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Lo escribe San Mateo en el capítulo 25, versículos 31-46:

“Dijo Jesús a sus discípulos: Cuando viniere el Hijo del Hombre con toda su Majestad y todos los Ángeles  con Él, se sentará sobre su trono y serán congregadas ante Él todas las gentes y apartará Él a unas de otras, como el pastor aparta las ovejas de los cabritos; y pondrá las ovejas a su derecha y los cabritos a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los que están a su derecha: Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino que os está preparado desde el comienzo del mundo; porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui peregrino y me hospedasteis, estuve desnudo y me cubristeis; enfermo y me visitasteis; encarcelado y me vinisteis a ver.

Entonces le responderán los justos y le dirán: Señor: ¿Cuándo os vimos hambriento y os dimos de comer, o sediento y os dimos de beber? Y, ¿Cuándo os vimos peregrino y os hospedamos, o desnudo y os vestimos? O ¿Cuándo os vimos enfermo y en la cárcel y os visitamos? Y respondiendo el Rey les dirá: En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos pequeñitos, a Mí lo hicisteis. Entonces dirá también a los que estén a la izquierda: Apartaos de Mí, malditos al fuego eterno, que está preparado para el diablo y sus ángeles; porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; era peregrino y no me hospedasteis; desnudo y no me cubristeis; enfermo y en la cárcel y no me visitasteis. Entonces ellos también le responderán diciendo: Señor, ¿Cuándo os vimos hambriento o sediento, o peregrino, o enfermo, o desnudo, o en la cárcel y no os servimos? Entonces le responderá diciendo: En verdad os digo que siempre que dejasteis de hacerlo con uno de estos mis pequeños hermanos, dejasteis de hacerlo conmigo. E irán éstos al suplicio eterno, y los justos a la vida eterna.”

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En la lección del santo Evangelio anterior a esta, muy amados hermanos míos, nos propuso el Señor una semejanza de un hombre, que deliberando irse a peregrinar por el mundo, llamando a sus criados, les repartió sus dineros, dando a cada uno según que le convenía: a uno dio cinco talentos, y a otro dos, y a otro uno, y luego él se fue: y mucho tiempo, después volvió, y llamó sus criados y se puso a cuentas con ellos: y a los que habían bien negociado les pagó bien por la ganancia que le dieron, y al siervo que halló que había sido negligente, torpe y descuidado en todo bien, le condenó. Acabada aquella semejanza, junta luego con ella lo que habéis oído en este santo Evangelio, que me pongo a declarar. Para enseñarnos, que aquella semejanza pertenece a el mismo Señor, dice: Cuando viniere el Hijo de la Virgen en su majestad. Ibid.

Considerando Cristo Redentor nuestro que el tiempo de su pasión sacratísima se acercaba, y cuán grande sería el escándalo y temor que sus gloriosos Discípulos padecerían, viéndole ser preso con tanto rigor, viéndole tratar con tantos vituperios, ser abofeteado, escupido en su rostro, coronado de espinas, y al fin morir en la cruz; quiere ahora darles noticia de la majestad grande y gloria soberana, en que se manifestará cuando venga a juzgar; para que así sus Discípulos puedan ver con menos turbación los escándalos de la Pasión, recompensando lo uno con lo otro, y les dice: Cuando viniere el Hijo de la Virgen en su majestad, y todos los Ángeles con él. Ibid.

Habéis de notar, hermanos míos, que dice el santo Evangelio, que vendrá el Hijo de la Virgen en su majestad, y en estas palabras destruye el error herético de los que dijeron, que Cristo Redentor nuestro, después de haber resucitado y subido al cielo, ya no permanecía en la misma humanidad que había tomado en el vientre virginal de su Madre sacratísima. Como ignorantes no miraron las palabras que los Ángeles dijeron a los que se maravillaban de verle subir al cielo: así vendrá, decían , como lo habéis visto subir al cielo: conforme a esto, dijo aquí el Señor manifiestamente, que el Hijo de la Virgen vendrá a juzgar: porque él mismo es verdadero Hijo de Dios, y verdadero Hijo de la Virgen: y no son dos, sino un solo Hijo de Dios, el cual será visto el día del juicio solamente cuanto a la Humanidad: porque su Divinidad se manifestará a solo los escogidos después del juicio, conforme a lo que Isaias dijo: sea apartado el malo y no vea la gloria de Dios: solos los ojos limpios de los Santos verán al Rey Soberano en su hermosura y gloria.

Cuando vendrá el Hijo de la Virgen en su majestad, esto es, en el poder de su Divinidad, Juez igual con el Padre y con el Espíritu Santo, pagará a todos conforme a sus obras: a los buenos con galardones, a los malos con castigos según lo merecieren; pero los malos nunca verán la majestad de su Divinidad: y este Señor Soberano, que en la primera venida viniendo hecho hombre para ser juzgado, nunca dio voces, ni en las plazas oyeron sus quejas, porque vino en tanta humildad que de nadie era conocido, ahora en esta segunda venida mostrará su majestad manifiestamente: vendrá nuestro Dios y no callará: vendrá con infinidad de Ángeles que le sirvan, y estén presentes con él en el juicio, para que en su presencia sean juzgados, y castigados los que estando debajo de su guarda vivieron mal.

Sabido es, que los Ángeles son espíritus celestiales que el Señor tiene para su servicio, de los cuales su Majestad señala para cada hombre el suyo que le guarde; y por eso dice el Santo Evangelio: los Ángeles de estos siempre ven la cara de mi Padre: y el gran Profeta hablaba de esto cuando dijo: los cielos anunciaron su justicia: Los cielos anunciarán la justicia del Señor, cuando los Ángeles gloriosos con maravillosa reverencia predicarán cuán justo ha sido el juicio del Señor. Sentaráse, pues, el Soberano Juez en la silla de su majestad. Algunos tomando a la letra esta silla han querido entender, que será la misma nube en que el Señor subió al cielo, y que en aquella misma vendrá a juzgar: mas a mi ver mas conveniente es decir, que por su silla entendamos la santa Iglesia de los bienaventurados, que estarán presentes, en la cual el Señor glorioso se sentará dándoles a todos de su gloria. Se congregarán todas las gentes que ha habido, contando cuantos han nacido desde Adán hasta el postrer hombre que ha de nacer antes del fin del mundo, así los que murieron al principio del mundo, como todos los que después vivieron corporalmente.

Prosigue: Y apartará los unos de los otros, así como el pastor aparta las ovejas de los castrones, y pone las ovejas a la mano derecha, y los castrones a la izquierda. v. 32.

Así como el pastor aparta el un ganado del otro, así Cristo Redentor nuestro, que es verdadero pastor, a quien las ovejas propias conocen y siguen, el día del juicio apartará los buenos de los malos. Por las ovejas son entendidos los santos, que se alegran en la vida con ser sencillos y justos: estos dice, que serán puestos a la mano derecha del Señor, porque serán recibidos en la seguridad de la bienaventuranza. Por los castrones, que son animales locos, y entre sí discordes, viciosos e inclinados a la lascivia, son denotados los malos, dados siempre a los vicios de la carne: y dice, que serán puestos a la mano izquierda, porque justamente serán sentenciados a las penas infernales, en donde sin fin arderán y penarán. Y habéis de notar, que no dijo las cabras, sino los castrones serán puestos a la mano izquierda: porque las cabras en la Santa Escritura son tomadas en figura de bien, y denotan las animas de los Santos, que suben como manadas de cabras ya trasquiladas, y lavadas del río en donde se han lavado, y llevan cada una sus dos hijos, y nunca fueron estériles.

