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Los sentimientos que debe inspirarnos cada uno de los tiempos en que se divide el año cristiano, y lo que de nosotros exigen, es diferente según los misterios que en cada uno de ellos se conmemoran. Distinto es el carácter del tiempo de Adviento del de Navidad, distinto el tiempo de la Epifanía del de Septuagésima, Cuaresma y Pascua. Ahora bien, los sentimientos que deben embargar nuestro corazón en este último tiempo son los de alegría y renovación. Para pasarlo, pues, según los deseos y el espíritu de la Iglesia, debemos en primer lugar regocijarnos de la resurrección del Señor; luego resucitar espiritualmente con El; y finalmente procurar no caer ya otra vez en el pecado mortal, que es la verdadera muerte del alma.

La alegría es el sentimiento que inunda a la Iglesia en este tiempo. Despójase de los sombríos ornamentos de penitencia y luto, para adornarse con vestiduras blancas y brillantes; su voz no es quejumbrosa como la de la paloma solitaria, sino que canta como la Esposa que ha encontrado a su Esposo.

No sólo la Iglesia se entrega a la alegría, sino que desea además que sus hijos participen también de su gozo, y por esto les dice: Este es el día, este es el tiempo que ha hecho el Señor, en su inmensa bondad, empleémosle en la alegría y en el regocijo. Haec dies quam fecit Dominus, exsultemus et laetemur in ea. Con qué gran conocimiento del corazón humano procura la Iglesia hacernos partícipes de su alegría, un antiguo y célebre liturgista lo explica perfectamente en los siguientes términos: «Hay, dice, hombres carnales que no saben abrir sus ojos para contemplar los bienes espirituales, a no ser con ocasión de algún incidente material que les dé algo que pensar en los mismos. La Iglesia, pues, tuvo que buscar para conmoverles un medio adecuado a su flaqueza. A este fin ha dispuesto el ayuno cuadragesimal, que es como el diezmo del año que se ofrece a Dios, de tal manera que esta santa práctica no termina hasta la solemnidad de Pascua y sea seguida de cincuenta días consecutivos durante los cuales no hay ningún ayuno. De aquí procede el que los hombres mortifiquen su cuerpo con la esperanza de que la fiesta de Pascua ha de venir a librarles de este yugo y penitencia; previenen con su deseo la llegada de la solemnidad; cada día de cuaresma es para ellos como una estación: cuéntanlos con gran cuidado, pensando que su número decrece progresivamente; y de este modo esta augusta festividad deseada por todos es a todos querida como la luz a los que en tinieblas caminan, el manantial de agua límpida al sediento, y la tienda levantada por el mismo Dios al fatigado viajero».

«¡Dichosos tiempos, añade otro liturgista, dichosos tiempos en que todos los cristianos, como dice San Bernardo, cumplían con su deber; en que justos y pecadores observaban y guardaban fielmente los preceptos de la Iglesia! En el día de hoy la festividad de la Pascua no produce los mismos efectos en nuestra sociedad. Sin duda la causa estriba en la molicie y falsa conciencia, que hacen

que tan gran número de personas consideren la cuaresma como si para nada les afectara. De ahí el que tantos fieles consideren la Pascua como una gran festividad, es cierto, pero que apenas experimenten el júbilo que la Iglesia demuestra durante estos días en todos sus actos. Aún menos se hallan en disposición de conservar y sostener esta alegría durante cincuenta días, tiempo que dura tan gran solemnidad para los verdaderos cristianos. No han ayunado, no han guardado abstinencia durante la santa cuaresma; la condescendencia de la Iglesia para con su debilidad no ha bastado; han sido necesarias otras dispensas. ¿Qué sensación pueden experimentar por la vuelta del alleluia? Sus almas no se han purificado por medio de la penitencia; y ¿serían bastante ágiles para seguir a Cristo resucitado, cuya vida desde hoy será más celestial que terrena? Pero no nos pongamos en contradicción con los sentimientos de la santa Iglesia, entristeciéndonos con pensamientos tétricos; reguemos más bien al divino Resucitado, que con su omnipotente bondad ilumine a esas almas con los resplandores de su victoria alcanzada sobre el mundo y la carne, y que las eleve hasta El. Nada debe distraernos de nuestra felicidad en estos días. Es, pues, el Rey quien nos dice: ¿Por ventura los hijos de la Esposa pueden entristecerse mientras que el Esposo está con ellos? Jesús está con nosotros por espacio de cuarenta días; ya no puede sufrir, ya no morirá más; que nuestros sentimientos, pues, estén con su estado de gloria y felicidad que debe durar siempre. Nos dejará, es cierto, para subir a la vista de su Padre, mas desde allí nos mandará el divino Consolador, que permanecerá con nosotros, a fin de que no nos quedemos huérfanos. Que estas palabras tan dulces y embriagadoras sean nuestro alimento y bebida durante estos días: Los hijos de la Esposa no deben entristecerse mientras el Esposo está con ellos. Estas palabras son la clave de toda la santa Liturgia de este tiempo; no las perdamos de vista ni un instante y experimentaremos que si la compunción y penitencia de la cuaresma nos han sido saludables, la alegría de la Pascua no ha de serlo menos. Jesús en la cruz y Jesús resucitado, es siempre el mismo Jesús; pero en este momento nos quiere en torno suyo con su santa Madre, sus discípulos, la Magdalena, todos admirados y anonadados ante su gloria y olvidando todos en estas horas las angustias de la pasión dolorosa» (Dom Gueranger. Ann. Liturg. Le temps pascal, ch. 3).

