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Hora Santa correspondiente al mes de noviembre escrita por el Padre Mateo Crawley.

“Ecce Homo”…

He aquí al Hombre de todos los dolores, al Salvador Jesús, tras de esa Hostia…

Doblemos la rodilla, adorémosle en la suave y vencedora majestad de ese misterio…

¡Oh!, viene seguramente en busca nuestra, ya que en el Paraíso tiene legiones de ángeles…

Miradle…, se acerca como le vio un día su sierva Margarita María…; viene sin fulgores de sol, sin diadema, maniatado, perseguido…

Trae el alma abrumada de angustias… cargados de lágrimas los ojos…

Busca un huerto de paz en dónde orar en su agonía, y ha venido aquí, trayéndonos una confidencia de caridad infinita, y de infinita tristeza…

Callad, hermanos, y en el silencio del alma, olvidados del mundo, desligados por un momento de los mezquinos intereses de la tierra…, oíd al Señor Jesús en esta Hora Santa…

Contempladle bajo la figura dolorida, ensangrentada del Ecce Homo, tal como se apareció en Paray-le-Monial a su primer apóstol y confidente, para reclamar de sus amigos un amoroso desagravio…

“¡Oh, buen Jesús: al comenzar esta Hora Santa, déjanos besar con deliquios de amor, con pasión del alma, con embriaguez de cielo, la herida encantadora del Costado, y permítenos llegar, por medio de ese ósculo dichoso, hasta lo más recóndito de tu divino y agonizante Corazón!”.

(Presentadle el pedido íntimo que queréis hacerle en esta Hora Santa).

Voz del Maestro. Hijitos míos, ¿queréis brindar un asilo de amor, un abrigo de fidelidad a vuestro Dios, perseguido por el huracán maldito de la culpa?…

Es cierto que no veis hoy día mi cuerpo hecho pedazos…; pero creed que no han cesado los crudelísimos azotes…

No veis tampoco que el llanto inunda mis mejillas…; pero ¡con qué furor penetran en mi frente las espinas!…

No está a la vista la congoja mortal y la agonía de Getsemaní…; pero, ¡ay!, sus indecibles amarguras llenan hasta los bordes el cáliz de mi abandonado Corazón…

El pecado no da tregua a mis dolores…

Ese torrente de inquietud me persigue hace veinte siglos, sigue mis pasos, iracundo…

Quiere devorar la obra de mi sangre…; quiere condenar las almas…

“¿Qué pude hacer por mi rebaño que no lo haya hecho?”…

El sacrificio de mi cuerpo, de mi alma, de mi Corazón; el holocausto del Calvario y de la Eucaristía…, todo está consumado…

Y, con todo, la culpa avanza, como hálito del infierno, penetra en las conciencias, mata en ellas mi amor… y la gloria de mi nombre…

¡Ay! Abridme pronto, vosotros mis amigos, abridme el refugio cariñoso de vuestros corazones…

Ponedme al abrigo de la noche fría, lóbrega, del pecado que envuelve al mundo…

Tendedme, hijitos míos, alargadme con caridad filial los brazos…

¡Oh, no es el recuerdo del Calvario el que me hiere…, es el pecado de hoy el que atraviesa sin piedad mi desolado Corazón!…

Ved: estoy llorando ahora mis tristezas; estoy desahogando entre vosotros la tempestad de mis dolores…

¡Y en el mismo instante, millares de saetas se clavan en la llaga sangrienta de mi pecho!…

¡Oh, dad albergue de caridad y de ternura, en vuestras almas compasivas, a este Jesús, el eterno ultrajado y perseguido de la culpa!…

(Pausa)

El alma. Jesús, Rey de los altares y Soberano de las almas: ven y asienta tus reales de dominio en estos corazones…

No serás entre nosotros el huésped, sino el Padre y el Monarca…, no el peregrino, sino el Redentor desagraviado y el Señor mil veces bendecido…

Ven… Y si es constante la ofensa de la culpa…, más constante aún ha de ser el homenaje de nuestro humilde desagravio…

Abre tu prisión, Señor Sacramentado, y que los ángeles que rodean tu pobre tabernáculo se unan a los amigos leales de tu Eucaristía, para decirte:

(Todos en voz alta)

¡Corazón Santo, tú reinarás!

No obstante los esfuerzos desesperados del infierno, que anhela la desdicha eterna de las almas.

¡Corazón Santo, tú reinarás!

A pesar de la fragilidad humana, que impele a tantos por la pendiente del abismo…

¡Corazón Santo, tú reinarás!

No obstante la furia de tantos enemigos de tu moral intransigente y de tus dogmas invariables…

¡Corazón Santo, tú reinarás!

A pesar de los ataques con que la razón y las sabidurías vanas de la tierra se alzan para derrocarte del altar…

¡Corazón Santo, tú reinarás!

No obstante la licencia vergonzosa, que muchos pretenden erigir en ley natural de la conciencia…

¡Corazón Santo, tú reinarás!

A pesar del artificio con que se trama noche y día en contra de la Iglesia, del hogar y de la infancia…

¡Corazón Santo, tú reinarás!

No obstante la sacrílega legalidad de tantos atentados de lesa majestad divina…

¡Corazón Santo, tú reinarás!

A pesar del odio de los gobernantes, excitados por el poder de tu humildad y de tu silencio…

¡Corazón Santo, tú reinarás!

No obstante los ataques airados de la prensa, de las leyes y de las sectas, poderes conjurados en ruinas de tu gloria y de tu reinado entre los hombres…

¡Corazón Santo, tú reinarás!

(Pedid con todo fervor el reinado del Corazón de Jesús).

Voz del Maestro. ¿Por qué, decidme, confidentes muy amados, por qué los hijos de las tinieblas son con frecuencia más prudentes y esforzados que vosotros, los hijos de mi dolor y de la luz?