Debéis también saber, hermanos, que en el juicio universal habrá dos órdenes de gentes, la una será de los buenos, la otra será de los malos, y estos serán repartidos en cuatro diferencias: habrá entre los buenos dos compañías, la una será de los que no serán juzgados, antes en compañía del Señor juzgarán, y estos serán los Santos Apóstoles, y Varones perfectos, a quienes el Señor dijo: vosotros os sentareis sobre doce sillas, juzgando a los doce tribus de Israel: habrá otra compañía de buenos, que serán juzgados y se salvarán, y a estos se dirá: tuve hambre, y me disteis de comer: tuve sed, y me disteis de beber, y lo demás. Asimismo habrá dos compañías de malos, unos serán los que sin ser juzgados, serán condenados y remitidos a los fuegos del infierno : y estos serán los paganos y todos aquellos que no conocieron a Dios, de los cuales dijo el Profeta: no se levantarán los malos en juicio; y de estos mismos, dice el Señor: el que no cree ya esta juzgado: otra compañía será de los que serán juzgados y condenados, y a estos se les dirá: tuve hambre, y no me disteis de comer: tuve sed, y no me disteis de beber, y todo lo demás.

Prosigue: Y el Rey dirá entonces a los que estarán a su mano derecha: venid benditos de mi Padre y poseed el reino que os está aparejado desde el principio del mundo. v. 34.

Este Rey es Cristo Redentor nuestro, el que es Rey de los Reyes, y Señor de los Señores: y solo él será aquel, día ensalzado, y por su autoridad y poder soberano ordenará la sentencia, y dirá a los que estarán a su mano derecha, es a saber, a los Santos, que pertenecerán a la suerte de la bienaventuranza soberana: Venid benditos de mi Padre. Oh voz digna de ser deseada: digna de ser amada: merecedora de ser recibida con grande alegría, pues con ella son llamados los Santos a reinar para siempre, y gozar sin fin de bienes que no se pueden pensar Con razón son llamados benditos, pues están predestinados a gozar, de aquella bendición eterna, que está en Jesucristo, y nos viene por él mismo. Llama el Señor rey no de su Padre, aplicando todo el señorío a aquel de quien es Hijo : porque del mismo Padre de quien tiene el ser, tiene también el poder. Pero el rey no del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, es uno mismo: así como es una la esencia, y una la majestad: y dice el Señor, que este reino les está aparejado desde el principio del mundo, porque antes de los siglos están predestinados y ordenados para él. Así lo entendió el glorioso Apóstol cuando dijo: los que supo ante todas las cosas, que eran para sí, a estos predestinó y llamó, y a los que llamó, a estos justificó: y luego declara con qué obras han merecido tan gran bien, diciendo: Tuve hambre, y me disteis de comer: tuve sed, y me disteis de beber: era huésped, y me acogisteis en vuestra casa: estaba desnudo, y me vestisteis: estaba enfermo, y me visitasteis: estaba en la cárcel, y me redimisteis: v. 35. y 36. Todas estas palabras nos señalan manifiestamente las obras de misericordia, y la liberalidad de amor que con Dios debemos tener, de la cual tienen necesidad los pobres. Y si queremos levantar estas palabras al sentido espiritual, no serán menos provechosas para nuestras almas: porque a la verdad, no solo hemos de mostrar nuestra caridad con el próximo remediando su cuerpo, que en breve se ha de podrir, sino mucho mas ayudándole a salvar el alma, que para siempre ha de vivir. Digamos, pues, que cumple con toda perfección las obras de caridad, el que remedia el hambre, sed, y necesidad corporal de su próximo, y con esto no se olvida de darle consejo para que mejor guíe su alma al cielo. Muy de verdad cumple las obras de misericordia, el que con su consejo y buena doctrina, reduce al camino al que iba perdido y fuera de la senda de la verdad, o le restituye a la Santa Madre Iglesia, de donde se había salido. Doctrina es del glorioso Apóstol, que se cumple el mandamiento de amar al próximo, cuando confirmamos en el bien al que vemos flaco en la fe, y cuando con nuestras palabras y obras, consolamos al que está puesto en las cárceles muy afligido, y desconsolado, y el que esto hiciere esté cierto de que recibirá de Dios grande premio. Y debéis notar, que no señala en su juicio el Señor que paga las hazañas grandes y extrañas, que los hombres hayan hecho, sino solo la caridad, y las obras de misericordia, que son muy comunes en la vida humana, y de las que todos tenemos necesidad; en lo cual vemos, que el reino de los cielos es de los que guardaren las obras de caridad, porque sin caridad no hay virtud ni buena obra que sea acepta delante de Dios.

Responderán entonces los justos diciendo: Señor, ¿Cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer? ¿o cuando te vimos con sed, y te dimos de beber o ¿ cuándo te recibimos en nuestras casas como huésped? ¿Cuándo te vimos desnudo, y te vestimos?

Todo esto dirán los Santos, admirados de ver la inmensa misericordia que Dios en aquel día obrará con ellos; y aun porque viendo la Majestad, que entonces verán, cualquier servicio que acá habrán hecho, por grande que sea y señalado, les parecerá muy pequeño, y de poco valor: viendo asimismo la grandeza tan poderosa del Juez, que a todos pasmará, a los malos para asombrarlos y afligirlos, a los buenos para causarles maravilla, y consolación.

El bienaventurado Efrén en una homilía, que hace del día del juicio, pone a este propósito y cosas maravillosas para o mover las almas á dolor y temor grande: y entre otras dice, que los Santos preguntarán a los Ángeles, que les fueron dados por guarda, ¿Qué bien es el que hicieron ellos viviendo, o cuándo pudieron merecer galardón tan soberano? a esto dice que responde el mismo Rey y Señor nuestro, diciendo: Sabed que todo lo que hicisteis con uno de estos mas pequeños hermanos míos, por mí mismo lo hicisteis. v. 40. Maravillosa es esta misericordia del Señor, y llena de piedad, pues quiere tener en tanto la devoción de los justos, y recompensarla con un premio tan grande, que afirma, que él mismo fue vestido y proveído de comer, y de beber en aquellos pobres tan bajos, y menospreciados que lo recibieron, y con tan maravillosa paga conforme que él lo recibió, quedando deudor de ello.

Cuando el Señor, dice, lo que hicisteis por uno de mis pobres y pequeños, por mí lo hicisteis, se puede entender generalmente por todos los pobres; y que nuestro Señor recibe la limosna que a cualquier pobre se da: mas cuando el Señor notablemente, y cuasi mostrándolos con el dedo, dice: lo que hicisteis por uno de estos mis pequeños, muestra que no habla generalmente de todos los pobres, sino solo de aquellos que son pobres de espíritu, y que por el amor de Dios voluntariamente se han hecho pobres; y a estos deben, principalmente socorrer los Católicos, que tienen posibilidad, y hacerlos sus amigos, para que después sean, recibidos de ellos en las moradas eternas.

Prosigue : y entonces dirá a los que estarán a su mano izquierda: idos de mí malditos al fuego perdurable, que está aparejado para el diablo, y para sus ángeles. v.41.

Se dirá, a los malos que están a la mano izquierda, idos de mí malignos al fuego eterno; y estarán puestos a la izquierda, porque todo el tiempo que en este mundo vivieron, nunca tuvieron su amor sino en las cosas siniestras, torcidas, y vanas, y nunca se acordaron de las cosas santas y virtuosas, que son figuradas por la mano derecha. Les dice, pues, el Juez Soberano: idos de mí malditos al fuego eterno. Son llamados malditos, los que consumiendo su vida en maldición, y en cosas malditas, no temieron ir a parar en la maldición eterna. Nunca los malos hacen vida con el Señor, porque escrito está , y no morará cerca de él el maligno. Entonces decimos que se apartan del Señor: porque mientras en este mundo viven, todos así malos como buenos andan mezclados: mas en aquel día espantoso serán apartados los unos de los otros. La Santa Iglesia es una red que toma pescados malos y buenos, y todos los trae hasta la orilla del agua, que es hasta el examen final: mas el día de este examen temeroso los buenos pescados serán recogidos en el vaso de la gloria, en donde se han de guardar; y los malos serán echados adonde los demonios los huellen para siempre.

