Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘La Santa Comunión’ Category

Necesidad que tiene la madre de comulgar,

por las fuerzas que encuentra en la comunión y por

el ejemplo que da al hacerlo

    

Si bien la confesión es un remedio al cual el alma necesita recurrir con frecuencia, si bien es un medio irremplazable para formar la conciencia, no basta sin embargo para darle vida al alma: el alma necesita también un alimento que la sostenga, la fortalezca y la desarrolle. Ese alimento es la Comunión.

Así como la madre, verdaderamente cristiana, puede con su influencia disponer a sus hijos a que saquen buen fruto de la confesión, puede también disponerlos a apoyar toda su vida en la Comunión.

Cómo debemos ayudar a los catequistas a preparar a nuestros hijos para la primera Comunión, es lo que en primer lugar vamos a considerar. Luego veremos cómo hemos de ayudar a nuestros hijos a hacer su primera Comunión y el lugar que ésta ha de ocupar en todo el transcurso de su vida.

+++

Desde el año 1910, a raíz de un decreto dado por el Papa Pio X, los niños pueden ser admitidos a la primera Comunión desde el momento en que sean capaces de hacer la diferencia entre una hostia consagrada que contiene realmente el cuerpo de Nuestro Señor y una hostia no consagrada. Necesariamente, en las primeras lecciones de catecismo, habrán recibido una instrucción muy elemental proporcionada a su edad. Como a esos pequeñuelos les cuesta escuchar y a veces no comprenden las explicaciones del catecismo, es muy útil que la madre pueda repetir y adaptar a cada uno de sus hijos la enseñanza que les da el sacerdote.

Por desgracia, las madres, generalmente, se interesan muy poco por esa enseñanza; no se preocupan de mandar a sus hijos al catecismo bajo pretexto de que no es obligatorio; si comprendieran bien el conmovedor llamamiento del Divino Maestro: “Dejad a los niños que vengan a mí”, se esforazarían más en prepararlos a comulgar lo antes posible.

No hay para qué decir que los niños que comulgan a los 7 u 8 años no están, de ningún modo, dispensados de seguir los dos años de catecismo, sin los cuales su instrucción religiosa sería nula; los padres deben comprometerse formalmente a mandarlos.

La mayoría de los niños, hasta el decrecto citado, de Pio X, hacían su primera Comunión entre los 10 y los 12 años.

Sería darles una falsa idea, el representarles la primera Comunión como una recompensa, una especie de premio de buena conducta o como un certificado de sus estudios religiosos.

Estimularlos por el temor a la humillación que experimentan al no ser admitidos a la primera Comunión, no es el medio de provocar en ellos un esfuerzo de buena calidad; es hacer llamamiento a su vanidad; no a su fe, a su conciencia, a su corazón.

La primera Comunión, es la primera visita de Jesús al alma que ama, que ha rescatado con su sangre; el niño que espera esta visita debe esforzarse, desde mucho tiempo antes, en preparar la morada del Divino Invitado, y para esto, limpiarla de los defectos que la afean, adornarla con las flores representadas por las victorias obtenidas sobre sí mismo. Estos son los sentimientos que debemos tratar de hacer brotar en esas almas juveniles, esos son los sentimientos que les harán hacer progresos. A pesar de toda nuestra buena voluntad, estos no se implantan ni en una semana ni en un mes; irán penetrando poco a poco; por eso es que importa el que nos preocupemos de la primera Comunión, no algunas semanas antes de la fecha fijada, sino con muchos meses de anticipación.

Sucede, a veces, que las madres se aperciben de pronto, a última hora, de que su hijo está lleno de defectos y no sabe una palabra de catecismo. Entonces a toda prisa, le hacen repetir las lecciones de catecismo y les declaran guerra a muerte a sus defectos. “¡Y pensar que no faltan más que cuatro semanas, tres semanas… Este chico no va a estar nunca preparado!” Y se agitan y se disgustan. El niño, al principio, pone toda su buena voluntad; pero no tarda en cansarse de ese esfuerzo continuo y violento a que no está acostumbrado y que excede sus fuerzas; las fallitas en que incurre lo irritan y lo desaniman. En lugar de esperar, lleno de alegría y confianza, la visita del Divino Maestro, está inquieto y nervioso. Una vez hecha la primera Comunión, rendido por aquel traqueteo, sofocado por aquel correr sin tregua, abandona todo esfuerzo, los defectos vuelven a levantar cabeza y todo el terreno ganado se pierde inmediatamente.

Lo que debemos esperar de un niño, no es que llegue a la primera Comunión definitivamente corregido de sus defectos, sino que haya dado prueba de su buena voluntad.

Os dirá tal vez: “¡Oh, yo me enojo muchas veces al día: no puedo contenerme, entonces, pues, una vez más o menos no tiene importancia!” Si, una vez más o menos tiene un gran importancia. Supongamos que por lo menos una vez por día llega a resistir a la tentación de encolerizarse, será ya un pequeño progreso, una pequeña victoria, que hará posibles otras victorias. Así, poco a poco, irá tomando la costumbre de velar sobre sí mismo, de dominarse y si se siente alentado, sostenido, esta costumbre puede arraigarse cada día más a medida que con la edad su voluntad se vaya desarrollando.

La voluntad del niño es un resorte frágil: si se extiende bruscamente y hasta el fondo, se rompe; extendido lenta y progresivamente, se fortalece.

Si le representamos a Dios como un amo despiado ¿cómo se lo haremos amar? Si, por el contrario ve en Dios un Padre infinitamente bueno, en Nuestro Señor un Salvador que nos amó hasta morir por nosotros, un juez que ve, es verdad, todas nuestras faltas, pero que también tiene en cuenta el menor buen movimiento, siente confianza, se expansiona, abre su corazón.

Al estar en esta buena disposición, es fácil hacerle comprender que esta Primera Comunión, que debe preparar con gran cuidado, no es más que el punto de partida de una vida cristiana más completa.

¡No es esto, desgraciadamente, lo que todos los niños oyen decir a sus padres! Lo que oyen es como se pone el certificado de estudio y la primera Comunión en el mismo plano: una vez libre del uno y de la otra ya no habrá que ocuparse de las clases ni de la religión.

El día de la primera Comunión, no es para muchos padres ignorantes e indiferentes más que un día de asueto y a veces de jolgorio. El pequeño héroe de la fiesta está, generalmente, animado de las mejores disposiciones: ha seguido piadosamente el retiro y ha hecho una buena confesión. Llegado el gran día, desde que se ha despertado han empezado a acicalarlo, a rizarlo, a ataviarlo. Su madre no se ha cuidado de recomendarle que esté muy recogido y atento durante la misa, pero lo ha aturdido a fuerza de recomendaciones sobre el cuidado que debe tener de su traje. Durante todo él día no oirá tal vez una sola palabra que pueda despertar en él un pensamiento cristiano, pero se hará en su honor una buena comida, probablemente irán a un cine o lo llevarán a una fiesta campestre. En medio de estas diversiones el niño se acuerda de las buenas resoluciones que ha tomado, las palabras que ha pronunciado al renovar las promesas del bautismo: “Me entrego a Jesucristo para siempre”. Compromiso solemne, palabras graves en las que ha puesto su corazón. Y ese mismo día oye decir que los que han hecho la primera Comunión ya no tienen para que ocuparse de Dios… se siente desorientado, a disgusto: tiene la impresión de ser una pajita que revolotea llevada por una fuerte corriente; se siente demasiado débil para reaccionar, para luchar. Antes de mucho faltará a la misa para que no le molesten con burlas y bromas; al mes siguiente no se unirá a sus compañeros en la renovación de la primera Comunión, al año siguiente se olvidará de hacer la comunión de Pascua. Su primera Comunión será la última. Habrá recibido una sola vez ese alimento divino destinado a engrandecer su alma.

La Comunión, es en efecto, el alimento destinado a sostener y a desarrollar la vida del alma.

Sabéis vosotras que no podéis pedir a un niño muy pequeño que se imponga un esfuerzo del que su hermano mayor sería capaz, o que si dos niños cometen la misma falta amonestareis con más severidad al mayor, porque él debia tener más criterio para juzgar su acción y más voluntad para alejarse del mal. Esto prueba de que os dais cuenta del crecimiento moral que debe acompañar al crecimiento del cuerpo. El alma, para crecer, para fortalecerse, es decir, para desarrollar sus buenas cualidades y corregir sus defectos, necesita comulgar, comulgar en buenas disposiciones y comulgar con frecuencia.

+++ 

Una de las condiciones necesarias para que el niño comulgue en buenas disposiciones, es que esté bien instruido de su religión: Ya os dais cuenta de lo sumario, de lo insuficiente que es la instrucción que puede recibir en esos dos años de catecismo. De lo poco que es capaz de comprender a esa edad, se olvidará de la mayor parte.

Para esta insuficencia hay un remedio, es la instrucción religiosa complementaria, que se da en los catecismos de perseverancia en las parroquias y otros centros catequísticos. No permitáis que vuestro hijo se imagine que en seguida de su primera Comunión ha terminado con el catecismo, bien por el contrario, grabad en su espíritu la idea de que su instrucción religiosa debe ir completándose a medida que su inteligencia se vaya desarrolando, a fin de llegar a estar en condiciones de conservar y defender su fe.