Alegrémonos, pues, de que Jesucristo, que había muerto, haya resucitado; de que la Iglesia ayer tan angustiada, se vea hoy colmada de inefable alegría; de que toda la familia cristiana, que sumida se hallaba en la mayor tristeza, se encuentre ahora entregada a las expansiones de júbilo y del más santo entusiasmo.

Es preciso también que resucitemos espiritualmente con Cristo.

Bien sabida cosa es lo que significa resucitar espiritualmente. Se resucita corporalmente cuando recupera la vida un cuerpo que la había perdido por la muerte. Así fue la resurrección de Lázaro por obra de Cristo. Así también resucitó el Señor tomando El mismo la vida que se había dejado arrebatar por la muerte en el día de su pasión. Pues bien, del mismo modo se resucita espiritualmente, cuando el alma muerta por el pecado, recibe de nuevo la vida volviendo a la gracia de Dios por medio del sacramento de la penitencia o por la contrición.

Así, pues, para tener derecho a tomar parte en la alegría del tiempo pascual y pasar santamente el transcurso del mismo, es preciso que así como Jesucristo ha resucitado de la muerte natural del cuerpo, resucitemos nosotros igualmente de la muerte espiritual del alma. Es preciso resucitar espiritualmente en Jesucristo, pues de lo contrario sus méritos no nos serán aplicados e inútil fuera su muerte para nosotros. Debemos resucitar espiritualmente con Jesucristo, porque mal podríamos, si se hallase muerta nuestra alma por la culpa, regocijarnos de que Jesús haya resucitado corporalmente.

Es preciso resucitar espiritualmente para santificar el tiempo pascual; lo que no conseguiríamos viviendo en pecado y bajo el yugo del demonio y de nuestras pasiones. Nuestra resurrección espiritual, además, ha de ser verdadera, como la de Jesucristo, de quien dijeron los Apóstoles: Ha resucitado en verdad. Y lo demostró el Señor, efectivamente, mostrándose a sus discípulos, hablándoles, comiendo con ellos, haciendo, en una palabra, cuanto hace una persona viva. Del mismo modo sabremos nosotros y demostraremos que hemos verdaderamente resucitado, detestando nuestros pecados, confesándolos sinceramente, huyendo de las ocasiones que se presenten de caer en pecado, haciendo todo cuanto hace un corazón verdaderamente convertido y entregado por completo a Dios, que es su vida, es decir, un corazón verdaderamente resucitado. Si no vemos en nosotros tales disposiciones, tengamos entendido que, aun haciéndonos tal vez la ilusión de que hemos resucitado y estamos vivos en realidad, estaremos verdaderamente muertos.

Debemos, en fin, no dar otra vez la muerte a nuestra alma por medio del pecado. Habiendo resucitado Jesucristo, dice el apóstol San Pablo, de entre los muertos, no muere ya más (Rom. VI, 8). Muerto Jesús para expiar los crímenes de la humanidad y resucitado a una vida gloriosa, no ha vuelto a morir y la muerte no ha podido de nuevo dominarle. Como El, una vez haya el cristiano resucitado de la muerte del pecado, debe procurar no caer nuevamente en la misma.

