fue quien, no queriendo ninguna recompensa humana por sus inmensos servicios a la Iglesia, sólo ésta pidió a Urbano IV, es decir, que se celebrase en toda la Iglesia la fiesta del Santísimo Sacramento. Él celebraba todos los días con transportes de amor la santa Misa, y después ayudaba a otra si sus potencias no estaban enteramente absortas en Dios. Él pasaba todos los días seis horas lo menos en presencia del Santísimo Sacramento. Él escribió esas cuestiones admirables sobre el Sacramento del amor, por las cuales mereció oír de la boca misma de Jesucristo: “Bien has escrito de mi, Tomás,” y que sirvieron de norma a los concilios de Florencia y Trento para formular sus decretos dogmáticos sobre tan misteriosa materia.
Imítale, pues, en lo posible, comulgando frecuentemente con las disposiciones debidas; haciendo todos los días alguna visita al Santísimo Sacramento; oyendo diariamente la Santa Misa y excitando a otros a hacer lo mismo.

Récese un Padrenuestro, Avemaría y Gloria Patri en acción de gracias por la institución del Santísimo Sacramento.

EJEMPLO

Nadie ignora que la devoción preferente de Santo Tomás, fue la del más augusto de nuestros Sacramentos. Con tal fervor celebraba la Santa Misa, que mereció muchas veces, como afirma San Vicente Ferrer, que los mismos ángeles le ayudasen. Toda su voluntad, todos sus deseos, todos los afectos de su corazón se dirigían a Jesús sacramentado, y entre los devotos ejercicios que alimentaban su piedad, tenía el de la sagrada comunión por el más divino y excelente, y ninguno atraía sobre su alma mayor abundancia de bendiciones del cielo. Con el frecuente uso del Pan de los ángeles sentía acrecentarse y fortificarse de día en día su fe, su caridad y sus deseos de unirse a Dios con lazo inquebrantable. Menester sería tener su mismo espíritu para expresar las disposiciones con que se acercaba a la sagrada mesa, y los singulares favores, las luces y dulcísimos consuelos que en ella recibía.
Jesús sacramentado era el maestro a quien Santo Tomás proponía sus dudas. Colocaba su libro o cuaderno sobre el altar y humildemente prosternado, esperaba la resolución de sus dificultades.En sus escritos dejó el Angélico Doctor el mayor testimonio de su amor a la santa Eucaristía, puesto caso que toda elocuencia sublime es hija de un alma vivamente apasionada. Las cuestiones teológico-místicas en que trató de este misterio, las oraciones devotísimas para antes y después de la comunión que compuso en sus amorosos éxtasis, y sobre todo en el Oficio y Misa del día de Corpus compuesto por él, revelan claramente una inteligencia abismada en Dios y un corazón que se derramaba en los suavísimos transportes del amor divino. Santo Tomás finalmente, no quiso partir de este mundo sin ratificar solemnemente la tierna devoción de toda su vida al Santísimo Sacramento.
Cuando estaba para morir en el monasterio cisterciense de Fosa Nova, pidió a los religiosos que le pusiesen sobre ceniza para recibir el santo Viático, y cuando vio la divina Hostia en las manos del sacerdote, se incorporó en su lecho y exclamó todo inundado en lágrimas: “Creo firmemente que Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, Hijo Único del Padre eterno y de una Virgen Madre, está en este augusto Sacramento. Yo te recibo, precio de la redención de mi alma; yo te recibo, viático de mi peregrinación, por cuyo amor he estudiado, velado, trabajado, predicado y enseñado. Jamás he dicho cosa alguna contra Vos; pero si acaso, sin conciencia de ello se me hubiera deslizado alguna palabra menos propia; no quiero obstinarme en mis opiniones: todo lo someto a la corrección de la santa Iglesia Romana en cuya obediencia salgo de este mundo.” Y recibiendo por última vez aquel misterio adorable, durmió plácidamente en el Señor.

La conclusión como el primer día.

+


FUENTE: Biblioteca de “El Santísimo Rosario”, núm. 6. “Los seis Domingos del Angélico Doctor Santo Tomás de Aquino, patrono universal de las escuelas católicas, por el M. R. P. Mtro. Fr. Cayetano García Cienfuegos, provincial de la provincia de España, de la Orden de Predicadores. Lector de Sagrada Teología. Segunda edición. Con las debidas licencias. Vergara. Tipografía de El Santísimo Rosario. 1892. Obra perteneciente a la Biblioteca Virtual del Principado de Asturias.

+

En el capítulo II del Tratado de la Verdadera Devoción, San Luis María Grignion de Montfort establece algunas verdades fundamentales sobre la devoción a la Santísima Virgen, que nos iluminarán en la comprensión de la misma.

¿Cuáles son?

PRIMERA VERDAD = JESUCRISTO, ES EL ÚLTIMO FIN DE LA DEVOCIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN.

“Si establecemos la sólida devoción a la Santísima Virgen es sólo para establecer más perfectamente la de Jesucristo, y para ofrecer un medio fácil y seguro de hallarle” (62)

“Cosa extraña y lamentable ver la ignorancia y la tinieblas respecto de María por parte de católicos que no hablan sino rara vez de Ella y de la devoción que hay que tenerle. Temen que haya en ella abusos, y que (según dicen), al honrar a María se haga injuria a Jesús; si alguna vez se les oye hablar, no es para defenderla  ni inculcarla. Miran el Rosario, el escapulario, y la corona como devociones propias de mujercillas y de ignorantes sin las cuales puede uno salvarse.” (65)

+

SEGUNDA VERDAD = PERTENECEMOS A JESÚS Y A MARÍA EN CALIDAD DE ESCLAVOS

“Antes del bautismo éramos esclavos del demonio y el bautismo nos hizo verdaderos esclavos de Jesucristo, por lo que no debemos vivir ni trabajar ni morir, sino a fin de fructificar para este Dios hombre, glorificarle en nuestro cuerpo y  hacerle reinar en nuestra alma, porque somos su conquista, su pueblo de rescate y su herencia.”

“No somos de Jesucristo criados mercenarios, sino esclavos de amor, que por efecto de un intenso cariño se entregan a Él y se consagran a servirle en calidad de esclavos, por sólo el honor de pertenecerle.” (73)

“Lo que en términos absolutos digo de Jesucristo, lo digo proporcionalmente de la Santísima Virgen. Habiéndola escogido Jesucristo por compañera inseparable de su vida, de su muerte, de su gloria y de su poder en el cielo y en la tierra, le ha concedido por gracia, relativamente a su Majestad, todos los mismos derechos y privilegios que Él posee por naturaleza. Todo lo que a Dios conviene por naturaleza, dicen los santos, conviene a María por gracia. De suerte que, según ellos, puesto que Dios y María tienen el mismo querer y el mismo poder, tienen también los mismos súbditos, servidores, y esclavos.”(74)

“Se puede, siguiendo el parecer de los santos y de muchos grandes hombres, llamarse y hacerse esclavos de amor de la Santísima Virgen, a fin de ser de este modo más perfectamente esclavo de Jesucristo.” (75)

+

TERCERA VERDAD= ES NECESARIO VACIARNOS DE LO MALO QUE HAY EN NOSOTROS

“Nuestras mejores acciones suelen ir comúnmente manchadas e inficionadas por el fondo de maldad que hay en nosotros.” “Cuando en nuestra alma, maleada por el pecado original y el actual, pone Dios sus gracias y su amor, sus dones ordinariamente se deterioran y malean por la mala levadura y el sedimento viciado que dejó en nosotros la culpa; nuestras acciones, aún las virtudes más elevadas, se resienten de eso. Es, por tanto, de gran importancia para alcanzar la perfección, que no se adquiere sino por la unión con Jesucristo vaciarnos de lo malo que hay en nosotros.” (78)

“Para vaciarnos de nosotros mismos es menester:

1º  conocer bien, con la luz del Espíritu Santo:

– nuestro mal fondo,

-nuestra incapacidad para todo bien concerniente a la salvación,

-nuestra debilidad en todas las cosas,

-nuestra inconstancia en todo tiempo,

-nuestra indignidad para toda gracia,

-nuestra iniquidad en todas partes.” (79)

2º Morir cada día a nosotros mismos; es decir, hemos de renunciar a las operaciones de nuestra alma y de los sentidos del cuerpo, porque hemos de ver como si no viésemos, oír como si no oyésemos, usar de las cosas de este mundo como si no las usásemos de ellas.” “Si no morimos a nosotros mismos y si nuestras devociones más santas no nos llevan a esta muerte necesaria y fecunda, no produciremos fruto alguno que valga y nuestras devociones serán inútiles” (81)

“Entre todas las devociones a la Santísima Virgen debemos escoger la que más lleve a esta muerte de nosotros mismos, como la mejor y la más santificante.” (82)

+

CUARTA VERDAD = NECESITAMOS UN MEDIADOR PARA CON EL MEDIADOR QUE ES JESUCRISTO

Es más perfecto, porque es más humilde, no acercarnos a Dios por nosotros mismos, sin tomar un mediador. “(83)

“Jesucristo es nuestro abogado y nuestro Mediador-Redentor cerca de Dios Padre; por medio de Él debemos orar con toda la Iglesia triunfante y militante: por Él tenemos acceso a su Majestad, y sólo apoyados y revestidos de sus méritos debemos comparecer ante Dios.” (84)

“Pero ¿acaso no tenemos necesidad de un mediador para con el mismo Mediador? ¿Es nuestra pureza tan grande como para unirnos inmediatamente a Él por nosotros mismos? ¿No es Él también Dios, igual en todo a su Padre, y, por consiguiente, el Santo de los santos, tan digno de respeto como su Padre? Si, por su caridad infinita, se ha hecho nuestro Fiador y Mediador cerca de Dios, su Padre, para aplacarle y pagarle lo que nosotros le debíamos, ¿será razón que por esto tengamos menor respeto y temor a su majestad y santidad?