Vedlos a mis enemigos, perpetuamente afanados en aislarme en el Sagrario, y luego, en derribar mi altar…

No se dan descanso en el propósito de anular mi ley, de dispersar mi sacerdocio y de aniquilarme en las conciencias de los hombres…

Y vosotros… y tantos de los míos, ¿qué habéis hecho?…

¿Cómo no habéis podido velar una hora conmigo?…

Y por cansancio, por preocupaciones terrenas…, por debilidad de carácter…, por falta de amor a vuestro Dios y Maestro, habéis descansado, mientras

Yo agonizaba…

Dormíais tranquilos, entre vuestro Salvador agonizante y la turba enemiga que venía a prenderle…

No habéis amado así, seguramente, a vuestros padres, a vuestros hermanos, a los amigos íntimos de vuestro corazón…

Y para mí, sólo para mí, ¿por qué no habéis tenido fineza ni resolución en el amor?…

Me prometisteis generosidad… bendije y acepté vuestra buena voluntad…, y, a poco, desfallecisteis y fui olvidado…

Os perdoné tantos desvíos, olvidé tantos olvidos…, y vosotros, los de mi casa, vivís a menudo en un sopor de tranquila indiferencia que me lastima cruelmente…

Un sueño de apatía…, de egoísmo, de desamor por mi persona os rinde…

Levantaos ya…; despertad de esta tibieza…

Se acerca el enemigo que trae el ultraje para vuestro Dios…, y para vosotros, las cadenas y la muerte…

Ha llegado la hora milagrosa de una sincera conversión…

¡Oh, venid y acompañadme, si preciso fuera, hasta el Calvario!…

No queráis abandonarme, ovejitas mías, cuando hieran al Pastor…

(Pausa)

El alma. ¿Qué tengo yo, ¡oh, Dios escarnecido!, que Tú no me hayas dado?…

Aliéntame, Jesús, y haz que te siga, sin vacilaciones, en las dulces exigencias de tu gracia y de tu amor…

¿Qué valgo yo, si no estoy a tu lado?

Y porque reconozco mi nada y mi impotencia… te ruego no quieras dejarme de tu mano, no consientas que me aleje por un día del Sagrario…

Perdóname los yerros que contra ti he cometido…: son tantas las flaquezas de mi corazón… Perdónalas y olvida…

Pues, la mucha sangre que derramaste.

Y la acerba muerte que padeciste.

No fue por los ángeles que te alaban, sino por mí y por tantos tibios e indolentes en el ejercicio de tu amor, que te desoyen y te ofenden…

Por eso, en esta Hora Santa, al renovar los propósitos de fervor en tu servicio, consiente que te diga con dolor del alma:

Si te he negado, déjame reconocerte; si te he injuriado, déjame alabarte; si te he ofendido, déjame servirte, porque es más muerte que vida la que no está empleada en el santo servicio de tu gloria y para consuelo y triunfo de tu Divino Corazón.

(Confesadle vuestra tibieza y pedid fervor perseverante en su servicio).

Voz del Maestro.

¿Cuántos sois los que veláis conmigo en esta Hora Santa?…

Es cierto que es grande vuestro amor…

¡Ah, sí!, pero inmenso, insondable es el amargo océano de delitos y de orgías, que a esta misma hora, está saturando de tristeza mortal mi Corazón…

¡Qué frenesí de pecado…, qué desenfreno en el torbellino humano que va pasando ahora mismo ante mis ojos!…

¡Oh, qué escenas de muerte, qué espectáculos de infierno… qué vértigo de pasión sensual en el teatro!…

El gran mundo aplaude y ríe ante un escenario donde a mí se me flagela…

Si supierais cómo me despedaza el alma dolorida la gran mentira que llaman civilización moderna…

¡Ah, cuántas fiestas de mis hijos son la befa y el Calvario de su Padre y Salvador!…

Sólo vosotros, mis amigos, podéis adivinar la congoja de este agonizar perpetuo en un patíbulo, levantado por los míos…

¡Cómo se presentan a mi vista las grandes capitales… orgullosas como Nínive… desenvueltas como Babilonia!…

En ellas mi Evangelio es una exageración intolerable…

Vosotros, mis consoladores, que habéis penetrado tan adentro en mis tristezas, poned un bálsamo en mi herida…

Reparad, vosotras, esa embriaguez culpable y acallad, con una plegaria fervorosa, el clamar que, en esta misma noche, en centenares de salas, de banquetes, de fiestas, de bailes y teatros, se levanta como marejada de fango, insultando la santidad de mi Evangelio y la blancura de la Hostia…

El alma. ¡Oh, sí, Maestro!: baje de una vez fuego del cielo, que purifique, que perdone y salve a millares de infieles, que viven sin amor, amando locamente la materia y lo nefando…

Para tantos que derrochan dinero y juventud en la disipación de placeres mundanales que te ofenden…

(Todos, en voz alta)

¡Misericordia, y sálvelos tu dulce Corazón!

Para aquellos que luchan, tolerando los pecados públicos, que trafican en la profanación de la conciencia y de los sentidos…

¡Misericordia, y sálvelos tu dulce Corazón!

Para los pervertidores de almas, que en la Prensa y en los libros se enriquecen, condenando a sus hermanos…

¡Misericordia, y sálvelos tu dulce Corazón!

Para aquellos que tienen el tristísimo negocio de excitar pasiones en la escena teatral, donde todo es permitido, so pretexto de arte…

¡Misericordia, y sálvelos tu dulce Corazón!

Para tantos débiles que, desoyendo su conciencia, cooperan con remordimiento al escándalo social de modas y teatros…

¡Misericordia, y sálvelos tu dulce Corazón!

Para tantos que, relajado su criterio de cristianos, no ven mal ninguno en el atropello a tus santos mandamientos…

¡Misericordia, y sálvelos tu dulce Corazón!

Para aquellos que, por su cargo, debieran evitarte, Señor, gravísimas ofensas, y no lo hacen por timidez o por transacción mundana…

¡Misericordia, y sálvelos tu dulce Corazón!

(Reparemos los pecados públicos y sociales con que se ofende a Jesucristo en el mundo entero).

Voz del Maestro.

“Pueblo mío, heredad preciosa de mi Corazón, ¿qué te he hecho… o en qué te he contristado?…

¡Respóndeme!…

Desde aquí en la Hostia, contemplo, noche y día, el hogar de mis cariños, el campamento del Israel de mis ternuras, la grey pequeñita de los que me juraron amor eterno…

Desde aquí pongo los ojos en el corazón de mis amigos, de los que yo he querido con predilección…

Desde aquí sigo los pasos de los que tengo predestinados al banquete de mi amor y de mi gloria…

 ¡Ay!, cuántos de ellos arrancan de mis ojos las lágrimas que lloré sobre Jerusalén, mi patria…

¡Cuántos que fueron íntimos de mi alma son ingratos!

¡Cuántos gozan lejos de mi lado, muy lejos… los bienes de talento, estimación y de fortuna con que los colmé para hacerlos santos…

Sus tronos están colocados entre los príncipes del reino de los cielos!…

¡Oh, cuántos de esos sitiales, perdidos por ingratitud, los daré a pecadores arrepentidos, que oyeron mi llamada en la agonía!…

Para olvidar principalmente ese pecado, el más amargo, para endulzar el cáliz de la ingratitud humana, pedí a mi sierva esta campaña deliciosa de la Hora Santa; aquí se convierten en lágrimas de bendición, de amor, las que lloré en el desamparo de mi grey y en la fuga de mis hijos…

 Entre el vestíbulo y el altar, gemid, consoladores míos… tengo sed de los consuelos que me niegan los ingratos de mi propia casa…

El alma.