Lázaro, resucitado por el Señor, murió de nuevo; lo mismo aconteció al hijo de la viuda de Naim y a la hija del príncipe de la sinagoga. Mas éstos no eran nuestro modelo. Nuestro modelo es Jesucristo. Resucitado El una vez de entre los muertos, no muere ya más; nosotros tampoco debemos caer en la muerte del pecado después que nos hayamos levantado de ella. La vida del cristiano ha de ser en todo semejante a la de Cristo; debe gozar de una vida espiritual copiosa y exuberante. No cabe duda alguna que la celebración del santo tiempo de Pascua según el espíritu de la Iglesia le conducirá progresivamente a esta perfecta semejanza con Cristo.


FUENTE: Sentimientos del alma cristiana en el tiempo pascual por Ignacio María de Alós en la Revista Montserratina de abril de 1917. Año XI. Número 124. Obra perteneciente a los fondos de la Biblioteca Nacional de España, y disponible en su Biblioteca Digital Hispánica.

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Después de las inclemencias del invierno, la primavera, con su despertar a una nueva vida, nos trae de nuevo la esperanza. Cielo y tierra vuelven a sonreír. Aquel se muestra mas diáfano; esta se cubre de flores, y como en una nueva etapa de renovación que todos los años se repite, el Creador se digna recordarnos de este modo que si después de la vida ha de venir de un modo implacable e inexorablemente la muerte, después de esta la misericordia divina tiene preparada para los justos, para quienes han creído, han amado y han esperado en Jesucristo, la eterna primavera que sólo por El y mediante El, puede alcanzarse.

Primavera de eterna juventud, de eterna alegría: primavera que no tendrá fin porque su divino autor no puede tenerlo. Si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe, dice el apóstol San Pablo.

Pero es así que el Cristo, el Ungido y el consustancial, el Eterno Padre, después de tres días de su muerte resucitó; luego nuestra fe no es vana, sino que tiene su profundo cimiento, su base inconmovible en ese mismo hecho de la Resurrección gloriosa de nuestro Dios-Hombre, que. si como tal hombre, hubo de morir, y murió, por redimirnos, como Dios e inmortal, había de resucitar. Que muriendo destruyó a nuestra muerte y resucitando restauró nuestra vida, según en estos días canta su Iglesia.

Así, pues, la resurrección del Hijo de Dios es el hecho más grande de la historia universal, el hecho base de nuestra religión y la perpetua esperanza en nuestra propia resurrección.

Como Cristo ha resucitado, nuestra fe es cierta y segura: no es una ideología simbólica y de un mero estetismo artístico, sino de una verdad inconmovible. ¡Ay del que no la admita! Mejor le fuera al tal no haber nacido. Porque si esta vida presente está para el justo llena de asechanzas y temores, es porque se nos ha dado como medio para conquistar la otra: la eterna, la que no tiene fin. y a ella no llegará quien no ame al Autor de la Gracia, a Jesús.

En esa conquista, que, como tal, supone violencia y lucha. Cristo nos ha precedido, y si nos precedió en la muerte, también nos precede en la resurrección.

Esperemos en Cristo y sólo en El confiemos. El es el camino, la verdad y la vida. Sin El nada bueno se ha hecho; por El han sido hechas todas las cosas.

Por eso su resurrección gloriosa, obra la más divina, quiso que coincidiera con la primavera temporal, con la renovación de la vida del año, con el renacimiento de las flores cándidas, que implican pureza y fe: con el de las flores rojas, símbolo de la caridad: con el nuevo revestimiento del verde follaje de los árboles, que representa la esperanza. Las tres virtudes teologales base de nuestra conducta religiosa, para que ésta nos abra las puertas de la nueva y más gloriosa Jerusalén, visión de paz.

Pero aun en el orden humano, y por decirlo así, temporal, la Resurrección del Señor es una garantía de que Este no ha de consentir que el mal prevalezca contra nosotros. Si las amarguras del Calvario empiezan en el Monte de las Olivas, porque aún es peor el mal temido que el padecido, tras las unas y las otras viene la Resurrección.

No hay, pues, que dejarse abatir porque en momentos dados—momentos que, por su amargura, a veces parecen siglos—el espíritu del mal aparezca triunfante: no hay que temer: dejemos pasar el mal influjo de la injusticia: nunca ha permitido Dios el triunfo definitivo del error y del mal, sino que más tarde o más temprano, su Divina Providencia hace que vengan los acontecimientos de manera que vuelva el triunfo del bien y de la verdad.