Digamos, pues, con San Bernardo, que necesitamos un mediador para con el mismo Mediador, y que la divina María es la más capaz de desempeñar este oficio de caridad; por Ella vino Jesucristo a nosotros y por Ella debemos nosotros ir a Él.” (85)

+

QUINTA VERDAD = MUY DIFÍCIL NOS ES CONSERVAR LA GRACIA Y LOS TESOROS DE DIOS 

“Es muy difícil por nuestra flaqueza y fragilidad que conservemos las gracias y tesoros que de Dios hemos recibido:

1º) “Por nuestro cuerpo corruptible … nuestra alma débil e inconstante, que por nada se turba y abate.” (87)

2º) “Por los demonios, que acechan día y noche.” (88)

3º) “corrupción del mundo”. “El mundo está ahora tan corrompido que se hace como inevitable que aún los corazones religiosos queden manchados, sino con su lodo, al menos con su polvo; hasta tal punto, que es una especie de milagro que una persona permanezca firme, en medio de este torrente impetuoso sin ser arrastrada por él; en medio de este mar tempestuoso sin anegarse o ser saqueada por los piratas…; en medio de este ambiente corrompido, sin contagiarse. Sólo la Virgen, la única que permaneció fiel, que en nada condescendió con la serpiente, es quien hace este milagro en favor de aquellos que la aman” (89)

+


Fuente: Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen por San Luis María Grignion de Montfort. Esmeradamente corregida por el Padre Valentín M. Sanchez Ruiz SJ. Undécima edición. 1973. Apostolado mariano. Sevilla. Págs. 40-61.

+

El día 11 de Febrero de 1858, en medio de un glacial día de invierno, Bernardita con su hermana más joven, llamada María, y una compañera, descendían a lo largo del Gave en busca de palos y astillas con que alimentar el hogar de su familia, por una pradera próxima a Massabielle.

El canal que pone en movimiento el molino y las máquinas de serrar, daba entonces vuelta a la roca; y como el Gave tenía en aquella ocasión poca corriente, había un banco de arena y de guijarros en seco entre las dos corrientes; iba, estrechándose siempre, a perderse en el punto de unión de las aguas, mas allá de la Gruta.

En la extremidad de la pradera dijo Bernardita a sus compañeras: Vamos por estas piedras a ver dónde termina el canal. Bajaron hasta frente de la Gruta. La excavación se hallaba entonces llena de arena, y la arena surcada por varios regueros que la corriente había practicado. Buena fortuna para las rebuscadoras.

María y la otra niña se apresuraron a descalzarse. Bernardita titubeó. —No me atrevo a entrar en el agua, —dijo,—tanto más, cuanto que padezco reumatismo.

—Quédate ahí,—dijo María con aire decidido;—yo voy sola a terminar nuestra carga. Las dos niñas sujetaron en su delantal las medias y los zapatos, tomaron su hacecito debajo del brazo y entraron en el canal. Mal agotado este punto para la reparación del molino, había en él bastante agua y embarazaba algún tanto a las dos niñas. Bernardita, con su instinto de pudor, delicado hasta la severidad, se inmutó al ver que sus compañeras no guardaban la modestia rigorosa que quería y dijo vivamente a su hermana.

—¡María, vamos! deja que se moje la parte inferior de tus vestidos..

Esta no la quiso desobedecer; su vestido tocaba la superficie del agua y se heló inmediatamente.

Las dos niñas exclamaban que el agua estaba muy fría y a toda prisa fueron a acurrucarse para calentar sus pies.

Bernardita quería pasar. Había a su lado muchos guijarros; colocó en la corriente los mayores que pudo arrancar, a fin de hacer un paso practicable con calzado. No intentó más. Su hermana se ofreció voluntaria a pasarla al otro lado sobre sus espaldas.

—¡Oh! tú me caerás en el agua,— dijo Bernardita:—no, no, eres muy pequeña.

La otra compañera era más robusta y mayor. Bernardita se atrevió a rogarle la pasase sobre sus espaldas.

—¡No!…—dijo acentuando enérgicamente uno de esos términos groseros con los que se familiarizan con tanta facilidad los hijos del pueblo.

—¡Bah!- le dijo con valor Bernardita;—si quieres jurar vete a otra parte, que aquí no se jura.

—¿Y por qué no aquí como en otra parte?

—¡Vamos! porque es muy malo, y harías mejor con orar a nuestro buen Dios.

La compañera le contestó burlándose de la devota. Al fin se tranquilizó y se ofreció a pasar por Bernardita. —No; puesto que tú juras de esa manera, no quiero; y esta es la última vez que venimos juntas. ¡María, te prohíbo que te juntes con ella! Sobre esta solitaria arena, donde tal vez no se había oído voz humana, la tímida y débil niña, dando gloria a Dios con actos de valor para defender su santo nombre y la pureza santa, daba a demostrar todo lo que había de virginal y de piadoso en su tierna alma. Creía que ejecutaba una acción bien sencilla, seguía los impulsos de su corazón. Pero todo era solemne en esta hora de su vida. Dios y la Virgen la esperaban a la orilla del torrente con la prueba y también con la recompensa.

Bernardita se decidió por fin a descalzarse para atravesar el canal. Apoyada en una piedra grande, se inclinó para descalzarse un pie. Un viento fuerte estalló a su lado. Bernardita se levanta asombrada de esta sacudida repentina en medio de la calma completa de la atmósfera. No se movía ni una rama siquiera de los chopos de la ribera, y sin embargo, se había producido un ruido. Algo sorprendida, pero presurosa para juntarse con su hermana, se inclinó de nuevo para quitarse el segundo zapato. El soplo sonoro pasa todavía rápido y se estrella contra la roca. La niña se pone en pie con alguna ansiedad y dirige su mirada hacia la Gruta. Un magnífico rosal caía entonces en el nicho y extendía hasta el suelo sus innumerables ramas sin hoja. Se vio ligeramente agitado. De repente se iluminan el nicho y el rosal, y en medio de la claridad, bajo la arcada de la roca, aparece una Señora resplandeciente, joven, sumamente hermosa, colocados sus pies sobre el seto, como decía la joven por el rosal silvestre; su cabeza se inclina con bondad, y de su hermosa faz se trasluce la más dulce sonrisa…

Bernardita se frotó los ojos; instintivamente echó mano al bolsillo, sacó su rosario, y al ir a persignarse para protegerse, llevó la mano a su frente. Su brazo cayó inerte y en vano hacía esfuerzos para levantarle… Una inquietud vaga la acomete… Mas en este momento la Señora, con su mano derecha, toma la cruz de un rosario que la joven no había apercibido aún pendiente de su mano izquierda, hace una gran señal de la cruz, y por medio de una sonrisa de inefable benignidad, parecía decir a la joven: «haz como hago yo. La joven la imita, y su brazo la obedece libremente. La Señora junta sus manos y enrolla las cuentas de su rosario entre sus dedos. Bernardita recita entretanto su rosario.

Su hermana, un instante después, la vio pálida, con la vista fija en un punto; observó el doble movimiento del brazo y la actitud inmóvil y atenta de estar en oración. —¿Ves?—dijo a su compañera,—mira a Bernardita, que está orando.

—¡Oh! ¡la devota!—replicó:—¡vaya una idea la de venir a orar en este sitio! ¡No la bastará hacer oración en la iglesia!

—¡Bah! dejémosla que obre como la parezca. No piensa en otra cosa que en hacer oración a Dios.

No se ocuparon más de Bernardita, y para ahuyentar el frío se pusieron a correr y a saltar, amontonando palitos secos.

Así pasaron una hora, o más. Bernardita continuaba inmóvil, de rodillas, mirando sin cesar a esta Mujer misteriosa, tan amable y tan hermosa. La Señora, con una gracia y bondad encantadoras, la hacía con el dedo señal de que se aproximara, sin otro llamamiento más que este gesto y su sonrisa. Bernardita no se atrevía a moverse. Por último, la Señora extendió sus brazos, se inclinó dulcemente y se sonrió como para darle el adiós. Bernardita vio que la roca estaba fría, el rosal desnudo, y oyó y vio que sus compañeras estaban jugando. El nicho había quedado vacío. Bernardita se levantó, concluyó de descalzarse y entró en el agua, a la que tanto temía, por el padecimiento asmático que le aquejaba. Un grito de sorpresa se la escapó. —¡Oh! ¡Qué exagerada sois! ¡decíais que el agua estaba tan fría y yo veo que está caliente!

—Sí, y muy caliente,—replicaron las niñas; el agua del Gave está caliente en invierno. —Pues bien, os replico que la he hallado templada como el agua para fregar.

—¡Vamos a verlo!—dijo la niña María;— yo tengo los pies hinchados y sangrando.