Para que su fe tenga verdadera influencia en su vida, para que le sostenga en el cumplimiento de su deber y le de armas contra la tentación de entregarse al mal, es necesario que comulgue.

¿Quiere decir esto que la Comunión puede hacer el oficio de una especie de promesa de buena conducta? Sería absurdo creerlo. No es la Comunión hecha de cualquier modo la que será provechosa para el alma, sólo la Comunión bien hecha puede influir benéficamente en ese sentido. Desgraciadamente, suele suceder también que algunas personas a quienes se ve comulgar con frecuencia, tienen una detestable reputación y hay siempre personas que de ese hecho sacan esta triste conclusión: “Usted lo ve, esos cristianos no valen más que los que no tienen religión: el comulgar no les impide conducirse mal”. Esta conclusión con sus pretensiones de lógica, prueba sencillamente la falta de reflexión y la ignorancia de los que se contentan con ella.

Entre esos que comulgan y siguen dando mal ejemplo, hay ignorantes, personas mal instruídas en su religión, inconscientes del mal que se hacen a sí mismas y que hacen a los demás, con el ejemplo que dan y las reflexiones que provocan. Tal vez no han comprendido jamás, que el recibir a Dios en su alma cuando se vive en constante sublevación contra su ley, es un pecado más grave que todos los demás. Tal vez se confiesan de pecados ligeros y callan su vida irregular. A su ignorancia se agrega a veces cierta superstición; ven en la Comunión una especie de amuleto de cuya misteriosa protección contra la desgracia, conviene precaverse.

Al lado de estos ignorantes, hay, a veces, hipócritas y cobardes que comulgan por hacer lo que hacen los demás, para no verse obligados a contestar a preguntas molestas, para desviar la desconfianza, o para prevenir en su favor.

¡Semejantes Comuniones, por el ejemplo que dan, hacen desgraciadamente más mal que el bien que pueden hacer muchos sermones!

Si os sucede a vosotras o les sucediera a vuestros hijos el codearse con esos cristianos desviados, podréis ver como su conducta prueba su ignorancia o la ceguera de su conciencia, pero que de ningún modo prueba la inutilidad de la Comunión. Esos extraviados son enfermos del alma. ¿De qué algunos enfermos perezcan a pesar del fuerte alimento que ingieren habrá que deducir que sea inútil alimentarse?

Viendo la Iglesia que los cristianos, creyentes y prácticos, son cada vez menos en medio de la muchedumbre de incrédulos, no cesa de recomendar a sus hijos la frecuente Comunión como el mejor medio de precaverlos contra el peligro de perder su fe. Es, pues, necesario que vuestros hijos dóciles a la voz de la Iglesia comulguen bien, es decir, preparándose seriamente y manteniendo con lealtad la voluntad de ser siempre fieles a todos sus deberes.

No basta que comulguen en buenas disposiciones a intervalos muy largos: importa mucho que lo hagan con frecuencia.

Es de toda evidencia que la Comunión del tiempo pascual que es la única rigurosamente exigida por la Iglesia, no puede prolongar su influencia durante todo un año. Vosotras sabéis todo lo que vuestros hijos cambian en un año, sobre todo en ciertas épocas de su vida. Las condiciones en que viven pueden cambiar también: que pasen de una clase a otra, de la escuela al taller, de un taller a otro; en consecuencia de estos cambios los peligros a que están expuestos pueden agravarse, las tentaciones ser más fuertes. Pueden, sin apercibirse, dejarse deslizar; tienen, en un año, tiempo sobrado para ir por la mala pendiente y cuando llegue el tiempo de la Comunión pascual, tal vez el mal haya hecho demasiados estragos y será tarde para que reaccionen.

Pero si bien nuestra autoridad debe respetar absolutamente la libertad del niño bajo este punto de vista, podemos por otra parte ejercer una buena influencia en el desarrollo de su piedad.

Para favorecer este desarrollo, empecemos por no poner obstáculos cuando el niño exprese el deseo de comulgar. Una madre descuidada manifestará cierta impaciencia porque la confesión o Misa a determinada hora, la hayan privado de algún pequeño servicio. Otra madre mejor inspirada se guardará muy bien de dejar oir la menor queja, la menor crítica; tratará por el contrario de facilitarle la práctica de la confesión, por ejemplo, informándose de antemano de las horas en que el niño podrá encontrar al sacerdote que conoce, proponiéndole prepararle su traje de los domingos, o despertarlo a tiempo para la hora de la misa, etc… Pequeños detalles de esta clase pueden parecer insignificantes y tienen, sin embargo, su importancia. El niño, en vez de sentirse criticado, contrariado, se siente aprobado, alentado. Una madre cuidadosa puede también recordar la proximidad de ciertas fiestas y hacer comprender que sería verdaderamente fiesta completa si fueran días de Comunión.

Así la madre cumple su misión por pequeños medios materiales, consejos dados con prudencia, pero la madre tiene un misión secundaria, que encierra la gran lección sin la cual las otras tienen muy poco valor: es el ejemplo.

Si la madre ha abandonado hace mucho tiempo la Comunión, ¿cómo ha de hacerla comprender y amar? ¡Cuántas hay de estas almitas, llenas de buena voluntad, que el día de su primera Comunión son la  única persona de su familia que va a acercarse a la Sagrada Mesa! Si la fe se extingue tan pronto en estas almas, ¿no es tal vez a causa de la indiferencia de las madres?

Son dignas de lástima las que no saben, o las que no comprenden o desdeñan el don que Dios ha querido hacer a los hombres en la Eucaristía. Algunas veces envidiamos nosotros a los Apóstoles porque ellos vieron a Jesús y vivieron cerca de El. Pero hasta la víspera de su muerte, hasta el día en que fue instituida la Eucaristía y en que también ellos hicieron su primera Comunión, ¿se había entregado Jesús a ellos como se entrega a nosotros? Ellos oían su voz, eran testigos de sus milagros, pero no lo habían recibido en su corazón; no conocían esa cárcel del Tabernáculo, en donde por amor a nosotros, por estar en medio de nosotros, quiso Jesús encerrarse. El, el Dueño, quiere, por así decirlo, ponerse a nuestro servicio; está allí para ser el confidente de nuestras quejas, el consolador de nuestras penas, el reparador de nuestras fuerzas; está allí para escucharnos, para perdonarnos, para bendecirnos. ¿Pensamos en esto muchas veces?

Nuestra tarea de educadoras, no está separada del resto de nuestra vida; la vida diaria es generalmente bastante pesada, gasta las fuerzas; el mal ejemplo que encontramos por todas partes es contagioso para nosotras casi tanto como para nuestros hijos; esta lucha incesante nos fatiga, nos debilita, nos abruma y, sin embargo, ¡es indispensable que nuestros hijos se apoyen en nosotras! ¿Cómo rehacen nuestras fuerzas para continuar la tarea? ¡Comulgando nosotras también! Nuestros hijos necesitan nuestras comuniones, porque necesitan de nuestras fuerzas morales.

Para que podamos “elevar” verdaderamente a nuestros hijos, esto es para que hagamos subir sus almas hacia Dios, es necesario que trabajemos por elevarnos nosotras mismas, esforzándonos en cumplir nuestro deber ante la mirada de Dios, cada día un poco mejor que el día anterior.

FUENTE:

Ana Maria Couvreur. La educación por la madre: Charlas del domingo en “L´Union Familiale de la Villette” . Editorial Difusión. Buenos Aires. 1943. Págs: 199-209

Read Full Post »

Fundo en la sólida doctrina del Angélico Doctor este asunto. Dice el Santo, que el Sacramento del Bautismo es el principio de la vida espiritual; que los otros Sacramentos son una continuación de la dicha vida; siendo enderezados a preparar el alma, y a disponerla con su propia santificación a recibir la santísima Eucaristía: y que la Eucaristía es el fin de todos los Sacramentos, en la cual se consuma y perficiona la vida espiritual del Cristiano: “quia Baptismus est principium spiritualis vitae, et ianua sacramentorum. Eucharistia vero est quasi consummatio spiritualis vitae, et omnium sacramentorum finis, ut supra dictum est, per sanctificationes enim omnium sacramentorum fit praeparatio ad suscipiendam vel consecrandam Eucharistiam. Et ideo perceptio Baptismi est necessaria ad inchoandam spiritualem vitam, perceptio autem Eucharistiae est necessaria ad consummandam ipsam” (S. Thom. 3. p. q. 14. alias 73. art. 3. in corp.).

Pues si la vida espiritual toma su principio del Bautismo, el progreso de ella de los otros Sacramentos, y la consumación y complemento de la Eucaristía; es manifiesto que el uso de ésta, es el medio principalísimo para la perfección espiritual de nuestras almas.

Pero para imprimir esta gran verdad en la mente del piadoso lector, es necesario dar las razones, por las cuales de este divinismo Sacramento como de fuente copiosísima, mana toda santificación y perfección á las almas de los Fieles.