Por eso, cuando las tinieblas de la noche nos sorprendan en el frecuente Getsemaní de la vida, cuando recurriendo a los amigos del alma, a aquellos que han sido compañeros en nuestras alegrías, los encontremos dormidos, sin ánimo para acompañarnos en nuestro dolor, cuando no confabulados con nuestros enemigos para entregarnos a ellos, levantemos nuestro corazón al Padre, pongamos sólo en El nuestra confianza: que aun cuando nos deje apurar el cáliz de la amargura, es para prepararnos más tarde el eterno consuelo, el que únicamente Dios puede proporcionarnos y nos ha de traer por méritos de su Divino Hijo, quien muriendo nos redimió para llevarnos a su eterna gloria.


FUENTE: “Pascua Florida.” José Belda Carreras. En: La Lectura Dominical. Revista quincenal ilustrada. Madrid, 22 de abril de 1933. Año XL. Número 1989. Obra perteneciente a los fondos de la Biblioteca Nacional de España, y disponible en su Biblioteca Digital Hispánica.

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Muchas veces, muy amados hermanos míos, os he hablado por Escritura, mas hallándome ahora muy fatigado del estómago, no me atrevo a leer lo que tengo escrito, y aun también porque conozco de algunos de vosotros, que no oye de buena gana lo que leo. Por tanto forzando mi flaqueza, he determinado mudar de costumbre, y mezclando el Sermón con la Misa, predicar ahora con la viva voz lo que os solía leer en escrito, para que mejor lo entendáis: pues en la verdad mucho más se despiertan los corazones dormidos de los que oyen con la voz viva del que predica, que con lo que oyen siendo leído; y aun parece que los despierta la viva voz a que tengan cuidado, como si con la mano los despertasen. Y aunque yo no me halle muy suficiente para esto, la caridad me da las fuerzas que por la natural debilidad me son negadas, acordándome de que está dicho por el Real Profeta David de parte del Señor: abre tu boca, y yo la llenaré. De manera que no es menester sino que tengamos la voluntad inclinada a bien obrar, que no faltará el favor del Señor para que todo se cumpla.También me da favor muy grande para que me atreva a hablar la solemnidad gloriosa de la Resurrección de nuestro Redentor y Señor Jesucristo: pareciéndome que es cosa muy injusta, que la lengua de carne esté callando en este día en que resucitó la carne de nuestro Criador.

Habéis oído, muy amados hermanos, que las santas mujeres que habían seguido al Señor, vinieron con ungüentos al monumento, queriendo con todas sus fuerzas servir en la muerte al Señor a quien tanto habían amado en esta vida. Costumbre es de la santa Iglesia, que el misterio que se obra, siempre denote algo de lo que se ha de hacer. Y aun por tanto es menester, muy amados hermanos míos, que de tal manera oigamos lo que se ha hecho, que tomemos dechado, para saber qué es lo que hemos de hacer. Y sabed, amados hermanos míos, que creyendo, como creemos, en este Señor que por nosotros murió, si nos armamos del buen olor de virtudes y obras santas, y con estas le buscamos, podemos decir que vamos a su monumento proveídos de ungüentos.

Las mujeres que traían los ungüentos vieron a los Ángeles: así pues aquellas almas gozan de ver los ciudadanos del cielo, que perseverando en obras santas procuran traer ungüentos de santos y justos deseos por donde suban a Dios. Es bien que notemos, qué significa estar el Ángel a la mano derecha. Cierto es que la mano izquierda denota la vida presente, y la derecha denota la vida eterna; y conforme a esto es lo que dijo el Real Profeta: su mano izquierda estará debajo de mi cabeza, y su mano derecha me abrazará. Habiendo pues ya pasado nuestro Redentor de la mortalidad a la inmortalidad, y de esta vida breve a la que es eterna, justo fue que el Ángel que le anunciaba, estuviese a la mano derecha.