Y se inclinó para tocar los pies de Bernardita y observó que los tenía calientes.

Su compañera, extrañándose también, se acercó a tocárselos.

—¡Qué feliz y dichosa eres! le dijo.

Bernardita pudo volverse a calzar inmediatamente, mientras que sus compañeras no lo habían hecho.

Después de algunos instantes preguntó con cierto misterio: —¿Habéis visto vosotras alguna cosa?

—¡No! ¿Y tú has visto algo? Bernardita vaciló, y llena de embarazo, contestó:

—Entonces… yo nada más… Después le decía: —Ver una Señora hermosa, allá arriba, en aquella abertura oscura, en un sitio tan salvaje, ¡oh!… yo me hubiera asustado mucho. ¿Y tú, no has tenido miedo?

—¿Miedo?—contestó con una sonrisa de admiración, ¡oh! no; ¡era tan afable!!!

Las tres niñas descendieron la ribera del Gave hasta el bosque inmediato y se pusieron a buscar huesos, con los que esperaban sacar algunos cuartos; después de haber atado su hacecito de leña se pusieron a trepar por las pendientes que las separaban del camino de la selva, sobre la cresta de Massabielle. La compañera de las hermanas tomó la delantera y las dos hermanas quedaron solas. La subida era muy escarpada; a media cuesta dijo la hermana menor con aire de disgusto y arrojando su hacecito al suelo, por no poder más: —Ahí le dejo, y me vuelvo a casa sin carga.

—Vamos,—dijo con dulzura Bernardita,—espera, María, llevaremos el haz; no tengas penas.

Y lo cargó sobre su cabeza, y trepando con mucha lentitud y respirando con muchísimo trabajo, llegó hasta la cumbre.

María volvió a tomar la carga. Mientras bajaban, dijo Bernardita a su hermana: —Quiero confiarte una cosa, pero no lo digas a nuestros padres, porque se reirán y me reprenderán. ¿Te acuerdas cuando estaba de rodillas? ¡Veía en el hueco de la roca una Señora con un traje blanco y un ceñidor azul y un rosario y gran resplandor! Era sumamente hermosa, como los niños de cera…

—¿A ti te parece… que la has podido ver? – le replicó su hermana.

—Sí, sí, hermana mía, la he visto bien, pero no digas nada…

Llegaron a casa. La madre las reprendió un poco por haber estado tanto tiempo fuera de casa y les dio de comer.

María, en un momento que estuvo entre las rodillas de su madre, no supo retener el secreto que le había mandado guardar Bernardita y se lo explicó a su madre.

La madre, alarmada, llamó inmediatamente a Bernardita. María se marchó a jugar con las vecinas y Bernardita contó con sencillez su visión.

María volvió a entrar regañando porque la había llamado su madre, y ésta le preguntó la manera como había visto a su hermana. La señora Soubirous, toda desconsolada, reprendió a Bernardita por dar crédito en semejantes cosas, le prohibió hablar de ellas, y completamente turbada, decía:

—Dios mío, ¿Será algún espíritu malo?… ¡Ah! ¡Pobre hija mía, bonitas cosas haces! Te prohíbo el que jamás vuelvas a la ribera de Massabielle.

Por la tarde recitaba Bernardita en alta voz la oración que había aprendido en la población, en mal francés. Según su costumbre, iba a repetir varias veces: ¡Oh María concebida sin pecado, rogad por nosotros!… Pero a la primera invocación, un sollozo ahogó su palabra.

Continuó, y los sollozos cortaban las sílabas en su garganta.

—¿Pero qué tienes, Bernardita?— preguntó la madre con ansiedad.

Y apagó debajo de la chimenea la pobre antorcha de resina. El débil resplandor del hachón iluminó el pálido rostro de la niña o hizo correr dos lágrimas detenidas en sus ojos.

—¡Madre no tengo nada,—dijo la niña,—pero necesito llorar!… Sin duda pensaba en la Señora y en su oración en Massabielle. No siendo la visión más que un recuerdo, la admiración que la había aterrado y la inefable alegría que había inundado todo su ser, eran para ella un consuelo delicioso e invencible. Este incidente había suspendido la oración. Bernardita, recobrada su calma, quiso que se volviera a empezar. Como su hermana se incomodaba, hacía ir con ella a su hermanito más pequeño para volver a principiar con él sus oraciones.

La madre tuvo un sueño bastante intranquilo. Las narraciones del día, los extraños sollozos de por la noche, habían inquietado su alma sobremanera. Sus vecinos la vieron triste al día siguiente y al otro día. No comía nada. El pensamiento que le ocupaba de que su hija sería perseguida por el espíritu maligno, le producía un temblor de que no podía desembarazarse. Su hija hablaba con tanto candor que era imposible dudar de su relación. Se vio obligada a dar expansión a su corazón con sus amigas. Sus confidencias y las asombrosas palabras de la niña María hicieron inmediatamente pública en el barrio la visión de Bernardita.

+

FUENTE:  Historia de Nuestra Señora de Lourdes : conforme a la relación de los anales publicados por los R. R. P. P. Misioneros de la Concepción ordenada por Nicolás María Serrano. 1877. Madrid Librería de La Propaganda Católica. Obra perteneciente a los fondos de la Biblioteca Nacional de España, y disponible en  su Biblioteca Digital Hispánica

+

ORACIÓN

Purísima Reina de los Ángeles, Águila real que llegaste a contemplar tan inmediatamente al Sol de increada Justicia, Jesucristo nuestro Señor; Aurora de la eterna luz, vestida siempre de los fulgores de la gracia; Centro del amor divino, donde halló su complacencia la Trinidad Beatísima; Ciudad santa, donde no entró cosa manchada, y fundada sobre los más altos montes de la santidad; Jerusalén celestial, ideada con la misma gloria e iluminada con la claridad de Dios. Por estos títulos de tu Concepción Purísima, te suplico, Reina mía, que como Águila real me ampares bajo las alas de tu protección piadosa; como Aurora de la gracia esclarezcas e ilumines con tus fulgores mi alma; como Centro del amor enciendas mi voluntad para que arda en el divino; y que me admitas benigna como a tu fiel morador en la Jerusalen triunfante, de la que eres Reina excelsa. Oye Señora, mis ruegos; y por el gran privilegio de tu Concepción en gracia, concédeme fortaleza para vencer mis pasiones, y con especialidad la que más me combate; pues con tu intercesión y con el auxilio de la gracia, propongo emprender la lucha hasta alcanzar la victoria: por mi Señor Jesucristo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

+

Letanía de la Virgen Santísima de Lourdes

Señor, ten piedad de nosotros.

Jesucristo, ten piedad de nosotros.

Señor, ten piedad de nosotros.

Jesucristo, óyenos.

Jesucristo, escúchanos.

Padre celestial que eres Dios, ten piedad de nosotros.

Hijo Redentor del mundo que eres Dios, ten piedad de nosotros.

Espíritu Santo que eres Dios, ten piedad de nosotros.

Santísima Trinidad que sois un solo Dios, ten piedad de nosotros.

Nuestra Señora de Lourdes, rogad por nosotros.

Madre de Dios y de los hombres, 

Vos, que habéis proclamado vuestra Concepción Inmaculada,

Vos, que habéis aparecido a una pobre criatura para confundir el orgullo de los poderosos,

Vos, que habéis escogido una gruta retirada para enseñarnos a huir del mundo,

Vos, que por la blancura de vuestro vestido y el cordón brillante de vuestra cintura, nos recordáis que debemos conservar nuestras almas puras con el pensamiento del cielo, 

Vos, que lleváis un rosario para exhortarnos a la oración,

Vos, que por vuestras manos juntas, y vuestra mirada fija en el cielo, nos recordáis la penitencia y nos mandáis elevar nuestras almas al cielo,

Vos, que por las rosas que tenéis en vuestros pies, nos aseguráis que en medio de las penas se cruzan los consuelos,

Nuestra Señora de Lourdes, que habéis mostrado todo vuestro poder,

Dispensadora de todo bien,

Estrella de esperanza,

Protectora y abogada nuestra,

Mensajera de Jesús,

Socorro de los oprimidos,

Refugio de los pecadores,

Consuelo de los afligidos,

Alegría del cielo y de la tierra,

Fuente de toda clase de gracias,

Vos, que atraéis nuestros corazones,

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, perdónanos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, escuchános Señor.

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, tened piedad de nosotros, Señor.

V. Oh nuestra Señora de Lourdes, bienaventurada Virgen Inmaculada, os bendecimos y os damos gracias por toda la eternidad.

R. De vuestras maravillosas apariciones.

¡Virgen Santísima, que de la dura peña hiciste brotar agua milagrosa, que sana las enfermedades del cuerpo y del alma! Arranca, poderosísima Señora, de nuestro endurecido corazón, lágrimas de verdadera penitencia, para que laven la lepra del alma, a fin de que el Señor nos perdone y levante de nosotros el azote de su indignación. Amén.

+

Oración aprobada por el obispo de Tarbes

Sed para siempre bendita, purísima Virgen, que os habéis dignado aparecer hasta diez y ocho veces, muy resplandeciente de luz, dulzura y hermosura en la solitaria gruta, y decir a la humilde niña que os contemplaba extasiada: “Yo soy la Inmaculada Concepción”

Sed para siempre bendita por todos los extraordinarios favores que no cesáis de derramar en este lugar.