Ya se ha dicho desde el principio de este tratado, que nuestra perfección substancial consiste en unirnos a nuestro ultimo fin: porque así como un peñasco entonces está en el estado de su perfección, cuando se detiene en su centro, que es el fin de todos sus movimientos: y entonces está en su perfección una llama cuando descansa en su esfera, que es el término de todas sus agitaciones: así también entonces es perfecta un alma cuando se une con Dios, que es el fin para el cual ha sido criada: y tanto mas perfecta es, cuanto mas estrechamente se une con este su nobilísimo fin por el vinculo de la caridad.

Ahora, pues, este puntualmente, dice Santo Tomás, es el efecto del Sacramento de la Eucaristía en que se hace una representación de la pasión de Cristo, el perficionar nuestras almas, con unirlas a Jesucristo crucificado verdadero Dios y hombre: Sed Eucharistia est sacramentum passionis Christi prout homo perficitur in unione ad Christum passum ( S. Thom. in eod. art. ad 3.).

Y vuelve a repetir lo que antes había dicho esto es, que así como el Bautismo se llama Sacramento de la fe, virtud fundamental del Cristiano, por la cual se da principio á la vida espiritual; así la Eucaristía se dice Sacramento de caridad, por la cual uniéndose el alma á Dios con vínculo de amor, se da complemento a la vida espiritual: Unde sicut Baptismus dicitur Sacramentum fidei, quae est fundamentum spiritualis vitae; ita Eucharistia dicitur Sacramentum charitatis. Y en la cuestión siguiente dice lo mismo: Interim tamen nec sua praesentia corporali nos in hac peregrinatione destituit, sed per veritatem corporis, et sanguinis sui nos sibi conjungit in hoc Sacramento. Unde ipse dicit Joannis 6… Qui manducat meam carnem, et bibit meum sanguinem, in me manet, et ego in eo. Unde hoc Sacramentum est maxime charitatis signum ( Idem q. 16, alias 75. art I in corp).

Jesucristo, dice el Santo Doctor, no tuvo corazón de dejarnos privados de su divina presencia en la infeliz peregrinación de esta vida mas por medio de su cuerpo y sangre nos junta consigo en este Sacramento, como afirma San Juan.

Y por eso la Eucaristía es una señal clara de aquella caridad que une á Dios con el alma, y al alma con Dios.

Esta es la diferencia que pasa entre las viandas terrenas, y este manjar celestial que comiendo nosotros los manjares corporales, y cociéndolos con nuestro calor natural, los mudamos y convertimos en nuestra sustancia y de esta manera vamos recobrando aquellas partículas que insensiblemente se evaporan de nuestros cuerpos.

Pero este manjar del Paraíso, con el calor sobrenatural que enciende en nuestros corazones nos muda en su divina sustancia: de manera, que de hombres miserables que somos, nos hace que seamos otros tantos Dioses por la unión del Verbo humanado que en si contiene.

El sentimiento es de San Agustín: Cibus sum grandium; cresce, et manducabis me, nec tu me mutabis in te, sicut cibus carnis tuae sed tu mutaberis in me (S. Aug. Confes. lib. 7. cap. 10. ).

¿Hiciste alguna vez reflexión sobre la operación que hace el fuego, embistiendo una tabla, una viga, ó un tronco? Primeramente lo calienta, y después lo inflama, y desterrando todas las calidades contrarias de humedad y de frialdad, al fin lo convierte en su sustancia, y lo llega a hacer otro fuego semejante a si. Pues así, dice Dionisio Areopagita, obra Jesucristo en la santísima Eucaristía. Primeramente calienta nuestras almas con el calor suave del santo amor: después desterrando poco a poco las calidades contrarias de las culpas ligeras, y de las aficiones terrenas, las enciende en caridad, las transforma en si mismo, y las hace como otro Dios por amor (S. Dion. de Coelest. Hierarch)

De todo esto pueden ser testigos las Magdalenas de Pazzis, las Catalinas de Sena, las Teresas de Jesús, los Felipes Nerios, los Franciscos Xavieres , y mil otras almas santas, que llegándose á este Sacramento como a un horno de amor, se encendían al punto en ardentísimas llamas de caridad.

¿Y qué cosa eran aquellas enajenaciones de espíritu, aquellos excesos de mente, aquel perder los sentidos, aquellos arrobamientos, y aquellos éxtasis que padecían estas almas afortunadas al recibir la Sagrada Eucaristía?

¿Eran acaso otra cosa que llamas de amor que levantaba en ellas este divino pan, por las cuales, perdiéndose totalmente á si mismas, se transformaban con intima unión en su Señor Sacramentado?

Y aquellas lágrimas suaves que salían de los ojos de tantos siervos de Dios al llegarse á la Mesa de la Eucaristía, ¿no eran alambicadas por aquel fuego de amor que encendía en sus corazones este pan de los Ángeles?

Tuvo, pues, razón de decir el Areopagita, que Jesucristo en la Eucaristía es un fuego de amor que inflama y consume a quien se llega a él, transformándolo en otro fuego de caridad.

Tuvo razón San Agustín de afirmar, que la santísima Eucaristía es un manjar divino que convierte en si mismo á quien le come, haciéndole llegar á ser como otro Dios por participación, por medio de la unión con la Divinidad.

Mas porque estas transformaciones estáticas y gratuitas son mas para ser admiradas que para ser deseadas, traeré el ejemplo de otra transformación amorosa, y propia de este Sacramento, que pueden todos desear, porque todos la pueden conseguir.

Santa Liduina en el principio de sus gravísimas enfermedades, se mostraba no menos débil en el cuerpo que en el espíritu, en la tolerancia de sus penas (Sur. 13. Apr. in vit. S. Lid. part. i. c. 4,).

Vino por divina disposición á visitarla un gran siervo de Dios, llamado Juan Por, y hallándola no del todo resignada en la tolerancia de sus males, la exhortó a meditar a menudo la dolorosa pasión del Redentor, para animarse a padecer con la memoria de sus penas.

Le prometió que lo haría la afligida enferma. ¿Pero qué? pensando en los dolores de Cristo, no hallaba pasto alguno, toda consideración le era insípida y desagradable, y no sacaba consuelo alguno, ni conforte. Por lo cual tornó como antes a los lamentos y a las quejas. Vino nuevamente el dicho Juan á visitarla, y le preguntó ¿cómo se había ejercitado aquel tiempo en la memoria de la pasión de Cristo, y qué provecho había sacado? Respondió la enferma: Padre, el consejo que me habéis dado es muy bueno, pero la acerbidad de mis dolores no permite que yo halle algún sabor, ni reciba algún alivio en la meditación de los tormentos que el Redentor sufrió por nosotros.

Con todo eso tornó el siervo de Dios a inculcarle este devoto ejercicio como remedio particular para sus grandes males: y esta vez su consejo surtió algún buen efecto.

Mas porque no veía aun el hombre celoso todo aquel provecho que en ella deseaba, y que era necesario para su perfección, tomó otra resolución. Volvió a visitarla, trayéndole como a persona enferma é impedida de ir á la Iglesia, la Santísima Eucaristía: y después de haberla comulgado, le dijo estas palabras: Hasta ahora te he exhortado yo a una memoria continua de la pasión del Redentor como medicina proporcionada a tus males: ahora te exhorta el mismo Jesucristo en persona. ¡Cosa verdaderamente maravillosa!

 Apenas hubo tragado Liduina la sagrada partícula, cuando se le encendió en el corazón un sentimiento tan vivo de los dolores de Cristo, y un deseo tan ardiente de imitarle en sus penas, que prorrumpió en un deshecho llanto, y prosiguió en él desde aquel mismo punto por espacio de quince días continuos, sin poder refrenar jamás las lágrimas.

Después le quedaron tan altamente impresos los tormentos de su Señor, que siempre de día y de noche los tenía delante de los ojos de su mente: y le daban grande ánimo y grande esfuerzo para padecer por quien había tolerado tan malos tratamientos por ella. Con el progreso del tiempo se le llegaron a pudrir las carnes encima, y a estar en gran parte roídas de gusanos. Llegósele a pudrir el interior con dolores acerbísimos y casi intolerables: y ella animada con la pasión de Cristo, que tenia siempre presente, daba alabanzas y gracias a Dios, y deseaba padecer mas.

Llegó hasta decir, que no le parecía que era ella la que padecía, sino que Jesucristo era quien padecía en ella: Ex ardenti Passionis Christi meditatione, adeo inflammata fuit, ut non se, sed Christum Dominum in se pati, diceret.

Note aquí bien el lector, cuán bien dijo el Angélico arriba citado, que en la Eucaristía se hace el hombre perfecto por la unión con Cristo dolorido y atormentado: Homo perficitur in unione ad Christum passum.

Pues uniéndose Liduina con el Redentor atormentado, por medio de la Comunión, se hizo una gran Santa, o por mejor decir, una de las Santas mas pacientes que haya tenido la Iglesia de Dios: a lo menos es cierto, que de aquella Comunión tuvo principio su gran santidad.

¿Quién puede, pues, dudar, de que la santísima Eucaristía sea un medio principalísimo de nuestra perfección, cuando nos junta, no solo con amor sensible, sino también con afecto sólido de imitación con nuestro último fin?