Apareció este Ángel vestido de estola blanca, porque vino a notificar los gozos de nuestra gran fiesta: la blancura de su vestidura era el testimonio del resplandor de nuestra solemnidad. ¿Diremos la nuestra, o la de los Ángeles? mas para hablar con toda verdad la llamaremos suya y nuestra. Esta Resurrección del Señor, y Redentor nuestro fue la fiesta de los Ángeles y la nuestra; nuestra, porque para nosotros ganó la inmortalidad, y fue fiesta de los Ángeles, porque llevándonos al cielo, hace que se cumpla el número de los bienaventurados. Se mostró pues el Ángel con ropas blancas en su fiesta y nuestra, porque siendo nosotros restituidos al cielo mediante la Resurrección del Señor, son reparados los daños de la soberana patria.

Pero oigamos qué es lo que dice el Ángel a las mujeres cuando las vio venir. No queráis temer. v. 6. Como si claramente dijese: teman y espántense aquellos que no desean ver los ciudadanos del cielo: tiemblen los que se hallan tan enredados y arrastrados de los afectos de la carne, que del todo desesperan de poder subir a la compañía de los Ángeles; pero vosotras ¿por qué teméis, viendo a vuestros ciudadanos, y aquellos en cuya compañía habéis de vivir?

Teniendo San Mateo respecto a esto, cuando habla de este aparecimiento del Ángel dice: su aspecto era como un relámpago, y sus ropas eran como la nieve. En el relámpago hay espanto que pone miedo, y en la nieve una blancura que halaga y consuela. Y por cuanto Dios todo poderoso es terrible a los pecadores, y blando a los justos, con razón el Ángel, testigo de su Resurrección, se mostró con el rostro como relámpago, y con la vestidura blanca como la nieve, para espantar a los malos, y halagar y consolar a los buenos con su misma presencia.

Y por la misma razón, cuando el pueblo de Israel iba por el desierto, la columna de fuego los acompañaba de noche, y la columna de nube los acompañaba de día: porque en el fuego hay espanto, y en la nube hay una especie de blandura que consuela. El día suele denotar la vida del justo, y la noche la vida del pecador: y así vemos que el glorioso Apóstol San Pablo dice: fuisteis algún tiempo tinieblas, y ahora sois luz en el Señor. Mostróse la columna del día en figura de nube, y la de la noche en figura de fuego, porque Dios Todopoderoso se mostrará blando a los justos, y terrible a los malos cuando venga a juzgar, halagará y consolará a los buenos con la mansedumbre de su misericordia, y a los malos los espantará con el rigor de su justicia; pero oigamos que es lo que el Ángel dice a las mujeres.

A Jesucristo Nazareno buscáis v. 6. Este nombre Jesús en la lengua de los latinos, quiere decir Salvador o saludable; y aunque entonces podían muchos llamarse Jesús, pero no era cuanto al efecto, sino solo en cuanto al nombre: añadió el nombre de su lugar, para que mejor entendiesen de qué Jesús hablaba, y así le señaló diciendo Nazareno; y poniendo luego la causa de este nombre para declararlo más dice: crucificado, y añadió: resucitó y no está aquí. Ibid. Dice no está aquí por la presencia corporal, porque con la presencia de su divinidad y majestad en todo lugar estaba.

Mas id y decid a sus Discípulos y a Pedro, que irá primero que vosotros a Galilea. v.7. Justo es que sepamos, por qué diciendo a sus Discípulos, nombró señaladamente por su nombre a Pedro. Fue necesario que así se hiciese; porque si el Ángel no le nombrara, habiendo negado, como negó a su Maestro, no se atrevería a venir entre los Discípulos.

Fue pues llamado por su nombre, para que no desesperase por causa de la negación. Es justo, hermanos míos, que examinemos, ¿por qué razón el Señor permitió, que por sola la voz de una mozuela le negase un hombre a quien había de poner por capitán principal de toda su Iglesia? Pues sabed que esto fue con gran dispensación de la divina misericordia, que dispuso que este Discípulo, que había de ser cabeza de la Iglesia, aprendiese y tomase ejemplo en sí mismo de cómo había de tener misericordia de los otros; y así quiso el Señor permitírselo primero a sí mismo, y después le puso por principal de los otros, para que aprendiese en su flaqueza, cómo había de sufrir las de los otros.

Justamente añadió hablando de nuestro Redentor: primero que vosotros irá a Galilea, y allí le veréis así como es lo dijo. v. 7. Galilea quiere decir paso ya hecho, y así nuestro Redentor ya había pasado de la Pasión a la Resurrección, de la muerte a la vida, de la pena a la gloria, y de la corrupción a la incorrupción. Y con razón es visto de sus Discípulos en Galilea después de la Resurrección, para darnos a entender que veremos después con alegría la gloria de su Resurrección, si ahora pasamos de los vicios a las virtudes.