Por la ternura de vuestro Inmaculado Corazón, oh María, y por la gloria que ha dado la Santa Iglesia, os conjuramos para que realicéis las esperanzas de paz que ha hecho nacer la proclamación de vuestra Inmaculada Concepción.

+

FUENTE: Áncora de salvación. Por el R.P. José Mach de la Compañía de Jesús. Quincuagésimaquinta edición. Con aprobación del ordinario. Instituto ital. de Artes Gráficas. Bérgamo. 1892.

Santa Bernardita (1844-1879)

+

María Bernarda Soubirous, de Lourdes, a la que todos han dado en llamar Bernardita, era en el año 1858 una joven como de unos catorce años, humilde entre los humildes de este mundo. Su familia vivía del trabajo y del ahorro, en un estado de pobreza que a veces rayaba en miseria. Bernardita nació raquítica; a los catorce años era muy delgada, poco crecida y estaba enferma; un asma fatigaba su débil pecho desde la cuna. Había sido socorrida en la inmediata parroquia de Bartres, y la mayor parte de su infancia la pasó en las tranquilas colinas de esta población guardando un rebaño de ovejas.
Ninguna cosa la distinguía de las demás jóvenes. Carecía de instrucción; apenas tenía una inteligencia vulgar, y la opresión habitual de su pecho extinguía en ella la vivacidad de la primera edad.
Esta delicada joven ocultaba una riqueza que guardaba Dios: su corazón. Sencilla, llena de candor, muy obediente, amante de todos, todo era en ella naturalidad e inocencia; su mirada, su lenguaje, su rostro, ordinario por sus modales, era, no obstante, simpático y de fisonomía dulce y agradable. A la edad de catorce años, todavía no había hecho su primera comunión. La inocencia bautismal debía permanecer intacta en su alma: tan inclinada se sentía hacia las cosas santas.

Tenía horror al mal y la hacían sufrir mucho las faltas que se cometían en su presencia. Su hermana, tres años más joven, refiere con ternura y respeto que Bernardita la reprendía muchas veces por el poco gusto que tenía por la oración, por su carácter brusco y su conducta poco recta. Esta tenía más fuerzas; y cuando la irritaban las reprensiones que le hacía Bernardita, se concertaba con otro hermanito más pequeño y se amotinaban contra la mayor, la cual apenas se defendía, se echaba a llorar, lo olvidaba todo al momento y jamás se quejaba a sus padres.
Frecuentemente abatida y humillada, su inagotable bondad la hacía, sin embargo, amar tiernamente. Empleaba el ascendiente que la daba esta afección en conducir a las niñas al bien. Por la noche, después de su regreso de Bartres, rezaba Bernardita con toda la familia. No quería dar principio antes que estuvieran todos arrodillados. Su posición era muy respetuosa; jamás se apoyaba en mueble alguno; buscaba siempre el recogimiento.

La sencilla niña oraba mucho en medio de su ignorancia, y tenía gusto por la oración, especialmente por la de los humildes y sencillos: el Rosario. Con su pobre rosario hablaba durante el día varias veces con la Santísima Virgen, a quien apenas conocía. La Virgen Madre de Nazareth amaba a Bernardita, la dejaba crecer humilde y piadosa, y la esperaba.

+


FUENTE:  Historia de Nuestra Señora de Lourdes : conforme a la relación de los anales publicados por los R. R. P. P. Misioneros de la Concepción ordenada por Nicolás María Serrano. 1877. Madrid Librería de La Propaganda Católica. Págs. 11-12. Obra perteneciente a los fondos de la Biblioteca Nacional de España, y disponible en  su Biblioteca Digital Hispánica

Virgen Coronada, Lourdes, Francia

+

PRIMER MISTERIO GLORIOSO.

Por tercera vez, al considerar los misterios del Rosario, hemos de observar analogías en la Gruta de Lourdes, con otras grutas, en las que algunos de estos misterios tuvieron lugar; pues al recordar  ahora (como antes las de Belén y Getsemaní) la gruta del Calvario, en la que fue depositado el Cuerpo Sacratísimo de Jesús, «en un sepulcro abierto en una peña;» (1) se nos presenta de nuevo a la imaginación, la Gruta de Lourdes, con un hueco también en la roca, en el cual se apareció la Virgen Inmaculada. Y, por cierto, que las cavidades de estas dos grutas ofrecen notable analogía, ó semejanza; en la veneración de que son objeto; pues si grandes multitudes se dirigen fervorosas, a venerar el hueco de la peña donde fue sepultado nuestro Divino Redentor; multitudes van también, a visitar ese nicho, donde la Virgen excelsa se apareció a Bernardita. Y es tal el entusiasmo con que las multitudes que esta última cavidad visitan, propagan por doquier, a su regreso, la devoción a la Santísima Virgen; que si bien esta devoción no murió nunca en la Santa Iglesia; pudiera decirse que, respecto á ella, se ha obrado también una resurrección prodigiosa en la Gruta de Lourdes; al observar como ha cobrado allí nuevo impulso, y desenvolvimiento inusitado. Pero pasemos á recordar otras analogías, entre los que estas grutas del Calvario y de Lourdes visitaron. Nos refiere el Santo Evangelio que, cuando las piadosas mujeres que habían seguido al Salvador, llegaron á la primera, «se hallaron con un joven, sentado al lado derecho del sepulcro, vestido de un blanco ropaje, y se quedaron pasmadas;» (2) y pasmados de admiración, permanecían también, los que acudían á la segunda; al contemplar á aquella jovencita angelical, arrodillada cerca de la cavidad donde tenían lugar las apariciones; y como revestida, ó circundada, de celestiales reflejos, en sus milagrosos éxtasis. «Vosotras venís á buscar á Jesús Nazareno (dijo el ángel á aquellas piadosas mujeres), pero ya resucitó, no está aquí; mirad el lugar donde le pusieron;» (3) y Bernardita decía del mismo modo, á los que después de las apariciones la interrogaban: Ya no está aquí la Virgen; ha desaparecido; mostrando también el hueco, donde antes permaneció su amorosísima Madre. También nos dice el Santo Evangelio, que «Jesús resucitado se apareció primeramente a Magdalena,» (4) y la dijo: «Ve a mis hermanos, y diles de mi parte, subo á mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios;» y que «habiendo ido Magdalena á dar cuenta de lo que la había acaecido á los discípulos, diciendo: He visto al Señor y me ha dicho esto; (5) y referirles, con las otras piadosas mujeres, la resurrección del Salvador;» ellos miraron estas nuevas como un desvarío, y así, no les creyeron.» (6) Ahora bien; si á Magdalena se le aparece en la gruta del Calvario el Señor, á Bernardita se le aparece en la Gruta de Lourdes la Santísima Virgen; si Magdalena es la primer a que tiene noticia del asombroso suceso de la gruta del Calvario, Bernardita es también la primera, que puede dar noticia de los sucesos prodigiosos de la Gruta de Lourdes; si Jesús ordena á Magdalena que participe á los Apóstoles lo ocurrido en la gruta del Calvario, María manda igualmente á Bernardita que dé noticia de lo acaecido en la Gruta de Lourdes, á los Sacerdotes, sucesores de estos mismos Apóstoles, para lo cual, ella se dirige al Párroco de la localidad; y si, por último, éste, cual aquéllos, recibe la primera vez las nuevas que de las apariciones le comunicó la niña, como desvarío; más tarde también, cual los Apóstoles á las piadosas mujeres, dio crédito a Bernardita. Notables, pues, son las analogías que las grutas del Calvario y de Lourdes nos ofrecen, al meditar el primer misterio glorioso del Rosario.

+

SEGUNDO MISTERIO.