Pero San Juan Crisóstomo no se contenta con decir que en la Comunión el alma de los fieles se une con el Redentor, y se transforma en él por amor; sino que pasa adelante á afirmar que nuestro miserable cuerpo se une con el Cuerpo santísimo de Jesucristo de manera, que de dos cuerpos resulta uno solo y así como si á un hombre degollado se le uniese una cabeza de aquel cuerpo, juntamente con aquella cabeza unida, se vendría á formar un cuerpo entero, perfecto y sano: así dice el Santo en la sagrada Comunión, uniéndonos nosotros como miembros a nuestra cabeza, que es el Redentor, de dos cuerpos se hace uno solo (S. Chrys. hom. 45. in Joan.): Ut non solum per dilectionem, sed re ipsa in illam carnem convertamur, per cibum id efficitur, quem nobis largitus est. Cum enim suum in nos amorem indicare vellet, per corpus suum se nobis commiscuit, et in unum nobiscum redegit, ut corpus capiti uniretur. Hoc enim amantium maxime est.

Y en otra homilía repite lo mismo: Propterea semetipsum nobis immiscuit, et corpus suum in nos contemperavit, ut unum quid simus tamquam corpus capiti coaptatum: ardenter enim amantium hoc est (ídem hom. 61. ad pop. Antioch.).

Dice el Santo Doctor, que Cristo en este Sacramento mezcla en cierto modo su santísimo Cuerpo con el nuestro vilísimo; de manera que se hace un solo cuerpo bien ajustado a su cabeza; y esto en señal del ardentísimo amor que nos tiene.

Parece que no se puede decir más para expresar la estrecha unión que se hace del hombre con el Verbo Encarnado en este augustísimo Sacramento, sin embargo, San Cirilo Alejandrino pasa más allá a mayores expresiones.

Tómese, dice el Santo, un pedazo de cera, arrímese al fuego para que con su calor se derrita: tómese otro pedazo, y con el mismo calor se derrita; y después dejese escurrir la una en la otra hasta que vayan a mezclarse y a confundirse en un mismo lugar. ¿Quién sabrá en este caso discernir la una de la otra? ¿Quién podrá separarlas jamás? así dice el Santo, viniendo dentro de nosotros el Redentor, se mezclan nuestras miserables carnes con sus carnes gloriosas a manera de dos ceras derretidas; y viene a formarse, casi dije, la masa de un mismo cuerpo. De suerte, que no nos unimos solamente con Jesucristo en espíritu con las ataduras de la caridad; sino que también nos unimos con su mismo cuerpo por una cierta natural participación.

¡Oh Sacramento lleno de clemencia, de dignación, y de piedad! ¡Oh señal de verdadera unión! ¡Oh vinculo de perfecta caridad, por la cual tan estrechamente nos unimos con el alma y con el cuerpo con nuestro amantísimo Redentor!

Y vea juntamente cuanta verdad sea lo que dice el Angélico, que en este Sacramento se consuma, y se perficiona, como en su término, la vida espiritual del Cristiano; y consiguientemente, que este es el medio principalísimo para llegar a la cumbre más sublime de la perfección.

Giovanni Battista Scaramelli S.J. Directorio ascético.Ed. Don Josef de Urrutia. Madrid. 1789

Read Full Post »

Se exponen aquí solamente las disposiciones próximas, no tratándose nada de las remotas que se deben poner mucho antes, consistiendo éstas en una gran perfección y santidad de vida muy conveniente para recibir al Monarca de los Cielos.

Hablo sólo de aquellas disposiciones que deben ponerse poco antes que la persona se llegue a recibir la santa Comunión, como necesarias para adquirir aquellos efectos de perfección que se derivan de este manjar del Paraíso.

Para que una cepa sea fecunda para producir sus frutos, no basta que esté unida y sustentada del olmo; sino que es menester que no esté seca ni privada de su vida vegetativa, como también que no esté privada del humor necesario para producir sus dulces racimos.

Así para que un alma saque de la santa Comunión los efectos de perfección, no basta que se una materialmente en el Sacramento con Cristo, que es nuestro verdadero apoyo, sino que es menester que no esté privada de la vida de la gracia; porque si a manera de vid seca y muerta se une con el verdadero árbol de la vida, que es el Redentor, no será ciertamente capaz de producir frutos de vida eterna.

Celebrando San Piamon la santa Misa, vio al lado del Altar a un Ángel de bellísimo aspecto, que tenía en la mano un libro de oro, y en él escribía los nombres de todos aquellos Monjes que se llegaban al Altar para recibir el Cuerpo glorioso del Redentor. 

Pero observó, que viniendo algunos de aquellos Monjes a la Sagrada Comunión, tenía el Ángel suspensa la pluma y no escribía sus nombres.

Acabado el santo Sacrificio, llamó a si el Santo a todos aquellos Religiosos, cuyos nombres no había escrito el Ángel: pidió á cada uno exacta cuenta de su conciencia, y halló, que todos estaban manchados con culpa grave.

Les indujo a todos á una verdadera penitencia: y volviendo después á ofrecer el santo Sacrificio, vio que el Ángel escribía también los nombres de estos en el libro de la vida ( In vitis PP. vita 21. S. Piamonis).

Nótese, que aunque aquellos infelices Monjes se unían como los otros corporalmente a Cristo Sacramentado; sin embargo, siendo vides secas y muertas ya a la gracia, quedaban inhábiles para recibir del Cuerpo vital de Jesucristo frutos de vida eterna: y por eso no eran notados del Ángel en el libro de la vida.

A más de esto es menester, que el alma no se llegue a la Comunión disipada y distraída; sino que esté llena del jugo de la devoción: de otra suerte a manera de vid viva sí, pero infecunda, no será capaz de recibir de la unión con Jesucristo copiosos frutos de salud y de perfección, como dice Santo Tomás: “effectus huius sacramenti non solum est adeptio habitualis gratiae vel caritatis, sed etiam quaedam actualis refectio spiritualis dulcedinis. Quae quidem impeditur si aliquis accedat ad hoc sacramentum mente distracta per peccata venialia.” ( S. Thom. 3. p. q. ao. alias 79. art. 8. in corp.)

Dice el Santo, que es efecto de este Sacramento, no solo el aumento de la gracia habitual y santificante; sino también una cierta refección espiritual, que refocila el espíritu, y lo hace robusto para ir adelante en el camino de la salud y de la perfección. Mas este efecto, dice, que se impide, si la persona se llega con la mente distraída e indevota, cometiendo culpas ligeras.

Esta devoción, pues, que debe ser el último aparejo para recibir este pan de Ángeles, en tres actos, según mi parecer, principalmente consiste.

Lo primero en actos de viva fe: lo segundo en actos de profunda humildad; y lo tercero en actos de ardentísimos deseos.

Antes de llegarse a la sagrada mesa, avive cada uno la fe, y crea que debajo de los sagrados accidentes de la Hostia, aunque por de fuera muestre tan poco aparato, está escondido aquel Dios humanado, que reina en el Cielo á la diestra del Eterno Padre, y con su bienaventurado rostro llena de alegría, de gozo, y de júbilo á todo el Paraíso. Crea esto con mayor firmeza que si viese con sus ojos, y tocase con sus manos aquellas carnes gloriosas.

Esta era la fe que tenía San Luis Rey de Francia hacia este divinismo Sacramento. Porque celebrándose Misa en la Capilla Real, sucedió que al elevar la Hostia consagrada apareció á los ojos de todo el Pueblo Jesucristo reducido allí en forma de un hermoso y resplandeciente niño. Fue rogado el Sacerdote de no retirar las manos hasta que fuese avisado el Rey del milagroso suceso, para que él tuviese también el consuelo de hallarse presente á tan gustoso espectáculo. Y al punto corrieron algunos de sus Cortesanos a su sala para hacerle saber el suceso mas el Señor Rey les respondió de esta suerte: Vaya en hora buena á mirar semejantes prodigios quien no cree que Jesucristo está presente en la Hostia consagrada  que yo lo creo mas firmemente que si lo viera con mis ojos y no quiso salir de su retrete. Tenga la persona espiritual semejante fe, y no dude que sacará de la santa Comunión efectos de santidad.

A la fe añada la humildad, la reverencia, y un sagrado temor de la Majestad y grandeza de aquel Dios que ha de recibir. Figurese a este fin, como se lo figuraba San Juan Chrysóstomo, que ve alrededor del Sacerdote, y alrededor del altar en que reside Jesús Sacramentado, una gran multitud de Ángeles: figurese que los ve venir del Cielo á escuadras, para honrar con dulces cánticos, y con profundas adoraciones a su Rey: Per id tempus, Angeli Sacerdoti assident, coelestim potestatum universus ordo clamores excitat, locus altari vicinus in illius honorem, qui immolatur, Angelorum choris plenus est: id quod credere abunde licet vel ex tanto illo sacrificio, quod tunc peragitur (S. Chrys. lib. de Sacerd.).

O si no en el tiempo en que se celebra el incruento sacrificio imagínese, que ve abrirse los Cielos en un majestuoso teatro, y bajar Jesucristo acompañado de Coros Angélicos con gran pompa de gloria, y con todo el tren debido á su Divina Majestad, como se lo imaginaba San Gregorio ( S. Greg; Dialog. 1.4. C. 5O) ): Quis fidelium babere dubium possit in ipsa immolationis hora ad Sacerdotis vocem cáelos aperiri, in illo Jesu-Christi ministerio Angelorum choros adesse; summis ima sociari; terrena caelestibus jungi; unumque ex visibilibus,  invisibilibus fieri.