Asimismo, hallamos, que en el campo del Señor, nació el trigo mezclado con las malas yerbas; mas cuando vino el tiempo de las eras, el trigo fue guardado en los graneros, y las malas yerbas fueron hechas manojos y echadas en el fuego. Manda, pues, el Señor, que se vayan, es a saber, que estén para siempre apartados de su presencia, y echados en las tinieblas exteriores. Son, pues, mandados los malditos, que se aparten, y vayan al fuego eterno, en donde arderán sin fin, pues estando en la vida nunca quisieron apagar en sí el fuego de los vicios, antes si vivieran sin fin, también sin fin ardieran en pecados. Este fuego está aparejado para el diablo y para sus ángeles: porque así como la Omnipotencia de Dios. aparejó el reino de la gloria desde el principio del mundo para todos los buenos: asimismo preparó el fuego eterno donde el diablo, y sus ángeles sean sin fin atormentados, y les dirá: tuve hambre, y no me disteis de comer, tuve sed, y no me disteis de beber, fui huésped y no me acogisteis, fui desnudo y no me vestisteis, fui enfermo y encarcelado, y no me visitasteis.

Sentencia es esta, amados hermanos, para espantar a cualquier hombre del mundo que tenga seso: porque no se queja el Señor de estos diciéndoles, vosotros robasteis a vuestros próximos, ni tomasteis lo que era ajeno, sino que los condena diciendo, no me disteis de comer. Si tal castigo dan al que guarda demasiado lo propio, ¿Qué harán al que roba lo ajeno? ¡o qué castigo espera al que despojare al otro, si vemos que tan grande pena recibe el que no da lo que tiene! Si vemos tal sentencia contra el que no hizo misericordia, ¿Qué tal la espera el que fuere cruel?

Responderán los mal aventurados: Señor ¿Cuándo te vimos hambriento, o sediento, o huésped, o desnudo, o enfermo, o en la cárcel, y no te servimos? v. 44.

Quieren estos perdidos excusarse, pensando que podrán engañar a Dios, como en el mundo acostumbran a engañar a los hombres; pero no podrán tener entonces excusa alguna los que cuando pudieron, nunca se quisieron enmendar, y menospreciaron el redimir sus pecados con limosnas. El Señor les responderá diciendo: en verdad os digo: lo que negasteis a cualquiera de estos mis hermanos pequeños, a mí mismo lo negasteis. El que menosprecia hacer bien a uno de estos miembros de Jesucristo, aunque bajos acá, y menospreciados, con justicia está condenado por hombre que no tiene amor a Dios; y por tanto nunca recibirá de Dios el galardón con que se alegre: por qué el hombre que no ama a su próximo a quien ve presente, ¿Cómo podrá amar a Dios a quien no ve?

Y debéis notar, que también se hace aquí mención de la unidad, como arriba se hizo con los Santos que dice : cuando no hicisteis caridad a uno de mis pequeños, ni me la hicisteis a mí. Esto se dice así, para mostrarnos, que aquella liberalidad es acepta a Dios, que nace de un corazón sencillo, y en la unidad de la Santa Fe Católica. En lo demás la limosna que naciere de hombre hereje, y apartado de la unidad de la Santa Fe Católica, o sin ser apartado de la fe, hace la limosna con el fin de conseguir gloria mundana, sabed que todo va perdido, y ninguna cosa de estas es acepta a Dios, y así dice: irán estos a los tormentos eternos, y los justos irán a la gloria eterna. v. 46.

Orígenes enseñaba, que los demonios, y todos los condenados con ellos serian en algún tiempo perdonados, y alcanzarían perdón, y serían librados de las penas: fundaba su razón en decir, que a la divina misericordia convenía, que así como había remediado al hombre, y socorrido al linaje humano, también era justo que remediase al ángel perdido y a los que con él estaban. Y contra esta sentencia están claramente estas palabras del Santo Evangelio, que dicen: irán a los fuegos eternos. El respondía diciendo, que el Señor había dicho esto para poner miedo a los hombres, y hacer que con este miedo se apartasen del mal. Mas podremos responderle, que si esto no es verdad, tampoco lo será lo que se dice de los Santos: que irán a la gloria sin fin, y solo el pensarlo es grande maldad: y es cosa horrible decir, que como quiso el Señor con un falso temor asombrar los malos, así también con una falsa alegría quiso poner esperanza en los buenos. Alguno por ventura diría, que es cosa muy injusta, que esté un hombre sin fin en penas tan graves por una culpa que pasó en un momento de tiempo. Mas habéis de notar, que estarán los malos en penas eternas, porque con obstinada voluntad duraron en el mal, y permanecerían sin fin, si vivieran sin fin, y si vivieran para siempre, también para siempre pecarían. Justa es, pues, la sentencia de Dios, de que los tales padezcan penas eternas. Por tanto, muy amados hermanos míos, supliquemos a la divina misericordia, y levantemos los corazones a Dios, y las manos llenas de limosnas a los pobres por su amor: pidiendo que su temor santo, de tal manera abrase en esta vida todos nuestros males , y encamine nuestras obras, que el día del espantoso examen universal merezcamos ser librados del lugar infeliz de la izquierda, y ser colocados con sus escogidos á la derecha, para que seamos con sus Santos Ángeles aposentados en los gozos perdurables, en donde él vive y reina, Señor Todopoderoso para siempre jamás. Amén.

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FUENTE: Homiliario ó Colección de homilías ó Sermones de los más excelentes Santos Padres y doctores de la iglesia. Tomo Segundo. Oficina de Don Benito Cano. 1795. Págs. 39-49. Digitalizado por Google.

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Padre François León Réguis

(1725-1789)

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SOBRE LA PENITENCIA

Después que Jesús ayunó cuarenta días, y cuarenta noches, después tuvo hambre. San Mateo, cap. 4 v. 2

 

Ya hemos llegado, amados Parroquianos míos, a aquella sagrada Cuaresma, que desde el tiempo de los Apóstoles ha sido siempre observada en la Iglesia para honrar el ayuno de Jesucristo, para purgar nuestros pecados, y para disponer a los fieles a celebrar dignamente la fiesta de Pascua. Dichoso aquel cristiano, el cual, después de haber pasado la Cuaresma en el ayuno, y mortificación, se sienta instigado del hambre espiritual, que hace desear al alma el pan vivo, del cual se debe alimentar. Así como un enfermo, después de purgado con muchas amargas medicinas, y desagradables, empieza a tener hambre, así el alma cristiana, cuando está bien purgada con la penitencia, no puede ansiar otra cosa que la mesa de Jesucristo: de suerte, que con razón se le puede aplicar lo que el Evangelio dice hoy del divino Salvador: Después de haber ayunado cuarenta días, y cuarenta noches, al fin tuvo hambre.

Hay muchos enfermos, que desanimados de la amargura de las medicinas, no pueden resolverse a tomarlas no de otra manera lo hacen gran parte de los cristianos, que se palman, y asustan luego que se les habla de penitencia: de suerte, Parroquianos míos, que no nos atrevemos a hablarles. ¿ A qué partido, pues, nos inclinaremos para no saltar a nuestro ministerio en este particular, y cumplir al mismo tiempo con mi obligación, sin desanimar, ni asustar a ninguno? Haremos lo que un Médico interesado en la cura de su enfermo, cuya flaqueza compadece. Le da a entender, que los remedios que se le proponen son necesarios para la cura; después endulza cuanto es posible los mismos, sin que pierdan su actividad. Es necesario pues, que cualquiera que haya pecado, y que quiera obtener el perdón, haga penitencia: de suerte, que no basta no cometer otros. A más de esto, es menester indicar un modo de penitencia, que no parezca terrible, pero que no sea menos eficaz. Vos, o dulce Salvador, sois justo, pero vuestro yugo es suave y vuestra carga ligera.