Dice el Evangelista San Lucas, que habiéndose dirigido nuestro Divino Salvador, acompañado de sus discípulos, al «camino de Betania, levantando las manos les echó su bendición, yendo separándose de ellos, y elevándose al Cielo mientras les bendecía; » y que los discípulos, “habiéndole adorado, regresaron á Jerusalén con gran júbilo.” (7) Tal es el asunto del segundo misterio glorioso del Rosario, en cuya meditación deben de participar nuestras almas, de ese júbilo, que al presenciarle sintieron los discípulos del Salvador; pensando, que El subió al Cielo á prepararnos un puesto glorioso, en el que descansaremos eternamente, de todas las penalidades del destierro.
Pero ¡con qué facilidad y consuelo, se medita este misterio en el Santuario de Lourdes, y cuan espontáneamente brota allí en las almas, el fruto que en el mismo misterio se nos propone, que es el deseo del Cielo; al sentir aquellas consolaciones inefables, que pudieran considerarse como una muestra, que de sus eternas delicias, da á gustar en aquel lugar, la Virgen Inmaculada! Sí; refiere el Santo Evangelio, que á nuestro Divino Salvador «le subió el diablo a un monte muy encumbrado, y le mostró todos los reinos del mundo, y la gloria de ellos,» diciéndole: «Todas estas cosas te daré, si postrándote delante de mi, me adoras;» (8) y de modo semejante continúa el tentador de los hombres, ofreciéndoles honras, riquezas y placeres, si cometen el pecado. Más, por el contrario, diríase que la Santísima Virgen, Madre amorosísima de las almas; las lleva con sus inspiraciones á la Gruta de Lourdes, é inundándolas allí de espirituales delicias, las hace entrever los goces eternos del Cielo; mostrándoselos así, en cierto modo, y ofreciéndoselos como premio, si huyen del pecado y practican la virtud. Así puede explicarse, que el pensamiento del Cielo se presente allí al alma con tal viveza, que ante él vea como palidecer, y casi desvanecerse, las aflicciones y preocupaciones, que en el mundo la atormentan; por lo cual pudiera pensar, que si aquella Gruta no es el Cielo, no parece tampoco la tierra, sino como un lugar intermedio, en el que se sienten más de cerca las auras embalsamadas de la Gloria, que los vientos fatigosos del mundo; pues aquella paz, aquel consuelo, aquella claridad, que ella percibe en las cosas sobrenaturales, y que la mueve á practicar la virtud; son cual celestiales brisas que la elevan suavemente hacia la Patria dichosa, que constantemente anhela; y hacen, que considere a aquella Gruta,, como un rinconcito ó vestíbulo del Cielo; al que la Santísima Virgen se aproxima, con sus manos llenas de gracias, para derramarlas sobre sus hijos. Pues bien, Bernardita que de un modo singularísimo, pudo hacer la meditación del Cielo en la Gruta de Lourdes, cuando dulcemente extasiada  al aparecérsela en ella la Santísima Virgen, llegó a ser insensible a la acción de la llama del cirio, sobre su mano; siguió experimentando después de las apariciones, y podemos pensar que en grado extraordinario, estos consuelos de que nos venimos ocupando. En efecto, refiere uno de sus biógrafos, que como para entrar en el Noviciado de las Hermanas de Nevers, fuese a despedirse de la Gruta, lloraba amargamente, y no acertaba á separarse de aquel lugar tan amado. Le advirtió la hermana que la acompañaba, que ya debían marcharse, pero ella le pidió permiso para permanecer allí todavía algunos instantes; y como creciese su aflicción al abandonar la Gruta definitivamente, la hermana que con ella estaba hubo de decirle, para calmar su pena, que en todas partes podemos experimentar la protección de la Santísima Virgen. Ciertamente que sí, respondió sollozando Bernardita, mas ¡ah! que
aquí, esta Gruta era mi Cielo. Pero ¡cuántos habían de derramar lágrimas después, á su imitación, y sentir, en mayor ó menor grado, su misma pena, al abandonar ese Tabor Mariano de la Gruta de Lourdes! Es que hay en esa Gruta un encanto, un sabor á Gloria, por decirlo así; que cual celestial imán atrae a las almas, y es el secreto de que constantemente lleguen allí las multitudes; pues los consuelos de la Gruta de Lourdes, tienen alguna semejanza con los goces del Cielo, que no cansarán jamás; siendo ella, por lo tanto, lugar muy apropiado, para hacer fervorosamente,
la meditación del segundo misterio glorioso del Rosario.

+

TERCER MISTERIO GLORIOSO.

Consideramos en el tercer misterio glorioso del Rosario, á los discípulos de Jesús, reunidos en el Cenáculo, impetrando fervorosamente, bajo la dirección de la Santísima Virgen, la venida del Espíritu Santo; cuando (según la Sagrada Escritura nos dice) «vieron ellos aparecer unas como lenguas de fuego, que se repartieron y sentaron sobre cada uno de ellos;» y «siendo entonces todos llenos del Espíritu Santo, comenzaron á hablar en diversas lenguas, las palabras que este Divino Espíritu ponía en su boca». (9) ¡Oh prodigios de la oración, y de la oración unida á la de la Santísima Virgen, y por Ella dirigida! pudiéramos exclamar aquí, al ver á aquellos hombres rudos, ignorantes y pusilánimes;  transformados, mediante los dones del Celestial Huésped de las almas; en lumbreras de la Iglesia de Cristo, en celosos apóstoles de su doctrina y en gloriosos mártires de su fe; pudiendo añadir también, que son dichosas las almas, que humilde y confiadamente oran, implorando la intercesión de la Santísima Virgen; porque sobre ellas descenderán copiosamente, las gracias y bendiciones del Cielo. Ahora bien; ¿dónde, con mayor motivo, puede decirse, que se ora implorando la intercesión de la Santísima Virgen, y bajo su dirección, como en la Gruta de Lourdes? Cual en el Cenáculo, se reúnen en ella los discípulos de Jesús, los hijos amantes de María, para orar allí también, según sus enseñanzas, á imitación de los Apóstoles; y pudiera pensarse que, desde que la Santísima Virgen enseñó á orar en aquella Gruta á Bernardita, y oró con ella recitando el Gloria Patri; ora también y dirige la oración, de los que en esta misma Gruta la visitan; al ver la reverencia y fervor con que en aquel bendito lugar se ora, y observar también, como estas fervientes plegarias, obtienen singularísimas gracias y repetidos prodigios. Otra analogía, podemos decir, que ofrece aún con el Cenáculo la Gruta de Lourdes, pues en su recinto, sino los Apóstoles, sí sus sucesores, los Prelados y Sacerdotes, hablan también diversas lenguas, al relevarse en el pulpito de esta Gruta, oradores sagrados que en distintos idiomas predican. Y si la Sagrada Escritura nos dice, que «los Apóstoles hablaban en el Cenáculo palabras que el Espíritu Santo ponía en su boca;» las predicaciones de la Gruta de Lourdes, revisten siempre tan fervorosa unción, que bien pudiera pensarse, que este Divino Espíritu comunica allí, (á más de las que de ordinario concede siempre á los predicadores del Evangelio); luces extraordinarias, para que en aquel lugar, se enfervoricen las almas. Orando, pues, con María, y bajo su dirección, como los Apóstoles en el Cenáculo, y oyendo aquellas inspiradas pláticas; se recíben también en la Gruta de Lourdes, gracias y dones del Espíritu Santo; y puede meditarse fructuosamente, su venida sobre el Colegio Apostólico, que es el asunto del tercer misterio glorioso del Rosario.

+

CUARTO MISTERIO GLORIOSO.

Motivo de inefable gozo y dulce confianza, puede ser para nosotros, el misterio de la Asunción de la Santísima Virgen, que el cuarto misterio glorioso del Rosario nos propone; puesto que en él consideramos la entrada de nuestra amorosísima Madre en el Cielo, donde está ya intercediendo por nosotros. Pero ¿Cuál sería esta triunfante entrada en el Cielo, de la Santísima Virgen? Si cuando los Reyes llegan á sus dominios, les reciben sus súbditos solemnemente, organizando festejos en su honor, ¿con qué pompa y celestial alborozo, recibirían los moradores de la Gloria á su Reina Inmaculada? «¿Quién es ésta que sube del desierto rebosando delicias, apoyada en su Amado?» preguntarían los ángeles, al entonar en su honor sus más suaves melodías; las vírgenes arrojarían á su paso, azucenas del Paraíso; los mártires presentarían ante Ella, cual armas de combate triunfadoras, frondosas palmas; y todos los Santos, en fin, la aclamarían con inefable júbilo por su Reina. Mas ¡ah! que cuando esto se medita en el Santuario de Lourdes, parece que formase parte de la fiesta perpetua que el Cielo celebra, desde que en él entró la Santísima Virgen, aquella apoteosis mariana, que las multitudes celebran allí también en su honor; y que Ella así lo hubiese querido expresamente, al llamar á aquellas multitudes diciendo: «Quiero que venga gente, y que venga en procesión.» Sí; en Lourdes, se oyen cantar por doquier las alabanzas de la Santísima Virgen, en aquellas ordenadas procesiones que invaden la explanada, recorren la ciudad y suben á la Basílica, extendiéndose, en fin, por todo el recinto del Santuario. Y cuando estas procesiones descienden á la Gruta, festoneando la montaña, y entonando fervientes cánticos, que percibiéndose primero como rumor lejano, van dejándose oír gradualmente con mayor claridad; bien pudiera pensarse, que ellas ofrecen alguna semejanza con los coros angélicos, que en el Cielo rodean, el trono de María, entonando también sus alabanzas.- Y ¿Qué decir de la que tiene lugar por la noche, cuando se ven aparecer, como por encanto, millares de luces, que presentan el circuito del Santuario cual ascua ardiente, que simbolizar pudiera el amor de los que esas luces llevan á María; y se oye pronunciar su dulcísimo nombre, con delirante entusiasmo y sin cesar, por tal multitud de voces? ¡Ah! entonces sí que el alma, absorta ante tan conmovedor espectáculo, llega á preguntarse, si allí se percibe algún reflejo de los esplendores de la Gloria, y si es un eco aquel cántico de angélicas melodías; porque la tierra y el Cielo se unan en esos momentos, para alabar al unísono, á su Reina Inmaculada. No encontraremos, pues, lugar más propio que. el Santuario de Lourdes, para recordar los homenajes que en su Asunción, tributó el Cielo á la Santísima Virgen; al meditar el cuarto misterio glorioso del Rosario.

+

QUINTO MISTERIO GLORIOSO.