Divino Salvador Jesús, dígnate mirar con ojos de misericordia a tus hijos, que unidos por un mismo pensamiento de fe, esperanza y amor, vienen a deplorar ante tu sacratísimo Corazón sus infidelidades y las de sus hermanos culpables.

¡Ojalá podamos con nuestras solemnes y unánimes promesas conmover ese Divino Corazón y obtener de Él misericordia para nosotros, para el mundo infeliz y criminal y para todos aquellos que no tienen la dicha de conocerte y amarte!

Sí, de hoy en adelante lo prometemos todos:

Por el olvido e ingratitud de los hombres.

Te consolaremos, Señor.

Por tu desamparo en el sagrado Tabernáculo.

Te consolaremos, Señor.

Por los crímenes de los pecadores.

Te consolaremos, Señor.

Por el odio de los impíos.

Te consolaremos, Señor.

Por las blasfemias que se profieren contra ti.

Te consolaremos, Señor.

Por las injurias hechas a tu Divinidad.

Te consolaremos, Señor.

Por las inmodestias e irreverencias cometidas en tu adorable presencia.

Te consolaremos, Señor.

Por las traiciones de que eres víctima adorable.

Te consolaremos, Señor.

Por la frialdad de la mayor parte de tus hijos.

Te consolaremos, Señor.

Por el abuso de tus gracias.

Te consolaremos, Señor.

Por nuestras propias infidelidades.

Te consolaremos, Señor.

Por la incomprensible dureza de nuestros corazones.

Te consolaremos, Señor.

Por nuestra tardanza en amarte.

Te consolaremos, Señor.

Por nuestra tibieza en tu santo servicio.

Te consolaremos, Señor.

Por la amarga tristeza que te causa la perdición de las almas.

Te consolaremos, Señor.

(Todos, en voz alta)

Por las largas esperas a las puertas de nuestros corazones.

Te consolaremos, Señor.

Por los amargos desprecios con que eres rechazado.

Te consolaremos, Señor.

Por tus quejas de amor.

Te consolaremos, Señor.

Por tus lágrimas de amor.

Te consolaremos, Señor.

Por tu cautiverio de amor.

Te consolaremos, Señor.

Por tu martirio de amor.

Te consolaremos, Señor.

¡Oh, Jesús! Divino Salvador nuestro, de cuyo Corazón se ha desprendido esta dolorosa queja: “Consoladores busqué y no los he hallado”, dígnate aceptar el modesto tributo de nuestros consuelos, y asístenos tan eficazmente con el auxilio de tu divina gracia, que, huyendo cada vez más, en lo venidero, de todo lo que pudiera desagradarte, nos mostremos en toda circunstancia tiempo y lugar, tus hijos más fieles y obsecuentes. Te lo pedimos por ti mismo, que, siendo Dios, vives y reinas por los siglos de los siglos.

(Pedidle perdón por los ingratos, que son tantos…).

Voz del Maestro. No me preguntéis, almas reparadoras, por qué vivo perpetuamente crucificado por manos de mis redimidos…

El mundo ha llegado a convencerse que merezco realmente la vergüenza y la muerte del patíbulo…

¡Ay!, son, en realidad, tantos los sabios, los honrados y los poderosos que repiten con cruel tranquilidad estas palabras de mis acusadores a Pilatos: “¡Si este Nazareno no fuera un malhechor, no te lo hubiéramos traído encadenado!”…

¡Ah, sí! Y porque soy un malhechor para la turba, desenfrenada en moral y en pensamiento, me condena la autoridad…; porque soy un malhechor, se me condena en los Tribunales…; porque soy un malhechor, se me flagela por la prensa…; se me trata como villano y como loco, por decreto de mis jueces…

Ellos, ¡qué irrisión!, me entregan al populacho, en resguardo de los intereses nacionales…

Ellos, gobernantes y legisladores, se lavan las manos, y con pleno derecho, dicen, y por razones de libertad…, de civilización y de justicia…, me condenan al destierro y a la Cruz por vías de la más estricta legalidad…

Este es el gran delito de hoy, hijos míos: insultarme con razón y con derecho, proscribirme por dignidad y por ley de las naciones…

Sigo siendo Vermis Et Non Homo, el gusano pisoteado de la tierra…

¡Oh, vosotros los fidelísimos, aclamadme, para acallar el grito de esa muchedumbre que, desde las alturas, asalta mi trono y quiere sortear, burlona, el manto de mi realeza…, bendecidme con amor.

El alma. Acércate, dulcísimo Maestro… y aquí, en medio de los tuyos, estrechándote tus hijos, recibe de su mano la diadema que quisieran arrebatarte los que, siendo polvo de la tierra, se llaman poderosos, porque, en tu humildad, creen injuriarte de más alto…

Adelántate triunfante en esta ferviente congregación de hermanos…

No borres las heridas de tus pies ni de tus manos…

No abrillantes, no hermosees, deja ensangrentada tu cabeza…

¡Ah!, y no cierres, sobre todo, deja abierta la profunda y celestial herida de tu pecho…

Así, Rey de sangre, así…, cubierto con esa púrpura de amor y con la túnica de todos los oprobios…, sin transfigurarte…

¡Jesús, el mismo de la noche espantosa del Jueves Santo, preséntate, desciende y recoge el hosanna de esta guardia de honor que vela por la gloria del Corazón de Cristo-Jesús, su Rey!

(Todos, en voz alta)

¡Viva tu Sagrado Corazón!

Los reyes y gobernantes podrán conculcar las tablas de la Ley, pero, al caer del sitial del mando en la tumba del olvido, tus súbditos seguiremos exclamando:

¡Viva tu Sagrado Corazón!

Los legisladores dirán que tu Evangelio es una ruina, y que es deber eliminarlo en beneficio del progreso…; pero, al caer despeñados en la tumba del olvido, tus adoradores seguiremos exclamando:

¡Viva tu Sagrado Corazón!

Los ricos, los altivos, los mundanos, encontrarán que tu moral es de otro tiempo, que tus intransigencias matan la libertad de la conciencia…; pero, al confundirse con las sombras de la tumba del olvido, tus hijos seguiremos exclamando:

¡Viva tu Sagrado Corazón!