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 Ramón Martínez Vigil OP, Obispo de Oviedo

(1840-1904)

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III

Necesidad de la penitencia para quien pecó después del bautismo

1 . No hay para qué emplear tiempo en probar la necesidad de la penitencia para cuantos hayan perdido la gracia santificante infundida en el santo bautismo. Es una verdad dogmática, siempre creída y profesada por la Iglesia, definida por los Concilios, y, ya en los albores de nuestra redención, predicada por el mismo Salvador: Si no hiciereis penitencia, todos pereceréis de la misma manera (Luc. XIII, 3) . El pecado mata espiritualmente al alma, es decir, la priva de la vida sobrenatural, que consiste en su unión amigable con Dios por la gracia santificante; porque la  concupiscencia después que ha concebido, desde que es consentida, pare el pecado, y el pecado, cuando es  consumado, engendra muerte (Jacob., 1, 15) . Y de esta muerte no resucita el hombre, ni por la fe, ni por la misma gracia y misericordia divina, si no hace penitencia— enseña Santo Tomás;—porque la caridad exige que el hombre se duela de la ofensa hecha al amigo y le dé satisfacción cumplida; porque la fe demanda que el pecador se justifique, no por sus méritos, pues carece de ellos, sino por los méritos de la pasión de Cristo, que se aplican por la penitencia; porque la misma divina misericordia requiere que el hombre, por la penitencia, cure las miserias en que incurrió por el pecado; y porque de la muerte de la culpa se resucita por la justificación; y San Agustín enseña que, «quien la creó sin ti , no se justificará sin ti» (San Agustín, Tract. 72 in Joannem), sin tu dolor, sin tu confesión y sin la satisfacción debida.

 

Condiciones de la penitencia: penitencia simulada

 

2. Es, pues, necesaria la penitencia para todos los que, después del bautismo, hayan pecado gravemente. Sí, amados hijos nuestros, nos es necesaria la penitencia, y no una penitencia cualquiera, sino aquella penitencia sólida y aceptable á los ojos divinos que predicaba San Juan cuando clamaba en el desierto: Haced frutos dignos de penitencia ( Matth., III, 8); es decir, haced una penitencia tal, que compense las ofensas inferidas á la divina justicia. Porque si es verdad, como escribe San Juan Crisóstomo, que quien ha ofendido á Dios está cierto y seguro de que ha perdido el derecho al cielo y ha merecido el infierno, y no está jamás absolutamente cierto de que su penitencia haya sido verdadera; si las divinas Escrituras nos enseñan que solamente la verdadera penitencia salva al hombre, y que hay muchas penitencias simuladas é ineficaces que no borran el pecado, porque no es detestado y aborrecido como merece ser aborrecido el mayor mal que acaece al hombre; si todo esto es cierto, y si las consecuencias de una penitencia falsa son las de perder una eterna dicha y de caer en una eterna desgracia, comprenderéis, amados hijos nuestros, cuánto os interesa el no engañaros en vuestra penitencia, y tener para ese fin nociones claras de lo que es una penitencia sólida y verdadera, que aquiete vuestra conciencia y ponga á salvo los eternos destinos de vuestra alma. A tres pueden reducirse esas nociones ó condiciones de sincera enmienda, según las enseñanzas de los santos.

 

Primera condición de la penitencia: destruir al pecado. Señales para conocer que se destruyó el pecado

 

3. Pone la primera el apóstol San Pablo, al decirnos que sea destruido el cuerpo del pecado (Rom., VI, 6) . Comprended la fuerza de este precepto. No basta aborrecer el pecado; es preciso, además, aborrecer, detestar y cortar generosamente lo que es causa y materia de pecado. Nosotros, generalmente hablando, no amamos el pecado, porque el pecado no es amable, pero amamos el placer ó la utilidad que encontramos en la acción pecaminosa. Quisiéramos utilizarnos ó gozarnos sin que Dios fuese ofendido; y cuando esto sea imposible, atropellamos con todo, pisoteamos la divina voluntad, abusamos de sus dones y los utilizamos para fines á que no están ordenados. Remedio de este mal es destruir el cuerpo del pecado, renunciar á deleites que emponzoñan el alma y á ocasiones que excitan en nuestros corazones perniciosos deseos, porque sin esta renuncia del cuerpo del pecado no se destruye el pecado. Y conoceremos que nuestra penitencia ha sido verdadera, si, como fruto de ella, evitamos aquellas conversaciones cuya escandalosa licencia corrompe las costumbres y causa en nosotros las primeras llagas, incurables muchas veces, del pecado mortal; si con severidad saludable nos apartamos de sociedades y de tratos que sabemos por experiencia que son lazos de culpa; si dejamos de concurrir á representaciones y á espectáculos cuyo único efecto es excitar las pasiones y llenar la imaginación y los sentidos de semillas de pecado; si nos alejamos de ciertas reuniones que nos son bien conocidas, donde el espíritu impuro campea como en su reino y tiende lazos á la inocencia; si retiramos la subscripción y nos abstenemos de la lectura de periódicos y de otras publicaciones de dudosa moralidad y ortodoxia, en los cuales todo se discute y de todo se duda, y se zahiere la honra de los ministros del Señor, se censuran actos del culto religioso y se sustentan, embozada ó paladinamente, doctrinas reprobadas por la Iglesia. Sin esta circuncisión moral de amistades, de objetos de placer ó de entretenimientos, que son como el cuerpo del pecado, nadie puede estar tranquilo respecto á la validez de su penitencia. Y desconfiad, amados hijos nuestros, de todo confesor que os admita á la participación de los sacramentos sin imponeros la obligación y sin exigiros la promesa de huir de esas ocasiones de pecado, aunque por esa conducta cristiana hayáis de llamar la atención y convertiros en blanco de todas las miradas. Antes que el escándalo de la contumacia y de una penitencia hipócrita y falsa, el escándalo farisaico de quien os censure por vuestra conversión á Dios y vuestro cambio de vida.

 

Ilusiones de algunos falsos penitentes. Cómo tientan a Dios

 

4. Sin este cambio en el vivir no puede decirse que hay conversión; palabra que significa precisamente la separación de la criatura, que fue el cuerpo del pecado, y la vuelta á Dios, de quien nos habíamos separado al pecar. No hay que forjarse ilusiones con la falsa esperanza de una protección divina de preservación, que Dios no tiene prometida sino al que huye, en cuanto está de su parte, de todo peligro de recaer.

¡Protección de Dios! Pero si Dios nos advierte precisamente de lo contrario, al avisarnos de que quien ama el peligro perecerá en él (Eccli., III, 27). Semejante confianza, dice el Crisóstomo, es una confianza reprobada que tienta á Dios y lo ultraja, á la par que fomenta la impenitencia y endurece al pecador.

¡Ah, Dios mío!, ¿Qué clase de obcecación nos hace olvidarnos de esta verdad que debiéramos meditar á tiempo y fuera de tiempo, puesto que de ella depende en gran parte la reforma del mundo y la conversión y la santificación de las almas? ¡Ah, no! No os fiéis jamás de vuestra penitencia, por más sincera y completa que os parezca; tenedla por vana é ilusoria si no va acompañada de la resolución firme y eficaz de evitar la materia y la causa del pecado y de huir de las ocasiones y peligros de reincidir en la culpa. Que sea destruido el cuerpo del pecado.

 

IV

Segunda condición de la penitencia: reparación de las consecuencias del pecado. La penitencia y la justicia.

 

1.Es segunda condición de una verdadera penitencia que vaya seguida de la reparación completa de cuanto haya sido consecuencia y efecto del pecado. La penitencia es parte de la virtud de la justicia, que manda dar á cada uno lo que es suyo. El verdadero penitente ha de tener voluntad resuelta á hacerse justicia á sí mismo, á hacerla á Dios, y á hacerla al prójimo, si éste fue lesionado por su pecado; y por consiguiente á reparar, á costa de cualquier sacrificio, los daños causados por sus culpas. No habrá ciertamente nadie que ponga en duda la justeza de esta reparación; pero muchos se ilusionan y á sí mismos se engañan acerca de la extensión de los deberes que impone. Veamos el medio de ilustrar tan interesante materia con las luces de la revelación y la doctrina de los Santos Padres.

Esta reparación es el fruto de la penitencia: la restitución, la reconciliación y otras virtudes.

2. Ciertamente que el punto de partida de nuestra conversión á Dios es lo que llama San Gregorio transacta flere, llorar los pecados pasados, aborrecerlos, dolerse de ellos, destruir el cuerpo del pecado, de que hablamos anteriormente.