Vemos que el Señor es notificado en el sepulcro, y es visto en Galilea que es en el paso, para enseñarnos, que será vista en el paso del alma al cielo, el que aquí fuere conocido en el sepulcro de la mortificación de la carne. Esto me ha parecido contaros, muy amados hermanos míos, de la lección del Santo Evangelio acerca de esta sacratísima, y soberana fiesta, mas soy de parecer que acerca de la misma fiesta tratemos algunas cosas que sean más delicadas y no de menor consolación.

A mi ver dos maneras hay de vida: la una la sabíamos antes de la Pasión del Señor, la otra no. La una es vida mortal, y la otra es inmortal; la una es corruptible, y la otra incorruptible; la una es de muerte, la otra de resurrección; pero vino Jesucristo hecho hombre para ser medianero entre Dios y los hombres, y tomó la una de estas vidas, y nos mostró la otra; en la una sufrió muriendo, la otra la mostró resucitando; porque si el Señor prometiera la vida de resurrección de sola palabra, y no nos la mostrara por la obra a los qué ya sabíamos la primera vida, no hubiera hombre entre nosotros que le quisiera creer, por mas que nos la prometiera. Y por tanto tuvo por bien hacerse hombre, y mostrarse hombre entre nosotros: tuvo por bien morir por su voluntad, y resucitar en virtud de su omnipotencia; y nos mostró por ejemplo lo que nos ofrecía por premio.

Por ventura alguno hará contra esto un argumento y dirá: el Señor resucitó porque era Dios, y no podía ser detenido de la muerte, y esto no basta para nuestra certificación y seguridad, pues somos puros hombres, y solamente hombres, y para informar nuestra ignorancia, y esforzar nuestra flaqueza nos basta solo el ejemplo de su Resurrección.

Sabed pues, que para ocurrir a esta necesidad, aunque entonces murió él solo, no resucitó solo, porque el testimonio de la Sagrada Escritura nos dice: y muchos cuerpos de Santos que en el sueño de la muerte dormían resucitaron.

Mirad como están quitados todos los argumentos que podrían hacer los faltos de fe, y no podrá ya con Verdad ni razón decir alguno: no espere alcanzar el puro hombre, lo que alcanzó el que era Dios y hombre. Ved aquí que los puros hombres resucitaron con Dios, y somos ciertos de que eran puros hombres. Y si nosotros somos, como debemos ser, miembros de nuestro Redentor, gran razón es que esperemos que nos serán comunicadas las gracias de nuestra cabeza.

Y si queremos bajarnos con humildad, esperemos que sucederá en nosotros, aunque miembros mas bajos, lo que en los mas altos, pues en fin todos somos miembros de esta soberana Cabeza.

Acuérdome, amados hermanos míos, de lo que decían los Judíos escarneciendo del Señor cuando estaba en la Cruz: si es Rey de Israel, descienda de la Cruz y creeremos en él: y conozco que si conformándose el Señor con sus escarnios descendiera de la Cruz, no nos mostrara el grande ejemplo de paciencia que nos mostró sufriéndolos: quiso esperar un poco de tiempo, sufrió estando allí tantos y tan grandes oprobios, tantos escarnios, usó de su extremada paciencia, alargó la obra de su grande maravilla, y el que pudiera fácilmente descender vivo de la Cruz, quiso con más soberano milagro ya muerto resucitar del sepulcro.

Fue mayor obra salir resucitando del sepulcro, que bajar de la Cruz: mayor maravilla fue destruir la muerte resucitando, que conservar la vida bajando de la Cruz; pero los Judíos ciegos y desventurados, viendo que con todas sus injurias y escarnios no pudieron bajar al Señor de la Cruz, y viéndole después muerto, creyeron y tuvieron por muy cierto que le habían vencido, y se alegraban con pensar que ya habían quitado su nombre de la tierra. Mirad cuán engañados quedaron, pues por esta misma causa quedó el nombre del Señor mucho más esclarecido, y publicado por todo el mundo; y los Judíos infieles, que se alegraban de haberle dado la muerte, ahora se arrepienten y les pesa de haberle muerto, viendo que por medio de esta muerte ha llegado a tan soberana gloria.