Los interesados en ganar alturas y dinero, vendiendo falsa libertad y grandeza a las naciones…, chocarán con la piedra del Calvario y de tu Iglesia…, y al bajar aniquilados a la tumba del olvido, tus apóstoles seguiremos exclamando:

¡Viva tu Sagrado Corazón!

Los heraldos de una civilización materialista, lejos de Dios y en oposición al Evangelio…, morirán un día envenenados por sus maléficas doctrinas y al caer a la tumba del olvido, maldecidos por sus propios hijos, tus consoladores seguiremos exclamando:

¡Viva tu Sagrado Corazón!

Los fariseos, los soberbios y los impuros habrán envejecido estudiando la ruina, mil veces decretada de tu Iglesia…, y al perderse, derrotados, en la tumba de un eterno olvido…, tus redimidos seguiremos exclamando:

¡Viva tu Sagrado Corazón!

¡Oh, sí, que viva! Y al huir de los hogares, de las escuelas, de los pueblos, Luzbel, el ángel de tinieblas, al hundirse eternamente encadenado a los abismos, tus amigos seguiremos exclamando:

¡Viva tu Sagrado Corazón!

Voz del Maestro. Os he amado hasta el exceso de un Calvario…

Llegado a su cima, obedecí en silencio y me tendí en el patíbulo afrentoso…

Y desde entonces, ahí estoy a merced de todos mis verdugos, los sacrílegos.

Si tantos dicen que no estoy aquí en la Hostia, ¿por qué la insultan y me hieren?…

Y si creen, ¿por qué me ultrajan en este misterio en que amo con locura, en que perdono con inagotable caridad?…

¡Oh!, sabedlo: mis lágrimas han dejado huella de dolor en los caminos y en los muladares, donde he sido arrastrado en millares de profanaciones, desde el Jueves Santo…

He sido pisoteado con furor…; se me ha arrojado, entre blasfemias, a las llamas…; se me ha sepultado en el fango…; he sido atravesado con puñales deicidas en antros donde se trama, con sigilo, en contra mía…

¡Ay!, se paga vil dinero y no faltan Judas que comulguen, para entregarme, con el beso de esa comunión, en manos de mis mortales enemigos…

El incendio criminal ha abrasado mi Sagrario y convertido en pavesas la forma consagrada…

Esto, en pago de haber dejado mi Corazón entre vosotros, para abrasar el mundo en el incendio de salvadora caridad.

¡Ah, y cuántas veces los infelices, que codician el metal dorado del copón en que os aguardo, han salteado la prisión de mis amores…, y he sido arrojado sobre el pavimento, sin tener una piedra consagrada en qué reclinar mi cabeza ensangrentada…!

Fue esta visión de horror la que hirió mi Corazón en las angustias de Getsemaní…

¡Los que pasáis, considerad y ved si hay dolor semejante a mi dolor!…

El alma. ¡Hosanna, gloria a Dios en las alturas… gloria, bendición y amor a ti, Señor Sacramentado, sólo a ti en el incomprensible aniquilamiento de tu Santa Eucaristía!

¡Que te canten los cielos, porque Tú, el Dios del Tabernáculo, eres la bienaventuranza del mismo Paraíso!

¡Que te canten, Jesús-Hostia, los campos, los mares, las nieves y las flores, panorama de belleza creado para recrear tus ojos, cansados de llorar soledad e ingratitudes!…

¡Que te canten, dulce Prisionero, las aves y las brisas; que te canten las tempestades; que te ensalcen los sollozos del corazón humano y sus palpitaciones de alegría, a ti, el Cautivo del altar…

Gloria a Dios en las alturas…; gloria, bendición y amor a ti, Jesús Sacramentado, sólo a ti, en el incomprensible aniquilamiento de tu adorable Eucaristía!

(Rendidle una completa reparación de amor por el horrendo crimen del sacrilegio con que se le hiere en el altar. Si posible, cántese el “Magníficat” con la Inmaculada en homenaje a la Divina Eucaristía).

Voz del Maestro. No os vayáis, hijos de mi Corazón, sin recoger en esta Hora Santa un desahogo de dolor, que sólo vosotros, mis fidelísimos, sabéis comprender en toda su amargura…

No es la profanación de este Tabernáculo el atentado más cruel en contra de mi soberanía conculcada; hay otro sagrario más valioso y que es consciente en el rechazo de su Salvador…: es el corazón humano…

¡Y decir que lo amo tanto!…

¡Cómo lo profanan millares de cristianos con el veneno de un amor pagano!…

Ese corazón debiera ser el cáliz de todos mis consuelos…, el ara redentora de un mundo, que es infeliz porque no ama con amor de espíritu…, con el casto amor de mi Evangelio…

En ese Corazón deposité mis lágrimas para purificarlo…, y luego, sacando llamas de mi inflamado Corazón, le he ofrecido mi amor para colmar sus ansias de amar y ser amado…

Y no le basta esta infinita dignación de caridad…

Busca a las creaturas… y a Mí me olvida en ese delirio de placer, que no es ni amor, ni paz ni vida…

A Mí me deja…, y por eso, ¡pobrecitos!, tantos sufren, desgarrada el alma…, el hambre insaciable de pasiones vergonzosas…

Los que tenéis sed de amar, venid…, venid a mí: Yo soy el amor que guarda las espinas para sí, y os da sus flores…; los que sentís ansias, necesidad de ser amados…, venid… y bebed hasta saciaros de la fuente de mi pecho.

Hijos míos, dadme vuestros corazones, ¡oh!; dádmelos en cambio del mío Sacrosanto…

El alma. Jesús Sacramentado, ejercita en nosotros tus derechos, pues somos tus reparadores…

Ven.

No pidas, no mendigues…

Ven.

Toma con amabilísima violencia lo que es tuyo…: toma nuestros corazones… Sí, son pobres.