Después haciendo reflexión sobre la propia miseria, confróntela con tanta grandeza y tanta gloria: y con una tal comparación abátase con prontos sentimientos de humillación, de reverencia, de veneración, y de un santo temor;  y vaya repitiendo con el Centurión : Domine non sum dignus, ut intres sub tectum meum;  conforme lo enseñaba Orígenes á los Fieles desde los primeros siglos de la Santa Iglesia: Quando sacrum cibum illum illudque incorruptibile accipis epulum, quando vitae pane,  poculo frueris, manducas Corpus, & Sanguinem Domini, tunc Dominus sub tectum tuum ingreditur. Et tu ergo humilians te ipsum, imitare hunc Centurionem, & dicito: Domine non sum dignus ut intres sub tectum meum (Orig. hom. 5.). Cuando recibes, decía el citado Padre, aquel sagrado manjar, aquella vianda incorruptible, aquella bebida, y aquel pan de verdadera vida, y comes el Cuerpo y Sangre del Redentor, entonces entra Dios en tu casa. Humíllate entonces profundamente, e imita al Centurión, diciendo: Señor, yo no soy digno de que entréis en esta vilísima casa.

San Gerónimo, gran Doctor de la Iglesia, estando moribundo pidió el santo Viático: y acercándose a su aposento la Sagrada Eucaristía, se hizo poner sobre la desnuda tierra: y después recogidos aquellos pocos espíritus que le hablan quedado en aquel extremo, se puso de rodillas sobre el pavimento, é inclinándose profundamente, y golpeándose el pecho, recibió el Cuerpo Sacrosanto del Redentor.

San Guillermo, Arzobispo del Orden del Cister, estando vecino a morir, pidió con grande instancia la Santísima Eucaristía; y aunque se hallaba tan extenuado de fuerzas, que no podía revolverse de un lado a otro, antes ni aun tragar una gota de agua sin embargo, al llegar Jesucristo Sacramentado, se arrojó improvisamente de la cama con pasmo de los circunstantes, y a manera de una llama débil, que en un relámpago de luz súbitamente se aviva, se fue al encuentro de su Señor: muchas veces se arrodilló, muchas veces se inclinó profundamente para adorarle: y entre estos actos de humildísima reverencia lo recibió.

Semejantes esfuerzos practicados de estos grandes siervos de Dios en su muerte, muestran la grande veneración que nutrían en su corazón hacia el Santísimo Sacramento, y la grande humildad y obsequio con que estaban acostumbrados a recibirlo.

Pero aún me causa mas admiración lo que se lee de aquel apóstata infame, y rebelde contumaz de la Iglesia Enrique octavo: es a saber, que después de haber vuelto totalmente las espaldas a la fe Católica, después de haber confundido todas las cosas sagradas y profanas, y después de haber perdido todo sentimiento de honestidad y piedad; solo no perdió cierto sentimiento de veneración al Santísimo Sacramento. Porque hallándose el infeliz cerca de morir, pidió la santa Comunión; y antes de recibirla, se levantó de la silla en que estaba sentado (por no poder por su enfermedad estar echado en la cama) y postróse de rodillas en tierra. Le fue dicho de los Herejes Zuinglianos que estuviese sentado; porque estando enfermo, no era indecente el comulgar en aquella postura. Respondió él:  Si yo no solo me echase en tierra, sino que me sumiese aún debajo de la tierra, no me parecería que daba bastante honra a este Santísima Sacramento. Concluye después el Historiador así : Utinam ín omnibus tallis! Et fuisset indubie, ni si perditorum consiliis, ac propriis conscientiis nimium acquievisset (Sander. lib. de Schism. Angelic,). ¡Pluguiera a Dios que tal se hubiese mostrado en todas las otras cosas! Y tal ciertamente hubiera sido, si no hubiese dado oídos a los consejos de hombres perversísimos, y a los pésimos dictámenes de su delincuente conciencia.

Ahora, si un enemigo jurado de la santa fe procede con tanta reverencia hacia el Sacramento del Altar en el acto de recibirlo, aunque indignnamente  ¿qué deberá hacer un Católico que tiene verdadera fe? ¿Qué deberá hacer una persona espiritual, que tiene en la mente una luz un poco más clara de fe? ¿Con qué humildad interior, con qué obsequio, con qué temor reverencial deberán semejantes personas llegarse á la sagrada mesa, para refocilar su espíritu con este pan del Cielo?

Advierta la persona devota, que aparejándose á la santa Comunión, no debe parar en esta humildad, reverencia, y temor respetuoso para recibir el Cuerpo de su Señor; sino que después de haberse ejercitado en semejantes actos, ha de pasar á despertar en sí misma un santo amor que la ponga en un grande deseo de recibir en la habitación de su corazón á este huésped divino.

Este es puntualmente el tercer afecto que propuse por aparejo, para recibir a Cristo Sacramentado.

Embébase, pues, el alma en la consideración del grande amor, y de la suma bondad de Dios, que maravillosamente resplandece en este gran Sacramento: pues no obstante su infinita grandeza, y nuestra extrema vileza, quiere venir á nuestro pecho, quiere incorporarse con nuestro miserable cuerpo, y quiere unirse estrechamente con nuestro espíritu.

Enamorese de tanta bondad: provoque su corazón a amar a quien tanto le ama. De aquí por una cierta connaturalidad nacerán ardientes deseos de unirse con el objeto amado: Nemo igitur, dice San Juan Chrysóstomo, nauseans accedat, nemo resolutus; sed incensi, ac ferventes omnes accedant ( S. Chrysost. hom. 83. in Mátth.). Ninguno se llegue con nausea y disgusto, sino todos fervorosos y encendidos en vivos deseos.

Mirad, prosigue el Santo, con cuánta ansia los niños se aplican a los pechos de su madre.

Pues con el mismo ardor debemos también nosotros aspirar á esta mesa celestial, y debemos aplicar los labios a este cáliz divino: con el mismo, y aun con mayor deseo debemos anhelar, como niños de leche, al seno de nuestro amantísimo Padre Jesucristo, para gozar de la dulce leche de su gracia: y la única pena nuestra, y nuestro único dolor ha de ser el estar privados de este espiritual alimento.

Para encender en nosotros antes de la Comunión estos ardientes deseos, podemos considerar en nuestro Redentor varios caracteres todos propios de su infinita bondad.

Podemos, digo, considerarlo ahora como esposo amante que desea unirse con nuestra alma: ahora como Amigo fiel que viene á consolar á nuestro espíritu: ahora como Padre amoroso que está con los brazos abiertos para estrecharnos dulcemente a su seno: ahora como Medico piadoso que viene con el bálsamo de su gracia a cicatrizar las heridas de nuestra alma , y a sanarla de sus enfermedades: ahora como amantísimo Pastor que viene á nosotros sus pobres ovejas a apacentarnos con sus mismas carnes, y darnos á beber su propia sangre: ahora como Conductor y guía fiel que nos viene a encontrar para señalarnos con sus luces el camino de la perfección, y a confortarnos con sus internas inspiraciones para caminar por él velozmente.

Y sobre todo, debemos siempre considerarle como nuestro sumo y único bien, que viene para llenarnos el seno de mil bendiciones.

Después de estas devotas reflexiones: Accedamus, diré con el Damasceno, ardenti cupiditate ad eum adeamus manibusque in crucis formam compositis, crucifixi corpus suscipiamus (S. Damasc. lib. 4. orthod. fid. c. 4.). Acerquémonos con ardientes deseos, y con las manos juntas en forma de cruz recibamos a nuestro Dios crucificado.

Cuanto fuere mejor este aparejo conque nos dispusiéremos á recibir el Cuerpo Sacratísimo del Redentor, tanto serán mas copiosos los frutos que sacaremos de la Comunión, y tanto mas eficaz medio será éste para conducir á grande perfección la vida espiritual de nuestra alma, como dice Santa Catalina de Sena (S. Catar. Dialog. 10.), y explica muy bien con la paridad de varias velas encendidas: Como encendiéndose muchas candelas, todas reciben sin duda luz, calor, y color, pero mas aquella que es de mayor grandeza: así al recibir la sacrosanta Eucaristía, todos reciben la gracia, pero recibe mucho mas aquel que está mejor dispuesto, y con mas capacidad.

 Puede explicarse esto mismo con la paridad de quien va a buscar agua á la fuente, que cuanto es mayor el vaso que lleva, tanto es mas el agua que trae consigo.

Así, cuanto mas dilatáremos los senos del alma con la fe, con la humildad, con la veneración, y con los fervientes y amorosos deseos, tanto será mas abundante la gracia, y tanto mas copiosos los auxilios que recibiremos para la perfección de esta fuente de gracias.

Cuéntase en la Historia del Orden Cisterciense, que comulgando un santo Monje, recibía sensiblemente de la santa partícula una inefable dulzura en el paladar, la cual le duraba a veces por un día, a veces por tres días, y a veces por una semana entera.