En esto consiste propiamente la penitencia, que viene de poenitere, arrepentirse; pero el Precursor, además de la penitencia, exige dignos frutos de penitencia, y estos frutos se distinguen de la penitencia, como los frutos del árbol se distinguen de la substancia del árbol. Es bueno, es necesario llorar los pecados pasados y renunciar á ellos para lo porvenir: es el fundamento, es la raíz de la penitencia, de la cual han de nacer frutos de gracia y de salud, si el árbol de la penitencia no ha de ser un árbol estéril y expuesto á eterna maldición. Estos frutos consisten en reparar los efectos desastrosos del pecado mediante actos opuestos á los pecados cometidos, según la diferente especie de éstos. Quien ha usurpado bienes ajenos, debe restituirlos; quien ha mancillado la reputación del prójimo, está obligado á reparar esa deshonra; quien se haya dejado dominar de la soberbia ó de la cólera, debe satisfacer con actos de humildad; y el que se ha enemistado con otro, ha de reparar la ofensa con actos sinceros de reconciliación. Estos y otros análogos son los frutos dignos de penitencia necesarios para nuestra justificación, y son al propio tiempo signos de una penitencia sincera.

 

Dificultad de esta reparación, y sus exigencias. La reparación aflictiva del cuerpo

 

3. Para que un rico descienda de su rango usurpado, restituyendo lo mal adquirido; para que un hombre altanero y soberbio venza su orgullo con actos de humildad y ahogue sus resentimientos por supuestas ó verdaderas injurias, perdonando á su enemigo, se necesita de una gracia especial de Dios, que no puede proceder sino de una penitencia sincera y sobrenatural, y por eso esos actos son frutos dignos de penitencia, que abonan el árbol del cual proceden. Pero si nada de esto vemos, nuestra penitencia será defectuosa y aborrecible, reprobada por Dios, y hasta condenada por el mundo, que desea ver en ella la proporción de la justicia. El que se ha enriquecido despojando de su hacienda á la viuda ó al huérfano, ó alterando el peso, la medida y el género que vende al pobre, no satisface á la justicia violada con practicar algunos actos de devoción, que nada aprovechan á las víctimas de sus estafas. El que ha desgarrado la reputación del prójimo, no puede quedar tranquilo con practicar en su obsequio algunos deberes sencillos impuestos por la caridad para con todos los hombres.

El que con astucias y raterías ha perdido á su enemigo, está obligado á reparar el mal causado con mayores dispendios que los representados por unas cuantas oraciones dirigidas á Dios. No, hijos nuestros, no: según el orden establecido por Dios, la maledicencia no se repara con la oración, ni la injusticia con la limosna, ni los placeres ilícitos concedidos á la sensualidad con suspender solamente el desarreglo de la vida.

Para que nuestra penitencia sea eficaz y meritoria, no ha de practicarse según nuestro gusto, ni aun siquiera según nuestra devoción, sino según la proporción prescrita por el derecho divino; no ha de darse á Dios lo que se debe al prójimo, ni al prójimo lo que nos debemos á nosotros mismos. Los pecados de injusticia han de repararse con restituciones equitativas; los de irreligión con actos del culto; los de sensualidad con mortificaciones corporales. Dice á este propósito el papa San Gregorio: Pase que disfrute de cuantas cosas lícitas tiene á su alcance quien nunca usó de las ilícitas; pero el sensual y deshonesto, en tanto se debe privar de lo lícito en cuanto abusó de lo prohibido é ilícito.

 

La reparación de la honra: señales equívocas e inequívocas de penitencia.

 

4. San Agustín dijo: Non remittitur peccatum nisi restituatur ablatum: no se perdona el pecado si no se restituye lo robado. Pues lo que en esta sentencia se afirma respecto de los bienes de fortuna, se extiende á los bienes de la honra y de la fama: no se perdona el pecado de detracción por el sólo dolor de haberlo cometido; necesítase, además, en toda justicia reparar los daños causados por la injuria, la afrenta, la calumnia y demás pecados de la lengua ó de la pluma. Cuantas demostraciones de devoción haga un cristiano en señal de dolor de sus pecados; aunque se postre en el atrio del templo, cubierto de ceniza y de cilicio como los antiguos penitentes, y macere sus carnes con disciplinas y ayunos, serán señales equívocas de penitencia, mientras que no repare generosamente los daños causados al prójimo en sus bienes ó en su honra. Será, dice San Agustín, una penitencia fingida: Non agitur poenitentia sed fingitur. En todos estos actos puede haber ostentación é hipocresía; pero dadnos un penitente que se despoje de una fortuna que humanamente puede conservar, para hacer una restitución; presentadnos un cristiano vencedor de su amor propio y de su orgullo, hasta el punto de desdecirse de cuanto falsa y temerariamente había dicho contra alguna persona, ó vencedor de su concupiscencia y castigando su carne por los anteriores excesos que deplora, y entonces su penitencia no será dudosa, porque hace frutos dignos de penitencia, y el árbol se conoce por sus frutos.

 

V

 

El escándalo: pecado gravísimo que también demanda reparación

 

1.Ni basta con lo dicho para reparar plenamente los efectos y las consecuencias del pecado. La restitución de la hacienda usurpada, la reparación de la honra manchada y el castigo de nuestros lascivos desenfrenos no son los únicos frutos saludables é inequívocos de una verdadera penitencia. El pecador escandaliza muchísimas veces al prójimo con su pecado, es causa de su ruina espiritual, mata en su alma la vida de la gracia. Escandaliza directamente cada vez que incita á otro á la comisión de una culpa, y escandaliza indirectamente cada vez que peca en su presencia, y lo arrastra, ó puede arrastrarlo con su ejemplo, á que cometa el mismo pecado.

Pecado gravísimo, del cual dice Jesucristo: ¡Ay del hombre que causa escándalo!(Matth. XVIII, 7) Pecado gravísimo que impone al que lo causa la obligación de reparar, en cuanto le sea posible, las ruinas espirituales causadas en las almas de sus semejantes escandalizados. Para ello, después de llorar el pecado delante de Dios, quédale el deber de quitar de la vista del prójimo toda apariencia de pecado, y de edificarlo con una vida recogida, piadosa y penitente, en la medida que antes les había servido de ocasión de ruina.

Así han hecho los santos penitentes colocados por la Iglesia en los altares para nuestra edificación y enseñanza. Pretender hacer penitencia de pecados que acaso fueron el escándalo del público, y continuar la misma vida de lujo, de placeres, de espectáculos y de reuniones, en los que ostensiblemente se ofendió á Dios y se causó la ruina del prójimo, no es ciertamente dar pruebas de contrición y de enmienda verdadera. Una vida más retirada sienta mejor á quien de veras aspira á reparar las consecuencias de sus culpas, y se acuerda del consejo de San Pablo: Procuramos lo honesto, no solamente delante de Dios, sino también delante de los hombres (I Corint., VIII, 21)

 

La tercera condición de la penitencia: el remedio contra el pecado. El pecado es una enfermedad, y tiene su tratamiento. En la fidelidad al tratamiento se conoce la sinceridad de la penitencia

 

2. El tercer carácter de la verdadera penitencia consiste en aplicarse á poner en práctica remedios aptos para curar el pecado. No sin fundamento es considerado el pecado, sobre todo si es habitual, como una enfermedad del alma que exige imperiosamente ser combatida por la terapéutica de la penitencia. Si el pecador se somete resueltamente al régimen impuesto por la moral, si acepta y aplica los remedios soberanos que la moral impone, verá restablecida su salud espiritual, gozará de la quietud y del sosiego que son fruto de la sujeción de sus pasiones, y conseguirá como premio de sus esfuerzos la bienaventuranza eterna, que es el fin para el cual fue creado.