Tú sabrás enriquecerlos…; te los damos por manos de tu dulce Madre y de tu sierva Margarita María…

Te rogamos los aceptes en demanda urgente del reinado de tu Corazón Divino…

No quieras desecharlos porque un día se marcharon, cuando Tú perdonas, olvidas para siempre…

La Iglesia perseguida, nuestro hogar necesitado, los pecadores, tu Vicario, el Purgatorio de tortura purificadora, las almas de los justos, todos, todos esperamos de tu omnipotencia torrentes de gracia, prometida al homenaje de esta hora de consuelos para ti y de milagros de misericordia para el mundo…

¡Ah! Y en especial acuérdate de los que, como Gabriel Arcángel, hemos venido a darte amable refrigerio en tu agonía…

Acepta sus intereses, sus penas, sus esperanzas, su vida; lo depositan todo en la llaga-paraíso que nos descubrió Longinos…

Recoge ahora, Señor, nuestra oración de despedida:

Corazón agonizante de Jesús, estas almas te confían sus espinas…

Corazón amable de Jesús, estas madres te confían sus esposos y el tesoro de sus hijos…

Corazón amante de Jesús, estos peregrinos te confían su porvenir y todas sus incertidumbres…

Corazón dulcísimo de Jesús, estos pródigos te confían su debilidad y su arrepentimiento…

Corazón benigno de Jesús, estos tus amigos te confían la paz y redención de sus familias…

Corazón compasivo de Jesús, estos enfermos te confían las dolencias secretas e íntimas de la conciencia…

Corazón humilde de Jesús, estos adoradores te confían sus anhelos vehementes por el triunfo de tu amor en la Santa Eucaristía…

Corazón Sacramentado de Jesús, en ti confía el mundo, que corre desolado a refugiarse de la muerte ahí donde una lanza abrió las fuentes de la vida…

Ven, Jesús.

Sé nuestro Hermano en las castas fruiciones del amor cristiano…

Ven, Jesús.

Sé nuestro Rey en las tentaciones y borrascas que azotan a las sociedades y a las almas: domina el huracán desde el Sagrario…

 Serena el cielo amenazante, con los fulgores de paz y las ternezas de tu omnipotente Corazón.

(Padrenuestro y Avemaría por las intenciones particulares de los presentes.
Padrenuestro y Avemaría por los agonizantes y pecadores. Padrenuestro y Avemaría pidiendo el reinado del Sagrado Corazón mediante la Comunión frecuente y diaria, la Hora Santa y la Cruzada de la Entronización del Rey Divino en hogares, sociedades y naciones).

(Cinco veces)

¡Corazón Divino de Jesús, venga a nos tu reino!

Súplica final al Sagrado Corazón de Jesús
(De Margarita María)

Escóndenos, ¡oh dulce Salvador!, en el Sagrario de tu Costado, fragua encendida del puro amor, y ahí estaremos seguros…

Elegimos tu Corazón por morada, en la firme confianza que él será nuestra fuerza en el combate, el báculo de nuestra flaqueza, nuestra guía y luz en las tinieblas, el reparador de todas nuestras faltas y el santificador de nuestras intenciones y obras.

Las unimos todas a las tuyas, y te las ofrecemos a fin de que nos sirvan de preparación continua para recibirte en el Sacramento de tu amor.

Para honrar tu condición de Víctima en este misterio de la fe, venimos a ofrecernos también nosotros en calidad de hostias, suplicándote que seas Tú mismo el sacrificador y nos inmoles en el ara de tu Sagrado Corazón.

¡Ah! Pero como somos tan culpables, te rogamos, Señor Jesús, tengas a bien purificarnos y consumirnos con las llamas de tu Sagrado Corazón, como un holocausto perfecto de caridad y de gracia, para obtener una vida nueva y poder entonces decir con verdad: “Nosotros nada tenemos que sea nuestro; vivos o muertos, Jesús es nuestro todo; nuestra propiedad es ser nosotros entera y eternamente de su Divino Corazón… ¡Venga a nos tu Reino!”.

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Origen

La oración de Nuestro Señor Jesucristo en Getsemaní, dio origen a la Hora Santa que se practica semanalmente en la noche del Jueves al Viernes, de las once a las doce.

Nuestro Señor Jesucristo enseñó esta devoción a Santa Margarita Alacoque con estas palabras:- “Todas las noches del Jueves al Viernes te haré participar de aquella amargura y mortal tristeza que Yo sentí en el Huerto de los Olivos… Y para unirte a Mi en aquella oración que entonces Yo dirigí a mi Padre, dejarás el lecho de las once a la media noche y te postrarás con el rostro por tierra, no sólo para aplacar la cólera divina, pidiendo gracia para los pecadores, sino también para calmar un tanto la amargura que Yo experimenté por el abandono de mis Apóstoles, que me obligó a reprenderlos por no haber podido velar una hora conmigo.”

Resulta de esto que la Hora Santa fue instituida por Jesucristo, y que, por lo tanto, es una de las devociones más gratas a su Sagrado Corazón.

Ella se propone alabar y adorar con Jeucristo a la Divina Majestad, darle gracias, interceder por el mundo entero, y suplicar, pedir con Jesús al Eterno Padre todo lo que necesitamos.

No se prescribe para esto ningún tema de meditación, pero, por las palabras de Jesús, se comprende que se debe meditar su dolorosa agonía en Getsemaní y sobre la cruz, y sus profundas humillaciones.

Este ejercicio puede practicarse ante el Santísimo Sacramento expuesto, o simplemente ante el Tabernáculo y aún en la propia habitación, no pudiendo asistir a la Iglesia.

La hora también puede cambiarse para más facilitar su práctica.

PREPARACIÓN

Amantísimo y agonizante Jesús mío, permitid que me postre en vuestra presencia y a vuestro lado para participar de vuestras penas en el Jardín de los Olivos.

Concededme, oh, Salvador mío, entera participación de vuestras amarguras y de los sentimientos de compasión de María, vuestra Madre Inmaculada, en aquella noche de mortales angustias.

Yo os ofrezco, para suplir mi insuficiencia, los afectos de esta Madre Santísima, los de Santa Margarita María y los de todas las almas que más os han consolado en este misterio de dolor y de amor; os ofrezco, en particular, los de vuestros fieles Guardias de honor que en esta misma hora se asocian al abandono de vuestra alma en Getsemaní.

Oh, Jesús, Maestro dulcísimo, toleradme en vuestra presencia … perdonadme … escuchadme … bendecidme …. y sepultadme en el océano de amargura que invade y sumerge vuestro dulcísimo Corazón.

Amén.

PRIMER CUARTO DE HORA

Adoración

Consideremos al gran Penitente, a Jesús, el Cordero Inmaculado que se presenta delante de su Padre, oprimido bajo el peso de las iniquidades del mundo.

-”El ha sido hecho pecador por nosotros, dice San Pablo, él se ha constituido en Fiador, él debe, pues, pagar nuestras deudas, hasta el último maravedí”

Todas las abominaciones, las impurezas, los atentados, los delitos y sacrilegios que inundan e inundarán la faz de la tierra, cubrieron la inocencia y santidad infinita de Jesús, como con un vestido de ignominia, a semejanza de repugnante lepra.

Bajo este manto de abyección Jesús cae de rodillas para adorar y alabar a la Divina Majestad ofendida; para confesar ante su incorruptible y justo Tribunal, uno a uno todos estos crímenes, concibiendo al mismo tiempo, por ellos, un rubor inexplicable y una contrición infinita.