Hubo una vez de reprender el buen Religioso a un amigo suyo, por no sé que yerro que había cometido; pero en el acto mismo de hacer la corrección, traspasó algún tanto los términos de la moderación y los confines de la caridad cristiana.

Y no haciendo caso alguno de esta su falta, atribuyéndolo todo a desahogo de santo celo, se fue conforme tenía de costumbre a comulgar.

Mas esta vez la santa Hostia que antes le parecía mas dulce que el néctar, y mas suave que la miel, se le hizo sentir mas amarga que los ajenjos, y mas desagradable que la hiel.

Se horrorizó el Monje á un tan infausto é inopinado suceso: y haciendo reflexión que esto no podía provenir de otra cosa que de aquella poca mansedumbre y caridad que había practicado con su prójimo, hizo áspera penitencia.

Aquí vea el lector, que el Sacramento obra a proporción de las calidades buenas ó malas que halla en nosotros. Por eso aparéjese del modo dicho si quiere sacar efectos de perfección y santidad.

Giovanni Battista Scaramelli S.J. Directorio ascético.Ed. Don Josef de Urrutia. Madrid. 1789

Read Full Post »

V.P.D. LORENZO SCUPOLI

(1530-1610)

+

Hasta ahora, hija mía, he trabajado en proveerte, como has visto, de cuatro armas espirituales, y enseñarte el modo de servirte de ellas para vencer a los enemigos de tu salud y de tu perfeccion.

Ahora quiero mostrarte el uso de otra arma más excelente, que es el Santísimo Sacramento de la Eucaristía.

Este augusto Sacramento, así como excede en la dignidad y en la virtud a todos los demás Sacramentos, así de todas las armas espirituales es la más terrible para los demonios.

Las cuatro primeras reciben toda su fuerza y virtud de los méritos de Cristo y de la gracia que nos ha adquirido con el precio de su sangre; pero esta última contiene al mismo Jesucristo, su carne, su sangre, su alma y su divinidad.

Con aquellas combatimos á nuestros enemigos con la virtud de Jesucristo; con esta los combatimos con el mismo Jesucristo, y el mismo Jesucristo los combate en nosotros y con nosotros; porque quien come la carne de Cristo y bebe su sangre, está con Cristo y Cristo con él (Joan vi ,57).

Mas como puede comerse esta carne y beberse esta sangre en dos maneras: esto es, realmente una vez cada día, y espiritualmente cada hora y cada momento, que son dos modos de comulgar muy provechosos y santos, usarás del segundo con la mayor frecuencia que pudieres, y del primero todas las veces que tuvieres la permisión.

*

Del modo de recibir el Santísimo Sacramento de la Eucaristía.

Por diversos motivos y fines podemos recibir este divino Sacramento; pero para recibirlo con fruto se deben observar algunas cosas, esto es, antes de la comunión, cuando estamos para comulgar, y después de haber comulgado.

Antes de la comunión (por cualquiera fin ó motivo que se reciba), debemos siempre purificar el alma con el Sacramento de la Penitencia, si reconocemos en nosotros algun pecado mortal.

Después debemos ofrecernos de todo corazón y sin alguna reserva a Jesucristo, y consagrarle toda el alma con sus potencias, ya que en este Sacramento se da todo entero a nosotros este divino Redentor, su sangre, su carne, su divinidad, con el tesoro infinito de sus merecimientos; y como lo que nosotros le ofrecemos es poco ó nada, en comparación de lo que a nosotros nos da, debemos desear tener cuanto le han ofrecido todas las criaturas del cielo y de la tierra, para hacer de todo a su divina Majestad una oblación agradable á sus ojos.

Si quisieres recibir este Sacramento con el fin de obtener alguna victoria contra tus enemigos, empezarás desde la noche del dia precedente, ó cuanto antes pudieres, á considerar cuánto desea el Hijo de Dios entrar por este Sacramento en nuestro corazón, á fin de unirse con nosotros, y de ayudarnos á vencer nuestros apetitos desordenados.

Este deseo es tan ardiente en nuestro Salvador, que no hay espíritu humano capaz de comprenderlo.

Pero si quisieres formar alguna idea de este deseo, procura imprimir bien en tu alma estas dos cosas: la primera, la complacencia inefable que tiene la Sabiduría encarnada de estar con nosotros; pues esto llama sus mayores delicias (Prov. VIII, 31): la segunda es el odio infinito que tiene al pecado mortal, así por ser impedimento de la íntima union que desea tener con nosotros, como por ser directamente opuesto á sus divinas perfecciones; porque siendo Dios sumo bien, luz pura y belleza infinita, no puede dejar de aborrecer infinitamente el pecado que no es otra cosa que malicia, tinieblas, horror y corrupción.

Este odio del Señor contra el pecado es tan ardiente, que á sola su destrucción se ordenaron todas las obras del viejo y nuevo Testamento, y particularmente las de la sacratísima pasion de su unigénito Hijo.

Los santos más iluminados aseguran, que consentiría que su único Hijo volviese a padecer, si fuese necesario, mil muertes por destruir en nosotros las menores culpas.

Después que con estas dos consideraciones hayas reconocido, bien que imperfectamente, cuánto desea nuestro Salvador entrar en nuestros corazones, a fin de exterminar enteramente de nosotros nuestros enemigos y los suyos, excitarás en tí fervientes deseos de recibirle por este mismo fin; y cobrando ánimo y esfuerzo con la esperanza de la venida de tu divino Capitan, llamarás muchas veces con generosa resolucion á la batalla la pasión dominante que deseas vencer, y harás cuantos actos pudieres de la virtud contraria.

Esta, hija mia, ha de ser tu principal ocupación por la tarde y por la mañana, antes de la sagrada comunión.

Cuando estuvieres ya para recibir el cuerpo de tu Redentor, te representarás por un breve instante las faltas que hubieres cometido desde la última comunión; y á fin de concebir un vivo dolor de todas, te imaginarás que las has cometido con tanta libertad, como si Dios no hubiese muerto en una cruz por nuestra salud y considerando que has preferido un pequeño placer, una ligera satisfacción de tu propia voluntad á la obediencia que debes á Dios, y á su honor y gloria, te confundirás dentro de tí misma, reconocerás tu ceguedad, y detestarás tu ingratitud; pero viniendo después a considerar, que aunque seamos muy ingratos, infieles y rebeldes, no obstante, este inmenso abismo de caridad quiere darse a nosotros, y nos convida a que lo recibamos, te acercarás á él con confianza, y le abrirás tu corazón para que entre en él, y lo posea como señor absoluto, cerrando después todas sus puertas para que no se introduzca algún afecto impuro.

Después que hayas recibido la comunión, te recogerás luego dentro de tí misma (Matth. vi, 6), y adorando con profunda humildad y reverencia al Señor, le dirás :

Bien veis, único bien mio, con cuánta facilidad os ofendo: bien veis el imperio que tiene sobre mí esta ciega pasión y cuan flacas y débiles son mis fuerzas para resistirla y sujetarla.
Vuestro es, Señor, el principal empeño de combatirla; y si bien yo debo tener alguna parte en la pelea; no obstante de Vos solo espero la victoria.

Volviéndote después al Padre eterno, le ofrecerás en accion de gracias, y para obtener alguna victoria de tí misma, el inestimable tesoro que te ha dado en su mismo unigénito Hijo, que tienes dentro de tí, y tomarás, en fin, la resolución de combatir generosamente contra el enemigo que te hiciera más cruda guerra, esperando con fe la victoria; porque haciendo de tu parte lo que pudieres, Dios no dejará de socorrerte.

Cómo debemos prepararnos para la comunion, a fin de excitar en nosotros el amor de Dios.

Si quieres, hija mía , que el Sacramento de la Eucaristía produzca en tí sentimientos y afectos de amor de Dios, acuérdate del íntimo amor que Dios te ha tenido; y desde la tarde que precederá á tu comunión, considera atentamente que este Señor, cuya majestad y poder no tienen límites ni medidas, no contentándose de haberte criado á su imágen y semejanza, y de haber enviado al mundo su unigénito Hijo para que expiase tus culpas con los trabajos continuos de treinta y tres años, y con una muerte no menos acerba que ignominiosa en una cruz, te lo ha dejado en este divino Sacramento para que sea tu sustento y tu refugio en todas tus necesidades.

Considera bien, hija, cuán grande, cuán singular, y cuán perfecto es este amor en todas sus circunstancias.

1. Si miras y atiendes á su duracion, hallarás que es eterno, y que no ha tenido principio, porque así como Dios es eterno en su divinidad, así es eterno el amor con que decretó en su altísima mente el darnos á su único Hijo de un modo tan admirable.

Con esta consideracion, llena de un júbilo interior, le dirás: ¡Es posible que en aquel abismo de eternidad era mi pequeñez tan estimada y tan amada de Dios, que se dignaba de pensar en mí antes de todos los siglos, y deseaba con tan inefable caridad darme por alimento la carne y la sangre da su único Hijo!

2. No hay amor en las criaturas, por vehemente que sea, que no tenga su término: solamente el amor con que Dios nos ama no tiene límites ni medida : queriendo, pues, aquel sumo bien satisfacer plenamente á este amor, nos envió desde el cielo á su mismo Unigénito, igual á él en todo, y de una misma sustancia y naturaleza, y así tan grande es el amor como el don, y tan grande el don como el amor, siendo el uno y el otro infinitos y sobre toda inteligencia criada.