Figura maravillosa fue de este hecho Sansón, cuando entró en Gaza ciudad de los Filisteos, y estos cerraron la ciudad, y pusieron grandes guardas para cogerle dentro, y que no se les fuese: estaban muy alegres creyendo, que ya habían acabado con él, y que para siempre quedaba preso en su poder; pero sabemos lo que hizo Sansón: a la media noche arrancó las puertas de la ciudad, y llevándoselas se subió al monte.

¿ A quién pensáis, muy amados hermanos míos que significó Sansón en esta tan maravillosa hazaña? No representó por cierto a otro, sino a Cristo Redentor nuestro. La ciudad de Gaza no significa otra cosa sino el infierno, y por los Filisteos no entendemos otra cosa, sino la infidelidad de los Judíos; los cuales como vieron al Señor muerto, y vieron su Cuerpo Sacratísimo ya puesto en el sepulcro, luego le pusieron guardas, y pensando detener en las prisiones del infierno al Señor que tan claramente había mostrado ser el autor de la vida, se alegraban como los que tenían a Sansón en las prisiones de Gaza; pero Sansón, no sólo se salió a la media noche, mas también se llevó las puertas de la ciudad con que le tenían cerrado; y así fue que Cristo Redentor nuestro levantándose del sepulcro antes del día, no solo salió libre del infierno, mas también rompió y destruyó las prisiones y puertas del infierno; y subiendo se elevó hasta lo más alto de todos los cielos.

Grande razón es, muy amados hermanos míos, que celebremos y festejemos con grandísima devoción esta solemnidad: los primeros la tuvieron solo en figura, y nosotros la tenemos en perfección y gloria del figurado: es justo que si fuere menester muramos por el servicio del Señor, que murió por darnos vida: mirad como en su Resurrección hemos hallado los Ángeles que se muestran sus servidores, nuestros hermanos y moradores de nuestra ciudad.

Procuremos pues subir a la ciudad de estos nuestros ciudadanos; y mientras que no podemos gozar de su vista con las almas, a lo menos con el deseo y devoción procuremos estar siempre con ellos.

Pasémonos de los vicios a las virtudes, para que merezcamos ver al Señor en Galilea; y aquel Señor que es todo Poderoso, por su infinita clemencia nos ayude para que podamos alcanzar esta vida, pues tuvo por bien entregar a la muerte por amor a nosotros su Hijo Unigénito, con el cual y con el Espíritu Santo vive y reina para siempre jamás. Amen.


FUENTE: “Homiliario o Colección de homilías, o sermones de los más excelentes Santos Padres y Doctores de la Iglesia, sobre los Evangelios que se cantan en las principales festividades y tiempos del año, recopiladas por el Doctor Alcuino, Maestro del Emperador Carlo Magno: traducidas al castellano por el bachiller Juan de Molina. Tomo tercero. Con superior permiso. En la oficina de Don Benito Cano. Año de 1795. Digitalizado por google.

Lo escribe San Mateo en el capítulo 28 v. 1 -7 y dice así:

“Avanzada ya la noche del sábado, al amanecer el primer día de la semana, fue María Magdalena, con la otra María, a visitar el sepulcro. Entonces se produjo un gran terremoto; pues bajó del cielo un Ángel del Señor, y acercándose al Sepulcro removió la piedra, y sentóse encima de ella, y su semblante brillaba como el relámpago, y era su vestidura blanca como la nieve. De lo cual quedaron los guardas tan aterrados que estaban como muertos. Mas el Ángel, dirigiéndose a las mujeres, les dijo: “No temáis: que bien sé yo que venís en busca de Jesús, que fue crucificado; ya no está aquí: porque ha resucitado, según lo tenía predicho. Venid, y mirad el lugar donde estaba sepultado el Señor. Y ahora, id aprisa a decir a sus discípulos que ha resucitado; y sabed que irá delante de vosotros a Galilea: allí le veréis. Mirad que os lo digo con anticipación.”

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Juan Bautista Massillon, Obispo de Clermont

(1663-1742)

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Consummatum est.

Ya está todo acabado.