Esta ignominia, esta confusión, este fango asqueroso que le cubre, le arroja por tierra, le humilla en un abismo infinito, le anonada, y desde el fondo de tanta miseria exclama: ¡triste está mi alma hasta la muerte!

¡Ah! imitemos a este Divino Adorador de la Majestad ofendida por la ingratitud y la malicia de los hombres, imitemos a este Divino Penitente…

¡Cuanta indiferencia en la adoración que debemos a Dios…. cuántas iniquidades en nuestra propia vida!

Hagamos en este momento serias reflexiones sobre nosotros mismos y sobre nuestro pasado: recojámonos devotamente para sondear nuestro propio corazón…

¡Adoremos … alabemos a la Divina Majestad de un Dios ofendido! ¡Lloremos!…

Confiteor….

Y este Jesús, Adorador de la Divinidad por nosotros, está realmente presente aquí en este Tabernáculo… en esta Hostia consagrada…

Desde Getsemaní vuelve los ojos a esta Hostia: ¡aquí está el Jesús de Getsemaní, sí, aquí está; es él mismo!

Aquí está el que sufría, el que moría, el que confortaba a sus Apóstoles, el suspirado de los siglos, el esperado por los Patriarcas, el anunciado por los Profetas con tanta pompa de profecías…

¡Señor, yo creo, yo creo, y me parece ver tu majestuosa figura, me parece ver tu dulce sonrisa a las turbas, tus miradas de amor, tus manos esparciendo beneficios!…

¡Señor, yo creo, Señor, yo te adoro!…

¡Tú eres el Dios de los ejércitos que reinas en medio de nosotros!

Sanctus, Dominus Deus Sabaoth. Nobiscum usque ad consummationem saeculi!

¡Creo, Señor, creo y te adoro, y contigo, oh, mi gran Reparador, mi gran Adorador, contigo alabo y adoro la Suprema Majestad del Padre para satisfacer cumplidamente este deber suplime tan olvidado del mundo!

SEGUNDO CUARTO DE HORA

Acción de gracias

Jesús, no solamente se ha revestido de nuestras ignominias y las ha confesado a la Majestad Divina, sino que también debe expiarlas, y las expía en su Corazón en Getsemaní, y en su carne sobre la Cruz.

En el Corazón de su Santísimo Hijo es donde el Eterno Padre empieza a descargar los golpes de su indignación y a ejercer el rigor de su justicia.

Consideremos a Jesús, el dulce Cordero de Dios, la mansedumbre infinita, presa de un hórrido pavor, en vista de la cólera del Padre.

El temor… el disgusto… la tristeza se apoderan de su alma santísima.

Empieza a turbarse por los tormentos que le esperan… a probar un tedio mortal por la ingratitud de los hombres y la inutilidad de su pasión para un gran número de ellos.

Empieza a angustiarse con amarga tristeza por los enormes pecados que tomó sobre sí.

Y el alma santísima de Jesús, temblorosa, humillada, suplicante, pide gracia, diciendo: “Padre, si es posible, pase lejos de mí este caliz”

Su espíritu se conturba, su cuerpo se conmueve y suda gotas de sangre, que corren por la tierra.

Oigamos lo que el mismo Señor manifestó a Santa Margarita, hablando de la terrible lucha que El sostuvo en Getsemaní: “He desaparecido, dice Él, en presencia de la santidad de Dios que, sin miramiento alguno a mi inocencia, me ha herido con su furor, haciéndome beber el cáliz de hiel y amargura de su justa indignación, cual si hubiera olvidado el nombre de Padre, para sacrificarme a su cólera. No hay quien pueda comprender la grandeza de los tormentos que entonces experimenté. Mi dolor fue semejante al que prueba el alma culpable cuando se ve delante del tribunal de la Santidad infinita que pesa sobre ella, y la aniquila en su furor.

Recojámonos, pues, silenciosamente en este santo Huerto de los Olivos, donde Jesús sufre, agoniza y suda sangre, en tanta copia que baña la tierra que le circunda. ¡Oh! ¡cuánta compasión me das, querido Jesús!… Dime ¿por quién padeces tanto? … ¡Por ti, me respondes, por ti y por todos los hombres ingratos!

-¡Ah, Señor! ¡Ah, Jesús, te agradezco!

Todos te han abandonado, Señor, hasta tus más amados Apóstoles, y te han abandonado hasta la indiferencia, hasta la traición.

¡Oh, Jesús, cuánto has sufrido por mi, por el mundo entero!… ¡Gracias, gracias, Señor Jesús, gracias infinitas! …

Alma mía, tú ahora estas aquí y hablas con Jesús; pero dentro de algunos instantes volverás a tus quehaceres, a tus ocupaciones…

¡y de Jesús quizás no te acordarás más! … Jesús, empero, no se irá más de aquí, solo o acompañado, siempre permanecerá en este Tabernáculo de amor; aquí estará de día, aquí estará de noche, esperando que tú vengas a Él a hacerle compañía y a pedirle gracias…

Y regresando a tu casa, tú seguramente seguirás los pasatiempos y locuras del mundo, cederás a las tentaciones…, ofenderás a Dios… Dios alzará su mano para castigarte… pero de esta Hostia sacrosanta saldrá un grito omnipotente y divino… ¡PADRE, PADRE, PERDONALE, PORQUE NO SABE LO QUE HACE! … Y tú serás salvo todavía. ¡Gracias, oh, Jesús, gracias, gracias!

Mañana, al despuntar el día, un Sacerdote subirá al altar… tomará en sus manos esta Hostia y la alzará hacia el cielo. .. ¡Qué de gracias lloverán sobre la tierra! … .. Jesús es quien las pide al Padre para ti y para todos los redimidos. ¡Ah, Jesús, gracias, gracias! …

Esa Hostia es el Pan del cielo, el Trigo de los elegidos, es también tu alimento, es tu Pan cotidiano, tu Pan, con tal que tú lo quieras.

Todos los días puedes recibir esta Hostia… y todos los días Jesús entrará en ti, tu carne se unirá a la suya; su Sangre se mezclará con tu sangre, y con toda verdad podrás decir que tú vives en El, y El en ti. – ¡Oh, cuan dulce es, Señor, para mi el recibirte en mi corazón! (Hostia santa, Hostia divina, te agradezco, te rindo infinitas acciones de gracias.

Pasaran algunos años… quizás pocos días. .. y una enfermedad oprimirá tu cuerpo, enclavado en el lecho de la muerte…

De nadie podrás ser consolado entonces, de nadie confortado, sino de este Jesús…. De este Tabernáculo saldrá esta Hostia santa, entrará en tu casa. “Es Jesús, el celestial Médico que va a curarte, Jesús, el Vencedor de la muerte, que va a abrirte el cielo. Parte, alma cristiana, de este mundo. Jesús mismo te conduce al cielo.