3. Si Dios nos ama con tanto exceso, no es por fuerza ó por necesidad, sino solamente por su intrínseca bondad, que naturalmente lo inclina á colmarnos de sus beneficios.

4. Si atiendes al motivo de tan grande amor, no hallarás otro que su infinita liberalidad; porque de nuestra parte no precedió ni pudo preceder mérito alguno que moviese á este inmenso Señor á ejecutar con nuestra vileza tan grande exceso de amor.

5. Si vuelves el pensamiento á la pureza de este amor, verás claramente que no tiene como los amores del mundo alguna mezcla de interés: Dios, hija mía, no necesita de nosotros ni de nuestros bienes (Psalm. xv, 24) porque tiene dentro de sí mismo, sin dependencia de nosotros, el principio de su felicidad y de su gloria. Si derrama sobre nosotros sus bendiciones, lo hace únicamente por nuestra utilidad, y no por la suya.

Ponderando en lo íntimo de tu corazon estas cosas, dirás interiormente: ¿Quién hubiera creído, Señor, que un Dios infinitamente grande como Vos, hubiese puesto su amor en una criatura tan vil y tan despreciable como yo? ¿Qué pretendeis Vos, ó Rey de la gloria ? ¿ Qué podeis esperar de mi, que no soy sino polvo y ceniza ? Pero ya descubro bien, ó Dios mio, á la luz de vuestra encendida caridad, que solo un motivo teneis, que mas claramente me manifiesta la pureza de vuestro amor. Vos no pretendeis otra cosa en daros y comunicaros enteramente á mi en este Sacramento, sino transformarme en Vos, á fin de que yo viva en Vos, y Vos vivais en mí, y de que con esta union íntima, viniendo yo á ser una misma cosa con Vos, se trueque un corazon todo terreno, como el mio, en un corazon todo, espiritual como el vuestro.

Después de esto entrarás en sentimientos y afectos de admiración y de alegría, de ver las señales y pruebas que el Hijo de Dios te da de su estimacion y de su amor, y persuadiéndote á que no busca ni pretende otra cosa que ganar tu corazón y unirte consigo, desasiéndote de las criaturas y de tí misma, que eres del número de las más viles criaturas, te ofrecerás enteramente á su Majestad en holocausto, á fin de que tu memoria, tu entendimiento, tu voluntad y tus sentidos, no obren con otro movimiento que con el de su amor, ni con otro fin que con el de agradarle.

Considerando después que sin su gracia nada es capaz de producir en nosotros las disposiciones necesarias para recibirlo dignamente en la Eucaristía, le abrirás tu corazón, y procurarás atraerlo con jaculatorias breves, pero vivas y ardientes, como son las que siguen: ¡O manjar celestial! ¡cuándo llegará la hora en que yo me sacrifique toda á Vos, no con otro fuego que con el de vuestro amor! ¡Cuándo, ó amor increado, ó pan vivo, cuándo llegará el tiempo en que yo viva únicamente en Vos, por Vos y para Vos! ¡ O maná del cielo, vida dichosa, vida eterna, cuándo vendrá el dia venturoso, en que aborreciendo todas las viandas y manjares de la tierra, yo no me alimente sino de Vos! ¡ O sumo bien mio, única alegría mía, cuándo llegará este dichoso tiempo! Desasid, Dios mio, desde ahora, desasid este corazon de las criaturas; libradlo de la servidumbre de sus pasiones y de sus vicios; adornadlo de vuestras virtudes; extinguid en él cualquiera otro deseo que el deseo de amaros, serviros y agradaros. De este modo yo os abriré todo el corazon, os convidaré y aun usaré si fuere necesario, de una dulce violencia para atraeros. Vos vendréis, en fin, entraréis y os comunicaréis á mí, ó único tesoro mio, y obraréis en mi alma los admirables efectos que deseais. En estos tiernos y afectuosos sentimientos, podrás, hija mia, ejercitarte por la tarde y por la mañana para prepararte á la comunion.

Cuando se acerca el tiempo de comulgar, considera bien á quién vas á recibir; y advierte, que es el Hijo de Dios, de majestad tan incomprensible , que en su presencia tiemblan los cielos (Job xxvi, 11) y todas las potestades : el Santo de los Santos, el espejo sin tacha (Sapient. VII,.26), la pureza increada en cuya comparacion son inmundas todas las criaturas (Job xv , 15— xxv), aquel Dios humillado, que por salvar los hombres, quiso hacerse semejante á un gusano de la tierra ( Psalm. xxi, 7 ), ser despreciado, escarnecido, pisado, escupido y crucificado por la ingratitud y detestable malicia de los hombres.

Aquel inmenso y omnipotente Señor, que es árbitro de la vida y de la muerte (Eceli. xi, 14), de todo el universo; y por otra parte, que tú de tu propio caudal y fondo no eres sino un puro nada, que por tus pecados te has hecho inferior á las mas viles criaturas irracionales, y que en fin mereces ser esclava de los mismos demonios.

Imagina y piensa, que en retorno y recambio de los beneficios y obligaciones infinitas que debes á tu Salvador, lo has ultrajado cruelmente, hasta pisar con execrable vilipendio la sangre que derramó por tí, y fue el precio de tu redencion. Con todo esto su caridad siempre constante y siempre inmutable, te llama y te convida á su mesa (Jerem. xxxi), y alguna vez te amenaza con enfermedad mortal para obligarte á que vengas á ella (Luc. xiv). Este Padre misericordioso está siempre pronto á recibirte ; y aunque á sus ojos comparezcas cubierta de lepra, coja, hidrópica, ciega, endemoniada, y lo que es peor, llena de vicios y de pecados, no por esto te cierra la puerta (Isai. Lx, 11), ni te vuelve las espaldas. Todo lo que pide y desea de tí es:

1.° Que tengas un sincero dolor de haberle tan indignamente ofendido.

2.° Que aborrezcas y detestes sobre todas las cosas, no solamente el pecado mortal sino tambien el venial.

3.” Que estés aparejada y dispuesta á hacer siempre su voluntad, y que en las ocasiones que se ofreciere la ejecutes prontamente y con fervor.

4.° Que tengas después una firme confianza de que te perdonará todas tus culpas, te purificará de todos tus defectos, y te defenderá de todos tus enemigos.

Confortada con este amor inefable del Señor, llegarás después á comulgarte con un temor santo y amoroso , diciendo:

Yo no soy digna, Señor, de recibiros, porque os he ofendido muy gravemente, y no he llorado como debo vuestra ofensa, ni dado alguna satisfaccion á vuestra justicia.

No soy digna, Señor, de recibiros, porgue no soy totalmente purificada del afecto de las culpas veniales.

No soy digna, Señor, de recibiros, porque aun no me he entregado de todo corazon á vuestra obediencia y voluntad.

Pero ¡oh Dios mío, único bien y esperanza mia! ¿Á dónde iré yo, si me retiro de Vos? ¿Léjos de Vos, en dónde hallaré yo la vida? ¡ Ah, Señor !Yo os olvideis de vuestra bondad, acordaos de vuestra palabra, hacedme digna de que os reciba dentro de mi pecho con fe y con amor.

Con temblor me acerco á Vos; mas tambien con confianza; vuestra divinidad que toda entera se oculta en vuestro Sacramento , me llena de un miedo religioso: pero al mismo tiempo vuestra infinita bondad, que en este mismo misterio derrama con una especie de profusion todos sus tesoros, me anima con una confianza filial.

Después que hubieses comulgado, entrarás luego en un profundo recogimiento, y cerrando la puerta de tu corazón (Matth. vi), no pienses sino en tratar y conversar con tu Salvador, diciéndole estas, ó semejantes palabras :

O soberano Señor del cielo, ¿ quién ha podido obligaros á descender desde vuestro trono á una criatura pobre, miserable, ciega y desnuda como yo? El Señor te responderá luego: El amor.

Tú le replicarás: ¡O amor increado! ¿ qué pretendeis y deseais de mi? Ninguna otra cosa, te responderá, sino tu amor. Yo no quiero, hija mia, en tu corazón otro fuego que el de la caridad: este fuego victorioso de los ardores impuros de tus pasiones abrazará á tu voluntad (Deut. iv), y me hará de ella una victima de agradable amor: esto es lo que deseo y he deseado siempre de tí. Yo quiero ser todo tuyo, y que tú seas toda mía; porque esto no podrá ser mientras que, no haciendo de tí aquella resignacion en mi voluntad, que tanto me agrada y me deleita, estuvieres pegada al amor de tí misma, á tu propio parecer, al deseo de la libertad y de la vanagloria del mundo.

Nada, pues, hija mía, pretendo y quiero de ti, sino que te aborrezcas á tí misma, á fin de que puedas amarme; que me des tu corazon (Prov. xxm), para que yo pueda unirlo con el mio, que fue abierto para tí en la cruz (Joan, xix, 34).

Bien ves, hija mía, que yo soy de infinito precio (I Cor. VI); y no obstante es tanta mi bondad que solo quiero apreciarme en lo mismo que vales: cómprame, pues, querida hija mía: cómprame, pues, no te cuesta mas que el darte enteramente á mí.