Contemplamos a la Santísima Virgen, en el quinto misterio glorioso, último del Rosario, coronada en el Cielo por las tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad, como Madre, Hija y Esposa suya; y como Reina y Señora de todo lo existente. Y si hojeamos los anales del Santuario de Lourdes, habremos de decir, que pudo meditarse vivamente este misterio, en la coronación de su imagen, que tuvo allí lugar, en el mes de Julio de 1876; y a la cual asistieron un  Cardenal con otros treinta y cuatro Prelados, tres mil Sacerdotes y unos cien mil peregrinos. ¡Cuánta grandeza! ¡Cuánta gloria! Pero ¡ah! que si es motivo de júbilo para el súbdito, estar bajo el dominio de un soberano clemente, que se complace en favorecerle, ¿Cómo no han de regocijarse los desterrados hijos de Eva, siendo vasallos de esa Reina clementísima del Cielo y de la tierra, y Madre de misericordia á la vez, que puede y quiere colmarles, con los dones de su amor? Refiérese en la historia de las apariciones de Lourdes, que antes de pronunciar la Santísima Virgen aquellas palabras: «Yo soy la Inmaculada Concepción;» y de elevar, y después juntar sus manos, como en signo de acción de gracias, por las que del Señor había recibido; las bajó hacia la tierra (cual lo había hecho en la aparición de la Medalla Milagrosa), manifestando así, que en ella había de derramar favores sin cuento. Y por cierto, que en este Santuario ha realizado la Santísima Virgen la promesa que con tal actitud significaba; complaciéndose en mostrar en él, de una manera especialísima, así su omnímodo poder, cual Reina del Cielo; como su misericordia, cual Madre amantísima de los hombres; pues ¿en qué lugar, ni en qué época, se ha registrado la serie no interrumpida de prodigios, que desde sus apariciones se verifican allí?  Bien cabe asegurar, por lo tanto, que en el Santuario de Lourdes puede meditarse con fruto, en el quinto misterio glorioso del Rosario, que es la Coronación de Nuestra Señora en el Cielo; pues si en él recibió, como Reina de todo cuanto existe, poder para favorecer á los mortales; en dicho Santuario parece que ejerce de un modo especialísimo este poder, derramando constantemente sus misericordias; cual si de él hubiese hecho lugar de audiencia, para oír y remediar prodigiosamente, las necesidades de sus hijos. ¡Bendito sea, pues, ese lugar que la Santísima Virgen ha elegido para trono de sus misericordias; y bendita sea mil y mil veces esta clementísima Reina y amorosísima. Madre; que tan copiosamente quiere derramar allí, sobre sus hijos desterrados; las maternales ternuras de su amante Corazón!

Notas:

(1) San Marcos, cap. XV, vers. 46.

(2) ídem, cap. XVI, vers. 5.

(3) vers. 6.

(4) San Juan, cap. XX. vers. 14.

(5) vers. 17 y 18.

(6) San Lucas, cap. XXIV, vers. 11.

(7) vers. 50 al 52

(8) San Mateo, cap. IV, vers. 8 y 9.

(9) Hechos de los Apóstoles, cap. ll , vers. 3 y 4.

(10) Cantares, capítulo VIII, vers. 5.

+

FUENTE: Foederis Arca, o la Sma. Virgen en el Santuario de Lourdes por Soledad Arroyo (de la V. O. T. de Santo Domingo). Madrid. Imprenta de los hijos de Gomez Fuentenebro. 1913. Págs. 251-265 . Obra perteneciente a los fondos de la Biblioteca Nacional de España, y disponible en  su Biblioteca Digital Hispánica.

+

MEDITACIÓN PARA ESTE DÍA

(Preparación como el primer domingo)

LA CARIDAD

I. ¡Qué ceguedad tan lamentable la nuestra! Corremos tras las riquezas, honores, dignidades, bienes caducos, y miramos con increíble indiferencia el más grande de todos los bienes; aquel bien que los encierra todos, como dice el Espíritu Santo: venerunt mihi omnia bona pariter cum illa; aquel bien, en cuya comparación, dice Dios,  todo el oro del mundo es un poco de arena; toda la plata, lodo; aquel bien cuya grandeza excede a cuánto podemos comprender en esta vida.

II. Pero, ¿qué bien es esté tan grande, tan admirable? La caridad, el amor de Dios . ¿Y qué es la Caridad? No hay lengua humana capaz de explicarlo. Es una participación del mismo amor de Dios; como el fuego transforma al hierro, comunicándole su mismo modo de ser; es un bien tan grande, que, si le conocemos perfectamente, nos arrastraría en pos de sí mismo con mayor fuerza que el más poderoso imán atrae una aguja; es, en fin, el principio de la bienaventuranza. Y porque es tan excelente, sólo Dios puede causarla. Todo el poder de las criaturas no alcanza a producir ni aumentar un átomo de caridad.

III. ¿En qué consiste que los hombres tengan en tan poca estima, y busquen con tanta indiferencia un tesoro capaz de hacerlos más felices que todos los otros tesoros juntos? En que no lo conocen. Y no lo conocen, porque no meditan cuan digno es Dios de ser amado, por lo que es en sí, y por lo que es para con nosotros. El hombre ama naturalmente el bien y la belleza. ¿Cómo pues podría dejar de amar a Dios,  sí meditase y conociese su bondad infinita, su belleza incomprensible? El hombre no puede menos de amar a quién le ama y le hace beneficios. ¿Cómo, pues, no amamos a Dios, que nos amó desde la eternidad con un amor inmenso; que nos crió, nos hizo cristianos, nos está siempre conservando, nos redimió a costa de su sangre, de su vida, de indecibles penas y dolores, nos quiere hacer eternamente felices con su misma felicidad, nos libró de la miseria eterna acaso muchas veces, y que hizo todo esto llevado de su abrazado amor para con nosotros?

AFECTOS. ¡Oh Dios mío! Yo he sido un insensato hasta ahora,  buscando con tanto afán los bienes miserables de esta vida, y dejando a Vos, bien infinito,  único capaz de llenar mi corazón, de hacerme feliz. Yo he sido un ingrato amando a Vos que me amasteis ardientemente desde toda la eternidad, y  que tantos y tan grandes beneficios me hiciste y con tanto amor me regalaste.  No más insensatez, no más ingratitud. En adelante seré todo vuestro.

PRÁCTICAS. Santo Tomás desde muy niño acostumbraba preguntar a sus maestros: ¿ Quién es Dios? Siempre quería conocerle mejor, para amarle mejor, para amarle más.  Siendo hijo de los condes de Aquino, y pudiendo ser feliz en el mundo, todo lo renunció por amor de Dios. Jamás quiso recibir honores ni dignidades dentro ni fuera de su orden, temiendo que la robasen el amor que quería sólo para Dios.

Una vez le dijo Jesucristo: Bien has escrito de mi, Tomás. ¿Qué recompensa quieres? No otra que vos contestó inmediatamente el santo. Hagamos nosotros lo mismo. Despreciemos todas las cosas por amor de Dios,  y todas las hallaremos en Él.

Padre nuestro, avemaría y gloria patri pidiendo a Dios nos inflame en la caridad.

EJEMPLO

De la aspiración constante de Santo Tomás a unirse con Dios podemos inferir la ardiente caridad que abrazaba a su alma desde sus primeros años no ocupaba su corazón otro deseo que hacerse agradable a Dios y servirle todos los días de su vida. El risueño porvenir con que le convidaba el mundo y las lisonjas que le prodigaba, infundían en su ánimo mayores deseos de verse fuera de él; porque sabía con San Agustín que más temible es el mundo cuando halaga que cuando persigue. De aquí nació su firme resolución de consagrarse a Dios en la vida religiosa a pesar de todas las contradicciones de la carne y de la sangre. A medida que avanzaba en edad, su corazón se inflamaba con nuevos ardores, y excogitaba nuevos medios de perfeccionarse en el amor de Dios.

Con esta firmeza de propósitos llegó a tal pureza de corazón, igualdad de ánimo y desprecio de todo lo mundano, que hasta en su exterior se veía retratada la hermosura de su alma. La natural apacibilidad de su espíritu santificado por la gracia, daba a su conversación, a todas sus palabras, y a su mismo semblante cierta virtud maravillosa que elevaba a Dios y despertaba en cuántos le miraban afecto e inclinación al bien.

Del amor de Dios nacía también en el doctor angélico la viveza de fe, la conformidad con la Divina Providencia en las cosas adversas como en las prósperas, la atención y solicitud con que procuraba conservarse siempre exento de toda mancha por más leve que pareciera, y la asidua mortificación  de todas sus potencias y sentidos.

Cuando subía al púlpito a anunciar la palabra de Dios, predicaba con celo verdaderamente apostólico; como nuestro padre Santo Domingo, reprendía los vicios con generosa libertad, y sus palabras producían tal efecto en los oyentes como si salieran de la misma boca de Dios. ( Guill. de Toc. ap. Boll.)

Pero donde más se revelaba su tierno amor a Jesucristo era cuando trataba de la divina Eucaristía. Pasaba las horas como anonadado delante del santuario. Nunca subía al altar que no lo regase con sus lágrimas, y salía de sus ojos y rostro un resplandor celestial que enternecía y movía a devoción a cuantos tenían la dicha de verle celebrar el santo sacrificio. Santo Tomás, en fin, tuvo la caridad por fiel e inseparable compañera durante su vida, y estrechado por su dulce peso exhaló su postrer suspiro.