TERCER CUARTO DE HORA

La santa Víctima, inundada en sangre, se levanta y va a buscar quien la consuele. Sus tres predilectos Apóstoles, sus amigos más íntimos, Pedro, Juan y Santiago, duermen tranquilamente a pocos pasos de distancia. – ¡Cómo! ¿No habéis podido velar una hora conmigo? les dice Jesús. Velad y orad para no caer en la tentación.

Oh, Maestro sapientísimo, no permitas que tus Guardias dormiten vilmente en el puesto de honor, en donde tan misericordiosamente los has colocado. .

En este Tabernáculo, oh, Jesús, como en el Huerto de los Olivos, tu sufres todavía una lenta agonía… aquí la traición te persigue continuamente, la ingratitud humana te arranca lágrimas… Aquí lloras, Señor, nuestros delitos, y noche y día los confiesas al Padre en la amargura y confusión de tu alma.

¡Señor Jesús, amabilísimo Jesús, que nos has llamado a consolarte en tu extremo abandono, danos valor, danos fortaleza en las pruebas de la vida! …

¡Haznos generosos, oh, Jesús, y verdaderos devotos de tu dulce Corazón ¡Enséñanos a velar y orar para no caer en la tentación, y para poder librarnos de los peligros de la hora presente!

¡Por el doloroso abandono de tu Corazón en Getsemani, apiádate, Señor, de los corazones afligidos!

Consuélalos, sostiénelos, santifícalos en la prueba.

Piedad te pido también para los agonizantes, y para nosotros mismos, cuando llegue esa hora tremenda.

Desde ese Tabernáculo apoya, Señor, nuestra causa, alcánzanos del Padre Celestial conmiseración y piedad.

Pero, Señor Jesús ¿cuántos otros motivos de aflicción no te oprimen? …

De los millones de seres racionales que criaste y redimiste con tu Sangre ¿cuántos te conocen?, ¿cuántos te aman? ¡Ah! Naciones y pueblos enteros yacen todavía en las sombras de la muerte…

Tú, Señor Jesús, les has enviado tus apóstoles … y tú, oh, Jesus, desde este Tabernáculo, con melancólica mirada, con la frente humillada y confusa, con el Corazón desgarrado repites con lamento divino: «Esas almas se pierden … luego tantos sufrimientos míos ¿serán inútiles para ellas? .. »

Pero vuelve, oh, Señor, a otra parte la mirada: Mira las naciones que recibieron el Evangelio, y que, por consecuencia, deberían estar unidas intimamente contigo.

¡Mira, Senor, mira Rusia, Grecia, Estocolmo, Dinamarca, Suiza, Inglaterra, Alemania… o sumidas en el cisma, en la herejía, o en el protestantismo! ..

Son millares y millares de almas que están fuera de tu Iglesia santa… y las naciones católicas ¿qué hacen? . . . ¡Qué cuadro tan desgarrador! ¿Qué miras, Señor?..

¡Ah! Millones y millones de cristianos católicos que viven como si no lo fueran; y entre ellos una gran muchedumbre que no cree, y que se esfuerza por arrancar la fe del corazón de los demás, y escriben y hablan furibundos contra ti, oh, Señor, esforzándose en negar hasta tu misma Divinidad…

 ¿Qué mas? Seres que movidos por una rabia satánica querrían nuevamente condenarte a la muerte y crucificarte…

 Cuántas veces han entrado en los templos, roto los tabernáculos, robado las hostias, consagradas para profanarlas horriblemente…

¡Oh, Jesús! ¡Estás solo, solo en este misterio de amor, mientras que los palacios de los ricos, las calles, los teatros, los mercados están llenos de gente!…

Al menos, Señor cuando agonizabas en Getsemani y cuando te capturaron, veías a lo lejos a tus tres amados Apóstoles, y a Pedro que procuró defenderte con la espada, y te siguió después temeroso entre la turba… Al menos, cuando estabas en la cruz, tenías cerca de ti a tu santísima Madre, a Juan y a la Magdalena.

Pero aquí, Señor ¿quién viene a visitarte, a consolarte?

¿Qué gritos son esos, oh, Jesús? …

¡Son horribles blasfemias contra este Santísimo Sacramento, y contra María, tu Madre Inmaculada!…

¡Son insultos, son discursos y escritos impíos y escandalosos!

Las fiestas ya no se santifican, la casa del Señor es profanada. Las injusticias, los vicios se multiplican.

Almas cristianas, ¿no sentís la necesidad de reparar tantos ultrajes perpetrados contra esta Hostia Sacrosanta, contra Jesús, nuestro Redentor, nuestro Salvador?…

¡Oh! ¡Perdona, Señor, perdona a tu pueblo! …

¡Señor, perdón y misericordia!

¡Acuérdate, oh, Jesús, que, aunque somos pecadores, somos siempre tus hijos…

¡Paz, Señor, paz y perdón!… porque, dime ¿querrías tomar venganza, hacer alarde de tu poder contra nosotros que no somos sino una hoja arrastrada por el viento?…

¿Y contra una hoja agitada por el viento, tu, Señor, ostentarías el poder de tu brazo?… Mucho, si, mucho hemos pecado; pero tu, Señor, jamás has despreciado al pecador contrito y humillado. Tu mismo lo dijiste: – «No quiero la muerte del pecador, sino su conversión y su vida”.

¿Y no son tuyas, Señor, las palabras de tu Profeta: «Yo perdonaré, porque no soy un hombre, sino Dios… No creáis a mis palabras, si yo no me mostrare misericordioso”.

Y tú, Padre, cuya cólera, hemos provocado con nuestros crímenes, detiene tus castigos; porque hemos sido redimidos con la Sangre de tu Hijo Jesús.

Mira, oh, Padre, esta Víctima colocada sobre la cruz, entre el cielo y la tierra, precisamente para que tu, oh, Padre, antes de ver nuestros crímenes, te encuentres con su Rostro Sacrosanto.

El te suplica con sus brazos extendidos y cubierto de llagas y sangre: Padre, te dice, Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

(Si hubiere tiempo, podrá cantarse o recitarse el Miserere)

ÚLTIMO CUARTO DE HORA

Suplica

…Pedid, pedid, que yo os daré cualquier cosa que me pidáis. – Vosotros no habéis pedido nada todavía: pedid y se os dará…

Estas son vuestras palabras, oh, Jesús, palabras que nos incitan a la confianza.