Yo quiero que á mí solo me busques, en mí solo pienses, á mí solo me escuches, me mires y me atiendas á fin de que yo sea el único objeto de tus pensamientos, de tus deseos; que no obres sino solamente en mí, y para mí; que tu nada llegue á sumergirse enteramente en mi grandeza infinita , para que de esta suerte tú halles en mí toda tu felicidad y contento, y yo halle en ti complacencia y descanso.

Finalmente, ofrecerás al eterno Padre su unigénito amado, primero en accion de gracias, después por tus propias necesidades, por las de toda la santa Iglesia y de todos tus parientes, y de aquellas personas á quienes tienes alguna obligacion, y por las almas del purgatorio, uniendo este ofrecimiento con el que el mismo Salvador hizo de si mismo en el árbol de la cruz (Luc. xxII, 46), cuando cubierto de llagas y de sangre se ofreció en holocausto á su Padre por la redencion del mundo: y asimismo le podrás ofrecer todos los sacrificios que en aquel dia se ofrecieren á Dios en la Santa Iglesia Romana.

De la Comunión Espiritual

Aunque no se puede recibir el Señor sacramentalmente sino una sola vez al día, no obstante se puede recibir espiritualmente como dije arriba, cada hora y cada momento.

Este es un bien, hija mia, de que solamente puede privarnos nuestra negligencia ó culpa; y para que comprendas la excelencia y fruto de esta comunión espiritual, sabe que algunas veces será más útil al alma y más agradable a Dios, que muchas comuniones sacramentales, si se reciben con tibieza y sin la debida preparación.

Siempre que tú, hija mia, estuvieres dispuesta para esta especie de comunión, el hijo de Dios estará pronto a darse y comunicarse a tí para ser tu alimento.

Cuando quisieres prepararte a recibirlo de este modo, levanta tu espíritu al Señor, y después que hayas hecho alguna reflexión sobre tus pecados, le manifestarás un verdadero y sincero dolor de tu ofensa.

Después le pedirás con profundo respeto, y con viva fe, que se digne de venir a tu alma, y que derrame en ella nuevas bendiciones y gracias, para curarla de sus flaquezas, y fortalecerla contra la violencia de sus enemigos.

Asimismo, siempre que quisieres mortificar alguna de tus pasiones, ó hacer algun acto de virtud, te servirás de esta ocasión para preparar tu corazón al Hijo de Dios, que te lo pide continuamente; y volviéndote después á él, pídele con fervor que se digne de venir a tí, como médico, para curarte, y como protector, para defenderte, a fin de que ninguna cosa le estorbe ó le impida el poseer tu corazón.

Acuérdate también de tu última comunión sacramental; y encendida toda en el amor de tu Salvador, le dirás: ¿Cuándo Dios y Señor mio, volveré á recibiros dentro de mi pecho?¿Cuándo llegará este dichoso día? Pero si quieres disponerte en mejor y más debida forma para esta comunión espiritual, dirigirás desde la tarde antecedente todas las mortificaciones, todos los actos de virtud, y demás buenas obras que hicieres, al fin de recibir espiritualmente á tu Señor.

Considerando cuán grande es el bien y felicidad del alma que comulga dignamente, pues por este medio recobra las virtudes que ha perdido, vuelve á su antigua y primera hermosura, participa de los preciosos frutos y méritos de la cruz, y hace, en fin, una acción muy agradable al eterno Padre, el cual desea que todos gocen de este divino sacramento.

Procura excitar en tu coraron un deseo ardiente de recibirlo, por contentar y agradar á quien con tanto amor desea comunicarse á tí; y en esta disposición le dirás: Señor, ya que no me es permitido recibiros hoy sacramentalmente, haced á lo menos por vuestra infinita bondad, que purificada de todas mis imperfecciones, y curada de todas mis dolencias y enfermedades, yo merezca recibiros espiritualmente cada día y cada hora del día, á fin de que hallándome fortificada con nueva gracia, resista, animosamente á mis enemigos, y principalmente al que ahora por agradaros y contentaros hago particularmente la guerra.

+

FUENTE: V.P.D. Lorenzo Escupoli, del orden de los P.P. Clérigos regulares de San Cayetano. El combate espiritual. Tomo 1. Librería Religiosa. 1850.

Read Full Post »

bord-21

Oración a Nuestro Señor Jesucristo, para antes de la Comunión

Habiendo Santa Gertrudis dicho esta oración antes de la Comunión, díjole el Señor: tú has obtenido aparecer ahora a los habitantes del cielo adornada con el esplendor que acabas de pedirme. 

¡Oh, amabilísimo Señor Jesús! por el amor de vuestro dulcísimo Corazón, os suplico que os dignéis ofrecer por mí a vuetro Padre aquella perfección con que os presentasteis a El en el momento de vuestra Ascensión para recibir la gloria que os estaba preparada.

Diganos, por vuestra inocentísima Humanidad, purificar de todo pecado a mi alma tan impura.

Por vuestra excelentísima Divinidad, adornadla y enriquecedla con todas las virtudes; y en fin, en virtud de aquel amor que unió vuestra adorable Divinidad con vuestra Humanidad inmaculada, dignaos adornar perfectamente mi alma colmándola de todos vuestros dones, para recibiros en la Comunión con disposiciones dignas de vuestra soberana Majestad.

Amén.

term-2

A María Santísima, antes de la Comunión

La misma Santísima Virgen enseñó a Santa Gertrudis estas tres súplicas, asegurándole que le atraerían la complacencia de la Santísima Trinidad.

Castísima Virgen María, por la inocentísima pureza con la cual preparasteis al Hijo de Dios tan grata morada en vuestro seno virginal, haced que por vuestros ruegos merezca yo ser purificado de toda mancha.

Humildísima Virgen María, por aquella profundísima humildad por la cual merecisteis ser exaltada sobre todos los coros de los Angeles y de los Santos, haced que con vuestros ruegos sean reparadas hoy todas mis negligencias.

Amabilísima Virgen María, por aquel amor  inestimable que os unió tan intimamente a Dios, haced que, por vuestros ruegos, obtenga yo la plenitud de toda suerte de méritos. Amén

Cuando se aproxima el momento de la Comunión, sigue el consejo que Nuestro Señor dio a Santa Matilde, diciéndole: “Cuando te acerques a la Santa Comunión, recíbeme con la intención de tener todo el ardiente deseos y el amor que ha podido inflamar el corazón humano, y yo aceptaré este amor no como tú lo sientes, sino tal cual lo deseas tener”. Di, pues, con todo fervor: (Manual de Santa Gertrudis)

“¡Oh, Jesús, mil y mil veces deseado de mi corazón! he aquí que la hora se aproxima, la hora en que os recibiré a Vos, que sois mi Dios.

Si, creo que sois mi Dios, y que estáis verdadera y realmente presente en este Sacramento de amor.

Espero en Vos, bondad infinita, os amo sobre todas las cosas y me pesa de haberos ofendido.

Heme aquí, amable Jesús, vengo a Vos con toda la devoción y repesto de que soy capaz.

Abrid Vos, amabilísimo Jesús, abrid vuestros sagrados brazos para abrazar y recibir mi alma, uniéndola íntimamente a vuestro amante Corazón, como extendisteis vuestras manos traspasadas por los clavos, para abrazar y perdonar a todos los pecadores verdaderamente contritos.

Y yo, Jesús mío crucificado, no solamente extiendo mis brazos para abrazaros, sino que os abro mi alma para introduciros en lo más secreto de mi pobre corazón.

Deseo en este momento poseer todas las virtudes, especialmente las predilectas de Vuestro Corazón, que son la mansedumbre y la humildad.
Deseo la pureza de los Ángeles, la caridad de los Apóstoles, la santidad de los Confesores, la pureza e inocencia de las Vírgenes.

Deseo recibiros con la misma devoción y amor con que María Santísima os recibió en la Encarnación y después en este Santísimo Sacramento.

Deseo tener, Jesús mío, vuestro propio Corazón, para poder recibiros en el mío de una manera digna de Vos. Aceptad Vos estos deseos e inflamadme en vuestro amor.

Besa la imagen de Jesús Crucificado, de cuya Pasión este divino Sacramento es un Memorial perenne y di:

Venid, Jesús dulcísimo, venid a recibir la pobre hospitalidad de mi corazón.

Mientras te acercas al altar, repite estas palabras que Jesús enseñó a Santa Gertrudis

He aquí, Señor, que yo, pecador vilísimo, pobre, perverso e indigno, vengo a Vos, que sois abismo inagotable de piedad, para ser purificado de todos mis pecados y colmado de vuestra gracia…

Venid, ¡oh, mi buen Jesús! venid, Esposo de mi alma, y con aquel amor infinito con que entrasteis en el seno de María, vuestra Madre y mi madre, entrad en mi pobre corazón y tomad posesión de él para siempre.

+

FUENTE:  Tesoro del Hogar. Congregación de Nuestra Señora del Huerto. Bs. As. Nihil Obstat 1918. Imprimatur 1926. Pagas 134-138. 

Read Full Post »

« Newer Posts - Older Posts »

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 75 seguidores