Mas ¡ay del frenético é insensato que se niegue á todo tratamiento moral! Sus pasiones, sus vicios y hasta sus crímenes irán en aumento, hasta aherrojarlo y hacerlo esclavo de bastardos apetitos: su salud, sus bienes de fortuna, la tranquilidad de su hogar, la paz del alma, todo naufragará en ese torbellino de ignobles concupiscencias, y la impenitencia final y la muerte eterna será, desgraciadamente, el término de una vida sin honor y hasta sin dicha. Conocerse ha, por consiguiente, la verdadera penitencia por la diligencia que ponga el pecador arrepentido en aprovecharse de esta terapéutica del alma que abraza dos clases de remedios, medicinales unos y satisfactorios otros. Quien procure aplicarlos, siquiera sea con la misma solicitud con que aplica los que le impone el médico para la curación de una enfermedad corporal, puede abrigar la certidumbre moral de la sinceridad y valor de su penitencia; quien, por el contrarío, tratándose de la salud del alma y de la vida eterna, descuide las cautelas indispensables para evitar las recaídas, ni puede confiar en la sinceridad de su arrepentimiento, ni en el perdón de sus culpas, ni menos abrigar confianza fundada de hallarse en camino de eterna salvación.

Los remedios medicinales: ocasiones voluntarias

 

3. No vamos á enseñaros aquí teorías peregrinas y superiores al alcance de la inteligencia menos cultivada, que se tome el trabajo de reflexionar alguna vez sobre el estado de su alma y las ocasiones de sus caídas en el pecado. ¿Quién hay entre vosotros, amados hijos nuestros, que desconozca cuan fácil le sería evitar las reincidencias en el pecado sólo con tomar precauciones relativamente fáciles, ó con huir de ocasiones plenamente voluntarias, que ejercen sobre vosotros influencia perniciosa? Pues prueba moralmente cierta de vuestra conversión á Dios es la de obedecer á ese imperativo de vuestra conciencia, tomando esas precauciones y apartándoos de esas ocasiones, que son la ruina de vuestra justicia y santidad.

 

Tabernas y casas de juego: lo que de allí resulta. Testimonio de la conciencia

 

4. Sabéis, por ejemplo, que la taberna y la casa de juego tienen sobre vosotros influencia fascinadora para el mal; que siempre salís de esos antros de Satanás peores de lo que erais al entrar en ellos. Allí queda parte de vuestro salario, ganado á fuerza de sudores, y necesario para levantar cargas de justicia, que voluntariamente habéis contraído al constituir una familia. Allí se exasperan las pasiones, fácilmente domeñadas por el trabajo saludable de la semana. Allí nacen las contiendas, los odios y las reyertas, que convierten á hombres, por otra parte buenos y honrados, en una especie de caribes, que son el baldón de nuestra sociedad y la negación de nuestra pretendida cultura, y de nuestro preconizado progreso. Allí queda enterrado, quizás para siempre, el amor de la mujer y de los hijos, y desvanecido irremisiblemente el encanto de la familia.
Allí, en una palabra, se blasfema, se maldice, se deshonra al prójimo, y se cometen ó se preparan toda suerte de reincidencias en el pecado, que demuestran la esterilidad de vuestros propósitos de enmienda y hacen sospechosa de nulidad vuestra penitencia anterior. ¿No os dice todo esto vuestra propia conciencia? Pues la conciencia es el pregonero de la ley natural y divina, impuesta por Dios a la criatura racional, para que, obedeciéndola, consiga sus eternos destinos; para que viva como hombre, y no como bestia. De no obedecerla, vosotros mismos os precipitáis del trono de honor en que Dios os colocó al dotaros de inteligencia y de libre albedrío, para descender al nivel de los que no tienen otro fin que la satisfacción de sus instintos sensuales, porque carecen de facultad para aspirar á bienes superiores y eternos. Es indispensable, pues, que huyáis, como de la peste, de esas ocasiones de pecado y de ruina, si deseáis la salud del alma, y estar tranquilos acerca de la validez de vuestra penitencia.

 

El descanso dominical: los obreros y sus familias en el campo. Cuánto ganaría la salud, la familia, y la moral, si se imitase este ejemplo

 

5. Hemos presenciado, en ciudades mucho más industriales y fabriles que nuestras más florecientes poblaciones, un espectáculo edificante y profiláctico para la salud corporal y espiritual, que quisiéramos ver aclimatado entre nosotros:
el de numerosos grupos de trabajadores, acompañados de sus mujeres y de sus hijos, que se dirigían al campo los domingos por la tarde, provistos de un frugal alimento, para solazarse juntos en el día del descanso, comunicarse sus impresiones y sus amores, y vivir la vida de familia, que tan grata es para los corazones sanos y que saben amar, como Dios quiere que amemos á seres unidos íntimamente á nosotros. ¿Por qué nuestro pueblo no prueba la dulzura de esta familiaridad santa, superior en consuelos y en satisfacciones verdaderas á toda otra familiaridad, que no sea la que viene inmediatamente de Dios, nuestro supremo bien? ¿Por qué los maridos y los padres de familia han de vivir más en el círculo, en la taberna y en la casa de juego, que en su propio hogar; y han de buscar una felicidad engañosa entre extraños, con abandono punible de aquellos seres desgraciados, que de ellos esperan calor, vida y cariño del alma, y sólo reciben acaso desdenes, abandono y malos tratamientos? La hacienda, el bienestar, la salud, la educación de los hijos, la moral pública y privada, la paz del hogar prosperarían al calor de estas santas expansiones, baluarte de los santos propósitos de la penitencia, y remedio medicinal de las enfermedades del alma.


FUENTE: “La penitencia”. Pastoral del Excmo. y Rvmo. Sr. Obispo de Oviedo al Clero y fieles todos de su diócesis con motivo de la Cuaresma. Madrid. Imprenta de L. Aguado. 1903. Págs. 15-30. Obra perteneciente a los fondos de la Biblioteca Nacional de España, y disponible en su Biblioteca Digital Hispánica.

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 Ramón Martínez Vigil OP, Obispo de Oviedo

(1840-1904)

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Si confiteamur peccata nostra: fidelis est et justus ut remittat nobis peccata nostra, et emundet nos ab omni iniquitate.

Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es Dios para perdonarnos y limpiarnos de toda maldad.

I Joann., I, 9

 

I.

Todas las criaturas, menos el hombre, encuentran su fin sobre la tierra. No la encuentra el hombre, porque ni sacia sus deseos ni se ve libre de miserias 

1.Todas las criaturas terrestres, a excepción del hombre, encuentran sobre la tierra su fin último, su completa perfección y su bienaventuranza suprema. No encuentra el hombre en la tierra esa bienaventuranza, por la cual constantemente suspira, porque la bienaventuranza ha de ser un bien capaz de excluir todos los males, y de llenar los deseos todos de nuestro corazón. ¿Y quién, en esta corta y miserable vida, se ha visto inmune de todo mal? ¿Quién ha disipado en su inteligencia las tinieblas de todos los errores, y ha ordenado completamente las inclinaciones de su parte afectiva, y ha sabido preservar su cuerpo de todo dolor, enfermedad y desfallecimiento? Nadie, ciertamente, se ve en este valle de lágrimas libre de males y de dolores, y nadie ha conseguido tampoco satisfacer los deseos todos de su corazón, cuyos senos insondables no pueden llenar todos los bienes creados, ya porque son inferiores a él, y ya principalmente porque son caducos y transitorios, y el hombre, para su completa dicha, ha menester de la posesión de un bien inadmisible que no fenezca, que lo haga eternamente bienaventurado con seguridad absoluta de que jamás ha de perderlo. Pasan los bienes creados todos, pasa la misma vida presente, que es el sujeto de la bienaventuranza a que aspiramos; pasa todo, y nosotros deseamos con deseo incontrastable y necesario que nuestra dicha no tenga fin; luego es indudable que el hombre carece en la tierra de ciudad permanente, está en ella de paso, porque no encuentra en ella su fin último; y, sin embargo, como nada hay ni puede haber sin fin último determinado, sin perfección última asequible, sin objeto que llene todas sus aspiraciones, debemos inferir, y la fe nos lo confirma, que si el hombre no halla su felicidad en la tierra, si no encuentra su perfección en la vida presente, necesariamente ha de poder conseguirla en otro lugar, y que más allá de los límites de la presente vida ha de hallarse el bien que sacie la ardiente sed que le devora.