Escúchanos, pues, oh, Jesús, que mucho, pero mucho es lo que voy a pedirte.

En primer lugar, te pido gracias escogidas para tu santa Iglesia.

Sí, concede a tu Vicario el Papa tantas y tantas íntimas consolaciones…

Dale valor para combatir, fuerza para vencer y para conducir tu Iglesia a la victoria, al triunfo…

Ya lo prometiste, oh, Jesús, y tu promesa es divina.

Bendice a los Obispos, a los Sacerdotes, a los Religiosos y Religiosas esparcidos en la superficie de la tierra.

Todos tienen gran necesidad de tu divina asistencia.

Si ellos son santos, santos serán también los pueblos; no permitáis, Señor, que ninguno de ellos se transforme de Apóstol en Judas! …

Una gracia especial te pido para los pobres Misioneros: haz fructuoso su apostolado, haciendo menos duro e ingrato el terreno donde cae su palabra, y de este modo tu Evangelio se difundirá por toda la tierra.

Llama, oh, Jesús, llama a la luz de la verdad las ofuscadas mentes de los hombres, llama y atrae hacia tu divino Corazón a todos esos millones y millones de corazones que no te aman, porque no te conocen; pero una vez que te conozcan, te amarán mucho más que nosotros…

Cese, oh, Señor Jesús, cese el reinado del demonio, y venga a nosotros tu Reino .

¡Qué de todos los pueblos de la tierra no se haga más que un solo rebaño, bajo el cayado de un solo Pastor! ….

El mundo entero te recomiendo, ¡oh, Jesús! …

Los recién convertidos, para que perseveren en sus buenos propósitos.

Los perseguidos, para que no se dejen intimidar, y triunfe en ellos la verdad y la justicia.

Compadécete, Señor, de todos los que padecen persecución por la justicia, y en general a todos los afligidos dales paciencia y consuelo …

Te recomiendo las vírgenes, los padres y madres de familia, las viudas, los huérfanos, los encarcelados ..

Ruegote especialmente por la conversión de los pecadores, y por los moribundos, por esos millares de hombres que en este instante agonizan y están ya por presentarse ante tu tremendo tribunal…

Señor, salva a los pobres moribundos que mueren en este instante, y morirán durante todo este día! …

¡Señor Jesús, cuantos ¡ay! en este mismo instante estarán casi, casi al borde del pecado!

Señor, por caridad, detenlos… ayúdalos, contiénelos para que se evite al menos un solo pecado mortal.

Una sola gota de tu Sangre, oh, Señor, basta para salvar el mundo entero: caiga, Señor, caiga esa Sangre divina como lluvia benéfica, y lave el mundo, y lo purifique de sus crímenes, y el mundo será salvo.

Te ruego, Señor, por nuestra patria, por nuestra patria arrastrada por la masonería, por el sectarismo fanático … No la castigues en tu furor con el más terrible de los castigos, que es tu abandono y la pérdida de la fe. ¡No, Señor, no la castigues abandonándola a las sectas sedientas de sangre y de ruinas! … Señor, esta nación es tuya, esta nación te ama, y ama igualmente a tu Madre Santísima, a la cual de un modo especial invoca y venera bajo el título del Huerto. Sálvala, pues, y líbrala de sus enemigos. Y como su salvación depende de su unión con la Iglesia, haz, Señor, que siempre se mantenga hija fiel y obsequiosa de esta tan buena Madre … Bendice, oh, Señor, las Autoridades civiles y militares, bendice nuestro ejército, nuestra bandera, nuestras administraciones, nuestras escuelas, nuestros asilos, nuestros hospitales… ¡Bendice todo y a todos, oh, Señor Jesús!

Mira particularmente, oh Señor, las necesidades de esta Arquidiócesis, y en primer lugar de nuestro virtuoso Prelado, nuestro Seminario; nuestras instituciones católicas, y con nosotros te lo piden, oh, Jesús, nuestros Santos Protectores!…

Que tus santos Ángeles, oh, Señor, custodien a los niños y niñas. ¡Oh, cuantos peligros para su inocencia! … No permitas que pierdan tu gracia; sálvalos, Señor, sálvalos a todos.

Oh, Padre, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, en virtud de la promesa de este tu Divino Hijo, que todas las cosas que te pidiéramos en su Nombre, Tú nos las concederías, evocando el testimonio del Espíritu Santo, me atrevo a pedirte que ninguna de las personas que están aquí presentes, y, que en adelante vengan a esta iglesia a adorar a Jesús Sacramentado a invocar a María Santísima del Huerto, que ninguna, pero ninguna se pierda!….

Pero la hora pasa rápidamente, y tantas otras cosas debo pedirte todavía…

Me apresuro, oh, Señor, para recomendarte las benditas almas del Purgatorio. Esas pobres almas han esperado esta hora… ¡Señor, Jesús, líbralas de sus penas, sálvalas presto, hazlas felices!

Te pido en particular por las mas abandonadas, por las mas próximas a salir Purgatorio, por las que me han hecho algún bien, por las que tengo obligación de rogar, por aquellas, Señor, ¡ay! por aquellas que están en el Purgatorio por mi culpa … Y por aquellas también que con mayor fervor y perseverancia se apresuraban a practicar este ejercicio de la Hora Santa!

¿Y mis parientes, oh, Jesús? … ¿Mis amigos y bienhechores vivos y difuntos?

Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, dona eis requiem sempiternam et locum indulgentiae cum Sanctis tuis in gloria!

(Cada uno pida las gracias que desea).

¡La hora ha pasado… ha pasado demasiado presto!

¡0h, cuán dulce es, oh, Señor, el estar contigo!

¡Cuán cierto es que vale más una hora en tu presencia, que millares de siglos en companía de los pecadores!

Hora Santa, hora de paraíso … hora breve y dichosa … principio de la adoración que durará por los siglos de los siglos, yo te bendigo.

La hora ha pasado: ¡alma mía, no dejes pasar al Médico, al Pastor, al Amigo, al Padre sin pedirle una ultima bendición! …

Dile, dile, con grande y suplicante clamor: – ¡No, no, yo no te dejaré hasta que no me hayas bendecido! ¡Eterno Padre, bendice a tus hijos! ¡Hijo Divino, bendice a tus redimidos! ¡Espíritu Santo, bendice las almas que tú has santificado!

En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espiritu Santo.-

Que esta bendición sea prenda de aquella otra que nos darás, oh, Señor, en el extremo dia del juicio, cuando nos llames a la companía de tus Angeles y de tus Santos en el cielo.

¡Amén, Amén, Amén!

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