Joan. c. XIX, v. 30

Estas son las últimas palabras con que el Salvador, al tiempo de expirar hoy en la cruz, consuma su sacrificio; estos los últimos suspiros que recogen de su boca moribunda las santas mujeres y el Discípulo amado; estas las últimas instrucciones que reciben de su divino Maestro; de este modo se ausenta de la tierra, y deja a sus amados discípulos igualmente consternados por el dolor de perderle, y por el profundo misterio de estas últimas palabras. Ya está todo acabado. Consummatum est. Y a la verdad, ¿qué pudieron entender por estas palabras? ¿A qué tristes pensamientos no se abandona su espíritu tímido y cobarde en aquel terrible instante? Puede ser que el sol que se eclipsa, la tierra que se estremece y se cubre de luto, los sepulcros que se abren, los muertos que resucitan, y toda la naturaleza que les persuadiese que Jesucristo les anuncia que todo iba a fenecer con su muerte; que el mundo no podía sobrevivir a la muerte de su Autor; que el atentado cometido en su persona no podía expiarse sino con la entera ruina del universo; cuanto le habían oído decir en el discurso de su vida acerca de la proximidad del último día, no contribuiría poco a confirmarlos en este funesto pensamiento; puede ser que creyesen que todo se iba a acabar: Consummatum est.

Pero nosotros, católicos, sabemos que cuando llegue el fin de los siglos, no ha de aparecer el Hijo del hombre abatido y cargado de oprobios en una cruz, como hoy le estamos viendo, sino sentado sobre una nube de gloria, rodeado de ángeles y precedido de poder, terror y majestad; procuremos, pues, aclarar la santa obscuridad de estas últimas palabras, pues sin duda encierran en sí grandes instrucciones y toda la doctrina de la cruz.

En primer lugar, muchas veces había declarado el Señor, por sus profetas, que no le agradan los sacrificios de cabritos y toros, despreciaba lo imperfecto de estas hostias, y que no las hubiera sufrido, a no descubrir ellas las futuras y significativas señales del sacrificio de su Hijo; éstas eran unas toscas figuras que suspendían su justicia, pero no podían satisfacerla; la muerte de Jesucristo perfeccionó todos los defectos de aquellos antiguos sacrificios, y la justicia de su eterno Padre no tiene ya más que pedir al hombre. Primera consumación.

En segundo lugar, los súbditos del Padre de familias no le habían hasta entonces ofendido más que en las personas de sus siervos; Jerusalén solamente había dado la muerte a los profetas que le habían sido enviados, y aún no estaba llena la medida de sus culpas; y así, era preciso que se derramase la sangre del hijo y del heredero, y que de este modo se consumase la iniquidad de aquel ingrato pueblo. Segunda consumación.

Finalmente, los justos de los antiguos tiempos, que antes habían glorificado a Dios muriendo por la verdad, no sacrificaron más que una vida triste y desgraciada, expuesta a las tentaciones de los sentidos y de la carne, y un cuerpo sujeto a la maldición de la muerte; pero Jesucristo renuncia la vida más feliz, incapaz de ser manchada con pecado alguno; ofrece un alma que nadie podía quitarle, si él no la quisiera entregar, y gustando voluntariamente la muerte de que estaba exento por razón de su propia naturaleza, da a su Padre la mayor señal de amor que hasta entonces había dado justo alguno. Tercera consumación.

Es decir, que la muerte del Salvador encierra tres consumaciones, las que nos explicarán todo el misterio de este grande sacrificio, cuyo espectáculo renueva hoy nuestra madre la Iglesia honrando su memoria: una consumación de justicia por parte de su eterno Padre; una consumación de malicia por parte de los hombres, y una consumación de amor por parte de Jesucristo. Estas tres verdades serán el asunto de este discurso, en la historia de las ignominias del hombre de Dios; en ellas hallaremos instrucciones sólidas y verdades que el mundo no conoce, porque el mundo no conoce a Jesucristo, y veremos que la cruz es la condenación del pecador y la consumación de su ingratitud.

Pero con todo eso, ¡oh cruz adorable!, vos sois el único asilo que nos queda; hoy está pendiente de vos nuestra esperanza, nuestra salud, nuestro remedio, nuestro Evangelio y nuestra ley, todo está unido a vuestro sagrado leño; vos nos conserváis la divina prenda de nuestra paz y nuestra reconciliación con Dios; vos sois, hoy especialmente, un trono de misericordia, adonde podemos llegar con confianza, y así nos postramos a vuestros pies, diciendo con toda la Iglesia: ¡Oh cruz, Ave…! etc.

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