 

Cuál sea el verdadero fin y perfección del hombre: es la suprema verdad vista y la suprema bondad poseída

2.¿Y cuál es, amados hijos nuestros, ese bien único que puede saciar nuestros deseos de felicidad, aquietar nuestro corazón y librarnos de todos los males y penalidades? ¿Dónde hallaremos esa fuente de agua viva que nos confiera la apetecida inmortalidad, y con ella la posesión de toda la verdad, el goce de todo bien y la quietud y el descanso de todos nuestros apetitos?

San Agustín, en un momento de místico arrebato, exclamó: «Nos hiciste, Dios mío, para Ti ; y está inquieto nuestro corazón hasta que llegue hasta Ti». Antes había enseñado nuestro divino Redentor, que la vida eterna del hombre consiste en conocer a Dios sólo y verdadero y a Jesucristo, a quien Dios envió al mundo para salvarnos (Joann., XVII, 3.).

Solamente en el conocimiento intuitivo de la misma naturaleza de Dios, y en el gozo de su hermosura y bondad soberana, puede hallar el hombre su perfección completa, su fin último y su cumplida bienaventuranza. Porque la potencia superior del hombre es el entendimiento, que busca la verdad y que propone a la voluntad el bien en que ésta se deleita; y no es posible que el hombre sea perfectamente feliz mientras que indague algo, mientras que desee algo, mientras que haya alguna verdad que no conozca, algún bien que no posea; mientras que haya ignorancia en su entendimiento y apetitos no saciados en su corazón. No le basta al hombre el conocimiento de los múltiples fenómenos de la naturaleza; quiere penetrar las esencias, la substancia íntima de las cosas; no se contenta ni descansa en la contemplación de los efectos; desea saber de dónde proceden, conocer sus causas, y las causas de estas causas, hasta remontarse a la primera causa que le dé la clave de toda la ciencia y la posesión de toda la verdad, para contemplarla a sus anchas, y para proponerla como el bien supremo a la posesión y al goce de la voluntad.

 

No aquieta al hombre el conocimiento de los efectos; aspira al conocimiento de las causas y de las naturalezas de las cosas

3. No se aquieta el humano entendimiento con la contemplación de la luz eléctrica o de un eclipse solar. Estos admirables fenómenos naturales excitan su admiración, y la admiración lo conduce a la indagación de la causa que los produce y de la naturaleza íntima de esa misma causa, y de cuantas causas la preceden en el orden de causalidad hasta llegar a la primera causa, que es Dios; y no precisamente Dios sentido y adivinado, sino Dios conocido, visto y penetrado en toda su esencia simplicísima y en sus perfecciones admirables. Dios conocido por intuición directa, como nos conocemos a nosotros mismos para saber en Él toda la verdad, para poseer la llave del enigma de todas las cosas y de las relaciones todas de esas mismas cosas; para tener conocimiento acabado de los efectos por sus causas, y para que la voluntad y, el corazón se engolfen y descansen en la fruición de tanta hermosura y de tanta bondad. Y como esto sólo se consigue en cuanto el entendimiento se una a Dios, como a su objeto propio y directo, resulta que en esta unión consiste la perfecta bienaventuranza del hombre. Me saciaré—se dice en el libro de los Salmos — cuando apareciere tu gloria (Psalm. XVI): mientras que esa gloria divina no se nos revele en toda su plenitud y hermosura, ni se saciará nuestro espíritu, ni descansará nuestro corazón.

 

Atisbos de la filosofía pagana. Fin natural y sobrenatural del hombre

4. Hasta los filósofos paganos presintieron este destino sublime del hombre, al decir de San Agustín, que pone en labios de Platón esta admirable sentencia: «No es bienaventurado el hombre porque goce de su cuerpo o de su alma, sino porque goce de Dios; no como el alma se goza con su cuerpo o consigo misma, o como el amigo se goza con el amigo, sino como el ojo se deleita con la luz (S. AUG., De Civit. Dei, vm, 8.), es decir, conociéndolo y viéndolo. Ciertamente que el hombre no es capaz de elevarse por sí mismo a la unión intuitiva de la esencia divina en que consiste hoy su única bienaventuranza, como consecuencia del estado sobrenatural en que vivimos; pero de no habernos hecho Dios esta merced inefable de adoptarnos por hijos suyos en Jesucristo, el hombre habría tenido siempre cifrada su felicidad en su unión perfecta con Dios, mediante un conocimiento abstracto y relativamente perfecto de la causa primera, y mediante el amor del mismo Dios, que alcanzaría, gracias a divinos auxilios en relación con su propia naturaleza.

 

II

La bienaventuranza sobrenatural es don gratuito de la divina bondad, merecido por Jesucristo, en quien somos adoptados por la gracia santificante

1.Es, pues, la bienaventuranza más completa que esperamos, y única señalada al hombre como premio de sus merecimientos, un don gratuito de Dios, que nos adoptó por hijos en Jesucristo, aplicándonos los méritos infinitos de su vida, pasión, muerte y resurrección (Gratia Dei vita adema. Ad Rom., VI, 23.); y son medios necesarios para esta adopción divina y para la consecución de la vida eterna, el bautismo, la fe y la gracia santificante. El bautismo: En verdad, en verdad te digo—son palabras de Jesucristo,— que no puede entrar en el reino de Dios sino aquel que fuere renacido del agua y del Espíritu Santo (Joann., III, 5) La fe: Sin fe es imposible agradar a Dios (Rom., XI, 6.). La gracia: Por la gracia de Dios se nos da la vida eterna en Cristo Jesús (Ídem, VI, 23). Esta gracia es un don divino que el Espíritu Santo infunde en el alma del hombre en el bautismo, o en la justificación, mediante la penitencia, para hacerlo hijo de Dios y heredero del cielo. Es una participación o comunicación de la misma naturaleza de Dios, que levanta al hombre y lo extrae, por decirlo así, de su esfera, para unirlo a la Trinidad beatísima, cuyas perfecciones inenarrables se reflejan en el alma que recibe ese don sacratísimo. Es una cualidad espiritual inherente al alma, que justifica al pecador, borrando sus pecados, lo hace grato a Dios, justo, espiritualmente hermoso, semejante a Cristo, miembro vivo de su cuerpo místico, hijo adoptivo de Dios, heredero del reino de los cielos, partícipe de la naturaleza divina, y capaz de mérito condigno del cielo.

 

Sin esta gracia nada podemos hacer en orden a esa bienaventuranza

2. Sin esta gracia santificante que nos comunica la savia de Cristo, y cuyo acto principal es el amor de Dios sobre todas las cosas, no podemos comenzar, ni continuar, ni concluir ningún acto bueno que sea merecedor o conducente para la vida eterna. Las palabras del Salvador son terminantes y decisivas: Yo soy la vid, vosotros los sarmientos: el que está en Mí y Yo en él, ése lleva mucho fruto, porque sin Mi no podéis hacer nada. Como el sarmiento no puede por sí mismo llevar fruto, si no permanece en la vid, tampoco vosotros si no permanecéis en Mí (Joann., xv, 4 y 5) . Hablase aquí precisamente de la gracia santificante, porque se habla del influjo que ejerce Cristo, en cuanto es vid, en sus hijos, que son los sarmientos; se habla del Verbo encarnado y, por ende, del orden sobrenatural, de las obras saludables y merecedoras del cielo, imposibles absolutamente sin la gracia o savia del Salvador: Sin Mí nada podéis hacer.

 

No bastan por lo tanto para salvarse, las virtudes puramente morales o naturales

3. No basta, amados hijos en el Señor, cumplir con todos los preceptos de la ley natural para conseguir el fin último y nuestra eterna bienaventuranza: No basta ser buen padre de familia, probo empleado, comerciante fiel en pesos, medidas, precio y calidad de géneros; no basta ser un bizarro militar y un magistrado incorrupto. No basta, en una palabra, para ir al cielo, practicar en todo las virtudes naturales que han conocido y predicado los mismos paganos; es preciso elevarlas al orden sobrenatural mediante los méritos, la gracia y el amor de Jesucristo, para que de esa manera guarden proporción con el fin y felicidad que esperamos, que es esencialmente sobrenatural. Todas aquellas obras de honestidad natural de que tanto se pagan ciertas personas, podrán contribuir a la imperfecta y caduca felicidad de la sociedad humana; merecerán recompensa de los hombres, quizá Dios los premie en la presente vida, pero son completamente estériles para conseguir el cielo. No premia Dios con el cielo, sino lo que se hace con la vista fija en el cielo, por amor del cielo, por amor sobrenatural de Dios, fundado en la fe y en la gracia de Jesucristo.