+


FUENTE: Biblioteca de “El Santísimo Rosario”, núm. 6. “Los seis Domingos del Angélico Doctor Santo Tomás de Aquino, patrono universal de las escuelas católicas, por el M. R. P. Mtro. Fr. Cayetano García Cienfuegos, provincial de la provincia de España, de la Orden de Predicadores. Lector de Sagrada Teología. Segunda edición. Con las debidas licencias. Vergara. Tipografía de El Santísimo Rosario. 1892. Obra perteneciente a la Biblioteca Virtual del Principado de Asturias.

Gruta de Lourdes, Francia


+

PRIMER MISTERIO DOLOROSO

Dos grutas contemplábamos al recordar las analogías de las apariciones de Lourdes con el tercer misterio gozoso del Rosario; y dos grutas habremos de contemplar también, al querer observar, las que con el primer misterio doloroso, estas mismas apariciones nos ofrecen; ya que los sucesos de la Gruta de Lourdes, nos disponen a meditar vivamente, en los de la gruta de Getsemaní.

En efecto; grutas de oración pudiéramos titular a ambas; pues si el Santo Evangelio nos dice, que «fue Jesús, acabada la Cena, según su costumbre, a orar hacia el monte de los olivos,» (l) en el que la gruta de Getsemaní se encontraba; en la Gruta de Lourdes (según refirió Bernardita), la Santísima Virgen, que se limitaba a pasar las cuentas del Rosario, mientras la niña pronunciaba las Avemarías; movía sus labios al llegar a la oración del Gloria Patri, orando también, al propio tiempo que la afortunada pastorcita. Mas no sólo oran Jesús y María en las grutas de Getsemaní y de Lourdes; sino que en las mismas grutas, exhortan también, a practicar la oración. Sí; «velad y orad,» (2) dice nuestro adorable Maestro, al salir de la gruta de Getsemaní; y como si el eco de esta divina amonestación repercutiese en la Gruta de Lourdes; oye también en ella Bernardita, recomendar la oración a la Santísima Virgen, diciendo: «Rogad por los pecadores.»

Todavía podremos observar una nueva analogía entre estas dos grutas, si después de ver en la de Getsemaní, entristecerse el divino Rostro de nuestro adorable Salvador, que es la alegría de los ángeles, y oírle exclamar allí: «mi alma siente angustias de muerte;» (3) volvemos nuestra vista a la de Lourdes, y contemplamos con Bernardita, cómo el rostro radiante de gloria de la Virgen Inmaculada, se eclipsa también, bajo la nube de una profunda tristeza; la cual ven reflejarse en el semblante de la niña, las multitudes que la han seguido a la Gruta.

Jesús, pues, se entristece en la gruta de Getsemaní, y María se entristece en la Gruta de Lourdes; pero ¿de qué proviene esta tristeza de Jesús y de María? ¡Ah! Uno es el motivo, e idéntica la causa del dolor, de la angustia, de la tristeza, de estos Sacratísimos Corazones; pues si Jesús se entristece considerando la multitud y enormidad de los pecados de los hombres, que ha tomado sobre sí; la Santísima Virgen, al pasear su mirada por el mundo, apartándola de Bernardita; viendo cómo se multiplican los pecados que hacen infructuosa para muchos de ellos, la Pasión de su Divino Hijo, se entristece también; y para que no se dudase de que ésta es la causa de su tristeza, dice seguidamente a Bernardita, que se ruegue por los pecadores.

Pues bien; si fue el pecado, ese monstruo abominable, causa de todos los males del mundo, y aposentador del infierno, el que tuvo poder para entristecer a nuestro Divino Redentor en la gruta de Getsemaní, y a la Santísima Virgen en la Gruta de Lourdes; queramos, morir mil y mil veces, antes de dejar penetrar en nuestras almas ese terrible mal; cuya gravedad y eternas consecuencias hemos podido vislumbrar, en la consideración do las analogías de las apariciones de Lourdes, con el primer misterio doloroso, del Santo Rosario.

+

SEGUNDO MISTERIO DOLOROSO

«Pilato mandó azotar a Jesús,» (4) dice el Sagrado Evangelio; y al proponérsenos en el segundo misterio doloroso del Rosario, la contemplación de este terrible tormento, de estos cruelísimos azotes, que nuestro divino Redentor quiso sufrir por nuestros pecados, en su sacratísimo Cuerpo; se nos señala, como fruto, la mortificación exterior. Mas ¿dónde encontrar en nuestros días quien practique la penitencia, mortificando su cuerpo? No ciertamente entre los mundanos, para los cuales, viviendo en la satisfacción de todos sus apetitos, es inteligible este lenguaje; pero ¡cuántas personas que por piadosas pasan, vemos hoy también que, huyendo de todo cuanto pudiera mortificarlas, y dispensándose frecuentemente, sin justificado motivo, hasta de las ligeras prácticas de penitencia, que nuestra Santa Madre la Iglesia nos impone, dicen con su conducta: «Dura es esta doctrina, ¿y quién es el que puede escucharla? » (5) como en otro tiempo dijeron, los judíos al Señor!

Pues bien; esta olvidada e importantísima enseñanza, que el segundo misterio doloroso del Rosario nos ofrece, quiso la Santísima Virgen recordarnos, en sus apariciones de Lourdes; y por eso, exclama una, dos y tres veces: «¡penitencia! ¡penitencia! ¡penitencia!» ¡Ah! cuando la madre cariñosa, cuyo corazón es todo ternura, para el hijito enfermo que estrecha en su regazo, le aplica doloroso cáustico; bien podemos pensar que no lo hace sin grave necesidad; y cuando nuestra Madre Inmaculada, que viene a Lourdes para derramar sobre sus hijos las ternuras de su amantísimo Corazón, colmándoles de favores; pronuncia, y repite insistentemente, esa palabra «¡penitencia!» que tan dura les parece; no cabe dudar, de que es necesaria, indispensable, para ellos, la práctica de la mortificación.

Y ¡cuan grande es el poder de la palabra de la Santísima Virgen! pues a pesar de la repugnancia que hacia la mortificación sienten los hombres; esta mortificación, esta penitencia, se practica denodadamente en el Santuario de Lourdes, desde que Ella en aquel lugar la recomendó. Y se practica, no solamente ya, por los fervorosos peregrinos, y por los que heroicamente, según hemos recordado, asisten a los enfermos; sino también, hasta por estos mismos enfermos, que aunque exhaustos de fuerzas, se les ve muchas veces con los brazos extendidos en forma de cruz; habiéndose encontrado en ocasiones, hasta cilicios, en aquellos cuerpos ya tan atormentados por la enfermedad. Bien puede decirse, pues, que en aquel privilegiado Santuario, se medita debidamente, el segundo misterio doloroso del Santísimo Rosario, cuyo fruto práctico es, la externa mortificación.

+

TERCER MISTERIO DOLOROSO.

Cual cuerpo sin alma, dicen los Santos, que es la externa sin la interna mortificación; y si la primera puede omitirse con justificado motivo; no admite dispensa la segunda; que nunca daña, y es siempre causa de inmensos bienes para quien la practica. Ahora bien; si la consideración del segundo misterio doloroso del Rosario debe movernos a practicar la mortificación externa; no debe de movernos menos a practicar la interna, la meditación del tercero; ya que en él contemplamos, escarnecido, vilipendiado y coronado de espinas, a nuestro Redentor adorable: según el Santo Evangelio nos lo refiere, diciendo que, después de haberle azotado, «los soldados le cubrieron con un manto de grana, y entretejiendo una corona de espinas, se la pusieron sobre la cabeza, y una caña por cetro en su mano derecha; y que con la rodilla hincada por tierra, le escarnecían diciendo: Dios te salve, Rey de los judíos; y escupiéndole, tomaban la caña y le herían en la cabeza.» (6) ¿Pueden darse más groseros insultos, ni más sangrientas burlas, que las que nuestro Divino Redentor quiso sufrir,para nuestro remedio y enseñanza? Pero, como según El mismo dijo, «no es el discípulo más que su maestro, ni el siervo más que su señor,» por lo cual, «basta al discípulo ser tratado como su maestro, y como su señor al siervo;» (7) Bernardita, tan fiel discípula del Divino Maestro, que de su beatificación se trata; había de seguir sus huellas, sufriendo terrible persecución, durante las apariciones de Lourdes. Por eso, fue ella objeto de las burlas y denuestos de los que de estas apariciones se mofaban, y aún de aquellos que la acompañaban a la Gruta, que la creyeron ilusa, al verla comer la yerba, y caminar de rodillas, el día que brotó la fuente milagrosa. Y si su Divino Maestro fue tratado como loco, pues según añade el Evangelio, «Herodes con todo su séquito le despreció, y para burlarse de El le hizo vestir de ropa blanca, y le volvió a enviar a Pilato;» (8) como a loca se trató también a Bernardita, haciéndosela reconocer por esta causa; y cual a su Divino Maestro también, se la llamó embaucadora de las multitudes; se habló de que se la aparecía el demonio; fue amenazada de prisión por la autoridad civil; y hasta hubo de escuchar severas reconvenciones de la eclesiástica, allí representada por el Párroco de Lourdes.

Bernardita, por último, tuvo que presenciar cómo la persecución que padecía, se extendió a los fieles que en las apariciones creían; cuando se cerró la Gruta y se prohibió acercarse a ella, formándose proceso, a los que a esta orden contravenían. Pero bien podemos decir, guardada la debida proporción, que así como la de su Divino Maestro, la persecución de Bernardita, tuvo también un fin glorioso; y que esta misma persecución es una nueva analogía, que la historia de las apariciones de Lourdes nos ofrece, con el tercer misterio doloroso, del Santísimo Rosario.