 

Medios necesarios para la salvación. Quien falta a la práctica de estos medios, no tiene otro camino para rehabilitarse que el de la penitencia, objeto de esta Pastoral

4. En resumen: nuestra felicidad es sobrenatural, reservada para la vida futura, y, para obtenerla, dos cosas son indispensables: Primera: el auxilio especialísimo de Dios mediante la gracia santificante, porque la visión intuitiva e inmediata de la esencia divina en que consiste la bienaventuranza excede y supera, no solamente las fuerzas naturales del hombre, sino las de todas las criaturas. Segunda: por lo mismo que esa bienaventuranza no es natural al hombre, es necesario que el hombre se dirija y tienda a ella por acciones propias y libres, ejecutadas bajo la moción de la gracia; es necesaria la práctica de las virtudes cristianas; son indispensables las buenas obras, o el cumplimiento de los mandamientos impuestos por Dios, como condición precisa para la consecución de ese bien gratuito. Por eso Jesucristo, que tantas veces insistió en la predicación de las obras buenas, después de recomendar a sus Apóstoles la humildad y el ejercicio de otras virtudes, cerró su predicación con estas terminantes palabras: Si esto sabéis, seréis bienaventurados si lo hiciereis (Joann., XIII, 17.) es decir, obtendréis la bienaventuranza, no por el conocimiento sólo de la ley y de las virtudes evangélicas, sino por su cumplimiento y ejecución. Y San Pablo añadió más tarde, escribiendo a los Romanos: No son justos delante de Dios los que oyen la Ley, mas los hacedores de la Ley serán justificados (Rom., 1,13) Por consiguiente, al cristiano que ha faltado gravemente a la observancia de la ley; al que se ha convertido puniblemente a la criatura, dejando de encaminarse y de dirigirse al último fin; al que, en una palabra, ha pecado mortalmente y perdido la amistad de Dios y la gracia santificante, sin la cual nada puede intentar ni ejercitar que sea meritorio de la eterna dicha, que es su fin; a ese cristiano no le queda otro recurso, si ha de evitar la eterna condenación, que el de la penitencia, mediante la cual satisfaga al Señor por la ofensa inferida, y obtenga de nuevo la amistad y la gracia perdidas. Este será, nuestros amados hijos, el punto importantísimo, objeto de esta Instrucción Pastoral.


FUENTE: La penitencia”. Pastoral del Excmo. y Rvmo. Sr. Obispo de Oviedo al Clero y fieles todos de su diócesis con motivo de la Cuaresma. Madrid. Imprenta de L. Aguado. 1903. Págs. 5-14. Obra perteneciente a los fondos de la Biblioteca Nacional de España, y disponible en su Biblioteca Digital Hispánica.

 

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Juan Bautista Massillon, Obispo de Clermont

(1663-1742)

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SOBRE EL AYUNO

Cuando ayunéis no estéis tristes como los hipócritas. (Matth. c. VI v.16)

Este es el Evangelio que pone la Iglesia al principio de estos días de salud y de misericordia, como publicación de ayuno solemne, impuesto a todo el cuerpo de los fieles para aplacar la indignación del Señor, suspender las plagas que nos afligen, expiar nuestras iniquidades, acordarnos los caminos de la justicia de que nos hemos apartado, y restablecer la disciplina de las costumbres, tan desfigurada entre los cristianos; para semejar, en cuanto sea posible, la relajación de estos últimos tiempos al celo y santa austeridad de nuestros padres; para inspirar a los pecadores, con estas lúgubres exterioridades, deseos de compunción; para confortar la fe y la piedad de los justos, y disponernos a todos para la alegría y la gracia de la resurrección. Estos son los fines que se propone la Iglesia en la institución de la ley del ayuno; este es el fin del precepto; estas las gracias destinadas, según los fines del mismo Dios, para este tiempo de renovación y de arrepentimiento.

¿Qué cosa, pues, más feliz podemos anunciar, que el principio de esta santa carrera, a unos pecadores que van a hallar en ella los medios de penitencia; a unas almas flacas, que verán apartarse las ocasiones del pecado, y que en todas partes se manifiestan facilidades para la salvación a unos justos cuyo fervor entibiándose continuamente, debe renovar continuamente en ellos el temor de que se apague; finalmente, a todos los fieles, a los que las lágrimas y oraciones de la Iglesia van a abrir los tesoros del cielo, y a atraer sobre ellos todas las bendiciones de la gracia? Con todo eso, en vez de ver llegar estos favorables días con una alegría religiosa, los tememos, los miramos como días funestos y desgraciados, y es necesario que hoy nos mande la Iglesia desterrar de nuestros ayunos el abatimiento y la tristeza: Nolite fieri tristes. ¡Oh insensatos! dice San Ambrosio; pues vamos a triunfar de la carne y del demonio con los socorros de esta santa abstinencia, el dolor y la tristeza no convienen a la victoria. Tema el enemigo estos felices días; aflíjase él de ver este tiempo de propiciación, de que va a servirse la gracia para librar del pecado a tantas almas delincuentes; tiemble de ver todas estas consoladoras exterioridades de penitencia, y todo este aparato de misericordia que prepara la bondad de Dios a los pecadores Pero vosotros, católicos, dice San Ambrosio, perfumad vuestras cabezas, y formad pensamientos de alegría: Ungite caput vestrum, nemo tristis coronatur, nemo maestus triumphat. Porque, católicos, hay muchos géneros de tristeza; hay una tristeza de penitencia que obra la salvación, y cuyo más suave fruto es la alegría del Espíritu Santo; hay una tristeza de hipocresía, que observando la letra de la ley, afecta exterioridades pálidas y desfiguradas para no perder con los hombres el mérito de su penitencia, y ésta es rara; finalmente, hay una tristeza de corrupción que opone a esta santa ley la grande repugnancia de la sensualidad, y esta se puede decir que es la más universal impresión que en nosotros hace el precepto del ayuno y de la abstinencia. De aquí se sigue que, o nos dispensamos de su observancia con frívolos pretextos, o no la observamos como se debe. Importa, pues, examinar hoy las excusas de que nos valemos para dispensarnos de una ley tan santa; y los abusos que cometemos aun cuando la observamos.

Esta es la idea más sencilla y natural para vuestra instrucción, es decir, que intento establecer la obligación y la extensión de la ley del ayuno; la obligación contra los que la quebrantan; la extensión contra los que mitigan la observancia, y por aquí empezaré la instrucción de esta santa carrera.

Pero antes de empezar, ¡gran Dios! oíd, Señor, los más sinceros gemidos de mi corazón. Bien sé que no es decente a un pecador el contar vuestras justicias y publicar vuestras leyes, y me acobardaría al empezar mi ministerio, si no supiera también que vuestro poder se sirve algunas veces con felicidad de los más viles instrumentos, para que el hombre nada se atribuya a sí mismo, y para que se dé toda la gloria a vuestra gracia. Sed, pues, vos mismo ¡oh Dios mío! el doctor interior de los fieles que me escuchan; inspirad deseos de penitencia, pues me mandáis que la anuncie a vuestro pueblo; sostened el celo de los ministros que han de evangelizar a Sión; poned vos mismo en su boca palabras de vida y de salud; dad fuerza y virtud a nuestro ministerio; revestidnos de aquella dignidad y sabiduría con que fueron revestidos los primeros hombres apostólicos, y que hizo que vuestro Evangelio triunfase de los filósofos y Césares; de Vos solo ¡oh Dios mío! esperamos el aumento; y todos los rayos que van a salir de las cátedras evangélicas, como en otro tiempo de la montaña del Sinaí, sólo conseguirán el formar rebeldes e incrédulos, si vuestro invisible dedo no graba él mismo en los corazones los preceptos y mandamientos de la santa ley. Imploremos, etc. Ave María.

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