+

CUARTO MISTERIO DOLOROSO.

Contemplamos en el cuarto misterio doloroso del Rosario, a nuestro adorable Redentor cargado con el instrumento de su suplicio; y consideramos al propio tiempo, que nosotros, a su imitación, hemos de cargar también con nuestra cruz, según Él mismo nos lo manifestó, diciendo: «El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo;» (9) en cuya sentencia nos demuestra también, que hay que amar la propia cruz, y no anhelar otras cruces, deseando soltar la nuestra; pues que en ella, y sólo en ella, se encierran para nosotros, esos tesoros de gracia, que enriquecen a las almas.

También la Santísima Virgen, en sus apariciones de Lourdes, quiere manifestar expresivamente a Bernardita, esta necesidad de llevar la cruz, que el cuarto misterio doloroso del Rosario nos señala; y para ello la dice: «Te haré dichosa, pero no en este mundo.»

¡Ah! si la dicha fuese posible en este valle de lágrimas, ¿quién hubiese podido esperarla con mayor fundamento, que aquella niña venturosa, a quien la Santísima Virgen ama tanto que, al aparecérsela repetidas veces, se entretiene con ella en inefables coloquios, que dulcemente la extasían? Y si una madre, al acariciar a su hijo, anhela para él la dicha; la Santísima Virgen, omnipotente por gracia, al prodigar sus favores a Bernardita, haciéndola objeto de su maternal ternura ¿no la hubiese colmado de felicidad, si felices pudiera serse en la tierra? Y, en efecto, la Santísima Virgen quiere hacer dichosa a la niña, y como si sintiese necesidad de expresárselo, la dice: «Te haré dichosa,» gozándose, podemos creer, en las eternas delicias que la prepara en el Cielo. Mas para que ella no llegue a pensar que estas palabras no se cumplen, al sentir la cruz colmada de dolores, que se cierne ya sobre sus hombros; la Santísima Virgen añade: «Pero no en este mundo.» ¿De qué manera más expresiva, podía manifestarla la necesidad de sufrir, de llevar la cruz?

Ahora bien; no olvidemos, que en Bernardita, nos dio también a nosotros la Santísima Virgen provechosísima lección, diciéndonos, que en este mundo no podemos ser nunca felices; pues en él hay siempre que sufrir, hay que llevar la cruz, si queremos ser discípulos del Divino Maestro, que nos dice: «Quien no carga con su cruz y me sigue, no es digno de Mí.» (10) Sí; no hay amor sin dolor, ni perfección sin sacrificio; que si la acritud de la levadura es necesaria, para consolidar la masa del pan; necesaria es también, para que la virtud se consolide, la amargura de la cruz.

Y como esta amargura, este peso de la cruz, aumenta, a medida que más de cerca se sigue a nuestro Redentor adorable, por la senda de la perfección cristiana; Bernardita vivió ya en este mundo, en continuo martirio, causado por enfermedades y penas interiores. Pero ¡dichosas mil veces, las almas que la imitan, siguiendo de cerca al Divino Maestro cargado con la cruz, como en el cuarto misterio doloroso del Rosario le contemplamos! pues sino en este mundo, como la Santísima Virgen dijo a Bernardita, ellas serán dichosas, pero con dicha inenarrable, por toda la eternidad.

+

QUINTO MISTERIO DOLOROSO.

El quinto misterio doloroso del Rosario nos presenta crucificado a nuestro Divino Salvador; y el Santo Evangelio nos dice, que «junto a la cruz de Jesús estaba su Madre;» (11) pues en aquel terrible lance, en el que su Divino Hijo es vilipendiado y atormentado por los hombres, y todo por expiar nuestros pecados; quiere la Santísima Virgen, prodigarle el único consuelo que puede ofrecerle, que es, verla cerca de su cruz, y contemplar en su maternal mirada, toda la ternura de su amorosísimo Corazón. ¡Oh, Madre mía! (pudiéramos exclamar, al ver a la Santísima Virgen junto a la cruz de Jesús); si en la hora de nuestra muerte debiéramos sufrir, con los dolores del cuerpo, la desolación del alma; que no nos falte el consuelo, de ver que en nosotros fijas tu mirada maternal!

Mas, si después de considerar a la Santísima Virgen, en el misterio de la crucifixión, al pie de la cruz de nuestro Divino Redentor, nos fijamos en Lourdes; pudiéramos decir que sus hijos los hombres, están también allí como clavados en la cruz del dolor; al ver a aquellos enfermos, a aquellos afligidos, en la Gruta, a las plantas de María. Ellos hacen más sensible aún esta semejanza, cuando extienden en forma de cruz sus brazos, desde aquellos lechos en los que, tendidos y ligados, cual en cruz también, los tiene la enfermedad; y en  los que crucificados llegaron a aquel lugar desde lejanos países, atravesando las fronteras; para colocarse en cruz, allí donde se apareció la tantísima Virgen, su amada Madre, que permaneció en el Gólgota, junto a la cruz de Jesús. Y si entonces fue, cuando estando próximo a expirar nuestro Divino Salvador, nos dio por Madre a la Santísima Virgen, diciendo al discípulo amado: «Ahí tienes a tu Madre» (12) estas dulcísimas palabras se recuerdan en el Santuario de Lourdes, de un modo especial, al oír entonar frecuentemente en él, la preciosa estrofa del Ave maris Stella, “Monstra te essem Matrem” y repetir con fervor aquel grito de amor y confianza: «Montrez que vous étes nótre Mère » (Mostrad que sois nuestra Madre), entre las conmovedoras invocaciones, que se pronuncian, durante la Procesión del Santísimo Sacramento.

Ahora bien; ¿podrá decirse que la Santísima Virgen quiere también mostrar especialmente, que es Madre de los pobrecitos enfermos, que desde la cruz del dolor, su amparo imploran en aquella bendita Gruta? Refiérese de Bernardita, que habiendo se le preguntado, si cuando la Santísima Virgen se le aparecía la miraba solamente a ella, o si miraba también a los que la rodeaban; la niña contestó, que la Santísima Virgen miraba a todos, y que sobre algunas personas fijaba su vista con especial complacencia, como se hace al mirar a una persona amiga; y, según esto, bien pudiera pensarse, que esas miradas de complacencia, mejor aún, que esas miradas maternales, son las que la Santísima Virgen fija en sus hijos, que desde la cruz de sus enfermedades o tribulaciones, a Ella claman en la Gruta de Lourdes; y que estas miradas, se traducen en admirables prodigios, que les libran de sus dolencias y aflicciones; o en gracias preciosísimas, que fortalecen sus almas, para abrazar generosamente, con santa resignación, la cruz en que están clavados.

Sí; tal es el fruto de esas miradas misericordiosas de la Santísima Virgen, que Ella fijó un día en su Divino Hijo moribundo, estando al pie de la cruz, según en el misterio de la crucifixión la contemplamos; y que prodiga ahora en la Gruta de Lourdes, a sus hijos desterrados, que no en vano allí la invocan, cual Salud de los enfermos, y Consuelo de afligidos.

+

Notas:

(1) San Lucas, cap. XXII, vers. 39

(2) San Marcos, cap. XIV. vers. 38

(3) versículo 34

(4) San Juan, cap. XIX, vers. 1

(5) Idem. cap. VI, vers. 61

(6) San Mateo, cap. XXVII, versículos del 27 al 30

(7) Idem., cap. X, vers. 24 y 25

(8) San Lucas, cap. XXIII, vers. 11

(9) Idem., capítulo XIV, vers. 27

(10) San Mateo, cap. X, vers. 38

(11) San Juan, cap. XIX, vers. 25

(12) vers. 27


FUENTE: Foederis Arca, o la Sma. Virgen en el Santuario de Lourdes por Soledad Arroyo (de la V. O. T. de Santo Domingo). Madrid. Imprenta de los hijos de Gomez Fuentenebro. 1913. Págs. 237-250 . Obra perteneciente a los fondos de la Biblioteca Nacional de España, y disponible en  su Biblioteca Digital Hispánica.

 

+

En el Programa “Música Antigua” del 8 de enero de 2019, dirigido por Sergio Pagán de RTVE, podremos escuchar en forma completa una de las dos misas escritas por Josquin Desprez (1450-1521) sobre la melodía “L´homme armé”: super voces musicales.

Sobre esta secuencia popular numerosos maestros compusieron misas (Cristobal de Morales, Johannes Ockeghem y Guillaume de Dufay). Sobre el final del programa se incluye de Dufay el Agnus Dei.

En la siguiente dirección se podrá bajar el programa en forma de podcast:

http://www.rtve.es/alacarta/audios/musica-antigua/musica-antigua-lhomme-arme-08-01-19/4930741/

+

1-Melodía L´homme armé (a partir del minuto 7:38 del programa)

Missa de L´Homme armé (Josquin Desprez)

The Tallis scholars

2-Kyrie (8:11)

3-Gloria (13:10)

4-Credo (20:10)

5-Sanctus y Benedictus (28:30)

6-Agnus Dei (37:52)

Missa L´Homme armé (Guillaume Dufay +1474)

Conjunto Cantica Symphonia, dirigido por Giuseppe Maletto

7-Agnus Dei  (50:50)

+